LIBRO SÉPTIMO.
Salida
de Napoleón
de Chamartín.
Napoleón permanecía en Chamartín. Allí afanado y diligente, agitado su corazón como mar por vientos bravos, ocupábale España, Francia, Europa entera, y más que todo averiguar los movimientos y paradero del ejército inglés. Posponía a este los demás cuidados. Avisos inciertos o fingidos le impelían a tomar encontradas determinaciones. Unas veces resuelto a salir vía de Lisboa se aprestaba a ello: otras suspendiendo su marcha aguardaba de nuevo posteriores informes. Pareció al fin estar próximo el día de su partida, cuando el 19 de diciembre a las puertas de la capital pasó reseña a 70.000 hombres de escogidas tropas. Así fue: dos días después, el 21, habiendo recibido noticia cierta de que los ingleses se internaban en Castilla la Vieja, en la misma noche con la rapidez del rayo acordó oportunas providencias para que el 22, dejando en Madrid 10.000 hombres, partiesen 60.000 la vuelta de Guadarrama.
Situación del
ejército inglés.
Era en efecto tiempo de que atajase los intentos de contrarios tan temibles y que tanto aborrecía. Sir Juan Moore vacilante al principio había por último tomado la ofensiva con el ejército de su mando. Ya hablamos de su llegada a Salamanca el 23 de noviembre. Apenas había sentado allí sus reales, empezaron a esparcirse las nuevas de nuestras derrotas, funestos acontecimientos que sobresaltaron al general inglés con tanto mayor razón cuanto sus fuerzas se hallaban segregadas y entre sí distantes. Hasta el 23 del propio noviembre no acabaron de concurrir a Salamanca las que con el mismo general Moore habían avanzado por el centro: de las restantes las que mandaba Sir David Baird estaban el 26 unas en Astorga, otras lejos a la retaguardia, no habiendo aún en aquel día las de Sir Juan Hope atravesado en su viaje desde Extremadura las sierras que dividen ambas Castillas.
Dudas
y vacilaciones
del general
Moore.
Como exigía tiempo la reconcentración de todas estas fuerzas, era de recelar que los franceses libres de ejércitos españoles, avanzando e interponiéndose con su acostumbrada celeridad, embarazasen al de los ingleses y le acometiesen separadamente y por trozos: en especial cuando este, si bien lucido en su apariencia, maravillosamente disciplinado, bizarrísimo en un día de batalla, flaqueaba del lado de la presteza.
Motivos eran estos para contener el ánimo de cualquier general atrevido, mucho más el del general inglés, hombre prudente y a quien los riesgos se representaban abultados; porque aunque oficial consumado y dignísimo del buen concepto que entre sus compatriotas gozaba, adoleciendo por desgracia de aquel achaque entonces común a los militares de tener por invencibles a Napoleón y sus huestes, juzgaba la causa peninsular de éxito muy dudoso, y por decirlo así la miraba como perdida: lo cual no poco contribuyó a su irresolución e incertidumbre. Se acrecentaron sus temores al entrar en España, no columbrando en los pueblos señales extraordinarias de entusiasmo, como si la manifestación de un sentimiento tan vivo pudiera sin término prolongarse, y como si la disposición en que veía a todos los habitantes de no querer entrar en pacto ni convenio con el enemigo, no fuera bastante para hacerle fundadamente esperar que ella sola debía al cabo producir larga y porfiada resistencia.
Desalentado por consiguiente el general Moore, y no contemplando ya en esta guerra sino una lucha meramente militar, empezó a contar bajo dicho respecto sus recursos y los de los españoles, y habiendo en gran parte desaparecido los de estos con las derrotas, y siendo los suyos muy inferiores a los de los franceses, pensó en retirarse a Portugal. Tal fue su primer impulso al saber las dispersiones de Espinosa y Burgos. Mas conservándose aún casi intacto el ejército español del centro, repugnábale volver atrás antes de haberse empeñado en la contienda y de ser estrechado a ello por el enemigo. Consulta
con Mr. Frere. En medio de sus dudas resolvió tomar consejo con Mr. Frere, ministro británico cerca de la junta central, quien no estaba tan desesperanzado de la causa peninsular como el general Moore, porque, ministro ya de su corte en Madrid en tiempo de Carlos IV, conocía a fondo a los españoles, tenía fe en sus promesas, y antes bien pecaba de sobrada afición a ellos que de tibieza o desvío. Su opinión por tanto les era favorable.
Pero Sir Juan Moore noticioso el 28 de noviembre de la rota de Tudela, sin aguardar la contestación de Mr. Frere, determinó retirarse. En consecuencia encargó al general Baird que se encaminase a la Coruña o a Vigo, previniéndole solamente que se detuviera algunos días para imponer respeto a las tropas del mariscal Soult que estaban del lado de Sahagún, y dar lugar a que llegase Sir Juan Hope. Se unió este con el cuerpo principal del ejército en los primeros días de diciembre, no habiendo condescendido, al pasar su división por cerca de Madrid, con los ruegos de Don Tomás de Morla, dirigidos a que entrase con aquella en la capital y cooperase a su defensa.
Pasos
e instancias
de la junta
central
y de Morla
para que avance.
La junta central recelosa por su parte de que los ingleses abandonasen el suelo español, y con objeto también de cumplimentar a sus jefes, había enviado al cuartel general de Salamanca a Don Ventura Escalante y a Don Agustín Bueno que llegaron a la sazón de estar resuelta la retirada. Inútilmente se esforzaron por impedirla, bien es que, fundando muchas de sus razones en los falsos rumores que circulaban por España, en vez de conmover con ellas el ánimo desapasionado y cauto del general inglés, no hacían sino afirmarle en su propósito.
También por entonces Don Tomás de Morla no habiendo alcanzado lo que deseaba de Sir Juan Hope, despachó un correo a Salamanca pidiendo al general en jefe inglés que fuese al socorro de Madrid, o que por lo menos distrajese al enemigo cayendo sobre su retaguardia. Tampoco hubiera suspendido este paso la resolución de Moore, si al mismo tiempo Sir Carlos Stuart, habitualmente de esperanzas menos halagüeñas y a los ojos de aquel general testigo imparcial, no le hubiese escrito manifestándole que creía al pueblo de Madrid dispuesto a recia y vigorosa resistencia.
Resuélvese a ello.
Empezó con esto a titubear el ánimo de Moore, y cedió al fin en vista de los pliegos que en respuesta a los suyos recibió el propio día de Mr. Frere: quien expresando en su contenido ardiente anhelo por asistir a los españoles, añadía ser político y conveniente que sin tardanza se adelantase el ejército británico a sostener el noble arrojo del pueblo de Madrid. Lenguaje digno y generoso de parte de Mr. Frere, propio para estimular al general de su nación, pero cuyos buenos efectos hubiera podido destruir un desgraciado incidente.
Incidente que
pudo estorbarlo.
Había sido portador de los pliegos el coronel Charmilly, emigrado francés, y que por haber presenciado en 1.º de diciembre el entusiasmo de los madrileños, pareció sujeto al caso para dar de palabra puntuales y cumplidos informes. Pero la circunstancia de ser francés dicho portador, y quizá también otros siniestros y anteriores informes, lejos de inspirar confianza al general Moore, fueron causa de que le tratase con frialdad y reserva. Achacó el Charmilly recibimiento tan tibio a la invariable resolución que había formado aquel de retirarse, y pensó oportuno hacer uso de una segunda carta que Mr. Frere le había encomendado. La escribió este ministro ansioso de que a todo trance socorriese su ejército a los españoles, y sin reparar en la circunspección que su elevado puesto exigía, encargó al Charmilly la entregase a Moore caso que dicho general insistiese en volver atrás sus pasos. Así lo hizo el francés, y fácil es conjeturar cuál sería la indignación del jefe británico al leer en su contexto que antes de emprender la retirada «se examinase por un consejo de guerra al portador de los pliegos.» Apenas pudo Sir Juan reprimir los ímpetus de su ira; y forzoso es decir que si bien había animado a Mr. Frere intención muy pura y loable, el modo de ponerla en ejecución era desusado y ofensivo para un hombre del carácter y respetos del general Moore. Este sin embargo sobreponiéndose a su justo resentimiento, contentose con mandar salir de los reales ingleses al coronel Charmilly, y determinó moverse por el frente con todo su ejército, cuyas divisiones estaban ya unidas o por lo menos en disposición de darse fácilmente la mano.
Próximo a abrir la marcha, fue también gran ventura que otros avisos llegados al propio tiempo no la retardasen o la impidiesen. Había antes el general inglés enviado hacia Madrid al coronel Graham a fin de que se cerciorase del verdadero estado de la capital. Mas dicho coronel sin haber pasado de Talavera, cuyo rodeo había tomado a causa de las circunstancias, se halló de vuelta en Salamanca el 9 de diciembre, y trajo tristes y desconsoladas nuevas. Los franceses según su relato, eran ya dueños del Retiro y habían intimado la rendición a Madrid.
Sale el 12
de Salamanca
a Valladolid.
Por grave que fuese semejante acontecimiento no por eso influyó en la resolución de Sir Juan Moore, y el 12 levantó el campo marchando con sus tropas y las del general Hope camino de Valladolid, y con la buena fortuna de que ya en la noche del mismo día un escuadrón inglés al mando del brigadier general Carlos Stewart, hoy Lord Londonderry, sorprendió y acuchilló en Rueda un puesto de dragones franceses.
El 14 se entregaron en Alaejos al general Moore pliegos cogidos en Valdestillas a un oficial enemigo, muerto por haber maltratado al maestro de postas de aquella villa. Iban dirigidos al mariscal Soult, a quien después de informarle de hallarse el emperador tranquilo poseedor de Madrid, se le mandaba que arrinconase en Galicia a los españoles y que ocupase a León, Zamora y tierra llana de Castilla. Del contenido de tales pliegos si bien se infería la falta de noticias en que estaba Napoleón acerca de los movimientos de los ingleses, también con su lectura pudieron estos cerciorarse de cuál fuese en realidad la situación de sus contrarios, y cuáles los triunfos que habían obtenido.
Varía
de dirección
y se mueve
hacia Toro
y Benavente.
Con este conocimiento alteró su primer plan Sir Juan Moore, y en vez de avanzar a Valladolid tomó por su izquierda del lado de Toro y Benavente para unirse con los generales Baird y Romana, y juntos deshacer el cuerpo mandado por el mariscal Soult antes que Napoleón penetrase en Castilla la Vieja. Estaba el general inglés ejecutando su movimiento a la sazón que el 16 de diciembre se avistaron con él en Toro Don Francisco Javier Caro y Sir Carlos Stuart, enviados desde Trujillo, uno por la junta central de que era individuo, y otro por Mr. Frere con el objeto de hacer un nuevo esfuerzo y evitar la tan temida retirada. Afortunadamente ya esta se había suspendido, y si las operaciones del ejército inglés no fueron del todo conformes a los deseos del gobierno español, no dejaron por lo menos de ser oportunas y de causar diversión ventajosa.
Da de ello aviso
a Romana.
Mal estado del
ejército de este.
Luego que el general Moore se resolvió a llevar a cabo el plan indicado se lo comunicó al marqués de la Romana. Hallábase este caudillo en León a la cabeza del ejército de la izquierda, cuyas reliquias, viniendo unas por la Liébana, según dijimos, y cruzando otras el principado de Asturias, se habían ido sucesivamente reuniendo en la mencionada ciudad. En ella, en Oviedo y en varios pueblos de las dos líneas que atravesaron los dispersos, cundieron y causaron grande estrago unas fiebres malignas contagiosas. Las llevaban consigo aquellos desgraciados soldados, como triste fruto de la hambre, del desabrigo, de los rigurosos tiempos que habían padecido: cúmulo de males que requería prontos y vigorosos remedios. Mas los recursos eran contados, y débil y poco diestra la mano que había de aplicarlos. Hablamos ya de las prendas y de los defectos del marqués de la Romana. Por desgracia solo los últimos aparecieron en circunstancias tan escabrosas. Distraído y olvidadizo dejaba correr los días sin tomar notables providencias, y sin buscar medios de que aún podía disponer. ¿Quién en efecto pensara que teniendo a su espalda y libre de enemigos la provincia de Asturias no hubiese acudido a buscar en ella apoyo y auxilios? Pues fue tan al contrario que, pésanos decirlo, en el espacio de más de un mes que residió en León, solo una vez y tarde escribió a la junta de aquel principado para darle gracias por su celo y patriótica conducta.
A pesar de tan reprensible abandono, no perseguido el ejército de la izquierda, más tranquilo y mejor alimentado, íbase poco a poco reparando de sus fatigas, y no menos de 16.000 hombres se contaban ya alojados en León y riberas del Esla; pero de este número escasamente la mitad merecía el nombre de soldados.
Atento a su deplorable estado y en el intermedio que corrió entre la primera resolución del general Moore de retirarse, y la posterior de avanzar, sabedor Romana de que Sir David Baird se disponía a replegarse a Galicia, no queriendo quedar expuesto, solo y sin ayuda a los ataques de un enemigo superior, había también determinado abandonar a León. Súpolo Moore en el momento en que se movía hacia adelante, y con diligencia escribió a Romana sentido de su determinación, y de que pensase tomar el camino de Galicia por el que debían venir socorros al ejército de su mando, y marchar este en caso de necesidad. Replicole y con razón el general español que nunca hubiera imaginado retirarse, si no hubiese visto que Sir David Baird se disponía a ello y le dejaba desamparado; pero ahora que, según los avisos, había otros proyectos, no solo se mantendría en donde estaba, sino que también y de buen grado cooperaría a cualquier plan que se le propusiese.
Parcialidad
de escritores
extranjeros.
En toda su correspondencia había el de la Romana animado a los ingleses a obrar e impedir la toma de Madrid. Algunos historiadores de aquella nación le han motejado, así como a otros generales nuestros y autoridades, de haber insistido en pedir una cooperación activa, y de desfigurar los hechos con exageraciones y falsas noticias. En cuanto a lo primero, natural era que oprimidos por continuadas desgracias, deseasen todos ofrecer al enemigo un obstáculo que dando respiro permitiese a la nación volver en sí, y recobrar parte de las perdidas fuerzas: y respecto de lo segundo, las mismas autoridades españolas y los generales eran engañados con los avisos que recibían. Hubo provincias en que más de un mes iba corrido antes que se hubiese averiguado con certeza la rendición de Madrid. Los pueblos oían con tal sospecha a los que daban tristes nuevas, que los pocos trajineros y viajantes que circulaban en tan aciagos días, en vez de descubrir la verdad, la ocultaban, estando así seguros de ser bien tratados y recibidos. Si además los generales españoles y su gobierno ponderaban a veces los medios y fuerza que les quedaban, no poco contribuía a ello el desaliento que advertían en el general Moore, el cual era tan grande, que causaba según los mismos ingleses disgusto y murmuraciones en su ejército. Por lo que sin intentar disculpar los errores y faltas que se cometieron por nuestra parte, y que somos los primeros a publicar, justo es que tampoco se achaquen a nuestros militares y gobernantes los que eran hijos de tiempos tan revueltos, ni se olviden las flaquezas de que otros adolecieron, igualmente reprensibles aunque por otro extremo.
Unión
en Mayorga
de los generales
Baird y Moore.
Volvamos ahora al general Moore. Continuando este su marcha se le unió el 20 en Mayorga el general Baird. Juntas así las fuerzas inglesas formaban un total de 23.000 infantes y 2300 caballos: algunos otros cuerpos estaban todavía en Portugal, Astorga y Lugo. Por su izquierda y hacia Cea también empezó a moverse Romana con unos 8000 hombres escogidos entre lo mejor de su gente. Sentaron los ingleses el 21 en Sahagún su cuartel general, habiendo antes su caballería en el mismo punto deshecho 600 jinetes enemigos.
Situación
del mariscal
Soult.
El mariscal Soult se extendía con las tropas de su mando entre Saldaña y Carrión de los Condes, teniendo consigo unos 18.000 hombres. Después de haber salido a Castilla viniendo de Santander, se había mantenido sobre la defensiva aguardando nuevas órdenes. De estas, las que le mandaban atacar a los españoles fueron interceptadas en Valdestillas: además de que noticioso Soult del paraje en donde estaban situados los ingleses [cosa que al dar aquellas ignoraba Napoleón] no se hubiera con solo su fuerza arriesgado a pasar adelante.
Aviso de la venida
de Napoleón.
Retíranse
los ingleses
a Benavente
y Astorga.
Sabedor el mariscal francés de que los ingleses movían contra él su ejército, se reconcentró en Carrión. Disponíanse aquellos a avanzar, cuando en la noche del 23 recibieron aviso de Romana [que también por su parte ejecutaba el movimiento concertado] de que Napoleón venía sobre ellos con fuerzas numerosas. Confirmado este aviso con otros posteriores no prosiguió su marcha el general Moore, y el 24 comenzó a retirarse en dos columnas, una, a cuyo frente él iba, tomó por el puente de Castro Gonzalo a Benavente, y otra se dirigió a Valencia de Don Juan, cubriendo y amparando sus movimientos la caballería.
Marcha
de Napoleón.
Paso
de Guadarrama.
Era ya tiempo de adoptar esta resolución. Napoleón avanzaba con su acostumbrada diligencia. Al principio la marcha de su ejército había sido penosa, y tan intenso el frío para aquel clima, que al pie de las montañas de Guadarrama señaló el termómetro de Réaumur nueve grados debajo de cero. Cruzaron los franceses el puerto en los días 23 y 24 de diciembre, perdiendo hombres y caballos con el mucho frío, la nieve y ventisca. Detúvose la artillería volante y parte de la caballería a la mitad de la subida, teniendo que esperar algunas horas a que suavizase el tiempo. Napoleón siéndole dificultoso continuar a caballo, y deseoso también de animar con el ejemplo, se puso a pie y estimuló a redoblar el paso, llegando él a Villacastín el 24. Al bajar a Castilla la Vieja sobrevino blandura acompañada de lluvia, y se formaron tales lodazales que hubo sitios en que se atascaron la artillería y equipajes, aumentándose el desconsuelo de los franceses a la vista de pueblos por la mayor parte solitarios y desprovistos.
Tamaños obstáculos, aunque al fin vencidos, retardaron la marcha de Napoleón e impidieron la puntual ejecución del plan que había combinado. Era este envolver a los ingleses si continuaban en ir tras del mariscal Soult, a quien el mismo emperador escribía el 26 desde Tordesillas: «si todavía conservan los ingleses el día de hoy su posición, están perdidos: si al contrario os atacan, retiraos a una jornada de marcha, pues cuanto más se empeñen en avanzar, tanto mejor será para nosotros.»
Empieza
a relajarse
la disciplina
del ejército inglés.
Pero Sir Juan Moore, previniendo con oportunidad los intentos de sus contrarios, prosiguió a Benavente y aseguró su comunicación con Astorga. La disciplina sin embargo empezaba a relajarse notablemente en su ejército, disgustado con volver atrás. Así fue que la columna que cruzó por Valderas cometió lamentables excesos, y con ellos y otros que hubo en varios pueblos aterrado el paisanaje, huía y a su vez se vengaba en los soldados y partidas sueltas. Censuró agriamente el general inglés la conducta de sus soldados; mas de poco sirvió. Prosiguieron en sus desmanes, y en Benavente devastaron el palacio de los condes-duques del mismo nombre, notable por su antigüedad y extensión; mas no fue entonces cuando se quemó, según algunos han afirmado. Nos consta por información judicial que de ello se hizo, que solo el 7 de enero apareció incendiado, durando el fuego muchos días sin que se pudiese cortar.
Choque
de caballería
en Benavente.
Esta columna, que era la que mandaba Moore, después de haber arruinado el puente de Castro Gonzalo se juntó el 29 en Astorga con la de Baird, que había caminado por Valencia de Don Juan. La caballería permaneció aún en Benavente, enviando destacamentos a observar los vados del Esla. Engañado a su vista el general francés Lefebvre-Desnouettes, y creyendo que ya no quedaba al otro lado ninguna fuerza inglesa sino aquella, vadeó el río con 600 hombres de la guardia imperial y acometió impetuosamente a sus contrarios. Cejaron estos al principio, excitando gran clamoreo las mujeres, rezagados y bagajeros derramados por el llano que yace entre el Esla y Benavente. El general Stewart tomó luego el mando de los destacamentos ingleses, se le agregaron algunos caballos más y empezó a disputar el terreno a los franceses, que continuaron, sin embargo, en adelantar hasta que Lord Paget, acudiendo con un regimiento de húsares, los obligó a repasar el río. Quedaron en su poder 70 prisioneros, en cuyo número se contó al mismo general Lefebvre, de quien hicimos tanta memoria en el primer sitio de Zaragoza.
Era precursor este reencuentro de los muchos que unos en pos de otros en breve se sucedieron. Frustrada la primera combinación del emperador francés a causa de la retirada de Moore, determinó aquel perseguir a los ingleses por el camino de Benavente con el grueso de sus fuerzas, mandando al mismo tiempo al mariscal Soult que arrojase de León a los españoles. La destrucción del puente de Castro Gonzalo retardó del lado de Benavente el movimiento de los franceses; pero del otro se adelantaron sin dificultad, no habiendo los españoles opuesto resistencia.
Sorprenden
en Mansilla
los franceses
a los españoles.
Ocupaba a Mansilla de las Mulas la 2.ª división del marqués de la Romana, de la cual un trozo se había quedado a retaguardia en el convento de Sandoval para conservar el paso del Esla en el puente de Villarente. Enfermos en León muchos de los principales jefes, no se habían tomado en Mansilla las precauciones oportunas, y el 29 fue sorprendido y entrado el pueblo por el general Franceschi, rindiéndose casi toda la tropa que tan mal custodiaba aquel punto.
Retírase Romana
de León.
Desapercibido el marqués de la Romana, apresuradamente abandonó a León en la misma noche del 29, y los vecinos más principales, temerosos de la llegada del enemigo, tuvieron también que salvarse y esconderse en las montañas inmediatas, dejando con el azoramiento hasta las alhajas y prendas de mayor valor. Júntase
en Astorga
con los ingleses. Romana se unió el 30 en Astorga con el general Moore, lo cual desagradó en gran manera a este que le conceptuaba en las fronteras de Asturias. Con la llegada a aquella ciudad de las tropas españolas, desnudas, de todo escasas y en sumo grado desarregladas, acreció el desorden y la confusión, yendo por instantes en aumento la indisciplina de los ingleses.
Hasta aquí se habían imaginado muchos oficiales de este ejército que en Astorga o entradas del Bierzo haría alto su general en jefe, y que aprovechándose de los favorables sitios de aquella escabrosa tierra, procuraría en ellos contener al enemigo y aun darle batalla, mayormente cuando la insubordinación y el desconcierto no habían todavía llegado al extremo. Pero Sir Juan Moore no veía ya seguridad ni salvación sino a bordo de sus buques; por lo cual dio órdenes para proseguir su camino hacia Galicia y destruir todo género de provisiones de boca y guerra que no pudiesen sus tropas llevar consigo. Desde entonces soltose la rienda a las pasiones, y el ejército británico acabó del todo de desorganizarse. Retírase Romana
por Foncebadón.
Moore,
por Manzanal. El marqués de la Romana insistía por conservar la cordillera que divide el Bierzo del territorio de Astorga; mas fueron vanos sus ruegos y ociosas sus razones: y a la verdad por poderosas que estas fuesen, debilitábanse saliendo de la boca de un general cuyos soldados se mostraban en estado tan deplorable. Forzado pues el general español a someterse a la inmutable resolución del británico, tuvo asimismo que consentir en dejarle libre el nuevo y hermoso camino de Manzanal, reservando para sí el antiguo y agrio de Foncebadón.
A las doce del día del 31 de diciembre empezó el ejército inglés su retirada, y el español la suya en la misma noche. La artillería del último, que hasta entonces había casi toda podido librarse del continuo perseguimiento de los franceses, tomó, según convenio con el general Moore, la vía de Manzanal para evitar las asperezas de la otra. Mas no teniendo cuenta los soldados británicos con las órdenes de sus jefes, arrancando a viva fuerza los tiros de mulas de nuestra artillería, hubo que abandonar algunas piezas y precipitar otras en los abismos de las montañas, perdiéndose así por la violencia de manos aliadas unos cañones que a tan duras penas y desde Reinosa se habían conservado libres de las enemigas.
Desgracias
de Romana
en su retirada.
Ni fue Romana más dichoso del lado de Foncebadón. Creía, y fundadamente, que ya que le hubiese cabido la peor ruta, por lo menos se le dejaría en su retirada solo y desembarazado; mas engañose en su juicio. Una división inglesa de 3000 hombres mandada por el general Crawford, separándose en Bonillos, a una legua de Astorga, del grueso de su ejército, tomó el mismo rumbo que Romana con intento de ir a embarcarse en Vigo. Turbó este incidente la marcha de los españoles, incomodando a todos el hallar casi cerrado con la nieve el paso de Foncebadón.
Uníase a tal conjunto de desgracias estar capitaneadas las divisiones españolas por nuevos jefes sucesores de los que habían muerto de enfermedad o en los combates. A tres se había reducido el número de aquellas fuera de la llamada del norte; y mal aventuradas refriegas mostraron en breve su triste estado. De ellas la 1.ª mandada por el coronel Rengel, fue al amanecer del 1.º de enero cortada y en gran parte cogida por jinetes franceses en Turienzo de los Caballeros. Las otras, aunque a costa de trabajos, siempre acosadas y desbandándose muchos de sus soldados, se enmarañaron en la sierra. Romana no había tratado de prevenir o disminuir el mal con acertadas disposiciones. Dejó a cada división andar y moverse a su arbitrio: y cruzando con su estado mayor y algunos caballos por los barrios de Ponferrada, se metió en el valle de Valdeorras. Allí reunió las pocas reliquias de su ejército que le habían seguido, y situó su cuartel general en la Puebla de Tribes, dejando en el Puente de Domingo Flores una corta vanguardia que pasó después al de Bibey.
Desórdenes
de los ingleses
en su retirada.
Los ingleses en tanto por el puerto de Manzanal continuaron precipitadamente su retirada. Repartidos en tres divisiones y una reserva, iban delante las de los generales Fraser y Hope, seguía la de Sir David Baird, y cerraba la marcha con la última el mismo Sir Juan Moore. Llegaron el 2 de enero a Villafranca, habiendo andado en tan corto tiempo 14 leguas de las largas de nuestros caminos reales, de las que solo entran diez y siete y media en el grado. Los males y el desconcierto rápidamente se aumentaban ofreciendo lastimoso cuadro: el tiempo crudo, los bagajes abandonados, las municiones rezagadas, los fuertes y lucidos caballos ingleses desherrados y muertos por sus propios jinetes, los infantes descalzos y despeados, los soldados todos abatidos e insubordinados, y metiéndose muchos en los sótanos de las casas y las tabernas, se perdían de intento y se entregaban a la embriaguez y disolución: fue Bembibre principal y horroroso teatro de sus excesos. Cruel castigo recibieron los que así se olvidaban de la disciplina y buen orden. Los franceses corriendo en pos de ellos, duramente y cual merecían los trataban, matando a unos, hiriendo a otros y atropellando a casi todos. Los que de su poder se escapaban, llenos de tajos y cuchilladas poníalos el general inglés como a la vergüenza delante de su ejército, a fin de que sirviesen de escarmiento a sus compañeros.
Llega Napoleón
a Astorga.
Notábase en el perseguir de los franceses suma diligencia, mas no extraña. Aguijábalos poderosa espuela. Napoleón había llegado a Astorga el 1.º de enero. Le acompañaban 70.000 infantes y 10.000 caballos, que este número componían los cuerpos de los mariscales Soult y Ney, una parte de la guardia imperial y dos divisiones del ejército de Junot, las cuales, ya de regreso, iban a pelear contra los mismos con quienes pocos meses antes habían capitulado. Napoleón no pasó de Astorga; pero envió en seguimiento de las tropas británicas al mariscal Soult con 25.000 hombres, de los cuales 4200 de caballería. Tras de estos caminaban las divisiones de los generales Loison y Heudelet, debiendo todos ser sostenidos por 16.000 hombres del cuerpo del mariscal Ney. Aceleradamente fueron los primeros en busca de Sir Juan Moore, que no conservaba sino unos 19.000 combatientes, menguadas sus filas con los 3000 que fueron la vuelta de Vigo y con los perdidos en los diversos choques y retirada.
Entrada
del mariscal Soult
en el Bierzo.
Entró el mariscal Soult en el Bierzo dividida su gente en dos columnas, que tomaron una por Foncebadón, otra por Manzanal, avanzando el 3 su vanguardia hasta las cercanías de Cacabelos. Habían los ingleses ocupado con 2500 hombres y una batería la ceja del ribazo de viñedos que se divisa no lejos de aquel pueblo y del lado de Villafranca. Más adelante y camino de Bembibre habían también apostado 400 tiradores y otros tantos caballos, a los cuales hacía espalda el puente del Cúa, río escaso de aguas, pero crecido ahora por las muchas nieves, y cuya corriente baña las calles de Cacabelos.
Reencuentro
en Cacabelos.
Venían al frente de la vanguardia francesa unos cuantos escuadrones mandados por el general Colbert, quien pensando ser de importancia el número de ingleses que le aguardaba en puesto ventajoso, pidió refuerzo al mariscal Soult; mas respondiéndole secamente este que sin dilación atacase, sentido Colbert de la imperiosa orden, acometió con temerario arrojo y arrolló a los caballos y tiradores ingleses que estaban avanzados. De estos los hubo que fueron cogidos al pasar el puente del Cúa; otros metiéndose en los viñedos de la margen del camino, de cerca y a quema ropa dispararon y mataron a muchos jinetes franceses, entre ellos a su general Colbert, distinguido por su belleza y denuedo. Llegó a poco la división de infantería del general Merle, y aunque quiso pasar adelante, detúvose al ver la batería que estaba en lo alto del ribazo y también impedido de la noche que sobrevino.
Retírase
el general Moore
de Villafranca.
Aquí hubiera podido empeñarse una acción general. Sir Juan Moore la evitó retirándose después de oscurecido. En Villafranca escandalosamente se renovaron los excesos y demasías de otras partes: fueron robados los almacenes, entradas a viva fuerza muchas casas y oprimidos e inhumanamente tratados los vecinos. El general inglés reprimió algún tanto los desmanes con severas providencias, mandando también arcabucear a un soldado cogido infraganti. Aceleró después su partida, y como la tierra es por allí cada vez más quebrada, y está cubierta de bosques u otros plantíos, no pudiendo la caballería ser de gran provecho, enviola delante con dirección a Lugo. En todo este tránsito hay parajes en que pocas fuerzas pudieran detener mucho tiempo a un ejército muy superior, pues si bien la calzada es magnífica, corre ceñida por largo espacio entre opuestas montañas de dificultoso y agrio acceso.
Van en aumento
los desórdenes
de los ingleses.
Ningún fruto se sacó de tamañas ventajas: y encontrándose los soldados británicos con un convoy, no solo inutilizaron vestuario y armamento que de Inglaterra iba para Romana, sino que también cerca de Nogales y por orden del general Moore arrojaron a un despeñadero en vez de repartírselos 120.000 pesos fuertes. Llegó el desorden a su colmo: abandonábanse hasta los cañones y los enfermos y los heridos, acrecentando la confusión el gran séquito y embarazos que solían entonces acompañar a los ejércitos ingleses. En fin fue esta retirada hecha con tal apresuramiento y mala ventura, que uno de los generales británicos, testigo de vista, nos afirma en su narración [*] (* Ap. n. [7-1].) «que por sombrías y horrorosas que fueran las relaciones que de ella se hubiesen hecho, aun no se asemejaban a la realidad.»
Dos días y una noche tardaron los ingleses en llegar a Lugo, 16 leguas de Villafranca: acosados en continuas escaramuzas hubieran padecido cerca de Constantín recio choque si el general Moore no le hubiese evitado haciendo bajar con rapidez la cuesta del río Neira y engañando a sus contrarios con un diestro y oportuno amago.
Llegan a Lugo.
Hasta poco antes había permanecido dudoso el general Moore de si iría para embarcarse a Vigo o a la Coruña. Informado de las dificultades que ofrecía la primera ruta, decidiose a continuar por la segunda, avisando en consecuencia al almirante de su escuadra, a fin de que los transportes que estaban en Vigo pasasen al otro puerto. Y para dar tiempo a que se ejecutase dicha travesía, y también para rehacer algo su ejército cansado y desfallecido, determinó el mismo general pararse en Lugo y aun arriesgar una batalla si fuese necesario. Al intento reunió allí todas sus tropas, excepto los 3000 hombres del general Crawford que se embarcaron en Vigo sin ser molestados.
Prepárase Moore
a aventurar
una batalla.
A legua y media y antes de llegar a Lugo escogió Sir Juan Moore un sitio elevado y ventajoso para pelear contra los franceses, los cuales asomaron el 6 por las alturas opuestas. Pasose aquel día y el siguiente sin otras refriegas que las de algunos reconocimientos. El mariscal Soult hallándose inferior en número, no quería empeñarse en acción formal antes de que se le uniesen más tropas. Retírase después. Los ingleses por su parte se mantuvieron hasta el 8 sin moverse de su posición; mas al anochecer de aquel día, pareciéndole peligroso al general Moore aguardar a que los franceses se reforzasen, resolvió partir a las calladas con la esperanza de que ganando sobre ellos algunas horas, podría así embarcarse sosegadamente. A las diez de la noche y encendidas hogueras en las líneas para cubrir su intento, emprendió la continuación de la marcha, que un temporal deshecho de lluvia y viento vino a interrumpir y desordenar. Después de padecer muchos trabajos y de cometer nuevas demasías, empezaron los ingleses a llegar a Betanzos en la tarde del 9 en un estado lamentable de confusión y abatimiento. Era tanta la fatiga y tan grande el número de rezagados, que tuvieron el 10 que detenerse en aquella ciudad. Llega
a la Coruña. Prosiguieron su marcha el 11 y dieron vista a la Coruña, sin que en su rada se divisasen los apetecidos transportes: vientos contrarios habían impedido al almirante inglés doblar el cabo de Finisterre. Por este atraso veíase expuesto el general Moore a probar la suerte de una batalla, causando pesadumbre a muchos de sus oficiales el que se hubiesen para ello desperdiciado ocasiones más favorables y en tiempo en que su ejército se conservaba más entero y menos indisciplinado.
Cerca de la Coruña no dejaba en verdad de haber sitios ventajosos, pero en algunos requeríanse numerosas tropas. Tal era el de Peñasquedo, por lo que los ingleses prefirieron a sus alturas las del monte Mero, que si bien dominadas por aquellas hallábanse próximas a la Coruña, y su posición como más recogida podía guarnecerse con menos gente.
El 12 empezaron los franceses a presentarse del otro lado del puente del Burgo, que los ingleses habían cortado. Continuaron ambos ejércitos sin molestarse hasta el 14, en cuyo día contando ya los franceses con suficientes tropas, repararon el puente destruido, y le fueron sucesivamente cruzando. Por la mañana se había de propósito volado un almacén de pólvora sito en Peñasquedo, lo cual produjo horroroso estrépito, y por la tarde habiéndose el viento cambiado al sur entraron en la Coruña los transportes ingleses procedentes de Vigo. Sin tardanza se embarcaron por la noche los enfermos y heridos, la caballería desmontada y 52 cañones: de estos solo se dejaron para en caso de acción ocho ingleses y cuatro españoles. No faltó en el campo británico quien aconsejara a su general que capitulase con los franceses, a fin de poder libremente embarcarse. Desechó con nobleza Sir Juan Moore proposición tan deshonrosa.
Puestos ya a bordo los objetos de más embarazo y las personas inútiles, debía en la noche del 16 y a su abrigo embarcarse el ejército lidiador. Con impaciencia aguardaba aquella hora el general inglés, cuando a las dos de la tarde un movimiento general de la línea francesa estorbó el proyectado embarco, empeñándose una acción reñida y porfiada.
Batalla
de la Coruña.
Disponiéndose a ella en la noche anterior había colocado el mariscal Soult en la altura de Peñasquedo una batería de once cañones, en que apoyaba su izquierda ocupada por la división del general Mermet, guardando el centro y la derecha con las suyas respectivas los generales Merle y Delaborde, y prolongándose la del último hasta el pueblo de Palavea de Abajo. La caballería francesa se mostraba por la izquierda de Peñasquedo hacia San Cristóbal y camino de Bergantiños: el total de fuerza ascendía a unos 20.000 hombres.
Era la de los ingleses de unos 16.000 que estaban apostados en el monte Mero, desde la ría del mismo nombre hasta el pueblo de Elviña. Por este lado se extendían las tropas de Sir David Baird, y por el opuesto que atraviesa el camino real de Betanzos las de Sir Juan Hope. Dos brigadas de ambas divisiones se situaron detrás en los puntos más elevados y extremos de su respectiva línea. La reserva mandada por Lord Paget estaba a retaguardia del centro en Eirís, pueblecillo desde cuyo punto se registra el valle que corría entre la derecha de los ingleses, y los altos ocupados por la caballería francesa. Más inmediato a la Coruña y por el camino de Bergantiños se había colocado con su división el general Fraser, estando pronto a acudir adonde se le llamase.
Trabose la batalla a la hora indicada, atacando intrépidamente el francés con intento de deshacer la derecha de los ingleses. Los cierros de las heredades impedían a los soldados de ambos ejércitos avanzar a medida de su deseo. Los franceses al principio desalojaron de Elviña a las tropas ligeras de sus contrarios; mas yendo adelante fueron detenidos y rechazados, si bien a costa de mucha sangre. La pelea se encarnizó en toda la línea. Fue gravemente herido el general Baird y Sir Juan Moore que con particular esmero vigilaba el punto de Elviña, en donde el combate era más reñido que en las otras partes: recibió en el hombro izquierdo una bala de cañón que le derribó por tierra. Aunque mortalmente herido incorporose, y registrando con serenidad el campo confortó su ánimo al ver que sus tropas iban ganando terreno. Solo entonces permitió que se le recogiese a paraje más seguro. Vivió todavía algunas horas, y su cuerpo fue enterrado en los muros de la Coruña.
Embárcanse
los ingleses.
Los franceses no pudiendo romper la derecha de los ingleses trataron de envolverla. Descubierto su intento avanzó Lord Paget con la reserva, y obligando a retroceder a los dragones de La Houssaye, que habían echado pie a tierra, contuvo a los demás, y aun se acercó a la altura en que estaba situada la batería francesa de once cañones. Al mismo tiempo los ingleses avanzaban por toda la línea, y a no haber sobrevenido la noche quizá la situación del mariscal Soult hubiera llegado a ser crítica, escaseando ya en su campo las municiones; mas los ingleses contentos con lo obrado tornaron a su primeva posición, queriendo embarcarse bajo el amparo de la oscuridad. Fue su pérdida de 800 hombres: asegúrase haber sido mayor la de los franceses. El general Hope, en quien había recaído el mando en jefe, creyó prudente no separarse de la resolución tomada por Sir Juan Moore, y entrada la noche ordenó que todo su ejército se embarcase, protegiendo la operación los generales Hill y Beresford.
En la mañana siguiente viendo los franceses que estaba abandonado el monte Mero, y que sus contrarios les dejaban la tierra libre acogiéndose a su preferido elemento, se adelantaron, y desde la altura de San Diego con cañones de grueso calibre, de que se habían apoderado en la de las Angustias de Betanzos, empezaron a hacer fuego a los barcos de la bahía. Algunos picaron los cables, y se quemaron otros que con la precipitación habían varado. Los moradores de la Coruña no solo ayudaron a los ingleses en su embarco con desinteresado celo, sino que también les guardaron fidelidad no entregando inmediatamente la plaza. Noble ejemplo, rara vez dado por los pueblos cuando se ven desamparados de los mismos de quienes esperaban protección y ayuda.
Así terminó la retirada del general Moore, censurada de algunos de sus propios compatriotas, y defendida y aun alabada de otros. Dejando a ellos y a los militares el examen y crítica de esta campaña, pensamos que sirvió de mucho para la gloria y buen nombre del general Moore la casualidad de haber tenido que pelear antes de que sus tropas se embarcasen, y también acabar sus días honrosamente en el campo de batalla. Por lo demás si un ejército veterano y disciplinado como el inglés, provisto de cuantiosos recursos, empezó antes de combatir una retirada, en cuya marcha hubo tanto desorden, tanto estrago, tantos escándalos, ¿quién podrá extrañar que en las de los españoles, ejecutadas después de haber lidiado, y con soldados bisoños, escasos de todo y en su propio país, hubiese dispersiones y desconciertos? No decimos esto en menoscabo de la gloria británica; pero sí en reparación de la nuestra, tan vilipendiada por ciertos escritores ingleses de los mismos que se hallaron en tan funesta campaña.
Entrega
de la Coruña.
Difícil era que después de semejante suceso resistiese la Coruña largo tiempo. El recinto de la plaza solo la ponía al abrigo de un rebate; mas ni sus baterías, ni sus murallas estaban reparadas, ni eran de suyo bastante fuertes. No haber mejorado a tiempo sus obras pendió en parte del descuido que nos es natural, y también de la confianza que con su llegada dieron los ingleses. Era gobernador Don Antonio Alcedo, y el 19 capituló. Entró el 20 en la plaza el mariscal Soult, y puso autoridades de su bando. Dispersose la junta del reino, y la audiencia, el gobernador y los otros cuerpos militares, civiles y eclesiásticos prestaron homenaje al nuevo rey José.
Del Ferrol.
No tardó Soult en volver los ojos al Ferrol, y ya el 22 empezaron a aproximarse a la plaza partidas avanzadas de su ejército. Aquel arsenal, primero de la marina española, era inatacable del lado de mar, de donde solo se puede entrar con un viento y por boca larga y estrecha: no estaba por tierra tan bien fortalecido. Hallábase el pueblo con ánimo levantado, sosteniéndole unos 300 soldados que habían llegado el 20. Era comandante del departamento Don Francisco Melgarejo, anciano e irresoluto, y comandante de tierra Don Joaquín Fidalgo. No se había tomado medida alguna de defensa, ni tenido la precaución de poner a salvo los buques de guerra allí fondeados. Dichos jefes y la junta peculiar del pueblo desde luego se inclinaron a capitular; mas no osando declararse tuvieron que responder con la negativa a la reiterada intimación de los franceses. Al fin el 26 habiendo estos descubierto algunas obras de batería, y apoderádose de los castillos de Palma y San Martín, pudieron las autoridades prevalecer en su opinión y capitularon, entrando el 27 de mañana en el Ferrol el general Mermet. Fueron los términos de la rendición los mismos de la Coruña, y por los que sometiéndose a reconocer a José, solo se añadieron algunos artículos respecto de pagas, y de que no se obligase a nadie a servir contra sus compatriotas. Don Pedro Obregón, preso desde el levantamiento de mayo, fue nombrado comandante del departamento, en cuya dársena, entre buenos y malos, había siete navíos, tres fragatas y otros buques menores.
Que estas plazas se hubiesen rendido visto su mal estado y el desmayo que causó el embarco de los ingleses, cosa natural era; pero no que en una capitulación militar se estipulase el reconocimiento de José, ejemplo no dado todavía por las otras partes del reino, ni por la capital de la monarquía, de donde provino que las mencionadas capitulaciones excitaron la indignación de la junta central, que fulminó contra sus autores una declaración tal vez demasiadamente severa.
Estado
de Galicia.
Aterrada Galicia con la pérdida de sus dos principales plazas, y sobre todo con la retirada de los ingleses, apenas dio por algún tiempo señales de vida. Hubo pocos pueblos que hiciesen demostración de resistir, y los que lo intentaron fueron luego entrados por el vencedor. A todas partes cundió el desaliento y la tristeza. Paradero
de Romana. Solo en pie y en un rincón quedó Romana con escasos soldados. Los franceses no le habían en un principio molestado; pero posteriormente, yendo en su busca el general Marchand, trató de atacarle en el punto de Bibey. Replegose a Orense el general español: persiguiole el francés basta que continuando aquel hacia Portugal, desistió el último de su intento, pasando poco después a Santiago, en donde había entrado el 3 de febrero el mariscal Soult sin tropiezo y camino de Tuy.
El marqués de la Romana luego que salió de Orense estableció su cuartel general en Villaza, cerca de Monterrey, trasladándose después a Oimbra. En los últimos días de enero celebró en el primer pueblo una junta militar para determinar lo más conveniente, hallándose con pocas fuerzas, sin recursos, y los ingleses ya embarcados. Opinaron unos por ir a Ciudad Rodrigo, otros por encaminarse a Tuy; prevaleciendo el dictamen que fue más acertado de no alejarse del país que pisaban, ni de la frontera de Portugal.
Sucede a Soult
el mariscal Ney.
Mientras tanto tomó el mando de Galicia el mariscal Ney en lugar de Soult, que moviéndose del lado de Tuy, según hemos indicado, se preparaba a internarse en Portugal. Ocuparon fuerzas francesas las principales ciudades de Galicia, y tranquila esta por entonces puso también Ney su atención del lado de Asturias, cuyo territorio afortunadamente había quedado libre en medio de tan general desdicha. Más adelante hablaremos de lo que ocurrió en aquella provincia. Ínstanos ahora volver la vista a Napoleón, a quien dejamos en Astorga.
Vuelta
de Napoleón
a Valladolid.
Descansó allí dos días, hospedándose en casa del obispo a quien trató sin miramiento. Y desasosegado con noticias que había recibido de Austria, no creyendo ya necesario prolongar su estancia vista la priesa con que los ingleses se retiraban, volvió atrás y se dirigió a Valladolid, en cuya ciudad entró en la tarde del 6 de enero.
Áspero
recibimiento que
hace Napoleón
a las autoridades.
Alojose en el palacio real, y al instante mandó venir a su presencia al ayuntamiento, a los prelados de los conventos, al cabildo eclesiástico y a las demás autoridades. Quería imponer ejemplar castigo por las muertes de algunos franceses asesinados, y sobre todo por la de dos, cuyos cadáveres fueron descubiertos en un pozo del convento de San Pablo de dominicos. Iba al frente de los llamados el ayuntamiento, corporación de repente formada en ausencia de los antiguos regidores, que los más habían huido después de la rota de Burgos. Procurando dicho cuerpo mantener orden en la ciudad, había preservado de la muerte a varios extraviados del ejército enemigo, y puéstolos con resguardo en el monasterio de San Benito, motivo por el que antes merecía atento trato del extranjero que amargas reconvenciones. Sin embargo el emperador francés recibiole con rostro entenebrecido, y le habló en tono áspero y descompuesto echándole en cara los asesinatos cometidos. De los presentes se atemorizaron con sus amenazas aun los más serenos, y el que servía de intérprete no acertando a expresarse impacientó a Napoleón, que con enfado le mandó salir del aposento donde estaba, llamando a otro que desempeñase mejor su oficio. No menos alterado prosiguió en su discurso el altivo conquistador, usando de palabras impropias de su dignidad, hasta que al cabo despidió a las corporaciones españolas, repitiendo nuevas y terribles amenazas.
Angustias
del ayuntamiento
de Valladolid.
Triste y pensativo volvía el ayuntamiento a su morada cuando algunos de sus individuos, queriendo echar por un rodeo para evitar el encuentro de tropas que obstruían el paso, un piquete francés de caballería que de lejos los observaba intimoles que iban presos, y que así fuesen por el camino más recto. Restituidos todos a las casas consistoriales, entró a poco por aquellas puertas un emisario del emperador con orden que este le había dado, teniendo el reloj en la mano, de que si para las doce de la noche no se le pasaba la lista de los que habían asesinado a los franceses, haría ahorcar de los balcones del ayuntamiento a cinco de sus individuos. Sin intimidarse con el injusto y bárbaro requerimiento, reportados y con esfuerzo respondieron los regidores que antes perecerían siendo víctimas de su inocencia, que indicar a tientas y sin conocimiento personas que no creyesen culpables.
A las nueve de la noche presentose también repitiendo a nombre del emperador la anterior amenaza Don José de Hervás, el mismo que en el abril de 1808 había acompañado a Madrid al general Savary, y quien como español se hizo más fácilmente cargo de las razones que asistían al ayuntamiento. Sin embargo manifestó a sus individuos que corrían grave peligro, mostrándose Napoleón muy airado. No por eso dejaron aquellos de permanecer firmes y resueltos a sufrir la pena que arbitrariamente se les quisiera imponer. Sacoles luego del ahogo, y por fortuna para ellos, un tal Chamochín, de oficio procurador del número, el cual habiendo sido en tan tristes días nombrado corregidor interino, quiso congraciarse con el invasor de su patria delatando como motor de los asesinatos a un adobador de pieles llamado Domingo que vivía en la plaza mayor. Por desgracia de este encontráronse en su casa ropa y otras prendas de franceses, ya porque en realidad fuera culpado, o ya más bien, según se creyó, por haber dichos efectos llegado casualmente a sus manos. Suplicio
de algunos
españoles,
y perdón
de uno de ellos. Fue preso Domingo con dos de sus criados y condenados los tres a la pena de horca. Ajusticiaron a los últimos perdonando Napoleón al primero, más digno de muerte que los otros si había delito. Llegó el perdón estando Domingo al pie del patíbulo: le obtuvo a ruego de personas respetables, del mencionado Hervás, y sobre todo movidos varios generales de las lágrimas y clamores de la esposa del sentenciado, en extremo bella y de familia honrada de la ciudad. También contribuyeron a ello los benedictinos, de quienes Napoleón hacía gran caso, recordando la celebridad de los antiguos y doctos de la congregación de San Mauro de Francia. No así de los dominicos, cuyo convento de San Pablo suprimió en castigo de los franceses que en él se habían encontrado muertos.
Temores
de guerra
con Austria.
Prepárase
Napoleón a volver
a Francia.
Mas en tanto otros cuidados de mayor gravedad llamaban la atención de Napoleón. En su camino a Astorga había recibido un correo con aviso de que el Austria se armaba: novedad impensada y de tal entidad que le impelía a volver prontamente a Francia. Así lo decidió en su pensamiento; mas parose en Valladolid diez días, queriendo antes asegurarse de que los ingleses proseguían en su retirada, y también tomar acerca del gobierno de España una determinación definitiva. Cierto de lo primero apresurose a concluir lo segundo. Recibe
en Valladolid
a los diputados
de Madrid. Para ello hizo venir a Valladolid los diputados del ayuntamiento de Madrid y de los tribunales que le fueron presentados el 16 de enero. Traían consigo el expediente de las firmas de los libros de asiento que se abrieron en la capital, a fin de reconocer y jurar a José: condición que para restablecer a este en el trono había puesto Napoleón, pareciéndole fuerte abracijo lo que no era sino forzada ceremonia. Recibió el emperador francés con particular agasajo a los diputados españoles, y les dijo que accediendo a sus súplicas verificaría José dentro de pocos días su entrada en Madrid.
Opinión
e intentos
de Napoleón
sobre España.
Dudaron entonces algunos que Napoleón se hubiera resuelto a reponer a su hermano en el solio, si no se hubiese visto amenazado de guerra con Austria. En prueba de ello alegaban el haber solo dejado a José después de la toma de Madrid el título de su lugarteniente, y también el haber en todo obrado por sí y procedido como conquistador. No deja de fortalecer dicho juicio la conversación que el emperador tuvo en Valladolid con el exarzobispo de Malinas Mr. de Pradt. Había este acompañado desde Madrid a los diputados españoles; y Napoleón antes de verlos, deseoso de saber lo que opinaban y lo que en la capital ocurría, mandó a aquel prelado que fuese a hablarle. Por largo espacio platicaron ambos sobre la situación de la Península, y entre otras cosas dijo Napoleón:[*] (* Ap. n. [7-2].) «no conocía yo a España: es un país más hermoso de lo que pensaba, buen regalo he hecho a mi hermano, pero los españoles harán con sus locuras que su país vuelva a ser mío: en tal caso le dividiré en cinco grandes virreinatos.» Continuó así discurriendo e insistió con particularidad en lo útil que sería para Francia el agregar a su territorio el de España. Parte
para Francia. Intento que sin duda estorbó por entonces el nublado que amagaba del norte, temeroso del cual partió para París el 17 de enero de noche y repentinamente, haciendo la travesía de Valladolid a Burgos a caballo y con pasmosa celeridad.
José en el Pardo.
Pasa una revista
en Aranjuez.
En el intervalo que medió desde principios de diciembre hasta últimos de enero disgustado José con el título de lugarteniente se albergaba en el Pardo, no queriendo ir a Madrid hasta que pudiese entrar como rey. Sin embargo esperanzado en los primeros días del año de volver a empuñar el cetro, pasó a Aranjuez y revistó allí el primer cuerpo mandado por el mariscal Victor, y con el cual procedente de Toledo se pensaba atacar al ejército del centro, cuyas reliquias rehechas algo en Cuenca, se habían en parte aproximado al Tajo.
Movimiento del
ejército español
del centro.
Planes de su jefe
el duque
del Infantado.
El inesperado movimiento de los españoles era hijo de falsas noticias y del clamor de los pueblos que expuestos al pillaje y extorsiones del enemigo, acusaban a nuestros generales de mantenerse espectadores tranquilos de los males que los agobiaban. Para acudir al remedio y acallar la voz pública había el duque del Infantado, jefe de aquel ejército, imaginado un plan tras otro, notándose en el concebir de ellos más bien loable deseo que atinada combinación.
Por fin decidiose ante todo dicho general a despejar la orilla izquierda del Tajo de unos 1500 caballos enemigos que corrían la tierra. Nombró para capitanear la empresa al mariscal de campo Don Francisco Javier Venegas que mandaba la vanguardia compuesta de 4000 infantes y 800 caballos, y al brigadier Don Antonio Senra con otra división de igual fuerza. Debía el primero posesionarse de Tarancón, y al mismo tiempo enseñorearse el segundo de Aranjuez, en cuyos dos puntos tenía el enemigo, antes de que viniese el mariscal Victor, lo principal de sus destacamentos. Venegas no aprobó el plan, visto el mal estado de sus tropas; mas trató de cumplir con lo que se le ordenaba. Senra dejó de hacerlo pareciéndole imprudente ir hasta Aranjuez, teniendo franceses por su flanco en Villanueva del Cardete: disculpa que no admitió el general en jefe por haber ya contado con aquel dato en la disposición del ataque.
Ataque
de Tarancón.
Venegas por su parte situado en Uclés determinó atacar en la noche del 24 al 25 de diciembre a los franceses de Tarancón. El número de estos se reducía a 800 dragones. Distribuyó el general español su gente en dos columnas una al mando de Don Pedro Agustín Girón debía amenazar por su frente al enemigo, otra capitaneada por el mismo general en persona y más numerosa había de interponerse en el camino que de Tarancón va a Santa Cruz de la Zarza, con objeto de cortar a los franceses la retirada, si querían huir del ataque de Girón, o encerrarlos entre dos fuegos en caso de que resistiesen. La noche era cruda, sobreviniendo tras de nieve y ventiscas espesa niebla: lo cual retardó la marcha de Venegas, y fue causa del extravío de casi toda su caballería. Girón aunque salió más tarde llegó sin tropiezo al punto que se le había señalado, ya por ser mejor y más corto el camino, y ya por su cuidado y particular vigilancia.
Espantados los dragones franceses con la proximidad de este general, huían del lado de Santa Cruz, cuando se encontraron con algunas partidas de carabineros reales que iban a la cabeza de la tropa de Venegas y los atacaron furiosamente, obligándolos a abrigarse de la infantería. Hubiera podido esta desconcertarse, cogiéndola desprevenida, si afortunadamente un batallón de guardias españolas y otro de tiradores de España puestos ya en columna no hubiesen rechazado a los enemigos, desordenándolos completamente. Hizo gran falta la caballería, cuya principal fuerza extraviada en el camino no llegó hasta después: y entonces su jefe Don Rafael Zambrano desistió de todo perseguimiento por juzgarlo ya inútil y estar sus caballos muy cansados. La pérdida de los franceses entre muertos, heridos y prisioneros fue de unos 100 hombres. Hubo después contestaciones entre ciertos jefes, achacándose mutuamente la culpa de no haber salido con la empresa. Nos inclinamos a creer que la inexperiencia de algunos de ellos y lo bisoño de la tropa fueron en este caso como en otros muchos la causa principal de haberse en parte malogrado la embestida, sirviendo solo a despertar la atención de los franceses.
Avanza
el mariscal Victor.
Recelosos estos de que engrosadas con el tiempo las tropas del ejército del centro y mejor disciplinadas, pudieran no solo repetir otras tentativas como la de Tarancón, mas también en un rebate apoderarse de Madrid, cuya guarnición por atender a otros cuidados a veces se disminuía, pensaron seriamente en destruirlas y cortar el mal en su raíz. Para ello juntaron en Aranjuez y revistaron, según hemos dicho, las fuerzas que mandaba en Toledo el mariscal Victor, las cuales ascendían a 14.000 infantes y 3000 caballos. Sospechando Venegas los intentos del enemigo comunicó el 4 de enero sus temores al duque del Infantado, opinando que sería prudente, o que todo el ejército se aproximase a su línea, o que él con la vanguardia se replegase a Cuenca. No pensó el duque que urgiese adoptar semejante medida, y ya fuese enemistad contra Venegas, o ya natural descuido, no contestó a su aviso, continuando en idear nuevos planes que tampoco tuvieron ejecución.
Retírase Venegas
a Uclés.
Apurando las circunstancias y no recibiendo instrucción alguna del general en jefe, juntó Venegas un consejo de guerra, en el que unánimemente se acordó pasar a Uclés como posición más ventajosa, e incorporarse allí con Senra, en donde aguardarían ambos las órdenes del duque. Verificose la retirada en la noche del 11 de enero, y unidos al amanecer del 12 los mencionados Venegas y Senra, contaron juntos unos 8 a 9000 infantes y 1500 caballos. Trató desde luego el primero de aprovecharse de las ventajas que le ofrecía la situación de Uclés, villa sujeta a la orden de Santiago y para batallas de mal pronóstico por la que en sus campos se perdió contra los moros en el reinado de Alonso el VI. La derecha de la posición era fuerte, consistiendo en varias alturas aisladas y divididas de otras por el riachuelo de Bedijar. En el centro está el convento llamado Alcázar, y desde allí por la izquierda corre un gran cerro de escabrosa subida del lado del pueblo, pero que termina por el opuesto en pendiente más suave y de fácil acceso. Venegas apostó en Tribaldos, pueblo cercano, algunas tropas al mando de Don Veremundo Ramírez de Arellano, que en la tarde y anochecer del 12 comenzaron ya a tirotearse con los franceses, replegándose a Uclés en la mañana siguiente, acometidas por sus superiores fuerzas.
Batalla de Uclés.
Con aviso de que los enemigos se acercaban, el general Venegas, aunque amalado y con los primeros síntomas de una fiebre pútrida, se situó en el patio del convento de donde divisaba la posición y el llano que se abre al pie de Uclés, yendo a Tribaldos. Distribuyó sus infantes en las alturas de derecha e izquierda, y puso abajo en la llanura la caballería. Solo había un obús y tres cañones que se colocaron, uno en la izquierda, dos en el convento y otro en el llano con los jinetes.
El mariscal Victor había salido de Aranjuez con el número de tropas indicado, y fue en busca de los españoles sin saber de fijo su paradero. Para descubrirle tiró el general Villatte con su división derecho a Uclés, y el mariscal Victor con la del general Ruffin la vuelta de Alcázar. Fue Villatte quien primero se encontró con los españoles, obligándolos a retirarse de Tribaldos, desde donde avanzó al llano con dos cuerpos de caballería y dos cañones. Al ver aquel movimiento creyó Venegas amagada su derecha, y por tanto atendió con particularidad a su defensa. Mas los franceses, a las diez de la mañana, tomando por el camino de Villarrubio, se acercaron con fuerza considerable a las alturas de la izquierda, punto flaco de la posición, cubierto con menos gente y al que su caballería pudo subir a trote. Venegas, queriendo entonces sostener la tropa allí apostada que comenzaba a ciar, envió gente de refresco y para capitanearla a Don Antonio Senra. Ya era tarde: los enemigos avanzando rápidamente arrollaron a los nuestros, e inútilmente desde el convento quiso Venegas detenerlos. Contuso él mismo y ahuyentado con todo su estado mayor, dificultosamente pudo salvarse, cayendo a su lado muerto el bizarro oficial de artillería Don José Escalera. Deshecho nuestro costado izquierdo empezó a desfilar el derecho; y la caballería, que en su mayor parte permanecía en el llano, trató de retirarse por una garganta que forman las alturas de aquel lado. Consiguiéronlo felizmente los dragones de Castilla, Lusitania y Tejas, mas no así los regimientos de la Reina, Príncipe y Borbón, cuyo mando había reasumido el marqués de Albudeite. Estos, no pudiendo ya pasar impedidos por los fuegos de los franceses, que dueños del convento coronaban las cimas, volvieron grupa al llano y faldeando los cerros caminaron de priesa y perseguidos la vía de Paredes. Desgraciadamente hacia el mismo lado tropezando la infantería con la división de Ruffin, había casi toda tenido que rendirse; de lo cual advertidos nuestros jinetes, en balde quisieron salvarse, atajados con el cauce de un molino y acribillados por el fuego de seis cañones enemigos que dirigía el general Senarmont. No hubo ya entonces sino confusión y destrozo, y sucedió con la caballería lo mismo que con los infantes: los más de sus individuos perecieron o fueron hechos prisioneros: contose entre los primeros al marqués de Albudeite. Tal fue el remate de la jornada de Uclés, una de las más desastradas, y en la que, por decirlo así, se perdieron las tropas que antes mandaban Venegas y Senra. Solo se salvaron dos o tres cuerpos de caballería y también algunas otras reliquias que libertó la serenidad y esfuerzo de Don Pedro Agustín Girón, uniéndose todos al duque del Infantado que ya se hallaba en Carrascosa.
Justos cargos hubieran podido pesar sobre los jefes que empeñaron semejante acción, o fueron causa de que se malograse. El general Venegas y el del Infantado procuraron defenderse ante el público acusándose mutuamente. Pensamos que en la conducta de ambos hubo motivos bastantes de censura si ya no de responsabilidad. Aconsejaba la prudencia al primero retirarse más allá de Uclés, e ir a unirse al cuerpo principal del ejército, no faltándole para ello ni oportunidad ni tiempo; y al segundo prescribíale su obligación dar las debidas instrucciones y contestar a los oficios del otro, no sacrificando a piques y mezquinas pasiones el bien de la patria, el pundonor militar.
Excesos
cometidos
por los franceses
en Uclés.
Ganado que hubieron la batalla, entraron los franceses en Uclés y cometieron con los vecinos inauditas crueldades. Atormentaron a muchos para averiguar si habían ocultado alhajas; robaron las que pudieron descubrir, y aparejando con albardas y aguaderas a manera de acémilas a algunos conventuales y sujetos distinguidos del pueblo, cargaron en sus hombros muebles y efectos inútiles para quemarlos después con grande algazara en los altos del alcázar. No contentos con tan duro e innoble entretenimiento, remataron tan extraña fiesta con un acto de la más insigne barbarie. Fue, ¡cáese la pluma de la mano! que cogiendo a 69 habitantes de los principales, y a monjas, y a clérigos, y a los conventuales Parada, Canova y Mejía, emparentados con las más ilustres familias de la Mancha, atraillados y escarnecidos los degollaron con horrorosa inhumanidad, pereciendo algunos en la carnicería pública. Sordos ya a la compasión los feroces soldados, desoyeron los ayes y clamores de más de 300 mujeres, de las que acorraladas y de montón abusaron con exquisita violencia. Prosiguieron los mismos escándalos en el campamento, y solo el cansancio, no los jefes, puso término al horroroso desenfreno.
No cupo mejor suerte a los prisioneros españoles: los que de ellos rendidos a la fatiga se rezagaban, eran fusilados desapiadadamente. Así nos lo cuenta en su obra un testigo de vista, un oficial francés, Mr. de Rocca. ¿Qué extraño pues era que nuestros paisanos cometiesen en pago otros excesos cuando tal permitían los oficiales del ejército de una nación culta?
Retirada
del duque
del Infantado.
El duque del Infantado que aunque tarde se adelantaba a Uclés, supo en Carrascosa, legua y media distante, la derrota padecida. Juntando allí los dispersos y cortas reliquias, se retiró por Horcajada a la venta de Cabrejas, en donde se decidió en consejo militar pasar a Valencia con todas las tropas. Entró el ejército en Cuenca el 14 por la noche, y al día siguiente continuó la marcha. Dirigiose la artillería por camino que pareció más cómodo para volver después a unirse en Almodóvar del Pinar; pero atollada en parte y mal defendida por otros cuerpos que acudieron en su ayuda, fue en Tórtola cogida casi toda por los franceses. Prosiguió lo restante del ejército alejándose; y desistiendo Infantado de ir a Valencia, metiose en el reino de Murcia y llegó a Chinchilla el 21 de enero. Desde aquel punto hizo nuevo movimiento, faldeando la Sierra Morena, y al cabo se situó en Santa Cruz de Mudela. Sucédele
en el mando
el conde
de Cartaojal. Allí según costumbre no cesó de idear sin gran resulta nuevos planes; hasta que en 17 de febrero fue relevado del mando por orden de la junta central y puesto en su lugar el conde de Cartaojal, que mandaba también las tropas de la Carolina.
Entrada de José
en Madrid.
Alcanzada por los franceses la victoria de Uclés, y después de obtener el permiso de Napoleón, hizo José en Madrid el 22 de enero su entrada pública y solemne. Del Pardo se encaminó por fuera de puertas a la plazuela de las Delicias, desde donde montando a caballo entró por la Puerta de Atocha, y se dirigió a la iglesia colegiata de San Isidro, tomando la vuelta por el Prado, calle de Alcalá y Carretas hasta la de Toledo. Se había preparado este recibimiento con más esmero que el anterior de julio. Estaba tendida en toda la carrera la tropa francesa; habíanse por expresa orden colgado las calles y puéstose de trecho en trecho músicas que tocaban sonatas acomodadas al caso. José rodeado de gran séquito de franceses y de los españoles que le eran adictos, mostrábase satisfecho y placentero. No dejó de ser grande el concurso de espectadores: las desgracias, amilanando los ánimos, los disponían a la conformidad; pero un silencio profundo, no interrumpido sino por alguna que otra voz asalariada, daba bastantemente a entender que las circunstancias impelían a la curiosidad, no afectuosa inclinación. Fue recibido en la iglesia de San Isidro por el obispo auxiliar y parte de su cabildo. Pronunciáronse discursos según el tiempo, díjose una misa, se cantó el Te Deum, y concluida la ceremonia se dirigió José por la plaza Mayor y calle de la Almudena a Palacio, en donde ocupándose de nuevo en el gobierno del reino, nos dará pronto ocasión de volver a hablar de él y de sus providencias.
Sucesos
de Cataluña.
Ahora es ya sazón de pensar en Cataluña. El no querer cortar el hilo de la narración en los sucesos más abultados y decisivos, nos ha obligado a postergar los de aquel principado, que si bien de grande interés y definitivamente de mucha importancia a la causa de la independencia, forman como un episodio embarazoso para el historiador, aunque gloriosísimo para aquella provincia.
Dejamos en el libro 5.º la campaña de Cataluña, a tiempo que Duhesme en el último tercio del mes de agosto se había recogido a Barcelona de vuelta de su segunda y malograda expedición de Gerona. De nuestra parte por entonces y en 1.º de septiembre La junta
del principado
se traslada
a Villafranca. el marqués del Palacio y la junta del principado se habían de Tarragona trasladado a Villafranca con objeto de estar más cerca del teatro de la guerra. Empezaron a acudir a dicha villa los tercios de toda la provincia, y se reforzó la línea del Llobregat, a cuyo paraje se había restituido desde Gerona el conde de Caldagués.
Excursiones
de Duhesme.
Con el aumento de fuerzas temió el general Duhesme que estrechando los españoles cada vez más a Barcelona, hubiese dificultad de introducir bastimentos en la plaza. Para alejar el peligro y con intento de hacer una excursión en el Panadés, partió de aquella ciudad con 6000 hombres de caballería e infantería, y atacó a los españoles en su línea al amanecer del 2 de septiembre en los puntos de Molins de Rey y de San Boi. Por el último alcanzaron los franceses conocidas ventajas; fueron por el otro rechazados. Mas receloso el de Caldagués, en vista de un movimiento de los enemigos, de que abandonando estos la embestida del puente vadeasen el río y le flanqueasen, previno oportunamente cualquier tentativa situándose en las alturas de Molins de Rey.
Los franceses no pudiendo romper la línea española del Llobregat, revolvieron del lado opuesto por donde corre el Besós, en cuyo sitio se mantenía Don Francisco Miláns. Ya aquí, y ya en todos los puntos alrededor de Barcelona hubo en septiembre y octubre muchas escaramuzas y aun choques, entre los que fue grave el acaecido en San Cugat del Vallés, principalmente por el respeto que infundió al enemigo, obligándole a no alejarse de los muros de Barcelona. También contribuyeron a ello los refuerzos que llegaron a los españoles sucesivamente de Portugal, Mallorca y otras partes, de algunos de los cuales ya hemos hecho mención.
Vives, sucesor
del marqués
del Palacio.
El gobierno interior de Cataluña se mejoraba cada día por el esmero y cuidado de la junta. Habíase solo levantado grande enemistad contra el marqués del Palacio, o porque las calidades de general no correspondiesen en él a su patriotismo, o más bien porque en aquellos tiempos arduos no siendo dado caminar en la ejecución al son de la impaciencia pública, perdíase la confianza y el buen nombre con la misma rapidez, y a veces tan infundadamente como se había adquirido. Los clamores de la opinión catalana obligaron a la junta central a llamar al marqués del Palacio, poniendo en su lugar al capitán general de Mallorca Don Juan Miguel de Vives, quien tomó el mando el 28 de octubre.
Ejército español
de Cataluña.
Su fuerza.
Teniendo este a su disposición fuerzas más considerables, coordinó nuevamente su ejército, y según lo resuelto por la central le denominó de Cataluña o de la derecha. Constaba en todo de 19.551 infantes, 780 caballos y 17 piezas, dividido en vanguardia, cuatro divisiones y una reserva. De estas fuerzas destinó Vives la vanguardia, al mando de Don Mariano Álvarez, a observar al enemigo en el Ampurdán, y las restantes las conservó consigo para bloquear a Barcelona, a donde se aproximó el 3 de noviembre, sentando su cuartel general en Martorell, cuatro leguas distante.
Situación
de Barcelona.
Los apuros en aquella plaza del general francés Duhesme crecían en extremo: el número de sus tropas, que antes era de 10.000 hombres, menguaba con la deserción y las enfermedades. De nadie podía fiarse. El disgusto y descontento de los barceloneses tocaba a sus ojos en abierta rebelión. Los habitantes más principales huían a causa de las contribuciones exorbitantes que había impuesto; teniendo que acudir a confiscar los bienes para evitar la emigración. Más tarde, cuando apretó la escasez, si bien permitió la salida de Barcelona, permitiola con condiciones rigurosas, dando pasaportes a los que abonaban cuatro meses anticipados de contribución, y aseguraban con fianza el pago de los demás plazos. Fue después adelante en usar sin freno de medidas arbitrarias, declarando a Barcelona en estado de sitio. Opúsose a ello el conde de Ezpeleta, por lo que se le puso preso, quitándole la capitanía general que solo en nombre había conservado. Como más antiguo le sucedió Don Galcerán de Villalba, que en secreto se entendía con las autoridades patrióticas del principado. Los oficiales españoles que había dentro de la plaza rehusaron después reconocer el gobierno de Napoleón prefiriendo a todo ser prisioneros de guerra: lo mismo hicieron los que eran extranjeros, excepto Mr. Wrant d’Amelin, que en premio recibió el gobierno de Barcelona. Ejerciose la policía con particular severidad, prestándose a tan villano servicio un español llamado Don Ramón Casanova, sin que por eso se pudiese impedir que muchos y a las calladas se escapasen. Tantas molestias y tropelías eran en sumo grado favorables a la causa de la independencia.
Tentativas
de Vives contra
aquella plaza.
Contando sin duda con el influjo de aquellas y con secretos tratos, insistió el general Vives en estrechar a Barcelona, y aun proyectó varios ataques. Fue el más notable el que se dio en 8 de noviembre, aunque no tuvo ni resulta ni se le consideró tampoco bien meditado. Sin embargo la proximidad del ejército español puso en tal desasosiego a los franceses, que en la misma mañana del 8 desarmaron al segundo batallón de guardias valonas como adicto a los llamados insurgentes.
Desaprobaban los hombres entendidos la permanencia de Vives en las cercanías de Barcelona, y con razón juzgándola militarmente; pues para formalizar el sitio no se estaba preparado, y para rendir por bloqueo la plaza se requería largo tiempo. Creían que hubiera sido más conveniente dejar un cuerpo de observación que con los somatenes contuviese al enemigo en sus excursiones, y adelantarse a la frontera con lo demás del ejército, impidiendo así la toma de Rosas y la facilidad que ella daba de proveer por mar a Barcelona. Vino en apoyo de tan juicioso dictamen lo que sucedió bien pronto con el refuerzo que entró en el principado al mismo tiempo que por el Bidasoa hacían los franceses su principal irrupción.
Entrada
de Saint-Cyr
en Cataluña.
Según insinuamos al hablar de esta, fue destinado el 7.º cuerpo a domeñar la Cataluña. Debía formarse con las tropas que allí había a las órdenes de los generales Duhesme y Reille y con otras procedentes de Italia, al mando de los generales Souham, Pino y Chabert. Todas estas fuerzas reunidas ascendían a 25.000 infantes y 2000 caballos, compuestas de muchas naciones y en parte de nueva leva. Capitaneábalas el general Gouvion Saint-Cyr. Entró este en Cataluña al principiar noviembre, estableciendo el 6 en Figueras su cuartel general. Fue su primer intento poner sitio a Rosas, y encargado de ello el general Reille le comenzó el día 7 del mencionado mes.
Sitio de Rosas.
Pensó el general Saint-Cyr que convenía apoderarse de aquella plaza, porque abrigados los ingleses de su rada impedían por mar el abastecimiento de Barcelona, que no era hacedero del lado de tierra a causa de la insurrección del país. Hubo quien le motejase, sentando que en una guerra nacional como esta era de temer que con la tardanza pudieran los españoles por medio de secretos tratos sorprender a Barcelona apretada con la escasez de víveres. Napoleón juzgaba tan importante la posesión de esta plaza, que el solo encargo que hizo a Saint-Cyr a su despedida en París fue el de conservar a Barcelona;[*] (* Ap. n. [7-3].) «porque si se perdiese [decía] serían necesarios 80.000 hombres para recobrarla.» Sin embargo aquel general prefirió comenzar por sitiar a Rosas.
Está situada dicha villa a las raíces del Pirineo y a orillas del golfo de su nombre. Tenía de población 1200 almas. No cubría su recinto sino un atrincheramiento casi abandonado desde la guerra de la revolución de Francia. Consistía su principal fortaleza en la ciudadela, colocada al extremo de la villa, y que aunque desmantelada quísose apresuradamente poner en estado de defensa, consiguiendo al cabo montar 36 piezas: su forma es la de un pentágono irregular con foso y camino cubierto, y sin otras obras a prueba que la iglesia, habiendo quedado inservibles desde la última guerra los cuarteles y almacenes. A la opuesta parte de la ciudadela y a 1100 toesas de la villa en un repecho de las alturas llamadas Puig Rom, término por allí de los Pirineos, se levanta el fortín de la Trinidad en figura de estrella, de construcción ingeniosa pero dominado a corta distancia.
Honrosa
resistencia
de los españoles.
Con tan débiles reparos y en el estado de ruina de varias de sus obras, hubiérase en otra ocasión abandonado la defensa de la plaza: ahora sostúvose con firmeza. Era gobernador Don Pedro O’Daly: constaba la guarnición de 3000 hombres; se despidió la gente inútil, recompúsose algo el atrincheramiento destruido y se atajaron con zanjas las bocacalles. Favorecía a los sitiados un navío de línea inglés y dos bombarderas que estaban en la bahía.
La división del general Reille unida a la italiana de Pino se había acercado a la plaza, componiendo juntas unos 7000 hombres. Además el general Souham para cubrir las operaciones del sitio y observar a Álvarez que estaba con la vanguardia en Gerona, se situó con su división entre Figueras y el Fluviá, y ocupó La Junquera con dos batallones el general Chabert.
Se había lisonjeado el francés Reille de tomar por sorpresa a Rosas: así lo deseaba su general en jefe solícito de acudir al socorro de Barcelona y temeroso de la deserción que empezaba a notarse en la división italiana de Pino. De esta fueron cogidos por los somatenes varios soldados, y el general Saint-Cyr que presumía de humano envió en rehenes a Francia hasta el canje igual número de habitantes, prefiriendo este medio al de quemar los pueblos, antes usado por sus compatriotas. Mas los catalanes consideraron la nueva medida como más injusta, imaginándose que los enviaban a servir al norte.
Desde el 7 de noviembre que aparecieron los franceses delante de Rosas, y en cuyo día los españoles hicieron una vigorosa salida, sobreviniendo copiosas lluvias no pudieron los primeros traer su artillería ni empezar sus trabajos hasta el 16. Entonces resolvió el general Saint-Cyr embestir simultáneamente la ciudadela y el fortín de la Trinidad. Emprendiose el ataque de aquella por el baluarte llamado de la plaza, del lado opuesto a la villa, y por donde se ejecutó también la acometida en el sitio del año de 1795, al cual había asistido el general enemigo Sanson, jefe ahora de los ingenieros.
Continuaron los trabajos por esta parte hasta el 25. Aquel día dueños los franceses de un reducto, cabeza del atrincheramiento que cubría la villa, pensaron que sería conveniente apoderarse de esta para atacar después la ciudadela por el frente comprendido entre los baluartes de Santa María y San Antonio. Fue entrada la villa en la noche del 26 al 27 a pesar de porfiada resistencia: de 500 hombres que la defendían 300 quedaron muertos, 150 fueron hechos prisioneros; pudieron los otros salvarse. El enemigo intimó entonces la rendición a la ciudadela; contestósele con la negativa.
Al mismo tiempo el fortín de la Trinidad fue desde el 16 bizarramente defendido por su comandante Don Lotino Fitzgerald. Los ingleses juzgando inútil la resistencia habían retirado la gente que dentro habían metido; pero llegando poco después el intrépido Lord Cochrane con amplias facultades del almirante Collingwood, reanimó a los españoles entrando en el fuerte con unos 80 hombres, y unidos todos rechazaron el 30 el asalto de los enemigos que creían practicable la brecha.
La guarnición de Rosas había vivido esperanzada de que se la socorrería por tierra; mas limitose el auxilio a un movimiento que el 24 hizo la vanguardia al mando de Don Mariano Álvarez: cruzó este el Fluviá y arrolló al principio los puestos avanzados de los franceses, que rehechos repelieron después a los nuestros, cogiendo prisionero al 2.º comandante Don José Lebrun. Serenado el general Saint-Cyr con esto y con ver que el ejército español de Vives no avanzaba según temía, trató de acabar prontamente el sitio de la ciudadela de Rosas.
Capitulación
de Rosas.
Dirigíase el principal ataque contra la cara derecha del baluarte de Santa María, y los trabajos prosiguieron con ardor en los días 1.º y 2.º, en que inútilmente intentaron los sitiados hacer una salida. Por fin el 5, estando la brecha practicable, y después de 29 días de asedio, capituló honrosamente el gobernador quedando la guarnición prisionera de guerra. Tuvo mayor ventura Don Lotino Fitzgerald comandante del fortín de la Trinidad, habiéndose embarcado él y su gente con la ayuda y diligencia de Lord Cochrane, quien tal vez hubiera del mismo modo salvado la guarnición de la ciudadela si hubiera sido comodoro del apostadero inglés.
Avanza
Saint-Cyr camino
de Barcelona.
Desembarazado el general Saint-Cyr del sitio de Rosas, se adelantó a socorrer a Barcelona con 15.000 infantes y 1500 caballos, después de haber dejado en el Ampurdán la división del general Reille. Hubiera corrido riesgo el general francés de ser detenido en el camino, si D. Juan de Vives en vez de mantener sus tropas en derredor de Barcelona, le hubiera salido al encuentro en alguno de los sitios oportunos del tránsito: Vives
y las divisiones
de Reding
y Lazán. cosa tanto más hacedera cuanto después de sus infructuosas tentativas sobre Barcelona se le habían agregado en noviembre las divisiones de Granada y Aragón y otros cuerpos sueltos. Constaba la primera, al mando de Don Teodoro Reding, de 11.700 infantes y 670 caballos, y la segunda de unos 4000 hombres regidos por el marqués de Lazán, quien pasó a engrosar la vanguardia después de lo acaecido el 24 en las riberas del Fluviá.
Insistía el general Vives en acometer a Barcelona estimulado también por las ofertas de los comandantes de las fuerzas navales inglesas apostadas delante del puerto. Estas hicieron el 19 de noviembre un fuego vivísimo contra la plaza, Orden singular
dada por Lecchi
en Barcelona. cuyos habitantes a pesar del daño que recibían estaban alborozados y palmoteaban desde sus casas al ver la pesadumbre que el ataque causaba a los franceses: lo cual irritando sobremanera al comandante Lecchi, prohibió a los habitantes asomarse a las azoteas en días de refriega.
Trata Vives
de seducirle a él
y a otros.
Mal informado el general Vives dirigió a dicho general Lecchi y al español Casanova proposiciones de acomodamiento si le dejaban entrar en la plaza. Las desecharon ambos, notándose en la respuesta de Lecchi la dignidad conveniente. Creyeron sin embargo algunos que sin la pronta llegada del general Saint-Cyr, y conducida de otra manera la negociación, quizá no hubiera esta sido infructuosa.
Ataques de Vives
el 26 y 27
de noviembre
en las cercanías
de Barcelona.
Don Juan Vives resolvió repetir el 26 el ataque que había emprendido el 8. Ejecutado esta vez con mayor felicidad fueron los franceses rechazados hasta Barcelona, y se cogieron prisioneros 104 hombres que defendían la favorable posición de San Pedro mártir. Prosiguieron las ventajas el 27, adelantándose el cuartel general a San Feliú de Llobregat, a legua y media de Barcelona. Desde donde, y con deseo siempre de estrechar al enemigo, Del 5
de diciembre. se le acometió de nuevo el 5 de diciembre, consiguiendo clavar los cañones y destruir las obras que había formado en la falda de Monjuich.
Pero eran cortas estas ventajas al lado de las que hubieran podido alcanzarse yendo en busca de Saint-Cyr. Sacrificose todo al deseo de enseñorearse de la capital del principado. Reding y Vives
van al encuentro
de Saint-Cyr. Sin embargo en la noche del 11 de diciembre sabedor Vives de que aquel general se había movido el 8 con señales de ir la vuelta de Barcelona, mandó a Don Teodoro Reding que se adelantase hacia Granollers. Recibiéndose posteriormente confirmación del primer aviso, se celebró un consejo de guerra, en el que variando según costumbre los pareceres, no se siguió el de Caldagués que era el más acertado, y según el cual debiera haberse ido al encuentro de Saint-Cyr con la mayor parte de las fuerzas, dejando delante de Barcelona 4000 hombres bien atrincherados. Resolviose pues lo contrario, y solo salió Vives con algunas tropas a unirse a Reding. Ambos generales juntaron 8000 hombres, agregándoseles además los somatenes. Al propio tiempo se previno al marqués de Lazán que separándose de la vanguardia que estaba en Gerona, siguiese la huella del francés, sin atacarle por la espalda hasta que el mismo Vives lo hiciese por el frente, y al coronel Miláns que se apostase con cuatro batallones en Coll-Sacreu para molestar al enemigo si quería echarse del lado de la marina, o si no concurrir con los demás a la acción general que se esperaba.
Continúa
Saint-Cyr
su marcha.
Apremiado el general Saint-Cyr con la urgente necesidad de socorrer a Barcelona, no se empeñó en combatir al marqués de Lazán, quien por su parte esquivó también todo serio reencuentro. En seguida maniobró el general francés para disfrazar su intención, y el 11 preparose a marchar con rapidez y sin embarazos. Así fue que enviando a Figueras la artillería, repartió a sus soldados víveres para cuatro días, distribuyoles a razón de 50 cartuchos, y llevó 150.000 de reserva a lomo de acémilas. El 12 abrió la marcha desde La Bisbal, teniendo en el camino algunos choques con los miqueletes de Don Juan Clarós. Enderezose a Hostalrich, y al llegar a las alturas que le dominan con gran júbilo vio que Vives ni se había aún adelantado hasta allí, ni ocupado las gargantas del río Tordera, en cuyas estrechuras bastando un corto número de hombres para detener a los suyos, hubieran en breve consumido las municiones que consigo traían.
Continuó el general Saint-Cyr su marcha, y el 15 para librarse de los fuegos de Hostalrich, dio vuelta a la plaza por un sendero agrio y desconocido, tornando luego a tomar el camino de Barcelona. Salió de Vallgorguina a incomodarle el coronel Miláns, viéndose el general francés obligado a retardar su marcha a causa de las cortaduras practicadas en el desfiladero de treinta pasos. Mas vencidos los obstáculos acampó ya por la noche su ejército al raso a una legua del que mandaba Vives, quien pasando el Cardedeu se había colocado en ventajoso puesto entre Llinas y Villalba. La situación de los franceses, a pesar de las faltas que cometieron los nuestros, no dejaba de ser crítica. Por su frente tenían a Vives, flanqueábalos Miláns a su izquierda, y detrás los seguían Clarós y Lazán. Estaban privados de artillería, escaseábanles los víveres, solamente les quedaban municiones para una hora, y eran sus tropas un conjunto de soldados nuevos de varias naciones. Si Vives hubiera sabido aprovecharse de tales ventajas, quizá se hubiera repetido aquí la jornada de Bailén, y calificádose de intempestivo y temerario el movimiento del general Saint-Cyr, que por su buen éxito mereció el nombre de atrevido y sabio.
Batalla de Llinas
o Cardedeu.
Amaneció el 16 de diciembre, y el general español aguardaba a sus contrarios colocado en la loma que se levanta después de Cardedeu y Villalba, y termina en la Riera de la Roca. En lo más elevado de ella y a la derecha del camino real situó cinco piezas, dejando dos a la izquierda. Formó su columna en batalla, y desplegó sobre la derecha, que mandaba Reding, ocupando el costado opuesto de la línea el somatén de Vic. Como el objeto del general francés era pasar a toda costa, decidió combatir en una sola columna que rompiese por medio de los españoles. Comenzó el ataque la división de Pino con orden expresa de no desviarse de lo resuelto por el general en jefe, pero en contravención a ello habiendo una de sus brigadas desplegado sobre la izquierda, hubo de comprometer a los franceses en una refriega que hubiera sido su perdición a haberse prolongado. El peligro fue para ellos grande durante algún tiempo. La brigada que había desplegado no solo fue rechazada, mas también ahuyentada, y destrozado uno de sus regimientos por el de Húsares españoles, a cuyo frente estaba el coronel Ibarrola, quedando prisioneros 2 jefes, 15 oficiales y unos 200 soldados. Acudió pronto y oportunamente al remedio el general Saint-Cyr.
De un lado hizo que la división Souham contuviese la brigada puesta en desorden, al mismo tiempo que de otro amenazaba la izquierda española, que era la parte más flaca y desguarnecida, disponiendo igualmente que el general Pino con la 2.ª brigada prosiguiese el ataque en columna, y rompiese nuestra línea. Ejecutada la operación a un tiempo y en buena sazón, Son derrotados
los españoles. se cambió la suerte de las armas, y el ejército español fue envuelto y puesto en derrota. Perdiéronse cinco de los siete cañones que había, salvándose los dos por la actividad y presencia de ánimo del teniente Ulzurrun. Nuestra pérdida fue de 500 muertos y de 1000 entre heridos y prisioneros. Mayor la de los franceses, por el daño que al principio experimentaron de la artillería española. Salvose el general Vives a pie y por sendas extraviadas, y el general Reding ayudado de la velocidad de su caballo pudo juntarse a una columna de infantería y caballería que con el mayor orden se retiró por el camino de Granollers a San Cugat. Se retiran
al Llobregat. Allí tomó el mando interinamente dicho general, y se acogió a la derecha del Llobregat, a donde se transfirió el conde del Caldagués, quien aunque salvó la artillería y municiones, tuvo por la priesa que abandonar los inmensos acopios almacenados en Sarriá, los cuales sirvieron de mucho al enemigo. El marqués de Lazán que no tomó parte en la batalla, retrocedió después a Gerona, y el coronel Miláns se mantuvo en Arenys algunos días sin ser molestado.
Graves y desgraciadas fueron las resultas de la acción de Llinas o Cardedeu, no tanto por la pérdida de una parte del ejército y por el socorro que introdujeron los franceses en Barcelona, cuanto por el desánimo que causó en los españoles, y los alientos que comunicó a los bisoños y mal seguros soldados del enemigo.
Llega Saint-Cyr
a Barcelona.
Llegó el general Saint-Cyr el 17 delante de Barcelona. No reinaba entre él y el general Duhesme el mejor acuerdo, mostrándose este descontento con recibir un jefe superior, y al que luego se dirigieron quejas y reclamaciones. Por entonces ansioso Saint-Cyr de perseguir a los españoles no tomó acerca de ellas providencia, Avanza
al Llobregat. y el 20 después de haber dado a sus tropas dos días de descanso, salió para el Llobregat y se situó en la margen izquierda, reforzado su ejército con cinco batallones de la división del general Chabran.
Situación
de los españoles.
Al otro lado habían reunido los españoles el suyo que con la derrota del 16 y dispersión que ella causó en todas las tropas no ascendía arriba de 10.000 infantes y 900 caballos con artillería numerosa. Allí llegó el general Vives que se había embarcado en Mataró, y que después de aprobar las medidas tomadas en su ausencia pasó a Villafranca para obrar en unión con la junta del principado.
Luego que se alejó asomaron los franceses, e indeciso Don Teodoro Reding de si se retiraría o no, consultó al general en jefe que tardó en contestar, haciéndolo al fin de un modo ambiguo, lo cual decidió al primero a sostenerse en su puesto. El ejército español estaba atrincherado en la margen derecha del Llobregat, en las colinas en que rematan las alturas de Ordal, extendiéndose desde San Vicente hasta Pallejá. Mandaba la derecha el brigadier D. Gaspar Gómez de la Serna, la izquierda el mariscal de Campo Cuadrado, manteniéndose Reding juntamente con Caldagués en uno de los reductos que habían levantado en el camino real de Valencia.
Batalla
de Molins de Rey.
El enemigo al alborear del 21 empezó su ataque. Apostose el general Chabran en Molins de Rey, que estaba a la derecha de los franceses, y de donde la batalla tomó el nombre; vadeando la división del general Pino el Llobregat por San Feliú, al tiempo que Souham con su tropa le cruzaba por San Juan del Pi. Habían en un principio creído los españoles que su izquierda sería la primera atacada, mas cerciorados de lo contrario mejoraron su posición, haciendo los peones acertado fuego. El desaliento no obstante era grande desde la acción de Llinas, y no había corrido suficiente tiempo para que se borrase en la mente del soldado tan funesta impresión. Envolvieron los enemigos la derecha española; arrojáronla sobre el centro, y cayendo unos y otros sobre la izquierda, ya no hubo sino desconcierto, acorralados los nuestros contra el puente de Molins de Rey. Derrota
de los españoles
y tristes resultas. A las diez de la mañana llegó Vives solamente para presenciar la destrucción de los suyos. El ejército español estuvo muy expuesto a ser del todo cogido por los franceses, a no haberse los soldados desbandado y tirado cada uno por donde encontró salida. Fue considerable nuestra pérdida, principalmente de jefes: el brigadier la Serna murió en Tarragona de las cuchilladas recibidas; el de Caldagués cayó prisionero y lo mismo varios coroneles. Quedó en poder de los contrarios toda la artillería.
Por loable que fuera el deseo que animaba al general Reding, con razón debió tacharse de extrema imprudencia el aventurar una acción con un ejército que además de novel, acababa pocos días antes de ser deshecho y en parte disperso. Así fue que el general Saint-Cyr maniobrando con sumo arte, sin grande esfuerzo desbarató completamente nuestras filas atropellándose unos soldados sobre otros. Aciagas y de trascendencia fueron las resultas. Perdiéronse las armas que arrojaron los infantes, se abandonaron los cuantiosos almacenes que había en el Llobregat, en Villafranca de Panadés y en Villanueva de Sitges, y en fin, deshízose enteramente el ejército. Cataluña quedó casi toda ella a merced del vencedor, que no solo forzó el paso del Bruch para él tan ominoso, sino que también derramó por todas partes el espanto y la desolación.
Embarazosa
también
la situación
de Saint-Cyr.
Admiró a algunos que el general Saint-Cyr permaneciese ocioso, alcanzadas tales ventajas, y atribuíanlo a la condición perezosa de que le tachaban. Pero otros motivos obraron en su mente para proceder con lentitud y circunspección. Había en su ejército a pesar de los acopios cogidos mucha escasez por la necesidad de abastecer a Barcelona; el país que le rodeaba estaba ya agotado, la comunicación con Francia no fácil, y los obstáculos mayores cada día por el pronto retoño de la guerra de somatenes, contra cuyos continuos y desparramados esfuerzos se estrellaba la pericia de los generales franceses.
Acontecimientos
de Tarragona.
Era por cierto situación esta embarazosa para ellos, y de grande ayuda para los españoles, cuyos dispersos se iban allegando a Tarragona. En sus muros alborotose el pueblo, y amenazó de muerte al general Vives, quien para preservarse de una catástrofe casi inevitable, rotos los vínculos de la subordinación, dejó el mando, Sucede Reding
a Vives. que recayó en Don Teodoro Reding, grato a la opinión popular. Poco a poco recobró la autoridad su fuerza, la junta se trasladó a Tortosa, y el nuevo general con actividad y celo empezó a arreglar el ejército, a la sazón descompuesto e insubordinado. Todo anunciaba mejora, mas todo se malogró, como veremos después por la fatal manía de dar batallas, y también por el laudable deseo de socorrer a Zaragoza.
Segundo sitio
de Zaragoza.
Esta ciudad, si bien ilustró su nombre en el primer sitio, ahora le engrandeció en el segundo, perpetuándole con nuevas proezas y con su imperturbable constancia, en medio de padecimientos y angustias. Situada no lejos de la frontera de Francia temiose contra ella ya en septiembre un nuevo y más terrible acometimiento. Preparativos
de defensa. Palafox como general advertido aprestose a repelerle, fortificando con esmero y en cuanto se podía población tan extensa y descubierta. Encargó la dirección de las obras a Don Antonio Sangenís, ya célebre por lo que trabajó en el primer sitio. El tiempo y los medios no permitían convertir a Zaragoza en plaza respetable. Hubo varios planes para fortalecerla: adoptose como más fácil el de una fortificación provisional, aprovechándose de los edificios que había en su recinto. Por la margen derecha del Ebro se recompuso y mejoró el castillo de la Aljafería, estableciendo comunicación con el Portillo por medio de una doble caponera, y asegurando bastantemente la defensa hasta la Puerta de Sancho. Del otro lado del castillo hasta el puente de Huerva se habían fortificado los conventos intermedios, se había levantado un terraplén revestido de piedra, abierto en partes un foso y construido en el mismo puente un reducto que se denominó del Pilar. De allí un atrincheramiento doble se extendía al monasterio de Santa Engracia, cuyas ruinas se habían grandemente fortalecido. En seguida y hasta el Ebro defendían la ciudad varias obras y baterías, no habiéndose descuidado fortificar el convento de San José, que situado a la derecha de Huerva descubría los ataques del enemigo, y protegía las salidas de los sitiados. En el monte Torrero solo se levantó un atrincheramiento, no creyendo el puesto susceptible de larga resistencia. Por la ribera izquierda del Ebro se resguardó el Arrabal con reductos y flechas, revestidos de ladrillo o adobe, haciendo además cortaduras en las calles y aspillerando las casas. Otro tanto se practicó en la ciudad, tapiando los pisos bajos, atronerando los otros y abriendo comunicaciones por las paredes medianeras. Las quintas y edificios, los jardines y los árboles que en derredor del recinto quedaban aún en pie después de los destrozos del primer sitio, se arrasaron para despejar los contornos. Todos los moradores a porfía y con afanado ahinco coadyuvaron a la pronta conclusión de los trabajos emprendidos.
La artillería no era en general de grueso calibre. Había unas 60 piezas de a 16 y 24, sacadas por la mayor parte del canal en donde los franceses las habían arrojado: apenas se hizo uso de los morteros por falta de bombas. Se reservaban en los almacenes provisiones suficientes para alimentar 15.000 hombres durante seis meses; cada vecino tenía un acopio particular para su casa, y los conventos muchas y considerables vituallas. En un principio no se contaba para la defensa sino con 14 o 15.000 hombres: aumentáronse hasta 28.000 con los dispersos de Tudela que se incorporaron a la guarnición. Era segundo de Palafox Don Felipe Saint-March; mandaba la artillería el general Villalba, y los ingenieros el coronel Sangenís. Componíase la caballería de 1400 hombres a las órdenes del general Butrón.
Disposiciones
de los franceses.
Los franceses después de la batalla de Tudela también se preparaban por su parte a comenzar el sitio, reuniendo en Alagón las tropas y medios necesarios. El mariscal Moncey aguardaba allí con el tercer cuerpo la llegada del quinto que mandaba el mariscal Mortier, destinados ambos a aquel objeto, y ascendiendo sus fuerzas reunidas a 35.000 hombres, sin contar con seis compañías de artillería, ocho de zapadores y tres de minadores que se agregaron. Mandaba la primera el general Dedon, y los ingenieros el general Lacoste. A todos y en jefe debía capitanear el mariscal Lannes, que por indisposición se detuvo algunos días en Tudela.
Preséntanse
delante
de Zaragoza.
Unidos en Alagón el 19 de diciembre los mencionados tercero y quinto cuerpo, presentáronse el 20 delante de Zaragoza, uno por la ribera derecha del Ebro, otro por la izquierda. Antes de formalizar el sitio pensó el mariscal Moncey general en jefe por ausencia de Lannes, en apoderarse del monte Torrero, que resguardaba con 5000 hombres Don Felipe Saint-March. El mariscal
Moncey
se apodera del
monte Torrero. Para ello al amanecer del 21 coronaron sus tropas las alturas que dominan aquel sitio, al mismo tiempo que distrayendo la atención por nuestra izquierda, se enseñorearon, por la derecha, del puente de la Muela y de la Casa Blanca. Desde allí flanquearon la batería de Buena Vista, en la que volándose un repuesto de granadas con una arrojada por los enemigos, causó desorden y obligó a los nuestros a abandonar el puesto. Entonces Saint-March descubierto por su derecha pegó fuego en Torrero al puente de América, y se replegó al reducto del Pilar, en donde repelidos los enemigos tuvieron que hacer alto. De mal pronóstico era para la defensa de Zaragoza la pérdida de Torrero: en el anterior sitio igual hecho había costado la vida al oficial Falcó: en el actual avínole bien a Saint-March para no ser perseguido la particular protección de Palafox.
Son rechazados
los franceses
en el Arrabal.
Compensose en algo este golpe con lo acaecido en el Arrabal el mismo día. Queriendo tomarle el general Gazan empezó por acometer a los suizos del ejército español que estaban en el camino de Villamayor: superior en número los obligó a retirarse a la torre del Arzobispo, en donde si bien se defendieron con el mayor valor, dándoles ejemplo su jefe Don Adriano Walker, quedaron allí los más muertos o prisioneros. Animados los franceses embistieron tres de las baterías del Arrabal, en cuyo paraje mandaba Don José Manso. Durante cinco horas persistieron en sus acometidas. Infructuosamente llegaron algunos hasta el pie de los cañones del Rastro y el Tejar. El coronel de artillería Don Manuel Velasco que dirigía los fuegos, cubriose aquel día de gloria por su acierto y bizarra serenidad. Mucho igualmente influyó con su presencia Don José de Palafox, que acudía adonde mayor peligro amagaba. El éxito fue muy feliz para los españoles, y el haber sido rechazado el enemigo, así en este como en otros puntos, comunicó aliento a los aragoneses, Intimación
a la plaza.
(* Ap. n. [7-4].) y convenció al francés que tampoco en esta ocasión sería ganada de rebate la ciudad de Zaragoza. Por eso recurrió igualmente el mariscal Moncey a la vía de la negociación; mas Palafox desechó su propuesta con ánimo levantado y arrogante.[*]
Bloqueo
y ataques
que preparan
los franceses.
Los franceses trataron entonces de establecer un riguroso bloqueo. Del lado del Arrabal el general Gazan inundó el terreno para impedir las salidas de los sitiados, los cuales el 25 al mando de Don Juan O’Neille desalojaron a los enemigos del soto de Mezquita, obligándolos a retirarse hasta las alturas de San Gregorio. Por la derecha del río propuso el general Lacoste tres ataques, uno contra la Aljafería, y los otros dos contra el puente de Huerva y convento de San José, punto que miraban los enemigos como más flaco por no haber detrás en el recinto de la plaza muro terraplenado. Empezaron a abrir la trinchera en la noche del 29 al 30 de diciembre.
Salida del
general Butrón.
Notando los españoles que avanzaban los trabajos de los sitiadores, se dispusieron el 31 a hacer una salida mandada por el brigadier Don Fernando Gómez de Butrón. Fingiose un ataque en todo lo largo de la línea, enderezándose nuestra gente a acometer la izquierda enemiga. Mas advertido Butrón de que por la llanura que se extiende delante de la Puerta de Sancho se adelantaba una columna francesa, prontamente revolvió sobre ella, y dándole una carga con la caballería la arrolló y cogió 200 prisioneros. Palafox para estimular a la demás tropa, y borrar la funesta impresión que pudieran causar las tristes noticias del resto de España, recompensó a los soldados de Butrón con el distintivo de una cruz encarnada.
Reemplaza
Junot a Moncey.
El 1.º de enero reemplazó en el mando en jefe al mariscal Moncey el general Junot duque de Abrantes. En aquel día los sitiadores para adelantarse salieron de las paralelas de derecha y centro, perdiendo mucha gente, Sale Mortier
para Calatayud. y el mariscal Mortier, disgustado del nombramiento de Junot, partió para Calatayud con la división del general Suchet, lo cual disminuyó momentáneamente las fuerzas de los franceses.
Empieza
el bombardeo.
Ataques contra
San José y
reducto del Pilar.
Estos habiendo establecido el 9 ocho baterías, empezaron en la mañana del 10 el bombardeo, y a batir en brecha el reducto del Pilar y el convento de San José, que aunque bien defendido por Don Mariano Renovales, no podía resistir largo tiempo. Era edificio antiguo, con paredes de poco espesor, y que desplomándose, en vez de cubrir dañaban con su caída a los defensores. Hiciéronse sin embargo notables esfuerzos, Manuela Sancho. sobresaliendo en bizarría una mujer llamada Manuela Sancho, de edad de veinticuatro años, natural de Plenas en la serranía. El 11 dieron los franceses el asalto, teniendo que emplear en su toma las mismas precauciones que para una obra de primer orden.
Alojados en aquel convento fueron dueños de la hondonada de Huerva, pero no podían avanzar al recinto de la plaza sin enseñorearse del reducto del Pilar, cuyos fuegos los incomodaban por su izquierda. El 11 también este punto había sido atacado con empeño, sin que los franceses alcanzasen su objeto. Mandaba Don Domingo Larripa, y se señaló con sus acertadas providencias, así como el oficial de ingenieros Don Marcos Simonó, y el comandante de la batería Don Francisco Betbezé. Por la noche hicieron los nuestros una salida que difundió el terror en el campo enemigo, hasta que su ejército vuelto en sí y puesto sobre las armas obligó a la retirada. Arrasado el 15 el reducto, quedando solo escombros y muertos los más de los oficiales que le defendían, fue abandonado entre ocho y nueve de la noche, volando al mismo tiempo el puente de Huerva, en que se apoyaba su gola.
Resolución
de los moradores.
Entre este y el Ebro del lado de San José no restaba ya a Zaragoza otra defensa sino su débil recinto y las paredes de sus casas; pero habitadas estas por hombres resueltos a pelear de muerte, allí empezó la resistencia más vigorosa, más tenaz y sangrienta.
Enfermedades
y contagio.
De la determinación de defender las casas nació la necesidad de abandonarlas, y de que se agolpase parte de la población a los barrios más lejanos del ataque, con lo cual crecieron en ellos los apuros y angustias. El bombardeo era espantoso desde el 10, y para guarecerse de él, amontonándose las familias en los sótanos, inficionaban el aire con el aliento de tantos, con la falta de ventilación, y el continuado arder de luces y leña. De ello provinieron enfermedades que a poco se transformaron en horroroso contagio. Contribuyeron a su propagación los malos y no renovados alimentos, la zozobra, el temor, la no interrumpida agitación, las dolorosas nuevas de la muerte del padre, del esposo, del amigo; trabajos que a cada paso martillaban el corazón.
Los franceses continuaron sus obras concluyendo el 21 la tercera paralela de la derecha, y entonces fijaron el emplazamiento de contrabaterías y baterías de brecha del recinto de la plaza. Procuraban los españoles por su parte molestar al enemigo con salidas, y ejecutando acciones arrojadas, largas de referir.
Temores
de los franceses.
No solo padecían los franceses con el daño que de dentro de Zaragoza se les hacía, sino que también andaban alterados con el temor de que de fuera los atacasen cuadrillas numerosas: y se confirmaron en ello con lo acaecido en Alcañiz. Por aquella parte y camino de Tortosa habían destacado para acopiar víveres al general Wathier con 600 caballos y 1200 infantes. Gente
que perdieron
en Alcañiz. En su ruta fue este molestado por los paisanos y algunos soldados sueltos, en términos que deseoso de destruirlos los acosó hasta Alcañiz, en cuyas calles los perseguidos y los moradores defendiéronse con tal denuedo que para enseñorearse de la población perdieron los franceses más de 400 hombres.
Acrecentose su desasosiego con las voces esparcidas de que el marqués de Lazán y Don Francisco Palafox venían al socorro de Zaragoza; voces entonces falsas, pues Lazán estaba lejos en Cataluña, y su hermano Don Francisco, si bien había pasado a Cuenca a implorar la ayuda del duque del Infantado, no le fue a este lícito condescender con lo que pedía. Daba ocasión al engaño una corta división de 4 a 5000 hombres que Don Felipe Perena, saliendo de Zaragoza, reunió fuera de sus muros, y la cual, ocupando a Villafranca, Leciñena y Zuera, recorría la comarca.
Por escasas que fuesen semejantes fuerzas instaba a los franceses destruirlas: cuando no, podían servir de núcleo a la organización de otras mayores. Llegada del
mariscal Lannes. Favoreció a su intento la llegada el 22 de enero del mariscal Lannes. Restablecido de su indisposición acudía este a tomar el mando supremo del tercero y quinto cuerpo, que mandados separadamente por jefes entre sí desavenidos, no concurrían a la formación del sitio con la debida unión y celeridad. Puesto ahora el poder en una sola mano notáronse luego sus efectos. Llama a Mortier. Por de pronto ordenó Lannes al mariscal Mortier que de Calatayud volviese con la división del general Suchet, y que con ella, y el apoyo de la de Gazan que bloqueaba el Arrabal, Dispersa este
a Perena. marchase al encuentro de la gente de Perena, que los franceses creían ser Don Francisco de Palafox. Aquel oficial dejando hacia Zuera alguna fuerza, replegose con el resto desde Perdiguera, donde estaba, a nuestra Señora de Magallón. Gente la suya nueva y allegadiza, ahuyentáronla fácilmente los franceses de las cercanías de Zaragoza, y pudieron continuar el sitio sin molestia ni diversión de afuera.
Redoblando pues su furia contra la ciudad abrieron espaciosa brecha en su recinto, y ya no les quedaba sino pasar el Huerva para intentar el asalto. Construyeron dos puentes, y en la orilla izquierda dos plazas de armas donde se reuniese la gente necesaria al efecto. Los nuestros, sin dejar de defender algunos puntos aislados que les quedaban fuera, perfeccionaban también sus atrincheramientos interiores.
Asalto
de los franceses
al recinto
de la ciudad.
El 27 determinaron los enemigos dar el asalto. Dos brechas practicables se les ofrecían, una enfrente del convento de San José, y otra más a la derecha cerca de un molino de aceite que ocupaban. En el ataque del centro habían también abierto una brecha en el convento de Santa Engracia, y por ella y las otras dos corrieron al asalto en aquel día a las doce de la mañana. La campana de la torre nueva avisó a los sitiados del peligro. Todos a su tañido se atropellaron a las brechas. Por la del molino embistieron los franceses, y se encaramaron sin que los detuvieran dos hornillos a que se prendió fuego; mas un atrincheramiento interior y una granizada de balas, metralla y granadas, los forzaron a retirarse, limitándose a coronar con dificultad lo alto de la brecha por medio de un alojamiento. Enfrente de San José, rechazados repetidas veces, consiguieron al fin meterse desde la brecha en una casa contigua, y hubieran pasado adelante a no haberlos contenido la intrepidez de los sitiados. El ataque contra Santa Engracia, si bien al principio ventajoso al enemigo, saliole después más caro que los otros. Tomaron en efecto sus soldados aquel monasterio, enseñoreáronse del convento inmediato de las Descalzas, y enfilando desde él la larga cortina que iba de Santa Engracia al puente de Huerva obligaron a los españoles a abandonarla. Alentados los franceses con la victoria se extendieron hasta la Puerta del Carmen, y llevados de igual ardor los que de ellos guardaban la paralela del centro, acometieron por la izquierda, se hicieron dueños del convento de Trinitarios descalzos, y ya avanzaban a la Misericordia cuando se vieron abrasados con el fuego de dos cañones, y el daño que recibían de calles y casas. Los nuestros persiguiéndolos hicieron una salida, y hasta se metieron en el convento de trinitarios, que fuera otra vez suyo sin el pronto socorro que trajo a los contrarios el general Morlot. Murieron de los franceses 800 hombres, en cuyo número se contaron varios oficiales de ingenieros.
Muerte
de Sangenís.
Pero de esta clase tuvieron los españoles que llorar al siguiente día la dolorosa pérdida del comandante Don Antonio Sangenís, que fue muerto en la batería llamada Palafox al tiempo que desde ella observaba los movimientos del enemigo. Tenía cuarenta y tres años de edad, y amábanle todos por ser oficial valiente, experimentado y entendido. Y aunque de condición afable, era tal su entereza que desde el primer sitio había dicho: «no se me llame a consejo si se trata de capitular, porque nunca será mi opinión que no podamos defendernos.»
Estragos
de bombardeo
y epidemia.
El bombardeo mientras tanto continuaba sus estragos, siendo mayores los de la epidemia, de que ya morían 350 personas por día, y los hubo en que fallecieron 500. Faltaban los medicamentos, estaban henchidos de enfermos los hospitales, costaba una gallina cinco pesos fuertes, carecíase de carne y de casi toda legumbre. Ni había tiempo ni espacio para sepultar los muertos, cuyos cadáveres hacinados delante de las iglesias, esparcidos a veces y desgarrados por las bombas, ofrecían a la vista espantoso y lamentable espectáculo. Confiado el mariscal Lannes de que en tal aprieto se darían a partido los españoles, sobre todo si eran noticiosos de lo que en otras partes ocurría, Intimación
de Lannes.
Dicho de Palafox. envió un parlamento comunicando los desastres de nuestros ejércitos y la retirada de los ingleses. Mas en balde: los zaragozanos nada escucharon; en vez de amilanarse crecía su valor al par de los apuros. Su caudillo, firme como ellos, repetía: «defenderé hasta la última tapia.»
Resistencia
en casas
y edificios.
Los franceses entonces yendo adelante en sus embestidas, inútilmente quisieron el 28 y 29 apoderarse por su derecha de los conventos de San Agustín y Santa Mónica. Tampoco pudieron vencer el obstáculo de una casa intermedia que les quedaba para penetrar en la calle de la Puerta quemada. Lo mismo les sucedió con una manzana contigua a Santa Engracia, empezando entonces a disputarse con encarnizamiento la posesión de cada casa, y de cada piso, y de cada cuarto.
Minas
de los franceses.
Siendo muy mortífero para los franceses este desconocido linaje de defensa, resolvieron no acometer a pecho descubierto, y emprendieron por medio de minas una guerra terrible y escondida. Aunque en ella les daban su saber y recursos grandes ventajas, no por eso se abatieron los sitiados; y sosteniéndose entre las ruinas y derribos que causaban las minas enemigas, no solo procuraban conservar aquellos escombros, sino que también querían recuperar los perdidos. Intentáronlo aunque en vano con el convento de Trinitarios descalzos. La lid fue porfiada y sangrienta; quedó herido el general francés Rostollant y muertos muchos de sus oficiales. Nuestros paisanos y soldados abalanzábanse al peligro como fieras. Patriotismo
y fervor
de algunos
eclesiásticos. Y sacerdotes piadosos y atrevidos no cesaban de animarlos con sus lenguas y dar consuelos religiosos a los que caían heridos de muerte, siendo a veces ellos mismos víctima de su fervor. Augusto entonces y grandioso ministerio, que al paso que desempeñaba sus propias y sagradas obligaciones, cumplía también con las que en tales casos y sin excepción exige la patria de sus hijos.
A fuerza de empeño y trabajos, y valiéndose siempre de sus minas, se apoderaron los franceses el 1.º de febrero de San Agustín y Santa Mónica, y esperaron penetrar hasta el Coso por la calle de la Puerta quemada; empresa la última que se les malogró con pérdida de 200 hombres. Dolorosa fue también para ellos la toma en aquel día de algunas casas en la calle de Santa Engracia, Muerte del
general Lacoste. cayendo atravesado de una bala por las sienes el general Lacoste, célebre ya en otros nombrados sitios. Sucediole Mr. Rogniat, herido igualmente en el siguiente día.
Murmuraciones
del ejército
francés.
Aunque despacio, y por decirlo así, a palmos, avanzaba el enemigo por los tres puntos principales de su ataque que acabamos de mencionar. Mas como le costaba tanta sangre, excitáronse murmuraciones y quejas en su ejército, las cuales estimularon al mariscal Lannes a avivar la conclusión de tan fatal sitio, acometiendo el Arrabal.
Embestida
del Arrabal.
Seguía en aquella parte el general Gazan, habiéndose limitado hasta entonces a conservar riguroso bloqueo. Ahora según lo dispuesto por Lannes, emprendió los trabajos de sitio. El 7 de febrero embistieron ya sus soldados el convento de Franciscanos de Jesús a la derecha del camino de Barcelona. Tomáronle después de tres horas de fuego, arrojando de dentro a 200 hombres que le guarnecían; y no pudiendo ir más adelante por la resistencia que los nuestros les opusieron, paráronse allí y se atrincheraron.
Los progresos
del enemigo
en la ciudad.
Trató Lannes al mismo tiempo de que se diesen la mano con este ataque los de la ciudad, y puso su particular conato en que el de la derecha de San José se extendiese por la universidad y Puerta del Sol hasta salir al pretil del río. Tampoco descuidó el del centro, en donde los sitiados defendieron con tal tenacidad unas barracas que había junto a las ruinas del hospital, que según la expresión de uno de los jefes enemigos «era menester matarlos para vencerlos». Allí el sitiador, ayudado de los sótanos del hospital, atravesó la calle de Santa Engracia por medio de una galería, y con la explosión de un hornillo se hizo dueño del convento de San Francisco: hasta que subiendo por la noche al campanario el coronel español Fleury acompañado de paisanos, agujerearon juntos la bóveda y causaron tal daño a los franceses desde aquella altura, que huyeron estos recobrando después a duras penas el terreno perdido.
Nuevas
murmuraciones
del ejército
francés.
Los combates de todos lados eran continuos, y aunque los sostenían por nuestra parte hombres flacos y macilentos, ensañábanse tanto, que creciendo las quejas del soldado enemigo, exclamaba: «que se aguardasen refuerzos, si no se quería que aquellas malhadadas ruinas fuesen su sepulcro.»
Toma del Arrabal.
Urgía pues a Lannes acabar sitio tan extraño y porfiado. El 18 de febrero volvió a seguirse el ataque del Arrabal; y con horroroso fuego, al paso que de un lado se derribaban frágiles casas, flanqueábase del otro el puente del Ebro para estorbar todo socorro, pereciendo al querer intentarlo el barón de Versages. A las dos de la tarde abierta brecha, penetraron los franceses en el convento de mercenarios llamado de San Lázaro. Fundación del rey don Jaime el Conquistador y edificio grandioso, fue defendido con el mayor valor; y en su escalera, de construcción magnífica, anduvo la lucha muy reñida: perecieron casi todos los que le guarnecían. Ocupado el convento por los franceses, quedó a los demás soldados del Arrabal cortada la retirada. Imposible fue, excepto a unos cuantos, repasar el puente, siendo tan tremendo el fuego del enemigo que no parecía sino que a manera de las del Janto, se habían incendiado las aguas del Ebro. En tamaño aprieto echaron los más de los nuestros por la orilla del río, capitaneándolos el comandante de Guardias españolas Manso; pero perseguidos por la caballería francesa, enfermos, fatigados y sin municiones, tuvieron que rendirse. Con el Arrabal perdieron los españoles entre muertos, heridos y prisioneros 2000 hombres.
Furioso ataque
que los franceses
preparan.
Dueños así los franceses de la orilla izquierda del Ebro, colocaron en batería 50 piezas, con cuyo fuego empezaron a arruinar las casas situadas al otro lado en el pretil del río. Ganaban también terreno dentro de la ciudad, extendiéndose por la derecha del Coso; y ocupado el convento de Trinitarios calzados se adelantaron a la calle del Sepulcro, procurando de este modo concertar diversos ataques. En tal estado, meditando dar un golpe decisivo, habían formado seis galerías de mina que atravesaban el Coso, y cargando cada uno de los hornillos con 3000 libras de pólvora, confiaban en que su explosión causando terrible espanto en los zaragozanos los obligaría a rendirse.
Deplorable estado
de la ciudad.
No necesitaron los franceses acudir a medio tan violento. Menos eran de 4000 los hombres que en la ciudad podían sustentar las armas, 14.000 estaban postrados en cama, muchos convalecientes y los demás habían perecido al rigor de la epidemia y de la guerra. Desvanecíanse las esperanzas de socorro; Enfermedad
de Palafox. y el mismo general Don José de Palafox, acometido de la enfermedad reinante, tuvo que transmitir sus facultades a una junta que se instaló en la noche del 18 al 19 de febrero. Componíase esta de 34 individuos, siendo su presidente Don Pedro María Ric, regente de la audiencia. Rodeada de dificultades convocó la nueva autoridad a los principales jefes militares, quienes trazando un tristísimo cuadro de los medios que quedaban de defensa, inclinaron los ánimos a capitular. Discutiose no obstante largamente la materia; mas pasando a votación, hubo de los vocales 26 que estuvieron por la rendición, y solo ocho, entre ellos Ric, se mantuvieron firmes en la negativa. En virtud de la decisión de la mayoría, enviose al cuartel general enemigo un parlamento, a nombre de Palafox, aceptando con alguna variación las ofertas que el mariscal Lannes había hecho días antes: pero este por tardía desechó con indignación la propuesta.
Propone la junta
capitular.
La junta entonces pidió por sí misma suspensión de hostilidades. Aceptó el mariscal francés con expresa condición de que dentro de dos horas se le presentasen sus comisionados a tratar de la capitulación. En el pueblo y entre los militares había un partido numeroso que reciamente se oponía a ella, por lo cual hubo de usarse de precauciones.
Conferencia
con Lannes.
Fue nombrado para ir al cuartel general francés Don Pedro María Ric con otros vocales. Recibiolos aquel mariscal con desdén y aun desprecio, censurando agriamente y con irritación la conducta de la ciudad, por no haber escuchado primero sus proposiciones. Amansado algún tanto con prudentes palabras de los comisionados, añadió Lannes, «respetaranse las mujeres y los niños, con lo que queda el asunto concluido.» «Ni aun empezado, replicó prontamente mas con serenidad y firmeza Don Pedro Ric, eso sería entregarnos sin condición a merced del enemigo, y en tal caso continuará Zaragoza defendiéndose, pues aún tiene armas, municiones, y sobre todo puños.»
Capitulación.
No queriendo sin duda el mariscal Lannes compeler a despecho ánimos tan altivos, reportose aun más, y comenzó a dictar la capitulación. En vano se esforzó Don Pedro Ric por alterar alguna de sus cláusulas o introducir otras nuevas. Fueron desatendidas las más de sus reclamaciones. Sin embargo instando para que por un artículo expreso se permitiese a Don José de Palafox ir a donde tuviese por conveniente, Palabra
que da Lannes. replicó Lannes que nunca un individuo podía ser objeto de una capitulación; pero añadió que empeñaba su palabra de honor de dejar a aquel general entera libertad, así como a todo el que quisiese salir de Zaragoza. Estos pormenores, que es necesario no echar en olvido, han sido publicados en una relación impresa por el mismo Don Pedro María Ric, de cuya boca también nosotros se los hemos oído repetidas veces, mereciendo su dicho entera fe, como de magistrado veraz y respetable.
Firma la junta
la capitulación.
La junta admitió y firmó el 20 la capitulación, airándose Lannes de que pidiese nuevas aclaraciones; mas de nada sirvió ni aun lo estipulado. Quebrántase
por los franceses
horrorosamente. En aquella misma noche la soldadesca francesa saqueó y robó; y si bien pudieran atribuirse tales excesos a la dificultad de contener al soldado después de tan penoso sitio, no admite igual excusa el quebrantamiento de otros artículos, ni la falta de cumplimiento de la palabra empeñada de dejar ir libre a Don José de Palafox. Maltrato
dado a Palafox. Moribundo sacáronle de Zaragoza, a donde tuvieron que volverle por el estado de postración en que se hallaba. Apenas restablecido lleváronle a Francia, y encerrado en Vincennes padeció hasta en 1814 durísimo cautiverio.
Muerte
de prisioneros,
de Boggiero
y Sas.
Fueron aun más allá los enemigos en sus demasías y crueldades. Despojaron a muchos prisioneros, mataron a otros y maltrataron a casi todos. Tres días después de la capitulación, a la una de la noche, llamaron de un cuarto inmediato al de Palafox, donde siempre dormía, a su antiguo maestro el padre Don Basilio Boggiero, y al salir se encontró con el alcalde mayor Solanilla, un capitán francés y un destacamento de granaderos que le sacaron fuera sin decirle a dónde le llevaban. Tomaron al paso al capellán Don Santiago Sas, que se había distinguido en el segundo sitio tanto como en el anterior, despidieron a Solanilla, y solos los franceses marcharon con los dos presos al puente de Piedra. Allí matáronlos a bayonetazos, arrojando sus cadáveres al río. Hirieron primero a Sas, y no se oyó de su boca como tampoco de la de Boggiero otra voz que la de animarse recíprocamente a muerte tan bárbara e impensada. Contolo así después y repetidas veces el capitán francés encargado de su ejecución, añadiendo que el mariscal Lannes le había ordenado los matase sin hacer ruido. ¡Atrocidad inaudita! A tal punto el vencedor atropelló en Zaragoza las leyes de la guerra y los derechos sagrados de la humanidad.
La capitulación se publicó en la Gaceta de Madrid de 28 de febrero,[*] (* Ap. n. [7-5].) nunca en los papeles franceses, sin duda para que se creyese que se había entregado Zaragoza a merced del conquistador, y disculpar así los excesos: como si con capitulación o sin ella pudieran permitirse muchos de los que se cometieron.
Entrada
de Lannes
en Zaragoza.
Fue nombrado el general Laval gobernador de Zaragoza. Hizo el 5 de marzo su entrada solemne Lannes, recibiéndole en la iglesia de nuestra Señora del Pilar P. Santander. el padre Santander, obispo auxiliar, que ausente en los dos sitios volvió a Zaragoza a celebrar el triunfo de los enemigos de su patria. (* Véase
Ap. n. [7-6].)
Junot sucede
otra vez
a Lannes. Del joyero de aquel templo se sacaron las más preciosas alhajas, pasando a manos de los principales jefes franceses bajo el nombre de regalos que hacía la junta.[*] El mariscal Lannes permaneció en Zaragoza hasta el 14 de marzo que partió a Francia sucediéndole por entonces en el mando el general Junot, duque de Abrantes.
Duró el sitio de Zaragoza 62 días; y sin la epidemia, principal ayudadora de los franceses, muchos esfuerzos y tiempo hubieran todavía empleado estos en la conquista. Al capitular solo era suya una cuarta parte de la ciudad, el Arrabal y 13 iglesias o conventos, Pérdidas de unos
y de otros.
(* Ap. n. [7-7].) y sin embargo su posesión les había costado tanto trabajo y la pérdida de más de 8000 hombres. Murieron de los españoles en ambos sitios 53.873 personas;[*] el mayor número en el último y de la epidemia. Ruinas
de edificios
y bibliotecas. Fueron destruidos con las bombas los más de los edificios. La biblioteca de la universidad, formada con la antigua de los jesuitas y enriquecida con varias dádivas, entre ellas una del ilustre aragonés Don Ramón de Pignatelli, se voló con una mina. Pereció también al final del sitio la del convenio de dominicos de San Ildefonso, fundada por el marqués de la Compuesta secretario de gracia y justicia de Felipe V, en la que había, sin los impresos, más de 2000 curiosos manuscritos. Tan destructora y enemiga de las letras es la guerra, aun hecha por naciones cultas.
Juicio
sobre este sitio.
Muchos han dudado de si fue o no conveniente defender a Zaragoza; desaprobando otros con más razón el que se hubiesen encerrado tantas tropas en su recinto. Debiérase ciertamente haber acudido al remedio de semejante embarazo, sacando de allí las que se recogieron después de la rota de Tudela o cualesquiera otras: con tal que se hubiera limitado su número a los 14 o 15.000 hombres que antes había, y los cuales unidos al entusiasmado vecindario bastaban para escarmentar de nuevo al enemigo y detenerle largo tiempo delante de sus muros. Mas por lo que toca a la determinación de defender la ciudad, nos parece que fue acertada y provechosa. Los laureles adquiridos en el primer sitio habían dado al nombre de Zaragoza tan mágico influjo, que su pronta y fácil entrega hubiera causado desmayo en toda la nación. De otra parte su resistencia no solo impidió la ocupación de algunas provincias, deteniendo el ímpetu de huestes formidables, sino que también aquellos mismos hombres que tan bravos e impávidos se mostraban guarecidos de las tapias y las casas, no hubieran, inexpertos y en campo raso, podido sostenerse contra la práctica y disciplina de los franceses, mayormente cuando la impaciencia pública forzaba a aventurar imprudentes batallas.
Por varios y encontrados que en este punto hayan sido los dictámenes, nunca discordaron ni discordarán en calificar de gloriosísima y extraordinaria la defensa de Zaragoza. El general francés Rogniat, testigo de vista, nos dice con loable imparcialidad:[*] (* Ap. n. [7-8].) «La alteza de ánimo que mostraron aquellos moradores, fue uno de los más admirables espectáculos que ofrecen los anales de las naciones después de los sitios de Sagunto y Numancia.» Fuelo en efecto tanto, que en 1814 citose ya su ejemplo a los pueblos de Francia, como digno de imitarse, por aquel mismo Napoleón que antes hubiera querido borrarle de la memoria de los hombres.
RESUMEN
DEL
LIBRO OCTAVO.
José en Madrid. — Felicitaciones. — Sus providencias. — Comisarios regios. — Tropa española. — Junta criminal. — Comisarios de hacienda. — Opinión acerca de José. — Junta central en Sevilla. — Declaración unánime en favor de la causa peninsular de las provincias de América y Asia. — Auxilios que envían. — Decreto de la central sobre América de 22 de enero. — Nuevo reglamento para las juntas provinciales de España. — Tratado con Inglaterra de 9 de enero. — Subsidios de Inglaterra. — Tribunal de seguridad pública. — Centrales enviados a las provincias. — Marqués de Villel en Cádiz. — Los ingleses quieren ocupar la plaza. — Altercados que hubo en ello. — Alboroto en Cádiz. — Conducta extraña de Villel. — Riesgo que corre su persona. — Matan a Heredia. — Sosiégase el alboroto. — Ejércitos. — El de la Mancha. — Ataque de Mora. — Alburquerque y Cartaojal. — Pasa Alburquerque al ejército de Cuesta. — Avanza Cartaojal y se retira. — Acción de Ciudad Real. — Ejército de Extremadura. — Avanza a Almaraz. — Córtase el puente. — Pasan los franceses el Tajo. — Retíranse los nuestros. — Ventajas conseguidas por los españoles. — Únese Alburquerque a Cuesta. — Batalla de Medellín. — Sus resultas. — Determinación de la central. — Venegas sucede a Cartaojal. — Reflexiones. — Comisión de Sotelo. — Respuesta de la central. — Cartas de Sebastiani a Jovellanos y otros. — Cartas de Sebastiani al señor Jovellanos. — Contestación del señor Jovellanos. — Guerra de Austria. — Cataluña. — Alboroto de Lérida. — Reding en Tarragona. — Plan prudente de Martí. — Varíase. — Situación del ejército español. — Le atacan los franceses. — Entran en Igualada. — Movimientos de Saint-Cyr y Reding. — Batalla de Valls. — Entran los franceses en Reus. — Esperanzas de Saint-Cyr. — Salen vanas. — Guerra de somatenes. — Dificultad de las comunicaciones. — Retírase Saint-Cyr de las cercanías de Tarragona. — Pasa por Barcelona. — Estado de la ciudad. — Niéganse las autoridades civiles a prestar juramento. — Prenden a muchos y los llevan a Francia. — Pasa Saint-Cyr a Vic. — Muerte de Reding. — Sucede Coupigny. — Paisanos del Vallés. — Principio de las partidas en todo el reino. — Decreto de la central. — Porlier. — Don Juan Echávarri. — El Empecinado. — Ciudad Rodrigo y Wilson. — Asturias. — La junta. — Ballesteros. — Sus operaciones en Colombres. — Armamento de la provincia. — Worster. — Entran los asturianos en Ribadeo. — Y en Mondoñedo. — Sorprenden y dispersan los franceses a Worster. — Romana. — Su ejército. — Empieza el levantamiento de Galicia. — Mariscal Soult. — Trata de invadir a Portugal. — Inútil tentativa para atravesar el Miño. — Toma Soult hacia Orense. — Insurrección. — Los abades de Couto y Valladares. — El paisanaje molesta a los franceses en su marcha. — Soult y Romana. — Intimación a este. — Es desbaratada la retaguardia española. — Ataca a Villafranca. — Se apodera de la guarnición. — Llega Romana a Oviedo. — Altercado con la junta. — Invade Ney a Asturias. — Kellermann. — Romana se embarca en Gijón. — Saquean los franceses a Oviedo. — Sale Ney de Asturias. — Mahy amenaza a Lugo. — Desbarata al general Fournier. — Pone cerco a la ciudad. — Crece la insurrección de Galicia. — Barrio. — Junta de Lobera. — Sitia a Vigo el abad de Valladares. — Limia. — Tenreiro y el portugués Almeida. — Morillo. — Gogo. — Ríndese Vigo a los españoles. — Bloqueo de Tuy. — Le alzan. — Y evacuan la ciudad los franceses. — Se crea y aumenta la división del Miño. — Mándala Don Martín de la Carrera. — Desbarata a los franceses en el campo de la Estrella. — Campaña de Soult en Portugal. — Entran los franceses en Chaves. — En Braga. — Asoman a Oporto. — Estado de la ciudad. — Éntranla los franceses. — Gran matanza. — Conducta del mariscal Soult. — Pídenle sea rey. — Silveira recobra a Chaves. — Coronel Trant. — Regencia de Portugal. — Cradock y los ingleses. — Beresford manda a los portugueses. — Refuérzase el ejército inglés. — Sir A. Wellesley nombrado general en jefe. — Sus providencias. — Avanza a Coimbra. — Situación de los franceses. — Sociedad secreta de los filadelfos. — Plan de Wellesley. — Se apoderan los ingleses de Oporto. — Apuros de Soult. — Pasa la frontera. — Llega a Lugo. — Levanta Mahy el cerco. — Encuéntrase con Romana en Mondoñedo. — Marcha atrevida de los españoles. — Descontento del soldado con Romana. — Ney y Soult en Lugo. — Conciértanse para destruir el ejército español. — Conde de Noroña 2.º comandante de Galicia. — Acción del Puente de Sampayo. — Soult trata de pasar a Castilla. — Paisanos del Sil. — Quema de varios pueblos. — Romana en Celanova. — Soult en la Puebla de Sanabria. — General Franceschi cogido por el Capuchino. — Situación de Ney. — Mazarredo. — Bazán. — Evacúa Ney a Galicia. — Entra Noroña en la Coruña. — Worster y Bárcena. — Ballesteros pasa a Castilla y a las montañas de Santander. — Ocupa a Santander. — Echanle los franceses y se embarca. — Intrepidez de Porlier. — Marcha admirable del batallón de la Princesa. — Romana en la Coruña. — Sus providencias y negligencia. — Sale a Castilla. — Nombra a Mahy para Asturias. — Nombra a Ballesteros para mandar 10.000 hombres. — Sucédele después en el mando del ejército el duque del Parque. — Fin de este libro. — Parangón de la guerra de Austria y España. — Previsión notable de Pitt.
HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.