XII
Era como un sueño aquella apoteosis encima de la odorante mies, entre setos floridos y halagadores cantares.
Ángeles quería no llegar nunca a su casa, seguir así un camino largo y dulce hasta el cielo calmoso y pálido que la servía de dosel. Suspiró enardecida por aquel delirio, y Julián volvióse a mirarla con tal expresión codiciosa y ardiente que la joven enrojeció bajo sus azahares. Sus manos temblaron como alas de paloma, estremecidas en la falda crujiente del vestido, y su imaginación tendió el vuelo hacia otra quimera que no finaba en el cielo melancólico, sino en una torre maciza y señorial, en la selva de Alcázar.
Iban todos callados. Orillaban un zarzal en flor, y César, con galanía de poeta, arrancó al pasar una mata olorosa, que colocó a los pies de la niña. El tronco punzador había herido con leve arañazo al Estudiante, y un hilo rojo quedó tendido entre los dedos de aquella mano fina que parecía de mujer.
—¿Te has lastimado?—le preguntó Ángeles solícita.
Y él, con audacia increíble en su tímida persona, respondió mirándola a los ojos:
—Me he lastimado mucho... ¿no ves?
Sonriendo le mostraba la mano blanca y tersa con el tenue surco de coral.
—Un hombre no se lastima nunca—tronó el vozarrón de Salcedo—; y el jándalo, arrogante, presentó un puño de madreselvas conquistadas entre espinas que habían punzado su plebeya manaza. Ya se arriesgaba Julián para ofrecer otro don a la novia; ya Lecio sacudía los matorrales con demente regocijo, cobrando ramilletes preciosos, y en un momento quedaron las andas cubiertas de flores.
Trépido el zarzal bajo las acometidas de los mozos, desde la linde del camino sacudía sobre la virgen desposada, gotas brillantes de la reciente lluvia, y voladores pétalos de los febles capullos. Un bando de miruellos, sorprendido por semejante alboroto, rompió el secreto de su escondite en la maleza y voló encima del grupo, desgranando una escala melodiosa de trinos, a porfía con la tonada de los picayos que tremolaba en el aire sus dejos largos y tristes de música norteña.
Para aquella hora de aventura y de magia tuvo la belleza de Ángeles una fantástica aparición ideal y gloriosa. En su carne, hecha flor blanca y pura, el espíritu inocente se asomaba a los apacibles luceros de los ojos y a la divina sonrisa de los labios: y fué toda gracia y luz, brisa y perfume, alma del paisaje, visión de los cielos... Salió del éxtasis prodigioso al tocar los umbrales de su casa. Posaron en el zaguán las andas con blandura, y cuando bajó al suelo la niña, sintió que su planta débil se hundía en la incógnita ruta de una vida nueva y cerrada. Tendió la mano con gratitud hacia sus amigos, diciéndoles:
—Quedaros.
Pero Julián se apresuró a responder con la amarga voz de aquel último tiempo:
—Muchas gracias.
Y salió, seguido de los otros, antes de que llegase la comitiva. Iba ciego, con los puños crispados y el paso veloz.
Desde la puerta, con insólita audacia, el Estudiante vuelto hacia la novia, besó la palma de su mano herida y sopló el beso, enviándosele.
Ella, sin enojo, sonrió al doncel y le devolvió en el aire un capullo del azahar prendido en su pecho.
Ya llegaban Don Felipe y Adolfo con los invitados. Detrás venía el pueblo que rodeó la casa, y en la bolera resonó estruendoso otro bizarro grito:
—¡Viva la novia!... ¡vivan los rondadores!
Bajo la emoción de aquel instante en los ojos sombríos de Ángeles Ortega cayó una cortina de llanto que ya nunca se alzó para dejarla ver una ilusión ni una esperanza...