LIBRO CUARTO.
Junta de Madrid.
Antes de haber tomado la insurrección de España el alto vuelo que le dieron en los últimos días de mayo las renuncias de Bayona, recordará el lector como se habían derramado por las provincias emisarios franceses y españoles que con seductoras ofertas trataron de alucinar a los jefes que las gobernaban. La junta suprema de Madrid, principal instigadora de semejantes misiones y providencias, viéndose así comprometida siguió con esmerada porfía en su propósito, y al crujido de la insurrección general, reiterando avisos, instrucciones y cartas confidenciales, avivó su desacordado celo en favor de la usurpación extraña, conservando la ciega y vana esperanza de sosegar por medios tan frágiles el asombroso sacudimiento de una grande y pundonorosa nación.
Comisión que da
al marqués
de Lazán.
Sobresaltada en extremo con la conmoción de Zaragoza acudió con presteza a su remedio. Punzábala este suceso no tanto por su importancia, cuanto por el temor sin duda de que con él se trasluciesen las órdenes que para resistir a los franceses le habían sido comunicadas desde Bayona, y a cuyo cumplimiento había faltado. Presumía que Palafox sabedor de ellas, y encargado de otras iguales o parecidas, les daría entera publicidad, poniendo así de manifiesto la reprensible omisión de la junta, a la que por tanto era urgente aplacar aquel levantamiento. Como el caso requería pulso, se escogió al efecto al marqués de Lazán, hermano mayor del nuevo capitán general de Aragón, en cuya persona concurrían las convenientes calidades para no excitar con su nombre recelos en el asustadizo pueblo, y poder influir con éxito y desembarazadamente en el ánimo de aquel caudillo. Pero el de Lazán, al llegar a Zaragoza, en vez de favorecer los intentos de los que le enviaban, y persuadido también de cuán imposible era resistir al entusiasmo de aquellos moradores, se unió a su hermano y en adelante partió con él los trabajos y penalidades de la guerra.
Su proclama
de 4 de junio.
(* Ap. n. [4-1].)
Arrugándose más y más el semblante del reino, y tocando a punto de venir a las manos, en 4 de junio [*] circuló la junta de acuerdo con Murat una proclama en la que se ostentaban las ventajas de que todos se mantuviesen sosegados, y aguardasen a que el héroe que admiraba al mundo concluyera la grande obra en que estaba trabajando de la regeneración política. Tales expresiones alborotaban los ánimos lejos de apaciguarlos, y por cierto rayaba en avilantez el que una autoridad española osase ensalzar de aquel modo al causador de las recientes escenas de Bayona, y además era, por decirlo así, un desenfreno del amor propio imaginarse que con semejante lenguaje se pondría pronto término a la insurrección.
Su celo en favor
de la diputación
de Bayona.
Viendo cuán inútiles eran sus esfuerzos, y ansiosa de encontrar por todas partes apoyo y disculpa a sus compromisos, trabajó con ahínco la junta para que acudiesen a Bayona los individuos de la diputación convocada a aquella ciudad. Crecían los obstáculos para la reunión con los bullicios de las provincias, y con la repulsa que dieron algunos de los nombrados. Indicamos ya como el bailío Don Antonio Valdés Valdés. había rehusado ir, prefiriendo con gran peligro de su persona fugarse de Burgos donde residía a la mengua de autorizar con su presencia los escándalos de Bayona. Marqués
de Astorga. Excusose también el marqués de Astorga sin reparar en que siendo uno de los primeros próceres del reino, la mano enemiga le perseguiría y le privaría de sus vastos estados y riquezas. Pero quien aventajó a todos en la resistencia fue el reverendo obispo de Orense Obispo
de Orense. Don Pedro de Quevedo y Quintano. La contestación de este prelado al llamamiento de Bayona, obra señalada de patriotismo, unió a la solidez de las razones un atrevimiento hasta entonces desconocido a Napoleón y sus secuaces. Al modo de los oradores más egregios de la antigüedad, usó con arte de la poderosa arma de la ironía, sin deslucirla con bajas e impropias expresiones. Desde Orense y en 29 de mayo no levantada todavía Galicia, y sin noticia de la declaración de otras provincias, dirigió su contestación al ministro de gracia y justicia. Como en su contenido se sentaron las doctrinas más sanas y los argumentos más convincentes en favor de los derechos de la nación y de la dinastía reinante, recomendamos muy particularmente la lectura de tan importante documento, que a la letra hemos insertado en el apéndice.[*] (* Ap. n. [4-2].) Difícilmente pudieran trazarse con mayor vigor y maestría las verdades que en él se reproducen. Así fue que aquella contestación penetró muy allá en todos los corazones, causando impresión profundísima y duradera. Pero Murat y la junta de Madrid no por eso cesaron en sus tentativas, y con fatal empeño aceleraron la partida de las personas que de montón se nombraban para llenar el hueco de las que esquivaban el ominoso viaje.
Proclama de
Bayona a los
zaragozanos.
El 15 de junio debían abrirse las sesiones de aquella famosa reunión, y todavía en los primeros días del propio mes no alcanzaban a 30 los que allí asistían. Mientras que los demás llegaban, y para no darles huelga, obligó Napoleón a los presentes a convidar a los zaragozanos por medio de una proclama [*] (* Ap. n. [4-3].) a la paz y al sosiego. Queriendo agregar al escrito la persuasión verbal, fueron comisionados Comisionados
enviados
a Zaragoza. para llevarle el príncipe de Castel-Franco, Don Ignacio Martínez de Villela consejero de Castilla, y el alcalde de corte Don Luis Marcelino Pereira. No les fue dable penetrar en Zaragoza, y menos el que se atendiera a sus intempestivas amonestaciones. Tuviéronse por dichosos de regresar a Bayona: merced a los franceses que los custodiaban, bajo cuyo amparo pudieron volver atrás sin notable azar, aunque no sin mengua y sobresalto.
Avisos enviados
por Napoleón
a América.
Napoleón que miraba ya como suya la tierra peninsular, trató también por entonces de alargar más allá de los mares su poderoso influjo, expidiendo a América buques con cuyo arribo se previniesen los intentos de los ingleses, y se preparasen los habitadores de aquellas vastas y remotas regiones españolas a admitir sin desvío la dominación del nuevo soberano, procedente de su estirpe. Hizo que a su bordo partiesen proclamas y circulares autorizadas por Don Miguel de Azanza, quien ya firmemente adicto a la parcialidad de Napoleón se figuraba que el emperador de los franceses había de respetar la unión íntegra de aquellos países con España, y no seguir el impulso y las variaciones de su interés o su capricho.
Napoleón
renuncia
la corona de
España en José.
Luego que Fernando VII y su padre hubieron renunciado la corona, se presumió que Napoleón cedería sus pretendidos derechos en alguna persona de su familia. Fundábase sobre todo la conjetura en la indicación que hizo Murat a la junta de Madrid y consejo real de que pidiesen por rey a José. Ignorábase no obstante de oficio si tal era su pensamiento, cuando en 25 de mayo dirigió Napoleón una proclama [*] (* Ap. n. [4-4].) a los españoles en la que aseguraba que «no quería reinar sobre sus provincias, pero sí adquirir derechos eternos al amor y al reconocimiento de su posteridad.» Apareció pues por este documento de una manera auténtica que trataba de desprenderse del cetro español, mas todavía guardó silencio acerca de la persona destinada a empuñarle. Por fin el 6 de junio se pronunció claramente dando en Bayona mismo un decreto del tenor siguiente:[*] (* Ap. n. [4-5].) «Napoleón, por la gracia de Dios etc. A todos los que verán las presentes salud. La junta de estado, el consejo de Castilla, la villa de Madrid etc. etc. habiéndonos por sus exposiciones hecho entender que el bien de la España exigía que se pusiese prontamente un término al interregno, hemos resuelto proclamar, como nos proclamamos por las presentes, rey de España y de las Indias a nuestro muy amado hermano José Napoleón, actualmente rey de Nápoles y de Sicilia.
»Garantimos al rey de las Españas la independencia e integridad de sus estados, así los de Europa como los de África, Asia y América. Y encargamos», etc. [Sigue la fórmula de estilo.]
Llegada de José
a Bayona.
Era este decreto el precursor anuncio de la llegada de José, quien el 7 entró en Pau a las ocho de la mañana, y puesto en camino poco después se encontró con Napoleón a seis leguas de Bayona, hasta donde había salido a esperarle. Mostraba este tanta diligencia porque no habiendo de antemano consultado con su hermano la mudanza resuelta, temió que no aceptase el nuevo solio, y quiso remover prontamente cualquiera obstáculo que le opusiese. En efecto José contento con su delicioso reino de Nápoles no venía decidido a admitir el cambio que para otros hubiera sido tan lisonjero. Y aquí tenemos una corona arrancada por la violencia a Fernando VII, adquirida también mal de su grado por el señalado para sucederle.
Napoleón atento a evitar la negativa de su hermano le hizo subir en su coche, y exponiéndole sus miras políticas en trasladarle al trono español, trató con particularidad de inculcarle los intereses de familia, y la conveniencia de que se conservase en ella la corona de Francia, para cuyo propósito y el de prevenir la ambición de Murat y de otros extraños, nada era más acertado, añadía, que el poner como de atalaya a José en España, desde donde con mayor facilidad y superiores medios se posesionaría del trono de Francia, en caso de que vacase inesperadamente. Además le manifestó haber ya dispuesto del reino de Nápoles para colocar en él a Luciano. Asegúrase que la última indicación movió a José más que otra razón alguna por el tierno amor que profesaba a aquel su hermano. Sea pues de esto lo que fuere, lo cierto es que Napoleón había de tal modo preparado las cosas que sin dar tiempo ni vagar fue José reconocido y acatado como rey de España.
Recibimiento
de José
en Marracq.
Así sucedió que al llegar entre dos luces a Marracq recibió los obsequios de tal de boca de la emperatriz, que con sus damas había salido a recibirle al pie de la escalera. Ya le aguardaban dentro del palacio los españoles congregados en Bayona, a quienes se les había citado de antemano, teniendo Napoleón tanta priesa en el reconocimiento del nuevo rey, que no permitió cubrir las mesas ni descanso alguno a su hermano antes de desempeñar aquel cuidado, cuyo ceremonial se prolongó hasta las diez de la noche.
Diputaciones
españolas.
Naturalmente debió durar más de lo necesario, habiendo ignorado los españoles el motivo a que eran llamados. Advertidos después tuvieron que concertarse apresuradamente allí mismo en uno de los salones, y arreglar el modo de felicitar al soberano recién llegado. Para ello se dividieron en cuatro diputaciones, a saber, la de los grandes, la del consejo de Castilla, la de los consejos de la Inquisición, Indias y hacienda reunidos los tres en una, y la del ejército. Pusieron todas separadamente y por escrito una exposición gratulatoria, y antes de que se leyesen a José con toda solemnidad, se presentaba cada una a Napoleón para su aprobación previa: menguada censura, indigna de su alta jerarquía.
La de
los grandes.
Era la diputación de los grandes la primera en orden, e iba a su cabeza el duque del Infantado, quien había tenido el encargo de extender la felicitación. Principiando por un cumplido vago, concluía esta con decir «las leyes de España no nos permiten ofrecer otra cosa a V. M. Esperamos que la nación se explique y nos autorice a dar mayor ensanche a nuestros sentimientos.» Difícil sería expresar la irritación que provocó en el altivo ánimo de Napoleón tan inesperada cortapisa. Fuera de sí y abalanzándose al duque díjole, que «siendo caballero se portase como tal, y que en vez de altercar acerca de los términos de un juramento, el cual así que pudiera intentaba quebrantar, se pusiese al frente de su partido en España, y lidiase franca y lealmente... Pero le advertía que si faltaba al juramento que iba a prestar, quizá estaría en el caso antes de ocho días de ser arcabuceado.» Tardíos eran a la verdad los escrúpulos del duque, y o debía haberlos sepultado en lo más íntimo del pecho, o sostenerlos con el brío digno de su cuna, si arrastrado por el clamor de la conciencia quería acallarla dándoles libre salida. Mas el del Infantado arredrose, y cedió a la ira de Napoleón. Por eso hubo quien achacara a otro haberle apuntado la cláusula, dejándole solo al duque la gloria de haberla escrito, sin pensar en el aprieto en que iba a encontrarse. Corrigieron entonces los grandes su primera exposición, reconocieron por rey a José e hizo la lectura de ella, aunque no pertenecía a la clase, Don Miguel José de Azanza.
La del consejo
de Castilla.
(* Ap. n. [4-6].)
Los magistrados que llevaban la voz a nombre del consejo de Castilla, si bien incensaron al nuevo rey diciéndole:[*] «V. M. es rama principal de una familia destinada por el cielo para reinar», esquivaron también, pero de un modo más encapotado que los grandes, el reconocimiento claro y sencillo, limitándose por falta de autoridad, según expresaban, a manifestar cuáles eran sus deseos: tan cuidadosos andaban siempre el consejo y sus individuos de no comprometerse abiertamente en ningún sentido.
La de
la Inquisición.
A todos los parabienes respondió José con afable cortesanía, mereciendo particular mención el modo con que habló al inquisidor Don Raimundo Ethenard y Salinas, a quien dijo «que la religión era la base de la moral y de la prosperidad pública, y que aunque había países en que se admitían muchos cultos, sin embargo debía considerarse a la España como feliz porque no se honraba en ella sino el verdadero.» Con un tan claro elogio de las ventajas de una religión exclusiva los inquisidores, que fundadamente consideraban su tribunal como el principal baluarte de la intolerancia, creyéronse asegurados. Ya antes alimentaban la esperanza de mantenerse desde que Murat mismo había correspondido a sus congratulaciones con halagüeñas y favorables palabras. El no haberse abolido aquel terrible tribunal en la constitución de Bayona, y el que uno de sus ministros en representación suya la autorizase con su firma, acrecentó la confianza de los interesados en conservarle, y puso espanto a los que a su nombre se estremecían. Ahora que han transcurrido años, y que otros excesos han casi borrado los de Napoleón, atribuirase a sueño de los partidarios del santo oficio el haberse imaginado que aquel hubiera sostenido tan odiosa institución. Mas si recordamos que en los primeros tiempos de la irrupción francesa muchos emisarios de su gobierno encarecían la utilidad de la Inquisición como instrumento político, y si también atendemos al modo arbitrario y escudriñador con que en la ilustrada Francia se disminuía y cercenaba la libertad de escribir y pensar, no nos parecerá que fuesen tan desvariadas y fútiles las esperanzas de los inquisidores. Quizá José y algunos españoles de su bando hubieran querido la abolición inmediata, ¿pero qué podía él ni que valían ellos contra la imperiosa voluntad de Napoleón? Que este acabase después en diciembre de 1808 con la Inquisición, en nada destruye nuestros recelos. Entonces restablecida, como a su tiempo veremos, por la junta central con gran descrédito suyo, entendió el soberano francés ser oportuno descuajar tan mala planta, procurando granjearse por aquel medio y en contraposición de la autoridad nacional el aprecio de muchos hombres de saber, atemorizados y desabridos con el renacimiento de tan odioso tribunal.
La del ejército.
En la contestación que dio José al duque del Parque, representante del ejército, también notamos ciertas expresiones bastantemente singulares. «Yo me honro, dijo, con el título de su primer soldado, y ora fuese necesario como en tiempos antiguos combatir a los moros, ora sea menester rechazar las injustas agresiones de los eternos enemigos del continente, yo participaré de todos vuestros peligros.» Extraña mezcla poner al par de los ingleses a los moros y sus guerras. Probablemente fue adorno oratorio mal escogido: dado que no siendo creíble que por aquellas palabras hubiera querido anunciar en nuestros días temores de una irrupción agarena, era forzoso imaginarse que se encubría en su sentido el ulterior proyecto de invadir la costa africana, y cierto que si el primer pensamiento hubiera pasado de desvarío, hubiérase el segundo reprendido de sobradamente anticipado cuando la nueva corona apenas había tocado su cabeza.
Otra proclama
de los de Bayona.
Todavía era muy corto el número de diputados que concurrían en Bayona, a la sazón que en 8 de junio [*] (* Ap. n. [4-7].) dieron los presentes otra proclama a todos los españoles con objeto de recomendar a su afecto la nueva dinastía, y de reprimir la insurrección. José por su parte aceptó en decreto del 10 [*] (* Ap. n. [4-8].) la cesión de la corona de España que en su persona había hecho su hermano, confirmando a Murat en la lugartenencia del reino, cuyo puesto había ejercido sucesivamente a nombre de Carlos IV y de Napoleón. Acompañaba a este decreto [*] (* Ap. n. [4-9].) otro en que mostraba cuáles eran sus intenciones, y en el que ya llamaba suyos a los pueblos de España. Estos documentos corrían con dificultad en las provincias; pero si alguno de ellos se introducía, soplaba el fuego en vez de apagarle.
Previas
disposiciones
para abrir
el congreso
de Bayona.
Acercábase el día de abrirse el congreso de Bayona y a duras penas crecía el número de individuos que debían componerle. Por fin fueron llegando algunos de los que forzadamente obligaban a salir de Madrid, o de los que cogían en los pueblos ocupados por las tropas francesas. Pocos fueron los que de grado acudieron al llamamiento; y mal podía ser de otra manera viendo los convocados que la insurrección prendía por todas partes, y el gran compromiso a que se exponían. Antes de dar principio a las sesiones, Napoleón entregó a Don Miguel José de Azanza un proyecto de constitución. Extrema curiosidad se despertó con deseo de averiguar quién fuese el autor. Ni entonces ni ahora ha sido dable el descubrirle, bien que se advierta que una mano española debió en gran parte coadyuvar al desempeño de aquel trabajo. Nosotros no aventuraremos conjeturas más o menos fundadas. Pero sí se nos ha aseverado de un modo indudable por persona bien enterada, que dicha constitución o sus bases más esenciales fueron entregadas al emperador francés en Berlín después de la batalla de Jena. Debió pues salir de pluma que vislumbrase ya cuál suerte aguardaba a España con la incierta política del príncipe de la Paz y la desmesurada ambición del gabinete de Francia. Napoleón escogió a Don Miguel de Azanza, como en otro libro indicamos, para presidir el congreso; y se nombraron por secretarios a Don Mariano Luis de Urquijo, del consejo de estado, y a Don Antonio Ranz Romanillos, del de hacienda. Encargó también que se eligiesen dos comisiones a cuyo previo examen se confiase el preparar los asuntos para los debates, y proponer las modificaciones que pareciere oportuno adoptar en la nueva constitución.
Ábrense
sus sesiones.
Concluidas que fueron estas disposiciones preliminares, abrió sus sesiones la junta de Bayona el 15 de junio, día de antemano señalado. Pronunció Don Miguel de Azanza en calidad de presidente el discurso de apertura. En él decía:[*] (* Ap. n. [4-10].) «Gracias y honor inmortal a este hombre extraordinario [Napoleón] que nos vuelve una patria que habíamos perdido»... «Ha querido después que en el lugar de su residencia y a su misma vista se reúnan los diputados de las principales ciudades, y otras personas autorizadas de nuestro país, para discurrir en común sobre los medios de reparar los males que hemos sufrido, y sancionar la constitución que nuestro mismo regenerador se ha tomado la pena de disponer para que sea la inalterable norma de nuestro gobierno... De este modo podrán ser útiles nuestros trabajos, y cumplirse los altos designios del héroe que nos ha convocado...» Pesa que un hombre cuyo concepto de probidad se había hasta entonces mantenido sin tacha, se abatiese a pronunciar expresiones adulatorias, poco dignas de la boca de un ministro puro y honrado. Porque en efecto, ¿dónde estaban los diputados de las principales ciudades? y si la patria estaba perdida ¿no había también el hombre extraordinario contribuido en gran manera a hundirla en el abismo? ¿En dónde y cómo nos la había vuelto? Sin la constancia española, sin la pertinaz guerra de seis años, hubiera sido tratada con el vilipendio que otros estados, y partida después o desmembrada al antojo del extranjero. Suerte que hubiera merecido, si en silencio hubiese dejado que tan indignamente se la humillase y oprimiese. Pudiera Azanza haber cumplido con el encargo de presidente, sin aparecer oficioso ni lisonjero.
Sus discusiones.
Redujéronse a doce las sesiones de Bayona. En la misma del 15 se procedió a la verificación de poderes, y se leyó el decreto de Napoleón por el que cedía la corona de España a su hermano José; habiéndose acordado en la del 17 pasar a cumplimentar al nuevo monarca. En nada fueron notables los discursos que al caso se pronunciaron, sino en haberse especificado en el contexto del de la junta «que habían hecho y que harían [sus individuos] cuanto estuviese de su parte para atraer a la tranquilidad y al orden las provincias que estaban agitadas.» Por el mismo tenor y según costumbre fue la contestación de José, no echando en olvido la repetida cantilena de que los ingleses eran los que fomentaban la inquietud de los pueblos.
Presentose el día 20 el proyecto de constitución y ordenó la junta su impresión, habiéndose oído en los siguientes varios discursos acerca de sus artículos. Se ventilaron también otros puntos, y en la citada sesión del 20 se propuso para halagar al pueblo la supresión de los cuatro maravedís en cuartillo de vino, y la de tres y un tercio por ciento de los frutos que no diezmaban, cuyo acuerdo quedó en el inmediato día aprobado por José. En la del 22 Don Ignacio de Tejada, designado por Murat para representar el nuevo reino de Granada, sostuvo en un vehemente discurso lo conveniente que sería afianzar la unión con la metrópoli de las provincias americanas. Cuatro religiosos que tenían voz como diputados de los regulares, pidieron en otra sesión que no se suprimiesen del todo los conventos, y que solo se minorase el número. ¡Ojalá se hubieran mostrado siempre tan sumisos y conformes! Se atrevió a proponer la abolición del santo oficio Don Pablo Arribas, sosteniéndole Don José Gómez Hermosilla, pero el inquisidor Ethenard levantándose muy alborotado, se opuso e intentó probar lo útil del establecimiento, considerado por el lado político. Apoyáronle con fuerza los consejeros de Castilla, siendo natural se estrechasen para defensa mutua dos cuerpos que en sus respectivas jurisdicciones tanto daño habían acarreado a España. El duque del Infantado quería que no se rebajase a menos de 80.000 ducados el máximo de los mayorazgos: desechose la propuesta, no habiendo tampoco las dos anteriores tenido resulta. Fue notable y digna de loa la que promovió Don Ignacio Martínez de Villela, si no con mejor éxito, de que se comprendiese en la ley fundamental un artículo para que ninguno pudiese ser incomodado por sus opiniones políticas y religiosas. Admiraría que aquel mismo magistrado años adelante se convirtiese en duro y constante perseguidor si, por desgracia, no ofreciese la flaqueza humana, la rencorosa envidia o la desapoderada ambición repetidos ejemplos de tan lamentables mudanzas. Por tal término anduvieron las discusiones, hasta que el 30 se concluyeron y cerraron las de la constitución; en cuyo día se le añadió un último artículo declarando que después del año 20 se presentarían de orden del rey las mejoras y modificaciones que la experiencia hubiese enseñado ser necesarias y convenientes.
Si se gozó
de libertad.
En vista de la adición de este artículo y de las cortas discusiones que hubo, han pretendido algunos y de aquellos que han tratado de defenderse, que la junta había gozado de libertad. Concediendo que esto fuese cierto, levantaríase contra los miembros un grave cargo por no haber sostenido mejor los derechos de la nación, ya que hubiesen creído inútil recordar los de Fernando y su familia. Parecería pues imposible, a no leerlo en sus obras, que hombres graves hayan querido persuadir al público que allí se procedió sin embarazo, discutiéndose las materias con toda franqueza y al sabor y según el dictamen de los vocales. No hay duda que sobre puntos accesorios fue lícito hablar, y aun indicar leves modificaciones. Pero ¿que hubiera acontecido si alguno se hubiese propasado, no a renovar la cuestión decidida ya de mudanza de dinastía, sino a enmendar cualquiera artículo de los sustanciales de la constitución? ¿Qué si hubiese reclamado la libertad de imprenta, la publicidad de las sesiones, una manera en fin más acertada de constituirse las cortes? O para siempre hubiera enmudecido el audaz diputado de cuyos labios hubieran salido semejantes proposiciones, o deprisa y estrepitosamente se hubiera disuelto el congreso de Bayona. Así en el corto número de doce sesiones se cumplió con las formalidades de estilo, se tocaron varias materias, y se discutió y aprobó a la unanimidad una constitución de 146 artículos. ¿Mas a qué cansarse? Para conceptuar de qué libertad gozaron los diputados, basta decir que fue en Bayona, y a vista de Napoleón, donde celebraron sus sesiones.
Juramento
prestado
a la constitución.
Al fin el 7 de julio reunido el congreso en el mismo sitio de los anteriores días, que fue en el palacio llamado del obispado viejo, juró José la observancia de la constitución en manos del arzobispo de Burgos, y también la juraron, aceptaron y firmaron los diputados cuyo número no pasó de noventa y uno, siendo de notar que apenas veinte habían sido nombrados por las provincias. Los demás o eran de aquellos que habían acompañado al rey Fernando, o individuos de diversas corporaciones o clases residentes en Madrid y ciudades oprimidas por los soldados franceses. Para que subiera la cuenta obligaron también a españoles transeúntes casualmente en Bayona, a que pusiesen su firma en la nueva constitución. Pero a pesar de tales esfuerzos nunca pudo completarse el número de 150 que era el determinado en la convocatoria.
Reflexiones sobre
la constitución.
Ahora sería oportuno entrar en el examen de esta constitución, si por lo menos hubiera gobernado de hecho la monarquía. Mas ilegítima en su origen, y bastarda producción de tierra extraña nunca plantada en la nuestra, no sería justo que nos detuviese largo tiempo, ni cortase el hilo de nuestra narración. Sin embargo atendiendo al elogio que de algunos ha merecido, séanos lícito poner aquí ciertas observaciones, que si bien restrictas y generales, no por eso dejarán de dar una idea de los defectos fundamentales que la oscurecían y anulaban.
Desde luego nótase que falta en aquella constitución lo que forma la base principal de los gobiernos representativos, a saber, la publicidad. Por ella se ilustra y conoce la opinión, y la opinión es la que dirige y guía a los que mandan en estados así constituidos. Dos son los únicos y verdaderos medios de conseguir que la voz pública suba con rapidez a los representantes de una gran nación, y que la de estos descienda y cunda a todas las clases del pueblo. Son pues la libertad de imprenta y la publicidad en las discusiones del cuerpo o cuerpos que deliberan. Por la última, como decía el mismo Burke, llega a noticia de los poderdantes el modo de pensar y obrar de sus diputados, sirviendo también de escuela instructiva a la juventud: y por la primera, esencialmente unida a la naturaleza de un estado libre, conforme a la expresión del gran jurisconsulto Blackstone, se enteran los que gobiernan de las variaciones de la opinión y de las medidas que imperiosamente reclama, por cuya mutua y franca comunicación, acumulándose cuantiosa copia de saber y datos, las resoluciones que se toman en una nación de aquel modo regida no se apartan en lo general de lo que ordena su interés bien entendido; desapareciendo en cotejo de tamaño beneficio los cortos inconvenientes que en ciertos y contados casos pudieran acompañar a la publicidad, y de que nunca se ve del todo desembarazada la humana naturaleza. Pues aquellos dos medios tan necesarios de estamparse en una constitución que se preciaba de representativa, no se vislumbraban siquiera en la de Bayona. Al contrario, por el artículo 80 se prevenía «que las sesiones de las cortes no fuesen públicas.» Y en tanto grado se huía de conceder dicha facultad, que en el 81 íbase hasta graduar de rebelión el publicar impresas o por carteles las opiniones o votaciones. Quien con tanto esmero había trabado la libertad de los diputados, no era de esperar obrase más generosamente con la de la imprenta. Deferíase su goce a dos años después que la constitución se hubiese planteado, no debiendo esta tener su cumplido efecto antes de 1813. Pero aun entonces, además de las limitaciones que hubieran entrado en la ley, parece ser que nunca se hubieran comprendido en su contexto los papeles periódicos. Así se infiere de lo prevenido en el artículo 45. Porque al paso que se crea una junta de cinco senadores encargados de velar acerca de la libertad de imprenta, se exceptúan determinadamente semejantes publicaciones, las que sin duda reservaba el gobierno a su propio examen. Véase pues cuán tardía y escatimada llegaría concesión de tal importancia.
Tampoco se había compuesto ni deslindado atinadamente la potestad legislativa. Al sonido de la voz senado cualquiera se figuraría haber sido erigido aquel cuerpo con la mira de formar una segunda y separada cámara que tomase parte en la discusión y aprobación de las leyes; pero no era así. Ceñidas sus facultades en los tiempos tranquilos a velar sobre la conservación de la libertad individual y de la de imprenta, ensanchábanse en los borrascosos o cuando parecieren tales a la potestad ejecutiva, a suspender la constitución y a adoptar las medidas que exigiese la seguridad del estado. Un cuerpo autorizado con facultad tan amplia y poderosa, debiera al menos haber ofrecido en su independencia un equilibrio correspondiente y justo. Mas constando de solos veinticuatro individuos nombrados por el rey y escogidos entre empleados antiguos, antes era sostenimiento de la potestad ejecutiva que valladar contra sus usurpaciones.
Para evitar estas o resistirles gananciosamente no era más propicia ni recomendable la manera como se habían constituido las cortes, las cuales además de verse privadas de la publicidad, sólido cimiento de su conservación, llevaban consigo la semilla de su propia desorganización y ruina. Por de pronto el rey estaba obligado solamente a convocarlas cada tres años, y como para todo este intermedio se votaban las contribuciones, no era probable que se las hubiera congregado con más frecuencia. El número de vocales se limitaba a 162 divididos en tres estamentos, clero, nobleza y pueblo; componiéndose los dos primeros de 50 individuos. Debían, reunidos en la misma sala, discutir las materias y decidirlas a pluralidad de votos y no por separación de clase. En cuya virtud sin resultar las ventajas de la cámara de lores en Inglaterra, ni la del senado en los Estados Unidos, sirviendo de contrapeso entre la potestad real o ejecutiva y la popular; aquí juntos y amontonados todos los estamentos o brazos, hubieran presentado la imagen del desorden y la confusión. Cuando el cuerpo que ha de formar las leyes está dividido en dos cámaras, al choque funesto de las clases que es temible exista estando reunidos los privilegiados y los que no lo son, sucede cuando deliberan separadamente el saludable contrapeso de las opiniones individuales, estableciéndose una mutua correspondencia entre los vocales de ambas cámaras que no disienten en el modo de pensar; sin atender a la clase a que pertenecen. Por lo menos así nos lo muestra la experiencia, gran maestra en semejantes materias. Cuanto más se reflexiona acerca del artificio de esta constitución, mas se descubre que solo en el nombre quería darse a España un gobierno monárquico representativo.
Había empero artículos dignos de alabanza. Merécenla pues aquellos en que se declaraba la supresión de privilegios onerosos, la abolición del tormento, la publicidad en los procesos criminales y el límite de 20.000 pesos fuertes de renta, señalado a la excesiva acumulación de mayorazgos. Mas estas mejoras que ya desaparecían junto a las imperfecciones sustanciales arriba indicadas, del todo se deslustraban y ennegrecían con la monstruosidad [no puede dársele otro nombre] de insertar en la ley fundamental del estado que habría perpetuamente una alianza ofensiva y defensiva, tanto por tierra como por mar entre España y Francia. Todo tratado o liga de suyo variable, supone por lo menos el convenio recíproco de los dos o más gobiernos que están interesados en su cumplimiento. Exigíase aún más en este caso: ya que quisiera darse a la alianza la duración y firmeza de una ley fundamental, menester era que la otra parte, la Francia, se hubiese comprometido a lo mismo en las constituciones del imperio. Podrá redargüirse que estaba sujeta esta determinación a un tratado posterior y especial entre ambas naciones. Pero según el artículo 24 de la constitución que era en donde se adoptaba el principio, debía el tratado limitarse a especificar el contingente con que cada una había de contribuir, y no de manera alguna a variar la base admitida de una alianza perpetua ofensiva y defensiva. No es de este lugar examinar la utilidad o perjuicio que se seguiría a España, país casi aislado, de atarse con semejante vínculo y abrazar todas las desavenencias de una nación como la Francia contigua a tantas otras y con intereses tan complicados. Aquí solo consideramos la cuestión constitucional, bajo cuyo respecto no pudo ser ni más fuera de sazón ni más extraña. Al ver adoptado semejante artículo no podemos menos de asombrarnos por segunda vez de que haya habido españoles de los firmantes, tan olvidados de sí propios, que hayan asegurado en sus defensas haberse gozado en Bayona de entera e ilimitada libertad. Porque si a sabiendas y voluntariamente le admitieron y aprobaron ¿cómo pudieran disculparse de haber encadenado la suerte de su patria a la de otra nación, sin que esta se hubiera al propio tiempo comprometido a igual reciprocidad? Mas afortunadamente y para honra del nombre español si hubo algunos que con placer firmaron la constitución de Bayona, justo es decir que el mayor número lo hicieron obligados de la penosa e involuntaria situación en que los había colocado su aciaga estrella.
Visita
de la Junta
de Bayona
a Napoleón.
En el mismo día 7 de julio Don Miguel de Azanza propuso y se acordó la acuñación de dos medallas que perpetuasen la memoria del juramento a la constitución, trasladándose en seguida la junta en cuerpo al palacio de Marracq a cumplimentar a Napoleón. Llevó la palabra el presidente, y en silencio aguardaron todos con ansiosa curiosidad la respuesta del soberano de Francia, rodeado de los diputados españoles. Tres cuartos de hora duró el discurso del último, embarazoso en la expresión e infecundo en sus conceptos. Levantando pues la cabeza y echando una mirada esquiva y torva, la inclinaba después aquel príncipe sobre el pecho, articulando de tiempo en tiempo palabras sueltas o frases truncadas e interrumpidas, sin que centellease ninguno de aquellos rasgos originales que a veces brillaban en sus conversaciones o arengas. Parecía representar su voz el estado de su conciencia. Impacientábanse todos, mas el disimulo reinaba por todas partes. Sus cortesanos quedaron inmobles; y aturdidos los españoles, a cuyos ojos achicose en gran manera el objeto que tan agigantado les había parecido de lejos. Fatigado el concurso y quizá Napoleón mismo, despidió este a los diputados que sobrecogidos y silenciosos se retiraron. Azaroso andaba en todo lo de España.
Aún duraban las discusiones de la constitución cuando llegó a Bayona una carta escrita en Valençay en 22 de junio por la servidumbre de Fernando y los infantes, en la que «juraban [*] Felicitación
de la servidumbre
de Fernando.
(* Ap. n. [4-11].) obediencia a la nueva constitución de su país y fidelidad al rey de España José I.» Según Escóiquiz fue efecto de intimación del príncipe de Talleyrand hecha a nombre de Napoleón, añadiendo que para evitar mayores males accedieron encargándose él mismo de extender la carta en términos estudiados y medidos. Si así hubiera pasado, merecían disculpa Escóiquiz y sus compañeros; pero aconteció muy de otra manera. Y o aquel se imaginó que nunca se trasluciría el contenido de su carta, o con los infortunios se había enteramente desmemoriado. En ella se prestaba el juramento de un modo claro no ambiguo; y lo que era peor se pedían nuevas gracias expresadas en una nota adjunta, afirmándose también que estaban prontos a obedecer ciegamente su voluntad [la de José] hasta en lo más mínimo. Véase pues lo que llamaba Escóiquiz juramento condicional y aéreo, y carta escrita en términos medidos.
Así mismo Fernando escribió con igual fecha [*] Felicitación de
Fernando mismo.
(* Ap. n. [4-12].) a Napoleón en nombre suyo y de su hermano y tío, dándole el parabién de haber sido ya instalado en el trono de España su hermano José; con una carta [leída en 30 de junio ante los diputados de Bayona] inclusa para el último en que se decía después de felicitarle «que se consideraba miembro de la augusta familia de Napoleón, a causa de que había pedido al emperador una sobrina para esposa, y esperaba conseguirla:» tan caída y por el suelo andaba la corona de Carlos V y Felipe II.
Ministerio
nombrado
por José.
En 4 de julio había José arreglado definitivamente su ministerio. Tocó a Don Mariano Luis de Urquijo la secretaría de estado, a cuyo puesto correspondía, según la constitución de Bayona, refrendar todos los decretos. En el reinado de Carlos IV, todavía aquel muy joven, había sido nombrado ministro interino de estado. Adornado de ciertas calidades brillantes y exteriores, no se le reputaba por hombre de saber profundo: tachábanle de presuntuoso. Quiso en su ministerio enfrenar el tribunal de la Inquisición, y restablecer a los obispos en sus primitivos derechos. Acarreole su intento la enemistad de Roma y de una parte del clero español. Con esto y haber el príncipe de la Paz recobrado su antigua e ilimitada privanza, fue desgraciado Urquijo, encerrado en la ciudadela de Pamplona, y confinado después a Bilbao su patria. No tuvo parte en los primeros desaciertos de Madrid y Bayona, y solo acudió a esta ciudad en virtud de reiterado llamamiento de Napoleón, quien le deslumbró prodigando lisonjas a su amor propio. Encargose Don Pedro Cevallos del ministerio de negocios extranjeros, con repugnancia y violencia según el propio se expresa, con gusto y solicitud suya según otros. Don Sebastián de Piñuela y Don Gonzalo Ofárril se mantuvieron en sus respectivos ministerios de gracia y justicia y de guerra. Obtuvo el de Indias Don Miguel José de Azanza, reservándose el de marina para Don José Mazarredo, quien en dicho ramo gozaba de gran concepto, habiendo ilustrado su nombre en varias campañas; pero que sin práctica en las materias de estado, y preocupado y nimio en otras, abrazó sin discernimiento a manera de frenesí el partido del rey intruso. Púsose la hacienda al cuidado del conde de Cabarrús, francés de nación, mas por afición y enlaces de corazón español. Decidido en Zaragoza a seguir la gloriosa causa de aquellos moradores, fuese temor o enfado de algún peligro que había corrido en Ágreda, mudó después de parecer y aceptó el ministerio que José le confirió. «Hombre extraordinario [según le pinta su amigo Jovellanos] en quien competían los talentos con los desvaríos y las más nobles calidades con los más notables defectos.» No era fácil que en un tiempo en que el nuevo rey ansiaba granjearse la estimación pública, se hubiese olvidado en la repartición de empleos y gracias del hombre insigne que acabamos de citar, Jovellanos. de Don Gaspar Melchor de Jovellanos. Libertado de su largo y penoso encierro al advenimiento al trono de Fernando VII, habíase retirado a Jadraque en casa de un amigo para recobrar su salud debilitada y perdida con los malos tratamientos y duro padecer. Buscole en su rincón Murat mandándole pasase a Madrid: excusose con el mal estado de su cuerpo y de su espíritu. Acosáronle poco después los de Bayona; José de oficio para que fuese a Asturias a reducir al sosiego a sus paisanos, y confidencialmente Don Miguel de Azanza, anunciándole que se le destinaba para el ministerio de lo interior. Disculpose con el primero en términos parecidos a los que había usado con Murat, y al segundo le manifestó «que estaba lejos de admitir ni el encargo, ni el ministerio, y que le parecía vano el empeño de reducir con exhortaciones a un pueblo tan numeroso y valiente, y tan resuelto a defender su libertad.» Reiteráronse las instancias por medio de Ofárril, Mazarredo y Cabarrús. Acometido tan obstinadamente de todos lados, expresó en una de sus contestaciones «que cuando la causa de la patria fuese tan desesperada como ellos se pensaban, sería siempre la causa del honor y la lealtad, y la que a todo trance debía preciarse de seguir un buen español.» Sordos a sus razones y a sus disculpas le nombraron ministro mal de su grado, e insertaron en la Gaceta de Madrid su nombramiento: señalada perfidia con que trataron de comprometerle. Por dicha salvole la honra lo terso y limpio de su noble conducta, y sirvió de obstáculo a la persecución, que su constante resistencia hubiera podido acarrearle, la victoria de Bailén: con cierta prolijidad hemos referido este hecho como ejemplo digno de ser transmitido a la posteridad.
Formado que hubo su ministerio el rey intruso, se ocupó en proveer los empleos de palacio en los grandes que estaban en Bayona; [*] Empleos
de palacio.
(* Ap. n. [4-13].) y cuya enumeración omitimos por inútil y fastidiosa. El duque del Infantado fue nombrado coronel de guardias españolas, y de valonas el príncipe de Castel-Franco. Mucho desmereció el primero, viéndole la nación volver favorecido por la estirpe que había despojado del trono al rey Fernando, y cuya pérdida había en gran parte provenido de haber escuchado sus consejos. Pocos fueron los franceses que acompañaron a José, y en eminente puesto solamente colocó al general Saligny, duque de San Germán, escogido para ser uno de los capitanes de guardias de Corps. Imitó en eso la política de Luis XIV, quien según expresa el marqués de San Felipe [*] (* Ap. n. [4-14].) «mandó prudentísimamente que ningún vasallo suyo entrase en España... Con lo que explicaba entregar enteramente al rey [Felipe V] al dictamen de los españoles, y que ni los celos de su favor, ni el mando turbase la pública quietud.»
José entra
en España
el 9 de julio.
Al fin arreglado lo interior de palacio y el supremo gobierno, determinó José de acuerdo con su hermano entrar en España el 9 de julio, confiados ambos en que a favor de ciertas ventajas militares alcanzadas por las armas francesas sería fácil llegar sin impedimento a la capital del reino; por lo cual es ya ocasión de hablar de las acciones de guerra, y reencuentros que hubo por aquel tiempo antes de proceder más adelante.
Primera
expedición
de los franceses
contra Santander.
Santander, punto marítimo y cercano a las provincias aledañas de Francia, fijó primero la atención de Napoleón. Por su orden se encomendó al mariscal Bessières que destacase la suficiente fuerza para ahogar aquella insurrección. Este en 2 de junio hizo partir de Burgos al general Merle, poniendo bajo su mando seis batallones y 200 caballos. Ya dijimos que al levantarse Santander se había colocado en las principales gargantas de su cordillera la gente de nuevo alistada. El 4 advertidos los jefes españoles de que los franceses avanzaban, dispusieron replegarse a las posiciones más favorables, resueltos a impedir el paso. Aguardaban ser acometidos en la mañana del 5; mas aclarando el día y disipada la densa niebla que con frecuencia cubre aquellas alturas, notaron con sorpresa que los franceses habían alzado el campo y desaparecido. La bisoña tropa atribuyó la retirada a temores del ejército enemigo, con lo que adquirió una desgraciada y ciega confianza: muy otra era la causa.
Expedición
contra Valladolid.
Habíase insurreccionado Valladolid, cundía el fuego de un pueblo en otro, y tocando casi a los mismos muros de Burgos, en donde el mariscal Bessières tenía asentado su cuartel general, recelose este de ver cortadas sus comunicaciones, si de pronto no acudía al remedio. Consideraba mayor el peligro y más graves las conmociones cercanas con un caudillo de nombre, como lo era Don Gregorio de la Cuesta. Y en tal estado pareciole oportuno no alejar ni esparcir su fuerza, y obrar solamente contra el enemigo más inmediato. Mandó por tanto a las tropas enviadas antes camino de Santander que retrocediendo viniesen al encuentro del general Lassalle, quien asistido de cuatro batallones de infantería y 700 caballos se dirigía hacia Valladolid. Había el último salido de Burgos el 5 de junio, y al anochecer del 6 llegó a Torquemada, Quema
de Torquemada villa situada cerca del Pisuerga, y que domina el campo de la margen opuesta. Muchos vecinos abandonaron el pueblo, algunos se quedaron; y preparándose para la defensa, atajaron con cadenas y carros el puente bastante largo por donde se va a la villa. Ciento de los más animosos parapetados detrás o subidos en la iglesia y casas inmediatas, dispararon contra los franceses que se adelantaban. No arredrados estos con el incierto y lejano fuego del paisanaje, aceleraron el paso y bien pronto desembarazando el puente, penetraron por las calles y saquearon y quemaron lastimosamente sus casas y edificios. Dispersos los defensores fueron unos acuchillados por la caballería, otros atravesados por las bayonetas de los infantes, y tratados los demás moradores con todo el rigor de la guerra, sin que se perdonase a edad ni sexo.
Entrada
en Palencia.
En Palencia se habían también reunido los mozos con varios soldados sueltos a las órdenes del anciano general Don Diego de Tordesillas. Mas atemorizados con el incendio de Torquemada, se retiraron a tierra de León, procurando el obispo aplacar la furia de los franceses con un obsequioso recibimiento. Llegaron el 7, y a sus ruegos se contentaron con desarmar a los habitantes, imponiéndoles además una contribución bastante gravosa.
Acción
de Cabezón.
En Dueñas se engrosó la división de Lassalle con la de Merle de vuelta de Reinosa, y allí acordaron el modo de atacar a Don Gregorio de la Cuesta. Había el general español ocupado a Cabezón, distante dos leguas de Valladolid. Contaba bajo su mando 5000 paisanos mal armados y sin instrucción militar, 100 guardias de Corps de los que habían acompañado a Bayona a la familia real, y 200 hombres del regimiento de caballería de la reina. Reducíase su artillería a cuatro piezas que habían salvado del colegio de Segovia sus oficiales y cadetes. Cabezón, situado a la orilla izquierda del Pisuerga, contiguo al puente adonde viene a parar la calzada de Burgos, y en paraje más elevado, ofrecía abrigo y reparo a la gente allegadiza de Cuesta si hubiera sabido o querido este aprovecharse de tamaña ventaja. Pero con asombro de todos, haciendo pasar al otro lado del río lo grueso de sus tropas, colocó en una misma línea la caballería y los paisanos, entre los que se distinguía por su mejor arreo y disciplina el cuerpo de estudiantes. Situó cerca y a la salida del puente dos cañones, y dejó los otros dos del lado de Cabezón. Quedaron asimismo por esta parte algunas compañías de paisanos de las parroquias de Valladolid cada una con su bandera para guardar los vados del río: inexplicable arreglo y ordenación en un general veterano.
Temprano en la mañana del 12 empezó el ataque. El francés Lassalle marchó por el camino real, cubriendo el movimiento de su izquierda con el monasterio de bernardos de Palazuelo. El general Merle tiró por su derecha hacia Cigales con intento de interceptar a Cuesta si quería retirarse del lado de León, como se lo habían los enemigos pensado al verle pasar el río, no pudiendo achacar a ignorancia semejante determinación. La refriega no fue ni larga ni empeñada. A las primeras descargas los caballos, que estaban avanzados y al descubierto en campo raso, empezaron a inquietarse sin que fueran dueños los jinetes de contenerlos. Perturbaron con su desasosiego a los infantes y los desordenaron. Al punto diose la señal de retirada, agolpándose al puente la caballería, precedida por los generales Cuesta y Don Francisco Eguía, su mayor general. Los estudiantes se mantuvieron aún firmes, pero no tardaron en ser arrollados. Unos huyendo hacia Cigales fueron hechos prisioneros por los franceses, o acuchillados en un soto a que se habían acogido. Otros procurando vadear el río o cruzarle a nado, se ahogaron con la precipitación y angustia. No fueron tampoco más afortunados los que se dirigieron al puente. Largo y angosto caían sofocados con la muchedumbre que allí acudía o muertos por los fuegos franceses, y el de un destacamento de españoles situado al pie de la ermita de la Virgen del Manzano, cuyos soldados poco certeros más bien ofendían a los suyos que a los contrarios. Grande fue la pérdida de nuestra parte, cortísima la de los franceses. El general Cuesta tranquilamente continuó su retirada, y sin detenerse se replegó con la caballería a Rioseco pasando por Valladolid. No faltó quien atribuyese su extraña conducta a traición o despique, por haberle forzado a comprometerse en la insurrección. Otras batallas posteriores en que exponiendo mucho su persona anduvo igualmente desacertado en las disposiciones, probaron que no obraba de mala fe sino con poco conocimiento de la estrategia.
Entran
los franceses
en Valladolid.
Los enemigos temerosos de alguna emboscada cañonearon al principio a Cabezón sin entrar en el pueblo. Con el ruido y las balas ahuyentaron a los vecinos, y solo a mediodía penetraron en las casas, saqueándolas y abrasando en las eras los efectos y ajuar que no pudieron llevar consigo. Fue el botin abundante, porque como era domingo casi todos los habitantes de Valladolid habían ido allí como a fiesta y romería, imaginándose a fuer de inexpertos segura y fácil la victoria. El camino de Cabezón estaba sembrado de despojos de innumerable gentío que precipitadamente quería ponerse en salvo. Los franceses avanzaron con lentitud, y no entraron en Valladolid hasta las cinco de la tarde. El obispo y unos cuantos regidores y ministros de la chancillería salieron a recibirlos para calmar su enojo. Respetaron la ciudad, quitaron las armas a los vecinos, se llevaron algunos en rehenes y la gravaron con una fuerte contribución. No se detuvieron sino hasta el 16 en cuyo día abandonaron la ciudad, queriendo apagar la insurrección de Santander.
Segunda
expedición
contra Santander.
El general Lassalle se apostó en Palencia para observar a Cuesta, y apoyar la expedición que iba a la Montaña capitaneada por el general Merle. Llegó este a Reinosa el 20 con fuerza considerable, y el 21 marchó sobre Lantueno. Guardaba las entradas de aquel lado Don Juan Manuel Velarde con 3000 hombres, los más paisanos, y dos piezas de grueso calibre. Cuando la primera retirada del enemigo, los españoles en vez de redoblar sus esfuerzos, descuidaron los preparativos de defensa, y la gente como nueva e indisciplinada se desbandó en parte, juzgando ya inútil su asistencia. Los franceses atacaron en dos columnas: opúsoseles escasa resistencia, pues en breve cedieron a la pericia de aquellos los nuevos reclutas, salvándose el mayor número por las fraguras, y reparándose los menos de una segunda línea de defensa, formada entre Las Fraguas y Somahoz. Estrechado allí el camino de un lado por un despeñadero y del otro por la roca Tajada, ofreció facilidad para que se le embarazase con ramas, peñascos y troncos, colocando detrás algunos cañones. Mas los españoles desmayados con el primer descalabro, y viendo que las tropas ligeras del enemigo avanzaban por su derecha e izquierda y los flanqueaban a pesar de lo escabroso del terreno, se retiraron apresuradamente, dejando libre el paso al general Merle, quien se posesionó de Santander el 23.
Por el Escudo las avanzadas de la división española que ocupaba aquel punto a las órdenes de Don Emeterio Velarde, ya el 19 reconocieron al enemigo que venía sobre ellos con 1200 infantes y 60 coraceros. Era su general el de brigada Ducos, quien había partido de Miranda de Ebro, empezando su movimiento a la misma sazón que Merle. La fuerza española era aun más flaca por esta parte que por la de Reinosa, y solo tenía un cañón servible. Rechazose sin embargo en un principio al enemigo. Disponíanse de nuevo a resistirle, cuando informado Don Emeterio de la rota experimentada por los de Lantueno, formó un consejo de guerra, y en él se decidió separarse guarecidos de la densa niebla esparcida por las montañas, y por cuya causa había cesado el fuego de una y otra parte. El general Ducos avanzó entonces, y juntándose con Merle llegó en su compañía a Santander.
Obispo
de Santander.
El obispo luego que supo que los franceses se aproximaban a la montaña, arrebatado de entusiasmo montó en una mula, y pertrechado de todas armas se encaminó adonde acampaba el ejército; pero encontrándole a poco deshecho y disperso, decayó de ánimo, y huyó como los demás refugiándose a Asturias, lo cual dio lugar a la voz de haber servido dicho prelado de guía a las tropas en aquella sazón.
Noble acción
de su junta.
Pocos días después del levantamiento de Santander había entrado de arribada en el puerto un buque francés, procedente de sus colonias y ricamente cargado. La junta en medio de sus apuros tuvo la generosidad de no aprovecharse del precioso socorro que el acaso le ofrecía, y permitió al buque seguir su viaje a Francia, dando además libertad y poniendo a su bordo al cónsul y a los otros franceses que en un principio habían sido arrestados. Acción tan noble y rara no evitó a Santander el ser molestado en lo sucesivo con derramas e imposiciones extraordinarias.
Expedición
contra Zaragoza.
El vigilante cuidado de Napoleón no se adormeció del lado de Aragón, disponiendo que el general de brigada Lefebvre-Desnouettes con 5000 hombres de infantería y 800 caballos partiese el 7 de junio de Pamplona. Llegó el 8 delante de Tudela. Los vecinos habían cortado el puente del Ebro con intento de impedir el paso; pero los franceses cruzando en barcas el río se apoderaron de la ciudad, a pesar de gente y socorros que había enviado Zaragoza a las órdenes del marqués de Lazán. Arcabucearon para escarmiento algunas personas, como si fuera delito defender sus hogares contra el extranjero: repararon el puente, y prosiguieron su marcha. El marqués de Lazán que con tropa colecticia se había adelantado hasta Tudela, Acción
de Mallén. se replegó y tomó posición el 12 junto a un olivar, apoyando su izquierda en la villa de Mallén, y la derecha en el canal de Aragón. Resistieron con valor sus soldados, mas atacando los enemigos vigorosamente uno de los flancos, comenzaron los nuestros a ciar, y del todo se desordenaron con una carga que les dieron los lanceros polacos. No por eso se abatieron los aragoneses, y todavía el 13 pelearon en Gallur, aunque también con desventaja. En la madrugada del 14 noticioso el general Palafox de la rota de la gente de su hermano, salió en persona de Zaragoza acompañado de 5000 paisanos mal armados, dos piezas de artillería, 80 caballos del regimiento de dragones del rey, con otros oficiales y soldados sueltos, y fue al encuentro del enemigo dirigiéndose a la villa de Alagón, De Alagón. cuatro leguas distante de aquella capital. Pareció oportuno posesionarse de aquel punto, cuya posición elevada entre los ríos Jalón y Ebro era además favorecida por los olivares y tapias que estrechan el camino que viene de Navarra. A las tres de la tarde colocó su gente el general Palafox más allá de la villa, distribuyendo tiradores por delante de sus flancos, y enfilando la entrada con los dos cañones que tenía. Los mal disciplinados paisanos fueron fácilmente arrollados por las tropas aguerridas del enemigo. En vano se trató de detenerlos. Sin embargo con algunos de ellos más valerosos o serenos, con los pocos soldados de línea que allí había y la artillería, defendiose por largo rato y vivamente la entrada de la villa. Al fin resolvió Palafox retirarse con 250 hombres que le quedaban, y en cuyo número se contaban soldados del primer batallón de voluntarios de Aragón y los del rey de caballería con algunos tiradores diestros. De los paisanos siendo muchos del partido de Alcañiz, se recogieron los más a sus casas, entrando por la noche con Palafox en Zaragoza los que eran de allí naturales. Los franceses entonces se aproximaron a aquella ciudad, en cuyas cercanías los dejaremos para tomar después el hilo, y no interrumpirle en la narración de su memorable sitio.
Cataluña.
Debía dar la mano a las operaciones de Aragón el ejército francés de Cataluña. Napoleón figurándose que dueño de Barcelona y Figueras lo era de la provincia, no creyó arriesgado sacar parte de las fuerzas que la ocupaban. Así ordenó que de aquel punto se enviasen socorros a Aragón y Valencia. Conformándose el general Duhesme con lo que se le mandaba, dispuso que 3800 hombres conducidos por el general Schwartz se dirigiesen a Zaragoza, y que 4200 a las órdenes de Chabran se apoderasen de Tarragona y Tortosa, continuando en seguida su marcha a Valencia. Los primeros debían al paso castigar a Manresa por su anterior levantamiento, quemar sus molinos de pólvora, e imponer al vecindario 750.000 francos de contribución. Ambas expediciones salieron de la capital el 4 de junio. La de Schwartz se detuvo en Martorell el 5 a causa de una abundante lluvia, con cuya feliz demora alcanzaron a tiempo a Igualada y Manresa los avisos de sus confidentes. La insurrección ya comenzada tomó incremento y extraordinario ensanche, tocose a somatén, se despacharon expresos a todas partes, y resolvieron aguardar al enemigo en la posición del Bruch y Casa-Masana.
Somatenes.
Es el somatén en Cataluña «un género de socorro, como dice Zurita, repentino y cierto que muchas veces ha sido de grande efecto.» Está conocido de tiempo inmemorial, teniendo que acudir al repique de la campana concejil todos los hombres aptos para las armas en las diversas veguerías o partidos, según lo dispone el usaje de Barcelona. Fue en este caso no menos provechoso que en otros antiguos y renombrados. Había pocas armas y municiones tan escasas, que careciendo de balas de fusil se cortaron las varillas de hierro de las cortinas para que supliesen la falta.
Acción del Bruch.
Los somatenes de Igualada y Manresa fueron los primeros que se prepararon, y al hijo de un mercader llamado Francisco Riera teníasele por principal caudillo. Apostáronse pues, y se escondieron entre los matorrales y arboleda de las alturas del Bruch. Apenas había pasado la columna francesa las casas que llevan el mismo nombre, y tomado la revuelta que forma el camino real antes de emparejar con el de Manresa, cuando fue detenida por el inesperado fuego de los encubiertos somatenes. Schwartz, después de un rato de espera, embistió a sus contrarios, replegáronse estos, y disputando el terreno a palmos se dividieron, unos yendo la vuelta de Igualada y otros la de Casa-Masana. Desalojados del último punto y teniéndose por perdidos, apriesa se retiraban, y completa hubiera sido su derrota a no haber afortunadamente Schwartz desistido de perseguirlos. Admirados los manresanos de la suspensión del francés, cobraron aliento y engrosados con el somatén de San Pedor, compuesto de buenos y esforzados tiradores, volvieron de nuevo a la carga. Venía con los recién llegados un tambor, quien como más experto hizo las veces de general en jefe. Vivamente acometieron todos juntos a los franceses de Casa-Masana, los que se recogieron al cuerpo de la columna que comía el rancho a retaguardia.
El número de somatenes crecía por momentos, sus ánimos se enardecían, adquiriendo ventaja sobre los franceses descaecidos con la impensada embestida. Schwartz al ver retirarse su vanguardia, y al ruido de la caja del somatén de San Pedor, persuadiose que tropa de línea auxiliaba al paisanaje. Formó entonces el cuadro para evitar ser envuelto, y al cabo de cierto tiempo determinó retroceder a Barcelona. Aunque molestados los enemigos por los somatenes en flanco y retaguardia llegaron sin desorden hasta Esparraguera.
Defensa
de Esparraguera.
Los vecinos de esta villa puestos en acecho, y sabiendo que los enemigos se retiraban, atajaron la calle larga y angosta que la atraviesa con todo linaje de obstáculos, en especial con muebles y utensilios de casa. Al anochecer se acercaron los franceses, y penetrando en la calle con imprudencia la cabeza de la columna, cayeron en la celada que les estaba armada. De todas partes empezaron a ofenderlos a tejazos y pedradas con algunos escopetazos, y hasta con calderadas de agua hirviendo. Schwartz suspendió el paso, y dividiendo su gente en dos trozos la hizo caminar a derecha e izquierda de la villa. Apretó después la marcha durante la noche hostigado incesantemente por los somatenes, los que le cogieron un cañón en la Riera de Cabrera, y le acosaron hasta Martorell. No imitaron sus habitantes el ejemplo de los de Esparraguera, y así fueles permitido a los franceses entrar en Barcelona el 8 de junio; pero tan destrozados y abatidos que dieron claro indicio de la rota experimentada. Su pérdida no dejó de ser considerable, mayormente si se atiende a que fueron acometidos por gente allegadiza y con escasas y malas armas. De los nuestros pocos perecieron, estando siempre amparados del terreno, y protegidos en el alcance por toda la población.
Toca a los catalanes la gloria de haber sido los primeros en España que postraron con feliz éxito el orgullo de los invasores. Fue en efecto la victoria del Bruch la que antes que ninguna otra mereció ser calificada con tal nombre. Y semejante triunfo admirable en sus circunstancias resonando por todo el principado, excitó noble emulación en todos sus habitadores, declarándose a porfía los pueblos unos en pos de otros y denodadamente.
Con razón Duhesme se sobrecogió al saber el inesperado descalabro, más que por su importancia por el aliento que infundía en los apellidados insurgentes. Atento al corto número de tropas que mandaba, obró cuerdamente en no aventurarse a nuevos riesgos y en reconcentrar sus fuerzas. Conservar sus comunicaciones con Francia debió ser su principal mira, y mal lo hubiera conseguido desparramando sus soldados en diversas direcciones: así fue que llamó a Chabran a Barcelona.
Chabran
en Tarragona.
Con mayor felicidad que Schwartz había aquel dado principio a su expedición de Valencia, penetrando sin tropiezo el 7 de junio en los muros de Tarragona. Guarnecía la plaza el regimiento suizo de Wimpffen al servicio de España, cuya oficialidad condújose con tal mesura que no despertando los recelos del francés tuvo la dicha de mantener intacto su cuerpo, después señalado apoyo de la buena causa. El general Chabran en cumplimiento de las órdenes de su jefe evacuó el 9 a Tarragona, mas a su vuelta encontró sublevado el país que poco antes había pacíficamente atravesado. Reencuentro
en Arbós. En el Vendrell y en Arbós opúsosele empeñada resistencia. Trescientos suizos de Wimpffen que iban a incorporarse con los de Tarragona, ayudaron y sostuvieron a los paisanos, y defendieron juntos con notable bizarría la posición de Arbós, aunque no fuese el terreno favorable a soldados bisoños. Después de repetidos ataques consiguieron los franceses ahuyentar a los somatenes, y apoderarse de la artillería que consigo tenían. Entraron en Arbós, y para vengarse del atrevido arrojo de sus habitantes maltrataron y mataron a muchos de ellos. Saqueo
de Villafranca
de Panadés. Continuó Chabran a Villafranca de Panadés y no cesó el estrago, saqueando allí y quemando casas y edificios en desagravio, según decía, del asesinato del gobernador español Toda, de que ya hablamos: singular equidad la de castigar una población entera por las demasías de contados individuos. Duhesme salió en busca de la tropa que volvía de Tarragona, habiendo sabido que en la ruta topaba con resistencia, y reunidos unos y otros entraron en Barcelona el día 12.
Aunque resueltos a no intentar de nuevo expediciones lejanas ni otras importantes operaciones que las que exigiese la libre comunicación con Francia, quisieron sin embargo viéndose todos juntos probar fortuna con deseo de castigar al paisanaje de Manresa y su comarca. Para lo cual reunidas las columnas de Schwartz y Chabran salieron el 13 al mando del último, tomando el mismo camino que la vez primera. En el tránsito saquearon y quemaron muchas casas de Martorell y Esparraguera ahora desapercibida, y cometieron todo linaje de desórdenes y excesos, con cuyo desmandado porte provocábase la ira del tenaz catalán; no se le arredraba.
Segunda acción
del Bruch.
Interesada la gloria de los manresanos en sostener el sitio del Bruch, testigo de sus primeros laureles, habían atendido a fortificarle y guarnecerle debidamente en unión con la junta de Lérida y pueblos del contorno. Apellidaron allí sus somatenes y les agregaron los soldados escapados de Barcelona, y cuatro compañías de voluntarios leridanos al mando de Don Juan Baguet, con algunas piezas de artillería traídas de las fortalezas del principado. El 14 trató Chabran de forzar la posición, mas a pesar de venir los franceses con dobles fuerzas y de caminar advertidos fue vana su empresa. Estrellose su desapoderado orgullo contra las flacas armas del somatén catalán, y de pocos y mal regidos soldados. En reiterados ataques quisieron enseñorearse de la posición: rechazados en todos volvieron atrás sus pasos, y con pérdida de 500 hombres y alguna artillería, perseguidos y hostigados por los paisanos se metieron vergonzosamente en Barcelona.
Expedición
de Duhesme
contra Gerona.
Frustradas las primeras tentativas, y no habiendo podido ser ejecutadas las órdenes de Napoleón, suspendió Duhesme darles el debido cumplimiento, y volvió exclusivamente la atención a asegurar y poner libres las comunicaciones con Francia. Para ello salió de Barcelona el 17 de junio con siete batallones, cinco escuadrones y ocho piezas de artillería, prefiriendo al camino que va por Hostalrich el de la marina. Habíanse armado los paisanos del Vallés, y en número de 9000 aguardaban a los franceses en la cresta de Mongat. Resistencia
de Mongat. Los inexpertos somatenes se imaginaron que solo por el frente habían de ser acometidos; pero el general francés disfrazando con varios ataques falsos el verdadero, los envolvió por su derecha, y en breve los deshizo y dispersó. Dueño el enemigo de Mongat, batería de la costa, cometió con los paisanos inauditas crueldades. Mataró que había pensado en defenderse, no cejó en su propósito con la desgracia acaecida. Colocando artillería en las avenidas del camino de Barcelona, hicieron los vecinos fuego contra las columnas francesas que se acercaban. No tardaron en ser desbaratados, Saqueo
de Mataró. y el mismo día 17 entraron los enemigos en Mataró y la saquearon. Ciudad de 20.000 habitantes, y rica por sus fábricas de algodón, vidrio y encajes, ofreció al vencedor copioso botin, no perdonando su codicia ni los vestidos de las mujeres, ni otros objetos de poco valor y uso común. El asesinato, la violencia hasta de las vírgenes más tiernas acompañaron al pillaje, confundiéndose a veces cebados en los mismos excesos el general con el soldado: largos días llorará Mataró aquel tan aciago y cruel.
En la mañana siguiente continuaron los franceses la marcha sobre Gerona. En su tránsito dejaron sangriento rastro por las muertes, robos y destrozos con que afligieron a todos los pueblos. En tanto grado convierte la guerra en hombres inhumanos a los soldados de una nación culta. Ataque
de los franceses
contra Gerona. Había solamente de guarnición en Gerona 300 hombres del regimiento de Ultonia y algunos artilleros, los que con gente de mar de la vecina costa dirigieron los fuegos de aquella arma. Limitadísimo número si los nobles, el clero y todos los vecinos sin excepción, inflamados de ardor patrio no hubiesen sostenido con el mayor brío los puntos que se confiaron a su cuidado. Era gobernador interino Don Julián de Bolívar.
A las nueve de la mañana del propio día 20 se presentó el enemigo en las alturas de la aldea de Palausacosta, mas incomodado con algunos cañonazos del baluarte de la Merced y fuerte de Capuchinos se replegó a Salt y Santa Eugenia, cuyas aldeas saqueó a sangre y fuego. Por la tarde después de varios reconocimientos atacó formalmente, dirigiendo su izquierda por los lugares que acabamos de mencionar, al paso que su derecha cruzando el Oña acometió con ímpetu e intentó forzar la puerta del Carmen. Los sitiados le repelieron con valor y serenidad. Señalose Ultonia, cuyo teniente coronel Don Pedro O’Daly quedó herido. Atacó en seguida el fuerte de Capuchinos en donde fue igualmente repelido, habiendo experimentado considerable pérdida. Burladas sus esperanzas colocó una batería cerca de la cruz de Santa Eugenia, no lejos de la plaza: causó algún daño en el colegio tridentino y otros edificios, y respondiendo con acierto a sus fuegos las baterías de la plaza, la noche puso término al combate.
Fue aquella sumamente lóbrega, y confiados los franceses en la oscuridad se acercaron calladamente al muro, y de tal manera y con tanto arrojo que hasta hallarse muy cerca no fueron sentidos. Peleose entonces por ambos lados con braveza, alumbrados solamente por los fogonazos del cañón, y no interrumpido el silencio sino por su estruendo y los ayes de los heridos y moribundos. ¡Espantosa noche! El enemigo osó arrimar escalas al baluarte de Santa Clara. Algunos de sus soldados pusiéronse encima de la misma muralla, y apresuradamente les seguían sus compañeros, cuando una partida del regimiento de Ultonia matando a los ya encaramados, precipitó a los otros y estorbó a todos continuar en aquel intento. El fuego sin embargo no cesó hasta que el baluarte de San Narciso tirando a metralla destrozó a los acometedores y los dispersó, dejando el campo como después se vio sembrado de cadáveres y heridos. No cansados todavía los franceses renovaron el ataque a las doce de la noche, queriendo asaltar el baluarte de San Pedro, pero fueron rechazados de modo que desistieron de proseguir en su empresa, retirándose temprano por el camino de Barcelona en la mañana del 21. Aunque corta fue notable esta primer defensa de Gerona, cuya plaza tanto lustre adquirió después en otra inmediata acometida, y sobre todo en el célebre sitio del siguiente año. Los somatenes molestaron por todas partes al enemigo, habiendo impedido con su ayuda que pasase al otro lado del Ter. No fue menos que de 700 hombres la pérdida de los franceses, la de los españoles mucho más reducida.
Vuelve Duhesme
a Barcelona.
Duhesme volvió a Barcelona dejando en Mataró parte de su ejército que puso al cuidado de Chabran, y cuyo trozo compuesto de 3500 hombres fue al Vallés a buscar vituallas. Rodeados siempre los franceses por el paisanaje tuvieron en Moncada que romper a viva fuerza un cordón de somatenes, Reencuentro
de Granollers. siendo al cabo detenidos cerca de Granollers por el teniente coronel Don Francisco Miláns, quien los ahuyentó haciéndoles perder la artillería. A la retirada como de costumbre talaron y destruyeron el país por donde pasaron.
Somatenes
del Llobregat.
Al propio tiempo que tan mal parados andaban los invasores en aquella parte de Cataluña, tampoco se descuidaron sus naturales en el mediodía, formando a la margen derecha del Llobregat una línea de hombres belicosos que defendía los caminos de Garraf, Ordal y Esparraguera. Los capitaneaba Don Juan Baguet, que con los voluntarios de Lérida había la segunda vez contribuido a repeler en el Bruch a los franceses. Desde allí enviaban partidas sueltas que recorrían la tierra en todas direcciones. Incomodado Duhesme de verse así estrechado, envió contra ellos al general Lecchi, quien el 30 de junio obligó a los somatenes a abandonar su posición cogiéndoles algunos cañones y aventajándose a todos los suyos en cometer demasías. No por eso desmayaron los vencidos, apareciéndose en breve hasta en las cercanías de la misma Barcelona.
Murat.
Por este término y con éxito vario se ejecutaron las órdenes de Napoleón en Cataluña, Aragón y Castilla. Fueron parecidas las que significó para las otras provincias al gran Duque de Berg, cuya solícita diligencia procuró aniquilar en derredor suyo la semilla insurreccional que brotaba con lozanía. Insinuamos antes varias de sus providencias, y las que de consuno con la junta de Madrid se habían tomado para cortar las conmociones sin tener que venir a las manos. Inútiles fueron sus esfuerzos, como lo serán siempre todos los que se dirijan a contener por la persuasión el levantamiento de una nación entera. No le pesó quizá a Murat, a cuyo gusto y anterior vida se acomodaban más las armas que los discursos. Así fue que a veces a un tiempo y otras muy de cerca, mandó que sus tropas acompañasen o siguiesen a las proclamas y exhortaciones de la junta. Consideró como de mayor importancia las Andalucías y Valencia, y de consiguiente trató ante todo de asegurarse de aquellas provincias, mayormente habiendo dado Sevilla ya en primeros de mayo muestras de desasosiego y grave alteración.
Envía a Dupont
a Andalucía.
Dupont acantonado en Toledo recibió la orden de dirigirse a Cádiz, y el 24 del mismo mayo se puso en marcha. Llevaba consigo los dos regimientos suizos de Reding y Preux al servicio de España, la división de infantería del general Barbou compuesta de 6000 hombres y además 500 marinos de la guardia imperial, con 3000 caballos mandados por el general Fresia. Iban todos tan confiados en el buen éxito de su empresa, que Dupont señalaba de antemano al ministro de guerra de Francia el día que había de entrar en Cádiz. Atravesaron la Mancha tranquilamente, y en tal abundancia hallaban los mantenimientos que dejaron almacenados en el pósito de Santa Cruz de Mudela la galleta y víveres que a prevención traían, y de los que pocos días después se apoderaron aquellos vecinos, cogiendo también parte de los soldados que los custodiaban y matando otros. El 2 de junio penetraron los franceses por las estrechuras de Sierra Morena. Hasta allí si bien habían notado inquietud y desvío en los habitantes, ningún síntoma grave se había manifestado. En la Carolina se despertó su recelo viéndola sola y desierta; y al entrar en Andújar supieron el levantamiento general de Sevilla y la formación de una junta suprema. No por eso suspendieron su marcha, llegando al amanecer del 7 delante del puente de Alcolea. Don Pedro Agustín de Echevarri, oficial de cierto arrojo pero ignorante en el arte de la guerra, y a quien vimos al frente de la insurrección cordobesa, se había situado en aquel paraje. Tenía a sus órdenes 3000 hombres de línea, compuestos de parte de un batallón de Campo-Mayor, de soldados de varios regimientos provinciales con granaderos de los mismos, a los que se agregaba alguna caballería y un destacamento de suizos. No había entre ellos cuerpo completo que estuviese presente. El número de paisanos era más considerable, y habíase de Sevilla recibido bastante artillería. Acción
de Alcolea. Los españoles levantando una cabeza de puente, habían colocado en ella doce cañones para impedir el paso del Guadalquivir y cubrir así la ciudad de Córdoba, puesta a su margen derecha y distante unas tres leguas de las ventas de Alcolea. El puente es largo y torcido, formando un ángulo o recodo que estorba el que por él se enfilen los fuegos de cañón. A la izquierda del río se había quedado la caballería española con intento de acometer a los enemigos por el flanco y espalda al tiempo que estos comenzasen el ataque de frente. Los franceses para desembarazarse trataron de dar a aquella una vigorosa carga, la cual repetida contuvo a los jinetes españoles sin lograr desbaratarlos. A poco la infantería francesa avanzó al puente. Los fuegos bien dirigidos de la obra de campaña recién construida, y sostenida también valerosamente por el oficial Lasala que mandaba a los de Campo-Mayor y granaderos provinciales, mantuvieron por algún tiempo con firmeza la posición atacada. Pero el paisanaje todavía no fogueado, desamparando a la tropa, facilitó a los franceses escalar la posición, que levantada deprisa ni era perfecta ni estaba del todo concluida. Sin embargo la caballería española no habiendo caído en desmayo, trató de favorecer a los suyos y de nuevo y con ventaja acometió a la francesa. Dupont teniendo que enviar una brigada al socorro de su gente, no prosiguió el alcance contra los infantes españoles, los que retirándose con orden solo perdieron un cañón, cuya cureña se había descompuesto. El reencuentro duró dos horas. Costó a los franceses 200 hombres, no más a los españoles por haberse retirado tranquilamente. Echevarri juzgando que no era posible defender a Córdoba, abandonó la ciudad sin detenerse en sus muros.
Saco de Córdoba.
Llegaron a su vista los franceses a las tres de la tarde del mismo día 7 de junio. Habían los vecinos cerrado las puertas más bien para capitular que para defenderse. Entabláronse sobre ello pláticas, cuando con pretexto de unos tiros disparados de las torres del muro y de una casa inmediata, apuntaron los enemigos sus cañones contra la Puerta Nueva, hundiéndola a poco rato y sin grande esfuerzo. Metiéronse pues dentro hiriendo, matando y persiguiendo a cuantos encontraban: saquearon las casas y los templos y hasta el humilde asilo del pobre y desvalido habitante. La célebre catedral, la antigua mezquita de los árabes, rival en su tiempo en santidad de Medina y la Meca, y tan superior en magnificencia, esplendidez y riqueza, fue presa de la insaciable y destructora rapacidad del extranjero. Destruidos quedaron entonces los conventos del Carmen, San Juan de Dios y Terceros, sirviéndoles de infame lupanar la iglesia de Fuensanta y otros sitios no menos reverenciados de los naturales. Grande fue el destrozo de Córdoba, muchas las preciosidades robadas en su recinto. Ciudad de 40.000 almas, opulenta de suyo y con templos en que había acumulado mucha plata y joyas la devoción de los fieles, fue gran cebo a la codicia de los invasores. De los solos depósitos de tesorería y consolidación sacó el general Dupont más de 10.000.000 de reales, sin contar con otros muchos de arcas públicas y robos hechos a particulares. Así se entregó al pillaje una población que no había ofrecido ni intentado resistencia. Bajo fingidos motivos a fuego y sangre penetraron los franceses por sus calles, a la misma sazón que se conferenciaba. Y no satisfechos con la ruina y desolación causada, acabaron de oprimir a los desdichados moradores gravándolos con imposiciones muy pesadas. Mas tan injusto y atroz trato alcanzó en breve el merecido galardón, siendo quizá la principal causa de la pérdida posterior del ejército de Dupont el codicioso anhelo de conservar los bienes mal adquiridos en el saco de aquella ciudad.
Situación
angustiada
de los franceses.
Excesos
de los paisanos
españoles.
A pesar del triunfo conseguido el general francés andaba inquieto. Sus fuerzas no eran numerosas. La insurrección de todas partes le cercaba: con instancia pedía auxilios a Madrid cuyas comunicaciones, ya antes interrumpidas, fueron al último del todo cortadas. A su propia retaguardia el 9 de junio partidas de paisanos entraron en Andújar, y alborotada por la noche la ciudad, hicieron prisionero el destacamento francés allí apostado, y mataron al comandante con otros tres de su guardia que quisieron resistirse en casa de Don Juan de Salazar. Molestó sobre todo al enemigo Don Juan de la Torre, alcalde de Montoro, que a sus expensas había levantado un cuerpo considerable; mas cogido por sorpresa debió la vida a la generosa intercesión del general Fresia, a quien había antes hospedado y obsequiado en su casa. En el Puerto del Rey apresaron los naturales al abrigo de aquellas fraguras varios convoyes: y como en la comarca se había esparcido la voz de lo acaecido en Córdoba, hubo ocasión en que so color de desquite se ensañó el paisanaje contra los prisioneros con exquisita crueldad. Fue una de sus víctimas el general René a quien cogieron y mataron estando antes herido: lamentable suceso, pero desgraciadamente inevitable consecuencia de los desmanes cometidos en Córdoba y otros parajes por el extranjero. Pues que, si en efecto era difícil contener en una guerra de aquella clase al soldado de una nación culta como la Francia y sometido a la dura disciplina militar, cuánto no debía serlo reprimir los excesos del cultivador español, que ciego en su venganza y sin freno que le contuviese, veía talados sus campos y quemados los pacíficos hogares de sus antepasados por los mismos que poco antes preciábanse de ser amigos. Había corrido el alboroto de la Sierra hasta la Mancha, y el 5 de junio los vecinos de Santa Cruz de Mudela arremetiendo a unos 400 franceses que había en el pueblo y matando a muchos, obligaron a los demás a fugarse camino de Valdepeñas. En esta villa opusiéronse los naturales al paso de los enemigos, y estos para esquivar un duro choque, echando por fuera de la población tomaron después el camino real, aguardando a un cuarto de legua en el sitio apellidado de la Aguzadera a ser reforzados. No tardó en efecto en llegar en el mismo día, que era el 6 de junio, el general Liger-Belair procedente de Manzanares con 600 caballos, e incorporados todos revolvieron sobre Valdepeñas.
Resistencia
de Valdepeñas.
Los moradores de esta villa alentados con la anterior retirada de los franceses, y temiendo también que quisiesen vengar aquella ofensa, resolvieron impedir la entrada. Es Valdepeñas población rica de 3000 vecinos, asentada en los llanos de la Mancha, y a la que dan celebridad sus afamados vinos. Atraviésala por medio la calle llamada Real, tránsito de los que viajan de Castilla a Andalucía, y la cual tiene de largo cerca de un cuarto de legua. Aprovechándose de su extensión, dispusiéronla los habitantes de modo que en ella se entorpeciese la marcha de los franceses. La cubrieron con arena, esparciendo debajo clavos y agudos hierros; de trecho en trecho y disimuladamente ataron maromas a las rejas, cerraron y atrancaron las puertas de las casas, y embarazaron las callejuelas que salían a la principal avenida. No contentos con resistir detrás de las paredes, osaron en número de más de 1000 ponerse en fila a la orilla del pueblo. Pero viendo lo numeroso de la caballería enemiga, después de algún tiroteo se agacharon en lo interior, pertrechados de armas y medios ofensivos.
Los franceses al aproximarse enviaron por delante una descubierta, la cual según su costumbre con paso acelerado se adelantó al pueblo. Penetró, y muy luego los caballos tropezando y cayendo unos sobre otros miserablemente arrojaron a los jinetes. Entonces de todas partes llovieron sobre los derribados tiros, pedradas, ladrillazos, atormentando también sus carnes con agua y aceite hirviendo. Quisieron otros proteger a los primeros y cúpoles igual y malhadado fin. Irritado Liger-Belair con aquel contratiempo, entró la villa por los costados incendiando las casas y destrozándolas. Pasaron de 80 las que se quemaron, y muchas personas fueron degolladas hasta en los campos y las cuevas. Habían los enemigos perdido ya más de 100 hombres, al paso que la villa se arruinaba y se hundía. Conmovidos de ello y recelosos de su propia suerte, varios vecinos principales resolvieron yendo a su cabeza el alcalde mayor Don Francisco María Osorio, avistarse con el general Liger-Belair, quien temeroso también de la ruina de los suyos, escuchó las proposiciones, convino en ellas, y saliendo todos juntos con una divisa blanca, pusieron de consuno término a la matanza. Mas la contienda había sido tan reñida, que los franceses escarmentados no se atrevieron a ir adelante, y juzgaron prudente retroceder a Madridejos.
Retírase Dupont
a Andújar.
Dupont aislado, sin noticia de lo que a la otra parte de los montes pasaba, aturdido con lo que de cerca veía, pensó en retirarse; y el 16 de junio saliendo por la tarde de Córdoba se encaminó a Andújar, en donde tomó posición el 19. Desde aquel punto con objeto de abastecer a su gente, y deseoso de no abandonar el terreno sin castigar a Jaén, a la cual se achacaba haber participado del alboroto y muerte del comandante francés de Andújar, envió allí el 20 al oficial Baste con la suficiente fuerza. Saqueo de Jaén. Entraron los enemigos en la ciudad sin hallar oposición, y con todo la pillaron y maltrataron horrorosamente. Degollaron hasta niños y viejos, ejerciendo acerbas crueldades contra religiosos enfermos de los conventos de Santo Domingo y de San Agustín: tal fue el último, notable y fiero hecho cometido por los franceses en Andalucía antes de rendirse a las huestes españolas.
Expedición
de Moncey
contra Valencia.
Casi al propio tiempo determinó Murat enviar también una expedición contra Valencia. Mandábala el mariscal Moncey y se componía de 8000 hombres de tropa francesa, a los que debían reunirse guardias españolas, valonas y de Corps. Mas todos estos en su mayor parte se desbandaron pasando por atajos y trochas del lado de sus compatriotas. Moncey salió de Madrid el 4 de junio y llegó a Cuenca el 11. Deteniéndose algunos días disgustose Murat, y despachó para aguijarle al general de caballería Exelmans con otros muchos oficiales, quienes arrestados en Saelices y conducidos prisioneros a Valencia, terminaron su comisión de un modo muy diverso del que esperaban. En Cuenca fueron recibidos los franceses con tibieza mas no hostilmente. Prosiguiendo su marcha hallaron por lo general los pueblos desamparados, pronóstico que vaticinaba la resistencia con que iban a tropezar.
La junta de Valencia había en tanto adoptado las medidas vigorosas de defensa que la premura del tiempo le permitía. Recreciéronse al oír que Moncey se aproximaba del lado de Cuenca, y se dieron nuevas órdenes e instrucciones al mariscal de campo Don Pedro Adorno, a cuyo mando, como ya dijimos, se habían confiado las tropas apostadas en los desfiladeros de las Cabrillas, a donde el enemigo se dirigía. Lo más de la gente era nueva e indisciplinada y por eso convenía aprovecharse de las ventajas que ofreciese el terreno. Reencuentro del
puente Pajazo. Tratose pues de disputar primeramente a los franceses el paso del Cabriel en el puente Pajazo, en donde remata la cuesta de Contreras, y en cuya cabeza construyeron los españoles una mala batería de cuatro cañones sostenida por un trozo de un regimiento suizo, colocándose la otra tropa en diferentes puntos de dicha cuesta. Detuviéronse los franceses hasta que a duras penas por los malos senderos y escabrosidades, acercaron casi a la rastra unos cañones. Con su auxilio el 20 rompieron el fuego, y vadeando unos el río, y otros acometiendo de frente, se apoderaron de la batería española, habiendo habido muchos de los suizos que se les pasaron. Los nuevos reclutas que nunca habían sido fogueados, abandonados por aquellos veteranos no tardaron en dispersarse, replegándose parte de ellos con algunos soldados españoles a las Cabrillas.
Cundió la nueva de la derrota, súpola la junta de Valencia, y grande fue la consternación y el sobresalto. En tamaño apuro envió al ejército en comisión a su vocal el P. Rico, o ya quisiesen vengarse así algunos del estrecho en que los había metido, o ya también porque gozando de suma popularidad, pensaron otros que era aquel el modo más propio de calmar la pública agitación y alejar la desconfianza. De las Cabrillas. Obedeció Rico, y el 23 por la noche llegó a las Cabrillas, ocho leguas de Valencia, y cuyos montes parten término con Castilla. Habíanse recogido a sus cumbres los dispersos del Cabriel, y allí se encontró el P. Rico con 180 hombres del regimiento de Saboya mandados por el capitán Gamíndez, con tres cuerpos de nueva creación, algunos caballos y artilleros que habían conservado dos cañones y un obús, componiendo en todo cerca de 3000 hombres. Eran contados los oficiales veteranos, siendo el de mayor graduación el brigadier Marimón de guardias españolas. Ignorábase el paradero de Adorno. Reunidas todas aquellas reliquias se colocaron en situación ventajosa a espaldas y a legua y media del pueblo de Siete Aguas, hasta cuyas casas enviaban sus descubiertas. Gamíndez mandó el centro, la izquierda Marimón, y colocáronse guerrillas sueltas por la derecha. El 24 avanzaron los franceses, y los nuestros favorecidos de tierra tan quebrada los molestaron bastantemente. Impacientado Moncey destacó por su izquierda y del lado de la sierra de los Ajos al general Harispe con vascos acostumbrados a trepar por las asperezas del Pirineo. Encaramáronse pues a pesar de escabrosidades y derrumbaderos, y arrollando a las guerrillas, facilitaron el ataque de frente. Defendiéronse bien los de Saboya, quedando los más de ellos y los artilleros muertos junto a los cañones, y prisionero con otros su comandante Gamíndez. Lo restante de la gente bisoña huyó precipitadamente. La pérdida de los españoles fue de 600 hombres, muy inferior la de los contrarios. El mariscal Moncey al instante traspasó la sierra por el portillo de las Cabrillas, desde donde registrándose las ricas y frondosas campiñas de la huerta de Valencia, se encendió la ansiosa codicia de sus fatigados soldados. Si entonces hubiera proseguido su marcha, fácilmente se hubiera enseñoreado de la ciudad; pero obligado a detenerse el 25 en la venta de Buñol para aguardar la artillería, y queriendo adelantarse cautelosamente, dio tiempo a que Rico volviendo a Valencia al rayar el alba de aquel mismo día, apellidase guerra dentro de sus muros.
Preparativos
de defensa
en Valencia.
Está asentada Valencia a la derecha del Guadalaviar o Turia, 100.000 almas forman su población, excediendo de 60.000 las que habitan en los lugarejos, casas de campo y alquerías de sus deliciosas vegas. Ceñida de un muro antiguo de mampostería con una mala ciudadela, no podía ofrecer al enemigo larga y ordenada resistencia, si militarmente hubiera de haberse considerado su defensa. Mas a la voz de la desgracia de las Cabrillas, en lugar de abatirse, creciendo el entusiasmo al más subido punto, tomó la junta activas providencias, y los moradores no solo las ejecutaron debidamente, sino que también por sí procedieron a dar a los trabajos la amplitud y perfección que permitía la brevedad del tiempo. Sin distinción de clase ni de sexo acudieron todos a trabajar en las fortificaciones que se levantaban. En el corto espacio de sesenta horas construyéronse en las puertas baterías con sacos de tierra. En la de Cuarte, como era por donde se aguardaba al enemigo, además de dos cañones de a 24 se colocó otro en el primer piso de la torre, abriéndose una zanja ancha y profunda en medio de la calle del arrabal que embocaba la batería. A la derecha de esta puerta y antes de llegar a la de San José, entre el muro y el río, se situaron cuatro cañones y dos obuses, impidiendo lo sólido del malecón que se abriese un foso. Diose a esta obra el nombre de batería de Santa Catalina, del de una torre antes demolida y que ocupaba el mismo espacio. Lo expresamos por su importancia en la defensa. Dentro del recinto se cortaron y atajaron las calles, callejuelas y principales avenidas con carros, coches, vigas, calesas y tartanas. Tapáronse las entradas y ventanas de las casas con colchones, mesas, sillas y todo género de muebles, cubriendo por el mismo término y cuidadosamente lo alto de las azoteas o terrados. Detrás de semejantes y tan repentinos atrincheramientos estaban preparados sus dueños con armas arrojadizas y de fuego, y aun hubo mujeres que no olvidaron el aceite hirviendo. Afanados todos mutuamente se animaban, habiendo resuelto defender heroicamente sus hogares.
Refriega
en el pueblo
de Cuarte.
La junta además para dilatar el que los franceses se acercasen, trató de formar un campo avanzado a la salida del pueblo de Cuarte, distante una legua de Valencia. Le componían cuerpos de nueva formación y se había puesto a las órdenes de Don Felipe Saint-March. Situose la gente en la ermita de San Onofre a orillas del canal de regadío que atraviesa el camino que va a las Cabrillas. Entretanto Don José Caro, nombrado brigadier al principio de la insurrección, y que mandaba una división de paisanos en el ejército de Cervellón, apostado según dijimos en Almansa, corrió apresuradamente al socorro de la capital luego que supo el progreso del enemigo. A su llegada se unió a Saint-March, y juntos dispusieron el modo de contener al mariscal francés. Emboscaron al efecto en los algarrobales, viñedos y olivares que pueblan aquellos contornos, tiradores diestros y esforzados. El cuerpo principal se colocó a espaldas de una batería que enfilaba el camino hondo, por donde era de creer arremetiese la caballería enemiga y cuyo puente se había cortado. Como los generales habían previsto que al fin tendrían que ceder a la superioridad y pericia francesa, deseosos de que su retirada no causara terror en Valencia, habían pensado, Caro en tirar por la izquierda y Saint-March pasar el río por la derecha y situarse en el collado del almacén de pólvora. Pero para verificar, llegado el caso, su movimiento con orden y evitar que dispersos fueran a la ciudad, establecieron a su retaguardia una segunda línea en el pueblo de Cuarte, rompiendo el camino y guarneciendo las casas para su defensa.
Defensa
de Valencia.
A las 11 de la mañana del día 27 empezó el fuego, duró hasta las tres, siendo muy vivo durante dos horas. Al fin los franceses cruzaron el canal, y forzaron la primera línea. Caro y Saint-March se retiraron según habían convenido. Los franceses vencedores iban a perseguirlos cuando notaron que desde el pueblo de Cuarte se les hacía fuego. Molestados también por el continuado de los paisanos metidos en los cañamares de dicho pueblo, no pudieron entrarle hasta las seis de la tarde; huyendo los vecinos al amparo de las acequias, cañaverales y moreras que cubren sus campos. La pérdida fue considerable de ambas partes: la artillería quedó en poder de los franceses.
Proposición
de Moncey
para que capitule
la ciudad.
Avanzó entonces Moncey hasta el huerto de Juliá, media legua de Valencia. Por la noche pasó al capitán general conde de la Conquista un oficio para que rindiese la plaza. Fue portador el coronel Solano. Congregose la junta, a la que se unieron para deliberar en asunto tan espinoso el ayuntamiento, la nobleza e individuos de todos los gremios. El de la Conquista inclinábase a la entrega, viendo cuán imposible sería resistir con gente allegadiza, y en ciudad, por decirlo así, abierta a enemigos aguerridos. Sostuvo la misma opinión el emisario Solano y en tanto grado que se esforzó en probar no había nada que temer respecto de lo pasado, así por la condición suave y noble del mariscal francés, como también por los vínculos particulares que le enlazaban con los valencianos; lo cual aludía a conocerse en aquel reino familias del nombre de Moncey, y haber quien le conceptuara oriundo de la tierra. Así se discurría acerca de la proposición, cuando el pueblo advertido de que se negociaba, desaforadamente se agolpó a la sala de sesiones de la junta. Atemorizados los que en su seno buscaban la rendición y alentados los de la parcialidad opuesta, no se titubeó en desechar la demanda del enemigo. Y puestos todos sus individuos al frente del mismo pueblo, recorrieron la línea animando y exhortando a la pelea. Con la oportuna resolución se embraveció tanto la gente que no hubo ya otra voz que la de vencer o morir.
El 28 a las once de la mañana se rompió el fuego. Como Moncey era dueño de casi todo el arrabal de Cuarte, le fue fácil ordenar sus batallones detrás del convento de San Sebastián. A su abrigo dirigieron los enemigos sus cañones contra la puerta de Cuarte y batería de Santa Catalina. Tres veces atacaron con el mayor ímpetu del lado de la primera, y otras tantas fueron rechazados. Mandaba la batería española con mucho acierto el capitán Don José Ruiz de Alcalá, y el puesto los coroneles barón de Petrés y Don Bartolomé de Georget. Los enemigos no perdonaron medio de flanquear a los nuestros por derecha e izquierda, pero de un costado se lo estorbaron los fuegos de Santa Catalina, y del otro el graneado de fusilería que desde la muralla hacían los habitantes. El entusiasmo de los defensores tocaba en frenesí cada vez que el enemigo huía, pero siempre se mantuvo el mejor orden. Temiose por un rato carecer de metralla, y sin tardanza de las casas inmediatas se arrancaron rejas, se enviaron barras y otros utensilios de hierro que cortados en menudos pedazos pudieron suplir aquella falta, acudiendo a porfía las señoras de la clase más elevada a coser los saquillos de la recién fabricada metralla. Con tal ejemplo, ¿qué brazo varonil hubiera cedido el paso al enemigo? El capitán general, los magistrados y aun el arzobispo aparecíanse a veces en medio de aquel importante puesto dando brío con su presencia a los menos esforzados.
Moncey tratando de variar su ataque, recogió sus soldados a la cruz de Mislata, y acometió, después de un respiro, la batería de Santa Catalina, a la derecha como dijimos de la de Cuarte. Era comandante del punto el coronel Don Firmo Vallés, y de la batería Don Manuel de Velasco y Don José Soler. Dos veces y con gran furia embistieron los franceses. La primera ciaron abrasados por el fuego de cañón y el que por su flanco izquierdo les hacía la fusilería; y la segunda huyeron atropelladamente sin que los contuviesen las exhortaciones de sus jefes. No por eso desistió Moncey, y fingiendo querer atacar el muro por donde mira a la plazuela del Carbón, emprendió nueva acometida contra la batería de Santa Catalina. Vano empeño. Sus soldados repelidos dejaron el suelo empapado en su sangre. Distinguiose allí el oficial Don Santiago O’Lalor, asesinado alevemente en el propio día por mano desconocida.
Los franceses perturbados con defensa tan inesperada y recia, trataron de dar una última embestida a la ciudad. Eran las cinco de la tarde cuando avanzando Moncey con el grueso de su ejército hacia la puerta de Cuarte, hizo marchar una columna por el convento de Jesús para atacar la de San Vicente situada a la izquierda de la primera, y confiada al cuidado del coronel Don Bruno Barrera, bajo cuyas órdenes dirigían la artillería los oficiales Don Francisco Cano y Don Luis Almela. Considerábase aquella parte del muro la más flaca, mayormente su centro en donde está colocada en medio de las otras dos la puerta tapiada de Santa Lucía, antiguamente dicha de la Boatella. Empezose el ataque, y los españoles apuntaron con tal acierto sus cañones que lograron desmontar los de los enemigos, y desalojarlos del punto que ocupaban con notable matanza. Desde aquella hora que era ya la de las ocho de la noche cesó el fuego en ambas líneas. Durante los diversos ataques arrojaron los franceses a la ciudad granadas que no causaron daño.
Hechos notables
de algunos
españoles.
El padre Rico anduvo constantemente por los parajes de mayor riesgo, y coadyuvó grandemente a la defensa con su energía y brioso porte. Fue imperturbable en su valor Juan Bautista Moreno que sin fusil y con la espada en la mano alentaba a sus compañeros, y tomó a su cargo abrir y cerrar las puertas sin reparar en el peligro que a cada paso le amenazaba. Más sublime ejemplo dio aún con su conducta Miguel García, mesonero de la calle de San Vicente, quien hizo solo a caballo cinco salidas, y sacando en cada una de ellas cuarenta cartuchos los empleaba como diestro tirador atinadamente. Hechos son estos dignos de la recordación histórica, y no deben desdeñarse aunque vengan de humilde lugar. Al contrario conviene repetirlos y grabarlos en la memoria de los buenos ciudadanos, para que sean imitados en aquellos casos en que peligre la independencia de la patria.
La resistencia de Valencia aunque de corta duración tuvo visos de maravillosa. No tenía soldados que la defendiesen, habiendo salido a diversos puntos los que antes la guarnecían, ni otros jefes entendidos sino oficiales subalternos que guiaron el denuedo de los paisanos. Los franceses perdieron más de 2000 hombres, y entre ellos al general de ingenieros Cazals con otros oficiales superiores. Los españoles resguardados detrás de los muros y baterías tuvieron que llorar pocos de sus compatriotas, y ninguno de cuenta.
Retírase Moncey.
Al amanecer del 29 Don Pedro Túpper puesto de vigía en el miguelete o torre de la catedral avisó que los enemigos daban indicio de retirarse. Apenas se creía tan plausible nueva, mas bien pronto todos se cercioraron de ello viendo marchar al enemigo por Torrente para tomar la calzada que va a Almansa. La alegría fue colmada, y esperábase que el conde de Cervellón acabaría en el camino de destruir al mariscal Moncey, o por lo menos le molestaría y picaría por todos lados. Inacción
de Cervellón. Muy lejos estaba de obrar conforme al común deseo. El general español había venido a Alcira cuando supo el paso de los franceses por las Cabrillas, y su marcha sobre Valencia. Allí permaneció tranquilo, y no trató de disputar a Moncey el paso del Júcar después de su derrota delante de los muros de la capital. Tachósele de remiso, principalmente porque habiendo consultado a los oficiales superiores sobre el rumbo que en tal oportunidad convendría seguir, opinaron todos que se impidiese a los franceses cruzar el río: no abrazó su dictamen fundándose en lo indisciplinados que todavía estaban sus soldados: prudencia quizá laudable, pero amargamente censurada en aquellos tiempos.
Conducta
laudable
de Llamas.
Perjudicó también a su fama, aun en el concepto de los juiciosos, la contraposición que con la suya formó la conducta de Don Pedro González de Llamas y la de Don José Caro. A este le hemos visto acudir al socorro de Valencia, y si bien no con feliz éxito por lo menos retardó con su movimiento el progreso del enemigo, lo cual fue de suma utilidad para que se preparasen los vecinos de la ciudad a una notable y afortunada resistencia. El general Llamas que de Murcia se había acercado al puerto de Almansa, noticioso por su parte de que los franceses iban a embestir a Valencia, había avanzado rápidamente y colocádose a la espalda en Chiva, cortándoles así sus comunicaciones con el camino de Cuenca. Y después obedeciendo las órdenes de la junta provincial hostigó al enemigo hasta el Júcar, en donde se paró asombrado de que Cervellón hubiese permanecido inactivo. Prodigáronse pues alabanzas a Llamas, y achacose a Cervellón la culpa de no haber derrotado al ejército de Moncey antes de la salida del territorio valenciano. Como quiera que fuese, costole al fin el mando tal modo de comportarse, graduado por los más de reprensible timidez. Moncey prosiguió su retirada incomodado por el paisanaje, y a punto que no osaba desviarse del camino real. Pasó el 2 de julio el puerto de Almansa, y en Albacete hizo alto y dio descanso a sus fatigadas tropas.
Enfermedad
de Murat.
Entretanto no sabía el gobierno de Madrid cuál partido le convenía abrazar. Notaba con desconsuelo burladas sus esperanzas, no habiendo reprimido prontamente la insurrección de las provincias con las expediciones enviadas al intento. Temía también que las tropas desparramadas por diversos y lejanos puntos, y molestadas sin gozar de un instante de sosiego, no acabasen por perder la disciplina. Mucho contribuyó a su desconcierto la enfermedad grave de que fue acometido el gran duque de Berg en los primeros días de junio, con lo cual se hallaron los individuos de la junta faltos de un centro principal que diera unión y fuerza. Hubo entre los suyos quien le creyó envenenado, y entre los españoles no faltó también quien atribuyera su mal a castigo del cielo por las tropelías y asesinatos del 2 de mayo. Los ociosos y lenguaraces buscaban el principio en un origen impuro, dando lugar a sus sueltas palabras los deslices de que no estaba exento el duque. Mas la verdadera enfermedad de este era uno de aquellos cólicos por desgracia harto comunes en la capital del reino, y que por serlo tanto los ha distinguido en una disertación el docto Luzuriaga con el nombre de cólicos de Madrid. Agregáronsele unas tercianas tan pertinaces y recias que descaeciendo su espíritu y su cuerpo, tuvo que conformarse con el dictamen de los facultativos de trasladarse a Francia, y tomar las aguas termales de Barèges. Enfermedades
en su ejército.
Opinión
de Larrey. Provocó también a sospecha de emponzoñamiento el haber amalado muchos de los soldados franceses, y muerto algunos con síntomas de índole dudosa. Para serenar los ánimos el barón Larrey, primer cirujano del ejército invasor, examinó los alimentos, y el boticario mayor del mismo Mr. Laubert analizó detenidamente el vino que se les vendía en varias tabernas y bodegones de dentro y fuera de Madrid. Nada se descubrió de nocivo en el líquido, solamente a veces había con él mezcladas algunas sustancias narcóticas más o menos excitativas, como el agua de laurel y el pimiento que para dar fuerza suelen los vinateros y vendedores añadir al vino de la Mancha, a semejanza del óxido de plomo o sea litargirio que se emplea en algunos de Francia para corregir su acedía. La mixtión no causaba molestia a los españoles por la costumbre, y sobre todo por su mayor sobriedad: dañó extremadamente a los franceses no habituados a aquella bebida, y que abusaban en sumo grado de los vinos fuertes y licorosos de nuestro terruño. El examen y declaración de Larrey y Laubert tranquilizó a los franceses, recelosos de cualquiera asechanza de parte de un pueblo gravemente ofendido; pero el de España con dificultad hubiera recurrido para su venganza a un medio que no le era usual, cuando tantos otros justos y nobles se le presentaban.
Savary sucede
a Murat.
En lugar de Murat envió Napoleón a Madrid al general Savary, el que llegó el 15 de junio. No agradó la elección a los franceses, habiendo en su ejército muchos que por su graduación y militar renombre reputábanse como muy superiores. Asimismo en el concepto de algunos menoscababa la estimación de la persona escogida, el haber sido con frecuencia empleada en comisiones más propias de un agente de policía que de quien había servido en la carrera honorífica de las armas. No era tampoco entre los españoles juzgado Savary con más ventaja, porque habiendo sido el celador asiduo del viaje de Fernando, coadyuvó con palabras engañosas a arrastrarle a Bayona. Sin embargo su nombre no era ni tan conocido ni odiado como el de Murat: además llegó en sazón en que muy poco se curaban en las provincias de lo que se hacía o deshacía en Madrid. Asuntos inmediatos y de mayor cuantía embargaban toda la atención.
Singular
comisión
de Savary.
El encargo confiado a Savary era nuevo y extraño en su forma. Autorizado con iguales facultades que el lugarteniente Murat, no le era lícito poner su firma en resolución alguna. Al general Belliard tocaba con la suya legalizarlas. El uno leía las cartas, oficios e informes dirigidos al lugarteniente; respondía, determinaba: el otro ceñíase a manera de una estampilla viva a firmar lo que le era prescrito. Los decretos se encabezaban a nombre del gran duque como si estuviese presente o hubiese dejado sus poderes a Savary, y este disponiendo en todo soberanamente, incomodaba a varios de los otros jefes que se consideraban desairados.
Su conducta.
Para mostrar que él era la suprema cabeza, a su llegada se alojó en palacio, y tomó sin tardanza providencias acomodadas al caso. Prosiguió las fortificaciones del Retiro, y construyó un reducto alrededor de la fábrica real de porcelana allí establecida, y a que dan el nombre de casa de la China, en donde almacenó las vituallas y municiones de guerra. Pensó después en sostener los ejércitos esparcidos por las provincias. Tal había sido la orden verbal de Napoleón, quien juzgaba, «ser lo más importante ocupar muchos puntos, a fin de derramar por todas partes las novedades que había querido introducir...» Conforme a ella e incierto de la suerte de Dupont, cuya correspondencia estaba cortada, Envía a Vedel
para reforzar
a Dupont. resolvió Savary reforzarle con las tropas mandadas por el general Vedel que se hallaban en Toledo. Ascendían a 6000 infantes y 700 caballos con doce cañones. El 19 de junio salieron de aquella ciudad, juntándoseles en el camino los generales Roize y Liger-Belair con sus destacamentos, los cuales hemos visto fueron compelidos a recogerse a Madridejos por la insurrección general de la Mancha.
Los franceses por todas partes se encontraban con pueblos solitarios, incomodándoles a menudo los tiros del paisanaje oculto detrás de los crecidos panes, y ¡ay de aquellos que se quedaban rezagados! No obstante asomaron sin notable contratiempo a Despeñaperros en la mañana del 26 de junio. Paso de
Sierra Morena. La posición estaba ocupada por el teniente coronel español Don Pedro Valdecañas empleado antes en la persecución de contrabandistas por aquellas sierras, y ahora apostado allí con objeto de que colocándose a la retaguardia de Dupont, le interceptase la correspondencia e impidiese el paso de los socorros que de Madrid le llegasen. Había atajado el camino en lo más estrecho con troncos, ramas y peñascos, desmoronándole del lado del despeñadero, y situando detrás seis cañones. Paisanos los más de su tropa, y él mismo poco práctico en aquella clase de guerra, desaprovechó la superioridad que le daba el terreno. Cedieron luego los nuestros al ataque bien concertado de los franceses, perdieron la artillería, y Vedel prosiguió sin embarazo a la Carolina, en cuya ciudad se le incorporó un trozo de gente que le enviaba Dupont a las órdenes del oficial Baste, el saqueador de Jaén. Llevada pues a feliz término la expedición, creyó Vedel conveniente enviar atrás alguna tropa para reforzar ciertos puntos que eran importantes, y conservar abierta la comunicación. Por lo demás bien que pareciesen cumplidos los deseos del enemigo en la unión de Vedel y Dupont, pudiendo no solo corresponder libremente con Madrid, mas aun hacer rostro a los españoles y desbaratar sus mal formadas huestes: no tardaremos en ver cuán de otra manera de lo que esperaban remataron las cosas.
Refuerzos
enviados
a Moncey.
Aquejábale igualmente a Savary el cuidado de Moncey, cuya suerte ignoraba. Después de haberse adelantado este mariscal más allá de la provincia de Cuenca, habían sido interrumpidas sus comunicaciones, hechos prisioneros soldados suyos sueltos y descarriados, y aun algunas partidas. Juntándose pues número considerable de paisanos alentados con aquellos que calificaban de triunfos, fue necesario pensar en dispersarlos. Con este objeto se ordenó al general Caulincourt apostado en Tarancón, que marchase con una brigada sobre Cuenca. Caulincourt
saquea a Cuenca. Dio vista a la ciudad el 3 de julio, y una gavilla de hombres desgobernada le hizo fuego en las cercanías a bulto y por corto espacio. Bastó semejante demostración para entregar a un horroroso saco aquella desdichada ciudad. Hubo regidores e individuos del cabildo eclesiástico que saliendo con bandera blanca quisieron implorar la merced del enemigo; mas resuelto este al pillaje sin atender a la señal de paz, los forzó a huir recibiéndolos a cañonazos. Espantáronse a su ruido los vecinos y casi todos se fugaron, quedando solamente los ancianos y enfermos y cinco comunidades religiosas. No perdonaron los contrarios casa ni templo que no allanasen y profanasen. No hubo mujer por enferma o decrépita que se libertase de su brutal furor. Al venerable sacerdote Don Antonio Lorenzo Urbán, de edad de ochenta y tres años, ejemplar por sus virtudes, le traspasaron de crueles heridas, después de recibir de sus propias manos el escaso peculio que todavía su ardiente caridad no había repartido a los pobres. Al franciscano P. Gaspar Navarro, también octogenario, atormentáronle crudamente para que confesase dinero que no tenía. Otras y no menos crueles, bárbaras y atroces acciones mancharon el nombre francés en el no merecido saco de Cuenca.
No satisfecho Savary con el refuerzo que se enviaba a Moncey al mando de Caulincourt, despachó otro nuevo a las órdenes del general Frère, Frère. el mismo que antes había ido a apaciguar a Segovia. Llegó este a Requena el 5 de julio, donde noticioso de que Moncey se retiraba del lado de Almansa, y de estar guardadas las Cabrillas por el general español Llamas, revolvió sobre San Clemente, y se unió con el mariscal. Poco después informado Savary de haberse puesto en cobro las reliquias de la expedición de Valencia, y deseoso de engrosar su fuerza en derredor suyo, mandó a Caulincourt y a Frère que se restituyesen a Madrid: con lo que enflaquecido el cuerpo de Moncey y quizá ofendido este de que un oficial inferior en graduación y respetos pudiese disponer de la gente que debía obedecerle, desistió de toda empresa ulterior, y se replegó a las orillas del Tajo.
Los franceses que esparcidos no habían conseguido las esperadas ventajas, comenzaron a pensar en mudar de plan, y reconcentrar más sus fuerzas. Napoleón sin embargo tenaz en sus propósitos insistía en que Dupont permaneciese en Andalucía, al paso que mereció su desaprobación el que le enviasen continuados refuerzos. Segundo refuerzo
llevado a Dupont
por el general
Gobert. Savary inmediato al teatro de los acontecimientos, y fiado en el favor de que gozaba, tomó sobre sí obrar por rumbo opuesto, e indicó a Dupont la conveniencia de desamparar las provincias que ocupaba. Para que con más desembarazo pudiera este jefe efectuar el movimiento retrógrado, dirigió aquel sobre Manzanares al general Gobert con su división, en la que estaba la brigada de coraceros que había en España. Mas Dupont ya fuese temor de su posición, o ya deseos de conservarse en Andalucía, ordenó a Gobert que se le incorporase, y este se sometió a dicho mandato después de dejar un batallón en Manzanares y otro en el Puerto del Rey.
Desatiende
a Bessières.
Tan discordes andaban unos y otros, como acontece en tiempos borrascosos, estando solo conformes y empeñados en aumentar fuerzas hacia el mediodía. Y al mismo tiempo el punto que más urgía auxiliar que era el de Bessières, amenazado por las tropas de Galicia, León y Asturias, quedaba sin ser socorrido. Claro era que una ventaja conseguida por los españoles de aquel lado, comprometería la suerte de los franceses en toda la península, interrumpiría sus comunicaciones con la frontera, y los dejaría a ellos mismos en la imposibilidad de retirarse. Pues a pesar de reflexión tan obvia desatendiose a Bessières, y solo tarde y con una brigada de infantería y 300 caballos se acudió de Madrid en su auxilio. Felizmente para el enemigo la fortuna le fue allí más favorable; merced a la impericia de ciertos jefes españoles.
Cuesta.
Después de la batalla de Cabezón se había retirado a Benavente el general Cuesta. Recogió dispersos, prosiguió los alistamientos, y se le juntaron el cuerpo de estudiantes de León y y el de Covadonga de Asturias. Diéronse en aquel punto las primeras lecciones de táctica a los nuevos reclutas, se los dividió en batallones que llamaron tercios, y esmerose en instruirlos don José de Zayas. De esta gente se componía la infantería de Cuesta, limitándose la caballería al regimiento de la Reina y guardias de Corps que estuvieron en Cabezón, y al escuadron de carabineros que antes había pasado a Asturias. Era ejército endeble para salir con él a campaña, si las tropas de la última provincia y las de Galicia no obraban al propio tiempo y mancomunadamente. Por lo cual con instancia pidió el general Cuesta que avanzasen y se le reuniesen. La junta de Asturias propensa a condescender con sus ruegos, fue detenida por las oportunas reflexiones de su presidente el marqués de Santa Cruz de Marcenado, manifestando en ellas que lejos de acceder, se debía exhortar al capitán general de Castilla a abandonar sus llanos y ponerse al abrigo de las montañas; pues no teniendo soldados ni unos ni otros sino hombres, infaliblemente serían deshechos en descampado, y se apagaría el entusiasmo que estaba tan encendido. Convencida la junta de lo fundado de las razones del marqués, acordó no desprenderse de su ejército, y solo por halagar a la multitud consintió en que quedase unido a los castellanos el regimiento de Covadonga, compuesto de más de 1000 hombres, y mandado por Don Pedro Méndez de Vigo, y además que otros tantos bajasen a León del puerto de Leitariegos a las órdenes del mariscal de campo conde de Toreno, padre del autor.
También encontró en Galicia la demanda de Cuesta graves dificultades. Había sido el plan de Filangieri fortificar a Manzanal, y organizar allí y en otros puntos del Bierzo sus soldados, antes de aventurar acción alguna campal. Mas la junta de Galicia atenta a la quebrantada salud de aquel general y al desvío con que por extranjero le miraban algunos, relevándole del mando activo, le había llamado a la Coruña, y nombrado en su lugar al cuartel maestre general Don Joaquín Blake. Púsose este al frente del ejército el 21 de junio, y perseguido Filangieri de adversa estrella pereció como hemos dicho el 24. Persistió Blake en el plan anterior de adiestrar la tropa, esperando que con los cuerpos que había en Galicia, los de Oporto y nuevos alistados, conseguiría armar y disciplinar 40.000 hombres. La inquietud de los tiempos le impidió llevar su laudable propósito a cumplido efecto. Deseoso de examinar y reconocer por sí la sierra y caminos de Foncebadón y Manzanal había salido de Villafranca, Ejército
de Galicia
después
de la muerte
de Filangieri. y pareciéndole conveniente tomar posición en aquellas alturas que forman una cordillera avanzada de la del Cebrero y Piedrafita, límite de Galicia, se situó allí extendiendo su derecha hasta el Monte Teleno que mira a Sanabria, y su izquierda hacia el lado de León por la Cepeda. Así no solamente guarecía todas las entradas principales de Galicia, sino también disfrutaba de los auxilios que ofrecía el Bierzo. Empezaba pues a poner en planta su intento de ejercitar y organizar su gente, cuando el 28 de junio se le presentó Don José de Zayas rogándole a nombre del general Cuesta que con todo o parte de su ejército avanzase a Castilla. Negose Blake, y entonces pasó el comisionado a avistarse con la junta de la Coruña de quien aquel dependía. La desgracia ocurrida con Filangieri, el terror que infundió su muerte, las instancias de Cuesta y los deseos del vulgo que casi siempre se gobierna más bien por impulso ciego que por razón, lograron que triunfase el partido más pernicioso; habiéndose prevenido a Blake que se juntase con el ejército de Castilla en las llanuras. Poco antes de haber recibido la orden redujo aquel general a cuatro divisiones las seis en que a principios de junio se había distribuido la fuerza de su mando, ascendiendo su número a unos 27.000 hombres de infantería, con más de 30 piezas de campaña y 150 caballos de distintos cuerpos. Tomó otras disposiciones con acierto y diligencia, y si al saber y práctica militar que le asistía se le hubiera agregado la conveniente fortaleza o mayor influjo para contrarrestar la opinión vulgar, hubiera al fin arreglado debidamente el ejército puesto a sus órdenes. Mas oprimido bajo el peso de aquella, tuvo que ceder a su impetuoso torrente, y pasar en los primeros días de julio a unirse en Benavente con el general Cuesta. Dejó solo en Manzanal la segunda división compuesta de cerca de 6000 hombres a las órdenes del mariscal de campo Don Rafael Martinengo, y en la Puebla de Sanabria un trozo de 1000 hombres a las del marqués de Valladares, el que obró después en Portugal de concierto con el ejército de aquella nación. Llegado que fue a Benavente con las otras tres divisiones, dejó allí la tercera al mando del brigadier Don Francisco Riquelme sirviendo como de reserva, y constando de 5000 hombres. Púsose en movimiento camino de Rioseco con la primera y cuarta división acaudilladas por el jefe de escuadra Don Felipe Jado Cagigal y el mariscal de campo marqués de Portago; llevó además el batallón de voluntarios de Navarra que pertenecía a la tercera. Se había también arreglado para la marcha una vanguardia que guiaba el conde de Maceda, grande de España, y coronel del regimiento de infantería de Zaragoza. Ascendía el número de esta fuerza a 15.000 hombres, la cual formaba con la de Cuesta un total de 22.000 combatientes. Contábanse entre unos y otros muchos paisanos vestidos todavía con su humilde y tosco traje, y no llegaban a 500 los jinetes. Reunidos ambos generales tomó el mando el de Castilla como más antiguo, si bien era muy inferior en número y calidad su tropa. No reinaba entre ellos la conveniente armonía. Repugnábanle a Blake muchas ideas de Cuesta, y ofendíase este de que un general nuevamente promovido y por una autoridad popular pudiese ser obstáculo a sus planes. Pero el primero por desgracia sometiéndose a la superioridad que daban al de Castilla los años, la costumbre del mando y sobre todo ser su dictamen el que con más gusto y entusiasmo abrazaba la muchedumbre, no se opuso según hemos visto a salir de Benavente ni al tenaz propósito de ir al encuentro del enemigo por las llanuras que se extendían por el frente.
Batalla
de Rioseco,
14 de julio.
Noticiosos los franceses del intento de los españoles quisieron adelantárseles, y el 9 salió de Burgos el general Bessières. No estaban el 13 a larga distancia ambos ejércitos, y al amanecer del 14 de julio se avistaron sus avanzadas en Palacios, legua y media distante de Rioseco. El de los franceses constaba de 12.000 infantes y más de 1500 caballos: superior en número el de los españoles era inferiorísimo en disciplina, pertrechos y sobre todo en caballería, tan necesaria en aquel terreno, siendo de admirar que con ejército tan novel y desapercibido se atreviese Cuesta a arriesgar una acción campal.
La desunión que había entre los generales españoles, si no del todo manifiesta todavía, y la condición imperiosa y terca del de Castilla, impidieron que de antemano se tomasen mancomunadamente las convenientes disposiciones. Blake, en la tarde del 13, al aviso de que los franceses se acercaban, pasó desde Castromonte, en donde tenía su cuartel general, a Rioseco, en cuya ciudad estaba el de Cuesta, y juntos se contentaron con reconocer el camino que va a Valladolid, persuadido el último que por allí habían de atacar los franceses. A esto se limitaron las medidas previamente combinadas.
Volviendo Don Joaquín Blake a su campo, preparó su gente, reconoció de nuevo el terreno, y a las dos de la madrugada del 14 situó sus divisiones en el paraje que le pareció más ventajoso, no esperando grande ayuda de la cooperación de Cuesta. Empezó sin embargo este a mover su tropa en la misma dirección a las cuatro de la mañana; pero de repente hizo parada, sabedor de que el enemigo avanzaba del lado de Palacios a la izquierda del camino que de Rioseco va a Valladolid. Advertido Blake tuvo también que mudar de rumbo y encaminarse a aquel punto. Ya se deja discurrir de cuánto daño debió de ser para alcanzar la victoria movimiento tan inesperado, teniendo que hacerse por paisanos y tropas bisoñas. Culpa fue grande del general de Castilla no estar mejor informado en un tiempo en que todos andaban solícitos en acechar voluntariamente los pasos del ejército francés. Cuesta temiendo ser atacado pidió auxilio al general Blake, quien le envió su cuarta división al mando del marqués de Portago, y se colocó él mismo con la vanguardia, los voluntarios de Navarra y primera división en la llanura que a manera de mesa forma lo alto de una loma puesta a la derecha del camino que media entre Rioseco y Palacios, y a cuyo descampado llaman los naturales campos de Monclín. Constaba esta fuerza de 9000 hombres. No era respetable la posición escogida, siendo por varios puntos de acceso no difícil. Cuesta se situó detrás a la otra orilla del camino, dejando entre sus cuerpos y los de Blake un claro considerable. Mantúvose así apartado por haber creído, según parece, que eran franceses los soldados del provincial de León que se mostraron a lo lejos por su izquierda, y quizá también llevado de los celos que le animaban contra el otro general su compañero.
Al avanzar dudó un momento el mariscal Bessières si acometería a los españoles, imaginándose que eran muy superiores en número a los suyos. Pero habiendo examinado de más cerca la extraña disposición, por la cual quedaba un claro en tanto grado espacioso que parecían las tropas de su frente más bien ejércitos distintos que separados trozos de uno mismo y solo, recordó lo que había pasado allá en Cabezón, y arremetiendo sin tardanza resolvió interponerse entre Blake y Cuesta. Había juzgado el francés que eran dos líneas diversas, y que la ignorancia e impericia de los jefes había colocado a los soldados tan distantes unos de otros. Difícil era por cierto presumir que el interés de la patria, o por lo menos el honor militar, no hubiese acallado en un día de batalla mezquinas pasiones. Nosotros creemos que hubo de parte de Cuesta el deseo de campear por sí solo y acudir al remedio de la derrota luego que hubiese visto destrozado en parte o por lo menos muy comprometido a su rival. No era dado a su ofendido orgullo descubrir lo arriesgado y aun temerario de tal empresa. De su lado Blake hubiera obrado con mayor prudencia si conociendo la inflexible dureza de Cuesta, hubiese evitado exponerse a dar batalla con una parte reducida de su ejército.
Prosiguiendo Bessières en su propósito ordenó que el general Merle y Sabatier acometiesen el primero la izquierda de la posición de Blake y el segundo su centro. Iba con ellos el general Lassalle acompañado de dos escuadrones de caballería. Resistieron con valor los nuestros, y muchos aunque bisoños aguantaron la embestida, como si estuvieran acostumbrados al fuego de largo tiempo. Sin embargo el general Merle encaramándose del lado del camino por el tajo de la meseta, los nuestros comenzaron a ciar, y a desordenarse la izquierda de Blake. En tanto avanzaba Mouton para acometer a los de Cuesta, e interponerse entre los dos grandes y separados trozos del ejército español. A su vista los carabineros reales y guardias de Corps, sin aguardar aviso se movieron y en una carga bizarrísima arrollaron las tropas ligeras del enemigo, y las arrojaron en una torrentera de las que causan en aquel país las lluvias. Fue al socorro de los suyos la caballería de la guardia imperial, y nuestros jinetes cediendo al número se guarecieron de su infantería. Cayeron muertos en aquel lance los ayudantes mayores de carabineros Escobedo y Chaperón, lidiando este bravamente y cuerpo a cuerpo con varios soldados del ejército contrario. Arreciando la pelea, se adelantó la cuarta división de Galicia, puesta antes a las órdenes inmediatas de Cuesta con consentimiento de Blake. Dicen unos que obró por impulso propio, otros por acertada disposición del primer general. Iban en ella dos batallones de granaderos entresacados de varios regimientos, el provincial de Santiago y el de línea de Toledo, a los que se agregaron algunos bisoños entre otros el de Covadonga. Arremetieron con tal brío que fueron los franceses rechazados y deshechos, cogiendo los nuestros cuatro cañones. Momento apurado para el enemigo y que dio indicio de cuán otro hubiera sido el éxito de la batalla a haber habido mayor acuerdo entre los generales españoles. Mas la adquirida ventaja duró corto tiempo. En el intervalo había crecido el desorden y la derrota en las tropas de Blake. En balde este general había querido contener al enemigo con la columna de granaderos provinciales que tenía como en reserva. Estos no correspondieron a lo que su fama prometía por culpa en gran parte de algunos de los jefes. Fueron como los demás envueltos en el desorden, y caballos enemigos que subieron a la altura acabaron de aumentar la confusión. Entonces Merle más desembarazado revolvió sobre la cuarta división que había alcanzado la ventaja arriba indicada, y flanqueándola por su derecha la contuvo y desconcertó. Los franceses luego acometieron intrépidamente por todos lados, extendiéronse por la meseta o alto de la posición de Blake, y todo lo atropellaron y desbarataron, apoderándose de nuestras no aguerridas tropas la confusión y el espanto. Individualmente hubo soldados, y sobre todo oficiales que vendieron caras sus vidas, contándose entre los más valerosos al ilustre conde de Maceda, quien, pródigo de su grande alma, cual otro Paulo, prefirió arrojarse a la muerte antes que ver con sus ojos la rota de los suyos. Vanos fueron los esfuerzos del general Blake y de los de su estado mayor, particularmente de los distinguidos oficiales Don Juan Moscoso, Don Antonio Burriel y Don José Maldonado para rehacer la gente. Eran sordos a su voz los más de los soldados, manteniéndose por aquel punto solo unido y lidiando el batallón de voluntarios de Navarra mandado por el coronel Don Gabriel de Mendizábal. Cundiendo el desorden no fue tampoco dable a Cuesta impedir la confusión de los suyos, y ambos generales españoles se retiraron a corta distancia uno de otro sin ser muy molestados por el enemigo; pero entre sí con ánimo más opuesto y enconado. Tomaron el camino de Villalpando y Benavente. Pasó de 4000 la pérdida de los nuestros entre muertos, heridos, prisioneros y extraviados, con varias piezas de artillería. De los contrarios perecieron unos 300 y más de 700 fueron los heridos. Lamentable jornada debida a la obstinada ceguedad e ignorancia de Cuesta, al poco concierto entre él y Blake, y a la débil y culpable condescendencia de la junta de Galicia. La tropa bisoña y aun el paisanaje habiendo peleado largo rato con entusiasmo y denuedo, claramente mostraron lo que con mayor disciplina y mejor acuerdo de los jefes hubieran podido llevar a glorioso remate. Mucho perjudicó a la causa de la patria tan triste suceso. Se perdieron hombres, se consumieron en balde armas y otros pertrechos, y sobre todo se menoscabó en gran manera la confianza.
Rioseco pagó duramente la derrota padecida casi a sus puertas. Nunca pudo autorizar el derecho de la guerra el saqueo y destrucción de un pueblo que por sí no había opuesto resistencia. Mas el enemigo con pretexto de que soldados dispersos habían hecho fuego cerca de los arrabales, entró en la ciudad matando por calles y plazas. Los vecinos que quisieron fugarse murieron casi todos a la salida. Allanaron los franceses las casas, los conventos y los templos, destruyeron las fábricas, robándolo todo y arruinándolo. Quitaron la vida a mozos, ancianos y niños, a religiosos y a varias mujeres, violándolas a presencia de sus padres y maridos. Lleváronse otras al campamento, abusando de ellas hasta que hubieron fallecido. Quemaron más de cuarenta casas, y coronaron tan horrorosa jornada con formar de la hermosa iglesia de Santa Cruz un infame lupanar, en donde fueron víctima del desenfreno de la soldadesca muchas monjas, sin que se respetase aun a las muy ancianas. No pocas horas duró el tremendo destrozo.
Avanza
Bessières
a León.
Bessières después de avanzar hasta Benavente persiguió a Cuesta camino de León, a cuya ciudad llegó este el 17, abandonándola en la noche del 18 para retirarse hacia Salamanca. El general francés que había dudado antes si iría o no a Portugal, sabiendo este movimiento y el que Blake y los asturianos se habían replegado detrás de las montañas, desistió de su intento y se contentó con entrar en León y recorrer la tierra llana. Su
correspondencia
con Blake. Desde el 22 abrió el mariscal francés correspondencia con Blake haciéndole proposiciones muy ventajosas para que él y su ejército reconociesen a José. Respondiole el general español con firmeza y decoro, concluyendo los tratos con una carta de este demasiadamente vanagloriosa, y una respuesta de su contrario atropellada y en que se pintaba el enfado y despecho.
La batalla de Rioseco, fatal para los españoles, llenó de júbilo a Napoleón, comparándola con la de Villaviciosa que había asegurado la corona en las sienes de Felipe V. Satisfecho con la agradable nueva, o más bien sirviéndole de honroso y simulado motivo, abandonó a Bayona, de donde el 21 de julio por la noche salió para París, visitando antes los departamentos del mediodía. No fue la vez primera ni la única en que alejándose a tiempo, procuraba que sobre otros recayesen las faltas y errores que se cometían en su ausencia.
Viaje de José
a Madrid.
José, a quien dejamos a la raya de España y pisando su territorio, el 9 de julio había seguido su camino a cortas jornadas. A doquiera que llegaba acogíanle friamente; las calles de los pueblos estaban en soledad y desamparo, y no había para recibirle sino las autoridades que pronunciaban discursos, forzadas por la ocupación francesa. El 16 supo en Burgos las resultas de la batalla de Rioseco, con lo que más desahogadamente le fue lícito continuar su viaje a Madrid. En el tránsito quiso manifestarse afable, lo cual dio ocasión a los satíricos donaires de los que le oían. Porque poco práctico en la lengua española, alteraba su pureza con vocablos y acento de la italiana, y sus arengas en vez de cautivar los ánimos solo los movían a risa y burla.
Su entrada
en la capital.
El 20 en fin llegó a Chamartín a mediodía y se apeó en la quinta del duque del Infantado, disponiéndose a hacer su entrada en Madrid. Verificola pues en aquella propia tarde a las seis y media, yendo por la puerta de Recoletos, calle de Alcalá y Mayor hasta palacio. Habían mandado colgar y adornar las casas. Raro o ninguno fue el vecino que obedeció. Venía escoltado para seguridad y mayor pompa de mucha infantería y caballería, generales y oficiales de estado mayor, y contados españoles de los que estaban más comprometidos. Interrumpíase la silenciosa marcha con los solos vivas de algunos franceses establecidos en Madrid, y con el estruendo de la artillería. Las campanas en lugar de tañer como a fiesta las hubo que doblaron a manera de día de difuntos. Pocos fueron los habitantes que se asomaron o salieron a ver la ostentosa solemnidad. Y aun el grito de uno que prorrumpió en viva Fernando VII, causó cierto desorden por el recelo de alguna oculta trama. Recibimiento que representaba al vivo el estado de los ánimos, y singular en su contraste con el que se había dado a Fernando VII en 24 de marzo. Asemejose muy mucho al de Carlos de Austria en 1710, en el que se mezclaron con los pocos vítores que le aplaudían, varios que osaron aclamar a Felipe V. Pero José no se ofendió ni de extraños clamores ni de la expresiva soledad como el austriaco. Este al llegar a la puerta de Guadalajara torció a la derecha y se salió por la calle de Alcalá diciendo: «que era una corte sin gente.» José se posesionó de Palacio y desde luego admitió a cumplimentarle a las autoridades, consejos y principales personas al efecto citadas.
Retrato de José.
Ahora no parecerá fuera de propósito que nos detengamos a dar una idea, si bien sucinta, del nuevo rey, de su carácter y prendas. Comenzaremos por asentar con desapasionada libertad, que en tiempos serenos y asistido de autoridad, si no más legítima por lo menos de origen menos odioso, no hubiera el intruso deshonrado el solio, mas sí cooperado a la felicidad de España. José había nacido en Córcega, año de 1768. Habiendo estudiado en el colegio de Autun en Borgoña, volvió a su patria en 1785 en donde después fue individuo de la administración departamental, a cuya cabeza estaba el célebre Paoli. Casado en 1794 con una hija de Mr. Clary, hombre de los más acaudalados de Marsella, acompañó al general Bonaparte en su primera campaña de Italia. Hallábase embajador en Roma a la sazón que sublevándose el pueblo acometió su palacio y mató a su lado al general Duphot. Miembro a su regreso del consejo de los Quinientos, defendió con esfuerzo a su hermano que entonces en Egipto era vivamente atacado por el directorio. Después de desempeñar comisiones importantes y de haber firmado el concordato con el Papa, los tratados de Luneville, Amiens y otros, tomó asiento en el senado. Mas cuando Napoleón convirtió la Francia en un vasto campo militar y sus habitantes en soldados, ciñó a su hermano la espada, dándole el mando del cuarto regimiento de línea, uno de los destinados al tan pregonado desembarco de Inglaterra. No descolló empero en las armas, cual conviniera al que fue a domeñar después una nación fiera y altiva como la española. Al subir Napoleón al trono ofreció a José la corona de Lombardía que se negó a admitir, accediendo en 1806 a recibir la de Nápoles, cuyo reino gobernó con algún acierto. Fue en España más desgraciado a pesar de las prendas que le adornaban. Nacido en la clase particular y habiendo pasado por los vaivenes y trastornos de una gran revolución política, poseía a fondo el conocimiento de los negocios públicos y el de los hombres. Suave de condición, instruido y agraciado de rostro, y atento y delicado en sus modales, hubiera cautivado a su partido las voluntades españolas, si antes no se las hubiera tan gravemente lastimado en su pundonoroso orgullo. Además la extrema propensión de José a la molicie y deleites oscureciendo algún tanto sus bellas dotes, dio ocasión a que se inventasen respecto de su persona ridículas consejas y cuentos creídos por una multitud apasionada y enemiga. Así fue que no contentos con tenerle por ebrio y disoluto, deformáronle hasta en su cuerpo fingiendo que era tuerto. Su misma locución fácil y florida perjudicole en gran manera, pues arrastrado de su facundia se arrojaba, como hemos advertido, a pronunciar discursos en lengua que no le era familiar, cuyo inmoderado uso unido a la fama exagerada de sus defectos, provocó a componer farsas populares que, representadas en todos los teatros del reino, contribuyeron no tanto al odio de su persona como a su desprecio, afecto del ánimo más temible para el que anhela afianzar en sus sienes una corona. Por tanto, José, si bien enriquecido de ciertas y laudables calidades, carecía de las virtudes bélicas y austeras que se requerían entonces en España, y sus imperfecciones, débiles lunares en otra coyuntura, ofrecíanse abultadas a los ojos de una nación enojada y ofendida.
Su proclamación.
Los pocos días que el nuevo rey residió en Madrid se pasaron en ceremonias y cumplidos. Señalose el 25 de julio para su proclamación. Prefirieron aquel día por ser el de Santiago, creyendo así agradar a la devoción española que le reconocía como patrón del reino. Hizo las veces de alférez mayor el conde de Campo de Alange, estando ausente y habiendo rehusado asistir el marqués de Astorga a quien de derecho competía.
Su
reconocimiento.
Todas las autoridades, después de haber cumplimentado a José, le prestaron, con los principales personajes, juramento de fidelidad. Solo se resistieron el consejo de Castilla Consejo
de Castilla. y la sala de alcaldes. Muy de elogiar sería la conducta del primero, si con empeño y honrosa porfía se hubiera antes constantemente opuesto a las resoluciones de la autoridad intrusa. Había sí a veces suprimido la fórmula, al publicar sus decretos, de que estos se guardasen y cumpliesen, pero imprimiéndose y circulándose a su nombre: el pueblo, que no se detenía en otras particularidades, achacaba al consejo y vituperaba en él la autorización de tales documentos, y los hombres entendidos deploraban que se sirviese de un efugio indigno de supremos magistrados. Porque al paso que doblaban la cerviz al usurpador, buscaban con sutilezas e impropios ardides un descargo a la severa responsabilidad que sobre ellos pesaba: proceder que los malquistó con todos los partidos.
Desde la llegada de José a España habíase ordenado al consejo que se dispusiese a prestar el debido juramento. En el 22 de julio expresamente se le reiteró cumpliese con aquel acto, según lo prevenido en la constitución de Bayona, la cual ya de antemano se le había ordenado que circulase. El consejo sabedor de la resistencia general de las provincias, y previendo el compromiso a que se exponía, había procurado dar largas, y no antes del 24 respondió a las mencionadas órdenes. En dicho día remitió dos representaciones que abrazaban ambos puntos el del juramento y el de la constitución. A cerca de la última expuso: «que él no representaba a la nación, y sí únicamente las cortes, las que no habían recibido la constitución. Que sería una manifiesta infracción de todos los derechos más sagrados el que tratándose, no ya del establecimiento de una ley sino de la extinción de todos los códigos legales y de la formación de otros nuevos, se obligase a jurar su observancia antes que la nación los reconociese y aceptase.» Justa y saludable doctrina de que en adelante se desvió con frecuencia el mismo consejo.
Hasta en el presente negocio cedió al fin respecto de la constitución de Bayona, cuya publicación y circulación tuvo efecto con su anuencia en 26 de julio. Animáronle a continuar en la negativa del pedido juramento los avisos confidenciales que ya llegaban del estado apurado de los franceses en Andalucía: por lo cual el 28 insistió en las razones alegadas, añadiendo nuevas de conciencia. A unas y a otras le hubiera la necesidad obligado a encontrar salida y someterse a lo que se le ordenaba, según antes había en todo practicado, si grandes acontecimientos allende la Sierra Morena no hubieran distraído de los escrúpulos del consejo y suscitado nuevos e impensados cuidados al gobierno intruso.
Al llegar aquí de suyo se nombra la batalla de Bailén: memorable suceso que exige lo refiramos circunstanciadamente.
Acontecimientos
que precedieron
a la batalla
de Bailén.
No habrá el lector olvidado como Dupont después de abandonar a Córdoba se había replegado a Andújar, y asentando allí su cuartel general, sucesivamente había recibido los refuerzos que le llevaron los generales Vedel y Gobert. Antes de esta retirada y para impedirla se había formado un plan por los españoles. Don Francisco Javier Castaños se oponía a que este se realizase, pensando quizá fundadamente que ante todo debía organizarse el ejército en un campo atrincherado delante de Cádiz. En tanto Dupont frustró con su movimiento retrógrado el intento que había habido de rodearle. Alentáronse los nuestros, y solo Castaños insistió de nuevo en su anterior dictamen. Inclinábase a adoptarle la junta de Sevilla hasta que arrastrada por la voz pública, y noticiosa de que tropas de refresco avanzaban a unirse al enemigo, determinó que se le atacase en Andújar.
Castaños desde que había tomado el mando del ejército de Andalucía, había tratado de engrosarle, y disciplinar a los innumerables paisanos que se presentaban a alistarse voluntariamente. En Utrera estableció su cuartel general, y en aquel pueblo y Carmona se juntaron unas en pos de otras todas las fuerzas, así las que venían de San Roque, Cádiz y Sevilla, como las que con Echevarri habían peleado en Alcolea. No tardaron mucho las de Granada en aproximarse y darse la mano con las demás. Para mayor seguridad rogó Castaños al general Spencer, quien con 5000 ingleses según se apuntó estaba en Cádiz a bordo de la escuadra de su nación, que desembarcase y tomase posición en Jerez. Por entonces no condescendió este general con su deseo, prefiriendo pasar a Ayamonte y sostener la insurrección de Portugal. No tardó sin embargo el inglés en volver y desembarcar en el Puerto de Santa María, en donde permaneció corto tiempo sin tomar parte en la guerra de Andalucía.
Distribución del
ejército español
de Andalucía.
Puestos de inteligencia los jefes españoles dispusieron su ejército en tres divisiones con un cuerpo de reserva. Mandaba la primera Don Teodoro Reding con la gente de Granada; la segunda el marqués de Coupigny, y se dejó la tercera a cargo de Don Félix Jones que debía obrar unida a la reserva capitaneada por Don Manuel de la Peña. El total de la fuerza ascendía a 25.000 infantes y 2000 caballos. A las órdenes de Don Juan de la Cruz había una corta división, compuesta de las compañías de cazadores de algunos cuerpos, de paisanos y otras tropas ligeras, con partidas sueltas de caballería, que en todo ascendía a 1000 hombres. También Don Pedro Valdecañas mandaba por otro lado pequeños destacamentos de gente allegadiza.
Los españoles, avanzando, se extendieron desde el 1.º de julio por el Carpio y ribera izquierda del Guadalquivir. Los franceses para buscar víveres y cubrir su flanco habían al propio tiempo enviado a Jaén al general de brigada Cassagne con 1500 hombres. A las once del mismo día, acercándose los franceses a la ciudad, tuvieron varios reencuentros con los nuestros, y hasta el 3 que por la noche la desampararon estuvieron en continuado rebato y pelea, ya con paisanos y ya con el regimiento de suizos de Reding y voluntarios de Granada, que habían acudido a la defensa de los suyos. Dupont, sabedor del movimiento del general Castaños, no queriendo tener alejadas sus fuerzas, había ordenado a Cassagne que retrocediese, y así se libertó Jaén de la ocupación de unos soldados que tanto daño le habían ocasionado en la primera.
Consejo
celebrado
para atacar
a los franceses.
Instando de todos lados para que se acometiese decididamente al enemigo, celebraron en Porcuna el 11 de julio los jefes españoles un consejo de guerra en el que se acordó el plan de ataque. Conforme a lo convenido debía Don Teodoro Reding cruzar el Guadalquivir por Mengíbar y dirigirse sobre Bailén, sosteniéndole el marqués de Coupigny que había de pasar el río por Villanueva. Al mismo tiempo Don Francisco Javier Castaños quedó encargado de avanzar con la tercera división y la reserva y atacar de frente al enemigo, cuyo flanco derecho debía ser molestado por las tropas ligeras y cuerpos francos de Don Juan de la Cruz, quien atravesando por el puente de Marmolejo, que aunque cortado anteriormente estaba ya transitable, se situó al efecto en las alturas de Sementera.
El 13 se empezó a poner en obra el concertado movimiento, y el 15 hubo varias escaramuzas. Dupont inquieto con las tropas que veía delante de sí, pidió a Vedel que le enviase de Bailén el socorro de una brigada; pero este no queriendo separarse de sus soldados fue en persona con su división, dejando solamente a Liger-Belair con 1300 hombres para guardar el paso de Mengíbar. En el mismo 15 los franceses atacaron a Cruz, quien después de haber combatido bizarramente se transfirió a Peñascal de Morales, replegándose los enemigos a sus posiciones. No hubo en el 16 por el frente, o sea del lado de Castaños, sino un recio cañoneo; pero fue grave y glorioso para los españoles el choque en que se vio empeñado en el propio día el general Reding.
Acción
de Mengíbar.
Según lo dispuesto trató este general de atacar al enemigo, y al tiempo que le amenazaba en su posición de Mengíbar, a las cuatro de la mañana cruzó el río a media legua por el vado apellidado del Rincón. Le desalojó de todos los puntos, y obligó a Liger-Belair a retirarse hacia Bailén, de donde volando a su socorro el general Gobert, recibió este un balazo en la cabeza, de que murió poco después. Cuerpos nuevos como el de Antequera y otros se estrenaron aquel día con el mayor lucimiento. Contribuyó en gran manera al acierto de los movimientos el experto y entendido mayor general Don Francisco Javier Abadía. Nada embarazaba ya la marcha victoriosa de los españoles; mas Reding como prudente capitán suspendió perseguir al enemigo, y repasando por la tarde el río aguardó a que se le uniese Coupigny. Pareció ser día de buen agüero porque en 1212 en el mismo 16 de julio, según el cómputo de entonces, habíase ganado la célebre batalla de las Navas de Tolosa, pueblo de allí poco distante: siendo de notar que el paraje en donde hubo mayor destrozo de moros, y que aún conserva el nombre de campo de matanza, fue el mismo en que cayó mortalmente herido el general Gobert.
De resultas de este descalabro determinó Dupont que Vedel tornase a Bailén, y arrojase los españoles del otro lado del río. Empezaba el terror a desconcertar a los franceses. Aumentose con la noticia que recibieron de lo ocurrido en Valencia, y por doquiera no veían ni soñaban sino gente enemiga. Así fue que Dufour, sucesor de Gobert, y Liger-Belair escarmentados con la pérdida que el 16 experimentaron en Mengíbar, y temerosos de que los españoles mandados por Don Pedro Valdecañas, que habían acometido y sorprendido en Linares un destacamento francés, se apoderasen de los pasos de la sierra y fuesen después sostenidos por la división victoriosa de Reding, en vez de mantenerse en Bailén caminaron a Guarromán tres leguas distante. Ya se habían puesto en marcha cuando Vedel de vuelta de Andújar llegó al primer pueblo, y sin aguardar noticia ni aviso alguno recelándose que Dufour y su compañero pudiesen ser atacados prosiguió adelante, y uniéndose a ellos avanzaron juntos a la Carolina y Santa Elena.
En el intermedio y al día siguiente de la gloriosa acción que había ganado, movió el general Reding su campo, repasó de nuevo el río en la tarde del 17, e incorporándosele al amanecer el marqués de Coupigny entraron ambos el 18 en Bailén. Sin permitir a su gente largo descanso disponíanse a revolver sobre Andújar, con intento de coger a Dupont entre sus divisiones y las que habían quedado en los Visos, cuando impensadamente se encontraron con las tropas de dicho general, que de priesa y silenciosamente caminaban. Había el francés salido de Andújar al anochecer del 18, después de destruir el puente y las obras que para su defensa había levantado. Escogió la oscuridad deseoso de encubrir su movimiento, y salvar el inmenso bagaje que acompañaba a sus huestes.
Batalla de Bailén,
19 de julio.
Abría Dupont la marcha con 2600 combatientes, mandando Barbou la columna de retaguardia. Ni franceses ni españoles se imaginaban estar tan cercanos; pero desengañolos el tiroteo que de noche empezó a oírse en los puntos avanzados. Los generales españoles que estaban reunidos en una almazara o sea molino de aceite a la izquierda del camino de Andújar, paráronse un rato con la duda de si eran fusilazos de su tropa bisoña o reencuentro con la enemiga. Luego los sacó de ella una granada que casi cayó a sus pies a las doce y minutos de aquella misma noche, y principio ya del día 19. Eran en efecto fuegos de tropas francesas que habiendo las primeras y más temprano salido de Andújar, habían tenido el necesario tiempo para aproximarse a aquellos parajes. Los jefes españoles mandaron hacer alto, y Don Francisco Venegas Saavedra, que en la marcha capitaneaba la vanguardia, mantuvo el conveniente orden, y causó diversión al enemigo en tanto que la demás tropa ya puesta en camino volvía a colocarse en el sitio que antes ocupaba. Los franceses por su parte avanzaron más allá del puente que hay a media legua de Bailén. En unas y otras no empezó a trabarse formalmente la batalla hasta cerca de las cuatro de la mañana del citado 19. Aunque los dos grandes trozos o divisiones, en que se había distribuido la fuerza española allí presente, estaban al mando de los generales Reding y Coupigny, sometido este al primero, ambos jefes acudían indistintamente con la flor de sus tropas a los puntos atacados con mayor empeño. Ayudoles mucho para el acierto el saber y tino del mayor general Abadía.
La primera acometida fue por donde estaba Coupigny. Rechazáronla sus soldados vigorosamente, y los guardias valonas, suizos, regimientos de Bujalance, Ciudad Real, Trujillo, Cuenca, Zapadores y el de caballería de España embistieron las alturas que el enemigo señoreaba y le desalojaron. Roto este enteramente se acogió al puente, y retrocedió largo trecho. Reconcentrando en seguida Dupont sus fuerzas volvió a posesionarse de parte del terreno perdido, y extendió su ataque contra el centro y costado derecho español en donde estaba Don Pedro Grimarest. Flaqueaban los nuestros de aquel lado, pero auxiliados oportunamente por Don Francisco Venegas, fueron los franceses del todo arrollados teniendo que replegarse. Muchas y porfiadas veces repitieron los enemigos sus tentativas por toda la línea, y en todas fueron repelidos con igual éxito. Manejaron con destreza nuestra artillería los soldados y oficiales de aquella arma, mandados por los coroneles Don José Juncar y Don Antonio de la Cruz, consiguiendo desmontar de un modo asombroso la de los contrarios. La sed causada por el intenso calor era tanta que nada disputaron los combatientes con mayor encarnizamiento como el apoderarse, ya unos ya otros, de una noria sita más abajo de la almazara antes mencionada.
A las doce y media de la mañana Dupont lleno de enojo púsose con todos los generales a la cabeza de las columnas, y furiosa y bravamente acometieron juntos al ejército español. Intentaron con particular arrojo romper nuestro centro, en donde estaban los generales Reding y Abadía, llegando casi a tocar con los cañones los marinos de la guardia imperial. Vanos fueron sus esfuerzos, inútil su conato. Tanto ardimiento y maestría estrellose contra la bravura y constancia de nuestros guerreros. Cansados los enemigos, del todo decaídos, menguados sus batallones, y no encontrando refugio ni salida, propusieron una suspensión de armas que aceptó Reding.
Mientras que la victoria coronaba con sus laureles a este general, Don Juan de la Cruz no había permanecido ocioso. Informado del movimiento de Dupont en la misma noche del 18 se adelantó hasta los Baños, y colocándose cerca del Herrumblar a la izquierda del enemigo, le molestó bastantemente. Castaños debió tardar más en saber la retirada de los franceses, puesto que hasta la mañana del 19 no mandó a Don Manuel de la Peña ponerse en marcha. Llevó este consigo la tercera división de su mando reforzada, quedándose con la reserva en Andújar el general en jefe. Peña llegó cuando se estaba ya capitulando: había antes tirado algunos cañonazos para que Reding estuviese advertido de su llegada, y quizá este aviso aceleró el que los franceses se rindiesen.
Vedel en su correría no habiendo descubierto por la sierra tropas españolas, unido con Dufour permaneció el 18 en la Carolina, después de haber dejado para resguardar el paso en Santa Elena y Despeñaperros dos batallones y algunas compañías. Allí estaba cuando al alborear del 19 oyendo el cañoneo del lado de Bailén, emprendió su marcha, aunque lentamente, hacia el punto de donde partía el ruido. Tocaba ya a las avanzadas españolas, y todavía reposaban estas con el seguro de la pactada tregua. Advertido sin embargo Reding envió al francés un parlamento con la nueva de lo acaecido. Dudó Vedel si respetaría o no la suspensión convenida, mas al fin envió un oficial suyo para cerciorarse del hecho.
Ocupaban por aquella parte los españoles las dos orillas del camino. En la ermita de San Cristóbal, que está a la izquierda yendo de Bailén a la Carolina, se había situado un batallón de Irlanda, y el regimiento de Órdenes Militares al mando de su valiente coronel Don Francisco de Paula Soler: enfrente y del otro lado se hallaba otro batallón de dicho regimiento de Irlanda con dos cañones. Pesaroso Vedel de haber suspendido su marcha, u obrando quizá con doblez, media hora después de haber contestado al parlamento de Reding, y de haber enviado un oficial a Dupont, mandó al general Cassagne que atacase el puesto de los españoles últimamente indicado. Descansando nuestros soldados en la buena fe de lo tratado, fuele fácil al francés desbaratar al batallón de Irlanda que allí había, cogerle muchos prisioneros, y aun los dos cañones. Mayor oposición encontró el enemigo en las fuerzas que mandaba Soler, quien aguantó bizarramente la acometida que le dio el jefe de batallón Roche. Interesaba mucho aquel punto de la ermita de San Cristóbal, porque se facilitaba apoderándose de ella la comunicación con Dupont. Viendo la porfiada y ordenada resistencia que los españoles ofrecían, iba Vedel a atacar en persona la ermita, cuando recibió la orden de su general en jefe de no emprender cosa alguna, con lo que cesó en su intento calificado por los españoles de alevoso.
Capitulación
del ejército
francés.
Negociábase pues el armisticio que antes se había entablado. Fue enviado por Dupont para abrir los tratos el capitán Villoutreys de su estado mayor. Pedía el francés la suspensión de armas y el permiso de retirarse libremente a Madrid. Concedió Reding la primera demanda, advirtiendo que para la segunda era menester abocarse con Don Francisco Javier Castaños que mandaba en jefe. A él se acudió autorizando los franceses al general Chabert para firmar un convenio. Inclinábase Castaños a admitir la proposición de dejar a los enemigos repasar sin estorbo la Sierra Morena. Pero la arrogancia francesa disgustando a todos, excitó al conde de Tilly a oponerse, cuyo dictamen era de gran peso como de individuo de la junta de Sevilla, y de hombre que tanta parte había tomado en la revolución. Vino en su apoyo el haberse interceptado un despacho de Savary de que era portador el oficial Mr. de Fénelon. Preveníasele a Dupont en su contenido que se recogiese al instante a Madrid en ayuda de las tropas que iban a hacer rostro a los generales Cuesta y Blake que avanzaban por la parte de Castilla la Vieja. Tilly a la lectura del oficio insistió con ahínco en su opinión, añadiendo que la victoria alcanzada en los campos de Bailén de nada serviría sino de favorecer los deseos del enemigo, caso que se permitiese a sus soldados ir a juntarse con los que estaban allende la sierra. A sus palabras irritados los negociadores franceses se propasaron en sus expresiones hablando mal de los paisanos españoles y exagerando sus excesos. No quedaron en zaga en su réplica los nuestros, echándoles en cara escándalos, saqueos y perfidias. De ambas partes agriándose sobremanera los ánimos, rompiéronse las entabladas negociaciones.
Mas los franceses no tardaron en renovarlas. La posición de su ejército por momentos iba siendo más crítica y peligrosa. Al ruido de la victoria había acudido de la comarca la población armada, la cual y los soldados vencedores estrechando en derredor al enemigo abatido y cansado, sofocado con el calor y sediento, le sumergían en profunda aflicción y desconsuelo. Los jefes franceses no pudiendo los más sobrellevar la dolorosa vista que ofrecían sus soldados, y algunos, si bien los menos, temerosos de perder el rico botin que los acompañaba, generalmente persistieron en que se concluyese una capitulación. Y como las primeras conferencias no habían tenido feliz resulta, escogiose para ajustarla al general Marescot que por acaso se había incorporado al ejército de Dupont. De antiguo conocía al nuevo plenipotenciario Don Francisco Javier Castaños, y lisonjeáronse los que le eligieron con que su amistad llevaría la negociación a pronto y cumplido remate.
Habíanse ya trabado nuevas pláticas, y todavía hubo oficiales franceses que escuchando más a los ímpetus de su adquirida gloria que a lo que su situación y la fe empeñada exigían, propusieron embestir de repente las líneas españolas, y uniéndose con Vedel salvarse a todo trance. Dupont mismo sobrecogido y desatentado dio órdenes contradictorias, y en una de ellas insinuó a Vedel que se considerase como libre y se pusiese en cobro. Bastole a este general el permiso para empezar a retirarse por la noche burlándose de la tregua. Notando los españoles su fuga, intimaron a Dupont que de no cumplir él y los suyos la palabra dada, no solamente se rompería la negociación, sino que también sus divisiones serían pasadas a cuchillo. Arredrado con la amenaza, envió el francés oficiales de su estado mayor que detuviesen en la marcha a Vedel, el cual aunque cercado de un enjambre de paisanos, y hostigado por el ejército español, vaciló si había o no de obedecer. Mas aterrorizados oficiales y soldados, era tanto su desaliento que de veintitrés jefes que convocó a consejo de guerra, solo cuatro opinaron que debía continuarse la comenzada retirada. Mal de su grado sometiose Vedel al parecer de la mayoría.
Terminose pues la capitulación oscura y contradictoria en alguna de sus partes; lo que en seguida dio margen a disputas y altercados.[*] (* Ap. n. [4-15].) Según los primeros artículos se hacía una distinción bien marcada entre las tropas del general Dupont y las de Vedel. Las unas eran consideradas como prisioneras de guerra, debiendo rendir las armas, y sujetarse a la condición de tales. A las otras si bien forzadas a evacuar la Andalucía, no se las obligaba a entregar las armas sino en calidad de depósito, para devolvérselas a su embarco. Pero esta distinción desaparecía en el artículo 6.º en donde se estipulaba que todas las tropas francesas de Andalucía se harían a la vela desde Sanlúcar y Rota para Rochefort en buques tripulados por españoles. Ignoramos si hubo o no malicia en la inserción del artículo. Si procedió de ardid de los negociadores franceses, enredáronse entonces en su propio lazo, pues no era hacedero aprestar los suficientes barcos con tripulación nacional. Tenemos por más probable que anhelando todos concluir el convenio se precipitaron a cerrarle, dejándole en parte ambiguo y vago.
La capitulación firmose en Andújar el 22 de julio por Don Francisco Javier Castaños y el conde de Tilly a nombre de los españoles, y lo fue al de los franceses por los generales Marescot y Chabert. Al día siguiente desfiló la fuerza que estaba a las órdenes inmediatas del general Dupont por delante de la reserva y tercera división españolas, a cuyo frente se hallaban los generales Castaños y Don Manuel de la Peña. Censurose que se diera la mayor honra y prez de la victoria a las tropas que menos habían contribuido a alcanzarla. Componíase la primera fuerza francesa de 8248 hombres, Rinden las armas
los franceses. la cual rindió sus armas a 400 toesas del campo. El 24 trasladose el mismo Castaños a Bailén, en donde las divisiones de Vedel y Dufour que constaban de 9393 hombres abandonaron sus fusiles, colocándolos en pabellones sobre el frente de banderas. Además entregaron unos y otros las águilas como también los caballos y la artillería que contaba 40 piezas. De suerte que entre los que habían perecido en la batalla, los rendidos y los que después sucesivamente se rindieron en la sierra y Mancha, pasaba el total del ejército enemigo de 21.000 hombres. El número de sus muertos ascendía a más de 2000 con gran número de heridos. Entre ellos perecieron el general Dupré y varios oficiales superiores. Dupont quedó también contuso. De los nuestros murieron 243, quedando heridos más de 700.
Reflexiones
sobre la batalla.
Día fue aquel de ventura y gloria para los españoles, de eterna fama para sus soldados, de terrible y dolorosa humillación para los contrarios. Antes vencedores estos contra las más aguerridas tropas de Europa, tuvieron que rendir ahora sus armas a un ejército bisoño compuesto en parte de paisanos y allegado tan apresuradamente que muchos sin uniforme todavía conservaban su antiguo y tosco vestido. Batallaron sin embargo los franceses con honra y valentía; cedieron a la necesidad, pero cedieron sin afrenta. Algunos de sus caudillos no pudieron ponerse a salvo de una justa y severa censura. Allá en Roma en parecido trance pasaron sus cónsules bajo el yugo despojados, y medio desnudos al decir de Tito Livio: «aquí hubo jefes que tuvieron más cuenta con la mal adquirida riqueza que con el buen nombre.» No ha faltado entre sus compatriotas quien haya achacado la capitulación al deseo de no perder el cuantioso botin que consigo llevaban. Pudo caber tan ruin pensamiento en ciertos oficiales, mas no en su mayor y más respetable número. Guerreros bravos y veteranos lidiaron con arrojo y maestría; sometiéronse a su mala estrella y a la dicha y señalado brío de los españoles.
La victoria pesada en la balanza de la razón casi tocó en portento. Cierto que las divisiones de Reding y de Coupigny, únicas que en realidad lidiaron, contaban un tercio de fuerza más que las de Dupont, constando estas de 8000 hombres, y aquellas de 14.000. ¡Pero qué inferioridad en su composición! Las francesas superiorísimas en disciplina, bajo generales y oficiales inteligentes y aguerridos, bien pertrechadas y con artillería completa y bien servida, tenían la confianza que dan tamañas ventajas y una serie no interrumpida de victorias. Las españolas mal vestidas y armadas, con oficiales por la mayor parte poco prácticos en el arte de la guerra y con soldados inexpertos, eran más bien una masa de hombres de repente reunidos, que un ejército en cuyas filas hubiese la concordancia y orden propios de un ejército a punto de combatir. Nuestra caballería por su mala organización conceptuábase como nula a pesar del valor de los jinetes, al paso que la francesa brillaba y se aventajaba por su arreglo y destreza. La posición ocupada por los españoles no fue más favorable que la de los enemigos, habiendo al contrario tenido estos la fortuna de acometer los primeros a los nuestros que comenzaban su marcha. Podrá alegarse que hallándose a la retaguardia de Dupont las fuerzas de Castaños y Peña, se le inutilizaba a aquel su superioridad viéndose así perseguido y estrechado; pero en respuesta diremos que también Reding tuvo a sus espaldas las tropas de Vedel, con la diferencia que las de Peña nunca llegaron al ataque, y las otras le realizaron por dos veces. No es extraño que mortificados los vencidos con la impensada rota, la hayan asimismo achacado a la penuria que experimentaban sus soldados, al cansancio y al calor terrible en aquella estación y en aquel clima. Pero si los víveres abundaban en el campo de los españoles, era igual o mayor la fatiga, y no herían con menos violencia los rayos del sol a muchos de los que siendo de provincias más frescas estaban tan desacostumbrados como los franceses a los ardores de las del mediodía, de que varios cayeron sofocados y muertos. Hanse reprendido a Dupont y a sus generales graves faltas, y ¡cuáles no cometieron los españoles! Si Vedel y los suyos corrieron a la Carolina tras un enemigo que no existía, Castaños y la Peña se pararon sobrado tiempo en los Visos de Andújar, figurándose tener delante un enemigo que había desaparecido. El general francés reputado como uno de los primeros de su nación, aventajábase en nombradía al español, habiéndose ilustrado con gloriosos hechos en Italia y en las orillas del Danubio y del Elba. Castaños, después de haber servido con distinción en la campaña de Francia de 1793, gozaba fama de buen oficial y de hombre esforzado, mas no había todavía tenido ocasión de señalarse como general en jefe. Suave de condición amábanle sus subalternos; mañero en su conducta acusábanle otros de saber aprovecharse en beneficio propio de las hazañas ajenas. Así fue que quisieron privarle de todo loor y gloria en los triunfos de Bailén. Juicio apasionado e injusto. Pues si a la verdad no asistió en persona a la acción, y anduvo lento en moverse de Andújar, no por eso dejó de tomar parte en la combinación y arreglo acordado para atacar y destruir al enemigo. Por lo demás la ventaja real que en esta célebre jornada asistió a los españoles, fue el puro y elevado entusiasmo que los animaba y la certeza de la justicia de la causa que defendían, al paso que los franceses decaídos en medio de un pueblo que los aborrecía, abrumados con su bagaje y sus riquezas, conservaban sí el valor de la disciplina y el suyo propio, pero no aquella exaltación sublime con que habían asombrado al mundo en las primeras campañas de la revolución.
Nos hemos detenido algún tanto en el cotejo de los ejércitos combatientes y en el de sus operaciones, no para dar preferencia en las armas a ninguna de las dos naciones, sino para descubrir la verdad y ponerla en su más espléndido y claro punto. Los habitadores de España y Francia como todos los de Europa igualmente bravos y dispuestos a las acciones más dignas y elevadas, han tenido sus tiempos de gloria y abatimiento, de fortuna y desdicha, dependiendo sus victorias o de la previsión y tino de sus gobiernos, o de la maestría de sus caudillos, o de aquellos acasos tan comunes en la guerra, y por los que con razón se ha dicho que las armas tienen sus días.
Camina
el ejército rendido
a la costa.
Los franceses después de haberse rendido, emprendieron su viaje hacia la costa de noche y a cortas jornadas. Además de las contradicciones e inconvenientes que en sí envolvía la capitulación, casi la imposibilitaban las circunstancias del día. La autoridad, falta de la necesaria fuerza, no podía enfrenar el odio que había contra los franceses, causadores de una guerra que Napoleón mismo calificó alguna vez de sacrílega.[*] (* Ap. n. [4-16].) El modo pérfido con que ella había comenzado, los excesos, robos y saqueos cometidos en Córdoba y su comarca, tanto más pesados, cuanto recaían sobre pueblos no habituados desde siglos a ver enemigos en sus hogares, excitaban un clamor general, y creíase universalmente que ni pacto ni tratado debía guardarse con los que no habían respetado ninguno. En semejante conflicto la junta de Sevilla consultó con los generales Morla y Castaños acerca de asunto tan grave. Disintieron ambos en sus pareceres. Con razón el último sostenía el fiel cumplimiento de lo estipulado, en contraposición del primero que buscaba la aprobación y aplauso popular. Adhirió la junta al dictamen de este, aunque injusto e indebido. Para sincerarse circuló un papel en cuyo contexto intentó probar que los franceses habían infringido la capitulación, y que suya era la culpa si no se cumplía. Efugio indigno de la autoridad soberana cuando había una razón principalísima, y que fundadamente podía producirse, cual era la falta de transportes y marinería.
Desorden
en Lebrija
causado
por la presencia
de los prisioneros.
Por pequeña ocasión aumentáronse las dificultades. Acaeció pues en Lebrija que descubriéndose casualmente en las mochilas de algunos soldados más dinero que el que correspondía a su estado y situación, irritose en extremo el pueblo, y ellos para libertarse del enojo que había promovido el hallazgo, trataron de descargarse acusando a los oficiales. Del alboroto y pendencia resultaron muertes y desgracias. Propúsoseles entonces a los prisioneros que para evitar disturbios se sujetasen a un prudente registro, depositando los equipajes en manos de la autoridad. No cedieron al medio indicado, y otro incidente levantó en el Puerto de Santa María gran bullicio. En el Puerto
de Santa María. Al embarcarse allí el 14 de agosto para pasar la bahía, cayose de la maleta de un oficial una patena y la copa de un cáliz. Fácil es adivinar la impresión que causaría la vista de semejantes objetos. Porque además de contravenirse a la capitulación en que se había expresamente estipulado la restitución de los vasos sagrados, se escandalizaba sobremanera a un pueblo que en tan gran veneración tenía aquellas alhajas. Encendidos los ánimos, se registraron los más de los equipajes, y apoderándose de ellos se maltrató a muchos prisioneros y se les despojó en general de casi todo lo que poseían.
Correspondencia
entre Dupont
y Morla.
Promovieron tales incidentes reclamaciones vivas del general Dupont y una correspondencia entre él y Don Tomás de Morla gobernador de Cádiz. Pedía el francés en ella los equipajes de que se había privado a los suyos, e insistiendo en su demanda contestole entre otras cosas Morla: «¿si podía una capitulación que solo hablaba de la seguridad de sus equipajes, darle la propiedad de los tesoros que con asesinatos, profanación de cuanto hay sagrado, crueldades y violencias había acumulado su ejército de Córdoba y otras ciudades? ¿Hay razón [continuaba], derecho ni principio que prescriba que se debe guardar fe ni aun humanidad a un ejército que ha entrado en un reino aliado y amigo so pretextos capciosos y falaces; que se ha apoderado de su inocente y amado rey y toda su familia con igual falacia; que les ha arrancado violentas e imposibles renuncias a favor de su soberano, y que con ellas se ha creído autorizado a saquear sus palacios y pueblos, y que porque no acceden a tan inicuo proceder, profanan sus templos y los saquean, asesinan sus ministros, violan las vírgenes, estupran a su placer bárbaro, y cargan y se apoderan de cuanto pueden transportar, y destruyen lo que no? ¿Es posible que estos tales tengan la audacia, oprimidos, cuando se les priva de estos que para ellos deberían ser horrorosos frutos de su iniquidad, reclamar los principios de honor y probidad?» Verdades eran estas si bien mal expresadas, por desgracia sobradamente obvias y de todos conocidas. Mas las perfidias y escándalos pasados no autorizaban el quebrantamiento de una capitulación contratada libremente por los generales españoles. ¿Qué sería de las naciones, qué de su progreso y civilización, si echándose recíprocamente en cara sus extravíos, sus violencias, olvidasen la fe empeñada y traspasasen y abatiesen los linderos que ha fijado el derecho público y de gentes? En Morla fue más reprensible aquel lenguaje siendo militar antiguo, y hombre que después a las primeras desgracias de su patria la abandonó villanamente y desertó al bando enemigo.
Consternación
del gobierno
francés
en Madrid.
Al paso que con las victorias de Bailén fue en las provincias colmado el júbilo y universal y extremado el entusiasmo, consternose y cayó como postrado el gobierno de Madrid. Empezó a susurrarse tan grave suceso en el día 23. De antemano y varias veces se había anunciado la deseada victoria como si fuera cierta, por lo que los franceses calificaban la voz esparcida de vulgar e infundada. Sacoles del error el aviso de que un oficial suyo se aproximaba con la noticia. Llegó pues este, y supieron los pormenores de la desgracia acaecida. Había cabido ser portador de la infausta nueva al mismo Mr. de Villoutreys, que había entablado en Bailén los primeros tratos, y a cuyo hado adverso tocaba el desempeño de enfadosas comisiones. Según lo convenido en la capitulación, un oficial francés escoltado por tropa española debía en persona comunicarla al duque de Rovigo, general en jefe del ejército enemigo, y ordenar también en su tránsito por la sierra y Mancha a los destacamentos apostados en la ruta, y que formaban parte de las divisiones rendidas, ir a juntarse con sus compañeros ya sometidos para participar de igual suerte. Cumplió fielmente Mr. de Villoutreys con lo que se le previno, y todos obedecieron incluso el destacamento de Manzanares. Fue el de Madridejos el que primero resistió a la orden comunicada.
Retírase José.
Llegó a Madrid el fatal mensajero en 29 de julio. Congregó José sin dilación un consejo compuesto de personas las más calificadas. Variaron los pareceres. Fue el del general Savary retirarse al Ebro. Todos al fin se sometieron a su opinión, así por salir de la boca del más favorecido de Napoleón, como también porque avisos continuados manifestaban cuánto se empeoraba el semblante de las cosas. Por todas partes se conmovían los pueblos cercanos a la capital: no les intimidaba la proximidad de las tropas enemigas; cortábanse las comunicaciones; en la Mancha eran acometidos los destacamentos sueltos, y ya antes en Villarta habían sus vecinos desbaratado e interceptado un convoy considerable. Agolpáronse uno tras otro los reveses y los contratiempos: pocos hubo en Madrid de los enemigos y sus parciales que no se abatiesen y descorazonasen. A muchos faltábales tiempo para alejarse de un suelo que les era tan contrario y ominoso.
Españoles
que le siguen.
José resuelto a partir, dejó a la libre voluntad de los españoles que con él se habían comprometido, quedarse o seguirle en la retirada. Contados fueron los que quisieron acompañarle. De los siete ministros, Cabarrús, Ofárril, Mazarredo, Urquijo y Azanza mantuviéronse adictos a su persona y no se apartaron de su lado. Permanecieron en Madrid Peñuela y Cevallos. Imitaron su ejemplo los duques del Infantado y el del Parque, como casi todos los que habían presenciado los acontecimientos de Bayona y asistido a su congreso. No faltó quien los tachase de inconsiguientes y desleales. Juzgaban otros diversamente, y decían que los más habían sido arrastrados a Francia o por fuerza o por engaño, y que si bien se propasaron algunos a pedir empleos o gracias, nunca era tarde para reconciliarse con la patria, arrepentirse de un tropiezo causado por el miedo o la ciega ambición, y contribuir a la justa causa en cuyo favor la nación entera se había pronunciado. Lo cierto es que ni uno quizá de los que siguieron a José hubiera dejado de abrazar el mismo partido, a no haberles arredrado el temor de la enemistad y del odio que las pasiones del momento habían excitado contra sus personas.
Antes de abrir la marcha reconcentraron los enemigos hacia Madrid las fuerzas de Moncey y las desparramadas a orillas del Tajo. Clavaron en el Retiro y casa de la China más de ochenta cañones, llevándose las vajillas y alhajas de los palacios de la capital y sitios reales que no habían sido de antemano robadas. Tomadas estas medidas empezaron a evacuar la capital inmediatamente. Salió José el 30 cerrando la retaguardia en la noche del 31 el mariscal Moncey. Respiraron del todo y desembarazadamente aquellos habitantes en la mañana del 1.º de agosto. El 9 entró el fugitivo rey en Burgos con Bessières, quien según órdenes recibidas se había replegado allí de tierra de León.
Destrozos
causados
en la retirada.
Acompañaron a los franceses en su retirada lágrimas y destrozos. Soldados desmandados y partidas sueltas esparcieron la desolación y espanto por los pueblos del camino o los poco distantes. Rezagábanse, se perdían para merodear y pillar, saqueaban las casas, talaban los campos sin respetar las personas ni lugares más sagrados. Buitrago, el Molar, Iglesias, Pedrezuela, Gandullas, Broajos y sobre todo la villa de Venturada abrasada y destruida, conservarán largo tiempo triste memoria del horroroso tránsito del extranjero.
Continuó José su marcha y en Miranda de Ebro hizo parada, extendiéndose la vanguardia de su ejército a las órdenes del mariscal Bessières hasta las puertas de Burgos. Terminose así su malogrado y corto viaje de Madrid, del que libres y menos apremiados por los acontecimientos, pasaremos a referir los nuevos y esclarecidos triunfos que alcanzaron las armas españolas en las provincias de Aragón y Cataluña.
APÉNDICES
AL TOMO PRIMERO.
APÉNDICE
DEL
LIBRO PRIMERO.
Número [1-1].
Tenemos noticia original del despacho que con este motivo escribió a Madrid Don Eugenio Izquierdo, y también podrá verse en el manifiesto, que de sus procedimientos publicó el consejo real, la mención que en su contenido se hace del convenio concluido por Izquierdo en 10 de mayo de 1806.
Número [1-2].
Plenos poderes dados por el rey Carlos IV a Don Eugenio Izquierdo embajador extraordinario en Francia en 26 de mayo de 1806, renovados en 8 de octubre de 1807.
Don Carlos por la gracia de Dios rey de España y de las Indias &c.
Teniendo entera confianza en vos, Don Eugenio Izquierdo nuestro consejero honorario de estado, y habiéndoos autorizado en virtud de esta confianza justamente merecida para firmar un tratado con la persona que fuere igualmente autorizada por nuestro aliado el emperador de los franceses, nos comprometemos de buena fe y sobre nuestra palabra real, que aprobaremos, ratificaremos y haremos observar y ejecutar entera e inviolablemente todo lo que sea estipulado y firmado por vos. En fe de lo cual hemos hecho expedir la presente firmada de nuestra mano, sellada con nuestro sello secreto, y refrendada por el infrascrito nuestro consejero de estado, primer secretario de estado y del despacho. Dada en Aranjuez a 26 de mayo de 1806. — Yo el Rey. — Pedro Cevallos.
Nota. Traducción española de la francesa que había entre los papeles de Don Eugenio Izquierdo, quien al pie de la dicha traducción francesa puso las dos certificaciones siguientes en francés: — 1.ª Certifico que esta traducción es fiel. París 5 de junio de 1806. — Izquierdo consejero de estado de S. M. C. — 2.ª Certifico que estos poderes han sido renovados día 8 del presente mes en el real sitio de San Lorenzo. — Fontainebleau 27 de octubre de 1807. — Izquierdo. — (Llorente, tom. 3.º núm. 106.)
Número [1-3].
La amistad que media hace muchos años entre Don Agustín de Argüelles y nosotros, nos ha puesto en el caso de haber oído muchas veces de su misma boca la relación de esta misión que le fue encomendada. A mayor abundamiento conservamos por escrito una nota suya acerca de aquel suceso.
Número [1-4].
Proclama de Don Manuel Godoy.
En circunstancias menos arriesgadas que las presentes han procurado los vasallos leales auxiliar a sus soberanos con dones y recursos anticipados a las necesidades; pero en esta previsión tiene el mejor lugar la generosa acción de súbdito hacia su señor. El reino de Andalucía privilegiado por la naturaleza en la producción de caballos de guerra ligeros; la provincia de Extremadura que tantos servicios de esta clase hizo al señor Felipe V ¿verán con paciencia que la caballería del rey de España esté reducida e incompleta por falta de caballos? No, no lo creo; antes sí espero que del mismo modo que los abuelos gloriosos de la generación presente sirvieron al abuelo de nuestro rey con hombres y caballos, asistan ahora los nietos de nuestro suelo con regimientos o compañías de hombres diestros en el manejo del caballo, para que sirvan y defiendan a su patria todo el tiempo que duren las urgencias actuales, volviendo después llenos de gloria y con mejor suerte al descanso entre su familia. Entonces sí que cada cual se disputará los laureles de la victoria; cual dirá deberse a su brazo la salvación de su familia; cual la de su jefe; cual la de su pariente o amigo, y todos a una tendrán razón para atribuirse a sí mismos la salvación de la patria. Venid pues amados compatriotas: venid a jurar bajo las banderas del más benéfico de los soberanos: venid y yo os cubriré con el manto de la gratitud, cumpliéndoos cuanto desde ahora os ofrezco, si el Dios de las victorias nos concede una paz tan feliz y duradera cual le rogamos. No, no os detendrá el temor, no la perfidia: vuestros pechos no abrigan tales vicios, ni dan lugar a la torpe seducción. Venid pues y si las cosas llegasen a punto de no enlazarse las armas con las de nuestros enemigos, no incurriréis en la nota de sospechosos, ni os tildaréis con un dictado impropio de vuestra lealtad y pundonor por haber sido omisos a mi llamamiento.
Pero si mi voz no alcanzase a despertar vuestros anhelos de gloria, sea la de vuestros inmediatos tutores o padres del pueblo a quienes me dirijo, la que os haga entender lo que debéis a vuestra obligación, a vuestro honor, y a la sagrada religión que profesáis. — El príncipe de la Paz.
Número [1-5].
Estado de los regimientos que componían la expedición de tropas españolas al mando del teniente general marqués de la Romana, destinada a formar un cuerpo de observación hacia el país de Hanóver.
Deberán salir de España por la parte de Irún los cuerpos siguientes: infantería de línea, tercer batallón de Guadalajara, 778 hombres; regimiento de Asturias, 2332; primero y segundo batallón de la Princesa, 1554; infantería ligera, primer batallón de Barcelona, 1245 plazas; caballería de línea, Rey, 670 hombres y 540 caballos; Infante, id., id.
Por la parte de la Junquera: infantería de línea, tercer batallón de la Princesa, 778 plazas; dragones, Almansa, 670 hombres y 540 caballos; Lusitania, id., id.; artillería un tren de campaña de 25 piezas y el ganado de tiro correspondiente, 270 hombres; zapadores-minadores, una compañía 127 hombres.
Existentes en Etruria y que constituyen parte de la expedición: infantería de línea, regimiento de Zamora, 969 plazas; primero y segundo batallón de Guadalajara, 996; infantería ligera, primer batallón de Cataluña, 1042 hombres; caballería, Algarbe, 624 hombres y 406 caballos; dragones, Villaviciosa, 634 hombres y 393 caballos.
Total 14.019 hombres y 2959 caballos. Id. plazas agregadas 2216 hombres y 241 caballos. — Madrid 4 de marzo de 1807.
Nota. No se expresan las plazas agregadas de cada cuerpo, aunque sí el total de las que deben ser.
Número [1-6].
Tratado secreto entre el rey de España y el emperador de los franceses, relativo a la suerte futura del Portugal.
Napoleón emperador de los franceses &c. Habiendo visto y examinado el tratado concluido, arreglado y firmado en Fontainebleau a 27 de octubre de 1807 por el general de división Miguel Duroc, gran mariscal de nuestro palacio &c., en virtud de los plenos poderes que le hemos conferido a este efecto, con Don Eugenio Izquierdo, consejero honorario de estado y de guerra de S. M. el rey de España, igualmente autorizado con plenos poderes de su soberano, de cuyo tratado es el tenor como sigue:
S. M. el emperador de los franceses y S. M. el rey de España queriendo arreglar de común acuerdo los intereses de los dos estados, y determinar la suerte futura de Portugal de un modo que concilie la política de los dos países, han nombrado por sus ministros plenipotenciarios, a saber: S. M. el emperador de los franceses al general Duroc, y S. M. el rey de España a Don Eugenio Izquierdo, los cuales después de haber canjeado sus plenos poderes, se han convenido en lo que sigue:
1.º La provincia de Entre-Duero-y-Miño con la ciudad de Oporto se dará en toda propiedad y soberanía a S. M. el rey de Etruria con el título de rey de la Lusitania septentrional.
2.º La provincia del Alentejo y el reino de los Algarbes se darán en toda propiedad y soberanía al príncipe de la Paz, para que las disfrute con el título de príncipe de los Algarbes.
3.º Las provincias de Beira, Tras-os-Montes y la Extremadura portuguesa quedarán en depósito hasta la paz general para disponer de ellas según las circunstancias, y conforme a lo que se convenga entre las dos altas partes contratantes.
4.º El reino de la Lusitania septentrional será poseído por los descendientes de S. M. el rey de Etruria hereditariamente, y siguiendo las leyes que están en uso en la familia reinante de S. M. el rey de España.
5.º El principado de los Algarbes será poseído por los descendientes del príncipe de la Paz hereditariamente, siguiendo las reglas del artículo anterior.
6.º En defecto de descendientes o herederos legítimos del rey de la Lusitania septentrional, o del príncipe de los Algarbes, estos países se darán por investidura por S. M. el rey de España, sin que jamás puedan ser reunidos bajo una misma cabeza, o a la corona de España.
7.º El reino de la Lusitania septentrional y el principado de los Algarbes reconocerán por protector a S. M. el rey de España, y en ningún caso los soberanos de estos países podrán hacer ni la paz ni la guerra sin su consentimiento.
8.º En el caso de que las provincias de Beira, Tras-os-Montes y la Extremadura portuguesa tenidas en secuestro, fuesen devueltas a la paz general a la casa de Braganza en cambio de Gibraltar, la Trinidad y otras colonias que los ingleses han conquistado sobre la España y sus aliados, el nuevo soberano de estas provincias tendría con respecto a S. M. el rey de España los mismos vínculos que el rey de la Lusitania septentrional y el príncipe de los Algarbes, y serán poseídas por aquel bajo las mismas condiciones.
9.º S. M. el rey de Etruria cede en toda propiedad y soberanía el reino de Etruria a S. M. el emperador de los franceses.
10. Cuando se efectúe la ocupación definitiva de las provincias de Portugal, los diferentes príncipes que deben poseerlas nombrarán de acuerdo comisarios para fijar sus límites naturales.
11. S. M. el emperador de los franceses sale garante a S. M. el rey de España de la posesión de sus estados del continente de Europa situados al mediodía de los Pirineos.
12. S. M. el emperador de los franceses se obliga a reconocer a S. M. el rey de España como emperador de las dos Américas, cuando todo esté preparado para que S. M. pueda tomar este título, lo que podrá ser, o bien a la paz general, o a más tardar dentro de tres años.
13. Las dos altas partes contratantes se entenderán para hacer un repartimiento igual de las islas, colonias y otras propiedades ultramarinas del Portugal.
14. El presente tratado quedará secreto, será ratificado, y las ratificaciones serán canjeadas en Madrid 20 días a más tardar después del día en que se ha firmado.
Fecho en Fontainebleau a 27 de octubre de 1807. — Duroc. — Izquierdo.
Hemos aprobado y aprobamos el precedente tratado en todos y en cada uno de los artículos contenidos en él; declaramos que está aceptado, ratificado y confirmado, y prometemos que será observado inviolablemente. En fe de lo cual hemos dado la presente firmada de nuestra mano, refrendada y sellada con nuestro sello imperial en Fontainebleau a 29 de octubre de 1807. — Firmado. — Napoleón. — El ministro de relaciones exteriores. — Champagny. — Por el emperador, el ministro secretario de Estado. — Hugo Maret.
Convención anexa al tratado anterior, aprobada y ratificada en los mismos términos.
Art. 1.º Un cuerpo de tropas imperiales francesas de 25.000 hombres de infantería y 3000 de caballería entrará en España y marchará en derechura a Lisboa: se reunirá a este cuerpo otro de 8000 hombres de infantería y 3000 de caballería de tropas españolas con 30 piezas de artillería.
2.º Al mismo tiempo una división de tropas españolas de 10.000 hombres tomará posesión de la provincia de Entre-Duero-y-Miño y de la ciudad de Oporto; y otra división de 6000 hombres compuesta igualmente de tropas españolas tomará posesión de la provincia del Alentejo y del reino de los Algarbes.
3.º Las tropas francesas serán alimentadas y mantenidas por la España y sus sueldos pagados por la Francia durante todo el tiempo de su tránsito por España.
4.º Desde el momento en que las tropas combinadas hayan entrado en Portugal, las provincias de Beira, Tras-os-Montes y la Extremadura portuguesa (que deben quedar secuestradas) serán administradas y gobernadas por el general comandante de las tropas francesas, y las contribuciones que se les impondrán quedarán a beneficio de la Francia. Las provincias que deben formar el reino de la Lusitania septentrional y el principado de los Algarbes serán administradas y gobernadas por los generales comandantes de las divisiones españolas que entrarán en ellas, y las contribuciones que se les impondrán quedarán a beneficio de la España.
5.º El cuerpo del centro estará bajo las órdenes de los comandantes de las tropas francesas, y a él estarán sometidas las tropas españolas que se reúnan a aquellas: sin embargo si el rey de España o el príncipe de la Paz juzgaren conveniente trasladarse a este cuerpo de ejército, el general comandante de las tropas francesas y estas mismas estarán bajo sus órdenes.
6.º Un nuevo cuerpo de 40.000 hombres de tropas francesas se reunirá en Bayona a más tardar el 20 de noviembre próximo, para estar pronto a entrar en España para transferirse a Portugal en el caso de que los ingleses enviasen refuerzos y amenazasen atacarlo. Este nuevo cuerpo no entrará sin embargo en España hasta que las dos altas potencias contratantes se hayan puesto de acuerdo a este efecto.
7.º La presente convención será ratificada &c.
Número [1-7].
Hemos visto las más de las piezas que obraron en este proceso. Decimos las más porque como el original ha rodado por tantas manos y personas de intereses encontrados, no sería extraño que se hubiesen extraviado algunos documentos o alterado otros. Dicho proceso paraba en poder de Don Mariano Luis de Urquijo, y a su muerte acaecida en París en 1817 pasó al del marqués de Almenara. No sabemos si este lo conserva aún, o si lo ha entregado al rey Fernando VII.
Número [1-8].
Carta del príncipe de Asturias Fernando al emperador Napoleón en 11 de octubre de 1807.
Señor: el temor de incomodar a V. M. I. en medio de sus hazañas y grandes negocios que lo ocupan sin cesar, me ha privado hasta ahora de satisfacer directamente mis deseos eficaces de manifestar a lo menos por escrito los sentimientos de respeto, estimación y afecto que tengo al héroe mayor que cuantos le han precedido, enviado por la providencia para salvar la Europa del trastorno total que la amenazaba, para consolidar los tronos vacilantes, y para dar a las naciones la paz y la felicidad.
Las virtudes de V. M. I., su moderación, su bondad aun con sus más injustos e implacables enemigos, todo en fin me hacía esperar que la expresión de estos sentimientos sería recibida como efusión de un corazón lleno de admiración y de amistad más sincera.
El estado en que me hallo de mucho tiempo a esta parte incapaz de ocultarse a la grande penetración de V. M., ha sido hasta hoy segundo obstáculo que ha contenido mi pluma preparada siempre a manifestar mis deseos. Pero lleno de esperanzas de hallar en la magnanimidad de V. M. I. la protección más poderosa, me determino no solamente a testificar los sentimientos de mi corazón para con su augusta persona, sino a depositar los secretos más íntimos en el pecho de V. M. como en el de un tierno padre.
Yo soy bien infeliz de hallarme precisado por circunstancias particulares a ocultar como si fuera crimen una acción tan justa y tan loable; pero tales suelen ser las consecuencias funestas de un exceso de bondad, aun en los mejores reyes.
Lleno de respeto y de amor filial para con mi padre (cuyo corazón es el más recto y generoso), no me atrevería a decir sino a V. M. aquello que V. M. conoce mejor que yo; esto es, que estas mismas calidades suelen con frecuencia servir de instrumento a las personas astutas y malignas para confundir la verdad a los ojos del soberano, por más propia que sea esta virtud de caracteres semejantes al de mi respetable padre.
Si los hombres que le rodean aquí le dejasen conocer a fondo el carácter de V. M. I. como yo lo conozco, ¿con qué ansias procuraría mi padre estrechar los nudos que deben unir nuestras dos naciones? Y ¿habrá medio más proporcionado que rogar a V. M. I. el honor de que me concediera por esposa una princesa de su augusta familia? Este es el deseo unánime de todos los vasallos de mi padre, y no dudo que también el suyo mismo (a pesar de los esfuerzos de un corto número de malévolos) así que sepa las intenciones de V. M. I. Esto es cuanto mi corazón apetece; pero no sucediendo así a los egoístas pérfidos que rodean a mi padre, y que pueden sorprenderle por un momento, estoy lleno de temores en este punto.
Solo el respeto de V. M. I. pudiera desconcertar sus planes abriendo los ojos a mis buenos y amados padres, y haciéndolos felices al mismo tiempo que a la nación española y a mí mismo. El mundo entero admirará cada día más la bondad de V. M. I., quien tendrá en mi persona el hijo más reconocido y afecto.
Imploro pues con la mayor confianza la protección paternal de V. M., a fin de que no solamente se digne concederme el honor de darme por esposa una princesa de su familia, sino allanar todas las dificultades y disipar todos los obstáculos que puedan oponerse en este único objeto de mis deseos.
Este esfuerzo de bondad de parte de V. M. I. es tanto más necesario para mí, cuanto yo no puedo hacer ninguno de mi parte mediante a que se interpretaría insulto a la autoridad paternal, estando como estoy reducido a solo el arbitrio de resistir (y lo haré con invencible constancia) mi casamiento con otra persona, sea la que fuere, sin el consentimiento y aprobación positiva de V. M., de quien yo espero únicamente la elección de esposa para mí.
Esta es la felicidad que confio conseguir de V. M. I., rogando a Dios que guarde su preciosa vida muchos años. Escrito y firmado de mi propia mano y sellado con mi sello en el Escorial a 11 de octubre de 1807. — De V. M. I. y R. su más afecto servidor y hermano. — Fernando. — (Traducción hecha por Llorente en sus memorias, y sacada del original inserto en el Monitor de 5 de febrero de 1810.)
Número [1-9].
Extracto del coloquio tenido por Don Eugenio Izquierdo con el ministro Champagny. (Llorente, tom. 3.º núm. 120.)
Mr. de Champagny: No quiero meterme en cuestiones: me limito a decir a V. de orden del emperador: 1.º Que pide muy de veras S. M. que por ningún motivo ni razón, y bajo ningún pretexto no se hable ni se publique en este negocio cosa que tenga alusión al emperador ni a su embajador en Madrid, y nada se actúe de que pueda resultar indicio ni sospecha de que S. M. I. ni su embajador hayan sabido, intentado ni coadyuvado a cosa alguna interior de España. 2.º Que si no se ejecuta lo que acabo de decir, lo mirará como una ofensa hecha directamente a su persona que tiene (como V. sabe) medios de vengarla, y que la vengará. 3.º Declara positivamente S. M. que jamás se ha mezclado en cosas interiores de España, y asegura solemnemente que jamás se mezclará; que nunca ha sido su pensamiento el que el príncipe de Asturias se casase con una princesa, y mucho menos con Mlle. Tascher de la Pagerie, sobrina de la emperatriz, prometida ha mucho tiempo al duque de Aremberg; que no se opondrá (como tampoco se opuso cuando lo de Nápoles) a que el rey de España case a su hijo con quien tenga por acertado. 4.º Mr. de Beauharnais no se entrometerá en asuntos interiores de España; pero S. M. I. no le retirará, y nada debe dejarse publicar ni escribir de que pudiera inferirse cosa alguna contra este embajador: y 5.º Que se lleven a ejecución estricta y prontamente los convenios ajustados el 27 de octubre último; que no haya pretexto para dejar de enviar las tropas prometidas; que en ningún punto falten, y que si faltan S. M. mirará esta falta como una infracción del convenio ajustado.
Número [1-10].
Esta orden se copia de los papeles que en defensa suya ha publicado el mismo duque de Mahón.
Número [1-11].
Nota dirigida desde París al príncipe de la Paz por el consejero de estado Don Eugenio Izquierdo. (Escóiquiz, idea sencilla, núm. 1.º)
La situación de las cosas no da lugar para referir con individualidad las conversaciones que desde mi vuelta de Madrid he tenido por disposición del emperador, tanto con el gran mariscal del palacio imperial el general Duroc, como con el vice gran elector del imperio príncipe de Benevento.
Así me ceñiré a exponer los medios que se me han comunicado en estos coloquios para arreglar, y aun para terminar amistosamente los asuntos que existen hoy entre España y Francia; medios que me han sido transmitidos con el fin de que mi gobierno tome la más pronta resolución acerca de ellos.
Que existen actualmente varios cuerpos de tropas francesas en España es un hecho constante.
Las resultas de esta existencia de tropas están en lo futuro. Un arreglo entre el gobierno francés y español con recíproca satisfacción puede detener los eventos, y elevarse a solemne tratado y definitivo sobre las bases siguientes:
1.ª En las colonias españolas y francesas podrán franceses y españoles comerciar libremente, el francés en las españolas como si fuese español, y el español en las francesas como si fuese francés, pagando unos y otros los derechos que se paguen en los respectivos países por sus naturales.
Esta prerrogativa será exclusiva, y ninguna potencia sino la Francia podrá obtenerla en España, como en Francia ninguna potencia sino la española.
2.ª Portugal está hoy poseído por Francia. La comunicación de Francia con Portugal exige una ruta militar, y también un paso continuo de tropas por España para guarnecer aquel país y defenderle contra la Inglaterra; ha de causar multitud de gastos, de disgustos, engorros, y tal vez producir frecuentes motivos de desavenencias.
Podría amistosamente arreglarse este objeto quedando todo el Portugal para España, y recibiendo un equivalente la Francia en las provincias de España contiguas a este imperio.
3.ª Arreglar de una vez la sucesión al trono de España.
4.ª Hacer un tratado ofensivo y defensivo de alianza, estipulando el número de fuerzas con que se han de ayudar recíprocamente ambas potencias.
Tales deben ser las bases sobre que debe cimentarse y elevarse a tratado el arreglo capaz de terminar felizmente la actual crisis política en que se hallan España y Francia.
En tan altas materias yo debo limitarme a ejecutar fielmente lo que se me dice.
Cuando se trata de la existencia del estado, de su honor, decoro, y del de su gobierno, las decisiones deben emanar únicamente del soberano y de su consejo.
Sin embargo mi ardiente amor a la patria me pone en la obligación de decir que en mis conversaciones he hecho presente al príncipe de Benevento lo que sigue:
1.º Que abrir nuestras Américas al comercio francés es partirlas entre España y Francia; que de abrirlas únicamente para los franceses es dado que no quede de una vez arrollada la arrogancia inglesa, alejar cada día más la paz, y perder hasta que esta se firme nuestras comunicaciones y las de los franceses con aquellas regiones.
He dicho que aun cuando se admita el comercio francés no debe permitirse que se avecinden vasallos de la Francia en nuestras colonias, con desprecio de nuestras leyes fundamentales.
2.º Concerniente a lo de Portugal he hecho presente nuestras estipulaciones de 27 de octubre último; he hecho ver el sacrificio del rey de Etruria; lo poco que vale Portugal separado de sus colonias; su ninguna utilidad para España, y he hecho una fiel pintura del horror que causaría a los pueblos cercanos al Pirineo la pérdida de sus leyes, libertades, fueros y lengua, y sobre todo el pasar a dominio extranjero.
He añadido: no podré yo firmar la entrega de Navarra por no ser el objeto de execración de mis compatriotas, como sería si constase que un navarro había firmado el tratado en que la entrega de la Navarra a la Francia estaba estipulada.
En fin he insinuado que si no había otro remedio para erigirse un nuevo reino, virreinato de Iberia, estipulando que este reino o virreinato no recibiese otras leyes, otras reglas de administración que las actuales, y que sus naturales conservasen sus fueros y exenciones. Este reino o virreinato podría darse al rey de Etruria, o a otro infante de Castilla.
3.º Tratándose de fijar la sucesión de España he manifestado lo que el rey N. S. me mandó que dijese de su parte; y también he hecho de modo que creo quedan desvanecidas cuantas calumnias inventadas por los malévolos en ese país han llegado a inficionar la opinión pública en este.
4.º Por lo que concierne a la alianza ofensiva y defensiva, mi celo patriótico ha preguntado al príncipe de Benevento si se pensaba en hacer de España un equivalente a la confederación del Rin, y en obligarla a dar un contingente de tropas, cubriendo este tributo con el decoroso nombre de tratado ofensivo y defensivo. He manifestado que nosotros estando en paz con el imperio francés no necesitamos para defender nuestros hogares de socorros de Francia; que Canarias, Ferrol y Buenos Aires lo atestiguan; que el África es nula &c.
En nuestras conversaciones ha quedado ya como negocio terminado el del casamiento. Tendría efecto; pero será un arreglo particular de que no se tratará en el convenio de que se envían las bases.
En cuanto al título de emperador que el rey N. S. debe tomar no hay, ni había dificultad alguna. Se me ha encargado que no se pierda un momento en responder a fin de precaver las fatales consecuencias a que puede dar lugar el retardo de un día el ponerse de acuerdo.
Se me ha dicho que se evite todo acto hostil, todo movimiento que pudiera alejar el saludable convenio que aún puede hacerse.
Preguntado que si el rey N. S. debía irse a Andalucía, he respondido la verdad, que nada sabía. Preguntado también que si creía que se hubiese ido, he contestado que no, vista la seguridad en que se hallaban concerniente al buen proceder del emperador, tanto los reyes como V. A.
He pedido, pues se medita un convenio, que ínterin que vuelve la respuesta se suspenda la marcha de los ejércitos franceses hacia lo interior de la España. He pedido que las tropas salgan de Castilla; nada he conseguido; pero presumo que si vienen aprobadas las bases podrán las tropas francesas recibir órdenes de alejarse de la residencia de SS. MM.
De ahí se ha escrito que se acercaban tropas por Talavera a Madrid; que V. A. me despachó un alcance: a todo he satisfecho, exponiendo con verdad lo que me constaba.
Según se presume aquí V. A. había salido de Madrid acompañando los reyes a Sevilla: yo nada sé; y así he dicho al correo que vaya hasta donde V. A. esté. Las tropas francesas dejarán pasar al correo, según me ha asegurado el gran mariscal del palacio imperial. París 24 de marzo de 1808. — Sermo. Sr. — De V. A. S. — Eugenio Izquierdo.
APÉNDICE
DEL
LIBRO SEGUNDO.
Número [2-1].
Proclama de Carlos IV.
«Amados vasallos míos: vuestra noble agitación en estas circunstancias es un nuevo testimonio que me asegura de los sentimientos de vuestro corazón; y Yo que cual padre tierno os amo, me apresuro a consolaros en la actual angustia que os oprime. Respirad tranquilos: sabed que el ejército de mi caro aliado el emperador de los franceses atraviesa mi reino con ideas de paz y de amistad. Su objeto es trasladarse a los puntos que amenaza el riesgo de algún desembarco del enemigo, y que la reunión de los cuerpos de mi guardia ni tiene el objeto de defender mi persona, ni acompañarme en un viaje que la malicia os ha hecho suponer como preciso. Rodeado de la acendrada lealtad de mis vasallos amados, de la cual tengo tan irrefragables pruebas, ¿qué puedo Yo temer? Y cuando la necesidad urgente lo exigiese, ¿podría dudar de las fuerzas que sus pechos generosos me ofrecerían? No: esta urgencia no la verán mis pueblos. Españoles, tranquilizad vuestro espíritu: conducíos como hasta aquí con las tropas del aliado de vuestro rey, y veréis en breves días restablecida la paz de vuestros corazones, y a mí gozando la que el cielo me dispensa en el seno de mi familia y vuestro amor. Dado en mi palacio real de Aranjuez a 16 de marzo de 1808. — Yo el rey — A Don Pedro Cevallos.»
Número [2-2].
Decreto de S. M. el rey Carlos IV exonerando a Don Manuel Godoy de sus empleos de generalísimo y almirante.
«Queriendo mandar por mi persona el ejército y la marina, he venido en exonerar a Don Manuel Godoy, príncipe de la Paz, de sus empleos de generalísimo y almirante, concediéndole su retiro donde más le acomode. Tendreislo entendido, y lo comunicaréis a quien corresponda. Aranjuez 18 de marzo de 1808. — A Don Antonio Olaguer Feliú.»
Número [2-3].
Carta del rey Carlos IV al emperador Napoleón en Aranjuez a 18 de marzo de 1808.
«Señor mi hermano: hacía bastante tiempo que el príncipe de la Paz me había hecho reiteradas instancias para que le admitiese la dimisión de los encargos de generalísimo y almirante, y he accedido a sus ruegos; pero como no debo poner en olvido los servicios que me ha hecho, y particularmente los de haber cooperado a mis deseos constantes e invariables de mantener la alianza y la amistad íntima que me une a V. M. I. y R., yo le conservaré mi gracia.
Persuadido yo de que será muy agradable a mis vasallos, y muy conveniente para realizar los importantes designios de nuestra alianza, encargarme yo mismo del mando de mis ejércitos de tierra y mar, he resuelto hacerlo así y me apresuro a comunicarlo a V. M. I. y R., queriendo dar en esto nuevas pruebas de afecto a la persona de V. M. de mis deseos de conservar las íntimas relaciones que nos unen, y de la fidelidad que forma mi carácter del que V. M. I. y R. tiene repetidos y grandes testimonios.
La continuación de los dolores reumáticos que de un tiempo a esta parte me impiden usar de la mano derecha, me privan del placer de escribir por mí mismo a V. M. I. y R.
Soy con los sentimientos de la mayor estimación y del más sincero afecto de V. M. I. y R. su buen hermano. — Carlos.»
Número [2-4].
ποῦ νῦν ἡ λαμπρά τῆς ὑπατείας περιβολή; ποῦ δὲ αἱ φαιδραὶ λαμπάδες; ποῦ δὲ οἱ κρότοι, καὶ οἱ χοροί, καὶ αἱ θαλίαι, καὶ αἱ πανηγύρεις; ... πάντα ἐκεῖνα οἴχεται· καὶ ἄνεμος πνεύσας ἀθρόον τὰ μὲν φύλλα κατέβαλε, γυμνὸν δὲ ἡμῖν τὸ δένδρον ἔδειξε, καὶ ἀπὸ τῆς ῥίζης αὐτῆς σαλευόµενον λοιπόν· ... τίς γαρ τούτου γέγονεν ὑψηλότερος; οὐ πᾶσαν τὴν οἰκουμένην παρῆλθε τῷ πλούτῳ; οὐ πρὸς αὐτὰς τῶν ἀξιωµάτων ἀνέβη τὰς κορυφάς; οὐχὶ πάντες αὐτὸν ἔτρεμον καὶ ἐδεδοίκεισαν; ἀλλ’ ἰδοὺ γέγονε καὶ δεσμωτῶν ἀθλιώτερος, καὶ οἰκετῶν ἐλεεινότερος, καὶ τῶν λιμῷ τηκοµένων πτωχῶν ἐνδεέστερος, καθ’ ἑκάστην ἡμέραν ξίφη βλέπων ἠκονημένα, καὶ βάραθρον, καὶ δηµίους, καὶ τὴν ἐπὶ θάνατον ἀπαγωγήν· ...
(ΟΜΙΛΙΑ ΕΙΣ ΕΥΤΡΟΠΙΟΝ.)
Número [2-5].
Véase la Gaceta de Madrid del 25 de marzo de 1808.
Número [2-6].
Cesión de Carlos V. (Véase Famiani Strada: De bello belgico. Liber I. y F. Prudencio de Sandoval: Historia de la vida y hechos de Carlos V.)
Número [2-7].
Véase Marina: Teoría de las cortes, tom. 2.º, cap. 10, refiriéndose al documento que existe en la academia de la Historia. — Z. 52, fol. 301.
Número [2-8].
Comentarios del marqués de San Felipe, tom. 2.º, año 1724.
Número [2-9].
Des documents historiques publiés par Louis Bonaparte. Vol. 2.º, pág. 290. París 1820.
Número [2-10].
Nota escrita por la reina de España para el gran duque de Berg y remitida por la reina de Etruria sin fecha.
«El rey mi esposo (que me hace escribir por no poderlo hacer a causa de los dolores e hinchazón de su mano) desea saber si el gran duque de Berg llevaría a bien encargarse de tratar eficazmente con el emperador para asegurar la vida del príncipe de la Paz, y que fuese asistido de algunos criados suyos o de capellanes.
Si el gran duque pudiera ir a librarle o por lo menos darle algún consuelo, él tiene todas sus esperanzas en el gran duque, por ser su grande amigo. Él espera todo de S. A. y del emperador a quien siempre ha sido afecto.
Asimismo que el gran duque consiga del emperador que al rey mi esposo, a mí y al príncipe de la Paz se dé lo necesario para poder vivir todos tres juntos donde convenga para nuestra salud sin mando ni intrigas, pues nosotros no las tendremos.
El emperador es generoso, es un héroe, y ha sostenido siempre a sus fieles aliados y aun a los que son perseguidos. Nadie lo es tanto como nosotros. ¿Y por qué? porque hemos sido siempre fieles a la alianza.
De mi hijo no podemos esperar jamás sino miserias y persecuciones. Han comenzado a forjar y se continuará fingiendo todo lo que pueda contribuir a que el príncipe de la Paz (amigo inocente y afecto al emperador, al gran duque y a todos los franceses) parezca criminal a los ojos del público y del emperador. Es necesario que no se crea nada. Los enemigos tienen la fuerza y todos los medios de justificar como verdadero lo que en sí es falso.
El rey desea igualmente que yo ver y hablar al gran duque y darle por sí mismo la protesta que tiene en su poder. Los dos estamos agradecidos al envío que ha hecho de tropas suyas y a todas las pruebas que nos da de su amistad. Debe estar S. A. I. bien persuadido de la que nosotros le hemos tenido siempre y conservamos ahora. Nos ponemos en sus manos y las del emperador y confiamos que nos concederá lo que pedimos.
Estos son todos nuestros deseos cuando estamos puestos en las manos de tan grande y generoso monarca y héroe.»
Carta de la reina de Etruria al gran duque de Berg en Aranjuez a 22 de marzo de 1808, con una posdata del rey Carlos IV.
«Señor mi hermano: acabo de ver al edecán comandante, quien me ha entregado vuestra carta por la cual veo con mucha pena que mi padre y mi madre no han podido tener el gusto de veros, aunque lo deseaban eficazmente, porque toda su confianza tienen puesta en vos, de quien esperan que podréis contribuir a su tranquilidad.
El pobre príncipe de la Paz cubierto de heridas y contusiones está decaído en la prisión, y no cesa de invocar el terrible momento de su muerte. No hace recuerdo de otras personas que de su amigo el gran duque de Berg, y dice que este es el único en quien confía que le ha de conseguir su salud.
Mi padre, mi madre y yo hemos hablado con vuestro edecán comandante. Él os dirá todo. Yo fío en vuestra amistad y que por ella nos salvaréis a los tres y al pobre preso.
No tengo tiempo de deciros más: confio en vos. Mi padre añadirá dos líneas a esta carta: yo soy de corazón vuestra afectísima hermana y amiga. — María Luisa.»
Posdata de Carlos IV.
«Señor y muy querido hermano: habiendo hablado a vuestro edecán comandante e informádole de todo lo que ha sucedido, yo os ruego el favor de hacer saber al emperador que le suplico disponga la libertad del pobre príncipe de la Paz, quien solo padece por haber sido amigo de la Francia, y asimismo que se nos deje ir al país que más nos convenga llevándonos en nuestra compañía al mismo príncipe. Por ahora vamos a Badajoz: confio recibir antes vuestra respuesta caso de que absolutamente carezcáis de medios de vernos, pues mi confianza solo está en vos y en el emperador. Mientras tanto yo soy vuestro muy afecto hermano y amigo de todo corazón. — Carlos.»
Carta de la reina de España al gran duque de Berg en Aranjuez a 22 de marzo de 1808 junta con la anterior de su hija.
«Señor mi querido hermano: yo no tengo más amigos que V. A. I. El rey mi amado esposo os escribe implorando vuestra amistad. En ella está únicamente nuestra esperanza. Ambos os pedimos una prueba de que sois nuestro amigo, y es la de hacer conocer al emperador lo sincero de nuestra amistad y del afecto que siempre hemos profesado a su persona, a la vuestra y a la de todos los franceses.
El pobre príncipe de la Paz que se halla encarcelado y herido por ser amigo nuestro, apasionado nuestro y afecto a toda la Francia, sufre todo por causa de haber deseado el arribo de vuestras tropas y haber sido el único amigo nuestro permanente. Él hubiera ido a ver a V. A. si hubiera tenido libertad, y ahora mismo no cesa de nombrar a V. A. y de manifestar deseos de ver al emperador.
Consíganos V. A. que podamos acabar nuestros días tranquilamente en un país conveniente a la salud del rey (la cual está delicada como también la mía) y que sea esto en compañía de nuestro único amigo que también lo es de V. A.
Mi hija será mi intérprete si yo no logro la satisfacción de poder conocer personalmente y hablar a V. A. ¿Podríais hacer esfuerzos para vernos aunque fuera un solo instante de noche o como quisierais? El comandante edecán de V. A. contará todo lo que hemos dicho.
Espero que V. A. conseguirá para nosotros lo que deseamos, y que perdonará las faltas y olvidos que haya cometido yo en el tratamiento, pues no sé donde estoy, y debéis creer que no habrán sido por faltar a V. A. ni dejar de darle seguridad de toda mi amistad.
Ruego a Dios guarde a V. A. I. muchos años. Vuestra más afecta. — Luisa.»
Carta del general Monthion al gran duque de Berg en Aranjuez a 23 de marzo de 1808.
«Conforme a las órdenes de V. A. I. vine a Aranjuez con la carta de V. A. para la reina de Etruria. Llegué a las ocho de la mañana: la reina estaba todavía en cama: se levantó inmediatamente: me hizo entrar: le entregué vuestra carta: me rogó esperar un momento mientras iba a leerla con el rey y la reina sus padres: media hora después entraron todos tres a la sala en que yo me hallaba.
El rey me dijo que daba gracias a V. A. de la parte que tomabais en sus desgracias, tanto más grandes cuanto era el autor de ellas un hijo suyo. El rey me dijo: «que esta revolución había sido muy premeditada; que para ello se había distribuido mucho dinero, y que los principales personajes habían sido su hijo y Mr. Caballero ministro de la justicia: que S. M. había sido violentado para abdicar la corona por salvar la vida de la reina y la suya, pues sabía que sin esta diligencia los dos hubieran sido asesinados aquella noche; que la conducta del príncipe de Asturias era tanto más horrible cuanto más prevenido estaba de que conociendo el rey los deseos que su hijo tenía de reinar, y estando S. M. próximo a cumplir sesenta años, había convenido en ceder a su hijo la corona cuando este se casara con una princesa de la familia imperial de Francia como S. M. deseaba ardientemente.»
El rey ha añadido que el príncipe de Asturias quería que su padre se retirase con la reina su mujer a Badajoz, frontera de Portugal: que el rey le había hecho la observación de que el clima de aquel país no le convenía, y le había pedido permiso de escoger otro, por lo cual el mismo rey Carlos deseaba obtener del emperador licencia de adquirir un bien en Francia y de asegurar allí su existencia. La reina me ha dicho: «que había suplicado a su hijo la dilación del viaje a Badajoz; pero que no había conseguido nada, por lo que debería verificarse en el próximo lunes.»
Al tiempo de despedirme yo de SS. MM. me dijo el rey: «yo he escrito al emperador poniendo mi suerte en sus manos: quise enviar mi carta por un correo; pero no es posible medio más seguro que el de confiarla a vuestro cuidado.»
El rey pasó entonces a su gabinete y luego salió trayendo en su mano la carta adjunta. Me la entregó y dijo estas palabras: «mi situación es de las más tristes; acaban de llevarse al príncipe de la Paz y quieren conducirlo a la muerte: no tiene otro delito que haber sido muy afecto a mi persona toda su vida.»
Añadió: «que no había modo de ruegos que no hubiese puesto en práctica para salvar la vida de su infeliz amigo; pero había encontrado sordo a todo el mundo y dominado del espíritu de venganza. Que la muerte del príncipe de la Paz produciría la suya, pues no podría S. M. sobrevivir a ella.» — B. de Monthion.»
Carta del rey Carlos IV al emperador Napoleón en Aranjuez a 23 de marzo de 1808.
«Señor mi hermano: V. M. sabrá sin duda con pena los sucesos de Aranjuez y sus resultas; y no verá con indiferencia a un rey que forzado a renunciar la corona acude a ponerse en los brazos de un grande monarca aliado suyo, subordinándose totalmente a la disposición del único que puede darle su felicidad, la de toda su familia y las de sus fieles vasallos.
Yo no he renunciado en favor de mi hijo sino por la fuerza de las circunstancias cuando el estruendo de las armas y los clamores de una guardia sublevada me hacían conocer bastante la necesidad de escoger la vida o la muerte, pues esta última se hubiera seguido después de la de la reina.
Yo fui forzado a renunciar; pero asegurado ahora con plena confianza en la magnanimidad y el genio del grande hombre que siempre ha mostrado ser amigo mío, yo he tomado la resolución de conformarme con todo lo que este mismo grande hombre quiera disponer de nosotros y de mi suerte, la de la reina y la del príncipe de la Paz.
Dirijo a V. M. I. y R. una protesta contra los sucesos de Aranjuez y contra mi abdicación. Me entrego y enteramente confio en el corazón y amistad de V. M., con lo cual ruego a Dios que os conserve en su santa y digna guarda.
De V. M. I. y R. su muy afecto hermano y amigo. — Carlos.»
Carta de la reina de Etruria incluyendo otra de su madre la reina de España para el gran duque de Berg en Madrid a 26 de marzo de 1808.
«Señor mi hermano: mi madre me envía la adjunta carta para que os la remita y la conservéis. Hacednos la gracia, querido mío, de no abandonarnos: todas nuestras esperanzas están en vos. Concededme el consuelo de ir a ver a mis padres. Respondedme alguna cosa que nos alivie y no os olvidéis de una amiga que os ama de corazón. — María Luisa.»
P. D. — «Yo estoy enferma en la cama con algo de calentura por lo cual no me veréis fuera de mi habitación.»
Carta inclusa en la antecedente.
«Querida hija mía: decid al gran duque de Berg la situación del rey mi esposo, la mía y la del pobre príncipe de la Paz.
Mi hijo Fernando era el jefe de la conjuración: las tropas estaban ganadas por él; él hizo poner una de las luces de su cuarto en una ventana para señal de que comenzase la explosión. En el instante mismo los guardias y las personas que estaban a la cabeza de la revolución hicieron tirar dos fusilazos. Se ha querido persuadir que fueron tirados por la guardia del príncipe de la Paz, pero no es verdad. Al momento los guardias de Corps, los de infantería española y los de la valona se pusieron sobre las armas y sin recibir órdenes de sus primeros jefes convocaron a todas las gentes del pueblo y las condujeron adonde les acomodaba.
El rey y yo llamamos a mi hijo para decirle que su padre sufría grandes dolores, por lo que no podía asomarse a la ventana, y que lo hiciese por sí mismo a nombre del rey para tranquilizar al pueblo: me respondió con mucha firmeza que no lo haría porque lo mismo sería asomarse a la ventana que comenzar el fuego, y así no lo quiso hacer.
Después a la mañana siguiente le preguntamos si podría hacer cesar el tumulto y tranquilizar los amotinados, y respondió que lo haría, pues enviaría a buscar a los segundos jefes de los cuerpos de la casa real, enviando también algunos de sus criados con encargo de decir en su nombre al pueblo y a las tropas que se tranquilizasen: que también haría se volviesen a Madrid muchas personas que habían concurrido de allí para aumentar la revolución, y encargaría que no viniesen más.
Cuando mi hijo había dado estas órdenes fue descubierto el príncipe de la Paz. El rey envió a buscar a su hijo y le mandó salir adonde estaba el desgraciado príncipe, que ha sido víctima por ser amigo nuestro y de los franceses, y principalmente del gran duque. Mi hijo fue y mandó que no se tocase más al príncipe de la Paz y se le condujese al cuartel de guardias de Corps. Lo mandó en nombre propio, aunque lo hacía por encargo de su padre, y como si él mismo fuese ya rey dijo al príncipe de la Paz «Yo te perdono la vida.»
El príncipe a pesar de sus grandes heridas le dio gracias preguntándole si era ya rey. Esto aludía a lo que ya se pensaba en ello, pues el rey, el príncipe de la Paz y yo teníamos la intención de hacer la abdicación en favor de Fernando cuando hubiéramos visto al emperador y compuesto todos los asuntos, entre los cuales el principal era el matrimonio. Mi hijo respondió al príncipe: «No: hasta ahora no soy rey; pero lo seré bien pronto.» Lo cierto es que mi hijo mandaba todo como si fuese rey sin serlo y sin saber si lo sería. Las órdenes que el rey mi esposo daba no eran obedecidas.
Después debía haber en el día 19 en que se verificó la abdicación otro tumulto más fuerte que el primero contra la vida del rey mi esposo y la mía, lo que obligó a tomar la resolución de abdicar.
Desde el momento de la renuncia mi hijo trató a su padre con todo el desprecio que puede tratarlo un rey, sin consideración alguna para con sus padres. Al instante hizo llamar a todas las personas complicadas en su causa que habían sido desleales a su padre, y hecho todo lo que pudiera ocasionarle pesadumbres. El nos da priesa para que salgamos de aquí señalándonos la ciudad de Badajoz para residencia. Entretanto nos deja sin consideración alguna manifestando gran contento de ser ya rey, y de que nosotros nos alejemos de aquí.
En cuanto al príncipe de la Paz no quisiera que nadie se acordara de él. Los guardias que le custodian tienen orden de no responder a nada que les pregunte, y lo han tratado con la mayor inhumanidad.
Mi hijo ha hecho esta conspiración para destronar al rey su padre. Nuestras vidas hubieran estado en grande riesgo, y la del pobre príncipe de la Paz lo está todavía.
El rey mi esposo y yo esperamos del gran duque que hará cuanto pueda en nuestro favor, porque nosotros siempre hemos sido aliados fieles del emperador, grandes amigos del gran duque, y lo mismo sucede al pobre príncipe de la Paz. Si él pudiese hablar daría pruebas, y aun en el estado en que se halla no hace otra cosa que exclamar por su grande amigo el gran duque.
Nosotros pedimos al gran duque que salve al príncipe de la Paz, y que salvándonos a nosotros nos le dejen siempre a nuestro lado para que podamos acabar juntos tranquilamente el resto de nuestros días en un clima más dulce y retirados sin intrigas y sin mandos, pero con honor. Esto es lo que deseamos el rey y yo igualmente que el príncipe de la Paz, el cual estaría siempre pronto a servir a mi hijo en todo. Pero mi hijo (que no tiene carácter alguno, y mucho menos el de la sinceridad) jamás ha querido servirse de él y siempre le ha declarado guerra como al rey su padre y a mí.
Su ambición es grande y mira a sus padres como si no lo fuesen. ¿Qué hará para los demás? Si el gran duque pudiera vernos tendríamos grande placer y lo mismo su amigo el príncipe de la Paz que sufre porque lo ha sido siempre de los franceses y del emperador. Esperamos todo del gran duque, recomendándole también a nuestra pobre hija María Luisa que no es amada de su hermano. Con esta esperanza estamos próximos a verificar nuestro viaje. — Luisa.»
Nota de la reina de España para el gran duque de Berg en 27 de marzo de 1808.
«Mi hijo no sabe nada de lo que tratamos y conviene que ignore todos nuestros pasos. Su carácter es falso: nada le afecta: es insensible y no inclinado a la clemencia. Está dirigido por hombres malos y hará todo por la ambición que le domina; promete, pero no siempre cumple sus promesas.
Creo que el gran duque debe tomar medidas para impedir que al pobre príncipe de la Paz se le quite la vida, pues los guardias de Corps han dicho que primero lo matarán que entregarle vivo, aunque lo manden el emperador y el gran duque. Están llenos de rabia contra él, e inflaman a todos los pueblos, a todo el mundo y aun a mi hijo que defiere a ellos en todo. Lo mismo sucede relativamente al rey mi esposo y a mí. Nosotros estamos puestos en manos del gran duque y del emperador: le rogamos que tenga la complacencia de venir a vernos; de hacer que el pobre príncipe de la Paz sea puesto en salvo lo más pronto posible, y de concedernos todo lo demás que tenemos suplicado.
El embajador es todo de mi hijo; lo cual me hace temblar, porque mi hijo no quiere al gran duque ni al emperador sino solo el despotismo. El gran duque debe estar persuadido que no digo esto por venganza ni resentimiento de los malos tratos que nos hace sufrir, pues nosotros no deseamos sino la tranquilidad del gran duque y del emperador. Estamos totalmente puestos en manos del gran duque deseando verle para que conozca todo el valor que damos a su augusta persona y a sus tropas, como a todo lo que le sea relativo.»
Carta de la reina de Etruria para el gran duque de Berg en Madrid a 29 de marzo de 1808 con una nota de la reina de España su madre.
«Mi señor y querido hermano: mi madre os escribe algunas líneas. Yo os incluyo la adjunta mía para el emperador rogándoos dispongáis que llegue prontamente a su destino. Recomendadme a S. M. y prometedme como os suplico ir después de mañana a Aranjuez. Tomad en mis asuntos el interés que yo tomo en lo relativo a vuestra persona, y creed que soy de todo mi corazón vuestra afecta hermana y amiga. — María Luisa.»
Nota de puño y letra de la reina de España.
«No quisiéramos ser importunos al gran duque. El rey me hace tomar la pluma para decir que considera útil que el gran duque escribiese al emperador insinuando que convendría que S. M. I. diese órdenes sostenidas con la fuerza para que mi hijo o el gobierno nos dejen tranquilos al rey, a mí y al príncipe de la Paz hasta tanto que S. M. llegue. En fin el gran duque y el emperador sabrán tomar las medidas necesarias para que se esperen su arribo u órdenes sin que antes seamos víctimas. — Luisa.»
Carta de la reina de Etruria al gran duque de Berg en Madrid a 30 de marzo de 1808, con otra de su madre y un artículo escrito de mano propia de Carlos IV.
«Señor y hermano: os remito una carta que mi madre me ha enviado, y os suplico que me digáis si vuestra guardia o vuestras tropas han pasado a guardar al príncipe de la Paz. Deseo también saber cuál es el estado de la salud del príncipe, y qué opina vuestro médico en el asunto. Respondedme al instante porque pienso visitar a mi madre uno de estos días sin detenerme allí más que lo preciso para hablar y volver aquí. Id pronto pues solo vos podéis ser mi defensor, y vuelvo a rogaros que me respondáis sin detención: entre tanto soy de corazón vuestra afectísima hermana y amiga. — María Luisa.»
Carta de la reina de España citada en la anterior.
«Si el gran duque no toma a su cargo que el emperador exija prontamente órdenes de impedir los progresos de las intrigas que hay contra el rey mi esposo, contra el príncipe de la Paz su amigo, contra mí y aun contra mi hija Luisa, ninguno de nosotros está seguro. Todos los malévolos se reúnen en Madrid alrededor de mi hijo: este los cree como a oráculos, y por sí mismo no es muy inclinado a la magnanimidad ni a la clemencia. Debe temerse de ellos toda mala resulta. Yo tiemblo y lo mismo mi marido si mi hijo ve al emperador antes que este haya dado sus órdenes, pues él y los que le acompañan contarán a S. M. I. tantas mentiras que lo pongan por lo menos en estado de dudar de la verdad. Por este motivo rogamos al gran duque consiga del emperador que proceda sobre el supuesto de que nosotros estamos absolutamente puestos en sus manos, esperando que nos dé la tranquilidad para el rey mi esposo, para mí y para el príncipe de la Paz, de quien deseamos que nos lo deje a nuestro lado para acabar nuestros días tranquilamente en un país conveniente a nuestra salud, sin que ninguno de nosotros tres les hagamos la menor sombra. Rogamos con la mayor instancia al gran duque que se sirva mandar darnos diariamente noticias de nuestro amigo común el príncipe de la Paz, pues nosotros ignoramos todo absolutamente.»
El siguiente artículo está escrito de letra de Carlos IV.
«Yo he hecho a la reina escribir todo lo que precede, porque no puedo escribir mucho a causa de mis dolores. — Carlos.»
Sigue escribiendo la reina.
«El rey mi marido ha escrito esta línea y media y la ha firmado para que os aseguréis de ser él quien escribe.»
Nota de la reina de España para el gran duque de Berg remitida por medio de la reina de Etruria sin fecha en 1808.
«El rey mi esposo y yo no quisiéramos ser importunos ni enfadosos al gran duque que tiene tantas ocupaciones, pero no tenemos otro amigo ni apoyo que él y el emperador, en quien están fundadas todas las esperanzas del rey, las del príncipe de la Paz amigo del gran duque e íntimo nuestro, las de mi hija Luisa y las mías. Mi hija me escribió ayer por la tarde lo que el gran duque le había dicho, y nos ha penetrado el corazón dejándonos llenos de reconocimiento y de consuelo, esperando todo bien de las dos sagradas e incomparables personas del emperador y del gran duque. Pero no queremos que ignoren lo que nosotros sabemos, a pesar de que nadie nos dice nada ni aun responden a lo que preguntamos, por más necesidad que tengamos de respuesta. Sin embargo miramos esto con indiferencia y solo nos interesa la buena suerte de nuestro único e inocente amigo el príncipe de la Paz, que también lo es del gran duque como él mismo exclamaba en su prisión en medio de los horribles tratos que se le hacían, pues perseveraba llamando siempre amigo suyo al gran duque lo mismo que lo había hecho antes de la conspiración, y solía decir «si yo tuviera la fortuna de que el gran duque estuviese cerca y llegase aquí, no tendría nada que temer.» Él deseaba su arribo a la corte y se lisonjeaba con la satisfacción de que el gran duque quisiese aceptar su casa para alojamiento. Tenía preparados algunos regalos para hacerle; y en fin no pensaba sino en que llegara el momento y después presentarse ante el emperador y el gran duque con todo el afecto imaginable; pero ahora nosotros estamos siempre temiendo que se le quite la vida, o se le aprisione más si sus enemigos llegan a entender que se trata de salvarle. ¿No sería posible tomar por precaución algunas medidas antes de la resolución definitiva? El gran duque pudiera enviar tropas sin decir a qué; llegar a la prisión del príncipe de la Paz y separar la guardia que le custodia, sin darle tiempo de disparar una pistola ni hacer nada contra el príncipe; pues es de temer que su guardia lo hiciese porque todos sus deseos son de que muera, y tendrán gloria en matarle. Así la guardia sería mandada absolutamente por las órdenes del gran duque: y si no, puede estar seguro el gran duque de que el príncipe de la Paz morirá si prosigue bajo el poder de los traidores indignos y a las órdenes de mi hijo. Por lo mismo volvemos a hacer al gran duque la misma súplica de que haga sacarle del poder de las manos sanguinarias, esto es de los guardias de Corps, de mi hijo y de sus malos lados, porque si no, debemos estar siempre temblando por su vida aunque el gran duque y el emperador la quieran salvar mediante que no lo podrán conseguir. De gracia volvemos a pedir al gran duque que tome todas las medidas convenientes para el objeto, porque como se pierda tiempo ya no está segura la vida, pues es cosa cierta que sería más fácil de conservar si el príncipe estuviese entre las manos de leones y de tigres carnívoros.
Mi hijo estuvo ayer después de comer con Infantado, con Escóiquiz, que es un clérigo maligno, y con San Carlos que es peor que todos ellos; y esto nos hace temblar porque duró la conferencia secreta desde la una y media hasta las tres y media. El gentil-hombre que va con mi hijo Carlos es primo de San Carlos; tiene talento y bastante instrucción, pero es un americano maligno y muy enemigo nuestro como su primo San Carlos, sin embargo de que todo lo que son lo han recibido del rey mi marido a instancias del pobre príncipe de la Paz, de quien ellos decían ser parientes. Todos los que van con mi hijo Carlos son incluidos en la misma intriga y muy propios para hacer todo el mal posible, y que sea reputado por verdad lo que es una grande mentira.
Yo ruego al gran duque que perdone mis borrones y defectos que cometo cuando escribo francés, mediante hacer ya 42 años que hablo español desde que vine a casar en España a la edad de trece años y medio, motivo por el cual aunque hablo francés no sé hablarlo bien. El gran duque conocerá la razón que me asiste y disimulará los defectos del idioma en que yo incurra. — Luisa.»
Nota de la reina de España para el gran duque de Berg por medio de la reina de Etruria su hija sin fecha en 1808.
Ayer recibí un papel de un mahonés que quería tener una audiencia secreta conmigo después que el rey mi marido estaba ya en cama, diciéndome que me daría grandes luces sobre todo lo que sucede actualmente.
Él quería que yo le diese por mí misma seis u ocho millones, diciendo que yo los podría pedir a la compañía de Filipinas, y que él haría una contrarrevolución que librase al príncipe de la Paz y fuese también contra los franceses.
El rey y yo lo hicimos prender sin permitirle comunicación, y permanecerá preso hasta que se averigüe la verdad de todo lo que hay en este asunto; pues creemos que sea un emisario de los ingleses para perdernos, supuesto que el rey y el príncipe de la Paz siempre han sido únicamente amigos de los franceses, del emperador y en particular del gran duque sin haberlo sido jamás de los ingleses nuestros enemigos naturales.
Creemos también por muy necesario que el gran duque haga asegurar al pobre príncipe de la Paz que siempre ha sido y es amigo del gran duque, de quien así (como del emperador) esperaba su asilo en la forma que lo tenía escrito por medio de Izquierdo al mismo gran duque, y aun al emperador mismo, bien que no sé si estas cartas habrán llegado a sus manos.
Convendría sacar de las manos de los guardias de Corps y de las tropas de mi hijo al pobre príncipe de la Paz su amigo, pues es de recelar que se le quite la vida o se le envenene y se diga que ha muerto de sus heridas, y por cuanto no tendrá seguridad de vivir; mientras estén a su lado algunos de estos malignos, será forzoso que el gran duque después de asegurar la persona del príncipe de la Paz en su poder, tome medidas bien fuertes para conservarle, pues las intrigas cada día crecen contra ese pobre amigo del gran duque y aun contra el rey mi marido, cuya vida tampoco está bastante segura.
Mi hijo hizo llamar al hijo de Biergol, que es oficial de la secretaría de relaciones exteriores. Estuvieron presentes a la sesión Infantado y todos los ministros. Mi hijo le preguntó qué había de nuevo en el sitio, y qué hacía el rey mi marido: Biergol respondió lo que había de verdad diciendo: «no hay nada de nuevo: el rey sale muy poco: la reina no ha salido: se ocupan en preparar una habitación para el caso de que el gran duque y el emperador vayan allí.» Mi hijo le dio orden de volver aquí y de estar al servicio de su padre hasta que este emprenda su viaje, porque es uno que interviene en nuestras cuentas como tesorero. A todos los que nos siguen aplican el título de desertores. Yo recelo que traman alguna grande intriga contra nosotros y que estamos en grande riesgo, porque Infantado y los otros son tan malos y peores que los demás. Me persuado que el rey, y yo y el pobre príncipe de la Paz estamos muy expuestos, porque no manifiestan sino mala voluntad contra nosotros, y nuestra vida no está segura si no lo remedian el gran duque y el emperador. Es necesario que tomen algunas medidas para contener las abominables intenciones de estos malignos, y para que mi hijo se canse de dedicarse a pensar todo lo que sea contra su padre y contra el príncipe de la Paz. Nosotros hemos tenido esta noticia después que salió de aquí el edecán. El clérigo Escóiquiz es también de los más malos. — Luisa.»
Carta del rey Carlos IV al gran duque de Berg con otra de la reina su esposa en Aranjuez a 1.º de abril de 1808.
«Mi señor y muy querido hermano: V. A. verá por el escrito adjunto que nosotros nos interesamos en la vida del príncipe de la Paz más que en la nuestra.
Todo lo que se dice en la gaceta extraordinaria sobre el proceso del Escorial ha sido compuesto a gusto de los que lo publican, sin decir nada de la declaración que mi hijo hizo espontáneamente, la cual habrán mudado sin duda: ella está escrita por un gentil-hombre, y firmada solamente por mi hijo. Si V. A. no hace esfuerzos para que el proceso se suspenda hasta la venida del emperador, temo mucho que quiten antes la vida al príncipe de la Paz. Nosotros contamos con el afecto de V. A. para nosotros tres, fundados en la alianza y amistad con el emperador. Espero que V. A. me dará una respuesta consolatoria que me tranquilice, y comunicará al emperador esta carta mía con expresión de que yo descanso en su amistad y generosidad. Excusadme lo mal escrita que va esta carta, pues los dolores que padezco son la causa. En este supuesto, mi señor y muy querido hermano, de V. A. I. y R. soy su muy afecto. — Carlos.»
Carta de la reina.
«Señor mi hermano: yo junto mis sentimientos a los del rey mi marido, rogando a V. A. la bondad de hacer lo que le pedimos ahora; y esperamos que su amistad y humanidad tomará a su cargo la buena causa de su íntimo y desgraciado amigo el pobre príncipe de la Paz, así como nuestra propia causa que está unida a la suya, para que así cese y se suspenda todo hasta que la generosidad y grandeza de alma sin igual del emperador nos salve a todos tres y haga que acabemos nuestros días tranquilamente y en reposo. No espero menos del emperador y de V. A. que nos concederá esta gracia, pues es la única que deseamos. En este supuesto, ruego a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda. Señor mi hermano: de V. A. I. y R. muy afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Nota de la reina de España para el gran duque de Berg, remitida por medio de la reina de Etruria en 1.º de abril de 1808.
«Habiendo visto la gaceta extraordinaria que habla solamente de haberse encontrado la causa del Escorial entre los papeles del pobre príncipe de la Paz, veo que está llena de mentiras. El rey era quien guardaba la causa en la papelera de su mesa, y la confió al pobre príncipe de la Paz para que la diera al gran duque, con el fin de que la presentase al emperador de parte del rey mi marido. Como esta causa se halla escrita por el ministro de la guerra y de justicia, y firmada por mi hijo, este y aquel mudarán lo que quieran como si fuese original y verdadero; y lo mismo sucederá en lo que quieran mudar relativo a los demás comprendidos en la causa, pues todos están ahora alrededor de mi hijo, y harán lo que este mande y lo que quieran ellos mismos.
Si el gran duque no tiene la bondad y humanidad de hacer que el emperador mande prontamente hacer suspender el curso de la causa del pobre príncipe de la Paz, amigo del mismo gran duque, y del emperador, y de los franceses, y del rey, y mío, van sus enemigos a hacerle cortar la cabeza en público, y después a mí, pues lo desean también. Yo temo mucho que no den tiempo para que pueda llegar la respuesta y resolución del emperador; pues precipitarán la ejecución para que cuando llegue aquella no pueda surtir efecto favorable por estar ya decapitado el príncipe. El rey mi marido y yo no podemos ver con indiferencia un atentado tan horrible contra quien ha sido íntimamente amigo nuestro y del gran duque. Esta amistad y la que ha tenido en favor del emperador y de los franceses, es la causa de todo lo que sufre; sobre lo cual no se debe dudar.
Las declaraciones que mi hijo hizo en su causa no se manifiestan ahora; y caso de que se publiquen algunas, no serán las que de veras hizo entonces. Acusan al pobre príncipe de la Paz de haber atentado contra la vida y trono de mi hijo; pero esto es falso y solo es verdad todo lo contrario. No tratan sino de acriminar a este inocente príncipe de la Paz, nuestro único amigo común, para inflamar más al público y hacerle creer contra él todas las infamias posibles.
Después harán lo mismo contra mí, pues tienen la voluntad preparada para ello. Así convendrá que el gran duque haga decir a mi hijo que se suspenda toda causa y asunto de papeles hasta que el emperador venga, o dé disposiciones; y tomar el gran duque bajo sus órdenes la persona del pobre príncipe de la Paz su amigo, separando los guardias y poniendo tropas suyas para impedir que lo maten, pues esto es lo que quieren, además de infamarle, lo que también proyectan contra el rey mi marido y contra mí, diciendo que es necesario formarnos causa y hacer que después demos cuenta de todas nuestras operaciones.
Mi hijo tiene muy mal corazón: su carácter es cruel: jamás ha tenido amor a su padre ni a mí: sus consejeros son sanguinarios: no se complacen sino en hacer desdichados, sin exceptuar al padre ni a la madre. Quieren hacernos todo el mal posible, pero el rey y yo tenemos mayor interés en salvar la vida y el honor de nuestro inocente amigo que nuestra misma vida.
Mi hijo es enemigo de los franceses, aunque diga lo contrario. No extrañaré que cometa un atentado contra ellos. El pueblo está ganado con dinero y lo inflamará contra el príncipe de la Paz, contra el rey, mi marido, y contra mí, porque somos aliados de los franceses, y dicen que nosotros les hemos hecho venir.
A la cabeza de todos los enemigos de los franceses está mi hijo, aunque aparente ahora lo contrario, y quiera ganar al emperador, al gran duque y a los franceses para dar mejor y seguro su golpe.
Ayer tarde dijimos nosotros al general comandante de las tropas del gran duque, que nosotros siempre permanecemos aliados de los franceses, y que nuestras tropas estarán siempre unidas con las suyas. Esto se entiende de las nuestras que tenemos aquí, pues de las otras no podemos disponer; y aun en cuanto a estas ignoramos las órdenes que mi hijo habrá dado; pero nosotros nos pondríamos a su cabeza para hacerlas obedecer lo que queremos, que es que sean amigas de los franceses. — Luisa.»
Nota de la reina de España para el gran duque de Berg, por medio de la reina de Etruria su hija, en abril de 1808.
«Nosotros remitimos al gran duque la respuesta de mi hijo a la carta que el rey mi marido le escribió antes de ayer, cuya copia fue remitida ayer al gran duque. No estamos contentos con el modo de explicarse mi hijo, ni aun con la sustancia de lo que se responde; pero el gran duque por su amistad con nosotros tendrá la bondad de componerlo todo y de hacer que el emperador nos salve a todos tres; es decir al rey mi marido, al pobre príncipe de la Paz su amigo, y a mí. El gran duque debe estar persuadido, y persuadir al emperador, que habiendo puesto nuestra suerte en sus manos, solo pendemos de la generosidad, grandeza de alma y amistad que tenga para nosotros tres, que siempre hemos sido sus buenos y fieles aliados, amigos y afectos, y que si no, nuestra suerte será muy infeliz.
Se nos ha dicho que nuestro hijo Carlos va a partir mañana o antes para recibir al emperador, y que si no lo encuentra, avanzará hasta París. A nosotros se nos oculta esta resolución porque no quieren que la sepamos el rey ni yo, lo cual nos hace recelar un mal designio; pues mi hijo Fernando no se separa un momento de sus hermanos, y los hace malos con promesas y con los atractivos que agradan a los jóvenes que no conocen al mundo por experiencias &c.
Por esto conviene que el gran duque procure que el emperador no se deje engañar por medio de mentiras que lleven las apariencias de la verdad, respecto de que mi hijo no es afecto a los franceses, sino que ahora manifiesta serlo porque cree tener necesidad de aparentarlo. Yo recelo de todo si el gran duque, en quien habemos puesto nuestras esperanzas, no hace todos sus esfuerzos para que el emperador tome nuestra causa como suya propia. Tampoco dudamos que la amistad del gran duque sostendrá y salvará a su amigo, y nos lo dejará a nuestro lado para que todos tres juntos acabemos nuestros días tranquilamente retirados. Asimismo creemos que el gran duque tomará todos los medios para que el pobre príncipe de la Paz, amigo suyo y nuestro, sea trasladado a un pueblo cercano a Francia, de manera que su vida no peligre y sea fácil de transportarlo a Francia, y librarlo de las manos de sus sanguinarios enemigos.
Deseamos igualmente que el gran duque envíe a el emperador alguna persona que le informe de todo a fondo para evitar que S. M. I. pueda ser preocupado por las mentiras que se fraguan aquí de día y de noche contra nosotros y contra el pobre príncipe de la Paz, cuya suerte preferimos a la misma nuestra, porque estamos temblando de las dos pistolas que hay cargadas para quitarle la vida en caso necesario, y sin duda son efecto de alguna orden de mi hijo que hace conocer así cuál sea su corazón; y deseo que no se verifique jamás un atentado semejante con ninguno, aun cuando fuese el mayor malvado, y vos debéis creer que el príncipe no lo es.
En fin el gran duque y el emperador son los únicos que pueden salvar al príncipe de la Paz, así como a nosotros, pues si no resulta salvo, y si no se nos concede su compañía moriremos el rey mi marido y yo. Ambos creemos que si mi hijo perdona la vida al príncipe de la Paz, será cerrándolo en una prisión cruel donde tenga una muerte civil; por lo cual rogamos al gran duque y al emperador que lo salve enteramente, de manera que acabe sus días en nuestra compañía donde se disponga.
Conviene saber que se conoce que mi hijo teme mucho al pueblo; y los guardias de Corps son siempre sus consejeros y sus tiranos. — Luisa.»
Carta del rey Carlos IV al gran duque de Berg con otra de la reina su esposa en Aranjuez a 3 de abril de 1808.
«Mi señor y mi querido hermano: teniendo que pasar a Madrid Don Joaquín de Manuel de Villena, gentil-hombre de cámara y muy fiel servidor mío, para negocios particulares suyos, le he encargado presentarse a V. A., y asegurarle todo mi reconocimiento al interés que V. A. toma en mi suerte y en la del príncipe de la Paz, que está inocente. Podéis fiaros de hablar con Don Joaquín de Villena, porque yo aseguro su fidelidad. No hablaré ya de mis dolores, y mi esposa os dará en posdata razón detallada de los asuntos. Pudiera suceder que Villena no se atreva a entrar en casa de V. A. por no hacerse sospechoso. En tal caso mi hija dispondrá que recibáis esta carta. Perdonadme tantas importunidades, y ruego a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda. Mi señor y muy querido hermano. De V. A. I. y R. afecto hermano y amigo. — Carlos.»
Carta de la reina.
«Mi señor y hermano: la partida tan pronta de mi hijo Carlos, que será mañana, nos hace temblar. Las personas que le acompañan son malignas. El secreto inviolable que se les hace observar para con nosotros, nos causa grande inquietud, temiendo que sea conductor de papeles falsos contrahechos e inventados.
El príncipe de la Paz no hacía ni escribía nada sin que lo supiéramos y viésemos el rey mi marido y yo; y podemos asegurar que no ha cometido crimen alguno contra mi hijo ni contra nadie, pero mucho menos contra el gran duque, contra el emperador, ni contra los franceses. Él escribió de propio puño al gran duque y al emperador pidiendo a este un asilo y hablando de matrimonio; pero yo creo que el pícaro de Izquierdo no la entregó y la ha devuelto. El príncipe de la Paz estaba ya desengañado de la mala fe de Izquierdo, y por lo menos dudaba de su sinceridad. Los enemigos del pobre príncipe de la Paz, amigo de V. A., pintarán con los colores más vivos y apariencias de verdad cualesquiera mentiras. Son muy diestros para esto, y cuantos ocupan ahora los empleos son enemigos comunes suyos. ¿No podría V. A. enviar alguno que llegase antes que mi hijo Carlos a ver al emperador y prevenirle de todo, contándole la verdad y las imposturas de nuestros enemigos?
Mi hijo tiene veinte años, sin experiencia ni conocimientos del mundo. Los que le acompañan y todos los demás le habrán dado instrucciones a su gusto. ¡Ojalá que V. A. tome todas las medidas necesarias para anticipar noticias al emperador! Mi hijo hace todo lo posible para que no veamos al emperador; pero nosotros queremos verle, así como a V. A. en quien hemos depositado nuestra confianza, y la seguridad de todos tres que esperamos conceda el emperador.
En este supuesto ruego a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda. Mi señor y hermano. De V. A. I. y R. muy afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Carta de la reina de España al gran duque de Berg en Aranjuez a 8 de abril de 1808.
«Mi señor y hermano: el rey no puede escribir por estar muy incomodado con la hinchazón de su mano. Cuando ha leído la carta de V. A. en que le deja elección de partir mañana u otro día, ha tenido presente que todo estaba preparado, que una parte de sus criados parte hoy, y que la dilación podía dar que pensar a tantos intérpretes como hay, malignos e impostores; por lo que se ha decidido a salir mañana a la una como tenía ya dicho, esperando que así le sería más fácil también ir a ver al emperador. Tendremos mucho gusto de saber el arribo del emperador a Bayona. Nosotros lo esperamos con impaciencia, y que V. A. nos dirá cuándo debemos ir. El rey mi marido y yo deseamos con vehemencia ver a V. A. Apetecemos con ansia este momento, y nos ha servido de gran placer el recado de V. A. de que vendría a vernos después de dos días. Repetimos nuestras súplicas, confiando enteramente en vuestra amistad, y pido a Dios tenga a V. A. en su santa y digna guarda.
Mi señor y hermano: de V. A. I. y R. muy afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Carta del rey Fernando a su padre en Madrid a 8 de abril de 1808.
«Padre mío: el general Savary acaba de separarse de mi compañía. Estoy muy satisfecho de él, como también de la buena inteligencia que hay entre el emperador y mi persona, por la buena fe que me ha manifestado.
Por este motivo me parece justo que V. M. me dé una carta para el emperador, felicitándole de su arribo, y asegurándole que tengo para con él los mismos sentimientos que V. M. le ha demostrado.
Si V. M. considera conveniente, me enviará en respuesta dicha carta, porque yo saldré después de mañana, y he dado orden de que vengan después los tiros que debían servir a VV. MM.
Vuestro más sumiso hijo. — Fernando.»
Segunda carta de la reina de España al gran duque de Berg en 8 de abril de 1808.
«Mi señor y hermano: No quisiéramos ocupar a V. A., pero no teniendo otro apoyo es necesario que V. A. sepa todo lo relativo a nuestras personas. Remitimos a V. A. la carta que el rey ha recibido de su hijo Fernando en respuesta de la que su padre le escribió, diciéndole que partíamos el lunes.
Las pretensiones de mi hijo me parecen fuera de propósito; y siguiendo las mismas ideas le ha escrito el rey hace un instante, que nosotros llevamos menos familia y personas de servidumbre que plazas había, quedándose aquí algunas: que pasaríamos la semana santa en el Escorial, sin poder decir cuántos días duraría aquella residencia; y que en cuanto a guardias de Corps no importaba nada que no fuesen. Quisiéramos no verlos, y sí fuera de su poder a nuestro pobre príncipe de la Paz. Ayer tarde se me advirtió que viviésemos con cuidado, porque se intentaba hacer alguna cosa secreta, y que aunque fuese tranquila la noche de ayer no lo sería la siguiente. Yo dudo de todo, y no vemos a los guardias de Corps; pero es necesario vivir con cautela, por lo que lo hemos advertido al general Wattier. Los guardias son los autores de todo, y hacen a mi hijo hacer lo que quieren; lo mismo que los malignos ministros, que son muy crueles, sobre todo el clérigo Escóiquiz.
Por gracia V. A. líbrenos a todos tres, e igualmente a mi pobre hija Luisa, que padece por la propia razón que nuestro pobre amigo común el príncipe de la Paz y nosotros; y todo porque somos amigos de V. A., de los franceses y del emperador. Mi hijo Fernando habló aquí de las tropas francesas que había en Madrid con bastante desprecio, lo cual es prueba de que no las mira con afecto. Nos han asegurado que los carabineros son como los demás; y que los otros residentes en el sitio, como el capitán de guardias de Corps, no hacen sino averiguar todo lo que pueden para hacerlo saber a mi hijo.
Si el emperador dijera dónde quiere que le veamos, tendríamos en ello mucho gusto; y rogamos a V. A. procure que el emperador nos saque de España cuanto antes al rey mi marido y a nuestro amigo el príncipe de la Paz, a mí y a mi pobre hija, y sobre todo a los tres, lo más pronto posible, porque de otro modo no estamos seguros. No dude V. A. que nos hallamos en el mayor peligro, y con especialidad nuestro amigo, cuya seguridad deseamos antes que la nuestra; la que confiamos lograr de V. A. y del emperador, en cuyo supuesto pido a Dios tenga a V. A. en su santa y digna guarda.
Mi señor y hermano: de V. A. I. y R. afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Carta de la reina de España al gran duque de Berg en Aranjuez a 9 de abril de 1808.
«Mi señor y hermano: el reconocimiento a los favores de V. A. será eterno, y le damos un millón de gracias por la seguridad que nos anuncia de que su amigo y nuestro, el pobre príncipe de la Paz, estará libre dentro de tres días. El rey y yo ocultaremos con un secreto inviolable tan necesario la alegría que V. A. nos ha producido con una noticia tan deseada. Ella nos reanima, y nunca hemos dudado de la amistad de V. A., quien tampoco deberá dudar de la nuestra jamás, pues se la hemos profesado siempre, como también el pobre amigo de V. A., cuyo crimen es el ser afecto al emperador y a los franceses. No así mi hijo, pues no lo es aunque lo aparente. Su ambición sin límites le ha hecho seguir los consejos de todos los infames consejeros que ha puesto ahora en los empleos más principales y elevados.
Tenga V. A. la bondad de decirnos cuándo debemos ir a ver al emperador, y en dónde, pues lo deseamos mucho igualmente que V. A. no se olvide de mi pobre hija Luisa.
Damos gracias a V. A. de habernos enviado al general Wattier, pues se ha conducido perfectamente aquí. Mi marido quería escribir a V. A., pero es absolutamente imposible, pues padece muchos dolores en la mano derecha, los cuales le han quitado el sueño esta noche pasada.
Nosotros saldremos a la una para el Escorial, adonde llegaremos a las ocho de la tarde. Rogamos a V. A. que disponga que sus tropas y V. A. libren a su amigo de los peligros de todos los pueblos y tropas que están contra él y contra nosotros, no sea que lo maten si no lo salva V. A., pues como no esté asegurado por la guardia de V. A. hay mucho peligro de que le quiten la vida.
Deseamos mucho ver a V. A., pues somos totalmente suyos; en cuyo supuesto pido a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda.
Mi señor y hermano: de V. A. I. y R. muy afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Segunda carta de la reina de España al gran duque de Berg en el Escorial a 9 de abril de 1808.
«Mi señor y hermano: son las diez, y hemos recibido una carta de mi hijo Fernando que el rey mi marido envía a V. A. para que la vea, y me diga lo que debemos hacer. El rey y yo no quisiéramos hacer lo que nos pide mi hijo, cuya pretensión nos ha sorprendido infinito, y creemos que no nos conviene de ningún modo condescender: el rey ha encargado decir que estaba ya en cama, por lo que no podía responder a la carta. Esto ha sido pretexto por si V. A. quiere decirnos lo que se le haya de responder, en inteligencia de que mientras tanto suspendemos hacerlo; bien que será forzoso no dilatarlo más que hasta mañana por la tarde.
Nos hallamos con la satisfacción de no tener guardias de Corps, ni las de infantería en el Escorial, sino solo los carabineros. Con vuestras tropas estamos seguros y no con las otras.
El rey y yo no escribimos la carta que mi hijo pide, sino en el caso de que se nos haga escribir por fuerza, como sucedió con la abdicación, contra la cual hizo por eso la protesta que envió a V. A. Lo que dice mi hijo es falso, y solo es verdadero que mi marido y yo tememos que se procure hacer creer al emperador un millón de mentiras, pintándolas con los más vivos colores en agravio nuestro y del pobre príncipe de la Paz amigo de V. A., admirador y afectísimo del emperador, bien que nosotros estamos totalmente puestos en manos de S. M. I. y V. A., lo cual nos tranquiliza de modo, que con tales amigos y protectores no tememos a nadie. Ruego a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda. Mi señor y hermano: de V. A. I. y R. muy afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Tercera carta de la reina de España al gran duque de Berg en el Escorial a 9 de abril de 1808.
«Mi señor y hermano: Estamos muy agradecidos al obsequio de V. A. en habernos enviado sus tropas que nos han acompañado con la mayor atención y cuidado. También le damos gracias por las que nos ha destinado para este sitio. Hemos dicho al general Budet que cuide de hacer patrullas con sus tropas día y noche, pues hemos encontrado aquí una compañía de guardias españolas y valonas, lo que nos ha sorprendido.
V. A. nos ha dado pruebas completas de su amistad. Nosotros no habíamos dudado jamás, y tanto el rey como yo creemos firmemente que V. A. nos librará de todo riesgo, igualmente que a su amigo el príncipe de la Paz, y estamos satisfechos de que el emperador nos protegerá, y hará felices a todos tres como aliados, afectos y amigos suyos. Esperamos con grande impaciencia la satisfacción de ver a V. A. y al emperador. Aquí estamos en mayor proporción de salir al encuentro de S. M. I.
Nuestro viaje ha sido muy feliz, y no podía dejar de serlo con tan buena compañía. Los pueblos por donde hemos pasado nos han aclamado más que antes.
Esperamos con ansia la respuesta de V. A. a la carta que le escribimos esta mañana, y no queremos incomodarle más, ni quitarle el tiempo precioso que necesita para tantas ocupaciones. Ruego a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda. Mi señor y hermano: de V. A. I. y R. muy afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Carta de la reina de España al gran duque de Berg en 10 de abril de 1808.
«Señor mi hermano: la carta que V. A. nos ha escrito, y hemos recibido hoy muy temprano, me ha tranquilizado. Nosotros estamos puestos en las manos del emperador y de V. A. No debemos temer nada el rey mi marido, nuestro amigo común y yo. Lo esperamos todo del emperador que decidirá pronto nuestra suerte.
Tenemos el mayor placer y consuelo en esperar mañana el momento de ver y poder hablar a V. A. Será para nosotros un instante bien feliz, así como el de ver al emperador. Mientras tanto que esto se verifica, rogamos de nuevo a V. A. que proceda de modo que saque al príncipe de la Paz su amigo del poder de las horribles manos que lo tienen, y lo ponga en seguridad de que no se le mate, ni se le haga mal alguno; pues los malignos y falsos ministros actuales harán todo lo posible para anticiparse cuando llegue el emperador.
Mi hijo habrá partido ya, y procurará en su viaje persuadir al emperador todo lo contrario de lo que ha pasado en verdad. Él y los que lo rodean habrán preparado tales datos y mentiras, aparentándolas como verdades que el emperador, cuando menos, entraría en dudas, si no hubiera sido informado ya de la verdad por V. A.
Mi hijo ha dejado todas sus facultades al infante Don Antonio su tío, el cual tiene muy poco talento y luces; pero es cruel, e inclinado a todo cuanto pueda ser pesadumbre del rey mi marido y mía, y del príncipe de la Paz y de mi hija Luisa. Aunque debe proceder de acuerdo de un consejo que se le ha nombrado, este se compone de toda la facción tan detestable que ha ocasionado toda la revolución actual, y que no está en favor de los franceses más que mi hijo Fernando, a pesar de todo lo que se ha dicho en la Gaceta de ayer, pues solo el miedo al emperador hace hablar así.
Me atrevo también a decir a V. A. que el embajador está totalmente por el partido de mi hijo de acuerdo con el maligno hipócrita clérigo Escóiquiz, y harán lo que no es imaginable para ganar a V. A., y sobre todo al emperador. Prevenid todo esto a S. M. antes que lo vea mi hijo; pues como este sale hoy, y el rey mi marido tiene la mano tan hinchada, no ha escrito la carta que mi hijo le pedía, por lo cual este no llevará ninguna; y el rey no puede escribir de su mano a V. A., lo que le es muy sensible, pues nosotros no tenemos otro amigo, ni confianza sino en V. A. y en el emperador, de quien esperamos todo.
Vivid bien persuadido del grande afecto que tenemos a V. A., así como confianza y seguridad: en cuyo supuesto ruego a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda. Señor mi hermano: de V. A. I. y R. muy afecta hermana y amiga. — Luisa.»
Nota. Toda esta correspondencia se halla inserta en el Monitor del 5 de febrero de 1810, excepto el informe del general Monthion que se insertó en el de 3 de mayo de 1808. En el Monitor algunas de las cartas de la reina de Etruria y de Carlos IV están en italiano. Hemos tomado la traducción de todas ellas de las memorias de Nellerto, tom. 2.º, después de haberla confrontado con las cartas originales insertas en los Monitores citados. Nos hemos cerciorado de la exactitud, objeto principal en la inserción de estos documentos, sin habernos detenido en reparos acerca del estilo; pero no creemos inoportuno advertir que debe leerse con desconfianza la calificación que se hace en algunas de estas cartas del carácter y conducta de los personajes nombrados en ellas, por ser hija del resentimiento de una señora sobrecogida a la sazón de todo género de recelos, y cuya vehemente imaginación alterada por el cúmulo de sucesos extraordinarios y adversos ocurridos en aquellos memorables días, le presentaba las cosas y las personas con los más negros colores.
Número [2-11].
Protesta publicada en el Diario de Madrid de 12 de mayo de 1808.
Número [2-12].
Don Bartolomé Muñoz de Torres del consejo de S. M., su secretario escribano de cámara más antiguo y de gobierno del consejo.
Certifico que por el Excmo. Señor Don Pedro Cevallos primer secretario de estado y del despacho, se ha comunicado al Ilustrísimo Señor decano gobernador interino del consejo la real orden siguiente:
«Ilustrísimo Señor: Uno de los primeros cuidados del rey N. S. después de su advenimiento al trono ha sido el participar al emperador de los franceses y rey de Italia tan feliz acontecimiento, asegurando al mismo tiempo a S. M. I. y R. que animado de los mismos sentimientos que su augusto padre, lejos de variar en lo más mínimo el sistema político con respecto a la Francia, procurará por todos los medios posibles estrechar más y más los vínculos de amistad y estrecha alianza que felizmente subsisten entre la España y el imperio francés. S. M. me manda participarlo a V. I. para que publicándolo en el consejo proceda el tribunal a consecuencia en todas las medidas que tome para restablecer la tranquilidad pública en Madrid, y para recibir y suministrar a las tropas francesas que están dispuestas a entrar en esa villa todos los auxilios que necesiten; procurando persuadir al pueblo que vienen como amigos, y con objetos útiles al rey y a la nación. S. M. se promete de la sabiduría del consejo que enterado de los vivos deseos que le animan de consolidar cada día más los estrechos vínculos que unen a S. M. con el emperador de los franceses, procurará el consejo por todos los medios que estén a su alcance inspirar estos mismos sentimientos en todos los vecinos de Madrid. Dios guarde a V. I. muchos años. Aranjuez 20 de marzo de 1808. — Pedro Cevallos. — Señor gobernador interino del consejo.»
Publicada en el consejo pleno de este día la antecedente real orden, se ha mandado guardar y cumplir; y para que llegue a noticia de todos se imprima y fije en los sitios públicos y acostumbrados de esta corte. Y para el efecto lo firmo en Madrid a 21 de marzo de 1808. — Don Bartolomé Muñoz. — (Véase el Diario de Madrid del 22 de marzo de 1808.)
Número [2-13].
BANDO.
Con fecha 23 del presente mes se ha comunicado al Ilustrísimo Señor decano del consejo una real orden que entre otras cosas contiene lo siguiente:
«Teniendo noticia el rey N. S. que dentro de dos y medio a tres días llegará a esta corte S. M. el emperador de los franceses, me manda S. M. decir a V. I. que quiere sea recibido y tratado con todas las demostraciones de festejo y alegría que corresponden a su alta dignidad e íntima amistad y alianza con el rey N. S., de la que espera la felicidad de la nación; mandando asimismo S. M. que la villa de Madrid proporcione objetos agradables a S. M. I., y que contribuyan al mismo fin todas las clases del estado.
Y habiéndose publicado en el consejo, ha resuelto se entere de ello al público por medio de este edicto. Madrid 24 de marzo de 1808. — Don Bartolomé Muñoz &c.
Número [2-14].
Mémorial de Sainte Hélène, vol. IV, pág. 246, ed. de 1823.
Número [2-15].
Carta de S. M. el emperador de los franceses rey de Italia, y protector de la confederación del Rin.
«Hermano mío: he recibido la carta de V. A. R.: ya se habrá convencido V. A. por los papeles que ha visto del rey su padre del interés que siempre le he manifestado: V. A. me permitirá que en las circunstancias actuales le hable con franqueza y lealtad. Yo esperaba, en llegando a Madrid, inclinar a mi augusto amigo a que hiciese en sus dominios algunas reformas necesarias, y que diese alguna satisfacción a la opinión pública. La separación del príncipe de la Paz me parecía una cosa precisa para su felicidad y la de sus vasallos. Los sucesos del norte han retardado mi viaje: las ocurrencias de Aranjuez han sobrevenido. No me constituyo juez de lo que ha sucedido, ni de la conducta del príncipe de la Paz; pero lo que sé muy bien es que es muy peligroso para los reyes acostumbrar sus pueblos a derramar la sangre haciéndose justicia por sí mismos. Ruego a Dios que V. A. no lo experimente un día. No sería conforme al interés de la España que se persiguiese a un príncipe que se ha casado con una princesa de la familia real, y que tanto tiempo ha gobernado el reino. Ya no tiene más amigos: V. A. no los tendrá tampoco si algún día llega a ser desgraciado. Los pueblos se vengan gustosos de los respetos que nos tributan. Además, ¿cómo se podría formar causa al príncipe de la Paz sin hacerla también al rey y a la reina vuestros padres? Esta causa fomentaría el odio y las pasiones sediciosas; el resultado sería funesto para vuestra corona. V. A. R. no tiene a ella otros derechos sino los que su madre le ha transmitido: si la causa mancha su honor, V. A. destruye sus derechos. No preste V. A. oídos a consejos débiles y pérfidos. No tiene V. A. derecho para juzgar al príncipe de la Paz; sus delitos, si se le imputan, desaparecen en los derechos del trono. Muchas veces he manifestado mi deseo de que se separase de los negocios al príncipe de la Paz: si no he hecho más instancias ha sido por un efecto de mi amistad por el rey Carlos, apartando la vista de las flaquezas de su afección. ¡Oh miserable humanidad! Debilidad y error, tal es nuestra divisa. Mas todo esto se puede conciliar; que el príncipe de la Paz sea desterrado de España, y yo le ofrezco un asilo en Francia.
En cuanto a la abdicación de Carlos IV, ella ha tenido efecto en el momento en que mis ejércitos ocupaban la España, y a los ojos de la Europa y de la posteridad podría parecer que yo he enviado todas esas tropas con el solo objeto de derribar del trono a mi aliado y mi amigo. Como soberano vecino debo enterarme de lo ocurrido antes de reconocer esta abdicación. Lo digo a V. A. R., a los españoles, al universo entero; si la abdicación del rey Carlos es espontánea, y no ha sido forzado a ella por la insurrección y motín sucedido en Aranjuez, yo no tengo dificultad en admitirla, y en reconocer a V. A. R. como rey de España. Deseo pues conferenciar con V. A. R. sobre este particular.
La circunspección que de un mes a esta parte he guardado en este asunto debe convencer a V. A. del apoyo que hallará en mí, si jamás sucediese que facciones de cualquiera especie viniesen a inquietarle en su trono. Cuando el rey Carlos me participó los sucesos del mes de octubre próximo pasado, me causaron el mayor sentimiento, y me lisonjeo de haber contribuido por mis instancias al buen éxito del asunto del Escorial. V. A. no está exento de faltas: basta para prueba la carta que me escribió, y que siempre he querido olvidar. Siendo rey sabrá cuán sagrados son los derechos del trono: cualquier paso de un príncipe hereditario cerca de un soberano extranjero es criminal. El matrimonio de una princesa francesa con V. A. R. le juzgo conforme a los intereses de mis pueblos, y sobre todo como una circunstancia que me uniría con nuevos vínculos a una casa, a quien no tengo sino motivos de alabar desde que subí al trono. V. A. R. debe recelarse de las consecuencias de las emociones populares: se podrá cometer algún asesinato sobre mis soldados esparcidos; pero no conducirán sino a la ruina de la España. He visto con sentimiento que se han hecho circular en Madrid unas cartas del capitán general de Cataluña, y que se ha procurado exasperar los ánimos. V. A. R. conoce todo lo interior de mi corazón: observará que me hallo combatido por varias ideas que necesitan fijarse; pero puede estar seguro de que en todo caso me conduciré con su persona del mismo modo que lo he hecho con el rey su padre. Esté V. A. persuadido de mi deseo de conciliarlo todo, y de encontrar ocasiones de darle pruebas de mi afecto y perfecta estimación. Con lo que ruego a Dios os tenga, hermano mío, en su santa y digna guarda. En Bayona a 16 de abril de 1808. — Napoleón. — (Véase el manifiesto de Don Pedro Cevallos.)
Número [2-16].
El rey N. S. haciendo el más alto aprecio de los deseos que el emperador de los franceses ha manifestado de disponer de la suerte del preso Don Manuel de Godoy, escribió desde luego a S. M. I. mostrando su pronta y gustosa voluntad de complacerle, asegurado S. M. de que el preso pasaría inmediatamente la frontera de España, y que jamás volvería a entrar en ninguno de sus dominios.
El emperador de los franceses ha admitido este ofrecimiento de S. M., y mandado al gran duque de Berg que reciba el preso, y lo haga conducir a Francia con escolta segura.
La junta de gobierno instruida de estos antecedentes, y de la reiterada expresión de la voluntad de S. M., mandó ayer al general, a cuyo cargo estaba la custodia del citado preso, que lo entregase al oficial que destinase para su conducción el gran duque; disposición que ya queda cumplida en todas sus partes. Madrid 21 de abril de 1808.
Número [2-17].
Oficio del general Belliard a la junta de gobierno. (Véase la memoria de Ofárril y Azanza.)
«Habiendo S. M. el emperador y rey manifestado a S. A. el gran duque de Berg que el príncipe de Asturias acababa de escribirle diciendo «que le hacía dueño de la suerte del príncipe de la Paz», S. A. me encarga en consecuencia que entere a la junta de las intenciones del emperador, que le reitera la orden de pedir la persona de este príncipe y de enviarle a Francia.
Puede ser que esta determinación de S. A. R. el príncipe de Asturias no haya llegado todavía a la junta. En este caso se deja conocer que S. A. R. habrá esperado la respuesta del emperador; pero la junta comprenderá que el responder al príncipe de Asturias sería decidir una cuestión muy diferente; y ya es sabido que S. M. I. no puede reconocer sino a Carlos IV.
Ruego pues a la junta se sirva tomar esta nota en consideración, y tener la bondad de instruirme sobre este asunto, para dar cuenta a S. A. I. el gran duque de la determinación que tomase.
El gobierno y la nación española solo hallarán en esta resolución de S. M. I. nuevas pruebas del interés que toma por la España; porque alejando al príncipe de la Paz, quiere quitar a la malevolencia los medios de creer posible que Carlos IV volviese el poder y su confianza al que debe haberla perdido para siempre; y por otra parte la junta de gobierno hace ciertamente justicia a la nobleza de los sentimientos de S. M. el emperador, que no quiere abandonar a su fiel aliado.
Tengo el honor de ofrecer a la junta las seguridades de mi alta consideración. — El general y jefe del estado mayor general, Augusto Belliard. — Madrid 20 de abril de 1808.»
Número [2-18].
Carta remitiendo la protesta al emperador y rey.
«Hermano y señor: V. M. sabrá ya con sentimiento el suceso de Aranjuez y sus resultas, y no dejará de ver sin algún tanto de interés a un rey que forzado a abdicar la corona, se echa en los brazos de un gran monarca su aliado, poniéndose en todo y por todo a su disposición, pues que él es el único que puede hacer su dicha, la de toda su familia, y la de sus fieles y amados vasallos... Heme visto obligado a abdicar; pero seguro en el día y lleno de confianza en la magnanimidad y genio del grande hombre que siempre se ha manifestado mi amigo, he tomado la resolución de dejar a su arbitrio lo que se sirviese hacer de nosotros, mi suerte, la de la reina... Dirijo a V. M. I. una protesta contra el acontecimiento de Aranjuez, y contra mi abdicación. Me pongo y confio enteramente en el corazón y amistad de V. M. I. Con esto ruego a Dios que os mantenga en su santa y digna guarda. — Hermano y Señor: de V. M. I. su afectísimo hermano y amigo. — Carlos.»