LIBRO VIGÉSIMO.


Campaña
de Salamanca.

Rumbo cierto, y que conducía a puerto más seguro y cercano, tomó ahora la guerra peninsular. Decidido lord Wellington a obrar activamente en lo interior de Castilla, constituyose, por decirlo así, centro de todos los movimientos militares, que si bien eran antes muchos y gloriosos, carecían de unión, y no estribaban en una base sólida, cual se requiere en la milicia para alcanzar prontos e inmediatos resultados.

Movimiento
de Wellington.

Empezó el general inglés su marcha, y levantó sus reales de Fuenteguinaldo el 13 de junio. Llevaba repartido su ejército en tres columnas; la de la derecha, mandada por el general Graham, tomó el camino de Tamames; la del centro, a cuyo frente se divisaba lord Wellington, el de San Muñoz; y se dirigió al de Sancti Spiritus la de la izquierda, mandada por Picton. Agregábase a la última la fuerza de Don Carlos de España, que formaba como una cuarta columna. El 16 se pusieron los aliados sobre el Valmuza, riachuelo a dos leguas cortas de Salamanca, cuya ciudad evacuó aquella noche el ejército enemigo yendo la vuelta de Toro, después de dejar unos 800 hombres en las fortificaciones erigidas sobre las ruinas de conventos y colegios que los mismos franceses habían demolido.

Fuertes
de Salamanca.

Tres eran los puntos fortalecidos que se contaban en Salamanca, defendiéndose uno a otro por su posición y distancia: el principal el de San Vicente, trazado en el sitio del colegio de benedictinos del propio nombre, que se hallaba colocado en el vértice del ángulo interior de la antigua muralla sobre un peñasco perpendicular al río. Habían los franceses tapiado y aspillerado las ventanas del edificio, y unídole por cada lado con el antiguo recinto, tirando unas líneas que amparaban foso y camino cubierto, con escarpas y contraescarpas revestidas de mampostería. No resultaba encerrado dentro de aquellas el ángulo entrante del convento, y por eso le cubrieron con una batería de fajinas, protegida de una pared o muro atronerado, que tenía además por delante una empalizada. A la distancia de 250 varas levantábanse los otros dos fuertes o reductos, el de San Cayetano y el de la Merced; el último, cercano al río. Llamábanse así por haberse formado con los escombros de dos conventos de la misma denominación, dispuestos por los franceses de manera que se convirtieron en dos fuertes con escarpas verticales, fosos profundos, y contraescarpas acasamatadas. Construyéronse varias obras a prueba de bomba, y otros reparos.

En el espacio intermedio de los puntos fortificados y en su derredor, como igualmente en otros parajes, habían derribado los franceses para despejar el terreno, o con otros intentos, muchos de los famosos edificios que adornaban a Salamanca. De veinticinco colegios, hubo veintidós más o menos arruinados, señaladamente los de Cuenca y Oviedo, fundación de los ilustres prelados Villaescusa y Muros; y el del Rey, magnífico monumento erigido en el reinado de Felipe II, según el plan del muy entendido arquitecto Juan Gómez de Mora. ¡Suerte singular y adversa! Que cuanto la piedad y la ciencia de los españoles había levantado en aquella ciudad, morada célebre del saber, casi todo fuese destruido o trastornado por la mano asoladora de soldados de Francia, nación por otra parte tan humana y culta.

Los ataca
Wellington.

Servían las fortificaciones allí construidas, no precisamente para reprimir a los habitadores de Salamanca, sino más bien para vigilar el paso del Tormes y su puente, antigüedad romana de las más notables de España. Como le dominaban los fuegos del enemigo, tuvieron los ingleses que pasar el río el día 17 por los vados del Canto y San Martín, asediando después e inmediatamente los fuertes; para cuyo objeto destinaron la sexta división del cargo del general Clinton. Al penetrar los aliados por la ciudad, prorrumpieron los vecinos en increíbles demostraciones de júbilo y alegría, no pudiendo contener sus pechos aliviados repentinamente de la opresión gravosa que los había molestado durante tres años. Corrían todos a ofrecer comodidad y regalos a sus libertadores; y a la hora del pelear hasta las mujeres anduvieron solícitas, sin distinción de clase, en asistir a los heridos y enfermos. Superabundaron a los aliados en Salamanca víveres y todo lo necesario, especialmente buena y desinteresada voluntad, muestra del patriotismo de Castilla que les causó profunda y apacibilísima sensación.

Los 800 franceses que guarnecían los fuertes habían sido entresacados de lo más granado del ejército, y sus jefes eran mirados como selectos: al paso que los aliados, azarosos en esto del sitiar, se sorprendieron al ver obras más robustas de lo que se imaginaban, hallándose por tanto desprevenidos para atacarlas, sin municiones ni tren correspondiente. Conociendo la falta, dieron modo de abastecerse de Almeida, principiando empero los trabajos y el fuego que continuaron hasta el 20, en cuyo día tornó a aparecer el mariscal Marmont, apoyada su derecha en el camino real de Toro, su izquierda en Castellanos de los Moriscos, y colocado el centro en la llanura intermedia. Los aliados se situaron enfrente, teniendo la izquierda en un ribazo circuido por un barranco, el centro en San Cristóbal de la Cuesta, y la derecha en una eminencia que hacía cara al Castellanos nombrado. Permanecieron en mutua observación ambos ejércitos el 20, 21 y 22, sin más novedad que una ligera escaramuza en este día.

Tomaron por su parte diversas precauciones los sitiadores de los fuertes, desarmaron las baterías, y pasaron los cañones al otro lado del río. Sin embargo el 22 levantaron una nueva, con intento de aportillar la gola del reducto de San Cayetano, y con la esperanza de apoderarse de esta obra, cuya ocupación facilitaría la toma de San Vicente, la primera y más importante de todas. Maltratado el parapeto y la empalizada de San Cayetano, resolvieron los sitiadores escalar el fuerte el 23, como asimismo el de la Merced, mas se les malogró la tentativa, pereciendo en ella 120 hombres y el mayor general Bowes.

En el propio día Marmont, que ansiaba introducir socorro en los fuertes, varió de posición tomando otra oblicua, de que se siguió quedar alojada su izquierda en Huerta de Tormes, su derecha en las alturas cerca de Cabezabellosa, y el centro en Aldearrubia. Lord Wellington, para evitar que al favor de este movimiento se pusiesen los enemigos en comunicación con los fuertes por la izquierda del Tormes, mudó también el frente de su ejército prolongando la línea, de forma que cubriese completamente a Salamanca, y pudiese ser acortada en breve, caso de una reconcentración repentina: se extendían los puestos avanzados a Aldealengua. El 24, antes de la aurora, 10.000 infantes franceses y 1000 jinetes cruzaron el Tormes por Huerta; contrapúsoles Wellington su primera y séptima división, que pasaron también el río, al mando de sir Thomas Graham, juntamente con una brigada de caballería: se apostó lo restante del ejército inglés entre Castellanos y Cabrerizos. Hora de mediodía sería cuando avanzó el enemigo hasta Calvarrasa de Abajo; mas vislumbrando a sus contrarios apercibidos, y que estos le seguían en sus movimientos, parose, y tornó muy luego a sus estancias del 23.

Se apodera
de ellos.

Entre tanto recibieron los ingleses el 26 las municiones y artillería que aguardaban de Almeida, y renovaron el fuego contra la gola del reducto de San Cayetano, en la que lograron romper brecha a las diez de la mañana del día siguiente: al propio tiempo consiguieron también incendiar, tirando con bala roja, el edificio de San Vicente.

En tal apuro, los comandantes de todos tres fuertes dieron muestra de querer capitular; pero sospechando Wellington que era ardid, a fin de ganar tiempo y apagar el incendio, solo les concedió cortos minutos para rendirse, pasados los cuales ordenó que sin tardanza fuesen asaltados los reductos de San Cayetano y la Merced. Se apoderaron los aliados del primero por la brecha de la gola, del segundo por escalada. Entonces el comandante del fuerte de San Vicente pidió ya capitular, y Wellington accedió a ello, si bien enseñoreado de una de las obras exteriores. Quedó prisionera la guarnición, y obtuvo los honores de la guerra. Cogieron los ingleses vestuarios y muchos pertrechos militares, pues los enemigos habían considerado por muy seguros aquellos depósitos, en cuyas obras habían trabajado cerca de tres años, y expendido sumas cuantiosas. Eran acomodados los fuertes para resistir a las guerrillas, comprimir cualquier alboroto popular, y evitar una sorpresa, no para contrarrestar el ímpetu de un ejército como el aliado. Después de la toma se demolieron por inútiles, lo mismo que otras obras que habían levantado los franceses en Alba de Tormes, de donde, escarmentados, sacaron a tiempo la guarnición. El mariscal Marmont, que no parecía sino que había acudido a Salamanca para presenciar la entrega de los fuertes, se alejó la noche del 27, llevando distribuida su gente en tres columnas, una la vuelta de Toro, las otras dos hacia Tordesillas. Al retirarse, pusieron fuego los franceses a los pueblos de Huerta, Babilafuente, Villoria y Villoruela: causaron estrago en los demás, y talaron y quemaron la cosecha que ofrecía rico y precioso esquilmo. Prosiguieron los ingleses en su marcha el 28 tras sus contrarios, y, poniéndose sobre el Trabancos, se alojó su vanguardia en la Nava del Rey.

Va Wellington
tras del ejército
de Marmont.

Tampoco se pararon aquí los franceses, juzgando prudente, antes de emprender cosa alguna, aguardar refuerzos de su ejército del Norte; por lo cual, hostigados de los ingleses, atravesaron el Duero en Tordesillas el día 2 de julio por su hermoso puente, de estructura, según se cree, del tiempo de los Reyes Católicos. Situáronse en esta nueva estancia, apoyando su derecha enfrente de Pollos, el centro en el mismo Tordesillas, y la izquierda en Simancas sobre Pisuerga. No desaprovechó Marmont aquí su tiempo, y tardando en llegar los refuerzos del ejército del Norte, viendo también que la superioridad inglesa consistía principalmente en su caballería, trató de aumentar la suya propia despojando de sus caballos a los que no correspondía tenerlos por ordenanza, y lo mismo a los que gozando de este derecho se hallaban con un número excedente de ellos, por cuyo medio aumentó su fuerza con más de 1000 jinetes. También se aumentó esta con la división de Bonnet, que se juntó al ejército francés el 7 de julio, viniendo de Asturias por Reinosa.

Movimientos
de los franceses
y de los ingleses
en el Duero.

Animado con esto Marmont, y sabedor además de que el sexto ejército español, saliendo de Galicia, daba muestra de venir sobre Castilla, decidió repasar el Duero, y acercarse al inglés para empeñar batalla. Pero receloso de cruzar aquel río en presencia de ejército tan respetable, efectuó antes marchas y contramarchas desde el 13 al 16 de julio, encaminándose orilla abajo hacia Toro, en donde empezó a ocuparse en reparar el puente que había destruido.

Durante este tiempo, lord Wellington había colocado en un principio su derecha en la Seca, y su izquierda en Pollos. Aquí existe un vado no muy practicable entonces para la infantería, así por su naturaleza como por el lugar en que se alojaba el enemigo. No ofrece el Duero en su curso desde la unión del Pisuerga, y aun quizá desde más arriba hasta la del Esla, muchos parajes cómodos y apropiados para cruzarle delante de un enemigo que ocupe la derecha. Corre en gran parte por llanuras bastante anchas, solo ceñidas por ribazos y alturas más o menos lejanas del río, resultando de aquí que el sitio más acomodado para pasarle en todo aquel terreno, teatro a la sazón de los ejércitos beligerantes, era el de Castro Nuño, dos leguas corriente arriba de Toro, en donde se divisa un buen vado y una curva que forma el terreno, propicia a las operaciones de tropas que enseñoreen la margen izquierda.

Empieza
Wellington
a retirarse.

Pensaba lord Wellington en verificar el paso, cuando advirtiendo el movimiento de Marmont hacia Toro, y aun noticioso de que algunas fuerzas francesas atravesaban el Duero el día 16 por el puente de aquella ciudad, se corrió sobre su izquierda, y trató de reconcentrarse a las márgenes del Guareña. Con efecto hizo maniobrar en este sentido a todo su ejército, excepto a las divisiones primera y ligera, con una brigada de caballería a las órdenes de sir Stapleton Cotton, fuerza apostada en Castrejón. Pero el mariscal francés, contramarchando entonces rápidamente, se dirigió en la noche del 16 al 17 sobre Tordesillas, cruzó el río, y juntó todo su ejército en la mañana del mismo día en la Nava del Rey, habiendo andado sin parar no menos de diez leguas. Con tan inesperado movimiento, no solo consiguió repasar el Duero y burlar la vigilancia de los ingleses, sino que puso casi a merced suya a Cotton, muy separado del cuerpo principal del ejército británico. Así fue que al amanecer del 18 le atacaron los franceses, y aun rodearon la izquierda de su posición por Alaejos. Dichosamente pudo Cotton, a pesar de fuerzas tan superiores, mantenerse firme, y dar tiempo a que acudiesen refuerzos de Wellington que le ayudaron a replegarse ordenadamente, si bien hostigado por retaguardia y flanco, a Torrecilla de la Orden, y de allí a incorporarse al grueso del ejército aliado.

Colocáronse en seguida los franceses en unas lomas a la derecha del Guareña, y Wellington, después de situar en otras opuestas tres de sus divisiones, decidió que lo restante de su ejército atravesase aquel río por Vallesa, para impedir que el enemigo envolviese su derecha como intentaba.

Varias maniobras
de ambos
ejércitos.

Atravesó este también dicho río Guareña por Castrillo, tratando el general Clauzel, que mandaba una de las columnas principales, de apoderarse de cierta situación ventajosa, y caer sobre la izquierda inglesa, operación que se le frustró con pérdida de bastantes prisioneros, entre ellos el general Carrié.

El 19, ya en la tarde, sacó el enemigo muchos cuerpos de su derecha y los trasladó a la izquierda, lo que obligó a Wellington a ejecutar maniobras análogas con el objeto de inutilizar cualquiera tentativa de sus contrarios. Se preparó también el general inglés a admitir batalla, si se la presentaban los franceses en las llanuras de Vallesa.

No era todavía tal la intención del mariscal enemigo, quien más bien quería maniobras que aventurar acción alguna. Así fue que en el día 20 se puso todo el ejército francés en plena marcha sobre su izquierda, y obligó a Wellington a emprender otra igual por su propia derecha, de que resultó el singular caso de que dos ejércitos enemigos no detenidos por ningún obstáculo, y moviéndose por líneas paralelas a distancia cada uno de medio tiro de cañón, no empeñasen entre sí batalla ni reencuentro notable. Marchaban ambos aceleradamente y en masas unidas. Uno y otro se observaban aguardando el momento de que su adversario cayese en falta.

Sitúase
Wellington
cerca
de Salamanca.

Amaneció el 21, y reconcentrando lord Wellington su ejército hacia el Tormes, se situó de nuevo en San Cristóbal, a una legua de Salamanca, posición que ocupó durante el asedio de los fuertes. Los franceses pasaron aquel río por Alba, en donde dejaron una guarnición, alojándose entre esta villa y Salamanca. Atravesaron los aliados en seguida el Tormes por el puente de la misma ciudad y por los vados inmediatos, y solo apostaron a la margen derecha la tercera división con alguna caballería.

Entonces se afianzó Wellington en otra posición nueva: apoyó su derecha en un cerro de dos que hay cerca del pueblo llamado de los Arapiles, y la izquierda en el Tormes, más abajo de los vados de Santa Marta. Los franceses, situados al frente, estaban cubiertos por un espeso bosque, dueños desde la víspera de Calvarrasa de Arriba, y de la altura contigua apellidada de Nuestra Señora de la Peña. A las ocho de la mañana desembocó rápidamente del mencionado bosque el general Bonnet y se apoderó del otro Arapil, apartado más que el primero de la posición inglesa, pero muy importante por su mayor elevación y anchura. Descuido imperdonable en los aliados no haberle ocupado antes; y adquisición ventajosísima para los franceses, como excelente punto de apoyo caso que se trabase batalla. Conoció su yerro lord Wellington, y por lo mismo trató de enmendarle retirándose, no siéndole fácil desalojar de allí al enemigo, y temiendo también que le llegasen pronto a Marmont refuerzos del ejército francés del Norte, y otros del llamado del Centro con el rey José en persona. Pero presuntuoso el mariscal francés, probó en breve estar lejos de querer aguardar aquellos socorros.

Batalla
de Salamanca.

En efecto empezó a maniobrar y girar en torno del Arapil grande en la mañana del 22, ocupando ambos ejércitos estancias paralelas. Constaba el de los franceses, después que se le había unido Bonnet, de unos 47.000 hombres; lo mismo, poco más o menos, el de los anglo-portugueses. Apoyaba este su derecha en el pueblo de los Arapiles, delante del cual se levantan los dos cerros del propio nombre, ya indicados, y su izquierda en Santa Marta. Afianzaba aquel sus mismos y respectivos costados sobre el Tormes y Santa María de la Peña; Wellington trajo cerca de sí las fuerzas que había dejado al otro lado del río, y las colocó detrás de Aldeatejada, al paso que los franceses, favorecidos con la posesión del Arapil grande, iban tomando una posición oblicua, que a asegurarla fuera muy molesta para los aliados en su retirada.

Diose prisa por tanto Wellington a emprender esta, y la comenzó a las diez de la mañana, antes de que los contrarios pudiesen estorbar semejante intento. En él andaba cuando, observando las maniobras del enemigo, advirtió que, queriendo Marmont incomodarle y estrecharle más y más, prolongaba su izquierda demasiadamente. Entonces con aquel ojo admirable de la campaña, tan solo dado a los grandes capitanes, ni un minuto transcurrió entre moverse el enemigo, notar la falta el inglés, y ordenar este su ataque para no desaprovechar la ocasión que se le presentaba.

Fue la embestida en la forma siguiente: reforzó Wellington su derecha, y dispuso que la tercera división bajo del general Pakenham, y la caballería del general Urban con dos escuadrones más, se adelantasen en cuatro columnas, y procurasen envolver en las alturas la izquierda del enemigo, mientras que la brigada de Bradford, las divisiones quinta y cuarta del cargo de los generales Leith y Cole, y la caballería de Cotton le acometían por el frente, sostenidas en reserva por la sexta división del mando de Clinton, la séptima de Hope, y la española regida por Don Carlos de España. Las divisiones primera y ligera se alojaban en el ala izquierda, y sonaban como de respeto. Además debía apoyar el general Pack la izquierda de la cuarta división, y arremeter contra el cerro del Arapil que enseñoreaba el enemigo.

Correspondió el éxito a las buenas disposiciones del general aliado. Flanqueó Pakenham al francés, y arrolló cuanto se le puso por delante. Las divisiones inglesas que atacaron al centro enemigo, desalojaron las tropas de este de una en otra altura, avanzando a punto de amenazar sus costados. No fue permitido con todo al general Pack apoderarse del Arapil grande, aunque le asaltó con el mayor denuedo: solo distrajo la atención de los que le ocupaban.

Gánanla
los aliados.

En aquella hora, que era las de las cuatro y media de la tarde, al ver el mariscal Marmont arrollada una de sus alas y mal parado el centro, se dirigió en persona a restablecer la batalla; mas su mala estrella se lo impidió, sintiéndose en el mismo instante herido gravemente en el brazo y costado derecho: la misma suerte cupo a su segundo el general Bonnet, teniendo al cabo que recaer el mando en el general Clauzel. Contratiempos tales influyeron siniestramente en el ánimo de las tropas francesas; sin embargo, reforzada su izquierda, y señoras todavía las mismas del Arapil grande, hicieron cejar, muy maltratada, a la cuarta división inglesa. Relevola inmediatamente Wellington con la sexta, e introdujo de nuevo allí buena ordenanza, a punto que ahuyentó a los franceses de la izquierda, obligándolos a abandonar el cerro del Arapil. Manteníase no obstante firme la derecha enemiga, y no abandonó su puesto sino a eso del anochecer. Entonces comenzó a retirarse ordenadamente todo el ejército francés por los encinares del Tormes. Persiguiole Wellington algún tanto, si bien no como quisiera, abrigado aquel de la oscuridad de la noche. Repasaron los enemigos el río sin tropiezo, y continuaron los aliados el alcance. Cargaron estos la retaguardia francesa el 23, la cual, abandonada de su caballería, perdió tres batallones. Los ingleses se pararon después en Peñaranda, reforzado el enemigo con 1200 caballos procedentes de su ejército del Norte.

Apellidaron los aliados esta batalla la de Salamanca por haberse dado en las cercanías de aquella ciudad; los franceses de los Arapiles por los dos cerros que antes hemos mencionado; (* Ap. n. [20-1].) cerros famosos en las canciones populares de aquel país, que recuerdan las glorias de Bernardo del Carpio.[*]

Sangrienta batalla por ambas partes; pues en ella y en sus inmediatas consecuencias, contaron los franceses entre los heridos a los arriba indicados Marmont y Bonnet, y entre los muertos a los de la misma clase Ferey, Thomières y Desgraviers. Ascendió a mucho su pérdida de oficiales y soldados, con 2 águilas, 6 banderas y unos 11 cañones: cerca de 7000 fueron los prisioneros. Costó también no poco a los aliados la victoria, y no menos que a 5520 subieron los muertos y heridos: hubo de estos muchos jefes, y entre los primeros se contó al general Le Marchant. Don Carlos de España y Don Julián Sánchez tuvieron algunos hombres fuera de combate; y aunque no tomaron parte activa en la batalla, por mantenerse de reserva con otras divisiones del ejército aliado, no por eso dejaron de ejecutar con serenidad y acierto las maniobras que les prescribió el general en jefe.

Gracias
concedidas
a Wellington.

En recompensa de jornada tan importante, y a propuesta de la Regencia del reino, concedieron las Cortes a lord Wellington la orden del Toison de oro; regalándole el collar Doña María Teresa de Borbón, princesa de la Paz, conocida en este tiempo bajo el título de condesa de Chinchón, collar que había pertenecido a su padre el infante Don Luis, y de que hacía don aquella señora a tan ilustre capitán en prueba del aprecio y admiración que le merecían sus altos hechos. También recibió lord Wellington del parlamento británico gracias, mercedes y nuevos honores.

Continúan
retirándose
los franceses.

Prosiguieron los franceses su retirada, y se reconcentraron en Tudela y Puente de Duero, a la derecha de este río. Fueron tras ellos los ingleses, si bien tenían que parar su consideración en el rey José, que con la mayor parte de su ejército del Centro y otras fuerzas se adelantaba por Castilla la Vieja.

Avanza José
de Madrid a
Castilla la Vieja.

Había salido de Madrid el 21 de julio trayendo consigo más de 10.000 infantes y 2000 caballos. En su número se contaba la división italiana de Palombini, procedente de Aragón. Habíala llamado José para engrosar sus fuerzas, y en el mismo día 21 había entrado en Madrid. Estaban ya el 25 los puestos avanzados de este ejército en Blasconuño, y allí les cogieron los aliados unos cuantos de sus jinetes con 2 oficiales. Supo José a poco la derrota de Salamanca, y desde la fonda de San Rafael, en donde se albergaba, tomó el 27 la ruta de Segovia, en cuyo punto, adoptando una estancia oblicua sobre el Eresma, sin abandonar las faldas de las sierras de Guadarrama ni alejarse mucho de Madrid, conseguía proteger la marcha retrógrada de Clauzel, amagando el flanco de los ingleses.

No dejó por eso lord Wellington de acosar a sus contrarios, obligándolos a continuar su retirada vía de Burgos, y a abandonar a Valladolid. Entró en esta ciudad el general en jefe inglés el 30 de julio, y acogiéronle los moradores con júbilo extremado.

Guerrilleros
en Castilla.

Derramados los guerrilleros de Castilla la Vieja en torno del ejército británico, ayudaban a molestar al francés en su retirada, y el llamado Marquinez cogió el mismo día 30, en las cercanías de Valladolid, unos 300 prisioneros.

Sexto ejército
español. Bloquea
varios puntos.

Igualmente favoreció los movimientos de lord Wellington el sexto ejército español, compuesto en su totalidad de 15.300 hombres, entre ellos unos 600 de caballería. Se adelantó en parte desde el Bierzo aquende los montes, y bloqueó los puntos de Astorga, Toro y Tordesillas. Toma
el de Tordesillas. En este pueblo abrigábanse fortificados en la iglesia 250 hombres, que se entregaron el 5 de agosto al brigadier Don Federico Castañón. Se metió al propio tiempo en España, con la milicia portuguesa de Tras-os-Montes, el conde de Amarante, y coadyuvó al plan general de los aliados cercando a Zamora.

No hizo en Valladolid larga parada lord Wellington, queriendo impedir la unión que se anunciaba del ejército enemigo de Portugal hacia la parte superior del Duero, con el otro que mandaba José. Por eso dejando al cuidado de su centro e izquierda el perseguimiento de Clauzel, movió el general inglés su derecha a lo largo del Cega, y sentó sus reales en Cuéllar el 1.º de agosto; día en que el rey intruso, desistiendo de todo otro intento, abandonó a Segovia pensando solo en recogerse a Madrid. No dudó sin embargo Wellington en proseguir inquietándole, porque, persuadido de que el ejército francés de Portugal, maltratado ahora, no podría en algún tiempo empeñarse en nuevas empresas, resolvió estrechar a José y forzarle a evacuar la capital del reino, cuya ocupación por las armas aliadas resonaría en Europa y tendría venturosas resultas.

Revuelve
Wellington
contra José.

Con este propósito levantó lord Wellington sus cuarteles de Cuéllar el 6 de agosto y, atravesando por Segovia, llegó a San Ildefonso el 8, en donde hizo alto un día para aguardar a que cruzase su ejército las sierras de Guadarrama. Había dejado en el Duero, al salir de Cuéllar, la división del general Clinton y la brigada de caballería del general Anson, a fin de observar aquella línea. El grueso de su ejército, viniendo la vuelta de Castilla la Nueva, pasó sin tropiezo alguno en los días 9, 10 y 11 los puertos de Guadarrama y Navacerrada. El general d’Urban, que precedía a todos con un cuerpo de caballería portuguesa y alemana, y tropas ligeras, Reencuentro
de Majadahonda. tropezó con 2000 jinetes enemigos, que, si bien al principio hicieron ademán de retirarse, tornaron en busca de los aliados, a quienes hallaron enfrente de Majadahonda. Ordenó d’Urban el ataque, mas los portugueses aflojaron, dejando en poder del enemigo 3 cañones y al vizconde de Barbacena, que se portó briosamente. Los alemanes, que estaban formados detrás del mismo pueblo de Majadahonda, sirvieron de amparo a los fugitivos y contuvieron a los franceses. Perdieron los aliados 200 infantes y 120 caballos en este reencuentro.

Retírase José
de Madrid.

Antes, y desde que se susurró entre los parciales del gobierno intruso el progreso de los ingleses y su descenso por las sierras de Guadarrama, trataron todos de poner en salvo sus personas y sus intereses. Cualesquiera precauciones no eran sobradas: los partidarios, que en todos tiempos batían sin cesar los caminos y sitios cercanos a la capital, habían acrecido ahora su audacia y apenas consentían que impunemente ningún francés suelto ni aficionado suyo asomase por fuera de sus cercas.

En momento tan crítico renovose, hasta cierto punto, el caso del día de Santa Ana en el año de 1809. Azorados los comprometidos con el gobierno intruso, acongojábanse, y previendo un porvenir desventurado, enfardelaban y se disponían a ausentarse. Los que les eran opuestos corrían alborozados las calles y se agolpaban a las puertas por donde presumían entrasen los que miraban como libertadores. Llegó el 11 de agosto y José salió de Madrid con parte de su ejército, encaminándose al Tajo; hicieron lo mismo en la mañana del día siguiente, aún temprano, las fuerzas que quedaban dentro y demás allegados, dejando tan solo en el Retiro una guarnición de 2000 hombres con el especial objeto de custodiar a los enfermos y heridos.

Entran
los aliados
en la capital.

Dadas las diez, y echadas las campanas a vuelo, empezaron poco después a pisar el suelo de la capital los aliados y varios jefes de guerrilla, señaladamente entre ellos Don Juan Martín el Empecinado y Don Juan Palarea. No tardó en presentarse por la puerta de San Vicente lord Wellington, a quien salió a recibir el ayuntamiento formado de nuevo, y le llevó a la casa de la villa, en donde, asomándose al balcón acompañado del Empecinado, fue saludado por la muchedumbre con grandes aclamaciones. Se le hospedó en Palacio, en alojamiento correspondiente y suntuoso. Las tropas todas entraron en la capital en medio de muchos vivas, habiéndose colgado y adornado las casas como por encanto. Obsequiaron los moradores a los nuestros y a los aliados con esmero y hasta el punto que lo consentían las estrecheces y la miseria a que se veían reducidos. Las aclamaciones no cesaron en muchos días, y abrazábanse los vecinos unos a otros, gozándose casi todos no menos en el contentamiento ajeno que en el propio.

Publícase
y júrase
la Constitución.

Recayó el nombramiento de gobernador de Madrid en Don Carlos de España; y el 13, por orden de lord Wellington, conforme a lo dispuesto por la Regencia del reino, se proclamó la Constitución formada por las Cortes generales y extraordinarias. Presidieron el acto Don Carlos de España y Don Miguel de Álava. El concurso, numerosísimo; los aplausos, universales. Se prestó el juramento el 14, por parroquias, según lo prevenido en decreto de 18 de marzo del año en que vamos. Los vecinos acudieron con celo vivísimo a cumplir con este deber, pronunciando dicho juramento en voz alta, y apresurándose espontáneamente muchos a responder aun antes que les llegase su turno; considerando en este acto no solo la Constitución en sí misma sino también, y más particularmente, creyendo dar en él una prueba de adhesión a la causa de la patria y de su independencia. Don Carlos de España y Don Miguel de Álava prestaron el juramento en la parroquia de Santa María de la Almudena. Llamó el primero la atención de los asistentes por los extremos que hizo, y palabras que pronunció en apoyo de la nueva ley fundamental, que según manifestó, quería defender aun a costa de la última gota de su sangre.

Wellington ataca
el Retiro.

A pesar de tales muestras de confianza y júbilo no se aquietaba Wellington hasta posesionarse del Retiro, y por tanto le cercó y le empezó a embestir a las seis de la tarde del 13. Habían establecido allí los franceses tres recintos. El primero, o exterior, le componían el palacio, el museo y las tapias del mismo jardín con algunas flechas avanzadas para flanquear los aproches. Formaba el segundo una línea de nueve frentes construidos a manera de obras de campaña, con un revellín además, y una media luna. Reducíase el tercero a una estrella de ocho puntas o ángulos que ceñía la casa llamada de la China, por ser antes fábrica de este artefacto.

El Retiro, morada antes de placer de algunos reyes austriacos, especialmente de Felipe IV, que se solazaba allí componiendo de repente obras dramáticas con Calderón y otros ingenios de su tiempo, y también de Fernando VI y de su esposa Doña Bárbara, muy dada a oír en su espléndido y ostentoso teatro los dulces acentos de cantores italianos; este sitio, recuerdo de tan amenas y pacíficas ocupaciones, habiendo cambiado ahora de semblante y llenádose de aparato bélico, no experimentó semejante transformación sin gran detrimento y menoscabo de las reliquias de bellas artes que aún sobrevivían, y la experimentó bien inútilmente, si hubo el propósito de que allí se hiciese defensa algo duradera.

Le toma.

Porque en la misma tarde del 13 que fue acometida la fortaleza, arrojó el general Pakenham los puestos enemigos del Prado y de todo el recinto exterior, penetrando en el Retiro por las tapias que caen al jardín botánico, y por las que dan enfrente de la plaza de toros, junto a la puerta de Alcalá. Y en la mañana del 14, al ir a atacar el mismo general el segundo recinto, se rindió a partido el gobernador, que lo era el coronel Lefond. Tan corta fue la resistencia, bien que no permitía otra cosa la naturaleza de las obras, suficientes para libertar aquel paraje de un rebate de guerrillas, pero no para sostener un asedio formal. Concediéronse a los prisioneros los honores de la guerra, y quedaron en poder de los aliados, contando también empleados y enfermos, 2506 hombres. Además 189 piezas de artillería, 2000 fusiles, y almacenes considerables de municiones de boca y guerra.

Proclama
del general Álava.

Para calmar los ánimos de los comprometidos con José, residentes todavía en Madrid, y atraer a nuestras banderas a los alistados en su servicio, o sea jurados, como los apellidaban, dio el general Álava una proclama concebida en términos conciliadores. Su publicación produjo buen efecto, y tal, que en pocas horas se presentaron a las autoridades legítimas más de 800 soldados y oficiales. Sin embargo, las pasiones que reinaban, y sobre todo la enemistad y el encono contra la parcialidad de José de los que antes se consideraban oprimidos bajo su yugo, fueron causa de que se motejase de lene y aun de impolítica la conducta del general Álava. Achaque común en semejantes crisis, en donde tienen poca cabida las decisiones de la fría razón, y sí mucho séquito las que sugieren propias ofensas, o irritantes y recientes memorias. Subieron las quejas hasta las Cortes mismas, y costó bastante a los que solo apetecían indulgencia y concordia evitar que se desaprobase el acertado y tolerante proceder de aquel general.

Reprehensible
porte
de Don Carlos
de España.

Otro rumbo siguió Don Carlos de España. Inclinado a escudriñar vidas pasadas y a molestar al caído, de condición en todos tiempos perseguidora, tomó determinaciones inadecuadas y aun violentas, publicando un edicto en el que, teniéndose poca cuenta con la desgracia, se ordenaban malos tratamientos, con palabras irónicas, y se traslucían venganzas. Desacuerdo muy vituperable en una autoridad suprema, la cual, sobreponiéndose al furor ciego y momentáneo de los partidos, conviene que solo escuche al interés bien entendido y permanente del Estado, y que exprese sus pensamientos en lenguaje desapasionado y digno. En Don Carlos de España graduose tal porte hasta de culpable, por notarse en sus actos propensión codiciosa, de que dio en breve pruebas palpables, apropiándose haberes ajenos atropellada y descaradamente.

Otras medidas
desacertadas.

Ahogaron, pues, en gran manera el gozo de los madrileños semejantes procedimientos. También el no sentir inmediato alivio en la miseria y males que los abrumaban, habiendo confiado sucedería así luego que se alejase el enemigo y se restableciese la autoridad legítima. Esperanzas que, consolando en la desdicha, casi nunca se realizan; porque en los tránsitos y cambios de las naciones, ni es dable tornar a lo pasado, ni subsanar cumplidamente los daños padecidos, como tampoco premiar los servicios que cada cual alega, a veces ciertos, a veces fingidos o exagerados.

La de monedas.

Destemplaron asimismo la alegría varias medidas de la Regencia y de las Cortes. Tales fueron las decretadas sobre empleados y sus purificaciones, de que hablaremos en otro lugar. Tales igualmente las que se publicaron acerca de las monedas de Francia introducidas en el reino, y de las acuñadas dentro de él con el busto del rey intruso. Tuvieron origen las resoluciones sobre esta materia en el año de 1808 a la propia sazón que invadieron nuestro territorio las tropas francesas; pues sus jefes, solicitando entonces que sus monedas circulasen con igual ventaja que las españolas, consiguieron se nombrase una comisión mixta de ensayadores naturales y extranjeros, cuyos individuos, parciales o temerosos, (* Ap. n. [20-2].) formaron una tarifa en gran menoscabo de nuestros intereses,[*] la cual mereció la aprobación del Consejo de Castilla, amedrentado o con poco conocimiento de la materia.

No es dado afirmar si esta comisión verificó los debidos ensayos de las monedas respectivas, ni tampoco si se vio asistida de los conocimientos necesarios acerca de la ley metálica o grado de fino y del peso legal, con otras circunstancias que es menester concurran para determinar el verdadero valor intrínseco de las monedas. Pero parece fuera de duda que tomó por base general de la reducción el valor que correspondía entonces legalmente al peso fuerte de plata reducido a francos, sin tener cuenta con el remedio o tolerancia que se concedía en su ley y peso, ni con el desgaste que resulta del uso. Así evaluábase la pieza de 5 francos en 18 reales 25 maravedises, ⁴⁷⁹⁄₅₃₃, y el escudo de 6 libras tornesas en 22 reales y 8 maravedises.

En el oro la diferencia fue más leve, habiéndosele dado al napoleón de 20 francos el valor de 75 reales, y al luis de oro de 24 libras tornesas el de 88 reales y 32 maravedises: consistió esto en no haber tenido presente la comisión de ensayadores, entre otras cosas, la razón diversa que guardan ambos metales en las dos naciones; pues en España se estima ser dieciséis veces mayor el valor nominal del oro, cuando en Francia no llega ni a quince y medio.

Siguiose de esta tarifa en adelante para los españoles, en las monedas de plata, un quebranto de 9 y 11 por 100, y en las de oro de 1 y 2 por 100; de manera que en las provincias ocupadas apenas circulaba más cuño que el extranjero.

Los daños que de ello se originaron, junto con la aversión que había a todo lo que emanaba del invasor, motivaron dos órdenes, fechas una en 4 de abril de 1811 y otra en 16 de julio de 1812. Dirigíase la primera a prohibir el curso de las piezas acuñadas en España con busto de José, previniéndose a los tenedores las llevasen a la casa de la moneda, en donde recibirían su justo valor en otras legales y permitidas. Encaminábase la segunda, o sea la circular de 1812, a igual prohibición respecto de la moneda francesa, especificándose lo que en las tesorerías se había de dar en cambio; a cuyo fin se acompañaba una tarifa apreciativa del valor intrínseco de dicha moneda, y por tanto bastante diverso del que calcularon en 1808 los ensayadores nombrados al intento. Este trabajo, aunque imperfecto, se aproximaba a la verdad, en especial respecto de las piezas de 5 francos, si bien no tanto en los escudos de 6 libras, y menos todavía en las monedas de oro.

La prohibición de las fabricadas con busto del rey intruso no tuvo otro fundamento sino odios políticos o precipitada irreflexión, pues sabido es que se acuñaban los pesos fuertes de José con el mismo peso y ley que los procedentes de América: debiendo también notarse que en Francia se estiman los primeros aun más desde que el arte perfeccionado de la afinación ha descubierto en ellos mayor porción de oro que en los antiguos, habiendo sido comúnmente fabricados los modernos del tiempo de la invasión con vajillas y alhajas de iglesia, en que entraba casi siempre plata sobredorada.

Estas dos providencias, tan poco meditadas como lo había sido la tarifa de 1808, excitaron clamor general, lo mismo en Madrid que en los demás puntos a medida que se evacuaban, por el quebranto insinuado arriba que de súbito resultó, mayormente pesando las pérdidas sobre los particulares y no sobre el erario, y alterándose [*] (* Ap. n. [20-3].) repentinamente por sus disposiciones el valor de las cosas. En muchos parajes suspendieron sus efectos las autoridades locales, y representaron al gobierno legítimo, el cual a lo último, aunque lentamente, pues no lo verificó [*] (* Ap. n. [20-4].) hasta el septiembre de 1813, mandó que por entonces se permitiese la circulación de la moneda del rey intruso acuñada en España, y también la del imperio francés, arreglándose casi en un todo a la tarifa de 1808, perjudicialísima esta en sí misma, mas de difícil derogación en tanto que no fuese el erario, y no los particulares, el que soportase la pérdida o diferencia que existía entre el valor real o intrínseco de la circular de 1812, y el supuesto de la tarifa de 1808.

Habiendo tardado algún tiempo en efectuarse la suspensión, aun por las autoridades locales, de las órdenes de 1811 y 1812, el trastorno que ellas causaron fue notable y mucha la desazón, encareciéndose los víveres en lugar de abaratarse, y acreciéndose por de pronto el daño con las especulaciones lucrosas e inevitables de algunos trajineros y comerciantes. Así que necesidad hubo del odio profundo que se abrigaba en casi todos los corazones contra el extranjero, y también de que prosiguiesen cogiendo laureles las armas aliadas, para que no se entibiasen los moradores de los pueblos, ahora libres, en favor de la buena causa.

Toma
el Empecinado
a Guadalajara.

A dicha continuaron sucediéndose faustos acontecimientos alrededor y aun lejos de la capital. En Guadalajara 700 a 800 hombres que guarnecían la ciudad a las órdenes del general Preux, antiguo oficial suizo al servicio de España, se rindieron el 16 de este agosto a Don Juan Martín el Empecinado. Desconfiado Preux a causa de su anterior conducta, quería capitular solo con lord Wellington, mas este le advirtió que si no se entregaba a las tropas españolas que le cercaban, le haría pasar a cuchillo con toda la guarnición.

Abandonan
el Tajo
los franceses
del centro,
y se dirigen
a Valencia.

Fueron evacuando los franceses la orilla derecha del Tajo, y uniéndose sus destacamentos al cuerpo principal de su ejército del Centro, que proseguía retirándose vía de Valencia. Salieron de Toledo el día 14, en donde entró muy luego la partida del Abuelo, recibida con repique general de campanas, iluminaciones y otros regocijos. Por todas partes destruía el enemigo la artillería y las municiones que no podía llevar consigo, y daba indicio de abandonar para siempre, o a lo menos por largo tiempo, las provincias de Castilla la Nueva. Trabajos
que tuvieron
en el camino. En su tránsito a Valencia, encontraron José y los suyos tropiezos y muchas incomodidades, escaseándoles los víveres y sobre todo el agua, por haber los naturales cegado los pozos y destruido las fuentes en casi todos los pueblos, que tal era su enemistad y encono contra la dominación extraña. Padecieron más que todos los comprometidos con el intruso y sus desgraciadas familias, pues hubo ocasión en que no tuvieron ni siquiera una sed de agua que llevar a la boca, según aconteció al terrible ministro de policía Don Pablo Arribas.

Algunos sucesos
en
Castilla la Vieja.

En Castilla la Vieja, viendo los enemigos la suerte que había cabido a su guarnición de Tordesillas y temerosos de que acaeciera otro tanto a las ya bloqueadas de Zamora, Toro y Astorga, destacaron del ejército suyo, llamado de Portugal, 6000 infantes y 1200 caballos a las órdenes del general Foy, para que, aprovechándose del respiro que les daba el ejército aliado en su excursión sobre Madrid, libertasen las tropas encerradas en aquellos puntos. Consiguiéronlo con las de Toro, alejándose los españoles que bloqueaban la ciudad. No fueron tan dichosos en Astorga, adonde se dirigió Foy engrosado en el camino con otro cuerpo de igual fuerza al que llevaba. Trescientos de sus jinetes se adelantaron a las cercanías, La guarnición
de Astorga
se entrega
a los españoles. mas la guarnición, compuesta de 1200 hombres y mandada por el general Rémond, se había rendido el 18 de agosto en consecuencia de las repetidas y mañosas intimaciones del coronel Don Pascual Enrile, ayudante general del estado mayor del sexto ejército.

Recibió Foy tan sensible nueva en La Bañeza, y no pasando adelante, se enderezó hacia Carbajales con intento de sorprender al conde de Amarante que, habiendo levantado el bloqueo de Zamora, tornaba a su provincia de Tras-os-Montes. Se le frustró el golpe proyectado al general francés, quien tuvo que contentarse con recoger el 29 la guarnición de aquella plaza, no habiendo llenado sino a medias el objeto de su expedición.

Séptimo ejército
español.

Ni dejaron tampoco de inquietar al enemigo por el propio tiempo los diferentes cuerpos de que se componía el séptimo ejército, y que ascendían a unos 12.000 infantes y 1600 caballos, ayudados en las costas de Cantabria por las fuerzas marítimas inglesas. Colocose Don Juan Díaz Porlier entre Torrelavega y Santander, y ejecutando diversas maniobras disponíase a atacar esta ciudad Evacúan
los franceses
a Santander. cuando los enemigos la evacuaron, como también toda aquella costa, excepto el punto de Santoña. Porlier entró en Santander el 2 de agosto, y allí proclamó con pompa la Constitución, haciendo el saludo correspondiente por tan fausto motivo los buques británicos fondeados en el puerto.

Sucesos
en Vizcaya.

Avanzó Porlier en seguida a Vizcaya, cuya capital Bilbao habían desamparado los enemigos en los primeros días de agosto. Reunido allí con Don Gabriel de Mendizábal, general en jefe del séptimo ejército, y con Don Mariano Renovales, que mandaba la fuerza levantada por el señorío, se apostaron juntos en el punto llamado de Bolueta para hacer rostro al francés, que, engrosado, revolvía sobre la villa de Bilbao. Le rechazaron los nuestros completamente el 13 y 14 del mismo agosto. El 21 insistieron los enemigos, regidos por el general Rouget, en igual propósito mas no con mayor ventura, teniendo al fin que acudir en persona el general Caffarelli para penetrar en aquella villa, como lo verificó el día 28. Pero siendo el principal objeto de los franceses socorrer y avituallar a Santoña, luego que lo consiguieron abandonaron otra vez a Bilbao el 9 de septiembre. Entonces celebráronse allí grandes festejos, se presentó la junta diputación y, convocándose la general, se instaló esta el 16 de octubre presidida por Don Gabriel de Mendizábal, se publicó la Constitución y, conforme a ella, después de haber examinado dicha junta el estado de armamento y defensa de la provincia, hicieron sus individuos dejación de sus cargos para que los habitantes usasen a su arbitrio de los nuevos derechos que les competían.

A poco depositaron la confianza en Don Gabriel de Mendizábal, a fin de que indicase los individuos que juzgase más dignos de componer la nueva diputación, recayendo el nombramiento en las mismas personas que designó aquel general. Unidos todos, continuaron haciéndose notables esfuerzos en los meses que restaban de 1812, con deseo de inquietar al enemigo y poner en más orden la tropa alistada y la exacción de arbitrios. Longa, dependiente de este distrito, coadyuvó a estos fines molestando a los franceses, señaladamente en un encuentro que tuvo en el valle de Sedano al acabar noviembre, en donde sorprendió al general Fromant, matándole a él y a mucha gente suya, y cogiéndole bastantes prisioneros. Después atacó a los que ocupaban las Salinas de Añana y les tomó el punto y 250 hombres, habiendo también destruido los fuertes de Nanclares y Armiñón, que abandonó el enemigo. No bastaron sin embargo tales conatos para impedir que, al cerrar del año, el mismo 31 de diciembre, ocupasen nuevamente los franceses la villa de Bilbao. Contratiempo que era de temer sobreviniera por la situación topográfica de aquellas provincias aledañas de Francia, y de conservación indispensable para el enemigo, en tanto que permanecieron sus tropas en Castilla, pero que compensó grandemente la suerte en el año inmediato de 1813, en que amanecieron días prósperos para el afianzamiento de la independencia peninsular.

Sale Wellington
de Madrid
y pasa a
Castilla la Vieja.

Salió lord Wellington de Madrid el 1.º de septiembre, habiendo alcanzado con la toma de la capital dar aliento a los defensores de la patria, libertar varias provincias y, más que todo, producir en la Europa entera una impresión propicia en favor de la buena causa. Para añadir otras ventajas a las ya conseguidas, pensó en continuar la guerra sin dar descanso al enemigo, y mandó que en Arévalo se juntasen en su mayor parte las fuerzas aliadas.

Sucesos
en Andalucía.

Allí le dejaremos ahora para volver los ojos a las Andalucías. La victoria de Salamanca, la entrada de los aliados en Madrid, el impulso que por todas partes recibió la opinión, y la necesidad de reconcentrar el enemigo sus diversos cuerpos, eran sucesos que naturalmente habían de ocasionar prontas y favorables resultas en aquellas provincias; mayormente desamparadas las de Castilla la Nueva y recogido a Valencia José y su ejército del Centro, movimiento que embarazaba la correspondencia con los franceses del mediodía, o permitía solo comunicaciones tardías e inciertas.

Nada digno de referirse había ocurrido en las Andalucías desde la acción de Bornos, ni por la parte de la sierra de Ronda, ni tampoco por la de Extremadura. La expedición que el general Cruz Mourgeon había llevado en auxilio de Don Francisco Ballesteros, después de volver a la Isla de León, y de hacer un nuevo desembarco y amago en Tarifa, tornó a Cádiz por última vez en los primeros días de agosto; y rehecha y aumentada se envió, a las órdenes del mismo general Cruz, al condado de Niebla, tomando tierra en Huelva en los días 11 y 15 del propio mes.

Por su lado lord Hill, después de su excursión al Tajo, en que había tomado los fuertes de Napoleón y Ragusa, permanecía en la parte meridional de Extremadura con las fuerzas anglo-portuguesas de su mando, y asistido del quinto ejército español, no muy numeroso. Observaban allí unos y otros los movimientos del cuerpo que regía el general Drouet. Mas ahora tratose de maniobrar de modo que hostilizasen al mariscal Soult y a los cuerpos dependientes de su mando las tropas aliadas que andaban en su torno, y las obligasen a acelerar la evacuación de las Andalucías, cuya posesión no podía el enemigo mantener largo tiempo, después de lo ocurrido en las Castillas durante los meses de julio y agosto.

Levantan
los franceses
el sitio de Cádiz.

Dieron los franceses muestras claras de tales intentos cuando, sin aguardar a que los acometiesen, comenzaron a levantar el sitio de la Isla gaditana el 24 de agosto de este año de 1812, quedando enteramente libre y despejada la línea en el día 25, después de haberla ocupado los enemigos por espacio de más de dos años y medio. Las noches anteriores, y en particular la víspera, arrojaron los franceses bastantes bombas a la plaza; y aumentando sobremanera la carga de los cañones, y poniendo a veces en contacto unas bocas con otras, reventaron y se destrozaron muchas piezas de las 600 que se contaban entre Chiclana y Rota.

Repique general de campanas, cohetes, luminarias, todo linaje, en fin, de festejos análogos a tan venturoso suceso, anunciaron el contentamiento y universal alborozo de la población. Las Cortes interrumpieron sus tareas, suspendiendo la sesión de aquel día, y los vecinos y forasteros residentes en Cádiz salieron de tropel fuera del recinto para examinar por sí propios los trabajos del enemigo, y gozar libremente de la apacible vista y saludable temple del campo de que habían estado privados por tanto tiempo. Distracción del ánimo, inocente y pura, que consolaba de males pasados y disponía a sobrellevar los que encerrase la inconstante fortuna en su porvenir oscuro.

En los mismos días que los enemigos levantaron el sitio de Cádiz, abandonaron también los puntos que guardaban en las márgenes del Guadalete y serranía de Ronda, clavando por todas partes la artillería, y destruyendo cuanto pudieron de pertrechos y municiones de guerra. Cogieron sin embargo los españoles una parte de ellos, como también 30 barcas cañoneras que quedaron intactas delante de la línea de Cádiz.

Marcha de
Cruz Mourgeon
sobre Sevilla.

Llano era que a semejantes movimientos se seguiría la evacuación de Sevilla. Impelió igualmente a que se verificase, la marcha que sobre aquella ciudad emprendió el general Cruz Mourgeon, conforme a la resolución tomada de molestar al mariscal Soult. Le sostenía y ayudaba en esta operación el coronel Skerret con fuerza británica. Los franceses se habían retirado del condado de Niebla a mediados de agosto, después de haber volado el castillo de la villa del mismo nombre, dejando solo de observación en Sanlúcar la Mayor unos 500 a 600 hombres, infantes y jinetes. Los dos jefes aliados trataron de aproximarse a Sevilla, y creyendo ser paso previo atacar a los últimos, lo verificaron arrojándolos de allí con pérdida. En seguida reconcentraron los nuestros sus fuerzas en aquel pueblo, y les sirvió de estímulo para avanzar el saber que Soult desamparaba a Sevilla con casi toda su gente.

Evacúa Soult
a Sevilla.

Habíalo en efecto verificado a las doce de la noche del 27, dejando solo en la ciudad parte de su retaguardia, que no debía salir hasta las 48 horas después. Lejos estaban de recelar los enemigos un pronto avance de nuestras tropas, y por tanto continuaron ocupando sosegadamente las alturas que se dilatan desde Tomares hasta Santa Brígida, en donde tenían un reducto. El general Cruz Mourgeon, destacando algunas guerrillas que cubriesen sus flancos, se adelantó a Castilleja de la Cuesta, en cuyos inmediatos olivares se alojaban los enemigos, teniendo unos 40 hombres en Santa Brígida, sin artillería por haberla sacado en los días anteriores. Acometieron los nuestros con brío a sus contrarios y los desalojaron de los olivares, obligándolos a precipitarse al llano. Protegía a los franceses su caballería; pero estrechada esta por los jinetes españoles, abandonó a los infantes que se vieron perseguidos por nuestra vanguardia al mando del escocés D. Juan Downie, quien había levantado una legión que se apellidaba de leales extremeños, vestida a la antigua usanza; servicio que dio ocasión a que la marquesa de la Conquista, descendiente de Francisco Pizarro, ciñese al Don Juan la espada de aquel ilustre guerrero, que se conservaba aún en la familia.

Arremete
Cruz Mourgeon
en Triana contra
la retaguardia
francesa.

Al propio tiempo se atacó el reducto, pero malogradamente, hasta que vieron los que le guarnecían ser imposible su salida, e inútil resistencia más prolongada. El general Cruz queriendo también aprovecharse de la ventaja ya conseguida en los olivares de Castilleja, destacó algunos cuerpos para que, yendo por la derecha, camino de San Juan de Alfarache, se interpusiesen entre los enemigos y el puente de Triana, a fin de evitar la rotura o quema de este; cosa hacedera siendo de barcas. Mas no parándose la vanguardia española ni el coronel Skerret en perseguimiento de los franceses, impidieron que se realizase aquella maniobra, pues cerraron de cerca por el camino real no solo a las fuerzas rechazadas de Castilleja, sino también a todas las que el enemigo allí reunía, las cuales fueron replegándose en 3 columnas con 2 piezas de artillería y 200 caballos, y se apostaron teniendo a su derecha el río y a sus espaldas el arrabal de Triana. Motivo por el que resolvió Cruz Mourgeon, consultando al tiempo, que Don José Canterac, en vez de sostener con la caballería, como había pensado, los cuerpos de la derecha, ayudase el ataque que daban Downie y Skerret, verificándolo con tal dicha que su llegada decidió la completa retirada del enemigo de la llanura que todavía ocupaba.

Downie.

Avanzaron los aliados y se metieron en Triana, empeñándose reciamente el combate en la cabeza del puente. Quien más se arriscó fue Downie con su legión: dos veces le rechazaron, y dos le hirieron; a la tercera, arremetiendo casi solo, saltó a caballo por uno de los huecos que los franceses habían practicado en una parte del puente, quitando las tablas traviesas, y fue derribado, herido nuevamente en la mejilla y en un ojo, y hecho prisionero. Conservó sin embargo bastante presencia de ánimo para arrojar a su gente la espada de Pizarro, logrando así que no sirviese de glorioso trofeo a los enemigos.

Entra Cruz
en Sevilla.

Estos, aunque ufanos de haber cogido a Downie, viéndose batidos por nuestra artillería colocada en el malecón de Triana, y atacados por nuestras tropas ligeras que cruzaron el puente por las vigas, ni pudieron acabar de cortar este, ni les quedó más arbitrio que meterse en la ciudad cerrando la puerta del Arenal. Pero habilitado sin tardanza el puente con tablones que pusieron los vecinos, fueles permitido a todas las tropas aliadas ir pasando el río con celeridad, infundiendo así aliento a las guerrillas que iban delante y a los moradores. Pronto se vieron felices resultas, pues abierta la puerta del Arenal sin que los enemigos lo notasen, echadas a vuelo las campanas, colgadas muchas casas, y siendo universal el júbilo y la algazara, metiéronse los nuestros por las calles, y subió a tanto grado el aturdimiento de los franceses y su espanto, que a pesar de los esfuerzos de sus generales, empezaron los soldados a huir hasta el punto de arrojar algunos las armas, teniendo todos al fin que salir por la puerta Nueva y la de Carmona con dirección a Alcalá, abandonando 2 piezas, muchos equipajes, rico botín, caballos, y perdiendo 200 prisioneros. En desquite, lleváronse consigo a Downie gran trecho, y solo le dejaron libre, aunque mal parado, a unas cuantas leguas de Sevilla.

Sigue Soult
su retirada
hacia Murcia.

No persiguieron los nuestros a los franceses en la retirada, observándolos tan solo de lejos la caballería. Cruz Mourgeon se detuvo en la ciudad, en donde se publicó la Constitución el 29 de agosto, dos días después de la entrada de los aliados. Se celebró el acto en la plaza de San Francisco, acompañado de las mismas fiestas y alegría que en las demás partes.

Ballesteros.

Continuó el mariscal Soult su marcha, obligado a estar siempre en vela por la aversión que le tenían los pueblos, y por atender a los movimientos de Don Francisco Ballesteros, que desembocando de la serranía de Ronda, le amagaba continuamente, engrosado algún tanto con 3 regimientos que de la Isla de León destacó la Regencia bajo el mando de Don Joaquín Virués.

En el tiempo que promedió desde la funesta acción de Bornos hasta la evacuación de Sevilla, no dejó Ballesteros de molestar al enemigo, ya amenazando a Málaga, aunque irreflexivamente, Reencuentros
de este. ya entrando en Osuna con la dicha de sorprender a su gobernador y de coger un convoy, ya en fin distrayendo la atención de los franceses de varios modos. Mas ahora, no siéndole tampoco dado atacar a Soult de frente a causa de la superioridad de las fuerzas de este, se limitó, para incomodarle, a ejecutar maniobras de flanco, amparado de las breñas y pintorescas rocas de la sierra de Torcal. Acometió el 3 de septiembre en Antequera a la retaguardia francesa, mandada por el general Semellé, y la acosó tomándole algunos prisioneros, bagajes y 3 cañones. Lo mismo repitió al amanecer del 5 en Loja, apretando de cerca los españoles a sus contrarios hasta Santa Fe.

Drouet abandona
la Extremadura.

Permaneció el mariscal Soult algunos días en Granada, donde se le juntaron varios destacamentos que fueron sucesivamente evacuando los pueblos y ciudades de aquella parte, entre ellas Málaga, que había sido abandonada en los últimos días de agosto después de haber volado el castillo de Gibralfaro. Dio también con eso lugar a que se le aproximase el quinto cuerpo francés a las órdenes del general Drouet, conde d’Erlon, quien, acantonado en Extremadura hacia Llerena, se había mantenido allí desde mayo sin ser incomodado por el general Hill ni por los españoles. Así lo había querido lord Wellington, temeroso de algún desmán que comprometiese sus operaciones de Castilla la Vieja, de cuya resolución no se apartó hasta que yendo de ventura en ventura, y habiéndose dispuesto, según insinuamos, a hostilizar a Soult y cuerpos dependientes de su mando, recibió orden Hill de coadyuvar a este plan: Se dirige
por Córdoba
a Granada. por lo cual, al paso que Cruz y Skerret se movieron la vuelta de Sevilla, marchó también aquel general inglés sobre Llerena el 29 de agosto, formado en cuatro columnas, con ánimo de espantar a Drouet de aquellos lugares; mas llegó cuando los franceses habían ya levantado el campo y se retiraban por Azuaga camino de Córdoba. Desistió Hill de ir tras ellos; y conforme a instrucciones de lord Wellington se enderezó al Tajo, acompañado de las divisiones españolas de Morillo y de Penne Villemur, para obrar de concierto con las demás tropas británicas, ya a la sazón en Castilla la Nueva.

Va tras él
en observación
el coronel
Schepeler.

Dejósele pues a Drouet continuar tranquilamente su marcha, y ni siquiera fue rastreando su huella otra fuerza que un corto trozo de caballería que el general español Penne Villemur destacó a las órdenes del coronel alemán Schepeler, de quien hablamos con ocasión de la batalla de la Albuera. Desempeñó tan distinguido oficial cumplidamente su encargo, empleando el ardid y la maña a falta de otros medios más poderosos y eficaces. Replegábase el enemigo lentamente, como que no era incomodado, conservando todavía cerca del antiguo Castel de Bélmez, ahora fortalecido, una retaguardia. Deseoso el coronel Schepeler de aventarle, y careciendo de fuerzas suficientes, envió de echadizos a unos franceses que sobornó, los cuales con facilidad persuadieron a sus compatriotas ser tropas de Hill las que se acercaban, resolviendo Drouet, en su consecuencia, destruir las fortificaciones de Bélmez el 31 de agosto y no detenerse ya hasta entrar en Córdoba. Schepeler avanzó con su pequeña columna, y, desparramándola en destacamentos por las alturas de Campillo y salidas de la sierra, cuyas faldas descienden hacia el Guadalquivir, ayudado también de los paisanos, hizo fuegos y ahumadas durante la noche y el día en aquellas cumbres, como si viniesen sobre Córdoba fuerzas considerables, apariencias que sirvieron de apoyo a las engañosas noticias de los espías. No tardó el enemigo en disponer su marcha, y a la una de la madrugada del 3 de septiembre tocó generala, desamparando los muros de Córdoba al quebrar del alba. Tomaron sus huestes el camino del puente de Alcolea, yendo formadas en tres columnas. Otros ardides continuó empleando Schepeler para alucinar a sus contrarios, y el mismo día 3 por la tarde se presentó delante de la ciudad, Entra Schepeler
en Córdoba. cuyas puertas halló cerradas, temerosos algunos vecinos de las guerrillas y sus tropelías. Pero cerciorados muy luego de que eran tropas del ejército las que llegaban, todos, hasta los más tímidos, levantaron la voz para que se abriesen las puertas; y franqueadas, penetró Schepeler por las calles, siendo llevado en triunfo y como en vilo hasta las casas consistoriales con aclamación universal, y gritando los moradores: «¡Ya somos libres!» En el arrobamiento que se apoderó del coronel con tan entusiasmada acogida, figurósele, según nos ha contado él mismo, que renacían los tiempos de los Omeyas, y que volvía victorioso a Córdoba el invencible [*] (* Ap. n. [20-5].) Almanzor después de haber dado feliz remate a alguna de sus muchas campañas, tan decantadas y aplaudidas por los ingenios y poetas árabes de aquella era; similitud no muy exacta y vuelo harto remontado de la fantasía del coronel alemán, hombre por otra parte respetable y digno.

Desmanes
de Echevarri.

Mas a pesar de su triunfo se vio este angustiado no asistiéndole las fuerzas que se imaginaban en la ciudad, y manteniéndose todavía no muy lejos el general Drouet. Aumentó su desasosiego la llegada de Don Pedro Echevarri, quien, valido del favor popular de que gozaba en aquella provincia, había acudido allí al saber la evacuación de Córdoba. Hombre ignorante el Don Pedro, y atropellado, quiso, arrogándose el mando, hacer pesquisas y ejecutar encarcelamientos, procurando cautivar aún más la afición que ya le tenía el vulgo con actos de devoción exagerada. Contuvo Schepeler al principio tales demasías; mas no después, siendo nombrado Echevarri por la Regencia comandante general de Córdoba; merced que alcanzó por amistades particulares y por haber lisonjeado las pasiones del día, ya persiguiendo a los verdaderos o supuestos partidarios del gobierno intruso, ya publicando pomposamente la Constitución; pues este general adulaba bajamente al poder cuando le creía afianzado, y se gallardeaba en el abuso brutal y crudo de la autoridad siempre que la ejercía contra el flaco y desvalido.

Sigue Drouet
retirándose.

Afortunadamente no le era dado a Drouet, a pesar de constarle las pocas fuerzas nuestras que había en Córdoba y de los desvaríos de Echevarri, revolver sobre aquella ciudad. Impedíaselo el plan general de retirada; por lo que prosiguió él la suya, aunque despacio, vía de Jaén con rumbo a Huéscar, donde se puso en inmediato contacto con el ejército del mariscal Soult.

Rodeado ya este de todas sus fuerzas evacuó a Granada el 16, encaminándose al reino de Murcia. Noticioso de ello, Ballesteros trató de inquietarle algún tanto haciendo que el brigadier Barrutell, pasando por Sierra Nevada, le acometiese en los Dientes de la Vieja; lo cual se ejecutó causando al enemigo mucho azoramiento y alguna pérdida.

Entra
en Granada
el ejército
de Ballesteros.

Libre Granada pisó su suelo el 17 de septiembre el ejército del general Ballesteros, siendo el primero que penetró allí el príncipe de Anglona, acogido con no menores obsequios, alegría, y festejos que los demás caudillos en las otras ciudades.

Administración
francesa en
las Andalucías.

Respiraron así desahogadamente las Andalucías; y será bien que ahora antes de apartar la vista de país tan deleitoso y bello, examinemos, aunque rápidamente, la administración francesa que rigió en ellas durante la ocupación, y refiramos algunos de los males y pérdidas que allí se padecieron. Apareció en general desastrada y ruinosa dicha administración. Eran las contribuciones extraordinarias, como casi en todos los países en que los enemigos dominaban, de dos especies: una que se pagaba en frutos, aplicada a la manutención de las tropas y a los hospitales, otra en dinero, y conocida bajo el nombre de contribución de guerra. Fija esta, variaba la primera según el número de tropas estantes o transeúntes, y según la probidad de los jefes o su venal conducta. Adolecían especialmente de este achaque algunos comisarios de guerra, quienes con frecuencia recibían de los ayuntamientos gratificaciones pecuniarias para que no hiciesen pedidos exorbitantes de raciones, o para que las distribuyesen equitativamente conforme a lo que prevenían los reglamentos militares.

Con dificultad se podrá computar lo que pagaron los pueblos de la Andalucía a los franceses durante los dos y más años de su ocupación. No obstante si nos atenemos a una liquidación ejecutada por el comisario regio de José, conde de Montarco, la cual no debiera ser exagerada atendiendo a la situación y destino del que la formó, aquellos pueblos entregaron a la administración militar francesa 600.000.000 de reales. Suma enorme respecto de lo que antes pagaban; siendo de advertir no se incluyen en ella otras derramas impuestas al antojo de jefes y oficiales sin gran cuenta ni razón, como tampoco auxilios en metálico que venían de Francia destinados a su ejército.

Para dar una idea más cabal e individualizada de lo que estas provincias debieron satisfacer, y para inferir de ahí lo gravadas que fueron las demás de España, según la duración mayor o menor de su ocupación, manifestaremos en este lugar lo que pagó la provincia de Jaén, de la que hemos podido haber a las manos datos más puntuales y circunstanciados. Echósele a esta provincia por contribución de guerra la suma de 800.000 reales mensuales, o sea 21.600.000 reales al año. Y pagó por este solo impuesto y por el de subsistencias, desde febrero de 1810 hasta diciembre de 1811, 60.000.000 de reales: cantidad que resulta de las oficinas de cuenta y razón, y a la cual, si fuese dable, debería añadirse la de las exacciones de los comandantes de la provincia y de su partido, y de los comisarios de guerra y otros jefes para su gasto personal, de las que no daban recibos, considerándolas como cargas locales. Lo molesto y ruinoso de semejantes disposiciones aparece claramente comparando estos gravámenes con los que antes de la guerra actual pesaban sobre la misma provincia, y se reducían a unos 8.000.000 de reales en cada un año, a saber: mitad por rentas provinciales y mitad por ramos estancados. Así, una comarca meramente agrícola, y cuya población no es excesiva, aprontó en menos de dos años lo que antes pagaba casi en ocho.

Las cargas llegaron a ser más sensibles en 1811. Hasta entonces los ayuntamientos buscaban recursos para los suministros en los granos del diezmo, exigiéndolos de los cabildos eclesiásticos, ya como contribuyentes en los repartimientos comunes, ya por vía de anticipación con calidad de reintegro. Pero en aquel año dispuso el mariscal Soult que los granos procedentes del diezmo se depositasen en almacenes de reserva para el mantenimiento del ejército, orden que se miró como inhumana y algo parecida a los [*] (* Ap. n. [20-6].) edictos sobre granos del pretor romano de Sicilia; principalmente entonces, cuando el hambre producía los mayores estragos, y cuando el precio del trigo se había encarecido a punto de valer a más de 400 reales la fanega.

Consecuencia necesaria tamaña escasez del agolpamiento de muchas causas. Había sido la cosecha casi ninguna; y después del guerrear y de los muchos recargos, teniendo por costumbre el ejército enemigo embargar para acarreos y transportes las caballerías de cualquiera clase que fuesen, y robar sus soldados en las marchas las que por ventura quedaban libres, vínose al caso de que desapareciese casi completamente el tráfico interior, y de que las Andalucías, en el desconcierto de su administración, ofreciesen una imagen más espantosa que la de otras provincias del reino.

Objetos
de bellas artes
llevados
de las mismas
provincias.

A tanta ruina y aniquilamiento juntose el desconsuelo de ver despojados los conventos y los templos de las galas y arreo que les daban las producciones del arte debidas al diestro y delicado pincel de los Murillos y Zurbaranes. Sevilla, principal depósito de tan inestimables tesoros, sintió más particularmente la solícita diligencia de la codiciosa mano del conquistador, habiéndose reunido en el alcázar una comisión imperial con el objeto de recoger para el museo de París los mejores cuadros que se hallasen en las iglesias y conventos suprimidos. Cúpoles esta suerte a ocho lienzos históricos que había pintado Murillo para el hospital de la Caridad, alusivos a las obras de misericordia que en aquel establecimiento se practican. Aconteció lo mismo al Santo Tomás de Zurbarán, colocado en el colegio de religiosos dominicos, y al San Bruno del mismo autor, que pertenecía a la cartuja de las Cuevas de Triana, con otros muchos y sobreexcelentes, cuya enumeración no toca a este lugar.

Al ver la abundancia de cuadros acopiados, y la riqueza que resultaba de la escudriñadora tarea de la comisión, despertose en el mariscal Soult el deseo vehemente de adquirir algunos de los más afamados. Sobresalían entre ellos dos de Bartolomé Murillo; a saber, el llamado de la Virgen del reposo, y el que representaba el nacimiento de la misma divina Señora. Hallábase el último en el testero a espaldas del altar mayor de la catedral, a donde le habían trasladado a principios del corriente siglo por insinuación de Don Juan Ceán, sacándole de un sitio en que carecía de buena luz. Gozando ahora de ella creció la celebridad del cuadro, y aun la devoción de los fieles, excitada en gran manera por el interés mismo del argumento y por el gusto y primores que brillan en la ejecución; (* Ap. n. [20-7].) los cuales acreditan [*] [según la expresión de Palomino] «la eminencia del pincel de tan superior artífice.»

Han creído algunos que el cabildo de Sevilla hiciera un presente con aquel cuadro al mariscal Soult; mas se han equivocado, a no ser que diesen ese nombre a un don forzoso. Habían los capitulares ocultado dicho cuadro, recelosos de que se lo arrebatasen; precaución que fue en su daño, porque sabedor el mariscal francés de lo sucedido, mandó reponerle en su sitio, y en seguida dio a entender, sin disfraz, por medio de su mayordomo, al tesorero de la iglesia, Don Juan de Pradas, que le quería para sí, con otros que especificó, y que si se los negaban mandaría a buscarlos. Conferenció el cabildo, y resolvió dar de grado lo que de otro modo hubiera tenido que entregar por fuerza.

Los cuadros que se llevó el mariscal Soult no han vuelto a España, ni es probable vuelvan nunca. Se recobraron en 1815, del museo de París, varios de los que pertenecían a establecimientos públicos, entre los cuales se contaron los de la Caridad, restituidos a aquella casa, excepto el de Santa Isabel, que se ha conservado en la academia de San Fernando de Madrid. Con eso los moradores de Sevilla han podido ufanos continuar mostrando obras maestras de sus pintores, y no limitarse a enseñar tan solo, cual en otro tiempo los sicilianos, los lugares que aquellas ocupaban antes de la irrupción francesa.

Sigue su retirada
Soult.

Yendo, pues, de marcha a Murcia y Valencia el mariscal Soult, y unidas con él las tropas del general Drouet, aproximándose al mismo punto las mandadas por José en persona, y tratando unos y otros de incorporarse al ejército de la corona de Aragón, que regía el mariscal Suchet, nos parece, antes de pasar adelante, ocasión oportuna esta de referir lo que ocurrió durante estos meses en aquellas provincias.

Acontecimientos
en Valencia.

Inquietaba especialmente a Suchet el arribo que se anunciaba, y ya indicamos, de una escuadra anglo-siciliana procedente de Palermo. En julio creyó el mariscal ser buques de ella unos que por el 20 del propio mes se presentaron a la vista de Denia y Cullera, entre la Albufera y la desembocadura del Júcar, pues bastole el aviso para abandonar los confines de Valencia y Cuenca, aunque invadidos por Villacampa y Bassecourt, y reconcentrar sus fuerzas hacia la costa. Sin embargo, el amago no provenía aún de la expedición que se temía, sino de un plan de ataque que trataban de ejecutar los españoles. Habíale concebido Don José O’Donnell, general, como antes, del segundo y tercero ejército; y para llevarle a efecto había juzgado conveniente amenazar la costa con un gran número de bajeles españoles e ingleses, con cuya aparición, si bien no iban a bordo más tropas que el regimiento de Mallorca, se distrajese la atención del enemigo, y fuese más fácil acometer por tierra al general Harispe, que gobernaba la vanguardia francesa colocada en primera línea, vía de Alicante.

Acción
de Castalla.

Era en los mismos días de julio cuando intentaba el general español atacar a los enemigos. En cuatro trozos distribuyó su gente, cuyo número ascendía a 12.000 hombres. El ala derecha, que se componía de uno de los dichos trozos, bajo el mando de Don Felipe Roche, se alojaba entre Ibi y Jijona. Otro, formando el centro, acampaba a media legua de Castalla, y le regía el brigadier Don Luis Michelena. Servía de reserva el tercero, a las órdenes del conde del Montijo, a una legua a retaguardia en la venta de Tibi. El cuarto y último trozo, que era el ala izquierda, constaba de infantería y caballería: dependía aquella del coronel Don Fernando Miyares, y esta del coronel Santisteban, situándose los peones en Petrel y los jinetes en Villena; parece ser que los postreros tuvieron orden de ponerse entre Sax y Biar, y no donde lo verificaron, para caer sobre Ibi si los enemigos abandonaban el pueblo. Don Luis Bassecourt, por su lado, vino con la tercera división del segundo ejército sobre la retaguardia de los franceses.

Habiendo agolpado Suchet mucha de su gente hacia la costa, para observar la escuadra que se divisaba, no quedaban por los puntos que los nuestros se disponían a atacar sino fuerzas poco considerables: en Alcoy una reserva, a cuya cabeza permanecía el general Harispe; en Ibi una brigada de este, a las inmediatas órdenes del coronel Mesclop, estando avanzado hacia Castalla, con el séptimo regimiento de línea, el general Delort; acantonábase el veinticuatro de dragones en Onil y Biar.

Rompieron los nuestros la acometida en la mañana del 21. Repelido Mesclop por las tropas de Roche, trató de buscar amparo al lado de Delort, dejando en el fuerte de Ibi 2 cañones y algunas compañías. Mas acometido también el mismo Delort por nuestra izquierda y centro, se vio obligado a desamparar a Castalla, cuyo pueblo atravesó Michelena, situándose el francés en un paraje más próximo a Ibi, y dándose así la mano con Mesclop, aguardó de firme a que se juntasen los dragones. Verificado lo cual y advirtiendo que los españoles se mostraban confiados por el éxito de su primer avance, tomó la ofensiva y dispuso que, saliendo sus jinetes de los olivares, acometiesen a nuestros batallones, no apoyados por la caballería, con lo que consiguió desbaratarlos y aun acuchillar algunas tropas del centro. En balde intentó la reserva protegerlos: el enemigo se apoderó de una batería compuesta de solo 2 cañones, por no haber llegado los demás a tiempo, y cogió prisionero a un batallón de walones, abandonado por otro de Bajadoz: retirose en buena ordenanza el de Cuenca, que dio lugar a que se le reuniesen 2 escuadrones del segundo regimiento provisional de línea, únicos que presenciaron la acción, si bien fueron también deshechos.

Desembarazados los enemigos por el lado de Castalla, tornó Mesclop a Ibi y arremetió a los nuestros, del mando de Roche. Recibieron los españoles con serenidad la acometida, y aun permanecieron inmobles, hasta que acudiendo de Alcoy el general Harispe con un regimiento de refresco, se fueron retirando con bastante orden por el país quebrado y de sierra que conduce a Alicante, en donde entraron sin particular contratiempo. Perdieron los españoles en tan desastrosa jornada 2796 prisioneros, más de 800 entre muertos y heridos, 2 cañones, 3 banderas, fusiles y bastantes municiones.

Mengua y baldón cayó sobre Don José O’Donnell, ya por haberse acelerado a atacar estando en vísperas de que aportase a Alicante la división anglo-siciliana, ya por sus disposiciones mal concertadas, y ya porque afirmaban muchos haber desaparecido de la acción en el trance más apretado.

Hubo también quien echase la culpa al coronel Santisteban por no haber acudido oportunamente con su caballería; y acreditó en verdad impericia extrema el no haber calculado de antemano los tropiezos que encontraría la artillería para llegar a tiempo, hallándose nuestro ejército en terreno que a palmos debían conocer sus jefes.

Indignados todos, y reclamando severa aplicación de las leyes militares, tuvo necesidad la Regencia de mandar se «formase causa a fin de averiguar los incidentes que motivaron la desagracia de Castalla.»

Discusiones
sobre esto
en las Cortes.

No poco contribuyó a esta resolución el desabrimiento y enojo que mostraron los diputados de Valencia; acabando por provocar en las Cortes discusiones empeñadas y muy reñidas. Clamaron con vehemencia en la sesión del 17 de agosto contra tan vergonzosa rota los señores Traver y Villanueva, y en el caluroso fervor del debate acusaron a la Regencia de omisión y descuido, habiendo quien intentase ponerla en juicio. En enero habían pedido aquellos diputados se mudasen los jefes, autorizando ampliamente a los que se nombrasen de nuevo, y aun habían indicado las personas que serían gratas a la provincia. La Regencia se había conformado con la propuesta de los diputados de dar plenas facultades a los jefes, mas no con la que hicieron respecto de las personas; disposición notable y arriesgada si se advierte que el general en jefe y el intendente del ejército eran los señores O’Donnell y Rivas, hermanos ambos de dos regentes. Hizo resaltar este hecho en su discurso el señor Traver, y por eso y arrastrado de inconsiderado ardor llegó a expresar «que no mereciéndole el gobierno confianza, los comisionados que se nombrasen para la averiguación de lo ocurrido en la acción del 21 de julio, fuesen precisamente del seno de las Cortes.»

Concurrió también, para enardecer los ánimos, la poca destreza con que el ministro de la guerra, no acostumbrado a las luchas parlamentarias, defendió las medidas tomadas por la Regencia; y el haber acontecido a la propia sazón la batalla de Salamanca, cuyas glorias hacían contraste con aquellas lástimas de Castalla: por lo que, aquejado de agudo dolor, exclamó un diputado ser bochornoso y de gran deshonra «que, al mismo tiempo que naciones extranjeras lidiaban afortunadamente por nuestra causa y derramaban su sangre en los campos de Salamanca, huyesen nuestros soldados con baldón de un ejército inferior en Castalla y sus inmediaciones.»

Resoluciones
de las Cortes.

Las Cortes, aunque no se conformaron con la opinión del señor Traver en cuanto a que individuos de su seno entrasen en la averiguación de lo ocurrido, resolvieron, oída la comisión de guerra, que la Regencia mandase formar la sumaria correspondiente sobre la jornada de Castalla, empezando por examinar la conducta del general en jefe; de todo lo cual debía darse cuenta a las Cortes con copia certificada. Ordenaron también estas que se continuase y concluyese el proceso a la mayor brevedad, desaprobando el que se hubiese nombrado a Don José O’Donnell general de una reserva que iba a organizarse en la Isla de León, según lo había verificado ya la Regencia incauta e irreflexivamente.

Entrometíanse las Cortes, adoptando semejante providencia, más allá de lo que era propio de sus facultades. Desacuerdo que solo disculpaban las circunstancias y el anhelo de apaciguar los ánimos sobradamente alterados. Consiguiose este objeto, mas no el que se refrenase con la conveniente severidad el escándalo que se había dado en Castalla, puesto que al son de las demás terminó la presente causa: siendo grave y muy arraigado mal este de España, en donde casi siempre caminan a la par la falta de castigo y la arbitrariedad; y hasta que ambos extremos no desaparezcan de nuestro suelo, nunca lucirán para él días de felicidad verdadera.

Renuncia
que hace del
cargo de regente
el conde
del Abisbal.

El golpe disparado contra Don José O’Donnell hirió de rechazo a su hermano Don Enrique, conde del Abisbal,[1] regente del reino, quien agraviado de algunas palabras que se soltaron en la discusión, juzgó comprometido su honor y su buen nombre si no hacía dejación de su cargo, como lo verificó, por medio de una exposición que elevó a las Cortes.

[1] Nota. Del Abisbal. Escribimos así este nombre, porque comúnmente se firmaba de ese modo El conde del Abisbal. Mas el pueblo de donde tomó el título, en Cataluña, se escribe La Bisbal.

Varios diputados, especialmente los más distinguidos entre los de la opinión reformadora, se negaban a admitir la renuncia del Don Enrique, conceptuándole el más entendido de los regentes en asuntos de guerra, empeñado cual ninguno en la causa nacional, no desafecto a las mudanzas políticas y de difícil sustitución, atendida la escasez de hombres verdaderamente repúblicos. Se la admiten
las Cortes. Muchos de la parcialidad antirreformadora y los americanos fueron de distinto dictamen; estos llevados siempre del mal ánimo de desnudar al gobierno de todo lo que le diese brío y fortaleza, aquellos por creer al del Abisbal hombre de partes aventajadas y de arrojo bastante para abalanzarse por las nuevas sendas que se abrían a la ambición honrosa. Hubo también diputados que sensibles por una parte a lo de Castalla, de cuya infeliz jornada achacaban alguna culpa a Don Enrique por el tenaz empeño de conservar a su hermano en el mando, y enojados por otra de que se mostrase tan poco sufrido de cualquier desvío inoportuno, o personalidad ofensiva que hubiese ocurrido en la discusión, se arrimaron al dictamen de los que querían aceptar la dimisión que voluntariamente se ofrecía; lo cual se verificó por una gran mayoría de votos en sesión celebrada en secreto. Esta resolución apesadumbró al conde del Abisbal, quien, arrepentido de la renuncia dada, hizo gestiones para enmendar lo hecho. A este fin nos habló entonces el mismo conde; mas era ya tarde para borrar en las Cortes el mal efecto que había producido su exposición poco meditada.

Nómbrase
regente
a Don Juan
Pérez Villamil.

Nació discordancia en los pareceres acerca de la persona que debería suceder al conde del Abisbal, distribuyéndose los más de los votos entre Don Juan Pérez Villamil y Don Pedro Gómez Labrador, recién llegados ambos de Francia, en donde los habían tenido largo tiempo mal de su grado. El primero volvía con permiso de aquel gobierno; el segundo escapado y a escondidas de la policía imperial. Humanista distinguido Villamil y erudito jurisconsulto al paso que magistrado íntegro y adicto a la causa de la independencia, como autor que fue, según apuntamos, del célebre aviso que dio el alcalde de Móstoles en 1808 a las provincias del mediodía, disfrutaba de buen concepto entre los ilustrados, realzado ahora con su presentación en Cádiz. Pues si bien tornó a Madrid de Francia con la correspondiente licencia de la policía, y bajo el pretexto de continuar una traducción que había empezado años antes del Columela, mantuvo intacta su reputación y aun la acreció con haber usado de aquel ardid solo para correr a unirse al gobierno legítimo. No obstante, los que tuvieron ocasión de tratarle a su llegada a Cádiz advirtieron la gran repugnancia que le asistía en aprobar las innovaciones hechas, y su inalterable apego a rancias doctrinas y a la gobernación de los consejos, tan opuestos a las Cortes y sus providencias. Por eso, desconfiando de él la parcialidad reformadora, no pensó en nombrarle sino que al contrario fijó sus miras en Don Pedro Gómez Labrador, a quien se reputaba hombre firme después de las conferencias de Bayona, en las que, según dijimos, tuvo intervención, y se le creía además sujeto de luces e inclinado a ideas modernas; principalmente viendo que le sostenían sus antiguos condiscípulos de la universidad de Salamanca, de que varios eran diputados, y alguno como Don Antonio Oliveros, tan amigo suyo que meses antes anduvo allegando dineros en Cádiz para facilitarle la evasión y el costo del viaje. El tiempo probó lo errado de semejante juicio.

Jura Villamil.

Disputose de consiguiente la elección; pero vencieron en fin los antirreformadores, quedando electo regente, aunque por una mayoría cortísima, Don Juan Pérez Villamil, quien tomó posesión de su dignidad el 29 de septiembre de este año de 1812. La experiencia acreditó muy luego que el partido liberal no se había equivocado en el concepto que de él formara, bien que al prestar Villamil en el seno de las Cortes el juramento debido, (* Ap. n. [20-8].) manifestó entre otras cosas [*] «que le alentaba la confianza de que le facilitaría su desempeño en tan ardua carrera el rumbo señalado ya de un modo claro y distinto por los rectos y luminosos principios del admirable código constitucional que las Cortes acababan de dar a la nación española.» Expresiones que salieron solo de los labios, y cuya falsía no tardó en mostrarse.

Expedición
anglo-siciliana.

Volvamos a Valencia. Allí, en medio de la aflicción que produjo el desastre de Castalla, repusiéronse los ánimos con la pronta llegada de la expedición anglo-siciliana ya enunciada. Había salido de Palermo en junio: constaba de 6000 hombres, sin caballería, a las órdenes del teniente general Tomás Maitland, y la convoyaban buques de la escuadra inglesa del Mediterráneo, bajo el mando del contralmirante Hallowell. Arribó a Mahón a mediados del propio mes. Se le junta
la división
de Whittingham. Debía reunírsele, como lo verificó, la división que formaba en Mallorca el general Whittingham, de composición muy varia y no la más escogida, cuya fuerza no pasaba de 4500 hombres. Tomadas diferentes disposiciones, y juntas todas las tropas, salió de nuevo la expedición a la mar en los últimos días de julio, y ancló el 1.º de agosto en las costas de Cataluña hacia la boca del Tordera.

Dio señales Maitland de querer desembarcar, pero dejó de realizarlo, conferenciado que hubo con Eroles, quien se acercó allí autorizado por el general en jefe Don Luis Lacy. Temían los jefes del principado no llamase sobradamente la atención del enemigo la presencia de aquellas fuerzas, en especial siendo inglesas, y preferían continuar guerreando solos como hasta entonces, a recibir auxilio extraño; por lo cual aconsejaron a Maitland dirigiese el rumbo a Alicante, cuya plaza pudiera ser amenazada después de lo acaecido en Castalla. Desembarca
la expedición
en Alicante. Pareciéronle fundadas al general inglés las razones de los nuestros, y levando el ancla surgió el 9 de agosto con su escuadra en Alicante, saltando sus tropas en tierra al día siguiente.

Algunas
maniobras
y sucesos.

A poco, saliendo los aliados de aquel punto, avanzaron, y Suchet juzgó prudente reconcentrar sus fuerzas alrededor de San Felipe de Játiva, en cuya ciudad estableció sus cuarteles, engrosado con gente suya de Cataluña, y con dos regimientos que de Teruel le trajo el general Paris. Levantó en San Felipe obras de campaña, y construyó sobre el Júcar, cerca de Alberique, un puente de barcas. Era su propósito no retirarse sin combatir, a no ser que le atacasen superiores fuerzas.

Pudieron luego desvanecerse cualesquiera recelos que le inquietaran, porque el 19 volvieron a replegarse los aliados sobre Alicante, noticiosos de que se acercaba al reino de Valencia José con su ejército del Centro. Súpolo Suchet el 23, y más alentado mandó al general Harispe que se adelantase camino de Madrid para facilitar los movimientos del intruso. El 25 estaban ya reunidos todos, verificando en breve lo mismo, aunque muy mal parado, el general Maupoint, quien saliendo de Madrid con un regimiento de línea y algunos húsares, y habiendo libertado, en su paso a Valencia, la guarnición de Cuenca, estrechada de los nuestros, viose acometido cerca del río Utiel por Don Pedro Villacampa, y deshecho con pérdida de 2 cañones, de los bagajes y de más de 300 hombres.

Entra José
en Valencia.

Las fuerzas que traía José se componían de las divisiones de los generales Darmagnac y Trelliard, de muchos destacamentos y depósitos de los ejércitos suyos de Portugal, del Centro y del Mediodía, de la división de Palombini, y de algunos cuerpos españoles a su servicio, inclusa su guardia real, ascendiendo la totalidad a unos 12.000 combatientes. Los militares inválidos, los empleados y los que seguían a aquel ejército por sus compromisos aumentaban mucho la cuenta, subiendo el consumo a 40.000 raciones de víveres, y a 10.000 de paja y cebada. José entró en Valencia el 26 de agosto, esmerándose el mariscal Suchet en el recibo que le preparó.

Llega Soult
al reino
de Valencia.

Acrecidos en tan gran manera por esta parte los medios del enemigo, dificultoso era tomasen los aliados la ofensiva, y así muchas de sus fuerzas mantuviéronse en Alicante; otras emprendieron acometimientos y correrías hacia la Mancha, en donde se juntaron con el general Hill: obligaban las circunstancias a obrar cada día más precavidamente. El mariscal Soult había ido adelantándose hacia el reino de Valencia por el camino de Ciézar, después de haber pasado el Segura en Calasparra. Su ejército había padecido bastante; pues aunque no le molestaron los españoles, desamparando los moradores sus hogares, le escasearon mucho los mantenimientos y demás auxilios.

Púsose este en comunicación el 2 de octubre con los ejércitos de Suchet y el Centro, ocupando las estancias de Yecla, Albacete, Almansa y Jorquera. Pidió el mariscal Soult al rey José unos días de reposo, indispensable para sus tropas harto cansadas, y conveniente para meditar con detención el plan que debía adoptarse en días apurados como los que corrían.

Entre tanto, aquel mariscal no dejó ociosa una parte de su ejército, pues dio orden a Drouet, conde d’Erlon, jefe del quinto cuerpo y ahora también de la vanguardia, Acomete Drouet
al castillo
de Chinchilla. de que se apoderase del castillo de Chinchilla, antiguo y de poco valer, guarnecido por 200 hombres que capitaneaba el teniente coronel de ingenieros Don Juan Antonio Cearra. En 3 de octubre embistieron los franceses el recinto, y abrieron brecha al cabo de pocos días. Mantúvose el gobernador sordo a las propuestas que se le hicieron de rendirse, insistiendo en su negativa, hasta que el día 8 tuvo la mala suerte de que cayese un rayo y le hiriese, matando o lastimando a unos 50 de sus soldados. Le toma. Forzoso se hizo entonces el capitular; pero se verificó con honor, y dejando sin mancilla el lustre de nuestras armas.

Elío sucede
a Don José
O’Donnell
en el mando
del segundo
y tercer ejército.

En los primeros días de septiembre había tomado el mando del segundo y tercer ejército, como sucesor de Don José O’Donnell, el general Don Francisco Javier Elío, de vuelta a España del mando que vimos se le había dado en el Río de la Plata. Aunque su llegada no influyese notablemente en mejorar las operaciones de aquel distrito, no dejaron por eso de realizarse con ventaja algunas excursiones, sobre todo las ya indicadas de la Mancha Excursiones
suyas
en la Mancha. que capitaneó el mismo Elío, en donde se recobró el 22 de septiembre el castillo de Consuegra, que tenía 290 hombres de guarnición, después de siete días de resistencia esforzada. Suceso este con otros parecidos que molestaban al francés, no parando sin embargo en ellos su principal consideración, fija en los acontecimientos más generales de los ejércitos aliados de Castilla; por los que, vislumbrando el mariscal Suchet los peligros a que se hallaría expuesto más adelante, redobló su cuidado ya tan vivo, fortificando varios pasos y avituallando y mejorando las plazas fuertes. Ni desatendió la ciudad misma de Valencia, Medidas
de precaución
de Suchet. en donde, entre otros preparativos y defensas, dispuso aislar el edificio de la aduana, vasto y sólido, derribando una iglesia que le dominaba, y colocando además unos morteros que infundiesen respeto en la población, caso de que intentara desmandarse. Llevaba Suchet la mira, al tomar estas providencias, no solo de repeler cualquier ataque del ejército aliado y de enfrenar a los habitadores, sino también la de conservar ciertos puntos que le ofreciesen mayor comodidad de reconquistar la provincia, si las vicisitudes de la guerra le obligasen a evacuarla momentáneamente.

Sucesos
de Aragón.

No fueron por este tiempo de mayor entidad comparadas con las de ambas Castillas y Andalucía, las ocurrencias de las otras provincias del mando del mariscal Suchet, como lo eran Aragón y Cataluña. Incesantes peleas, reencuentros, sorpresas difíciles de relatar, si bien inquietadoras para el enemigo, fueron el entretenimiento afanoso y bélico de aquellas comarcas. Y la Regencia deseosa de darle impulso, multiplicando focos de resistencia, nombró comandante general de Aragón a Don Pedro Sarsfield, a cuyo reino pasó este desde Cataluña acompañado de algunos cuadros del ejército bien aguerridos y disciplinados. En su primera incursión avanzó Sarsfield a Barbastro, entró en la ciudad el 28 de septiembre, y se hizo dueño de los muchos repuestos que había acopiado allí el enemigo. En los otros meses hasta fin del año este jefe, Mina y otros partidarios desasosegaron mucho al enemigo por la izquierda del Ebro, y por la derecha Gayán, Villacampa, y en ocasiones Durán, el Empecinado y diversos caudillos no cesaron de maniobrar poniendo en aprieto en diciembre a los que guarnecían el castillo de Daroca, y en mucho riesgo de perderse al general Severoli al frente de una columna bastante considerable. Zaragoza misma, en donde continuaba mandando el general Paris, estuvo a punto más de una vez de caer en manos de los españoles.

Sucesos
en Cataluña.

En Cataluña procuraba Don Luis Lacy que no se abatiese el valor de los habitantes, dando pábulo al ardimiento común en cuanto lo consentían sus recursos, cada día más limitados con la pérdida de las plazas fuertes y principales puertos, y no teniendo apenas otro abrigo ni apoyo más que el de la lealtad y constancia catalanas.

Eroles, Manso, Miláns y otros jefes sostenían la lucha con el mismo brío que antes; favoreciendo las empresas, siempre que eran del lado de la costa, el comodoro inglés Codrington, que surcaba por aquellos mares e incendió y cogió varios buques surtos en el puerto de Tarragona. Frecuentemente encruelecíase la guerra por ambas partes, sin haber causa fundada que disculpase encarnizamiento tan porfiado. Era, sin embargo, por lo común primer móvil de los rigores más inhumanos el gobernador francés de Lérida Henriod, en otra ocasión citado, a cuyas demasías respondía, y a veces con sobras, Don Luis Lacy. Cierto que inquietaban con razón a los franceses continuadas tramas; mas un leve indicio, una delación infame o una mera cavilación bastaban a menudo para sumir en calabozos y aun para llevar al cadalso a respetables ciudadanos. Nos inclinamos a contar en las de este número una conspiración preconizada por el general Decaen, que dio lugar a la prisión del comerciante de Barcelona Don José Baigés y de otros 22 individuos. Imputábaseles el crimen de querer envenenar la guarnición entera de aquella plaza: atrocidad que a ser cierta hubiera merecido un ejemplar castigo; pero a la cual no dio crédito Don Luis Lacy, y la conceptuó invención de la malevolencia, o traza buscada de intento para deshacerse de los que por su patriotismo y arrojo causaban sombra a los invasores y sus secuaces: razón que le impelió a publicar con toda solemnidad un decreto mandando tratar con la misma severidad con que fuesen tratados los últimamente perseguidos en Barcelona a otro igual número de prisioneros franceses. La amenaza impidió se verificasen posteriores procedimientos por ambas partes; y duélenos ver empleados a guerreros ilustres en retos tan carniceros e impropios de la noble profesión de las armas.

Situación de
Lord Wellington
en Castilla
la Vieja.

Páginas más gloriosas, si bien deslustradas alguna vez, va ahora a desdoblar la historia, refiriendo las campañas sucesivas de lord Wellington, importantes y de pujanza para acabar de afianzar la libertad española. Recordará el lector que anunciamos en otro lugar haber salido aquel caudillo de Madrid el 1.º de septiembre con dirección a Arévalo, en donde había mandado reunir sus principales fuerzas. Le acompañaron en sus marchas las divisiones de su ejército primera, quinta, sexta y séptima, quedando en Madrid y sus cercanías la tercera con la ligera y cuarta.

Avanza a Burgos.

Al aproximarse los anglo-portugueses evacuaron los enemigos a Valladolid, cuya ciudad habían ocupado de nuevo, entrando Clauzel en Burgos, ya de retirada, el 17 del propio septiembre. No continuó este mandando su gente largo tiempo, pues reuniéndosele luego que salió de Burgos el general Souham con 9000 infantes del ejército del Norte, se encargó al último la dirección en jefe de toda esta fuerza.

Se le reúne
el sexto ejército
español.

Habían proseguido su movimiento las tropas aliadas, y el 16 juntóseles el sexto ejército español entre los pueblos de Villanueva de las Carretas, Pampliega y Villazopeque. Capitaneábalo Don Francisco Javier Castaños, y habíase ocupado mucho en su organización y mejora el general jefe de estado mayor Don Pedro Agustín Girón. Constaba su fuerza de unos 16.000 hombres, según arriba indicamos.

Entran
los aliados
en Burgos.

Pisaron los aliados las calles de Burgos el 18 de septiembre, acogiéndolos el vecindario con las usuales aclamaciones, turbadas un instante por desmanes de algunos guerrilleros que no tardó en reprimir Don Miguel de Álava.

Atacan el castillo.

El 19 procedieron los aliados a embestir el castillo de Burgos, circuido de obras y nuevas fortificaciones. Para ello colocaron una división a la izquierda del Arlanzón, e hicieron que otras dos, con dos brigadas portuguesas, vadeasen este río y se aproximasen a los fuertes, arrojando a los enemigos de unas flechas avanzadas. Situose en el camino real lo demás del ejército para cubrir el ataque.

En la antigüedad era este castillo robusto, majestuoso, casi inaccesible; y fortaleciole en gran manera Don Enrique II, el de las mercedes, arruinándose los muros notablemente en la resistencia empeñada que, dentro de él y contra los Reyes Católicos, hizo la bandería que llevaba el nombre del rey de Portugal. Mandole, no obstante, reedificar la reina Doña Isabel, y todavía se mantenía en pie cuando por los años de 1736 un cohete tirado de la ciudad en una fiesta le prendió fuego, sin que nadie se moviese a apagar las llamas, cuya voracidad duró algunos días. Domina el castillo los puntos y cerros que se elevan en su derredor, excepto el de San Miguel, del que le divide una profunda quebrada, y en cuya cima habían construido los franceses un hornabeque muy espacioso. Los antiguos muros del castillo eran bastante sólidos para sostener cañones de grueso calibre, y en una de las principales torres levantaron los franceses una batería acasamatada. Dos líneas de reductos rodeaban la colina, dentro de las cuales quedaba encerrada la iglesia de la Blanca, edificio más bien embarazoso que propio para la defensa. Componíase la guarnición de 2 a 3000 hombres, y la mandaba el general Dubreton.

Fiados los ingleses en su valor y en los defectos que notaron en la construcción de las obras, resolvieron tomarlas por asalto unas tras otras, empezando por el hornabeque de San Miguel, enseñoreador de todas ellas. Consiguieron apoderarse de este recinto en la noche del 19 al 20 de septiembre, si bien a costa de sangre, y con la desventura de no haber podido impedir la escapada furtiva de la guarnición francesa que se acogió al castillo, cuyas murallas pensaron los aliados acometer inmediatamente, casi seguros de coronar luego con sus armas hasta las almenas más elevadas.

Nombran
las Cortes
general en jefe
a Lord
Wellington.

Pero frustrándoseles sus esperanzas, dásenos vagar para que refiramos lo que ocurrió con motivo de una medida tomada por las Cortes en este tiempo, que, aunque motejada de algunos, fue en la nación universalmente aplaudida. Queremos hablar del mando en jefe de los ejércitos españoles conferido a lord Wellington. Vimos en un libro anterior la resistencia de las Cortes en acceder a los deseos de aquel general, que, por el conducto de su hermano Sir Enrique Wellesley, había pedido el mando de las provincias españolas limítrofes de Portugal. Pareció entonces prematuro el paso por la sazón en que se dio, y por no concurrir todavía en la persona del lord Wellington condiciones suficientes que coloreasen la oportunidad de la medida. Mas orlada ahora la frente de aquel caudillo con los laureles de Salamanca, y con los que le proporcionaron las inmediatas y felices resultas de tan venturosa jornada, habían cambiado las circunstancias, juzgando muchos que era llegado el tiempo de poner bajo la mano firme, vigorosa y acreditada de lord Wellington, duque de Ciudad Rodrigo, la dirección de todos los ejércitos españoles; mayormente cuando se hallaba ya a la cabeza de las tropas británicas y portuguesas, convertidas por sus victorias en principal centro de las operaciones activas y regulares de la guerra. Tomó cuerpo el pensamiento que rodaba por la mente de hombres de peso entre varios diputados, aun de aquellos que antes habían esquivado la medida y que siempre se mostraban hoscos a intervenciones extrañas en los asuntos internos. El diputado por Asturias Don Andrés Ángel de la Vega, afecto a estrechar la alianza inglesa, apareció como primer apoyador de la idea, ya por las felices consecuencias que esperaba resultarían para la guerra, ya por estar persuadido de que cualquiera mudanza política en España, intrincada selva de intereses opuestos, necesitaba para ser sólida de un arrimo extraño, no teniéndole dentro; y que este debía buscarse en Inglaterra, cuya amistad no comprometía la independencia nacional, como sucedía entonces con Francia, sujeta a un soberano que no soñaba sino en continuas invasiones y atrevidas conquistas.

Al Don Andrés Ángel agregáronsele Don Francisco Ciscar, Don Agustín de Argüelles, Don José María Calatrava, el conde de Toreno, Don Fernando Navarro, Don José Mejía, Don Francisco Golfín, Don Juan María Herrera y Don Francisco Martínez de Tejada. Juntos todos estos examinaron la cuestión con reserva y detenidamente; decidiendo al cabo formalizar la propuesta ante las Cortes, en la inteligencia de que se verificase en sesión secreta, para evitar, si aquella fuese desechada, el desaire notorio que de ello se seguiría a lord Wellington, y también la publicidad de cualquiera expresión disonante que pudiera soltarse en el debate y ofender al general aliado, con quien entonces más que nunca tenía cuenta mantener buena y sincera correspondencia. No ignoró el ministro inglés nada de lo que se trataba: dio su asenso y aun suministró apuntes acerca de los términos en que convendría extender la gracia; mas sin provocar su concesión ni acelerarla, por vivo que fuese su deseo de verla realizada.

Encargose Don Francisco Ciscar, diputado por Valencia, de presentar la proposición por escrito, firmada por los vocales ya expresados. No encontró la medida en las Cortes resistencia notable, preparado ya el terreno. Hubo con todo quien la rechazase, en particular varios diputados de Cataluña, y entre ellos Don Jaime Creux, más adelante arzobispo de Tarragona, e individuo en 1822 de la que se apellidó regencia de Urgel. Nació principalmente esta oposición del temor de que se diesen ensanches en lo venidero al comercio británico en perjuicio de las fábricas y artefactos de aquel principado, en cuya conservación se muestran siempre tan celosos sus naturales. Mañosamente usó de la palabra el señor Creux, mirando la cuestión por diversos lados. Dudaba tuviesen las Cortes facultades para dispensar a un extranjero favor tan distinguido; añadiendo que la propuesta debía proceder de la Regencia, única autoridad que fuese juez competente de la precisión de acudir a semejante y extremo remedio, y no dejando tampoco de alegar en apoyo de su dictamen lo imposible que se hacía sujetar a responsabilidad a un general súbdito de otro gobierno, y obligado por tanto a obedecer sus superiores órdenes. Razones poderosas contra las que no había más salida que la de la necesidad de aunar el mando, y vigorizarle para poner pronto y favorable término a guerra tan funesta y prolongada.

Convencidas de ello las Cortes, aprobaron por una gran mayoría la proposición de Don Francisco Ciscar y sus compañeros, resolviendo asimismo que la Regencia manifestase el modo más conveniente de extender la concesión, con todo lo demás que creyese oportuno especificar en el caso. Evacuado este informe, dieron las Cortes el decreto siguiente.

«Siendo indispensable para la más pronta y segura destrucción del enemigo, que haya unidad en los planes y operaciones de los ejércitos aliados en la Península, y no pudiendo conseguirse tan importante objeto sin que un solo general mande en jefe todas las tropas españolas de la misma, las Cortes generales y extraordinarias, atendiendo a la urgente necesidad de aprovechar los gloriosos triunfos de las armas aliadas, y las favorables circunstancias que van acelerando el deseado momento de poner fin a los males que han afligido a la nación; y apreciando en gran manera los distinguidos talentos y relevantes servicios del duque de Ciudad Rodrigo, capitán general de los ejércitos nacionales, han venido en decretar y decretan: Que durante la cooperación de las fuerzas aliadas en defensa de la misma Península, se le confiera el mando en jefe de todas ellas, ejerciéndole conforme a las ordenanzas generales, sin más diferencia que hacerse, como respecto al mencionado duque se hace por el presente decreto, extensivo a todas las provincias de la Península cuanto previene el artículo 6.º, título 1.º, tratado 7.º de ellas: debiendo aquel ilustre caudillo entenderse con el gobierno español por la secretaría del despacho universal de la guerra. Tendralo entendido la Regencia del reino, etc. Dado en Cádiz a 22 de septiembre de 1812.»

Incidentes
que ocurren
en este negocio.

Con sumo reconocimiento y agrado recibió la noticia lord Wellington, contestando en este sentido desde Villatoro con fecha de 2 de octubre; mas expuso al mismo tiempo que antes de admitir el mando con que se le honraba, érale necesario obtener el beneplácito del príncipe regente de Inglaterra, lo que dio lugar a cierto retraso en la publicación del decreto.

Motivó semejante tardanza diversas hablillas, y aun siniestras interpretaciones y deslenguamientos, acabando por insertar a la letra el decreto de las Cortes un periódico de Cádiz intitulado La Abeja. Diose por ofendida de esta publicación la Regencia, temiendo se la tachase de haber faltado a la reserva convenida; y por lo mismo trató de justificarse en la Gaceta de oficio: otro tanto hizo la secretaría de Cortes, como si pudiera nadie responder de que se guardase secreto en una determinación sabida de tantos, y que había pasado por tantos conductos. Se enredó sin embargo el negocio a punto de entablarse contra el periódico una demanda judicial. Cortó la causa el diputado Don José Mejía, quien a sí propio se denunció ante las Cortes como culpable del hecho, si culpa había en dar a luz un documento conocido de muchos, y con cuya publicación se conseguía aquietar los ánimos, sobrado alterados con las voces esparcidas por la malevolencia, y aumentadas por el misterio mismo que se había empleado en este asunto. Hubo quien quiso se hiciesen cargos al diputado Mejía, graduando su proceder de abuso de confianza. Las Cortes fallaron lo contrario, bien que después de haber oído a una comisión, y suscitádose debates y contiendas. Livianos incidentes en que se descarrían con frecuencia los cuerpos representativos, malgastando el tiempo tanto más lastimosamente, cuanto en discusiones tales toman parte los diputados de menor valía, aficionados a minucias y personales ataques.

Envió entre tanto lord Wellington su aceptación definitiva en virtud del consentimiento alcanzado del príncipe regente, y las Cortes dispusieron que se leyese en público el expediente entero, como se verificó en la sesión del 20 de noviembre, cesando con esto las dudas y el desasosiego, y quedando así satisfecha la curiosidad de la muchedumbre.

No faltaron sin embargo personas, aunque contadas, que censuraban acerbamente la providencia. Los redactores del Diario mercantil de Cádiz, so color de patriotas, alzaron vivo clamor, reprendiendo de ilegal el decreto de las Cortes. Eran eco de los parciales del gobierno intruso, y de la ambición inmoderada de algunos jefes.

Desobediencia
de Ballesteros.

Acaudillaba a estos en su descontento Don Francisco Ballesteros,[2] quien abiertamente trató de desobedecer al gobierno. Capitán general de Andalucía, encontrábase a la sazón en Granada al frente del cuarto ejército, y mal avenido en todos tiempos con el freno de la subordinación, gozando de cierta fama y popularidad, pareciole aquella acomodada coyuntura de ensanchar su poder y dar realce a su nombre, lisonjeando las pasiones del vulgo, opuestas en general al influjo extranjero.

[2] Nota. Hemos escrito siempre el apellido de Ballesteros con B, con arreglo a la verdadera ortografía de su procedencia, seguida por todos los periódicos de aquel tiempo. Sin embargo, este general se firmaba Vallesteros, con V.

Descubrió a las claras su intento en un oficio dirigido al ministro de la guerra con fecha 23 de octubre, en cuyo contenido, haciendo inexacta y ostentosa reseña de sus servicios en favor de la causa de la independencia, antes y después del 2 de mayo de 1808, que se hallaba en Madrid, y no hablando con mucha mesura de la fe inglesa, requería que antes de conferir el mando a lord Wellington, se consultase en la materia a los ejércitos nacionales y a los ciudadanos, y que si unos y otros consintiesen en aquel nombramiento, él aun así y de todos modos se retiraría a su casa, manifestando en eso que solo el honor y bien de su país le guiaban, y no otro interés ni mira particular. Dañoso tan mal ejemplo, si hubiera cundido, no tuvo afortunadamente seguidores, a lo que contribuyó una pronta y vigorosa determinación de la Regencia del reino, Se le separa
del mando. la cual, resolviendo separar del mando a Ballesteros, envió a Granada para desempeñar este encargo al oficial de artillería Don Ildefonso Díez de Ribera, hoy conde de Almodóvar, el cual, ya conocido en el sitio de Olivenza, había pasado últimamente a Madrid a presentar de parte del gobierno a lord Wellington las insignias de la orden del Toison de oro. Iba autorizado Ribera competentemente con órdenes firmadas en blanco para los jefes, y de las que debía hacer el uso que juzgase prudente. Era segundo de Ballesteros Don Joaquín Virués, y a falta del general en jefe recaía en su persona el mando según ordenanza; mas no conceptuándose sujeto apto para el caso, echose mano del príncipe de Anglona, de condición firme y en sus procederes atinado, quien todavía se mantenía en Granada, si bien pronto a separarse de aquel ejército, disgustado con Ballesteros por sus demasías. Avistáronse el príncipe y Ribera, y puestos de acuerdo, llevaron a cumplido efecto las disposiciones del gobierno supremo. Para ello apoyáronse particularmente en el cuerpo de guardias españolas, sucediendo que las otras tropas, aunque muy entusiasmadas por Ballesteros, luego que vislumbraron desobedecía este a la Regencia y las Cortes, abandonáronle y le dejaron solo. Intentó Ballesteros atraerlas, pero desvaneciéndosele en breve aquella esperanza, sometiose a su adversa suerte, y pasó a Ceuta, a donde se le destinó de cuartel. En el camino no se portó cuerdamente, dando ocasión con sus importunas reclamaciones, tardanzas y desmanes a que no se desistiese de proseguir contra él una causa ya empezada, la cual a dicha suya no tuvo éxito infausto, tapando las faltas hasta el mismo príncipe de Anglona, quien en su declaración favoreció a Ballesteros generosamente. La Regencia, sin embargo, graduó el asunto de grave, y publicó con este motivo en diciembre un manifiesto especificando las razones que había tenido presentes para separar del mando del cuarto ejército a aquel general, de suyo insubordinado y descontentadizo siempre. Cierto que la popularidad de que gozaba Ballesteros, y el atribuir muchos su desgracia al ardiente deseo que le asistía de querer conservar intactos el honor y la independencia nacional, eran causas que reclamaban la atención del gobierno para no consentir se extraviase sin defensa la opinión pública. Adornaban a Ballesteros, valeroso y sobrio, prendas militares recomendables en verdad, mas oscurecidas algún tanto con sus jactancias y con el prurito de alegar ponderados triunfos que cautivaban a la muchedumbre incauta. Creíala dicho general tan en favor suyo que se imaginó no pendía más de tener universal séquito cualquiera opinión suya que de cuanto él tardase en manifestarla. Pone también maravilla que hubiera quien sustentase que en conferir el mando a Wellington se comprometía el honor y la independencia española. Peligra esta y se pierde aquel, cuando un país se expone irreflexivamente a una desmembración, o concluye estipulaciones que menoscaban su bienestar o destruyen su prosperidad futura. En la actualidad ni asomo había de tales riesgos, y cuando estos no amagan, todos los pueblos en parecidos casos han solido depositar su confianza en caudillos aliados. La Grecia antigua vio a Temístocles sometido al general de Esparta tan inferior a él en capacidad y militares aciertos. Capitaneó Vendôme las armas aliadas hispano-francesas en la guerra de sucesión, y en nuestros días el mismo Wellington ha tenido bajo sus órdenes los ejércitos de las principales potencias de Europa, sin que por eso resultase para ellas desdoro ni mancilla alguna.

Continúa el sitio
del castillo
de Burgos.

A la insubordinación y desobediencia de Ballesteros acompañó también el malograrse la toma del castillo de Burgos. Dejamos allí a los ingleses dueños del hornabeque de San Miguel, preliminar necesario para continuar las demás acometidas. Establecieron en seguida una batería por el lado izquierdo del hornabeque, decidiendo lord Wellington, aun antes de concluirla, escalar el recinto exterior en la noche del 22 al 23 de septiembre. Frustrose la tentativa, y entonces hicieron resolución los anglo-portugueses de continuar sus trabajos, queriendo derribar por medio de la mina los muros enemigos. Abrieron al efecto una comunicación que arrancaba del arrabal de San Pedro, y convirtieron en una paralela un camino hondo colocado a 50 varas de la línea exterior. En la noche del 29 jugó con poco fruto la primera mina, siendo rechazados los aliados en el asalto que intentaron. No por eso desistieron todavía de su empresa, y con diligencia practicaron una segunda galería de mina, también enfrente del arrabal de San Pedro. Lista ya esta el 4 de octubre, se puso fuego al hornillo; habíase apenas verificado la explosión cuando ya coronaban las brechas las columnas aliadas. Fue en el trance gravemente herido el teniente coronel de ingenieros Jones, diligente autor de los sitios de estas campañas.

Alojados los ingleses en el primer recinto, comenzaron a cañonear el segundo, y a practicar al propio tiempo un ramal de mina que partía desde las casas cercanas a San Román, antes iglesia, ahora almacén de los franceses. La estación mostrábase lluviosa e inverniza, y las balas de a 24 no dejaban ya de escasear para los sitiadores. Descércanle
los aliados. Sin embargo, juzgando estos accesible la brecha del segundo recinto, le asaltaron el 18 de octubre, mas con éxito desgraciado y a punto que los desalentó en gran manera. Por eso, y porque los movimientos del enemigo ponían en cuidado a lord Wellington, determinó este descercar el castillo, como lo verificó el 22 del propio mes a las cinco de la mañana, sin conseguir tampoco, según intentó, la destrucción del hornabeque de San Miguel.

Bien preparados los ingleses, hubieran debido tomar los fuertes de Burgos en el espacio de solo 8 días. Disculparon su descalabro con la falta de medios, y con no haber calculado bastantemente la resistencia con que encontraron. Mas entonces ¿para qué emprender un sitio tan inconsideradamente?

Movimientos
de los franceses.

Eran de gravedad los movimientos que forzaron a lord Wellington a alejarse de Burgos. Verificábanlos los ejércitos franceses del Mediodía y Centro y los llamados de Portugal y el Norte. Los primeros pusiéronse en marcha luego que en Fuente la Higuera celebró el rey José una conferencia con los mariscales Jourdan, Soult y Suchet. Hizo este grandes esfuerzos para que no se evacuase a Valencia, y lo consiguió; revolviendo solo sobre Madrid por Cuenca y por Albacete las tropas de los otros mariscales.

De José
sobre Madrid.

Creían los franceses trabar refriega en el tránsito con sir Rowland Hill, quien, después de su venida de Extremadura, manteníase a orillas del Tajo en Aranjuez y Toledo, engrosado con la fuerza anglo-portuguesa que compuso parte de la guarnición de Cádiz durante el sitio, y con las tropas que trajo de Alicante Don Francisco Javier Elío, y ascendían a 6000 infantes, 1200 caballos y 8 piezas de artillería, que se situaron a la izquierda del ejército británico en Fuentidueña. Mas advertido el general inglés de los intentos del ejército enemigo, avisóselo a Wellington, y poniéndose en camino de Madrid abandonó sus estancias y voló uno de los ojos del puente llamado Largo, sobre el Jarama, en cuyas riberas dejó, con algunas tropas, al coronel Skerret.

Retíranse
los aliados
de Madrid.

Tuvo este allí un choque con el ejército de José que seguía la huella de sus contrarios, quienes de resultas desampararon del todo las orillas del Jarama. El general Hill pasó por Madrid el 31 de octubre; desocupó los almacenes de los franceses; hizo volar la casa de la China; destruyó las obras del Retiro, y recogiendo las divisiones que lord Wellington había dejado apostadas dentro y en los alrededores de la capital, continuó su viaje y traspuso las sierras de Guadarrama, dirigiéndose sobre Alba de Tormes con objeto de unirse a las demás fuerzas de su nación que guerreaban en Castilla la Vieja. Acompañáronle las divisiones principales del quinto ejército español que trajera de Extremadura; mas no las del segundo y tercero, que con Elío habían avanzado a la Mancha, y se le habían juntado las que tornaron a su respectivo distrito de Valencia y Murcia, cruzando el Tajo por el puente de Auñón, y dando lugar a que José avanzase a Madrid, para continuar ellas su marcha por los lindes de la provincia de Cuenca.

Estado triste
de la capital.

Presentaba Madrid en aquellos días penoso y melancólico aspecto. Los autoridades se habían alejado apresuradamente de la villa, y aun el ayuntamiento, ya establecido constitucionalmente, habíase quedado reducido a 4 regidores por la huida de los otros. Hubieran sobrevenido gravísimos males sin la presencia de ánimo de Don Pedro Sainz
de Baranda. Don Pedro Sainz de Baranda y el sacrificio que hizo este de su persona. Respetable vecino de Madrid y también regidor, se puso al frente de todo, erigido en primera y única cabeza de la capital. Las disposiciones de Baranda fueron vigorosas y cuerdas, impidiendo con ellas se realizasen los desórdenes que amagaban y eran de temer en una gran población, sola y entregada a sí misma en circunstancias críticas y dolorosas.

Entra José
en Madrid.
Sale otra vez.

Entró José en Madrid a las dos de la tarde del 2 de noviembre. No fue su mansión larga ni duradera, pues de nuevo evacuó la capital el 7 del propio mes, no viéndose entonces los vecinos expuestos a la precaria suerte de pocos días antes, por conocer ya el remedio a su desamparo. Baranda, que se había recogido a su casa durante la breve permanencia de José en Madrid, fue repuesto en el ejercicio de sus facultades y continuó portándose atinadamente, hallando recursos que satisficiesen los excesivos pedidos de varios guerrilleros que se agolparon a la capital, y los del general Bassecourt, que el día 11 pisó también sus calles.

Va José a
Castilla la Vieja.

Enderezó su marcha José tras de los ingleses hacia Castilla la Vieja con intento de obrar mancomunadamente con sus ejércitos de Portugal y el Norte. Lord Wellington, antes de levantar el sitio del castillo de Burgos, prevínose para no ser sorprendido por las masas enemigas que de encontrados puntos venían sobre sus huestes; y Movimiento
de Wellington. ya desde el 18 de octubre se situó en ademán de defenderse y de estar dispuesto para la retirada, colocando la derecha de su ejército anglo-hispano-portugués en Ibeas, sobre el Arlanzón, el centro en Mijaradas y la izquierda en Sotopalacios.

Avanzan a
Castilla la Vieja
los ejércitos
franceses
de Portugal
y el Norte.

A la propia sazón habían reunido los franceses sus fuerzas disponibles de los ejércitos de Portugal y el Norte en Monasterio, empezando a avanzar el 20 a Quintanapalla, de donde tuvieron otra vez que replegarse flanqueándolos por su derecha sir Eduardo Paget. Wellington sin embargo no difirió levantar el sitio del castillo de Burgos según hemos visto; e hízolo con tal presteza que el enemigo no advirtió hasta tarde el movimiento de los aliados, Empieza
Wellington
a retirarse. quienes pudieron continuar retirándose sin molestia, y pasar tranquilamente el Pisuerga por Torquemada y Cordovilla. Varios batallones ligeros de caballería al mando de sir Stapleton Cotton, Don Julián Sánchez y alguna que otra partida española componían la retaguardia. El enemigo adelantándose trabó refriegas parciales con los aliados, cuyas tropas colocadas a la margen del Carrión, sentaron el 24 su ala derecha en Dueñas y su izquierda en Villamuriel. Maniobras
de los ejércitos. Por aquí se extendía el sexto ejército español a las órdenes del general Castaños, cuyo jefe de estado mayor era Don Pedro Agustín Girón. Habíansele agregado guerrillas y gente del séptimo ejército, como lo era la división de Don Juan Díaz Porlier. Atacó el enemigo la izquierda de los aliados sin fruto; hizo Wellington en seguida marchar alguna fuerza sobre Palencia con deseo de cortar los puentes del Carrión, pero malogrósele, habiendo agolpado allí los franceses suficiente tropa que se lo estorbase.

Pasó el enemigo aquel río por Palencia, y hubo entonces Wellington de cambiar su frente, consiguiendo volar dos puentes que hay también sobre el Carrión en Villamuriel y cerca de Dueñas. No acertaron los aliados a destruir otro sobre el Pisuerga en Tariego, por donde cruzaron aquel río los enemigos, como también el Carrión, siguiendo un vado peones suyos y jinetes. Ordenó Wellington que se contuviese a los contrarios en su ataque, y se trabó una pelea en la que tuvieron parte los españoles. De estos el regimiento de Asturias ció un momento, y notándolo Don Miguel de Álava que asistía al lado de lord Wellington, se adelantó para reprimir el desorden, y evitar que hubiese quiebra en la honra de las filas de sus compatriotas a la vista de tropas extranjeras. Intrépido Álava, avanzó demasiadamente y recibió una herida grave en la ingle. Pero los españoles entonces sin descorazonarse volvieron en sí y repelieron al enemigo, ayudándolos y completando la comenzada obra los de Brunswick, y el general Oswald con la quinta división de los aliados.

Luego cejó lord Wellington repasando el Pisuerga por Cabezón de Campos. En la mañana del 27 apareció Souham, general en jefe del ejército enemigo a cierta distancia, sin que intentase ningún ataque de frente, limitándose, según se advirtió después, a enviar destacamentos vía de Cigales por su derecha para posesionarse del puente de Pisuerga en Valladolid, y colocarse así a espaldas del ejército aliado. Prolongaron los franceses su derecha aun más allá el día 28, siendo su intento enseñorearse del puente del Duero en Simancas; pero defendido este paso como el de Valladolid por el coronel Halkett y el conde Dalhousie, volaron los aliados el primer puente, y a prevención también el de Tordesillas. Mas no bastándole a lord Wellington estas precauciones, y temeroso de ser envuelto por su izquierda, se echó atrás, Repasa
Wellington
el Duero. y pasó el Duero por los pueblos de Puente Duero y Tudela, cuyos puentes voló lo mismo que el de Quintanilla y los de Zamora y Toro. Advertido Wellington de que los enemigos cruzando a nado el Duero habían caído de golpe sobre la guardia inglesa de Tordesillas, y que reparaban el puente para facilitar la comunicación de ambas riberas, se encaminó al punto en donde se alojaba el ala izquierda, apostando el 30 sus tropas en las alturas que se elevan entre Rueda y Tordesillas. Nada sin embargo intentaron los enemigos por de pronto, contentándose con posesionarse nuevamente de Valladolid y Toro, y extenderse por la derecha de sus márgenes. Tampoco Wellington se movió antes del 6 de noviembre, ora por desistir el enemigo de su acosamiento, ora por ser necesario dar descanso a sus tropas y treguas al general Hill para que se le juntase. Únesele Hill. Aquel mismo día llegó dicho general a Arévalo, y púsose en comunicación con Wellington, quien le mandó proseguir sin tardanza su movimiento por Fontiveros sobre Alba de Tormes. La marcha de Hill pecó de fatigosa por escasez de víveres, cuya falta se achacó al comisariato inglés, impróvido y más cuidadoso a la sazón del interés propio que del de sus tropas. También había decaído algún tanto la virtud militar en las divisiones que mandaba Hill.

Wellington
en Salamanca.

Aparejados ya los puentes de Tordesillas y Toro por el enemigo, no alargó más tiempo Wellington su permanencia en las últimas estancias, colocándose el 8 de noviembre en las que antes había ocupado frente de Salamanca. Pasó el mismo día sir Rowland Hill el Tormes por Alba, y guarneció el castillo.

Júntase José
a los ejércitos
suyos del Norte
y Portugal.

Detenidos los franceses en recoger provisiones, y atentos a unirse con los ejércitos del Mediodía y Centro, como lo fueron verificando en estos días, no molestaron a los aliados en sus marchas. Las fuerzas enemigas que se reunieron ahora ascendían a 80.000 infantes y 12.000 caballos, lo más florido de lo que tenían en España, si no contamos algunas de las tropas de Suchet. Constaba el ejército aliado de 48.000 infantes y 5000 caballos, y además 18.000 españoles, fuera de las guerrillas y de la gente de Extremadura que venía con Hill.

Pasan
los franceses
el Tormes.

Comenzaron los enemigos a hacer ademán de atacar el 9 a los aliados por el lado de Alba, mas no se trabó pelea importante hasta el 14. En este día vadearon los franceses el Tormes por tres puntos, dos leguas por cima de Alba. Quiso lord Wellington poner estorbos al paso del francés por aquel río, pero siendo ya tarde y conociendo estar muy afianzados los enemigos en sus posiciones, determinó alejarse. Puso en ejecución su pensamiento después de haber recogido en la misma tarde del 14 las tropas suyas apostadas en las cercanías de Alba, y de haber destruido los puentes del Tormes, ciñéndose a dejar en el castillo de aquella villa, palacio de sus duques, una guarnición española de 300 hombres a las órdenes de Don José Miranda Cabezón.

Se retiran
los ingleses
vía de Portugal.

Abandonó Wellington del todo el 15 las estancias de Salamanca, y partió distribuido su ejército en tres trozos que conservaban paralelas distancias, en cuanto lo consentía el terreno doblado de aquella comarca. Mandaba la primera columna el general Hill, la segunda o centro sir Eduardo Paget; componían la tercera los españoles. Cruzaron todos el Zurguén, y acamparon por la noche en los olivares que lame el Valmuza, tributario del Tormes. El tiempo lluvioso, las aguas rebalsadas en las tierras bajas, los víveres escasos, si bien se había surtido al soldado de pan para seis días, pero inútilmente, por la relajación de la disciplina sino en los casos de pelear. Los caballos desprovistos de forraje y pienso, teniendo que acudir para alimentarse a pacer la yerba o a ramonear y descortezar los árboles. Desaprovecharon los franceses, asistidos como se hallaban de fuerzas superiores, esta oportunidad de introducir desorden, y aumentar la turbación en el ejército aliado.

Desorden
en la retirada.

Permanecieron los nuestros al raso el 16, en un bosque a dos leguas de Tamames. Al día siguiente dirigieron su marcha por unos encinares, y detrás el enemigo sin perder la huella de la retaguardia. Aquí pastaban unas piaras, y con ellas rompieron recia escaramuza los soldados, así españoles como ingleses y portugueses, echándose la culpa unos a otros; hubo ocasión en que el fuego indujo a error, creyendo ser lid con hombres la que solo lo era contra desdichados animales.

El desconcierto que nacía de tales incidentes junto con lo pantanoso e intransitable de los caminos, y lo hinchado de los arroyos, que desunían las divisiones o columnas, fue causa de que resultase entre dos de ellas un espacioso claro. Disgustado sir Eduardo Paget, y deseoso de averiguar en qué consistía, cabalgó de una a otra, en sazón justamente en que se interponía entre las columnas separadas un cuerpo de caballería enemiga que, cayendo de repente sobre el general inglés, Cae prisionero
el general Paget. le hizo prisionero sin resistencia. Afortunadamente ignoraban los franceses la verdadera situación de los aliados, si no otros perjuicios pudieran haberse seguido. Desde el Tormes no hubo más que cañoneo y escaramuza por ambas partes, con amago a veces de formalizarse campal batalla. Lord Wellington, cuya serenidad y presencia por doquiera alentaba y contribuía a que el soldado no diese suelta a su indisciplina, estableció en la noche del 18 sus cuarteles en Ciudad Rodrigo, y cruzando en los días 19 y 20 el Águeda, Entra
lord Wellington
en Portugal. pisó en breve tierra de Portugal. Los españoles se dirigieron por lo interior de este reino a Galicia; alojándose otra vez en el Bierzo el sexto ejército para rehacerse y prepararse a nuevas campañas. Pasan a Galicia
y Asturias
el sexto ejército
español y Porlier. Tornó Porlier a Asturias, y las fuerzas de Extremadura que habían venido con Hill se acuartelaron durante el invierno en Cáceres y pueblos inmediatos, quedando cerca de Wellington pocos cuerpos y guerrillas, de las que algunas regolfaron otra vez a Castilla.

Defensa honrosa
del castillo
de Alba
de Tormes.

Entre tanto el gobernador de Alba de Tormes Don José Miranda Cabezón, a quien encargó Wellington sustentar el punto, condújose dignamente: reanimando su espíritu, si menester fuera, la vista de aquellas paredes en donde se representaban todavía las principales batallas de que saliera vencedor en otro tiempo el inmortal duque de Alba, Don Fernando Álvarez de Toledo. Solo Miranda, y ya lejos los ejércitos aliados, empezaron los enemigos a intimarle la rendición. Respondió Miranda siempre con brío a los diversos requerimientos, no desperdiciando coyuntura de hacer salidas y coger prisioneros. Ocuparon luego los franceses los lugares altos para descubrir a los nuestros que se defendían bravamente detrás de los muros, de las ruinas y parapetos del castillo. Así continuaron hasta el 24 de noviembre, en cuya noche resolvió el gobernador evacuar aquel recinto, dejando solo dentro al teniente de voluntarios del Ribero, Don Nicolás Solar, con 20 hombres, 33 enfermos y 112 prisioneros hechos en las anteriores salidas. Ordenó a este su jefe sostener fuego vivo por algún tiempo para cubrir al sitiador la escapada de la guarnición. Al ser de día llegó Miranda con los suyos al Carpio, pero teniendo que andar por medio de los enemigos y de sus puestos avanzados, viose obligado para evitar su encuentro a marchar y contramarchar durante los días 25, 26 y 27, hasta que el 28 favorecido por un movimiento de los contrarios, y ejecutando una marcha rápida, se desembarazó de ellos y se acogió libre al puerto del Pico. Antes de salir Miranda del castillo se correspondió con el general francés que le sitiaba, y en el último oficio díjole:[*] (* Ap. n. [20-9].) «Emprendo la salida con mi guarnición; si las fuerzas de V. S. me encontrasen, siendo compatibles, pelearemos en campo raso. Dejo a V. S. el castillo con los enseres que encierra, particularmente los prisioneros, a quienes he mirado con toda mi consideración, y omito suplicar a V. S. tenga la suya con el oficial, enfermos y demás individuos que quedan a su cuidado, supuesto que sus escritos me han hecho ver la generosidad de su corazón.» Celebró debidamente lord Wellington el porte de Miranda, y tributáronle todos justas alabanzas.

Cuarteles
de Wellington
en Portugal.

Penetrado que hubo en Portugal el general inglés, tomó cuarteles de invierno, acantonando su gente en una línea que se extendía desde Lamego hasta las sierras de Baños y Béjar, así para proporcionarse vituallas con mayor facilidad como para atalayar todos los pasos, y de manera que pudieran sus diferentes cuerpos reconcentrarse con celeridad y presteza. Divídense
los franceses. Los franceses, por su parte, tomaron varios rumbos y posiciones, esparciéndose por Castilla la Vieja, a las órdenes de Souham y Caffarelli, sus ejércitos de Portugal y el Norte, y revolviendo sobre Castilla la Nueva, regidos siempre por el rey intruso y los mariscales Jourdan y Soult, los del Centro y Mediodía.

Vuelve José
a Madrid.

En la tarde del 3 de diciembre entró de nuevo José en Madrid, enluteciéndose los corazones de los vecinos, comprometidos cada vez más con idas y venidas de unos y otros, y abrumados de cargas y de no interrumpidas infelicidades y desventuras. Mandó, no obstante, el gobierno intruso que se iluminasen los casas por el espacio de tres días en celebridad del retorno de su monarca, quien se mostró aun más placentero y apacible que lo que tenía de costumbre. Las demostraciones de alegría apesadumbraban a los moradores en vez de divertirlos y entretenerlos, mirándolas como mofa de sus miserias: ocasión bastante, cuando no fuera ayudada de tantas otras, para que creciese la indignación en los pechos.

Circular
de lord
Wellington.

Repartidas las tropas británicas, según hemos dicho, y aseguradas en sus puestos, pasó Wellington una circular a todos los comandantes de los cuerpos, notable por sus razones y oportunos reparos, y por inferirse también de su contexto el desarreglo y la insubordinación a que habían llegado los soldados ingleses. «La disciplina del ejército de mi mando [decía Wellington] en la última campaña ha decaído a tal punto, que nunca he visto ni leído cosa semejante. Sin tener por disculpa desastres ni señaladas privaciones... Hanse cometido desmanes y excesos de toda especie, y se han experimentado pérdidas que no debieran haber ocurrido...»

Achacaba en seguida el general inglés muchas de estas faltas al descuido y negligencia de los oficiales en los regimientos, y prescribía atinadas reglas para aminorar el mal y destruirle en lo sucesivo. Produjo esta circular maravilloso efecto.

Pasa a Cádiz
lord Wellington.

Poco después se trasladó lord Wellington a Cádiz, a fin de concertarse con el gobierno español acerca de la campaña que debía abrirse en la primavera, y también para dar descanso y recreo al ánimo después de tan continuadas fatigas. Llegó Wellington a aquella ciudad el 24 de diciembre, y la Regencia y las Cortes, y los grandes y los vecinos, Recibo lisonjero
que se le hace. todos se esmeraron en su obsequio. Diéronle los regentes el 26 un convite espléndido, al que asistió una comisión de las Cortes. En correspondencia, hizo otro tanto el embajador británico sir Enrique Wellesley, hoy lord Cowley, hermano del general, con la singularidad de haber invitado a todos los diputados. Festejole la grandeza de España, casi toda ella reunida en Cádiz, como muy adicta a la causa de la patria, celebrando un suntuoso baile a que concurrió lo más florido y bello de la población. Quisieron turbar la fiesta mal intencionados, o gente enojada de no haber sido parte en el convite, escribiendo una carta anónima a la condesa-duquesa de Benavente, duquesa también viuda de Osuna, que por sus particulares respetos y elevadas circunstancias presidía la función: tratábase en su contenido de atemorizar a esta señora con el anuncio de que la cena estaba envenenada. Vislumbrose luego el objeto de tan falso y oficioso aviso, y lejos de alterarse la alegría, aumentose, dando lugar tal incidente a donaires y chistosas agudezas. Otra casual ocurrencia hizo aquella noche subir más de punto el común gozo, y fue la noticia que entonces llegó de los desastres y completa ruina que iba sufriendo el ejército francés al retirarse de su campaña de Rusia: suaves recuerdos de hechos que presenciamos, tanto más indelebles para nosotros, cuanto acaecieron en nuestra primera mocedad.

A tales diversiones y fiestas, grandes atendiendo a la estrecheza de los tiempos, nacidas todas del entusiasmo más puro y desinteresado, acompañaron ciertas y honoríficas muestras de aprecio, dispensadas a la persona de lord Wellington. Debe considerarse como notable la de una comisión que nombraron las Cortes para irle a cumplimentar a su casa luego de su arribo a Cádiz; paso preparatorio de una nueva y mayor distinción con que se le honró.

Se le da asiento
en las Cortes.

Fue esta recibirle las Cortes dentro de su mismo seno, y concederle asiento en medio de los diputados. Merced que Wellington tuvo en grande estima, como hijo de un país en cuyo gobierno tienen tanta parte los cuerpos representativos. Verificose esta ceremonia el 30 de diciembre. (* Ap. n. [20-10].) Presidía las Cortes Don Francisco Ciscar.[*] Leyó lord Wellington un discurso sencillo en castellano, pero enérgico, realzando el vigor de las palabras el acento mismo aspirado y fuerte con que le pronunció. Respondiole el presidente de las Cortes atinadamente, (* Ap. n. [20-11].) si bien de un modo algo ostentoso, y propio solo de los tiempos en que Alejandro Farnesio [*] y el duque de Feria dominaron en Francia, y dentro mismo de los muros parisienses.

Varias
disposiciones
de la Regencia.

No se crea que solo a ceremonias y apacibles entretenimientos se limitaron las ocupaciones de lord Wellington en Cádiz. Otras disposiciones y acuerdos se tomaron enderezados a dar impulso a la guerra, o introducir mayor sencillez en la administración. La Regencia había por este tiempo refundido en cuatro ejércitos de operaciones Nueva
distribución
de los ejércitos
españoles. con dos de reserva los que antes se hallaban distribuidos en siete. Formaba el primero el de Cataluña, y se puso a las órdenes del general Copons y Navia. El segundo componíase del segundo y tercero de antes, y continuaba mandándole Don Francisco Javier Elío. El cuarto antiguo daba el ser al tercero nuevo, y a su frente el duque del Parque. Constaba el cuarto de ahora de los anteriores quinto, sexto y séptimo, y regíale el general Castaños. De los de reserva debía organizarse uno en Andalucía, al cuidado del conde del Abisbal; otro en Galicia, al de Don Luis Lacy. De esta fuerza, 50.000 hombres tenían que maniobrar a las inmediatas órdenes de lord Wellington. (* Ap. n. [20-12].) También a instancia de la Regencia promulgaron las Cortes un [*] decreto, con fecha 6 de enero del año entrante de 1813, en el que se deslindaban las facultades de los generales, de los jefes políticos y de los intendentes, con otras disposiciones dirigidas a destruir, o por lo menos suavizar, todo ludimiento o roce de las autoridades entre sí; tratándose igualmente de mejorar la cuenta y razón, y toda la parte administrativa: asunto arduo de suyo, y más en aquella sazón, fecunda en pretextos y disculpas que ofrecían los reveses y azares de la guerra misma.

Pasa Wellington
a Lisboa.

En breve salió lord Wellington de Cádiz y pasó a Lisboa, siendo acogido en los pueblos portugueses por donde transitó, desde Elvas hasta el Tajo, con regocijos públicos y arcos de triunfo muy engalanados. Acorde en estos viajes con los gobiernos de la Península, Se prepara
a nuevas
campañas. pudo sosegadamente prepararse a la ejecución del plan de la campaña próxima, que pronosticaban dichosa los trofeos adquiridos entonces contra Napoleón, no menos en los templados y calurosos climas que bañan el Tormes y el Manzanares, que en las frías y heladas regiones del septentrión.

RESUMEN

DEL

LIBRO VIGÉSIMO PRIMO.

Las Cortes. — Enajenación de baldíos y propios. — Abolición por las Cortes del voto de Santiago. — Declárase patrona de España a Santa Teresa de Jesús. — Españoles comprometidos con el gobierno intruso. — Decretos de las Cortes sobre este asunto. — Mediación inglesa para arreglar las desavenencias de América. — Tratado con Rusia. — Con Suecia. — Felicitación de la princesa del Brasil Doña Carlota. — Nueva proposición para nombrarla regenta. — Se rechaza. — Abolición de la Inquisición. — Decreto de la abolición de la Inquisición y manifiesto de las Cortes. — Reforma de conventos y monasterios. — Mudanza de la Regencia y sus causas. — Elección de nueva Regencia. — Su instalación en 8 de marzo. — Administración de la Regencia cesante. — Nuevo reglamento dado a la Regencia. — Oposición de prelados y cabildos a la publicación de decretos sobre Inquisición. — Conducta del nuncio del papa. — Debates y resoluciones en las Cortes sobre esta materia. — Causa formada a algunos canónigos de Cádiz. — Quejas de estos contra el ministro Cano Manuel. — Resolución sobre ello y debates en las Cortes. — Altercados con el nuncio, y su extrañamiento. — Disputa de precedencia con la Rusia.

HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.