LIBRO VIGÉSIMO CUARTO.


Viaje a Madrid
de la Regencia
y las Cortes,
y su llegada.

En medio de aclamaciones las más vivas y sinceras y de solemnes y espléndidos recibimientos, atravesó la Regencia del reino las ciudades, villas y lugares situados entre la Isla de León y la capital de la monarquía. Habíase aquella puesto en camino el 19 de diciembre, viajando a cortas jornadas y haciendo algunos descansos para corresponder al agasajador anhelo de los naturales, por lo que no llegó a Madrid hasta el 5 de enero de 1814; en donde no fue menos bien acogida y celebrada que en los demás pueblos, alojándose en el real palacio. Los diputados a Cortes, aunque por la índole de su cargo no iban juntos ni en cuerpo, tuvieron también parte en los obsequios y aplausos, ensanchados los corazones de los habitantes con la traslación a Madrid del gobierno supremo; indicante, al entender de los más, de la confianza que este tenía en que el enemigo no perturbaría ya con irrupciones nuevas la paz y sosiego de las provincias interiores del reino.

Abren las Cortes
allí sus sesiones.

Abrieron las Cortes sus sesiones el 15 de enero, suspendidas antes en la Isla de León, y nombraron por su presidente a Don Jerónimo Díez, diputado por Salamanca. El sitio en que se congregaron fue el teatro de los Caños del Peral, arruinado luego después, y en cuyo terreno y plazuela, denominada del Oriente, constrúyese desde años hace otro nuevo con suntuoso salón para bailes y grandes fiestas.

No ofrecieron al principio particular interés los negocios que las Cortes ventilaron en público, sí alguno de los que trataron en secreto, pero del cual no será bien hablar antes de volver atrás y referir, como necesario proemio, lo que por entonces había ocurrido en Francia.

Napoleón
en París
y sus medidas.

Llegado que hubo Napoleón a París el 9 de noviembre de 1813, buscó con diligencia suma modo de aventar lejos el nublado que le amagaba. Alistamientos, conferencias, manejos, nada olvidó, todo lo puso por obra, aunque prefiriendo a los demás medios el de las armas, rehuyendo, en cuanto podía, de una pacificación última y formal. Hiciéronle para ella los aliados desde Francfort proposiciones moderadas, atendiendo a los tiempos, según las cuales concedíanse a Francia por límites los Pirineos, los Alpes y el Rin, con tal que su gobierno abandonase y dejase libre la Alemania, la España y la Italia entera; pero Napoleón, esquivando dar una contestación clara y explícita, procuraba solo ganar tiempo avivando impaciente la ejecución de un decreto del Senado que disponía se levantasen 300.000 hombres en los ámbitos del imperio.

Declaración
de los aliados
del norte.

Puestos los aliados en algún sobresalto con esta nueva y hostil resolución, y descontentos de la evasiva respuesta que el emperador francés había dado a las proposiciones hechas, publicaron una declaración, fecha en Francfort el 1.º de diciembre, por la que anunciaban al mundo no ser a la Francia a la que hacían guerra, sino a la preponderante superioridad que, por desgracia suya y de la Europa, había ejercido Napoleón aun fuera de su mismo imperio, cuyos límites habían consentido los soberanos aliados en ensanchar, clavando las mojoneras más allá de donde concluía el territorio de la antigua monarquía francesa; deseosos de labrar la felicidad de la nueva, y penetrados de cuán importante sería su conservación y grandeza para el afianzamiento de todas las partes del edificio social europeo. A los discursos siguiéronse las obras; y resueltos los aliados del norte a internarse en Francia con tres ejércitos y por tres puntos distintos, Entran
en Francia. pisaron aquella tierra por primera vez, cruzando sus tropas el Rin al concluir el año de 1813 y comenzar el de 1814: las cuales correspondieron así a las operaciones de los anglo-hispano-portugueses que por el mediodía habían llevado ya la guerra anticipadamente hasta las orillas del Adour y el Nive.

Entabla
Napoleón
negociaciones
con
Fernando VII.

Diestro Napoleón en las artes del engaño y de enredadora política, figurose ser también oportuno, para enflaquecer a sus enemigos y sembrar entre ellos cizaña y fatal disensión, tener a hurtadillas y por medio de emisario seguro algún abocamiento con Fernando VII, a quien, como antes, guardaba cautivo en el palacio de Valençay.

No bien lo hubo pensado, cuando al efecto envió allá, bajo el fingido nombre de Mr. Dubois, al conde de Laforest, consejero de estado, sujeto práctico y de sus confianzas, quien desde luego, y ya el 17 de noviembre de 1813, se presentó a Fernando y a los infantes Don Carlos y Don Antonio, Su carta
a este rey. siendo su primer paso entregar al rey, de parte de Napoleón, una carta del tenor siguiente:

«Primo mío: Las circunstancias actuales en que se halla mi imperio y mi política me hacen desear acabar de una vez con los negocios de España. La Inglaterra fomenta en ella la anarquía y el jacobinismo, y procura aniquilar la monarquía y destruir la nobleza para establecer una república. No puedo menos de sentir en sumo grado la destrucción de una nación tan vecina a mis estados, y con la que tengo tantos intereses marítimos y comunes.

»Deseo, pues, quitar a la influencia inglesa cualquier pretexto, y restablecer los vínculos de amistad y de buenos vecinos que tanto tiempo han existido entre las dos naciones.

»Envío a V. A. R. [todavía no le trataba como a rey] al conde de Laforest, con un nombre fingido, y puede V. A. dar asenso a todo lo que le diga. Deseo que V. A. esté persuadido de los sentimientos de amor y estimación que le profeso.

(* Ap. n. [24-1].)

»No teniendo más fin esta carta, ruego a Dios guarde a V. A., primo mío, muchos años. Saint Cloud, 12 de noviembre de 1813. — Vuestro primo. — Napoleón.»[*]

Conferencias
de los príncipes
en Valençay
con el conde
de Laforest.

Siguiose a la lectura de esta carta, de la cual tomaron conocimiento el rey y los infantes con reserva y aparte, un largo discurso que de palabra pronunció el conde de Laforest, inculcando lo expresado en su misión con nuevas explicaciones, y tratando al rey Fernando, a imitación de su amo, solo de príncipe y de Alteza Real. «El emperador [decía] que ha querido que me presente bajo de un nombre supuesto para que esta negociación sea secreta, me ha enviado para decir a V. A. R. que queriendo componer las desavenencias que había entre padres e hijos, hizo cuanto pudo en Bayona para efectuarlo; pero que los ingleses lo han destruido todo, introduciendo la anarquía y el jacobinismo en España, cuyo suelo está talado y asolado, la religión destruida, el clero perdido, la nobleza abatida, la marina sin otra existencia que el nombre, las colonias de América desmembradas y en insurrección, y en fin todo en ella arruinado. Aquellos isleños no quieren otra cosa que erigir la monarquía en república, y sin embargo, para engañar al pueblo, en todos los actos públicos ponen a V. A. R. a la cabeza. Yo bien sé, Señor, que V. A. R. no ha tenido la menor parte en todo lo que ha pasado en este tiempo; pero no obstante se valen para todo del nombre de V. A. R., pues no se oye de su boca más que Fernando VII. Esto no impide que reine allí una verdadera anarquía, pues al mismo tiempo que tienen las Cortes en Cádiz y aparentan querer un rey, sus deseos no son otros que el de establecer una república. Este desorden ha conmovido al emperador, que me ha encargado haga presente a V. A. R. este funesto estado, a fin de que se sirva decirme los medios que le parezcan oportunos, ya para conciliar el interés respectivo de ambas naciones, ya para que vuelva la tranquilidad a un reino acreedor a que le posea una persona del carácter y dignidad de V. A. R. Considerando pues S. M. I. mi larga experiencia en los negocios (pues hace más de cuarenta años que sigo la carrera diplomática, y he estado en todas las cortes), me ha honrado con esta comisión, que espero desempeñar a satisfacción del emperador y de V. A. R., deseando que se trate con el mayor secreto, porque si los ingleses llegasen por casualidad a saberla, no pararían hasta encontrar medios de impedirla...»

(* Ap. n. [24-2].)

Concluida la arenga respondió el rey: «que un asunto tan serio como aquel, y que le había cogido tan de sorpresa, pedía mucha reflexión y tiempo para contestarle, y que cuando llegase este caso se lo haría avisar.»[*]

No aguardó a tanto el desvivido emisario, sino que al día siguiente pidió nueva audiencia. Reprodujéronse en ella por ambas partes las mismas razones y pláticas, hasta que Laforest terminó por decir al rey: «Que si aceptaba la corona de España que el emperador quería volverle, era menester que se concertase con él sobre los medios de arrojar a los ingleses de ella.» Contestó Fernando y apoyáronle su hermano y tío: «Que de nada podía tratar hallándose en las circunstancias en que estaba en Valençay, y que además no podía dar ningún paso sin el consentimiento de la nación representada por la Regencia.» Hubo sucesivamente de una y otra parte nuevas vistas, observaciones y réplicas, variando de tema en uno de los casos Mr. de Laforest, para quien ya no era república lo que querían introducir los ingleses en España, sino otra estirpe real, en unión con los portugueses, cual era la de Braganza. Tan mudable y poco seguro mostrábase el francés en sus alegaciones y propósitos. En fin, un día exigió del rey que le dijera si al volver a España sería amigo o enemigo del emperador. Contestó S. M. «Estimo mucho al emperador; pero nunca haré cosa que sea en contra de mi nación y de su felicidad; y por último declaro a V. que sobre este punto nadie en este mundo me hará mudar de dictamen. Si el emperador quiere que yo vuelva a España, trate con la Regencia, y después de haber tratado, y habérmelo hecho constar, lo firmaré; pero para esto es preciso que vengan aquí diputados de ella, y me enteren de todo. Dígaselo V. así al emperador, y añádale que esto es lo que me dicta mi conciencia.» Firme y noble respuesta, si así fue dada, propia de quien ceñía la diadema de antiguos, gloriosos y dilatados reinos.

Viniendo a cabo la negociación puso S. M. en manos de Mr. de Laforest una carta en contestación a la del emperador concebida en estos términos:

«Señor: El conde de Laforest me ha entregado la carta que V. M. I. me ha hecho la honra de escribirme fecha 12 del corriente; e igualmente estoy muy reconocido a la honra que V. M. I. me hace de querer tratar conmigo para obtener el fin que desea de poner un término a los negocios de España.

»V. M. I. dice en su carta que la Inglaterra fomenta en ella la anarquía, el jacobinismo, y procura aniquilar la monarquía española. No puedo menos de sentir en sumo grado la destrucción de una nación tan vecina a mis estados y con la que tengo tantos intereses marítimos comunes. Deseo pues quitar [prosigue V. M.] a la influencia inglesa cualquiera pretexto, y restablecer los vínculos de amistad y de buenos vecinos que tanto tiempo han existido entre las dos naciones. A estas proposiciones, Señor, respondo lo mismo que a las que me ha hecho de palabra de parte de V. M. I. y R. el señor conde de Laforest; que yo estoy siempre bajo la protección de V. M. I., y que siempre le profeso el mismo amor y respeto de lo que tiene tantas pruebas V. M. I.; pero no puedo hacer ni tratar nada sin el consentimiento de la nación española, y por consiguiente de la Junta. V. M. I. me ha traído a Valençay, y si quiere colocarme de nuevo en el trono de España, puede V. M. hacerlo, pues tiene medios para tratar con la Junta, que yo no tengo; o si V. M. I. quiere absolutamente tratar conmigo, y no teniendo yo aquí en Francia ninguno de mi confianza, necesito que vengan aquí con anuencia de V. M., diputados de la Junta para enterarme de los negocios de España; [S. M. tenía idea muy confusa de ellos, según se ve por el modo como habla, no estando informado sino por el vicioso conducto de los diarios censurados del imperio.] ver los medios [prosigue la carta] de hacerla verdaderamente feliz, y para que sea válido en España todo lo que yo trate con V. M. I. y R.

»Si la política de V. M. y las circunstancias actuales de su imperio no le permiten conformarse con estas condiciones, entonces quedaré quieto y muy gustoso en Valençay, donde he pasado ya cinco años y medio, y donde permaneceré toda mi vida si Dios lo dispone así.

»Siento mucho, Señor, hablar de este mondo a V. M.; pero mi conciencia me obliga a ello. Tanto interés tengo por los ingleses como por los franceses; pero sin embargo debo preferir a todo los intereses y felicidad de mi nación. Espero que V. M. I. y R. no verá en esto mismo más que una nueva prueba de mi ingenua sinceridad y del amor y cariño que tengo a V. M. Si prometiese yo algo a V. M. y que después estuviese obligado a hacer todo lo contrario, ¿qué pensaría V. M. de mí? Diría que era un inconstante y se burlaría de mí, y además me deshonraría para con toda la Europa.

»Estoy muy satisfecho, Señor, del conde de Laforest que ha manifestado mucho celo y ahínco por los intereses de V. M., y que ha tenido muchas consideraciones para conmigo.

»Mi hermano y mi tío me encargan los ponga a la disposición de V. M. I. y R.

»Pido, Señor, a Dios conserve a V. M. muchos años.(* Ap. n. [24-3].) — Valençay, 21 de noviembre de 1813. — Fernando.»[*]

La imparcialidad histórica nos ha impuesto la obligación de sacar estos hechos de la obra que, al volver a España, publicó Don Juan Escóiquiz, (* Ap. n. [24-4].) bajo el título de [*] Idea sencilla, etc., cuyo relato en el asunto da este a entender haberle tomado de las apuntaciones que de su puño extendiera en Valençay Fernando mismo. Nada tenemos que oponer a semejante aseveración, y menos a una autoridad de esfera tan elevada. Mas, con todo, atendiendo a la anterior conducta, vacilante, débil y aún sumisa de los príncipes cautivos en Francia y a los acontecimientos que luego sobrevinieron, como también a una singular ocurrencia de que se hablará después; pudiera el lector sensato y desapasionado suspender el juicio sobre la veracidad en sus diversas partes de la narración citada, y aun inclinarse a creer que hubo olvidos en ella, o algunas variantes entre lo que S. M. escribió y el extracto o copia que hizo D. Juan Escóiquiz.

Sea de ello lo que fuere, peregrinas por cierto aparecen no poco las expresiones de sentimiento y pesar que vertió Mr. de Laforest por la suerte deplorable de España, como si no fuera su amo el principal autor; y aún más las noticias y avisos que dio acerca de las maquinaciones o intentos del gabinete británico; pues pintar a este afanándose por introducir en España una república, o por mudar la dinastía sustituyendo a la antigua la de Braganza, invención es que traspasa los límites de la imaginación más desvariada o que se hunde en las cavilosidades de grosera vulgaridad. ¿Cómo ni siquiera pensar que los sucesores de Pitt y de sus máximas tratasen de fundar una república, y una república en España? ¿Cómo que les pluguiese unir aquella corona y la de Portugal, y unirlas bajo la rama de Braganza, enlazada con la de Borbón? ¡Ah! Menester fue gran desmemoramiento de cosas pasadas y presentes, y confianza suma en la ignorancia e impericia de los príncipes españoles, para producir, en apoyo de la política de Napoleón, argumentos tales, y tan falsas y ladeadas razones, expuestas con tanta desmaña. Asombra en verdad, mayormente viniendo la idea y su manifestación de un soberano diestro al par que astuto, y de un estadista envejecido en los negocios, (* Ap. n. [24-5].) ambos de una nación en donde,[*] al decir ya del gran duque de Alba, son tan grandes maestros en colorar cosas mal hechas.

Llegada
a Valençay
del duque
de San Carlos.

Prosigamos en nuestra relación. No desistiendo el emperador francés de su propósito, a pesar de la respuesta que parece le dio el rey Fernando, repitió sus instancias y continuó la negociación entablada, al llegar a Valençay el duque de San Carlos, traído allí de su orden de Lons-le-Saulnier, en donde le tenía confinado cosa había de cinco años. Renováronse entonces las conferencias, a que asistieron S. M. y A. A., Laforest y San Carlos, acordándose unánimemente entre ellos, que los dos últimos, autorizados competentemente con plenos poderes de sus respectivos soberanos, hiciesen y firmasen un tratado concebido en términos ventajosos para España, si bien no debía considerarse este concluido hasta que llevado a Madrid por el duque, fuese ratificado por la Regencia y también por el rey cuando, restituido al trono, estuviese en el goce de verdadera y plena libertad.

Vase por aquí viendo de qué modo empezaba Fernando a ceder en su repugnancia de meterse en tratos con Napoleón antes de averiguar cuáles fuesen los deseos del gobierno legítimo establecido en España; ora que en realidad no se hubiese mostrado nunca tan opuesto como nos lo encarece Escóiquiz, ora que torciesen aquel buen ánimo los consejeros españoles que iban llegando a Valençay, fieles a su persona, pero bastante desacertados en sus miras y rumbos políticos.

Tratado
concluido
en Valençay.

No tardaron en estar conformes los plenipotenciarios Laforest y San Carlos, estipulando el 8 de diciembre un tratado cuyo tenor era en sustancia:

«1.º Reconocer el emperador de los franceses a Fernando y sus sucesores por reyes de España y de las Indias, según el derecho hereditario establecido de antiguo en la monarquía, cuya integridad manteníase tal como estaba antes de comenzarse la actual guerra; con la obligación por parte del emperador de restituir las provincias y plazas que ocupasen aún los franceses, y con la misma por la de Fernando respecto del ejército británico, el cual debía evacuar el territorio español al propio tiempo que sus contrarios. 2.º Conservar recíprocamente ambos soberanos [Napoleón y Fernando] la independencia de los derechos marítimos conforme se había estipulado en el tratado de Utrecht, y continuádose hasta el año de 1792. 3.º Reintegrar a todos los españoles del partido de José en el goce de sus derechos, honores y prerrogativas, no menos que en la posesión de sus bienes, concediendo un plazo de 10 años a los que quisieran venderlos para residir fuera de España. 4.º Obligarse Fernando a pagar a sus augustos padres, el rey Carlos y la reina su esposa [quienes en busca de región más templada se habían trasladado de su anterior residencia a Marsella, como después a Roma], treinta millones de reales al año, y ocho a la última, en caso de quedar viuda. 5.º Convenirse las partes contratantes en ajustar un tratado de comercio entre ambas naciones, subsistiendo, hasta que esto se verificase, (* Ap. n. [24-6].) las relaciones comerciales en el mismo pie en que estaban antes de la guerra de 1792.»[*]

Viaje
de San Carlos
a España.
(* Ap. n. [24-7].)

Confiose al duque de San Carlos el encargo de llevar este tratado a España con carta [*] del rey para la Regencia, que sirviese de credencial, y una instrucción ostensible que escudase a Fernando cerca del gobierno francés. Exigíase del de Madrid, en el primer documento, la ratificación del tratado; pensamos que lo mismo en el segundo, bien que nada nos asegura sobre esto Escóiquiz; y solo sí que S. M. hizo de palabra a San Carlos las advertencias siguientes: «1.ª, que en caso de que la Regencia y las Cortes fuesen leales al rey y no infieles e inclinadas al jacobinismo, como ya S. M. sospechaba, se les dijese era su real intención que se ratificase el tratado, con tal que lo consintiesen las relaciones entre España y las potencias ligadas contra la Francia, y no de otra manera. 2.ª, que si la Regencia, libre de compromisos, le ratificase, podía verificarlo temporalmente entendiéndose con la Inglaterra, resuelto S. M. a declarar dicho tratado forzado y nulo a su vuelta a España por los males que traería a su pueblo semejante confirmación. Y 3.ª, que si dominaba en la Regencia y en las Cortes el espíritu jacobino, nada dijese el duque y se contentase con insistir buenamente en la ratificación, reservándose S. M., luego que se viese libre, (* Ap. n. [24-8].) el continuar o no la guerra, según lo requiriese el interés o la buena fe de la nación.»[*]

Envía Napoleón
a Valençay
a otros españoles.

Después de esto, partió el de San Carlos de Valençay el 11 de diciembre, bajo el falso nombre de Ducos, para ocultar más bien su viaje e impedir hasta el trasluz del objeto de la comisión. En su ausencia, quedó encargado de continuar tratando con el conde de Laforest Don Pedro Macanaz, traído también allí algunos días antes por orden del emperador, lo mismo que los generales Don José Zayas y Don José de Palafox, encerrados en Vincennes, no habiéndose Napoleón olvidado tampoco en su llamamiento de Don Juan Escóiquiz, quien el 14 de diciembre llegó de Bourges, en donde le tenían confinado, y al instante tomó parte, por disposición de Fernando, en las conferencias de Macanaz y Laforest, sin que por eso mejorasen los asuntos de semblante, ni él adquiriese mayor fama de la que ya gozaba y habíale cabido como estadista y negociador en los sucesos de Madrid y Bayona.

Nuevas
reflexiones.

Apesárase el alma al contemplar, y desgracia es de España, que los mismos hombres [no se alude en este caso a Palafox ni a Zayas] que, por sus errados consejos, habían influido poderosamente en meter a la nación y al rey en un mar de desdichas sin suelo apenas ni cabo, volviesen a salir al teatro político para representar papeles parecidos a los de antes, trabajando por extremarse en idénticos desvíos de discernimiento y buen juicio.

Porque, en efecto, si examinamos con atención el tratado de Valençay, cuya letra no ha podido alterarse, patente se hace permanecían aún vivas las inclinaciones de Bayona entre los cortesanos que asistieron allí en 1808; pues en el contexto del referido tratado ni siquiera se nombra al gobierno nacional, que durante la ausencia del rey había agarrado con gloria y dichosa estrella el timón de los negocios públicos, ni tampoco se hace mención de los aliados, acordándose solo de los ingleses para repelerlos fuera del territorio español a manera de enemigos. Y si del tratado pasamos a las instrucciones que de palabra se comunicaron a San Carlos, y cuenta Escóiquiz, ¿habrá nadie que no las gradúe de mal sonantes, falaces e impropias de la dignidad real? En ellas, queriendo por una parte engañar a Napoleón mismo y faltarle a lo pactado, suscítanse por la otra recelos contra la Regencia y las Cortes, y aun se sospecha de su lealtad, anunciando en su escrito Don Juan Escóiquiz, que, sin las precauciones adoptadas, «hubiera podido llegar, por la infidelidad de la Regencia, la noticia de las intenciones del rey al gobierno francés, y echarlo todo a perder.»[*] (* Ap. n. [24-9].) En hora buena desagradasen al tal autor y a los suyos las opiniones de las Cortes y sus providencias en materia de reformas, aunque no las conociese bien; pero tildar a sus individuos del modo que lo hicieron, y aun creer que la Regencia fuese capaz de descubrir a Napoleón un secreto del rey, como en su folleto estampa osadamente el Don Juan, cosa es que alborota el ánimo y provocará a ira al español más pacífico y templado, siempre que sea amante de la verdad y de la justicia. ¡Qué! ¿Hombres íntegros y de incontrastable firmeza, en tiempos procelosos y desesperados, mudaríanse de repente y ahora, cuando iba a entrarse en otros serenos y bonancibles? No, ni imaginado lo hubieran antes ni después, ni entonces, aun dado caso que hubiese ya zumbado en sus oídos el ruido de los grillos y cadenas que preparaban para ellos y la patria, en recompensa de tribulaciones pasadas y grandes servicios, los de Valençay y secuaces.

Que fuese el encubierto deseo de los consejeros de Fernando rehuir de otras alianzas y estrechar la del emperador francés, ya por miedo, ya por la ciega admiración que aún conservaban a su persona, colígese del tratado referido que no consiente interpretaciones ni posteriores variantes, y de la conducta que todos ellos tuvieron e iremos observando hasta la final caída de Bonaparte, no siendo de menospreciar tampoco, en comprobación, una ocurrencia que arriba apuntamos, y es oportuno contar aquí.

Comisionados
franceses
enviados
a España.

Por el mismo tiempo en que andaban los tratos de Valençay, vinieron a España unos comisionados franceses que bajo de cuerda dirigía y manejaba desde su país un tal Mr. Tassin, sujeto inquieto, muy entremetido y de secretos amaños. Traían aquellos encargo de introducir desconfianza respecto de los ingleses, y trabajar ahincadamente para que estos saliesen de España. Dos eran los principales comisionados, revestidos de poderes y con autorización competente. Presentose uno de ellos al general Mina, y esquivó el otro encontrarse hacia Irún con lord Wellington y Don Manuel Freire, encaminando sus pasos a Bilbao, en donde se avocó con un cierto Echevarría, amigo y corresponsal de los de Valençay desde los sucesos de Bayona, a quien de intendente vimos convertido en guerrillero allá en Alcañices. Mezcláronse con los expresados emisarios algunos otros, entre los cuales merece mentarse un Mr. Magdelaine, hombre muy gordo y de aparente buen natural, del que se sirvió para engañar a Don Miguel de Álava y a lord Wellington a punto de sacarles dinero y recomendaciones. El comisionado o agente que se avistó con Mina, de nombre Mr. Duclerc, descubriose a este y le manifestó el objeto de su comisión, entregándole diversos papeles. Informada de todo la Regencia del reino, y cierta de lo avieso y torcido de la trama urdida, dispuso proceder contra los ejecutores de ella, y ordenó, en consecuencia, la prisión de varios sujetos, señaladamente la del que hemos dicho haberse enderezado a Bilbao, de cuya persona, ya de vuelta, se apoderó dentro del territorio francés Don Miguel de Álava, en virtud de orden superior y por medio del comisario de policía Mr. Latour. Trataba la Regencia de que se castigase ejemplarmente a semejantes enredadores, cuando tuvo que detenerse, sabedora de que entre los documentos había algunos que aparecían firmados de puño y letra de persona muy elevada y augusta. Suspendiéronse de resultas las diligencias judiciales, y procurose dar treguas al asunto y aun echarle tierra. No faltó quien entonces pensase, y fundadamente, (* Ap. n. [24-10].) que todo ello había sido pura fragua y falsificación [*] de Don Juan Amézaga, hombre mal reputado e instrumento secreto del gobierno francés; pero mudaron de dictamen, o quedaron perplejos al averiguar que los arrestados recobraron su libertad al tornar Fernando a España, (* Ap. n. [24-11].) y que recibieron en 1815 una suma considerable [*] a trueque de que entregasen papeles al parecer importantes que todavía conservaban en su poder, y con cuya publicación amenazaban al rey Fernando soberbia y desacatadamente.

Llega San Carlos
a Madrid.

Mientras tanto, el duque de San Carlos iba acercándose a Madrid, si bien no llegó a aquella capital hasta el 4 de enero, impidiéndole las circunstancias verificarlo con mayor presteza. También se dilató el despacho del negocio que le traía, por hallarse a la propia sazón todavía de viaje la Regencia y las Cortes, y tardar estas algunos días en instalarse; Disgusto
que causa
su llegada. con lo que se dio lugar a muchas hablillas, y a que se pusiese la opinión muy hosca y embravecida contra el de San Carlos, recordando lo de Bayona; y saltando a veces la valla de lo lícito los dichos y alusiones ofensivas que insertaban los periódicos, y se repetían en fiestas teatrales y en jácaras que entonaban y esparcían los ociosos por calles y plazas.

Viaje también
de Palafox
a Madrid.

En Valençay, impacientes cada vez más los que allí quedaron, y temerosos de que el duque de San Carlos enfermase o tuviese tropiezos en el camino, idearon enviar con igual comisión a Don José de Palafox, cuyo nombre era más popular en conmemoración de Zaragoza, y por tanto menos expuesto a excitar enojo dentro de España, y causar quebrantos y detenciones. Púsose así el Don José en camino, trayendo los mismos papeles que el que le había precedido, (* Ap. n. [24-12].) acompañados de otra instrucción [*] comprensiva de varios puntos relativos al cumplimiento del tratado, y una nueva carta o credencial para la Regencia, con expresiones, además, según parece, halagüeñas y de agradecimiento, si bien verbales, dirigidas al embajador de Inglaterra. Partió Palafox de Valençay el 24 del propio diciembre, bajo el nombre de Mr. Taysier, y llegó a Madrid en el mes inmediato, días después que San Carlos.

Contestación
de la Regencia
y sus cartas
al rey.

Enterada la Regencia de la comisión del último, ya a su paso por Aranjuez, ni un momento vaciló en lo que debía contestar. Teníale la ley trazado el sendero, habiendo declarado las Cortes extraordinarias, a la unanimidad, por su decreto de 1.º de enero de 1811, conforme en su lugar dijimos, «que no reconocerían, y antes bien tendrían por nulo y de ningún valor ni efecto, todo acto, tratado, convenio, o transacción de cualquiera clase o naturaleza... otorgados por el rey mientras permaneciese en el estado de opresión y falta de libertad en que se hallaba... pues jamás le consideraría libre la nación, ni le prestaría obediencia hasta verle entre sus fieles súbditos en el seno del Congreso nacional... o del gobierno formado por las Cortes.» Remitió pues la Regencia copia auténtica a S. M. de este decreto con una carta del tenor siguiente:

«Señor: la Regencia de las Españas nombrada por las Cortes generales y extraordinarias de la Nación, ha recibido con el mayor respeto la carta que V. M. se ha servido dirigirle por el conducto del duque de San Carlos, así como el tratado de paz y demás documentos de que el mismo duque ha venido encargado.

»La Regencia no puede expresar a V. M. debidamente el consuelo y júbilo que le ha causado el ver la firma de V. M., y quedar por ella asegurada de la buena salud que goza en compañía de sus muy amados hermano y tío, los señores infantes Don Carlos y Don Antonio, así como de los nobles sentimientos de V. M. por su amada España.

»La Regencia todavía puede expresar mucho menos cuáles son los del leal y magnánimo pueblo que lo juró por su rey, ni los sacrificios que ha hecho, hace y hará hasta verlo colocado en el trono de amor y de justicia que le tiene preparado; y se contenta con manifestar á V. M. que es el amado y deseado de toda la Nación.

»La Regencia, que en nombre de V. M. gobierna a la España, se ve en la precisión de poner en noticia de V. M. el decreto que las Cortes generales y extraordinarias expidieron el día 1.º de enero del año de 1811, de que acompaña la adjunta copia.

»La Regencia, al trasmitir a V. M. este decreto soberano, se excusa de hacer la más mínima observación acerca del tratado de paz; y sí asegura a V. M. que en él halla la prueba más auténtica de que no han sido infructuosos los sacrificios que el pueblo español ha hecho por recobrar la real persona de V. M., y se congratula con V. M. de ver ya muy próximo el día en que logrará la inexplicable dicha de entregar a V. M. la autoridad real, que conserva a V. M. en fiel depósito, mientras dura el cautiverio de V. M. Dios conserve a V. M. muchos años para bien de la monarquía. — Madrid 8 de enero de 1814. — Señor. — A. L. R. P. de V. M. — Luis de Borbón, cardenal de Escala, arzobispo de Toledo, presidente. — José Luyando, ministro de estado.»

Casi en los mismos términos, y con fecha de 28 del propio mes, respondió también la Regencia a la nueva carta que le dirigió el rey por conducto de Don José de Palafox, recordando solo que a S. M. se debía «el restablecimiento, desde su cautiverio, de las Cortes, haciendo libre a su pueblo, y ahuyentando del trono de la España el monstruo feroz del despotismo.» Aludía esta indicación al decreto que diera el rey en 1808 muy a las calladas en Bayona para convocar las Cortes, trayéndole sin duda a la memoria la Regencia por recelarse ya del rumbo que querían algunos siguiera S. M. al volver a España. Anunciábase también en la misma carta, haber el gobierno «nombrado embajador extraordinario para concurrir a un congreso en que las potencias beligerantes y aliadas iban a dar la paz a la Europa.»

Vuelven
a Francia
San Carlos
y Palafox.

Sucesivamente tornaron a Francia, siendo portadores de las respuestas, el duque de San Carlos y Don José de Palafox, no muy satisfechos uno ni otro, y algo despechado el primero por los desaires que había recibido y los insultos a que se viera expuesto.

Da cuenta
a las Cortes
de este negocio
la Regencia
del reino.

Comunicó la Regencia a las Cortes todo el negocio, como de suma gravedad, inquiriendo además de ellas lo que convendría practicar, en caso de que Napoleón, prescindiendo de su propuesto tratado, soltase al rey, según ya se susurraba, con ánimo de descartar a España cuanto antes de la alianza europea, e introducir entre nosotros discordias y desazones nuevas. Primero que se satisficiese a cuestión tan ardua, decidieron las Cortes oír acerca de la misma al consejo de estado, cuya corporación, sin titubear en nada, fue de dictamen de «que no se permitiese ejercer la autoridad real a Fernando VII hasta que hubiese jurado la Constitución en el seno del congreso, y de que se nombrase una diputación que al entrar S. M. libre en España le presentase la nueva ley fundamental, y le enterase del estado del país y de sus sacrificios y muchos padecimientos»; con otras advertencias respecto de los españoles comprometidos con José, algo rigurosas y de temple áspero como el ambiente que corría.

En vista de esta consulta y de lo manifestado por la Regencia, deliberaron en secreto las Cortes sobre el asunto; y bastante unidos sus vocales convinieron en dar un decreto que se publicó con fecha 2 de febrero, por el cual se declaraba que

«conforme a lo decidido por las Cortes generales y extraordinarias en 1.º de enero de 1811, no se reconocería por libre al rey, ni por lo tanto se le prestaría obediencia, hasta que en el seno del congreso nacional prestase el juramento que se exigía en el artículo 173 de la Constitución; que al acercarse S. M. a España los generales de los ejércitos que ocupasen las provincias fronterizas, pusiesen en noticia de la Regencia, la que debía trasladarla a las Cortes, cuantas hubiesen adquirido acerca de la venida del rey y de su acompañamiento, con las demás circunstancias que pudiesen averiguar; que la Regencia diese a los generales las instrucciones y órdenes necesarias a fin de que al llegar el rey a la frontera, recibiese copia de este decreto del 2 de febrero, y una carta de la Regencia, con la solemnidad debida, enterándole del estado de la nación y de las resoluciones tomadas por las Cortes para asegurar la independencia nacional y la libertad del monarca; que no se permitiese entrar con el rey ninguna fuerza armada, y que en caso que esta intentase penetrar por nuestras fronteras o las líneas de nuestros ejércitos, fuese rechazada conforme a las leyes de la guerra; que si la fuerza armada que acompañare al rey fuere de españoles, los generales en jefe observasen las instrucciones que tuviesen del gobierno, dirigidas a conciliar el alivio de los que hayan padecido la desgraciada suerte de prisioneros con el orden y seguridad del estado; que el general del ejército que tuviese el honor de recibir al rey, le diese de su mismo ejército la tropa correspondiente a su alta dignidad y honores debidos a su real persona; que no se permitiese a ningún extranjero acompañar al rey, ni tampoco en manera alguna a los españoles que hubiesen obtenido de Napoleón o de José empleo, pensión o condecoración de cualquiera clase que fuese, o hubiesen seguido a los franceses en su retirada. Confiábase al celo de la Regencia el señalar la ruta que había de seguir S. M. hasta llegar a la capital, y se autorizaba a su presidente, para que, en constando la entrada del rey en territorio español, saliese a recibirle hasta encontrarle y acompañarle a la capital con la correspondiente comitiva; presentando a S. M. un ejemplar de la Constitución, a fin de que, bien instruido, pudiese prestar con cabal deliberación y libertad cumplida el juramento que dicha Constitución prescribía, cuya formalidad habíase de llenar yendo el rey en derechura al salón de Cortes, y pasando después acto continuo a palacio para recibir de manos de la Regencia el gobierno de la monarquía, todo lo cual debían las Cortes anunciarlo a la nación por medio de un decreto.»[*] (* Ap. n. [24-13].)

Se recibe
con aplauso.

El actual ensalzáronle entonces los más, y le aplaudieron vivamente los aliados, calificándole de prudente y muy oportuno. Aprobáronse sus artículos y la totalidad en sesión secreta, por una mayoría muy crecida, sentándose y levantándose y no por votación nominal; habiéndole desechado solo diez o doce diputados. Firmaron el acta para más cumplida solemnidad todos los que de ellos estuvieron presentes, proponiendo en la sesión del 3 el diputado Sánchez, y decidiendo en la del 8 las Cortes, que se publicase y circulase, Manifiesto
que debe
acompañarle. juntamente con el decreto del 2 y demás documentos en el negocio, un manifiesto en que se especificasen los fundamentos de la determinación tomada. Hízose así, leído que fue este y aprobado en el día 19 de febrero;[*] (* Ap. n. [24-14].) distinguiéndose por su lenguaje elevado y bien sentido, como producción elocuente de Don Francisco Martínez de la Rosa.

Cambio
en la opinión
y reflexión
sobre esto.

Al caer Napoleón y las Cortes, sucedieron a las alabanzas prodigadas al decreto agrias censuras, y hubo muchos que le tacharon de nimio y aun depresivo de la autoridad real. Tuvieran en ello razón tratándose de tiempos ordinarios, no de revueltos y de tempestad y ventisca, como los que entonces corrían y se oteaban; en arma todavía los gobiernos y los pueblos contra el dominador de Francia, quien, no abatido del todo, esforzábase por mantenerse firme y aun por empinarse de nuevo con no menos presunción que astucia.

Cierto que hubiera valido más no poner tantas trabas al viaje del rey, ni tanto retardo en la reintegración de su autoridad; prefiriendo a minuciosas precauciones otras de seguro y feliz éxito, y de viso no tan desapacible; procurando sobre todo rodear a Fernando desde su entrada en España de varones de buen consejo y tino, que atajasen en su origen cualquiera derivación que tirase a formar en el curso de los negocios públicos extravasado y peligroso caz.

Ligas y manejos
contra las nuevas
reformas.

Los contados vocales que desaprobaron en las Cortes el decreto del 2 de febrero, no lo hicieron por ser partidarios o fautores de la usurpación extranjera, sino antes bien porque, mirando ya a esta como colgadiza y próxima a desprenderse y dar en el suelo, vagueaban su pensamiento, siendo enemigos de toda mudanza, sobre el modo más conveniente de destruir las nuevas reformas y reponer las cosas en el estado que tenían en España de muy antiguo. En Sevilla, Córdoba, Madrid y otros lugares, en donde, meses pasados, permanecieran ociosos ellos y varios de sus compañeros, no pudiendo, a causa de la fiebre amarilla, trasladarse a la Isla de León, habían menudeado las juntas y las conferencias enderezadas todas a la buena salida del indicado objeto; andando en ellas el conde del Abisbal, con licencia a la sazón en Córdoba, quien desde entonces llevó secretas inteligencias con Don Bernardo Mozo Rosales, Don Antonio Gómez Calderón y otros diputados, principales jefes del partido antirreformador.

El recelo aún de franceses, impensados embarazos, y la falta de un apoyo efectivo y bien sólido, lejano y no seguro Abisbal de su ejército, impidieron entonces tomase cuerpo el plan proyectado, y bastantes vocales de los mismos que en él entraban no dejaron de coadyuvar con su voto a la aprobación del decreto de 2 de febrero; predominando entre ellos la idea de que Napoleón, no derrocado todavía del trono, podría influir malamente en el rey y en sus inadvertidos e ilusos consejeros.

Pero firmes en llevar adelante su propósito, removido que fuese aquel obstáculo, abocáronse varios diputados y otros sujetos con el duque de San Carlos, procurando granjearle la voluntad para que indujese al rey a favorecer semejantes manejos. Aunque oculto el fuego, columbrábanse de cuando en cuando llamaradas que le descubrían, siendo en ello parte la vanagloriosa indiscreción, o algunos aventurados pasos de echadizos poco diestros.

Extraño discurso
del diputado
Reina.

En este caso podemos decir estuvo Don Juan López Reina, diputado por Sevilla, quien en la sesión del 3 de febrero causó en las Cortes inaudito escándalo, levantándose a hablar después de admitida a discusión en aquel día la propuesta del manifiesto arriba indicado, y diciendo sin preámbulos y desarrebozadamente: «Cuando nació el señor Don Fernando VII, nació con un derecho a la absoluta soberanía de la nación española; cuando por abdicación del señor Don Carlos IV obtuvo la corona, quedó en propiedad del ejercicio absoluto de rey y señor...» Al oír estas palabras, gritos y clamores salieron contra el orador de todas partes, llamándole al orden. Pero no contenido por eso, ni reportado, exclamó el señor Reina: «Un representante de la nación puede exponer lo que juzgue conveniente a las Cortes, y estas estimarlo o desestimarlo...» «Sí, [interrumpiéronle varios diputados] si se encierra en los límites de la Constitución; no si se sale de ellos...» «Luego que [prosiguió tranquilamente el señor Reina], restituido el señor Don Fernando VII a la nación española, vuelva a ocupar el trono, indispensable es que siga ejerciendo la soberanía absoluta desde el momento que pise la raya...» Alboroto
que causa
en las Cortes
y sus resultas. Si grande fue el tumulto que produjeron las primeras palabras de este diputado, inexplicable fue el que excitaron las últimas, exclamando muchos que «no se le permitiese continuar hablando, que se escribiesen sus expresiones, y que expulsándole del salón pasasen estas, que eran contrarias a la ley fundamental del estado, al examen de una comisión especial.» Decidiose así al cabo de largo debate y no poco acaloramiento, habiendo pasado el asunto al examen de una comisión, y en seguida al tribunal de Cortes, donde no tuvo resulta, escondido y ausente poco después el señor Reina, a quien, en premio y a petición suya, concediósele, a la vuelta del rey a España, nobleza personal. Era antes este diputado hombre de escaso valer y de profesión escribano, instrumento ciego en aquella ocasión del bando anticonstitucional a que pertenecía. Traspié el suyo de escándalo solo y pernicioso ejemplo, sobresaltó más que por lo que sonaba, por lo que suponía de soterrado y oculto.

Tratan algunos
de mudar
la Regencia.

Realizáronse estas sospechas al traslucirse que se fraguaba el cambiar de súbito la Regencia actual del reino. Varones de probidad los individuos que la componían, y a sus juramentos muy fieles, no daban entrada a maquinaciones ni a miras torcidas; y menester era separarlos del mando para socavar más desembarazadamente el edificio constitucional recién levantado, y preparar su entero hundimiento al tiempo que el rey volviese. Tantearon al efecto los promovedores a muchos diputados, y entre ellos a algunos de la opinión liberal, alegando en favor de la propuesta razones plausibles y de conveniencia pública. Pero no satisfechos los mismos de las resultas de los pasos dados, arrojáronse a ganar en silencio y por sorpresa lo que dudaban conseguir a las claras y francamente, intentando poner en práctica su pensamiento en una sesión secreta de las de febrero. No lo consiguen;
con otros
incidentes. Salioles vana la tentativa, porque maniobrando el partido reformador con destreza y maña, previno el golpe, y aun lo paró del todo, aprobándose por gran mayoría de votos una proposición muy oportuna que hizo el 17 del propio mes el señor Cepero, según la cual se declaró que solo podría tratarse de mudanza de gobierno en sesión pública y con las formalidades que prevenía el reglamento. Proposición a que también movió un informe del ministro de gracia y justicia y una representación en aquel día del general Don Pedro Villacampa, que mandaba en Madrid, dando cuenta de las causas que habían impelido al arresto de un tal Don Juan Garrido y de cierto presbítero de nombre Don José González, como también al de algunos soldados; dispuestos los primeros a excitar trastornos, y gratificados los segundos por mano oculta con una peseta diaria, aguardiente y pan. Descompusieron semejantes providencias (* Ap. n. [24-16].) la maraña tejida entonces,[*] de intrincada urdimbre, y hubieron sus tramadores de aguardar a que llegase tiempo más propicio para la ejecución de sus planes; el cual en verdad no anduvo en su curso ni perezoso ni lento.

Cierran
las Cortes
ordinarias
sus sesiones.

Terminaron las Cortes ordinarias las sesiones del primer año de su diputación el 19 de febrero, invertido el tiempo y orden constitucional a causa de las circunstancias particulares en que se habían juntado; y por lo que para volver a él, en cuanto fuese dable, y sujetarse a las minuciosas formalidades de la Constitución, extremas por cierto y nada conducentes al breve y acertado despacho de los negocios, empezaron el 20 del mismo mes las juntas preparatorias, Las vuelven
a abrir. abriéndose el 1.º de marzo las sesiones del segundo año, o sea segunda legislatura de estas Cortes.

Reconocimiento
del Austria
y tratado
con Prusia.

A la propia sazón ensancháronse también las relaciones de buena amistad y alianza con otros estados, recibiendo la Regencia del reino a Mr. Genotte como encargado de negocios de Austria, y concluyendo con la Prusia un tratado, hecho en Basilea el 20 de enero de este año de 1814, a semejanza de los celebrados en el anterior con Rusia y Suecia, y en cuyo artículo 2.º decíase: «S. M. prusiana reconoce a S. M. Fernando VII como solo legítimo rey de la Monarquía española en los dos hemisferios, así como a la Regencia del reino que durante su ausencia y cautividad le representa, legítimamente elegida por las Cortes generales y extraordinarias, según la Constitución sancionada por estas y jurada por la nación.» Artículo que aunque no tan directo ni explícito en algunas de sus cláusulas, como el correspondiente en los otros dos convenios, citados ya, de Rusia y Suecia, éralo bastante para probar que la Prusia no se desviaba en esta parte de la política de las demás potencias aliadas, ni desconocía la legitimidad de las Cortes, ni por consiguiente la de sus actos.

Sucesos militares.
Cataluña.

Tornemos ahora la vista a las cosas de la guerra. En Cataluña manteníase todavía en Barcelona el mariscal Suchet, bien que preparado a la retirada, conservando además la línea del Llobregat que se extendía desde Molins de Rey hasta San Boi y el desaguadero del río. El 16 de enero resolviéronse a embestir estos puntos las fuerzas anglo-sicilianas a las órdenes de Sir Guillermo Clinton, en unión con las del primer ejército que mandaba el general Copons, y la tercera división del segundo regida por Don Pedro Sarsfield. Tuvo origen este plan en un arreglo concluido entre el general Clinton y Don José Manso, tocando al inglés acometer de frente con 8000 hombres por la calzada de Barcelona, y al español situarse a espaldas de Molins de Rey en un ventajoso puesto que dominaba el camino por donde los enemigos tenían forzadamente que retirarse. Mas, al ir a ejecutar lo proyectado, aunque ya con la venia Manso de Don Francisco Copons, general en jefe, prefirió este tomar sobre sí la empresa y cooperar en persona a la acometida de Sir Guillermo Clinton. No correspondió a su deseo el éxito, porque habiendo el Don Francisco calculado mal el tiempo, sin atender a la oscuridad de la noche ni a lo perdido de los caminos, llegó tarde, y presentose no a la retaguardia de los franceses, según lo convenido, sino por el flanco; con lo que pudieron los enemigos, a las órdenes del general Mesclop, replegarse a la izquierda del Llobregat por el puente fortificado de Molins de Rey, y recibir ayuda de Pannetier, que mandaba toda la división. Don Pedro Sarsfield con la suya y caballería inglesa los apretó de cerca, señalándose el primer batallón de voluntarios de Aragón, cuyo teniente coronel, Don Juan Terán, quedó gravemente herido. Acorrieron en seguida tropas de Barcelona al son de guerra, y procuró Suchet atraer a los aliados hacia San Feliú del Llobregat, para cogerlos como en una red; pero viviendo los nuestros muy sobre aviso, retrocedieron y contentáronse con el reconocimiento hecho, y haber aventado a los franceses de la derecha del río.

La suerte de estos en Cataluña se empeoraba cada día, disminuyéndose su fuerza considerablemente: dos terceras partes de jinetes, 8 a 10.000 peones, y casi toda la artillería recibieron orden de dirigirse sobre León de Francia; apremiado el emperador por los reveses y descalabros en tal grado que mandó se verificase este movimiento, tuviese o no buen paradero la comisión del duque de San Carlos. Así sucedió, emprendiendo su marcha aquellas tropas en el enero, Se retira Suchet
a Gerona. y saliendo de Barcelona el 1.º del inmediato mes el mismo general Suchet, quien se reconcentró en Gerona y sus cercanías con dos divisiones y una reserva de caballería, a que estaba ahora reducido todo su ejército. Quedó Robert en Tortosa con escasa fuerza, y Habert en la Cataluña baja con unos 9000 hombres, obligado bien pronto a encerrarse dentro de Barcelona, porque, adelantándose los aliados, bloquearon la plaza y estrecháronla del todo ya en 8 del propio febrero.

Van Halen.

Golpes tras golpes que, si bien herían mucho al francés, no le hicieron quizá tanta mella como otro singular y muy recio que le sobrevino improvisamente de parte de quien no podía esperarlo, de un oficial español destinado cerca de su persona y de nombre Don Juan Van Halen. Había sido este alférez de navío de la real armada, y abrazado en los primeros meses de 1808 la causa santa de la independencia hasta que, hecho prisionero en el Ferrol, variando de rumbo tomó partido con los contrarios, y reconoció por rey a José Bonaparte, a quien sirvió durante algunos años dentro y fuera del reino. Estaba el Don Juan con una comisión en París en 1813, cuando empezaba a desplomarse el imperio napoleónico, y después de muchos pasos y empeños, obtuvo se le emplease en el estado mayor del mariscal Suchet, a cuyo cuartel general llegó el 20 de noviembre de aquel mismo año. (* Ap. n. [24-15].) Cuenta Van Halen en un opúsculo [*] que publicó en 1814, haber solicitado semejante destino con el anhelo de prestar alguna asistencia meritoria y digna a la patria que había abandonado, y con la que quería reconciliarse. Púsose de consiguiente, tan luego como volvió a España, en correspondencia con el barón de Eroles, la que continuó por espacio de dos meses, en cuyo tiempo, agenciando dicho Van Halen la clave de la cifra del ejército francés, la pasó a manos del barón, indicando ser este servicio preludio de otros que meditaba.

Se pasa
a los españoles:
sus proyectos
y ardides.

Dio principio a ellos saliendo de Barcelona el 17 de enero por la noche, y haciendo que le siguiesen, en virtud de órdenes falsas, dos escuadrones de coraceros apostados en las cercanías de la ciudad, con intento de que cayesen en una celada que debía armarles el barón de Eroles. Pero retrasado casualmente un aviso remitido al efecto, frustrose la sorpresa, teniendo Van Halen que pensar solo en salvarse, uniéndose al de Eroles en San Feliú de Codinas.

No arredrado ni por eso aquel, metiose en otro empeño aun más atrevido e importante que el anterior; tratándose de nada menos que de fraguar un convenio, que se diría firmado en Tarrasa entre los generales de los respectivos ejércitos, a fin de recuperar, por medio de esta estratagema, fundamento de otras de ejecución, las plazas de Tortosa, Peñíscola, Murviedro, Lérida, Mequinenza y Monzón, en poder todavía de los enemigos. Propuso Van Halen la idea al barón de Eroles, quien la aprobó, como asimismo el general en jefe Don Francisco Copons, si bien este después de ciertas vacilaciones y juiciosos reparos, desconfiando algún tanto del buen éxito de la empresa, por parecerle muy complicada y harto dificultosa.

Tentativa
contra Tortosa.

Finalmente acordes todos, determinaron empezar a probar ventura por Tortosa, cuya ciudad bloqueaban las divisiones segunda y quinta del segundo ejército bajo la comandancia de Don José Antonio de Sanz, asentados sus reales en Cherta. Allí llegaron el 25 de enero el barón de Eroles, y en su compañía el capitán Don Juan Antonio Daura, sujeto práctico y hábil en el arte de la delineación y dibujo, Don José Cid, vocal de la diputación de Cataluña, y el teniente Don Eduardo Bart, muy ejercitado y suelto en la lengua francesa.

Conferenciaron con Sanz los recién venidos, resolviendo sin dilación circuir la plaza más estrechamente de lo que lo estaba; siendo necesario preliminar el que ni dentro ni fuera de ella se vislumbrase cosa alguna de lo que iba tratado. En seguida entendiéronse también los mismos acerca de los pasos que convenía dar y el modo; arreglando primero los papeles y documentos indispensables al caso, cuya imitación y falsía hízose a favor de la idónea y diestra mano del capitán Daura, y de la cifra, firmas y sello que había Van Halen sustraído del estado mayor francés. Dispuesto todo, pasose a poner por obra el ardid, que consistía en enviar, por un lado, secretamante pliegos contrahechos al gobernador de Tortosa, Robert, como si procediesen del Mariscal Suchet, anunciándole la negociación que se suponía entablada en Tarrasa, para que estuviese preparado a evacuar la plaza al recibir el aviso de verificarlo, y en participar, por otro, el general del bloqueo al de Tortosa, públicamente y con posterioridad, haberse concluido ya el tratado pendiente, y haber llegado al campo español un ayudante del mariscal Suchet, con quien podría el gobernador abocarse y platicar a su sabor cuanto gustare; excusando casi añadir nosotros aquí ser Van Halen quien había de representar el papel del ayudante fingido. Fuese efectuando la estratagema con dicha, no obstante un contratiempo ocurrido al portador de los pliegos secretos, yendo el ajuste tan adelante que estuvo próximo a cerrarse y llegar a venturoso fenecimiento. Frústrase esta. Mas impidiolo, según unos, cierto aviso recibido por el gobernador francés al irse a terminar los tratos; según otros, la resistencia que opuso Van Halen a meterse en la plaza, receloso de que se le tendía un lazo, lo cual despertó las sospechas de los contrarios. Nosotros inclinarémonos a creer lo primero, y también a que hubo indiscreciones y demasía en el hablar.

Sale bien
en Lérida,
Mequinenza
y Monzón.

Malograda la tentativa en Tortosa, pareció acertado no repetirla en Peñíscola ni Murviedro, y sí en Lérida, Mequinenza y Monzón. Para ello pusiéronse en camino el 7 de febrero el inventor y los ejecutores de la traza, albergándose el 8 en Flix, desde donde envió a Mequinenza el barón de Eroles a Don Antonio Maceda, ayudante suyo, y al ya citado Don José Cid, con orden ambos de levantar allí los somatenes, bloquear la plaza, y dirigir después a su gobernador, por un paisano, pliegos y documentos que apareciesen despachados por Suchet, al modo mismo de lo que se fingió en Tortosa. Por su parte tiraron hacia Lérida Eroles, Daura, Van Halen y Bart pernoctando juntos a una jornada de la ciudad, pero con la precaución de separarse en la mañana inmediata, no queriendo despertar recelos, y yéndose por de pronto a Torres del Segre los dos últimos, y el de Eroles al campo de Lérida. Allí hizo ostentosa reseña de las tropas, aparentando designio de formalizar el sitio, para introducir después y de oculto en la plaza, por confidente seguro, pliegos concebidos en términos iguales a los enviados antes a Tortosa y Mequinenza, que servían siempre de preparativo a las negociaciones públicas y formales, que se entablaban después para alcanzar la evacuación y próxima entrega del punto en que se había puesto la mira.

Sucedió bien el ardid en Mequinenza, sin que encontrase el portador del primer pliego tropiezo alguno, creyéndose allí verdadero emisario de Suchet; por lo que apresurose el de Eroles a expedir la segunda comunicación, como en Tortosa, valiéndose ahora para ello del ayudante de estado mayor Don José Baeza; quien bien recibido y agasajado por el gobernador francés, de nombre Bourgeois, consiguió evacuasen los enemigos la plaza el 13, precedido un coloquio entre un oficial francés nombrado al efecto y Van Halen, presente también Eroles, habiendo acudido ambos a Mequinenza con esta ocasión.

Después tornó el último a Lérida, y en el camino llegó a sus manos la respuesta de aquel gobernador, de nombre Isidoro Lamarque, al mensaje secreto, extendida en la forma que se deseaba. Aproximose en consecuencia Eroles a aquellos muros, y despachó el segundo pliego a la manera de lo ejecutado en las demás partes, al que contestó dicho Lamarque favorablemente, nombrando para tratar de la evacuación de la plaza a Mr. Polwerell, jefe de su estado mayor. Escogió por su lado para lo mismo el general español a Don Miguel López Baños. Mientras arreglaban estos los artículos de la entrega, hubo una conferencia bastante larga entre Van Halen y el gobernador francés, en la cual procuró aquel desvanecer las dudas que aún inquietaban a su interlocutor. Por fin ocuparon el 15 nuestras tropas a Lérida y todas sus fortalezas.

Faltaba Monzón para completar por esta parte obra tan bien comenzada y seguida. Encargose Don Eduardo Bart de la comisión, para cuyo desempeño debían emplearse los mismos medios que en los otros lugares. Pero tropezose aquí con resistencia obstinada; muy animosa la guarnición por haberse sostenido briosamente contra algunos batallones de Mina que la asediaban, y dirigida la defensa con ciencia y tino por un tal Saint Jacques, piamontés de nación y subalterno en el cuerpo francés de ingenieros, a cuya superioridad de conocimientos en la materia habíase sometido el comandante del castillo modesta y laudablemente. Alegábase por pretexto de no rendirse el depender Monzón del gobernador de Lérida, añadiendo los de dentro que no saldrían de los muros que guardaban, antes de que un oficial suyo se desengañase por sus propios ojos de no ser falso lo que se les anunciaba respecto de aquella plaza. Condescendió Bart con este deseo, no aventurando en ello nada, evacuada ya Lérida. Y acertolo de suerte que, no bien se aseguraron los de Monzón de la verdad del hecho, cuando cesaron en su porfía, abriendo el 18 a los españoles las puertas del castillo.

Tan dichosamente se apoderaron los nuestros de las plazas de Lérida, Mequinenza y Monzón. Tenían todas ellas víveres para muchos meses, y con su reconquista salváronse de la miseria gran número de habitantes, desembarazáronse 6000 hombres ocupados en sus respectivos bloqueos; quedaron libres las comunicaciones del Ebro y sus tributarios, y encumbráronse a mayor remonte los bríos, tan probados ya, de las comarcas vecinas.

Se cogen
prisioneras
las guarniciones.

Coger prisioneras en su marcha las guarniciones cuyo número en su totalidad ascendía a 2300 hombres, acabalaba el triunfo: no se descuidó Eroles en poner los medios para conseguirlo enviando fuerzas que precediesen a los enemigos, y en pos suyo a Don José Carlos con dos batallones y 200 jinetes. Quería el general español rodear a los contrarios y sorprenderlos en los desfiladeros de Igualada; pero prevenidos ellos y recelosos esquivaron el peligro redoblando la marcha. No desistió por eso Eroles de su pensamiento, y obrando de acuerdo con los jefes de las tropas aliadas que asediaban ya a Barcelona, obtuvo viniesen estas al encuentro de los franceses en su ruta para que, unidas con las que rastreaban su huella, los cercasen y estrechasen del todo al llegar a Martorell.

Así sucedió, y allí, quitándosele a los franceses la venda que aún cubría sus ojos, prorrumpieron en expresiones de ira y desesperación. Inútiles ya los duelos y las reconvenciones, tuvo su valor que ceder al adverso hado, y entregarse prisioneros a los españoles, en vez de juntarse a los suyos según confiaban. Pero cuentan se les prometiera entonces la libertad de volver a Francia aunque sin armas ni equipajes militares, lo cual no se cumplió bajo simulados motivos y malamente, porque lícito antes el emplear las estratagemas referidas y lícito el ceñir las guarniciones y someterlas en su marcha como secuela del primer ardid, no lo era después faltar a una estipulación, ajustada libremente a ley de guerra por las opuestas partes, ni autorizaban tampoco a proceder semejante otros engaños de los mismos franceses, ni su omisión en cumplir parecidos empeños o pactos.

Muy irritados los enemigos con la conducta de Don Juan Van Halen, afeáronla a lo sumo, y la graduaron de deserción y de abuso de confianza, nacido, según afirmaban, no de sentimientos honrosos, sino de mudanzas de la fortuna, que torva ahora volvía al francés la espalda y le desamparaba. Juzgáronla de otro modo los españoles por redundar de ella a la patria señalado servicio, digno de recompensa notable; (* Ap. n. [24-17].) bien que de aquellos cuya imitación y ejemplo, al decir de Horacio,[*] puede traer daños en futuros tiempos.

Apuros, gestiones
y movimientos
de Suchet.

Hirió en lo vivo a Suchet el golpe de la pérdida de las tres plazas, no restándole ya en España día de gloria ni sosiego; pues a poco llegole también de Francia orden del ministro de la guerra para negociar con Don Francisco Copons la entrega de las demás plazas de su distrito, excepto la de Figueras, a cuyo fin avistáronse el jefe de estado mayor francés y el del español, brigadier Cabanes, no terminando en nada la conferencia por subir de punto los nuestros en sus demandas, y no ceder mucho los franceses en las suyas a pesar de sus contratiempos. Crecían sin embargo los apuros del mariscal Suchet, obligado por disposición del emperador a enviar de nuevo, en los primeros días de marzo, otros 10.000 hombres la vuelta de León de Francia, por donde iban penetrando los aliados del norte. Afligido el mariscal francés de tener así que perder el fruto de sus campañas, y desesperanzado de sacar las guarniciones lejanas que le quedaban en Cataluña y Valencia, viose en la necesidad de juntar lo que ya pudiera llamarse reliquias de su ejército, y colocarlas bajo el cañón de Figueras después de haber volado los puestos fortalecidos de Besalú, Olot, Báscara, Palamós y otros, como también desmantelado a Gerona; de suerte que, no siéndole dado a dicho mariscal continuar aquí la guerra, limitose para no perderlo todo vergonzosamente a ocuparse en negociaciones de que hablaremos adelante.

Ríndese el castillo
de Jaca.

Por lo demás, en todos los puntos cundía la desgracia para los franceses. El castillo de Jaca, que cercaban, según se apuntó, tropas de Mina, vino a partido el 17 de febrero, quedando su comandante, Mr. de Sortis, y la guarnición obligados a no tomar parte en la guerra hasta que hubiese un perfecto y verdadero canje, clase por clase, e individuo por individuo, lo cual no cumplieron los capitulados, empuñando luego las armas en perjuicio y quiebra de su honra.

Ataques
contra Santoña
y sus obras
exteriores.

También avanzaban los trabajos contra Santoña, único paraje que permanecía por aquellas partes y costas del océano en manos del enemigo; habiéndose reforzado las tropas del bloqueo con una brigada que trajo Don Diego del Barco, encargado de dirigir y acelerar el sitio.

Tómanse
algunas de estas.

Acometiose de resultas, y se ganó, el fuerte del Puntal el 12 y 13 de febrero. Se entró el de Laredo el 21 y se ocupó luego del todo, enseñoreándose asimismo de las obras del Gromo y el Brusco principal, aunque con la desgracia de que pereciese el 26, de heridas recibidas días antes, Muerte de Barco. Don Diego del Barco, universalmente sentido como oficial dotado de buenas prendas y de alto esfuerzo. Le sucedió Don Juan José San Llorente.

Movimientos
de Wellington.

Corrió enero sin que los ejércitos de operaciones a las orillas del Adour y el Nive hiciesen apenas movimiento ni ademán alguno. Pero al empezar febrero, ablandando el tiempo y desnevada la tierra por las cañadas y montes bajos, dispúsose Lord Wellington a cruzar el Adour, no menos que a embestir a Bayona, y llevar la guerra, si necesario fuese, hasta el riñón de la Francia misma. Tuvieron principio las maniobras en 14 del mencionado febrero por el ala derecha del ejército aliado, acometiendo el general Hill los piquetes del enemigo apostados en el río Joyeuse, y obligando al general Harispe a replegarse de Hélette, vía de San Martín; y de allí a Garris, en cuyo frente asegurose el francés en un puesto ventajoso, engrosado con tropas de su centro y la división de Paris que, en marcha hacia lo interior, retrocedió con este motivo y agregose al general Harispe. Cortó entonces Hill la comunicación del ejército enemigo con San Juan de Pie de Puerto, bloqueando esta plaza tropas de Mina situadas en el valle de Baztán, y que avanzaron vía de Baigorry y de Bidarray.

En la mañana del 15 moviose, con la primera división española del cuarto ejército, Don Pablo Morillo en dirección de Saint-Palais, paralelamente a la posición de Harispe, a fin de envolver la izquierda de los enemigos, al paso que la segunda división británica del cargo de Sir Guillermo Stewart los atacaba por el frente. Comenzó tarde la acometida, que se prolongó hasta muy cerrada la noche, experimentando el francés bastante pérdida, y teniendo al fin que ciar, mas con la fortuna para él de llegar a Saint-Palais antes que Morillo, cruzando el Bidouze y destruyendo sus puentes. Reparolos luego Hill y atravesó aquel río, favoreciendo sus evoluciones la derecha del centro aliado. Cejaron entonces más los contrarios y pasaron el Gave de Mauléon, nombre que se da en los Pirineos a los torrentes que se descuelgan de sus cimas, pudiéndose considerar como más principales, el ya dicho de Mauléon y los de Oloron y Pau, tributarios los dos primeros del último, que descarga en el Adour sus aguas.

Fueron los franceses abandonando por esta parte un puesto tras otro, sin detenerse largo espacio, ni a defender los ríos que los protegían, ni otras favorables estancias, decidiéndose de consiguiente el mariscal Soult a inutilizar todos los puentes, excepto los de Bayona, a dejar esta plaza entregada a sus propios recursos, y a reconcentrar en fin las fuerzas de su ejército detrás del Gave de Pau, fijando en Orthez sus cuarteles.

Paso del Adour.

Prosiguió observando a Bayona el ala izquierda británica, y fuéronse acumulando allí preparativos para cruzar el Adour por bajo de aquella ciudad; faena penosa y de difícil ejecución. Reforzaron tropas de esta ala las de la derecha bastante empeñada y en continua pelea y riza con el enemigo. Llenó los huecos Don Manuel Freire, quien volvió a entrar en Francia el 23 de febrero llevando consigo la cuarta división de su ejército, mandada por Don José Ezpeleta, y la primera y segunda brigada de la quinta y tercera, que gobernaban respectivamente Don Francisco Plasencia y Don Pedro Méndez de Vigo.

Cuanto más se acercaba el tiempo de cruzar el Adour, tanto más se descubrían los obstáculos e impedimentos para atravesarle por donde se intentaba, a causa de lo anchuroso del río y de la estación inverniza y contraria que estorbó, en un principio, favorecer por mar la empresa proyectada. También era no pequeño embarazo la defensa que preparaba el enemigo, teniendo en el río botes armados y cañoneras junto con la corbeta Safo, anclada donde amparase con sus fuegos la inundación que protegía la derecha del campo atrincherado de Bayona.

Habían los ingleses reunido en Socoa barcos costaneros, y hecho otras prevenciones para formar el puente que había de echarse en el Adour, quedando al cuidado del almirante Penrose lo respectivo a las operaciones navales. Era el día 21 de febrero el señalado para la ejecución, pero soplando el viento del N. N. E., y siendo grande y de leva la marejada, tuvo el convoy que permanecer en Socoa sin serle dado salir a la mar.

Pero Sir Juan Hope, que continuaba mandando el ala izquierda de los aliados, apremiado por el tiempo, no consintió en más largas, y quiso por sí y sin aguardar a Penrose y sus buques, tentar el paso y arriesgarse a todo. Empezó su movimiento en la noche del 22 al 23, acompañando a sus tropas la artillería correspondiente y un destacamento de coheteros a la Congreve. Al principio tiraron los ingleses hacia Anglet, mas a corta distancia de este pueblo variaron, tomando un camino de travesía estrecho, cenagoso y con fosos a los lados; lo cual y la noche lóbrega retardaron su marcha, si bien llegaron antes del alba a los méganos que coronan la playa desde Biarritz hasta la boca del Adour. Cubre un bosque el trecho que mediaba entre ellos y el campo atrincherado de Bayona, de donde fueron arrojados los piquetes enemigos, amagando por las alturas de Anglet Don Carlos de España, cuya segunda división de nuestro cuarto ejército ya dijimos había penetrado antes en Francia, acercándose al Nivelle.

Para distraer al enemigo y ocupar sus fuerzas navales, desembocó la primera brigada inglesa bajo el coronel Maitland del bosque referido, y por el paraje que llaman La Balise orientale. A su vista, tremendo fuego vomitaron las baterías enemigas y la Safo y las cañoneras; pero disparados algunos cohetes de los a la Congreve, que a manera de serpientes ígneas deslizábanse por el agua y traspasaban los costados de los buques, aterráronse los marineros franceses, y de priesa trataron de abandonar el puesto y subir corriente arriba. Resistió la Safo en su ancladero hasta que, muerto su capitán y perdida bastante gente, refugiose bajo la protección de la ciudadela.

Tales demostraciones contra los buques y el campo atrincherado causaron diversión al enemigo, y le alejaron de pensar en la boca del Adour, encubierta además por un torno o rodeo que toma allí el curso del río, y descuidada su defensa por considerar los franceses aquel punto muy fuerte y de ardua acometida, sobre todo estando el mar bravo e intransitable la barra, en todos tiempos peligrosa, y de crecida y mudable ceja.

A esta ocupación y confianza del enemigo debiose en gran parte que pudiera la primera división británica ir desahogadamente en busca de un paso que no estuviese lejos del desaguadero del río. La acompañaban dieciocho pontones y seis pequeñas lanchas porteadas en carros, cuarenta coheteros y algunos soldados de artillería para clavar las piezas que tuviera el francés en la margen derecha. Habíase hecho resolución, para verificar la travesía, de construir seis balsas puestas sobre tres pontones cada una, y conducir en dos veces al otro lado, y antes de la aurora, 1200 hombres, sostenidos por igual número y por doce piezas planteadas en la ribera izquierda.

Imposible de practicarse cosa alguna en la noche por más esfuerzos que se hicieron, no empezó la faena del paso hasta el 23 en la tarde, habiéndose escogido para ello un paraje que tenía 200 varas de ancho en baja mar y a distancia unas 100 de la boca del río. Echáronse de pronto al agua los seis botes, y se pasó una maroma de una orilla a otra para sujetar tres balsas listas ya, y de las que cada una trasportó a la vez sobre 60 hombres, consiguiendo desembarcar luego en la orilla opuesta hasta quinientos, entre ellos algunos coheteros. Pero subiendo la marea con fuerza, hubo de suspenderse la maniobra, teniendo los que habían pasado que abrigarse detrás de unas colinas de arena, o sea méganos, a las órdenes del coronel Stopford. Dos regimientos franceses salieron muy animosos de la ciudadela para atacarlos, pero una descarga de cohetes reprimió sus ímpetus, y los forzó a retirarse no acostumbrados a la novedad y estrago de proyectiles tan singulares. A favor de buena y despejada luna, cruzaron aquella noche el río más tropas inglesas, y afianzaron el puesto de los que habían tomado la delantera.

En esto arribó al embocadero del Adour la flotilla procedente de Socoa; pero furiosa y encrespada la barra, no era fácil salvarla, y los que lo intentaron tuvieron que desistir, después de padecer trabajos y muchas averías. Más alta después la marea, renováronse las tentativas para entrar y perecieron algunos buques; pero metidos en el empeño los marineros británicos, y no tan impedidos por el viento, que fue amansando, venciéronlo todo con su arrojo y experiencia, y regolfaron por el río arriba 30 buques en la tarde del 24. Quedó lo demás del convoy sotaventeado.

Seis mil ingleses estaban ya por la noche a la derecha del río, no habiendo cesado en su paso, y verificándolo aun a nado algunos caballos, luego que abonanzó el tiempo y lo consintió la marea. Acamparon al raso, y por la mañana marcharon sobre la ciudadela, la derecha tocando al Adour, y dilatada la izquierda por el camino real que conduce de Bayona a Burdeos; Se acerca del todo
a Bayona. con lo que, cortando las comunicaciones con el norte del río, completaron el acordonamiento de la plaza y el de todas sus obras, incluso el campo atrincherado. Ayudó a este movimiento un falso ataque, por la siniestra margen, de la brigada de lord Aylmer y de la quinta división británica en unión con los españoles del ejército de Don Manuel Freire.

Echa un puente
sobre el Adour.

Ni se dejaba de la mano el trabajo del puente que se finalizó el día 25, estableciéndole en donde tiene de anchura el río 370 varas, y yendo a dar el cabo opuesto cerca del pueblo de Boucau. Formose dicho puente con 26 cachamarines o barcos pequeños de la costa cantábrica, asegurados a proa y a popa con anclas o cañones de hierro cogidos en los reductos del Nive, con cables fijos en ambas orillas para resistir a los embates del flujo y reflujo, y extendidos por cima de las cubiertas tablones a manera de explanadas que facilitasen la rodadura y paso de la artillería. Una cadena colocada más arriba del puente le protegía contra las arremetidas y abordaje de las lanchas cañoneras y buques enemigos fondeados al abrigo de la ciudadela.

Era esta obra de grande importancia por afianzar la comunicación entre ambas riberas durante el bloqueo y sitio intentado de Bayona, y franquear las calzadas de la derecha del Adour, de cuyos pueblos parecía más hacedero abastecerse de todo lo necesario, muy quietos por allí los naturales, libres de molestias y seguros de puntual y cumplido pago.

Avance
de Wellington.

Mientras que maniobraba así el ala izquierda del ejército aliado y que embestía también a Bayona, trató Wellington, reforzada que fue su derecha, de ejecutar un avance general por aquel lado contra las huestes del enemigo. En consecuencia, atacó el mariscal Beresford, seguido de la cuarta y séptima división y una brigada, los puntos fortificados de Hastingues y Oeyregave a la izquierda del río de Pau, y forzó a los enemigos a recogerse a Peyrehorade, en sazón que Hill cruzó el Gave de Oloron sin resistencia por un vado en Viellenave, y lo mismo Clinton entre Monfort y Laàs, amagando Picton el puente de Sauveterre, que volaron los franceses. Don Pablo Morillo rodeó por su parte la plaza de Navarrenx, la cual no era dable reducir de pronto sino con artillería gruesa.

Los aliados, yendo adelante, enderezáronse a Orthez, pasando Beresford el Gave de Pau por bajo de su confluencia con el de Oloron, y continuando lo largo del camino real de Peyrehorade en dirección de aquella ciudad, sobre el diestro costado del enemigo, haciendo otro tanto Picton río abajo del puente de Mourenx y también Sir Stapleton Cotton con la caballería, sostenidos ambos por un movimiento de flanco que hicieron otras dos divisiones. Ocupó Hill las alturas fronteras de Orthez a la izquierda del Gave de Pau, no pudiendo forzar su puente.

Batalla
de Orthez:
27 de febrero.

Cabeza de subprefectura aquella ciudad, y residencia antigua y célebre de los príncipes de Bearne antes de su traslación a Pau, iba a presenciar ahora reñida contienda trabada a sus puertas y en los alrededores. Había escogido en ellos ventajosa estancia el mariscal Soult, a lo largo de unas lomas por espacio de media legua. Su derecha, bajo del general Reille, descansaba sobre el camino real que va a Dax, ocupando el pueblo de Saint Boès; su centro, que regía Drouet, alojábase en una curva por donde se metían y giraban las colinas, y su izquierda al cargo de Clauzel se apoyaba en la ciudad y defendía el paso del río. Las divisiones de los generales Villatte y Harispe y tropas del general Paris manteníanse de respeto en paraje elevado y en el camino que se dirige a Mont de Marsan por Sault de Navailles. Componía esta fuerza un total de más de 40.000 hombres.

Dispuso lord Wellington, para empeñar la refriega, que Beresford, con las divisiones cuarta y séptima y la brigada de jinetes de Vivian, atacasen la derecha de los enemigos y se esforzasen por envolverla; debiendo a la propia sazón arremeter contra el centro e izquierda de aquellos el general Picton, asistido de la tercera y sexta división, y apoyado por Cotton con otra brigada de caballería. Incumbía al barón Alten quedar de reserva, y a Sir R. Hill forzar el paso del Gave, y trabar pelea con la izquierda de los franceses.

A las nueve de la mañana del 27 de febrero se enredó la acción, con mala estrella para los aliados en un principio por la parte de Beresford, con buena por el centro; si bien disputada la victoria largo rato, cejando aquí el enemigo, pero pausada y admirablemente, formado en cuadros. Semejante repliegue precisó, sin embargo, al mariscal Soult a recoger sus alas y a ordenar una retirada general, acarreándole luego este movimiento otros daños, sin que le bastase la maestría y pericia militar que mostró; porque cruzando el general Hill el Gave y adelantándose sobre la izquierda francesa en ademán de atacarla en su marcha retrógrada, tuvo aquel mariscal que avivar sus maniobras, aunque inútilmente, avivando también las suyas al mismo compás el general Hill; de manera que acabaron los franceses por desparramarse e ir en completa huida, teniendo detrás a los ingleses, que a carrera abierta pugnaban por alcanzarlos y hundirlos. Allí vinieron lástimas y más lástimas sobre los vencidos, quienes perdieron 12 cañones y 2000 prisioneros; pereciendo o extraviándose infinidad de fugitivos punzados por la bayoneta británica y acuchillados o cosidos por el sable de sus jinetes. Hubo, no obstante, de costar a los ingleses muy caro tan glorioso triunfo, habiendo corrido riesgo la vida de lord Wellington, contuso de una bala de fusil que dio en el pomo de su espada y le tocó en el fémur, causándole el golpe tal estremecimiento que le derribó al suelo, estando apeado y en el momento mismo en que se chanceaba con el general Álava, herido este poco antes, no de gravedad, pero en parte sensible y blanda que siempre provoca a risa. Hizo alto el ejército británico al anochecer en Sault de Navailles: su pérdida consistió en 2300 hombres, de ellos seiscientos portugueses; no asistió a la acción fuerza alguna española. Tuvieron los enemigos en sus filas una baja enorme que, según cuentan relaciones suyas, pasó de 12.000 hombres; pero producida en mucha parte por la deserción, siendo grande el número de conscriptos y gente nueva. Fue gravemente herido el general Foy, y muerto el general Bechaud.

Movimientos
posteriores.

Prosiguieron los franceses por la noche su retirada, y paráronse detrás del Adour, junto a Saint Sever, para allegar y recomponer su hueste, juntándoseles algunos refuerzos que venían de camino. En pos suyo fueron los aliados al día inmediato; pero esquivaron aquellos el reencuentro yendo la vuelta de Agen. Entonces repartiéronse los anglo-portugueses, entrando su ala izquierda sin resistencia en Mont de Marsan, capital del departamento de las Landas, colocándose el centro en Cazères, y moviéndose el 2 de marzo la derecha a las órdenes de Hill del lado de Aire, margen izquierda del Adour, en donde tuvo este general un recio choque con la división de Harispe, no empeñada en Orthez, y llevó al fin la palma de la victoria, cogiendo o destruyendo muchos almacenes y efectos acopiados allí.

Frutos opimos fueron, de todas estas operaciones, acordonar las plazas de Bayona, San Juan de Pie de Puerto y Navarrenx, atravesar el Adour, enseñorearse de sus principales comunicaciones y pasos, y coger o destrozar vituallas, enseres y otros abundantes recursos del enemigo.

Libertó a este de mayores daños el tiempo lluvioso en demasía; intransitables de resultas los caminos, rebalsadas las tierras, hinchados los torrentes y arroyos, y aplayados los ríos. Viose, por tanto, lord Wellington obligado a detenerse, y pudo Soult mudar de rumbo yendo hacia Tarbes e inclinándose a los Pirineos, con intento de recibir por la espalda auxilios del mariscal Suchet, si bien incomodando a los pueblos con exacciones, falto de víveres, perdidos en los almacenes de Aire, y dejando descubierto a Burdeos y sus comarcas, en la confianza de que Wellington no osaría internarse tanto.

Intento
de los partidarios
de la casa
de Borbón.

Equivocose en esto, pues yendo de caída Napoleón y su imperio, alzaron cabeza y se multiplicaron los partidarios de la casa de Borbón, más numerosos en aquella parte de Francia que en otras, y alentaron a Wellington a que les prestase ayuda, y saliese de su acostumbrada pausa y circunspección. Hablamos de la llegada al cuartel general inglés del duque de Angulema, y de la protección que le dispensó lord Wellington. El aparecimiento de un príncipe como este, de la antigua y real estirpe de Francia, cebó con esperanzas nuevas a los de su partido, convirtiéndose muchos, so color de leales, en trazadores de revueltas y levantamientos. Amortiguó Wellington por algún tiempo tales ímpetus, y aun dejó como a un lado al duque de Angulema después de haber contribuido a traerle; ora por temor de que no correspondiese el país a cualquiera demostración que se hiciese en favor de los Borbones, y ora más bien por las dudas y perplejidad de los aliados del norte, que, no resueltos todavía a concluir con Napoleón, hiciéronle sucesivamente varias proposiciones de acomodamiento, temerosos de no poder sobrepujarle del todo y vencerle.

Envía Wellington
vía de Burdeos
a Beresford.

Mas, rotos luego con él todos los tratos, según en breve veremos, y no detenido ya Wellington por empeños anteriores ni otros respetos, soltó la rienda a su inclinación, y consintió en dar apoyo a los que propendían a querer restablecer la dinastía borbónica. Por el tiempo mismo de la batalla de Orthez fue cuando acudieron emisarios de Tolosa y Burdeos en busca del de Angulema, mostrando vivo deseo de que se pusiera este príncipe al frente de los suyos, ciertos de que se conseguiría así y sin dificultad la restauración en el trono de la antigua y real familia de Francia. Abocáronse todos en Saint Sever con Wellington, quien, en vista de lo que le expusieron, accedió a sus encarecidas súplicas, y resolvió encaminar hacia Burdeos tres divisiones bajo el mando del mariscal Beresford, haciendo adelantar al propio tiempo fuerzas de Don Manuel Freire, que llenasen el vacío que dejaban las otras.

Se declara
esta ciudad
en favor
de los Borbones.

Luego que los ingleses se fueron acercando a Burdeos, retiráronse las autoridades imperiales y las tropas, quedando solo el arzobispo y el maire o corregidor, llamado Mr. Lynch. Determinaron entonces los realistas declararse del todo y alzar banderas por la casa de Borbón, estando ya los ingleses a las puertas de la ciudad. Salió a recibir a estos el maire, quien dijo a Beresford: «Si el señor mariscal quiere entrar en Burdeos como conquistador, podrá coger las llaves, no habiendo medio alguno de defensa; pero si viene a nombre del rey de Francia, y de su aliado el de Inglaterra, yo mismo en calidad de maire se las presentaré con gusto.» Respondiole Beresford satisfactoriamente, y al oírle, gritando Mr. Lynch «Viva el rey», púsose la escarapela blanca, antigua de Francia y se quitó la banda [écharpe] tricolor, distintivo de su autoridad. A poco, y siendo el 12 de marzo, Entran allí
el 1.º de marzo
Beresford
y el de Angulema. entraron en Burdeos el duque de Angulema y el mariscal Beresford, muy bien acogidos y vitoreados, amigo siempre el pueblo de novedades, y cansada aquella ciudad de la guerra marítima y bloqueo continental tan dañoso a su comercio y exportaciones agrícolas. Proclama
de Soult. Dio el mariscal Soult con esta ocasión tremenda proclama, condenando a la execración de los venideros y vergüenza pública a los franceses que hubiesen llamado y recibido al extranjero, y echando en cara al general inglés el favor y ayuda que daba a la rebeldía y sedición.

No tuvo Wellington, sin embargo, motivo de arrepentirse, conformándose luego los aliados con lo que él practicó entonces, y cobrando ellos mismos cada día mayor espíritu con los sucesos prósperos, desengañados de lograr nada bueno con Napoleón, indómito e intratable siempre.

Estado crítico
de Napoleón
y medidas
que toma.

En efecto, echadas a un lado las proposiciones de Francfort, nunca procedió este derechamente ni con verdaderos deseos de concluir una paz acomodada a los tiempos; desoyendo a los hombres más adictos a su persona, como también los pareceres de las principales corporaciones de su imperio, hasta disolver apresuradamente el cuerpo legislativo, usando en aquel trance de palabras singulares y de mucho destemple. Cierto que el estado del emperador francés era muy otro del que tenían los que daban consejos; no aventurando los últimos nada en ello cuando Napoleón, en el recejar solo, exponíase a grandes riesgos y a interiores perturbaciones, decaído del militar poderío, fundamento de su elevación y grandeza.

Sale de París.

Instó por tanto en que se activasen los convenientes preparativos para abrir la campaña dentro del territorio francés; pero por más diligente que anduvo, casi todo enero corrió antes de que le fuese dable ponerse en camino. Verificolo al fin saliendo de París el 25 del propio mes, después de haber conferido el 23 la Regencia a la emperatriz su esposa, y agregado a ella el 24 a su hermano José, bajo el título de lugarteniente del imperio.

Congreso
de Châtillon.

No por eso quiso Napoleón que se creyese cerraba las puertas a la pacificación apetecida, sino que, por el contrario, aparentando inclinarse a lo propuesto en Francfort, procuró por conducto del príncipe de Metternich se renovasen los interrumpidos tratos. No era, sin embargo, de presumir que las potencias aliadas se conformasen ahora con lo ofrecido anteriormente, vista la situación actual de las cosas, tan favorable a la coalición como contraria a Bonaparte, a quien a las claras iba torciendo el rostro la fortuna. Juntáronse pues en Châtillon del Sena negociadores autorizados: celebrose allí la primera sesión en 5 de febrero, y se hallaron presentes por una parte los plenipotenciarios de Rusia, Prusia, Inglaterra y Austria representando los intereses de la Europa confederada, y por la opuesta el de Francia Mr. de Caulincourt, duque de Vicenza. En otra sesión que tuvieron el 7 del propio febrero pidieron aquellos, con arreglo a instrucciones de sus soberanos, que para tratar se sentase la base de que «la Francia se conformaba con entrar en los límites que la ceñían antes de la revolución de 1789»; a lo cual no asintió Mr. de Caulincourt, reclamando se conservasen los mismos que los aliados «habían propuesto en Francfort y eran los del Rin.» Promoviéronse después explicaciones, réplicas y conferencias, y aun hubo una suspensión momentánea de la negociación; hasta que el 17 presentó el ministro de Austria la minuta de un tratado fundado en la base enunciada de antiguos límites, con la especificación de que la Francia abandonaría todo lo que poseyese o pretendía poseer en España, Alemania, Italia, Suiza y Holanda; ofreciendo la Inglaterra devolver como en remuneración la mayor parte de las conquistas que durante la guerra había hecho a aquella potencia en África, América y Asia.

Lejos estaba Napoleón de consentir en semejantes proposiciones, y menos ahora que había recobrado aliento y ensoberbecidose con la campaña emprendida, cuyos movimientos dirigió maravillosamente contra fuerzas muy superiores, excediéndose a sí mismo y a su anterior y militar fama, tan bien sentada ya y tan esclarecida. Así fue que en respuesta a la última proposición de los aliados redújose a enviar un contra-proyecto, obstinándose en pedir los límites del Rin y además otros territorios e indemnizaciones exorbitantes para aquella sazón; Disuélvese. de lo que enojadas las otras potencias, rompieron las negociaciones, disolviéndose el congreso el 19 de marzo.

Tratado
de Chaumont.

Antes y en primero de dicho mes habían firmado las mismas en Chaumont un convenio, según el cual, formando entre sí una liga defensiva por veinte años, comprometíanse a no tratar separadamente con el enemigo, y a mantener en pie cada una de ellas 150.000 hombres, sin contar las guarniciones; con la obligación la Inglaterra de aprontar cinco millones de libras esterlinas que debían distribuirse entre las potencias beligerantes para sostener la guerra permanente y viva.

Resultas de esto.

Tales arreglos y el rompimiento de las negociaciones de Châtillon acrecían probabilidades en favor de la restauración de los Borbones, cuyos príncipes y sus partidarios meneábanse diligentemente, habiendo acudido Monsieur conde de Artois al cuartel general de los aliados, y dirigídose la vuelta de la Bretaña el duque de Berry, al paso que el de Angulema, conforme hemos visto, soplaba en el mediodía de Francia levantamientos y sediciones contra Napoleón.

Suelta Napoleón
a Fernando.

Estrechado este por todos lados, apresurose a concluir la negociación entablada con Fernando, poniéndole en libertad, y trató también de restituir a su silla de Roma al soberano pontífice, a quien tenía como aprisionado hacía años. Aligerábase con esto de embarazos y odiosas enemistades, esperando igualmente sacar útil fruto de esta generosidad, aunque aparente y forzada. Cuenta Escóiquiz que la libertad repentina del rey debiose a lo que él y Mr. de Laforest alegaron en su apoyo; pero parécenos no fue así, y que solo la provocó el apuro en que Napoleón se veía y el anhelo de que se le juntasen en todo o parte las tropas suyas que quedaban en Cataluña y algunas de las que combatían en el Pirineo, dejando a los ingleses solos y privados del sostenimiento de España.

Coincidió la resolución del emperador francés con la vuelta a Valençay del duque de San Carlos, trayendo la negativa de la Regencia al tratado de que había sido portador. Grandes temores se suscitaron allí de que desbaratase tal incidente la determinación de Napoleón, y por eso pasó a París San Carlos tras del emperador, para remover cualesquiera estorbos que pudieran nacer; pero no le encontró ni en la capital ni en ninguna parte por donde le buscara, mudando Napoleón de lugar a cada paso, según lo exigía la guerra que llevaba entonces, andando siempre por caminos y veredas, y como quien dijera, a campo travieso. Sin embargo, absorbido él mismo en asuntos de la mayor importancia, no paró mientes en lo que la Regencia respondiera, y aguijado por el tiempo y por los acontecimientos, no desistió de su propósito sobre dejar a Fernando libre y en disposición de restituirse a España. En consecuencia, mandó se le expidiesen los convenientes pasaportes, que se recibieron en Valençay el 7 de marzo, a las diez y media de la noche, con indecible júbilo de S. M. y AA., bien así como de los demás que allí asistían; no estuvo de vuelta el de San Carlos hasta el 9. Precede Zayas
al rey
en su viaje. Quiso el rey le precediese en su viaje el mariscal de campo Don José Zayas, quien salió de Valençay el 10 con carta para la Regencia y orden de que se preparase lo necesario para el recibimiento de S. M. en los pueblos del tránsito. Llegó Zayas el 16 a Gerona, a la sazón cuartel general del primer ejército, y al día siguiente, acompañado de un oficial de estado mayor, partió en posta para Madrid, en donde fue bien acogido, ya por lo que se estimaba su nombre, (* Ap. n. [24-18].) ya por la carta [*] de que era portador, en cuyo contexto no se esquivaba, como en las otras, hablar de Cortes ni de lo que se había hecho durante la ausencia de S. M., dando a entender que merecería lo obrado su real aprobación en cuanto fuese útil al reino: modo de expresarse ambiguo, pero preferible al silencio guardado hasta entonces. Produjo la lectura de la carta en el seno de la representación nacional gran regocijo por anunciarse la próxima llegada de S. M., y también por lo que hemos dicho de no advertirse en su contenido aquella extrañeza y estudiado desvío que se había notado en las anteriores. Diose en conformidad un decreto que atestiguaba la satisfacción de las Cortes, y el aprecio que las mismas hacían, con tan fausto motivo, del general Don José Zayas.

Sale el rey
de Valençay.

No tardó S. M. en seguir los pasos de este, saliendo de Valençay el 13 de marzo, acompañado de SS. AA. los infantes Don Carlos y Don Antonio, y demás personas que concurrían a su lado. Dirigiose por Tolosa con rumbo a Perpiñán, según orden de Napoleón, para huir de cualquiera encuentro o relación con los ingleses. Venía el rey bajo el nombre de conde de Barcelona. Llega a Perpiñán. Entró en Perpiñán el 19 de marzo, en donde le aguardaba el mariscal Suchet, a quien recibió S. M. con distinción, dándole gracias por el modo como se había portado en las provincias donde había hecho la guerra. Mas aquí empezaron ya los tropiezos. Quería el rey continuar su viaje y pasar a Valencia sin detenerse; pero oponíanse a ello las instrucciones que tenía el mariscal, según las cuales debía pasar el rey Fernando a Barcelona y permanecer en aquella plaza en rehenes, hasta que se realizase la vuelta a Francia de las guarniciones bloqueadas en las plazas de Cataluña y Valencia. Precaución ofensiva, que siendo ignorada de Fernando al salir de su confinación, representábase como alevosía nueva que afortunadamente no se consumó del todo, persuadido Suchet de cuán odioso e inútil sería llevarla a cabo. Quédase allí
el infante
Don Carlos. Pidió en consecuencia nuevas instrucciones a París, aviniéndose a que en el entretanto quedase solo en Perpiñán como en prendas el infante Don Carlos.

Entra el rey
en España.

Pisó el 22 el territorio español S. M. Fernando VII, y parose el 23 en Figueras a causa de las muchas aguas que había cogido el Fluviá, furioso y muy aplayado. Suplicó en aquel día al rey el mariscal Suchet que se suavizase la suerte de los prisioneros, reiterando sus instancias para la vuelta a Francia de las diversas guarniciones de Cataluña y Valencia. Contestósele dándole buenas y seguras palabras en cuanto a lo primero, y extendiendo San Carlos en cuanto a lo segundo una promesa formal por escrito, en la que puso el rey de su (* Ap. n. [24-19].) puño al margen,[*] «Apruebo este oficio. Fernando.» Dícese si también ofreció entonces S. M. a dicho mariscal que le conservaría la propiedad de la Albufera de Valencia, que Napoleón le había donado en premio de la conquista de aquella ciudad.

Recibe Copons
al rey
en el Fluviá.

Habíase dispuesto a recibir al rey a su entrada en España Don Francisco de Copons, general del primer ejército, trasladando el 21 de marzo de Gerona a Báscara su cuartel general. Avisado de que S. M. se acercaba, colocó el Don Francisco sus tropas el día 24 al nacer del sol a la derecha del Fluviá. Lo mismo hicieron los jefes franceses en la orilla opuesta con las suyas, formando unas y otras vistoso anfiteatro. Oyéronse muy luego alternativamente en ambos campos salvas y músicas que retumbaban por el valle, y se mezclaron al ruido y algazara de los soldados y paisanos que acudieron a bandadas de las comarcas vecinas. Un saludo de nueve cañonazos precedido de un parlamento anunció la llegada del rey Fernando, quien a poco dejose ver en la ribera izquierda del Fluviá, acompañado de su tío el infante Don Antonio y del mariscal Suchet con alguna caballería. El jefe de estado mayor francés, Mr. Saint-Cyr Nugues, adelantose para poner en conocimiento del general español Don Francisco de Copons que iba a pasar S. M. el río, límite entonces de ambos ejércitos. Sucedió así, y al sentar el rey a hora de mediodía el pie en la margen derecha, solo ya con el infante su tío y la comitiva española, ofreciole Don Francisco de Copons, hincada la rodilla en tierra y con el acatamiento correspondiente, sus respetos, y pronunció un breve y gratulatorio discurso adecuado al caso, poniendo además en las reales manos un pliego cerrado y sellado que le había sido remitido por la Regencia del reino, conforme a lo que prevenía el artículo 3.º del decreto de 2 de febrero, bajo cuya cubierta venía una carta para S. M. informándole del estado de la nación con varios documentos y comprobantes adjuntos. Llegó entonces al mayor colmo la alegría y entusiasmo, dando los asistentes crédito apenas a sus ojos, viendo al rey entre ellos al cabo de seis años de ausencia y después de tropel tan grande de sucesos y portentos. Revistó en seguida S. M., acompañado del infante Don Antonio, las tropas que desfilaron por delante formadas en columna, aclamando los soldados unánimemente al rey con vivas de efusión verdadera, no prorrumpidos en virtud de mandato anterior y expreso.

Entra el rey
en Gerona.

Continuaron S. M. y A. su viaje, llevando al lado a Don Francisco de Copons y escoltados por algunos jinetes. Entraron todos el mismo día 24 en Gerona, cuyos adornos y colgaduras eran ruinas y escombros, y su alfombrado arreboles aún y salpicaduras de la sangre, que durante el sitio había corrido en abundancia y arroyado sus calles. Espectáculo sublime, si bien triste, cuya vista debió conmover al monarca y excitarle a meditación profunda, destinado a labrar la felicidad de un pueblo que al defender los propios hogares, había sustentado también y confundido con los suyos los intereses de la corona.

Llega
también allí
el infante
Don Carlos.

Fiado el mariscal Suchet en la promesa del rey, y no autorizado quizá bastante para detener en rehenes, como lo hizo, al infante Don Carlos [si atendemos a lo mucho que por ello le reprendió el gobierno provisional de Francia [*] (* Ap. n. [24-20].) sucesor de Napoleón], púsole en libertad y el 26 le acompañó hasta el Fluviá, cuyo río cruzó S. A., entrando en Gerona aquel día en unión con el rey su hermano que había salido a recibirle.

Carta del rey
a la Regencia.

No tuvo sin embargo cumplido efecto lo ofrecido con relación a las plazas, resistiéndose a ello Don Francisco de Copons, quien guardando al Rey los miramientos debidos, no creyó serle lícito apartarse de los decretos de las Cortes, terminantes en la materia, y contrarios a tratar con el francés en tanto que no fuese de conformidad con los aliados. Resolución a la que de grado o fuerza tuvieron que adherir todos; siendo además arreglada al interés público y buena salida de la campaña, impidiendo se engrosasen las huestes del enemigo con aquellas tropas veteranas y muy aguerridas.

Desde Gerona escribió Fernando a la Regencia del reino la carta siguiente, toda de puño de S. M.:

«Acabo de llegar a esta perfectamente bueno, gracias a Dios, y el general Copons me ha entregado al instante la carta de la Regencia y documentos que la acompañan: me enteraré de todo, asegurando a la Regencia que nada ocupa tanto mi corazón como darla pruebas de mi satisfacción y mi anhelo por hacer cuanto pueda conducir al bien de mis vasallos.»

«Es para mí de mucho consuelo verme ya en mi territorio en medio de una nación y de un ejército que me ha acreditado una fidelidad tan constante como generosa. Gerona, 24 de marzo de 1814. — Firmado. — Yo el rey. — A la Regencia de España.»

Desazonó a los amigos de las Cortes y de las reformas el contenido de esta carta, en la que tornose al lenguaje ambiguo de las primeras, huyendo siempre de soltar prendas que comprometiesen las decisiones del porvenir. Monumento
que decretan
las Cortes. Las Cortes, no obstante, abstuviéronse de dar muestras de descontento; y por el contrario dieron, días después, un decreto para levantar a la orilla derecha del río Fluviá, frente del pueblo de Báscara, un monumento que perpetuase la memoria de lo ocurrido allí a la llegada del rey Fernando.

Dádiva del duque
de Frías.

También quiso el duque de Frías y de Uceda dar una prueba de señalado afecto a la persona de S. M., y de su ardiente deseo por verle de vuelta en el reino, poniendo de antemano, a disposición de las Cortes, mil doblones que debían darse de sobrepaga al ejército que tuviese la dicha de recibir al rey. Admitieron las Cortes tan generosa dádiva, ofrecida por un grande de los primeros de España, y que, siendo aún conde de Haro, título de los primogénitos de su casa, habíase mantenido, durante la actual lucha, a la cabeza de un regimiento de caballería de que era coronel, honrándose en tiempos bélicos de servir a la patria con las armas quien en los pacíficos la ilustraba con sus versos y producciones literarias.

Antes de continuar hablando del viaje del rey, parécenos oportuno volver la vista a lo que pasaba en las Cortes y en el teatro principal de la guerra; dejando por ahora a S. M. en la ciudad de Gerona.

Trabajos
y discusiones
de las Cortes.

Instaladas que aquellas fueron en 1.º de marzo, para dar principio a la legislatura ordinaria correspondiente al año de 1814, ocupáronse en las tareas que conforme a la Constitución debían llamar primero su cuidado; leyendo los ministros del despacho sus respectivas memorias, Presupuestos. y el de hacienda los presupuestos de gastos y entradas, como también el de guerra el estado general del ejército. Poco discrepaban los trabajos presentados ahora en ambos ramos de los que acerca de lo mismo examinaron las Cortes extraordinarias y ordinarias en septiembre y octubre anterior, causando solo enfado la diferencia que se advertía entre la fuerza armada real y disponible y la total que se pagaba: diferencia muy notable en verdad, nacida de la muchedumbre de comisionados y asistentes que se han consentido siempre en nuestro ejército, y de otros abusos de la administración militar; roedora lepra, honda y muy añeja, de difícil y penosa cura, pero a la que ha de aplicarse tarde o temprano remedio eficaz y vigoroso, si se quiere en España orden y economía prudente en la inversión de los caudales públicos.

Por lo demás, siguiendo esta legislatura los pasos de la anterior, no se ventilaron por lo común en ella cuestiones que acarreasen sustanciales reformas, no pudiendo el partido liberal aspirar a otra cosa sino a conservar lo hecho por las extraordinarias, ni tampoco propasarse el opuesto a indicar medidas de retroceso o ruina. Secretarías. Dieron sin embargo ahora las Cortes nueva planta a las secretarías del gobierno, en la que se atendió a la parsimonia y ahorro más bien que a una atinada distribución de negociados, y al pronto y conveniente despacho de ellos. También aprobaron las mismas un reglamento para la milicia nacional, en la que estaban obligados a entrar todos los españoles, excepto contadas clases, desde la edad de 30 años hasta la de 50; siendo elegidos los oficiales, sargentos y cabos, ante los ayuntamientos y a pluralidad de votos, por las compañías respectivas, con la precisión de usar todos del uniforme que allí se les señalaba. Reputábanse jefes natos de estos cuerpos los gobernadores o comandantes militares de nombramiento real en los pueblos en donde los hubiese.

Dotación
de la casa real.

Paró no menos la consideración de las Cortes la dotación del rey y de la familia real. Fijose aquella en cuarenta millones de reales al año, anticipando a S. M., por esta vez, un tercio para los gastos que a su vuelta pudiesen ocurrirle. Agregábase a la suma en dinero, la posesión de todos los palacios que hubiesen disfrutado los reyes predecesores del actual, y además los bosques, dehesas y terrenos que destinasen las Cortes para recreo de S. M. Asignose a cada uno de los dos infantes Don Carlos y Don Antonio la cantidad de 150.000 ducados pagaderos por tesorería mayor, y no se mentó al infante Don Francisco por hallarse ausente y al lado de los reyes padres, en quienes por entonces nadie pensó. Semejantes asuntos y otros debates a que dieron lugar en público o en secreto las cartas del rey, su viaje e incidentes análogos, consumieron en gran parte el tiempo de las sesiones del año que corría.

Impostor
Audinot.

No dejó también de robar alguno el negocio de un impostor que, diciéndose general francés y tomando el nombre fingido de Luis Audinot, ganado para ello por personas poco conocidas de Granada y Baza, pertenecientes a la parcialidad antirreformadora, trató de comprometer y hacer odiosos a varios habitantes de aquellas comarcas y a los principales cabezas del partido liberal, señaladamente a Don Agustín Argüelles; figurando obraban estos de acuerdo con Napoleón y sus agentes, llevados del deseo de fundar en la Península una república bajo el título de Iberiana, apoyada y sugerida, a dicho del impostor, por el príncipe de Talleyrand. Invención que, si bien extravagante y ridícula, tenía aceradas puntas de perversa y atroz intención; persuadidos los forjadores de que una patraña o fábula, cuanto más inverosímil o absurda aparezca, tanto más ha de cundir y ser aplaudida entre la muchedumbre ignorante, que la convierte en sabroso apacentadero de su incauta y ciega credulidad. Dio por tanto este suceso pie a muchas hablillas, a varias proposiciones en las Cortes, a una representación del señor Argüelles, pidiendo se le oyese judicialmente en desagravio de su honor ofendido, y al proseguimiento, en fin, de una causa que duró hasta después de haber vuelto el rey a España; queriendo entonces ciertos y malos hombres aprovecharse de semejante maquinación para empeorar la suerte, bastante desdichada ya, de los encarcelados por opiniones políticas. Pero felizmente hundiéronse tan dañinos intentos en el lodazal inmundo de la misma calumnia, acabando por confesar el supuesto Audinot que, aunque de nación francés, no era general, ni su nombre otro que el de Juan Barteau, implicando además en sus declaraciones a varios personajes del partido antirreformador, que mandaban a la sazón o influían en los que mandaban; quienes, temerosos de que se descubriese todo el enredo, apresuráronse a echar tierra al negocio, dejando solo y sepultado en un calabozo al impostor, que, desesperado y fuera de sí, suicidose dentro de su prisión.

Acontecimientos
militares.

Mientras que tales sucesos y lástimas ocurrían en lo civil y político, caminaban dichosamente a su fin los asuntos de la guerra. Dada que fue la batalla de Orthez, y hechos los movimientos que de ella se siguieron, quiso de nuevo el mariscal Soult tomar la ofensiva, temeroso de lo que iba a acontecer en Burdeos, y deseoso de distraer la atención de lord Wellington. En consecuencia, revolvió el 13 aquel mariscal de Rabastens, en donde estaban sus cuarteles, sobre Lembeye y Conchez, amagando la derecha aliada. Afirmó entonces su puesto Sir R. Hill detrás del río Gros Lées y de Garlin en el camino de Pau a Aire, reforzándole Lord Wellington con dos divisiones; quien hizo también ademán de reconcentrar toda su gente en las cercanías del último pueblo. Visto lo cual, no insistió en su pensamiento el mariscal Soult, antes bien replegose yendo la vuelta de Vic-en-Bigorre para evitar la lid.

Tras él fue el general inglés, habiéndosele juntado tropas suyas desparramadas por la tierra, reservas de artillería y caballería procedentes de España y otros refuerzos. Entre ellos, enumerarse deben las divisiones de nuestro cuarto ejército, que mandaba Don Manuel Freire, cuyas maniobras al pasar del Adour referimos ya, en las que prosiguieron favoreciendo después el total acordonamiento de Bayona y las operaciones generales del ejército aliado: sucesos que, con otros que entre sí se enlazan, será bien narremos antes de ir adelante en la de los movimientos de lord Wellington.

Movimientos
del cuarto ejército
español.

La segunda división, del cargo de Don Carlos de España, púsose en un principio a la derecha del Adour para repasar en seguida este río y situarse entre su corriente y la del Nive, a fin de coadyuvar al bloqueo de Bayona. Evolución opuesta practicaron la cuarta división y las brigadas segunda y primera de la tercera y quinta que formaban ahora una nueva división llamada provisional, trasladándose esta y la otra a la derecha del Adour, marchando río arriba y uniéndose al movimiento del centro aliado, sin alejarse por algunos días de aquellas márgenes, pisando ya una ya otra ribera, según lo requerían las diversas operaciones de la campaña. Agregose igualmente a los ingleses, pero a su derecho costado, la segunda brigada de la división que regía Don Pablo Morillo, quedando solo la primera en el cerco de Navarrenx.

Auxilios
que facilita
Wellington.

A estas fuerzas habíales lord Wellington suministrado auxilios desde que abrieron, en unión con su ejército, la campaña del año anterior, que empezó en los lindes de Portugal. Dos millones de reales mensuales recibía el cuarto ejército de la pagaduría inglesa para el abono del prest y demás atenciones de la misma clase. También tuvieron particulares socorros las divisiones de Morillo, España y Don Julián Sánchez, que, aunque pertenecientes a aquel ejército, militaban separadamente y por lo común cerca de las tropas inglesas. Fue asimismo muy atendido el ejército de reserva de Andalucía, en tanto que se mantuvo en Francia y le gobernara Don Pedro Agustín Girón.

Cuando en este año de 1814 tornaron a marchar sobre Bayona las tropas del cuarto ejército, que meses antes habían regresado a España, no solo continuaron los ingleses suministrando los mismos auxilios en dinero, sino que además facilitaron víveres y otros recursos. Y queriendo Wellington acudiese también a Francia el ejército de reserva de Andalucía acantonado en la frontera, insinuóselo así a su general, que lo era otra vez el conde del Abisbal, de vuelta de la licencia que obtuviera para pasar a Córdoba a restablecer su salud. Conducta
del conde
del Abisbal. Mas dicho jefe respondió al inglés desabridamente, poniendo muchos obstáculos y pidiendo antes bien que se le permitiese internar sus tropas en los pueblos de Castilla la Vieja para darles algún descanso y mejor temple, menesterosas y destrozadas de resultas de fatigas y grandes quebrantos, y también del abandono que suponía Abisbal haber habido en su disciplina y buena organización. Desazonó a Wellington semejante excusa y petición extraña, ya por constarle no ser cierto estuviese aquel ejército en la disposición que se le pintaba, ya también por haber recibido avisos de que siguiendo Abisbal secretas inteligencias con los diputados del partido antirreformador, que encontró en Córdoba, ansiaba por acercarse a la capital para sostener con su ejército los proyectos de aquellos, y trastornar el gobierno y las Cortes, presentada que fuese ocasión oportuna.

Pasa a Francia
el cuarto ejército
español.

Rehusole, por tanto, Wellington avanzar a Castilla, y señalándole por acantonamientos las orillas del Ebro, no pensó ya en traerle a su lado, enojado con él, por lo cual volviendo la vista al tercer ejército, dio orden a su jefe, príncipe de Anglona, que se mostró comedido y tratable, de pasar con su gente a Francia en lugar del otro, (* Ap. n. [24-21].) franqueándole además un auxilio de seis millones de reales [*] y seis mil vestuarios. No verificó, sin embargo, Anglona su avance hasta los primeros días de abril.

Sigue Wellington
moviéndose.

Continuemos ahora narrando las maniobras y marchas de lord Wellington, las cuales dejamos más arriba en suspenso. Reforzado aquel y muy animoso, prosiguió moviéndose el 17 de marzo, llevando la derecha por Conchez, el centro por Castelnau y la izquierda por Plaisance. Fueron los franceses retirándose, aunque mantuvieron una gruesa retaguardia en los viñedos que circundan a Vic-en-Bigorre, aparentando querer sustentar una resistencia que no verificaron. Juntáronse los aliados en aquel pueblo y en el de Rabastens, y encaminose el enemigo durante la noche vía de Tarbes.

El 20, divisábanse en esta ciudad los puestos avanzados de la izquierda francesa, que se retiraba con el centro, apostada la derecha en los altos no muy distantes del molino de viento de Oléac. Avanzaron a la sazón los aliados, distribuido su ejército en dos masas o columnas, resueltos a embestir a los contrarios, quienes, en vez de aguardar, continuaron su marcha retrógada, y de dos caminos principales que de Tarbes guían a Tolosa, uno por Auch y otro por Saint Gaudens, escogieron el último, y siguiéronle hasta el mismo pueblo, en donde, reunidas sus tropas, le abandonaron en parte, tomando el otro las más de ellas atravesando la tierra. Aligerado Soult de sus bagajes más pesados y de muchos carros que había despachado antes, Llega Soult
a Tolosa. ejecutó su retirada a Tolosa con presteza, entrando en la ciudad el día 24, sin que nadie le incomodase ni le detuviese.

Tres días de delantera llevaba el mariscal Soult a los aliados en su marcha, mas lentos estos por la precisión de conducir pontones y otros materiales para reparar o echar puentes y remover otros obstáculos que pudieran ofrecérseles, caminando con tiempo muy lluvioso, en tierra enemiga y de fe dudosa. Llegan
los aliados
enfrente
de la ciudad. Aparecieron pues los aliados el 27 en frente de Tolosa, ordenando Wellington el 28 que se estableciese un puente en el lugar de Portet, situado más arriba de la ciudad y por bajo de la junta de los dos ríos Ariège y Garona. Deseaba el inglés colocarse por aquella parte, como medio oportuno de obligar a Soult a abandonar su estancia, o de estorbarle, interponiéndose, unirse al mariscal Suchet. Imposible fue armar el puente allí por la rapidez excesiva de la corriente y su anchura, mayor que la que podían cubrir los pontones preparados. Tentativas
para pasar
el Garona. Frustrada esta tentativa, tuvo mejor éxito otra que se ensayó y puso en planta el 31 en Roques, sitio más favorable aunque por cima de la confluencia de los expresados ríos; por donde atravesó el Garona Sir Rolando Hill, apoderándose en breve, en Cintegabelle, del puente del Ariège no destruido aún.

Pero advirtiendo lord Wellington lo intransitable de aquel terreno pegadizo y gredoso, desistió de seguir obrando por aquella parte, y dispuso repasasen el Garona las tropas del general Hill que le habían cruzado poco antes. Registrose entonces la ribera por bajo de Tolosa, y se descubrió un paraje media legua más arriba de Grenade, en donde el río corre casi lamiendo el camino real, muy veloz en su curso, y teniendo sobre 130 varas de ancho; trazose allí el puente y se remató la mañana del 4 de abril en el espacio de pocas horas.

Le pasan
los aliados.

Determinado Wellington a atacar cuanto antes al mariscal Soult, hizo cruzasen el Garona en aquel día algunos jinetes y tres divisiones suyas de infantería a las órdenes de Beresford. Debían seguir a estas las divisiones españolas cuarta y provisional y la ligera británica; mas hincháronse tanto las aguas, y empezó a ir tan arrebatada la corriente, que hubo que suspender el paso y aun levantar el puente para impedir que se le llevase el río, quedando repartidas las fuerzas del ejército aliado con grave peligro suyo entre las dos orillas, expuestas las de la derecha a ser acometidas por las huestes muy superiores del mariscal Soult. A dicha no se meneó este, prefiriendo mantenerse sobre la defensiva. Amansó la crecida el 8, y aparejado de nuevo y sin dilación el puente, cruzaron por él entonces las divisiones ya nombradas, la artillería portuguesa y Wellington con su cuartel general, moviéndose todos la vuelta de Tolosa. Otros
movimientos. Tuvo al avanzar un reencuentro en la Croix-Daurade el general Vivian, estando al frente del regimiento dieciocho de húsares, y, si bien fue gravemente herido, no por eso dejó de coger cien prisioneros, cerrando al francés tan de cerca que no le dio tiempo para inutilizar en el río L’Hers, tributario del Garona, un puente único que quedaba en pie por aquel lado.

Al día siguiente hacía resolución Wellington de atacar, y detúvose al ver que, apostado Sir R. Hill a la otra parte del río, frontero del arrabal de Saint Cyprien, hallábase este general muy a tras mano del puente de barcas; razón por la que antes de emprender cosa alguna determinó alzar dicho puente y trasladarle a Blagnac, una legua más arriba. Duró la faena bastante, en términos que no se pudo hasta el 10, domingo de pascua florida, dar principio al acometimiento contra el francés; lo que tampoco ni aun entonces era muy hacedero, fortalecido y atrincherado el mariscal Soult en Tolosa y sus alrededores.

Tolosa y su estado
de defensa.

Ciudad aquella de 60.000 almas, capital del antiguo Languedoc y ahora del departamento del Garona superior (Haute-Garonne), asiéntase a la derecha del río de este nombre que corre por el ocaso, quedando a la izquierda el arrabal de Saint Cyprien, que comunica con lo interior de la población por medio de un puente de piedra que apellidaban Nuevo. Rodea a Tolosa del lado del norte y este el famoso canal de Languedoc, llamado también del Mediodía o de Ambos mares, el cual desemboca en el Garona a mil toesas de la ciudad, si bien enlazado ya antes con el mismo río por el canal de Brienne, dicho así del nombre del cardenal que le construyó para facilitar la navegación; interrumpida la del Garona con las represas de las aceñas o molinos harineros de Bazacle, que se divisan más abajo del puente de piedra. De manera que, excepto por el mediodía, circundan a Tolosa por las demás partes ríos y canales que la protegen, y retardan cualquiera tentativa dirigida contra sus muros.

A estas defensas que pudieran mirarse como naturales, agregábanse otras levantadas por el arte, ya en tiempos antiguos, ya en los recientes. Entre las primeras contábanse las murallas viejas, espesas y torreadas, que todavía en pie abrazaban entonces casi todo el recinto. Comenzáronse a construir las segundas después de la batalla de Orthez y de la entrada en Tolosa del mariscal Soult. Consistían estas por el lado de Saint Cyprien en una cabeza de puente y en obras que ceñían el arrabal, apoyándose a derecha e izquierda en el Garona. Pusieron los enemigos particular conato en fortalecer este punto, creyendo sería por donde intentasen los aliados su principal acometimiento. Pero luego que advirtieron lo contrario, afanáronse por aumentar y fortalecer las defensas de la derecha del Garona. Por tanto ampararon con obras bien entendidas de campaña los cinco puentes que se divisan en el canal de Languedoc desde el del Embocadero hasta el de Desmoiselles, atronerando las casas y almacenes vecinos, lo mismo que la antigua muralla, dispuesta además en muchas partes para recibir artillería de grueso calibre. Unas colinas que se elevan al este de la ciudad y corren paralelamente entre el canal y el río L’Hers, conocidas bajo el nombre de Montrave o del Calvinet, fortificáronse con líneas avanzadas, y en especial con cinco reductos, distantes entre sí los más lejanos unas 1200 toesas, sirviéndoles de comunicación por detrás un camino formado de tablones enrasados en lugar de otro resbaladizo y gredoso que retardaba antes el traspaso rápido de la artillería y municiones. Por el sur dispusiéronse y se artillaron varios edificios, trazándose también diversas obras que se daban la mano con las del Calvinet. Se ejecutaron semejantes trabajos en breve tiempo y con admirable presteza, obligados a tomar parte en ellos hasta los habitadores, quienes dolíanse ya de ver convertido en suelo de sangrientas lides el de sus moradas pacíficas: precursores tales preparativos de ruinas y desolación muy triste.

Pasaban de 30.000 hombres, sin contar la guardia urbana, los que tenía Soult a sus órdenes, distribuidos como antes en tres grandes trozos bajo el mando de los generales Clauzel, D’Erlon y Reille, y repartidos estos en varias divisiones que se colocaron en torno de la ciudad y en sus fortificaciones y reductos. Excedían mucho a los franceses en número los aliados, bien que no favorecidos como los otros por sus estancias.

Batalla de Tolosa.

A las siete de la mañana del 10 de abril trabose la acción anunciada ya, empezando Sir Thomas Picton al frente de la tercera división por arrojar las avanzadas francesas de donde los canales de Languedoc y Brienne se juntan en un mismo álveo, y extendiéndose por su izquierda la división ligera bajo el barón Alten hasta dar con el camino de Albi, paraje destinado al ataque que se reservaba a los españoles. Habíanse estos movido al amanecer y encontrádose en la Croix-Daurade con el mariscal Beresford, quien se desvió allí tirando vía de Montblanc y Montaudran, para encargarse de los acometimientos concertados por aquella parte. Eran el punto principal de la embestida las colinas de Montrave y el Calvinet, en donde los franceses, haciendo cara al L’Hers, aguardaban a los aliados con sereno y fiero ademán. Correspondía a los españoles acometer la izquierda y centro de semejantes estancias, y a los de Beresford la derecha; recayendo por tanto sobre unos y otros el mayor y más importante peso de la batalla.

Marcharon con bizarría suma al ataque las divisiones españolas cuarta y provisional, regidas por Don José Ezpeleta y Don Antonio Garcés de Marcilla. Asistía también allí el general en jefe Don Manuel Freire, que llevaba a su lado, haciendo de segundo, a Don Pedro de la Bárcena y asimismo a Don Gabriel de Mendizábal, si bien este solo como voluntario. Fue de furioso ímpetu la primera acometida de los españoles que arrollaron a los franceses, y desalojaron del altozano de la Pujade, delantero de la posición enemiga, la brigada de Saint Paul perteneciente a la división del general Villatte, la cual, estrechada por los nuestros, tuvo que refugiarse en las líneas del reducto grande, que era el más robusto de los cinco construidos en las cumbres. Dueños los nuestros de la Pujade, plantaron allí la artillería portuguesa a las órdenes del teniente coronel Arentschild, y dejaron de reserva en el mismo paraje una brigada de la división provisional, manteniéndose detrás la caballería de Ponsonby. La otra brigada y la cuarta división dispusiéronse a proseguir en su avance, esta por la izquierda de la carretera de Albi, aquella en derechura contra dos reductos de los cinco de las colinas, situados en la parte septentrional, a saber; el grande ya nombrado, y el triangular, dicho así a causa de su figura. Mientras tanto había ido marchando el mariscal Beresford por el L’Hers arriba con las divisiones cuarta y sexta británicas, del cargo ambas de Sir Lowry Cole y de Sir Enrique Clinton, y continuado hasta el punto por donde debían sus fuerzas ceñir y abrazar la derecha enemiga. Luego que llegó aviso de estar Beresford pronto ya a realizar su ataque, emprendió Don Manuel Freire el suyo en el indicado orden. Aguardábanle fuerzas de Villatte y Harispe, y la división Darmagnac, aquellas en las líneas y reductos, la última emboscada entre estos y el canal, en unas almácigas y jardines, favorecidos los enemigos del terreno y de las fortificaciones, en cuya parte baja colocaron alguna artillería por disposición del general Tirlet, para que rasantes los fuegos causasen mayor estrago en nuestras filas. Metralla horrorosa, granadas, balas inundaron a porfía el campo y esparcieron el destrozo y la muerte por los batallones españoles que, serenos e impávidos, llevando a su cabeza al mismo general Freire, adelantaron sin disparar casi un tiro hasta gallardearse en el escarpe de las primeras obras de los enemigos, titubeantes y próximos a abandonarlas. Era dirigido dicho ataque contra los reductos. El otro de la carretera de Albi, auxiliar suyo, venturoso al comenzar, estrellose después contra fuegos muy vivos y a quemarropa, que de repente descubrieron los enemigos en el puente de Matabiau, conteniendo a los nuestros y haciéndolos vacilar en su marcha. Advirtiolo Soult, y no desaprovechó tan feliz coyuntura, lanzando contra la izquierda de los españoles al general Darmagnac, quien arrancó de su puesto dando una arremetida a la bayoneta que desconcertó a los nuestros, muy acosados ya y oprimidos con mortíferos y cruzados fuegos. Ciaron pues algunos atropelladamente en un principio; pero volvieron luego en sí, por acudir a sostenerlos en su repliegue la brigada española que había quedado de reserva en Pujade, y también algunos cuerpos portugueses de la división ligera del barón Alten, que se corrió hacia nuestro costado derecho, infundiendo tales movimientos respeto a los enemigos y causándoles diversión. Señaláronse entonces entre los nuestros unos cuantos húsares de Cantabria al mando de Don Vicente Sierra, y brilló extraordinariamente el regimiento de tiradores de igual nombre, que se mantuvo firme y denodado bajo los atrincheramientos enemigos hasta que Wellington mismo le mandó retirarse; dando ejemplo su valeroso coronel Don Leonardo Sicilia, quien pagó con la vida su noble y singular arrojo. Muchos y grandes fueron los esfuerzos de los caudillos españoles, y en especial los del general Freire, para contener al soldado e impedirle hacer quiebra en la honra, muchos los del lord Wellington, que voló en persona al sitio del combate acompañado de los generales D. Luis Wimpffen y Don Miguel de Álava, consiguiendo rehacer la hueste y ponerla en estado de despicarse y correr de nuevo a la lid. Pero, ¡ah!, ¡qué de oficiales quedaron allí tendidos por el suelo, o le coloraron con pura y preciosa sangre! Muertos fueron, además de Sicilia, Don Francisco Balanzat, que gobernaba el regimiento de la Corona, Don José Ortega, teniente coronel de estado mayor, y otros varios, contándose entre los heridos a los generales Don Gabriel de Mendizábal y Don José Ezpeleta, como también a Don Pedro Méndez de Vigo y a Don José María Carrillo, jefes los dos de brigada, con muchos más que no nos es dado enumerar, bien que merecedores todos de justa y eterna loa.

Afortunadamente reparábase a la sazón tal contratiempo por el lado de Beresford, a quien tocaba embestir la derecha enemiga. Había en efecto empezado este mariscal a desempeñar su encargo con tino y briosamente, acaudillando la cuarta y sexta división británicas del mando de Sir Lowry Cole y de Sir Enrique Clinton, cuyos soldados, formados en tres líneas, marchaban como hombres de alto pecho, sin que los detuviese ni el fuego violentísimo del cañón francés ni lo perdido de la campiña, llena en varios parajes con las recientes lluvias de marjales y ciénagas. Enderezose particularmente el general Cole contra la parte extrema de la derecha enemiga y contra el reducto de la Cepière allí colocado, al paso que el general Clinton avanzaba por el frente para cooperar al mismo intento. Sucedieron bien ambos ataques, alojándose los ingleses en las alturas y enseñoreándose del reducto dicho, que guarnecía con un batallón el general Dauture. Pero habiendo dejado los ingleses su artillería en la aldea de Montblanc por causa de los malos caminos, corrió algún tiempo antes de que llegase aquella y pudiesen ellos proseguir adelante; lo que también dio vagar a que reforzase el mariscal Soult su derecha con la división del general Taupin, la cual ya de antes se había aproximado a las colinas para sostener las operaciones que por allí se efectuasen. Vino pues sobre los aliados esta división y vinieron otras tropas, mas todo lo arrolló la disciplina y valor británico, quedando muerto el general Taupin mismo. Acometieron en seguida los ingleses los dos reductos del centro llamados Les Augustins y Le Colombier, y entrolos la brigada del general Pack, herido allí. En vano quiso entonces el enemigo recobrar por dos veces el de la Cepière, como clave de la posición: viose rechazado siempre, no restándole ya al francés en las colinas sino los dos reductos situados al norte. Hacia ellos se dirigieron los aliados victoriosos, caminando lo largo de las cumbres, y ayudándolos por el frente Don Manuel Freire, seguido de sus divisiones rehechas ya y bien dispuestas. Cedieron los enemigos y abandonaron reductos, atrincheramientos, todas sus obras en fin por aquella parte, y las dejaron en poder de las tropas aliadas, recogiendo solo la artillería que salvaron por un camino hondo que iba al canal.

Por su lado el general Picton, al propio tiempo que atacaban los de Beresford la derecha francesa, quiso también probar ventura con la tercera división aliada, tratando de apoderarse del puente doble o Jumeau en el embocadero del canal, y amagar al inmediato llamado de los Mínimos. Mas opúsosele y le rechazó el general Berlier, y herido este, Fririon; teniendo que ciar el inglés para evitar terrible fuego de fusilería y artillería que le abrasaba por su frente y flanco, no habiendo guiado aquí a su valor venturosa ni alegre estrella.

Distrajo durante la batalla el general Hill con sus fuerzas [en las que se comprendía una brigada de Morillo] al general Reille, que defendía con la división Maransin el arrabal de Saint Cyprien, y le arrojó de las obras exteriores, obligándole a refugiarse dentro de la antigua muralla.

A las cuatro de la tarde concluyose la acción, dueños los aliados de las colinas de Montrave o Calvinet, sojuzgada la ciudad con artillería que plantaron en las cumbres. Dio también orden a la misma hora el mariscal Soult al general Clauzel de no insistir en nuevos ataques contra el terreno perdido, y ceñirse a rodear solo con varias divisiones el canal de Ambos mares, escogido para servir entonces como de segunda línea. Fogueáronse, sin embargo, y aun se cañonearon hasta el anochecer por lo más extremo de la derecha francesa algunas tropas de los aliados provocadas a ello por otras de los enemigos.

Sangrienta y empeñada lid esta de Tolosa, en la que tuvieron de pérdida los anglo-hispano-portugueses 4714 hombres, a saber: 2124 ingleses, 1983 españoles y 607 portugueses. Presúmese no fue tanta la de los enemigos, abrigados de su posición; contaron, sin embargo, estos entre sus heridos a los generales Harispe, Gasquet, Berlier, Lamorandière, Baurot y Dauture.

Los habitantes de Tolosa, amedrantados, ocultáronse al principio en lo más escondido de sus casas; más animosos después, salieron de su retiro y se pusieron a contemplar la batalla desde los tejados y campanarios, adelantándose algunos hasta las líneas; pero suspensos y pendientes todos del progreso y conclusión de una refriega en la que les iba la vida, la hacienda, y quizá la honra. Mal estaban por eso con el mariscal Soult, a quien culpaban de haberlos comprometido y puesto en trance tan riguroso y duro.

Han pintado los franceses la acción de Tolosa como victoria suya, y aun esculpídola a fuer de tal hasta en sus monumentos públicos. Pero abandonar muchos lugares, perder las principales estancias, y retirarse al fin cediéndolo todo a los contrarios, nunca se graduará de triunfo sino de descalabro, y descalabro muy funesto para los que le padecieron. Enhorabuena ensalzasen los franceses y aun magnificasen la resistencia y bríos que allí mostraron, grandes por cierto y sobre excelentes, mas no estaba bien en ellos robar glorias ajenas; en ellos que no las necesitan, teniéndolas propias y muy calificadas.

Evacúa Soult
la ciudad.

En la noche del 11 al 12 de abril desamparó el mariscal Soult a Tolosa, y tomó el camino de Carcasona que le quedaba abierto, y por donde le era dable juntarse con el mariscal Suchet. Dejó en la ciudad heridos, artillería y aprestos militares en grande abundancia. Entran
los aliados. Entraron los aliados el mismo 12 en medio de ruidosísimas aclamaciones de los habitantes que se agolpaban por ver a sus nuevos huéspedes y darles buena acogida, ya por los muchos partidarios y adictos que tenía allí la familia de Borbón, Son
bien recibidos. ya más bien por creerse libres los vecinos de los daños que les hubiera acarreado el continuar de la guerra en derredor de sus muros.

Acontecimientos
y mudanzas
en París.

Por la tarde de aquel día súpose de oficio en Tolosa la entrada el 31 de marzo en París de los aliados del norte. Susurrábase esto ya antes, y se piensa no lo ignoraban los generales de los respectivos ejércitos; por lo que algunos censuráronlos agriamente de haber empeñado acción tan sangrienta en coyuntura semejante, siendo ya inútil cuando iba a terminarse la guerra. Trajeron ahora la noticia el coronel inglés Cook y el coronel francés Saint Simon; el primero encargado particularmente de comunicársela a lord Wellington, el segundo a los mariscales Soult y Suchet.

Ni se limitaban las novedades ocurridas a la mera ocupación de la capital de Francia. El senado había establecido allí el 1.º de abril un gobierno provisional, a cuyo frente estaba el príncipe de Talleyrand, Caída
de Napoleón. y desposeído al día siguiente del cetro imperial a Napoleón Bonaparte, quien, abandonado de casi todos sus amigos y secuaces, habíase visto forzado a abdicar la corona en su hijo, y luego a despojarse de ella absolutamente y sin restricción alguna, a nombre suyo y de toda su estirpe; recibiendo, como por merced, para que le sirviese de refugio, la isla de Elba en el Mediterráneo, concesión que llevaba apariencias de estudiada mofa, mas que hubo de costar bien cara meses adelante. Decidió también el senado, en 6 del propio abril, llamar de nuevo al solio de Francia a la familia de los Borbones, y proclamar por rey a Luis XVIII, ausente todavía en Inglaterra; tomando el mando ínterin llegaba este, su hermano el conde de Artois, bajo el título de lugarteniente del reino. Conformáronse con tales mudanzas las potencias invasoras, y aun las aplaudieron y quizá apuntaron.

Anunciáronse por la noche en el teatro de Tolosa las noticias traídas de París por los coroneles Cook y Saint Simon, y se celebraron extraordinariamente por los espectadores, muchos en número y muy entusiasmados con la ópera de Ricardo Corazón de León, que de intento se escogió aquel día por las arias y pasos que encierra aquella pieza, alusivos a las circunstancias de entonces. Prodigáronse igualmente vítores y palmoteos a lord Wellington que asistía a la representación: que tales, por lo común, son los pueblos en punto de novedades, aunque sean muy en su daño y mengua; si bien aquí los aplausos y loores iban dirigidos más que al general inglés vencedor en tantas lides, al que se consideraba como a restaurador de la paz tan ansiada en Tolosa, y prenda estable y firme del sosiego que en la ciudad reinaba.

Otros sucesos
militares.

No tardaron los coroneles Cook y Saint Simon en ir al encuentro de los mariscales Soult y Suchet para acabar de desempeñar su comisión y poner término pronto y cumplido a la guerra. Pero primero que continuemos refiriendo lo que en esto ocurrió, nos parece oportuno cerrar antes la narración de los sucesos militares de esta tan prolongada lucha, siendo ya pocos los que nos quedan y no de grande importancia.

En Burdeos.

En Burdeos, luego que entraron allí los aliados, preparáronse los parciales de la casa de Borbón a repeler cualquier ataque que intentasen sus contrarios los bonapartistas, recelándose en particular de las fuerzas del general L’Huillier recogido al otro lado de los ríos, y de las del general Decaen, que había formado una división, de orden del emperador, destinada a marchar por Perigueux sobre aquella ciudad. Pero no trataron ambos generales de formalizar cosa alguna, ni se lo permitió Wellington, puesto que al reunir su gente para perseguir a Soult vía de Tarbes y Tolosa, sacó mucha de la que tenía en Burdeos, dejando solo al general Dalhousie con 5000 hombres. Bien es verdad que afirmábase por otro lado y al mismo tiempo la posesión de aquella ciudad, acudiendo el 27 de marzo a la boca del Gironda el almirante Penrose con tres fragatas y varios buques menores, quien penetró río arriba sin pérdida particular ni resistencia empeñada. Coincidió con la expedición marítima una excursión que el general Dalhousie verificó por tierra sobre el Dordoña para espantar al general L’Huillier. Esto, y las maniobras y ataques de los marineros británicos, causaron al enemigo mucho daño, desmantelando fuertes, clavando cañones y ahuyentando o cogiendo barcos, de modo que en 9 de abril estaban despejadas las riberas hasta el castillo de Blaye, cuyo gobernador, el general Merle, no quiso entrar en pactos hasta el 16 de aquel mes, en que se cercioró de lo ocurrido en París.

En Bayona.

Supo también luego en Bayona las novedades de esta capital Sir Juan Hope, avisado por el coronel Cook desde Burdeos, pero no las comunicó al gobernador de la plaza, general Thouvenot, por no constarle de oficio. Hízolas sí correr por los puestos avanzados, mas no dieron crédito a ellas los franceses, y antes bien se irritaron ejecutando el 14 una salida bien meditada y fogosa. Fingieron pues atacar del lado de Anglet, y lo verificaron entre Saint Etienne y Saint Bernard, tan de rebate e improvisamente que tomaron varios puestos. Acudió a remediar el mal Sir Juan Hope con su estado mayor; pero sorprendiéronle los enemigos y le rodearon, cogiéndole prisionero después de muerto su caballo y herido él mismo. Al cabo, tornaron los franceses a la plaza y recuperaron los aliados los sitios antes perdidos, teniendo los últimos que deplorar la baja de 600 hombres entre muertos y heridos, además 231 prisioneros. Fue este el último y lamentable suceso militar que ocurrió en Francia por el mediodía.

Santoña.

En España habíase dado a partido el 27 de marzo el gobernador francés de Santoña; pero pasando la capitulación a que la aprobase lord Wellington, notando este, al leerla, la cláusula de que los sitiados tornarían a Francia bajo palabra de no tomar las armas durante la presente guerra, negose a ratificar aquella, escarmentado con lo sucedido en Jaca, en donde otorgadas condiciones iguales, quebrantáronlas los franceses luego que pisaron su territorio y se vieron libres.

Cataluña.

En Cataluña, al colocarse en Figueras el mariscal Suchet, guardó consigo y en las cercanías la división de Lamarque, poniendo la reserva de Mesclop en la Junquera y Coll de Pertús, y enviando a Perpiñán algunos infantes y caballos, a donde también iba él mismo a veces para tomar, sin alejarse de España, providencias convenientes a la defensa del territorio nativo. El total de combatientes que le quedaban ascendía a 11.327 hombres comprendidos 1088 caballos. Quiso Suchet acrecer el número trayéndose a Figueras 3000 hombres que tenía Robert en Tortosa, y 8000 Habert en Barcelona, lo que pensó sería factible uniéndose el primero al último por medio de una marcha rápida, y abriéndose paso los dos al frente de sus guarniciones respectivas. Mas frustrose al francés su proyecto, no pudiendo Robert menearse, muy observado por los españoles, y viéndose repelido Habert, con pérdida, por Don Pedro Sarsfield, tentado que hubo el 16 de abril una salida de Barcelona, ya que insistiese en llevar a cabo el plan del mariscal Suchet, ya que se animase a ello sabedor de que las tropas anglo-sicilianas al mando de Sir Guillermo Clinton evacuaban la Cataluña de orden de lord Wellington y pasaban a otros puntos.

La abandona
Suchet.

En los primeros días del mismo abril salió por fin de España el mariscal Suchet como también su ejército, después de haber volado las fortificaciones de Rosas, dirigiendo sus columnas vía de Narbona. Dejó solo guarniciones en Figueras, Hostalrich, Barcelona, Tortosa, Benasque, Murviedro y Peñíscola, cuyas plazas y fuertes bloqueaban los españoles, habiendo perecido en la última el gobernador francés, con su estado mayor y muchos otros, por la explosión de un almacén de pólvora.

Conducta
de Soult y Suchet
con motivo
de lo ocurrido
en París.

Volvamos ahora a Tolosa. Salieron de allí, según antes empezamos a referir, los coroneles Cook y Saint Simon, y encamináronse a los cuarteles de Soult y Suchet para informarles de las grandes mudanzas y acontecimientos ocurridos, como también para entregarles las órdenes del gobierno provisional establecido en París. No quiso por de pronto someterse el primero a lo que se le ordenaba, manifestando carecían tales nuevas y comunicaciones de la autenticidad debida; y solo añadió que entraría en un armisticio con los aliados, hasta recibir órdenes u avisos del emperador, si lord Wellington convenía en ello. Desechó el inglés la propuesta, creyéndola, por lo menos, intempestiva y fuera de su lugar. Avínose mejor Suchet, pues habiendo reunido los principales jefes de su ejército, decidió de conformidad con ellos reconocer el gobierno provisional de París y someterse a sus mandatos y resoluciones. Al saber el mariscal Soult esta determinación, forzoso le fue ceder y obrar al son de los demás.

Conclúyese
un armisticio
entre Wellington
y los mariscales
franceses.

Abriéronse en seguida y sin dilación tratos para una suspensión de armas, la cual se concluyó en los días 18 y 19 de abril entre los mariscales Soult y Suchet por una parte, y lord Wellington por otra, como general en jefe de todas las tropas aliadas. Celebráronse para ello dos convenios, exigiéndolo así el mariscal Suchet, que no quería reconocer ninguna supremacía en el otro, tenido por orgulloso y por de predominante condición. En consecuencia cesaron las hostilidades no solo en los ejércitos respectivos, sino también delante de las plazas bloqueadas, debiendo entregarse a los españoles en un breve término las que todavía estuviesen en poder del francés.

Finalizó aquí y de este modo la guerra gloriosa de la independencia peninsular, fecunda en acontecimientos varios, y muy instructiva para el militar y hombre de estado: habiéndose combinado en ella las operaciones regulares de sitios, marchas y peleas en los trances descompuestos, repetidos y azarosos de una lucha nacional y, por decirlo así, perdurable. Inmarcesibles lauros cogieron en el prolongado curso de tanto lidiar los diferentes ejércitos que tomaron parte; pero como naciones descollaron en el caso actual, y levantarán por ello siempre su cabeza erguida, Portugal y España, escenario vivo de perseverancia constante.

Asuntos políticos.

Mas al propio tiempo que cesaron honrosa y felizmente los estruendos bélicos, crecieron los políticos, cuyo retemblor y zumbido abrieron grietas por donde se atropellaron lástimas y desdichas. Pero necesario es para narrar lo acaecido en el asunto volver atrás y seguir en su viaje al rey Fernando VII a quien dejamos en Gerona con los infantes Don Carlos y Don Antonio. Salen el rey
y los infantes
de Gerona. Salieron de esta ciudad S. M. y AA. el 28 de marzo, yendo a Tarragona sin pasar por Barcelona; bien que así en esta plaza como en las demás en que aún se conservaba guarnición francesa, recibieron orden los gobernadores de no cometer hostilidad alguna al paso por ellas o sus cercanías de Fernando VII, y de tributar a S. M. los honores y obsequios que eran debidos a su augusta persona.

Llegan
a Tarragona
y Reus.

De Tarragona trasladáronse el rey y los infantes a Reus, en donde permanecieron el 2 de abril, no indicando nada hasta ahora el rumbo cierto que en lo político tomaría S. M. Generales, autoridades y pueblos habíanse conformado con lo dispuesto por las Cortes, y la familia real y sus consejeros tampoco se desviaban de ello, a lo menos en público. Verdad es que crecían los manejos y ofrecimientos reservados de descontentos y ambiciosos; pero sin difundirse por fuera, ni dar lugar más que a leves rumores y sospechas. Agrandáronse estas aquí en Reus. Según la ruta señalada por la Regencia con arreglo al decreto de 2 de febrero, tenía el rey que continuar su viaje siguiendo la costa del mediterráneo a Valencia, para de allí pasar a Madrid. Estábase en vía de dar cumplimiento a esta providencia, cuando la diputación provincial de Aragón, movida por sí o por sugestión ajena, dirigió a Don José de Palafox, que acompañaba al rey, una exposición gratulatoria pidiendo se dignase S. M. en su tránsito para la capital del reino honrar con su presencia a los zaragozanos, ansiosos de verle y contemplarle de cerca. Accedió Fernando a la súplica, ora que no quisiese este desairar a ciudad tan ilustre y tan merecedora de su particular atención, ora que mirasen sus consejeros aquella coyuntura como muy propicia para comenzar a romper las trabas que los ligaban, molestas en sumo grado y depresivas a su entender de la majestad real.

Va el rey
a Zaragoza.

Salió el rey de Reus el 3, y por Poblet encaminose a Lérida. Iba ya solo con su hermano Don Carlos, habiéndose quedado en la primera villa el infante Don Antonio, a causa de una indisposición leve y de estar resuelto a tomar en derechura el camino de Valencia.

Buen recibo
en esta ciudad.

Llegaron el rey y Don Carlos a Zaragoza el 6 de abril, tiempo de Semana santa. Fueron recibidos allí ambos príncipes con indecible amor y entusiasmo, realzado uno y otro por el aparecimiento de Don José de Palafox, ídolo entonces muy reverenciado y querido de los habitadores. Mostrábase S. M. aquí todavía incierto sobre el partido a que se inclinaría en la parte política; pudiendo solo colegirse de algunas palabras que vertió, que no desaprobaba del todo lo que se había hecho durante su ausencia en punto a reformas. Sin embargo, aguijón grande era para que procediese a su antojo la adhesión sin límites que manifestaban los pueblos hacia su persona, y las insinuaciones y consejos extraviados que le venían de varias partes; muy diligentes en esta ocasión los enemigos de novedades, no menos que los descontentos de cualquiera linaje que con ellos se abanderizaban. Partió el rey de Zaragoza el 11, y llegó a Daroca aquel mismo día.

Junta en Daroca.

Estrechando el tiempo, afanábanse los que venían con el rey porque se tomase una determinación respecto de la conducta política que convenía se adoptase, celebrando al efecto una junta en la noche del 11, en la que se apareció el conde del Montijo. Fueron de dictamen todos los que allí concurrieron que no jurase el rey la Constitución, excepto solo Don José de Palafox, quien no pudiendo rebatir los argumentos de los demás y apurado ya, llamó en su ayuda a los duques de Frías y de Osuna, que habían acudido a Zaragoza a cumplimentar al rey y le seguían en el viaje. Juzgaba Palafox que su dictamen en la materia se arrimaría al suyo, y le daría gran peso por la elevada clase y riqueza de ambos duques y por su porte desde 1808; habiendo el de Frías, según ya hemos dicho, no desamparado nunca los estandartes de la patria, y expuéstose mucho el de Osuna por haberse fugado de Bayona en aquel año, no queriendo autorizar con su firma los escándalos que a la sazón ocurrían en la misma ciudad. Reunidos pues uno y otro a las personas que se hallaban ya en junta, sentó el de San Carlos la cuestión de si convendría o no que jurase el rey la Constitución. Opinó él mismo que no, mostrándose en especial muy contrario el conde del Montijo, abultando los riesgos y las dificultades que resultarían de la jura. Apartose de este parecer Don José de Palafox y le apoyó el duque de Frías, bien que respetando este los derechos que compitiesen al rey para introducir o efectuar en la Constitución las alteraciones convenientes o necesarias. Anduvo indeciso el de Osuna, separándose todos de la junta sin convenirse en nada; pero acordes en que antes de resolver cosa alguna acerca de semejante cuestión, se congregarían de nuevo. A pesar de eso determinó el rey pocos instantes después, siguiendo el consejo de San Carlos sugerido por el del Montijo, que sin tardanza y en derechura saldría este para Madrid, a fin de calar lo que tratasen allí los liberales, y de disponer los ánimos del pueblo a favor de las resoluciones del rey, cualesquiera que ellas fuesen, o más bien de pervertirlos; en lo que era gran maestro aquel conde, muy ligado siempre con gente pendenciera y bulliciosa.

Entrada
en Teruel.

Continuando S. M. el viaje a Valencia entró en Teruel el 13, en cuya ciudad, muy afecta a la Constitución, esmeráronse los habitantes en poner entre los ornatos escogidos para el recibimiento del rey, muchos alegóricos al caso, que miró S. M. atentamente y aun aplaudió, amaestrado desde la niñez en la escuela del disimulo. Hasta aquí había acompañado al rey en el viaje el capitán general de Cataluña Don Francisco de Copons y Navia, cuya presencia contuvo bastante a los que intentaban guiar al rey por sendero errado y torcido. Volvió el Don Francisco a su puesto, y con su ausencia no quedó apenas nadie al lado de S. M. de influjo y peso que balancease los consejos desacertados de los que aprisionaban su voluntad o le daban deplorable sesgo.

Junta en Segorbe.

El 15 llegaron Fernando y su hermano el infante a Segorbe y multiplicáronse allí las marañas y enredos, arreciando el temporal declarado contra las Cortes. Juntose en aquella ciudad con sus sobrinos el infante Don Antonio, viniendo de Valencia, en donde había entrado el 17 acompañado de Don Pedro Macanaz. Acudieron también a Segorbe el duque del Infantado y Don Pedro Gómez Labrador, procedentes de Madrid; quienes, en unión con Don José de Palafox y los duques de Frías, Osuna y San Carlos celebraron la noche del mismo 15 nuevo consejo, siempre sobre el consabido asunto de si juraría o no el rey la Constitución. No asistió Don Juan Escóiquiz, que se había adelantado a Valencia para avistarse con sus amigos, y sondear por su parte el terreno y los ánimos. Prolongose la reunión aquella noche hasta tarde, y ventilábase ya la cuestión, cuando se presentó como de sorpresa el infante Don Carlos. Frías y Palafox reprodujeron en la junta los dictámenes que dieron en Daroca. También Osuna, pero más flojamente, influido, según se creía, por una dama de quien estaba muy apasionado, la cual muy hosca entonces contra los liberales, amansó después y cayó en opinión opuesta y muy exagerada. Dijo el duque del Infantado; «Aquí no hay más que tres caminos; jurar, no jurar o jurar con restricciones. En cuanto a no jurar participo mucho de los temores del duque de Frías...» dando a entender en lo demás que expresó, aunque no a las claras, que se ladeaba a la última de las tres indicaciones hechas. Se limitó Macanaz a insinuar que tenía ya manifestado su parecer al rey, lo mismo que al infante, sin determinar cuál fuese. Otro tanto repitió San Carlos, perdiendo los estribos al especificar la suya Don Pedro Gómez Labrador, quien en tono alborotado y feroz votó «porque de ningún modo jurase el rey la Constitución, siendo necesario meter en un puño a los liberales...» con otras palabras harto descompuestas, y como de hombre poco cuerdo y muy apasionado. Disolviose no obstante la junta actual como la anterior de Daroca, esto es, sin decidirse nada en ella, pero sí descubriéndose ya cuál sería la resolución final.

Entrada del rey
en Valencia.

Al día inmediato 16 de abril pasó el rey a la ciudad de Valencia, adonde le habían precedido personas de partidos opuestos y de diversa categoría. Por de pronto, el cardenal arzobispo de Toledo Don Luis de Borbón, presidente de la Regencia, acompañado de Don José Luyando, ministro interino de estado, y de algunas personas de la misma secretaría. También Don Juan Pérez Villamil y Don Miguel de Lardizábal, ambos muy resentidos contra las Cortes y de grande influjo en las resoluciones que se tomaron en Valencia, si bien no tanto el último por la imposibilidad a que le redujo, durante algún tiempo, un vuelco que dio en el camino.

El general Elío.

Pero quien más que todos imprimió impulso y determinado rumbo a los negocios, fue el capitán general de Valencia Don Francisco Javier Elío, desafecto a las reformas, y agraviado por lo que de él se dijo en las Cortes y en los diarios después de la segunda acción de Castalla. Habíale también desazonado entonces un acontecimiento ocurrido en aquellos días. Fue, pues, que al llegar a Valencia el infante Don Antonio, pasando aquel a cumplimentar a S. A., pidiole el santo por inadvertencia o de propósito para mostrar su aversión a las disposiciones de las Cortes, estando allí presente el cardenal arzobispo de Borbón. Lo que sucedió
con el cardenal
Borbón. Pero apenas había Elío soltarlo semejante palabra, cuando el prelado, tenido por hombre manso y sin hiel, alterose en extremo e increpole de ignorancia en el cumplimiento de su obligación, debiendo saber que a él solo como presidente de la Regencia tenía que dirigirse para pedir el santo. Quedaron todos atónitos de arranque tan inesperado en el cardenal, que no se aplacó sino a ruegos del mismo infante. Callose Elío y aguardó a que llegase el rey para despicarse y tomar venganza.

Sale Elío
a recibir al rey.

En efecto al aproximarse S. M. le salió al encuentro aquel general, y pronunció un discurso en el que no solo vertió amargas quejas en nombre de los ejércitos, sino que también suplicó al rey empuñase el bastón de general que llevaba, cuya señal de mando [decía Elío] adquiriría con eso valor y fortaleza nueva.

Lo mismo
al cardenal.

A poco encontrose también S. M. con el cardenal arzobispo cerca de Puzol, e imbuido ya malamente contra la persona de este, recibiole con ceño ofreciéndole la mano para que se la besase. Hay quien dice tardó el cardenal en ceder a semejante insinuación, creyendo se lo prohibía el decreto de las Cortes, y que Fernando le mandó claramente entonces que obedeciese y que le besase la mano; hay quien asienta por el contrario no haberse opuesto S. Ema. a los deseos del rey, no viendo en aquel acto sino una muestra de puro respeto conforme al uso. De todas maneras cosas eran estas que descubrían sobradamente lo que amagaba ya.

Entró por fin el rey en Valencia el 16, y al día siguiente pasó a la catedral a dar gracias al Todopoderoso por los beneficios que le dispensaba; presentándole aquella tarde el general Elío la oficialidad del ejército que mandaba, a la cual preguntó estando delante de S. M. «¿Juran VV. sostener al rey en la plenitud de sus derechos?» Respondieron todos: «Sí, juramos.» Y con eso empezó Fernando a ejercer en Valencia la soberanía sin miramiento alguno a lo que las Cortes habían resuelto; envalentonándose los adversarios de las reformas, y desbocándose del todo un papel subversivo que se publicaba en aquella ciudad bajo el título de Lucindo, o Fernandino, obra de un tal Don Justo Pastor Pérez, empleado en rentas decimales.

Representación
de los diputados
llamados Persas.

Tenían íntimo enlace con semejantes pasos y sucesos otras tramas que se urdían en Madrid a fin de empeñar a muchos diputados a que pidiesen ellos mismos la destrucción de las Cortes. Húbolos que tal osaron, principalmente de los que anduvieron mezclados en las marañas de Córdoba con el del Abisbal, y en las de Madrid, cuando quisieron algunos mudar de súbito la Regencia del reino. Hacía cabeza Don Bernardo Mozo Rosales, ya mencionado, quien acordó con otros compañeros suyos elevar a S. M. una representación enderezada al deseado intento. Llevaba esta la fecha de 12 de abril, y era una reseña de todo lo ocurrido en España desde 1808, como también un elogio [*] de (* Ap. n. [24-22].) «la monarquía absoluta...» [obra decíase en su contexto] «de la razón y de la inteligencia... subordinada a la ley divina...» acabando no obstante por pedirse en ella, «se procediese a celebrar Cortes con la solemnidad y en la forma que se celebraron las antiguas.» Contradicción manifiesta, pero común a los que se extravían, y procuran encubrir sus yerros bajo apariencias falaces. Llevaba la representación por principal mira alentar al rey a no dar su asenso ni aprobación a la nueva ley constitucional, ni tampoco a las otras reformas planteadas en su ausencia. Llamaron en el público a esta representación la de los Persas por comenzar del modo siguiente: «Era costumbre en los antiguos persas...» cláusula que pareció pedantesca y risible, como fuera de su lugar, y propio el nombre de un pueblo que los antiguos tenían por bárbaro, para ser aplicado a los autores de un papel que recordaba tales actos, y sostenía ideas rancias opuestas a las que reinaban en el siglo actual.

Fueron pocos los diputados que firmaron en un principio esta representación, creciendo el número hasta el de 69 al derribarse la Constitución; unos por temor, por ambición otros y bastantes por irse al hilo de la corriente del día. Tacharon los desapasionados de muy culpables a los autores y primeros firmantes, pues como colegas faltaron a los miramientos que debían a los otros diputados, y como hombres públicos a sus más sagradas obligaciones; no forzándolos nadie a permanecer en el asiento que ocupaban, ni a dar con su presencia y voto aunque fuese negativo, sello de aprobación y legitimidad, a lo que juzgaban nulo y hasta dañoso al orden social. Más excusables se presentaban los que firmaron después, rendidos al miedo o a flaquezas a que está tan sujeta la humanidad. Desapareció de las Cortes Don Bernardo Mozo Rosales, llevando en persona a Valencia la representación, entre cuyos nombres distinguíase el suyo como el primero de todos.

Conducta
de los liberales
en las Cortes.

Ni por eso se persuadieron en Madrid destruiría de raíz el rey todo lo hecho durante su cautiverio, escuchando S. M. solo a un partido y no sobreponiéndose a los diversos que había en la nación para dominarlos y regirlos sabia y cuerdamente. Confiados en esto y asistidos entonces de intenciones muy puras, permanecieron tranquilos los diputados liberales y sus amigos, no bastando para desengañarlos las noticias cada vez más sombrías que de Valencia llegaban. Por tanto, no provocaron en las Cortes medida alguna con que hacer rostro a repentinos y adversos acontecimientos, ni tampoco se cautelaron contra asechanzas personales que debieron suponer les armarían sus enemigos, implacables y rencorosos.

Contentáronse pues con escribir nuevamente al rey dos cartas que no merecieron respuesta, y con ir disponiendo el modo de recibirle y agasajarle a su entrada en Madrid y jura en el salón de Cortes. Se trasladan estas
a Doña María
de Aragón. A este propósito decidieron trasladarse del que ocupaban en el teatro de los Caños del Peral a otro construido expresamente, y con mayor comodidad y lujo, en la casa de estudios y convento de Agustinos calzados de Doña María de Aragón, dicho así del nombre de su fundadora, dama de la reina Doña Ana de Austria. Señalose para esta mudanza el 2 de mayo, en que se celebró con gran pompa un aniversario fúnebre en conmemoración de las víctimas Función fúnebre
del dos de mayo. que perecieron en Madrid el año de 1808, en el mismo día; sirviendo así de función inaugural del salón nuevo una muy lúgubre, como para presagiar lo astroso y funesto en el porvenir de aquel sitio, en donde se hundieron luego, y más de una vez, las instituciones generosas y conservadoras de la libertad del estado.

Lo que pasa
en Valencia.

En Valencia llevaban los acontecimientos traza de precipitarse y correr a su desenlace. Renováronse y se multiplicaron allí los conciliábulos y las juntas muy a las calladas, y no llamando ya a ellas a ninguno de los que tenían fama de inclinarse a opiniones liberales. Concurrieron varios sucesos para tomar luego una determinación decisiva: tales fueron las ofertas del general Elío, la representación de los diputados disidentes, y la caída, en fin, del emperador Napoleón. Antes de esta catástrofe contábanse algunos que titubeaban todavía sobre destruir las Cortes súbitamente y por razón de estado, recelosos de la desunión que resultaría de ello en provecho del enemigo común; mas después nada hubo que los detuviese ya, dando rienda suelta a sus resentimientos y miras ambiciosas. Y, ¡cosa rara!, habiendo sido Napoleón y sus enviados los que aconsejaron primero al rey el aniquilamiento de las Cortes y de la Constitución, debía al parecer su caída producir efecto contrario y afianzar de lleno las instituciones nuevas; pero no fue así, andando como unida con el nombre del emperador francés la suerte y desgracia de España; lo cual se explica reflexionando que el odio y aversión de los antirreformadores contra Bonaparte no tanto pendía de la política interior e inclinaciones despolíticas de este, arregladas en un todo a las de ellos o muy parecidas, como de sus empresas e invasiones exteriores, y de ser él mismo hombre nuevo y de fortuna, hijo de la revolución.

A nublado tan oscuro y denso nada tenían que oponer las Cortes en Valencia para prevenirle o disiparle, sino los esfuerzos del cardenal de Borbón y de Don José Luyando, débiles por cierto; pues los que procediesen de su autoridad, nulos eran, habiendo de hecho cesado esta desde la llegada del rey, y pocos los que podían esperarse de su diligencia y buena maña. Uno y otro visitaban al rey con frecuencia, pero limitándose a preguntarle como le iba de salud; hecho lo cual volvíanse en seguida a su posada sin detenerse a más ni dar siquiera por fuera señal alguna de movimiento y vida. Y aunque el cardenal mostró en un principio, según apuntamos, entereza laudable, no le fue posible conservarla faltándole apoyo y estímulo en su ministro, hombre de bien y muy arreglado, pero pobre de espíritu y sin expediente ni salidas en los casos arduos.

Se acerca
Whittingham
a Madrid.

Una indisposición del rey, aquejado de la gota, y el coordinar ciertas medidas previas, retardaron algunos días la ejecución del plan que se meditaba para destruir las Cortes. Era una de ellas acercar a Madrid tropas a devoción de los de Valencia, lo cual se verificó trayendo estas a su frente a Don Santiago Whittingham, quien, jefe en Aragón de la caballería, siguió al rey en su viaje de resultas de habérselo ordenado así S. M. mismo. Llegó Whittingham a Guadalajara el 30 de abril, y habiéndole preguntado el gobierno de la Regencia que por qué venía, respondió que por obedecer disposiciones del rey comunicadas por el general Elío.

Conducta
del embajador
inglés.

El ser Don Santiago súbdito británico, y muy favorecido de aquel, dio ocasión a que creyeran muchos obraba en el caso actual por sugestión del embajador de Inglaterra, Sir Enrique Wellesley, que a la sazón se hallaba en Valencia para cumplimentar al rey. Mas engañáronse: Sir Enrique no aprobó la conducta de aquel general, ni aconsejó ninguna de las medidas que se tomaron en Valencia; disgustábale, es cierto, la Constitución, y como particular hubiera querido se reformase, mas como embajador mantúvose indiferente, y no se declaró en favor de una cosa ni otra, bastantes por sí las pasiones que reinaban entonces, sin ayuda extraña, para trastornar el estado y confundirle.

Sale el rey
de Valencia.

Dispuesto todo en Valencia según los fines a que se tiraba, salió el rey de aquella ciudad el 5 de mayo, trayendo en su compañía a los infantes Don Carlos y Don Antonio, y escoltando a todos una división del segundo ejército regida por el general en jefe Don Francisco Javier Elío. Venían en la comitiva varios de los que se habían agregado en el camino, y los de Valençay, excepto Don Juan Escóiquiz, que desde Zaragoza ganaba siempre la delantera, haciendo de explorador oficioso. Recibieron al propio tiempo una real orden para regresar a Madrid el cardenal de Borbón y Don José Luyando, ignorando ambos del todo lo que de oculto se trataba; y sin que el último, según obligación más peculiar de su cargo, gastase mucho seso ni aun siquiera en averiguarlo.

Lo que ocurre
en el camino.

Fue acogido el rey en los pueblos del tránsito con regocijo extremado que rayó casi en frenesí, aunándose todavía para ello los hombres de todas clases y partidos. Enturbiaron sin embargo a veces la universal alegría soldados de Elío y gente apandillada de los antirreformadores, prorrumpiendo en vociferaciones y grita contra las Cortes, y derribando en algunos lugares las lápidas que con el letrero de Plaza de la Constitución se habían colocado en las plazas mayores de cada pueblo, conforme a un decreto promulgado en Cádiz a propuesta del señor Capmany, desacertado en verdad y que sirvió después de pretexto a parcialidades extremas para rebullir y amotinarse en rededor de aquella señal.

Diputación
de las Cortes
para ir a recibir
al rey.

Luego que supieron las Cortes que se acercaba el rey a Madrid, nombraron una comisión de su seno para que saliera a recibirle al camino y cumplimentarle. Componíase esta de seis individuos, teniendo a su frente a Don Francisco de la Dueña y Cisneros, obispo de Urgel, de condición algo instable, aunque no propenso a exageraciones ni destemplanzas. Encontró la diputación al rey en la Mancha y en medio del camino mismo, por lo que juzgó oportuno retroceder, para presentar a S. M. en el pueblo inmediato sus obsequiosos respetos y felicitaciones. Mas no lo consiguió, negándose el rey a darle allí audiencia, y mandando a sus individuos que aguardasen en Aranjuez, esquivando así todo contacto o ludimiento con la autoridad representativa, próxima ya a desplomarse, como todas las que se derivaban de ella.

Tal había sido la resolución acordada en Valencia, cuyo cumplimiento tuvo ya principio allí donde el rey estaba; mandando S. M. al cardenal de Borbón y a Don José Luyando que se retirasen ambos, yendo el primero destinado a su diócesis de Toledo, y el segundo, como oficial de marina, al departamento de Cartagena.

Prenden
en Madrid
a los regentes,
y a varios ministros
y diputados.

Casi a la propia sazón llevábanse también a efecto en Madrid providencias semejantes, aunque, si cabe, más inauditas en los anales de España. Fueron pues arrestados en virtud de real orden durante la noche del 10 al 11 de mayo los dos regentes Don Pedro Agar y Don Gabriel Ciscar, los ministros Don Juan Álvarez Guerra y Don Manuel García Herreros, y los diputados de ambas Cortes Don Diego Muñoz Torrero, Don Agustín Argüelles, Don Francisco Martínez de la Rosa, Don Antonio Oliveros, Don Manuel López Cepero, Don José Canga Argüelles, Don Antonio Larrazábal, Don Joaquín Lorenzo Villanueva, Don Miguel Ramos Arispe, Don José Calatrava, Don Francisco Gutiérrez de Terán y Don Dionisio Capaz. Estuvieron en igual caso el literato ilustre Don Manuel José Quintana, y el conde, hoy duque, de Noblejas, con su hermano y otros varios.

Procedió a ejecutar estas y otras prisiones Don Francisco Eguía, nombrado al propósito, de antemano y calladamente, por el rey capitán general de Castilla la Nueva; obrando bajo sus órdenes asistidos de mucha tropa y estruendo, con el título de jueces de policía, Don Ignacio Martínez de Villela, Don Antonio Alcalá Galiano, Don Francisco Leiva y Don Jaime Álvarez de Mendieta, diputados a Cortes algunos de ellos en las extraordinarias, y colegas por tanto de varios de los perseguidos. Negose a desempeñar encargo tan criminal y odioso Don José María Puig, magistrado antiguo, a quien ensalzó mucho ahora proceder tan noble como poco imitado. Fueron encerrados los presos en el cuartel de guardias de corps y en otras cárceles de Madrid, metiendo a algunos en calabozos estrechos y fétidos, sin luz ni ventilación, a manera de lo que se usa con forajidos o delincuentes atroces.

Continuaron los arrestos en los días sucesivos, y extendiéronse a las provincias de donde fueron traídos a Madrid varios sujetos y diputados esclarecidos, entre ellos Don Juan Nicasio Gallego, acabando por henchirse de hombres inocentes y dignísimos todas las cárceles, en las que de día y noche, sigilosamente y sin guardar formalidad alguna, vaciaban encarnizados enemigos la flor y gloria de España. No pudieron ser habidos a dicha suya los señores Calleja, Díaz del Moral, Don Tomás de Istúriz, Tacón, Rodrigo y conde de Toreno que pasaron a otras naciones.

Disolución
de las Cortes
por orden del rey.

En la misma noche del 10 al 11 de mayo presentose el general Eguía a Don Antonio Joaquín Pérez, diputado americano por la Puebla de los Ángeles y actual presidente de las Cortes, intimándole de orden del rey quedar estas disueltas y acabadas del todo. No opuso Pérez a ello óbice ni reparo alguno, y antes bien créese que obedeció de buena voluntad, estando en el número de los que firmaron la representación de los 69, y en el secreto, según se presumió, de todo lo que ocurría entonces. Una mitra, con que le galardonaron después, dio fuerza a la sospecha concebida de haber procedido de connivencia con los destruidores de las Cortes, y por tanto indigna y culpablemente.

Asonadas
en Madrid.

Soltáronse en la mañana del 11 los diques a la licencia de la plebe más baja, arrancando esta brutalmente la lápida de la Constitución que arrastró por las calles, lo mismo que varias estatuas simbólicas y ornatos del salón de Cortes. Lanzaban también los amotinados gritos de venganza y muerte contra los liberales y en especial contra los que estaban presos; llevando por objeto los promovedores encrespar las olas populares a punto de que se derramasen dentro de las cárceles, y sofocasen allí en medio de la confusión y ruido a los encerrados en aquellas paredes. Pero malogróseles su feroz intento, que muy somera y no de fondo era la tempestad levantada, como impelida solo por la iniquidad de unos pocos y muy contados.

Manifiesto
o decreto
del 4 de mayo.

Amaneció igualmente en aquel día puesto en las esquinas un manifiesto con título de decreto, firmado de la real mano y refrendado por Don Pedro de Macanaz, que aunque fecho en Valencia, a 4 de mayo, habíase tenido hasta entonces muy reservado y oculto.[*] (* Ap. n. [24-23].) En su contexto, si bien declaraba S. M. que no juraría la Constitución, y que desaprobaba altamente los actos de las Cortes y la forma que se había dado a estas, afirmaba no menos que aborrecía y detestaba el despotismo, ofreciendo además reunir Cortes y asegurar de un modo duradero y estable la libertad individual y real, y hasta la de la imprenta en los límites que la sana razón prescribía. Mas hacer promesas tan solemnes y de semejante naturaleza a la faz de la nación y del mundo, al propio tiempo que se decretaba subrepticiamente la disolución de las Cortes y que se atropellaban sin miramiento alguno las personas de tantos diputados y hombres ilustres, no parecía sino que era añadir a proceder tan injusto y desapoderado befa descarada y dura.

Autores
y cooperarios
de él.

Asegúrase escribió este manifiesto o decreto Don Juan Pérez Villamil, auxiliado de Don Pedro Gómez Labrador, aunque al cabo riñeron los dos entre sí y descompadraron. Llevó la pluma haciendo de secretario Don Antonio Moreno, ayuda de peluquero que había sido de palacio, y en seguida consejero de hacienda.

Reflexiones.

Atropéllanse a la mente reflexiones muchas al contemplar semejantes acontecimientos y sus resultas. Por una parte, muy de lamentar es ver convertido al rey en instrumento ciego de un bando implacable e interesado, haciendo suyas las ofensas y agravios ajenos, y forzado por tanto a entrar en una carrera enmarañada de reacciones y persecución en daño propio y grave perjuicio del estado, y por otra, admira la imprevisión y abandono de las Cortes que dejándose coger como en una red, no tomaron medida alguna ni intentaron parar el golpe que las amenazaba, madrugando primero y anticipándose a sus enemigos. Nacía en el rey semejante conducta de su total ignorancia de las cosas actuales de España, y de aquella inclinación a escuchar errados consejos que se había advertido ya desde el principio de su reinado; y en las Cortes, de inexperiencia y de la buena fe que reinaba entonces entre los reformadores, no imaginándose cabría nunca a su causa ni caería tampoco sobre ellos la suerte y trato que experimentaron, no menos inicuo que poco merecido.

Dudamos también, contra el dictamen de muchos, que hubieran podido las Cortes, aun permaneciendo muy unidas, resistir al raudal arrebatado que de Valencia vino sobre ellas. El nombre de Fernando obraba por aquel tiempo en la nación mágicamente; y al sonido suyo y a la voluntad expresa del rey hubiera cedido todo y hubiéronse abatido y humillado hasta los mayores obstáculos. Tampoco era dable contar mucho con los ejércitos. Mantúvose el llamado primero fiel a las Cortes, pero tibio; y declarose en contra el segundo. Empleó en el de reserva de Andalucía juego doble, conforme a costumbre antigua, su jefe el del Abisbal, enviando para cumplimentar al rey a un oficial de graduación con dos felicitaciones muy distintas y en sentido opuesto, llevando encargo de hacer uso de una u otra, según los tiempos y el viento que corriese. Formaron algunos oficiales en el tercer ejército bando o liga contra el príncipe de Anglona, por creerle afecto a las Cortes y sobre todo fiel a sus juramentos; hecho muy vituperable, pero que descubría desavenencia allí en cuanto a opiniones políticas, y por el cual, para decirlo de paso, reprendió ásperamente lord Wellington en Oyarzun a los principales fautores. Hubo, sí, señales más favorables a la causa de las Cortes en el cuarto ejército; mas entre oficiales subalternos, no entre los jefes. De aquellos, abocáronse algunos con su general Don Manuel Freire, fiados en la conocida honradez de este que no desmintió, haciéndoles juiciosas reflexiones acerca de los impedimentos que presentaría la ejecución de la empresa, siendo en su entender el mayor de todos el soldado mismo, de propensión dudosa, (* Ap n. [24-24]). si no contraria a lo que ellos premeditaban.[*] Esto y lo que de súbito se fue agolpando, desvió a todos de proseguir por entonces en el intento de sostener abiertamente a las Cortes y la Constitución.

Entrada del rey
en Madrid.

Entró el rey en Madrid el 13 de mayo, y si bien quedó en Aranjuez la división del segundo ejército que le había acompañado desde Valencia, acudió por otro lado y al mismo tiempo a la capital la de Don Santiago Whittingham, compuesta de 6000 infantes, 2500 caballos y seis piezas, no tanto para agrandar la pompa en obsequio de la celebridad del día, cuanto para impedir se perturbase la pública tranquilidad. Así sucedió que el mismo Fernando, que en 24 de marzo de 1808 había penetrado por aquellas calles sin escolta y resguardado solo con los pechos de los fieles habitadores, aun en medio de huestes extranjeras poco seguras, tuvo ahora, expulsadas estas y vencidos tantos otros obstáculos, que precaverse y custodiar su persona, como si estuviese circuido de enemigos los más declarados. A tal estrecho le habían conducido hombres que preferían a todo saciar personales venganzas por ofensas que ellos mismos se habían granjeado, queriendo que el rey, a imitación de lo que cuentan de un emperador romano, acabase a la vez [*] y (* Ap n. [24-25].) de un golpe con lo mejor quizá y más espigado de España.

Cruzó Fernando a su entrada el puente de Toledo, y atravesó la puerta de Atocha, yendo después por el Prado y las calles de Alcalá y Carretas hasta hacer pausa en el convento de santo Tomás para adorar, según costumbre de sus antepasados, la imagen depositada allí de nuestra Señora de Atocha. Dirigiose en seguida, por la Plaza mayor y las Platerías, a Palacio, que ocupó de nuevo al cabo de más de seis años de ausencia. Arcos de triunfo y otros festejos embellecían la carrera y le daban realce; no escaseando en ella el clamor, alabanzas y vítores, si bien no con aquel desahogo y universal contentamiento que era de esperar en ocasión tan plausible; lastimado el oído de muchos y quebrantado su corazón con los sollozos y lágrimas de las familias de tantos inocentes, sepultados ahora en oscuros encierros y calabozos.

Llegada
a la capital
de Lord
Wellington.

El 24 del mismo mayo hizo también su entrada pública en Madrid, por la puerta de Alcalá, lord Wellington, duque de Ciudad Rodrigo, recibiendo en el tránsito los honores debidos a sus triunfos y elevada clase. Creyose entonces que dado no se tocara al gobierno absoluto restablecido por el rey, al menos cesarían los malos tratos y las persecuciones contra tantos hombres apreciables y dignos, en atención siquiera a la buena correspondencia que habían seguido muchos de ellos con lord Wellington. Mas no fue así, continuando todo en el mismo ser que antes sin la menor variación ni alivio. Cierto que el 5 de junio, víspera de la partida del general inglés para París y Londres, hizo este a S. M. una exposición, que entregó Don Miguel de Álava al duque de San Carlos, muy notable y, según nos han asegurado, llena de prudentes consejos de tolerancia y buena gobernación. Pero los que no consintieron escuchar estos, presente Wellington, menos lo quisieran en ausencia suya y muy lejos ya; traspapelándose la exposición en las secretarías, o haciéndola ciertos individuos perdidiza como cosa de ningún valor.

Recompensas
que este recibe
en su patria.

De Madrid restituyose el general inglés a Londres, donde le confirió S. M. británica el título de duque, con la misma denominación que tenía antes, esto es, la de Wellington. Concediole el parlamento la suma de 300.000 libras esterlinas para que se le comprase un estado correspondiente a su jerarquía; ascendiendo a 17.000 libras también esterlinas lo que le abonaban las arcas públicas por sueldos y otras mercedes. Galardón proporcionado a los muchos y grandes servicios que había hecho a su patria lord Wellington, y digno de una nación esclarecida y poderosa.

Evacuación
de las plazas que
aún conservaba
el francés
en España.

Entre tanto fuéronse evacuando las plazas que estaban aún en poder del francés, y que debían entregarse a los españoles según los convenios ajustados en Tolosa el 18 y 19 de abril. Rindiose Benasque el 23 del propio mes, aunque a costa de algún fuego y escaramuzas. El 18, 22, 25 y 28 de mayo Tortosa, Murviedro, Peñíscola, Santoña y Barcelona, las dos últimas en un mismo día. El 3 y 4 de junio, Hostalrich y Figueras; quedando con esto del todo libre de enemigos el territorio peninsular. Regresaron también a su patria respectiva los prisioneros de guerra, y los españoles, que bajo el nombre de reos de estado y contra todo derecho y buena razón se había llevado Napoleón a Francia, de los que murieron muchos, rendidos a las fatigas y largo padecer. Fueron también desocupando la Francia sucesivamente las tropas británico-portuguesas y las nuestras.

Tratado de paz
y amistad con Francia.

Y para complemento, en fin, de todos estos acontecimientos, dio España su accesión en 20 de julio al tratado de paz y amistad que habían concluido los aliados con Francia en 30 de mayo; debiendo en el término de dos meses enviar las potencias respectivas a Viena ministros o embajadores que ventilasen en un congreso los asuntos pendientes y generales de Europa.

Ministerio
que nombra
el rey Fernando.

En principios de mayo había formado el rey Fernando un ministerio que modificó antes de finalizarse el mes, aunque a la cabeza de ambos siempre el duque de San Carlos. Siguiose por uno y otro la política comenzada en Valencia, creciendo cada día más las persecuciones y la intolerancia contra todos los hombres y todos los partidos que no desamaban la luz y buscaban el progreso de la razón; Política errada
y reprehensible
de estos. siendo en verdad muy dificultoso, ya que no de todo punto imposible, a los ministros salir del cenagal en que se metieran los primeros y malhadados consejeros que tuvo el rey. Error fatal y culpable, del que todavía nos sentimos y nos sentiremos por largo espacio; pudiendo aplicarse desde entonces a la infeliz España lo que decía un antiguo de los atenienses:[*] (* Ap. n. [24-26].) «Desorden y torbellino los gobierna, expulsada ha sido toda providencia conservadora.»

Cuál hubiera
convenido.

Otro rumbo hubiera convenido tomase el rey a su vuelta a España, desoyendo dictámenes apasionados, y adoptando un justo medio entre opiniones extremas. Érale todo hacedero entonces, y hubiérase Fernando colocado con tal proceder junto a los monarcas más gloriosos e insignes que han ocupado el solio español.

Conclusión
de esta obra.

El trasmitir fielmente a la posteridad los hechos sucesivos de su reinado y sus desastrosas consecuencias, será digna tarea de más elocuente y mejor cortada pluma. Detiénese la nuestra aquí, cansada ya, y no satisfecha de haber acertado a trazar la historia de un periodo, no muy largo en días pero fecundo en sucesos notables, en actos heroicos de valor y constancia, en victorias y descalabros. ¡Quiera el cielo que suministre su lectura provechosos ejemplos de imitación a la juventud española, destinada a sacar a la patria de su actual abatimiento, y a colocarla en el noble y encumbrado lugar, de que la hizo merecedora el indomable empeño con que supo entonces contrarrestar la usurpación extraña, y contribuir tan eficaz y vigorosamente al triunfo de la causa europea!