PRIMERA PARTE
I
EL MOLINO DEL ANSAR
—Oye, molinero!
Volvióse a escuchar Martín Rostrío.
—¿Qué hay?
—Necesito hablarte.
Como era don Ignacio Malgor el que le llamaba, y con acento un poco extraño, el molinero acabó de erguirse sobre el cimadal.
—Cuando quieras.
—¿Dónde?
—Pues... aquí.
—No vamos a entendernos con este ruido.
Observó Martín un instante al indiano, presintiendo algo insólito en la conferencia. Vigiló con mirada solícita el local, y preguntó:
—¿Es un asunto largo?
—Según...
Una mujer, sosegada y madura, teje su calceta a un extremo del salón, sentada en un celemín puesto del revés. A pocos pasos de ella, una joven, niña por las trazas, endeble y menuda, se apoya en el muro, obstinada en mirar cómo surte la harina amarillenta desde el estrangol hasta el cesto de bañías, hondo y reluciente, a medio colmar.
—Poco tienes que decir, Tomasa—pronuncia la tejedora:
—Poco... ¿y usted?
—Yo, menos, hija; pero... no falta quien platique.
—No.
Se vuelven a un tiempo hacia los dos hombres acodados sobre el derrame de una ventana, en íntima conversación, lo más lejos posible de las muelas.
—Se me hace—insinúa la moza con un gesto elocuente—que están apalabrando a Dulce Nombre.
—Mujer, ¿tan de súpito?
—¡Vaya!
—Pero, ¿de verdad la quiere «éste»?
—Así dicen.
—¿Con buen fin?
—Ya lo veremos.
—¿Y Manuel Jesús?
Se encoge Tomasa de hombros; por su semblante desgraciado y turbio pasa un temblor arisco.
—¡Qué sé yo!
Alfonsa, que tiene caída en el regazo su labor, suspira levantándola; se le acerca la joven, y continúan hablando, envuelto su murmullo en el ronco estrépito de la molienda.
Anchurosa es la habitación, clara y desnuda, con luces a tres fachadas; los aparatos molineros ocupan el cuarto muro alzando su maderaje de nogal, que se dora con el polvillo tenue del maíz; algunos bancos toscos orillan las paredes, y clarean también, lo mismo que el solado de madera. Toda la cuadra se viste con el tul caliente y balsámico, producido por la trituración.
Este «molino del ansar», el más importante de la comarca, señero y orgulloso en la mies, tiene dos pisos. En el de arriba se oyen ahora pasos y trajines matinales: alguien canta y asea las habitaciones convertidas en hogar.
Fuera, los árboles, densos y centenarios, se alejan del edificio y huyen por la lera del Salia, perdiéndose de vista camino de una hoz. El valle, estrecho y profundo, linda con las montañas eminentes, sin más salida que el escobio por donde el río baja hasta la mar: de aquel lado norteño suena el Cantábrico detrás de las cumbres, cuando las galernas enfurecen las playas y el viento del Norte rola devastador.
A lo largo de esta serranía verde, alta y misteriosa, van los pueblecillos estirándose encima de la vega, comunicados entre sí por un camino real: Paresúa, Luzmela, Rucanto, Cintul, con otros vecindarios reducidos, labradores, apacibles, constituyen la vecindad comarcana, humedecen sus huertos en las mismas regonas montaraces y se tienden unos a otros, para más íntima ayuda, los atajos y las camberas.
Algunos solares infanzones, desmerecidos la riqueza y el poder, solivian el escudo en estas montañas ilustres por su historia independiente, que ha venido a ser para la raza un penacho y un blasón.
Y todo el hechizo del paisaje, su hermosura y su altivez, circuyen al molino, como un halo, en esta mañana del otoño, melancólica y tardía, mientras Ignacio Malgor le dice a Martín junto a la ventana:
—Pues sí, molinero; me gusta mucho tu hija y la quiero para mí.
—¿Como Dios manda?
—¡Naturalmente!
Turbado y seducido calló Martín. La pausa le dió tiempo a recordar su condición cautelosa de montañés; echóse la boina a un lado con movimiento nervioso, y repuso:
—Le doblas la edad.
—Aun te quedas corto: he cumplido los cuarenta.
—Ella diez y seis.
—Por eso me gusta.
—Y por lo galana, lista y noble.
—También.
—Vale un Potosí.
—Yo soy rico...
—Tendrás que esperar; la moza está en flor.
—Traigo prisa, molinero.
—¿Y si ella no te quiere?
—Eso es cuenta tuya.
—¿Cómo?
—Sí; nadie mejor que tú la puede convencer.
—Ándame aquerenciada con Manuel Jesús.
—Amoríos de rapaces... ¡bah!
Hay otro silencio.
Los dos hombres miran cómo fluye el agua de la presa debajo de la ventana.
A la linde bulliciosa de la corriente un cauce ondula su cabellera en una inclinación dulce y pensativa.
—¿Qué me dices?—pregunta Malgor, cansado de aguardar.
—¿Qué te voy a decir...? No lo sé. ¡Esta hija es lo único que tengo...!
Tiembla lacrimosa la voz del padre. Al indiano le roe la duda de si aquella ansiedad es marrullería o es emoción.
—No te la quito—promete—; vivirá cerca de ti.
—Pero no la puedo obligar a que te quiera. Si buenamente lo consigues...
—Ayúdame tú.
Hace Martín un gesto desanimado y recorre con la mirada el vero del cauce.
—Te regalaré el molino con todas sus pertenencias; dotaré a la niña—murmura el pretendiente.
—Esta fábrica—responde el molinero sin pestañear, con imperceptible inquietud—vale diez mil duros.
—No importa.
—Y la huerta dos mil.
—Así valiera más.
—Traes mucho dinero, ¿eh?
—¡Si me sirve para ser dichoso!
Ahora es Martín el que observa a su amigo, dudando que el oro no contribuya siempre a la dicha.
—Haré lo que pueda en tu favor... sin ningún interés.
—Pues vale mi palabra tanto como una escritura; ya lo sabes: el molino es tuyo si Dulce Nombre es mía.
Se incorpora el aldeano, muy derecha la postura y entonada la voz.
—Desde que me le arriendas, casi de balde me le das... Soy pobre y agradecido... ¡Pero la hija no te la vendo!
—¡Hombre, no lo tomes así! Te quise ayudar con la baratura de la finca sin conocer a la muchacha; juntos anduvimos a la escuela y siempre te guardé ley.
—Como yo a ti.
—Si al procurar mi felicidad trato de hacer la tuya, no me parece que te ofendo.
—¡Claro que no...! Pero la gente es muy sospechosa y a ninguno de los dos nos conviene que se trasluzca lo que hablamos aquí. Dirán, si a mano viene, que trafico yo con la hija, y eso ¡ni por todo el oro del mundo...!
Está el molinero muy arrogante, las manos en los bolsillos, la cabeza levantada, puestos los ojos con desdén en la espina del monte; es alto, cetrino, canoso, tiene la expresión cuidadosa y perspicaz, el aire displicente y señoril. A su lado, Malgor, de la misma estatura, más grueso, la cara enérgica, muy pálida, el cuerpo algo vencido, mira al campo, también, y siente que toda la melancolía del paisaje resbala hasta su corazón.
De la otra punta de la sala llega un aviso adelgazado bajo las palpitaciones de la faena:
—¡Martín, ven a maquilar!
—Ya voy.
El indiano le detiene con visible anhelo.
—Volveré mañana por la contestación.
—¿Tan pronto?
—Lo que ha de ser, cuanto antes; no tengo paciencia.
—Y de lo hablado, ¿guardarás el secreto?
—Puedes estar tranquilo.
Aun vacila Martín.
—No vengas; será mejor que nos veamos anochecido, en el ansar, junto al puente de Cintul.
—Muy bien.
Los garrotes de Tomasa y Alfonsa aguardan en colmo. Las dos mujeres reciben al molinero llenas de curiosidad, entre alusiones y sonrisas.
Pero él, impávido y socarrón, se vuelve hacia el niño que ha llegado con su cesto de grano rubio, lo vierte en la tolva y hunde en ella el maquilero para cobrar.
II
DULCE NOMBRE
Allá va el pretendiente, meditabundo, un poco triste; camina despacio y se detiene con frecuencia, como si tirase de él la voz juvenil que canta en el molino, una voz ardiente y pastosa de mujer que aduna su encanto con la endecha cristalina del río, las vibraciones armoniosas del aire y el suspiro de las hojas holladas en el sendero.
El acorde profundo y manso de este cantar sacude a Malgor en todas las fibras de su alma.
Se vuelve desde la penumbra del arbolado a contemplar el molino, y ve cómo Dulce Nombre, sin soltar de los labios la canción, procura dirigir el rumbo de una osada trepadora, dominante por las alturas del piso donde habita la molinera.
Tal vez con el rabillo del ojo soslaya la niña su interés hacia el indiano, tan madrugador por los ambages de la selva. Ignora si aquel hombre sale de la fábrica, pero sospecha que ronda los contornos con enamorada intención. Para esta clase de suspicacias ninguna mujer cabal suele ser torpe, y en la molinerita corren parejas la comprensión y la hermosura.
No olvida la tarde estival, reciente aún, de su conocimiento con Malgor. Estaba Dulce Nombre acompañando a su padrino en la torre de Luzmela cuando llegó el indiano.
—¡Qué bonita ahijada tienes!
—Ya lo creo... ¿No la conocías?
—La he visto de lejos, como a las estrellas.
—Y ahora, ¿qué te parece?
—¡Incomparable!
—Es hija de Martín.
—Lo sé: puede estar orgulloso.
—También yo, que la tuve en la pila bautismal y adivinando su belleza la llamé Dulce Nombre.
—¡Dulce Nombre!—repitió el indiano con embeleso.
Poco tardó la niña en retirarse, azorada bajo el chaparrón de los piropos y temiendo cohibir a los dos amigos con su presencia.
Desde entonces recibe los homenajes del indiano, silenciosos, en miradas elocuentes y en paseos por las cercanías del molino. Oye decir que Malgor la juzga sin rival por lo hermosa en la comarca, y siente clavados en su vida los deseos de aquel hombre como un terrible aguijón.
Hoy le ve, detenido, contemplándola desde la orilla del ansar, en rara actitud de tristeza y resolución, y presiente, de una manera vaga, que existe en aquella hora toda la fuerza decisiva de su porvenir. Quédase inmóvil, roto con la voz el cantar, angustiada por los presagios que le acuden aciagamente desde todas las lontananzas, en el viento caluroso que deshoja los árboles, en la altura de las nubes trasfloradas de luz, en la claridad verde que se difunde por el campo: la mañana entera se le sube al corazón lleno de augurios y ansiedades.
Nunca hubiera sospechado la joven cosa maligna de aquellos minutos apacibles, de aquel día luminoso en la ausencia del astro paternal, diáfano por sí mismo, abierto poco a poco con una divina candidez; el celaje levantado y sonriente, los horizontes claros y sensibles como si quisieran estrechar el valle en amorosa intimidad: así los montes aprisionan la vaguada en una cadena suntuosa y azul, más entonado y profundo el color bajo la palidez serena de las nubes.
Es que el ábrego, sin arreciar, sorbe las neblinas, purifica el ambiente, le templa y le colma de perfumes.
Y Dulce Nombre no sabe cuál puede ser el engañoso camino por donde la mañana le oculte su traición. Buscándole está, al parecer, con los dedos entre los rizos anchos y trigueños que se le enrubian por la raíz, en lo alto de la frente y en la sien. Ha ido apartándose de la ventana con lentitud y se sienta ahora en el borde de su lecho recién mullido, muy pomposo, al uso de la aldea, vestido con telliza de flores. Después que ha enredado mucho su cabello, sin peinar todavía, deja caer las manos sobre la falda y permanece absorta, en la actitud impaciente del que espera y escucha.
Percibe los ruidos familiares: el trajín de las muelas, el murmullo del río, la bravata de un gallo, los indefinibles rumores del viento en la selva y en la mies. No descubre la temerosa novedad que aguarda, y se abisma en una inquieta meditación.
Piensa en su niñez melancólica, sin madre, privada de íntimas expansiones, renovando cada noche en el molino la insípida tertulia, acudiendo a la torre de Luzmela diariamente para recibir una lección. El padrino, Nicolás de Hornedo y Esquivel, solo y taciturno, más diestro en pedir alegrías que en ofrecerlas, enseñó a la niña a leer y escribir con algo más de gramática y un poco de otras disciplinas intelectuales; pero no la supo acompañar a sentir ni acertó a ver el opulento corazón que tenía entre las manos: para él la ahijada era un juguete, un motivo de orgullo y diversión. La mimaba y la quería ciego de egoísmo, sordo a las voces de aquella alma henchida de ternuras, ansiosa de confidencias y generosidades.
Hasta que, durante el verano, Manuel Jesús Ayuso, el seminarista estudioso de Cintul, miró audazmente las flavas pupilas de Dulce Nombre, y anunció que dejaba los libros. En vano la madre del mozo, viuda y mísera, puso el grito en el cielo, desolada; cuando terminaron las vacaciones el estudiante no quiso volver al seminario y afirmó su propósito de convertirse en labrador. Sus cinco años de carrera le daban entre la gente cierto lustre; pero le ayudaban poco al trabajo material, y la bienhechora que le había pagado los estudios, una dama vecina, culpable de formar sacerdotes sin vocación, tuvo motivos para decir que Manuel Jesús era un holgazán.
Entretanto, Dulce Nombre se entrega con furia al goce de querer. El relativo pulimento de su inteligencia sirve de estímulo a la romántica pasión, y vive la niña en plena fiebre sentimental, trasoñada y vibrante, medio loca por el cortejador que le dice «musa del bosque», le hace versos ripiosos, y ronda el molino a la luz de la luna.
Maravilla se le antoja a la muchacha esta realidad. Su novio es fino y guapo, sabe humanidades y latín, compone rimas y la quiere con exquisito amor; ¿qué puede ella temer de otro hombre que pase, la mire y la encuentre hermosa?
En sus labios vuelve a cuajarse el capullo de una sonrisa. Acércase de nuevo a la ventana. Ignacio Malgor ha desaparecido bajo la fronda a medio deshojar.
Por cierto que el indiano tiene una expresión honda y fuerte, inolvidable, una mirada profunda y decidida, no exenta de dulzura, que absorbe las cosas con dominio de posesión.
La moza se estremece al recordarlo así y queda envuelta en una racha del aire tibio. Se le alborotan los bucles; las entradas rubias del cabello le resplandecen como una corona sutil; el busto, inclinado y flexible, tiene la pura morbidez estatuaria. En el rostro, moreno y oval, no muestran las facciones una clásica perfección, pero se iluminan con los ojos pardos, magníficos, orlados de pestañas densas y oscuras, y luce en ellos el iris unas chispas de oro penetrantes como lanzas, unas variaciones rútilas y misteriosas que son el mayor encanto de la molinera.
El aliento del Sur remueve los aromas de las plantas, concentrados y agudos. Hay en el huerto vecino menta verde, malva real, flores de maravilla, rosas de te, madreselva y jazmín, que reviven y trascienden mediante la benignidad de la témpora.
Y a Dulce Nombre le perturban aquellas ondas de perfumes, casi violentas, unidas a las de su habitación que huele a espliego y a membrillos.
Está impaciente la niña; su mirada primaveral se hunde en el campo de una manera delicada y temerosa.
De pronto calla el molino: se ha parado el árbol trasmisor; brota el silencio del fondo de la casa y se extiende por los alrededores con secreta delicia.
Este sigilo despierta con doble intensidad otros naturales murmullos: los saetines que borbollan y gorjean, el río que se va melodioso, el alma del bosque gimiente en los árboles y en las hojas; y dentro de la fábrica el jadeo brusco de un reloj, el latido de unos pasos que suben la escalera y se adelantan por el gabinete.
—¿Qué haces?—pregunta Martín a su hija, un poco trémulo.
—Nada.
—¿Cómo nada?
—Estoy... escuchando.
—¿Y qué escuchas?
—¡Qué sé yo...! Las voces del viento.
—Pues oye una cosa que yo te diga.
—¿Sí? ¿Una cosa...? ¡Ay!
—¿Qué?
—No; no la quiero saber.
—¿Te da susto?
—¡Calla, por Dios!
Retrocede ante la noticia que augura. Trata de huir y el padre la sujeta con suavidad.
Ella afronta la revelación; hubiera querido que la hora se eternizara sin descubrir aquel secreto, y no obstante le desea conocer.
Está blanca, temblorosa. Tiene marchito el color fuerte de los labios, calientes las yemas de los ojos.
—¿Qué es?—murmura.
Comienza Martín a susurrar, persuasivo y halagador; parece que suplica, y manda: no consulta las proposiciones del indiano, sino que las pondera a la vez que se entusiasma con la suerte envidiable de la novia.
Una respuesta indiscutible se desprende de aquel discurso; pero Dulce Nombre, sin hablar, mueve la cabeza con obstinación, mientras un trino melodioso rompe el silencio en el vano de la ventana: ligera y alegre cruza por el aire una golondrina.
III
LOS COPOS DE LAS HORAS
Vuelve a andar el molino; crece el día muy despacio para la inquietud de la enamorada, que entra y sale cien veces en el local donde los humildes cosecheros se turnan esperando su molienda.
Le parece a Dulce Nombre que en todos los semblantes hay una expresión reveladora, que los murmurios, apagados entre el ronquido de las piedras, están llenos de insidias y averiguaciones.
No se equivoca. Por los contornos del valle corre ya la noticia de que el indiano se quiere casar con la niña de Rostrío. Nadie pone en duda que ella acepte o que el padre no la obligue al casamiento: ¡menuda boda!
Se habla de Manuel Jesús con lástima y desdén: ¿para eso ahorcó los libros...? ¡Pobre infeliz...!
Y coméntase la fortuna loca de la muchacha.
—Bonita es, pero otras lo son más... Criada sin madre y con poco rigor, muy hecha a satisfacer su gusto, enseñada por don Nicolás en libros y finuras que no le pertenecen... Para señorita, que hubiese elegido el indiano a la de Barreda.
—¡Mujer, no compares!—protesta Gil, un pastor embelesado por la molinerita.
—Sí comparo, sí—replica Tomasa, muy tozuda—; la de Barreda no tiene dote, pero es una señora de principios.
—Con treinta años lo menos.
—Para don Ignacio más aparente que esta otra.
—Por la edad.
—Y por la educación.
—Mira, no le des vueltas: Dulce Nombre lo tiene todo. Es guapa, graciosa, tan aguda que siente crecer la lana de los corderos, brotar las flores en el campo y caer los copos de las horas.
—¡Pues no has dicho tú nada!
—Sabe de lectura y de oraciones; sabe hablar y reír mejor que nadie en el mundo.
—¡Echa, echa...!
—Lo cierto es—interviene Alfonsa, sin levantar los ojos de su tejido—que esta chiquilla de Martín se lleva los corazones. Yo no entiendo de hermosuras, pero tiene un mirar que todo lo consigue.
—¡Eso!—afirma Gil, impetuoso—yo he estado en Madrid... ¡Imagínate si habré conocido mujeres...! Y en África, al trato con las moras, que lucen los ojos más atroces del mundo; pues no los he visto nunca, jamás, como los de Dulce Nombre: las chispas de luz que le resplandecen a la vera de las niñas no son cosa de criaturas humanas.
—¡Ay, hijo, qué exageraciones!—interrumpe la envidiosa—. De todos modos, esa iluminación que dices no se enciende para ti; la has visto por casualidad.
—La he visto como tú ves al sol, que también sale para las víboras.
—¡Lagarto!
—¡Vaya, vaya; no os acaloréis, que está de Sur—recomienda Alfonsa, cachazuda, entre los dos porfiadores. Vuelve al molino, como Tomasa, con un deseo invencible de saber, y teme que la discusión malogre su curiosidad.
Ambas mujeres han contado en Luzmela y Paresúa la entrevista madrugadora del indiano con Martín, y se conjetura el secreto de aquella visita, vislumbrado al través de muchos detalles elocuentes.
Porque Malgor iba en su tílburi a media mañana por la carretera, muy afanoso, y el chaval que le sirve dijo luego que su señor se había detenido en Cintul para tener una larga conferencia con la madre del seminarista.
Volvió a Luzmela el pretendiente, dejó el cochecillo en su casa y subió a la torre, donde estuvo de palique con don Nicolás hasta cerca de las dos. Rosaura, la mayordoma del hidalgo, le contó a la panadera que los amigos habían discutido con mucha tenacidad. Fuése Malgor desde allí a ver al señor cura, sin permitirse un descanso para comer. El cartero le encontró en la rectoral; como ya estaba imbuído por los rumores populares, se fijó en que don Ignacio tenía los ojos febriles y muy acentuada la palidez, y le pareció conveniente divulgar tales observaciones mientras repartía la correspondencia....
Diríase que el ábrego, caliente y murmurador, aventaba en los poblados las noticias metiéndolas entre las ranuras de las ventanas, arrastrándolas por las mieses, alzándolas hasta los invernales. Del monte viene Gil y ya sabe de aquella novedad lo mismo que la gente del llano.
Y parece que las suposiciones y los descubrimientos deben hoy arrumbar con las aguas del molino y patentizarse en las roncas espumas. Así los labrantines que tienen un celemín de grano acuden a formar ávido rolde en torno a los manaderos de la harina.
Las palabras y las ruedas zumban en el salón bajo el polvo del maíz; en el canal bulle el rebalaje y saltan las chispas del rodete poblando de sones extraños toda la fábrica; silbidos y cuchicheos, estertores y arrullos que se extienden como un canto fuerte y misterioso encima del edificio.
Siente Dulce Nombre que todo aquel tumulto la persigue, busca, sin saber dónde, algún consuelo, y sube una vez más a su dormitorio: en la incertidumbre de aquel día ha registrado los rincones familiares con loca impaciencia, sin que le sirvan de refugio.
Se abre al ocaso una de sus ventanas sobre el río y a ella se acoge, atraída desde el cielo por la hendedura roja que el occidente descubre.
Está el aire templado y limpio, llena la hora de sublime placidez y recibe la niña una secreta esperanza de aquel celaje roto bajo el cual agoniza el sol: no sabe que la belleza de las cosas vive en ella misma como un reflejo inmortal; pero intuye, vagamente, el poder de la divina gracia, y se entrega a su influjo con anhelo sobrehumano.
Las nubes luminosas del poniente levantan hacia sí aquel abrumado corazón, y Dulce Nombre recobra un poco de serenidad. Está segura de que no ha prometido nada a su padre; no, al contrario, le dijo con mucha firmeza:
—Soy novia de Manuel Jesús; no quiero a ese señor—. Una y otra vez repitió la misma negativa, sin oír las súplicas ni las reflexiones, sin atender, siquiera, a los mandatos.—Soy novia de Manuel Jesús; no quiero a ese señor.
Martín no logró arrancarle otra respuesta. Depuso el tono autoritario, nuevo en él, y acudió a los reproches:
—Es la primera cosa que te pido... Yo me he sacrificado por ti; me pude casar y por no darte madrastra vivo sin mujer en los años mejores de mi vida...
Habló lleno de pesadumbre y amargura, con esa propiedad sobria y certera que el pueblo montañés infunde a su lenguaje.
La muchacha le atendía con la penetración abierta y sensible propia de la raza. Iba sintiéndose culpable de rebelión y de ingratitud, pero su brío cantábrico la obligaba siempre a responder:
—No quiero a ese señor.
Y sus mismas palabras al sonar le daban la certidumbre de un argumento irrebatible.
Acaso al padre le causaban idéntica impresión. Por eso no llegó a recaer en el enojo; se mantuvo serio en la tristeza y dejó a la niña para entregarse al trabajo. Hasta la hora de comer no volvieron a verse. Ninguno de los dos tenía apetito y cambiaron las frases justas, sin aludir a la gran preocupación que les acongojaba.
Tornó después cada uno a sus quehaceres, huyéndose en lo posible, silenciosos, cohibidos, temiendo encontrarse delante de la cena.
Nunca había sucedido aquéllo. El padre, solemne y reconcentrado, fué para la muchacha benévolo de continuo, la cuidó con solicitud, la dejó hacer su gusto con frecuencia, mientras ella le trataba como a un amigo huraño y servicial a quien se conoce poco y se le quiere mucho.
Ahora no sabe si le empieza a conocer y va a dejar de quererle. Se asusta de aquella situación tan repentina y extraña y gozaría empujando al tiempo, que la ha de resolver.
Por la noche hablará con su novio desde el portel del huerto; le ha mandado un aviso, impaciente por confiarle su ansiedad y apoyarla en el tesón varonil: necesita que Manuel Jesús la socorra pronto.
Y no le espera como de costumbre en la ventana, o en el umbral por donde cruzan los veceros del molino: quiere verle con reserva, pródiga hoy de la cita solitaria que nunca le concede. Cae su huerto por detrás de la casa a la orilla del cauce, lindando con el bosque: es un lugar escondido muy favorable al amor.
Dulce Nombre suspira con oculta zozobra; luego sube la mirada desde el campo regadío, muelle y jugoso, y la envuelve en el ropaje del crepúsculo, donde se apaga el día.
Una mano se posa en el hombro de la meditabunda, que se estremece como si la despertaran.
—Dice tu padre que bajes a maquilar; él tiene que salir.
—¿A esta hora?
—Eso parece.
Y Tomasa, que sirve de emisario con harta diligencia, se queda mirando fijamente a su amiga, traspasándola con los ojos aviesos.
Dulce Nombre apenas la ve; tiene la imaginación en tortura; ¿adónde irá su padre? Nunca deja el molino hasta que, después de cenar, sale un rato a la taberna, ya suspendido el trajín.
—Y Camila, ¿qué hace?—pregunta, resistiéndose con interior desgano a caer en el bullicio del salón.
Sigue Tomasa clavando su curiosidad en la molinera.
—No lo sé—responde.
Es feucha, nerviosa, chiquita; se mueve con una inquietud resbalosa de reptil, en tanto que Dulce Nombre decide:
—Allá voy.
Y aun se queda un instante contemplando desde la ventana el cielo misterioso del anochecer.
IV
ALMAS TORCACES
Antes de volver a la sala busca Dulce Nombre a Camila, una solterona de medio siglo, criada y gobernadora al mismo tiempo en aquel hogar.
La encuentra en el corredor que une a la cocina con la cuadra molinera, en el piso bajo.
—¿Adónde va mi padre?
—Al pueblo debe ir, porque me ha pedido una blusa limpia.
Con relación al ansar el pueblo es Luzmela, el vecindario más próximo, cabeza de partido en el valle.
Camila, al responder, se cruza de brazos muy preocupada. Tiene ella la costumbre de abismarse en hondas cavilaciones por cualquier motivo y aquel día están sucediendo cosas muy extrañas: oye la buena mujer palabras sueltas que la perturban, sufre con la desazón de Martín y de la niña, y anda torpe, recelosa, llena de inquietudes.
Allí se queda, en la oscuridad del carrejo, mientras la joven, pensativa, define:
—Va a consultar con mi padrino.
Y entra en el salón. De cerca la sigue Tomasa, avizora y entrometida.
El coro de veceros se distribuye en el local donde arden ya dos lámparas eléctricas, altas y flojas, incapaces de prestar un servicio adecuado.
Las mujeres que llevan labor se sientan en sus garrotes bajo aquellas lágrimas de luz, y tejen o zurcen con bastante dificultad, en tanto que las lenguas se despachan a su gusto; los chiquillos retozan; algún mozo que vuelve del trabajo se hace allí el encontradizo con la muchacha de su predilección; acaso alguna vieja, medio dormida junto al cimadal, pasa las cuentas del rosario entre los dedos marchitos: es la hora de las críticas, de las oraciones y los cortejos.
Y en el molino se explayan bien estas costumbres pueblerinas al influjo de la ocasión.
La presencia de Dulce Nombre cortó un poco el hilo de las pláticas. Fuése la niña derecha hacia las tolvas para hacerse cargo del maquilero, y se quedó así al margen de la concurrencia, con semblante distraído, procurando estar sola en medio de la gente.
Muelen hoy las tres piedras y cada pueblo comarcano tiene en el local su representación; pocas tardes se ve la aceña tan favorecida. Los que han recogido su porción de molienda se detienen, ronceros, aguardando a los demás para tener compañía en el retorno o pretexto de oír lo que se murmura.
Vuelven a hilvanarse las conversaciones en la más apartada orilla de las muelas; Tomasa refiere alguna cosa con todo el secreto posible, y en otro grupo se lamenta una mujer de Rucanto.
—¡Ya son cortas las tardes!
—Sí—dice una coloñera de Cintul—; se hace noche en un vuelo y están medrosos los caminos.
—Pues, mira, ahí tienes buena compaña.
Llega muy presurosa Encarnación, la madre de Manuel Jesús, posa el canasto de maíz y descubre en el gesto, en las alusiones y en la sonrisa, los deseos que tiene de contar algo muy importante.
Es una mujer enfermiza y trabajada, con restos de hermosura: tiene el acento algo brusco y una propensión a ablandarle en forma de sollozo. Está muchas veces hablando con aspereza y al roce de una emoción se le convierten las frases en gemidos.
Hoy se muestra exaltada y gozosa. Su aspecto y sus ademanes han atraído en seguida la atención general. Sabe que produce interés, y enfilando su garrote con el último que llegó, dice jovialmente:
—Buenas horas de venir ¿eh? No he podido más: estuve de negocios.
Se estrecha un círculo a su alrededor; la comentada visita del indiano a Cintul acude a la memoria de cada uno; desde las tolvas se acerca Dulce Nombre a su pesar, y Encarnación, que la aborrece, según dicen, pone en ella los ojos con dulzura.
—Pues sí—añade—, estuve tratando del viaje de Manuel Jesús.
—¿El viaje...?
—¿Se va...?
—¿Vuelve a los estudios?
Estas preguntas simultáneas y lógicas se interrumpen bajo el peso de la inesperada contestación:
—Embarca para las Américas.
—¿Cómo?
—¿Cuándo?
—Pero ¿es verdad?
En el ímpetu de las interrogaciones suena ronca la de la molinera murmurando:
—¿Qué dice?
Hay una perplejidad angustiosa en estas dos palabras, que se extravían entre el mugido de la faena.
Y de pronto Gil, sin permiso, diligente y previsor, empuja el tosco resorte que detiene el trabajo.
Una paz benigna se establece en el molino; bajo el suelo discurre el agua borbollante, sopla el viento en el vano oscuro de la puerta.
Sonríe Encarnación, pasea la mirada con altivez por el auditorio, y repite, muy despacio, llena de solemnidad:
—Se embarca para las Américas.
—Pero ¿quién?—porfía incrédulo el pastor.
—Manuel Jesús.
—¿Y cómo ha sido eso?—arguye Alfonsa, con los brazos en jarras, en el colmo de la sorpresa. Todos los semblantes, todas las averiguaciones denotan el asombro, mientras las miradas buscan inquisitivas a Dulce Nombre, que se apoya en la pared junto a la coloñera de Cintul.
Es demasiado joven la novia para disimular; abre los cándidos ojos con descubierta desolación, y tiene deshojadas las rosas de las mejillas.
La madre del viajero se explica al fin, recreándose en la expectación que produce y suscitando una lluvia de nuevas exclamaciones.
—Lo que sucede es que esta mañana, de manos a boca, fué don Ignacio Malgor a proponerme el embarque del hijo para Cuba. Quiere mandarle allá empleado a su casa de comercio, con muchísimos duros al mes, pagado el viaje, los vestidos y cuanto necesite... Quedéme de una pieza. Por mí—le contesté—, de mil amores, que para el campo no sirve y ya sabe que me colgó los hábitos.—Sí, sí—dijo, muy al corriente de todo. Pero como estaba el muchacho en el monte no pudimos convenir nada y hablamos de otras cosas buenas para mí. Este señor pretende sacarnos adelante... No hay mal que cien años dure...; bastante desgraciada he sido...
La voz se le iba rompiendo en un tono de llanto. Un aire de estupefacción mantenía en suspenso las interrupciones latentes en el concurso, hasta que Gil abrió camino a la impaciencia de todos:
—¿Y Manuel, consiente?
—Sí.
Dulce Nombre no se había desmayado nunca. Sintió que se le hundían los ojos y las piernas se le doblaban; un frío intenso y húmedo le apretaba las sienes.
—Me voy a caer—se dijo.
Pestañeó muy de prisa, irguió el cuerpo sostenido en el muro, se pasó la mano por la frente. Y permaneció derecha: el esfuerzo de su voluntad la obligó a sonreír, mientras Encarnación respondía, observando a la muchacha, de reojo:
—Sí, consiente; los hombres son así, como las veletas: no se puede contar con ellos...
Callaba, con insidia, que el joven sólo se hubo resignado a partir después de una larga y trabajosa conferencia con Malgor.
—Entonces, ¿cuándo es la marcha?—pregunta la vecina de Cintul.
—¿La marcha? A escape. Con dinero todo se arregla en seguida. El barco sale de Torremar el diez y nueve: estamos a quince...
—¡Pues échale un galgo a Manuel Jesús!—interrumpe Tomasa, certera y alusiva—¡las cosas que se ven!
Y Dulce Nombre, silenciosa, algo insegura, deja el apoyo del hastial, atraviesa el salón y con las dos manos finas y ágiles empuja el mecanismo de la faena.
Vuelve a manar el polvo de maíz por los tres buzones harineros, y a la muchacha le parece que esconde su espantoso quebranto en el ruido estridente de la masticación. A su lado está Gil muy servicial; la mira y habla, pero ella no le entiende; hunde los dedos en la masa olorosa de la harina, los ojos en una visión ausente, los pensamientos en una tristeza insondable.
En la otra punta de la sala revive la murmuración, crecen los comentarios, y los habladores acaban por relacionar la próxima ausencia de Manuel Jesús con los viajeros de cada familia. No hay quien no recuerde allí con lástima y angustia a su emigrante: las playas remotas de Ultramar conocen bien a los mozos de esta leva que no se acaba nunca, de esta huída loca y triste, lejos de los campos españoles.
Recapacita la mujer de Cintul y le dice a Encarnación:
—Puede que tenga tiempo de mandar a mi hijo por el tuyo alguna cosa.
—¿No está en Buenos Aires?—inquiere Antón el campanero, que se ha detenido en la aceña a fumar un cigarro.
—Sí.
—No es la misma nación.
—¿Pues adónde va éste?
—A la Habana.
—Bueno; pero también cae a la banda de allá.
—Muy distante.
—¿No es todo ello una república?—averigua Alfonsa, intrigada.
El campanero, algo dudoso, tarda en responder.
—¡Claro!—afirma Encarnación con aplomo—. Por eso se ganan tantos caudales.
—Mis hermanos—dice Tomasa—no han ganado allí más que la muerte.
—Porque estaban comalidos como tú—replica la madre del viajero, molesta contra el tono sombrío de la joven.
La cual, sin despedirse, toma su canasto y sale bruscamente a la oscuridad de los senderos.
Magdalena, una vecina de Paresúa que está esperando a otra, habla de un muchacho que tiene en Chile y pregunta si le podrá ver Manuel Jesús.
—Para mi cuenta, no—responde el campanero, y Alfonsa arguye:
—Quedará más arriba esa población.
Lena, como la llaman en el valle, insiste:
—Dificulto yo que el mi chiquillo no haya traspuesto por allí: él, después de andar muchos días por el mar, anduvo también en los trenes.
—Escríbele que baje a la Habana—resuelve Alfonsa.
Y Antón mueve la cabeza con inseguridad.
—Me parece que es distinto el país.
Suenan sus frases limpiamente porque ha terminado la molienda.
Dulce Nombre, que llenaba las tolvas sin cesar con la ayuda del pastor, ha despachado el último cesto de la harina: se acabó la jornada.
Está la moza pálida y grave con el maquilero en la mano, los ojos distraídos, los labios serios y desdeñosos.
Ya no hay motivo para retardar el desfile, que empieza lentamente.
La coloñera de Cintul, va a salir con Encarnación, cuando retrocede ésta, posa el canasto y se dirige a Dulce Nombre:
—No tengo yo la culpa de lo que pasa—alude con el acento lloroso—, es el destino: tú naciste para señora.
Le da un abrazo; la joven, hierática y muda, se estremece sin contestar ni corresponder.
Han desaparecido los veceros en la tiniebla de la noche y aun se rebulle Gil por el salón; repite la despedida, ofrece sus servicios, sacude el celemín, hasta que la molinera pronuncia, inmóvil y extraña:
—Vete con Dios.
V
EL ETERNO MANANTIAL
Están inapetentes los tres comensales y la colación, silenciosa y ligera, se despacha en cinco minutos.
Sale Martín, como todas las noches, del molino, hermético el rostro, mesurado el ademán. Camila recoge los cacharros de la cena y no pregunta a Dulce Nombre qué se le pierde fuera de casa a tales horas; la ve atravesar el cortil, oye quejarse a la vilorta del huerto, comprende que la muchacha acude a una cita de amor, y se cruza de brazos con su natural sentimiento de cavilación y pesadumbre. Ella quiere a la niña con blando corazón de abuela; se puso a cuidarla desde que la madre la dejó en la cuna, y se derrite en inútil desvelo por aquella juventud solitaria y briosa, llena de pasión: la muchacha es para Camila un secreto inviolable, un misterioso hechizo, la única razón de vivir y padecer...
Es el huerto breve y humilde, asurcano del bosque; tiene un plantel de legumbres, una colonia de rosales; macetas con semilleros, trepadoras que suben a la casa; el cercado es de espinos, la portilla exterior de madera gimiente como la del corral.
En aquélla se para Dulce Nombre midiendo la sombra con los ojos fijos y empañados, rotos los pensamientos por el dolor. Ya debía estar allí Manuel Jesús, que nunca se hace esperar.
Tienden las nubes su dosel oscuro sin el raudal celeste de los astros; los hálitos del viento se han dormido y en las ramas curvas de los árboles desfallecen las hojas antes de caer.
Dulce Nombre se agita en la soledad esperando al que no llega, anhelante de amor y desconsuelo. A cada segundo pierde una esperanza; aguza el oído con el afán de sorprender unos pasos en la trocha que desde el ansar conduce hasta Cintul.
Pero el ritmo secreto de la noche late con los arroyos desgajados de las montañas, con el río que huye serenado y el tiempo que se filtra en los arcanos de la eternidad. Ningún otro rumor tiembla en el aire, y la sensación de un estado transitorio oprime la conciencia de la moza: siente que el augusto ensueño de su alma fluye también, en el continuo deslizarse de las corrientes de la vida.
En el reloj de Luzmela se abren las horas con unas campanadas apacibles: son las diez.
—¡Qué tarde!—murmura la niña, y rompe a llorar con desesperación infantil; le parece que está sola en el mundo, ¡no arde en la noche más estrella que la de su corazón!
En el egoísmo de su quebranto olvida la muerte silenciosa de las flores deshojadas al lado suyo, el temblor de las plumas abandonadas por el otoño en el seno de los nidos: la muchedumbre de tristezas consumidas a cada instante en el eterno devenir.
Se dobla sollozando, convulsa, desmayadas las trenzas en los hombros, con la frente escondida entre las manos, y su queja late por las costas del río, perdida en el murmullo de las aguas: es un átomo nuevo del dolor que va a nutrir los rugidos misteriosos de la mar.
Aun se resiste Dulce Nombre a su fracaso; escucha con avidez, registra la sombra, lleva los ojos a las nubes como si buscase en sus repliegues la clave del enigma, y al fin retorna al molino en la más cruel desolación, sin comprender una palabra del oscuro libro de los cielos.
VI
LA PENITENCIA
A la misma hora, en Cintul un hombre enamorado y voluntarioso mordía su dolor, campo afuera, por el vero del ansar.
Muchas veces tomó un camino y otras tantas desanduvo los pasos: aquel hombre era Manuel Jesús.
Había ofrecido a don Ignacio Malgor partir a la mañana siguiente, y embarcarse en Torremar para Cuba a los tres días. Deseaba cumplir su promesa y no sentía remordimientos por haberla empeñado, aunque envolviera una renuncia al amor de Dulce Nombre.
Llegó a este acuerdo después de una batalla dolorosísima entre la conciencia y la pasión, frente a extraño rival que abordaba el asunto de una manera insólita:
—Los dos pretendemos a esa niña: yo me puedo casar con ella inmediatamente, rodearla de comodidades y de halagos, poner a su alcance los bienes de la tierra, ¿y tú?
—Puedo sólo hacerla esperar, mientras aguardo a ser labrador.
—¿Y entonces?
—Será mi labradora.
—¿Atada al yugo de tu pobreza?
—Sí.
—¿Envejecida y doliente como tu madre?
—¡No lo sé!
—Imagínala esclava de las mieses, lavandera, leñadora, con la hermosura perdida, los hijos desnudos, el cansancio en el alma, el tedio al pan de maíz.
—Me quiere.
—Bien—dijo el indiano; y trató de sonreír, herido como estaba por el áspero aguijón de los celos—. Te quiere hoy, con un amor de niña que no resistirá las vicisitudes de la miseria.
—Pero que ni se compra ni se vende—replicó el mozo con orgullo, algo vacía la entonación.
—Sin embargo, yo le vengo a comprar.
Estas palabras no eran viles porque las redimía la amargura, un duelo noble y puro, confesado con generosa modestia.
—Tengo dinero—añadió el hombre rico—y voy a ver si le puedo convertir en un poco de felicidad; pero voy a este único deseo de mi vida honradamente, abiertos los brazos y el corazón: escucha.
Habló con transparentes frases, con el acento persuasivo y hondo. Su riqueza era un mérito adquirido en heroica lucha contra la suerte; él fué un emigrante desamparado y mísero; hizo fortuna sin dañar el interés ajeno, y aquel oro tenía un valor tan estimable y lícito como el de los blasones o el de la juventud: le quería negociar. Iba derecho a su ilusión con energía y franqueza. No tenía tiempo que perder.
—Pero hay otras mujeres—protestó Manuel Jesús, cautivado, no obstante, por aquella intrepidez clara y singular.
—No hay otra para mí; es tan niña, que aun puedo modelar su alma; es tan despierta y sensible, que acaso llegue a confundir la gratitud con el amor.
Siguió diciendo cómo la trataría, con qué delicadezas y ternuras, con qué intenciones de hacerse perdonar el atrevimiento de ser feliz. Había sido joyero muchos años; pasó los días trabajosos de la emigración en el comercio de las piedras preciosas, manejando esmeraldas y zafiros, perlas y brillantes: sus dedos tenían la costumbre de guardar tesoros, de conocer las cosas bellas y pulcras. El contacto de los metales finos, de los cristales resplandecientes, le habían hecho artista y cuidadoso. Dulce Nombre sería para él como una joya, la más cara del mundo.
Bajo el imperio de aquella fuerte voluntad, Manuel Jesús veía a la novia lucir en el estuche de un esplendoroso destino, y la perdía lejana, brillante y libre igual que un astro, mientras se abrían inesperados horizontes para otras vidas tristes que también adoraba el mozo. Hasta seis hermanitos suyos podían librarse de la esclavitud labradora; la madre, enferma, tendría descanso y remedio; el hogar arruinado lograría restauración, y aquel monte durísimo para los brazos del estudiante, aquella mies esquiva y rebelde, se cambiarían por el comercio de alhajas valiosas en el oficio ilustre de lapidario; sometido a la rauda evocación sentíase ya preso entre anillos y cadenas de oro y esmaltes, impulsado a una existencia remota allende la mar.
Y de pronto la memoria le recordaba con íntima lucidez a Dulce Nombre. Se erguía la imagen, combatientes las agudas lanzas de las pupilas, llena la voz de cosas enamoradas y pueriles, el talante gallardo, el gesto luminoso...
—¿Qué me contestas?—repetía Malgor, intranquilo, leyéndole en la cara las vacilaciones.
Pensaba el novio en la cita próxima, la primera obtenida en una cómplice soledad.
—¡Nada!—repuso, ciego de codicia y tentación; y se quedó sombrío, callado, irreductible.
Había recibido la visita fuera de su casa por no tener dentro adecuado lugar, y se paseaban los dos hombres por una llosa cercada de abietes, hecha ya la recolección de su mies, con almiares de paja y los portillos en abertal.
El terreno sube por el monte como toda la aldea de Cintul, dominando los contornos de la serranía, el valle y la hoz. Dobleces de la propia montaña esconden los demás pueblos comarcanos; en la hondura blanquea el molino del ansar entre el boscaje roto por el viento de octubre.
Don Ignacio Malgor no se daba por vencido. Con una tenacidad imperturbable seguía diciendo sus propósitos de una manera llana y rotunda: la voz se le iba con el ábrego, mansamente, como un rezo de los caminos.
Ya salían los chiquillos de la escuela y algunos se paraban ansiosos en la rotura de la sebe. Manuel Jesús reconoció a tres de sus hermanos puestos en guardia, sorprendidos y avizores. Poco a poco fueron entrando en la cortina, para jugar con los zuros abandonados de las panojas. Estaban mal vestidos, enseñando las carnes cenceñas bajo el deterioro de la ropa: tenían descalzos los pies.
Dos mujeres cruzaron entonces por la brecha del seto, con pesados coloños en la cabeza, y también se quedaron paradas, indiferentes a su cansancio abrumador, llamando a los niños, como un pretexto para observar a los rivales.
Eran Encarnación y su hija Clotilde, una moza tierna y endeble que seguía en edad al estudiante fracasado. La carga de leña le cubría las facciones, y sólo se adivinaba su juventud por las trenzas rubias y desbordantes como espigas reventonas, pendientes sobre la espalda.
De súbito la madre tiró al suelo el haz de fajina, sentóse en él y empezó a limpiarse el sudor de la frente con el delantal, mientras desde lejos procuraba descubrir alguna resolución en el aire lóbrego del hijo.
La muchacha, inmóvil, monstruosa bajo su coloño, parecía una esfinge.
En ella ponía el hermano su atención, lleno de lástima por aquel esfuerzo silencioso, y seguro de que Dulce Nombre trabajaría así, malograda y fallida hasta envejecer, si no la rescataba un gran milagro.
Los niños se acercaron a las mujeres, obedeciendo algo remolones, y como dijo la madre que había descansado ya, le ayudaron los tres a cargar de nuevo con la leña.
Iba la tarde consumiéndose; el austro, muy caído, se acostaba en el rastrojo de los maíces. Las nubes ensombrecían la sierra galopando sobre la hoz, y se confundían con el río escribiendo silenciosos renglones en el agua.
Seguía Manuel Jesús escuchando siempre a Malgor, transido, impenetrable, sin apartar los ojos del grupo que formaban las dos coloñeras y los niños. Vió a su madre levantar la carga otra vez, y notó que a Clotilde al andar se le cimbreaba la cintura con un temblor angustioso, como si fuera a romperse. Los rapaces se alejaban volviendo la cabeza hacia su hermano con una expresión que él tuvo por una súplica infinita. Y de repente miró a su rival con altivez, levantó las manos a la altura del pecho como si tirase de algo muy recóndito, y dijo una frase poderosa, arrancada de su corazón:
—Me embarco sin ver a Dulce Nombre: lo juro... por ella.
Una hora más tarde bajaba Encarnación al molino con la noticia en los labios y el contento en el alma. No sentía la separación de su hijo, imbuída por el gozo de verle marchar hacia una suerte feliz, arrebatado a la novia pobre, devuelto a la obligación de proteger a la familia como cuando estudiaba para cura. Luego que la madre tomó su desquite, presurosa y vengativa, sintió que era suyo el dolor de la enamorada; tuvo arrepentimiento de haberla hecho sufrir; quiso abrazarla y pedirla perdón: ya Dulce Nombre estaba insensible a todo lo que no fuera el tormento de su desengaño.
De vuelta a Cintul aun tenía que padecer Encarnación por sus ilusiones maternales; el hijo no venía a cenar; andaba solo y amargo por la orilla del pueblo; alguien le vió camino de la aceña: iba, sin duda, a faltar a su palabra, a romper su compromiso con Malgor.
Y era cierto que el mozo estaba a punto de rendirse; su carne obedecía a un misterioso imán, llevándole por los senderos conocidos en violenta lucha con los propósitos espirituales.
Desde los confines del lugar medía con obstinación una sola ruta: el recuesto, las praderías, un puente, la selva, y allí le esperaba Dulce Nombre, en el huerto solitario. Le parecía escuchar la risa fogosa de la muchacha, su voz caliente engarzada en el suave tejido de los tonos, sus promesas acendradas y puras.
En aquel momento sentía por su novia una pasión a la vez dulce y terrible.
Y bajaba ansiosamente al valle, tocaba en el ansar, volvía a subir, huyendo de sí mismo.
Así estuvo hasta que cuajó la noche y las montañas más erguidas se cubrieron con el manto de la sombra.
Empujado por el soplo de la oscuridad rondó el molino desde el bosque, vió palpitar sus luces en la honda tiniebla, y se detuvo en las cercanías del huerto; sentía un bárbaro deleite en mortificarse allí a dos pasos de la dicha, cuando era más fuerte que nunca el aroma del monte y el viento había volado como un águila a dormirse en las cumbres.
Acaso un suspiro hubiese bastado para romper entre los novios el negro muro de la noche, a pesar del juramento prestado por Manuel Jesús.
Pero el llanto del río se llevó los sollozos de la niña sin que el amante los recogiese. Y la penitencia de aquel amor fué un secreto de la temblorosa penumbra.
VII
CADA CUAL CON SU CRUZ
La torre de Luzmela domina el valle, fincada en un alcor entre el monte y el río, al acoso del arbolado.
Es un solar ilustre, empobrecido por el tiempo, habitado por un hombre triste y receloso. Nicolás de Hornedo y Esquivel tiene treinta y cinco años; es alto, membrudo, extravagante, sensible. Desciende por línea directa de un matrimonio advenedizo que dió mucho que hablar en la comarca porque heredó el palacio y los bienes anejos sin ostentar los apellidos del linaje fundador, ni tener, en apariencia, derecho ninguno sobre las fincas.
Una historia de amor, oscura y extraña, fué el origen de la herencia, y al través de dos generaciones viene a ser Nicolás el único representante de la nueva familia que ya luce timbres de otros blasones montañeses.
Aquella pareja intrusa, puesta en posesión de la casa, inesperadamente, por testamento del solterón don Manuel de la Torre y Roldán, tuvo una sola hija a quien desposó un Hornedo arruinado y desaprensivo; de la muchacha nació un varón que hizo bodas con una señorita de Esquivel: éstos eran los padres de Nicolás. Murieron jóvenes, y dejaron tan mermada la fortuna, que el huérfano logró apenas hacer sus estudios de abogado y conocer un poco la vida de la ciudad.
No llegó a ejercer la profesión; una rara melancolía, con tintes de aburrimiento y pesadumbre, le fué apartando de la sociedad, y acabó por encerrarle en su casa de Luzmela, achacosa y decaída, pero capaz aún de mantener con vergonzante decoro al hidalgo sombrío.
Algo morboso existe en la hurañía de este hombre, que se enternece por cualquiera emoción y muchas veces llora sin causas conocidas, abandonado al desahogo de la pena ignorada que le consume.
Él no sabe por qué se esconde ni cuál es el motivo de su tristeza; siente un descontento profundo que le amarga la juventud, y al mismo tiempo una infinita piedad por todo cuanto vive y sufre: es un espíritu visionario y silencioso que arrastra como un estigma los fermentos de pasiones y ansiedades ajenas.
De continuo invoca el recuerdo de aquellos novios sin nombre legítimo, señores del palacio por misteriosa virtud; él, hijo de una labrantina soltera, vivió siempre favorecido por don Manuel de la Torre, que le hizo médico y le dió un lustre sospechoso de bastardo; ella se apareció en el valle siendo muy chiquitina, sin saber decir su procedencia. Regresó don Manuel de una de sus frecuentes excursiones con la desconocida criatura de la mano, y en su casa la tuvo como un tesoro: se la conocía con el nombre dulce y significativo de la niña de Luzmela y nadie dudaba que no perteneciese a la misma sangre del aventurero señor, el cual, al morir, dejó los caudales a sus protegidos, igual que si fuesen dos hermanos. Pero, después de algunos episodios novelescos, la niña y el doctor se casaban con gran sorpresa de la gente, provocando un asombro y unas murmuraciones tan graves que no se han extinguido todavía.
Perduran los comentarios de aquella boda y aun se refieren sus detalles, con sigilo dramático y escandaloso, a la vez que se envuelve a los protagonistas en un aura de reverencia y estimación, y se guarda su memoria entre las más queridas del país. Vivieron enamorados y felices, seguros, al parecer, de su inocencia; fueron generosos y nobles con los tributarios del solar, y su recuerdo tiene un aroma de gratitud que se conserva entre las páginas remotas con interesante palidez, como en un libro una flor.
Aquel perfume de simpatía y de malignidad estremece al heredero de Luzmela con tenebroso delirio. Se juzga fruto de un pecado abominable y persigue con aciago deleite el secreto de la antigua pasión.
Ha revuelto en centenares de ocasiones los viejos papeles de la casa, apuntes y escrituras, cartas de familia, alguna abandonada epístola de amor: el delito supuesto no parece.
Y no obstante le busca Nicolás en la sombra, a lo largo de su vida, obseso por la acidez insana de la tiniebla y el dolor, cautivo en su torre como un penitente de la enfermiza curiosidad.
A nadie cierra su casa el solariego, y aun abre con demasía el flaco bolsillo a las necesidades de sus arrendatarios. La vecindad le quiere bien, le considera como a un amigo y le consulta en sus tribulaciones, aunque le mira con la vaga aprensión de que en él resurgen los remordimientos de una culpa lontana, acaso los vestigios de un crimen.
Y Hornedo, al sorprender aquellas vacilantes suposiciones, se aisla cada vez más, huye como un apestado, errabundo por el interior de su casa y por la soledad de sus huertos; si le visitan supone que le compadecen; si le abandonan siente el desdén como una herida mortal: así acrece su tragedia y se lastima la salud.
Pero en la vida oscura del misántropo resplandece un rayo de sol.
Es Dulce Nombre, la ahijada y protegida a quien adora Nicolás desde que la vió crecer y aficionarse al palacio con una devoción humilde y alegre, a prueba de malos humores y de rostros ensombrecidos.
Tenía la nena el privilegio de no recoger más que las sonrisas felices, de escuchar solamente las palabras suaves, y de poner las suyas como un bálsamo en las tristezas del padrino. Su presencia en la casona era un consuelo y una luz, y muchas veces los servidores del hidalgo corrieron a buscar a la pequeña como una medicina para las crisis angustiosas de su señor: si el molinero hubiese querido, la niña viviría siempre allí, regalada por Nicolás.
Nunca el padre lo consintió; él no perdía su derecho sobre la criatura propia, y sólo por condescender la dejaba ir al palacio tan a menudo, y permitía que el señorito la educara a su modo, con finuras exóticas para una pobre molinera.
Por su parte, Nicolás, avaro de la chiquilla, con la gula de un hambriento, no pensaba más que en el gozo de verla, ni parecía enterarse de que ya era una mujer y que él mismo le había despertado la sensibilidad y la imaginación con lecturas románticas y lecciones poéticas.
Le dijeron que tenía la muchacha relaciones amorosas y lo quiso ignorar, tímido ante una directa averiguación que rompería la infancia de Dulce Nombre cuando el solariego pretende revivir con exaltados atavismos la historia paternal y romántica de don Manuel de la Torre y la niña de Luzmela...
VIII
LAS CUMBRES DEL DESEO
El señorito y el indiano hicieron su amistad en la niñez, con esa pueblerina democracia que junta a los niños en la escuela y en la calle, entregados a los placeres y al estudio bajo una sola disciplina y una misma libertad.
Lecciones en el aula concejil, estímulos de un premio en el examen, escaramuzas por el monte, pedreas en el campo, unieron estrechamente aquellas vidas lozanas, exentas de vanidades y prejuicios.
Nicolás, que ya empezaba a ser irresoluto, sentía predilecciones por Ignacio, mayor que él, atrevido y fuerte, con menos inclinación a los libros que a las aventuras. Y el labriego, optimista y voluntarioso, le prestaba con frecuencia a su amigo los puños y el coraje, mientras el niño caviloso del palacio correspondía a la solicitud del camarada enseñándole una lección o resolviéndole un problema aritmético en el pizarrín.
Por aquellos años andaban a la escuela, también, con otros muchos galopines, Antón, hijo del campanero, y Martín Rostrío, ya casi mozo, asistente a las clases nocturnas con aprovechada condición: los dos tuvieron muy buenas amistades con Ignacio y Nicolás.
Pero no tardó el señorito en marcharse a un colegio burgués, ni el futuro indiano en prevenir un camino a sus ambiciones, embarcándose para Cuba.
Antes de aquella separación Martín le dijo a Ignacio, medio en broma:
—En cuanto hagas fortuna, compras a «éste» el molino del ansar y me le arriendas a mí.
«Éste» era el niño infanzón, que iba a decir alguna cosa cuando el viajero repuso, con una certidumbre serena:
—Dentro de diez años.
Y no habló una palabra Nicolás, pensando con supersticioso terror que las fincas de Luzmela tendrían que ser para su amigo.
Entretanto Martín sonreía, seguro de un arriendo beneficioso que le diese preponderancia en el valle, y suspiraba Antón en el colmo de la codicia:
—¡Para entonces seré yo campanero!
Afrontaban su destino en aquella actitud inquiridora y vigilante, de cara al porvenir.
Hoy se cumplen las profecías del pasado: Martín dispone del molino y Antón de las campanas; Ignacio compró hace tiempo muchas posesiones de Nicolás; han vuelto a reunirse a la sombra de los mismos árboles de su niñez, y ninguno de los cuatro es feliz: luchan y se afanan sin tocar las cumbres del deseo, ansiosos por la vida, cada cual con su cruz...
En esta mañana otoñal, pálida y dulce, llegó diligente el indiano a la torre de Luzmela para comunicarle a su amigo que se quería casar con la hija de Martín.
Le miró Hornedo muy despacio, lleno de asombro, y dijo con temblorosa interrogación:
—¿También...?
—¿Cómo también?
—Sí; te has llevado lo mejor de mis bienes... ¡déjame a Dulce Nombre!
—Pero, ¿la quieres tú?
—¿No lo ves?
Alzóse lívido, anhelante, asustando a Malgor, que confesaba:
—Ahora lo veo...
—¡Es mi hija, mi compañera, la única amistad que me importa!
—¡Ah!—el indiano comprendía y se tranquilizaba, teniendo en cuenta las exaltaciones frecuentes de Nicolás—. Siendo así—acabó—, bien puedo hacerla mi mujer sin estorbar a tu cariño.
—¡No! ¡Me la quitas!
—Otro te la quitará, ¿no sabes que tiene novio?
—Es una niña.
—Es una moza.
—Y si tiene novio—gritó Hornedo, crespa la voz y la actitud—, ¿cómo se ha de casar contigo?
—¿A ti que más te da...? ¿O es que protestas sólo contra mí?
—¡Que haga su gusto!
—Se casaría entonces con él.
—¿Qué dices?
—No me quiere; la compro.
-¿Qué...?
Tuvo que sentarse sin esperar contestación porque se estremecía como una hoja, colérico y abatido a la vez, falto de palabras y de serenidad.
Estaban en el fondo de un ancho gabinete descuidado y antiguo; el solariego se había dejado caer en el sofá y a su lado Malgor, sin levantarse de la silla, hablaba límpidamente, con su acostumbrada manera superlativa y rotunda, desenvolviendo el mismo discurso que por la tarde necesitaba exponer a Manuel Jesús. Iba a casarse en seguida con Dulce Nombre; lo tenía dispuesto así y no podía esperar: la muchacha era su única ilusión. Para el novio habría otros amores cuando estuviera en situación de tomar estado, después de trabajar con amplitud y bien protegido en el negocio de la joyería... El haber traficado con las piedras preciosas y los metales ricos servía de admirable educación para tratar a una mujer: pendientes, sortijas, collares, rosarios, cruces, medallones... un comercio frágil y sutil que predisponía a las dulzuras del hogar, a la paciencia suave del enamorado, a la esmerada pulcritud del esposo...
Malgor estaba de pie: no se le ocurría nada que añadir.
Cumplió el propósito de anunciar a su amigo la boda, como un acontecimiento seguro y razonable, y se marchaba porque tenía mucho que hacer.
Tendió la mano a Nicolás que permanecía silencioso, inmóvil, con la mirada fija en una tabla religiosa, puesta sin marco sobre la pared.
Insistió el indiano, apremiante, en su despedida, hasta que el distraído alargó la diestra con un movimiento glacial, y quedóse allí mudo, atónito, mientras salía Malgor al través de salones desmantelados y pasillos oscuros: iba derecho a la rectoral, sin acordarse de la hora de comer.
Apenas sus pasos se dejaron de oír en la casona, cuando Hornedo se levantó del sofá, entró en un dormitorio contiguo, que era el suyo, y se echó de bruces sobre la cama, baja y honda, cubierta de raído sobrecielo...
Moría la tarde; ya estaba Malgor hablando con su rival en Cintul y el hidalgo de Luzmela seguía tumbado en su lecho, sacudido por los sollozos.
IX
LAS ALAS DE LA PALOMA
Desvelada y madrugadora sale Dulce Nombre de la aceña a buscar el refugio de su padrino: va de prisa, aunque le pesa con exceso el corazón. Y le quiere difundir en el paisaje con el inconsciente anhelo de aliviar su camino; le apoya en los montes, que levantan la frente hasta las nubes; le acuesta en el campo mullido y oloroso; no consigue menguar la fatiga; al contrario: redobla su pena cuanto más la dilata por los horizontes y la extiende sobre el cielo que baja a mirarse en el río.
Se le agudiza así la sensibilidad con una fuerza misteriosa y percibe todos los rumores, hasta los más ocultos y remotos; sabe hoy de una manera extraña que entre las cosas vivas no hay una sola que no cante, y oye a lo lejos resonar el bosque, escucha el sordo crujido de todas las semillas que pacen en la tierra, de todas las raíces que trituran su alimento en la oscuridad: es una vidente que descubre los enigmas terrenales porque los contempla con la mirada deshecha en llanto.
Llega a la torre y le dicen que el señor anda malucho; aunque suele madrugar, todavía no se ha levantado.
—Esperaré que despierte—responde, y pregunta: ¿desde cuando está enfermo...? porque anteayer le vi.
—Pero ayer—arguye Rosaura intrigante y curiosa—le marearon los amigos; el indiano primero; después, ya de anochecida, tu padre: vinieron de consulta y negocio...: parece que se trata de ti...
—Puede ser—murmura Dulce Nombre, disimulando apenas su inquietud.
Siguen hablando las dos mujeres, de codos en la solana, viendo crecer el día, tibio y nublado como el anterior. La muchacha defiende sus graves preocupaciones, mal ocultas en un palique nervioso, mientras Rosaura la mira sonriendo. Es una mujer recia y calmosa que lleva muchos años de guardiana en la torre; viste de oscuro, tiene el pelo gris y se le nubla la frente arrugada por la edad.
Se abre de súbito una puerta en el ancho carasol y se asoma Hornedo bajo el dintel de su gabinete. Está palidísimo; un aliento de insomnio le rodea el semblante como un halo y se le hunde en la mirada con turbia densidad.
Rosaura se retira discretamente con un paso macizo que repercute en todo el corredor, y Dulce Nombre aborda su confidencia sin reparar en la alteración aguda del enfermo.
—Sabes, padrino, lo que me sucede, ¿verdad?
—Sí.
—¿Ha venido a decírtelo mi padre y también... ese señor?
—También.
—¿Qué has contestado?
Nicolás apenas se puede sostener.—Entra—murmura, y va a sentarse en un sillón. Cierra los ojos; no ha visto que la niña se acomoda junto a él en un escañuelo, como de costumbre, y se estremece cuando ella le acaricia al repetir:
—¿Qué respondiste?
—¡Que están locos!
—¡Eso es...! Locos de remate. Y para salirse con la suya pretenden embarcar a Manuel Jesús; le han engañado; dicen que le han convencido... ¡No lo puedo creer... Tú me ayudarás a detenerle, a salvarme! ¡Le quiero lo indecible!
Se había levantado, intrépida, febril, y echaba los brazos al cuello del padrino con mimosa persuasión.
El puso, extraviado, las inseguras pupilas en el florido cuerpo de la moza; la miró como nunca a la cara; le vió de un modo nuevo el color trasparente y rubio de los ojos, el terciopelo rojo de los labios, la cabellera oscura, la tez dorada.
—¡Déjame!—grita de improviso, alzándose también, con señales de incomprensible terror.
Huye al otro lado del aposento, y la niña, que le debe sólo una desvelada ternura, se asombra y aturde, sin comprender la causa de semejante dureza. Necesita el cariño de aquel hombre, el apoyo de su autoridad para erguir una última esperanza, y va humilde a solicitarlo.
—Padrino. ¿Qué tienes...? ¿Estás malo de veras?
Se le aproxima, fijándose en el rostro doliente, trasojado, amarillo, y el enfermo, que logra dominarse, tiende las manos con una ansiedad lastimosa; no sabe él mismo si para asirse a algo que le sostenga o para recibir a la muchacha.
Ella se las acoge muy ferviente y le habla con íntimo desvelo.
—Sí, estás malo; tienes calentura.
Una piedad repentina se desborda en el pecho de la joven con esa lucidez que despierta en el que sufre, para adivinar el ajeno dolor.
Nicolás ha vuelto a sentarse, dobla la cabeza arrullado por la dulzura de la voz que le compadece, y acaba por balbucir:
—Estuve mal anoche: ya me siento mejor...
—Pues mírame. Levanta él los ojos con trémulo parpadeo:
—¿Qué me pides?
—¡Ayúdame!
—¿Cómo?
—Haciendo que no se marche Manuel Jesús; le obligan, le engañan, sin duda, y yo me voy a morir...
—¿Tanto le quieres?
—Más que a todas las cosas de este mundo; mucho más que a mi padre y que a la vida. ¡Le quiero para toda la eternidad!
Se remece, brusco, el solariego, clava las pupilas enigmáticas en Dulce Nombre y pronuncia con torva lentitud:
—¡No sabes lo que dices...! Si él se marcha es porque le conviene, y tú debes casarte con Malgor.
—¡Padrino!
—Es un hombre formal y está enamorado de ti.
—¡Ay! No lo entiendo; antes me diste la razón... ¡Me dejas sola tú también!
Y la niña desconoce el pálido mirar de su amigo, la esquivez adusta con que habla y rehuye el amparo que le va a pedir.
—¡Estoy sola, sola...!—repite con aflicción, mientras Nicolás cierra los ojos otra vez y esconde los dedos convulsos entre la melena alborotada.
Llega del dormitorio un aire pesado que trasciende a medicamentos y a sudor; por la abertura de las cortinas se ve una cama revuelta.
Está Dulce Nombre observando todo aquello de un modo singular, como si nunca lo hubiese visto: la estancia tiene un semblante de abandono y tristeza que conmueve; el hidalgo, ahora, quieto, mudo, lívido, parece un muerto.
Al través de las propias vicisitudes siente la muchacha una inmensa compasión, no sabe de qué.
—Adiós—dice con la despedida llena de lágrimas.
—Adiós—murmura como un eco el hombre inasequible.
La molinera sale del gabinete por el carasol lo mismo que había entrado, y allí se para indecisa sin saber qué rumbo tomar, con el triste azoramiento de un ave que tuviera las alas rotas.
X
LA CAUTIVA
El viento del otoño ha segado ya todas las flores; Manuel Jesús está muy lejos.
La molinera llora, pero oculta sus lágrimas y permite que en la ciudad le confeccionen los atavíos nupciales.
Para las amigas, para los vecinos, la moza se casa contenta, orgullosa, al cabo, por merecer la predilección del rumboso pretendiente.
Ella disimula todo lo posible su interna cuita y logra engañar a los observadores, no muy perspicaces. Sólo algunos ojos, los de Tomasa, por ejemplo, no se equivocan: muerden las apariencias de aquella conformidad y hunden su averiguación hasta la pena viva de la abandonada.
En el horizonte limitado de los hechos, Dulce Nombre ha sido vendida por su novio. Y le han dolido desesperadamente, primero el amor, después la dignidad.
No conoce las mudanzas del sentimiento y se abate al desengaño sin comprenderle, enferma de zozobras, con un peso de plomo en el corazón. Su espíritu, cándido y salvaje, tiene una sana rectitud; puesto que fué traicionada es preciso que olvide al traidor.
Ningún medio más práctico, a su parecer, que el de casarse con otro: quiere hacerlo en desquite y venganza. Está pronta a dejarse llevar por el destino, pero se revela pensando que los que la inducen a la boda son cómplices de su desdicha: el oro del pretendiente, la ambición del padre, la terquedad incomprensible del padrino, la empujan al casamiento con demasiada violencia.
Siente humillado el señorío de su persona, cautiva su alma en una red de pasiones oscuras.
Otras fuerzas laten a su alrededor unidas también contra la infeliz en sorda complicidad: el paisaje transido de agua, la niebla torva de las cumbres, el sudor helado de las noches.
Una voz poderosa zumba en el aire, se estremece la selva con la agitación de un vuelo monstruoso: las últimas hojas corren locamente por los caminos.
Y la triste molinera abre los ojos en la soledad, inquietos como dos interrogaciones, desde que huyeron con las golondrinas sus esperanzas: así, entregada a los propios estímulos, se abandona al tiempo sin defensa, reduce su aspiración a que pasen los días, y escuda su pesar con morboso egoísmo en la coraza de los montes.
Parece que está el valle más hondo que nunca; la gasa de las nubes tiembla desde las cimas hasta el río, sepultando la vaguada en una humedad neblinosa; muge la corriente, repican las abarcas en los senderos.
Dulce Nombre recibe desde su habitación toda la tristeza de noviembre; ya no sale a la tertulia de la aceña ni arrostra la cellisca y el frío por los huertos y los abertales como las demás zagalas. Asiste a misa los domingos y se esconde en su hogar con obstinada reclusión, ensombrecida lo mismo que las horas, turbio el cristal dorado de los ojos igual que el de los cielos.
Cuando tiene visita se esfuerza en hablar y sonreír, un poco nerviosa y acelerada, atajando las preguntas, rechazando las alusiones con su habilidad nativa de mujer, que no le llega hasta el alma virgen y ruda, incapaz de fingimientos y subterfugios.
Por eso delante de Malgor descubre la niña el estado de su espíritu, en franca desnudez, sin recelo ni crueldad.
No consiente que su despecho se confunda con el olvido, muy distante de su corazón; reconoce que el indiano la compra porque la quiere, y considera que sería una infamia engañarle. Aunque el deseo de él la hace infeliz, se explica con una lógica irrebatible la conducta de aquel hombre; le comprende mejor que al padre y al amigo, empeñados en sacrificarla, y está cerca de perdonarle, mientras no halla una sola disculpa contra la villanía de Manuel Jesús; traidor y vil, ella le adora a pesar suyo y un sentimiento de honradez la obliga a decirlo con los ojos y los labios cuando se lo pregunta Malgor.
Aquellas contestaciones rotundas repercuten como un eco en la casona de Luzmela, donde el indiano calma las ansiedades desde que su amor recibe allí un inesperado sostén.
Atribuye el pretendiente a inconstancias del carácter este cambio de Nicolás, y le utiliza en su provecho para acelerar la boda sin poner mucha atención en las voraces impaciencias con que su amigo le pregunta a menudo:
—¿Olvida al otro...? ¿Consigues que te quiera a ti?
—¡No olvida, no!—tiene que lamentar Ignacio, tan distraído en graves inquietudes, que no repara en la sonrisa brusca de su confidente.
El cual no ha visto a la molinera hace un mes, desde la mañana inolvidable en que la niña desconoció al hidalgo y salió de la torre sin esperanzas ni designios.
XI
LA MANO DE NIEVE
No volvieron a encontrarse hasta el día de la boda.
Parecióle a Nicolás que los encantos de su ahijada habían crecido de manera increíble, y admiraba en ella, con extrañísimo temor, la bruma de los ojos, el rocío de las pestañas, la niebla de la sonrisa, todo el conjunto hechicero y singular de aquel rostro que trascendía al vaho de un corazón lleno de pena.
Sentía el padrino delante de la novia un doloroso remordimiento, clavado en la herida de sus pasiones inconfesadas y mordientes, mezcla de venganzas y ternuras, de celos y de amor, ponzoña de la sangre junto al propósito noble del espíritu.
Para absolverse pensaba que había contribuído a darle un buen esposo, honrado, opulento y cabal, y se quería esconder a sí mismo la intención de su influencia triste y oscura, hirviente de codicias y tentaciones, nebulosa como un sueño heredado. Un fatalismo imperioso le inducía a proteger la solicitud del rechazado pretendiente contra el mozo preferido, el temible rival. No premedita emboscada ninguna para dañar al matrimonio que favorece; se contenta con impedir que la mujer deseada realice la plena dicha de otro hombre. Al quererla Malgor enceló con su reclamo a un cariño que dormía engañoso, disfrazado de paternidad, y que despertaba asustadizo y clarividente a la vez. La sorpresa del descubrimiento y la cobardía innata de Nicolás ahogaron las voces de aquella revelación: no tuvo el solariego ánimos ni arrogancia más que para huir de su propia conciencia y un ciego instinto para negar a Dulce Nombre los brazos de Manuel Jesús. Procuró ardorosamente el viaje del mozo; él mismo le condujo a Torremar y le dejó en el buque, valido de su ascendiente con la pobre familia de Cintul, embriagando al viajero con razones de altruísmo y sensatez, gastando a manos llenas el dinero de Malgor.
Después de aquella pugna febril cayó en una silenciosa pasividad y estuvo muchos días sin salir de su aposento, con el rostro huraño y la mirada calenturienta, hasta que hoy la boda le pone frente a la desposada.
Y se le parte el corazón bajo el aura de inquietud que los envuelve a todos en la sombra de una mañana decembrina, empeñada en no amanecer.
Se celebra el casamiento muy temprano y sin ninguna ostentación; asisten Camila y Martín; la madre del novio, anciana y desapacible, mal conforme con la alianza de su hijo; Hornedo y el delegado del juez; Antón, que sirve de sacristán.
Aunque se ha ocultado con sigilo la fecha del acontecimiento, por reiterada voluntad de la novia, algunos curiosos bullen alrededor del grupo, avisados por esas oficiosidades aldeanas que ningún secreto las evita.
Da principio la ceremonia en el atrio de la Iglesia, abierto a las ráfagas del aire, y culmina en el presbiterio, opacamente; las luces no logran romper toda la penumbra del altar; un soplo frío y lúgubre corre por las naves anchas y vacías; los rezos del cura suenan como un zumbido arrinconado en la noche; callan a veces los latines y queda el silencio erguido igual que un ser inevitable.
Nicolás está dando diente con diente; los dolores de su vida, solitaria y medrosa, le penetran de pronto con angustia indecible; un profundo anonadamiento le invade. Y cuando el acto concluye, sigue la comitiva con el paso torpe, llega al molino con un esfuerzo maquinal.
Todavía está la mañana oscura lo mismo que una cueva; plañe el viento; la masa del paisaje se esfuma sin contornos en las derrotas.
Malgor quiere llevarse a su mujer en cuanto cambie de vestido; pero ella permanece inmóvil con su traje negro, envuelta en una mantilla que a Nicolás le parece de luto.
Una gran indecisión reina en cuanto sucede; ni el padre ni el marido saben ejercer su autoridad. Tratan a la muchacha compasivamente, igual que a una víctima a quien nada se niega en el momento aciago del sacrificio; y Dulce Nombre, aquí lo mismo que en la parroquia, habla como en tinieblas; diríase que no entiende las preguntas que le hacen ni las contestaciones que da; tiene el aire de olvidar en un segundo las palabras que oye y las que pronuncia.
Al fin se abre el día, tardío y helado, perezoso.
Con la luz desciende sobre la fábrica un poco de actividad. La joven se ha cambiado el vestido: luce uno elegante y señoril que pertenece a su nuevo estado de novia rica, y está dispuesta a seguir al esposo, desde cuya casa, después de una comida familiar, saldrá el matrimonio de viaje.
En vano intenta Hornedo sustraerse al suplicio de la invitación: el indiano recobra su energía y decide que el padrino les acompañe. Se deja llevar, inseguro y macilento, siempre a remolque de la voluntad ajena, atado con mordiente hechizo a la ventura de su camarada.
Ya cunden por el lugar noticias indudables del suceso, y los alrededores de la aceña se van llenando de vecinos; algunos disimulan su curiosidad con el pretexto de moler; otros se detienen en las veredas, con un rumbo imaginario; los mozalbetes y la chiquillería se asoman sin rodeos a las ventanas del salón.
Pero las ruedas están dormidas; Martín, muy solemne, con un semblante de tristeza orgullosa, despide a los importunos, mientras el novio, ya dueño de sí, procura dominar la incómoda situación hablando a la gente con mucho agrado, dentro y fuera del molino, y Dulce Nombre lo mira todo con los ojos atentos, curiosa, al parecer, como los demás, en una actitud repentina de observación.
No puede esperarse que arribe un coche a los dominios de Martín, y la boda se resigna a llevar su cortejo creciente hasta Luzmela.
Va por una ruta corva y delgada sobre la humedad del mantillo: el ramaje seco levanta sus brazos a la altura como si pidiera misericordia; cubre el Salia todos los rumores con su voz torrencial...
La casa del indiano, restaurada y lujosa, con más esplendidez que buen gusto, linda también con el bosque, señor de medio valle, y tiene una entrada por él; más arriba, sin sustraerse al acoso del arbolado, se yergue solitaria la torre de Nicolás...
Esta es la primera vez que Dulce Nombre pisa las estancias que ahora son suyas; las contempla distraída, indolente; no consigue un poco de interés para cuanto la espera allí. Y mientras resbala el día en un violento sinsabor, habla sólo cuando la interrogan; huye de su padrino con involuntaria enemistad, sonríe al esposo de una manera inquietante, como si no le conociese.
El acaba por sentir el influjo de aquella extrañeza, vuelve a perder el aplomo, sufre una lástima incurable cuando la niña deja oír la aterciopelada dulzura de su acento.
Le acompañaba Nicolás tácitamente en sus compasiones, dolido del rencor de la moza, ansioso de consolarla, desesperado de perderla.
Se le aproxima cuando puede y le dice una frase cariñosa; ella le clava los ojos dorados y altivos, le detiene con una sonrisa hostil; después se acerca al balcón y mira al campo a la altura fría de las montañas, al cielo crepuscular; todo la cohibe dentro de las habitaciones desconocidas; todo la requiere en el paisaje amigo. Le parece que la selva corre hasta allí tendiéndole los brazos, y que se agita luego con un gran ruido de alas, como si echase a volar por encima del monte. Y presta una atención supersticiosa a cuanto se mueve al otro lado de los cristales, a la blancura lejana del molino, al oropel inquieto de las nubes.
Anochece, declina la tarde a los precarios fulgores de un sol invernal.
Ha llegado el momento de partir: ya está el coche a la puerta con los equipajes cargados. Malgor no sabe cómo arrancar a su mujer de la incomprensible quietud, y él mismo la prolonga con pretextos pueriles, como si temiese que Dulce Nombre se resistiera a acompañarle.
Adolece Martín de parecida intranquilidad y hasta la suegra se preocupa de la tardanza, mientras Camila gime por los rincones y Nicolás comprende que la despedida no da treguas: es imposible detener al tiempo y han sonado los fatales minutos.
—¿Vamos?—dice el marido vacilante, como si pidiese perdón.
Tiene que repetir la pregunta junto a la esposa, que sigue con el rostro pegado a los vidrios.
Se vuelve entonces sorprendida, y percibe toda la oscuridad de la habitación.
—¡Ya es de noche!—pronuncia. Se le ha entrado en el alma toda la esencia alarmante de la sombra.
Dulce Nombre no es inocente como las pastoras idílicas de los libros. La naturaleza salvaje de los campos le ha hecho sus revelaciones, sin perfidias, con esa clara brutalidad que no estorba al íntimo candor de los espíritus, y desde que la joven tuvo novio soñó estremecida con la hora misteriosa y tierna de las desposadas.
—¿Vamos?—repite aún el marido.
La suegra enciende luces y empuja a la muchacha hacia un dormitorio donde ella recoge alguna cosa.
Cuando sale de allí, con un velo sobre la cabeza, está blanca igual que un lirio, le chocan los pensamientos unos con otros, sordamente, y se le deslíe la inquietud en el zumo claro de las pupilas.
Bajan todos la escalera muy despacio, en silencio.
Entra en el portal con la agitación del aire el hálito de las hojas muertas y el bramido remoto de las olas. Alguien dice:
—¡Cómo suena la mar!
Es Gil, que a la puerta del indiano habla con el cochero y sonríe de una manera absurda.
En torno al carruaje hay un círculo de curiosos. Algunas mujeres abrazan a la novia, que se deja acariciar y despedir hasta que le llega el turno al padrino. Entonces, con un gesto mudo, le alarga la mano, fría como la nieve; él la recoge entre las suyas, devorando con los ojos a la moza, hambriento de su belleza intacta, y algo se le derrite en las venas que le hiela el corazón, cuando el esposo desde el coche pide aquella mano y la atrae hacia sí.
Pero ha subido la muchacha; se asoma a la ventanilla, habla trémulamente con su padre y con Gil, lleva con lentitud la mirada a los cielos donde riela la luna como un escalofrío del paisaje.
El rostro pálido luce todavía un segundo el resplandor triste de su gracia; cruje un fustazo, se mueve el coche y la novia desaparece en las negruras del valle, como una estrella que se hunde en su caída...
XII
CENTELLA DE AMOR
Al volver el matrimonio a la montaña, ya trasciende en los huertos con íntima dulzura el perfume suplicante de las violetas; han crecido los días y los caminos de la mies; un vaho primaveral sube de las campiñas a los montes y gana las cumbres como si buscase el cielo acogedor.
Dulce Nombre mira las cosas con asombro incesante, sorprendida de encontrarlas en idéntico lugar: allá arriba las cabañas orlando los abismos; aquí el bosque en la hondura del valle, corriendo detrás del Salia, perdiéndose de vista con el río por la hoz. Y los mismos horizontes estrechos, las mismas caras familiares en las personas y la Naturaleza, en las campanas iguales voces que claman y huyen como aves de paso: la vida rural atenta y sorda, hoy lo mismo que ayer.
El propio semblante de la muchacha está retratado en el espejo con su aire de siempre, luminoso y juvenil. Y a ella le extraña mucho esta inmovilidad. No ha contado bien el tiempo de su ausencia: esperaba encontrar envejecidos a su padre y a Camila, variado el rostro de los parajes y las criaturas.
En cambio practica sus nuevas costumbres sin gran extrañeza: vestirse de señora, gustar manjares finos, pasearse en coche, son ventajas que no la sorprenden. Tuvo ella nativas inclinaciones de elegancia, afición a lo bello y esmerado, noticia de todas estas comodidades que hoy disfruta con naturalidad algo desdeñosa, como quien las merece y las paga. Su carácter, altivo por ser cántabro, la induce a no demostrar codicia ni admiración hacia estas cosas que antes fueron ajenas a su vida.
Ya la moda, con visos de cultura, ha nivelado mucho aquí el indumento de las clases, sobre todo en la mujer: las aldeanas cortan su traje festivo por un patrón de señorita y, salvo el coste de los géneros, la esposa del indiano se distingue muy poco de la antigua molinera.
Pero en las intimidades del hogar teme Dulce Nombre no conseguir nunca la disciplina de su corazón: vive con los pensamientos desatados en una esperanza que a cada instante agoniza y torna a renacer; sufre y disimula; sonríe con una tristeza rebelde; calla en un silencio orgulloso, y cobra todos los días nueva gratitud al marido que cumple fiel su propósito de tratarla delicadamente, con aquella blandura que tuvo para las gargantillas y las pulseras, los zarcillos y los broches.
Verdadera mano de joyero es la suya, en las caricias y las solicitudes, mano temerosa del roce brutal, obediente a la resignación, abierta a la dádiva y al homenaje: el hombre rico aspira a merecer, no a lograr, y tiene para su esposa todas las generosidades y las benevolencias.
Ninguna traba, ningún reproche descubren en Malgor sus celos incurables, el calvario de un cariño que sólo consigue la recompensa del agradecimiento. Fué aplazando la hora de amar, se contuvo a la orilla de las pasiones con una sensatez indefinible, mezcla de incertidumbre y de pavor, y hoy, que desde la altura de su camino elige resueltamente una compañera, conoce que es tarde: se le ha ido la juventud. Ya toda la prisa, la decisión, la voluntad, son armas inútiles frente al deseo de que una niña le adore.
Pero aun confía vagamente en el milagro; piensa que a costa de muchos méritos pudiera la gratitud convertirse en pasión: quiere dejar a la muchacha en una absoluta libertad, que haga en todo su gusto, que triunfe en los caudales y en la casa como dueña y señora de cuanto el marido tiene.
No ha pensado nunca Malgor en abandonar a su madre: junto a él vive, estimada y con fueros propios, mas en distintas habitaciones, con servidumbre independiente y sin ninguna intervención en el dominio de la nuera. Y gruñe un poco, escandalizada de las prerrogativas de la mocedad, a punto de rendirse bajo el encanto de la Intrusa, mientras ella hace uso de aquellos privilegios con una sobriedad tranquila y los aprovecha casi únicamente para irse al molino sola y a menudo.
Allí reconstruye su existencia anterior embriagada en las memorias habituales, contando los minutos que se han muerto y empeñada en no oír cómo las horas nuevas desvanecen en el aire su melodía. El fragor del trabajo apaga todos los ruidos exteriores, y si callan las piedras, yergue el río la frescura de su voz aturdiendo a la muchacha.
Eso es lo que ella quiere: aislarse del tiempo, ensordecer la vida y mirar lo pasado como única lontananza.
Pocas veces se asoma Dulce Nombre a la sala molinera; sólo de paso se detiene si alguien la saluda, habla un instante y se dirige a su querida habitación, solitaria y evocadora, abiertas sobre el huerto y el río las ventanas inolvidables.
Cualquiera de las dos la seducen, porque desde ellas domina los recuerdos con un poco de serenidad. Abajo, al borde de la presa, siente una fascinación dolorosa que la espanta, y en el humilde vergel sufre demasiado con una ternura inexplicable hacia todo lo que allí se nutre y palpita.
Nunca ha mirado así las primaveras, con esta compasión rara y ardiente que hoy la impide coger una rosa, pisar el trébol, rozar con los vestidos el cáliz campanudo del arándano. Las azucenas le parecen de cristal: no se atreve a tocarlas por no herirlas, ni a sacudir, como otros años, en la hiedra la flor azul, los haces verdosos en el espino cerval.
En cambio, desde la altura de su habitación todas las cosas le dan una respuesta más lejana y apacible: el filo de los senderos, las espumas del río, la cresta de las montañas, los árboles del bosque. Y se está allí horas enteras, con el corazón entreabierto, devota y muda, estática como el paisaje...
En este mismo anochecer se despide la joven del molino con su acostumbrada pesadumbre. Camila sale hasta el umbral; Martín ha tirado de la paleta suspendiendo la trituración, y se dispone a ensacar la harina: desde que la fábrica es suya se ha vuelto muy avaricioso y vigila con creciente solicitud la hacienda y el provecho.
Ignora Dulce Nombre que su padre se haya convertido en propietario a expensas de ella, y no obstante le mira con menguada estimación; a su lado se encuentra sola.—¡Está lejos de mí!—se dice interiormente, y se extraña pensando:—¡Ser hija de un hombre se reduce a una casualidad!
Ahora mismo él se queda allí preocupado de su negocio, sin ver la angustia con que la muchacha afronta el camino del nuevo hogar.
Marcha presurosa, con el paso a la medida del pensamiento, esquiva al roce de cuanto la rodea, como si temiese el contacto de las emociones. Y en un recodo del ansar alcanza a las últimas veceras del molino, Tomasa y Clotilde, muy calmosas aquella tarde, con sus canastos de harina apoyados en la cintura.
Es la primera vez que Dulce Nombre encuentra a la hermana de Manuel Jesús, después del casamiento: tampoco ha visto a su padrino, obstinada en rehuir las visitas y las curiosidades de la vecindad.
Pero aquí Tomasa la obliga a la conversación.
—¿Qué, no quieres nada con nosotras...? Llevamos el mismo rumbo: te acompañaré.
—Y yo hasta la pontezuela—añade Clotilde con alguna cobardía.
—Sí, sí; me alegro mucho.
—¿De verdad?
—Ya lo creo.
—¿Por qué no ha de alegrarse?—aduce Tomasa, aprovechando la ocasión—. Después de todo, bien quiso a tu hermano, hasta el otro día, como quien dice.
—¡Pobre Manuel!—pronuncia con lástima la niña de Cintul. Y baja la cabeza, que en la sombra, ya difusa, le brilla con un color dorado de trigal.
—¿Pobre?—balbuce la de Rostrío.
—Pobre, sí—confirma Tomasa con mucha indignación: le engañaron con embustes y sermones; te le quitaron entre Malgor y tu padre.
—Él se quiso ir.
—No es cierto; miente quien lo diga: pregúntaselo a ésta.
Clotilde, ante el reclamo, se crece y asegura:
—Le dijeron que si no se marchaba serías tú siempre una infeliz, una miserable como las demás... Y se fué para darte la suerte; pero estuvo llorando toda la noche... Creímos que se volvía loco, ¡si vieras...! Corría a tientas por este lerón, subía y bajaba a Cintul sin poderse detener... ¡Daba miedo!
—¡Ay!—dice solamente Dulce Nombre.
Tomasa, viéndola sufrir, insiste, maligna y gozosa:
—Te le quitaron entre tu padre y Malgor.
—¿Mi padre también?
—¡Vaya...! Para cobrar la aceña, que ya es suya.
—¡No, por Dios!
—Que te lo jure tu marido...
—¡Calla!
—Todo el mundo lo sabe.
—¡Es imposible!
—Y hasta don Nicolás anduvo en el negocio con las pesetas del tu hombre: ¡parece mentira!
—¡Ay!—repite la engañada, con otro suspiro, más largo, más profundo; siente viva la centella de la pasión, aventada entre los escombros de la felicidad, y se olvida de las traiciones, de las miserias, de las realidades que la conducen lejos de su ventura... No desconoce los deberes de su nuevo destino porque ya le han temblado las entrañas; pero se acuerda de un solo amor, del único libérrimo y consciente. Y le saluda con beatitud en la oscuridad: está allí bajo la noche que llega cargada de aromas finos y penetrantes; está en el aire húmedo y tibio, en el fuerte arrullo del Salia, crecido con los manantiales de abril.
Dulce Nombre, que ya no escucha a sus compañeras, se ha vuelto de repente muy asequible a todos los ruidos misteriosos, a todos los movimientos callados de la vida, y descubre el oculto latido de las plantas, oye cómo la raíz de los árboles escarba por el suelo; atiende a la fuerza sonora del propio corazón, al vuelo claro de la luna que se levanta en las nubes con las alas abiertas...