SEGUNDA PARTE

I
EL PUÑAL EN LA HERIDA

Muchas horas tristes había contado Dulce Nombre desde aquella de revelación para su alma.

Y cada año saludó impaciente a la lluvia ágil y presurosa de abril, al campo reverdecido, a la nueva flor.

Tenía un presentimiento de libertad; confiaba en que el destino le cumpliría sus promesas. Porque Manuel Jesús no la había olvidado; se relacionaba continuamente con Malgor y permanecía soltero, juicioso, muy solícito para su familia y sus memorias, expresando por cartas, emisarios y otras señales elocuentes, su deseo de volver a Cintul, sus íntimos propósitos de conseguir algún día la realización de una sola esperanza.

Y Malgor vivía muy enfermo, andaba tímido por la tierra, calmoso y vacilante, sin atreverse nunca a correr, ni a reír, ni a llorar; huyendo del dolor y llevándolo en sí mismo, agazapado en el pecho con amenazas de muerte.

A los pocos meses de casado padeció un ataque anginoso con la terrible contricción retro esternal y la angustia suprema de la agonía. El médico del distrito, Mariano Esquivel, primo de Nicolás Hornedo, llamó en consulta a las eminencias de la región, que diagnosticaron aciagamente como él.

Oyó Dulce Nombre muy sorprendida la sentencia de su marido: tenía una angina de pecho, una lesión mortal de la que podría defenderse algunos años si evitaba las emociones intensas, los cambios bruscos de temperatura, los ejercicios violentos.

—¡Lo evitará!—prometió la muchacha seria y firme.

—De esta suerte... ¡quién sabe!—añadió Esquivel—podrá ir viviendo... cinco..., diez..., hasta quince años... Aunque es imposible precisar...

—¡Quince años!—pensó Dulce Nombre muy adentro; y sin poderlo eludir, echó a volar la imaginación por ignorados caminos, dudosa entre el gozo y la pesadumbre, anhelando saber si era preferible aguardar siempre en el cruce de los recuerdos, o sentarse a la orilla de una fecha con un poco de silencio en el corazón.

Le tembló una sombra en los ojos, y una sonrisa en los labios. Iba a ser madre; un torrente nuevo circulaba por sus venas, una gracia desconocida entrañaba su carne grávida del misterio: sintióse valerosa y se juró una inviolable fidelidad al hombre sentenciado... Después, a lo largo del tiempo, ¡cuántas inquietudes y vacilaciones!

Nació la criatura esperada, una niña graciosa y fuerte que llenó la casa de alboroto y movimiento. El padre olvidó su enfermedad, mostróse la abuela enternecida, un poco envidiosa, y allá abajo, en el molino, robusteció Martín el orgullo de su alianza con la opulencia del valle, mientras Camila andaba más cavilosa que nunca, suspirando sin cesar.

Fué preciso que Hornedo saliera de su torre para sostener en los brazos a la nueva ahijada. No lo hizo sin resistencias ni disculpas; estaba secretamente reñido con Dulce Nombre desde que ella le echó en cara su intervención en la marcha violenta de Manuel Jesús. En vano trató de defenderse:

—Lo hice por ti, por tu bien.

—No; eso está muy oscuro: primero me habías dicho que casarme con Malgor era una locura.

—Así, de repente, me lo pareció, porque te lleva mucha edad; luego pensé que te convenía. No es un viejo; está en la plenitud de los años; es agradable, excelente, rico...

—Yo te contesté que quería al otro.

—¿Y ahora?—preguntó Nicolás ciego de impaciencia.

—¡Ahora, también!

Una ráfaga de alegría iluminó el semblante de aquel hombre tortuoso.

—Este—aludió con aparente censura—es tu marido.

—¿Qué más da...? Yo no le elegí... El molinero es mi padre y le he dejado de querer.

—¿A tu padre?

—¡Me vendió!—repuso Dulce Nombre, áspera y triste—. Tú le ayudaste, sin duda para servir a tu amigo... el menos culpable de la infamia que habéis cometido con nosotros.

—Si hubo culpa—dijo Hornedo muy alterado—la menor es la mía, que nada gané... y todo lo perdí.

—¿Perdiste...?

El hizo un gran esfuerzo por tranquilizarse, escondió los ojos delatores, apagó la voz.

—Perdí tu amistad.

Callaba la joven, a punto de conmoverse bajo aquel acento pesaroso lleno del antiguo cariño; pero el hidalgo quería insistir en acusar a Malgor, y volvió a aludirle, entre dientes, añadiendo:

—El que puso en ti la codicia ha causado todo el mal; no le defiendas: corrompió a tu padre; me obligó a ser injusto con Manuel Jesús; levantó la tempestad en tu vida...

Quedóse la moza desconcertada; ¿por qué el padrino se volvía ahora de pronto contra Malgor...? Era incomprensible.

Le miró con insistencia sin conseguir hallarle claras las pupilas, sin recobrar junto a él la confianza y el aplomo de otras veces: algo desconocido y amargo se interponía entre los dos. Sentía el padecimiento de él como una cosa tangible y dura que la desazonaba, y no se decidía a consolarle. Acabó por encogerse de hombros, todavía rencorosa, distante, a pesar suyo, de aquel único amigo de su niñez.

Pero Nicolás no quería alarmarla con sospechas, y murmuró, cauteloso el acento:

—También Manuel Jesús ganó algo al perderte: mejoró de fortuna, cambió el arado y el dalle por las piedras preciosas...

—Le hicisteis creer que con eso me hacía feliz.

—Todos nos equivocamos; yo solo padezco el castigo.

—Y él se fué inconsolable; le habéis echado; le impedisteis que me viera y me hablara...

—¡Cómo te duelen sus cuitas!

—Y me dolerán siempre. Desde que las supe estoy contenta, porque sé que le puedo querer, que sigue siendo mi novio.

—¡Estás casada!

—¿Qué importa? Nos separasteis con engaños, pero no podéis separar nuestros corazones.

Nicolás palideció aún: se abrasaba de envidia por el ausente.

—¡Mucho confías en él—exclamó sombrío y hosco.

Entonces palideció ella.

Atravesaban el ansar, donde el señor se había hecho el encontradizo cuando volvía Dulce Nombre a su casa en un lento crepúsculo de mayo, sola y pensativa. La duda solapada del padrino la obligó a detenerse llena de zozobra:

—Confío en mí—dijo con ardor—y por mi seguridad juzgo la suya.

Estaba inmóvil; se le estremecía en los ojos el candor del paisaje.

De pronto siguió andando, muda y rápida, en el silencio campesino del anochecer, traspasado de rumores leves, saturado de perfumes indómitos.

El río ponía en el ambiente su acorde incansable bajo un cejo de niebla azul; se percibía en el aire el temblor de las flores, el aleteo de los pájaros en su última ronda, el zumbido inescrutable de élitros y murmullos recónditos.

Iba Hornedo junto a la muchacha callado y vengativo, gozándose en verla sufrir de celos y de amor lo mismo que él, y seguro de que su único rival era el ausente, lejano, perdido, inaccesible. Había temido que el esposo, a fuerza de ternura y de bondad, conquistara el deseado corazón; por eso le culpaba, aun a costa de parecer inconsecuente. Ahora le convenía fomentar los imaginarios derechos de Manuel Jesús; que el riesgo de perder toda esperanza fuese para el hidalgo cuanto más remoto. Y no tuvo un plan de conquista, no fraguaba un acecho ni una conspiración contra el amigo. La moza le parecía sagrada; un miedo supersticioso le hubiese impedido extender la mano hacia ella; pero el instinto y la pasión le inducían a guardarla de otros amores, con un indefinible anhelo de ventura.

Ya estaban en los linderos del indiano: una verja, un portel, y el ansar penetraba en la finca de Malgor sin torcer su rumbo, siempre encaminado por la ancha orilla del río.

—Adiós—dijo Dulce Nombre únicamente; volvió apenas la cara y entró en su parque, ya cubierto de sombra.

—Adiós—repuso Nicolás, amordazado por el enojo, perdiendo de vista a la muchacha en la espesura de la noche ciega y vigilante...

Después la vió muchas veces y la tuvo que hablar en distintas ocasiones, amigos en apariencia, escondiendo de un modo tácito su inexplicable disgusto.

Hasta que la hora del bautizo les obligó a mayor intimidad y ablandó un poco la pesadumbre de aquel secreto raro y confuso para la joven.

Mostrábase ella muy conmovida con el suceso de su maternidad, mirando con extrañeza y unción a su criatura, la carne inocente, el alma dormida, la iniciación de un destino, el nuevo ser; todo en la nena le parecía inefable y milagroso, llegado de muy lejos, puesto en el mundo con una gracia pura y reverencial.

Y las palabras, los sentimientos de la madre, eran cándidos y humildes también para el padrino, que se empeñó en llamar a esta ahijada Dulce Nombre de María, lo mismo que a la otra.

—Le diremos sólo María para no equivocarnos—propuso Martín.

—O le diremos Dulce—opinaba Malgor, embelesado con el nombre de su mujer, radiante de optimismo y de ilusión en aquellos días.

En tanto Nicolás contempló a la amada con embriaguez, encontrándola más hermosa con su cálida blancura de convaleciente, y su adorable expresión de sorpresa y beatitud.


II
SURCOS Y TREGUAS

Cundía la existencia de Dulce Nombre ruda y solitaria, por un solo cauce: la hija, el campo, el molino, la pena detenida en el corazón... Así un año y otro al atisbo del único horizonte, emplazada la ventura, aguardando los soplos de la muerte como señuelo de la libertad.

Ya casi nadie se acordaba del fracaso de aquella vida, sino en comentarios superficiales, en vagas conjeturas; la esposa de Malgor tenía motivos para ser más feliz que cualquiera otra mujer. Su carácter reconcentrado se achacaba a la poca salud del marido; y, por otra parte, se envidiaban su posición, su belleza, las consideraciones que en torno suyo ponía la fortuna.

—Siempre ha sido algo orgullosa—solían decir, viéndola esquivar las amistades del señorío.

—Y algo rebelde, muy amiga de hacer su gusto—añadían, con más inclinación a la censura que a las alabanzas.

Pero la historia de aquel amor que tanto dió que hablar, había pasado a la categoría del susurro. De vez en cuando, se insinuaba que Manuel Jesús podía volver y encontrar viuda a la que fué su novia. Él, por de pronto, no se casaba, vivía en constante comunicación con el país, y Malgor estaba desahuciado.

Aquella posibilidad quedábase en el olvido meses enteros, y sólo unas cuantas personas en la comarca la perseguían con interés.

La madre del viajero una de ellas. Desde la tarde lejana en que anunció cruelmente a Dulce Nombre la partida del mozo, no olvida el pesar y el amor sorprendidos en el semblante de la molinera, y sufre agobiada por un remordimiento y una gratitud que no sabe cómo probar. Colmada por el hijo de regalos y de favores, cuanto disfruta piensa que es a costa de la niña engañada, de la pobre niña sin madre, a quien vió padecer un horrible trastorno, desolada y silenciosa como un ángel mudo.

Después de las revelaciones de Clotilde a la enamorada, procuró Encarnación acercarse a ella para hacerse perdonar sus antiguas hostilidades, y al descubrir en los ojos de la moza la pasión latente y oculta, acabó por fomentársela con promesas y augurios.

—El que te compró no ha de anietar; está comalido... Tú eres una criatura que empiezas a vivir... Volverá Manuel, rico, poderoso, y os casaréis... él escribe a su hermana sólo para nombrarte... ¡cuánto te quería...! Te sigue queriendo, ¡no te puede olvidar!

La muchacha la oyó una vez con silencioso resentimiento, como a una cómplice de su rebelde esclavitud, halagada, no obstante, con el reclamo embaucador. Otro día, muy en contra de su altiva reserva, se dejó atraer por la palabra ruin y maliciosa que le decía:

—No habrás de aguardar mucho...

Y sin saber cómo, nublada la razón por el empuje del instinto, se le escapó a Dulce Nombre su más hondo y callado pensamiento:

—¡Quince años!—respondió como si hablase a solas en lo interior de su conciencia turbada.

Encarnación se echó a reír con la ingenua crueldad de los rústicos y de los niños:

—¡Quince años...! Los ricos para todo encuentran bula. Si tu marido fuera pobre no le recetarían ni para quince meses... Pero es viejo y está picado del arca: no puede tirar mucho.

—Yo no he de procurar que se muera.

—Ni yo tampoco, ¡válgame Dios!

—Le cuido y le preservo del mal.

—Como buena cristiana... pero, ¿le quieres?

—¡Eso, no!—repuso Dulce Nombre con bárbara sinceridad.

Y la de Cintul, lejos ya de su pugna trabajosa, descansada y tranquila, hizo un arma de aquella ruda confesión, la puso a prueba, y en premeditados encuentros logró que la muchacha se acostumbrase a sus expansiones y las tuviese por lícitas y agradables. Varias veces le enseñó cartas de Manuel Jesús dirigidas a Clotilde, llenas del recuerdo de sus amores y de la amargura de la ausencia, rebosando preguntas, inquietudes y propósitos; las misivas delataban una previa información de cuanto ocurría en el valle.

También sostenía el viajero correspondencia con Malgor, como alto empleado de la joyería cubana, relaciones comerciales y ceremonias que le proporcionaron una nueva comunicación con Dulce Nombre, aunque ella jamás enviaba un recado definido para el ausente.

—¿Quieres que te escriba, en el mayor secreto?—le llegó a decir Clotilde.

—No; estoy casada con otro—protestó, adusta, revestida de una inocencia ancestral que no celaba al sentimiento indomable, y sólo a las acciones imponía su recato.

Después de algún tiempo Clotilde Ayuso fué hastiándose de aquella tercería; encontró novio, se consagró a los preparativos de la boda, y únicamente si le venía rodada la ocasión aventaba con mensajes y encomiendas el sigiloso culto de Dulce Nombre.

Pero la madre no se cansaba nunca de encenderle, y año tras año le iba persiguiendo con una constancia que llegó a convertirse en obsesión. Mujer arisca y voluntariosa, tuvo siempre la antigua coloñera un fondo de agudo sentimentalismo que la obligaba a llorar cuando reñía y a desvanecer sus exaltaciones en lamentos: los que la trataban mucho sabían que sus arrebatos no persistían jamás en el encono, sino que se inclinaban a la benevolencia y la ternura.

Esta propensión generosa, y el pesar de haber dañado anteriormente a la niña de Rostrío, la mantenían en constante solicitud para vigilarla y embairla con un continuo murmullo de seguridades y ofrecimientos.

Y tal perseverancia, llena de desinterés, algo tocada de una enfermiza sensibilidad, llegó a producir en la misma Encarnación un extraño fruto: acabó por creerse con derecho a disponer de aquella moza casada, para realizar las bodas del hijo.

No había otra en la región que le mereciese; bella y educada, elegante más que la de Barreda, más que la de Esquivel, era muy cierto que había nacido para esposa de Manuel Jesús, el buen mozo con estudios y talento, con ganancias y virtudes. La miraba como algo propio, la sonreía en un acuerdo tácito de voluntades y designios, impaciente porque Malgor no acababa de morirse; y aunque ella no sabía escribir, aguijaba a Clotilde para que se dirigiese al hermano, conminatoria y resuelta: necesitaba volver; que se pusiera en camino inmediatamente; don Ignacio estaba en la agonía...

Así, la exacerbada vehemencia de la madre, uniéndose al amor y a la soledad al través del tiempo, le conservaron a Dulce Nombre la esperanza, culpable, caliente y madura en el corazón.


III
CUALQUIERA TIEMPO PASADO FUÉ MEJOR

En la amenazada existencia del indiano crecía el relieve doloroso como una ola desbordante de amargura. Y al influjo de cada martirio le parecían casi felices los primeros días de su matrimonio, cuando tenía salud y esperaba un milagro cerca de su mujer.

Fué en una lejana primavera, al regresar del viaje de novios; aun no sabía Dulce Nombre los detalles del error que la inclinó a la boda, y mostraba una tristeza pasiva, un orgulloso disimulo que al marido le daba algunas veces la apariencia de la conformidad; hasta que una noche le preguntó bruscamente la muchacha, agudas las pupilas, calurosa la voz:

—¿Es cierto que le diste a mi padre el molino a cambio de mi persona?

No supo de pronto qué contestar.

—¿Es cierto que a Manuel Jesús no le dejasteis verme antes de echarle de aquí?

Al cabo, Malgor repuso, atravesado de zozobras:

—Verdad es que yo sólo disponía de mi oro para conseguirte... y lo di a manos llenas.

—¡Me tendiste un lazo!

—¡No!; te ofrecí la vida... ¿Qué haré de ella si no la quieres tú?

Aguardó palidísimo, extrañamente honda la mirada; pero Dulce Nombre parecía cubierta por una fuerte lápida de silencio.

—¿Qué haré, di?—repitió anhelante el marido. Y añadió en seguida:

—¿Me perdonas?

La muchacha se encogió de hombros con el altivo gesto que le era familiar.

—Responde algo: ¿me perdonas?

Ella le abrumó entonces con una sorda y tardía contestación, moviendo la cabeza negativamente.

—¿Qué...?

—¡No!

El hombre rico sintió que una enorme dureza le gravitaba sobre el pecho y se le extendía por la garganta y el brazo hasta el dedo meñique. De pie como estaba en el dormitorio, retrocedió un paso y se sostuvo inmóvil contra la pared, sin atreverse a respirar, con el horror de la muerte en el semblante.

Se le acercaba la mujer en desolada confusión, y él, con la vista empañada y angustiosa, parecía decirle: ¡no me toques! Estaba seguro de que un aliento, un contacto, por leve que fuera, acabaría de aplastarle.

De repente, lo mismo que llegó aquel espantoso mal se le fué quitando de encima: le dejaba libre el movimiento y la respiración y pudo ir hasta la cama, dejarse caer en ella agotado, rendido, pero con la sensación de vivir.

Y como Dulce Nombre seguía inclinada hacia el enfermo con muda solicitud, volvió él a apoderarse de su primera ansiedad, juntando las palabras insistentes:

—¿Me perdonas?

Renovó la pregunta con la voz casi extinta, aun dilatado por el miedo el vidrio turbio de los ojos.

Y la esposa, fascinada por aquel sigilo terrible, llena de arrepentimiento y caridad, le apoyó los labios en el oído, como si de otra manera no pudiese responder:

—¡Sí!

Fué la sílaba igual que un escucho sin eco ni resonancia, una gota de compasión caída silenciosamente en la álgida tristeza de un espíritu.

Desde aquella noche estuvo Malgor condenado a muerte por la ciencia, libre de reproches y venganzas por la misericordia de una mujer. Pero sentíase desamado; el perdón no era la correspondencia, ni debía engañarse con ilusiones transitorias luego de haber tocado vivas y florecientes las raíces del amor rival.

No obstante, vinieron para el indiano días generosos; esperaba un hijo; Dulce Nombre, en el ensueño de su maternidad, ocultaba mejor la desventura y tenía muy recientes sus buenos propósitos de enfermera.

Hasta el valle y los montes se extendía la ponderación de los desvelos que de su esposa merecía el indiano, y no faltaban rondas nocturnas que lo comentasen desde el ansar en noches de plenilunio. Más de una vez la copla alusiva clamó, vibrante, allí:

La mujer en amores

es leña verde,

que llora, se resiste

y al fin se enciende;

luego, encendida,

ni resiste ni llora,

pero suspira...

Decíase que era Gil quien daba al aire su despecho con el cantar; y a Malgor le consolaban aquellas ingenuas interpretaciones que le suponían dichoso.

Pero se le escaparon lentamente las últimas esperanzas; iban haciéndose frágiles: insostenibles, remotas, perdían hasta el contorno vago de la ensoñación, y se desvanecieron al fin: el pobre iluso quedó frente a la realidad.

Era un enfermo que sólo hallaba ojos apiadables y cuidado caritativo donde él quería el amor y la salud.

En vano procuraba dominar sus tribulaciones y sufrir menos para no empeorar; estaba advertido de los riesgos a que se exponía en cada fuerte emoción, y por evitar la violencia de una sola iba amasándolas juntas en un continuo padecer. Debilitada por el duro ejercicio, se relajó algunas veces su paciencia; sentía aplomado el corazón; una desesperada rebeldía, un deseo inextinguible de vivir y de gozar, le llevó en ocasiones a mostrarse receloso: clavó las pupilas inquiridoras y desconfiadas donde antes las había posado con extrema reverencia, y Dulce Nombre tuvo la certidumbre de que su sacrificio no servía siempre de consolación.

Ella, al roce de la vida y de los duelos, afirmaba su carácter recio y claro y se cumplía a sí misma todas las promesas de silencio y de lealtad. En ocasiones, el amor le dolía sólo como un mal exquisito que la dejaba aguardar sin grave pena, atento a la confianza el corazón juvenil. Hallábase entonces mejor apercibida contra las impaciencias del esposo y aparentaba muy bien no cansarse a su lado, no ofenderse de su vigilancia, vivir en un sueño de olvido y de resignación.

Luego, de súbito, se le convertía la espera en un castigo cruel, lloraba el malogro de su juventud, sentía irrespirable el aire inerte de la casa; soportaba la cadena con demasiado esfuerzo, y el marido le veía su triste verdad inmóvil en los ojos.

Era el invierno muchas veces el causante de estos desmayos. Bajaba desde la espina fragorosa de la sierra con las nubes atormentadas por la tempestad, y se extendía en el valle como un viento de espanto, un mes y otro, cuajándose en lluvias y en nieblas, en cierzos y nieves.

Si por casualidad cesaba de llover se endurecían los caminos bajo los cristales de la escarcha mientras el sol ardía sin calentar; y en el tránsito frío de las noches se congelaba la luna recostada en las cumbres, extraña y despavorida, con una tristeza insufrible.

Y Dulce Nombre volvía a sentir en el alma un dolor conocido: el amargor del llanto de otros días. Lanzábase con intrepidez a las derrotas, duras, que parecían de piedra, se dejaba atravesar por las agujas del hielo, errante por el campo marchito, hasta que abrían los astros sus flores amarillas.

Entonces regresaba al hogar con un anhelo dañoso, inútilmente desechado: podía encontrar al marido agonizante, sin luz ya y sin voz la pálida cabeza.

Se estremecía indignada contra el maligno deseo.—¡No, no!—se decía—tiene que vivir; le debo cuidar; que no sufra...; que no sospeche... Le quedan muchos años... ¡hasta quince!

Los contaba por los de su hija:—Uno, dos, tres...—llegaba a siete y gemía:—¡Falta el doble!

Unas lágrimas silenciosas, incesantes, seguían aumentando el agua profunda de su corazón...

Cuando en el solsticio de diciembre había reinado el Sur, podía suceder que apareciesen unos días templados y ventosos; y los recibía la muchacha con pánico, como a los más evocadores de sus penas y sus presentimientos. Sentíase agitadísima, con necesidad imperiosa de bajar al molino, de recorrer el bosque donde las ramas se retorcían igual que serpientes y el río se iba largo y bullicioso, llevando al mar la nieve derretida de los montes.

En aquella abertura estruendosa de la vega no había un movimiento ni una resonancia que no sirviesen de conmemoración a la hija de Martín, y revolvía sus recuerdos con invencible atractivo, padecida y lastimera, hundiéndose en las voces amadas y temidas; el rugido de los árboles, el clamor de la corriente, la masticación de las piedras moledoras, le producían crisis de llanto, accesos de terrible desesperanza.

Recobraba de improviso las energías sólo con sentir el primer soplo refrigerante de la primavera. Los pensamientos de Dulce Nombre hallaban una anchura consoladora en los surcos del campo abiertos como heridas, fugitivos por el valle en una cava olorosa y morena; y el abandonado gabinete del molino, abierto de par en par a la brisa de los montes, albergaba de nuevo la espera y la tortura de aquella mujer.

—¡Necesitas menos sueño que un pájaro!—le solían decir los que la encontraban de víspera bajo el oscuro estremecimiento de la noche, y la veían madrugadora igual que el sol, despabilada y diligente, buscando los caminos de la hierba a lo largo del ansar.

—Sí—respondía, agitada con la palpitación del aire, sonriendo sin saber por qué.

Y, en la aceña, besaba a Camila delicadamente, saludaba a su padre con amistad. No le había perdonado nunca, de palabra, ni siquiera con una sílaba como aquel susurro que una vez depositó en el oído del esposo: verdad era que a Martín no se lo hubiera ocurrido jamás pedirle a su hija perdón. La muchacha dejó de estimarle y de quererle, y consumidos los primeros tragos de su amargura, tornó a recibirle con afable costumbre y a observarle con cierta curiosidad.

—No le conozco—seguía diciéndose—; ¡es un extraño para mí!

Le veía ajeno en absoluto a los dolores de ella, sometido a la ambición de poseer caudales inanimados, cosas inertes, y le volvía la espalda con un desprecio triste, algo compasivo: quería olvidar que era su padre aquel hombre serio y habilidoso a quien admiraba mucho el vecindario.

Gustaba Dulce Nombre de repartir el tiempo de sus escapatorias entre la habitación blanca y apacible del molino y el huertuco estallante, donde se henchían los botones y afloraban las hojas tiernas. Padecía y gozaba allí una confusa turbación latiendo con el sordo ritmo de las semillas, sintiendo en la médula de su carne la escondida fuerza de las plantas.

Como si cometiese un delito, se ocultaba con vergonzosa cautela celebrando el regreso de las golondrinas, sorprendiendo a las nacientes mariposas sobre la miel temprana de las flores. Todo el semblante de libación y desposorio que adquiere la campiña primaveral, enardecía de un modo intenso a la mujer, que volvía a escuchar imperiosamente, en el misterio de su alma, la voz siempre oída, la promesa que el amor le debía cumplir.

Pero sentíase generosa y valiente; pensaba, estremecida, en el troje oscuro del cementerio, doliéndose de la sentencia que acobardaba a Malgor, y se iba junto a él, muy solícita, cada tarde, paseando con lentitud a la orilla de la mies virginal.


IV
EL CABALLERO DE LA GLEBA

Estas alternativas de sentimiento y de carácter no correspondían al cambio de las estaciones de una manera sistemática, ni mucho menos; eran volubles, aunque Dulce Nombre, campesina y sensible por excelencia, vivía entregada al influjo inmediato de la lluvia y del sol.

La tierra, nuestra primera madre, había criado como suya a la niña de Rostrío, enseñándola a sentir y a querer, y pocos discípulos aprendieron mejor las lecciones agrestes de la selva y el viento, el lenguaje de los astros y de las aguas, el murmullo de las simientes y las raíces. Hija del campo, sin otras experiencias que las de su vida rural, con una educación cristiana harto somera y tosca, la esposa de Malgor no estaba dispuesta para una heroica lucha contra las pasiones. Tenía de la virtud un concepto lógico por instinto de honradez, y rendía a la justicia un tributo de rigurosa lealtad, sin grandes concesiones a las leyes humanas. La imaginación, despierta bajo el cultivo exótico de Nicolás Hornedo, contribuía a exacerbar las rebeliones innatas de la moza, y la naturaleza, bravía y sentimental, la inducía a preferir, entre todos los bienes posibles, el bien del amor: privada de él más le quería y menos estimaba los otros beneficios de la suerte. Rehuyó el trato con los señores del valle, temiendo ser por ellos admitida en condiciones de inferioridad, y seguía comunicándose con la gente de la aldea como antes de la boda, aunque las especiales circunstancias de su ánimo la obligasen a un aislamiento un poco arisco.

Así estuvo más sola con las tentaciones, cada año más hondo el puñal en la herida de su destino; y muchas veces, a despecho de su natural inclinación a la ternura y la clemencia, sentíase cruel; no bastaban las brisas del follaje reciente ni la dulzura generosa de los caminos para aquietar su destemplanza: todas las insinuaciones maternales de la tierra se le convertían en fuego y en pasión.

De tal modo un día, de aquellos que a menudo fueron bienhechores para la triste enamorada, sucedió que el marido la recibió quejoso cuando ella volvía sonriente de un paseo matinal.

—¡Vives fuera de casa!

—Vengo del molino—replicó en tono de disculpa.

—¿Y qué tienes que hacer allí?

—Nada—confesó.

—Yo estoy abandonado y tu hija también.

—¡No es verdad! Salgo al bosque cuando amanece, quitándome del sueño las horas; vengo temprano, y al anochecer, si no me necesitas tú, vuelvo a salir.

—Y aunque te necesite... Yo te estorbo; a la niña la tendré que poner en un colegio... Sólo te ocupas de vivir... ¡y de esperar!

El hombre rico hablaba con rencor, mirando airadamente a la mujer, envidioso de su salud, y más avariento a cada instante de su hermosura.

Ella redujo la indignación a una opaca sonrisa, y sin descubrir los pensamientos salió de la estancia, muy desdeñosa: nunca la había tratado Malgor con tanta dureza.

Aquella tarde no le acompañó como de costumbre al diario paseo, y creyendo justo resarcirse del agravio recibido, se fué sola y autoritaria a la torre de Luzmela. Sentía una brusca necesidad de expansión. Y precisamente el padrino andaba malucho desde su regreso: le haría una visita.

Invernaba Hornedo en Torremar hacía algunos años, después que una herencia le permitió abrirse un poco los horizontes, y las íntimas fiebres de su espíritu le obligaron al movimiento y a la fuga. Pero aquella misma dolorosa inquietud le hacía volver con frecuencia al solar, y cada primavera se le convertía en pretexto de un viaje, motivo en ocasiones de mayor quebranto y de otra nueva huída.

Estaba entonces allí, recién llegado, endeble y taciturno, sin salir de la casona. Su retorno al valle le costaba siempre una desilusión con amago de enfermedad; traía el presagio remoto de cimentar una esperanza, y hallábase con la certidumbre de muchas cosas irremediables.

Se encontraba más viejo. En la ciudad apenas se veía a sí mismo, empeñado en distraerse con aventuras más o menos permitidas, deseoso de engañar las horas y el corazón en simulacros de amores y de fiestas; allá los espejos eran benignos en la penumbra de las habitaciones; a plena luz aldeana los alindes picados y algo turbios no sabían mentir: Nicolás estaba más viejo. No obstante, con su dramática palidez y su figura patricia, tenía el caballero de la gleba un porte singular que interesaba mucho a las mujeres: mientras, a él le parecía Dulce Nombre hermosa entre las demás, imposible como ninguna.

Aquella tarde no la esperaba. Aunque eran ya buenos amigos se trataban poco y prevalecía en medio de los dos una tristeza oculta, una reserva penosa: no conseguían volver a la distante serenidad de su cariño.

Cuando el solariego la vió de pronto en su gabinete, levantóse a recibirla con una agitación indecible.

—¡No te muevas!—le suplicó la joven al tenderle sus dos manos: ya no le abrazaba, no sabía por qué, sofrenando los impulsos de la antigua cordialidad—. ¿Estás mejor?; ¿qué tienes?

—Casi nada; un leve trastorno de mis nervios.

Le obligó ella a sentarse y se acomodó en un escabel al lado suyo, como en días más felices.

El padrino la miraba con avidez oyéndola hablar, esquivando encontrarse con toda la luz cándida y fuerte de los ojos dorados.

Y entregada al irresistible anhelo confidencial, contó Dulce Nombre sus cuitas matrimoniales. Malgor era injusto; le pedía cuenta de sus pasos, de sus acciones... ¡hasta de la íntima esperanza...!

—¡Con tal que algún día la realices...! Pero... ¡Dios sabe!—pronunció Hornedo con aquella mansa ferocidad que trascendía desde los abismos de su pasión—. ¡Ese hombre compadecido y mimado, va a vivir más que tú, más que yo..., acaso más que el otro!

Dulce Nombre callaba escondiendo su intensa desolación.

—Sí—añadió el padrino con una sonrisa de hiel—. Apurará todos los plazos que la ciencia le concede... Muchas personas tranquilas y saludables se han muerto desde que él «se tenía» que morir...

—¡Es cierto!—murmuró la joven, sin poder reprimir las palabras.

—Y tú lo sientes, ¿verdad?—preguntó el hidalgo con sutileza tenebrosa, dolido del afán que Dulce Nombre descubría por hallarse libre—. ¿Tú lo deseas?

—¿Desearlo?—musitó indecisa, en lucha su rebelde candor con la brutalidad de la única respuesta.

—Sí; le deseas a tu marido la muerte.

—¡No...! ¡ni a él ni a nadie...! Quiero ser feliz: ¡ya es hora...! Porque está enfermo hay que compadecerle y no contradecirle... Yo, aunque vivo sana, me consumo... ¡y no tengo la culpa de querer a otro!

Hornedo se consumía también, embriagado por la gracia madura y esencial de la moza, admirándose de la ingenua lealtad con que defendía su derecho a un solo amor. En los años acerbos de su matrimonio, ningún hombre se atrevió a poner en ella con osadía la mirada: ni la dolencia del marido, ni la desproporción de las edades, ni aun el silvestre genio de la mujer, arbitrario de suyo, dieron motivo para que la dañase un antojo malsano.

No; seria y triste, aguardaba el cumplimiento de una promesa; estaba comprometida: tenía novio. Si acaso la envolvió Gil, enamoradamente, en una copla o en un suspiro, fué aquello un homenaje rústico del pastor, consentido como de limosna al buen camarada que vivía en el monte, solo con el cielo y la nieve, comiendo pan de maíz y durmiendo en yacijas de piel.

Sentíase Nicolás atormentado y orgulloso de que hubiera algo suyo en el carácter firme y transparente de la ahijada; se altivecía pensando que la víctima de los terrores más absurdos había contribuído a formar un alma tan segura y valerosa, y al mismo tiempo le martirizaba aquella reciedumbre que siempre se levantaría inmutable contra él.

Dulce Nombre meditaba, algo pesarosa de lo que dijo, confesándose que en realidad merecía algunos reproches de Malgor: no era una mujer casera y humilde, no era una madre habilidosa y paciente, ni sabía corregir tales flaquezas. El hogar del marido le seguía pareciendo extraño; la niña, después que la cantó el sueño y la echó a andar con deleite maravilloso, se le volvió también esquiva, hasta que perdió su influjo sobre ella: entre el dinero y los halagos, se la hicieron lejana, inclinándola a otros gustos, a otras aspiraciones ajenas a las suyas. Y un sentimiento horrible de soledad tornó a ennegrecer la vida de la moza, abandonada a la quimera de su juventud.

Allí, en el gabinete del padrino, olvidándose de todo para sosegar sus emociones, se reconocía culpable cerca de Malgor.

—Sí, me estorba; es la verdad... ¡me estorba!—susurraba con áspero sufrimiento—. ¿Qué le voy a hacer si es así? Ya aguardé años y años... ¡no puedo más!

Se le derramaba la pasión en el oro líquido de las pupilas, y una honda blancura la penetraba, como si un fuego interno hiciera traslúcida su carne: tenía en los labios sedientos el nombre de Manuel Jesús.

—¿Tanto le quieres?—aludió Nicolás, celoso y adivinador.

—¡Mucho!

—¿Siempre lo mismo?

—¡Siempre...! Más no es posible.

—Pues el plazo cada día es más corto... ¡Si él no se cansa de esperar...! Pero no. ¿Cansarse...? ¡Por una mujer como tú!

Le sonaba tan sorda y desconocida la voz, que la joven se volvió extrañadamente hacia él.

—¿Qué decías?

—Que tú—disimuló apenas, tembloroso, apagando el acento—eres digna de que te esperen... no ya muchos años... ¡aunque fueran siglos!

Y alejó la mirada, loca de angustia, por el hueco del balcón, sobre la pompa inaugural de la selva.

Se quedó observándole Dulce Nombre con un asombro repentino: ¡Qué triste estaba y qué solo en el mundo! ¿Nunca se habría inclinado un gran amor sobre aquella vida callada y enferma...? ¡Nunca!—se respondió con lástima, recordando las veces que le vió macilento y azaroso, errante por la casa y el ansar, como si buscase un refugio... Ella fué, acaso, la única amiga del pobre solariego: evocaba su niñez en la torre, sus escondites y travesuras aventando las melancolías de Nicolás, el celo con que él le daba los regalos y las lecciones... No comprendía por qué se había ensombrecido entre los dos la confianza y la ternura de aquel tiempo.—Debe ser—pensaba—que nuestro destino se cumple, que estamos sentenciados a sufrir a solas, cada uno con sus penas. Sentía un ímpetu vehemente de salvar el espacio medroso que la separaba del amigo, de ir hacia él con el alma abierta y asequible. Y le seguía el vuelo de los ojos, afanosa de todas las miradas que se asoman con ansiedad al fondo de los cielos.

Allí las recataba el hidalgo, en las nubes dormidas al sol, desesperándose al percibir tan cercana y sensible la adorable existencia que pudo ser suya. Por ceguedad y apocamiento, dejó que a la niña de su corazón la enamorase un hombre decidido; consintió, después, que se la llevara otro más audaz: la abandonó a una suerte adusta y peligrosa, sin ofrecerle un reinado de amor donde ya le ejercía con los más puros derechos sentimentales.

Tuvo en sus manos el alma ardorosa y despierta y la dejó huir...—¡Me hubiera querido antes de volar!—se decía mil veces en la amargura de sus exaltaciones. Y le parecía una infamia que la mujer de Malgor no pudiera vivir en la torre de Luzmela como señora del valle...

Un atractivo doloroso de pensamientos llevó a la muchacha de repente junto a las ideas tormentosas de Nicolás, rozándolas en una insinuante aproximación.—Esta casa—se dijo suspirando—sí que parece mía: aquí no me encuentro forastera como en «la otra»... Las imágenes de su infancia se levantaron entre los muebles conocidos, se extendían gozosas por los corredores y los camarines, bajaban a los huertos y al jardín.

Dulce Nombre sacudió la cabeza hurtándose a la fascinación de sus memorias.—Sí; este «era» mi único hogar—se repetía sordamente.

Reconcentró al cabo sus meditaciones en Hornedo, que continuaba inmóvil, muy pálido, sin atreverse a hablar.

—¡Ya no puedo consolarle!—pensó llena de solicitud—. ¡Está solo como yo... ¡pobre padrino...! ¡Y qué guapo es!—añadió con orgullo, sorprendiéndole, en un atisbo certero, el fervor silencioso de las pupilas, la mano aristocrática, el porte señoril.

La conmovía un profundo enternecimiento. Se levantó para despedirse; doblóse impulsiva y rozó con los labios cariñosos la frente de Nicolás.

—¡Adiós, padrino!

Él la tuvo así tan confiada y devota que tembló intensamente. Había recibido todo el baño de luz de aquellos ojos, el ardor de la boca purpurina...

—¡Adiós!—logró decir con desvaído gesto, a punto de desmayarse.

Y Dulce Nombre, por darle ánimos, ofreció desde la puerta, con la voz clara y benigna:

—¡Volveré pronto!

Minutos después la vió Nicolás perderse en el esplendor oscuro del bosque; bajó los párpados, que le estampaban una sombra lívida en el rostro, y murmuró con infinito desconsuelo:

—Antes que vuelva tengo que huir...


V
LOS SENDEROS DE LA MUERTE

Fué cierto que al día siguiente se marchó Nicolás para no volver a Luzmela en mucho tiempo.

Lo supo Dulce Nombre con un dolor parecido al desengaño; sentíase desairada en su intento de reconstruir un albergue a la más noble amistad de su vida. No era posible: alguna razón inquebrantable se oponía a este propósito. Y la muchacha, quejosa de su padrino, aun se dolía de la grave tristeza que arrastraba él por el mundo, como una maldición.

Decíase en el valle que el señor de la torre pensaba ir al extranjero y vivir muchos años lejos del solar. Hubo desilusiones entre las señoritas que no perdían la esperanza de un buen casamiento: la prima de Esquivel y la talluda infanzona de Barreda se disputaron gratuitamente el honor de una romántica viudez.

Pocos meses más tarde se despedía Dulce Nombre de su hija sin protesta, con un sentimiento callado y acerbísimo. Decidió Malgor internarla en un colegio ciudadano, y la misma esposa la fué a llevar en un día de otoño húmedo y triste.

La niña era ya una mujer de trece años, arrogante y hermosa. Tenía, como su madre, la figura gentil, los ojos dorados y profundos, la risa trinada, la voz caliente y musical; pero variaba un poco en la expresión, más imperiosa y dura, espejo de una crianza llena de caprichos y satisfacciones. María ostentaba en las pupilas mayor oscuridad, más sombras en el pelo, y carecía de aquel nimbo rubio de la madre, caído en las sienes como finísima corona.

Estuvo conforme en el colegio porque llegaba allí el oro de su padre concediéndole preferencia y garantías, y en tres años, sólo durante unas cortas vacaciones llevó a su casa un poco de bullicio.

Había muerto la abuela; el indiano, envejecido y mustio, padecía una repetición frecuente de los ataques anginosos, y contemplaba todas las cosas con una mirada yerta y fija, de ultratumba, ejercitándose en la virtud de acrecentar merecimientos para la vida eterna.

El quería decirse:—No tengo sed porque puse mi boca en el cielo. Trataba de consolarse a sí mismo, pensando, cómo la existencia del hombre es un soplo de aire que va y viene, mientras las almas perduran en su Dios con la fuerza indestructible de lo imperecedero. Mas, cada una de sus meditaciones, por grave y honda que la hiciese, le traía a morder la carne de la vida, a prevenirse, como último recurso mundano, ese oleaje de memorias y bendiciones que verbera para los escogidos en las orillas de la fosa.

Hizo su testamento mostrándose generoso hacia Dulce Nombre, con el extremado afán de sobrevivir en el ánimo de ella por medio de la gratitud: como en vida procuró dejarle independencia y expansión, para merecer sus favores, pretendía desde la sepultura solicitarlos aún, seguir viviendo de una manera digna en la amada que jamás logró enteramente poseer, de la que nunca tuvo lo más codiciado y adorable en el amor. Le dispuso un cuantioso legado, sin traba ninguna, le aderezó con frases muy laudatorias a la paciente compañera, y aun llevó su magnanimidad hasta proteger de un modo considerable a Manuel Jesús en los acuerdos relativos al negocio cubano, haciendo constar que el mozo le había prestado en la joyería habanera servicios importantes, y que, por su honradez y provechosas gestiones, merecía del testador un trato cariñoso. No faltaban en este documento donativos a los pobres, mejoras para Luzmela, sufragios abundantes por el triste que se despedía con horrenda incertidumbre.

Porque el hombre mortal no conseguía desinteresarse de los bienes humanos, y a menudo una lumbre oscura de los ojos delataba su transitoria ambición por los dulcísimos goces imposibles.

En aquellas horas de codicia terrenal, vigilaba Malgor con paso de moribundo el semblante de su mujer, suponiendo que le contaba los días en espera del «otro», entregada a un acecho irresistible. Un frío interior le hacía temblar, su palidez se revestía de un tono gris que daba espanto, y aunque Dulce Nombre estuviese muy absorta en cuidarle, sin ninguna mala tentación, percibía sobre el enfermo el hálito de la «gran ciega» como un aviso piadoso de la futura libertad, y era cierto que entonces agrandaba los ojos, olvidados en la visión luminosa de la dicha.

Así, frente a frente marido y mujer, solos con su irreparable inquietud, escucharon la transcendencia de cada rumor en las albas tardías del invierno, en el espacio tenebroso de las noches, y todavía con mayor ansiedad cuando los hervores de la primavera estallaban silenciosos bajo el perfume del heno y de los lirios, cuando el verano henchía las venas del sol y echaba las mariposas a volar como flores enloquecidas.

Y aquellas dos almas en tortura se temían sin odiarse, alejadas por el corte helado de un pensamiento, juntas en la trágica perturbación de otear un año y otro los senderos de la muerte...