XVII
Crece la noche; la tardía luna, brillando apenas en el cielo, baja a la nogalera, y como si apartase con invisibles manos las trémulas hojas, se asoma al cuarto de Ángeles y la besa en la frente.
El hueco de la triste ventana abre en el muro señorial un cuadro de fatídica luz, luz de catafalco, lívida y temblona; algunas mujeres rezan, dormitando en un rincón.
Ya corre, liviana, la brisa del amanecer, rizando los árboles, cuando Lecio, que atisba la reja de su novia, ve un instante a la muchacha detrás de los vidrios. Empuja la puerta y despacio, llama:
—¿Sabel?
Quiere responder ella, rompe en sollozos, y el vozarrón de Lecio se suaviza todo lo posible para suplicar:
—¡Sabel!... ¡Sabeluca!... No llores, mujer, que aquí estoy yo...
El acento condolido de la muchacha se une a las palabras afanosas del mozo, dejando en el aire un jirón de vida sana y fuerte, esperanzada y fecunda, allí, a lo largo del camino, donde brotan, húmedas todavía, las sangrientas flores del odio.
Y como ya palidece la luz funeral del cuarto de Ángeles, delante de la aurora, por debajo de aquella ventana que parpadea con tímido resplandor, como un astro moribundo, desfila por última vez, brava y humilde, la ronda de los galanes...
[EL JAYÓN]
I
ROSA DE ZARZA.—EL «JAYÓN».—EL DARDO DE UNA SOSPECHA.—AMANECER...
Entreabrió Marcela un poco la ventana, y, sin vestirse, apoyándose en el lecho recién abandonado, se puso a mirar con obstinación a los dos nenes que dormían arropados en una escanilla, la humilde cuna montañesa. Eran en todo semejantes: robustos, encarnados, con las cabecitas muy juntas, parecían nacidos a la vez, como esos capullos de las rosas fuertes que se abren en dos botones rojos y ufanos, bajo un mismo rayo de sol.
Fuerte rosa de bizarra hermosura, la madrugadora mujer que contempla a los niños no trasciende a cultivo selecto de jardín: es joven y arrogante, pálida y tranquila, con el encanto agreste y puro de una rosa de zarza. Su belleza, medio desnuda, se estremece al influjo de una sorda inquietud, y, sin embargo, el rostro, impasible y hermético, no delata la obscura turbación.
Con los profundos ojos clavados en la cuna, Marcela revive, una vez más, sus incertidumbres, a partir de la reciente noche en que, dormida con el nene en los brazos, la despertó la voz de su marido.
—¿No oyes?
—No... ¿Qué sucede?
—Escucha...
—Es un niño que llora a la puerta.
—¿Un niño que llora?... ¡Si parece un recental que plañe!
—Pues es un nene pequeñín como el nuestro.
—¿Un jayón, entonces?
—Sin duda.
—Y ¿qué hacemos?
—Abrir y recogerle hasta la mañana.
Andrés se levantó, muy presuroso, y la moza vió al instante, cómo la obscuridad del campo dormido se asomaba al portón abierto frente a la alcoba matrimonial.
Luego el llanto de la abandonada criatura resonó, más apremiante y sensible, dentro del dormitorio.
Incorporada y absorta, Marcela recibió aquel hallazgo lamentable, y le acercó a la luz.
—¡Un niño!—murmuró, cuando entre la ropa, escasa y pobre, aparecieron las carnecitas nuevas y rosadas. Y fijándose más en el semblante, sereno de pronto, encendido y bobalicón, añadió confusa:
—¡Si es igual que nuestro Serafín!... ¡Parecen gemelos!
—Todos los rapaces de esta edad se parecen—repuso Andrés, con una voz tan desusada y trémula, que la esposa levantó hacia él los ojos llenos de sueño y maravilla, y se quedó mirándole de hito en hito.
Pero el mozo bajó los suyos grandes y tristes, volvió la cara, como buscando alguna cosa, y torpemente fué diciendo:
—Me acostaré en ese otro cuarto para que te arregles mejor con «estos huéspedes»; aquí te voy a estorbar...
Quería sonreir y mostraba una prisa tan inquieta por marcharse, que la mujer le detuvo pasmada.
—No entiendo lo que dices; se conoce que estoy medio dormida...
Manifestóse Andrés más impaciente al repetir:
—Que te dejaré mi sitio libre para tu comodidad.
—¿Y qué hago con el crío?
—Tú quisiste que le abriese la puerta...
—¡Claro! No íbamos a dejarle morir sin un socorro.
—Pues ahora «eso» es cosa tuya.
—¿Cosa mía?... Yo le cobijaré esta noche, y al amanecer tú darás parte en el Ayuntamiento para que le lleven a la Inclusa.
—¿Después de haberle metido en casa?
—¡Ah!; y este amparo, en trance de muerte, ¿nos obliga a criarle?
—Tú verás...
—¿Cómo que yo veré? ¿Te has vuelto loco?
Con el piadoso instinto de las madres, Marcela había colocado, distraidamente, al niño forastero junto al suyo, y el pobre chiquitín se adormecía al dulce calor de la caridad, mientras la moza, ya bien espabilada, sentía el dardo de una sospecha en el corazón y musitaba con acerbo propósito:
—¡Que le críe la bribona que le echó al mundo!
—¿Bribona?—interrogó el marido, huraño, volviéndose desde la puerta—. ¿Qué sabes tú?
Iba a salir cuando le retuvo otra vez el acento alarmado de la joven:
—¡Andrés, Andrés; ven acá: no huyas! Tú estabas despierto esperando al jayón; tú tienes preparadas las respuestas a lo que yo te digo sorprendida; tú quieres que guardemos con nosotros a este niño, y disculpas a su madre, que bien puede ser...
—¿Quién ibas a decir?
—Esa... ¡Irene!
Pálido como un difunto, violento de pronto, avanzó el marido hacia la cama, y Marcela, después de mirarle fijamente en los ojos amenazadores, toda estremecida se echó a llorar.
Cuando él pudo separar las manos de la joven y descubrirle el rostro, ya se mostraba sumiso y afable aunque le temblaba mucho la voz.
—No llores, mujer. No sabes lo que dices ni lo que piensas—murmuró, acariciándole el sedoso cabello sobre la frente.
Ella, confiándose con mayor abandono a la repentina zozobra, repuso:
—Sí lo sé: pienso y digo la verdad. Este niño es de Irene... Hace tiempo que no sale de casa y todo el mundo asegura que su madre la esconde...: no puede ser de otra en el pueblo.
—Y aunque así fuese; una moza honrada no es extraño que quiera ocultar un desliz.
—¿Un desliz?... Eso nada me importaría.
—Pues, ¿qué te importa?
Hubo un silencio largo y difícil. Andrés, sentado en el borde de la cama, parecía haber recobrado la serenidad, y al cabo Marcela expresó con gran timidez:
—Tú la querías antes de casarnos... ¡Quizá la quieras aún!... No se le han conocido «desde entonces» amoríos ni rondador...
—Y todo eso, ¿qué?
—El niño se parece a ti.
—¡Marcela!
—Es igual que el nuestro... ¡Mírale!
Intentó descubrir al intruso, pero el marido extendió la mano sobre él con un movimiento de alarma.
—¡Déjale; se va a despertar!—pronunció con angustia, otra vez perdido el aplomo. Y luego de callar un instante bajo la mirada inquisitiva y llorosa de su mujer, hizo un esfuerzo para decir:
—Oye, Marcela... No te negaré que quise a Irene; pero te quise a ti más y la dejé por ti... Nada tengo que ver con su vida ni con su honra, y nada sabía esta noche del jayón. Cuando le sentí a la puerta pensé que balitaba un corderín, ¡ya ves!... Tú dijiste: «Es un niño que llora», ¿te acuerdas?
—Sí hombre, como que eso acaba de pasar, ¿no he de acordarme?—replicó la muchacha con despecho ante aquellas razones pueriles.
Pero él, evitando otras de más fuste, con mucha lagotería, siguió hablando.
—Bastante hemos aguardado al primer hijo, si ahora tenemos dos, recogiendo a este infeliz, bien los podemos criar.
—¿Y por qué? ¡dime!—exclamó la moza casi airada, secos ya los ojos y resplandecientes en la media obscuridad del aposento.
Andrés contestó, siempre evasivo:
—Porque tenemos harta cosecha y lucios ganados; porque tú eres caritativa como una santa...
Quería Marcela interrumpirle, y él, puesto ya de pie con definitiva resolución, agotadas las últimas palabras que se le ocurrían, le dió un abrazo y le susurró al oído:
—¡Porque así te querré más y seremos más felices!
Ya salía de la alcoba dejando a su mujer pálida y muda cuando se volvió a ella para añadir:
—¡Y no me hables nunca de Irene!...
Después de unas horas de insomnio y estupor, vió Marcela clarear las primeras luces del amanecer y oyó, como de costumbre, salir a su marido con el ganado por la cambera arriba, camino del ansar.
En la torre de la parroquia sonaron unas campanadas tranquilas, y al blando tañer respondieron en los corrales la fanfarria de los gallos y el repique de las abarcas; en los nidos, el revuelo de las plumas; en el aire, los rumores de la fronda; la vida tornaba, áspera y fuerte, a posarse en la aldea, como si en la escanilla de Serafín no durmiese con él un niño extraño, y Marcela no velase aquel misterio transida de inquietud...
II
EL ALTAR, LA FUENTE Y LA LUNA.—LA SOMBRA DE UNA MUJER.—LA SEÑAL DE LA CRUZ.
No ha pasado todavía un mes y ya el sueño del intruso en aquella cuna tiene los caracteres de una cosa normal. Ya en el pueblo no se habla del último jayón, el niño hallado en la reciente noche a la puerta hospitalaria de Andrés. Aunque recayeron sobre Irene las sospechas de aquel abandono, alguien dijo que la moza estaba sirviendo en Santander, libre de calumnias, y que al nene «le habían corrido» hasta Rianzar, desde un pueblo cercano. Ello fué que los chismes y los rumores quedaron rezagados en el fondo de las conciencias, sometidos bajo la reservada actitud del matrimonio bienhechor. Tampoco era nuevo el caso de recoger a una criatura desvalida en aquellos hogares montañeses, y reconocido Andrés como el más acomodado labrantín de los contornos, se explicaba mejor el hallazgo en los umbrales de su casa, donde, por añadidura, había una mujer fuerte y animosa que aguardó con ansiedad el fruto de sus amores durante cinco años, peregrina de los altares milagrosos y de las fuentes que proporcionan el don de la fecundidad... Sin duda, la madre del jayón había encontrado alguna vez a Marcela delante de la Virgen de la Esperanza, en súplica ferviente, con un cirio en la mano y una pena en los ojos; acaso la sorprendió una noche cabe la fontanuca del argomal, bebiendo ansiosa, bajo el plenilunio, el agua llena de la apetecida virtud...
La moza devana conjeturas y suposiciones queriendo convencerse de que el amparo al nene desconocido es para ella un providencial tributo de agradecimiento a Dios, un interés que paga a la inmensa ventura de ser madre. Se muestra a ratos optimista y sonríe al intruso con bondad, casi con gratitud; ha llegado a posarle los labios en la frente y por supuesto, le cuida como al suyo, cumplidora leal de un deber que tácitamente aceptó y que ya no discute, porque, cuando mira al niño como ahora, estremecida y turbada, piensa: «Aunque sea hijo de Andrés, me conviene guardarle para que la afición que le tome no vaya lejos de mí; para que la otra no «le tire» y me viva obligado.»
La otra es una mujer de quien siempre Marcela tuvo celos, aunque no se lo confesara a sí misma y no hubiese motivo para tanto.
Ni hermosa ni liviana, Irene es hembra poco temible como rival, y, sin embargo, sus ojos grandes, verdes y húmedos, tienen una rara hondura de aguas misteriosas que produce inquietud y sugestión.
Cuando Marcela ha visto a su hombre distraído y perezoso, con la mirada ausente y el suspiro en la boca, ha deseado más que nunca la llegada de un hijo, y ha pensado con inexplicable augurio en las hondas pupilas de Irene, llenas de encanto y de secreto... Ella fué la primera novia de Andrés, y desde que él la dejó para casarse con una forastera, allí al lado vive retraída y solitaria; marchitándose sin amor, con los profundos ojos abiertos sobre cada reciente hogar... Si Andrés la nombra, le parece a Marcela que revive en los labios del mozo una ternura ungida de remordimientos; si la habla, imagina que todo él se hunde, enamorado, en el abismo de los ojos verdes; pero ni la habla ni la nombra a menudo, y hasta se podría suponer que la huye.
No obstante, la celosa recuerda una vez más en esta mañanita de Abril, algunas pérfidas insinuaciones de los vecinos, supone que Irene está en su casa escondida, y contempla al jayón impuesto en el hogar por Andrés.
—¡Es suyo, es suyo, es «de ellos»!—murmura, con el rostro impasible y el alma zozobrante.
Permanece desnuda y absorta junto a la escanilla hasta que siente frío y la hiere en la cara un rayo de sol. Ya es hora de vestirse y trabajar. Antes de hacerlo, tiende, serena, la mano hacia los pequeñuelos dormidos, y les signa en el aire con una cruz.
III
VOCES DE LA TIERRA.—HISTORIA DE UN AMOR.—EL MAL DEL PAÍS.—LA PÁLIDA VENTURA.—NUEVA ESPERANZA.
La luz vernal se duerme en el paisaje con amorosa dulzura. Por el bravío espinazo del monte baja a la aldea un hálito caliente, saturado de perfumes libres; flota en la brisa el rumor de las alas y el calor de los nidos; están frondosos los bosques, reverdecidas las praderas y los huertos en flor.
A lo largo del angosto valle recibe la tierra en su moreno vientre la rubia semilla del maíz, y corre el Saja espumoso, crecido con la nieve de los puertos, cantando el vasallaje de las fuentes que se le entregan enamoradas, al nacer: toda la Naturaleza en celo palpita, escucha y aguarda, trémula de pasión.
Marcela también padece la divina ansiedad de las horas primaverales y vive en un atisbo celoso, ignorando lo que aguarda, escuchando impaciente los rumores del campo, los pulsos de la tierra, las ráfagas del viento. Mientras su marido trabaja en la mies, ella cose en el abierto portal, vigilando la cuna, suspirando con frecuencia. Su pensamiento, que desfallece sometido a la embriaguez del día, busca al amado y quiere penetrarle, saber lo que piensa y discurre, averiguar por qué lleva la frente siempre tajada con una honda arruga.
Andrés ha sido el primer amor de Marcela; el único. Bravía como el monte, ardiente como el sol, quiso al mozo con vehemencia ruda y fiel, desde que le miró a los ojos tristes y pensativos, le vió sonreir con melancolía silenciosa y le escuchó la voz ferviente, impregnada en oculta pesadumbre.
No había razón para que fuese aquel hombre taciturno. Tenía a los veintiocho años algo de hacienda propia, excelente salud, buena figura y avisada inteligencia. Las mozas se perecían por él, los vecinos le concedían en todo una envidiable superioridad y gozaba justo renombre de valiente y honrado.
Pero era un descontento de la vida, un espíritu ansioso, tocado del mal del país, herido por la bruma de Septentrión. A pesar de su escasa cultura, sentía desmesuradas aficiones por libros y periódicos, y hasta se dijo que, a hurtadillas, escribía romances. Toda la poesía triste y honda del campo montañés se le había metido en el corazón, y le envolvía los deseos en una niebla de llanto sin lágrimas: así las altas inquietudes sentimentales descendían sobre aquel ánima silvestre como un tormento obscuro, nunca roto por el divino hallazgo de lo sobrenatural.
Cuando Andrés conoció a Marcela en una romería comarcana, quedóse deslumbrado como si por primera vez le bañase, rútilo y potente, el sol.
Era otoño. Comenzaban a morirse las ramas en el bosque y a tenderse las nubes sombrías por el cielo. Ya remansaba el crepúsculo en el campo de la fiesta y aun sobre la seroja descolorida bailaba incansable la mocedad.
Del bullicioso grupo se apartó una muchacha que cruzó la romería para ir a sentarse en el tronco seco de un nogal, acaso con la única intención de que la viese Andrés.
Al pasar junto al joven le soslayó una mirada y una sonrisa, diciendo muy gentilmente:
—Buenas tardes.
—Santas y buenas—repuso el galán, aturdido por la hermosa aparición que, en la blancura del traje y de la cara, parecía recoger del espacio toda la luz. Y siguió atónito los pasos de la moza, se sentó al lado suyo, olvidó a Irene con quien se iba a casar...
Tenía Marcela aventajada la estatura, gallardo el busto, clara la tez. Llevaba luto en los cabellos y los ojos; en los labios carmín; en la risa y el alma, juventud. Su hechizo irradiaba una fuerza tan llena de vida y de gozo, que Andrés, amando a la joven, tuvo por cierta la felicidad y vislumbró la serena alegría de los espíritus apacibles, de los corazones abiertos y puros.
Sin dificultades llegó la boda, y desde la aldea montaraz, colgada como un nido en el bravo alcor, fuese la esposa con su dicha al valle, allí donde, muy cerca, la olvidada Irene escondía su humillación como un delito.
Andrés parecía curado de sus antiguos males y un aura de ilusión le alzaba la frente, le convertía en comunicativo y risueño. Sólo al hallar a su primera novia, o cuando le hablaban de ella, volvían las melancólicas nubes a circundarle, como si la pobre abandonada fuese todavía un lazo que le atase a las meditaciones tristes.
Pasaron los meses y comenzó a palidecer la luz de la ventura nueva. El matrimonio se impacientaba esperando un hijo, y aquella privación constituía para la esposa un grave quebranto porque la relacionaba con el duelo de los ojos de Andrés, la bruma ausente que de nuevo envolvía al amado poco a poco. Entonces peregrinó Marcela, devota y creyente, a los pies de la Virgen de la Esperanza, y fué a beber, supersticiosa y simple, en la fontanuca del argomal bajo la plena luna. Al cabo el deseo tuvo realidad: el agua saludable y la religiosa oración florecieron juntas en una misma cándida fe, y Marcela, enajenada de gozo, sintió que un amor nuevo y sublime emergía, igual que una fragancia, de su carne joven, como si en su corazón se abrieran las hojas de un capullo. Pero no se aclaraban las nubes en la frente de Andrés y la esposa, con la aguda perspicacia de los enamorados, advertía los esfuerzos de su marido para compartir las ilusiones de ella y recibir al hijo como una bendición. Entre alternativas de zozobra y ventura, la imagen tímida de Irene rondó a Marcela como una sombra pálida y tenaz; oyó alusiones mortificantes respecto al único amor de la muchacha, la vió desaparecer del pueblo, oculta o ausente, y sintió cerca de sí, más lejana que nunca, la sombría presencia de Andrés. Al fin el hijo la colmó de goces, tan inefables y sutiles, que olvidó todas las incertidumbres hasta la noche del misterioso hallazgo, hasta que tuvo que albergar al jayón en la cuna de Serafín...
Tanto se asemejan los dos nenes, que sólo la madre distingue al suyo del pobre desconocido, a quien han puesto por nombre Jesús. Por su parte Andrés procura no compararlos, apenas los acaricia tímidamente, y repite a menudo, con terca obstinación, que en esta edad todos los niños son iguales.
Como ya apremia el trabajo de la sembradura y aun no están majados en algunas tierras los cavones, el mozo se detiene poco en su casa. Vive campo afuera casi todo el día, se acuesta rendido y madruga mucho, pero en el breve trato con su mujer muéstrase cariñoso con una cordialidad llena de matices raros, de tímidos aspectos en que Marcela cree descubrir los resquemores de la culpa y los aromas de la gratitud. Le parece a ella que su marido la mira de otro modo, la reconoce más virtudes y la estima con mayor reverencia. Y aunque esta novedad significaría la tácita confesión de cuanto la esposa teme, pudiera ser, al mismo tiempo, señal de la gran ventura, renacer de la pasión juvenil que a los dos les hizo tan felices. Generosa y enamorada, ella se apresura a perdonar y sufrir, para merecer, y no arriesga una sola palabra imprudente, ni un gesto, ni un reproche que nublen aquella perseguida ilusión.
IV
EL ESTIGMA.—LA SENTENCIA DEL INOCENTE.—¡NADIE LO SABRÁ!
Cosiendo y soñando, en esta hermosa mañana de Abril, oye Marcela que llora un niño, el suyo sin duda, que es de los dos el que llora más. Corre a buscarle y piensa con orgullo que le tendrá despierto en los brazos cuando al mediodía regrese Andrés. Pero el chiquillo, después de mamar gime aún, con tal desasosiego, que la madre le desnuda para consolarle, volviéndole a vestir la ropita fresca, olorosa a flores y a sol.
Ya le mece, libre de los pañales, en el regazo, y se engríe con su robustez.
—Es más fuerte que «el otro»—murmura, contemplándole a plena luz, bajo el aire tibio y dulce del meridiano.
De súbito, los dedos ágiles y acariciadores se detienen con inquietud sobre el pecho ancho y saliente del niño, allí, encima del corazón, y se agitan después envolviendo el tallo dorsal de la criatura. Algo extraño y monstruoso le parece a Marcela descubrir donde creyó hallar fortaleza y reciedumbre.
Acude presurosa a desnudar al otro nene, y, encima de la cama, los coteja, los mide, los junta en una exploración llena de perplejidades y terrores: así la sorprende Andrés que no repara en el mudo trastorno de la madre ni se aproxima demasiado a los chiquitines.
Largo día de zozobras crueles, y negra noche de insomnio, inspiran a la muchacha una resolución pronta y enérgica. Quiere salir de la duda insoportable, saber si su hijo es contrahecho o si ella delira de pasión y ternura maternal. Envolviendo tales incertidumbres, cierto obscuro propósito entenebrece el alma de Marcela y la obliga ciegamente al disimulo.
Cuando llega el médico, llamado como por casualidad, la joven descubre a Serafín, y pronuncia, con acento en que tiembla muy oculto el terror:
—Mire; está muy hermoso, ancho y grueso, pero llora mucho, parece que se queja... y, como usted pasaba por ahí, me dije: pues que haga el favor de verle don Mauricio.
Don Mauricio, con las gafas sostenidas en la punta de la nariz, se inclina sobre el nene mirándole despacio, le registra con los sabios dedos el pecho y las espaldas, y mueve al fin la cabeza en un signo lamentable.
Marcela le devora con los ojos.
Antes de dar su parecer el médico pregunta:
—Este niño, ¿es el tuyo?
Y rápida, con acento sombrío, pero firme, responde la moza:
—Este es el jayón.
—Ya me lo figuraba. Porque tú y Andrés sois robustos y normales y este pobre es raquítico: tiene una corvadura angulosa en la columna vertebral, lo que llamamos vulgarmente giba.
Con la voz empañada y brusca insiste la madre:
—¿De modo que es jorobado?
—Eso mismo.
—¿Y no lleva remedio?
El doctor se encoge de hombros.
—Ninguno—dice—. Le pondríamos un aparato, le mortificaríamos, y el chico no se enderezaría. Su lesión es innata, producida acaso por herencia, acaso por un golpe que sufrió la madre, por una presión nociva durante el embarazo clandestino... ¡Vete a saber!
Como nada repone la moza mientras envuelve a la criatura, don Mauricio sigue hablando de escoliosis osteopática y otras enfermedades relacionadas con la de Serafín, el niño desgraciado que desde ahora se llamará Jesús.
Diríase que el inocente escucha la inexorable sentencia de su desdicha; de tal manera gime hasta que la madre, muda y febril, desabrocha el corpiño y le ofrece el seno, blanco y duro, generoso.
El buen doctor, algo mocero, a pesar de sus años, y hombre sentimental, se admira tanto de la hermosura de la joven como de su impulso caritativo, y alude:
—¡Ah!, pero ¿le crías tú?
Ella, turbada en este instante por primera vez, murmura:
—Un poco...
—Ha caído el rapaz en buenas manos: más vale así. Vaya, hija, ¡que sigas tan guapetona y de tan noble condición!
Marcela despide a don Mauricio muy amable, y la blancura de los dientes, al querer sonreir, le enfría la púrpura de los labios con una extraña claridad.
Cuando se queda sola acuesta al nene que se ha dormido y sale al portal huyendo frenética de la cuna. Lleva en el alma un duelo indecible y en la conciencia una nube cruel. No: nadie sabrá nunca que su hijo, el soñado, el conseguido a fuerza de oraciones y lágrimas, el fruto de un amor impetuoso, de un seno firme y joven, es una criatura miserable, un sér enteco y ruin: ¡nadie lo sabrá! Allí está el jayón para sustituirle y el orgullo de la madre para envolver en silencio sacrativo aquel trueque fatal.
Marcela, inmóvil, helada bajo la lumbre fulgurante del sol, clava sus morenos ojos en la tierra donde ha puesto una mancha fugitiva el vuelo manso de una paloma. Al otro lado del corral se remece el huerto con blandura...
V
LA RUEDA DEL TIEMPO.—FRATERNIDAD.—LA CONCIENCIA Y EL CORAZÓN.—LOS OJOS VERDES.—VIDAS INFELICES.
Han pasado muchos días, lentos y monótonos, sobre la aldea montaraz. Serafín y Jesús tienen ya once años y forman un rudo contraste de lozanía y endeblez. El que pasa por hijo de Marcela es un chicazo alegre y rubio, con la cara redonda como la luna y los ojos verdes como las olas, unos ojos que el padre mira siempre con singular fascinación. El otro es un sér enfermizo y contrahecho, una pobre criatura de mirada quieta y sonrisa tarda.
Entre los dos media, con las afinidades del común hogar, el lazo firme de un cariño devoto que es en Jesús admiración y vasallaje y en Serafín misericordia y amparo. Delante de él ningún rapaz se burla del niño giboso, ninguno le molesta ni le persigue: hermanos se llaman y por hermanos les tienen en el pueblo, donde ya nadie duda la procedencia de Jesús. La misma Irene acostumbra a besarle cuando le encuentra solo, y a mirarle siempre con un ansia muy triste, con una compasión muy dolorosa.
Ya la antigua novia de Andrés perdió los últimos encantos de la enamorada juventud. Sola en el mundo desde que murió su madre, pugna en la vida sin apoyo ni afecto que la sostenga y conforte. Trabaja y sufre entregada al destino con una obscura conformidad acaso encruelecida por la desesperación. Bárbaros empujones de su lucha solitaria la han puesto algunas veces delante de Marcela, en solicitud de un jornal, de un préstamo, de un pequeño favor. Y la esposa de Andrés la ha recibido afable y complaciente, transida por una angustia semejante a los remordimientos.
Tampoco Marcela parece la misma de antaño. Aunque en su posición de labradora acomodada no ha conocido los rigores de la necesidad, vive cavilosa y suspirante, con la mirada siempre fugitiva, escuchando imaginarias voces al través de las horas mudas. De su fuerte belleza le queda todavía una arrogancia en el porte y un hechizo en el semblante, pero sólo como un recuerdo que alumbra la ruina de aquella briosa mocedad. Desde que suplantó los niños con repentina y firme decisión, en impune secreto, en vano busca su conciencia los vestigios de una esperanza, el corazón, incapaz de mentir, la avisa de su delito a cada instante. Al peso de su culpa ve la vida llena de sombras y siente los castigos caer a su alrededor bajo la pupila negra del misterio. Andrés quiere a Jesús mucho más que a Serafín, le quiere con una piedad violenta, irresistible, en la cual piensa la celosa que descubre redivivo el amor hacia Irene, ya que el padre ama en la criatura triste al hijo de aquella mujer, mientras que al heredero le luce con orgullo pueril porque es bizarro y saludable, pero le mima y educa sin meterle en el alma, con un desvelo frío. Es verdad que a menudo se estremece mirándole; le acerca a sí, rápido y brusco, le aprisiona en los brazos, y se hunde, aturdido, en el abismo insaciable de los ojos verdes: ¡los ojos de «la otra!»
—¿Qué busca en esa mirada?—se pregunta Marcela con loca incertidumbre. Y para mayor tortura, su rival le inspira más lástima que celos. No es a ella a quien Andrés persigue a tientas, en los ojos del hijo sano y en la desdicha del hijo doliente: es al amor fugitivo, al imposible, al enigma. La intuición se lo dice a la enamorada en forma obscura pero cierta, y sufre ahora por el cruel abandono de Irene con el doble estímulo del arrepentimiento y la compasión. Andrés y Serafín debieran ser para la desvalida amor y gozo. Marcela se siente culpable de habérselos arrebatado y padece con el atroz pensamiento de ser una ladrona: el hombre que ella tiene por suyo estaba destinado a Irene, y el niño que la llama madre nació de las entrañas de aquella misma infeliz, a la cual no le queda ni el lejano consuelo de haber alumbrado una criatura bella y dichosa: porque mira en Jesús la prueba de su deshonor, el castigo de una hora de embriaguez.
Y el nene cativo, el inocente condenado a no tener nombre ni madre, oye que le llaman jayón, sabe que vive de la caridad, y sufre en humilde silencio, mientras la que le dió a la luz del mundo calla y sufre también, con más angustia todavía, y esconde como pecados vergonzosos los impulsos y los gritos de la sangre.
Mil veces Marcela siente la tentación de romper el secreto y confesar su culpa cuando el niño gime atormentado por el doble infortunio. Mil veces la culpable arrastra como un grillete su delito ante los ojos tétricos de Jesús y la mirada atónita de Andrés. En la conciencia turbia de la esposa, riñen ardiente y ferocísima batalla los celos, el orgullo, la vanidad de la hembra, pugnando siempre por sofocar el puro y callado instinto de la madre. Comprende la triste, con un espantoso desgarramiento del corazón, que si mantuvo el dominio de su hogar egoísta, si logró reducir al hombre amado y alzar la bandera de un cobarde y engañoso triunfo, todo ello fué a costa de su propio hijo. Llena de amargura y de horror, de envidias y despechos indecibles, de pesadumbres roedoras, quiere compensarle a fuerzas de caricias y llantos, con una ternura desvelada y enferma que la consume poco a poco. De tal suerte le cuida y le llora, como pidiéndole perdón, tanto le envuelve y le regala entre solicitudes y fervores, que el marido la contempla con asombro más reverente y dulce cada día, más empapado en amorosa gratitud.
A los ojos de Andrés la abnegación de Marcela crece hasta fundirse con la santidad. Creyendo, como todos, que ella conoce el origen del intruso, ve sin embargo cómo a los dos niños los confunde en una misma gracia maternal, aun más fina, más honda y vehemente junto al desgraciado. Y no sabe el padre cómo bendecir el tributo de amor que recibe, de esta manera tácita y peregrina: rendido, confuso, rodea a su mujer de tiernos homenajes que la entristecen cada vez más, porque no acierta a conformarse con tan gratuita admiración.
Así en el drama sordo de estas vidas infelices sólo triunfa el supuesto Serafín, engañado por la suerte, mecido por una dicha mentirosa...
VI
LAS FLORES DE LA NIEVE.—DICEN LOS PASTORES...—A LA LUZ DE UN RELÁMPAGO.
El cielo decembrino, bajo y turbio, se entenebrece con ráfagas siniestras. Gime el bosque, desnudo por el huracán, baja de la montaña un helado soplo, y en la vacía soledad del espacio vuelan copos de nieve, palpitantes como mariposas.
Tendido en el tajo de la hoz el pueblo de Rianzar yace medroso, y en lo profundo del estrecho valle muge el río por la honda vaguada, desatado en espumas grises, ensanchando la ronca orilla por fragas y juncales borrando los azutes del ansar y los saetines del molino.
Al mediodía se hacen más espesas las flores de la nevada, rimbomba el trueno y el aire adquiere un gemido áspero y terrible.
Marcela aguarda el regreso de Andrés y de los niños. De víspera subieron al «invernal» de Bustarredondo por el gusto de dormir en la mullida cabaña, beber la leche espumosa, recontar los ganados y gozar de los bravíos paisajes. Quedaron en volver a la mañana siguiente y Marcela atisba los senderos, llena de incertidumbre, pensando si el temporal les habría sorprendido ya en la ruta borrosa del monte.
Medra la tarde, cunde la nieve, se rasan las veredas, y todos los confines cobran una misma blancura de sudario.
Unos pastores que bajaron al anochecer, huyendo trabajosamente de la nevasca, dicen cómo al pasar por soto de la Cruz creyeron oir unos gritos que pedían socorro. No lo pudieron comprobar y se inclinan a suponer que las voces lamentables fueron una ilusión: el «invernal», medio arruinado en aquel sitio, gemía, sin duda, al acabar de hundirse bajo los atambores de la tormenta.
Pero la esposa de Andrés acoge este rumor con invencible espanto. Va y viene por el pueblo presa de angustia desesperada, y no sosiega aunque los vecinos de más fuste le dicen que el soto de la Cruz no está en la ruta de Bustarredondo, y que si Andrés se hubiese expuesto con los rapaces en el monte no perdería el rumbo por tan lejano camino.
Marcela nada escucha. Torna a su casa oprimida por aciago presentimiento, y se duele de él sola, en una soledad insoportable, bajo los frémitos de la ventisca y la claridad helada de la noche. No quiere encender luz, imaginando, cavilosa, que rostro al campo yerto, está más cerca de los ausentes, y abre de par en par la ventana sobre el valle alumbrado por una ceniza luminosa, embebido en la nieve. Siguen sonando las nubes con rugido pavoroso; la indómita curva de la sierra se yergue amortajada en el paisaje, y abajo, en la honda línea de la hoz, tiene la frescura del agua clamores turbios y agoreros.
De pronto ve Marcela pasar una sombra por la linde blanca del camino, una sombra muda que ella conoce mucho, y sale a recibirla con el irrefrenable deseo de apoyar el desplomado corazón en otro que sufra igual martirio.
Entra Irene en el abierto portal, y con tapada voz pregunta:
—¿Han vuelto?
—¡No!...
La trágica lumbre de un relámpago ilumina a las dos madres y las acerca en instintivo impulso de terror. Se tienden las manos mirándose con ahinco a los ojos, y se sientan calladas, a esperar.
En la torre de la parroquia plañe una campana gemebunda; cae más menudo y fino el polvo de la nieve; se desgarra una pálida nube y dos estrellas se miran en el cielo, temblorosas...
VII
RÁFAGAS DE TEMPESTAD.—LA SELVA MUDA.—EL CANTAR DEL AGUA.—LA HUÍDA.—EL GRITO CELTA.
De amanecida, rota apenas la mañana, Andrés vió la espesura de las nubes y sintió el frío precursor de la nieve. Un silencio desnudo bajaba del medroso celaje y un hálito de hielo corría por las llecas y el mantillo, como si tiritase el monte.
Ya el pastor dispersaba el rebaño, y la leche fresca rezumaba en las zapitas, acerca de la borona rubia, cuando Andrés despertó a los niños ponderándoles la necesidad de volver al pueblo sin que reventase el nublado.
Hizo Serafín los honores del sabroso desayuno mientras Jesús lo probaba con esfuerzo y el padre creía descubrir señales dolorosas en el trasojado rostro del enfermito. Tenía el pobre maceradas las ojeras, ardientes las manos, caídos los miembros, apagada como nunca la expresión de las pupilas. Buscándole a él refrigerios y tónicos, por consejo de Don Mauricio, subían a menudo al «invernal», pero aquel día no les acompañaba la suerte, a juzgar por el cariz del tiempo y el talante de la criatura. Para que no se cansara mucho, tomaron el camino lentamente, escuchando las voces de la soledad, mirando al cielo con inquietud.
Muda estaba la selva como si no hubiese aire para un rumor; quietos los zarzales y las árgomas, todo silente el horizonte gris.
Cuando ya llevaba Jesús jadeante el corazón, galoparon las nubes sobre el viento y una lluvia sesga y helada comenzó a caer. Llegaban entonces el álveo del río más caudaloso del país, donde el niño Saja nace y solloza como un chortal, ablandando con su frescura la aspereza montés. Y quedaron envueltos en los sones del agua, empapados en la fría canción, mecidos por la tormenta que, al crecer, convertía la lluvia en nieve y el viento en huracán.
Una repentina virazón de los aires empujó las nubes hacia el Norte con ímpetu furioso, congelando los cierzos, tapando las veredas, dificultando el camino, en tal forma, que Andrés tuvo que cargar a Jesús en los hombros y tirar de Serafín, animándole con ruegos y promesas.
Decidieron volverse a la cabaña, más próxima que el valle, y tornaron otra vez monte arriba, en recia lucha con el temporal, ateridos, alcanzados por la torva angustia del miedo.
Una hora tremenda llevaban de huída cuando comenzaron a sentirse perdidos, no viendo, aún en torno suyo, las señales del amigo techado: ni la cambera firme entre los setos, ni la braña sativa, ni el ramblizo siempre susurrante, ni los pobos cercanos al pastoril hogar.
Aunque la nieve confundía lindazos y confines, hubiesen conocido bajo la cruel blancura el huello de las parcelas propias, y hubiesen oído, al través de la borrasca, las esquilas del ganado. Pero no; la ruta, difícil y agreste, padecía el azote de los elementos sin decir nada a la memoria de los caminantes: ¡ni un signo amistoso en derredor, ni un toque suave de aljaraz!
Todo era esquivo y nuevo en la calzada serraniega a cuyos bordes el eriazo mostraba un bravío semblante: se adivinaban los abietes hostiles, la guájara rebelde, la espesura mazorral sin tresna alguna de cultivo. Un bosque de salvajes enebros erguía las yertas ramas con pavura como si levantase los brazos hacia Dios: la nube, cada vez más negra y más baja, se abría en lampos de fuego y horrísonos clamores.
Agobiado por los niños, uno a cuestas, otro de la mano, quiere Andrés huir de aquellos trágicos lugares, buscar un asubiadero con la esperanza de que, por lo repentino y brusco, tuviese el temporal poca duración. Seguro ya de haberse extraviado, rendido con el peso de Jesús, avizora ansioso el horizonte y tranquiliza apenas a los zagales, llenos de terror.
Ya Serafín se queja a gritos de no poder andar. Cayendo a cada paso, lloroso y gemebundo, interrumpe la fatigosa marcha del padre, y tiene aquella fuga una expresión inclemente de fatalidad, un siniestro perfil humano sobre la candidez terrible del camino.
No saben cuánto tiempo luchan y desfallecen sin rumbo ni reposo, cuando en una tregua de la ventisca descubren el cobijo de una cabaña, y al tocar sus ansiados umbrales reconocen el «invernal» del soto de la Cruz, abandonado por ruinoso y abierto a las tormentas, pero aun así providente y bienhechor para los tristes errabundos.
Yacen allí más que descansan, transidos, inertes, sin conciencia de la vida, hasta que Andrés logra recobrar los bríos y darse cuenta de su responsabilidad. Entonces mira con espanto a Jesús que parece un difunto; le toca y está ardiendo, le mueve y está dormido, con un sueño soporoso y letal.
La más desesperada compasión entenebrece al hombre delante de aquel ser que le debe una existencia tan ruin, una infancia menesterosa y comalida, sembrada de pesares, llena de humillaciones y amarguras. Piensa que, al cabo, el hijo se le muere allí, a las inclemencias del cielo, sin que nadie le cuide ni le ampare, abandonado a la más dura suerte. Y reflexiona en lo inútiles que han sido aquella lástima y aquel remordimiento que en una noche inolvidable abrieron al jayón la puerta de un hogar...
No sabe cómo servir al niño, da vueltas igual que un loco, por la achacosa cabaña, buscando en cada ostugo la vislumbre de una ayuda que está muy lejos de parecer. Si el vendaval empujó por allí algún sobrante de la escamonda, los gajos secos del espino cerval o del residuo del rozo, la nieve y el agua lo han mojado colándose por las hendiduras, boquetes y algeroces. Y el mezquino acervo que Andrés reúne con avaricia, tratando de encenderle para secar la ropa y mitigar el frío, se resiste entre ásperas quejumbres y bocanadas de humo.
Serafín duerme cansado de llorar. Jesús se lamenta sin abrir los ojos, con silbidos en el pecho deforme y temblores en las manos inquietas. Cruje el endeble techado; gime el viento, cada vez más rendido; nace la noche en el fondo de la hoz.
La nieve ha dejado de caer en torvas y rodar en aludes; se desmenuza ahora en copos muy tenues, con atalaje de hada, y sus vedijas sutiles se confunden en la pálida tiniebla, bajo la agonía de la luz.
De pronto unas voces lejanas llegan a los oídos vigilantes de Andrés. Se yergue el desgraciado con toda la atención despierta y sacudida, y vuelve a oir, remoto, un son de relinchada, el ijujú celta que perdura entre los mozos cántabros. Quizá pastores o serrojanes, que huyen a la llanura, cantan para espantar el miedo, con alarde infantil.
Andrés, brusco y esperanzado, responde al bárbaro cantar con angustiosos gritos, y quiere correr hacia las voces peregrinas, pero los zagales, espabilados de repente, no le dejan salir. Un terror inmenso les aturde ante la nueva actitud de fuga que el padre inicia, ahora que ellos, tundidos, no se pueden mover y que la sombra ciega al monte envuelto en pánico blancor.
Claman los muchachos frenéticos:
—¡Padre, padre! ¡No te vayas, no nos dejes!
Se le abrazan a las rodillas mientras Andrés pide socorro fuera de sí, y ninguna humana voz acude al vehemente reclamo, ningún auxilio llega al través de la soledad: ¡tal vez los sones errantes fueron una ilusión!
El viento gira hacia el Sur convertido en un noto de repentina blandura, y al dormirse en el éter deja oir la querella del Saja, honda como un llanto inconsolable, y rasga las nubes en un jirón azul: dos estrellas se asoman al cielo, pensativas, para mirar la nieve acostada en la noche.
VIII
EL RESPLANDOR DE LA TRAGEDIA.—CAMINO DEL CIELO.—EL BESO DEL SOL.
Palidece una madrugada turbia sobre la claridad deslumbradora del paisaje. El día, que empezó a morir en los hondones, resucita en las cumbres, invadiendo los contornos de la sierra cuando aún es Rianzar valle de sombras.
Andrés no sabe si ha dormido: reina en sus actos el desorden de un sueño, y mira a su alrededor con aire de sonámbulo, mientras se le esconden los pensamientos en lo más obscuro de la conciencia.
Pronto revive su corazón con profunda congoja, sumido bajo la recia pesadumbre: este día que nace no trae con su luz más que la evidencia del drama, el resplandor de la tragedia.
Ha querido el padre dar calor con su cuerpo a los hijos, y los guarda a su lado inmóviles, mudos. Jesús descubre, ardiente, el ascua de los ojos, lo único que parece vivir en él; Serafín tiene los párpados caídos, y abierta la boca en una respiración cansada. Inclinándose a contemplarlos siente el hombre deseos de llorar y morir, y oye sin asombro cómo cruje el cobertizo al peso de la nieve: ¡sin duda va a hundirse! Entonces, desde el trépido umbral otea los parajes helados con las sendas perdidas y padece la vaga sensación de asomarse al mundo del silencio, en contacto con la eternidad.
Quisiera romper con la mirada los horizontes, salir, con la vista siquiera, de aquella linde cándida y perenne que no concluye nunca.
El viento arrecia y la cabaña vuelve a crujir: parece que las nubes van a rasgarse bajo un punto remoto de viva claridad. Otro brusco remezón de la techumbre obliga a Andrés a sacar los niños, de un salto, fuera del peligro, no sabe para qué. Los deja allí sobre la alfombra helada, y espera absorto que se hunda el «invernal».
El desplome, el frío y la luz sacuden a los zagales con terrible aguijón. Se levantan como autómatas, sin brío ni conciencia, y Jesús se vuelve a caer.
Serafín llora deshambrido, asustado, maltrecho, y el padre coge al caído en sus brazos y dice al otro con un gesto obscuro:
—¡Anda!
Toma una dirección cualquiera, monte abajo, fiándose al instinto, pero el rapaz no le sigue.
—¡No puedo... no puedo!—murmura—También yo estoy cansado y siempre llevas a Jesús: ¡a mí no me quieres!
El desconsolado plañido llega certero al corazón de Andrés, y le acusa de predilecciones invencibles. Tal vez Jesús no sufre tanto como él teme, ya no arde ni se queja, ya no le silba el pecho: será menester que ande un poco. Le posa con dulzura y repite:
—¡Anda!
Carga con Serafín, que aún gimotea.
—¡No me quieres... no me quieres!
Y Jesús da unos pasos, vacilantes, detrás de ellos. Después vuelve a rodar con un sordo retumbo, sin decir una palabra.
Acude el padre, aterrado, y al postrarse junto a la criatura conoce que está allí la muerte, la reina de todos los espantos.
—¡Jesús!... ¡Jesusín!—clama rota de pena la voz.
Y el niño, con la cara vuelta al cielo, entornados los ojos, lanza una risa aguda y delirante que rebota en la nieve y se aleja sin extinguirse. Al dejar de reir, el alma le resplandece un instante en las pupilas, triste y pura como un cirio, y se apaga de pronto, humedeciendo el cristal de la mirada muerta.
Andrés, con el pensamiento inmóvil al lado del abismo, se inclina a besar la boca exánime de Jesús, y sobre ella se detiene, como si quisiera recoger un murmullo, un sollozo, la última volición de aquel espíritu mártir y solitario que habitó un cuerpo tan infeliz. Pero el hielo de la boca marchita hiere con filo tan penetrante, que el hombre se levanta, crispado, y echa a correr con el hijo que le queda...
Ceñido por la mortaja infinita de la nieve, el cuerpo difunto duerme con solemnidad en el monte, nunca tan santo como ahora que guarda los despojos de un niño.
El viento al crecer, raudo y caliente, provoca el deshielo y ensalza los rumores de arroyos y hontanares: parece que las aguas lloran una pena indecible. El sol ha roto aquel punto claro de las nubes, y, sin miedo al frío de la muerte, se asoma a besar la carne yerta de Jesús.
IX
HORAS DE ANGUSTIA.—LAZO DE DOLOR.—LA VOZ DE LA SANGRE.
Cuando Andrés llega a su casa, medio enloquecido, ya las vecinas le han arrebatado a Serafín para alimentarle y vestirle antes de que su madre le vea derrotado y hambriento, con el terror hundido en los ojos y la angustia pintada en el semblante...
Todo el pueblo se agita al conocer la tragedia del soto de la Cruz. Las mujeres lloran:—¡Pobrecito jayón, pobre inocente, señalado como una víctima desde la cuna!... El párroco dice que el zagal supo elegir el único camino libre y hermoso: ¡el camino del cielo! Y se apresuran los hombres cerca de Andrés para ofrecerle compañía y auxilio. Todos quieren subir a la montaña para rescatar el cadáver; todos se compadecen del amigo que fué siempre generoso con los demás, valiente y útil en la lucha común por la vida. Nadie ignora, tampoco, que el buen camarada pierde un hijo en el niño jayón, y las frases de condolencia adquieren rumores de secreto, matices de aventura pasional que rondan a Marcela, sordamente, antes de que arribe su esposo.
No le aguarda sola; allí está Irene, que no se ha movido del banco donde por la noche se encogió, muda y trémula, agobiada de un dolor humilde, sin palabras ni suspiros, llena de vergüenza y timidez. Una zozobra obscura, más fuerte que su orgullo, la empujó hacia el hogar siempre envidiado, y allí se queda, esclava de la inquietud, quizá temiendo que la echen; quizá sin fuerzas para huir.
A Marcela no se le ha ocurrido evitar la compañía de aquella mujer: al contrario, la necesita y la estimula. Toda la noche trató a Irene como a una compañera de infortunio; la invitó a calentarse y rezar; se estrechó contra ella en el mismo banco, y tuvo tentaciones de abrazarla y pedirla perdón.
Alumbradas desde fuera por la claridad de la nieve, contaron las horas en vigilia constante, y cuando el alba inició las primeras luces, sintieron en torno suyo una turbia sensación de opacidad, una vaga certeza de vivir... Ecos del drama que las reúne en misterioso lazo, posan ya junto a las dos madres. Algunos vecinos que preceden, solícitos, a Andrés, para tranquilizar a la esposa, no saben cómo hablar delante de Irene, y ellas, notando la turbación de los semblantes, padecen crecidas todas sus incertidumbres y nada quieren oir.
Es aquel un minuto horrible de ansiedad, hasta que el hombre, tan dolorosamente esperado, entra y se mira, atónito, entre las dos mujeres.
—¿Y los niños?... ¿Dónde están los niños?—le preguntan desoladas, olvidando que huían de saber.
Él paga a Marcela en tal instante su larga deuda de gratitud, respondiendo con heroica generosidad:
—He salvado el tuyo.
—¿Al mío?—Nadie adivina el pánico de esta voz que repite:—¿Al mío?
Ronco y aciago el acento, Andrés confirma:
—¡A Serafín!
Y no comprende por qué Marcela da un grito desesperado y hondo, como la pobre madre del jayón...
X
EL DÍA DEL PERDÓN.—LOS PEREGRINOS.—ENTRE DOS ORILLAS.—ALMAS QUE SE BUSCAN.—REVELACIONES.—SOLA EN EL MUNDO.—SUEÑO DE ETERNIDAD.
La primavera vuelve, celosa, pujante, con todo el ciego impulso de la vida, y alumbra unas bellas horas apacibles, unas horas que a media tarde se pueblan de rumores de campanas, y ven llegar, por los hondos caminos de la vega, grupos de gente grave y silenciosa.
Muchos de estos viajeros, los que vienen del lado ponentino, se detienen a la orilla del Saja, junto a un plantel de alisas y el tramo de un puente roto. Entonces una barca, plana y tosca, que se mece sobre el murmullo glorioso de las aguas, llega con el empuje del barquero al lado de los caminantes. Y el ancho brazo del río, cadoso y transparente, se deja cruzar una y otra vez por la nave servicial y deja que en su espejo se miren, entre medrosos y complacidos, los romeros que forman la mística expedición.
En medio de la breve llanura, una iglesia, blanca y pobre, va recibiendo a todos los peregrinos hasta donde le es posible albergarlos, y los menos diligentes en acudir a las voces de la torrecilla humilde se agrupan a la entrada, abierta de par en par, frente al púlpito vestido de viejo brocatel.
La voz llena y clara del predicador se desborda del templo, y rueda, sonora, por los campos en reposo. Dice el carmelita unas palabras sencillas y emocionantes; cosas buenas y dulces a propósito de la debilidad de las mujeres; de la inocencia de los niños; del olvido de las injurias; de la misericordia; de la caridad. ¡Es «el día del perdón»!
En las tardes pasadas ha desarrollado el misionero todos los temas piadosos que deben traer como consecuencia este sublime final: ¡el perdón! ¡Hay que perdonar las envidias, los agravios, las traiciones!...
Muchos fieles se miran con afán a los ojos como si quisieran verse el alma; otros bajan la frente, otros suspiran con angustia. Y en el atrio, sobre una viga del tejaroz, dos golondrinas recién llegadas de lueñes tierras, coloquian misterios de su nido, sin desconfianzas ni temores. Su manso arrullo besa en el aire las palabras del apóstol: ¡Paz y amor! Un hálito vernal las empuja por el campo, hasta el río donde la corriente solloza y la barca se mece, como un símbolo, entre las orillas, bajo el tembloroso andarivel...
Sola va quedando la iglesia blanca en el fondo de la llanura.
La tarde se duerme con placidez, echada sobre las flores de la campiña, y los devotos se extienden por la vega en demanda de sus pueblecillos.
Con la última volada de las aves y los últimos fulgores de la luz, parece que flotan en el viento misteriosas endechas de amor y de paz, como un himno entonado al «día del perdón».
Dentro del piadoso recinto dos corazones, maduros por las penas, velan y sufren; dos mujeres rezan y lloran. No están juntas, pero se vigilan, y cuando Irene se levanta la sigue Marcela de la mano de Serafín.
Casi a un tiempo llegan al portal, se santiguan de cara al templo solitario, donde laten unas luces pálidas, y se miran, dolientes, bajo la penumbra del anochecer, cobijadas por un cielo sin nubes, florecido de estrellas.
—Irene, ¿me perdonas?—dice una voz opaca.
—¿De qué?—responde la infeliz que siente en la misma boca el raudo golpe de su corazón.
—De que te robé la felicidad... el hombre que tú querías... el hijo que tú alumbraste...
—¿El hombre?... Él se marchó... ¿El hijo?... Yo te le di... ¡Más tienes que perdonarme tú!
—¡No; que no sabes lo que hice!... El niño... te le cambié—balbuce Marcela. Vibran las frases en sus labios como una llama, y empuja a Serafín confesando:
—Pero estoy arrepentida. Te le devuelvo; aquí le tienes: toma... Este es Jesús, el jayón... ¡no llores más por él!
Un grito que se clava en el aire como un puñal, recibe a la criatura, mientras los pensamientos de la madre se dibujan absortos sobre una obscuridad infinita. Torpe, ávida, prorrumpe:
—¡Mi hijo!... ¡Es mi hijo!... ¿No me engañas?
Quiere abrazarle, y el zagal se resiste con el temor de verse entre dos locas.
—No te engaño—asegura Marcela, y su voz parece que recorre un espacio sombrío antes de hacerse oir—. Este niño es «el vuestro», el saludable y dulce, el de los ojos verdes, que embrujan como los tuyos... ¡fíjate!... Cuando Andrés le mira es igual que si te mirase a ti... Tómale: te le doy y me quedo sola en el mundo como estabas tú...
—Yo no pienso en Andrés—murmura Irene con un doloroso balbuceo de ideas, tendiendo siempre hacia Jesús las codiciosas manos.
—La que se lleva el hijo, se lleva el hombre—ruge Marcela, mirando ante sí con ojos sin mirada, y echando al niño en brazos de «la otra»—. Y añade:
—Quiero morir en paz: yo haré esta confesión donde sea menester, daré todas las pruebas necesarias, expiaré mi delito según la justicia del mundo... ¡Dios, bastante me ha castigado!...
—¡Madre!—llora el rapaz, buscándola.
—¡Esa es tu madre!—responde, brusca y firme, tornándole al regazo de Irene.
Y allí de cerca, vida contra vida, el niño entre los agitados corazones, vuelve a decir a su rival:—¿Me perdonas?
—Con toda mi alma... ¿Y tú a mí?
Un fulgor obscuro luce en los ojos agarenos mientras Marcela pronuncia:
—¡También!... Hoy es el día del perdón...
De repente abraza al muchacho que la mira ansioso, y echa a correr fuera del portal. La sigue un acento infantil y desgarrador:
—¡Madre!... ¡Madre!...
Pero ella desaparece muda y ligera, como una sombra atormentada. Un ancho camino de argomal la conduce a la margen del río que susurra bajo el leve cejo de la niebla.
La mujer, cansada, acorta el paso y se refugia en la soledad con un amargo deleite de hurañía y abandono. Se considera ya sola en el mundo, purificada y redimida por el flagelo de la expiación, digna de unirse al hijo mártir en una gloria que no se acabe nunca.
En la cumbre del soto de la Cruz una fogata pastoril arde, al parecer, junto a las estrellas, y en el cielo enjoyado, se recorta el perfil virginal de la montaña.
Aún palpita el crepúsculo como un gran corazón agonizante caído en el remanso de la noche; sobre el movible cristal del río tiembla y huye la plata de la luna...
[TALÍN]
I
EL PÁJARO Y LA NIÑA
Hay en Cantabria un pájaro montés, chiquito y verdoso, liviano y artista, un canario silvestre que anida en los argomales, vive en la soledad y canta en lo más espeso del bosque y de la mies. Como no tiene nombre conocido, le distinguen con el remedo de su aguda canción, llamándole Talín.
Una niña, tan agreste como el tal pajarillo, tan cantarina y bella como él, vivía, hace pocos años, en Cintul, un pueblo de aquella comarca, de los más empinados en los alcores, camino de la hoz, frente al Escudo de Cabuérniga. La niña era pobre y no tenía madre: sin embargo, parecía muy feliz. Su padre, un buen labrador, la cuidaba con singular desvelo y entre las vecinas del barrio, afables y piadosas por lo común, había una, la más trabajadora, lista y servicial, que demostraba a la huérfana especialísimo interés. El peinado, el vestido, la merienda y el postre de la niña, corrían siempre de cuenta de Clotilde, y servirla, asearla, prever sus caprichos y sus travesuras, era para la moza como una obligación. La chiquilla se dejaba mimar, abusando todo lo posible del encanto que ejercía sobre aquella mujer, del cariño del padre, de la compasión de la maestra, de la solicitud del cura, de cuantas devociones, en fin, supo conquistar con su gracia y su picardía, nada cortas ni vulgares. Sin ser una hermosura ni un modelo de docilidad, conocía el dulce hechizo de hacerse querer. Alegre, inquieta, reidora, aparecía como envuelta en una ráfaga de candor, y tan infatigables eran sus aptitudes para correr y cantar, que olvidando su nombre, dieron en llamarla Talín, lo mismo que al avecilla montés.
Cierto que a la niña para semejarse a los pájaros no le faltaban más que las alas; tenía, como ellos, la frescura del aire donde habitan y la serenidad del sol a quien adoran; llevaba en los ojos un brillo dorado y caliente, lleno de luz, y parecía conocer los caminos trazados por la bruma y el viento: de tal manera trasponía el monte por los más inaccesibles lugares, y en frecuentes escapatorias, sin miedo a los castigos ni a las alimañas, ligera y menuda, igual que el canario silvestre.
Ya contaba diez años Talín y hacía tres que Clotilde le servía de madre, sacrificada por aquel cariño con verdadera abnegación. Hasta que las gentes, poco habituadas, también en las alturas de Cintul, a procederes demasiado finos, acabaron por decir que la moza, soltera y madura, fraguaba su casamiento con Ambrosio, el padre de la niña.
No parecía muy asequible el galán, un cuarentón de carácter independiente y retraído, atento sólo a su trabajo y al celo de la nena; hombre tan avaricioso de palabras que hasta para agradecer los favores se diría que contaba las sílabas. Pero en las obras era muy discreto y cumplidor: gozó fama de excelente esposo, y sus virtudes paternales servían de ejemplo y alabanza en el lugar. Estaba bien conservado todavía. Alto, fuerte, moreno y adusto, mostraba una repentina dulzura al sonreir a su hija, una dulzura que le hacía sonrojarse, y que Clotilde había sorprendido con turbado corazón, imaginando que Ambrosio podía ser muy bueno sin descubrir nunca en los labios una vislumbre de alegría ni en la voz una gota de miel. Cuando le halló una tarde con Talín en los brazos, absorto en besarla y divertirla, quedóse tan confusa como él, que huyó sin volver la cabeza, murmurando algunas frases impacientes, mientras la niña explicaba maliciosa:
—Le da vergüenza que le vean dar besos...
Desde entonces Clotilde sintió delante de aquel hombre una obscura ansiedad que se fué convirtiendo en rara timidez. Ella, tan despreocupada y resuelta para acudir junto a su protegida a cualquier hora, sin reparo ninguno, comenzó a evitar los encuentros con Ambrosio y a poner en sus visitas una mesura llena de precauciones y melindres, cabalmente cuando los vecinos decían que procuraba su boda con el viudo, seduciendo a la nena.
La cual, por aquel tiempo, corría a más y mejor aprovechando las tardes benignas del otoño, todavía colmadas de flores y de aromas. Eran las últimas delicias del año, y las más codiciadas por eso, aquellas de esconderse entre los maíces crecidos y maduros, bañarse en el remanso azul del ansar, despedir en el campo sirueño a las golondrinas que huyen a invernar bajo las alas del sol, y subir al monte para aprender romances de los pastores antes de que bajen con sus ganados a la derrota de la mies.
Y en el disfrute de estos arriesgados placeres demostraba Talín una admirable experiencia. No había chiquillo de su edad, en Cintul, que la ganase a descubrir atajos en las cumbres, vados en el río y escondites en el bosque. Igual saltaba la cárcaba de un huerto, que subía al gromo de los árboles. Volaban sus cabellos gozosamente en las alocadas carreras, y volaban sus pies sobre el camino, siempre dispuestos a las aventuras peligrosas y a los parajes lejanos. Nunca se caía ni se lastimaba: volvía de sus excursiones con el vestido roto y la cara sucia, llorando, a veces, para que no la riñeran, y prometiendo no escaparse más.
Pero la misma gracia y prontitud que demostraba para desobedecer y hacerse luego perdonar, le servía de estímulo en la escuela para leer y escribir como ningún otro arrapiezo y tramar un bordado y un encaje con relativo primor. Nadie como Talín para ofrecer en la parroquia las flores a la Virgen, muy peripuesta la chiquilla de vestido blanco y banda azul, con un velo pomposo sobre la frente y los bracitos por el aire, acompañando con un movimiento ritual el recitado de los versos alusivos.
Todo lo cual quiere decir que esta niña no era un marimacho ni mucho menos, sino una criatura ágil y traviesa, inteligente y audaz. Debemos añadir que tenía un carácter generoso, muy propenso a los éxtasis y a las meditaciones, muy dado a soñar y compadecer, y tan propicio a las cosas peregrinas y sentimentales, que lo mismo le inducía a vagar en la sierra, por los riscos más duros, como las aves hurañas, que a salir delante de la Custodia en las procesiones, llena de beatitud, ceñida de tules, con alas de plumas, emulando a los ángeles, los pajarillos de Dios...
II
EL TORO GILVO
Trasmontaban los pastores, ya próximo el verano en busca de los altos puertos, errantes como las tribus primitivas que fincaron la cabaña y el redil a la paz de los dólmenes y menhires, en atisbo de la civilización.
Íbanse todavía musitando romances del tiempo medioeval, originados sabe Dios en la cuna de qué bárbara cosmología, calentados en el ascua misteriosa del Cristianismo, y entrañados en España por la vena del «camino francés» que inflamaron los peregrinos extranjeros al son del Ultreya, el cantar salmódico de Santiago el Mayor.
Fiel remanso de las viejas corrientes de la vida, aún repiten los montes de Cantabria el eco de los más olvidados mitos, y con el remoto sabor de las primeras canciones del mundo, van posando, también, de uno en otro repliegue de sus cumbres, una viva membranza del arte prehistórico: son cayados y abarcas, zapitas y colodras, que reproducen de un modo inexplicable los dibujos grabados en las astas de reno y en los arcanos muros de Altamira: son atavismos sigilosos de la caverna: sagrativas ráfagas de lo pasado; mudos soplos de una humanidad infantil que traslumbra en los pastores montañeses con perfumes del antiguo candor.
Y Talín, la niña andariega de Cintul, siente un loco deseo de despedir a los nómadas igual que a las golondrinas, con una alta mirada llena de admiración para todo lo que huye y tramonta más allá de los horizontes, al otro lado de las cimas y las nieblas.
Aguijada por su antojo, ha pensado la chiquilla escaparse al invernal donde los rebaños se reúnen para la partida.
Después de comer, cuando el padre marcha con el carro a buscar leña camino del soto, la nena se escabulle recatándose de Clotilde que la vigila desde su casa, huerto con huerto, los corrales en un mismo lindazo, y por las callejas silenciosas, entre espinos y saúcos en flor, busca el regazo de la sierra cuya soledad tiene a tales horas un espléndido manto de luz.
Alborea Junio muy gentil, con todos los alardes de un precoz estío. El sol, encendido y desnudo, se recuesta sobre el campo nuevo, y las plantas, abrumadas de flores, aroman el ambiente bajo el sosiego torvo de la siesta.
Camina Talín a toda velocidad con aire fugitivo. Su paso menudo y frágil, que parece un vuelo, apenas turba el augusto reposo de la hora. Va pensando en un serroján, tan chiquito como ella, que ya veranea con el ganado en la punta de los Cabriles, al otro lado de la montaña, y conoce todas las canales de los puertos vecinos, donde viven el oso y el jabalí, el milano y el azor. Va pensando, también, un poco vagamente, que ha corrido la escuela y la reñirán mucho; quizá la castiguen a estarse de rodillas durante el recreo a la siguiente mañana; pero eso no le importa si consigue antes de que se marchen los pastores aprender todo el romance que el serroján le está enseñando: es una sarta de versos inocentes, donde se cuentan las aventuras de las cabañas emigrantes y se difunden los méritos de cada puesto, la historia salvaje de cada risco montés.
Lleva la niña la mirada siempre horizontal, plena de ensueños: el alma mecida igual que en una cuna; los labios sonrientes a una ilusión sin formas y sin nombre. Sube a un castro, fuera de la sombra que la conducía entre nogales y matas de juncia, y repite, ensoñando a media voz:
«Válgame la Soberana,
válgame la Magdalena,
que perdí la mejor vaca
que tenía en Villanueva...»
Con el mismo rumbo que sigue Talín asoma desde lejos la cabaña de Cos, hacia Bustarredondo, para reunirse allí con los demás.
Solicitada por el soniquete de los aljaraces vuelve la niña la cabeza, cuando un toro gilvo, muy joven y retozón, corre en amenazadora actitud al reclamo del vestidito rojo que acaba de aparecer. El vestido huye como una llama conducida por el viento; grita, desaforadamente el pastor, renegando del rebelde animal, y la pobre nena, nunca, por milagro, comprometida en un peligro semejante, quiere subir la pared tosca y alta que limita el sendero y promete un refugio. Empujada por el instinto, logra encaramarse en la espinosa linde y ve que al otro lado se hunde, en pliegue brusco, el verdacho sombrío de un renoval.
El toro llega jadeante, la niña salta con los ojos cerrados, y queda inmóvil sobre la escamonda, suelto el pelito rubio en torno a la blancura de la cara.
Un instante después acude el pastor cerca de Talín, contristado y perplejo, mientras muge el animal blandamente, contemplando con mansedumbre, desde la altura de la cerca, la voladora mancha de vestido rojo, caída en incomprensible quietud.
Una alevilla suave pone su cándida nitidez sobre la frente de la nena, se oye cercano el tenue vagido de un arroyo, y canta entre los renuevos una cigarra loca de sol...
III
LA MADRE
Buen conocedor de los ambages de la sierra, el pastor llegó a Cintul en un periquete, con la niña lisiada entre los brazos. Era amigo de Ambrosio y conocía bien las travesuras de la pequeña, su vida y sus costumbres; así que, sin vacilar, llamó a la puerta de Clotilde gritando:
—¡Eh, muchacha! Aquí traigo a Talín con una patuca rota.
Y era verdad.
El pajarillo perniquebrado se rebullía gimiente dentro del vestido rojo.
Aparecióse Clotilde en el umbral, con cara de susto, y se quedó mirando de hito en hito al hombre y a la niña, demandantes y humildes a plena luz, bajo la masa ardiente del cielo.
La moza no dió gritos ni se entretuvo en inútiles preguntas. Abrió su cama y acostó con sumo cuidado a la nena, que al menor movimiento se quejaba de agudísimos dolores en la rodilla. No tenía más daño que aquél: una mancha grande y obscura y un principio de inflamación.
—Llamaré al médico—dijo Clotilde a su madre y a su hermana que allí detenían al pastor con mil comentarios sobre el percance.
—No le toca venir hasta pasado mañana—le respondieron.
—Pero yo haré que venga.
La escucharon con absoluta incredulidad y su madre repuso:
—Hoy hará la visita en los pueblos del Concejón, y ni él ni su caballo están para más trotes.
—Sólo en trance de muerte vendría—añadió la hermana.
Se miraron absortos, añorantes de un médico y un caballo más propicios, y el pastor, que ya se despedía, le propuso a Clotilde:
—Yo lo que tú llamaba a la saludadora.
—¡Es una bruja!—respondió la muchacha con desdeño.
—¡Qué ha de ser!
—¡Claro que no!—adujo la madre en son de protesta—. Curaciones como las suyas no las hace el mismo Don Julián.
—Y para las caídas y los golpes tiene manos de santa. Hace poco me curó a mí un vello despeñado, en un santiamén.
Clotilde se encogió de hombros mientras la otra joven decía:
—¿Pero comparas a un cristiano con un animal?
—Para el caso es lo mismo—aseguró el buen hombre, acabando de despedirse, escotero y veloz, en busca de la cabaña que había confiado a los serrojanes...
Quedó prendido en el silencio el llanto de la niña, más quejosa cada vez, más postrada y febril, y pasaron la tarde inquietas las tres mujeres alrededor de la cama, hasta que llegó Ambrosio con la testa greñuda, nublado el semblante y amarga la voz, preguntando por su hija y nombrando entre dientes a la saludadora.
Clotilde fué a buscarla y volvió al poco rato con una mujer que no era vieja ni sórdida como las clásicas brujas; al contrario, mostraba un porte agradable y majestuoso, muy influído por la alta categoría de su providencial ministerio. Como no había oficiado nunca en aquella casa, se creyó en el deber de advertir:
—Soy la séptima hija de honrado matrimonio, y por eso tengo en la lengua una cruz con privilegio para curar.
Nadie trató de comprobarlo, y la mujer, con solemnes ademanes, descubrió a la enferma, la examinó cuidadosamente, y no hallándole otro daño que el de la rodilla, puso allí su atención con mucha mezcla de signos, oraciones, saliva y alentadas. A mayor abundamiento aplicó un vendaje encima del golpe y dijo:
—«Esto» sanará si tenéis confianza en mi virtud... y si quiere Dios.
Puesta así a buen recaudo su responsabilidad, se fué sin admitir unas monedas que Ambrosio le ofrecía.
La nena siguió gimiendo. Le creció la calentura y empezó a delirar. Pretendía huir del toro gilvo en una carrera incesante, angustiosa, y había que sujetarla para que en realidad no huyera. Transida y ardiente, recitaba coplas, romances y lecciones; luego se adormecía en un breve sopor y despertaba otra vez, medrosa, trascordada, para repetir:—¡Madre!... ¡Madre!...—tendiéndole los brazos a Clotilde.
—¡Aquí estoy!... ¿Qué quieres? Aquí estoy contigo—respondía la moza, impregnada la voz de un vaho sentimental.
Y la dulcísima palabra se volvía a encender en los ansiosos labios de Talín como un cirio en la sombra del recuerdo:—¡Madre!... ¡Madre!...
Pasaron toda la noche Clotilde y Ambrosio al lado de la niña. Él, taciturno y aprensivo, no se atrevía a tocar a la pequeña, pero sus tímidas frases y sus gestos bruscos tenían un hondo significado de ternura en la intimidad del aposento, mientras la mujer, alerta y silenciosa, refrescaba las sienes de la niña, le hacía beber el agua de las flores cordiales, y le colgaba al cuello un escapulario milagroso.
A la mañana siguiente no estaba la enferma tranquila ni libre de dolores, pero había decrecido mucho la fiebre, y de la aguda crisis cerebral sólo le quedaba la flaqueza de llamar a Clotilde madre, con un empeño mimoso y dulce.
Cuando la quisieron disuadir de su equivocación, la interesada dijo:
—Que me llame como quiera; no la disgustéis...
Por la noche el padre se fué a su casa y se acostó, vestido y desvelado, frente a la cama vacía de Talín. Pasó el sueño volando por sus ojos, levantóse al amanecer, y ya el canto de los pájaros, que es la música del cielo, hacía la ronda de los horizontes en cálida sinfonía primaveral.
Salió Ambrosio al huerto y escuchó asombrado el nuevo lenguaje que hablaba la Naturaleza en torno suyo. Hasta los nervios de las hojas parecían estremecerse: era aquél, sin duda, el tiempo de la vida, el renacer de la tierra animada por el perpetuo ritmo vital; el resurgir de todos los amores y las esperanzas... ¡Por eso Talín había encontrado una madre!
Y el hombre, solo y conmovido, no sabiendo qué hacer, se puso a partir leña en el corral, con inesperado furor...
IV
EL SOL
A los tres días de ocurrir la aventura visitó Don Julián a la niña por empeño de Clotilde, desaparecido el vendaje de la saludadora, la cual se limitó a decir:
—No tenéis fe y la criatura no sanará...
El médico halló rota la articulación y trató de soldarla con la inmovilidad; pero aumentaron los dolores, continuó la enferma postrada y febril y al cabo de un mes diagnosticaba el doctor una artritis de carácter tuberculoso, enfermedad larga y de un resultado obscuro. Habló de los antecedentes de la niña, cuya madre había muerto de una fiebre héctica, y quiso indicar que la propensión hereditaria de Talín se hubiese manifestado, antes o después, con cualquier motivo. Recomendó a la paciente baños de sol, mucha quietud, aire puro y alimentos saludables.
Durante muchos días el caballo cansino de Don Julián se detuvo en la única ventana de Clotilde, donde la niña enferma se asomaba al campo y al aire serraniego, bajo la incansable solicitud de su protectora. Desde el camino, sin apearse, le hacía el médico la visita; se marchaba meditabundo, en una actitud parecida a la estampa de Don Quijote sobre Rocinante, y seguía la nena tendida en su banco entre almohadas, mirando al cielo y urdiendo historias en la tela invisible del espacio.
Floja y remisa para todo esfuerzo material, padecía Talín una aguda exacerbación de impaciencias espirituales, impropias de sus años.
Y acostada, rostro a lo azul, en el silencio campesino, dábase a hilvanar ilusiones con verdadero frenesí.
Ya no sentía en la rodilla el lacinante dolor que tanto la hizo padecer: sólo algunas punzadas en los movimientos bruscos, algunos latidos que la obligaban a forzosa quietud. A medio vestir, con los finos cabellos peinados en dos trenzas acabadas en un hopo rubio y lene, permanecía inmóvil desde el alba a la estrella, abiertos los ojos con extraordinario afán a cuanto fluía penígero y sutil en la gracia del viento. Pájaros, abejas y mariposas, subyugaban como nunca a la niña con sus giros y voces, la risa del éter: hasta las teruvelas y las aludas le parecían desde su postración unas criaturas maravillosas: pensamientos divinos echados a volar.
A Clotilde le daba mucha lástima ver cómo la enferma seguía el rumbo de insectos y de aves, perdiéndolos de vista en los remotos caminos de la altura; imaginaba que también la niña quería huir volando hacia Dios, como un ángel suyo, cansado de la tierra. Ambrosio pensaba lo mismo, con infinito desconsuelo, y los dos tejían una pobre corona de solicitudes en torno al pequeño sér, doliente y humilde, igual que un pajarillo alicortado.
Pero la vida era dura en el terruño. Había que trabajar de la mañana a la noche sin tregua, sin reposo, por encima del dolor y del presentimiento, y Talín se quedaba sola junto a la ventana desde el amanecer, aunque la piedad y el amor velasen por ella.
La madre de Clotilde, que desgranaba maíz en el desván, tenía cuidado con parecido esmero de lo más importante de la casa, fuera del establo y el corral: la lumbre, la olla y la niña. A menudo bajaba del caliente sotrabe para añadir garojos al fogón, sazonar el cocido y poner los ojos, observadores, en la enferma. Algunas veces la veía atormentada y sudorosa, con los párpados caídos y el aliento feble. Entonces hacía sobre ella la señal de la cruz mojando en agua bendita, en calidad de hisopo, una rama de laurel, y recobrándose Talín, se miraban las dos, mudas y cándidas, en las atónitas pupilas. Si la pequeña no quería refrescar los labios ni cambiar de postura, volvía la anciana a deslizarse, pasito, fuera de la habitación.
Al mediodía regresaban del campo los trabajadores para comer: Clotilde, siempre adelantada y presurosa; Ambrosio detrás, cada día más desvelado y tímido.
Andaban a la hierba por aquel tiempo. Solía volver la moza a su casa con un fonje coloño en la cabeza, y el vecino con el guadañil al hombro y la colodra a la cintura; ella subía de un tirón la empinada escalera del pajar y él rodeaba los huertos asurcanos para asomarse a la ventana donde Talín yacía como en un nido, esperando la salud.
Cuando Ambrosio había cambiado las primeras frases con su hija, ya bajaba Clotilde, un poco jadeante, con hilos pálidos de hierba entre el cabello obscuro, las mejillas ardientes, los ojos inquiridores. No tenía más belleza que la de su frescura de campesina y el encanto de esa bondad callada que se vierte en el silencio, como los arroyos que sin dejarse oir apagan la sed del caminante.
Junto a la niña, el hombre y la mujer hablaban unos minutos, sin mirarse apenas: él ponía sus jornales casi enteros en el regazo, infantil, y trataba de expresar a la vecina su gratitud, sintiendo que se le empapaba el corazón de una ternura misteriosa; ella, hablando y sonriendo, un poco azorada y cobarde, servía a la enferma názulas y miel, pan tostado y agua pura del monte. Ya no volvían a reunirse hasta la hora del crepúsculo, cuando brillaba en el cielo la estrella vespertina, «el chacal de la luna», expiado siempre con asombro por las claras pupilas de Talín.
Así pasaron los días florentísimos del valle, bien maduro el aroma de los huertos, rumorosos los dorados maíces en la mies, fastuosa la belleza del bosque y la montaña.
Hicieron los pastores el retorno y se llenaron los caminos con el canto de los esquilas al anochecer. El serroján, amigo de Talín, acudió al reclamo de la niña para decirle coplas y romances agrestes.
Ya la enferma no se adormecía, torpe y madorosa, en consunción letal. Sobre la bruñida tez, los grandes ojos de color turquí se abrían pensativos y audaces como en plena salud; la gracia de la sonrisa y de la voz cobraba con la dulzura antigua un nuevo encanto, una tristeza inefable llena de misterio; el canario silvestre volvía a cantar, y a menudo deshacía en los dulces labios, como un trino, las estrofas aldeanas:
No le quiero
molinero
porque le llaman
el maquilandero.
Yo le quiero
labrador,
que coja los bueyes
y se vaya a arar
y a la media noche
me venga a rondar;
que suba aquella montaña
y corte una rama
del verde laurel,
y a la mi ventana
la venga a poner.
Guardaba Talín en la memoria un sartal de cantares, y se los iba diciendo con ingenua exaltación a la brisa y a los pájaros, a las hojas rubias que empezaron a caer, al lucero de la tarde, que desde muy temprano comenzó a brillar.
Mientras despertaban las canciones de la nena, dormidas en las horas de dolor, iba el otoño deshojando las frondas, gemía larga y triste la quejumbre del viento, y era menester sustituir la ventana de Clotilde, abierta a naciente, por una puesta al Mediodía en casa de Ambrosio.
En esta última encontró Don Julián una mañana a la niña y a la moza, juntas y felices; una cantando, otra cosiendo, las dos con trazas de ser dueñas y señoras de aquel hogar.
Cuando el médico observó a la enferma desde la calle, según costumbre, le dijo a Clotilde, entre afable y cariñoso:
—¿Conque al fin os echaron la bendición?... Me alegro, hija, me alegro.
Ella respondió sencillamente:
—Yo tenía que cuidar a esta criatura, ¡y como en mi ventana hace ya frío!...
—Eres buena. Dios te lo premie... y que nunca te falte el sol.
—Amén—susurró Clotilde, mirando a su hija con transporte—. Y le pareció que el caballo rosillo de Don Julián, llevándose al jinete macilento, caminaba aquel día con cierta soltura y prontitud.
V
EL MAR
Cinco años después era Talín una obrerita ciudadana muy soñadora, un poco triste, que sobrazaba dos muletas y cosía ropa blanca de lujo para un gran comercio santanderino. Su larga enfermedad en Cintul dió por resultado que el tumor de la rodilla, al resolverse, dejaba en posición viciosa la articulación, inutilizando la pierna. Y los padres de la niña, desolados ante la invalidez, pusieron su última esperanza en los médicos de la ciudad. Una heroica resolución, más fuerte en Clotilde que en Ambrosio, más decidida y obstinada, les empujó fuera del terruño por caminos llenos de dificultades que parecían invencibles. Todo lo pudieron la caridad y la ternura acendradas en un recio corazón de mujer.
Y una tarde, larga y calmosa de primavera, el matrimonio y la niña salieron de Cintul, embargados a un tiempo de pesadumbre y de ilusiones. Los padres se despedían con angustia de todo lo amado y conocido; Talín dejaba atrás, con inconsciente melancolía, su infancia plena de libertad y de inquietud, con inocente cortejo de cantigas, pastores y romances: ¡su infancia pura, transida, al cabo, por el dolor!
Cuando los viajeros perdieron de vista la aldea cobijada en el enfaldo del monte, aún hallaron amigos los senderos y los valles. Y ya al anochecer, junto al ferrocarril, todavía la cumbre del Escudo se perfiló en el cielo como una mole de tinieblas, diciéndoles adiós.
La niña no había ido nunca en el tren, y dejóse llevar maravillada, imbuída por ambiciones indecibles, imaginando que volaba tan ligera como las aves, más segura que ellas en los brazos de hierro del camino.
Aumentaba esta ilusión la sombra naciente en los hondones, que trepaba por los collados hacia la serranía, amortajando a la tierra. Ya sólo quedaba sobre el paisaje una franja de claridad: se iban agazapando los pueblos dormidos en la ruta y galopaban los bosques y las mieses como espectros a los lados del convoy. A Talín, asomada a la ventanilla con muda impaciencia, le dió en el rostro un aire salado y fresco, y poco después, de la entraña misteriosa de la noche surgía el Cantábrico. La tremenda llanura, al recoger de lo alto del cielo toda la luz, brillaba resplandeciente como una sonrisa: allí, junto al coloso, estaba la nueva existencia, el progreso, la ciudad, ¡tal vez la salud!...
Pero las últimas palabras de la medicina no remediaron a la pobre Talín. Y acabadas las peregrinaciones a través de sanatorios y consultas, la niña se sostuvo entre dos muletas y volvió a andar, casi a correr.
Ambrosio trabajaba en una fundición y Clotilde en un taller de planchado. Habitaban una buhardilla en casa principal, cerca del puerto, albergue que les fué concedido mediante sus excelentes informes y el apoyo de una buena familia a quien Clotilde había servido en su primera mocedad.
Como los médicos insistían en que la inválida no podría vivir sin aire sano y mucho sol, aquel alto refugio al mediodía, junto al mar, constituyó para ellos un beneficio inapreciable. Allí la niña halló otra ventana llena de luz, abierta al ancho horizonte de la bahía, el encanto desconocido, que fué para la campesina un nuevo amor.
Al principio de su vida ciudadana, Talín pasó las tardes afinando sus conocimientos en el bordado y la costura. Con excepcionales disposiciones y la aplicación de sus quince años reflexivos, pronto estuvo dispuesta para merecer un jornal. Entonces comenzó a salir muy poco de su casa. Iba los días de fiesta a la parroquia y en contadas ocasiones a las playas y los muelles, para acercarse todo lo posible al mar. Al cabo de muchas tentativas logró embarcarse una vez con otras compañeras del obrador. Fué al Astillero en un vaporcito muy empavesado y alegre, cruzando la bahía entre grandes buques, balandros gentiles y botes diminutos, alejándose hacia donde los montes forman a las aguas marinas una cuna, casi siempre serena. La breve navegación no pudo ser más apacible y segura, y la gozó Talín como rara maravilla, con embeleso profundo: correr sobre las olas a la par del viento y las nubes le pareció el placer por excelencia, el disfrute que merecía todos los riesgos y todas las audacias.
Pero al volver al muelle, poseída de la nueva embriaguez, halló a su madre esperándola, tan angustiada y triste, que prometió no embarcarse ya nunca más sin su permiso.
Y no era fácil obtenerle. Clotilde y Ambrosio, pero ella siempre con más vehemencia en los sentimientos, recelaban del mar; le temían como a un monstruo desconocido y le miraban con admiración llena de supersticiones: sus mudanzas, sus acentos, su vida potente y misteriosa, cuanto para la niña significaba atractivo y seducción en la movible llanura, venía a ser para los padres señal de amenazas y de espanto.
Talín no volvió a embarcarse. Era ya incapaz de faltar a su palabra, se iba haciendo una mujercita dulce y seria, y guardaba con recato en su corazón el fermento de sus inquietudes. Por otra parte, el destino le ponía una cadena en los pies: la muerte le perdonaba a cambio de la libertad. Sentíase la muchacha cautiva entre los bastones que con vigilancia implacable se erguían al lado suyo. Empezaba a presumir de bonita y de mujer, y le dolía cada vez más la humillación de verse compadecida a cada instante, burlada en muchas ocasiones. Lástima o crueldad, siempre un acento amargo se levantaba al repique brusco de las muletas: nunca Talín iba por la calle tranquila y alegre como las demás criaturas. Se hizo un poco huraña: no quería salir, y su madre le traía y le llevaba la labor; dejó de tener amigas y acabó por estar sola de la mañana a la noche, lo mismo que en Cintul. Aunque a esta ventana remota no llegaban saludos ni visitas como a las de la aldea, tenía la joven a su lado un gran amigo, un deleite, una pasión: el mar. Se pasaba la vida frente a él, pendiente de su ritmo y de sus cóleras, de su hermosura y de su voz.
Admirándole al compás de la aguja, cumplió diez y siete años Talín. Era una moza de belleza enfermiza, muy inteligente, muy sensible, de carácter reconcentrado y ávida imaginación: hablaba poco, soñaba mucho, y sabía como nadie sonreir.
Llegó a hacer tales primores con los encajes y las vainicas en las holandas y el nansouk, que trabajando por cuenta propia se emancipó del taller, y ya muchas señoras trepaban al empinado albergue de la artista en busca de la gracia de sus manos, buenas aliadas del amor...
VI
EL AMOR
Llaman a la puerta con un golpecito discreto, y la bordadora, sin levantar los ojos de su labor, dice:
—Adelante.
Entra una joven de porte distinguido, sonriente, destocada. La inválida se quiere levantar y la desconocida la detiene con amable solicitud.
—No se apure, por Dios.—Luego explica:—Vivo en el principal y he subido para encargarle unas labores.
—Muchas gracias.
—Me han dicho que hace usted preciosidades.
—No tanto...
Se sienta la señorita en la silla que la ofrecen, mira a la obrera con mucha curiosidad y pasea luego la mirada por toda la habitación, una salita minúscula, resplandeciente de pulcritud, aderezada con cierto interesante cariz; hay en la mesa del centro un canastillo con blondas y otro con flores; en las paredes fotografías de paisajes; en una papelera libros y dibujos; sobre la ventana un arambel bordado en tul y una jaula con un malvís.
La dueña de aquel nido se considera rica, tiene algunos ahorros y dos solos caprichos, que no la empeñan: leer y mirar al mar. Ha hecho del trabajo un arte que adereza y pule con orgullo y devoción, y esconde el fracaso de su juventud entre cosas bellas y pensamientos limpios, con celosa dignidad, sin que nadie le haya enseñado a padecer ni a sentir. El valor con que sofrena las ansiedades y cubre las amarguras, pone un exquisito gusto en su sonrisa, y en sus ojos azules un claro brillo de corindón oriental. Tiene descolorida la tez, grande y fresca la boca, copioso el cabello rubio, ancha la frente, delicadas las manos, fino el talle. Viste de percal azul: las muletas a los lados le hacen guardia de honor.
—¿Cómo se llama usted?—pregunta de repente la señorita del principal.
—Talín, para servirla.
—¡Talín!... ¡Qué nombre tan raro y tan bonito!—responde, sin ocultar el asombro por cuanto ve y escucha.
—Es el nombre de un pájaro, allá arriba, donde yo nací.
—¿Es usted montañesa?—vuelve a preguntar la curiosa.
—¡Ya lo creo!—dice, con cierto empaque, la niña de Cintul.
Y la vecina, deseando corresponder a tantas averiguaciones, cuenta de corrido muy alegre:
—Pues yo me llamo Julia; soy madrileña. Mi padre tiene un destino aquí hace pocos meses, y nos hemos instalado en un piso de esta casa. Unas amigas me hablaron de usted, de su habilidad y buen gusto, y como estoy haciendo el equipo, ¿sabe?, pues dije: Voy a subir para que me enseñe modelos y ver si no me cobra muy caro...
—¡Ah! ¿Se casa usted?—interrumpió la bordadora con nostalgia.
—Sí; con un chico también madrileño, bastante buena proporción, guapo él, de una gran familia, abogado...
La charla de Julia, gozosa y ligera por demás, quedóse truncada de súbito por un alto rumor; era como si un inmenso abejorro hendiese la dulce brisa de aquella mañana suave.
—¡Un aeroplano!—dijeron las dos muchachas a la vez. Y se asomaron a mirar al cielo sobre cuyo diáfano tapiz se dibujaba el aparato milagroso como un ave colosal.
—Yo tengo un hermano aviador—murmuró Julia con repentina tristeza.
—¿Y está en Santander?
—No: pero llegará un día de estos; viene de París. Allí le han dado el título de piloto y ha hecho ya muchas pruebas arriesgadas. Es muy valiente, muy sereno... ¡más buen mozo!... Y buenísimo además. ¡Lástima de hombre!
—¿Por qué?
—Porque se romperá la crisma sin tardar mucho... Mis padres no le dejaban de ningún modo seguir esa profesión, pero, ¡tuvo un empeño tan firme!... ¡Ya se conoce que es aragonés!
-¿Sí?
—Nació en Zaragoza, estando allí empleado papá.
—¿Y cómo se llama?
—Rafael: es tipo muy interesante.
—Se parecerá a su hermana—dice Talín, seducida y halagadora.
Julia sonríe con gratitud y responde:
—Nada de eso: él es fuerte, robusto, muy grandón, y yo, ya ve usted qué menudita y frágil.
Se yergue, sin duda para desmentir un poco su modesto parecer, y en el vano de la ventana, henchido de luz, queda el perfil de una mujercita pelinegra, insinuante, graciosa.
—No me parezco nada a mi hermano—asegura la joven. Y añade:—Le voy a subir a usted algún retrato suyo.
Luego, cambiando de sitio y de expresión, con suma volubilidad, trata de sus encargos, revuelve los encajes y los patrones, ajusta precios, regatea y consigue cuanto se le antoja. Talín ha sido conquistada por la señorita del principal...
Pocos días después el equipo de Julia ha traspuesto las escaleras, confiado, con plenos poderes, a la inválida; pero la novia no cesa de subir y bajar con recaditos y consultas, muestras y cintas. Ya sabe de memoria la vida y milagros de Talín, los motivos de su dolencia, sus gustos y costumbres.
—Aquí tiene usted novelas de Julio Verne—dice, registrando los rincones de la sala.
—Sí; casi toda la colección.
—¿Es su autor favorito?
—Apenas conozco autores. Ese me gusta mucho.
—Yo le daré a conocer algunos modernos.
Y la refitolera deja los libros por un lado para revolver otra cosa.
Quiere aprender calados y puntos, y asegura que no tiene tiempo.
Clotilde, que suele encontrarla allí, se asombra y exclama:
—¡Jesús!... ¡Si parece hecha con rabos de lagartijas!
—Pero tiene buen corazón—arguye con dulzura Talín.
Y ella no sabe que en sus palabras bondadosas se esconde una fuerte simpatía hacia Rafael, aquel mozo lleno de atractivos que sube por los aires a escuchar la música de los astros y sorprender los secretos de la vida alada. La incitante devoción yace muda y sin forma en la conciencia de la joven, mientras los claros ojos se obscurecen con una sombra fugaz.
Llega Julia, muy alborotada, una tarde de aquellas, enseñando la anunciada fotografía.
—Aquí está Rafael: mírele. Acabamos de recibir su retrato, hecho después del último vuelo sobre Pau. ¿Es guapo?... ¿Le gusta?...
La costurera clava sus pupilas ansiosas en un rostro franco y varonil, un rostro alegre y dulce a la vez, lleno con el fulgor de la propia mirada. El gallardo busto de Rafael aparece bajo los élitros enormes de la monstruosa libélula, y el aviador sonríe a Talín, mirándola, mirándola de un modo extraño y luminoso, inolvidable. Ella sacude con dificultad el dominio de aquellos ojos ausentes, y responde, traspasada de inquietud:
—¡Me gusta!...
Así, en un vuelo ideal, llegó el Amor en forma de aeroplano a la humilde ventana de Talín: era el Cupido moderno por excelencia, con los ojos libres en la ruta de la inmensidad; las alas dobles y potentes, señoras de las más altas nubes; por flecha, un tren de aterrizaje, y en el pecho, enamorado de las aventuras, el estruendoso latido de un motor.
VII
EL DOLOR
Desde que Julia introdujo a su hermano en la salita de la inválida, no ha transcurrido más de un mes.
Fué una tarde abrileña y moribunda cuando el mozo se rindió, influído por las vehementes ponderaciones.
—Te aseguro que es una muchacha original, muy lista, muy mona; tiene una voz que penetra en la carne, una voz como no he oído ninguna... Está deseando conocerte: sube.
Y la novia le presentó en la buhardilla con pretexto de enseñarle el equipo.
No suponía el aviador que su hermana hubiese logrado tan feliz descubrimiento. En aquel marco de gracia y honradez, vigilada por las crueles muletas, le pareció un arcángel herido la niña de Cintul.
Ella le trataba con embelesadora turbación; hablándole parecía que sus labios tuviesen un nuevo perfume de bondad y temblaba en sus ojos la luz como una llama en el viento.
Llega Rafael cansado de fuertes emociones: la guerra, la aviación, la vida como nunca inquietante de París, le han producido una laxitud que le inclina a las cosas apacibles y dulces con verdadera sed. En el claro refugio de Talín halla un remanso de paz donde la belleza y el martirio se ofrecen al divino goce del sentimiento en el rostro de la humana flor. Y allí se queda todas las horas que puede, seducido por la niña con lástimas y ternuras sutiles, que ella traduce al mudo lenguaje de sus ilusiones.
Clotilde se alarma un poco de la asiduidad del señorito: ni los recados que de su hermana lleva y trae, ni el invento frecuente de los dibujos, le autorizan para acompañar tanto a la costurera. Aunque la madre no viene a casa más que a comer y a dormir, conoce en el semblante de su hija, abierto y revelador, las visitas del caballero. Todos los indicios se lo aseguran: la muchacha abandona la lumbre y otros domésticos cuidados; cose menos; se compone más; está inapetente; necesita otra vez dormitivos como en el período agudo de sus males. Después de algunas vacilaciones Clotilde se encara con ella y en un tono inusitado por lo brusco, le pregunta:
—¿Se puede saber a qué viene aquí el señorito del principal?
—¡Ay madre, a nada malo; por Dios, déjale venir!
—¿Tanto te importa?
La niña responde, entre lágrimas:
—¡No sé... no sé!...
Y la madre, trastornada por aquel dolor, suaviza el acento para continuar:
—Tienes diez y ocho años... Todo lo que tú haces me parece bien... pero ese joven no se ha de casar contigo...
—¡No, imposible... imposible!—murmura la enamorada. De repente añade:—Yo no me curaré nunca, ¿verdad? Ya no tengo remedio: me quedaré así, deforme, toda la vida.
—La esperanza es lo último que se pierde... Otras cosas más difíciles se han visto... Dios puede hacer un milagro...
—¡No tengo remedio!—balbucía la moza con desolación mientras Clotilde, evocando a la saludadora, présaga en Cintul, se acusaba, llena de amargura:
—¡Yo no tuve fe!
Y un inmenso pesar se desarrolla en el alma sencilla y fuerte de esta criatura que ha sido madre por el espíritu, en sublime concepción de piedades y amores. Permanece atónita ante el nuevo quebranto de su hija, incurable como la enfermedad que sufre, obscuro y desconocido para la mujer, que le siente gemir en sus propias entrañas y no le comprende. Ella no supo amar sino en forma de compasión y sacrificio, con dádivas y renunciamientos, sin una dulce ilusión para sí misma. Ella ha tenido la sola esperanza de ejercitar el bien en torno suyo, y se consume de pena junto a la irremediable desventura del más querido sér. Todos sus esfuerzos, todas sus abnegaciones, no salvan a Talín del doble yugo del dolor...
Ya Clotilde no le hace a su hija advertencias ni preguntas; la trata como a la cosa más frágil y sensible del mundo; teme que de un día a otro se le muera igual que un pájaro, se le marchite lo mismo que una flor. Anda a su lado sin hacer ruido, como en la alcoba de un enfermo; la observa a hurtadillas con punzante ansiedad, y al hablarle contiene apenas los temblores de la voz.
Ambrosio percibe de un modo vago la misteriosa pesadumbre de las dos mujeres y siente el alma llena de perplejidad. Siempre añorante de su vida de labrador, abierta al señorío de los campos, libre y ancha en su misma esclavitud, se va resignando a la disciplina estrecha del taller, y transige, hasta cierto punto, con las costumbres urbanas; pero estos días vuelve de sus tareas un poco más tiznado que otras veces, más sombrío, menos conforme.
Por su parte Rafael comienza a tener reparos cerca de Talín. No es un seductor de oficio ni lleva un mal propósito a la salita blanca de la bordadora, y se conmueve al sentir dilatarse en su alma los pensamientos de la joven con inefable expansión. Buen conocedor de mujeres, descubre en aquella, sin dificultad, la creciente pasión, con todas sus fases, distintas como las mudanzas de la luna. Y se duele de contribuir al mayor suplicio de la niña enferma, cuando gozaría en rescatarla de la adversidad. La está mirando él también, como una existencia quebradiza y expirante, que en un momento se puede deshacer lo mismo que la espuma, volar como un aroma.
Sin embargo, cuando sube a verla, se engríe al persuadirse de que es una criatura singular aquella que le ama. Encuentra siempre un nuevo encanto en sus ojos espléndidos y graves, donde la luz pone a cada hora un diverso matiz, y en su voz empañada y caliente, sobre la cual los sentimientos, al amoldarse a la palabra, rozan los sonidos con musicales vibraciones.
Todo en la niña de Cintul parece diáfano, transparente, infantil; no obstante, el hombre que hunde en ella, sediento, la mirada, sabe que hay un arcano, un enigma bajo el amor y el dolor de toda mujer...
VIII
EL AIRE
Hay en Santander un gran aviador, famoso en España, y muchos días Talín le ve pasar en su aeroplano, seguro por el alto celaje como por un camino real.
Se queda absorta la muchacha contemplando aquel punto remoto, que, abrasado de luz, parece un ave roja, una flámula viva y es alado bajel desde el cual un hombre señorea las nubes por senderos de palomas, hasta mirar de cerca al sol como las águilas.
Más despiertas que nunca sus ambiciones, Talín quisiera volar también, subir hacia Dios huyendo de sus pesares, quebrantando las cadenas de su pobre vida.
Advierte ahora que su nido tiene la trágica hechura de un ataúd; la sala se yergue sobre el tejado para que el muerto recline con holgura la cabeza, y el resto de las habitaciones se agacha con el cadáver hasta los pies. Ya no consigue borrar la tremenda obsesión, y se ahoga en la estrechez del aposento que ha sido para ella generoso refugio. Ceñida a la ventana, bajo las meditaciones más absurdas, vive con la aguja en la mano y la mirada por el aire, trasoñando quimeras, recordando su niñez libre y audaz, sus escapatorias al monte y al río, a la copa de los árboles, a la espina de las cumbres: le parece que ha sido pájaro o mariposa en una existencia anterior, y confunde su infancia con otra vida que tuvo, no sabe cuándo.
La boda de Julia se aplaza hasta el otoño, y la señorita ya no sube con tanta frecuencia a vigilar los primores de Talín, que duermen, abandonados casi en absoluto.
El que sube es Rafael, siempre con disculpas que justifiquen sus visitas, como si las considerase impropias. Un periódico, una revista, un libro para que la enferma se distraiga, le sirven de pretexto cada vez que lucha entre huir y aproximarse a la niña doliente, y acaba por ceder a la más suave tentación.
A menudo encuentra a su amiga en la postura habitual junto a la ventana, y nota que sus ojos vuelven del cielo cada día más tristes. Entonces quiere darle ánimos y resistencia, abrirle horizontes de esperanza, perspectivas de ilusión y de salud. La persuade, pensamiento a pensamiento, con habilidad y cariño, como a una criatura inocente; hasta que la sonrisa incrédula de Talín se enciende en larvas de pasión y retrocede el mozo con recelo, procurando llevar por otro camino, más noble para él, aquellas confidencias que le encantan y le mortifican.
Para lograrlo suele irse por las nubes en torno a sus aventuras de aeronauta y enumera, también, las cosas finas y elegantes, sutiles como para juguetes, que componen un aparato volador: alambres de acero, vigas huecas, lo mismo que el tubo de un instrumento musical; maderas caladas, cuerdas de piano, tela, celuloide, pintura, barniz...
—¿Nada más?—interroga maravillada la costurera.
—Sí; mucho más: nuestro pájaro de acero tiene costillas, alas, cola, pulso, corazón...
—¿Como los de carne?
—Lo mismo. Y con mucha más fuerza, mucho más poder.
—¡Quisiera volar!—dice, con antojo vehemente y antiguo, la pobre inválida.
Y el aviador, que la tutea como a una niña, promete:
—Cuando yo suba te llevaré conmigo.
—¿Va a subir usted?... ¿Aquí?... ¿Es de veras?
—Un día de estos. Vuestro campeón santanderino me presta su aparato.
—Pero ¿de verdad iré yo?
—¡Vaya!... y si tú quieres no volveremos.
—¡Ah... no volver!
—¿Te gustaría?
—¡Muchísimo!... El aire me encanta.
—Es el esposo de la Luna, el padre del Rocío, el dios del Bien... ¡Y como tú eres también una diosa!...
—¡De la Tristeza!—interrumpe la niña con un mohín.
—¿No sabes que entre el Aire y la Noche engendraron todos los seres?
—Nada sabía.
—Hasta dicen que el alma es aire.
—¡Jesús!
—Pero, escucha: ¿dónde aterrizaremos?—pregunta insinuante el aviador. Y se acerca a la muchacha que le oye con una sonrisa llena de aturdimiento:
—¡Por qué no vamos a pasar la vida en las nubes!
—¡Si pudiera ser!—exclama ella con angustia. Se deja acariciar una mano, luego la retira algo medrosa, muy conmovida, y para esconder sus emociones, habla trémula:
—Diga usted, ¿es cierto que volando sobre el mar se ven en el fondo de las aguas cosas muy bonitas?
Rafael siente en aquel instante una honda compasión por la indefensa criatura; una lástima dulce y fraternal por aquella voz, empapada en matices, que tiembla como las alas de un verso; por aquellos ojos claros y puros, donde el amor no sabe guarecerse. Se queda mirando a Talín con una serenidad comunicativa y mansa, y responde:
—Sí; volando sobre los mares se descubren muchos de sus misterios. Las algas, con los tallos fijos a las rocas, forman verdaderos bosques submarinos que se distinguen muy bien desde la altura. Eso, aquí mismo, en el Cantábrico. En otras aguas hay, además, flores rarísimas y luminosas; lirios y estrellas de mar que alumbran; plantas que son a un tiempo rosas y animales; peces con lentes o faros rojos y amarillos. Los corales, con sus desprendimientos de caliza producen playas de coral; otras veces el légano es blanco junto a los sangrientos arrecifes. Y las avenidas fluviales arrojan al mar islas enteras que se hunden en las fosas del abismo, y hay zonas cubiertas por algas de púrpura y carmín, hay fondos de arena verde y rosa; de fango rubio y azul; de arcilla gris...
—¡El mar!... ¡qué hermosura!—interrumpe la muchacha con transporte. Se vuelve a mirarle dormido en la bahía, celando el secreto de sus tesoros bajo una cándida apariencia de cristal.
—¿También te enamora?—murmura algo celoso el aviador.
—También.
—¿Tanto como el aire?
—El aire es más mío.
—¡Tuyo!...—suspira el mozo. Y se despide con una prisa brusca, mientras se desangra el sol en el horizonte marino, y sobre el alero del tejado se baña una paloma en el último fulgor de la tarde.
IX
LA SOMBRA
Guarda Talín en el más regalado seno de su memoria la promesa de Rafael, y a pesar de todos los disimulos, Clotilde vislumbra el rayo de sol que atraviesa la frente de su hija desde la guarida de los pensamientos y se asoma a los ojos en un rehilo de esperanza.
—¿Qué espera?—se pregunta la mujer llena de inquietud. Vigila en silencio, y con su claro instinto de piedad, siente cómo la joven va dejando el alma adormecida en una ilusión vacilante, y cómo aquella ilusión se extingue de repente, y se nublan los ojos y los sueños de la enamorada, en la más negra obscuridad.
Supone Clotilde, por seguros indicios, que el aviador se ocupa ya muy poco de Talín, y ve llegar a Julia acelerada con una noticia.
—¿No sabe?—le dice a la costurera—. Rafael va a dirigir mañana un aeroplano.
—¿Mañana?
—Sí; ¿se lo había dicho él?
—No le veo hace ya muchos días.
La voz y el semblante de la moza se demudan al responder, pero Julia está muy ocupada en contemplar un hermoso camisón que viste el maniquí.
—Me gusta mucho—afirma—; como este quiero media docena—luego continúa:—¡Ah!; pues no le extrañe que mi hermano no suba por aquí. Está en el aeródromo la mayor parte del tiempo, en plena fiebre de aviación y no habla más que de virajes, motores y cosas por el estilo.
—¿Le dió algún recado para mí?—trata de averiguar la niña triste, asiéndose al último jirón de su fe.
—Ninguno—responde la señorita, y sigue diciendo:—Mamá ha pedido un coche para que mañana vayamos al campo de aviación, que está por lo visto, en un lugar precioso llamado las Albricias. ¿Usted suele ir?
—Nunca—balbuce un opaco acento que sólo a Clotilde impresiona.
—Pues yo aún temo que mamá no se decida. Rafael se empeña siempre en que le veamos volar, y ella se resiste, con un miedo atroz. Ahora parece que ha consentido... Conque ya sabe: como este camisón quiero seis. Es un modelo muy elegante; aunque me gustaría el escote un poco más alto... Ya hablaremos, ¿eh?
Y con la misma prisa que trajo se marcha la señorita del principal, dejando en el pasillo y la escalera el menudo repique de sus tacones.
Clotilde prepara la mesa para comer, sin atreverse a hablar, temiendo que sus palabras lastimen el sombrío retraimiento de la muchacha. Y Ambrosio, que llega a las doce, pregunta con afán a su hija:
—Qué, ¿estás peor?
Ella mueve la cabeza negando, cada vez más pálida y silenciosa, y los padres se abruman ante el misterioso mal que vuelve sobre Talín con una clandestina premeditación, sin saber por dónde, cuando ya no le esperaban. Comen a disgusto, observando que la enferma hace esfuerzos inútiles por no sazonar el alimento con sus lágrimas.
—¡Está hética!—se dicen, lo mismo que en Cintul. La miran como una sombra que se desvanece, y el padre huye rebelándose contra el dolor de la infeliz, que él solo quisiera padecer.
Es domingo, y las mujeres se quedan juntas y solas al pie de la ventana por donde entran la descolorida luz de un cielo turbio, y una brisa que tiene, hoy más que nunca, el amargo salitre de la mar. Talín siente en los labios aquella penetrante acidez que no sabe si acude de su propio corazón. Abre un libro sobre las rodillas, y en él pone los ojos húmedos de pena, sin volver las hojas ni saber lo que dicen.
La madre cruza las manos encima de su delantal, inclina la frente, y piensa en lo lejos que está de aquel espíritu que a su lado sufre y que se le escapa, fugitivo siempre, cada día más distante y remoto. Acaso jamás le tuvo cerca, ni cuando en la casita montés buscó el alma de la niña con halagos y desvelos, hasta ofrecerse por esclava, sin reservas ni condiciones.
Clotilde lamenta, de pronto, en esta hora, el fracaso de su esterilidad; duda si para merecer el excelso nombre de madre basta un amor hondo y fuerte como el suyo, o sería necesario haber concebido la carne doliente de Talín, haber moldeado en las entrañas el corazón de la criatura mortal. No comprende por qué la niña, que le tendió los brazos en sus dolores físicos, llamándola madre, le hurta lo más sagrado del sentimiento: el espiritual dolor... Quisiera consolarla, medir su pena, saber el camino de su inquietud. Cuanto hay en ella misma de ignorado, simpatiza con el misterio y se asoma a buscarle en los ojos azules de Talín. Pero conoce que una sombra invencible le celará siempre aquel abismo nublado por unas lágrimas que no acaban de caer. Y retrocede pensando en la madre muerta, en la pobre tísica que nadie nombra, que duerme olvidada en el campo silencioso de Cintul.
—¡Hace frío!—murmura la joven, de repente estremecida. Una ráfaga de aire, aguda como un puñal, les sacude, mientras Clotilde cierra la ventana: el mudo soplo deja sobre las frentes pensativas una agorera alucinación.
Galopaban las nubes y comienza a llover, calladamente, con humilde suavidad.
Se escapa el día por todos los caminos bajo la mansa huella de la lluvia, y en la salita se rozan el murmullo de una oración y las alas de un suspiro, hasta que la noche se apaga oscura en los cristales.
Entonces las dos mujeres atribuladas, creen percibir un aciago rumor, frío como un chortal, abierto con infinita pesadumbre en el pálido corazón de la sombra...
X
EL TRAMONTO
Nace la mañana tardía, con espeso embozo de nieblas, y Talín la mira crecer bajo la suprema inquietud del que aguarda el mayor goce de su vida con la certeza de que es imposible que llegue.
Los padres se han ido a trabajar a la hora de costumbre, y la muchacha tiene delante su labor y clava con tenacidad los ojos en el espacio donde rueda turbia la luz.
—¡Volar, y volar con «él»!—se está diciendo. Por ver realizada esta promesa inolvidable, moriría gozosa imaginando que dejaba un rastro luminoso en las arenas del tiempo...
Los vellones de la niebla remontan las alturas y abren en las nubes surcos de más viva claridad; se templan los hálitos del viento y la mañana se embellece envuelta en su misma palidez.
El ala fresca de una mariposa roza en la ventana la mejilla de Talín, y al solo contacto de este beso puro, siente la joven desbordarse toda su tristeza y su pasión. Sobre el agua movible de los ojos azules pasan las emociones fulgurantes, enloquecidas, empujadas unas encima de las otras por la trémula mano del recuerdo, y la memoria es un ancho camino por donde se deslizan las imágenes de aquella breve existencia, desde los días de libertad y de salud hasta las horas obscuras de la invalidez.
Esta vida que alboreó llena de ambiciones y de cantares, se resume ahora en un ansioso atisbo del espacio y de la luz, bajo el yugo de las muletas; siempre encendido el pensamiento a la raita del sol, y siempre la realidad cautiva al borde de una ventana que sirve de cárcel y tortura. Si alguien viene a prometer la recompensa de un minuto de felicidad, ha mentido aquella voz, y la promesa traidora se convierte en un suplicio intolerable, en un nuevo y terrible desengaño.
De pronto suena el repique de un paso leve y conocido, y entra Julia, como de costumbre, apresurada y risueña.
—¿Quiere usted venir conmigo a las Albricias? Mamá a última hora no se atreve y no tengo quien me acompañe.
—¿Y Rafael?—murmura atónita la inválida.
—Está en el campo de aviación. Volará a eso de las once y son más de las diez. El coche nos está esperando. ¿Se anima usted?
—¿Sin permiso de mis padres?
—Cuando lleguen a casa estaremos nosotras de vuelta y se alegrarán de que usted haya dado un paseo.
—¡Voy!—decide Talín, y se apoya en los bastones para buscar un vestido.
—Este encarnado—elige la señorita descolgando en la reducida percha de la alcoba un trajecillo rojo.
La obrerita se le viste con precipitación, y a pesar de su aturdimiento recuerda al toro gilvo que una tarde en el monte se enamoró ciegamente de un vestido colorado.
Esta salida del hogar tiene hoy también, como aquel día funesto, un aire clandestino, el travieso cariz de una escapatoria.
—¡Será la última!—piensa la joven con un suspiro que se extiende por la sala como una despedida.
Desde la puerta vuelve los ojos Talín a este nido que hace tiempo le parece un sepulcro; le recorre todo con mirada indefinible, y bajo el peso de una emoción singular, traza con mucha reverencia la señal de la cruz...
El campo de las Albricias está cerca de la ciudad, tendido en la llanura con anchos horizontes de huertas y jardines.
Cuando llegan a él las dos muchachas, un grupo de curiosos rodea el aeroplano que fuera del hangar se dispone a subir. Es un magnífico «Moranne Saulnier» y tiene en el fuselaje el nombre como una embarcación: se llama San Ignacio III. Parece un monstruoso gavilán; bajo la nervadura de las alas el cuerpo trepida, impaciente por huir, mientras los mecánicos le celan con exquisitas precauciones. Entre ellos surge el aviador ya vestido para el viaje, bromeando con risueño desdén. De pronto vuelve la cabeza atraído por una mancha roja que oscila entre dos bastones, y se sorprende al reconocer a Talín.
—La he invitado a que me acompañe porque a mamá le entró miedo—explica Julia.
—¡Usted «no se acordó»!—insinúa con amargo reproche la costurera.
—Sí, «me acordé»—afirma Rafael—; pero huía la responsabilidad de mi convite... Huía de muchas cosas—añade con acento un poco estremecido.
—¡No es verdad!—prorrumpe obstinada la joven.
—¿No?... ¿Quieres probarlo? ¿Quieres subir?
—¡Quiero!—contesta, cálida y vibrante la voz, y arrastra el paso tullido hacia la nave, con febril ansiedad.
Rafael manda que acerquen la escalera y la muchacha pugna en los peldaños cuando el mismo aviador los sube en un instante y desde arriba transporta a la viajera hasta su sitio, con bastones y todo. Ella sonríe fascinada y la gente aplaude al darse cuenta del suceso.
—¿Pero, es de veras?—clama Julia con repentina zozobra—. ¿La vas a llevar, Rafael?
—La llevo—asegura—. Se quita el abrigo y le ciñe al cuerpo glácil de la bordadora.
—No me hace falta—dice la joven, que luce arreboladas las mejillas y los ojos ardientes.
—Arriba tendrás frío.
El aviador ocupa su puesto y concluyen las maniobras de la partida, mientras Julia refiere a su alrededor, con mucho interés, la historia triste y pura de Talín.
Alguien ofrece a la viajera una mantilla, un velo para envolver el peinado y cubrir el rostro contra el azote del aire a gran velocidad.
—No lo necesito; voy muy bien—responde—. Y mirando con orgullo al cielo que se desarrolla sobre su frente.—¡Qué lástima que no haga sol!—murmura.
—Buscaremos un boquete en las nubes para llegar a lo azul—dice el piloto.
—¿Eso es posible?
—¡Ya lo creo!
—¡Dios mío!—balbuce en éxtasis la pobre inválida, que está en camino de quebrarle al cielo su pálido cristal.
De pronto el San Ignacio resbala sobre la pista y se yergue en el viento que zumba.
—¡Adiós, adiós!—gritan, pegadas a la tierra, unas voces envidiosas.
—¡Ahora sí que soy un Talín—pronuncia, enajenada de gozo, la niña de Cintul—. Siente que, al cabo, agita las alas temblorosas y resplandecientes que siempre tuvo en el corazón, y poseída por la inefable ráfaga de libertad, arroja de la nave las muletas, que al caer se clavan en el campo, hincadas hacia la altura como dos interrogaciones.
XI
LA LUZ
La tierra huye, tendida y anchurosa, bordada de surcos y de huertos con apagados tonos de tapiz.
El aeroplano gira sobre la ciudad, y árboles, torres y edificios le apuntan en momentánea persecución, al hundirse bajo el solemne vuelo.
Se dibuja un punto, el seno turgente de los montes; después todo el paisaje se humilla, aplastado como un mapa, sin relieves ni contornos.
El viento ruge: hendido por las alas vertiginosas del aparato, se queja a voces del intruso que le corta y le vence, y que grita, a su vez, con acento poderoso.
En lo profundo del horizonte, el mar, dormido, calla el inmortal secreto de su existencia, y sobre él se remonta el avión, reflejándose en el quieto espinazo de las aguas. Al mirarle, esfumado entre la bruma, diríase que un bergantín con las velas tendidas había echado a volar.
El cabello rubio de Talín flota destrenzado como los airones de la neblina, y la muchacha, ebria de felicidad, se asoma a ver si bajo las aguas traslúcidas descubre la belleza del Cantábrico algún bosque de flores marineras, alguna playa de color de rosa. Nada distingue, porque el aviador, que ha hecho un precioso «picado» sobre la bahía, deja de pronto que la nave se encabrite, como brioso corcel, y la manda sobre las nubes que en patrullas galopan hacia lo sumo del cielo: queda el aparato mecido en un halo tembloroso de claridad; se rompe en seguida todo el velo del celaje y aparece lo azul, inflamado de sol.
La viajera, en pleno tramonto, arrebatada a las humanas ligaduras en aquel glorioso viaje, siente la vaga estupefacción de vivir, el infinito roce de la eternidad. Rechaza el abrigo que la envuelve, y se pone de pie, apoyándose con temerario impulso en el borde de la nave. Sin saber lo que dice, grita, con los ojos ciegos de llantos y de resplandores:
—¡Te quiero, Rafael, te quiero!
Su voz, transida de inquietudes, se deslíe en el aire que la sorbe y la empapa con inmensa dulzura.
El piloto, a la vanguardia del aeroplano, va sumido en las múltiples atenciones de su ciencia llena de arte y de riesgo, emuladora de la divina virtud. Lleva detrás de sí a la pasajera; entre ambos, el cristal del parabrisas, y ni la ve ni la oye, muy lejos de suponer que en aquel instante la enamorada se dobla en el vacío, al peso de su corazón.
El San Ignacio pierde bajo el envés de las alas el surco de un vestido rojo que tiembla como una lágrima de sangre, como una gota de sol, y con los brazos abiertos en una entrega brusca, Talín se hunde en el mar, hasta el mismo légamo azul...
Vuelve el avión del cielo con firme serenidad; descubre las colinas y los bosques, el caserío y los jardines, la alfombra entera de Santander, aún descolorida por el nublado, y aterriza en un vuelo insuperable, entre los aplausos del público y las muletas de la inválida, semejantes a una interrogación.
Trae el viento el aroma húmedo de la lluvia primaveral: en la linde remota de la pista, un álamo esbelto y fino, inclinándose a un lado y a otro, parece un dedo que niega.
Sin detenerse, el San Ignacio entra en el hangar como un ave que retorna al nido.
Allí Rafael quiere felicitar con orgullo a su compañera. Se levanta, sonríe, da la vuelta con las manos tendidas y queda atónito delante de un lugar vacío: ¡No vuelve Talín del viaje que emprendió!... ¡El canario montés ha volado con misterioso rumbo, más allá de las cimas que remontan los pastores; al otro lado de las nieblas y los luceros!
Ya la gente se arremolina en torno a la máquina triunfante, y el estupor se divulga ante la incertidumbre de que se haya quedado en el cielo la niña de Cintul...
Acaban de rasgarse las nubes, y en la soledad majestuosa del espacio se levanta, como en supremo altar de inmolaciones, la divina patena del sol.