XI

Llegó la hora esperada con tan distintos afanes.

Toda la mocedad aguarda a los novios en el portal de la parroquia: ellas para cantarle a la señorita unos picayos con letra alusiva, rimada por César Garrido; ellos para confundir con miradas iracundas a quien les arrebata la diosa del valle, la mujer venerada con sagrado culto.

Ha nacido la mañana blanca y triste, con cara de llanto, y cuando la comitiva nupcial se dirige al templo, enfilada por la veredita estrecha de la mies, arrecia la brisa dura que desde el alba rueda por los caminos como una loca, deshojando flores y columpiando ramajes.

Se convierte luego en amenazador el soplo matinal que enmaraña las nubes y entolda el paisaje. Y, por fin, el cielo montañés llora unas lágrimas cálidas y lentas sobre el cortejo de la boda.

Lleva Ángeles en el brazo, gallardamente, la cola espléndida del vestido, y se apoya en su padre sonriendo, disimulando con heroica dulzura las inquietudes y recelos de su alma. La siguen Adolfo y los convidados, y la rodean los vecinos con viva solicitud, mientras se celebra el casamiento en el atrio parroquial, al uso del país.

Nunca han visto los aldeanos una novia toda blanca, toda envuelta en encajes y flores:

—¡Parece de nieve!—dice seducida una voz.

—¡Parece de azúcar!—clama un goloso.

Y el acento roto de una anciana, suspira:

—¡Parece de nube!...

Entran los desposados en el templo para asistir a la misa de velaciones, y la ronda de Alcázar forma siempre junto a ellos entre las avanzadas del público; primero en el pórtico, después cerca del altar.

Tienen los cuatro mozos un raro aspecto de emoción que parece comunicarse a la concurrencia y llenar el templo de palpitante interés...

Todo Mayo sonríe en el altar convertido en jardín, mientras arrecia la lluvia, ruedan monte abajo los truenos, y a la amarilla luz de los relámpagos muchos fieles hacen, medrosos, la señal de la cruz.

Apenas terminada la ceremonia, cuando los primeros devotos salen al portal, ha pasado la nube dejando el cielo otra vez pálido y triste, sin que de la fugaz tormenta queden señales más que en el campo henchido de perfumes bajo la intensa caricia de la lluvia.

Viendo correr el agua en el sendero, todos se preocupan de los zapatitos de seda de la señorita, y Don Felipe y Adolfo conferencian, impacientes, sobre la manera de evitar que Ángeles se moje los pies dentro del blanco estuche que los aprisiona.

Entonces Alcázar entra en el templo y sale al punto llevando al hombro las andas de la Virgen. Encarándose con Ortega se las ofrece y en voz alta le explica:

—Se las regaló mi madre a la Patrona y yo sé que Ella me las presta... El señor cura me da permiso para que Ángeles las ocupe: ¿quiere usted que la llevemos?

Sin que Don Felipe, sorprendido, tuviera tiempo de reflexionar ni responder la concurrencia, agrupada alrededor, grita con entusiasmo:

—¡Que la lleven!... ¡que la lleven!...

Julián le pregunta a la novia, algo desfallecido el acento:

—¿Quieres venir?

Alborozada en medio de aquella férvida expresión de cariño, Ángeles responde, con infantil antojo:

—Iré...

Ya una mano solícita ha colocado en las andas un taburete y la joven va a sentarse, riendo, un poco trémula, cuando un ademán y una mirada de su esposo la dejan indecisa. Pero el nutrido coro de voces varoniles afirma, con sorda expresión colérica:

—¡«Queremos» que la lleven!

Y Ortega contrariado, molesto, toma el brazo de Adolfo para decirle en voz baja:

—Hay que dejarlos...

Sentada Ángeles, por fin, las mozas le arreglan el vestido y el velo, con primor devoto y humilde, y Alcázar y los suyos levantan con dulzura el improvisado trono de la novia y bajan al camino con aquel suave peso entre las manos.

Van delante César y Julián, y los cuatro sienten el aturdimiento estremecedor del triunfo, la exaltación de una ventura efímera, que va a pasar, ruidosa y altanera, como la rápida nube que antes mojó el sendero.

Un grito potente, con inflexiones juveniles de guapeza y bravura, resuena detrás del grupo original, lleno de rústica galantería:

—¡Viva la novia!... ¡Vivan los rondadores!...

Y cada vez que huye deja prendido en el paisaje un eco.