XVI
Dulce y sosegada nace la noche cuando llega al Encinar aquel potro jerezano de ingrato recuerdo, y la ronda esperándole, ceñuda como el tribunal que juzga a un delincuente, recibe a Adolfo Serrano, que disimula sus temores lleno de arrogancia desdeñosa.
Fué el mismo Alcázar el que dijo:—¡Alto!—con acento augural que subió a los balcones vecinos y resonó, grave, en el cuarto de la muerta.
—¿Qué quiere usted?—grita el forastero, temblorosa la voz y blanca la cara.
Se le acerca Julián hasta echarle el aliento encima, y le responde, en traza bruta de mozo rondador:
—Que te marches ahora mismo porque ya no hay quien te defienda y tenemos mucha gana de matarte.
Indeciso, asustado, hace el intruso volver grupas a su potro, y profiere, como otra vez en aquel mismo lugar:
—¡Cobardes... cobardes...!
Varios palos caen feroces en las ancas lustrosas, y ondulantes como látigos, alcanzan al jinete.
Hace ademán Adolfo de sacar su revólver, y al punto cuatro manos, dueñas de armas semejantes, le apuntan, inclementes, bajo una tenaz lluvia de improperios:
—¡Ladrón!
—¡Asesino!
—¡Sinvergüenza!
—¡Matador de mujeres!...
Serrano huye. Vuelan los palos a su espalda y algunas piedras le persiguen en la desatinada carrera.
Ya va a perderse en un recodo del sendero, cuando el silbo de una bala y el estampido de un disparo le aturden con más vivo terror.
Inclinado en la silla con un movimiento brusco, ruge y maldice, abrazándose al cuello del animal, que se desboca en galope de espanto.
Detrás de ellos queda en la ruta blanca un rastro de sangre caliente, y en la bolera, una mano fina, que parece de mujer, empuña un revólver humeante.
La mirada azul de César Garrido tiene un bárbaro reflejo de venganza...
Bella noche fué aquella de San Juan, noche silenciosa en el poblado donde otras veces en iguales horas se derramaba la alegría de la mocedad.
Las novias se quedaron sin ramo y sin serenata; la plaza, sin baile y sin hoguera; los rondadores, sin palique. Y en la pureza virginal de la brisa no tremolaron las picantes coplas, ni el ijujú montañés resonó, intrépido y agudo, en los agrios jirones de la sierra.
Ángeles dormía acunada por el duelo del Encinar, mimada en su florido lecho por la tristeza robusta de incultos corazones, en los cuales la compasión fructificaba con todos los densos aromas de la vida desnuda y fuerte, del dolor íntegro y primicial, lleno de impulsos y de instintos humanos.
El disparo certero de el Estudiante atrajo a los mozos con sed de ruido y de camorra, cuando vieron pasar, en disparatada fuga, el caballo de Adolfo. Estaban ya los caminos confusos por la sombra de la noche, y delante de la visión fugitiva todos hicieron acerbos comentarios y se rieron con saña.
Entraron, después, bajo los nogales, muy despacio, mudos y recogidos como en la iglesia, y uno a uno se fueron subiendo a la pared de la bolera para mirar al interior del cuarto mortuorio. En el lecho se destacaba, impreciso, cubierto de galas, el rígido perfil del cuerpo helado; la mística cera de los cirios lloraba sobre la alfombra sus lágrimas ardientes, y de las coronas, suspendidas en torno, caían con lentitud algunos pétalos de flor.
Agrupáronse los mozos estremecidos junto a la casa, hablando quedo; sus cigarros brillaban a porfía con las luciérnagas de la linde; temblaba la sombra con suavidad de idilio, y en el fondo de la bolera la ronda de Alcázar, enmudecida, atraía el interés general.
Estaba muy pálido Fidel, y mirando al Estudiante con profunda admiración, pensaba, receloso, en las posibles consecuencias de aquella hazaña. En vísperas de boda, bien hallado con su dinero y su tranquilidad, le angustiaba la idea de verse, acaso, envuelto en una acusación de muerte, él, que jamás logró encañonar a un solo pajarillo con su escopeta escandalosa...
Había sentido Julián aquella tarde el espasmo bestial de la venganza, con escalofrío deleitoso, dócil su naturaleza a las sensaciones de la ruda hostilidad que tantas veces le dominó. Lejos el impulso cruel, no le aterraba su responsabilidad en la aventura, que arrostraría con el poderoso dominio de la torre de Alcázar y asumiría con nobleza protectora. Y dejó de pensar en el fugitivo jinete para consagrarse al recuerdo de la muerta, lleno de lástima y amor. Le harían un entierro precioso al día siguiente, al caer la tarde, pidiéndole otra vez al señor cura las andas de la Virgen, donde la niña desposada anduvo antaño aquel mismo camino en brazos de la ronda...
Lo mismo que antaño arrancarían para ella, al pasar, las flores silvestres de los setos, en la blanda ruta de la mies... Cada fúnebre posa tañería con un dolor nuevo, nunca igual sentido ni llorado, que dejaría en el Encinar una caricia de las lágrimas siempre viva y suspirante como la mansa corriente de un arroyo... Julián imagina, traspasado de emoción, el gemido de la cancela al derramarse en el atrio parroquial detrás del cuerpo de Ángeles, ya en la vereda del cementerio: imagina el sordo rumor de la tierra, cálida y polvorosa, cayendo implacable sobre el florido ataúd... Un enternecimiento sutil posee al joven; una compasiva pena que le duele como por una hermana chiquitina o por una novia lejana, a la cual en la adolescencia hubiese dulcemente adorado...