LIBRO OCTAVO.


José en Madrid.

Habiendo la suerte favorecido tan poderosamente las armas francesas, pareció a muchos estar ya afianzada la corona de España en las sienes de José Bonaparte. Aumentose así el número de sus parciales, y ora por este motivo, y ora sobre todo por exigirlo el conquistador, acudieron sucesivamente a la corte a felicitar al nuevo rey diputaciones de los ayuntamientos y cuerpos de los pueblos sojuzgados. Felicitaciones. Esmeráronse algunas en sus cumplidos, y no quedaron en zaga las que representaban a los cabildos eclesiásticos y a los regulares, con la esperanza sin duda estos de parar el golpe que los amagaba. Mostráronse igualmente adictos varios obispos, y en tanto grado que dio contra ellos un decreto la junta central,[*] (* Ap. n. [8-1].) coligiéndose de ahí que si bien la mayoría del clero español como la de la nación estuvo por la causa de la independencia, no fue exclusivamente aquella clase ni el fanatismo, según queda ya apuntado, la que le dio impulso, sino la justa indignación general. Corrobórase esta opinión al ver que entre los eclesiásticos que abrazaron el partido de José, contáronse muchos de los que pasaban plaza de ignorantes y preocupados. Tan cierto es que en las convulsiones políticas el acaso, el error, el miedo colocan como a ciegas en una y otra parcialidad a varios de los que siguen sus opuestas banderas: motivos que reclaman al final desenlace recíproca indulgencia.

Sus providencias.

José luego que entró en Madrid en vano procuró tomar providencias que volviendo la paz y orden al reino, cautivasen el ánimo de sus nuevos súbditos. Ni tenía para ello medios bastantes, ni era fácil que el pueblo español lastimado hasta en lo más hondo de su corazón, escuchase una voz que a su entender era fingida y engañosa. Desgraciada por lo menos fue y de mal sonido la primera que resonó en los templos, y que se transmitió por medio de una circular fecha en 24 de enero. Ordenábase en su contenido con promesa de la futura evacuación de los franceses cantar en todos los pueblos un Te Deum en acción de gracias por las victorias que había en la península alcanzado Napoleón, que era como obligar a los españoles a celebrar sus propias desdichas.

Comisarios
regios.

Al mismo tiempo salieron para las provincias con el título de comisarios regios sujetos de cuenta a restablecer el orden y las autoridades, predicar la obediencia y representar en todo y extraordinariamente la persona del monarca. Hubo de estos quienes trataron de disminuir los males que agobiaban a los pueblos; hubo otros que los acrecentaron desempeñando su encargo en provecho suyo y con acrimonia y pasión. Su influjo no obstante era casi siempre limitado, teniendo que someterse a la voluntad varia y antojadiza de los generales franceses.

Solo en Madrid se guardaba mayor obediencia al gobierno de José, y solo con los recursos de la capital y sobre todo con los derechos cobrados a la entrada de puertas podía aquel contar para subvenir a los gastos públicos. Estos en verdad no eran grandes, ciñéndose a los del gobierno supremo, pues ni corría de su cuenta el pago del ejército francés, ni tenía aun tropa ni marina española que aumentasen los presupuestos del estado. Tropa española. Sin embargo fue uno de sus primeros deseos formar regimientos españoles. La derrota de Uclés y las que la siguieron, proporcionaron a las banderas de José algunos oficiales y soldados. Pero los madrileños miraban a estos individuos con tal ojeriza y desvío, tiznándolos con el apellido de jurados, que no pudo al principio el gobierno intruso enregimentar ni un cuerpo completo de españoles. Apenas se veía el soldado vestido y calzado y repuesto de sus fatigas, pasaba del lado de los patriotas, y no parecía sino que se había separado temporalmente de sus filas para recobrar fuerzas, y empuñar armas que le volviesen la estimación perdida. Por eso ya en enero dieron en Madrid un decreto riguroso contra los ganchos y seductores de soldados y paisanos que de nada sirvió, empeñando este género de medidas en actos arbitrarios y de cada vez más odiosos cuando la opinión se muestra contraria y universal.

Junta criminal.

Así fue que en 16 de febrero creó el gobierno de José una junta criminal extraordinaria compuesta de cinco alcaldes de corte, la cual entendiendo en las causas de asesinos y ladrones, debía también juzgar a los patriotas. En el decreto [*] (* Ap. n. [8-2].) de su creación confundíanse estos bajo el nombre de revoltosos, sediciosos y esparcidores de malas nuevas, y no solo se les imponía a todos la misma pena, sino también a los que usasen de puñal o rejón. Espantosa desigualdad, mayormente si se considera que la pena impuesta era la de horca, la cual según la expresión del decreto había de ser ejecutada irremisiblemente y sin apelación. Y como si tan destemplado rigor no bastase, añadíase en su contexto que aquellos a quienes no se probase del todo su delito, quedarían a disposición del ministro de policía general para enviarlos a los tribunales ordinarios, y ser castigados con penas extraordinarias, conforme a la calidad de los casos y de las personas. Muchos perjuicios se siguieron de estas determinaciones: varias fueron las víctimas, teniendo que llorar entre ellas a un abogado respetable de nombre Escalera, cuyo delito se reducía a haber recibido cartas de un hijo suyo que militaba del lado de los patriotas. Su infausta suerte esparció en Madrid profunda consternación. Don Pablo Arribas, hombre de algunas letras, despierto, pero duro e inflexible, y que siendo ministro de policía promovía con ahinco semejantes causas, fue tachado de cruel y en extremo aborrecido, como varios de los jueces del tribunal criminal extraordinario: suerte que cabrá siempre a los que no obren muy moderadamente en el castigo de los delitos políticos, que por lo general solo se consideran tales en medio de la irritación de los ánimos, soliendo luego absolverlos la fortuna.

A las medidas de severidad del gobierno de José acompañaron o siguieron algunas benéficas que sucesivamente iremos notando. Su establecimiento sin embargo fue lento o nunca tuvo otro efecto que el de estamparse en la colección de sus decretos. Comisarios
de hacienda. Inútilmente se mandó en 24 de abril que no se impusieran contribuciones extraordinarias en las provincias sometidas, nombrando comisarios de hacienda que lo evitasen y diesen principio a arreglar debidamente aquel ramo. El continuo paso y mudanza de tropas francesas, la necesidad y la codicia y malversación de ciertos empleados impedían el cumplimiento de bien ordenadas providencias, y achacábanse a veces al gobierno intruso los daños y males que eran obra de las circunstancias. Por lo demás nunca hubo, digámoslo así, un plan fijo de administración, destruido casi en sus cimientos el antiguo, y no adoptado aún el que había de emanar de la constitución de Bayona.

Opinión
acerca de José.

José por su parte entregado demasiadamente a los deleites, poco respetado de los generales franceses, y desairado con frecuencia por su hermano, no crecía en aprecio a los ojos de la mayoría española, que le miraba como un rey de bálago, sujeto al capricho, a la veleidad y a los intereses del gabinete de Francia. Con lo cual si bien las victorias le granjeaban algunos amigos, ni su gobierno se fortalecía, ni la confianza tomaba el conveniente arraigo.

Junta central
en Sevilla.

Menos afortunada que José en las armas, fuelo más la junta central en el acatamiento y obediencia que le rindieron los pueblos. Sin que la tuviesen grande afición, censurando a veces con justicia muchas de sus resoluciones, la respetaban y cumplían sus órdenes como procedentes de una autoridad que estimaban legítima. José Bonaparte no era dueño sino de los pueblos en que dominaban las tropas francesas: la central éralo de todos, aun de los ocupados por el enemigo, siempre que podían burlar la vigilancia de los que apellidaban opresores. Tranquila en su asiento de Sevilla apareció allí con más dignidad y brillo, dándole mayor realce la declaración en favor de la causa peninsular que hicieron las provincias de América y Asia.

Declaración
unánime en favor
de la causa
peninsular de las
provincias de
América y Asia.

A imitación de las de Europa levantaron estas un grito universal de indignación al saber los acontecimientos de Bayona y el alzamiento de la península. Los habitantes de Cuba, Puerto Rico, Yucatán y el poderoso reino de Nueva España pronunciáronse con no menor unión y arrebatamiento que sus hermanos de Europa. En la ciudad de México, después de recibir pliegos de los diputados de Asturias en Londres y de la junta de Sevilla, celebrose en 9 de agosto de 1808 una reunión general de las autoridades y principales vecinos, en la que reconociendo a todas y a cada una de las juntas de España, se juró no someterse a otro soberano más que a Fernando VII y a sus legítimos sucesores de la estirpe real de Borbón, comprometiéndose a ayudar con el mayor esfuerzo tan sagrada causa. En las islas se entusiasmaron a punto de recobrar en noviembre de aquel año la parte española de Santo Domingo cedida a Francia por el tratado de Basilea. Idénticos fueron los sentimientos que mostraron sucesivamente Tierra Firme, Buenos Aires, Chile, el Perú y Nueva Granada. Idénticos los de todas las otras provincias de una y otra América española, cundiendo rápidamente hasta las remotas islas Filipinas y Marianas. Y si los agravios de Madrid y Bayona tocaron por su enormidad en inauditos, también es cierto que nunca presentó la historia del mundo un compuesto de tantos millones de hombres esparcidos por el orbe en distintos climas y lejanas regiones que se pronunciasen tan unánimemente contra la iniquidad y violencia de un usurpador extranjero.

Auxilios
que envían.

Ni se limitó la declaración a vanos clamores, ni su expresión a estudiadas frases: acompañaron a uno y a otro cuantiosos donativos que fueron de gran socorro en la deshecha tormenta de fines del año de 8 y principios del 9. El laborioso catalán, el gallego, el vizcaíno, los españoles todos que a costa de sudor y trabajo habían allí acumulado honroso caudal, apresuráronse a prodigar socorros a su patria ya que la lejanía no les permitía servirla con sus brazos. El natural de América también siguió entonces el impulso que le dieron sus padres,[*] (* Ap. n. [8-3].) y no menos que doscientos ochenta y cuatro millones de reales vinieron para el gobierno de la central en el año de 1809. De ellos casi la mitad consistió en dones gratuitos o anticipaciones, estando las arcas reales muy agotadas con las negociaciones y derroche del tiempo de Carlos IV.

Decreto
de la central
sobre América
de 22 de enero.
(* Ap. n. [8-3 bis].)

Tan desinteresado y general pronunciamiento provocó en la central el memorable decreto [*] de 22 de enero, por el cual declarándose que no eran los vastos dominios españoles de Indias propiamente colonias sino parte esencial e integrante de la monarquía, se convocaba para representarlos a individuos que debían ser nombrados al efecto por sus ayuntamientos. Cimentáronse sobre este decreto todos los que después se promulgaron en la materia, y conforme a los cuales se igualaron en un todo con los peninsulares los naturales de América y Asia. Tal fue siempre la mente y aun la letra de la legislación española de Indias, debiendo atribuirse el olvido en que a veces cayó a las mismas causas que destruyeron y atropellaron en España sus propias y mejores leyes. La lejanía, lo tarde que a algunas partes se comunicó el decreto e impensados embarazos no permitieron que oportunamente acudiesen a Sevilla los representantes de aquellos paises, reservándose novedad de tamaña importancia para los gobiernos que sucedieron a la junta central.

Nuevo
reglamento
para las juntas
provinciales
de España.

Otros cuidados de no menor interés ocuparon a esta al comenzar el año de 1809. Fue uno de los primeros dar nueva planta a las juntas provinciales de donde se derivaba su autoridad, formando un reglamento con fecha de 1.º de enero según el cual se limitaban las facultades que antes tenían, y se dejaba solo a su cargo lo respectivo a contribuciones extraordinarias, donativos, alistamiento, requisiciones de caballos y armamento. Reducíase a nueve el número de sus individuos, se despojaba a estos de parte de sus honores, y se cambiaba la antigua denominación de juntas supremas en la de superiores provinciales de observación y defensa. También se encomendaba a su celo precaver las asechanzas de personas sospechosas, y proveer a la seguridad y apoyo de la central; encargo, por decirlo de paso, a la verdad extraño, poner su defensa en manos de autoridades que se deprimían. Aunque muchos aprobaron y en lo general se tuvo por justo circunscribir las facultades de las juntas, causó gran desagrado el artículo 10 del nuevo reglamento, según el cual se prohibía el libre uso de la imprenta, no pareciendo sino que al extenderse no estaba aún yerto el puño de Floridablanca. Alborotáronse varias juntas con la reforma, y la de Sevilla se enojó sobremanera, y a punto que suscitó la cuestión de renovar cada seis meses uno de sus individuos en la central, y aun llegó a dar sucesor al conde de Tilly. Encendiéndose más y más las contestaciones, suspendiose el nuevo reglamento, y nunca tuvo cumplido efecto ni en todas las provincias ni en todas sus partes. Quizá obró livianamente la central en querer arreglar tan pronto aquellas corporaciones mayormente cuando los acontecimientos de la guerra cortaban a veces la comunicación con el gobierno supremo; pero al mismo tiempo fueron muy reprensibles las juntas que movidas de ambición dieron lugar en aquellos apuros a altercados y desabrimientos.

Tratado
con Inglaterra
de 9 de enero.

Señalose también la entrada del año de 1809 con estrechar de un modo solemne las relaciones con Inglaterra. Hasta entonces las que mediaban entre ambos gobiernos eran francas y cordiales, pero no estaban apoyadas en pactos formales y obligatorios. Túvose pues por conveniente darles mayor y verdadera firmeza, concluyendo en 9 de enero en Londres un tratado de paz y alianza. Según su contenido se comprometió Inglaterra a asistir a los españoles con todo su poder; y a no reconocer otro rey de España e Indias sino a Fernando VII, a sus herederos o al legítimo sucesor que la nación española reconociese; y por su parte la junta central se obligó a no ceder a Francia porción alguna de su territorio en Europa y demás regiones del mundo, no pudiendo las partes contratantes concluir tampoco paz con aquella nación sino de común acuerdo. Por un artículo adicional se convino en dar mutuas y temporales franquicias al comercio de ambos estados, hasta que las circunstancias permitiesen arreglar sobre la materia un tratado definitivo. Quería entonces la central entablar uno de subsidios más urgente que ningún otro; pero en vano lo intentó.

Subsidios
de Inglaterra.

Los que España había alcanzado de Inglaterra habían sido cuantiosos, si bien nunca se elevaron, sobre todo en dinero, a lo que muchos han creído. De las juntas provinciales solo las de Galicia, Asturias y Sevilla recibieron cada una 20.000.000 de reales vellón, no habiendo llegado a manos de las otras cantidad alguna, por lo menos notable. Entregáronse a la central 1.600.000 rs. en dinero, y en barras 20.000.000 de la misma moneda. A sus continuas demandas respondía el gobierno británico que le era imposible tener pesos fuertes si España no abría al comercio inglés mercados en América, por cuyo medio y en cambio de géneros y efectos de su fabricación le darían plata aquellos naturales. Por fundada que fuera hasta cierto punto dicha contestación, desagradaba al gobierno español, que con más o menos razón estaba persuadido de que con la facilidad adquirida desde el principio de la guerra de introducir en la península mercaderías inglesas, de donde se difundían a América, volvía a Inglaterra el dinero anticipado a los españoles, o invertido en el pago de sus propias tropas, siendo contados los retornos de otra especie que podía suministrar España.

Lo cierto es que la junta central con los cortos auxilios pecuniarios de Inglaterra, y limitada en sus rentas a los productos de las provincias meridionales, invirtiendo las otras los suyos en sus propios gastos, difícilmente hubiera levantado numerosos ejércitos sin el desprendimiento y patriotismo de los españoles, y sin los poderosos socorros con que acudió América, principalmente cuando dentro del reino era casi nulo el crédito, y poco conocidos los medios de adquirirle en el extranjero.

Levantáronse clamores contra la central respecto de la distribución de fondos, y aun acusáronla de haber malversado algunos. Probable es que en medio del trastorno general, y de resultas de batallas perdidas y de dispersiones haya habido abusos y ocultaciones hechas por manos subalternas, mas injustísimo fue atribuir tales excesos a los individuos del gobierno supremo que nunca manejaron por sí caudales, y cuya pureza estaba al abrigo en casi todos hasta de la sospecha. A los ojos del vulgo siempre aparecen abultados los millones, y la malevolencia se aprovecha de esta propensión a fin de ennegrecer la conducta de los que gobiernan. En la ocasión actual eran los gastos harto considerables para que no se consumiese con creces lo que entró en el erario.

Tribunal
de seguridad
pública.

A modo del tribunal criminal de José creó asimismo la central uno de seguridad pública que entendiese en los delitos de infidencia, y aunque no tan arbitrario como aquel en la aplicación y desigualdad de las penas, reprobaron con razón su establecimiento los que no quieren ver rotos bajo ningún pretexto los diques que las leyes y la experiencia han puesto a las pasiones y a la precipitación de los juicios humanos. Ya en Aranjuez se estableció dicho tribunal con el nombre de extraordinario de vigilancia y protección; y aun se nombraron ministros por la mayor parte del consejo que le compusieran; mas hasta Sevilla y bajo otros jueces no se vio que ejerciese su terrible ministerio. Afortunadamente rara vez se mostró severo e implacable. Dirigió casi siempre sus tiros contra algunos de los que estaban ausentes y abiertamente comprometidos, respondiendo en parte a los fallos de la misma naturaleza que pronunciaba el tribunal extraordinario de Madrid. Solo impuso la pena capital a un ex guardia de corps que se había pasado al enemigo, y en abril de 1809 mandó ajusticiar en secreto, exponiéndolos luego al público, a Luis Gutiérrez y a un tal Echevarría, su secretario, mozo de entendimiento claro y despejado. El Gutiérrez había sido fraile y redactor de una gaceta en español que se publicaba en Bayona, y el cual con su compañero llevaba comisión para disponer los ánimos de los habitantes de América en favor de José. Encontráronles cartas del rey Fernando y del infante Don Carlos que se tuvieron por falsas. Quizá no fue injusta la pena impuesta, según la legislación vigente, pero el modo y sigilo empleado merecieron con razón la desaprobación de los cuerdos e imparciales.

Centrales
enviados
a las provincias.

Tampoco reportó provecho el enviar individuos de la central a las provincias, de cuya comisión hablamos en el libro sexto. La junta intitulándolos comisarios, los autorizó para presidir a las provinciales y representarla con la plenitud de sus facultades. Los más de ellos no hicieron sino arrimarse a la opinión que encontraron establecida, o entorpecer la acción de las juntas, no saliendo por lo general de su comisión ninguna providencia acertada ni vigorosa. Verdad es que siendo, conforme queda apuntado, pocos entre los individuos de la central los que se miraban como prácticos y entendidos en materias de gobierno, quedáronse casi siempre los que lo eran en Sevilla, yendo ordinariamente a las provincias los más inútiles y limitados. Marqués de Villel
en Cádiz. Fue de este número el marqués de Villel: enviado a Cádiz para atender a su fortificación, y desarraigar añejos abusos en la administración de la aduana, provocó por su indiscreción y desatentadas providencias un alboroto que a no atajarse con oportunidad, hubiera dado ocasión a graves desazones. Como este acontecimiento se rozó con otro que por entonces y en la misma ciudad ocurrió con los ingleses, será bien que tratemos a un tiempo de entrambos.

Los ingleses
quieren ocupar
la plaza.

Luego que el gobierno británico supo las derrotas de los ejércitos españoles, y temiendo que los franceses invadiesen las Andalucías, pensó poner al abrigo de todo rebate la plaza de Cádiz, y enviar tropas suyas que la guarneciesen. Para el recibimiento de estas y para proveer en ello lo conveniente envió allí a Sir Jorge Smith con la advertencia, según parece, de solo obrar por sí en el caso de que la junta central fuese disuelta, o de que se cortasen las comunicaciones con el interior. No habiendo sucedido lo que recelaba el ministerio inglés, y al contrario estando ya en Sevilla el gobierno supremo, de repente y sin otro aviso notició el Sir Jorge al gobernador de Cádiz como S. M. B. le había autorizado para exigir que se admitiese dentro de la plaza guarnición inglesa: escribiendo al mismo tiempo a Sir Juan Cradock general de su nación en Lisboa, a fin de que sin tardanza enviase a Cádiz parte de las tropas que tenía a sus órdenes. Advertida la junta central de lo ocurrido, extrañó que no se la hubiera de antemano consultado en asunto tan grave, y que el ministro inglés Mr. Frere no le hubiese hecho acerca de ello la más leve insinuación. Resentida, dióselo a entender con oportunas reflexiones, previniendo al marqués de Villel su representante en Cádiz y al gobernador, que de ningún modo permitiesen a los ingleses ocupar la plaza, guardando no obstante en la ejecución de la orden el miramiento debido a tropas aliadas.

Altercados
que hubo en ello.

A poco tiempo y al principiar febrero llegaron a la bahía gaditana con el general Mackenzie dos regimientos de los pedidos a Lisboa, y súpose también entonces por el conducto regular cuáles eran los intentos del gobierno inglés. Este confiado en que la expedición de Moore no tendría el pronto y malhadado término que hemos visto, quería, conforme manifestó, trasladar aquel ejército o bien a Lisboa, o bien al mediodía de España; y para tener por esta parte un punto seguro de desembarco, había resuelto enviar de antemano a Cádiz al general Sherbrooke con 4000 hombres que impidiesen una súbita acometida de los franceses. Así se lo comunicó Mr. Frere a la junta central, y así en Londres Mr. Canning al ministro de España Don Juan Ruiz de Apodaca, añadiendo que S. M. B. deseaba que el gobierno español examinase si era o no conveniente dicha resolución.

Parecían contrarios a los anteriores procedimientos de Sir George Smith los pasos que en la actualidad se daban, y disgustábale a la central que después de haber desconocido su autoridad se pidiese ahora su dictamen y consentimiento. No pensaba que Smith se hubiese excedido de sus facultades según se le aseguró, y más bien presumió que se achacaba al comisionado una culpa que solo era hija de resoluciones precipitadas, sugeridas por el temor de que los franceses conquistasen en breve a España. Siguiéronse varias contestaciones y conferencias que se prolongaron bastantemente. (* Ap. n. [8-4].) La junta mantúvose firme y con decoro, y terminó el asunto por medio de una juiciosa nota [*] pasada en 1.º de marzo, de cuyas resultas diose otro destino a las tropas inglesas que iban a ocupar a Cádiz.

Alboroto
en Cádiz.

Al propio tiempo y cuando aún permanecían en su bahía los regimientos que trajo el general Mackenzie, se suscitó dentro de aquella plaza el alboroto arriba indicado, cuya coincidencia dio ocasión a que unos le atribuyesen a manejos de agentes británicos, y otros a enredos y maquinaciones de los parciales de los franceses; estos para impedir el desembarco e introducir división y cizaña, aquellos para tener un pretexto de meter en Cádiz las tropas que estaban en la bahía. Así se inclina el hombre a buscar en origen oscuro y extraordinario la causa de muchos acontecimientos. En el caso presente se descubre fácilmente esta en el interés que tenían varios en conservar los abusos que iba a desarraigar el marqués de Villel; en los desacordados procedimientos del último y en la suma desconfianza que a la sazón reinaba. Conducta
extraña de Villel. El marqués en vez de contentarse con desempeñar sus importantes comisiones, se entrometió en dar providencias de policía subalterna, o solo propias del recogimiento de un claustro. Prohibía las diversiones, censuraba el vestir de las mujeres, perseguía a las de conducta equívoca, o a las que tal le parecían, dando pábulo con estas y otras medidas no menos inoportunas a la indignación pública. En tal estado bastaba el menor incidente para que de las hablillas y desabrimientos se pasase a una abierta insurrección.

Presentose con la entrada en Cádiz el 22 de febrero de un batallón de extranjeros compuesto de desertores polacos y alemanes. Desagradaba a los gaditanos que se metiesen en la plaza aquellos soldados, a su entender poco seguros: con lo que los enemigos de la central y los de Villel que eran muchos, soplando el fuego, tumultuaron la gente que se encaminó a casa del marqués para leer un pliego sospechoso a los ojos del vulgo, y el cual acababa de llegar al capitán del puerto. Manifestose el contenido a los alborotados, y como se limitase este a una orden para trasladar los prisioneros franceses de Cádiz a las islas Baleares, aquietáronse por de pronto, Riesgo que corre
su persona. más luego arreciando la conmoción fue llevado el marqués con gran peligro de su persona a las casas consistoriales. Crecieron las amenazas, y temerosos algunos vecinos respetables de que se repitiese la sangrienta y deplorable escena de Solano, acudieron a libertar al angustiado Villel acompañados del gobernador D. Félix Jones y de Fr. Mariano de Sevilla, guardián de capuchinos, que ofreció custodiarle en su convento. De entre los amotinados salieron voces de que los ingleses aprobaban la sublevación, y teniéndolas por falsas rogó el gobernador Jones al general Mackenzie que las desvaneciese, en cuyo deseo condescendió el inglés. Con lo cual, y con fenecer el día se sosegó por entonces el tumulto.

A la mañana siguiente publicó el gobernador un bando que calmase los ánimos; más enfureciéndose de nuevo el populacho quiso forzar la entrada del castillo de santa Catalina, y matar al general Caraffa que con otros estaba allí preso. Púdose afortunadamente contener con palabras a la muchedumbre, entre la que hallándose ciertos contrabandistas, Matan a Heredia. revolvieron sobre la Puerta del mar, cogieron a Don José Heredia, comandante del resguardo, contra quien tenían particular encono, y le cosieron a puñaladas. Sosiégase
el alboroto. La atrocidad del hecho, el cansancio y los ruegos de muchos calmaron al fin el tumulto, prendiendo los voluntarios de Cádiz a unos cuantos de los más desasosegados.

Ejércitos.

Afligían a los buenos patricios tan tristes y funestas ocurrencias, sin que por eso se dejase de continuar con la misma constancia en el santo propósito de la libertad de la patria. La central ponía gran diligencia en reforzar y dar nueva vida a los ejércitos que habiéndose acogido al mediodía de España le servían de valladar. En febrero del apellidado del centro y de la gente que el marqués del Palacio y después el conde de Cartaojal habían reunido en la Carolina, formose solo uno, según insinuamos, a las órdenes del último general. En Extremadura prosiguió Don Gregorio de la Cuesta juntando dispersos y restableciendo el orden y la disciplina para hacer sin tardanza frente al enemigo. De cada uno de estos dos ejércitos y de sus operaciones hablaremos sucesivamente.

El de la Mancha.

El que mandaba Cartaojal, ahora llamado de la Mancha, constaba de 16.000 infantes y más de 3000 caballos. Los que de ellos se reunieron en la Carolina tuvieron más tiempo de arreglarse; y la caballería numerosa y bien equipada, si no tenía la práctica y ejercicios necesarios, por lo menos sobresalía en sus apariencias. Debían darse la mano las operaciones de este ejército con las del general Cuesta en Extremadura, y ya antes de ser separado del mando del ejército del centro el duque del Infantado, se había convenido en febrero entre él y el de Cartaojal hacer un movimiento hacia Toledo, que distrajese parte de las fuerzas enemigas que intentaban cargar a Cuesta. Con este propósito púsose a las órdenes del duque de Alburquerque, encargado del mando de la vanguardia del ejército del centro después de la batalla de Uclés, una división formada con soldados de aquel y con otros del de la Carolina; constando en todo de 9000 infantes, 2000 caballos y 10 piezas de artillería.

Ataque de Mora.

Era el de Alburquerque mozo valiente, dispuesto para este género de operaciones. Encaminose por Ciudad Real y el país quebrado y de bosque espeso llamado la Gualdería, y se acercó a Mora que ocupaba con 500 a 600 dragones franceses el general Dijon. Aunque por equivocación de los guías y cierto desarreglo que casi siempre reinaba en nuestras marchas, no había llegado aún toda la gente de Alburquerque, particularmente la infantería, determinó este atacar a los enemigos el 18 de febrero: los cuales advertidos por el fuego de las guerrillas españolas evacuaron la villa de Mora, y solo fueron alcanzados camino de Toledo. Acometiéronlos con brío nuestros jinetes, señaladamente los regimientos de España y Pavía, mandados por sus coroneles Gámez y príncipe de Anglona, y acosándolos de cerca se cogieron unos 80 hombres, equipajes y el coche del general Dijon.

Avisados los franceses de las cercanías de tan impensado ataque, comenzaron a reunir fuerzas considerables, de lo que temeroso Alburquerque se replegó a Consuegra en donde permaneció hasta el 22. En dicho día se descubrieron los franceses por la llanura que yace delante de la villa, y desde las nueve de la mañana estuvo jugando de ambos lados la artillería, hasta que a las tres de la misma tarde sabedor Alburquerque de que 11.000 infantes y 3000 caballos venían sobre él, creyó prudente replegarse por la Cañada del puerto de Gineta. No siguió el enemigo, parándose en el bosque de Consuegra, y los españoles se retiraron a Manzanares descansadamente. Infundió esta excursión, aunque de poca importancia, seguridad en el soldado, y hubiera podido ser comienzo de otras que le hiciesen olvidar las anteriores derrotas y dispersiones.

Alburquerque
y Cartaojal.

Pero en vez de pensar los jefes en llevar a cabo tan noble resolución, entregáronse a celos y rencillas. El de Alburquerque fundadamente insistía en que se hiciesen correrías y expediciones para adiestrar y foguear la tropa; mas, inquieto y revolvedor, sustentaba su opinión de modo que, enojando a Cartaojal, mirábale este con celosa ojeriza. En tanto los franceses habían vuelto a sus antiguas posiciones, y fortaleciéndose en el ejército español y cundiendo el dictamen de Alburquerque, aparentó el general en jefe adherir a él; determinando que dicho duque fuese con 2000 jinetes la vuelta de Toledo, en donde los enemigos tenían 4000 infantes y 1500 caballos. Dobladas fuerzas que las que estos tenían había pedido aquel para la expedición, único medio de no aventurar malamente tropas bisoñas como lo eran las nuestras. Por lo mismo juzgó con razón el de Alburquerque que la condescendencia del conde de Cartaojal no era sino imaginada traza para comprometer su buena fama; con lo cual creciendo entre ambos la enemistad, acudieron con sus quejas a la central, sacrificando así a deplorables pasiones la causa pública.

Pasa
Alburquerque
al ejército
de Cuesta.

Se aprobó en Sevilla el plan del duque, pero debiendo aumentarse el ejército de Cuesta con parte del de la Mancha, por haber engrosado el suyo en Extremadura los franceses, aprovechose Cartaojal de aquella ocurrencia para dar al de Alburquerque el encargo de capitanear las divisiones de los generales Bassecourt y Echávarri, destinadas a dicho objeto. Mas compuestas ambas de 3500 hombres y 200 caballos, advirtieron todos que con color de poner al cuidado del duque una comisión importante, no trataba Cartaojal sino de alejarle de su lado. Censurose esta providencia no acomodada a las circunstancias: pues si Alburquerque empleaba a veces reprensibles manejos y se mostraba presuntuoso, desvanecíanse tales faltas con el espíritu guerrero y deseo de buen renombre que le alentaban.

El conde de Cartaojal había sentado su cuartel general en Ciudad Real; extendíase la caballería hasta Manzanares ocupando a Daimiel, Torralba y Carrión, y la infantería se alojaba a la izquierda y a espaldas de Valdepeñas. Don Francisco Abadía, cuartel-maestre, y los jefes de las divisiones trabajaron a porfía en ejercitar la tropa, pero faltaba práctica en la guerra y mayor conocimiento de las grandes maniobras.

Avanza Cartaojal
y se retira.

Comenzó Cartaojal a moverse por su frente y avanzó el 24 de marzo hasta Yébenes. Allí Don Juan Bernuy que mandaba la vanguardia, atacó a un cuerpo de lanceros polacos, el cual queriendo retirarse por el camino de Orgaz, tropezó con el vizconde de Zolina, que le deshizo y cogió unos cuantos prisioneros. Mas entonces informado Cartaojal de que los franceses venían por otro lado a su encuentro con fuerzas considerables, en vano trató de recogerse a Consuegra, ocupada ya la villa por los enemigos. Sorprendido de que le hubiesen atajado así el paso volvió precipitadamente por Malagón a Ciudad Real, en donde entró en 26 a los tres días de su salida, y después de haber inútilmente cansado sus tropas.

Acción
de Ciudad Real.

Habían los franceses juntado a las órdenes del general Sebastiani, sucesor en el mando del 4.º cuerpo del mariscal Lefebvre, 12.000 hombres de infantería y caballería, de los cuales divididos en dos trozos había tomado uno por el camino real de Andalucía, en tanto que otro partiendo de Toledo seguía por la derecha para flanquear y envolver a los españoles que confiadamente se adelantaban. No habiendo alcanzado su objeto, acosaron a los nuestros y los acometieron el 27 por todas partes. Desconcertado Cartaojal, sin tomar disposición alguna dejó en la mayor confusión sus columnas, que rechazadas aquel día y el siguiente en Ciudad Real, el Viso, Visillo y Santa Cruz de Mudela, fueron al cabo desordenadas, apoderándose el enemigo de varias piezas de artillería y muchos prisioneros. Las reliquias de nuestro ejército se abrigaron de la sierra y prontamente empezaron a juntarse en Despeñaperros y puntos inmediatos. Situose el cuartel general en Santa Elena y los franceses se detuvieron en Santa Cruz de Mudela, aguardando noticias del mariscal Victor, que al propio tiempo maniobraba en Extremadura.

Ejército
de Extremadura.

Encargado el general Cuesta en diciembre del ejército que se había poco antes dispersado en aquella provincia, trató con particular conato de infundir saludable terror en la soldadesca desmandada y bravía desde el asesinato del general San Juan, y de reprimir al populacho de Badajoz, desbocado con las desgracias que allí ocurrieron al acabar el año. Y cierto que si a su condición dura hubiera entonces unido Cuesta mayor conocimiento de la milicia, y no tanto apresuramiento en batallar, con gran provecho de la patria y realce suyo hubiera llevado a término importantes empresas. A su solo nombre temblaba el soldado, y sus órdenes eran cumplidas pronta y religiosamente.

Avanza
a Almaraz.

Rehecho y aumentado el corto ejército de su mando constaba ya a mediados de enero de 12.000 hombres repartidos en dos divisiones y una vanguardia. El 25 del mismo yendo de Badajoz sentó sus reales en Trujillo, y retirándose los franceses hacia Almaraz, fueron desalojados de aquellos alrededores, enseñoreándose el 29 del puente la vanguardia capitaneada por Don Juan de Henestrosa. Trasladose después el general Cuesta a Jaraicejo y Deleitosa, y dispuso cortar dicho puente como en vano lo había intentado antes el general Galluzo. Competía aquella obra con las principales de los romanos, fabricada por Pedro Uría a expensas de la ciudad de Plasencia en el reinado de Carlos V. Tenía 580 pies de largo, más de 25 de ancho y 134 de alto hasta los pretiles. Constaba de dos ojos y el del lado del norte, cuya abertura excedía de 150 pies, fue el que se cortó. No habiendo al principio surtido efecto los hornillos, hubo que descarnarle a pico y barreno, e hízose con tan poca precaución que al destrabar de los sillares, cayeron y se ahogaron 26 trabajadores con el oficial de ingenieros que los dirigía. Lástima fue la destrucción de tamaña grandeza, y en nuestro concepto arruinábanse con sobrada celeridad obras importantes y de pública utilidad, sin que después resultasen para las operaciones militares ventajas conocidas.

Pasan
los franceses
el Tajo.

El general Cuesta continuó en Deleitosa hasta el mes de marzo, no habiendo ocurrido en el intermedio sino un amago que hizo el enemigo hacia Guadalupe, de donde luego se retiró repasando el Tajo. Mas en dicho mes acercándose el mariscal Victor a Extremadura, se situó en el pueblo de Almaraz para avivar la construcción de un puente de balsas que supliese el destruido, no pudiendo la artillería transitar por los caminos que salían a Extremadura, desde los puentes que aún se conservaban intactos. Preparado lo necesario para llevar a efecto la obra, juzgó antes oportuno el enemigo desalojar a los españoles de la ribera opuesta en que ocupaban un sitio ventajoso, para cuyo fin pasaron 13.000 hombres y 800 caballos por el puente del Arzobispo, así denominado de su fundador el célebre Don Pedro Tenorio, prelado de Toledo. Puestos ya en la margen izquierda, se dividieron al amanecer del 18 en dos trozos, de los cuales uno marchó sobre las Mesas de Ibor, y otro a cortar la comunicación entre este punto y Fresnedoso. Retíranse
los nuestros. Estaba entonces el ejército de Don Gregorio de la Cuesta colocado del modo siguiente: 5000 hombres formando la vanguardia, que mandaba Henestrosa, enfrente de Almaraz; la primera división de menos fuerza, y a las órdenes del duque del Parque recién llegado al ejército, en las Mesas de Ibor; la segunda de 2 a 3000 hombres mandada por Don Francisco Trías, en Fresnedoso, y la tercera, algo más fuerte, en Deleitosa con el cuartel general, por lo que se ve que hubo desde enero aumento en su gente. El trozo de franceses que tomó del lado de Mesas de Ibor acometió el mismo 18 al duque del Parque, quien después de un reencuentro sostenido se replegó a Deleitosa, adonde por la noche se le unió el general Trías. La víspera se había desde allí trasladado Cuesta al puerto de Miravete, en cuyo punto se reunió el ejército español, habiéndosele agregado Henestrosa con la vanguardia al saber que los enemigos se acercaban al puente de Almaraz por la orilla izquierda de Tajo.

Ventajas
conseguidas
por los españoles.

Entraron los nuestros en Trujillo el 19, y prosiguieron a Santa Cruz del Puerto: la vanguardia de Henestrosa, que protegía la retirada, tuvo un choque con parte de la caballería enemiga y la rechazó, persiguiéndola con señalada ventaja camino de Trujillo. Cuesta había pensado aguardar a los franceses en el mencionado Santa Cruz; mas detúvole el temor de que quizá viniesen con fuerza superior a la suya. Continuó pues retirándose con la buena dicha de que cerca de Miajadas los regimientos del Infante y de dragones de Almansa arremetiesen al del número 10 de caballería ligera de la vanguardia francesa y le acuchillasen, matando más de 150 de sus soldados. Únese
Alburquerque
a Cuesta. Entró Cuesta en Medellín el 22, y se alejó de allí queriendo esquivar toda pelea hasta que se le uniese el duque de Alburquerque, lo cual se verificó en la tarde del 27 en Villanueva de la Serena, viniendo, según en su lugar dijimos, de la Mancha.

Batalla
de Medellín.

Juntas todas nuestras fuerzas revolvió el general Cuesta sobre Medellín en la mañana del 28, resuelto a ofrecer batalla al enemigo. Está situada aquella villa a la margen izquierda de Guadiana, y a la falda occidental de un cerro en que tiene asiento su antiguo castillo muy deteriorado, y cuyo pie baña el mencionado río. Merece particular memoria haber sido Medellín cuna del gran Hernán Cortés, existiendo todavía entonces, calle de la Feria, la casa en que nació; mas después de la batalla de que vamos a hablar, fue destruida por los franceses, no quedando ahora sino algunos restos de las paredes. Llégase a Medellín viniendo de Trujillo por una larga puente, y por el otro lado ábrese una espaciosa llanura despojada de árboles, y que yace entre la madre del río, la villa de Don Benito, y el pueblo de Mingabril. Cuesta trajo allí su gente en número de 20.000 infantes y 2000 caballos, desplegándose en una línea de una legua de largo, a manera de media luna, y sin dejar la menor reserva. Constaba la izquierda, colocada del lado de Mingabril, de la vanguardia y primera división, regidas por Don Juan de Henestrosa y el duque del Parque: el centro avanzado, y enfrente de Don Benito le guarnecía la segunda división del mando de Trías; y la derecha, arrimada al Guadiana, se componía de la tercera división del cargo del marqués de Portago, y de la fuerza traída por el duque de Alburquerque, formando un cuerpo que gobernaba el teniente general Don Francisco de Eguía. Situose Don Gregorio de la Cuesta en la izquierda, desde donde por ser el terreno algo más elevado descubría la campaña: también colocó del mismo lado casi toda la caballería, siendo el más amenazado por el enemigo.

Eran las once de la mañana cuando los franceses, saliendo de Medellín, empezaron a ordenarse a poca distancia de la villa, describiendo un arco de círculo comprendido entre el Guadiana y una quebrada de arbolado y viñedo que va de Medellín a Mingabril. Estaba en su ala izquierda la división de caballería ligera del general Lasalle, en el centro una división alemana de infantería, y a la derecha la de dragones del general Latour-Maubourg, quedando de respeto las divisiones de infantería de los generales Villatte y Ruffin. El total de la fuerza ascendía a 18.000 infantes y cerca de 3000 caballos. Mandaba en jefe el mariscal Victor.

Dio principio a la pelea la división alemana, y cargando dos regimientos de dragones repeliolos nuestra infantería que avanzaba con intrepidez. Durante dos horas lidiaron los franceses, retirándose lentamente y en silencio: nuestra izquierda progresaba, y el centro y la derecha cerraban de cerca al enemigo, cuya ala siniestra cejó hasta un recodo que forma el Guadiana al acercarse a Medellín. Las tropas ligeras de los españoles, esparcidas por el llano, amedrentaban por su número y arrojo a los tiradores del enemigo; y como si ya estuviesen seguras de la victoria, anunciaban con grande algazara que los campos de Medellín serían el sepulcro de los franceses. Por todas partes ganaba terreno el grueso de nuestra línea, y ya la izquierda iba a posesionarse de una batería enemiga a la sazón que los regimientos de caballería de Almansa y el Infante, y dos escuadrones de cazadores imperiales de Toledo, en vez de cargar a los contrarios volvieron grupa, y atropellándose unos a otros huyeron al galope vergonzosamente. En vano Don José de Zayas, oficial de gran valor y pericia, y que en realidad mandaba la vanguardia, en vano les gritaba acompañado de sus infantes firmes y serenos, «¿qué es esto? Alto la caballería. Volvamos a ellos que son nuestros...» Nada escuchaban, el pavor había embargado sus sentidos. Don Gregorio de la Cuesta al advertir tamaño baldón partió aceleradamente para contener el desorden; mas atropellado y derribado de su caballo estuvo próximo a caer en manos de los jinetes enemigos, que pasando adelante en su carga afortunadamente no le percibieron. Aunque herido en el pie, maltratado y rendido con sus años, pudo Cuesta volver a montar a caballo, y libertarse de ser prisionero.

Abandonada nuestra infantería de la izquierda por la caballería, fue desunida y rota, y cayendo sobre nuestro centro y derecha, que al mismo tiempo eran atacados por su frente, desapareció la formación de nuestra dilatada y endeble línea como hilera de naipes. El duque de Alburquerque fue el solo que pudo por algún tiempo conservar el orden, para tomar una loma plantada de viña que había a espaldas del llano; pero estrechada su gente por los dispersos, y aterrada con los gritos de los acuchillados, desarreglose simultáneamente, corriendo a guarecerse de los viñedos. Desde entonces todo el ejército no presentó ya otra forma sino la de una muchedumbre desbandada, huyendo a toda priesa de la caballería enemiga, que hizo gran mortandad en nuestros pobres infantes. Durante mucho tiempo los huesos de los que allí perecieron se percibían y blanqueaban, contrastando su color macilento en tan hermoso llano con el verde y matizadas flores de la primavera. Fue nuestra pérdida entre muertos, heridos y prisioneros de 10.000 hombres; la de los franceses, aunque bastante inferior, no dejó de ser considerable.

Así terminó y tan desgraciadamente la batalla de Medellín. Gloriosa para la infantería no lo fue para algunos cuerpos de caballería, que castigó severamente Don Gregorio de la Cuesta suspendiendo a tres coroneles, y quitando a los soldados una pistola hasta que recobrasen en otra acción el honor perdido. Pero por reprensible que en efecto fuese la conducta de estos, en nada descargaba a Cuesta del temerario arrojo de empeñar una batalla campal con tropas bisoñas y no bien disciplinadas, en una posición como la que escogió y en el orden en que lo hizo, sin dejar a sus espaldas cuerpo alguno de reserva. Claro era que rota una vez la línea quedaba su ejército deshecho, no teniendo en que sostenerse ni punto adonde abrigarse, al paso que los franceses, aun perdida por ellos la batalla, podían cubrirse detrás de unas huertas cerradas con tapia que había a la salida de Medellín, y escudarse luego con el mismo pueblo desamparado de los vecinos, apoyándose en el cerro del castillo. Sus resultas. Don Gregorio de la Cuesta con los restos de su ejército se retiró a Monasterio, límite de Extremadura y Andalucía, y en cuyo fuerte sitio debiera haber aguardado a los franceses si hubiera procedido como general entendido y prudente.

Determinaciones
de la central.

La junta central al saber la rota de Medellín no sintió descaído su ánimo, a pesar del peligro que de cerca la amagaba. Elevó a la dignidad de capitán general a Don Gregorio de la Cuesta, al paso que temía su antiguo resentimiento en caso de que hubiese triunfado, y repartió mercedes a los que se habían conducido honrosamente, no menos que a los huérfanos y viudas de los muertos en la batalla. Púsose también el ejército de la Mancha a las órdenes de Cuesta, Venegas sucede
a Cartaojal. aunque se nombró para mandarle de cerca a Don Francisco Venegas, restablecido de una larga enfermedad, y fue llamado el conde de Cartaojal, cuya conducta apareció muy digna de censura por lo ocurrido en Ciudad Real, pues allí no hubo sino desorden y confusión, y por lo menos en Medellín se había peleado.

Reflexiones.

Ahora haciendo corta pausa séanos lícito examinar la opinión de ciertos escritores, que al ver tantas derrotas y dispersiones han querido privar a los españoles de la gloria adquirida en la guerra de la independencia. Pocos son en verdad los que tal han intentado, y en alguno muéstrase a las claras la mala fe, alterando o desfigurando los hechos más conocidos. En los que no han obrado impelidos de mezquinas y reprehensibles pasiones, descúbrese luego el origen de su error en aquel empeño de querer juzgar la defensa de España como el común de las guerras, y no según deben juzgarse las patrióticas y nacionales. En las unas gradúase su mérito conforme a reglas militares; en las otras ateniéndose a la constancia y duración de la resistencia. «Median imperios [decía Napoleón en Leipzig] entre ganar o perder una batalla.» Y decíalo con razón en la situación en que se hallaba; pero no así a haber sostenido la Francia su causa, como lo hizo con la de la libertad al principio de la revolución. La Holanda, los Estados Unidos, todas las naciones en fin que se han visto en el caso de España, comenzaron por padecer descalabros y completas derrotas, hasta que la continuación de la guerra convirtió en soldados a los que no eran sino meros ciudadanos. Con mayor fundamento debía acaecer lo mismo entre nosotros. La Francia era una nación vecina, rica y poderosa, de donde sin apuro podían a cada paso llegar refuerzos. Sus ejércitos en gran parte no eran puramente mercenarios: producto de su revolución conservaban cierto apego al nombre de patria, y quince años de guerra y de esclarecidos triunfos les habían dado la pericia y confianza de invencibles conquistadores. Austriacos, prusianos, rusos, ingleses, preparados de antemano con cuantiosos medios, con tropas antiguas y bien disciplinadas, les habían cedido el campo en repetidas lides. ¿Qué extraño pues sucediese otro tanto a los españoles en batallas campales, en que el saber y maña en evoluciones y maniobras valían más que los ímpetus briosos del patriotismo? Al empezar la insurrección en mayo ya vimos cuán desapercibida estaba España para la guerra con 40.000 soldados escasos, inexpertos y mal acondicionados; dueños los franceses de muchas plazas fuertes, y teniendo 100.000 hombres en el corazón del reino. Y sin embargo, ¿qué no se hizo? En los primeros meses victoriosos los españoles en casi todas partes, estrecharon a sus contrarios contra el Pirineo. Cuando después reforzados estos inundaron con sus huestes los campos peninsulares, y oprimieron con su superioridad y destreza a nuestros ejércitos, la nación ni se desalentó, ni se sometieron los pueblos fácil ni voluntariamente. Y en enero embarcados los ingleses, solos los españoles, teniendo contra sí más de 200.000 enemigos, mirada ya en Europa como perdida su justísima causa, no solo se desdeñó todo acomodamiento, sino que peleándose por doquiera transitaban franceses, aparecieron de nuevo ejércitos que osaron aventurar batallas, desgraciadas es cierto, pero que mostraban los redoblados esfuerzos que se hacían, y lo porfiadamente que había de sustentarse la lucha empeñada. Cometiéronse graves faltas, descubriose a las claras la impericia de varios generales, lo bisoño de nuestros soldados, el abandono y atraso en que el anterior gobierno había tenido el ramo militar como los demás; pero brilló con luz muy pura el elevado carácter de la nación, la sobriedad y valor de sus habitadores, su desprendimiento, su conformidad e inalterable constancia en los reveses y trabajos, virtudes raras, exquisitas, más difíciles de adquirir que la táctica y disciplina de tropas mercenarias. Abulte en buen hora la envidia, el despecho, la ignorancia, los errores en que incurrimos: su voz nunca ahogará la de la verdad, ni podrá desmentir lo que han estampado en sus obras, y casi siempre con admirable imparcialidad, muchos de los que entonces eran enemigos nuestros, y señaladamente los dignos escritores Foy, Suchet y Saint-Cyr, que mandando a los suyos pudieron mejor que otros apreciar la resistencia y el mérito de los españoles.

Comisión
de Sotelo.

Volvamos ya a nuestro propósito. Ocurridas las jornadas de Ciudad Real y Medellín, pensó el gobierno de José ser aquella buena sazón para tantear al de Sevilla, y entrar en algún acomodamiento. Salió de Madrid con la comisión Don Joaquín María Sotelo, magistrado que gozaba antes del concepto de hombre ilustrado, y que deteniéndose en Mérida dirigió desde allí al presidente de la junta central, por medio del general Cuesta, un pliego con fecha de 12 de abril, en el que anunciando estar autorizado por José para tratar con la junta el modo de remediar los males que ya habían experimentado las provincias ocupadas, y el de evitar los de aquellas que todavía no lo estaban, invitaba a que se nombrase al efecto por la misma junta una o más personas que se abocasen con él. La Central sin contestar en derechura a Sotelo, mandó a Don Gregorio de la Cuesta que le comunicase el acuerdo que de resultas había formado, justo y enérgico, concebido en estos términos. Respuesta
de la central. «Si Sotelo trae poderes bastantes para tratar de la restitución de nuestro amado Rey, y de que las tropas francesas evacuen al instante todo el territorio español, hágalos públicos en la forma reconocida por todas las naciones, y se le oirá con anuencia de nuestros aliados. De no ser así la junta no puede faltar a la calidad de los poderes de que está revestida, ni a la voluntad nacional, que es de no escuchar pacto, ni admitir tregua, ni ajustar transacción que no sea establecida sobre aquellas bases de eterna necesidad y justicia. Cualquier otra especie de negociación, sin salvar al estado, envilecería a la junta, la cual se ha obligado solemnemente a sepultarse primero entre las ruinas de la monarquía, que a oír proposición alguna en mengua del honor e independencia del nombre español.» Insistió Sotelo respondiendo con una carta bastantemente moderada; mas la junta se limitó a mandar a Cuesta repitiese el mencionado acuerdo, «advirtiendo a Sotelo que aquella sería la última contestación que recibiría mientras los franceses no se allanasen, lisa y llanamente a lo que había manifestado la junta.» No pasó por consiguiente más adelante esta negociación emprendida quizá con sano intento; pero que entonces se interpretó mal, y dañó al anterior buen nombre del comisionado.

Cartas
de Sebastiani
a Jovellanos
y otros.
(* Ap. n. [8-6].)

También por la parte de la Mancha se hicieron al mismo tiempo iguales tentativas, escribiendo el general francés Sebastiani, que allí mandaba,[*] a Don Gaspar Melchor de Jovellanos individuo de la central, a Don Francisco de Saavedra ministro de hacienda, y al general del ejército de la Carolina Don Francisco Venegas. Es curiosa esta correspondencia, por colegirse de ella el modo diverso que tenían entonces de juzgar las cosas de España los franceses y los nacionales. Como sería prolijo insertarla íntegra, hemos preferido no copiar sino la carta del general Sebastiani a Jovellanos, y la contestación de este. Carta
de Sebastiani
al Señor
Jovellanos. «Señor, la reputación de que gozáis en Europa, vuestras ideas liberales, vuestro amor por la patria, el deseo que manifestáis de verla feliz, deben haceros abandonar un partido que solo combate por la inquisición, por mantener las preocupaciones, por el interés de algunos grandes de España, y por los de la Inglaterra. Prolongar esta lucha es querer aumentar las desgracias de la España. Un hombre cual vos sois, conocido por su carácter y sus talentos, debe conocer que la España puede esperar el resultado más feliz de la sumisión a un rey justo e ilustrado, cuyo genio y generosidad deben atraerle a todos los españoles que desean la tranquilidad y prosperidad de su patria. La libertad constitucional bajo un gobierno monárquico, el libre ejercicio de vuestra religión, la destrucción de los obstáculos que varios siglos ha se oponen a la regeneración de esta bella nación, serán el resultado feliz de la constitución que os ha dado el genio vasto y sublime del emperador. Despedazados con facciones, abandonados por los ingleses que jamás tuvieron otros proyectos que el de debilitaros, el robaros vuestras flotas y destruir vuestro comercio, haciendo de Cádiz un nuevo Gibraltar, no podéis ser sordos a la voz de la patria que os pide la paz y la tranquilidad. Trabajad en ella de acuerdo con nosotros, y que la energía de España solo se emplee desde hoy en cimentar su verdadera felicidad. Os presento una gloriosa carrera; no dudo que acojáis con gusto la ocasión de ser útil al rey José y a vuestros conciudadanos. Conocéis la fuerza y el número de nuestros ejércitos, sabéis que el partido en que os halláis no ha obtenido la menor vislumbre de suceso: hubiérais llorado un día si las victorias le hubieran coronado, pero el Todopoderoso en su infinita bondad os ha libertado de esta desgracia.

Estoy pronto a entablar comunicación con vos y daros pruebas de mi alta consideración. — Horacio Sebastiani.»

Contestación
del Señor
Jovellanos.

«Señor general: Yo no sigo un partido, sigo la santa y justa causa que sigue mi patria, que unánimemente adoptamos los que recibimos de su mano el augusto encargo de defenderla y regirla, y que todos habemos jurado seguir y sostener a costa de nuestras vidas. No lidiamos, como pretendéis, por la inquisición ni por soñadas preocupaciones, ni por el interés de los grandes de España: lidiamos por los preciosos derechos de nuestro rey, nuestra religión, nuestra constitución y nuestra independencia. Ni creáis que el deseo de conservarlos esté distante del de destruir los obstáculos que puedan oponerse a este fin; antes por el contrario y para usar de vuestra frase, el deseo y el propósito de regenerar la España y levantarla al grado de esplendor que ha tenido algún día, es mirado por nosotros como una de nuestras principales obligaciones. Acaso no pasará mucho tiempo sin que la Francia y la Europa entera reconozcan que la misma nación que sabe sostener con tanto valor y constancia la causa de su rey y de su libertad contra una agresión tanto más injusta cuanto menos debía esperarla de los que se decían sus primeros amigos, tiene también bastante celo, firmeza y sabiduría para corregir los abusos que la condujeron insensiblemente a la horrorosa suerte que le preparaban. No hay alma sensible que no llore los atroces males que esta agresión ha derramado sobre unos pueblos inocentes a quienes después de pretender denigrarlos con el infame título de rebeldes, se niega aun aquella humanidad, que el derecho de la guerra exige y encuentra en los más bárbaros enemigos. Pero ¿a quién serán imputados estos males? ¿A los que los causan violando todos los principios de la naturaleza y la justicia, o a los que lidian generosamente para defenderse de ellos y alejarlos de una vez y para siempre de esta grande y noble nación? Porque, señor general, no os dejéis alucinar: estos sentimientos que tengo el honor de expresaros son los de la nación entera, sin que haya en ella un solo hombre bueno aun entre los que vuestras armas oprimen, que no sienta en su pecho la noble llama que arde en el de sus defensores. Hablar de nuestros aliados fuera impertinente, si vuestra carta no me obligase a decir en honor suyo que los propósitos que les atribuís son tan injuriosos como ajenos de la generosidad con que la nación inglesa ofreció su amistad y sus auxilios a nuestras provincias, cuando desarmadas y empobrecidas los imploraron desde los primeros pasos de la opresión con que la amenazaban sus amigos.

En fin, señor general, yo estaré muy dispuesto a respetar los humanos y filosóficos principios, que según nos decís profesa vuestro rey José, cuando vea que ausentándose de nuestro territorio reconozca que una nación, cuya desolación se hace actualmente a su nombre por vuestros soldados, no es el teatro más propio para desplegarlos. Este sería ciertamente un triunfo digno de su filosofía, y vos, señor general, si estáis penetrado de los sentimientos que ella inspira, deberéis gloriaros también de concurrir a este triunfo para que os toque alguna parte de nuestra admiración y nuestro reconocimiento. Solo en este caso me permitirán mi honor y mis sentimientos entrar con vos en la comunicación que me proponéis, si la suprema junta central lo aprobare. Entre tanto recibid, señor general, la expresión de mi sincera gratitud por el honor con que personalmente me tratáis, seguro de la consideración que os profeso. Sevilla 24 de abril de 1809. — Gaspar de Jovellanos. — Excmo. señor general Horacio Sebastiani.»

Esta respuesta, digna de la pluma y del patriotismo de su autor, fue muy aplaudida en todo el reino así por su noble y elevado estilo, como por retratarse en su contenido los verdaderos sentimientos que animaban a la gran mayoría de la nación.

Guerra
de Austria.

Semejantes tentativas de conciliación, prescindiendo de lo impracticables que eran, parecieron entonces, a pesar de tantas desgracias, más fuera de sazón por la guerra que empezaba en Alemania. Temores de ella que no tardaron en realizarse, habían, según se dijo, estimulado a Napoleón a salir precipitadamente de España. No olvidando nunca el Austria las desventajosas paces a que se había visto forzada desde la revolución francesa, y sobre todo la última de Presburgo, estaba siempre en acecho para no desperdiciar ocasión de volver por su honra y de recobrar lo perdido. Pareciole muy oportuna la de la insurrección española que produjo en toda Europa impresión vivísima, y siguió aquel gobierno cuidadosamente el hilo de tan grave acontecimiento. Demasiadamente abatida el Austria desde la última guerra, no podía por de pronto mostrar a las claras su propósito antes de prepararse y estar segura de que continuaba la resistencia peninsular. En Erfurt mantúvose amiga de Francia, mas con cierta reserva, y solo difirió bajo especiosos pretextos el reconocimiento de José. Napoleón, aunque receloso, confiando en que si apagaba pronto la insurrección de España nadie se atrevería a levantar el grito; sacó para ello conforme insinuamos, gran golpe de gente de Alemania, y dio de este modo nuevo aliento al Austria que disimuladamente aceleró los preparativos de guerra. En los primeros meses del año 1809 dicha potencia comenzó a quitarse el embozo publicando una especie de manifiesto en que declaraba quería ponerse al abrigo de cualquier empresa contra su independencia, y al fin arrojole del todo en 9 de abril en que el archiduque Carlos mandando su grande y principal ejército, abrió la campaña por medio de un aviso y atravesó el Inn, río que separa la Baviera de los estados austriacos. Lo poco prevenido que cogía a Napoleón esta guerra, las formidables fuerzas que de súbito desplegó el Austria, las muchas que Francia tenía en España, y lo desabrida que se mostraba la voz pública en el mismo imperio francés, daba a todos fundamento para creer que la primera alcanzaría victorias, de cuyas resultas tal vez se cambiaría la faz política de Europa. Para contribuir a ello y no desaprovechar la oportunidad envió la junta central a Viena como plenipotenciario suyo a Don Eusebio de Bardají y Azara, y aquella corte autorizó a Mr. Gennotte en calidad de encargado de negocios cerca del gobierno de Sevilla. Veremos luego cuán poco correspondió el éxito a esperanzas tan bien concebidas.

Cataluña

Ahora, después de haber referido lo que ocurrió durante estos meses en las provincias meridionales de España, será bien que hablemos de Cataluña y de las demás partes del reino. En aquella los ánimos habían andado perturbados después de las acciones perdidas, y de las voces y amenazas que venían de Aragón y varios puntos. Sin embargo en Tarragona no habrá olvidado el lector como la turbación no pasó de ciertos límites, luego que Vives dejó el mando y recayó este en Reding, mas en Lérida manchose con sangre. Alboroto
de Lérida. Fue el caso que en 1.º de enero habiendo introducido en la plaza de día y sin precaución varios prisioneros franceses, alborotándose a su vista el vecindario y vociferando palabras de muerte, forzó el castillo a donde aquellos habían sido conducidos. Estaban también dentro encerrados el oidor de la audiencia de Barcelona Don Manuel Fortuny y su esposa, con otros cuatro o cinco individuos tachados con razón o sin ella de infidencia. Ciega la muchedumbre penetró en lo interior y mató a estos desgraciados y a varios de los prisioneros franceses. Duró tres días la sublevación, hasta que llegaron 300 soldados que envió el general Reding, con cuyo refuerzo y las prudentes exhortaciones del gobernador Don José Casimiro Lavalle, del obispo y otras personas, se sosegó el bullicio. Los principales sediciosos recibieron después justo y severo castigo: siendo muy de sentir que las autoridades andando más precavidas no hubiesen evitado de antemano tan lamentable suceso.

Reding
en Tarragona.

Por su parte Don Teodoro Reding con nuevos cuerpos que llegaron de Granada y Mallorca y con reclutas había ido completando su ejército desde diciembre basta febrero, en cuyo espacio de tiempo había permanecido tranquilo el de los franceses sin empeñarse en grandes empresas: teniendo para proveerse de víveres que hacer excursiones en que perdió hombres y consumió 2.000.000 de cartuchos. El plan que en Tarragona siguió al principio el general Reding fue prudente, escarmentado con lo sucedido en Llinas y Molins de Rey. Plan prudente
de Martí. Era obra de Don José Joaquín Martí, y consistía en no trabar acciones campales, en molestar al enemigo al abrigo de las plazas y puntos fragosos, en mejorar así sucesivamente la instrucción y disciplina del ejército, y en convertir la principal defensa en una guerra de montaña, según convenía a la índole de los naturales y al terreno en que se lidiaba. Todos concurrían con entusiasmo a alcanzar el objeto propuesto, y la junta corregimental de Tarragona mostró acendrado patriotismo en facilitar caudales, en acuñar la plata de las iglesias y de los particulares, y en proporcionar víveres y prendas de vestuario. Quísose sujetar a regla a los miqueletes, pero encontró la medida grande obstáculo en las costumbres y antiguos usos de los catalanes.

En sus demás partes, por juicioso que fuese el plan adoptado, no se persistió largo tiempo en llevarle adelante. Contribuyó a alterarle el marqués de Lazán que habiendo sido llamado de Gerona con la división de 6 a 7000 hombres que mandaba, llegó a la línea española en sazón de estar apurada Zaragoza. Interesado particularmente en su conservación, propuso el marqués y se aprobó que pasaría la sierra de Alcubierre con la fuerza de su mando, y que prestaría, si le era dado, algún auxilio a aquella ciudad. Llenos entonces los españoles de admiración y respeto por la defensa que allí se hacía, Varíase. murmuraban de que mayores fuerzas no volasen al socorro, pareciéndoles cosa fácil desembarazarse en una batalla del ejército del general Saint-Cyr. Había crecido el aliento de resultas de algunas cortas ventajas obtenidas en reencuentros parciales, y sobre todo porque retirándose el enemigo y reconcentrándose más y más, atribuyose a recelo lo que no era sino precaución. Aveníase bien con el osado espíritu de Reding la voz popular, y cundiendo esta con rapidez, resolvió aquel caudillo dar un ataque general; sobreponiéndose a las justas reflexiones de algunos jefes cuerdos y experimentados. Movíanle igualmente las esperanzas que le daban secretas relaciones de que Barcelona se levantaría al tiempo que su ejército se aproximase.

Situación del
ejército español.

Se hallaba este en Tarragona esparcido en una enorme línea de 16 leguas, que partiendo de aquella ciudad se extendía hasta Olesa por el Coll de Santa Cristina, la Llacuna, Igualada y el Bruch. Las tropas de dicha línea que estaban fuera de Tarragona pasaban de 15.000 hombres, y las mandaba Don Juan Bautista de Castro. Las que había dentro de la plaza a las órdenes inmediatas del general en jefe Don Teodoro Reding ascendían a unos 10.000 hombres. Según el plan de ataque que se concertó, debía el general Castro avanzar e interponerse entre el enemigo y Barcelona, al paso que el general Reding aparecería con 8000 hombres en el Coll de Santa Cristina, descolgándose también de las montañas y por todos lados los somatenes.

Le atacan
los franceses.

Los franceses en número de 18.000 hombres se alojaban en el Panadés, y su general en jefe había dejado maniobrar con toda libertad al de los españoles, confiado en que fácilmente rompería la inmensa línea dentro de la cual se presumía envolverle. Por fin el 16 de febrero cuando vio que iba a ser atacado, se anticipó tomando la ofensiva. Para ello después de haber dejado en el Vendrell la división del general Souham, salió de Villafranca con la de Pino, debiéndosele juntar las de los generales Chavot y Chabran cerca de Capelladas, y componiendo las tres 11.000 hombres. Antes de que se uniesen se habían encontrado las tropas del general Chavot con los españoles, cuyas guerrillas al mando de Don Sebastián Ramírez habían rechazado las del enemigo y cogido más de 100 prisioneros, entre los que se contó al coronel Carrascosa. Sacó de apuro a los suyos la llegada del general Saint-Cyr, quien repelió a los nuestros, y maniobrando después con su acostumbrada destreza, atravesó la línea española en la dirección de la Llacuna, y con un movimiento por el costado se apareció súbitamente a la vista de Igualada, y sorprendió al general Castro, que se imaginaba que solo sería atacado por el frente. Entran
en Igualada. Vuelto de su error apresuradamente se retiró a Montmeneu y Cervera, a cuyos parajes ciaron también en bastante desorden las tropas más avanzadas. Los enemigos se apoderaron en Igualada de muchos acopios de que tenían premiosa necesidad, y recobraron los prisioneros que habían perdido la víspera en Capelladas.

Movimientos
de Saint-Cyr
y Reding.

Habiendo cortado de este modo el general Saint-Cyr la línea española, trató de revolver sobre su izquierda para destruir las tropas que guarecían los puntos de aquel lado, y unirse al general Souham. Dejó en Igualada a los generales Chabot y Chabran, y partió el 18 la vuelta de San Magín, de donde desalojó al brigadier Don Miguel Iranzo, obligándole a recogerse al monasterio de Santas Cruces, cuyas puertas en vano intentó el general francés que se le abriesen ni por fuerza ni por capitulación.

Noticioso en tanto Don Teodoro Reding de lo acaecido con Castro, salió de Tarragona acompañado de una brigada de artillería, 300 caballos y un batallón de suizos, con objeto de unir los dispersos y libertar al brigadier Iranzo. Consiguió que este y una parte considerable de la demás tropa se le agregasen en el Pla, Sarreal y Santa Coloma. Pero Saint-Cyr temeroso de ser atacado por fuerzas superiores, estando solo con la división de Pino, procuró unirse a la de Souham, y colocarse entre Tarragona y D. Teodoro Reding. Advertido este del movimiento del enemigo, decidió retroceder a aquella plaza, dejando a cargo de Don Luis Wimpffen unos 5000 hombres que cubriesen el corregimiento de Manresa, y observasen a los franceses que habían quedado en Igualada. Se mandó asimismo a Wimpffen proteger al somatén del Vallés y a los inmediatos destinados a ayudar la proyectada conspiración de Barcelona. Moviose después Reding hacia Montblanch llevando 10.000 hombres, y el 24 congregó a junta para resolver definitivamente si retrocedería a Tarragona, o si iría al encuentro de los franceses: tanto pesaba a su atrevido ánimo volver la espalda sin combatir. En el consejo opinaron muchos por enriscarse del lado de Prades y enderezar la marcha a Constantí enviando la artillería a Lérida: otros, y fue lo que se decidió, pensaron ser más honroso caminar con la artillería y los bagajes por la carretera que pasando entre el Coll de Riba y orillas del Francolí va a Tarragona, mas con la advertencia de no buscar al enemigo, ni de esquivar tampoco su encuentro si provocase a la pelea. Emprendiose la marcha y el 25 al rayar el alba, después de cruzar el puente de Goy, tropezaron los nuestros con la gran guardia de los franceses, la cual haciendo dos descargas se recogió al cuerpo de su división, que era la del general Souham situada en las alturas de Valls.

Batalla de Valls.

Don Teodoro Reding en vez de proseguir su marcha a Tarragona, conforme a lo acordado, retrocedió con la vanguardia y se unió al grueso del ejército que estaba en la orilla derecha del Francolí, colocado en la cima de unas colinas. Tomada esta determinación empeñose luego una acción general, a la que sobre todo alentó haber nuestras tropas ligeras rechazado a las enemigas. El general Castro regía la derecha española; quedó la izquierda y centro al cargo del general Martí.

La fuerza de los franceses consistía únicamente hasta entonces en la división de Souham, que teniendo su derecha del lado de Pla apoyaba su izquierda en el Francolí. En aquel pueblo permanecía el general Saint-Cyr con la división de Pino, cuya vanguardia cubría el boquete de Coll de Cabra, hasta que sabedor de haber Reding venido a las manos con Souham, se apresuró a juntarse con este. Antes de su llegada combatieron bizarramente los españoles durante cuatro horas, perdiendo terreno los franceses, los cuales reforzados a las tres de la tarde cobraron de nuevo ánimo. Entonces hubo generales españoles que creyeron prudente no aventurar las ventajas alcanzadas contra tropas que venían de refresco, resolviéndose por tanto a volver a ocupar la primera línea y proseguir el camino a Tarragona. Mas fuese por impetuosidad de los contrarios, o por la natural inclinación de Reding a no abandonar el campo, trabose de nuevo y con mayor ardor la pelea.

Formó el general Saint-Cyr cuatro columnas, dos en el centro con la división de Pino, y dos en las alas con la de Souham. Pasó el Francolí, y arremetió subir a la cima en que se habían vuelto a colocar nuestras tropas. La resistencia de los españoles fue tenacísima, cediendo solo al bien concertado ataque de los enemigos. Rota después y al cabo de largo rato la línea en vano se quiso rehacerla, salvándose nuestros soldados por las malezas y barrancos de la tierra. Alcanzaron a Don Teodoro Reding algunos jinetes enemigos; defendiose él y los oficiales que le acompañaban valerosamente, mas recibió cinco heridas y con dificultad pudo ponerse en cobro. Nuestra pérdida pasó de 2000 hombres: menor la de los franceses. Contamos entre los muertos oficiales superiores, y quedó prisionero con otros el marqués de Casteldosríus, grande de España. Los dispersos se derramaron por todas partes acogiéndose muchos a Tarragona, a donde llegó por la noche el general Reding sin que el pueblo le faltase al debido respeto, noticioso de cuanto había expuesto su propia persona.

Entran
los franceses
en Reus.

Los franceses entraron al siguiente día en Reus, cuyos vecinos permanecieron en sus casas contra la costumbre general de Cataluña, y el ayuntamiento salió a recibir a los nuevos huéspedes, y aun repartió una contribución para auxiliarlos. Irritó sobre manera tan desusado proceder, y desaprobole agriamente el general Reding como de mal ejemplo. Villa opulenta a causa de sus fábricas y manufacturas no quiso perder en pocas horas la acumulada riqueza de muchos años. Extendiéronse los franceses hasta el puerto de Salou, y cortaron la comunicación de Tarragona con el resto de España. Esperanzas
de Saint-Cyr. Mucho esperó Saint-Cyr de la batalla de Valls, principalmente padeciéndose en Tarragona una enfermedad contagiosa nacida de los muchos enfermos y heridos hacinados dentro de la plaza, y cuyo número se había aumentado de resultas de un convenio que propuso el general Saint-Cyr y admitió Reding: según el cual no debían en adelante considerarse los enfermos y heridos de los hospitales como prisioneros de guerra, sino que luego de convalecidos se habían de entregar a sus ejércitos respectivos. Como estaban en este caso muchos más soldados españoles que franceses, pensaba el general Saint-Cyr que aumentándose así los apuros dentro de Tarragona, acabaría esta plaza por abrirle sus puertas. Tenía en ello tanta confianza que conforme él mismo nos refiere en sus memorias, determinó no alejarse de aquellos muros mientras que pudiese dar a sus soldados la cuarta parte de una ración. Conducta permitida si se quiere en la guerra, pero que nunca se calificará de humana.

Salen vanas.

Nada logró: los catalanes sin abatirse empezaron por medio de los somatenes y miqueletes a renovar una guerra destructora. Diez mil de ellos bajo el general Wimpffen y los coroneles Miláns y Clarós, atacaron a los franceses de Igualada, y los obligaron con su general Chabran a retirarse hasta Villafranca. Guerra
de somatenes. Bloquearon otra vez a Barcelona, y cortando las comunicaciones de Saint-Cyr con aquella plaza, infundieron nuevo aliento en sus moradores. Quiso Chabran restablecerlas, mas rechazado retirose precipitadamente, hasta que insistiendo después con mayores fuerzas y por orden repetida de su general en jefe, abrió el paso en 14 de marzo.

No pudiendo ya, falto de víveres, sostenerse el general Saint-Cyr en el campo de Tarragona, se dispuso a abandonar sus posiciones y acercarse a Vic, como país más provisto de granos y bastante próximo a Gerona, cuyo sitio meditaba. Debía el 18 de marzo emprender la marcha: difiriose dos días a causa de un incidente que prueba cuán hostil se mantenía contra los franceses toda aquella tierra. Dificultad
de las
comunicaciones. Estaba el general Chabot apostado en Montblanch para impedir la comunicación de Reding con Wimpffen, y de este con la plaza de Lérida. Oyose un día en los puntos que ocupaba el ruido de un fuego vivo que partía de más allá de sus avanzadas. Tal novedad obligole a hacer un reconocimiento, por cuyo medio descubrió que provenía el estrépito de un encuentro de los somatenes con 600 hombres y dos piezas que traía un coronel enviado de Fraga por el mariscal Mortier, a fin de ponerse en relación con el general Saint-Cyr. A duras penas habían llegado hasta Montblanch, mas no les fue posible retroceder a Aragón, teniendo después que seguir la suerte de su ejército de Cataluña. Hecho que muestra de cuán poco había servido domeñar a Zaragoza, y ganar la batalla de Valls para ser dueños del país, puesto que a poco tiempo no le era dado a un oficial francés poder hacer un corto tránsito a pesar de tan fuerte escolta.

Retírase
Saint-Cyr
de las cercanías
de Tarragona.

Esta ocurrencia, la de Chabran, y lo demás que por todas partes pasaba, afligía a los franceses viendo que aquella era guerra sin término, y que en cada habitante tenían un enemigo. Para inspirar confianza y dar a entender que nada temía, el 19 de marzo antes de salir de Valls envió el general Saint-Cyr a Reding un parlamentario avisándole que forzado por las circunstancias a acercarse a la frontera de Francia, partiría al día siguiente, y que si el general español quería enviar un oficial con un destacamento, le entregaría el hospital que allí había formado. Accedió Reding a la propuesta, manifestando con ella el general francés a su ejército el poco recelo que le daban en su retirada los españoles de Tarragona, oprimidos con enfermedades y trabajos. Paráronse algunos días las divisiones francesas del Llobregat allá, y aprovechándose de su reunión ahuyentaron a Wimpffen del lado de Manresa.

Pasa
por Barcelona.

Entró al paso en Barcelona el general Saint-Cyr, en donde permaneció hasta el 15 de abril. Durante su estancia no solo se ocupó en la parte militar, sino que también tomó disposiciones políticas, de las que algunas fueron sobradamente opresivas. Estado
de la ciudad. El general Duhesme había en todos tiempos mostrado temor de las conspiraciones que se tramaban en Barcelona, ya porque realmente las juzgase graves, o ya también por encarecer su vigilancia. No hay duda que continuaron siempre tratos entre gentes de fuera de la plaza y personas notables de dentro, siendo de aquellas principal jefe Don Juan Clarós, y de estas el mismo capitán general Villalba, sucesor que habían dado a Ezpeleta los franceses. En el mes de marzo recobrando ánimo después de pasados algunos días de la rota de Valls, acercose muchedumbre de miqueletes y somatenes a Barcelona, ayudándoles los ingleses del lado de la mar; hubo noche que llegaron hasta el glacis, y aun de dentro se tiraron tiros contra los franceses. En muchas de estas tentativas estaban quizá los conspiradores más esperanzados de lo que debieran, y a veces la misma policía aumentaba los peligros, y aun fraguaba tramas para recomendar su buen celo. Tal se decía de su jefe el español Casanova, y aun lo sospechaba el general Saint-Cyr, sirviendo de pretexto el nombre de conjuración para apoderarse de los bienes de los acusados. Mas con todo no dejó de haber conspiraciones que fueron reales, y que mantuvieron justo recelo entre los enemigos: motivo por el que quiso el general Saint-Cyr obligar con juramento a las autoridades civiles a reconocer a José, del mismo modo que se había intentado antes con los militares, sin que en ello fuese más dichoso.

Niéganse
las autoridades
civiles a prestar
juramento.

Hasta entonces no había parecido a Duhesme conveniente exigírselo deseoso de evitar nueva irritación y disgustos, y se contentaba con que ejerciesen sus respectivas jurisdicciones: resolución prudente y que no poco contribuyó a la tranquilidad y buen orden de Barcelona. Mas ahora cumpliendo con lo que había dispuesto el general Saint-Cyr convocó al efecto el 9 de abril a la casa de la audiencia a las autoridades civiles, y señaladamente concurrieron a ella los oidores Mendieta, Vaca, Córdova, Beltrán, Marchamalo, Dueñas, Lasauca, Ortiz, Villanueva y Gutiérrez; nombres dignos de mentarse por la entereza y brío con que se portaron. Abriose la sesión con un discurso en que se invitaba a prestar el juramento, obligación que se suponía suspendida a causa de particulares miramientos. Negáronse a ello resueltamente casi todos, replicando con claras y firmes razones, principalmente los señores Mendieta y Don Domingo Dueñas, quien concluyó con expresar «que primero pisaría la toga que le revestía, que deshonrarla con juramentos contrarios a la lealtad.» Siguieron tan noble ejemplo seis de los siete regidores que habían quedado en Barcelona: lo mismo hicieron los empleados en las oficinas de contaduría, tesorería y aduana, afirmando el contador Asaguirre «que aun cuando toda España proclamase a José, él se expatriaría.» Veintinueve fueron los que de resultas se enviaron presos a Monjuich y a la ciudadela, sin contar otros muchos que quedaron arrestados en sus casas, en cuyo número se distinguían el conde de Ezpeleta y su sucesor Don Galcerán de Villalba. Al conducirlos a la prisión el pueblo agolpábase al paso, y mirándolos como mártires de la lealtad, los colmaba de bendiciones, y les ofrecía todo linaje de socorros.

Prenden
a muchos
y los llevan
a Francia.

No satisfecho Saint-Cyr con esta determinación, resolvió poco después trasladarlos a Francia, medida dura y en verdad ajena de la condición apacible y mansa que por lo común mostraba aquel general, y tanto menos necesaria cuanto entre los presos si bien se contaban magistrados y empleados íntegros y de capacidad, no había ninguno inclinado a abanderizar parcialidades.

Pasa Saint-Cyr
a Vic.

Tomada esta y otras providencias se alejó el general Saint-Cyr de Barcelona, y llegó a Vic el 18 de abril, cuya ciudad encontró vacía de gente, excepto los enfermos, seis ancianos y el obispo. Con la precipitación lleváronse solamente los vecinos las alhajas más preciosas, dejando provisiones bastantes que aliviaron la penuria con que siempre andaba el ejército enemigo. Allí recibió su general noticias de Francia de que carecía por el camino directo después de cinco meses, y empezose a preparar para el sitio de Gerona, pensando que el ejército español no estaba en el caso de poder incomodarle tan en breve. No se engañaba en su juicio, así por el estado enfermizo y de desorden en que se hallaba después de la batalla de Valls, Muerte
de Reding. como también por el fallecimiento del general Reding acaecido en aquella plaza el 23 de abril. Al principio no se habían creído sus heridas de gravedad, pero empeorándose con las aflicciones y sinsabores pusieron término a su vida. Reding general diligente y de gran denuedo mostrose, aunque suizo de nación, Sucédele
Coupigny. tan adicto a la causa de España, como si fuera hijo de su propio suelo. Sucediole interinamente el marqués de Coupigny.

La guerra de somatenes siempre proseguía encarnizadamente, y largos y difíciles de contar serían sus particulares y diversos trances. Muestra fue del ardor que los animaba la vigorosa Paisanos
del Vallés. respuesta de los paisanos del Vallés a la intimación que los franceses les hicieron de rendirse. «El general Saint-Cyr [decían] y sus dignos compañeros podrán tener la funesta gloria de no ver en todo este país más que un montón de ruinas... pero ni ellos ni su amo dirán jamás que este partido rindió de grado la cerviz a un yugo que justamente rechaza la nación.»

Principio
de las partidas
en todo el reino.

Tal género de guerra cundió a todas las provincias nacido de las circunstancias y por acomodarse muy mucho a la situación física y geográfica de esta tierra de España, entretejida y enlazada con los brazos y ramales de montañas y sierras que como de principal tronco se desgajan de los Pirineos y otras cordilleras, las cuales aunque interrumpidas a veces por parameras, tendidas llanuras y deliciosas vegas, acanalando en unas partes los ríos, y en otras quebrando y abarrancando el terreno con los torrentes y arroyadas que de sus cimas descienden, forman a cada paso angosturas y desfiladeros propios para una guerra defensiva y prolongada. No menos ayudaba a ella la índole de los naturales, su valor, la agilidad y soltura de los cuerpos, su sencillo arreo, la sobriedad y templanza en el vivir que los hace por lo general tan sufridores de la hambre, de la sed y trabajos. Hubo sitios en que guerreaba toda la población: así acontecía en Cataluña, así en Galicia, según luego veremos, así en otras comarcas. En los demás parajes levantáronse bandas de hombres armados, a las que se dio el nombre de guerrillas. Al principio cortas en número crecieron después prodigiosamente, y acaudilladas por jefes atrevidos recorrían la tierra ocupada por el enemigo y le molestaban como tropas ligeras. Sin subir a Viriato puede con razón afirmarse que los españoles se mostraron siempre inclinados a este linaje de lides, que se llaman en la 2.ª Partida correduras y algaras, fruto quizá de los muchos siglos que tuvieron aquellos que pelear contra los moros, en cuyas guerras eran continuas las correrías a que debieron su fama los Vivares y los Munios Sanchos de Hinojosa. En la de sucesión, aunque varias provincias no tomaron parte por ninguno de los pretendientes, aparecieron no obstante cuadrillas en algunos parajes, y con tanta utilidad a veces de la bandera de la casa de Borbón, que el marqués de Santa Cruz de Marcenado en sus reflexiones militares las recomienda por los buenos servicios que habían hecho los paisanos de Benavarre. En la guerra contra Napoleón nacieron más que de un plan combinado de la naturaleza de la misma lucha. Engruesábanlas con gente las dispersiones de los ejércitos, la falta de ocupación y trabajo, la pobreza que resultaba, y sobre todo la aversión contra los invasores viva siempre y mayor cada día por los males que necesariamente causaban sus tropas en guerra tan encarnizada.

Decreto
de la central.

La junta central sin embargo previendo cuán provechoso sería no dar descanso al enemigo y molestarle a todas horas y en todos sentidos, imaginó la formación de estos cuerpos francos, y al efecto publicó un reglamento en 28 de diciembre de 1808 en que despertando la ambición y excitando el interés personal, trataba al mismo tiempo de poner coto a los desmanes y excesos que pudieran cometer tropas no sujetas a la rigurosa disciplina de un ejército. Nunca se practicó este reglamento en muchas de sus partes, y aún no había circulado por las provincias cuando ya las recorrían algunos partidarios. Porlier. Fue uno de los primeros Don Juan Díaz Porlier, a quien denominaron el Marquesito por creerle pariente de Romana. Oficial en uno de los regimientos que se hallaron en la acción de Burgos, tuvo después encargo de juntar dispersos, y situose con este objeto en San Cebrián de Campos a tres leguas de Palencia. Allegó en diciembre de 1808 alguna gente, y ya en enero sorprendió destacamentos enemigos en Frómista, Rivas y Paredes de Nava, en donde se pusieron en libertad varios prisioneros ingleses, señalándose por su intrepidez Don Bartolomé Amor, segundo de Porlier. Próximo este a ser cogido en Saldaña y dispersada su tropa, juntola de nuevo, haciéndose dueño en febrero del depósito de prisioneros que tenían los franceses en Sahagún, y de más de 100 de sus soldados. Creció entonces su fama, difundiose a Asturias, y la junta le suministró auxilios, con lo que, y engrosada su partida, acometió a la guarnición enemiga de Aguilar de Campóo, compuesta de 400 hombres y dos cañones, siendo curioso el modo que empleó para rendirlos.

Encerrados los franceses en su cuartel bien pertrechados y sostenidos por su artillería, dificultoso era entrarlos a viva fuerza. Viendo esto Porlier hizo subir algunos de los suyos a la torre, y de allí arrojar grandes piedras, que cayendo sobre el tejado del cuartel, le demolieron y dejaron descubiertos a los franceses obligándolos a entregarse prisioneros. Concluyó otras empresas con no menor dicha.

Don Juan
Echávarri.

No fue tanta entonces la de Don Juan Fernández de Echávarri que, con nombre de Compañía del Norte, levantó una cuadrilla que corría la montaña de Santander y señorío de Vizcaya, pues preso él y algunos de sus compañeros en 30 de marzo, fue sentenciado a muerte por un tribunal criminal extraordinario que a manera del de Madrid se estableció en Bilbao, el cual en este y otros casos ejerció inhumanamente su odioso ministerio.

El Empecinado.

Otras partidas de menos nombre nacieron y comenzaron a multiplicarse por todas las provincias ocupadas. Distinguiose desde los principios la de Don Juan Martín Díez que llamaron el Empecinado [apodo que dan los comarcanos a los vecinos de Castrillo de Duero de donde era natural]. Soldado licenciado después de la guerra de Francia de 1793, pasaba honradamente la vida dedicado a la labranza en la villa de Fuentecén. Mal enojado como todos los españoles con los acontecimientos de abril y mayo de 1808, dejó la esteva y empuñó la espada, hallándose ya en las acciones de Cabezón y Rioseco. Persiguiéronle después envidias y enemistades, y le prendieron en el Burgo de Osma, de donde se escapó al entrar los franceses. Luego que se vio libre reunió gente ayudado de tres hermanos suyos; y empezando en diciembre a molestar al enemigo, recorrió en enero y febrero con fruto los partidos de Aranda, Segovia, tierra de Sepúlveda y Pedraza. Aunque acosado en seguida por los enemigos, internándose en Santa María de Nieva, recogió en sus cercanías muchos caballos y hombres. Con tales hechos se extendió la fama de su nombre, mas también el perseguimiento de los franceses que enviaron en su alcance fuerzas considerables, y prendieron como en rehenes a su madre. Casi rodeado salvose en la primavera con su partida, y sin abandonar ninguno de los prisioneros que había hecho, yendo por las sierras de Ávila, se guareció en Ciudad Rodrigo. Llegaron entonces a noticia de la central sus correrías, y le condecoró con el grado de capitán. También por los meses de abril y mayo tomó las armas y formó partida Don Jerónimo Merino cura de Villoviado. Lo mismo hicieron, otros muchos, de los que y de sus cuadrillas suspenderemos hablar hasta que ocurra algún hecho notable o refiramos lo que pasaba en las provincias en que tenían su principal asiento.

Ciudad Rodrigo
y Wilson.

Ayudaron al principio mucho a estas partidas, amparándolas en sus apuros las plazas y puntos que todavía quedaban libres. Acabamos de ver como el Empecinado se abrigó a Ciudad Rodrigo, en cuya plaza y sus alrededores solía permanecer el digno e incansable jefe inglés Sir Roberto Wilson. Asistido de su legión lusitana a la que se habían agregado españoles e ingleses dispersos, y una corta fuerza bajo Don Carlos de España, protegía a nuestros partidarios e incomodaba al general Lapisse colocado en Ledesma y Salamanca. Este aunque al frente de 10.000 hombres y con mucha artillería, apenas había hecho cosa notable hasta abril desde enero en que se apoderó de Zamora, ciudad casi abandonada. Solo en 2 de marzo esperanzado en malos tratos se presentó delante de Ciudad Rodrigo para entrar de rebate la plaza, mas el aviso de buenos españoles y la diligencia de Wilson le impidieron salir adelante con su proyecto, incomodándole este continuamente aun en sus mismos reales.

Asturias.

Por aquel tiempo Asturias, provincia que después de la invasión de Galicia era la sola libre entre las del norte, mostrose firme, y continuó desplegando sus patrióticos sentimientos. La junta. Gobernábala la misma junta que se había congregado en 1808, compuesta de hacendados y personas principales del país. Dio para el armamento y defensa enérgicas providencias; que la malquistaron con muchos. Tales fueron un alistamiento general sin excepción de clase ni persona; el repartimiento extraordinario a toda la provincia de 2.000.000 de reales, y el de otras sumas entre los más ricos capitalistas y propietarios, la rebaja de sueldos a los empleados; y por último el haber mandado a las corporaciones eclesiásticas que tuviesen a su disposición los caudales que existieran en sus depósitos. Con estos recursos hubo bastante para hacer frente a los considerables gastos que ocasionaron las dispersiones de Espinosa y las posteriores; y arreglar de nuevo y aumentar la fuerza necesaria para la defensa del principado.

Ballesteros.

Uno de los puntos que urgía poner al abrigo de un impensado ataque era el del lado oriental, por donde los enemigos se habían extendido hasta más acá de San Vicente de la Barquera. Juntáronse las pocas tropas que quedaban, y se pusieron a las órdenes de Don Francisco Ballesteros; que de capitán retirado y visitador de tabacos había ascendido a mariscal de campo en la profusión de grados que se concedieron. Contentose al principio el nuevo general con ocupar las orillas del río Sella, hasta que reforzado avanzó en enero de 1809 a Colombres y riberas del Deva. Descubrieron luego Ballesteros y otros jefes suma actividad y celo, esmerándose en la instrucción y disciplina de subalternos y soldados. Y en aquel campo al paso que se perfeccionaron unos y otros en los ejercicios de su profesión, habituáronse también al fuego, no estando separados del enemigo sino por el Deva, y al fin se alcanzó formar una división que regida por Ballesteros adquirió justo renombre en el curso de la guerra.

Sus operaciones
en Colombres.

Antes de empezar febrero ascendía dicha fuerza a 5000 hombres, y el 6 del mismo desalojó ya a la del enemigo de la línea que ocupaba, incomodándole con frecuencia, y casi siempre ventajosamente. Hubo ocasiones en que las refriegas fueron de más empeño, sobre todo una acaecida en fines de abril, consiguiendo los nuestros penetrar basta San Vicente de la Barquera, en cuyo pueblo celebró su victoria el general Ballesteros con grande aparato; vana ostentación a que era inclinado, pero con la que entusiasmaba al soldado y granjeaba su voluntad.

Armamento
de la provincia.

La junta de Asturias había además establecido dentro del principado, bajo el nombre de Alarma, un levantamiento general para que acudiesen a la defensa, en caso de irrupción, todos los hombres capaces de manejar un fusil o un chuzo, de cuyas armas no había vecino que no estuviese provisto.

Worster.

A últimos de enero, al saberse la ocupación de Galicia, igualmente paró su atención en formar y juntar con prontitud una división de 7000 hombres que cubriese la parte occidental de Asturias, y cuyo mando por desgracia dio a Don José Worster, general de menguado seso, aunque antiguo oficial de artillería.

Entran
los asturianos
en Ribadeo.

Puesta esta fuerza a orillas del Eo, sabiendo ser corta la que tenían enfrente los enemigos, y ansiando por tener un apoyo los patriotas de aquellos partidos, de los que del lado de Vivero se habían ya levantado algunos, tratose seriamente al comenzar febrero de hacer una excursión en Galicia. Verificose así, mas con tan poco orden que las tropas de Worster cometieron excesos en Ribadeo como si fuesen enemigas, y mataron a Don Raimundo Ibáñez comerciante rico e ilustrado de aquella villa. Difícil era que soldados tan insubordinados se comportasen debidamente cuando se tratase de guerrear. No obstante intentó Worster sorprender a los franceses que guarnecían a Mondoñedo. Y en Mondoñedo. Sita esta ciudad en un profundo valle, cercada de altas montañas, y sin otro camino llano más que el que conduce a Asturias, pudiera fácilmente haberse conseguido la empresa. Pero Worster por sus mal concertadas órdenes, y el coronel Linares por no atender cumplidamente al punto que guardaba, diéronse tan torpe maña que dejaron retirarse a los franceses sin grande molestia. Worster luego que entró en Mondoñedo en vez de tener presente la clase de enemigo con quien las había, entregose a fiestas y convites que le dieron los vecinos, de cuyo descuido enterado el general francés Maurice Mathieu que mandaba por aquella parte, después de entrar en Vivero, en que se había formado una junta, y de entregar al saco y furor del soldado aquella villa, revolvió sobre Mondoñedo, Sorprenden
y dispersan
los franceses
a Worster. sorprendió y dispersó la división de Worster, superior en número, y penetrando en Asturias hasta el Navia saqueó y aniquiló los concejos que median entre este río y el Eo. Afortunadamente se hallaba en las cercanías Don Manuel Acevedo individuo de la junta, y hermano del general que pereció después de la batalla de Espinosa, y a su actividad e ilustrada diligencia debiose la pronta reunión a esta parte del Navia de los soldados desbandados, ayudándole con esmero el gobernador del partido Don Matías Menéndez, y el bizarro coronel Galdiano. Advertido el general francés de que la tropa asturiana se había rehecho, y juzgando arriesgado internarse aún en el principado, retrocedió a Galicia y se contentó con ocupar sus antiguas posiciones.

Romana.

Tales eran los acontecimientos ocurridos en Asturias, mientras que esta provincia, si bien libre, se había mantenido como aislada y sin comunicación con las otras, hasta que en la primavera de 1809 pisó su suelo por primera vez el marqués de la Romana; mas para averiguar los motivos que trajeron a este caudillo al principado, necesario es referir antes lo que pasó en Galicia después que le dejamos en enero a él y a su gente cerca de la frontera de Portugal.

Su ejército.

Allí continuó todo el febrero mudando a menudo de posición, y aproximándose a veces a la plaza portuguesa de Chaves. Consistía su fuerza en 9000 hombres, distribuidos en una vanguardia al cargo de Don Gabriel de Mendizábal, y en dos divisiones que mandaban los generales Mahy y Taboada. Su estancia en aquellos parajes animó mucho al paisanaje de Galicia, abultándose el número de sus tropas y el de sus recursos. También procuraba el mismo marqués por medio de emisarios atizar el fuego, y el ayudante general Moscoso en una comisión que tuvo en lo interior de aquella provincia, repartió con buen éxito ejemplares manuscritos de una instrucción que había compuesto para la guerra de partidas.

Empieza
el levantamiento
de Galicia.

Hubo sitios en que produjeron estos pasos conveniente efecto; mas hubo otros en que sin ajeno estímulo formáronse muy luego los habitantes en cuadrillas. Así aconteció con los paisanos de la Puebla de Tribes que los primeros y antes de comenzar febrero, dirigidos por Diego Núñez de Millaroso, cogieron prisioneros a 80 dragones de la división del general Marchand, los cuales con varios despojos llevaron en triunfo adonde estaba Romana. Imitáronlos en breve otros muchos en el valle de Valdeorras, y uniéndose cinco fieldades eligieron una junta, escogiendo por su general a Don José, abad de Casoyo, mozo arrojado y de la casa de Quiroga, ilustre en aquella tierra. Su hermano Don Juan, también de Quiroga y Uría, cooperó grandemente a sus empresas, que se multiplicaron y se extendieron hacia el Bierzo. En la línea de Lugo desde el valle de Cruzul hasta monte Salgueiro, no lejos de Betanzos, interceptaron los naturales correos y destacamentos, señalándose el juez de Cancelada Don Ignacio Herbón, quien al acabar febrero atacó en Doncos un convoy, y le cogió en su mayor parte. Pero en donde se encendió extraordinariamente y tomó forma más regular la insurrección, según veremos más adelante, fue del lado de Tuy.

Mucho hubiera podido contribuir a darle pronto y vigoroso centro la permanencia de Romana hacia Monterrey; mas nuevas ocurrencias le obligaron a alejarse. Indicamos en otro libro como el mariscal Soult avanzaba por la costa de Galicia vía de Portugal. Ejecutó este movimiento en virtud de orden que en 28 de enero recibió en el Ferrol para invadir aquel reino.

Mariscal Soult.

Luego que se embarcaron los ingleses en la Coruña quedando pocos en Lisboa, pareciole fácil a Napoleón llegar a las puertas de esta capital, y lavar con su conquista la antigua mancha. Trata de invadir
Portugal. Para ello al paso que Soult había de realizar la principal invasión por la costa de Galicia y provincias portuguesas del norte, el general Lapisse y el mariscal Victor estaban encargados de amenazar la frontera portuguesa por Ciudad Rodrigo y Extremadura. Componíanse las fuerzas de Soult del segundo cuerpo y de parte del que había mandado Junot: según Napoleón ascendían en todo a 50.000 hombres, como si no hubiesen tenido pérdidas ni baja alguna; mas realmente estaban reducidos a la mitad: 4000 eran de caballería.

Inútil tentativa
para atravesar
el Miño.

El mariscal Soult después de tomar las correspondientes providencias y de dejar en su lugar a Ney, ausente en Lugo al recibo de la orden, púsose en marcha, y el 3 de febrero llegó a Santiago. Precediéronle los generales La Houssaye y Franceschi: el primero con los dragones se encaminó a Ribadavia y Salvatierra, plaza de poco valer y desmantelada a orilla derecha del Miño; y el segundo con la caballería ligera fue la vuelta de Tuy, ciudad colocada en la misma ribera. Sostenía a estas divisiones la de infantería del general Merle, que avanzó a Pontevedra. Las otras con el mariscal Soult salieron de Santiago el 8, llegando el 10 a Tuy. Corre el Miño por allí muy caudaloso, y sin que desde Orense se encuentre puente alguno; no obstante pensó Soult cruzarle hacia la marina, acopiando los preparativos necesarios en el puertecillo de La Guardia, separado de la desembocadura por el monte de Santa Tecla. Habiendo dificultades para doblar la punta que este forma, y subir río arriba, trasladaron los franceses por tierra en carros gallegos cosa de una legua con mucho trabajo los botes destinados al transporte de la tropa, y los volvieron a poner boyantes en el Tamuge, río pequeño que desagua en el Miño. El 15 en la noche a la hora de la marea alta quedó encargado de empezar la operación el general Thomières. Ejecutose en buen orden por el Tamuge, pero al entrar en la gran corriente del Miño, más rápida con el reflujo que comenzaba, separáronse los botes, y pocos fueron los que arribaron a la orilla opuesta. Los portugueses mandados por el general Bernardino Freire hicieron contra ellos un fuego vivo y acertado, con lo cual y la marea ya contraria tuvieron que volver los más a tierra de España, quedando prisioneros de los portugueses unos 40 hombres. El malogramiento de esta tentativa cundiendo por una y otra frontera animó al paisanaje, deseoso de molestar a los franceses.

Toma Soult
hacia Orense.

También con aquel contratiempo vio el mariscal Soult los obstáculos que se le ofrecían para pasar el Miño, no teniendo a su pronta disposición los medios necesarios. Por lo cual determinó entrar en Portugal vía de Orense, tomando río arriba. Salió pues de Tuy el 17 de febrero, y nombró al general Lamartinière comandante de la ciudad, en la que dejó los enfermos, la mayor parte de la artillería, y alguna guarnición.

Insurrección.

A corta distancia ya percibió síntomas de una insurrección general. Habíanla fomentado varios individuos, entre los que se señalaron el abad de Couto y el de Valladares. Los abades
de Couto
y Valladares. Aquella tierra está bien cultivada, con población numerosa y desparramada en caseríos rústicos. De las heredades distribuidas en cortas porciones, y por lo general a foro enfitéutico, disponen los usufructuarios como de cosa propia. Y la gente trabajadora y de suyo guardosa, temía más que la de otras provincias perder con la invasión de extraños el producto de sus labores e industria, y con tanta mayor razón cuanto los franceses escasos de provisiones comenzaron a hacer repartimientos excesivos, y a cometer robos y saqueos.

El paisanaje
molesta
a los franceses
en su marcha.

Allí los abades, nombre que se da a los curas párrocos, tienen mucho influjo por su riqueza y poder. Lo tienen los ricos y cercanos monasterios del orden cisterciense de San Clodio y Melón, y teníanlo también entonces por su patriotismo varios particulares, los cuales juntos y separadamente trataron de aprovechar la buena disposición del pueblo contra los extranjeros. Antes que ninguno descubriose el abad de Couto Don Mauricio Troncoso, quien congregando a sus feligreses con motivo de un repartimiento que los invasores habían echado, díjoles: «En vez de dar a los enemigos lo que nos piden, seré vuestra guía si queréis negárselo y emplearlo en vuestra defensa.» Aplaudieron todos aquellas palabras, y agregándose personas de cuenta y aun portugueses, soltáronse de todos lados partidas que hostigaron a los franceses en su marcha. En Mourentan hízoles notable daño el mismo abad de Couto, y quemaron aquel pueblo en venganza. Desde el puente de las Hachas hasta Ribadavia también padecieron varias acometidas, acaudillando al paisanaje José Labrador, el monje bernardo Fray Francisco Carrascón, y después el juez de Maside; y si bien en estos reencuentros los franceses con su pericia y buenas armas rompían al fin por medio e iban adelante, perdían gente y amilanábanse sus soldados con guerra tan continua y encarnizada.

Soult y Romana.
Intimación a este.

De Ribadavia pasó el mariscal Soult a Orense resuelto a entrar en Portugal por la plaza de Chaves, y a disipar antes el corto ejército de Romana. Manteníase este general en el valle de Monterrey, y hallábase en Lamadarcos el 4 de marzo cuando llegó un parlamentario francés con un pliego, ofreciendo recompensas y condecoraciones con tal que Romana y su ejército reconociesen a José. Replicó el general español debidamente, diciendo que a tales proposiciones no había otra respuesta sino cañonazos. Pero no habiéndose tomado en el recibimiento del oficial parlamentario las acostumbradas precauciones, examinó este con sus propios ojos el deplorable estado de nuestro ejército, y dio cuenta de ello a su mariscal, quien determinó atacar sin dilación a los españoles.

Es desbaratada
la retaguardia
española.

El marqués de la Romana quería evitar cualquier refriega, mas no habiéndose retirado tan prontamente como era de desear, fue el 6 de marzo alcanzada su retaguardia a las órdenes de Don Nicolás Mahy en las inmediaciones de Verín. Cogiole el general Franceschi algunos prisioneros y la desordenó, pero no insistiendo en su perseguimiento pudo continuar su marcha. Los franceses solo pensaron en entrar en Portugal, cuyas tropas mandadas por el general Silveira habían sido acometidas en Villaza el mismo día que las españolas por la división de Delaborde, teniendo que retirarse después de alguna pérdida al abrigo de la noche.

El general Mahy dirigiose a las Portillas, gargantas que parten término con Castilla, y se unió en Lubián con el marqués de la Romana. Andaban todos inciertos acerca del camino que tomarían, y pesábales a algunos que se abandonase a Galicia en la propia sazón en que por todas partes cundía el fuego insurreccional. Aprobose al fin a propuesta del ayudante general Moscoso el no alejarse de la tierra montañosa, y conforme a esta determinación decidió Romana partir la vuelta de Asturias, de donde soplaría la hoguera encendida en Galicia. En consecuencia cambiose de improviso la marcha, y se revolvió sobre las montañas de las Cabreras para cruzarlas por el puerto del Palo, país escabroso, solitario, y cuyas sierras más bien se escalan que se suben. A su paso sobrecogió la noche a nuestros soldados, en estación cruda, expuestos a la inclemencia, desprovistos de todo. Animándose unos a otros llegaron por fin a Ponferrada del Bierzo con admiración de sus vecinos que los creían lejos de sus hogares. En aquella villa y otros muchos pueblos no había francés alguno, contentándose estos con ocupar la línea de comunicación de la calzada que de Galicia va a Castilla, y aun en ella tenían poca tropa, excepto en Villafranca en que contaban unos 1000 hombres de escogidas tropas.

Ataca
a Villafranca.

Las de Romana no estaban para emprender expediciones de grande importancia, pero el haber casualmente encontrado en una ermita cerca de Ponferrada un cañón de a doce abandonado con su cureña y balas de su calibre, sugirió la idea al ayudante Moscoso de proponer al general en jefe un ataque contra los franceses de Villafranca. Condescendió Romana, y desde Toreno a donde se había ya trasladado para entrar en Asturias, dispuso que acometiese la empresa con 1500 hombres el general Mendizábal.

Se apodera
de la guarnición.

Los franceses a la inesperada vista de los españoles y del cañón de grueso calibre, imaginándose venía sobre ellos gran fuerza, se arredraron y metieron en el castillo-palacio de la villa, perteneciente a los marqueses que llevan su nombre: era edificio antiguo de muros sólidos con cuatro torreones que defendían cañones de hierro, y el cual quemaron después los paisanos para que no sirviese otra vez de refugio al enemigo. Comenzaron los españoles su ataque en la mañana del 17 de marzo, distinguiéndose el regimiento de voluntarios de la Corona, e íbase ya a entrar por fuerza el castillo, cuando intimada la rendición abrieron los franceses la puerta, y quedaron prisioneros 1000 granaderos que le guarnecían de las más acreditadas tropas. Avergonzábanse después de haber entregado las armas a tan corto número de hombres y a gente de tan poca apariencia como eran entonces las tropas de aquel ejército. La nueva de este suceso creciendo de boca en boca alentó a los patriotas de Galicia, que se figuraban ser ya más numerosas las tropas que capitaneaba Romana. Ojalá se hubiera siempre limitado este caudillo a tal linaje de empresas, dignas de un militar y de su elevado puesto, evitando entrometerse en querellas y divisiones de provincias, según aconteció en Oviedo, a cuya ciudad llegó poco después de la toma del castillo de Villafranca.

Llega Romana
a Oviedo.

Los disgustos excitados con las providencias oportunas y enérgicas de aquella junta, habíanse entonces aumentado con otras intempestivas y arbitrarias dadas contra algunas personas. Los descontentos, sobre todo ciertos individuos de corporaciones privilegiadas, salieron a recibir a Romana, y por desgracia de tal modo preocuparon su ánimo que en vez de obrar desapasionadamente, y de contentarse con reprimir los abusos de autoridad que hubiese habido, púsose del bando de los que se creían agraviados. Altercado
con la junta. Tratáronse por consiguiente el general y la junta con frialdad y desvío, sin que le fuese dado conciliarlos a la prudencia y buen tino de su presidente el brigadier D. José Valdés, antiguo jefe de Romana cuando este servía en la armada. La central había autorizado al marqués con amplias facultades en la parte militar, y él ensanchándolas a su sabor empezó por reprender a la junta en lo que precisamente merecía más alabanza, como lo era en haber mandado que tomasen las armas todos sin excepción, inclusos los donados y legos de los conventos, y los beneficiados no ordenados in sacris. Compuesta dicha corporación de los principales de la provincia y de suyo altiva, respondió acerbamente a la inadvertida reprensión; con lo cual irritado aún más Romana quiso llamarla a cuentas. Negose a ello la junta por no creerle autoridad competente, pero añadiendo que haría públicas sus entradas e inversiones para satisfacción de sus comitentes. Encendiéndose así el enojo de ambas partes, en especial con motivo de un repartimiento de 4.000.000 enviados por la central para uso del principado y que Romana quería por sí aplicar a su solo ejército, decidiose el último a disolver la junta, a cuyo fin y por orden suya penetró en la sala de las sesiones el coronel Don José de O’Donnell con 50 hombres del regimiento de la Princesa, haciendo en ello un pequeño y ridículo remedo del 18 Brumario de Napoleón. Cedieron los vocales a la violencia, sin dejar de hacer fuerte y enérgica oposición, señaladamente Don Manuel María de Acevedo. Romana nombró otra junta en su lugar, mas la tropelía cometida con la anterior disgustó a los más, y desencajó, por decirlo así, de su asiento en el principado el orden y buen gobierno.[*] (* Ap. n. [8-7].) Injustamente acusaron algunos a la junta disuelta de malversación de caudales: pudientes y ricos los más de sus individuos habían hecho los más de ellos donativos cuantiosos, y su patriotismo y celo estaban libres de tacha: solo, repetimos, incurrieron en merecida censura por algunas medidas arbitrarias contra determinadas personas. Hablamos en este punto con tanta mayor imparcialidad, cuanto no andábamos bien avenidos con aquella junta, por lo que merecimos de Romana que nos nombrase de la que había en su lugar creado, gracia que no admitimos por considerar su procedimiento ilegal y dañoso.

Invade Ney
Asturias.

Sabedor el mariscal Ney de la discordia suscitada entre la junta de Asturias y Romana, y temeroso sobre todo con lo sucedido en Villafranca de que uniendo este caudillo sus tropas a las del principado formase un cuerpo respetable y bastante numeroso para incomodarle y cortarle su comunicación con el reino de León, se preparó a invadir a Asturias poniéndose de acuerdo con fuerzas que había en Castilla y en Santander. Parece ser que desde Francia también le había venido orden de no desperdiciar oportuna coyuntura de verificar dicha invasión. Romana por su parte más ocupado en las contestaciones y querellas de la junta que en uniformar y arreglar la mucha gente que ahora tenía a su disposición, no tomó acerca de ello providencia alguna. Dejó correr en el principado los asuntos militares según iban a su llegada, y olvidó a su ejército de Galicia, el cual a las órdenes de Don Nicolás Mahy pasando el puerto de Ancares se había situado hacia el Navia, extendiéndose hasta las avenidas de Lugo y Mondoñedo.

El mariscal Ney rozándose casi con este ejército y acompañado de 6000 hombres, se dirigió desde Galicia por la tierra áspera y encumbrada de Navia de Suarna a Ibias, y descendiendo a Cangas de Tineo, Salas y Grado se adelantó a Oviedo, al mismo tiempo que procedente de Valladolid y con otra tanta o más fuerza se metía en el principado por el puerto de Pajares Kellermann. el general Kellermann. Estaba ya cercano a Oviedo el mariscal Ney y todavía lo ignoraba Romana. Recibió este al fin un aviso y apresuradamente después de dar por primera vez órdenes a la división de Ballesteros y a la de Worster poco antes malamente repuesto en el mando, Romana
se embarca
en Gijón. pasó a Gijón en donde se embarcó tomando en seguida tierra en Ribadeo. Entró Ney en Oviedo el 19 de mayo, de cuya ciudad habían salido casi todos sus moradores, dejando abandonadas sus casas y haberes. Saquean
los franceses
Oviedo. Entregada al saco durante tres días, viéronse muchos arruinados y menguaron los intereses de otros. A la noticia de la invasión acercose el general Worster lentamente a Oviedo por el país de montaña, y Ballesteros retrocediendo de Colombres al Infiesto, enriscose luego por las asperezas de Covadonga, santuario célebre mirado como cuna de la monarquía de Castilla. Sale Ney
de Asturias. Parose poco Ney en la capital de Asturias, y dejando allí a Kellermann y en Villaviciosa al general Bonnet que había venido con su división hasta aquel sitio de los lindes de Santander, tornó por la costa a Galicia, a donde le llamaban acontecimientos de cuantía, y a que daban ocasión reveses de Soult en Portugal, la insurrección de la provincia de Tuy y otras, y aun también los movimientos del ejército de la Romana, el cual amenazaba a Lugo y alentaba al paisanaje con la abultada fama de sus hazañas.

Mahy
amenaza Lugo.

La fuerza de este ejército puede decirse que estaba dividida en dos partes, de la una que era la principal acabamos de hacer mención, la otra entonces menos numerosa había quedado en la Puebla de Sanabria a las órdenes de Don Martín de la Carrera. La primera, gobernada en ausencia de Romana por Don Nicolás Mahy, constaba de unos 6000 hombres y de 200 caballos: la cual a la propia sazón que Ney se movía la vuelta de Asturias, se adelantó hacia el monasterio cisterciense de Meira no lejano de Lugo. El general Worster no había querido acompañar a Mahy en aquel movimiento creyendo que la fuerza que mandaba debía pensar antes que en otra cosa en cubrir a Asturias. Siguió avanzando dicho general Mahy, y su vanguardia capitaneada por Don Gabriel de Mendizábal tropezó el 17 de mayo en Feria de Castro a dos leguas de Lugo con una columna enemiga de 1500 hombres que obligó a meterse en la ciudad. Al día siguiente el general Fournier, gobernador francés, militar entendido pero de condición singular, y muy dado a hablar en latín a los obispos y a los clérigos, Desbarata al
general Fournier. salió de dentro y se dispuso a aguardar a los nuestros en las inmediaciones, apoyando la izquierda en los mismos muros y la derecha en un pinar vecino. Acometiole Don Nicolás Mahy formando su gente en dos columnas guiadas por los generales Mendizábal y Taboada, junto con los 200 jinetes que mandaba Don Juan Caro. A espaldas quedó la reserva a las órdenes del brigadier Losada, y aparentose tener otro cuerpo de caballería colocando a distancia, montados en acémilas y caballos de oficiales, cierto número de soldados; ardid que no dejó de servir, notándose también en nuestras tropas más instrucción y confianza. Trabose la pelea y a poco volviendo caras la caballería enemiga desconcertó su línea de batalla, e infantes y jinetes corrieron precipitadamente a guarecerse de la ciudad, acometiendo con tal brío nuestra gente que varios catalanes de tropas ligeras metiéndose dentro al mismo tiempo que aquellos, tuvieron después que descolgarse por las casas pegadas al muro ayudados de los vecinos. Los franceses perdieron bastante gente y los españoles varios oficiales, y en este número al comandante de ingenieros D. Pedro González Dávila distinguido por su valor. No pudiendo los españoles ganar en seguida a Lugo, ciudad rodeada de una antigua y elevada muralla y de muchos torreones aunque socavado el revestimiento por los años, Pone cerco
a la ciudad. intimaron la rendición al gobernador que respondió con honrosa arrogancia. Entonces decidiose a formalizar el cerco el general Mahy, y allí le dejaremos para acudir a donde nos llaman los gloriosos hechos de las orillas del Miño.

Crece
la insurrección
de Galicia.

Luego que el mariscal Soult hubo pasado de Orense vía de Portugal, la insurrección del paisanaje gallego se aumentó, cundiendo por las feligresías de las provincias de Tuy, Lugo, Orense y Santiago hasta las riberas del Ulla y aún más allá. Por todas partes aparecieron jefes para acaudillarla, y Romana y la central enviaron también algunos que la fomentasen. Entre los primeros fueron los más distinguidos los abades ya nombrados de Couto y Valladares, y además un caballero de nombre Don Joaquín Tenreiro, el alcalde de Tuy Don Cosme de Seoane y Don Manuel Cordido, labrador y juez de Cotobad. Así indistintamente se aunaban todas las clases contra el enemigo común. El último hizo guerra terrible en la carretera de Pontevedra a Santiago, los otros después de varios choques recorriendo la tierra de Tuy y Vigo, obligaron a los franceses a encerrarse en el recinto de ambas plazas. De los emisarios de Romana diéronse particularmente a conocer los capitanes Don Bernardo González, dicho Cachamuiña del pueblo de donde era natural, y Don Francisco Colombo, incomodando mucho el primero a los enemigos por la parte de Soutelo de montes y puente de Ledesma. Fueron los enviados de la central el teniente coronel Don Manuel García del Barrio, el entonces alférez Don Pablo Morillo, y el canónigo de Santiago Don Manuel de Acuña, gallego, y de familia que tenía deudos y amigos en el país. Llegaron estos cuando todavía el marqués de la Romana estaba en el valle de Monterrey, y permaneciendo Barrio en su compañía hasta que partió a Asturias, envió hacia Tuy a los otros dos comisionados para obrar de acuerdo con los que por allí lidiaban contra los franceses.

Además no hubo partido ni punto en que antes o después no fuesen molestados: así sucedió en Trasdeza, no lejos de Santiago, en que se formó una junta, y mandaron la gente los hermanos estudiantes Don Benito y Don Gregorio Martínez: así en Muros, en Corcubión, en Monforte de Lemos aunque con la desgracia en las tres últimas villas de haber sido incendiadas y horrorosamente puestas a saco. No desanimándose los moradores por tamaños contratiempos, sabedor Barrio de que en las alturas de Lobera reunía bastante gente el administrador de rentas de la Boullosa Don José Joaquín Márquez, incorporósele el 17 de marzo viniendo de hacia Chaves. Barrio.
Junta de Lobera. Reconocido Barrio como comisionado de la central, convino con los demás en congregar una junta compuesta de vocales del partido y de las personas que más habían contribuido al levantamiento de otras feligresías. Verificose en efecto, instalándose el 21 del mismo mes de marzo en aquellas alturas y en campo raso, renovando la sencillez de los tiempos primitivos. Sujetáronse todos a la autoridad creada, nombrose presidente al obispo de Orense y sin detención se tomaron disposiciones que mantuvieron e impulsaron más ordenadamente la insurrección. Al Márquez, hombre esforzado y que había trabajado en favor de la causa común más que los otros, diósele el mando de un nuevo regimiento que se apellidó de Lobera, y mandósele ir a reforzar a los que bloqueaban a Tuy. También se expidió orden a Cachamuiña para que de Soutelo cayese sobre Vigo y engrosase el número de los sitiadores. Dispusiéronse asimismo para entonces y para después varias otras correrías, en especial hacia Lugo y valle de Valdeorras, acaudillando siempre el paisanaje Don Juan Bernardo de Quiroga y su hermano el abad de Casoyo.

Sitia Vigo
el abad
de Valladares.

Entre tanto seguían apretando a las ciudades de Tuy y Vigo los abades de Couto y Valladares. Guarnecían a la última 1300 franceses al mando del jefe de escuadrón Chalot. Aunque es aquel puerto uno de los mejores y más abrigados de España, la fortificación de tierra es defectuosa, y a su muralla baja en algunas partes y sin foso la domina a corta distancia el castillo del Castro. Sin embargo la plaza estaba bien provista y artillada. Estrechábala el abad de Valladares Don Juan Rosendo Arias Henríquez, a quien se le había agregado la gente que en el valle de Fragoso había levantado Limia. su anciano alcalde Don Cayetano Limia, para lo que le facilitó armas el crucero inglés de la inmediata costa. Tenreiro
y el portugués
Almeida. Asimismo se le juntó Don Joaquín Tenreiro que con el portugués Don Juan Bautista Almeida había recogido muchos voluntarios de algunos valles, engrosándose de este modo considerablemente el número de sitiadores.

Morillo.

También en marzo se presentó entre ellos Don Pablo Morillo, quien enterado de que una columna francesa intentaba, encaminándose del lado de Pontevedra, venir al socorro de la plaza, corrió al Puente de Sampayo para reconocerle y asegurar su defensa, como lo verificó ayudado Gogo. de Don Antonio Gogo, vecino de Marín, que capitaneaba una partida numerosa de paisanos y era dueño de dos piezas de artillería. Colocó estas Morillo con otras tres que fueron de Redondela en el paso del puente, que fortalecido dejó al mando de Don Juan de Odogerti, comandante de tres lanchas cañoneras. Volviose luego Don Pablo al sitio de Vigo, y en su compañía 300 hombres mandados por Don Bernardo González Cachamuiña y D. Francisco Colombo.

Ríndese Vigo
a los españoles.

Había el abad de Valladares intimado a la plaza varias veces la rendición sin que el comandante francés quisiera abrir las puertas, pareciéndole vergonzoso y poco seguro capitular con paisanos. Tornó como hemos dicho Morillo, y ya por sus activas y acertadas disposiciones, y ya por haber sido enviado de Sevilla, eleváronle los sitiadores a coronel, y reconociéronle como superior, a fin de que a vista de un militar cesasen los escrúpulos y recelos del comandante francés. Sin tardanza repitió el nuevo jefe español una áspera intimación, amenazando el 27 de marzo con tomar por asalto la plaza y no dar cuartel. Pidieron los franceses 24 horas de término para contestar, y no accediendo Morillo, rindiéronse por fin, concedidos que les fueron los honores de la guerra, y con la cláusula de que serían llevados prisioneros a Inglaterra, por lo cual firmó la capitulación en unión con el jefe español el comandante británico del crucero. Exigió además Morillo que inmediatamente se ratificase lo convenido, pues si no, acometería la plaza. Retardábase la respuesta, y a las ocho de la noche aproximáronse a sus muros los sitiadores, arrojándose a la Puerta de Camboa para hacerla astillas y armado de un hacha un marinero anciano que cayó muerto de un balazo: ocupó su puesto y tomó el hacha González Cachamuiña, y rompiola aunque herido en varias partes de su cuerpo. Íbase ya a entrar por ella cuando Morillo recibió la ratificación, y a duras penas pudo con su recia voz hacer cesar el fuego y detener a los suyos que se posesionaron de la plaza al día siguiente 28. No hubo en su reconquista ni ingenieros ni cañones, ganada solo a impulsos del patriotismo gallego. Entregáronse prisioneros 1213 hombres y 46 oficiales, y cogiéronse otras preseas con 117.000 francos en moneda de Francia. A poco de haberse rendido súpose que de Tuy acudían soldados enemigos en auxilio de la guarnición de Vigo: diose priesa Morillo a enviar a su encuentro personas y gente de su confianza, quienes los deshicieron, mataron a muchos y aun tomaron 72 prisioneros que se pusieron a bordo juntamente con los de Vigo.

Bloqueo de Tuy.

Sin embargo la facilidad con que se enviaba este socorro mostraba no ser riguroso el bloqueo de Tuy. Habíale comenzado el 15 de marzo el abad de Couto, y con él el juez y procurador general de la misma ciudad y otros caudillos. También concurrieron portugueses de la orilla opuesta, y la plaza de Valencia situada enfrente había tratado de molestar a los franceses con sus fuegos. Libertado Vigo esperábase que el cerco tendría pronto y feliz éxito, pues además de acudir desde allí con su gente Morillo, Tenreiro, Almeida y otros, vino también por su lado Don Manuel García del Barrio, reconocido comandante general por la junta de Lobera. Pero tanto concurso de jefes y caudillos no sirvió sino para suscitar celos y rencillas. Morillo fuese en comisión camino de Santiago, y los otros en especial Barrio y Tenreiro, el uno presuntuoso y el otro díscolo de condición, desaviniéronse y ocupáronse en recíprocos piques y zaherimientos. Y así este bloqueo sostenido con cañones y más gente fue mal dirigido y al cabo se malogró. Mandaba dentro el general Lamartinière, y el 6 de abril haciendo una salida apoderose de cuatro piezas colocadas en la altura de Francos no muy distante de la ciudad. Ocurrida esta desgracia, y agriándose más los ánimos, diose lugar a que llegasen socorros a Tuy avanzando del lado de Santiago una columna de infantería y caballería a las órdenes del general Maucune, y otra del lado de Portugal mandada por el general Heudelet que enviaba Soult, ya posesionado de Oporto, para recoger la artillería que allí había dejado.

Enseñoreose el 10 de abril sin resistencia el general Heudelet de Valencia del Miño. Sabedores los españoles que bloqueaban a Tuy de aquel suceso, Le alzan. levantaron el sitio quedándose unos en las alturas que median entre esta plaza y la de Vigo, y alejándose otros con Barrio a Puente Arcas. Al mismo tiempo los franceses que venían de Santiago arrollaron a la gente de Morillo en el camino de Redondela, y en venganza incendiaron la villa, metiéndose después parte de ellos en Tuy, y tornando los otros con el general Maucune al punto de donde habían salido. Evacúan
la ciudad
los franceses. Socorrida la plaza sacaron los enemigos todos sus efectos y artillería, y temiendo nuevo bloqueo la abandonaron el 16, y se unieron con los de Valencia.

Por tanto, si no tuvo dichoso remate el cerco de Tuy consiguiose por lo menos infundir recelo en los franceses, y ver desembarazada la margen derecha del Miño. Esmeráronse entonces aquellos naturales en arreglar y disciplinar Se crea
y aumenta
la división
del Miño. la gente que se había levantado, y que se denominó división del Miño, creando varios regimientos que se distinguieron en posteriores acciones. Incorporose a ella la partida de Don José María Vázquez, conocido en Castilla por sus hechos con el nombre del Salamanquino, y al fin aumentose su fuerza, Mándala
Don Martín
de la Carrera. y ganó en la opinión gran peso con ponerse a la cabeza el 7 de mayo Don Martín de la Carrera, según el deseo público, y cediéndole Barrio las facultades que tenía del gobierno supremo.

Desbarata
a los franceses
en el campo
de la Estrella.

Había Don Martín permanecido todo aquel tiempo en la Puebla de Sanabria juntando dispersos. Unido a la división del Miño completó hasta unos 16.000 hombres, y además tenía algunos caballos y nueve cañones. Adelantose con parte de su gente por la provincia de Tuy a Santiago, de cuya ciudad salieron a repelerle el 23 de mayo unos 3000 infantes y 300 caballos a las órdenes del general Maucune, acometiéndole en el campo de la Estrella. Los desbarató Carrera, persiguiéndolos y metiéndose primero que nadie en la ciudad de Santiago Don Pablo Morillo. Cogiéronse allí fusiles y vestuarios y cuarenta y una arrobas de plata labrada, sin contar otra mucha de los templos. Recibidos los nuestros con universal regocijo, hubieron sin embargo de retirarse por las operaciones combinadas que luego meditaron los mariscales Ney y Soult, de vuelta uno de Asturias y otro de Portugal.

Campaña
de Soult
en Portugal.

La campaña del último en este reino había terminado con suma desdicha de sus armas. Recorreremos lo que allí pasó con rapidez, según es nuestra costumbre en las cosas de Portugal. Pisó el 10 de marzo la frontera lusitana el mariscal Soult, Entran
los franceses
en Chaves. y el 11 se le rindió Chaves, plaza en la provincia de Tras-os-Montes en mal estado, y que aún conservaba las brechas de la guerra con España de 1762. Penetró con 21.000 hombres, retirándose el general Silveira hacia Vila Pouca. El 13 continuaron los franceses su marcha a Braga, con gran recelo de las fuerzas que allí mandaba Bernardino Freire. En este tránsito lleno de desfiladeros encontraron mucha oposición, teniendo que caminar lentamente y escasos de mantenimientos. En Braga. Acercándose al fin a Braga no pensó Freire, general poco respetado, en que se pudiese defender la ciudad, y así dispuso retirarse. Enojado el pueblo le arrestó en un pueblo inmediato y le volvió a Braga, en donde fue bárbaramente asesinado. Viose entonces su segundo, el barón de Ebben, en la necesidad de defender con gente colecticia la posición de Carballo, legua y media distante, de la que apoderados los franceses penetraron el 20 en Braga, Asoman
a Oporto. asomando el 28 a Oporto, vencidos otros obstáculos no menos dificultosos.

Intimó luego la rendición el mariscal Soult a esta ciudad, que situada a la derecha de Duero y a una legua de su embocadura, es por su población de 70.000 almas y por su gran comercio la primera de Portugal después de Lisboa. El ánimo de los naturales mostrábase levantado, tanto más cuanto con la invasión francesa veían estancado y destruido su principal tráfico, que consiste en la salida de sus vinos para Inglaterra. Estado
de la ciudad. Con objeto de defender la ciudad se había en su derredor construido un campo atrincherado erizado de cañones, cuya derecha se apoyaba en el Duero, y la izquierda en los fuertes vecinos al mar; además habían atajado las calles, y colocado en ellas y en diversos puntos muchas piezas de artillería. La exaltación popular era tal que fueron víctima de ella varias personas, y con dificultad pudo el mariscal Soult intimar la rendición, no queriendo la ciudad dar oídos a tregua ni convenio. Hubo también ocasión en que so color de querer escuchar las proposiciones cogieron a los parlamentarios, como aconteció al general Foy que se llevaron prisionero con grave riesgo de su persona. Mandaba en jefe el obispo, pero la víspera del ataque abandonó la ciudad poniendo en su lugar al general Parreiras. Éntranla
los franceses. Acometieron los franceses las líneas el 29 de marzo, que de grande extensión, mal dispuestas y defendidas por gente allegadiza, fueron ganadas sin grande esfuerzo, entrando en la ciudad los vencedores, y haciendo su caballería tremenda matanza. Los habitantes huyendo del peligro se avalanzaron al puente de Duero, que formado de barcas rompiose con el gentío, y allí fueron las mayores lástimas ahogándose unos y ametrallando a otros los franceses desapiadadamente. Gran matanza. Perecieron de 3 a 4000 personas, de ellas muchas mujeres y niños. Hubo hechos que ensalzaron al ya tan ilustrado valor de los portugueses: 200 hombres esforzados se defendieron en la catedral hasta que no quedó uno con vida.

Conducta del
mariscal Soult.

Siguiéronse deplorables excesos, no pudiendo Soult contener los ímpetus desmandados de su tropa. Este mariscal procuró entonces y después granjearse la voluntad de los moradores, aun imitándolos en las prácticas de un fervoroso celo religioso.

Sus votos y ofrendas, y el particular cuidado del mariscal en agradar a los portugueses, dieron a sospechar si pensaba a modo de Junot ceñir la corona lusitana. Pídenle sea rey. Vino como en apoyo la exposición seguida de otras, que se imprimió y publicó, de doce habitantes de Braga, en la que llamándole padre y libertador se mostraba deseo de que Napoleón le nombrase por su rey. Y aunque es cierto que el mariscal les replicó que no pendía de él darles respuesta, la mera publicación de aquella demanda en país en donde él era árbitro de impedirla o autorizarla, manifestaba que si no dimanaba de sugestiones suyas por lo menos no era desagradable a sus oídos.

Sus providencias.

Posesionados los franceses de Oporto no prosiguieron a Lisboa, así por la oposición que encontraron en el país, como también por ignorar el paradero del general Lapisse y del mariscal Victor, cuyos movimientos del lado de Castilla y Extremadura debieron corresponder con el de Galicia. Limitáronse pues a conservar lo ganado, y a prepararse para más adelante. Ya hablamos como con este objeto y el de tener la artillería que quedó en Tuy, había retrocedido hacia esta plaza y desembarazádola de sitiadores el general Heudelet: otro tanto trataron de hacer los enemigos por la parte de Chaves, Silveira
recobra Chaves. cuya ciudad había recobrado el 20 de marzo el general Silveira, extendiéndose después por el Támega hasta Amarante y Peñafiel. Reforzado luego el mismo general, y molestando incansablemente a los franceses, permaneció en aquellos sitios cerca de un mes; pero en 18 de abril queriendo el mariscal Soult abrir paso y tener libres las comunicaciones con Tras-os-Montes, envió al general Delaborde auxiliado de fuerza considerable. Al aproximarse situose Silveira en Amarante, y defendió con tal tesón el paso del puente que no pudieron superar los franceses hasta el 2 de mayo los obstáculos que se les oponían. Defensa para él muy honrosa aunque tuviese por entonces que alejarse momentáneamente.

Coronel Trant.

Al mediodía de Oporto y camino de Lisboa no dilataron los franceses sus excursiones y correrías más allá del Vouga, persuadidos de que resguardaban a Coimbra numerosas fuerzas. Sin embargo reducíanse estas a unos 4000 hombres mal disciplinados, y a una turba de paisanos que mandaba el coronel Trant, quien no pudo hacer otra cosa sino maniobrar con acierto, aparentando mayores medios que los que tenía. Mas como eran cortos se hubiera encaminado al fin el mariscal Soult a Lisboa luego que supo las resultas de la batalla de Medellín, si no hubiesen llegado inmediatamente grandes refuerzos al ejército inglés de Portugal.

Regencia
de Portugal.

Continuaba gobernando a este reino la regencia restablecida después de la evacuación de Junot. La gente que había levantado nunca había salido de sus lindes, no obstante las repetidas instancias de la junta central. Obró quizá el gobierno portugués cuerdamente en no acceder a ellas hallándose todavía su tropa bastante indisciplinada. Cradock
y los ingleses. De los ingleses habían quedado unos 10.000 hombres a las órdenes de Sir Juan Cradock, contra los que prorrumpieron en grande enojo los portugueses a causa de las muestras que dieron de embarcarse al saber la suerte de Moore, apareciendo en sus providencias, más que premeditado plan, desconcierto y abatimiento. Aquietado en fin el general inglés por órdenes posteriores de su gabinete permaneció en Lisboa, adelantándose después a Leiría al mismo tiempo que el ejército portugués se situaba en Tomar, el cual sin contar con las fuerzas de Silveira, la legión lusitana y las reuniones de paisanos, constaba de unos 15 a 20.000 hombres. Beresford manda
a los portugueses. Disciplinábalos el general Beresford autorizado desde el mes de febrero por el príncipe regente de Portugal para obrar como comandante en jefe de sus tropas.

Refuérzase
el ejército inglés.

Así andaban las cosas en aquel reino, cuando el gobierno británico, viendo que España no se sometía al yugo extranjero a pesar de sus desgracias y de la retirada de Moore, y vislumbrando también la guerra entre Austria y Francia, determinó probar de nuevo fortuna en la península reforzando considerablemente su ejército, Sir Arthur
Wellesley
nombrado
general en jefe. y poniéndole a las órdenes de Sir Arthur Wellesley, ceñido ya con los laureles de Roliça y Vimeiro. Fueron llegando sucesivamente las tropas a las costas portuguesas, y su general en jefe desembarcó en Lisboa el 22 de abril, bien recibido y obsequiado de sus moradores. Poco después el 29 púsose en marcha sobre Coimbra, Sus providencias. llevando consigo 20.000 ingleses y 8000 portugueses. Doce mil de los últimos con dos brigadas británicas a las órdenes del general Mackenzie se apostaron en Santarén y Abrantes, adelantándose un regimiento de milicias y la legión lusitana, al cargo ahora del coronel Mayne, hasta el puente de Alcántara. Sir Roberto Wilson que poco antes mandaba dicha legión, hallábase destacado con un corto cuerpo de portugueses hacia Viseo. Avanza a Coimbra. El general Wellesley llegó a Coimbra el 2 de mayo prefiriendo antes arrojar a Soult de Portugal que obrar por Extremadura de concierto con Cuesta, según era el deseo de este caudillo y el del gobierno español.

Situación
de los franceses.

Los franceses no se habían movido de Oporto y de sus puestos del Vouga. En su ejército manifestábase disgusto, aburridos todos y cansados con aquella clase de guerra, y fomentando gran descontento una sociedad secreta, llamada de los filadelfos, cuyo objeto era destruir la dinastía imperial y restablecer en Francia un gobierno republicano. Sociedad secreta
de los filadelfos. Entre los que la componían había oficiales superiores, y tenían pensado poner a su cabeza al mariscal Ney o al general Gouvion Saint-Cyr. Extendíanse las ramificaciones de la sociedad a los demás ejércitos de Napoleón, y en el de España no abandonaron los conspiradores su proyecto hasta el año 10. Había echado profundas raíces en las tropas del mariscal Soult, y eran tantos los partícipes del secreto, que enviado para abrir tratos acerca de ello el ayudante mayor Mr. D’Argenton, pudo sin tropiezo ir hasta Lisboa, y con tal desembozo que inspiró desconfianza en Sir Arthur Wellesley, por lo cual respondió este al emisario francés que rebelárase o no su ejército le atacaría en tanto que se mantuviese en Portugal: sin embargo añadió que si se declaraba contra Bonaparte se ajustaría quizá un convenio para su retirada. Otros jefes parece ser que tuvieron también conferencias con el general británico, y de ellos se citan a los coroneles Donadieu y Lafitte. Mas D’Argenton de vuelta a Oporto habiéndose descubierto al general Lefebvre que creía en la trama o favorable a ella, fue arrestado en la noche del 8 al 9 de mayo teniendo pasaportes del almirante inglés Berkley. (* Ap. n. [8-8].) Dilatose su castigo para averiguar cuáles fuesen sus cómplices, y ayudado de estos tuvo ocasión de escaparse y pasar a Inglaterra.[*]

Sobresaltó al mariscal Soult tan funesto acontecimiento que realizaba anteriores sospechas, al paso que aguijó por su parte al general Wellesley a avanzar prontamente, no contando sin embargo mucho con la sublevación del ejército contrario. Plan de Wellesley. Era el plan del general inglés envolver a Soult, y obligarle a una retirada desastrada o a rendirse. Y conforme a su pensamiento dispuso que el general Beresford con las tropas de su mando, y las portuguesas que estaban en Viseo a las órdenes de Sir Roberto Wilson, se dirigiesen anticipadamente por Lamego, y pasasen el Duero para juntarse en Amarante con Silveira, cuya retirada todavía se ignoraba. Hecho este movimiento la demás fuerza británica debía avanzar en dos columnas sobre Oporto, una vía de Aveiro y otra por el camino real. No se varió el plan aunque se supo luego el descalabro de Silveira, y el 6 de mayo se empezó la operación convenida. El 10 y el 11 fue arrojado de las alturas de Grijo el general Franceschi que mandaba la vanguardia de los enemigos, la cual en seguida repasó el Duero.

Se apoderan
los ingleses
de Oporto.

El mariscal Soult tomando sin tardanza disposiciones para evacuar a Oporto y asegurar su retirada, voló el puente de barcas y retuvo en la margen derecha todos los botes. Dio vista el 12 a la ciudad Sir Arthur Wellesley, y aunque cercano separábale la profunda y rápida corriente de Duero. No teniendo prontos los medios necesarios para atravesarla, hubiera Soult podido retirarse tranquilamente a Galicia si un feliz acaso no hubiese servido a ayudar la combinación que para la travesía preparaba el general inglés, quien había destacado río arriba al general Murray a fin de que cruzase el Duero por Avintas y cayese sobre el flanco del enemigo al tiempo que este fuese atacado por el frente. Partió Murray; mas dudábase sobre el modo de verificar el paso a la sazón que el coronel Waters descubrió en un recodo que forma el río un pequeño bote con el que yendo a la otra orilla, acompañado de dos o tres individuos, se apoderó sin ser notado de cuatro grandes barcas abandonadas, y de priesa trájolas del lado de los suyos. Al instante y el mismo 12 a las diez del día pasó en ellas el Duero Lord Paget con tres compañías. Siguieron otros, permaneciendo los enemigos tan descuidados que burlándose de los primeros avisos que dio un oficial, a nada dieron crédito hasta que el general Foy subiendo casualmente a la altura que se eleva enfrente del convento de Serra, advirtió que en efecto pasaban los ingleses el río. Entonces todo el campo francés se conmovió y se puso sobre las armas. Trabose entre los soldados de ambos ejércitos un vivísimo choque, agolpáronse sucesivamente de uno y otro lado tropas, y llegando en fin de Avintas el general Murray abandonaron los franceses a Oporto, perseguidos por los ingleses hasta cierta distancia de la ciudad. La matanza fue grande. Cayeron heridos los generales Delaborde y Foy de una parte, y Lord Paget de la contraria, sin contar otros muchos de ambas. Censurose agriamente en su propio ejército al mariscal Soult por el descuido de dejar a los ingleses pasar en medio del día sin resistencia un río tan caudaloso como por allí corre el Duero.

Apuros de Soult.

Después de la salida de Oporto dos caminos le quedaban a dicho mariscal para retirarse, si quería conservar su artillería; uno por puente de Lima y Valencia de Miño, y el otro por el lado de Amarante. Contaba con que el último paso sería resguardado por el general Loison; mas este perseguido por los generales Beresford, Silveira y Wilson, le abandonó y puso a Soult en el mayor aprieto, sobre todo no pudiendo ir por el otro camino de puente de Lima sin encontrarse con el general Wellesley. Aunque rodeado de inminentes peligros no se abatió el mariscal francés, y con entereza y prontitud de ánimo admirables, destruyendo la artillería y los carruajes, y acallando las voces que ya se oían de capitulación, echose por medio de senderos estrechos y casi intransitables, guiado en su laberinto por un hombre de la Navarra francesa, de los que van a España a ejercer una profesión lucrativa si bien poco honrosa. El tiempo aunque en mayo era lluvioso, los trabajos grandes, la persecución y molestia de los paisanos continua, precipitándose a veces hombres y caballos por aquellos abismos y derrumbaderos. De suerte que hasta cierto punto renovaba ahora el mariscal Soult la escena que meses antes había representado el general Moore cuando él iba en su perseguimiento. Los pueblos del tránsito fueron quemados y sus habitantes tratados cruelmente, y al mismo son que ellos cuando podían trataban a los franceses. Pasa la frontera. Llegó el ejército de estos el 17 a Montealegre y el 18 pasó la frontera, no siguiendo el alcance los ingleses tierra adentro de España por querer su general retroceder a Extremadura, según antes había prometido a Cuesta. Subió a bastante la pérdida de los enemigos en la retirada, y sin la celeridad y consumada pericia del mariscal Soult difícilmente se hubieran libertado de caer en manos del inglés, cuya excesiva prudencia motejaron muchos. Llega a Lugo. Llegaron los franceses a Lugo el 23, habiéndolos molestado poco el paisanaje español que estaba como desprevenido.

Levanta Mahy
el cerco.

La víspera, sabedor el general Mahy de que se acercaban, levantó el sitio que había poco antes puesto a aquella ciudad y se replegó a la de Mondoñedo. Encuéntrase
con Romana
en Mondoñedo. Encontráronse allí el 24 él y Romana, procedente el último de Ribadeo, a donde había desembarcado, salvándose de Asturias. Mal colocados entonces y expuestos a ser cogidos entre los mariscales Ney y Soult, resolvieron los generales españoles emprender por medio de Marcha atrevida
de los españoles. una marcha atrevida un movimiento hacia el Sil, para abrigarse de Portugal, cruzando con cautela el camino real en las inmediaciones de Lugo. Verificose así felizmente, y por Monforte tomaron los nuestros a Orense. Aunque esta marcha era necesaria así para esquivar, como hemos dicho, el encuentro de los mariscales franceses, como también para darse la mano con Don Martín de la Carrera y las fuerzas que había en las provincias de Tuy y Santiago, Descontento
del soldado
con Romana. disgustó mucho al soldado que comenzaba a murmurar de tanto camino como sin fruto había andado, apellidando al de la Romana marqués de las Romerías: porque en efecto si bien era loable su constancia en los trabajos y la conformidad con que sobrellevaba las escaseces y miseria, nunca se había visto salir de su mente otra providencia que la de marchar y contramarchar, y las más veces a tientas, de improviso y precipitadamente, falto de plan, a la ventura, y como suele decirse, a la buena de Dios. Solo en su ausencia y en los puntos en que no se hallaba peleábase, y jefes entendidos y diligentes procuraban introducir mayor arreglo y obrar con más concierto y actividad. El único, pero en verdad gran servicio, que hizo Romana fue el de mantenerse constante en la buena causa, y el de alimentar con su nombre las esperanzas y bríos de los gallegos.

Ney y Soult
en Lugo.

Mas las tropas que mandaba, por poco numerosas que fuesen, si se unían con las que estaban hacia la parte de Pontevedra y fomentaban de cerca la insurrección de la tierra, ponían en peligro a los franceses exigiendo de ellos prontas y acordadas medidas. Tales eran las que tomaron en Lugo el 29 de mayo los mariscales Soult y Ney de vuelta ya este de su rápida excursión en Asturias. Conciértanse
para destruir el
ejército español. Según ellas, debía el primero perseguir y dispersar a Romana, dirigiéndose sobre la puebla de Sanabria, y conservar por Orense comunicación con el segundo, quien, derrotado que fuese Carrera, había de avanzar a Tuy y Vigo para sofocar del todo la insurrección. Púsose pues el mariscal Ney en camino con 8000 infantes y 1200 caballos, y avanzó contra la división del Miño animada del mayor entusiasmo. Conde
de Noroña,
2.º comandante
de Galicia. La mandaba entonces en jefe el conde de Noroña, nombrado por la central segundo comandante de Galicia, mas este tuvo el buen juicio de seguir el dictamen de Carrera, de Morillo y de otros jefes que por aquellas partes y antes de su llegada se habían señalado; con lo cual obraron todos muy de concierto.

Acción del Puente
de Sampayo.

Al aviso de que Ney se aproximaba cejaron los nuestros a Sampayo, punto en donde resolvieron hacerle rostro. Mas cortado anteriormente el puente por Morillo, hubo que formar otro de priesa con barcas y tablazón, dirigiendo la obra con actividad y particular tino el teniente coronel Don José Castellar. Eran los españoles en número de 10.000, 4000 sin fusiles, y el 7 de junio muy de mañana acabaron todos de pasar, atajando después y por segunda vez el puente. A las nueve del mismo día aparecieron los franceses en la orilla opuesta, y desde luego se rompió de ambos lados vivísimo fuego. Los españoles se aprovecharon de las baterías que antes había levantado Don Pablo Morillo, y aun establecieron otras: los principales fuegos enfilaban de lo alto de una eminencia el camino que viene al puente; ocupose el paso de Caldelas dos leguas río arriba por Don Ambrosio de la Cuadra que regía la vanguardia, y por Don José Joaquín Márquez comandante del regimiento de Lobera; apoyose la derecha de Sampayo en un terreno escabroso, y la izquierda estaba amparada de la ría en donde se habían colocado lanchas cañoneras. Duró el fuego hasta las tres de la tarde sin que los franceses consiguiesen cosa alguna. Renovose con mayor furor al día siguiente 8, buscando los enemigos medio de pasar por su derecha un vado largo que queda a marea baja, y de envolver por su izquierda el costado nuestro que estaba del lado del puente de Caldelas y vados de Sotomayor. Rechazados en todas partes vieron ser infructuosos sus ataques, y al amanecer del 9 se retiraron a las calladas, después de haber experimentado considerable pérdida. Señaláronse entre los nuestros, y bajo el mando del conde de Noroña, La Carrera, Cuadra, Roselló, que gobernaba la artillería, Castellar, Márquez y D. Pablo Morillo; por su parte también se manejaron con destreza los marinos, y sin duda fue muy gloriosa para las armas españolas la defensa del Puente de Sampayo.

Soult trata
de pasar
a Castilla.

Romana, en tanto, se había acogido a Orense al adelantarse el mariscal Soult: mas en vez de seguir la huella del primero detúvose este en Monforte algunos días. Lo alterado del país, noticias de la guerra de Austria, y más que todo los celos y rivalidad que mediaban entre él y el mariscal Ney le alejaron de continuar el perseguimiento de Romana, y le decidieron a volver a Castilla. Para ello, no pudiendo atravesar el Sil por allí falto de vados y de puentes, tuvo que subir río arriba hasta Montefurado, así dicho por perforarle en una de sus faldas la corriente del mismo Sil, obra según parece del tiempo de los romanos. Paisanos del Sil. Los naturales de los contornos, colocados en la orilla opuesta, le causaron grave mal, acaudillados por el abad de Casoyo y su hermano Don Juan Quiroga. Para vengarse del daño ahora y antes recibido, desde Montefurado mandó el mariscal Soult al general Loison descender por la orilla izquierda del Sil y castigar a los habitantes. Quema
de varios pueblos. Cumplió este tan largamente con el encargo que asoló la tierra y varios pueblos fueron quemados, Castro de Caldelas, San Clodio y otros menos conocidos. También padecieron mucho los otros valles que recorrieron o atravesaron los enemigos. Romana
en Celanova. Romana retirose a Celanova, y en seguida a Baltar, frontera de Portugal, en donde le dejó tranquilo el mariscal Soult, Soult
en la Puebla
de Sanabria. pues dirigiéndose por el camino de las Portillas llegó el 23 a la Puebla de Sanabria, de cuyo punto se retiraron a Ciudad Rodrigo después de haber clavado algunos cañones los pocos españoles que le guarnecían.

General
Franceschi
cogido por
el Capuchino.

Soult permaneció en la Puebla breves días habiendo despachado a Madrid a Franceschi para informar a José del estado de su ejército y de sus necesidades. Aquel general partió de Zamora en posta a caballo con otros dos compañeros, mas pasado Toro fueron todos cogidos e interceptados los pliegos por una guerrilla que mandaba el capuchino Fr. Julián de Délica. Los pliegos [*] (* Ap. n. [8-9].) eran importantes así porque expresaban el quebranto y escaseces de aquellas tropas, como también por indicarse en su contenido el mal ánimo de algunos generales.

Situación de Ney.

Viéndose solo el mariscal Ney y abandonado de Soult, conoció lo crítico de su situación. Con nada en realidad podía contar sino con la fuerza que le quedaba, y era esta harto corta para hacer rostro a la población armada, y al ejército bastante numeroso que contra él podían ahora reunir sin embarazo los generales Romana y Noroña. El auxilio que le prestaban los españoles sus allegados era casi nulo, y por decirlo así perjudicial. Mazarredo. Había ido de comisario regio el general de marina Mazarredo que separándose de su profesión, en la que había adquirido bien merecido renombre, metiose a dar proclamas y a esparcir entre los eclesiásticos y los pueblos una especie de catecismo, por cuyo medio apoyándose en textos de la Escritura, quería probar la conveniencia y obligación de reconocer la autoridad intrusa. No conmovían las conciencias argumentos tan extraños, al contrario las irritaban, provocando también a mofa ver convertido en misionero político al que solo gozaba de reputación de inteligente en la maniobra náutica. Hubo igualmente en Santiago un director de policía Bazán. llamado Don Pedro Bazán de Mendoza, doctor en Teología, el cual y otros cuantos de la misma lechigada cometieron muchas tropelías y defraudaron plata y caudales: denominaban los paisanos semejante reunión el conciliábulo de Compostela. Evacúa Ney
Galicia. Rodeado por tanto de peligros y escaso de fuerzas y recursos, resolvió Ney salir de Galicia, y el 22 evacuó la Coruña, enderezándose a Astorga por el camino real; en cuyo tránsito asolaron sus tropas horrorosamente pueblos y ciudades.

Así tornó aquel reino a verse libre de enemigos al cabo de cinco meses de ocupación, durante los cuales perdieron los franceses la mitad de la tropa con que habían penetrado en aquel suelo, ya en las acciones con los ingleses, ya en la terrible guerra con que les habían continuamente molestado los ejércitos y población de Galicia y Portugal.

Entra Noroña
en la Coruña.

A pocos días entró en la Coruña el conde de Noroña y la división del Miño, siendo recibidos no solo con alborozo general y bien sentido, sino también quedándose los espectadores admirados de que gente mal pertrechada y tan varia en su formación y armamento hubiera conseguido tan señaladas ventajas contra un ejército de la apariencia, práctica y regularidad que asistían al de los franceses.

Por entonces y antes de promediar junio fue también evacuado el principado de Asturias. Además de lo ocurrido en Galicia y Portugal aceleraron la retirada de los enemigos los movimientos y amago que hicieron las tropas y paisanaje de la misma provincia. 18.000 hombres la habían invadido: una parte, según en su lugar se dijo, volvió luego a Galicia con el mariscal Ney, otra mandada por el general Bonnet viose obligada a acudir a la montaña a donde la llamaba la marcha de Don Francisco Ballesteros, y la restante fuerza sobrado débil para resistir Worster
y Bárcena. a los generales Don Pedro de la Bárcena y Worster que avanzaban a Oviedo del lado de poniente, salió con Kellermann camino de Castilla. El primero de aquellos generales cayendo de Teberga sobre Grado había antes arrojado de esta villa a unos 1300 franceses que estaban allí apostados, cogiendo 80 prisioneros.

Ballesteros pasa
a Castilla
y a las montañas
de Santander.

Por la parte oriental del principado había reunido el general Ballesteros más de 10.000 hombres. Entraba en su número un batallón de la Princesa que había ido a Oviedo con Romana, y el cual mandado por su coronel D. José O’Donnell se le había unido, no pudiendo embarcarse en Gijón. También se agregó después el regimiento de Laredo que pertenecía a las montañas de Santander y la partida o cuerpo volante de D. Juan Díaz Porlier. Entusiasmado el general Ballesteros con las memorias de Covadonga pensó que podían resucitar en aquel sitio los días de Pelayo. Anduvo por tanto reacio en alejarse hasta que falto de víveres y estrechado por el enemigo tuvo el 24 de mayo que abandonar de noche la cueva y santuario, y trepar por las faldas de elevados montes, no teniendo más dirección que la de sus cimas, pues allí no había otra salida sino el camino que va a Cangas de Onís, y este le ocupaban los franceses. En medio de afanes consiguió Ballesteros llegar el 26 a Valdeburón en Castilla de donde se trasladó a Potes. Meditando entonces lo más conveniente resolvió de acuerdo con otros jefes acometer a Santander, cuya guarnición desprevenida se juzgaba ser solo de 1000 hombres. Se encaminó con este propósito a Torrelavega en donde se detuvo más de lo necesario. Por fin al amanecer del 10 emprendiose la expedición, pero tan descuidadamente que el enemigo se abrió paso dejando solo en nuestro poder 200 prisioneros. Ocupa Santander. Entraron las tropas de Ballesteros el mismo día en Santander, mas la ocupación de esta ciudad no duró largo tiempo. En la misma noche revolviendo sobre ella los franceses ya reforzados, penetraron por sus calles y pusiéronlo todo en tal confusión que los más de los nuestros se desbandaron, y el general Ballesteros creyendo perdida su división se embarcó precipitadamente con Don José O’Donnell en una lancha en que bogaron por falta de remos y remeros dos soldados con sus fusiles. Intrepidez
de Porlier. Don Juan Díaz Porlier se salvó con alguna tropa atravesando por medio de los enemigos con la intrepidez que le distinguía. Fue también notable y digna de la mayor alabanza la conducta del batallón de la Princesa, Marcha
admirable
del batallón
de la Princesa. que privado de su fugitivo coronel y a las órdenes del valiente oficial Garvayo conservó bastante orden y serenidad para libertarse y pasar a Medina de Pomar, desde donde, ¡marcha admirable! poniéndose en camino atravesó la Castilla y Aragón rodeado de peligros y combates, y se incorporó en Molina con el general Villacampa.

Romana
en la Coruña.

Libres en el mes de junio Asturias y Galicia, era ocasión de que el marqués de la Romana, tan autorizado como estaba por el gobierno supremo, emplease todo su anhelo en mejorar la condición de su ejército, y la de ambas provincias. Entró en la Coruña poco después que Noroña, y fue recibido con el entusiasmo que excitaba su nombre. Sus providencias
y negligencia. Reasumió en su persona toda la autoridad, suprimió las juntas de partido que se habían multiplicado con la insurrección, y nombró en su lugar gobernadores militares. No contento con la destrucción de aquellas corporaciones, trató de examinar con severidad la conducta de varios de sus individuos, a quien se acusaba de desmanes en el ejercicio de su cargo, procedimiento que desagradó. Pues al paso que se escudriñaban estos excesos, nacidos por lo general de los apuros del tiempo, mostró el marqués suma benignidad con los que habían abrazado el bando de los enemigos. Por lo demás sus providencias en todos los ramos adolecieron de aquella dejadez y negligencia característica de su ánimo. Suprimidas las juntas cortó el vuelo al entusiasmo e influjo popular, y no introdujo con los gobernadores que creó el orden y la energía que son propias de la autoridad militar. Transcurrió más de un mes sin que se recogiese el fruto de la evacuación francesa, no pasando el tiempo aquel jefe sino en agasajos, y en escuchar las quejas y solicitudes de personas que se creían agraviadas o que ansiaban colocaciones; y entre ellas, como acontece, no andaban ni las realmente ofendidas ni las más beneméritas. Sale a Castilla. Por fin reunió el marqués la flor del ejército de Galicia y trató de salir a Castilla.

Nombra a Mahy
para Asturias.

Antes de efectuar su marcha envió a tomar el mando militar de Asturias a Don Nicolás Mahy: el político y económico seguía al cuidado de la junta que el mismo marqués había nombrado. Nombra
a Ballesteros
para mandar
10.000 hombres. Ordenó además este que se le uniese en Castilla con 10.000 hombres de lo más escogido de las tropas asturianas Don Francisco Ballesteros, que en vez de ser reprendido por lo de Santander, recibió este premio. Debiolo a haberse salvado con Don José O’Donnell, favorito del marqués, y mal hubiera podido ser censurada la conducta del general sin tocar al abandono o deserción del coronel su compañero: así un indisculpable desastre sirvió a Ballesteros de principal escalón para ganar después gloria y renombre.

Romana llegó a Astorga con unos 16.000 hombres y 40 piezas de artillería. Dejó en Galicia pocos cuadros y escasos medios para que con ellos pudiese Noroña formar un ejército de reserva. Una corta división al mando de Don Juan José García se situó en el Bierzo, y Ballesteros desde las cercanías de León hizo posteriormente hacia Santander una excursión que no tuvo particular resulta.

Sucédele después
en el mando
del ejército
el duque
del Parque.

Permaneció Romana en Astorga hasta el 18 de agosto en que se despidió de sus tropas habiendo sido nombrado por la junta de Valencia para desempeñar el puesto vacante en la central por fallecimiento del príncipe Pío. El mando de su ejército recayó después en el duque del Parque, al cual también se unió aunque más tarde Ballesteros, caminando todos la vuelta de Ciudad Rodrigo.

Los franceses que salieron de Galicia y que componían el 2.º y 6.º cuerpo debieron ponerse por resolución de Napoleón recibida en 2 de julio a las órdenes de Soult, como igualmente el 5.º del mando del mariscal Mortier que estaba en Valladolid procedente de Aragón. Varios obstáculos opuso José al inmediato cumplimiento en todas sus partes de la voluntad de su hermano; y de ello daremos cuenta en el próximo libro.

Fin de este libro.

Ahora terminando este conviene notar lo poco que a pesar de tan grandes esfuerzos habían adelantado los franceses en la conquista de España. Ocho meses eran corridos después de la terrible invasión en noviembre del emperador francés, y sus huestes no enseñoreaban todavía ni un tercio del territorio peninsular. Inútilmente daban y ganaban batallas, inútilmente se derramaban por las provincias, de las que ocupadas unas levantábanse otras, y yendo al remedio de estas, aquellas se desasosegaban y de nuevo se trocaban en enemigas. Parangón
de la guerra
de Austria
y España. ¡Cuán diferente cuadro presentaba por aquel tiempo el Austria! Allí había en abril abierto la campaña el archiduque Carlos con ejércitos bien pertrechados y numerosos, solo tres o cuatro batallas se habían dado, una de éxito contrario a Napoleón, y sin embargo ya en 12 de julio celebrose en Znaim una suspensión de armas, preludio de la paz. Así una nación poderosa y militar sujetábase a las condiciones del vencedor al cabo de tres meses de guerra, y España después de un año, sin verdaderos ejércitos y muchas veces sola en la lucha, manteníase incontrastable por la firme voluntad de sus moradores. Tanta diferencia media, no nos cansaremos de repetirlo, entre las guerras de gabinete y las nacionales. Al primer revés se cede en aquellas, mas en estas sin someterse fácilmente los defensores al remolino de la fortuna, cuando se les considera deshechos, crecen; cuando caídos, se empinan. Conocíalo muy bien el grande estadista Pitt,[*] (* Ap. n. [8-10].) quien rodeado de sus amigos en 1805 al saber la rendición de Mack en Ulma con 40.000 hombres exclamando aquellos que todo estaba perdido y que no había ya remedio contra Napoleón, Previsión notable
de Pitt. replicó, todavía lo hay si consigo levantar una guerra nacional en Europa, añadiendo en tono, al parecer profético, y esta guerra ha de comenzar en España.


APÉNDICES

AL TOMO SEGUNDO.


APÉNDICE

DEL

LIBRO QUINTO.

Número [5-1].

Numantia, quantum Carthaginis, Capuæ, Corinthi opibus inferior, ita virtutis nomine et honore par omnibus, summumque, si viros æstimes, Hispaniæ decus: quippe quæ sine muro, sine turribus, modice edito in tumulo apud flumen Durium sita, quatuor millibus Celtiberorum, quadraginta millium exercitum per annos quatuordecim sola sustinuit; nec sustinuit modo, sed sævius aliquanto perculit, pudendisque fœderibus affecit. — L. A. Flori, lib. 2, cap. 18.

Número [5-2].

Annales d’Espagne et de Portugal par Don Juan Alvarez de Colmenar, tom. 5.º, pág. 431, edición de Ámsterdam.

Número [5-3].

Respuesta dada a la intimación del general Lefebvre comandante en jefe del ejército francés que sitiaba a Zaragoza, publicada en la Gaceta del 20 de junio de 1808.

Zaragoza es mi cuartel general a 18 de junio.

Si S. M. el emperador envía a V. a restablecer la tranquilidad que nunca ha perdido este país, es bien inútil se tome S. M. estos cuidados. Si debo responder a la confianza que me ha hecho este valeroso pueblo sacándome del retiro en que estaba para poner en mi mano su custodia, es claro que no llenaría mi deber abandonándole a la apariencia de una amistad tan poco verdadera.

Mi espada guarda las puertas de la capital, y mi honor responde de su seguridad: no deben tomarse pues este trabajo esas tropas que aún estarán cansadas de los días 15 y 16. Sean enhorabuena infatigables en sus lides; yo lo seré en mis empeños.

Lejos de haberse apagado el incendio que levantó la indignación española, a vista de tantas alevosías se eleva por momentos.

Se conoce que las espías que V. paga son infieles. Gran parte de Cataluña se ha puesto bajo mi mando: lo mismo ha hecho otra no menor de Castilla. Los capitanes generales de esta y de Valencia están unidos conmigo. Galicia, Extremadura, Asturias y los cuatro reinos de Andalucía están resueltos a vengar sus agravios. Las tropas francesas cometen atrocidades indignas de hombres; saquean, insultan y matan impunemente a los que ningún mal les han hecho: ultrajan la religión, y queman sus sagradas imágenes de un modo inaudito.

Ni esto ni el todo que V. observa, aun después de los días 15 y 16, son propios para satisfacer a un pueblo valiente: V. hará lo que quiera; y yo haré lo que debo. — B. L. M. de V. — El general de las tropas de Aragón.

Número [5-4].

Segunda y última respuesta dada al general del ejército francés que sitiaba a Zaragoza, en 27 de junio de 1808.

El intendente de este ejército y reino me ha transmitido las proposiciones que V. le ha hecho, reducidas a que yo permita la entrada en esta capital de las tropas francesas que están bajo su mando, que vienen con la idea de desarmar al pueblo, restablecer la quietud, respetar las propiedades y hacernos felices, conduciéndose como amigos, según lo han hecho en los demás pueblos de España que han ocupado, o bien si no me conformare a esto que se rinda la ciudad a discreción. Los medios que ha empleado el gobierno francés para ocupar las plazas que le quedan en España, y la conducta que ha observado su ejército han podido persuadir a V. la respuesta que yo daría a sus proposiciones. El Austria, la Italia, la Holanda, la Polonia, Suecia, Dinamarca y Portugal presentan, no menos que este país, un cuadro muy exacto de la confianza que debe inspirar el ejército francés.

Esta ciudad y las valerosas tropas que la guardan han jurado morir antes que sujetarse al yugo de la Francia, y la España toda, en donde solo quedan ya restos del ejército francés, está resuelta a lo mismo.

Tenga V. presentes las contestaciones que le di ocho días ha, y los decretos de 31 de mayo y 18 de este mes, que se le incluyeron, y no olvide V. que una nación poderosa y valiente decidida a sostener la justa causa que defiende, es invencible y no perdonará los delitos que V. o su ejército cometan. Zaragoza 26 de junio de 1808. — Por el capitán general de Aragón. — El marqués de Lazán.

Número [5-5].

... καὶ δι᾽ ἐλαχίστου καιροῦ τύχης ἅμα ἀκμῇ τῆς δόξης μᾶλλον ἢ τοῦ δέους ἀπηλλάγησαν.

(Thucyd., II, 42.)

Número [5-6].

Artículos del convenio hecho entre el vicealmirante Siniavin, caballero de la orden de San Alejandro, y el almirante Sir Carlos Cotton, baronet, para la redención de la escuadra rusa anclada en la ribera del Tajo, publicados en la Gaceta extraordinaria de Londres de 16 de septiembre.

1.º Los navíos de guerra del emperador de Rusia que están en el Tajo se entregarán inmediatamente al almirante Sir Carlos Cotton con todas sus municiones: serán enviados a Inglaterra, en donde los tendrá S. M. B. como en depósito para restituir a S. M. I. seis meses después de la conclusión de la paz entre S. M. B. y S. M. I. el emperador de todas las Rusias.

2.º El vicealmirante Siniavin con todos los oficiales marinos y marineros que están a sus órdenes, volverán a Rusia sin ninguna condición o estipulación que les impida servir en lo sucesivo: serán convoyados por gente de guerra y navíos propios a expensas de S. M. B.

Dado y concluido a bordo del navío Twairdai en el Tajo y a bordo del Ibernia, navío de S. M. B. en la embocadura de la ribera, a 3 de septiembre de 1808. — Signado. — De Siniavin. — Carlos Cotton.

Número [5-7].

Convención definitiva para la evacuación de Portugal por las tropas francesas, publicada en la Gaceta extraordinaria de Londres.

Los generales en jefe de los ejércitos inglés y francés en Portugal, habiendo determinado negociar y concluir un tratado para la evacuación de este reino por las tropas francesas sobre las bases del concluido el 22 del presente para una suspensión de armas, han habilitado a los infrascriptos oficiales para negociarlo en su nombre, a saber: de parte del general en jefe del ejército británico al teniente coronel Murray, cuartel-maestre general, y de la del general en jefe del francés a Mr. Kellermann, general de división, a quienes han dado la facultad necesaria para negociar y concluir un convenio al efecto, sujetos sin embargo a su ratificación respectiva, y a la del almirante comandante de la escuadra británica en la embocadura del Tajo. Los oficiales después de haber canjeado sus plenos poderes se han convenido en los artículos siguientes:

1.º Todas las plazas y fuertes del reino de Portugal ocupados por las tropas francesas se entregarán al ejército británico en el estado en que se hallen al tiempo de firmarse este tratado. 2.º Las tropas francesas evacuarán a Portugal con sus armas y bagajes; no serán consideradas como prisioneras de guerra, y a su llegada a Francia tendrán libertad para servir. 3.º El gobierno inglés suministrará los medios de transporte para el ejército francés, que desembarcará en uno de los puertos de Francia entre Rochefort y Lorient inclusivamente. 4.º El ejército francés llevará consigo toda su artillería de calibre francés con lo a ella anejo. Toda la demás artillería, armas, municiones, como también los arsenales militares y navales, serán entregados al ejército y navíos británicos en el estado en que se hallen al tiempo de la ratificación de este tratado. 5.º El ejército francés llevará consigo todos sus equipajes, y todo lo que se comprende bajo el nombre de propiedad de un ejército, y se le permitirá disponer de la parte de ella que el comandante en jefe juzgue inútil para embarcar. Del mismo modo todos los individuos del ejército tendrán libertad para disponer de su propiedad privada, con plena seguridad en lo sucesivo para los compradores. 6.º La caballería podrá embarcar sus caballos, así como también los generales y oficiales de cualquier graduación, quedando a disposición de los comandantes británicos los medios de transportarlos: el número de caballos que podrán embarcar las tropas no excederá de 600, ni el de los jefes de 200. De todos modos el ejército francés tendrá libertad para disponer de los que no puedan embarcarse. 7.º El embarco se hará en tres divisiones, y la última de ellas se compondrá de las guarniciones de las plazas, de la caballería, artillería, enfermos y equipaje del ejército. La primera división se embarcará dentro de siete días de la fecha de la ratificación. 8.º La guarnición de Elvas y sus fuertes de Peniche y Palmela se embarcará en Lisboa. La de Almeida en Oporto o en el puerto más cercano. 9.º Todos los enfermos o heridos que no puedan embarcarse con las tropas, se confían al ejército británico, cuyo gobierno pagará lo que gasten mientras estén en este país, quedando de cuenta de la Francia abonarlo cuando marchen. El gobierno inglés proporcionará su vuelta a Francia por destacamentos como de 200 hombres a un tiempo. 10. Luego que los barcos que lleven el ejército a Francia lo hayan desembarcado en los puertos arriba dichos, o en cualquier otro de aquel país adonde el temporal los fuerce a ir, se les proporcionará toda comodidad para volver a Inglaterra sin dilación y seguridad, o pasaporte para no ser apresados hasta que lleguen a un puerto amigo. 11. El ejército francés se reconcentrará en Lisboa y dos leguas alrededor. El inglés a tres leguas, por manera que haya siempre una entre los dos ejércitos. 12. Los fuertes de San Julián, Buxio y Cascaes serán ocupados por las tropas británicas cuando se ratifique este convenio. Lisboa y su ciudadela con los fuertes y baterías, el lazareto y el fuerte de San José los ocuparán cuando se embarque la segunda división, como también el puerto con todas las embarcaciones armadas. Las fortalezas de Elvas, Almeida, Peniche y Palmela se entregarán a las tropas británicas así que lleguen para ocuparlas. El general en jefe inglés noticiará a las guarniciones de estas plazas y a las tropas que las sitian este convenio para poner fin a las hostilidades. 13. Se nombrarán comisionados por ambas partes para acelerar la ejecución de este convenio. 14. Si se suscitase alguna duda sobre la inteligencia de algún artículo, se interpretará a favor del ejército francés. 15. Desde la ratificación todas las deudas atrasadas de contribuciones, requisiciones &c. no podrán reclamarse por el gobierno francés contra los portugueses, ni ningún otro que resida en este país; pues todo lo que se haya pedido e impuesto después que el ejército francés entró en Portugal por diciembre de 1807, y no se haya pagado aún, queda cancelado, y se levantan los embargos puestos en los bienes de los deudores para que se les restituya y queden a su libre disposición. 16. Todos los súbditos de Francia o de cualquier otra potencia su aliada o amiga que se hallen en Portugal con domicilio o sin él, serán protegidos, sus propiedades serán respetadas, y tendrán libertad para acompañar al ejército francés, o permanecer aquí. En todo caso se les asegura su propiedad con la libertad de retenerla o de disponer de ella; y pasando el producto de la venta a Francia o cualquier otro país adonde vayan a fijar su residencia, se les concede un año para el intento. Sin embargo ninguna de estas estipulaciones podrá servir de pretexto pava una especulación comercial. 17. Ningún portugués será responsable por su conducta política durante la ocupación de este país por el ejército francés; y todos los que han continuado en el ejercicio de sus empleos, o que los han aceptado durante el gobierno francés, quedan bajo la protección de los comandantes ingleses, quienes les sostendrán para que no se les cause vejación en sus personas y bienes; y podrán también aprovecharse de las estipulaciones del artículo 16. 18. Las tropas españolas detenidas a bordo de los navíos en el puerto de Lisboa, serán entregadas al general en jefe inglés, quien se obliga a obtener de los españoles la restitución de los súbditos franceses, sean militares o civiles, que hayan sido detenidos en España, sin haber sido hechos prisioneros en batalla, o en consecuencia de operaciones militares, sino con ocasión del 29 de mayo y días siguientes. 19. Inmediatamente se hará un canje de prisioneros de todas graduaciones que se hayan hecho en Portugal desde el principio de las presentes hostilidades. 20. Para la recíproca garantía de este convenio se entregarán rehenes de la clase de oficiales generales por parte del ejército francés, del inglés y de su armada. El oficial del ejército británico será restituido luego que se dé cumplimiento a los artículos pertenecientes al ejército: el de la escuadra y el francés cuando las tropas hayan desembarcado en su país. 21. Se permitirá al general francés enviar un oficial a Francia con el presente convenio, y el almirante británico le dará una embarcación que le convoye a Burdeos o a Rochefort. 22. Se hará porque el almirante británico acomode a S. E. el general en jefe y oficiales principales del ejército francés a bordo de los navíos de guerra. Dado y concluido en Lisboa a 30 de agosto de 1808. — Firmado. — Jorge Murray. — Kellermann.

Artículos adicionales.

1.º Los empleados civiles del ejército hechos prisioneros, sea por las tropas británicas o por las portuguesas en cualquier parte de Portugal, serán restituidos, como de costumbre, sin canje.

2.º El ejército francés subsistirá de sus propios almacenes hasta el día del embarco, y la guarnición hasta la evacuación de las fortalezas. El remanente de los almacenes se entregará en la forma acostumbrada al gobierno británico, quien se encarga de la subsistencia y caballos del ejército desde el tiempo referido hasta su llegada a Francia, con la condición de ser reembolsado por el gobierno francés del exceso de gastos a la estimación que por ambas partes se dé a los almacenes entregados al ejército inglés. Las provisiones que estén a bordo de los navíos de guerra de que está en posesión el ejército francés, se tomarán en cuenta por el gobierno inglés así como los almacenes de la fortaleza.

3.º El general en jefe de las tropas británicas tomará las medidas necesarias para restablecer la libre circulación de los medios de subsistencia entre el país y la capital. — Dado &c.

Número [5-8].

En la corte palacio de la reina el 4 de julio de 1808. Presente en el consejo de S. M. el rey.

Habiendo S. M. tomado en consideración los esfuerzos gloriosos de la nación española para libertar su país de la tiranía y usurpación de Francia, y los ofrecimientos que ha recibido de varias provincias de España de su disposición amistosa hacia este reino; se ha dignado mandar y manda por la presente de acuerdo con su consejo privado:

1.º Que todas las hostilidades contra España de parte de S. M. cesen inmediatamente.

2.º Que se levante el bloqueo de todos los puertos de España, a excepción de los que se hallan todavía en poder de los franceses.

3.º Que todos los navíos o buques pertenecientes a España sean libremente admitidos en los puertos de los dominios de S. M. como lo fueron antes de las hostilidades.

4.º Que todas las embarcaciones españolas que sean encontradas por la mar por los navíos o corsarios de S. M., sean tratadas como las de las naciones amigas, y se les permita hacer todo tráfico permitido a las neutrales.

5.º Que todos los navíos o mercaderías pertenecientes a los individuos establecidos en las colonias españolas, que fueren detenidos por los navíos de S. M. después de la fecha de la presente, han de ser conducidos al puerto, y conservados cuidadosamente en segura custodia hasta que se averigüe si las colonias donde residen los dueños de los referidos navíos o efectos han hecho causa común con España contra el poder de la Francia.

Y SS. EE. los comisionados de la real tesorería, los secretarios de estado de S. M., los comisionados del almirantazgo, y los jueces de los tribunales del vicealmirantazgo, han de tomar para el cumplimiento de los anteriores artículos las medidas que respectivamente les corresponden. — Firmado. — Esteban Coterell.

Número [5-9].

ἡμῖν δοκεῖ, εἰ μέν τις ἐᾷ ἡμᾶς ἀπιέναι οἴκαδε, διαπορεύεσθαι τὴν χώραν ὡς ἂν δυνώμεθα ἀσινέστατα· ἢν δέ τις ἡμᾶς τῆς ὁδοῦ ἀποκωλύῃ, διαπολεμεῖν τούτῳ ὡς ἂν δυνώμεθα κράτιστα.

(Xenophontis, Anab., 3, 3.)

Número [5-10].

Estas palabras están insertas en una memoria escrita por José a su hermano Napoleón en Miranda de Ebro a 16 de septiembre de 1808, cogida con otros papeles en la batalla de Vitoria.

APÉNDICE

DEL

LIBRO SEXTO.

Número [6-1].

Lista de los individuos que compusieron la junta suprema central gubernativa de España e Indias por el orden alfabético de las provincias que los nombraron.

Por Aragón.

D. Francisco Palafox y Melci, gentil-hombre de cámara de S. M. con ejercicio, brigadier del ejército, y oficial de reales guardias de Corps.

Don Lorenzo Calvo de Rozas, vecino de Madrid e intendente del ejército y reino de Aragón.

Asturias.

Don Gaspar Melchor de Jovellanos, caballero de la orden de Alcántara, del consejo de estado de S. M., y antes ministro de gracia y justicia.

Marqués de Campo Sagrado, teniente general del ejército e inspector general de las tropas del principado de Asturias.

Canarias.

Marqués de Villanueva del Prado.

Castilla la Vieja.

Don Lorenzo Bonifaz y Quintano, dignidad de prior de la Santa Iglesia de Zamora.

Don Francisco Javier Caro, catedrático de leyes de la universidad de Salamanca.

Cataluña.

Marqués de Villel, conde de Darnius, grande de España y gentil-hombre con ejercicio.

Barón de Sabasona.

Córdoba.

Marqués de la Puebla de los Infantes, grande de España.

Don Juan de Dios Gutiérrez Rabé.

Extremadura.

Don Martín de Garay, intendente de Extremadura y ministro honorario del consejo de guerra: fue el primer secretario general, y despachó interinamente los negocios de estado.

Don Félix Ovalle, tesorero de ejército de Extremadura.

Galicia.

Conde de Gimonde.

Don Antonio Aballe.

Granada.

Don Rodrigo Riquelme, regente de la chancillería de Granada.

Don Luis de Funes, canónigo de la santa iglesia de Santiago.

Jaén.

Don Francisco Castanedo, canónigo de la santa iglesia de Jaén, provisor y vicario general de su obispado.

Don Sebastián de Jócano, del consejo de S. M. en el tribunal de contaduría mayor, y contador de la provincia de Jaén.

León.

Frey Don Antonio Valdés, bailío, gran cruz de la orden de San Juan, caballero del Toisón de oro, gentil-hombre de cámara con ejercicio, capitán general de la armada, consejero de estado, y antes ministro de marina e interino de Indias.

El vizconde de Quintanilla.

Madrid.

Conde de Altamira, marqués de Astorga, grande de España, caballero del Toisón de oro, gran cruz de la orden de Carlos III, caballerizo mayor y gentil-hombre de cámara de S. M. con ejercicio. Fue presidente de la junta.

Don Pedro de Silva, patriarca de las Indias, gran cruz de la orden de Carlos III y antes mariscal de campo de los reales ejércitos. Falleció en Aranjuez y no fue reemplazado.

Mallorca.

Don Tomás de Verí, caballero de la orden de San Juan, teniente coronel del regimiento de voluntarios de Palma, Conde, &c.

Murcia.

Conde de Floridablanca, caballero del Toisón de oro, gran cruz de la orden de Carlos III, gentil-hombre de cámara de S. M. con ejercicio, y antes primer secretario de estado, interino de gracia y justicia. Fue el primer presidente de la junta central. Falleció en Sevilla y fue subrogado por el

Marqués de San Mamés, que no tomó posesión.

Marqués del Villar.

Navarra.

Don Miguel de Balanza. Individuos de la muy ilustre diputación del reino de Navarra.
Don Carlos de Amatria.

Toledo.

Don Pedro de Ribero, canónigo de la santa iglesia de Toledo. Fue secretario general.

Don José García de la Torre, abogado de los reales consejos.

Sevilla.

Don Juan de Vera y Delgado, arzobispo de Laodicea, coadministrador del Sr. cardenal de Borbón en el de Sevilla, y después obispo de Cádiz. Fue presidente de la junta central.

Conde de Tilly.

Valencia.

Conde de Contamina, grande de España, gentil-hombre de cámara de S. M. con ejercicio.

Príncipe Pío, grande de España, coronel de milicias. Falleció en Aranjuez y fue subrogado por el

Marqués de la Romana, grande de España, teniente general de los reales ejércitos y general en jefe del ejército de la izquierda.

Es de advertir que aunque 35, los individuos de la central nunca hubo reunidos sino 34, habiendo fallecido en Aranjuez sin ser reemplazado Don Pedro de Silva.

Número [6-2].

Nam ut quisque est vir optimus, ita dificillimè esse alios improbos suspicatur.

(Cic. ad Quintum fratrem, lib. 1.º, Epíst. 1.ª)

Número [6-3].

Véase el manifiesto de los procedimientos del consejo real.

Número [6-4].

Et Hispani tarditatis notati sunt: me venga la muerte de España: veniet mors mea de Hispania. Tum scio cunctanter veniet.

Franc. Baconi de Verulamio. Sermones fideles. — 25, de expediendis negotiis.

Número [6-5].

Véase la memoria escrita por los Sres. Azanza y Ofárril.

Número [6-6].

Sæpius enim penuria quam pugna consumit exercitum et ferro sævior fames est.

(Veget., De re militari, lib. 3, c. 3.)

Número [6-7].

Véase Mariana: Historia de España, lib. 8, cap. II.

Número [6-8].

Capitulación que la junta militar y política de Madrid propone a S. M. I. y R. el emperador de los franceses.

Artículo 1.º La conservación de la religión católica apostólica y romana sin que se tolere otra, según las leyes. — Concedido.

Art. 2.º La libertad y seguridad de las vidas y propiedades de los vecinos y residentes en Madrid, y los empleados públicos: la conservación de sus empleos, o su salida de esta corte, si les conviniese. Igualmente las vidas, derechos y propiedades de los eclesiásticos seculares y regulares de ambos sexos, conservándose el respeto debido a los templos, todo con arreglo a nuestras leyes y prácticas. — Concedido.

Art. 3.º Se asegurarán también las vidas y propiedades de los militares de todas graduaciones. — Concedido.

Art. 4.º Que no se perseguirá a persona alguna por opinión ni escritos políticos, ni tampoco a los empleados públicos por razón de lo que hubieren ejecutado hasta el presente en el ejercicio de sus empleos, y por obediencia al gobierno anterior, ni al pueblo por los esfuerzos que ha hecho para su defensa. — Concedido.

Art. 5.º No se exigirán otras contribuciones que las ordinarias que se han pagado hasta el presente. — Concedido hasta la organización definitiva del reino.

Art. 6.º Se conservarán nuestras leyes, costumbres y tribunales en su actual constitución. — Concedido hasta la organización definitiva del reino.

Art. 7.º Las tropas francesas ni los oficiales no serán alojados en casas particulares sino en cuarteles y pabellones, y no en los conventos ni monasterios, conservando los privilegios concedidos por las leyes a las respectivas clases. — Concedido, bien entendido que habrá para los oficiales y para los soldados cuarteles y pabellones mueblados conforme a los reglamentos militares, a no ser que sean insuficientes dichos edificios.

Art. 8.º Las tropas saldrán de la villa con los honores de la guerra, y se retirarán donde les convenga. — Las tropas saldrán con los honores de la guerra; desfilarán hoy 4 a las dos de la tarde; dejarán sus armas y cañones: los paisanos armados dejarán igualmente sus armas y artillería, y después los habitantes se retirarán a sus casas y los de fuera a sus pueblos.

Todos los individuos alistados en las tropas de línea de cuatro meses a esta parte, quedarán libres de su empeño y se retirarán a sus pueblos.

Todos los demás serán prisioneros de guerra hasta su canje, que se hará inmediatamente entre igual número grado a grado.

Art. 9.º Se pagarán fiel y constantemente las deudas del estado. — Este objeto es un objeto político que pertenece a la asamblea del reino, y que pende de la administración general.

Art. 10. Se conservarán los honores a los generales que quieran quedarse en la capital, y se concederá la libre salida a los que no quieran. — Concedido: continuando en su empleo, bien que el pago de sus sueldos será hasta la organización definitiva del reino.

Art. 11 adicional. Un destacamento de la guardia tomará posesión hoy 4 a mediodía de las puertas de palacio. Igualmente a mediodía se entregarán las diferentes puertas de la villa al ejército francés.

A mediodía el cuartel de guardias de Corps y el hospital general se entregarán al ejército francés.

A la misma hora se entregarán el parque y almacenes de artillería e ingenieros a la artillería e ingenieros franceses.

Las cortaduras y espaldones se desharán, y las calles se repararán.

El oficial francés que debe tomar el mando de Madrid acudirá a mediodía con una guardia a la casa del principal, para concertar con el gobierno las medidas de policía y restablecimiento del buen orden y seguridad pública en todas las partes de la villa.

Nosotros los comisionados abajo firmados, autorizados de plenos poderes para acordar y firmar la presente capitulación, hemos convenido en la fiel y entera ejecución de las disposiciones dichas anteriormente.

Campo imperial delante de Madrid 4 de diciembre de 1808. — Fernando de la Vera y Pantoja. — Tomás de Morla. — Alejandro. (Príncipe de Neuchâtel.) Véase la Gaceta de gobierno de Sevilla de 6 de enero de 1809.

APÉNDICE

DEL

LIBRO SÉPTIMO.

Número [7-1].

Narrative of the peninsular war. By Marquess of Londonderry. Chapter 10, vol. 1.º

Número [7-2].

Mémoires sur la révolution d’Espagne par Mr. de Pradt, pág. 223 et suiv.

Número [7-3].

Journal des opérations de l’armée de Catalogne, par le maréchal Gouvion Saint Cyr. Ch. 1.er

Número [7-4].

Carta del mariscal Moncey.

Señores: la ciudad de Zaragoza se halla sitiada por todas partes, y no tiene ya comunicación alguna. Por tanto podemos emplear contra la plaza todos los medios de destrucción que permite el derecho de la guerra. Sobrada sangre se ha derramado, y hartos males nos cercan y combaten. La quinta división del ejército grande a las órdenes del Sr. mariscal Mortier duque de Treviso, y la que yo mando, amenazan los muros. La villa de Madrid ha capitulado, y de este modo se ha preservado de los infortunios que le hubiera acarreado una resistencia más prolongada. Señores, la ciudad de Zaragoza, confiada en el valor de sus vecinos, pero imposibilitada a superar los medios y esfuerzos que el arte de la guerra va a reunir contra ella, si da lugar a que se haga uso de ellos, será inevitable su destrucción total.

El Sr. mariscal Mortier y yo creemos que Vds. tomarán en consideración lo que tengo la honra de exponerles, y que convendrán con nosotros en el mismo modo de opinar. El contener la efusión de sangre, y preservar la hermosa Zaragoza, tan estimable por su población, riquezas y comercio, de las desgracias de un sitio, y de las terribles consecuencias que podrán resultar, sería el camino para granjearse el amor y bendiciones de los pueblos que dependen de Vds. Procuren Vds. atraer a sus ciudadanos a las máximas y sentimientos de paz y quietud, que por mi parte aseguro a Vds. todo cuanto puede ser compatible, con mi corazón, mi obligación, y con las facultades que me ha dado S. M. el emperador.

Yo envío a Vds. este despacho con un parlamentario: y les propongo que nombren comisarios para tratar con los que yo nombraré a este efecto.

Quedo de Vds. con la mayor consideración. — Señores. — El mariscal Moncey. — Cuartel general de Torrero 22 de diciembre de 1808.

Respuesta del general Palafox.

El general en jefe del ejército de reserva responde de la plaza de Zaragoza. Esta hermosa ciudad no sabe rendirse. El Sr. mariscal del imperio observará todas las leyes de la guerra, y medirá sus fuerzas conmigo. Yo estoy en comunicación con todas partes de la península, y nada me falta. Sesenta mil hombres resueltos a batirse no conocen más premio que el honor, ni yo, que los mando. Tengo esta honra que no la cambio por todos los imperios.

S. E. el mariscal Moncey se llenará de gloria si observando las nobles leyes de la guerra me bate: no será menor la mía si me defiendo. Lo que digo a V. E. es que mi tropa se batirá con honor, y desconozco los medios de la opresión que aborrecieron los antiguos mariscales de Francia.

Nada le importa un sitio a quien sabe morir con honor, y más cuando ya conozco sus efectos en 61 días que duró la vez pasada. Si no supe rendirme entonces con menos fuerzas, no debe V. E. esperarlo ahora, cuando tengo más que todos los ejércitos que me rodean.

La sangre española vertida nos cubre de gloria; al paso que es ignominioso para las armas francesas haber vertido la inocente.

El Sr. mariscal del imperio sabrá que el entusiasmo de once millones de habitantes no se apaga con opresión, y que el que quiere ser libre lo es. No trato de verter la sangre de los que dependen de mi gobierno; pero no hay uno que no la pierda gustoso por defender su patria. Ayer las tropas francesas dejaron a nuestras puertas bastantes testimonios de esta verdad, no hemos perdido un hombre, y creo poder estar yo más en proporción de hablar al Sr. mariscal de rendición, si no quiere perder todo su ejército en los muros de esta plaza. La prudencia que le es tan característica y que le da el renombre de bueno, no podrá mirar con indiferencia estos estragos y más cuando ni la guerra, ni los españoles los causan ni autorizan.

Si Madrid capituló, Madrid habrá sido vendido, y no puedo creerlo; pero Madrid no es más que un pueblo, y no hay razón para que este ceda.

Solo advierto al Sr. mariscal que cuando se envía un parlamento no se hacen bajar dos columnas por distintos puntos, pues se ha estado a pique de romper el fuego, creyendo ser un reconocimiento más que un parlamento.

Tengo el honor de contestar a V. E., Sr. mariscal Moncey, con toda atención en el único lenguaje que conozco, y asegurarle mis más sagrados deberes. Cuartel general de Zaragoza 22 de diciembre de 1808. — El general Palafox.

Número [7-5].

Capitulación.

Artículo 1.º La guarnición de Zaragoza saldrá mañana 21 al mediodía de la ciudad con sus armas por la Puerta del Portillo, y las dejará a cien pasos de la puerta mencionada.

Art. 2.º Todos los oficiales y soldados de las tropas españolas prestarán juramento de fidelidad a S. M. católica el rey José Napoleón I.

Art. 3.º Todos los oficiales y soldados españoles que hayan prestado juramento de fidelidad, podrán, si quieren, entrar al servicio para la defensa de S. M. católica.

Art. 4.º Los que no quieran tomar servicio irán prisioneros de guerra a Francia.

Art. 5.º Todos los habitantes de Zaragoza y los extranjeros, si los hubiere, serán desarmados por los alcaldes, y las armas se entregarán en la Puerta del Portillo al mediodía del 21.

Art. 6.º Las personas y las propiedades serán respetadas por las tropas de S. M. el emperador y rey.

Art. 7.º La religión y sus ministros serán respetados: se pondrán guardias en las puertas de los principales edificios.

Art. 8.º Mañana al mediodía las tropas francesas ocuparán todas las puertas de la ciudad y el palacio del Coso.

Art. 9.º Mañana al mediodía se entregarán a las tropas de S. M. el emperador y rey toda la artillería y las municiones de toda especie.

Art. 10. Las cajas militares y civiles todas se pondrán a disposición de S. M. católica.

Art. 11. Todas las administraciones civiles y toda clase de empleados prestarán juramento de fidelidad a S. M. católica.

La justicia se ejercerá como hasta aquí y se hará en nombre de S. M. católica José Napoleón I. Cuartel general delante de Zaragoza 20 de febrero de 1809. — Firmado. — Lannes.

En comprobación de haberse concluido en toda forma esta capitulación, léase la representación hecha a José por la junta de Zaragoza en 11 de marzo de 1809 e inserta en la Gaceta de Madrid de 19 del mismo mes y año, y en la que se dice «quedó acordada la capitulación, que fue ratificada y canjeada en debida forma.»

Número [7-6].

He aquí la lista y evaluación de las alhajas extraidas.

1.ª Una joya con 1900 brillantes, nueve de ellos de extraordinaria magnitud y muy subido valor. Su hechura un corazón que en el centro figuraba un cisne tendidas las alas y descansando en el tronco con un polluelo a cada lado. Dádiva testamentaría de la reina de España Doña María Bárbara de Portugal. Valuada en pesos fuertes50.000.
2.ª Una corona de la Virgen que en 1775 costeó el arzobispo de esta diócesis D. Juan Saenz de Buruaga, de oro guarnecida de diamantes, rubíes y topacios brillantes; en el círculo formados de diamantes los atributos de la Virgen, a saber; nave, pozo, fuente, castillo, luna, sol, estrella, torre, palma, lirio, rosa y cedro: en el centro un triángulo de diamantes del cual se desprendía una palomita de lo mismo en ademán de mirar a María, y en lo alto un pectoral de finísimos topacios: costó pesos30.000.
3.ª Otra para el Niño, dádiva del mismo prelado, a cuya muerte no pudo recobrarse hasta el año 1780, de oro y diamantes y rubíes brillantes, por remate una cruz y en el pie un círculo de oro con un diamante tostado: pesos5000.
4.ª Dos retratos guarnecidos de brillantes del emperador Francisco I y de la emperatriz su esposa María Teresa de Austria reina de Hungría y Bohemia, que por testamento dejó a N.ra S.ra el Excmo. Sr. D. Antonio Azlor: pesos16.000.
5.ª Un clavel jaspeado de chispas de diamantes y rubíes brillantes, sobre un pie de esmeraldas orientales, puestas en oro, con sus dos capullos el uno cerrado y el otro abierto con su gancho largo de oro y puesto en una cajita de zapa verde con su charnela de plata. Lo dio a María Santísima la Excma. Sra. Doña María Teresa de Vallabriga esposa del Sermo. Infante de España D. Luis de Borbón, año 1788: valorado en pesos7000.
6.ª Una cruz de la orden de Santiago con 68 diamantes montados en oro por dos caras, todos rosas y tan bellos que por su blancura parecían cortados de una pieza: valuada en pesos8418.
7.ª Una joya con 106 diamantes rosas, de exquisita limpieza y blancura y un precioso esmalte que regaló a María Santísima el Sermo. Sr. D. Juan de Austria el día de la Concepción de 1669: pesos6891 ½.
8.ª Una venera de la orden de Calatrava de oro esmaltado con 52 diamantes rosas, algunos gruesos y muy finos todos. La dio el Excmo. Sr. conde de Baños: apreciada en pesos3943.
9.ª Un par de pendientes con 28 diamantes rosas muy preciosos montados en oro que dejó en 1743 Doña María Ignacia de Azlor: valorados sin hechuras en pesos1855.
10. Un corazón de aljófar grande y bello con algunos rubíes, esmeraldas y diamantes: pesos116.
11. Una joya con corona de oro y 64 diamantes rosas: pesos128.
12. Otra de oro con 59 diamantes: pesos60.
Suman todas: pesos129.411 ½.

El mariscal Mortier fue el único que rehusó el regalo que le presentaron; mas la alhaja parece no volvió al joyero.

Número [7-7].

Véase el «Manifiesto del vecindario de Aragón», publicado por D. Antonio Plana e impreso en Zaragoza en 1814, según razón tomada por el alcalde mayor de Zaragoza D. Ángel Morell de Solanilla.

Número [7-8].

Relation des sièges de Saragosse et de Tortose, par le Baron Rogniat. Avant propos.

APÉNDICE

DEL

LIBRO OCTAVO.

Número [8-1].

Véase el decreto de 12 de abril de 1809, inserto en el suplemento a la Gaceta del gobierno de Sevilla de 15 de mayo de 1809.

Número [8-2].

Véase el prontuario de las leyes y decretos de José, tom. 1.º, pág. 109.

Número [8-3].

Véase el manifiesto de la junta central; sección tercera, hacienda: documentos justificativos núm. 38 y siguientes.

Entre los donativos y anticipaciones extraordinarias de América se cuentan, entre muchos que ascendieron a un millón y dos millones, el de D. Antonio Basoco de cuatro millones de reales, y el del gobernador del estado D. Manuel Santa María que fue de ocho millones de la misma moneda. (Véase sobre esto último Gaceta extraordinaria del gobierno de Sevilla del 8 de diciembre de 1809.)

Número [8-3 bis].

El rey nuestro Sr. D. Fernando VII, y en su real nombre la junta suprema central gubernativa del reino, considerando que los vastos y preciosos dominios que España posee en las Indias no son propiamente colonias o factorías como los de otras naciones, sino una parte esencial e integrante de la monarquía española; y deseando estrechar de un modo indisoluble los sagrados vínculos que unen unos y otros dominios, como asimismo corresponder a la heroica lealtad y patriotismo de que acaban de dar tan decisiva prueba a la España, en la coyuntura más crítica que se ha visto hasta ahora nación alguna, se ha servido S. M. declarar, teniendo presente la consulta del consejo de Indias de 21 de noviembre último, que los reinos, provincias e islas que forman los referidos dominios, deben tener representación nacional e inmediata a su real persona, y constituir parte de la junta central gubernativa del reino por medio de sus correspondientes diputados. Para que tenga efecto esta real resolución han de nombrar los virreinatos de Nueva España, el Perú, Nuevo reino de Granada, y Buenos Aires, y las capitanías generales independientes de la isla de Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Chile, provincias de Venezuela y Filipinas, un individuo cada cual que represente su respectivo distrito. En consecuencia dispondrá V. E. que en las capitales, cabezas de partido del virreinato de su mando,[1] inclusas las provincias internas, procedan los ayuntamientos a nombrar tres individuos de notoria probidad, talento e instrucción, exentos de toda nota que pueda menoscabar su opinión pública; haciendo entender V. E. a los mismos ayuntamientos la escrupulosa exactitud con que deben proceder a la elección de dichos individuos, y que prescindiendo absolutamente los electores del espíritu de partido que suele dominar en tales casos, solo atiendan al riguroso mérito de justicia vinculado en las calidades que constituyen un buen ciudadano y un celoso patricio.

[1] México.

Verificada la elección de los tres individuos, procederá el ayuntamiento con la solemnidad de estilo a sortear uno de los tres, según la costumbre, y el primero que salga se tendrá por elegido. Inmediatamente participará a V. E. el ayuntamiento con testimonio el sujeto que haya salido en suerte, expresando su nombre, apellido, patria, edad, carrera o profesión y demás circunstancias políticas y morales de que se halle adornado.

Luego que V. E. haya recibido en su poder los testimonios del individuo sorteado en esa capital y demás del virreinato, procederá con el real acuerdo[2] y previo examen de dichos testimonios, a elegir tres individuos de la totalidad en quienes concurran cualidades más recomendables, bien sea que se le conozca personalmente, bien por opinión y voz pública; y en caso de discordia decidirá la pluralidad.

[2] Isla de Cuba. Procederá con el real acuerdo, si existiese en la Habana, y en su defecto con el R. obispo, el intendente, un miembro del ayuntamiento y prior del consulado y previo examen etc.

Esta terna se sorteará en el real acuerdo[3] presidido por V. E., y el primero que salga se tendrá por elegido y nombrado diputado de ese reino[4] y vocal de la junta suprema central gubernativa de la monarquía, con expresa residencia en esta corte.

[3] O junta.

[4] O Isla — Puerto Rico. Procederá con el R. obispo, y un miembro del ayuntamiento, y previo examen etc. — En otra parte. — Tratará V. S. en la junta y con los ministros de esas reales cajas la cuota etc.

Inmediatamente procederán los ayuntamientos de esa y demás capitales a extender los respectivos poderes o instrucciones, expresando en ellas los ramos y objetos de interés nacional que haya de promover.

En seguida se pondrá en camino con destino a esta corte y para los indispensables gastos de viajes, navegaciones, arribadas, subsistencia y decoro con que se ha de sostener, tratará V. E. en junta superior de real hacienda la cuota que se le haya de señalar, bien entendido que su porte, aunque decoroso, ha de ser moderado, y que la asignación de sueldo no ha de pasar de seis mil pesos fuertes anuales.

Todo lo cual comunico a V. E. de orden de S. M. para su puntual observancia y cumplimiento, advirtiendo que no haya demora en la ejecución de cuanto va prevenido. Dios guarde a V. E. muchos años. Real palacio del Alcázar de Sevilla 22 de enero de 1809.

Número [8-4].

Señor ministro de la corte de Londres: muy señor mío. He dado cuenta a la suprema junta central de la nota que V. S. se ha servido pasarme con fecha de 27 de febrero último, relativa a la guarnición de la plaza de Cádiz por las tropas inglesas, y asimismo de la carta del general D. Gregorio de la Cuesta que V. S. me incluye original, y tengo el honor de devolver adjunta: y S. M. queda enterado de que no encontrando V. S. por la respuesta del general Cuesta una necesidad imperiosa o urgente de hacer marchar a su ejército el pequeño cuerpo de tropas británicas que V. S. quería enviarle de refuerzo (obteniendo el permiso de que ese cuerpo dejase una fracción suya en la plaza de Cádiz), ha escrito V. S. al general Mackenzie, para que los transportes vuelvan a Lisboa, donde su presencia parece necesaria según los avisos que acaba de recibir. Con este motivo manifiesta V. S. que le ha parecido no sería ni decente ni conveniente insistir en la admisión de beneficio, cuyas consideraciones inseparables eran miradas con una especie de repugnancia. V. S. tendrá presente cuanto sobre este particular he tenido el honor de manifestarle en nuestras conferencias; pero la suprema junta me manda presentar a V. S. algunas observaciones que cree de importancia. Empezaré por repetir a V. S. que la suprema junta está muy lejos de concebir la menor sospecha contra los deseos que V. S. ha manifestado de que quedasen en la plaza de Cádiz algunas tropas británicas. La lealtad del gobierno inglés, la generosidad con que ha acudido a nuestro socorro, y la franqueza que ha usado con el gobierno español hacen imposible toda sospecha. Pero la suprema junta debe respetar la opinión pública nacional; y así se ha propuesto observar una conducta mesurada y prudente que la ponga a cubierto de toda censura. Si el estado presente de nuestros negocios militares fuese tan apurado que hiciese temer alguna próxima amenaza contra Cádiz; si nuestras propias fuerzas fuesen incapaces de defender aquel punto; si faltasen otros sumamente importantes donde puede ser combatido el enemigo con el mejor suceso, la suprema junta no tendría el temor de chocar con la opinión pública, admitiendo tropas extranjeras en aquella plaza; porque la opinión pública no podría menos de formarse sobre este estado supuesto de cosas. Mas V. S. sabe que nada de esto sucede; que nuestros ejércitos se mantienen en puntos muy distantes de Cádiz; que aquella plaza está por ahora exenta de toda sorpresa; que aun cuando las cosas sucediesen tan mal, como no podemos esperar, le quedarían al enemigo mucho terreno y muchos obstáculos que vencer antes de amenazar a Cádiz, que en ningún caso podía faltar tiempo para replegarse sobre una plaza fácil de defender, y que no puede mirarse sino como un último punto de retirada; y por último, que esos puntos extremos no deben defenderse en ellos mismos, a menos de un caso apurado, y sí en otros más adelantados. Así es que el ejército de Extremadura defiende por aquella parte la entrada de los enemigos, como la defiende por Sierra Morena el ejército de la Carolina y del centro combinados. En esos puntos es necesario convenir que está la defensa de las Andalucías; y por eso S. M. hace todo lo posible para reforzarlos. Allí está el enemigo que de algún tiempo a esta parte no ha podido hacer el menor progreso; y allí, si conseguimos reunir fuerzas superiores, se puede dar un golpe decisivo al enemigo al paso que no será nunca tal contra nosotros el que él pudiera darnos. Por otra parte ve V. S. que la Cataluña se defiende valerosamente sin dejar al enemigo adelantar un paso; y que Zaragoza, que debe mirarse como un antemural, resiste heroicamente a los repetidos ataques y hace pagar bien caro al enemigo su obstinada porfía. Es pues evidente que los poderosos auxilios de la Gran Bretaña serían infinitamente útiles en el ejército de Extremadura, en el de la Carolina, y en Cataluña, donde podría servir directa o indirectamente a la defensa de Zaragoza. Esta es la opinión de la suprema junta, de la nación entera, y esta será sin duda la de quien contemple con imparcialidad el verdadero estado de las cosas. La suprema junta espera que V. S. reflexionando detenidamente sobre esta franca exposición, entrará en sus ideas, y se lisonjea de que ellas merecerán el aprecio del gobierno de S. M. B., ya por el valor que ellas tienen, y ya por la deferencia que el mismo gobierno ha manifestado hacia la suprema junta; pues al dar el ministro británico parte de su pensamiento sobre la entrada de tropas inglesas en Cádiz al ministro de S. M. en Londres, solo se la presentó como una idea que debía comunicarse a la suprema junta para oír su opinión acerca de ella. De aquí nace en gran parte la confianza que tiene S. M. sobre los sentimientos de S. M. B. en este asunto, luego que le sean presentes estas justas observaciones.

Debe también considerarse que desembarcando las tropas auxiliares en los puntos que se han indicado a V. S. en las inmediaciones de Cádiz, y dirigiéndose a reforzar el ejército del general Cuesta donde pueden cubrirse de gloria, siempre encontrarán en Cádiz una segura retirada en caso de desgracia. Pero si un cuerpo desde luego poco numeroso hubiese de dejar en Cádiz parte de su fuerza para asegurar en tanta distancia la retirada, V. S. convendrá que semejante socorro inspiraría a la nación poca confianza, sobre todo después de los sucesos de la Galicia. V. S. cree que todos los transportes deben volver a Lisboa, donde juzga necesaria su presencia, y ha comunicado en su consecuencia las órdenes al efecto. De esa medida pudiera decirse lo que de la que acabo de exponer; a saber: que la suprema junta tiene la firme opinión de que el Portugal no puede defenderse en Lisboa, y de que el mayor número de tropas debería emplearse en las líneas más adelantadas donde se halla el enemigo, y donde puede ser derrotado de un modo que sea decisivo en sus consecuencias. Por todas estas razones está persuadida la suprema junta de que si el gobierno británico resolviese que sus tropas no obren unidas con las nuestras sino con la condición indicada, jamás podrá imputársela esa no cooperación. No puede ocultarse a la discreta ilustración de V. S. que la suprema junta debe obrar en todas ocasiones, y mucho más en las presentes circunstancias, de tal modo, que si por hipótesi fuere necesario manifestar a la nación y a la Europa entera las razones de su conducta en todos, o en algunos de los grandes negocios que ocupan la atención de S. M., pueda hacerlo con aquella seguridad y aquellos fundamentos que la concilien la opinión general, que es el primero y principal elemento de su fuerza.

S. M. espera que tomadas por V. S. en seria consideración estas observaciones, serán presentadas por V. S. al gobierno de S. M. B. como los sentimientos francos de un aliado fiel y reconocido, que cuenta en tan honrosa lucha con el auxilio eficaz de las tropas inglesas. Tengo con este motivo el honor &c. — Dios &c. — Sevilla 1.º de marzo de 1809. — B. L. M. de V. S. &c. — Martín de Garay.