LIBRO DECIMONONO.
Acontecimientos
en las provincias.
Antes de referir los combinados y extensos movimientos que ejecutaron, al promediar del año de 1812, las armas aliadas, echaremos una ojeada rápida sobre los acontecimientos parciales ocurridos durante los primeros meses del año en la diversas provincias de España. Comenzaremos por la de Cataluña, o sea el primer distrito.
Primer distrito.
Allí Don Luis Lacy, ayudado de la junta del principado y de los demás jefes, mantenía cruda guerra; habiéndose situado a mediados de enero en Reus, con amago a Tarragona. Escasez de víveres y secretos tratos habían dado esperanza de recuperar por sorpresa aquella plaza. Avisado Suchet, previno el caso y comunicó para ello órdenes al general Musnier que mandaba en las riberas del Ebro hacia su embocadero; quien por su parte encargó al general Lafosse, comandante de Tortosa, que avanzase más allá del Coll de Balaguer y explorase los movimientos de los españoles. Confiado este sobradamente, imaginó que Lacy se había alejado al saber la noticia de la rendición de Valencia; por lo que, sin reparo, y participándoselo así a Musnier, Combate
de Villaseca. prosiguió a Villaseca en donde acampó el 19 de enero. Consistía la fuerza de Lafosse en un batallón y 60 caballos, con los que se metió en Tarragona, dejando a los infantes, para que descansasen, en dicho Villaseca. Don Luis Lacy aprovechó tan buena oportunidad y arremetió contra los últimos, logrando, a pesar de una larga y vivísima resistencia, desbaratarlos y coger el batallón casi entero con su jefe Dubarry. En vano quiso Lafosse revolver en socorro de los suyos: habíanlos ya puesto en cobro los nuestros. Se distinguieron en tan glorioso combate el barón de Eroles y el comandante de coraceros Casasola.
Llamado entonces el general en jefe español a otras partes, dejó apostado en Reus a Eroles, y marchó con Don Pedro Sarsfield la vuelta de Vic, a donde había acudido el general francés Decaen. Al aproximarse los nuestros, evacuaron los enemigos la ciudad De S. Feliú
de Codinas. y en San Feliú de Codinas trabose sangrienta lid. Al principio cayó en ella prisionero Sarsfield; mas a poco libertáronle cuatro de sus soldados y, cambiando la suerte, tuvieron los franceses que retirarse apresuradamente.
De Altafulla.
En tanto Eroles sostuvo el 24 de enero otra acometida del enemigo. Embistiéronle los generales Lamarque y Maurice Mathieu en Altafulla, acorriendo ambos de Barcelona con superiores fuerzas. Acosado y envuelto el general español, viose en la precisión de dispersar sus tropas, a las que señaló para punto de reunión el monasterio de Santas Cruces. Sacrificáronse dos compañías del batallón de cazadores de Cataluña con intento de salvar la división, y lo consiguieron, arrostrando y conteniendo el ímpetu del enemigo en un bosque cercano. Nuestra pérdida consistió en 500 hombres y 2 piezas; no escasa la de los franceses, que quisieron vengar en este reencuentro el revés de Villaseca.
Rehecho luego Eroles, caminó por disposición de Lacy al norte de Cataluña, vía del valle de Arán, Sarsfield
en Francia. con orden de apoyar a Don Pedro Sarsfield, quien penetró bravamente en Francia el 14 de febrero, siguiendo el valle del Querol, y derrotando en Hospitalet a un batallón que le quiso hacer frente. Recorrió Sarsfield varios pueblos del territorio enemigo; exigió 50.000 francos de contribución; cogió más de 2000 cabezas de ganado, y también pertrechos de guerra.
Acción de Roda.
Acabada que fue la incursión de Sarsfield en Francia, revolvió Eroles con su gente sobre Aragón, y se adelantó hasta Benasque y Graus. Andaba por aquí la brigada del general Bourke, perteneciente al cuerpo llamado de reserva de Reille, que, después de la conquista de Valencia, había tornado atrás y tomado el nombre de cuerpo de observación del Ebro. Atacó Bourke a Eroles en Roda, partido de Benavarre, el 5 de marzo, hallándole apostado en el pueblo que se asienta en un monte erguido. Duró la refriega diez horas, y al cabo quedó la victoria del lado de los españoles, teniendo los franceses que retirarse abrigados de la noche, muy mal herido su general, y con pérdida de cerca de 1000 hombres. Refugiose Bourke en Barbastro, y después en la plaza de Lérida, temeroso de Mina. A poco vino en su ayuda parte de la división de Severoli, que era otra de las del cuerpo de Reille, la cual penetró tierra adentro en Cataluña en persecución de Eroles infructuosa e inútilmente.
Otros combates
y sucesos.
Con suerte varia empeñáronse por el mismo tiempo diversos combates en los demás distritos de aquel principado. De notar fue el que sostuvo en 27 de febrero cerca de la villa de Darníus el teniente coronel Don Juan Rimbau, al frente del primer batallón de San Fernando, en el que quedaron destruidos 500 infantes y 20 caballos enemigos. Lo mismo aconteció en otras refriegas trabadas en abril, no lejos de Aulot y Llavaneras, por Miláns y Rovira. Repetíanse a cada instante parecidos choques, si no todos de igual importancia, a las órdenes de Fábregas, Gay, Manso y otros jefes. Continuaba por nosotros la montaña de Abusa, lugar propio para instrucción de reclutas; también la plaza de Cardona y la Seu de Urgel, desde cuyo punto su gobernador Don Manuel Fernández Villamil, atalayando el territorio francés, no desaprovechaba ocasión de incomodar a sus habitantes y sacar contribuciones. Del lado de la mar manteníanse en nuestro poder las islas Medas, impenetrable asilo, gobernado ahora por Don Manuel Llauder, que molestaba a los enemigos hasta con corsarios que se destacaban de aquella guarida.
Divide Napoleón
la Cataluña en
departamentos.
Y como si no bastasen los hechos anteriores para sustentar tráfago tan belicoso, vino aún a avivarle un decreto dado por Napoleón, en 26 de enero, según el cual se dividía la Cataluña, como si ya perteneciese a Francia, en cuatro departamentos, a saber: 1.º, del Ter, capital Gerona; 2.º, de Monserrat, capital Barcelona; 3.º, de las Bocas del Ebro, capital Lérida; y 4.º, del Segre, capital Puigcerdá. Para llevar a efecto esta determinación, llegaron en abril a la ciudad de Barcelona varios empleados de Francia, y entre ellos Mr. de Chauvelin, encargado de la intendencia de los llamados departamentos de Monserrat y Bocas del Ebro; y Mr. Trelliard, nombrado prefecto del de Monserrat. Los instaló en sus puestos el 15 del mismo mes el general Decaen. Burlábanse de tales disposiciones aun los mismos franceses, diciendo en cartas interceptadas «aquí deberían enviarse, por diez años a lo menos, ejércitos y bayonetas, no prefectos.» Los moradores, por su parte, despechábanse más y más viendo en aquella resolución, no ya la mudanza de dinastía y de gobierno, sino hasta la pérdida de su antiguo nombre y naturaleza, sentimiento arraigado y muy profundo entre los españoles, y sobre todo entre los habitantes de aquella provincia.
Da el mando
de ella a Suchet.
Por entonces, aunque continuó al frente de Cataluña el general Decaen, dieron los franceses la supremacía del mando de toda ella, como ya la tenía de una parte de la misma provincia, y de Aragón y Valencia, al mariscal Suchet. Con este motivo, y el de prevenir desembarcos que se temían por aquellas costas, avistáronse él y Decaen en Reus el 10 de julio. Otras
ocurrencias. Nacían semejantes recelos de una expedición inglesa que se dirigía a España procedente de Sicilia, de la cual hablaremos después como conexa con la campaña general e importante que empezó en este verano. También inquietaban a dichos generales movimientos de Lacy hacia la costa, y anuncios de conspiraciones en Barcelona y Lérida. En la primera de las dos ciudades prendieron los franceses y castigaron a varios individuos; y en la última el gobernador Henriod, conocido ya como hombre cruel, halló ocasión de saciar su saña con motivo de haberse volado el 16 de julio un almacén de pólvora, de cuya explosión resultaron muchas víctimas y abrirse una brecha en el baluarte del Rey. Atribuyó el general francés este suceso no a casualidad, sino a secretos manejos de los españoles. Sospechas fundadas, si bien nada pudo Henriod descubrir ni poner en claro en el asunto.
Segundo distrito.
El fatal golpe de la caída de Valencia comprimió por algún tiempo el fervor patriótico de aquel reino, no habiendo ocurrido en él al principio acontecimiento notable. Sin embargo, el gobierno supremo de Cádiz envió por comandante general de la provincia a Don Francisco de Copons y Navia, quien, gozando de buen nombre por la reciente defensa de Tarifa, trató ya en abril de animar con proclamas a los valencianos desde el punto de Alicante. Segundo
y tercer ejército. Rehacíanse en Murcia el segundo y tercer ejército, todavía al mando de Don José O’Donnell; ascendiendo el número de gente en ambos a unos 18.000 hombres. Limitáronse sus operaciones a varias correrías, ya por la parte de Granada, ya por la de la Mancha, ya en fin por la de Valencia: todas entonces no muy importantes, pero que de nuevo inquietaban al enemigo. Partidas. Don Antonio Porta, comandante del reino de Jaén bajo la dependencia de este ejército, cogió en 5 de abril, entre Bailén y Guarromán, porción de un numeroso convoy que iba de Madrid a Sevilla. Se señalaba también por allí el partidario Don Bernardo Márquez, como igualmente hacia la Carolina Don Juan Baca, segundo de Don Francisco Abad [Chaleco], quien proseguía en la Mancha sus empresas. En esta provincia mandaba aún Don José Martínez de San Martín: y recorriendo a veces la tierra con feliz estrella, se abrigaba en las montañas o en Murcia, habiendo repelido el 16 de marzo, en la ciudad de Chinchilla, una columna francesa que vino en busca suya.
Divisiones
de Roche
y Whittingham.
Mirábase como refuerzo importante para el segundo y tercer ejército una división española que se formaba en Alicante, equipada a costa del gobierno británico, y regida por el general Roche, inglés al servicio de España; asimismo otra de la misma clase que adiestraba en Mallorca el general Whittingham, debiendo ambas obrar de acuerdo con el segundo y tercer ejército, y con la expedición anglo-siciliana mencionada arriba.
Guerrillas
en Valencia.
Tampoco perjudicaban a la tropa reglada algunas guerrillas que empezaban a rebullir hasta en las mismas puertas de la ciudad de Valencia; principalmente la del Fraile, denominada así por capitanearla el franciscano descalzo Fr. Asensio Nebot, que importunaba bastantemente al enemigo con acometimientos y sorpresas.
Empresas
del Empecinado,
de Villacampa
y de Durán.
Pero las partidas que se mostraban incansables en sus trabajos eran las ya antes famosas del Empecinado, Villacampa y Durán, pertenecientes a este segundo distrito. El conde del Montijo, a quien Blake había nombrado jefe de todas tres, retirose, verificada la rendición de Valencia, y se incorporó a las reliquias de aquel ejército, campeando de nuevo por sí los mencionados caudillos según deseaban, y cual quizá convenía a su modo de guerrear.
El Manco.
Tuvo Don Juan Martín el Empecinado que deplorar en 7 de febrero la pérdida de 1200 hombres, acaecida en Rebollar de Sigüenza en un reencuentro con el general Gui, estando para ser cogido el mismo Empecinado en persona, quien solo se salvó echándose a rodar por un despeñadero abajo. Achacaron algunos tal descalabro a una alevosía de su segundo Don Saturnino Abuín, llamado el Manco, y parece que con razón, si se atiende a que hecho prisionero este tomó partido con los enemigos, empañando el brillo de su anterior conducta. Ni aun aquí paró el Manco en su desbocada carrera; preparose a querer seducir a Don Juan Martín y a otros compañeros, aunque en balde, y a levantar partidas que apellidaron de contra-Empecinados: las cuales no se portaron a sabor del enemigo, pasándose los soldados a nuestro bando luego que se les abría ocasión.
Al regresar Don Pedro Villacampa de Murcia a Aragón escarmentó, durante el marzo, a los generales Palombini y Pannetier en Campillo, Ateca y Pozohondón. Uniose en seguida con el Empecinado y, obrando juntos, ambos jefes amenazaron a Guadalajara. Separáronse luego, y Villacampa tornó a su Aragón, al paso que Don Juan Martín acometió a los franceses en Cuenca, entrando en la ciudad el 9 de mayo, y encerrando a los enemigos en la casa de la Inquisición y en el hospital de Santiago. No siéndole posible al Empecinado forzar de pronto estos edificios, se retiró y pasó a Cifuentes; y hallándose el 21 en la vega de Masegoso, dudaba si aguardaría o no a los enemigos que se acercaban, cuando, sabedores los soldados de que venía el Manco, quisieron pelear a todo trance. Lograron los nuestros la ventaja, y el Manco huyó apresuradamente; que no cabe por lo común valor muy firme en los traidores.
Gayán.
También Don Ramón Gayán estuvo para apoderarse el 29 de abril del castillo de Calatayud, muy fortificado por los franceses. No lo consiguió; pero a lo menos tuvo la dicha de coger a su comandante, de nombre Favalelli, y a 60 soldados que se hallaban a la sazón en la ciudad.
Toma Durán
a Soria
y a Tudela.
Por su parte, llevó igualmente entonces a cabo Don José Durán dos empresas señaladas, que fueron la toma de Soria y el asalto de Tudela. Ejecutó la primera el 18 de marzo, auxiliado de un plano y de noticias que le dio el arquitecto Don Dionisio Badiola. Inútilmente quisieron los enemigos defender la ciudad: penetraron dentro los nuestros, rompiendo las puertas, y obligando a los franceses a recogerse al castillo con pérdida de gente y de algunos prisioneros. Alcanzaron la libertad muchos buenos españoles allí encarcelados. Guarnecían a Tudela de 800 a 1000 infantes enemigos, y la embistieron los nuestros el 28 de mayo. Habíanla los franceses fortalecido bastantemente; mas todo cedió al ímpetu de los soldados de Durán, que asaltaron la ciudad por el Carmen Descalzo y por la Misericordia, guiando las columnas Don Juan Antonio Tabuenca y Don Domingo Murcia. Los enemigos se metieron también esta vez en el castillo, dejando en nuestro poder 100 prisioneros y muchos pertrechos.
Cuarto distrito.
En el cuarto distrito manteníase la mayor parte de su ejército en la Isla de León con buena disciplina y orden, yendo en aumento su fuerza más bien que en mengua. Las salidas en este tiempo no fueron muchas ni de entidad. Continuaba maniobrando por el flanco derecho en Ronda Ballesteros. el general Ballesteros, habiendo atacado el 16 de febrero en Cártama al general Maransin. Desbaratole con pérdida considerable, siendo además herido gravemente de dos balazos el general francés. En seguida tornó Ballesteros al Campo de Gibraltar, por venir tras de él con bastante gente el general Rey: tomó el español la ofensiva no mucho tiempo después con objeto, según veremos, de atraer a los enemigos de Extremadura.
Quinto distrito.
Aquí y en todo el quinto distrito se hallaba reducido el ejército por escasez de medios, si bien apoyado en el cuerpo que gobernaba el general Hill. Consistía su principal fuerza en las dos divisiones Penne y Morillo. que mandaban el conde de Penne Villemur y Don Pablo Morillo. Coadyuvaron ambas a las operaciones que favorecieron el sitio y reconquista de Badajoz, de que hablaremos más adelante. Penne solía acudir al condado de Niebla y libertar de tiempo en tiempo aquellos pueblos que enviaban de continuo provisiones a Cádiz, y formaban como el flanco izquierdo de tan inexpugnable plaza. Morillo con su acostumbrada rapidez y destreza hizo en enero una excursión en la Mancha, y llegó hasta Almagro. Entró el 14 en Ciudad Real, en donde le recibieron los vecinos con gran júbilo, y volvió a Extremadura después de molestar a los franceses, de causarles pérdidas, cogerles algunos prisioneros, y alcanzar otras ventajas.
Partidas.
Las partidas de este distrito, sobre todo las de Toledo, seguían molestando al enemigo; y Palarea, uno de los principales guerrilleros de la comarca, recibió del príncipe regente de Inglaterra, por mano de Lord Wellington, un sable, «en prueba de admiración por su valor y constancia.»
Sexto distrito.
Evacuación
de Asturias.
El ejército del sexto distrito contribuyó con sus movimientos a acelerar la evacuación de Asturias verificada nuevamente a últimos de enero, en virtud de órdenes de Marmont, apurado con el sitio y toma de Ciudad Rodrigo. No pudieron los franceses ejecutar la salida del principado sino a duras penas por las muchas nieves, y molestados por los paisanos y tropas asturianas, como asimismo por Don Juan Díaz Porlier que los hostilizó con la caballería, cogiendo bagajes y muchos rezagados. También perecieron no pocos hombres, dinero y efectos a bordo de cinco trincaduras que tripularon los enemigos en Gijón, de las cuales se fueron cuatro a pique acometidas de un temporal harto recio.
Por lo demás, las operaciones del sexto ejército en el invierno se limitaron a algunos amagos, a causa de lo riguroso de la estación, y en espera de los movimientos generales que preparaban los aliados. Mandábale como antes Don Francisco Javier Abadía, conservando la potestad suprema militar el general Castaños que, según indicamos, gozaba también de la del quinto y séptimo ejército.
Proclama
del general
Castaños.
Trasladose este último jefe a Galicia, yendo de Ciudad Rodrigo por Portugal, y pisó a principios de abril aquel territorio. Para alentar con su presencia a los habitantes, juzgó del caso no solo tomar providencias militares y administrativas, sino también halagar los ánimos con la deleitable perspectiva de un mejor orden de cosas. Decíales, por tanto, en una proclama datada en Pontevedra a 14 de abril:[*] (* Ap. n. [19-1].) «Mi buena suerte me proporciona ser quien ponga en ejecución en el reino de Galicia la nueva Constitución del imperio español, ese gran monumento del saber y energía de nuestros representantes en el Congreso nacional, que asegura nuestra libertad, y ha de ser el cimiento de nuestra gloria venidera.»
Nueva entrada
de los franceses
en Asturias.
Volvieron los franceses a mediados de mayo a ocupar a Asturias; ya por lo que agradaba al general Bonnet residir en aquella provincia donde obraba con independencia casi absoluta, ya por disposición del mariscal Marmont, en busca de carnes de que escaseaba su ejército en Castilla. La permanencia entonces no fue larga ni tampoco tranquila, siendo de notar, entre otros hechos, la defensa que el coronel de Laredo, Don Francisco Rato, hizo en el convento de San Francisco de Villaviciosa contra el general Gauthier, que no pudo desalojarle de allí a la fuerza. Tuvo Bonnet que evacuar el principado en junio, aguijados los suyos hacia Salamanca por los movimientos de los anglo-portugueses. Su salida. Verificaron los franceses la salida del lado de la costa, vía de Santander, temerosos de encontrar tropiezos si tomaban el camino de las montañas que parten términos con León. El mando del sexto ejército español, después de una corta interinidad del marqués de Portago, recayó de nuevo en Don José María de Santocildes con universal aplauso.
Séptimo distrito.
Muchos continuaban siendo los reencuentros y choques de los diversos cuerpos y guerrillas que formaban el séptimo ejército bajo Don Gabriel de Mendizábal, quien, poniéndose al frente, cuándo de unas fuerzas cuándo de otras, juntábalas o las separaba según creía conveniente, estrechando en una ocasión a los franceses de Burgos mismo.
Porlier.
De los jefes que le estaban subordinados, maniobraba Porlier, conforme hemos visto, al este de Asturias, siempre que el principado se hallaba en poder de enemigos, acudiendo en el caso contrario a los llanos de Castilla o a Santander, o bien embarcándose a bordo de buques ingleses y españoles en amago de algunos puntos de la costa.
Otros caudillos.
Lo mismo ejecutaban en Cantabria el ya nombrado Don Juan López Campillo, con Salcedo, La Riva y otros varios caudillos.
Junta de Vizcaya.
En las provincias Vascongadas instalose en febrero la junta del Señorío, que comúnmente residía ahora en Orduña. Por el esmero que dicha autoridad puso, y bajo la inspección del general Mendizábal, Renovales. acabó Don Mariano Renovales de formar entonces tres batallones y un escuadrón, los primeros de a 1200 hombres cada uno, que empezaron a obrar en la actual primavera. Alimentáronse así los diversos focos de insurrección, creados ya antes en gran parte por la actividad y cuidado especial El Pastor. del Pastor y Longa. En sus correrías, extendíase Renovales por la costa, mancomunando sus operaciones con las fuerzas marítimas británicas que a la orden de sir Home Popham cruzaban por aquellos mares; y hubo circunstancia en que ambos cerraron de cerca o escarmentaron a los franceses de Bilbao y otros puertos. Bien así como Don Gaspar Jáuregui [el Pastor], poco ha nombrado, a quien se debió, sostenido por dicho Popham, la toma en Lequeitio el 18 de junio, de un fuerte ganado por asalto, y la de un convento en donde se cogieron cañones, pertrechos y 290 prisioneros.
Perseguían los enemigos con encono a las juntas de este séptimo distrito, que, auxiliadoras en gran manera de las guerrillas y cuerpos francos, fomentaban además el espíritu hostil de los habitadores por medio de impresos y periódicos publicados en los lugares recónditos en donde se albergaban. Así avínole terrible fracaso a la de Burgos, una de las más diligentes y tenaces. Individuos de la
junta de Burgos
ahorcados
por los franceses. Cuatro de sus vocales, Don Pedro Gordo, Don José Ortiz Covarrubias, Don Eulogio José Muro, y Don José Navas [nombres que no debe olvidar la historia] tuvieron la fatal desgracia de que, sorprendiéndolos los enemigos el 21 de marzo en Grado, los trasladasen a la ciudad de Soria y los arcabuceasen ilegal e inhumanamente, suspendiendo sus cadáveres en la horca. Venganza que toma Merino. Irritado con razón Don Jerónimo Merino, adalid de aquellas partes, pasó por las armas a 110 prisioneros franceses: 20 por cada vocal de la junta, y los demás por otros dependientes de ella que igualmente sacrificó el francés. Tal retorno tiene la violenta saña.
No querían entonces nuestros contrarios reconocer en el ciudadano español los derechos que a todo hombre asisten en la defensa de sus propios hogares, y trataban a los que no eran soldados como salteadores o rebeldes. Decretos notables
de Napoleón.
(* Ap. n. [19-2].) Sin embargo, Napoleón, cuando en 1814 tocaba ya al borde de su ruina, dio un decreto en Fismes a 5 de marzo en el que decía:[*] «1.º Que todos los ciudadanos franceses estaban no solo autorizados a tomar las armas, sino obligados a hacerlo, como también a tocar al arma..., a reunirse, registrar los bosques, cortar los puentes, interceptar los caminos, y acometer al enemigo por flanco y espalda... 2.º Que todo ciudadano francés cogido por el enemigo y castigado de muerte sería vengado inmediatamente en represalia con la muerte de un prisionero enemigo». Otros decretos del mismo tenor acompañaron o precedieron a este, señaladamente uno en que se autorizaba el levantamiento en masa de varios departamentos, con facultad a los generales de permitir la formación de partidas y cuerpos francos.
Defensa esta mejor que otra ninguna de la conducta de los españoles: lección dura para conquistadores sin previsión ni piedad, que en el devaneo de su encumbrada alteza prodigan improperios e imponen castigos a los hijos valerosos de un suelo profanado e injustamente invadido.
Espoz y Mina.
En este séptimo distrito quédannos por referir algunos hechos de Don Francisco Espoz y Mina, no desmerecedores de los ya contados. A vueltas siempre con el enemigo pasaba aquel caudillo de una provincia a otra, juntaba su fuerza, la dispersaba, reuníala de nuevo, obrando también a veces en compañía de otros partidarios. En 11 de enero, presente Don Gabriel de Mendizábal, general en jefe del séptimo ejército, y en compañía de la partida de Don Francisco Longa, Acción
de Sangüesa. hizo Espoz y Mina firme rostro al enemigo a la derecha del río Aragón, inmediato a la ciudad de Sangüesa. Mandaba a los franceses el general Abbé, gobernador de Pamplona, quien, envuelto y acometido por todas partes, tuvo que salvarse al abrigo de la noche, después de perder 2 cañones y unos 400 hombres.
Presa de un
segundo convoy
en Arlabán.
Aunque amalado, no cesó Espoz y Mina en sus lides, cogiendo en 9 de abril, de un modo muy notable, un convoy en Arlabán, lugar célebre por la sorpresa ya relatada del año anterior. Presentábanse para el logro de aquel intento varias dificultades: era una la misma victoria antes alcanzada, y otra un castillo que habían construido allí los franceses y artilládole con cuatro piezas. Cuidadoso Mina de alejar cualquiera sospecha, maniobró diestramente; y todavía le creían sus contrarios en el alto Aragón, cuando, haciendo en un día una marcha de 15 leguas de las largas de España, se presentó con sus batallones el 9 al quebrar del alba en las inmediaciones de Arlabán y pueblo de Salinas, en donde formó con su gente un círculo que pudiese rodear todo el convoy y fuerza enemiga. Cruchaga, segundo de Mina, contribuyó mucho a los preparativos, y opuso a la vanguardia de los contrarios al bravo y después mal aventurado comandante Don Francisco Ignacio Asura.
Era el convoy muy considerable: escoltábanle 2000 hombres, llevaba muchos prisioneros españoles, y caminaba con él a Francia Mr. Deslandes, secretario de gabinete del rey intruso y portador de correspondencia importante. Al descubrir el convoy y tras la primera descarga, cerraron los españoles bayoneta calada con la columna enemiga, y punzáronla antes de que volviese de la primera sorpresa. Duró el combate solo una hora, destrozados los enemigos y acosados de todos lados. 600 de ellos quedaron tendidos en el campo, 150 prisioneros, y se cogió rico botín y 2 banderas. Parte de la retaguardia pudo ciar precipitadamente protegida por los fuegos del castillo de Arlabán. Muerte
de Mr. Deslandes,
secretario
de José. Mr. Deslandes, al querer salvarse saliendo de su coche, cayó muerto de un sablazo que le dio el subteniente Don León Mayo. Su esposa Doña Carlota Aranza fue respetada, con otras damas que allí iban. Cinco niños, de quienes se ignoraban los padres, enviolos Mina a Vitoria, diciendo en su parte al gobierno «estos angelitos, víctimas inocentes en los primeros pasos de su vida, han merecido de mi división todos los sentimientos de compasión y cariño que dictan la religión, la humanidad, edad tan tierna y suerte tan desventurada... Los niños por su candor tienen sobre mi alma el mayor ascendiente, y son la única fuerza que imprime y amolda el corazón guerrero de Cruchaga.» Expresiones que no pintan a los partidarios españoles tan hoscos y fieros como algunos han querido delinearlos.
Poco antes, el general Dorsenne [que aunque tenía sus cuarteles en Valladolid, hacía excursiones en Vizcaya y Navarra], combinándose con tropas de Aragón y juntando en todo unos 20.000 hombres, penetró en el valle del Roncal, abrigo de enfermos y heridos, depósito de municiones de boca y guerra. Grande peligro estrechó entonces a Mina, que consiguió superar burlándose de los ardides y maniobras del francés, y ejecutar en seguida la empresa relatada de Arlabán.
Tanto empeño en concluir del todo con Espoz, no solo lo motivaban los daños que de sus acometidas se seguían al enemigo, sino la resolución cada vez más clara de agregar a Francia la Navarra con las otras provincias de la izquierda del Ebro. Así se lo manifestó Dorsenne por este tiempo a las autoridades y cuerpos de Pamplona, entre los que varios replicaron oponiéndose con el mayor tesón. Esta resistencia, y los acontecimientos que sobrevinieron en el norte de Europa, impidieron que aquella determinación pasase a ejecución abierta.
Después de lo de Arlabán se trasladó Mina al reino de Aragón y, habiéndose introducido en el pueblo de Robres, se vio cercado al amanecer del 23 de abril y casi cogido en la misma casa donde moraba, y en cuya puerta se defendió con la tranca no teniendo por de pronto otra arma, hasta que acudió en auxilio suyo su asistente, el bravo y fiel Luis, que, llamando al mismo tiempo a otros compañeros, le sacó del trance, y lograron todos esquivar la vigilancia y presteza de los enemigos.
Muerte
de Cruchaga.
Así siguió Mina de un lado a otro, y no paró antes de mediar mayo; en cuya sazón, habiéndose dirigido a Guipúzcoa, ocurrió la desgracia de que al penetrar por la carretera de Tolosa, en el pueblo de Ormáiztegui, una bala de cañón arrebatase las dos manos al esforzado Don Gregorio Cruchaga, de cuya grave herida murió a poco tiempo. También entonces en Santa Cruz de Campezo recibió Mina un balazo en el muslo derecho, por lo que estuvo privado de mandar hasta el inmediato agosto. Con esto respiraron los franceses algún trecho, necesario descanso a su mucha molestia.
Medidas
administrativas
de Mina.
Si admira tanto guerrear, más destructivo y enfadoso para los franceses cuanto se asemejaba al de los pueblos primitivos en sus lides, igualmente eran de notar varios actos de la administración de Mina. Estableció este cerca de su campo casi todos los cuerpos y autoridades que residían antes en Pamplona, saltando de sitio en sitio al son de la guerra, pero desempeñando todos, no obstante, sus respectivos cargos con bastante regularidad, ya por la adhesión de los pueblos a la causa nacional, ya por el terror que infundía el solo nombre de Mina, cuya severidad frisaba a veces con cruel saña, si bien algo disculpable y forzosa en medio de los riesgos que le circuían y de los lazos que los enemigos le armaban.
Cubría principalmente Espoz y Mina sus necesidades con los bienes que secuestraba a los reputados traidores, con las presas y botín tomado al enemigo, y con el producto de las aduanas fronterizas. Modo el último de sacar dinero, quizá nuevo en la económica de la guerra. Resultó de un convenio hecho con los mismos franceses según el cual, nombrándose por cada parte interesada un comisionado, se recaudaban y distribuían entre ellos los derechos de entrada y salida. Amigos y enemigos ganaban en el trato, con la ventaja de dejar más expedito el comercio.
Juicio
de Wellington
sobre
las guerrillas.
(* Ap. n. [19-3].)
La utilidad y buenas resultas en la guerra de este fuego lento y devorador de las partidas reconocíalo Lord Wellington, quien decía por aquel tiempo en uno de sus pliegos, escrito en su acostumbrado lenguaje verídico, severo y frío.[*] «Las guerrillas obran muy activamente en todas las partes de España, y han sido felices muchas de sus últimas empresas contra el enemigo.»
Movimiento
de Wellington.
Dicho general proseguía con pausa en sacar ventaja de sus triunfos. Tomado que hubo a Ciudad Rodrigo, destruidos los trabajos de sitio, reparadas las brechas y abastecida la plaza, pensó moverse hacia el Alentejo, y emprender el asedio de Badajoz. Ejecutáronse los preparativos con el mayor sigilo, queriendo el general inglés no despertar el cuidado de los mariscales Soult y Marmont. Dispuesto todo, empezaron a ponerse en marcha las divisiones anglo-portuguesas, dejando solo una con algunos caballos en el Águeda. Lord Wellington salió el 5 de marzo, y sentó ya el 11 en Elvas su cuartel general.
Pone el inglés
sitio a Badajoz.
En seguida mandó echar un puente de barcas sobre el Guadiana, una legua por bajo de Badajoz; y pasando el río su tercera y cuarta división, embistieron estas la plaza, juntamente con la división ligera, el 16 del mismo marzo: agregóseles después la quinta, que era la que había quedado en Castilla. La primera, sexta y séptima con dos brigadas de caballería se adelantaron a los Santos, Zafra y Llerena, para contener cualquiera tentativa del mariscal Soult, al paso que el general Hill avanzó con su cuerpo desde los acantonamientos de Alburquerque a Mérida y Almendralejo, encargado de interponerse entre los mariscales Soult y Marmont, si, como era probable, trataban de unirse. Coadyuvó a este movimiento el quinto ejército español, cuyo cuartel general estaba en Valencia de Alcántara.
El gobernador francés Philippon no solo había reparado las obras de Badajoz, sino que las había mejorado, y aumentado algunas. Por lo mismo, pareció a los ingleses preferible emprender el ataque por el baluarte de la Trinidad, que estaba más al descubierto y se hallaba más defectuoso, batiéndole de lejos, y confiando para lo demás en el valor de las tropas. Dicho ataque podía ejecutarse desde la altura en que estaba el reducto de la Picuriña, para lo cual menester era apoderarse de esta obra y unirla con la primera paralela; operación arriesgada, de cuyo éxito feliz dudó Lord Wellington.
Metiéndose el tiempo en agua desde el 20 al 25, creció tanto Guadiana que se llevó el puente de barcas; a cuya desgracia añadiose también la de que el 19, haciendo los franceses una salida con 1500 infantes y 40 caballos, causaron confusión y destrozo en los trabajos. Con todo, los ingleses continuaron ocupándose en ellos con ahínco, y rompieron el fuego desde su primera paralela el 25, con 28 piezas en 6 baterías: 2 contra la Picuriña, y 4 para enfilar y destruir el frente atacado.
Al anochecer del mismo día asaltaron los ingleses aquel fuerte, defendido por 250 hombres, y le tomaron. Establecidos aquí los sitiadores, abrieron a distancia de 130 toesas del cuerpo de la plaza la segunda paralela.
En esta se plantaron baterías de brecha para abrir una en la cara derecha del baluarte de la Trinidad, y otra en el flanco izquierdo del de Santa María, situado a la diestra del primero. Los enemigos habían preparado por este lado, por donde corre el Rivillas, una inundación que se extendía a doscientas varas del recinto, y cuya esclusa la cubría el revellín de San Roque, colocado a la derecha de aquel río, y enfrente de la cortina de la Trinidad y San Pedro, en la cual también se trató de aportillar una tercera brecha. Los ingleses, para inutilizar la mencionada esclusa, quisieron asimismo apoderarse del revellín, pero tropezaron con dificultades que no pudieron remover de golpe.
Prosiguió el sitiador sus trabajos hasta el 4 de abril, esforzándose el gobernador Philippon en impedir el progreso, y empleando para ello suma vigilancia, y todos los medios que le daba su valor y consumada experiencia.
Mientras tanto, viniendo sobre Extremadura el mariscal Soult, aunque no ayudado todavía, como deseaba, por el mariscal Marmont, preparose Wellington a presentar batalla si se le acercaba, y resolviose a asaltar cuanto antes la plaza.
Ya entonces estaban practicables las brechas. Por tres puntos principalmente debía empezarse la acometida: por el castillo, por la cara del baluarte de la Trinidad, y por el flanco del de Santa María. Encargábase la primera a la tercera división del mando de Picton, y las otras dos a las divisiones regidas por el teniente coronel Barnard, y el general Colville. Doscientos hombres de la guardia de trinchera tuvieron la orden de atacar el revellín de San Roque, y la quinta división, al cargo de Leith, la de llamar la atención del enemigo desde Pardaleras al Guadiana, sirviéndose al propio tiempo de una de sus brigadas para escalar el baluarte de San Vicente y su cortina hacia el río.
Asalto dado
a la plaza.
Diose principio a la embestida el 6 de abril a las diez de la noche, y le dieron los ingleses con su habitual brío. Escalaron el castillo, y le entraron después de tenaz resistencia. Enseñoreáronse también del revellín de San Roque, y llegaron por el lado occidental hasta el foso de las brechas; mas se pararon, estrellándose contra la maña y ardor francés. Allí apiñados, desoyendo ya la voz de sus jefes, sin ir adelante ni atrás, dejáronse acribillar largo rato con todo linaje de armas y mortíferos instrumentos.
Apesadumbrado lord Wellington de tal contratiempo, iba a ordenar que se retirasen todos para aguardar al día, cuando le detuvo en el mismo instante el saber que Picton era ya dueño del castillo, e igualmente que sucediera bien el ataque que había dado una de las brigadas de la quinta división al mando de Walker, la cual, si bien a costa de mucha sangre, vacilaciones y fatiga, había escalado el baluarte de San Vicente y extendídose lo largo del muro. Incidente feliz que amenazando por la espalda a los franceses de las brechas, los aterró; y animó a los ingleses a acometerlas de nuevo y apoderarse de ellas.
Tómanla
los anglo-portugueses.
Lográronlo en efecto, y se rindió prisionera la guarnición enemiga. El general Philippon con los principales oficiales se recogió al fuerte de San Cristóbal y capituló en la mañana siguiente. Ascendía la guarnición francesa al principiar el sitio a unos 5000 hombres. Perecieron en él más de 800. Tuvieron los ingleses de pérdida, entre muertos y heridos, obra de 4900 combatientes: menoscabo enorme, padecido especialmente en los asaltos de las brechas.
Los franceses desplegaron en este sitio suma bizarría y destreza: los ingleses sí lo primero, mas no lo último. Probolo el mal suceso que tuvieron en el asalto de las brechas, y su valor en el triunfo de la escalada. Así les acontecía comúnmente en los asedios de plazas.
Maltratan
a los vecinos.
Trataron bien los ingleses a sus contrarios: malamente a los vecinos de Badajoz. Aguardaban estos con impaciencia a sus libertadores, y preparáronles regalos y refrescos, no para evitar su furia, como han afirmado ciertos historiadores británicos, pues aquella no era de esperar de amigos y aliados, sino para agasajarlos y complacerlos. Más de cien habitantes de ambos sexos mataron allí los ingleses. Duró el pillaje y destrozo toda la noche del 6 y el siguiente día. Fueron desatendidas las exhortaciones de los jefes, y hasta lord Wellington se vio amenazado por las bayonetas de sus soldados que le impidieron entrar en la plaza a contener el desenfreno. Restableciose el orden un día después con tropas que de intento se trajeron de fuera.
Gracias
concedidas.
Sin embargo, las Cortes decretaron gracias al ejército inglés, no queriendo que se confundiesen los excesos del soldado con las ventajas que proporcionaba la reconquista de Badajoz. Condecoró la regencia a lord Wellington con la gran cruz de San Fernando. Pusieron los ingleses la plaza en manos del marqués de Monsalud, general de la provincia de Extremadura.
Avanza Soult
y se retira.
El 8 de aquel abril se había adelantado Soult hasta Villafranca de los Barros, y retrocedió mal enojado luego que supo la rendición de Badajoz; atacó el 11 a su caballería y la arrolló la inglesa.
Acércanse
los españoles
a Sevilla.
Al propio tiempo el conde de Penne Villemur, con un trozo del quinto ejército español, se acercó a Sevilla por la derecha del Guadalquivir, y peleó con la guarnición francesa de aquella ciudad, y con la que había en el convento de la Cartuja. Culpose a Ballesteros de no haberle ayudado a tiempo por la otra orilla del río, y de ser causa de no arrojar de allí a los franceses. Retirose Penne Villemur el 10 por orden de Wellington, habiendo contribuido su movimiento a acelerar la retirada de Soult a Sevilla, después de dejar este a Drouet apostado entre Fuente Obejuna y Guadalcanal.
Movimiento
de Marmont
hacia
Ciudad Rodrigo.
Luego que acudió al sitio de Badajoz, como ya indicamos, la quinta división británica, no quedaron más tropas por el lado de Ciudad Rodrigo que algunas partidas y la gente de D. Carlos de España junto con el regimiento inglés primero de húsares, bajo el mayor general Alten, encargado de permanecer allí hasta fines de marzo. Pareciole, pues, al mariscal Marmont buena ocasión aquella de recuperar a Ciudad Rodrigo u Almeida, y de hacer una excursión en Portugal, más atento a mirar por las cosas de su distrito, que a socorrer a Badajoz que se hallaba comprendido en el del mariscal Soult, trabajados continuamente estos generales con rivalidades y celos. En aquel pensamiento partió Marmont de Salamanca asistido de 20.000 hombres, entre ellos 1200 de caballería. Intimó en vano la rendición a Ciudad Rodrigo, desde cuyo punto, no bien hubo apostado una división de bloqueo, se enderezó a Almeida, donde tampoco tuvo gran dicha. Muy estrechado se vio Don Carlos de España, colocado no lejos de Ciudad Rodrigo, y a duras penas pudo unirse con milicias portuguesas que habían pisado las riberas del Coa. Por su parte el mayor general Alten se retiró, y le siguió a la Beira baja la vanguardia francesa que entró el 12 de abril en Castello Branco, de donde volvió pies atrás. Pero Marmont habiendo espantado a las milicias portuguesas y dispersádolas, se adelantó más allá de Guarda, y llegó el 15 a la Lagiosa. Mayores hubieran sido entonces los estragos, si noticioso el general francés de la toma de Badajoz, no hubiera comenzado el 16 su retirada, levantado en seguida el bloqueo de Ciudad Rodrigo, y replegádose en fin a Salamanca.
Wellington
vuelve al Águeda.
Aguijole también a ello el haberse puesto en movimiento lord Wellington caminando al norte, después que Soult tornó a Sevilla. El general inglés sentó en breve sus cuarteles en Fuenteguinaldo, acantonando sus tropas entre el Águeda y el Coa.
Destruye Hill
las obras
de los franceses
en el Tajo.
Adelante Wellington en su plan de campaña, pero yendo poco a poco y con mesura, determinó embarazar y aun destruir las obras que aseguraban al enemigo el paso del Tajo en Extremadura, y por consiguiente sus comunicaciones con Castilla. Los franceses habían suplido en Almaraz el puente de piedra, antes volado, con otro de barcas, y afirmádole en ambas orillas de Tajo con dos fuertes, denominados Napoleón y Ragusa. A estas obras habían añadido otras, como lo era la reedificación y fortaleza de un castillo antiguo situado en el puerto de Miravete a una legua del puente, y único paso de carruajes.
Encomendó Wellington la empresa al general Hill, que regía como antes el cuerpo aliado que maniobraba a la izquierda del Tajo. Le acompañó el marqués de Alameda, individuo de la junta de Extremadura, de quien no menos que del pueblo recibió Hill mucha ayuda y apoyo.
Al despuntar del alba atacaron los ingleses el 19 de mayo y tomaron por asalto el fuerte de Napoleón, colocado en la orilla izquierda: lo cual infundió tal terror en los enemigos que abandonaron el de Ragusa, sito en la opuesta, huyendo la guarnición en el mayor desorden hacia Navalmoral. Cogieron los ingleses 250 prisioneros; arrasaron ambos fuertes; destruyeron el puente, y quemaron las demás obras, las oficinas y el maderaje que encontraron. Libertose el castillo de Miravete por su posición, que estorbaba se le tomase de sobresalto. Sacó la guarnición dos días después el general Darmagnac, del ejército francés del Centro, viniendo por la Puente del Arzobispo. Otros auxilios que intentaron enviar Marmont y Soult llegaron tarde. Con el triunfo alcanzado quitóseles a los franceses la mejor comunicación entre su ejército del Mediodía y el que llamaban de Portugal.
Soult
y Ballesteros.
Por su lado el mariscal Soult, de vuelta de Extremadura, había atendido a contener a Don Francisco Ballesteros; en particular después que Penne Villemur se había alejado de la margen derecha del Guadalquivir. El Don Francisco, desembocando del campo de Gibraltar para cooperar a los movimientos del último, había hecho alto en Utrera el 4 de abril, sin pasar adelante; con lo cual se dio tiempo a la llegada de Soult de Extremadura, y a que Penne Villemur se viese obligado a retroceder a sus anteriores puestos. Ballesteros hubo de hacer otro tanto y replegarse vía de la sierra de Ronda. Sin embargo, haciendo un movimiento rápido, Choques
en Osuna
y Álora. tuvo la fortuna de escarmentar a los enemigos el 14 de abril en Osuna y Álora. En la primera ciudad se peleó en las calles, viéndose los franceses obligados a encerrarse en el fuerte que habían construido, picándoles de cerca, y avanzando hasta el segundo recinto el regimiento de Sigüenza a las órdenes de su valiente jefe Don Rafael Cevallos Escalera. Y en Álora, trabándose refriega con una división enemiga se le tomaron bagajes, dos cañones y algunos prisioneros. Lo mismo aconteció el 23 entre otra columna enemiga y la vanguardia española al cargo de Don Juan de la Cruz Mourgeon; la cual, en una reñida lid, y hasta el punto de llegar a la bayoneta, arrolló a los contrarios y les causó mucha pérdida y daño.
Tales excursiones, marchas y embestidas, con lo que amagaba por Extremadura y Castilla, pusieron muy sobre aviso al mariscal Soult, quien temeroso de que Ballesteros fuese reforzado con nueva gente de desembarco y dificultase las comunicaciones entre Sevilla y las tropas sitiadoras de Cádiz, trató de asegurar la línea del Guadalete, fortificando con especialidad, y como paraje muy importante, a Bornos. Mandaba allí el general Conroux, teniendo bajo sus órdenes una división de 4500 hombres. Salió entonces Ballesteros de Gibraltar, bajo cuyo cañón había vuelto a guarecerse, y pensó en impedir los trabajos del enemigo y de tentar de nuevo la fortuna.
Acción de Bornos
o del Guadalete.
Así fue que avanzando vadeó el Guadalete el 1.º de junio, y acometió a los franceses en Bornos mismo. Embistieron valerosamente los primeros Don Juan de la Cruz Mourgeon y el príncipe de Anglona con la vanguardia y tercera división. Fueron al principio felices, mas ciando la izquierda, en donde mandaba D. José Aymerich y el marqués de las Cuevas, cundió el desmayo a las demás tropas y creció con un movimiento rápido y general de los enemigos sobre los nuestros, y el avance de su caballería, superior a la española, viniendo al trote y amagando nuestra retaguardia. Consiguieron, no obstante, las fuerzas de Ballesteros repasar el río, si bien algunos cuerpos con trabajo y a costa de sangre. Favoreció el repliegue D. Luis del Corral, que gobernaba los jinetes, quien se portó con tino y denodadamente; también sobresalió allí por su serenidad y brío Don Pedro Téllez Girón, príncipe de Anglona, deteniendo a los franceses en el paso del Guadalete, ayudado de algunas tropas y en especial del regimiento asturiano de Infiesto. Recordarse no menos debe el esclarecido porte de Don Rafael Cevallos Escalera, ya mencionado honrosamente en otros lugares, quien, mandando el batallón de granaderos del general, aunque herido en un muslo, siempre al frente de su cuerpo, menguado con bastantes pérdidas, avanzó de nuevo, recobró por sí mismo una pieza de artillería, sostúvola, y cuando vio cargaban muchos enemigos sobre el reducido número de su gente, no queriendo perder el cañón cogido, asiose a una de las ruedas de la cureña y defendiole gallardamente hasta que cayó tendido de un balazo junto a su trofeo. Las Cortes tributaron justos elogios a la memoria de Cevallos, y dispensaron premios a su afligida familia. No prosiguieron los enemigos el alcance, siendo considerable su pérdida, mas la nuestra ascendió a 1500 hombres, muchos en verdad extraviados.
Seguro, entre tanto, Wellington de que los españoles, a pesar de infortunios y descalabros, distraerían a Soult por el mediodía, y de que, avituallado Badajoz y guarnecida la Extremadura con el cuerpo del general Hill y el quinto ejército, quedaría toda aquella provincia bastantemente cubierta, resolviose a marchar adelante por Castilla, y abrir una campaña importante, y tal vez decisiva. Animábale mucho lo que ocurría en el norte de Europa y los sucesos que de allí se anunciaban.
Guerra
entre Napoleón
y la Rusia.
Conforme a lo que en el año pasado había indicado en Cádiz Don Francisco de Cea Bermúdez, disponíase la Rusia a sustentar guerra a muerte contra Napoleón. El desasosiego de este, su desapoderada ambición, el anhelo por dominar a su antojo la Europa toda, eran la verdadera y fundamental causa de las desavenencias suscitadas entre las cortes de París y San Petersburgo. Mas los pretextos que Napoleón alegaba nacían: 1.º, de un ukase del emperador de Rusia de 31 de diciembre de 1810, que destruía en parte el sistema continental adoptado por la Francia en perjuicio del comercio marítimo; 2.º, una protesta de Alejandro contra la reunión que Bonaparte había resuelto del ducado de Oldemburgo; y 3.º, los armamentos de Rusia. Figurábase el emperador francés que una batalla ganada en las márgenes del Niemen amansaría aquella potencia y le daría a él lugar para redondear sus planes respecto de la Polonia y de la Alemania, y continuar sin obstáculo en adoptar otros nuevos, siguiendo una carrera que no tenía ya otros límites que los de su propia ruina. Pero el emperador Alejandro, amaestrado con la experiencia, y trayendo siempre a la memoria el ejemplo de España, en donde la guerra se prolongaba indefinidamente convertida en nacional, y en donde Wellington iba consumiendo con su prudencia las mejores tropas de Napoleón, no pensaba aventurar en una acción sola la suerte y el honor de la Rusia.
Opinión
en Alemania.
Aunque todavía tranquila, podía también la Alemania entrar en una guerra contra la Francia, según cálculo de buenas probabilidades. Llevaba allí muy a mal el pueblo la insolencia del conquistador y la influencia extranjera, y se lamentaba de que los gobiernos doblasen la cerviz tan sumisamente. Alentados con eso ciertos hombres atrevidos que deseaban en Alemania dar rumbo ventajoso a la disposición nacional, empezaron a prepararse, pero a las calladas, por medio de sociedades secretas. Parece que una de las primeras establecidas, centro de las demás, fue la llamada de Amigos de la virtud. Advirtiéronse ya sus efectos y se vislumbraron chispazos en 1809, en cuyo año, a ejemplo de España, plantaron bandera de ventura Katt, Darnberg, Schill, y hasta el duque mismo Guillermo de Brunswick.
Tuvieron tales empresas éxito desgraciado, mas no por eso acabó el fomes, siendo imposible extirparle a la policía vigilante de Napoleón, pues se hallaba como connaturalizado con todos los alemanes y no repugnaba ni a los generales, ni a los ministros, ni a príncipes esclarecidos, que le excitaban, si bien muy encubiertamente. Una victoria de los rusos o un favorable incidente bastaba para que prendiese la llama, tanto más fácil de propagarse, cuanto mayores y más extendidos eran los medios de abrirle paso.
Medidas
preventivas
de Napoleón.
Por tanto, Napoleón procuró impedir en lo posible una manifestación cualquiera de insurrección popular, más peligrosa al comenzar la guerra en el norte. Creyó, pues, oportuno y prudente tomar prendas que fuesen seguro de la obediencia. Así que se enseñoreó sucesivamente de varias plazas de Alemania en los meses de febrero y marzo, y concluyó tratados de alianza con Prusia y Austria, persuadiéndose que afianzaba de este modo la base de su vasto y militar movimiento contra el imperio ruso. No le sucedía tan bien en cuanto a las potencias que formaban, por decirlo así, las alas: Suecia y Turquía. Con la primera no pudo entenderse, y antes bien se enajenaron las voluntades a punto de que dicho gobierno, no obstante hallarse a su frente un príncipe francés [Bernardotte], firmó con la Rusia un tratado en marzo del mismo año. Con la segunda tampoco alcanzó Bonaparte ninguna ventaja, porque, si bien en un principio mantenía guerra el Sultán con el emperador Alejandro, irritado después con los efugios y tergiversaciones del gabinete de Francia, y acariciado por la Inglaterra, hizo la paz y terminó sus altercados con Rusia en virtud de un tratado concluido en Bucarest, al finalizar mayo.
Proposiciones
de Napoleón
a la Inglaterra.
Napoleón, aunque decidido a la guerra, deseoso sin embargo de aparentar moderación, dio, antes de romper las hostilidades, un paso ostensible en favor de la paz. Tal era su costumbre al emprender nuevas campañas; mas siempre en términos inadmisibles.
Dirigiéronse las proposiciones al gabinete inglés, cuya política no había variado aun después de haber hecho dejación este año de su puesto el marqués de Wellesley, fundándose en que no se suministraban a su hermano Lord Wellington medios bastante abundantes para proseguir la guerra con mayor tesón y esfuerzo. Las propuestas del gobierno francés, hechas en 17 de abril, las recibió lord Castlereagh, ministro a la sazón de negocios extranjeros. En ellas, tras de un largo preámbulo, considerábanse los asuntos de la península española y los de las dos Sicilias como los más difíciles de arreglarse, por lo cual se proponía un ajuste apoyado en las siguientes bases:
«1.ª [decía el gabinete de las Tullerías]: Se garantirá la integridad de la España. La Francia renunciará toda idea de extender sus dominios al otro lado de los Pirineos. La presente dinastía será declarada independiente, y la España se gobernará por una Constitución nacional de Cortes. Serán igualmente garantidas la independencia e integridad de Portugal, y la autoridad soberana la obtendrá la casa de Braganza.
2.ª El reino de Nápoles permanecerá en posesión del monarca presente, y el reino de Sicilia será garantido en favor de la actual familia de Sicilia. Como consecuencia de estas estipulaciones la España, Portugal y la Sicilia serán evacuadas por las fuerzas navales y de tierra, tanto de la Francia como de la Inglaterra.»
Contestación.
Con fecha de 23 del mismo abril contestó lord Castlereagh, a nombre del príncipe regente de Inglaterra [que ejercía la autoridad real por la incapacidad mental que había sobrevenido años atrás a su augusto padre], que
«si, como se lo recelaba su alteza real, el significado de la proposición: la dinastía actual será declarada independiente, y la España gobernada por una Constitución nacional de Cortes, era que la autoridad real de España y su gobierno serían reconocidos como residiendo en el hermano del que gobernaba la Francia y de las Cortes reunidas bajo su autoridad, y no como residiendo en su legítimo monarca Fernando VII y sus herederos, y las Cortes generales y extraordinarias que actualmente representaban a la nación española; se le mandaba que franca y expeditamente declarase a S. E. [el duque de Basano] que las obligaciones que imponía la buena fe apartaban a S. A. R. de admitir para la paz proposiciones que se fundasen sobre una base semejante.
Que «si las expresiones referidas se aplicasen al gobierno que existía en España, y que obraba bajo el nombre de Fernando VII; en este caso, después de haberlo así asegurado S. E., S. A. R. estaría pronto a manifestar plenamente sus intenciones sobre las bases que habían sido propuestas a su consideración...»
No entró lord Castlereagh a tratar de los demás puntos, como dependientes de este más principal, y la negociación tampoco tuvo otras resultas; debiendo las armas continuar en su impetuoso curso.
Empieza
la guerra
de Francia
con Rusia.
De consiguiente, el emperador francés, prevenido y aderezado para la campaña, salió de París el 9 de mayo, y después de haberse detenido hasta últimos del mes en Dresde, donde recibió el homenaje y cumplidos de los principales soberanos de Alemania, encaminose al Niemen, límite de la Rusia. Más de 600.000 hombres tomaban el mismo rumbo, entre ellos unos pocos españoles y portugueses, reliquias de los regimientos de la división de Romana que quedaron en el norte, y de la del marqués de Alorna que salió de Portugal en 1808, con algunos prisioneros que de grado o fuerza se les habían unido. De tan inmenso tropel de gente armada 480.000 hombres estaban ya presentes, y comenzaron a pasar el Niemen en la noche del 23 al 24 de junio, siendo Napoleón quien primero invadió el territorio ruso y dio la señal de guerra; señal que resonó por el ámbito de aquel imperio y fue principio de tantas mudanzas y trastornos.
Influjo
de esta guerra
respecto
de España.
En medio de la confianza que inspiraba a Napoleón su constante y venturoso hado, obligáronle las circunstancias a aflojar, por lo menos temporalmente, en el proyecto de ir agregando a Francia las provincias de España. Sin embargo, aferrado en sus decisiones primeras, no varió ni tomó ahora esta sino muy entrada la primavera y cuando ya había fijado el momento de romper con Rusia. Notose, por lo mismo, que José continuaba quejándose, aun en los primeros meses del año, del porte de su hermano, resaltando su descontento en las cartas interceptadas a su desgraciado secretario Mr. Deslandes. Entre ellas, las más curiosas eran dos escritas a su esposa y una al emperador; todas tres de fecha 23 de marzo. Y la última inclusa en una de las primeras, con la advertencia de solo entregarla en el caso de que «se publicase el decreto de reunión [son sus expresiones], y de que se publicase en la Gaceta.» Por la palabra «reunión» entendía José la de las provincias del Ebro a Francia, pues aunque estas, según hemos visto, sobre todo Cataluña, se consideraban ya como agregadas, no se había anunciado de oficio aquella resolución en los papeles públicos. En la carta a su hermano le pedía José «que le permitiese deponer en sus manos los derechos que se había dignado transmitirle a la corona de España hacía cuatro años; porque no habiendo tenido otro objeto en aceptarla que la felicidad de tan vasta monarquía, no estaba en su mano el realizarla». Explayaba en la otra carta a su esposa el mismo pensamiento, e indicaba la ocasión que le obligaría a permanecer en España, y las condiciones que para ello juzgaba necesarias. Decía:
1.º: «Si el emperador tiene guerra con Rusia y me cree útil aquí, me quedo con el mando general y con la administración general. Si tiene guerra y no me da el mando, y no me deja la administración del país, deseo volver a Francia.»
2.º: «Si no se verifica la guerra con Rusia y el emperador me da el mando, o no me lo da, también me quedo; mientras no se exija de mí cosa alguna que pueda hacer creer que consiento en el desmembramiento de la monarquía, y se me dejen bastantes tropas y territorio, y se me envíe el millón de préstamo mensual que se me ha prometido... Un decreto de reunión del Ebro que me llegase de improviso, me haría ponerme en camino al día siguiente. Si el emperador difiere sus proyectos hasta la paz, que me dé los medios de existir durante la guerra.»
Triste situación y necesaria consecuencia de haber aceptado un trono que afirmaba solo la fuerza extraña; debiendo advertirse que la hidalguía de pensamientos que José mostraba respecto de la desmembración de España desaparecía con el periodo último de la postrer carta; pues en su contexto ya no manifiesta aquel oposición a la providencia en sí misma, sino a la oportunidad y tiempo de ejecutarla.
De poco hubieran servido los duelos y plegarias de José, si los acontecimientos del norte no hubieran venido en su ayuda. Napoleón, atento a eso, pero sin alterar las medidas tomadas respecto de Cataluña y otras partes, cedió en algo a la necesidad, y autorizó a su hermano con el mando de las tropas; dejándole en todo mayores ensanches, y aun consintiendo que entrase en habla con las Cortes y el gobierno nacional.
Hicimos antes mención del origen de semejantes tratos, y de la repulsa que recibieron las primeras proposiciones. No por eso desistieron de su intento los emisarios de José en Cádiz, animados con el disgusto que produjo la caída de Valencia en todo el reino, con el que produciría en el mismo Cádiz el incesante bombardeo, y esperanzados también en las alteraciones que consigo trajese en la política la regencia últimamente nombrada.
Dos eran los principales medios de que solían valerse dichos emisarios; uno, procurar influir en las determinaciones del gobierno o empantanarlas; otro, agitar la opinión con falsas nuevas, con el abuso de la imprenta o con otros arbitrios; sirviéndose para ello a veces de logias masónicas establecidas en Cádiz.
Sociedades
secretas.
Apenas había tomado arraigo ni casi se conocía en España esta institución antes de 1808; perseguida por el gobierno y por la Inquisición. Tampoco ni ella ni ninguna otra sociedad secreta coadyuvaron al levantamiento contra los franceses, ni tuvieron parte; pues entonces todos se entendían como por encanto y no se requería sigilo ni comunicación expresa en donde reinaba universalmente correspondencia natural y simultánea.
Derramados los franceses por la península, fundaron logias masónicas en las ciudades principales del reino, y convirtieron ese instituto de pura beneficencia, en instrumento que ayudase a su parcialidad. Trataron luego de extender las logias a los puntos donde regía el gobierno nacional; proyecto más hacedero después que la libertad fundada por las Cortes estorbaba que se tomasen providencias arbitrarias o demasiado rigurosas.
Fue Cádiz uno de los sitios en que más paró la consideración el gobierno intruso para propagar la francmasonería. Dos eran las logias principales, y una sobre todo se mostraba aviesa a la causa nacional y afecta a la de José. Celábalas el gobierno, y el influjo de ellas era limitado, porque ni los individuos conspicuos de la potestad ejecutiva, ni los diputados de Cortes, excepto alguno que otro por América, aficionado a la perturbación, entraron en las sociedades secretas. Y es de notar que así como estas no soplaron el fuego para el levantamiento de 1808, tampoco intervinieron en el establecimiento de la Constitución y de las libertades públicas. Lo contrario de Alemania: diferencia que se explica por la diversa situación de ambas naciones. Hallábase la última agobiada y opresa antes de poder sublevarse; y España revolviose a tiempo y primero que la coyunda francesa pesase del todo sobre su cuello. Más adelante, cuando otra de distinta naturaleza vino a abrumarle en el aciago año de 1814, se recurrió también entre nosotros al mismo medio de comunicación y a los mismos manejos que en Alemania: representando gran papel las sociedades secretas en las repetidas tentativas que hubo después, enderezadas a derrocar de su asiento al gobierno absoluto.
Esperanzas
del partido
de José
en los tratos
con Cádiz.
Lisonjeábanse los emisarios de José de alcanzar más pronto sus fines por medio de la nueva regencia, en especial al llegar en junio a presidirla, de Inglaterra, el duque del Infantado. No porque este prócer se doblase a transigir con el enemigo, ni menos quisiera faltar a lo que debía a la independencia de su patria, sino porque, distraído y flojo, daba lugar a que se formasen en su derredor tramoyas y conjuras. Igualmente esperaban los mismos emisarios sorprender la buena fe de cierto ministro, y sobre todo contaban con el favor de otro, quien, travieso y codicioso de dinero y honores, no se mostraba hosco a la causa del intruso José. Omitiremos estampar aquí el nombre por carecer de pruebas materiales que afiancen nuestro aserto, ya que no de muchas morales.
Lo cierto es que en la primavera y entradas de verano se duplicaron los manejos, las idas y venidas, en disposición de que el canónigo Peña, ya mencionado en otro libro, consiguió pasar a Galicia con el título de vicario de aquel ejército, resultando de aquí que él y los demás emisarios de José, anunciasen a este, como si fuera a nombre del gobierno de Cádiz, el principio de una negociación, y la propuesta de nombrar por ambas partes comisionados que se avocasen, y tratasen de la materia siempre que se guardara el mayor sigilo. Debían verificarse las vistas de dichos comisionados en las fronteras de Portugal y Castilla, obligándose José a establecer un gobierno representativo fundado sobre bases consentidas recíprocamente, o bien a aceptar la Constitución promulgada en Cádiz con las modificaciones y mejoras que se creyesen necesarias.
Ignoraban las Cortes semejante negociación, o, por mejor decir, embrollo, y podemos aseverar que también lo ignoraba la regencia en cuerpo. Todo procedía de donde hemos indicado, de cierta dama amiga del duque del Infantado, y de alguno que otro sujeto muy revolvedor. Quizá había también entre las personas que tal trataban, hombres de buena fe que, no creyendo ya posible resistir a los franceses, y obrando con buena intención, querían proporcionar a España el mejor partido en tamaño aprieto. No faltaban asimismo quienes viviendo de las larguezas de Madrid, a fin de que estas durasen, abultaban y encarecían más allá de la realidad las promesas que se les hicieran.
Tantas en efecto fueron las que a José le anunciaron sus emisarios, que hasta le ofrecieron granjear la voluntad de alguno de nuestros generales. A este propósito, y al de avistarse con los comisionados que se esperaban de Cádiz, nombró José por su parte otros; entre ellos a un abogado de apellido Pardo Desvanécense. que, si bien llegó a salir de Madrid, tuvo a poco que pararse y desandar su camino, noticioso en Valladolid de la batalla de Salamanca. Suceso que deshizo y desbarató como de un soplo tales enredos y maquinaciones.
Aserción falsa
del memorial
de Santa Elena.
Preséntanse siempre muy oscuros semejantes negocios, y dificultoso es ponerlos en claro. Por eso nos hemos abstenido de narrar otros hechos que se nos han comunicado, refiriendo solo y con tiento los que tenemos por seguros. Basta ya lo que hubo para que escritores franceses hayan asegurado que las Cortes se metieron en tratos con José; (* Ap. n. [19-4].) e igualmente para que en el Memorial de Santa Elena ponga Mr. de Las Cases en boca de Napoleón [*] «que las Cortes [por el tiempo en que vamos] negociaban en secreto con los franceses.» Aserción falsísima y calumniosa: pues, repetimos, y nunca nos cansaremos de repetir lo ya dicho en otro libro, que para todo tenían poder y facultades las Cortes y el gobierno de Cádiz menos para transigir y componerse con el rey intruso: por cuya imprudencia, que justamente se hubiera tachado luego de traición, hubiérales impuesto la furia española un ejemplar y merecido castigo.
Proyecto de José
de convocar
Cortes.
Ni José mismo tuvo nunca gran confianza, al parecer, en la buena salida de tales negociaciones, pues pensaba por sí juntar Cortes en Madrid, siguiendo el consejo del ministro Azanza que le decía ser ese el medio de levantar altar contra altar. Ya antes había nombrado José una comisión que se ocupase en el modo y forma de convocar las Cortes, y ahora se provocaron por su gobierno súplicas para lo mismo. Así fue que el ayuntamiento de Madrid en 7 de mayo, y una diputación de Valencia en 19 de julio, pidieron solemnemente el llamamiento de aquel cuerpo. Contestó José a los individuos de la última, «que los deseos que expresaban de la reunión de Cortes eran los de la mayoría inmensa de la nación, y los de la parte instruida, y que S. M. los tomaría en consideración para ocuparse seriamente de ellos en un momento oportuno.» Añadió: «que estas Cortes serían más numerosas que cuantas se habían celebrado en España...» Los acontecimientos militares, el temor a Napoleón, que hasta en sus mayores apuros repugnaba la congregación de cuerpos populares, y también los obstáculos que ofrecían los pueblos para nombrar representantes llamados por el gobierno intruso, estorbaron la realización de semejantes Cortes, y aun su convocatoria.
Escasez
y hambre,
sobre todo
en Madrid.
De todas maneras inútiles e infructuosos parecían cuantos planes y beneficios se ideasen por un gobierno que no podía sostenerse sin puntal extranjero. Entre las plagas que ahora afligían a la nación, y que eran consecuencia de la guerra y devastación francesa, aparecían entre las más terribles la escasez y su compañera el hambre. Apuntamos cómo principió en el año pasado. En este llegó a su colmo, especialmente en Madrid, donde costaba en primeros de marzo el pan de dos libras a 8 y 9 reales, ascendiendo en seguida a 12 y 13. Hubo ocasión en que se pagaba la fanega de trigo a 530 y 540 reales; encareciéndose los demás víveres en proporción y yendo la penuria a tan grande aumento que aun los tronchos de berzas y otros desperdicios tomaron valor en los cambios y permutas, y se buscaban con ansia. La miseria se mostraba por calles y plazas, y se mostraba espantosa. Hormigueaban los pobres, en cuyos rostros representábase la muerte, acabando muchos por expirar desfallecidos y ahilados. Mujeres, religiosos, magistrados, personas antes en altos empleos, mendigaban por todas partes el indispensable sustento. La mortandad subió por manera que desde el septiembre de 1811 que comenzó el hambre hasta el julio inmediato, sepultáronse en Madrid unos 20.000 cadáveres; estrago tanto más asombroso cuanto la población había menguado con la emigración y las desdichas. La policía atemorizábase de cualquier reunión que hubiese, y puso 200 ducados de multa a los dueños de tiendas si permitían que delante se detuviesen las gentes, según es costumbre en Madrid, particularmente en la Puerta del Sol. Presentaba en consecuencia la capital cuadro asqueroso, triste y horrendo, que partía el corazón. Deformábanla hasta los mismos derribos de casas y edificios, que, si bien se ordenaban para hermosear ciertos barrios, como nunca se cumplían los planes quedaban solo las ruinas y el desamparo.
Providencias
desastrosas.
No era factible al gobierno de José reparar ahora tan profundos males, ni tampoco aquietar el desasosiego que asomaba con motivo de buscar alimento. La escasez provenía de malas cosechas anteriores, de los destrozos de la guerra y sus resultas, de muchas medidas administrativas, poco cuerdas y casi siempre arbitrarias. Hablamos de las providencias de monopolio y logrería que tomó el gobierno intruso en el año pasado: las mismas continuaron en este, acopiándose granos para los ejércitos franceses, y encajonando a este fin galleta en Madrid mismo, cuando faltaba a los naturales pan que llevar a la boca. Las contribuciones, en vez de aminorarse, crecían; pues, además de las anteriores ordinarias y extraordinarias, y de una organización y aumento en la del sello, mandó José, antes de finalizar junio, a las seis prefecturas de Madrid, Cuenca, Guadalajara, Toledo, Ciudad Real y Segovia [que era a donde llegaba su verdadero dominio], que sin demora ni excusa aprontasen 570.000 fanegas de trigo, 275.000 de cebada y 73.000.000 de reales en metálico; cuya carga en su totalidad, aun regulando el grano a menos de la mitad del precio corriente, pasaba de 250.000.000 de reales; exacción que hubiera convertido en vasto desierto país tan devastado, pero que no se realizó por los sucesos que sobrevinieron, (* Ap. n. [19-5].) y porque, según hermosamente dice el rey Don Alonso:[*] «lo que es además no puede durar.»
Escasez
en las provincias.
En las provincias sometidas a los franceses, sobre todo en las centrales, la carestía y miseria corría parejas con la de Madrid. Casi a lo mismo que en esta capital valía el grano en Castilla la Vieja. En Aragón andaba la fanega de trigo a 450 reales, y no quedó en zaga en las Andalucías, si a veces no excedió. Hubo que custodiar en la ciudad de Sevilla las casas de los panaderos; y en aquel reino ya antes había mandado Soult que se hiciesen las siembras, como también aconteció en otras partes; porque al cultivador faltábale para ejecutar las labores semilla o ánimo, privado a cada paso del fruto de su sudor. Más adelante haremos mención, según se vayan desocupando las provincias, y según esté a nuestro alcance, de las contribuciones que los pueblos pagaron, de las derramas que padecieron. Cúmulo de males todos ellos que asolaban las provincias ocupadas, y las transformaban en cadáveres descarnados.
Abundancia
y alegría
en Cádiz.
¡Cuán otro semblante ofrecía Cádiz, a pesar del sitio y de los proyectiles que caían! Gozábase allí de libertad, reinaba la alegría, arribaban a su puerto mercaderías de ambos mundos, abastábanle víveres de todas clases, hasta de los más regalados; de suerte que ni la nieve faltaba, traída por mar de montañas distantes, para hacer sorbetes y aguas heladas. Sucedíanse sin interrupción las fiestas y diversiones, y no se suspendieron ni los toros ni las comedias; construyéndose al intento del lado del mar una nueva plaza de toros, y un teatro fuera del alcance de las bombas, para que se entregasen los habitantes con entero sosiego al entretenimiento y holganza.
Tareas
de las Cortes.
Allí las Cortes prosiguieron atareadas con aplauso muy universal. Organizar conforme a la Constitución las corporaciones supremas del reino, no menos que la potestad judicial y el gobierno económico de los pueblos, con los ramos dependientes de troncos tan principales, fue lo que llamó en estos meses la atención primera. Expidiéronse pues reglamentos individualizados y extensos para el consejo de Estado y tribunal supremo de justicia. Los recibieron también los tribunales especiales de guerra y marina, de hacienda y de órdenes, conocidos antes bajo el nombre de consejos; los cuales quedaron en pie, o por ser necesarios a la buena administración del estado, o por no haberse aún admitido ciertas reformas que se requería precediesen a su entera o parcial abolición. Las audiencias, los juzgados de primera instancia y sus dependencias se ordenaron y fueron planteando bajo una nueva forma. En el ramo económico y gobernación de los pueblos se deslindaron por menor las facultades que le competían, y se dieron reglas a las diputaciones y ayuntamientos. Faena enredosa y larga en una monarquía tan vasta que abrazaba entonces ambos hemisferios, de situación y climas tan lejanos, de prácticas y costumbres tan diferentes.
Libertad
de la imprenta
y sus abusos.
Abusos de la libertad de imprenta dieron ocasión a disgustos y altercados, y acabaron por excitar vivos debates sobre restablecer o no la Inquisición. A tanto llegó por una parte el desliz de ciertos escritores, y a tanto por otra la ceguedad de hombres fanáticos o apasionados. Se publicaban en Cádiz, sin contar los de las provincias, periódicos que salían a luz todos los días, o con intervalos más o menos largos. Pocos había que conservasen el justo medio, y no se sintiesen del partido a que pertenecían. Entre los que sustentaban las doctrinas liberales distinguíanse el Semanario patriótico, que apareció de nuevo después de juntas las Cortes, el Conciso, el Redactor de Cádiz, el Tribuno y otros varios. Publicaba uno el estado mayor general, moderado y circunscrito comúnmente al ramo de su incumbencia. Se imprimía otro bajo el nombre del Robespierre, cuyo título basta por sí solo para denotar lo exagerado y violento de sus opiniones. En contraposición, daban a la prensa y circulaban los del bando adverso periódicos no menos furiosos y desaforados. Tales eran el Diario mercantil, el Censor y el Procurador de la Nación y del Rey, que se publicó más tarde, y superó a todos en iracundos arranques y en personalidades. Otros papeles sueltos, o que formaban parte de un cuerpo de obra, salían a luz de cuando en cuando, como las Cartas del Filósofo rancio, sustentáculo de las doctrinas que indicaba su título; el Tomista en las Cortes, producción notable concebida en sentir opuesto; y la Inquisición sin máscara, cuyo autor, enemigo de aquel establecimiento, le impugnaba despojándole de todo disfraz o velo, con copia de argumentos y citas escogidas. Semejantes escritos u opúsculos arrojaban de sí mucha claridad y difundían bastantes conocimientos, mas no sin suscitar a veces reyertas que encancerasen los ánimos. Males inseparables de la libertad, sobre todo en un principio, pero preferibles por el desarrollo e impulso que imprimen, al encogimiento y aniquilación de la servidumbre.
Diccionario
manual,
y Diccionario
crítico-burlesco.
Pararon mucho en este tiempo la consideración pública dos producciones intituladas, la una «Diccionario razonado manual», y la otra «Diccionario crítico-burlesco», no tanto la primera por su mérito intrínseco, como por la contestación que recibió en la segunda, y por el estruendo que ambas movieron. El Diccionario manual, parto de una alma aviesa, enderezábase a sostener doctrinas añejas, interpretadas según la mejor conveniencia del autor. Censuraba amargamente a las Cortes y sus providencias, no respetaba a los individuos, y bajo pretexto de defender la religión, perjudicábala en realidad, y la insultaba quizá no menos que al entendimiento. Guardar silencio hubiera sido la mejor respuesta a tales invectivas; pero Don Bartolomé Gallardo, bibliotecario de las Cortes, hombre de ingenio agudo mas de natural acerbo, y que manejaba la lengua con pureza y chiste, muy acreditado poco antes con motivo de un folleto satírico y festivo nombrado «Apología de los palos», quiso refutar, ridiculizándole, al autor de la mencionada obra. Hízolo por medio de la que intituló «Diccionario crítico-burlesco», en la que desgraciadamente no se limitó a patentizar las falsas doctrinas y las calumnias de su adversario, y a quitarle el barniz de hipocresía con que se disfrazaba, sino que se propasó, rozándose con los dogmas religiosos, e imitando a ciertos escritores franceses del siglo XVIII. Conducta que reprobaba el filósofo por inoportuna, el hombre de estado por indiscreta, y por muy escandalosa el hombre religioso y pío. Los que buscaban ocasión para tachar de incrédulos a algunos de los que gobernaban y a muchos diputados, halláronla ahora, y la hallaron al parecer plausible por ser el Don Bartolomé bibliotecario de Cortes, y llevar con eso trazas de haber impreso el libro con anuencia de ciertos vocales. Presunción infundada, porque no era Gallardo hombre de pedir ni de escuchar consejos; y en este lance obró por sí, no mostrando a nadie aquellos artículos que hubieran podido merecer la censura de varones prudentes o timoratos. Sensación
que causa
el Diccionario
crítico-burlesco. La publicación del libro produjo en Cádiz sensación extrema, y contraria a lo que el autor esperaba. Desaprobose universalmente, y la voz popular no tardó en penetrar y subir hasta las Cortes.
Sesión de Cortes,
y resolución
que provoca.
En una sesión secreta celebrada el 18 de abril fue cuando allí se oyeron los primeros clamores. Vivos y agudos salieron de la boca de muchos diputados, de cuyas resultas enzarzáronse graves y largos debates. Había señores que querían se saltase por encima de todos los trámites, y se impusiese al autor un ejemplar castigo. Otros más cuerdos los apaciguaron, y consiguieron que se ciñese la providencia de las Cortes a excitar con esfuerzo la atención del gobierno. Ejecutose así en términos severos, que fueron los siguientes: «que se manifieste a la regencia la amargura y sentimiento que ha producido a las Cortes la publicación de un impreso titulado «Diccionario crítico-burlesco», y que en resultando comprobados debidamente los insultos que pueda sufrir la religión por este escrito, proceda con la brevedad que corresponda a reparar sus males con todo el rigor que prescriben las leyes; dando cuenta a las Cortes de todo para su tranquilidad y sosiego.»
Aunque impropia de las Cortes semejante resolución, y ajena quizá de sus facultades, no hubiera ella tenido trascendencia muy general, si hombres fanáticos o que aparentaban serlo, validos de tan inesperada ocurrencia, no se hubiesen cebado ya con la esperanza de establecer la Inquisición. Nunca en efecto se les había presentado coyuntura más favorable; cuando atizando unos y atemorizados otros, casi faltaba arrimo a los que no cambian de opinión o la modifican por solo los extravíos o errores de un individuo.
Tentativa
para restablecer
la Inquisición.
En la sesión pública de 22 de abril levantose, pues, a provocar el restablecimiento del Santo Oficio Don Francisco Riesco, inquisidor del tribunal de Llerena, hombre sano y bien intencionado, pero afecto a la corporación a que pertenecía. No era el Don Francisco sino un echadizo; detrás venía todo el partido antirreformador, engrosado esta vez con muchos tímidos, y dispuesto a ganar por sorpresa la votación. Pero antes de referir lo que entonces pasó, conviene detenernos y contar el estado de la Inquisición en España desde el levantamiento de 1808.
Estado
de aquel tribunal.
En aquel tiempo hallose el tribunal como suspendido. Le quiso poner en ejercicio, según insinuamos, la Junta central, cuando en un principio, inclinando a ideas rancias, nombró por inquisidor general al obispo de Orense. Pero entonces además del impedimento que presentaron los sucesos de la guerra, tropezose con otra dificultad. Nombraban los papas a propuesta del rey los inquisidores generales, y les expedían bulas atribuyéndoles a ellos solos la omnímoda jurisdicción eclesiástica; de manera que no podían reputarse los demás inquisidores sino meros consejeros suyos. Estos, sin embargo, sostenían que en la vacante correspondía la jurisdicción al Consejo supremo; pero sin mostrar las bulas que lo probasen, alegando que habían dejado todos los papeles en Madrid, ocupado a la sazón por los enemigos. Excusa al parecer inventada, e inútil aun siendo cierta, no pudiendo considerarse como vacante la plaza de inquisidor general, pues el último, el señor Arce, no había muerto, y solo, sí, se había quedado con los franceses. Cierto que se aseguraba haber hecho renuncia de su oficio en 1808; mas no se probaba la hubiese admitido el papa, requisito necesario para su validación, por estar ya interrumpida la correspondencia con la Santa Sede; cuya circunstancia impedía asimismo la expedición de cualquiera otra bula que confirmase el nombramiento de un nuevo inquisidor general. En tal coyuntura, no siéndole dado a la Junta suplir la autoridad eclesiástica por medio de la civil, y no constando legalmente que le fuese lícito al Consejo supremo de la Inquisición sustituirse en lugar de aquella, se estancó el asunto, coadyuvando a ello los desafectos al restablecimiento, que se agarraron de aquel incidente para llenar su objeto y aquietar las conciencias tímidas. Sucedió la primera Regencia a la Junta central, y en su descaminado celo o mal entendida ambición, ansiosa de reponer todos los consejos, conforme en su lugar apuntamos, repuso también el de la Inquisición. Mas los ministros de este tribunal prudentes, conociendo quizá ellos mismos su falta de autoridad, y columbrando a donde inclinaba la balanza de la opinión, mantuviéronse tranquilos sin dar señales de vida, satisfechos con cobrar su sueldo y gozar de honores en expectativa quizá de mejores tiempos.
Instaláronse las Cortes, cuyo comienzo y rumbo parecía desvanecer para siempre las esperanzas de los afectos al Santo Oficio. Una imprudencia entonces, semejante a la de Gallardo ahora, aunque no tan inconsiderada, reanimóselas fundadamente. Poco después de la discusión de la libertad de la imprenta, hallándose todavía las Cortes en la Isla de León, se publicó un papel intitulado la triple alianza, su autor Don Manuel Alzáibar, su protector el diputado Don José Mejía, su contenido harto libre. Tomaron las Cortes mano en el asunto, que provocó una discusión acalorada, decidiendo la mayoría que el papel pasase a la calificación del Santo Oficio. Contradicción manifiesta en una asamblea que acababa de decretar la libertad de la imprenta, e inexplicable a los que desconocen la instabilidad de doctrinas de que adolecen cuerpos todavía nuevos, y la diferencia que en la opinión mediaba en España entre la libertad política y la religiosa; propendiendo todos a adoptar sin obstáculo la primera, y rehuyendo muchos de la otra por hábito, por timidez, por escrupulosa conciencia o por devoción fingida. Entre los diputados que admitieron el que pasase a la Inquisición el asunto de la triple alianza, los había de buena fe, aunque escasos de luces; y había otros muy capaces que se fueron al hilo de la opinión extraviada. Más adelante convirtiéronse muchos de ellos en acérrimos antagonistas del mismo tribunal, o por haber adquirido mayor ilustración, o por no ver ya riesgo en mudar de dictamen.
En aquella sazón, no obstante lo resuelto, tropezose para llevar a efecto la providencia de las Cortes con los mismos obstáculos que en tiempo de la Junta central; y se nombró para removerlos y tratar a fondo el asunto una comisión, compuesta de los señores obispo de Mallorca, Muñoz Torrero, Valiente, Gutiérrez de la Huerta y Pérez de la Puebla. Creíase entonces que estos señores por la mayor parte se desviarían de restablecer la Inquisición. No cabía duda en ello respecto del señor Muñoz Torrero, y también se contaba como de seguro con el obispo de Mallorca, quien, si no docto a la manera del anterior diputado, no por eso carecía de conocimientos, manifestando además celo por la conservación de los derechos del episcopado, usurpados por la Inquisición. A los señores Valiente y Gutiérrez de la Huerta los reputaban muchos en aquel tiempo por hombres despreocupados y entendidos, y de consiguiente adversarios de dicho tribunal. No así se pensaba del señor Pérez, que fue siempre muy secuaz suyo.
Llegado en fin el momento de que la comisión evacuase su informe, opinó la mayoría, por convicción, por recelo o por personal resentimiento, que se dejasen expeditas las facultades de la Inquisición, y que dicho tribunal se pusiese desde luego en ejercicio. Hízose este acuerdo en julio de 1811. Mas como la cuestión se había ido ilustrando entre tanto y tomado revuelo la oposición al Santo Oficio, empozose por mucho tiempo lo resuelto en la comisión. Agacháronse, por decirlo así, los promovedores, aguardando ocasión oportuna; y presentósela, según queda dicho, el libro de Don Bartolomé Gallardo, y no la desaprovecharon.
Sesión importante
para restablecer
la Inquisición.
Y ahora siguiendo de nuevo el curso de la narración suspendida arriba, referiremos que en aquel día 22 de abril el ya citado Don Francisco Riesco, doliéndose amargamente de lo postergado que se dejaba el negocio de la Inquisición, pidió se diese sin tardanza cuenta del expediente que presumía despachado por la comisión. En efecto, acababan de recibirlo los secretarios; y tanta priesa corría la aprobación del informe dado, que ni siquiera permitían los partidarios de la Inquisición que se registrase, según era costumbre. Diligente conato que les dañó en vez de favorecerlos.
Dañáronles también ciertas precauciones que habían tomado, pues se figuraron que no les bastaba contar con la mayoría en las Cortes, sino se escudaban con el público de las galerías. Así fue que muy de madrugada las llenaron de ahijados suyos, con tan poco disimulo que entre los concurrentes se divisaban muchos frailes, cuya presencia no se advertía en las demás ocasiones. Pensamiento muy desacordado, además de anárquico, porque daban así armas al bando liberal que no pecaba de tímido, y volvían contra ellos las mismas de que se habían valido en sus reclamaciones contra los susurros, y alguna vez desmanes de los asistentes a las sesiones.
La del 22 de abril amaneció muy sombría, pues el triunfo de la Inquisición socavaba por sus cimientos las novedades adoptadas, y pronosticaba persecuciones con la completa ruina además del partido reformador. Por lo tanto, decidiose este a echar el resto y aventurarlo todo antes de permitir su total destrucción; mas trató primero de maniobrar con destreza para evitar estruendos; lo cual consiguió bien y cumplidamente.
Entablado asunto tan grave, diose principio a los debates por leer el dictamen de la comisión, que llevaba la fecha atrasada del 30 de octubre de 1811, y le había extendido el señor Valiente estando ya en el navío Asia. Indicamos en su lugar, cuando la desgracia ocurrida a dicho diputado en 26 de octubre, que más adelante referiríamos en qué se había ocupado luego que se halló a bordo de aquel buque. Pues esta fue su tarea, a nuestro entender no muy digna, en especial siendo el señor Valiente de ideas muy contrarias, y llevando su opinión visos de venganza por el ultraje padecido.
Reducíase el dictamen de la comisión, según apuntamos antes, a reponer en el ejercicio de sus funciones al consejo de la suprema Inquisición, añadiendo solo ciertas limitaciones relativas a los negocios políticos y censura de obras de la misma clase. No firmó el dictamen, como era natural, el señor Muñoz Torrero, ni tampoco puso su voto por separado: pendió de falta de tiempo. «La víspera por la tarde [dijo] habíanle llamado los señores de la comisión que estaban presentes; y convenídose, a pesar de las reflexiones que les hizo, en adoptar el dictamen extendido por el señor Valiente sin variación alguna.» No negó en su contestación el señor Gutiérrez de la Huerta la verdad de lo alegado por el señor Muñoz Torrero; mas conceptuaba ser el asunto demasiadamente obvio para sobreseer en su discusión por tiempo indeterminado.
Prosiguiendo el debate se encendieron más y más los ánimos, a punto que las galerías, compuestas al principio de los espectadores que hemos dicho, se desmandaron y tomaron parte en favor de los defensores de la Inquisición; y acordámonos haber visto algunos frailes desatarse en murmullos y palmoteos sin cordura, y olvidados del hábito que los cubría. No se arredraron los liberales; antes bien les sirvió de mucho un celo tan indiscreto.
Se esquiva el
restablecimiento
de la Inquisición.
Avezados los que de ellos había en las Cortes a no acometer de frente ciertas cuestiones, y conociendo lo mucho que ayudan en los cuerpos los antecedentes para no precipitar las resoluciones y dar buena salida a los vocales que, deseosos de no comprometerse, ansían hallar alguna a fin de no decidirse ni en pro ni en contra en asuntos peliagudos, habían tomado de antemano medidas que llenasen su objeto. Fue una introducir, en un decreto aprobado en 25 de marzo último sobre la creación del tribunal supremo de justicia, un artículo que decía: «Quedan suprimidos los tribunales conocidos con el nombre de Consejos». Estaba en este caso la Inquisición, y, o se conceptuaba abolida por la decisión anterior, o a lo menos exigíase por ella que, dado que se restableciese, se verificase bajo otro nombre y forma; lo cual daba largas y proporcionaba plausible efugio para esquivar cualquiera sorpresa. Mayor le ofrecía otro acuerdo de las mismas Cortes, propuesto con gran previsión por Don Juan Nicasio Gallego al acabarse de discutir el 13 de diciembre la segunda parte del proyecto de Constitución. Se hallaba concebido en estos términos: «Que ninguna proposición que tuviese relación con los asuntos comprendidos en aquella ley fundamental fuese admitida a discusión sin que, examinada previamente por la comisión que había formado el proyecto, se viese que no era de modo alguno contraria a ninguno de sus artículos aprobados.» Hizo ya entonces el diputado Gallego esta proposición pensando en el Santo Oficio, como recordamos que nos dijo al extenderla. Acertó en su conjetura. Mas antes de determinar sobre ella, y en vista ya de lo resuelto en cuanto a supresión de consejos, habíase aprobado después de largo debate «suspéndase por ahora la discusión de este asunto [el de la Inquisición], señalándose día para ella.» En seguida fue cuando suscitándose nueva reyerta, se logró que, conforme a la propuesta aprobada del señor Gallego, pasase el expediente a la comisión de Constitución. Providencia que paró el golpe preparado tan de antemano por el partido fanático, y dio esperanzas fundadas de que más adelante se destruiría de raíz y solemnemente el Santo Oficio; porque tanto confiaban todos en la comisión de Constitución, cuya mayoría constaba de personas prudentes, instruidas y doctas. No desayudó este triunfo a Don Bartolomé Gallardo, origen de semejante ruido. Permaneció dicho autor preso tres meses: duró bastante tiempo su causa, de la cual se vio al cabo quito y libre, no a tanta costa como era de recelar, y anunciaba en un principio la tormenta que levantó su opúsculo.
Promuévese
que se disuelvan
las Cortes.
Tras esto, exasperados cada vez más los enemigos de las reformas, y viendo que cuanto intentaban otro tanto se les frustraba y volvía contra ellos, idearon promover que se disolviesen las actuales Cortes, y se convocasen las ordinarias conforme a la Constitución. Lisonjeaba el pensamiento a muchos diputados, aun de los liberales, y retraía a otros manifestar francamente su opinión el temor de que se les atribuyesen miras personales o anhelo de perpetuarse, según propalaban ya sus émulos.
Para el golpe
la comisión
de Constitución.
En tal estado de cosas presentó el 25 de abril la comisión de Constitución un informe acerca del asunto, siendo de parecer que deberían reunirse las Cortes ordinarias en el año próximo de 1813, y no disolverse las actuales antes de instalarse aquellas, sino a lo más cerrarse. Apoyaba la comisión en este punto juiciosamente su dictamen, diciendo: «Que si se disolviesen las Cortes, sucedería forzosamente que hasta la reunión de las nuevas ordinarias quedaría la nación sin representación efectiva, y consiguientemente imposibilitada de sostener con sus medidas legislativas al gobierno, y de intervenir en aquellos casos graves que a cada paso podían y debían ocurrir en aquella época.» Y después añadía que si se cerrasen las actuales Cortes, pero sin disolverse, «los actuales diputados deberían entenderse obligados a concurrir a extraordinarias, si ocurriese su convocación una o más veces, hasta que se constituyesen las próximas ordinarias.»
Por lo que respecta al mes en que convenía se juntasen las últimas que se llamaban para el año de 1813, opinaba la misma comisión que en vez del 1.º de marzo, como señalaba la Constitución, fuese el 1.º de octubre, por quedar ya poco tiempo para que se realizasen las elecciones, y acudiesen diputados de tan distantes puntos, en especial los de ultramar. A la exposición de la comisión mesurada y sabia, acompañaba la minuta de decreto de convocatoria, y dos instrucciones, una para la península, y otra para América y Asia, necesarias por las circunstancias peculiares en que se hallaban los españoles de ambos hemisferios: acá con la invasión francesa, allá con las revueltas intestinas.
Se convocan
las Cortes
ordinarias
para 1813.
En los días 4 y 6 de mayo aprobaron las Cortes el dictamen de la comisión, después de haberse pronunciado en pro y en contra notables discursos; con cuya resolución vinieron al suelo hasta cierto punto los proyectos de los que ya presumían derribar, disolviéndose las Cortes, la obra de las reformas, todavía no bien afianzada.
RESUMEN
DEL
LIBRO VIGÉSIMO.
Campaña de Salamanca. — Movimiento de Wellington. — Fuertes de Salamanca. — Los ataca Wellington. — Se apodera de ellos. — Va Wellington tras del ejército de Marmont. — Movimientos de los franceses y de los ingleses en el Duero. — Empieza Wellington a retirarse. — Varias maniobras de ambos ejércitos. — Sitúase Wellington cerca de Salamanca. — Batalla de Salamanca. — Gánanla los aliados. — Gracias concedidas a Wellington. — Continúan retirándose los franceses. — Avanza José de Madrid a Castilla la Vieja. — Guerrilleros en Castilla. — Sexto ejército español: bloquea varios puntos. — Toma el de Tordesillas. — Revuelve Wellington contra José. — Reencuentro en Majadahonda. — Retírase José de Madrid. — Entran los aliados en la capital. — Publícase y júrase la Constitución. — Wellington ataca el Retiro. — Le toma. — Proclama del general Álava. — Reprehensible porte de Don Carlos España. — Otras medidas desacertadas. — La de monedas. — Toma el Empecinado a Guadalajara. — Abandonan el Tajo los franceses del centro, y se dirigen a Valencia. — Trabajos que tuvieron en el camino. — Algunos sucesos en Castilla la Vieja. — La guarnición de Astorga se entrega a los españoles. — Séptimo ejército español. — Evacúan los franceses a Santander. — Sucesos de Vizcaya. — Sale Wellington de Madrid y pasa a Castilla la Vieja. — Sucesos en Andalucía. — Levantan los franceses el sitio de Cádiz. — Marcha de Cruz Mourgeon sobre Sevilla. — Evacúa Soult a Sevilla. — Arremete Cruz Mourgeon en Triana contra la retaguardia francesa. — Downie. — Entra Cruz en Sevilla. — Sigue Soult su retirada hacia Murcia. — Ballesteros. Reencuentros de este. — Drouet abandona la Extremadura. — Se dirige por Córdoba a Granada. — Va tras él en observación el coronel Schepeler. — Entra Schepeler en Córdoba. — Desmanes de Echevarri. — Sigue Drouet retirándose. — Entra en Granada el ejército de Ballesteros. — Administración francesa en las Andalucías. — Objetos de bellas artes llevados de las mismas provincias. — Sigue su retirada Soult. — Acontecimientos en Valencia. — Acción de Castalla. — Discusiones sobre esto en las Cortes. — Resoluciones de las Cortes. — Renuncia que hace del cargo de regente el conde del Abisbal. — Se la admiten las Cortes. — Nómbrase regente a Don Juan Pérez Villamil. — Jura Villamil. — Expedición anglo-siciliana. — Se le junta la división de Whittingham. — Desembarca la expedición en Alicante. — Algunas maniobras y sucesos. — Entra José en Valencia. — Llega Soult al reino de Valencia. — Acomete Drouet el castillo de Chinchilla. — Le toma. — Elío sucede a D. José O’Donnell en el mando del segundo y tercer ejército. — Excursiones suyas en la Mancha. — Medidas de precaución de Suchet. — Sucesos en Aragón. — Sucesos en Cataluña. — Situación de lord Wellington en Castilla la Vieja. — Avanza a Burgos. — Se le reúne el sexto ejército español. — Entran los aliados en Burgos. — Atacan el castillo. — Nombran las Cortes general en jefe a lord Wellington. — Incidentes que ocurren en este negocio. — Desobediencia de Ballesteros. — Se le separa del mando. — Continúa el sitio del castillo de Burgos. — Descércanle los aliados. — Movimientos de los franceses. — De José sobre Madrid. — Retíranse los aliados de Madrid. — Estado triste de la capital. — Don Pedro Sainz de Baranda. — Entra José en Madrid. — Sale otra vez. — Va José a Castilla la Vieja. — Movimiento de Wellington. — Avanzan a Castilla la Vieja los ejércitos franceses de Portugal y el Norte. — Empieza Wellington a retirarse. — Maniobras de los ejércitos. — Repasa Wellington el Duero. — Únesele Hill. — Wellington en Salamanca. — Júntase José a los ejércitos suyos del Norte y de Portugal. — Pasan los franceses el Tormes. — Se retiran los ingleses vía de Portugal. — Desorden en la retirada. — Cae prisionero el general Paget. — Entra lord Wellington en Portugal. — Pasan a Galicia y Asturias el sexto ejército español y Porlier. — Defensa honrosa del castillo de Alba de Tormes. — Cuarteles de Wellington en Portugal. — Divídense los franceses. — Vuelve José a Madrid. — Circular de lord Wellington. — Pasa a Cádiz lord Wellington. — Recibo lisonjero que se le hace. — Se le da asiento en las Cortes. — Varias disposiciones de la Regencia. — Nueva distribución de los ejércitos españoles. — Pasa Wellington a Lisboa. — Se prepara a nuevas campañas.
HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.