XV

Cuando hubo meditado unos instantes, Eva, mirando de hito en hito á Gracián, se echó á reir entre irónica y burlesca.

Pero él, sin desconcertarse, muy gozoso y complacido, sentóse en el banco, mira que te mira á la señora.

Pasó el jocundo proceso de la risa, prevaleció el de las miradas, y las frases de una plática, ingeniosa y difícil, tendieron el vuelo con recato en el propicio rincón del parque.

Sutilizando mañosamente la intención de sus palabras con la habilidad de quien conociese á fondo las flaquezas de aquella mujer, Gracián desplegó ante ella todo un plan de conquista, cimentándole en una supuesta simpatía de muchos años y en una constante admiración.

Justificó el silencio que hasta entonces se impusiera con el profundo respeto profesado á la amiga y á la dama; y rellenó este párrafo sentimental con una porción de vulgaridades, que hallaron eco de novedad y de emoción, en su voz conqueridora y regalada.

Se lamentó de que la juventud fuera tan breve, de que las buenas horas amigas de la belleza y del amor tuviesen una duración fugaz... y de que hubiera tantos maridos indignos de tener mujeres hermosas, remisos y torpes para colmarlas de halagos y de placeres.

Tales maridos, á juicio de Gracián, no merecían fidelidad ni consideración ninguna.

Y al hablar así, con expresión mensurada y pía, el libertino caballero se mostraba ecuánime y razonador, como si pudiera escupir al cielo impunemente, y ejemplarizar con su vida el tipo admirable de un perfecto casado.

Quedó el discurso redondito y brillante, hinchado como un globo; y arrollada por él, se debatía Eva débilmente en las trincheras de su vanidad. Callada en los toques pasionales de la oración, asintió con amargura cuando las frases de Gracián iban contra Diego, ó contra la infelicidad de que ella se creía colmada.

Y engolfados en el malabarismo de aquel juego peligroso, vieron con extrañeza que la tarde se había muerto y que había nacido la noche.

Temerosos de la oscuridad creciente, volvían ya los niños, juntos y callados, despacito, porque Tristán se fatigaba mucho.

Eva, asombrada de su descuido, se levantó con presteza, y corrió á tocar la frente de su hijo, que ardía y se doblaba.

La crisis fatal del enfermo señalaba su hora cruel, y era preciso volver á casa en seguida.

Gracián propuso salir por el paseo del Angel Caído, que estaba próximo, y tomar un coche para que el niño fuése con reposo.

Al paso lento de Tristán, avanzando por la sombra del parque entre la desbandada de los paseantes rezagados, todavía el caballero halló manera de avizorar señales de su buena ó mala ventura en el comienzo de aquella andanza.

Presa en el embaimiento de tan finas redes, Eva no supo mostrarse impervia en aquella tentadora ocasión, y entre deslumbrada y satisfecha dejó caer una esperanza en los anhelos de su amigo...

Iba Lali muy pensativa y un poco pesarosa. Tristán tropezaba á cada instante, sin tino y sin fuerzas, y por los azules senderos de la noche paseaba su luz purísima el astro amoroso del silencio.