ESCENA VII

Dichos, REMEDIOS y SERAFÍN

REMEDIOS

(Llevando de la mano al niño, que viste blusa y pantalón largo y representa nueve años muy gentiles.) Aquí tenéis al muchacho tan campante.

MARCELA

(Mira al niño con extravío y le empuja al medio de la escena.) Pues éste, éste es Jesús, el jayón... Te le devuelvo, Irene, toma: ¡no llores más por él!

IRENE

¿Que este es Jesús?... ¡Mi hijo!... ¿No me engañas?

ANDRÉS

(A Marcela, con ansiosa inquietud.) ¿Pero es verdad?

LUISA

(Suplicante.) ¡Marcela, por Dios!

MARCELA

(A su marido.) ¡Es verdad! (A IRENE.) ¡No te engaño! (Señalando al niño.) Quise valerme de él contra ti, y no quiso el que todo lo puede!... Este niño es el vuestro, el saludable y dulce, el de los ojos verdes que embrujan como los tuyos. (Habla con pasión y violencia, arrepentida y desesperada a un tiempo, mientras IRENE se sacia mirando al hijo y le tiende los brazos.) ¡Fíjate! Cuando Andrés le mira, es igual que si te mirase a ti.

IRENE

(Mirando y abrazando al niño, que se resiste asustado.) ¡Yo no pienso en Andrés!

MARCELA

(Con lógica brutal.) ¡La que se lleva al hijo se lleva al hombre!

IRENE

No; al hijo nada más; al hijo, sí; ¡ven! (Muy codiciosa.)

JESÚS

(Lloroso, muy aturdido, queriendo irse con MARCELA.) ¡Madre!

ANDRÉS

(Aparte.) ¡No acabo de creerlo!

MARCELA

(Echando al niño con brusquedad en brazos de IRENE.) ¡Esa es tu madre! (A ella.) ¡Tómale!... Te le doy y me quedo sola en el mundo, como estabas tú...

ANDRÉS

¡Calla, calla, te confiesas a voces!

MARCELA

(Con infinita amargura.) ¡Como los sentenciados a muerte! (Haciendo un ademán de huída.) Ahora... ¡adiós!

ANDRÉS

(Adelantándose a detenerla.) ¿Que te vas? ¿adónde?

MARCELA

(Pugnando por soltar la mano con que la sujeta su marido.) Por la nieve adelante, por los caminos altos donde las criaturas perecen de frío y pesadumbre...

IRENE

(Aparte.) ¡Como el hijo suyo!

ANDRÉS

(Compasivo.) ¡No, eso no!

MARCELA

(Con obscura intención.) Si cada alma vuelve a su estrella, yo quiero acercarme a la mía sola y en paz.

ANDRÉS

Y yo no puedo abandonarte.

MARCELA

(Imperiosa, magnífica en su terrible desesperación.) ¡Déjame, Andrés! Ya oíste mi culpa: no te acuerdes más de mí!

ANDRÉS

(Muy sombrío.) ¡No sé lo que oigo!

MARCELA

¡Sí; lo que no sabes lo adivinas!... Nada me preguntes ni me prometas: me duele tu caridad... ¡Quédate con ellos!

ANDRÉS

(Vacilante.) ¡Pero, aguarda!

MARCELA

¡No! ¡Quiero acabar de arrancarme el corazón! (Volviéndose a la gente que escucha con murmullos de inquietud y compasión.) Que nadie me siga: ¡Que nadie me busque!

ANDRÉS

(Porfiando débilmente.) ¡Marcela!

MARCELA

(Empujándole hacia IRENE y JESÚS con un sollozo que más parece un rugido.) ¡Quédate ahí! (Huye desatinadamente, mientras IRENE y ANDRÉS se miran con infinita ansiedad.)

IRENE

(Dando un paso hacia el hombre como para retenerle, con descubierta pasión.) ¡Andrés!...

TELÓN.

LA PRENSA
Y EL ESTRENO DE «EL JAYÓN»

[De "El Debate":]

La Sra. Concha Espina figura en primera línea entre los novelistas españoles contemporáneos. En las columnas de El Debate hemos rendido pleitesía a la alcurnia literaria de la egregia escritora al estudiar dos libros suyos: Agua de nieve y La Esfinge Maragata. Hoy tenemos la satisfacción de volver a aplaudirla con motivo del estreno de su primera obra teatral, El Jayón.

La rutina suele clasificar a los publicistas inapelablemente. Al que lo encasilla entre los poetas no le reconoce aptitudes para la novela; al que lo diputa novelista, no lo aguanta dramaturgo. Diríase que la rutina es envidiosa y la ofenden la ductilidad y el proteísmo del talento ajeno. Por esta vez, la rutina habrá de resignarse con que una novelista ilustre haya triunfado en la escena de Eslava, desde la que hubo de saludar, al fin de los tres actos, a los espectadores que la aclamaban.


La Sra. Espina ha acertado a poner en su obra una intensidad emotiva extraordinaria; y como el arte esencialmente es emoción, se deduce que El Jayón merece los aplausos con que fué acogido por el público. Añádase que los caracteres de Marcela, Irene, Andrés y Luisa están trazados con habilidad; que el diálogo es sobrio y el estilo primoroso, y se comprenderá que la crítica debe asociarse al fallo de la opinión.


En la autocrítica publicada en La Tribuna, afirma la autora:

«En este drama no trato de decir nada nuevo, de plantear problema alguno, ni mucho menos de resolverle. Aspiro sólo a llevar a la escena un pedazo palpitante de vida, un bloque de la cantera humana, labrado por mi corazón. Para darle forma no me preocuparon ardides técnicos, y me dejé conducir por la emoción y la realidad, creyendo que este camino, si no fácil y corto, es el único que logra llegar a un alto fin.»

Completamente de acuerdo con la teoría que este párrafo expone. La Sra. Espina ha conseguido realizar sus propósitos, y éstos son noblemente artísticos.

En la interpretación, la Srta. Morer, admirable de vis trágica, puso a contribución su gesto natural, fuerte, elegante y su voz privilegiada, cuyas vibraciones emocionan por sí mismas, aun descartado el contenido de lo que exprese. El Sr. Hernández, adusto, seco, pensativo o fogosamente dramático, según las exigencias de las situaciones. Muy bien las Sras. Peñaranda y Siria y la Srta. Almarche.

Mignoni ha pintado para El Jayón dos bellas decoraciones.

Rafael Rotllan.