LIBRO DÉCIMO.
Sitio
de Gerona.
«Será pasado por las armas el que profiera la voz de capitular o de rendirse.» Tal pena impuso por bando, al acercarse los franceses a Gerona, su gobernador Don Mariano Álvarez de Castro. Resolución que por su parte procuró cumplir rigurosamente, y la cual sostuvieron con inaudito tesón y constancia la guarnición y los habitantes.
Mal estado
de la plaza.
Preludio fueron de esta tercera y nunca bien ponderada defensa las otras dos, ya relatadas, de junio y julio del año anterior. Los franceses no consideraban importante la plaza de Gerona, habiéndola calificado de muy imperfecta el general Marescot, comisionado para reconocerla; juicio tanto más fundado, cuanto, prescindiendo de lo defectuoso de sus fortificaciones, estaban entonces estas, unas cuarteadas, otras cubiertas de arbustos y malezas, y todas desprovistas de lo más necesario. Corrigiéronse posteriormente algunas de aquellas faltas, sin que por eso creciese en gran manera su fortaleza.
Descripción
de Gerona.
Gerona, cabeza del corregimiento de su nombre, situada en lo antiguo cuesta abajo de un monte, extendiose después por las dos riberas del Oñar, llamándose el Mercadal la parte colocada a la izquierda. La de la derecha se prolonga hasta donde el mencionado río se une con el Ter, del que también es tributario por el mismo lado, y después de correr por debajo de varias calles y casas el Galligans, formado de las aguas vertientes de los montes situados al nacimiento del sol. Comunícanse ambas partes de la ciudad por un hermoso puente de piedra, y las circuía un muro antiguo con torreones, cuyo débil reparo se mejoró después, añadiendo siete baluartes, cinco del lado del Mercadal y dos del opuesto; habiendo solo foso y camino cubierto en el de la puerta de Francia. Dominada Gerona en su derecha por varias alturas, eleváronse en diversos tiempos fuertes que defendiesen sus cimas. En la que mira al camino de Francia y, por consiguiente, en la más septentrional de ellas, se construyó el castillo de Monjuich, con cuatro reductos avanzados, y en las otras, separadas de esta por el valle que riega el Galligans, los del Calvario, Condestable, reina Ana, Capuchinos, del Cabildo y de la Ciudad. Antes del sitio se contaban algunos arrabales, y abríase delante del Mercadal un hermoso y fértil llano que, bañado por el Ter, el riachuelo Güell y una acequia, estaba cubierto de aldeas y deleitables quintas.
Su población
y fuerza.
La población de Gerona en 1808 ascendía a 14.000 almas, y al comenzar el tercer sitio constaba su guarnición de 5673 hombres de todas armas. Mandaba la plaza, en calidad de gobernador interino, D. Mariano Álvarez de Castro, Álvarez,
gobernador. natural de Granada y de familia ilustre de Castilla la Vieja, quien con la defensa inmortalizó su nombre. Era teniente de rey Don Juan Bolívar, que se había distinguido en las dos anteriores acometidas de los franceses, y dirigían la artillería y los ingenieros los coroneles Don Isidro de Mata y Don Guillermo Minali; el último trabajó incesantemente y con acierto en mejorar las fortificaciones.
Defectos
de la plaza.
Por la descripción que acabamos de hacer de Gerona y por la noticia que hemos dado de sus fuerzas, se ve cuán flacas eran estas y cuán desventajosa su situación. Enseñoreada por los castillos, tomado que fuese uno de ellos, particularmente el de Monjuich, quedaba la ciudad descubierta, siendo favorables al agresor todos los ataques. Además, si atendemos a los muchos puntos que había fortificados, y a la extensión del recinto, claro es que para cubrir convenientemente la totalidad de las obras, se requerían por lo menos de 10 a 12.000 hombres, número lejano de la realidad. A todo suplió el patriotismo.
Entusiasmo de
los gerundenses.
Animados los gerundenses con antiguas memorias, y reciente en ellos la de las dos últimas defensas, apoyaron esforzadamente a la guarnición, distribuyéndose en ocho compañías que, bajo el nombre de Cruzada, instruyó el coronel Don Enrique O’Donnell. Compusiéronla todos los vecinos sin excepción de clase ni de estado, incluso el clero secular y regular, y hasta las mujeres se juntaron en una compañía que apellidaron de Santa Bárbara, la cual, dividida en cuatro escuadras, llevaba cartuchos y víveres a los defensores, recogiendo y auxiliando a los heridos.
San Narciso
declarado
generalísimo.
Anteriormente, habíase también tratado de excitar la devoción de los gerundenses nombrando por generalísimo a San Narciso, su patrono. Desde muy antiguo tenían los moradores en la protección del santo entera y sencilla fe. Atribuían a su intercesión prosperidades en pasadas guerras, y en especial la plaga de moscas que tanto daño causó, según cuentan, en el siglo decimotercero al ejército francés que bajo su rey Felipe el Atrevido puso sitio a la plaza; sitio en el que, por decirlo de paso, grandemente se señaló el gobernador Ramón Folch de Cardona, quien, al asalto, como refiere Bernardo Desclot, tañendo su añafil y soltadas las galgas, no dejó sobre las escalas francés que no fuese al suelo herido o muerto. Ciertos hombres, sin profundizar el objeto que llevaron los jefes de Gerona, hicieron mofa de que se declarase generalísimo a San Narciso, y aun hubo varones cuerdos que desaprobaron semejante determinación, temiendo el influjo de vanas y perniciosas supersticiones. Era el de los últimos arreglado modo de sentir para tiempos tranquilos, pero no tanto para los agitados y extraordinarios. De todas las obligaciones, la primera consiste en conservar ilesos los hogares patrios, y lejos de entibiar para ello el fervor de los pueblos, conviene alimentarle y darle pábulo hasta con añejas costumbres y preocupaciones; por lo cual, el atento político y el verdadero hombre religioso, enemigos de indiscretas y reprensibles prácticas, disculparán, no obstante, y aun aplaudirán en el apretado caso de Gerona, lo que a muchos pareció ridícula y singular resolución, hija de grosera ignorancia.
Se presentan
los franceses
delante
de Gerona.
Mayo.
Los franceses, preparándose de antemano para el sitio, se presentaron a la vista de la plaza el 6 de mayo, en las alturas de Costa Roja. Mandaba entonces aquellas tropas el general Reille, hasta que el 13 le reemplazó Verdier, quien continuó a la cabeza durante todo el sitio. Con este general, y sucesivamente, llegaron otros refuerzos, y el 31 arrojaron los enemigos a los nuestros de la ermita de los Ángeles, que fue bien defendida. Hubo varias escaramuzas, pero lo corto de la guarnición no permitió retardar, cual conviniera, las primeras operaciones del sitiador. Solamente los paisanos de las inmediaciones de Montagut, tiroteándose con él a menudo, le molestaron bastantemente.
Circunvalan
la plaza.
Junio.
Al comenzar junio fue la plaza del todo circunvalada. Colocose la división westfaliana de los franceses, al mando del general Morio, desde la margen izquierda del Ter, por San Medir, Montagut y Costa Roja; la brigada de Joba en Pont-Mayor, y los regimientos de Berg y Wurszburgo en las alturas de San Miguel y Villa Roja hasta los Ángeles; cubrieron el terreno del Oñar al Ter por Montelibi, Palau y el llano de Salt tropas enviadas de Vic por Saint-Cyr, ascendiendo el conjunto de todas a 18.000 hombres. Hubiera preferido el último general bloquear estrechamente la plaza a sitiarla; mas sabiéndose en el campo francés que no gozaba del favor de su gobierno, y que iba a sucederle en el mando el mariscal Augereau, no se atendieron debidamente sus razones, llevando Verdier adelante su intento de embestir a Gerona.
Formalizan
su ataque.
Reunido el 8 de junio el tren de sitio correspondiente, resolvieron los enemigos emprender dos ataques, uno flojo contra la plaza, otro vigoroso contra el castillo de Monjuich y sus destacadas torres o reductos. Mandaban a los ingenieros y artillería francesa los generales Sanson y Taviel. Antes de romper el fuego se presentó el 12 un parlamentario para intimar la rendición, Entereza
de Álvarez. mas el fiero gobernador Álvarez respondió que no queriendo tener trato ni comunicación con los enemigos de su patria, recibiría en adelante a metrallazos a sus emisarios. Hízolo así en efecto siempre que el francés quiso entrar en habla. Criticáronle algunos de los que piensan que en tales lances han de llevarse las cosas reposadamente, mas le loó muy mucho el pueblo de Gerona, empeñando infinito en la defensa tan rara resolución, cumplida con admirable tenacidad.
Acometen
los enemigos
las torres
avanzadas
de Monjuich.
Los enemigos habían desde el 8 empezado a formar una paralela en la altura de Tramón a 600 toesas de las torres de San Luis y San Narciso, dos de las mencionadas de Monjuich, sacando al extremo de dicha paralela un ramal de trinchera, delante de la cual plantaron una batería de ocho cañones de a 24 y dos obuses de a nueve pulgadas. Colocaron también otra batería de morteros detrás de la altura Denroca a 360 toesas del baluarte de San Pedro, situado a la derecha del Oñar en la puerta de Francia. Los cercados, a pesar del incesante fuego que desde sus muros hacían, no pudieron impedir la continuación de estos trabajos.
Empieza
el bombardeo
contra la ciudad.
Progresando en ellos y recibida que fue por los franceses la repulsa del gobernador Álvarez, empezó el bombardeo en la noche del 13 al 14, y todo resonó con el estruendo del cañón y del mortero. Los soldados españoles corrieron a sus puestos, otro tanto hicieron los vecinos, acompañándolos a todas partes las doncellas y matronas alistadas en la compañía de Santa Bárbara. Sin dar descanso prosiguieron en su porfía los enemigos hasta el 25, y no por eso se desalentaron los nuestros, ni aun aquellos que entonces se estrenaban en las armas. El 14 incendiose y quedó reducido a cenizas el hospital general; gran menoscabo por los efectos allí perdidos, difíciles de reponer. La junta corregimental, que en todas ocasiones se portó dignamente, reparó algún tanto el daño, Beramendi. coadyuvando a ello la diligencia del intendente Don Carlos Beramendi y el buen celo del cirujano mayor Don Juan Andrés Nieto, Nieto. que en un memorial histórico nos ha transmitido los sucesos más notables de este sitio.
Apodéranse
los enemigos
de las torres
avanzadas
de Monjuich.
Al rayar del 14 también acometieron los enemigos las torres de San Luis y San Narciso, apagaron sus fuegos, descortinaron su muralla, y abriendo brecha obligaron a los españoles a abandonar el 19 ambas torres. Lo mismo aconteció el 21 con la de San Daniel, que evacuaron nuestros soldados. Este pequeño triunfo envalentonó a los sitiadores, causándoles después grave mal su sobrada confianza.
Desalojan
los españoles
del Pedret
a los enemigos.
En la noche del 14 al 15 desalojaron los mismos a una guerrilla española del arrabal del Pedret, situado fuera de la puerta de Francia; y levantando un espaldón, trataron de establecerse en aquel punto. Temeroso el gobernador de que erigiesen allí una batería de brecha, dispuso una salida combinada con fuerza de Monjuich y de la plaza. Destruyeron los nuestros el espaldón y arrojaron al enemigo del arrabal.
Saint-Cyr con
todo su ejército
pasa al sitio
de Gerona.
En tanto, el general en jefe francés Saint-Cyr, habiendo enviado a Barcelona sus enfermos y heridos, aproximose a Gerona. En su marcha cogió ganado vacuno, que del Llobregat iba para el abasto de la ciudad sitiada. Sentó el 20 de junio su cuartel general en Caldas, y extendiendo sus fuerzas hacia la marina, Ocupa
a San Feliú
de Guíxols. se apoderó el 21, aunque a costa de sangre, de San Feliú de Guíxols. Con su llegada aumentose el ejército francés a unos 30.000 hombres. Los somatenes y varios destacamentos molestaban a los franceses en los alrededores, Correrías
de los partidarios. y antes de acabarse junio cogieron un convoy considerable y 120 caballos de la artillería que venían para el general Verdier. Corrió así aquel mes sin que los franceses hubiesen alcanzado en el sitio de Gerona otra ventaja más que la de hacerse dueños de las torres indicadas.
Julio.
Embisten
los enemigos
a Monjuich.
Pusieron ahora sus miras en Monjuich. Guarnecíanle 900 hombres, a las órdenes de Don Guillermo Nash, estando todos decididos a defender el castillo hasta el último trance. Al alborear del 3 de julio empezaron los enemigos a atacarle valiéndose de varias baterías, y en especial de una llamada Imperial que plantaron a la izquierda de la torre de San Luis, compuesta de 20 piezas de grueso calibre y 2 obuses. En todo el día aportillose ya la cara derecha del baluarte del norte, y los defensores se prepararon a resistir cualquiera acometida practicando detrás de la brecha oportunas obras. El fuego del enemigo había derribado del ángulo flanqueado de aquel baluarte la bandera española que allí tremolaba. Intrepidez de Montoro. Al verla caída, se arrojó al foso el subteniente Don Mariano Montoro, recobrola y subiendo por la misma brecha la hincó y enarboló de nuevo: acción atrevida y digna de elogio.
Asalto
de Monjuich.
No tardaron los enemigos en intentar el asalto del castillo. Emprendiéronle furiosamente a las diez y media de la noche del 4 de julio; vanos fueron sus esfuerzos, inutilizándolos los nuestros con su serenidad y valentía. Suspendieron por entonces los contrarios sus acometimientos; mas en la mañana del 8 renovaron el asalto en columna cerrada y mandados por el coronel Muff. Por cuatro veces
son repelidos
los franceses. Tres veces se vieron repelidos haciendo en ellos grande estrago la artillería cargada con balas de fusil, particularmente un obús dirigido por Don Juan Candy. Insistió el jefe enemigo Muff en llevar sus tropas por cuarta vez al asalto, hasta que, herido él mismo, desmayaron los suyos y se retiraron. Retíranse. Perdieron en esta ocasión los sitiadores unos 2000 hombres, entre ellos 11 oficiales muertos y 66 heridos. Mandaba en la brecha a los españoles Don Miguel Pierson, Pierson. que pereció defendiéndola, y distinguiose al frente de la reserva Don Blas de Fournás. Durante el asalto tuvieron constantemente los franceses en el aire, contra el punto atacado, 7 bombas y muchos otros fuegos parabólicos. Grandes y esclarecidos hechos allí se vieron. El tambor Ancio. Fue de notar el del mozo Luciano Ancio, tambor apostado para señalar con la caja los tiros de bomba y granada. Llevole un casco parte del muslo y de la rodilla, y al quererle transportar al hospital opúsose, diciendo: «No, no, aunque herido en la pierna tengo los brazos sanos para con el toque de caja librar de las bombas a mis amigos.»
Vuélase la torre
de San Juan.
Enturbió algún tanto la satisfacción de aquel día el haberse volado la torre de San Juan, obra avanzada entre Monjuich y la plaza. Casi todos los españoles que la guarnecían perecieron, salvando a unos pocos Don Carlos Beramendi, Arrojo de Beramendi. que sin reparar en el horroroso fuego del enemigo acudió a aquel punto, mostrándose entonces, como en tantos otros casos de este sitio, celoso intendente, incansable patriota y valeroso soldado.
Esto ocurría en Gerona cuando el general Saint-Cyr, atento a alejar de la plaza todo género de socorros, después de haber ocupado a San Feliú de Guíxols creyó también oportuno apoderarse de Palamós, enviando para ello el 5 de julio al general Fontane. Toman
los franceses
a Palamós. Este puerto casi aislado hubiera podido resistir largo tiempo si le hubieran defendido tropas aguerridas y buenas fortificaciones. Pero estas, de suyo malas, se hallaban descuidadas, y solamente las coronaban algunos somatenes y miqueletes, que sin embargo se negaron a rendirse y disputaron el terreno a palmos. Cañoneras fondeadas en el puerto hicieron al principio bastante fuego; mas el de los enemigos las obligó a retirarse. Entraron los franceses la villa y casi todos los defensores perecieron, no siéndoles dado acogerse según lo intentaron a las cañoneras y otros barcos que tomaron viento y se alejaron.
Mariscal
Augereau.
Por el mismo tiempo llegó a Perpiñán el mariscal Augereau. Confiado en que los catalanes escucharían su voz, dirigioles una proclama en mal español, que mandó publicar en los pueblos del principado. Su proclama. Mas apenas se habían fijado tres de aquellos carteles, cuando el coronel Don Antonio Porta destruyó en San Lorenzo de la Muga el destacamento encargado de tal comisión, volviendo a Perpiñán pocos de los que le componían. Un ataque de gota en la mano y el ver que no era empresa la de Cataluña tan fácil como se figuraba, detuvieron algún tiempo al mariscal Augereau en la frontera, por lo que continuó todavía mandando el séptimo cuerpo el general Saint-Cyr.
Partidarios
que molestan
a los franceses.
No desayudaban tampoco a los heroicos esfuerzos de Gerona las escaramuzas con que divertían a los franceses los somatenes, miqueletes y alguna tropa de línea. Don Antonio Porta los molestaba desde la raya de Francia hasta Figueras; de aquí a Gerona entreteníalos el doctor Don Francisco Robira, infatigable y audaz partidario. El general Wimpffen, Don Pedro Cuadrado y los caudillos Miláns, Iranzo y Clarós, corrían la tierra que media desde Hostalrich por Santa Coloma hasta la plaza de Gerona. Por tanto para despejar la línea de comunicación con Francia tuvo Saint-Cyr que enviar el 12 de julio una brigada del general Souham a Bañolas, al mismo tiempo que el general Guillot desde Figueras se adelantaba a San Lorenzo de la Muga.
Socorro
que intenta
entrar en Gerona.
Muy luego de comenzar el sitio habían los de Gerona pedido socorro, y en respuesta a su demanda trataron las autoridades de Cataluña de enviar un convoy y alguna fuerza a las órdenes de Don Rodulfo Marshall, Marshall. irlandés de nación y hombre de bríos, que había venido a España a tomar parte en su sagrada lucha. Pasaron los nuestros delante del general Pino en Llagostera sin ser descubiertos; mas avisado el enemigo por un soldado zaguero, tomó el general Saint-Cyr sus medidas, y el 10 interceptó en Castellar el socorro, entrando solo en la plaza el coronel Marshall con unos cuantos que lograron salvarse.
Continúan
los franceses
su ataque
contra Monjuich.
Los sitiadores después del malogrado asalto de Monjuich prolongaron sus trabajos, y abrazando los dos frentes del nordeste y noroeste se adelantaron hasta la cresta del glacis. Nuevas y multiplicadas baterías levantaron sin que los detuviesen nuestros fuegos ni el valor de los sitiados. Perecieron el 31 muchos de ellos en la torre de San Luis, que voló una bomba arrojada de la plaza, y en una salida que voluntariamente hicieron del castillo en el mismo día varios soldados.
Agosto.
Ataque
del revellín
de Monjuich.
Entrado agosto, continuaron los franceses con el mismo ahínco en acometer a Monjuich, y en la noche del 3 al 4 quisieron apoderarse del revellín del frente de ataque. Frustrose por entonces su intento; pero al día siguiente se hicieron dueños de aquella obra, alojándose en la cresta de la brecha: 800 hombres defendían el revellín, 50 perecieron, Grifols. y con ellos su bizarro jefe Don Francisco de Paula Grifols. Ni aun así se enseñorearon los franceses de Monjuich. Los defensores antes de abandonarle hicieron una salida el 10 en daño de los contrarios.
Sin embargo, previendo el gobernador del castillo, Don Guillermo Nash, que no le sería ya dado sostenerse por más tiempo, había consultado en aquellos días a su jefe Don Mariano Álvarez, quien opuesto a todo género de capitulación o retirada tardó en contestarle. Abandonan
los españoles
a Monjuich. Nash entonces juntó un consejo de guerra y con su acuerdo evacuó a Monjuich el 12 de agosto a las seis de la tarde, destruyendo antes la artillería y las municiones. Ocuparon los franceses aquellos escombros, siendo maravillosa y dechado de defensas la de este castillo, pues los sitiadores solo penetraron en su recinto al cabo de dos meses de expugnación, y después de haber levantado diez y nueve baterías, abierto varias brechas, y perdido más de 3000 hombres. De los 900 que componían la guarnición española murieron 18 oficiales y 511 soldados, sin quedar apenas quien no estuviese herido.
Poco antes de la evacuación, y ya esta resuelta, recibió Don Guillermo Nash pliegos del gobernador Álvarez, en los que, lejos de aprobar la retirada de Monjuich, estimulaba a la defensa con premios y ofrecimientos. No por eso se cambió de parecer, juzgando imposible prolongar la resistencia. Los jefes, al entrar en la plaza, pidieron que se les formase consejo de guerra si no habían cumplido con su obligación. Pero Álvarez, justo no menos que tenaz y valeroso, aprobó su conducta.
Esperanzas vanas
de los franceses
con la ocupación
de Monjuich.
Miraba el enemigo como tan importante la rendición de Monjuich que al dar Verdier cuenta de ella a su gobierno, afirmaba que la ciudad se entregaría dentro de ocho o diez días. Grande fue su engaño. Cierto era que la plaza, con la pérdida del castillo, quedaba por aquella parte muy comprometida, cubriéndola solo un flaco y antiguo muro, y ningunos otros fuegos sino los de la torre de la Gironella y los de dos baterías situadas encima de la puerta de San Cristóbal y muralla de Sarracinas. También los franceses se habían posesionado el 2 del convento de San Daniel, en la cañada del Galligans, e impedido la entrada de los cortos socorros que todavía de cuando en cuando penetraban en la plaza por aquel lado.
Estrechan
la plaza.
Hasta entonces, persuadidos los sitiadores de que con la ocupación de Monjuich abriría la ciudad sus puertas, no habían contra ella apretado el sitio. Solo por medio de una batería de 4 cañones y 2 obuses, plantada en la ladera del Puig Denroca, molestaban a los vecinos y hacían desde su elevada posición daño en los baluartes de San Pedro, Figuerola y en San Narciso. Construyeron ahora tres baterías: una en Monjuich de 4 cañones de a 24; otra encima del arrabal de San Pedro, y la tercera en el monte Denroca. Rompieron todas ellas sus fuegos el día 19, atacando principalmente la muralla de San Cristóbal y la puerta de Francia. Los sitiados para remediar el estrago y ofrecer nuevos obstáculos imaginaron muchas y oportunas obras: cerraron las calles que desembocan en la plaza de San Pedro, y abrieron una gran cortadura defendida detrás por un parapeto. Los franceses, que, escarmentados con el ejemplar de Zaragoza, huían de empeñar la lucha en las calles, no insistieron con ahínco en su ataque de la puerta de Francia, y revolvieron contra la de San Cristóbal y muralla de Santa Lucía, paraje en verdad el más flaco y elevado de la plaza. Adelantaron para ello sus trabajos, y construidas nuevas baterías de brecha y morteros, vomitaron estas muerte y destrozos los últimos días de agosto, con especialidad en los dos puntos últimamente indicados y en los cuarteles nuevo y viejo de Alemanes. Quisieron el 25 alojarse los enemigos en las casas de la Gironella; pero una partida española que salió del fuerte del Condestable impidió su intento, matando a unos y cogiendo a otros prisioneros.
Pocos esfuerzos de esta clase le era lícito hacer a la guarnición, escasa de suyo y menguada con las pérdidas de Monjuich y las diarias de la plaza. La corta población de Gerona tampoco daba ensanche, como en Zaragoza, para repetir las salidas. Ni aun apenas hubiera quedado gente que cubriese los puestos si de cuando en cuando, y subrepticiamente, no se hubiesen introducido en el recinto algunos hombres llevados de verdadera y desinteresada gloria, de los cuales en aquellos días hubo 100 que vinieron de Olot.
Respuesta notable
de Álvarez.
No obstante, el gobernador Don Mariano Álvarez, activo al propio tiempo que cuerdo, no desaprovechaba ocasión de molestar al enemigo y retardar sus trabajos, y a un oficial que encargado de una pequeña salida le preguntaba que adónde, en caso de retirarse, se acogería, respondiole severamente, al cementerio.
Su diligencia.
Mas luego que vio atacado el recinto de la plaza, puso su mayor conato en reforzar el punto principalmente amenazado: para lo cual, construyendo en parajes proporcionados varias baterías, hasta colocó una de dos cañones encima de la bóveda de la catedral. Aunque los enemigos desencabalgaron pronto muchas piezas, ofendíales en gran manera la fusilería de las murallas, y sobre todo las granadas, bombas y polladas que de lugares ocultos se lanzaban a las trincheras y baterías vecinas. Los apuros, sin embargo, crecían dentro de la ciudad, y se disminuía más y más el número de defensores, siendo ya tiempo de que fuese socorrida.
Don Joaquín
Blake.
El general Don Joaquín Blake, quien, después de su desgraciada campaña de Aragón, regresó, según dijimos, a Cataluña, puesta también bajo su mando, salió en julio de Tarragona con solo sus ayudantes, y recorrió la tierra hasta Olot. En su viaje, si bien detenido por una indisposición, no permaneció largo tiempo, retrocediendo a Tortosa antes de concluirse el mes; de allí, tomadas ciertas disposiciones, pensó con eficacia en auxiliar a Gerona.
Va al socorro
de Gerona.
Aguijábanle a ello las vivas reclamaciones de aquella plaza, y las que de palabra hizo Don Enrique O’Donnell, enviado por Álvarez al intento. Blake, resuelto a la empresa, atendió antes de su partida a distraer al enemigo en las otras provincias que abrazaba su distrito, por cuyo motivo envió una división a Aragón, dejó otra en los lindes de Valencia, y él con la de Lazán se trasladó en persona a Vic, en donde, no terminado todavía agosto, estableció su cuartel general. A su llegada agregó a su gente las partidas y somatenes que hormigueaban por la tierra, y pasó a Sant Hilari y ermita del Padró. Desde este punto quiso llamar la atención del enemigo a varios otros para ocultar el verdadero por donde pensaba introducir el socorro. Buenas
disposiciones
que para ello
se toman. Así fue que el 30 de agosto en la tarde envió a Don Enrique O’Donnell con 1200 hombres la vuelta de Bruñolas, habiendo antes dirigido por el lado opuesto a Don Manuel Llauder sobre la ermita de los Ángeles. Don Francisco Robira y Don Juan Clarós debían también divertir al enemigo por la orilla izquierda del Ter.
Septiembre.
El general Saint-Cyr, cuyos reales desde el 10 de agosto se habían trasladado a Fornells, estando sobre aviso de los intentos de Blake, tomó para estorbarlos varias medidas de acuerdo con el general Verdier, y reunió sus tropas, desparramadas por la dificultad de subsistencias. Mas a pesar de todo consiguieron los españoles su objeto. Llauder se apoderó de los Ángeles, y O’Donnell atacando vivamente la posición de Bruñolas, trajo hacia sí la mayor parte de la fuerza de los enemigos que creyeron ser aquel el punto que se quería forzar.
Vese Saint-Cyr
engañado.
Amaneció el 1.º de septiembre cubierta la tierra de espesa niebla, y Saint-Cyr, a quien Verdier se había ya unido, aguardó hasta las tres de la tarde a que los españoles le atacasen. Hizo para provocarlos varios movimientos del lado de Bruñolas; pero viendo que al menor amago daban aquellos traza de retirarse, tornó a Fornells, en donde, con admiración suya, encontró en desorden la división de Lecchi que, regida ahora por Milosewitz, había quedado apostada en Salt. Justamente por allí fue por donde el convoy se dirigió a la plaza, siguiendo la derecha del Ter. Componíase de 2000 acémilas que custodiaban 4000 infantes y 2000 caballos a las órdenes del general Don Jaime García Conde. Entra un convoy
y refuerzo
en Gerona
a las órdenes
de Conde. Cayó este de repente sobre los franceses de Salt, arrollolos completamente, y mientras que en derrota iban la vuelta de Fornells, entró en Gerona el convoy tranquila y felizmente. Álvarez dispuso una salida que bajo Don Blas de Fournás fuese al encuentro de Conde, divirtiendo asimismo la atención del enemigo del lado de Monjuich. A la propia sazón Clarós penetró hasta San Medir, y Robira tomó a Montagut, de donde arrojó a los westfalianos que solos habían quedado para guardar la línea, matando un miquelete al general Hadeln con su propia espada. Clavaron los nuestros tres cañones, y persiguieron a sus contrarios hasta Sarriá. En grande aprieto estaban los últimos cuando, repasando el Ter el general Verdier, volvió a su orilla izquierda y contuvo a los intrépidos Clarós y Robira. Por su parte el general Conde después de dejar en la plaza el convoy y 3287 hombres, tornó con el resto de su gente a Hostalrich, y a Olot Don Joaquín Blake, que había permanecido en observación de los diversos movimientos de su ejército. Fueron estos dichosos en sus resultas y bastante bien dirigidos, quedando completamente burlado el general Saint-Cyr no obstante su pericia.
Dio aliento tan buen suceso a la corta guarnición de Gerona que se vio así reforzada; mas por este mismo aumento no se consiguió disminuir la escasez con los víveres introducidos.
Los franceses ocuparon de nuevo los puntos abandonados, y el 6 de septiembre recobraron la ermita de los Ángeles, pasando a cuchillo a sus defensores, excepto a tres oficiales y al comandante Llauder, que saltó por una ventana. No intentaron contra la plaza en aquellos días cosa de gravedad, contentándose con multiplicar las obras de defensa. No desaprovecharon los sitiados aquel respiro, y atareándose afanadamente, aumentaron los fuegos de flanco y parabólicos, y ejecutaron otros trabajos no menos importantes.
Pasado el 11 de septiembre, renovaron los enemigos el fuego con mayor furor y ensancharon tres brechas ya abiertas en Santa Lucía, Atemanes y San Cristóbal, maltratando también el fuerte del Calvario, cuyo fuego sobremanera los molestaba.
Salida malograda
de la plaza.
Dispuso el 15 Don Mariano Álvarez una salida con intento de retardar los trabajos del sitiador y aun de destruir algunos de ellos. Dirigíala Don Blas de Fournás, y aunque al principio todo lo atropellaron los nuestros, no siendo después convenientemente apoyadas las dos primeras columnas por otra que iba de respeto, tuvieron que abrigarse todas de la plaza sin haber recogido el fruto deseado.
Aportilladas de cada vez más las brechas, y apagados los fuegos del frente atacado, trataron los enemigos de dar el asalto. Pero antes enviaron parlamentarios, que según la invariable resolución de Álvarez, fueron recibidos a cañonazos.
Asaltan
los franceses
la plaza el 19
de septiembre.
Irritados de nuevo con tal acogida, corrieron al asalto a las cuatro de la tarde del 19 de septiembre, distribuidos en cuatro columnas de a 2000 hombres. Entonces brillaron las buenas y previas disposiciones que había tomado el gobernador español: allí mostró este su levantado ánimo. Al toque de la generala, al tañido triste de la campana que llamaba a somatén, Valor
de la guarnición
y habitantes. soldados y paisanos, clérigos y frailes, mujeres y hasta niños acudieron a los puestos de antemano y a cada uno señalados. En medio del estruendo de doscientas bocas de cañón y de la densa nube que la pólvora levantaba, ofrecía noble y grandioso espectáculo la marcha majestuosa y ordenada de tantas personas de diversa clase, profesión y sexo. Silenciosos todos, se vislumbraba sin embargo en sus semblantes la confianza que los alentaba. Álvarez. Álvarez a su cabeza, grave y denodado, representábase a la imaginación en tan horrible trance a la manera de los héroes de Homero, superior y descollando entre la muchedumbre, y cierto que si no se aventajaba a los demás en estatura como aquellos, sobrepujaba a todos en resolución y gran pecho. Con no menor orden que la marcha se habían preparado los refuerzos, la distribución de municiones, la asistencia y conducción de heridos.
Presentose la primera columna enemiga delante de la brecha de Santa Lucía que mandaba el irlandés Don Rodulfo Marshall. Dos veces tomaron en ella pie los acometedores, y dos veces rechazados quedaron muchos de ellos allí tendidos. Muerte
de Marshall. Tuvieron los españoles el dolor de que fuese herido gravemente y de que muriese a poco el comandante de la brecha Marshall, quien antes de expirar prorrumpió diciendo «que moría contento por tal causa y por nación tan brava.»
Otras dos columnas enemigas emprendieron arrojadamente la entrada por las brechas más anchurosas de Alemanes y San Cristóbal, en donde mandaba Don Blas de Fournás. Por algún tiempo alojáronse en la primera hasta que al arma blanca los repelieron los regimientos de Ultonia y Borbón, apartándose de ambas destrozados por el fuego que de todos lados llovía sobre ellos. No menos padeció otra columna enemiga que largo rato se mantuvo quieta al pie de la torre de la Gironella. Herido aquí el capitán de artillería Don Salustiano Gerona, tomó el mando provisional Don Carlos Beramendi, y haciendo las veces de jefe y de subalterno causó estrago en las filas enemigas.
Amenazaron también estas durante el asalto los fuertes del Condestable y del Calvario igualmente sin fruto.
Son repelidos
los franceses
en todas partes
con gran pérdida.
Tres horas duró función tan empeñada. Todas las brechas quedaron llenas de cadáveres y despojos enemigos; el furor de los sitiados era tal, que dejando a veces el fusil, sus membrudos y esforzados brazos cogían las piedras sueltas de la brecha y las arrojaban sobre las cabezas de los acometedores. Don Mariano Álvarez animaba a todos con su ejemplo y aun con sus palabras precavía los accidentes, reforzaba los puntos más flacos, y arrebatado de su celo no escuchaba la voz de sus soldados que encarecidamente le rogaban no acudiese como lo hacía a los parajes más expuestos. Perdieron los enemigos varios oficiales de graduación y cerca de 2000 hombres: entre los primeros contaron al coronel Floresti, que en 1808 subió a posesionarse del Monjuich de Barcelona, en donde entonces mandaba Don Mariano Álvarez. De los españoles cayeron aquel día de 300 a 400, en su número muchos oficiales que se distinguieron sobremanera, y algunas de aquellas mujeres intrépidas que tanto honraron a Gerona.
Convierten
los franceses
el sitio
en bloqueo.
Escarmentados los franceses con lección tan rigorosa, desistieron de repetir los asaltos a pesar de las muchas y espaciosas brechas, convirtiendo el sitio en bloqueo, y contando por auxiliares, como dice Saint-Cyr, el tiempo, las calenturas y el hambre.
Intenta en vano
Blake socorrer
de nuevo la plaza.
Don Joaquín Blake, a quien algunos motejaban de no divertir la atención del enemigo del lado de Francia, intentó de nuevo avituallar la plaza. Para ello preparado un convoy en Hostalrich apareció el 26 de septiembre con 12.000 hombres en las alturas de La Bisbal a dos leguas de Gerona. O’Donnell. Gobernada la vanguardia por Don Enrique O’Donnell, desalojó a los franceses de los puntos que ocupaban desde Villa Roja hasta San Miguel. Salieron al propio tiempo de la plaza y del Condestable Haro. 400 hombres guiados por el coronel de Baza D. Miguel de Haro, que también ha trazado con imparcialidad la historia de este sitio. Seguía a O’Donnell Wimpffen con el convoy, el cual constaba de unas 2000 acémilas y ganado lanar. Quedó el grueso del ejército teniendo al frente a Blake en las mencionadas alturas de La Bisbal.
Enterado Saint-Cyr de la marcha del convoy, trató de impedir su entrada en la plaza. Consiguiolo desgraciadamente esta vez interponiéndose entre O’Donnell y Wimpffen y todo lo apresó, excepto unas 170 cargas que se salvaron y metieron en Gerona. Achacose la culpa a la sobrada intrepidez de O’Donnell que se alejó más de lo conveniente de Wimpffen, y también a la tímida prudencia de Blake que no acudió debidamente en auxilio del último. Así no llegaron a Gerona víveres tan necesarios y deseados, y perdió malamente el ejército de Cataluña unos 2000 hombres. O’Donnell y Haro se abrigaron de los fuertes del Condestable y Capuchinos. Trataron los franceses cruelmente a los arrieros del convoy, ahorcando a unos y fusilando a otros en el Palau a vista de la ciudad.
Ventajas
de los españoles
y de los ingleses
cerca
de Barcelona.
Corta compensación de tamaña desdicha fueron algunas ventajas conseguidas en el Llobregat y Besós por los miqueletes y tropas de línea. Tampoco pudo servir de consuelo el haber dispersado los ingleses y cogido en parte un convoy que escoltaban navíos de guerra franceses, y que llevaba víveres y auxilios a Barcelona; ventura que no habían tenido poco antes con el que mandaba el almirante francés Cosmao que entró y salió de aquel puerto sin que nadie se lo estorbase.
Octubre.
Empieza
el hambre
en Gerona.
Realmente en nada remediaba esto a Gerona, cuyas enfermedades y penuria crecían con rapidez. Se esmeraban en vano para disminuir el mal la junta y el gobernador. No se habían acopiado víveres sino para cuatro meses, y ya iban corridos cinco. Imperceptibles fueron, conforme manifestamos, los socorros introducidos en 1.º de septiembre, aumentándose las cargas con el refuerzo de tropas.
Únese O’Donnell
al ejército.
Por lo mismo, y según lo requería la escasez de la plaza, Don Enrique O’Donnell, que desde la malograda expedición del convoy de 26 de septiembre permanecía al pie del fuerte del Condestable, tuvo que alejarse, y atravesando la ciudad en la noche del 12 de octubre, cruzó el llano de Salt y Santa Eugenia, uniéndose al ejército por medio de una marcha atrevida.
El mariscal
Augereau sucede
a Saint-Cyr
en Cataluña.
En aquel día llegó igualmente al campo enemigo el mariscal Augereau, habiendo partido el 5 el general Saint-Cyr. Con el nuevo jefe francés, y posteriormente, acudieron a su ejército socorros y refuerzos, estrechándose en extremo el bloqueo. Levantaron para ello los sitiadores varias baterías, formaron reductos, Estréchase
el bloqueo. y llegó a tanto su cuidado que de noche ponían perros en las sendas y caminos, y ataban de un espacio a otro cuerdas con cencerros y campanillas; por cuya artimaña, cogidos algunos paisanos, atemorizáronse los pocos que todavía osaban pasar con víveres a la ciudad.
Auméntanse
el hambre
y las
enfermedades.
La escasez por tanto tocaba al último punto. Los más de los habitantes habían ya consumido las provisiones que cada uno en particular había acopiado, y de ellos y de los forasteros refugiados en la plaza veíanse muchos caer en las calles muertos de hambre. Apenas quedaba otra cosa en los almacenes para la guarnición que trigo, y como no había molinos, suplíase la falta machacando el grano en almireces o cascos de bomba, y a veces entre dos piedras; y así, y mal cocido, se daba al soldado. Nacieron de aquí y se propagaron todo género de dolencias, estando henchidos los hospitales de enfermos, y sin espacio ya para contenerlos. Solo de la guarnición perecieron en este mes de octubre 793 individuos, comenzando también a faltar hasta los medicamentos más comunes. Tercera e inútil
tentativa de Blake
para socorrer
a Gerona. Inútilmente Don Joaquín Blake trató por tercera vez de introducir socorros. De Hostalrich aproximose el 18 de octubre a Bruñolas, y aguantó el 20 un ataque del enemigo, cuya retaguardia picó después O’Donnell hasta los llanos de Gerona. Acudiendo el mariscal Augereau con nuevas fuerzas, retirose Blake camino de Vic dejando solo a O’Donnell en Santa Coloma, quien a pesar de haber peleado esforzadamente, cediendo al número tuvo que abandonar el puesto y todo su bagaje. Quedaban así a merced del vencedor las provisiones reunidas en Hostalrich que pocos días después fueron por la mayor parte destruidas, habiendo entrado el enemigo la villa, si bien defendida por los vecinos con bastante empeño.
Noviembre.
Dentro de Gerona no dio noviembre lugar a combates excusados y peligrosos en concepto de los sitiadores. Renováronse, sí, de parte de estos las intimaciones, valiéndose de paisanos, de soldados y hasta de frailes que fueron o mal acogidos o presos por el gobernador. Pero las lástimas y calamidades se agravaban más y más cada día.[*] Hambre
horrorosa.
Carestía
de víveres.
(* Ap. n. [10-1].) Las carnes de caballo, jumento y mulo de que poco antes se había empezado a echar mano, íbanse apurando ya por el consumo de ellas, ya también porque faltos de pasto y alimento, los mismos animales se morían de hambre comiéndose entre sí las crines. Cuando la codicia de algún paisano, arrostrando riesgos, introducía comestibles, vendíanse estos a exorbitantes precios; costaba una gallina diez y seis pesos fuertes, y una perdiz cuatro. Adquirieron también extraordinario valor aun los animales más inmundos, habiendo quien diese por un ratón cinco reales de vellón, y por un gato treinta. Los hospitales, sin medicinas ni alimentos, y privados de luz y fuego, habíanse convertido en un cementerio en que solo se divisaban no hombres sino espectros. Las heridas eran por lo mismo casi todas mortales y se complicaban con las calenturas contagiosas que a todos afligían, acabando por manifestarse el terrible escorbuto y la disentería.
Vacila el ánimo
de algunos.
A la vista de tantos males juntos de guerra, hambre, enfermedades y dolorosas muertes, flaqueaban hasta los más constantes. Solo Álvarez se mantenía inflexible. Inflexibilidad
de Álvarez. Había algunos, aunque contados, que hablaban de capitular; otros, queriendo incorporarse al ejército, proponían abrirse paso por medio del enemigo. De los primeros hubo quien osó pronunciar en presencia del gobernador la palabra capitulación, pero este interrumpiéndole prontamente díjole: «¿Cómo, solo usted es aquí cobarde? Cuando ya no haya víveres nos comeremos a usted y a los de su ralea, y después resolveré lo que más convenga.»
Entre los que con pensamientos más honrados ansiaban salir por fuerza de la plaza, se celebraron reuniones y aun se hicieron varias propuestas, mas la junta, recelando desagradables resultas, atajó el mal, y todos se sometieron a la firme condición del gobernador.
Bando
de Álvarez.
Este, cuanto más crecía el peligro, más impertérrito se mostraba, dando por aquellos días un bando así concebido. «Sepan las tropas que guarnecen los primeros puestos que los que ocupan los segundos tienen orden de hacer fuego, en caso de ataque, contra cualquiera que sobre ellos venga, sea español o francés, pues todo el que huye hace con su ejemplo más daño que el mismo enemigo.»
Gracias
que concede
la central
a Gerona.
La larga y empeñada resistencia de Gerona dio ocasión a que la junta central concediese a sus defensores iguales gracias que a los de Zaragoza, y provocó en el principado de Cataluña el deseo de un levantamiento general para ir a socorrer la plaza. Con intento de llevar a cabo esta última medida, Congreso catalán. se juntó en Manresa antes de concluirse noviembre un congreso compuesto de individuos de todas clases y de todos los puntos del principado.
Estado
deplorable
de la plaza.
Pero ya era tarde. Tras del triste y angustiado verano en el que ni las plantas dieron flores, ni cría los brutos, llegó el otoño que húmedo y lluvioso acreció las penas y desastres. Desplomadas las casas, desempedradas las calles, y remansadas en sus hoyos las aguas y las inmundicias, quedaron los vecinos sin abrigo y respirábase en la ciudad un ambiente infecto, corrompido también con la putrefacción de cadáveres que yacían insepultos en medio de escombros y ruinas. Habían perecido en noviembre 1378 soldados y casi todas las familias desvalidas. No se veían mujeres encintas, falleciendo a veces de inanición en el regazo de las madres el tierno fruto de sus entrañas. La naturaleza toda parecía muerta.
Diciembre.
Los enemigos, aunque prosiguieron arrojando bombas e incomodando con sus fuegos, no habían renovado sus asaltos, escarmentados en sus anteriores tentativas. Mas el mariscal Augereau, viendo que el congreso catalán excitaba a las armas a todo el principado, recelose que Gerona con su constancia diese tiempo a ser socorrida, por lo que en la noche del 2 de diciembre, Renuevan
los franceses
sus ataques. aniversario de la coronación de Napoleón, emprendió nuevas acometidas. Ocupó de resultas el arrabal del Carmen, y levantando aún más baterías, ensanchó las antiguas brechas y abrió otras. El 7 se apoderó del reducto de la ciudad y de las casas de la Gironella, en donde sus soldados se atrincheraron y cortaron la comunicación con los fuertes, a cuyas guarniciones no les quedaba ni aun de su corta ración sino para dos días. Imperturbable Álvarez, si bien ya muy enfermo, dispuso socorrer aquellos puntos, y consiguiolo enviando trigo para otros tres días, que fue cuanto pudo recogerse en su extrema penuria.
Ataque del
7 de diciembre.
En la tarde del 7, después de haber inútilmente procurado los enemigos intimar la rendición a la plaza, rompieron el fuego por todas partes desde la batería formada al pie de Montelibi hasta los apostaderos del arrabal del Carmen, imposibilitando de este modo el tránsito del puente de piedra.
Se agolpan
contra Gerona
todo género
de males.
Gerona, en fin, se hallaba el 8 sin verdadera defensa. Perdidos casi todos sus fuertes exteriores, veíase interrumpida la comunicación con tres que aún no lo estaban. Siete brechas abiertas, 1100 hombres era la fuerza efectiva, y estos convalecientes o batallando, como los demás, contra el hambre, el contagio y la continua y penosa fatiga. De sus cuerpos no quedaba sino una sombra, y el espíritu aunque sublime no bastaba para resistir a la fuerza física del enemigo. Hasta Álvarez, de cuya boca, como de la de Calvo, gobernador de Maestricht, no salían otras palabras que las de «no quiero rendirme», doliente durante el sitio de tercianas, Enfermedad
de Álvarez. rindiose al fin a una fiebre nerviosa que el 4 de diciembre ya le puso en peligro. Continuó no obstante dando sus órdenes hasta el 8, en que, entrándole delirio, hizo el 9, en un intervalo de sano juicio, dejación del mando en el teniente de rey Don Julián Bolívar. Sustitúyele
D. Julián Bolívar. Su enfermedad fue tan grave que recibió la extremaunción, y se le llegó a considerar como muerto. Hasta entonces no parecía sino que aun las bombas en su caída habían respetado tan grande alma, pues destruido todo en su derredor y los más de los cuartos de su propia casa, quedó en pie el suyo, no habiéndose nunca mudado del que ocupaba al principio del sitio.
Háblase
de capitular.
Postrado Álvarez, postrose Gerona. En verdad ya no era dado resistir más tiempo. D. Julián Bolívar congregó la junta corregimental y una militar. Dudaban todos qué resolver, ¡tanto les pesaba someterse al extranjero!; pero habiendo recibido aviso del congreso catalán de que su socorro no llegaría con la deseada prontitud, tuvieron que ceder a su dura estrella, y enviaron para tratar al campo enemigo a D. Blas de Fournás. Honrosa
capitulación
de Gerona.
(* Ap. n. [10-2].) Acogió bien a este el mariscal Augereau y se ajustó [*] entre ambos una capitulación honrosa y digna de los defensores de Gerona. Entraron los franceses en la plaza el 11 de diciembre por la puerta del Areny, y asombráronse al considerar aquel montón de cadáveres y de escombros, triste monumento de un malogrado heroísmo. Habían allí perecido de 9 a 10.000 personas, entre ellas 4000 moradores.
Extraordinaria
defensa
la de esta plaza.
Carnot nos dice que, consultando la historia de los sitios modernos, apenas puede prolongarse más allá de 40 días la defensa de las mejores plazas, ¡y la de la débil Gerona duró siete meses! Atacáronla los franceses, conforme hemos visto, con fuerzas considerables, levantaron contra sus muros 40 baterías de donde arrojaron más de 60.000 balas y 20.000 bombas y granadas, valiéndose por fin de cuantos medios señala el arte. Nada de esto sin embargo rindió a Gerona, «solo el hambre, según el dicho de un historiador de los enemigos, y la falta de municiones pudo vencer tanta obstinación.»
Dirigieron los españoles la defensa, no solo con la fortaleza que infundía Álvarez, sino con tino y sabiduría. Mejor avituallada, hubiera Gerona prolongado sin término su resistencia, teniendo entonces los enemigos que atacar las calles y las casas, en donde, como en Zaragoza, hubieran encontrado sus huestes nuevo sepulcro.
Álvarez,
trasladado
a Francia.
Su muerte.
El gobernador Don Mariano Álvarez, aunque desahuciado, volvió en sí, y el 23 de diciembre le sacaron para Francia. Desde allí tornáronle a poco a España, y le encerraron en un calabozo del castillo de Figueras, habiéndole antes separado de sus criados y de su ayudante Don Francisco Satué. Al día siguiente de su llegada susurrose que había fallecido, y los franceses le pusieron de cuerpo presente tendido en unas parihuelas, Sospechas
de que fue
violenta. apareciendo la cara del difunto hinchada y de color cárdeno a manera de hombre a quien han ahogado o dado garrote. Así se creyó generalmente en España, y en verdad la circunstancia de haberle dejado solo, los indicios que de muerte violenta se descubrían en su semblante, y noticias confidenciales [*] (* Ap. n. [10-3].) que recibió el gobierno español, daban lugar a vehementes sospechas. Hecho tan atroz no merecía sin embargo fe alguna, a no haber amancillado su historia con otros parecidos el gabinete de Francia de aquel tiempo.
Honores
concedidos
a la memoria
de Álvarez.
La junta central decretó «que se daría a Don Mariano Álvarez, si estaba vivo, una recompensa propia de sus sobresalientes servicios, y que si por desgracia hubiese muerto, se tributarían a su memoria y se darían a su familia los honores y premios debidos a su ínclita constancia y heroico patriotismo.» Las cortes congregadas más adelante en Cádiz mandaron grabar su nombre en letras de oro en el salón de las sesiones, al lado de los ilustres Daoiz y Velarde. En 1815 Don Francisco Javier Castaños, capitán general de Cataluña, pasó a Figueras, hízole las debidas exequias, y colocó en el calabozo en donde había expirado una lápida que recordase el nombre de Álvarez a la posteridad. Honores justamente tributados a tan claro varón.
Estado
de las otras
provincias.
Ocurrieron durante el largo sitio de Gerona en las demás partes de España diversos e importantes acontecimientos. De los más principales hasta la batalla de Talavera dimos cuenta. Reservamos otros para este lugar, sobre todo los que acaecieron posteriormente a aquella jornada. Entre ellos distinguiremos los generales y que tomaban principio en el gobierno central, de los particulares de las provincias, empezando por los últimos nuestra narración.
Provincias
libres.
Debe considerarse en aquel tiempo el territorio español como dividido en país libre y en país ocupado por el extranjero. Valencia, Murcia, las Andalucías, parte de Extremadura y de Salamanca, Galicia y Asturias respiraban desembarazadas y libres, trabajadas solo por interiores contiendas. Mostrábase Valencia rencillosa y pendenciera, excitando al desorden el ambicioso general Don José Caro, quien, habiéndose valido de ciertas cabezas de la insurrección para derribar de su puesto al conde de la Conquista, las persiguió después y maltrató encarnizadamente. Murcia, aunque satélite, por decirlo así, de Valencia en lo militar, daba señales de moverse con mayor independencia cuando se trataba de mantener la unión y el orden. Asiento las Andalucías del gobierno central, no recibían por lo común otro impulso que el de aquel, teniendo que someterse a su voluntad la altiva junta de Sevilla. Permaneció en general sumisa Extremadura, y la parte libre de Salamanca estaba sobradamente hostigada con la cercanía del enemigo para provocar ociosas reyertas. En Galicia y Asturias no reinaba el mejor acuerdo, resintiéndose ambas provincias de los males que causó la atropellada conducta de Romana. Desabrida la primera con la persecución de los patriotas, no ayudó al conde de Noroña que quedó mandando y a quien también faltaba el nervio y vigor entonces tan necesarios, lo cual excitó de todas partes vivas reclamaciones al gobierno supremo para que se restableciese la junta provincial que Romana ni pensó ni quiso convocar. Al cabo, pero pasados meses, se atendió a tan justos clamores. Gobernaban a Asturias el general Mahy y la junta que formó el mismo Romana, autoridades ambas harto negligentes. En octubre fue reemplazado el primero por el general Don Antonio de Arce. Habíale enviado de Sevilla la junta central en compañía del consejero de Indias Don Antonio de Leiva, a fin de que aquel capitanease la provincia y de que los dos oyesen las quejas de los individuos de la junta disuelta por Romana. Ejecutose lo postrero mal y lentamente, y en lo demás nada adelantó el nuevo general, hombre pacato y flojo. Reportose, por tanto, poco fruto en las provincias libres de las buenas disposiciones de los habitantes, siendo menester que el enemigo punzase de cerca para estimular a las autoridades y acallar sus desavenencias.
Provincias
ocupadas.
Tampoco faltaban rivalidades en las provincias ocupadas, particularmente entre los jefes militares, achaque de todo estado en que las revueltas han roto los antiguos vínculos de subordinación y orden. Vamos a hablar de lo que en ellas pasó hasta fines de 1809.
Navarra
y Aragón.
Pulularon en Aragón, después de las funestas jornadas de María y Belchite, los partidarios y cuerpos francos. Recorrían unos los valles del Pirineo e izquierda del Ebro, otros la derecha y los montes que se elevan entre Castilla la Nueva y reino de Aragón. Aquellos obraban por sí y sostenidos a veces con los auxilios que les enviaba Lérida; los segundos escuchaban la voz de la junta de Molina y en especial la de la de Aragón, que, restablecida en Teruel el 30 de mayo, tenía a veces que convertirse, como muchas otras y a causa de las ocurrencias militares, en ambulante y peregrina.
Abrigáronse partidarios intrépidos de las hoces y valles que forma el Pirineo desde el de Benasque en la parte oriental, hasta el de Ansó situado al otro extremo. También aparecieron muy temprano en el de Roncal, que pertenece a Navarra, fragoso y áspero, propio para embreñarse por selvas y riscos. Renovales. En estos dos últimos y aledaños valles campeó con ventura D. Mariano Renovales. Prisionero en Zaragoza, se escapó cuando le llevaban a Francia, y dirigiéndose a lugares solitarios, se detuvo en Roncal para reunir varios oficiales también fugados. Noticioso de ello el general francés D’Agoult, que mandaba en Navarra, y temeroso de un levantamiento, envió en mayo para prevenirle al jefe de batallón Puisalis con 600 hombres. Súpolo Renovales, y allegando apresuradamente paisanos y soldados dispersos, se emboscó el 20 del mismo mes en el país que media entre los valles del Roncal y Ansó. Combates
en Roncal. El 21, antes de la aurora, comenzaron los combates, trabáronse en varios puntos, duraron todo aquel día y el siguiente, en que se terminaron con gloria nuestra al pie del Pirineo, en la alta roca llamada Undarí. Todos los franceses que allí acudieron fueron muertos o hechos prisioneros, excepto unos 120 que no penetraron en los valles.
Animado con esto Renovales, pero mal municionado, buscó recursos en Lérida y trajo armeros de Éibar y Plasencia. Pertrechado algún tanto, aguardó a los franceses, quienes invadiendo de nuevo aquellas asperezas el 15 de junio, fueron igualmente deshechos y perseguidos hasta la villa de Lumbier. Interpusiéronse en seguida los nuestros en los caminos principales, y sembraron entre los enemigos el desasosiego y la zozobra.
Correspondencia
entre
los franceses
y Renovales.
Dieron lugar tales movimientos a que el comandante de Zaragoza, Plicque, y el gobernador de Navarra, D’Agoult, entablasen correspondencia con Renovales. En ella, al paso que agradecían los enemigos el buen porte de que usaba el general español con los franceses que cogía, reclamaban altamente el castigo de algunos subalternos, que se habían desmandado a punto de matar varios prisioneros, quejándose también de que el mismo Renovales se hubiese escapado, sin atender a la palabra empeñada. Respecto de lo primero, olvidaban los franceses que a tan lamentables excesos habían dado ellos triste ocasión, mandando D’Agoult ahorcar poco antes, socolor de bandidos, a cinco hombres que formaban parte de una guerrilla de Roncal; y respecto de lo segundo replicó Renovales: «si yo me fugué antes de llegar a Pamplona, advertid que se faltó por los franceses al sagrado de la capitulación de Zaragoza. Fui el primero a quien el general Morlot, sin honor ni palabra, despojó de caballos y equipaje, hollando lo estipulado. Si al general francés es lícita la infracción de un derecho tan sagrado, no sé por qué ha de prohibirse a un general español faltar a su palabra de prisionero.»
Sarasa.
Los triunfos de Roncal y Ansó infundieron grande espíritu en todas aquellas comarcas, y Don Miguel Sarasa, hacendado rico, después de haber tomado las armas y combatido en julio en varios felices reencuentros, formó la izquierda de Renovales apostándose en San Juan de la Peña, monasterio de benedictinos, y en cuya espelunca, como la llama Zurita, nació la monarquía aragonesa y se enterraron sus reyes hasta Don Alfonso el II.
Viendo los enemigos cuán graves resultas podría traer el levantamiento de los valles del Pirineo, mayormente no habiéndoles sido dado apagarle en su origen, idearon acometer a un tiempo el país que media entre Jaca y el valle de Salazar, en Navarra, llamando al propio tiempo la atención del lado de Benasque. Con este fin salieron tropas de Zaragoza y Pamplona y de otros puntos en que tenían guarnición, no olvidando tampoco amenazar de la parte de Francia. Un trozo dirigiose por Jaca sobre San Juan de la Peña, otro ocupó los puertos de Salvatierra, Castillo Nuevo y Navascués, y se juntó una corta división en el valle de Salazar. San Juan
de la Peña
quemado. Fue San Juan de la Peña el primer punto atacado. Defendiose Sarasa vigorosamente, mas, obligado a retirarse, quemaron el 26 de agosto los franceses el monasterio de benedictinos, conservándose solo la capilla abierta en la peña. Con el edificio ardió también el archivo, habiéndose perdido allí, como en el incendio del de la diputación de Zaragoza, ocurrido durante el sitio, preciosos documentos que recordaban los antiguos fueros y libertades de Aragón. El general Suchet fundó, por vía de expiación, en la capilla que quedaba del abrasado monasterio, una misa perpetua con su dotación correspondiente. Pensaba quizá cautivar de este modo la fervorosa devoción de los habitantes, mas tomose a insulto dicha fundación y nadie la miró como efecto de piedad religiosa.
Combates
en los valles
de Ansó y Roncal.
Vencido este primer obstáculo avanzaron los franceses de todas partes hacia los valles de Ansó y Roncal. El 27 empezó el ataque en el primero, y a pesar de la porfiada oposición de los ansotanos, entraron los enemigos la villa a sangre y fuego.
Contrarrestó Renovales su ímpetu en Roncal los días 27, 28 y 29, retirándose hasta el término y boquetes de la villa de Urzainqui. Mas, agolpándose a aquel paraje los franceses del valle de Ansó, los del de Salazar y una división procedente de Oleron en Francia, no fue ya posible hacer por más tiempo rostro a tanta turba de enemigos. Así, deseando Renovales salvar de mayores horrores a los roncaleses, Capitulan
los valles. determinó que Don Melchor Ornat, vecino de la villa, capitulase honrosamente por los valles, como lo hizo, asegurando a los naturales la libertad de sus personas y el goce de sus propiedades. Renovales con varios oficiales, soldados y rusos desertores se trasladó al Cinca.
Benasque.
En tanto que esto pasaba en Navarra y valles occidentales de Aragón, llamaron también los franceses la atención a los orientales, incluso el de Arán, en Cataluña. No llevaron en todos ellos su intento más allá del amago, siendo rechazados en el puerto de Benasque, en donde se señaló el paisano Pedro Berot.
Perena y otros
partidarios.
Descendiendo la falda de los Pirineos, y siguiendo la orilla izquierda del Cinca, Don Felipe Perena, Baget y otros partidarios tuvieron con los franceses reñidos choques. En varios sacaron ventaja los nuestros, incomodándolos incesantemente y cogiéndoles reses y víveres que llevaban para su abastecimiento. Ansiosos los franceses de libertarse de tan porfiados contrarios, enviaron al general Habert para dispersarlos y despejar las riberas del Cinca. Consiguió Habert penetrar hasta Fonz, en donde sus tropas asesinaron desapiadadamente a los ancianos y enfermos que habían quedado. Al mismo tiempo que Habert, cruzó el Cinca por cima de Estadilla el coronel Robert, quien al principio fue rechazado, pero concertando ambos jefes sus movimientos, replegáronse los partidarios españoles a Lérida, Mequinenza y puntos abrigados, tomando después el mando de todos ellos Renovales. Ocuparon los franceses a Fraga y Monzón, como importantes para la tranquilidad del país.
Nuevas partidas.
Mas ni aun así consiguieron su objeto. Sarasa en octubre y noviembre apareció de nuevo en las cercanías de Ayerbe, y procuró cortar las comunicaciones entre Zaragoza y Jaca. Los españoles de Mequinenza también hicieron en 16 de octubre una tentativa sobre Caspe, en un principio dichosa, al último malograda. Otras parciales refriegas ocurrían al mismo tiempo por aquellos parajes, poniendo al fin los franceses su conato en apoderarse de Benasque.
Ríndese
Benasque.
Mandaba allí desde 1804 el marqués de Villora, y el 22 de octubre del año en que vamos, intimándole el comandante francés de Benavarre, La Pageolerie, que se rindiese, contestole el marqués dignamente. Mas en noviembre, acudiendo otra vez los franceses, cedió Villora sin resistencia; y por esto, y por entrar después al servicio del intruso, tachose su conducta de muy sospechosa.
Junta de Aragón.
En la margen derecha del Ebro, las juntas de Molina y Aragón trabajaban incansables en favor de la defensa común. La última, aunque metida en Moya, provincia de Cuenca, después de la vergonzosa jornada de Belchite, desvivíase por juntar dispersos y promover el armamento de la provincia. Don Ramón Gayán, Gayán. separado ya del ejército de Blake al desgraciarse la acción de María, sirvió de mucho con su cuerpo franco para ordenar la resistencia. Ocupaba la ermita del Águila en el término de Cariñena, y la junta agregole el regimiento provincial de Soria y el de la Princesa venido de Santander. Hubo entre los nuestros y los enemigos varios reencuentros. Los últimos, en julio, desalojaron a Gayán de la ermita del Águila, y frustrose un plan que la junta de Aragón tenía trazado para sorprender a los franceses que enseñoreaban a Daroca.
Falló en parte, por disputas de los jefes que eran de igual graduación. Para prevenir en adelante todo altercado, envió Blake desde Cataluña, a petición de la mencionada junta, a Don Pedro Villacampa, entonces brigadier, el cual reuniendo bajo su mando la tropa puesta antes a las órdenes de Gayán, y además el batallón de Molina con otros destacamentos, formó en breve una división de 4000 hombres. A su cabeza adelantose el nuevo jefe, antes de finalizar agosto, a Calatayud, arrojó a los enemigos del puerto del Frasno, y haciendo varios prisioneros, los persiguió hasta la Almunia.
Le atacan
los franceses.
En arma los franceses con tal embestida, después de verse algo desembarazados en la orilla izquierda del Ebro, revolvieron en mayor número contra Villacampa. Prudentemente se había recogido este a los montes llamados Muela de San Juan y sierras de Albarracín, célebres por dar nacimiento al Tajo y otros ríos caudalosos, habiéndose situado en Nuestra Señora del Tremedal, santuario muy venerado de los naturales, y adonde van en romería de muchas leguas a la redonda. De las tropas de Villacampa habían quedado algunas avanzadas en la dirección de Daroca, las cuales fueron en octubre arrojadas de allí por el general Chlopicki, que avanzó hasta Molina destruyendo o pillando casi todos los pueblos.
Don Pedro Villacampa juntó en el Tremedal entre soldados y paisanos sin armas unos 4000 hombres. El santuario está situado en un elevado monte en forma de media luna, y a cuyo pie se descubre la villa de Orihuela. Pinares que se extienden por los costados y la cumbre roqueña de la montaña dan al sitio silvestre y ceñudo semblante. Había acumulado allí la devoción de los fieles muchas y ricas ofrendas, respetadas hasta de los salteadores, siendo así que de día y noche se dejaban abiertas las puertas del santuario. Por lo menos así lo aseguraban los clérigos o mosenes, como en Aragón los llaman, encargados del culto y custodia del templo.
Se apoderan
de la Virgen
del Tremedal.
Había Villacampa hecho en la subida algunas cortaduras, y dedicábase a disciplinar en aquel retiro su gente bisoña. Conocieron los franceses el mal que se les seguiría si para ello le dejaban tiempo, y trataron de destruirle o por lo menos de aventarle de aquellas asperezas. Tuvo orden de ejecutar la operación el coronel Henriod, con su regimiento 14 de línea, alguna más infantería, un cuerpo de coraceros y tres piezas. Maniobró el francés diestramente, amagando la montaña por varios puntos, y el 25 se apoderó del Tremedal, de donde, arrojados los españoles, se escaparon por la espalda camino de Albarracín. Los enemigos saquearon e incendiaron a Orihuela, volándose el santuario con espantoso estrépito. Salvose la Virgen que a tiempo ocultó un mosén, y retirados los franceses acudieron ansiosamente los paisanos del contorno a adorar la imagen, cuya conservación graduaban de milagro.
Aunque con tales excursiones conseguían los enemigos despejar el país de ciertas partidas, no por eso impedían que en otros parajes los molestasen nuevas guerrillas. Así, al adelantarse aquellos vía del Tremedal, los hostilizaban a su retaguardia el alcalde de Illueca y el paisanaje de varios pueblos. Lo mismo ocurría con mayor o menor ímpetu en casi todas las comarcas, fatigando a los invasores tan continuo e infructuoso pelear.
Entra Suchet
en Albarracín
y Teruel.
Suchet sin embargo insistía en querer apaciguar a Aragón, y sabiendo que de Madrid había ido a Cuenca el general Milhaud para desbandar las guerrillas de aquella provincia, avanzó también por su parte el 25 de diciembre hasta Albarracín y Teruel, cuyo suelo aún no habían pisado los franceses, obligando a la junta de Aragón que entonces se albergaba en Rubielos a abandonar su territorio, teniendo que refugiarse en las provincias vecinas.
Cuenca
y Guadalajara.
De estas, las de Cuenca y Guadalajara traían a maltraer al enemigo. En la primera era uno de los principales jefes el marqués de las Atalayuelas, Atalayuelas. que solía ocupar a Sacedón y sus cercanías; y en la segunda, el Empecinado, El Empecinado. a quien ya vimos en Castilla la Vieja, y que se aventajaba a los demás en fama y notables hechos. Por disposición de la central habíase establecido el 20 de julio en Sigüenza [ciudad poco antes muy mal tratada por los franceses] una junta con objeto de gobernar la provincia de Guadalajara. Juntas. Trabajó con ahínco la nueva autoridad en reunir las partidas sueltas, efectuar alistamientos y hostigar de todos modos al enemigo, y así esta junta, como otra que se erigió en tierra de Cuenca, uniéndose en ocasiones o concertándose con las de Aragón y Molina, formaron en aquellas montañas un foco de insurrección que hubiera sido aún más ardiente si a veces no hubiesen debilitado su fuerza quisquillas y enojosas pendencias.
La junta
de Guadalajara llama
al Empecinado.
Don Juan Martín, el Empecinado, guerreaba allende la cordillera carpetana; mas, buscado en septiembre por la junta de Guadalajara, acudió gustoso al llamamiento. Comenzó aquel caudillo a recorrer la provincia, y no dejando a los franceses un momento de respiro tuvo ya en los meses de septiembre y octubre choques bastante empeñados en Cogolludo, Alvarés y Fuente la Higuera. Los franceses, para vencerle, recurrieron a ardides. Tal fue el que pusieron en planta en 12 de noviembre, aparentando retirarse de la ciudad de Guadalajara para luego volver sobre ella. Pero el Empecinado, después de haberse provisto de porción de paños de aquellas fábricas, rompió por medio de la hueste que le tenía rodeado y se salvó. Pagó en seguida a los franceses el susto que entonces le dieron, principalmente sorprendiendo el 24 de diciembre en Mazarrulleque a un grueso trozo de contrarios.
La Mancha.
Entre los guerrilleros de la Mancha, de que ya entonces se hablaba, además de Mir y Jiménez merece particular mención Francisco Sánchez, conocido con el nombre de Francisquete, Francisquete. natural de Camuñas. Habían los franceses ahorcado a un hermano suyo que se rindiera bajo seguro, y en venganza Francisco hízoles sin cesar guerra a muerte. Otros partidarios empezaron también a rebullir en esta provincia y en la de Toledo; mas, o desaparecieron pronto, o sus nombres no sonaron hasta más adelante.
León y Castilla.
En las que componen los reinos de León y Castilla la Vieja, descolló, entre otros muchos, cerca de Ciudad Rodrigo Don Julián Sánchez. Vivía este en la casa paterna después de haber militado en el regimiento de Mallorca. Don Julián
Sánchez. Pisaron los enemigos en sus correrías aquellos umbrales, y mataron a sus padres y a una hermana, atrocidad que juró Sánchez vengar: empezó con este fin a reunir gente, y luego allegó hasta 200 caballos con el nombre de Lanceros, de cuya tropa nombrole capitán el duque del Parque, general que allí mandaba. Don Julián unas veces se apoyaba en el ejército o en la plaza de Ciudad Rodrigo, otras obraba por sí y se alejaba con su escuadrón. Infundía tal desasosiego en los franceses que en Salamanca el general Marchand dio contra él y sus soldados una proclama amenazadora, y cogió en rehenes, como a patrocinadores, a unos cuantos ganaderos ricos de la provincia. Sánchez, agraviado de que el francés calificase a sus hombres de asesinos y ladrones, replicole de una manera áspera y merecida. Cruda guerra que hasta en el hablar enconaba así de ambos lados el ánimo de los combatientes.
El Capuchino,
Saornil.
Por el centro y vastas llanuras de Castilla la Vieja andaban asimismo al rebusco de franceses partidas pequeñas, como las del Capuchino, Saornil y otras que todavía no gozaban de mucho nombre, pero que dieron lugar a una circular curiosa al par que bárbara del general francés Kellermann, comandante de aquellos distritos, y por la que, haciendo en 25 de octubre una requisición de caballos, mandaba bajo penas rigurosas sacar el ojo izquierdo y marcar o inutilizar de otro modo para la milicia los que no fuesen destinados a su servicio. Porlier, también ejecutando a veces rápidas y portentosas marchas, rompía por la tierra y atropellaba los destacamentos enemigos, descolgándose de las montañas de Galicia y Asturias, que eran su principal guarida.
Juntas
y partidarios
en el camino
de Francia.
En todo el camino carretero de Francia, desde Burgos hasta los lindes de Álava, y en ambas riberas por aquella parte del Ebro, hormiguearon de muy temprano las guerrillas. Tenía la codicia en qué cebarse con la frecuencia de convoyes y pasajeros enemigos, y muchos de los naturales, dados ya desde antes al contrabando por la línea de aduanas allí establecida, conocían a palmos el terreno y estaban avezados a los riesgos de su profesión, imagen de los de la guerra. Fomentaron tales inclinaciones varias juntas que se formaron de cuarenta en cuarenta lugares, y las cuales, o se reunieron después o se sujetaron a las que se apellidaban de Burgos, Soria y La Rioja. Reconocieron la autoridad de estos cuerpos las más de las partidas, de las que se miraron como importantes la de Ignacio Cuevillas, Don Juan Gómez, el cura Tapia, Don Francisco Fernández de Castro, hijo mayor del marqués de Barriolucio, y el cura de Villoviado, de quien ya se hizo mención en otro libro.
Sus correrías solían ser lucrosas, en perjuicio del enemigo, y no faltas de gloria, sobre todo cuando muchas de ellas se unían y obraban de concierto. Sucedió así en septiembre para sostener a Logroño, estando a su frente Cuevillas: lo mismo el 18 de noviembre en Sausol de Navarra, en donde deshicieron a más de 1000 franceses, guiadas las partidas reunidas por el capitán de navío Don Ignacio Narrón, presidente de la junta de Nájera.
Mina el mozo.
En esta función tuvo ya parte Don Francisco Javier Mina, sobrino del después tan célebre Espoz. Cursaba en Zaragoza a la sazón que estalló el levantamiento de 1808: su edad entonces era la de 19 años, y tomó las armas como los demás estudiantes. Había nacido en Idocin, pueblo de Navarra, de labradores acomodados. Retirado por enfermo al lugar de su naturaleza, se hallaba en su casa cuando la saquearon los franceses en venganza de un sargento asesinado en la vecindad. Para libertar a su padre de una persecución se presentó Mina el mozo a los franceses, redimiéndose por medio de dinero del arresto en que le pusieron. Airado de la no merecida ofensa y de ver su casa allanada y perdida, armose, y uniéndosele otros doce comenzó sus correrías, reciente aún en Roncal la memoria de Renovales. Aumentose sucesivamente su cuadrilla, y con ímpetu daba de sobresalto en los destacamentos franceses de Navarra, como también en los confinantes de Aragón y Rioja. Fue extremada su audacia, y antes de concluirse 1809 admiró con sus hechos a los habitantes de aquellas partes.
Sucesos generales
de la nación.
Hasta aquí los sucesos parciales ocurridos este año en las provincias. Necesario ha sido dar una idea de ellos aunque rápida, pues si bien se obedecía en todo el reino al gobierno supremo, la índole de la guerra y el modo como se empezó inclinaba a las provincias o las obligaba a veces a obrar solas o con cierta independencia. Ocupémonos ahora en la junta central y en los ejércitos, y asuntos más generales.
Estado
de desasosiego
de la central.
Vivos debates habían sobrevenido en aquella corporación al concluirse el mes de agosto y comenzar septiembre. Procedieron de divisiones internas y de la voz pública que le achacaba el malogramiento de la campaña de Talavera. Hervían con especialidad en Sevilla los manejos y las maquinaciones. Ya desde antes, como dijimos, y sordamente, trabajaban contra el gobierno varios particulares resentidos, entre ellos ciertos de la clase elevada. Cobraron ahora aliento por el arrimo que les ofrecía el enojo de los ingleses, y la autoridad del consejo reinstalado el mes anterior. No menos pensaban ya que en acudir a la fuerza, pero antes creyeron prudente tentar las vías pacíficas y legales. Sirvioles de primer instrumento Don Francisco de Palafox, individuo de la misma junta, quien el 21 de agosto leyó en su seno un papel en el que, doliéndose amargamente de los males públicos y pintándolos con negras tintas, proponía como remedio la reconcentración del poder en un solo regente, cuya elección indicaba podría recaer en el cardenal de Borbón. Encontró Palafox en sus compañeros oposición, presentándole algunas objeciones bastante fuertes, a las que no pudiendo de pronto responder como hombre de limitado seso, dejó su réplica para la siguiente sesión en que leyó otro papel explicativo del primero.
Consulta
del consejo.
Aquel día, que era el 22, vino en apoyo suyo, con aire de concierto, una consulta del consejo. Este cuerpo, que en vez de mostrarse reconocido teníase por agraviado de su restablecimiento, como hecho, según pensaba, en menoscabo de sus privilegios, andaba solícito buscando ocasiones de arrancar la potestad suprema de las manos de la central, y colocarla o en las suyas o en otras que estuviesen a su devoción. Figurose haber llegado ya el plazo tan deseado, y perjudicó con ciega precipitación a su propia causa. Su ceguedad. En la consulta no se ciñó a examinar la conducta de la junta central, y a hacer resaltar los inconvenientes que nacían de que corporación tan numerosa tuviese a su cargo la parte ejecutiva, sino que también atacó su legitimidad y la de las juntas provinciales pidiendo la abolición de estas, el restablecimiento del orden antiguo, y el nombramiento de una regencia conforme a lo dispuesto en la ley de Partida. ¡Contradicción singular! El consejo que consideraba usurpada la autoridad de las juntas, y por consiguiente la de la central emanación de ellas, exigía de este mismo cuerpo actos para cuya decisión y cumplimiento era la legitimidad tan necesaria.
Pero prescindiendo de semejante modo de raciocinar, harto común en asuntos de propio interés, hubo gran desacuerdo en el consejo en proceder así, enajenándose voluntades que le hubieran sido propicias. Descontentaban a muchos las providencias de la central; parecíales monstruoso su gobierno; mas no querían que se atacase su legitimidad derivada de la insurrección. Tocó en desvarío querer el consejo tachar del mismo defecto a las juntas provinciales, por cuya abolición clamaba. Estas corporaciones tenían influjo en sus respectivos distritos. Atacarlas era provocar su enemistad, resucitar la memoria de lo ocurrido al principio de la insurrección en 1808, y privarse de un apoyo tanto más seguro cuanto entonces se habían suscitado nuevas y vivas contestaciones entre la central y algunas de las mismas juntas.
Altercados
de las juntas
de provincia
y la central.
Sevilla.
Extremadura.
La provincial de Sevilla nunca olvidaba sus primeros celos y rivalidades, y la de Extremadura antes más quieta, moviose al ver que su territorio quedaba descubierto con la ida de los ingleses, de cuya retirada echaba la culpa a la central. Así fue que, sin contar con el gobierno supremo, por sí dio pasos para que Lord Wellington mudase de resolución, y diolos por el conducto del conde del Montijo, que en sus persecuciones y vagancia había de Sanlúcar pasado a Badajoz. Desaprobó altamente la junta central la conducta de la de Extremadura como ajena de un cuerpo subalterno y dependiente, e irritola que fuera medianero en la negociación un hombre a quien miraba al soslayo, por lo cual apercibiéndola severamente mandó prender al del Montijo que se salvó en Portugal. Ofendida la junta de Extremadura de la reprensión que se le daba, replicó con sobrada descompostura, hija quizá de momentáneo acaloramiento, sin que por eso fuesen más allá afortunadamente tales contestaciones. Valencia. Las que habían nacido en Valencia al instalarse la central se aumentaron con el poco tino que tuvo en su comisión a aquel reino el barón de Sabasona, y nunca cesaron, resistiendo la junta provincial el cumplimiento de algunas órdenes superiores, a veces desacertadas, como lo fue la provisión en tiempos de tanto apuro de las canonjías, beneficios eclesiásticos y encomiendas vacantes, cuyo producto juiciosamente había destinado dicha junta a los hospitales militares. Encontradas así ambas autoridades a cada paso se enredaban en disputas, inclinándose la razón ya de un lado ya de otro.
Exposición
de esta
contra el consejo.
Dolorosas eran estas divisiones y querellas, y de mucho hubieran servido al consejo en sus fines, si acallando a lo menos por el momento su rencorosa ira contra las juntas, las hubiera acariciado en lugar de espantarlas con descubrir sus intentos. Enojáronse pues aquellas corporaciones, y la de Valencia, aunque una de las más enemigas de la central, se presentó luego en la lid a vindicar su propia injuria. En una exposición fecha en 25 de septiembre clamó contra el consejo, recordó su vacilante si no criminal conducta con Murat y José, y pidió que se le circunscribiese a solo sentenciar pleitos. Otro tanto hicieron de un modo más o menos explícito varias de las otras juntas, añadiendo sin embargo la misma de Valencia que convendría que la central separase la potestad legislativa de la ejecutiva, y que se depositase esta en manos de uno, tres o cinco regentes.
Trama
para disolver
la central.
Antes que llegase esta exposición, y atropellando por todo en Sevilla los descontentos, pensaron recurrir a la fuerza, impacientes de que la central no se sometiese a las propuestas de Palafox, del consejo y sus parciales. Era su propósito disolver dicha junta, transportar a Manila algunos de sus individuos, y crear una regencia, reponiendo al consejo real en la plenitud de su poder antiguo y con los ensanches que él codiciaba. Habíanse ganado ciertos regimientos, repartídose dinero, y prometido también convocar cortes, ya por ser la opinión general del reino, ya igualmente para amortiguar el efecto que podría resultar de la intentada violencia. Pero esta última resolución no se hubiera realizado, a triunfar los conspiradores como apetecían, pues el alma de ellos, el consejo, tenía sobrado desvío por todo lo que sonaba a representación nacional, para no haber impedido el cumplimiento de semejante promesa.
Descúbrela
el embajador
de Inglaterra.
Ya en los primeros días de septiembre estaba próximo a realizarse el plan, cuando el duque del Infantado, queriendo escudar su persona con la aquiescencia del embajador de Inglaterra, confiósele amistosamente. Asustado el marqués de Wellesley de las resultas de una disolución repentina del gobierno, y no teniendo por otra parte concepto muy elevado de los conspiradores, procuró apartarlos de tal pensamiento, y sin comprometerlos dio aviso a la central del proyecto. Advertida esta a tiempo, e intimidados también algunos de los de la trama con no verse apoyados por la Inglaterra, prevínose todo estallido, tomando la central medidas de precaución sin pasar o escudriñar quienes fuesen los culpables.
Trata la central
de reconcentrar
la potestad
ejecutiva.
La junta, no obstante, viendo cuán de cerca la atacaban, que la opinión misma del embajador de Inglaterra, si bien opuesto a violencias, era la de reconcentrar la potestad ejecutiva, y que hasta las autoridades que le habían dado el ser eran las más de idéntico o parecido sentir, resolvió ocuparse seriamente en la materia. Algunos de sus individuos pensaban ser conveniente la remoción de todos los centrales o de una parte de ellos, acallando así a los que tachaban su conducta de ambiciosa. Suscitó tal medida el bailío Don Antonio Valdés, la cual contados de sus compañeros sostuvieron, desechándola los más. Diversidad
de opiniones. Tres dictámenes prevalecían en la junta, el de los que juzgaban ocioso hacer una mudanza cualquiera debiendo convocarse luego las cortes, el de los que deseaban una regencia escogida fuera del seno de la central, y en fin el de los que repugnando la regencia querían sin embargo que se pusiese el gobierno o potestad ejecutiva en manos de un corto número de individuos sacados de los mismos centrales. Entre los que opinaban por lo segundo se contaba Jovellanos, pero tan respetable varón, luego que percibió ser la regencia objeto descubierto de ambición que amenazaba a la patria con peligrosas ocurrencias, mudó de parecer y se unió a los del último dictamen.
Nómbrase
al efecto
una comisión.
Al frente de este se hallaba Calvo, que acababa de volver de Extremadura y quien, con su áspera y enérgica condición, no poco contribuyó a parar los golpes de los que dentro de la misma junta solo hablaban de regencia para destruir la central e impedir la convocación de cortes. Trajo hacia sí a Jovellanos y sus amigos, los que concordes consiguieron después de acaloradas discusiones, que se aprobasen el 19 de septiembre dos notables acuerdos: 1.º, la formación de una Comisión ejecutiva encargada del despacho de lo relativo a gobierno, reservando a la junta los negocios que requiriesen plena deliberación; y 2.º, fijar para 1.º de marzo de 1810 la apertura de las cortes extraordinarias.
Antes de publicarse dichos acuerdos nombrose una comisión para formar el reglamento o plan que debía observar la ejecutiva, y como recayese el encargo en Don Gaspar de Jovellanos, bailío Don Antonio Valdés, marqués de Campo Sagrado, Don Francisco Castanedo y conde de Gimonde, amigos los más del primero, creyose que a la presentación de su trabajo serían los mismos escogidos para componer la comisión ejecutiva. Pero se equivocaron los que tal creyeron. Nómbrase
otra segunda. En el intermedio que hubo entre formar el reglamento y presentarle, los aficionados al mando y los no adictos a Jovellanos y sus opiniones se movieron, y bajo un pretexto u otro alcanzaron que la mayoría de la junta desechase el reglamento que la comisión había preparado. Escogiose entonces otra nueva para que le enmendase con objeto de renovar, si ser pudiese, la cuestión de regencia, o si no de meter en la comisión ejecutiva las personas que con más empeño sostenían dicho dictamen. Nuevos manejos. Viose a las claras ser aquella la intención oculta de ciertas personas por lo que de nuevo sucedió con Don Francisco de Palafox. Palafox. Este vocal, juguete de embrolladores, resucitó la olvidada controversia cuando se discutía en la junta el plan de la comisión ejecutiva. Los instigadores le habían dictado un papel que al leerle produjo tal disgusto que, arredrado el mismo Palafox, se allanó a cancelar en el acto mismo las cláusulas más disonantes.
Romana.
Viendo la facción cuán mal había correspondido a su confianza el encargado de ejecutar sus planes, trató de poner en juego al marqués de la Romana, recién llegado del ejército, y cuya persona más respetada gozaba todavía entre muchos de superior concepto. Había sido el marqués nombrado individuo de la comisión sustituida para corregir el plan presentado por la primera, y en su virtud asistió a sus sesiones, discutió los artículos, enmendó algunos, y por último firmó el plan acordado, si bien reservándose exponer en la junta su dictamen particular. Parecía no obstante que se limitaría este a ofrecer algunas observaciones sobre ciertos puntos, habiendo en lo general merecido su aprobación la totalidad del plan. Su inconsiderada
conducta y su representación. Mas cuál fue la admiración de sus compañeros al oír al marqués en la sesión del 14 de octubre renovar la cuestión de regencia por medio de un papel escrito en términos descompuestos, y en el que haciendo de sí propio pomposas alabanzas, expresaba la necesidad de desterrar hasta la memoria de un gobierno tan notoriamente pernicioso como lo era el de la central. Y al mismo tiempo que tan mal trataba a esta y que la calificaba de ilegítima, dábale la facultad de nombrar regencia y de escoger una diputación permanente, compuesta de cinco individuos y un procurador, que hiciese las veces de cortes, cuya convocación dejaba para tiempos indeterminados. A tales absurdos arrastraba la ojeriza de los que habían apuntado el papel al marqués, y la propia irreflexión de este hombre, tan pronto indolente, tan pronto atropellado.
Nómbrase
la comisión
ejecutiva.
A pesar de crítica tan amarga y de las perjudiciales consecuencias que podría traer un escrito como aquel, difundido luego por todas partes, no solo dejó la junta de reprender a Romana, sino que también, ya que no adoptó sus proposiciones, fue el primero que escogió para componer la comisión ejecutiva. No faltó quien atribuyese semejante elección a diestro artificio de la central, ora para enredarle en un compromiso por haber dicho en su papel que a no aprobarse su dictamen renunciaría a su puesto, ora también para que experimentase por sí mismo la diferencia que media entre quejarse de los males públicos y remediarlos.
Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que el marqués admitió el nombramiento y que sin detención se eligieron sus otros compañeros. La comisión ejecutiva conforme a lo acordado debía constar de seis individuos y del presidente de la central, renovándose a la suerte parte de ellos cada dos meses. Los nombrados además de Romana fueron D. Rodrigo Riquelme, D. Francisco Caro, Don Sebastián de Jócano, D. José García de la Torre y el marqués de Villel. En el curso de esta historia ya ha habido ocasión de indicar a que partido se inclinaban estos vocales, y si el lector no lo ha olvidado recordará que se arrimaban al del antiguo orden de cosas, por lo cual hubieran muchos llevado a mal su elección si no hubiese sido acompañada con el correctivo del llamamiento de cortes.
Fíjase el día
de juntarse
las cortes.
Anunciose tal novedad en decreto de 28 de octubre publicado en 4 de noviembre, especificándose en su contenido que aquellas serían convocadas en 1.º de enero de 1810 para empezar sus augustas funciones en el 1.º de marzo siguiente. El deseo de contener las miras ambiciosas de los que aspiraban a la autoridad suprema, alentó a los centrales partidarios de la representación nacional a que clamasen con mayor instancia por la aceleración de su llamamiento. Don Lorenzo Calvo de Rozas, entre ellos uno de los más decididos y constantes, promovió la cuestión por medio de proposiciones que formalizó en 14 y 29 de septiembre, renovando la que hizo en abril anterior y que había provocado el decreto de 22 de mayo. Suscitáronse disensiones y altercados en la junta, mas logrose la aprobación del decreto ya insinuado, apretando a la comisión de cortes para que concluyese los trabajos previos que le estaban encomendados, y que particularmente se dirigían al modo de elegir y constituir aquel cuerpo. Esta comisión desempeñó ahora con menos embarazo su encargo por haber reemplazado a Riquelme y Caro, rémoras antes para todo lo bueno, los señores Don Martín de Garay y conde de Ayamans, dignos y celosos cooperadores.
Instálase
la comisión
ejecutiva.
La ejecutiva se instaló el 1.º de noviembre, no entendiendo ya la junta plena en ninguna materia de gobierno, excepto en el nombramiento de algunos altos empleos que se reservó. Siguiéronse no obstante tratando en las sesiones de la junta los asuntos generales, los concernientes a contribuciones y arbitrios, y las materias legislativas. Continuó así hasta su disolución, dividido este cuerpo en dichas dos porciones, ejerciendo cada una sus facultades respectivas.
Estado
de Europa.
En tanto, el horizonte político de Europa se encapotaba cada vez más. Estimulada la gran Bretaña con la guerra de Austria, no se había ceñido a aumentar en la península sus fuerzas, sino que también preparó otras dos expediciones Expediciones inglesas.
Contra Nápoles. a puntos opuestos, una a las órdenes de Sir Juan Stuart contra Nápoles, y otra al Escalda e isla de Walcheren mandada por Lord Chatam. Malos consejos alejaron la primera de estas expediciones de la costa oriental de España, adonde se había pensado enviarla, y se empleó en objeto infructuoso como lo fue la invasión del territorio napolitano. Contra
el Escalda. La segunda, formidable y una de las mayores que jamás saliera de los puertos ingleses, se componía de 40.000 hombres de desembarco, tropas escogidas, ascendiendo en todo la fuerza de tierra y mar a 80.000 combatientes. Proponíase con ella el gobierno británico destruir ante todo el gran arsenal que en Amberes había Napoleón construido. Lástima fue que en este caso no hubiese aquel gabinete escuchado a sus aliados. El emperador de Austria opinaba por el desembarco en el norte de Alemania, en donde el ejemplo de Schill, caudillo tan bravo y audaz, hubiera sido imitado por otros muchos al ver la ayuda que prestaban los ingleses. La junta central instó porque la expedición llevase el rumbo hacia las costas cantábricas y se diese la mano con la de Wellesley: y cierto que si las tropas de Stuart y Chatam hubiesen tomado tierra en la península o en el norte de Alemania en el tiempo en que aún duraba la guerra en Austria, quizá no hubiera esta tenido un fin tan pronto y aciago. Prescindiendo de todo el gobierno inglés sacrificó grandes ventajas a la que presumía inmediata de la destrucción del arsenal de Amberes, ventaja mezquina aunque la hubiera conseguido, en comparación de las otras.
Desgraciadísima
esta.
Es ajeno de nuestro propósito entrar en la historia de aquellas expediciones, y así solo diremos que al paso que la de Stuart no tuvo resultado, pereció la de Chatam miserablemente sin gloria y a impulsos de las enfermedades que causó en el ejército inglés la tierra pantanosa de la isla de Walcheren a la entrada del Escalda. Tampoco se encontraron con habitantes que les fueran afectos, de donde pudieron aprender cuán diverso era, a pesar del valor de sus tropas, tener que lidiar en tierra enemiga o en medio de pueblos que, como los de la península, se mantenían fieles y constantes.
Paz entre
Napoleón
y el Austria.
(* Ap. n. [10-4].)
Colmó tantas desgracias la paz de Austria, en favor de cuya potencia había cedido la junta central una porción de plata [*] en barras que venían de Inglaterra para socorro de España, y además permitió, sin reparar en los perjuicios que se seguirían a nuestro comercio, que el mismo gobierno británico negociase con igual objeto en nuestros Sacrificios
de la central
en favor
de Austria. puertos de América 3.000.000 de pesos fuertes: sacrificios inútiles. Desde el armisticio de Znaim pudo ya temerse cercana la paz. El gabinete de Austria, viendo su capital invadida, incierto de la política de la Rusia, y no queriendo buscar apoyo en sus propios pueblos, de cuyo espíritu comenzaba a estar receloso, decidiose a terminar una lucha que, prolongada, todavía hubiera podido convertirse para Napoleón en terrible y funesta, manifestándose ya en la población de los estados austriacos síntomas de una guerra nacional. Y ¡cosa extraña! un mismo temor, aunque por motivos opuestos, aceleró entre ambas partes beligerantes la conclusión de la paz. Firmose esta en Viena el 15 de octubre. El Austria, además de la pérdida de territorios importantes y de otras concesiones, se obligó, por el artículo 15 del tratado, a «reconocer las mutaciones hechas o que pudieran hacerse en España, en Portugal y en Italia.»
Manifiesto
de la central.
La junta central, a vista de tamaña mengua, publicó un manifiesto en que procurando desimpresionar a los españoles del mal efecto que produciría la noticia de la paz, con profusión derramó amargas quejas sobre la conducta del gabinete austriaco, lenguaje que a este ofendió en extremo.
Prurito
de batallar
de la central.
Disculpable era, hasta cierto punto, el gobierno español, hallándose de nuevo reducido a no vislumbrar otro campo de lides sino el peninsular. Mas semejante estado de cosas, y las propias desgracias, hubieran debido hacerle más cauto, y no comprometer en batallas generales y decisivas su suerte y la de la nación. El deseo de entrar en Madrid, y las ventajas adquiridas en Castilla la Vieja, pesaban más en la balanza de la junta central que maduros consejos.
Ejército
de la izquierda.
Hablemos pues de las indicadas ventajas. Luego que el marqués de la Romana dejó en el mes de agosto en Astorga el ejército de su mando, llamado de la izquierda, condújole a Ciudad Rodrigo D. Gabriel de Mendizábal para ponerle en manos del duque del Parque, nombrado sucesor del marqués. Llegaron las tropas a aquella plaza antes de promediar septiembre, y a estar todas reunidas, hubiera pasado su número de 26.000 hombres; pero compuesto aquel ejército de cuatro divisiones y una vanguardia, la 3.ª, al mando de Don Francisco Ballesteros, no se juntó con Parque hasta mediados de octubre, y la 4.ª quedose en los puertos de Manzanal y Foncebadón a las órdenes, según insinuamos, del teniente general Don Juan José García.
General
Marchand.
El 6.º cuerpo francés, después de su vuelta de Extremadura, ocupaba la tierra de Salamanca, mandándole el general Marchand en ausencia del mariscal Ney, que tornó a Francia. Continuaba en Valladolid el general Kellermann Carrier. y vigilaba Carrier con 3000 hombres las márgenes del Esla y del Órbigo.
Primera defensa
de Astorga.
Atendían los franceses de Castilla, más que a otra cosa, a seguir los movimientos del duque del Parque, no descuidando por eso los otros puntos. Así aconteció que en 9 de octubre quiso el general Carrier posesionarse de Astorga, ciudad antes de ahora nunca considerada como plaza. Gobernaba en ella desde 22 de septiembre D. José María de Santocildes; guarnecíanla unos 1100 soldados nuevos, mal armados y con solos 8 cañones que servía el distinguido oficial de artillería Don César Tournelle. En tal estado, sin fortificaciones nuevas y con muros viejos y desmoronados, se hallaba Astorga cuando se acercó a ella el general Carrier seguido de 3000 hombres y dos piezas. Brevemente y con particular empeño, cubiertos de las casas del arrabal de Reitibia, embistieron los franceses la puerta del Obispo. Cuatro horas duró el fuego, que se mantuvo muy vivo, no acobardándose nuestros inexpertos soldados ni el paisanaje, y matando o hiriendo a cuantos enemigos quisieron escalar el muro o aproximarse a aquella puerta. Retiráronse por fin estos con pérdida considerable. Entre los españoles que en la refriega perecieron señalose un mozo, de nombre Santos Fernández, cuyo padre al verle expirar, enternecido pero firme, prorrumpió en estas palabras: «Si murió mi hijo único, vivo yo para vengarle.» Hubo también mujeres y niños que se expusieron con grande arrojo, y Astorga, ciudad por donde tantas veces habían transitado pacíficamente los franceses, rechazolos ahora preparándose a recoger nuevos laureles.
Muévese el duque
del Parque
al frente
del ejército
de la izquierda.
Esta diversión, y las que causaban al enemigo Don Julián Sánchez y otros guerrilleros, ayudaban también al duque del Parque que, colocado a fines de septiembre a la izquierda del Águeda, había subido hasta Fuenteguinaldo. Su ejército se componía de 10.000 infantes y 1800 caballos. Regía la vanguardia Don Martín de la Carrera, y las dos divisiones presentes, 1.ª y 2.ª, Don Francisco Javier de Losada y el conde de Belveder. Púsose también por su lado en movimiento el general Marchand, con 7000 hombres de infantería y 1000 de caballería. Ambos ejércitos marcharon y contramarcharon, y los franceses, después de haber quemado a Martín del Río y de haber seguido hasta más adelante la huella de los españoles, retrocedieron a Salamanca. El duque del Parque avanzó de nuevo el 5 de octubre por la derecha de Ciudad Rodrigo, e hizo propósito de aguardar a los franceses en Tamames.
Batalla
de Tamames.
Situada esta villa a nueve leguas de Salamanca en la falda septentrional de una sierra que se extiende hacia Béjar, ofrecía en sus alturas favorable puesto al ejército español. El centro y la derecha, de áspero acceso, los cubría con la 1.ª división Don Francisco Javier de Losada, ocupaba la izquierda con la vanguardia Don Martín de la Carrera, y siendo este punto el menos fuerte de la posición, colocose allí en dos líneas, aunque algo separada, la caballería. Quedó de respeto la 2.ª división, del cargo del conde de Belveder, para atender adonde conviniese. 1500 hombres entresacados de todo el ejército guarnecían a Tamames. El general Marchand, reforzado y trayendo 10.000 peones, 1200 jinetes y 14 piezas de artillería, presentose el 18 de octubre delante de la posición española. Distribuyendo sin tardanza su gente en tres columnas, arremetió a nuestra línea poniendo su principal conato en el ataque de la izquierda, como punto más accesible. Carrera se mantuvo firme con la vanguardia, esperando a que la caballería española, apostada en un bosque a su siniestro costado, cargase las columnas enemigas; pero la 2.ª brigada de nuestros jinetes, ejecutando inoportunamente un peligroso despliegue, se vio atacada por la caballería ligera de los franceses, que a las órdenes del general Maucune rompió a escape por sus hileras. Metiose el desorden entre los caballos españoles, y aun llegaron los franceses a apoderarse de algunos cañones. El duque del Parque acudió al riesgo, arengó a la tropa, y su segundo Don Gabriel de Mendizábal echando pie a tierra contuvo a los soldados con su ejemplo y sus exhortaciones, restableciendo el orden. No menos apretó los puños en aquella ocasión el bizarro Don Martín de la Carrera, casi envuelto por los enemigos y con su caballo herido de dos balazos y una cuchillada. Los franceses entonces empezaron a flaquear. En balde trataron de sostenerse algunos cuerpos suyos. El conde de Belveder, avanzando con un trozo de su división, y el príncipe de Anglona, con otro de caballería, que dirigió con valor y acierto, acabaron de decidir la pelea en nuestro favor. Gánanla
los españoles. La vanguardia y los jinetes que primero se habían desordenado volviendo también en sí, recobraron los cañones perdidos y precipitaron a los franceses por la ladera abajo de la sierra. Igualmente salieron vanos los esfuerzos del ejército contrario para superar los obstáculos con que tropezó en el centro y derecha. Don Francisco Javier de Losada rechazó todas las embestidas de los que por aquella parte atacaron, y los obligó a retirarse al mismo tiempo que los otros huían del lado opuesto. Al ver los españoles apostados en Tamames el desorden de los franceses, desembocaron al pueblo, y haciendo a sus contrarios vivísimo fuego, les causaron por el costado notable daño. Dos regimientos de reserva de estos protegieron a los suyos en la retirada, molestados por nuestros tiradores, y con aquella ayuda y al abrigo de espesos encinares y de la noche ya vecina, pudieron proseguir los franceses su camino la vuelta de Salamanca. Su pérdida consistió en 1500 hombres, la nuestra en 700, habiendo cogido un águila, un cañón, carros de municiones, fusiles y algunos prisioneros. El general Marchand se detuvo cinco días en Salamanca aguardando refuerzos de Kellermann: no llegaron estos, y el del Parque habiendo cruzado el Tormes en Ledesma obligó al general francés a desamparar aquella ciudad.
Únese Ballesteros
a Parque.
Al día siguiente de la acción, uniose al grueso del ejército español, con 8000 hombres, Don Francisco Ballesteros. Había este general padecido dispersión, sin notable refriega, en su nueva y desgraciada tentativa de Santander, de que hicimos mención en el libro 8.º Rehecho en las montañas de Liébana, obedeció a la orden que le prescribía ir a juntarse con el ejército de la izquierda.
Entra Parque
en Salamanca.
Unido ya al duque del Parque, entró este en Salamanca el 25 de octubre en medio de las mayores aclamaciones del pueblo entusiasmado, que abasteció al ejército larga y desinteresadamente. El 1.º de noviembre llegó de Ciudad Rodrigo la división castellana, Únesele
la división
castellana. llamada 5.ª, al mando del marqués de Castro-Fuerte, con la que, y la asturiana de Ballesteros, 3.ª en el orden, contó el del Parque unos 26.000 hombres, sin la 4.ª división, que continuó permaneciendo en el Bierzo. Faltábale mucho a aquel ejército para estar bien disciplinado, participando su organización actual de los males de la antigua y de los que adolecía la varia e informe que a su antojo habían adoptado las respectivas juntas de provincia. Pero animaba a sus tropas un excelente espíritu, acostumbradas muchas de ellas a hacer rostro a los franceses bajo esforzados jefes, en San Payo y otros lugares.
Ejércitos
españoles
del mediodía.
No pasó un mes sin que un gran desastre viniese a enturbiar las alegrías de Tamames. Ocurrió del lado del mediodía de España, y por tanto necesario es que volvamos allá los ojos para referir todo lo que sucedió en los ejércitos de aquella parte, después de la retirada y separación del anglo-hispano, y de la aciaga jornada de Almonacid.
Únese
al de la Mancha
parte del ejército
de Extremadura.
Puestos los ingleses en los lindes de Portugal y persuadida la junta central de que ya no podía contar con su activa coadyuvación, determinó ejecutar por sí sola un plan de campaña cuyo mal éxito probó no ser el más acertado. Al paso que en Castilla debía continuar divirtiendo a los franceses el duque del Parque, y que en Extremadura quedaban solo 12.000 hombres, dispúsose que lo restante de aquel ejército pasase con su jefe Eguía a unirse al de la Mancha. Creyó la junta fundadamente que se dejaba Extremadura bastante cubierta con la fuerza indicada, no siendo dable que los franceses se internasen teniendo por su flanco y no lejos de Badajoz al ejército británico. Se trasladó pues Don Francisco Eguía Fuerza
de este ejército
reunido al mando
de Eguía. a la Mancha antes de finalizar septiembre, y estableciendo su cuartel general en Daimiel, tomó el mando en jefe de las fuerzas reunidas: ascendía su número en 3 de octubre a 51.869 hombres, de ellos 5766 jinetes, con 55 piezas de artillería.
Posición
de los franceses.
De las tropas francesas que habían pisado desde la batalla de Talavera las riberas del Tajo, ya vimos cómo el cuerpo de Ney volvió a Castilla la Vieja, y fue el que lidió en Tamames. Permaneció el 2.º en Plasencia, apostándose después en Oropesa y Puente del Arzobispo; quedó en Talavera el 5.º, y el 1.º y 4.º, regidos por Victor y Sebastiani, fueron destinados a arrojar de la Mancha a Don Francisco Eguía. El 12 de octubre ambos cuerpos se dirigieron, el 1.º, por Villarubia a Daimiel, el 4.º, por Villaharta a Manzanares. Había de su lado avanzado Eguía, quien, reconvenido poco antes por su inacción, enfáticamente respondió que «solo anhelaba por sucesos grandes que libertasen a la nación de sus opresores.» Irresolución
de Eguía. Mas el general español, no obstante su dicho, a la proximidad de los cuerpos franceses tornó de priesa a su guarida de Sierra Morena. Desazonó tal retroceso en Sevilla, donde no se soñaba sino en la entrada en Madrid, y también porque se pensó que la conducta de Eguía estaba en contradicción con sus graves, o sean más bien ostentosas palabras. No dejó de haber quien sostuviese al general y alabase su prudencia, atribuyendo su modo de maniobrar al secreto pensamiento de revolver sobre el enemigo y atacarle separadamente, y no cuando estuviese muy reconcentrado; plan sin duda el más conveniente. Pero en Eguía, hombre indeciso e incapaz de aprovecharse de una coyuntura oportuna, era irresolución de ánimo lo que en otro hubiera quizá sido efecto de sabiduría.
Sucédele
en el mando
Aréizaga.
Retirado a Sierra Morena escribió a la central pidiéndole víveres y auxilios de toda especie, como si la carencia de muchos objetos le hubiese privado de pelear en las llanuras. Colmada entonces la medida del sufrimiento contra un general a quien se le había prodigado todo linaje de medios, se le separó del mando, que recayó en Don Juan Carlos de Aréizaga, llamado antes de Cataluña para mandar en la Mancha una división. Acreditado el nuevo general desde la batalla de Alcañiz, tenía en Sevilla muchos amigos, y de aquellos que ansiaban por volver a Madrid. Aparente actividad, y el provocar a su llegada al ejército el alejamiento de un enjambre de oficiales y generales que ociosos solo servían de embarazo y recargo, confirmó a muchos en la opinión de haber sido acertado su nombramiento. Mas Aréizaga, hombre de valor como soldado, carecía de la serenidad propia del verdadero general y escaso de nociones en la moderna estrategia, libraba su confianza más en el coraje personal de los individuos que en grandes y bien combinadas maniobras: fundamento ahora de las batallas campales.
Favor
de que este
goza.
Acabó el general Aréizaga de granjear en favor suyo la gracia popular proponiendo bajar a la Mancha y caer sobre Madrid, porque tal era el deseo de casi todos los forasteros que moraban en Sevilla, y cuyo influjo era poderoso en el seno del mismo gobierno. Unos suspiraban por sus casas, otros por el poder perdido que esperaban recobrar en Madrid. Nada pudo apartar al gobierno del raudal de tan extraviada opinión. Lord Wellington
en Sevilla. Lord Wellington que en los primeros días de noviembre pasó a Sevilla con motivo de visitar a su hermano el marqués de Wellesley, en vano unido con este manifestó los riesgos de semejante empresa. Estaban los más tan persuadidos del éxito o por mejor decir tan ciegos, que la junta escogió a los señores Jovellanos y Riquelme para acordar las providencias que deberían tomarse a la entrada en la capital. Diéronse también sus instrucciones al central Don Juan de Dios Rabé, que acompañaba al ejército, eligiéronse varias autoridades Ibarnavarro,
consejero
de Aréizaga. y entre ellas la de corregidor de Madrid, cuya merced recayó en Don Justo Ibarnavarro, amigo íntimo de Aréizaga y uno de los que más le impelían a guerrear. Lágrimas sin embargo costaron y bien amargas tan imprudentes y desacordados consejos.
Muévese este.
Empezó Don Juan Carlos de Aréizaga a moverse el 3 de noviembre. Su ejército estaba bien pertrechado, y tiempos hacía que los campos españoles no habían visto otro ni tan lucido ni tan numeroso. Distribuíase la infantería en siete divisiones, estando al frente de la caballería el muy entendido general Don Manuel Freire. Caminaba el ejército repartido en dos grandes trozos, uno por Manzanares y otro por Valdepeñas. Precedía a todos Freire con 2000 caballos; seguíale la vanguardia que regía Don José Zayas, y a la que apoyaba con su 1.ª división Don Luis Lacy. Los generales franceses Paris y Milhaud eran los más avanzados, y al aproximarse los españoles se retiraron, el primero del lado de Toledo, el segundo por el camino real a La Guardia.
Ataque
de Dos Barrios.
Media legua más allá de este pueblo, en donde el camino corre por una cañada profunda, situáronse el 8 de noviembre los caballos franceses en la cuesta llamada del Madero, y aguardaron a los nuestros en el paso más estrecho. Freire diestramente destacó dos regimientos al mando de Don Vicente Osorio que cayesen sobre los enemigos alojados en Dos Barrios, al mismo tiempo que él con lo restante de la columna atacaba por el frente. Treparon nuestros soldados por la cuesta con intrepidez, repelieron a los franceses y los persiguieron hasta Dos Barrios. Unidos aquí Osorio y Freire continuaron el alcance hasta Ocaña, en donde los contuvo el fuego de cañón del enemigo.
Aréizaga
en Tembleque.
Mientras tanto Aréizaga sentó el 9 su cuartel general en Tembleque, y aproximó adonde estaba Freire la vanguardia de Zayas, compuesta de 6000 hombres casi todos granaderos, y la 1.ª división de Lacy: providencia necesaria por haberse agregado a la caballería de Milhaud la división polaca del 4.º cuerpo francés. Volvió Freire a avanzar el 10 a Ocaña, delante de cuya villa estaban formados 2000 caballos enemigos, y detrás, a la misma salida, la división nombrada con sus cañones. Empezaron a jugar estos y a su fuego contestó la artillería volante española, arrojando los jinetes a los del enemigo contra la villa, que abrigados de su infantería reprimieron a su vez a nuestros soldados. No aun dadas las cuatro de la tarde llegaron Zayas y Lacy. Emboscado el último en un olivar cercano, dispúsose a la arremetida, pero Zayas, juzgando estar su tropa muy cansada, difirió auxiliar el ataque hasta el día siguiente. Aprovechándose los enemigos de esta desgraciada suspensión, evacuaron a Ocaña, y por la noche se replegaron a Aranjuez.
Ejército español
en Ocaña.
El 11 de noviembre, en fin, todo el ejército español se hallaba junto en Ocaña. Resueltos los nuestros a avanzar a Madrid, hubiera convenido proseguir la marcha antes de que los franceses hubiesen agolpado hacia aquella parte fuerzas considerables.
Movimientos
inciertos
y mal concertados
de Aréizaga.
Mas Aréizaga, al principio tan arrogante, comenzó entonces a vacilar, y se inclinó a lo peor, que fue a hacer movimientos de flanco lentos para aquella ocasión y desgraciados en su resultado. Envió pues la división de Lacy a que cruzase el Tajo del lado de Colmenar de Oreja, yendo la mayor parte a pasar dicho río por Villamanrique, en cuyo sitio se echaron al efecto puentes. El tiempo era de lluvia, y durante tres días sopló un huracán furioso. Corrió una semana entre detenciones y marchas, perdiendo los soldados, en los malos caminos y aguas encharcadas, casi todo el calzado. Aréizaga, con los obstáculos cada vez más indeciso, acantonó su ejército entre Santa Cruz de la Zarza y el Tajo.
Mientras tanto los franceses fueron arrimando muchas tropas a Aranjuez. El mariscal Soult había ya antes sucedido al mariscal Jourdan en el mando de mayor general de los ejércitos franceses, y las operaciones adquirieron fuerza y actividad. Sabedor de que los españoles se dirigían a pasar el Tajo por Villamanrique, envió allí el día 14 al mariscal Victor, quien, hallándose entonces solo con su primer cuerpo, hubiera podido ser arrollado. Detúvose Aréizaga y dio tiempo a que los franceses fuesen el 16 reforzados en aquel punto; lo cual visto por el general español, hizo que algunas tropas suyas puestas ya del otro lado del Tajo repasasen el río, y que se alzasen los puentes. Caminó en la noche del 17 hacia Ocaña, a cuya villa no llegó sino en la tarde del 18, y algunas tropas se rezagaron hasta la mañana del 19. Choque
de caballería
en Ontígola. La víspera de este día hubo un reencuentro de caballería cerca de Ontígola: los franceses rechazaron a los nuestros, mas perdieron al general Paris, muerto a manos del valiente cabo español Vicente Manzano, que recibió de la central un escudo de premio. Por nuestra parte también allí fue herido gravemente, y quedó en el campo por muerto, el hermano del duque de Rivas, Don Ángel de Saavedra, no menos ilustre entonces por las armas que lo ha sido después por las letras. Aréizaga, que, moviéndose primero por el flanco, dio lugar al avance y reunión de una parte de las tropas francesas, retrocediendo ahora a Ocaña y andando como lanzadera, permitió que se reconcentrasen o diesen la mano todas ellas. Difícil era idear movimientos más desatentados.
Fuerzas
que acercan
los franceses.
Juntáronse pues del lado de Ontígola y en Aranjuez los cuerpos 4.º y 5.º, del mando de Sebastiani y Mortier, la reserva, bajo el general Dessolles, y la guardia de José, ascendiendo por lo menos el número de gente a 28.000 infantes y 6000 caballos. De manera que Aréizaga, que antes tropezaba con menos de 20.000, ahora a causa de sus detenciones, marchas y contramarchas, tenía que habérselas con 34.000 por el frente, sin contar con los 14.000 del cuerpo de Victor colocados hacia su flanco derecho, pues juntos todos pasaban de 48.000 combatientes; fuerza casi igual a la suya en número, y superiorísima en práctica y disciplina.
Batalla de Ocaña.
Don Juan Carlos de Aréizaga escogió para presentar batalla la villa de Ocaña, considerable y asentada en terreno llano y elevado a la entrada de la mesa que lleva su nombre. Las divisiones españolas se situaron en derredor de la población. Apostose él a la izquierda del lado de la agria hondonada donde corre el camino real que va a Aranjuez. En el ala opuesta se situó la vanguardia de Zayas con dirección a Ontígola, y más a su derecha la primera división de Lacy, permaneciendo a espaldas casi toda la caballería. Hubo también tropas dentro de Ocaña. El general en jefe no dio ni orden ni colocación fija a la mayor parte de sus divisiones. Encaramose en un campanario de la villa, desde donde, contentándose con atalayar y descubrir el campo, continuó aturdido, sin tomar disposición alguna acertada. El 4.º cuerpo, del mando de Sebastiani, sostenido por Mortier, empeñó la pelea con nuestra derecha. Zayas, apoyado en la división de Don Pedro Agustín Girón, y el general Lacy batallaron vivamente, haciendo maravillas nuestra artillería. El último sobre todo avanzó contra el general Leval, herido, y empuñando en una mano para alentar a los suyos la bandera del regimiento de Burgos, todo lo atropelló y cogió una batería que estaba al frente. Costó sangre tan intrépida acometida, y entre todos fue allí gravemente herido el marqués de Villacampo, oficial distinguido y ayudante de Lacy. A haber sido apoyado entonces este general, los franceses, rotos de aquel lado, no alcanzaran fácilmente el triunfo; pero Lacy, solo, sin que le siguiera caballería ni tampoco le auxiliara el general Zayas, a quien puso, según parece, en grande embarazo Aréizaga, dándole primero orden de atacar y luego contra orden, tuvo en breve que cejar, y todo se volvió confusión. El general Girard entró en la villa, cuya plaza ardió; Dessolles y José avanzaron contra la izquierda española, Horrorosa
dispersión.
Pérdida
de Ocaña. que se retiró precipitadamente, y ya por los llanos de la Mancha no se divisaban sino pelotones de gente marchando a la ventura, o huyendo azorados del enemigo. Aréizaga bajó de su campanario, no tomó providencia para reunir las reliquias de su ejército, ni señaló punto de retirada. Continuó su camino a Daimiel, de donde serenamente dio un parte al gobierno el 20, en el que estuvo lejos de pintar la catástrofe sucedida. Esta fue de las más lamentables. Contáronse por lo menos 13.000 prisioneros, de 4 a 5000 muertos o heridos, fueron abandonados más de 40 cañones, y carros, y víveres, y municiones: una desolación. Los franceses apenas perdieron 2000 hombres. Solo quedaron de los nuestros en pie algunos batallones, la división segunda, del mando de Vigodet, y parte de la caballería a las órdenes de Freire. En dos meses no pudieron volver a reunirse a las raíces de Sierra Morena 25.000 hombres.
Conservó por algún tiempo el mando Don Juan Carlos de Aréizaga sin que entonces se le formase causa, como se tenía de costumbre con muchos de los generales desgraciados: ¡tan protegido estaba! Y en verdad, ¿a qué formarle causa? Habíanse estas convertido en procesos de mera fórmula, de que salían los acusados puros y exentos de toda culpa.
Resultas.
Terror y abatimiento sembró por el reino la rota de Ocaña, temiendo fuese tan aciaga para la independencia como la de Guadalete. Holgáronse sobremanera José y los suyos, entrando aquel en Madrid con pompa y a manera de triunfador romano, seguido de los míseros prisioneros. De sus parciales no faltó quien se gloriase de que hubiesen los franceses con la mitad de gente aniquilado a los españoles. Hemos visto no ser así; mas aun cuando lo fuese, no por eso recaería mengua sobre el carácter nacional, culpa sería en todo caso del desmaño e ignorancia del principal caudillo.
La herida de Ocaña llegó hasta lo vivo. Con haberlo puesto todo a la temeridad de la fortuna, abriéronse las puertas de las Andalucías. José quizá hubiera tentado pronto la invasión si la permanencia de los ingleses en las cercanías de Badajoz, juntamente con la del ejército mandado ahora por Alburquerque en Extremadura, y la del Parque en Castilla la Vieja, no le hubiesen obligado a obrar con cordura antes de penetrar en las gargantas de Sierra Morena, ominosas a sus soldados. Prudente, pues, era destruir por lo menos parte de aquellas fuerzas, y aguardar, ajustada ya la paz con Austria, nuevos refuerzos del norte.
Se retira
Alburquerque
a Trujillo.
El duque de Alburquerque, desamparado con lo ocurrido en Ocaña, se aceleró a evitar un suceso desgraciado. La fuerza que tenía, de 12.000 hombres dividida en tres divisiones, vanguardia y reserva, había avanzado el 17 de noviembre al Puente del Arzobispo para causar diversión por aquel lado. Desde allí y con el mismo fin, siguiendo la margen izquierda de Tajo, destacó la vanguardia, a las órdenes de Don José Lardizábal, con dirección al puente de tablas de Talavera. Este movimiento obligó a retirarse a los franceses alojados en el Arzobispo enfrente de los nuestros; mas a poco, sobreviniendo el destrozo de Ocaña, retrocedió el de Alburquerque y no paró hasta Trujillo.
Movimientos
del duque
del Parque.
Puso en mayor cuidado a los enemigos el ejército del duque del Parque, sobre todo después de la jornada de Tamames. Motivo por que envió el mariscal Soult la división de Gazan al general Marchand, camino de Ávila, para coger al duque por el flanco derecho. El general español, a fin de coadyuvar también a la campaña de Aréizaga, moviose con su ejército, y el 19 intentó atacar en Alba de Tormes a 5000 franceses que, advertidos, se retiraron.
Acción
de Medina
del Campo.
Prosiguió el del Parque su marcha, y noticioso de que en Medina del Campo se reunían unos 2000 caballos y de 8 a 10.000 infantes, juntó el 23 a la madrugada sus divisiones en el Carpio a tres leguas de aquella villa. Colocó la vanguardia en la loma en que está sito el pueblo, ocultando detrás y por los lados la mayor parte de su fuerza. No logró, a pesar del ardid, que los franceses se acercasen, y entonces se adelantó él mismo a la una del propio día, yendo por la llanura con admirable y bien concertado orden. Marchaba en batalla la vanguardia, del mando de Don Martín de la Carrera, a su derecha, parte también en batalla, parte en columnas, la tercera división regida por Don Francisco Ballesteros, a la izquierda la primera, de Don Francisco Javier de Losada; cubría la caballería las dos alas. Iba de reserva la segunda división, a las órdenes del conde de Belveder, y dejose en el Carpio, con su jefe el marqués de Castro-Fuerte, la 5.ª división, o sea la de los castellanos. Los franceses, aunque reforzados con 1000 jinetes, cejaron a una eminencia inmediata a Medina. Empeñose allí vivo fuego, y engrosados aún los enemigos con dos regimientos de dragones y alguna infantería, cayeron sobre los jinetes del ala derecha, que cedieron el terreno, con lo cual se vio descubierta la 3.ª división, que era la de los asturianos. Mas estos, valientes y serenos, reprimieron al enemigo, en particular tres regimientos que le recibieron a quema ropa con fuegos muy certeros. En la pelea perecieron el intrépido ayudante general de la división, Don Salvador de Molina, y el coronel del regimiento de Lena, Don Juan Drimgold. Rechazados o contenidos en los demás puntos los franceses, sobrevino la noche, y Parque durante dos horas permaneció en el campo de batalla. Después obligado a dar alimento y descanso a su tropa, y avisado de que el enemigo podría ser reforzado, antes de amanecer tornó al Carpio. Los franceses por su parte no creyéndose bastante numerosos, se alejaron para unirse a nuevos refuerzos que aguardaban.
Les llegaron estos de varias partes, y el general Kellermann, reuniendo toda la fuerza que pudo, entre ella 3000 caballos, se mostró el 25 delante del Carpio. El duque del Parque, hasta entonces prudente y afortunado caudillo, descuidose, y en vez de retirarse sin tardanza viendo la superioridad de la caballería, temible en aquella tierra llana, suspendió todo movimiento retrógrado hasta la noche del 26, y entonces lo realizó, aguijado con el aviso de las lástimas de Ocaña; cuya nueva, derramada por el ejército, descorazonó al soldado.
Acción de Alba
de Tormes.
El 28 por la mañana entraron los nuestros en Alba, tristes y ya perseguidos por la vanguardia enemiga. Asentada aquella villa a la derecha del Tormes, comunica con la orilla opuesta por un puente de piedra. El duque del Parque dejó dentro de la población, con negligencia notable, el cuartel general, la artillería, los bagajes, la mayor parte en fin de su fuerza, excepto dos divisiones que pasaron al otro lado. Alegose por disculpa la necesidad de dar de comer a la tropa, fatigada y sin alimento ya hacía muchas horas, como si no se hubiera podido acudir al remedio y con mayor orden poniendo todo el ejército en la orilla más segura, y en disposición de proteger a los encargados de avituallarle.
Esparcidos los soldados por Alba para buscar raciones, y cundiendo la voz de que llegaban los franceses, atropelláronse al puente hombres y bagajes, y casi le barrearon. Pudieron con todo los jefes colocar fuera del pueblo las tropas, y parar la primera embestida de 400 franceses que iban delante, hasta que, aproximándose un grueso de caballería, cargó este nuestra derecha, en donde se hallaba la primera división del mando de Losada y 800 caballos. Arrollados los últimos, huyeron también los infantes que repasaron el Tormes abandonando su artillería. El ala izquierda, que se componía de la vanguardia de Carrera y de parte de la segunda división, se mantuvo firme, Valor de
Mendizábal. y puesto Mendizábal a su cabeza, repelieron nuestros soldados por tres veces a los jinetes enemigos formando el cuadro, y respondieron a fusilazos a la intimación que les hicieron de rendirse. En vano los acometieron otros escuadrones por la espalda: forzados se vieron estos a aguardar a sus infantes, de los que algunos llegaron al anochecer. Mendizábal cruzó con sus intrépidos soldados el puente y tocó gloriosamente la orilla opuesta. Retirada
de los españoles. Allí todo era desorden y atropellamiento con los bagajes y caballería fugitiva. El duque del Parque perdió entonces del todo la presencia de ánimo, y sus tropas, careciendo de órdenes precisas, se alejaron de aquel punto y se repartieron entre Ciudad Rodrigo, Tamames y Miranda del Castañar. Semejante y no calculado movimiento excéntrico salvó al ejército, pues el general Kellermann dejó de perseguirle, incierto de su paradero, y limitándose a dejar ocupada la línea del Tormes volviose a Valladolid. El duque del Parque, al principiar diciembre, sentó su cuartel general en El Bodón, a dos leguas de Ciudad Rodrigo, y echáronse de menos entre dispersión y pelea unos 3000 hombres. Antes de concluirse el mes pasó el duque a San Martín de Trevejo, detrás de sierra de Gata.
Retíranse
los ingleses
del Guadiana
al norte del Tajo.
Con tales desdichas, destruidos o menguados unos tras otros los mejores ejércitos españoles, debieron naturalmente los ingleses, meros espectadores hasta entonces, tomar en su extrema prudencia medidas de precaución. Lord Wellington determinó dejar las orillas del Guadiana y pasar al norte del Tajo, empezando su movimiento en los primeros días de diciembre. Despidiose antes de la junta de Extremadura, y mostrose muy satisfecho «del celo y laborioso cuidado [son sus expresiones] con que aquel cuerpo había proporcionado provisiones a las tropas de su ejército acantonadas en las cercanías de Badajoz.» Dicha junta había sido una de aquellas autoridades contra las que tanto se había clamado pocos meses antes acerca del asunto de abastecimientos, tachándolas hasta de mala voluntad. El testimonio irrecusable de Lord Wellington probaba ahora que la premura del tiempo y la gran demanda fueron causa de la escasez, y no otras reprehensibles miras.
Flaqueza
de la comisión
ejecutiva.
La profunda sima en que la nación se abismaba, consternó a la comisión ejecutiva de la junta central, poniendo a prueba la capacidad y energía de sus individuos. Mas entonces se vio que no basta reconcentrar el poder para que este aparezca en sus efectos vigoroso y pronto, sino que también es preciso que las manos escogidas para su manejo sean ágiles y fuertes. No formando parte de la comisión ninguno de los pocos centrales a quienes se consideraba por su saber como más aptos, o como más notables por los bríos de su condición, escasearon en aquel nuevo cuerpo las luces y el esfuerzo, faltas tanto más graves cuanto los acontecimientos habían puesto a la nación en el mayor estrecho.
Así resultó que al saberse la derrota de Ocaña, quedó la comisión como aturdida y aplanada, no desplegando la firmeza que tanto honró al gobierno español cuando la jornada de Medellín. Redujéronse sus providencias a las más comunes y generales, habiendo en vano nombrado a Romana para recomponer el ejército del centro, tan menguado y perdido; pues aquel general permaneció en Sevilla temeroso quizá de que sus hombros flaqueasen bajo la balumba de tan pesada carga. Para llenar su hueco, a lo menos en ciertas medidas de reorganización, Comisionados
enviados
a La Carolina. partieron camino de La Carolina Don Rodrigo Riquelme y el marqués de Camposagrado, uno individuo de la comisión y otro de la junta, quienes, en unión con el vocal Rabé, debían impulsar la mejora y aumento del ejército, y atender a la defensa de los pasos de la sierra. Repetición de lo que hizo la central al retirarse de Aranjuez, con la diferencia de que ahora no hubo mucho vagar ni espacio.
Tampoco se destruyeron con el nombramiento de la comisión ejecutiva las maquinaciones de los ambiciosos. Volvió a salir a plaza Don Francisco de Palafox, deseoso de erigirse, por lo menos, en lugarteniente de Aragón. Sospechábase que le prestaba su asistencia el conde del Montijo, que, a hurtadillas, se fue de Portugal acercando a Sevilla. Tuvo de ello aviso el gobierno, y Romana, a quien antes no disgustaban tales manejos, ahora que podían perjudicar a los en que él mismo andaba, Prisión
de Palafox
y Montijo. instó para que se aprehendiesen las personas de Palafox y Montijo juntamente con sus papeles. El último fue cogido en Valverde y trasladado a Sevilla, en donde también se arrestó al primero sin que lo impidiese su calidad de central. Metió algún ruido la detención de estos personajes, y mayor hubiera sido a no tenerlos tan desopinados sus continuos enredos. Los acontecimientos que sobrevinieron terminaron en breve la persecución de entrambos.
Manejos
de Romana
y de su hermano
Caro.
Romana, que tanta diligencia ponía en descubrir y cortar las tramas de los demás, no por eso cesaba en alterar con su conducta la paz y buena armonía del gobierno supremo. Favorecía grandemente sus miras su hermano D. José Caro, que a nada menos aspiraba que a ver a su familia mandando en el reino. En la provincia de Valencia, puesta a su cuidado, trabajaba los ánimos en aquel sentido, y con profusión esparció el famoso voto de Romana de 14 de octubre. La junta provincial ayudole mucho en ocasiones, y este cuerpo, provocando unas veces el nombramiento de una regencia exclusiva, desechándolo en otras, vario e inconstante en sus procedimientos, manifestaba que a pesar de su buen celo por la causa de la patria, influían en sus deliberaciones hombres de seso mal asentado.
Don José Caro remitió a las demás juntas una circular, a nombre de la de Valencia, en que, alabando los servicios, el talento, las virtudes de su hermano el marqués de la Romana, se hablaba de la necesidad de adoptar lo que este había propuesto en su voto, y se indicaba a las claras la conveniencia de nombrarle regente. La central, en una exposición que hizo a las juntas, y antes de finalizar noviembre, grave y victoriosamente rechazó los ataques y opinión de la de Valencia, invitando a todas a aguardar la próxima reunión de cortes. Las provincias apoyaron el dictamen de la central, y en Valencia se separaron de Caro varios que le habían estado unidos. Para cortar las disensiones, debió Romana pasar a aquella ciudad, viaje que no verificó, enviando en su lugar a Don Lázaro de las Heras, hechura suya, Tropelías. pues el marqués tomaba a veces por sí resoluciones sin cuidarse de la aprobación de sus compañeros. Las Heras, como era de esperar, procedió en Valencia según las miras de Romana, y atropelló en diciembre y confinó a la isla de Ibiza a Don José Canga Argüelles y a otros individuos de la junta, ahora encontrados en opiniones con el general Caro.
Estado deplorable
de la junta
central.
Pero con estas reyertas y miserias crecían los males de la patria, y la central, en cuyo cuerpo no habían en un principio reinado otras divisiones sino aquellas que nacen de la diversidad de dictámenes, se vio en la actualidad combatida por la ambición y frenéticas pasiones de Palafox, de Romana y sus secuaces, convirtiéndose en un semillero de chismes, pequeñeces y enredos impropios de un gobierno supremo, con lo cual cayó aún más en tierra su crédito y se anticipó su ruina.
Providencias
de la comisión
ejecutiva
y de la junta.
La comisión ejecutiva, cuya alma era el mismo Romana, nada pues de importante obró, poniéndose de manifiesto lo nulo de aquel general para todo lo que era mando. La junta, por su parte, y en el círculo de facultades que se había reservado, animada del buen espíritu de Jovellanos, Garay y otros, acordó algunas providencias no desacertadas, aunque tardías, como fue el aplicar a los gastos de la guerra los fondos de encomiendas, obras pías, y también la rebaja gradual de sueldos, exceptuándose a los militares que defendían la patria.
Proposición
de Calvo
sobre libertad
de imprenta.
En el periodo en que vamos, o poco antes, examinose asimismo en la junta central una proposición de Don Lorenzo Calvo de Rozas sobre la importante cuestión de libertad de imprenta. La junta, ora por la gravedad de la materia, ora quizá para esquivar toda discusión, pasó la propuesta de Calvo a consulta del consejo, el cual, como era natural, mostrose contrario, excepto Don José Pablo Valiente. Extendida la consulta, subió a la central, y esta la remitió a la comisión de cortes, que a su vez la pasó a otra comisión creada bajo el nombre de instrucción pública, corriendo por aquella inacabable cadena de juntas, consejos y comisiones a que siempre ¡mal pecado! se recurrió en España. En la de instrucción pública halló la propuesta de Calvo favorable acogida, leyendo en su apoyo una memoria muy notable el canónigo D. José Isidoro Morales. Mas en estos pasos, idas y venidas, se concluía ya diciembre, y las desgracias cortaron toda resolución en asunto de tan grande importancia.
Modo
de convocarse
las cortes.
Entre tanto se acercaba también el día señalado para convocar las cortes. La comisión encargada de determinar la forma de su llamamiento, tenía ya casi concluidos sus trabajos. No entraremos aquí en los debates que para ello hubo en su seno [cosa ajena de nuestro propósito], ni en los pormenores del modo adoptado para constituirse las cortes, pues retardada por los acontecimientos de la guerra la reunión de estas, nos parece más conveniente suspender hasta el tiempo en que se juntaron el tratar detenidamente de la materia. Solo diremos en este lugar que se adoptó igualdad de representación para todas las provincias de España, debiéndose dividir las cortes en dos cuerpos, el uno electivo y el otro de privilegiados, compuesto de clero y nobleza.
Las convocatorias que entonces se expidieron fueron solo las que iban dirigidas al nombramiento de los individuos que habían de componer la cámara electiva, reservando circular las de los privilegiados para más adelante. Motivó tal diferencia el que en el primer caso se necesitaba de algún tiempo para realizar las elecciones, no sucediendo lo mismo en el segundo, en que el llamamiento había de ser personal. Mas de esta tardanza resultó después, según veremos, no concurrir a las cortes sino los miembros elegidos por el pueblo, quedando sin efecto la formación de una segunda cámara.
Mudanza
de individuos
en la comisión
ejecutiva.
El mismo día que partieron las convocatorias, se mudaron también los tres individuos más antiguos de la comisión ejecutiva conforme a lo prevenido en el reglamento. Eran aquellos el marqués de la Romana, Don Rodrigo Riquelme y Don Francisco Caro, entrando en su lugar el conde de Ayamans, el marqués del Villar y Don Félix Ovalle. Su imperio no fue de larga duración.
Decreto
de la central
para trasladarse
a la Isla de León.
Todo presagiaba su caída y la de la junta central, y todo una próxima invasión de los franceses en las Andalucías. Para no ser cogida tan de improviso como en Aranjuez, dio la junta un decreto en 13 de enero, por el que anunció que debía hallarse reunida el 1.º del mes inmediato en la Isla de León, a fin de arreglar la apertura de las cortes, señalada para el 1.º de marzo, sin perjuicio de que permaneciese en Sevilla algunos días más un cierto número de vocales que atendiese al despacho de los negocios urgentes. Este decreto, en tiempos lejanos de todo peligro, hubiera parecido prudente y aun necesario, pero ahora, cuando tan de cerca amagaba el enemigo, considerose hijo solo del miedo, impeliendo a despertar la atención pública, y a traer hacia los centrales los contratiempos y sinsabores que, como referiremos luego, precedieron y acompañaron al hundimiento de aquel gobierno.
RESUMEN
DEL
LIBRO UNDÉCIMO.
Amenazas de Napoleón acerca de la guerra de España. — Su divorcio con Josefina. — Su casamiento con la archiduquesa de Austria. — Refuerzos que envía a España. — Resolución de invadir las Andalucías. — Sus preparativos. — Los de los españoles. — Los franceses atacan y cruzan la Sierra Morena. — Entran en Jaén y en Córdoba. — Ejército del duque de Alburquerque. — Viene sobre Andalucía. — Retírase de Sevilla la junta central. — Contratiempos en el viaje de sus individuos. — Sospechas de insurrección en Sevilla — Verifícase. — Junta de Sevilla. — Providencias que toma. — Continúan los franceses sus movimientos. — Encuentran en Alcalá la Real la caballería española. — Piérdese en Iznalloz un parque de artillería. — Toma Blake el mando de las reliquias del ejército del centro. — Entran los franceses en Granada. — Avanzan sobre Sevilla. — Se retira Alburquerque camino de Cádiz. — Ganan los franceses a Sevilla. — Preséntase el mariscal Victor delante de Cádiz. — Mortier va a Extremadura. — Baja también allí el 2.º cuerpo. — Va sobre Málaga Sebastiani. — Abello alborota la ciudad. — Éntranla los franceses. — Junta central en la Isla de León. Su disolución. — Decide nombrar una regencia. — Reglamento que le da. — Su último decreto sobre cortes. — Regentes que nombra. — Eligen una junta en Cádiz. — Ojeada rápida sobre la central y su administración. — Padecimientos y persecución de sus individuos. — Idea de la regencia y de sus individuos. — Felicitación del consejo reunido. — Idea de la junta de Cádiz. — Providencias para la defensa y buena administración de la regencia y la junta. — Breve descripción de la Isla gaditana. — Fuerzas que la guarnecen. — Españolas. — Inglesas. — Fuerza marítima. — Recio temporal en Cádiz. — Intiman los franceses la rendición. — La junta de Cádiz encargada del ramo de hacienda. — Sus altercados con Alburquerque. — Deja este el mando del ejército y pasa a Londres. — Impone la junta nuevas contribuciones. — José en Andalucía. — Modo con que le reciben. — Sus providencias. — Vuelve a Madrid. — Nueva invasión de Asturias. — Llano Ponte. — Porlier. — Entra Bonnet en Oviedo. — Evacúa la ciudad. — Ocúpala de nuevo. — Castellar y defensa del puente de Peñaflor. — Bárcena. Retíranse los españoles al Narcea. — Don Juan Moscoso. — El general Arce. — Conducta escandalosa de Arce y del consejero Leiva. — Nueva instalación de la junta general del principado. — Auxilio de Galicia. — Desampara Bonnet a Oviedo. — Se enseñorea por tercera vez de la ciudad. — Estado de Galicia. — Alboroto del Ferrol. Muerte de Vargas. — Mahy, general de las tropas de aquel reino. — Sitio de Astorga. — Capitula. — Licenciado Costilla. — Aragón. — Mina el mozo. — Expedición de Suchet sobre Valencia. — Estado de este reino y de la ciudad. — Malógrasele a Suchet su expedición. — Pozoblanco. — Ventajas de los españoles en Aragón. — Cae prisionero Mina el mozo. — Sucédele su tío Espoz y Mina. — Estado de Cataluña. — Varias acciones. — Bloqueo de Hostalrich. — Va Augereau al socorro de Barcelona. — Descalabro de Duhesme en Santa Perpetua y en Mollet. — Entra Augereau en Barcelona. — O’Donnell nombrado general de Cataluña. — Ejército que junta. — Acción de Vic el 19 de febrero. — Pertinaz defensa de Hostalrich. — Socorre de nuevo Augereau a Barcelona. — Retírase O’Donnell a Tarragona. — Feliz ataque de Don Juan Caro. — Evacúan los españoles a Hostalrich. — El mariscal Macdonald sucede a Augereau en Cataluña. — Parte Suchet a Lérida. — Entran sus tropas en Balaguer. — Sitio de Lérida. — Desgraciada tentativa de O’Donnell para socorrer la plaza. — Entran los franceses en Lérida y ríndese su castillo. — También el fuerte de las Medas. — Sucesos de Aragón. — Sitio de Mequinenza. — La toman los franceses. — Toman también el castillo de Morella. — Cádiz. — Toman los franceses a Matagorda. — Manda Blake el ejército de la isla. — Trasládase a Cádiz la regencia. — Varan en la costa dos pontones de prisioneros. — Trato de estos. — Pasan a las Baleares. Su trato allí. — Resistencia en las Andalucías. — Condado de Niebla. — Serranía de Ronda. — Don José Romero. Acción notable. — Tarifa. — Ejército del centro en Murcia. — Correría de Sebastiani en aquel reino. — Su conducta. — Evacúale. — Partidas de Cazorla y de las Alpujarras. — Extremadura. Ejército de la izquierda. — Romana. — Ballesteros. — Don Carlos O’Donnell. — Decreto de Soult de 9 de mayo. — Otro en respuesta de la regencia de España. — Decreto de Napoleón sobre gobiernos militares. — Une a su imperio los Estados Pontificios y la Holanda. — Inútil embajada de Azanza a París. — Tentativa para libertar al rey Fernando. — Barón de Kolly. — Vida de los príncipes en Valençay. — Préndese a Kolly. — Insidiosa conducta de la policía francesa. — Cartas de Fernando.
HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.