TERCERA PARTE
I
LA HIJA
Ha vuelto a su casa la niña de Malgor. El padre la considera instruída tal como a una señora corresponde, y se enorgullece mirándola en plena posesión de un destino feliz. Es hermosa, rica, saludable, inteligente: sus alegrías pasan floreciendo sobre el hogar oscurecido por un drama recóndito que ella está muy lejos de comprender.
Algunas veces, cuando era chiquitina, se quedaba suspensa entre sus padres, tan distanciados por la edad, y les hacía esas cándidas preguntas de los niños que a menudo provocan un desolado rubor.
Hoy les ve juntos con más extrañeza que antes, porque razona y entiende como una mujer. Pero nada les dice: ha puesto en la vida su mirada brillante y risueña que no quiere temblar.
Tiene la muchacha un carácter enérgico, algo indómito; no ha sufrido nunca la disciplina de una severa educación ni el peso de la contrariedad; sus antojos, de continuo satisfechos, se exacerban con las dificultades y crecen a medida que se logran: la costumbre de mandar y de exigir la inclina, en ocasiones, a las actitudes violentas, al gesto duro y la brusca determinación.
Verdad es que estos resabios de la mala crianza, puesta al servicio de una herencia impetuosa y ardiente, los atenúa la niña a cada paso con su expresión de inocencia y juventud, con la gracia de su melancolía y el hechizo de su hermosura. Así el egoísta endiosamiento con que vive para sí propia, con frecuente exclusión de los demás, se le ablanda en las pupilas refulgentes, llenas de curiosidades y de luz, en el encanto imperioso de las sonrisas y las palabras.
Y aunque es meditativa y soñadora al influjo de la raza y del país, huye de la tristeza de sus padres como de un mal, y procura olvidarla en el sereno regocijo de su corazón.
No han faltado lenguas torpes que le cuenten a María el noviazgo de la antigua molinera y hasta la razón de que el molino pertenezca al abuelo Martín. La añeja historia y las observaciones de la realidad, aseguran a la muchacha que su madre ha sido una víctima de la suerte, víctima voluntaria, puesto que se humilló al sacrificio cuando pudo resistirse a él con todos los fueros humanos.
Para la niña de Malgor no existen leyes por encima de las pasiones; ella juzga las cosas de un modo indiscutible y definitivo, divididas en dos clases: las que convienen y las que repugnan; es decir, las que se aceptan y las que se rechazan. Como no comprende la vida sin los beneficios del oro, discurre que, de seguro, la pobre molinera de antaño, necesitada de escoger entre el dinero y el amor, se quedó reflexivamente con el dinero; cambió el hábito miserable por la categoría señoril y puso el más firme cimiento a una existencia nueva, encaminada a las materiales ambiciones.
Siéntese la muchacha complacida por los bienes que disfruta como resultado de aquella lejana lucha sentimental, y sólo reconoce en su madre una causa providente de que la hija esté en el mundo, regalada y dichosa, arrostrando un envidiable porvenir.
Pero las definiciones de María sobre este particular no son demasiado crueles, porque las hace a flor de pensamiento, con una niebla mentirosa en el alma, sin ahondar mucho en ninguna cavilación. Los quince años altivos y triunfantes le producen un deslumbramiento engañoso; todo lo percibe al través de su tendencia dominadora, y aun se atribuye rasgos de suma generosidad. Cuando va por la calle y la miran con devoción, vuelve la cara sonriendo a la gente, como si dijera:
—Vaya, os haré el favor de consentir que me admiréis un poco más...
Para mayor adorno suyo tiene la niña una madre bella y moza que parece una hermana, y a la que es fácil suplantar en cuanto significa dar órdenes, exigir tratamientos y revolver novedades. Es María la que decide ahora los menesteres decorativos de la casa, con el beneplácito del padre, muy orgulloso de tan buena disposición.
Y Dulce Nombre les deja hacer, algo intimidada y resentida, alejándose cada vez más de la criatura, a quien tuvo en los brazos con franca adoración. Una frialdad incomprensible las separa; se quieren y se desconocen: la madre siente el imperio de la hija como una nueva opresión, y se encuentra más sola que nunca, perdida en desconsoladas confusiones ante el cariño sagrado, que también se le resiste, con enemiga terquedad.
Nada más semejante en apariencia que estas dos mujeres. Viéndolas juntas se distingue a la madre porque tiene la estatura más elevada, el color más pálido y moreno, más honda la brasa de las pupilas y los labios más curvos. De cerca, su caliente madurez contrasta con la fragilidad de María; pero si hablan vuelven a ser iguales, de tal modo, que oye la una en la otra el rechazo de su propia voz.
Están unidas por la carne y la belleza, apartadas por un obstáculo sombrío; se miran a la entraña de los ojos sin estremecerse bajo la raíz cordial del sentimiento, y Dulce Nombre piensa, conturbada, que un hijo de la sangre puede convertirse en un intruso cuando no le ha concebido también el corazón...
II
EL RETRATO
Desde que la niña ha salido del colegio manifiesta el padre más depurada y continua la virtud de la conformidad, aunque devora con más pesadumbre todas las amarguras del remordimiento.
Porque en la muchacha alegre y victoriosa vive la imagen de aquella otra niña que él arrastró al matrimonio con inquebrantable resolución llena de egoísmos. En aquel tiempo Dulce Nombre era corporalmente igual que esta colegiala moderna. ¡Así tuvo de límpidos los ojos, que no saben olvidar el llanto de aquellos días! Nunca rió con toda la boca, no puso toda el alma feliz en un cantar, ni el interés en un capricho, ni la satisfacción en un goce. Habitó silenciosa y triste en la casa opulenta como si no fuera suya, prestando el oído a los rumores distintos, clavando la mirada en los rostros invisibles; dijo frases benignas, estimulada por la caridad, y dió al marido el calor de su pecho juvenil que ardía con la esperanza de otro amor... En ciertas horas demasiado turbias, sufrió con el espíritu martirizado y negro: era inocente y sentía la conciencia nublada por el dolor y el pecado.
Hoy la hija repite aquel aspecto infantil y gracioso de la madre, con idéntica hermosura, con los mismos años, pero en la plenitud de la ilusión, entre risas y promesas; domina y triunfa, es dueña de su casa y de su libertad: pone los ojos sin lágrimas en todos los anhelos.
Y las compara Malgor, arrepentido, medroso, temiendo purgar en la niña nueva el tormento de la niña desgraciada, volviéndose hacia su mujer con el ánimo penitente y el labio trémulo, ansioso de premiarla en desagravios y recompensas interminables.
Pero la ve tan moza, la supone tan cercana al desquite soñado, que se retrae dolido y mudo, encadenado a su despecho. Aunque languidece bajo un cansancio espantoso de la carne marchita, los deseos retoñan en él con misteriosa fuerza primaveral. Y huye de Dulce Nombre disimuladamente, buscando a la niña como un lenitivo y un refugio que no siempre consigue.
Porque María se aburre en su casa, y después que dispone en ella alguna innovación o la alborota con el revuelo de sus inquietudes, se marcha de visita por el valle, donde cada vecino la recibe con agasajo, y los mozos de fuste la rondan con admiración.
Ya sabe la colegiala coquetear y elegir con la fantasía el hombre presentido, uno que no ha llegado: ese que debe aparecer de un momento a otro... y siempre tarda.
Durante sus paseos incansables por el campo le gusta mucho a María detenerse en la torre de Luzmela, escudriñar la casa del padrino en los escondites más curiosos y tener con el hidalgo un poco de conversación. La seduce aquel hombre retraído y zahareño que vaga por sus jardines lo mismo que una sombra y ocupa la torre como un asceta.
Hace un mes que regresó de Madrid, donde estuvo dos años sin decidirse a ir más lejos. Viene muy arisco, pero el mal incurable de su misantropía interesa a cuantas mujeres le conocen y enamora a las que le celan con alguna esperanza. Un halo de romanticismo sublima la figura de Nicolás, a quien su amor frenético y silencioso empuja a la Montaña. No olvida que los médicos señalaron un plazo eventual a la vida de Malgor y acude, a pesar suyo, como las nétiguas, oteando la muerte.
Y ha encontrado a su amigo en la misma actitud de espera y de zozobra, algo más viejo y cobarde, más desguarnecidas las sienes, más apagado el acento; ha visto a Dulce Nombre con nueva sazón en la hermosura; ha escuchado, tembloroso, aquella palabra lenta y acariciadora que le recrimina:
—Te marchaste sin decirme adiós y no me has escrito en dos años: ¡ya no me quieres!
Unas disculpas azoradas y torpes, una visita casi ceremoniosa, y Hornedo se ha escondido en su rincón, desesperado y adusto.
Allí le suele buscar María, golosa de la rareza del solitario, atraída a la torre por la anchura resonante de las estancias, por la solemnidad de los muebles, por el aire pesaroso del tiempo detenido como en un remanso; la chiquilla es una mariposa que se embriaga y aturde cuando llega hasta el padrino al través de corredores y gabinetes. Porque no ha tomado el gusto a la casa desde pequeña, ni la ha descubierto y sentido con las primitivas imágenes de la niñez como Dulce Nombre, sino que, extraña a este cariño del solar viejo, irrumpe entre las cosas del pasado con una sorpresa fascinante, más bien antojo, no exento de cierta impresión temerosa.
Hay en el palacio de Nicolás una mescolanza de lujo antiguo y de trastos inútiles, conservados por desidia; aposentos vacíos, con el solado crujiente, que no atraviesa la colegiala sin correr; ostugos donde en ocasiones encuentra el ama de llaves, sin saberlo, un trozo de madera con embutidos de nácar y marfil; un herraje valioso; una estofa deshilachada que ha valido un dineral. Los salones mejor compuestos son áridos, hostiles, fríos aunque los bañe el sol; algunos constituyen la torre, y en aquella parte de la casa habita Nicolás, que ahora mismo recibe a María y la escucha cerrando los ojos.
—¿No quieres mirarme?
—Sí, mujer; es que has abierto el balcón y me estorba la luz.
—Pues le vuelvo a cerrar.
Dirigióse hacia el fulgor dorado y rico de la solana, recibiéndole con intrepidez en el oro claro de las pupilas, mientras el hidalgo continuaba adormeciendo las suyas. Entornó las puertas, y por la única rendija libre al soplo cálido y ligero de la tarde, entró un haz de chispas animadas.
La niña de Malgor sigue hablando, sentada otra vez en su escañil; refiere historias pueriles del colegio y de la ciudad, noticias aldeanas que le han dado en el molino. Tiene un gracejo delicioso, una suave presunción en cuanto dice y en la manera de expresarlo.
Pero Nicolás no atiende a las palabras sino al acento; le percibe absorto y le confunde con el de la otra ahijada. Es la misma voz, con iguales insinuaciones tónicas, un método inconsciente que abre y cierra las cláusulas en íntima sonoridad. Y, hambriento de engañarse, el enamorado se quiere sustraer a la hora presente y vivir la hora lejana; procura hallar en la niña de hoy a la de ayer, compañera inocente convertida en amor irremediable.
Entretanto María se cansa de hablar sola:
—Qué, ¿no me contestas?—dice.
Hornedo vuelve, con trabajo, de la consoladora ensoñación.
—¡Ah, sí...! Te contesto lo que tú quieras.
—¡Vaya! No me haces caso: me voy.
Él la detiene, extremoso, rendido:
—¡Si te escucho con embeleso!
Aunque la muchacha no comprende el sentido fervoroso de la protesta, nota su desconocida dulzura, y posa de nuevo en el banquillo:
—Pues cuéntame lo que has hecho en Madrid.
Habla Nicolás maquinalmente, sólo por ver cerca de sí aquel retrato vivo de la amada, que le fatiga el corazón. Quiere a la niña con morbosa ternura. Cuando la mira directamente le hace daño verla, un daño traducido en doloroso rencor, en odio a la dicha que tuvo el hombre rival. Pero si la contempla al través de los deseos, bajo la sombra de las evocaciones, descubre a la criatura siempre adorada, y revive el calvario de su pasión entre las nieblas del encanto y del martirio, con un trastorno que le enloquece y abate. De estas escapadas a la quimera retorna Hornedo hasta la realidad más enamorado cada día; para él Dulce Nombre continúa siendo la mujer incomparable, con todos los prestigios de la belleza y el candor, con la aureola del sufrimiento y la honradez, y aún con las gracias de la maternidad y el hechizo supremo de lo imposible... Podría elegir una esposa entre damas de alcurnia, y se da cuenta del misterioso cautiverio que padece; supone que el atavismo familiar, la infusión de sangre plebeya en sus antecesores, le obliga al culto de la moza ruda y selvática lo mismo que el país, recia en el amor y en el deber, subyugada a la tribulación como la inolvidable niña de Luzmela. Y siente que se cumplen en él los augurios de un destino dramático, con desgarradora fatalidad: es el heredero de una culpa, de una desgracia, de una pasión...
—¿No sabes—dice María cuando se distrae Nicolás—que me pretende tu sobrino, el hijo de Esquivel?
—¿El mayor?
—Sí... ¿Qué te parece?
—Muy bien. ¿Y a ti?
—Me gusta poco... No es mi tipo.
El hidalgo sonríe a la petulancia de la chiquilla, tan diferente a la sencillez de su madre, y, por no malograr la confidencia, pronuncia:
—Mariano es buen mozo y lleva muy adelantada su carrera de médico.
—¡Ya, ya¡, pero... no es mi tipo.
—Y tu tipo, ¿cuál es?
—¡Qué sé yo...! Es otro: el de un hombre que sepa más del mundo, que no sea estudiante y que haya corrido muchas aventuras.
Los ojos visionarios de María resplandecen de curiosidad. Está esperando al viajero que llegue con el polvo de las lontananzas, cabalgando en la bruma del porvenir. Y como si ya tardara en recibirle, se levanta nerviosa; presenta la frente al padrino, y sale cruzando la casa con el rumor ligero y menudo de sus tacones.
III
FRATERNIDAD
Cansado Gil de las asperezas del monte, ha venido a ser criado de Nicolás, hortelano y ganadero más que sirviente fino de la casa.
Permanece soltero el pastor, acaso porque no hubo en la vega una mujer resignada al yugo del matrimonio y a la separación del marido, capaz de vivir triste y pobre frente a la montaña que le roba al compañero.
Y cuando el montañés ha bajado de las cumbres, piensa que es un poco tarde para buscar novia; está receloso y torpe, no atinaría con las blanduras del cortejo y los cuidados de la elección.
—Me quedaré así—gruñe con pereza, contemplando la vida desde lejos, como si aún remontase las alturas de la serranía, a una distancia forzosa del hogar y del amor.
Pero hay un descontento en el alma de este hombre, una melancolía que no le impide cantar a los sones del clásico rabel, durante las fiestas aldeanas, ni repetir en las tertulias de invierno, con rostro divertido, los romances pastoriles de envejecida memoria.
La desazón de Gil, oscura, no muy sensible ni punzante, viene originada de un entusiasmo fiel y humilde por Dulce Nombre, aunque el mozo ignoró siempre que no acertaba a sustituir por otra la imagen de la niña de Rostrío. Y aquella devoción, apenas consentida por quien la profesa, devorada al través de la juventud, persiste aún, como el perfume de una rosa que se ha llevado el aire: es el astro ya muerto, cuyo resplandor alumbra todavía.
Nada de esto conoce definitivamente el criado de Nicolás; pero tal vez, con ayuda del propio sentimiento, lo adivina el señor y sorprende la esencia y la luz del sosegado cariño, que era un día el sueño más hermoso de Gil, el cual sabe muy bien cómo el padrino adora a su ahijada y cuánto sufre porque no es dichosa, arrepentido de haberle facilitado el casamiento. No comprende qué clase de adoración es la del hidalgo y la juzga honda y paternal, no por eso menos viva que otra cualquiera.
A Hornedo se le escapan a menudo frases crueles contra Malgor porque vive demasiado, para sacrificio de su esposa; y censuras contra Martín que no repara en los sinsabores de su hija.
Y el pastor va recogiendo estas lástimas, las comenta y las glosa con indefinible semblante.
—Yo creí que «ella» se había acostumbrado al marido.
—Nadie se acostumbra con gusto a lo que no ama.
—Pensé que a fuerza de tiempo...
—Es peor.
—Como tienen una chiquilla...
—No es bastante.
—La pobre se acordará del otro... ¡le quería tanto...! No se me puede olvidar la cara que puso una noche en el molino cuando le dijeron que se marchaba.
—Sí; ¡se acuerda de él!—murmura Nicolás con acerbo tono.
Así, entre amo y servidor, el culto a la muchacha es un lazo secreto, un motivo de fraternidad que nunca se deslinda: la mezclan en sus conversaciones sin nombrarla, aludiéndola de un modo tácito, indudable, y la sienten al lado suyo cuando están callados y solos en la intimidad hospitalaria de la casona.
Esto sucedía muchas veces antes del viaje del señor y se repite ahora mientras Gil hace abarcas en el portal y Rosaura se oscurece en las honduras de la torre.
El abarquero pule su tronco a horcajadas en el banquillo y Nicolás se detiene junto a él cuando regresa del jardín, mediada la tarde calurosa y florida.
Se abre el porche montañés en la fachada principal, bajo el carasol ancho y tendido, con alero de gola y canalones ruidosos. La arcada, de dos curvas magníficas sobre un recio pilar, sirve a Gil de taller, en uno de sus extremos salpicado con el ripio.
Allí azuela y taladra el pastor si no tiene ocupaciones más importantes; la madera es del amo, las abarcas de quien las necesite, el importe de las mismas pertenece al obrero sin que nadie se lo dispute, que al amor de los buenos linajes es donde suele adquirir más privilegios el señorío del trabajo.
A la vera del picadero hay un sillón desvencijado, amplio y noble, que sostiene bien a Nicolás cuando gasta un rato de palique al son del taladro y de la legra. Teme el caballero que sus concesiones democráticas respondan únicamente a la levadura mezquina del instinto, y se deja llevar, con pesadumbre, de una virtud libre y generosa, como si obedeciese a un maleficio. En cada labrantín de Luzmela ve un pariente abandonado, un heredero posible de la torre, y a cuantos coloca cerca de él la casualidad, los trata con suma condescendencia, dentro de su extraño carácter, como a éste, a quien llaman todavía «el pastor».
Juntos están, silenciosos y pensativos, cuando se abre la portalada y aparece en el umbral Encarnación la de Cintul, ligera y radiante, con una carta en la mano.
—Vengo a decirle al señorito que ya salió Manuel de la Habana, según lo que aquí me explica, y debe estar si toca o llega el barco que le trae.
Gil da un respingo y se queda mirando al señor, que recoge la carta, forzosamente, la desdobla y la mira bajo la torsión violenta de los pensamientos, sin leer ni razonar.
—Ya lo sabe Dulce Nombre—pronuncia muy despreocupada la madre feliz—; estaba ahora en el molino y se lo conté... ¡Quedóse más blanca...! ¡Pobretuca...! Se desazona para que no se entere don Ignacio, pero digo yo que siendo socios allá entre sí, le habrá escrito dándole la noticia. ¿Y de qué vale el secreto si cuando llegue Manuel le ha de visitar...? ¿No le parece, señorito?
—Sí, claro; es inútil—balbuce Hornedo, atormentando la carta, que al fin devuelve a su dueña.
—¡Ay, Dios mío, quién lo había de decir...! ¡Mire que volver el mozo hecho un señor, con posibles y salud, y no encontrarla viuda todavía!
—¡Mujer!
—Yo deseo que la haga venturosa porque se lo debe todo, todo; si no es por ella nunca hubiese encontrado medios para llegar a rico.
—Se lo debe a Malgor.
—Por causa de ella...
—Y de él.
—Bueno, sí; pero un individuo tan enfermo ¿qué hace en el mundo?
—Vivir.
—Desengáñese, don Nicolás, que usted mismo habrá pensado más de cuatro veces en lo mucho que se consume la esposa de un tísico viejo, cuando ella es joven... y la están esperando.
—Hoy la quieres porque es rica; niña y enamorada la despreciaste...
—La quiero porque me hizo un gran bien y se lo debo pagar... La quiero porque la hice sufrir...
Encarnación reblandece su acento con unas lágrimas que pudieran convertirse en sollozos.
—¡Ay!—alude siempre lastimosa—. Procura la infeliz que su marido no se altere; dice que le haría daño esa impresión...
—Es la verdad.
—¡Pues de algo nos tenemos que morir!
—Cuando Dios quiera...
—Si esto le mata... ¡será porque lo quiere Dios!
Las palabras de la madre se han vuelto a endurecer. No le gusta que la contradigan. Y se despide con acritud al través del corral, desplegando la carta como una bandera victoriosa.
Sigue inmóvil el barreno de Gil. Nicolás hunde el bastón en la doladura de las abarcas; tose, muy agitado; está palidísimo y se le acentúan las estrías morenas de la piel.
También se acentúa el color angélico de las nubes por encima de las montañas. La bóveda suprema luce una santidad mística y azul, evocadora: desde el porche no se ve más paisaje que el de las cumbres y el cielo.
El pastor suspira, toma la azuela y la clava, sañuda, en el tronco de nogal. El hidalgo se pone de pie, afirma en el suelo la cachava y dice sombríamente, con la voz un poco temblorosa:
—Voy a dar una vuelta por ahí...
IV
RENUNCIAMIENTO
Sale irresoluto, con la necesidad imperiosa de moverse y desgastar su inquietud en un violento ejercicio. Y en cuanto abre la puerta blasonada del cortil, siente la caricia tónica del bosque, embravecido al acoso de la nueva vegetación.
Con el sombrero en la mano, el rostro descolorido y mudable, se deja Nicolás prender en la maraña de la ruta. Anda muy de prisa y se detiene luego. Le parece que hay en la sombra un temblor misterioso. Por los claros del ramaje entra el sol aterciopelando los musgos, poniendo en el césped unas medallas de estremecida claridad.
El hidalgo escucha como si temiese una asechanza o una persecución, y no oye más que esos rumores peculiares de la selva; zumbido de alas, susurro de hojas, derrame de simientes y de pétalos: el roce de la maravilla en los oídos humanos.
Se presienten las lontananzas al otro lado del bosque, libres del secreto de los árboles y de la espesura de los toldos; pero Nicolás prefiere la reserva de estas entrañas donde todo es abismo, como en su corazón. Tiene aquí la vida un sordo murmullo apasionado, muy conforme al espíritu en tortura del caminante. Viene el silencio de afuera con la serenidad de la serranía y el calor de los horizontes: la tarde en el campo está callada bajo el inexorable azul.
Y el eterno diálogo de los seres y las cosas se refugia en el ansar irruptor, lleno de voces arcanas y sensibles.
Hay una más fuerte y distinta, que se levanta sin descanso: la del Salia, desfallecido en el estiaje, pero siempre molinero y espumoso en el bosque de Luzmela.
Esta voz, permanente y honda, gravita sobre el hidalgo y le lleva hacia la frescura cercana del río, por el hilo frágil de los senderos. Ya no se puede sustraer al hallazgo de la corriente; sube por la orilla mazorral, palpitante y ligero como las aguas, abriéndose paso con el bastón; se hunde en la maleza salvaje, se punza con los abietes, sin perder el rumbo ni moderar la marcha. El río le saluda y recibe en cada melodía, rápido y voluble, siempre nuevo y extraño, recogiendo toda la gracia y la expresión de la tarde. Y el hombre siente aquella vida agitada en sus venas como una misteriosa trasfusión de eternidad.
De pronto el Salia ahonda su lecho en la resonante zubia del molino, sobre una lera de matorrales, que saca del bosque uno de sus costados para extender la finca de Martín. Pasa el río debajo de la aceña, toca el huerto y las brañas sativas, hoy tendidas de sábanas de flores, y se vuelve a meter entre los árboles a lo largo de la hoz.
Hornedo se detiene con la selva, indeciso, como si le amedrentaran la anchura y la luz, y después de un instante de vacilación, sigue el vero del cauce hasta la presa, rozando las ventanas del edificio.
Desde una, abierta y solitaria hace un momento, le llama Dulce Nombre. Y ha sonado su voz muy ansiosa bajo el claro estrépito de los saetines.
—¿Adónde vas?
El padrino levanta la cabeza vivamente, y responde, esforzándose en aparecer sereno:
—«Iba»... paseando.
—¿No entras?
—Si tú quieres...
La muchacha no descubre la insinuación inevitable de aquella actitud. Está preocupadísima. Reflexiona un poco y decide:
—No: aguarda: voy a salir.
Se asoma a la puerta despidiéndose de Camila con una urgente recomendación, y no saluda a Nicolás, se acerca a él como si acabara de hablarle y de verle mediante la franqueza de los tiempos dichosos: como si no hiciera muchos años que vivían distantes y afligidos por una desconfianza irreductible.
Ahora, de repente, sin que ella misma lo sepa, vuelve a ser la rapaza de antes, segura del buen amigo. Se le apoya en el brazo con abandono filial, y le pregunta:
—¿Viste a Encarnación la de Cintul?
Al hidalgo le sobrecoge un gran estremecimiento. Trae la mujer consigo como una fragancia propia el olor suave y caliente de la molienda, tiene el incentivo y la sensualidad de una fruta, viene temblando de esperanza y de anhelo, empujada por el vendaval de su pasión. Y se le aproxima ciegamente, le clava las saetas de los ojos, le sacude, y repite:
—¿La has visto?
—Sí.
—¿Te enseñó la carta?
—Sí.
—¿Y qué dices?
—¿Qué voy a decir?
—Me tienes que ayudar.
—¿A qué?
—A portarme como debo.
—Eso, tú...
—¡Ah...! ¿me huyes otra vez?
—¡Niña...!
Llevan el mismo derrotero que trajo Nicolás, sin que él lo note. La muchacha le conduce a la selva porque es su camino acostumbrado; pero no busca la trocha bárbara junto al río, sino que se dirige a los senderos más dóciles y frecuentados por la gente, duros también, henchidos con el crecimiento lujurioso de las plantas. Y van despacio sobre la campiña ardiente que da entrada al molino. Desde la puerta de Martín les mira Alfonsa la de Paresúa, présbita y curiosa, muy vencida por los achaques de la edad. En las ventanas se agrupan otras mujeres atisbando a la pareja, ensordecidas por la bataola del trabajo: han sorprendido el gozo y la carta de Encarnación, como la palidez repentina de Dulce Nombre, y les aturde el soplo del adivinado secreto.
—No sé nada—responde Camila a las indiscretas consultas, sin que en realidad se haya enterado de lo que sucede.
Allá fuera los que suscitan estos comentarios se paran en la linde de los árboles.
Dulce Nombre ya no guía al padrino ni se estrecha contra él. Sofocada, ceñuda, le hunde siempre en el rostro las lanzas de las pupilas, y repite, briosa, la última palabra que Nicolás había pronunciado en son de protesta:
—¿Niña...? No soy una niña; soy una mujer, muy infeliz, sola en el mundo: contaba con tu apoyo... ¡y me le niegas!
—No estás sola: tienes padre.
—¿Un hombre que me vende, que ni me acompaña ni me ayuda?
—Tienes marido.
—¡El que me disteis!
—Y una hija.
—¡Tampoco!
—¿Eh?
—Tengo un amor que me vuelve loca: eso es lo único firme y seguro de mi vida... Nadie me lo ha impuesto; ha venido él de todas partes... no sé por dónde...
Señalaba la moza ampliamente a los confines, con gesto iluminado, como si abarcase en su ademán toda la mies engrandecida por los frutos; los montes solemnes, azules, sagrativos, y la tierra abrasada de los cielos.
—Tenía—dijo después con torvo reproche—una amistad: la tuya... Me la has quitado y estoy sola con el amor, sola y desesperada.
Echó a andar por el bosque sollozando.
—Si te basta ese amor, ¿de qué te quejas...? ¡Yo no tengo ninguno!—murmuró Nicolás tan dolorido que la muchacha se volvió a mirarle.
Ya les tomaba la penumbra del arbolado, olorosa y movible. Toda la selva, pujante, sacudida como un inmenso corazón iba hacia ellos acogedora y fraternal. Y aquella frescura, aquel abrazo recibido bajo el peso del sol, les produjo un inesperado consuelo. El vestido claro de Dulce Nombre, las caras descoloridas, recogieron la luz verde y serena del paraje. Andaban los dos amigos con lentitud uno al lado del otro.
—No me basta el amor—pronuncia Dulce Nombre compasiva y humilde—puesto que necesito la amistad. ¿Por qué no me tratas como antes, cuando no podías vivir sin mí?
—¡Ni puedo ahora!—dice el hidalgo con lúgubre tristeza.
Dulce Nombre, enternecida, avisada por un presentimiento insondable, robustece de nuevo su fe en el padrino.
—Mira—le dice—no hablemos nunca más de nosotros. Nos queremos como siempre, ¿verdad? Tú me enseñas y me riñes lo mismo que si aún fuera chiquitina... Oye, por Dios, atiende: ¿Qué hago al llegar Manuel Jesús? Quiero ser buena; que nadie sufra por mí; que tú prepares a Malgor para que la noticia no le perjudique... ¿lo harás?
—¡Pero, mujer!
—Sí; lo haces; y me aconsejas, me sostienes en esta horrible lucha que no se acaba... Ya ves: todos los plazos se cumplen... menos el mío.
—¿Cuál?—pregunta Hornedo estremeciéndose.
—¡El mío!—repite ella; la voz, encruelecida, se le queda súbitamente rota. Y después de un silencio penoso, exclama—: ¡Ni quiero que se cumpla!... No, yo no deseo nada malo...
Parece que habla consigo misma, frente a su conciencia, rechazando la dañosa tentación.
Nicolás no la interrumpe. Acaso las palabras que pudiera decir se le ahogan en el sufrimiento. Asiste como único testigo a los combates de aquella mujer, impulsiva y cándida, sin defensa contra su pasión. El abandono en que la ve le estimula a socorrerla por encima de los celos, con olvido de la propia desdicha: no es posible que deje a la amada sola en la pendiente, al borde de las malas ocasiones.
La recuerda niña y curiosa, asomada con él a los misterios del espíritu, llevada por su mano varonil al través de los campos, en traza de exploradores los dos, sorprendiendo los ruidos inefables, hora por hora, desde el alba a la estrella, en los ágiles caminos del monte y en las sendas entrañables de la mies. Así aprendió la criatura a vivir alerta y sensible, escuchando la inquietud apasionada de las hojas en el bosque; la dilatación de las raíces en la tierra; el estallido de los capullos en el rosal. Se hizo clarividente; resonó como un arpa en las manos campesinas del solariego, para que todas sus percepciones y su avidez se convirtieran en un amor hondo y triste lo mismo que la gleba secular: el maestro no supo abrir a su discípula otro rumbo tramontano y redentor.
Y hoy la sigue como un culpable de aquel delito, clavado con ella en una misma cruz. La quiere salvar y pide a este buen propósito el mayor esfuerzo de su vida: porque si él la defiende honrada y pura, será para que la despose Manuel Jesús en cuanto a Malgor le baste con un lecho de tierra.
Ya está Dulce Nombre a la orilla de su casa.
Con un sacrificio heroico de que se creía incapaz le promete Hornedo cuanto ella suplica.
—Sí; mañana vendré a visitar a tu marido y a decirle con precauciones que llega ese muchacho.
—Y cuando se presente, estarás aquí.
—Estaré.
—Dios te lo pague.
Le tiende las dos manos, efusiva y él corresponde lo mejor que puede al saludo.
—Adiós.
—Hasta mañana.
Como en otra ocasión inolvidable la ve Nicolás hundirse en la arboleda y permanece allí extasiado, envuelto en el perfume que sale del jardín.
Pero hoy no le desatinan el despecho y la venganza; su pena adquiere un matiz sabroso de ternura, y se honra con el orgullo consolador de las altas acciones; ha dominado el miserable instinto: encima del Amor ha puesto el Bien. Siente impulsos de rezar, miedo de no seguir con bastante arrogancia el abnegado camino.
En la solemnidad religiosa de la tarde, caen unas horas como gotas cristalinas desde la copa metálica del campanario.
Las recibe Hornedo en son de aviso: hay que llevar las pesadumbres adelante, como Dios manda.
Y mira de frente la senda extendida a la torre: hacia el renunciamiento y la soledad.
V
ALBA DE LUNA
Pleno mes de agosto; noche veraniega y radiante que parece moruna.
Goza Cantabria los mejores días de su belleza, en que se lucen todos los prodigios de que son capaces aunados el calor y la humedad. Y esta plenitud de gracias tiene en el cielo un manto de centellas por donde sube la luna a desatar la sombra cuando se ha puesto el sol.
Dulce Nombre acompaña a su esposo en el jardín, arrepentida de haberle dejado por la tarde mientras estuvo en el molino.
Precisamente hoy la busca él con obstinada cautela, y la vigila de un modo tenaz; juraría que le ha visto los ojos más impacientes que nunca, la expresión más enervada y peligrosa. Hasta llega a decirla, suponiendo que esconde su cuidado:
—¿Qué te sucede?
—¿A mí...? Nada... ¿Qué me va a suceder?
—Temí que estuvieras inquieta... esperando alguna cosa.
—No, no.
Quedan mudos y tristes, envueltos en la mutua desconfianza. Él pone los ojos allá arriba donde mueren los astros que nadie sabe cuándo han nacido. Piensa con incertidumbre en la eternidad, como en algo inseguro, y nota que se miran, temblando, las estrellas: acaso tienen miedo de caerse, de apagarse, de extinguirse...
Dulce Nombre las contempla a su vez soltando el vuelo de la imaginación de unas a otras, como si pretendiera así llegar muy lejos, detenerse encima de un barco, descubrir un horizonte sobre el mar.
Cuando fué al puerto a recoger a la niña halló crecidas la marea y la luna, soberbio y espumoso el oleaje; la galerna fermentaba sus cóleras y un inmenso quejido recorría el Cantábrico. Anduvo la joven por la playa recelando de las olas y las nubes, castigado el rostro con el viento amenazador que retoza en las arenas.
Ya se decía en el valle que estaba Manuel Jesús a punto de regresar, y Dulce Nombre se volvió a su casa bajo la excitación de un nuevo suplicio, desconfiando también de los temporales. Muchos días se agitó alcanzada por toda suerte de preocupaciones; pero no aconteció el arribo que tanto la sobresaltaba, ni el tiempo borrascoso realizó sus anuncios.
Y apenas la moza conseguía un respiro en tales ansias, la iba a sorprender Encarnación con la noticia indudable, comunicada a veces entre el ruido encubridor de la aceña, con un secreto lleno de mímica y de claridad: la carta en la mano, la alegría y el orgullo en el semblante; la mirada y la sonrisa escapándose por el salón, reveladoras y enigmáticas a la vez.
Ahora Dulce Nombre sabe de cierto que el amado viene; acaso ya descubre la ribera a la luz de esta luna cismontana, aparecida en el valle amorosamente, como un regalo nupcial. Y le espera en la orilla una marejada apacible, jubiloso el despilfarro de las olas, convertido el sable rubio en un tapiz de honor.
Se amortiguan como en un ensueño las tribulaciones de la moza: ya no desconfía del mar, aquel vecino indómito y gigante a quien oye a menudo rugir; todo es bonanza bajo la fantasía que en el viajero aguarda al novio, y en la luna recibe una joya de esponsales.
Pero este encanto se rompe de improviso. Una voz fuerte y varonil, algo maligna y alterada, quiebra el silencio:
Es amor en la ausencia
como la sombra,
que cuanto más se aleja
más cuerpo toma;
amor es aire
que apaga el fuego chico
y aviva el grande.
El cantar, expresivo y certero, rasga el espacio igual que una saeta.
Dulce Nombre se estremece como si despertara de un sueño esplendoroso, y ve a su marido acechándola, lívido y callado.
Ella adivina en el cantor al antiguo rabadán, el habitante de la sierra vestido de zahones, camarada rudo y fiel de los tiempos alegres, un poco enamorado de la niña de Rostrío.
La constancia de aquella adhesión, que aun vive y se duele de las coplas nocturnas, incita a la muchacha a meditar sobre el presentimiento que por la tarde tuvo, sugerente y extraño, indeciso igual que un fantasma. ¿Nicolás Hornedo la había querido siempre como un padre o como un hermano?
Ella, tan perspicaz y conocedora en medio de su sencillez, nunca sospechó de aquel hondo cariño. No obstante, hoy se le ofrece la duda con insistencia, alumbrada por multitud de recuerdos y comprobaciones.
Todas las veleidades del padrino con la ahijada a partir del casamiento, obtenían una explicación rotunda a la claridad repentina de la sospecha. Y a Dulce Nombre le penetraba en el espíritu cada memoria con punzante lucidez llena de admiración. Sentía una lástima aguda y tierna por el amigo triste, por el hombre solitario y doloroso.
Otra canción de Gil, más distante, desvaída en la sombra, punza en la sensibilidad de la mujer: la noche entera le habla de amor y se ciñe a su carne ardorosamente como una inmensa caricia.
Entretanto el esposo enfermo ha recogido la copla intencionada y la rumia con desesperación, lastimado por el hechizo de esta hora bella y dulce, tan propicia a la felicidad.
Está el parque hecho de un pedazo del bosque: su brava tierra de ansar y de lerón florece a las orillas de los árboles, cultivada con blanduras de jardín. Se deslíe en el suelo la sangre de las rosas que languidecen, mareadas por su propio perfume: llega del río un suave murmullo; tiembla en el viento el alma vegetal de las plantas; un hálito de vida estalla silencioso a cada instante.
Malgor piensa con terrible congoja en la cava profunda del sepulcro hasta donde no alcanzan los veranos. Y se levanta de la silla, pálido y siniestro, para dirigirse a su casa.
—¿Te quieres acostar?—le pregunta su mujer con distraída solicitud.
Nada responde, como si ya tuviera la boca sellada con un puñado de arcilla.
VI
EL PAPEL AZUL
Entre la servidumbre del indiano ocupa Tomasa un caritativo lugar, acogida por Dulce Nombre con más benevolencia que afecto.
No se ha casado la antigua vecera del molino porque nunca halló un novio, y sigue viviendo enclenque, precaria de salud y de fortuna.
Como no es agradecida se complace en espiar a su protectora, augurando los dolores que padece y las esperanzas que no consigue. Se alimenta del mal ajeno, goza con que otros sufran, sobre todo si la víctima es una mujer lozana y bella como la de Malgor.
Esta noche ha sorprendido el aire extraño de los esposos, y mientras ellos se recluyen en su alcoba abierta al jardín, se desliza la intrigante como una alimaña en las habitaciones de abajo, próximas a la cuadra y al corral, para desde allí recoger el soplo de los caminos escuchando a la gente que va por la carretera.
Al caer la tarde ya se supo en el pueblo que Encarnación había llegado al molino con mucha prisa, portadora de una carta cuya secreta lectura conmovió a Dulce Nombre de un modo extraordinario.
Otros detalles se añadían y se relacionaban con el anunciado viaje de Manuel Jesús.
Ahora Tomasuca intenta saber más: asocia aquellos rumores con la turbación que ha notado en los dueños de la casa, y pone atento el oído a lo que se diga en el establo o en el cortil, a las frases nuevas que lleguen con el oreo de la noche.
Y no tarda en satisfacer la curiosidad, como si al conjuro de su perverso instinto se movieran en la sombra las voluntades para servirla. Es la propia Encarnación la que aparece en el camino real, y se acerca a la casa muy despacio: lleva sin duda un oculto propósito.
—¡Chis... oye...! ¿Querías alguna cosa?
—Acertaste.
—Pues aquí me tienes—dice Tomasa desde un antepecho al nivel del portal.
—No es el mensaje para ti.
—Lo supongo.
—¿Entonces?
—Se le daré al ama.
—Deseo hablar con ella.
—Es imposible: el señor está hoy más adusto que un juez, y al subir del parque los dos, se han cerrado muy serios en su dormitorio.
Encarnación sonríe con sabiduría maliciosa:
—¡Vaya, a ese le pican los celos!
—Sabrá que viene tu hijo.
—No lo digo por tanto... ¿Quién se acuerda ya de aquellos amores?—soslaya la madre con raro disimulo.
—Se acuerda la interesada.
—¿Qué sabes tú?
—Se lo conozco. ¿Leo en el giro de las aves y no voy a entender a las mujeres?
—¡Sí que eres sutil!
—No te burles; de sobra comprendes la verdad.
—¿De qué?
—De esa afición.
—¡Ni que fuera bruja!
—Y te entiendes con la enamorada—pronuncia la chismosa, implacable, sin ofenderse por el retintín de las alusiones. Le reluce el tono claro y frío de las pupilas, que adquieren una dureza de metal: el alma torva enseña el pálido color de su envidia—. Hay hombres—añade acerbamente—que no se cansan nunca de querer.
Viendo el trastorno maligno de Tomasa olvida la de Cintul su inusitada prudencia. Conoce que no debe fiarse de aquella mujer, pero la quiere castigar aumentando el ruin despecho que la consume, y responde:
—Uno de esos que dices es Manuel.
—¿Y es cierto que viene?
—Ha venido.
—¿Cómo...? ¿De veras?
—Ha desembarcado en Torremar.
—¿Cuándo?
—Esta tarde; mañana estará aquí.
—¿Tan pronto?—murmura la envidiosa, temiendo que se realicen los anhelos de Dulce Nombre.
—¿Pronto...? Diez y seis años lleva en Cuba... sin cansarse de querer—subraya Encarnación.
—¿Ese recado traías para «ella»?
—Ese mismo.
—Se le daré... ¡Cuánto se va a alegrar!
La de Cintul vacila un momento; la idea del gozo que puede transmitir la enternece.
—Mira—decide—no le hables de ello, que tal vez no le guste; sino que a solas, sin que nadie lo vea, le das este telegrama—y toma de su bolsillo un papel azul, con mucha solemnidad.
Tomasa desaparece muda y presurosa, empuñando la misiva como un arma siniestra, en tanto que la madre del viajero emprende la retirada un poco descontenta de su resolución.
Instantes después una mano febril llama en la alcoba matrimonial. Abre la puerta Dulce Nombre y ve a su criada sonriendo con perfidia.
—¿Qué quieres?
—Este parte ha traído Encarnación la de Ayuso.
—¿Para mí?—dice temblando la joven.
—¡Naturalmente...! Es la noticia de que ha desembarcado Manuel y mañana viene a Cintul.
En vano Dulce Nombre intenta apagar aquellas frases dichas con una voz alta y dura. Ya están clavadas en Malgor, que se yergue sobre el canapé donde reposaba y estira el brazo maquinalmente, con un movimiento ansioso y defensivo, como si quisiera cerciorarse del anuncio y detenerle sin recibir su daño.
—¡Trae!—balbuce.
Su mujer se interpone entre la mano descolorida y el malévolo impulso de la sirviente; pero ésta consigue entregar el telegrama.
Entonces, bruscamente, sufre el indiano la presión terrible en el pecho, la repentina violencia de su grave enfermedad. Se le demuda el semblante de una manera angustiosa; entre los dedos flojos se desprende el papelillo azul y cae a los pies de Dulce Nombre.
Ella se inclina consternada sobre el enfermo, recibe en los ojos el brillo opaco de unas pupilas que se hunden en la oscuridad, y le llama afanosa; no quiere que perezca así, empujado por una mala intención, padeciendo la última desconfianza.
—¡Ignacio, Ignacio, escucha... atiende...!
Hace el moribundo un gesto espantoso, asoma entre los labios una hirviente espuma de color de rosa y queda rígido, inmóvil.
—¡Está muerto!—gruñe Tomasa con aspereza que no descubre ni un átomo de caridad.
Se propuso únicamente hacerle sufrir, aventarle los celos y las dudas para que descargara su enojo en la esposa. Y el muy estúpido la dejaba libre cuando la venía a buscar el amor, cuando ya podía ser a un tiempo honrada y feliz; ¡aquel hombre la había jugado una mala partida a su humilde servidora!
Miróle con desdén, y extendió su despreciativa injuria a Dulce Nombre, que permanecía quieta, amarilla como un cirio, sin alcanzar toda la magnitud de las crudas palabras: ¡está muerto!
Mas, de súbito, se incorporó cautelosa, enconada por los ojos crueles de la víbora; fuese hacia ella, dominándola con el brío y la estatura, y la obligó a salir del aposento:
—¡Vete, infame...! Sal ahora mismo de esta casa... ¡fuera de aquí!
La dejó evadirse, escondida en la penumbra de los corredores. Cerró la puerta, acercóse al cadáver y le puso en la frente un beso lento y dulce, el único espontáneo y cariñoso de su vida conyugal.
Después, con una flexión cauta y ligera de la cintura, levantó de la alfombra el papel azul, leyólo ávidamente y le ocultó en el pecho, entre los frunces del vestido...
VII
LA LIBERTAD
Toda la noche velaron a Malgor sus íntimos camaradas de la niñez: Martín Rostrío, Antón el campanero y el señor de Luzmela.
Acudió este último, como los demás, a la grave noticia de la desgracia, y permaneció allí, atado por el deber, cohibido por diversas repulsiones.
Le amedrentaba el difunto... Muy lejano el cariño infantil que le unió al compañero en la escuela y en la mies, aquella memoria hubiese, no obstante, servido para tolerar con estimación al hombre que le arrebataba el patrimonio: debía humillarse a la suerte; y nunca fué el indiano un logrero de escasa justicia, sino un rico de mucha fortuna. Pero Nicolás, desinteresado en los bienes materiales, no le perdonaba al amigo que se hubiera apoderado también del alma de la torre, la niña prometedora hecha una adorable mujer. Y al llegar de improviso junto al muerto, sólo sentía la náusea y el terror que produce la carne agostada, a punto de corromperse.
Tenía el cadáver la boca dura y entreabierta, las pupilas cuajadas en el contorno de las órbitas. Con las manos heladas, inflexibles, sostenía un rosarito de coral, la última prenda entre los dedos siempre blandos, suaves como el algodón en los estuches de las joyas. Vestido según le sorprendió la muerte, conservaba un sello de humanidad mucho más expresivo que el de las mortajas prevenidas. Era el mismo hombre que poco antes vivía y penaba adorando celoso a una mujer y que ya se deshacía insensible, ciego y mudo, sin preocuparse del cercano rival.
Mirábale Hornedo muy absorto, acallando su invencible rencor para evocar el espíritu errante de aquella criatura, oculto en el arcano de la otra vida: quisiera hundir los ojos en la eterna sombra que todo lo sabe y averiguar si el hálito incorruptible de Malgor seguía ardiendo por Dulce Nombre mientras el cuerpo se le congelaba próximo a desmoronarse en espuma cenicienta. Y le pungían sensibles sus más hondas tribulaciones, porque sentía muy cerca los pasos de la amada, que no quiso acostarse, vigilando el gabinete mortuorio sin posar en él, solícita y respetuosa.
Cuando llegó el padrino entre varias personas serviciales, procuró decirle ella lo que había pasado con el telegrama fatal.
En un extremo del pasillo le habló reservadamente, bajo una turbación nueva para el hidalgo. Se expresaba sin mirarle, franca y retraída a la vez; quería contárselo todo a la claridad de su genio translúcido, y refería la vileza de Tomasa con mucha indignación, mientras delataba un descanso gustoso para el tormento de su juventud. No hubo fingimiento hipócrita en la voz ni en el ademán: Dulce Nombre descubría, como siempre, su condición intrépida, instintiva, afrontando los caminos libres, con ansia de vivir, de una manera luminosa, igual que antes abrió el pecho a los sinsabores revelando su acidez.
Pero sus frases diáfanas se envolvían en un recato especial y su actitud en un tenue rubor desconocido para Hornedo. Y la escuchaba él confuso, imaginando que la nube casi imperceptible de aquella expresión obedecía a la novedad y la sorpresa de las circunstancias; quizá al prurito de celar un poco la interna ventura.
—Ya se cumplió tu plazo—le dijo, crudamente, viendo huir sus propósitos de renunciamiento. La tenía a su alcance, hermosísima y tentadora, libertada para otro hombre; y la mocedad que había malogrado en las crisis de su pasión, le pedía una cuenta apremiante al choque violento de aquella hora.
Estaban junto a una ventana que transcendía a la esencia resinosa de los pinos y al vaho de la tierra caliente; remansaba la noche bajo el parpadeo fogoso de los astros, al arrullo del Salia, claro y vibrante como una lira de cristal.
La viuda del indiano escondía los ojos trigueños sin responder a su padrino, que volvió a decir, honda y fuerte la entonación:
—Ya se cumplió tu plazo, ¿no me oyes?
—Sí.
—Y el destino te devuelve a Manuel Jesús.
Era la voz tan dolida y entrañable, que la joven alzó la mirada, y allí mismo, a la luz candorosa de la luna, se convenció del trágico secreto en las pupilas hambrientas de Nicolás.
—Ya hablaremos—silabeó, azoradísima—. Tengo ahora mucho que hacer y no es buena ocasión...
Antes de terminar esta vaga respuesta había desaparecido en la sombra del carrejo para entrar en el cuarto de su hija y estarse al lado suyo consolándola, hasta que se durmió cansada de llorar.
No se oyeron más gemidos. Dulce Nombre, seria y diligente, atendía a las necesidades póstumas de su esposo, preparando las galas del entierro, la cuantía de los sufragios espirituales y otras cosas lúgubres y precisas.
Aunque tenía ayuda, quería intervenir en cada gestión, y su vestido blanco, el mismo que lucía por la tarde, rozaba a menudo las distintas habitaciones con aire volandero y fugaz.
La servidumbre, las visitas oficiosas, y hasta los veladores del muerto, comentaban en voz chita, o en lo recóndito de la conciencia, su observación de que la viuda tuviese los párpados enjutos, y que en el rostro, hermético y esquivo, no mostrase una huella solemne de pesar.
—¡No llora!—se decía Martín, contrariado.
—¡No grita!—pensaba Antón, con mucho asombro.
Una vecina cuidadosa se acercó a decir a la interesada:
—¿Quieres que te busque un traje de luto?
—Mañana me lo pondré—contestó—, corre más prisa lo que estoy haciendo.
Y siguió trajinando, activa y perseverante.
La veía Nicolás de través en los espejos, atisbándola detrás de las puertas, sorprendiendo su voz, canora y dulce, adelgazada en el pliegue de los «escuchos»; su andar rítmico y gentil, su figura armoniosa. Pasaba junto al dormitorio que había compartido con Malgor, sin entrar en él, celándole al reflejo amarillo de los blandones, y se alejaba para volver más tarde a detenerse un momento en el propio umbral, con extraña fascinación...
Ya tramonta la luna, al caer moribundo de las estrellas. Se apagaron todas las luces de la casa menos las temblorosas de los cirios. Por los balcones, abiertos de par en par a la frescura de los campos, entra el remusgo del amanecer.
En el triste camarín unas mujeres interrumpen sus rezos comentando la llegada de Manuel Jesús. Saben que ha desembarcado, y no faltan alusiones a la situación de su antigua novia.
—Ahí la tiene, linda y fresca lo mismo que la dejó al marchar.
—Más en sazón; que entonces era demasiado rapaza.
—Y con buenos miles que hereda hoy.
—Ese muchacho nació de pie, como sea cierto que viene rico y gasta cabal salud.
—Si les acuden a los dos todos los beneficios—dice Alfonsa la de Paresúa, persignándose al acabar un responso—, ella bien lo merece: ha usado la humildad y la prudencia donde otras hubieran puesto la ufanía y el abuso.
—También el amo era buena persona.
—Nadie lo niega.
—Honrado y dadivoso...
—Y amigo de los pobres...
—Pero con la enfermedad y los años ha sacrificado a esta criatura, ¡la mejor del mundo!—vuelve a insistir Alfonsa, ponderativa.
—El padre tuvo la culpa.
—Es el sino de cada cual.
—Aun le queda a la moza tiempo de ser feliz.
—Dios lo quiera.
—No ha de crecer la hija tan llana y sin vanidad como la madre.
—¡No!
—Le gusta que la llamen señorita y se da mucho tono...
Olvidados los padrenuestros, se critica, también, la ingratitud de Tomasa, que en el momento del infortunio abandona el hogar donde ha recibido tantos favores.
—No tuvo ley ni a su propia madre.
—Es descastada como ella sola.
—Y medio hechicera: había dicho que el cárabo rondaba por aquí en barruntos de muerte.
—Como tiene la sangre traidora no adivina más que pesadumbres.
—¡Así medrará...!
Los hombres de la velación han salido de la estancia para tomar café y marcharse luego. La viuda se decide a descansar un rato: es un pretexto para retirarse.
En la pieza solitaria que ha elegido como albergue, se abre un antepecho dominando el ansar. Desde allí, cuando la selva está desnuda, se distingue el molino, albo y lueñe, constante imán de los recuerdos que solicitan exaltados a la enamorada.
Hoy no se descubre por este balcón más que la gasa oscura del follaje, la silueta algariva de los montes, la curva pálida de las nubes donde resplandece solitario un lucero imperial: todo ello entrevisto al claror naciente de la madrugada, cuando se agudizan todos los rumores y baja el cielo al río con la primera luz.
Corre una orilla fresca; se remecen las hojas y los musgos; una canción inefable suena en el bosque, sube a las colinas y se extiende por los confines: está hecha con trinos de los pájaros y balbuceos de las aguas.
Dulce Nombre tiene los ojos clavados en la aurora y recibe el saludo de cuanto renace a su lado. Ve cómo unos ampos de claridad rubia se posan en las calvas de la sierra; el valle parece de oro: a la mujer se le enciende toda la esperanza con el sol.
De pronto una posa fúnebre rompe con su tristeza el hechizo sagrado de aquellos minutos. Es que Antón, el campanero, cumple en la parroquia su deber.
Las comadres que charlaban entre rezos junto a Malgor, han dicho en doliente despedida:
—El Señor le tenga en la gloria...
—Descanse en paz...
Nicolás se ha marchado; Martín se ha dormido en una cómoda butaca del comedor.
Y el muerto está solo con las flores que la viuda ha cortado en el jardín, mientras ella, vívida y fuerte, sin atender a los toques lamentables del campanario, sigue en el balcón, entregada a un radiante abandono, dejando fluir los pensamientos sobre el día de su libertad.
VIII
EN LOS NIDOS DE ANTAÑO
Después del entierro, casi al anochecer, María le dice a su madre, aprovechando una tregua en los saludos de pésame:
—Voy un rato al molino.
—¿Ahora?
—Sí... ¿por qué no?
—Parecerá mal.
—¿Y qué me importa a mí? Aquella es nuestra casa igual que ésta. Salgo por el bosque y llego cuando han acabado de moler: no habrá gente.
—Se te hará de noche para la vuelta.
—Me acompaña el abuelo.
Sin aguardar una aprobación definitiva, parte la muchacha, ansiosa ya de moverse y recobrar el amable señorío de sus deseos, como si hubiera tolerado en aquel solo día una larga esclavitud. Se resiste al primer quebranto de la vida, que le arde en los ojos con físico disgusto; le duele la cabeza: necesita huir de la casa silenciosa, hacer un poco de ejercicio, tomar el aire, secar el llanto.
Va de luto; su elegancia nativa se amolda a todos los vestidos con un garbo especial.
—¡Qué bonita es!—dice la madre, sonriente, recordando que en el espejo se ha visto muy parecida a la muchacha, esbeltísima con la ropa negra, interesante como nunca bajo la zarpa del insomnio y del amor.
Piensa que la niña es ahora más suya que antes; vivirán en comunicación estrecha y la podrá atraer a sus aficiones, crecida siempre la ternura entre ambas... El espíritu se le engrandece imaginando un porvenir caudaloso en goces, sin atreverse a definirlos, derritiéndose en gratitudes a Malgor, como si voluntariamente hubiera muerto para libertarla. Y reza por él, lastimosa y enternecida, rindiéndole un callado tributo cada vez que se persuade de estar viuda, muy cerca de Manuel Jesús, con un derecho indiscutible a la felicidad...
Llegó el flamante indiano por la mañana, en el mismo tren que conducía el ataúd lujoso de Malgor, pedido por telégrafo a la capital.
Pasa el ferrocarril a dos kilómetros del valle, y aquel trozo de carretera, extendido desde la última estación hasta los pueblos de la serranía, le emprendió el viajero también en el mismo coche público que llevaba en el cupé, entre maletas y baúles, el esquife pavoroso.
Pero al saber a quién pertenecía se apeó Manuel Jesús casi violentamente, anduvo a pie el camino real y subió por los atajos a Cintul.
La familia, que le esperaba más tarde, recibió una sorpresa jubilosa. Hubo en casa de Encarnación muchas bienvenidas, bullicio y convite, expansiones amenizadas con mil conjeturas sobre la coincidencia rarísima de que volviese el mozo, al cabo de tantos años, con el féretro de su antiguo rival.
Y la desazón medrosa de esta circunstancia le amargó el ansiado viaje: acudir como los cuervos al olor de la carne muerta, le producía una impresión de maleficio y pesadumbre.
Se retrajo de asistir al entierro del jefe y protector, alegando como disculpa el cansancio y las emociones. Pensaba con trastorno en lo que haría para no emular por completo a las aves siniestras, cebándose en los despojos mortales. Era preciso considerar el luto de Dulce Nombre, dejar correr los días con paciencia cautelosa, vivir a salvo de las censuras aldeanas.
A las insinuaciones poco reflexivas de su madre, repuso:
—Me he de portar como un caballero, aunque me cueste el mayor sacrificio.
—Es que ella te está esperando—apoyó Encarnación alarmada.
—Yo la espero también.
En el fondo prudente de esta actitud existía una secreta repugnancia a heredar la mujer del bienhechor, rica y viuda, cuando había renunciado a ella soltera y pobre: de lejos no le parecía difícil ni reprochable lo que de cerca hallaba casi monstruoso.
Cuestión de perspectiva. Allá, la distancia agrandó unos motivos ciegamente inventados para sustituir a Malgor en cuanto fuera posible, con premura que a veces tomaba el aspecto de una conminación: cartas hubo entre la madre y el hijo henchidas de las más implacables urgencias, colmadas de suposiciones diabólicas.
Aquí, frente a la ocasión, se achicaban las razones de Manuel Jesús: la estrechez del valle, la cercanía de todas las cosas, la misma posibilidad de realizarlas, causaron a este hombre, súbitamente, una opresión de angustia y de remordimiento. Su llegada había sido inoportuna y cruel: un comporte gallardo haría que se olvidase la mala fortuna de aquel arribo.
Y la mujer querida se esfumaba un poco bajo la nube de esta consideración; perdía las proporciones grandiosas del ídolo para convertirse en una realidad algo trágica, en una novia fácil y sombría.
Regresaba el joyero adinerado y joven; era buen mozo, apenas si unas canas prematuras le daban cierta respetable seriedad. Podía escoger compañera entre las señoritas del valle y emparentar con los blasones más ilustres del terruño.
Pero nunca había pensado en una boda de conveniencia. Romántico, independiente como buen montañés, supo vivir sin demasiados sacrificios, conociendo los placeres y las diversiones, defendiéndose de los grandes compromisos amorosos con el recuerdo de la que le aguardaba constante y fiel, cautiva en una dolorosa cadena que él mismo había forjado, al impulso de una exaltación sentimental.
Porque fué Dulce Nombre la estrella de su destino, le dolía como un sacrilegio aquel inexplicable desagrado con que ahora, de repente, veía la proximidad de cuantas ilusiones le estimulaban durante años seguidos. Quería suponer que sólo por el bien de ella juzgaba necesarios los temperamentos y las prórrogas; pero una interna comezón le avisaba de otro disgusto supersticioso, indefinible, una resistencia, muy vaga todavía, al casamiento deseado con malévolos apuros: la gota de hiel caía inesperadamente en una afición tan probada y madura.
Todo ello es indeciso, alucinante, y lo atribuye Manuel Jesús a la mala hora de su regreso bajo el toque funeral de las campanas: padece la obsesión de que ha llegado horrendo y vengativo con la guadaña al hombro y un ataúd a cuestas.
Y sufre extrañamente en el día esperado con inquietudes ardorosas, en este día luminoso y evocador, rebosante de membranzas para el viajero.
Ya desde el camino le tomó por suyo con aguda reclamación la memoria de los goces juveniles, y se le encendieron todas las ansiedades cuando en la vasta soledad del Cantábrico descubrió los contornos de la tierra nativa y vió el sol a ras de las aguas, deteniéndose en la clámide roja del crepúsculo para besar la orilla montañesa. Un pensamiento raudo y henchido le condujo entonces a su valle, detrás de las montañas orgullosas por donde a la mañana siguiente le llevaría el tren apartando los árboles con su carrera... Pasó la noche en un sueño intranquilo, madrugó, diligente, a buscar el ferrocarril, muy lejos de suponer que arrastraba consigo el macabro estuche de don Ignacio Malgor: amaba en aquel instante a su única novia con un denuedo heroico. Y, de repente, nace solapado el descontento junto a la caja negra, se levanta oscura una aversión donde parecía natural que surgiese la confianza victoriosa.
Desconcertado por estas novedades, procura Manuel Jesús estar solo y recoger en el torbellino de tantas sensaciones alguna idea clara; no es posible que en unas horas haya cambiado su corazón; necesita sondearle, llegar hasta lo más profundo de sus movimientos, saber si lo que le enturbia no es más que un poco de cansancio y de sorpresa.
Cuando ya va la tarde muy caída se escabulle de su casa con disimulo y por los caminos señeros que reconoce y adora se deja conducir, pendiente abajo, hasta la lera del ansar.
Es misterioso y largo este anochecer. El sol, al hundirse detrás de los montes, llevó consigo todo el azul del firmamento; queda el celaje pálido y remoto, se estremece la sombra del arbolado, pesan las flores con voluptuosa languidez.
A Manuel Jesús no se le escapa ningún ruido, ninguna observación; marcha despacio, mira y escucha, sintiéndose volver a los tiempos distantes, embriagado con el rezumo de las memorias felices. Le han salido a recibir los cantares del Salia, dispersos en regueras y atanores, apagados en los cadosos de la corriente: una mansedumbre estival se esparce sigilosa por la Naturaleza.
Está cumplida la luna. Cae la noche sombría en espera del astro. El caminante cruza un puente, se hunde en el secreto de la algaba, y poco después toca en la linde viva de un huertecillo. Alguien se mueve allí; hay en la semioscuridad una silueta de mujer.
—¡Dulce Nombre!
—¿Qué?
—¡Ah...! ¿Eres tú...? ¡Tú!
—Soy María Dulce.
—¿Cómo?
—Sí.
—¿Qué dices?
—Soy la hija de esa que usted nombra.
Manuel está junto a la muchacha atónito y conmovido.
—¡No, no!—repite—. Eres la misma... ¡eres tú!
Ella sonríe, le divierte mucho la equivocación. Comprende que habla con el antiguo novio de su madre, y observa que es guapo y distinguido.
De pronto se aturde, sacudida por una idea vigorosa que se le arraiga inmediatamente en la imaginación. Este es el viajero que ha dormido bajo cielos extraños; conoce los países fabulosos, y arribó por los mares, con la espuma de las lontananzas.
—Pase usted—balbuce, abriendo el portel, que gime como antaño.
Y entra Manuel Jesús, cada vez más absorto, mirando muy de cerca a la niña, sin convencerse de que no sea la suya. La voz, la sonrisa, las facciones...
—¡Es ella!—insiste, obsesionado por el semblante de cuanto reconoce a su alrededor.
No ha pasado el tiempo. Aquí están crecidas y curiosas las madreselvas, las odorantes lámparas de Jerusalén; aquí reventando el pecho de los capullos en la altura del rosal; orillando los macizos de legumbres se esparcen la menta verde y el torongil; por el filo de las paredes medran las ortigas y los helechos en flor. El aire, los olores, los murmurios, son «aquellos», también. Suben desde el río partículas consoladoras de frescura, sones claros y melodiosos, llenos de lejanas alegrías...
Así lo supone Manuel, sin razonarlo, sintiendo que se le nublan los ojos con el agua del corazón. Registra en la penumbra los perfiles tranquilos de la aceña, las ventanas inolvidables, los muros blancos. Evoca la embalsamada habitación donde se llenan de harina los alguarines al zumbido de las piedras ardientes, y se halla envuelto en el polvo rubio de la faena, en la algidez memorable del noviazgo.
—¡Dulce Nombre!—pronuncia todavía, negándose a creer que no es su novia la virgen que le escucha.
—Soy María Dulce—vuelve a decir la muchacha, pensando: ¡Se acuerda de mi madre!
Pero no se le ocurre ni remotamente que la siga queriendo. Cuenta la niña de Malgor diez y seis años por una vida entera, y en su indocilidad no concibe que se pueda someter un antojo al tormento de no realizarle.
Ahora mismo quiere ella convencerse de que este hombre es uno que ella espera, el amador imaginario que viene de muy lejos y sabe muchas cosas. Clava en él los ojos candentes y expresivos.
—Ha llegado usted hoy a Cintul, ¿verdad?—murmura por decirle algo. Y añade melindrosa:—¡En un día bien triste para mí!
El mozo se estremece como si despertara.
Aquella mujer no es la misma, no; le hace preguntas inútiles, le mira con un talante desconocido: es igual que la otra... pero es distinta... ¡Acaso en el huerto se ha renovado todo como ella!
—¡Qué lástima!—prorrumpe en alta voz, atisbando con envidia la gracia de lo inerte, que no se muda: la casa, las piedras, el suelo... Entretanto yergue el río sobre la noche un eterno murmullo de fugacidad, y María se duele, interpretando a su modo la frase que acaba de oír:
—Sí, ¡una lástima...! Mi padre no era un viejo... ¡y así, tan de repente!
Sabe la joven un mohín de quebranto, lleno de coquetería; se lleva el pañolito a los ojos, y aguarda.
Manuel está viendo la caja fúnebre, pesaroso como si realmente la hubiese traído él a Luzmela para encerrar a Malgor. Le parece que ha hecho daño a la niña y le dice con amabilidad:
—No llores; eres muy hermosa; yo te quiero mucho.
—¿Usted?
—Sí.
—¿Desde cuando?
—Desde siempre.
—Entonces, ¿me conocía?
—De nombre... y de fama.
—Pero venía usted preguntando por mamá.
—Porque os llamáis lo mismo.
—Sí; es cierto; ¿lo sabía usted?
—¡Claro...! Aunque me lo negabas tú.
—Creí que se acordaba usted de ella... ¡como han sido novios!
Ahora, asustado de que la muchacha interprete mal su conducta, niega él sin perfidia, con un desasosiego inquietante.
—¿Quién va a pensar en ilusiones tan lejanas...? Sólo me acuerdo de que somos amigos... Y siento mucho encontrarla viuda.
—Se lo diré... Aunque usted irá a vernos.
—Debo ir—responde, algo inseguro.
—Porque esto no es una visita.
—No; es una casualidad. Llegué aquí... sin saber cómo—afirma el paseante, lamentando que el instinto y la costumbre le hayan hecho traición después de largo tiempo. Agítase azorado como un ave que vuelve al nido y desconoce la nidada nueva. Hace un ademán para despedirse, y María le quiere retener.
—¡Quédese un poco...! ¡Estoy tan sola!
—¿No hay nadie en la casa?
—Está Camila... ¿Usted la recuerda?
—Ya lo creo.
—Será usted aquí el amigo de todos, ¿verdad...? ¡Así es que ayer y hoy se hablaba tanto del regreso de Manuel Jesús...! Yo me figuraba que era usted así, como es, y quería verle pronto... Cuando me llamó desde la cerca le reconocí...
El se conmueve al escuchar su nombre pronunciado con el mismo acento de la amada, en el engarce puro de aquella voz armoniosa y penetrativa.
—¿Me reconociste...? ¿Cómo?
—No lo sé.
Manuel Jesús tiende la mano y recoge la de la muchacha, tembloroso, apremiante, como si la despedida fuese a evitar un gran peligro.
—¡Adiós!
Una sombra llena de perfumes los envuelve con su roce imperceptible, mientras arriba, en los espacios sinuosos, la luz de las estrellas hace más profunda la oscuridad de lo infinito.
—¡No se vaya usted!—ruega María con una insondable mirada de persuasión.
Manuel siente en la suya el calor de la mano tersa que le oprime. Y una embriaguez insensata le confunde; quiere vivir el tiempo huído, que esta niña sea su novia de antes, la misma que dejó inocente y enamorada... No han transcurrido los días; no tuvo nunca dueño aquella mujer; le esperaba aquí, segura, inviolable...
—¡Dulce Nombre!
La tiene en sus brazos, la besa en los ojos, en la boca, furiosamente, le murmura un raudal hervoroso de palabras como un desquite de la separación y el silencio padecidos.
Ella recibe las caricias y las promesas, excitada por la locura fragante de la noche, creyendo que ha inspirado una súbita pasión, gozosa de sentirse prendada, a su vez, del hombre desconocido, el viajero de leyenda; vive su hora delirante, se convierte en la heroína de un cuento de hadas.
Hasta que Manuel Jesús recobra un poco la serenidad, liberta a la niña, y siente más urgente y angustiosa la tentación de huir.
—Adiós—repite, consternado, desfallecido por la inquietud violenta del deseo, torpe en una confusa sensación de realidades y quimeras.
En el penacho augusto del celaje refulgen, misteriosas, las siete llamas; aquí, en el cíngulo de los planteles, se cierran las flores, sensibles como pupilas.
Manuel salta la cerca, desatinado igual que un ladrón, cuando sería tan fácil abrir el portillo. Se hiere un poco las manos con las espinas del seto; se acoge a la sombra del ansar, y anda a escape, enfebrecido: mira al cielo por los claros de la espesura y le parece que las estrellas corren detrás de él.
María, al despedirse, ha dicho crédula y feliz:
—Hasta mañana...
IX
LA NOCHE ENCUBRIDORA
Se han marchado las últimas visitas, y Dulce Nombre, cansada, impaciente, se refugia en su balcón para recibir un poco de aire nuevo y estar un rato a solas.
Todo el día esperó a Manuel Jesús.—Vendrá ahora; vendrá más tarde—pensaba. No atinó con las razones de delicadeza que le excusaron de asistir al entierro; su alma torcaz estaba muy distante a la complicación de otros espíritus más cultivados y sutiles. Ella guardó al marido muchos años una fe dolorosa; su liberación coincidía, milagrosamente, con el regreso del hombre elegido: ya no había que perder ni un minuto de felicidad.
Sólo algunos reparos de circunstancias se pudieran interponer entre los dos. Tal vez sería conveniente celebrar la primera entrevista en el molino, cuando se acaba el trajín y el bosque duerme solitario... Al viajero, sin duda, le cohibe presentarse en la casa de Malgor, llena hoy de gente curiosa y parlanchina...
—Sí; algo de esto le retrae—se dice la joven, preocupada.
Y no sabe por qué teme un rigor impreciso, una desventura que se ocultase para ella bajo la noche encubridora.
Pero oye subir a Encarnación, llamándola, y se le desvanece en seguida el triste pensamiento.
—Aquí estoy; ven.
Se abrazan las dos mujeres dentro de una franqueza gustosa para Dulce Nombre, que desembaraza sus impulsos con libre dominio después de larga cautividad. Ya es dueña de su vida; habla y pregunta lo que quiere: lleva en la mano el corazón.
La de Cintul explica muchas cosas atropelladamente, empezando su relación desde la entrega del parte telegráfico a Tomasa, de la cual desconfía.
—¿Qué hizo con él? ¿Cómo ocurrió la muerte del amo?
No es esto lo que la viuda quiere tratar. Palidece ante el recuerdo lúgubre, reprime su emoción, y, sin descubrir a la perversa criada, pronuncia:
—Háblame de Manuel Jesús.
Toma el relato Encarnación desde muy lejos otra vez: el viaje, el arribo, las visitas...
—Pero, ¿qué dice?—interrumpe la enamorada con vehemencia.
—¡Ah! Que tenía muchísimas ganas de venir... Trae dinero ¡Hay que ver lo guapo y mozo que está!
—Te pregunto lo que dice de mí.
—Pues... ¡figúrate...! El te quiere de un modo atroz.
La madre asoma una leve perplejidad en sus contestaciones; ella, tan categórica y ejecutiva, parece algo incierta de lo que asegura.
Sorprende al vuelo Dulce Nombre aquella insignificante desanimación, y pretende sonreír, embozando su zozobra.
—¿Por qué no ha venido?
—¡Mujer, estábais aquí de entierro...! ¡Llegó tan cansado...! Se acostó al mediodía...
-¿Sí?
—Ya puedes suponer...
Encarnación ha perdido el aplomo; se embarulla, miente; y la muchacha, intranquila, anhelosa de seguridades y de arraigo para su amor, manifiesta con apresuramiento:
—Necesito verle.
—¡Claro... es natural!
—Le dices que mañana le espero en el molino, al anochecer.
—¡Muy buena idea!
—No hables a nadie de ello.
—Ni una palabra... y ahora—concluye la de Cintul, siempre bajo una encubierta ansiedad—me voy: tengo mucha prisa.
Se despide muy amable, exagerando los adioses, envolviendo en suspiros un torrente de frases innecesarias.
Y se queda la joven cavilosa, sumergida en un desconcierto rarísimo. Presiente una amenaza; hunde los ojos con sospechas en la profundidad de la noche, imaginando que se mueven unos ruidos extraños en el aire... No es cierto: se adormece la brisa fatigada con su peso de aromas; cunde, mansamente, el rumor de los azutes que el río consiente a la sed de los campos; fulgura altísimo el celaje clavado de soles.
De pronto, ligera, vestida de luto como una ráfaga de la oscuridad, entra María en la habitación, echa los brazos al cuello de su madre y susurra una confidencia; nada omite en su orgullo de conquistadora: el encuentro, el entusiasmo, los besos delirantes, las protestas...
—¡Me gusta mucho, mucho...; me quiero casar con él!
Dulce Nombre permanece unos instantes ajena a la realidad, inmóvil y dura lo mismo que una imagen de piedra. Casi desconoce a su hija; ¡aquel traje negro..., la espantosa confesión...! ¿quién es aquella criatura y qué dice...?
Detrás de la niña aparece muy solícito el abuelo Martín, que viene acompañándola y oyó por el camino las primeras noticias del secreto.
Como no está iluminado el gabinete, se distinguen apenas las figuras, alumbradas en el balcón por la claridad imprecisa del espacio, un poco más insinuante según alborea la luna a espaldas de los montes.
Ni la chiquilla ni el viejo perciben el esfuerzo bárbaro con que la madre procura dominar su estupor, sacudir el asombro infinito que la anonada; no logra comprender ni menos hablar.
Entonces Martín, disimulando su alegría en consideración al duelo reciente, expone con mesura:
—En medio de todo hay que dar gracias a Dios; que por los barruntos, ya tenemos otro indiano en casa...
Una estrella corta el cielo con raudo golpe de luz; María sonríe en una radiosa abstracción, y Dulce Nombre se desentumece de súbito, lívida, terrible; da unos pasos hacia su padre y le pone las manos en los hombros:
—¿Qué estás diciendo?—ruge desafiadora. ¿No sabes que ese hombre me pertenece?
—¿A ti?
—¿Pero, no lo sabías?
—¿Manuel Jesús?
—Sí; Manuel Jesús; ¡ese, ese...! vivo esperándole.
-¿Tú?
—¡Yo!; hace un siglo... ¿Estás sordo y ciego...? ¿No me ves...? ¿No me oyes?
—Esta mujer se trastorna—gruñe Martín, asustado, mientras la niña, intimidada al principio de la escena, se convence de lo que pasa, recobra los bríos y, con una prontitud alarmante, promulga también en reto:
—Ese hombre es mi novio.
—¡Mientes!—contesta Dulce Nombre sin mirarla, caídos los brazos, con gesto de loca.
—Pregúntaselo a él. Ha ido a buscarme; ha jurado que me quiere: de ti no se acuerda.
—¿Lo ha dicho?
—¡Sí!
El acento de María es afilado y rotundo; su madre, ahora, la mira con los ojos entenebrecidos, comprendiendo que dice la verdad. Y de una manera insólita se desprende del drama, recordando aquella noche cuando en el molino supo la traición de Manuel Jesús; la novia de aquel tiempo era una niña igual que ésta de hoy: no tenía madre... ¡estaba sola en el mundo...!
Dulce Nombre ha perdido otra vez la noción de los hechos; se confunde con su propia hija y le da mucha lástima de ella: no sabe cómo sufrir el terror y la piedad que la destrozan.
Viéndola quieta y muda, le dice el padre, algo severo y ofendido:
—Vaya, mujer, a ver si te sosiegas. Tú eres viuda, tuviste un buen esposo y no debes pensar en tonterías: aquello de Manuel fué una broma de rapaces; lo que te cumple es casar pronto y en condiciones a la muchacha: Ayuso es una proporción magnífica y no hay que espantar a la suerte.
Habla el molinero escuchándose, muy ufano de su elocuencia y sensatez; supone que ha conseguido el propósito de aquietar a su hija y le tiende la mano, conciliador.
Apenas la toca, se resiste la infeliz y se estremece como si volviera a despertar; pone la atención en torno suyo, juntando al viejo y a la niña en una mirada inmensurable, y se dirige hacia la sombra con rapidez. Su vestido negro se aduna a la tiniebla del gabinete... Ya no se oyen sus pasos.
Con la ciega necesidad de huir y de correr sale de la casa por el jardín, hollando las flores, sin reparar en el camino.
Tiene el horizonte un marco de luz, porque ha resbalado sobre las cumbres la claridad fluída de la luna: se distinguen en el parque las rosas y los claveles encendidos como llamas.
A Dulce Nombre la obligan tirantes los nervios mientras la querencia y el hábito la conducen al molino. Cruza desatinada el bosque, sin tropezar en las raíces vagabundas, sin detenerse en la aspereza de la gándara ni en el salvajismo de los recodos, herida, apenas, en el traje con las púas de algún zarzal. Diríase que todo la acompaña y la defiende allí con un cariño bravo: los palios de las hojas, el alma vegetal de las plantas, la voz de los cauchiles que surcan el terreno con hilos rumorosos.
Ella marcha ajena a sí misma, sin percibir la fragancia divina de las cosas. Sus pensamientos corren a la demencia; pisa con ahinco, en un empuje rudo y maquinal, y no agradece los aromas refrescados por las aguas, no sabe que la consuelan un poco la brisa y la noche.
Sólo al llegar junto al molino, en la anchura repentina de los senderos, recibe una sensación nueva y punzante, como si le doliese en las entrañas la trabajosa fecundidad de la mies.
Porque viene de pronto hacia la fugitiva, con el oreo de los maíces granados, una irremediable certeza de que toda maternidad es dolor. Y se detiene indócil, asaltada por el recuerdo de su hija, con insufrible congoja.
La racha violenta de lucidez coloca bruscamente a la madre en contacto con el destino; pero su condición rebelde pide a voces el cumplimiento de una promesa que no tiene a quién reclamar.
X
EL FARO ROJO
Aquí está el molino; aquí el Salia, generoso, deshaciéndose en regajales al través de las campiñas.
Va subiendo la luna cimera y ancha por las nubes: toda la serenidad del cielo desciende benigna hasta la tierra.
Y un aura de pavorosa inquietud conmueve a Dulce Nombre inclinada sobre el río, viendo rodar a las estrellas en el cauce. Necesita moverse como las aguas; ir, lo mismo que van, a sumirse en la amargura de un abismo. Siempre le ha fascinado la corriente que huye y no pasa nunca, que es la misma y es otra, que se lleva luceros y paisajes sin cesar de copiarlos: así la transitoria belleza de estas espumas tiene hoy para la desdichada mujer un hechizo perdurable.
Se arrodilla en el suelo para sentir más cercano el flujo caudaloso de la vena, tal vez para entregarse al cristal que se desliza y no se acaba.
Dentro de la carne sanguínea y mórbida, el instinto le asegura a Dulce Nombre que sin amor no puede vivir, y la siniestra visión del suicidio está a su lado, como único remedio.
No encuentra la desesperada otro descanso a su fatiga. Para ella es el río un buen compañero de la niñez, y quisiera dormirse donde crecen los hervores del caz, sobre los brazos quietos del árbol transmisor, allí, entre el polvo de diamantes que arroja la presada.
Sumerge las manos en la frescura de las ondas y siente latir el corazón a la par del río con vínculo fraternal... Pero tiene miedo... ¡Si toda su tragedia no fuese más que una pesadilla...! La muerte rechaza aquella juventud saludable y firme, llena de apasionadas virtudes: el propio vértigo de la desesperación infunde a la mujer un ánimo insumiso.
Y se levanta pujadora, desatada las trenzas, arrebolado el semblante, asiéndose a la vida en una actitud oscura y temible.
Anda unos pasos ligeros y abre la puerta del molino, franca y débil. Allá, en el fondo del salón, se rebulle Camila esperando a Martín, con las ventanas abiertas, dormilona y taciturna.
—¿Qué te pasa? ¿Cómo vienes así?—interroga con asombro al reconocer a la joven, observando que llega despeinada y transida.
Ella se pone un dedo en los labios.
—No grites; vengo a preguntarte muchas cosas—responde con la voz densa y extraña—. ¿Estuvo aquí Manuel Jesús, al anochecer, hablando con María?
—Estuvo.
—¿Dónde?
—En el huerto... La corteja; le habló de amoríos y locuras, abrazándola y todo, hecho un orate...
—¿Lo has visto?
—Sí; desde el ventano de la cuadra.
—¿Y le oíste?
—Como te oigo ahora.
—¿Estás segura?
—Segurísima: te lo puedo jurar... y te lo pensaba decir...
No se había acostado el viajero al mediodía... Encarnación tuvo motivos para mostrarse inquieta: existía el drama, insensato, palpitante, absurdo...
Se revuelve Dulce Nombre por el salón registrando la tosca armadura del molino, como si no la conociera: los cimadales, las taravillas, las quebrantadoras... Pasa los dedos sobre el polvo claro del maíz, empuja con el pie los garrotes panzudos, percibe el ronquido del reloj; va y viene, con inútil solicitud, al reflejo amarillo de la lámpara, hasta que oye unos pasos en la lendera próxima y se dirige precipitadamente a la salida del huerto por el corral interior.
—¡Si es tu padre!—clama la vieja, sin comprender aquella fuga—. Te vendrá a buscar.
—Por eso me voy.
Camila, siguiéndola, susurra muy oficiosa:
—Mira, atiende: aquí mismo se apalabró la chiquilla con Manuel; ella le dijo al despedirse: Hasta mañana... Talmente parecía que eras tú, en aquel tiempo...
Dulce Nombre se ha ensombrecido ya bajo los árboles, y Camila, ignorante y pasmada, cierra el portel, murmurando:
—¡Válgame Dios...! ¡Todos han pisado hoy la mala hierba...!
En efecto; buscando a su hija, acude Martín; escucha contrariado lo que la anciana le refiere, y sale al ansar llamando a la desaparecida.
Pero ella se oculta ágil y alerta; conoce bien las derrotas y los confines de todo el lerón, y, agachada entre unos matojos, ve a su padre seguir un huello equivocado por la orilla del río.
Entonces vuelve a caminar, decidida y valiente, sin más propósito que el de alejarse y vivir. Una poderosa reacción se verifica en su alma, campestre y honda como el paisaje, llena, también, de recursos y misterios.
Después de la suprema apelación de sus dudas, revive Dulce Nombre al contacto decisivo de la verdad. El testimonio irrecusable de Camila es una sentencia y una confirmación. Nada puede la moza esperar; y, no obstante, huye de la sombra y de la espuma que en la ribera cunde hirviendo de tentaciones: ya no quiere morir. ¿Por qué?
No lo sabe ni se lo pregunta; se recobra a sí misma con ahincado sentimiento de egoísmo, abandonada y miserable, sin más patrimonio que sus derechos humanos. Carece de hogar y de afecciones; tenía un corazón y se lo clavaron en la Cruz: así le lleva en el pecho, encendido de rojo como la antorcha providente de los faros... ¿Adónde irá con él?
Algo de esto último discurre Dulce Nombre, mientras camina, agitándose con la túnica de la selva... ¿Adónde irá?
Siente hambre y sed; la rinden el cansancio y el sueño: es preciso llegar a alguna parte. Con la certidumbre de las cosas, adquiere, de nuevo, la sensación de sus necesidades físicas, y de un modo lógico viene a pensar: Necesito que Dios me ayude.
Humilde y obediente a su manera, pronuncia con devoción el ingenuo fervorín de las niñas aldeanas:
El ánima sola
que en el campo gime y llora,
me tenga compasión en esta hora.
Padrenuestro...
—¿Vas rezando?—le interrumpe de súbito un hombre, deteniéndola intrigadísimo.
—¡Gil!
—¡Lo que menos imaginaba yo era encontrarte en este lugar!
La muchacha comprende que va a oír una serie de interrogaciones penosas:
—Nada me preguntes—suplica—; me he perdido... ando... extraviada...
Pero, es inevitable la sorpresa del pastor.
—¿Perderte en el ansar...? ¡vamos...! ¡si es tu casa, mismamente!
—No tengo casa, Gil—dice, al cabo, la moza, obligada a fiarse de aquel hombre.
La está contemplando él con arrobo y angustia, cada vez más inquieto de verla sola y amarga, sin aliño ni rumbo, orando como una penitente.
¿No tienes casa?—repite en el colmo de la extrañeza.
—No.
—Pues ¿y la de tu marido, la de tu padre?
—No tengo familia.
—¿Qué...? Temo que padezcas de calentura... A mi ver, estás delirando.
—¿Delirar...? La salud es lo único que me queda... Cuando te encontré le pedía socorro al cielo... Oye: ¿sigues siendo mi amigo?
—¡Mujer! me ofendes; ¡qué pregunta!
—Llevas razón; tú eres bueno: perdona—murmura Dulce Nombre, comprensiva. Y añade con la voz tenebrosa:—¡Como nadie en el mundo me ha sido fiel!
—¿Nadie...?
—Escucha, Gil. Te aseguro que no puedo volver a casa de Malgor ni al molino; carezco de todo; busco un albergue... Dime, por caridad, ¿adónde iré?
—¡A la torre!—contesta el pastor, muy resoluto, erguido y caballeresco.
Y la fugitiva, iluminado de repente un sombrío rincón de su memoria, balbuce:
—¡Es verdad!
—¡Pues claro, mujer! ¿Adónde mejor has de ir...? Aquel palacio es tuyo: allí eres tú la reina.
—Vamos, anda...
Un movimiento vigoroso de intensidad se reproduce en el espíritu de la moza, como si se abriese más engrandecido que nunca. Se agolpan en él las impresiones olvidadas, las evidencias esclarecidas, la muda historia de una triste juventud.
Ve Dulce Nombre cómo se desenlaza, en un repente brusco, el largo proceso de su pasión, y no sabe si pertenecen a su vida estas horas febriles; los pensamientos, sordos y nublados, se le despiertan lentamente al sabor de su misma acidez; y de la confusión desgarradora surge de pronto el recuerdo de Nicolás, del enamorado infeliz.
—Vamos—repite acelerada la joven.
Un soplo de alegría la conforta; ya no siente la pesadumbre material: va de prisa al lado del pastor, hollando los retales de luna que tiemblan en el suelo...
—El señor está en el jardín—les dice Rosaura, muy sorprendida cuando llegan a la casona.
—Vete—ruega Dulce Nombre a su acompañante—y avísale que le llamo...; no le quiero asustar.
Orea el solariego su martirio por una senda de acacias, desvelado a pesar de la vigilia reciente, y piensa con angustia indecible en la necesidad de un viaje sin retorno, una ausencia que dure; no podría resistir la pena cegadora de ver a la amada llenando de hermosura los días felices del rival.
Mira, desfallecido, el dintorno ingente de su casa, la torre maciza, el escudo infanzón que de nada le sirven en su reciedumbre material. Aún le juzga originario de la velada dolencia que a él le consume, siempre encubierto con la pesadez de los blasones, amordazado para amar y vivir.
Imagina otra vez que padece el maleficio de una herencia morbosa, llena de culpas y dolor. Y se vuelve con menos inquietud a contemplar la tierra amiga, extendiendo el cariño a cuanto le rodea: las llosas de sembradura, las brañas de pasturaje, los linderos del bosque, la huerta, el rebujal. Aunque no fuera suyo lo querría fatalmente, con sensuales apetitos de montañés... Pero es necesario separarse del terruño y del solar. Hornedo es otra criatura que se dice esta noche, sin valor: —¿Adónde iré?
Está muy indeciso. Ha fijado la vista en el cielo y la detiene con obstinación, como si buscase hospitalidad en las montañas de la luna, cuando se acerca Gil a darle un recado incomprensible.
Se trasmuta el semblante del caballero. Sonríe el pastor enseñando las encías; el gozo se le esparce por toda la cara al responder a Dulce Nombre un instante después:
—Ya viene.
Ella concluye, fervorosa:
—Gracias; Dios te bendiga.
Y se dirige al encuentro del padrino, aunque ya no le llame así ni en el último pliegue de su conciencia.
Bajo el toldo de acacias se reunen, encima de esas flores castas y finas que nacen pródigas en los caminos.
De lo que habla la mujer no se oye más que un arrullo. Luego ella, con los labios heridos por la fiebre, se inclina sobre las manos de Nicolás.
La levanta él, deslumbrado, receloso. ¿Es verdad todo aquéllo...? ¿Tanto se muda la suerte en el curso de pocas horas...? Viene Dulce Nombre a pedirle sostén y amparo; y viene desamorada, vencida... No la puede engañar.
—¡Si tú supieras...!—balbuce tembloroso.
-¿Qué?
—El gran secreto de mi vida.
—Lo he sabido.
—¿Cuándo?
—Hace mucho tiempo—supone la moza, engañada por la fantástica sucesión de las emociones. En seguida añade:—¡Ah, no, no...! Desde ayer.
—¿Lo comprendes bien, en toda su magnitud?
—Sí.
—¿Y qué dices?—pugna el hidalgo, perdido de ansiedad.
—Que yo te querré...
—¿Como a un padre?
—No—afirma ella resueltamente—; ¡como a un hombre!
La voz y el rostro de la muchacha han perdido su nube dolorosa; las palabras, entrañables, se le encienden con una fuerza enorme y tranquila: su corazón se depura, enérgico, frente a la nueva esperanza.
El señor de Luzmela, extenuado por las ambiciones, loco de ventura, está leyendo su destino en la altanería de aquellos ojos rubios que se le descubren inmensos y leales.
Llega Dulce Nombre plenamente hasta el hidalgo con los aromas ásperos del ansar y el salvaje aliento de las montañas; acude envuelta en la divina armonía de la noche; trae pegado a las sienes el cabello crecido por las raíces, que le brilla como una corona mojada de sudor.
Y Nicolás recibe en sus brazos a la mujer con silencioso frenesí...