VI
Chasqueados los rondadores, acordaron averiguar la hora en que Serrano salía del pueblo, y Lecio aseguró que él volvería con la noticia en un periquete.
Dió una vuelta en torno a la casa de su novia y silbó un aire convenido.
En una ventanita baja apareció al momento el garrido busto de Isabel.
—Temprano andáis de ronda—dijo placentera la joven.
—Más ha madrugado el doncel de la tu señorita, que ya está en el nidal.
—Sí; ahora vino: ella fué a encontrarle con el señor dando un paseo.
—Y, ¿hasta qué hora cortejan?
—Hasta las nueve o poco más.
—¡Parece mentira que la señorita Ángeles dé cara a un forastero!
—¡Si en el pueblo no hay quien la pretenda!
—¿Qué no hay?... ¡Pues no digo nada!... Ahí está, el primero, el señorito de la torre, muerto por sus pedazos.
—¿Don Julián?... Nunca le vi cortejarla.
—Porque ella no habrá querido; pero yo sé que se perece por la niña.
—¿Te lo ha dicho él?
—Esas cosas no se dicen cuando están a las claras... Don Julián es mozo noble, campechano, valiente si los hay, rico y nacido en buena cuna... ¡Hubiera hecho guapa boda con la señorita!...
—Pero no es aparente «de personal» como Don Adolfo Serrano...
—¿Defiendes a ese tío?—preguntó el muchacho receloso.
—¿Yo defenderle?... A mí lo mismo me da un galán que otro para la señorita... ¡con tal que ella sea feliz!
—Pues a mí no me da lo mismo—sentenció Lecio iracundo—, que los hombres del Encinar no estamos hechos a que nos lleven las novias así como así...
—Pero ésta ¿con quién estaba comprometida?... ¡Chico, no parece sino...!
—Es la novia de todos ¿sabes?... Ella podía escoger entre lo mejor del valle... Sin ir más lejos, aparte Don Julián, ahí está Fidel Salcedo con buena estampa y muchos «miles».
—Fidel no es un señor... talmente—dijo con desdeño la muchacha.
—Eso te lo parece a ti... Y, mira, ahí está, también, César Garrido, sabidor como un ciudadano, hombre de estudios y de buenos principios...
—¿De manera que todos la quieren?—preguntó asombrada Isabel.
Y el novio con calor repuso.
—Pues claro, mujer, que todos la queremos.
Entre alarmada y risueña, exclamó la moza:
—¿Tú también?
—¿Yo?—pronunció el muchacho confuso. Se echó la boina a un lado de un manotazo torpe, y se rascó la cabeza con saña. Como no respondiese al fin, Isabel insistió:
—Sí; ¿tú la quieres también?... ¡Contesta Lecio!...—y se puso muy seria.
Cediendo a una invencible tentación:
—Sí, la quiero... ¿qué he de hacer?—dijo el galán.
Ella, indignada, le increpó:
—¿Y me lo vienes a contar, bruto?
Pero él quiso satisfacerla.
—Oye, Sabel, y entiende las cosas como son: no te amontones muchacha... Yo la quiero como se quiere a la luna y al lucero del alba y a la Virgen del Carmen, ¿estás?... A ti te quiero de otro modo...
Incrédula y encelada, trató la novia de averiguar.
—¿Te casarías con ella?
—¡Mujer!—clamó Lecio—¡ni siquiera lo mientes!
Al mozón se le entró, de pronto, un gran susto en el pecho, y agarróse mareado a la verja de la ventana.
Alarmada le preguntó Isabel:
—¿Qué te pasa, muchacho?
—Nada, hija—respondió vacilante—, que todo se me anda alrededor... que te veo doble...
—¡Lecio!... Pero, ¿qué dices?... ¿Estás en tus cabales?...
—No lo sé, rapaza... Vaya, hasta luego: me están esperando.
Y alejóse dando tumbos como un beodo, repitiendo:
—¡Que si me casaría con ella!... ¡Me valga Dios!...