LIBRO DECIMOSEXTO.
Abren las cortes
sus sesiones
en Cádiz.
Trasladadas las cortes de la Isla de León a Cádiz, abrieron las sesiones en esta ciudad el 24 de febrero, según ya apuntamos. El sitio que se escogió pava celebrarlas fue la iglesia de S. Felipe Neri, espaciosa y en forma de rotonda. Se construyeron galerías públicas a derecha y a izquierda, en donde antes estaban los altares colaterales, y otra más elevada encima del cornisamento, de donde arranca la cúpula. Era la postrera galería angosta, lejana y de pocas salidas, lo que dio ocasión a alguno que otro desorden que a su tiempo mencionaremos, si bien enfrenados siempre por la sola y discreta autoridad de los presidentes.
Presupuestos
presentados
por el ministro
de hacienda.
En 26 de febrero se leyó en las cortes, por primera vez, un presupuesto de gastos y entradas. Era obra de Don José Canga Argüelles, secretario a la sazón del despacho de hacienda. La pintura que en el contexto se trazaba del estado de los caudales públicos aparecían harto dolorosa. «El importe de la deuda [*] (* Ap. n. [16-1].) [expresaba el ministro] asciende a 7.194.266.839 rs. vn., y los réditos vencidos a 219.691.473 de igual moneda.» No entraban en este cómputo los empeños contraídos desde el principio de la insurrección, que por lo general consistían en suministros aprontados en especie. El gasto anual, sin los réditos de la deuda, le valuaba el señor Canga en 1.200.000.000 de reales, y los productos en solo 255.000.000. «Tal es [continuaba el ministro] la extensión de los desembolsos y de las rentas con que contamos para satisfacerlas, calculadas aproximadamente por no ser dado hacerlo con exactitud, por la falta a veces de comunicación entre las provincias y el gobierno, por las ocurrencias militares de ellas...» «Si la santa insurrección de España hubiera encontrado desahogados a los pueblos, rico el tesoro, consolidado el crédito y franqueados todos los caminos de la pública felicidad, nuestros ahogos serían menores, más abundantes los recursos, y los reveses hubieran respetado a nuestras armas; pero una administración desconcertada de veinte años, una serie de guerras desastrosas, un sistema opresor de hacienda, y sobre todo la mala fe en los contratos de esta y el desarreglo de todos los ramos, solo dejaron en pos de sí la miseria y la desolación; y los albores de la independencia y de la libertad rayaron en medio de las angustias y de los apuros...» «A pesar de todo, hemos levantado ejércitos; y combatiendo con la impericia y las dificultades, mantenemos aún el honor del nombre español, y ofrecemos a la Francia el espectáculo terrible de un pueblo decidido que aumenta su ardor al compás de las desgracias...»
Reflexiones
acerca de ellos.
Y ahora habrá quien diga: ¿cómo pues las cortes hicieron frente a tantas atenciones, y pudieron cubrir desfalco tan considerable? A eso responderemos: 1.º, que el presupuesto de gastos estaba calculado por escala muy subida, y por una muy ínfima el de las entradas; 2.º, que en estas no se incluían las remesas de América, que, aunque en baja, todavía producían bastante, ni tampoco la mayor parte de las contribuciones ni suministros en especie; y 3.º, que tal es la diferencia que media entre una guerra nacional y una de gabinete. En la última los pagos tienen que ser exactos y en dinero, cubriéndolos solamente contribuciones arregladas y el crédito, que encuentra con límites: en la primera suplen al metálico, en cuanto cabe, los frutos, aprontando los propietarios y hombres acaudalados no solo las rentas sino a veces hasta los capitales, ya por patriotismo, ya por prudencia; sobrellevando asimismo el soldado con gusto, o al menos pacientemente, las escaseces y penuria, como nuevo timbre de realzada gloria. Y, en fin, en una guerra nacional, poniéndose en juego todas las facultades físicas e intelectuales de una nación, se redoblan al infinito los recursos; y por ahí se explica como la empobrecida, mas noble, España pudo sostener tan larga y dignamente la causa honrosa de su independencia. Favoreciola, es verdad, la alianza con la Inglaterra, yendo unidos en este caso los intereses de ambas potencias; pero lo mismo ha acontecido casi siempre en guerras de semejante naturaleza. Díganlo, si no, la Holanda y los Estados Unidos, apoyada la primera por los príncipes protestantes de aquel siglo, y los últimos por Francia y España. Y no por eso aquellas naciones ocupan en la historia lugar menos señalado.
Debates
en las cortes.
Al día siguiente de haber presentado el ministro de hacienda los presupuestos, se aprobó el de gastos después de una breve discusión. Nada en él había superfluo; la guerra lo consumía casi todo. Detuviéronse más las cortes en el de entradas. No propuso por entonces Canga Argüelles ninguna mudanza esencial en el sistema antiguo de contribuciones, ni en el de su administración y recaudación. Dejaba la materia para más adelante como difícil y delicada.
Contribución
extraordinaria
de guerra.
Indicó varias modificaciones en la contribución extraordinaria de guerra que, según en su lugar se vio, había decretado la junta central sin que se consiguiese plantearla en las más de las provincias. Con ella se contaba para cubrir en parte el desfalco de los presupuestos. Adolecía, sin embargo, esta imposición de graves imperfecciones. La mayor de todas consistía en tomar por base el capital existimativo de cada contribuyente, y no los réditos o productos líquidos de las fincas. Propuso con razón el ministro sustituir a la primera base la postrera; pero no anduvo tan atinado en recargar al mismo tiempo en un 30, 45, 50, 60 y aun 65 por ciento los diezmos eclesiásticos y la partición de frutos o derechos feudales, con más o menos gravamen, según el origen de la posesión. Fundaba el señor Canga la última parte de su propuesta en que los desembolsos debían ser en proporción de lo que cada cual expusiese en la actual guerra; y a muchos agradaba la medida por tocar a individuos cuya jerarquía y privilegios no disfrutaban del favor público. Mas, a la verdad, el pensamiento del ministro era vago, injusto y casi impracticable; porque, ¿cómo podía graduarse equitativamente cuáles fuesen las clases que arriesgaban más en la presente lucha? Iba en ella la pérdida o la conservación de la patria común, e igual era el peligro, e igual la obligación en todos los ciudadanos de evitar la ruina de la independencia. Fuera de esto, tratábase solo ahora de contribuciones, no de examinar la cuestión de diezmos, ni la de los derechos feudales, y menos la temible y siempre impolítica del origen de la propiedad. Mezclar y confundir puntos tan diversos era internarse en un enredado laberinto de averiguaciones, que tenía al cabo que perjudicar a la pronta y más expedita cobranza del impuesto extraordinario.
Cuerdamente huyó la comisión de tal escollo; y dejando a un lado el recargo propuesto por el ministro sobre determinados derechos o propiedades, atúvose solo a gravar sin distinción las utilidades líquidas de la agricultura, de la industria y del comercio. Hasta aquí asemejábase mucho el nuevo impuesto al income tax de Inglaterra, y no flaqueaba sino por los defectos que son inherentes a esta clase de contribuciones en la indagación de los rendimientos que dejan ciertas granjerías. Pero la comisión, admitiendo además otra modificación en la base fundamental del impuesto, introdujo una regla que, si no tan injusta como la del ministro ni de consecuencias tan fatales, aparecía no menos errónea. Fue, pues, la de una escala de progresión según la cual crecía el impuesto a medida que la renta o las utilidades pasaban de 4000 reales vellón. Dos y medio por ciento se exigía a los que estaban en este caso; más y respectivamente de allí arriba, llegando algunos a pagar hasta un 50 y un 76 por ciento: pesado tributo, tan contrario a la equidad como a las sanas y bien entendidas máximas que enseña la práctica y la economía pública en la materia. Porque gravando extraordinariamente y de un modo impensado las rentas del rico, no solo se causa perjuicio a este, sino que se disminuye también o suprime, en vez de favorecer, la renta de las clases inferiores, que en el todo o en gran parte consiste en el consumo que de sus productos o de su industria hacen respectiva y progresivamente las familias más acomodadas y poderosas. Dicho impuesto, además, llega a devorar hasta el capital mismo, destruye en los particulares el incentivo de acumular, origen de gran prosperidad en los estados, y tiene el gravísimo inconveniente de ser variable sobre una cantidad dada de riqueza, lo que no sucede en las contribuciones de esta especie cuando solo son proporcionales sin ser progresivas.
Las cortes, sin embargo, aprobaron el 24 de marzo el informe de la comisión, reducido a tres principales bases: 1.ª, que se llevase a efecto la contribución extraordinaria de guerra impuesta por la central; 2.ª, que se fijase la base de esta contribución con relación a los réditos o productos líquidos de las fincas, comercio e industria; 3.ª, que la cuota correspondiente a cada contribuyente fuese progresiva al tenor de una escala que acompañaba a la ley. La premura de los tiempos y la inexperiencia disculpan solo la aprobación de un impuesto no muy bien concebido.
Adoptaron igualmente las cortes otros arbitrios introducidos antes por la central, como el de la plata de las iglesias y particulares, y el de los coches de estos. El primero se hallaba ya casi agotado, y el último era de poco o ningún valor: no osando nadie, a menos de ser anciano o de estar impedido, usar de carruaje en medio de las calamidades del día.
Tampoco fue en verdad de gran rendimiento el arbitrio conocido bajo el nombre de represalias y confiscos, que consistía en bienes y efectos embargados a franceses y a españoles del bando del intruso. Tomaron ya esta medida los gobiernos que precedieron a las cortes, autorizados por el derecho de gentes y el patrio, como también apoyados en el ejemplo de José y de Napoleón. Las luces del siglo han ido suavizando la legislación en esta parte, y el buen entendimiento de las naciones modernas acabará por borrar del todo los lunares que aún quedan, y son herencia de edades menos cultas. En España apenas sirvieron las represalias y los confiscos sino para arruinar familias, y alimentar la codicia de gente rapaz y de curia. Las cortes se limitaron en aquel tiempo a adoptar reglas que abreviasen los trámites, y mejorasen en lo posible la parte administrativa y judicial del ramo.
Reconocimiento
de la deuda
pública.
(* Ap. n. [16-2].)
Días después, en 30 de marzo, presentose de nuevo al congreso el ministro de Hacienda, y leyó una memoria circunstanciada [*] sobre la deuda y crédito público. Nada por de pronto determinaron las cortes en la materia, hasta que en el inmediato septiembre dieron un decreto reconociendo todas las deudas antiguas, y las contraídas desde 1808 por los gobiernos y autoridades nacionales, exceptuando por entonces de esta regla las deudas de potencias no amigas. A poco nombraron también las mismas cortes Nombramiento
de una junta
nacional del
crédito público. una junta llamada nacional del crédito público, compuesta de tres individuos escogidos de entre nueve que propuso la regencia. Se depositó en manos de este cuerpo el manejo de toda la deuda, puesta antes al cuidado de la tesorería mayor y de la caja de consolidación. Las cortes hasta mucho tiempo adelante no desentrañaron más el asunto, por lo que suspenderemos ahora tratar de él detenidamente. Diose ya un gran paso hacia el restablecimiento del crédito en el mero hecho de reconocer de un modo solemne la deuda pública, y en el de formar un cuerpo encargado exclusivamente de coordinar y regir un ramo muy intrincado de suyo, y antes de mucha maraña.
Memoria
del ministro
de la Guerra.
(* Ap. n. [16-3].)
También se leyó en las cortes el 1.º de marzo una memoria del ministro de la Guerra,[*] en que largamente se exponían las causas de los desastres padecidos en los ejércitos, y las medidas que convenía adoptar para poner en ello pronto remedio. Nada anunciaba el ministro que no fuese conocido, y de que no hayamos ya hecho mención en el curso de esta historia. Las circunstancias hacían insuperables ciertos males: solo podía curarlos la mano vigorosa del gobierno, no las discusiones del cuerpo legislativo. Sin embargo, excitó una muy viva el dictamen que la comisión de guerra presentó días después acerca del asunto. Muchos señores no se manifestaron satisfechos con lo expuesto por el ministro, que casi se limitaba a reflexiones generales; pero insistieron todos en la necesidad urgentísima de restaurar la disciplina militar, cuyo abandono, ya anterior a la presente lucha, miraban como principal origen de las derrotas y contratiempos.
Aprueban
las cortes
el estado mayor.
Debiendo contribuir a tan anhelado fin, y a un bien entendido, uniforme y extenso plan de campaña el estado mayor general creado por la última regencia, afirmaron dicha institución las cortes en decreto de 6 de julio. Necesitábase, para sostenerla, de semejante apoyo, estando combatida por militares ancianos, apegados a usos añejos. Cada día probó más y más la experiencia lo útil de aquel cuerpo, ramificado por todos los ejércitos, con un centro común cerca del gobierno, y compuesto en general de la flor de la oficialidad española.
Créase la orden
de San Fernando.
Asimismo las cortes al paso que quisieron poner coto a la excesiva concesión de grados, a la de las órdenes y condecoraciones de la milicia, tampoco olvidaron excogitar un medio que recompensase las acciones ilustres, sin particular gravamen de la nación; porque, como dice nuestro Don Francisco de Quevedo,[*] (* Ap. n. [16-4].) «dar valor al viento es mejor caudal en el príncipe que minas.» Con este objeto propuso la comisión de premios, en 5 de mayo, el establecimiento de una orden militar, que llamó del Mérito, destinada a remunerar las hazañas que llevasen a cima los hombres de guerra, desde el general hasta el soldado inclusive.
No empezó la discusión sino en 25 de julio, y se publicó el decreto a fines de agosto inmediato, cambiándose, a propuesta del señor Morales Gallego, el título dado por la comisión en el de orden nacional de San Fernando. Era su distintivo una venera de cuatro aspas, que llevaba en el centro la efigie de aquel santo: la cinta encarnada con filetes estrechos de color de naranja a los cantos. Había grandes y pequeñas cruces, y las había de oro y plata con pensiones vitalicias en ciertos casos. Individualizábanse en el reglamento las acciones que se debían considerar como distinguidas, y los trámites necesarios para la concesión de la gracia, a la cual tenía que preceder una sumaria información en juicio abierto contradictorio, sostenido por oficiales o soldados que estuviesen enterados del hecho o le hubiesen presenciado. Hasta el año de 1814 se respetó la letra de este reglamento, mas entonces al volver Fernando de Francia, prodigose indebidamente la nueva orden y se vilipendió del todo en 1823, dispensándola a veces con profusión a muchos de aquellos extranjeros contra quienes se había establecido, y en oposición de los que la habían creado o merecido legítimamente. Juegos de la fortuna nada extraños, si el distribuidor de las mercedes no hubiera sido aquel mismo Fernando, cuyo trono, antes de 1814, atacaban los recién agraciados y defendían los ahora perseguidos.
Reglamento
de juntas
provinciales.
Mejoraron también las cortes la parte gubernativa de las provincias, adoptando un reglamento para las juntas que se publicó en 18 de marzo y gobernó hasta el total establecimiento de la nueva constitución de la monarquía. En él se determinaba el modo de formar dichos cuerpos y se deslindaban sus facultades. Elegíanse los individuos como los diputados de cortes, popularmente: nueve en número, excepto en ciertos parajes. Entraban además en la junta el intendente y el capitán general, presidente nato. Fijábase la renovación de los individuos por terceras partes cada tres años, y se establecían en los partidos comisiones subalternas.
A las juntas tocaba expedir las órdenes para los alistamientos y contribuciones, y vigilar la recaudación de los caudales públicos: no podían sin embargo disponer por sí de cantidad alguna. Se les encargaban también los trabajos de estadística, el fomento de escuelas de primeras letras, y el cuidado de ejercitar a la juventud en la gimnástica y manejo de las armas. No menos les correspondía fiscalizar las contratas de víveres y el repartimiento de estos, las de vestuario y municiones, las revistas mensuales y otros pormenores administrativos. Facultades algunas sobrado latas para cuerpos de semejante naturaleza; mas necesario era concedérselas en una guerra como la actual. Reportó bienes el nuevo reglamento, pues por lo menos evitó desde luego la mudanza arbitraria de las juntas al son de las parcialidades o del capricho de cualquiera pueblo, según a veces acontecía. Las elecciones que resultaron fueron de gente escogida: y en adelante medió mayor concordia entre los jefes militares y la autoridad civil.
Abolición
de la tortura.
No menos continuaron las cortes teniendo presente la reforma del ramo judicial, sin aguardar al total arreglo que preparaba la comisión de constitución. Y así en virtud de propuesta que en 2 de abril había formalizado Don Agustín de Argüelles, promulgose en 22 del mismo mes un decreto aboliendo la tortura e igualmente la práctica introducida de afligir y molestar a los acusados con lo que ilegal y abusivamente llamaban apremios. La medida no halló oposición en las cortes; provocó tan solo ciertas reflexiones de algunos antiguos criminalistas, entre otros del señor Hermida, que avergonzándose de sostener a las claras tan bárbara ley y práctica, limitose a disculpar la aplicación en exceptuados casos. La tortura, infame crisol de la verdad, según la expresión del ilustre Beccaria,[*] (* Ap. n. [16-5].) no se empleaba ya en España sino raras veces: merced a la ilustración de los magistrados. Usábase con más frecuencia de los apremios, introducidos veinte años atrás por el famoso superintendente de policía Cantero, hombre de duras entrañas. Los autorizaba solo la práctica: por lo que siendo de aplicación arbitraria solíase con ellos causar mayor daño que con la misma tortura. ¡Quién hubiera dicho que esta y los mismos apremios, si bien prosiguiendo abolidos después de 1814, habían de imponerse a las calladas por presumidos crímenes de estado, y a veces [*] (* Ap. n. [16-6].) en virtud de consentimiento u orden secreta emanada del soberano mismo!
Discusión
y decreto
sobre señoríos
y derechos
jurisdiccionales.
(* Ap. n. [16-7].)
Asunto de mayor importancia, si no de interés más humano, fue el que por entonces ventilaron también las cortes, tratando de abolir los señoríos jurisdiccionales y otras reliquias del feudalismo: sistema este que, como dice Montesquieu,[*] se vio una vez en el mundo, y que quizá nunca se volverá a ver. Traía origen de las invasiones del norte, pero no se descogió ni arraigó del todo hasta el siglo X. En España, aunque introducido como en los demás reinos, no tuvo por lo común la misma extensión y fuerza; mayormente si, conforme al dictamen de un autor moderno,[*] (* Ap. n. [16-8].) era «la feudalidad una confederación de pequeños soberanos y déspostas, desiguales entre sí, y que teniendo unos respecto de otros obligaciones y derechos, se hallaban investidos en sus propios dominios de un poder absoluto y arbitrario sobre sus súbditos personales y directos.» Las diferencias y mitigación que hubo en España tal vez pendieron de la conquista de los sarracenos, ocurrida al mismo tiempo que se esparcía el feudalismo y tomaba incremento. Verdad es que tampoco se ha de entender a la letra la definición trasladada, no habiendo acaecido estrictamente los sucesos al compás de las opiniones del autor citado. Edad la del feudalismo de guerra y de confusión, caminábase en ella como a tientas y a la ventura; trastornándose a veces las cosas a gusto del más poderoso y, digámoslo así, a punta de lanza. Por tanto variaban las costumbres y usos no solo entre las naciones, pero aun entre las provincias y ciudades, notando Giannone, [*] (* Ap. n. [16-9].) con respecto a Italia, que en unos lugares se arreglaban los feudos de una manera y en otros de otra. No menos discordancia reinó en España.
Al examinar las cortes este negocio, presentábanse a la discusión tres puntos muy distintos: el de los señoríos juridisccionales; el de los derechos y prestaciones anexas a ellos con los privilegios del mismo origen, llamados exclusivos, privativos y prohibitivos; y el de las fincas enajenadas de la corona, ya por compra o recompensa, ya por la sola voluntad de los reyes.
Antes de la invasión árabe, el Fuero Juzgo, o código de los visigodos, que era un complejo de las costumbres y usos sencillos de las naciones del norte, y de la legislación más intrincada y sabia de los Teodosios y Justinianos, había servido de principal pauta para la dirección de los pueblos peninsulares. Según él,[*] (* Ap. n. [16-10].) desempeñaban la autoridad judicial el monarca y los varones a quien este la delegaba, o individuos nombrados por el consentimiento de las partes. Solían los primeros reunir las facultades militares a las civiles. Intervenían también los obispos[*]: (* Ap. n. [16-11].) disposición no menos acomodada a las costumbres del septentrión, transmitidas a la posteridad por la sencilla y correcta pluma de César [*] (* Ap. n. [16-12].) y por la tan vigorosa de Tácito,[*] (* Ap. n. [16-13].) cuanto conforme al predominio que en el antiguo mundo romano había adquirido el sacerdocio después que Constantino había con su conversión afirmado el imperio de la Cruz.
Inundada España por las huestes agarenas, y establecida en lo más del suelo peninsular la dominación de los califas y de sus tenientes, como igualmente la creencia del Corán, se alteraron o decayeron mucho en la práctica las leyes admitidas en los concilios de Toledo y promulgadas por los Euricos y Sisenandos. En el país conquistado prevaleció, de consiguiente, sobre todo en lo criminal, la sencilla legislación de los nuevos dueños; (* Ap. n. [16-14].) decidiéndose los procesos y las causas por medio de la verbal y expedita justicia del cadí o de un alcalde particular,[*] siempre que no las cortaba el alfanje o antojo del vencedor.
Pocos litigios en un principio debieron de suscitarse en las circunscriptas y ásperas comarcas que los cristianos conservaron libres; sujetándose probablemente el castigo de los delitos y crímenes a la pronta y severa jurisdicción de los caudillos militares. Ensanchado el territorio y afianzándose los nuevos estados de Asturias, Navarra, Aragón y Cataluña, restableciéronse parte de las usanzas y leyes antiguas, y se adoptaron poco a poco, con mayor o menor variación, las reglas y costumbres feudales, introducidas con especialidad en las provincias aledañas de Francia: tomando de aquí nacimiento la jurisdicción que podemos llamar patrimonial.
Conforme a ella, nombraban los señores, las iglesias y los monasterios o conventos, en muchos parajes, jueces de primera instancia y de segunda, que no eran sino meros tenientes de los dueños, bajo el título de alcaldes ordinarios y mayores, de bailes u otras equivalentes denominaciones. El gobierno de reyes débiles, pródigos o menesterosos, y las minoridades y tutorías acrecentaron extraordinariamente estas jurisdicciones. De muy temprano se trató de remediar los males que causaban, aunque sin gran fruto por largo tiempo. Las leyes de Partida, como el Fuero Juzgo, no conocieron otra derivación de la potestad judicial que la del monarca o la de los vecinos de los pueblos, diciendo:[*] (* Ap. n. [16-15].) «Estos tales [los juzgadores] non los puede otro poner si non ellos [emperadores o reyes] o otro alguno a quien ellos otorgasen señaladamente poder de lo fazer, por su carta o por su privillejo, o los que pusiesen los menestrales...» Adviértase que esta ley llama privilegio a la concesión otorgada a los particulares, y no así a la facultad de que gozaban los menestrales de nombrar sus jefes en ciertos casos: lo que muestra, para decirlo de paso, el respeto y consideración que ya entonces se tenía en España a la clase media y trabajadora. Otra ley [*] (* Ap. n. [16-16].) del mismo código dispone que si el rey hiciere donación de villa o de castillo, o de otro lugar, «non se entiende que él da ninguna de aquellas cosas que pertenecen al señorío del regno señaladamente; así como moneda o justicia de sangre...» Y añade que, aun en el caso de otorgar esto en el privilegio, «... las alzadas de aquel logar deben ser para el rey que fizo la donación e para sus herederos.» No obstante lo resuelto por esta y otras leyes, y haberse fundado una protección especial sobre los vasallos dominicales, creando jueces o pesquisidores que conociesen de los agravios, así en los juicios como en la exacción de derechos injustos, continuaron los señores ejerciendo la plenitud de su poder en materia de jurisdicción, hasta el reinado de Don Fernando el V y de Doña Isabel su esposa.
Ceñidas entonces las sienes de estos monarcas con las coronas de Aragón y Castilla, conquistada Granada, descubierto un Nuevo Mundo, sobreviniendo de tropel tantos portentos, hacedero fue acrecer y consolidar la potestad soberana y poner coto a la de los señores. El sosiego público y el buen orden pedían semejante mudanza. Coadyuvaron a ella el arreglo y mejoras que los mencionados reyes introdujeron en los tribunales, la nueva forma que dieron al consejo real y la creación de la suprema Santa Hermandad, magistratura extraordinaria que entendiendo, por vía de apelación, en muchas causas capitales, dio fuerza y unidad a las hermandades subalternas, y enfrenó a lo sumo los desmanes y violencias que se cometían bajo el amparo de señores poderosos, armados del capacete o revestidos del hábito religioso.
Jiménez de Cisneros, Carlos V, Felipe II ensancharon aún más la autoridad y dominio de la corona. Lo mismo aconteció bajo los reyes, sus sucesores, y bajo la estirpe borbónica: llegando a punto que en 1808, si bien proseguían los señores nombrando jueces en muchos pueblos, tenían los elegidos que estar dotados de cualidades indispensables que exigían las leyes, sin que pudiesen conocer de otros asuntos que de delitos o faltas de poca entidad y de las causas civiles en primera instancia, quedando siempre el recurso de apelación a las audiencias y chancillerías.
Aunque tan menguadas las facultades de los señores en esta parte, claro era que aun así debían desaparecer los señoríos jurisdiccionales, siendo conveniente e inevitable uniformar en toda la monarquía la administración de justicia.
En cuanto a derechos, prestaciones y privilegios exclusivos, había mucha variedad y prácticas extrañas. Abolidos los señoríos, de suyo lo estaban las cargas destinadas a pagar los magistrados y dependientes de justicia que nombraban los antiguos dueños. La misma suerte tenía que caber a toda imposición o pecho que sonase a servidumbre, no debiendo sin embargo confundirse, como querían algunos, el verdadero feudo con el foro o enfiteusis, pues aquel consiste en una prestación de mero vasallaje, y el último se reduce a un censo pagado por tiempo o perpetuamente en trueque del usufructo de una propiedad inmueble. Servidumbre, por ejemplo, era la luctuosa, según la cual a la muerte del padre recibía el señor la mejor prenda o alhaja, añadiéndose al quebranto y duelo la pérdida de la parte más preciosa del haber o hacienda de la familia. Igualmente aparecía carga pesada, y aún más vergonzosa, la que pagaba un marido por gozar libremente del derecho legítimo que le concedían sobre su esposa el contrato y la bendición nupcial. Tan fea y reprensible costumbre no se conservaba en España sino en parajes muy contados: más general había sido en Francia, dando ocasión a un rasgo festivo de la pluma de Montesquieu,[*] (* Ap. n. [16-17].) en obra tan grave como lo es el Espíritu de las Leyes. No le imitaremos, si bien prestaba a ello ser los monjes de Poblet los que todavía cobraban en la villa de Verdú 70 libras catalanas al año en resarcimiento de uso tan profano, y conocido por nuestros mayores bajo el significativo nombre de derecho de pernada. Los privilegios exclusivos de hornos, molinos, almazaras, tiendas, mesones, con otros, y aun los de pesca y caza en ciertas ocasiones, debían igualmente ser derogados como dañosos a la libertad de la industria y del tráfico, y opuestos a los intereses y franquezas de los otros ciudadanos. Mas también exigía la equidad que, así en esto como en lo de alcabalas, tercias y otras adquisiciones de la misma naturaleza, se procurase indemnizar en cuanto fuese permitido y en señaladas circunstancias a los actuales dueños de las pérdidas que con la abolición iban a experimentar. Pues reputándose los expresados privilegios y derechos en los tiempos en que se concedieron por tan legítimos y justos como cualquiera otra propiedad, recia cosa era que los descendientes de un Guzmán el Bueno, a quien, en remuneración de la heroica defensa de Tarifa se hizo merced del goce exclusivo del almadraba o pesca del atún en la costa de Conil, resultasen más perjudicados por las nuevas reformas que la posteridad de alguno de los muchos validos que recibieron, en tiempo de su privanza, tierras u otras fincas, no por servicios, sí por deslealtades o por cortesanas lisonjas. El distinguir y resolver tantos y tan complicados casos ofrecía dificultades que no allanaban ni las pragmáticas, ni las cédulas, ni las decisiones, ni las consultas que al intento y en abundancia se habían promulgado o extendido en los gobiernos anteriores; por lo que menester se hacía tomar una determinación, en la cual, respetando en lo posible los derechos justamente adquiridos de los particulares, se tuviese por principal mira y se prefiriese a todo la mayor independencia y bien entendida prosperidad de la comunidad entera.
Venía después de las jurisdicciones feudales y de los derechos y privilegios anexos a ellas, el examen del punto, aún más delicado, de los bienes raíces o fincas enajenadas de la corona. Cuando la invasión de las naciones septentrionales en la península española, dividieron los conquistadores el territorio en tres partes, reservándose para sí dos de ellas, y dejando la otra a los antiguos poseedores. Destruyeron los árabes o alteraron semejante distribución, de la que sin duda hasta el rastro se había perdido al tiempo de la reconquista de los cristianos. Y, por tanto, no siendo posible, generalmente hablando, restituir las propiedades a los primitivos dueños, pasaron aquellas a otros nuevos, y se adquirieron: 1.º, por repartimiento de conquista; 2.º, por derecho de población o cartas pueblas; 3.º, por donaciones remuneratorias de servicios eminentes; 4.º, por dádivas que dispensaron los reyes, llevados de su propia ambición o mero antojo, y por enajenación con pacto de retro: 5.º, por compras u otros traspasos posteriores.
Justísima y gloriosa la empresa que llevaron a cima nuestros abuelos de arrojar a los moros del suelo patrio, nadie podía disputar a los propietarios de la primera clase el derecho que se derivaba de aquella fuente. Tampoco parecía estar sujeto a duda el de los que le fundaban en cartas pueblas, concedidas por varios príncipes a señores, iglesias y monasterios, para repoblar y cultivar yermos y terrenos que quedaron abandonados de resultas de la irrupción árabe, y de las guerras y otros acontecimientos que sobrevinieron. Solo podía exigirse en estas donaciones el cumplimiento de las cláusulas bajo las cuales se otorgaron, mas no otra cosa.
Respetaban todos las adquisiciones de bienes y fincas que procedían de servicios eminentes, o de compras y otros traspasos legales. No así las enajenaciones de la corona hechas con pacto de retro por la sola y antojadiza voluntad de los reyes, inclinándose muchos a que se incorporasen a la nación del mismo modo que antes se hacía a la corona; doctrina esta antigua en España, mantenida cuidadosamente por el fisco, y apoyada en general por el consejo de hacienda, que a veces extendía sus pretensiones aún más lejos. La fomentaron casi todos los príncipes,[*] (* Ap. n. [16-18].) y apenas se cuenta uno de los de Aragón o Castilla que, habiendo cedido jurisdicciones, derechos y fincas, no se arrepintiese en seguida y tratase de recuperarlas a la corona.
Pero no era fácil meterse ahora en la averiguación del origen de dichas propiedades, sin tocar al mismo tiempo al de todas las otras. Y, ¿cómo entonces no causar un sacudimiento general, y excitar temores los más fundados en todas las familias? Por otra parte, el interés bien entendido del estado no consiste precisamente en que las fincas pertenezcan a uno u a otro individuo, sino en que reditúen y prosperen, para lo que nada conduce tanto como el disfrute pacífico y sosegado de la propiedad. Los sabios y cuerdos representantes de una nación huyen en materias tales de escudriñar en lo pasado: proveen para lo porvenir.
No se apartaron de esta máxima en el asunto de que vamos tratando las cortes extraordinarias. Dio principio a la discusión en 30 de marzo Don Antonio Lloret, diputado por Valencia y natural de Alberique, pueblo que había traído continuas reclamaciones contra los duques del Infantado, formalizando dicho señor una proposición bastantemente racional dirigida a que [*] (* Ap. n. [16-19].) «se reintegrasen a la corona todas las jurisdicciones, así civiles como criminales, sin perjuicio del competente reintegro o compensación a los que las hubiesen adquirido por contrato oneroso o causa remuneratoria.» Apoyaron al señor Lloret varios otros diputados, y pasó la propuesta a la comisión de constitución. Renovola en 1.º de junio y le dio más ensanches el señor Alonso y López, diputado por Galicia, reino aquejado de muchos señoríos, pidiendo que, además del ingreso en el erario, mediante indemnización de ciertos derechos, como tercias reales, alcabalas, yantares,[*] (* Ap. n. [16-20].) etc. «se desterrase sin dilación del suelo español y de la vista del público el feudalismo visible de horcas, argollas y otros signos tiránicos e insultantes a la humanidad, que tenía erigido el sistema feudal en muchos cotos y pueblos...»
Mas como indicaba que para ello se instruyese expediente por el consejo de Castilla y por los intendentes de provincia, levantose el señor García Herreros y enérgicamente expresó:[*] (* Ap. n. [16-21].) «Todo eso es inútil... En diciendo, abajo todo, fuera señoríos y sus efectos, está concluido... No hay necesidad de que pase al consejo de Castilla, porque si se manda que no se haga novedad hasta que se terminen los expedientes, jamás se verificará. Es preciso señalar un término, como lo tienen todas las cosas, y no hay que asustarse con la medicina, porque en apuntando el cáncer hay que cortar un poco más arriba.» Arranque tan inesperado produjo en las cortes el mismo efecto que si fuese una centella eléctrica, y pidiendo varios diputados a Don Manuel García Herreros que fijase por escrito su pensamiento, animose dicho señor, y diole sobrada amplitud, añadiendo «a la incorporación de señoríos y jurisdicciones la de posesiones, fincas y todo cuanto se hubiese enajenado o donado, reservando a los poseedores el reintegro a que tuviesen derecho...» Modificó después sus proposiciones, que corrigió también la misma discusión.
Empezó esta el 4 del citado junio, leyéndose antes una representación de varios grandes de España en la que, en vez de limitarse a reclamar contra la demasiada extensión de la propuesta hecha por el señor García Herreros, entrometíanse aquellos imprudentemente a alegar en su favor razones que no eran del caso, llegando hasta sustentar privilegios y derechos los más abusivos e injustos. Lejos de aprovecharles tan inoportuno paso, dañoles en gran manera. Por fortuna hubo otros grandes y señores que mostraron mayor tino y desprendimiento.
La discusión fue larga y muy detenida, prolongándose hasta finalizar el mes. Puede decirse que en ella se llevó la palma el señor García Herreros, quien con elocución nerviosa, a la que daba fuerza lo severo mismo y atezado del rostro del orador, exclamaba en uno de sus discursos: «¿Qué diría de su representante aquel pueblo numantino [llevaba la voz de Soria, asiento de la antigua Numancia], que por no sufrir la servidumbre quiso ser pábulo de la hoguera? Los padres y tiernas madres que arrojaban a ella sus hijos, ¿me juzgarían digno del honor de representarlos, si no lo sacrificase todo al ídolo de la libertad? Aún conservo en mi pecho el calor de aquellas llamas, y él me inflama para asegurar que el pueblo numantino no reconocerá ya más señorío que el de la nación. Quiere ser libre, y sabe el camino de serlo.»
En los debates no se opuso casi ningún diputado a la abolición de lo que realmente debía entenderse por reliquias de la feudalidad. Hubo señores que propendieron a una reforma demasiado amplia y radical, sin atender bastante a los hábitos, costumbres y aun derechos antiguos, al paso que otros pecaron en sentido contrario. Adoptaron las cortes un medio entre ambos extremos. Y después de haberse empezado a votar el 1.º de julio ciertas bases que eran como el fundamento de la medida final, se nombró una comisión para reverlas y extender el conveniente decreto. Promulgose este con fecha de 6 de agosto,[*] (* Ap. n. [16-22].) concebido en términos juiciosos, si bien todavía dio a veces lugar a dudas. Abolíanse en él los señoríos jurisdiccionales, los dictados de vasallo y vasallaje, y las prestaciones así reales como personales del mismo origen: dejábanse a sus dueños los señoríos territoriales y solariegos en la clase de los demás derechos de propiedad particular, excepto en determinados casos, y se destruían los privilegios llamados exclusivos, privativos y prohibitivos, tomándose además otras oportunas disposiciones.
Con la publicación del decreto mucho ganaron en la opinión las cortes, cuyas tareas en estos primeros meses de sesiones en Cádiz no quedaron atrás por su importancia de las emprendidas anteriormente en la Isla de León.
Primeros trabajos
que se presentan
a las cortes sobre
constitución.
Mirábase como la clave del edificio de las reformas la constitución que se preparaba. Los primeros trabajos presentáronse ya a las cortes el 18 de agosto, y no tardaron en entablarse acerca de ellos los más empeñados y solemnes debates. Lo grave y extenso del asunto nos obliga a no entrar en materia hasta uno de los próximos libros que destinaremos principalmente a tan esencial y digno objeto.
Ofrecen
los ingleses
su mediación
para cortar
las desavenencias
de América.
También empezaron entonces a tratar en secreto las cortes de un negocio sobradamente arduo. Había la regencia recibido una nota del embajador de Inglaterra, con fecha de 27 de mayo, incluyéndose en ella un pliego de su hermano el marqués de Wellesley, de 4 del mismo mes, en cuyo contenido, después de contestar a varias reclamaciones fundadas del gabinete español sobre asuntos de ultramar, se añadía, como para mayor satisfacción,[*] (* Ap. n. [16-22 bis].) «que el objeto del gobierno de S. M. B. era el de reconciliar las posesiones españolas de América con cualquier gobierno [obrando en nombre y por parte de Fernando VII] que se reconociese en España...» Encargándose igualmente al mismo embajador que promoviese «con urgencia la oferta de la mediación de la Gran Bretaña, con el objeto de atajar los progresos de aquella desgraciada guerra civil, y de efectuar a lo menos un ajuste temporal que impidiera, mientras durase la lucha con la Francia, hacer un uso tan ruinoso de las fuerzas del imperio español...» Se entremezclaban estas propuestas e indicaciones con otras de diferente naturaleza, relativas al comercio directo de la nación mediadora con las provincias alteradas, como medio el más oportuno de facilitar su pacificación; pero manifestando al mismo tiempo que la Inglaterra no interrumpiría en ningún caso sus comunicaciones con aquellos países. Pidió además el embajador inglés que se diese cuenta a las cortes de este negocio.
Obligada estaba a ello la regencia, careciendo de facultades para terminar en la materia tratado ni convenio alguno; y en su consecuencia pasó a las cortes el ministro de estado el día 1.º de junio, y leyó en sesión secreta una exposición que a este propósito había extendido.
Nada convenía tanto a España como cortar luego y felizmente las desavenencias de América, y sin duda la mediación de Inglaterra presentábase para conseguirlo como poderosa palanca. Pero variar de un golpe el sistema mercantil de las colonias era causar, por de pronto y repentinamente, el más completo trastorno en los intereses fabriles y comerciales de la península. Aquel sistema habíanle seguido, en sus principales bases, todas las naciones que tenían colonias, y sin tanta razón como España, cuyas manufacturas más atrasadas imperiosamente reclamaban, a lo menos por largo tiempo, la conservación de un mercado exclusivo. Sin embargo las cortes acogiendo la oferta de la Inglaterra, ventilaron y decidieron la cuestión en este junio bastante favorablemente. Omitimos en la actualidad especificar el modo y los términos en que se hizo, reservándonos verificarlo con detenimiento en el año próximo, durante el cual tuvo remate este asunto, si bien de un modo fatal e imprevisto.
Tratos con Rusia.
Por el mismo tiempo en que ahora vamos, se entabló otra negociación muy sigilosa y propia solo de la competencia de la potestad ejecutiva. Don Francisco Cea Bermúdez había pasado a San Petersburgo en calidad de agente secreto de nuestro gobierno, y en junio, de vuelta a Cádiz, anunció que el emperador de Rusia se preparaba a declararse contra Napoleón, pidiendo únicamente a España que se mantuviese firme por espacio de un año más. Despachó otra vez la regencia a Cea con amplios poderes para tratar, y con repuesta de que no solo continuaría el gobierno defendiéndose el tiempo que el emperador deseaba, sino mucho más y en tanto que existiese, porque prescindiendo de ser aquella su invariable y bien sentida determinación, tampoco podría tomar otra, exponiéndose a ser víctima del furor del pueblo siempre que intentase entrar en composición alguna con Napoleón o su hermano. Partió Cea, y viéronse a su tiempo cumplidos pronósticos tan favorables. Bien se necesitó para confortar los ánimos de los calamitosos desastres que experimentaron nuestras armas al terminarse el año.
Sucesos militares.
La campaña cargó entonces de recio contra el levante de la península, llevando el principal peso de la guerra los españoles. Y del propio modo que los aliados escarmentaron y entretuvieron en el occidente de España durante los primeros meses de 1811 la fuerza más principal y activa del ejército enemigo, así también en el lado opuesto, y en lo que restaba de año, distrajeron los nuestros exclusivamente gran golpe de franceses, destinados a apoderarse de Valencia y exterminar las tropas allí reunidas, las que, si bien deshechas en ordenadas batallas, incansables según costumbre y felices a veces en parciales reencuentros, dieron vagar a Lord Wellington, como las otras partidas y demás fuerzas de España, para que aguardase tranquilo y sobre seguro el sazonado momento de atacar y vencer a los enemigos.
Expedición
de Blake
a Valencia.
Luego que hubo el general Blake abandonado el condado de Niebla, determinó pasar a Valencia, asistido del ejército expedicionario, ya para proteger aquel reino, muy amenazado después de la caída de Tarragona, ya para distraer por levante las fuerzas de los franceses. Íbale bien semejante plan a Don Joaquín Blake, mal avenido con el imperioso desabrimiento de Lord Wellington, a quien tampoco desagradaba mantener lejos de su persona a un general en gran manera autorizado como presidente de la regencia de España, y de condición menos blanda y flexible que Don Francisco Javier Castaños.
Facultades
que se otorgan
a Blake.
Necesitó Blake del permiso de las cortes para colocarse a la cabeza de la nueva empresa. Obtúvole fácilmente, y la regencia, dando a dicho general poderes muy amplios, puso bajo su mando las fuerzas del 2.º y 3.º ejércitos con las de las partidas que dependían de ambos, y además las tropas expedicionarias.
Desembarca
en Almería.
Se componían estas de las divisiones de los generales Zayas y Lardizábal, y de la caballería a las órdenes de Don Casimiro Loy, de 9 a 10.000 hombres en todo. Aportaron a Almería el 31 de julio, y tomaron pronto tierra, excepto la artillería y parte de los bagajes, que fueron a desembarcar a Alicante. En seguida, y de paso para su destino, Incorpóranse
las tropas
de la expedición
momentáneamente
con el tercer
ejército. se incorporaron aquellas momentáneamente con el tercer ejército, que, al mando de Don Manuel Freire, ocupaba las estancias de la Venta del Baúl, teniendo fuerzas destacadas por su derecha e izquierda. Permaneció allí hasta el 7 de agosto Don Joaquín Blake, día en que partió camino de Valencia, anticipándose a sus divisiones con objeto de preparar y reunir los medios más oportunos de defensa.
Operaciones
de ambas fuerzas
reunidas.
Delante de Freire alojábase el general Leval, que regía el 4.º cuerpo francés, bastante apurado por el brío que en su derredor había cobrado el ejército español y los partidarios. Esto y el temor que inspiraba el movimiento de las fuerzas expedicionarias impelió al mariscal Soult a marchar en auxilio de Granada, maniobrando de modo que pudiese envolver y aniquilar al ejército español. Medidas
que toma Soult. Con este propósito ordenó al general Godinot que, en la noche del 6 al 7 de agosto, cayese con su división, compuesta de unos 4000 hombres y 600 caballos, sobre Baeza, y ciñese y abrazase la derecha de los españoles que, al cargo de Don Ambrosio de la Cuadra, permanecía apostada en Pozo Alcón: al propio tiempo determinó que se pusiese el 7 en movimiento el general Leval, dirigiéndose sobre el centro de los españoles, adonde el 8 acudió también en persona el mismo mariscal. Quedaron en la ciudad de Granada algunas fuerzas, así para atender a la conservación de la tranquilidad como para evolucionar del lado de las Alpujarras contra la gente que mandaba el conde del Montijo.
Acción de Zújar
y sus
consecuencias.
Aunque Don Manuel Freire sospechó desde luego los intentos del enemigo, no juzgó oportuno abandonar la posición de la Venta del Baúl que consideraba fuerte, y pensó solo en reforzar su derecha, enviando al efecto la división expedicionaria del mando de Don José Zayas, compuesta de 5000 hombres y la caballería que gobernaba Don Casimiro Loy. Ausente momentáneamente el citado Zayas, tomó la dirección de esta fuerza Don José O’Donnell, jefe de estado mayor del tercer ejército, quien se encaminó a los vados del Manzano en Guadiana menor, para obrar en unión con Don Ambrosio de la Cuadra, contener a los franceses y aun atacarlos. Mas como hubiese ya el último echado pie atrás, receloso de la cercanía del enemigo, no recibió las órdenes del general en jefe sino en Castril, a cuyo punto había llegado el 9.
Entre tanto Don José O’Donnell se colocó junto a Zújar, en las alturas de la derecha del río Barbate, que otros llaman Guardal, y Godinot, adelantándose sin tropiezo, le atacó en sus puestos. Cruzaron los franceses el Barbate, vadeable por todos lados, a las once de la mañana del 9, protegiéndoles su artillería de que carecían los nuestros. Envió Godinot contra la izquierda española gran número de tiradores, al paso que trabó recio combate por la derecha. Ció aquí el regimiento de Toledo, escaso de gente, y le siguieron otros, retirándose al principio con buen orden, que se descompuso en breve a gran desdicha. La caballería del mando de Loy, que vino de Benamaurel, fue igualmente rechazada y se retiró a Cúllar, adonde se le juntó la infantería. Perdiéronse en esta ocasión 433 muertos y heridos, y unos 1100 prisioneros y extraviados, recibiendo tan desventurado golpe a las órdenes de Don José O’Donnell una división que bajo Zayas había sobresalido poco antes en los campos de la Albuera.
Felizmente no se aprovechó Godinot, cual pudiera, de la victoria, temiendo le atacase por la espalda Don Ambrosio de la Cuadra, por lo cual dirigió contra este toda la caballería y la brigada del general Rignoux, limitándose a enviar la vuelta de Cúllar y Baza algunas tropas de la vanguardia.
A semejante acaso debió Don Manuel Freire poder retirarse, sin que se le interpusiese a su espalda el enemigo. Sostúvose aquel general firme en la posición del Baúl todo el día 9, repeliendo acertadamente el ataque de los franceses. Mas sabedor, a las cinco de la tarde, de lo acaecido en Zújar, resolvió abandonar por la noche el campo, y replegarse al reino de Murcia. Consiguió atravesar sin tropiezo la ciudad de Baza, y entrar en Cúllar, adonde había llegado antes Don José O’Donnell. De allí marchando todo el ejército a las Vertientes, dispuso Freire que la caballería del tercer ejército, mandada por el brigadier Osorio, y la expedicionaria, a las órdenes de Don Casimiro Loy, cubriesen el movimiento. Acosaba a nuestros jinetes el general Soult, hermano del mariscal, y el 10 dioles tan violenta acometida que los obligó a cejar y a ponerse al abrigo de los infantes. Freire entonces determinó proseguir la retirada a pesar del cansancio de la tropa, distribuyendo la fuerza hacia las montañas de ambos lados del camino.
Por las de la derecha yendo a Murcia tiró Don José Antonio de Sanz con la 3.ª división, propia de su mando, y con la 2.ª que también debía obedecerle. Por las de la izquierda y en la dirección de la ciudad maniobraba Don Manuel Freire. Sanz, al comenzar su retirada, se vio rodeado él y la 3.ª división en el peñón de Vertientes, mas impuso respeto al enemigo por medio de una diestra maniobra de amago y, enderezándose a Oria, se unió el 11 en Alboa con la 2.ª división. Juntas ambas marcharon por Huércal, Oria y Aguilar, en donde encontrándose con 300 dragones enemigos, los arrollaron y les cogieron caballos y efectos. Después, hecho alto y tomado algún descanso, llegaron el 15 sin otra desventura a Palmar de Don Juan, habiendo andado 37 leguas en 6 días, y comido solo tres ranchos. Penuria que nadie soporta con tanta resignación como el soldado español. Mereció Sanz en aquel lance justas alabanzas por el arrojo y tino con que guió su tropa.
Nuevos cuarteles
del tercer ejército
y reparación
de las fuerzas
expedicionarias.
Acosado de peor estrella, se vio casi perdido Don Manuel Freire, teniendo su gente, desarrancada de las banderas, que encaramarse por lugares ásperos y pasar el puerto del Chiribel con dirección a Murcia. Al cabo de mil afanes y de haber marchado a veces sin respiro 13 y más leguas, reunió aquel general sus soldados el 11 en Caravaca, en donde permaneció el 12, y se le incorporó Don Ambrosio de la Cuadra, que se había retirado por su cuenta y hacia aquella parte con la 1.ª división. Sentó luego Freire sus cuarteles en Alcantarilla, y colocó debidamente sus fuerzas, reducidas ahora a la caballería del brigadier Osorio y a tres divisiones propias del tercer ejército, por haberse a la sazón separado vía de Valencia las expedicionarias.
El general Leval llegó el 14 a Vélez el Rubio, y se extendieron al desfiladero de Lumbreras, a tres leguas de Lorca, los generales Latour-Maubourg y Soult con los jinetes. Hicieron todos ellos en otras excursiones muchos daños, y hubo paraje en que abrasaron hasta 22 alquerías.
Únese Montijo
al ejército.
Al mismo tiempo no dejaron al del Montijo tranquilo las fuerzas que el mariscal Soult había enviado sobre las Alpujarras y la costa, y que ascendían a 1800 peones y 1000 caballos. Llegaron estas a Almería a tiempo que todavía desembarcaba un batallón de la expedición de Blake, que pudo librarse. Lo mismo aconteció a Montijo, que no dejó de molestar al enemigo y aun de sorprender la guarnición de Motril, con cuyo trofeo y otros prisioneros se reunió al cuerpo principal del ejército. Otros partidarios desasosegaban también no poco a los franceses, recobrando a menudo el botín que recogían estos por las montañas y tierra de Murcia. Se distinguieron especialmente Villalobos, Marqués, y sobre todo Don Juan Fernández, alcalde de Otívar.
Sucede
en el mando
a Freire
el general Mahy.
Entregó el mando Don Manuel Freire en Mula, el 7 de septiembre, a Don Nicolás Mahy, que vimos en Galicia y Asturias. Provino la desgracia de aquel, aunque solo temporal, de la aciaga jornada de Zújar y sus consecuencias, acerca de la cual se hizo una sumaria información a instancia de las cortes. Los comprometidos salieron salvos: con justicia Freire, no teniendo culpa de lo sucedido en el Barbate, pues sus órdenes fueron bastante acertadas. No juzgaron lo mismo muchos en cuanto a Don José O’Donnell y a Don Ambrosio de la Cuadra, habiendo el primero empeñado y sostenido malamente una acción, y no cumplido el segundo, como quizá pudiera, con lo que el general en jefe le había prevenido.
Los franceses
no prosiguen
a Murcia.
No insistieron por entonces los franceses en proseguir hasta Murcia. Daban cuidado al mariscal Soult nuevas que le venían de Extremadura, el aparecimiento en la serranía de Ronda del general Ballesteros: hablaremos de esto más adelante.
Valencia.
Estado
de aquel reino.
Llegada de Blake.
Ahora pondremos los ojos en el reino de Valencia, adonde había llegado D. Joaquín Blake. Mandaba antes, según ya apuntamos, el marqués del Palacio, cuyas providencias eran por lo común más propias de la profesión religiosa que de la de un general entendido y diligente. Pensaba mucho en procesiones, poco en las armas, pregonando inexpugnables los muros valencianos después que había en su derredor paseado a la Virgen de los Desamparados, imagen muy venerada de los habitadores. A este son caminaba en lo demás. No era culpa de Palacio mas sí de la regencia de Cádiz, que en sus elecciones anduvo a veces sobrado desatentada.
Providencias
de este general.
Jefe Don Joaquín Blake de otra capacidad, puso término a las singularidades y desbarros del mencionado marqués. Activó las medidas de defensa, reforzó los regimientos, ejercitó los reclutas, perfeccionó las obras del castillo de Murviedro, y fortificó el antiguo de Oropesa, que dominaba el camino real de Cataluña. Urgía tomar tales medidas, amenazando Suchet invadir aquel reino.
Se dispone
Suchet a invadir
aquel reino.
Habíale ya para ello dado Napoleón la orden en 25 de agosto, con prevención de que el 15 de septiembre estuviese el ejército lo más cerca que ser pudiera de la ciudad de Valencia. Para cumplir Suchet con lo que se le mandaba trató primero de asegurar las espaldas; dejó 7000 hombres bajo el general Frère en Lérida, Monserrat y Tarragona, con destino a cubrir estos puntos y la navegación del Ebro. Igual número en Aragón al cargo del general Musnier. El ejército francés del norte de la Cataluña y un cuerpo de reserva que se formaba en Navarra debían también apoyar en cuanto les fuera dado las operaciones. Lo mismo por la parte de Cuenca el ejército del centro, y por la de Murcia el del mediodía.
Pisa su territorio.
Su marcha
y fuerza que lleva.
Tomados estos acuerdos, púsose Suchet en movimiento el 15 de septiembre la vuelta de Valencia: ascendía la fuerza que consigo llevaba a 22.000 hombres. Distribuyola en tres columnas de marcha. Partió una de Teruel a las órdenes del general Harispe, la cual en vez de seguir el camino de Segorbe, torció a su izquierda para juntarse más pronto con las otras. Formaba la segunda la división italiana, del cargo de Palombini, en la que iban los napolitanos, y tiró por Morella y San Mateo. Salió Suchet con la tercera de Tortosa, compuesta de la división del general Habert, de una reserva que capitaneaba Robert, de la caballería y de la artillería de campaña. Yendo sobre Benicarló tomó el mariscal francés la ruta principal que de Cataluña se dirige a Valencia. Al paso dejó en observación de Peñíscola un batallón y 25 caballos, y llegando a Torreblanca el 19, aventó de Oropesa algunos soldados españoles, encerrándose en el castillo los que de estos debían guarnecerle. Entraron los franceses aquella villa de corto vecindario, y habiendo intimado inútilmente la rendición al castillo, barriendo este con sus fuegos, colocado en lo alto, el camino real, tuvo Suchet que desviarse y caer hacia Cabanes. Uniose en aquellos alrededores con las columnas de Harispe y Palombini, y marchó adelante junto ya todo su ejército. Ocupó el 21 a Villarreal, y cruzó el Mijares, vadeable en la estación de verano, además de un magnífico puente de trece ojos que facilita el paso. La vanguardia de la caballería española estaba a la margen derecha y se vio obligada a retirarse: con lo que sin otro tropiezo asomó Suchet a la villa y fuerte de Murviedro.
Las que reúne
Blake
y otras
providencias.
La llegada fue más pronto de lo que hubiera querido Don Joaquín Blake, quien necesitaba de más espacio para uniformar y disciplinar su gente, y también para agrupar cerca de sí todas las fuerzas que habían de intervenir en la campaña. Eran estas las del reino de Valencia, o sea segundo ejército, las que dependían de él y guerreaban en Aragón bajo los jefes Don José Obispo y Don Pedro Villacampa, parte de las del tercer ejército, y las expedicionarias. Las últimas se habían detenido por causa de la fiebre amarilla, que picó reciamente durante el estío y otoño en Cartagena, Alicante, Murcia y varios pueblos de los contornos. Retardáronse las otras con motivo de marchas u operaciones que hubieron de ejecutar antes de unirse al cuerpo principal. Blake, no obstante, guarneció a Murviedro, fortaleció más y más los atrincheramientos de Valencia y las orillas del Guadalaviar, e hizo que el marqués del Palacio y la junta se trasladasen a la villa de Alcira, situada a cinco leguas de la capital en una isla que forma el Júcar, cuyas riberas debían servir de segunda línea de defensa. El del Palacio conservaba el mando particular del distrito, y por eso, y quizá también para desembarazarse de persona tan engorrosa, le alejó Blake de Valencia so pretexto de poner al abrigo de las contingencias de la guerra las autoridades supremas de la provincia.
Sitio del castillo
de Murviedro
o Sagunto.
Su descripción.
Era la toma de Murviedro el primer blanco de la expedición de Suchet. Allí tuvo su asiento la inmortal Sagunto. Con el transcurso del tiempo cambió de nombre, derivándose el actual del latin muri veteres, o, según otros, del limosino murt vert. Yacía la antigua Sagunto en derredor de un monte, a cuyo pie por la parte septentrional se extiende hoy la población que apenas pasa de 6000 almas. Lame sus muros el Palancia, que corre a la mar apartado ahora dos leguas; antes, según Polibio, siete estadios, unos mil pasos: lo cual prueba lo mucho que se han retirado las aguas, a no ser que se dilatase por allí la antigua ciudad. Opulentísima la llama Tito Livio,[*] (* Ap. n. [16-23].) y, en efecto, grande hubo de ser su riqueza cuando después de haber los moradores quemado en la plaza pública personas y efectos, quedaron tantos despojos que pudo el vencedor repartir entre su gente mucho botín, enviar no poco a Cartago, y reservar todavía bastante para emprender la campaña que meditaba contra Roma. Vestigios notables declararon su pasada grandeza, que celebraron muchos poetas, en particular Bartolomé Leonardo de Argensola, que se duele del empleo humilde que en su tiempo se hacía de aquellos mármoles y de sus nobles inscripciones. La resistencia de Sagunto fue tan empeñada que, según cuenta el ya citado Polibio,[*] (* Ap n. [16-24].) tuvo Aníbal, herido en un muslo, que animar con su ejemplo al abatido soldado, sin perdonar cuidado ni fatiga alguna, y aun así no entró la ciudad sino al cabo de ocho meses de sitio y en medio de llamas y ruinas. Muy atrás quedó de la antigua defensa la que ahora vamos a trazar. Verdad es que no era ni con mucho parecido el caso.
La población moderna, ya tan reducida, no se hallaba murada a punto de impedir una embestida seria del enemigo. Fundábase la resistencia en una nueva fortaleza elevada en el monte vecino, el cual al invadir la primera vez Suchet el reino de Valencia, vimos que no estaba fortificado. Notose la falta y tratose en seguida de remediarla: tuvo para ello que destruirse en parte un teatro antiguo, preciosa reliquia conservada en los últimos tiempos con mucho esmero. La actual fortaleza, a que pusieron nombre de San Fernando de Sagunto, abrazaba toda la cima del cerro, habiendo aprovechado para la construcción paredones de un castillo de moros y otros derribos. Formaba el recinto como cuatro porciones o reductos distintos bajo el nombre de Dos de mayo, San Fernando, Torreón y Agarenos, susceptible cada uno de separada defensa. Había dentro 17 piezas, dos de a doce. Impidió el envío de otras de mayor calibre la repentina llegada de Suchet. Era la fortaleza atacable solo por el lado de poniente, inaccesible por los demás, de subida muy pina y de peña tajada. Había delineado las obras modernas el comandante de ingenieros Don Juan Sánchez Cisneros. Encargose del gobierno, en 16 de septiembre, el coronel ayudante general de estado mayor Don Luis María Andriani. Ascendía la guarnición a unos 3000 hombres.
Cercanos los franceses, cruzó el general Habert el 23 de septiembre el Palancia, y rodeando el cerro por oriente, dispuso al mismo tiempo que parte de su tropa se metiese en la villa cuyas calles barrearon los enemigos, atronerando también las casas, ahora solitarias y sin dueño. Tiró a occidente la división de Harispe, y extendiéndose al sur se dio la mano con el general Habert. Situáronse los italianos en Petrés y Gilet, camino de Segorbe, quedando de este modo acordonado el cerro en que se asentaban los fuertes. Destacó reservas Suchet hacia Almenara, vía de Cataluña; exploró la tierra del lado de Valencia.
Vana tentativa
de escalada.
Entonces, impaciente y ensoberbecido con su buena fortuna, determinó tomar por sorpresa la fortaleza de Sagunto. Registró con este objeto el circuito del monte, y oídos los ingenieros, creyó poder tentar una escalada por la falda inmediata a la villa, en donde le pareció vislumbrar restos de antiguas brechas mal reparadas.
Fijó Suchet las tres de la mañana del 28 de septiembre para dar la embestida. El mayor de ingenieros Chulliot mandaba la primera columna francesa. Debía seguirle el coronel Gudin, y adelantar a todos y apoyarlos el general Habert. También trataron los enemigos de distraer a los nuestros por los demás parajes.
Reuniéronse aquellos para efectuar la escalada a media subida en una cisterna distante 40 toesas de la cima. Vigilante Andriani descubrió por medio de una salida los proyectos del enemigo, y alerta con los suyos cerró los accesos que establecían comunicación entre los diversos fuertes. Un tiro o arma falsa de los acometedores abrevió una hora el ataque, respondiendo los nuestros al fusilazo con descargas y grandes alaridos. Andriani arengó a los soldados, recordoles memorias del suelo que pisaban: ¡Sagunto! Y embistiendo a la sazón Chulliot, enardecidos los españoles, le rechazaron completamente, y a Gudin, que cayó herido de una granada en la cabeza, y Habert, cuyos soldados espantados huyeron y dejaron sembradas de cadáveres las faldas del monte cuan largamente se extendían entre un baluarte que llevaba el apellido ilustre de Daoiz y el fuerte de Dos de mayo. Así, en presencia de venerables restos, se confundían antiguos y nuevos trofeos, apoderándose los cercados de varios fusiles, de más de 50 escalas y de otras herramientas. Perdieron los franceses 400 hombres. Escarmentado Suchet, aprendió a obrar con mayor cordura, y preciso le fue sitiar en forma más arreglada, fortaleza tan bien defendida.
Reencuentro
en Soneja
y Segorbe.
Íbansele entre tanto aproximando a Don Joaquín Blake las fuerzas que aguardaba, y dispuso que Don José Obispo, con cerca de 3000 hombres, se quedase del lado de Segorbe para incomodar al enemigo mientras permaneciese este en Murviedro. También colocó por su izquierda en Bétera, con el mismo fin, a Don Carlos O’Donnell, asistido de una columna de igual fuerza compuesta de la división de Don Pedro Villacampa, procedente de Aragón, y de la caballería del ejército de Valencia, mandada por D. José San Juan. Quiso Suchet alejar de sí vecinos tan molestos, y al propósito ordenó a Palombini que ahuyentase al general Obispo, quien, habiéndose adelantado hasta Torres Torres, dos leguas de Murviedro, se había replegado después dejando en Soneja una corta vanguardia bajo D. Mariano Moreno. Atacó a esta Palombini el 30 de septiembre, que, si bien reforzada, tuvo que echar pie atrás para unirse con lo restante de la división. Entonces situó Obispo por escalones delante de Segorbe en el camino real la caballería y en las alturas inmediatas los infantes. Mas el enemigo acometiendo con impetuosidad y fuerza lo arrolló todo, y tuvo Obispo que retirarse a Alcublas.
En Bétera
y Benaguacil.
En seguida pasó Suchet a atacar en persona el 2 de octubre a Don Carlos O’Donnell, cuyas tropas con destacamentos en Bétera se alojaban en los collados de Benaguacil, a la salida de la huerta en que se halla situada la Puebla de Valbona. Resistieron los nuestros bastante tiempo hasta que O’Donnell juzgó prudente repasar el Guadalaviar, como lo verificó por Villamarchante, imponiendo aquí respeto a los enemigos con la ocupación de dos alturas escarpadas que dominan el camino. Dirigiose después sin ser incomodado a Ribarroja. Perdimos en estos reencuentros alguna gente, sobre todo en el primero en que perecieron oficiales de mérito. Motejose en Blake no haber hecho el menor amago para sostener ni a uno ni a otro de ambos generales, mirándose además como muy expuesta la estancia que había señalado a Don José Obispo. Influían también malamente en el buen ánimo del soldado tales retiradas y descalabros parciales, siendo reprensible en un jefe no precaverlos al abrir de una campaña.
Buena defensa
y toma del castillo
de Oropesa.
Para no desperdiciar tiempo, y alejadas ya las tropas vecinas, pensó el mariscal Suchet apoderarse del castillo de Oropesa, que cerraba el paso del camino real de Cataluña. Ofreciole buena ocasión el atravesar por allí cañones de grueso calibre que traían de Tortosa contra Sagunto, de los que mandó detener algunos para batir los muros. Se componía el castillo de un gran torreón cuadrado, circuido por tres partes de otro recinto, sin foso pero amparado del escarpe del terreno. Tenía de guarnición unos 250 hombres, y solo le artillaban cuatro cañones de hierro. Mandaba Don Pedro Gotti, capitán del regimiento de América. A cuatrocientas toesas y orilla de la mar había otra torre llamada del Rey, muy al caso para favorecer un embarque, en la cual capitaneaba 170 hombres el teniente Don Juan José Campillo.
Después que los franceses habían penetrado en el reino de Valencia, habían en vano tentado tomar de rebate el castillo de Oropesa. Unieron ahora para conseguirlo sus esfuerzos, y fácil era apoderarse de un recinto tan corto y con flacos muros. Empezó el 8 de octubre a batirlos el enemigo, dueño ya antes de la villa. Dirigía el general Compère a los sitiadores. El 10 llegó Suchet, y derribado un lienzo de la muralla, prontos los franceses a dar el asalto, capituló el gobernador honrosamente. Resistencia
honrosa
y evacuación
de la torre
del Rey. No por eso se rindió el de la torre del Rey, Campillo, que desechó con brío toda propuesta. Constante en su resolución hasta el 12, y defendiéndose valerosamente, tuvo la dicha de que acudiesen entonces para protegerle el navío inglés Magnífico, comandante Eyre, y una división de faluchos a las órdenes de Don José Colmenares. No siendo dado sostener por más tiempo la torre, pusiéronse unos y otros de acuerdo, y se trató de salvar y llevar a bordo la guarnición. Presentaba dificultades el ejecutarlo, pero tal fue la presteza de los marinos británicos, tal la de los españoles, entre los que se distinguió el piloto Don Bruno de Egea, tal en fin la serenidad y diligencia del gobernador, que se consiguió felizmente el objeto. Campillo se embarcó el último y mereció loores por su proceder: muchos le dispensó la justa imparcialidad del comandante inglés.
Activa el enemigo
los trabajos
contra Sagunto.
Libre Suchet cada vez más de obstáculos que le detuviesen, paró su consideración exclusivamente en el cerco de Murviedro. Volvieron también de Francia, ausentes con licencia después de lo de Tarragona, los generales de artillería Valée y Rogniat, con cuya llegada se activaron los trabajos del sitio.
Empezolos el enemigo contra la parte occidental de la fortaleza, en donde estaba el reducto dicho del Dos de mayo, y plantó a ciento cincuenta toesas una batería de brecha. Ofrecíansele para continuar en su intento muchos estorbos nacidos del terreno, y, si los españoles hubiesen tenido artillería de a 24, siendo imposible en tal caso los aproches, quizá se hubiera limitado el cerco a mero bloqueo.
Pudieron al fin los franceses después de penosa faena romper sus fuegos el 17, mas hasta el 18 en la tarde no juzgaron los ingenieros practicable la brecha abierta en el reducto del Dos de mayo, en cuya hora resolvió Suchet dar el asalto.
Asalto intentado
infructuosamente.
Una columna escogida, al mando del coronel Matis, debía acometer la primera. Notaron los españoles desde temprano los preparativos del enemigo, y apercibiéronse para rechazarle. Hombres esforzados coronaban la brecha, y con voces y alaridos desafiaban a los contrarios sin que los atemorizase el fuego terrible y vivo del cañón francés.
Comenzose la embestida, y los más ágiles de los sitiadores llegaron hasta dos tercios de la subida, cuya aspereza y angostura les impidió ir más arriba, destrozados por el fuego a quemarropa de los nuestros, por las granadas y las piedras. Cuantas veces repitió el enemigo la tentativa, otras tantas cayeron sus soldados del derrumbadero abajo. Entroles desmayo, y a lo último, como anonadados, desistieron de la empresa con pérdida de 500 hombres, de ellos muchos oficiales y jefes. Por medio de señales entendíase la guarnición del fuerte con la ciudad de Valencia, y Blake ofreció al gobernador y a la tropa merecidas recompensas.
Embarazábale mucho a Suchet el malogro de su empresa y, aunque procuró adelantar los trabajos y aumentar las baterías, temía fuese infructuoso su afán, atendiendo a lo escabroso y dominante del peñón de Sagunto. Confiaba solo en que Blake, deseoso de socorrer la plaza viniese, con él a las manos, y entonces parecíale seguro el triunfo.
Prepárase Blake
a socorrer
a Sagunto.
Así sucedió. Aquel general tan afecto desgraciadamente a batallar, e instado por el gobernador Andriani, trató de ir en ayuda del fuerte. Convidábale también a ello tener ya reunidas todas sus fuerzas que juntas ascendían a 25.300 hombres, de los que 2550 de caballería, poco más o menos. Llegaron a lo último las que pertenecían al tercer ejército, bajo las órdenes de Don Nicolás Mahy. Pendió la tardanza de haberse antes dirigido sobre Cuenca para alejar de allí al general D’Armagnac, que amagaba por aquella parte el reino de Valencia. Consiguió Mahy su objeto sin oposición, y caminó después a engrosar las filas alojadas en el Guadalaviar.
Pronto a moverse Don Joaquín Blake, encargó la custodia de la ciudad de Valencia a la milicia honrada, y dio a su ejército una proclama sencilla concebida en términos acomodados al caso. Abrió la marcha en la tarde del 24, y colocó su gente en la misma noche no lejos de los enemigos. La derecha, compuesta de 3000 infantes y algunos caballos a las órdenes de Don José Zayas, y de una reserva de 2000 hombres a las del brigadier Velasco, en las alturas del Puig. Allí se apostó también el general en jefe con todo su estado mayor. Constaba el centro, situado en la Cartuja de Ara Christi, de 3000 infantes que regía Don José Lardizábal, y de 1000 caballos, que eran los expedicionarios del cargo de Loy y algunos de Valencia, todos bajo la dirección de Don Juan Caro; había además aquí una reserva de 2000 hombres que mandaba el coronel Liori. Extendíase la izquierda hacia el camino real llamado de la Calderona. Cubría esta parte Don Carlos O’Donnell, teniendo a sus órdenes la división de Don Pedro Villacampa, de 2500 hombres, y la de Don José Miranda, de 4000 con 600 caballos que guiaba Don José San Juan. El general Obispo, bajo la dependencia también de O’Donnell, estaba con 2500 hombres en el punto más extremo, hacia Náquera. Amenazaba embestir por la parte del desfiladero de Sancti Espíritus todo nuestro costado izquierdo, debiendo servirle de reserva Don Nicolás Mahy al frente de más 4000 infantes y 800 jinetes. Tenía orden este general de colocarse en dos ribazos llamados los Germanells. Cruzaban al propio tiempo por la costa unos cuantos cañoneros españoles y un navío inglés.
Concurrieron aquella noche al cuartel general de Don Joaquín Blake oficiales enviados por los respectivos jefes, y con presencia de un diseño del terreno trazado antes por Don Ramón Pírez, jefe de estado mayor, recibió cada cual sus instrucciones con la orden de la hora en que se debía romper el ataque.
Hasta las once de la misma noche ignoró Suchet el movimiento de los españoles, y entonces informole de ello un confidente suyo vecino del Puig. No pudiendo el mariscal ya tan tarde retirarse sin levantar el sitio de Sagunto con pérdida de la artillería, tomó el partido, aunque más arriesgado, de aguardar a los españoles y admitir la batalla que iban a presentarle. Resolvió a ese propósito situarse entre el mar y las alturas de Vall de Jesús y Sancti Espíritus, por donde se angosta el terreno. Puso en consecuencia a su izquierda del lado de la costa la división del general Habert, a la derecha hacia las montañas la de Harispe. En segunda línea a Palombini y una reserva de dos regimientos de caballería a las órdenes del general Boussart. Por el extremo de la misma derecha reforzada por Chlopicki, al general Robert con su brigada y un cuerpo de caballería, teniendo expresa orden de defender a todo trance el desfiladero de Sancti Espíritus que consideraba Suchet como de la mayor importancia. Quedaron en Petrés y Gilet Compère y los napolitanos, además de algunos batallones que permanecieron delante de la fortaleza de Sagunto, contra la cual las baterías de brecha no cesaron de hacer fuego. Contaba en línea Suchet cerca de 20.000 hombres.
Batalla
de Sagunto.
A las ocho de la mañana del 25, marchando adelante de su posición, rompieron a un tiempo el ataque las columnas españolas, y rechazaron las tropas ligeras del enemigo. Trabose la pelea por nuestra parte con visos de buena ventura. Las acequias, garrofales y moreras, los vallados y las cercas no consentían maniobrase el ejército en línea contigua, ni tampoco que el general en jefe, situado como antes en las alturas del Puig, pudiese descubrir los diversos movimientos. Sin embargo, las columnas españolas, según confesión propia de los enemigos, avanzaban en tal ordenanza, cual nunca ellos las habían visto marchar en campo raso. La de Lardizábal se adelantaba repartida en dos trozos, uno por el camino real hacia Hostalets, otro dirigiéndose a un altozano, vía del convento de Vall de Jesús. Por Puzol, la de Zayas, tratando de ceñir al enemigo del lado de la costa. También nuestra izquierda comenzó, por su parte, un amago general bien concertado.
Acometiendo Lardizábal con intrepidez, el trozo suyo que iba hacia Vall de Jesús apoderose, a las órdenes de Don Wenceslao Prieto, del altozano inmediato, en donde se plantó luego artillería. Causó tan acertada maniobra impresión favorable, y los cercados de Sagunto, creyendo ya próximo el momento de su libertad, prorrumpieron en clamores y demostraciones de alegría. Bien conoció Suchet la importancia de aquel punto, y para tomarlo trató de hacer el mayor esfuerzo. Sus generales, puestos a la cabeza de las columnas, arremetieron a subir con su acostumbrado arrojo. Encontraron vivísima resistencia. Paris fue herido; lo mismo varios oficiales superiores; muerto el caballo de Harispe; arrollados una y varias veces los acometedores, que solo cerrando de cerca a los nuestros con dobles fuerzas se enseñorearon al cabo de la altura.
Mas los españoles, bajando al llano y unidos a otros de los suyos, se mantuvieron firmes e impidieron que el enemigo penetrase y rompiese el centro. Era instante aquel muy crítico para los contrarios, aunque fuesen ya dueños del altozano; pues Zayas, maniobrando diestramente, comenzaba a abrazar el siniestro costado de los franceses acercándose a Murviedro, y por la izquierda Don Pedro Villacampa también adquiría ventajas.
Urgíale a Suchet no desaprovechar el triunfo que había conseguido en la altura, tanto más cuanto los españoles de Lardizábal, no solo se conservaban tenaces en el llano, sino que, sostenidos por la caballería de Don Juan Caro, contramarchaban ya a recuperar el punto perdido, después de haber atropellado y destrozado a los húsares enemigos, apoderándose también el coronel Ric de algunas piezas. En tal aprieto movió el mariscal francés la división de Palombini que estaba en segunda línea, y se adelantó en persona a exhortar a los coraceros que iban a contener el ímpetu de la caballería española. Se empeñó entonces una refriega brava, y Suchet fue herido de un balazo en un hombro; mas siéndolo igualmente los generales españoles Don Juan Caro y Don Casimiro Loy, que cayeron prisioneros, desmayaron los nuestros, arrollolos el enemigo, y hasta recobró los cañones que poco antes le habían cogido. Don Joaquín Blake envió, para reparar el mal, a Don Antonio Burriel, jefe del estado mayor expedicionario, y al oficial del mismo cuerpo Zarco del Valle. Nada lograron estos sujetos, que gozaban en el ejército de distinguido concepto. Los dragones de Numancia los arrastraron en la fuga.
También por la izquierda, la suerte, favorable al principio, volvía ahora la espalda. Don Carlos O’Donnell, con objeto de reforzar a Obispo, que tenía delante a Robert, dispuso que avanzara Don Pedro Villacampa, quien, ganando terreno, obligó a los enemigos a ciar algún tanto. Pero en ademán Chlopicki de amenazar al general español por el costado, mandó O’Donnell a Don José Miranda que saliese al encuentro. Tuvo este general el desacuerdo de marchar en una dirección casi paralela a la del enemigo y con distancias cerradas, exponiéndose a que resultara confusión en sus líneas si los franceses, como se verificó, le acometían de flanco. Comenzó luego el desorden, y siguiose mucha dispersión. No pudieron los esfuerzos de Villacampa y O’Donnell reparar tamaño contratiempo. Unas y otras tropas vinieron sobre las de Mahy, atacadas no solo ya por Chlopicki, sino también por parte de la división de Harispe, que venía del centro. Hubiera quizá sido completa la dispersión sin los regimientos de Molina, Ávila y Cuenca, que se portaron con arrojo y serenidad. Por desgracia, se había Mahy retardado en su marcha, y no llegó bastante a tiempo para apoyar la primera arremetida, ni para contener el primer desorden. Los franceses victoriosos cogieron muchos prisioneros, y obligaron a Mahy y a las otras tropas de la izquierda a que se refugiasen por Bétera en Ribarroja.
Don José Zayas en la derecha tuvo mayor fortuna, y no se retiró sino cuando ya vio roto el centro y en completa retirada y confusión la izquierda. Hízolo en el mayor orden hasta las alturas del Puig, y antes, en Puzol, se defendió con el mayor valor un batallón suyo de guardias valonas, que por equivocación se había metido dentro del pueblo.
Se abrigaron sucesivamente del Guadalaviar todas las divisiones españolas, parándose el ejército francés en Bétera, Albalat y el Puig. Nuestra pérdida: 12 piezas y 900 hombres entre muertos y heridos; prisioneros o extraviados, 3922. Suchet en todo unos 800. A pesar de la derrota, aumentaron por su buen porte la anterior fama las divisiones expedicionarias y la de Don Pedro Villacampa; ganáronla algunos cuerpos de las otras. No Don Joaquín Blake, que, indeciso, apenas tomó providencia alguna. Hábil general la víspera de la batalla, embarazose, según costumbre, al tiempo de la ejecución, y le faltó presteza para acudir adonde convenía, y para variar o modificar en el campo lo que había de antemano dispuesto o trazado. También le desfavorecía la tibieza de su condición. Aficiónase el soldado al jefe que, al paso que es severo, goza de virtud comunicable. Blake de ordinario vivía separadamente, y como alejado de los suyos.
Rendición
del castillo.
Siguiose a la derrota la rendición del castillo de Sagunto. Quería prevenirla el general español, volviendo a hacer otro esfuerzo, de cuyo intento trató de avisar al gobernador Andriani por medio de señales. Mas impidió el que aquel las advirtiese la cerrazón y el viento fresco que soplaba norte-sur, y hacía que encubriese el asta a los defensores del castillo la bandera y gallardete que se empleaban al efecto en el Miquelet o torre de la catedral de Valencia. Aunque no hubiese ocurrido tal incidente, dudamos pudiera Blake haber vuelto tan pronto a dar batalla, a no exponerse imprudentemente a otro desastre como el de Belchite.
Ganado que hubo la de Sagunto el mariscal Suchet, propuso al gobernador del castillo Don Luis María Andriani honrosa capitulación, convidándole a que enviase persona de su confianza que viese con sus propios ojos todo lo ocurrido, y se desengañase de cuán inútil era ya aguardar socorro. Convino Andriani, y pasó de su orden al campo francés el oficial de artillería Don Joaquín de Miguel. De vuelta este al castillo, y conforme a su relación, capituló el gobernador en la noche del 26; y a poco en la misma, sin aguardar al día, salieron por la brecha con los honores de la guerra él y la guarnición, compuesta de 2572 hombres. Tanto instaba a Suchet terminar aquel sitio.
Por mucho desaliento en que hubiese caído el soldado después de la pérdida de la batalla, se reprendió en Andriani la precipitación que puso en venir a partido. «La brecha,[*] (* Ap. n. [16-25].) dice Suchet, era de acceso tan difícil que los zapadores tuvieron que practicar una bajada para que pudiesen descender los españoles.» Y más adelante añade que, aun tomado el Dos de mayo, se presentaban muchos obstáculos para enseñorearse de los demás reductos, por manera [son sus palabras] «que el arte de atacar y el valor de las tropas podían estrellarse todavía contra aquellos muros.» Habíase Andriani conducido hasta entonces con inteligencia y brío. Atolondrole la batalla perdida, y juzgó quedar bien puesto el honor de las armas rindiéndose abierta brecha. Zaragoza y Gerona nos habían acostumbrado a esperar otros esfuerzos, y no era la hacha ni la pala oficiosa del gastador enemigo la que debiera haber allanado la salida a los defensores de Sagunto.
La toma de este castillo miráronla con razón los franceses como de mucha entidad por el nombre, y por el desembarazo que ella les daba. Sin embargo no se atrevieron a acometer inmediatamente la ciudad de Valencia. Era todavía numeroso el ejército de Blake, amparábanle fuertes atrincheramientos, y no estaba olvidado el escarmiento que delante de aquellos muros recibiera Moncey en 1808, como tampoco la inútil y malhadada expedición de Suchet en 1810. Por lo mismo, pareciole prudente al mariscal francés aguardar refuerzos, y se contentó en el intermedio con situarse, al comenzar noviembre, en Paterna, frente de Cuarte, prolongándose hacia la marina, izquierda del Guadalaviar. En la derecha se alojaron los españoles: el ejército desde Manises hasta Monteolivete, y de allí hasta el embocadero del río los paisanos armados de la provincia.
Diversiones
en favor
de Valencia.
Cataluña.
Trabajaba en Cataluña Don Luis Lacy, y entretenía a los franceses de aquel principado, ya que no pudiese activa y directamente coadyuvar al alivio de Valencia. Severo y equitativo, ayudado de la junta provincial, levantó el espíritu de los catalanes, quienes, a fuer de hombres industriosos, vieron también en las reformas de las cortes, y sobre todo en el decreto de señoríos, nueva aurora de prosperidad. Reforzó Lacy a Cardona, fortificó ciertos puntos que se daban la mano, y formaban cadena hasta el fuerte de la Seu de Urgel; no descuidó a Solsona, y atrincheró la fragosa y elevada montaña de Abusa, a cierta distancia de Berga, en donde ejercitaba los reclutas. ¡Y todo eso rodeado de enemigos y vecino a la frontera de Francia! Pero ¿qué no podía hacerse con gente tan belicosa y pertinaz como la catalana? Dueños los invasores de casi todas las fortalezas, no les era dado, menos aún aquí que en otras partes, extender su dominación más allá del recinto de las fortificaciones, y aun dentro de ellas, según la expresión de un testigo de vista imparcial,[*] (* Ap. n. [16-26].) «no bastaba ni mucha tropa atrincherada para mantener siquiera en orden a los habitantes.» Más de una vez hemos tenido ocasión de hablar de semejante tenacidad, a la verdad heroica, y en rigor no hay en ello repetición. Porque creciendo las dificultades de la resistencia, y esta con aquellas, tomaba la lucha semblantes diversos y colores más vivos, desplegándose la ojeriza y despechado encono de los catalanes, al compás del hostigamiento y feroz conducta de los enemigos.
Toma de
las islas Medas.
Apoderados estos de todos los puntos marítimos principales, determinó Lacy posesionarse de las islas Medas, al embocadero del Ter, de que ya hubo ocasión de hablar. Dos de ellas bastante grandes, con resguardado surgidero al sudeste. Los franceses, aunque las tenían descuidadas, conservaban dentro una guarnición. Pareciole a Lacy lugar aquel acomodado para un depósito, y buena vía para recibir por ella auxilios y dar mayor despacho a los productos catalanes. Tuvo encargo de conquistarlas el coronel inglés Green, yendo a bordo de la fragata de su nación, Indomable, con 150 españoles que mandaba el barón de Eroles. Verificose el desembarco el 29 de agosto, y el 3 de septiembre abierta brecha se apoderaron los nuestros del fuerte. Acudieron los franceses en mucho número a la costa vecina, y empezaron a molestar bastante con sus fuegos a los que ahora ocupaban las islas. Opinaron entonces los marinos británicos que se debían estas abandonar, lo cual se ejecutó, a pesar de la resistencia de Eroles y de Green mismo. Volaron los aliados antes de la evacuación el fuerte o castillo.
No era hombre Don Luis Lacy de ceder en su empresa, e insistiendo en recuperar las islas persuadió a los ingleses a que de nuevo le ayudasen. En consecuencia se embarcó el 11 en persona con 200 hombres en Arenys de Mar a bordo de la mencionada fragata, comandante Thomas: fondeó el 12 a la inmediación de las Medas, y dividiendo la fuerza desembarcó parte en el continente para sorprender a los franceses y destruir las obras que allí tenían, y parte en la isla grande. Cumpliose todo según los deseos de Lacy, quien, ahuyentados los enemigos y dejando al teniente coronel Don José Masanes por gobernador del fuerte y director de las fortificaciones que iban a levantarse, tornó felizmente al puerto de donde había salido. Restableciose el castillo, y se fortalecieron las escarpadas orillas que dominan la costa. En breve pudieron las Medas arrostrar las tentativas del enemigo que, acampado enfrente, se esforzaba por impedir los trabajos y arruinarlos. Puso el comandante español toda diligencia en frustrar tales intentos, y cuando momentánea ausencia u otra ocupación le alejaban de los puntos más expuestos, manteníase firme allí su esposa, Doña María Armengual, a semejanza de aquella otra Doña María de Acuña,[*] (* Ap. n. [16-27].) que en el siglo XVI defendió a Mondéjar, ausente el alcaide su marido. Sacose provecho de la posesión de las Medas militar y mercantilmente, habiendo las cortes habilitado el puerto.
Muerte
de Montardit.
Apellidolas el general en jefe islas de la Restauración, como indicando que de allí renacería la de Cataluña, y a un baluarte a que querían dar el nombre de Lacy púsole el de Montardit: «honor, dijo, que corresponde a un mártir de la patria.» Tal suerte, en efecto, había poco antes cabido a un Don Francisco de Montardit, comandante de batallón, muy bien quisto, hecho prisionero por los franceses en un ataque sobre la ciudad de Balaguer, y arcabuceado por ellos inhumanamente. Dirigió Lacy con este motivo en 12 de octubre al mariscal Macdonald una reclamación vigorosa, concluyendo por decirle: «Amo, como es debido, la moderación; mas no seré espectador indiferente de las atrocidades que se ejecuten con mis subalternos: haré responsables de ellas a los prisioneros franceses que tengo en mi poder, y pueda tener en lo sucesivo.»
Empresas
de Lacy y Eroles
en el centro
de Cataluña.
Incansable Don Luis, trató en seguida de romper la línea de puestos fortificados que desde Barcelona a Lérida tenían establecidos los franceses. Empezó su movimiento, y el 4 de octubre acometió ya la villa de Igualada con 1500 infantes y 300 caballos. Ataque
de Igualada. Le acompañaba el barón de Eroles, segundo comandante general de Cataluña, cuyo valor y pericia se mostraron más y más cada día. Los franceses perdieron en el citado pueblo 200 hombres, refugiándose los restantes en el convento fortificado de Capuchinos, que no pudo Lacy batir, falto de artillería. Pasaron después ambos caudillos a sorprender un convoy que iba de Cervera, para lo cual repartieron sus fuerzas en dos porciones. Dio primero con él, según lo concertado, el barón de Eroles, y sorprendiole el 7 del mismo octubre, perdiendo los enemigos 200 hombres, sin que dejase aquel general nada que hacer a Don Luis Lacy.
Aterráronse los franceses con la súbita irrupción de los nuestros y con las ventajas adquiridas, y juzgando imprudente mantener tropas desparramadas por lugares abiertos o poco fortificados, abandonaron al fin, metiéndose depriesa en Barcelona, el convento de Igualada, la villa de Casamasana, y aun Monserrat. Quemaron a la retirada este monasterio, y lo destrozaron todo, sagrado y profano.
Requiriendo los asuntos generales del principado la presencia de Lacy cerca de la junta, tornó este a Berga, y dejó al cuidado del barón de Eroles la conclusión de la empresa tan bien comenzada, y proseguida con no menor dicha.
Rendición
de la guarnición
de Cervera.
Atacó el barón a los franceses de Cervera, y el 11 los obligó a rendirse: ascendió el número de los prisioneros a 643 hombres. Estaban atrincherados los enemigos en la universidad, edificio suntuoso, no por la belleza de su arquitectura sino por su extensión y solidez, propias para la defensa. Había fundado aquella Felipe V cuando suprimió las otras universidades del principado en castigo de la resistencia que a su advenimiento al trono le hicieron los catalanes. Cogió también Eroles a Don Isidoro Pérez Camino, corregidor de Cervera nombrado por los franceses, hombre feroz que a los que no pagaban puntualmente las contribuciones o no se sujetaban a sus caprichos, metía en una jaula de su invención, la cabeza solo fuera, y pringado el rostro con miel para que atormentasen a sus víctimas en aquel potro hasta las moscas. A la manera del cardenal de la Balue en Francia, llegole también al corregidor su vez, con la diferencia de que la plebe catalana no conservó años en la jaula al magistrado intruso, como hizo Luis XI con su ministro. Son más ardorosas y, por tanto, caminan más precipitadamente las pasiones populares. El corregidor pereció a manos del furor ciego de tantos como había él martirizado antes, y si la ley del talión fuese lícita, y más al vulgo, hubiéralo sido en esta ocasión contra hombre tan inhumano y fiero.
De Bellpuig.
Se rindió en seguida en 14 del mismo octubre al barón de Eroles la guarnición de Bellpuig, atrincherada en la antigua casa de los duques de Sesa. Muchos de los enemigos perecieron defendiéndose, y se entregaron unos 150.
Revuelve Eroles
sobre la frontera
de Francia.
Escarmentado que hubo el de Eroles a los franceses del centro de la Cataluña, y cortada la línea de comunicación entre Lérida y Barcelona, revolvió al norte con propósito hasta de penetrar en Francia. Obró entonces mancomunadamente con Don Manuel Fernández Villamil, gobernador a la sazón de la Seu de Urgel, y sirviole este de comandante de vanguardia. Rechazó ya al enemigo en Puigcerdá el barón, el 26 de octubre, y le combatió bravamente el 27 en un ataque que el último intentara. Al propio tiempo Villamil se dirigió a Francia por el valle de Querol, desbarató el 29 en Marens a las tropas que se le pusieron por delante, saqueó aquel pueblo que sus soldados abrasaron, y entró el 30 en Ax. Exigió allí contribuciones, e inquietó toda la tierra, repasando después tranquilamente la frontera. Sostenía Eroles estos movimientos.
Acertada
conducta de Lacy.
Pero el centro de todos ellos era Don Luis Lacy, quien cautivó con su conducta la voluntad de los catalanes, pues al paso que procuraba en lo posible introducir la disciplina y buenas reglas de la milicia, lisonjeábalos prefiriendo en general por jefes a naturales acreditados del país, y fomentando el somatén y los cuerpos francos a que son tan aficionados. La situación entonces de la Cataluña indicaba además como mejor y casi único este modo de guerrear.
Y alrededor de la fuerza principal que regía Lacy o su segundo Eroles, y cerca de las plazas fuertes y por todos lados, se descubrían los infatigables jefes de que en varias ocasiones hemos hecho mención, y otros que por primera vez se manifestaban o sucedían a los que acababan gloriosamente su carrera en defensa de la patria. Seríanos imposible meter en nuestro cuadro la relación de tan innumerables y largas lides.
Pasa Macdonald
a Francia.
Le sucede
Decaen.
Mirando los franceses con mucho desvío tan mortífera e interminable lucha, gustosamente la abandonaban y salían de la tierra. Macdonald, duque de Tarento, regresó a Francia partiendo de Figueras el 28 de octubre. Era el tercer mariscal que había ido a Cataluña, y volvía sin dejarla apaciguada. Tuvo por sucesor al general Decaen.
Apenas podía moverse del lado de Gerona el ejército francés del principado, teniendo que poner su principal atención en mantener libres las comunicaciones con la frontera. No más le era permitido menearse a la división de Frère, perteneciente al cuerpo de Suchet, la cual, conforme hemos visto, ocupaba la Cataluña baja, dándole bastante en que entender todo lo que por allí ocurría y en parte hemos relatado. De suerte que la situación de aquella provincia, en cuanto a la tranquilidad que apetecían los franceses, era la misma que al principio de la guerra, y una misma la necesidad de mantener dentro de aquel territorio fuerzas considerables que guarneciesen ciertos puntos y escoltasen cuidadosamente los convoyes.
Convoy
que va
a Barcelona.
Solo por este medio se continuaba abasteciendo a Barcelona, y Decaen preparó en diciembre uno muy considerable en el Ampurdán con aquel objeto. Tuvo aviso de ello Lacy y, queriendo estorbarlo, puso en acecho a Rovira, colocó a Eroles y a Miláns en las alturas de San Celoni, dirigió sobre Trentapasos a Sarsfield y apostó en la Garriga con un batallón a D. José Casas. Las fuerzas que Decaen había reunido eran numerosas ascendiendo a 14.000 infantes y 700 caballos con ocho piezas, sin contar unos 4000 hombres que salieron de Barcelona a su encuentro. Las de Lacy no llegaban a la mitad, y así se limitó dicho general a hostilizar a los franceses durante su marcha emprendida desde Gerona el 2 de diciembre. Padeció el enemigo en ella bastante, y Sarsfield se mantuvo firme contra los que le atacaron y venían de la capital. Los nuestros, ya que no pudieron impedir la entrada del convoy, recelando se retirase Decaen por Vic, trataron de cerrarle el paso de aquel lado. Para ello mandó Lacy a Eroles que ocupase la posición de San Feliú de Codinas, y él se situó con Sarsfield en las alturas de la Garriga. Se vieron luego confirmadas las sospechas de los españoles, presentándose el 5 en la mañana los enemigos delante del último punto con 5000 infantes, 400 caballos y cuatro piezas. Rechazolos Lacy vigorosamente y siguieron el alcance hasta Granollers Don José Casas y Don José Manso, por lo que tuvieron todas las fuerzas de Decaen que tornar por San Celoni y dejar libre y tranquila la ciudad y país de Vic.
Aragón.
Útil era para defender a Valencia esta continuada diversión de la Cataluña, pero fue más directa la que se intentó por Aragón. Aquí, conforme a órdenes de Blake, se habían reunido el 24 de septiembre en Ateca, partido de Calatayud, Durán
y el Empecinado. Don José Durán y Don Juan Martín el Empecinado. Temores de esto y las empresas en aquel reino y en Navarra de Don Francisco Espoz y Mina Mina. habían motivado la formación en Pamplona y sus cercanías de un cuerpo de reserva bastante considerable, pues que las fuerzas que en ambos parajes mandaban los generales Reille y Musnier no bastaban para conservar quieto el país y hacer rostro a tan osados caudillos.
Tropas
que reúnen
los franceses
en Navarra
y Aragón.
Entre las tropas francesas que se juntaban en Navarra, contábase una nueva división italiana que atravesando las provincias meridionales de Francia y viniendo de la Lombardía, apareció en Pamplona el 31 de agosto. La mandaba el general Severoli y se componía de 8955 hombres y 722 caballos; permaneció el septiembre en aquella provincia, mas al comenzar octubre pasó a reforzar las tropas francesas de Aragón.
Además de los de Severoli habían ido a Zaragoza tres batallones, también italianos, procedentes de los depósitos de Gerona, Rosas y Figueras, los cuales, para unirse a la división de Palombini, que con Suchet se había dirigido sobre Valencia, rodearon y metiéronse en Francia para entrar camino de Jaca en Aragón por lo peligrosa que les pareció la ruta directa. Y, sea dicho de paso, de 21.288 infantes y 1905 jinetes, unos y otros italianos, que fuera de los de Severoli habían penetrado en España desde el principio de la guerra, ya no quedaban en pie sino unos 9000 escasos.
Los tres batallones que iban de Cataluña no se unieron inmediatamente al ejército invasor de Valencia: quedáronse en Aragón para auxiliar a Musnier. Habían llegado a este reino antes de promediar septiembre, y uno de ellos fue destinado a reforzar la guarnición enemiga de Calatayud.
Atacan
a Calatayud
Durán
y el Empecinado.
Aquí tuvieron luego que lidiar con los ya mencionados Don José Durán y Don Juan Martín, quienes desde Ateca habían resuelto acometer a los franceses alojados en aquella ciudad. No tenía el Empecinado consigo más que la mitad de su gente, habiendo quedado la otra bajo Don Vicente Sardina en observación del castillo de Molina. Al contrario Durán, a quien acompañaba lo más de su división junto con D. Julián Antonio Tabuenca y Don Bartolomé Amor, que mandaba la caballería, jefes ambos muy distinguidos. Uno y otro tuvieron principal parte en las hazañas de Durán, que nunca cesó de fatigar al enemigo, habiendo tenido entre otros un reencuentro glorioso en Ayllón el 23 de julio.
Ascendía el número de hombres que para su empresa reunieron Durán y el Empecinado a 5000 infantes y 500 caballos. El 26 de septiembre aparecieron ambos sobre Calatayud, desalojaron a los franceses de la altura llamada de los Castillos, y les cogieron algunos prisioneros, encerrándose la guarnición en el convento fortificado de la Merced, cuyo comandante era Mr. Muller. Durán se encargó particularmente de sitiar aquel punto, e incumbió a la gente del Empecinado observar las avenidas del puerto del Frasno, en donde el 1.º de octubre repelió el último una columna francesa que venía de Zaragoza en socorro de los suyos, y tomó al coronel Gillot que la mandaba.
Cercado el convento, y sin artillería los nuestros, se acudió para rendirle al recurso de la mina, y aunque el jefe enemigo resistió cuanto pudo los ataques de los españoles, tuvo al fin el 4 de octubre que darse a partido, Hacen prisionera la guarnición. quedando prisionera la guarnición que constaba de 566 soldados, y con permiso los oficiales de volver a Francia bajo la palabra de honor de no servir más en la actual guerra.
Viene sobre ella
Musnier.
Muy alborotado Musnier, gobernador de Zaragoza, con ver lo que amagaba por Calatayud, y con que hubiese sido rechazada en el Frasno la primera columna que había enviado de auxilio, reunió todas sus fuerzas de la izquierda del Ebro, y llegó, a petición suya, de Navarra con el mismo fin, destacado por Reille, el general Bourke, que avanzó lo largo de la izquierda del Jalón. Se retiran. Musnier asomó a Calatayud el 6 de octubre, pero los españoles se habían ya retirado con sus prisioneros, quedando solo allí, según lo estipulado, los oficiales, a quienes sus superiores formaron causa por haber separado su suerte de la de los soldados.
Viendo los franceses que se habían alejado los nuestros de Calatayud, retrocedieron, tornando Bourke a Navarra y los de Musnier a la Almunia. Ocuparon de seguida y nuevamente la ciudad los españoles.
División
de Severoli
en Aragón.
Semejante perseverancia exigió de los franceses otro esfuerzo que facilitó la llegada a Zaragoza de la división de Severoli en 9 de octubre. Venía esta a instancias de Suchet, incansable en pedir auxilios que directa o indirectamente cooperasen al buen éxito de la campaña de Valencia. Musnier partió con la mencionada división vía del Frasno, y uniéndose a la caballería de Klicki entró en Calatayud. Se separan
Durán
y el Empecinado. Durán y el Empecinado habían vuelto a evacuar la ciudad, retirándose en dos diferentes direcciones. Para perseguirlos tuvieron los enemigos que separarse, yendo unos a Daroca y Used, y otros a Ateca, camino de Madrid.
Mina.
No persistieron mucho en el alcance, llamados a la parte opuesta a causa de una súbita irrupción en las Cinco Villas de Don Francisco Espoz y Mina. Habían los franceses acosado de muerte a este caudillo durante todo el estío, irritados con la sorpresa de Arlabán. Y él, ceñido de un lado por los Pirineos, del otro por el Ebro, sin apoyo ni punto alguno de seguridad, sin más tropas que las que por sí había formado, y sin más doctrina que la adquirida en la escuela de la propia experiencia, burló los intentos del enemigo y escarmentole muchas veces, algunas en la raya y aun dentro de Francia.
Arreció en especial el perseguimiento desde el 20 de junio hasta el 12 de julio. 12.000 hombres fueron tras Mina entonces; más acertadamente dividió este sus batallones en columnas movibles con direcciones y marchas contrarias, incesantes y sigilosas, obligando así al enemigo a a dilatar su línea a punto de no poderla cubrir convenientemente, o a que, reunido, no tuviese objeto importante sobre que cargar de firme.
Ponen
los franceses
su cabeza
a precio.
Desesperanzados los franceses de destruir a Mina a mano armada, pusieron a precio la cabeza de aquel caudillo. 6000 duros ofreció por ella el gobernador de Pamplona, Reille, en bando de 24 de agosto, 4000 por la de su segundo Don Antonio Cruchaga, y 2000 por cada una de las de otros jefes. Reuniéronse a medios tan indignos los de la seducción y astucia. Tratan
de seducirle. A este propósito, y por el mismo tiempo, personas de aquella ciudad, y entre otras Don Joaquín Navarro, de la diputación del reino, con quien Mina había tenido anterior relación, enviaron cerca de su persona a Don Francisco Aguirre Echechurri para ofrecerle ascensos, honores y riquezas si abandonaba la causa de su patria y abrazaba la de Napoleón. Mina, que necesitaba algún respiro, tanto más cuanto de nuevo se veía muy acosado, entrando a la sazón en Navarra la división de Severoli y otras fuerzas, pidió tiempo para contestar sin acceder a la proposición, alegando que tenía antes que ponerse de acuerdo con su segundo Cruchaga. Impacientes de la tardanza los que habían abierto los tratos, despacharon en seguida con el mismo objeto, primero a un francés llamado Pellou, hombre sagaz, y después a otro español conocido bajo el nombre de Sebastián Iriso. Deseoso Mina de ganar todavía más tiempo, indicó para el 14 de septiembre una junta en Leoz, cuatro leguas de Pamplona, adonde ofreció asistir él mismo con tal que también acudiesen los tres individuos que sucesivamente se le habían presentado, y además el Don Joaquín Navarro y un Don Pedro Mendiri, jefe de escuadrón de gendarmería. Accedieron los comisionados a lo que se les proponía y, en efecto, el día señalado llegaron a Leoz todos excepto Mendiri. La ausencia de este disgustó mucho a Mina, quien a pesar de las disculpas que los otros dieron concibió sospechas. Vinieron a confirmárselas cartas confidenciales que recibió de Pamplona, en las cuales le advertían se le armaba una celada, y que Mendiri recorría los alrededores acechando el momento en que deslumbrado Mina con las ofertas hechas, se descuidase y diese lugar a que cayeran sobre él los enemigos y le sacrificasen.
Airado de ello, el caudillo español arrestó a los cuatro comisionados, y se alejó de Leoz llevándoselos consigo. Desfiguraron después el suceso los franceses y sus allegados, calificando a Mina de pérfido: traslucíase en la acusación despecho de que no se hubiese cumplido la alevosía tramada. Con todo, habiendo venido los comisionados bajo seguro, y no pudiéndose evidenciar su traición o complicidad, hubiérale a Mina valido más el soltarlos que dar lugar a que debiesen su libertad, como se verificó, a los acasos de la guerra.
Penetra Mina
en Aragón.
Poco después de este suceso y de haber Severoli y otras tropas salido de Navarra, fue cuando penetró dicho Mina en Aragón, conforme arriba enunciamos. El 11 de octubre atacó en Ejea un puesto de gendarmería cuyos soldados lograron evadirse en la noche siguiente, con pérdida en la huida de algunos de ellos. Marchó luego Mina sobre Ayerbe, y el 16 forzó a la guarnición francesa a encerrarse en un convento fortificado que bloqueó; mas en breve tuvo que hacer frente a otros cuidados. El comandante francés que en ausencia de Musnier gobernaba a Zaragoza, Ataca a Ejea. sabedor de la llegada de los españoles a Ejea, destacó una columna para contenerlos. Encontrose en el camino Ceccopieri, jefe de ella, con los gendarmes poco antes escapados; y juzgando ya inútil la marcha hacia Ejea, cambió de rumbo y se dirigió a Ayerbe en busca de Mina. Mas, llegado que hubo a esta villa, en cuyas alturas inmediatas le aguardaban los españoles, pareciole más prudente después de un fútil amago, retirarse y caminar la vuelta de Huesca. Envalentonáronse con eso los nuestros y no pudieron los contrarios verificar impunemente su marcha como se imaginaban. Mina, empleando sagacidad y arrojo, los estrechó de cerca y rodeó, por manera que tuvieron que formar el cuadro. Así anduvieron siempre muy acosados Coge una
columna francesa
en Plasencia
de Gállego. hasta más allá de Plasencia de Gállego, en donde, opresos con la fatiga y el mucho guerrear, y acometidos impetuosamente a la bayoneta por Don Gregorio Cruchaga, vinieron a partido: 640 soldados y 17 oficiales fueron los prisioneros; muchos de ellos heridos, gravemente el mismo comandante Ceccopieri. Habían muerto más de 300.
Azorado Musnier, y temiendo hasta por Zaragoza, tornó precipitadamente a aquella ciudad, en donde ya más sereno trató de marchar contra Mina y de quitarle los prisioneros, obrando de concierto con los gobernadores y generales franceses de las provincias inmediatas. ¡Trabajo y combinación inútil! Mina escabullose maravillosamente por medio de todos ellos, y atravesando el reino de Aragón, Navarra y Guipúzcoa, Embarca
los prisioneros
en Motrico. embarcó al principiar noviembre en Motrico todos los prisioneros a bordo de la fragata inglesa Iris y de otros buques, después de haber también rendido la guarnición francesa de aquel puerto.
Distribuye
Musnier
la división
de Severoli.
Concíbese cuán incómodos serían para Suchet tales acontecimientos, pues además de la pérdida real que en ellos experimentaba, distraíanle fuerzas que le eran muy necesarias. Con impaciencia había aguardado la división de Severoli, y en vano por algún tiempo pudo esta incorporársele. Musnier ni aun con ella tenía bastante para cubrir el Aragón, y mantener algún tanto seguras las comunicaciones. Una de las dos brigadas en que dicha división se distribuía se vio obligado a colocarla al mando de Bertoletti en las Cinco Villas, izquierda del Ebro, y la otra al de Mazzuchelli en Calatayud y Daroca.
Abandonan
los franceses
a Molina.
Tuvo la última que acudir en breve a Molina, cuyo castillo se hallaba de nuevo bloqueado por Don Juan Martín. Llegó en ocasión que el comandante Brochet estaba ya para rendirse. Le libertó Mazzuchelli el 25 de octubre, mas no sin dificultad, teniendo empeñada con el Empecinado en Cubillejos una refriega viva en que perdieron los enemigos mucha gente. Abandonaron de resultas estos, habiéndole antes volado, el castillo de Molina.
Nuevas
acometidas
del Empecinado.
Don Juan Martín, solo o con la ayuda o de Durán o de tropas suyas bajo Don Bartolomé Amor, continuó haciendo correrías. Rindió el 6 de noviembre la guarnición de la Almunia, compuesta de 150 hombres, hizo rostro a varias acometidas, batió la tierra de Aragón, cogió prisioneros y efectos, interceptó a veces las comunicaciones con Valencia, vía de Teruel.
De Durán.
Por su parte Durán, cuando obraba separado, tampoco permanecía tranquilo: en Manchones, y sobre todo el 30 de noviembre en Osonilla, provincia de Soria, alcanzó ventajas. Regresó después a Aragón, y reincorporándose por nueva disposición de Blake con el Empecinado, Ambos
bajo las órdenes
de Montijo. se pusieron ambos el 23 de diciembre en Milmarcos, provincia de Guadalajara, bajo las órdenes del conde del Montijo, que trayendo igualmente 1200 hombres debía mandar a todos.
Ballesteros
en Ronda.
En grado tan sumo como el que acabamos de ver, divertían los nuestros en Cataluña y Aragón las huestes del enemigo, entorpeciéndole para su empresa de Valencia. También cooperó a lo mismo lo que pasaba en Granada y Ronda. Allí, privado el tercer ejército de la fuerza que había sacado Mahy, se encontraba muy debilitado, y hubieran probablemente acometido los franceses y amenazado a Valencia del lado de Murcia, sin el desembarco que ya indicamos de Don Francisco Ballesteros en Algeciras. Tomó este general tierra el 4 de septiembre, teniendo enlace su expedición con el plan de defensa que para Valencia había trazado Don Joaquín Blake. Sentó Ballesteros sus reales en Jimena, y medidas que adoptó, unas de conciliación y otras enérgicas, reanimaron el espíritu de los serranos.
Acción
contra Rignoux.
Para procurar apagarle, vino inmediatamente sobre el general español el coronel Rignoux, a quien de Sevilla habían reforzado. Amagó a Jimena, y Ballesteros evacuó el pueblo con intento de atraer y engañar al enemigo, lo cual consiguió. Porque Rignoux, adelantándose ufano sobre San Roque, fue de súbito acometido por costado y frente, y deshecho con pérdida de 600 hombres. Tomó entonces el mariscal Soult contra Ballesteros disposiciones más serias; Avanza Godinot. y mandando al general Godinot que avanzase de Prado del Rey con unos 5000 hombres, dispuso que se moviesen al propio tiempo la vuelta de la sierra los generales Semellé y Barroux, yendo el primero de Vejer y el último del lado de Málaga. Componían juntas todas estas fuerzas de 9 a 10.000 hombres, y jactábanse ya de envolver las de Ballesteros. Retírase
Ballesteros. Mas este se retira a tiempo y con destreza, abrigándose el 14 de octubre del cañón de Gibraltar. Los franceses llegaron al campo de San Roque, y se extendieron por la derecha a Algeciras, cuyos vecinos se refugiaron en la Isla Verde.
Vanas tentativas
de Godinot.
Malográndosele así a Godinot el destruir a Ballesteros, quiso, sin dejar de observarle, explorar la comarca de Tarifa, y aun enseñorearse por sorpresa de esta plaza. No anduvo en ello tampoco muy afortunado. El camino que tomaron sus tropas fue el del Boquete de la Peña, orilla de la mar, paso angosto que, dominado por los fuegos de los buques británicos, no pudieron los franceses atravesar, teniendo el 18 de octubre que retroceder a Algeciras. Aun sin eso nunca hubiera Godinot conseguido su intento. Tarifa socorrida. La guarnición de Tarifa había sido por entonces reforzada con 1200 ingleses al mando del coronel Skerret, que vimos en Tarragona, y con 900 infantes y 100 caballos españoles bajo las órdenes del general Copons.
Retírase Godinot.
En el intermedio renovaron los rondeños sus acostumbradas excursiones, molestaron por la espalda a los enemigos y les cortaron los víveres; de los que escaso Godinot, hubo de replegarse, picándole Ballesteros la retaguardia. Se restituyó a Sevilla el general francés, y reprendido por Soult, que ya le quería mal desde la acción de Zújar por no haber sacado de ella las oportunas ventajas, alborotósele el juicio Se mata. y se suicidó en su cama con el fusil de un soldado de su guardia. Había antes mandado en Córdoba, y cometido tales tropelías, y aun extravagancias, que mirósele ya como a hombre demente.
Sorprende
Ballesteros
a los franceses
en Bornos.
No desaprovechó Ballesteros la ocasión de la retirada de los enemigos, y esparciendo su tropa para disfrazar una acometida que meditaba, juntola después en Prado del Rey; marchó en seguida de noche y calladamente, y sorprendió el 5 de noviembre en Bornos, derecha del Guadalete, al general Semellé, a quien ahuyentó y tomó 100 prisioneros, mulas y bagajes.
Juan Manuel
López.
Fatigado Soult de tan interminable guerra, trató de aumentar el terror poniendo en ejecución contra un prisionero desvalido el feroz decreto que había dado el año anterior. Llamábase aquel Juan Manuel López: era sargento, con veinte años de servicio, de la división de Ballesteros, y arrebatáronle desempeñando una comisión, que le había confiado su general, para recoger caballos y acabar con ciertos bandoleros que, so capa de patriotas, robaban y cometían excesos. Las circunstancias que acompañaron a la causa que se le formó hicieron muy horrible el caso. Negábase a juzgar a López la junta criminal de Sevilla, obligola Soult mandándole al mismo tiempo que, a pesar de estar prohibida por el rey José la pena de horca, la aplicase ahora en lugar de la de garrote. La junta absolvió sin embargo al supuesto reo. Muy disgustado Soult, ordenó que se volviese a ver la causa, sin conseguir tampoco su odioso intento. Irritado el mariscal cada vez más, creó una comisión criminal compuesta de otros ministros, quienes también absolvieron a López, declarándole simplemente prisionero de guerra. La alegría fue entonces universal en Sevilla, y mostráronlo abiertamente por calles y plazas todas las clases de ciudadanos. Pero, ¡o atrocidad!, todavía estaba el infeliz López recibiendo por ello parabienes, Crueldad
de Soult. cuando vinieron a notificarle que una comisión militar escogida por el implacable Soult acababa de condenarle a la pena de horca sin procedimiento ni diligencia alguna legal. Ejecutose la inicua sentencia el 29 de noviembre. Desgarra el corazón crudeza tan desapiadada y bárbara; e increíble pareciera a no resultar bien probado que todo un mariscal de Francia se cebase encarnizadamente en presa tan débil, en un soldado, en un veterano lleno de cicatrices honrosas.
RESUMEN
DEL
LIBRO DECIMOSÉPTIMO.
Lord Wellington en Fuenteguinaldo. — 6.º ejército español. — Abadía sucede a Santocildes. — Posición de aquel ejército. — Lo atacan los franceses. — Se retira. — Combates en la retirada. — Se repliegan los franceses. — Posición de Wellington en Fuenteguinaldo. — Se combinan para socorrer a Ciudad Rodrigo Dorsenne y Marmont. — La socorren y atacan a Wellington. — Combate del 25 de septiembre. — Combates del 27. — Nuevas estancias de Wellington. — Se retiran los franceses. — Wellington en Freineda. — Se prepara a sitiar a Ciudad Rodrigo. — Coge Don Julián Sánchez al Gobernador francés de aquella plaza. — Carta de Don Carlos de España al de Salamanca. — 5.º ejército español. — Severidad de Castaños. — Pedrezuela y su mujer. — El Corregidor Ciria. — Temprano el partidario. — Combínanse para una empresa en Extremadura ingleses y españoles. — Acción gloriosa de Arroyomolinos. — Otra vez el 6.º ejército. — Medidas desacordadas de Abadía. — Invaden de nuevo los franceses a Asturias. — 7.º ejército. — Lo manda Mendizábal. — Porlier. — Entra en Santander. — Don Juan López Campillo. — Longa, el Pastor y Merino. — Mina. — Decreto suyo de represalias. — Sucesos militares en Valencia. — Pasa Suchet el Guadalaviar el 26 de diciembre. — Mahy con parte de las tropas se retira al Júcar. — Blake con las otras a Valencia. — Acordonan los franceses la ciudad. — Reflexiones. — Vana tentativa de Blake el 28 para salvar su ejército. — Briosa conducta del coronel Michelena. — Desasosiego en Valencia y reflexiones. — Convocación de una Junta. — Reuniones tumultuarias. — Las contiene Blake y disuelve la Junta. — Adelanta Suchet los trabajos de sitio. — Se retira Blake al recinto interior de la ciudad. — Empieza el 5 de enero el bombardeo. — Pocas precauciones tomadas. — Destrozos. — Tibieza de Blake para animar a los habitantes. — Desecha Blake la propuesta de rendirse. — División en el modo de sentir de los habitantes. — Estado crítico de la plaza. — Disienten los jefes acerca de tratar con los enemigos. — Capitula Blake el 9. — Entra Suchet en Valencia. — Blake. — Parte que da. — Recompensas de Napoleón a Suchet y a su ejército. — Providencias severas de Suchet. — Frailes llevados a Francia y arcabuceados. — Conducta del clero y del Arzobispo. — De los Valencianos. — Avanza Montbrun a Alicante. — Posición del general Mahy. — Se aleja Montbrun. — Suchet. — Toma a Denia. — Situación del 2.º y tercer ejército. — El general Soult en Murcia. — Le ataca Don Martín de la Carrera. — Muerte gloriosa da este. — Honores que se le tributan. — Sitio de Peñíscola. — La toman los franceses. — Conducta infame del gobernador García Navarro. — Serranía de Ronda y Tarifa. — Movimientos de Ballesteros. — Sitian los franceses a Tarifa. — Gloriosa defensa. — Levantan los franceses el sitio. — Ciudad Rodrigo. — Cerca Lord Wellington la plaza. — La asaltan los aliados y la toman. — Gracias y recompensas. — Nuevas esperanzas.
HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.