LIBRO VIGÉSIMO SEGUNDO.
Estado en Europa
de las potencias
beligerantes.
Había cesado algún tanto en el invierno de 1813 el ruido de las armas, harto estrepitoso en el otoño y estío anteriores, así por el norte como por el mediodía de la Europa; conviniendo a todos hacer pausa en los combates, para cobrar aliento y emprender de nuevo otras campañas.
Vencido Napoleón en Rusia, y destrozadas sus huestes por el furor de los hombres y la cruda inclemencia del cielo, hallábase de regreso en París al terminar del año de 1812, y menester le era cierto respiro para reponerse de sus descalabros, y allegar medios con que hacer frente, no solo ya a las numerosas tropas regladas y tribus bárbaras que poco ha le habían acosado hasta el Berezina, sino también a casi todas las demás potencias de Europa que, segregándose de la alianza francesa, se confederaban entre sí, queriendo vengar injurias pasadas, y asegurar su independencia tan en riesgo antes y a la continua. El estado que todavía tenían los asuntos políticos y militares obligaba a la Rusia a caminar despacio, y a no internarse ligeramente en el riñón de Europa, esperando se le uniesen los pueblos y gobiernos de Alemania, que unos y otros procedían de conformidad en la ocasión actual. Verificolo en febrero el rey de Prusia, meses después el emperador de Austria, agrupándose en seguida alrededor de ambos monarcas, como más grandes y poderosos, otros príncipes y estados inferiores en importancia. Así podía de firme y confiadamente la Rusia continuar en su marcha progresiva y triunfal, sin temor de que la incomodasen por la espalda, e interrumpiesen sus comunicaciones las fuerzas francesas que ocupaban aún las respetables plazas que amparan los países y riberas del Vístula, Oder y Elba.
En España.
No menor necesidad teníamos en España de tomar descanso, porque si bien se había señalado la campaña última por sus agigantados pasos hacia un feliz remate, preciso era para empujar al enemigo más allá, y aun arrojarle del otro lado del Pirineo, obrar al son de los intentos y operaciones de las potencias beligerantes del norte, y dar lugar a que Wellington reparase las pérdidas que experimentó en su retirada, como también a que los españoles uniformasen sus ejércitos, e introdujesen en ellos mayor disciplina y orden.
Siguiose pues este plan, huyendo de empeñar acciones campales y reñidas contiendas antes de asomar el verano, y contentándose con lidiar a veces en aquellas comarcas, en donde mezclados y sin distinción dominaban todavía soldados amigos y enemigos. Por tanto mantuviéronse en lo general quietos durante el invierno los ejércitos aliados, no separándose de sus respectivas provincias y estancias.
Ejército
anglo-portugués.
El anglo-portugués continuó ocupando las mismas en que hizo parada al retirarse en el pasado otoño, teniendo sus reales en Freineda, y dilatando sus acantonamientos por la frontera que hace cara a Ciudad Rodrigo. Considerábase a este ejército como principal base de las grandes maniobras y operaciones militares de la península hispana. A su derecha e izquierda, por Extremadura, Galicia, Asturias y demás partes de los distritos del norte, Cuarto
ejército español. se alojaba el cuarto ejército, compuesto ahora, según indicamos en otro libro, de los apellidados antes quinto, sexto y séptimo. Seguía a cargo de Don Francisco Javier Castaños. Su gente había mejorado en disciplina, e instruíase esmeradamente tomando para ello acertadas disposiciones el general Don Pedro Agustín Girón, jefe de estado mayor.
Fue una de las primeras subdividir en febrero todo aquel ejército en tres cuerpos, bajo el nombre cada uno de ala derecha, centro y ala izquierda, medida necesaria por hallarse las fuerzas desparramadas, permaneciendo unas en Extremadura y Castilla, otras en el Bierzo y Asturias, y las restantes en las montañas de Santander, provincias Vascongadas y Navarra. El ala derecha constaba de dos divisiones, 1.ª y 2.ª, a las órdenes de Don Pablo Morillo y de Don Carlos de España; el centro de tres, 3.ª, 4.ª y 5.ª, que gobernaban Don Francisco Javier Losada [hoy conde de San Román], Don Pedro de la Bárcena y Don Juan Díaz Porlier; el ala izquierda, organizada más tarde, componíase de la 6.ª división, que algunos llamaron de Iberia, y era acaudillada por Don Francisco Longa; de la 7.ª, que formaban los batallones reunidos de las tres provincias Vascongadas, a cuya cabeza hallábase Don Gabriel de Mendizábal, considerado también supremo jefe de toda esta ala; y de la 8.ª, que regía Don Francisco Espoz y Mina. Debe no menos agregarse a la cuenta una división de caballería bajo del conde de Penne Villemur, que por lo común maniobraba unida con el centro.
Los tres cuerpos juntos contaban 39.953 hombres, de ellos 3600 jinetes. Las dos divisiones del ala derecha anduvieron casi siempre en compañía del ejército anglo-portugués y se amaestraron a su lado. Las tres que constituían el centro, antes sexto ejército, y cuyo total sumaba por sí solo 15.305 infantes y 1577 caballos, se ejercitaron en sus respectivos acantonamientos, en donde la oficialidad tenía continuas academias, y el soldado, a pesar de lo lluvioso de la estación, evolucionaba casi diariamente, sobresaliendo todos por su aseo, subordinación a los jefes, y respeto a las personas y bienes de los habitantes. El ala izquierda, o sea las divisiones 6.ª, 7.ª y 8.ª, que recorrían distritos ocupados por el enemigo, apenas hallaban vagar para instruirse en pueblos ni campamentos, y solo podían adiestrarse al propio tiempo que trababan lides; de las que no tardaremos en dar razón.
Tercer ejército.
Desde Granada, Jaén y Córdoba, donde se apostó el tercer ejército al evacuar los franceses las Andalucías, fue avanzando a la Sierra Morena y Mancha. Le guiaba el duque del Parque. Ascendían sus fuerzas a unos 22.800 hombres y 1400 caballos, distribuidos todos en tres divisiones de infantería y una de jinetes, mandadas respectivamente por el príncipe de Anglona, marqués de las Cuevas, Don Juan de la Cruz Mourgeon y Don Manuel Sisternes. Dábase la mano con este ejército el de reserva, que pronta y muy atinadamente arregló e instruyó en las Andalucías el conde del Abisbal, caudillo entendido en la materia y presto en la ejecución, teniendo ya bien organizados y dispuestos antes de concluirse la primavera unos 15.600 infantes y 700 caballos, repartidos en tres divisiones que más de una vez variaron de jefes.
Esta reserva y los dos mencionados ejércitos cuarto y tercero fueron los que por el lado de Vizcaya y Pirineos occidentales cooperaron, si bien el último más tarde, con los anglo-lusitanos a la prosecución de las célebres campañas que se abrieron allí durante el estío. Porque el otro, llamado también de reserva, que formaba en Galicia Don Luis Lacy, no llegó el caso de que saliese de los confines de aquella provincia, y el primero y segundo peleando de continuo, ayudados en un principio por el tercero en Cataluña, Valencia y Aragón, seguían separado rumbo, sirviendo más bien sus lides para distraer al enemigo y auxiliar de lejos las otras operaciones, que para llevar por sí mismos la guerra a un término decisivo y pronto.
Fuerzas
francesas.
Siendo pues aquellas fuerzas las que tenían cerca mayor número de contrarios, será bien especifiquemos cuáles eran estos y cuáles sus estancias. Durante el invierno permanecieron en Castilla la Nueva todas o la mayor parte de las tropas que componían los ejércitos del Mediodía y Centro de España; Ejército suyo
del Mediodía
y del Centro. a las órdenes el primero del mariscal Soult con sus cuarteles en Toledo, y el segundo a las inmediatas de José mismo en la capital del reino, cubriendo ambos las orillas del Tajo, y haciendo sus correrías en la Mancha. Ocupaba a Castilla la Vieja y parte del reino de León Ejército
de Portugal. el ejército que llamaban de Portugal, manteniéndose en observación del de los aliados y del cuarto de los españoles. Tenía en Valladolid su cuartel general, y después de haber pasado su dirección, como en sus respectivos lugares dijimos, por las manos de Marmont, Clauzel y Souham, paraba ahora en las del general Reille, ayudante de Napoleón, y jefe antes de una de las divisiones pertenecientes al cuerpo del mariscal Suchet. Acudía a amparar las costas de Cantabria, y hacer rostro a los españoles que guerreaban en aquellas provincias y Navarra, Ejército
del Norte. el ejército apellidado del Norte, cuyo principal asiento era Vitoria, y a veces lo fue Burgos, sucediendo a Caffarelli en el mando al rematar febrero el general Clauzel. Todas estas huestes no veían acrecida su fuerza, sino que al revés notábase menguada, habiendo ido sacando Napoleón hombres, y especialmente cuadros desde el noviembre, sin esperanza de nuevos socorros, acaecidas ya las derrotas tan aciagas para él en el septentrión de Europa, Tropas francesas
que salen
de España. y aumentados sus apuros en disposición de irse desplomando por todos lados el edificio de sus conquistas, tan robusto al parecer pocos meses antes. El total de estos cuatro ejércitos reunidos ascendía a unos 80.000 hombres, entre ellos 6 a 7000 de caballería.
Al llegar marzo comenzáronse a divisar señales de movimientos y marchas que tomaron incremento y se realizaron al finalizar la primavera. Quien primero dejó su puesto y salió de España Partida de Soult. fue el mariscal Soult, atravesando la frontera en fines del propio mes; le acompañaban unos 6000 hombres. Llamábale Napoleón para que le ayudase en Alemania. Mientras aquel mariscal permaneció en Toledo impuso contribuciones gravosas, prendiendo para realizarlas al ayuntamiento y a varios vecinos de la ciudad y cometiendo otros desmanes.
Mando de José.
También se movió por entonces el rey José para pasar a Valladolid y tomar el mando en jefe por disposición del emperador de todas estas fuerzas que hemos enumerado, y debían servir de dique contra el ímpetu de las acometidas que proyectasen los aliados. Su partida
de Madrid. Salió aquel de Madrid el 17 de marzo, y salió para no volver a pisar el suelo de la capital, llevándose consigo parte de las tropas que había en Castilla la Nueva. Dejó sin embargo en Madrid al general Leval con una división, apostando en el Tajo otras fuerzas, y sobre todo caballería ligera. Hacia aquel tiempo, y con la ausencia de Soult y nuevo poder de José, capitanearon los ejércitos franceses del Mediodía y Centro los generales Gazan y Drouet, conde d’Erlon.
Sucesos varios
Nada por eso hubo todavía de importante en lo militar por estas partes de España, reduciéndose todo a reencuentros y correrías no del mayor momento. El ejército de reserva, mandado por Abisbal, no había, digámoslo así, entrado aún en línea, y el tercero apenas tuvo otro choque notable con el enemigo sino uno acaecido el 26 de marzo cerca de Orgaz, en el que se distinguió el regimiento de Ubrique, animado con la presencia y cuerdas disposiciones del ayudante primero de estado mayor Don Mariano Villa. Esquivó peleas en cuanto pudo, y aun escaramuzas el ejército anglo-lusitano, e imitaron en gran parte su ejemplo el ala derecha y el centro del cuarto ejército español, conforme al sabio y concertado plan que seguía lord Wellington. No sucedió lo mismo al ala izquierda, ni era posible le sucediese, enclavijadas constantemente sus fuerzas con las francesas. Esta ala que debía componerse de tres divisiones, no tomó dicha forma sino lentamente, según apuntamos, conservándose excéntricos sus diversos trozos, y no pudiendo por lo tanto mantener comunicaciones muy frecuentes ni regulares con el cuerpo principal del ejército hasta que este avanzase al Ebro. Así continuaron maniobrando en el invierno, no separándose de su anterior arreglo y distribución. El mando que sobre todos ellos tenía Don Gabriel de Mendizábal era, más bien que real, aparente; pero bastó aun así para que amohinándose el general Renovales, en cierta manera antecesor suyo, se alejase de aquel país, y fuese en busca de lord Wellington a quien quería exponer sus quejas; lo cual puso en ejecución con tan fatal estrella que, hallándose en territorio cercano al que ocupaban los enemigos, descubriéronle estos y le cogieron prisioneros a él y a otros seis oficiales en Carbajales de Zamora.
Referiremos pues aquí las refriegas y sucesos militares de más cuenta que hubo entre esta ala izquierda del cuarto ejército, y el de los contrarios llamado del Norte por los meses de invierno y primavera, antes de abrirse la gran campaña, en la que jugaron casi a la vez las fuerzas combinadas de Inglaterra, Portugal y España contra las francesas destinadas a combatir en la península hispana.
Dando principio a la tarea, diremos que Don Francisco Longa, acompañado de su partida y de dos batallones vascongados, acometió en 28 de enero un punto que los enemigos tenían fortalecido en Cubo, camino de Burgos a Pancorbo, y le rindió cogiendo su guarnición prisionera. Toman
los españoles
el fuerte
del Cubo. Demolió Longa el fuerte, de cierta importancia por su posición. Enderezose en seguida a Briviesca, mas se halló entre dos fuegos, viniendo sobre él Caffarelli, que todavía mandaba el ejército francés del Norte, y Palombini, al frente de sus italianos, enviado de refuerzo por José desde Madrid, de donde había salido el 8 de febrero, tomando la ruta por Segovia y Burgos. Evitó Longa el encuentro de ambos, y no siéndole dado a Caffarelli escarmentar cual deseaba al partidario español, retrocedió a Vitoria, después de haber asegurado aún más las guarniciones del tránsito, y apostado a Palombini en Poza.
Sorpresa
y refriega
en Poza.
Era la posesión de esta villa importante, ya por hallarse en la carretera que conduce de Burgos a Santoña, ya por servir de guarda y amparo al laboreo de los ricos minerales y salinas que producen aquellos contornos, cuyos rendimientos no descuidaba recoger la codicia del invasor. Está Poza situado al pie de una empinada roca, sobre la cual asiéntase el castillo estrecho, y que guarnecían solos 50 hombres. Confiado Palombini, y creyéndose del todo seguro, destacó algunas fuerzas con intento de echar derramas y juntar víveres de que carecía. En acecho Longa, avisó a Don Gabriel de Mendizábal, y unidos ambos acometieron a los italianos de Poza al amanecer del 11 de febrero, con lo que les dieron buena alborada. Traían los españoles 5000 hombres, que distribuyó Mendizábal en tres trozos, mandando a Longa que con uno sorprendiese al enemigo en sus alojamientos. Consiguiolo el español hasta cierto punto, apoderándose de bagajes, de hombres y de bastantes armas. Y completo hubiera sido el triunfo, si Palombini, a fuer de veterano en la guerra de España fatigosa y de incesante afán, no hubiera estado vigilante, alejándose al primer ruido para apostarse en el campo por donde sus soldados habían salido a forrajear y proveerse de bastimentos; con lo cual, y manteniéndose a cierta distancia, aguardando el día claro y la vuelta de las fuerzas segregadas que en parte tornaron luego, no solo se salvó, sino que, reanimado, trató a su vez de atacar a los españoles, dándoles en efecto impetuosa arremetida. Fue esta empeñada, y el terreno disputado a palmos; mas al fin no queriendo los nuestros aventurarse a perder lo ganado, se retiraron poniendo en cobro casi toda la presa. No permaneció Palombini en aquel sitio, para él no de gran dicha, enderezando sin dilación sus pasos a las provincias Vascongadas.
Peleas
en las provincias
Vascongadas.
En ellas proseguía sin interrupción el tráfago de la guerra, y los batallones del país se portaron con valentía en repetidas peleas que se sucedieron desde entradas de año hasta el junio, amenazando en ocasiones a Bilbao, y aun metiéndose hasta en la misma villa, según aconteció el 8 de enero y el 10 de mayo, mereciendo además honrosa mención los reencuentros habidos en Ceberio, Marquina y Guernica.
Ataque
de los franceses
contra
Castro-Urdiales.
Tuvieron también los franceses mala salida en un primer ataque que intentaron contra Castro-Urdiales. Mandaba ya el ejército enemigo del Norte el general Clauzel, sucesor de Caffarelli, y queriendo asegurar más y más la costa de cualquier desembarco que trazasen los ingleses, pensó en apoderarse de Castro-Urdiales, puerto abrigado y bueno para el cabotaje y buques menores, situado en la provincia de Santander, partido de Laredo. Tiene la villa 3000 habitantes, y la circuye un muro antiguo torreado que corre de mar a mar, y cierra el istmo que sirve de comunicación a península tan reducida. En ambos extremos de la muralla habíanse establecido dos baterías, divisándose en la parte opuesta al istmo, avanzada al mar, la iglesia parroquial y el castillo, fundado sobre un peñasco que domina la playa; saliendo de aquí hacia el este, unidas por dos arcos, escarpadas rocas que a causa de su mucha altura resguardan de los noroestes el puerto, hallándose colocada en su remate una ermita con la advocación de Santa Ana. Había de guarnición en la plaza 1000 hombres, y artillaban sus adarves unas 22 piezas. Era gobernador Don Pedro Pablo Álvarez.
Vinieron sobre Castro el 13 de marzo Palombini con su división italiana, y el mismo Clauzel acompañado de un batallón francés y 100 caballos. Llegados que fueron, examinaron las avenidas del puerto, y se decidieron a acometer los muros por escalada en la noche del 22 al 23; lo que se les frustró, rechazándolos la guarnición gallardamente, ayudada del fuego de buques ingleses que por allí cruzaban. Aguardó Clauzel entonces refuerzos de Bilbao, que no acudieron, amagada aquella villa por algunos cuerpos españoles de las mismas provincias Vascongadas. Y con eso, y adelantarse por un lado a Castro Don Juan López Campillo al frente del segundo batallón de tiradores de Cantabria, y por otro Don Gabriel de Mendizábal seguido de algunas fuerzas, Frústraseles
su intento. desistió Clauzel de su intento, yéndose en la noche del 25 al 26 de mayo, después de haber abandonado escalas y muchos pertrechos. En seguida, y para no perder del todo el fruto de su expedición, se acercaron los enemigos a Santoña, y metieron dentro socorros de que estaba falta la plaza, tornando a Bilbao hostigados por los nuestros, y llenos de molestia y cansancio.
Segundo ataque
contra Castro.
Al principiar mayo emprendieron de nuevo los franceses el cerco de Castro-Urdiales, sirviéndose para ello de la división de Palombini y de la del general Foy, procedente de Castilla la Vieja. La guarnición se preparó a rebatir los ataques, aproximándose en su auxilio fuerzas inglesas de mar que mandaba el capitán Bloye. Verificaron los enemigos su propósito, teniendo para lograrle que asediar con regularidad tan débil plaza. Los cercados hicieron sus salidas y retardaron los trabajos, pero no pudieron impedir que la flaqueza de los muros cediese pronto al constante fuego del sitiador. Aportillada brecha, se halló practicable el 11 de mayo en el ángulo inmediato al convento de San Francisco. No por eso se dieron los nuestros a partido, y una y dos veces rechazaron las embestidas de los acometedores, alentando a los nuestros el brioso gobernador Don Pedro Pablo Álvarez. Duró tiempo la defensa, a la que contribuyó no poco el vecindario, hasta que, cargando gran golpe de enemigos y entrando a escalada por otros puntos, refugiáronse los sitiados en el castillo y desde allí fuéronse embarcando con muchos habitantes a bordo de los buques ingleses por el lado de la ermita de Santa Ana. Quedáronse en el castillo dos compañías, aguantando los acometimientos del francés sin alejarse hasta haber arrojado al agua los cañones y varios enseres. De los postreros que dejaron la orilla fue el gobernador Don Pedro Pablo Álvarez, digno de loa y prez. El historiador Vacani, allí presente, dice en su narración: «La gloria de la defensa, si no igualó a la del ataque [cuenta que habla boca enemiga], fue tal, empero, que la guarnición pudo jactarse de haber obligado al ejército sitiador a emplear muchos medios y muchas fuerzas...» Toman
los franceses
la villa. Era, por tanto, acreedora la población a recibir buen trato; que los bríos del adversario, más bien que venganza e ira, infundir deben admiración y respeto en un vencedor de generoso sentir. Aquí sucedió muy al revés: los invasores entraron a saco la villa, pasaron a muchos por la espada, pusieron fuego a las casas, y ya no hubo sino lástimas y destrozos. En vano quiso impedir estos males el general Foy: los italianos dieron la señal de muerte y ruina, y no tardaron los franceses en seguir ejemplo tan inhumano.
Correrías
y hechos
de Mina
y los suyos.
Compensábanse tales quebrantos y agravios con los que padecían los enemigos en otros lugares. Espoz y Mina era de los que más pronto procuraban tomar de ellos cumplida satisfacción y desquite. Su pelear no cesaba, ni tampoco sus movimientos, comenzando el año de 1813 por arrimarse a Guipúzcoa y recoger en Deva municiones, vestuarios y 2 cañones de batir que los ingleses le regalaron; con cuya ayuda pudo ya en 8 de febrero poner cerco a Tafalla, recinto guardado por 400 franceses. En esto andaba cuando, noticioso de que venía sobre él de Pamplona el general Abbé, a quien había escarmentado el 28 de enero en Mendívil, dividió sus fuerzas, dejando una parte en el sitio y saliendo con la otra al encuentro de los enemigos. Dio con ellos en paraje inmediato a Tievas, y logró aventarlos, revolviendo sin dilación sobre Tafalla para continuar estrechando el asedio. Abrió allí brecha, y al ir a asaltar el fuerte, en 10 de febrero rindiéronsele los franceses. Inutilizó Mina las obras que estos habían practicado, y demolió los edificios en que aún podían volver a encastillarse, y de los que tenían fortalecidos algunos. Otro tanto ejecutó en Sos, si bien la guarnición se salvó ayudada por el general Paris que a tiempo vino en socorro suyo de Zaragoza. Destruíanse así en grave perjuicio de los enemigos los puntos fortificados que tenían para asegurar sus comunicaciones.
Oficiales y partidas dependientes de Mina hacían a veces excursiones, algunas muy de contar. Atrevida y aun temeraria fue la de Fermín de Leguía, quien, acercándose con solos 15 hombres muy a las calladas y hora de media noche al castillo de Fuenterrabía, subió primero acompañado de otro a lo alto, y matando al centinela, apoderáronse ambos de las llaves dando entrada por este medio a los que se habían quedado fuera. Juntos desarmaron y cogieron a 8 artilleros enemigos que estaban dentro, clavaron un cañón y arrojaron al mar las municiones que no pudieron llevar consigo, prendiendo por último fuego al castillo. Hiciéronlo todo con tal presteza que al despertarse la corta guarnición que dormía en la ciudad, habían los nuestros tomado viento, y no osaron los franceses perseguirlos recelando fuese mucho su número, encubiertos los pocos con la oscuridad de la noche.
Por su lado, incansable siempre, Mina tuvo el 31 de marzo otro reencuentro en Lerín y campos de Lodosa con una columna enemiga que desbarató, llevando la palma en aquella jornada la caballería, cuyos jinetes cogieron 300 prisioneros. Incomodado Clauzel de tan continuadas pérdidas y menoscabo en su gente, quiso como jefe del ejército francés del Norte, poniéndose de acuerdo con el general Abbé, que mandaba en Pamplona, estrechar a Mina batiendo el país y cercándole como si fuera a ojeo y cacería de reses. Cada uno de dichos generales salió de diverso punto, y Clauzel, después de reforzar a Puente la Reina, y de apostar en Mendigorría un destacamento, avanzó yendo la vuelta del valle de Berrueza. Pero Mina, haciendo una rápida contramarcha, habíase ya colocado a espaldas del francés, obligando en 21 de abril a los de Mendigorría a que se rindiesen. En lo que restaba de mes y posteriormente no alzó mano Clauzel en el acosamiento de Mina, entrando asimismo Abbé en el Valle de Roncal, en donde, si por una parte trató bien a los prisioneros, por otra no dejó de quemar los hospitales y sus enseres, y de abrasar en Isaba muchas casas y edificios. Hubo aún nuevas marchas y contramarchas, inútiles todas; por lo que, desesperanzado Clauzel de aniquilar al guerrillero español, escribía al rey intruso no poder verificarlo sin mayores fuerzas, pues su contrario no arriesgaba choques sino sobre seguro, acometiendo solo a cuerpos sueltos inferiores en número. Sin embargo, Mina, vivamente estrechado, tuvo ya en una de sus maniobras que tomar rumbo a Vitoria para guarecerse del ejército aliado que avanzaba, y a cuyos movimientos favorecieron también los suyos, trayendo siempre a Clauzel divertido y embarazado.
Estos fueron los acontecimientos más de referir que ocurrieron por estas partes de la Península antes de abrirse la gran campaña que empezó con el estío. Veamos lo que pasó en la corona de Aragón por el propio tiempo.
Acontecimientos
en la Corona
de Aragón.
Allí sostenían el peso de la guerra los ejércitos españoles primero y segundo, auxiliados de la expedición anglo-siciliana y de somatenes y cuerpos francos. Campeaba aquel en Cataluña, el otro en Valencia; algunas divisiones dentro de Aragón mismo. Tenía de ordinario el primer ejército su cuartel general en Vic, y constaba de unos 17.700 infantes y de 550 caballos. No estaban comprendidos en este número los somatenes. Cataluña.
Primer ejército. Era general en jefe Don Francisco de Copons y Navia, sucesor de Don Luis Lacy, y hasta su llegada, que se verificó en marzo, mandó interinamente el barón de Eroles. No desaprovechó este ocasión de molestar al francés, si bien estrenose por un acto de humanidad muy laudable, ajustando con el general enemigo un convenio dirigido a mejorar el trato de los prisioneros conforme a lo dispuesto antes y al derecho de gentes, hollado sobradas veces por ambas partes.
Los franceses de esta provincia, aunque sometidos, como todos los demás de la corona de Aragón, al mariscal Suchet, dependían inmediatamente del general Decaen, bajo cuyas órdenes se hallaban dos divisiones, capitaneadas la una por el general Maurice Mathieu, gobernador al propio tiempo de Barcelona, y la otra por el general Lamarque, que residía casi siempre en Gerona, ascendiendo la totalidad de ambas a 14.091 hombres de infantería con 876 jinetes. Había, además, en Tarragona una brigada de italianos compuesta de 2000, hombres que mandaba el general Bertoletti.
Seguían los españoles ahora en Cataluña un plan de campaña acomodado a las circunstancias del país y según el prudente querer de lord Wellington. Era este huir de acciones generales, estrechar al enemigo en las plazas, interrumpir sus comunicaciones, y arruinar y desfortalecer los puntos que se le tomasen. Obró de este modo el barón de Eroles, ayudado a veces cuando se acercaba a la costa por los buques británicos: así aconteció yendo sobre Rosas; así en una tentativa del lado de Tarragona, teniendo también la dicha de rechazar a los franceses en un reencuentro que tuvo con ellos en la Cerdaña.
Al promediar marzo, tomando Copons el mando, lleváronse adelante las empresas contra el enemigo fundadas en probabilidad de buen éxito, tocando a Eroles, como diligente y osado, ejecutar las más difíciles y arriesgadas. En el propio mes y antes de su remate se determinó acometer y desmantelar los puestos fortificados que conservaba el francés entre Tarragona y Tortosa, y amparaban comunicación tan importante. Tomó Eroles de su cuenta el empeño, y favorecido por la ayuda que le dio Mr. Adam, comandante del navío inglés Invencible, arrasó en el término de tres días varios de aquellos fuertes colocados en Perelló, Torre de la Granadella, venta de la Ampolla y otros sitios vecinos, cogiendo cañones, prisioneros, ganado y algunos buques menores.
Poco antes el brigadier Rovira había penetrado en Francia y metídose en Prats de Moló, pueblo murado en medio de las montañas, con un castillo fortalecido a la traza de Vauban. Ayudaron mucho a Rovira en su empresa el coronel Llauder y el capitán Don Nicolás Iglesias. Saquearon parte de la población, apoderáronse de dinero, y se llevaron rehenes y prisioneros, entre ellos a los comandantes de la plaza y del castillo. A la guardia nacional de los contornos, que acudió en socorro de los suyos, escarmentáronla los españoles, y cogieron a dos de sus jefes.
El Coll de Balaguer, Olot y otros puntos solían permanecer bloqueados por los nuestros, y hallándose durante el mes de mayo en observación de las avenidas del segundo Don Manuel Llauder, quisieron los franceses espantarle, y para ello aproximaron por la espalda una columna de 1500 hombres, dirigida por el coronel Marechal; de lo que noticioso Llauder, le salió al encuentro, el día 7 del propio mes, la vuelta del valle de Ribas, por donde los enemigos enderezaban su marcha. Trabose allí porfiado choque, y no solo se vieron los enemigos repelidos del todo, sino que también fueron desalojados por los nuestros de las alturas de Grast y Coronas, persiguiéndoles hasta más allá Llauder en persona, que se portó briosamente. En el espacio de siete a ocho horas que duró la refriega perecieron de los enemigos unos 300 hombres, quedando en nuestro poder 290 prisioneros, fusiles, mochilas y otros pertrechos. Por esta acción, en verdad señalada, agraciose años adelante a Don Manuel Llauder con el título de marqués del Valle de Ribas.
No pudieron, sin embargo, los españoles impedir que los enemigos, después de un movimiento hábil y concertado de todas sus fuerzas en Cataluña, socorriesen a mitad de mayo las plazas de Tarragona y Coll de Balaguer, escasas de medios, capitaneándolos Maurice Mathieu. Pero al tornar de su expedición espiolos Don Francisco Copons, que tuvo entonces tiempo de reunir alguna gente, y los aguardó en La Bisbal del Panadés, situándose en el Coll de Santa Cristina. Desde allí, incomodándolos bastante, los repelió en cuantas tentativas hicieron para destruirle, o a lo menos ahuyentarle, y les causó una pérdida de más de 600 hombres.
Segundo ejército.
Alojábase por lo común el cuartel general del segundo ejército en Murcia, a las órdenes de Don Francisco Javier Elío, apoyándose para sus operaciones en las plazas de Cartagena y Alicante, y consistiendo su fuerza en 34.900 hombres de infantería y 3400 de caballería, distribuidos en seis divisiones que regían Don Francisco Miyares, Don Pedro Villacampa, Don Pedro Sarsfield, Don Felipe Roche, Don Juan Martín el Empecinado y Don José Durán, si bien alguna de ellas varió después de jefe. Contábanse por separado, y permanecían en Alicante y sus alrededores, la expedición anglo-siciliana y la división mallorquina del mando de Whittingham. Las de Sarsfield, Villacampa, el Empecinado y Durán fueron las que, sosteniéndose en Aragón, guerrearon más en el invierno, arrimándose las de los dos primeros a Cataluña para favorecer aquellas maniobras, la del tercero a Soria y Navarra, y la del cuarto y último a Castilla la Nueva, poniéndose a veces todas de concierto para hacer incursiones que distraían al enemigo y le hostigaban. Parecidas estas peleas a las muchas ya referidas del mismo linaje, inútil se hace entrar aquí en sus pormenores, particularmente no habiendo entre ellas ninguna muy señalada, aunque molestas siempre al enemigo por doquiera, y en Madrid mismo, a cuyas puertas acercábase el Empecinado a la manera de antes, e interceptaba las comunicaciones con pueblos tan vecinos como Alcalá y Guadalajara, burlándose de los ardides y evoluciones que para destruirle verificó en abril el general Soult.
Hubiera valido más se redujesen a semejantes correrías las operaciones de este segundo ejército hasta que se abriese la campaña general proyectada por lord Wellington; pero el acaso, o más bien reprehensible negligencia, empeñole en refriegas en las que tocó desgraciadamente la peor parte a las divisiones suyas que se albergaban en Murcia, cuyos cuerpos habían comenzado a moverse en marzo, de acuerdo División
mallorquina. con la división mallorquina del mando de Whittingham y la expedición anglo-siciliana. Aquella tenía ahora unos 8939 infantes y 1167 caballos, hallándose la última reforzada con 4000 hombres que en diciembre anterior había traído de Palermo el general J. Campbell; Expedición
anglo-siciliana. mandaba a esta en la actualidad Sir Juan Murray, después de haber pasado su gobernación por las manos de Clinton y del mismo Campbell, ausente ya su primer caudillo, el general Maitland, por causa de enfermedad. Lord Guillermo Bentinck era el destinado para ponerse al frente, mas retardó su viaje, ocupado en Sicilia en otros asuntos: por manera que a esta porción del ejército británico le cupo la misma suerte en cuanto al mando que al otro suyo de Portugal en 1808, pendiendo la sucesión rápida ocurrida en los jefes de accidentes inesperados y de abusos y descuidos que nunca faltan aún en los mejores gobiernos.
Movimiento
y situación del
segundo ejército
y de los
anglo-sicilianos.
Avanzando los aliados, formaron una línea que corría desde Alcoy a Yecla por Castalla, Biar y Villena, conservando tropas en Sax y Elda. Aquí estaba el general Roche con su división; en Yecla, ocupando la izquierda, Don Fernando Miyares, de que era centro Castalla, guarnecida por el general Murray; y la derecha Alcoy, que cubría Don Santiago Whittingham, quien primero se había posesionado, en 15 de marzo, de aquel pueblo arrojando a los franceses y dilatando sus movimientos hasta Concentaina, en donde hizo un reconocimiento de venturosas resultas con pérdida para el enemigo de unos 100 hombres. La reunión amenazadora de estas tropas y el temor de que se engrosasen cada vez más Disposiciones
de Suchet. obligó al mariscal Suchet a vivir muy sobre aviso, y dispuesto a no desperdiciar ocasión de precaver los intentos hostiles de los españoles. Acechábala el francés, y le pareció llegada en los primeros días de abril, bien informado de la distribución de las tropas de los aliados, y de cuáles eran las más flacas por su organización y disciplina. Creía se hallaban en este caso las de la división apostada en Yecla a las órdenes de Miyares, y trató Suchet de cogerla entera, confiado, además, en nuestro habitual descuido y en la distancia que la separaba de los otros cuerpos. Escogió con este propósito lo más florido de su gente, y juntola el 10 de abril por la noche en Fuente la Higuera, en cuyo pueblo, repartida en dos trozos, mandó marchase uno de ellos en donde él iba, compuesto de la división del general Habert y de otras fuerzas con golpe de caballería, la vuelta de Villena, y que el otro, formado de la división que regía Harispe, Acción de Yecla. cayese rápidamente y a las calladas sobre Yecla y sobre los españoles allí situados. No pudieron los enemigos marchar tan silenciosamente que no fuesen sentidos de los nuestros, los cuales, al aparecer aquellos, poníanse ya en camino con dirección a Jumilla. Eran los de Miyares de 3 a 4000 peones y pocos jinetes; más los franceses, quienes atacando el 11 muy de mañana y de recio, encontraron en los nuestros resistencia hidalga, trabándose la pelea dentro del mismo pueblo, aún no evacuado del todo, cuyas calles defendieron a palmos los regimientos de Burgos y de Cádiz, replegándose en seguida a una ermita cercana. Junta entonces la división, pasando de loma en loma retirábase en buen orden, disputando con brío cada puesto, cuando impaciente Harispe y queriendo (* Ap. n. [22-1].) desconcertar a los españoles,[*] apresuró su carga e hizo punta de sus tropas sobre el centro nuestro, que, cansado y perdiendo la conveniente serenidad, flaqueó en disposición que, rota la línea, cundió el desánimo, echándose unos atrás precipitadamente, y arrojándose otros al llano, en donde, si bien lidiaron largo rato sustentando la militar honra, rodeados y opresos, muertos y heridos muchos, tuvieron los demás que deponer las armas en número de unos 1000 con 68 oficiales y el coronel Don José Montero.
Ataque de Villena
por los franceses,
y pérdida
de los españoles.
Entre tanto, siempre en vela Suchet, manteníase en Caudete ya para reforzar, si era necesario, a los suyos de Yecla, ya para impedir cualesquiera socorros que enviasen Murray y Elío. Continuó en aquel sitio mientras alumbró el sol; pero adelantándose a explorar su estancia caballería inglesa, moviose el francés a la caída de la tarde, y llegó a Villena después de oscurecido. Retiráronse a su avance los jinetes británicos, mas Elío a pesar de instancias juiciosas que se le hicieron, dejó en el antiguo y mal acomodado castillo de aquella ciudad, sito en la cumbre del cerro apellidado de San Cristóbal, al batallón de Velez Málaga, que mandaba su coronel Don José Luna. Imaginose se hallaba este provisto de suficientes municiones de boca y guerra para mantenerse firme durante dos o tres días, y sobre todo que el enemigo no acometería aquel sitio antes de que despuntase el día 12. Persuasión liviana tratándose de contrarios tan audaces y prestos como son los franceses. Fue en vano pensar en contenerlos: no dieron vagar, pues hundiendo las puertas a cañonazos, penetraron en Villena muy luego, y a poco tuvieron que capitular los del castillo. Eran sobre 1000 hombres.
Refriega en Biar.
Anhelando el mariscal Suchet no pararse en carril tan venturoso, dio principio en el mismo día 12 a sus acometidas contra los ingleses. Tenían estos su vanguardia, capitaneada por Federico Adam, en el puerto y angosturas de Biar, con orden de replegarse a Castalla, disputando antes al enemigo el paso. Cumpliéronlo así aquellos soldados, y su jefe mostró pericia suma, apresurando su retirada tan solo al caer de la noche, si bien después de haber perdido alguna gente, y tenido que abandonar 2 cañones de montaña.
Acción
de Castalla.
Posesionáronse los enemigos de Biar, y se acamparon a la salida que va a Castalla; en donde, ufanos con los lauros conseguidos, aguardaron impacientes la llegada del día, seguros casi de coger otros mayores, y de singular y gustosa prez para ellos por ser ganados en parte contra ingleses. No abatido por su lado el general Murray, preparose a hacer rostro a sus contrarios tranquila y confiadamente. Colocó la división mallorquina de Whittingham con la vanguardia, que guiaba el coronel Adam, en unas alturas a la izquierda, roqueñas y de escabrosa subida, que terminan en Castalla; a cuya población, puesta a la raíz de un monte coronado por un castillo, la encubría en ruedo la división del general Mackenzie, y un regimiento de la de Clinton. Seguía lo restante de la fuerza de este por la derecha, sirviéndole de resguardo naturales defensas, y de reserva tres batallones de la gente de Don Felipe Roche. Habían los aliados construido por acá, y al frente del castillo, diversas baterías. No se hallaba presente, ni tampoco acudió a la acción que se preparaba, el general Elío, retirado en Petrel con algunos batallones, después de lo acaecido en Villena.
Amaneció por fin el día 13, y desembocando el enemigo de las estrechuras de Biar, desplegó sus fuerzas por la hoya de Castalla, fecunda y en productos rica. Ascendían estas a 18.000 infantes y 1600 caballos. No inferiores los nuestros en número, éranlo bastante en jinetes. Empezó Suchet el combate explorando el campo y enviando hacia Onil la caballería. Luego, teniendo fijo su principal conato en trastornar la izquierda de los contrarios, soltó 600 tiradores acaudillados por el coronel d’Arbod, con orden de que trepando por la posición arriba la envolviesen y dominasen. Al mismo tiempo amagó el mariscal francés a los aliados por lo largo de toda la línea, ostentando gallardía y mucha firmeza. Corrieron en aquel trance los nuestros algún riesgo, debilitada la izquierda por la ausencia momentánea de Don Santiago Whittingham que se había alejado poco antes para hacer un reconocimiento; pero a dicha y oportunamente llegó de Alcoy con fuerza Don Julián Romero, quien reprimió la audacia de los enemigos que ya se encaramaban a las cimas. También Whittingham, noticioso de lo que ocurría, tornó a su puesto, y él y Adam y los demás arrollaron a los acometedores, quedando muerto el coronel d’Arbod. Infructuosamente envió en apoyo de los suyos el mariscal Suchet al general Robert con cuatro batallones: todos ellos bajaron desgalgados la montaña, y muchos coloraron con sangre el suelo. Whittingham y Adam, principales jefes, alentaban a la tropa que por la mayor parte era española, dándole ellos mismos ejemplo, y lo propio los que mandaban en las cumbres, Romero, Casas, Campbell, Casteras y el teniente coronel Ochoa, brillando a cual más todos, no solo en denuedo sino también en habilidad y destreza; (* Ap. n. [22-2].) porque, a dicho de nuestros antiguos,[*] «las fuerzas del cuerpo non pueden ejercer acto loado de fortaleza, si non son guiadas por corazón sabidor.» Igualmente se le malogró al francés el amago que había hecho contra el centro y derecha de los anglo-sicilianos; por lo que, recogiendo Suchet su gente, la apostó en escalones, apoyándola por retaguardia en la división del general Harispe, y defendiéndola por el frente con la artillería que plantó en las entradas del camino de Biar.
Entonces más animoso Murray resolvió avanzar, y lo verificó en dos líneas, dejando en las alturas las tropas de su izquierda y cubriendo su derecha con la caballería. Pero intimidado Suchet, no se detuvo en la hoya o valle, sino que triste tornó a cruzar por la tarde un desfiladero que, como decía Murray en su parte, había atravesado por la mañana triunfante y alegre. Prosiguió Suchet retirándose hacia Villena, y no paró hasta Fuente la Higuera y Onteniente, volviéndose los aliados, anochecido ya, a sus estancias de Castalla. Perdieron los franceses en esta jornada algo más de 1000 hombres, nosotros 670, la mayor parte españoles, como que representaron allí el más glorioso y sobresaliente papel, despicándose del golpe recibido en los días anteriores; que son nuestros soldados bravos e intrépidos, siempre que los guían caudillos de buen entendimiento y brío. Procuró Suchet ocultar su descalabro presentando con cuidadoso estudio, por los caminos de Valencia y Cataluña, a manera de trofeo, los prisioneros de Villena y Yecla. Bien lo necesitaba para mantener en alguna quietud los pueblos, muy conmovidos con lo que pasaba en España y en toda Europa, y con lo que se preveía. Empezó Suchet en Castalla a probar los reveses de la fortuna, tan propicia para él hasta entonces; pero que varia y antojadiza, adversa ya a las armas francesas, perseguíalas en muchas partes, y les preparaba en todas largos días de entristecimiento y luto.
Campaña
principiada
en el norte
de Europa.
Dieron abril y mayo las primeras señales del asombroso estremecimiento que iba de nuevo a conmover el mundo, y hacer más caediza la suerte de cuerpos e individuos, de estados y coronas. Fue una de ellas la salida de Napoleón de París en 15 de abril para empezar la campaña en Alemania; y fue otra el haber lord Wellington alzado sus cuarteles a mitad de mayo para abrir también la suya en Castilla y continuarla hasta los Pirineos, y aun dentro de la Francia misma. En aquella viose todavía equilibrado en un principio el poder del emperador francés con el de los soberanos del norte, cautivadas algún tiempo las fantasías de la fortuna por el coloso que la había tenido como aprisionada y rendida no pocos años; También
en España. en la última salieron vencedores siempre en los más empeñados reencuentros, rompiendo por cima de valladares y obstáculos los intrépidos aliados. Siendo solo propio de esta historia el detenernos a referir lo tocante a los acontecimientos postreramente indicados, pasaremos a verificarlo, prescindiendo, a lo menos por ahora, de los demás ocurridos fuera del suelo peninsular.
Al moverse tenía lord Wellington bajo de sus inmediatas órdenes 48.000 hombres de su nación, 28.000 portugueses, y además las divisiones españolas del cuarto ejército que se alojaban a su derecha, con las que del mismo permanecían en el Bierzo y Asturias, ascendiendo juntas a 26.000 combatientes. Movimientos
de los aliados
hacia el Duero. Fue la marcha de los aliados por este orden. La caballería, que había invernado en los alrededores de Coímbra, púsose en movimiento por Oporto a Braga para pasar desde allí a Braganza, en donde debían darse la mano con la izquierda de los suyos, gobernada por Sir Thomas Graham, quien cruzó el Duero en Portugal cerca de Lamego; maniobra que se practicó sin que los franceses la barruntasen, proveyéndose los aliados fácilmente de barcas sin excitar sospecha, por la abundancia que de ellas había con motivo de haber los ingleses habilitado para su abastecimiento la navegación del Duero hasta donde el Águeda descarga en él sus aguas. Colocáronse así, a la derecha de aquel río, cinco divisiones de infantería y dos brigadas de caballería, sobrecogiendo a los enemigos que se figuraban vendrían sus contrarios solo por la izquierda. Tuvieron los anglo-portugueses tropiezos en su marcha por lo escabroso del país y estrechuras de los caminos, mas todo lo venció la perseverancia británica. Asegurada la izquierda, y amagado el francés por la derecha del Duero, alzó lord Wellington sus reales a la propia sazón, saliendo de Freineda el 22 de mayo, acompañado de dos divisiones inglesas, otra portuguesa, y alguna fuerza de caballería. Juntósele en Tamames la mayor parte de la segunda división española del mando de Don Carlos España [la restante quedó en Ciudad Rodrigo], perteneciendo a ella los jinetes de Don Julián Sánchez: y todos se encaminaron al Tormes, vía de Salamanca. Sobre el mismo río, pero del lado de Alba, formando la derecha, moviose Sir Rowland Hill, y con él la primera división española que capitaneaba Don Pablo Morillo, quien venía de la Extremadura, habiendo pasado los puertos que la dividen de León y Castilla.
Disponíanse los enemigos a contrarrestar la marcha de los aliados, reunidos en Castilla la Vieja los ejércitos suyos llamados del Centro, Mediodía y Norte, y a su frente José en persona, manteniendo aún sus cuarteles en Valladolid. Fuera su primer intento defender el paso del Duero, si no se lo desbarataran las acertadas maniobras de los ingleses poniéndose a la derecha del mismo río. Sin embargo, se trabaron choques antes de abandonar aquella línea. Guarnecía a Salamanca la división de Villatte con tres escuadrones, quien evacuó la ciudad al aproximarse lord Wellington, colocándose en unas alturas inmediatas, de donde le arrojaron el general Fane, atravesando el Tormes por el vado de Santa Marta, y el general Alten, que lo verificó por el puente. Villatte perdió municiones, equipajes y muchos hombres entre muertos y heridos, con 200 prisioneros. Retirose por Encina a Babilafuente, uniéndosele cerca del lugar de Huerta un cuerpo de infantería y caballería procedente de Alba de Tormes, de cuyo punto los había echado Don Pablo Morillo, cruzando el río con gran valentía, y distinguiéndose al enseñorearse de la puente los cazadores de la Unión y Doyle.
Cooperación
del cuarto
ejército.
El centro del cuarto ejército español, antes sexto, acantonado en el Bierzo, y la quinta división también suya, situada en Oviedo, concurrieron, según hemos insinuado, al movimiento general y de avance. Preparábase el 29 de mayo el general Don Pedro Agustín Girón, que mandaba en jefe en ausencia de Don Francisco Javier Castaños, a celebrar el 30 en Camponaraya los días del rey Fernando por medio de paradas y simulacros guerreros, cuando recibió orden de lord Wellington, duque de Ciudad Rodrigo, para ponerse sin dilación en marcha sobre Benavente y en contacto con la izquierda del ejército aliado, huyendo de dar la suya al enemigo, en términos de evitar cualquiera refriega que no fuese general o de concierto. No tardó Don Pedro en cumplir con lo que se le encargaba, y trasladando el mismo día 29 su cuartel general a Ponferrada, entró ya el 2 de junio en Benavente. Vadearon sus tropas el Esla al amanecer del 3 en Castropepe y Castillo, arruinado por los enemigos el puente de Castrogonzalo, y llegaron por la noche a Villalpando en donde descansaron el 4, agregándoseles allí la quinta división que venía de Asturias y mandaba Don Juan Díaz Porlier. Hiciéronse las marchas muy ordenadamente, y empezáronse a coger los frutos de los ejercicios militares del invierno y primavera, y los de una rígida y conveniente disciplina.
Prosiguen
su marcha
los aliados.
Hacia estas partes y derecha del Duero habíase dirigido ya no solo la izquierda inglesa, guiada por el general Graham, sino también el centro de su ejército, capitaneado por lord Wellington en persona. Dueño este de Salamanca, hizo allí alto dos días, reuniendo su centro y derecha entre el Tormes y el Duero inferior. Marchó el 29 la vuelta de Miranda, ciudad de Portugal fronteriza a las márgenes del último río, cuyas aguas cruzó por aquí el general inglés acompañado solo del centro que se juntó el 30 con la izquierda en Carbajales; todos los puentes, excepto el de Zamora, habían permanecido destruidos desde la retirada del ejército británico en el otoño, o habíanlo sido de nuevo por el francés cuando se hallaban reparados. Quisieron en seguida los ingleses pasar el Esla, tributario del Duero, por un vado próximo al mismo Carbajales, pero siendo de dificultoso tránsito echaron un puente y lo verificaron el 31.
Desprevenidos los franceses, no tenían en aquellas orillas sino un piquete, y por tanto no ofrecieron resistencia notable. Los movimientos de los aliados habíanse ejecutado con tales precauciones y celeridad que los ignoraba del todo el enemigo, quien percibió ahora claramente el sabio y bien entendido plan de lord Wellington; conociendo, aunque tarde, ser inútil y ya imposible sostener la línea del Duero. En consecuencia inhabilitaron sus tropas en Zamora el puente que habían conservado reparado, retirándose de aquella ciudad y de Toro, en donde entraron los aliados, trabándose después en Morales, vía de Tordesillas, un choque en que los franceses experimentaron bastante pérdida, y lució por su brío la caballería de Don Julián Sánchez.
Parose lord Wellington en Toro así para dar tiempo a que toda su gente se le reuniese como también para que las tropas de su derecha, que guiaba sir Rowland Hill, pasasen el Duero. Todo se ejecutó a su sabor y cual tenía ordenado; hallándose ya en comunicación y aun en inmediato contacto el ejército de Galicia, o sea centro del cuarto español, cuyos reales alojáronse el 6 de junio en Cuenca de Campos, día en que los de Wellington se establecieron en Ampudia, pueblo vecino.
Cruzado el Duero por los cuerpos que ocupaban antes la izquierda, correspondiéndose ya todos entre sí, prosiguió su marcha el general inglés, dejando en Zamora municiones y efectos de guerra, y para su custodia a la segunda división española, que tenía también gente suya repartida en Ciudad Rodrigo, Salamanca y Toro. Andaban los franceses algo desalentados con irrupción tan súbita, en especial por ser inesperado el modo como Wellington la verificara. Así, sus medidas resintiéronse de apresuramiento, e indicaban sobresalto y dudas.
Distribuidas ahora sus fuerzas entre Valladolid, Tordesillas y Medina, se retiraron detrás del Pisuerga, que también abandonaron, marchando en líneas convergentes camino de Burgos. Allí se trasladó el intruso, habiendo salido de Palencia el 6 de junio, en cuya ciudad hizo corta parada viniendo de Valladolid. Le siguieron sus tropas, estrechadas cada vez más por lord Wellington, quien atravesó el Carrión el 7, y adelantando su izquierda en los días 8, 9 y 10, cruzó también el Pisuerga, no apresurando su marcha el 11, y dando el 12 descanso a su gente excepto a la de la derecha, a la cual ordenó avanzar a Burgos y reconocer la situación del enemigo, con deseo de obligarle a que desamparase el castillo o a que, para defenderle, reconcentrase allí sus fuerzas. Al poner en obra el general Hill por mandato de Wellington esta operación, descubrió a los enemigos apostados en unas alturas próximas al pueblo de Hormaza, con su siniestro costado en frente de Estépar. Acometiolos, mas ellos se echaron atrás, si bien en la mejor ordenanza, aguantando sin descomponerse repetidas descargas de la artillería volante, manejada con destreza por el mayor Gardiner. Perdieron sin embargo los franceses varios prisioneros y un cañón, y se situaron después en las riberas de los ríos Arlanzón y Urbel, que con las lluvias habían cogido mucha agua, retirándose solo de aquel puesto durante la noche, después de haber evacuado a Burgos el 14 de junio.
Verificáronlo así, acosados constantemente y ceñidos de cerca por los aliados, que llevaban casi siempre abrazada la derecha enemiga. También por la opuesta hostigábalos Don Julián Sánchez y otros guerrilleros revueltos y a la continua, como si ya no tuviesen bastante los franceses con sentir sobre sí el fatigoso y no interrumpido látigo de un ejército bien ordenado, que marchaba a sus alcances con presunción de vencer. Abandonan
los franceses
y vuelan
el castillo
de Burgos. Abandonaron los enemigos el castillo de Burgos, desfortaleciéndole antes y arruinándole hasta en sus cimientos. El modo como lo ejecutaron dio lugar a siniestras interpretaciones; porque, conservándose dentro desde el último sitio muchos proyectiles todavía cargados, acaeció que, al reventar las minas practicadas para derribar los muros, volaron también muchas bombas y granadas que causaron estrago notable. Escritores ingleses han afirmado que el enemigo procedió así para aniquilar los cuerpos de las tropas aliadas que se arrimasen a tomar posesión de la ciudad y del castillo. Por el contrario los franceses, que achacan tan lamentable contratiempo a mero olvido de la guarnición. Nos inclinamos a lo último; mas sea de ello lo que fuere, cierto que de la explosión resultaron destrozos grandes, padeciendo la catedral bastante con el estremecimiento, no menos que muchas casas y otros edificios. Redújose el castillo a un confuso montón de ruinas y escombros.
Tomó José, al desocupar a Burgos, la ruta de Vitoria, yendo por Pancorbo y Miranda de Ebro, si bien no muy de priesa. Era su propósito trasladarse al otro lado de este río para poner más en resguardo las estancias de su ejército, aproximándole a la raya de Francia, y engrosándole, además, con el suyo del Norte y otras tropas que lidiaban en aquel distrito. Desbaratar en todo o en parte semejantes intentos, y asegurar sin tropiezo el paso del Ebro, debía ser la mira del general británico, para aprovechar después la primera oportunidad de combatir con ventaja. Tal fue en efecto, no teniendo que hacer para alcanzarla más que perseverar en el plan de marchas y movimientos que desde un principio había trazado. Firme en él, dispuso que su izquierda siguiese maniobrando para amagar siempre la derecha enemiga, y ganarle a veces la delantera. Cruzan
los aliados
el Ebro. Así fue que dicha izquierda buscó la ribera alta del Ebro para pasarle, marchando a su derecha no muy lejos con el centro lord Wellington, y después a las inmediaciones y siniestro lado de la carretera que va a Pancorbo y Miranda el general Hill. Tocando ya al Ebro todo el ejército, le cruzaron el 14 por Polientes los españoles del mando de Don Pedro Agustín Girón, que formaban el extremo del costado de Graham, y cruzole también el mismo día este general por San Martín de Elines, lugares ambos situados en el valle de Valderredible. Las demás tropas aliadas, con Wellington e Hill a su cabeza, atravesaron el Ebro el 15; algunas por los mismos parajes que Graham y los españoles, el mayor número por Puente-Arenas, en la merindad de Valdivielso. Al día siguiente, todo el ejército se movió sobre la derecha, si bien apartándose algún tanto los españoles, que tuvieron orden de tirar más a la izquierda por el valle de Mena con dirección a Valmaseda, a donde llegaron el 18. Agregose a Graham en Medina de Pomar Don Francisco Longa con su división.
Penalidades del
ejército aliado.
La marcha fue en realidad penosa, señaladamente en los últimos días; los caminos, ásperos de suyo e impracticables para el carruaje, estábanlo ahora más con las copiosas lluvias que sobrevinieron, teniendo a menudo el brazo del gastador que allanar el terreno, y aun abrir paso que franquease la ruta al soldado y diese a la artillería transitable carril. Hubo escasez de víveres, y a veces apretó el hambre por la priesa del caminar, la pobreza de la tierra y la devastación que había producido guerra tan prolongada; pero hízose todo llevadero con la esperanza de un cambio próximo y venturoso obtenido por medio de inmediatos triunfos.
Movimientos
de los franceses
y algunos
choques.
Azoró a los franceses y los desconcertó el rápido andar de los aliados, y el verlos al otro lado del Ebro, casi impensadamente, teniendo con eso que desistir de cualquiera empresa enderezada a defender el paso de aquel río. Por tanto, el día 18 salió el grueso del ejército enemigo de Pancorbo, dejando solo de guarnición en el castillo sobre 1000 hombres, y se encaminó a Vitoria. Al avanzar los aliados, tenían de observación los franceses algunos cuerpos apostados en Frías y en Espejo, que se replegaron el 18 a San Millán y a Osma de Álava. Atacó a los primeros el general Alten y los ahuyentó, cogiéndoles 300 prisioneros; obligó Graham a los últimos a retirarse, acometiendo el 19 Wellington mismo, asistido de sir Lowry Cole, a la retaguardia francesa situada en Subijana-Morillas y en Pobes, con la dicha de forzarla a desamparar su puesto y a que buscase abrigo en el grueso de su ejército, que venía de Pancorbo. Esta aparición repentina e inesperada de los aliados en las montañas de Vizcaya y Álava, y el haberse aproximado a Bilbao, hallándose ya en Valmaseda el centro del cuarto ejército español bajo las órdenes de Don Pedro Agustín Girón, impelió igualmente a los enemigos a reconcentrar las fuerzas suyas de aquellas partes, conservando solo los puntos de la mayor importancia, y abandonando los que no lo eran tanto. Con este propósito embarcaron los franceses el 22 de junio con premura la guarnición de Castro-Urdiales trasladándola a Santoña, que avituallaron competentemente, y en breve también dejaron libre a Guetaria, manteniéndose firmes en Bilbao, donde se alojaban italianos de los que Palombini, ahora ya ausente, había traído de Castilla. Foy, que recorría antes la tierra, tomó asimismo disposiciones análogas, según veremos después. Bloqueaba a Santoña Don Gabriel de Mendizábal con parte de la séptima división del cuarto ejército, o sea batallones de las provincias Vascongadas.
Situación
respectiva
de los ejércitos.
De este relato colígese claramente la situación respectiva de los ejércitos enemigos, y cuán próxima se anunciaba una batalla campal. Deseábala lord Wellington, y para empeñarla había tratado de reconcentrar sus fuerzas algo desparramadas, llamando a sí la izquierda extendida hasta Valmaseda, y haciéndola venir por Orduña y Munguía sobre Vitoria. Tenía el general inglés su centro y sus cuarteles el 20 en Subijana-Morillas, no lejos de su derecha, manifestándose todo el ejército muy animoso e impaciente de que se trabase pelea. Ocupaban ya entonces los franceses, mandados por José, las orillas del Zadorra y cercanías de Vitoria.
Juicio
sobre la marcha
de Wellington.
El modo glorioso y feliz con que en menos de un mes habían los aliados llevado a cabo una marcha que, concluyendo en las provincias Vascongadas, había empezado en Portugal y en los puntos opuestos y distantes de Galicia, Asturias y Extremadura, alentaba a todos, recreándose de antemano con la placentera idea de una victoria completa y cercana. Más de una vez hemos oído de boca de lord Wellington, en conversación privada, que nunca había dudado del buen éxito de la acción que entonces se preparaba, seguro de los bríos y concertada disciplina de sus soldados. Tan ilustre caudillo acreció justamente su fama en el avance y comienzo de esta nueva campaña. Calcular bien y con tino las marchas, anticiparse a los designios del enemigo y prevenirlos, tener a este en continua arma y recelo, y obligarle a abandonar casi sin resistencia sus mejores puestos, estrechándole y jaqueándole siempre, digámoslo así, por su flanco derecho, maniobras son de superior estrategia, merecedoras de eterno loor; pues en ellas, según expresaba el mariscal de Sajonia, aunque en lenguaje más familiar, consiste el secreto de la guerra.
Enfrente ahora uno de otro los ejércitos combatientes, parecía ser esta ocasión de hablar de la batalla que ambos trabaron luego. Mas suspenderémoslo por un rato, atentos a echar antes una ojeada sobre la evacuación de Madrid y ocurrencias habidas con este motivo.
Evacúan
por última vez
a Madrid
los franceses.
Desde el tiempo en que José saliera de aquella capital en marzo, fueron también retirándose muchas de las tropas francesas que allí había, quedando reducido a número muy corto las que se alojaban en toda Castilla la Nueva. Motivo por el cual los invasores trataron con más miramiento y menor dureza a los vecinos, aunque no por eso dejasen de gravarlos con contribuciones extraordinarias y pesadas. Mandaba últimamente en Madrid el general Hugo, y a él le tocó evacuar por postrera vez la capital del reino. Refiere este en las memorias que ha escrito lo que entonces le acaeció, (* Ap. n. [22-3].) y entre otras cosas cuenta [*] que poco antes de su salida habíansele hecho proposiciones, de que tuvo noticia José, según las cuales ofrecía pasarse a las banderas del intruso un cuerpo entero del ejército español. Presumimos quiera hablar del tercero como más inmediato. El duque del Parque le mandaba, y guiaban sus divisiones generales fieles siempre, honrados y de prez; y si lo fueron en los días de mayor tribulación para la patria, ¿qué traza lleva que pudieran variar y tener aviesos intentos en los de prosperidad y ventura? Ahora ni el interés hubiera estimulado a ello a hombres que fuesen de poco valer y baja ralea, ¡cuánto menos a caudillos ilustres, de muchos servicios y de esforzados pechos! Nosotros hemos tratado de apurar la verdad del hecho, y ni siquiera hemos hallado el menor indicio ni rastro de tan extraña negociación, y eso que nos hemos informado de personas imparciales muy en disposición de saber lo que pasaba. Creemos por tanto que hay grave error en el aserto del general francés, haciéndole la merced, para disculpar su proceder liviano, de que sorprendieron su buena fe embaidores o falsos mensajeros.
Gran convoy que
llevan consigo
y manda Hugo.
El embargo de caballerías y carruajes, anunciador de la partida de los enemigos y sus secuaces, empezó el 25 de mayo, y el 27 quedó evacuada del todo la capital; rompiendo el 26 la marcha un convoy numerosísimo de coches y calesas, de galeras, carros y acémilas en que iban los comprometidos con José, sus familias y enseres, y además el despojo que los invasores y el gobierno intruso hicieron de los establecimientos militares, científicos y de bellas artes, y de los palacios y archivos; despojo que fue esta vez más colmado, porque sin duda le consideraron como que sería el último y de despedida.
Despojos
de pinturas,
y de los
establecimientos
públicos
en varias partes.
Había comenzado el primero ya desde 1808, y se había extendido a Toledo, al Escorial y a las ciudades y sitios que encerraban en ambas Castillas, así como en las Andalucías y otras provincias, objetos de valor y estima. Recogió Murat en su tiempo varios de ellos principalmente del real palacio y de la casa del príncipe de la Paz, parando mucho su consideración los cuadros del Correggio de que casi se llevó los pocos que España poseía, entre los cuales merece citarse (* Ap. n. [22-3]bis.) el llamado la Escuela del amor [*] que fue de los duques de Alba, prodigiosa obra de aquel inimitable ingenio.
Después contose entre las señaladas rapiñas la que verificó cierto general francés, muy conocido, en el convento de dominicas de Loeches, lugar de la Alcarria, y fundación del conde duque de Olivares, (* Ap. n. [22-4].) de donde se llevó afamados [*] cuadros de Rubens, que al decir de Don Antonio Ponz, (* Ap. n. [22-5].) eran [*] «de lo más bello de aquel artífice en lo acabado, expresivo, bien compuesto y colorido.»
En Toledo, si bien las producciones del Greco, de Luis Tristán y Juan Bautista Maíno estuvieron más al abrigo del ojo escudriñador del francés, no por eso dejaron de sentirse allí pérdidas muy lamentables, pues en 1808 estrenáronse las tropas del mariscal Victor con poner fuego, por descuido o de propósito, al suntuoso convento franciscano de San Juan de los Reyes que fundaron los católicos monarcas Don Fernando y Doña Isabel, cuyo edificio se aniquiló, desapareciendo entre las llamas y escombros su importantísimo archivo y librería; y ahora para despedirse en 1813 los soldados del invasor que a lo último ocuparon la ciudad, quemaron en gran parte el famoso alcázar, obra de Carlos V, y en cuyo trazo y fábrica tuvieron parte los insignes arquitectos Covarrubias, Vergara y Herrera. Que no parece sino que los franceses querían celebrar sus entradas y salidas en aquel pueblo con luminarias de destrucción.
No podía en el rebusco quedar olvidado el Escorial, y entre los muchos despojos y riqueza que de allí salieron, deben citarse los dos primorosos y selectísimos cuadros de Rafael, Nuestra Señora del Pez y la Perla. Varios otros los acompañaron muy escogidos, ya que no de tanta belleza.
En Madrid habíanse formado depósitos para la conservación de las preciosidades artísticas de los conventos suprimidos, en las iglesias del Rosario, Doña María de Aragón, San Francisco y San Felipe, y nombrádose además comisiones a la manera de Sevilla para poner por separado las producciones del arte que fuesen de mano maestra y pareciesen más dignas de ser trasladadas a París y colocadas en su museo. Varias se remitieron, y se apoderaron de otras los particulares, siendo sin embargo muy de maravillar se libertasen de esta especie de saqueo las más señaladas obras que salieron del pincel divino de nuestro inmortal Don Diego Velázquez. Arrebataron, sí, los encargados de José, entre otros muchos y primorosos cuadros, las Venus del Ticiano que se custodiaban en las piezas reservadas de la real academia de San Fernando, y el incomparable de Rafael, perteneciente al real palacio, conocido bajo el nombre del Pasmo de Sicilia, que se aventajaba a todos y sobresalía por cima de ellos maravillosamente.
(* Ap. n. [22-6].)
Estas últimas pinturas, junto con las de Nuestra Señora del Pez y la Perla,[*] aunque se las apropió José, restituyéronse a España en 1815 al propio tiempo que las destinadas al museo de París; mas hallábase ya la madera tan carcomida y tan arruinadas ellas que se hubieran del todo descascarado y perdido, en especial la del Pasmo, si Mr. Bonnemaison, artista de aquella capital, no las hubiese trasladado de la tabla al lienzo con destreza y habilidad admirables: invento no muy esparcido entonces y de que quisieron burlarse los que no le conocían.
Los archivos, las secretarías, los depósitos de artillería e ingenieros y el hidrográfico, el gabinete de Historia natural y otros establecimientos, viéronse privados también de muchas preciosidades, modelos y documentos entresacados de propósito para llevarlos a Francia. Sería largo y no fácil de relatar todo lo que de acá se extrajo. Estos objetos y los cuadros expresados de Rafael y Ticiano además de otros muchos iban en el convoy que escoltaba el general Hugo al salir de Madrid.
(* Ap. n. [22-7].)
En Castilla la Vieja padeció mucho el archivo de Simancas,[*] de donde tomaron los franceses documentos y papeles de grande interés, en especial los que pertenecían a los antiguos estados de Italia y Flandes; asimismo el testamento de Carlos II, de que a dicha se conservaba un duplicado en otra parte. Algunos han sido devueltos en 1816: han retenido otros en Francia, reclamados hasta ahora en vano. Hubo en aquel archivo gran confusión y trastorno no solo por el destrozo que la soldadesca causó, sino igualmente porque habiéndose después metido dentro los paisanos de los alrededores, arrancaron los pergaminos que cubrían los legajos y sobre todo las cintas que los ataban, con lo que sueltos los papeles mezcláronse muchos y se revolvieron. También las bellas artes tuvieron sus pérdidas en aquella provincia, y sin detenernos a hablar de otras, indicaremos el desaparecimiento por algunos años de tres pinturas de Rubens, muy famosas y de primer orden, que adornaban el retablo mayor y los dos colaterales del convento (* Ap. n. [22-8].) de religiosas franciscas de la villa de Fuensaldaña.[*]
No iremos más allá en nuestro escudriñamiento sobre tanto saqueo y despojos, que ya parecerá a algunos fuera de lugar; si bien en medio del ruido y furor bélico se espacia el ánimo y descansa hablando de otros asuntos, y sobre todo del ameno y suave de bellas artes, aunque sea para lamentar robos y pérdidas de obras maestras y su alejamiento del suelo patrio.
Cierto que mucha de tanta riqueza yacía como sepultada y desconocida, ignorando los extraños la perfección y muchedumbre de los pintores de nuestra escuela. El que se difundiesen ahora sus producciones por el extranjero, los sacó de oscuridad y les dio nuevo lustre y mayores timbres a la admiración del mundo; resultando así un bien real y fructuoso de la misma ruina y escandaloso pillaje. Madre España de esclarecidos ingenios, dominadora en Italia y Flandes cuando florecían allí los más célebres artistas de aquellos estados, recogió inmenso tesoro de tales bellezas, guardándole en sus templos y palacios. Mucho le queda aún a pesar de haber soltado los diques a la salida, ya la guerra, ya la desidia de unos y los amaños y codicia de otros. Tiempo es que los repare y cierre el amor bien entendido de las artes, y la esperanza de días más venturosos.
Desgraciadísimos los de entonces, no lo fueron menos para ambas Castillas en la exacción de pesadas contribuciones impuestas por los franceses durante los años que las dominaron. Difícil es formar un cómputo exacto de su total rendimiento, pero por datos y noticias que han llegado hasta nosotros, asegurar podemos que excedieron, habida la proporción conveniente, a lo que importaron las de la Andalucía por la permanencia más larga en ellas del enemigo, y el continuado y afanoso pelear.
Luego que evacuó el 27 de junio a Madrid el general Hugo, entraron allí partidas de guerrillas que acechaban la marcha de los franceses, volviendo a poco las autoridades legítimas que antes se habían alejado. Nada a su regreso ocurrió muy de contar.
Prosigue Hugo
su retirada.
Hugo, superando obstáculos, traspasó el Guadarrama, y tomando desde la fonda de San Rafael caminos de travesía, se dirigió a Segovia y en seguida a Cuéllar, en donde pensó tener que defenderse contra las guerrillas guareciéndose en su castillo, antiguo y bueno, fundado en paraje elevado, con dos galerías alta y baja construidas por Don Beltrán de la Cueva, en que se custodiaba una armería célebre de la casa de los duques de Alburquerque, extraviada o destruida en parte ínterin que duró la actual guerra. No tuvo el general francés que acudir a este medio peligroso que le hubiera retardado en su marcha y quizá comprometido, sino que valiéndose de ardides y mudando a veces los días de ruta que José le había trazado, y aun las horas, aceleró el paso consiguiendo cruzar el Duero por Tudela, de noche y tan a tiempo, que mayor demora le hubiera privado de aquel puente, reparado solo con tablones y al que a su llegada iban a prender fuego las últimas tropas de su nación que se retiraban. Se junta al grueso
de su ejército. Juntose el convoy enemigo al grueso de su ejército en Valladolid, y salvose entonces, si bien después pereció en parte, ganada que fue la batalla de Vitoria. Le mandó Hugo hasta llegar a la ciudad de Burgos.
Movimientos
del tercer ejército
y del de reserva
de Andalucía.
La evacuación de Madrid permitió disponer del tercer ejército, que había avanzado a la Mancha, y también del de reserva, organizado en Andalucía por el conde del Abisbal. El primero partió la vuelta de Valencia, uniéndose el 6 de junio en Alcoy y Concentaina al segundo ejército, con el cual, por resolución de Wellington, debía maniobrar ahora para impedir destacase Suchet fuerzas contra las tropas combinadas que lidiaban en el Ebro, sin perjuicio de que se juntase más adelante con estas mismas, según lo verificó. El segundo, saliendo de Andalucía marchó por Extremadura, camino más resguardado, y se enderezó a Castilla la Vieja. Llegó allí cuando los aliados estaban ya muy adentro y en completa retirada los franceses, penetrando en Burgos por los días 24 y 25 de junio. Encargole lord Wellington estrechar el castillo de Pancorbo hasta tomarle; en donde los enemigos habían dejado de guarnición, conforme apuntamos, unos 1000 hombres.
Reconcentradas de este modo las fuerzas de la península, amigas y enemigas, y agrupadas todas, por decirlo así, en dos principales puntos que eran, uno, las inmediaciones del Ebro y provincias Vascongadas, y otro, la parte oriental de España, irase simplificando nuestra narración, y convirtiéndose cada vez más en guerra regular lucha tan empeñada.
Ejércitos
en las cercanías
de Vitoria.
Dejamos a los ejércitos combatientes próximos uno a otro y dispuestos a trabar batalla en las cercanías de Vitoria, ciudad de 11 a 12.000 habitantes situada en terreno elevado y en medio de una llanura de dos leguas, terminada de un lado por ramales del Pirineo y del otro por una sierra de montes que divide la provincia de Álava de la de Vizcaya. Tenían los aliados reunidos, sin contar la división de Don Pablo Morillo y las tropas españolas que gobernaba el general Girón, 60.440 hombres, 35.090 ingleses, 25.350 portugueses, y de ellos 9290 de caballería. La sexta división inglesa en número de 6300 hombres se había quedado en Medina de Pomar.
Mandaba a los franceses José en persona, siendo su mayor general el mariscal Jourdan. Su izquierda, compuesta del ejército del Mediodía bajo las órdenes del general Gazan, se apoyaba en las alturas que fenecen en la Puebla de Arganzón, dilatándose por el Zadorra hasta el puente de Villodas. A la siniestra margen del mismo río, siguiendo unas colinas, alojábase su centro, formado del ejército que llevaba el mismo título y dirigía Drouet, conde d’Erlon, estribando principalmente en un cerro muy artillado, de figura circular, que domina el valle a que Zadorra da nombre. Extendíase su derecha al pueblo de Abechuco, más allá de Vitoria, y constaba del ejército de Portugal gobernado por el conde de Reille. Todos tres cuerpos tenían sus reservas. Abrazaba la posición cerca de tres leguas, y cubría los caminos reales de Bilbao, Bayona, Logroño y Madrid. Su fuerza era algo inferior a la de los aliados, ausente en la costa Foy y los italianos, ocupado Clauzel en perseguir a Mina, y Maucune en escoltar un convoy que se enderezaba a Francia.
Proponíase José guardar la defensiva, hasta que todas o la mayor parte de las tropas suyas que estaban allí separadas se le agregasen, para lo que contaba con su ventajosa estancia y con el pausado proceder de Wellington, que equivocadamente graduaban algunos de prudencia excesiva. Sustentábale en su pensamiento el mariscal Jourdan, hombre irresoluto y espacioso hasta en su daño, y más ahora que recordaba pérdidas que padeció en Arnsberg y Wurzburgo por haber entonces destacado fuerzas del cuerpo principal de batalla.
También Wellington titubeaba sobre si emprendería o no una acción campal, y proseguía en su incertidumbre cuando, hallándose en las alturas de Nanclares de Oca, recibió aviso del alcalde de San Vicente de cómo Clauzel había llegado allí el 20, y pensaba descansar todo aquel día. Al instante determinó acometer el general inglés, calculando los perjuicios que resultarían de dar espera a que los enemigos tuviesen tiempo de ser reforzados.
Batalla
de Vitoria.
Rompió el ataque desde el río Bayas, moviéndose primero, al despuntar de la aurora del día 21 de junio, la derecha aliada que regía el general Hill. Consistía su fuerza en la segunda división británica, en la portuguesa del cargo del conde de Amarante, y en la española que capitaneaba Don Pablo Morillo, a quien tocó empezar el combate contra la izquierda enemiga atacando las alturas: ejecutolo Don Pablo con gallardía, quedando herido, pero sin abandonar el campo. Reforzados los contrarios por aquella parte, sostuvo Hill también a los españoles, los cuales consiguieron al fin, ayudados de los ingleses, arrojar al francés de las cimas. Entonces Hill cruzó el Zadorra en la Puebla, y embocándose por el desfiladero que forman las alturas y el río, embistió y ganó a Subijana de Álava, que cubría la izquierda de las líneas del enemigo, quien, conociendo la importancia de esta posición, trató en vano de recobrarla, estrellándose sus ímpetus y repetidas tentativas en la firmeza inmutable de las filas aliadas.
Moviose también el centro británico, compuesto de las divisiones tercera, cuarta, séptima y ligera. Dos de ellas atravesaron el Zadorra tan luego como Hill se enseñoreaba de Subijana, la cuarta por el puente de Nanclares, la ligera por Tres Puentes, llegando casi al mismo tiempo a Mendoza la tercera y séptima que guiaba lord Dalhousie, cruzando ambas el Zadorra por más arriba: siendo de notar que no hubiesen los franceses roto ninguno de los puentes que franquean por allí el paso de aquel río: tal era su zozobra y apresuramiento.
Puesto el centro británico en la siniestra orilla del Zadorra, debía proseguir en sus acometimientos contra el enemigo y su principal arrimo, que era el cerro artillado. Providenciolo así Wellington, como igualmente que el general Hill no cesase de acosar la izquierda francesa, estrechándola contra su centro y descantillando a este, si ser podía. Mantuviéronse firmes los contrarios, y forzados se vieron los ingleses a acercar dos brigadas de artillería que batiesen el cerro fortalecido. Al fin cedieron aquellos, si bien después de largo lidiar, y su centro e izquierda replegáronse vía de la ciudad, dejando en poder de la tercera división inglesa 18 cañones. Prosiguieron los aliados avanzando a Vitoria, formada su gente por escalones en dos y tres líneas; y los franceses, no desconcertados aún del todo, recejaban también en buen orden, sacando ventaja de cualquier descuido, según aconteció con la brigada del general Colville que, más adelantada, desviose y le costó su negligencia la pérdida de 550 hombres.
Mientras que esto ocurría en la derecha y centro de los aliados, no permanecía ociosa su izquierda, junta toda o en inmediato contacto; porque la gente de Don Pedro Agustín Girón, que era la apostada más lejos, saliendo de Valmaseda llegó el 20 a Orduña yendo por Amurrio, y al día siguiente continuó la marcha avistándose su jefe el día 21 con el general Graham en Murguía. Allí conferenciaron ambos breves momentos, aguijado el inglés por las órdenes de Wellington para tomar parte en la batalla ya empezada; quedando la incumbencia a Don Pedro de sustentar las maniobras del aliado, y entrar en lid siempre que necesario fuese.
No antes de las diez de la mañana pudo Graham llegar al sitio que le estaba destinado. En él tenían los enemigos alguna infantería y caballería avanzada sobre el camino de Bilbao, descansando toda su derecha en montes de no fácil acceso, y ocupando con fuerza los pueblos de Gamarra Mayor y Abechuco, considerados como de mucha entidad para defender los puentes del Zadorra en aquellos parajes. Atacaron las alturas por frente y flanco la brigada portuguesa del general Pack y la división española de Don Francisco Longa, sostenidas por la brigada de dragones ligeros a las órdenes de Anson, y la quinta división inglesa de infantería, mandada toda esta fuerza por el mayor general Oswald. Portáronse valientemente españoles y portugueses. Longa se apoderó del pueblo de Gamarra Menor, enseñoreándose del de Gamarra Mayor, con presa de 3 cañones, la brigada de Robinson, que pertenecía a la quinta división. Procedió Graham en aquel momento contra Abechuco, asistido de la primera división británica, y logró ganarle cogiendo en el puente mismo 3 cañones y 1 obús. Temiendo el enemigo que, dueños los nuestros de aquel pueblo, quedase cortada su comunicación con Bayona, destacó por su derecha un cuerpo numeroso para recuperarle. En balde empleó sus esfuerzos: dos veces se vio rechazado, habiendo Graham previsivamente y con prontitud atronerado las casas vecinas al puente, plantado cañones por los costados, y puesto como en celada algunos batallones que hicieron fuego vivo detrás de unas paredes y vallados. Logró con eso el inglés repeler un nuevo y tercer ataque.
Pero no le pareció aún cuerdo empeñar refriega con dos divisiones de infantería que mantenían de reserva los franceses en la izquierda del Zadorra, aguardando para verificarlo a que el centro e izquierda de los enemigos fuesen arrojadas contra Vitoria por el centro y derecha de los aliados. Sucedió esto sobre las seis de la tarde, hora en que abandonando el sitio las dos divisiones citadas, temerosas de ser embestidas por la espalda, pasó Graham el Zadorra, y asentose de firme en el camino que de Vitoria conduce a Bayona, compeliendo a toda la derecha enemiga a que fuese vía de Pamplona.
No hubo ya entonces entre los franceses sino desorden y confusión: imposible les fue sostenerse en ningún sitio, arrojados contra la ciudad o puestos en fuga desatentadamente. Abandonáronlo todo, artillería, bagajes, almacenes, no conservando más que un cañón y un obús. Perdieron los enemigos 151 cañones, y 8000 hombres entre muertos y heridos; 5000 no completos los aliados, de los que 3300 eran ingleses, 1000 portugueses y 600 españoles. No más de 1000 fueron los prisioneros, por la precipitación con que los enemigos se pusieron en cobro al ser vencidos, y por ampararlos lo áspero y doblado de aquella tierra. Gran presa
que hacen
los aliados. José, estrechado de cerca, tuvo al retirarse que montar a caballo y abandonar su coche, en el que se cogieron correspondencias, una espada que la ciudad de Nápoles le había regalado, y otras cosas de lujo y curiosas, con alguna que la decencia y buenas costumbres no permiten nombrar.
Igual suerte cupo a todo el convoy que estaba a la izquierda del camino de Francia saliendo de Vitoria. Era de grande importancia, y se componía de carruajes y de varios y preciosos enseres pertenecientes a generales y a personas del séquito del intruso: también de artillería allí depositada, y de cajas militares llenas de dinero, que se repartieron los vencedores, y de cuya riqueza alcanzó parte a los vecinos de la ciudad y de los inmediatos barrios. Estableciose en el campo un mercado a manera de feria, en donde se trocaba todo lo aprehendido, y hasta la moneda misma, llegando a ofrecerse ocho duros por una guinea como de más fácil transporte. Perdido quedó igualmente el bastón de mando del mariscal Jourdan, que viniendo a poder de lord Wellington, hizo este con él rendido y triunfal obsequio al príncipe regente de Inglaterra, quien remuneró al ilustre caudillo con el de feld-mariscal de la Gran Bretaña, merced otorgada a pocos.
¡Qué de pedrería y alhajas, qué de vestidos y ropas, qué de caprichos al uso del día, qué de bebidas también y manjares, qué de municiones y armas, qué de objetos en fin de vario linaje no quedaron desamparados al arbitrio del vencedor, esparcidos muchos por el suelo, y alterados después o destruidos! Atónitos igualmente andaban y como espantados los españoles del bando de José que seguían al ejército enemigo, y sus mujeres y sus niños, y las familias de los invasores, poniendo unos y otros en el cielo sus quejidos y sus lamentos. Quién lloraba la hacienda perdida, quién al hijo extraviado, quién a la mujer o al marido amenazados por la soldadesca en el honor o en la vida. Todo se mezcló allí y confundió. Aquel sitio representábase caos de tribulación y lágrimas, no liza solo de varonil y carnicero combate.
Quiso lord Wellington endulzar en algo la suerte de tanto infeliz enviando a muchos, en especial a las mujeres de los oficiales, a Pamplona con bandera de tregua. Y esmerose en dar a la condesa Gazan particular muestra de tan caballeresco y cortesano porte, poniéndola en libertad después de prisionera, y permitiéndola además ir a juntarse con su esposo conducida en su propio coche, que también había sido cogido con la demás presa.
(* Ap. n. [22-9].)
Asemejose el campo de Vitoria en sus despojos a lo que Plutarco [*] nos ha transmitido del de la batalla de Iso, teniendo solo los nuestros menor dicha en no haber sido completa la toma del botín, como entonces lo fue con la entrega de Damasco, pues ahora salvose una parte en un gran convoy que salió de Vitoria escoltado por el general Maucune a las cuatro de la mañana del mismo día 21. En él iban los célebres cuadros del Ticiano y de Rafael expresados antes, muestras y ejemplares del gabinete de historia natural, y otros efectos muy escogidos. Impidieron el alcance y el entero apresamiento del convoy refuerzos que este recibió, y azares de que luego daremos cuenta.
Han comparado algunos esta jornada de Vitoria a la que no lejos del propio campo vio España en el siglo XIV, en cuya contienda también se trataba de la posesión de un trono, apareciendo por un lado ingleses y el rey Don Pedro, y por el otro franceses y Don Enrique el Bastardo. (* Ap. n. [22-10].) Pero si bien allí, según nos cuenta la crónica,[*] empezaron las escaramuzas cerca de Aríñez, y por lo mismo en paraje inmediato al sitio de la presente batalla, en un recuesto que desde entonces lleva en el país el nombre de Inglesmendi, que quiere decir en vascuence cerro de los ingleses, no se empeñó formalmente aquella sino en Navarrete y márgenes del Najerilla, no siendo tampoco exacto ni justo formar parangón entre causas tan desemejantes y entre príncipes tan opuestos y encontrados por carácter y origen.
Golpe terrible fue para los franceses la pérdida de batalla tan desastrada, viéndose desnudos y desposeídos de todo, hasta de municiones, y acabando por destruirse la disciplina y virtud militar de sus soldados, ya tan estragada. Sus apuros en consecuencia crecieron en sumo grado, porque abandonadas tantas estancias en lo interior de España, no defendidas las del Ebro, y repelidos y deshechos sus batallones en el país quebrado de las provincias Vascongadas, nada les quedaba, ni tenían otro recurso sino evacuar a España y sustentar la lid dentro de su mismo territorio. Notable mudanza y trastrocamiento que convertía en invadido al que se mostraba poco antes invasor altanero.
Gracias
que se conceden
a lord Wellington.
Por tan señalada victoria viose honrado lord Wellington con nuevas mercedes y recompensas, además de la del cargo de feld-mariscal de que ya hemos hecho mención. El parlamento británico votó acción de gracias a su ejército, y también al nuestro; lo mismo las Cortes del reino, las que, a propuesta de Don Agustín de Argüelles, concedieron a lord Wellington por decreto de 22 de julio, para sí, sus herederos y sucesores, el sitio y posesión real conocido en la vega de Granada bajo el nombre del Soto de Roma, con inclusión del terreno llamado de las Chanchinas, dádiva generosa de rendimientos pingües.
Testimonio de
agradecimiento
al general Álava.
Viose también justamente galardonado, si bien de otra manera, el general Don Miguel de Álava, recibiendo del ayuntamiento de Vitoria, a nombre del vecindario, una espada de oro, en que iban esculpidas las armas de su casa y las de aquella ciudad, de donde era natural. Testimonio de amor y reconocimiento muy grato al general, por haber conseguido la eficacia y celo de este preservar a sus compatriotas de todo daño y tropelías después de la batalla dada casi a sus puertas.
Persíguese
a los franceses
por el camino
de Pamplona.
Encomendose al centro y derecha del ejército aliado la persecución del grueso del enemigo, que se retiraba en desorden camino de Pamplona, quemando, asolando y cometiendo mil estragos en los pueblos del tránsito. Una intensa lluvia que duró dos días estorbó a lord Wellington acosar más de cerca a sus contrarios, los cuales iban tan depriesa y despavoridos que al llegar a Pamplona quisieron saltar por cima de las murallas, estando cerradas las puertas, y deteniéndolos solo el fuego que les hicieron de dentro. Celebraron allí los jefes enemigos un consejo de guerra en que trataron de volar las fortificaciones y abandonar la plaza. Opúsose José, pensando sería útil su conservación para proteger la retirada y no causar en los suyos mayor desánimo; mandando de consiguiente abastecerla de cuanto a la fuerza o de grado pudiera recogerse en aquellos contornos: último acto de soberanía que ejerció, instable siempre la suya, transitoria y casi en el nombre. Llegaron los aliados a la vista de Pamplona en sazón en que no estaba aún lejana la retaguardia francesa, que caminaba, como lo demás del grueso de su ejército, en busca de la tierra nativa.
Y por el de Irún.
En tanto que así obraba el centro y derecha de los aliados, otra incumbencia cupo a toda la izquierda. La parte de esta que se componía de las tropas españolas bajo Don Pedro Agustín Girón, y la división que se le agregó de D. Francisco Longa, tuvieron orden de dirigirse por la calzada que va de Vitoria a Irún tras del convoy que había salido de aquella ciudad en la madrugada del 21; y así lo verificaron el 22 aunque tarde, aguardando subsistencias, y forzados también a contramarchar durante corto rato por la voz esparcida de que Clauzel se hallaba próximo con rumbo a Vitoria. Incidentes que retrasaron algo en aquel día el movimiento del general Girón, si bien la presencia de la fuerza de Longa, que iba delantera, aceleró la partida de los enemigos de Mondragón, a quienes se cogieron 90 prisioneros, quedando herido levemente el general Foy, y 300 hombres fuera de combate.
Y noticioso Wellington de que los españoles de Girón podrían tener que habérselas, no solo con la división francesa de Maucune que escoltaba el convoy antes expresado, sino además con Foy y los italianos, determinó que Graham con toda la izquierda británica fuese en apoyo de los nuestros, tomando la ruta traviesa del puerto de San Adrián que enlaza el camino real de Irún con el de Pamplona, y que se enderezase a Villafranca, poniéndose, si dable fuera, a la espalda del general Foy. Dilación en el recibo de las órdenes, el mal tiempo y lo perdido de aquel camino, de suyo agrio y muy escabroso, no consintieron que Sir Thomas Graham se menease tan pronto como era de desear.
Bien le vino a Foy la tardanza para proceder más desahogadamente. Este general, de condición activa y emprendedora, no había descansado desde el momento en que tomó a Castro-Urdiales, afanado de continuo en perseguir a los batallones vascongados, en cuyas peleas distinguiose por nuestra parte el coronel Don Antonio Cano. Nada importante había Foy alcanzado cuando José le ordenó acudir a Vitoria en socorro suyo. Apresurose Foy a cumplir con lo que se le prevenía, y se colocó entre Plasencia y Mondragón, llamando a sí para engrosar su gente las guarniciones de varios puntos fortalecidos. Entre ellas contábase como de las principales la de Bilbao, en donde estaban los italianos y el general Rouget, quienes el 20 evacuaron la villa, y tan depriesa, que si bien clavaron la artillería, dejaron intactas las fortificaciones, aguijados por las órdenes de Foy, y también por Don Gabriel de Mendizábal, que dejando alguna fuerza en el bloqueo de Santoña, uniose sobre aquella comarca con casi toda la séptima división, que componían los batallones vascongados.
Reencuentro
en Mondragón.
Uniéronse los italianos y franceses en Vergara, a cuyo movimiento, feliz para ellos, favoreció mucho la resistencia que, aunque costosa, hizo al efecto en Mondragón el general Foy. Este capitaneó en seguida la retirada de aquellas tropas, que juntas ascendían a 12.000 hombres, con gran valor y presencia de ánimo, desvelándose por su conservación, expuesta bastantemente porque amenazábalos por el frente Don Pedro Agustín Girón y por la espalda el general Graham. Afortunadamente para Foy, librole de infausto suceso su presteza, y la tardanza en la marcha del inglés nacida de lo que hemos apuntado. En Villafranca. Por manera que al llegar Graham a Villafranca, encontrose el día 24 de junio solo ya con la retaguardia enemiga, desalojada también en breve de los puestos que ocupaba a la derecha del Oria, fronteros al pueblo de Olaberría. Situáronse en seguida cerca de Tolosa de Guipúzcoa todas las fuerzas que gobernaba Foy, cubriendo el camino de Francia y el que de allí se dirige a Pamplona, con ademán de hacer rostro a los aliados. Aquella noche se unió al general Graham la división de Longa, y tres cuerpos de la gente de D. Pedro Agustín Girón, quien maniobró acertadamente al avanzar a Vergara, destacando por su derecha, camino de Oñate, al citado Longa, con intento de que apretase al enemigo por su flanco izquierdo del lado de la cuesta de Descarga. Evolución que aceleró la marcha de los enemigos y los molestó.
En Tolosa.
Tratose ahora de ahuyentar de Tolosa al francés, y de enseñorear la posición que ocupaba. Entre seis y siete de la tarde del día 25 empezó el ataque general. Apoyábase la izquierda del enemigo en un reducto casi inexpugnable, contra cuyo sitio marchó Longa por Alzo sobre Lizarza; descansaba su derecha en una montaña que cortaba por el frente un profundo y enriscado barranco, y se encargó a Don Gabriel de Mendizábal, que se había adelantado de Azpeitia, el maniobrar por este lado del mismo modo que Longa por el opuesto. Enseñoreaban además los franceses la cima de una montaña interpuesta entre las carreteras de Vitoria y Pamplona, de donde los arrojó con gran valor y maestría el teniente coronel británico de nombre Williams. Perdieron también los enemigos las demás posiciones, atacadas vigorosamente por todas las tropas combinadas, distinguiéndose las españolas en varios parajes. Foy, presente en muchos, hizo en todos gloriosa y atinada resistencia. Al fin abrigose a la villa, la cual hallábase fortificada y era arduo tomarla, y más de rebate. Las puertas de Castilla y Navarra barreadas, y aspillerados los muros, diversos conventos y edificios fortalecidos, dándose entre sí la mano, y además en la plaza o centro un fortín portátil de madera, a traza de los fijos y por lo común de piedra o material, que ahora llaman Blockhaus; formando el todo un conjunto de defensas que podía ofrecer resistencia vigorosa y larga. Sin embargo, acometida de firme la villa, abandonáronla los franceses y la entraron los aliados, ya muy de noche, con aplauso y universales vítores de los vecinos.
Se replegó a Andoain el general Foy y cortó el puente; deteniéndose Graham dos días en Tolosa, por querer cerciorarse antes del avance de Wellington por su derecha, camino de Pamplona. Don Pedro Agustín Girón parose menos, y prosiguió adelante yendo tras Foy, que cejó metiéndose en Francia sin gran detención, sabedor de la retirada de José y puesto ya en cobro el convoy que Maucune escoltaba, y por cuya salvación suspiraban los contrarios tanto.
Arroja
el general Girón
a los franceses
del otro lado
del Bidasoa.
Llegado que hubo a Irún el general Girón, pensó en atacar la retaguardia enemiga que todavía conservaba algunos puestos en la frontera española, encargando la ejecución al brigadier Don Federico Castañón, quien desalojó bizarramente a los enemigos que estaban colocados delante del puente del Bidasoa, siendo destinados para la acometida el regimiento de la Constitución, que guiaba su coronel Don Juan Loarte, y la compañía de cazadores del segundo regimiento de Asturias. Permanecieron los franceses no obstante inmobles en las cabezas fortificadas del puente, y para arrojarlos de ellas dispuso Girón traer una compañía de artillería de a caballo, manejada por Don Pablo Puente, y pidió a los ingleses otra de la misma arma, que se presentó luego al mando del capitán Dubourdieu, juntas las cuales diose comienzo a batir vigorosamente las obras de los contrarios, quienes, sufriendo mucho, volaron las de la izquierda del río y quemaron el puente. Sucedió esto en 1.º de julio a las seis de la tarde; día y hora memorable en la que adquirió Don Pedro Agustín Girón, primogénito entonces del marqués de las Amarillas y hoy duque de Ahumada, la apetecida gloria de haber sido el primero que por este lado arrojó fuera del suelo patrio las tropas de los enemigos.
Se rinden
los fuertes
de Pasajes.
Al propio tiempo apoderose Don Francisco Longa de los fuertes de Pasajes, puerto importante, rindiéndosele 147 hombres de que constaba la guarnición, incluso el gobernador. Y como iba de dicha, también se hizo dueño de los de Pancorbo el conde del Abisbal, situados en garganta angosta que circuyen empinadísimos montes, por donde corre estrechado el camino que va de Vitoria a Burgos. También
los de Pancorbo. Eran dos, el llamado de Santa María, en paraje inferior, y el de Santa Engracia, que se miraba como el más principal. Ganose aquel por asalto el 28 de junio, y capituló el otro dos días después, privado de agua y amenazado de ruina por los fuegos de una batería que con gran presteza se construyó, bajo la dirección del comandante de ingenieros Don Manuel Zapino, en la loma de la Cimera; habiendo ideado el modo de subir las piezas, y ejecutádolo hábil y rápidamente los oficiales de artillería Ferraz, Saravia y Don Bartolomé Gutiérrez. También se distinguió el brigadier Don José Latorre, que se hallaba a la cabeza de la infantería empleada en el sitio. Quedaron prisioneros unos 700 hombres junto con su comandante, apellidado de Ceva. No tardó Abisbal en ponerse en marcha, debiendo encaminar sus pasos, según órdenes de lord Wellington, por Logroño y Puente la Reina a Pamplona, a cuyos alrededores llegó en los primeros días de julio.
Persiguen
los ingleses
por Navarra
hasta Francia
a José.
No le podía estorbar ya en su marcha el general Clauzel, de cuyas operaciones daremos en breve cuenta, teniendo antes que terminar la narración de las maniobras de las tropas aliadas que dejamos a la vista de Pamplona. De ellas, las que componían la derecha del ejército siguieron, al mando de sir Rowland Hill, el rastro de José y su ejército, el cual se metió en Francia por tres de las cinco principales comunicaciones que tiene la Navarra con aquel reino, a saber: 1.º, por el puerto de Arraiz en el valle de Ulzama con rumbo a Donamaría y valle de San Esteban de Lerín hasta Lesaca y Vera, partido de las Cinco Villas de la Montaña, internándose luego en Francia con dirección a Urrugne. Iba por aquí el ejército enemigo llamado del Centro, y en su compañía José, afligido y triste. Al tocar las cumbres que parten términos entre ambos reinos saludaron los soldados franceses con lágrimas de regocijo el suelo de la patria que muchos no habían visto años hacía, echando sus miradas deleitosamente por las risueñas y frondosas márgenes del Nive y el Adour, verdegueantes, tranquilas y ricas, y a sus ojos aún más bellas en la actualidad, comparándolas con la tierra de España inquieta y turbada ahora, de naturaleza por este lado desnuda, y de severo y ceñudo aspecto. 2.º, Por Velate y Valle de Baztán, pasando el puerto de Maya, y de allí a Urdax hasta salir de los lindes españoles. Y 3.º y último, por Roncesvalles, de recuerdo triste para el francés a dicho de romanceros, atravesando por Valcarlos y yendo a parar a San Juan de Pie de Puerto. Los ejércitos de Portugal y Mediodía que fueron los que marcharon por los dos puntos postreros, diéronse la mano entre sí y con el del Centro, alargándola luego a las demás tropas de su nación que habían cruzado por el Bidasoa. Púsose Hill a caballo en las montañas observando la tierra enemiga, mas sin emprender cosa importante, conforme a instrucciones de lord Wellington, no olvidándose este tampoco de Clauzel, contra quien destacó fuerzas considerables de su centro.
Clauzel,
su avance
y retirada.
Aquel general habíase acercado a Vitoria al día siguiente de la batalla, ignorando lo que ocurría y en cumplimiento de mandato expreso de José. Observábale siempre Don Francisco Espoz y Mina, a quien se había agregado Don Julián Sánchez con sus jinetes, y ambos por orden de lord Wellington circuíanle y le molestaban de modo que marchaba como aislado y a ciegas. Estaba ya adelantada a estas horas en Vitoria la sexta división inglesa del cargo del mayor general Pakenham, única que no tomara parte en la batalla, habiendo quedado apostada en Medina de Pomar para asegurar el arribo al ejército de socorros y municiones de boca y guerra. Su presencia, y la certeza de lo sucedido, retrajo a Clauzel de proseguir adelante, y retrocediendo abandonó a Logroño el 24 de junio acompañado de la guarnición, y marchó lo largo de la izquierda del Ebro, cuyo río pasó por el puente de Lodosa, llegando a Calahorra el 25. Supo el 26, entrando en Tudela, que venían sobre él respetables fuerzas de los aliados, y llevándose igualmente consigo la gente que custodiaba aquella ciudad, partió la vuelta de Zaragoza. No era de más su precaución y recelos, pues en efecto Wellington, según apuntamos antes, había destacado ya de las cercanías de Pamplona tres divisiones suyas, y mandado además a Pakenham, y a otra división que se hallaba en Salvatierra, siguiesen detrás del enemigo por las orillas del Ebro, juzgando sería aquella suficiente fuerza para escarmentar a Clauzel, si insistía en mantenerse en Navarra. No lo hizo este así, y por tanto avanzaron los ingleses más allá de Tudela, dejando al cuidado de Mina picar la retirada de los contrarios y observar sus movimientos.
Entra
en Zaragoza
y se mete después
en Francia.
Entró Clauzel en Zaragoza el 1.º de julio, en cuya ciudad se detuvo poco, situándose sobre el Gállego, de donde igualmente partió muy en breve, inclinándose en un principio al camino de Navarra, de lo que se arrepintió luego marchando en seguida a Francia por Jaca y Canfranc. Llegó a Oloron, y desde allí entendiose y obró en adelante de acuerdo con las demás tropas de su nación que se habían retirado de España por las vertientes septentrionales del Pirineo y riberas del Bidasoa. Mina, persiguiéndole, parose a cierta distancia de Zaragoza, en donde no tardaremos en volver a encontrarle.
Estancias
de los aliados.
Desembarazado así lord Wellington de los ejércitos franceses que pudieran incomodarle de cerca en España, sentó sus reales en Hernani como punto más céntrico, y colocó el ejército anglo-hispano-portugués en las provincias de Guipúzcoa y Navarra, aquende los montes, corriendo desde el Bidasoa arriba hasta Roncesvalles, en cuyo más apartado sitio y al nacimiento del sol hallábase Don Pablo Morillo, del mismo modo que se extendía al ocaso y en el extremo opuesto, por Vera, Irún, Fuenterrabía y Oyarzun, el grueso del cuarto ejército español.
Pone
Wellington sitio
a San Sebastián
y Pamplona.
Diligentemente resolvió entonces Wellington emprender los sitios de San Sebastián y Pamplona. Encargó el de la primera plaza a Sir Thomas Graham con la quinta división británica del mando del general Oswald y algunas fuerzas más; y el de la segunda, que se redujo a bloqueo, al conde del Abisbal, asistido del ejército de reserva de Andalucía, al que se agregó poco después la división de Don Carlos de España que dejamos repartida en Zamora, Ciudad Rodrigo y otros puntos. Empezose el cerco de San Sebastián en los primeros días de julio, y no tardó mucho en estrecharse el de Pamplona.
Resultado
de la campaña.
De este modo, y en menos de dos meses, despejose de enemigos el reino de León, ambas Castillas, las provincias Vascongadas y Navarra, viéndose también reconquistados o libres todos los pueblos allí fortalecidos, excepto Santoña y las dos plazas recién nombradas. Campaña rápida y muy dichosa que ayudó a mejorar igualmente la suerte de nuestras armas, no tan feliz, en las provincias de Cataluña, Aragón y Valencia.
Valencia.
En ellas quedaron hasta cierto punto descubiertos los enemigos con tales sucesos, columbrando pronto el mariscal Suchet lo crítico de su estado. Antes, y en los meses de mayo y junio, llevadero se le hizo todo con su diligencia y maña, inutilizando por aquella parte los esfuerzos de los aliados o equilibrándolos; mayormente cuando, fortalecida la línea del Júcar después de la acción de Castalla, había acercado a Valencia la división de Severoli que estaba en Aragón, e interpuesto la brigada de Pannetier entre aquella ciudad y Tortosa; con lo que amparaba su flanco derecho y espalda, y podía no menos caer sobre cualquiera paraje que se viese amenazado repentinamente.
Expedición aliada
sobre Tarragona.
Obstáculos estos que impedían a los españoles y anglo-sicilianos obrar cual quisieran y con arreglo al bien entendido plan de campaña de Wellington, quien había ordenado se distrajese por allí a los franceses para obligarlos a mantener siempre unidas sus fuerzas de levante, sin consentir destacasen ninguna del lado de Navarra. En cumplimiento de semejante mandato, y pasando por cima de dificultades, determinaron los jefes aliados amagar y aun acometer al enemigo por varios y distantes puntos, enviado una expedición marítima a las costas de Cataluña al mismo tiempo que los ejércitos españoles segundo y tercero atacasen por frente y flanco la línea del Júcar, de manera que se pusiese a Suchet en el estrecho o de abandonar a la suerte el Ebro y las plazas cercanas, o de enflaquecer, queriendo ir en socorro suyo, las fuerzas que defendían y afianzaban la dominación francesa en el reino de Valencia.
Por más que se intentó preparar la expedición a las calladas, traslució Suchet lo que había, y de consiguiente púsose muy sobreaviso. Lista aquella, embarcáronse las tropas en número de 14.000 infantes y 700 caballos, todos de los anglo-sicilianos y de la división española de Whittingham, a las órdenes unos y otros de Sir Juan Murray. Dieron a la vela desde Alicante el 31 de mayo, dirigiendo el convoy y escuadra el contralmirante británico Hallowell. Hicieron rumbo los buques a las aguas de Tarragona, y surgieron en la tarde del 2 de junio frente a Salou, puerto poco distante de aquella ciudad.
Efectuose el 3 muy ordenadamente el desembarco, y ante todo destacó Murray una brigada a las órdenes del teniente coronel Prevost para apoderarse del castillo del Coll de Balaguer, que sojuzgaba el camino que va a Tarragona, único transitable para la artillería. Cooperó al ataque con cuatro batallones Don Francisco de Copons y Navia, general en jefe del primer ejército, quien advertido de antemano de la expedición proyectada, se arrimó a la costa, ocupando ya a Reus cuando aquella anclaba. Fue embestido vivamente el castillo el 5, y tomado el 7, amedrentada la guarnición francesa de solos 80 hombres con la explosión de un almacén de pólvora y las pérdidas que se siguieron.
Mientras tanto, aproximose a Tarragona el general Murray, y determinó acometer la plaza por poniente, lado más flaco y preferible para la embestida, que favoreció Copons colocándose en el camino de Altafulla con objeto de interceptar los socorros que pudieran enviarse de Barcelona.
Continuaba mandando en Tarragona por parte de los franceses el general Bertoletti, quien, lejos de acobardarse por lo que le amagaba, tomó bríos y convenientes disposiciones, rehabilitando varias obras anteriores arruinadas y aun demolidas en parte después del primer sitio. Al contrario Murray, que si bien se mostró valeroso, a manera de los de su nación, careció de tino y de suficiente serenidad de ánimo. Necesitábase en el caso usar de presteza y enseñorearse de la plaza casi de rebate; pero diéronse largas, y sin unión y flojamente se comenzó y siguió el ataque, teniendo espacio los contrarios para aumentar sus defensas y aguardar a los socorredores que se acercaban.
No anduvo al efecto perezoso el mariscal Suchet, pues dejando en el Júcar al general Harispe, marchó con fuerzas considerables la vuelta de Tarragona, presentándose ya su vanguardia el 10 de junio en el Perelló. También llegaron el 11 a Villafranca, procedentes de Barcelona, 8000 hombres que traía el general Maurice Mathieu, anunciando además que venía tras él Decaen con el grueso del ejército de Cataluña.
Se desgracia.
Recibió avisos Murray de estos movimientos, y aunque próximo a asaltar el mismo día 11 una de las obras exteriores más importantes, azorose de modo que sin dar oídos a consejo alguno determinó reembarcarse y abandonar la artillería de sitio y otros aprestos, antes de empeñarse en acción campal que creía arriesgada. Y como se requiriesen tres días para poner a bordo la expedición entera, empezó Murray a verificarlo desde el día 12. Notaron los franceses de la plaza, asomados a los muros, lo que ocurría en el campo de los aliados, y apenas daban crédito a lo que con sus propios ojos veían, temiendo fuese ardid y encubierta celada, por lo que permanecieron quietos dentro y muy recogidos.
Sir Juan se embarcó el mismo día 12 por la tarde, dirigiendo parte de la caballería y artillería con alguna fuerza más al Coll de Balaguer para destruir el castillo y sacar a los que le guarnecían. A la sazón avanzaba Suchet por aquel lado, y tropezando con los ingleses y descubriendo no lejos la escuadra, ignorante de lo que pasaba, admirose; y no encontrando explicación ni salida a cuanto notaba, suspendió el juicio, y en la duda echose atrás vía del Perelló.
Otros movimientos de los franceses, y recelos de Murray de que no pudiera acabar de embarcarse a tiempo toda su caballería, le obligaron a echar nuevamente a tierra la infantería, y colocarse en puesto favorable y propio para rechazar cualquiera acometida de los enemigos. Mas estos no lo intentaron, y habiendo metido socorros en Tarragona, retrocedieron unos a Tortosa y otros a Barcelona.
Entonces juntó Murray un consejo de guerra, en el que se acordó proseguir el reembarco y volver a Alicante, atendiendo al estado en que ya se encontraban. En momento tan crítico arribó allí lord Guillermo Bentinck, que venía de Sicilia para suceder a sir Juan Murray en el mando, del que se encargó inmediatamente, conformándose luego con la resolución que acababa de tomar el consejo de guerra. Prosiguió de resultas el embarco, y se halló a bordo la expedición entera a las doce de la noche del día 19, hora en que los aliados volaron también el castillo del Coll de Balaguer.
Quedaron en poder de los franceses 18 cañones de grueso calibre, y tuvo Copons que alejarse por no exponer su gente, quedando sola, a pérdidas y descalabros. Expedición fue esta que ejecutada con poca meditación terminó vergonzosa y atropelladamente. Formose en Inglaterra un consejo de guerra a sir Juan Murray, a quien se le declaró exento de culpa, si bien tachose su proceder de erróneo y poco juicioso. Fallo que ponía a salvo la intención del general, pero que le vulneraba en su capacidad y pericia.
Otro amago hicieron por entonces los ingleses con buques de guerra del lado de Palamós. Favoreciole por tierra el barón de Eroles, dando ocasión a un empeñado reencuentro el 23 de junio con el general Lamarque en Bañolas, cuyo fuerte sitiaban los nuestros. Portose con bizarría Eroles y lo mismo su tropa, en especial los jinetes, que lidiaron largo rato al arma blanca, separando a unos y a otros la noche y un recio aguacero.
Otros sucesos
en Cataluña.
En julio, el mismo general Lamarque aproximose a Vic, deteniéndole en el Esquirol 3 batallones españoles. Reforzó Eroles a estos y también Copons, ya por aquí; y ambos escarmentaron en los días 8 y 9, en las alturas de la Salud, al enemigo, quien, engrosado, tomó en balde la ofensiva, teniendo que retirarse y tornar al Ampurdán con poca gloria, y menoscabo de gente. Fatigosas e inacabables peleas que impacientaban al francés, y le aburrían y descorazonaban.
En Valencia.
En el intervalo de la expedición aliada a Cataluña, vinieron también a las manos en el reino de Valencia los españoles y el general Harispe; atacando aquellos el 11 de junio la retaguardia del último, mandada por el general Mesclop, la cual se recogía de San Felipe a la línea del Júcar. Obraban unidos los ejércitos españoles segundo y tercero, y acosaron bastante a los franceses hasta que, advirtiendo estos descuido en los nuestros, revolvieron sobre ellos y los desordenaron en el pueblo de Rotglá, con lo cual pudieron continuar tranquilamente su marcha al río.
Renovaron los españoles el 13 sus ataques, avanzando y situándose en unas alturas a la derecha del Júcar. Desde ellas cañoneó Elío a los enemigos, y aun intentó apoderarse de una casa fuerte, lo que no consiguió; pero sí sustentar honradamente los puestos ocupados de donde Harispe no pudo desalojarle. Menos dichoso el duque del Parque, padeció en Carcagente un recio descalabro que costó 700 hombres, de los cuales quedaron prisioneros los más. Andaban sin embargo cuidadosos los franceses, y temían aún por Valencia, cuando los sacó de recelos el mariscal Suchet que desembarazado de lo de Cataluña tornó al Guadalaviar el 24 de junio, después de una marcha asombrosa por su rapidez.
Malos tiempos retardaron la navegación de la escuadra inglesa y dificultaron su regreso a Alicante, con la desgracia de haber encallado en los Alfaques y desembocadura del Ebro 18 buques o trasportes, de que 13 se salvaron, cogiendo los otros los franceses junto con las tripulaciones. Más averías ocurrieron aún, pero al fin llegó Bentinck a Alicante, y situó a poco sus tropas en Jijona para sostener a los españoles que habían retrocedido hasta Castalla, compelidos a ello por las tropas francesas.
Quería Suchet aprovechar la coyuntura propicia que le ofrecía el malogro de la expedición sobre Tarragona, y ya empezaba a verificarlo, no solo adelantándose por el lado del Júcar, según acabamos de ver, sino también aventando de hacia Requena y Liria gente de Elío allí avanzada y la división de Villacampa que maniobraban por aquella parte para favorecer las operaciones de la línea del Júcar, y estrechar por el flanco derecho a los franceses de Valencia. Animoso Suchet ahora con su buena ventura en Cataluña, nada le hubiera arredrado ya en la ejecución de sus intentos, si no hubiera venido a desvanecerlos la noticia de la batalla de Vitoria, y la de haber repasado los Pirineos José y su ejército muy mal parados. Con tales nuevas suspendiolo todo, y resolvió desamparar a Valencia, retirándose camino de las orillas del Ebro.
Tiempo atrás el ministro de la guerra de Francia habíale indicado conservase sus conquistas tenazmente, dando lugar a que libre Napoleón en el norte de compromisos y estorbos, pudiese acudir a lo de España. Tal era el anhelo de Suchet, muy apesarado de abandonar a Valencia, en donde poseía opulentos estados y de cuya tierra considerábase señor y régulo. Por eso determinó mantener ciertos puntos fortificados como medio de facilitar a su vez nuevas invasiones y aun la reconquista.
Evacúa Suchet
la ciudad.
El 5 de julio evacuó a Valencia el mariscal francés, casi al cumplirse los 18 meses de ocupación. Iba al frente de sus columnas con dirección a Murviedro, haciendo la retirada por escalones, e inclinándose a Aragón; todo muy ordenadamente. Tan luego como se verificó la salida entró en la ciudad Don Francisco Javier Elío, viniendo de Requena, lo mismo que la división de Don Pedro Villacampa, con alguna caballería y la gente del brigadier Don Francisco Miyares.
Al retirarse, arruinó Suchet en Valencia las obras que había construido, más para enfrenar desmanes de la población que para defender la ciudad contra ataques exteriores. No dejó, por tanto, allí ningún punto fortalecido. Al mediodía, y más avanzado, guardó el reducido castillo de Denia con 120 hombres, al mando del jefe de batallón Bin. Metió en el de Murviedro, o sea Sagunto, 1200 a las órdenes del general Rouelle, con vituallas para un año, reparados sus muros y muy aumentados. Tampoco desamparó a Peñíscola, punto marítimo no despreciable, y púsole al cuidado del jefe de batallón Bardout, con 500 hombres. Igualmente dejó 120 bajo del capitán Boissonade en el castillejo de Morella, que atalayaba el camino montuoso y de herradura que viene de Aragón, y por donde podía en todo tiempo embocarse dentro del reino de Valencia un cuerpo de infantería a la ligera y sin cañones. Daba fuerza y servía como de apoyo a esta ocupación la plaza de Tortosa, de cuya importancia persuadido Suchet, aumentó la guarnición hasta con 4500 hombres, poniendo a su cabeza al general Robert, militar de su confianza.
Prosigue
su retirada.
Inclinose Suchet en su retirada, conforme apuntamos, hacia Aragón, noticioso de que Clauzel, apremiado por las circunstancias, se alejaba y metía en Francia, dejando su artillería en Zaragoza bajo la custodia del general Paris. Libertar a este, amenazado por Mina y Durán, y cubrir los movimientos de las demás tropas que en Aragón había, fueron causa del rodeo o desvío que en su camino hizo aquel mariscal. Consiguió así que se reuniese a Musnier, que caminaba por el país montuoso, una brigada de la división de Severoli apostada en Teruel y Alcañiz, cuyos castillos, al ser evacuados, fueron destruidos también. Y juntos todos cayeron el 12 de julio hacia Caspe, alojando Suchet entonces su derecha en este pueblo, su centro en Gandesa y su izquierda en Tortosa.
Tenía asimismo orden el general Paris de abandonar a Zaragoza y de arrimarse a Mequinenza, caso de que pudiese ejecutar semejante movimiento libre de compromisos y desahogadamente. Deseos de verificarlo sin desprenderse de un grueso convoy, y la proximidad de Durán y Mina pusieron a la ejecución insuperables estorbos. Dejamos al último de los expresados caudillos no lejos de Zaragoza, y allí permanecía a 2 leguas, en el pueblo de Casetas, teniendo fuerza en Alagón, y en Pedrola a Don Julián Sánchez, cuando el coronel Tabuenca, enviado por el general Durán, que se hallaba en Ricla, vino a avistarse con él y proponerle atacar a Zaragoza, obrando ambos mancomunadamente. No se mostró Mina al principio muy propicio, ya porque no le pareciese fácil lo que se proyectaba, ya porque no le gustase tener en el mando compañeros, y menos rivales. Solo al fin, y después de largo conferenciar, avínose y ofreció concurrir a la empresa. Pero antes los enemigos, que se preparaban a abandonar la ciudad, queriendo encubrir su intento, adelantáronse en busca de los nuestros. Fue Mina con quien encontraron, y viéronse rechazados, haciendo también estrago en ellos por el flanco y del lado del puente de la Muela el coronel Tabuenca asistido de su regimiento. Avanzó este a la Casa Blanca y Monte Torrero, y Mina a las alturas de la Bernardona, alejándose los franceses de aquellos puestos sin resistencia. Intentó, a pesar de eso, Paris nueva arremetida, que Mina repelió sustentado por el mismo Tabuenca y los lanceros de Don Julián Sánchez, escarmentando a los enemigos con pérdida de más de 200 hombres. Allí se le juntó Durán, habiendo ocurrido estos acontecimientos en los días 5, 6 y 7 de julio.
Evacúan
los franceses
a Zaragoza.
Pensaron entonces los nuestros apoderarse por fuerza de Zaragoza, aunque todavía reacio Mina; y apercibíanse a verificarlo cuando recibieron aviso de que los enemigos desamparaban la ciudad. Era en efecto así; saliendo toda la guarnición francesa y sus parciales al caer de la tarde del 8, con numeroso convoy de acémilas y carruaje, de grande embarazo para una marcha que tenía que ser rápida y afanosa. Solo dejaron 500 hombres al mando del jefe Roquemont en la Aljafería, y volaron un ojo del puente de piedra, con deseo de retardar el perseguimiento de los nuestros.
Entra allí Durán.
Tocaba a Don José Durán el mando de todas las tropas y el de la ciudad de Zaragoza por antigüedad, y por hallarse asentada aquella a la margen derecha del Ebro, país puesto bajo sus órdenes pero cuya supremacía incomodaba a Mina y motivaba tal vez su tibieza, nacida de ocultos celos. En consecuencia, ordenó Durán, de conformidad con el ayuntamiento y para prevenir excesos, que penetrase en la ciudad aquella misma noche Don Julián Sánchez con sus lanceros. Aparecieron de repente iluminadas las calles y el gentío en todas inmenso, especialmente en el Coso, prorrumpiendo los habitadores en unánimes aclamaciones de júbilo y contentamiento. Al día inmediato entró también Durán en Zaragoza, al paso que Mina, vadeando el Ebro, ocupose solo en seguir las pisadas del general Paris.
Mina desbarata
a Paris.
Alcanzó aquel en breve al enemigo en una altura cerca de Leciñena, de donde le desalojó, y lo mismo de otra que estaba próxima a la ermita de Magallón; teniendo los franceses que retirarse vía de Alcubierre. Fueron allí alcanzados Le toma
un convoy. y, viéndose en gran congoja, abandonaron la artillería y el convoy, y los coches, y las calesas, y casi todo el pillaje cogido en Zaragoza; representando en compendio este campo las lástimas y confusión del de Vitoria. Paris, aunque con orden expresa de recogerse a Mequinenza, no pudo cumplirla, y a duras penas tirando por Huesca y Jaca internose en tierra de Francia.
Sitia Durán
la Aljafería.
Don José Durán, a quien festejaron mucho en Zaragoza, no desatendió por eso poner cerco a la Aljafería, ni tampoco apoderarse de una corta guarnición que dejara el enemigo en la Almunia. Logró lo último sin gran tropiezo, y empezaba a formalizar el sitio del castillo cuando tornó Mina de su perseguimiento. Quedose este en el arrabal sin pasar el Ebro, como país el de la izquierda perteneciente a sus anteriores mandos, al paso que el de la derecha incumbía más bien, según dijimos, al de Don José Durán. Desvío y comportamiento, propio solo de ánimos apocados y ajeno de quien ceñía gloriosos laureles.
Manda Mina
en Aragón.
Para cortar semejantes desavenencias, aunque no quizá con justa imparcialidad, nombró el gobierno a Mina comandante general de Aragón con licencia de añadir a sus fuerzas las que quisiese entresacar de las de Durán, mandando al último partiese con las demás la vuelta de Cataluña.
Se le rinde
la Aljafería.
Dueño de todo Mina y solo, cual deseaba, apretó con ahínco el sitio de la Aljafería. No creía sin embargo enseñorearse tan luego de aquel castillo, más a dicha, habiendo caído en la mañana del 2 de agosto una granada en el reducto del camino de Aragón, que es el más próximo a la ciudad, y prendídose fuego a otra porción de ellas allí depositadas, resultó tremenda explosión, muertes y desgracias, y el desmoronamiento de un lienzo de la muralla; por lo que, descubriéndose lo interior del castillo, quedó este sin defensa ni amparo. Por tanto, forzoso le fue al gobernador francés capitular el mismo día 2, cogiendo nosotros sobre 500 prisioneros, muchos enseres y municiones de boca y guerra. Entregose en breve Daroca, y también poco después al capitán Don Ramón Elorrio el fuerte de Mallén.
Tomado el castillo de la Aljafería, recibió Mina orden de Wellington para avanzar a Sangüesa y favorecer el asedio de Pamplona, guarneciendo a Zaragoza con un batallón, y destacando contra Jaca y Monzón otros 2, que debían comenzar el bloqueo de aquellas plazas.
Suchet se retira
más allá
de Tarragona.
Claramente advirtió Suchet entonces cuán imposible le era sostenerse en sus estancias, y cuán ocioso además, dueños ya los españoles de casi todo Aragón. Por tanto, dispuso cruzase su ejército el Ebro del 14 al 15 de julio por Mequinenza, Mora y Tortosa, ordenando antes al general Isidoro Lamarque recoger y poner en cobro las cortas guarniciones de Belchite, Fuentes, Pina y Bujaraloz; difícil, si no, el desencerrarlas después. Conservó a Mequinenza, y de gobernador, con 400 hombres, al general Bourgeois; no desamparando tampoco a Monzón, por considerar ambos puntos como avanzados resguardos de la plaza de Lérida, cuyos muros visitó, removiendo a su gobernador, el aborrecido Henriod, molestado de gota y de inveterados achaques, y poniendo en su lugar al citado Lamarque.
Pasó en seguida Suchet con su ejército a Reus, Valls y Tarragona, en cuyo recinto mandó preparar hornillos para volar las fortificaciones en caso de que se aproximasen los aliados, encargando la ejecución a la diligencia y buen tino del general Bertoletti. Hecho lo cual, trasladose a Villafranca del Panadés, tierra feraz y pingüe, y de donde, sin alejarse mucho de Tarragona, dábase la mano con Barcelona y el general Decaen.
Le incomodan
y avanzan
los españoles.
Por su parte los españoles moviéronse también: Copons, para incomodar el flanco derecho de Suchet y cortarle los víveres; lord Bentinck y la expedición anglo-siciliana con la división de Whittingham y el tercer ejército bajo del duque del Parque, avanzando al Ebro y cruzándole por un puente volante que echaron en Amposta, protegidos en sus maniobras por la marina inglesa. Tampoco omitieron destacar al paso gente que ciñese la plaza de Tortosa, empezando a embestir ya el 29 de julio la de Tarragona. Siguió ocupando el segundo ejército el reino de Valencia, y bloqueó los puntos en que había quedado guarnición enemiga, excepto la división de Sarsfield, que no tardó en pasar a Cataluña.
Estado
de Aragón.
Aquí los dejaremos por ahora a unos y a otros, queriendo echar una ojeada sobre el estado de estas provincias recién evacuadas. En Aragón habíase mantenido viva la llama del patriotismo, especialmente en ciertas comarcas, bien que yaciesen los ánimos caídos y amortiguados por el yugo que de continuo pesaba sobre ellos. Invariables los naturales en sus pensamientos, ayudaban debajo de mano, si no podían de público, la buena causa, y elevaban siempre al cielo fervorosas oraciones por el triunfo de ella, después de servirla a la manera que les era lícito; y en Zaragoza no se limitaban a encerrar en sus pechos la tristeza y duelo, sino que aún vestían luto en lo interior de las casas en los días y anuales de calamidades y desdichas públicas.
Contribuciones
que pagó.
Hiciéronse allí sentir mucho las cargas y exacciones, sobre todo en un principio, que fueron pesadas y sin cuento. Más llevaderas parecieron al encargarse Suchet del mando, no porque se aminorasen en realidad, sino por el orden y mayor justicia que adoptó aquel mariscal en el repartimiento. Entraron en las arcas de los recibidores generales franceses de Aragón desde 1810 hasta la evacuación en 1813 gruesas sumas, no incluyéndose en ellas lo exigido en 1809, ni el valor de las raciones ni otras derramas de cuantía echadas por los jefes y por varios subalternos. Y si a esto se agrega lo que por su lado cobraron los españoles, calcularse ha fácilmente lo mucho que satisfizo Aragón, aprontando tres y cuatro veces más de lo que acostumbraba en tiempos ordinarios cuando la riqueza y los productos, siendo muy superiores, favorecían también el pago de los impuestos.
Estado
de Valencia.
Lo mismo aconteció en Valencia, ascendiendo la suma de los gravámenes a cantidades cuya realización hubiera antes parecido del todo increíble. En 1812, primer año de la ocupación francesa, impusieron los invasores a aquel reino una contribución extraordinaria (* Ap. n. [22-11].) de guerra de doscientos millones de reales,[*] Contribuciones
que también
pagó. cuya mitad o más se cobró en dinero, y la otra en granos, ganado, paños y otras materias necesarias al consumo del ejército enemigo. Al comenzar el segundo año, esto es, el de 1813, convocó Suchet una junta compuesta de los principales empleados civiles y militares, de individuos del comercio, y de un diputado por cada distrito de recaudación de los catorce en que había dividido aquel reino. Debatiose en ella el modo y forma de llenar las atenciones del ejército francés en el año entrante, procurando fuesen puntualmente satisfechas aquellas, y distribuidas las cargas entre los pueblos con equidad. Fijose la suma en setenta millones de reales. Dificultoso es concebir cómo pudieron aprontarse; explicándose solo con la presencia de un conquistador inflexible para recaudar los tributos, como pronto también a mantener igualdad y justicia en el repartimiento y cobranza, no menos que a reprimir los desmanes de la tropa, conservando en las filas orden y disciplina muy rigurosa. Objetos diversos que hizo resolución de alcanzar en su gobierno el mariscal Suchet, y que en cierta manera logró: mereciendo por lo mismo su nombre loor muy cumplido. Así fue que Valencia formaba contraste notable con lo demás del reino, en donde no se descubría ni tráfico ni rastro alguno de bienestar ni de prosperidad, al paso que allí, seguros los habitantes, aunque sobrecargados de impuestos, de que no se les arrancaría violentamente ni por mero antojo el fruto de su sudor y afanes, entregábanse tranquilamente al trabajo, y recogían de él abundante esquilmo en provecho suyo y de los dominadores. Que en los pueblos de la Europa moderna reposo interior y disfrute pacífico y libre de la propiedad e industria son ansiados bienes, y bienes más necesarios para la vida y acrecentamiento de las naciones cultas que las mismas instituciones políticas, que mal interpretadas son origen a veces o pretexto de bullicios y atropellamientos, antes que prenda cierta de estabilidad, y que supremo amparo y privilegiada caución de cosas y personas.
Bellas artes.
Tampoco las bellas artes tuvieron que deplorar por acá las pérdidas que en otros lugares; y si desaparecieron en Zaragoza algunos cuadros de Claudio Coello, del Guercino y del Ticiano, no en Valencia, en donde casi se conservaron intactos los que adornaban sus iglesias y conventos; producciones célebres de pintores hijos de aquella provincia, como lo son, entre otros, y descuellan, los Juanes, los Ribaltas y el Españoleto.
RESUMEN
DEL
LIBRO VIGÉSIMO TERCERO.
Nombra Napoleón a Soult su lugarteniente en España. — Medidas que toma Soult. — Proclama que da. — Sitian los ingleses a San Sebastián. — Asalto infructuoso. — Intentos de Soult. — Estancias de los ejércitos. — Se estrecha de nuevo a San Sebastián. — La asaltan los aliados. — La entran a viva fuerza. — Se incendia y la saquean los anglo-portugueses. — Cuarto ejército español. — Dónde se acantona. — Acción de San Marcial. — Victoria que consiguen los españoles. — Atacan los aliados el castillo de San Sebastián. — Se rinde. — Estado de Cataluña. — Reencuentro en Sadurní. — Socorren y vuelan los franceses a Tarragona. — Sarsfield. — Tercer ejército en el Ebro. — Reencuentro que tiene. — Pasa a Navarra. — Bentinck en Villafranca. — Pelea en Ordal. — Sucesos posteriores. — Estado de los negocios en Alemania. — Armisticio de Pläswitz. — Rómpese. — Únese el Austria a los aliados. — Las Cortes y su rumbo. — Discusión sobre trasladarse a Madrid. — Se dilata la traslación. — Otros debates sobre la materia. — El diputado Antillón. — Varias medidas útiles de las Cortes. — Resoluciones de las mismas en hacienda. — El diputado Porcel. — Nombran las Cortes la diputación permanente. — Cierran las Cortes extraordinarias sus sesiones el 14 de septiembre. — La fiebre amarilla en Cádiz. — Vuélvense a abrir el 16 las Cortes extraordinarias. — Motivo de ello la fiebre amarilla. — Acalorados debates. — Ciérranse de nuevo el 20 las Cortes extraordinarias. — Su legitimidad. — Su forma y rara composición. — Sus faltas. — Constitúyense y abren sus sesiones en Cádiz las Cortes ordinarias. — Se trasladan a la Isla de León. — Su composición al principio. — Lo que hubo en las elecciones. — Estado de los partidos en las nuevas Cortes. — Diputados que se distinguen en ellas. — Antillón y sus riesgos. — Martínez de la Rosa. — Primeros trabajos de estas Cortes. — Contienda sobre el mando de lord Wellington. — Nada se resuelve. — Trasládanse las Cortes y el Gobierno de la Isla a Madrid. — Estado de la guerra. — Ejército aliado en el Bidasoa. — Ejército del mariscal Soult. — Se dispone Wellington al paso del Bidasoa. — Verifícalo. — Se distingue el cuarto ejército español. — También el de reserva de Andalucía. — Pisan los aliados el territorio francés. — Providencias de Wellington. — Bloqueo de Pamplona. — Se rinde la plaza a los españoles. — Exacciones y pérdidas de Navarra y provincias Vascongadas. — Situación de Soult en el Nivelle. — Proyecto de Wellington. — Lord Wellington en Saint-Pée. — Cura de este pueblo. — Venida del duque de Angulema. — Wellington en San Juan de Luz: su línea. — Disciplina y estado del ejército anglo-hispano-portugués. — Vuelven a España casi todo el cuarto ejército y el de reserva de Andalucía. — Movimientos y combates en el Nive. — Estancias de los respectivos ejércitos. — El general Harispe. — Sucesos en Cataluña. — Valencia. — Ríndense a los españoles Morella y Denia. — Sucesos en Alemania y norte de Europa.
HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.