XVI

Caminos de dolor se titulaba un libro que Diego estaba fabricando con pedazos de su corazón de poeta y rasgos admirables de su pluma genial.

Ya tocaba á su término el manuscrito, cuando Tristán, una noche, una noche azul de Mayo, al regresar de paseo con su madre, cayó rendido por abrasadora fiebre, agravado en su lenta enfermedad de una manera alarmante.

Consultada una vez más en el proceso largo de aquella cuita, la ciencia inexorable dijo su última palabra sobre la inocente cabeza del niño. Sólo un milagro le podía salvar, y la hechura de aquel milagro correspondía por derecho propio, en caso feliz, al aire libre y serrano de la campiña.

Con acrimonia insolente Eva preguntó á su marido, señalando al enfermo:

—¿Qué vas á hacer? ¿le dejas morir ó intentas salvarle?

Mirándole Diego con espanto, murmuró unas palabras incompletas, que sonaron á lamento y á rugido, y huyó á encerrarse en el escondite donde laboraba y sufría en sus horas inclementes de hogar.

Pero su mujer le persiguió implacable; entró en la habitación detrás de él, y afilando la voz y la mirada, como quien aguza un acero homicida, le dijo:

—Es que si no quieres salvarle tú yo le salvaré... Soy hermosa y... No lo olvides.

Diego, espavorecido, se llevó las manos al pecho y después á la frente; en seguida las apoyó en la mesa, buscando sostén para su cuerpo vacilante.

Estaba mudo y desemblantado; parecía un difunto puesto de pie en macabra ficción.

Avanzando hacia él con la feroz complacencia de aquel tormento que causaba, Eva insistió:

—¿No respondes?

Como si entonces recobrase la vida, Diego se estremeció y miró en torno.

Había tal expresión de sorpresa y novedad en su semblante, que hubiérasele creído despierto de un sueño ó vuelto de un desmayo en extraño paraje, y á punto de preguntar, como en las novelas:

¿Dónde estoy?...

Pero no preguntó cosa alguna, sino que dijo á guisa de réplica:

—Ya se acabó todo... Por fin, ya está roto; ya está deshecho, caído...

—¿Cuál está deshecho y caído?—preguntó Eva, creyendo que su marido se hubiese vuelto loco.

—El ídolo que un día levanté engañado por las melodiosas mentiras de tu boca... Me arrastré hacia tu belleza con bárbaro regocijo, con deseo tempestuoso; y te quise con tan insensato afán, que sólo ahora te desprecio bastante.

—¿Que me desprecias, has dicho?

—Sí; ya estoy libre de tus cadenas: ya soy otra vez mío... Ya no me inspiras más que lástima... Me acusas de pobreza, á mí, que tengo dos inestimables tesoros: sentimiento y arte... De indigente me tratas, á mí, que tengo una eterna fortuna: la gloria... ¿Y eres tú la que me culpas de necesitado, criatura mísera sin otro bien que tu carne hecha de tierra?... ¿Qué gracia inmarchitable posees, díme? ¿Qué don inmortal?... Me diste una deleznable hermosura á cambio de mi corazón, y ahora me amenazas con quitarme tu hermosura... Es que ya no la quiero, es tuya únicamente; puedes venderla si te place... Yo te la había pagado demasiado cara. Me has devuelto el precio que por ella te di; estamos en paz... Vete, mujer, vete y no temas mi enojo... Te compadezco.

Eva trataba de hablar, roja de furor; pero el marido asióla por un brazo con firmeza, y la condujo hasta la puerta de la estancia.

—Con un alma, con un corazón, con sentimiento y poesía no se come—pudo ella proferir sordamente.

—No es sazonado pan lo que te ha faltado; galas y trenes ambicionas, y yo, loco de mí, te daba el alma. ¡Un alma imperecedera por una terrenal hermosura no alumbrada por el divino soplo del amor!... Te haces justicia, mujer; me devuelves mi tesoro y te quedas con tu belleza... Véndela en su justo valor; por ella te darán lo que apeteces: piedras, metales, baratijas...

Abrió la puerta, y débilmente llegó hasta ellos una voz humilde y gemidora, como de cristal roto.

Era Tristanito que lloraba...

Entonces Diego, solevantado y tremulante, murmuró al oído de su esposa.

—Pero no pongas por pretexto de tu infamia la vida de ese ángel; si con dinero se salva, yo le salvaré.

—¡Mamá, mamá, tengo miedo!—clamó el nene.

Empujando suavemente á la madre, Diego añadió con acento profundo.

—Vete á sufrir al lado de tu hijo... Vete á llorar, criatura. La vida no es placer; sólo penando se vive plenamente... Deja que el santo dolor llene tu espíritu, para que no quede vacía la obra de Dios...