LIBRO VIGÉSIMO TERCERO.
Nombra
Napoleón a Soult
su lugarteniente
en España.
En medio de los graves cuidados que rodeaban a Napoleón en Alemania y demás partes del norte, no ponía él en olvido las cosas de España. Enojole a lo sumo lo acaecido en Vitoria; y como achacase a impericia de José y del mariscal Jourdan tamaña desgracia, separolos del mando, nombrando por sucesor de ambos al mariscal Soult bajo el título de lugarteniente del emperador en España; determinación que tomó en Dresde por decreto de 1.º de julio.
Medidas
que toma Soult.
Posesionose del nuevo cargo aquel mariscal el 12 del propio mes en San Juan de Pie de Puerto, y refundió en uno solo los diversos ejércitos que antes se apellidaran del Norte, Portugal, Mediodía y Centro, denominando al formado ahora ejército de España, y distribuyéndole en nueve divisiones repartidas en tres grandes trozos, a saber: el de la derecha a las órdenes del conde de Reille, el del centro a las del conde d’Erlon, y el de la izquierda a las del general Clauzel. Compuso además una reserva que gobernaba el general Villatte, junto con dos divisiones de caballería pesada conducidas por los generales Tilly y Trelliard, y otra ligera de la misma arma que regía el general Soult, hermano del mariscal.
Proclama que da.
Al encargarse este del mando en jefe dio a las tropas una proclama, en cuyo tenor al paso que comprometía la fama y buen nombre de sus antecesores, mostraba abrigar en su pecho esperanzas harto lisonjeras sobre la campaña que iba a emprenderse. «Culpa es de otros [decía] el estado actual del ejército; sea gloria nuestra el mejorarle. — He dado parte al emperador de vuestro valor y de vuestro celo. — Son sus órdenes echar al enemigo de esas cumbres, desde donde atalaya nuestros fértiles valles, y forzarle a repasar el Ebro. — Plantaremos en breve nuestras tiendas en tierra española, y de ella sacaremos los recursos que nos sean necesarios. — Fechemos en Vitoria nuestros primeros triunfos, y celebremos allí el día del cumpleaños del emperador.» No correspondiendo los hechos a confianza tan sobrada y ciega, convirtiose esta proclama en simple despavorizadero de pomposas palabras.
El día mismo en que tomó el mando el mariscal Soult partieron de San Juan de Pie de Puerto el rey José y el mariscal Jourdan, este para lo interior de Francia, aquel para Saint-Esprit, arrabal de Bayona, al otro lado del Adour. Terminó José así y de un modo tan poco airoso su transitorio reinado, graduando con razón de ofensa el que le desposeyera del trono hasta su propio hermano, quien, sin tener cuenta con su persona, había conferido a Soult la lugartenencia de España, a nombre solo y en representación de la corona de Francia.
Queriendo, pues, el nuevo general dar principio al plan anunciado en su proclama, hizo resolución de socorrer desde luego a Pamplona y San Sebastián, asediadas ya; animándole también a ello el malogro de las primeras tentativas de los aliados contra la última de dichas plazas, cuyo cerco empezaremos a narrar.
Sitian los ingleses
a San Sebastián.
Asiéntase San Sebastián, ciudad de 13.000 habitantes, con puerto de reducida concha y no muy hondable, en una especie de península al pie de un monte entre dos brazos de mar, desaguando en el que está más al cierzo el Urumea, río de caudal no abundoso. Comunica con tierra la plaza solo por un istmo, representándose a primera vista, yendo de lo interior, como muy robusta, no teniendo otro camino para llegar a ella sino el del referido istmo, amparado del hornabeque de San Carlos y del recinto principal, dominados y defendidos ambos por el castillo de Santa Cruz de la Mota, puesto en lo alto del monte en que se respalda la ciudad. Mas su flaqueza descúbrese en breve; pues si la resguardan por tierra convenientes obras provistas de doble recinto, contraescarpa y camino cubierto, no así del lado de la Zurriola y el Urumea; fiado quizá quien trazó allí el muro en las aguas que por el pie le bañan, sin echar de ver los puntos que quedan vadeables y aun en seco a baja mar, con el padrastro además de ciertas dunas o méganos que corren lo largo de la margen del río y sojuzgan la línea. Defecto de que ya se aprovechó en 1719 el mariscal de Berwick para rendir la plaza, y en que no se había puesto remedio, a pesar de ir transcurrido desde entonces casi un siglo.
Habían aumentado los franceses la guarnición de San Sebastián hasta el número de unos 4000 hombres bajo del general Rey, militar de concepto; y si bien los españoles bloquearon en un principio la plaza, solo formalizaron el sitio los anglo-portugueses, según se apuntó en otro libro, a las órdenes siempre de Sir Thomas Graham, quien resolvió encaminar el ataque contra el lado descubierto y débil de la Zurriola.
Plantaron al efecto los aliados fuertes baterías en las alturas a la derecha del Urumea, anhelando abrir brecha entre el cubo de los Hornos y el de Amezqueta, situados en el lienzo de muralla frontero. Dirigieron los demás fuegos contra el castillo y hornabeque de San Carlos, adelantando por la lengua o istmo otros trabajos.
En él y a su entrada levantábase a 700 u 800 varas de la plaza el convento de San Bartolomé, del cual quisieron apoderarse los aliados, juzgándolo paso conveniente y previo al acometimiento de las otras obras y del recinto principal.
Comenzó el ataque en la noche del 13 al 14, tirando los ingleses hasta con bala roja. Destruyose el convento, mas los sitiadores todavía no le entraron, permaneciendo en las ruinas los contrarios y sosteniéndose vigorosamente: de lo que, enojados los ingleses, cargaron a la bayoneta, acabando por apoderarse el día 17 de aquellos escombros, después de quedar tendidos 250 de los defensores. Avanzaron de resultas los aliados, pero no mucho, detenidos hasta el 20 por un reducto circular que en el istmo había.
Asalto
infructuoso.
En vano Graham intimó al día siguiente la rendición a la plaza, pues ni siquiera admitió al parlamento el gobernador Rey; motivo por el cual decidieron los ingleses dar el asalto, juzgando ya practicable la brecha aportillada entre los dos cubos. Efectuose la embestida al amanecer del 25 formando la columna de ataque la brigada del mayor general Hay, que tenía en reserva otras bajo el mando todas del mayor general Oswald. Pero malogrose la tentativa a pesar del brío y esfuerzos de los aliados, ya por estar todavía intactos los demás fuegos de la plaza que abrasaron a los acometedores, ya por la distancia considerable que mediaba entre las trincheras y la brecha, y ser aquel tránsito de piso muy pedregoso, lleno de plantas marinas y aguazales.
Acercose poco después Wellington a San Sebastián viniendo de Lesaca, en donde ahora tenía sus cuarteles, y trataba ya de repetir el asalto, cuando sabedor de ciertos movimientos de Soult, suspendiolo, y aun dispuso convertir en bloqueo el sitio, embarcando la artillería en Pasajes, sin desamparar por eso las trincheras y algunos trabajos.
Intentos de Soult.
No eran en realidad engañosos los avisos que recibió Wellington, porque entonces dio Soult la señal de abrir su proyectada campaña. Socorrer a Pamplona y San Sebastián debían ser los estrenos de ella, empezando por acudir a la primera, pudiendo la otra alcanzar más fácilmente auxilios con la cercanía y proporción del mar.
Ponían a lord Wellington en apurado estrecho los intentos del mariscal Soult, incierto todavía de cuáles fuesen. Porque teniendo que atender a dos puntos bloqueados, distante uno de otro dieciséis leguas, y que cubrir muchos pasos en país montañoso, a veces inaccesible o falto de comunicaciones laterales, arduo se hacía salir airoso de tamaña empresa, importando por una parte no dejar indefenso ningún paraje, y siendo arriesgado por otra debilitarse, subdividiendo su fuerza en sazón que el enemigo era dueño de escoger el punto de ataque y de acometerle con golpe de gente muy superior y más respetable.
Estancias
de los ejércitos.
De antemano se había preparado Soult para meterse de nuevo en España, recogiendo en San Juan de Pie de Puerto gran copia de víveres y muchos pertrechos. Acampaban ambos ejércitos en las respectivas fronteras sobre cumbres distantes entre sí medio tiro de cañón, aproximándose las centinelas o puestos avanzados hasta unas 150 varas. Los franceses, alegres y joviales según su natural condición, y más gozosos por estar en su tierra; los ingleses, al contrario, taciturnos y con pensativo y serio ademán, si bien satisfechos, complacido su nacional orgullo con poder amenazar de cerca la Francia, su antigua y poderosa rival.
Tenían los aliados las siguientes estancias: la brigada del general Byng y la división de Don Pablo Morillo ocupaban la derecha, cubriendo el puerto de Roncesvalles. Las sostenía, apostado en Viscarret, sir Lowry Cole con la cuarta división británica, formando la reserva la tercera del cargo de sir Thomas Picton, que se alojaba en Olagüe. Extendíase por el valle de Baztán a las órdenes del general Hill parte de la segunda división inglesa y la portuguesa del conde de Amarante, destacada solo la brigada de Campbell en los Alduides. La división ligera y séptima acantonábanse en la altura de santa Bárbara, villa de Vera y puerto de Echalar, y se daban la mano con los que guarnecían el Baztán. Servía de reserva a estas tropas en Santisteban la sexta división inglesa. Don Francisco Longa con la suya mantenía las comunicaciones entre esta izquierda de los aliados y las divisiones del cuarto ejército español alojadas a orillas del Bidasoa y en los pueblos de Guipúzcoa.
Llevaba Soult la mira de acometer a un tiempo por Roncesvalles y por el puerto de Maya, término del valle de Baztán, reuniendo para ello en San Juan de Pie de Puerto, el 24 de julio, sus alas derecha e izquierda con una división del centro y dos de caballería. Dirigía Soult en persona el movimiento del lado de Roncesvalles con unos 35.000 hombres, al paso que embestía con 13.000 por Maya Drouet, conde d’Erlon. Se trabó la refriega el 25 en la mañana hacia las entradas de Roncesvalles, cuya posición mantuvo vigorosamente el general Byng apoyado por sir Lowry Cole, hasta que en la tarde yendo a ser envuelta la posición se replegaron ambos a Lizoáin y cercanías de Zubiri. Defendió entonces largo rato y con brío el edificio de la fábrica de municiones de Orbaizeta el regimiento de León, que capitaneaba el teniente coronel Aguier. También por su parte empezó Drouet a maniobrar en el mismo día desde temprano por el puerto de Maya, queriendo habérselas especialmente con la división del conde de Amarante, colocada a la derecha. En un principio limitose todo a solo amagos, recogiendo en seguida Drouet su fuerza en una montaña detrás de un paso angosto, de donde, intentando un súbito y rápido avance, viose favorecido de la suerte, porque soñolientos con el calor del día dos centinelas puestas en un alto, durmiéronse y pudieron los franceses acercarse sin ser sentidos, y aun desalojar de su posición a los aliados mal de su grado. Recobráronla estos después, ayudados de la brigada del mayor general Barnes, y hubiéranla conservado, si noticioso Hill de lo ocurrido en Roncesvalles, no hubiese dado orden de que se replegasen todos a Irurita. Pelearon los aliados en este día por espacio de siete horas, perdiendo 4 cañones y 600 hombres. Wellington en camino de San Sebastián ignoró hasta la noche lo que por el día había pasado.
Permanecieron quedos los franceses el 26 en el puerto de Maya. No sucedió así por el otro punto, adelantándose a dar nuevo ataque en la tarde del mismo día. Se hallaban los aliados prevenidos y más fuertes, habiendo avanzado el general Picton a sostener a los de Lizoáin; y juntos todos, replegáronse escaramuzando a un puesto ventajoso, en donde se mantuvieron firmes y formados en batalla hasta después de cerrada la noche. Continuaron el 27 retirándose en busca de un sitio más acomodado para cubrir el bloqueo de Pamplona, apostando, a este propósito, su derecha enfrente de Huarte y su izquierda en los cerros que hacen cara al pueblo de Villava, descansando parte [inclusos los regimientos españoles Príncipe y Pravia] en un viso que resguarda el camino de Zubiri y Roncesvalles, y parte en una ermita detrás de Sorauren, vía de Ostiz. Colocáronse cerca, de respeto, la división de Don Pablo Morillo y el conde del Abisbal con todo su ejército de Andalucía, excepto 2000 hombres que continuaron en el bloqueo de Pamplona, quedando la caballería británica, del mando de sir Stapleton Cotton, a la derecha sobre Huarte, único descampado en que le era dable evolucionar.
Supieron en el ínterin los franceses de la plaza que se aproximaba Soult, y contentos y fuera de sí prorrumpieron en grandes demostraciones de júbilo, e hicieron alguna salida. Unido Abisbal al ejército aliado de operaciones, dirigía el bloqueo Don Carlos de España, estando a sus órdenes Don José Aymerich con los 2000 hombres del ejército de Andalucía que quedaron allí. Los franceses acometieron al último jefe, le desordenaron y aun le cogieron cañones; y más daños se seguirían, si sereno y reportado España en aquella ocasión, no hubiese por su parte rechazado a los sitiados y arrinconádolos contra los muros.
El 27 llegó lord Wellington a las estancias en que Picton y Cole se habían situado aquel día, casi a tiempo que Soult, teniendo a sus inmediatas órdenes a los generales Reille y Clauzel, empezaba a formar su gente en una montaña que se dilata desde Ostiz hasta Zubiri. Aquí y en otros puntos vecinos colocó dicho mariscal un cuerpo numeroso de caballería; destacando por la tarde una columna para apoderarse de una eminencia empinada, a la derecha de la división del general Cole. Ocupábala un regimiento portugués y el español de Pravia, que tenía por coronel al bizarro Don Francisco Moreda, defendiendo ambos el puesto gallardamente y a la bayoneta. Reforzolos Wellington, por ser importante la conservación de aquel sitio, enviando el 40 inglés y el del Príncipe también español, que mandaba su benemérito teniente coronel Don Javier Llamas; con lo que allí se le frustró a Soult su intento, si bien se apoderó de Sorauren en el camino de Ostiz, sustentando un fuego vivo de fusilería todo lo largo de la línea hasta boca de noche.
Amaneció el 28, día que fuera de mayor empeño. Temprano en la mañana incorporose a los de Wellington la división del general Pack, que destinaron a ocupar las alturas del valle de Lanz, a retaguardia de Cole. Apenas la divisó el mariscal Soult, atacola con superiores fuerzas viniendo de Sorauren; pero viose repelido y privado de mucha gente. Insistió no obstante el francés en enseñorearse de una ermita cercana, y si bien en un principio venció, sucediole al fin como antes, teniendo que echarse atrás. Encendiose entonces la batalla por todas las cimas, logrando los franceses solo ventajas del lado en que se alojaba la brigada de la cuarta división británica que mandaba el general Ross, a punto de colocarse en la misma línea de los aliados. En breve acudió Wellington al remedio, y recuperó lo perdido. Rechazado el mariscal Soult en todos los lugares, empezó a perder la esperanza de auxiliar a Pamplona, y para aligerar su hueste, en caso de retirada, envió cañones, heridos y mucho bagaje, camino de San Juan de Pie de Puerto.
Ni uno ni otro ejército se movió el 29, en acecho cada cual de las maniobras de su contrario. Tuvo orden el general Hill de aproximarse a donde estaba Wellington, marchando sobre Lizaso: lo mismo Dalhousie, con la diferencia este de tener que extenderse hasta Marcaláin para afianzar las comunicaciones del ejército, que se puso así todo él en inmediato contacto. Igual caso sucedió al de los franceses, arrimándose al cuerpo principal el general Drouet en seguimiento y observación de sir R. Hill.
Alerta Soult, no quiso desaprovechar la ocasión, y ya que se le había malogrado lo de Pamplona discurrió auxiliar a San Sebastián, y sacó al propósito tropas de su izquierda para enrobustecer su derecha, tratando de abrirse paso por el camino de Tolosa, abrazando y ciñendo la izquierda de los aliados. Advirtió lord Wellington esta maniobra al alborear del 30, y descubriendo la intención que el enemigo llevaba, determinó atacar a los franceses en sus puestos, mirados como muy fuertes. En consecuencia ordenó a lord Dalhousie envolver la derecha enemiga, encaramándose a la cresta de la montaña que tenía delante, y otro tanto mandó respecto de la izquierda a sir Thomas Picton debiendo dirigirse camino de Roncesvalles. Efectuados estos movimientos por los flancos, arremetió Wellington por el frente y con tal acierto y vigor que los franceses retiráronse y abandonaron unas estancias que ellos mismos conceptuaban de dificilísimo acceso.
Mientras tanto, no quedaron tampoco parados el general Drouet y sir R. Hill. Fue aquel quien primero atacó, consiguiendo por medio de un rodeo envolver la izquierda del último, y obligarle a retroceder hasta colocarse en unos cerros cerca de Eguarás, en los que, firme el inglés, repelió cuantas arremetidas intentó su contrario para desalojarle. Y desembarazado ya entonces Wellington del mariscal Soult, sirvió de mucho a Hill, hallándose a puesta de sol en Olagüe, a retaguardia de Drouet, quien, sabedor de ello, escabullose diestramente durante la noche por el paso de Donamaría, dejando 2 divisiones que cubriesen la retirada. Reforzado Hill, fue tras ellos y logró aventarlos.
Al propio tiempo se movió lord Wellington vía de Velate sobre Irurita, inclinándose a Donamaría, con la dicha el general Byng de coger en Elizondo un convoy de municiones de boca y guerra. Continuose el perseguimiento el día 1.º de agosto por los valles del Bidasoa y del Baztán, posesionándose los anglo-portugueses del punto de Maya, y de modo que, al cerrar de la tarde, hallábanse restablecidas las divisiones aliadas casi en el mismo campo en donde habían empezado las operaciones 8 días antes.
También el enemigo tornó a pisar la tierra de Francia, dejando solo 2 divisiones en el puerto de Echalar, a las que desalojó Wellington por medio de una combinada maniobra de las divisiones cuarta, séptima y ligera, que sucedió bien y completamente.
Aunque lejana la fuerza principal del cuarto ejército español del teatro de estos combates, no por eso permaneció ociosa. Supo su general Don Pedro Agustín Girón, al amanecer del 1.º, lo acaecido cerca de Pamplona, y previendo que alguna columna enemiga se replegaría por Santisteban, permitió inquietarla a Don Francisco Longa, que se lo propuso, mandando además a Don Pedro de la Bárcena ocupar con la primera brigada de su división los puntos de Vera y Lesaca. Sobre aviso Longa, y noticioso de que los enemigos iban de retirada, adelantó 3 compañías al puente de Yanci, que, si bien ciaron en un principio, volvieron en sí acudiendo Bárcena, y disputaron juntos el paso a los franceses, durante cinco horas, el día 1.º de agosto. Obligados los enemigos a rehacerse, tomaron nuevas precauciones para vencer tan inesperada resistencia, pero gastando en ello mucho tiempo, dieron lugar a que despacio y ordenadamente se replegasen los nuestros refugiándose en las alturas. Reencuentro fue este glorioso y que mereció alabanzas de lord Wellington. Ascendió la pérdida del ejército aliado en tan diversos combates y peleas a 6000 hombres entre muertos, heridos y extraviados. Pasó de 8000 la de los franceses.
Capacidad y consumada pericia desplegaron lord Wellington y el mariscal Soult en aquellas jornadas que malamente llamaron algunos batalla de los Pirineos. Fueron por ambos lados muy acertadas y bien entendidas las marchas y movimientos, ya perpendiculares ya en dirección paralela que cada cual imaginó o se vio obligado a practicar, graduándose esta de parte muy importante y difícil en el arte de la guerra, si bien adecuada para que el hombre de profundo ingenio desdoble sus facultades empleadas a la vez en percibir muchos objetos y en abrazar número grande de combinaciones; sobre todo siendo, como aquí, el campo de la lid un país quebrado y montuoso, lleno de desfiladeros, tropiezos, tornos y revueltas, en donde no es muy hacedero al general en jefe obrar desembarazadamente y con voluntad exclusiva y pronta.
Se estrecha
de nuevo
a San Sebastián.
Pensaron ahora los aliados en apretar más y más el sitio de San Sebastián. Suspendido este en julio, emprendiose de nuevo el 24 de agosto, haciendo propósito los ingleses de franquear más las brechas anteriores y abrir otra en el semibaluarte de Santiago a la izquierda del frente principal. Para ello aumentaron baterías en el istmo y también al otro lado del Urumea. Igualmente desembarcaron fuerzas en la isla de Santa Clara, roca erguida a la boca del puerto, y la tomaron, como asimismo a unos 30 soldados que la guardaban.
La asaltan
los aliados.
Apareciendo ya entonces buenas y practicables las brechas, dispúsose todo para dar el asalto el 31 de agosto. Las once de la mañana eran y hora de la baja marea cuando salieron de las trincheras las columnas de ataque. Fue este impetuoso, recibiéndole los enemigos serena y briosamente. Larga y reñida contienda se trabó, con visos ya de malograrse para los aliados, si a dicha no se hubiese prendido fuego a un acopio de materias combustibles almacenadas cerca de la brecha, causando tal estampido y retumbo que se sobrecogieron los enemigos y espantaron, aprovechándose de ello los anglo-portugueses para apoderarse de la cortina y meterse dentro de la ciudad. La entran
a viva fuerza. Retiráronse apriesa los franceses y se refugiaron en el castillo, cogiendo los aliados unos 700 prisioneros. Tuvieron los sitiadores más de 500 muertos y sobre 1500 heridos: contose entre los primeros al ilustre ingeniero sir Ricardo Fletcher, principal trazador de las líneas de Torres Vedras. Con la lluvia y el humo denso oscureciose la tarde del 31; por el contrario la noche que brilló clara y resplandeciente, si bien con llamas lúgubres encendidas quizá o al menos atizadas por el vencedor desalumbrado y perdido.
Se incendia
y la saquean
los anglo-portugueses.
Melancolízase y se estremece el ánimo solo al recordar escena tan lamentable y trágica, a que no dieron ocasión los desapercibidos y pacíficos habitantes, que alegres y alborozados salieron al encuentro de los que miraban como libertadores, recibiendo en recompensa amenazas, insultos y malos tratos. Anunciaban tales principios lo que tenían aquellos que esperar de los nuevos huéspedes. No tardaron en experimentarlo comportándose en breve los aliados con San Sebastián como si fuese ciudad enemiga, que desapiadado y ofendido conquistador condena a la destrucción y al pillaje. Robos, violencia, muertes, horrores sin cuento sucediéronse con presteza y atropelladamente. Ni la ancianidad decrépita, ni la tierna infancia pudieron preservarse de la licencia y desenfreno de la soldadesca, que furiosa forzaba a las hijas en el regazo de las madres, a las madres en los brazos de los maridos, y a las mujeres todas por doquiera. ¡Qué deshonra y atrocidad! Tras ella sobrevino al anochecer el voraz incendio; si casual, si puesto de intento, ignorámoslo todavía. La ciudad entera ardió, solo 60 casas se habían destruido durante el sitio: ahora consumiéronse todas excepto 40, de 600 que antes San Sebastián contaba. Caudales, mercadurías, papeles, casi todo pereció, y también los archivos del consulado y ayuntamiento, precioso depósito de exquisitas memorias y antigüedades. Más de 1500 familias quedaron desvalidas, y muchas saliendo como sombras de en medio de los escombros, dejábanse ver con semblantes pálidos y macilentos, desarropado el cuerpo y martillado el corazón con tan repetidos y dolorosos golpes. Ruina y destrozo que no se creyera obra de soldados de una nación aliada, europea y culta, sino estrago y asolamiento de enemigas y salvajes bandas venidas del África. Las autoridades españolas pusieron sus clamores en el cielo, y el ayuntamiento y muchos vecinos reunidos en la comunidad de Zubieta elevaron a lord Wellington enérgicas y sentidas, aunque inútiles, representaciones; lo mismo que al gobierno supremo de la nación: siendo dignas de inmortal memoria las actas de tres sesiones que se celebraron en aquel sitio dirigidas a enjugar las lágrimas de tantos infelices, y a poner algún remedio en tales desdichas y a tan acerbos males. Pues no desmayados ni abatidos los que allí acudieron, no solo emplearon sus tareas en tan laudable y santo objeto, sino que quisieron también hacer que de entre sus cenizas renaciese la ciudad a ejemplo de lo que practicaron sus mayores con el antiguo y arruinado pueblo de Oiasso en los siglos XII y XV, reinando Don Sancho el Sabio de Navarra y los Reyes Católicos. Reedificose ahora San Sebastián en pocos años a expensas de los moradores y a impulso de sus infatigables esfuerzos, siguiéndose en su construcción una nueva y hermoseada traza, con lo que volvió a levantarse aquella ciudad más galana, elegante y bella.
Cuarto ejército
español.
Pensaron los franceses en socorrer a San Sebastián desde el momento en que por agosto se renovó el asedio, intentando verificarlo por donde estaba el cuarto ejército, que tenía ya otro general en jefe en lugar de Don Francisco Javier Castaños [que aunque ausente, continuaba antes siéndolo], y destinado también a Cataluña el que hacía sus veces Don Pedro Agustín Girón. Sucedió a ambos Don Manuel Freire, que tomó posesión el 9 de agosto en Oyarzun, quedándose asimismo Girón por acá al frente del ejército de reserva de Andalucía, de resultas de haber partido para Córdoba con licencia temporal el conde del Abisbal, aquejado de antiguas dolencias.
Dónde
se acantona.
A la sazón situábase el cuarto ejército en los parajes donde antes, si bien más avanzado hacia la frontera, hallándose la tercera división en los campos de Sorueta y Enacoleta, parte de la quinta en San Marcial, y la séptima en Irún y Fuenterrabía. Eran estos los puntos de la primera estancia. A retaguardia formaban segunda línea o reserva detrás de la tercera división, o sea derecha, la de Don Francisco Longa y dos brigadas de la cuarta división británica que ocupó unas alturas al diestro lado del monte de Aya, muy elevado, y como nudo que enlaza las cordilleras de Guipúzcoa y Navarra. Púsose en Lesaca una brigada portuguesa, y por la izquierda y a espaldas de Irún permaneció la primera división británica del cargo del mayor general Howard y la brigada del lord Aylmer.
Acción
de San Marcial.
Despuntaban ya los arreboles de la mañana cuando se presentaron los enemigos, el 31 de agosto, con grandes fuerzas en los vados de Socoa y Saraburo, para pasar con rapidez el Bidasoa por el último, como lo verificaron arrollando los puestos avanzados de los españoles, y posesionándose de la altura de Irachával, punto arbolado y por lo tanto propio para ocultar las columnas de ataque y moverlas encubiertamente. Intentáronlo así, amagando por su derecha a San Marcial, vía del monte de los Lobos, y procurando por su izquierda apoderarse de la posición importante de Soroya, penetrando para ello en la cañada de Ercuti. Aquí malogróseles su propósito, rechazándolos completamente el regimiento de voluntarios de Asturias, el primero de tiradores cántabros y algún otro que los ayudó. Más felices en un principio hacia San Marcial, también cedieron al fin, acudiendo el regimiento de Laredo y nuevos refuerzos; por lo que tornaron escarmentados al punto de donde habían partido.
Nuevos ataques, pero igualmente infructuosos, repitió el francés para apoderarse de Soroya; con la desgracia, no obstante para nosotros, de que en una arremetida que dio el regimiento de Asturias cayó muerto su coronel Don Fernando Miranda, esforzado mozo que lloraron muchos, doliéndose todos de que desapareciese en flor tan preciosa vida.
Temprano aún en la mañana, echaron los enemigos al amparo de la artillería, que tenían plantada a la derecha del Bidasoa en la altura que lleva el nombre de Luis XIV, un puente volante junto al paraje llamado de las Nasas, por el que habiendo atravesado aceleradamente sus columnas, trataron estas de penetrar hasta el puesto de San Marcial, acometiendo el centro nuestro y parte de la derecha; pero repeliolas con valor sumo, hasta desgalgar a sus soldados la falda abajo, la primera brigada de la quinta división, a cuya cabeza iba su comandante general, el intrépido cuanto desdichado Don Juan Díaz Porlier; habiendo también sostenido la maniobra el segundo batallón de marina que acudió al socorro desde la eminencia de Portó.
Atacar este punto y toda la izquierda de los españoles fue la última tentativa que hicieron los enemigos en aquella jornada. Guarnecíale principalmente la segunda brigada de la tercera división, que regía Don José María Ezpeleta, quien recibió de firme y con serenidad a un sinnúmero de cazadores que, apoyados en dos columnas de infantería, le arremetieron vivamente. Apoderáronse sin embargo algunos de los contrarios, en el primer ímpetu, de las barracas de un campamento establecido en una de aquellas cimas; mas concurriendo a tiempo la cuarta división, y cooperando no menos la primera de Porlier con el segundo batallón de marina a las órdenes ahora todos de Don Gabriel de Mendizábal, arrollaron a los franceses, y los acosaron en tanto grado que, expelidos de todos los puntos y también del de Portó, que cerraba por allí la línea, comenzaron a repasar el río, hostigados siempre por nuestras tropas. Distinguiéronse en este trance, además de los ya expresados, los regimientos de Guadalajara, segundo de Asturias y la Corona, y en la última carga tres batallones de voluntarios de Guipúzcoa que guiaba Don Juan Ugartemendía. También brilló la segunda compañía de artilleros, manejada por Don Juan Loriga.
Al propio tiempo que el enemigo se replegaba por el puente de las Nasas, abandonó igualmente en nuestra derecha el monte de Irachával y cruzó el Bidasoa por el vado de Saraburo no sin molestia, hinchándose ya el río con la lluvia que empezó a la tarde, y arreció después extraordinariamente.
No dejaron tampoco los franceses de amenazar hacia los vados superiores, y aun de atacar por el extremo de la derecha española enfrente de donde se alojaba la novena brigada portuguesa; en ayuda de la cual envió Wellington al general Inglis, quien, reforzado además y mejorado que hubo de estancia colocándose en las alturas vecinas a San Antonio, impuso respeto a los enemigos obligándolos a desistir de su porfía.
Victoria
que consiguen
los españoles.
Vencidos pues los franceses en todos los puntos y rechazados hasta dentro de su territorio, tuvo remate esta acción del 31 de agosto muy gloriosa para los españoles, y que dirigió con acierto Don Manuel Freire. La llamaron de San Marcial del nombre de la sierra así dicha: sierra aciaga en verdad para el extranjero, como lo atestigua la ermita que se divisa en su cumbre, fundada en conmemoración del gran descalabro que padecieron allí los franceses el día de aquel santo y año de 1522, en un combate que les ganó Don Beltrán de la Cueva, primogénito de los duques de Alburquerque.
Perdieron los españoles en esta jornada entre muertos y heridos 1658 hombres, más los franceses; muy pocos los anglo-lusitanos, no habiendo apenas tomado parte en la acción. Lord Wellington se presentó solo a lo último, excitando su vista gran entusiasmo y aclamaciones en los españoles, de cuyas tropas dijo aquel general «se habían portado en San Marcial cual las mejores del mundo.»
Atacan
los aliados
el castillo
de San Sebastián.
Firme no obstante se mantuvo aún el castillo de San Sebastián desechando el general Rey proposiciones que le hicieron los aliados el 3 de septiembre; por lo cual resolvieron estos avivar sus ataques y cargar de recio. Para ello empezaron el 5 por tomar el convento de Santa Teresa, contigua su huerta al cerro del castillo, y desde donde, por las cercas, molestaban los enemigos a los sitiadores.
Se rinde.
Terminadas después las baterías de brecha, y en especial una de 17 piezas que ocupaba el terraplén del hornabeque de San Carlos, descubriéronse el 8 los fuegos, asestándolos el inglés contra el castillo y las obras destacadas del mirador y batería de la reina, y contra otras defensas situadas por bajo. 59 cañones, morteros y obuses vomitaron a la vez destrucción y estrago, de manera que no pudiendo el enemigo aguantar su terrible efecto, tremoló a las doce del mismo día 8 bandera blanca, capitulando en seguida. De toda la guarnición restaban vivos solo 80 oficiales y 1756 soldados: los demás hasta 4000 habían perecido en la defensa de la plaza y del castillo. Costó a los ingleses el sitio 2490 hombres entre muertos, heridos y extraviados.
Estado
de Cataluña.
Vese cuán próspera se mostraba la fortuna a los nuestros por esta parte; no tanto por Cataluña. Dejamos a lord Bentinck, al finalizar julio, sitiando a Tarragona con la división de Whittingham y la primera del tercer ejército, apostadas las otras en las inmediaciones. La plaza quedó del todo embestida el 1.º de agosto. También se avecindó allí el general Copons con su ejército, y molestó a los franceses en sus comunicaciones, y les destruyó o atajó sus subsistencias.
Reencuentro
en Sadurní.
Provecho de este género resultó de la súbita acometida que al abrir el alba del 7 de agosto dio Don José Manso a un batallón de italianos que custodiaba, en San Sadurní, los molinos que en grande abundancia suministraban harinas a los contrarios. Había aquel coronel querido antes sorprender un convoy que Suchet enviaba la vuelta de Villafranca; pero encontrando dificultades en su realización, limitose a la otra empresa, tan feliz en su remate que solo se salvaron 300 de los 700 italianos apostados en San Sadurní. Los demás fueron o muertos o prisioneros, inutilizando Manso los molinos, y apoderándose de gran porción del acopio de harinas que en aquel sitio había; repartidas las otras entre los paisanos.
Socorren
y vuelan
los franceses
a Tarragona.
Urgía a Suchet socorrer a Tarragona, anhelando sobre todo no cayese en poder de sus contrarios el gobernador Bertoletti y 2000 hombres que guarnecían la plaza. Íbase sin embargo despacio, y aguardó a que se le juntasen con golpe de gente los generales Decaen, Maurice Mathieu y Maximiano Lamarque, cuyas fuerzas juntas ascendían a 30.000 hombres, inferiores tal vez en número a las de los aliados, pero superiores en calidad, siendo compactas y más aguerridas. Por eso lord Bentinck procedía también detenidamente, receloso de algún contratiempo. Los enemigos, viéndose reunidos, determinaron avanzar, yendo Decaen la vuelta de Valls y del Francolí, y el mariscal Suchet por el camino de Vendrell y Altafulla. Colocose lord Bentinck en orden de batalla delante de Tarragona; mas no con ánimo de combatir, retirándose en la noche del 15.
Le siguieron los franceses durante los días 16 y 17 hasta los desfiladeros del Hospitalet que no franquearon, pensando solo Suchet en demoler y evacuar a Tarragona. Llevolo a efecto haciendo volar en la noche del 18 el recinto antiguo y las demás fortificaciones que quedaban aún en pie, pereciendo y desmantelándose aquella plaza, célebre ya desde el tiempo de los romanos. Bertoletti salió con sus 2000 hombres y se incorporó a su ejército que se reconcentró en la línea del Llobregat.
Sarsfield.
La división española del segundo ejército, la cual regía Don Pedro Sarsfield, metiose al día siguiente en medio de aquellas ruinas, y empezó a querer descombrar el recinto, posesionándose desde luego de cañones y otros aprestos militares que se conservaron no obstante el casi universal destrozo de las fortificaciones. Quedó en Reus y Valls la división de Wittingham, si bien parte acompañó al Ebro al tercer ejército, y volvió a avanzar lord Bentinck situándose en Villafranca, ayudado por su izquierda del general Copons, apostado en Martorell y San Sadurní.
Tercer ejército
en el Ebro.
Recogiose a la derecha del Ebro el tercer ejército, yendo desde las inmediaciones de Tarragona, por Tivisa y Mora, la primera y segunda división, bajo del príncipe de Anglona, y la tercera con artillería, bagajes y algunos jinetes por Amposta, a las inmediatas órdenes del general en jefe duque del Parque. Reencuentro
que tiene. Tenía este para verificar el paso solo una balsa y cuatro botes, por lo que no pudo trasportarse con la deseada rapidez a la margen derecha, no obstante lo mucho que al intento se trabajó en los días 17 y 18, dando vagar a que el 19, saliendo el general Robert de Tortosa, hiciese una fuerte arremetida que hubo de costar caro. Reprimiose sin embargo al francés, y consiguió el duque pasar con sus tropas el río sin particular quebranto.
Se acantonaron las divisiones que componían este ejército a la distancia de algunas leguas del Ebro, revolviendo después el príncipe de Anglona con la primera sobre Tortosa. La razón que hubo para el retroceso del tercer ejército provino de una determinación de lord Wellington, Pasa a Navarra. enderezada a que dichas fuerzas se trasladasen a Navarra y se juntasen con las que allí lidiaban. Empezaron por tanto su marcha llegando a Tudela al promediar septiembre, de donde parte de ellas se dirigió a reforzar el bloqueo de Pamplona, teniendo a su frente al príncipe de Anglona, quien a poco tomó el mando de todo aquel ejército, cansado el duque del Parque y afligido de achaques.
Llenaron el hueco que dejaba este ejército en Cataluña otras divisiones del segundo, además de la de Sarsfield, no ocupadas en el bloqueo de las plazas y fuertes del reino de Valencia, yendo a estrechar el de Tortosa la quinta, que capitaneaba Don Juan Martín el Empecinado.
Suchet
en el Llobregat.
Entre tanto, habíase afirmado Suchet en su línea del Llobregat, fortificando la cabeza del puente de Molins de Rey y construyendo varios reductos a la izquierda de aquel río. Formaba la vanguardia el general Mesclop y observaba ambas orillas, encomendándose el lado de Martorell a un batallón protegido por un escuadrón de húsares. Tuvo esta fuerza algún descuido de que se aprovechó Don José Manso, muy diligente en su caso, aunque hombre de espera, dando de sobresalto en ellos el 10 de septiembre en Pallejá, y desbaratándolos. Rechazó igualmente a otros que vinieron en ayuda de los primeros, mejorada su posición y muy afianzada.
Bentinck
en Villafranca.
Ni Bentinck desamparó tampoco a Villafranca y pueblos de enfrente, apostando en el ventajoso y difícil paso de Ordal, distante tres leguas, al coronel Adams con un trozo respetable de gente, compuesto de un regimiento británico y de otro calabrés, y de una brigada de la división española de Sarsfield, que mandaba Don José de Torres. Colocose a este en la izquierda con dos compañías inglesas, y en lo alto de la eminencia llamada la Cruz de Ordal a los calabreses, metidos en un reducto antiguo y dueños de 4 cañones pequeños, alojándose en la derecha lo que restaba de fuerzas inglesas.
Pelea en Ordal.
Discurrió Suchet atacar este punto y aventar de allí a los aliados, para lo que se concertó con Decaen. No era fácil la empresa, siendo Ordal escarpado sitio con avenida que culebrea por largo espacio y ciñen vecinos cerros. Así fue que tomó el mariscal francés las correspondientes precauciones, pareciéndole la más oportuna acometer de repente y de noche a los aliados con propósito de sobrecogerlos.
Se trabó la pelea en la noche del 12 al 13, habiendo lanzado el general Mesclop, que se hallaba a la cabeza de la columna del general Harispe, muchos tiradores apoyados de otra fuerza contra la izquierda aliada, en donde se apostaban los españoles que tenían también parte de su gente en el camino real. Vanos fueron por dos veces los ímpetus del enemigo, Sucesos
posteriores. estrellados en el valor y serenidad de nuestros soldados. Generalizose en breve el fuego por toda la línea, con la desgracia de quedar herido a poco gravemente el coronel Federico Adams, por lo que recayó el mando en Don José de Torres. Renovando los enemigos esforzadamente su ataque, desalojaron a los nuestros de un puesto importante que se recobró luego; debiéndose en particular el triunfo a los granaderos y cazadores de Aragón, a dos compañías inglesas, y a los tiros de metralla de la artillería británica en la Cruz de Ordal. Pero frustradas al francés sus tentativas por este lado, ideó otra sobre la derecha que amparaban los ingleses, destacando en contra suya la división de Habert, la cual logró su objeto, distinguiéndose el comandante Bugeaud con el batallón 116 que arrolló brioso a los que se le oponían. Entonces tuvieron también que ciar los de la izquierda y centro, y tomaron hacia San Sadurní en busca de las fuerzas del general Copons que andaban por allí y por Martorell. Los españoles se unieron a los suyos, mas no los calabreses, que, encontrándose con tropas de Decaen que avanzaban por la derecha de Suchet, retrocedieron, logrando sin embargo cruzar el camino real de Barcelona y embarcarse en Sitges con la buena ventura de no encontrar al paso con Suchet ni con gente de su ejército. Perdieron, sí, los cañones, mas no los extraviados, que consiguieron incorporarse con Don José Manso. Los restos de la derecha aliada del cuerpo lidiador en Ordal se unieron a Bentinck, quien avanzó al ruido de la contienda trabada. Pero no fue muy allá, tornando atrás luego que supo el infeliz desenlace. Tampoco Suchet porfió en el perseguimiento, ya porque tardó en adelantarse el general Decaen, con quien contaba, entretenido por los calabreses y Don José Manso, ya porque advirtiendo firmeza en el ademán de Bentinck, y por haber sido escarmentados sus jinetes en una refriega con los británicos, no creyó prudente empeñar nueva acción. No hubo después ninguna otra de importancia, replegándose al Llobregat el mariscal Suchet y los aliados a Tarragona, cuyo jefe Bentinck dejó en breve el mando, trasladándose otra vez a Sicilia. Sucediole sir Guillermo Clinton, esclarecido general y de fama bien adquirida.
A pesar de vaivenes y desengaños de la suerte varia y aun adversa en Cataluña, no se siguió a España grave perjuicio, así por los trofeos cogidos en otros lugares, como también por los señalados acontecimientos que a la propia sazón ocurrieron en Alemania.
Estado
de los negocios
en Alemania.
Eclipsábase allí cada vez más la estrella en otro tiempo tan resplandeciente y clara del emperador Napoleón. Porque, si bien brilló de nuevo en los campos de Lützen, Bautzen y Wurschen, no fue sino momentáneo su esplendor, y para ocultarse y desaparecer del todo sucesiva y lamentablemente. Armisticio
de Pläswitz. Habíase firmado un armisticio el 4 de junio en Pläswitz entre las potencias beligerantes, estipulando además el Austria en Dresde el 30 del propio mes una convención con la Francia en la que ofrecía su mediación, y a cuyo efecto debía reunirse un congreso en Praga, prolongándose hasta el 10 de agosto el armisticio pactado. Dificultades sin número se opusieron a la pacificación general, nacidas ya de los aliados, que mal contentadizos con los favores de la fortuna querían sacar mayor provecho de sus anteriores lauros, ya de Napoleón, que avezado a dominar siempre y a dictar condiciones, no se avenía a recibirlas, temiendo descender mal parado de la cumbre de su poderío y grandeza. Rómpese. Por tanto rompiose el armisticio, y uniéndose el Austria a la confederación europea, declaró la guerra a la Francia el 12 de agosto de 1813, sin que los vínculos de la sangre que enlazaban a las familias reinantes de ambos estados Únese el Austria
a los aliados. bastasen a detener el movimiento bélico, ni a trocar frías resoluciones de la desapegada política. Las que tomó en este caso el augusto suegro de Napoleón acabaron de inclinar la balanza de los sucesos del lado de la liga europea. Ventura sobre todas esta que confortaba los ánimos de los españoles, creciendo en ellos la esperanza de ver concluida pronta y felizmente la lucha de la independencia; como afianzado también el establecimiento de las nuevas reformas, a lo menos de aquellas que se conceptuasen más útiles y necesarias.
Las Cortes
y su rumbo.
Tras de lograr objeto tan importante caminaban afanadas las Cortes generales y extraordinarias, llevando en las discusiones el anterior rumbo con mayoría casi igual aunque no siempre tan numerosa y compacta; allegándose al partido opuesto a las mudanzas muchos diputados de los últimamente elegidos por las provincias que iban quedando libres de la dominación extraña: en donde una porción considerable de las clases que se creían perjudicadas por las reformas o recelaban del porvenir, había influido poderosamente en las elecciones, con notable daño de la opinión liberal.
Discusión
sobre trasladarse
a Madrid.
Equilibráronse principalmente los dictámenes al examinarse en las Cortes si convenía o no trasladar a Madrid el asiento del gobierno: cuestión que, promovida en 1812, se renovó ahora con visos de mejor éxito, obrando de concierto en el asunto diputados de sentir muy diverso en otras materias, unos por agradar a sus poderdantes, que eran de las provincias de lo interior, muy interesadas en tener cerca al gobierno y las Cortes; otros por alejar a estas del influjo, en su entender pernicioso, de los moradores de Cádiz, declarados del todo en favor de mudanzas y nuevos arreglos.
Dio en la actualidad impulso al negocio una exposición del ayuntamiento de Madrid, atento este a las ventajas que reportaría aquel vecindario de la permanencia allí del gobierno, y temeroso igualmente de que se escogiese en lo sucesivo otro pueblo para cabecera del reino. Dictamen a que se inclinaban varios diputados, y del que en todos tiempos han sido secuaces hombres muy entendidos y de estado. Porque, en efecto, notable desacuerdo fue sentar en Madrid la capital de la monarquía, cuando el imperio español abrazando ambos mundos contaba entre sus ciudades no solo ya a la bella y opulenta Sevilla, sino también a la poderosa y bien situada Lisboa, emporios uno y otro de comercio y grandeza, más propios a infundir en el gobierno peninsular sanas y generosas ideas de economía pública y administración que un pueblo fundado en país estéril, nada industrioso, metido muy tierra adentro, y compuesto en general de empleados y clases meramente consumidoras.
La exposición del ayuntamiento de Madrid pasó a informe de la Regencia y del consejo de Estado, y ambas corporaciones opinaron que por entonces no se moviese el gobierno de donde estaba: dueño todavía el enemigo de las plazas de la frontera y con posibilidad, en caso de algún descalabro, de volver a intentar atrevidas incursiones obligando a las autoridades legítimas a nuevas y peligrosas retiradas. Juicioso parecer que prevaleció en las Cortes, si bien después de acalorados debates; aprobándose en la sesión del 9 de agosto lo propuesto por la Regencia reducido: 1.º, a que no se fijase por entonces el día de la mudanza; Se dilata
la traslación. y 2.º, a que cuando esta se verificase fuese solo a Madrid; con lo que sin desagradar a los vecinos de la antigua capital del reino, tratose de serenar algún tanto a los de Cádiz muy apesadumbrados e inquietos por la traslación proyectada.
Otros debates
sobre la materia.
Mas ni aun así aflojaron en su intento los diputados que la deseaban, proponiendo en seguida uno de ellos que las sesiones de las Cortes ordinarias, cuya instalación estaba señalada para 1.º de octubre, se abriesen en Madrid y no en otra parte. Tan impensado incidente suscitó discusión muy viva, y tal que, al decidirse el asunto, resultó empatada la votación. Preveía semejante caso el reglamento interior de las Cortes, ordenando para cuando sucediese, que se repitiera el acto en el inmediato día, lo cual se verificó, quedando desechada la proposición por solos 4 votos pasando de 200 el número de vocales. Aunque ufana la mayoría con el triunfo, recelábase de la maledicencia, que muy suelta esparcía la voz de que los diputados de las extraordinarias querían eternizarse en sus puestos. Para desvanecerla e imponer silencio a tan falso y mal intencionado decir, hiciéronse varias proposiciones, enderezadas todas ellas, y en particular una del señor Mejía, a remover estorbos para acelerar la llegada de los diputados sucesores de los actuales. Laudable conato, bien que inútil para acallar las maliciosas pláticas y fingidos susurros de partidos apasionados; siendo la más acomodada y concluyente respuesta que pudieron dar las Cortes a sus detractores el modo con que se portaron cerrando sus sesiones al debido e indicado tiempo.
El diputado
Antillón.
En estos debates continuaron distinguiéndose algunos diputados de los que no habían asistido a las Cortes extraordinarias en los dos primeros años. Descolló entre todos ellos Don Isidoro Antillón, de robusto temple aunque de salud muy quebrantada, formando especial contraste las poderosas fuerzas de su entendimiento con las descaecidas y flacas de su cuerpo achacoso y endeble. Adornaban a este diputado ciencia y erudición bastante, no menos que concisa y punzante elocuencia, si bien con asomos alguna vez de impetuosidad tribunicia que no a todos gustaba. Fueron muy contados sus días, que abreviaron inhumanamente malos tratos del feroz despotismo.
Varias
medidas útiles
de las Cortes.
Otras medidas de verdadera utilidad común, y en que rara vez despuntó notable disenso, ocuparon también por entonces a las Cortes extraordinarias. La agricultura y ganadería estante recibieron particular fomento en virtud de un decreto de 6 de junio de este año, en que se permitió cerrar y acotar libremente a los dueños las dehesas, heredades y demás tierras de cualquiera clase que fuesen, dejando a su arbitrio el beneficiarlas a labor o pasto como mejor les acomodase. Igual licencia y franquía se dio respecto de los arrendamientos, pudiendo concluirse estos a voluntad de los que contrataban, y obligando su cumplimiento a los herederos de ambas partes, por cuya disposición desaparecían los males que en el caso se originaban de las vinculaciones, según las cuales la fuerza y conservación de la escritura o contrato no dependían de la ley, sino de la vida del propietario y del buen o mal querer del sucesor: prendas frágiles y muy contingentes de duración o estabilidad. Decretaron asimismo las Cortes se fundasen escuelas prácticas de agricultura y economía civil, no de tanto provecho como imaginan algunos; debiéndose el progreso de la riqueza pública antes que a lecciones y discursos de celosos profesores, al conato e impulsión del interés individual y al estado de la sociedad y sus leyes.
Ni descuidaron aquellas ventilar al mismo tiempo la espinosa cuestión de la propiedad de los escritos; derecho de particular índole muy necesario de afianzar en los países cultos, sobre todo en los que se admite la libertad de la imprenta, con la cual concuerda maravillosamente sirviendo de resguardo a las producciones del ingenio. Para no privar a este del fruto de su trabajo y desvelos, ni poner tampoco al público bajo la indefinida dependencia de herederos quizá indolentes, fanáticos o codiciosos, declararon las Cortes ser los escritos propiedad exclusiva del autor, y que solo a él o a quien hiciere sus veces pertenecía la facultad de imprimirlos, conservándola después de su muerte a los herederos, si bien a estos por espacio de solos diez años. Se daba el de cuarenta a las corporaciones por las obras que compusiesen o publicasen, contados desde la fecha de la primera edición.
Habíanse abolido o modificado ya antes, según apuntamos, varias disposiciones y prácticas en lo criminal, repugnantes a la opinión y luces del siglo. Prosiguiose después en el mismo afán, quitando la pena de horca, y sustituyendo a ella la de garrote, con supresión total de la de azotes, infamatoria y vergonzosa. Loables tareas que tiraban a suavizar las costumbres, y a introducir mejoras dignas de un pueblo culto.
Resoluciones
de las mismas
en hacienda.
Mereció la hacienda peculiar atención de las Cortes extraordinarias en los últimos meses de sus sesiones. Habíase dado la incumbencia de este ramo a dos comisiones suyas, una especial encargada de todas las materias pertenecientes al crédito público, y otra, llamada extraordinaria, que debía examinar los presupuestos y extender un nuevo plan de contribuciones y administración. Principió esta por dar cuenta el 6 de julio de sus trabajos en la última parte, El diputado
Porcel. leyendo un informe obra del señor Porcel, vocal que llegado también de los postreros como el señor Antillón, colocose en breve al lado de los más ilustres por su saber, y por ser hombre de gran despacho y muy de negocios. Trataba en su dictamen la comisión más que de todo, de uniformar en el reino y simplificar las contribuciones muchas y enredosas, de varia y opuesta naturaleza y muy diversas en unas provincias respecto de otras. No descendía sin embargo a todos los pormenores de tan intrincado asunto, contentándose con dividir para mayor claridad en cuatro clases las rentas existentes más principales; a saber: 1.ª, las eclesiásticas, así llamadas no porque en realidad lo fuesen, sino por traer origen de las destinadas a mantener el culto y sus ministros; 2.ª, las de aduanas, que se distinguían bajo el nombre de rentas generales; 3.ª, las provinciales, o sean alcabalas, cientos y millones; y 4.ª, las estancadas. La 3.ª y 4.ª clase eran como desconocidas en las provincias Vascongadas y en Navarra: lo mismo en Aragón la 3.ª, supliéndose el hueco en cada uno de sus reinos respectivamente con la contribución real, el catastro, el equivalente y la talla. Quería la comisión medir por la misma regla a España toda, igualando los impuestos; a cuyo fin proponía un plan en gran parte nuevo, creyéndole conducente al caso. Según su contexto manteníase la 1.ª clase de impuestos; y limitándose en la 2.ª a recomendar un cuerdo y periódico arreglo de aranceles y derechos, recaía la reforma esencialmente sobre la 3.ª y 4.ª, esto es, sobre las rentas provinciales y estancadas. Suprimíanse ambas, y se establecía en lugar de las primeras una contribución única y directa, debiéndose reemplazar las segundas con un recargo a la entrada y salida de los géneros en las costas y fronteras, y con un sobreprecio al pie de fábrica cuando estas fuesen propiedad del estado.
Bienes sin duda redundaban al reino entero del nuevo plan, mayormente en la parte en que se igualaban los gravámenes, tan pesados antes en unas provincias respecto de otras. Pero pecaba aquel de especulativo en adoptar una contribución directa y única, mirada de reojo por los pueblos, poco aficionados a pagar a sabiendas sus cargas y obligaciones; de lo que, convencidos, los gobiernos expertos prefirieron gravar al contribuyente en lo que compra más bien que en lo que produce, y confundir así el impuesto con el precio de las cosas. Fuera de eso, justo es se advierta que siguiendo los impuestos indirectos en el curso de sus valores las mutaciones y variedades de la industria, crecen aquellos o menguan al son de esta, sin perjudicarlas notablemente, ni andar encontrados los ingresos del erario con la prosperidad pública.
Acrecíanse en el plan de la comisión los males que son inherentes a los tributos directos, por recaer el suyo no solo sobre la renta de la tierra sino también sobre las utilidades de la industria y del comercio, enmarañada selva de dificultosas averiguaciones; añadiéndose para mayor daño la falta de un catastro bien individualizado y exacto, por no consentir la premura del tiempo y las circunstancias de entonces la formación de otro nuevo, tarea larga y de días sosegados. Motivo que obligó a adoptar por base del reparto el censo de la riqueza territorial e industrial de 1799, publicado en 1803, imperfectísimo y muy desigual, en que se mezcla a menudo y confunde el capital con los rendimientos, y se juzga como a tientas de los productos y valores de las diversas provincias del reino.
En la materia no solo los gobiernos y hombres prácticos, según arriba hemos dicho, pero aun los economistas teóricos, al modo de Smith y Say, suelen graduar de error el establecimiento de una contribución directa y exclusiva, prefiriendo a la aparente y engañosa sencillez de esta una combinación proporcional y bien ajustada de varios impuestos: razón por la que se opuso discretamente Necker a refundir en uno los veintinueve de que habla en sus escritos, resultando a Francia de no haberle escuchado gran trastorno en la hacienda; bien que con la dicha aquel reino de volver en sí años adelante, y adoptar a tiempo un concertado plan de imposiciones de diversa índole; amaestrado su gobierno a costa de su propia y fatal experiencia.
Disculpábase ahora en España la introducción de un impuesto directo y único con estar destruidos y sin fuerza, a causa de la guerra, casi todos los antiguos, y no considerarse el nuevo sino a manera de provisional, en tanto que se meditaba otro mejor y más completo, llevando ya el último la ventaja de igualar desde luego a todas las provincias del reino en la cuota y distribución de sus respectivas cargas. Suscitó en las Cortes el plan de la comisión extraordinaria largos debates, no escasos de saber y abundantes en curiosas noticias; acabándose por aprobar aquel en sus principales partes con gran mayoría de votos y general aplauso. Pero al establecerlo tocáronse de cerca las dificultades, tantas y tan grandes que nunca fue dado superarlas del todo; acarreando a las Cortes la nueva contribución directa, malquerencia y mucho desvío en los pueblos.
La misma comisión extraordinaria de hacienda presentó el 7 de septiembre el presupuesto de gastos y entradas para el año próximo de 1814, remitido antes por el ministro del ramo; trabajo informe y desnudo de los datos y pormenores que requiere el caso. Otros presupuestos habían pasado del gobierno a las Cortes después del que en 1811 había leído en su seno el señor Canga: pero ninguno completo ni satisfactorio siquiera. Tampoco lo fue el actual, subsistiendo los mismos obstáculos que antes para extenderle debidamente, pues no se alcanza tan importante objeto sino a fuerza de años, de muchas y puntuales noticias, y de vagar y desahogo bastante para examinarlas todas y cotejarlas con perseverancia y juicioso discernimiento.
Ascendía el total de gastos a 950.000.000 de reales, consumiendo solamente el ejército 560.000.000, y 80.000.000 la marina. Calculábase aproximadamente el total de la fuerza armada en 150.000 infantes y 12.000 caballos; y se contaba para cubrir los gastos con las rentas de aduanas, las eclesiásticas y las que a ellas solían andar unidas, cuyo producto se presumía fuese de 463.956.293 reales, debiendo llenarse el desfalco con la contribución directa que se sustituía ahora a las antiguas suprimidas. Alegres pero someros cómputos que nunca llegaron a realizarse.
El día 8 aprobáronse ambos presupuestos apenas sin discusión; sucediendo, como en los de 1811, ser ningunos los gastos que pudieran graduarse de superfluos, por no merecer tal nombre los que resultaban todavía de antiguos abusos o de errores en la administración. Nacía también el pronto despacho de no gustar aún mucho las Cortes de materias prácticas, saboreándose con las teóricas, más fáciles de aprender y de mayor lucimiento, si bien momentáneamente. Agregábase a esto el aguijón del tiempo, que presuroso corría y anunciaba ya el remate y conclusión final de las Cortes extraordinarias.
Por esta razón celebrábanse en aquellos días sesiones de noche para dejar terminados los trabajos pendientes de más importancia, con el que en la del mismo 7 de septiembre leyó la comisión especial de hacienda sobre la deuda pública. Habíanla reconocido solemnemente las Cortes, conforme en su lugar dijimos, y nombrado una junta que entendiese en el asunto; separando de intento esta dependencia de las demás del ramo de hacienda, no como regla de buena administración sino como medio de alentar a los acreedores del estado, que, chasqueados tantas veces, vivían en suma desconfianza de todo lo que corriese inmediatamente por el ministerio y se pagase por tesorería mayor.
Antes había elevado ya a las Cortes la misma junta un plan de liquidación de la deuda, y otro de su clasificación y pago. Dio margen el primero a la publicación de un decreto con fecha del 15 de agosto de este año en que se prescribían reglas a los liquidadores, distinguiendo la deuda en anterior al 8 de marzo de 1808, y en posterior; atendiendo principalmente en la última a todo lo concerniente a suministros, préstamos y anticipaciones de los pueblos y particulares, cuyo reconocimiento, para evitar fraudes y vituperables abusos, exigía peculiar examen.
Respecto de la clasificación y pago de la deuda, obraron de acuerdo la junta del crédito público y la comisión de las Cortes; y haciendo fundamento y diferencia, como para la liquidación, de las dos épocas arriba insinuadas, distribuían toda la deuda en deuda con interés y en deuda que no le gozaba; comprendiendo en la primera, así la procedente de capitales de amortización civil y eclesiástica, como la de los que eran de disposición libre, y en la segunda los réditos y sueldos no pagados con los atrasos y alcances de tesorería mayor, no menos que lo relativo a suministros y anticipaciones de los pueblos e individuos.
Señalábase a la deuda con interés el uno y medio por ciento de rédito, durante la guerra con Francia y un año después; exceptuando los vitalicios que eran mejor tratados, y debiendo volver a entrar la clase entera de acreedores de esta deuda en sus respectivos y antiguos derechos en pasando aquel término. Destinábanse para el pago arbitrios correspondientes.
La deuda sin interés aparecería por su nombre como cosa de mala sonada, si no se supiese que bajo él se encerraban solo débitos que nunca habían cobrado rédito alguno, ni contraídose por lo general con semejante condición ni promesa. Se extinguía esta deuda por medio de la venta de bienes nacionales, practicada no atropelladamente ni de una vez, sino a pausas y conforme a un reglamento que tenía que extender la junta del crédito público.
Otras distinciones y particularidades para la ejecución se especificaban en el plan, en las que no entraremos; debiendo, sin embargo, advertir que no se incluían en este arreglo los empréstitos y deudas de cualquiera clase, contraídos hasta entonces, o que en adelante se contrajesen con las potencias extranjeras.
Por muy defectuoso que fuese el presente plan, acarreaba ventajas, ofreciendo a los acreedores de la nación nuevas y más seguras prendas del pago de sus títulos; por lo que le aprobaron las Cortes en todas sus partes con leves variaciones. Su complicación y faltas hubieran desaparecido con el tiempo, y adoptádose al cabo reglas más justas y equitativas de reintegro y amortización, de lo cual sabíase en España muy poco entonces.
Igualmente ordenaron las Cortes por los mismos días el cumplimiento de otra disposición muy útil al crédito en lo venidero, yendo dirigida a la cancelación y quema de 6401 vales reales que paraban en poder de la junta del crédito público y le pertenecían. Ejecutose lo mandado, y en ello hicieron ver las Cortes aún más claramente cuán decididas estaban a no desautorizar sus promesas, permitiendo circulasen de nuevo documentos amortizados ya; como a veces se ha practicado en menosprecio de la buena fe y honradez españolas.
Nombran
las Cortes
la diputación
permanente.
Nombraron las Cortes en 8 de septiembre la diputación permanente, la cual según la Constitución había de quedar instalada en el intermedio de unas Cortes a otras; y aunque se anunciaba sería corto el actual, fuerza sin embargo era cumplir con aquel artículo constitucional, teniendo la permanente que presidir, ya el 15 del propio mes, las juntas preparatorias de las Cortes ordinarias que iban a juntarse.
Cierran
las Cortes
extraordinarias
sus sesiones el 14
de septiembre.
Siendo el 14 el día señalado para cerrarse las extraordinarias, asistieron estas a un Te Deum cantado en la catedral, volviendo después al salón de sus sesiones, en donde, leído que fue por uno de los secretarios el decreto de separación acordado antes, pronunció el presidente, que lo era a la sazón Don José Miguel Gordoa, diputado americano por la provincia de Zacatecas, un discurso apologético de las Cortes y especificativo de sus providencias y resoluciones, el cual acogieron los circunstantes con demostraciones y aplausos repetidos y muy cordiales. A poco, y guardado silencio, tomó nuevamente la palabra el mismo presidente, y dijo en voz elevada y firme: «Las Cortes generales y extraordinarias de la nación Española, instaladas en la Isla de León el 24 de septiembre de 1810, cierran sus sesiones hoy 14 de septiembre de 1813»; con lo que, y después de firmar los diputados el acta, separáronse y se consideraron disueltas aquellas Cortes.
Al salir los individuos suyos de mayor nombradía fueron acompañados hasta sus casas de muchedumbre inmensa que vitoreándolos, los llenaba de elogios y bendiciones descasadas de todo interés. Continuaron por la noche los mismos obsequios, con iluminación además y músicas y serenatas que daban señoras y caballeros de lo más florido de la población de Cádiz, lo mismo que de los forasteros.
La fiebre
amarilla
en Cádiz.
Pero, ¡ah!, tanta algazara y júbilo convirtiose luego en tristeza y llanto. La fiebre amarilla o vómito prieto que desde el comenzar del siglo había de tiempo en tiempo afligido a Cádiz, y que vimos retoñar con fuerza en 1810, picaba de nuevo este año, propagada ya en Gibraltar y otros puntos de aquellas costas. Nada se había hablado del asunto en las Cortes; pero al día siguiente de cerrarse estas, creyendo el gobierno que se aumentaba el peligro rápidamente, resolvió a las calladas trasladarse al puerto de Santa María para desde allí, si era necesario, pasar más lejos. Trasluciose la nueva en Cádiz y mostrose el pueblo cuidadoso y desasosegado, oficiando de resultas y sobre el caso al gobierno la diputación permanente temerosa de lo que pudiera influir aquella providencia en la instalación de las Cortes ordinarias, cuyas juntas preparatorias habíanse abierto aquel mismo día.
Detúvose la Regencia al recibir las insinuaciones de la diputación y algunas particulares del diputado Villanueva; y a fin de no comprometerse más de lo que ya estaba, acordó precipitadamente excitar a dicha diputación a que convocase las Cortes para tratar del negocio en su seno. No era fácil determinar cuáles debían llamarse, pues las ordinarias todavía no se hallaban constituidas; y volver a juntar las extraordinarias recién disueltas, parecía desusado y muy fuera de lo regular; pero urgiendo el pronto despacho no se encontró otro medio más que el último para salir de dificultad tamaña.
Vuélvense a abrir
el 16 las Cortes
extraordinarias.
Así las Cortes extraordinarias cerradas el 14 de septiembre, abriéronse de nuevo el 16, celebrando sesiones esta noche y los días siguientes 17, 18 y 20. Ventilose largamente en ellas el punto de la traslación, acusando muchos con aspereza al gobierno de haberla determinado por sí de tropel e irreflexivamente. Motivo de ello,
la fiebre amarilla. Procuraron defenderse los ministros, mas hiciéronlo con poca maña, embargado alguno de ellos por aquel pavor que a veces se apodera de las gentes al aparecimiento súbito de cualquiera peste o epidemia mortífera, y de cuya enojosa impresión no suelen desembarazarse ni aun los hombres que en otras ocasiones sobresalen en serenidad y buen ánimo.
La cuestión en sí no dejaba de ser grave, sobre todo en las circunstancias. Moverse las Cortes desplacía a la ciudad de Cádiz, interesada en la permanencia del gobierno dentro de sus muros; y moverse también si la epidemia cundía y tomaba incremento, era expuesto a llevarla a todas partes, provocando el odio y animadversión de los pueblos. Mas, por otro lado, quedarse en Cádiz y dar lugar al desarrollo y completa propagación del mal, ponía al gobierno en grande aprieto, cortándole las comunicaciones, e impidiendo quizá la llegada de los diputados que debían componer las Cortes ordinarias.
No ilustraba tampoco el punto cual se apetecía la facultad médica, ya por miedo de arrostrar la opinión interesada de Cádiz, ya por no conocer bastante la enfermedad que amagaba; andando tan perplejos sus individuos que casi todos decían un día lo contrario de lo que habían asentado en otro. Entre los diputados hubo igualmente notable disenso; y el señor Mejía, que se preciaba de médico, llegó en uno de sus discursos hasta apostar la cabeza a que no existía entonces allí la fiebre amarilla. Pero después pegósele, y le costó la vida. Amenazó la de otros el vulgo, desabrido con los que se inclinaban a apoyar las providencias del gobierno y su salida de Cádiz; corrió algún riesgo la de Don Agustín de Argüelles, tan querido y festejado dos días antes: que tan mudables son los amores y aficiones del pueblo.
Acalorados
debates.
Inciertas las Cortes, y no sabiendo cómo atinar en asunto tan espinoso, nombraron varias comisiones una tras de otra, y oyeron en su seno diversas y encontradas propuestas. Los debates, muy acalorados y ruidosos, no remataron en nada que fuese conveniente y claro, por lo que, no dando ya vagar el tiempo y aproximándose cada vez más el de la apertura de las Cortes ordinarias, dejose a la resolución de estas la de todo el expediente, según indicó el señor Antillón con atinada oportunidad.
La inquietud y desasosiego de aquellos días, los alborotos que por instantes amagaban, y un viento caluroso y recio que sopló de levante con singular pertinacia, irritando en extremo los ánimos, provocolos a la alteración y enfado, y contribuyó no poco a desenvolver la epidemia rápida y dolorosamente. De los diputados que asistieron a las sesiones, aunque ahora en más reducido número, no menos de 60 cayeron enfermos, y pasados de 20 murieron en breves días, contándose entre ellos algunos de los más distinguidos, como lo eran el señor Mejía, mencionado ya, y los señores Vega Infanzón y Luján. Y aquellas Cortes que días antes se habían separado gozosas y celebradas, verificáronlo ahora de nuevo, pero abatidas y en gran desamparo.
Ciérranse
de nuevo el 20
las Cortes
extraordinarias.
En el discurso de su dominación distinguirse pueden tres tiempos bien diversos: 1.º, el inmediato a su instalación, en el que con esfuerzo, aunque a veces con inferioridad, luchó siempre el partido reformador; 2.º, el de más adelante, cuando triunfando este adquirió mayoría haciendo de continuo prevalecer su dictamen; y 3.º y último, al cerrar de las Cortes, y en ocasión en que acudiendo muchos diputados de lo interior, equilibráronse las votaciones, ganándolas no obstante en lo general los liberales o reformadores, por lo halagüeño de sus doctrinas, por su mayor arrojo y por la superioridad en fin que les proporcionaba la práctica adquirida en las discusiones y modo de llevarlas, no desperdiciando resquicio que diese a su causa mayor cabida o ensanche.
Su legitimidad.
Españoles ha habido, y aun extranjeros, que han suscitado dudas acerca de la legitimidad de estas Cortes. Apasionada opinión que ha cedido al tiempo y a las poderosas razones que la impugnaban. Fúndase la legitimidad de un gobierno o de una asamblea legislativa en la naturaleza de su origen, en el modo con que se ha formado, y en la obediencia y consentimiento que le han prestado los pueblos. Abandonada España y huérfana de sus príncipes, necesario le fue mirar por sí y usar del indisputable derecho que la asistía de nombrar un gobierno que la defendiese y conservase su independencia. Diósele pues en las juntas de provincia y en la central y primera regencia sucesiva y arregladamente. Vinieron al cabo las Cortes, conforme al deseo manifestado por la nación entera, y a lo resuelto también por Fernando VII desde su cautiverio; llevando por tanto el llamamiento y origen de aquel cuerpo el doble y firme sello de la autoridad real y de la autoridad popular, que no siempre van a una ni corren a las parejas.
Objetarase quizá en seguida contra su legitimidad la forma que se dio a las Cortes, desusada en la antigua monarquía; pero en su lugar apuntamos los fundamentos que hubo para semejante resolución, atropellados o en olvido los venerandos y primitivos fueros, y teniendo ahora que acudir a la representación nacional diputados de las Américas, las cuales carecían antes de voz, y otros de varias provincias de Europa que estaban en igual o parecido caso: haciéndose indispensable igualar en derechos a los que se había igualado en cargas y obligaciones.
Mayor el reparo de no haber concurrido desde un principio a las Cortes todos los diputados propietarios, ocupando sus puestos suplentes elegidos en Cádiz, desvanecerase si advertimos que ya en los primeros meses se hallaron presentes muchos vocales de los que gozaban de aquella calidad, aumentándose su número considerablemente al discutirse y firmarse la Constitución, acto de los más solemnes, y estando casi todos ya en Cádiz al cerrar de las Cortes: con la particularidad notable de haber elegido entre ellos las más de las provincias a los que eran suplentes, dando así a lo obrado anteriormente la aprobación más explícita y cumplida.
¿Y para qué cansarse? Todas ellas, lo mismo las de Europa que las de América, excepto Venezuela y Buenos Aires, ya en insurrección, reconocieron a las Cortes generales y extraordinarias, congregadas en la Isla gaditana libre y espontáneamente, sin que fuerza alguna las obligase a ello. Por el contrario, el remolino de turbulencias en que andaba metida la América y la ocupación extranjera que afligía a varias provincias de España facilitaba la oposición, en caso de desearla. Lejos de eso, mostrábanse todas muy diligentes en reconocer a las Cortes, llegando a Cádiz pruebas repetidas de lo mismo, aun de aquellas en donde dominaba el francés. Tanto era su conato en tributar rendimiento y obsequios a la autoridad legítima, y tanto su anhelo por apiñarse en derredor suyo, como único y verdadero centro de representación nacional. Cítese pues otro gobierno o asamblea pública que ni por su origen, ni por su forma, ni menos por el libre consentimiento y espontánea sumisión que hubiese recibido de los pueblos, pueda alegar títulos más fundados de legitimidad que las Cortes generales y extraordinarias instaladas en 1810.
Su forma
y rara
composición.
Corporación insigne, que lo será siempre en los anales del mundo, por ir sus hechos unidos y mezclados con la gloriosa guerra de la independencia, y por ser la más singular de cuantas representaciones nacionales se han conocido hasta ahora, estando compuesta de hombres de tan diversa oriundez y venidos de regiones tan apartadas, hablando todos la bella y majestuosa lengua española. Ayudó a su fama, junto con sus desvelos y tareas, la fortuna o fuerza más alta; pues habiendo dichas Cortes abierto sus sesiones en el estrecho límite de la Isla gaditana, muy alteradas las Américas, e invadido por doquiera el territorio peninsular, cerráronlas no más alborotadas aquellas y casi del todo libre este, sin que apenas le hollase ya planta alguna enemiga.
Sus faltas.
Adolecieron a veces sus diputados, comenzando por los más ilustres, de ideas teóricas, como ha acontecido en igual caso en los demás países; no bastando solo para gobernar lectura y saber abstracto, sino requiriéndose también roce del mundo y experiencia larga de la vida; que de todo ha menester el estadista o repúblico, llamado antes bien a ejecutar lo que sea hacedero que a extender en el retiro de su estudio planes inaplicables o estériles. Pero las faltas en que incurrieron los individuos de las extraordinarias, escasos de práctica, resarciéronlas con otros aciertos y con su buen celo y noble desinterés, dando justo realce a su nombre la lealtad e imperturbable constancia que mostraron en las adversidades de la patria y en los mayores peligros.
Constitúyense
y abren sus
sesiones en Cádiz
las Cortes
ordinarias.
Constituyéronse las Cortes ordinarias el 26 de septiembre con arreglo a lo que prevenía la nueva ley fundamental, en cuanto consentían las circunstancias; e instaláronse en Cádiz solemnemente el 1.º de octubre, habiendo nombrado antes por presidente a Don Francisco Rodríguez de Ledesma, diputado por Extremadura. Prosiguieron sus tareas en aquella plaza hasta el 13 del propio mes, día en que las Cortes, como también la Regencia, se trasladaron a la Isla de León, donde volvieron a abrir el 14 sus sesiones en el convento de Carmelitas descalzos, preparado al efecto. Impelió a la mudanza el ir aumentándose en Cádiz la fiebre amarilla y Se trasladan
a la Isla de León. no picar tan reciamente en la Isla, desde cuya ciudad, pacífica y no tan populosa, era también más fácil realizar el proyectado viaje a Madrid, luego que cesase la epidemia reinante.
Su composición
al principio.
Al principio no se compusieron las Cortes ordinarias, ni con mucho, de todos los diputados que las provincias peninsulares y de América habían nombrado; no viniendo los últimos tan pronto por la lejanía y falta de tiempo, y deteniéndose los otros, despavoridos con la fiebre amarilla o estimulados del deseo de obligar al gobierno a trasladarse a Madrid, en donde pensaban tendrían mayor cabida y séquito sus ideas y opiniones, por lo común opuestas a reformas y cambios.
Para llenar el hueco de los ausentes habían resuelto de antemano las Cortes, siguiendo lo prevenido en la Constitución, que mientras que llegaban los diputados propietarios, hiciesen sus veces como suplentes los de las extraordinarias; con lo cual conseguíase no dejar sin representación a ninguna provincia, poner remedio paliatorio al menos o momentáneo al artículo constitucional que vedaba las reelecciones, y no entregar la suerte del estado a un cuerpo del todo nuevo, no apreciador, por tanto, cabal ni justo de los motivos que hubiese habido para anteriores resoluciones.
Lo que hubo
en las elecciones.
Instaba más en la actualidad y era de la mayor importancia, si se querían conservar las reformas, el que quedasen en las Cortes antiguos diputados, por haber recaído generalmente los nombramientos para las ordinarias en sujetos desafectos a mudanzas y novedades. Coadyuvaron a esto los que se creían ofendidos en sus personas y cercenados en sus intereses por las alteraciones y nuevos arreglos, y que oteaban mayores daños en un porvenir no lejano. Estaban en ese caso algunos individuos de la nobleza, si bien los menos, bastantes magistrados, muchos cabildos eclesiásticos, y casi todo el clero regular; los que, juntos o separados, influyeron sobradamente, y cada uno a su manera, en las elecciones, ayudados de una turbamulta de curiales y dependientes de justicia que vivían de abusos; siendo estos y los religiosos mendicantes los más bulliciosos e inquietos de todos, como herrumbre la más pegadiza y roedora de las que consumían a España hasta en sus entrañas; habiendo los últimos llegado a formar en parte del pueblo, de cuya plebe comúnmente nacían, una especie de singular demagogia pordiosera y afrailada, supersticiosa y muy repugnante.
Sirvió a todos de fiel instrumento para sus fines la misma ley electoral, que adoptando un modo indirecto de elección que pasaba por nada menos que por cuatro grados o escalones, favorecía sordos manejos y muy deplorables amaños, más fáciles de ejercer en esta ocasión por no haberse exigido de los votantes propiedad alguna ni especial arraigo; dando así, con desacuerdo grave, franca y anchurosa entrada al goce de los derechos políticos a hombres de poco valer y a la vulgar muchedumbre, muy sometida naturalmente al antojo y voluntad de las clases poderosas y privilegiadas.
Estado
de los partidos
en las nuevas
Cortes.
Hechas las elecciones en este sentido, déjase discurrir cuán útil fue para la conservación del nuevo orden de cosas que no llegasen a las Cortes de tropel todos los recién elegidos, y que permaneciesen en su seno muchos diputados de los antiguos. Sucediendo así, mantuviéronse en equilibrio los partidos y casi en el mismo estado en que se encontraban al cerrarse las extraordinarias, yendo desapareciendo poco a poco el de los americanos; pues muertos sus principales jefes, tuvieron que ceder los otros en sus pretensiones y unirse a los europeos liberales, amenazados, como ellos, en su suerte futura si llegase a triunfar del todo el bando contrario.
Diputados
que se distinguen
en ellas.
De los diputados de las extraordinarias que continuaron tomando asiento en las actuales Cortes, resplandeció a la cabeza Don Isidoro Antillón, ya antes nombrado, cuyas opiniones incomodando a ciertos hombres desalmados que por desgracia contaba entre los suyos el partido antirreformador, Antillón
y sus riesgos. provocaron de parte de ellos en la Isla de León una tentativa de asesinato contra la persona de este diputado, tanto más aleve, cuanto hallábase Antillón imposibilitado de emplear defensa alguna por el estado achacoso y flaco de su salud. A dicha no consiguieron del todo los homicidas su depravado objeto, si bien le maltrataron amparados de la soledad y lobreguez de la noche que los puso en salvo. Precursor indicio del fin lastimoso y no merecido que había de caber a este diputado célebre más adelante, dado que con visos de proceder jurídico. Distinguiose también desde luego, pero entre los nuevos, Martínez
de la Rosa. Don Francisco Martínez de la Rosa, cuya fama, creciendo en breve, colocole pronto al lado de los primeros campeones de la libertad española y de las buenas ideas, brillando por su instrucción y acabadas dotes, de las que eran las más señaladas incontrastable entereza, y bellísimo, florido, fácil y muy elocuente decir. Descubríanse después, aunque en mayor o menor lontananza, las personas de Don Tomás Istúriz, Don José Canga Argüelles y Don Antonio Cuartero; arrimándose a este partido, que era el liberal, algunos eclesiásticos de los recién llegados, entre los que merece particular noticia Don Manuel López Cepero, informado en letras, de ameno trato y de gusto probado y bueno en el estudio de las bellas artes. Hubo diputados que se dieron a conocer también en el partido opuesto o sea antirreformador, pero estos en lo general más tarde; por lo que solo iremos mentándolos según vayan dando ocasión los debates y los acontecimientos.
Primeros trabajos
de estas Cortes.
Luego que se abrieron las Cortes ordinarias presentó, conforme a lo dispuesto en la Constitución, el secretario del despacho de hacienda el estado de esta y los presupuestos de ingresos y gastos; lo cual parecía a primera vista ser redundante, ya discutidos y aprobados los de 1814 al concluirse las sesiones de las extraordinarias. Pero forzoso era proceder así mandándolo expresamente la Constitución, y no siéndole lícito al ministro, sin incurrir en responsabilidad, separarse en nada de lo que aquella prevenía en su letra.
Los presupuestos ahora presentados eran idénticos a los de antes con alguna rectificación, aunque muy leve, respecto del total de la fuerza armada. Trazaba en su contexto el encargado a la sazón de aquel ministerio, Don Manuel López Araujo, un cuadro muy lamentable del país y sus recursos; consecuencia precisa de guerra tan larga y devastadora, y de los desórdenes de la administración, aumentados con el sistema de suministros hechos por los pueblos, que acumulaba a veces sobre unas mismas provincias las obligaciones y pedidos que debían repartirse entre otras.
Proponía el ministro, para cubrir el desfalco que resultaba, el medio que se había adoptado en las Cortes extraordinarias, esto es, el de la nueva contribución directa. Agregaba a este el de un empréstito en Londres de 10 millones de duros que, como otras veces, quedó solo en proyecto, no conocidas aún bien en España semejantes materias. Hubo anticipaciones del gobierno británico, en que nos ocuparemos después, escaseando cada vez más las remesas de América, de las que, como de las entradas en Cádiz, no haremos ya especial recuerdo, abrazándolas todas ahora el presupuesto general de la nación.
Los otros asuntos en que anduvieron atareadas las Cortes ordinarias durante su permanencia en Cádiz y la Isla de León, redujéronse por lo común a mantener intacta la obra de las extraordinarias, y a aclarar dudas y satisfacer escrúpulos. Mandaron, sin embargo, además que aprontasen los pueblos un tercio anticipado de la contribución directa, y admitieron el ofrecimiento de 8 millones de reales que por equivalente de varias contribuciones hizo la diputación de Cádiz; aprobando asimismo un reglamento circunstanciado que para su gobierno y dirección había extendido la junta del Crédito público.
Contienda
sobre el mando de
lord Wellington.
Espinosa en sí misma y grave fue otra cuestión que por entonces ventilaron también las Cortes. Trataban en ella nada menos que del mando concedido a lord Wellington; versando la disputa acerca de las facultades que había este de tener como generalísimo del ejército. Deseaba Wellington que se le ampliasen para dar más unidad y vigor a las operaciones militares, y oponíase a ello la Regencia del reino, naciendo de aquí una correspondencia larga y enfadosa, en la cual medió, para empeorar el asunto, enemistad personal del ministro de la Guerra Don Juan de Odonojú, irlandés de origen, mal avenido con los ingleses.
Temiendo la Regencia que resultasen de la querella compromisos funestos, resolvió, para descargar su responsabilidad, someter el negocio a la determinación de las Cortes. Verificolo así en la Isla de León, y hubo con este motivo largas discusiones y vivas reyertas; queriendo valerse de la ocasión, unos para privar del mando a lord Wellington, y otros para acriminar al gobierno, y tal vez obligarle a dejar su puesto.
Nada se resuelve.
Por fortuna, estando ya las Cortes en vísperas de trasladarse a Madrid, dilatose el decidir cuestión tan grave; y al instalarse aquellas en la capital del reino, corrieron tan veloces y prósperos los sucesos políticos y militares, que el mismo lord Wellington y los que promovían su causa en las Cortes, satisfechos con ver alejado del ministerio a Don Juan de Odonojú, atizador de la discordia, desistieron de su intento, conociendo cuán importuno sería resucitar semejante contienda; por lo que no hubo que tomar resolución ninguna sobre un asunto que al principio había excitado tanto calor y porfía.
Trasládanse
las Cortes
y el gobierno
de la Isla
a Madrid.
En esto, aflojando la fiebre amarilla y mejorándose por días el estado de la salud pública, levantose en toda España un deseo general y muy vivo de que se restituyese el gobierno al centro de la monarquía y a su capital antigua. Condescendiendo en ello las Cortes, decretaron suspender sus sesiones en la Isla de León el 29 de noviembre de 1813 para volverlas a abrir en Madrid el 15 del próximo enero de 1814. Tuvo lo cual efecto, poniéndose sin tardanza en camino la Regencia y las Cortes con sus oficinas, dependencias y largo acompañamiento. Consentían también la traslación los acontecimientos de la guerra, Estado
de la guerra. favorables siempre y más dichosos cada día. En el septiembre permanecieron, sin embargo, quietos los ejércitos en la parte occidental de los Pirineos, queriendo lord Wellington dar respiro y algún descanso a las tropas aliadas, reparar sus pérdidas, aguardar municiones y aprestos militares, y proceder en todo con detenimiento, para asegurar el logro de sus ulteriores planes.
Ejército aliado
en el Bidasoa.
Conservaban los ejércitos casi las mismas estancias de antes, prolongándose desde la desembocadura del Bidasoa hasta los Alduides, en donde formaba ahora la extremidad de la línea la octava división del cargo de Don Francisco Espoz y Mina, de la cual un trozo bloqueaba el castillo de Jaca y otro amagaba a San Juan de Pie de Puerto y valle de Baigorry. Por el lado opuesto colocose el general Graham, luego que se desembarazó del sitio de San Sebastián, hacia el estribo más fuerte del Aya, cubriendo el valle que forma con el Jaizquíbel, entre cuyos dos montes construyéronse obras a manera de segunda línea, reforzada la primera que se extendía por las orillas del Bidasoa, camino arriba de aquellas asperezas. Mantenía lord Wellington sus cuarteles en Lesaca.
Ejército del
mariscal Soult.
Los suyos el mariscal Soult en San Juan de Luz, a cuyo ejército se iban incorporando 30.000 conscriptos sacados al intento del mediodía de Francia, poniendo aquel caudillo especial conato en mejorar la organización y en castigar cualquier descarrío y falta de sus soldados con inflexible severidad. Había también él mismo enrobustecido las obras de campaña de su primera línea y levantado otros resguardos, según iremos viendo en el curso de nuestra narración.
Se dispone
Wellington
al paso
del Bidasoa.
Resuelto Wellington a acometer, recomendó de nuevo el buen orden y la disciplina, dando vigor a sus anteriores disposiciones, cuya observancia hacíase ahora más necesaria, yendo los ejércitos combinados a pisar el territorio enemigo. Repartió el 5 lord Wellington a los principales jefes una instrucción para el ataque, empezando los preparativos en la noche del 6, que fue muy borrascosa, con relámpagos, lluvia y truenos, pero favorable a los aliados que encubrían mejor así su marcha y maniobras, no ofreciéndoles bajo otro respeto el temporal impedimento alguno. Imposible, con todo, era emprender la arremetida hasta dadas las siete de la inmediata mañana, a causa de la marea, debiendo servir de señal para los ingleses un cohete disparado desde un campanario de Fuenterrabía, y para los españoles una bandera blanca plantada en San Marcial, o en su defecto tres grandes ahumadas.
Estaba convenido verificar a un tiempo el avance por toda la línea y cruzar el Bidasoa, término de España, cuyo reino acaba allí a la derecha del río, (* Ap. n. [23-1].) según se ve establecido desde muy antiguo y explícitamente reconoció [*] Luis XI de Francia en las vistas que tuvo con Enrique IV de Castilla por los años de 1463, conferenciando ambos monarcas en aquella misma ribera.
Verifícalo.
Dada la señal, moviéronse por la izquierda del ejército coligado las divisiones primera y quinta británicas y la brigada portuguesa del cargo de Wilson distribuidas en cuatro columnas, y atravesaron el río por tres vados fronteros a Fuenterrabía, y por otro que se divisaba cerca del antiguo puente de Behovia, en donde debía echarse prontamente uno de barcas. Verificaron los aliados el paso con distinguido valor, y tocando tierra de Francia acometieron desde Andaya la altura de Luis XIV, que ganaron esforzadamente, tomando 7 cañones en los reductos y baterías. Al propio tiempo empezó también la embestida Don Manuel Freire, Se distingue
el cuarto ejército
español. que continuaba rigiendo el cuarto ejército, con su tercera y cuarta división y con la primera brigada de la quinta, bajo la dirección inmediata de Don Pedro de la Bárcena y de Don Juan Díaz Porlier. Habíalo Freire dispuesto todo atentamente para atravesar el río por vados más arriba de los que cruzaban los anglo-portugueses: junto a los cuales y por el de Saraburo se adelantó la segunda brigada de la tercera división, a las órdenes de Don José Ezpeleta, cuyo jefe, viendo vacilar por un instante a sus tropas de resultas de la muerte del bizarro coronel de Benavente, Don Antonio Losada, empuñó una bandera y arrojándose al río con intrepidez esclarecida, mantuvo el ánimo en los suyos que a porfía le siguieron entonces, apoderándose sin dilación de los puestos fortificados y casas de la parte baja de Biriatou. Cruzó la cuarta división, al mando interino de Don Rafael de Goicoechea, el Bidasoa por los vados superiores al de Saraburo que llevan el nombre de Alunda y las Cañas, y queriendo trepar hasta la parte alta del mismo Biriatou, consiguiolo y rodeó además los atrincheramientos que tenían los enemigos en el descenso de la montaña de Mandale, cogiéndoles 3 cañones. Distinguiose aquí el regimiento de voluntarios de la Corona, capitaneado por Don Francisco Balanzat. En seguida acometieron los nuestros la Montaña Verde y desalojaron a los franceses, persiguiéndolos camino de Urrugne obstinadamente. Apoyaba las maniobras contra Biriatou, yendo de reserva y a las órdenes de Don Francisco Plasencia, la primera brigada de la quinta división. La también primera de la tercera vadeó el río por Orañibar, Lamiarri y Picagua, teniendo a su cabeza a Don Diego del Barco, y encaramose por la derecha de Mandale con sumo brío, posesionándose de la cumbre casi de corrida. De este modo ganaron los españoles del cuarto ejército todos los puntos que se les indicaron, fortalecidos y escabrosos, pero que cedieron a su valentía, probada ya tantas veces, y no desmentida ahora.
También
el de reserva
de Andalucía.
Tampoco se dormían a la propia sazón las tropas de la derecha aliada, embistiendo el barón Alten con la división ligera británica, sostenida por la española de Don Francisco Longa, los atrincheramientos de Vera, y a su diestro costado la montaña de La Rhune el ejército de reserva de Andalucía, que gobernaba Don Pedro Agustín Girón. Felizmente consiguió Alten su objeto, y tomó 22 oficiales y 700 soldados prisioneros. Por su lado, tratando nuestro general también de cumplir con lo que se le había prevenido, dispuso acometer la ya expresada montaña de La Rhune, atalaya de aquellos contornos y lugar de sangrientas lides en la campaña de 1794. Verificolo Girón, distribuida su gente en dos columnas, que regían Don Joaquín Virués y Don José Antonio Latorre, arrollando ambos cuanto encontraron, y obligando al enemigo a guarecerse en la cima peñascosa y en muchas partes inaccesible, en donde se divisa una ermita o santuario muy venerado de los naturales, y aun del país vecino. Mas en vano intentó Girón arrojar a los contrarios de su refugio; retardando la marcha de los españoles lo dificultoso y áspero del terreno, y poniendo fin al combate la noche que sobrevino. Pudieron durante toda ella y a su sombra permanecer los franceses en aquel sitio, y en una loma inmediata, pero no por mucho más tiempo. Porque acudiendo allí lord Wellington en la mañana del 8, registrado que hubo el campo, determinó pelear, persuadido de que lo verificaría ventajosamente por la derecha, si unía este ataque con el que a la vez se diese a unas obras de campaña que tenían los enemigos al frente del campo de Sare. De acuerdo lord Wellington con Don Pedro Agustín Girón, y reconcentrado el ejército de este, mandose a poco al regimiento de Órdenes, bajo la guía de su coronel Don Alejandro Hore, arremeter contra la loma, de que estaban enseñoreados los enemigos, próxima a La Rhune y sobre la derecha nuestra; lo cual se ejecutó tan cumplidamente que el mismo Wellington dijo en su parte «que aquel ataque era tan bueno como el mejor, ya por el denuedo en él desplegado, ya por su bien entendido orden.»
Alcanzado semejante triunfo, los cazadores del propio cuerpo de Órdenes y los del de Almería desalojaron a los enemigos de unos atrincheramientos que cubrían la derecha de su campo de Sare; recogiéndose a este de golpe los vencidos, otros que venían en su socorro y la división de Conroux que ocupaba el llano. Destacamentos británicos de la división de lord Dalhousie, enviados por el puerto de Echalar, guarnecieron las diversas obras que habían evacuado los contrarios; quienes, antes de la madrugada del 9, desampararon también la cumbre y ermita de La Rhune, de cuyos puestos se posesionaron al instante las tropas del general Girón, acampadas al raso en aquellas faldas; con lo que se dio fin dichoso a la disputada refriega.
Ascendió la pérdida total de los aliados en los diversos días y combates a 579 ingleses, 233 portugueses y 750 españoles: mayor la de estos por habérseles encomendado la arremetida de los sitios más arriesgados y expuestos. Los franceses, a pesar de sus descalabros, no se abatieron y antes cobraron aliento el 12 de resultas de haber sorprendido ellos por la noche un reducto y hecho unos cuantos prisioneros, queriendo el 13 atacar los puestos avanzados del ejército de Don Pedro Agustín Girón y recuperar las obras que habían perdido; pero, inútiles sus esfuerzos, viéronse sus huestes repelidas y escarmentadas.
Pisan los aliados
el territorio
francés.
Dentro ahora de Francia, el ejército anglo-hispano-portugués tuvo la gloria de ser el primero de todos los de las potencias coligadas contra Napoleón que pisó aquel territorio, mirado poco antes como sagrado y casi impenetrable, guarecido del todo de invasiones extrañas. Al entrar allí, dificultoso era contener por una parte los excesos de los soldados, y por otra los desmanes del paisanaje desordenado y suelto. Providencias
de Wellington. En ambos extremos paró Wellington su atención muy cuidadosamente. Hizo en el último saludable escarmiento pocos días antes del paso del Bidasoa, con ocasión de haber hecho fuego a los soldados, hacia Roncesvalles, algunos paisanos franceses de los contornos; pues a 14 de ellos que se cogieron enviolos a Pasajes, y los mandó embarcar como prisioneros de guerra para Inglaterra. Providencia que causó en la gente rústica efecto maravilloso, y mayor que la de arcabucearlos, que pudiera haber introducido despecho en sus ánimos.
No menos solícito anduvo Wellington en reprimir al ejército. Fueron los ingleses los primeros que en él se desmandaron, quemando en Urrugne casas y cometiendo otros desórdenes, sirviéndoles de ejemplo (* Ap. n. [23-2].) varios oficiales suyos,[*] según cuentan sus propios historiadores; siendo en parte estas las mismas tropas que entraron a saco y arrasaron la malaventurada ciudad de San Sebastián. Impúsoles Wellington recio castigo. No dieron motivo a tanta queja los españoles, si bien más disculpables en sus excesos, que para algunos hubieran llevado visos de mera y justa represalia. Los prebostes ingleses tan solo arrestaron a unos pocos zagueros que por ladrones ahorcaron: eran de la división de Longa y por lo mismo soldados de origen guerrillero, atentos al cebo del pillaje y la pecorea. Observaron los demás rigurosa disciplina, aguantando con admirable paciencia escaseces y privaciones duras.
Bloqueo
de Pamplona.
Asegurado lord Wellington en estancias ventajosas allende los Pirineos, y echados tres puentes en el Bidasoa, no juzgó conveniente proseguir en sus operaciones antes de que se rindiese la plaza de Pamplona. A esta ciudad, capital del antiguo reino de Navarra, con 15.000 almas de población, riégala el Arga y la rodean fortificaciones irregulares que afianza una ciudadela erigida casi al sur, de figura pentágona, empezada a construir en el reinado de Felipe II, y mejorada ella y el recinto entero sucesivamente con obras trazadas al modo de las que practicó en diversas partes de Europa el insigne Vauban. Determinose desde un principio, según hemos visto, someter por bloqueo la plaza; mas los cercados mostráronse firmes en tanto que mantuvieron viva la esperanza de que los socorriesen de Francia. Era gobernador por parte de los enemigos el general Cassan, y por la nuestra continuaba dirigiendo el asedio Don Carlos de España, aunque presente el príncipe de Anglona con una división de 4000 hombres del tercer ejército, de que era general en jefe.
Trascurriendo el tiempo y menguando los víveres, introdújose desmayo en los defensores, los cuales propusieron ya el 3 de octubre que se permitiese la salida a los paisanos, 3000 en número, o que se facilitase a estos para su manutención 7000 raciones diarias, diputando persona de confianza que asistiese a la distribución. Respondióseles que, como por edicto de los mismos franceses, se hubiese prevenido a los vecinos y residentes en Pamplona que hiciesen acopio de víveres para solo 3 meses, expirados estos en 26 de septiembre, tocaba a las autoridades de la plaza y era incumbencia suya propia subvenir a las necesidades de sus moradores, o de lo contrario capitular; intimando además Don Carlos de España al gobernador que se le tomaría estrecha cuenta, al tiempo de la rendición, de la vida de cualquier español que hubiese perecido por la escasez o el hambre. No cejando aun así los cercados en su propósito, verificaron el 10 una salida en que al principio lo atropellaron todo, alojándose en atrincheramientos colocados en el demolido fuerte del Príncipe; mas acudiendo al combate unas compañías que acaudillaba el ayudante segundo de estado mayor Don José Antonio Facio, pertenecientes a la fuerza del príncipe de Anglona, detuvieron a los acometedores y los arrojaron a bayonetazos del puesto que habían ganado, oprimiéndolos y acosándolos hasta el glacis de la plaza.
Entre tanto, noticioso Don Carlos de España de que los sitiados pensaban en el arrasamiento total de Pamplona, trató de impedirlo haciendo saber el 19 al gobernador que, si tal sucediese, tenía orden de lord Wellington de pasar por la espada la plana mayor y la oficialidad, y de diezmar la guarnición entera. Replicó el francés con desdén y altaneramente, yendo adelante en el terrible intento de desmantelar la plaza. Pero, creciendo el hambre, moderáronse ímpetus tan arrebatados, y ya el 24 comenzó el gobernador a querer entrar en algún ajuste, pidiendo se le dejase a él y a los suyos tornar libremente a Francia. Se negó España a esta demanda, que creyó excesiva, corriendo algunos días en conferencias y pláticas. Los últimos de octubre habían llegado ya, Se rinde la plaza
a los españoles. cuando viniéndose a buenas el gobernador, firmose el 31 la capitulación, según la cual quedaba la guarnición francesa prisionera de guerra. Posesionáronse los españoles de la plaza inmediatamente, no habiendo padecido las fortificaciones perjuicio ni deterioro.
Reconquistada Pamplona, aún respiró más libre y desembarazada toda esta parte del norte de España, no restando ya en poder del enemigo más que Santoña, cuyo bloqueo estrechaban los nuestros.
Exacciones
y pérdidas
de Navarra
y provincias
Vascongadas.
No menos que otras provincias de España, experimentaron pérdidas y cercenamiento en sus bienes Navarra y las provincias Vascongadas; opresas siempre, y no cesando el tráfago de la guerra en su suelo, semillero fecundo de partidarios y numerosas cuadrillas. Según noticias que conservan los pueblos y los particulares, hay quien gradúe subieron a veces las cargas y exacciones a un 200 por 100 de la renta anual. Cómputo no tan exagerado como a primera vista parece, si se atiende a que solo el señorío de Vizcaya aprontó al gobierno intruso por contribuciones ordenadas 38.729.335 reales vellón: suma enorme y muy superior a lo usado en aquel país; no incluyéndose en las partidas otras cobranzas y derramas extraordinarias, impuestas sin cuenta ni razón y antojadizamente.
Situación
de Soult
en el Nivelle.
Luego que supo lord Wellington la rendición de Pamplona, con lo que se ponía libre y se despejaba su derecha, pensó en internarse en Francia, y en alejar a Soult más y más de la frontera de España. Este mariscal hallábase apostado en puntos ventajosos y muy fortalecidos a las márgenes del Nivelle, que descarga sus aguas en el mar por San Juan de Luz. Descansaba la derecha del ejército francés, enfrente de este pueblo y a la izquierda del río, en una eminencia que domina a Socoa, puerto ruin a la desembocadura; habiendo los enemigos construido allí, y en derredor de una ermita, un reducto cuyas defensas se unían por atrincheramientos y árboles cortados con Urrugne, protegiendo, además, aquellos puntos inundaciones que cubrían a Ciboure. Alojábase el centro del propio ejército en alturas que se levantan detrás del pueblo de Sare y también en la que llaman la Petite-Rhune, la cual, si bien sojuzgada por la otra del mismo nombre más erguida, ganada por los españoles y de la que la divide un angosto valle, todavía se alza bastante y domina las cañadas y país vecino. Y, en fin, la izquierda, colocada a la derecha del Nivelle, buscaba arrimo y aun asentábase en un cerro a espaldas del pueblo de Ainhoa, no menos que en la montaña de Mondarin que ampara la avenida o entrada del propio lugar. Describía la posición entera un semicírculo desde Urrugne hasta Espelette y Cambo, resalido en Sare, que era el centro de ella. Todo su frente hallábase por lo general cubierto con una cadena de reductos y atrincheramientos que se eslabonaban por cerros, colinas y altozanos. Conservaba el enemigo en San Juan de Pie de Puerto algunas fuerzas empleadas en la defensa de esta plaza y en observar al general Mina y otros cuerpos aliados.
No arredró a Wellington ver a su contrario tan encastillado y fuerte, y solo las lluvias le pararon algunos días. Pero aclarando luego el tiempo, decidiose el general inglés a trabar refriega empezando por forzar el cuerpo enemigo para establecerse después más allá del Nivelle.
Proyecto
de Wellington.
Sir Rolando Hill capitaneaba la derecha aliada, compuesta de dos divisiones inglesas a las órdenes de sir Guillermo Stewart y sir Enrique Clinton, de la portuguesa del cargo de sir Juan Hamilton, y de la primera española del cuarto ejército que dirigía Don Pablo Morillo, sin contar cañones y algunos jinetes. En el centro estaban, por la diestra parte, el mariscal Beresford y tres divisiones británicas que mandaban los jefes Colville, Lecor y sir Lowry Cole; y por la siniestra, Don Pedro Agustín Girón acompañado del ejército de reserva de Andalucía. Destinábanse la división ligera del barón Alten y la sexta española del cuarto ejército, bajo Don Francisco Longa, al acometimiento de la Petite-Rhune; moviéndose al compás del centro sir Stapleton Cotton con una brigada de caballería y tres de artillería. Don Manuel Freire, asistido de la tercera y cuarta división y de la primera brigada de la quinta del cuarto ejército español, había de marchar desde Mandale en dos columnas que gobernaban Don Diego del Barco y Don Pedro de la Bárcena, una con dirección a Ascain, y otra más allá a la izquierda nuestra, y casa de Choquetemborde, permaneciendo algunos cuerpos en Arrequicoborde y caseríos de Oleto, como de reserva y para afianzar las comunicaciones de las columnas. A sir Juan Hope, sucesor del general Graham en el mando, correspondíale obrar por lo largo de la línea desde donde estaba Don Manuel Freire hasta la mar; no pudiendo el último ni tampoco sir Juan, con arreglo a instrucción recibida, empeñar refriega y sí solo aprovecharse de los descuidos en que el enemigo incurriese.
Pasan los aliados
el Nivelle.
Colocado lord Wellington en el centro, diose principio al combate en la madrugada del 10 de noviembre, embistiendo sir Lowry Cole con la cuarta división británica un reducto construido muy esmeradamente en un terromontero que se divisa por cima de Sare, en donde hicieron los franceses firme rostro por espacio de una hora, hasta que le abandonaron, recelándose de un movimiento de los españoles a retaguardia y columbrando, asimismo, que se disponía a la escalada la infantería británica: sucedió igual caso con otra obra allí cercana. Esto, y haber acudido Wellington al primer reducto ganado, entusiasmó a las tropas, adelantándose briosamente la tercera y séptima división británicas bajo el mariscal Beresford, al paso que los nuestros de Girón acometieron el pueblo de Sare por la derecha, y que sir Lowry abrazaba su izquierda. Arrolláronlo todo los aliados, entrando con gran gallardía en dicho pueblo de Sare un cuerpo de españoles guiado por Don Juan Downie, quien mandó repicar las campanas para anunciar su triunfo con ruidoso pregón. Enseñoreose también Cole de las cumbres más bajas que están detrás de Sare en donde hizo parada. Feliz igualmente en sus acometidas el barón Alten forzó por su lado los atrincheramientos enemigos uno en pos de otro, hasta apoderarse de la Petite-Rhune, yendo después adelante para concurrir al total desenlace de las operaciones comenzadas.
Eran las diez de la mañana en ocasión que Wellington se disponía a dar un general y simultáneo ataque contra la estancia más formidable de los enemigos en el centro, la cual se prolongaba largo espacio por detrás de Sare. Sucedió bien por todas partes la tentativa, a la que coadyuvaron los españoles de Don Pedro Agustín Girón y los de Longa, abandonando los enemigos sus puestos y fortificaciones construidas y rematadas a costa de trabajo y tiempo. Resistió con empeño un solo reducto, el más fuerte de todos, pero que al fin se entregó con un batallón de 560 hombres que le guardaba, después de muchos coloquios y de idas y venidas.
No menos que por el centro favorecía la fortuna a los aliados por su derecha, en donde cruzando el Nivelle sir Enrique Clinton con la sexta división británica, ayudada de la portuguesa que regía sir Juan Hamilton, desalojó a los franceses de los sitios que ocupaban, y les tomó reductos y bastantes despojos. La segunda división, también británica del cargo de sir Guillermo Stewart, enseñoreose de una obra a retaguardia, y Don Pablo Morillo, a la cabeza de la primera división española del cuarto ejército, acometió los apostaderos enemigos en las faldas del Mondarin, y los repelió amparando así las maniobras de los ingleses dirigidas contra los cerros que yacen por detrás de Ainhoa, los cuales tomó sir R. Hill, arrojando al enemigo vía de Cambo. Las dos de la tarde eran, y ya los aliados tenían por suyas las posiciones de los contrarios a espaldas de Sare y Ainhoa.
Por la izquierda corrieron igual y dichosa suerte las tropas combinadas. Se posesionó Don Manuel Freire de Ascain por la tarde, y sir Juan Hope desalojó a los franceses del reducto plantado en la eminencia cercana a Socoa, de que hemos hablado, hostigándolos hasta llegar a las inundaciones que cubrían a Ciboure.
Durante una hora había lord Wellington hecho alto para dar respiro a sus tropas e informarse de cómo andaba el combate por los demás puntos. Conseguido el primer objeto y cerciorado de cuán venturosa por doquiera corría su estrella, dispúsose a formalizar una arremetida bien ordenada contra las eminencias y cerros que aparecen por detrás de Saint-Pée, pueblo a una legua de distancia de los aliados, situado a la margen derecha del Nivelle, por donde se había ido retirando el centro enemigo. Verificó el general inglés su intento atravesando pronto aquel río, de corriente rápida y allí no vadeable, por un puente de piedra frontero a Saint-Pée y por otros dos situados más abajo. No era tan factible tomar después las alturas de intrincado acceso, y así trabose combate muy reñido, en que, al cabo, ciando los contrarios, vencieron los nuestros y se enseñorearon del campo. Situose de resultas el mariscal Beresford a retaguardia de la derecha francesa, quedándose lo demás del ejército en los puntos que había ganado antes, no queriendo arriesgarse a más por causa de la noche que se acercaba.
Pero en ella, temerosos los franceses de que el mariscal Beresford no se interpusiese entre San Juan de Luz y Bayona, evacuaron la primera de ambas ciudades y sus obras y defensas, y llevaron rumbo hacia la segunda por el camino real, rompiendo de antemano los puentes del Nivelle en su parte inferior; destrozo que retardó lograr el perseguimiento que meditaba sir Juan Hope, obligado este general a reparar el puente que une a Ciboure con San Juan de Luz, como indispensable para facilitar el paso de las tropas y los cañones. También en aquel día, que era el 11, adelantaron el centro y la derecha aliada, mas solo una legua, no permitiendo mayor progreso el cansancio y lo perdido y arruinado de los caminos. Niebla muy densa impidió el 12 moverse desde temprano, y no hubo necesidad ni apuro de verificarlo más tarde, noticioso lord Wellington de que en el intervalo el mariscal Soult se había recogido a un campo atrincherado y fuerte, dispuesto de tiempo atrás junto a Bayona para resguardo y sostenimiento de sus tropas en retirada. Logró así el general inglés lo que apetecía, habiendo ganado la margen derecha del Nivelle y los puestos y fortificaciones del enemigo, y arrojado también a este contra Bayona y sus ríos.
Perdieron los aliados en estos combates unos 3000 hombres en todo; más los franceses, dejando en poder de aquellos 51 cañones, 1500 prisioneros y 400 heridos que no pudieron llevarse.
Lord Wellington
en Saint-Pée.
Cura
de este pueblo.
Se detuvo lord Wellington en Saint-Pée dos o tres días, y albergose en casa del cura párroco, hombre de agudo ingenio y de autoridad en la tierra vasca, muy conocedor del mundo y sus tratos. Ocurrencia que recordamos como origen de un suceso no desestimable en su giro y resultas. Fue el caso que, complacido lord Wellington con la buena acogida y grata conversación del eclesiástico, conferenciaba con él en los ratos ociosos sobre el estado del país, acabando un día por preguntarle «qué pensaba acerca de la llegada a la frontera de un príncipe de la casa de Borbón, y si creía que su presencia atrajese a su bando muchos parciales.» Respondió el cura: «que los veinticinco años transcurridos desde la revolución de 1789 y los portentos agolpados en el intermedio daban poca esperanza de que la generación nueva conservase memoria de aquella estirpe. Pero [añadió] que nada se perdía en hacer la prueba, siendo de ejecución tan fácil.» Wellington que probablemente revolvía ya en su pensamiento semejante plan, trató de ponerle por obra, alentado sobre todo con la reflexión última del eclesiástico, por lo que al efecto escribió a Inglaterra recomendando y apoyando la idea. No desagradó esta al gabinete de San James, consintiendo a poco en que diese la vela para España el duque de Angulema, primogénito del conde de Artois, a quien llamaban Monsieur, como hermano mayor del que ya entonces era tenido entre sus adictos por rey de Francia, bajo el nombre de Luis XVIII. Venida del duque
de Angulema. Desembarcó en la costa de Guipúzcoa el de Angulema, encubierto con el título de conde de Pradel, y acompañado del duque de Guiche y de los condes Etienne de Damas y D’Escars, yendo a buscarle de parte de lord Wellington a San Sebastián el coronel Freemantle, de donde se trasladaron todos a San Juan de Luz, lugar a la sazón de los cuarteles ingleses.
Allí le dejaremos por ahora, guardando para más adelante el volver a anudar el hilo de la narración de este hecho que, casi imperceptible en sus principios, agrandose después y se convirtió en más abultado.
Habiendo entre tanto las lluvias y lo crudo de la estación hinchado los ríos y los arroyos y puesto intransitables los caminos, en particular los de travesía, aflojó lord Wellington en sus operaciones, Wellington en
San Juan de Luz:
su línea. y haciendo mansión en San Juan de Luz, forzoso le fue, para evitar sorpresas o repentinos ataques del ejército francés, más temible por cuanto estaba más reconcentrado, establecer una línea defensiva que, empezando en la costa a espaldas de Biarritz, se prolongaba por el camino real viniendo a parar al Nive, enfrente de Arcangues y cerca de una quinta de Mr. Garat, famoso ministro de la Justicia en tiempo de la Convención. Proseguía después dicha línea lo largo de la izquierda de aquel río por Arrauntz, Ustaritz, Larresore y Cambo, cuyo puente habían los contrarios inutilizado del todo.
Disciplina
y estado
del ejército
anglo-hispano-portugués.
Cada día se esforzaba más Wellington en mantener en sus tropas rígida disciplina, siempre receloso de que la continuación de la guerra en país enemigo no diese margen a que se traspasasen los límites de la obediencia y buen orden, mayormente teniendo el ejército aliado que padecer privaciones y acerbas penalidades: no bastando a impedirlas los inmensos recursos de que disponía la Gran Bretaña; inciertas las arribadas por mar con lo invernizo de la estación y lo bravo de aquellas orillas, y lentos y nada seguros los abastecimientos por tierra que venían, a costa de muchos dineros y desembolsos, hasta del corazón y provincias lejanas de España, en donde el ganado lanar y vacuno llegó a tomar un valor excesivo, arrebatándole los comisarios ingleses a cualquiera precio de los campos y mercados. Si temores tenía Wellington respecto de sus soldados, más le asaltaban en cuanto a los nuestros, escasos de todo, acampados al desabrigo o bajo miserables barracones, comiendo corta o escatimada ración, sin vestuario apenas algunos cuerpos, destruido el calzado de los más o roto, muchos los enfermos y desprovistos los hospitales aun de regular o pasadera asistencia. Consecuencia necesaria, ya de los males que abrumaban a todos y procedían del mismo origen, y ya de los que eran peculiares a los españoles, agotados sus haberes y caudales con la prolongada guerra, y no ayudados por la administración pública, nunca bien entendida en sus diversos ramos, y no mejorada ahora; dolencia añeja y como endémica del suelo peninsular, a los remedios muy rebelde y de curación enfadosa y tarda.
Cierto que los nuestros sobrellevaban sus padecimientos con admirable resignación, sin queja ni desmán notables. Mas previendo Wellington cuán imposible se hacía durasen las cosas largo espacio en el mismo ser, resolvió tornasen los españoles al país nativo por huir de futuros y temibles daños, y también por no necesitar entonces de su apoyo y auxilios, decidido a no llevar muy adelante la invasión comenzada, en tanto que no abonanzase el tiempo y que no penetrasen en Francia los aliados del norte. Vuelven a España
casi todo
el cuarto ejército
y el de reserva
de Andalucía. Así fue que Don Manuel Freire estableció su cuartel general en Irún, regresando a España las divisiones tercera, cuarta y sexta y la primera brigada de la quinta, todas del cuarto ejército, quedándose solo con los ingleses la de Don Pablo Morillo, que era la primera. La segunda, séptima y octava, y la segunda brigada de la quinta continuaron donde estaban; a saber, guarneciendo a Pamplona y San Sebastián, y en los bloqueos de Santoña y Jaca; si bien la segunda división no tardó en acercarse al Nivelle. Poca caballería había pasado antes a Francia, yéndose lo más de ella en busca de subsistencias a Castilla, a donde igualmente fue destinada la sexta división del cargo de Don Francisco Longa. Permanecieron las demás en las provincias fronterizas para acudir al primer llamamiento de Wellington y cubrir sus espaldas en caso de necesidad. Acantonose en el valle de Baztán el ejército de reserva de Andalucía, alejándose después hasta Puente la Reina y pueblos inmediatos.
Movimientos
y combates
en el Nive.
Aunque no tuviese lord Wellington el proyecto de extender ahora sus incursiones, quería sin embargo, antes de hacer su última y mayor parada, cruzar el Nive y enseñorearse de parte de sus orillas. Empresa no fácil, apoyado el mariscal Soult en el fortalecido y atrincherado campo de Bayona, cuyos aproches cubrían los fuegos de aquella plaza, situada en donde el Adour y Nive se juntan en una madre; por lo cual hizo solo resolución el general inglés de adelantar su derecha, conservando en la izquierda la misma línea, y limitando sus acometidas a apoderarse de los puntos que defendían los enemigos en el Nive superior, cuya posesión ofrecíale más desahogo para su gente y afianzaba sus estancias.
Para alcanzar su objeto, empezó Wellington a moverse el 8 de diciembre, disponiendo que el 9 atravesase el Nive por Cambo sir R. Hill, sostenido en la maniobra por el mariscal Beresford, a cuya sexta división, del mando del general Clinton, tocó pasar aquel río por Ustaritz. Ambas operaciones sucedieron bien, recogiéndose los enemigos a unos montes que corren paralelos al Adour, apoyada su derecha en Villefranque, de donde los arrojaron en breve los anglo-portugueses, obligándolos a retirarse más lejos. Ayudó al buen éxito Don Pablo Morillo, con la primera división española del cuarto ejército, quien pasó el mismo día el Nive por los vados de la Isleta y Cavarre, y se enseñoreó del cerro de Urcuray y otros inmediatos en los que quisieron los franceses hacerse firmes.
Por su lado favorecieron los movimientos de la derecha aliada sir Juan Hope y el general barón Alten, arrollando el primero a los enemigos en Biarritz y Anglet, y distrayéndolos el segundo y causándolos daños por Bassussarry, a punto de tener que refugiarse en su campo la vuelta de Marracq, palacio ahora arruinado y teatro años antes de los escándalos referidos en su lugar.
Al siguiente, día 10, yendo sir R. Hill a proseguir sus operaciones, suspendiolas en vista de que sus contrarios se habían también recogido y metídose por aquel lado en su atrincherado y bien fortalecido campo; y ocupó la estancia que de antemano le había señalado lord Wellington, descansando la derecha de dicho cuerpo de Hill hacia el Adour, su izquierda en Villefranque, y parándose el centro en la calzada inmediata a Saint Pierre. La división del general Morillo se apostó en Urcuray y una brigada de dragones ligeros británicos en Hasparren, destinadas ambas a observar y mantener en respeto al general Paris, quien al cruzar los aliados el Nive habíase corrido vía de Saint Palais.
Mas en la mañana del mismo día 10 había trocado ya de papel el francés, convirtiéndose de acometido en acometedor. Para ello moviéronse todas sus tropas, menos las que guarnecían las obras colocadas delante del general Hill, y tomaron la vuelta de las estancias de la izquierda del ejército aliado y de las de la división ligera, arrollando los puestos avanzados y aun empezando a batir los sitios fortalecidos. Pero el barón Alten y sir Juan Hope repelieron todas las arremetidas y aun cogieron 500 prisioneros. Hacía propósito el enemigo, al intentar esta maniobra, de poner a la derecha inglesa en la necesidad de regresar a la izquierda del Nive, y quedarse él solo en la otra más desembarazado para sus comunicaciones; lo cual no logró, en grave perjuicio suyo.
Ni aun aquí paró su desgracia, porque, concluida la refriega y ya anochecido, 3 batallones alemanes, uno de Francfort y 2 de Nassau Usingen, en número de 1300 hombres, guiados por el coronel Krusse, bávaro de nación y criado en Hanóver, pasaron a las banderas aliadas, si bien con la condición honrosa de ser trasladados a su país nativo, y de no hacer armas contra los que acababan de pelear a su lado y ser sus conmilitones. Fatal golpe y de nocivo ejemplo para los enemigos, causador de disturbios y desconfianza suma entre los soldados que eran franceses y los extranjeros a su servicio.
Renovaron los contrarios sus ataques en los dos días inmediatos al 10 contra la izquierda inglesa, mas sin fruto, mostrando gallardía notable sir Juan Hope, y los oficiales de su estado mayor, heridos todos o contusos.
Entonces proyectó el mariscal Soult revolver el 13 del lado de la derecha de los anglo-portugueses, y efectuolo dando contra ella un furibundo y desapoderado acometimiento. Habíalo previsto lord Wellington, y anticipose a reforzar su línea por aquella parte con la sexta división británica. Dirigieron los enemigos su principal ataque por el camino real que va de Bayona a San Juan de Pie de Puerto, teniendo que resistir al impetuoso choque la brigada inglesa del general Barnes y la portuguesa del mando de Ashworth, sostenidas por la división, también británica, que regía Lecor, la cual recobró un puesto importante, avanzando esforzadamente por el lado izquierdo y hacia donde lidiaba, en frente de Villefranque, el general Pringle. Otro tanto sucedió por el derecho, enseñoreándose de una altura y sustentándola con mucho brío las brigadas británica y portuguesa que gobernaban respectivamente los generales Byng y Buchan. Hubo otros reencuentros y choques igualmente gloriosos a los aliados, cuyas sólidas y macizas huestes no le fue dado romper, ni siquiera descantillar, al experto mariscal francés ni a sus arrojadas tropas.
En los cinco días que duraron los diversos choques tuvo de baja el ejército combinado 5029 hombres, casi la mitad portugueses, como que fueron quienes llevaron el principal peso de la refriega en la última jornada, la más mortífera y destructora. Perdieron los franceses sobre 6000 hombres entre muertos, heridos y prisioneros.
Estancias
de los respectivos
ejércitos.
Desesperanzado el mariscal Soult de lograr por entonces cosa alguna de entidad, levantó mano y cesó en sus empresas, a pesar de acaudillar todavía 50.000 infantes y 6000 caballos. Acantonose por tanto, manteniéndose sobre la defensiva, con su derecha en el campo atrincherado en rededor de Bayona, su centro a la diestra margen del Adour, extendiéndose hasta Port-de-Lanne, en donde colocó su principal depósito, y su izquierda lo largo de la derecha del Bidouze desde su junta con el otro río hasta Saint Palais: cubrió varios pasos de la orilla derecha de ambas corrientes, y no descuidó las fortificaciones de San Juan de Pie de Puerto y de Navarrenx, atrincherando también a Dax para almacén y abrigo de los auxilios y refuerzos que le llegaban de lo interior.
Conforme a lo que ya insinuamos, tampoco Wellington insistió en batallar, dejándolo para más adelante, y afianzando solo y con mayor ahínco sus atrincheramientos. Púsose, si cabe, más en vela respecto de la disciplina; pues internado en Francia, mal le hubiera venido que molestados y oprimidos los pueblos se hubiesen alterado y tomado parte en la guerra, lo que en verdad deseaba el mariscal Soult, procurando por eso que acudiese del ejército de Suchet al país vasco El general
Harispe. el general Harispe, baigorriano y muy dispuesto para organizar cuerpos francos, según tenía acreditado en las campañas de 1793 y 1794. No dejaron sus esfuerzos de incomodar a los aliados, atajándoles a veces los pasos por retaguardia, y conteniendo las tentativas de Don Francisco Espoz y Mina, que con parte de sus tropas asomaba por aquellos valles, con amagos de embestir la plaza de San Juan de Pie de Puerto, que aunque pequeña, estaba bastante fortalecida ahora.
Sucesos
en Cataluña.
De poca importancia represéntase lo ocurrido en Cataluña por este tiempo y hasta fines de 1813, parangonado con lo que hemos referido ya de la parte occidental de los Pirineos. Había Napoleón elegido para coronel general de su guardia al mariscal Suchet, y agregado al ejército de Aragón y Valencia el de Cataluña; lo cual en realidad no alteraba sustancialmente el estado de las cosas, debiendo por disposición anterior juntarse todas aquellas fuerzas bajo la misma mano, siempre que se operase de un modo activo. Simplificose, sin embargo, con la nueva medida la administración, y se excusaron disputas y competencias. Retirose a Francia Decaen, que todavía gobernaba en Cataluña, cediendo a Suchet el puesto. Formaba este ejército así reunido un total que pasaba de 32.000 soldados.
Pero disminuyose poco después su número en no menos que en 9000, llamado en breve a Italia el general Severoli con su división, compuesta de 2000 combatientes, desarmados de súbito en Barcelona, por decreto de Napoleón, 2400 alemanes, y retirados a Francia los gendarmes y gente escogida, sin que se enviase tropa alguna para llenar los huecos.
Sus cargas.
Proseguía Cataluña abrumada bajo el peso de sus cargas y no interrumpidas pérdidas y estragos, en particular Barcelona, que, asiento de la dominación francesa, sentía de más cerca y a la continua el daño, habiendo sido como entregada al saco. Tuvieron sin embargo los franceses que traer frecuentemente auxilios de Francia para poder subsistir, agotada la provincia, y ofreciendo obstáculos a las exacciones la irreconciliable enemistad y profundo odio que abrigaban los catalanes constantemente en sus pechos contra la usurpación extranjera; al paso que sobrellevaban con noble desprendimiento los sacrificios y desembolsos que pedía de su fidelidad e inalterable celo el gobierno legítimo. (* Ap. n. [23-3].) No menos de 285.727.453 reales vellón [*] compútase aprontó aquella provincia para el ejército nacional en los cinco años corridos desde 1809 hasta 1813, sin contar derramas y repartimientos que no ha sido dable se incluyan en la suma: exorbitante, por cierto, si se atiende a lo que por su lado arrancaron de los pueblos los invasores, y al deterioro y merma que causaba en los productos y haberes aquella guerra tan devastadora y de conquista, más sensibles y dolorosos en provincia de suyo tan industriosa y fabril como lo es la Cataluña.
En cuanto a los reencuentros y combates que hubo en ella por este tiempo, apenas los hay que sean dignos de mencionarse. No dejaron, sin embargo, las tropas del primer ejército, y los cuerpos francos y guerrillas a él agregados, de molestar al enemigo y conseguir algunos trofeos por los meses de septiembre, octubre, noviembre y fines de año en Montalla, Sant Privat, Santa Eulalia, San Feliú de Codinas y otros lugares, regidos nuestros soldados por los entonces coroneles Valencia, Llauder, Manso y demás jefes ya conocidos y de nombre. Mandaba como antes este ejército Don Francisco Copons y Navia, teniendo por lo común sus reales en Vic. Se mantenían los anglo-sicilianos en las mismas estancias; y solo en diciembre, queriendo el mariscal Suchet sorprenderlos en Villafranca, donde tenían sus cuarteles, retiráronse, advertidos a tiempo, yendo la división española del general Sarsfield, que los acompañaba, camino de la izquierda, y ellos más de dos leguas atrás la vuelta de Arbós, para mejorar de puesto y reconcentrar todas sus fuerzas. Tornó Suchet burlado en sus esperanzas a las orillas del Llobregat y a la capital del principado, en cuya ciudad residía de ordinario ahora.
Valencia.
Por esta parte oriental de España tampoco levantaba mano el segundo ejército, bajo la guía de Don Francisco Javier Elío, en los bloqueos de las plazas y castillos que se encomendaron a su cuidado, con la dicha de que se fuesen tomando algunos. Ríndese
a los españoles
Morella y Denia. Así sucedió con el de Morella, que se entregó el 22 de octubre al ayudante de estado mayor Don Francisco del Rey, quedando prisioneros 100 hombres que le guarnecían con su comandante Boissomacs. Vinieron también el 6 de diciembre a partido otros tantos que defendían a Denia, y mandaba el jefe de batallón Bin, quien pactó la rendición con Don Diego Entrena, que dirigía el asedio.
Sucesos
en Alemania y
norte de Europa.
Al mismo compás y de tan buena medida para España íbanse arreglando las cosas de Alemania y de todo el septentrión. Allí, comenzadas de nuevo las hostilidades y unida el Austria a la coalición europea, según dijimos, llovieron sobre la Francia infortunios y tremendas desdichas, siendo para sus ejércitos de mortal ruina e indecible fracaso la derrota que padecieron sus huestes en Leipzig durante los días 16, 17, 18 y 19 de octubre, de cuyas resultas casi solo Napoleón y sin aliados repasó el Rin con los remanentes de sus destrozadas tropas, y regresó a París el 8 de noviembre, desgajándose así, y una a una o muchas a la vez, las ramas del excelso y robusto árbol de su poco antes encumbrada dominación, cuyo tronco mismo iba luego a sentir los pesados golpes de dura, cortante y desapiadada hacha enemiga.
RESUMEN
DEL
LIBRO VIGÉSIMO CUARTO.
Viaje a Madrid de la Regencia y las Cortes, y su llegada. — Abren las Cortes allí sus sesiones. — Napoleón en París, y sus medidas. — Declaración de los aliados del norte. — Entran en Francia. — Entabla Napoleón negociaciones con Fernando. — Su carta a este rey. — Conferencias de los príncipes en Valençay con el conde de Laforest. — Llegada a Valençay del duque de San Carlos. — Tratado concluido en Valençay. — Viaje de San Carlos a España. — Envía Napoleón a Valençay a otros españoles. — Nuevas reflexiones. — Comisionados franceses enviados a España. — Llega San Carlos a Madrid. — Disgusto que causa su llegada. — Viaje también de Palafox a Madrid. — Contestación de la Regencia y sus cartas al rey. — Vuelven a Francia San Carlos y Palafox. — Da cuenta a las Cortes de este negocio la Regencia del reino. — Se recibe con aplauso. — Manifiesto que debe acompañarle. — Cambio en la opinión, y reflexión sobre esto. — Ligas y manejos contra las nuevas reformas. — Extraño discurso del diputado Reina. — Alboroto que causa en las Cortes y sus resultas. — Tratan algunos de mudar la Regencia. — No lo consiguen; con otros incidentes. — Cierran las Cortes ordinarias sus sesiones. — Las vuelven a abrir. — Reconocimiento del Austria y tratado con Prusia. — Sucesos militares. Cataluña. — Se retira Suchet a Gerona. — Van Halen. — Se pasa a los españoles; sus proyectos y ardides. — Tentativa contra Tortosa. — Frústrase esta. — Sale bien en Lérida, Mequinenza y Monzón. — Se cogen prisioneras las guarniciones. — Apuros, gestiones y movimientos de Suchet. — Ríndese el castillo de Jaca. — Ataques contra Santoña y sus obras exteriores. — Tómanse algunas de estas. — Muerte de Barco. — Movimientos de Wellington. — Paso del Adour. — Se cerca del todo a Bayona. — Echase un puente sobre el Adour. — Avances de Wellington. — Batalla de Orthez, 27 de febrero. — Movimientos posteriores. — Intentos de los partidarios de la casa de Borbón. — Envía Wellington vía de Burdeos a Beresford. — Se declara esta ciudad en favor de los Borbones. — Entran allí el 12 de marzo Beresford y el de Angulema. — Proclama de Soult. — Estado crítico de Napoleón y medidas que toma. — Sale de París. — Congreso de Châtillon. — Disuélvese. — Tratado de Chaumont. — Resultas de esto. — Suelta Napoleón a Fernando. — Precede Zayas al rey: su viaje. — Sale el rey de Valençay. — Llega a Perpiñán. — Quédase allí el infante Don Carlos. — Entra el rey en España. — Recibe Copons al rey en el Fluviá. — Entra el rey en Gerona. — Llega también allí el infante Don Carlos. — Carta del rey a la Regencia. — Monumento que decretan las Cortes. — Dádiva del Duque de Frías. — Trabajos y discusiones de las Cortes. — Presupuestos. — Secretarías. — Dotación de la casa Real. — Impostor Audinot. — Acontecimientos militares. — Movimientos del 4.º ejército español. — Auxilios que facilita Wellington. — Conducta del conde del Abisbal. — Pasa a Francia el 3.er ejército español. — Sigue Wellington moviéndose. — Llega Soult a Tolosa. — Llegan los aliados enfrente de la ciudad. — Tentativas para pasar el Garona. — Le pasan los aliados. — Otros movimientos. — Tolosa y su estado de defensa. — Batalla de Tolosa. — Evacúa Soult la ciudad. — Entran los aliados. — Son bien recibidos. — Acontecimientos y mudanzas en París. — Caída de Napoleón. — Otros sucesos militares. — En Burdeos. — En Bayona. — Santoña. — Cataluña. — La abandona Suchet. — Conducta de Soult y Suchet con motivo de lo ocurrido en París. — Conclúyese un armisticio entre Wellington y los mariscales franceses. — Asuntos políticos. — Salen el rey y los infantes de Gerona. — Llegan a Tarragona y Reus. — Va el rey a Zaragoza. — Buen recibo en esta ciudad. — Junta en Daroca. — Entrada en Teruel. — Junta en Segorbe. — Entrada del rey en Valencia. — El general Elío. — Lo que sucedió con el cardenal de Borbón. — Sale Elío a recibir al rey. — Lo mismo el cardenal. — Representación de los diputados llamados Persas. — Conducta de los liberales en las Cortes. — Se trasladan estas a Doña María de Aragón. — Función fúnebre del 2 de mayo. — Lo que pasa en Valencia. — Se acerca Whittingham a Madrid. — Conducta del embajador inglés. — Sale el rey de Valencia. — Lo que ocurre en el camino. — Diputación de las Cortes para recibir al rey. — Otras ocurrencias. — Prisión en Madrid de la Regencia y ministros y muchos diputados. — Disolución de las Cortes por orden del rey. — Asonadas en Madrid. — Manifiesto o decreto del 4 de mayo. — Autores y cooperarios de él. — Reflexiones. — Entrada del rey en Madrid. — Llegada de lord Wellington a la capital. — Recompensas que este recibe en su patria. — Evacuación de las plazas que aún conservaba el francés en España. — Tratado de paz y amistad con Francia. — Ministros de Fernando. — Política errada y reprehensible de estos. — Cuál hubiera convenido adoptar. — Conclusión de esta obra.
HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.