LIBRO UNDÉCIMO.
Amenazas
de Napoleón
acerca
de la guerra
de España.
Nuevos desastres amagaban a España al comenzar el año de 1810. Napoleón, de vuelta de la guerra de Austria, que para él tuvo tan feliz remate, anunció al senado francés «que se presentaría a la otra parte de los Pirineos, y que el leopardo aterrado huiría hacia el mar, procurando evitar su afrenta y su aniquilamiento.» No se cumplió este pronóstico contra los ingleses, ni tampoco se verificó el indicado viaje, persuadido quizá Napoleón de que la guerra peninsular, como guerra de nación, no se terminaría con una ni dos batallas: único caso en que hubiera podido empeñar con esperanza de gloria su militar nombradía.
Su divorcio
con Josefina.
Ocupábanle también por entonces asuntos domésticos que quería acomodar a la razón de estado, y la afición que tenía a su esposa, la emperatriz Josefina, y las buenas prendas que a esta adornaban cedieron al deseo de tener heredero directo, y al concepto tal vez de que enlazándose con alguna de las antiguas estirpes de Europa, afianzaría la de los Napoleones, a cuyo trono faltaba la sólida base del tiempo. Resolvió, pues, separarse de aquella su primera esposa, y a mediados de diciembre de 1809 publicó solemnemente su divorcio, dejando a Josefina el título y los honores de emperatriz coronada.
Su casamiento
con la
archiduquesa
de Austria.
Pensó después en escoger otra consorte, inclinándose al principio a la familia de los zares, mas al fin trató con la corte de Austria y se casó en marzo siguiente con la archiduquesa María Luisa, hija del emperador José II: unión que si bien por de pronto pudo lisonjear a Napoleón, sirviole de poco a la hora del infortunio.
Refuerzos
que envía
a España.
Antes y en el tiempo en que mostró al senado su propósito de cruzar los Pirineos, dio cuenta el ministro de la guerra de Francia del estado de fuerza que había en España, manifestando que para continuar las operaciones militares bastaba completar los cuerpos allí existentes con 30.000 hombres reunidos en Bayona. Pasaron en efecto estos la frontera, y con ellos y otros refuerzos que posteriormente llegaron, ascendió dentro de la península el número de franceses, en el año de 1810 en que vamos, a unos 300.000 hombres de todas armas.
Resolución
de invadir
las Andalucías.
Llamaba singularmente la atención del gabinete de las Tullerías el destruir el ejército inglés, situado ya en Portugal a la derecha del Tajo. Pero el gobierno de José prefería a todo invadir las Andalucías, esperando así disolver la junta central, principal foco de la insurrección española. Por tanto puso su mayor ahínco en llevar a cabo esta su predilecta empresa.
Destináronse para ella los tres cuerpos de ejército 1.º, 4.º y 5.º, con la reserva y algunos cuerpos españoles de nueva formación, en que tenían los enemigos poca fe, constando el total de la fuerza de unos 55.000 hombres. Mandábalos José en persona, teniendo por su mayor general al mariscal Soult, que era el verdadero caudillo.
Sus preparativos.
Sentaron los franceses sus reales el 19 de enero en Santa Cruz de Mudela. A su derecha y en Almadén del Azogue se colocó antes el mariscal Victor con el primer cuerpo, debiendo penetrar en Andalucía por el camino llamado de la Plata. A la izquierda apostose en Villanueva de los Infantes el general Sebastiani, que regía el 4.º y que se preparaba a tomar la ruta de Montizón. Debía atravesar la sierra, partiendo del cuartel general de Santa Cruz, y dirigiendo su marcha por el centro de la línea, cuya extensión era de unas 20 leguas, el 5.º cuerpo del mando del mariscal Mortier, al que acompañaba la reserva guiada por el general Dessolles.
Los franceses así distribuidos y tomadas también otras precauciones, se movieron hacia las Andalucías. No habían de aquel suelo pisado anteriormente sino hasta Córdoba, y la memoria de la suerte de Dupont traíalos todavía desasosegados. Sepáranse aquellas provincias de las demás de España por los montes Marianos, o sea la Sierra Morena, cuyos ramales se prolongan al levante y ocaso, y se internan por el mediodía, cortando en varios valles con otros montes, que se desgajan de Ronda y Sierra Nevada, las mismas Andalucías en donde ya los moros formaron los cuatro reinos en que ahora se dividen: tierra toda ella, por decirlo así, de promisión, y en la que por la suavidad de su temple (* Ap. n. [11-1].) y la fecundidad de sus campos, pusieron los antiguos, según la narración de Estrabón [*] con referencia a Homero, la morada de los bienaventurados, los Campos Elisios.
Los de los
españoles.
Pocos tropiezos tenían los enemigos que encontrar en su marcha. No eran extraordinarios los que ofrecía la naturaleza, y fueron tan escasos los trabajos ejecutados por los hombres, que se limitaban a varias cortaduras y minas en los pasos más peligrosos y al establecimiento de algunas baterías. Se pensó al principio en fortificar toda la línea adoptando un sistema completo de defensa, dividido en provisional y permanente, el primero con objeto de embarazar al enemigo a su tránsito por la sierra, y el segundo con el de detenerle del todo, levantando detrás de las montañas y del lado de Andalucía unas cuantas plazas fuertes que sirviesen de apoyo a las operaciones de la guerra, y a la insurrección general del país. Una comisión de ingenieros visitó la cordillera y aun dio su informe, pero como tantas otras cosas de la junta central, quedose esta en proyecto. También se trató de abandonar la sierra y de formar en Jaén un campo atrincherado, de lo que igualmente se desistió, temerosos todos de la opinión del vulgo que miraba como antemural invencible el de los montes Marianos.
Dio ocasión a tal pensamiento el considerar las escasas fuerzas que había para cubrir convenientemente toda la línea. Después de la dispersión de Ocaña, solo se habían podido juntar unos 25.000 hombres, que estaban repartidos en los puntos más principales de la sierra. Una división, al mando de Don Tomás de Zeráin, ocupaba a Almadén, de donde ya el 15 se replegó acometida por el mariscal Victor. Otra, a las órdenes de Don Francisco Copons, permaneció hasta el 20 en Mestanza y San Lorenzo. Colocáronse tres con la vanguardia en el centro de la línea. De ellas, la 3.ª, del cargo de Don Pedro Agustín Girón, en el puerto del Rey, y la vanguardia, junto con la 1.ª y 4.ª, gobernadas respectivamente por los generales Don José Zayas, Lacy y González Castejón, en la venta de Cárdenas, Despeñaperros, Collado de los Jardines y Santa Elena. Situose a una legua de Montizón, en Venta Nueva ,la 2.ª, a las órdenes de Don Gaspar Vigodet, a la que se agregaron los restos de la 6.ª que antes mandaba Don Peregrino Jácome.
El 20 de enero se pusieron los franceses en movimiento por toda la línea. Su reserva y su 5.º cuerpo dirigiéronse a atacar el puerto del Rey, y el de Despeñaperros, ambos de difícil paso a ser bien defendidos. Por el último va la nueva calzada, ancha y bien construida, abierta en los mismos escarpados de la montaña de Valdazores, y a grande altura del río Almudiel, que, bañándola por su izquierda, corre engargantado entre cerrados montes que forman una honda y estrechísima quebrada. La angostura del terreno comienza a unos 300 pasos de la venta de Cárdenas, yendo de la Mancha a Andalucía, y termina no lejos de las Correderas, casería distante una legua de la misma venta. En este trecho habían los españoles excavado tres minas, levantando detrás, en el collado de los Jardines, una especie de campo atrincherado. Por la derecha de Despeñaperros lleva al puerto del Rey un camino que parte de la venta de Melocotones, antes de llegar a la de Cárdenas; este era el antiguo, mal carretero y en parajes solo de herradura, juntándose después, y más allá de Santa Elena, con el nuevo. Entre ambos hay una vereda que guía al puerto del Muradal, existiendo otras estrechas que atraviesan la cordillera por aquellas partes.
Los franceses
atacan y cruzan
Sierra Morena.
En la mañana del indicado 20 salió del Viso el general Dessolles con la reserva de su mando y además un regimiento de caballería. Dirigiose al puerto del Rey que defendía el general Girón. La resistencia no fue prolongada: los españoles se retiraron con bastante precipitación y del todo se dispersaron en las Navas de Tolosa. Al mismo tiempo la división del general Gazan acometió el puerto del Muradal con una de sus brigadas, y con la otra se encaramó por entre este paso y Despeñaperros, viniendo a dar ambas a las Correderas, esto es, a espalda de los atrincheramientos y puestos españoles. El mariscal Mortier, al frente de la división Girard, con caballería, artillería ligera y los nuevos cuerpos creados por José, pensó en embestir por la calzada de Despeñaperros, y lo ejecutó cuando supo que a su derecha el general Gazan, habiendo arrollado a los españoles, estaba para envolver las posiciones principales de estos. Las minas que en la calzada había reventaron, mas hicieron poco estrago; los enemigos avanzaron con rapidez, y los nuestros, temiendo ser cortados, todo lo abandonaron, como también el atrincheramiento del collado de los Jardines. Perdieron los españoles 15 cañones y bastantes prisioneros, salvándose por las montañas algunos soldados, y tirando otros, con Castejón, hacia Arquillos, en donde luego veremos no tuvieron mayor ventura. Aréizaga, que todavía conservaba el mando en jefe, acompañado de algunos oficiales y cortas reliquias, precipitadamente corrió a ponerse en salvo al otro lado del Guadalquivir. Los franceses llegaron la noche del mismo 20 a La Carolina, y al día siguiente pasaron a Andújar después de haber atravesado por Bailén, cuyas glorias se empañaban algún tanto con las lástimas que ahora ocurrían. El mariscal Soult y el rey José no tardaron en adelantarse hasta la citada villa en donde pusieron su cuartel general.
Llegó también luego a Andújar el mariscal Victor, que desde Almadén no había encontrado grandes tropiezos en cruzar la sierra. La junta de Córdoba pensó ya tarde en fortificar el paso de Mano de Hierro y el camino de la Plata, y en juntar los escopeteros de las montañas. La división de Zeráin y la de Copons tuvieron que abandonar sus respectivas posiciones, y el mariscal Victor, después de hacer algunos reconocimientos hacia Santa Eufemia y Belalcázar, se dirigió sin artillería ni bagajes por Torrecampo, Villanueva de la Jara y Montoro a Andújar, en donde se unió con las fuerzas de su nación que habían desembocado del puerto del Rey y de Despeñaperros. De estas, el mariscal Soult envió la reserva de Dessolles con una brigada de caballería por Linares sobre Baeza, para que se diese la mano con el general Sebastiani, a cuyo cargo había quedado pasar la sierra por Montizón.
Dicho general, aunque no fue en su movimiento menos afortunado que sus compañeros, halló, sin embargo, mayor resistencia. Guarnecía por aquella parte Don Gaspar Vigodet las posiciones de Venta Nueva y Venta Quemada, y las sostuvo vigorosamente durante dos horas con fuerza poco aguerrida e inferior en número, hasta que el enemigo habiendo tomado la altura llamada de Matamulas, y otra que defendió con gran brío el comandante Don Antonio Brax, obligó a los nuestros a retirarse. Vigodet mandó, en su consecuencia, a todos los cuerpos que bajasen de las eminencias y se reuniesen en Montizón, de donde, replegándose con orden y en escalones, empezó luego a desbandársele un escuadrón de caballería que con su ejemplo descompuso también a los otros, y juntos atropellaron y desconcertaron la infantería, disolviéndose así toda la división. Con escasos restos entró Vigodet el 20 de enero, después de anochecido, en el pueblo de Santisteban, y al amanecer, viéndose casi solo, partió para Jaén, a cuya ciudad habían ya llegado el general en jefe Aréizaga y los de división Girón y Lacy, todos desamparados y en situación congojosa.
Sebastiani continuó su marcha, y cerca de Arquillos tropezó el 29 con el general Castejón que se replegaba de la sierra con algunas reliquias. La pelea no fue reñida; caído el ánimo de los nuestros y rota la línea española, quedaron prisioneros bastantes soldados y oficiales, entre ellos el mismo Castejón. El general Sebastiani se puso entonces por la derecha en comunicación con el general Dessolles, y destacando fuerzas por su izquierda hasta Úbeda y Baeza, ocupó hacia aquel lado la margen derecha del Guadalquivir. Lo mismo hicieron por el suyo hasta Córdoba los otros generales, con lo que se completó el paso de la sierra, habiendo los franceses maniobrado sabiamente, si bien es verdad tuvieron entonces que habérselas con tropas mal ordenadas y con un general tan desprevenido como lo era Don Juan Carlos de Aréizaga.
Entran en Jaén
y en Córdoba.
Prosiguiendo su movimiento pasó el general Sebastiani el Guadalquivir y entró el 23 en Jaén, en donde cogió muchos cañones y otros aprestos que se habían reunido con el intento de formar un campo atrincherado. El mariscal Victor entró el mismo día en Córdoba, y poco después llegó allí José. Salieron diputaciones de la ciudad a recibirle y felicitarle, cantose un Te Deum y hubo fiestas públicas en celebración del triunfo. Esmerose el clero en los agasajos, y se admiró José de ser mejor tratado que en las demás partes de España. Detuviéronse los franceses en Córdoba y sus alrededores algunos días, temerosos de la resistencia que pudiera presentar Sevilla, e inciertos de las operaciones del ejército del duque de Alburquerque.
Ejército
del duque
de Alburquerque.
Ocupaba este general las riberas del Guadiana después que se retiró de hacia Talavera, en consecuencia de la rota de Ocaña; tenía en Don Benito su cuartel general. En enero constaba su fuerza en aquel punto de 8000 infantes y 600 caballos, y además se hallaban apostados entre Trujillo y Mérida unos 3100 hombres a las órdenes de los brigadieres Don Juan Senén de Contreras y Don Rafael Menacho; tropa esta que se destinaba, caso que avanzasen los franceses, para guarnecer la plaza de Badajoz, muy desprovista de gente.
Viene sobre
Andalucía.
La junta central, luego que temió la invasión de las Andalucías, empezó a expedir órdenes al de Alburquerque las más veces contradictorias, y en general dirigidas a sostener por la izquierda la división de Don Tomás de Zeráin, avanzada en Almadén. Las disposiciones de la junta, fundándose en voces vagas, más bien que en un plan meditado de campaña, eran por lo común desacertadas. El duque de Alburquerque, sin embargo, deseando cumplir por su parte con lo que se le prevenía, trataba de adelantarse hacia Agudo y Puertollano cuando, sabedor de la retirada de Zeráin, y después de la entrada de los franceses en La Carolina, mudó por sí de parecer y se encaminó la vuelta de la Andalucía, con propósito de cubrir el asiento del gobierno. Este, al fin, y ya apretado, ordenó a aquel hiciese lo mismo que ya había puesto en obra, mas con instrucciones de que acertadamente se separó el general español, disponiendo, contra lo que se le mandaba, que las tropas de Senén de Contreras y Menacho partiesen a guarnecer la plaza de Badajoz.
Con lo demás de la fuerza, esto es, con 8000 infantes y 600 caballos, encaminándose Alburquerque el 22 de enero por Guadalcanal a Andalucía, cruzó el Guadalquivir en las barcas de Cantillana haciendo avanzar a Carmona su vanguardia y a Écija sus guerrillas, que luego se encontraron con las enemigas. La junta central había mandado que se uniesen a Alburquerque las divisiones de D. Tomás Zeráin y de D. Francisco Copons, únicas de las que defendían la sierra que quedaron por este lado. Mas no se verificó, retirándose ambas separadamente al condado de Niebla. La última, más completa, se embarcó después para Cádiz en el puerto de Lepe. Lo mismo lucieron en otros puntos las reliquias de la primera.
Siendo las tropas que regía el duque de Alburquerque las solas que podían detener a los franceses en su marcha, déjase discurrir cuán débil reparo se oponía al progreso de estos, y cuán necesario era que la junta central se alejase de Sevilla si no quería caer en manos del enemigo.
Retírase
de Sevilla
la junta central.
Ya conforme al decreto, en su lugar mencionado, del 13 de enero, habían empezado a salir de aquella ciudad, pasado el 20, varios vocales, enderezándose a la Isla de León, punto del llamamiento. Mas, estrechando las circunstancias, casi todos partieron en la noche del 23 y madrugada del 24, unos por el río abajo y otros por tierra. Contratiempos
en el viaje
de sus individuos. Los primeros viajaron sin obstáculo, no así los otros a quienes rodearon muchos riesgos, alborotados los pueblos del tránsito, que se creían, con la retirada del gobierno, abandonados y expuestos a la ira e invasión enemigas. Corrieron, sobre todo, inminente peligro el presidente, que lo era a la sazón el arzobispo de Laodicea, y el digno conde de Altamira, marqués de Astorga, salvándose en Jerez ellos y otros compañeros suyos como por milagro de los puñales de la turba amotinada.
Sospechas
de insurrección
en Sevilla.
Asegurose que, contando con la inquietud de los pueblos, se habían despachado de Sevilla emisarios que aumentasen aquella y la convirtiesen en un motín abierto para dirigir a mansalva tiros ocultos contra los azorados y casi prófugos centrales. Pareció la sospecha fundada al saberse la sedición que se preparaba en Sevilla, y estalló luego que de allí salieron los individuos del gobierno supremo. De los manejos que andaban tuvo ya noticia el 18 de enero Don Lorenzo Calvo de Rozas, y dio de ello cuenta a la central. Para impedir que cuajaran, mandose sacar de Sevilla a Don Francisco de Palafox y al conde del Montijo, que, aunque presos, se conceptuaban principales promotores de la trama. La apresuración con que los centrales abandonaron la ciudad, el aturdimiento natural en tales casos, y la falta de obediencia estorbaron que se cumpliese la orden.
Verifícase.
Alejado de Sevilla el gobierno, quedaron dueños del campo los conspiradores de aquella ciudad, y el 24 por la mañana amotinaron al pueblo, declarándose la junta provincial a sí misma suprema nacional, lo que dio claramente a entender que en su seno había individuos sabedores de la conjuración. Entraron en la junta además Don Francisco Saavedra, nombrado presidente, el general Eguía y el marqués de la Romana, que no se había ido con sus compañeros, y salía de Sevilla en el momento del alboroto con Mr. Frere, único representante de Inglaterra después de la ausencia del marqués de Wellesley. Agregáronse también a la junta los señores Palafox y conde del Montijo, que al efecto soltaron de la prisión; el último esquivó por un rato acceder al deseo popular, fuese para aparentar que no obraba de acuerdo con los revoltosos, fuese que, según su costumbre, le faltara el brío al tiempo del ejecutar.
Junta de Sevilla.
Creose igualmente una junta militar, que fue la que realmente mandó en los pocos días de la duración de aquel extemporáneo gobierno, y la cual se compuso de los individuos nuevamente agregados. Providencias
que toma. Desde luego nombró esta al marqués de la Romana general del ejército de la izquierda, en lugar del duque del Parque, que destinaba a Cataluña, y encargó el mando del que se llamaba ejército del centro a Don Joaquín Blake. Expidiéronse además a las provincias todo linaje de órdenes y resoluciones que, o no llegaron, o felizmente fueron desobedecidas, pues de otra manera nuevos disturbios hubieran desgarrado a la nación entonces tan acongojada. Quedaron, sin embargo, con el mando, según veremos, los generales Romana y Blake, habiéndose posteriormente conformado el verdadero gobierno supremo con la resolución de la junta de Sevilla.
Procuró esta alentar a los moradores de la ciudad a la defensa de sus hogares, y excitar en sus proclamas hasta el fanatismo de los clérigos y los frailes, que por lo general se mantuvieron quietos. Duró el ruido pocos días, poniendo pronto término la llegada de los franceses. Ya se la temían el conde del Montijo y los principales instigadores de la conmoción, y alejándose aquel el 26 del lugar del peligro, con pretexto de desempeñar una comisión para el general Blake, quedaron los sediciosos sin cabeza, careciendo para defender la ciudad del ánimo que sobradamente habían mostrado para perturbarla. Cierto que Sevilla no era susceptible de ser defendida militarmente, y solo los sacrificios y el valor de Zaragoza hubieran podido contener el torrente de los enemigos, de cuya marcha volveremos a tomar ahora el hilo de la narración.
Continúan
los franceses
sus movimientos.
Dueños los franceses de la margen derecha del Guadalquivir, y habiéndose adelantado el general Sebastiani hasta Jaén, prosiguió este su movimiento para acabar con el ejército del centro, cuyas dispersas reliquias iban en su mayor parte la vuelta de Granada. Por decirlo así no quedaban ya en pie sino unos 1500 jinetes a las órdenes del general Freire, y un parque de artillería compuesto de 30 cañones situado en Andújar. Los oficiales que mandaban dicho parque no recibiendo orden ninguna del general en jefe, juzgaron prudente sabiendo las desventuras de la sierra, pasar el Guadalquivir y encaminarse a Guadix, lo que empezaron a poner en obra sin tener caballería ni infantería que los protegiese. El general Sebastiani al avanzar de Jaén el 26 de enero, tomó con el grueso de su fuerza la dirección de Alcalá la Real, enviando por su izquierda camino de Cambil y Llanos de Pozuelo al general Peyremont con una brigada de caballería ligera. Encuentran
en Alcalá la Real
la caballería
española. El 27, pasado Alcalá la Real, alcanzó Sebastiani la caballería española de Freire que resistió algún tiempo; pero que después fue rota y en parte cogida y dispersa, atacada por un número superior de enemigos, y sin tener consigo infantería alguna que la ayudase. Tocole a la otra columna francesa, que tiró por la izquierda a Cambil, apoderarse de la artillería que dijimos había salido de Andújar.
Caminaba esta con dirección a Guadix a la sazón que el conde de Villariezo, capitán general de Granada, impelido por el pueblo a defenderse, ordenó a los jefes de la artillería indicada que desde Pinos Puente torciesen el camino y viniesen a la ciudad en que mandaba. Obedecieron; pero luego que estuvieron dentro, notando que todo era allí confusión, trataron de salvar sus cañones volviendo a salir de Granada. Desgraciadamente, para continuar su marcha se vieron forzados a tomar un rodeo, retrocediendo al ya mencionado Pinos Puente, pues entonces no era camino de ruedas el de los Dientes de la Vieja, más corto y directo que el otro para Diezma y Guadix. Piérdese
en Iznalloz
un parque
de artillería. Con semejante atraso perdieron tiempo, dando en Iznalloz con los caballos ligeros del general Peyremont; en donde, como no tenían los artilleros españoles infantes ni jinetes que los protegiesen, tuvieron, bien a pesar suyo, que abandonar las piezas y salvarse en los caballos de tiro. Así iba desapareciendo del todo aquel ejército, que dos meses antes inundaba los llanos de la Mancha.
Toma Blake
el mando
de las reliquias
del ejército
del centro.
Por fin, al expirar enero, tomó en Diezma el mando de tan tristes reliquias Don Joaquín Blake, quien, yendo a Málaga de cuartel, de vuelta de Cataluña, recibió en aquel pueblo el nombramiento que le había conferido la Junta de Sevilla. Cediole el puesto sin obstáculo el mismo Don Juan Carlos de Aréizaga, y dio, en efecto, Blake prueba de patriotismo en encargarse en semejantes circunstancias de empleo tan espinoso, sin reparar en la autoridad de que procedía. No había otro cuerpo reunido sino el primer batallón de guardias españolas mandado por el brigadier Otedo; lo demás del ejército reducíase a dispersos de varios cuerpos. Blake retrocedió todavía a Huércal Overa, villa del reino de Granada en los confines de Murcia; y despachando proclamas y órdenes a todas partes, consiguió juntar en los primeros días de febrero hasta unos cinco mil hombres de todas armas; no habiéndosele incorporado otros generales de los que mandaban divisiones en la sierra, sino Vigodet y además Freire con unos cuantos caballos.
Entran
los franceses
en Granada.
El general Sebastiani entró en Granada el 28 de enero. Quiso el pueblo defenderse, mas disuadiéronle los hombres prudentes y los tímidos con capa de tales; también contribuyó a ello el clero, que en estas Andalucías mostrose sobradamente obsequioso a los conquistadores. Se envió una diputación a recibir a Sebastiani; y agregose a este, poco después de su entrada, el regimiento suizo de Reding. Trató el general francés con ceño y palabras airadas a las autoridades españolas, e impuso una gravosísima y extraordinaria contribución.
Avanzan
sobre Sevilla.
Entre tanto, el 1.º y 5.º cuerpo avanzaron por disposición de José hacia Sevilla, tiroteándose el mismo día 28, cerca de Écija, con las guerrillas de caballería del duque de Alburquerque; noticioso este general de que los enemigos avanzaban por El Arahal y Morón, para ponerse en Utrera a su retaguardia, y cortarle así la retirada sobre la Isla gaditana, Se retira
Alburquerque
camino de Cádiz. abandonó a Carmona y comenzó su marcha retrógrada hacia la costa. La caballería y la artillería las envió por el camino real, dirigiendo la infantería por las Cabezas de San Juan y Lebrija para unirse todos en Jerez. Fue tan oportuno este movimiento, que al llegar a Utrera dejose ya ver desde Morón un destacamento enemigo. Tomole, pues, Alburquerque la delantera; y recogiendo en Jerez todas sus fuerzas, pudo entrar al principiar febrero en la Isla de León sin ser particularmente incomodado, y habiendo solo la caballería sostenido en su marcha algunas escaramuzas. Si en esta ocasión hubieran los franceses andado con su acostumbrada presteza, hubieran tal vez podido interponerse entre el ejército español y la Isla gaditana; y muy otra fuera entonces la suerte de aquel inexpugnable baluarte. El duque de Alburquerque contribuyó, en cuanto pudo, a salvar tan precioso rincón, y con él quizá la independencia de España. Por ello justas alabanzas le son debidas.
Ganan
los franceses
a Sevilla.
Los franceses, recelosos en aquellas circunstancias de comprometerse demasiadamente, midieron sus movimientos, anteponiendo a todo el apoderarse de Sevilla, posesión codiciada por sus riquezas y renombre. Presentose a vista de sus muros al finalizar enero el mariscal Victor. De la nueva Junta casi todos los individuos habían desaparecido, por lo que su formación de nada aprovechó, sino de sobresaltar a los pueblos, acrecentar la división de los ánimos, e impedir la salida de cuantiosos e importantes efectos.
Sevilla, ciudad vasta y populosa, y en la que brillan, según se explica en su lenguaje sencillo la crónica de San Fernando, «muchas y grandes noblezas..., las cuales pocas ciudades hay que las tengan», había sido por mandato de la central circunvalada de triples líneas, para cuya guarnición se requerían 50.000 hombres. Invirtiéronse por tanto inútilmente en dicha fortificación muchos caudales, pues no pudiendo defenderse aquel recinto, conforme a las reglas de la milicia, y solo sí acudiendo al patriotismo y brío del vecindario, hubiera debido la central pensar más bien que en fortalecerla regularmente, en entusiasmar los ánimos y cuidar de su disciplina y buena dirección.
Preparábanse los franceses a acometer a Sevilla, cuando el 31 les enviaron de dentro parlamentarios. Querían estos entre varias cosas, que se distinguiese aquella ciudad de las otras en la capitulación, como una de las principales cabeceras de la monarquía, y también hicieron la notable petición de que se convocasen cortes. No accedió el mariscal Victor, como era de presumir, a la última demanda; y en respuesta a las proposiciones que se le presentaron envió una declaración, según la cual, prometía amparo a los habitantes y a la guarnición, como también no escudriñar los hechos ni opiniones contrarias a José, anteriores a aquel día; otorgaba además otras concesiones y señaladamente la de no imponer contribución alguna ilegal: artículo que pronto se quebrantó, o que nunca tuvo cumplimiento.
Accediendo los sevillanos a las condiciones de Victor, entraron los franceses en la ciudad el 1.º de febrero a las 3 de la tarde. La víspera por la noche había salido la escasa guarnición hacia el condado de Niebla a las órdenes del Vizconde de Gand, cuyo camino tomaron también algunos de los más respetables individuos de la antigua Junta provincial, enemigos del desbarato y excesos de los últimos días, los cuales, establecidos en Ayamonte, se constituyeron luego en autoridad legítima de los partidos libres de la provincia.
En Sevilla cogieron los franceses municiones, fusiles, gran número de cañones de aquella magnífica fábrica, y muchos pertrechos militares. Asimismo otra porción de preciosidades y valores, particularmente tabacos y azogues, tan necesarios los últimos para el beneficio de las minas de América, botín que debió el enemigo parte a descuido e imprevisión de la junta central, parte, según apuntamos, a los alborotos y al atropellamiento que en Sevilla hubo.
Preséntase
el mariscal Victor
delante de Cádiz.
Sojuzgada esta ciudad, se encaminó el primer cuerpo francés, a las órdenes de su jefe el mariscal Victor, la vuelta de la Isla gaditana, cuyos alrededores pisó el 5 de febrero. La anterior llegada a aquel punto del duque de Alburquerque previno los hostiles intentos del enemigo, e impidió todo rebate. Parose, pues, Victor a la vista, quedando su cuerpo de ejército destinado a formar el bloqueo. Aprestose en Córdoba la reserva bajo el mando de Dessolles; Mortier va
a Extremadura. y el 5.º, del cargo del mariscal Mortier, después de dejar una brigada en Sevilla, asomó a Extremadura Baja también allí
el 2.º cuerpo. y diose más adelante la mano con el 2.º, que desde el Tajo avanzó a las órdenes del general Reynier. En seguida se encaminó Mortier a Badajoz, y habiendo inútilmente intimado la rendición a la plaza, volvió atrás y estableció en Llerena su cuartel general.
Va sobre Málaga
Sebastiani.
Sebastiani, por su lado, dio a sus operaciones cumplido acabamiento. Tranquilo poseedor de Granada, quiso recorrer la costa, y sobre todo enseñorearse de la rica e importante ciudad de Málaga, con tanta mayor razón cuanto allí se encendía nueva lumbre insurreccional.
Abello alborota
la ciudad.
Era atizador y caudillo un coronel de nombre Don Vicente Abello, natural de la Habana, hombre fogoso y arrebatado, mas falto de la capacidad necesaria para tamaño empeño. Siguió su pendón la plebe, tan enemiga allí como en las demás partes de la dominación extraña. Agregáronse a Abello pocos sujetos de cuenta, asustados con los desórdenes que se levantaron y previendo la imposibilidad de defenderse. Los únicos más notables que se le juntaron fueron un capuchino llamado Fr. Fernando Berrocal, y el escribano San Millán, con sus hermanos; de ellos los hubo que partieron a Vélez-Málaga para sublevar aquella ciudad y su partido. Cometiéronse tropelías, y se empezaron a exigir forzadas y exorbitantes derramas, habiendo embargado y cogido al solo Duque de Osuna unos 50.000 duros. Prendieron a los individuos de la junta del casco de la ciudad, y al anciano general Don Gregorio de la Cuesta, que vivía allí retirado, pero que al fin pudo embarcarse para Mallorca.
Éntranla
los franceses.
El general Sebastiani procediendo de Granada por Loja a Antequera, adelantose el 5 de febrero a Málaga. Al atravesar la garganta llamada Boca del Asno, dispersó una turba de paisanos que en vano quisieron defender el paso, y se aproximó al recinto de la ciudad. Fuera de ella le aguardaba Abello, tan desacertado en sus operaciones militares como en las políticas y económicas. Su gente era numerosa, pero allegadiza, y la mitad sin armas. Al primer choque quedó deshecha, y amigos y enemigos entraron confundidos en la ciudad. Empezó el pillaje, mediaron las autoridades antiguas que había quitado Abello, ofreció Sebastiani suspensión de hostilidades, pero no cesaron estas hasta el día siguiente. Cayeron en poder del general francés intereses públicos y privados, incluso el dinero del duque de Osuna; e impuso además a la ciudad una contribución de doce millones de reales, de que cinco habían de ser pagados al contado.
Don Vicente Abello logró refugiarse en Cádiz, donde padeció larga prisión, de que las cortes le libertaron. El capuchino Berrocal y otros, cogidos en Málaga y en Motril, tuvieron menos ventura, pues Sebastiani los mandó ahorcar. Tratamiento sobradamente duro; porque si bien este general nos ha dicho haberse comportado así, siendo los tales frailes y fanáticos, su razón no nos pareció fundada, pues además de no estar en aquel caso todos los que padecieron la pena indicada, ¿por qué no sería lícito a los eclesiásticos tomar las armas en una guerra de vida o muerte para la patria? Castigáraseles en buen hora, si cometieron otros excesos, mas no por oponerse a la conquista del extranjero.
Junta central en
la Isla del León.
Su disolución.
Al propio tiempo que los franceses se esparcían por las Andalucías y se enseñoreaban de sus principales ciudades, acontecían importantes mudanzas en la Isla de León y en Cádiz. A ambos puntos, como también al Puerto de Santa María, habían llegado, antes de acabarse enero, muchos vocales de la junta central, los cuales se reunieron sin tardanza en la citada Isla de León. La tormenta que habían corrido, la voz pública, los temores de no ser obedecidos, todo en fin los compelió a hacer dejación del mando antes de congregarse las cortes, y a sustituir en su lugar otra autoridad. Decide nombrar
una Regencia. Don Lorenzo Calvo de Rozas formalizó la proposición de que se nombrase una regencia de cinco individuos que ejerciese la potestad ejecutiva en toda su plenitud, quedando a su lado la central como cuerpo deliberante, hasta que se juntasen las cortes. La junta aprobó la primera parte de la proposición y desechó la última; declarando además que sus individuos resignaban el mando, sin querer otra recompensa que la honrosa distinción del ministerio que habían ejercido, y excluyéndose a sí propios de ser nombrados para el nuevo gobierno.
Reglamento
que le da.
También se formó un reglamento que sirviese de pauta a la nueva autoridad, a la que se dio el nombre de Supremo consejo de regencia, y se aprobó un decreto por el que reuniendo todos los acuerdos acerca de la institución y forma de las cortes, ya convocadas para el inmediato marzo, se trataba de hacer sabedor al público de tan importantes decisiones.
En el reglamento, además de los artículos de orden interior, había uno muy notable, y según el cual la regencia «propondría necesariamente a las cortes una ley fundamental que protegiese y asegurase la libertad de la imprenta, y que entre tanto se protegería de hecho esta libertad como uno de los medios más convenientes, no solo para difundir la ilustración general, sino también para conservar la libertad civil y política de los ciudadanos.» Así la central, tan remisa y meticulosa para acordar en su tiempo concesión de tal entidad, imponía ahora en su agonía la obligación de decretarla a la autoridad que iba a ser sucesora suya en el mando. Disponíase igualmente en dicho reglamento que se crease una diputación compuesta de ocho individuos, celadora de la observancia de aquel y de los derechos nacionales. Ignoramos por qué no se cumplió semejante resolución, y atribuimos el olvido al azoramiento de la junta central, y a no ser la nueva regencia aficionada a trabas.
Su último decreto
sobre cortes.
En el decreto tocante a cortes se insistía en el próximo llamamiento de estas, y se mandaba que inmediatamente se expidiesen las convocatorias a los grandes y a los prelados, adoptándose la importante innovación de que los tres brazos no se juntasen en tres cámaras o estamentos separados sino solo en dos, llamado uno popular y otro de dignidades.
Se ocurría también en el decreto al modo de suplir la representación de las provincias que, ocupadas por el enemigo, no pudiesen nombrar inmediatamente sus diputados, hasta tanto que, desembarazadas, estuviesen en el caso de elegirlos por sí directamente. Lo mismo y a causa de su lejanía se previno respecto de las regiones de América y Asia. Había igualmente en el contexto del precitado decreto otras disposiciones importantes y preparatorias para las cortes y sus trabajos. La regencia nunca publicó este documento, motivo por el que le insertamos íntegro en el apéndice.[*] (* Ap. n. [11-2].) Echose la culpa de tal omisión al traspapelamiento que de él había hecho un sujeto respetabilísimo a quien se conceptuaba opuesto a la reunión de las cortes en dos cámaras. Pero habiendo este justificado plenamente la entrega, así de dicho documento como de todos los papeles pertenecientes a la central, en manos de los comisionados nombrados para ello por la regencia, apareció claro que la ocultación provenía no de quien desaprobaba las cámaras o estamentos, sino de los que aborrecían toda especie de representación nacional.
Regentes
que nombra.
La junta central, después de haber sancionado en 29 de enero todas las indicadas resoluciones, pasó inmediatamente a nombrar los individuos de la regencia. Cuatro de ellos debían ser españoles europeos, y uno de las provincias ultramarinas. Recayó pues la elección en Don Pedro de Quevedo y Quintano, obispo de Orense; en Don Francisco de Saavedra, consejero de estado; en el general de tierra Don Francisco Javier Castaños, en el de marina Don Antonio Escaño, y en Don Esteban Fernández de León. El último, por no haber nacido en América, aunque de familia ilustre arraigada en Caracas, y por la oposición que mostró la junta de Cádiz, fue removido casi al mismo tiempo que nombrado, entrando en su lugar Don Miguel de Lardizábal y Uribe, natural de Nueva España. El 2 de febrero era el señalado para la instalación de la regencia; pero, inquieto el público y disgustado con la tardanza, tuvo la central que acelerar aquel acto, y poniendo en posesión a los regentes en la noche del 31 de enero, (* Ap. n. [11-3].) disolviose inmediatamente, dando en una proclama [*] cuenta de todo lo sucedido.
Eligen una junta
en Cádiz.
Al lado de la nueva autoridad, y presumiendo de igual o superior, habíase levantado otra que, aunque en realidad subalterna, merece atención por el influjo que ejerció, particularmente en el ramo de hacienda. Queremos hablar de una junta elegida en Cádiz. Emisarios despachados de Sevilla por los instigadores de los alborotos, y el justo temor de ver aquella plaza entregada sin defensa al enemigo, fueron el principal móvil de su nombramiento. Diole también inmediato impulso un edicto que en virtud de pliegos recibidos de Sevilla publicó el gobernador Don Francisco Venegas, considerando disuelta la junta central y ofreciendo resignar su mando en manos del ayuntamiento, si este quisiese confiarle a otro militar más idóneo. Conducta que algunos tacharon de reprensible y liviana, mas disculpable en tan arduos tiempos.
El ayuntamiento conservó al general Venegas en su empleo, y atento a una petición de gran número de vecinos que elevó a su conocimiento el síndico personero Don Tomás Istúriz, abolió la Junta de defensa que había y trató de que se pusiese otra nueva más autorizada. El establecimiento de esta fue popular. Cada vecino cabeza de casa presentó a sus respectivos comisarios de barrio una propuesta cerrada de tres individuos: del conjunto de todas ellas formose una lista en la que el ayuntamiento escogió 54 vocales electores, quienes a su vez sacaron de entre estos 18 sujetos, número de que se había de componer la junta relevándose a la suerte cada cuatro meses la tercera parte. Se instaló la nueva corporación el 29 de enero con aplauso de los gaditanos, habiendo recaído el nombramiento en personas por lo general muy recomendables.
He aquí, pues, dos grandes autoridades, la regencia y la junta de Cádiz, impensadamente creadas, y otra la junta central abatida y disuelta. Antes de pasar adelante, echaremos sobre las tres una rápida ojeada.
Ojeada rápida
sobre la central
y su
administración.
De la central habrá el lector podido formar cabal juicio, ya por lo que de ella dijimos al tiempo de instalarse, y ya también por lo que obró durante su gobernación. Inclinose a veces a la mejora en todos los ramos de la administración; pero los obstáculos que ofrecían los interesados en los abusos, y el titubeo y vaivenes de su propia política, nacidos de la varia y mal entendida composición de aquel cuerpo, estorbaron las más veces el que se realizasen sus intentos. En la hacienda casi nada innovó, ni en el género de contribuciones, ni en el de su recaudación, ni tampoco en la cuenta y razón. Trató, a lo último, de exigir una contribución extraordinaria directa que en pocas partes se planteó ni aun momentáneamente. Ofreció, sí, por medio de un decreto, una variación completa en el ramo, aproximándose al sistema erróneo de un único y solo impuesto directo. Acerca del crédito público tampoco tomó medida alguna fundamental. Es cierto que no gravó la nación con empréstitos pecuniarios, reembolsándose en general las anticipaciones del comercio de Cádiz o de particulares con los caudales que venían de América u otras entradas; mas no por eso se dejó de aumentar la deuda, según especificaremos en el curso de esta historia, con los suministros que los pueblos daban a las partidas y a la tropa. Medio ruinoso, pero inevitable en una guerra de invasión y de aquella naturaleza.
En la milicia, las reformas de la central fueron ningunas o muy contadas. Siguió el ejército constituido como lo estaba al tiempo de la insurrección, y con las cortas mudanzas que hicieron algunas juntas provinciales, debiéndose a ellas el haber quitado en los alistamientos las excepciones y privilegios de ciertas clases, y el haber dado a todos mayor facilidad para los ascensos.
Continuaron los tribunales sin otra alteración que la de haber reunido en uno todos los consejos, o sean tribunales supremos. Ni el modo de enjuiciar, ni todo el conjunto de la legislación civil y criminal padecieron variación importante y duradera. En la última hubo, sin embargo, la creación temporal del tribunal de seguridad pública para los delitos políticos; creación, conforme en su lugar notamos, más bien reprensible por las reglas en que estribaba, que por funesta en sus efectos.
En sus relaciones con los extranjeros mantúvose la junta en los límites de un gobierno nacional e independiente; y si alguna vez mereció censura, antes fue por haber querido sostener sobradamente y con lenguaje acerbo su dignidad que por su blandura y condescendencias. Quejáronse de ello algunos gobiernos. Pocos meses antes de disolverse declaró la guerra a Dinamarca, motivada por guardar aquel gobierno, como prisioneros, a los españoles que no habían podido embarcarse con Romana; guerra en el nombre, nula en la realidad.
Sobresalió la central en el modo noble y firme con que respondió e hizo rostro a las propuestas e insinuaciones de los invasores, sustentando los intereses e independencia de la patria, sin desesperanzar nunca de la causa que defendía. Por ello la celebrará justamente la posteridad imparcial.
Lo que la perjudicó en gran manera fueron sus desgracias, mayormente verificándose su desistimiento a la sazón que aquellas de todos lados acrecían. Y los pueblos rara vez perdonan a los gobiernos desdichados. Si hubiera la junta concluido su magistratura en agosto después de la jornada de Talavera, e instalado al mismo tiempo las cortes, sus enemigos hubieran enmudecido, o por lo menos faltáranles muchos de los pretextos que alegaron para vituperar sus procedimientos y oscurecer su memoria. Acabó, pues, cuando todo se había conjurado contra la causa de la nación, y a la central echósele exclusivamente la culpa de tamaños males.
Padecimientos
y persecución
de sus individuos.
Irritados los ánimos, aprovecháronse de la coyuntura los adversarios de la junta, y no solo desacreditaron a esta aun más de lo que por algunos de sus actos merecía, sino que, obligándola a disolverse con anticipación y atropelladamente, expusieron la nave del estado a que pereciese en desastrado naufragio, deleitándose, además, en perseguir a los individuos de aquel gobierno, desautorizados ya y desvalidos.
Padecieron más que los otros el conde de Tilly y Don Lorenzo Calvo de Rozas. Mandó prender al primero el general Castaños, y aun obtuvo la aprobación de la central, si bien cuando ya esta se hallaba en la Isla y a punto de fenecer. Achacábase al conde haber concebido en Sevilla el plan de trasladarse a América con una división si los franceses invadían las Andalucías, y se susurró que estaba con él de acuerdo el duque de Alburquerque. Dieron indicio de los tratos mal encubiertos que andaban entre ambos su mutua y epistolar correspondencia y ciertos viajes del duque o de emisarios suyos a Sevilla. De la causa que se formó a Tilly parece que resultaban fundadas sospechas. Este, enfermo y oprimido, murió algunos meses después en su prisión del castillo de Santa Catalina de Cádiz. Como quiera que fuera hombre muy desopinado, reprobaron muchos el mal trato que se le dio, y atribuyéronlo a enemistad del general Castaños. La prisión de Don Lorenzo Calvo de Rozas, exclusivamente decretada por la regencia, tachose con razón de más infundada e injusta, pues con pretexto de que Calvo diese cuentas de ciertas sumas, empezaron por vilipendiarle, encarcelándole como a hombre manchado de los mayores crímenes. Hasta la reunión de las cortes no consiguió que se le soltara.
Escandalizáronse igualmente los imparciales, y advertidos de la orden que se comunicó a todos los centrales, según la cual permitiéndoles «trasladarse a sus provincias, excepto a América, se les dejaba a la disposición del gobierno bajo la vigilancia y cargo especial de los capitanes generales, cuidando que no se reuniesen muchos en una provincia.» No contentos con esto los perseguidores de la junta, lanzaron en la liza a un hombre ruin y oscuro, a fin de que apoyase con su delación la calumnia esparcida de que los ex centrales se iban cargados de oro. Con tan débil fundamento mandáronse, pues, registrar los equipajes de los que estaban para partir a bordo de la fragata Cornelia, y respetables y purísimos ciudadanos viéronse expuestos a tamaño ultraje en presencia de la chusma marinera. Resplandeció su inocencia a la vista de los asistentes y hasta de los mismos delatores, no encontrándose en sus cofres sino escaso peculio y en todo corta y pobre fortuna.
Ayudó a medida tan arbitraria e injusta el celo mal entendido de la junta de Cádiz, arrastrada por encarnizados enemigos de la central y por los clamores de la bozal muchedumbre. La regencia accedió a lo que de ella se pedía, mas procuró antes escudarse con el dictamen del consejo. Este en la consulta que al afecto extendió, repetía su antigua y culpable cantilena de que la autoridad ejercida por los centrales «había sido una violenta y forzada usurpación tolerada más bien que consentida por la nación... con poderes de quienes no tenían derecho para dárselos.» Después de estas y otras expresiones parecidas, el consejo mostrando perplejidad acababa sin embargo por decir que de igual modo que la regencia había encontrado méritos para la detención y formación de causa respecto de Don Lorenzo Calvo de Rozas y del conde de Tilly, se hiciese otro tanto con cuantos vocales resultasen «por el mismo estilo descubiertos», y que así a unos como a otros «se les sustanciasen brevísimamente sus causas y se les tratase con el mayor rigor.» Modo indeterminado y bárbaro de proceder, pues ni se sabía qué significado daba el consejo a la palabra descubiertos, ni qué entendía tampoco por tratar a los centrales con el mayor rigor, admirando que magistrados depositarios de las leyes aconsejasen al gobierno, no que se atuviera a ellas, sino que resolviese a su sabor y arbitrariamente. Dolencia grande la nuestra obrar por pasión o aficiones, mas bien que conforme a la letra y tenor de la legislación vigente: así ha andado casi siempre de través la fortuna de España.
Nos hemos detenido en referir la persecución de los miembros de la junta suprema, no solo por ser suceso importante, recayendo en personas que gobernaron la nación durante catorce meses, sino también con objeto de señalar el mal ánimo de los enemigos de reformas y novedades. Porque el enojo contra la central nacía, no tanto de ciertos actos que pudieran mirarse como censurables, cuanto de la inclinación que mostró aquel cuerpo a mudanzas en favor de la libertad. En esta persecución, como después en la de otros muchos afectos a tan noble causa, partió el golpe de la misma o parecida mano, procurando siempre tapar el dañino y verdadero intento con feas y vulgares acusaciones.
Hubiérase a lo sumo podido tomar cuenta a la junta de su gobernación, pero no atropellando a sus individuos. La regencia, más que todos, estaba interesada en que los respetasen, y en defender contra el consejo el origen legítimo de su autoridad, pues atacada esta lo era también la de la misma regencia, emanación suya. Además, los gobiernos están obligados aun por su propio interés a sostener el decoro y dignidad de los que les han precedido en el mando, si no, el ajamiento de los unos tiene después para los otros dejos amargos.
Idea
de la regencia
y de sus
individuos.
Hablemos ya de la regencia y de los individuos que la componían. No llegó hasta fines de mayo a Cádiz el obispo de Orense, residente en su diócesis. Austero en sus costumbres y célebre por su noble y enérgica contestación cuando le convidaron a ir a Bayona, no correspondió en el desempeño de su nuevo cargo a lo que de él se esperaba, por querer ajustar a las estrechas reglas del episcopado el gobierno político de una nación. Presumía de entendido, y aun ambicionaba la dirección de todos los negocios, siendo con frecuencia juguete de hipócritas y enredadores. Confundía la firmeza con la terquedad, y difícilmente se le desviaba de la senda derecha o torcida que una vez había tomado. Don Francisco Javier Castaños, antes de la llegada del obispo, y aun después, tuvo gran mano en el despacho de los asuntos públicos. Pintámosle ya cual era como general. Antiguas amistades tenían gran cabida en su pecho. Como estadista solía burlarse de todo, y quizá se figuraba que la astucia y cierta maña bastaban aun en las crisis políticas para gobernar a los hombres. Oponíase a veces a sus miras la obstinación del obispo de Orense; pero retirándose este a cumplir con sus ejercicios religiosos, daba vagar a que Castaños pusiese en el intermedio al despacho los expedientes o asuntos que favorecía. En el libro tercero tuvimos ocasión de delinear el carácter y prendas de Don Francisco de Saavedra, hombre dignísimo, mas de corto influjo como regente, debilitada su cabeza con la edad, los achaques y las desgracias. Atendía exclusivamente a su ramo, que era el de marina, Don Antonio Escaño, inteligente y práctico en esta materia y de buena índole. Excusado es hablar de Don Esteban Fernández de León, regente solo horas, no así de su sustituto, Don Miguel de Lardizábal y Uribe, travieso y aficionado a las letras, de cuerpo contrahecho, imagen de su alma retorcida y con fruición de venganzas. Castaños tenía que mancomunarse con él, mas cediendo a menudo a la superioridad de conocimientos de su compañero.
Compuesta así la regencia, permaneció fiel y muy adicta a la causa de la independencia nacional; pero se ladeó y muy mucho al orden antiguo. Por tanto los consejeros, los empleados de palacio, los que echaban de menos los usos de la corte y temían las reformas, ensalzaron a la regencia, y asiéronse de ella hasta querer restablecer ceremoniales añejos y costumbres impropias de los tiempos que corrían.
Felicitación
del consejo
reunido.
El consejo, especialmente, trató de aprovecharse de tan dichoso momento para recobrar todo su poder. Nada al efecto le pareció más conveniente que tiznar con su reprobación todo lo que se había hecho durante el gobierno de las juntas de provincia y de la central. Así se apresuró a manifestarlo el 2 de febrero en su felicitación a la regencia, afirmando que las desgracias habían dependido de la propagación de «principios subversivos, intolerantes, tumultuarios y lisonjeros al inocente pueblo», y recomendando el que se venerasen «las antiguas leyes, loables usos y costumbres santas de la monarquía», instaba porque se armase de vigor la regencia contra los innovadores. Apoyada pues esta en tales indicaciones, y llevada de su propia inclinación, olvidó la inmediata reunión de cortes a que se había comprometido al instalarse.
Idea de la junta
de Cádiz.
La junta de Cádiz, émula de la regencia, y si cabe con mayor autoridad, estaba formada de vecinos honrados, buenos patriotas, y no escasos de luces. Apegada quizá demasiadamente a los intereses de sus poderdantes, escuchaba a veces hasta sus mismas preocupaciones, y no faltó quien imputase a ciertos de sus vocales el sacar provecho de su cargo, traficando con culpable granjería. Pudo quizá en ello haber alguno que otro desliz; pero la verdad es que los más de los individuos de la junta portáronse honoríficamente, y los hubo que sacrificaron cuantiosas sumas en favor de la buena causa. El querer sujetar a regla a los dependientes de la hacienda militar, a los jefes y oficiales de los mismos cuerpos y a todos los empleados, clase en general estragada, acarreó a la junta sinsabores y enconadas enemistades. La entrada e inversión de caudales, sin embargo, se publicó, y pareció muy exacta su cuenta y razón, cuidando con particularidad de este ramo Don Pedro Aguirre, hombre de probidad, imparcial e ilustrado.
Providencias
para la defensa
y buena
administración
de la regencia
y la junta.
Ahora que hemos ya echado la vista sobre la pasada gobernación de la central, y dado idea del comienzo y composición de la regencia y junta de Cádiz, será bien que entremos en la relación de las principales providencias que estas dos autoridades tomaron en unión o separadamente. Empezaron, pues, por las que aseguraban la defensa de la Isla gaditana.
Breve descripción
de la Isla
gaditana.
La naturaleza y el arte han hecho casi inexpugnable este punto: en él se comprenden la Isla de León y la ciudad propiamente dicha de Cádiz. Distan entre sí ambas poblaciones, juntándose por medio de un extendido istmo, dos leguas. Tres tiene de largo toda la Isla gaditana, y de ancho una y cuarto en la parte más espaciosa. La separa del continente el brazo de mar que llaman río de Santi Petri, profundo, y el cual se cruza por el puente de Suazo, así apellidado del Doctor Juan Sánchez de Suazo, que le rehabilitó a principios del siglo XV. El arsenal de la Carraca, situado en una isleta contigua a la misma Isla de León, y formada por el mencionado río de Santi Petri y el caño de las Culebras, quedó también por los españoles. El vecindario de Cádiz, en el día bastante disminuido, no pasa de 60.000 habitantes, y el de la Isla, que está en igual caso, de unos 18.000. La principal defensa natural de la última son sus saladares, que, empezando a poca distancia de Puerto Real, se dilatan por espacio de legua y media hasta el río Zurraque, enlazados entre sí e interrumpidos por caños e impracticables esguazos, de suelo inconstante y mudable. Al sur hay otras salinas, llamadas de San Fernando, rodeando a toda la isla por las demás partes, o el océano, o las aguas de la bahía. En medio de los saladares y caños que hay delante del río de Santi Petri se levanta un arrecife largo y estrecho que conduce al puente de Suazo. En su calzada se practicaron muchas cortaduras y se levantaron baterías que hacían inexpugnable el paso. Al llegar Alburquerque estaban muy atrasados los trabajos; pero este general y sus sucesores los activaron extraordinariamente. Fortificose, en consecuencia, con una línea triple de baterías el frente de ataque del río de Santi Petri, avanzando otras en las mismas ciénagas o lagunajos, y cuidando muy particularmente de poner a cubierto el arsenal de la Carraca y la derecha de la línea, parte la más endeble.
Aun ganada la Isla de León, no pocas dificultades hubieran estorbado al enemigo entrar en Cádiz. Además de varias baterías apostadas en la lengua de tierra que sirve de comunicación a ambas poblaciones, construyose en lo más estrecho de aquella, y bañada por los dos mares, una cortadura en que trabajaron con entusiasmo todos los habitantes, erizada de cañones y de admirable fortaleza, quedando después por vencer las obras del recinto de Cádiz, ejecutadas según las reglas modernas del arte, y que solo presentan un frente de ataque. Fuerzas
que la guarnecen. Para guarnecer punto tan extenso como el de la Isla gaditana y tan lleno de defensas, necesitábase gran número de tropas de tierra y no poca fuerza de mar. Españolas. El ejército de Alburquerque aumentado cada día con los oficiales y soldados dispersos que de las costas aportaban a Cádiz, llegó a contar a últimos de marzo de 14 a 15.000 hombres. Inglesas. También los ingleses enviaron una división compuesta de soldados suyos y portugueses. Pidió aquel socorro a Lord Wellington la junta de Cádiz, por medio del cónsul británico y de Lord Burghest, que al efecto partió a Lisboa antes que se supiese la venida a la isla del duque de Alburquerque. Llegó a ascender en marzo esta fuerza auxiliar a unos 5000 hombres, reemplazando en el mismo mes en el mando de ella a su primer jefe Stewart el general Sir Tomás Graham. La guardia de la plaza de Cádiz se hacía en parte por la milicia urbana y por los voluntarios, cuyos batallones de vistoso aspecto los formaban los vecinos honrados y respetables de la ciudad, constando su número de unos 8000 hombres, inclusos los que se levantaron extramuros y en la Isla de León, servicio que, si bien penoso, era desempeñado con celo y patriotismo, y que descargaba de mucha faena a las tropas regladas.
Fuerza marítima.
Recio temporal
en Cádiz.
Siendo esencial la marina para la defensa de posición tan costanera, fondeaban en bahía una escuadra británica a las órdenes del almirante Purvis, y otra española a las de Don Ignacio de Álava. Padecieron ambas gran quebranto en un recio temporal acaecido en el 6 de marzo y días siguientes: de la inglesa se perdió el navío portugués María, y de la nuestra perecieron otros tres de línea, una fragata y una corbeta de guerra con otros muchos mercantes. Los franceses se portaron en aquel caso inhumanamente, pues en vez de ayudar a los desgraciados que arrastraba a la costa la impetuosidad del viento, hiciéronles fuego con bala roja. Varados los buques en la playa ardieron casi todos ellos. No cesando por eso los preparativos de defensa, se armaron asimismo fuerzas sutiles mandadas por Don Cayetano Valdés, que vimos herido allá en Espinosa. Eran estas de grande utilidad, pues arrimándose a tierra e internándose a marea alta por los caños de las salinas, flanqueaban al enemigo y le incomodaban sin cesar.
Cuando se supo que los franceses avanzaban, comenzose, aunque tarde, a destruir y desmantelar todas las baterías y castillos que guarnecían la costa desde Rota y se extendían bahía adentro por Santa Catalina, Puerto de Santa María, río de San Pedro, Caño del Trocadero y Puerto Real, pues Cádiz estaba más bien preparado para resistir las embestidas de mar que las de tierra, siendo dificultoso vaticinar que tropas francesas descolgándose del Pirineo y atravesando el suelo español se dilatarían hasta las playas gaditanas.
Intiman
los franceses
la rendición.
Confiados los franceses en esto, en el descuido natural de los españoles, y en el desánimo que produjo la invasión de las Andalucías, miraban a Cádiz como suyo, y en ese concepto intimaron la rendición a la ciudad y al ejército mandado por el duque de Alburquerque. Para el primer paso se valieron de ciertos españoles parciales suyos que creían gozar de opinión e influjo dentro de la plaza, los cuales el 6 de febrero hicieron desde el Puerto de Santa María la indicada intimación. La junta superior contestó a ella, con la misma fecha, sencilla y dignamente, diciendo: «La ciudad de Cádiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro rey que al señor Don Fernando VII.» Aunque más extensa, igualmente fue vigorosa y noble la respuesta que dio sobre el mismo asunto al mariscal Soult el duque de Alburquerque. De consiguiente, por ambos lados se trabajó desde entonces con grande ahínco en las obras militares: los franceses, para abrigarse contra nuestros ataques y molestarnos con sus fuegos; nosotros, para acabar de poner la Isla gaditana en un estado inexpugnable. Así, pues, corrió el mes de febrero sin choque ni suceso alguno notable.
La junta de Cádiz
encargada
del ramo
de hacienda.
Tales y tan extensos medios de defensa pedían por parte de los españoles recursos pecuniarios, y método y orden en su recaudación y distribución. La regencia solo podía contar con las entradas del distrito de Cádiz y con los caudales de América. Difícil era tener aquellas si la junta no se prestaba a ello, y aún más difícil aumentar sin su apoyo las contribuciones, no disfrutando el gobierno supremo dentro de la ciudad de la misma confianza que los individuos de aquella corporación, naturales del suelo gaditano o avecindados en él hacía muchos años.
Obvias reflexiones que sobre este asunto ocurrieron, y el triste estado del erario promovieron la resolución de encargar a la junta superior de Cádiz la dirección del ramo de hacienda. Desaprobaron muchos, particularmente los rentistas, semejante determinación, y sin duda a primera vista parecía extraño que el gobierno supremo se pusiera, por decirlo así, bajo la tutoría de una autoridad subalterna. Pero siendo la medida transitoria, deplorable la situación de la hacienda y arraigados sus vicios, los bienes que resultaron aventajáronse a los males, habiendo en los pagamentos mayor regularidad y justicia. Quizá la junta mostrose a veces algún tanto mezquina, midiendo el orden del estado por la encogida escala de un escritorio; mas el otro extremo de que adolecía la administración pública perjudicaba con muchas creces al interés bien entendido de la nación. (* Ap. n. [11-4].) Adoptose en seguida, para la buena conformidad y mejor inteligencia, un reglamento [*] que mereció en 31 de marzo la aprobación de la regencia.
Sus altercados
con
Alburquerque.
Ya antes, si bien no con tanta solemnidad, estaba encargada del ramo de hacienda, habiéndose suscitado entre ella y varios jefes militares, principalmente el duque de Alburquerque, desazones y agrios altercados. Escuchó tal vez el último demasiadamente las quejas de los subalternos avezados al desorden, y la junta no atendió del todo en sus contestaciones al miramiento y respetos que se debían al duque. Deja este
el mando
del ejército
y pasa a Londres. Esto y otros disgustos fueron parte para que dicho jefe dejase el mando del ejército de la isla al acabar marzo, nombrándole la regencia embajador en Londres. En aquella capital escribió más adelante un manifiesto muy descomedido contra la junta de Cádiz, la cual, aunque en defensa propia, replicó de un modo atrabilioso y descompuesto. Contestación que causó en el pundonoroso carácter del duque tal impresión que a pocos días perdió la razón y la vida; fin no debido a sus buenos servicios y patriotismo.
Impone la junta
nuevas
contribuciones.
Entre no pocos afanes y obstáculos la junta de Cádiz continuó con celo en el desempeño de su encargo. Impuso una contribución de cinco por ciento de exportación a todos los géneros y mercadurías que saliesen de Cádiz, y un veinte por ciento a los propietarios de casas, gravando además en un diez a los inquilinos. Con estos y otros arbitrios, y sobre todo con las remesas de América y buena inversión, no solo se aseguraron los pagos en Cádiz y la isla, y se cubrieron todas las atenciones, sino que también se enviaron socorros a las provincias.
Afianzada así la defensa de aquellos dos puntos tan importantes, convirtiéronse sus playas en baluarte incontrastable de la libertad española.
José
en Andalucía.
José había en todo este tiempo recorrido las ciudades y pueblos principales de las Andalucías, recreándose tanto en su estancia que la prolongó hasta entrado mayo. Cuidaba Soult del mando supremo del ejército que apellidaron del mediodía, el cual constaba de las fuerzas ya indicadas al hablar del paso de la Sierra Morena. Modo con que
le reciben. Acogieron los andaluces a José mejor que los moradores de las demás partes del reino, y festejáronle bastantemente, por cuyo buen recibimiento premió a muchos con destinos y condecoraciones, y expidió varios decretos en favor de la enseñanza y de la prosperidad de aquellos pueblos. Nombró para establecer su gobierno y administración en las provincias recién conquistadas comisarios regios, cuyas facultades a cada paso eran restringidas por el predominio y arrogancia de los generales franceses. Manifestó José en Sevilla su intención de convocar cortes en todo aquel año de 1810, para lo que en decreto de 18 de abril dispuso que se tomase conocimiento exacto de la población de España. Sus providencias. Por el mismo tiempo trató igualmente de arreglar el gobierno interior de los pueblos, y distribuyó el reino en treinta y ocho prefecturas, las cuales se dividían a su vez en subprefecturas y municipalidades, remedando o más bien copiando, en esto y en lo demás del decreto publicado al efecto, la administración departamental de Francia. Providencia que, habiendo tomado arraigo, hubiera podido mejorar la suerte de los pueblos; pero que en algunos no se estableció, desapareciendo en los más lo benéfico de la medida con los continuos desmanes de las tropas extranjeras. La milicia cívica, ya decretada por José en julio de 1809, y en la que se negaban por lo general a entrar los habitantes de otras partes, disgustó menos en Andalucía donde hubo ciudades que se prestaron sin repugnancia a aquel servicio.
Por ello, y por el modo con que en aquellos reinos había sido recibido el intruso, motejaron acerbamente a sus habitadores los de las otras provincias de España, tachando a aquellos naturales de hombres escasos de patriotismo y de condición blanda y acomodaticia. Censura infundada, porque las Andalucías, singularmente el reino de Granada, no solo habían hecho grandes sacrificios en favor de la causa común, sino que, igualmente al tiempo de la invasión, estuvieron muy dispuestos a repelerla. Faltoles buena guía, estando abatidas y siendo de menguado ánimo sus propias autoridades. Cierto es que en estas provincias era mayor que en otras el número de indiferentes y de los que anhelaban por sosiego, lo cual en gran parte pendía de que, atacado tarde aquel suelo, considerábase a España como perdida, y también de que, habiendo los habitantes sido de cerca testigos de los errores y aun injusticias de los gobiernos nacionales, ignoraban los perjuicios y destrozos de la irrupción y conquista extranjera, males que no habían por lo general experimentado, como lo demás del reino. Desengañados pronto, empezaron a rebullir, y las montañas de Ronda y otras comarcas mostraron no menos bríos contra los invasores que las riberas del Llobregat y del Miño.
Vuelve a Madrid.
Las delicias y el temple de Andalucía, que recordaban a José su mansión en Nápoles, hubieran tal vez diferido su vuelta a Madrid, si ciertas resoluciones del gabinete de Francia no le hubiesen impelido a regresar a la capital, en donde entró el 13 de mayo: resoluciones importantes, y en cuyo examen nos ocuparemos luego que hayamos contado los movimientos que hicieron los franceses en otras provincias de España, algunos de los cuales concurrieron con los de las Andalucías.
Nueva invasión
de Asturias.
Tales fueron los que ejecutaron sobre Asturias y Valencia, juntamente con el sitio de Astorga. Tomó el primero a su cargo el general Bonnet. Manteníase aquel principado como desguarnecido, después que, al mando de Don Francisco Ballesteros, se alejó de sus montañas la flor de sus tropas. Quedaban 4000 soldados escasos en la parte oriental, hacia Colombres, y 2000 de reserva en las cercanías de Oviedo; sin contar con unos 1000 hombres de Don Juan Díaz Porlier, quien antes de esta invasión de Asturias, abriendo portillo por medio de los enemigos, recorrió el país llano de Castilla, tocó en La Rioja, y divirtiendo grandemente la atención de los franceses, tornó en seguida a buscar abrigo en las asperezas de donde se había descolgado. Linaje de empresas que perturbaban al enemigo, y diferían por lo menos, si no trastrocaban, sus premeditados planes.
Llano Ponte.
Continuaban mandando en el principado el general Don Antonio Arce y la junta nombrada por Romana; permaneciendo al frente de la línea de Colombres D. Nicolás de Llano Ponte. Este, no más afortunado ahora que lo había sido en la campaña de Vizcaya, cejó sin gran resistencia cuando, en 25 de enero, le atacaron 6000 franceses a las órdenes del general Bonnet. Los españoles, en verdad inferiores en número, solo hubieran podido sacar ventaja de algunos sitios favorables por su naturaleza. Forzaron los enemigos el puente de Purón, en donde nuestra artillería, bien servida, les causó estrago. Llano Ponte replegose precipitadamente hacia el Infiesto, y el general Arce con las demás autoridades evacuaron a Oviedo, haciendo alto por de pronto en las orillas del Nalón.
Porlier.
Alteró algún tanto el gozo de los invasores la intrepidez de Don Juan Díaz Porlier, quien, noticioso de la irrupción francesa en Asturias, metiose en lo interior del Principado, viniendo de las faldas meridionales de sus montañas, en donde estaba apostado. Atacó por la espalda las partidas sueltas de los enemigos, cogió a estos bastantes prisioneros, y caminando la vuelta de la costa por Gijón y Avilés, se situó descansadamente en Pravia, a la izquierda de las tropas y dispersos que se habían retirado con el general Arce. Imitaron a Porlier Don Federico Castañón y otros partidarios que se colocaron en el camino real de León, por cuyo paraje con sus frecuentes acometidas molestaban a los contrarios.
Entra Bonnet
en Oviedo.
El general Bonnet ocupó a Oviedo el 30 de enero, de cuya ciudad, como en la primera invasión, habían salido las familias más principales. En esta entrada se portó aquel general con sobrada dureza, habiendo ejecutado algunos actos inhumanos: amansose después y gobernó con bastante justicia, en cuanto cabe al menos en un conquistador hostigado incesantemente por una población enemiga.
Evacúa la ciudad.
A pocos días de estar en Oviedo, temeroso Bonnet de los movimientos de Porlier y demás partidarios, desamparó la ciudad y se reconcentró en la Pola de Siero. Confiados demasiadamente los jefes españoles con tan repentina retirada, avanzaron de sus puestos del Nalón, se posesionaron de Oviedo, y apostaron en el puente de Colloto la vanguardia mandada por Don Pedro Bárcena. Los franceses, que no deseaban sino ver reunidos a los nuestros, para acabar con ellos más fácilmente por la superioridad que les daba en ordenada batalla su práctica y disciplina, Ocúpala
de nuevo. revolvieron el 14 de febrero sobre las tropas españolas, y atropellándolo todo recuperaron a Oviedo y asomaron el 15 a Peñaflor, en cuyo puente los detuvieron algunos paisanos, Castellar
y defensa
del Puente
de Peñaflor. mandados animosamente por el oficial de estado mayor Don José Castellar, que ya se señaló allá, en San Payo, y ahora quedó aquí herido.
Bárcena.
Retíranse
los españoles
al Narcea.
Don Pedro Bárcena, volviendo también a reunir su gente, a la que se agregaron otros dispersos, rechazó a los franceses en Puentes de Soto, y se sostuvo allí algún tiempo. Pero al fin, amenazándole continuamente enemigos numerosos, juzgó prudente recogerse a la línea del Narcea, quedando solo sobre la izquierda, en Pravia, orillas del Nalón, Don Juan Díaz Porlier. Encomendose entonces el mando del ejército de operaciones al mencionado Bárcena, hombre sereno y de gran bizarría. Don Juan
Moscoso. Ayudaba en todo con sus consejos y ejemplo el coronel Don Juan Moscoso, jefe de estado mayor, que en el arte de la guerra era entendido y aun sabio.
El general Arce.
El general Arce, amilanado a la vista de los peligros de una invasión que le cogía desprevenido, resolviose a dejar el mando de la provincia; mas antes, con intento de poder alegar que estaba concluida la comisión que le había llevado allí, determinó restablecer la junta constitucional que Romana a su antojo había destruido, y para ello ordenó que los concejos nombrasen, según lo hicieron, diputados que concurriesen a formar la citada corporación; desmoronándose de este modo la obra levantada por Romana, obra de desconcierto y arbitrariedad.
Conducta
escandalosa
de Arce y del
consejero Leiva.
Como quiera que fuese loable la medida de Arce, mirose esta como nacida de las circunstancias, más bien que del buen deseo de deshacer una injusticia y de granjearse las voluntades de los asturianos. Dio fuerza a la opinión que acerca de su partida enunciamos, el que dicho general y su compañero de comisión, el consejero Leiva, se llevaron consigo, so color de sueldos atrasados, 16.000 duros. Paso que debe severamente condenarse en un tiempo en que el hacendado y hasta el hombre del campo, se privaban de sus haberes por alimentar al soldado, a veces en apuros y en extrema desdicha.
Nueva instalación
de la junta
general
del Principado.
La nueva junta se instaló en Luarca el 4 de marzo, y no desmayando con la ausencia de Don Antonio Arce, nombró en su lugar a Don José Cienfuegos, general de la provincia e hijo suyo; formando al mismo tiempo un consejo de guerra, con cuyo acuerdo se dirigiesen las operaciones militares.
Auxilio
de Galicia.
De Galicia llegó luego, en auxilio de Asturias, una corta división de 2000 hombres, con lo que, alentados los jefes, determinaron atacar el 19 de marzo a las tropas francesas. Hízose así acometiendo el grueso de nuestra fuerza del lado del puente de Peñaflor al mismo tiempo que se llamaba por la derecha la atención del enemigo, y que Porlier por la izquierda, embarcándose en la costa, caía sobre las espaldas a la orilla opuesta del Nalón. Desampara
Bonnet a Oviedo. Ejecutada con ventura la maniobra, evacuó Bonnet a Oviedo y no paró hasta Cangas de Onís; así para reforzarse, como también para ir en busca de acopios y pertrechos de guerra, que solo muy escoltados podían llegar a su ejército.
Se enseñorea
por tercera vez
de la ciudad.
Con mayor circunspección que en la ocasión anterior se adelantaron esta vez los nuestros, sacando además de Oviedo todos los útiles de la fábrica de armas. Precaución tanto más oportuna, cuanto Bonnet engrosado y de refresco tornó en breve y obligó a los nuestros a retirarse, enseñoreándose por tercera vez de la capital el 29 del mismo marzo. Los españoles se recogieron entonces a su antigua línea del Nalón, poniendo su derecha en el Padrún, camino real de León, y su izquierda en Pravia.
Ni aun allí los dejaron quietos por largo tiempo los franceses, teniendo que refugiarse, después de varios y reñidos choques, las tropas de Asturias y Porlier a Tineo y Somiedo, y la división gallega al Navia. Prosiguieron durante abril los reencuentros, sin que les fuese dable a los enemigos dominar del todo el Principado.
Estado
de Galicia.
La ocupación de este no se hubiera prolongado a haber puesto la junta del reino de Galicia mayor esmero en cooperar a que se evacuase. Dicha autoridad se hallaba instalada desde el mes de enero, y si bien contaba entre sus individuos hombres de conocido celo e ilustración, no desplegó sin embargo la conveniente energía, desaprovechando los muchos recursos que ofrecía provincia tan populosa. Así, ni aumentó en estos meses considerablemente su ejército, ni tampoco se atrevió al principio a poner debido coto a los atrevimientos y oposición de la junta subalterna de Betanzos, harto desmandada.
Alboroto
del Ferrol.
Muerte
de Vargas.
Con las reyertas que de aquí y de otras partes nacían, no solo se descuidaban los asuntos de la guerra, únicos entonces de urgencia, sino que se dio margen a que en el mes de febrero gente aviesa suscitase en el Ferrol un alboroto. Fue en él víctima del furor popular el comandante de arsenales Don José María de Vargas, sirviendo de pretexto para el motín los atrasos que se debían a la maestranza. Restablecido el sosiego, formose causa a algunas personas, y castigose con el último suplicio a una mujer del pueblo que se probó haber sido la que primero acometió e hirió al desgraciado Vargas.
La junta de Galicia, disculpándose además, para no ayudar a Asturias, con los temores de que los franceses invadiesen su propio suelo por el lado de Astorga, cuya ciudad amenazaban y sitiaron luego, desatendió las reclamaciones de aquella provincia, ni convino tampoco en adoptar la proposición que su junta le hizo de nombrar de acuerdo ambas corporaciones un mismo jefe militar; puesto que la regencia a causa de la distancia no podía con prontitud acudir al remedio de los males que causaba la división.
Mahy, general
de las tropas
de aquel reino.
Solo el general Mahy, a quien se había confiado el mando superior de las tropas de Galicia, procuró por sí y en cuanto pudo auxiliar al principado. Mas el asedio de Astorga, y tener que cubrir el Bierzo, obligábanle a permanecer en Lugo y Villafranca con las principales fuerzas de su ejército, que eran poco considerables.
Sitio de Astorga.
No le incomodaron, sin embargo, tanto como temiera los franceses, cuya mira se enderezaba a Portugal; habiéndolos también detenido la defensa de Astorga, más porfiada de lo que permitía la flaqueza de sus fortificaciones. Ciudad aquella antigua, nunca fue plaza en los tiempos modernos, cercándola un muro viejo flanqueado de medios torreones. Tres arrabales facilitaban su acceso, careciendo de foso, estacada y de toda obra exterior. La población, antes de 600 vecinos, ahora menguada con sus muchos padecimientos. En el intermedio que corrió desde el anterior ataque del pasado octubre hasta el de esta primavera del año de 1810, se trató de mejorar el estado de sus defensas, fortaleciendo principalmente el arrabal de Reitibia con fosos, estacadas, cortaduras y pozos de lobo. Se formaron cuadrillas de paisanos, y la guarnición ascendía a unos 2800 hombres. Continuaba siendo gobernador Don José María de Santocildes.
En febrero estaban los franceses alojados en las riberas del Órbigo, hacia donde los nuestros, para aumentar el repuesto de sus víveres, extendían las correrías. El 11 del mes el general Loison, con 9000 hombres y seis piezas de campaña, se presentó delante de la ciudad, haciendo el 16 intimación de rendirse. Contestó a ella negativamente Santocildes, y entonces el general francés se alejó de la plaza, sin que por eso cesasen sus guerrillas de tirotearse diariamente con las nuestras. Así se prosiguió hasta que el 21 de marzo pensaron los franceses en formalizar el sitio.
Habíase arrimado hacia aquella parte el general Junot, duque de Abrantes, encargado del mando del 8.º cuerpo, vuelto a formar de nuevo, y uno de los que habían de componer el ejército que Napoleón destinaba contra los ingleses de Portugal. Habiéndose Santocildes opuesto a recibir un pliego que Junot le expidiera, comenzó desde luego este los trabajos del sitio. Impidieron su progreso los cercados, y aun el 26 rechazaron una tentativa de los sitiadores sobre el arrabal de Reitibia. Escaseaban los españoles de cañones, y los que había solo eran de menor calibre; carecíase también de municiones; abundaba, sí, el entusiasmo de la tropa y del paisanaje. Por ambos lados se escaramuzaba sin cesar, manteniendo los sitiados la esperanza de ser socorridos por el general Mahy, que permanecía en el Bierzo, cuyas avenidas observaban atentamente los franceses, trabándose a veces pelea entre unos y otros.
Mientras tanto, concluida el 19 de abril la batería de brecha, rompieron los enemigos el fuego en el siguiente día con piezas de grueso calibre, y se dirigieron contra la puerta de Hierro, por donde aportillaron el muro. Con las granadas se incendió la catedral, quemándose parte de ella y varias casas contiguas. El vecindario y la guarnición se defendían con serenidad y denuedo. Practicable a poco tiempo la brecha, aunque Junot intimó por segunda vez la rendición, amenazando pasar a cuchillo soldados y moradores, se desechó su propuesta y se prepararon todos a repeler el asalto. Emprendiéronle los enemigos, embistiendo a la misma sazón que la brecha abierta en la puerta de Hierro, el arrabal de Reitibia. Duró el ataque desde la mañana hasta después de oscurecido. Los sitiados rechazaron con el mayor valor todas las acometidas sin que los franceses consiguiesen entrar la ciudad. Capitula. Vecinos y militares se mostraban resueltos a insistir en la defensa, mas desgraciadamente era imposible. Ya no quedaban sino 24 tiros de cañón, pocos de fusil; estando además desfogonadas las piezas y rotas sus cureñas. En tal angustia, reunidas las autoridades, determinaron la entrega. Solo en el ayuntamiento hubo un anciano de más de 60 años, y de nombre el licenciado Costilla, Licenciado
Costilla. imagen por su esfuerzo de los antiguos varones de León, que levantándose de su asiento prorrumpió en las siguientes y enérgicas palabras: «Muramos como numantinos.»
Decidida la rendición, se posesionaron los enemigos de Astorga el 22 de abril, en virtud de capitulación honrosa. Computose la pérdida que experimentamos en aquel sitio en 200 hombres; superior la de los contrarios.
De esta manera, los franceses de Castilla asegurando poco a poco su flanco derecho, y teniendo en suspenso las provincias del norte mientras José ocupaba las Andalucías, se disponían al propio tiempo, según veremos en el libro próximo, a invadir a Portugal.
Aragón.
Por su lado Suchet trató en Aragón de llamar igualmente la atención de los españoles moviéndose hacia Valencia. Antes había este general ocupádose en sosegar su provincia y sobre todo Navarra, cuyo reino bastantemente tranquilo en un principio, comenzó a rebullir en tanto grado que con trabajo transitaban los correos franceses, y apenas era reconocida la autoridad intrusa fuera de la plaza de Pamplona. Mina el mozo. Mina el mozo causaba tamaña mudanza. Obedecido por todas partes, y nunca descubierto ni vendido, dominaba la comarca y aun obligó en enero al gobernador de Navarra a entrar con él en tratos para el canje de prisioneros.
Disgustado el gobierno francés con tener a sus puertas tan osado enemigo, encomendó al general Suchet el restablecimiento de la tranquilidad en Navarra. Burló Mina por algún tiempo con su diligencia y maña los intentos de los franceses, y especialmente los del general Harispe, encargado en particular de perseguirle. Acosado al fin, no solo por este, sino también por tropas que se destacaron de hacia Logroño, y otras que salieron de Pamplona, desbandó su gente y ocultó sus armas, aguardando reunir de nuevo aquella luego que los enemigos le dejasen algún respiro. La osadía de Mina era tal que, aun después, yendo Suchet a Pamplona con objeto de arreglar la administración francesa, bastante desordenada, disfrazose de paisano y se metió cerca de Olite en un grupo deseoso de ver pasar en el tránsito al general su contrario. Arrojo a que también impelía la seguridad con que era dado recorrer la tierra a los españoles que guerreaban contra los franceses.
Expedición
de Suchet
sobre Valencia.
El general Suchet, compuestas las cosas de Navarra, y llegando allí de Francia nuevas tropas, tornó a Aragón disponiéndose a invadir el reino de Valencia. Proyecto que le fue indicado por el príncipe de Neufchatel, quien, finalizada la campaña de Austria, volvió a desempeñar el empleo de mayor general de los ejércitos franceses en España, no obstante el mando en jefe dado al rey José: complicación de supremacías que causaba, por decirlo de paso, encontradas resoluciones, señaladamente en las provincias rayanas de Francia. Modificáronse, al parecer, por otras posteriores las primeras insinuaciones que respecto a Valencia había hecho el príncipe de Neufchatel; pero no pudiendo tampoco las últimas calificarse de órdenes positivas, prefirió Suchet someterse a una terminante y clara que recibió del intruso, escrita en Córdoba el 27 de enero, según la cual se le prevenía que marchase rápidamente la vuelta del Guadalaviar. No llegó el pliego a manos de Suchet hasta el 15 de febrero, siendo dificultosa la travesía por hormiguear los guerrilleros.
Resuelto el general francés a la empresa, dejó en Aragón alguna fuerza que amparase las comarcas más amenazadas por los partidarios, y fortaleció varios puntos. Tres divisiones, en que se distribuían las reliquias del ejército español de Aragón después de la dispersión de Belchite, llamaban con particularidad su atención. Era una la que estaba a las órdenes de Don Pedro Villacampa, situada cerca de Villel, partido de Teruel, en un campo atrincherado, del que no sin trabajo la desalojó el general polaco Chlopicki; otra, la que cubría la línea del Algas, regida por Don Pedro García Navarro, que luego pasó a Cataluña; y la última, la que andaba entre el Cinca y Segre a cargo de Don Felipe Perena; divisiones todas no muy bien pertrechadas, pero que contaban unos 13.000 hombres.
Ascendiendo ahora el primer cuerpo enemigo, con los refuerzos venidos de Francia, a 30.000 combatientes, érale a Suchet más fácil tener en respeto a los aragoneses, asegurar las diversas comunicaciones y partir a su expedición de Valencia, para la cual llevó de 12 a 14.000 soldados escogidos.
Empezó pues a realizar su plan, y el 25 de febrero llegó en persona a Teruel. En consecuencia, el general Habert, con una columna de cerca de 5000 hombres, se dirigió el 27 sobre Morella, debiendo continuar por San Mateo y la costa, y casi al propio tiempo, con la división de Laval y la brigada de Paris, componiendo en todo unos 9000 soldados, partió de Teruel, siguiendo la ruta de Segorbe, el mismo Suchet. Al ponerse en marcha, recibió de París la orden por duplicado [habiendo sido interceptada la primera] de desistir de la expedición de Valencia y formalizar los sitios de Lérida y Mequinenza; pero tarde ya para variar de rumbo, a pesar de la responsabilidad en que incurría, llevó adelante su propósito.
Estado
de este reino
y de la ciudad.
La fama de la inminente invasión llegó muy en breve a la ciudad de Valencia, en donde con el temor se desencadenaron las pasiones. El general Don José Caro, en lugar de dirigirlas al único y laudable fin de la defensa, fuese miedo, fuese deseo de satisfacer odios y personales rivalidades, dio rienda suelta a todo linaje de excesos y a enojosas venganzas. No compensó hasta cierto punto tan reprensible conducta con activas y oportunas providencias militares: medio seguro de reprimir los malévolos, y de tener en su favor la gran mayoría de los honrados ciudadanos. Un año era corrido desde que Caro mandaba, y ni se había fortificado Murviedro ni otros puntos importantes, ni el ejército de línea se había aumentado más allá de 11.000 hombres. La población en parte se encontraba armada, mas tan oportuna providencia antes bien había nacido de la espontaneidad de los habitantes, que de disposición enérgica de la autoridad superior; flojedad común a casi todos los jefes y juntas de España, suplida, en cuanto era dado, por el buen seso y ánimo de los naturales.
En tanto, las dos columnas francesas avanzaban. La de Morella entró sin resistencia en la villa y ocupó el castillo, abandonado por el coronel Miedes. La de Teruel se aproximó a Alventosa, en donde la vanguardia del ejército valenciano estaba colocada detrás del barranco por donde corre el Mijares. Al principio, las guerrillas, capitaneadas por Don José Lamar, alcanzaron ventajas; mas luego, recibida orden de Caro de replegarse sobre Valencia, y al tiempo que los franceses trataban ya de envolver la izquierda española, se retiraron los nuestros el 2 de marzo sobradamente de prisa, pues dejaron abandonados cuatro cañones de campaña. Entraron después los franceses en Segorbe, ciudad que pillaron desamparada por los habitadores.
Llegó el 3 a Murviedro el general Suchet, en donde se le juntó con su columna el general Habert. No estando todavía fortificado aquel sitio, que lo fue de la antigua y célebre Sagunto, se sometió la ciudad; encaminándose en seguida a Valencia los enemigos, ya más gozosos por comenzar a competir desde allí el cultivo del hombre con la lozanía de la vegetación.
Según se iban los franceses aproximando a la ciudad, crecía en ella la fermentación, y más se desbocaba Don José Caro en cometer tropelías. Envió a San Felipe de Játiva la junta superior, y creó una comisión militar de policía, instrumento de sus venganzas. Cierto que para ellas había un pretexto honroso en secretos tratos que el enemigo mantenía dentro de Valencia; pero en vez de solo descargar sobre los culpados la justicia de las leyes, arrestáronse indistintamente y para satisfacer enemistades buenos y malos patriotas.
Malógrasele
a Suchet
su expedición.
En tal estado, presentáronse los franceses delante de Valencia el 5 de marzo, estableciendo Suchet en el Puig su cuartel general. Ocuparon fuera de los muros, y a la izquierda del Guadalaviar, el arrabal de Murviedro, el colegio de San Pío V, el palacio real, el convento de la Zaidía y otros, extendiéndose al Grao y su comarca en gran detrimento de los pueblos. Intimó el 7 el general Suchet a Don José Caro la rendición, quien en este caso respondió cual debía. Se mantuvo Suchet hasta el 10 en las cercanías esperando a que estallase en su favor dentro de la ciudad una conmoción, mas saliendo fallida su esperanza y temeroso de las guerrillas que se formaban en su derredor, levantó el campo en la noche del 10 al 11 y retrocedió por donde había venido.
Pozoblanco.
Grande algazara y justa alegría se manifestó en Valencia al saberse el alejamiento del enemigo. Mas no por eso cesó Caro en sus persecuciones. Varios de los presos, aunque inocentes, continuaron encarcelados, y fue ahorcado el barón de Pozoblanco. Dudamos aún si este infeliz era o no delincuente, y si en realidad había seguido correspondencia con el enemigo. Natural de la isla de la Trinidad, unían en otro tiempo a él y a Caro estrechos vínculos, que tuvieron principio cuando el último visitaba como marino las costas americanas. Convirtiose después en odio la antigua amistad, y se acusó a Caro de haber usado en aquel lance de la potestad suprema no imparcial ni desapasionadamente.
Ventajas
de los españoles
en Aragón.
Suchet, al retirarse, se encontró con muchos paisanos armados que se habían levantado a su espalda, y también con la noticia de que el reino de Aragón, aprovechándose de su ausencia, comenzaba de nuevo a estar muy movido. En efecto, Don Pedro Villacampa, revolviendo el 7 de marzo sobre Teruel, había entrado la ciudad y obligado al coronel Plicque a encerrarse con su guarnición en el seminario, ya de antes fortificado. No contento aun así el español, había salido a esperar y cogido en la venta de Malamadera, a corta distancia de Teruel, un convoy enemigo procedente de Daroca. Apoderose de 4 piezas, de unos 200 hombres y de muchas municiones. Otro tanto hizo por opuesto lado con una compañía de polacos avanzada en Alventosa. El seminario, estrechado por los nuestros y próximo a caer en sus manos, se libertó el 12 de marzo con la llegada del ejército de Suchet, que forzó a Villacampa a alejarse. D. Felipe Perena también por el Cinca había hecho sus correrías, destruyendo en Fraga el puente y los atrincheramientos enemigos.
El 17 volvió Suchet a Zaragoza, y quiso ante todo acabar con Mina el mozo, que por su lado se había igualmente adelantado a las Cinco Villas. Inquietó bastante este caudillo en aquellos días a los franceses, Cae prisionero
Mina el mozo. mas, perseguido en Aragón por el gobernador de Jaca y el general Harispe, y en Navarra por Dufour, cayó desgraciadamente el 31 en poder de los puestos franceses, que al cogerle le maltrataron. Sin detención lleváronsele a Francia, y le encerraron en el castillo de Vincennes, donde permaneció, como tantos otros españoles, hasta 1814. Sucédele su tío
Espoz y Mina. Sucediole su tío, el renombrado Don Francisco Espoz y Mina, quien con sus hechos y mejor fortuna oscureció las breves glorias de su sobrino.
Arregladas las cosas de Aragón, trató Suchet de cumplir con lo que se le había mandado de París, sitiando a Lérida. No por eso estaba bajo su dependencia Cataluña, encomendada al mariscal Augereau, dejando solo a cargo del primero el asedio de las plazas que formaban, por decirlo así, cordón entre aquel principado y las provincias rayanas.
Estado
de Cataluña.
De luto había cubierto a Cataluña la caída de Gerona. Don Joaquín Blake, por su parte, no admitiéndole la central la dejación que repetidamente había hecho de su mando, se separó de autoridad propia en 10 de diciembre de su ejército, poniendo interinamente a su cabeza al marqués de Portago. Motivó semejante resolución haber aprobado la central, contra el dictamen de dicho general, lo determinado por el congreso catalán de levantar 40.000 hombres de somatén. Blake quería crear cuerpos de línea y no reuniones informes de indisciplinados paisanos. Pero los catalanes, apegados a su antigua manera de guerrear, hallaron arrimo en el gobierno supremo, desatendiéndose las reflexiones juiciosas y militares de Blake, quien, en medio de sus conocimientos, no gozaba de popularidad a causa de su mala estrella.
Ausente este general, no quedó Portago largo tiempo en el mando, pues cayendo enfermo, dejó en su lugar a Don Jaime García Conde, sustituido también en breve por el general más antiguo Don Juan Henestrosa. El congreso catalán, después de expedir varias providencias en favor de la defensa del principado, tomando para darlas más bien consejo de los falsos conceptos del provincialismo que de atento e imparcial juicio, se disolvió y quedó solo para el despacho de los negocios la junta superior.
El somatén que se había levantado no produjo el efecto que esperaban los catalanes. Apareció tarde y al caer Gerona, y no queriendo tampoco los partidos desprenderse de sus respectivos contingentes para prestarse mutuo auxilio, faltó el necesario concierto. Permaneció en Vic el grueso del ejército español, teniendo apostado en el Grao de Olot un cuerpo volante. Clarós estaba hacia Besalú, y Rovira camino de Figueras, ambos con bastante fuerza a causa de los somatenes que se les agregaron. Para despejar el país y asegurar las comunicaciones con Francia marcharon contra ellos los generales Souham y Verdier. Hubo con este motivo varios reencuentros de los que se contaron algunos favorables para los somatenes. En los mismos días, el enemigo, que de todos lados acometía, hizo de Francia inútiles esfuerzos contra el valle de Arán.
Dispuso en seguida Augereau que 10.000 hombres suyos, yendo sobre Vic, atacasen el ejército español. Trabáronse por aquella parte desde 1.º de enero frecuentes y reñidos combates, honrosos para los españoles, pues con fuerza inferior hicieron rostro a contrarios aguerridos. Pero viendo los nuestros la superioridad de los franceses, celebraron el 12 consejo de guerra y determinaron replegarse hacia Manresa y Tarrasa, dejando en Tona una división, al mando del general Porta. Varias acciones. Siguieron aun entonces las refriegas. Los franceses entraron en Vic, y avanzando se encontraron con los nuestros el 14 y 15, siendo de notar la acción habida en Moya, en la que los generales O’Donnell y Porta rechazaron a los enemigos, de los que perecieron más de 200. El primero peleó con ventaja, hasta como soldado y cuerpo a cuerpo.
Urgíale en tanto al mariscal Augereau, aseguradas en algún modo sus comunicaciones con Francia, abrir las de Barcelona, plaza que empezaba a estar apurada por falta de bastimentos. Conveniente era para ello la toma de Hostalrich, pero no cediendo el gobernador a las intimaciones, Bloqueo
de Hostalrich. Augereau, así que ocupó la villa, dejó al coronel Mazzuchelli encargado de bloquear el castillo. Arrimó también allí las fuerzas de Souham para alejar a los somatenes, y él en persona dispúsose a marchar prontamente sobre Barcelona.
La población de esta ciudad había disminuido, careciendo de trabajo los fabricantes y sus operarios, y avergonzada la mocedad de no acudir al llamamiento que por medio de su congreso y junta continuamente les hacía la provincia. El general Duhesme mandaba, como antes en Barcelona, y con frecuencia se veía obligado a ir en busca de víveres, teniendo que atacar a los somatenes y a una división que siempre permaneció en el Llobregat, cuyas fuerzas reunidas estrechaban la plaza, acorralando a veces dentro de ella a las tropas francesas.
Va Augereau
al socorro
de Barcelona.
Augereau, aunque hostigado por las guerrillas, se adelantó con el convoy y 9000 hombres, y Duhesme, seguido de unos 2000, salió de Barcelona hasta Granollers a su encuentro. De hacia Tarrasa desembocó, para interceptar el socorro, el marqués de Campoverde, al paso que Orozco, comandante de la división del Llobregat, llamaba de aquel lado la atención.
Descalabro
de Duhesme en
Santa Perpetua
y en Mollet.
Campoverde atacó el 20 en Santa Perpetua a Duhesme, haciéndole 400 prisioneros; juntósele después Porta, que acudió por Casteltersoll, y ambos en Mollet cayeron sobre el 2.º escuadrón de coraceros y le cogieron casi entero. Felizmente para la demás tropa del general Duhesme, llegó a tiempo Augereau, libertando a un batallón que se defendía en Granollers. En seguida pudieron los franceses sin obstáculo meter el convoy en Barcelona.
Entra Augereau
en Barcelona.
Aquel mariscal, cumpliendo de este modo con el principal objeto de su expedición, quitó a Duhesme el gobierno de aquella plaza, nombró en su lugar a Mathieu, y se replegó a Hostalrich, temiendo que de nuevo se le estorbara el paso.
O’Donnell
nombrado
general
de Cataluña.
Con tanta mayor razón se mostraba desconfiado, cuanto Don Enrique O’Donnell iba a capitanear las tropas de Cataluña. Así lo ansiaba el principado, y el 21 de enero se recibió la orden de la junta central, a la sazón todavía existente, confiriendo a aquel general el mando supremo.
O’Donnell, mozo activo y valiente, codicioso de gloria aunque algo atropellado, se había atraído las voluntades de los catalanes con su adhesión a la causa de la independencia y su gran intrepidez, mostrada ya en el primer cerco de Gerona. Ahora, autorizado, empezó a obrar con diligencia y a mejorar la disciplina. Distribuyó igualmente su ejército en nuevas brigadas y divisiones, reconcentrando el 6 de febrero en Manresa casi toda la fuerza disponible. Solo dejó en Martorell y línea del Llobregat la 3.ª división, a las órdenes del brigadier Martínez.
Ejército
que junta.
El nuevo general llegó pronto a tener consigo 8000 infantes y 1000 caballos bien dispuestos. El 14 de febrero atacó con feliz éxito a los enemigos cerca de Moya, y el 19 se aproximó a Vic con ánimo de desalojarlos. Siguió lo principal de su fuerza el camino que de Tona se dirige a aquella ciudad, marchando una columna vía de San Cugat hasta la altura del Vendrell, Acción de Vic
el 19 de febrero. donde se paró. A las nueve de la mañana la vanguardia, o sea cuerpo volante mandado por Sarsfield, rompió el fuego. Una hora después cundió por toda la línea, sostenido con tenacidad de ambas partes. Mandaba a los franceses el general Souham. Carecían los nuestros de cañones, no habiendo podido traerlos por lo fragoso de la tierra; no más de dos tenían los contrarios. A las doce se reforzaron los últimos con 2500 hombres que se les juntaron de Vic. Entonces O’Donnell, que conservaba a sus inmediatas órdenes la división situada en las alturas del Vendrell, bajó con ella al llano. Avivose el fuego y continuó reciamente hasta las tres de la tarde, en cuya hora, flanqueado Porta, que regía el ala izquierda, a pesar de los esfuerzos de O’Donnell quedaron desbaratados los nuestros y se retiraron a Tona y Collsuspina. Perdimos, entre muertos y heridos, 900 hombres, otros tantos prisioneros; no fue corto el daño que experimentaron los franceses, siendo reñida la acción aunque malograda para los españoles.
Pertinaz defensa
de Hostalrich.
Aguardaba en el intermedio el mariscal Augereau a orillas del Tordera refuerzos de Francia, y apretaba la división de Pino el bloqueo de Hostalrich. Situado este castillo en una elevada cima, enseñorea el camino de Barcelona, obstruyendo, de consiguiente, en tiempo de guerra, las comunicaciones. Don Julián de Estrada, entonces gobernador, resuelto a defenderle hasta el último trance, decía: «Hijo Hostalrich de Gerona, debe imitar el ejemplo de su madre.» Cumplió Estrada su palabra, desoyendo cuantas proposiciones se le hicieron de acomodamiento. Desde el 13 de enero hasta el 20 del mes inmediato, limitáronse los franceses a bloquear el castillo, mas en aquel día comenzó horroroso bombardeo.
Socorre de nuevo
Augereau
a Barcelona.
Al propio tiempo fueron llegando a Augereau los refuerzos de Francia que hicieron ascender su ejército al comenzar marzo a 30.000 combatientes, sin contar la guarnición de Barcelona. Escasa nuevamente esta plaza de medios, tuvo Augereau que volver a su socorro, y consiguió, no obstante pérdidas y tropiezos, meter dentro un convoy.
Retírase
O’Donnell
a Tarragona.
Semejante movimiento obligó a O’Donnell a replegarse, mayormente coincidiendo con la correría que por aquel tiempo hizo Suchet sobre Valencia. El 21 entró en Tarragona el general español, y acampó en las cercanías el grueso de su ejército. Juntósele la división aragonesa del Algas, o sea de Tortosa, compuesta de unos 7000 hombres. No se estuvo O’Donnell quieto allí sino que luego ejecutó otros movimientos.
Feliz ataque
de D. Juan Caro.
Tal fue el que verificó al concluirse marzo, noticioso de que en Villafranca de Panadés se alojaba un trozo bastante considerable de franceses. Envió, pues, contra ellos a Don Juan Caro, asistido de 6000 hombres. Viendo los enemigos que los nuestros se aproximaban, se encerraron en el cuartel de aquella villa, fuerte edificio sito a la entrada, pero en breve, a pesar de su precaución y resistencia, tuvieron que capitular, cayendo prisioneros 700 hombres. Portose Caro con destreza y bizarría, y quedó herido.
Sucediole en el mando Campoverde, quien marchó sobre Manresa para darse la mano con Rovira, siendo el intento de O’Donnell distraer al enemigo, y si era posible auxiliar a Hostalrich. El general Schwartz hacía por aquellas partes frente a los somatenes, cuya tenacidad desconcertaba al francés, y aun le causaba a veces descalabros. En principios de abril tomó la resistencia tal incremento que, asustado Augereau, salió el 11 de Barcelona y se dirigió a Hostalrich, para impedir los socorros que los españoles querían introducir en el castillo, como ya lo habían conseguido una vez, guiados por el coronel Don Manuel Fernández Villamil.
Evacúan
los españoles
a Hostalrich.
Sin embargo, todo ya era demás. La penuria del fuerte tocaba en su último punto, faltando hasta el agua de los aljibes, única que surtía a la guarnición. El bizarro gobernador, los oficiales y soldados habían todos sobrellevado de un modo el más constante la escasez y miseria que igualó, si no sobrepasó, la de Gerona. Mas desesperanzado Estrada de recibir auxilio alguno, y prefiriendo correr los mayores riesgos a capitular, resolvió salvarse con su gente de la que aún le quedaban 1200 hombres. A las diez de la noche del 12 púsose en movimiento, y salió por el lado de poniente, descendiendo la colina de carrera. Cruzó en seguida el camino real, y atravesando la huerta llegó, repelidos los puestos franceses, a las montañas detrás de Masanas y a Arbucias. Mas en aquel paraje, descarriado el valiente Estrada, tuvo la desgracia de caer prisionero, con tres compañías. El resto, que ascendía a 800 hombres, sacole a buen puerto el teniente coronel de artillería Don Miguel López Baños, quien el 14 entró en Vic, ciudad libre entonces de franceses. Estrada no se rindió sino después de viva refriega, y Augereau, aunque incomodado con que se le escapase la mayor parte de la guarnición, hizo alarde en gran manera de haberse hecho dueño de su gobernador. El mariscal
Macdonald
sucede
a Augereau
en Cataluña. De poco le sirvió tan feliz acaso, pues no tardó en desgraciarse con Napoleón, quien nombró para sucederle al mariscal Macdonald. Dícese que contribuyeron a su remoción quejas de Suchet, desazonado porque no le ayudaba debidamente en sus empresas.
Parte Suchet
a Lérida.
De estas, una de las principales era la que por entonces, y después de su retirada de Valencia, intentaba contra Lérida, conformándose con la orden que se le dio de París. Así después de dejar un tercio de su fuerza en Aragón, a las órdenes del general Laval, se enderezó con lo restante a Cataluña. Pero destruido por los españoles el puente de Fraga, y estando de aquel lado próximo el castillo de Mequinenza, prefirió Suchet al camino más directo, el de Alcubierre, y estableció en Monzón sus almacenes y hospitales.
Entran sus tropas
en Balaguer.
Se hallaba a la sazón en Balaguer Don Felipe Perena con alguna fuerza, y aunque es ciudad en que no quedan sino reliquias de sus antiguos muros, interesaba a los franceses su posesión a causa de un famoso puente de piedra que tiene sobre el Segre. Atento a ello, ordenó Suchet al general Habert que atacase a los españoles. Mas Perena, creyendo ser desacuerdo resistir a fuerzas tan superiores, cejó a Lérida, y los franceses entraron en Balaguer el 4 de abril.
Sitio de Lérida.
El 13 embistió Suchet aquella plaza. Asentada Lérida a la derecha del Segre, río que también allí se cruza por hermoso puente, ha sido desde tiempos remotos ciudad muy afamada. En sus alrededores acabó César con Afranio y Petreyo, del partido pompeyano, y antes, cuando estos ocupaban la ciudad, pasó aquel caudillo grandes angustias, acampado en la altura en donde ahora se divisa el fuerte de Garden. En la defensa de este, y sobre todo en la del castillo, colocado al extremo opuesto del lado del norte, en la cumbre de un cerro, consiste la principal fortaleza de Lérida, si bien ambos no se prestan entre sí grande ayuda. Muro sin foso ni camino cubierto, parte con baluartes, parte con torreones, rodea lo demás del recinto. Algunas obras nuevas se habían ejecutado, a saber: una a la entrada del puente, y también dos reductos, llamados del Pilar y San Fernando, en la meseta de Garden, en el paraje opuesto a la plaza, fuera de cuyos muros está situado aquel fuerte. La población, que ya ascendía a más de 12.000 almas, se hallaba aumentada con los paisanos que del campo se habían refugiado dentro. Contaba la guarnición 8000 hombres, inclusa la tropa de Perena. Mandaba como gobernador Don Jaime García Conde.
Todavía los franceses no habían empezado los trabajos del sitio, y ya Don Enrique O’Donnell pensó en hacer levantarle, o por lo menos en socorrer la plaza. Ignoraba su intento el general francés, por lo que el 21 de abril avanzó este hasta Tárrega, temiendo solo a Campoverde, que vimos se adelantara hacia Manresa; tanto sigilo guardaban los catalanes, de rara y laudable fidelidad.
Desgraciada
tentativa
de O’Donnell
para socorrer
la plaza.
O’Donnell se había el día antes puesto en marcha con 6000 infantes y 600 caballos, y el 22, sabiendo por el gobernador de Lérida que parte del ejército francés se había alejado de la plaza, miró como asegurada su empresa. Empezó, pues, O’Donnell en la mañana del 23 a aproximarse a la ciudad, siguiendo el llano de Margalef, repartida su fuerza en tres columnas, una más avanzada por el camino real, las otras dos por los costados. Desgraciadamente, sabedor al fin Suchet de la salida de O’Donnell de Tarragona, tornó de priesa hacia Lérida, y tomó oportunas disposiciones para que se malograse el plan del general español. Caminaba este confiado en su triunfo, cuando de repente se vio arremetido por fuerzas considerables. El general Harispe trabó luego pelea con la 1.ª columna, y Musnier, saliendo de Alcoletge, acometió a la que iba por la derecha del camino. Los nuestros se desordenaron, principalmente la caballería, arrollada por un regimiento de coraceros. O’Donnell, aunque sobrecogido con tal contratiempo, pudo juntar parte de su gente, y antes de anochecer retirarse con ella en buen orden camino de Montblanch. La pérdida de las dos columnas atacadas fue sin embargo considerable, quedando prisioneros batallones enteros.
Los franceses, queriendo aprovecharse del terror que aquel descalabro infundiría en los leridanos, embistieron en la misma noche los reductos del fuerte de Garden. Dichosos los enemigos al principio en el ataque del Pilar, salieron mal en el de San Fernando, teniendo que retirarse, y aun evacuar el primero que ya habían ocupado.
Al día siguiente tanteó el general Suchet el ánimo del gobernador, proponiendo a este, para hacerle ver lo inútil de la defensa, que enviase personas de su confianza que por sí mismos examinasen la pérdida que en el día anterior habían los españoles padecido en Margalef. La réplica de García Conde fue enérgica y concisa. «Señor general, dijo, esta plaza nunca ha contado con el auxilio de ningún ejército.» Lástima que a las palabras no correspondiesen los hechos, como en Zaragoza y Gerona.
Empezaron los franceses el 29 de abril los trabajos de trinchera, escogiendo por frente de ataque el espacio que media entre el baluarte de la Magdalena y el del Carmen, que era por donde embistió la plaza el duque de Orleans en la guerra de sucesión.
Los sitiados no repelieron con grande empeño los aproches del enemigo. Así, esta defensa no fue larga ni digna de memoria. Merece, no obstante, honrosa excepción la resistencia que hizo, en la noche del 12 al 13 de mayo, el reducto de San Fernando, ya bien sostenido, como arriba hemos dicho, en una primera acometida. En la última se defendió con tal tenacidad que de 300 hombres que le guarnecían apenas sobrevivieron 60.
Los franceses asaltaron el 13 del mismo mes la ciudad, y la entraron sin tropezar con extraordinarios impedimentos. La guarnición se recogió al castillo, en donde también se metieron casi todos los habitantes, viendo que los acometedores no les daban cuartel. Crueldad ejecutada de intento, para que hacinados muchos individuos en corto recinto obligaran al gobernador a rendirse. Hubiera sin embargo García Conde podido despejar aquella fortaleza echando fuera la gente inútil; pero Suchet, para no desaprovechar la ocasión de acabar en breve el sitio, empezó desde luego a tirar bombas, las cuales cayendo sobre tantas personas apiñadas en reducido espacio, causaron en poco tiempo el mayor estrago. Entran
los franceses
en Lérida
y ríndese
su castillo. Blandeando el ánimo de García Conde con los lamentos de mujeres, niños y ancianos, y forzado hasta cierto punto por la junta corregimental, que creía que nada importaba la defensa del castillo si la ciudad perecía, capituló el 14, habiendo los franceses concedido a la guarnición los honores de la guerra. Ejemplo que siguió el fuerte de Garden. Pérdida sensible la de Lérida, conquista que abría a los invasores las comunicaciones entre Aragón y Cataluña.
Tachose a García Conde de traidor, opinión que adquirió crédito con haber después abrazado el partido del gobierno intruso. Lo cierto es que era hombre de limitados alcances, y juzgamos que su conducta más bien dimanó de esto y de fatal desdicha que de premeditada maldad.
También el fuerte
de las Medas.
Por entonces, para que las desgracias vinieran juntas, ocuparon también los franceses el fuerte de la isla de las Medas, al embocadero del Ter, puesto importante malamente entregado por el gobernador español, Don Agustín Cailleaux.
Así iban de caída las cosas de Cataluña, no habiendo acontecido en lo restante de mayo y en el inmediato junio sino acometidas parciales de somatenes y guerrilleros, que siempre hostigaban al enemigo. Don Enrique O’Donnell, molestado de sus heridas, dejó por unos pocos días su puesto a Don Juan María de Villena. Contaba el ejército a pesar de sus pérdidas 21.798 hombres, inclusas las guarniciones de las plazas, entre las que Tarragona se miraba como la base de las operaciones. En esta ciudad volvió O’Donnell a empuñar el 1.º de julio el bastón del mando, con objeto de instalar allí el 17 del mismo mes un congreso catalán, que de nuevo había convocado para reanimar el espíritu algo abatido de los naturales, y buscar medio de oponerse con fuerza al mariscal Macdonald, quien daba muestras de obrar activamente.
Sucesos
de Aragón.
Por su parte el general Suchet, terminada la expedición de Lérida, pensó en poner sitio a la plaza de Mequinenza. Mientras duró el de la primera hubo muchos y parciales combates, ya en las comarcas septentrionales de Cataluña que lindan con Aragón, y ya en Aragón mismo. Aquí hizo contra los franceses de Alcañiz una tentativa infructuosa Don Francisco de Palafox, destinado por la regencia a aquellas partes, siendo más afortunado Don Pedro Villacampa en una sorpresa que dio el 13 de mayo a los enemigos en Purroy, partido de Calatayud, en donde cogió al comandante Petit con un convoy y más de 100 hombres.
Las ventajas conseguidas por aquel caudillo irritaron a los franceses, quienes desde el 14 de mayo se pusieron a perseguirle, partiendo de Daroca el general Chlopicki. Fuese retirando Villacampa, y no paró hasta Cuenca. Siguieron de cerca su huella los enemigos, sin llegar a aquella ciudad, pero dejando rastra de su paso en Molina y demás pueblos del camino. Diversos choques de menor importancia acaecieron también en otros puntos de Aragón, porfiado pelear que cansaba sobremanera a los franceses.
Sitio
de Mequinenza.
Del 15 al 20 de mayo embistió el general Musnier la plaza de Mequinenza, importante por su situación y necesaria para enseñorear el Ebro. Villa esta de 1500 vecinos, estriba su principal defensa en el castillo, antigua casa fuerte de los marqueses de Aytona, colocado en lo alto de una elevada montaña, de áspera e inaccesible subida por todos lados, excepto por el de poniente, que se dilata en planicie, cuyo frente amparan un camino cubierto, foso y terraplén abaluartado revestido de mampostería. Guarnecían la plaza 1200 hombres. Gobernábala, como antes, el coronel Don Manuel Carbón, y dirigía la artillería Don Pascual Antillón, ambos oficiales muy distinguidos.
No tenía el castillo otros aproches sino los que ofrecía a la parte occidental la planicie mencionada, y no era cosa fácil traer hasta ella artillería. Pronto discurrió la diligencia francesa medio de conseguirlo, abriendo desde Torriente y por la cima de las montañas un camino que viniese a dar al punto indicado. Tuvieron los enemigos concluida su obra el 1.º de junio, y en el intermedio no descuidaron tomar en rededor y en ambas orillas del Ebro, y en las del Segre su tributario, los puestos importantes. La toman
los franceses. Entraron los sitiadores la villa en la noche del 4 al 5, la saquearon y prendieron fuego a muchas casas. Las tropas se refugiaron en el castillo. El gobernador resistió allí cuanto pudo los ataques de los franceses, mas, arruinadas ya las principales defensas y no habiendo abrigo alguno contra los fuegos enemigos, se entregó el 8, quedando la guarnición prisionera de guerra.
Toman también
el castillo
de Morella.
La víspera de la rendición había llegado a Mequinenza el general Suchet, quien deseando sacar de su triunfo la mayor ventaja, despachó dos horas después de la entrega al general Montmarie para que se apoderase del castillo de Morella, lo que ejecutó dicho general sin obstáculo el 13 de junio. Posesión que, aunque no tan importante como la de Mequinenza, éralo bastante por estar situado aquel fuerte en los confines de Aragón y Valencia, y porque así iban los franceses preparándose a nuevas empresas, y afianzaban poco a poco y de un modo sólido su dominación.
Cádiz.
No obstante, hallábase esta lejos de arraigarse. Los pueblos continuaban casi por todas partes haciendo guerra a muerte a los invasores, y la Isla gaditana, punto céntrico de la resistencia, no solo mantenía la llama sagrada del patriotismo, sino que la fomentaba procurando además acrecer y mejorar en su recinto las fortificaciones.
Toman
los franceses
a Matagorda.
De nada influyó para no llevar adelante semejante propósito la pérdida de Matagorda, acaecida el 22 de abril. Situado aquel castillo no lejos de la costa del caño del Trocadero, sostuviéronle con tenacidad los ingleses, encargados de su defensa, y solo le abandonaron ya convertido en ruinas. Luego mostró la experiencia lo poco que sus fuegos perjudicaban a las comunicaciones por agua, y sus proyectiles a la plaza.
Manda Blake
el ejército
de la Isla.
El mismo día de la evacuación del mencionado fuerte fondeó en bahía, viniendo del reino de Murcia, Don Joaquín Blake, nombrado por la regencia para suceder al de Alburquerque en el mando de la Isla gaditana, cuyas fuerzas, sin contar las de los aliados ni la milicia armada, ascendían de 17 a 18.000 hombres, engrosado el ejército con los dispersos y reliquias que de la costa aportaban, y con nuevos alistados, que acudían hasta de Galicia. A la llegada de Blake considerose dicho ejército como parte integrante del denominado del centro, que se alojaba en el reino de Murcia, repartiéndose entre ambos puntos las divisiones en que se distribuía.
Trasládase
a Cádiz
la regencia.
El consejo de regencia trasladose el 29 de mayo de la Isla de León a Cádiz, y escogió para su morada el vasto edificio de la aduana. Se le reunió por aquellos días el obispo de Orense, que no había hasta el 26 arribado al puerto, retardado su viaje por la distancia, ocupaciones diocesanas y malos tiempos.
Varan en la costa
dos pontones
de prisioneros.
En este mes nada muy importante en lo militar avino en Cádiz, sino el haber varado en la costa de enfrente los pontones Castilla y Argonauta, llenos de prisioneros franceses. Aprovecháronse los que estaban a bordo del primero de un furioso huracán que sopló en la noche del 15 al 16 para desamarrar el buque y dar a la costa; eran unos 700, los más oficiales. Imitáronlos el 26 los del Argonauta, 600 en número, sin que pudiesen estorbar su desembarco nuestras baterías y cañoneras.
Trato de estos.
Con este motivo han clamoreado muchos extranjeros, y lo que es más raro, ingleses, contra el mal trato dado a los prisioneros, y sobre todo contra la dureza de mantenerlos tanto tiempo en la estrechura de unos pontones. Nos lastimamos del caso y reprobamos el hecho, pero ocupadas o invadidas a cada paso las más de nuestras provincias, imposible era para custodia de aquellos buscar dentro de la península paraje seguro y acomodado. La Gran Bretaña, libre y poderosa, permitió también que en pontones gimiesen largos años sus muchos prisioneros. Quisiéramos que nuestro gobierno no hubiese seguido tan deplorable ejemplo, dando así justa ocasión de censura a ciertos historiadores de aquella nación, tan prontos a tachar excesos de otros como lentos en advertir los que se cometen en su mismo suelo.
Pasan
a las Baleares,
su trato allí.
El gobierno español, sin embargo, había resuelto suavizar la suerte de muchos de aquellos desgraciados, enviando a unos a las islas Canarias y a otros a las Baleares. Dichosos los primeros, no cupo a los últimos igual ventura. Alborotados contra ellos los habitantes de Mallorca y Menorca, a causa de la relación que de las demasías del ejército francés les venían de la península, necesario fue conducirlos a la isla de Cabrera, siendo al embarco maltratados muchos, y aun algunos muertos. Aquella isla al sur de Mallorca, si bien de sano temple y no escasa de manantiales, estaba solo poblada de árboles bravíos sin otro albergue más que el de un castillo. Suministráronse tiendas a los prisioneros, pero no las bastantes para su abrigo, como tampoco instrumentos con que pudiesen suplir la falta de casas, fabricando chozas. Unos 7000 de ellos la ocuparon, y llegó a colmo su miseria, careciendo a veces hasta del preciso sustento, ora por temporales que impedían o retardaban los envíos, ora también por flojedad y descuido de las autoridades. Feo borrón que no se limpia con haber en ello puesto al fin las cortes conveniente remedio, ni menos con el bárbaro e inhumano trato que al mismo tiempo daba el gobierno francés a muchos jefes e ilustres españoles, sumidos en duras prisiones y castillos, pues nunca la crueldad ajena disculpó la propia.
Resistencia en
las Andalucías.
Entre tanto el gobierno español no solo atendió en su derredor a la defensa de la Isla gaditana, sino que también pensó en divertir la atención del enemigo, molestándole en las mismas Andalucías y provincias aledañas. Dos de los puntos que para ello se presentaban más cercanos e importantes, eran, al ocaso, el condado de Niebla, y al levante, la Serranía de Ronda. El primero, además de ser tierra costanera y en partes montuosa, respaldábase en Portugal, para cuya invasión tenían los enemigos que prepararse de intento; y por lo que respecta a Ronda, favorecía sus operaciones y alzamiento la vecina e inexpugnable plaza de Gibraltar, depósito de grandes recursos, principalmente de pertrechos de guerra.
Condado
de Niebla.
La regencia, para dar mayor estímulo a la defensa, encargó el mando de aquellos distritos a jefes de su confianza. Para el condado escogió a Don Francisco de Copons y Navia, que permanecía en Cádiz después que en febrero arribó allí con su división. Partió pues el general nombrado, y el 14 de abril tomó el mando de aquel país, muy trabajado con las vejaciones del enemigo, y solo defendido por unos 700 hombres, remanente de cuerpos dispersos o situados en otras partes. Procuró Copons unir y aumentar esta masa bastante informe, recoger los caudales públicos, mantener libre la comunicación de la costa con Cádiz, y hostigar con frecuencia a los franceses. Consiguió su objeto, si bien con suerte varia, teniendo a veces que replegarse a Portugal.
Serranía
de Ronda.
Del lado de Ronda la resistencia fue mayor, mas empeñada y duradera. Partido occidental esta serranía de la provincia de Málaga, y cordillera de montes elevados que arrancan desde cerca de Tarifa, extendiéndose al este, se compone de muchos pueblos ricos en producciones y dados al contrabando, a que los convida la vecindad de Gibraltar. Sus moradores, avezados a prohibido tráfico, conocen a palmos el terreno, sus angosturas y desfiladeros, sus cuevas, las más escondidas, y teniendo a cada paso que lidiar con los aduaneros y las tropas enviadas en persecución suya, están familiarizados con riesgos que son imagen de los de la guerra. Empléanse las mujeres en los trabajos del campo, y en otros no menos penosos inherentes a la profesión de los hombres, y así son de robustos miembros y de condición asemejada a la varonil. Llena, pues, de bríos población tan belicosa, y previendo los obstáculos que recrecerían a su comercio si los franceses afianzaban su imperio, rehusó someterse al yugo extranjero.
Ya dieron aquellos habitantes señales de desasosiego al tiempo de la ocupación de Sevilla. José pensó que los tranquilizaría con su presencia y discursos, para lo cual pasó a Ronda antes de concluir febrero. Satisfecho quizá de su excursión, o temiendo más bien otras resultas, no se detuvo allí muchos días, dejando solamente alguna fuerza y un gobernador con extensas facultades. Pero la autoridad del francés redújose pronto a estrechos límites, ciñéndola a la ciudad la insurrección de los serranos. Acaudillaron a estos varias cabezas, siendo uno de los que más promovieron el alzamiento Don Andrés Ortiz de Zárate, que los naturales denominaron el Pastor.
El consejo de regencia, por su lado, envió de comandante al campo de San Roque, cuyas líneas enfrente de Gibraltar se habían destruido, de acuerdo con el gobernador inglés Campbell, a Don Adrián Jácome, con encargo de recoger dispersos y de soplar el fuego en la serranía. Hombre Jácome pacato e irresoluto, de poco sirvió a la buena causa. Afortunadamente los serranos, siguiendo los ímpetus de su propio instinto, solían a veces obrar con más acierto que algunos jefes que presumían de entendidos.
Al ánimo de aquellos debiose en breve que el levantamiento tomase tal vuelo que ya el 12 de marzo se presentaron numerosas bandas delante de Ronda, capitaneadas por Don Francisco González. Los franceses, viendo el tropel de gente que venía sobre ellos, evacuaron de noche la ciudad y se retiraron a Campillos. Penetraron luego los paisanos por las calles de Ronda, y comenzó gran desorden, y aun hubo pillaje y otros destrozos. Contuviéronlos algún tanto patriotas de influjo que llegaron oportunamente.
A poco se reforzaron también los enemigos con tropa que llevó de Málaga el general Peyremont, y el 21 recobraron a Ronda. No permaneció allí largo tiempo dicho general, pues entrada en su ausencia por los paisanos la ciudad de Málaga, tuvo que volar a su socorro. La guerra continuó por toda la sierra sin que los franceses pudiesen solos dar un paso, y no transcurriendo día en que sus puestos no fuesen inquietados. Formose en Jimena una junta, y nombró el gobierno comandante del distrito a Don José Serrano Valdenebro, bajo la inspección de Don Adrián Jácome. Creciendo los jefes, crecieron los celos y las competencias, y se suscitaron trastornos y mudanzas.
D. José Romero:
acción notable.
Por tristes que fuesen tales ocurrencias, inevitables en guerra de esta clase, no por eso se cedía en la lucha, llevando a cumplido remate proezas que recuerdan las del tiempo de la caballería. Fue una de las más memorables la que avino en Montellano, pueblo de 4000 habitantes inmediato a la sierra. Era alcalde Don José Romero, y ya el 14 de abril, al frente del vecindario, había repelido de sus calles a 300 franceses. Tornaron estos el 22, reforzados con otros 1000, para vengar la primera afrenta. Encontraron a su paso obstáculos en Grazalema; pero llegando al fin a Montellano tuvieron allí que vencer la braveza de los moradores, lidiando con ellos de casa en casa. Impacientados los franceses de tamaña obstinación recurrieron al espantoso medio de incendiar el pueblo. Redujéronle casi todo él a pavesas, excepto el campanario, en que se defendían unos cuantos paisanos, y la casa de Romero. Este varón tan esforzado como Villandrando, haciendo de sus hogares formidable palenque y ayudado de su mujer y sus hijos, continuó por mucho tiempo con terrible puntería causando fiero estrago en los enemigos, y tal que, no atreviéndose ya estos a acercarse, resolvieron derribar a cañonazos paredes para ellos tan fatales. Grande entonces el aprieto de Romero, inevitable fuera su ruina si no le salvara de ella la repentina retirada de los franceses, que se alejaron temerosos de gente que acudía de Puerto Serrano y otras partes. Libre Romero, a duras penas pudo arrancársele de los escombros de Montellano, respondiendo a las instancias que se le hacían: «Alcalde de esta villa, este es mi puesto.»
Tarifa.
Imitaban al mismo tiempo en Tarifa la conducta de los serranos. No habían los enemigos ocupado antes esta plaza, situada en el extremo meridional de España, contentándose con sacar de ella raciones en una ocasión en que se aproximaron a sus muros. Pudieran entonces haberla fácilmente tomado, pero no juzgaron prudente exponerse a ello sin mayores fuerzas. Los españoles después aumentaron los medios de defensa, y aun vinieron en su ayuda algunos ingleses mandados por el mayor Brown. Ignorábanlo los franceses, y el 21 de abril intentaron entrar la plaza de rebate. Salioles mal la empresa, rechazados con pérdida por el paisanaje y sus aliados.
Vemos así cuánto distraían a los franceses las conmociones e incesante guerrear de los puntos más inmediatos a Cádiz. Tampoco se los dejaba tranquilos en otros más distantes de las mismas Andalucías, ya por la parte de Murcia, en que permanecía el ejército del centro, ya por la de Extremadura, en que estaba el de la izquierda.
Ejército
del centro
en Murcia.
Puesto aquel a últimos de enero, según queda referido, bajo las órdenes del general Blake, fue creciendo y disciplinándose en cuanto las circunstancias lo permitían, y fomentó con su presencia partidas que se levantaron en las montañas del lado de Cazorla y Úbeda, y en las Alpujarras.
A principios de marzo, Don Joaquín Blake, con motivo de la entrada de Suchet en el reino de Valencia, moviose hacia aquella parte; mas, enterado luego de la retirada de los franceses, retrocedió a sus cuarteles, volviendo a unirse al general Freire, a quien con alguna tropa había dejado en la frontera de Granada. Entonces fue cuando Blake recibió la orden de pasar a la Isla, quedando en ausencia suya Don Manuel Freire al frente del ejército, cuya fuerza constaba de 12.000 infantes y cerca de 2000 caballos, con 14 piezas de artillería.
Correría
de Sebastiani
en aquel reino.
Hizo a poco una correría la vuelta de aquel punto el general Sebastiani, acompañado de 8000 hombres. Enderezose por Baza a Lorca, y Freire se replegó sobre Alicante, metiendo en Cartagena la 3.ª división de su ejército al mando de Don Pedro Otedo. Los franceses se adelantaron sin oposición, y el 23 de abril se posesionaron de la ciudad de Murcia, siendo aquella la vez primera que pisaban su suelo. Los vecinos de más cuenta y las autoridades se habían ausentado la víspera. Sebastiani anunció a su entrada que se respetarían las personas y las propiedades; pero no se conformó su porte con tan solemnes promesas.
Su conducta.
En la mañana del 24 fue a la catedral, y después de mandar que se llevase preso a un canónigo revestido con su traje de coro, hizo que se interrumpiesen los divinos oficios, obligando al cabildo eclesiástico a que inmediatamente se le presentase en el palacio episcopal. Provenía su enojo de que no se le hubiese cumplimentado al presentarse en la iglesia. Maltrató de palabra a los canónigos, y ordenó que en el término de dos horas le entregasen todos sus fondos. Pidiéndole el cabildo que por lo menos alargase el plazo a cuatro horas, respondió altaneramente: «Un conquistador no deshace lo que una vez manda.»
Con no menos despego y altivez trató Sebastiani a los individuos de un ayuntamiento que se había formado interinamente. Reprendioles por no haberle recibido con salvas de artillería y repique de campanas, imponiendo al vecindario en castigo 100.000 duros, suma que a muchos ruegos rebajó a la mitad. Tomaron además el general francés y los suyos, no contando las raciones y otros suministros, todo el dinero de los establecimientos públicos, y la plata y alhajas de los conventos, sin que se libertasen del saqueo varias casas principales.
Evacúalo.
Esta correría ejecutada, al parecer, más bien con intento de esquilmar el reino de Murcia, aún intacto de la rapacidad enemiga, que de afianzar el imperio del intruso, fue muy pasajera. El 26 del mismo abril ya todos los franceses habían evacuado la ciudad, y bien les vino, empezando a reinar grande efervescencia en la huerta y contornos. Idos los invasores, se ensañaron los paisanos en las personas y haciendas de los que graduaron de afectos a los enemigos, y mataron al corregidor interino Don Joaquín Elgueta, el cual había también corrido gran peligro de parte de los franceses queriendo amparar a los vecinos. ¡Triste y no merecida suerte! Mejor hubieran los murcianos empleado sus puños en defenderse contra el común enemigo que haberse manchado con la sangre inocente de sus conciudadanos.
Partidas de
Cazorla y de
las Alpujarras.
Envió después Freire la caballería y algunos infantes a la frontera de Granada, quedándose él en Elche. Con tal apoyo, volvieron a fomentarse las partidas por el lado de Cazorla, y por el opuesto de las Alpujarras, y hubo muchos reencuentros entre ellas y cuerpos destacados del enemigo, compuestos de 200 a 400 hombres. La conducta de algunas tropas francesas contribuía también no poco a la irritación de los habitantes, habiéndose mostrado feroces en Vélez Rubio y otros pueblos, por lo que los vecinos defendían sus hogares de consuno, tocando a rebato y a manera de leones bravos. En las Alpujarras, ásperas pero deliciosas sierras, y en cuyas vertientes a la mar se dan las producciones del trópico, señaláronse varios partidarios como Mena, Villalobos, García y otros, aspirando los moradores, como ya en su tiempo decía Mármol, a que se les tuviese por invencibles.
Extremadura:
ejército
de la izquierda.
Andaba también a veces la guerra bastante viva en la parte de las Andalucías que linda con Extremadura. La junta de Badajoz, luego que Mortier se retiró el 12 de febrero de enfrente de la plaza, puso gran conato en derramar guerrillas hacia el reino de Sevilla y riberas del Tajo. Caminó luego hacia las del Guadiana desde San Martín de Trevejo el ejército de la izquierda, excepto la división de La Carrera, que quedó apostada para impedir las comunicaciones entre Extremadura y el país allende la Sierra de Baños. Este ejército, unido a la fuerza que había en Badajoz, constaba de unos 26.000 infantes y de más de 2000 hombres de caballería, la mitad desmontados. Romana. El marqués de la Romana le distribuyó colocando en su izquierda cerca de Castelo de Vide y en Alburquerque, dos divisiones al mando de Don Gabriel de Mendizábal y de Don Carlos O’Donnell [hermano de Don Enrique] una, y su cuartel general en Badajoz mismo, y otras dos a su derecha en Olivenza y camino de Monesterio, a las órdenes de los generales Ballesteros Ballesteros. y Senén de Contreras. Servía de arrimo al ejército de Romana, además de Badajoz, la plaza de Elvas y otras no tan importantes que guarnecen ambas fronteras española y portuguesa, en donde también había una división aliada que regía el general Hill. Se trabaron así de ambas partes continuos choques, ya que no batallas, y en algunos sostuvieron los españoles con ventaja la gloria de nuestras armas. Ballesteros, por la derecha, fue quien más lidió, siendo notables los combates de 25 y 26 de marzo en Santa Olalla y el Ronquillo, los del 15 de abril y 26 de mayo en Zalamea y Aracena, junto con los de Burguillos y Monesterio que se dieron al finalizar junio, todos contra las tropas del mariscal Mortier. Era el principal campo de Ballesteros y su acogida el país montuoso que se eleva entre Extremadura, Portugal y reino de Sevilla, desde donde igualmente se daba la mano con los españoles del condado de Niebla. Sus servicios fueron dignos de loa, si bien a veces ponderaba sobradamente sus hechos.
Don Carlos
O’Donnell.
Don Carlos O’Donnell no dejaba tampoco de hostigar al enemigo por el lado izquierdo. Tenía allí que habérselas con el 2.º cuerpo, a cargo del general Reynier, quien, en principios de marzo, viniendo del Tajo, sentó sus reales en Mérida. Varias refriegas. Se escaramuzó con frecuencia entre unos y otros, y Reynier también hacía correrías contra las demás divisiones españolas, formalizándose en ocasiones las refriegas. Tal fue la que se trabó en 5 de julio entre él y los jefes Imaz y Morillo, en Jerez de los Caballeros: los españoles se defendieron desde por la mañana hasta la caída de la tarde, y se retiraron con orden cediendo solo al número. Permaneció Reynier en aquellas partes hasta el 12 de julio, en cuyo tiempo repasó el Tajo aproximándose a los cuerpos de su nación que iban a emprender, camino de Ciudad Rodrigo, la conquista de Portugal. Observole en su marcha, moviéndose paralelamente, la división del general Hill.
Siguió haciendo siempre la guerra en el mediodía de Extremadura el cuerpo del mariscal Mortier; mas este jefe, disgustado con Soult, anhelaba por alejarse, y aun pidió licencia para volver a Francia.
Decreto de Soult
de 9 de mayo.
Molestaba la pertinaz resistencia de los españoles al mariscal Soult en tanto grado que con nombre de reglamento dio el 9 de mayo un decreto ajeno de naciones cultas. En su contexto notábase, entre otras bárbaras disposiciones, una que se aventajaba a todas concebida en estos términos: «No hay ningún ejército español, fuera del de S. M. C. Don José Napoleón; así, todas las partidas que existan en las provincias, cualquiera que sea su número, y sea quien fuere su comandante, serán tratadas como reuniones de bandidos... Todos los individuos de estas compañías que se cogieren con las armas en la mano, serán al punto juzgados por el preboste y fusilados; sus cadáveres quedarán expuestos en los caminos públicos.»
Así quería tratar el mariscal Soult a generales y oficiales, así a soldados, cuyos pechos quizá estaban cubiertos de honrosas cicatrices, así a los que vencieron en Bailén y Tamames, confundiéndolos con forajidos. La regencia del reino tardó algún tiempo en darse por entendida de tan feroz decreto con la esperanza de que nunca se llevaría a efecto. Otro en respuesta
de la regencia
de España. Pero, víctimas de él algunos españoles, publicó al fin en contraposición otro en 15 de agosto, expresando que por cada español que así pereciese, se ahorcarían tres franceses; y que «mientras el duque de Dalmacia no reformase su sanguinario decreto... sería considerado personalmente como indigno de la protección del derecho de gentes, y tratado como un bandido si cayese en poder de las tropas españolas.» Dolorosa y terrible represalia, pero que contuvo al mariscal Soult en su desacordado enojo.
Decreto
de Napoleón
sobre gobiernos
militares.
Entibiaban tales providencias las voluntades aun de los más afectos al gobierno intruso, coadyuvando también a ello en gran manera los yerros que Napoleón prosiguió cometiendo en su aciaga empresa contra la península. De los mayores, por aquel tiempo, fue un decreto que dio en 8 de febrero,[*] (* Ap. n. [11-5].) según el cual se establecían en varias provincias de España gobiernos militares. Encubríase el verdadero intento so capa de que, careciendo de energía la administración de José, era preciso emplear un medio directo para sacar los recursos del país, y evitar así la ruina del erario de Francia, exhausto con las enormes sumas que costaba el ejército de España. Todos, empero, columbraron en semejante resolución el pensamiento de incorporar al imperio francés las provincias de la orilla izquierda del Ebro, y aun otras si las circunstancias lo permitiesen.
El tenor mismo del decreto lo daba casi a entender. Cataluña, Aragón, Navarra y Vizcaya se ponían bajo el gobierno de los generales franceses, los cuales, entendiéndose solo para las operaciones militares con el estado mayor del ejército de España, debían «en cuanto a la administración interior y policía, rentas, justicia, nombramiento de empleados y todo género de reglamentos, entenderse con el emperador por medio del príncipe de Neufchatel, mayor general.» Igualmente los productos y rentas ordinarias y extraordinarias de todas las provincias de Castilla la Vieja, reino de León y Asturias, se destinaban a la manutención y sueldos de las tropas francesas, previniéndose que con sus entradas hubiera bastante para cubrir dichas atenciones.
Une a su imperio
los Estados
Pontificios
y la Holanda.
Ya que tales providencias no hubiesen por sí mostrado a las claras el objeto de Napoleón, los procedimientos de este a la propia sazón respecto de otras naciones de Europa, probaban con evidencia que su ambición no conocía límites. Los estados del papa, en virtud de un senado-consulto, se unieron a la Francia, declarando a Roma segunda ciudad del imperio, y dando el título de rey suyo al que fuese heredero imperial. Debían además los emperadores franceses coronarse en adelante en la iglesia de San Pedro, después de haberlo sido en la de Notre Dame de París. El senado-consulto, ostentoso en sus términos, anunciaba el renacimiento del imperio de occidente, y decía: «mil años después de Carlomagno se acuñará una medalla con la inscripción Renovatio imperii.» Agregose también a la Francia en este año la Holanda, aunque regida por un hermano de Napoleón, y ocupó su territorio un ejército francés, imaginando el emperador, en su desvarío, pues no merece otro nombre, que países tan diversos en idioma y costumbres, tan distantes unos de otros, y cuya voluntad no era consultada para tan monstruosa asociación, pudieran largo tiempo permanecer unidos a un imperio cimentado solo en la vida de un hombre.
En España, muy en breve se empezaron a sentir las consecuencias del establecimiento de los gobiernos militares. Procuró ocultar aquella medida, en tanto que pudo, el gabinete de José, conociendo su mal influjo. Los generales franceses, aun en las provincias no comprendidas en el decreto, «dispusieron luego a su arbitrio [*] (* Ap. n. [11-6].) [como afirman Azanza y Ofarrill], o sin otra dependencia directa que la del emperador, de todos los recursos del país. Por consecuencia de esto, las facultades del rey José [añaden los mismos] fueron disminuyendo hasta quedarse en una mera sombra de autoridad.»
Inútil embajada
a París
de Azanza.
Sumamente incomodó a José la inoportuna y arbitraria resolución de su hermano, concebida en menoscabo de su poder y aun en desprecio de su persona. Trastornáronse también los ánimos de los españoles, sus adherentes, quienes además de ver en tal desacuerdo la prolongación de la guerra, dolíanse de que España pudiese como nación desaparecer de la lista de las de Europa. Porque entre los de este bando, no obstante sus compromisos, conservaban muchos el noble deseo de que su patria se mantuviese intacta y floreciente.
Menester pues era que por parte de ellos se pusiese gran conato en que el emperador revocase su decreto. Creyeron así oportuno enviar a París una persona escogida y de toda confianza, y nadie les pareció más al caso que Don Miguel José de Azanza, conocido de Napoleón ya en Bayona, y ministro de genio suave y de índole conciliadora.[*] (* Ap. n. [11-7].) Hemos leído la correspondencia que con este motivo siguió Azanza; y nada mejor que ella prueba el desdén y desprecio con que trataba al de Madrid el gabinete de Francia.
En principios de mayo llegó a París como embajador extraordinario el mencionado Don Miguel. Tardó en presentar sus credenciales, y a mediados de junio de vuelta ya Napoleón desde 1.º del mes de un viaje a la Bélgica, no había aún tenido el ministro español ocasión de ver al emperador más que una vez cuando le presentaron. Pasados algunos días mirábase Azanza como muy dichoso solo porque ya le hablaban [*] (* Ap. n. [11-8].) [son sus palabras]. Satisfacción poco duradera y de ninguna resulta. Prolongó su estancia en París hasta octubre, y nada logró, como tampoco el marqués de Almenara que de Madrid corrió en su auxilio por el mes de agosto. Hubo momentos en que ambos vivieron muy esperanzados; hubo otros en que por lo menos creyeron que se daría a España en trueque de las provincias del Ebro el reino de Portugal: ilusiones que al fin se desvanecieron diciendo Azanza al rey José en uno de sus últimos oficios [24 de septiembre]:[*] (* Ap. n. [11-9].) «El duque de Cadore [Champagny], en una conferencia que tuvimos el miércoles, nos dijo expresamente que el emperador exigía la cesión de las provincias de más acá del Ebro por indemnización de lo que la Francia ha gastado y gastará en gente y dinero para la conquista de España. No se trata de darnos a Portugal en compensación. El emperador no se contenta con retener las provincias de más acá del Ebro, quiere que le sean cedidas.»
Fuéronse, por lo mismo, estas organizando a la manera de Francia en cuanto permitían las vicisitudes de la guerra, y cierto que la providencia de su incorporación al imperio se hubiera mantenido inalterable si las armas no hubieran trastrocado los designios de Napoleón. Suerte aquella fácil de prever después de los acontecimientos de Bayona en 1808, según los cuales, y atendiendo a la ambición y poderío del emperador de los franceses, necesariamente el gobierno de José, privado de voluntad propia, tenía que sujetarse a fatal servidumbre de nación extraña.
Tentativa
para libertar
al rey Fernando.
(* Ap. n. [11-10].)
En una de las primeras cartas de la citada correspondencia [*] de Don Miguel de Azanza, háblase de un suceso que por entonces hizo gran ruido en Francia, y cuyo relato también es de nuestra incumbencia. Fue pues una tentativa hecha en vano para que pudiese el rey Fernando escaparse de Valençay. Habíanse propuesto varios de estos planes al gobierno español, los cuales no adoptó este por inasequibles, o por lo menos no tuvieron resulta. En la actual ocasión, tomó origen semejante proyecto en el gabinete británico, siendo móvil y principal actor el barón de Kolly, empleado ya antes en otras comisiones secretas. Muchos han tenido a este por irlandés, y así lo declaró él mismo; pero el general Savary, bien enterado de tales negocios, nos ha asegurado que era francés y de la Borgoña.
Barón de Kolly.
Kolly pasó a Inglaterra para ponerse de acuerdo con aquel ministerio, del que era individuo el marqués de Wellesley, después de su vuelta de España. Diéronsele a Kolly los medios necesarios para el logro de su empresa y papeles que acreditasen su persona y comprobasen la veracidad de sus asertos. Desembarcó en la bahía de Quiberon, acercándose también a la costa una escuadrilla inglesa destinada a tomar a su bordo a Fernando. En seguida partió Kolly a París para dar comienzo a la ejecución de su plan, de difícil éxito, ya por la extrema vigilancia del gobierno francés, ya por el poco ánimo que para evadirse tenían el rey y los infantes.
Vida
de los príncipes
en Valençay.
No hemos hablado de aquellos príncipes después de su confinamiento en Valençay. Su estancia no había hasta ahora ofrecido hecho alguno notable. Apenas en su vida diaria se habían desviado de la monótona y triste que llevaban en la corte de España. Divertíanse a veces en obras de manos, particularmente el infante Don Antonio, muy aficionado a las de torno, y de cuando en cuando la princesa de Talleyrand los distraía con saraos u otros entretenimientos. No les agradaba mucho la lectura y como en la biblioteca del palacio se veían libros que, en el concepto del citado infante, eran peligrosos, permanecía este continuamente en acecho para impedir que sus sobrinos entrasen en aposentos henchidos a su entender de oculta ponzoña. Así nos lo ha contado el mismo príncipe de Talleyrand. Salían poco del circuito del palacio y las más veces en coche, llegando a punto la desconfianza de la policía francesa que, con tretas indignas de todo gobierno, casi siempre les estorbaba el ejercicio de a caballo.
La familia que los acompañó en su destierro antes de cumplirse el año fue separada de su lado, y confinados algunos de sus individuos a varias ciudades de Francia, entre ellos el duque de San Carlos y Escóiquiz. Quedó solo Don Juan Amézaga, pariente del último, hombre con apariencias de honrado, de ocultos manejos, y harto villano para hacerse confidente y espía de la policía francesa.
Préndese a Kolly.
En tal situación y con tantas trabas, dificultoso era acercarse a los príncipes sin ser descubierto, y más que todo llevar a feliz término el proyecto mencionado. Ni tanto se necesitó para que se malograse. Kolly, a pocos días de llegar a París, fue preso, habiendo sido vendido por un pseudo-realista, y por un tal Richard, de quien se había fiado. Metiéronle en Vincennes el 24 de marzo, y no tardó en tener un coloquio con Fouché, ministro de la policía general. Admirábase este de que hombres de buen seso hubiesen emprendido semejante tentativa, imposible [decía] de realizarse, no solo por las dificultades que en sí misma ofrecía, sino también porque Fernando no hubiera consentido en su fuga.
Insidiosa
conducta
de la policía
francesa.
Sin embargo, aunque estuviese de ello bien persuadida la policía francesa, quisieron sus empleados asegurarse aún más, ya fuera para sondear el ánimo de los príncipes, o ya quizá para tener motivo de tomar con sus personas alguna medida rigurosa. En consecuencia, se propuso a Kolly el ir a Valençay y hablar a Fernando de su proyecto, dorando la policía lo infame de tal comisión con el pretexto de que así se desengañaría Kolly, y vería cuál era la verdadera voluntad del príncipe. Prometiósele en recompensa la vida y asegurar la suerte de sus hijos. Desechó honradamente Kolly propuesta tan insidiosa e inicua, y de resultas volviéronle a Vincennes donde continuó encerrado hasta la caída de Napoleón, siendo de admirar no pasase más allá su castigo.
La policía, no obstante la repulsa del barón, no desistió de su intento, y queriendo probar fortuna, envió a Valençay al bellaco de Richard, haciéndole pasar por el mismo Kolly. Abocose primero en 6 de abril con Amézaga el disfrazado espía; mas los príncipes, rehusando dar oídos a la proposición, denunciaron a Richard, como emisario inglés, al gobernador de Valençay Mr. Berthemy, ora porque en realidad no se atrevieran a arrostrar los peligros de la huida, ora más bien porque sospecharan ser Richard un echadizo de la policía. Terminose aquí este negocio, en el que no se sabe si fue más de maravillar la osadía de Kolly, o la confianza del gobierno inglés en que saliera bien una empresa rodeada de tantas dificultades y escollos.
Cartas
de Fernando.
Publicose en el Monitor, con la mira sin duda de desacreditar a Fernando, una relación del hecho acompañada de documentos, y antes en el mismo año se habían ya publicado otros, de que insertamos parte en un apéndice de los libros anteriores. Entre aquellos de que aún no hemos hablado, pareció notable una carta (* Ap. n. [11-11].) que Fernando había escrito a Napoleón en 6 de agosto de 1809,[*] felicitándole por sus victorias. Notable también fue otra de 4 de abril de 1810,[*] (* Ap. n. [11-12].) del mismo príncipe a Mr. Berthemy, en que decía: «lo que ahora ocupa mi atención es para mí un objeto del mayor interés. Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S. M. el emperador, nuestro soberano. Yo me creo merecedor de esta adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, tanto por mi amor y afecto a la sagrada persona de S. M., como por mi sumisión y entera obediencia a sus intenciones y deseos.» No se esparcían mucho por España estos papeles, y aun los que los leían considerábanlos como pérfido invento de Napoleón. A no ser así, ¡qué terrible contraste no hubiera resaltado entre la conducta del rey, y el heroísmo de la nación!
RESUMEN
DEL
LIBRO DUODÉCIMO.
Ejército francés que se destina a Portugal. Mariscal Massena, general en jefe. — Sitio de Ciudad Rodrigo. — Herrasti, su gobernador. — Situación de Wellington. — Don Julián Sánchez. — Capitula la plaza. — Gloriosa defensa. — Clamores contra los ingleses por no haber socorrido la plaza. — Excursión de los franceses hacia Astorga y Alcañices. — Toman la Puebla de Sanabria. — La pierden. — La ocupan de nuevo. — Campaña de Portugal. — Estado de este reino y de su gobierno. — Plan de Lord Wellington. — Fuerza que mandaba. — Subsidios que da Inglaterra. — Posición de Wellington. Devastación del país. — Líneas de Torres Vedras. — Dicho de Wellington a Álava. — Preparativos y fuerza de los franceses. — Escaramuzas. Fuerte de la Concepción. — Combate del Coa. — Sitio de Almeida. — Vuélase. — Capitula. — Proscripciones y prisiones en Lisboa. — Temores de los ingleses. — Repliégase Wellington. — Dificultades que tiene Massena. — Aguíjale Napoleón. — Empieza Massena la invasión. — Posición de Wellington y medidas que toma. — Descripción del valle de Mondego. — Distribución de los cuerpos de Massena. — Muévese sobre Celórico y Viseo. — Entran sus avanzadas en Viseo. — Continúa Wellington su retirada. — Ataca Trant la artillería y equipajes franceses. — Detiénese Wellington en Buçaco. — Acción de Buçaco. — Cruza Massena la sierra de Caramula. — Los franceses en Coimbra. — Condeixa. — Desórdenes en el ejército inglés. — Sorprende Trant a los franceses de Coimbra. — Alcoentre. — Alenquer. — Los ingleses en las líneas. — Massena no las ataca. — Formidable fuerza y posición de Wellington. — Únesele con dos divisiones Romana. — Moléstase también al enemigo fuera de las líneas. — Don Carlos de España. — Situación crítica de los franceses. — Galicia. — Asturias. — Expediciones de Porlier por la costa. — Extremadura. — Refriega en Cantaelgallo. — En Fuente de Cantos. — Expedición de Lacy a Ronda. — Al condado de Niebla. — Situación de esta comarca. — Operaciones en Cádiz. — Fuerza sutil de los enemigos. — Fuerzas de los aliados en Cádiz y la Isla. — Blake en Murcia. — Sebastiani se dirige a Murcia. — Medidas que toma Blake. — Se retira Sebastiani. — Insurrecciones en el reino de Granada. — Expedición contra Fuengirola y Málaga. — Avanza Blake a Granada. — Acción de Baza, 3 de noviembre. — Provincias de Levante. — Valencia. — Choques en Morella y Albocácer. — Avanza Caro y se retira. — Caro huye de Valencia. — Le sucede Bassecourt. — Cataluña. — Su congreso. — O’Donnell. — Macdonald. — Convoyes que lleva a Barcelona. — Ejército español de Cataluña. — Intenta Suchet sitiar a Tortosa. — Sus disposiciones. — Salidas de la plaza y combates parciales. — Adelanta Macdonald a Tarragona. — Se retira. — Dificultades con que tropieza. — Avístase en Lérida con Suchet. — Macdonald incomodado siempre por los españoles. — Sorpresa gloriosa de La Bisbal. — Y de varios puntos de la costa. — Guerra en el Ampurdán. — Eroles manda allí. — Campoverde en Cardona. — Otro convoy para Barcelona. — No adelantan los enemigos en el sitio de Tortosa. — Convoyes que van allí de Mequinenza. — Los atacan los españoles. — Carvajal en Aragón. — Villacampa infatigable en guerrear. — Andorra. — Las Cuevas. — Alventosa. — Combate de la Fuensanta. — Nuevos convoyes para Tortosa. — Combates parciales. — Los españoles desalojados de Falset. — Movimiento de Bassecourt. — Acción de Ulldecona. — Macdonald socorre a Barcelona y se acerca a Tortosa. — Formaliza el sitio Suchet. — Deja O’Donnell el mando. — Partidas en lo interior de España. — En Andalucía. — En Castilla la Nueva. — En Castilla la Vieja. — Santander y provincias Vascongadas. — Expedición de Renovales a la costa Cantábrica. — Navarra. Espoz y Mina. — Cortes. — Remisa la regencia en convocarlas. — Clamor general por ellas. — Las piden diputados de las juntas de provincia. — Decreto de convocación. — Júbilo general en la nación. — Dudas de la regencia sobre convocar una segunda cámara. — Costumbre antigua. — Opinión común en la nación. — Consulta la regencia al consejo reunido. — Respuesta de este. — Voto particular. — Consulta del consejo de estado. — No se convoca segunda cámara. — Modo de elección. — El antiguo de España. — Poderes que se dan a los diputados. — Llámanse a las cortes diputados de las provincias de América y Asia. — Elección de suplentes. — Opinión sobre esto en Cádiz. — Parte que toma la mocedad. — Enojo de los enemigos de reformas. — Número que acude a las elecciones. — Temores de la regencia. — Restablece todos los consejos. — Quiere el consejo real intervenir en las cortes. — No lo consigue. — Señálase el 24 de septiembre para la instalación de cortes. — Comisión de poderes. — Congojosa esperanza de los ánimos.
HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.