V
Los cazadores hoy no tienen prisa: tirados con pereza en el mantillo suave del bosque, esperan a Lecio, que llega poco después, a paso veloz, terciando con arrogancia la escopeta.
—Te habrás entretenido con la novia—le dicen.
Y con aire de ufanía responde:
—Una miaja de palique a la salida del Rosario..., y luego aquí en cuatro brincos.
—¿Y qué te cuenta Isabel «del asunto»?—insinúa Alcázar.
—Pues lo de siempre: que Don Felipe está muy contento con la boda; que también lo está la señorita... y que también lo está el novio... En fin: ¡que «estamos todos» muy contentos!
—¡Ya se verá lo que dura esa alegría!—augura, bronca, la voz de Fidel, con acento andaluz.
El Estudiante le está preguntando a una margarita silvestre:
—¿Mucho?... ¿Poco?... ¿Nada?...
Ya deshecha la florecilla adivinadora, tira el mozo, con desdén, el tallo escueto, y se queda mirando cómo una pareja de mariposas blancas glorifica en la dulzura de la brisa su breve existencia de un día de sol. Piensa que para amar y gozar en divina alianza, con libre triunfo, un solo día vale por una vida entera.
Las mariposas enamoradas se pierden en errantes giros y los muchachos se han puesto de pie.
Dando cara a la torre, erguida en el fondo de la selva, lanza Julián al aire un silbido, y casi en seguida se abre una puerta en el muro espeso de la fachada y dos perros saltan jubilosos hacia los cazadores: son setters de raza pura, negro el uno, rojo el otro.
Se interna el grupo dentro del bosque, en animada charla, asegurando que el novio de Ángeles Ortega no volverá más al Encinar.
—La de esta noche será la última visita—profetiza Fidel, muy jaque.
Hosca y amarga recomienda la voz de Julián:
—Ni piedras ni tiros: ¡a palo seco!...
Lecio repite la frase subrayada con un juramento que rueda por el monte con bárbaro son; y el Estudiante apaga en sus cándidos ojos un relámpago sombrío para mirar a las mariposas blancas que otra vez le salen al paso: mecidas entre los cañones hostiles de las escopetas, ponen en el aire una nota de poesía y candor... También Alcázar las mira, conmovido, y le parecen dos capullos flotantes de simbólico azahar, mientras que a César le parecían dos lágrimas, puras, de mujer.
Bajo el parpadeo de aquellas alas milagrosas, Fidel y Lecio profieren con alarde brutal:
—Si «el tío» nos hace frente, le acaldamos.
—Y si huye es para no volver por aquí en jamás de los jamases...
Era César Garrido un cazador platónico que no llevaba nunca escopeta. Él conocía muy bien el sitio donde cantaban las codornices, donde los corzos y los rebecos tenían sus guaridas, y había ido muchas veces a la caza del oso y del jabalí bajo la precaución de un revólver que guardaba en el bolsillo. Le enardecía el latir de los perros y el fogonazo de las armas, pero no se sabía que jamás hubiese disparado un solo tiro, y empalidecía, trémulo, cuando un ave herida agonizaba con el vuelo roto y las plumas sangrientas. Esta pasiva actuación en las cacerías le valió algunas burlas, algunas alusiones mortificantes acerca de su «sensibilidad»; bromas que escuchaba con sonrisa impasible, en silencio quizá desdeñoso; pero desde que guapeaba en el bando del señorito de la torre, nadie volvió a poner en duda su valentía.
Aquella tarde sólo una vez hicieron muestra los perros, en el descampado del bosque, y la codorniz levantada se defendió peonando entre las árgomas floridas, hasta que, al fin, voló para caer alicortada por un certero disparo de Julián. La portó el setter negro, muy alegre, y Lecio la colgó, por las patas, del gatillo de su escopeta.
Fidel, belicoso, un poco aburrido, se entretuvo en tirar a los gorriones sin encañonarlos ni por casualidad; bajó el retumbo de las detonaciones hasta el poblado, con rumor de pelea y exterminio, mientras las horas transcurrían lentas para los cazadores en la paz augusta de la montaña.
Y al ponerse el sol en un horizonte bermejo, detrás de la arbolada serranía, Alcázar y los suyos descendieron al Encinar, desazonados y ansiosos, en traza de ronda.
Pero Adolfo Serrano llegó con suerte al pueblo aquella tarde. Aparecióse en el camino llevando el caballo de la brida, arrogante al lado de su novia, y detrás de la airosa pareja Don Felipe, muy complaciente, entretenía su paseo con la lectura de un periódico.
Los de la ronda les vieron pasar con inútil furor: Ángeles Ortega era una égida poderosa para el galán conquistador de los ojos azules.