XV

—¿El mal de San Lázaro? —repetí sin comprender aún claramente el sentido de la tremenda palabra.

—Bueno, la lepra —respondió emitiendo la voz entre sus dientes apretados y con una expresión que no cabe imitar.

La revelación produjo su natural efecto. Mudo yo de estupor en los primeros instantes, y silenciosa ella para dejar que me penetrase bien de la trascendencia de la noticia, nos mirábamos de hito en hito, y a fuerza de ocurrírsenos un tropel de ideas no formulábamos ninguna. Mi madre fue la primera a recobrar la palabra, y con el acento dramático de la mujer del pueblo que narra un asesinato de que ha sido testigo presencial, dio salida al torrente de sus impresiones.

—Te juro que es lepra, tan cierto como que tu padre está en la sepultura. Ya me lo tenía yo tragado hace tiempo. No creas que me coge de susto. Pero estas cosas siempre afectan, cuando uno las ve así. Felipe es el vivo retrato de la abuela... y la abuela murió lazarada también. ¿No te decía yo que Dios es muy justo y no deja sin castigo las fechorías?

—¡Mamá, está usted loca! —exclamé interrumpiéndola—. No puede ser; ese mal ya no existe; es una enfermedad de otros tiempos, de allá de la Edad Media, y ahora ni se ve ni se sabe que la padezca ninguno. Son desvaríos; vamos, que no.

—¿Que nadie la tiene? ¿Que no la padece nadie? —prorrumpió mamá con furia—. Sí, fíate en Dios y no corras... En Marín te enseñaría yo más de cinco pobretes leprosos; y esos no la ocultan. Lo que sucede es que en los señores siempre se llama erisipela o humor herpético. Ni en el potro confiesan la verdad: ¡buena gana! Y nosotros debemos hacer lo mismo, porque es una mancha muy grande para la familia y una vergüenza horrorosa.

—Vergüenza ni mancha, no —protesté—. ¿Qué culpa tiene nadie de sus padecimientos? El estar enfermo no es afrenta —respondí mientras en mis adentros una contrariedad involuntaria me desmentía.

—¡Qué ideas tan disparatadas traéis de Madrid! —porfió mi madre—. ¿No te parece vergüenza ser de familia de judíos y de lazarados? Hay cosas que da risa oírlas. ¡Sois más extravagantes! Vergüenza y grandísima; y si se corriese por ahí, te perjudicaría para casarte hoy o mañana. Tú erre que es erisipela, y de ahí no me sales. Pero yo quise decírtelo, primero por desahogar, segundo para que vivas avisado, y además para que me aconsejes lo que hacemos.

—¿Lo que hacemos? —repetí sin comprender el alcance de la pregunta.

—¡Pues claro! —repuso mamá sorprendida—. ¿Crees que me voy a quedar con la lepra en casa, así tan fresca y tan conforme? ¿Crees que voy a exponerme a que se nos pegue? ¡Cualquier día! Desde que me he convencido de que la cosa es lo que suponía no sosiego; les dejaría campando en la Ullosa y me largaría yo a donde Cristo dio las tres voces, contigo por supuesto.

—¡Pero eso es una inhumanidad! —objeté alarmado—. ¡Dejar a Carmiña sola con el marido, en semejantes circunstancias! ¿Usted no conoce que no puede ser?

—¿Que no puede ser? —contestó admiradísima—. ¿Y por qué? ¿Qué obligación tengo yo de aguantar a Felipe ahora? Su mujer es su mujer; que le asista, que para eso le tomó por marido; ¿pero nosotros? ¿Me haces el favor de decirme a qué santo le habíamos de sufrir? ¿Qué le debemos? Nos ha despojado, nos ha robado...

—¡Chist!... No levante usted la voz... —pronuncié en tono suplicante, echándome de la cama y buscando mis zapatos y mis calcetines.

—Me ha robado lo mejor de mi legítima; como es la pura verdad, no hay por qué ocultarlo —arguyó mi madre, a quien el pavor de la repugnante enfermedad hacía perder toda noción de prudencia, y hasta olvidarse de su propio interés—. Me ha dejado en cueros, bien sabes que te lo he dicho, y lo que le sucede es castigo de Dios; ya te anuncié que el día menos pensado le caería sobre la cabeza.

—Mamá —respondí metiéndome en el pantalón—: no sabes lo que me fastidia oír disparates. ¿Conque Dios anda vara en mano sacudiendo a los que a ti te molestan?

—¡Disparates los tuyos! —replicó ella intrépidamente—. ¿Conque Dios no premia ni castiga? ¿Conque Dios no les da a los pícaros su merecido, aquí en este mundo y en el otro? ¿Conque cualquiera puede hacer lo que se le antoje, quitar el pan al huérfano y a la viuda, y Dios no se entera? Salustiño, yo no sé tanto como tú, ni he estudiado, ni leo libros; pero ciertas cosas las entiendo lo mismo que los sabios... ¡y pobres de nosotros si se precisase mucha sabiduría para entenderlas!

Abroché agitadamente el chaleco. No acertaba a entrar los botones en los ojales. Mis torpes dedos se negaban a servirme. Renunciando a discutir con mamá, en la seguridad de no poder apearla de sus convicciones bíblicas, duras y rencorosas, mi único deseo era ver a Carmiña, cerciorarme de la realidad del caso atroz, y discurrir cómo se aminoraría la gravedad del conflicto. Pensaba en esto al hacerme descuidadamente el lazo de la chalina, encontrándose ya mis potencias enteramente despejadas, según suele ocurrir cuando nos sorprende en mitad del sueño una novedad importante, que nos llama al terreno de la acción. Incierto aún, me volví hacia mi madre, insistiendo:

—¿Pero estás bien segura de que es lepra, lepra auténtica? Tus conocimientos en medicina...

—¿Que si estoy segura? Como yo fuese médico, a ciencia me ganarían otros... ¡pero lo que es a golpe de vista! Tengo yo ojo de diablo. Además, he visto lazarados mil veces. En la Toja los hay a docenas. En Marín teníamos uno que venía diariamente a casa a pedir limosna: traía su taza para el caldo, y nosotros le dejábamos otra llena en el portal; porque comprenderás que se tomaban mil precauciones, y todas eran pocas. ¡A mí me da eso una grima!...

—Pues mamá, si lo tenemos en la masa de la sangre, quien menos debe asustarse somos nosotros.

—Hombre... lo tenemos y no lo tenemos —replicó con su ilógico tesón—. Quien sacó aquí cara de judío es tu tío Felipe, y a él es a quien se le ha transmitido el mal. La prueba es que yo nunca tuve aprensión de padecerlo, ni de que lo padecieses tú.

—Y entonces —argüí—, ¿por qué te empeñas en que ahora aislemos al tío, si no hemos de contraer la enfermedad?

—¡Pamplina! —gritó tercamente—. El cuidado no sobra. Lo primero, el número uno. Él que se arregle. Bien rico es: no le faltarán enfermeros ni médicos.

—¿No queda duda?

—¡Duda! ¡He visto la úlcera!... ¡Esta mañana tenía la ropa interior pegada al cuerpo!

—¿Y él... sospecha?...

—¡Ni por asomo! Erisipela y más erisipela. Le echa la culpa al sol de ayer.

Yo estaba vestido ya, y me había pasado por los soñolientos ojos una toalla húmeda. Planteme delante de mi madre, en interrogadora actitud, como el que dice: «Bueno, ¿y qué? ¿Cómo resolvemos la situación? Pongámonos de acuerdo.»

—Pues, hijo —declaró mamá con su acostumbrada viveza—; yo no soy de las que se atollan. Esta misma tarde a Pontevedra, o ellos, o nosotros. Lo prudente y natural sería que lo hiciesen ellos, en busca de facultativo; pero como Felipe tiene un miedo que no ve a que le apaleen los de La Aurora, acaso le dé por estarse aquí hasta Dios sabe cuándo: tal vez hasta que se vuelva a Madrid: ya ves tú si sería pejiguera. De modo que si ellos no se van, somos tú y yo los que esta misma tarde, por la diligencia, tomamos el portante. Ahí les queda la casa, la criada, las ropas... que regularmente tendré que quemarlas toditas cuando tu tío se marche, porque yo no me acuesto en sus sábanas; primero pido limosna para comprar otras nuevas...

La oía aterrorizado. ¿De manera que iba a permanecer allí Carmiña, sola, con su marido atacado de tan terrible mal?

—Mamá, vete tú, si quieres. Yo no tengo aprensión. Me quedo para lo que haga falta.

—¿Que no vienes? ¿Pero estás de remate? ¿Crees que voy a dejarte aquí, ni a consentir que se te pegue el mal por locuras y quijotismos? ¿Tantas obligaciones le debes a tu tío que te juegas por él la salud? Salustiño, mira que no me incomodes... Tú me acompañas a la tardecita.

—Tiempo perdido, mamá... No he de ir.

—¿Cómo que no? —exclamó mi madre, agotada ya su escasa provisión de paciencia—. ¿Cómo que no? ¿Se puede saber quién manda aquí?

—Tú, en todo menos en esto —contesté deseoso de no enfadarla, tomándola en broma como hacía muchas veces.

—No; no me vengas con guasas, que entonces me pongo aún más frenética —gritó la vehemente criatura en tono indescriptible—. Has hecho cuanto se te ha antojado; me has perdido el año, y no te he dicho una palabra siquiera —lo cual no era verdad, pues me había dicho muchas—. Pero si ahora se te antoja coger la lepra, ¡eso!...

—Por Dios, no alce usted la voz... Cállese... ¡Que va a enterarse Carmiña!

—Pues que se entere. ¡Caramba con tantos miramientos y tantos circunloquios! No entiendo lo que te pasa con tus tíos, pero estás para ellos todo derretido y acaramelado. A la fuerza Felipe te hace concebir que hoy o mañana te protegerá. No te fíes de él... y ahora menos que por orden natural... ¡No te comprometas, te lo aconseja tu madre!... Esos días atrás, en Pontevedra, te pusiste en peligro de que te rompiesen las costillas... ¡Me viniste a casa con la mano izquierda estropeada!... ¡Aún tienes la señal... no la escondas! ¿Y todo por qué? ¡Por sostener el partido de tu tío contra Dochán! No pensé que le quisieses tanto... Ahora vas a exponerte a ganar la muerte... ¡Mándale a paseo, que yo, para que acabes tu carrera, soy capaz de ponerme a servir!...

Decía estas incoherencias accionando y gesticulando mucho, en tono ya suplicante, ya colérico, hasta que por último, cogiéndome por la solapa de la americana, lanzó el ultimátum:

—Si no quieres obedecerme, a mí que hablo solo por tu bien, te pego un bofetón... y no tienes más remedio que venirte.

La tomé en brazos, triunfando de su desesperada resistencia, y besándola en el pelo, porque escondía la cara, contesté:

—Presentaremos la otra mejilla. ¡Tendrá chiste que me pegues sobre la barba! Mamá, no chochees. Ni tú ni yo podemos salir de aquí dejando a tu hermano enfermo y a su esposa sola con él.

—Pues ya verás si les dejo o no les dejo —respondió mamá—. Y a ti dispongo que te ate el mozo del ganado, y te llevo atadito.

La casualidad o la suerte hicieron que no se precisase echar mano de esos remedios heroicos. El hebreo se presentó a la hora del desayuno, como solía, pero muy desmadejado y lacio, anunciando que aquella misma tarde, por el coche de línea, iba a tomar el tren para seguir a Vigo, pues comprendía que su estado de salud reclamaba consulta formal, en toda regla.

—Esta erisipela es molestísima. Es preciso atender al vicio de la sangre, que se ha revelado ahora más fuerte que antes de ir a la Toja. Tengo entendido que Sánchez del Arroyo está en Vigo dando baños a su familia. Podré saber su dictamen.

Yo, sin tocar al chocolate ni al vaso de leche que me habían servido, consideraba a mi tío con ardiente curiosidad, sufriendo esa fascinación que ejerce sobre nosotros lo repulsivo y lo horrible, lo que plantea el enigma del dolor y la miseria humana. Quería leer en su fisonomía descolorida y como infartada, en su cuello, sembrado de rojas flictenas, el secreto de la incurable enfermedad, transmitida de padres a hijos, mejor dicho de abuelos a nietos, disuelta en las gotas de sangre judía que corrían por las venas de nuestra raza. «No sabe lo que tiene —pensaba yo—; ni ella lo sospecha tampoco. ¡Vaya una situación! ¿Qué haremos ahora? ¿Se le dice o se le oculta? ¿Cuál resultará más piadoso: revelar la verdad, o encubrirla hasta que hable la ciencia? ¿Tendrá el médico valor para desengañarla? ¿Qué va a ser de esta infeliz? ¿Cómo soporta el asco y el miedo y la congoja? Una mujer que siempre miró a su marido con repulsión invencible ¿qué será ahora? En cuanto lo sepa se le hace imposible la vida.» Y por virtud instantánea del terrible misterio cuyo velo se había descorrido para mí, noté en mi corazón y en mis sentidos un cambio singular. En vez del juvenil y ardoroso deseo que me torturaba pocas horas antes, percibí una especie de adormecimiento de la vida sensitiva: pareciome que se purificaba todo en mí; que podía mirar a Carmiña como se mira a los ángeles; es más: la idea de su forzada convivencia con el leproso, me infundió esa pureza o frigidez que se desarrolla a la cabecera de un enfermo grave, al pie de un lecho de muerte, en los supremos instantes penosos de nuestra pobre humanidad. Sentí mi amor mutilado o depurado —conforme se entienda—, y me pareció, al ofrecer aquella gran oblación íntima, que ya estaría así hasta la consumación de los siglos; que todo era blanco en mi vida.

A la tarde les vi marchar con la desesperación de no poder acompañarles, de no haber trocado dos palabras a solas con Carmiña, de no saber si mi madre se equivocaba, y de perder de vista al ser perdido cuando le esperaban horas tan crueles. Las fibras profundas de mi alma me dolían al despedirme de la mujer ligada al hombre sentenciado a tan espantoso género de muerte. Presentía su calvario, adivinaba sus torturas, y temblaba por ella. ¿No era contagioso el mal? ¿No caería sobre su cabeza como el rayo? ¿No iba ella también a ser leprosa?

Así que les hubo despedido en la carretera, mi madre se volvió a casa. Con sus propias manos acarreó leña, la hacinó, le puso debajo cebo de ramas secas, y prendiendo fuego con un papel retorcido empapado en petróleo, armó en el patio una fogarada idéntica a las que hacen los muchachos en la noche de San Juan. Así que crujió la leña, arrancó las sábanas de la cama de mis tíos (las sábanas que estimaba tanto, hiladas y tejidas caseramente del lino que ella misma cultivaba); sacó las toallas, los vasos, las servilletas, el mantel, los platos, los cubiertos, todo cuanto había servido para los huéspedes, y sin un momento de vacilación, de prisa, a brazados, lo arrojó a las llamas. Quedaba en el cuarto de los huéspedes un pañuelo que tití llevaba al cuello, un pañuelo de seda. Lo arrojó también; y hasta que el fuego no lo hubo consumido todo, derritiendo el metal blanco y estallando el vidrio, no se retiró de allí la inquisidora.