XV

Nació el mes de San Juan lleno de alegría, insultante de belleza, y fué creciendo, y llegó entre flores la víspera del santo.

Lloraba amargamente Isabel cerca del sillón de triste memoria donde Ángeles se consumía recogiendo una herencia fatal, de penas y de abandono.

Le había dicho a Lecio la moza:

—No me pongas ramo... no vengas a rondarme ni mucho menos a cantar... La señorita se está muriendo...

Muy dolorido, prometió el novio una prudente conducta en la clásica noche, y con sigiloso respeto se alzó de puntillas en el muro de la bolera para atisbar la estancia penumbrosa donde Ángeles fenecía. Entrevió en la sombra una endrina cabeza desmayada sobre los almohadones del sillón, y el conmovedor perfil de una cara de cera. El gallardo busto de Isabel se inclinaba con anhelante cariño sobre aquella vencida juventud, sobre aquella aniquilada hermosura. Y toda la satisfacción del egoísmo irradió en los ojos asombrados de Lecio, viendo a la flor viva, que era suya, lozanear triunfante encima de la mustia flor que le había fascinado con delirios de irrealizables ambiciones.

Bajóse con cautela de su observatorio, y se alejó a lento paso, cuidando de no hacer ruido en torno a la casa dorada de sol, envuelta en el alborozo insolente de la tarde.

Desde los balcones entornados se escapaba un cuchicheo leve, son de rezo o letanía de lamentaciones, y desde la ondulante nogalera volaban los malvises en parejas gozosas, hacia la llanura libre de los cielos...

Libre al azul infinito, voló el alma de Ángeles cuando la tarde caía en una intensa declinación de cárdenos fulgores.

Todo el pueblo había escuchado con silencio profundo el raudo volar de aquel espíritu, gentil como el cuerpo que le encarceló: parecía que al tender las alas hubiese dejado una blanca y vívida estela en el sereno celaje. Y estela fué aquella ilusión que en la memoria popular quedó grabada como perenne surco de ternura y recuerdo.

El vecindario, compungido, se unía en el dolor de la temprana muerte, y censuraba, con rencorosa indignación, al infame esposo de la señorita, avisado por la mañana del estado agónico de la enferma.

Entretanto la fidelidad conmovedora de Isabel se prodigaba en delicadas atenciones alrededor de la difunta.

Después de peinarle los abundantes cabellos sobre las sienes de mármol, le puso el traje níveo de la boda y encendió en torno suyo lámparas y cirios.

La belleza mayestática de la muerte había borrado en la cara de Ángeles la mueca amarga del dolor, trocándola en una plácida expresión descansada y serena: dormía la vida su inquebrantable sueño en los entreabiertos ojos parados a la sombra de las pestañas rizosas, y en el profundo livor de las ojeras las últimas lágrimas habían dejado una divina señal de mansedumbre...

Toda la tarde, bajo el calor solar cuajado en la campiña, unas manos pálidas y bellas, que parecían de mujer, estuvieron cortando flores en los huertos aldeanos y tejiendo coronas con demente frenesí, para colocarlas sobre el cuerpo ya duro y frío de Ángeles Ortega. Con aquel postrer don había dejado César encima del cadáver un sollozo, áspero como un rugido, y un borrascoso relámpago de su mirada azul.

Cuando el Estudiante salió de la trágica visita, le estaba esperando Julián, y juntos conferenciaron en grave reserva. Tenía el señorito el aire solemne y turbios los ojos que largo tiempo contemplaran a la yacente criatura, entre blandones y rosas.

Un poco más tarde corría por el pueblo la noticia de que la ronda de Alcázar se apostaba en la bolera con amenazadora catadura.