LIBRO DECIMOSÉPTIMO.


Mientras iba sobre Valencia denso nublado, sin que bastaran a disiparle ni los esfuerzos de aquella provincia, ni de las inmediatas, será bien que veamos lo que ocurría por el occidente de España y lugares a él contiguos.

Lord Wellington
en
Fuenteguinaldo.

Cruzado que hubo Lord Wellington el río Tajo, siguiendo en julio el movimiento retrógrado del mariscal Marmont, caminó al norte y sentó sus reales el 10 de agosto en Fuenteguinaldo, con visos de amagar a Ciudad Rodrigo.

Permaneció, no obstante, inmoble hasta promediar septiembre, de lo que se aprovechó el francés, ansioso de extender el campo de su dominación, para atacar al 6.º ejército español; lisonjeándose de deshacerle, y verificar quizá en seguida una incursión rápida en el reino de Galicia.

Tocaba ejecutar el plan al general Dorsenne, que mandaba en jefe las tropas y distritos llamados del norte; y favorecíanle, en su entender, no solo la inacción de Lord Wellington, sino también mudanzas sobrevenidas en el gobierno de las fuerzas españolas.

Sexto
ejército español.

Vimos cuán atinadamente capitaneaba el 6.º ejército Don José Santocildes, y cuánto le adestraba de acuerdo con el jefe de estado mayor D. Juan Moscoso. En virtud de tan loable porte parecía que hubiera debido continuar en el mando. No lo permitió la suerte aviesa. Abadía sucede
a Santocildes. Reemplazole en breve Don Francisco Javier Abadía. Se atribuyó la remoción al general Castaños, que conservaba, si bien de lejos, la supremacía del 6.º ejército, y susurrose que le impelieron a ello inspiraciones de ajenos celos, u otros motivos no menos reprensibles. Abadía se presentó a sus tropas a mediados de agosto.

Posición
de aquel ejército.

Situábase en aquel tiempo el mencionado ejército del modo siguiente: la vanguardia, bajo Don Federico Castañón, en San Martín de las Torres y puente de Cebrones; la 3.ª división, del cargo del brigadier Cabrera, en la Bañeza; la 2.ª, ahora a las órdenes del conde de Belveder, en el puente de Órbigo; se alojaba en Astorga una reserva, y permanecía en Asturias, como antes, la 1.ª división. Indicamos en otro lugar el total de la fuerza, que más bien que disminuido se había desde entonces aumentado.

No cesó esta de hostilizar al enemigo, a pesar de lo ocurrido en primeros de julio que ya referimos, siendo de notar la sorpresa que el 16 de agosto hicieron algunos destacamentos de la guarnición francesa del pueblo de Almendra, en donde cogieron más de 130 prisioneros.

Lo atacan
los franceses.

Fue el 25 del citado mes cuando Dorsenne intentó acometer a los nuestros, que se dispusieron a retirarse, viniendo sobre ellos superiores fuerzas. Abadía, como recién llegado y sin conocimiento a fondo de la disciplina de sus soldados, recelábase del éxito; por lo que con moderación laudable dejó a Santocildes y a Don Juan Moscoso la principal dirección de las operaciones.

Tuvieron estas por mira efectuar una retirada en parte excéntrica, por cuyo medio se consiguiese no agolpar las tropas a un solo punto, cubrir las diversas entradas de Galicia, algunas de Asturias, y establecer comunicaciones a la derecha con los portugueses que mandaba en Tras-os-Montes el general Silveira. Maniobra útil en aquella ocasión, y muchas veces conveniente en las guerras nacionales, (* Ap. n. [17-1].) según expresa, y con razón, Mr. de Jominy.[*]

Se retira.

Los franceses avanzando acometieron primero la división que se alojaba en la Bañeza; la cual, después de sostener briosamente una arremetida de los lanceros enemigos, se replegó en buen orden sobre Castrocontrigo, y de allí, según se le tenía mandado, a la Puebla de Sanabria. En seguida, y por la tarde de dicho día 25, atacaron los franceses la vanguardia y la 2.ª división, las cuales se enderezaron al punto de Castrillo, para unirse con la reserva.

Combates
en la retirada.

Juntos los tres últimos cuerpos, o sean divisiones, tomaron el 26 la ruta del puerto de Foncebadón, excepto el regimiento 1.º del Ribero, que reforzado después con el 2.º de Asturias, defendió el 27 valerosamente el puerto de Manzanal.

En este día también penetró el francés por Foncebadón, defendiéndose largo tiempo Castañón y la reserva en las alturas colocadas entre Riego y Molinaseca. Aquí, no menos que en Manzanal, fueron escarmentados los enemigos, pues tuvieron mucha pérdida y contaron entre los muertos al general Corsin y al coronel Barthez, quedando a los nuestros por trofeo el águila del 6.º regimiento de infantería.

Sin embargo, engrosados los contrarios, pasaron adelante y se derramaron por el Bierzo. Abadía, al propio tiempo que sentó su cuartel general en el Puente de Domingo Flórez, cubriendo a Galicia por este lado, retiró de Villafranca la artillería, camino de Lugo, destacó hacia allí fuerzas que amparasen las alturas de Valcarce, y colocó en Toreno, para cerrar las avenidas inmediatas de Asturias, los cuerpos que habían combatido en Manzanal.

De resultas de estas medidas, de la buena defensa que en los puertos habían hecho los españoles, y a causa de los temores que infundía Galicia por su anterior resistencia, detúvose Dorsenne y no avanzó más allá de Villafranca del Bierzo, desesperanzado de poder realizar en aquel reino pronta y venturosa irrupción. Saquearon, sí, sus tropas los pueblos del tránsito, y al retirarse, en los días 30 y 31 de agosto, se llevaron consigo varias personas en rehenes por el pago de pesadas contribuciones que habían impuesto. Abadía de nuevo ganó terreno, y hasta entonces portose de modo que su nombramiento no produjo en el ejército trastorno ni particular novedad, habiendo obrado, según apuntamos, en unión con su antecesor. ¡Ojalá no hubiera nunca olvidado proceder tan cuerdo!

Se repliegan
los franceses.

El avanzar de nuestras tropas, y un amago de las de la Puebla de Sanabria, aceleraron la retirada de Dorsenne, que se limitó a conservar y fortalecer a Astorga. Aguijole también para ello el mariscal Marmont, que necesitaba de ayuda en un movimiento que proyectaba sobre el Águeda y sus cercanías.

Posición
de Wellington en
Fuenteguinaldo.

En aquellas partes, firme Lord Wellington en Fuenteguinaldo, hacía resolución de rendir por hambre a Ciudad Rodrigo, escasa de vituallas. Con este objeto, y persuadido del triunfo, a no ser que acudiese al socorro gran golpe de gente, formó una línea que desde el Azaba inferior se prolongaba por el Carpio, Espeja y El Bodón a Fuenteguinaldo. Asiento el último punto del cuartel general, reforzole con obras de campaña, y situó en él la 4.ª división: destacó a la derecha del Águeda la división ligera, y puso en las lomas de la izquierda del mismo río la 3.ª con la caballería, apostando una vanguardia en Pastores, a una legua de Ciudad Rodrigo. El general Graham, que de la Isla de León había pasado a este ejército, y sucedido a Sir Brent Spencer en calidad de 2.º de Wellington, regía las tropas de la izquierda, alojadas en la parte inferior del Azaba, ocupando la superior, en donde formaba el centro, Sir Stapleton Cotton con casi todos los jinetes. De los españoles solo había Don Julián Sánchez, y también Don Carlos de España, enviado por Castaños para alistar reclutas en Castilla la Vieja y mandar aquellos distritos: ambos jefes recorrían el Águeda río abajo. Destinose la 5.ª división inglesa a observar el punto de Perales, permaneciendo a retaguardia de la derecha. Servía de reserva la 7.ª en Alamedilla. Lo restante de la fuerza anglo-portuguesa, se acordará el lector que la dejó Lord Wellington a las órdenes del general Hill en el Alentejo, para atender a la defensa de la izquierda del Tajo, y a las ocurrencias de la Extremadura española.

Se combinan
para socorrer
a Ciudad Rodrigo
Dorsenne
y Marmont.

El movimiento que intentaba Marmont sobre el Águeda, y para el que hubo de contar con el general Dorsenne, dirigíase a socorrer a Ciudad Rodrigo, cuyos apuros crecían demasiadamente. Abrió el mariscal francés su marcha desde Plasencia el 13 de septiembre, tomando antes varias precauciones, como construir un reducto en el puerto de Baños, asegurar los puentes y barcas de ciertos ríos, y poner al general Foy con la 6.ª división en vela del camino militar y pasos de la sierra.

Yendo a encontrarse Dorsenne y Marmont, cada uno por su lado, juntáronse el 22 cerca de Tamames. Con el primero hallábase ya incorporada una división que mandaba el general Souham, la cual pertenecía a las fuerzas que habían entrado últimamente en España cuando las italianas de Severoli. Y sin riesgo de error puédese computar que las tropas enemigas que marchaban ahora la vuelta de Ciudad Rodrigo, ascendían a 60.000 hombres, 6000 de caballería con gran número de cañones.

La socorren
y atacan
a Wellington.
Combate del 25
de septiembre.

Próximos los franceses, no hizo Lord Wellington ademán alguno para impedir la introducción de socorros en la plaza, y solo aguardó al enemigo en la posición que ocupaba. Vino aquel a atacarla el 25. Trabó el combate con 14 escuadrones el general Wathier por la parte inferior del Azaba, que guarnecía Graham, y arrolló los puestos avanzados, los cuales, volviendo en sí y apoyados, recobraron el terreno perdido. No era esta tentativa más que un amago. Encaminábase la principal atención de los contrarios a embestir la 3.ª división inglesa situada en las lomas que se divisan entre Fuenteguinaldo y Pastores. Puso Marmont para ello en movimiento de 30 a 40 escuadrones, guiados por el general Montbrun, y mucha artillería, debiendo favorecer la maniobra 14 batallones. Lord Wellington dudó un instante si atacarían los enemigos aquella posición por el camino real que va a Fuenteguinaldo o por los pueblos de Encina y El Bodón. Cerciorado de que sería por el camino real, dispuso reforzar en gran manera aquel punto. Los ingleses allí apostados, si bien al principio solos y en corto número, se defendieron denodadamente contra la caballería y artillería enemigas, y recobraron dos piezas abandonadas en una embestida.

No habían aún llegado los infantes franceses, mas, advirtiendo Wellington que se aproximaban, y calculando que probablemente concurrirían al sitio del ataque antes de los principales refuerzos británicos, llamados de partes más lejanas, resolvió abandonar las lomas asaltadas y retirar a Fuenteguinaldo las tropas que las defendían. Verificaron estas el repliegue formando cuadros y en admirable ordenanza, sin que la pudiesen romper los arrojados acometimientos de la caballería francesa. Quedó solo como cortada la pequeña vanguardia que cubría el alto de Pastores y mandaba el teniente coronel Williams; pero este oficial, lejos de atribularse, mantúvose reposado y con acertada inteligencia subió el Águeda la orilla derecha arriba hasta Robledo, en donde repasó el río logrando por la tarde unirse felizmente al grueso del ejército en Fuenteguinaldo.

Aquí, en el mismo día, estableció su centro Lord Wellington, alterando la anterior posición con la derecha del lado del puerto de Perales y la izquierda en Nave de Haver. Apostó a Don Carlos de España y la infantería española junto al Coa, enviando la caballería bajo Don Julián Sánchez a retaguardia del enemigo.

Combates del 27.

Reunieron el 26 los franceses toda su gente, y examinado que hubieron la estancia de Fuenteguinaldo, creyéronla tan fuerte que desistieron de atacarla. No lo pensaba así Wellington, por lo cual retrocedió tres leguas, poniendo el 27 la derecha en Aldeia Velha, la izquierda en Bismula y el centro en Alfayates, antiguo campo romano y hoy villa de Portugal, en sitio alto, cercada de viejos muros. En este día dos divisiones de los franceses, siguiendo la huella de los aliados, trabaron vivos reencuentros, y la cuarta de los ingleses perdió y recobró dos veces a Aldeia da Ponte.

Nuevas estancias
de Wellington.

No satisfecho aún Wellington con su última posición, y ateniéndose a un plan general de operaciones anteriormente trazado, retirose una legua atrás a estancias que se dilataban por la cuerda del arco que forma el Coa cerca de Sabugal, dejando a la derecha la sierra das Mesas, y a la izquierda el pueblo de Rendo, en cuyo sitio presentó batalla a los franceses, que esquivaron estos, cumplido su deseo de socorrer a Ciudad Rodrigo.

En los combates del 25 y 27 perdieron los ingleses unos 260 hombres, no más los franceses. Vio en aquellos días por primera vez el fuego, y se distinguió, el príncipe de Orange, que allí asistía en calidad de ayudante de campo de Lord Wellington, exponiendo su persona por la independencia de un país muy desamado, dos siglos antes, de sus ilustres y belicosos abuelos los Guillermos y Mauricios. Así anda y voltea el mundo.

Se retiran
los franceses.

Separáronse a poco los dos generales franceses, no pudiendo mantenerse unidos por celos, falta de subsistencias y por amagos que tenían de otros lugares. Dorsenne se retiró hacia Salamanca y Valladolid; Marmont a tierra de Plasencia.

Wellington
en Freineda.

También Lord Wellington tomó nuevos acantonamientos, sentando en Freineda su cuartel general. Vínole bien no le hubiesen los franceses atacado el 25 con todo su ejército, ni embestido el 26 la posición de Fuenteguinaldo. Las muchas fuerzas que consigo traían hubiéranle podido causar gran menoscabo. Tan cierto es que en la guerra representa la fortuna papel muy principal.

Se prepara
a sitiar a
Ciudad Rodrigo.

Dio entonces Lord Wellington comienzo a los preparativos que exigía la formalización del sitio de Ciudad Rodrigo. Le dejó para su empresa, según ya indicamos, sumo despacio lo que ocurría en las demás partes de España, y tampoco le perjudicaron las operaciones de los partidarios que andaban cerca, singularmente las de Don Julián Sánchez.

Coge D. Julián
Sánchez
al gobernador
francés
de aquella plaza.

Entre otros hechos de este, por entonces notables, cuéntase el acaecido el 15 de octubre en las cercanías de Ciudad Rodrigo. Sacaban los enemigos su ganado a pastar fuera, y deseoso Sánchez de cogerle, armó una celada con 360 infantes y 130 jinetes en ambas orillas del Águeda corriente abajo. A la propia sazón que acechaban los nuestros y se preparaban a la sorpresa, salió de la plaza a hacer un reconocimiento con 12 de a caballo el gobernador francés Renaud, y emparejando parte de los emboscados con él y su escolta, apoderáronse de su persona por la izquierda del río, al paso que por la derecha apresaron los otros unas 500 reses de ganado vacuno y cabrío. Desesperábase Renaud por su infortunio, y Don Julián tratando de consolarle, le dio una cena acompañada de música y tan espléndida como permitían las circunstancias de su vario e inestable campo.

Carta de Don
Carlos de España
al de Salamanca.

También molestaba España a los enemigos, e irritado de que el general Mouton, comandante de unas tropas que entraron en Ledesma, hubiese arcabuceado a 6 prisioneros nuestros 24 horas después de haberlos cogido, hizo otro tanto con igual número de franceses, escribiendo en 12 de octubre al gobernador de Salamanca Thielbaud una carta en que se leían las cláusulas siguientes:[*] (* Ap. n. [17-2].) «Es preciso que V. E. entienda y haga entender a los demás generales franceses que siempre que se cometa por su parte semejante violación de los derechos de la guerra, o que se atropelle algún pueblo o particular, repetiré yo igual castigo inexorablemente en los oficiales y soldados franceses... y de este modo se obligará al fin a conocer que la guerra actual no es como la que suele hacerse entre soberanos absolutos, que sacrifican la sangre de sus desgraciados pueblos para satisfacer su ambición o por el miserable interés, sino que es guerra de un pueblo libre y virtuoso, que defiende sus propios derechos y la corona de un rey a quien libre y espontáneamente ha jurado y ofrecido obediencia, mediante una constitución sabia que asegure la libertad política y la felicidad de la nación.» ¡Esto decía España en 1811!

5.º Ejército
español.

A la derecha de Lord Wellington, D. Francisco Javier Castaños con el 5.º ejército, y auxiliado por las tropas del general Hill, dio no poco que hacer a los franceses.

Severidad
de Castaños.

Aunque se extendía el mando de aquel jefe al 6.º ejército, y después comprendió también el del 7.º, su autoridad inmediata aparecían por lo común solo en Extremadura y puntos vecinos. Mostrose Castaños allí riguroso con desertores, infidentes y otros reos, lo que desdecía de su carácter al parecer blando. Bien es verdad que hubo ocasión en que ejerció la justicia contra delincuentes cuya conducta estremece aún y pone espanto. Pedrezuela
y su mujer. Fue horrible el caso de José Pedrezuela y de su mujer María Josefa del Valle. Barba el primero algún tiempo del coliseo del Príncipe de Madrid, fingiose comisionado regio del gobierno legítimo, y desempeñó el supuesto cargo en Piedralaves y Ladrada, pueblos de tierra de Toledo. Los habitantes y guerrillas de la comarca le obedecían ciegamente en la creencia de ser enviado por el gobierno de Cádiz. La ocupación enemiga daba favor al engaño. El Pedrezuela y su esposa fueron convictos de haber condenado a suplicios bárbaros, sin facultad ni debido juicio, a más de 13 personas. Ejecutaba aquel las sentencias por sí mismo, o las hacía ejecutar a media noche en un monte o heredad, cosiendo a sus víctimas a puñaladas, o matándolas de un fusilazo en el oído. Iba a veces la muerte acompañada de otros horrores, y si bien se probaron solo 13 asesinatos, se imputaban a los reos fundadamente más de 60. La mujer, hembra de ferocidad exquisita, condenaba en ausencia del marido y superaba a este en saña y encarnizamiento. Querían cohonestar sus crueldades con el patriotismo, y sacrificaron a varios sujetos respetables, entre otros a D. Marcelino Quevedo, asesor de las guerrillas de la provincia de Toledo. Alucinados así los pueblos, y contenidos por el respeto que tributaban al gobierno legítimo, se sometieron al pseudo-comisionado por espacio de tres meses. Descubierta a lo último la falsía y enredo, diose orden de prender a matrimonio tan sanguinario y bien apareado, y mandó Castaños formarles causa. Vista esta, condenaron los jueces al marido a la pena de horca, y a ser en seguida descuartizado; a la mujer a la de garrote. Ajusticiáronlos el 9 de octubre en Valencia de Alcántara. Digno castigo, aunque tardío, de tamaños crímenes.

El corregidor
Ciria.

Si no de color más subido, eran también sobrado feos los que se achacaban a Don Benito María de Ciria, capitán retirado y actual corregidor del rey José en Almagro. Llamábanle el Nerón de la Mancha. Obtuvo tal nombre por las extorsiones que causó, por los varios inocentes que llevó al cadalso. Le prendió el 29 de septiembre, cerca de aquella ciudad, el capitán Don Eugenio Sánchez, al tiempo que su jefe el sargento mayor Don Juan Vaca, de la partida, o sean húsares francos de Don Francisco Abad [Chaleco], atacaba la guarnición enemiga, la deshacía y tomaba bastantes prisioneros. Un consejo de guerra reunido por Castaños condenó a Ciria a la pena de garrote, ejecutada el 25 de octubre en el mismo Valencia de Alcántara. Pero apartemos los ojos de escenas tan melancólicas, deplorables efectos de disensiones civiles.

Temprano
el partidario.

Otros hechos verdaderamente nobles y sin rastro de duelo realizábanse, entre tanto, por aquellos pasajes. No nos detendrán los muchos y diversos de las guerrillas, aunque sí merece honrosa mención el partidario D. Antonio Temprano, quien el 8 del citado octubre, a las puertas mismas de Talavera, libertó al coronel inglés J. Grant, cogido antes prisionero en el Acehúche.

Combínanse
para una empresa
en Extremadura
ingleses
y españoles.

Combate de mayores resultas y muy glorioso pasará a delinear nuestra pluma. Habían los enemigos tratado de estrechar el corto ámbito que ocupaba el 5.º ejército en Extremadura, con la mira de privarle de los limitados recursos que sacaba de allí, y aumentar los suyos propios, también harto circunscriptos. Con tan doble objeto colocose en Cáceres y se extendió hasta las Brozas el general Girard, asistido de una columna de 4000 infantes y 1000 caballos, perteneciente al 5.º cuerpo francés, que seguía bajo el general Drouet enseñoreando las márgenes de Guadiana. Esta operación habíanla los franceses diferido, recelosos de empeñar choque no solo con los españoles, sino igualmente con los anglo-portugueses de Hill. Mas la inmovilidad de los últimos, metidos allá en el Alentejo sin ayudar a los nuestros, dio aliento a los enemigos para extenderse por los puntos arriba indicados. Hambreando de ese modo a los españoles, y no pudiendo la junta de la provincia, establecida en Valencia de Alcántara, ni siquiera suministrar las más indispensables raciones, acudió Don Francisco Javier Castaños a Lord Wellington y le propuso un movimiento en unión con las tropas aliadas.

Acción gloriosa
de
Arroyomolinos.

Accedió el general inglés a los deseos del español, y en consecuencia marchó Hill la vuelta de nuestra Extremadura. Tomó este consigo la mayor parte de su fuerza, que según dijimos ascendía a 14.000 hombres, y el 23 de octubre asomó ya por Alburquerque. Se le juntó el 24 en Aliseda Don Pedro Agustín Girón, segundo de Castaños y comandante de la columna destinada a obrar con los ingleses, la cual se componía de 5000 hombres, distribuidos en dos trozos, a las órdenes inmediatas del conde de Penne Villemur y de Don Pablo Morillo.

Continuando en Cáceres la fuerza principal de Girard, tenía destacamentos en algunos pueblos y señaladamente 300 caballos en Arroyo del Puerco, los cuales se recogieron el 25 a Malpartida por avanzar Penne Villemur con la caballería española. Quisieron los aliados atacarlos en aquel pueblo, mas los enemigos se replegaron a Cáceres, cuya ciudad también abandonó el general francés dirigiéndose a Torremocha.

Prosiguieron los nuestros su camino y el 27 se reunieron todos en Alcuéscar, en donde supieron con admiración que Girard se mantenía en Arroyomolinos, distante una legua corta. Pendía la confianza de los franceses de la persuasión en que siempre estaban de que el inglés no se metería muy adentro en España, y también de la fidelidad con que los habitantes guardaron el secreto de nuestra marcha.

Hill, que mandaba en jefe a los hispano-anglo-portugueses, determinó entonces acometer, y a las dos de la madrugada del 28 puso en movimiento todas las tropas. Diluviaba, soplando recio viento, mas el temporal, por dar a los nuestros de espalda, fue más bien favorable que contrario. Avanzando así en buen orden y calladamente, formáronse las columnas, siendo todavía de noche, en una hondonada no lejos de Arroyomolinos.

Pertenece esta villa, distante de Cáceres seis leguas, al partido de Mérida, y se apellida de Montánchez por hallarse situada a la falda de la sierra de aquel nombre. Está como aislada y sin otras comunicaciones que pocas y penosas subidas con malas veredas. Puestos los aliados en orden de ataque en el sitio indicado, moviéronse a las 7 de la mañana para sorprender al enemigo. Una columna anglo-portuguesa con artillería, mandada por el teniente coronel Stuart, marchó en derechura al pueblo; otra compuesta de la infantería española, bajo Morillo, se encaminó a flanquear las casas por la izquierda, y una tercera, también de peones, anglo-portuguesa, del cargo de Howard, tomó por la derecha y se adelantó a cortar los caminos de Mérida y Medellín, para de allí revolver sobre el francés y atacarle. Por el diestro costado de esta última columna iban los jinetes españoles, y por el opuesto los británicos, algo retrasados los postreros a causa de un extravío que padecieron en la noche.

Ignoraba del todo Girard el movimiento y proximidad de los aliados, manteniéndose hasta lo último los habitadores inmudables en su fidelidad. Así fue que llegaron aquellos sin ser sentidos, y en sazón que Girard emprendía su ruta a Mérida. Una brigada al mando de Remond le había precedido, saliendo de Arroyomolinos antes del quebrar del alba, mas la retaguardia, con alguna caballería y los bagajes, aún se conservaban dentro del pueblo. Cubría espesa niebla la cima de la sierra, y marchaba Girard descuidadamente, cuando le avisaron se acercaban tropas. No pensaban fuesen regladas, y menos inglesas. Figurósele que eran partidarios, por lo que mandó apresurar el paso y no detenerse a repeler las acometidas.

Pero, desengañado, grande fue su sorpresa y la de sus soldados. Resintiéronse de ella al tiempo de pelear, pues columbrarlos los nuestros, atacarlos y romperlos, casi fue todo uno. Parte de la columna anglo-portuguesa que se había dirigido al pueblo, entró en su casco; el resto persiguió a Girard ya en marcha, quien en vano formó dos cuadros, encerrados estos entre los fuegos de los que venían de Arroyomolinos, y los de la columna de Howard que se había antes adelantado a cortar los caminos. La caballería española dio también sobre el general francés, y la llegada de la inglesa, a las órdenes de Sir W. Erskine, acabó de trastornarle. Entonces aquel se salvó con pocos, trepando por peñas y riscos, y se acogió a la sierra. Continuó el alcance Morillo por el puerto de las Quebradas hasta la altura que da vista a Santa Ana. El cansancio de la gente no consintió ir más allá. Tenía ya la pelea ventajosísimo y honroso resultado. Perdieron los enemigos 400 muertos y heridos, entre ellos al general Dombrousky; quedaron prisioneros el general Brun, el duque de Aremberg, el jefe de estado mayor Idri, gran número de oficiales y 1400 soldados, cabos y sargentos. Se cogieron dos cañones y un obús, el tren, dos banderas, una por los españoles, otra por los anglo-portugueses; muchos fusiles, sables, mochilas, caballos: el bagaje entero. Desapareció, en fin, aquella división, excepto contados hombres que acompañaron a Girard, y la brigada de Remond que, como había salido con anticipación de Arroyomolinos, ni tomó parte en el combate, ni tuvo de él noticia hasta llegar a Mérida. Acreciose la satisfacción de los aliados en vista de la poca gente que perdieron: 71 hombres los anglo-portugueses, unos 30 los españoles. Obraron todos los jefes muy unidos y con destreza y tino: cierto que los nuestros, Girón, Morillo y Penne señalábanse, el primero en el dirigir, los otros en el ejecutar. Gran terror se apoderó de los franceses. Badajoz permaneció cerrado dos días y dos noches, muy vigilados los vados del Guadiana, y recogidos los destacamentos sueltos en los parajes más fuertes. Penne Villemur llegó a Mérida, tras de él Hill, en donde ambos se mantuvieron hasta que volviendo en sí Drouet y avanzando, se retiraron los españoles a Cáceres, y los anglo-portugueses a sus antiguos acantonamientos.

Otra vez
el 6.º ejército.

Mas si por la derecha de Lord Wellington había cabido tal fortuna y gloria, no acaeció lo mismo por la izquierda, en Galicia y Asturias, yendo las cosas allí muy de caída. Don Francisco Javier Abadía, prudente en un principio y cuerdo, cambió después de conducta. Medidas
desacordadas
de Abadía. Trató de dar nueva organización a su ejército sin motivo fundado, y alterando la actual, mudó jefes, oficiales, sargentos, cabos, soldados; trasladolos de unos cuerpos a otros, confundiolo todo; y a punto que resultó, hasta en los uniformes, mezcla rara de colores y variedades, y eso en presencia del enemigo. Liviano porte, ajeno de la reputación militar de que gozaba aquel jefe, haciéndose así más dolorosa la remoción súbita y poco meditada de Santocildes. Representó contra la organización nueva el jefe de estado mayor Moscoso, mas inútilmente. Sostuvo el capricho y la tenacidad lo que al parecer había dictado la irreflexión. Notose también que Abadía, en vez de presenciar el planteamiento de su obra, ausentose a tomar baños, pasando después a la Coruña. En su lugar envió al marqués de Portago, hombre de sana intención pero de limitada capacidad, originándose de tan indiscretas, mal dispuestas reformas y providencias que no saliese del Bierzo el ejército, ni asomase a sus antiguas estancias para inquietar al enemigo y distraerle de otras excursiones.

Invaden de nuevo
los franceses
a Asturias.

Viendo los franceses la mucha inacción, y persuadidos de que a lo menos durante el invierno no se moverían de Portugal los ingleses, pensaron en invadir de nuevo a Asturias, ya para tener más medios con que sustentar su ejército, ya porque agradaba al general Bonnet tornar adonde él campeaba con mayor independencia que bajo Drouet en Castilla. Alentaba también a ello el haber Abadía sacado de Asturias tropas aguerridas y enviado otras menos disciplinadas.

Que iba Bonnet a entrar en aquel principado, sonrugíase por todas partes, y el jefe de estado mayor Moscoso enderezose a Oviedo a marchas forzadas, si no para evitar el golpe, al menos para disponer con orden la retirada de nuestras tropas y disminuir el desastre.

En Asturias mandaba, como antes, Don Francisco Javier Losada: tenía a su cargo la 1.ª división del 6.º ejército, recompuesta o trastrocada según el nuevo arreglo de Abadía. No había por eso el Don Francisco dejado de tomar durante su gobierno medidas militares bastante oportunas. En la puente de los Fierros había levantado algunas obras de campaña, y colocado allí, y en los puntos más fuertes de la avenida de Pajares, una de sus secciones al mando de Don Manuel Trevijano.

El general Bonnet no solo pensó en acometer al principado por dicho puerto, sino también por el de Ventana, más al occidente. Contaba para su expedición con 12.000 hombres, que dividió en dos trozos. El principal mandábalo Bonnet mismo, y se encaminó a Pajares, el otro lo regía el coronel Gauthier.

Informado Losada del plan del enemigo, trató de burlarle poniendo en movimiento de antemano sus tropas sobre el Narcea; pues de este modo impedía le cortasen los franceses la retirada hacia Galicia. En consecuencia, el 5 de noviembre, día en que se presentó Bonnet delante de la puente de los Fierros, no se hizo en ella otra resistencia sino la suficiente para ocultar lo proyectado; cuyo éxito fue tan feliz que el 7 reuniéndose todas las tropas en Grado, marcharon sin detenerse a tomar puesto en las alturas del Fresno y cubrir el paso del Narcea. La celeridad y buen orden con que se ejecutó la maniobra destruyó los intentos del enemigo, no siéndole dado a Gauthier ponerse a nuestra espalda: al bajar del puerto de Ventana, tuvo que contentarse con perseguir a los españoles, y alcanzó en Doriga la retaguardia; de donde repelido, cejó en breve, pensando ya solo en darse la mano con Bonnet que había entrado en Oviedo. Acompañaban a Losada Don Pedro de la Bárcena, restablecido de anteriores y honoríficas heridas, y Don Juan Moscoso: la presencia de ambos en la retirada favoreció la diligente actividad del primero. Artillería, municiones, efectos pertenecientes al ejército y real hacienda, todo se salvó, embarcándolo en Gijón o transportándolo por tierra. Los vecinos de la capital del principado, como los moradores de todos los pueblos, abandonaron por lo general sus casas: daban el ejemplo los pudientes, siendo aquella provincia una de las más constantes en su adhesión a la causa de la patria, y de las que más prodigaron la sangre de sus hijos y sus caudales.

Doliole amargamente a Bonnet entrar en Oviedo y ver la ciudad tan solitaria, porque si bien los asturianos le habían acostumbrado a ello, esperaba que los trabajos y el tiempo comenzarían ya a domeñar ánimos tan inflexibles. Pesole no menos encontrar vacías las fábricas de armas y los almacenes; lo cual le embarazaba para suplir los menesteres de su tropa, y emprender otras operaciones.

Sin embargo, trató de probar fortuna y obligó a Gauthier a revolver inmediatamente sobre los españoles. Losada juzgó entonces prudente retirarse aún más allá del Narcea, y el francés llegó a Tineo el 12 de noviembre. Mantúvose allí muy poco, porque combinando nuestros jefes un movimiento, atacole Bárcena con una sección y le forzó a retroceder. También Abadía quiso amagar por Astorga y el Órbigo para divertir la atención de los franceses de Asturias; pero la idea no tuvo resulta, dejándose para más adelante. A pesar de eso Bonnet apenas poseyó esta vez en el principado otro terreno sino la línea de Pajares a Oviedo, pues por el ocaso fuéronle estrechando sucesivamente Losada y Bárcena, y por el oriente Don Juan Díaz Porlier.

Séptimo ejército.

Este caudillo, y todos los que mandaban las divisiones y cuerpos francos de que constaba el 7.º ejército, hicieron por el mismo tiempo guerra continua al enemigo desde Asturias hasta la Navarra inclusive. La composición de las tropas de aquel distrito no era uniforme, ni para obrar a la vez en línea: no lo permitían las circunstancias del país en que se lidiaba, como tampoco lo vario del origen de la gente y la independencia tan necesaria entonces de sus distintos comandantes. Lo manda
Mendizábal. Don Gabriel de Mendizábal, general en jefe elegido meses atrás, apareció allí en el verano. No se puso al frente de ninguna división ni cuerpo especial. Recorriolos todos, principiando por el de Porlier, alojado comúnmente en Potes, montañas de Santander, y acabando por el de Merino, en Burgos, y el de Mina, en Navarra. La presencia del Don Gabriel alentaba a los pueblos, en particular a los de Vizcaya, de donde era natural. Algunas operaciones se ejecutaban con su anuencia; otras sin ella y solo por dirección de los mismos jefes. Húbolas señaladas.

Porlier.

Desde junio había organizado mejor y aumentado Porlier su fuerza, que pasaba de cuatro mil hombres. Había también acopiado en la Liébana ocho mil fanegas de trigo y muchos otros bastimentos, para lo cual, teniendo que recorrer la tierra e internarse en Castilla, hubo de marchar día y noche, burlar con ardides al enemigo, y combatir bizarramente en peligrosos reencuentros. Hechas estas correrías preliminares y necesarias, Entra en Santander. revolvió en agosto sobre Santander, y atacó el 14 la ciudad y los fuertes de Solia, Camargo, Puente de Arce y Torrelavega; porque aquí, a semejanza de las demás partes, habían los franceses fortalecido casi en cada pueblo algún grande edificio, o mejorado fuertes antiguos. Mandaba en Santander Rouget; y rompiendo Porlier el fuego por el sitio de los Molinos de Viento, colocose el general francés a la cabeza de la guarnición compuesta de 500 hombres, la cual, acorralada en las calles y las casas, quiso en vano sostenerse; y destrozada, con trabajo se salvaron de ella 100 hombres y el jefe. Al mismo tiempo, o sucesivamente, atacaron los de Porlier los demás puntos arriba indicados, y se apoderaron de Solia, Puente de Arce y Camargo, cuyos fuertes arrasaron. Mantuvieron los contrarios el de Torrelavega. La pérdida de estos en las diferentes acometidas pasó de 400 hombres, sin incluir muchos prisioneros, algunos de ellos oficiales de graduación. Recogieron asimismo los nuestros abundante botín, y estuvieron por cierto tiempo enseñoreados de casi toda la provincia de Santander. Tuvo Rouget que aguardar refuerzos antes de poder tornar a la ciudad, que evacuaron luego los españoles sin detenerse, inferiores en número, a hacer resistencia.

Don Juan
López Campillo.

Además dispuso Porlier que Don Juan López Campillo, que maniobraba desde la carretera del Escudo hasta las provincias vascongadas, fuese engrosado con cuadros instruidos por Renovales, y que ascendían a 800 hombres. Así se distrajo al enemigo, y Campillo consiguió el 26 de septiembre ventajas cerca de Valmaseda. Lo mismo Don Francisco de Longa en diversos ataques, especialmente el 2 del mismo mes en la Peña Nueva de Orduña; dando uno y otro, junto con el Pastor y más jefes, mucho en que entender al general Caffarelli, que allí mandaba. Longa, el Pastor
y Merino. Longa fue quien por lo común acompañó a Mendizábal en sus viajes, y en diciembre se avistaron ambos con Merino en tierra de Burgos. Unidos los tres, redoblose el celo de los pueblos, y se llamó grandemente hacia Castilla la atención de los franceses: diversión que servía al inglés en Portugal, y a los caudillos españoles que gobernaban en los puntos inmediatos.

Mina.

No necesitaba Mina de tales ejemplos para proseguir por el camino espinoso y de gloria que había emprendido. Vímosle maniobrando en Aragón para ayudar a Valencia, y vímosle alcanzar victorias y embarcar sus prisioneros en el Golfo de Vizcaya: ahora, al cerrar del año, hizo mansión en Navarra, más desembarazada de tropas enemigas a causa de las que habían corrido en socorro de Aragón, Valencia y Castilla. Respiró por tanto Mina momentáneamente en cuanto a ser perseguido, sin que por eso dejasen de afligirle otros cuidados. En Pamplona había el francés acrecido sus rigores, y poblado las cárceles y conventos con los padres, parientes y familias de los voluntarios que servían bajo las banderas de la patria, ahorcando a unos y conduciendo a otros a Francia desapiadadamente. Decreto suyo
de represalias.
(* Ap. n. [17-3].) Mina, con razón airado, dio en 14 de diciembre un decreto en que anunciaba represalias terribles. Decía en el preámbulo:[*] «Ni los sentimientos de humanidad, ni las leyes de la guerra admitidas entre los militares civilizados, ni la conducta generosa de los voluntarios de Navarra han contenido el espíritu sanguinario y desolador de los generales franceses y autoridades intrusas; ... no se da un paso sin oír tristes alaridos causados por la tiranía. Navarra es el país del llanto y amargura; se vierten lágrimas continuas por la pérdida de sus mejores amigos: padres que ven a sus hijos colgados en una horca por su heroicidad en defender la patria; estos a sus padres consumidos en la prisión y, por último, expirar en un palo sin más delito que ser padres de tan valientes defensores. Contínuamente he pasado a los generales franceses de la Navarra los oficios más enérgicos, capaces de reprimirlos y hacerlos entrar en el orden: no he perdonado diligencia alguna para reducir la guerra a su debida comprensión; estoy justificado de mis procedimientos... Para colmo... de la iniquidad francesa y perfidia de algunos malos españoles, he visto 12 paisanos fusilados en Estella, 16 en Pamplona, 4 oficiales y 38 voluntarios pasados por las armas en dos días...» Después, en el primer artículo, «declaraba guerra a muerte y sin cuartel a jefes y a soldados, incluso el emperador de los franceses.» Eran los otros artículos del propio tenor. En uno de ellos también se consideraba a Pamplona en estado de verdadero sitio, y proclamábanse de consiguiente varias resoluciones. Injusto y aun sañudo parecería este decreto a no haberle provocado sobradamente las crueldades inauditas del enemigo. La ejecución correspondió a la amenaza, y más adelante tuvieron los franceses que entrar en razón.

Sucesos militares
en Valencia.

Así corrían por acá las cosas: tristes eran las que se preparaban en Valencia. Dejamos aquí al principiar noviembre ambos ejércitos, español y francés, fronteros uno de otro en las opuestas orillas del Guadalaviar o Turia. Ocupaban los enemigos en la izquierda casi dos leguas de extensión, y fortificaron su línea con obras defensivas. En la derecha habían los españoles aumentado las suyas después de las anteriores tentativas de los franceses contra Valencia, de cuya ciudad dimos breve idea cuando hablamos del primer sitio de 1808. Habían ahora los nuestros cortado los puentes de la Trinidad y Serranos, dos de los cinco de piedra que cruzan el río, de cauce este no muy profundo, y sangrado además para el riego por muchas acequias. Conservaron los españoles por algunos días en la izquierda del Guadalaviar unas cuantas casas, el colegio de San Pío V y el convento de Santa Clara: levantaron en los puentes no destruidos varias obras, y derribaron, para facilitar la defensa, el suntuoso palacio llamado del Real. En el recinto principal y antiguo se hicieron algunas mejoras; pero se atendió con particularidad a construir un terraplén de 16 pies de alto y otro tanto de espesor, con flancos y foso, que empezaba al oeste junto al río enfrente del baluarte de Santa Catalina, y continuaba exteriormente por Cuarte, abrazando el arrabal de este nombre y los de San Vicente y Ruzafa hasta Monteolivete, en donde se levantó un reducto. De aquí al mar se practicaron cortaduras y se fabricaron escolleras, fortaleciendo también el lazareto al embocadero del río. Por el otro extremo, vía de Manises, se establecieron parapetos y otras fortificaciones de campaña no cerradas. Sin embargo de tales obras, estaba Valencia lejos de haberse convertido en una plaza respetable. Figuraban más bien aquellas la imagen de un campo atrincherado, y ese fue el objeto que se llevó al realizarlas. Y con razón advirtieron los inteligentes que para ello se habían desaprovechado muchas de las ventajas que ofrecía el terreno, porque ni se dispuso inundar debidamente los campos con las aguas de riego, ni tampoco se robustecieron varios conventos y edificios por allí esparcidos, cuya solidez se acomodaba muy mucho al establecimiento de una cadena de puntos fortificados.

Considerada de este modo la defensa, hallábase la clave de ella a una legua de Valencia, en Manises, sitio en que yacen las compuertas de las acequias mayores. Tenía en dicho punto Don Nicolás Mahy su cuartel general, y en él y en San Onofre estaban las divisiones de Villacampa y Obispo, permaneciendo apostada a la izquierda, y algo detrás, en Aldaya y Torrente, la caballería. Por la derecha, en Cuarte se situaba la otra división del mismo general, a las órdenes de Don Juan Creagh. En el pueblo de Mislata alojábase la de Don José Zayas, y próximo a Valencia la de Lardizábal. Se mantenía en el Monteolivete la de Miranda; componiendo la totalidad de las tropas unos 22.000 hombres. Proseguían guardando los puntos hasta el mar guerrilleros y paisanos. Recorrían la costa barcos cañoneros españoles y buques de guerra aliados.

No se descuidó Suchet por su parte en afianzar más y más desde el puerto del Grao hasta Paterna su línea, que podía llamarse justamente de contravalación. Proponíase en ello no solo enfrenar los ataques del ejército de Valencia y de cualesquiera partidas que se descolgasen de lo interior, sino también conservar con menos gente su estancia para tener disponible mayor número de tropas, llegado el caso de obrar ofensivamente. Por lo mismo, y ansioso de despejar toda la orilla izquierda, pensó antes de nada en arrojar a los españoles de las casas y edificios que allí ocupaban. Costole bastante, habiéndose defendido los nuestros con grande empeño, sobre todo en el convento de Santa Clara, que no evacuaron hasta que el enemigo, abierta brecha con sus hornillos, se preparaba al asalto. En lo demás, apenas se hizo durante mes y medio otra demostración hostil por ambas partes que fuego de artillería gruesa.

Blake llamó aún hacia el reino de Valencia más fuerza del tercer ejército, de cuyas tropas quedaron con eso ya muy pocas en la frontera de Granada. Las que ahora se alejaron componíanse de unos 4000 hombres a las órdenes de Don Manuel Freire, quien se dirigió primero a Requena, punto amagado por D’Armagnac de vuelta en Cuenca. Antes había destacado Blake hacia aquella parte a Don José Zayas, con más de 4000 hombres, por lo mucho que importaba cubrir flanco de tal entidad. Entró el último en la mencionada villa el 28 de noviembre. A su vista se retiraron los enemigos, temerosos también de las tropas del tercer ejército, que habían ya llegado a Iniesta. Adelantose en seguida Freire a Requena, e hizo allí alto. Zayas entonces restituyose a su antigua posición de Mislata, y la ocupó otra vez el dos de diciembre.

Fuera de eso, no pensó Blake en incomodar al enemigo, ni en fomentar guerrillas por la espalda y flanco; siendo así que algunas se habían mostrado en Nules, Castellón de la Plana y Villarreal. Desentendíase por lo general de cualquiera otro linaje de pelea que no fuese la reglada y puramente militar; de suerte que no hubo en Valencia, en favor de la defensa, aquel ardor que se notó en las ocasiones pasadas. Entibiábase por el despego del jefe hacia el paisanaje y su sobrada y casi exclusiva confianza en las tropas de línea.

Se desvivía en tanto Suchet por la tardanza de los refuerzos que debían llegarle, sin los cuales juzgaba imprudente arremeter a los españoles en sus atrincheramientos, y difícil encerrarlos dentro de la ciudad. Cuantos más días pasaban, más crecía el desasosiego del mariscal francés, por el tiempo que se daba a Blake para fortalecerse, y huelgo a los naturales para rebullir y empezar por sí solos una guerra popular y destructiva.

Pero en medio de tan justos recelos, imposible se le hacía a Suchet acelerar el momento de la acometida. Dirigíase su plan a embestir nuestra izquierda y envolverla por flanco y espalda, amagando al propio tiempo nuestro centro y derecha. La ejecución requería previo y detenido examen, mayormente cuando no se trataba de presentar batalla en descampado, modo de combatir tan ventajoso para los franceses, sino de romper por medio de atrincheramientos, acequias y vallados, en donde pudiera su tropa recibir lección rigurosa y de consecuencias muy fatales.

Han motejado algunos a Blake por haber permanecido quieto con el ejército en los alrededores de Valencia, en lugar de ir a buscar al enemigo o de retirarse a otros puntos. Parécenos en esta parte la acusación injusta. Lo que más importaba era conservar aquella ciudad de muchos recursos, de nombradía y grande influjo. Aventurar una acción exponía los muros valencianos a inminente riesgo; alejarse, los descubría. Y en tanto que se consideró a nuestro ejército bastante numeroso y fuerte, ya que no para batallar a lo menos para defender las líneas, debieron sus soldados mantenerse en ellas, como poderoso y casi único medio de impedir la conquista. Varió el caso cuando, aumentadas las tropas francesas, pudieron rodear a las nuestras y bloquearlas.

Acabaron aquellas de engrosarse después de promediar diciembre. Napoleón, que deseaba dar un golpe y ganar terreno en España para imponer respeto en el norte de Europa, ya conmovido, determinó que no solo la división de Severoli, sino también la de Reille acudiesen a Valencia y se pusiesen bajo el mando de Suchet, la última momentáneamente, debiendo en el intermedio ser reemplazada en Navarra y frontera de Aragón con tropas de la división de Caffarelli, si bien este harto afanado en Vizcaya. Severoli y Reille trajeron consigo cerca de 14.000 hombres. Llegaron a Segorbe el 24 de diciembre, y en la noche del 25 empezaron a incorporarse al ejército de Suchet, quien juntó entonces unos 34.000 combatientes; 2644 de caballería: excelentes tropas, muy aguerridas.

No se limitó Napoleón al envío de las citadas divisiones; insistió también en que D’Armagnac, del ejército del centro, continuase en amagar por Cuenca, y mandó además que Marmont destacase del de Portugal una fuerte columna que, atravesando la Mancha, cayese a Murcia.

Pasa Suchet
el Guadalaviar el
26 de diciembre.

Tan reforzado ya el mariscal Suchet y sostenido, decidió poner en práctica su primer plan de atacar la posición española por la izquierda. Verificolo en efecto el 26 de diciembre, pasando por Ribarroja el Guadalaviar. Había preferido este punto con la mira de cruzar el río agua arriba de Manises, de no enmarañarse por el laberinto de las acequias, y de evitar cualquiera inundación apoderándose de las compuertas.

Durante la noche los enemigos echaron tres puentes: protegieron a los trabajadores 200 húsares que, llevando en las ancas a unos cuantos soldados de tropas ligeras, vadearon el río y ahuyentaron los puestos españoles. Por la mañana, el primero que atacó en lo más extremo de nuestra izquierda fue el general Harispe. Precedíale caballería que tropezó con la de Don Martín de la Carrera hacia Aldaya, entre la acequia de Manises y el barranco de Torrente, en medio de garroferos y olivos. Nuestros jinetes rechazaron a los contrarios, y el soldado del regimiento de Fernando VII Antonio Frondoso, hombre esforzado, hirió y dejó en el campo por muerto al general Boussart, en cuyo derredor perecieron defendiéndole un ayudante suyo y varios húsares. Mas rehechos los enemigos, arremetieron de nuevo con superiores fuerzas y recobraron a Boussart. Viose entonces obligado Don Martín de la Carrera a retirarse, tomando la dirección de Alcira. Casi al mismo tiempo embistió el general Musnier a Manises y San Onofre, de donde se alejó Don Nicolás Mahy, después de corta defensa, en busca también del Júcar por Chirivella.

Advertido Blake del ataque, salió de Valencia, y a las diez de la mañana, estando a medio camino de Mislata, recibió noticia de Mahy, pintándole su apuro y pidiendo instrucciones. La línea en aquella sazón estaba ya por todas partes acometida o amenazada. Zayas en Mislata andaba a las manos con la división de Palombini. Acudió por orden de Mahy a socorrerle desde Cuarte Creagh con alguna gente; mas Zayas no necesitando de aquel auxilio, mayormente por esperar de Valencia dos batallones, le despidió, y guardó solo dos obuses, defendiendo con brío su posición. Nuestro fuego aquí fue tan vivo y acertado que desordenó la brigada enemiga de Saint Paul y la arrojó contra el Guadalaviar. En vano Palombini quiso rehacerla, amenazando igual suerte a la otra suya de Balathier. Asegurada, pues, parecía de este lado la victoria, si no la inutilizaran el descuido y flojedad de que se adoleció en las otras partes.

Porque adelantando Harispe sobre Catarroja, y posesionado Musnier de Manises y San Onofre, vinieron algunos cuerpos enemigos sobre Cuarte, y venciendo los primeros atrincheramientos, obligaron a las tropas que guarnecían el pueblo a evacuarle. Volvía Creagh entonces de su excursión a Mislata, y a pesar de sus esfuerzos y de los de Don José Pérez al frente del batallón de la Corona, no se pudo contener el progreso de los franceses, teniendo al cabo los nuestros que retirarse. Se distinguieron aquí el cuerpo que acabamos de citar, el de tiradores de Cádiz, de Burgos, Princesa y Alcázar de San Juan con sus respectivos jefes. Los enemigos cada vez más impetuosamente cargaban, pues llegando a la sazón el general Reille, marchó en la dirección de Chirivella y favoreció las operaciones de Harispe y de Musnier. Inútilmente quisieron los españoles hacer rostro en dicho pueblo, y defender la posición cubierta con unas flechas. Los enemigos los arrollaron y con eso salió de ahogo Palombini, viéndose Zayas obligado a desamparar su estancia.

Anhelaba Suchet envolver todo el ejército español, y acorralarle en Valencia, por lo que puso todo su conato en que la división de Harispe llegara pronto a Catarroja. Entonces, yendo ya los nuestros de retirada, corrió el mariscal francés a Chirivella con riesgo de ser cogido prisionero. Habíase allí apeado y subido al campanario. Solo le acompañaban sus ayudantes con pequeña escolta. Y cuando, atento, atalayaba aquel una y otra orilla del Turia, acercose al pueblo un batallón español, dando indicio de querer penetrar por las calles. Al instante, los pocos franceses que había se pusieron en ademán de defender a su jefe, y aparentando ser muchos engañaron a los nuestros, que pronto se alejaron.

Por su parte Don Joaquín Blake anduvo lento y escaso en tomar medidas. Los batallones que de Valencia debían reforzar a Zayas llegaron tarde, y tampoco hubo providencia notable que enmendase en algo el precipitado repliegue de Mahy, o que contribuyese a prolongarla resistencia en Chirivella.

Mahy con parte
de las tropas
se retira al Júcar.

Los generales españoles, al retirarse, tomaron cada uno el rumbo que les permitió su respectiva situación. Dicha fue que Suchet no lograse estrecharlos a todos en Valencia. Don Nicolás Mahy con Creagh, Carrera, Villacampa y Obispo se separaron del grueso del ejército, y se encaminaron a las riberas de Júcar. Blake
con las otras
a Valencia. Blake con Zayas, Lardizábal y Miranda encerrose en los atrincheramientos exteriores de la ciudad, que se dilataban desde enfrente de Santa Catalina hasta Monteolivete.

Acordonan
los franceses
la ciudad.

En este punto Habert, encargado de pasar por allí el río cerca del desaguadero, lo había conseguido dificultosamente, costándole afán y horas alejar por medio de sus baterías en el Grao los barcos cañoneros españoles y los buques de guerra aliados. Solo a las doce del día cruzó el Guadalaviar por un puente que echó casi a la boca. Apoderose después del Lazareto y arrolló con facilidad al paisanaje. Miranda, situado en Monteolivete, apenas tomó parte en la pelea. Pisado que hubo el general Habert la orilla derecha, anduvo solícito en extenderse y darse la mano con las otras tropas de su nación que habían forzado la izquierda de los españoles. Ponían en ello los franceses grande ahínco, queriendo que no se les escapase el general Blake, ya que Mahy lo había conseguido. Por la noche completaron el acordonamiento de Valencia, y cortaron la comunicación con el camino real de Madrid y el que corre por el istmo entre la Albufera y el mar, desconocido antes al enemigo.

Perecieron en aquel día de cada parte 500 a 600 hombres. Además cogieron los franceses algunos prisioneros y cañones. Recibieron los enemigos el principal daño en su acometida contra Zayas y Creagh, en donde perdieron 40 oficiales.

Reflexiones.

Esta jornada provocó severa crítica contra la conducta de Don Joaquín Blake: defendiéronle sus apasionados, imputando la culpa de la desgracia a Don Nicolás Mahy. Ambos generales tuvieron en ella parte; pero mayor fue la del primero. Faltó el último en no haber sostenido con más empeño su posición, y en haber algún tanto desguarnecido a Cuarte, queriendo, sin necesidad, auxiliar a Zayas. Pecó, y mucho, Don Joaquín Blake en no poner mejores tropas en su izquierda, punto el más flaco, y sobre todo en no haber construido allí obras cerradas que no pudieran ser embestidas de revés por el enemigo, para lo cual tuvo sobrado tiempo en los dos meses que el ejército casi permaneció inactivo. Consistió este descuido en no pensar Blake sino en el frente, imaginándose que los franceses le atacarían solo de aquel lado. Error grave, y apenas creíble, si no se mostrara a las claras por el género de obras que construyó, abiertas todas.

También vituperaron en Mahy sus censores que se hubiese retirado hacia el Júcar, y no recogídose en Valencia. Difícil era conseguir lo postrero interpuesto el enemigo entre Mislata y Cuarte, y derramado hasta Catarroja. Mas aunque así no fuese, ¿qué suerte hubiera cabido a aquellas tropas metidas una vez en la ciudad? La misma que cupo a las de Blake, en verdad harto lastimosa.

Este general, tan poco diligente y atinado el 26, mostrose después [menester se hace el confesarlo] aún más desatentado y flojo. Acordonada la ciudad, no le quedaba ya más arbitrio para salir con honra y airoso sino salvar a todo trance su ejército, o convertir a Valencia en otra Zaragoza. Veamos si empleó convenientes medios para alcanzar uno u otro de ambos extremos.

Hubiérale sido todavía el 26 muy asequible libertar a su ejército y sacarle de Valencia. Primero a la hora de mediodía, antes que Habert comunicase con Harispe, dirigiéndose al istmo entre la Albufera y el mar: después por la noche, no preparado bastantemente el enemigo para detener una súbita irrupción y salida de nuestras tropas. Así opinaron los generales que juntó Blake, quien no obstante decidió lo contrario, fundado en que, siendo preciso distribuir de antemano víveres, hacíase imposible verificarlo en tan breve espacio. Dejose pues la partida para el día siguiente. Renovó entonces Blake al anochecer el consejo de guerra, cuyos individuos insistieron en el dictamen dado la víspera de poner al ejército cuanto antes en salvo. Mas ocurriole al general en jefe otra dificultad. La artillería de batalla permanecía en los atrincheramientos, y removerla a deshora, como era indispensable para ejecutar de noche la salida, parecíale imprudente y motivo de espanto al pueblo. Así difiriose la operación por segunda vez. En vista de lo cual, ¿a quién no admirará tal negligencia después de dos meses que hubo para precaver todos los casos? ¿A quién no tanta lentitud e incertidumbre delante de un enemigo tan activo como el francés?

Vana tentativa
de Blake el 28
para salvar
su ejército.

Por último fijose la noche del 28 al 29 para efectuar la salida. Encargose antes a Don Carlos O’Donnell el cuidado de la plaza, asistido de pocas tropas, con orden de capitular a su debido tiempo, consultando los intereses del vecindario. El resto del ejército, bajo Don Joaquín Blake, debía dirigirse por la puerta de San José y puente inmediato, y salvarse penetrando por las líneas enemigas vía de Burjasot, punto menos guarnecido de franceses y terreno ya a las cuatro leguas quebrado. Era el orden de la marcha el siguiente. A la cabeza la división de Don José de Lardizábal, formando en ella vanguardia con un corto trozo el coronel Michelena; luego Don Joaquín Blake, la gente de Zayas, bagajes y varias familias; detrás Don José Miranda y su tropa.

Briosa conducta
del coronel
Michelena.

Abrió, pues, Michelena la marcha, y pasó entre Tendetes y Campanar; imitole Lardizábal, no encontrando al principio ningún estorbo. El enemigo se mantenía tranquilo, si bien algo cuidadoso por haber los nuestros explorado en la tarde aquel sitio. Yendo adelante, cruzaron ambos jefes una acequia que había primero, y llegaron a la de Mestalla, en donde les escasearon tablones que facilitasen el paso. Diligente Michelena, no por eso se arredró, y descubriendo un molino o casa con comunicación que daba a entrambas orillas, trató de atravesar por allí. Tenían los enemigos apostado cerca un piquete, y preguntando: «¿quién vive?», respondieron los españoles en lengua francesa: «húsares del 4.º regimiento»; y prosiguieron su camino con brío. Por desgracia, solo Michelena y su corta vanguardia tuvieron tan laudable y valerosa resolución. Lardizábal titubeó y, parándose, detuvo el movimiento de lo restante del ejército. Hallábase todavía Blake en el puente inmediato a la puerta de San José y no tomó partido alguno, aunque vio el entorpecimiento que experimentaban sus columnas. Impaciente Zayas, propúsole continuar y dirigirse, tomando río arriba, al pueblo de Campanar distante menos de media legua. Nada determinó el general en jefe.

Entre tanto Michelena, caminando sin interrupción, tropezó cerca de Beniferri con una patrulla enemiga, y para que esta no diese aviso a los suyos, se la llevó consigo prisionera. Al atravesar los nuestros la mencionada población, acaeció que algunos soldados de la artillería italiana que estaban en las calles, notando lo silencioso y apresurado del caminar de aquella tropa, tuvieron sospecha de que eran españoles, y encerrándose dentro de las casas, empezaron a hacer fuego desde las ventanas, poniendo así en arma el campo francés. No impidió eso a Michelena proseguir su ruta, con la dicha de llegar salvo por la mañana a Liria.

Mas Blake, fijo en el puente e irresoluto, sin escuchar en su atamiento consejo alguno, después de permanecer inmoble por un rato, temiendo al fin un ataque del enemigo por las demás partes, ordenó la retirada a la ciudad, y que cada uno volviese a ocupar su anterior y respectivo puesto: término infeliz del intentado movimiento. Erró Blake en haberle emprendido por solo un paraje, exponiendo así todo el ejército a una misma y precaria suerte. Merece también poca disculpa no haberse provisto de las herramientas y útiles necesarios para el paso de las acequias, y no haber en el aprieto tomado una atrevida y pronta determinación. Tampoco Lardizábal correspondió aquella noche a su fama de hombre intrépido y arrestado. Al revés el coronel Michelena, que se portó con inteligencia y esforzadamente.

Malograda la salida, redoblaron los franceses su cuidado, y crecieron más y más los obstáculos para los españoles. Con todo, pensaba Blake en repetir la tentativa dos o tres días después, como si fuera ya entonces fácil burlar la vigilancia de los enemigos y romper por medio de sus líneas. Desasosiego
en Valencia,
y reflexiones. Detuviéronle, según dijo, señales tumultuarias del pueblo de Valencia, que aquel general calificó de inconsideradas, y no así nosotros. Porque si bien somos opuestos a tal linaje de intervención en los asuntos públicos, graduándole de medio solo oportuno de favorecer las maquinaciones de los malévolos, nos parece que en el caso actual la paciencia de aquella ciudad había excedido los límites del sufrimiento más resignado. Durante dos meses dejaron sus habitadores a Don Joaquín Blake en entera libertad de obrar. Facilitáronle cuanto deseaba, no le ofrecieron resistencia alguna, ni siquiera levantaron un quejido. Y ¿qué resultó? Ya lo hemos visto. Y ¿será dado callar a los vecinos cuando se trata de la vida, de la hacienda, y de que no se despeñe en su perdición la ciudad en que nacieron? No, mayor silencio tachárase de servidumbre humilde.

Convocación
de una junta.

Pero lo que aún es más, el mismo Don Joaquín Blake fue quien dio impulso a los primeros mormullos del paisanaje. Empezaron estos el 29. Antes, el 28, había aquel general comunicado al ayuntamiento y a la comisión de partido su resolución de salir por la noche con el ejército, y prevenídoles al mismo tiempo haber dispuesto que el gobernador Don Carlos O’Donnell convocase una junta extraordinaria compuesta de las principales clases y autoridades, la cual atendería en circunstancias tan críticas a todo cuanto juzgase útil respecto de los intereses del vecindario. Los preparativos para este llamamiento y las reuniones que provocó despertaron la atención de los ciudadanos, y descubrieron el disgusto común, que se aumentó con la tentativa de evasión del mismo día 28 y su mal éxito. Congregose la nueva junta en la noche del 30 al 31, no advirtiéndose sin embargo hasta entonces otra cosa que fermentación y suma desconfianza. Reuniones
tumultuarias. Mas luego de instalada aquella corporación, se encrespó la furia popular, y menester fue nombrar comisionados que pasasen a examinar el estado de la línea. Entre ellos había individuos de diversas clases y algunos frailes.

Prendiéronlos a todos al salir por la puerta de Cuarte, y los enviaron a Blake que se hallaba en el arrabal de Ruzafa. Era la una de la madrugada, y desazonole mucho al general en jefe el aparecimiento de los tales comisionados, por lo que no solo no consintió en que fuesen a visitar la línea, sino que guardando en rehenes a algunos de ellos, despachó a los otros con escolta a Zayas para que este les hiciese desfogar los ímpetus del patriotismo en las baterías. Las contiene
Blake y disuelve
la junta. Igualmente ordenó a la junta disolverse, no permitiendo hubiese más autoridad popular que la comisión de partido aumentada con cuatro o cinco individuos para facilitar el despacho de los negocios. De este modo quebró su enojo Blake, deshaciendo lo mismo que antes había decidido, y mostrándose severo y resuelto en ocasiones en que quizá no era muy necesario.

Obedecieron todos las determinaciones del general, y se notó a las claras cuán dueño era de llevar a cabo cualquiera plan sin que pudiesen los vecinos ponerle impedimento alguno, manteniéndose siempre el ejército obediente y subordinado. No obstante, ya hemos visto como alegó Blake, para no intentar nueva salida, el desasosiego del pueblo, añadiendo después que no quería con su ausencia dar ocasión a desórdenes y contratiempos. Razón singular, si no le asistía otra, para comprometer la suerte de un ejército entero.

Adelanta Suchet
los trabajos
de sitios.

Aprovechaban semejantes disturbios y desaciertos al mariscal Suchet, quien, estrechando el sitio, reforzó más la orilla izquierda del Guadalaviar, construyó reductos, fortificó conventos y rodeó a Valencia de manera que se inutilizasen cuantas tentativas por escaparse hiciesen los nuestros. Comenzó también el ataque contra la ciudad, dirigiendo el principal por la derecha del río y arrabal de San Vicente, y otro por Monteolivete. En ambos frentes abrieron los ingenieros enemigos en la noche del 1.º al 2 de enero las primeras paralelas a 60 y 80 toesas de distancia. Experimentaron alguna pérdida, contando entre los muertos al coronel Henri, oficial inteligente y bizarro. Sus artilleros plantaron en breve siete baterías y empezaron a batir nuestras obras.

Se retira Blake
al recinto interior
de la ciudad.

Viendo entonces Don Joaquín Blake la dificultad de sostener la línea exterior desde Monteolivete hasta Santa Catalina, metiose dentro de la ciudad con todo el ejército en la noche del 4 al 5: solo dejó fuera las tropas que guarnecían el arrabal del Remedio y las cabezas de puente. También conservó un camino cubierto tirado desde la puerta del Mar hasta el baluarte de Ruzafa. Retiró la artillería de batalla y la gruesa de bronce; mandó clavar la que había de hierro.

Empieza
el 5 de enero
el bombardeo.

No advirtieron los enemigos la retirada de Blake hasta por la mañana. Creyeron al principio que era un ardid, mas cerciorados luego de que no, ocuparon el recinto abandonado, y empezaron el 5 el bombardeo entre una y dos de la tarde desde tres reductos levantados a la izquierda del río. Mil bombas y granadas cayeron en el espacio de 24 horas. Considérese el estrago, Pocas
precauciones
tomadas. mayor cuanto no se había tomado medida alguna para disminuirle, ni blindajes, ni almacenes a prueba de bomba; la pólvora esparcida y al desabrigo; el ejército allí amontonado, y la población aumentada con la mucha gente que de la huerta había acudido; las calles, además, angostas, altas las casas y endebles, pocos los sótanos. No cesó después el bombardeo: Destrozos. en los días 7 y 8 fueron los destrozos muy grandes. Depósito aquella ciudad de muchas preciosidades y rica sobre todo en letras y bellas artes, pereció la biblioteca arzobispal y la de la universidad, y con esta manuscritos de gran estima recogidos por el docto Don Francisco Pérez Bayer, su principal fundador. Así, en un instante, arrasa la guerra y convierte en polvo lo que ha producido en siglos el ingenio, el talento, o la asidua laboriosidad.

Consoláranse a lo menos hasta cierto punto de tamaña ruina el político, el guerrero y aun el literato, con tal que en cambio se hubiesen podido sacar de la defensa ejemplos vivos que instruyesen a la mocedad y realzasen las glorias de la nación. Tibieza de Blake
para animar
a los habitantes. Mas Blake, si había andado perdido en las operaciones meramente militares, no era de esperar se mostrase más bien encaminado en las luchas populares, en las de calles y casas, a semejanza de la inmortal Zaragoza. Iba con su anterior carrera la primera clase de peleas, oponíase la segunda. Para esta, además, necesítase fuego y ardiente inspiración, que solo da naturaleza y no suplen el saber adquirido ni el mas acendrado honor.

En nada había Don Joaquín Blake levantado el ánimo de los habitantes, habíale más bien amortiguado. En nada tampoco había dado indicio de querer defender lo interior de la ciudad, pues no solo, según poco ha hemos visto, escaseaban abrigos contra la caída y explosión de los proyectiles, sino que tampoco se habían cortado las calles ni atronerado las casas, ni adoptado ninguno de los muchos medios que el arte y la práctica enseñan en tales casos.

Desecha Blake
la propuesta
de rendirse.

No obstante Don Joaquín Blake desechó el 6 la propuesta que de rendirse le hizo el mariscal Suchet. Entre tanto, el estrago y lástimas crecían, y se presentaron al general en jefe dos diputaciones, una de la comisión de partido, y otra a nombre del pueblo, para que capitulase. División
en el modo
de sentir
de los habitantes. Respetó Blake a estos emisarios. No así a otros que de tropel acudieron a su casa, pidiendo que continuase la defensa. De ellos retuvo el general presos a algunos que subieron a su habitación, y capitaneaban la multitud. El disenso por tanto era grande: tuvo Blake que llamar tropa para apaciguar a los alborotados y dispersarlos. Con esto acabó toda oposición y pudo el general disponer a su arbitrio de la suerte de Valencia.

Estado crítico
de la plazas.

Era cada vez más crítica la situación de la plaza. Los enemigos, al favor de las cercas y las casas, construían sus baterías muy inmediatas. Habíanse establecido en los arrabales de Ruzafa, San Vicente y Cuarte; la toma de este y la del convento de Santa Úrsula costoles sangre. En ciertos parajes distaban los sitiadores de 15 a 20 varas del muro, cuyo espesor era de solos 10 pies, con endeble parapeto y almenas, el foso angosto, la artillería colocada sobre tablados sostenidos por fuertes pies derechos. Sin embargo, Zayas prosiguió defendiendo con vigor la puerta de San Vicente, siendo aquel general el único que hacia aquella entrada preparó para la resistencia interior las calles vecinas. Inutilizó también una mina de los enemigos, quienes entonces dirigieron sus trabajos contra una convexidad más desamparada que forma la muralla entre la puerta de Cuarte y la mencionada de San Vicente.

Cinco baterías nuevas habían los sitiadores construido y armado sin que los nuestros pudiesen contraponer cosa de importancia a tantos fuegos. Amenazaban ya estos abrir brecha, cuando en la tarde del 8 envió Blake al campo enemigo oficiales que prometiesen de su parte capitular, bajo la condición de que se le dejaría evacuar la ciudad con todo su ejército, armas y bagajes, y retirarse a Alicante y Cartagena. Desechó Suchet la propuesta, y en su lugar fijó los artículos de una capitulación pura y sencilla, con el aditamento de canjear 2000 hombres por otros tantos de los prisioneros que hubiese en la isla de la Cabrera, u otras partes. Disienten
los jefes
acerca de tratar
con el enemigo. Reunió entonces Blake un consejo de guerra a que asistieron 12 jefes. Los pareceres fueron discordes, queriendo unos aceptar las proposiciones de Suchet, y otros no. En realidad era ya infructuosa toda resistencia, fuese militar, fuese de pueblo; la una no la consentía la naturaleza de la plaza, no estaba preparada la otra.

Capitula
Blake el 9.

Decidiose Don Joaquín Blake a admitir la capitulación. Por ella debían los enemigos respetar la religión y proteger las propiedades y a los habitantes, no permitir pesquisa alguna en cuanto a lo pasado, y conceder tres meses de término a los que quisiesen abandonar la ciudad con sus bienes y familia. Otorgábase al ejército salir con los honores de la guerra por la puerta de Serranos, conservando los oficiales las espadas, caballos y equipajes, y los soldados las mochilas. También se convino en el canje propuesto.

Firmose la capitulación en 9 de enero, en cuyo día ocuparon los enemigos la puerta del Mar y la ciudadela. Al siguiente salieron para Francia los españoles prisioneros junto con D. Joaquín Blake. El número de ellos inclusos los 2000 destinados para el canje que fueron camino de Alcira, le hacen subir los franceses a 18.219 hombres: cuenta que nos parece exagerada si no se comprenden en la suma paisanos armados. De gente reglada pueden en verdad computarse unos 16.000. No se verificó el canje ajustado, por no haber consentido en él la regencia del reino.

Entra Suchet
en Valencia.

Hasta el 14 no hizo su entrada en Valencia el mariscal Suchet. Hízola con gran pompa y acompañado de la mayor parte de sus tropas por la puerta de San José, al mismo tiempo que con el resto de ellas penetró por la de San Vicente el general Reille. Quedó nombrado gobernador el general Robert.

Blake.

Concluida que fue la capitulación, ansió por alejarse de Valencia Don Joaquín Blake. Obraba en ello con prudente mesura. El estado a que se hallaba reducido, aparecían harto deplorable para que no quisiera apartarse cuanto antes del teatro infausto en donde acababan de tener fatal desenlace sus casi continuas y lastimosas desventuras. Hombre recto e ilustrado, propio para dirigir en tiempos tranquilos las tareas de un estado mayor, carecía Blake de las prendas que componen la esencia del verdadero general en jefe, las cuales, como decía Napoleón a ciertos oficiales rusos, no se adquieren con la mera lectura de autores militares. Aferrado Blake en su opinión, no sacaba fruto ni de las lecciones que le suministraba su propia y larga experiencia. Los muchos desastres que empañaron el brillo de su carrera descubren también lo siniestra que le fue siempre la fortuna. Grave perjuicio en un general, por la desconfianza que en los otros y en sí mismo infunde, y que ha dado ocasión a que escritores de peso, y Cicerón[*] (* Ap. n. [17-4].) entre ellos, señalen como una de las cualidades principales de un gran capitán la de la felicidad.

Parte que da.

Luego que llegó a Francia Don Joaquín Blake, le encerraron en Vincennes cerca de París, lo mismo que habían hecho con Palafox y otros españoles distinguidos. ¡Injusto y bárbaro procedimiento! Allí hubiera aquel general finado quizá sus días sin los sucesos de 1814. Antevía lo que le aguardaba cuando, dando parte a la regencia del reino de la capitulación de Valencia, decía: «Por lo que a mí toca... miro como determinada la suerte de toda mi vida, y así en el momento de mi expatriación, que es un equivalente a la muerte, ruego encarecidamente a vuestra alteza, que si mis servicios pueden haber sido gratos a la patria, y no hubiesen desmerecido hasta ahora, se digne tomar bajo su protección a mi dilatada familia.» Palabras muy sentidas que aun entonces produjeron favorable efecto, viniendo de un varón que, en medio de sus errores e infortunios, había constantemente seguido la buena causa; que dejaba pobre y como en desamparo a su tierna y numerosa prole, y que resplandecía en muchas y privadas virtudes.

Recompensas
de Napoleón
a Suchet
y a su ejército.

Si por nuestro lado con la caída de Valencia abundaron solo las lágrimas, se manifestaron por el de los franceses sumas las alegrías, y se derramaron con largueza gracias y distinciones. Nombró Napoleón, por decreto de 24 de enero, al mariscal Suchet duque de la Albufera, concediéndole en propiedad y perpetuamente la laguna de aquel nombre, con la caza, pesca y dependencias en premio de los recientes servicios y para dotación de la nueva dignidad. Cuantioso don y de los más fructíferos que se pueden otorgar en España. Por decreto también de la misma fecha, queriendo Napoleón recompensar igualmente a los generales, oficiales y soldados del ejército de Aragón, mandó que se reuniesen a su dominio extraordinario de España, [son sus expresiones] bienes de los situados en la provincia de Valencia, por el valor de 200 millones de francos, no consultando primero si para ello eran bastantes los llamados nacionales que allí pudiera haber, ni especificando en el caso contrario de dónde debiera suplirse lo que faltase. De este modo se despojaba también a José, sin consideración alguna, de los derechos que le competían como a soberano, y se privaba a los interesados en la deuda pública, que aquel había reconocido o contratado, de una de las más pingües hipotecas. Napoleón sucesivamente con la prosperidad desarrebozaba sus intentos respecto de España, y descubría del todo la determinación en que estaba de arrancar a José hasta la sombra de autoridad que este conservaba todavía.

Providencias
nuevas de Suchet.

Al día siguiente de la rendición de Valencia fueron desarmados los vecinos, y muchos conducidos a Francia so pretexto de que eran provocadores de motín. Lo mismo, por orden especial despachada de París, todos los frailes que pudieron haberse, que ascendieron a 1500. Frailes llevados
a Francia
y arcabuceados. Hubo más: a cinco de ellos, los padres Rubet, Lledó, Pichó, Igual y Jérica, arcabuceáronlos junto a Murviedro, a otros dos en Castellón de la Plana. Igual suerte cupo desde Segorbe a Teruel a 200 prisioneros que se rezagaban de cansados. Así se cumplía la capitulación pactada.

Figurábanse ahora los franceses, como ya en un principio, ser los frailes los fraguadores del levantamiento y de la resistencia nacional, y de consiguiente se ensañaban en sus personas. Juicio, según hemos advertido otras veces, hasta cierto punto errado. Hubo religiosos que en efecto tomaron parte honrosa en la causa de la patria común, pero no todos ni exclusivamente. Y en Valencia pensó el mayor número, más que en la defensa, en sus particulares intereses, en vender ajuar y alhajas y en repartirse el peculio, porte que excitó descontento y murmuración. Conducta
del clero
y del arzobispo. El clero secular acogió bien a los invasores a imitación del prelado de la diócesis, el arzobispo Company, franciscano escondido en Gandía durante el sitio, y que tornó a Valencia después de conquistada la ciudad, esmerándose en obsequios y lisonjas hacia Napoleón y sus huestes.

De los
valencianos.

Verdad sea que hasta de la población recibió Suchet mayores pruebas de afición que en otras partes. Las causas, las mismas que las que indicamos al tiempo de ser ocupada la Andalucía, o a lo menos muy parecidas a las de entonces. Contribuyó también mucho a semejante disposición de los ánimos el inconcebible proceder de Blake, y su tibieza con los moradores. No obstante eso, y de procurar Suchet, conforme veremos más adelante, introducir en la administración mejor arreglo que otros generales compatriotas suyos, no tardaron largo tiempo en levantarse por aquel reino varias partidas.

Avanza Montbrun
a Alicante.

Mientras ocurrían en Valencia los sucesos que acabamos de referir, adelantábase por la Mancha el auxilio que enviaba a Suchet el mariscal Marmont, desde las riberas de Tajo, en Extremadura. Consistía la fuerza en tres divisiones, dos de infantes y una de caballos, bajo las órdenes del general Montbrun. Llegó este el 9 de enero a Almansa, y aunque con fecha del 11 recibió indicación de Suchet para que se volviera, pues tomada Valencia excusado era el socorro, prosiguió sin embargo su marcha y se adelantó a Alicante, cuya plaza pensó ganar por sorpresa aprovechándose del decaimiento que había causado la pérdida de la capital de la provincia. No era la empresa tan fácil como se imaginaba.

Posición
del general Mahy.

Don Nicolás Mahy y las tropas que con él se retiraron después del 26 de diciembre a las riberas del Júcar, habían abandonado estas harto de priesa, y evacuando apenas sin oposición el punto importante de Alcira, habíanse venido a Alcoy y pasado en seguida, unas a Alicante, otras a Elche. También Don Manuel Freire se había alejado de Requena y acercádose a los mismos puntos.

Se aleja
Montbrun.

Aunque poco gloriosos los más de estos movimientos, resultó no obstante de ellos que se agolpasen hacia Alicante tropas bastantes para desbaratar los proyectos de los enemigos contra dicha plaza. Se presentó delante de ella el general Montbrun, y habiendo intimado en vano la rendición y arrojado dentro algunas granadas, se retiró de allí muy pronto. Su presencia, si bien efímera, dejó en la comarca mal rastro. Porque después de haber desalojado de Elche y pueblos cercanos las tropas españolas, impuso de contribución a los habitantes sumas enormes, y causoles extorsiones graves.

Suchet.

Esto y otras atenciones impidieron a Suchet emprender cosa alguna contra Alicante y Cartagena, cuyos boquetes, fomento de guerra, había pensado cerrar el mariscal francés apoderándose en breve de aquellos muros. La malograda tentativa de Montbrun sirviendo de despertador para una defensa más cumplida, frustraba todo rebate.

Toma a Denia.

Tuvo por tanto Suchet que limitar sus deseos, y contentarse con situar más allá del Júcar al general Harispe y la brigada de Delort, poniendo por la izquierda de estos, en Gandía, al general Habert. También se enseñoreó de Denia, puerto de mar, plaza en el nombre, con un castillo en lo alto. La abandonó sin hacer resistencia su gobernador Don Esteban Echenique. Tuvo de ello culpa en parte Don Nicolás Mahy, que primero envió 200 hombres de socorro y luego los retiró. Sin embargo, ya que se hubiese evacuado la ciudad, convenido hubiera sacar, como no se hizo, varios efectos e inutilizar la artillería.

Situación
del segundo
y tercer ejército.

Después de tamañas desgracias, las tropas que restaban del 2.º ejército, y se habían retirado con las del 3.º, mandadas por Don Nicolás Mahy, y las que de este mismo se habían antes adelantado con Don Manuel Freire hacia Requena, o quedádose en la frontera de Granada, continuaron alojadas, ya en Alicante y sus alrededores, y ya en Cartagena y pueblos del reino de Murcia. El número de ellas, incluyendo las guarniciones de las citadas últimas dos plazas, al pie de 18.000 hombres. Tomó luego el mando interino de todas Don José O’Donnell, jefe del estado mayor del tercer ejército. Las del general Villacampa, que entraban en cuenta, se alejaron al fenecer enero y no tardaron mucho en regolfar a Aragón, principal sitio de sus proezas.

No solo se vieron acosadas todas estas fuerzas por las de Suchet y por las del general Montbrun, sino también por parte de las del ejército francés del mediodía que acudieron al cebo de los despojos. Llegaron las postreras a la vista de la ciudad de Murcia el 25 de enero, El general Soult
en Murcia. y el 26 entró en ella con 600 caballos el general Soult, hermano del mariscal. La víspera le había precedido un destacamento, y unos y otros impusieron al vecindario muy pesadas contribuciones, imposibles de realizar. A estos gravámenes quiso el general francés añadir otro nuevo con sus festines, y mandó se le preparase para aquel día en el palacio episcopal donde se albergaba, un espléndido y regalado banquete. Le ataca
Don Martín
de la Carrera. Gustaba ya deliciosos manjares, cuando vino a interrumpirle en su ocupación sensual una voz que decía: «Las tropas españolas han entrado, los enemigos son perdidos.»

En efecto, Don Martín de la Carrera, que se apostaba no lejos con gran parte de la caballería del segundo y tercer ejército, después de reunir un trozo de ella en Espinardo, a media legua de la ciudad, acababa de penetrar por la puerta de Castilla a la cabeza de 100 jinetes. Tenían otros la orden de acometer al mismo tiempo por los demás puntos. Era el intento de Carrera sorprender a los enemigos que, a la verdad, no le aguardaban, cogerlos o aventarlos, y libertar a la ciudad de huéspedes en tal manera molestos.

Sobresaltado el general Soult, levantose de la mesa y, con la precipitación, tropezó y bajó la escalera casi rodando. Aunque mal parado, montó sin embargo a caballo: le siguieron todos los suyos. No así, por desgracia, a Carrera los de su bando, quienes, excepto los que él mismo capitaneaba, o no entraron en la ciudad o retrocedieron luego por equivocación o desmayo. Tuvo de consiguiente el Don Martín que hacer cara solo con sus cien hombres a las fuerzas del enemigo tan superiores. No por eso se abatió, y antes de ser estrechado paseó calles y plazas acuchillando y matando a cuantos contrarios topaba. Duró tiempo la lid. Costó el terminarla sangre al francés; Muerte gloriosa
de este. mas a lo último, cogidos, muertos o destruidos los soldados de Carrera, quedó este solo y rodeado por seis de los enemigos en la plaza nueva. Defendiose gran trecho, mató a dos, y si bien herido de un pistoletazo y de varios sablazos, sostúvose aún, no quiso rendirse, y peleó hasta que exánime y desangrado cayó tendido en la calle de San Nicolás donde expiró. Ejemplo de hombres valerosos era Carrera, mozo y membrudo, de estatura elevada, noble en el rostro, de arrogante y gentil apostura.

Antes de finalizarse el combate ya habían los enemigos entregado al saco la ciudad de Murcia. Robáronlo todo, y cometieron los mayores excesos, particularmente en el barrio del Carmen. Despojaban en la calle a las mismas mujeres de sus propias vestiduras, y no perdonaron ni aun el ochavo que en el mugriento bolso escondía el mendigo. Cargados de botín y temerosos de que tornasen los nuestros, se retiraron por la noche, y en Alcantarilla y en casi todo el camino hasta Lorca repitieron iguales o mayores demasías.

Honores
que se le tributan.

Como quiera que lacerados de dolor, tributaron los murcianos al día siguiente honores fúnebres al cadáver del inmortal Don Martín de la Carrera, y le sepultaron con la pompa que les permitía su triste azar. Un mes después, celebró también en memoria del difunto solemnes exequias el general en jefe Don José O’Donnell, y diose el nombre de la Carrera a la calle de San Nicolás, en la cual terminó aquel caudillo sus días, peleando como bueno. La junta provincial determinó igualmente erigirle un cenotafio en el sitio mismo de su fallecimiento.

A los muchos desastres que de tropel sucedieron en esta parte de España, agregose otro mancillado de afrenta. Dueño de Valencia el mariscal Suchet, y enviadas a la derecha del Júcar las fuerzas que hemos arriba expresado, púsose asimismo en relación, ocupando a Buñol, con el ejército francés del centro, destacó a Cataluña la división de Musnier, necesaria allí por lo que ocurría, y destinó al general Severoli con los italianos a formalizar el sitio de Peñíscola.

Sitio
de Peñíscola.

Se eleva esta población sobre una empinada roca, mar adentro, a 120 toesas de la orilla con la cual no comunica sino por medio de una lengua de tierra bastante angosta. Escarpados y buenas obras rodean la plaza por todas partes; domínala interiormente un castillo, y se asemeja en compendio por su natural fortaleza a Gibraltar. Fue largo tiempo mansión de aquel papa Luna de condición tan obstinada, cuyo nombre lleva todavía una torre en donde parece moraba. Cubren al istmo en los temporales las oleadas, y estaba ahora reforzado el frente con baterías de varios pisos. Más allá, y paralelo a unas montañas vecinas, se extiende un marjal perenne, cuya inundación se había aumentado artificialmente, e interrumpido con cortaduras la calzada que le atraviesa y conduce a la citada lengua de tierra, único punto accesible para los franceses, no señores de la mar. Tenía la plaza mil hombres de guarnición y estaba abundantemente provista. Cruzaban por aquellas aguas barcos cañoneros y buques de guerra nuestros y aliados. Era gobernador Don Pedro García Navarro.

Acercose el general Severoli el 20 de enero a Peñíscola, y envió un parlamentario con proposiciones que fueron desechadas. De resultas, empezaron los enemigos a preparar el sitio, y se colocaron en las colinas y playas inmediatas. El 28 arrojaron bombas desde una batería de morteros distante 600 toesas. En la noche del 31 al 1.º de febrero formaron la línea paralela de faginas y gaviones que se prolongaba por detrás de la inundación, y torcía a su extremo meridional para continuar lo largo de la costa. En el opuesto construyeron baterías en las alturas. Las dificultades que tenían los sitiadores que vencer antes de aproximarse al cuerpo de la plaza parecían insuperables. No obstante prosiguieron los trabajos.

La toman
los franceses.

En el intermedio aconteció que viniese a parar a manos de los franceses un pliego que el gobernador García Navarro escribía al general español de Alicante: quejábase en su contenido del porte de los ingleses, y hablaba como si intentasen estos apoderarse de Peñíscola; añadiendo que preferiría en tal caso someterse a los enemigos. Barruntos tenía Suchet de la propensión de ánimo del García Navarro, si ya no ocultas relaciones; y en vista ahora del expresado pliego se apresuró a establecer con él negociación directa, para lo cual despachó al oficial de estado mayor Mr. Prunel. García Navarro inmediatamente se rindió a partido, y se rindió bajo la sola condición de que se permitiera a los suyos retirarse libremente adonde quisieren. En consecuencia se posesionaron los franceses de Peñíscola el 4 de febrero. Escandalosa entrega; pero aún más escandalosos y sin ejemplo los términos siguientes con que se encabezó la capitulación:[*] (* Ap. n. [17-5].) «El gobernador y la junta militar... convencidos de que los verdaderos españoles son los que unidos al rey Don José Napoleón procuran hacer menos desgraciada su patria.» Conducta infame
del gobernador
García Navarro. Basta. ¡Qué gobernador! ¡Qué junta militar! No paró aquí la desbocada conducta del primero. Entró después a servir al intruso, y recibió en premio honores y condecoraciones, escribiendo antes al mariscal Suchet entre otras cosas:[*] (* Ap. n. [17-6].) «V. E. debe estar bien seguro de mí: la entrega de una plaza fuerte que tiene víveres y todo lo necesario para una larga defensa... es un garante de mis promesas...» Memorial con relación de méritos sacados de la propia infamia.

Tal baldón, tales infortunios compensáronlos en parte dos acontecimientos felices y honrosos, que ocurrieron casi por el mismo tiempo.

Serranía
de Ronda
y Tarifa.

Fue el uno la defensa de Tarifa. Diose cuenta en su lugar de los refuerzos anglo-españoles que habían en octubre entrado en aquella plaza, como también de los movimientos concomitantes que hasta 1.º de noviembre ejecutó en la serranía de Ronda Don Francisco Ballesteros. Movimientos
de Ballesteros. El glorioso avance que hizo dicho general sobre Bornos en 5 de aquel mes, y otro que en su apoyo verificaron a la propia sazón, la vuelta de Vejer, el general Copons y el coronel inglés Skerret, pararon ahincadamente la consideración del mariscal Soult. Pero no hallándose este con suficientes fuerzas a causa de las que le ocupaban las inmediatas atenciones, y de tropas que había enviado a Extremadura por lo de Arroyomolinos, creyó necesario echar mano en parte de las de Granada para contener a Ballesteros y embestir a Tarifa. Así, ordenó que Leval se acercase a la serranía de Ronda con 6800 combatientes infantes y caballos, y que se le juntase en ella el general Barrois con 4200, debiendo también dirigirse un trozo de 3000 hombres de los que sitiaban a Cádiz sobre Facinas y otros puntos inmediatos. Tal avenida de fuerzas obligó a Ballesteros a refugiarse otra vez bajo el cañón de Gibraltar, dejando no obstante en las montañas una vanguardia a las órdenes de Don Antonio Solá, quien, asistido además de los serranos, tenía encargo de cortar al enemigo la comunicación e interceptarle las subsistencias. Cumplió debidamente este jefe con lo que le habían encomendado, y estrechando de cerca el 6 de diciembre a los franceses de Estepona, los obligó a huir y les cogió mochilas y equipajes. También Copons y Skerret evolucionaron para distraer al enemigo por la parte de Algeciras; mas, sabedores de que Tarifa era amenazada, tornaron de priesa a cubrir sus muros.

Sitian
los franceses
a Tarifa.

El deseo de enseñorearse de ellos, y la escasez de vituallas que las correrías de Solá y del paisanaje causaban en el campo francés, decidieron a Leval a abandonar a San Roque y aproximarse cuanto antes a la citada plaza de Tarifa. Se halla esta colocada en la punta más meridional de España y en lo más angosto del estrecho; tiene de población dos mil y cien vecinos, y le dio renombre la defensa que contra moros hizo Don Alonso Pérez de Guzmán, llamado el Bueno por hazaña tan ilustre, sin par en sus circunstancias. No guarnecían a Tarifa sino un antiguo y frágil castillo, y débil muralla de poco espesor, con torreones cuadrados y foso. Los reparos nuevos, no muchos y poco robustos. A corta distancia y al sudoeste plántase una isla circular y peñascosa, de media hora de bojeo, que se denomina como la ciudad. Antes separaba a dicha isla del continente un canal de corriente rápida, a manera de pequeño Euripo, que se acabó de cerrar en 1808 por el celo y personales sacrificios del intendente Don Antonio González Salmón, quien formó allí un fondeadero acomodado. Habíanla actualmente fortalecido y artillado con 12 cañones: punto de retirada conveniente y que infundía aliento. Fueron habilitadas en su recinto una cisterna y una antigua torre y se sirvieron los sitiados para almacén de pólvora de una especie de subterráneo apellidado Cueva de Moros, guarida en otro tiempo de corsarios berberiscos. Prevención necesaria la última estando la isla dominada por las alturas vecinas. De ellas, la más cercana al oeste, la de Santa Catalina, fortificola Copons, ejecutando también al este, frontero de la Galeta, algunas obras. Cortáronse además en la ciudad las calles, y se atajaron con rejas arrancadas de las ventanas; atroneráronse muchas casas. Constaba la guarnición, entre ingleses y españoles, de 2500 hombres. Los tarifeños se señalaron de valientes y proporcionaron 300 marineros. Era gobernador el coronel Don Manuel Daván, y jefes de ingenieros y de artillería Don Eugenio Iraurgui y Don Pablo Sánchez. Mandaba las fuerzas sutiles españolas Don Lorenzo Parra. Había también buques de guerra ingleses. La defensa, sin embargo, dirigiola con especialidad Don Francisco Copons y Navia ayudado de los consejos del coronel inglés Skerret.

Gloriosa defensa.

Presentáronse los franceses a la vista de la plaza el 19 de diciembre, después de dejar fuerza en observación de Ballesteros, y también del lado de Algeciras. Obligaron a Copons el 20 a meterse dentro, y empezaron en seguida los trabajos de sitio; adelantáronlos el 28 hasta 50 toesas de los muros, y el 29 abrieron el fuego con 6 cañones de a 18 y 3 obuses de a 9 pulgadas. En la tarde del mismo día hallábase ya practicable una brecha de 300 toesas por la parte contigua a la puerta del Retiro, y destruido casi del todo el torreón de Jesús. Intimaron luego los enemigos la rendición, y desechada la propuesta por Copons, preparáronse al asalto.

Levantan
los franceses
el sitio.

Se verificó este el 31 a las nueve y media de la mañana, acudiendo de una vez a embestir la brecha 23 compañías al cargo del general Chassereaux, a las que apoyaban las demás fuerzas. Los acometedores se arrojaron con ímpetu, pero parolos en su ataque una escarpadura interior hecha en la muralla y varios parapetos de colchones levantados detrás, junto con el fuego incesante que salía de los lugares vecinos y las casas. Descorazonados, los enemigos no insistieron en romper adelante y retrocedieron con gran mengua, dejando allí más de 500 heridos y muertos. Para recoger los primeros pidieron los franceses un armisticio que se les concedió, ayudándolos generosamente en la faena nuestros soldados y paisanos; ejemplo de humanidad raro, y no menos digno de imitar que los muchos que de valor habían dado todos ellos poco antes. Aprovechose Copons de la ventaja, y a su vez incomodó al sitiador por cuantos medios pudo. Vinieron también en auxilio de la plaza las lluvias, que anegaron las trincheras enemigas, los caminos y los campos, sin dejar al fatigado francés ni siquiera un palmo de terreno enjuto en que reclinar la cabeza. Apurado Leval, alzó el sitio el 5 de enero yéndose vía de Vejer y Medina. Costole la malograda tentativa entre muertos, heridos, enfermos y desertores al pie de dos mil hombres. Perdió toda la artillería gruesa, y dejó sembrados por el tránsito efectos y municiones. Así se estrellaron los esfuerzos de diez mil franceses en las murallas de una fortaleza, flacas en sí, mas sostenidas por brazos vigorosos y por el buen concierto de los jefes españoles e ingleses.

Ciudad Rodrigo.

El segundo de los dos acontecimientos que hemos anunciado como favorables y gloriosos fue la toma de Ciudad Rodrigo, más importante por sus consecuencias que la defensa de Tarifa. Resuelto lord Wellington, según apuntamos al principio de este libro, a formalizar el sitio de aquella plaza, continuó tomando varias disposiciones desde sus acantonamientos de Freineda, y juntó en Almeida, al acabar noviembre, el parque correspondiente de artillería. Completó en seguida y con mucho orden los demás preparativos, habiendo ejercitado algunas tropas en las tareas propias del ingeniero y del zapador, en lo que antes se habían los suyos mostrado harto bisoños. Mandó también al general Hill que se moviera hacia la Extremadura española, y colocó a Don Carlos España y a Don Julián Sánchez en el Tormes, con objeto de que los últimos cortasen aquellas comunicaciones. Estos jefes, particularmente Sánchez, desempeñaron bien su comisión, y los pueblos de Castilla mostraron, según escribía el mismo Wellington, grande adhesión a la causa de la patria; guardando además tal fidelidad que pasaron días primero que supiesen los franceses de Salamanca, aunque tan próximos, haber los aliados emprendido el sitio.

Cerca
Lord Wellington
la plaza.

Debió este tener principio el 6 de enero; pero se retardó hasta el 8 por el mal tiempo. Describimos a Ciudad Rodrigo cuando el cerco de 1810, tan honorífico para las armas españolas. Desde entonces habían los franceses reparado los daños causados en aquella defensa, fortalecido los principales edificios del arrabal, y el convento de Santa Cruz al nordeste, como también levantado en el cerro, o sea teso, de San Francisco un reducto que apellidaron de Renaud, en memoria del malhadado gobernador de aquel nombre que cogiera Don Julián Sánchez.

Ocuparon los ingleses esta obra en la noche misma del 8 al 9; estreno feliz de su empresa. Por allí dirigieron los trabajos, siguiendo el mismo camino que habían tomado los franceses en el anterior cerco. Establecieron los sitiadores la primera paralela en el mencionado teso, y plantaron tres baterías de a once piezas cada una. Rompieron el 14 el fuego, y abriendo los aproches formaron la segunda paralela a 70 toesas de la plaza. Favoreció el progreso la toma que el general Graham verificó el 13 del convento de Santa Cruz, con lo cual se vio protegida la derecha de los sitiadores. Sucedió otro tanto respecto a la izquierda, habiéndose enseñoreado los aliados en la noche del 14 del convento de San Francisco en el arrabal. Continuaron los ingleses completando del 15 al 19 la segunda paralela y sus comunicaciones, y no descuidaron adelantar la zapa hasta la cresta del glacis.

Entre tanto, había previsto Wellington que tal vez convendría, antes de que se concluyeran debidamente los trabajos, dar el asalto; por lo que, recibiendo de los ingenieros seguridad de que era posible abrir brecha solo con los fuegos de las baterías de la primera paralela, ordenó que se pusiese en ello todo el conato. Así se hizo, y en la tarde del 19 hallose ya aportillado el muro de la falsabraga y el del cuerpo de la plaza. Además de la brecha principal, practicose otra más a la izquierda de los aliados, por medio de una nueva batería plantada en el declive que va desde el cerro al convento de San Francisco.

Hasta entonces habían los sitiados procurado retardar las operaciones del inglés, y el 14 hicieron una salida en que le causaron daño. Sin embargo, ni estas tentativas ni otros arbitrios fueron parte a impedir que llegase el momento crítico del asalto.

Dispúsole Wellington, desechada que fue por el gobernador francés la propuesta de rendirse, y acelerole en consecuencia de tristes nuevas que empezaba a recibir de Valencia, como también por reunir tropas en Valladolid el mariscal Marmont, quien desde Toledo y Talavera había llegado en los primeros días de enero a aquella ciudad con parte de su ejército en busca de víveres, y sospechando que los ingleses iban a poner sitio a Ciudad Rodrigo.

La asaltan
los aliados
y la toman.

Por tanto el mismo día 19 en que se abrieron las brechas, determinó Wellington que al cerrar de la noche se asaltase la plaza. Destinó al efecto cinco columnas. La quinta de ellas a las órdenes del general Pack estaba encargada de hacer un ataque falso por la parte meridional: debía la cuarta, guiada por Craufurd, embestir la brecha pequeña y cubrir la izquierda del acometimiento de la más principal, cuyo asalto se había reservado a las tres columnas restantes bajo el general Picton. Diose principio a la empresa, arrostrando los anglo-portugueses con serenidad los mayores peligros, y superando obstáculos. Se defendieron los franceses con denuedo; mas sucediendo bien los diversos ataques, aflojaron, y pudieron los aliados al cabo de media hora extenderse lo largo de las murallas, y enseñorearse de la plaza. Cayeron prisioneros 1709 franceses y el comandante Barrié, que hacía de gobernador; los demás, hasta 2000 que componían la guarnición, habían perecido en la defensa. Conservaron los aliados, al entrar en la ciudad, buen orden: su pérdida ascendió en todo a 1300 hombres. Entre los muertos contose desgraciadamente a los generales Mackinson y Craufurd. Gracias
y recompensas. Entregó lord Wellington la plaza en manos de Don Francisco Javier Castaños, y las cortes decretaron las debidas gracias al ejército anglo-portugués, y concedieron al general en jefe la grandeza de España bajo el título de duque de Ciudad Rodrigo. También el gobierno y parlamento británico dispensaron honores y pensiones, ordenando además que se erigiese un monumento en memoria del valiente y malogrado general Craufurd.

Nuevas
esperanzas.

Otros sucesos felices y nuevas esperanzas acompañaron a estos triunfos. No habían los franceses reforzado sus filas en 1811 con más de 50.000 combatientes; auxilio que ni con mucho bastaba a llenar los claros que hacía la guerra, ni los huecos que dejaban algunas tropas que ahora partieron; pudiendo aseverarse que por el tiempo en que vamos no conservaban los enemigos en la península arriba de 240.000 hombres. Entre los llegados últimamente, muchos eran conscriptos, y en el diciembre de 1811 y primeros meses de 1812 marcharon a Francia unos 14.000 veteranos; 8000 de la guardia imperial y restos de otros cuerpos, y 6000 polacos del ejército de Aragón, queriendo el emperador francés emplearlos en Rusia, cuya guerra parecía ya inminente. Albores todos de las dichas que nos aguardaban en aquel año.

RESUMEN

DEL

LIBRO DECIMOCTAVO.

La Constitución. — Presenta la comisión su proyecto. — Entusiasmo que produce. — Obstáculos que algunos quieren poner a su discusión. — Empieza esta. — Título 1.º De la nación española y de los españoles. — Título 2.º Del territorio de las Españas, su religión y gobierno. — Título 3.º De las Cortes. — Título 4.º Del Rey. — Título 5.º De los tribunales. — Título 6.º Del gobierno interior de las provincias y de los pueblos. — Título 7.º De las contribuciones. — Título 8.º De la fuerza militar nacional. — Título 9.º De la instrucción pública. — Título 10.º y último. De la observancia de la constitución y modo de proceder para hacer variaciones en ella. — Reflexiones generales acerca de la constitución. — Descontentos fuera de las cortes. — Asunto de Lardizábal. — Del consejo. — Papel de la España vindicada. — Tribunal especial para entender en estos negocios. — Exposición del decano del consejo. — Desagradable ocurrencia con el diputado Valiente. — Curso y final término de estos negocios. — Manejos para poner al frente de la regencia a la infanta Doña María Carlota. — Carta a las cortes de esta señora. — Proposiciones para ponerla al frente de la regencia. — Del señor Laguna. — Se desecha. — Del señor Vera y Pantoja. — Apruébanse otras en contrario del señor Argüelles. — Nueva regencia compuesta de cinco individuos. — La anterior regencia. Juicio acerca de ella. — Su administración y algunos acontecimientos de su tiempo. — Reglamento dado a la nueva regencia. — Se firma, jura y promulga la constitución el 18 y 19 de marzo. — Auméntase y cunde el entusiasmo en su favor. — Felicitaciones y aplausos que reciben las cortes.

HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.