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La primera manifestación teatral del temperamento literario de Concha Espina ha respondido al prestigio de que goza desde hace mucho tiempo como novelista la ilustre autora de La Esfinge Maragata.
El Jayón, drama en tres actos, estrenado anoche en el teatro de Eslava, obtuvo un éxito franco, unánime, cordial y justísimo. No podía esperarse otra cosa de quien tan ponderadamente ha sabido interpretar momentos y sensaciones de un realismo doloroso y vivo, descubriendo la llaga de lo trágico, no con la grosera tenacidad de los gusanos, sino con la solícita atención de un psicólogo.
El Jayón es un afortunado ensayo dramático. Concha Espina ha tenido el acierto, además, de mostrarse como dramaturgo femenino de sutiles y vibrantes percepciones estéticas y humanas.
Su primera obra escénica es, como la obra de una madre, la exaltación del más puro sentimiento de la maternidad, y esta postura sentimental tan simpática y tan excepcional en este ciclo literario en que la mujer propende a sentir como el hombre, fué acogida con visible complacencia por el público, sugestionado al mismo tiempo por la plasticidad del cuadro, del ambiente, de la luz local; la riqueza de la expresión en su poética rusticidad, y, finalmente, la tembladura de bondad, de sencillez, de almas buenas, que circula, como la sangre caliente y generosa por las venas, por todos los instantes del drama.
Es el jayón un niño prohijado, una criatura con paternidad adoptiva, según la lexicografía vulgar montañesa.
En la obra de la exquisita y gentil escritora, el jayón es un niño tullido, una lacra fisiológica, un rollito santo donde la Fatalidad se ha complacido en grabar una arruga deforme. Y este niño, hijo aparente del infortunio, cuando es el infortunio mismo, viene a ser el eje de la delicada trama, es como la línea de primer término de la linda, de la sugestiva acuarela dramática que ha compuesto Concha Espina.
De su triunfo absoluto y clamoroso le hablarían anoche con clara elocuencia las ovaciones cerradas que le prodigó el entusiasmo de la concurrencia.
La Srta. Morer tuvo ocasión de contrastar sus admirables aptitudes, dando la máxima sensación de la ternura, de la abnegación, del sacrificio y, finalmente, del desgarrante dolor maternal, interpretando la figura dulce y bondadosa de Marcela, la madre del jayón, la madre secreta para todo el mundo, menos para sus entrañas laceradas por la suprema adversidad.
La Sra. Peñaranda y el Sr. Hernández se hicieron una vez más acreedores a la legítima complacencia con que el público de Eslava sabe justipreciar sus méritos artísticos indiscutibles.
Para los tres, como para sus estudiosos auxiliares, hubo muchos y merecidos aplausos.
Concha Espina fué llamada al palco escénico multitud de veces.
El decorado, de Mignoni, de justo verismo.
J. San Germán Ocaña.