LIBRO NOVENO.


El querer llevar a término en el libro anterior la evacuación de Galicia y de Asturias, nos obligó a no detenernos en nuestra narración hasta tocar con los sucesos de aquellas provincias en el mes de agosto. Volveremos ahora atrás para contar otros no menos importantes que acaecieron en el centro del gobierno supremo y demás partes.

Conducta
de la central
después
de Medellín.

La rota de Medellín sobre el destrozo del ejército había causado en el pueblo de Sevilla mortales angustias por la siniestra voz esparcida de que la junta central se iba a Cádiz para de allí trasladarse a América. Semejante nueva solo tuvo origen en los temores de la muchedumbre y en indiscretas expresiones de individuos de la central. Mas de estos los que eran de temple sereno y se hallaban resueltos a perecer antes que a abandonar el territorio peninsular, aquietaron a sus compañeros y propusieron un decreto publicado en 18 de abril, Su decreto
de 18 de abril. en el cual se declaraba que nunca «mudaría [la junta] su residencia, sino cuando el lugar de ella estuviese en peligro o alguna razón de pública utilidad lo exigiese.» Correspondió este decreto al buen ánimo que había la junta mostrado al recibir la noticia de la pérdida de aquella batalla, y a las contestaciones que por este tiempo dio a Sotelo, y que ya quedan referidas. Así puede con verdad decirse que desde entonces hasta después de la jornada de Talavera fue cuando obró aquel cuerpo con más dignidad y acierto en su gobernación.

Ideas añejas
de algunos
de sus individuos.

Antes algunos individuos suyos, si bien noveles repúblicos e hijos de la insurrección, continuaban tan apegados al estado de cosas de los reinados anteriores, que aun faltándoles ya el arrimo del conde de Floridablanca, a duras penas se conseguía separarlos de la senda que aquel había trazado; presentando obstáculos a cualquiera medida enérgica, y señaladamente a todas las que se dirigían a la convocación de cortes, o a desatar algunas de las muchas trabas de la imprenta. Apareció tan grande su obstinación que no solo provocó murmuraciones y desvío en la gente ilustrada, según en su lugar se apuntó, sino que también se disgustaron todas las clases; y hasta el mismo gobierno inglés, temeroso de que se ahogase el entusiasmo público, insinuó en una nota de 20 de julio de 1809 que [*] Repruébalas
el gobierno
inglés.
(* Ap. n. [9-1].) «si se atreviera a criticar [son sus palabras] cualquiera de las cosas que se habían hecho en España, tal vez manifestaría sus dudas... de si no había habido algún recelo de soltar el freno... a toda la energía del pueblo contra el enemigo.»

Tan universales clamores y los desastres, principal aunque costoso despertador de malos o poco advertidos gobiernos, hicieron abrir los ojos a ciertos centrales y dieron mayor fuerza e influjo al partido de Jovellanos, Fuerza
que adquiere
el partido
de Jovellanos. el más sensato y distinguido de los que dividían a la junta, y al cual se unió el de Calvo de Rozas, menor en número pero más enérgico e igualmente inclinado a fomentar y sostener convenientes reformas. Ya dijimos cómo Jovellanos fue quien primero propuso en Aranjuez llamar a cortes, y también cómo se difirió para más adelante tratar aquella cuestión. En vano con los reveses se intentó después renovarla, esquivándola asimismo, mientras vivió, el presidente conde de Floridablanca; a punto que no contento con hacer borrar el nombre de cortes que se hallaba inserto en el primer manifiesto de la central, rehusó firmar este, aun quitada aquella palabra, enojado con la expresión sustituida de que se restablecerían «las leyes fundamentales de la monarquía.» Rasgo que pinta lo aferrado que estaba en sus máximas el antiguo ministro.

Proposición
de Calvo de Rozas para convocar
a cortes,
15 de abril.

Ahora, muerto el conde y algún tanto ablandados los partidarios de sus doctrinas, osó Calvo de Rozas proponer de nuevo, en 15 de abril, el que se convocase la nación a cortes. Hubo vocales que todavía anduvieron reacios, mas estando la mayoría en favor de la proposición, fue esta admitida a examen; debiendo antes discutirse en las diversas secciones en que para preparar sus trabajos se distribuía la junta.

Ensanche
que se da
a la imprenta.
Semanario
patriótico.

Por el mismo tiempo diose algún ensanche a la imprenta, y se permitió la continuación del periódico intitulado Semanario patriótico, obra empezada en Madrid por Don Manuel Quintana, y que los contratiempos militares habían interrumpido. Tomáronla en la actualidad a su cargo Don I. Antillón y Don J. Blanco, mereciendo este hecho particular mención por el influjo que ejerció en la opinión aquel periódico, y por haberse tratado en él con toda libertad, y por primera vez en España, graves y diversas materias políticas.

Descontentos
con la junta.

Mudado y mejorado así el rumbo de la junta, aviváronse las esperanzas de los que deseaban unir a la defensa de la patria el establecimiento de buenas instituciones, y se reprimieron aviesas miras de descontentos y perturbadores. Contábanse entre los últimos muchos que estaban en opuestos sentidos, divisándose, al par de individuos del consejo, otros de las juntas, y amigos de la inquisición al lado de los que lo eran de la libertad de imprenta. Desabrido por lo menos se mostró el duque del Infantado, Infantado. no olvidando la preferencia que se daba a Venegas, rival suyo desde la jornada de Uclés. D. Francisco de Palafox. Creíase que no ignoraba los manejos y amaños en que ya entonces andaban Don Francisco de Palafox y el conde del Montijo, Montijo. persuadido el primero de que bastaba su nombre para gobernar el reino, y arrastrado el segundo de su índole inquieta y desasosegada.

Alboroto
que promueve
el último
en Granada,
reprimido.

Centellearon chispas de conjuración en Granada, a donde el del Montijo, teniendo parciales, había acudido para enseñorearse de la ciudad. Acompañole en su viaje el general inglés Doyle; y el conde, atizador siempre oculto de asonadas, movió el 16 de abril un alboroto en que corrieron las autoridades inminente peligro. La pérdida de estas hubiera sido cierta si el del Montijo al llegar al lance no desmayara, según su costumbre, temiendo ponerse a la cabeza de un regimiento ganado en favor suyo y de la plebe amotinada. La junta provincial, habiendo vuelto del sobresalto, recobró su ascendiente y prendió a los principales instigadores. Mal lo hubiera pasado su encubierto jefe, si, a ruegos de Doyle, a quien escudaba el nombre de inglés, no se le hubiera soltado con tal que se alejara de la ciudad. Pasó el conde a Sanlúcar de Barrameda, y no renunció ni a sus enredos ni a sus tramas. Pero con el malogro de la urdida en Granada desvaneciéronse por entonces las esperanzas de los enemigos de la central, conteniéndolos también la voz pública, que pendiente de la convocación de cortes y temerosa de desuniones quería más bien apoyar al gobierno supremo, en medio de sus defectos, que dar pábulo a la ambición de unos cuantos, cuyo verdadero objeto no era el procomunal.

Discútese
en la junta
convocar
a cortes.

Mientras tanto, examinada en las diversas secciones de la junta la proposición de Calvo de llamar a cortes, pasose a deliberar sobre ella en junta plena. Suscitáronse en su seno opiniones varias, siendo de notar que los individuos que había en aquel cuerpo más respetables por su riqueza, por sus luces y anteriores servicios sostuvieron con ahínco la proposición. De su número fueron el presidente marqués de Astorga, el bailío Don Antonio Valdés, Don Gaspar de Jovellanos, Don Martín de Garay y el marqués de Campo Sagrado. Alabose mucho el voto del último por su concisión y firmeza. Explayó Jovellanos el suyo con la erudición y elocuencia que le eran propias; mas excedió a todos en libertad y en el ensanche que quería dar a la convocatoria de cortes el bailío Valdés, asentando que salvo la religión católica y la conservación de la corona en las sienes de Fernando VII, no deberían dejar aquellas institución alguna ni ramo sin reformar, por estar todos viciados y corrompidos. Dictámenes que prueban hasta qué punto ya entonces reinaba la opinión de la necesidad y conveniencia de juntar cortes entre las personas señaladas por su capacidad, cordura y aun aversión a excesos populares.

Aparecieron como contrarios a la proposición Don José García de la Torre, Don Sebastián Jócano, D. Rodrigo Riquelme y D. Francisco Javier Caro. Abogado el primero de Toledo, magistrados los otros dos de poco crédito por su saber, y el último mero licenciado de la universidad de Salamanca, no parecía que tuviesen mucho que temer de las cortes ni de las reformas que resultasen, y sin embargo se oponían a su reunión, al paso que la apoyaban los hombres de mayor valía, y que pudieran con más razón mostrarse más asombradizos. Decídese
convocar
las cortes. A pesar de los encontrados dictámenes se aprobó por la gran mayoría de la junta la proposición de Calvo y se trató luego de extender el decreto.

Al principio presentose una minuta arreglada al voto del bailío Valdés, mas conceptuando que sus expresiones eran harto libres, y aun peligrosas en las circunstancias, y alegando de fuera y por su parte el ministro inglés Frere razones de conveniencia política, variose el primer texto, acordando en su lugar otro decreto que se publicó con fecha de 22 de mayo,[2] Decreto
de 22 de mayo.
(* Ap. n. [9-2].) y en el que se limitaba la junta a anunciar «el restablecimiento de la representación legal y conocida de la monarquía en sus antiguas cortes, convocándose las primeras en el año próximo, o antes si las circunstancias lo permitiesen.» Decreto tardío y vago, pero primer fundamento del edificio de libertad que empezaron después a levantar las cortes congregadas en Cádiz.

Disponíase también, por uno de sus artículos, que una comisión de cinco vocales de la junta se ocupase en reconocer y preparar los trabajos necesarios para el modo de convocar y formar las primeras cortes, debiéndose además consultar acerca de ello a varias corporaciones y personas entendidas en la materia.

Efecto
que produce
en la opinión.

El no determinarse día fijo para la convocación, el adoptar el lento y trillado camino de las consultas, y el haber sido nombrados para la comisión indicada, con los señores arzobispo de Laodicea, Castanedo y Jovellanos, los señores Riquelme y Caro, enemigos de la resolución, excitó la sospecha de que el decreto promulgado no era sino engañoso señuelo para atraer y alucinar; por lo que su publicación no produjo en favor de la central todo el fruto que era de esperarse.

Restablecimiento
de todos
los consejos
en uno solo.

Poco después disgustó igualmente el restablecimiento de todos los consejos: a sus adversarios por juzgar aquellos cuerpos, particularmente al de Castilla, opuestos a toda variación o mejora, a sus amigos por el modo como se restablecieron. Según decreto de 3 de marzo, debía instalarse de nuevo el consejo real y supremo de Castilla, reasumiéndose en él todas las facultades que, tanto por lo respectivo a España como por lo tocante a Indias, habían ejercido hasta aquel tiempo los demás consejos. Por entonces se suspendió el cumplimiento de este decreto, y solo en 25 de junio se mandó llevar a debido efecto. La reunión y confusión de todos los consejos en uno solo fue lo que incomodó a sus individuos y parciales, y la junta no tardó en sentir de cuán poco le servía dar vida y halagar a enemigo tan declarado.

A pesar de esta alternativa de varias y al parecer encontradas providencias, la junta central, repetimos, se sostuvo desde el abril hasta el agosto de 1809 con más séquito y aplauso que nunca; a lo que también contribuyó no solo haber sido evacuadas algunas provincias del norte, sino el ver que después de las desgracias ocurridas se levantaban de nuevo y con presteza ejércitos en Aragón, Extremadura y otras partes.

Operaciones
de los ejércitos.
Aragón.

Rendida Zaragoza, cayó por algún tiempo en desmayo el primero de aquellos reinos. Conociéronlo los franceses, y para no desaprovechar tan buena oportunidad, trataron de apoderarse de las plazas y puntos importantes que todavía no ocupaban. De los dos cuerpos suyos que estuvieron presentes al sitio de Zaragoza, se destinó el 5.º a aquel objeto, permaneciendo el 3.º en la ciudad, cuyos escombros aún ponían espanto al vencedor. Hubieran querido los enemigos enseñorearse de una vez de Jaca, Monzón, Benasque y Mequinenza. Mas, a pesar de su conato, no se hicieron dueños sino de las dos primeras plazas, aprovechándose de la flaqueza de las fortificaciones y falta de recursos, y empleando otros medios además de la fuerza.

Ríndese Jaca
a los franceses.

Salió para Jaca el ayudante Fabre, del estado mayor, llevando consigo el regimiento 34.º y un auxiliar de nuevo género, que desdecía del pensar y costumbres de los militares franceses. Era pues este un fraile agustino, de nombre fray José de la Consolación, El Padre
Consolación. misionero tenido en la tierra en gran predicamento, mas de aquellos cuyo traslado con tanta maestría nos ha delineado el festivo y satírico padre Isla. El 8 de marzo entró el fray José en la plaza, y la elocuencia que antes empleaba, si bien con poca mesura, por lo menos en respetables objetos, sirviole ahora para pregonar su misión en favor de los enemigos de la patria, no siendo aquella la sola ocasión en que los franceses se valieron de frailes y de medios análogos a los que reprendían en los españoles. Convocó a junta el padre Consolación a las autoridades y a otros religiosos, y saliéndole vanas por esta vez sus predicaciones, fomentó en secreto, ayudado de algunos, la deserción, la cual creció en tanto grado que no quedando dentro sino poquísimos soldados, tuvo el 21 que rendirse el teniente-rey Don Francisco Campos, que hacía de gobernador. Aunque no fuese Jaca plaza de grande importancia por su fortaleza, éralo por su situación que impedía comunicarse con Francia. Desacreditose en Aragón el fraile misionero, prevaleciendo sobre el fanatismo el odio a la dominación extranjera.

Pérdida
de Monzón.

Perdiose Monzón a principios de marzo. Había el 1.º del mes llegado a sus muros el marqués de Lazán, procedente de Cataluña y acompañado de la división de que hablamos anteriormente. Adelantose a la sierra de Alcubierre, hasta que sabedor de la rendición de Zaragoza y de que los franceses se acercaban, retrocedió al cuarto día. Don Felipe Perena, a quien había dejado en Berbegal, tampoco tardó en retirarse a Monzón, en donde luego apareció con su brigada el general Girard. Informado Lazán de que el francés traía respetable fuerza, caminó la vuelta de Tortosa, y viéndose solo el gobernador de Monzón, Don Rafael de Anseátegui, desamparó con toda su gente el castillo, evacuando igualmente la villa los vecinos.

Son rechazados
los franceses
en Mequinenza.

No salieron los franceses tan lucidos en otras empresas que en Aragón intentaron, a pesar del abatimiento que había sobrecogido a sus habitantes. El mariscal Mortier, jefe, como sabe el lector, del 5.º cuerpo, quiso apoderarse en persona y de rebate de Mequinenza, villa solo amparada de un muro antiguo y de un mal castillo, pero de alguna importancia por ser llave hacia aquella parte del Ebro, y tener su asiento en donde este río y el Segre se juntan en una madre. Tres tentativas hicieron en marzo los enemigos contra la villa: en todas ellas fueron repelidos, auxiliando a los de Mequinenza los vecinos de la Granja, pueblo catalán no muy distante.

Extendiéronse igualmente los franceses vía de Valencia hasta Morella, de donde, exigidas algunas contribuciones, se replegaron a Alcañiz. Por el mediodía de Aragón se enderezaron a Molina, Molina. enojados del brío que mostraban los naturales, quienes, bajo la buena guía de su junta, habían atacado el 22 de marzo y ahuyentado en Truecha 300 infantes y caballos de los contrarios. Por ello, y por verse así cortada la comunicación entre Madrid y Zaragoza, dirigiéronse los últimos en gran número contra Molina, de lo que, advertida su junta, se recogió a cinco leguas en las sierras del señorío. Todos los vecinos desampararon la villa, cuyo casco ocuparon los franceses, mas solo por pocos días.

Pasa el 5.º cuerpo
de Aragón
a Castilla.

Napoleón, en tanto, creyendo que los aragoneses estaban sometidos con la caída de Zaragoza, e importándole acudir a Castilla a fin de proseguir las operaciones contra los ingleses, determinó que el 5.º cuerpo marchase a últimos de abril del lado de Valladolid, poniéndole después así como al 2.º y 6.º, según ya se dijo, bajo el mando supremo del mariscal Soult.

Suchet sucede
a Junot
en el mando
de Aragón.

Quedó, por consiguiente, para guardar a Aragón solo el tercer cuerpo regido por el general Junot, quien permaneció allí corto tiempo, habiendo caído enfermo, y no juzgándosele capaz de gobernar por sí país tan desordenado y poco seguro. Sucediole Suchet, que estaba al frente de una de las divisiones del 5.º cuerpo, y dejando dicho general a Mortier en Castilla, volvió a Zaragoza y se encargó del mando de la provincia y del tercer cuerpo, cuya fuerza se hallaba reducida con las pérdidas experimentadas en el sitio de aquella ciudad y con las enfermedades, notándose además en sus filas muy menguada la virtud militar. Llegó el 19 de marzo a Zaragoza el general Suchet con la esperanza de que tendría suficiente espacio para restablecer el orden y la disciplina sin ser incomodado por los españoles.

Formación del 2.º
ejército español
de la derecha.

Mas engañose, habiendo la junta central acordado con laudable previsión medidas de que luego se empezó a recoger el fruto. Debe mirarse como la más principal la de haber ordenado a mediados de abril la formación de un segundo ejército de la derecha que se denominaría de Aragón y Valencia, y cuyo objeto fuese cubrir las entradas de la última provincia e incomodar a los franceses en la otra. Confiose el mando a Don Joaquín Blake, Mándale Blake. que se hallaba en Tortosa, habiéndole la central poco antes enviado a Cataluña bajo las órdenes de Reding, quien, a su arribo, le destinó a aquella plaza para mandar la división de Lazán acuartelada en su recinto. El nuevo ejército debía componerse de esta misma división que constaba de 4 a 5000 hombres, y de las fuerzas que aprontase Valencia.

Reino
de Valencia.

Rica y populosa esta provincia, hubiera en verdad podido coadyuvar grandemente a aquel objeto, si reyertas interiores no hubieran en parte inutilizado los impulsos de su patriotismo. Habíase su territorio mantenido libre de enemigos desde el junio del año anterior. Continuaba a su frente la primera junta, que era sobrado turbulenta, y permaneció mucho tiempo mandando como capitán general el conde de la Conquista, hombre no muy entusiasmado por la causa nacional, que consideraba perdida. En diciembre de 1808 se recogió allí desde Cuenca, hasta donde había acompañado al ejército del centro, Don José Caro, y con él una corta división. Luego que llegó este a Valencia fue nombrado segundo cabo, y prontamente se aumentaron los piques y sinsabores, queriendo el Don José reemplazar en el mando al de la Conquista. No cortó la discordia el barón de Sabasona, individuo de la central enviado a aquel reino en calidad de comisario: buen patricio, pero ignorante, terco y de fastidiosa arrogancia, no era propio para conciliar voluntades desunidas ni para imponer el debido respeto. Anduvieron pues sueltas mezquinas pasiones, hasta que por fin en abril de 1809 consiguió Caro su objeto, sin que por eso se ahogase, conforme después veremos, la semilla de enredos echada en aquel suelo por hombres inquietos. Así fue que Valencia, a pesar de sus muchos y variados recursos, y de tener cerca a Murcia, libre también de enemigos y sujeta en lo militar a la misma capitanía general, no ayudó por de pronto a Blake con otra fuerza que la de ocho batallones apostados en Morella a las órdenes de Don Pedro Roca.

Reúne Blake
el mando
de toda la corona
de Aragón.

Con estos, y la división mencionada de Lazán, empezó a formar Don Joaquín Blake el segundo ejército de la derecha. Entonces solo trató de disciplinarlos, contentándose con establecer una línea de comunicación sobre el río Algas, y otra del lado de Morella. Mas poco después, animado con que la central hubiese añadido a su mando el de Cataluña, vacante por muerte de Reding, y sabedor de que la fuerza francesa en Aragón se había reducido a la del tercer cuerpo, como también que muchos de aquellos moradores se movían, Muévese Blake. resolvió obrar antes de lo que pensaba, saliendo de Tortosa el 7 de mayo. Manifestáronse los primeros síntomas de levantamiento hacia Monzón. Conmociones
en Aragón. Sirvieron de estímulo las vejaciones y tropelías que cometían en Barbastro y orillas del Cinca las tropas del general Habert. Dio la señal en principios de mayo la villa de Albelda, Albelda. negándose a pagar las contribuciones y repartimientos que le habían impuesto. Enviaron los franceses gente para castigar tal osadía; mas protegidos los habitantes por 700 hombres que de Lérida envió el gobernador Don José Casimiro Lavalle, a las órdenes de los coroneles Don Felipe Perena y Don Juan Baget, no solo se libertaron del azote que los amagaba, Tamarite. sino que también consiguieron escarmentar en Tamarite a los enemigos, cuyo mayor número se retiró a Barbastro, quedando unos 200 en Monzón. Abandonan
los franceses
a Monzón. Alentados con el suceso los naturales de esta villa, y cansados del yugo extranjero, levantáronse contra sus opresores y los obligaron a retirarse de sus hogares.

Necesario era que los franceses vengasen tamaña afrenta. Dirigieron, pues, crecida fuerza a lo largo de la derecha del Cinca, y el 16 cruzaron este río por el vado y barca del Pomar. En vano intentaron recobrarle. Atacaron a Monzón, que guarnecía, con un reducido batallón y un tercio de miqueletes, Don Felipe Perena: creían ya los enemigos seguro el triunfo, cuando fueron repelidos y aun desalojados del lugar del Pueyo. Insistieron al día siguiente en su propósito, y hasta penetraron en las calles de Monzón; pero acudiendo a tiempo desde Fonz Don Juan Baget, tuvieron que retirarse con pérdida considerable. Escarmentados de este modo pidieron socorro a Barbastro, de donde salieron con presteza en su ayuda 2000 hombres. Desgraciadamente para ellos, el Cinca, hinchándose con las avenidas, salió de madre y les impidió vadear sus aguas. Separados por este incidente, y sin poder comunicarse los franceses de ambas orillas, conocieron su peligro los que ocupaban la izquierda, y para evitarle corrieron hacia Albalate en busca del puente de Fraga. Había antes previsto su movimiento el gobernador español de Lérida, y se encontraron con que aquel paso estaba ya atajado. Revolvieron entonces sobre Fonz y Estadilla, queriendo repasar el Cinca del lado de las montañas situadas en la confluencia del Esera. Hostigados allí por todos lados, faltos de recursos y sin poder recibir auxilio de sus compañeros de la margen derecha, Ríndense
600 franceses. tuvieron que rendirse estos que en vano habían recorrido toda la izquierda, entregándose prisioneros el 21 de mayo a los jefes Perena y Baget, en número de unos 600 hombres. Encendiose más y más con hecho tan glorioso la insurrección del paisanaje, y fue estimulado Blake a acelerar sus movimientos.

Entra Blake
en Alcañiz.

Ya este general después de su salida de Tortosa se había aproximado a la división francesa que en Alcañiz y sus alrededores mandaba el general Laval, obligándole a evacuar aquella ciudad el 18 del mes de mayo. Los enemigos todavía no tenían por allí numerosa fuerza, pues dicha división no permanecía entera y reunida en un punto, sino que, acantonada, se extendía hasta Barbastro, mediando el Ebro entre sus esparcidos trozos. Nada hubiera importado a los franceses semejante desparramamiento si no perdieran a Monzón, y si impensadamente no se hubiera aparecido Don Joaquín Blake, cuyos dos acontecimientos supiéronse en Zaragoza el 20 a la propia sazón que Suchet acababa de tomar el mando.

Va Suchet
a su encuentro.

Se desvanecieron por consiguiente los planes de este general de mejorar el estado de su ejército antes de obrar, y en breve se preparó a ir a socorrer a su gente. Dejó en Zaragoza pocas tropas, y llevando consigo la mayor parte de la segunda división marchó a reforzar la primera del mando de Laval, que se reconcentraba en las alturas de Híjar. Juntas ambas ascendían a unos 8000 hombres, de los que 600 eran de caballería. Arengó Suchet a sus tropas, recordoles pasadas glorias, y yendo adelante se aproximó a Alcañiz, en donde ya estaba apostado Don Joaquín Blake. Contaba por su parte el general español, reunidas que fueron las divisiones valenciana de Morella y aragonesa de Tortosa, 8176 infantes y 481 caballos.

Batalla
de Alcañiz.

La derecha al mando de Don Juan Carlos de Aréizaga se alojaba en el cerro de los Pueyos de Fórnoles; la izquierda gobernada por Don Pedro Roca permaneció en el cabezo o cumbre baja de Rodriguer, situándose el centro en el de Capuchinos a las inmediatas órdenes del general en jefe y de su segundo el marqués de Lazán. Corría a la espalda del ejército el río Guadalope, y más allá se descubría colocada en un recuesto la ciudad de Alcañiz.

A las seis de la mañana del 23 aparecieron los enemigos por el camino de Zaragoza, retirándose a su vista la vanguardia española que regía Don Pedro Tejada. Pusieron aquellos su primer conato en apoderarse de la ermita de Fórnoles, atacando el cerro por el frente y flanco derecho, al mismo tiempo que ocupaban las alturas inmediatas. Contestaron con acierto los nuestros a sus fuegos, y repelieron después con serenidad y vigorosamente una columna sólida de 900 granaderos, que marchaba arma al brazo y con grande algazara. Queriendo entonces el general Blake causar diversión al enemigo, envió contra su centro un trozo de gente escogida al mando de Don Martín de Menchaca. No estorbó esta atinada resolución el que Suchet repitiese sus ataques para enseñorearse de la ermita de Fórnoles, si bien infructuosamente, alcanzando gloria y prez Aréizaga y los españoles que defendían el puesto. Enojados los franceses al ver cuán inútiles eran sus esfuerzos, revolvieron sobre Menchaca, que acometido por superiores fuerzas tuvo que recogerse al cerro de la mencionada ermita. Extendiose en seguida la pelea al centro e izquierda española, avanzando una columna enemiga por el camino de Zaragoza con tal impetuosidad que por de pronto todo lo arrolló. Mandábala el general francés Fabre, y sus soldados llegaron al pie de las baterías españolas del centro, en donde los contuvo y desordenó el fuego vivísimo de los infantes, y el bien acertado a metralla de la artillería que gobernaba Don Martín García Loigorri. Rota y deshecha esta columna, tuvieron los enemigos que replegarse, dejando el camino de Zaragoza cubierto de cadáveres. Nuestras tropas picaron algún trecho su retirada, y no insistió Blake en el perseguimiento por la desconfianza que le inspiraba su propia caballería que anduvo floja en aquella jornada. Perdieron los españoles de 200 a 300 hombres: los franceses unos 800, quedando herido levemente en un pie el general Suchet. Retírase Suchet
a Zaragoza. Prosiguieron los últimos por la noche su marcha retrógrada, y tal era el terror infundido en sus filas que esparcida la voz de que llegaban los españoles echaron sus soldados a correr, y mezclados y en confusión llegaron a Samper de Calanda. Avergonzados con el día volvieron en sí, y pudo Suchet recogerse a Zaragoza, cuyo suelo pisó de nuevo el 6 de junio.

Satisfecho Blake de haber reanimado a sus tropas con la victoria alcanzada, limitose durante algunos días a ejercitarlas en las maniobras militares, mudando únicamente de acantonamientos. La junta de Valencia acudió en su auxilio con gente y otros socorros, y la central estableciendo un parte o correo extraordinario dos veces por semana, mantuvo activa correspondencia, remitiendo en oro y por conducto tan expedito los suficientes caudales. Reforzado el general Blake y con mayores recursos se movió camino de Zaragoza, confiado también en que el entusiasmo de las tropas supliría hasta cierto punto lo que les faltase de aguerridas.

Por su parte el general Suchet tampoco desperdició el tiempo que le había dejado su contrario, pues acampando su gente en las inmediaciones de Zaragoza, procuró destruir las causas que habían algún tanto corrompido la disciplina. Situación crítica
de Suchet. Formó igualmente con objeto de evitar cualquiera sorpresa atrincheramientos en Torrero y a lo largo de la acequia, barreó el arrabal, mejoró las fortificaciones de la Aljafería, y envió camino de Pamplona lo más embarazoso de la artillería y del bagaje.

En las apuradas circunstancias que le rodeaban no solo tenía que prevenirse contra los ataques de Blake, sino también contra las asechanzas de los habitantes, Partidarios. y los esfuerzos de varios partidarios. De estos se adelantó orillas del Jalón un cuerpo franco de 1000 hombres al mando del coronel Don Ramón Gayán, y por el lado de Monzón e izquierda del Ebro acercose al puente del Gállego el brigadier Perena. De suerte que otro descalabro como el de Alcañiz bastaba para que tuviesen los franceses que evacuar a Zaragoza, y dejar libre el reino de Aragón.

Afanado así el general Suchet y lleno de zozobra ocupábase sobre todo en averiguar las operaciones de Don Joaquín Blake, cuando supo que este se aproximaba. Preparose pues a recibirle, y dejando la caballería en el Burgo, distribuyó los peones entre el monte Torrero y el monasterio de Santa Fe, camino de Madrid, al paso que destacó a Muel al general Fabre con 1200 hombres.

Adelántase Blake
a Zaragoza.

El ejército español proseguía su movimiento, y engrosadas sus filas con nuevas tropas reunidas de varias partes, pasaba su número de 17.000 hombres. De ellos hallábase el 13 avanzada en Botorrita la división de Don Juan Carlos de Aréizaga, estando en Fuendetodos con los demás Don Joaquín Blake. Noticioso este general de que Fabre se había adelantado de Muel a Longares, apresuró su marcha en la misma tarde con intento de coger al francés entre sus tropas y las de Aréizaga. Mas aquel viéndose cortado del lado de Zaragoza, abandonó un convoy de víveres, y se retiró a Plasencia de Jalón. Inútilmente corrió en su ayuda la segunda división francesa, que ni pudo abrir la comunicación ni apoderarse del puesto que en Botorrita ocupaba Aréizaga, teniendo al fin que replegarse sabedora de que venía sobre ella el grueso del ejército español.

Cerciorado de lo mismo el general Suchet y resuelto a combatir, tomó sus disposiciones. La fuerza con que contaba ascendía a unos 12.000 hombres, debiéndose juntar en breve dos regimientos procedentes de Tudela, y Fabre que desde Plasencia caminaba a Zaragoza. La disciplina de sus soldados se había mejorado, mostrándose más serenos y animados que en Alcañiz.

Batalla de María.

En la mañana del 15 el general Blake, luego que llegó a María, distante dos leguas y media de Zaragoza, pasó más allá y cruzó el arroyo que pasa por delante de aquel pueblo. Su ejército estaba distribuido en columnas mandadas por coroneles, y le colocó sobre unas lomas repartido en dos líneas. La primera de estas la mandaba Don Pedro Roca, y en ella se mantuvo desde el principio Don Joaquín Blake. Estaba al frente de la segunda el marqués de Lazán. Situose sobre la derecha, que era la parte más llana, la caballería, capitaneada por el general Odonojú con algunos infantes, apoyándose en el Huerba, cuyas dos orillas ocupaba. La fuerza allí presente no pasaba de 12.000 hombres, continuando destacada en Botorrita la división de Aréizaga compuesta de 5000 combatientes.

Enfrente, y a corta distancia del nuestro, se divisaba el ejército francés, guiado por su general Suchet. Los españoles permanecían quietos en su puesto, y los enemigos no se apresuraron a empeñar la acción hasta las dos de la tarde que les llegó el refuerzo de los regimientos de Tudela. Entonces habiendo dejado de antemano en Torrero al general Laval para tener en respeto a Zaragoza, moviose Suchet por el frente haciendo otro tanto los españoles. Dieron estos muestras de flanquear con su izquierda la derecha de los enemigos, lo cual estorbó el general francés reforzándola, hasta querer por aquella parte romper nuestras filas. Separaba a entrambos ejércitos una quebrada que recibió orden de cruzar el general Musnier, a quien no solo repelieron los españoles, sino que reforzada su izquierda con gente de la derecha le desordenaron y deshicieron. Acudió en su auxilio por mandato de Suchet el intrépido general Harispe, consiguiendo, aunque herido, restablecer entre sus tropas el ánimo y la confianza. En aquella hora sobrevino una horrorosa tronada con lluvia y viento que casi suspendió el combate, impidiendo a ambos ejércitos el distinguirse claramente.

Serenado el tiempo, pensó Suchet que sería más fácil romper la derecha no colocada tan ventajosamente, y en donde se hallaba la caballería, inferior a la suya en número y disciplina. Así fue que con una columna avanzó de aquel lado el general Habert, precediéndole Vattier con dos regimientos de caballería. Ejecutada la operación con celeridad se vieron arrollados los jinetes españoles y rota la derecha, apoderándose los franceses de un puentecillo por el cual se cruzaba el arroyo colocado detrás de nuestra posición. Permaneció no obstante firme en esta Don Joaquín Blake, y ayudado de los generales Lazán y Roca resistió durante largo rato y con denuedo a las impetuosas acometidas que por el frente y oblicuamente hicieron los franceses. Al fin, flaqueando algunos cuerpos españoles, se arrojaron todos abajo de las lomas que ocupaban, en cuyas hondonadas, formándose barrizales con la lluvia de la tormenta, se atascaron muchos cañones, de los que en todo se perdieron hasta unos quince. Fueron cogidos prisioneros el general Odonojú y el coronel Menchaca, siendo bastantes los muertos.

Retírase Blake
a Botorrita.

Retiráronse después los españoles sin particular molestia, uniéndose en Botorrita a la división de Aréizaga, que lastimosamente no tomó parte en la acción. Ignoramos las razones que asistieron a Don Joaquín Blake para tenerla alejada del campo de batalla. Si fue con intento de buscar en ella refugio en caso de derrota, lo mismo le hubiera encontrado teniéndola más cerca y a su vista, con la diferencia de que, empleados oportunamente sus soldados al desconcertarse la derecha, muy otro hubiera sido el éxito de la refriega, bien disputada por nuestra parte, recientes todavía los laureles de Alcañiz, y desasosegados los franceses con la terrible imagen de Zaragoza, que a la espalda aguardaba silenciosa su libertad.

El general Suchet volvió por la noche a aquella ciudad, mandando al general Laval que de Torrero caminase a amenazar la retaguardia de los españoles. Permaneció Don Joaquín Blake el 16 en Botorrita, resuelto a aguardar a los franceses: pudiera haberle costado cara semejante determinación si el general Laval, descarriado por sus guías, no se hubiese retardado en su marcha. Admirose Suchet al saber que Blake aunque derrotado se mantenía en Botorrita, de cuyo punto no se hubiera tan pronto movido si el amo de la casa donde almorzó Laval no le hubiese avisado de la marcha de este. Así el patriotismo de un individuo preservó quizás al ejército español de un nuevo contratiempo.

Retírase
de Botorrita.

Advertido Blake abrevió su retirada, sin que por eso hubiese antes habido ningún empeñado choque. Siguiole Suchet el 17 hasta la Puebla de Albortón, y el 18 ambos ejércitos se encontraron en Belchite. No era el de Blake más numeroso que en María, pues si bien por una parte se le unió la división de Aréizaga y un batallón del regimiento de Granada procedente de Lérida, por otra habíase perdido en la acción mucha gente entre muertos y extraviados, y separádose el cuerpo franco de Don Ramón Gayán. Además la disposición de los ánimos era diversa, decaídos con la desgracia. Lo contrario sucedía a los franceses, que recobrado su antiguo aliento y contando casi las mismas fuerzas, podían confiadamente ponerse al riesgo de nuevos combates.

Batalla
de Belchite.

Está Belchite situado en la pendiente de unas alturas que le circuyen de todos lados excepto por el frente y camino de Zaragoza, en donde yacen olivares y hermosas vegas que riegan las aguas de la Cuba o pantano de Almonacid. Don Joaquín Blake puso su derecha en el Calvario, colina en que se respalda Belchite: su centro en Santa Bárbara, punto situado en el mismo pueblo, habiendo prolongado su izquierda hasta la ermita de nuestra señora del Pueyo. En algunas partes formaba el ejército tres líneas. Guarneciéronse los olivares con tiradores, y se apostó la caballería camino de Zaragoza. Aparecieron los franceses por las alturas de la Puebla de Albortón, atacando principalmente nuestra izquierda la división del general Musnier. Amagó de lejos la derecha el general Habert, y tropas ligeras entretuvieron el centro con varias escaramuzas. A él se acogieron luego nuestros soldados de la izquierda, agrupándose alrededor de Belchite y Santa Bárbara, lo que no dejó ya de causar cierta confusión. Sin embargo nuestros fuegos respondieron bien al principio a los de los contrarios, y por todas partes se manifestaban al menos deseos de pelear honradamente. Mas a poco incendiándose dos o tres granadas españolas, y cayendo una del enemigo en medio de un regimiento, espantáronse unos, cundió el miedo a otros, y terror pánico se extendió a todas las filas, siendo arrastrados en el remolino mal de su grado aun los más valerosos. Solos quedaron en medio de la posición los generales Blake, Lazán y Roca, con algunos oficiales; los demás casi todos huyeron o fueron atropellados. Sentimos, por ignorarlo, no estampar aquí para eterno baldón el nombre de los causadores de tamaña afrenta. Como la dispersión ocurrió al comenzarse la refriega, pocos fueron los muertos y pocos los prisioneros, ayudando a los cobardes el conocimiento del terreno. Perdiéronse nueve o diez cañones que quedaban después de la batalla de María, y perdiose sobre todo el fruto de muchos meses de trabajos, afanes y preparativos. Aunque es cierto que no fue Don Joaquín Blake quien dio inmediata ocasión a la derrota, censurose con razón en aquel general la extremada confianza de aventurar una segunda acción tres días después de la pérdida de la de María, debiendo temer que tropas nuevas como las suyas no podían haber olvidado tan pronto tan reciente y grave desgracia.

Resultas
desastradas
de la batalla.

Los franceses avanzaron el mismo 18 a Alcañiz. Los españoles se retiraron en más o menos desorden a puntos diversos: la división aragonesa de Lazán a Tortosa de donde había salido, la de Valencia a Morella y San Mateo: acompañaron a ambas varios de los nuevos refuerzos, algunos tiraron a otros lados. También repartiendo en columnas su ejército el general francés, dirigió una la vuelta de Tortosa, otra del lado de Morella, y apostó al general Musnier en Alcañiz y orillas del Guadalope. En cuanto a él, después de pasar en persona el Ebro por Caspe, de reconocer a Mequinenza y de recuperar a Monzón, volvió a Zaragoza, habiendo dejado de observación en la línea del Cinca al general Habert.

Ganada la batalla de Belchite, si tal nombre merece, y despejada la tierra, figurose Suchet que sería árbitro de entregarse descansadamente al cuidado interior de su provincia. En breve se desengañó, porque animados los naturales al recibo de las noticias de otras partes, y engrosándose las guerrillas y cuerpos francos con los dispersos del ejército vencido, apareció la insurrección, como veremos después, más formidable que antes, encarnizándose la guerra de un modo desusado.

Pasa Blake
a Cataluña.

Desde Tortosa volvió el general Blake la vista al norte de Cataluña, y en especial la fijó en Gerona, de cuyo sitio y anexas operaciones suspenderemos hablar hasta el libro próximo, por no dividir en trozos hecho tan memorable. En lo demás de aquel principado continuaron tropas destacadas, somatenes y partidas incomodando al enemigo, pero de sus esfuerzos no se recogió abundante fruto faltando en aquellas lides el debido orden y concierto.

Conspiración
de Barcelona.

Tampoco cesaban las correspondencias y tratos con Barcelona, y fue notable y de tristes resultas lo que ocurrió en mayo. Tramábase ganar la plaza por sorpresa. El general interino del principado, marqués de Coupigny, se entendía con varios habitantes, debiendo una división suya entrar el 16 a hurtadillas y por la noche en la ciudad, al mismo tiempo que del lado de la marina divirtiesen fuerzas navales a los franceses. Mas, avisados estos, frustraron la tentativa, Suplicio
de algunos
patriotas. arrestando a varios de los conspiradores que el 3 de junio pagaron públicamente su arrojo con la vida. Entre ellos, reportado y con firmeza, respondió al interrogatorio que precedió al suplicio el doctor Pou de la universidad de Cervera: no menos atrevido se mostró un mozo del comercio llamado Juan Massana, quien ofendido de la palabra traidor con que le apellidó el general francés, replicole «el traidor es V. E. que con capa de amistad se ha apoderado de nuestras fortalezas.» Recompensó el patíbulo tamaño brío.

Había alterado al gobierno de José la excursión de Blake en Aragón, a punto de pedir a Saint-Cyr que de Cataluña cayese sobre la retaguardia del general español. Graves razones le asistían para tal cuidado, Sucesos
del mediodía
de España. pues además de las inmediatas resultas de la campaña, temía el influjo que podía esta ejercer en el mediodía de España, donde el estado de cosas cada día presagiaba extensas e importantes operaciones militares. Por lo cual será bien que volviendo atrás relatemos lo que por allí pasaba.

Mariscal Victor.

Después de la batalla de Medellín había sentado el mariscal Victor sus reales en Mérida, ciudad célebre por los restos de antigüedades que aún conserva, y desde la cual situada en feraz terreno se podía fácilmente observar la plaza de Badajoz, y tener en respeto las reliquias del ejército de Don Gregorio de la Cuesta. Para mayor seguridad de sus cuarteles fortificó el mariscal francés la casa del Conventual, residencia hoy de un provisor de la orden de Santiago, y antes parte de una fortaleza edificada por los romanos, divisándose todavía del lado de Guadiana, en el lugar llamado el Mirador, un murallón de fábrica portentosa. En lo interior establecieron los franceses un hospital y almacenaron muchos bastimentos.

Patriotismo
de Extremadura.

De Mérida destacaron los enemigos a Badajoz algunas tropas e intimaron la rendición a la plaza, confiados en el terror que había infundido la jornada de Medellín y también en secretos tratos. Salió su esperanza vana, respondiendo a sus proposiciones la junta provincial a cañonazos. Era en esta parte tan unánime la opinión de Extremadura, que por entonces no consiguió el mariscal Victor que pueblo alguno prestase juramento ni reconociese el gobierno intruso. Solo en Mérida obtuvo de varios vecinos, casi a la fuerza, que firmasen una representación congratulatoria a José; mas el acto produjo tal escándalo en toda la provincia, que al decretar la junta contra los firmantes formación de causa, prefirieron estos comparecer en Badajoz y correr todo riesgo a mancillar su fama con la tacha de traidores. Su espontánea presentación los libertó de castigo. No era extraño que los naturales mirasen con malos ojos a los que seguían las banderas del extranjero, cuando este saqueaba y asolaba horrorosamente la desgraciada Extremadura.

Inacción
de Victor.

Por lo demás Victor había permanecido inmoble después de lo de Medellín, no tanto porque temiese invadir la Andalucía cuanto por ser principal deseo del emperador la ocupación de Portugal. Ya dijimos fuera su plan, que al tiempo que Soult penetrase aquel reino vía de Galicia, otro tanto hiciesen Lapisse por Ciudad Rodrigo y Victor por Extremadura. La falta de comunicaciones impidió dar a lo mandado el debido cumplimiento, dificultándose estas a punto de que se interrumpieron aun entre los dos últimos generales. Ocasionoles tamaño embarazo Sir Roberto Wilson, quien, antes de pasar a Portugal en cooperación de Wellesley, había destacado dos batallones al puerto de Baños, y cortado así la correspondencia a los enemigos. Incomodados estos con tales obstáculos, estuviéronlo mucho más con la insurrección del paisanaje que cundió por toda la tierra de Ciudad Rodrigo, Pasa Lapisse
de tierra
de Salamanca
a Extremadura. de manera que temiendo Lapisse no entrar en Portugal a tiempo, determinó pasar a Extremadura y obrar de acuerdo con Victor. Así lo verificó haciendo una marcha rápida sobre Alcántara por el puerto de Perales.

Entra
en Alcántara.

Los vecinos de aquella villa trataron de defender la entrada apostándose en su magnífico puente, mas, vencidos, penetraron los franceses dentro, y en venganza todo lo pillaron y destruyeron, sin que respetasen ni aun los sepulcros. Diéronse no obstante los últimos priesa a evacuarla, continuando por la noche su camino, temerosos del coronel Grant y de Don Carlos de España que seguían su huella, y los cuales, entrando por la mañana en Alcántara, se hallaron con el espantoso espectáculo de casas incendiadas y de calles obstruidas de cadáveres. Se incorporó en seguida Lapisse con Victor en Mérida el 19 de abril.

Únense Lapisse
y Victor.

Entonces prevaleciendo ante todo en la mente de los franceses la invasión de Portugal, mandó José al mariscal Victor que en unión con el general Lapisse marchase la vuelta de aquel reino. Parecía oportuno momento para cumplir a lo menos en parte el plan del emperador, pues a la propia sazón se enseñoreaba el mariscal Soult de la provincia de Entre Duero y Miño.

Marchan
contra Portugal.

Encaminose pues Victor hacia Alcántara, poniendo al cuidado de Lapisse repasar el puente, ocupado a su llegada por el coronel inglés Mayne, quien en ausencia de Wilson al norte de Portugal, mandaba la legión lusitana. Quiso el inglés volar un arco del puente, y no habiéndolo conseguido se replegó el 14 de mayo a su antigua posición de Castelo Branco. Hasta allí, después de cruzar el Tajo, envió Lapisse sus descubiertas por querer el mariscal Victor ir más adelante. Desisten
de su intento. Mas, aunque resuelto a ello, detuvieron a este temores del general Mackenzie, el cual, según apuntamos en el libro anterior, apostado en Abrantes al avanzar Wellesley a Oporto, salió al encuentro de los franceses para prevenir su marcha. El movimiento del inglés y voces vagas que empezaron a correr de la retirada de Soult de las orillas del Duero, decidieron a Victor no solo a desistir de su primer propósito, sino también a retroceder a Extremadura.

Muévese Cuesta.

Por su parte, Don Gregorio de la Cuesta, luego que supo la partida de aquel mariscal, moviose con su ejército, rehecho y engrosado, y puso los reales en la Fuente del Maestre, amagando sin estrecharle al Conventual de Mérida que guarnecían los franceses. Victor al volver de su correría se colocó en Torremocha, vigilando sus puestos avanzados los pasos de Tajo y Guadiana. Pero su inútil tentativa contra Portugal, el haber asomado ingleses a los lindes extremeños, y el reequipo y aumento del ejército de Cuesta, dieron aliento a la población de las riberas del Tajo, la cual, interceptando las comunicaciones, molestó continuadamente a los enemigos. Partidarios
de Extremadura
y Toledo. Mucho estimuló a la insurrección la junta de Extremadura, enviando para dirigirla a Don José Joaquín de Ayesterán y a Don Francisco Longedo, quienes de acuerdo con Don Miguel de Quero, que ya antes había empezado a guerrear en la Higuera de las Dueñas, provincia de Toledo, juntaron un cuerpo de 600 infantes y 100 caballos bajo el nombre de voluntarios y lanceros de Cruzada del valle de Tiétar. Recorriendo la tierra molestaron los convoyes enemigos, y fueron notables más adelante dos de sus combates, uno trabado el 29 de junio en el pueblo de Menga con las tropas del general Hugo, comandante de Ávila, otro el que sostuvieron el 1.º de julio en el puente de Tiétar, y de cuyas resultas cogieron a los franceses mucho ganado lanar y vacuno. Se agregó después esta gente a la vanguardia del ejército de Cuesta.

Mientras tanto el mariscal Victor, viendo lo que crecía el ejército español, y temeroso de las fuerzas inglesas que se iban arrimando a Castelo Branco, repasó el Tajo situándose el 19 de junio en Plasencia. Vuelan
los franceses
el puente
de Alcántara. Poco antes envió un destacamento para volar el famoso puente de Alcántara, admirable y portentosa obra del tiempo de Trajano, que nunca fuera tan maltratada como esta vez, habiéndose contentado los moros y los portugueses en antiguas guerras con cortar uno de sus arcos más pequeños.

Ejército
de la Mancha.

Otras atenciones obligaron luego a Victor a mudar de estancia. En la Mancha y asperezas de Sierra Morena, después que Venegas tomó el mando de aquel ejército, se habían aumentado sus filas, ascendiendo el número de hombres a principios de junio a unos 19.000 infantes y 3000 caballos. Para no permanecer ocioso y foguear su gente, resolvió Venegas salir en 14 del mismo mes de las estrechuras de la sierra y sus cercanías, y recorrer las llanuras de la Mancha. Alcanzaron sus partidas de guerrilla algunas ventajas, y el 28 de junio la división de vanguardia, regida por Don Luis Lacy, escarmentó con gloria al enemigo en el pueblo de Torralba.

La repentina marcha de Venegas asustó en Madrid a José, ya inquieto, según hemos dicho, con la entrada de Blake en Aragón. Va a su encuentro
sin fruto
José Bonaparte. Así fue que, al paso que ordenó a Mortier que se aproximase por el lado de Castilla la Vieja a las sierras de Guadarrama, previno al mariscal Victor que poniéndose sobre Talavera le enviase una división de infantería y la caballería ligera. Agregada esta fuerza a sus guardias y reserva, se metió José desde Toledo en la Mancha, y uniéndose con el 4.º cuerpo del mando de Sebastiani, avanzó hasta Ciudad Real. Venegas, que por entonces no pensaba comprometer sus huestes, replegose a tiempo, y ordenadamente tornó a Santa Elena. Penetró el rey intruso hasta Almagro, y no osando arriscarse más adentro, se restituyó a Madrid devolviendo al mariscal Victor las tropas que de su cuerpo de ejército había entresacado.

Tales fueron las marchas y correrías que precedieron en Extremadura y Mancha a la campaña llamada de Talavera, la cual siendo de la mayor importancia, exige que antes de entrar en la relación de sus complicados sucesos, contemos las fuerzas que para ella pusieron en juego las diversas partes beligerantes.

Campaña
de Talavera.

De los ocho cuerpos en que Napoleón distribuyó su ejército al hacer en octubre de 1808 su segunda y terrible invasión, incorporose más tarde el de Junot con los otros, reduciéndose por consiguiente a siete el número de todos ellos. Fuerzas
que tomaron
parte en ella. Cinco fueron los que casi en su totalidad coadyuvaron a la campaña de Talavera. Tres, el 2.º, 5.º y 6.º, acantonados en julio en Valladolid, Salamanca y tierra de Astorga bajo el mando supremo del mariscal Soult, y el 1.º y 4.º, alojados por el mismo tiempo en la Mancha y orillas del Tajo hacia Extremadura. Concurrió también de Madrid la reserva y guardia de José, pudiéndose calcular que el conjunto de todas estas tropas rayaba en 100.000 hombres. De los españoles vinieron sobre aquellos puntos los ejércitos de Extremadura y Mancha, el 1.º de 36.000 combatientes, el 2.º de unos 24.000. La fuerza de Wellesley, acampada en Abrantes después de su vuelta de Galicia, aunque engrosada con 5000 hombres, no excedía de 22.000, menguada con los muertos y enfermos. Pasaban de 4000 portugueses y españoles los que regía el bizarro Sir Roberto Wilson: de los últimos, dos batallones habían sido destacados del ejército de Cuesta. Además, 15.000 de los primeros, que disciplinaba el general Beresford, desde el Águeda se trasladaron después hacia Castelo Branco. Por manera que el número de hombres llamado a lidiar o a cooperar en la campaña era, de parte de los franceses, según acabamos de decir, de unos 100.000, y de casi otro tanto de la de los aliados, con la diferencia de ser aquellos homogéneos y aguerridos, y estos de varia naturaleza y en su mayor parte noveles y poco ejercitados en las armas.

El general Wellesley, aunque al desembarcar en Lisboa había conceptuado como más importante la destrucción del mariscal Victor, empezó sin embargo, conforme relatamos, por arrojar a Soult de Portugal para caer después más desembarazadamente sobre el primero. Así se lo había ofrecido al gobierno español al ir a Oporto, rogando que en el intermedio evitasen los generales españoles de Extremadura y Mancha todo serio reencuentro con los franceses. Marcha Wellesley
a Extremadura. Cumpliose por ambas partes lo prometido; viose forzado Soult a evacuar a Portugal, y Wellesley, después de haber dado descanso y respiro a sus tropas en Abrantes, salió de allí el 27 de junio poniéndose en marcha hacia la frontera de Extremadura.

Planes diversos
de los franceses.

Andaban los franceses divididos acerca del plan que convendría adoptar en aquellas circunstancias. José deseaba conservar lo conquistado, y sobre todo no abandonar a Madrid, pensando, quizá con razón, que la evacuación de la capital imprimiría en los ánimos errados sentimientos, en ocasión en que aún se mostraba viva la campaña de Austria. El mariscal Soult, ateniéndose a reglas de la más elevada estrategia, prescindía de la posesión de más o menos territorio, y opinaba que se obrase en dos grandes cuerpos o masas, cuyos centros se establecerían uno en Toro donde él estaba, y otro donde José residía.

Situación
de Soult.

Después de la vuelta de Soult a Castilla nada de particular había ocurrido allí, esforzándose solamente dicho mariscal por arreglar y reconcentrar los tres cuerpos que el emperador había puesto a su cuidado. Encontró en ello estorbos, así en algunas providencias de José que había, según se dijo, llamado hacia Guadarrama a Mortier, y así en la mal dispuesta voluntad del mariscal Ney, quien picado de la preferencia dada por el emperador a su compañero, quería separarse, so pretexto de enfermedad, del mando del 6.º cuerpo. Embarazaban también escaseces de varios efectos, y sobre todo el carecer de artillería el 2.º cuerpo, abandonada a su salida de Portugal. Para remover tales obstáculos, pedir auxilios y predicar en favor de su plan, envió Soult a Madrid al general Foy, que en posta partió el 19 de julio. Tornó este el 24 del mismo, y aunque se remediaron las necesidades más urgentes, y se compusieron hasta cierto punto las desavenencias entre Ney y Soult, no se accedió al plan de campaña que el último proponía, atento solamente José a conjurar el nublado que le amenazaba del lado del Tajo.

Cuesta en las
Casas del Puerto.

Manteníase en Extremadura tranquilo D. Gregorio de la Cuesta, en espera del movimiento del general Wellesley, no habiendo emprendido, aunque bien a su pesar, acción alguna de gravedad. Hubo solamente choques parciales, y honró a las armas españolas el que sostuvo en Aljucén Don José de Zayas, y otro que con no menor dicha trabó en Medellín el brigadier Ribas. Forzoso le era al anciano general reprimir su impaciencia, pues tal orden tenía de la junta central. Limitábase a avanzar siempre que los franceses retrocedían, y al situarse en Plasencia el mariscal Victor el 19 de junio, sentó Cuesta el 20 del mismo sus cuarteles en las Casas del Puerto, orilla izquierda del Tajo. Allí aguardó a que adelantasen los ingleses, enviando al comisionado de esta nación, coronel Bourke, a proponer a su general el plan que le parecía más oportuno para abrir la campaña.

Sir Arturo Wellesley después de levantar el 27 de junio su campo de Abrantes, prosiguió su marcha y estableció el 8 de julio su cuartel general en Plasencia, Avístase allí
con él Wellesley. pasando el 10 a avistarse con Cuesta en las Casas del Puerto. Conferenciaron entre sí largamente ambos generales, y propuestos varios planes, se adoptó al fin el siguiente como preferible y más acomodado. Plan
que adoptan. Sir Roberto Wilson con la fuerza de su mando y dos batallones que Cuesta le proporcionaría, había de marchar el 16 por la Vera de Plasencia con dirección al Alberche, ocupando hasta Escalona los pueblos de la orilla derecha; el 18 cruzaría el ejército británico por la Bazagona el Tiétar, en que se había echado un puente provisional, y dirigiéndose por Majadas y Centenilla a Oropesa y al Casar, había de extender su izquierda hasta San Román y ponerse en contacto con la división de Wilson. El ejército español de Cuesta cruzando el 19 el Tajo por Almaraz y Puente del Arzobispo había de seguir el camino real de Talavera, y ocupar el frente del enemigo desde el Casar hasta el puente de tablas que hay sobre el Tajo en aquella ciudad, mas procurando en su marcha no embarazar la del ejército aliado. También se acordó que Venegas, cuyo cuartel general estaba entonces en Santa Cruz de Mudela, y que dependía hasta cierto punto de Cuesta, avanzase si la fuerza del general Sebastiani no era superior a la suya, y que pasando el Tajo por Fuentidueña se pusiese sobre Madrid, debiendo retroceder a la sierra por Tarancón y Torrejoncillo, en caso que acudiesen contra él tropas numerosas. Agradó este plan por lo respectivo al movimiento de Cuesta y de los ingleses: no pareció tan atinado en lo tocante a Venegas, cuyo ejército alejándose demasiado del centro de operaciones, ni podía fácilmente darse la mano con los aliados en cualquiera mudanza de plan que hubiese, ni era posible acudir con prontitud en su auxilio, si aceleradamente caían reforzados sobre él los enemigos.

Acordes Cuesta y Wellesley volvió el último a Plasencia, e impensadamente escribió el 16 al ayudante general Don Tomás Odonojú diciéndole que si bien estaba pronto a ejecutar el plan convenido, desprovisto su ejército de muchos artículos y sobre todo de transportes, podrían quizá presentarse dificultades inesperadas, y después añadía con tono más acerbo, que en todo país en que se abre una campaña, debiendo los naturales proveer de medios de subsistencia, si en este caso no se proporcionaban, tendría España que pasarse sin la ayuda de los aliados. Tal fue la primera queja que de este género se suscitó. Medidas
que había tomado
la central. Había la junta central ofrecido suministrar cuantos auxilios estuviesen en su mano, y en efecto expidió órdenes premiosas a las juntas de Badajoz, Plasencia y Ciudad Rodrigo para hacer abundantes acopios de todos los artículos precisos a la subsistencia del ejército británico, escogiendo además a Don Juan Lozano de Torres, con los correspondientes comisarios de guerra, para que le saliesen a recibir a la frontera de España. Semejantes resoluciones pudieran haber bastado en tiempos ordinarios, ahora no, mayormente estando nombrado para ejecutarlas el Lozano de Torres, hombre antes embrollador que prudente y activo. Las escaseces fueron reales, mas agriándose las contestaciones, se trataron con injusticia unos y otros, dando ocasión, según después veremos, a enojos y desabrimientos.

Marcha adelante
el ejército aliado.

Comenzó no obstante al tiempo convenido la marcha de los ejércitos aliados, haciendo solo en ella los españoles una corta variación por falta de agua en el camino de Talavera. El 21 de julio se alojaban ambos entre Oropesa y Velada: prosiguieron el 22 su camino encontrándose la vanguardia regida por Don José de Zayas con fuerza enemiga, capitaneada por el general Latour-Maubourg. Las escaramuzas duraron parte del día, portándose nuestros soldados bizarramente, y con eso, y aparecer los ingleses, cruzaron los enemigos el Alberche, estando en Cazalegas el cuartel general del mariscal Victor. Las divisiones de Villatte y Lapisse formaban sobre su derecha en altozanos que dominan la campaña, y la de Ruffin cubría sobre la izquierda tocando al Tajo el puente del Alberche, larguísimo y de tablas, amparado además su desembocadero con 14 piezas de artillería. Ascendían sus fuerzas a 25.000 hombres, y permanecieron en sus puestos los días 22 y 23.

Propone
Wellesley
a Cuesta atacar.

Acercáronse allí por su lado los ejércitos aliados, y Sir Arturo Wellesley propuso a Don Gregorio de la Cuesta atacar a los enemigos sin tardanza el mismo 23, mas el general español pidió que se difiriese hasta la madrugada siguiente. Rehúsalo
el general
español. Fútiles fueron las razones que después alegó para tal dilación, contrastando el detenimiento de ahora con el prurito que tuvo siempre y renovó luego de combatir a todo trance. Aseguran algunos extranjeros que se negó por ser domingo, mas ni Cuesta pecaba de tan nimio, ni en España prevalecía semejante preocupación. Ha habido ingleses que han tachado a cierto oficial del estado mayor de Cuesta de la nota de entenderse con los enemigos. Ignoramos el fundamento de sus sospechas. Lo cierto es que los franceses, ya en situación apurada, decamparon en la noche del 23 al 24, y en lugar de seguir el camino de Madrid, tomaron por Torrijos el de Toledo. Falló así destruir al mariscal Victor a la sazón que sus fuerzas eran inferiores a las aliadas, y falló por la inoportuna prudencia de Cuesta, prenda nunca antes notada entre las de este general.

Incomódase
Wellesley.

Incomodado por ello Wellesley, receloso de que continuasen escaseando las subsistencias, y pareciéndole quizá arriesgado internarse más antes de estar cierto de lo que pasaba en Castilla la Vieja, declaró formalmente que no daría un paso más allá del Alberche a no afianzársele la manutención de sus tropas. Cuesta que el 23 se remoloneaba para atacar, impelido ahora por aviesa mano, o renaciendo en su ambicioso ánimo el deseo de entrar antes que ninguno en Madrid, Avanza solo
Cuesta. marchó solo y sin los ingleses, y llegó el 24 al Bravo y Cebolla, y adelantándose el 25 a Santa Olalla y Torrijos, hubo de costar cara su loca temeridad.

Reconcéntranse
los franceses.

Los franceses no se retiraban sino para reconcentrarse y engrosar sus fuerzas. José después de dejar en Madrid una corta guarnición, había salido con su guardia y reserva, uniéndose a Victor el 25 por Vargas y orilla izquierda del Guadarrama. Otro tanto hizo Sebastiani, que observaba a Venegas en la Mancha cerca de Daimiel, cuando se le mandó acudir al Tajo. Con esta unión los franceses que poco antes tenían para oponerse a los aliados solo unos 25.000 hombres, contaban ahora sobre 50.000 alojados a corta distancia de Cuesta, detrás del río Guadarrama. Venegas, sabedor de la marcha de Sebastiani, envió en pos de él y hacia Toledo una división al mando de Don Luis Lacy, aproximándose en persona a Aranjuez con lo restante de su ejército. Avanza Wilson
a Navalcarnero. No por eso dividieron los franceses sus fuerzas, ni tampoco por otros movimientos de Sir Roberto Wilson, quien extendiéndose con sus tropas por Escalona y la villa del Prado, se había el 25 metido hasta Navalcarnero, distante cinco leguas de Madrid, cuyo suceso hubo de causar en la capital un levantamiento.

Aunque juntos los cuerpos de Victor y Sebastiani con la reserva y guardia de José, no pensaban los franceses empeñarse en acción campal, aguardando a que el mariscal Soult, con los tres cuerpos que capitaneaba en Salamanca, viniese sobre la espalda de los aliados por las sierras que dividen aquellas provincias de la de Extremadura. Plan sabio, de que había sido portador desde Madrid el general Foy, y cuyas resultas hubieran podido ser funestísimas para el ejército combinado. La impaciencia de los franceses malogró en el campo lo que prudentemente se había determinado en el consejo.

Peligro que corre
el ejército
de Cuesta.

Viendo el 26 de julio la indiscreta marcha de Cuesta, quisieron escarmentarle. Así arrollaron aquel día sus puestos avanzados, y aun acometieron a la vanguardia. El comandante de esta, Don José de Zayas, avanzó a las llanuras que se extienden delante de Torrijos, en donde lidió largo rato, tratando solo de retirarse al noticiarle que mayor número de gente venía a su encuentro. Comenzó entonces ordenadamente su movimiento retrógado, pero arredrados los infantes con ver que no podía maniobrar el regimiento de caballería de Villaviciosa metido entre unos vallados, retrocedieron en desorden a Alcabón, a donde corrió en su amparo el duque de Alburquerque, asistido de una división de 3000 caballos. Diose con esto tiempo a que la vanguardia se recogiese al grueso del ejército, que teniendo a su cabeza al general Cuesta caminaba no con el mejor concierto a abrigarse del ejército inglés. La vanguardia de este ocupaba a Cazalegas, y su comandante, el general Sherbrooke, hizo ademán de resistir a los enemigos que se detuvieron en su marcha. Parecía que con tal lección se ablandaría la tenacidad del general Cuesta, mas desentendiéndose de las justas reflexiones de Sir Arturo Wellesley, a duras penas consintió repasar el Alberche.

Anunciaba la unión y marcha de los enemigos la proximidad de una batalla, y se preparó a recibirla el general inglés. En consecuencia mandó a Wilson que de Navalcarnero volviese a Escalona, y no dejó tropa alguna a la izquierda del Alberche, resuelto a ocupar una posición ventajosa en la margen opuesta.

Batalla
de Talavera,
27 y 28 de julio.

Escogió como tal el terreno que se dilata desde Talavera de la Reina hasta más allá del cerro de Medellín, y que abraza en su extensión unos tres cuartos de legua. Alojábase a la derecha y tocando al Tajo el ejército español: ocupaba el inglés la izquierda y centro. Era como sigue la fuerza y distribución de entrambos. Componíase el de los españoles de cinco divisiones de infantería y dos de caballería, sin contar la reserva y vanguardia. Mandaban las últimas Don Juan Berthuy y Don José de Zayas. De las divisiones de caballería, guiaba la primera Don Juan de Henestrosa, la segunda el duque de Alburquerque. Regían las de infantería según el orden de su numeración el marqués de Zayas, Don Vicente Iglesias, el marqués de Portago, Don Rafael Manglano y Don Luis Alejandro Bassecourt. El total de tropas españolas, deducidas pérdidas, destacamentos y extravíos, no llegaba a 34.000 hombres, de ellos cerca de 6000 de caballería. Contaban allí los ingleses más de 16.000 infantes y 3000 jinetes repartidos en cuatro divisiones a las órdenes de los generales Sherbrooke, Hill, Mackenzie y Campbell.

La derecha que formaban los españoles se extendía delante de Talavera y detrás de un vallado que hay a la salida. Colocose en frente de la suntuosa ermita de Nuestra Señora del Prado una fuerte batería, con cuyos fuegos se enfilaba el camino real que conduce al puente del Alberche. Por el siniestro costado de los españoles, y en un intermedio que había entre ellos y los ingleses, empezose a construir en un altozano un reducto que no se acabó; viniendo después e inmediatamente la división de Campbell, a la que seguía la de Sherbrooke, cubriendo con la suya la izquierda el general Hill. Permaneció apostada cerca del Alberche la división del general Mackenzie con orden de colocarse en 2.ª línea y detrás de Sherbrooke al trabarse la refriega. Era la llave de la posición el cerro en donde se alojaba Hill, llamado de Medellín, cuya falda baña por delante y defiende con hondo cauce el arroyo Portiña, separándole una cañada por el siniestro lado de los peñascales de la Atalaya e hijuelas de la sierra de Segurilla.

Al amanecer del 27 de julio, poniendo José desde Santa Olalla sus columnas en movimiento, llegaron aquellas a la una del día a las alturas de Salinas, izquierda del Alberche. Sus jefes no podían ni aun de allí descubrir distintamente las maniobras del ejército combinado, plantado el terreno de olivos y moreras. Mas, escuchando José al mariscal Victor que conocía aquel país, tomó en su consecuencia las convenientes disposiciones. Dirigió el 4.º cuerpo, del mando de Sebastiani, contra la derecha que guardaban los españoles, y el 1.º, del cargo de Victor, contra la izquierda, al mismo tiempo que amenazaba el centro la caballería. Cruzado el Alberche, siguió el 4.º cuerpo con la reserva y guardia de José, que le sostenía, el camino real de Talavera, y el 1.º, que vino por el vado, cayó tan de repente sobre la torre llamada de Salinas, en donde estaba apostado el general Mackenzie, que causó algún desorden en su división, y estuvo para ser cogido prisionero Sir Arturo Wellesley, que observaba desde aquel punto los movimientos del enemigo. Pudieron al fin todos, aunque con trabajo, recogerse al cuerpo principal del ejército aliado.

Iba pues a empeñarse una batalla general. Los franceses, avanzando, empezaron antes de anochecer su ataque con un fuerte cañoneo y una carga de caballería sobre la derecha, que defendían los españoles, de los que ciaron los cuerpos de Trujillo y Badajoz de línea y Leales de Fernando VII, y aún hubo fugitivos que esparcieron la consternación hasta Oropesa, yendo envueltos con ellos y no menos aterrados algunos ingleses. No fue sin embargo más allá el desorden, contenido el enemigo por el fuego acertado de la artillería y de los otros cuerpos, y también por ser su principal objeto caer sobre la izquierda en que se alojaba el general Hill.

Dirigieron contra ella las divisiones de los generales Ruffin y Villatte, y encaramáronse al cerro, a pesar de ser la subida áspera y empinada, con la dificultad también de tener que cruzar el cauce del Portiña. Atropellándolo todo con su impetuosidad, tocaron a la cima de donde precipitadamente descendieron los ingleses por la ladera opuesta. El general Hill, aunque herido su caballo y a riesgo de caer prisionero, volvió a la carga y con la mayor bizarría recuperó la altura. Ya bien entrada la noche insistieron los franceses en su ataque, extendiéndole por la izquierda de ellos el general Lapisse contra otra de las divisiones inglesas. Viva fue la refriega y larga, sin fruto para los enemigos. Pasadas las doce de la misma noche, un arma falsa, esparcida entre los españoles, dio ocasión a un fuego graneado que duró algún tiempo, y causó cierto desorden que afortunadamente no cundió a toda la línea.

Al amanecer del 28 renovaron los franceses sus tentativas, acometiendo el general Ruffin el cerro de Medellín por su frente y la cañada de la izquierda; sostúvole en su empresa el general Villatte. La pelea fue porfiada, repetidos los ataques, ya en masa, ya en pelotones, la pérdida grande de ambas partes. Herido el general Hill, dudoso el éxito en ocasiones, hasta que los franceses, tornando a sus primeros puestos, abrigados de formidable artillería, suspendieron el combate.

Falto el ejército británico de cañones de grueso calibre, pidió el general Wellesley algunos de esta clase a Don Gregorio de la Cuesta, los cuales se colocaron, al mando del capitán Uclés, en el reducto empezado a construir en el altozano, interpuesto entre españoles e ingleses. Viendo también el general Wellesley el empeño que ponía el enemigo en apoderarse del cerro de Medellín, sintió no haber antes prolongado su izquierda y guarnecídola del lado de la cañada; por lo que, para corregir su olvido, colocó allí parte de su caballería, que sostuvo la de Alburquerque, y alcanzó de Cuesta el que destacase la 5.ª división, del mando de Bassecourt, cuyo jefe se situó cubriendo la cañada en la falda y peñascales de la Atalaya.

En aquel momento dudó José de si convenía retirarse o continuar el combate. Victor estaba por lo último, el mariscal Jourdan por lo primero. Vacilante José algún tiempo, decidiose por la continuación, habiendo recorrido antes la línea en todo su largo.

En el intermedio hubo un respiro que duró desde las nueve hasta las doce de la mañana, bajando sin ofenderse los soldados de ambos ejércitos a apagar en el arroyo de Portiña la sed ardiente que les causaba lo muy bochornoso del día.

Por fin los franceses volvieron a proseguir la acción. Vigilaba sus movimientos Sir Arturo Wellesley desde el cerro de Medellín. Acometió primero el general Sebastiani el centro, por la parte en que se unían los ingleses y los españoles. Aquí se hallaban de parte de los últimos las divisiones 3.ª y 4.ª, al cuidado ambas de Don Francisco de Eguía, formando dos líneas, la primera más avanzada que la inmediata de los ingleses. El francés quiso sobre todo apoderarse de la batería del reducto; mas, al poner el pie en ella, recibieron sus soldados una descarga a metralla de los cañones puestos allí poco antes al mando del capitán Uclés, y cayendo los ingleses en seguida sobre sus filas, experimentaron estas horrorosa carnicería. Replegados en confusión los franceses a su línea, rechazaron a sus contrarios cuando avanzaron. Reiteráronse tales tentativas, hasta que en la última, intentando los enemigos meterse entre los ingleses y los españoles, se vieron flanqueados por la primera línea de estos, más avanzada, y acribillados por una batería que mandaba Don Santiago Piñeiro, militar aventajado. Repelidos así, y al tiempo que ya flaqueaban, dio sobre ellos asombrosa carga el regimiento español de caballería del Rey, guiado por su coronel Don José María de Lastres, a quien, herido, sustituyó en el acto con no menor brío su teniente Don Rafael Valparda. Todo lo atropellaron nuestros jinetes, dando lugar a que se cogieran diez cañones, de los que cuatro trajo al campo español el mencionado Piñeiro.

A la misma sazón, en la izquierda del ejército aliado, trató la división del general Ruffin de rodear por la cañada el cerro de Medellín, amenazando parte de la de Villatte subir a la cima. Colocada la caballería inglesa en dicha cañada, aunque padeció mucho, en especial un regimiento de dragones, logró desconcertar a Ruffin, sosteniendo sus esfuerzos la división de Bassecourt y la caballería de Alburquerque. También sirvió de mucho la oportunidad con que el distinguido oficial Don Miguel de Álava, ayudante del último, condescendiendo con los deseos del general inglés Fane, y sin aguardar, por la premura, el permiso de su jefe, dispuso que obrasen dos cañones al mando del capitán Entrena, que hicieron en el enemigo grande estrago. Así se ve como en ambas alas andaba la refriega favorable a los aliados.

Hubo de comprometerse su éxito durante cierto espacio en el centro. Acometió allí al general Sherbrooke el francés Lapisse, el cual, si bien al principio fue rechazado gallardamente, prosiguiendo los guardias ingleses con sobrado ardor el triunfo, repeliéronlos a su vez los franceses, introduciendo confusión en su línea, momento apurado, pues roto el centro, hubieran los aliados perdido la batalla. Felizmente, al ver Wellesley lo que se empeñaban los guardias, con previsión ordenó desde el cerro donde estaba bajar al regimiento número 48, mandado por el coronel Donnellan, cuyo cuerpo se portó con tal denuedo que, conteniendo a los franceses, dio lugar a que los suyos volviesen en sí y se rehiciesen. Sucedido lo cual, avanzando de la 2.ª línea la caballería ligera, a las órdenes de Cotton, y maniobrando por los flancos la artillería, entre la que también lució con sus cañones el capitán Entrena, ciaron desordenados los franceses, cayendo mortalmente herido el general Lapisse. Ya entonces se mostraron por toda la línea victoriosos los aliados. Recogiéronse los franceses a su antigua posición, cubriendo el movimiento los fuegos de su artillería. El calor y lo seco de la tierra, con el tráfago y pisar de aquel día, produjeron poco después en la yerba y matorrales un fuego que, recorriendo por muchas partes el campo, quemó a muertos y a postrados heridos. Perdieron los ingleses en todo 6268 hombres, los franceses 7389, con 17 cañones; murieron de cada parte dos generales. Ascendió la pérdida de los españoles a 1200 hombres, quedando herido el general Manglano.

De este modo pasó la batalla de Talavera de la Reina, que, empezada el 27 de julio, no concluyó hasta el siguiente día, y la cual tuvo, por decirlo así, tres pausas o jornadas. En la última del 28 se comportaron los españoles con valor e intrepidez. Severidad
de Cuesta. A los cuerpos que el 27 flaquearon, nada menos intentó Cuesta que diezmarlos, como si su falta no proviniese más bien de anterior indisciplina que de cobardía villana. Intercedió el general inglés y amansó el feroz pecho del español, mas desgraciadamente cuando ya habían sido arcabuceados 50 hombres.

Recompensas
que da la junta
central y el
gobierno inglés.

Nombró la junta central a Sir Arturo Wellesley capitán general de ejército, y elevole su gobierno a par de Inglaterra bajo el título de Lord vizconde Wellington de Talavera, con el cual le distinguiremos en adelante. Dispensó también la central otras gracias a los jefes españoles, condecorando a Don Gregorio de la Cuesta con la gran cruz de Carlos III.

Retíranse
los franceses
a diversos puntos.

El 29 de julio repasaron los franceses el Alberche, apostándose en las alturas de Salinas. Marchó en seguida José con el cuarto cuerpo y la reserva a Santa Olalla, y se colocó el 31 en Illescas, habiendo antes destacado una división vuelta de Toledo, a cuya ciudad amenazaba gente de Venegas. El mariscal Victor, recelándose de los movimientos por su flanco de Sir Roberto Wilson, cuya fuerza creía superior, se retiró también el 1.º de agosto hacia Maqueda y Santa Cruz del Retamar, creciendo el desacuerdo entre él y el mariscal Jourdan, como acontece en la desgracia.

No sigue
Wellington
el alcance.

Lord Wellington y los españoles se mantuvieron en Talavera, adonde llegó el 29 con 3000 hombres de refresco el general Craufurd, que al ruido de la batalla se apresuró a incorporarse a tiempo, aunque inútilmente, al grueso del ejército. No quiso Wellington a pesar del refuerzo seguir el alcance, ya porque considerase a los franceses más bien repelidos que deshechos, o ya porque no se fiase en la disciplina y organización del ejército español, tolerable en posición abrigada, pero muy imperfecta para marchas y grandes evoluciones. Motivos de ello. Otras causas pudieron también influir en su determinación: tal fue el anuncio del armisticio de Znaim, que se publicó en Gaceta extraordinaria de Madrid de 27 de julio; tal asimismo la marcha progresiva de Soult, de que se iban teniendo avisos más ciertos. Sin embargo, no fundó el general inglés su resolución en ninguna de tan poderosas e insinuadas razones, fuese que no quisiera ofender a los caudillos españoles, o que temiera sobresaltar los ánimos con malas nuevas. Disculpose solamente para no avanzar con la falta de víveres, pareciendo a algunos que si realmente tal escasez afligía al ejército, no era oportuno modo de remediarla permanecer en el lugar en donde más se sentía, cuando yendo adelante se encontrarían países menos devastados, y ciudades y pueblos que ansiosamente y con entusiasmo aguardaban a sus libertadores.

Llega Soult
a Extremadura.

Por tanto, creyose en general que, si bien no abundaban las vituallas, la detención del ejército inglés pendía principalmente de los movimientos del mariscal Soult, quien, según aviso recibido en 30 de julio, intentaba atravesar el puerto de Baños, defendido por el marqués del Reino con cuatro batallones, dos destacados anteriormente del ejército de Cuesta y dos de Béjar. A la primera noticia pidió Lord Wellington que tropa española fuese a reforzar el punto amenazado, y dificultosamente recabó de Don Gregorio de la Cuesta que destacase para aquel objeto en 2 de agosto la quinta división del mando de Don Luis Bassecourt: poca fuerza y tardía, pues no pudiendo el marqués del Reino resistir a la superioridad del enemigo se replegó sobre el Tiétar, entrando los franceses en Plasencia el 1.º de agosto.

Va Wellington
a su encuentro.

Cerciorados los generales aliados de tan triste acontecimiento, convinieron en que el ejército británico iría al encuentro de los enemigos, y que los españoles permanecerían en Talavera para hacer rostro al mariscal Victor, en caso de que volviese a avanzar por aquel lado. Las fuerzas que traían los franceses constaban del quinto, segundo y sexto cuerpo, ascendiendo en su totalidad a unos 50.000 hombres. Precedía a los demás el quinto, a las órdenes del mariscal Mortier, seguíale el segundo, a las inmediatas de Soult, que además mandaba a todos en jefe, y cerraba la marcha el sexto capitaneado por el mariscal Ney. Fue de consiguiente Mortier quien arrojó de Baños al marqués del Reino, extendiéndose ya hacia la venta de la Bazagona por una parte y por otra hacia Coria, cuando el 3 de agosto pisó Soult las calles de Plasencia, y cuando Ney cruzaba en el mismo día los lindes extremeños. Tal y tan repentina avenida de gente asoló aquella tierra frondosísima en muchas partes, no escasa de cierta industria, y en donde aún quedan rastros y mijeros de una gran calzada romana. El general Beresford, que antes estaba situado con unos 15.000 portugueses detrás del Águeda, siguió al ejército francés en una línea paralela, y atravesando el puerto de Perales llegó a Salvatierra el 17 de agosto, desde cuyo punto trató de cubrir el camino de Abrantes.

Tropas
que se agolpan
al valle del Tajo.

Íbanse de esta manera acumulando en el valle o prolongada cuenca que forma el Tajo desde Aranjuez hasta los confines de Portugal muchedumbre de soldados, cuyo número, inclusos los ejércitos de Venegas y Beresford, rayaba en el de 200.000 hombres de muchas y varias naciones. Siendo difícil su mantenimiento en tan limitado terreno, y corto el tiempo que se requería para reunir las masas, era de conjeturar que unos y otros estaban próximos a empeñar decisivos trances. Pero en aquella ocasión, como en tantas otras, no aconteció lo que parecía más probable.

Lord Wellington, informado de que el mariscal Soult se interponía entre su ejército y el puente de Almaraz, resolvió pasar por el del Arzobispo y establecer su línea de defensa detrás del Tajo. Cuesta se retira
de Talavera. Por su parte Don Gregorio de la Cuesta, temeroso también de aguardar solo en Talavera a José y Victor, que de nuevo se unían, abandonó la villa y se juntó en Oropesa con la quinta división y el ejército británico. Desazonó a Wellington la determinación del general español por parecerle precipitada, y sobre todo por no haber puesto el correspondiente cuidado en salvar los heridos ingleses que había en Talavera. Desatendió por tanto y con justicia los clamores de Don Gregorio de la Cuesta, que insistía en que se conservase la posición de Oropesa como propia para una batalla. Cruzó pues Wellington el puente del Arzobispo, y estableció su cuartel general en Deleitosa el 7 de agosto, poniendo en Mesas de Ibor su retaguardia. Envió también por la orilla izquierda de Tajo al general Craufurd con una brigada y seis piezas, el cual llegó felizmente a tiempo de cubrir el paso de Almaraz y los vados.

El ejército aliado
se pone en la
orilla izquierda
del Tajo.

Forzado, bien a su pesar, el general Cuesta a seguir al ejército inglés, pasó el 5 el puente del Arzobispo, hacia donde con presteza se agolpaban los enemigos. Prosiguió su marcha por la Peraleda de Garvín a Mesas de Ibor, dejando en guarda del puente a la quinta división del cargo de Don Luis Bassecourt, y por la derecha en Azután, para atender a los vados, al duque de Alburquerque con 3000 caballos. Mas apenas había llegado Cuesta a la Peraleda, cuando ya eran dueños los enemigos del puente del Arzobispo.

Acercándose allí de todas partes el quinto cuerpo, se había colocado su jefe Mortier en la Puebla de Naciados. Estaba a la sazón en Navalmoral el mariscal Ney, y Soult desde el Gordo había destacado caballería camino de Talavera para ponerse en comunicación con Victor, de vuelta ya este el 6 en aquella villa. Así todas las tropas francesas podían ahora darse la mano y obrar de acuerdo.

Paso
del Arzobispo
por los franceses.

Reconcentráronse pues para forzar el paso del Arzobispo el quinto y segundo cuerpo, al tiempo que Victor por el puente de tablas de Talavera debía llamar la atención de los españoles, y aun acometerlos siguiendo la izquierda del Tajo. A las dos de la tarde del 8 formalizaron los franceses su ataque contra el paso del Arzobispo; dirigíalo el mariscal Mortier. El calor del día y el descuido propio de ejércitos mal disciplinados hizo que no hubiese de nuestra parte gran vigilancia, por lo cual en tanto que los enemigos embestían el puente cruzaron descansadamente un vado 800 caballos suyos, guiados por el general Caulincourt, quedando unos 6000 al otro lado prontos a ejecutar lo mismo. Procuraron los españoles impedir el paso del Arzobispo abriendo un fuego muy vivo de artillería, ajenos de que Caulincourt, pasando el vado acometería, como lo hizo, por la espalda. Solo había en el puente 300 húsares del regimiento de Extremadura que contuvieron largo rato los ímpetus de los jinetes enemigos, a quienes hubiera costado caro su arrojo si Alburquerque hubiese llegado a tiempo. Pero los caballos de este, desensillados y sin bridas, tardaron en prepararse, acudiendo después atropelladamente, con cuya detención y falta de orden diose lugar a que vadease el río toda la caballería francesa, que ayudada de algunos infantes desconcertó a nuestra gente, de la cual parte tiró a Guadalupe y parte a Valdelacasa, perdiéndose cañones y equipajes.

Afortunadamente, no prosiguieron los enemigos más adelante, dirigiendo sus fuerzas a otros puntos, por lo que los aliados pudieron mantenerse tranquilos; los ingleses sobre la izquierda hacia Almaraz con su cuartel general en Jaraicejo, los españoles sobre la derecha con el suyo en Deleitosa, atentos también a proteger la posición de Mesas de Ibor. Deja Cuesta
el mando.
Sucédele Eguía. Don Gregorio de la Cuesta, abrumado con los años, sinsabores e incomodidades de la campaña, hizo dimisión del mando el 12 de agosto, sucediéndole interinamente, y después en propiedad, Don Francisco de Eguía.

Nuevas
disposiciones
de los franceses.

Puestos los aliados a la orilla izquierda del Tajo, y temiendo José movimientos en Castilla la Vieja, cuyas guarniciones estaban faltas de gente, determinó, siguiendo el parecer de Ney, suspender las operaciones del lado de Extremadura. Así lo tenía igualmente insinuado Napoleón desde Schönbrunn con fecha de 29 de julio, desaprobando que se empeñasen acciones importantes hasta tanto que llegasen a España nuevos refuerzos que se disponía a enviar del norte. Conforme a la resolución de José, situose Soult en Plasencia, reemplazó en Talavera al cuerpo de Victor el de Mortier, y retrocedió con el suyo a Salamanca el mariscal Ney.

Encuéntranse
Wilson y Ney
en el puerto
de Baños.

Caminaba el último tranquilamente a su destino sin pensar en enemigos, cuando de repente tropezó en el puerto de Baños con obstinada resistencia. Causábala Sir Roberto Wilson, quien, abandonado, y estando el 4 de agosto en Velada sin noticia del paradero de los aliados, repasó el Tiétar, y atravesando acelerada e intrépidamente las sierras que parten términos con las provincias de Ávila y Salamanca, fue a caer a Béjar por sitios solitarios y fragosos. Desde allí, queriendo incorporarse con los aliados, contramarchó hacia Plasencia por el puerto de Baños, a la propia sazón que el mariscal Ney revolvía sobre Salamanca. La fuerza de Wilson, de 4000 hombres, la componían portugueses y españoles. Dos batallones de estos, avanzados en Aldeanueva, defendieron a palmos el terreno hasta la altura del desfiladero, en donde se alojaban los portugueses. Sostúvose Wilson en aquel punto durante horas, y no cedió sino a la superioridad del número: según la relación de tan digno jefe, sus soldados se portaron con el mayor brío, y al retirarse, los hubo que respondiendo a fusilazos a la intimación del enemigo de rendirse, se abrieron paso valerosamente.

Extorsiones
del ejército
de Soult.

El cuerpo del mariscal Soult mientras permaneció en tierra de Plasencia, acostumbrado a vivir de rapiña, taló campos, quemó pueblos, y cometió todo género de excesos. Al obispo de Coria Don Juan Álvarez de Castro, anciano de ochenta y cinco años, Muerte violenta
del obispo
de Coria. postrado en una cama, sacáronle de ella violentamente merodeadores franceses, y sin piedad le arcabucearon. Parecida atrocidad cometieron con otros pacíficos y honrados ciudadanos.

Ejército
de Venegas.

En tanto, José pensó en hacer frente al general Venegas, que por su parte había puesto en gran cuidado a la corte intrusa adelantándose al Tajo en 23 de julio, al tiempo que el general Sebastiani retrocedió a Toledo. Era el ejército de Don Francisco Venegas de los mejor acondicionados de España, y sobresalían sus jefes entre los más señalados. Estaba distribuido en cinco divisiones que regían: la primera Don Luis Lacy; la segunda Don Gaspar Vigodet; la tercera Don Pedro Agustín Girón; la cuarta Don Francisco González Castejón, y la quinta Don Tomás de Zeráin. Gobernaba la caballería el marqués de Gelo. Ya hablamos de su fuerza total.

Su marcha.

El 27 de julio dispuso el general Venegas que la primera división pasase a Mora, cayendo sobre Toledo, al paso que él se trasladaba a Tembleque con la cuarta y quinta, y avanzaban a Ocaña la segunda y tercera. Ejecutose la operación, yendo hasta Aranjuez en la mañana del 29. Un destacamento de 400 hombres, mandados por el coronel Don Felipe Lacorte, se extendió a la cuesta de la Reina, en donde dispersó tropas del enemigo y les cogió varios prisioneros.

En tal situación, parecía natural que Venegas se hubiera metido en Madrid, desguarnecido con la salida de José vía de Talavera. Nómbrale
la junta
capitán general de Castilla
la Nueva. Aguijón era para ello el nombramiento que el mismo día 29 recibió de la central, encargándole interinamente el mando de Castilla la Nueva, con prevención de que residiese en Madrid. Pero siendo el verdadero motivo de concederle esta gracia el disminuir el influjo pernicioso de Cuesta, caso que nuestras tropas ocupasen la capital, se le advertía al mismo tiempo que no se empeñase muy adelante, pues los ingleses, con pretexto de falta de subsistencias, no pasarían del Alberche.

Hubiera aún podido detener a Venegas para entrar en Madrid el parte que el 30 le dio Lacy desde Nuestra Señora de la Sisla, de que enemigos se agolpaban a Toledo, si en el mismo día no hubiese también recibido oficio de Cuesta anunciando la victoria de Talavera, coligiéndose de ahí que la gente divisada por Lacy venía más bien de retirada que con intento de atacarle. Sin embargo se limitó Venegas a reconcentrar su fuerza en Aranjuez, apostando en el puente largo la división de Lacy que había llamado de las cercanías de Toledo.

Su incertidumbre.

Permanecía así incierto, cuando el 3 de agosto le avisó Don Gregorio de la Cuesta cómo se retiraba de Talavera. Con esta noticia parecía que quien se había mostrado circunspecto en momentos favorables, seríalo ahora mucho más y con mayor fundamento. Pero no fue así, pues en vez de retirarse, tomó el 5 disposiciones para defender el paso del Tajo. Apostó en sus orillas las divisiones primera, segunda y tercera, al mando todas de Don Pedro Agustín Girón, que debían atender a los vados y a los puentes Verde, de Barcas y la Reina, quedándose detrás camino de Ocaña con las otras dos divisiones el mismo Venegas.

Defiende
el paso del Tajo
en Aranjuez.

Los franceses se presentaron en la ribera derecha a las dos de la tarde del mismo 5, y empezaron por atacar la izquierda española colocada en el jardín del infante Don Antonio, acometiendo después los tres puentes. A todas partes acudía el general Girón con admirable presteza, y en particular a la izquierda, apoyando sus esfuerzos los generales Lacy y Vigodet. No menos animosos se mostraban los otros jefes y soldados, y los hubo que apenas curados de sus heridas volvían a la pelea. Los franceses viendo la porfía de la defensa abandonaron al anochecer su intento. Perdimos 200 hombres; los enemigos 500, estando más expuestos a nuestros fuegos.

Bastábale a Venegas la ventaja adquirida para que satisfecho se retirase con honra; mas creciendo su confianza permaneció en Ocaña, y se aventuró a una batalla campal. Los franceses frustrado su deseo de pasar el Tajo por Aranjuez, hicieron continuos movimientos con dirección a Toledo, lo cual excitó en Venegas la sospecha de que querían atravesar hacia allí el río, y cogerle por la espalda. Situó en consecuencia su ejército en escalones desde Aranjuez a Tembleque, en donde estableció su cuartel general, enviando la quinta división sobre Toledo. En efecto, los franceses pasaron en 9 de agosto el Tajo por esta ciudad y los vados de Añover, y el 10 juntó el general español sus fuerzas en Almonacid.

Batalla
de Almonacid.

En la creencia de que los franceses solo eran 14.000, repugnábale a Don Francisco Venegas desamparar la Mancha, inclinándose a presentar batalla. Oyó, sin embargo, antes la opinión de los demás generales, la cual coincidiendo con la suya, se acordó entre ellos atacar a los franceses el 12, dando el 11 descanso a las tropas. Mas en este día previnieron los enemigos los deseos de los nuestros trabando la acción en la madrugada.

Componíase la fuerza francesa del cuarto cuerpo, al mando de Sebastiani, y de la reserva, a las órdenes de Dessolles y de José en persona, cuyo total ascendía a 26.000 infantes y 4000 caballos. Situáronse los españoles delante de Almonacid y en ambos costados. El derecho le guarnecía la segunda división, el izquierdo la primera, y ocupaban el centro la cuarta y quinta. Quedó la reserva a retaguardia, destacándose solo de ella dos o tres cuerpos. Distribuyose la caballería entre ambos extremos de la línea, excepto algunos jinetes que se mantuvieron en el centro.

Empezó a atacar el general Sebastiani antes que llegase su reserva, dirigiéndose contra la izquierda española. Viose, por tanto, muy comprometido un cuerpo de la primera división, y a punto de tener que replegarse sobre los batallones de Bailén y Jaén, que eran dos de los destacados de la tercera división. Ciaron también estos de la cresta de un monte a la izquierda de la línea donde se alojaban, herido mortalmente el teniente coronel de Bailén Don Juan de Silva. Inútilmente fue a su socorro el general Girón, hasta que desplegando al frente de las columnas enemigas Don Luis Lacy, con lo restante de su primera división contuvo a aquellas y las rechazó, apoyado por la caballería.

A la sazón llegó el general Dessolles con parte de la reserva francesa, y animando a los soldados de Sebastiani renovose con más ardor la refriega. Viéronse entonces también acometidas la cuarta y quinta división española; la última, colocada a la derecha de Almonacid, dio luego indicio de flaquear; mas la otra sostúvose bizarramente, distinguiéndose los cuerpos de Jerez, Córdoba y Guardias españolas, guiado el segundo con conocimiento y valentía por Don Francisco Carvajal. Cargaba igualmente la caballería, y anunciábase allí la victoria cuando, muerto el caballo del comandante de aquellos jinetes, vizconde de Zolina, hombre de nimia superstición aunque de valor no escaso, parose este tomando por aviso de Dios la muerte de su caballo.

Entretanto acudió José con el resto de la reserva al campo de batalla, y rota la quinta división que ya había flaqueado, penetraron los franceses hasta el cerro del castillo, al que subieron después de una muy viva resistencia. Llegó con esto a ser muy crítica la situación del ejército español, en especial la de la gente de Lacy, por lo cual Venegas juzgó prudente retirarse. Para ello ordenó a la segunda división del mando de Vigodet, que era la menos comprometida, que formase a espaldas del ejército. Ejecutó dicho jefe esta maniobra con prontitud y acierto, siguiendo a su división la cuarta, del cargo de Castejón.

Retirada
del ejército
español.

No bastó tan oportuna precaución para verificar la retirada ordenadamente, pues asustados algunos caballos con la voladura de varios carros de municiones, dispersáronse e introdujeron desorden. De allí, no obstante, con más o menos concierto, dirigiéronse todas las divisiones por distintos puntos a Herencia, y en seguida a Manzanares. Su dispersión. En esta villa, corriendo entre la caballería la voz falsa y aciaga de que los enemigos estaban ya a la espalda en Valdepeñas, desrancháronse los soldados, y de tropel y desmandadamente no pararon hasta Sierra Morena, en donde, según costumbre, se juntaron después y rehicieron. Costó a los españoles la batalla de Almonacid 4000 hombres, unos 2000 a los franceses.

Tan desventajosamente finalizó esta campaña de Talavera y la Mancha, comenzada con favorable estrella. No se advirtió sin embargo en sus resultas, a lo menos de parte de los españoles, lo que comúnmente acontece en las guerras, en las que, según con razón asienta Montesquieu, no suele ser lo más funesto las pérdidas reales que en ellas se experimentan, sino las imaginarias y el desaliento que producen. Lo que hubo de lastimoso en este caso fue haber desaprovechado la ocasión de lanzar tal vez a los franceses del Ebro allá y sobre todo la desunión momentánea de los aliados, a la que sirvió de principal motivo la falta de bastimentos.

Contestaciones
con los ingleses
sobre
subsistencias.

Cuestión ha sido esta que ya hemos tocado, y no volveríamos a renovarla si no hubiese tenido particular influjo en las operaciones militares, y mezcládose también en los vaivenes de la política. Hubo en ella por ambas partes injusticia en las imputaciones, achacándose a la central mala voluntad y hasta perfidia, y calificando esta de mero pretexto las quejas, a veces fundadas, de los ingleses. Todos tuvieron culpa, y más las circunstancias de entonces, juntamente con la dificultad de alimentar un ejército en campaña cuando no es conquistador, y de prevenir las necesidades por medio de oportunos almacenes. Se equivocó la central en imaginar que con solo dar órdenes y enviar empleados se abastecería el ejército inglés y español. A aquellas hubieran debido acompañar medidas vigorosas de coacción, poniendo también cuidado en encargar el desempeño de comisión tan espinosa a hombres íntegros y capaces. Cierto que a un gobierno de índole tan débil como la central, érale difícil emplear la coacción, sobre todo en Extremadura, provincia devastada, y en donde hasta las mismas y fértiles comarcas del valle y vera de Plasencia, primeras que habían de pisar los ingleses, acababan de ser asoladas por las tropas del mariscal Victor. Pero hubo azar en escoger por cabeza de los empleados a Lozano de Torres, quien, al paso que bajamente adulaba al general en jefe inglés, escribía a la central que eran las quejas de aquel infundadas: juego doble y villano, que descubierto, obligó a Wellington a echar con baldón de su campo al empleado español.

De parte de los ingleses hubo imprevisión en figurarse que a pesar de los ofrecimientos y buenos deseos de la central, podría su ejército ser completamente provisto y ayudado. Ya había este padecido en Portugal falta de muchos artículos, aunque en realidad el gobierno británico allí mandaba, y con la ventaja de tener próxima la mar. Mayores escaseces hubieran debido temer en España, país entonces por lo general más destruido y maltratado, no pudiendo contar con que solo el patriotismo reparase el apuro de medios después de tantas desgracias y escarmientos. Creer que el gobierno español hubiera de antemano preparado almacenes, era confiar sobradamente en su energía y principalmente en sus recursos. Los ingleses sabían por experiencia lo dificultoso que es arreglar la hacienda militar o sea comisariato, pues todavía en aquel tiempo tachaban ellos mismos de defectuosísimo el suyo, y no era dable que España, en todo lo demás tan atrasada respecto de Inglaterra, se le aventajase en este solo ramo y tan de repente.

En vano pensó la junta suprema remediar en parte el mal enviando a Extremadura a D. Lorenzo Calvo de Rozas, individuo suyo, y en cuyo celo y diligencia ponía firme esperanza. Semejante determinación, que no se tomó hasta 1.º de agosto, llegaba ya tarde, indispuestos los ánimos de los generales entre sí, y agriados cada vez más con el escaso fruto que se sacaba de la campaña emprendida. De poco sirvió también para concordarlos la dejación voluntaria que hizo Cuesta de su mando, anhelada por los mismos ingleses y expresamente pedida por su ministro en Sevilla. Lord Wellington viendo que la abundancia no crecía [*] (* Ap. n. [9-3].) cual deseaba, y que sus soldados enfermaban y perecían sus caballos, declaró que estaba resuelto a retirarse a Portugal. Entonces Eguía y Calvo hicieron, para desviarle de su propósito, nuevos ofrecimientos, concluyendo con decirle el primero que, a no ceder a sus instancias, creería que otras causas y no la falta de subsistencias le determinaban a retirarse. Otro tanto y con más descaro escribiole Calvo de Rozas. Ásperamente replicó Wellington, indicando a Eguía que en adelante sería inútil proseguir entre ellos la comenzada correspondencia.

Llegada a España
del marqués
de Wellesley.

Algunos, no obstante, mantuvieron esperanzas de que todo se compondría con la venida a Sevilla del marqués de Wellesley, hermano del general inglés y embajador nombrado por S. M. B. cerca del gobierno de España. Había llegado el marqués a Cádiz el 4, y acogídole la ciudad cual merecía su elevada clase y la fama de su nombre. No nos detendremos en describir su entrada, mas no podemos omitir un hecho que allí ocurrió digno de memoria. Fue, pues, que queriendo el embajador, agradecido al buen recibimiento, repartir dinero entre el pueblo, Juan Lobato, zapatero de oficio, y de un batallón de voluntarios, saliendo de entre las filas díjole mesuradamente: «Señor Excelentísimo, no honramos a V. E. por interés sino para corresponder a la buena amistad que nuestra nación debe a la de V. E.» Rasgo muy característico y frecuente en el pueblo español. Pasó después a Sevilla el nuevo embajador y reemplazó a Mr. Frere, a quien la junta dio el título de marqués de la Unión en prueba de lo satisfecha que estaba de su buen porte y celo. Uno de los primeros puntos que trató Wellesley con la junta fue el de la retirada de su hermano. Plan
de subsistencias. Recayendo la principal queja sobre la falta de provisiones, rogole el gobierno español que le propusiese un remedio, y el marqués extendió un plan sobre el modo de formar almacenes y proporcionar transportes, como si el estado general de España y el de sus caminos y sus carruajes estuviese al par del de Inglaterra. No obstante los obstáculos insuperables que se ofrecían para su ejecución, aprobolo la central, quizá con sus puntas de malicia, sin que por eso se adelantase cosa alguna. Retírase
Wellington
a Badajoz
y fronteras
de Portugal. Lord Wellington había ya empezado el 20 de agosto, desde Jaraicejo, su marcha retrógrada, y deteniéndose algunos días en Mérida y Badajoz, repartió en principios de septiembre su ejército entre la frontera de Portugal y el territorio español. Muchos atribuyeron esta retirada al deseo que tenía el gobierno inglés de que recayese en Lord Wellington el mando en jefe del ejército aliado. Nosotros, sin entrar en la refutación de este dictamen, nos inclinamos a creer que, más que de aquella causa y de la falta de subsistencias, que en efecto se padeció, provino semejante resolución del rumbo inesperado que tomaron las cosas de Austria. Los ingleses habían pasado a España en el concepto de que prolongándose la guerra en el Norte, tendrían los franceses que sacar tropas de la península, y que no habría por tanto que luchar en las orillas del Tajo sino con determinadas fuerzas. Sucedió lo contrario, atribuyendo después unos y otros a causas inmediatas lo que procedía de origen más alto. De todos modos, las resultas fueron desgraciadas para la causa común, y la central, como diremos después, recibió de este acontecimiento gran menoscabo en su opinión.

Conducta
y tropelías
del gobierno
de José.

El gobierno de José, por su parte, lleno de confianza, había aumentado ya desde mayo sus persecuciones contra los que no graduaba de amigos, incomodando a unos y desterrando a otros a Francia. Confundía en sus tropelías al prócer con el literato, al militar con el togado, al hombre elocuente con el laborioso mercader. Así salieron juntos, o unos en pos de otros, a tierra de Francia el duque de Granada y el poeta Cienfuegos, el general Arteaga y varios consejeros, el abogado Argumosa y el librero Pérez. Mala manera de allegar partidarios, e innecesaria para la seguridad de aquel gobierno, no siendo los extrañados hombres de arrojo ni cabezas capaces de coligación. Expidiéronse igualmente entonces por José decretos destemplados, como lo fueron el de disponer de las cosechas de los habitantes sin su anuencia, y el de que se obligase a los que tuviesen hijos sirviendo en los ejércitos españoles a presentar en su lugar un sustituto o dar en indemnización una determinada suma. Estos decretos, como los demás, o no se cumplían o cumplíanse arbitrariamente, con lo que, en el último caso, se añadía a la propia injusticia la dureza en la ejecución.

La guerra de Austria, aunque había alterado algún tanto al gobierno intruso, no le desasosegó extremadamente, ni le contuvo en sus procedimientos. Opinión de Madrid. Llegole más al alma la cercanía de los ejércitos aliados y el ver que con ella los moradores de Madrid recobraban nuevo aliento. Procuró por tanto deslumbrarlos y divertir su atención haciendo repetidas salvas que anunciasen las victorias conseguidas en Alemania; mas el español, inclinado entonces a dar solo asenso a lo que le era favorable, acostumbrado además a las artimañas de los franceses, no dando fe a lejanas nuevas, reconcentraba todas sus esperanzas en los ejércitos aliados, cuya proximidad en vano quiso ocultar el gobierno de José. Júbilo
que allí hubo
el día
de Santa Ana. Tocó en frenesí el contentamiento de los madrileños el 26 de julio, día de Santa Ana, en el que los aldeanos que andan en el tráfico de frutas de Navalcarnero y pueblos de su comarca, esparcieron haber llegado allí y estar de consiguiente cercano a la capital Sir Roberto Wilson y su tropa. Con la noticia, saliendo de sus casas los vecinos, espontáneamente y de montón se enderezaron los más de ellos hacia la puerta de Segovia para esperar a sus libertadores. Los franceses no dieron muestra de impedirlo, limitándose el general Belliard, que había quedado de gobernador, a sosegar con palabras blandas el ánimo levantado de la muchedumbre. Durante el día reinó por todo Madrid el júbilo más exaltado, dándose el parabién conocidos y desconocidos, y entregándose al solaz y holganza. Pero en la noche, llegado aviso del descalabro que padeció el mismo 26 la vanguardia de Zayas, anunciáronlo los franceses al día siguiente como victoria alcanzada contra todo el ejército combinado, sin que la publicación hiciese mella en los madrileños, calificándola de falsa, sobre todo cuando el 31 de resultas de la batalla de Talavera vieron que los franceses tomaban disposiciones de retirada, y que los de su partido se apresuraban a recogerse al Retiro. Salieron no obstante fallidas, según en su lugar contamos, las esperanzas de los patriotas; mas, inmutables estos en su resolución, comenzaron a decir el tan sabido no importa, que, repetido a cada desgracia y en todas las provincias, tuvo en la opinión particular influjo, probando, con la constancia del resistir, que aquella frase no era hija de irrefleja arrogancia sino expresión significativa del sentimiento íntimo y noble de que una nación, si quiere, nunca es sojuzgada.

Nuevos decretos
de José.

José, sin embargo, persuadido de que con la retirada de los ejércitos aliados, las desavenencias entre ellos, la batalla de Almonacid y lo que ocurría en Austria, se afirmaba más y más en el solio, tomó providencias importantes y promulgó nuevos decretos. Antes ya había instalado el consejo de estado, no pasando a convocar cortes, según lo ofrecido en la constitución de Bayona, así por lo arduo de las circunstancias, como por no agradar ni aun la sombra de instituciones libres al hombre de quien se derivaba su autoridad. Entre los decretos, muchos y de varia naturaleza, húbolos que llevaban el sello de tiempos de división y discordia, como fueron el de confiscación y venta de los bienes embargados a personas fugitivas y residentes en provincias levantadas, y el de privación de sueldo, retiro o pensión a todo empleado que no hubiese hecho de nuevo para obtener su goce solicitud formal. De estas dos resoluciones, la primera, además de adoptar el bárbaro principio de la confiscación, era harto amplia y vaga para que en la aplicación no se acreciese su rigor; y la segunda, si bien pudiera defenderse atendiendo a las peculiares circunstancias de un gobierno intruso, mostrábase áspera en extenderse hasta la viuda y el anciano, cuya situación era justo y conveniente respetar, evitándoles todo compromiso en las discordias civiles.

Decidió también José no reconocer otras grandezas ni títulos sino los que él mismo dispensase por un decreto especial, y suprimió igualmente todas las órdenes de caballería existentes, excepto la militar de España que había creado, y la antigua del Toisón de Oro; no permitiendo ni el uso de las condecoraciones ni menos el goce de las encomiendas: por cuyas determinaciones ofendiendo la vanidad de muchos se perjudicó a otros en sus intereses, y tratose de comprometer a todos.

Aplaudieron algunos un decreto que dio José el 18 de agosto para la supresión de todas las órdenes monacales, mendicantes y clericales. Napoleón, en diciembre, había solo reducido los conventos a una tercera parte; su hermano ampliaba ahora aquella primera resolución, ya por no ser afecto a dichas corporaciones, ya también por la necesidad de mejorar la hacienda.

Medidas
económicas.

Los apuros de esta crecían, no entrando en arcas otro producto sino el de las puertas de Madrid, aumentado solo con el recargo de ciertos artículos de consumo. Semejante penuria obligó al ministro de hacienda, conde de Cabarrús, a recurrir a medios odiosos y violentos, como el del repartimiento de un empréstito forzoso entre las personas pudientes de Madrid, Plata
de particulares. y el de recoger la plata labrada de los particulares. En la ejecución de estas providencias, y sobre todo en la de la confiscación de las casas de los grandes y otros fugitivos, cometiéronse mil tropelías, teniendo que valerse de individuos despreciables y desacreditados, por no querer encargarse de tal ministerio los hombres de vergüenza. Así fue que ni el mismo gobierno intruso reportó gran provecho, echándose aquella turba de malhechores, con la suciedad y ansia de harpías, sobre cuantas cosas de valor se ofrecían a su rapacidad.

Del palacio.

Del palacio real se sacaron al propio tiempo todos los útiles de plata que por antiguos o de mal gusto se habían excluido del uso común y se llevaron a la casa de la moneda. Díjose que del rebusco se juntaron cerca de ochocientas mil onzas de plata, cálculo que nos parece excesivo.

De iglesias.

Tomáronse asimismo de las iglesias muchas alhajas, trasladándose a Madrid bastante porción de las del Escorial. Cierto es que, entre ellas, varias que se creían de oro no lo eran, y otras que se tenían por de plata aparecieron solo de hojuela. Mr. Napier. El historiador inglés Napier [ya es preciso nombrarle] empeñado siempre en denigrar la conducta de los patriotas, dice que esta medida del intruso excitó la codicia de los españoles, y produjo la mayor parte de las bandas que se llamaron guerrillas. Aserción tan errónea y temeraria que consta de público, y puede averiguarse en los papeles del gobierno nacional, que si los jefes de aquellas tropas interceptaron parte de la plata u otras alhajas de las que se llevaban a Madrid, por lo general las restituyeron fielmente a sus dueños o las enviaron a Sevilla. Lo contrario sucedió del lado de los franceses que, mirando a España como conquista suya, u obligados sus jefes a echar mano de todo para mantener sus tropas, se reservaron gran porción de aquellos efectos, en vez de remitirlos al gobierno de Madrid. Con frecuencia se quejaba entre sus amigos de tal desorden el conde de Cabarrús, añadiendo que Napoleón nunca conseguiría su intento en la península, si no adoptaba el medio de hacer la conquista con 600 millones y 60.000 hombres en lugar de 600.000 hombres y 60 millones, pues solo así podría ganar la opinión, que era su más terrible enemigo.

Aquel ministro, de cuya condición y prendas hemos hablado anteriormente, juzgó político y miró como inagotable recurso la creación que hizo por decreto de 9 de junio, Cédulas hipotecarias. bajo nombre de cédulas hipotecarias, de unos documentos que habían de trocarse contra los créditos antiguos del estado de cualquiera especie, y emplearse en la compra de bienes nacionales, con la advertencia de que los que rehusaran adquirir dichos bienes recibirían en cambio inscripciones del libro de la deuda pública que se establecía, cobrando al año cuatro por ciento de interés. También discurrió Cabarrús prohibir el curso de los vales reales en los países dominados por los franceses, si no llevaban el sello del nuevo escudo adoptado por José; lo que, en lugar de atraer los vales a la circulación de Madrid, ahuyentolos, temerosos los tenedores de que el gobierno legítimo se negase a reconocerlos con la nueva marca. Coligiéndose de ahí ser Cabarrús el mismo de antes, esto es, sujeto de saber y viveza, pero sobradamente inclinado a forjar proyectos a centenares, por lo cual le había ya calificado con oportunidad el célebre conde de Mirabeau d’homme à expédients.

Además, todas estas medidas, que flaqueaban ya por tantos lados y particularmente por el de la confianza, base fundamental del crédito, acabaron de hundirse con crear otras cédulas, Cédulas
de indemnización
y recompensa. llamadas de indemnización y recompensa, pues aunque al principio se limitó la suma de estas a la de 100.000.000, y en forma diferente de las otras, claro era que en un gobierno sin trabas como el de José, y en el que había de contentarse a tantos, pronto se abusaría de aquel medio, ampliándole y absorbiendo de este modo gran parte de los bienes nacionales destinados a la extinción de la deuda. Así fue que, si bien al principio algunos cortesanos y especuladores hicieron compras de cédulas hipotecarias, con que adquirieron fincas pertenecientes a confiscos y comunidades religiosas, padeció en breve aquel papel gran quebranto, quedando casi reducido a valor nominal.

No sacando, pues, de ahogo tales medidas económicas al gobierno de Madrid, tuvo Napoleón, mal de su grado, que suministrar de Francia 2.000.000 de francos mensuales, siendo aquella la primera guerra que, en lugar de producir recursos a su erario, los menguaba.

Otros decretos.

Más atinado anduvo José en otros decretos que también promulgó desde junio hasta fines del año 1809; entre ellos merece particular alabanza el que abolió el voto de Santiago, impuesto gravosísimo a los agricultores, del que hablaremos al tratar de las cortes de Cádiz. Igualmente fueron notables el de la enseñanza pública, el de la milicia y sus grados, el de municipalidades y el de quitar a los eclesiásticos toda jurisdicción civil y criminal. Providencias estas y otras, que si bien en mucha parte tiraban a la mejora del reino, no eran apreciadas por falta de ejecución, y sobre todo porque desaparecía su beneficio al lado de otras ruinosas, y de las lástimas que causaban las persecuciones de particulares y los males comunes de la guerra.

RESUMEN

DEL

LIBRO DÉCIMO.

Sitio de Gerona. — Mal estado de la plaza. — Descripción de Gerona. — Su población y fuerza. — Álvarez, gobernador. — Defectos de la plaza. — Entusiasmo de los gerundenses. — San Narciso declarado generalísimo. — Se presentan los franceses delante de Gerona. Mayo. — Circunvalan la plaza. Junio. — Formalizan su ataque. — Entereza de Álvarez. — Acometen los enemigos las torres avanzadas de Monjuich. — Empieza el bombardeo contra la ciudad. — Beramendi. — Nieto. — Apodéranse los enemigos de las torres avanzadas de Monjuich. — Desalojan los españoles del Pedret a los enemigos. — Saint-Cyr con todo su ejército pasa al sitio de Gerona. — Ocupa a San Feliú de Guíxols. — Correrías de los partidarios. — Julio. — Embisten los enemigos a Monjuich. — Intrepidez de Montoro. — Asalto de Monjuich. — Por cuatro veces son repelidos los franceses. — Retíranse. — Pierson. El tambor Ancio. — Vuélase la torre de S. Juan. — Arrojo de Beramendi. — Toman los franceses a Palamós. — Mariscal Augereau. — Su proclama. — Partidarios que molestan a los franceses. — Socorro que intenta entrar en Gerona. — Marshall. — Continúan los franceses su ataque contra Monjuich. — Agosto. — Ataque del revellín de Monjuich. — Grifols. — Abandonan los españoles a Monjuich. — Esperanzas vanas de los franceses con la ocupación de Monjuich. — Estrechan la plaza. — Respuesta notable de Álvarez. — Su diligencia. — Don Joaquín Blake. — Va al socorro de Gerona. — Buenas disposiciones que para ello se toman. — Septiembre. — Vese Saint-Cyr engañado. — Entra un convoy y refuerzo en Gerona a las órdenes de Conde. — Salida malograda de la plaza. — Asaltan los franceses la plaza el 19 de septiembre. — Valor de la guarnición y habitantes. — Álvarez. — Muerte de Marshall. — Son repelidos los franceses en todas partes con gran pérdida. — Convierten los franceses el sitio en bloqueo. — Intenta en vano Blake socorrer de nuevo la plaza. — O’Donnell. — Haro. — Ventajas de los españoles y de los ingleses cerca de Barcelona. — Octubre. — Empieza el hambre en Gerona. — Únese O’Donnell al ejército. — El mariscal Augereau sucede a Saint-Cyr en Cataluña. — Estréchase el bloqueo. — Auméntanse el hambre y las enfermedades. — Tercera e inútil tentativa de Blake para socorrer a Gerona. — Noviembre. — Hambre horrorosa. Carestía de víveres. — Vacila el ánimo de algunos. — Inflexibilidad de Álvarez. — Bando de Álvarez. — Gracias que concede la central a Gerona. — Congreso catalán. — Estado deplorable de la plaza. — Diciembre. — Renuevan los franceses sus ataques. — Ataque del 7 de diciembre. — Se agolpan contra Gerona todo género de males. — Enfermedad de Álvarez. — Sustitúyele Don Julián Bolívar. — Háblase de capitular. — Honrosa capitulación de Gerona. — Extraordinaria defensa la de esta plaza. — Álvarez, trasladado a Francia. — Su muerte. — Sospechas de que fue violenta. — Honores concedidos a la memoria de Álvarez. — Estado de las otras provincias. — Provincias libres. — Provincias ocupadas. — Navarra y Aragón. — Renovales. — Combates en Roncal. — Correspondencia entre los franceses y Renovales. — Sarasa. — San Julián de la Peña quemado. — Combates en los valles de Ansó y Roncal. — Capitulan los valles. — Benasque. — Perena y otros partidarios. — Nuevas partidas. — Ríndese Benasque. — Junta de Aragón. — Gayán. — Le atacan los franceses. — Se apoderan de la Virgen del Tremedal. — Entra Suchet en Albarracín y Teruel. — Cuenca y Guadalajara. — Atalayuelas. — El Empecinado. — Hechos de este. — La Mancha. — Francisquete. — León y Castilla. — Don Julián Sánchez. — El Capuchino, Saornil. — Juntas y partidarios en el camino de Francia. — Mina el mozo. — Sucesos generales de la nación. — Estado de desasosiego de la central. — Don Francisco de Palafox. — Consulta del consejo. — Su ceguedad. — Altercados de las juntas de provincia y la central. Sevilla. — Extremadura. — Valencia. — Exposición de esta contra el consejo. — Trama para disolver la central. — Descúbrela el embajador de Inglaterra. — Trata la central de reconcentrar la potestad ejecutiva. — Diversidad de opiniones. — Nómbrase al efecto una comisión. — Nómbrase otra segunda. — Nuevos manejos. — Palafox. — Romana. — Su inconsiderada conducta y su representación. — Nómbrase la comisión ejecutiva. — Fíjase el día de juntarse las cortes. — Instálase la comisión ejecutiva. — Estado de Europa. — Expediciones inglesas. — Contra Nápoles. — Contra el Escalda. — Desgraciadísima esta. — Paz entre Napoleón y el Austria. — Manifiesto de la central. — Prurito de batallar de la central. — Ejército de la izquierda. — General Marchand. — Carrier. — Primera defensa de Astorga. — Muévese el duque del Parque al frente del ejército de la izquierda. — Batalla de Tamames. — Gánanla los españoles. — Únese Ballesteros a Parque. — Entra Parque en Salamanca. — Únesele la división castellana. — Ejércitos españoles del mediodía. — Únese al de la Mancha parte del ejército de Extremadura. — Fuerza de este ejército reunido al mando de Eguía. — Posición de los franceses. — Irresolución de Eguía. — Sucédele en el mando Aréizaga. — Favor de que este goza. — Lord Wellington en Sevilla. — Ibarnavarro consejero de Aréizaga. — Muévese este. — Choque en Dos Barrios. — Aréizaga en Tembleque. — Ejército español en Ocaña. — Movimientos inciertos y mal concertados de Aréizaga. — Choque de caballería en Ontígola. — Fuerzas que acercan los franceses. — Batalla de Ocaña. — Horrorosa dispersión. Pérdida de Ocaña. — Resultas. — Se retira Alburquerque a Trujillo. — Movimientos del duque del Parque. — Acción de Medina del Campo. — Acción de Alba de Tormes. — Valor de Mendizábal. — Retirada de los españoles. — Retirada de los ingleses del Guadiana al norte del Tajo. — Flaqueza de la comisión ejecutiva. — Comisionados enviados a La Carolina. — Prisión de Palafox y Montijo. — Manejos de Romana y de su hermano Caro. — Tropelías. — Estado deplorable de la junta central. — Providencias de la comisión ejecutiva y de la junta. — Proposición de Calvo sobre libertad de imprenta. — Modo de convocarse las cortes. — Mudanza de individuos en la comisión ejecutiva. — Decreto de la central para trasladarse a la Isla de León.

HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.