De "La Correspondencia de España":
«El Jayón, nos dice su autora, es un drama rústico, amargo, lo mismo que la vida, fatal como un karma que se cumple.
Se desarrolla entre pasiones desnudas, entre criaturas buenas, en un medio primitivo, dentro del cual intervienen los elementos, con sus voces y su poder misterioso, como un personaje más. No está hecho a la medida de ningún actor», etc.
Esto nos dice la Sra. Espina, y aun algo más, y en verdad no nos defrauda.
Es El Jayón uno de esos dramas humanos que, por lo mismo, por lo humanos, pueden pasar en cualquier parte, en cualquier época, allí donde latan dos humanos corazones... ¿Qué decimos dos? No; aquí son necesarios más; cinco por lo menos: tres activos, digámoslo así (los de dos mujeres madres y un hombre padre), y dos pasivos (los de los hijos): el jayón y el legítimo.
En la vida se han dado sin duda muchos casos como el que presenciamos ayer en la escena. La novedad en estos asuntos nada importa; su verdadera novedad no está en el motivo, sino en el modo de desarrollarlo, y la distinguida y laureada autora de La Esfinge Maragata ha demostrado un tacto escénico admirable.
Sobriamente y con creciente interés en cada escena, va desenvolviéndose el drama, que tiene instantes felicísimos de emoción y poesía.
Es verdad que ninguno de los papeles está hecho a la medida de ningún actor; pero es cierto también que todos estos papeles de la vida real, con sus palabras y sus sentimiento comunes, caen siempre como hechos a la medida para nuestros cómicos, que son insuperables en cuanto se les hace caminar por la superficie terrena y no se les obliga a explorar en psicologías subterráneas o aéreas.
Anoche, todos los actores de Eslava que tomaron parte en la obra lo hicieron a maravilla. Hasta los más secundarios; por ejemplo, aquellos dos pastores, llegados al llano de las alturas nevadas, parecían tipos arrancados de la propia sierra.
Todos dignos de plácemes, y sobre todos hemos de mencionar especialmente y en justicia a la Sra. Peñaranda, que dió la nota dramática más emocionante, sin gritos desentonados, gestos extemporáneos, sin aspavientos, sino con una sobriedad en la actitud y en la palabra, palabra cálida, humana, de dolor profundo y contenido, mil veces más emocionante y trágica que un coro de voces plañideras.
La Sra. Espina salió al final de todos los actos, reclamada por los aplausos unánimes del público. Reciba también el nuestro fervoroso.
Goy de Silva.