XIV
Triunfaba la primavera con otro Mayo espléndido, cuando en la aldea se supo que Ángeles había conseguido de su esposo la merced de ir a morirse al Encinar. Un acabamiento rápido la inclinaba hacia la tierra, y deseaba caer sobre las flores del bendito huerto donde dormía, esperándola, aquella pobre criatura sacrificada como ella, aquella madre triste que en la suprema despedida acarició una frente juvenil con palabras de fatalidad.
Y hubo en el vecindario un general movimiento de simpatía y compasión hacia la enferma infeliz, que a los bruscos vaivenes de un carruaje, llegó por difícil camino hasta la puerta de su casa.
La casualidad o el intento llevaron a Julián de Alcázar en aquellos mismos días a su torre, y sabiendo que Ángeles padecía, sola y expirante, con generoso impulso de piedad, fué a visitarla. ¡Ya no era la diosa del Encinar!: un solo año inclemente bastó para marchitar la exquisita frescura de su belleza. Enlanguidecida, mustia, sólo parecían vivir en su semblante los ojos, con tristeza desgarradora, y las mejillas, señaladas con rosetas febriles.
¡Qué lástima le dió a Julián!
Su pasión, que ardía alimentada por el oculto embeleso de una seductora imagen, quedóse, espiritualizada al punto, en excelsa ternura, tan santa y pía, que la doliente hubiera podido refugiarse en los brazos de aquel hombre y dormir o morir en ellos como en los de una madre.
Al ver a su amigo, un sentimiento de coquetería se sobrepuso al dolor, un instante, en el corazón de la mujer. Quiso ella sonreir, y sólo consiguió tender en sus labios de lirio una mueca desesperada. Apenas habló; balbuciente y cobarde, oprimida por un espanto sin horizontes, parecía que el hilo tenue de sus frases iba a romperse en un raudal de lágrimas acerbas.
Alcázar sentía caer en su corazón aquel mudo llanto y subírsele a los ojos en marejada asoladora. Y todo el sensualismo de su amor se derretía en piedad, a la sombría luz de una mirada donde el miedo a la muerte era el único reflejo de la vida.
Al despedirse, Ángeles cruzó las manos en ademán de súplica, y él, conteniendo su emoción con palabras de esperanza, le prometió volver.
También César Garrido fué a visitar a la enferma, seguro de llevarle un consuelo y ansioso de verterle sobre la infinita desolación de aquella mujer. Sentía férvidos impulsos de arrodillarse a sus plantas, de besar sus manos, de cantarla, de mecerla y decirle sus románticos pensamientos en un delirante discurso, antes que la muerte la apresara... La quería siempre y más que nunca porque era el suyo un amor de ilusión y de ensueño, raro y divino, que le estremecía toda el alma con un soplo de inmortalidad. Supieron distraerla sus frases opacas y ardientes, y logró hacerla sonreir, ya cayendo la eterna sombra en las azoradas pupilas.
—Hazme coronas y versos como cuando éramos chiquillos—suspiró con antojo la infeliz.
Él la ofreció cantares y flores, y salió de la novelesca entrevista con cara de muerto y alucinaciones de loco.