XVI
No volví a tener noticias del matrimonio lo menos en quince días. ¡Decir lo que me consumía y desesperaba entretanto! ¡Oh falta de dinero, estorbo a cualquier grande acción, rémora invisible que nos sujeta más fuertemente que todas las cadenas y prisiones del mundo, eterna cortapisa de nuestros mejores impulsos, cable que nos amarras a la realidad, matadora de los ensueños y enemiga de la libertad como ningún tirano! ¡Ira de Dios! ¡Verme con barbas, lleno de amor y de zozobra, saber que la mujer amada atraviesa el más amargo trance, y no ser dueño de ofrecerle ayuda, compañía, consuelo!
A veces me calmaba un poco la esperanza de que mamá se hubiese equivocado de medio a medio, lo cual no sería sorprendente. Ella no era ninguna autoridad en medicina, ni mucho menos, y su fogosa imaginación y sus preocupaciones tradicionales podían extraviarla. ¿Acaso hay lepra en el mundo? ¿Acaso persiste esa enfermedad bíblica y gótica? ¿Quién se acuerda de San Lázaro ya? ¿Dónde vemos una leprosería? ¿Padece de semejantes dolencias ninguna persona de cierta educación, de regulares medios de fortuna? ¿No era pesadilla o calenturiento antojo suponer que mi tío la padeciese?
Transcurrida la quincena, una carta de Carmiña a mi madre me hizo entrever un rastro de luz. Decía que el achaque de Felipe no presentaba mejoría notable; que Sánchez del Arroyo no estaba en Vigo, y que deseosos de consultar a una lumbrera, habían resuelto adelantar el regreso a Madrid. «Felipe tiene aprensión, mucha aprensión —añadía la esposa—. Como le falta apetito y le molestan los dolores, discurre que el facultativo a quien vea en Madrid le enviará, aprovechando lo que queda de otoño, a algunos baños o aguas que le sienten mejor que le sentaron los de la Toja. Él cree que estos estaban contraindicados, y que de allí procede todo su mal». Y al final de la carta, añadía: «Yo muy bien. Aquí como perfectamente, y los baños de mar me han repuesto.»
Estas indicaciones me hicieron cavilar. «¡Generosa mentira! —pensé—. Su objeto es persuadirme de que no le faltan fuerzas para llenar los deberes de esposa, por más difíciles que sean. Me dice con disimulo: —No flaqueo. Verás cómo tengo valor—. Pero no me engaña. Comprendo mejor que nadie su estado. ¡La repugnancia, el asco, el temor, la protesta de la naturaleza contra una enfermedad de esa índole! ¡Un matrimonio indisoluble! Imposibilidad de apartarse de él e imposibilidad de acercarse...» Mi imaginación, ya sin freno, bordó sobre este tema crueles variaciones, representándome cosas hechas adrede para crispar los nervios. ¿Pero creen ustedes que me resignaba a dejar marchar los sucesos como Dios quisiera? Nada de eso. Yo tenía mis planes y mis resoluciones, que había de poner por obra. Como que me proponía nada menos que ser el salvador de mi tití, y redimirla de aquella espantable tribulación. Me convertía en ángel de su guarda o en compañero de su martirio. Mi amor, al depurarse, había adquirido refinamientos y delicadezas mayores, y me sentía movido por idealismos generosos, que me impulsaban la abnegación.
No veía el momento de salir camino de la corte. Ansiaba —pienso que como nunca— hablar con Carmiña, saber la verdad, cuál era el estado de su salud y de su espíritu y ofrecerme y entregarme sin reserva. Cuando llegó el momento, mi madre se encerró conmigo para leerme la cartilla y encargarme que hiciese... precisamente lo contrario de lo que tenía determinado hacer.
—Por casa de tu tío aporta lo menos que puedas. Pararás en la fonda de doña Jesusa. Procura, mira que te lo encargo, no verles; discúlpate con que tienes mucho que estudiar; y si Felipe te da la mano, no la cojas; con disimulo te apartas, fingiéndote distraído... ¿ves? así —y mamá representaba a lo vivo la escena de hacerse el sueco—. Mira que ese mal se pega; tú tienes la misma sangre; al fin, digan los médicos lo que se les antoje, de una casta somos, que no podemos negarlo; y no sería milagroso que retoñase donde menos se piense... Ojo te encargo. La posada la pago yo; no necesitas andar complaciéndolo a él para que nos ayude: si por buscar la herencia atrapamos la muerte, esa sí que es ruina. No hijiño: cada uno mire por sí: no hagas el caballero andante.
Prometí seguir al pie de la letra tan sabios consejos, y emprendí el viaje, con fiebre de llegar. En lo del hospedaje obedecí, instalándome en casa de doña Jesusa, por más que entonces desearía yo a par del alma vivir con mis tíos; y no era que me propusiese ningún fin torcido y siniestro. ¡Sedme testigos de ello, árboles del soto de la Ullosa, que me visteis muchas tardes entregado a sueños dignos del hidalgo manchego en los riscos de la sierra!
La hora de llegada del correo no era a propósito para visitar a nadie. ¡Una noche más de incertidumbre! Por la mañana, en cuanto pude, corrí a la calle de Claudio Coello. En el portal tuve un momento de escepticismo. Viendo a la portera que me saludaba, apoyándose en su vetusta escoba; encontrando la escalera invariable, los evonymus del patio nada crecidos, el aspecto de las cosas idéntico a sí propio... me aferré a la idea de la irrealidad del drama interior. «Ni hay tal lepra, ni tales sacrificios, ni tal amor, si me apuran.» Metí las manos en los bolsillos, dudé un segundo... y al fin tomé la escalera, subiéndola de tres en tres escalones, como los chicos. Me introdujo la criada en la sala... ¡Gran polka bailada por el corazón!... Alzose la cortina del gabinete... y con verdadera sorpresa mía salió a recibirme... ¿Quién pensará el lector? Ni más ni menos que el fraile moro.
—¡Usted por aquí, Padre!
—Más que usted de verme me admiro yo de encontrarme en el mundo de los vivos... —contestó el fraile, cuyo aspecto confirmaba plenamente su aseveración. Estaba consumido, amarillento, con los ojos mortecinos, y cojeando, se apoyaba en una muleta de palo liso, sin almohadilla ni adornos de clavazón dorada—. Ya no soy aquel Padre Moreno que usted conoció —añadió tristemente—. Mi robustez se deshizo como la espuma. Dos operaciones horrorosas he sufrido, ambas con aplicación de cloroformo; me han barrenado los huesos, y creo que me han extraído los tuétanos a la vez. Si le digo a usted que un día, al hacerme la cura, pregunté qué era aquello que me sacaban... me contestan que unas hilas... ¡y era el tendón que llaman de Aquiles, que salía deshecho! Pero ¿qué se le ha de hacer? Dios no quiso llevarme todavía... y por aquí estoy. ¿Viene usted a saber de su tío?...
—Justamente... —tartamudeé—. Quería enterarme de cómo sigue, y saludar a Carmen.
—Pues no sé si ahora podrá salir. Creo que están haciéndole la cura... y como puede decirse que quien la hace es ella, porque nunca permite descansar en el practicante...
—¿De modo —pregunté articulando lentamente y fijando mis ojos preguntones, casi magnéticos a fuerza de irradiar voluntad, en los del fraile—, de modo que sigue su curso el mal?
—¿La erisipela? —contestó Aben Yusuf cruzando con sobrehumano vigor su mirada con la mía—. Sigue, ¡pues claro está!...
—¿La erisipela? —pronuncié ya enteramente seguro de lo que pretendía averiguar, es decir, que mi madre no se había engañado, y el fraile también lo sabía.
—La erisipela, el padecimiento que se le declaró este verano en Pontevedra —dijo él con serenidad.
—Oiga usted, Padre —supliqué, inspirado por una idea repentina—. ¿Quiere usted hacerme un favor? Ya que en este momento no me es posible ver a los tíos... véngase usted a dar un paseíto conmigo... y a tomar una taza de café.
—¡Ay! ¡Paseíto! ¡Usted cree que habla con el Silvestre Moreno del otro verano! —respondiome resignado y dolorido—. Con esta pata coja no podré andar como Dios manda lo menos en diez meses... Vaya usted aplazando el paseo para entonces.
—Pues véngase usted a mi fonda... La verdad por delante: necesito hablar con usted en reserva. Tomaremos un coche, y no tendrá usted que estropearse la pierna mala.
—¿Y a qué semejante conferencia? —interrogó el moro vendiéndose caro.
—Figúrese usted que se tratase de confesión —respondí llevándole el genio.
—¡Confesión! Están verdes... —objetó moviendo la encanecida testa.
No obstante, logré que se viniese conmigo. Servile de apoyo hasta que nos metimos en un simón, y creyendo que era el sitio más seguro para hablar, tomé por horas el coche y le mandé ir al paso por la ronda. Y allí, encajonado, alentado por la proximidad, me expliqué con entera franqueza. La lealtad de mis propósitos me prestaba energía.
—Padre, usted sabe mejor que yo lo que el marido de Carmen padece. Usted conoce esa enfermedad; en África ha tenido mil ocasiones de verla, de saber que es contagiosa, y que es mortal. No me lo niegue.
—Lo que no me explico —contestó el fraile arrugando el entrecejo— es cómo se encuentra tan enterado el caballero Salustio. Eso sí que me admira.
—Lo sé —dije sonriendo desdeñosamente— no por ninguna indiscreción epistolar, como usted se está maliciando, sino porque en nuestra familia esa enfermedad es hereditaria; salta una generación, y se presenta cuando menos la esperamos. Hay en nosotros sangre israelita, y ese legado cruel...
—Bien cruel, efectivamente —respondió apiadado Aben Jusuf—. Es cosa tremenda, y crea usted que si conociese ese antecedente antes de casarse Carmen, la diría: «considera a lo que te expones.»
—¿Lo ve usted? —exclamé triunfante—. ¿Ve usted cómo acertaba yo al opinar que esa boda era un atentado?
—Poco a poco. Tanto como atentado, no. Usted cree que la vida ha de componerse de una serie de dichas y venturas, y en eso se equivoca mucho, porque la vida es una prueba, y a veces una sucesión de pruebas que acaba con la muerte. A su tía de usted, la señora de don Felipe, la mandó Dios prueba más dura y más amarga; pero ya sabe Dios dónde hiere, porque su alma no es del temple común. Carmen es la mujer cristiana, se lo dije a usted en cierta ocasión... precisamente cuando tuve el gusto de que nos conociésemos...; y si yo, hablando humanamente, preferiría que hubiese sido dichosa aquí y en el otro mundo, como confesor diré a usted que no lamento demasiado verla en este trance. Es un medio de que luzca en todo su esplendor la hermosura de su alma.
—Padre Moreno —objeté con acento hosco—, es usted tan buen fraile, tan buen fraile... que ya no tiene entrañas ni corazón. A fuerza de virtud, suprime usted la humanidad, como quien suprime un estorbo, o la pisotea como a un bicho. No contento con eso, se mira usted en el espejo de su propia perfección, hasta el extremo de desconfiar de los simples mortales, juzgándoles radicalmente incapaces de intención honrada y de limpieza de propósitos. ¡Apuesto un duro a que no consiente usted en lo que quiero proponerle!
—Sepamos. Por supuesto, en su juicio acerca de mí hay manifiesta exageración; vamos, que me ve al través de un cristal teñido de colores enteramente fantásticos. Usted, señor positivista, hace del Padre Moreno —que es la misma prosa, el hombre más a la pata la llana— uno de esos frailes de drama o de novelón por entregas; si me descuido me atribuye que venga a prenderle para entregarle al Tribunal de la Inquisición. No tengo pizca de Torquemada: soy bastante tolerante... me parece.
—Pues ya que se juzga tolerante y humano —argüí—, veremos cómo toma mi proposición. Usted saldrá de Madrid dentro de pocos días, según entiendo. Además, no está usted en situación de cuidar enfermos, sino de mirar por sí mismo y reponer algo, si es posible, los quebrantos de la salud. Carmiña se queda aquí sola... peor que sola; bregando con un enfermo asqueroso, expuesta a que desfallezca su ánimo, y a que, con todo su heroísmo, sus fuerzas le hagan traición. Pues bien; no se oponga a que yo la ayude en la asistencia de su esposo.
Una carcajada, no amarga e irónica, sino muy franca, sorprendente en un hombre débil aún, brotó de los labios del Padre Moreno.
—Perdone que me ría —dijo—, pero es que no lo puedo remediar. ¡Naranjas con el alumno de ingenieros! Tengo que reírme, y mejor es que me ría yo que no que me formalice y armemos la de Roncesvalles. ¿De modo que usted cree que su mamá le envía aquí para hacer de hermana de la Caridad? Y otra cosa, amiguito. ¿Piensa que los cuidados de usted complacerían al infeliz paciente como la asistencia tiernísima de la amante esposa?
—Ea, Padre —exclamé saliendo de mis casillas, como solía siempre que me arrollaba el fraile maldito—: a mí no me venga usted con retóricas de púlpito, ni me trastee con palabritas insidiosas. Ya sabe que yo estoy en el secreto: Carmiña es una esposa honrada, la más honrada de todas las esposas del mundo; pero no puede ser una esposa amante... ¡y la razón me parece bien sencilla! porque no está enamorada de su esposo.
—Y de usted sí, ¿verdad? —replicó en tono de mofa punzante el Padre Moreno.
Titubeé. Estaba cogido. Yo protestaría, pero... la verdad es que el fraile había dado en el hito y traducido mi pensamiento exactamente. Para salir del apuro, resolví agarrarme al honor y a la delicadeza.
—¿De modo que usted supone en esta proposición mía malicia, algún fin dañado, algún siniestro propósito? ¿Me juzga usted tan mal? ¿Me atribuye ni sombra de idea ofensiva para Carmen? Le juro, Padre, que hoy por hoy es sagrada para mí la mujer de mi tío; que usted no estará a su lado con más pureza que yo. Si muere su marido, me casaré con ella; entretanto, seré su hermano y hermano más respetuoso no lo ha tenido ninguna mujer desde que hay mundo y fraternidad.
El Padre se revolvió en su asiento, afianzando con dos dedos los anteojos que usaba desde que la enfermedad le había acortado la vista. Luego se remangó la manga del sayal, como si quisiera pegarme, movimiento familiar en él; y en seguida me miró y volvió a soltar la risa.
—¡Caramelo! No puede negarse que es usted muy chusco. No tenía usted precio para actor cómico, señor mío de mi mayor respeto. Vamos, lo dicho; es usted de oro, y de plata, y de todos los metales preciosos. ¿Pero no comprende, inocente, que yo, que ni soy director de su conciencia de usted, ni presumo que su conciencia de usted gaste el lujo de tener director, no necesito enterarme de si usted lleva intenciones limpias o sucias y va con buen o mal fin? ¿No conoce que eso a mí no me preocupa, sino en cuanto le considero prójimo? Por usted me alegraré de que sea verdad... y la cuestión de conciencia, aquí termina. Si con algún título pudiera yo meterme en esta danza, sería como amigo de usted, para desengañarle y quitarle las telarañas de los ojos. Solo que no querrá usted consentir la extirpación de esa catarata moral; y entonces, el cirujano no tendrá más recurso sino dejarle con su padecimiento, hasta que venga la experiencia y le opere.
—¿Y en qué consiste mi catarata, vamos a ver? —pregunté algo preocupado por el aplomo del fraile.
—¿Quiere usted saberlo? ¿Se convencerá? ¿No saldrá por las de Pavía?
—Oigo tranquilo... Diga, Padre.
—Consiste su catarata en que cree usted que Carmen puede desear que la ayuden a asistir a su marido, y no es cierto, porque Carmen aspira a llevarse ella sola la gloria de la asistencia; consiste en que cree usted que Carmen aborrece a su esposo, y Carmen le ama. Estos son sus errores, sus cataratas morales. ¿Cuánto va a que no las he batido?
—¡Padre! —exclamé—, perdemos el tiempo. Lo perdemos lastimosamente: siento decírselo. Porque usted me habla como a un niño de tres años, prescindiendo de que hace bastantes más que tengo uso de razón; y por lo tanto, no puede convencerme. Desautoriza sus palabras la falta de sinceridad.
—¿De sin-ce-ri-dad? —deletreó picarescamente el fraile.
—¿No está usted asegurando que Carmiña ama... —así, textualmente—, ama a su marido?
—Y me ratifico en ello.
—Pues yo insisto, Padrecito Moreno...; por ese camino no se va a ninguna parte. Mis ojos, mi juicio, mi inteligencia, que no me los ha dado Dios para adorno, sino para que me guíen y me sean útiles, gritan a voces lo contrario. Padre Moreno, no le molesto a usted más. Ahora me toca a mí: se ha acabado nuestra conversación.
—¡Eh! ¡Caramelo! —exclamó el Padre con uno de aquellos chispazos de vigor que revelaban al antiguo Aben Jusuf—. ¡Poquito a poco, que de Silvestre Moreno nadie se despide así! Fraile soy, a mucha honra y también hombre de vergüenza y de verdad. Le he dicho a usted que Carmiña ama a su marido... y usted me sale con que no le amaba. Fíjese en la gramática: hoy le ama... y el tiempo se encargará de probárselo a usted. Cuando se lo pruebe ¡naranjas! me debe usted una satisfacción. La de reconocer que ha sido bastante terco.
—Entonces... le han vuelto a Carmen el corazón del revés, como un guante.
—Exactamente. ¿Cree usted que no puede ser? ¡Vaya si puede, señor mío! Hace media hora que hablamos como cotorritas, y no nos entendemos, ni trazas, porque tampoco entendemos el mundo ni la vida de la misma manera. Usted cree que no hay en esto de las relaciones conyugales más que el capricho, la golosina de la imaginación, el frenesí de los sentidos... o una chifladura muy superfirolítica, de esas que se leen en los versos o se cantan en las óperas; y que si inspira cierta prevención un esposo robusto y sano, doble repugnancia ha de infundir el mismo esposo lleno de lacras, herido por la mano de Dios con un mal repugnante e inmundo. Pues ahí verá usted las consecuencias de ser pagano, como lo es usted por desgracia. La persona que tiene el alma disciplinada por el cristianismo, lejos de aborrecer el sufrimiento, ve en él la ley universal, la gran norma de la humanidad, que solo nace para sufrir y merecer otra vida mejor que esta. Me ha contado fray Zeferino González —porque yo no soy sabihondo, soy un pobre teólogo de misa y olla— que ahora los filósofos más de moda, aun entre ustedes mismos los racionalistas, reconocen esta verdad, y están conformes en que el mundo no es más que un abismo de dolor, y que hay un velo de ilusión que nos engaña, desfigurando la realidad. Pues la verdad que ahora, al cabo de los años mil, descubren los filósofos flamantes, la tenemos olvidada de puro sabida los cristianos. Al convencernos de que el dolor es la ley, y que nadie la elude, se nos desarrolla una virtud llamada caridad. Si a la caridad se añade la gracia, se nos inmuta el corazón, y amamos el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. ¿Usted dice que el padecimiento del marido de Carmen es asqueroso? ¡Ya lo creo que lo es! No lo sabe usted bien... y si se acercase a asistirle, se me figura que toda la resolución de que hace usted alarde iba a llevársela el diablo. Bueno; pues en la Edad Media, ese mismo mal existía y abundaba, y era acaso más repugnante que hoy, porque no había para combatirlo tantos medios científicos como actualmente; tantos desinfectantes, verbigracia. Y las santas y los santos más grandes de la Iglesia estaban —permítame usted la frase— enamorados, lo que se dice enamorados, de los leprosos. Les daban los nombres más cariñosos y tiernos; les consideraban como a hijos o hermanos. Eso, saltará usted, es contra la naturaleza humana, que busca lo sano y lo bello, y rechaza lo que mortifica los sentidos. Pues ahí verá usted, ¡caramelo! Por eso le decía yo que no podíamos entendernos. Porque usted solo ve la naturaleza y lo terrenal, y yo veo lo sobrenatural, pero realísimo, puesto que en otros siglos se encontraba a cada paso, y en este todavía se encuentra.
—¿Y usted cree —pregunté sin darle crédito alguno— que a mi tía la ha herido esa gracia a que se refiere?
—¡Váyase usted al recaramelo! —profirió el fraile—. No sé a qué gasto saliva. No me entiende: estoy hablando en chino... La experiencia le enseñará.
—¿Vuelvo, señorito? —dijo el auriga, cuando toqué al vidrio del clarens.
—Sí; Claudio Coello... número tantos... ¿O quiere que le lleve a otro sitio, Padre?
—Si le es lo mismo, déjeme en la puerta de San Carlos... Y medite, que falta le hace.