De "El Imparcial":
Con motivo del estreno de «El Jayón».
Hablando con Concha Espina.
Dulzura; todo en ella es dulzura: los ojos puros que miran siempre más allá, el pliegue de la boca cansada, los gestos pausados, la voz igual...
Entra en el saloncillo del teatro, donde la espero; el ancho sombrero de terciopelo negro proyecta una sombra suave sobre su rostro, cubriendo los cabellos negros; los largos pendientes de coral rojo no son en ella una extravagancia, ni siquiera una fantasía: son un adorno encantador e inmóvil, porque su cabeza apenas se mueve.
—Vengo a molestarla—la digo—con motivo del estreno de esta noche; la actualidad manda, y usted es hoy una figura de actualidad de primer orden...
—¡Oh, no!—protesta casi intimidada—: de primer orden, no.
—Un estreno teatral femenino—prosigo—es aquí un acontecimiento, y tratándose de una firma, como la de usted... Pero esto es un pretexto; hace mucho que yo deseaba hablar con usted para poder luego hablar de usted a mis lectoras. Y antes de tratar de su nueva personalidad literaria, yo quisiera que me hablase usted de su vida.
Y me habló de su vida muy sencillamente, con su voz dulce e igual, parándose a menudo, como si cada palabra evocase algo ante sus ojos, que miran siempre más allá...
—Y ahora hablemos un poco de su última encarnación literaria. ¿Cómo se le ocurrió escribir para el teatro?
—Paso de la novela al teatro con la misma naturalidad y lógica que pasé del periodismo a la novela, o de los versos a la prosa. Hace algún tiempo escribí El Jayón en novela para La Novela Corta. Mis pocos amigos intelectuales me aseguraron que los tres capítulos de El Jayón eran más bien tres actos de un drama. Y un buen día me decidí a seguir su consejo y, en efecto, a medida que escribía me parecía que mi novela iba adquiriendo su verdadera forma, realizando su verdadera misión.
—Volviendo al motivo de actualidad de mi visita, ¿cuáles son sus impresiones de autora dramática en día de primer estreno?
—Estos días confieso que en los ensayos sufrí un poco; es doloroso el oir las frases que nos dictó la emoción, cien veces remachadas, indiferentemente, desapasionadamente. Yo comprendo que esto es una sensación algo pueril, de autora novicia.
—No sé si es pueril, pero me parece que debe ser muy justa. ¿Y hoy?
—Hoy estoy muy tranquila; soy muy optimista.
Y sus ojos, y su actitud toda, confirman tan sinceramente sus palabras que la miro algo desconcertada, y no temiendo ya turbar tan robusta serenidad, insisto:
—Sin embargo, descontado el valor seguro de una obra de usted, hay obras muy hermosas y hasta de gran éxito más tarde, que fueron, el día de su estreno...
—... ¿Un fracaso?—concluye tranquilamente—. Pues bien, yo me pongo perfectamente en el caso; de todas maneras no será culpa mía. Yo he escrito un drama que yo misma he presenciado y hondamente sentido, entregándome en mi obra con toda pasión, con toda fe. Yo no podía hacer más; luego, sean las cosas como sean, mi trabajo es el mismo; yo también...
¡Admirable Concha Espina, inmortal autora de La Esfinge Maragata; el éxito de su primer drama ha debido llenarla de una alegría digna, sin nervosidad, como sin nervosidad también fué la espera! Porque usted en la gloria como en el arte, como en la vida misma, permanece siempre fuerte con dulzura, optimista sin vanidad, y sin pasividad, serena. Porque usted, como sus ojos claros, está siempre más allá...
Magda Donato.