LIBRO DUODÉCIMO.


Ejército francés
que se destina
a Portugal:
mariscal Massena
general en jefe.

Proseguían los franceses en su intento de invadir el reino de Portugal y de arrojar de allí al ejército inglés, operación no menos importante que la de apoderarse de las Andalucías, y de más dificultosa ejecución, teniendo que lidiar con tropas bien disciplinadas, abundantemente provistas y amparadas de obstáculos que a porfía les prestaban la naturaleza y el arte. Destinaron los franceses para su empresa los cuerpos 6.º y 8.º, ya en Castilla, y el 2.º, que luego se les juntó yendo de Extremadura. Formaban los tres un total de 66.000 infantes y unos 6000 caballos. Nombrose para el mando en jefe al duque de Rívoli, el célebre mariscal Massena.

Antes de pisar el territorio portugués, forzoso les era a los franceses no solo asegurar algún tanto su derecha, como ya lo habían practicado metiéndose en Asturias y ocupando a Astorga, sino también enseñorearse de las plazas colocadas por su frente. Sitio de
Ciudad Rodrigo. Ofrecíase la primera a su encuentro Ciudad Rodrigo, la cual, después de varios reconocimientos anteriores y de haber hecho a su gobernador inútiles intimaciones, embistieron de firme en los últimos días del mes de abril.

A la derecha del Águeda y en paraje elevado, apenas se puede contar a Ciudad Rodrigo entre las plazas de tercer orden. Circuida de un muro alto antiguo y de una falsabraga, domínala al norte, y distante unas 290 toesas, el teso llamado de San Francisco, habiendo entre este y la ciudad otro más bajo con nombre del Calvario. Cuéntanse dos arrabales, el del Puente, al otro lado del río, y el de San Francisco, bastante extenso, y el cual, colocado al nordeste, fue protegido con atrincheramientos; se fortalecieron, además, en su derredor varios edificios y conventos como el de Santo Domingo, y también el que se apellida de San Francisco. Otro tanto se practicó en el de Santa Cruz, situado al noroeste de la ciudad, y por la parte del río se levantaron estacadas y se abrieron cortaduras y pozos de lobo. Despejáronse los aproches de la plaza y se construyeron algunas otras obras. Se carecía de almacenes y de edificios a prueba de bomba, por lo que hubo de cargarse la bóveda de la torre de la catedral y depositar allí y en varias bodegas la pólvora, como sitios más resguardados. La población constaba entonces de unos 5000 habitantes, y ascendía la guarnición a 5498 hombres, incluso el cuerpo de urbanos. Se metió también en la plaza, con 240 jinetes, Don Julián Sánchez, e hizo el servicio de salidas. Herrasti,
su gobernador. Era gobernador Don Andrés Pérez de Herrasti, militar antiguo, de venerable aspecto, honrado y de gran bizarría, natural de Granada, como Álvarez el de Gerona, y que así como él, había comenzado la carrera de las armas en el cuerpo de Guardias españolas.

Situación
de Wellington.

Confiaban también los defensores de Ciudad Rodrigo en el apoyo que les daría Lord Wellington, cuyo cuartel general estaba en Viseo y se adelantó después a Celórico. Su vanguardia, a las órdenes del general Craufurd, se alojaba entre el Águeda y el Coa, y el 19 de marzo, en Barba del Puerco, hubo, entre cuatro compañías suyas y unos 600 franceses que cruzaron el puente de San Felices, un reñido choque, en el que, si bien sorprendidos al principio los aliados, obligaron, no obstante, en seguida a los enemigos a replegarse a sus puestos. Uniose en mayo a la vanguardia inglesa la división española de Don Martín de la Carrera, apostada antes hacia San Martín de Trevejo.

Viniendo sobre Ciudad Rodrigo, apareciéronse los franceses el 25 de abril vía de Valdecarros, y establecieron sus estancias desde el cerro de Matahijos hasta la Casablanca. Descubriéronse igualmente gruesas partidas por el camino de Zamarra, y continuando en acudir hasta junio tropas de todos lados, llegáronse a juntar más de 50.000 hombres, que se componían de los ya nombrados 6.º y 8.º cuerpos y de una reserva de caballería, que guiaban el mariscal Ney y los generales Junot y Montbrun. El primero había vuelto de Francia y tomado el mando de su cuerpo, con la esperanza de ser el jefe de la expedición de Portugal. Por demás hubiera sido emplear tal enjambre de aguerridos soldados contra la sola y débil plaza de Ciudad Rodrigo, si no hubiera estado cerca el ejército anglo-portugués.

Tuvo el 6.º cuerpo el inmediato encargo de ceñir la plaza; situose el 8.º en San Felices y su vecindad, y se extendió la caballería por ambas orillas del Águeda. Pasose el mes de mayo en escaramuzas y choques, distinguiéndose varios oficiales, y sobre todos D. Julián Sánchez. Don Julián
Sánchez. Maravillose de las buenas disposiciones y valor de este el comandante de la brigada británica Craufurd, que desde Gallegos había pasado a Ciudad Rodrigo a conferenciar con el gobernador. Era el 17 de mayo, y de vuelta a su campo escoltaba al inglés Sánchez, cuando se agolpó contra ellos un grueso trozo de enemigos. Juzgaba Craufurd prudente retroceder a la plaza, mas Don Julián, conociendo el terreno, disuadiole de tal pensamiento, y con impensado arrojo, acometiendo al enemigo en vez de aguardarle, le ahuyentó, y llevó salvo a sus cuarteles al general inglés.

Intimaron el 12 de nuevo los franceses la rendición, y Herrasti, sin leer el pliego, contestó que excusaban cansarse, pues ahora no trataría sino a balazos.

Los enemigos, después de haber echado dos puentes de comunicación entre ambas orillas y completado sus aprestos, avivaron los trabajos de sitio al principiar junio.

El 6 verificaron los cercados una salida, mandada por el valiente oficial Don Luis Minayo, que causó bastante daño a los franceses, e hicieron hoyos en las huertas llamadas de Samaniego, en donde se escondían sus tiradores, incomodando con sus fuegos a nuestras avanzadas. Continuaron adelantando los franceses sus apostaderos, y a su abrigo, en la noche del 15 al 16 de junio abrieron la trinchera que arrancaba en el mencionado teso, y que los enemigos dilataron aunque a costa de mucha sangre por su derecha y por el frente de la plaza. 400 hombres de las compañías de cazadores y el batallón de voluntarios de Ávila, capitaneados por el entendido y valeroso oficial Don Antonio Vicente Fernández, se señalaron en los muchos reencuentros que hubo sostenidos siempre por nuestra parte con gloria.

Teniendo ya los enemigos el 22 muy adelantadas sus líneas, y de modo que imposibilitaban el maniobrar de la caballería, resolviose que Don Julián Sánchez saliese del recinto con sus lanceros y se uniese a Don Martín de la Carrera. Ejecutose la operación con intrepidez, y el denodado Sánchez, a la cabeza de los suyos, dirigiéndose a las once de la noche por la dehesa de Martín Hernando, forzó tres líneas enemigas con que encontró, y matando y atropellando logró gallardamente su intento.

Acometieron los sitiadores en la noche del 23 el arrabal de San Francisco y, en especial, los conventos de Santo Domingo y Santa Clara, pero fueron rechazados. Lo mismo practicaron en el arrabal del Puente, si bien tuvieron igual o semejante suerte. A la verdad no fueron estos sino simulados ataques.

Apareció como verdadero el que dieron contra el convento de Santa Cruz, situado, según queda dicho, al noroeste de la plaza. Cercáronle en efecto por todos lados, de noche, escalaron las tapias de su frente, y quemando la puerta principal se metieron en la iglesia, a cuyas paredes aplicaron camisas embreadas. Pensaron en seguida asaltar el cuerpo del edificio, en donde se alojaba la tropa que guarnecía el puesto y que constaba de 100 soldados, a las órdenes de los capitanes Don Ildefonso Prieto y Don Ángel Castellanos. Los defensores repelieron diversas acometidas, y habiendo de antemano y con maña practicado una cortadura en la escalera de subida, al trepar por ella con esfuerzo los granaderos franceses, quitaron los nuestros unos tablones que cubrían la trampa y cayeron los acometedores precipitados en lo hondo, en donde perecieron miserablemente, junto con un brioso oficial que los capitaneaba, el sable en una mano y en la otra una hacha de viento encendida. Duró la pelea cerca de tres horas, firmes los españoles, aunque rodeados de enemigos y casi chamuscados con las llamas que consumían la iglesia contigua. Recelosos los franceses con lo acaecido en la escalera, no osaban penetrar dentro, y al fin, fatigados de tal porfía, y expuestos también al fuego continuo de la plaza, se retiraron, dejando el terreno bañado en sangre. Honraron a nuestras armas con su defensa las tropas del convento de Santa Cruz: fue su acción de las más distinguidas de este sitio.

Ocupados hasta ahora los franceses en los ataques exteriores y en sus preparativos contra la plaza, molestados asimismo y continuamente por los sitiados, y prevenidos a veces en sus tentativas, no habían aún establecido sus baterías de brecha. Atrasó también las operaciones el haberse retardado la llegada de la artillería gruesa, detenida en su viaje a causa del tiempo que, lluviosísimo, puso intransitables los caminos.

Por fin, listos ya los franceses, descubrieron el 25 de junio 7 baterías de brecha coronadas de 46 cañones, morteros y obuses, que con gran furia empezaron a disparar contra la ciudad balas, bombas y granadas. Se extendía la línea enemiga desde el teso de San Francisco hasta el jardín de Samaniego.

Respondió la plaza con no menor braveza, acudiendo en ayuda de la tropa el vecindario sin distinción de clase, edad ni sexo. Entre las mujeres sobresalió una del pueblo, de nombre Lorenza, herida dos veces, y hasta dos ciegos, guiado uno por un perro fiel que le servía de lazarillo, se emplearon en activos y útiles trabajos, y tan joviales siempre y risueños entre el silbar y granizar de las balas, que gritaban de continuo en los parajes más peligrosos: «Ánimo muchachos; viva Fernando VII, viva Ciudad Rodrigo.»

Los enemigos dirigieron el primer día sus fuegos contra la ciudad para aterrarla, y empezaron el 26 a batir en brecha el torreón del Rey, que del todo quedó derribado en la mañana siguiente. Hiciéronles los españoles, por su parte, grande estrago, bien manejada su artillería, cuyo jefe era el brigadier Don Francisco Ruiz Gómez.

El 28 intimó de nuevo el mariscal Ney la rendición a la plaza, y habiendo ya entonces llegado al campo francés el mariscal Massena, que antes había pasado por Madrid a visitar a José, hízose a su nombre dicha intimación, honorífica sí, aunque amenazadora. Contestó dignamente Herrasti diciendo, entre otras cosas: «Después de 49 años que llevo de servicios, sé las leyes de la guerra y mis deberes militares... Ciudad Rodrigo no se halla en estado de capitular.»

Sin embargo, imaginándose el oficial parlamentario que parte de la confianza del gobernador pendía de la esperanza de que le socorriese Lord Wellington, propúsole entonces de palabra despachar a los reales ingleses un correo, por cuyo medio se cerciorase de cuál era el intento del general aliado. Convino Herrasti, mas Ney, sin cumplir lo ofrecido por su parlamentario, renovó el fuego y adelantó sus trabajos hasta 60 toesas de la plaza.

Descontento el mariscal Massena con el modo adoptado para el ataque, mejorole y trazó dos ramales nuevos hacia el glacis y enfrente de la poterna del Rey, rematándolos en la contraescarpa del foso de la falsabraga. Desde allí socavaron sus soldados unas minas para volar el terreno y dar proporción más acomodada al pie de la brecha. Contuviéronlos algún tanto los nuestros, y los ingenieros, bien dirigidos por el teniente coronel Don Nicolás Verdejo, abrieron una zanja y practicaron otros oportunos trabajos, contrarrestando al mismo tiempo la plaza con todo género de proyectiles los esfuerzos de los enemigos.

En el intermedio, en vano estos habían acometido repetidas veces el arrabal de San Francisco. Constantemente rechazados, solo le ocuparon el 3 de julio, en que los nuestros, para reforzar los costados de la brecha, le habían ya evacuado, excepto el convento de Santo Domingo.

El gobernador, siempre diligente, velaba por todas partes, y el 5 ideó una salida a cargo de los capitanes Don Miguel Guzmán y Don José Robledo, cuyas resultas fueron gloriosas. Empezaron los nuestros su acometida por el arrabal del Puente, y después, corriéndose al de San Francisco por la derecha del convento de Santo Domingo, sorprendieron a los enemigos, les mataron gente y destruyeron muchos de sus trabajos.

Con esto, enardecidos los españoles, cada día se empeñaban más en la defensa. Sustentábalos también todavía la esperanza de que viniese a su socorro el ejército inglés, no pudiendo comprender que los jefes de este, tan numeroso y tan inmediato, dejasen a sangre fría caer en poder de los franceses plaza que se sostenía con tan honroso denuedo. Salió no obstante fallida su cuenta.

Las baterías enemigas crecieron grandemente, y el 8 algunas de ellas enfilaban ya nuestras obras. La brecha abierta en la falsabraga y en la muralla alta de la plaza ensanchose hasta 20 toesas, con lo que, y noticioso el gobernador de que los ingleses, en vez de aproximarse, se alejaban, resolvió el 10 capitular de acuerdo con todas las autoridades.

Capitula la plaza.

A la sazón preparábanse los enemigos a dar el asalto, y tres de sus soldados arrojadamente se habían ya encaramado para tantear la brecha. Enarbolada por los nuestros bandera blanca, salió de la plaza un oficial parlamentario, quien encontrándose con el mariscal Ney, volvió luego con encargo de este de que se presentase el gobernador en persona para tratar de la capitulación. Condescendió en ello Herrasti, y Ney, recibiéndole bien y elogiándole por su defensa, añadió que era excusado extender por escrito la capitulación, pues desde luego la concedía amplia y honorífica, quedando la guarnición prisionera de guerra.

El mariscal Ney dio su palabra en fe de que se cumpliría lo pactado, y según la noticia que del sitio escribió el mismo Herrasti, llevose a efecto con puntualidad. Fueron sin embargo tratados rigorosamente los individuos de la junta, porque, encarcelados con ignominia y llevados a pie a Salamanca, trasladáronlos después a Francia.

En este asedio quedaron de los españoles fuera de combate 1400 soldados; del pueblo, unos 100. Perdieron por lo menos 3000 los franceses. Gloriosa defensa. Massena encomió la defensa, pintándola como de las más porfiadas. «No hay idea [decía en su relación] del estado a que está reducida la plaza de Ciudad Rodrigo, todo yace por tierra y destruido, ni una sola casa ha quedado intacta.»

Clamores contra
los ingleses
por no haber
socorrido
la plaza.

Enojó a los españoles el que el ejército inglés no socorriese la plaza. Lord Wellington había venido allí desde el Guadiana, dispuesto y aun como comprometido a obligar a los franceses a levantar el sitio. No podía, en este caso, alegarse la habitual disculpa de que los españoles no se defendían, o de que estorbaban con sus desvaríos los planes bien meditados de sus aliados. El marqués de la Romana pasó de Badajoz al cuartel general de Lord Wellington y unió sus ruegos a los de los moradores y autoridades de Ciudad Rodrigo, a los del gobierno español y aun a los de algunos ingleses. Nada bastó. Wellington, resuelto a no moverse, permaneció en su porfía. Los franceses, aprovechándose de la coyuntura, procuraron sembrar cizaña, y el Monitor decía: «Los clamores de los habitantes de Ciudad Rodrigo se oían en el campo de los ingleses, seis leguas distante, pero estos se mantuvieron sordos.» Si nosotros imitásemos el ejemplo de ciertos historiadores británicos, abríasenos ahora ancho campo para corresponder debidamente a las injustas recriminaciones que con largueza y pasión derraman sobre las operaciones militares de los españoles. Pero, más imparciales que ellos, y no tomando otra guía sino la de la verdad, asentaremos, al contrario, prescindiendo de la vulgar opinión, que Lord Wellington procedió entonces como prudente capitán, si para que se levantase el sitio era necesario aventurar una batalla. Sus fuerzas no eran superiores a las de los franceses, carecían sus soldados de la movilidad y presteza convenientes para maniobrar al raso y fuera de posiciones, no teniendo tampoco todavía los portugueses aquella disciplina y costumbre de pelear que da confianza en el propio valer. Ganar una batalla pudiera haber salvado a Ciudad Rodrigo, pero no decidía del éxito de la guerra: perderla destruía del todo el ejército inglés, facilitaba a los enemigos el avanzar a Lisboa, y dábase a la causa española un terrible, ya que no un mortal, golpe. Con todo, la voz pública atronó con sus quejas los oídos del gobierno, calificando, por lo menos, de tibia indiferencia la conducta de los ingleses. Don Martín de la Carrera, participando del común enfado, se separó, al rendirse Ciudad Rodrigo, del ejército aliado y se unió al marqués de la Romana.

Excursión
de los franceses
hacia Astorga
y Alcañices.

Envió en seguida el mariscal Massena algunas fuerzas que arrojasen allende las montañas al general Mahy, que había avanzado y estrechaba a Astorga. Retirose el español, y el general Sainte-Croix atacó en Alcañices a Echevarría, que de intendente se había convertido en partidario y tenido ya anteriormente reencuentros con los franceses. Defendiose dicho Echevarría en el pueblo con tenacidad y de casa en casa. Arrojado, en fin, perdió en su retirada bastante gente que le acuchilló la caballería enemiga.

Toman la Puebla
de Sanabria.

Por entonces quisieron también los franceses apoderarse de la Puebla de Sanabria, que ocupaba con alguna tropa Don Francisco Taboada y Gil. Aquella villa, solo rodeada de muros de corto espesor y guarecida de un castillo poco fuerte, ya vimos como la entraron sin tropiezo los franceses al retirarse de Galicia, habiéndola después evacuado. Su conquista no les fue ahora más difícil. Taboada la desamparó, de acuerdo con el general Silveira, que mandaba en Braganza. Enseñoreose por tanto de ella el general Serras, y creyendo ya segura su posesión, se retiró con la mayor parte de su gente y solo dejó dentro una corta guarnición.

La pierden.

Enterados de su ausencia los generales portugués y español, revolvieron sobre la Puebla de Sanabria el 3 de agosto, y después de algunas refriegas y acometidas, la recuperaron en la noche del 9 al 10. Cayó prisionera la guarnición, compuesta de suizos, a los que se les prometió embarcarlos en la Coruña bajo condición de que no volverían a tomar las armas contra los aliados.

La ocupan
de nuevo.

En breve tornó, y de priesa, en auxilio de la plaza el general Serras, con 6000 hombres. A su llegada estaba ya rendida, pero Taboada y Silveira juzgaron prudente abandonarla, no teniendo bastantes fuerzas para resistir a las superiores de los enemigos. Lleváronse los prisioneros, y Serras de nuevo se posesionó de la villa y su castillo, cuya anterior toma, con la pérdida de los suizos, le costaba más de lo que militarmente valía.

Campaña
de Portugal.

Comenzó, entre tanto, el mariscal Massena la invasión de Portugal. Pasaremos a hablar, aunque con rapidez, de acontecimiento de tanta importancia, refiriendo antes los preparativos y medios de defensa que allí había, como también la situación de aquel reino.

Estado
de este reino
y de su gobierno.

Después de la evacuación que en el año pasado de 1809 efectuó el mariscal Soult de las provincias septentrionales de Portugal, puede aseverarse que ni esta nación ni su ejército habían tomado parte activa o directa en la lucha peninsular. Achacaron algunos la culpa a la flojedad del gobierno de Lisboa, y muchos al influjo que ejercía la Inglaterra, cuyo gabinete acabó por ser árbitro de la suerte de aquel país, no conviniendo a la política británica, según se creía, el que se estableciese íntima unión entre Portugal y España. Hubo de los gobernadores del reino [nombre que se daba a los individuos de la regencia portuguesa] quien se disgustó de tal predominio, y así se verificaron por este tiempo mudanzas en las personas que componían aquella corporación. El marqués de las Minas se retiró, y se agregaron a los que quedaban otros gobernadores, de los que fue el más notable y principal Sousa, hermano de los embajadores portugueses residentes en el Brasil y en Londres. Poco después, en septiembre, entró también en la regencia Sir Carlos Stuart, a la sazón embajador de Inglaterra en Lisboa. Del ejército, además del mando inmediato dado a Beresford, disponía en jefe, como mariscal general de Portugal, Lord Wellington, independiente del gobierno y absoluto en todo lo relativo a la fuerza combinada anglo-portuguesa, de cualquiera clase que fuese. Igualmente se confirió la dirección suprema de la marina al almirante inglés Berkeley. En fin, el gabinete del Brasil, o por mejor decir, las circunstancias, arreglaron de modo la administración pública de Portugal que, conforme a la expresión de un historiador inglés, en esta parte nada sospechoso, aquel reino [*] (* Ap. n. [12-1].) «fue reducido a la condición de un estado feudatario.»

Por lo mismo, no con mayor resignación que el marqués de las Minas, se sometían algunos de los otros gobernadores del reino, aun de los nuevos, a la intervención extraña. Las reyertas eran frecuentes y vivas, echando los ingleses en cara al gobierno de Lisboa que, en vez de remover obstáculos, los aumentaba, entorpeciendo la ejecución de medidas las más cumplideras. Pero tales quejas partían a veces de apasionada irreflexión, pues si bien ciertas resoluciones de los comandantes británicos solían ser eficaces para el éxito final de la buena causa, producían por el momento incalculables males, poco sentidos por extranjeros que solo miraban los campos lusitanos como teatro de guerra, y desoían los clamores de un país que no era su patria.

Lord Wellington, para hacer frente a tantas dificultades, y no abrumado con la grave carga que pesaba sobre sus hombros, desplegó asombrosa firmeza y se mostró invariable en sus determinaciones. Ministrole gran sostenimiento la suprema autoridad de que estaba proveído, y los socorros y dinero que la Inglaterra profusamente derramaba en Portugal.

Plan de
Lord Wellington.

De antemano había Lord Wellington meditado un plan de defensa y elevádole al conocimiento del gobierno británico, después de examinar detenidamente los medios económicos y militares que para ello deberían emplearse. Extendió su dictamen en un oficio dirigido a Lord Liverpool, obra maestra de previsión y maduro juicio. El gabinete inglés, descorazonado con la paz de Austria y el desastrado remate de la expedición de Walcheren, había vacilado en si continuaría o no protegiendo con esfuerzo la causa peninsular. Pero arrastrado de las razones de Wellington, apoyadas con elocuencia y saber por su hermano el marqués de Wellesley, miembro ahora de dicho gabinete, accedió al fin a las propuestas del general británico. Según ellas, debiendo aumentarse el ejército anglo-portugués, tenían que ser mayores los gastos y concederse nuevos subsidios al gobierno de Lisboa.

Fuerza
que mandaba.

Aprobado, pues, en Londres el plan de Wellington, en breve contó este con una fuerza armada bastante numerosa. Había en la península, no incluyendo los de Gibraltar, cerca de 40.000 ingleses, y dejando aparte los enfermos y los cuerpos que contribuían a guarnecer a Cádiz, quedábanle por lo menos al general británico de 26 a 27.000 hombres de su nación. Dividíase la gente portuguesa en reglada, de milicias y en ordenanzas, las últimas mal pertrechadas y compuestas de paisanaje. Los estados que de toda la fuerza se formaron tuviéronse por muy exagerados, y según un cómputo prudente no pasaba la milicia arriba de 26.000 hombres, y el ejército de 30.000. No es fácil enumerar con puntualidad la fuerza real de las ordenanzas. Por manera que casi al comenzarse la campaña hallábanse ya bajo el mando de Lord Wellington unos 80.000 hombres bien mantenidos, armados y dispuestos, con los que, apoyados por las ordenanzas, o sea la población, debía defenderse el reino de Portugal.

Subsidios
que da Inglaterra.

El subsidio con que a este acudía la gran Bretaña llegó a ascender por año a cerca de 1.000.000 de libras esterlinas. Rayaba el costo del ejército puramente británico en la suma de 1.800.000 libras de la misma moneda, 500.000 más de las que hubiera consumido en su propio país. Encareciose sobre manera el enganche de soldados, no permitiendo las leyes inglesas en el reemplazo de las tropas de tierra conscripciones forzadas. Se pagaban once guineas de premio por cada hombre que pasase de la milicia a la línea, y diez por los que se alistasen en la primera.

Posición
de Wellington.
Devastación
del país.

Lord Wellington, colocado ya en el valle del Mondego, o ya avanzando hacia la frontera de España, estaba como en el centro de la defensa, formando las alas la milicia y ordenanzas portuguesas. Todo el territorio hasta cerca de Coimbra, por donde se pensaba había de invadir Massena, fue destruido. Arruináronse los molinos, rompiéronse los puentes, quitáronse las barcas, devastáronse los campos, y obligando a los habitantes a que levantasen sus casas y llevasen sus haberes, se ordenó que la población entera, del modo que pudiese, hostigase al enemigo por los costados y espalda y le cortase los víveres, mientras que el ejército aliado por su frente le traía a estancias en que fuese probable batallar con ventaja.

Líneas
de Torres Vedras.

De aquellas se contaban a retaguardia de los anglo-portugueses varias que eran muy favorables, sobrepujando a todas las que se conocieron después con el nombre de líneas de Torres Vedras. Fortaleciéronse estas cuidadosamente, proviniendo la primera idea de mantenerlas y asegurarlas de planos que de todos sus puestos mandó levantar en 1799 el general Sir Carlos Stuart [padre del Stuart por este tiempo embajador en Lisboa], trabajo que ya entonces se hizo con el objeto de cubrir la capital de Portugal de una invasión francesa. Wellington, desde muy temprano, concibió el designio de realizar pensamiento tan provechoso.

Dos fueron las principales líneas que se fortificaron. Partía la primera de Alhandra, orillas del Tajo, y corría por espacio de siete leguas, siguiendo la conformación sinuosa de las montañas hasta el mar y embocadero del Sizandro, no lejos de Torres Vedras. La segunda que era la más fuerte y que distaba de la primera de dos a tres leguas, según la irregularidad del terreno, arrancaba en Quintela, y dilatándose cosa de seis leguas remataba en el paraje en donde desagua el río llamado San Lorenzo. Había además, pasado Lisboa, al desembocar del Tajo, otra tercera línea, en cuyo recinto quedaba encerrado el castillo de San Julián, no teniendo la última más objeto que el de favorecer, en caso de necesidad, el embarco de los ingleses. Contábanse en tan formidables líneas 150 fuertes y unos 600 cañones. Se habían construido las obras bajo la dirección del teniente coronel de ingenieros Fletcher, a quien auxilió el capitán Chapman.

Dicho
de Wellington
a Álava.

Puso Lord Wellington particular ahínco en que se fortificasen estas líneas cumplida y prontamente, pues como decía al digno oficial Don Miguel de Álava, comisionado por el gobierno español cerca de su persona, «no ha podido cabernos mayor fortuna que el haber asegurado el punto en la Isla gaditana y este de Torres Vedras, inexpugnables ambos, y en los que, estrellándose los esfuerzos del enemigo, daremos lugar a otros acontecimientos, y nos prepararemos con nuevos bríos a ulteriores y más brillantes empresas.»

Preparativos
y fuerza
de los franceses.

Los franceses, por su parte, habían preparado grandes fuerzas, para que no se les malograse la expedición de Portugal. El mariscal Massena no solo tenía a su disposición los tres cuerpos indicados y la caballería de Montbrun, sino que, comprendiéndose igualmente en su mando las provincias de Castilla la Vieja y las Vascongadas, el reino de León y Asturias, de su arbitrio pendía sacar de allí las fuerzas que hubiese disponibles. Además, se alojaba entre Zamora y Benavente, a las órdenes del general Serras, una columna móvil de 8000 hombres que amenazaba a Tras-os-Montes, y en agosto entró en España un 9.º cuerpo de ejército de 20.000 hombres, formado en Bayona y regido por el general Drouet; a mayor abundamiento, en la misma ciudad se juntaba otro, al cargo del general Caffarelli. No eran inútiles semejantes precauciones si querían los enemigos conservar firme su base y evitar el que se interrumpiesen las comunicaciones por las partidas españolas.

Así fue que el mariscal Massena, próximo a entrar en Portugal, dio en Ciudad Rodrigo una proclama a los habitadores de aquel reino, expresando que se hallaba a la cabeza de 110.000 hombres. Aserción no jactanciosa si se cuentan todos los cuerpos y divisiones que estaban bajo su obediencia, y que se extendían por España desde la frontera lusitana hasta la de Francia.

Escaramuzas.
Fuerte
de la Concepción.

Hubo ya escaramuzas en los primeros días de julio entre ingleses y franceses. Aquellos volaron y acabaron de arruinar el 21 del mismo mes el fuerte de la Concepción, en la raya perteneciente a España, y bien fortificado antes de 1808, pero que, al principiarse en dicho año la insurrección, se vio abandonado por los españoles, y destruido en parte por los franceses.

Combate del Coa.

Craufurd, general de la vanguardia inglesa, se colocó entonces a la margen derecha del Coa, y sin tener la aprobación de Lord Wellington, decidiose el 24 a trabar pelea con los franceses, llevado quizá del deseo de cubrir a Almeida, bajo cuyos cañones apoyaba su izquierda. Consistía la fuerza de Craufurd en 4000 infantes y 1100 caballos, situados en una línea que se extendía por espacio de media legua, formación algo semejable a las desadvertidas del general Cuesta. Vino sobre los ingleses el mariscal Ney, acompañado de su cuerpo de ejército, y por consiguiente muy superior a aquellos en número. Y si bien los batallones de la vanguardia aliada y los individuos combatieron por separado valerosamente, maniobrose mal en la totalidad, y los movimientos no fueron más atinados que lo había sido la colocación de las tropas. Los franceses rompieron las filas inglesas, obligando a sus soldados a pasar el Coa. Sirvió a estos para no ser del todo deshechos y atropellados por los jinetes enemigos lo desigual del terreno y los viñedos, y también el haberse negado a evolucionar oportunamente con la caballería el general Montbrun, disculpándose con no tener orden del general en jefe mariscal Massena. Hallaron así los ingleses hueco para cruzar el puente, cuyo paso defendido con grande aliento, detuvo al francés en su marcha. Perdió Craufurd cerca de 400 hombres; bastantes Ney por el empeño que puso, aunque inútil, en ganar el puente.

Tal contratiempo, en vez de coadyuvar a la defensa de Almeida, no podía menos de perjudicarla. Los franceses, en efecto, intimaron luego la rendición; mas no por eso obraron con su acostumbrada presteza, pues hasta el 15 de agosto en la noche no abrieron trinchera.

Sitio de Almeida.

Parecía natural que Almeida, plaza bajo todos respectos preeminente a Ciudad Rodrigo, imitase tan glorioso ejemplo, prolongando aun por tiempo más largo la resistencia. Los antiguos muros se hallaban, mucho antes de la actual guerra, mejorados, conforme al sistema moderno de fortificación, con foso, camino cubierto, seis baluartes, seis revellines y un caballero que dominaba la campiña. Había también almacenes a prueba de bomba. Estaba ahora la plaza municionada muy bien, y sus obras más perfeccionadas. Guarnecíanla 4000 hombres, y mandaba en ella el coronel inglés Cox.

Vuélase.

Rompieron los franceses el 26 horroroso fuego, y a poco ardieron muchas casas. Al anochecer del mismo día, tres almacenes, los más principales, encerrados en un castillo antiguo situado en medio de la ciudad, se volaron con pasmoso estrépito y causaron deplorable ruina. Por unas partes resquebrajáronse los muros, por otras se aportillaron; los cañones casi todos fueron o desmontados o arrojados al foso; perecieron 500 personas; hubo heridas muchas otras, y apenas quedaron seis casas en pie. Tal espectáculo ofreció Almeida en la mañana del 27. No faltó quien atribuyese a traición semejante desdicha; los bien informados, a casualidad o descuido.

Capitula.

Sin tardanza repitieron los franceses la intimación de rendirse. El gobernador Cox, aunque ya miraba imposible la defensa, quería alargarla dos o tres días, esperando que el ejército aliado acudiese en socorro de la plaza; pero obligole a capitular un alboroto, agavillado por el teniente de rey Bernardo de Costa. Presúmese que en él influyeron los portugueses adictos al francés, y que estaban en su campo. El teniente de rey fue en adelante arcabuceado, si bien no resultó claramente que llevase tratos con el enemigo.

Proscripciones
y prisiones
en Lisboa.

De resultas, la regencia de Portugal también declaró traidores a varios individuos que seguían el bando francés. Entre ellos sonaban los nombres de los marqueses de Alorna y de Loulé, del conde de Ega, de Gómez Freire de Andrade y otros de cuenta. Se prendió asimismo en Lisboa a muchas personas so pretexto de conspiración, sin pruebas ni acusación fundada. Enviáronlas después unas a Inglaterra, otras a las Azores. Dieron ocasión a tan vituperable demasía livianos motivos y privadas venganzas. Extrañose que Lord Wellington, y particularmente el embajador Stuart, miembro de la regencia y de poderoso influjo, no estorbasen procedimientos en que por lo menos pudiera achacárseles cierta connivencia, como sucedió. Pero la regencia de Lisboa, tomando la defensa de ambos, manifestó no haber tomado parte ninguno de ellos en aquella ocurrencia.

Temores
de los ingleses.

Mientras tanto, la caída de Almeida, el contratiempo de Craufurd y la idea agigantada que entonces tenían los ingleses del ejército francés, causaban en el británico grande descaecimiento. Las cartas de los oficiales a sus amigos en Inglaterra no estaban más animosas, y su mismo gobierno se mostraba casi desesperanzado del buen éxito de la lucha peninsular. Así fue que, no obstante haber accedido a los planes de Lord Wellington, indicábase a este, en particulares instrucciones, que S. M. B. vería con gusto la retirada de su ejército, más bien que el que corriese el menor peligro por cualquiera dilación en su embarco. Otro general de menos temple que Lord Wellington y menos confiado en los medios que le asistían, hubiera quizá vacilado acerca del rumbo que convenía tomar, y dado un nuevo ejemplo de escandalosa retirada. Mas Wellington mantúvose firme, a pesar de que la repentina e inesperada pérdida de Almeida aceleraba las operaciones del enemigo.

Repliégase
Wellington.

Acaecida tamaña desgracia se replegó el general inglés a la izquierda del Mondego, estableció en Gouvea sus reales, colocó detrás de Celórico los infantes, y en este mismo pueblo la caballería. Dificultades
que tiene
Massena. Massena, teniendo dificultades en acopiar víveres a causa de las partidas españolas y de la mala voluntad de los pueblos, retardó la invasión, y aun dudaba poderla realizar tan pronto. Dos meses eran corridos después de la toma de Ciudad Rodrigo. Almeida apenas había ofrecido resistencia, y el ejército francés aún permanecía a la derecha del Coa. Tanto ayudaba a los aliados la constante enemistad que conservaban los habitantes a los invasores.

Aguíjale
Napoleón.

Napoleón, que no palpaba de cerca como sus generales los obstáculos del país, maravillábase de la dilación, mayormente siendo superior en número al anglo-portugués el ejército de los franceses. Así se lo manifestaba a Massena en instrucciones que le expidió en septiembre; pero antes de recibir estas, ya aquel mariscal se había puesto en marcha.

Empieza Massena
la invasión.

Fue su primer plan, aseguradas las plazas de Ciudad Rodrigo y Almeida, moverse por ambas orillas del Tajo. Pero después, contando con que las tropas francesas de Extremadura y Andalucía amenazarían por el Alentejo, y no creyéndose con bastante fuerza para dividir esta, limitó sus miras a su solo frente, y determinó obrar por uno de los tres principales caminos que por allí se le ofrecían, de Belmonte, Celórico y Viseo.

Posición
de Wellington
y medidas
que toma.

Wellington, conservando en Gouvea sus cuarteles, extendía los puestos avanzados de su ejército, comprendiendo las fuerzas de Hill y otras sobre la derecha, desde el lado de Almeida, por la sierra de Estrella, a Guarda y Castelo Branco; en caso de ataque del enemigo debían todas las divisiones replegarse concéntricamente hacia las líneas. El inconveniente de esta posición consistía en lo dilatado de ella, pudiendo el enemigo, al paso que amagase a Celórico, interponerse por Belmonte entre Lord Wellington y el general Hill, a quienes separaba gran distancia. El último, siguiendo paralelamente, conforme indicamos, los movimientos del francés Reynier, había llegado a Castelo Branco el 21 de julio. Dejó aquí una guardia avanzada, y obedeciendo las órdenes de Lord Wellington, que le había reforzado con caballería, se acampó con 16.000 hombres y 18 cañones en Sarcedas. Para prevenir el que los franceses se interpusiesen, se rompió de Covilhã arriba el camino, ejecutáronse otros trabajos de defensa, se apostó en Fundão una brigada portuguesa, y colocose entre dos posiciones que se atrincheraron detrás del Cécere, río tributario del Tajo, y junto al Alva, que lo es del Mondego, una reserva formada en Tomar, y compuesta de 8000 portugueses y 2000 ingleses, bajo el mando del general Leith.

Descripción
del valle
de Mondego.

El cuerpo principal del ejército de Wellington podía, desde Celórico, tomar para su retirada o el camino que va a la sierra de Murcela, o el de Viseo. El primero corre por espacio de quince leguas lo largo de un desfiladero entre el río Mondego y la sierra de Estrella, teniendo al extremo la de Murcela, que circunda el Alva. De allí un camino que lleva a Espinhal facilitaba las comunicaciones con Hill y Leith, y un ramal suyo las de Coimbra. La otra ruta insinuada, la de Viseo, es de las peores de Portugal, interrumpida por el Criz y otras corrientes, y también estrechada entre el Mondego y la sierra de Caramula, que se une por medio de un país montuoso a la de Buçaco, límite, por decirlo así, del valle, y que hace frente a la de Murcela, pasando entre las faldas de ambas sierras el mencionado Mondego. La decisión de Wellington pendía del partido que tomasen los franceses.

Distribución
de los cuerpos
de Massena.

Massena no conocía a fondo el terreno, y tomando consejo de los portugueses que había en su campo, a quienes suponía enterados, resolvió dirigirse a Viseo y de allí a Coimbra, habiéndosele pintado aquella ruta como fácil y sin particulares obstáculos. En consecuencia, reconcentró el 16 de septiembre los tres cuerpos de ejército que mandaba: el de Ney y la caballería pesada en Maçal do Chão, el de Junot en Pinhel, y el de Reynier en Guarda. Hizo distribuir a los soldados pan para trece días, pensando caminar aceleradamente, y deseando anticiparse a Wellington en su marcha. Massena, colocando así su ejército, amenazaba los tres caminos indicados de Celórico, Belmonte y Viseo, y dejaba en duda el verdadero punto de su acometida. Reynier había hecho desde su retirada de Extremadura varios movimientos, ya dando indicios de dirigirse a Castelo Branco, ya adelantándose hasta Sabugal, ya retrocediendo a Zarza la Mayor. Por fin se incorporó, según acabamos de ver, a los otros cuerpos de Massena.

Muévese sobre
Celórico y Viseo.

De estos, el 2.º y 6.º, unidos con la caballería de Montbrun, cayeron en breve sobre Celórico, replegándose los puestos de los aliados a Cortiça. Wellington entonces comenzó su retirada por la izquierda del Mondego sobre el Alva, y el 17 notó que los dos mencionados cuerpos franceses se dirigían a Viseo por Fornos; quedaba el 8.º de Junot hacia Trancoso, en observación de 10.000 hombres de milicia, al mando del coronel Trant y de los jefes Miller y Juan Wilson, recogidos del norte de Portugal, y que se pusieron a las órdenes del general Bacellar para molestar el flanco derecho y la retaguardia del enemigo.

Entran
sus avanzadas
en Viseo.

Entraron en Viseo las avanzadas francesas el 18. La ciudad estaba desierta. Wellington sin demora hizo cruzar de la margen izquierda del Mondego a la opuesta la brigada portuguesa que mandaba Pack, y la apostó más allá del Criz, rotos sus puentes. Continúa Wellington su retirada. En seguida empezó también el ejército aliado a pasar el Mondego por Penacova, Olivares y otras partes: colocose la división ligera de Craufurd en Mortagua para sostener a Pack; la 3.ª y 4.ª, del mando de Picton y Cole, entre la sierra de Buçaco y aquel pueblo, situándose al frente del mismo en un llano la caballería. Pasó al otro lado de la citada sierra la 1.ª división, regida por el general Spencer, y se dirigió a Meallada con la mira de observar el camino de Oporto a Coimbra, pues todavía se dudaba si Massena procuraría desde Viseo salir hacia aquella ruta, o continuar lo largo de la derecha del Mondego. Por igual motivo el coronel Trant, con parte de la milicia, debía marchar por San Pedro de Sul a Sardão, y juntarse al general Spencer. En tanto, el general Leith llegaba al Alva, y siguiole de cerca Hill, quien, sabiendo que Reynier se había juntado a Massena, se anticipó afortunadamente sin que hubiese todavía recibido órdenes de Wellington, y vino a incorporarse al ejército aliado.

Ataca Trant
la artillería
y equipajes
franceses.

El grueso del de los franceses llegó a Viseo el 20; pero su artillería y equipajes se detuvieron por los tropiezos del camino, y por una embestida del coronel Trant. Atacolos este caudillo el mismo 20 en Tojal, viniendo de Moimenta da Beira, con algunos caballos y 2000 hombres de milicia. Cogioles 100 prisioneros, algún bagaje, y su triunfo hubiera sido más completo si la gente que mandaba hubiera sido menos novicia. Sin embargo, tan inesperado movimiento desasosegó a los franceses, cuya artillería, equipajes y gran parte de la caballería no llegó a Viseo hasta el 22, lo cual hizo perder a Massena dos días, y no desaprovechó a Wellington, a quien hubiera podido andar el tiempo escaso.

Parecía ahora que este general, prosiguiendo en su propósito de no aventurar batallas, no se detendría en donde estaba, sino que, cerciorado de que los franceses iban adelante, se replegaría para aproximarse a las líneas. Suposición esta tanto más fundada cuanto, no habiendo querido empeñar acción para salvar dos plazas, no era regular lo hiciese en la actual ocasión, en que no concurría motivo tan poderoso. Mas no sucedió así. Presúmese que varió de parecer a causa de los clamores que contra los ingleses se levantaron en Portugal, viendo que dejaban el país a merced del enemigo.

Detiénese
Wellington
en Buçaco.

Wellington determinó, pues, hacer alto en la sierra de Buçaco, y disponer su gente en nuevas y acomodadas posiciones. Corren aquellos montes por espacio de dos leguas, cayendo por un lado rápidamente, según hemos apuntado, sobre la derecha del Mondego, y enlazándose por el opuesto con la sierra de Caramula. Tres caminos llevan a Coimbra: uno cruza lo más alto, y allí se levanta un convento célebre en Portugal de carmelitas descalzos, en donde Lord Wellington estableció el cuartel general, y aquella morada antes silenciosa y pacífica convirtiose ahora en estrepitoso alojamiento de gente de guerra. De los otros dos caminos, uno venía de San Antonio de Cantaro, y el otro seguía el Mondego a Penacova. A través del último se colocó el cuerpo de Hill, que llegó el 26; a su izquierda Leith. Seguía la 3.ª división, y entre esta y el convento formaba la 1.ª La 4.ª se puso en el extremo opuesto para cubrir un paso que conduce a Meallada, en cuyo llano se apostó la caballería, quedando solo en las cumbres un regimiento de esta arma. La brigada de Pack se alojaba delante de la 1.ª división, a la mitad de la bajada del lado de los franceses; también se situó descendiendo y enfrente del convento la vanguardia de Craufurd con algunos jinetes. Había en ciertos parajes, a retaguardia de la línea, portugueses que sostenían el cuerpo de batalla. Hallose Wellington con toda su fuerza principal reunida, en número de unos 50.000 hombres.

Acción
de Buçaco.

Túvose a dicha que los franceses se hubiesen parado hasta el día 27, pues a haber acelerado su marcha y acometido treinta y seis horas antes, conforme se asegura quería Ney, la suerte del ejército aliado hubiera podido ser muy otra, reinando alguna confusión en sus movimientos. Leith pasaba el Mondego, Hill todavía no había llegado, y apenas estaban en línea 25.000 hombres.

El mariscal Massena, después de algunas dudas, se resolvió a embestir la Sierra el 27 al amanecer. Tenían sus soldados, para llegar a la cima, que trepar por una subida empinada y escabrosa, cuya desigualdad sin embargo los favorecía, escudando hasta cierto punto sus personas. El mariscal Ney se enderezó al convento, y Reynier del otro lado, por San Antonio de Cantaro. Junot se quedó en el centro y de respeto con la caballería y artillería.

Las tropas de Reynier acometieron con tal ímpetu que se encaramaron en la cima, y por un rato se enseñorearon de un punto de la línea de los aliados, arrollando parte de la 3.ª división, que mandaba Picton. Pero acudiendo el resto de ella, y también el general Leith por el flanco con una brigada, fueron los enemigos desalojados, y cayeron con gran matanza la montaña abajo.

Ni aun tan afortunado logró ser por el otro punto el mariscal Ney. Dueño desde el principio de la acción de una aldea que amparaba sus movimientos, comenzó a subir la sierra por la derecha encubierto con lo agrio y desigual del terreno. El general Craufurd, que se hallaba allí, tomó en esta ocasión atinadas disposiciones. Dejó acercarse al enemigo, y a poca distancia rompió contra sus filas vivísimo fuego, cargándole después a la bayoneta por el frente y los costados. Precipitáronse los franceses por aquellas hondonadas, perdieron mucha gente, y quedó prisionero el general Simon. Ganaron después los ingleses a viva fuerza el pueblecillo que habían al principio ocupado sus contrarios. Lo recio de la pelea duró poco, el enemigo no insistió en su ataque, y se pasó lo que restaba del día en escaramuzas y tiroteos. Perdieron los franceses unos 4000 hombres, murió el general Graindorge, y fueron heridos Foy y Merle. De los aliados perecieron 1300, menos que de los otros a causa de su diversa y respectiva posición.

Cruza Massena
la sierra
de Caramula.

Convencido el mariscal Massena de las dificultades con que se tropezaba para apoderarse de la sierra por el frente, trató de salvarla poniéndose en franquía por la derecha, y obligando de este modo a los ingleses a abandonar aquellas cumbres, ya que no pudiese sorprenderlos por el flanco y escarmentarlos. Lo difícil era encontrar un paso, mas al fin consiguió averiguar de un paisano que desde Mortagua partía un camino al través de la sierra de Caramula, el cual se juntaba con el que de Oporto va a Coimbra. Contento el mariscal francés con tal descubrimiento, decidió tomar prontamente aquella vía, y disfrazó su resolución manteniendo el 28 falsos ataques y escaramuzas. Mientras tanto fue marchando a la desfilada lo más de su ejército, y hasta en la tarde no advirtieron los ingleses el movimiento de sus contrarios.

No les era ya dado el estorbarlo, por lo que desampararon a Buçaco antes del alborear del 29. Hill repasó el Mondego, y por Espinhal se retiró sobre Tomar; hacia Coimbra y la vuelta de Meallada, Wellington, con el centro y la izquierda. Cubría la retaguardia la división ligera de Craufurd, a la que se unió la caballería.

Los franceses, después de cruzar la sierra de Caramula, llegaron el mismo día 28 a Boyalvo sin encontrar ni un solo hombre. El coronel Trant se hallaba a una legua, en Sardão, adonde había venido desde San Pedro de Sul, pero con poca gente. Las partidas enemigas le arrojaron fácilmente más allá del Vouga.

Por la relación que hemos hecho de la acción de Buçaco aparece claro que con ella no se alcanzó otra cosa que el que brillase de nuevo el valor británico y se adquiriese mayor confianza en las tropas portuguesas, las cuales pelearon con brío y buena disciplina. Pero no se recogió ninguno de aquellos importantes frutos, por los que un general aventura de grado una batalla. Ni siquiera había los motivos que para ello asistían durante los sitios de Ciudad Rodrigo y de Almeida. Y hasta la prudencia de Lord Wellington falló en esta ocasión, dejando un portillo por donde no solo se metieron los franceses, sino que también por él pudieron envolver al ejército aliado o a lo menos flanquearle con gran menoscabo. En vano se alega en disculpa haber mandado Wellington que avanzase el coronel Trant con la milicia: la escasa fuerza y la índole bisoña de esta tropa no hubiera podido detener, cuanto menos rechazar, las numerosas huestes de Massena. Tan cierto es que de un hilo cuelga la suerte de las armas, aun gobernadas por generales los más advertidos.

Puesto el mariscal francés en Boyalvo, marchó sobre Coimbra. En aquel tránsito no estaba el país tan destruido y talado como hasta Buçaco. No se cumplieron allí rigurosamente las disposiciones de Wellington, parte por creerse lejano el peligro, parte también porque a la regencia portuguesa, gobierno nacional, no le era lícito llevar a efecto órdenes tan duras con la misma impasibilidad y fortaleza que al brazo de hierro de un general que, aunque aliado, era extranjero.

Los franceses
en Coimbra.

Hubo, por tanto, en Coimbra desbarato y confusión, y si bien los vecinos desampararon la ciudad, con la precipitación se dejaron víveres y otros recursos al arbitrio del enemigo. No le aprovecharon sin embargo a este: Junot, a pesar de órdenes contrarias del general en jefe, permitió o no pudo impedir el pillaje.

Condeixa.

De aquí nació que agolpándose muchedumbre de población fugitiva de aquella ciudad y otras partes a los desfiladeros que van a Condeixa, hubo de comprometerse la división de Craufurd, que cubría la retirada del ejército aliado, porque, detenida en su marcha, se dio lugar a que se aproximaran los jinetes enemigos. A su vista suscitose gran desorden, y si hubieran venido asistidos de infantería, quizá hubieran destrozado a Craufurd. Este consiguió, aunque a duras penas, poner en salvo su división.

Desórdenes
en el ejército
inglés.

Lo apacible del tiempo había favorecido en su retirada a los ingleses, abundaban en provisiones, y no obstante cometieron excesos, a punto de robar sus propios almacenes. El cuartel general se estableció en Leiría el 2 de octubre, y creciendo la perturbación y las demasías, hubiéranse quizá repetido en compendio las escenas deplorables del ejército de Moore, a no haber Lord Wellington reprimido el desenfreno con castigos ejemplares y con vedar que los regimientos más díscolos entrasen en poblado.

El saqueo de Coimbra y sus desórdenes impidieron también, por su parte, al mariscal Massena moverse de aquella ciudad antes del 4, respiro que aprovechó a los ingleses. No obstante, acometiendo de repente los enemigos a Leiría, se vieron aquellos al pronto sobrecogidos. Atajados al fin los ímpetus del francés, prosiguieron la retirada los aliados, yendo su derecha por Tomar y Santarén, la izquierda por Alcobaza y Óbidos, el centro por Batalha y Rio Maior: enviose fuerza portuguesa a guarnecer a Peniche, pequeña plaza orillas de la mar.

Sorprende Trant
a los franceses
de Coimbra.

No bien hubo el mariscal Massena salido de Coimbra, cuando el coronel Trant, viniendo desde el Vouga con milicia portuguesa, pudo el 7 sorprender en aquella ciudad a los franceses que la custodiaban, coger a los que se habían fortificado en el convento de Santa Clara, apoderarse, en una palabra, de 5000 hombres, contados heridos y enfermos, y asimismo de los depósitos y hospitales. Al siguiente día llegaron también, con sus milicianos, los jefes Miller y Juan Wilson, y tomaron, extendiéndose por la línea de comunicación, 300 hombres más.

No detuvo a Massena semejante contratiempo, ni tampoco las lluvias, que empezaron a ser muy copiosas. En nada reparaba la impetuosidad francesa, Alcoentre. y el 9, en Alcoentre, viose sorprendida una brigada de artillería inglesa, y hasta perdió sus cañones. Costó mucho recobrarlos. Parecida desgracia ocurrió el 10 a la división de Craufurd en Alenquer, Alenquer. permaneciendo este general muy descuidado cuando tenía cerca un enemigo tan diligente. El terror fue grande, y aunque se disipó, no por eso dejó de correr la voz de que aquella división había sido cortada; por lo cual, temeroso Hill de la suerte de la 2.ª línea, que era la más importante, se echó atrás para cubrirla, y dejó desamparada la primera desde Alhandra a Sobral, cosa de dos leguas. Felizmente los enemigos no lo notaron, y antes de la madrugada del 11 tornó Hill a sus anteriores puestos. Infiérese de aquí lo poco firme que todavía andaba el ánimo del ejército inglés.

Los ingleses
en las líneas.

Había este ido entrando sucesivamente en las líneas de Torres Vedras, y admirábase, no teniendo de ellas cumplida idea. No menos se maravilló, al acercarse, el mariscal Massena, quien hasta pocos días antes ni siquiera sabía que existiesen. Ignorancia pasmosa, ya dimanase del sigilo con que se habían construido obras de tal importancia, ya de la falta de secretas correspondencias de los enemigos en el campo aliado.

Massena gastó algunos días en reconocer y tantear las líneas; se trabaron varias escaramuzas, la más seria el 14, cerca de Sobral. Fue herido el general inglés Harvey, y en Villafranca mató el fuego de una cañonera al general francés Sainte-Croix.

Massena
no las ataca.

No vislumbrando Massena, después de su examen, probabilidad de forzar las líneas, consultó con los otros jefes principales del ejército, y juntos decidieron pedir refuerzos a Napoleón, y reducir en cuanto fuese dado a bloqueo las operaciones. Estableció, de consiguiente, Massena su cuartel general en Alenquer, situó el cuerpo de Reynier en Villafranca, el de Junot mirando a Sobral, y mantuvo el de Ney en Ota, a retaguardia.

Formidable
fuerza y posición
de Wellington.

Por su parte, el ejército de Lord Wellington estaba distribuido así: la derecha, a las órdenes de Hill, en Alhandra; la izquierda, que mandaba Picton, en Torres Vedras; Wellington mismo y Beresford en el centro, el último tenía su cuartel general en Monte Agraço, el primero en Quinta de Peronegro, cerca de Enxara dos Cavaleiros. Fuese el ejército británico reforzando, y cubriéronse sus huecos con tropas de Inglaterra y Cádiz; Únesele
con dos divisiones
Romana. también se le unió de Badajoz, antes de acabar octubre, el marqués de la Romana, con dos divisiones mandadas por los generales Carrera y Don Carlos O’Donnell, que ambas componían unos 8000 hombres.

Juzgó conveniente, además, Lord Wellington no solo tener a su disposición fuerza real y efectiva bien organizada, sino igualmente gran avenida de hombres que aumentasen el número y las apariencias. Así la milicia cívica de Lisboa, la de la provincia de la Extremadura portuguesa y sus ordenanzas se metieron en el recinto de las líneas, pues allí podían ser útiles y representar aventajado papel. Creció tanto la gente que, al rematar octubre, recibían raciones dentro de dichas líneas 130.000 hombres, de los que 70.000 pertenecían a cuerpos regulares y dispuestos a obrar activamente; guardaban casi todos los castillos y fuertes de la primera y segunda línea la milicia y artillería portuguesas; la tercera, que era la última y más reducida, la tropa de marina inglesa.

Tan enorme masa de gente, abrigada en estancias tan formidables, teniendo a su espalda el espacioso y seguro puerto de Lisboa, y con el apoyo y los socorros que prestaban el inmenso poder marítimo y la riqueza de la gran Bretaña, ofrece a la memoria de los hombres un caso de los más estupendos que recuerdan los anales militares del mundo. ¡Qué recursos asistían al dominador de Francia para superar tantos y tantos impedimentos!

Moléstase
también
al enemigo fuera
de las líneas.

Por de fuera de las líneas no descuidó Wellington el que se hostilizase al enemigo. La milicia del norte de Portugal le punzaba por la espalda y se comunicaba con Peniche, hacia donde se destacó un batallón español de tropas ligeras y un cuerpo de caballería inglesa, también sostenidos por una columna volante que salía de Torres Vedras a hacer sus excursiones, y por el pueblo de Óbidos en estado de defensa. Del otro lado maniobraba la milicia de la Beira baja, dándose la mano con la del norte y apoyada por Don Carlos
España. Don Carlos España que, con una columna móvil, había pasado el Tajo y obraba la vuelta de Abrantes, villa esta en poder de los aliados y fortificada. De suerte que los franceses estaban metidos como en una red, costándoles mucho avituallarse y formar almacenes.

Situación crítica
de los franceses.

En la lejanía dañábales igualmente el continuo pelear de los partidarios españoles de León, Castilla y provincias vascongadas, que dificultaban los convoyes y socorros e interrumpían la correspondencia con Francia. No menos los desfavoreció la guerra que por las alas hacían las tropas españolas, ya en la frontera de Galicia, ya en Asturias y también en Extremadura.

Galicia.

De las primeras, Galicia, aunque libre, ceñía sus operaciones a hacer de cuando en cuando correrías hasta el Órbigo y el Esla, de donde, según ya quedó apuntado, solían los enemigos arrojar a los nuestros, obligándolos a replegarse a los puertos de Manzanal y Foncebadón, y aun al Bierzo. El general Mahy continuaba mandando, como antes, aquel ejército, cuyas fuerzas apenas llegaban a 12.000 hombres y pocos caballos, todo no muy arreglado. Y, ¡cosa de admirar!, los gallegos, que se habían esmerado tanto en defender sus propios hogares, mostráronse perezosos en cooperar fuera de su suelo al triunfo de la buena causa. Mas esto pendió mucho, aquí como en las demás partes, de las autoridades, y no de reprensible falta en el carácter de los habitantes. Aquellas, por lo general, eran flojas y adolecían de los vicios de los gobiernos anteriores, careciendo de la previsión y bien entendida energía que da la ciencia práctica del gobierno.

Las operaciones, pues, del general Mahy fueron muy limitadas. Ocuparon, sin embargo, sus tropas por dos veces a León, e inquietaron con frecuencia, y a veces con ventaja, a los franceses. Distinguiéronse en semejantes reencuentros los oficiales superiores Meneses y Evia. Diósele después a Mahy el mando de las tropas de Asturias, para que, reuniendo este al que ya tenía, se procediese más de concierto. Al fin, autorizósele también con la capitanía general de Galicia, y se creyó de este modo que, poniendo en una mano la supremacía militar del distrito y la de las fuerzas activas de ambas provincias, tomarían los movimientos de la guerra rumbo más fijo. Mahy, en consecuencia, y para obrar de acuerdo con la junta de Galicia y hacer que de un solo centro partiesen las providencias convenientes, pasó a la Coruña en 2 de septiembre, y dejó en su lugar, al frente del ejército, a Don Francisco Taboada y Gil, que vimos en Sanabria. Colocó este general las tropas en Manzanal y Foncebadón, con puestos destacados sobre las avenidas de la Puebla de Sanabria por un lado, y por otro sobre Asturias, vía de las Babias. Formose asimismo una columna volante de 2000 hombres, al mando del coronel Mascareñas, que particularmente maniobraba hacia León, la cual desbarató algunas tropas del enemigo en la Robla antes de acabar octubre, y en San Feliz de Órbigo al empezar noviembre. También el 26 de aquel mes, en Tábara, Don Manuel de Nava sorprendió a los franceses y les hizo algunos prisioneros. Mas el único beneficio que de tales operaciones resultó, ciñose a obligar al enemigo a que mantuviese fuerzas bastantes en las riberas del Órbigo y del Esla.

Mahy no alcanzó nada importante con su ida a la Coruña. Habían traído allí fusiles de Inglaterra y otros auxilios, de que no se sacó gran fruto. Las autoridades discurrían, es cierto, mucho entre sí, y aun ideaban planes, pero casi todos ellos o no llegaron a plantearse o se frustraron. Hombre de sanas intenciones, escaseaba Mahy de nervio y de aquella voluntad firme que imprime en la mente de los demás respeto y sumisión.

Asturias.

Dejamos en abril las tropas de Asturias colocadas en la Navia y en el país montuoso que sigue casi la misma línea. Las primeras se componían de la división de Galicia, y las mandaba Don Juan Moscoso: las otras, que eran las asturianas, Don Pedro de la Bárcena, a quien se había agregado con su cuerpo franco Don Juan Díaz Porlier. Atacó Moscoso el 17 de mayo en Luarca a los franceses. Por desgracia nuestras tropas flaquearon, y con pérdida volvieron a ocupar su primera línea. A Bárcena, acometido al mismo tiempo, sucediole igual fracaso. Conservose íntegro el cuerpo de Porlier, que en seguida se situó en el puente de Salime, a la derecha de Moscoso.

Se retiró a poco este del principado, cuyo mando supremo militar confirió la regencia de Cádiz a Don Ulises Albergotti, hombre muy anciano e incapaz de desempeñar encargo que en aquel tiempo requería gran diligencia. El nuevo general permaneció en Navia, y allí, en 5 de julio, acometiéronle los franceses, penetrando por el lado de Trelles. Estaba Albergotti desprevenido, y con el sobresalto no paró hasta Meira en Galicia. Los enemigos extendieron sus correrías a Castropol, límite de aquel reino y de Asturias. Dos días antes, el 3, Bárcena, que había avanzado hacia Salas, también fue atacado y se recogió a la Pola de Allande.

Mahy entonces, como general en jefe de todas las fuerzas de Galicia y Asturias, quiso poner remedio a tan repetidas desgracias, hijas las más de descuido en algunos jefes y de mala inteligencia entre ellos, y meditó un plan para desembarazar de enemigos el principado. Envió, pues, 600 hombres que reforzasen la división gallega, mandó que esta partiese a Salime y comunicase con Bárcena, y además destacó del grueso del ejército de Galicia, que estaba en el Bierzo, un trozo de 1500 hombres al cargo de D. Esteban Porlier, el cual, cruzando el puerto de Leitariegos, debía obrar mancomunadamente con las fuerzas de Asturias. Expediciones
de Porlier
por la costa. Al propio tiempo, el otro Porlier [Don Juan Díaz] estaba destinado a llamar, con la infantería de su cuerpo franco, la atención de los franceses del lado de Santander, embarcándose a este propósito en Ribadeo a bordo, y escoltado de cinco fragatas inglesas.

Semejante plan hubiera podido realizarse con buen éxito si Mahy, usando de su autoridad, hubiera hecho que todos los jefes concurriesen prontamente a un mismo fin. Porlier dio la vela de Ribadeo, dirigiendo la expedición marítima el Comodoro inglés Roberto Mends. Amagaron los aliados varios puntos de la costa y tomaron tierra en Santoña, puerto que, bien fortificado, hubiera sido en el norte de España un abrigo tan inexpugnable como lo eran en el mediodía las plazas de Gibraltar y Cádiz. Tal deseo asistía a Porlier, pero su expedición, puramente marítima, no llevaba consigo los medios necesarios para fortificar y poner en estado de defensa un sitio cualquiera de la marina. Desembarcó, sin embargo, en varios parajes además de Santoña, cogió 200 prisioneros, desmanteló las baterías de la costa, alistó en sus banderas bastantes mozos del país ocupado, y felizmente tornó a la Coruña con la expedición el 22 de julio.

Repitió este activo e infatigable jefe otra tentativa del mismo género el 3 de agosto, y aportó a la ensenada de Cuevas, entre Llanes y Ribadesella. Dirigiose a Potes, deshizo en las montañas de Santander algunas partidas enemigas, y retrocediendo a Asturias obró de consuno con Don Salvador Escandón y otros jefes de guerrillas que lidiaban al oriente del principado.

Bárcena, por su parte, también avanzó, y el 15 de agosto tuvo en Linares de Cornellana un reencuentro con los franceses. Siguiéronse otros, y parecía que pronto se vería Oviedo libre de enemigos, favoreciendo las empresas de la tropa reglada las alarmas de varios concejos, nombre que, como dijimos, se daba al paisanaje armado de la provincia. Pero no fue así: cuando unos jefes avanzaban, se retiraban otros, y nunca se llevó a cabo un plan bien concertado de campaña. Teníase, sí, en sobresalto al enemigo, forzábaselo a conservar en aquellas partes considerable número de gente, mas la guerra, yendo al mismo son en el principado de Asturias que en la frontera de Galicia, no reportó las ventajas que se hubieran sacado con mayor unión y vigor en las autoridades y ciertos caudillos.

Extremadura.

Fue importante, si no siempre favorable en sus resultas, la asistencia que dio Extremadura a la campaña de Portugal, pues por lo menos se entretuvo el cuerpo del mariscal Mortier, y se impidió que, metiéndose en el Alentejo, quitase a Lisboa los auxilios que aquel territorio suministraba.

Dimos cuenta hasta entrado julio de las operaciones más principales del ejército de dicha provincia de Extremadura, que se llamaba de la izquierda. Privado este del apoyo del general Hill, había puesto Lord Wellington en manos del general en jefe, marqués de la Romana, la plaza de Campomayor, y enviádole a mediados de agosto una brigada portuguesa, a las órdenes de Madden.

Aun sin tales arrimos continuaban las tropas de Extremadura incomodando con mayor o menor ventura al enemigo. Ya al retirarse Reynier le siguieron la huella los soldados de Don Carlos O’Donnell, cogieron a los que se rezagaban, y el 31 de julio el jefe España se apoderó de 100 hombres que guardaban una torre y casa fuerte sita en la confluencia del Almonte y Tajo, cerca de donde se divisan los famosos restos del puente romano de Alconétar, que el vulgo apellida de Mantible, nombre célebre en algunas historias españolas de caballería. Mas por este lado hubo la desgracia de que en Alburquerque, con la caída de un rayo se volase, casi al mismo tiempo que en Almeida, un almacén de pólvora, accidente que causó daños y ruinas.

La guerra que hasta aquí había hecho el ejército de Extremadura no dejó de ser prudente y acomodada a las circunstancias y a la calidad de sus tropas, si bien se quejaban todos de la indolencia y dejadez del general en jefe. Y así, más bien que por premeditado plan de este, dirigiéronse las operaciones según el valor o el buen sentido de los generales subalternos, los cuales evitaban grandes choques, y solo parcialmente hostigaban al enemigo y le traían en continuo movimiento. Quiso Romana en agosto probar por sí fortuna y dar a la campaña nuevo impulso y mayor ensanche. En consecuencia, saliendo de Badajoz el 5, se unió a las divisiones de los generales Ballesteros y La Carrera que se hallaban en Salvatierra, ambas a las órdenes de Don Gabriel de Mendizábal, y juntos se adelantaron, recogiéndose atrás a Llerena los franceses que había en Zafra. Refriega
en Cantaelgallo. Aguardaron estos en las alturas de Villagarcía, y los nuestros se colocaron en las de Cantaelgallo, separadas de las primeras por un valle. Los enemigos atacaron el 11, y valiéndose de diestras maniobras, estuvieron próximos a envolver a los infantes españoles si La Carrera, con la caballería, no los hubiera sacado de tan mal paso. Portose asimismo con habilidad y honra la artillería. Se retiró Romana a Almendralejo, y los franceses volvieron a Zafra.

No pasaron por entonces más adelante porque, como en aquella guerra tenían a un tiempo que acudir a tantas partes, luego que en una triunfaban los llamaba a otra algún suceso desagradable o inesperado. Verificose particularmente en Extremadura este trasiego, este continuado ir y venir, distrayendo la atención de las tropas de Mortier ya las ocurrencias del condado de Niebla, ya las de Ronda u otros lugares.

En Fuente
de Cantos.

Después de lo que aconteció en Cantaelgallo, fueron reforzadas las tropas españolas con los jinetes del general Butrón que ocupaban otros sitios, y con los portugueses ya indicados, al mando de Madden. Quietos los franceses y aun replegados de nuevo, avanzó Butrón a Monesterio, y se colocó La Carrera, con su división de caballería y la artillería volante, en Fuente de Cantos. Vinieron los enemigos sobre ellos el 15 de septiembre, en número de 13.000 infantes y 1800 caballos. Butrón se incorporó a Carrera y ambos pelearon bien hasta que, oprimidos por la superioridad enemiga, empezaron a retirarse. Los franceses tenían oculta parte de su tropa, casi a espaldas de los nuestros, y cargando de improviso, introdujeron desorden y se apoderaron de algunos cañones. Mayor hubiera sido la desgracia de los españoles a no haber acudido pronto en su favor el inglés Madden, apostado con los portugueses en Calzadilla, quien contuvo a los jinetes franceses y aun los escarmentó. El general Butrón también después, en Azuaga, les cogió 100 hombres. Paráronse los nuestros en Almendralejo, y los enemigos no pasaron de Zafra y de los Santos de Maimona.

Prosiguió de este modo la guerra sin ningún considerable empeño, y Romana saliendo, como hemos dicho, para Lisboa, se juntó en octubre con el ejército inglés. Determinación que tomó de propia autoridad, y no de acuerdo con el gobierno supremo. Cierto es que no hubiera obtenido Romana la aprobación de aquel a haberle consultado, pues claro era que las tropas que llevó consigo hacían más falta para cubrir la Extremadura española, y aun para impedir la entrada de los franceses en el Alentejo, que en las líneas de Torres Vedras, abundantemente provistas de gente y de medios de defensa. Antes de partir nombró Romana, para que le reemplazase en el mando en jefe, a Don Gabriel de Mendizábal, puso a Badajoz como si estuviera amagado de sitio, y mandó que la junta y demás autoridades se trasladasen a Valencia de Alcántara.

Tenía inmediata correlación con las operaciones del ejército de Extremadura la guerra que se hacía en el condado de Niebla, en la serranía de Ronda y en otros lugares de la Andalucía.

Expedición
de Lacy
a Ronda.

Se daba desde Cádiz pábulo a semejante lucha por medio de auxilios y de algunas expediciones marítimas. Hízose a la vela la primera de estas el 17 de junio, compuesta de 3189 hombres de buenas tropas, a las órdenes del general Don Luis Lacy, y dirigió su rumbo a Algeciras, en donde desembarcó. Tenía por objeto dicha empresa fomentar la insurrección de la serranía de Ronda, adoptando un plan que constantemente mantuviese allí la guerra. El que proponía Lacy, siguiendo en parte los pensamientos del general Serrano Valdenebro, comandante de la sierra, se presentaba como el más adecuado y consistía en establecer de mar a mar, quedando Gibraltar a la espalda, una línea de puntos fortificados que abrigasen respectivamente ambos flancos cuando se obrase ya en uno o ya en otro de ellos. Se habilitaban también en lo interior de la sierra varios castillejos, antiguos vestigios de los moros, colocados los más en parajes casi inaccesibles. El ejército había de obrar no en masa sino en trozos, reuniéndose solo en determinadas ocasiones, y se dejaba a cargo del paisanaje guarnecer los castillos, y suplir con reclutas las bajas del ejército en Cádiz. Mas para realizar este plan necesitábase tiempo, y no era probable que los franceses se descuidasen y permitiesen el que se llevara a efecto.

Lacy, luego que hubo desembarcado, se encaminó a Gaucín, desde donde quiso acercarse a Ronda. En esta ciudad se habían los franceses fortalecido en el antiguo castillo y formado varios atrincheramientos: tomar uno y otro a viva fuerza no era maniobra fácil ni pronta, principalmente conservando los enemigos en Grazalema una columna móvil.

Limitose, pues, Lacy a hacer algunos movimientos, y a contener a veces los ímpetus del enemigo. Le ayudaban los partidarios, favorecidos del conocimiento que tenían del terreno, siendo los de más nombre Don José de Aguilar, Don Juan Becerra y Don José Valdivia. También los ingleses, de acuerdo con el general español, enviaron al este de la sierra 800 hombres que sirviesen de apoyo en cualquier desmán.

Inquietos los franceses con la expedición, y persuadidos de que si se mantenía firme en los montes de Ronda, desasosegaría continuamente las fuerzas que sitiaban a Cádiz, y aun las de Sevilla y Málaga, diéronse priesa a frustrar tales intentos. Y así, al paso que el general Girard buscaba a Lacy hacia el frente, destacó el mariscal Victor tropas del primer cuerpo por el lado de poniente, y Sebastiani otras del 4.º por el de levante. De manera que, temeroso Don Luis Lacy de ser envuelto, se trasladó a la fuerte posición de Casares, embarcándose después en Estepona y Marbella. Tomó a poco tierra en Algeciras, y tornando a San Roque se corrió otra vez a la banda de Marbella, a fin de alentar y socorrer la guarnición de aquel castillo que, bajo el mando de Don Rafael Cevallos Escalera, burló diversas tentativas que para ocuparle hizo el enemigo. Don Francisco Javier Abadía, comandante de San Roque, aunque asistido de escasa fuerza, cooperó igualmente a los movimientos de Lacy, y llamó por Algeciras la atención de los franceses.

Pero al fin, agolpándose estos en gran número a la sierra, se reembarcó la expedición, y regresó a Cádiz el 22 de julio. No se sacaron de ella más ventajas que la de molestar a los enemigos y divertirlos de otras operaciones, particularmente de las que intentaba en Extremadura, tan conexas con las de Portugal. Poca o mala inteligencia entre las tropas de línea y los paisanos desfavoreció la empresa. Para aquellas había oscura gloria y mucho trabajo en la guerra de partidarios, única que convenía en la sierra; no así para los otros, habituados a tales peleas, y cuya ambición de fama estaba satisfecha con que se pregonasen sus hazañas en el ejido de sus pueblos.

Al Condado
de Niebla.

Ni un mes se pasó sin que el mismo Don Luis Lacy, con otra expedición, saliese de Cádiz llevando rumbo opuesto al anterior de Ronda, esto es, al condado de Niebla. Situación
de esta comarca. En dicha comarca proseguía el general Copons entreteniendo al enemigo, que, bajo el mando del duque de Aremberg, hacía con una columna móvil excursiones en el país, y le molestaba. La junta de Sevilla contribuía desde Ayamonte al buen éxito de las operaciones de Copons, y oportunamente formó de la isla llamada Canela, en el Guadiana, un lugar de depósito resguardado de los ataques repentinos del enemigo. En breve aquel terreno, antes arenoso y desierto, se convirtió en una población donde se albergaron muchas familias, refugiándose a veces los habitantes de aldeas enteras y villas invadidas. Construyéronse allí barracas, almacenes, pozos, hornos, y se fabricaron en sus talleres monturas, cartuchos y otros pertrechos de guerra. Al fin, fortificáronse también sus avenidas, de manera que se hizo el punto casi inexpugnable.

Constaba la expedición de Lacy de unos 3000 hombres, y escoltábala fuerza sutil, española e inglesa, al mando la primera de Don Francisco Maurelle, y la segunda al del capitán Jorge Cockburn. Desembarcó la gente el 23 de agosto, a dos leguas de la barra de Huelva, entre las Torres del Oro y de la Arenilla. La fuerza sutil se metió por la ría que forman a su embocadero las corrientes del Odiel y el Tinto, con propósito de ayudar la evolución de tierra y atacar por agua a Moguer. En este sitio tenían los franceses 500 infantes y 100 caballos que, sorprendidos, se retiraron, no asistiendo mayor dicha a otros tantos que corrieron a su socorro de San Juan del Puerto.

Copons, al desembarcar Lacy, se hallaba en Castillejos, 12 leguas distante, y habiéndose por desgracia retardado el pliego que le anunciaba el arribo, no pudo acudir a la costa con la puntualidad deseada, malográndose así el coger entre dos fuegos a los franceses que estaban avanzados. Vino Copons, sin embargo, a Niebla, y se puso luego en comunicación con Lacy. Los pueblos recibieron a este con el júbilo más colmado, y fiados en su apoyo dieron a los enemigos terrible caza. Pero no teniendo otra mira la expedición de Don Luis Lacy sino la de divertir al francés de Extremadura, en tanto que el ejército de Romana también por su lado se movía, miró aquel general como concluido su encargo luego que le amenazaron superiores fuerzas, y de consiguiente se reembarcó el 26 del mismo agosto. Desagradó en el condado lo rápido de la excursión, y muchos pensaron que, sin comprometer su gente, hubiera podido Lacy permanecer allí más tiempo, y maniobrar en unión con el general Copons. Desamparados los pueblos, padecieron nuevas molestias del enemigo, en especial Moguer, que se había declarado y tomado parte desembozadamente. Quiso en seguida Lacy acometer a Sanlúcar de Barrameda, pero los franceses, ya sobre aviso, frustráronle el proyecto.

Operaciones
de Cádiz.

De vuelta a Cádiz el mismo general, estimulado por el gobierno y de acuerdo con él y los otros jefes, verificó el 29 de septiembre una salida camino del puente de Suazo, consiguiendo con ella destruir algunas obras del enemigo, siendo esta la sola operación digna de mentarse que, hasta finalizar el presente año de 1810, practicaron en la Isla gaditana las tropas de tierra.

Pudieron las de mar haber tenido ocasión de señalarse, a no estorbárselo tiempos contrarios. El mariscal Soult, convencido de que para cualquiera empresa contra Cádiz y la Isla de León, si había de ser fructuosa, era indispensable fuerza sutil, Fuerza sutil
de los enemigos. ideó que se construyesen buques al caso en Sanlúcar y en Sevilla. Para ello valiose de barcos de aquellos puertos, ordenó una tala en los montes inmediatos, y recibió de Francia carpinteros, marinos y calafates. En octubre, dispuesta ya una flotilla, se trasladó en persona a Sanlúcar dicho mariscal a fin de presenciar desde la costa la dificultosa travesía que tenían que emprender los referidos buques desde la boca del Guadalquivir hasta lo interior de la bahía de Cádiz. Empezose a poner en obra el proyecto en la noche del 31, pasando la flotilla por entre los bajos de Punta Candor, y atracando siempre a la costa. Se componía en todo de unos 26 cañoneros: dos vararon, nueve se metieron la misma noche en el puerto de Santa María, y los otros anclaron en Rota, de donde, aprovechando vientos frescos y favorables, se juntaron a los que habían ya entrado, sin que les hubiese sido dable impedirlo a las fuerzas de mar anglo-españolas. Pero de nada sirvió a los franceses suceso en su entender tan dichoso. En balde después quisieron que su flotilla doblase la punta del Trocadero, en balde trasladaron por tierra los barcos a Puerto Real. Durante el sitio ya no se menearon de allí, obligándolos a permanecer quedos las superiores y mejor marineras fuerzas de los aliados.

No por eso dejaron los franceses de perfeccionar las obras de tierra, y de establecer una cadena de fuertes que se dilataba desde la entrada de la bahía hasta Chiclana, por cuya parte, y en una batería inmediata al cerro de Santa Ana, perdieron, muerto de una granada, al distinguido general de artillería Senarmont.

Fuerzas
de los aliados
en Cádiz y la Isla.

Los aliados tampoco se mantuvieron ociosos. Mejoraron cada vez más las fortificaciones, y las tropas se engrosaron y adquirieron buena disciplina. De las inglesas se contaron en julio 8500 hombres; volviéronse a reducir a 5000 por los refuerzos que se enviaron a Portugal; mas antes de fines de año crecieron otra vez a 7000 con gente que llegó de Sicilia y Gibraltar. Las tropas españolas de línea pasaban de 18.000 hombres. Don Joaquín Blake continuó a su cabeza hasta 23 de julio, en cuyo tiempo se transfirió a Murcia, extendiéndose su mando, conforme apuntamos, a las divisiones existentes en aquel reino, las cuales formaban con las de la Isla de León el ejército llamado del centro.

Blake en Murcia.

Llegado que hubo el general Blake a su nuevo destino, restableció paz y armonía, que andaba escasa entre algunos jefes. El ejército se había aumentado a punto que poco antes enviara a Cádiz una división de 4000 hombres al mando del general Vigodet. Blake llegó el 2 de agosto, y la fuerza disponible era de unos 14.000 soldados, 2000 de caballería.

Alrededor de este ejército revoloteaban, por decirlo así, muchos partidarios, en especial del lado de Jaén y de Granada. Entre los primeros sobresalían los nombrados Uribe, Alcalde y Moreno, puestos a las órdenes del comandante Bielsa; entre los otros, el coronel Don José de Villalobos.

Cuando Blake se incorporó al ejército, se hallaba este repartido en Murcia, Elche, Alicante, Cartagena y pueblos de los contornos: algunos batallones estaban destacados en la Mancha, sierra de Segura y frontera de Granada, en donde permanecía la caballería, extendiéndose hasta cerca de Huéscar.

Sebastiani
se dirige
a Murcia.

Fijó la idea de Blake la atención de los franceses, y desde luego resolvió Sebastiani hacer otra excursión la vuelta de Murcia, lisonjeándose que de ella saldría tan airoso como la vez primera, y aun también de que disiparía como humo el ejército de los españoles.

Medidas
que toma Blake.

Informado Blake de los intentos del enemigo, preparose a recibirle. Agrupó sucesivamente en la huerta de Murcia sus tropas, y las colocó de esta manera: la 5.ª división, al mando del brigadier Creagh, ocupó la derecha en Añora; detrás, guarnecía un batallón el monasterio de jerónimos, teniendo apostaderos por la izquierda hasta el río; delante, se plantaron cuatro piezas de artillería. Alojábase la izquierda del ejército en el lugar de Don Juan, y la componía la 3.ª división, del cargo del brigadier Sanz, teniendo un destacamento por su siniestro costado. Enlazábase esta posición con la del centro por medio de un molino aspillerado y de una batería circular, colocada en donde una de las acequias mayores se distribuye en dos atajeas. Dicho centro, que cubría la 1.ª división, al mando del general Elío, estaba cerca de Alcántara, en la Puebla.

Dispúsose además la inundación de la huerta; medio oportuno pero no del todo hacedero, ya por no ser nunca, y menos en aquella estación, muy caudaloso el Segura, ya también porque, aun en caso de una rápida avenida, las obras allí practicadas estanlo en términos que solo sirven para sangrar el río, y no para favorecer estragos, como construidas con el único objeto de dar a los campos el necesario y fecundante beneficio del riego. Sin embargo, se inundaron los caminos y una faja de bancales por la orilla, amparando lo demás de la huerta sus naranjos y sus cidros, sus limoneros y moreras, en fin toda su intrincada y lozana frondosidad.

Siguiose en esto, y en lo de armar al paisanaje, la conducta del obispo Don Luis Belluga en la guerra de sucesión. Ahora, como entonces, acudieron todos los partidos, hasta el de Orihuela, aunque perteneciente a Valencia, y se distribuyeron en compañías y secciones, incorporándose al ejército. Manifestaron los paisanos grande entusiasmo y mucha docilidad; perfecta armonía reinó entre ellos y los soldados. Blake, declarando a Murcia amenazada de inmediato ataque, la sometió al solo y puro gobierno militar; providencia que las autoridades respetaron, y que en aquel lance obedecieron con gusto.

En el intermedio se había ido acercando el general Sebastiani, y echádose atrás nuestra caballería, a las órdenes de Don Manuel Freire, que sustentó con destreza varios reencuentros. Según los enemigos se aproximaban, daban aviso de todos sus pasos al general Blake los alcaldes de los pueblos y muchos particulares con rara puntualidad, llegando a su colmo la diligencia de todos. Los franceses aparecieron el 28 de agosto en Librilla, a 4 leguas de Murcia, y nuestros jinetes se situaron en Espinardo, con puestos avanzados sobre el río Segura. El partidario Villalobos, que había acompañado a Freire, se colocó en Molina.

Se retira
Sebastiani.

Luego que el general Sebastiani llegó a Librilla hizo varios reconocimientos; y arredrado del modo con que los nuestros le aguardaban, se apartó del intento de penetrar en Murcia, y en la noche del 29 al 30 se replegó a Totana. Hostilizáronle en la retirada los paisanos, particularmente los de Lorca, y en esta ciudad y en otros pueblos cometió el francés mil tropelías. Bien le vino a este no insistir en la empresa proyectada, pues a haber padecido descalabro, como era probable, en los laberintos de la huerta de Murcia, toda su gente hubiera sido muy maltratada, ya por los habitantes de este reino, ya por los de Granada, cuyos ánimos se encrespaban acechando la ocasión de escarmentar a sus opresores. Haberse expuesto a tal riesgo y cansado inútilmente la tropa, con marchas y contramarchas de más de cien leguas en estación tan calurosa, fueron los frutos que reportó Sebastiani de una expedición que de antemano había pregonado como fácil.

Insurrecciones
en el reino
de Granada.

Entre los que empezaron en el reino de Granada a levantar cabeza durante la ausencia del general francés, señalose el alcalde de Otívar, de nombre Fernández, quien entró en Almuñecar y Motril, y aun se apoderó de sus castillos. Estas y otras empresas que propagaron la llama de la insurrección por las sierras y por varios pueblos de la costa, a pesar de algunos amigos y parciales que tuvieron allí los enemigos, impulsó a los ingleses a dar cierto apoyo a aquellos movimientos. Decidiéronse, sobre todo, a atacar a Málaga, guarida entonces de corsarios, y en cuyo puerto también fondeaba una flotilla enemiga de lanchas cañoneras. Expedición
contra
Fuengirola
y Málaga. Al efecto se preparó en Ceuta una expedición de 2500 hombres españoles e ingleses, a las órdenes de Lord Blayney, la cual dio la vela el 13 de octubre con dirección a Fuengirola. Empezaron luego los aliados a embestir este castillo, guarnecido por 150 polacos, con esperanza de que así llamarían hacia aquel punto las fuerzas enemigas, y podrían, reembarcándose, caer repentinamente sobre Málaga que se vería desprovista de gente. Pero dándose Lord Blayney torpe maña, en vez de sorprender a sus contrarios, él fue, por decirlo así, el sorprendido, acometiéndole de improviso el general Sebastiani con 5000 hombres. Al querer retirarse, fue dicho Lord cogido prisionero, y las tropas inglesas volvieron en confusión a sus barcos; solo un regimiento español, el Imperial de Toledo, único de los nuestros que allí iba, tornó a bordo sin pérdida y en buena ordenanza.

Avanza Blake
a Granada.

El ruido de semejantes acontecimientos y el deseo de ensanchar los límites de su territorio, estimularon al general Blake a avanzar a la frontera de Granada, habiéndose ocupado todo aquel tiempo, desde agosto, en mejorar la disciplina de su ejército y en adiestrarle, como igualmente en asegurar sus estancias de Murcia. Envió asimismo a la Mancha, con un trozo de 300 caballos, a Don Vicente Osorio, queriendo extraer granos de aquella provincia para la manutención de su ejército. Las partidas, si bien fomentadas por Blake en todas partes, fuéronlo en especial del lado de Jaén, en donde Don Antonio Calvache sucedió a Bielsa en el mando de ellas. Mas los enemigos, persiguiendo de cerca al nuevo jefe, después de haber quemado casi toda la villa de Segura, le mataron el 24 de octubre en Villacarrillo.

Don Joaquín Blake, reuniendo sus tropas, distribuidas por la mayor parte, sin contar las de las plazas, en Murcia, Caravaca y Lorca, se puso el 2 de noviembre sobre Cúllar, movimiento hecho a las calladas y del que los franceses estaban ignorantes. Dejó Blake 2000 hombres en dicho Cúllar, y a las doce de la mañana del 3 se colocó con 7000, de los que unos 1000 eran de caballería, en las lomas que dominan la hoya de Baza, y que lame el río Guadalquitón.

Los enemigos tenían en el llano una división de caballería, que acaudillaba el general Milhaud, asistida de artillería volante: además habían situado de 2 a 3000 infantes en las inmediaciones de la ciudad, bajo la guía del general Rey. No acudió allí Sebastiani hasta después de concluida la acción que ahora iba a trabarse.

Acción de Baza,
3 de noviembre.

Empezó esta a las dos de la tarde, desembocando la caballería española, a las órdenes de Don Manuel Freire, por el camino real que de Cúllar va a Baza. Nuestros jinetes tiraron por la derecha, y formaron en batalla en dos líneas, sosteniendo sus costados artillería y guerrillas de fusileros. Los enemigos ciaron hacia sus peones, y entonces el general Blake, dejando apostados en las lomas la mitad de sus infantes, se adelantó con los otros y 3 piezas en 4 columnas cerradas, repartidas en ambos lados del camino.

Nuestros caballos proseguían confiadamente su marcha; mas al querer efectuar un movimiento, se embarazaron algunos, y el enemigo, descargando sobre ellos con impetuoso arranque, los desordenó lastimosamente. Tras su ruina vino la de los infantes que habían avanzado, y solo consiguieron unos y otros rehacerse al abrigo de las tropas que habían quedado en las lomas. El enemigo no persistió mucho en el alcance. Quedaron en el campo 5 piezas; y se perdieron entre muertos, heridos y prisioneros 1000 hombres. De los franceses muy pocos.

Descalabro fue el de Baza que causó desmayo y contuvo en cierto modo el vuelo de la insurrección de aquellas comarcas. Adverso era, en esto de batallar, el hado de Don Joaquín Blake, y vituperable su empeño en buscar las acciones que fuesen campales antes que limitarse a parciales sorpresas y hostigamientos. No permaneció después largo espacio al frente de aquel ejército, llamado a desempeñar cargo de mayor alteza.

Por lo demás, y en medio de reveses y contratiempos, la tenacidad española, la serie innumerable de combates en tantos puntos y a la vez, fatigaban a los franceses, y su ejército de las Andalucías no gozó en todo el año de 1810 de mucha mayor ventura que la que tenían los de las otras provincias. Y si bien ordenadas batallas no menguaban extremadamente las filas enemigas, aniquilábanse aquí, como en lo demás del reino, en marchas y contramarchas, y en apostaderos y guerra de montaña.

Provincias
de Levante.

Del lado de Levante las provincias de Valencia, Cataluña y aun lo que restaba libre de la de Aragón, hubieran, obrando unidas, entorpecido muy mucho los intentos del enemigo, siendo entre ellas tanto más necesaria buena hermandad cuanto para sojuzgarlas estaban de concierto el tercero y el primer cuerpo francés. Pero la multiplicidad de autoridades, su diversa condición, los obstáculos mismos que nacían de la naturaleza de la actual guerra estorbaban completa concordia y adecuada combinación. Por fortuna, los caudillos enemigos, aunque no menos interesados en aunarse, y aquí más que en otras partes, a duras penas lo conseguían, no ya por las rivalidades personales que a veces se suscitaban, sino principalmente por lo dificultoso de acudir al cumplimiento de un plan convenido.

Valencia.

En Valencia Don José Caro, más bien que en la guerra pensaba en ir adelante con sus desafueros. Dejó que se perdiesen Lérida, Mequinenza y hasta el castillo de Morella, sin dar señales de oponerse al enemigo, ni siquiera de distraerle. Al fin, viendo Caro que se aproximaban los franceses y que la voz pública se acedaba contra tan culpable abandono, mandó a D. Juan Odonojú, prisionero en la batalla de María y ahora libre, que se adelantase con 4000 hombres. El 24 de junio arrojaron estos de Villabona a los enemigos, que se abrigaron a Morella, Choques
en Morella
y Albocácer. delante de cuyo pueblo se trabó el 25 un choque muy vivo retirándose después los nuestros en vista de haberse reforzado los contrarios. Por segunda vez avanzó en julio el mismo Odonojú, y aun llegó el 16 a intimar la rendición al castillo de Morella, pero revolviendo sobre él prontamente el general Montmarie, le obligó a alejarse y causole en Albocácer un descalabro.

Avanza Caro
y se retira.

No había Don José Caro tomado parte personalmente en ninguna de semejantes refriegas, hasta que en agosto, pidiendo su cooperación el general de Cataluña para aliviar a Tortosa, amenazada de sitio, se movió aquel por la costa lentamente y más tarde de lo que conviniera. Llevó consigo 10.000 hombres de línea y otros tantos paisanos, y se situó en Benicarló y San Mateo. El general Suchet vino por Cálig a su encuentro con diez batallones y también con artillería y caballería. Caro no le aguardó, replegándose, después de ligeras escaramuzas, a Alcalá de Chivert, y de allí el 16 de agosto a Castellón de la Plana y Murviedro. No retrocedió en desorden el ejército valenciano, si bien su jefe Don José Caro dio el triste y criminal ejemplo de ser de los primeros y aun de los pocos que desaparecieron del campo. Zahiriole por ello agriamente su hermano Don Juan, hombre ligero pero arrojado, de quien hablamos allá en Cataluña.

Caro huye
de Valencia.

Con la conducta que en esta ocasión mostró el general de Valencia se acreció el odio contra su persona, y lo que aún es peor, menospreciósele en gran manera. Se descubrieron asimismo tramas que urdía y proscripciones que intentaba, propalándose en el público sus proyectos con tintas que entenebrecían el cuadro. Temeroso, por tanto, se escabulló disfrazado de fraile [traje harto extraño para un general], y pasó luego a Mallorca, sin cuya precaución hubiera tal vez sido blanco de las iras del pueblo.

Le sucede
Bassecourt.

Sucediole inmediatamente en el mando Don Luis de Bassecourt, que estaba a la cabeza de una división volante en Cuenca, hombre que si bien alabancioso al dar sus partes y no de grande capacidad, aventajábase en valor y otras prendas a su antecesor, procurando también con mayor ahínco acordar sus operaciones con los generales de los demás distritos, en especial con los de Aragón y Cataluña.

Cataluña.
Su congreso.

En este principado hacíase la guerra con otra eficacia y obstinación que en Valencia, merced al celo de su congreso y a la pronta diligencia y esmero de su general Don Enrique O’Donnell. O’Donnell. Luego que en 17 de julio estuvo reunida aquella corporación, tomó varias resoluciones, algunas bastantemente acertadas. En la milicia acomodó los alistamientos a la índole de los naturales, imponiendo solo la obligación de un enganche de dos años, con facultad de gozar cada seis meses de una licencia de 15 días. Sin embargo, los catalanes, tan dispuestos a pelear como somatenes, repugnaban a tal punto el servicio de tropa reglada que tuvo su congreso que establecer comisiones militares para castigar a los desertores, y aun a los distritos que no aprontasen su contingente. Recaudáronse con mayor regularidad los impuestos y se realizó, a pesar de lo exhausto que ya estaba el país, un empréstito de medio millón de duros. Aplicáronse a los hospitales los productos que antes percibía la curia romana, y ahora los obispos, por dispensas y otras gracias o exenciones. El alma de muchas de estas providencias era el mismo Don Enrique O’Donnell, quien puso además particular conato en adiestrar sus tropas, en inculcar en ellas emulación y buen ánimo, y también en mejorar la instrucción de los oficiales.

Macdonald.

Por su parte, el mariscal Macdonald apenas podía ocuparse en otras operaciones que en las de avituallar a Barcelona: los convoyes de mar estaban interrumpidos, y los de tierra, escasos y lentos, tenían con frecuencia que repetirse y ser escoltados con la mayor parte del ejército si no se quería que fuesen presa de los somatenes y de las tropas españolas. Macdonald trató en un principio de granjearse las voluntades de los habitantes, contrastando su porte con la ferocidad del mariscal Augereau, que había, por decirlo así, guarnecido las orillas de algunos caminos con patíbulos y cadáveres. Estaban los ánimos sobradamente lastimados de ambas partes para que pudiesen olvidarse antiguas y recíprocas ofensas. Así, no surtieron grande efecto las buenas intenciones, y aun medidas, del mariscal Macdonald, acabando también él mismo por adoptar a veces resoluciones rigurosas.

Convoyes
que lleva
a Barcelona.

En junio, y poco después de tomar el mando, acompañó no sin tropiezos un convoy a Barcelona. Volvió después a Gerona y preparose a conducir otro en mediados de julio a la misma ciudad. O’Donnell trató de estorbarlo, y destacó a Granollers 6500 infantes y 700 caballos, unidos a 2500 paisanos bajo las órdenes de D. Miguel Iranzo. Trabose un reñido choque entre los nuestros y los franceses, pero mientras tanto pasó a la deshilada el convoy y se metió en Barcelona.

Ejército español
de Cataluña.

Doliose mucho O’Donnell del malogro de aquella empresa, y no faltó quien lo atribuyese a desmaño del general que en Granollers mandaba. El plan que O’Donnell había resuelto seguir en Cataluña pareció el más acertado. Evitando batallas generales, quería por medio de columnas volantes sorprender los destacamentos enemigos, interceptar o molestar sus convoyes y aniquilar así sucesivamente la fuerza de aquellos. Por tanto, el ejército español de Cataluña que, según dijimos, constaba en julio de unos 22.000 hombres, sin contar somatenes ni guerrilleros, estaba colocado al principiar agosto del modo siguiente: la 1.ª división ocupaba las orillas del Llobregat y observaba a Barcelona, estando también fortificada la montaña de Montserrat; la 2.ª acampaba en Falset y no perdía de vista a Suchet que, como poco hace apuntamos, intentaba sitiar a Tortosa; parte de la 3.ª cubría en Esterri las avenidas del valle de Arán; la reserva, distribuida en dos trozos, mantenía uno en el Coll del Alba, próximo a Tortosa, y el otro en Arbeca y Borjas Blancas, para enfrenar la guarnición de Lérida. Un cuerpo de húsares y tropas ligeras se alojaban en Olot y acechaban las comarcas de Besalú y Bañolas; varios guerrilleros recorrían la demás tierra, aprovechándose todos de las ocasiones que se presentaban para desvanecer los intentos del enemigo e incomodarle continuamente. El cuartel general permanecía en Tarragona, desde donde O’Donnell gobernaba las maniobras más notables, tomando a veces en ellas parte muy principal. Con esta distribución, creyó el general de Cataluña que, vigilando las plazas y puntos más señalados, llevaría a cumplido efecto su plan, y que el ejército francés se rehundiría poco a poco, y en combates parciales.

Si en todo no se llenaron los deseos de D. Enrique O’Donnell, se lograron en parte. El mariscal Macdonald, afanado siempre con el abastecimiento de Barcelona, no pudo, desde el segundo convoy que metió allí en julio, pensar en cosa importante sino en preparar otro tercero, que consiguió introducir el 12 de agosto. Entonces, más libre, resolvió, aunque todavía en balde, favorecer directamente las operaciones del general Suchet.

Intenta Suchet
sitiar a Tortosa.

No desistía este general del indicado propósito de sitiar a Tortosa, lo que dio ocasión a varios combates y reencuentros, algunos ya referidos, con las tropas españolas de Cataluña, Aragón y Valencia, que precedieron a la formalización del cerco, ligándose de parte de los franceses las más de las operaciones, aun las lejanas de aquel principado, con tan primario objeto, por lo que a una y en el mejor orden que nos sea posible, si bien brevemente, daremos de ellas cuenta.

Sus disposiciones.

Suchet, para emprender el sitio, estableció en Mequinenza un depósito de municiones de guerra y boca: transportarlas de allí a Tortosa era grande dificultad. Ofrecía el Ebro comunicación por agua; pero, interrumpida en partes con varias cejas o bajos, solo se podían estos salvar en las crecidas, y rara vez en los tiempos secos del estío. Del lado de tierra era aún más trabajoso y aun impracticable el tránsito, encallejonándose los caminos que van desde Caspe a Mequinenza entre montañas cada vez más escarpadas según avanzan a Mora, las Armas, Jerta y Tortosa, por lo que ya en 21 de julio empezaron los franceses a componer uno antiguo de ruedas, cuyos rastros al parecer se conservaban del tiempo de la guerra de sucesión. Suchet, antes de que la ruta se concluyese, fue arrimando fuerzas a la plaza.

En los primeros días de julio, la división que mandaba el general Habert dirigiose, partiendo de cerca de Lérida, por la izquierda del Ebro, y llegó a García, estando pronto a caer sobre Tivenys y Tortosa. Poco antes salió de Alcañiz la división de Laval, y después de haberse movido la vuelta de Valencia, retrocedió, y se colocó el 3 de julio a la derecha del Ebro, delante del puente de Tortosa, prolongando su derecha a Amposta y destacando tropas que observasen el Cenia, siendo esta división, o parte de ella, la que tuvo que habérselas con los valencianos en los combates parciales acaecidos allí por este tiempo, y ya relatados. Suchet mantuvo a su lado la brigada del general Paris, y sentó el 7 sus reales en Mora, dándose la mano con los dos generales Laval y Habert, y echando para la comunicación de ambas orillas del Ebro dos puentes, sin que sus soldados consiguiesen, como lo intentaron, quemar el de barcas de Tortosa.

Salidas
de la plaza
y combates
parciales.

La guarnición de esta plaza hizo desde el principio varias salidas e incomodó a Laval, que se atrincheraba en su campo. Igualmente parte de la división española que se alojaba en Falset atacó con vigor los puestos enemigos en Tivisa, y el 15 toda ella, teniendo al frente al marqués de Campoverde, rechazó una acometida de los enemigos y aun siguió el alcance.

Eran tales maniobras precursoras de otras que ideaba O’Donnell, quien el 29 acometió en persona al general Habert. No pudo el español desalojar de Tivisa a su contrario, mas el 1.º de agosto se metió en Tortosa y dispuso para el 3 una salida contra Laval. La mandaba Don Isidoro Uriarte, y embistiendo los nuestros intrépidamente al enemigo, le rechazaron al principio y destruyeron varias de sus obras. La población sirvió de mucho, pues llena de entusiasmo auxiliaba a los combatientes, aun en los parajes en que había peligro, con abundantes refrescos, y aliviaba a los heridos con prontos y acomodados socorros. Reforzados al cabo los franceses, tuvieron los españoles que recogerse a la plaza, dejando algunos prisioneros, entre ellos al coronel Don José María Torrijos. Semejantes operaciones hubieran sido más cumplidas si D. José Caro, con quien se contaba, no hubiera por su parte procedido, según hemos visto, tarde y malamente.

Adelanta
Macdonald
a Tarragona.

También Don Enrique O’Donnell se vio obligado a retroceder en breve a Tarragona, adonde le llamaban otros cuidados. El mariscal Macdonald, después de haber introducido en Barcelona el convoy mencionado de agosto, se adelantó vía de Tarragona ya para cercar si podía esta plaza, ya para coadyuvar en caso contrario al asedio de Tortosa. Desistió de lo primero, falto de almacenes y escasos los víveres en aquella comarca, cuyos granos de antemano recogiera O’Donnell. Este, además, se apostó de suerte que, guarecido de ser atacado con buen éxito, trató de reducir a hambre el cuerpo de Macdonald, situado desde el 18 de agosto en Reus y sus contornos. Frustrósele el 21 al mariscal francés un reconocimiento que tentó del lado de Tarragona, escarmentándole los nuestros en la altura de La Canonja. Se retira. Para evitar mayor desastre, retirose Macdonald el 25 de Reus, pidiendo antes la exorbitante contribución de 136.000 duros, e imponiendo otra también muy pesada sobre géneros ingleses y ultramarinos.

Dificultades
con que tropieza.

El camino que tomó fue el de Lérida, para abocarse en esta ciudad con el general Suchet, y desde Alcover, dirigiéndose a Montblanch, pasaron sus tropas por el estrecho de la Riba. Aquí las detuvo por su frente la división que mandaba el brigadier Georget, que de antemano había dispuesto O’Donnell viniese de hacia Urgel, en donde estaba. Al mismo tiempo, D. Pedro Sarsfield las atacó por flanco y retaguardia en las alturas de Picamoixons y Coll de las Molas, maniobrando a la izquierda varias partidas. Los enemigos, con tan impensado ataque y las asperezas del camino, se vieron muy comprometidos, pero siendo numerosas sus fuerzas, alcanzaron, por último, forzar el paso y ganar las cumbres, ayudándoles mucho una salida que hizo, a espaldas de Georget, la guarnición de Lérida. Con todo, perdieron los franceses unos 400 hombres, entre muertos y heridos, y 150 prisioneros.

Avístase
en Lérida
con Suchet.

Llegado a Lérida el mariscal Macdonald, se avistó el 29 con el general Suchet, que ya le aguardaba. Convinieron ambos en limitar ahora sus operaciones al sitio de Tortosa, emprendiéndole el último por sí y con sus propios medios, al paso que el primero debía protegerle, con tal que tuviese víveres, los que le suministró Suchet en cuanto le fue dable. Entonces creyó este que podría obrar activamente y apoderarse en breve de Tortosa, sobre todo habiendo empezado a acercar a la plaza, favorecido de una crecida del Ebro, piezas de grueso calibre. Pero sus esperanzas no estaban todavía próximas a realizarse.

Macdonald
incomodado
siempre
por los españoles.

El ejército francés de Cataluña continuó siempre escaso de granos y embarazado para menearse, a pesar de los grandes esfuerzos de Suchet y de Macdonald, pues las partidas, la oposición de los pueblos, la cuidadosa diligencia de O’Donnell y sus movimientos desbarataban o detenían los planes más bien combinados. Se colocó, en los primeros días de septiembre, en Cervera, el mariscal Macdonald: y el general español vislumbró desde luego que su enemigo tomaba aquellas estancias para cubrir las operaciones de Suchet, amenazar por retaguardia la línea del Llobregat, y enseñorearse de considerable extensión de país que le facilitase subsistencias. Prontamente determinó O’Donnell suscitar al francés nuevos estorbos, continuando en su primer propósito de esquivar batallas campales.

Nada le pareció para conseguirlo tan oportuno como atacar los puestos que el enemigo tenía a retaguardia, cuyos soldados se juzgaban seguros, fuera del alcance del ejército español, y bastante fuertes y bien situados para resistir a las partidas. O’Donnell, firme en su resolución, ordenó que se embarcasen en Tarragona pertrechos, artillería y algunas tropas, yendo todo convoyado por cuatro faluchos y dos fragatas, una inglesa y otra española. Partió él en persona, el 6 de septiembre, por tierra, poniéndose en Villafranca al frente de la división de Campoverde, que de intento había mandado venir allí. En seguida dirigiose hacia Esparraguera, colocó fuerzas que observasen al mariscal Macdonald, y otras que atendiesen a Barcelona, y uniendo a su tropa la caballería de la división de Georget, prosiguió su ruta por San Cugat, Mataró y Pineda. Salió de aquí el 12, envió por la costa a Don Honorato de Fleyres con dos batallones y 60 caballos, y él se encaminó a Tordera. Marchó Fleyres contra Palamós y San Feliú de Guíxols, y O’Donnell, después de enviar exploradores hacia Hostalrich y Gerona, avanzó a Vidreras. Para obrar con rapidez, tomó el último consigo, al amanecer del 14, el regimiento de caballería de Numancia, 60 húsares y 100 infantes, que fueron tan de priesa que las ocho horas de camino que se cuentan de Vidreras a La Bisbal, las anduvieron en poco más de cuatro. Siguió detrás, y más despacio, el regimiento de infantería de Iberia, situándose Campoverde con lo demás de la división en el valle de Aro, a manera de cuerpo de reserva.

Sorpresa gloriosa
de La Bisbal.

Luego que O’Donnell llegó enfrente de La Bisbal, ocupó todas las avenidas, y diose tal maña que no solo cogió piquetes de coraceros que patrullaban y un cuerpo de 130 hombres que venía de socorro, sino que en la misma noche del 14 obligó a capitular al general Schwartz con toda su gente que juntos se habían encerrado en un antiguo castillo del pueblo. Desgraciadamente, queriendo poco antes reconocer por sí O’Donnell dicho fuerte, con objeto de quemar sus puertas, fue herido de gravedad en la pierna derecha, cuyo accidente enturbió la común alegría.

Y de varios
puntos
de la costa.

Fleyres, afortunado en su empresa, se apoderó de San Feliú de Guíxols, y el teniente coronel Don Tadeo Aldea de Palamós, teniendo este la gloria de haber subido el primero al asalto. Entre ambos puntos, el de La Bisbal y otros de la costa tomaron los españoles 1200 prisioneros, sin contar al general Schwartz y 60 oficiales, habiendo también cogido 17 piezas. Mereció más adelante Don Enrique O’Donnell, por expedición tan bien dirigida y acabada, el título de conde de La Bisbal.

Guerra
en el Ampurdán.

Posteriormente a este suceso creció la guerra contra los franceses en el norte de Cataluña. Don Juan Clarós los molestaba hacia Figueras y el coronel Don Luis Creeft, con los húsares de San Narciso, por Besalú y Bañolas. Marchó a Puigcerdá el marqués de Campoverde, acosó un trozo de enemigos hasta Montluis y exigió contribuciones en la misma Cerdaña francesa, de donde revolviendo sobre Calaf, estrechó de aquel lado al mariscal Macdonald, al paso que el brigadier Georget le observaba por Igualada.

Eroles
manda allí.

El barón de Eroles, que ya se había distinguido en el sitio de Gerona, se encargó, después de Campoverde, del mando de los distritos del norte de Cataluña, bajo el título de comandante general de las tropas y gente armada del Ampurdán. Empezó luego a hacer grave daño a los enemigos, y al promediar de octubre les apresó un convoy cerca de la Junquera, acometiéndolos el 21, con ventaja, en su campamento de Lladó.

Campoverde
en Cardona.

El propio día, junto a Cardona, hizo asimismo frente el marqués de Campoverde a las tropas del mariscal Macdonald. Vinieron estas de hacia Solsona, cuya catedral habían quemado pocos días antes, y, encontrando resistencia, tornaron a sus anteriores puestos: con la noche también se recogieron los españoles a Cardona.

No eran decisivas, ni a veces de importancia, las más de dichas acciones ni otras refriegas que omitimos; pero con ellas embarazábanse los franceses, y se retardaban sus operaciones, renovándose la escasez de víveres y creciendo la dificultad de su recolección.

Otro convoy
para Barcelona.

Motivo por el que volvió Barcelona a dar a los enemigos fundados temores. Dos meses eran ya corridos después de la entrada en la plaza del último socorro, y los apuros se reproducían en su recinto. Se esperaba el alivio de un convoy que partiera de Francia; mas como no bastaban para custodiarle las fuerzas que regía en el Ampurdán el general D’Hilliers, tuvo Macdonald que ir en noviembre camino de Gerona para conducir salvo dicho convoy hasta la capital del principado.

No adelantan
los enemigos
en el sitio
de Tortosa.

Así el cerco de Tortosa, suspendido en los meses de septiembre y octubre, continuó del mismo modo durante el noviembre. No había aquella interrupción pendido solamente de las razones que estorbaron al mariscal Macdonald cooperar a aquel objeto, según había ofrecido, sino también de los obstáculos que se presentaron al general Suchet, nacidos unos de la naturaleza, otros del hombre. Los primeros parecían vencidos con las lluvias del equinoccio, que empezaron a hinchar el Ebro, y con lo que se adelantaba en el camino de ruedas arriba indicado; no así los segundos, que llevaban traza de crecer en lugar de allanarse.

Convoyes
que van allí
de Mequinenza.

Resueltos, sin embargo, los franceses a proseguir en su intento, habían tratado ya en septiembre de enviar desde Mequinenza convoyes por agua, y de asegurar el tránsito haciendo el 17 pasar de Flix a la otra orilla del Ebro un batallón napolitano. El barón de La Barre, que mandaba una división española en Falset (punto que los nuestros volvieron a ocupar luego que Macdonald en agosto se dirigió a Lérida), Los atacan
los españoles. destacó un trozo de gente, a las órdenes del teniente coronel Villa, contra el mencionado batallón, al cual este jefe sorprendió y cogió entero. Afortunadamente para los franceses, el convoy que debió partir retardó su salida, escaso todavía de agua el río Ebro, sin lo cual hubiera aquel tenido la misma suerte que los napolitanos. No solo en este sino también en otros lances prosiguió el barón de La Barre incomodando al enemigo lo largo de aquella orilla.

Carvajal
en Aragón.

Por la derecha desempeñaron igual faena los aragoneses. Gobernábalos en jefe desde agosto Don José María de Carvajal, a quien la regencia de Cádiz había nombrado con objeto de que obedeciesen a una sola mano las diversas partidas y cuerpos que recorrían aquel reino. Pensamiento loable, pero cuya ejecución se encomendó a hombre de limitada capacidad. Carvajal paró solo mientes en lo accesorio del mando, y descuidó lo más principal. Estableció en Teruel grande aparato de oficinas, con poca previsión almacenes, y dio ostentosas proclamas. En vez de ayudar, embarazaba a los jefes subalternos, y mostrábase quisquilloso con sus puntas de celos.

Villacampa
infatigable
en guerrear.

Importunaba más que a los otros a Don Pedro Villacampa, como quien descollaba sobre todos. Este caudillo, sin embargo, continuando infatigable la guerra, cogió el 6 de septiembre, en Andorra, Andorra. un destacamento enemigo, y al siguiente día, en Las Cuevas de Cañart, Las Cuevas. un convoy con 136 soldados y 3 oficiales. El coronel Plicque, que lo mandaba, logró escaparse, achacándose a Carvajal la culpa por haber retenido lejos, so pretexto de revista, parte de las tropas. Desazonado Suchet con tales pérdidas, envió de Mora para ahuyentar a Villacampa alguna fuerza a las órdenes del general Habert, que, reunido a los coroneles Plicque y Kliski, que estaban hacia Alcañiz, obligó al español a enmarañarse en las sierras.

Mas pasado un mes, volviendo Villacampa a avanzar, resolvió de nuevo Suchet que le atacasen sus tropas, y destacó a Chlopicki del bloqueo de Tortosa, con 7 batallones y 400 caballos. Villacampa retrocedió, y Carvajal evacuó a Teruel, donde entraron los franceses el 30. Siguieron estos de cerca a los españoles, Alventosa. y en la mañana siguiente alcanzaron su retaguardia más allá de la quebrada de Alventosa, y cogieron 6 piezas, varios caballos y carros de municiones.

Combate
de la Fuensanta.

Chlopicki creyó con esto haber dispersado del todo a los españoles; pero luego se desengañó, quedando en pie la mayor parte de la fuerza del general Villacampa. Por lo mismo trató de aniquilarla, y se encontró con ella apostada, el 12 de noviembre, en las alturas inmediatas al santuario de la Fuensanta, espaldas de Villel. Don Pedro Villacampa tenía unos 3000 hombres, manteniéndose Carvajal con alguna gente en Cuervo, a una legua del campo de batalla. La posición española era fuerte, aunque algo prolongada, y la defendieron los nuestros dos horas porfiadamente, hasta que la izquierda fue envuelta y atropellada. Perecieron de los españoles unos 200 hombres, ahogándose bastantes en el Guadalaviar al cruzar el puente de Libros, que con el peso se hundió.

Chlopicki tornó después al sitio de Tortosa, y dejó a Kliski con 1200 hombres para defender por aquella parte contra Villacampa la orilla derecha del Ebro.

Nuevos convoyes
para Tortosa.

Entre tanto, sosteniéndose altas con mayor constancia las aguas de este río, apresuráronse los enemigos a transportar lo que exigía el entero complemento del asedio de aquella plaza. Mas no lo ejecutaron sin tropiezos y contratiempos. Combates
parciales. El 3 de noviembre, diecisiete barcas partieron de Mequinenza, escoltadas con tropa francesa que las seguían por las márgenes del Ebro; la rapidez de la corriente hizo que aquellas tomasen la delantera. Aprovechose de tal acaso el teniente coronel Villa, puesto en emboscada entre Fayón y Ribarroja, y atacando el convoy cogió varias barcas, salvándose las otras al abrigo de refuerzos que acudieron. No les faltaron tampoco, antes de llegar a su destino, nuevas refriegas. Lo mismo sucedió el 27 de noviembre a otro convoy, con la diferencia de que en este caso las barcas se habían retrasado, anticipándose las escoltas, y catalanes en acecho acometieron aquellas, las hicieron varar, y cogieron 70 hombres de la guarnición de Mequinenza que habían salido a socorrerlas.

Los españoles
desalojados
de Falset.

Como semejantes tentativas y correrías o eran proyectadas por la división española alojada en Falset, o por lo menos las apoyaba, había ya determinado Suchet, tanto para escarmentarla, cuanto para facilitar la aproximación del 7.º cuerpo, al que siempre aguardaba, atacar a los españoles en aquel puesto. Verificolo así el 19 de noviembre por medio del general Habert, quien, no obstante una viva resistencia de los nuestros, regidos por el barón de La Barre, se enseñoreó del campo y cogió 300 prisioneros, de cuyo número fue el general García Navarro, si bien luego consiguió escaparse.

Movimiento
de Bassecourt.

Don Luis de Bassecourt, por el lado de Valencia, también tentó molestar a los franceses, y aun divertirlos del sitio de Tortosa. En la noche del 25 de noviembre partió de Peñíscola la vuelta de Ulldecona, con 8000 infantes y 800 caballos distribuidos en tres columnas: la del centro la mandaba el mismo Bassecourt; la de la derecha, que se dirigía camino de Alcanar, Don Antonio Porta; y la de la izquierda, Don Melchor Álvarez. Al llegar el primero cerca de Ulldecona, Acción
de Ulldecona. perdió tiempo aguardando a Porta; pero, impaciente, ordenó al fin que avanzasen guerrillas de infantería y caballería, y que al oír cierta señal atacasen. Hízose así, sustentando Bassecourt la acometida por el centro con el grueso de los jinetes, y por los flancos con los peones. Hasta tercera vez insistieron los nuestros en su empeño, en cuya ocasión no descubriéndose todavía ni a Porta, ni a Don Melchor Álvarez, tuvieron que cejar con quebranto, en especial el escuadrón de la Reina, cuyo coronel, Don José Velarde, quedó prisionero. Bassecourt se retiró por escalones y en bastante orden hasta Vinaroz, donde se le juntó Don Antonio Porta. Los franceses vinieron luego encima, habiendo juntado todas sus fuerzas el general Musnier, que los mandaba, con lo que los nuestros, ya desanimados, se dispersaron. Recogiose Bassecourt a Peñíscola, en donde se volvió a reunir su gente, y llegó noticia de haberse mantenido salva la izquierda que capitaneaba Don Melchor Álvarez, ya que no acudiese con puntualidad al sitio que se le señalara. Corta fue de ambos lados la pérdida; los prisioneros por el nuestro, bastantes, aunque después se fugaron muchos. Achacose en parte la culpa de este descalabro a la lentitud de Porta: otros pensaron que Bassecourt no había calculado convenientemente los tropiezos que en la marcha encontrarían las columnas de derecha e izquierda.

Al mismo tiempo que se avanzó hacia Ulldecona, dio la vela de Peñíscola una flotilla, con intento de atacar los puestos franceses de la Rápita y los Alfaques; mas, estando sobre aviso el general Harispe, que había sucedido en el mando de la división a Laval, muerto de enfermedad, tomó sus precauciones y estorbó el desembarco.

Macdonald
socorre
a Barcelona
y se acerca
a Tortosa.

Se acercaba, en tanto, el día en que Macdonald, después de largo esperar, ayudase de veras a la completa formalización del sitio de Tortosa. Permitióselo el haber podido meter en Barcelona el convoy que insinuamos fue a buscar vía del Ampurdán. Aseguradas de este modo por algún tiempo las subsistencias en dicha plaza, dejó en ella 6000 hombres; 14.000 a las órdenes del general Baraguey D’Hilliers en Gerona y Figueras, de que la mayor parte quedaba disponible para guerrear en el campo y mantener las comunicaciones con Francia, y con 15.000 restantes marchó el mismo Macdonald la vuelta del Ebro, entrando en Mora el 13 de diciembre. Concertáronse él y Suchet, y sentando este en Jerta su cuartel general, Formaliza el sitio
Suchet. ocupó el otro los puestos que antes cubría la división de Habert, y se dio principio a llevar con rapidez los trabajos del sitio de Tortosa, del que hablaremos en uno de los próximos libros.

A la propia sazón el ejército español de Cataluña, dejando una división que observase el Llobregat, y continuando el Ampurdán al cuidado del barón de Eroles, se colocó en su mayor parte frontero a Macdonald, en figura de arco, alrededor de Lent, y apoyada la derecha en Montblanch. Deja O’Donnell
el mando. Faltole luego el brazo activo y vigoroso de Don Enrique O’Donnell, quien debilitado a causa de su herida, empeorada con los cuidados, tuvo que embarcarse para Mallorca antes de acabar diciembre, recayendo el mando interinamente, como más antiguo, en Don Miguel de Iranzo.

Por la relación que acabamos de hacer de las operaciones militares de estos meses en Cataluña, Aragón y Valencia, harto enmarañadas, y quizá enojosas por su menudencia, habrá visto el lector cómo, a pesar de haber escaseado en ellas trabazón y concierto, fueron para el enemigo incómodas y ominosas; pues desde principio de julio que embistió a Tortosa, no pudo hasta diciembre formalizar el sitio. Nuevo ejemplo de lo que son estas guerras. Sesenta mil franceses, no obstante los yerros y la mala inteligencia de nuestros jefes, nada adelantaron por aquella parte durante varios meses en la conquista, estrellándose sus esfuerzos contra el tropel de refriegas y pertinacia de los pueblos.

Partidas
en lo interior
de España.

En el riñón de España, junto con las provincias vascongadas y Navarra, se aumentaban las partidas, y en este año de 10 llegaron a formar algunas de ellas cuerpos numerosos y mejor disciplinados; pues en tales lides, como decía Fernando del Pulgar, «crece el corazón con las hazañas, y las hazañas con la gente, y la gente con el interés.» Proseguían también allí, en algunos parajes, gobernando las juntas, las cuales, sin asiento fijo, mudaban de morada según la suerte de las armas, y ya se embreñaban en elevadas sierras, o ya se guarecían en recónditos yermos. La regencia de Cádiz nombraba a veces generales que tuviesen bajo su mando los diversos guerrilleros de un determinado distrito, o ensalzaba a los que de entre ellos mismos sobresalían, autorizándolos con grados y comandancias superiores. Igualmente envió intendentes u otros empleados de hacienda que recaudasen las contribuciones y llevasen, en lo posible, la correspondiente cuenta y razón, invirtiéndose los productos en las atenciones de los respectivos territorios. Y si no se estableció en todas partes entero y cumplido orden, incompatible con las circunstancias y la presencia del enemigo, por lo menos adoptose un género de gobernación que, aunque llevaba visos de solo concertado desorden, remedió ciertos males, evitó otros, y mantuvo siempre viva la llama de la insurrección.

No poco por su lado contribuían los franceses al propio fin. Sus extorsiones pasaban la raya de lo hostigoso e inicuo. Vivían, en general, de pesadísimas derramas y de escandaloso pillaje, cuyos excesos producían en los pueblos venganzas, y estas crueles y sanguinarias medidas del enemigo. Los alcaldes de los pueblos, los curas párrocos, los sujetos distinguidos, sin reparar en edad ni aun en sexo, tenían que responder de la tranquilidad pública, y con frecuencia, so pretexto de que conservaban relaciones con los partidarios, se los metía en duras prisiones, se los extrañaba a Francia, o eran atropelladamente arcabuceados. ¡Qué pábulo no daban tales arbitrariedades y demasías al acrecentamiento de las guerrillas!

Asaltados por ellas en todos lugares, tuvieron los enemigos que establecer de trecho en trecho puestos fortificados, valiéndose de antiguos castillos de moros, o de conventos y casas-palacio. Por este medio aseguraban sus caminos militares, la línea de sus operaciones, y formaban depósitos de víveres y aprestos de guerra. Su dominio no se extendía generalmente fuera del recinto fortalecido, teniendo a veces que oír, mal de su grado y sin poder estorbarlo, las jácaras patrióticas que en su derredor venían a entonar, con los habitantes, los atrevidos partidarios.

Al viajante presentaban por lo común aquellos caminos triste y desoladora vista: pueblos desiertos, arruinados, continua soledad que interrumpían de tarde en tarde escoltados convoyes, o la aparición de los puestos franceses, cuyos soldados recelosamente salían de entre sus empalizadas. Resultas precisas, pero lastimosas, de tan cruda y bárbara guerra.

Conservar de este modo las comunicaciones exigía de los franceses suma vigilancia y mucha gente. Así, en las provincias de que vamos hablando, nada menos contaban que unos 70.000 hombres, 24.000 en Madrid y lo restante de Castilla la Nueva. En la Vieja, además de Segovia y Ávila, y de otros puntos de inmediato enlace con las operaciones de Portugal y Asturias, había en Valladolid de 6 a 7000 hombres, y 10.000 en Burgos, Soria y sus contornos; 7000 se esparcían por Álava, Vizcaya y Guipúzcoa, y 22.000 se alojaban en Navarra. Distribuíase toda esta gente en columnas móviles, o se juntaba, según los casos, en cuerpos más numerosos y compactos.

En orden a los partidarios, causadores de tanto afán, no nos es dado hacer de todos particular especificación, y menos de sus hechos, como ajena de una historia general. Subía a 200 la cuenta de los caudillos más conocidos, apareciendo y desapareciendo otros muchos con las oleadas de los sucesos.

Los que andaban cerca de los ejércitos en la circunferencia peninsular, y de que ya hemos hablado, permanecían más fijos en sus respectivos lugares, como dependientes de cuerpos reglados. Los que ahora nos ocupan, si bien de preferencia tenían, digámoslo así, determinada vivienda, trasladábanse de una provincia a otra al son de las alternativas y vueltas de la guerra, o según el cebo que ofrecía alguna lucrativa o gloriosa empresa.

En Andalucía.

En Andalucía, aparte de las guerrillas nombradas y que recorrían las sierras de Granada y Ronda, diéronse a conocer bastante las de Don Pedro Zaldivia, Don Juan Mármol y Don Juan Lorenzo Rey, habiendo una, que apellidaron del Mantequero, metídose en el barrio de Triana un día de los del mes de septiembre, con gran sobresalto de los franceses de Sevilla.

En Castilla
la Nueva.

Continuaban en la Mancha haciendo sus excursiones Francisquete y los ya insinuados en otro libro. Oyéronse ahora los nombres de Don Miguel Díaz y de Don Juan Antonio Orobio, juntamente con los de Don Francisco Abad y Don Manuel Pastrana, el primero bajo el mote de Chaleco, y el último bajo el de Chambergo. Usanza esta general entre el vulgo, no olvidada ahora con caudillos que por la mayor parte salían de las honradas pero humildes clases del pueblo.

Apareció en la provincia de Toledo Don Juan Palarea, médico de Villaluenga, y en la misma murió el famoso partidario Don Ventura Jiménez, de resultas de heridas recibidas el 17 de junio en un empeñado choque junto al puente de San Martín. Igual y gloriosa suerte cupo a Don Toribio Bustamante, alias el Caracol, que recorría aquella provincia y la de Extremadura. Tomó las armas después de la batalla de Rioseco, en donde era administrador de correos, para vengar la muerte de su mujer y de un tierno hijo, que perecieron a manos de los franceses en el saco de aquella ciudad. Finó el 2 de agosto, lidiando en el puerto de Miravete.

En las cercanías de Madrid hervían las partidas, a pesar de las fuerzas respetables que custodiaban la capital; bien es verdad que dentro tenía la causa nacional firmes parciales, y auxilios y pertrechos, y hasta insignias honoríficas recibían de su adhesión y afecto los caudillos de las guerrillas.

Don Juan Martín [el Empecinado], que por lo común peleaba en la provincia vecina de Guadalajara, era a quien especialmente se dirigían los envíos y obsequiosos rendimientos. Cuerpos suyos destacados rondaban a menudo no lejos de Madrid, y el 13 de julio hasta se metieron en la Casa de Campo, tan inmediata a la capital y sitio de recreo de José. A tal punto inquietaban estos rebatos a los enemigos, y tanto se multiplicaban, que el conde de Laforest, embajador de Napoleón cerca de su hermano, después de hablar en un pliego, escrito en 5 de julio al ministro Champagny, de que las «sorpresas que hacían las cuadrillas españolas de los puestos militares, de los convoyes y correos, eran cada día más frecuentes», añadía, «que en Madrid nadie se podía, sin riesgo, alejar de sus tapias.»

Mirando los franceses al Empecinado como principal promovedor de tales acometidas, quisieron destruirle, y ya en la primavera habían destacado contra él, a las órdenes del general Hugo, una columna volante de 3000 infantes y caballos, en cuyo número había españoles de los enregimentados por José, pero que comúnmente solo sirvieron para engrosar las filas del Empecinado.

El general Hugo, aunque al principio alcanzó ventajas, creyó oportuno, para apoyar sus movimientos, fortalecer en fines de junio a Brihuega y Sigüenza. No tardó el Empecinado en atacar a esta ciudad, constando ya su fuerza de 600 infantes y 400 caballos. Se agregó a él, con 100 hombres, Don Francisco de Palafox, que vimos antes en Alcañiz, y que luego pasó a Mallorca, donde murió. Juntos ambos caudillos, obligaron a los franceses a encerrarse en el castillo, y entraron en la ciudad. Abandonáronla pronto. Mas desde entonces el Empecinado no cesó de amenazar a los franceses en todos los puntos, y de molestarlos marchando y contramarchando, y ora se presentaba en Guadalajara, ora delante de Sigüenza, y ora, en fin, cruzaba el Jarama y ponía en cuidado hasta la misma corte de José.

Servíale de poco a Hugo su diligencia, pues Don Juan Martín, si se veía acosado, presto a desparcir su gente, juntábala en otras provincias, e iba hasta las de Burgos y Soria, de donde también venían a veces en su ayuda Tapia y Merino.

El 18 de agosto trabó en Cifuentes, partido de Guadalajara, una porfiada refriega, y aunque de resultas tuvo que retirarse, apareció otra vez el 24 en Mirabueno, y sorprendió una columna enemiga cogiéndole bastantes prisioneros. Volvió en 14 de septiembre a empeñar otra acción, también reñida, en el mismo Cifuentes, la cual duró todo el día, y los franceses, después de poner fuego a la villa, se recogieron a Brihuega.

Ascendió en octubre la fuerza del Empecinado a 600 caballos y 1500 infantes, con lo que pudo destacar partidas a Castilla la Vieja y otros lugares, no solo para pelear contra los franceses sino también para someter algunas guerrillas españolas que, so color de patriotismo, oprimían los pueblos y dejaban tranquilos a los enemigos.

No le estorbó esta maniobra hostilizar al general Hugo, y el 18 de octubre escarmentó a algunas de sus tropas en las Cantarillas de Fuentes, apresando parte de un convoy.

Con tan repetidos ataques desflaquecía la columna del general Hugo, y menester fue que le enviasen de Madrid refuerzos. Luego que se le juntaron, se dirigió a Humanes, y allí en 7 de diciembre escribió al Empecinado, ofreciéndole para él y sus soldados servicio y mercedes bajo el gobierno de José. Replicó el español briosamente y como honrado, de lo cual enfadado Hugo, cerró con los nuestros dos días después en Cogolludo, teniendo el jefe español que retirarse a Atienza, sin que por eso se desalentase; pues a poco se dirigió a Jadraque y recobró varios de sus prisioneros. «Tal era, dice el general Hugo en sus memorias, la pasmosa actividad del Empecinado, tal la renovación y aumento de sus tropas, tales los abundantes socorros que de todas partes le suministraban, que me veía forzado a ejecutar continuos movimientos.» Y más adelante concluye con asentar: «Para la completa conquista de la península se necesitaba acabar con las guerrillas... Pero su destrucción presentaba la imagen de la hidra fabulosa.» Testimonio imparcial, y que añade nuevas pruebas en favor del raro y exquisito mérito de los españoles en guerra tan extraordinaria y hazañosa.

Don Luis de Bassecourt, conforme apuntamos, mandaba en Cuenca antes de pasar a Valencia. Entraron los franceses en aquella ciudad el 17 de junio, y hallándola desamparada cometieron excesos parecidos a los que allí deshonraron sus armas en las anteriores ocupaciones. Quemaron casas, destruyeron muebles y ornamentos, y hasta inquietaron las cenizas de los muertos desenterrando varios cadáveres en busca, sin duda, de alhajas y soñados tesoros.

Evacuaron luego la ciudad, y en agosto sucedió a Bassecourt en el mando Don José Martínez de San Martín, que también de médico se había convertido en audaz partidario. Recorría la tierra hasta el Tajo, en cuyas orillas escarmentó a veces la columna volante que capitaneaba en Tarancón el coronel francés Forestier.

En Castilla
la Vieja.

Cundía igualmente voraz el fuego de la guerra al norte de las sierras de Guadarrama. Sosteníanse los más de los partidarios en otro libro mencionados, y brotaron otros muchos. De ellos, en Segovia, Don Juan Abril; en Ávila, Don Camilo Gómez; en Toro, Don Lorenzo Aguilar; y distinguiose en Valladolid la guerrilla de caballería, llamada de Borbón, que acaudillaba Don Tomás Príncipe.

Aquí mostrábase el general Kellermann contra los partidarios tan implacable y severo como antes, portándose, a veces, ya él o ya los subalternos, harto sañudamente. Hubo un caso que aventajó a todos en esmerada crueldad. Fue, pues, que preso el hijo de un latonero de aquella ciudad, de edad de doce años, que llevaba pólvora a las partidas, no queriendo descubrir la persona que le enviaba, aplicáronle fuego lento a las plantas de los pies y a las palmas de las manos para que con el dolor declarase lo que no quería de grado. El niño, firme en su propósito, no desplegó los labios, y conmoviéronse, al ver tanta heroicidad, los mismos ejecutores de la pena, mas no sus verdaderos y empedernidos verdugos. ¿Y quién, después de este ejemplo y otros semejantes, solo propios de naciones feroces y de siglos bárbaros, extrañará algunos rigores, y aun actos crueles de los partidarios?

Don Juan Tapia, en Palencia; Don Jerónimo Merino, en Burgos; Don Bartolomé Amor, en La Rioja, y en Soria Don José Joaquín Durán, ya unidos, ya separadamente, peleaban en sus respectivos territorios, o batían la campaña en otras provincias. Eligió la junta de Soria a Durán, comandante general de su distrito. Siendo brigadier fue hecho prisionero en la acción de Bubierca, y habiéndose luego fugado, se mantenía oculto en Cascante, pueblo de su naturaleza. Resolvió dicha junta este nombramiento [que mereció en breve la aprobación del gobierno] de resultas de un descalabro que el 6 de septiembre padecieron en Yanguas sus partidas, unidas a las de La Rioja. Causolo una columna volante enemiga que regía el general Roguet, quien inhumanamente mandó fusilar 20 soldados españoles prisioneros, después de haberles hecho creer que les concedía la vida.

Durán se estableció en Berlanga. Su fuerza, al principio, no era considerable; pero aparentó de manera que el gobernador francés de Soria, Duvernet, si bien a la cabeza de 1600 hombres de la guardia imperial, no osó atacarle solo, y pidió auxilio al general Dorsenne, residente en Burgos. Por entonces ni uno ni otro se movieron, y dejaron a Durán tranquilo en Berlanga.

Tampoco pensaba este en hacer tentativa alguna hasta que su gente fuese más numerosa y estuviese mejor disciplinada. Pero habiéndosele presentado en diciembre los partidarios Merino y Tapia, con 600 hombres, los más de caballería, no quiso desaprovechar tan buena ocasión, y les propuso atacar a Duvernet, que a la sazón se alojaba, con 600 soldados, en Calatañazor, camino del Burgo de Osma. Aprobaron Merino y Tapia el pensamiento, y todos convinieron en aguardar a los franceses el 11, a su paso por Torralba. Apareció Duvernet, trabose la pelea, y ya iba aquel de vencida cuando de repente la caballería de Merino volvió grupa y desamparó a los infantes. Dispersáronse estos, tornaron Tapia y su compañero a sus provincias, y Durán a Berlanga, en donde sin ser molestado continuó hasta finalizar el año de 10, procurando reparar sus pérdidas y mejorar la disciplina.

Santander
y provincias
vascongadas.

Tomó a su cargo la Montaña de Santander el partidario Campillo, aproximándose unas veces a Asturias, y otras a Vizcaya, mas siempre con gran detrimento del enemigo. Mereció por ello gran loa, y también por ser de aquellos lidiadores que, sirviendo a su patria, nunca despojaron a los pueblos.

La misma fama adquirió en esta parte Don Juan de Aróstegui, que acaudillaba en Vizcaya una partida considerable con el nombre de Bocamorteros. Sonaba en Álava desde principios de año Don Francisco Longa, de la Puebla de Arganzón, quien en breve contó bajo su mando unos 500 hombres. Pronto rebulló también en Guipúzcoa Don Gaspar Jáuregui, llamado el Pastor porque soltó el cayado para empuñar la espada.

Expedición
de Renovales
a la costa
cantábrica.

Estas provincias vascongadas, así como toda la costa cantábrica, de suma importancia para divertir al enemigo y cortarle en su raíz las comunicaciones, habían llamado particularmente la atención del gobierno supremo, y por tanto, además de las expediciones referidas de Porlier, se idearon otras. Fue de ellas la primera una que encomendó la regencia a Don Mariano Renovales. Salió este al efecto de Cádiz, aportó a la Coruña, y hechos los preparativos, dio de aquí la vela el 14 de octubre con rumbo al este. Llevaba 1200 españoles y 800 ingleses, convoyados por 4 fragatas de la misma nación y otra de la nuestra, con varios buques menores. Mandaba las fuerzas de mar el comodoro Mends.

Fondeó la expedición en Gijón el 17, a tiempo que Porlier peleaba en los alrededores con los franceses; mas no pudiendo Renovales desembarcar hasta el 18, diose lugar a que los enemigos evacuasen aquella villa, y que Porlier, atacado por estos, unidos a los de afuera, se alejase. Renovales se reembarcó, y el 23 surgió en Santoña; vientos contrarios no le permitieron tomar tierra hasta el 28; espacio de tiempo favorable a los franceses que, acudiendo con fuerzas superiores en auxilio del punto amagado, obligaron a los nuestros a desistir de su intento. Además, la estación avanzaba y se ponía inverniza, con anuncios de temporales peligrosos en costa tan brava; por lo mismo, pareciendo prudente retroceder a Galicia, aportaron los nuestros a Vivero. Allí, arreciando los vientos, se perdió la fragata española Magdalena y el bergantín Palomo, con la mayor parte de sus tripulaciones. Grande desdicha que si en algo pendió de los malos tiempos, también hubo quien la atribuyese a imprevisión y tardanzas.

Navarra.
Espoz y Mina.

Causó al principio desasosiego a los franceses esta expedición, que creyeron más poderosa; pero tranquilizándose después al verla alejada, pusieron nuevo conato, aunque inútilmente, en despejar el país de las partidas, perturbándolos en especial Don Francisco Espoz y Mina, que sobresalió por su intrepidez y no interrumpidos ataques.

A poco de la desgracia de su sobrino, había allegado bastante gente, que todos los días se aumentaba. Sin aguardar a que fuese muy numerosa, emprendió ya en abril frecuentes acometidas, y prosiguió los meses adelante atajando las escoltas y combatiendo los alojamientos enemigos. Impacientes estos y enfurecidos del fatigoso pelear, determinaron en septiembre destruir a tan arrojado partidario. Valiose para ello el general Reille, que mandaba en Navarra, de las fuerzas que allí había y de otras que iban de paso a Portugal, juntando de este modo unos 30.000 hombres.

Mina, acosado, para evitar el exterminio de su gente, la desparramó por diversos lugares, encaminándose parte de ella a Castilla y parte a Aragón. Guardó él consigo algunos hombres, y más desembarazado, no cesó en sus ataques, si bien tuvo luego que correrse a otras provincias. Herido de gravedad, tornó después a Navarra para curarse, creyéndose más seguro en donde el enemigo más le buscaba. ¡Tal y tan en su favor era la opinión de los pueblos, tanta la fidelidad de estos!

Antes de ausentarse dio en Aragón nueva forma a sus guerrillas, vueltas a reunir en número de 3000 hombres, y las repartió en tres batallones y un escuadrón: confirió el mando de dos de ellos a Curuchaga y a Górriz, jefes dignos de su confianza. La regencia de Cádiz le nombró entonces coronel y comandante general de las guerrillas de Navarra; pues estos caudillos, en medio de la independencia de que disfrutaban, hija de las circunstancias y de su posición, aspiraban todos a que el gobierno supremo confirmase sus grados y aprobase sus hechos, reconociéndole como autoridad soberana y único medio de que se conservase buena armonía y unión entre las provincias españolas.

Recobrado Mina de su herida, comenzó, al finalizar octubre, otras empresas, y su gente recorrió de nuevo los campos de Aragón y Castilla con terrible quebranto de los enemigos. Restituyose en diciembre a Navarra, atacó a los franceses en Tievas, Monreal y Aibar, y cerrando dichosamente la campaña de 1810, se dispuso a dar a su nombre, en las sucesivas, mayor fama y realce.

Júzguese por lo que hemos referido cuantos males no acarrearían las guerrillas al ejército enemigo. Habíalas en cada provincia, en cada comarca, en cada rincón: contaban algunas 2000 y 3000 hombres, la mayor parte 500 y aun 1000. Se agregaron las más pequeñas a las más numerosas, o desaparecieron, porque como eran las que por lo general vejaban los pueblos, faltábales la protección de estos, persiguiéndolas al propio tiempo los otros guerrilleros, interesados en su buen nombre y a veces también en el aumento de su gente. No hay duda que en ocasiones se originaron daños a los naturales, aun de las grandes partidas; pero los más eran inherentes a este linaje de guerra, pudiéndose resueltamente afirmar que, sin aquellas, hubiera corrido riesgo la causa de la independencia. Tranquilo poseedor el enemigo de extensión vasta de país, se hubiera entonces aprovechado de todos sus recursos transitando por él pacíficamente, y dueño de mayores fuerzas, ni nuestros ejércitos, por más valientes que se mostrasen, hubieran podido resistir a la superioridad y disciplina de sus contrarios, ni los aliados se hubieran mantenido constantes en contribuir a la defensa de una nación cuyos habitantes doblaban mansamente la cerviz a la coyunda extranjera.

Cortes.

Tregua ahora a tanto combate, y lanzándonos en el campo no menos vasto de la política, hablemos de lo que precedió a la reunión de cortes, las cuales, en breve congregadas, haciendo bambolear el antiguo edificio social, echaron al suelo las partes ruinosas y deformes, y levantaron otro que si no perfecto, por lo menos se acomodaba mejor al progreso de las luces del siglo, y a los usos, costumbres y membranzas de las primitivas monarquías de España.

Remisa
la regencia
en convocarlas.

Desaficionada la regencia a la institución de cortes, había postergado el reunirlas, no cumpliendo debidamente con el juramento que había prestado al instalarse «de contribuir a la celebración de aquel augusto congreso en la forma establecida por la suprema junta central, y en el tiempo designado en el decreto de creación de la regencia.» Cierto es que en este decreto aunque se insistía en la reunión de cortes ya convocadas para el 1.º de marzo de 1810, se añadía: «si la defensa del reino... lo permitiere.» Cláusula puesta allí para el solo caso de urgencia, o para diferir cortos días la instalación de las cortes; pero que abría ancho espacio a la interpretación de los que procediesen con mala o fría voluntad.

Clamor general
por ellas.

Descuidó pues la regencia el cumplimiento de su solemne promesa, y no volvió a mentar ni aun la palabra cortes sino en algunos papeles que circuló a América, las más veces no difundidos en la península, y cortados a traza de entretenimiento para halagar los ánimos de los habitantes de ultramar. Conducta extraña que sobremanera enojó, pues entonces ansiaban los más la pronta reunión de cortes, considerando a estas como áncora de esperanza en tan deshecha tormenta. Creciendo los clamores públicos, se unieron a ellos los de varios diputados de algunas juntas de provincia, los cuales residían en Cádiz, y trataron de promover legalmente asunto de tanta importancia. Temerosa la regencia de la común opinión, y sabedora de lo que intentaban los referidos diputados, resolvió ganar a todos por la mano, suscitando ella misma la cuestión de cortes, ya que contase deslumbrar así y dar largas, o ya que, obligada a conceder lo que la generalidad pedía, quisiese aparentar que solo la estimulaba propia voluntad y no ajeno impulso. A este fin, llamó el 14 de junio a Don Martín de Garay, y le instó a que esclareciese ciertas dudas que ocurrían en el modo de la convocación de cortes, no hallándose nadie más bien enterado en la materia que dicho sujeto, secretario general e individuo que había sido de la junta central.

Las piden
diputados
de las juntas
de provincia.

No por eso desistieron de su intento los diputados de las provincias, y el 17 del propio junio comisionaron a dos de ellos para poner en manos de la regencia una exposición enderezada a recordar la prometida reunión de cortes. Cupo el desempeño de este encargo a Don Guillermo Hualde, diputado por Cuenca, y al conde de Toreno [autor de esta historia], que lo era por León. Presentáronse ambos, y después de haber el último obtenido venia, leído el papel de que eran portadores, alborotose bastantemente el obispo de Orense, no acostumbrado a oír y menos a recibir consejos. Replicaron los comisionados, y comenzaban unos y otros a agriarse, cuando, terciando el general Castaños, amansáronse Hualde y Toreno, y templando también el obispo su ira locuaz y apasionada, humanose al cabo; y así él como los demás regentes dieron a los diputados una respuesta satisfactoria. Divulgado el suceso, remontó el vuelo la opinión de Cádiz, mayormente habiendo su junta aprobado la exposición hecha al gobierno, y sostenídola con otra que a su efecto elevó a su conocimiento en el día siguiente.

Decreto
de convocación.
(* Ap. n. [12-2].)

Amedrentada la regencia con la fermentación que reinaba, promulgó el mismo 18 un decreto,[*] por el que, mandando que se realizasen a la mayor brevedad las elecciones de diputados que no se hubiesen verificado hasta aquel día, se disponía además que en todo el próximo agosto concurriesen los nombrados a la Isla de León, en donde luego que se hallase la mayor parte, se daría principio a las sesiones. Aunque en su tenor parecía vago este decreto, no fijándose el día de la instalación de cortes, sin embargo la regencia soltaba prendas que no podía recoger, y a nadie era ya dado contrarrestar el desencadenado ímpetu de la opinión.

Júbilo general
en la nación.

Produjo en Cádiz, y seguidamente en toda la monarquía, extremo contentamiento semejante providencia, y apresuráronse a nombrar diputados las provincias que aún no lo habían efectuado, y que gozaban de la dicha de no estar imposibilitadas para aquel acto por la ocupación enemiga. En Cádiz empezaron todos a trabajar en favor del pronto logro de tan deseado objeto.

Dudas
de la regencia
sobre convocar
una segunda
cámara.

La regencia, por su parte, se dedicó a resolver las dudas que, según arriba insinuamos, ocurrían acerca del modo de constituir las cortes. Fue una de las primeras la de si se convocaría o no una cámara de privilegiados. En su lugar vimos cómo la junta central dio antes de disolverse un decreto, llamando bajo el nombre de estamento o cámara de dignidades a los arzobispos, obispos y grandes del reino; pero también entonces vimos como nunca se había publicado esta determinación. En la convocatoria general de 1.º de enero, ni en la instrucción que la acompañaba, no había el gobierno supremo ordenado cosa alguna sobre su posterior resolución: solo insinuó en una nota que igual convocatoria se remitiría «a los representantes del brazo eclesiástico y de la nobleza.» Las juntas no publicaron esta circunstancia, e ignorándola los electores, habían recaído ya algunos de los nombramientos en grandes y en prelados.

Perpleja con eso la regencia, empezó a consultar a las corporaciones principales del reino sobre si convendría o no llevar a cumplida ejecución el decreto de la central acerca del estamento de privilegiados. Para acertar en la materia, de poco servía acudir a los hechos de nuestra historia.

Costumbre
antigua.

Antes que se reuniesen las diversas coronas de España en las sienes de un mismo monarca, había la práctica sido varia, según los estados y los tiempos. En Castilla desaparecieron del todo los brazos del clero y de la nobleza después de las cortes celebradas en Toledo en 1538 y 1539. Duraron más tiempo en Aragón; pero colocada en el solio, al principiar el siglo XVIII, la estirpe de los Borbones, dejaron en breve de congregarse separadamente las cortes en ambos reinos, y solo ya fueron llamadas para la jura de los príncipes de Asturias. Por primera vez se vieron juntas, en 1709, las de las coronas de Aragón y Castilla, y así continuaron hasta las últimas que se tuvieron en 1789, no asistiendo ni aun a estas, a pesar de tratarse algún asunto grave, sino los diputados de las ciudades. Solo en Navarra proseguía la costumbre de convocar a sus cortes particulares el brazo eclesiástico y el militar, o sea de la nobleza. Pero además de que allí no entraban en el primero exclusivamente los prelados, sino también priores, abades y hasta el provisor del obispado de Pamplona, y que del segundo componían parte varios caballeros sin ser grandes ni titulados, no podía servir de norma tan reducido rincón a lo restante del reino, señaladamente hallándose cerca, como para contrapuesto ejemplo, las provincias vascongadas, en cuyas juntas, del todo populares, no se admiten ni aun los clérigos. Ahora había también que examinar la índole de la presente lucha, su origen y su progreso.

La nobleza y el clero, aunque entraron gustosos en ella, habían obrado antes bien como particulares que como corporaciones, y lo más elevado de ambas clases, los grandes y los prelados no habían por lo general brillado ni a la cabeza de los ejércitos, ni de los gobiernos, ni de las partidas. Agregábase a esto la tendencia de la nación, desafecta a jerarquías, y en la que reducidos a estrechísimos límites los privilegios de los nobles, todos podían ascender a los puestos más altos sin excepción alguna.

Opinión común
en la nación.

Mostrábase en ello tan universal la opinión que, no solo la apoyaban los que propendían a ideas democráticas, mas también los enemigos de cortes y de todo gobierno representativo. Los últimos no, en verdad, como un medio de desorden [había entonces en España acerca del asunto mejor fe], sino por no contrarrestar el modo de pensar de los naturales. Ya en Sevilla, en la comisión de la junta central encargada de los trabajos de cortes, los señores Riquelme y Caro, que apuntamos desamaban la reunión de cortes, una vez decidida esta, votaron por una sola cámara indivisa y común, y el ilustre Jovellanos por dos: Jovellanos, acérrimo partidario de cortes y uno de los españoles más sabios de nuestro tiempo. Los primeros seguían la voz común: guiaban al último reglas de consumada política, la práctica de Inglaterra y otras naciones. Entre los comisionados de las juntas residentes en Cádiz, fue el más celoso en favor de una sola cámara Don Guillermo Hualde, no obstante ser eclesiástico, dignidad de chantre en la catedral de Cuenca y grande adversario de novedades. Contradicciones frecuentes en tiempos revueltos, pero que nacían aquí, repetimos, de la elevada y orgullosa igualdad que ostenta la jactancia española, manantial de ciertas virtudes, causa a veces de ruinosa insubordinación.

Consulta
la regencia al
consejo reunido.

La regencia consultó sobre la materia, y otras relativas a cortes, al consejo reunido. La mayoría se conformó en todo con la opinión más acreditada, y se inclinó también a una sola cámara. Disintieron del dictamen varios individuos del antiguo consejo de Castilla, Respuesta de este.
Voto particular. de cuyo número fueron el decano Don José Colón, el conde del Pinar, y los señores Riega, Duque Estrada, y Don Sebastián de Torres. Oposición que dimanaba, no de adhesión a cámaras, sino de odio a todo lo que fuese representación nacional: por lo que en su voto insistieron particularmente en que se castigase con severidad a los diputados de las juntas que habían osado pedir la pronta convocación de cortes.

Cundió en Cádiz la noticia de la consulta, junto con la del dictamen de la minoría, y enfureciéronse los ánimos contra esta, mayormente no habiendo los más de los firmantes dado al principio del levantamiento, en 1808, grandes pruebas de afecto y decisión por la causa de la independencia. De consiguiente, conturbáronse los disidentes al saber que los tiros disparados en secreto, con esperanza de que se mantendrían ocultos, habían reventado a la luz del día. Creció su temor cuando la regencia, para fundar sus providencias, determinó que se publicase la consulta y el dictamen particular. No hubo entonces manejo ni súplica que no empleasen los autores del último para alcanzar el que se suspendiese dicha resolución. Así sucedió, y tranquilizose la mente de aquellos hombres, cuyas conciencias no habían escrupulizado en aconsejar a las calladas injustas persecuciones, pero que se estremecían aun de la sombra del peligro. Achaque inherente a la alevosía y a la crueldad, de que muchos de los que firmaron el voto particular dieron tristes ejemplos años adelante, cuando sonó en España la lúgubre y aciaga hora de las venganzas y juicios inicuos.

Consulta
del consejo
de estado.

Pidió luego la regencia, acerca del mismo asunto de cámaras, el parecer del consejo de estado, el cual convino también en que no se convocase la de privilegiados. Votó en favor de este dictamen el marqués de Astorga, no obstante su elevada clase; del mismo fue Don Benito de Hermida, adversario en otras materias de cualesquiera novedades. Sostuvo lo contrario Don Martín de Garay, como lo había hecho en la central, y conforme a la opinión de Jovellanos.

No se convoca
segunda cámara.

No pudiendo resistir la regencia a la universalidad de pareceres, decidió que las clases privilegiadas no asistirían por separado a las cortes que iban a congregarse, y que estas se juntarían con arreglo al decreto que había circulado la central en 1.º de enero.

Modo de elección.

Según el tenor de este y de la instrucción que le acompañaba, innovábase del todo el antiguo modo de elección. Solamente en memoria de lo que antes regía se dejaba que cada ciudad de voto en cortes enviase por esta vez, en representación suya, un individuo de su ayuntamiento. Se concedía igualmente el mismo derecho a las juntas de provincia, como premio de sus desvelos en favor de la independencia nacional. Estas dos clases de diputados no componían, ni con mucho, la mayoría, pero sí los nombrados por la generalidad de la población conforme al método ahora adoptado. Por cada 50.000 almas se escogía un diputado, y tenían voz para la elección los españoles de todas clases avecindados en el territorio, de edad de 25 años, y hombres de casa abierta. Nombrábanse los diputados indirectamente, pasando su elección por los tres grados de juntas de parroquia, de partido y de provincia. No se requerían para obtener dicho cargo otras condiciones que las exigidas para ser elector y la de ser natural de la provincia, quedando elegido diputado el que saliese de una urna o vasija en que habían de sortearse los tres sujetos que primero hubiesen reunido la mayoría absoluta de votos. Defectuoso, si se quiere, este método, ya por ser sobradamente franco, estableciendo una especie de sufragio universal, y ya restricto a causa de la elección indirecta, llevaba, sin embargo, gran ventaja al antiguo, o a lo menos a lo que de este quedaba.

El antiguo
de España.

En Castilla, hasta entrado el siglo XV, hubo cortes numerosas y a las que asistieron muchas villas y ciudades, si bien su concurrencia pendió casi siempre de la voluntad de los reyes, y no de un derecho reconocido e inconcuso. A los diputados, o sean procuradores, nombrábanlos los concejos formados de los vecinos, o ya los ayuntamientos, pues estos, siendo entonces por lo común de elección popular, representaban con mayor verdad la opinión de sus comitentes, que después, cuando se convirtieron sus regidurías, especialmente bajo los Felipes austriacos, en oficios vendibles y enajenables de la corona; medida que, por decirlo de paso, nació más bien de los apuros del erario que de miras ocultas en la política de los reyes. En Aragón, el brazo de las universidades o ciudades, y en Valencia y Cataluña, el conocido con el nombre de real, constaban de muchos diputados que llevaban la voz de los pueblos. Cuáles fuesen los que hubiesen de gozar de semejante derecho o privilegio no estaba bien determinado, pues según nos cuentan los cronistas Martel y Blancas, solo gobernaba la costumbre. Este modo de representar la generalidad de los ciudadanos, aunque inferior, sin duda, al de la central, aparecía, repetimos, muy superior al que prevaleció en los siglos XVI y XVII, decayendo sucesivamente las prácticas y usos antiguos, a punto que en las cortes celebradas desde el advenimiento de Felipe V hasta las últimas de 1789 solo se hallaron presentes los caballeros procuradores de 37 villas y ciudades, únicas en que se reconocía este derecho en las dos coronas de Aragón y Castilla. Por lo que con razón asentaba Lord Oxford, al principio del siglo XVIII, que aquellas asambleas solo eran ya magni nominis umbra.

Poderes
que se dan
a los diputados.

Conferíanse ahora a los diputados facultades amplias, pues además de anunciarse en la convocatoria, entre otras cosas, que se llamaba la nación a cortes generales «para restablecer y mejorar la constitución fundamental de la monarquía», se especificaba en los poderes que los diputados «podían acordar y resolver cuanto se propusiese en las cortes, así en razón de los puntos indicados en la real carta convocatoria, como en otros cualesquiera, con plena, franca, libre y general facultad, sin que por falta de poder dejasen de hacer cosa alguna, pues todo el que necesitasen les conferían [los electores] sin excepción ni limitación alguna.»

Llámanse
a las cortes
diputados
de las provincias
de América
y Asia.

Otra de las grandes innovaciones fue la de convocar a cortes las provincias de América y Asia. Descubiertos y conquistados aquellos países a la sazón que en España iban de caída las juntas nacionales, nunca se pensó en llamar a ellas a los que allí moraban. Cosa, por otra parte, nada extraña atendiendo a sus diversos usos y costumbres, a sus distintos idiomas, al estado de su civilización, y a las ideas que entonces gobernaban en Europa respecto de colonias o regiones nuevamente descubiertas, pues vemos que en Inglaterra mismo donde nunca cesaron los parlamentos, tampoco en su seno se concedió asiento a los habitadores allende los mares.

Ahora que los tiempos se habían cambiado, y confirmádose solemnemente la igualdad de derechos de todos los españoles, europeos y ultramarinos, menester era que unos y otros concurriesen a un congreso en que iban a decidirse materias de la mayor importancia, tocante a toda la monarquía que entonces se dilataba por el orbe. Requeríalo así la justicia, requeríalo el interés bien entendido de los habitantes de ambos mundos, y la situación de la península, que, para defender la causa de su propia independencia, debía granjear las voluntades de los que residían en aquellos países, y de cuya ayuda había reportado colmados frutos. Lo dificultoso era arreglar en la práctica la declaración de la igualdad. Regiones extendidas, como las de América, con variedad de castas, con desvío entre estas y preocupaciones, ofrecían en el asunto problemas de no fácil resolución. Agregábase la falta de estadísticas, la diferente y confusa división de provincias y distritos, y el tiempo que se necesitaba para desenmarañar tal laberinto, cuando la pronta convocación de cortes no daba vagar, ni para pedir noticias a América, ni para sacar de entre el polvo de los archivos las mancas y parciales que pudieran averiguarse en Europa.

Por lo mismo, la junta central, en el primer decreto que publicó sobre cortes en 22 de mayo de 1809, contentose con especificar que la comisión encargada de preparar los trabajos acerca de la materia viese «la parte que las Américas tendrían en la representación nacional.» Cuando en enero de 1810 expidió la misma junta a las provincias de España las convocatorias para el nombramiento de cortes, acordó también un decreto en favor de la representación de América y Asia, limitándose a que fuese supletoria, compuesta de 26 individuos escogidos entre los naturales de aquellos países residentes en Europa, y hasta tanto que se decidiese el modo más conveniente de elección. No se imprimió este decreto, y solo se mandó insertar un aviso en la Gaceta del mismo 7 de enero dando cuenta de dicha resolución, confirmada después por la circular que, al despedirse, promulgó la central sobre celebración de cortes.

No bastaba para satisfacer los deseos de la América tan escasa y ficticia representación, por lo cual adoptose igualmente un medio que si no era tan completo como el decretado para España, se aproximaba al menos a la fuente de donde ha de derivarse toda buena elección. Tomose en ello ejemplo de lo determinado antes por la central, cuando llamó a su seno individuos de los diversos virreinatos y capitanías generales de ultramar, medida que no tuvo cumplido efecto a causa de la breve gobernación de aquel cuerpo. Según dicho decreto, no publicado sino en junio de 1809, los ayuntamientos, después de nombrar tres individuos, debían sortear uno y remitir el nombre del que fuese favorecido por la fortuna al virrey o capitán general, quien reuniendo los de los candidatos de las diversas provincias, tenía que proceder con el real acuerdo a escoger tres y en seguida sortearlos, quedando elegido para individuo de la junta central el primero que saliese de la urna. Así se ve que el número de los nombrados se limitaba a uno solo por cada virreinato o capitanía general.

Conservando en el primer grado el mismo método de elección, había dado la regencia, en 14 de febrero, mayor ensanche al nombramiento de diputados a cortes. Los ayuntamientos elegían en sus provincias sus representantes, sin necesidad de acudir a la aprobación o escogimiento de las autoridades superiores, de manera que, en vez de un solo diputado por cada virreinato o capitanía general, se nombraron tantos cuantas eran las provincias, con lo que no dejó de ser bastante numerosa la diputación americana que poco a poco fue aportando a Cádiz, aun de los países más remotos, y compuso parte muy principal de aquellas cortes.

Elección
de suplentes.

No estorbó esto que, aguardando la llegada de los diputados propietarios, se llevase a efecto en Cádiz el nombramiento de suplentes, así respecto de las provincias de ultramar como también de las de España, cuyos representantes no hubiesen todavía acudido, impedidos por la ocupación enemiga o por cualquiera otra causa que hubiese motivado la dilación. Para América y Asia, en vez de 26 suplentes resolvió la regencia se nombrasen dos más, accediendo a varias súplicas que se le hicieron; para la península debía elegirse uno solo por cada una de las provincias indicadas. Tocaba desempeñar encargo tan importante a los respectivos naturales, en quienes concurriesen las calidades exigidas en el decreto e instrucción de 1.º de enero. La regencia había el 19 de agosto determinado definitivamente este asunto de suplentes, conviniendo en que la elección se hiciese en Cádiz, como refugio del mayor número de emigrados. Publicó el 8 de septiembre un edicto sobre la materia, y nombró ministros del consejo que preparasen las listas de los naturales de la península y de América que estuviesen en el caso de poder ser electores.

Opinión
sobre esto
en Cádiz.

Aplaudieron todos en Cádiz el que hubiese suplentes, lo mismo los apasionados a novedades que sus adversarios. Vislumbraban en ello unos carrera abierta a su noble ambición, esperaban otros conservar así su antiguo influjo y contener el ímpetu reformador. Entre los últimos se contaban consejeros, antiguos empleados, personas elevadas en dignidad que se figuraban prevalecer en las elecciones y manejarlas a su antojo, asistidos de su nombre y de su respetada autoridad. Ofuscamiento de quien ignoraba lo arremolinadas que van, aun desde un principio, las corrientes de una revolución.

Parte que toma
la mocedad.

En breve se desengañaron, notando cuán perdido andaba su influjo. Levantáronse los pechos de la mocedad, y desapareció aquella indiferencia a que antes estaba avezada en las cuestiones políticas. Todo era juntas, reuniones, corrillos, conferencias con la regencia, demandas, aclaraciones. Hablábase de candidatos para diputados, y poníanse los ojos, no precisamente en dignidades, no en hombres envejecidos en la antigua corte o en los rancios hábitos de los consejos u otras corporaciones, sino en los que se miraban como más ilustrados, más briosos y más capaces de limpiar la España de la herrumbre que llevaba comida casi toda su fortaleza.

Los consejeros nombrados para formar las listas, lejos de tropezar, cuando ocurrían dudas, con tímidos litigantes o con sumisos y necesitados pretendientes, tuvieron que habérselas con hombres que conocían sus derechos, que los defendían y aun osaban arrostrar las amenazas de quienes antes resolvían sin oposición y con el ceño de indisputable supremacía.

Enojo
de los enemigos
de reformas.

Desde entonces, muchos de los que más habían deseado el nombramiento de suplentes empezáronse a mostrar enemigos, y por consecuencia adversarios de las mismas cortes. Fuéronlo sin rebozo luego que se terminaron dichas elecciones de suplentes. Se dio principio a estas el 17 de septiembre, y recayeron por lo común los nombramientos de diputados en sujetos de capacidad y muy inclinados a reformas.

Número
que acude
a las elecciones.

Presidieron las elecciones de cada provincia de España individuos de la cámara de Castilla, y las de América Don José Pablo Valiente, del consejo de Indias. Hubo algunas bastante ruidosas, culpa en parte de la tenacidad de los presidentes y de su mal encubierto despecho, malogrados sus intentos. De casi ninguna provincia de España hubo menos de 100 electores, y llegaron a 4000 los de Madrid, todos en general sujetos de cuenta; infiriéndose de aquí que, a pesar de lo defectuoso de este género de elección, era más completa que la que se hacía por las ciudades de voto en cortes, en que solo tomaban parte 20 o 30 privilegiados, esto es, los regidores.

Temores
de la regencia.

Como al paso que mermaban las esperanzas de los adictos al orden antiguo, adquirían mayor pujanza las de los aficionados a la opinión contraria, temió la regencia caer de su elevado puesto, y buscó medios para evitarlo y afianzar su autoridad. Pero, según acontece, los que escogió no podían servir sino para precipitarla más pronto. Restablecen todos
los consejos. Tal fue el restablecer todos los consejos bajo la planta antigua por decreto de 16 de septiembre. Imaginó que como muchos individuos de estos cuerpos, particularmente los del consejo real, se reputaban enemigos de la tendencia que mostraban los ánimos, tendría en sus personas, ahora agradecidas, un sustentáculo firme de su potestad ya titubeante. Cuenta en que gravemente erró. La veneración que antes existía al consejo real había desaparecido, gracias a la incierta y vacilante conducta de sus miembros en la causa pública y a su invariable y ciega adhesión a prerrogativas y extensas facultades. Inoportuno era también el momento escogido para su restablecimiento. Las cortes iban a reunirse, a ellas tocaba la decisión de semejante providencia. Tampoco lo exigía el despacho de los negocios, reducida ahora la nación a estrechos límites, y resolviendo por sí las provincias muchos de los expedientes que antes subían a los consejos. Así apareció claro que su restablecimiento encubría miras ulteriores, y quizá se sospecharon algunas más dañadas de las que en realidad había.

Quiere
el consejo real
intervenir
en las cortes.

El consejo real desviviose por obtener que su gobernador o decano presidiese las cortes, que la cámara examinase los poderes de los diputados, y también que varios individuos suyos tomasen asiento en ellas bajo el nombre de asistentes. Tal era la costumbre seguida en las últimas cortes, tal la que ahora se intentó abrazar, fundándose en los antecedentes y en el texto de Salazar, libro sagrado a los ojos de los defensores de las prerrogativas del consejo. No lo consigue. Mas al columbrar el revuelo de la opinión, delirio parecía querer desenterrar usos tan encontrados con las ideas que reinaban en Cádiz y con las que exponían los diputados de las provincias que iban llegando, quienes, fuesen o no inclinados a las reformas, traían consigo recelos y desconfianzas acerca de los consejos y de la misma regencia.

Señala el 24
de septiembre
para
la instalación
de cortes.

De dichos diputados, varios arribaron a Cádiz en agosto, otros muchos en septiembre. Con su venida se apremió a la regencia para que señalase el día de la apertura de cortes, reacia siempre en decidirse. Tuvo aun para ello dificultades, provocó dudas, repitió consultas, mas al fin fijole para el 24 de septiembre.

Comisión
de poderes.

Determinó también el modo de examinar previamente los poderes. Los diputados que habían llegado fueron de parecer que la regencia aprobase por sí los poderes de seis de entre ellos, y que luego estos mismos examinasen los de sus compañeros. Bien que forzada, dio la regencia su beneplácito a la propuesta de los diputados, mas en el decreto que publicó al efecto, decía que obraba así, «atendiendo a que estas cortes eran extraordinarias, sin intentar perjudicar a los derechos que preservaba a la cámara de Castilla.» Los seis diputados escogidos para el examen de poderes fueron el consejero D. Benito de Hermida, por Galicia; el marqués de Villafranca, grande de España, por Murcia; D. Felipe Amat, por Cataluña; Don Antonio Oliveros, por Extremadura; el general Don Antonio Samper, por Valencia; y Don Ramón Power, por la isla de Puerto Rico. Todos eran diputados propietarios, incluso el último, único de los de ultramar que hubiese todavía llegado de aquellos apartados países.

Congojosa
esperanza
de los ánimos.

Concluidos los actos preliminares, ansiosamente y con esperanza varia aguardaron todos a que luciese aquel día 24 de septiembre, origen de grandes mudanzas, verdadero comienzo de la revolución española.

RESUMEN

DEL

LIBRO DECIMOTERCERO.

Instalación de las cortes generales y extraordinarias. — Publicidad de sus sesiones. — Malos intentos de la regencia. — Conducta mesurada y noble de las cortes. — Nombramiento de presidente y secretarios. — Proposiciones del señor Muñoz Torrero. — Primera discusión muy notable. — Los discursos pronunciados de palabra. — Engaño de la regencia. — Palabras de Lardizábal. — Decreto de 24 de septiembre. — Opiniones diversas acerca de este decreto, y su examen. — Número de diputados que concurrieron el primer día. — Aplausos que de todas partes reciben las cortes. — Tratamiento. — Aclaración pedida por la regencia. — Debate sobre las facultades de la potestad ejecutiva. — Empleos conferidos a diputados. — Proposición del señor Capmany. — Juicio acerca de ella. — Elecciones de Aragón. — El duque de Orleans quiere hablar a la barandilla de las cortes. — Relación sucinta de este suceso. — Altercado con el obispo de Orense sobre prestar el juramento. — Sométese al fin el obispo. — Revueltas de América. — Sus causas. — Levantamiento de Venezuela. — Levantamiento de Buenos Aires. — Juicio acerca de estas revueltas. — Medidas tomadas por el gobierno español. — Providencia fraguada acerca del comercio libre. — Nómbrase a Cortavarría para ir a Caracas. — Jefes y pequeña expedición enviada al Río de la Plata. — Ocúpanse las cortes en la materia. — Decreto de 15 de octubre. — Discusión sobre la libertad de la imprenta. — Reglamento por el que se concedía la libertad de la imprenta. — Su examen. — Lo que se adopta para los juicios en lugar del jurado. — Promúlgase la libertad de la imprenta. — Partidos en las cortes. — Remueven las cortes a los individuos de la primera regencia. — Causas de ello. — Nómbrase una nueva regencia de tres individuos. — Suplentes. — Incidente del marqués del Palacio. — Discusión que esto motiva. — Término de este negocio. — Ciertos acontecimientos ocurridos durante la primera regencia, y breve noticia de los diferentes ramos. — Monumento mandado erigir por las cortes a Jorge III. — Sigue la relación de algunos acontecimientos ocurridos durante la primera regencia. — Modo de pensar de los nuevos regentes. — Varios decretos de las cortes. — Nómbrase una comisión especial para formar un proyecto de constitución. — Voces acerca de si se casaba o no en Francia Fernando VII. — Proposiciones sobre la materia de los señores Capmany y Borrull. — Discusión. — Nuevas discusiones sobre América. — Alborotos en Nueva España. — Decretos en favor de aquellos países. — Providencias en materia de guerra y hacienda. — Cierran las cortes sus sesiones en la Isla. — Fiebre amarilla. — Fin de este libro.

HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.