ACTO SEGUNDO

Los jardines del palacio de Yobates. Una estatua de Eros.

ESCENA PRIMERA

Casandra, Belerofonte. (Viste aún el traje de viajero.)

Casandra.—¿Nadie nos ha seguido? ¿Nadie nos espía?

Belerofonte.—Nadie. Rumor de hojas agitadas por el viento de la noche es lo que escuchas, amor mío, y sombras movedizas de ramas es lo que tomas por cuerpos de perseguidores.

Casandra.—Tengo miedo, miedo delicioso.

Belerofonte.—Acércate á mí. No tiembles. Aquí hablaremos libremente. ¿Qué es lo que tanto ansías decirme?

Casandra.—Casi no lo recuerdo. Antes de verte componía mil discursos para recitártelos; y ahora que estoy á tu lado, ni una sola frase se me ocurre. Sin embargo, algo grave... (Dando un grito.) ¡Ah! Sí, ¡ya sé, ya sé! ¡Huye, huye cuanto antes de este palacio! Mi padre tiene encargo de darte muerte.

Belerofonte.—¿Encargo? ¿Á mí?

Casandra.—Las tabletas que trajiste contenían un mensaje de Preto... ¿Comprendes? (Pausa. Belerofonte guarda silencio.) ¡Veo que comprendes! (Con horror.) ¿Era cierto?

Belerofonte.—Sí, Casandra. No he de mentir; cierto era.

Casandra.—¡Mi hermana!

Belerofonte.—Te amé en ella antes de amarte en ti misma. Es tan hermosa como tú, pero tú, piadosa virgen, por dentro eres blanca como el vellón de las ovejas de tu aprisco; á ti, no á ella, aspiraba mi espíritu, ansioso de algo muy grande. La propuse que siguiese mi errante destino y rehusó: no quería dejar el palacio donde es reina, el lecho de marfil, las ricas estancias con artesonados de cedro. No me quería.

Casandra.—Yo iré á donde tú vayas, y pisaré tu huella con los pies descalzos. Si esposa, esposa; si amante, amante; si esclava, esclava. La helada Escitia y la Líbia ardorosa, infestada de áspides, me son iguales contigo. Descender al reino de las sombras reunidos, ¡qué alegría! Tu vista fué para mí como filtro de maga. Quisiera bajar á lo más secreto de tu espíritu, como bajan al fondo del Océano los buzos para traerme las perlas de mis collares.

Belerofonte.—Baja, y sólo encontrarás tu imagen celeste. Casandra, mañana á esta misma hora huiremos de aquí juntos.

Casandra.—¿Mañana? No; hoy mismo, ahora. ¿No ves que quieren hacerte morir? Pronto, pronto. Conozco el camino hasta la selva: he ido allí con mis rebaños. Te guiaré.

Belerofonte.—Antes de arrebatarte de aquí como el milano á la paloma, tengo que cumplir mi destino heroico: tengo que vencer y exterminar á la Quimera.

Casandra.—¡Á la Quimera! ¿Pero no ves que ése es el medio que han elegido para enviarte al reino de las sombras? Nadie vencerá al monstruo. Hace pedazos á quien se aproxima. No irás: te sujetaré con mis brazos.

Belerofonte.—Iré y la venceré. Presiento que la sombría Diosa que me guía, la más poderosa de todas, la Fatalidad, cuyo templo se eleva frente al palacio de mi padre, ha decretado que al endriago lo extermine yo. La sola idea del peligro y del horrendo combate, la perspectiva del momento en que hundiré mi espada hasta el puño en el escamoso pecho de la Quimera, mientras sus garras de acero pugnarán por clavarse en mi cuerpo y resbalarán sobre la tersura de la coraza, ¡ah! estremece mi corazón de gozo y de locura, como á la virgen el abrazo del esposo. Casandra, Casandra mía, ¿de qué nos sirve haber sido concebidos en el vientre de nuestras madres y haber visto la luz de Apolo y gustado el tuétano y el añejo vino, si hemos de vivir en cobarde obscuridad? Antes morir joven, espiga segada verde aún, que envejecer en miserable inacción. Déjame ir á la Quimera. La adoro con rabia: ¡de otro modo que á ti! ¡pero también, también la adoro!

Casandra.—Yo siento igualmente una especie de atracción extraña por el monstruo. Quisiera conocer su aspecto terrible. ¿No sabes? Desde que apareció por estos contornos, mi padre no me permite salir al aprisco ni visitar los establos. Teme que encuentre al monstruo y sufra la suerte de otras doncellas, que arrastró á su cueva para devorarlas. Y yo, sin pavor, anhelo verla: mis ojos tienen sed de ella, como tienen sed de ti.

Belerofonte.—Muerta te la traeré y á tus pies arrojaré sus despojos. Y mañana, á esta hora...

Casandra.—¡Juntos!

Belerofonte.—Para siempre.

Casandra.—¡Á pesar de todos!

Belerofonte.—De todos y de todo.

Casandra.—De aquí á mañana, ¡cuánto tiempo!

Belerofonte.—Acortémoslo. No me separo de ti hasta que amanezca.

Casandra.—De aquí al amanecer, ¡qué corto plazo!

Belerofonte.—Ya declina la luna.

Casandra.—Y el aroma del nardo es menos penetrante.

Belerofonte.—Todavía embriaga.

Casandra.—Desfallece con él mi espíritu.

Belerofonte.—¡Qué silencio tan dulce!

Casandra.—Oigo los latidos de tu corazón.

Belerofonte.—No; es el tuyo.

Mutación.—Sitio solitario y salvaje, donde se ve la entrada de la cueva de la Quimera.

ESCENA II

Casandra, Minerva

Casandra.—Aquí debe de ser. Veo la boca del antro. Escondida detrás de aquellos peñascales asistiré al combate; y si mi amado perece, saldré á entregarme al monstruo para que me haga pedazos también.

Minerva.—¿Cómo en este paraje hórrido, Infanta de Licia? ¿Cómo has abandonado tus estancias atestadas de riquezas, tus jardines deleitosos, donde músicos y rapsodas, mimos y acróbatas, porfían en inventar canciones y juegos con que entretenerte? ¿Ignoras cuánto valen la paz y el honor de que disfrutas? ¿No piensas en la aflicción de tu padre, si la Quimera te destroza? Vuélvete.

Casandra.—¿Quién eres para hablarme así?

Minerva.—Un numen.

Casandra.—No me suena tu voz cual suena la de los númenes y los oráculos. Voz me parece de la tierra, de la pedestre prudencia y de la senil sabiduría. Los númenes deben alentarnos cuando un generoso arranque nos alza del suelo. Quizás entonces nos parecemos á los númenes. ¡Númenes somos quizás!

Minerva.—¡Insensata! ¡Nadie me ha desdeñado que no se haya arrepentido! Otro consejo, y desóyele si quieres. La Quimera va á salir de su guarida...

Casandra.—Sí; percibo el sofocante calor de su resuello.

Minerva.—Olfatea la presa. Apártate, huye: la atrae tu presencia.

Casandra.—¿La tuya no?

Minerva.—No. Para ella soy invulnerable.

(Salen Casandra y Minerva.)

ESCENA III

Belerofonte (armado con coraza, espada y escudo), un pastor.

Pastor.—Estamos en la madriguera del monstruo. Esa es la entrada. Te he guiado bien; ahora déjame volver á mi aprisco. Me tiemblan las rodillas, y un sudor helado corre por mi frente. Yo no soy héroe, sino pobre pastor.

Belerofonte.—No temas, quédate sin miedo. La Quimera va á perecer. Verás su cuerpo deforme tendido en tierra. ¿No te agrada la lucha? De pastores de ovejas han salido pastores de pueblos.

Pastor.—Cuando la Infanta Casandra venía al aprisco, y con sus propias manos ordeñaba las ovejas, yo deseaba haber conquistado un reino, para que no se burlase de mí y no me abofetease si la cogía por la cintura. Por temor al monstruo hace tiempo que no viene. ¿Volverá si la Quimera sucumbe? Entonces dame espada y escudo. Antes que tú, pelearé.

Belerofonte.—Á tus rebaños, pastor. No son para ti estas empresas. Déjame solo. ¿No oyes un ronquido extraño? ¿No percibes tufaradas de boca de horno?

Pastor.—¡La Quimera se revuelve en su antro! Mi vista se nubla, mis dientes castañetean... (Huye despavorido.)

ESCENA IV

Belerofonte, Minerva

Minerva.—Alienta, hijo de Glauco, domador del corcel divino. Libra á la tierra de ese endriago que trastorna las cabezas y me impide hacer la dicha de la humanidad, apagando su imaginación, curando su locura y afirmando su razón, siempre vacilante. Muerta la Quimera, empieza mi reinado. Invisible estaré cerca de ti. Cuando el monstruo se te venga encima, no busques su vientre ni su pecho; métele la espada con rapidez por la abierta boca. Serenidad y puños, Belerofonte.

ESCENA V

Belerofonte, después la Quimera

Belerofonte.—Un traqueteo horrible estremece la cueva. Ya se siente cerca el ruido... ¡Qué bocanada ardiente! Me abrasa... Mi sangre se incendia... ¡Ya asoma... Dioses! El cielo se obscurece... ¡Ah!

(La Quimera se arroja sobre Belerofonte, que vacila, pero se rehace, é introduce la espada por la boca del monstruo. Lucha breve. La Quimera exhala un rugido pavoroso, de agonía.)

Belerofonte.—¡La espada se derrite al ardor del hálito de la Quimera! ¡El metal quema sus entrañas!

(Cae la Quimera, expirante. Se retuerce y queda inmóvil.)

ESCENA VI

Belerofonte, Minerva, Casandra

Belerofonte.—¿Por qué he luchado con ella? ¿Por qué la he matado? He corrido un riesgo espantoso, inaudito. ¿Quién me ha metido á mí en tal empresa?

Casandra.—¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo se me ha ocurrido dejar mi palacio magnífico, mi lecho de marfil cubierto de tapices de plumón de cisne? Ahora tengo frío, y las asperezas de la sierra me han lastimado las plantas. ¡Cómo me duelen!

Belerofonte.—Y en el palacio de Yobates quieren asesinarme vilmente, á traición. ¡No seré yo quien vuelva allá! Desde aquí mismo me pongo en salvo. (Vase por la izquierda sin mirar á Casandra.)

Casandra.—Ea, yo regreso á mis jardines. Allí me lavarán los pies y me servirán leche y frutas. Me siento desfallecida de hambre. ¿Estaría loca, para no mandar que me esperase ahí cerca el carro, cuyos caballos enjaezados de púrpura me trasladan de una parte á otra tan velozmente? En fin, no habrá más remedio que andar á pie. ¡Es divertido! (Vase por la derecha.)

Minerva (ya sola).—¡Gloria al héroe! ¡La Quimera ha muerto!


LA QUIMERA

I
ALBORADA

Los últimos tules desgarrados de la niebla habían sido barridos por el sol: era de cristal la mañana. Algo de brisa: el hálito inquieto de la ría al través del follaje ya escaso de la arboleda. En los linderos, en la hierba tachonada de flores menudas, resaltaba aún la malla refulgente del rocío. El seno arealense, inmenso, color de turquesa á tales horas, ondeaba imperceptiblemente, estremecido al retozo del aire. La playa se extendía, lisa, rubia, polvillada de partículas brilladoras, cuadriculada á trechos por la telaraña sombría de las redes puestas á secar, y festoneada al borde por maraña ligera de algas. Á la parte de tierra la limitaba el parapeto granítico del muelle, conteniendo el apretado caserío, encaperuzado de cinabrio.

Un muchacho de piernas desnudas, andrajoso, recio, llevaba del ronzal á un caballejo del país, peludo y flaco, á fin de bañarlo cuando el agua está bien fría y tiene virtud. Volvió la cabeza sorprendido, al oir que le hablaba alguien y ver que un señorito bajaba corriendo desde el repecho de la carretera de Brigos hasta los peñascales, término del playal.

—¡Rapaz! ¡Ey! La panadería de Sendo, ¿adónde cae?

—Venga conmigo, se la enseñaré—contestó en dialecto el muchacho, tirando del ronzal del jaco y volteando hacia el caserío, en dirección á la plaza. Por callejas enlodadas, donde cloqueaban las gallinas, guió al forastero hasta la panadería, situada frente á la iglesia parroquial. La puerta del humilde establecimiento estaba abierta. El forastero echó mano al bolsillo y dió una peseta á su guía, que se quedó atónito de gozo, apretando la moneda en el puño, temeroso quizás de que le pidiesen la vuelta. Al ver que el forastero entraba en la panadería sin acordarse más de él, besó la peseta arrebatadamente, la escondió en el seno y partió disparado.

La tienda del panadero, estrecha, comunicaba con la cocina y el horno; éste, con un salido á la corraliza. En la tienda no encontró el forastero á nadie. Un olor vivo y sano á cocedura, á pan nuevo, le alborotó violentamente el apetito. Una mujer todavía joven, sofocada y arremangada de brazos, se le presentó, saludándole con un “felices días nos dé Dios”.

—Muy felices, señora... ¿Está Rosendo?

—¿Qué le quería?

—Soy su primo Silvio, el que ha venido de Buenos Aires—contestó el forastero.—Quería... nada; verle.

—¡Ay, Jesús!... Siéntese... Haga el favor de aguardar un instantito.

Y, exagerado por la emoción el acento cantarín y mimoso de la tierra, gritó metiéndose adentro:

—Sendo... ¡ay, Sendo! ¡Ven aquí, hom...!

Apareció el panadero, sudoroso, empolvado de harina, y no dijera nadie, al pronto, sino que era el propio Silvio, ó un hermano gemelo. La misma finura de tipo; ambos de ojos azul grisiento, de menudo bigote dorado, de tez blanca, de cara oval, de pelo alborotado, sedoso, rubio ceniza. Mirándoles más despacio, se advertía que, bajo iguales máscaras de carne, la cara verdadera, espiritual, era no sólo diferente: opuestísima. Sendo, al reconocer á Silvio, se había parado, receloso de lo desconocido; Silvio avanzaba con los brazos abiertos.

—Y luego... ¿Tú por aquí?...—murmuró el panadero con retraimiento y precaución.

Silvio comprendió. Su sensibilidad sufrió un arañazo leve. ¡Pobre primo! ¡Temía que viniesen á explotarle! Se apresuró á situarse en terreno despejado.

—Sí, hombre... Vengo de Brigos, de casa de Moleque. Voy á Alborada...

—Vamos, ¿á las Torres?—asintió Sendo, tranquilizándose, con entonación respetuosa. ¡Buena señal! Cuando Silvio iba á las Torres...

—Y como no quiero llegar allí sin haber almorzado, me daréis una taza de caldo, ¿eh? y un poco de bolla fresca. Vengo á pie: estoy cansado. Toma—añadió precipitadamente;—esto lo compré en América para tu chiquilla mayor. ¿Dónde anda?

Era un dije de oro bajo, con rubíes falsos y perlitas. La panadera exhaló un suspiro de admiración y placer.

—Están ella y los hermanos en el arenal á se divertir, los pobriños. Mientras se cuece hay que espantarlos de aquí, que no dejan trabajar á uno. Sólo tengo al de pecho; descansa como un santo en la cuna. ¿Lo traigo?

—No—replicó Silvio.—Antes de irme los veré.

—Á ver luego el caldo, mujer—ordenó Sendo imperiosamente.

Salió la frescachona á trastear por la cocina, y sentáronse los dos primos en la tienda, en sillas de paja desventradas y sucias. Hablaron. Cada tres minutos les interrumpía un parroquiano, pidiendo un mollete de á libra ó una rosca de trenza. Levantábase el panadero á despachar y cobrar, y era lento en retraer el coloquio adonde lo cortaban; no obstante, con habilidad y sorna aldeana, al fin lo conseguía. ¿Qué tal le había ido á Silvio allá en esas tierras donde tanto dinero se gana? ¿Traería, de seguro, un capitalito?

—No...—y Silvio reía.—¡Aquí os figuráis que allá llueven billetes de Banco! Allá también hay ricos y pobres... Yo no emigré por hacer fortuna.

Viendo la sombra de preocupación que nublaba el gesto del primo, añadió prontamente, con algo de nerviosidad:

—Al principio... ¡pch! me fué muy mal. Ahora ya ganaba para vivir. No pido limosna. ¿Dices que al segundo hijo le pusisteis mi nombre? Ahí tienes para comprarle dulces...

Tendió un billete de última fila, de á veinticinco. El panadero, radiante, después de varios “no te molestes”, lo recogió. Así como así, él iba á dar de almorzar á Silvio, ¡á obsequiar también! En una vuelta se acercó á la cocina, y por lo bajo:

—María Pepa, mujer, si hubiese sardinas del pilo... Es loco por ellas. Traerás un neto de vino tinto de lo mejor, ¿eh, mujer?

Serían las once cuando María Pepa dispuso la pitanza, en la mesa de la cocina. Al ver sobre el mantel gordo y rugoso la fuente de barro llena de sardinas asadas, plateadas y negruzcas, Silvio sintió que se le henchía de saliva la boca. Su estómago flojo, estropeado por privaciones y miserias en la primera edad, tenía súbitos antojos de golosina, como los niños y los enfermos, y le encaprichaban especialmente los platos ordinarios, los sencillos condumios regionales. Se arrojó á las sardinas; ayudadas por la bolla caliente, sabíanle á pura gloria. El vinillo del país, acidulado, hacía un maridaje delicioso con la carne blanca, salada á granel, de los peces. María Pepa, lisonjeada, se reía de ver al primo devorar.

—Coma, coma, que le preste, ya que le gusta... ¡Mire qué afición le llevan, Jesús!

—Dile á tu mujer que me hable de tú, y que se siente á almorzar con nosotros—suplicó Silvio.

—Tiene cortedá—rió Sendo.—Como es la primer vez que te ve, hombre... Ya almorzará ella luego, ende acabando de servirnos...

—Pero yo no me conformo. Es un favor que te pido. Que se siente. Anda, María Pepa; cuéntame de tus chiquillos. ¿Los crías tú?

—¿Y luego? ¿Quién me los ha criar?—exclamó la frescachona.

—Uno por año, ¿eh? ¿Como la tierra?

—Cuasimente, sí señor; uno cada año... no siendo el año que estuvo mi esposo muy malísimo de calenturas.

—¿Y trabajas siempre, aunque sea embarazada ó criando?—preguntó Silvio escanciando un vaso lleno á María Pepa.

—¡Ay! ¡Qué remedio! Señorito... Los pobres...

—¿Señorito? Me llamo Silvio. Me has dado unas sardinas, María Pepa, que no las trocaría yo por ningún guiso de cocinero francés. Sendo, tu mujer vale mucho. Me parece que sois felices y que os lleváis como ángeles; ¿no es cierto?

—¡Ay! Eso sí, alabado Dios—respondió Sendo por su mujer, la cual, avergonzada, se sofocó más.—Riñas no hay aquí. ¡Siquiera tiempo á reñir tenemos! Como nunca falta qué hacer... Pero, y entonces tú—porfió suavemente, con la insidiosa blandura del país,—¿no traes de allá para vivir descuidado? Si yo me fuese allá á amasar pan, algo traería; puesto ya un hombre á pasar el charco, ¡caraina!

—Ya te dije que no iba en busca de cuartos—replicó Silvio, engolfado en una escudilla de caldo de berzas y patatas con espeso de harina de maíz.—¡Vaya un caldito! ¡Qué antojo tenía de él, así como lo hace María Pepa!

Sendo miraba á su primo, no atreviéndose á preguntarle por qué se embarca un hombre cuando no va en busca de cuartos.

—Algún día—sonrió Silvio, á quien la beatitud del estómago alegraba el pensamiento—puede ser que tenga cuartos de sobra aunque no los busque. Entonces os pido á mi ahijado, ¿eh?, y me le dais, y lo educo y hago de él una persona.

—¿Y tus hijos? Te casarás—objetó Sendo prudentemente.

—No me casaré. Sólo me casaría con una como María Pepa, lo mismito. Una que sepa hacer estos caldos—añadió.

—¡No se burle!—arrulló cantando María Pepa. Oyóse el llanto de una criatura; corrió la madre al dormitorio, y un segundo después se desabrochaba el justillo y acercaba al mamón á un seno gordo, tenso, de venas azuladas. Silvio, ahito, dilatado de bienestar, contemplaba el cuadro: la mujer, morena, sana y dorada como el pan, lactando á un chicazo que pegaba manotadas á la teta y se volvía curioso, con la boca untada de leche.

—¿Quién sabe si ésta es la felicidad?—pensaba.—Al menos, es la ley de naturaleza.

Así que su crío se puso que no le cabía gota más, la madre, engreída por la expresión de simpatía de los ojos de Silvio, le llegó el pequeño á la cara mendigando la alabanza y el beso. El pequeño olía á descuido y á lo que huelen los nidos de paloma. Silvio, perturbado en su digestión y en su refinamiento, se hizo atrás. Instantáneamente se le desvaneció la ilusión idílica, ese sueño que es el reverso de la megalomanía; soñar con ser menos, recortando la aspiración, espejismo de luchadores fatigados.

—¿Sabrá aquí algún chiquillo el camino de Alborada, para que me guíe?—articuló con sequedad impaciente.

—El nuestro, el mayor, puede ir—ofreció Sendo.

—No, no; prefiero otro. No va á volverse solo el niño.

—Deja pasar la fuerza del sol, hombre. Á tal hora, en Alborada estarán almorzando.


Á una revuelta de la carretera empezó á emerger, de la ramazón tupida del castañal, el alminar de las torres de Alborada. Poco á poco, la mole del edificio entero: parecía ascender, todo blanco, de piedra granítica; al mismo tiempo olores finos, azucarosos, de flores cultivadas, avisaron á los sentidos de Silvio. Llamó á la campana de la verja y esperó, bañándose en un ambiente saturado de esencia de magnolia. Tardaron bastante en abrirle: los perros, á distancia, presos, ladraban tenazmente.

Cuando entregó, para solicitar una entrevista con “la señora”, la carta de presentación del doctor Moragas, notó despechado un encogimiento que le enfriaba las manos y le enronquecía la voz. Con lúcida fidelidad recordaba que en Marineda, antes de pensar en emigrar á la Argentina, todavía adolescente, entre colegiales, había dibujado una caricatura insultante de aquella mujer, en quien deseaba ahora encontrar eficaz auxilio. Angustiado, volvió á ver el mugriento pupitre del colegio, los trazos de lápiz sobre el papel; oyó las risas... ¿Dónde pararía la caricatura? ¿Tendría noticia de ella la célebre compositora? ¿Si le recibiría con desdén ó con repulsa severísima?

La aprensión de Silvio creció al dejarle solo el criado en una sala baja, amueblada de caoba y cretona, cubiertas las paredes de retratos viejos, bituminosos. En un ángulo aparecía el piano, resguardado de la humedad por una manta de seda rameada y entretelada. Los objetos ejercían sobre Silvio sugestión profunda; la sencilla sala, el instrumento confidente de la inspiración artística, le impresionaron. Prestó oído: creía escuchar pasos, taconeo, roce de faldas, y repitió en sus adentros: “Este es un momento muy solemne... Tal vez decide de mi porvenir... Entran”. Entraba, sí, un singularísimo perrillo, ladrando aguda y hostilmente; su extrañeza atrajo á Silvio, le distrajo. El chucho parecía uno de esos asiáticos monstruos de bronce que guardan las puertas de los santuarios japoneses. La idea de tomar un apunte se apoderó de Silvio; y ya buscaba su lápiz y su diminuto álbum, cuando, al volverse, vió á una dama que le saludaba y le ofrecía asiento.

La reconoció. Apenas cambiada por los años transcurridos, era la baronesa de Dumbría, madre de la compositora.

—Tal vez sea difícil, al menos en algún tiempo, que pueda usted retratar á mi hija—declaró, leída la carta que servía de presentación á Silvio.—Minia anda siempre escasísima de tiempo, y... además... La verdad: tantos retratos le han hecho, y tan medianos todos... que siente aversión hacia los retratos. En fin, vamos á ver... La diré... Aguarde usted aquí.

Se alejó la baronesa. Silvio, entretanto, descorazonado, apuntó en dos de sus actitudes extrañas al asiático vestiglo. Al cuarto de hora, otra vez pasos, y la baronesa, expansiva, triunfante.

—Minia dice que aquí dispone de algunos ratos libres, y que si usted tiene tanto empeño y cree que eso le puede ser útil, por su parte, con mucho gusto... Pero es aquí, fíjese usted bien: en Madrid, Minia no dispone un instante... ¿Á ver ese dibujo? ¿Es Taikun?

—¿Es japonés, señora?—preguntó á su vez Silvio, algo animado ya, respirando mejor.

—Japonés... é inglés. Vino preñada su madre á bordo; parió en Gibraltar... ¡Qué gracioso el dibujito! Y ¡qué aprisa!

El efímero elogio dilató más el pecho de Silvio; se colorearon un poco sus mejillas mates, rasuradas de una barba leve.

—En ese caso, señora baronesa, ¿qué día y á qué hora he de volver para la primera sesión? No molestaré mucho; á falta de otro mérito, tengo la mano ligera...

—¿Volver? Se quedará usted aquí. ¿Había usted de estar haciendo viajes á Marineda ó á Brigos? ¡No faltaba más! Voy á disponer que le preparen habitación. Las Torres son bastante grandes... ¿Ha traído usted papel y lápices? Caballete lo tenemos aquí.

—Proyectaba traerlo todo mañana de Brigos. Es mejor que me vaya, y vuelva con los trastos; ¿no le parece á usted?

—Nada de eso. ¿Tiene usted el hormiguillo? Un propio á Brigos al instante. La distancia es una bicoca. ¿No ha venido usted á pie?

—Pondré dos letras entonces, señora, ya que tan buenas son ustedes, á la hija de mi tutor, Lucía Moleque, á fin de que entregue mi caja, mi blusa, los rollos de papel...

—Eso es... Que le envíen lo preciso. Venga usted por aquí á mi escritorio.... ¿Ha almorzado usted? ¿Quiere refrescar? ¿Cerveza?

El corto día de otoño expiraba cuando el propio regresó de Brigos. Hasta las primeras horas de la tarde del siguiente, no se empezó el retrato al pastel. Silvio, no obstante, no había perdido la noche anterior. Á la luz artificial, sobre la maciza mesa de caoba de la sala, había bocetado ligeramente, á la pluma, la cabeza vigorosa, de incorrectas facciones, de Minia Dumbría. Libre ya de aprensiones pueriles, jugó con la figura de la compositora, de la cual se estaba apoderando en una caricatura humorística y respetuosa, de extraordinaria semejanza. Diseñó también otra vez á Taikun, y á las once, cuando se retiró á su cuarto, notó que se encontraba en Alborada como si hubiese pasado allí la vida entera.

Los preparativos, la colocación del modelo, se discutieron á la mesa, á la hora de almorzar. Era preciso graduar la luz por medio de cortinajes; y al plantearse la cuestión del traje, Minia contestó que no tenía en Alborada ningún cuerpo escotado.

—Lo improvisaremos—añadió.—De cualquier manera.

Sencillamente recogido el pelo, rodeados los hombros de una nube de tul blanco sujeta con cintas anchas color de mar, posó resignada la compositora. Suponía que el retrato iba á salir desastroso.

Silvio disponía febrilmente sus lápices de pastelista ante el pliego de papel grisáceo fijo en el tablero con doradas chinches. La prolongada blusa de dril le daba semejanza con un obrero. Guiñó las pupilas, frunció el ceño, contrajo la frente, registrando en el modelo con avidez líneas y colores, y valiéndose de las yemas de los dedos mucho más que de los lápices, principió sin delinear, aplicando ligeras manchas. Dijérase que era la nebulosa de una cabeza y un busto lo que nacía, vago y fino sobre el muerto fondo cenizoso.

Minia no fijaba la vista, ni aun por curiosidad, en el trabajo del pintor. Sus ojos de miope descansaban en el familiar paisaje que encuadraba la ventana. La cañada suave, el bosque de castaños, la espesura de pinos, las tierras de labor segadas, todo tostado y realzado con oros rojos por la mano artística del otoño, y á lo lejos el trozo de ría como fragmento de rota luna de espejo, entraban una vez más por su retina en el alma, y la adormecían con sorbos de beleño calmante. El oleaje de notas musicales que en ella se agitaba, aplacábase ante la naturaleza. Y eran los únicos instantes en que Minia reposaba algo; no percibía la música como tensión y esfuerzo de facultades, sino que la sentía como un río fresco, como baño de dulzura, y repetía mentalmente versos de Fray Luis.

El aire se serena...

¡Oh desmayo dichoso!

¡Oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido!

Llegó á prescindir enteramente de que la retrataban, porque la idea del retrato más bien era desagradable; de un modo mecánico, conservaba sin embargo la pose. La voz de Silvio la restituyó á la tierra.

—¡Qué expresión tan bonita, señora! ¿Quiere usted mirar un momento?

Ya la nebulosa iba concretándose. Surgían la cabeza, los hombros blancos. Sonrió la compositora...

—Veo que me hace usted favor. Lo apruebo. Siempre hay que proceder así cuando se retratan mujeres.

Como si le hubiesen pinchado en el punto sensible, saltó Silvio, en un impulso de los que no sabía reprimir, desatándose á hablar, emocionado, nervioso.

—¡Pues si ese es mi delito, señora! ¡Mi delito! Usted de seguro comprende... Yo hermoseo á cuantas pinto: á usted, proporcionalmente, no la favorezco casi. Se me figura que así la respeto más. ¡La doy á usted toda su edad, su corpulencia,—y su misma expresión, la misma! Suavizo un poco las líneas.

—¡Falta hace!—interrumpió Minia festivamente.—No sé qué alfarero me amasaría la cara; escultor no pudo ser.

—¡Bah! ¡Las líneas!—continuó Silvio.—Corregir líneas, corregir tonos del cutis, hacer de lo ajado lo suavemente pálido y de las remolachas rosas... eso, cualquiera sabe. Más difícil es infundir un alma en caras que no la tienen. El intríngulis es meter esa belleza del ensueño y del pensamiento en fisonomías de modelos que están rabiando porque el vestido sienta mal ó porque el corsé aprieta. ¿Verdad que los retratos siempre parece que nos cuentan algo, algo muy melancólico y digno ó muy amoroso? En cien casos, es que el retratista presta al modelo el espíritu de que carece.

—Según—respondió Minia, interesada por la teoría.—Hay pintores muy realistas, por ejemplo, don Vicente López, y un flamenco antiguo, Franz Hals, que retratan la naturaleza animal y la expresión vulgar... ¡Y hacen prodigios... vaya!

Silvio, pensativo, se limpiaba los dedos con el pañuelo. Sus labios palpitaron al nombre de los dos pintores.

—¡También lo haría yo! Es decir, ¡qué disparate de vanidad! ¡No se ría usted de mí...; también yo probaría á hacerlo! Eso es lo bueno, lo bueno: la verdad, sin trampas ni artificios. ¡Dichosos los que no necesitan falsificar nada! Á veces, señora...

—Mis amigos me llaman Minia—advirtió ella benignamente, apiadada por lo que ya iba adivinando.

—Mil gracias... Decía que á veces leo en los periódicos que echan el guante á un monedero falso, y me asombro de que no prendan á los infelices que sofisticamos lo más sagrado, el arte. ¡Envidiable suerte la de usted! Contra la corriente de los convencionalismos; desdeñando ataques y groserías, escribió usted sus famosas Sinfonías campestres, empapándose en el sentimiento aldeano: en la realidad. Así han llegado á todas partes, por la verdad que contienen. En Buenos Aires las oí tocar, las vi aplaudidas. Como la necesito á usted, no digo más: creería que soy un adulador...

Los ojos de Minia, pequeños, durmientes, se llenaron un momento de infinito.

—¿Allí las oyó usted?

—Todas... Y me conmovían mucho. Usted y yo hemos nacido en el mismo pueblo, en Marineda. Mientras no salí de él... experimentaba hacia usted hostilidad. No sé por qué; sería porque hablaban de usted continuamente... y yo era un niño, y á esa edad no sobra la benevolencia. ¡Al contrario!—Después, cuando me vi tan lejos... la nombraban á usted, ó á cualquier persona ó cosa de la tierra... y me entraba alegría.

—¿Quiere descansar un momento? Me va usted á contar eso; su vocación, sus viajes.

—No, señora—negó él en seco.—Perdone... Primero he de poner el retrato á cierta altura.

—Como guste; usted es quien ha de dispensar—respondió Minia en tono de cortés indiferencia.

—¡No adopte expresión enojada! La de antes, la de antes—suplicó Silvio, contrito, apurado como si le acaeciese la mayor desventura.

—De eso sí que no respondo... ¿Quién se acuerda de lo que producía esa expresión? Intentaré pensar en lo mismo que pensaba...

Volvió á descansar la mirada en el paisaje; quiso perderse, confundirse, diluir su personalidad en las lejanías color amatista de los montes que formando anfiteatro lo cercaban. No pudo: el conocido murmurio de notas, la efervescencia musical, era invencible. Hubiese deseado estar sentada ante el piano, traduciendo todo lo que—con la vaguedad del boceto al pastel en que se afaenaba Silvio—hervía dentro de su cerebro fácilmente excitable. Como la ola tras la ola, y aun del modo continuo y presuroso que cae el surtidor en el tazón, los elementos de un poema sinfónico apuntaban y se desvanecían.

—¡La expresión de antes!—pensaba para sí.—Si éste es artista, si posee sensibilidad, no ignorará que no nos bañamos dos veces en la misma agua, ni se reproduce el mismo minuto de nuestra vida.

Silvio, entretanto, voluntariosamente, trabajaba; tenía, en efecto, la mano ligera, la afluencia del toque, la justeza rápida de la entonación; el parecido con el modelo se establecía desde el primer instante, y de sus yemas febriles, ágiles, embadurnadas, salían al papel matices deliciosos, medias tintas de una armonía suave, comparable á la de los celajes cuando amanece, claridad ligeramente velada de niebla perlina. Su colorido encarnaba, pero encarnaba por un estilo inmaterial. Aquel pastel, que reproducía una cabeza de mujer, ni joven ni hermosa, un rostro enérgico, lleno de imperfecciones, era, sin embargo, elegante á la moderna, exquisitamente elegante, por la manera de estar puesto, y tenía lo blando y fino del natural idealizado.

Una serie de exclamaciones admirativas de la baronesa de Dumbría, que acababa de entrar, hizo levantarse á Minia. Se situó ante el caballete. El pastelista interrumpió su tarea: esperaba ansioso. La compositora, echándose atrás, dijo solamente:

—Bien, bien. No tema usted que le diga “¡qué bonito!” Los planos de la cara son esos: la simplicidad del conjunto me agrada.

Y volvió á posar, arreglándose las gasas medio descompuestas.


Ya no estaban en la sala baja de la torre, de anticuado mobiliario, de paredes cubiertas por bituminosas pinturas. Era en la terraza, bajo la bóveda de ramaje de las enormes acacias, de las cuales, no con violencia de remolino, sino con una calma fantástica, nevaban sin cesar miles de hojitas diminutas, amarillo cromo. Bajo la alfombra de la menuda hojarasca que moría envuelta en regio manto áureo, desaparecía el enarenado del suelo completamente. Los sillones de mimbre que ocupaban Minia y Silvio se adosaban á la baranda de hierro enramada de viña virgen, sombríamente purpúrea; Taikun, echado en la postura de las liebres, insólita en los canes, atrás las dos patas saliendo de enormes bombachos de pelambre fosca y fulva, levantaba de tiempo en tiempo su cabeza de alimaña de pesadilla, y mosqueaba el plumero de su cola.

—Tiene usted que perdonarme—decía Silvio—aquella negativa exabrupto. No quería adelantar nada, mientras usted no se convenciese de que no soy enteramente un desgraciado sin pizca de disposición. ¿Qué podrían interesar á usted las ambiciones y las ansias de esos míseros que no poseen elementos para llevarlas á la realidad? Y usted me creyó uno de ellos.

—Así es—respondió Minia lealmente, dejando sobre la mesa de piedra el libro.

—Lo comprendí. Yo soy muy listo: nada se me escapa. ¡Ay, lo que pensará de mi presunción! Pero no importa, es cierto. Ejercito una especie de adivinación de los pensamientos y las intenciones. Conozco á los demás acaso mejor que me conozco, y de una palabra ó un gesto deduzco... ¡Asusta lo que deduzco!—Usted quería darme despachaderas, y si no es por la baronesa...

—No extrañe usted mi recelo. Siempre un retrato...

—Sí; entendido... En fin, gracias á Dios, no está usted quejosa del suyo.

—Al contrario. Contentísima.

—Me atreveré entonces... Echaré mi memorial... Deseo que ese retrato se lo lleve usted á Madrid y lo vean sus relaciones; quizás alguien me encargue alguno, y modestamente pueda sostenerme allí, estudiando. No tengo otra esperanza en el momento presente.

Minia reflexionó antes de contestar:

—Mi madre conoció á su padre de usted, y conoce á su tutor. Por ella supe... Temprano fué usted huérfano. ¿No le quedaron medios de fortuna?

—Pocos... Hoy casi nada. No me importa. Mi problema no es de dinero. Es decir, necesito el preciso para vivir y trabajar: no busco la riqueza por la riqueza. Aunque tengo mil caprichos refinados, me falta la casilla de la codicia. Se reiría usted si supiese cómo administro. ¿Bohemio? No; no es la nota bohemia. Es que no encuentro ningún goce en el dinero guardado. ¡Guardar! ¡Qué estupidez! Para cuatro días que se vive... Lo que me resta de la escasa hacienda de mis padres, que será una miseria y rentará unas perras, lo liquidaré á escape...

—¿Le atrajo á usted el arte desde niño? ¡Porque es usted bien joven...!

—Veintitrés...—pronunció Silvio.

Minia le consideró. Era todavía más juvenil que de veintitrés la cara oval y algo consumida, entre el marco del pelo sedoso, desordenado con encanto y salpicado en aquel punto de hojitas de acacia. El perfil sorprendía por cierta semejanza con el de Van Dick... Se lo habían dicho, y él se recreaba alzando las guías del bigote para vandikearse más.

—Á los ocho años pedía por favor que me permitiesen ver dibujar. Á los catorce marché solo y sin amparo á Buenos Aires, porque mi tutor había resuelto que yo siguiese la carrera militar; decía que pintar es oficio de holgazanes. En Buenos Aires... ¡qué lucha! ¿Se lo cuento á usted todo? Sí, sí; con usted, desde el primer momento, he deseado la confesión. Se me agotaron los recursos. Tuve hambre. Trabajé de peón de albañil, sirviendo cal y yeso para ganar una tajada de tasajo. Desde entonces tengo el estómago endeble; el día que digiero bien estoy de excelente humor. Lo malo no es haberse estropeado el estómago... Es que vi la vida tan en crudo, en feo y en duro, que se me despellejó el corazón y crió callo. ¿Se da usted cuenta?... Después embadurné frisos, escocias... decoré... tonterías: pabellones, tocadores galantes... Últimamente ya me las arreglaba mejor, gracias á los retratos y á alguna tablita. ¡Volver á Europa! ¡Dibujar mucho! ¡Oler lo que se guisa en tres ó cuatro talleres de París y de Londres!

—¿Y quién le ha amaestrado en el pastel?

—¡Bah! Nadie. ¡El pastel! ¡gran cosa! Dedos, dedos,—y mucha triquiñuela y mucha picardigüela en el pulpejo; eso sí... Mejor que nadie conozco yo que todo cuanto hago no vale un pepino. Agradable, agradable, bonito, bonito... ¡Bonito! ¡Peste! Ansío subyugar, herir, escandalizar, dar horror, marcar zarpazo de león, aunque sólo sea una vez.

Minia meditaba,—una meditación palpitante.

—¿De modo que vocación, no profesión?

—¡Vocación... ó delirio! una cosa que parece enfermedad. Me posee, me obsesiona.

—¿Y... finalidad?—Interrogaba precavidamente, con tactación médica.

—¿Finalidad? Ninguna. ¡Por hacerlo!—afirmó Silvio, cuyos ojos color de humo claro relucieron con reflejos de acero desnudo.—Creo que ni por la gloria, es decir, lo que así se llama. ¡Por la dicha de hacerlo! Hágalo yo, y venga luego... lo que venga. Todo lo demás... ¡pch! ¡Ser alguien! ¡Ser fuerte, ser fuerte!

Y las lindas facciones se crispaban, y el rubio ceño se fruncía de un modo violento, casi torvo. La compositora guardaba silencio, el silencio de las cuerdas del arpa que aún retiemblan sin sonar.

—Malo, malo—dijo por último.—El caso está bien caracterizado. Todos los síntomas. Espero, en interés de usted, que rebaje la calentura.

—¡La padezco desde que nací, acaso! Si no es para eso, no tengo interés en existir. No crea usted: á ratos... se me quita la fe. Ayer mañana, por ejemplo, al venir de Brigos, me detuve en Areal. Tengo allí un pariente, hijo de una hermana de mi madre, panadero... Yo venía desfallecido; me dió caldo, pifón y sardinas, y vi á su mujer y su patulea de criaturas. Se quejan de la suerte, de escasez, pero están sanos y son dichosos á su manera. Envidié esa manera.

—Tenía usted razón en envidiarla—afirmó lentamente Minia.—Sólo que es un sentimiento inútil. La envidia no nos aproxima una pulgada á lo envidiado.

—Ni yo me aproximaría. Son fantasías, mandolinatas pastoriles. Cada cual ha de vivir su destino; el suyo, nunca el ajeno—declaró Silvio.—No soy viejo, pero ya estoy en las horas irrevocables. De aquí salgo á volar; de aquí... á Europa. Cuando subí por esa calle tan larga de magnolias, y pasé debajo de estas acacias que llueven gotas de oro, y me hicieron esperar en la sala, frente al piano,—presentí (soy muy supersticioso y fío en los avisos) que me encontraba en ocasión decisiva y que este rincón del mundo guarda para mí la clave de lo venidero...

—¡Pobre criatura!—murmuró Minia sin mirarle.

—¡Le doy á usted lástima! Vamos, entiendo. Es que no cree usted que poseo condiciones de triunfador.

—Ni lo creo ni dejo de creerlo... Ignoro. Con lo que usted es capaz de hacer, sospecho que tiene asegurado el cocido, un cocido sano, suculento, quizás una comida sólida... ¡y eso es mucho, amigo!—¡Triunfar! ¡Dar ese zarpazo que usted sueña! El arte está espigado. La genialidad, la inspiración, si las viese usted en forma de improvisación, se equivocaría... Es el error de nuestros artistas: quieren sorprender á la ninfa dormida, ser faunos nervudos. Y lo que deben ser es caballeros andantes, cumpliendo mil hazañas obscuras, mil pruebas, antes de desencantar á la infanta. ¡Si al menos hubiese infanta! Se dan casos de encontrar en vez de infanta una bruja. ¿Y sabe usted lo más curioso? Al artista caballero andante, después de tantas heroicidades y de pelear con siete endriagos, lo mejor que le puede suceder no es acertar con la infanta, sino acertar consigo mismo, y autodesencantarse.

—¿No podré yo?—Silvio cruzaba las manos con angustia.

—¡Á saber!... De antemano córtese usted las alas de cera; disciplínese la voluntad; precava el desengaño. ¡Beba cada día un sorbo de decepción: el vaso entero, de una sentada, es dosis mortal! Un sorbo es muy provechoso; aunque mejor sería no necesitarlo, no haber soñado, y ser como los ciápodos, que tienen la cabeza junto al suelo—lo más bajito posible; rasando la tierra; tanto, que sus pelos se vuelven raíces...

—Habla usted así porque ya ha llegado.

—¡Hablo así porque estoy en un momento de sinceridad, virtud ó cualidad antipática por esencia, presencia y potencia...! Y quizás estoy en un momento de sinceridad, porque anochecerá pronto, porque el aspecto del campo es solemne, y la humareda de las cabañas flota con magia sobre el telón de selva. El paisaje, en mí, determina el estado de alma. No me haga usted caso.

Silvio, al contrario, se impresionó. Era un océano amargo y hondo, sin límites, lo que se asomaba á los ojos, á la fisonomía de la compositora, lo que gemía en su voz. Creyérase escuchar el murmurio fúnebre, amplio, del mar de Cantabria.

—¡Aun así!—exclamó el artista.—¡Aunque me cueste eso y más!

—¡Taikun!—llamó Minia, cambiando de tono, recluyéndose en sí.—¡Aquí, monigote! Vamos, quieto... Ya tienes la lana llena de hojas, tonto; ven, te las quito para que te luzcas.—Y con placidez afectuosa, volviéndose al pintor:—Su aspiración de usted, ¿conformes, supongo?, es incompatible con la felicidad, que consiste en desear cosas accesibles, pequeñas, vulgares, corrientes, en cultivar manías inofensivas y obscuras, como reunir variedades de claveles y tulipanes, coleccionar botones ó hebillas de cinturón... Y usted renuncia á ser feliz: convenido. ¿Renuncia usted también al triunfo? ¡Ah! Renuncie. ¡Sea modesto, fórmese un corazón humilde y puro, como los de los grandes artistas desconocidos de la Edad Media... y quizás...! Usted, hoy pastelista, sería antaño miniaturista y monje. En su celda, después del rezo, diseñaría y policromaría lirios y mariposas; nacería una primavera en la vitela, un jardín sobrenatural como el del Cordero místico de Van Eyck. Cuando sonase el Angelus, ¡que está sonando ahora! ¿no lo oye? allá en la parroquial de Monegro,—vería usted entre el azul de las lejanías una figura escueta, virginal, y un ser de alas tornasoladas, divino: ambos descenderían de sus pinceles á la página del horario... Nadie conocería su nombre de usted: muda la infame fama... la imprenta por inventar... ¡Oh delicia! ¿Qué falta hace el nombre? El arte anónimo es el Romancero, es las Catedrales... Usted, de seguro, está dispuesto á batallar por la victoria de unas letras y unas sílabas: ¡Silvio Lago! Veneno de áspides hay en el culto del nombre. Por el nombre nos desempeñamos tras la originalidad—y el arte uniforme, poderoso, se acaba; sólo hay el picadillo; falta la redoma que nos integre y amase con el jigote la persona.

—¿Y usted se ha contentado con arte anónimo?

—No... Por eso he recibido en mitad del pecho todas las puñaladas. El arte anónimo era como el sayal: vestidura idéntica, que identificaba aparentemente. Dentro latía el corazón, el cerebro funcionaba, la inspiración nada perdía. Hoy... es un infierno. Y en usted, además, ¡la complicación económica! Cuenta usted veintitrés años, batalla desde los catorce, y aún no ha juntado sus granos de trigo, pendiente de que en Madrid le demos á conocer por... por el aspecto industrial... ¿Me excedo?

—No, no; siga... ¡Al fin, alguien que me habla así! Pegue usted fuerte, no duele; al contrario.

—Le damos á conocer... retrata usted... ¿á cuánta gente necesitará retratar?

—Cuatro retratos al mes, á doscientas pesetas; ocho ó diez días de trabajo... y me bastará. Los restantes veinte días... para dibujar mucho; academias, desnudos. ¡Dibujar! la ortodoxia, la probidad de la pintura. Así que dibuje... como aspiro, ¡á un estudio de notabilidad! ¡á postrarme ante Sorolla, por la luz, el aire, la pincelada!

—¿Sorolla?—repitió con extrañeza Minia.

—¿No le admira usted? ¡Pinta tanto ó más que Velázquez!

—No se trata de pintura ni de admiración. Sorolla es enteramente adverso, me parece, á los gérmenes que usted lleva en sí. Cada cual debe abundar en su propio sentido, desarrollar sus tendencias. ¿No estima usted la elegancia, la distinción? ¿No era Van Dyck, ante todo, un aristócrata?

—No; yo sólo estimo la fuerza. Ó pintaré como un hombre, virilmente, ó soy capaz de pegarme un tiro.

El Angelus seguía sonando; sus lágrimas de plata caían en la atmósfera acolchada de bruma transparente. Los obreros que trabajaban en terminar la torre de Levante, la más alta de las tres de Alborada, se escurrieron de los andamios y cruzaron en fila de hormiguero dando las buenas noches, zuequeando y haciendo crujir la arena. Eran picapedreros, mozos la mayor parte, y el sábado les alborozaban la cobranza, el descanso, el bailoteo en perspectiva. Obscurecían la terraza con sus cuerpos vestidos de telas pobres; olían acremente á sudor; el ambiente se enturbió cuando ellos desfilaron.

—Tal vez éstos—observó Silvio,—si consiguen lo que se proponen, si llevan adelante sus colectivismos, traerán, andando el tiempo, otra etapa de arte anónimo. Encasillados los artistas, cubiertas sus apremiantes necesidades, trabajarán sin exasperación de la vanidad, sin el aguijón del nombre. En Buenos Aires he conocido á bastantes socialistas... Los anarquistas, sin embargo, nos salvarán del anonimato, idea á que no me puedo habituar.

—Porque es usted todavía medio chiquillo. Si vive y paladea las ambrosías... ya me contará el sabor de boca que le dejan.

Un imperceptible orbayo, un soplo frío que extinguió la hoguera lejana del Poniente. La noche. Un globo de oro que al elevarse palidecía, se convertía en enorme perla gris y nacarada: la luna. Y la gran escenógrafa traía su telón romántico preparado, la fachada lateral de las torres toda en sombra, el frontispicio luminosamente blanco, los detalles de arquitectura adquiriendo un realce y una significación de misterio, el bosque ensanchado por la obscuridad, las acacias más grandiosas con su desmelenado ramaje, y allá en último término, el valle anegado en una nebulosidad azul que borraba los contornos y le daba apariencias de lago encerrado entre nubes y vapores de una delicadeza etérea.


El domingo siguiente oyeron misa en la capilla de Alborada. Llovía, llovía; plantas y flores se bañaban voluptuosamente, agradecidas; el otoño había sido bochornoso y seco. De las fauces de piedra de las gárgolas, un chorro continuo descendía á estrellarse en la enarenada tierra. El capellán no consintió, sin embargo, quedarse á comer en espera de la escampada. Despachado el caraqueño, trasegado el último sorbo de agua donde se disolvían caramelosos residuos de azucarillo, se encasquetó el sombrero de ala ancha, se colgó el rudo capotón, y encajándose á lomos de su montura, salió hacia la carretera, á trote corto, protegido por un paraguas monumental. Silvio presentó á Minia una hoja de álbum con la donosa caricatura ecuestre del clérigo.

—¡Pobre hombre!—sonrió la compositora.—¡Bah! Su misa vale exactamente como si la dijese Lacordaire, que era tan elocuente y tan apuesto. Nuestro corazón es soberbio; lo tenemos asediado por los sentidos. No nos basta Cristo en cuerpo y sangre; nos lo ha de consagrar un cura pulido, un cura bien—que no sea ese casi labriego, con tierra entre las uñas.

—¡Quién tuviese fe religiosa!—suspiró Silvio.—Á mí el corazón, como le dije á usted, se me ha encallecido; otro inconveniente para ser el monje miniaturista, apacible en su celda.

—Sí, la fe era una de las felicidades; y probablemente, la única que no sabe á ceniza. Suponer que hoy no cabe tener fe, es igual á suponer que ya no nacen las azucenas aunque las sembremos. No repita usted esa muletilla cargante de la fe deseada é inaccesible. Humildad, purificación, preparar el nido á la golondrina: ella vendrá.

—¿Y si no se comprenden ciertas cosas?... Vamos á ver: ¿cómo se arregla uno si los dogmas repugnan á la razón?

Minia guardó silencio un instante. Silencio desalentado. La paralizaba aquel argumento pobre y mísero, pero que, para ser rebatido, exige una transfusión de alma del creyente al incrédulo; y pensaba que las almas son solitarias, incomunicables, huertos cerrados, selladas fuentes... Silvio se equivocó: creyó que Minia, vencida, callaba por imposibilidad de contestar; y se excusó, temeroso de incurrir en desagrado.

—No debí discutir de tales materias con usted...

—¡Discutir!—repitió Minia alzando los hombros.—No hay discusión de este género que no sea un esfuerzo estéril; ¿sabe usted por qué? Por la misma causa que impide á los enamorados, en la mayor ansia de íntima comunicación, trocar espíritu por espíritu. Somos nosotros mismos; lo somos desesperadamente, fatídicamente, hasta la última gota, la última fibra. Y lo inefable es lo que más nos guardamos: el pomo de esencia divina, incrustado de gemas que fueron llanto, lo queremos en el seno á toda hora, tibio de nuestro calor. Diga usted, Silvio: ¿discutiría usted acaloradamente de estética con Dalín, el bizco, que tiene en Areal un almacén de paños y zarazas? ¿Ó con el cura que acaba de decirnos la misa?

Silvio se puso encendido hasta las orejas.

—¿Soy, según eso, como Dalín?—pronunció resentido.

—No; al contrario: es usted una naturaleza afinada, quintaesenciada; está usted en las cimas; su vehemente aspiración artística le sitúa en la región donde habitan los aguiluchos: podrán volar, ó cansarse, ó caer atravesados por el plomo: aguiluchos eran, con pico y garras... No se sobresalte usted: lo único que quise expresar es que un lado, un aspecto de su sensibilidad permanece tan rudimentario como la sensibilidad estética de Dalín el bizco. Usted no ha perdido la fe: no la siente: no perdemos un brazo cuando se nos queda tullido. No le ha faltado á usted sino negar el milagro—y es milagro todo.—¿Por qué me contesta usted razón cuando digo azucenas? La razón, ¿le explica á usted el misterio de una azucena, que es el mismo misterio de la vida universal? ¿Es que no advierte usted hasta qué punto enraízan nuestros pies, aletean nuestros pulmones y descansan nuestros ojos en el misterio? No hay sino él; en él nos movemos, vivimos y somos. Él nos refresca, nos arrulla, desarrolla nuestro embrión en las entrañas que nos abrigan y disuelve nuestro cuerpo en la fosa que nos recoge cuando caemos—no siempre tan sosegadamente como las hojas amarillentas de las acacias. ¡La razón! ¡Vieja chocha, sentenciosa, que no sabe sino cuatro casos de sucedidos y cuatro máximas roídas de orín! Su báculo tiene mugre secular; sus pies los calzan zapatos con suela de plomo. Lo mejor que hace el hombre suele ser contra la razón. He oído que el mundo rueda porque le empuja la locura, ó mejor dicho, la superrazón, que es fe. La razón, en arte, es el neoclasicismo académico; en ciencia, los sistemas que cierran el paso á la libre indagatoria. ¿Quién ha reunido en haz, á modo de cordeles de disciplina, los dictados de esa lógica con la cual nos quieren azotar? No lo sé. Nadie. Cada cual con su razón, que decía el gran dramaturgo; y es que á la razón, si la concedo mucho, la concedo que sea (como la fe) esperanza—otro subjetivismo.

—¿Y si los subjetivismos se contradicen?—arguyó Silvio.

—Calma, y á vivir; ya se concertarán cuando usted necesite, de verdad, creer, y más todavía esperar; y esa hora llega para todos los que no son Dalín el bizco, ni se reducen á roncar, comer y digerir con pachorra...

—¡No hable usted mal de la digestión!—imploró festivamente el pintor.—Digerir es la beatitud.

—¡Contento se quedaría usted si una sibila le predijese que su único porvenir era perfeccionar la función digestiva!

—¡Quién sabe lo que eso vale! ¡Sin eso, me río de lo demás!—respondió Silvio con alarde de prosaísmo brusco.—¿Sabe usted que escampa y clarea? Voy á leer un rato en el cenador de las pasionarias. ¿Me presta usted el librito que leía ayer?

¿La Tentación de San Antonio? Voy á casa y se lo envío.


Provisto del volumen; sorteando los charcos que la tierra embebía poco á poco, el artista se refugió en el largo cenador tupido de trepadoras; allí no se oía más ruido que el cadencioso del caño de agua desahogando en el pilón semicircular para afluir después al estanque. Silvio alzaba la cabeza de vez en cuando; el chorrito ritmaba sus ideas; al menor soplo de aire, gotas frescas se descolgaban de las ramas; algunas se detenían en la cabellera del lector. Por la abertura circular practicada en el follaje, se veía la señorial tristeza del jardín antiguo, de recortados bojes, de árboles ya senadores; y las zuritas, descolgándose de la repisa del hórreo-palomar, bajaban á trancos cortos, inquietas, las escaleras del estanque, para llegar á sumir el pico en el agua revuelta por el aguacero, y donde flotaban, con lentitud graciosa, peces de laca carmínea, de exótica estructura, de nadaderas azul empavonado, compatriotas de Taikun.

—Las palomas—calculó Silvio,—de seguro acostumbran beber en este pilón, y las estorbo. Me apartaré para que no tengan recelo.

Se desvió. Era exacto. Apenas las aves vieron franco el camino, se precipitaron, se atropellaron al borde del pilón semicircular, riñendo á picotazos por la vez, como las aguadoras en las fuentes públicas. El pintor, abandonando el libro, sacó su carterita y su lápiz y apuntó el rebullicio de las aves, el pilón sobre el cual se erguían esbeltas y lanceoladas, semejantes á plantas de mayólica, las lustrosas hojas y las flores duras y tersas del arum ó cartucho. Encontrábase en lo mejor del apunte cuando llegó la baronesa.

—Hoy no se va usted: el tiempo está inseguro; á lo mejor cae otro chaparrón.

—Baronesa, ya abuso de su hospitalidad; mejor sería irme ahora, aprovechando la mañana.

—¿Sin almorzar? ¿Está usted en sí? En Alborada no es costumbre despachar á la gente con el estómago vacío. Pero, ¿qué prisa tiene usted?

—¡Si al menos me utilizara usted para algo! ¿Quiere permitirme que la retrate? Ha quedado un pedazo de papel, y lápices no faltan.

—¡Bah! Descanse; no se ocupe en retratar viejas... y al pastel mucho menos. Ya me retratará usted otra vez, si Dios quiere. Porque se me figura que usted, vuele adonde vuele, ha de recaer aquí... aunque sea sin ganas.

—Ganas sobrarían; pero aún más de irme lejos, hacia donde encuentre lo que tanta falta me hace. ¡Tengo que trabajar mucho!

—Para esa vida de trabajo, salud, salud y salud es lo que conviene. Quédese usted aquí hasta que nos vayamos á Madrid; duerma, coma y engorde. Hoy le daré á usted pimientos fritos, que le gustan, y empanada de robaliza, ¿se entera? Y muy rica que estará, si la amasan con manteca fresca, como he dispuesto.

—Lo que me gusta—declaró Silvio riendo de complacencia—es la cordial franqueza que encuentro aquí. ¿Son así las señoras en Madrid? ¿Cómo son?

—¡Qué sé yo! ¡Las hay de mil maneras! En fin, no sea usted tonto, y píntelas á todas muy guapas. Así ganará usted dinero; ¡el dinero es tan indispensable!

—¿Usted cree, baronesa, que me saldrán retratos en Madrid?

—Todo será que las señoronas se den unas á otras el santo y seña y que usted las saque preciosas. Esos retratos de la escuela moderna, exagerando la fealdad y con chafarrinones azules y verdes en la cara, vamos, ¡no concibo cómo hay quien se gaste una peseta en ellos! ¡Para verse más horroroso de lo que uno es! Figúrese: la gente se muere; al cabo de algunos años, nadie se acuerda ya de cómo era nadie; y siempre un retrato bonito...

—¡Ay! ¡Si comprendiese usted cómo me carga lo bonito, señora!

—¿Cómo? Pues no es usted especialista en...

—¿En mentiras?... Ya le dije á su hija de usted...

—¡Ah! mi hija... ¡Le aconseja á usted mal, de seguro! ¡Es tan novelera aquella cabeza! De fijo no le predica á usted para que en primer término se gane el dinerito...

—No por cierto...—repuso riendo otra vez el pintor.—No es eso lo que me predica. Á mí tampoco el interés, así, descarnadamente, como interés, me arrastra. No voy para millonario. Quisiera ganar, á ver si junto para estudiar en Francia, en Inglaterra, donde se pinta... en gordo. Tengo necesidades; pero al mismo tiempo sé pasarlo mal, y hasta ayunar...

—¡Ayunar! ¡Eso es locura! Lo primero, la buena comida.

—¡Si viese usted qué poco me dura un duro!—continuó Silvio con indolencia indiferente.—Ahora venderé unas finquillas...

—¡Vender!—clamó la baronesa, horripilada.—¡Por Dios, conserve usted lo que haya heredado, poco ó mucho! Su madre de usted tenía alguna renta. Casitas...

—¡Pch! Casi no recojo un céntimo de ellas. Entre reparos, contribuciones, administración... En fin, para que no ponga usted esa cara tan asustada, conservaré una casa, muy pequeña, en Zais, donde mi padre pasaba los veranos. Tiene su huerto, ¡vaya! y agua, y tres perales... Si algún día me hago célebre y opulento (dos bicocas), ahí me vendré á disfrutar... Su hija de usted dice que si he de acabar retirándome á Zais, que empiece por el final y me ahorraré un mundo de penas. ¡Tal vez!

—¡Sí, sí, tal vez estoy en lo firme!—exclamó Minia, apareciendo precedida de Votán, el corpulento danés.—¡Votán, al agua, pícaro!—mandó imperiosamente. El perro ladró de entusiasmo, tomó vuelo, y se oyó el chapoteo de su zambullida en el estanque.—¿Pues quién lo duda? ¿No espera usted en Zais tranquilidad y reposo? Cóbrese usted adelantado. Ninguna cosa buena debemos aplazar: nos la podría escamotear el destino. No, no; por si acaso... ¡Eh! ¡Votán! ¿Qué es eso de querer salir? Quietecito en el agua. Así; ¡guapo perro!

—¡Qué afán de desalentar á la gente!—exclamó la baronesa.

—¿Desalentar? Sí; ¡cualquiera desalienta á cualquiera! No vaticinamos para desalentar; se habla, como se grita cuando se recibe un golpe: es involuntario. ¡Afuera, Votán! Basta de baño, buen mozo... Y á sacudirte lejos, ¿eh? lejitos, que nos rocías. ¡Allá, allá! Oiga usted, haragán de artista, ¿no quería usted ilustrarme hoy un plato al humo? ¿hacerme una caricatura?

—Con la cabeza enorme y los pies invisibles—respondió Silvio.—En cambio, me interpretará usted al piano una de sus sinfonías campestres.


Silvio, recostado en el sillón, entornados los párpados, se encontraba todavía bajo el conjuro de la música, mejor dicho, de las músicas interiores que una combinación de sonidos evoca. La compositora, sin alardes de virtuosismo, sin descoyuntar las notas ni obligarlas al paso al través de aros ni al salto mortal; sencillamente, de corazón, acababa de derramar en las ondas del aire, temblantes aún, el aroma rústico de la tierra germinatriz. Silvio había percibido el olor húmedo de las fragas, después de que la lluvia las viste con una capa de hongos de terciopelo castaño y fulvo; el de los saúcos en floración, equívoco, extraño; el de las agridulces fresillas silvestres; el de la recién guadañada hierba; el de las colmenas, que reúne el deleite de la miel al misticismo del cirio; el de madera apolillada, caduca, que se exhala de los viejos Pazos; el del humo que envuelve á las casuchas sin chimenea en túnica de gasa gris; el del mosto nuevo, que emberrenchina; el del rancio Borde, que conforta; y, dominando á todos, hercúleo, bravío, el del mar de Cantabria, sal, yodo, fósforo, vitalidad disuelta en la respiración,—y también nostalgia, la melancolía de las playas y las costas; sentimiento de penumbras, inquietud de las razas antiguas, superiores y decadentes... Y Silvio escuchaba la cavernosa risa de Poseidon, agrandada hasta el bramido al retorcerse en las volutas de la caracola, y recordaba estrofas de Heine, la Pregunta del mar del Norte: “Explicadme el arcano...”

Á lo lejos, en la paz de la tarde, el chirrido de un carro de bueyes penetró por la ventana abierta; á distancia, no es inarmónica la queja interminable del eje sin ensebar. Silvio creyó que oía tan familiar ruido por primera vez, y lo escuchó con alma, con sentimiento, asociándolo á la música. Su imaginación se pobló de imágenes conocidas que, en aquel momento, eran rudimentos de arte; vió labriegos y labriegas de duras piernas desnudas, arrancando del terruño la patata; jayanes sudorosos, dejando caer el mallo sobre la extendida mies; viejas rugosas, á frunces, como manzanas tabardillas, rezuqueando ó pidiendo limosna; vió en el playal á los pescadores, negruzcos de cuello y cara, blancos de espalda y pecho, jalando del bou, que, como bolsa rellena de monedas de plata, quiere reventar al peso argentado de la sardina... Un transporte, una especie de deliquio de un instante, puso al artista de pie, le obligó á acercarse á la ventana, porque en la habitación no entraba aire suficiente para respirar: ahogábase; pero el dogal era tan suave, que la sofocación parecía caricia.

—¿Qué tiene usted?—preguntó Minia levantándose del taburete.

—Que me veo ya cómo he de ser dentro de pocos años; con la obra realizada, ¡con mi obra! Haré en el lienzo—añadió palpitando—lo que usted en la música. Interpretaré la luz, el color, la esencia de este país, que no ha tenido intérpretes, hasta la fecha, en la pintura.

—Verdad es, y quisiera darme cuenta de la causa—asintió Minia.—Aquí no se han producido pintores... Ello es que apenas los produjeron las demás regiones de la zona cantábrica. Casto Plasencia ha sorprendido bien el tono de los verdes húmedos de Asturias. Beruete, que es un realista sincero, ha reproducido exactamente algunos paisajes de aquí: vea usted en mi estudio una Ribera de Vigo...

—Muy buena, muy seria—exclamó Silvio con la ardiente espontaneidad que caracterizaba sus elogios á los del oficio.—Sólo que yo no me reduciré al paisaje. Lo completaré con el hombre. Revelaré todo lo que hay aquí; la poesía bucólica de este pedazo del mundo, como otros, por ejemplo usted, la revelaron en la música y en el verso. Descubriré la hermosura de esta ninfa dormida, para que se la admire. Me conquistaré un reino. Haré verdad, verdad. ¡Hurra! ¡Sólo de pensarlo bailo!

Como lo dijo lo hizo. ¡Hip! Rompió á danzar, á la marioneta, uno de esos bailes ingleses extravagantes, cómicos—zapateando el piso con las botas gruesas de becerro, y castañeteando sus dedos largos, huesudos, ágiles, habituados á tender el color.—La compositora le miraba danzar, y, en vez de reirse, experimentaba una especie de susto. El repentino arrebato de Silvio descubría la nerviosidad mal dominada, profunda como una lesión orgánica, el desequilibrio de aquel temperamento de artista. Lo desmedido del júbilo, la imposibilidad de moderarlo, parecíanle á Minia—idólatra del self control—síntoma de debilidad. “¿Es lo físico? ¿Es lo moral lo que se opondrá á que este muchacho de dotes tan extraordinarias llegue á ser artista completo? ¿Ó me equivoco, y no sé reconocer en el desequilibrio la marca del genio? ¡Ojalá!” Deseó, con piedad inmensa. “¡Dios le dé también el método, la paciencia, la perseverancia!”

Silvio ya se sentaba, secándose la frente con el pañuelo, acortado el resuello, entrecortada la risa, excusándose.

—No me diga usted nada; conocida es esa fiebre...

—Es que hay momentos... hay ideas... ¡Si se me ocurre que yo podría abrirme mi surco, el mío, el mío sólo! Porque el resto... patarata. Seguir á éste, al otro, al de más allá... porquería. ¿Verdad que sí?

—¡Sí, criatura! Seguir, nada más que seguir, no vale la pena. Sólo que por ahí se principia. ¡Y se ha pintado tanto, y se pinta tanto y tan bien, que no será pequeñez eso del surco propio! Calma, calma; aspirar; pero con serenidad resignada de antemano; si no, va usted á padecer como un réprobo.

—No importa sufrir. Se sufre por algo, ¡qué diantre! ¿Quiere usted hacerme el favor de abrir este libro de Flaubert y que leamos un poco en él? Ahí, ahí, en las últimas hojas... el diálogo de la Esfinge y la Quimera...

Minia hojeó, sujetó al fin con el pulgar la página donde principia el diálogo.

—¿Traduce usted bien á libro abierto?—preguntó la compositora.

—No; me costaría trabajo.

—Entonces, yo...

Y Minia recitó, con su voz llena y clara. Veíase que el pasaje se lo sabía de memoria; el libro servía únicamente para darle la certeza de no comerse un renglón ni un vocablo... excepto los que suprimiese de propósito.


“Y frontera, á la otra orilla del Nilo, he aquí que aparece la Esfinge. Estira las patas, sacude las vendas de su frente y se tumba vientre á tierra.

“Saltando, volando, espurriando fuego por las fosas nasales, azotándose las alas con su cauda de dragón, la Quimera de glaucos ojos gira y ladra.

“Los anillos de su cabello, de un lado se entretejen con el vello de sus ancas, de otro barren la arena y oscilan al balancearse el cuerpo.

La Esfinge. (Inmóvil, mira á la Quimera).—Detente: ¡aquí!

La Quimera.—¡Jamás!

La Esfinge.—¡No corras tanto, no vueles tan alto, no ladres tan recio!

La Quimera.—¡No vuelvas á llamarme, para que al fin te calles muy buenas cosas!

La Esfinge.—¡No me soples fuego á la cara, no me ladres al oído: de piedra soy!

La Quimera.—¡No me atraparás, pavorosa Esfinge!

La Esfinge.—¡No te quiero conmigo, loca de atar!

La Quimera.—¡Ahí te quedes, pesadota!

La Esfinge.—¿Adónde bueno tan aprisa?

La Quimera.—Á dispararme por las revueltas del laberinto, á flotar sobre las cimas, á rasar los mares, á brincar en el hondón de los despeñaderos, á agarrarme á la faldamenta de las nubes. Con mi rabo arrastradizo rayo la arena de las playas; las colinas remedan la forma de mis hombros. Y tú, ahí, eternamente quieta, ó dibujando alfabetos en la arena con las uñas de tus garras...

La Esfinge.—Es que guardo mi secreto: calculo y reflexiono. El mar se revuelca en su lecho, los trigos ondean, las caravanas pasan, el polvo vuela, desmorónanse las ciudades—y la mirada fija de mis pupilas, más allá de los objetos, escruta inaccesibles horizontes.

La Quimera.—¡Yo soy rauda y regocijada! Descubro al hombre deslumbrantes perspectivas, paraísos en las nubes y dichas remotas. Derramo en las almas las eternas locuras, planes de dicha, fantasías de porvenir, sueños de gloria, juramentos de amor, altas resoluciones... Impulso al largo viaje y á la magna empresa... Busco perfumes nuevos, flores más anchas, goces desconocidos...”


Detúvose Minia: su instinto femenil la impedía continuar, y, por otra parte, ya había recitado los párrafos decisivos. Silvio, con los ojos muy abiertos, conteniendo la respiración, bebía el contenido del diálogo maravilloso. El hálito de brasa de la Quimera encendía sus sienes y electrizaba los rizos de su pelo rubio ceniza; las glaucas pupilas del monstruo le fascinaban deliciosamente, y su cola de dragón, enroscándosele á la cintura, le levantaba en alto, como á santo extático que no toca al suelo. El artista se echó atrás, alzó los brazos y suspiró desde lo más secreto del espíritu:

—¡Triunfar ó morir! Mi Quimera es esa, y excepto mi Quimera... ¿qué me importa el mundo?

Callada como la Esfinge, que enmudece justamente porque sabe, Minia se levantó; Silvio la siguió, pues la compositora le había hecho una seña con la mano. Tomó hacia la derecha; caminaba despacio, sin volver la cabeza atrás. Empujó la puerta de la sacristía que comunicaba con la sala, y estaba semiobscura, alumbrada por una lamparilla de aceite ante un crucifijo tétrico, de tamaño natural, de cabellera de mujer, también natural, enredada, como empapada de sudor; y de allí cruzó á la capilla, donde negreaba el alto retablo de talla borrominesca, en contraste con la blancura de las paredes caleadas y del granito de los arcos.—Dirigióse al de la izquierda, que era un sepulcro.—En la imposta del arco aparecían, toscamente cortadas en el granito, las piñas de pino bravo y las veneras, símbolo de toda la naturaleza de Galicia, las selvas y las costas; el hueco que había de ocupar el sarcófago encontrábase vacío. La mirada de Minia, deteniéndose en aquel hueco y volviéndose después hacia el artista, fué tan elocuente, que Silvio entendió igual que si leyese un rótulo escrito en clara letra.

—¡La única verdad!...—murmuró.

—¿Es usted de los que encuentran desconsoladora la perspectiva del no ser?—articuló bajito Minia, que se cubrió la cabeza, por respeto al lugar sagrado, con el chal de lana ligera que llevaba al cuello para preservarse de la humedad.

—Francamente, ¡sí! No concibo el fin de mí mismo: estoy por decir que la muerte me parece absurda—y miró al arco de nuevo, como si le fascinase.—Mejor dicho, ¡ni aun consiento pensar en eso! Déjeme usted que cargue conmigo la Quimera y me lleve á la luna, al sol, á las islas fantásticas...—Repentinamente horripilado, se echó atrás y gritó:

—Salgamos de aquí. Ese hueco vacío me hace señas también... ¡Vámonos: al aire, al soto... adonde se vea cielo!

Ya en el soto, paseando por ancha calle abierta entre castaños y alfombrada de hojas y secos erizos entreabiertos, Minia, arrepentida, pidió excusas y bromeó para disipar la impresión que empalidecía más las mejillas delgadas de Silvio.

—Acabo de cometer una tontería. No recordé que es usted supersticioso... Procedí impremeditadamente al enseñarle la isla de reposo, que dijo Espronceda... Me parecía tan estético mirarla sin temor, y hasta recostarse en ella, y deshojar en ella rosas como homenaje á las Parcas, á quienes pintan feas y viejas, pero que deben de ser, en realidad, unas ninfas seductoras. Á mi edad, bueno... cabría que uno se impresionase... ¿Á la de usted? Á su edad la marea de la vida sube, sube, y es calor en las venas, intrepidez en el corazón. ¡Bah! ¡Está usted entregado á las carcajadas y á los ladridos de la Quimera!

—Le juro á usted—declaró Silvio—que nunca creería que iba á sucederme cosa tal; debe de haber pasado por mí algo que no sé explicarme. En América he velado á compañeros muertos, he presenciado escenas realmente trágicas, y me considero insensible... y lo soy en mil cuestiones—de una insensibilidad de hipnotizado, según la frase de un médico amigo mío.—¡Nunca nos conocemos! Lo que usted me enseñó nada tiene de espantoso: un arco románico de piedra labrada, parecido á los de San Francisco de Brigos... Un hueco vacío... ¿Será por eso, por vacío, por lo que me espantó? Sudo frío aún—añadió enjugándose con la mano las sienes.

—Mi pañuelo.—Y la compositora se le presentó, estremecida también. Siguieron andando, pausadamente, metidos en sí; un espectáculo atrajo sus miradas. Más allá del soto, bastante cerca sin embargo, apoyando uno de los extremos del semicírculo colosal en las honduras de la cañada que cobija la presa del molino, la zona polícroma del iris ascendía del suelo á lo más alto de la bóveda gris, y volvía á descender, diseñando un puente para titanes.—No llovería más.—Los aéreos colores, verdes, anaranjados, violados, de transparente y luminosa magnificencia, fueron apagándose con lentitud dulce; ya casi invisibles á fuerza de delicadeza, se esfumaron al fin completamente, y el paisaje quedó como abandonado y solitario, húmedo, escalofriado con la proximidad de la noche otoñal traidora y pronta en sobrevenir.


II
MADRID

(Hojas del libro de memorias de Silvio Lago.)

Noviembre.—Después de pasarme ocho días en la destartalada fonda de la calle de Atocha, al fin encuentro un taller, á precio aceptable, en la de Jardines. Tiene el defecto de que esa calle es del número de las que Balzac llama chauldes, y aun de las que echan lumbre: en mi vida he visto junta tanta paloma torcaz, y de plumaje tan sucio. No me importa lo que me arrullan cuando me retiro de noche: pero ¿y si acuden á retratarse bellas señoras? En esta calle no entran coches: las bellas señoras tendrán que cruzar á pie, rozando con las pájaras y oyendo sus retahilas... No hay qué hacerle: no hallo cosa mejor, dentro de mis posibles. Traía unas dos mil pesetas para empezar á vivir—primer plazo del importe de mis cuatro terrones; el resto no se cobra hasta qué sé yo;—pero he encontrado aquí á Crivelo, el pobre Crivelo, con su mujer, los niños, la suegra, el ama, y sin un cuarto; como que acaba de establecer una litografía... y tuve que arriar setecientas y pico, porque á no ser de bronce... Tiene razón la baronesa de Dumbría, al llamarme el de la mano horadada. Razón: y sin embargo, me ataca los nervios al darme consejos de economía; es como si á una adelfa la dijesen: “Maldita, sé garbanzo, que te conviene mucho”.

Á propósito de garbanzos: mi comida es una desolación, y apenas digiero. Ando á salto de mata, hoy en un bodegón, mañana en Fornos; me desayuno con salchichón ó queso; no tengo tetera, no tengo te, no tengo una criada que me ponga á hervir agua—¡el te, una de las contadas cosas que me sientan admirablemente!—Me acuerdo de Alborada como los hebreos de las ollas de Egipto. La portera sube á barrer, de mala gana, á traerme agua y arreglarme la cama en un diván, á tropezones; estas mujeres son muy astutas: ha visto que mis muebles se reducen á dos caballetes, una caja de lápices y veinte libros; que luzco un gabán raído, que no me ha visitado sino Crivelo... y olfatea propinas de cesante. La daré por adelantado dos duros, para que comprenda que el hábito no hace al monje.

Estoy, pues, en plena bohemia. Lo más bohemio es el frío. Me trajeron ayer un braserito. ¿Qué pinta un braserito en este inmenso taller? Se filtra un aire glacial por los paineles de cristales sin maderas ni cortinas; y la tubería de la chubersqui, sin chubersqui, aumenta la sensación polar. ¡Brrr! Aunque merme el fondo (vaya un fondo), habrá que comprar chubersqui. No: y lo diabólico es que después de la chubersqui necesitaré carbón. Las chubersquis debieran criar su combustible, como el borrego su lana.

He visto el Museo. Volví de él aplanado y loco (estados que parecen difíciles de asociar). Entré á las diez, con ánimo de pasar dos horas, y á las tres todavía estaba allí, desfallecido y sin enterarme del desfallecimiento. Al volver á casa me harté de mortadela y queso de Gruyére: primeros momentos de estupidez: la digestión penosa del boa.

Entre los afanes de la pícara función fisiológica, restos de la fiebre de la mañana, un devaneo sin tregua, que va y viene, y vuelve y se enreda en tres nombres: Goya, Velázquez, Rubens.

Orden, orden, señora cabeza mía. ¿Qué piensa usted de esos tres tiazos?

En primer lugar, no experimento gran entusiasmo, en general, por la pintura antigua. Nos han fastidiado bastante con la admiración de lo antiguo, negro y embetunado y con luz falsa. Los antiguos eran otros embusteros, igual que yo. Hasta nuestro siglo, y bien adelantado, no se supo lo que era la verdad. Y no la tragan, no la tragan los condenados burgueses. ¡La luz cruda, dicen! ¿La quieren cocida, guisada? Mejor se pinta hoy que se ha pintado nunca. Y si es así, ¿por qué me he vuelto del Museo destrozado de asombro?

Con Velázquez me pasa que reniego del cerebro. Ese tío no pensaba; lo que hacía era copiar, pintando de una manera bestial: la pincelada, la santa pincelada, el santo natural, el santo dibujo,—y fuera ideas, que son una peste.

Velázquez no debió de sentir calenturas. Velázquez se reiría de nosotros. Sano, equilibrado, cortesano, creyéndose un funcionario y no un genio, no buscaba originalidad; ¿para qué? La originalidad es una tontería. Pintar más que Dios y dejarse de originalidades. Si pintásemos, ¿eh? ¡digo pintar!, ya me entiendes, Silvio, ¿qué falta nos hacía discurrir? La naturaleza no presume de original, ni discurre; el sol, la luna, son lo más trivial. Velázquez es naturaleza pura.

Da gusto cómo trata á los dioses. Su Marte, un soldadote velludo; su Vulcano, algún herrero de la Ribera. ¿Y el chucho de las Meninas? Silvio, ¿te contentarías con haber manchado ese chucho?

¡Qué bárbaro soy! ¿Pues no estoy diciendo para mí: No, no me contentaba?

Prefería ser Goya. El equilibrio y la indiferencia de Velázquez, bien; el desate de Goya, mejor. ¿Por qué mejor? No lo sé explicar; pero me gustaría tener un modo mío de sentir el natural, y me gustarían esas rarezas de sátiras y delirios, el infierno y el cielo, el amor, la muerte, la horca, el fanatismo, los asnos dómines, las duquesas histéricas y tísicas, con colorete, las familias reales retratadas hasta el alma, hasta la misma medula de sus huesos, enseñando la sensualidad de la reina y la inepcia bonachona del rey. Me gustaría haber sido el primero á sorprender la luz rubia y acaramelada de las primaveras madrileñas, y los grises tonos, vaporosos, de las épocas de pelo empolvado y sedas tornasol. Me gustaría ser el primero que interpretase el colorido de España. ¡Goya! Sus cuadros patrióticos, sus fusilamientos, telones—telones divinos. ¡Qué arranque! ¡Qué ímpetu! ¡Ese colmillo de jabalí, ese navajazo feroz de baturro airado!—¡ah, qué envidia!

¿Y Rubens? Cuando me acuerdo de mis pastelitos, de mis cochinas cromotipias, y pienso en la carne flamenca de Rubens, me daría de cabezadas contra la pared. Materia, materia; esplendor de la carne: y arrodillarse y adorarlo.

El realismo de Rubens es más brutal que si nos presentase gente pobre y famélica. Sus hombres sanguíneos, de barba terciopelosa, y sus mujeres de senos de manteca y nalgas rosa te, eran gente rica y bien alimentada; y así quisiera yo desnudar y pintar á la high-life. Afuera tules. La carne, compacta, fresca; albérchigos y pavías. Verano de la vida; y por debajo de esa piel tan bruñida y elástica, y por esas venas (¿no es triste que no tenga venas la gente que yo retrato?), por esas venas, circulando, el hierro y el calor de los siete pecados capitales.

De todo esto saco en limpio... poca cosa: que quisiera ser Velázquez, Goya ó Rubens, ¡un nene! ¿Qué soy? Nada. Un farsantuelo; y ni aun mis farsas puedo hacer. Porque ¿quién va á venir á retratarse en esta calle sospechosa, en este taller desmantelado, sin un trapo antiguo, sin un sitial coquetón, sin alfombra... sin estufa?

No: estufa la habrá mañana, ¡viven los cielos!

Hoy tirito. La noche cae, y como no he de comer—no era la digestión del boa, era la indigestión,—no salgo; me quedo en mi rincón, me refugio en la alcoba, envuelto en mi poncho gaucho, que me sirve de manta de viaje y de cama. Me siento mal, muy mal; parece que dentro del estómago tengo una barra de plomo; la cabeza me duele... Trataré de dormir. Á cerrar los ojos, á no acordarse de nada. ¡Qué nuca y qué hombros los de la Hilandera! Lo asombroso de Goya, el misterio de las pupilas de sus retratos: tienen húmedo radical... Bueno, ahora lo de ene: bascas, escalofríos... ¿Si enfermaré de veras?... ¡No me faltaba más que eso!

Quebrantado aún (¡qué indigestión, señores! ¡Yo creo que fué de admiración más que de otra cosa! Es bobo y ocioso admirar á los que ya pasaron; ¡arte nuevo, nuevo!), voy á la Sociedad de Acuarelistas á dibujar. Empiezo á conocer algunos del oficio; muchachos como yo, tal vez con las mismas esperanzas que yo. ¡Puede que no tan quiméricas! Les veo que fuman, ríen, hablan de mujeres,—piensan con ahinco en algo más que el arte.—Hay uno, sin embargo, rabioso, emberrenchinado como yo: se profesa impresionista (¡qué diablura!) y se llama Solano. Tiene unos ojos que giran, que miran azorados, insensatamente: ojos de raposo cogido en la trampa.

Me han preguntado mis proyectos. No les he contado palabra de verdad. Me daba vergüenza confesarles que espero á que las bellas señoras me hagan con sus deditos una seña: “Retrátanos... y que salgamos arrebatadoras, celestiales”. ¿Y si, además, por encima de todo, ¡humillación doble!, ni aun eso encontrase; ni aun le comprasen al charlatán sus mentiras, su agua de rosa y su blanquete?

Á bien que saldré de dudas pronto. Las de Dumbría me escriben que antes de principios de Diciembre llegan.

Entretanto, como no debo perder tiempo, y como la labor de noche en la Sociedad no me basta y quisiera aprovechar algo las mañanas, que me paso tumbado en el diván leyendo ó haciendo castillos en el aire—me determino á llamar una modelo y un modelo. Cuestan, pero no hay cosa mejor para formarse la mano y adelantar en estudios útiles—una mano, una pierna, la cabeza, el torso.

Por suerte, en la tienda de marcos, donde me surto de lienzos, pinturas, pinceles, un caballete mecánico—comprendo que no se darán prisa á pasar la cuenta. Les he insinuado que los meses de Navidad y primeros de año no son á propósito para pagos, y en seguida comprendieron: deben de estar acostumbrados, por su clientela de artistas, á morosidades. Y si no, ¿cómo me las arreglo? Porque parece que no son nada estas fornituras—tubitos, frasquitos, pinceles, palitroques,—y sólo el caballete representa un desembolso de treinta y cinco duros. El amigo que me he echado en la Sociedad, un chico paisajista, Marín Cenizate, que me ha tomado un apego decidido y se dedica á aconsejarme y protegerme, al saber mis adquisiciones me dice que anduve precipitado; que como la miseria siempre, y ahora más, es tan acuciosa entre nuestros compañeros, en el Rastro y en las casas de préstamos encontraría por cuatro cuartos el caballete y las cajas. No le quise responder: “es que la tienda no me cobra ahora, y lo de lance se pagará al contado”. La penuria de dinero, á veces, obliga á gastar doble.

La modelo... ¡pch! un desnudo regular: de la cintura abajo, algo de morbidez; los brazos magros, los hombros puntiagudos, las manos encanalladas. Para estudiarla sinceramente y á trozos no me importa; pero si alguno quiere meterla en cuadros de ninfas ó de damas, ¡con esas manos, á morir!

No sería yo quien me consagrase á damas ó á ninfas, y eso que desde mi llegada á Madrid me parece que siento menos la naturaleza, y la verdad áspera y plebeya no me seduce tanto. Aquí no hay campo, y la ciudad, ni moderna ni majestuosamente antigua, no me atrae. Recorro sus calles, sus paseos,—nunca salta la nota que me agradaría tomar. Vamos, ya estoy maduro para mi campaña de retratos.

El desnudo del viejo, infinitamente mejor que el de la mujer. Es un setentón que sería muy terne en sus mocedades, y que en vez de criar grasa se ha desecado lo mismo que un gajo de uvas colgado al sol. Se ha convertido en un Ribera. Creía yo que aquellos clarobscuros y aquellos tonos de Ribera eran falsos. No: en la piel del viejo encuentro el mismo ocre amarillo, la misma tierra de Siena, la misma sombra calcinada de los ascetas riberescos; y su vello y su barba y su pelambrera—á las cuales los artistas le hemos prohibido tocar: es nazareno—son del mismo gris plomo, con toques blanco plata y los tonos y reflejos de una armadura. Al estudiar al viejo, cargo la paleta de colores á la española; mi pincelada se hace amplia, fuerte, y me voy al estilo franco y á las grandes masas. Hasta me sugiere asuntos castizos y anticuados; ayer le boceté de San Jerónimo, con su pedrusco en la derecha.


Final de Noviembre.—¡Llegan, llegan las de Dumbría! Preciso era; porque se me iban acabando el resuello y la esperanza, y además, en todo este mes no he comido cosa que digiriese; noto el estómago tan frío, que—se lo conté ayer al hermano de mi amigo Cenizate, que es médico—padezco una aprensión rarísima (él la calificó de alucinación, engendrada por la dispepsia): la idea de que me lo cruza, sin interrupción, una glacial corriente de agua.

Como he adquirido una tetera, me inundo de te para digerir las porquerías; estoy muy nervioso, sueño dislates, y de día miro mi taller desmantelado, mi casa sin muebles, mis perchas sin ropa—y los planes de atraer aquí al gran mundo, y al gran mundo femenino, se me representan como delirios de la calentura.

Por cierto, á propósito de este delirio, que la carta de ayer de mi romántico amigo de Marineda, Florencio Goizán, es para desmigajarse de risa. Me ha cogido en un día de los de humor más negro, y me lo mitigó... Hay párrafos deliciosos.

“¡Mortal tres veces feliz!”—me escribe.—“De este aburridero, este rincón donde no se puede ni soñar en ilícitas aventuras—porque detrás de cada vidriera hay una vieja atisbando,—te envidio el jardín que ya empieza á brotar en tu taller. ¡Qué jardín! Desde la altanera flor de lis purpúrea, hasta la original orquídea modernista, no habrá flor de estufa que ahí no pueda lucir en el caprichoso búcaro oriental. ¡Qué mujeres, Cristo! Ya las miro subir tus escaleras con el corazón palpitante; llamar á tu campanilla con trémula mano enguantada de Suecia; entrar con ese delicioso ruge-ruge de sedas que él solo estremece; inundarte el taller de oleadas de ideal y de brisas rusas; reclinarse negligentes en el sofá Luis XV, mientras tú te hincas de rodillas á sus pies sobre un almohadón de terciopelo y empiezas á contar tus ansias. Habrás dispuesto (naturalmente, es de cajón) el refresco en el velador árabe; allí sus emparedados, sus bombones, y allí su vino de Málaga. Y si llegase impensadamente el celoso marido, la dama adoptará pose en el estrado, tú agarrarás tus lápices, el retrato seguirá viento en popa,—y aquí no ha pasado nada, caballeros.

“Lo más sabroso ha de ser eso: engañar á un necio orgulloso de sus blasones, con el pretexto tan socorrido de los retratos. ¡Porque cuidado que es socorrido! No es pretexto sólo; es ardid de guerra. Si yo fuese padre, amante, marido, cualquier día consiento que tu la retrates y estéis solitos bebiéndoos á tragos largos la mirada horas enteras. Vamos, se necesita ser memo. ¡Ya que la memez es epidémica, incurable, triunfa, mortal tres veces feliz! No te pares en barras, no te achiques al tropezarte con las rimbombantes genealogías: la mujer es mujer, ya nazca en áurea cuna, ya en el arroyo; el flecherillo todo lo iguala; los antepasados de coraza ó ferreruelo no se alzan de sus tumbas, y tú acuérdate de Goya, que prefirió pintar mejillas ducales y borrar luego con los labios el carmín, á legar á la posteridad un nuevo título de gloria. ¡Ah! ¡Quién pudiese estar en tu lugar unos meses siquiera! Desgarra encajes de Venecia, arruga sedas de Lyón, desabrocha collares de perlas, descalza esquifes de raso, y compadece á los amigos que se pudren leyendo cartas sin timbre y sin ortografía, no llevando sus ambiciones más arriba del taller de costura, los dedos picados y el zapato de cuero gordo. Más suerte tienes que un ahorcado; es de esperar que sepas agotarla, y que en el verano, á la sombra de los castaños de Zais ó en la playa de Riazor, nos refieras episodios. ¡Digo, si es que te dignas volver á las natales costas, y no te arrastra el torbellino del gran mundo hacia la isla de Vight ó los arenales de Trouville!”

Así, copiado al pie de la letra.

¡Gastan imaginación en Marineda, vaya si la gastan! ¡Y lo cómico es leer esto en el camaranchón que llamo taller, amueblado con una estufa que no tira y el caballete mecánico, y visitado sólo—á tanto la hora—por la modelo, la Eladia, que deja caer, al desnudarse, un corsé muy usado, color lagarto mustio, del cual reniego!

—¿Chica, no tienes más corsé que éste?

—No, sorito...

El tono es tan triste, que arrío dos duros para un corsé nuevo y blanco; al otro día sube con el antiguo. Que su madre está enferma, que tuvo que comprar una medicina “barbaridá de cara...” ¡Bien, adelante! De rabia, la coloco, borrajeo un apunte, y me sale regular; la modelo, destacándose sobre la luz de la vidriera y ajustándose el corsé, con un movimiento airoso de los brazos hacia atrás. No la vuelvo á dar propina: la guita se me va que vuela.


Diciembre.—Me he reanimado al ponerme al habla con las Dumbrías. Me hicieron cenar allí la noche de la llegada, las provisiones que traían en el tren, que me supieron á gloria, y eran, sobre poco más ó menos, lo que hubiese comido en mi taller—fiambres, pastas.—¿Por qué digerí mejor ya? ¿Es que mis nervios mandan en mí tan absolutamente?

Á la siguiente mañana me llamaron por teléfono—el teléfono del despacho de aguas minerales, en el piso bajo de mi casa,—para avisarme que vendrían á visitar mi instalación. Han venido, impresionando á la portera, que al cabo ve aquí unas señoras; se han reído mucho de ver cuántas cosas me faltan.

—Supongo—dijo Minia—que estará usted encantado, porque esta escasez es poesía.

—No tal—grité.—¡Ay, los soñadores! ¡Señora, esa fantasía de usted! Estoy perramente, y es imposible, aunque llegasen á enterarse de mi existencia, que ninguna dama ponga los pies en tal desván.

—Muchísimas gracias, por la parte que nos toca...

—Bueno; ustedes, es otra cosa. Ya me entienden...

Horas después llamaron á la puerta y entraron dos mozos cargados de trastos. Las Dumbrías, que justamente acaban de arreglar un salón-biblioteca y de cambiar parte de su mobiliario, me remitían estantes para libros, cortinas, una cama de madera, un sofá, algunas sillas. “No nos caben en casa”, decía el billete. “Vaya usted á comer á las ocho, y no espere buen trato, estamos desorganizadas todavía... No tenemos más convidado que usted...” Interpreto: puedo ir con esta ropa. De perlas, la ropa. Es la misma con que vine de Buenos Aires; la hice á principios del verano de allí, que es el invierno de aquí, y por consiguiente, ahora, en otro invierno, después de dos veranos empalmados, porque en Mayo me vine á España, cualquiera adivina el aspecto que ofrece, y lo que abrigará. “Poesía, poesía...”, dirá Minia... “Pulmonía...”, digo yo. Y además, el único gabán se ha puesto del color indefinible del corsé de la modelo. Habrá que equiparse.—¿Habrá...?

Al salir de casa de Dumbría para ir á dibujar á la Sociedad, una digestión completamente feliz me despeja la cabeza. En fin, el caso es que dentro de unos quince días, el tiempo estrictamente indispensable para “arreglar” algo, darán tres reuniones por la tarde, á las cuales yo no asistiré; expondrán el retrato de Minia, y malo será—opina la baronesa—que no salten encargos.

—Sea usted, al principio sobre todo, muy transigente. Cobre poco: en Madrid no se atan los perros con longanizas; las necesidades de apariencia de la vida son muchas, y los más ricos y empingorotados miran al microscopio lo que gastan. Préstese usted á ir á las casas á trabajar; vale más, ya que tiene usted el taller en malas condiciones...

—Pero la luz...

—La verdadera luz son los cuartos. Déjese de historias.

De modo que ya se revela mi porvenir. Subir escaleras como los maestros de piano, esperar en la antesala á que me mande pasar la señorita, retratar con luces de interior y á la hora que me ordenen... Y lo más vil es temblar, no á esas humillaciones, sino á que no llegue el caso de sufrirlas; á que, al exponerse mi retrato, se encojan de hombros y pasen á tratar de asuntos de actualidad,—riéndose del mamarrachista y de la indiscreta bondad de las que le protegen. Ahora se me figura que infaliblemente sucederá esto último. En mi crisis de desaliento, me siento sufrir y rabiar, no por lo que temo que va á pasarme, sino (me ocurre muy á menudo) por cuanto de malo me ha pasado en la vida. Lo repaso, lo recuerdo, lo rumio, y las contrariedades difuntas resucitan; ni aun las grandes, no: las pequeñas, las ruines. Quisiera trocar mi suerte, ser carpintero ó herrero, no hallarme aquí, emprender un viaje, recluirme en Zais; á pesar del contento del estómago, mi cerebro se ensombrece, y de puro nervioso echo chispas como los gatos. ¡Miseria, nulidad de la vida!


Orden, orden: á escribir sin temblequeteo de pulso.

Salí de casa (con el pie derecho, por si acaso), y cuidé de sentar también el pie derecho, ante todo, en el portal de Dumbría.

Asistí á los preparativos. Acomodé yo mismo el retrato sobre un caballete dorado, y drapeé la tela antigua, tul bordado de flores empalidecidas, con el cual hicimos un pabellón gracioso, arrugado por mano de artista, al marco dorado y color madera. Me alejé, me acerqué, le corrí, le encontré al fin el punto de vista bueno; y al sonar las cinco, me escondí, con huída de gamo al través de los matorrales, en las habitaciones interiores: Minia se reía, afirmando que en Madrid, cuando se avisa para las cinco, ni un alma antes de las seis y media. Y así fué.—Á las siete, apostándome impaciente detrás de una cortina, escuché un zumbido de colmena, y destacándose de él, palabras sueltas, exclamaciones. Servían el chocolate, y lo que pude entender se refería á tal operación gastronómica. “Qué bueno es este bizcochón...” Á las ocho fué acallándose el mosconeo de la gente; á la media, silencio, y las señoras de la casa que venían á buscarme, con el rostro destellando satisfacción. Á mi interrogación muda, Minia alzó un dedo.

—¿Un encargo?

—Uno solo, por ahora...; pero vale por cien. ¡Trae trébol de cuatro hojas! La condesa de la Palma. Lo mismo fué fijarse en el retrato, que exclamar: “Envíeme usted sin tardanza ese prodigio”.

—¿Ha dicho prodigio?

—Textualmente.

—¿Y cómo es esa señora?

—Como le podía á usted convenir que fuese la primer gran señora que pide que la retrate. Moralmente, encantadora; culta, de una cortesía y una lealtad en sus amistades, que escasean; con prestigio, con relaciones sobradas para imponerle á usted. Físicamente, un tipo para pastelista: rubia, blanca, ojos azules, facciones menudas, sonrisa de inteligencia, malicia mundana en la expresión. Ya aceptado por esa señora, podemos quitarle á usted los andadores. Ella le guiará. No se alarme usted, no alteramos el programa: habrá otros dos chocolates; verán mi retrato cuantos creamos que es conveniente para usted que lo vean; pero el paso inicial está dado con suerte.

—Con el pie derecho—murmuré, acordándome de mis precauciones, y sintiéndome tan gozoso que me volvía niño.—De pronto, una inquietud.

—Así de ropa, ¿cómo me presento en casa de la condesa?

—¡La condesa, ya le he dicho á usted que es buena é inteligente!—insistió Minia.—No será ella quien se fije en eso; es decir, fijarse sí, no se le escapará; pero se dará cuenta de lo natural del hecho y no se burlará ni por asomos. No por ella; por conveniencia general, encárguese usted algo. Le hace á usted tanta falta como los pinceles.

¡Minia llama algo á un traje completo de sociedad, con abrigo; otro traje de mañana, corbatas, camisas, botas, guantes, el demonio! No hay remedio, el sastre sea conmigo. Parezco un pobre vergonzante: así no me admitirían. ¡Ah, mi gabán verdoso, mi pantalón color nuez, con rodilleras, mi sombrero blando, de fieltro, mi pelaje de artista! ¡Yo que aborrezco el frac!

Paciencia; si he de llegar á ser, á revelarme, necesito subsistir, y la subsistencia así viene, y entretanto á adelantar, á adquirir impecable dibujo; el colorido, después.—Se me figura que he conquistado hoy el pan, y he vuelto á casa con el júbilo innoble de un perro que caza un hueso circundado de piltrafas.


Fin de Diciembre.—Además del retrato de la Palma—que en efecto es como me la ha descrito Minia—han salido de los dos chocolates de casa de Dumbría otros encargos: una señora quiere el retrato, de cuerpo entero, al óleo, de sus niños; otra, un pastel con manos y busto, envuelto en pieles de chinchilla.

¡Al óleo! Mi conciencia protesta. No sé pintar al óleo. En el pastel me desenredo; en el óleo estoy á ciegas. Antes de pintar al óleo un retrato, debo ir á lavarles los pinceles á Sala ó á Sorolla, y á barrerles el taller dos años; después, hablaríamos. El óleo es la única pintura positiva. Estuve á pique de negarme en seco. Las quinientas pesetas de cada retrato al óleo me subyugaron. La baronesa de Dumbría no se explicaba mis escrúpulos; Minia, sí; ¡pero, quinientas! y con el sastre amenazando...

En La Época, por primera vez, leo mi nombre, flanqueado de epítetos lisonjeros. Es una crónica de las reuniones de Dumbría; elogian el retrato de la compositora, anuncian el de la Palma, recuerdan las tradiciones aristocráticas del pastel, consignan que después de la muerte de Madrazo no ha quedado en Madrid un retratista de damas—y pronostican que ese retratista puedo ser yo.

¡Lagarto, lagarto! Otro es mi sueño...

El Imparcial también me dedica un párrafo. Me llama “modesto artista”. ¡Modesto! ¡Rayo! Modesto, no; ¡cargue Satanás con la modestia!

Á la siguiente noche, en la Sociedad, mientras Cenizate me suelta un fogoso abrazo de felicitación, percibo en los demás, y especialmente en los que creía algo amigos míos, una ironía y una sorpresa malévola, gestos impertinentes. En un grupo se dan al codo y ríen; en otro bajan la nariz y se chapuzan en el dibujo. Solano, el impresionista, me vuelve la espalda. No existo. ¿Envidia ya? ¿Envidia de qué? Ellos lo único que deben envidiar es la gloria; eso sí que lo envidio yo, con rabiosos transportes y con respeto fanático á los gloriosos (si es contradictorio, también es verdad). ¿Pero envidiarme el pan, y un pan tan triste? ¡Miseria, miseria, miseria!

Además de la envidia, percibo otra cosa todavía más mortificante, ¡el desprecio!

La simpatía de mis compañeros me animaba. Hoy parece que me miran por cima del hombro; no desdeñan mis aptitudes: desdeñan al tránsfuga, al intrigante.

—No hagas caso—aconsejó Cenizate cuando salimos juntos.—Tonterías. Uno de esos amaneramientos de taller. El estribillo de que para ser artista hay que ser un puerco-espín, hablar en carretero y en chulo, no tratar sino á las modelos. Mejor si te llevan en palmas en los salones y te sonríen las deidades.

¡Este ya se figura!... ¡Otro como Goizán!

La Palma—noto que aquí nadie dice la duquesa de Alba, sino la Alba, la Osuna, la Laguna,—la Palma me acoge con bondad suma, y está muy contenta de su retrato, del parecido, de todo. Su casa es un palacio, en una calle anticuada y solitaria, donde se ignora el ruido de los tranvías. En otras épocas se celebraron allí grandes bailes; ahora sólo tertulias íntimas, tresillos, tal cual comida—según me dice la misma condesa. Ella ha hablado de mí á su círculo, y espera decidir á alguna elegante á que se deje retratar, en cuyo caso me pondré muy rápidamente de moda. Pregunto qué elegantes son esas y en qué se diferencian de las otras damas; si son más bonitas, más ilustres, ó se visten por otro estilo; qué tienen de particular para que si se encaprichan le pongan á uno en candelero. La Palma sonríe; sus ojos azules chispean picaresca é indulgente jovialidad.

—Amigo artista—me dice en su correcto y reposado tono habitual,—no quiero adelantarle á usted impresiones de sociedad, porque usted no es de los que necesitan que les den la sopa con cuchara de bayeta. Me alegraría mucho, por usted, que Lina Moros consintiese; es una hermosura... ya verá usted. Con Lina Moros triunfaría usted en toda la línea. Le conviene á usted retratar de esas bellezas profesionales.

Pedí detalles, rasgos.

—¡Aguarde usted! Si tengo aquí la fotografía.

Quedé deslumbrado. Aunque conozco las triquiñuelas de los fotógrafos de alto copete, y cómo ponen y cómo hacen... lo propio que yo hago, ¡infeliz de mí!, sé también hasta dónde alcanza esa habilidad; sé descontarla. No es mujer, es una hurí. Las huríes me figuro yo que se diferencian mucho de los ángeles: éstos tranquilizan y aquéllas soliviantan. La Palma ve el efecto y me embroma.

—No vaya usted á prendarse; Lina hace estragos...

¡Prendarme! No tengo confianza bastante para explicarle á la condesa mi interioridad en estas materias; lo único que se me ocurre es exclamar:

—La semana que viene espero adecentarme; y entonces, ya que es usted tan bondadosa para mí...

El miércoles pruebo; el sábado me traen sólo el traje de diario y el abrigo, lo que me corría más prisa. Las corbatas, las camisas, ¡maldición! hay que abonarlas al contado. Mi bolsa, escurrida como tripa de pollo. Suerte que la Palma me envía en un sobrecito billetes, el precio de su retrato. Los óleos de los chicos adelantan: van desastrosos... pero, ingreso en puerta. ¿Será verdad que el pan se ha conquistado?

Al retirarme de la Academia me acompaña siempre Cenizate; charlamos de mis esperanzas, y se toma por ellas interés vehemente. Frustrado en cuanto artista (se me figura que no irá más allá de lo que hace hoy, paisajitos grises, con troncos rojos, una lamedura de Haes), teniendo lo suficiente para vivir, porque es económico, ha concentrado en mí la ilusión que tal vez no siente ya por cuenta propia. Un modo de engañarse á sí mismo como otro cualquiera, el imponer en cabeza ajena los sueños. Ello es que Cenizate se pelea desesperadamente por mí, defiende mis pasteles—que atacan sin haberlos visto—y se pasa en mi taller las horas muertas forjando planes y enunciando hipótesis. “Has de tener que abrir las ventanas para que se vayan los perfumes de tanta cliente...” Todo el mundo me envuelve en perfumes... y aquí no huele sino á carbón de cok y á colillas de cigarro. Ayer, por la tarde, subió con un recado la portera, y Cenizate saltó: “La señá marquesa de Regis, por el teléfono, que cuándo podrá el señorito pasar por su casa...” ¿Marquesa de Regis? No sé quién es... Buenos oficios de la Palma, ¡de fijo! “¿Lo ves?”, repetía Marín. Por la noche, en el café, viéndome en un instante de abatimiento, me interrogó:

—¿No estás contento, ahora que los peces pican?

—¡Contento! Lo estaré así que me vea por el mundo adelante, metido en harina de verdadero trabajo. No cuentes en la Sociedad ni esto; sobra con la batahola de los periódicos. Solano es capaz de escupirme á la cara...

Cenizate se encogió de hombros, repitiendo: “¡Solano, Solano!...” en tono de mofa. Entró un chiquillo, uno de esos golfitos, industriales al menudeo, y se nos arrimó insinuante. Creí que iba á ofrecernos fotografías libidinosas. No; eran tablitas procedentes de cajas de puros, donde una mano febril había indicado, á manchas de abigarrados colorines, un árbol, una casa, una pared sevillana con azulejos y tiestos, una cabeza de chula con orejeras de claveles.

—Dos pesetillas, señoritos... Pintás á la mano, firmás... Pá adornar la sala, señoritos...

Mi amigo me agarró del brazo riendo con maligna satisfacción, señalándome á la “firma”, una T gótica.

—¡De Solano!—exclamó.—¡Que sí, hijo, que las conozco á la legua! Se embadurna tres ó cuatro en otros tantos minutos todos los días, sin firma, con esa T que significa Trigo... y tiene infestados los cafés, el Rastro y la calle de Alcalá... ¡Y el tupé de torcerte la cara á ti porque retratas marquesas! ¡Es un fantoche! Y no llega: te digo yo que no llega. No tiene miaja de talento, y muy mal gusto: ¡un cursi, un cursi!

Me puse encarnado y compré sin regatear la media docena de tablas al chiquillo. Que viva Solano, porque—aunque no lo crea Cenizate—él mendiga más altivamente quizás que yo. Tiende la mano en la calle, yo en los palacios.

Estreno mi ropa. ¡Parezco otro! Voy á casa de Regis. La marquesa, señora á la antigua, madre de familia cariñosa, quiere un retrato de la mayor de las muchachas, guardar el recuerdo de cómo era antes de casarse—la boda está fijada para la primavera.—Pastel género romanza de Tosti: traje rosa, escote virginal, bandós Cleo, rostro inclinado á la derecha, sonrisa cándida. Ventajas: la señorita vendrá á mi taller con la miss, y la despabilaré en dos sesiones, y podría en una, porque esto es coser y cantar; pero desmerecería; lo creerían demasiado fácil. Y adivino la escena: reunión de familia admirando la “preciosidad”, apretón de manos del padre, felicitación y palmada en el hombro del novio, marco Luis XVI, pago á tocateja. Por teléfono: la Palma; ¡Lina Moros consiente! Pero esta semana, imposible; dos comidas de Embajada y Legación, acostarse tarde, cansancio... Y la semana que viene, pruebas en la modista, baile en casa de Camargo... Ya me avisará—Con mi facultad de leer entre líneas, descifré de corrido: “hacerse valer un poco; no se le abre á la gente la puerta así de golpe”. Y experimento de antemano hacia la beldad una prevención hostil, una antipatía nerviosa, complicada de atracción. Sus líneas me incitan á estudiarla; su carácter... ¿qué sé yo? ¿ni qué me importa? Otro hombre, sobre tal base, tendría la mitad del camino andado para enamorarse como un pelele.

Minia me llama por teléfono. Bajo al prosaico despacho de aguas minerales, que parece una zahurda, y comunico, después de bregar cinco minutos con las telefonistas.

—¿Oye?

—Oigo.

—¿Sabe que La Época ha vuelto á dedicarle un buen retazo de Ecos?

—¿Sí? Lo deploro. Yo ahora quiero cuartos; fama no, no.

—Es lo mismo para el caso. Un periódico de allá, de la región, también habla de usted.

—¡Sea por Dios!

—Hay además para usted dos recados, y con apuro. Esto va más aprisa de lo que creíamos: viento en popa. Dice mi madre que esta noche tenemos... Aquí un mosconeo en el teléfono, envolviendo el nombre de platos clásicos en la tierra, y la invitación adivinada.

—Iré, iré, y así me enteraré de los recados.

Dos retratos más: el de la vizcondesa viuda de Ayamonte, el del menorcito de los niños de Fadrique Vélez... Nombres de ruido sonoro, que parece que acarrean historia.

—Como no saben sus señas—advirtió Minia—preguntan aquí; en este papelito encontrará usted la dirección de ambos clientes, para que con ellos se entienda usted. ¡Lleva usted trazas de hacerse de oro! Hablan de usted en el foyer del Real y en las tertulias. Ayer, en el te de casa de Camargo, en dos ó tres grupos era usted el asunto predilecto. Las sensacionistas, que corren tras la mariposa de la novedad, van estando pirradas por conocerle á usted.

—Si ven mi taller, salen pitando.

Esta idea me tuvo desvelado toda la noche. Me revolvía en la cama furioso, al observar cómo mis actos se acompasan servilmente á la marcha de la realidad, mientras mi espíritu sigue abrazado á la Quimera. En teniendo mis cuatro ó cinco retratos al mes para vivir, debiera bastarme y consagrar todas mis fuerzas á lo íntimo; y he aquí que en mi cerebro, excitado por el insomnio, danzan y contradanzan proyectos inspirados por lo que viene de fuera; mejoras en mi instalación, en armonía con los gustos y las exigencias de esa multitud que va á echárseme encima, y que al proporcionarme recursos me impone desembolsos. Los recursos por ahora son semifantásticos, y lo otro urge.

Recorro con Cenizate algunas tiendas de anticuarios. Llevo una lista de lo más apremiante.

Sofá (Luis XVI ó Imperio).

Dos sillones (ídem).

Un tapiz para el suelo.

Un mueble que sirva de escritorio.

Un par de taburetes ó sillas bajas.

Después de mil regateos, y á plazo de mes y medio la cuenta (sin garantía alguna: estos anticuarios parecen confiadísimos), me decido por dos fraileros, cuatro sillas de laca y seda brochada, un canapé Imperio, una alfombra pequeña y viejísima, pero de colorido grato, un contador italiano aparatoso—falso quizás,—dos ó tres Talaveras recompuestos, un arcón tallado, basto, que me servirá de carbonera. Todo ello, cerca de dos mil pesetas. Probablemente me han trufado; entiendo poco de regateo, y Cenizate menos, á pesar de sus alardes de inteligencia y sus reiterados “con esta gente hay que ser muy escamón... Entre gitanos... No te fíes...” El engaño no me importa; lo malo es que actualmente no tengo un real, y sacar de la yema de los dedos tantas pesetas se me figura imposible.

Llegan las adquisiciones. La secatona portera, á quien tengo solícita á fuerza de chorrear propinas, las acomoda á mi gusto, arregla, barre. El camaranchón se transforma. Con mis estudios y bocetos, sujetos por tachuelas, alegrando la pared; con la guitarra y los palillos en panoplia; con los cuatro trastos antiguos, bien agrupados, formando un rincón caprichoso que no me canso de mirar, esto es ya nido de artista. Salgo, me lanzo á la calle del Caballero de Gracia y compro una palmera y una camelia en flor. Es el toque que faltaba. Y aviso á las de Dumbría, que vengan á admirar...

Minia y su madre, que me inspiran una especie de culto, á veces me exasperan: me entran tentaciones de contestar desagradablemente á lo que me dicen. Noto esta propensión desde que estoy en Madrid, y no la pude reprimir cuando se resistieron á aprobar mis gastos.

—Sillas, bueno; pero sillas de á diez pesetas—declaró la baronesa.—Así nunca tendrá usted un fondo para un imprevisto.

—Se ve que no quiere usted ser libre y dominar al destino—advirtió Minia.—No me alarmaría este mueblaje, si no revelase su adquisición que no tiene usted paciencia para esperar á ver reunido el dinero. Derrochando, se ata usted de manos y pies. Lo que nos hace dueños de nosotros mismos es la moderación en los deseos, y mejor si se pudiesen suprimir. Es la filosofía de la pobreza franciscana, que va segura y posee el mundo.

Lo que me irrita es justamente la conformidad de estas ideas con las mías; con las mías íntimas, y que no practico porque no puedo. No hay cosa que nos fastidie, á ratos, como encontrar encarnado en otra persona el dictamen secreto de nuestra conciencia. Ante Minia, me avergonzaré de mis pasteles comerciales, como de una desnudez deforme. Su mirada, á un tiempo llena de serenidad y de incurable desencanto, es un espejo donde me veo... y me odio.

Esto se formaliza. Á mi taller, ya amueblado con cierta coquetería, me atrevo á citar á los parroquianos; ¿vendrán? Por ahora se resisten. El menorcito de Fadrique Vélez es un querubín: me han contado que es fruto de amor, no de la coyunda, y en una familia contrahecha y esmirriada, forman extraño contraste su gallarda figura, sus bucles rubios y su tez de madreperla. Le retrato vestido de terciopelo azul, cuello de encaje de Irlanda, tirabuzones á lo Luis XVII... La madre, que no se aparta de allí mientras trabajo, se extasía y devora con los ojos al retrato y al modelo.

La Ayamonte es la primer alta señora que consiente en acudir á mi casa. La propondré sesiones cortas y más numerosas; si no, cree el buen público que esto se hace como buñuelos... y lo peor es que acierta. Además, he de reservarme horas para mi dibujo y mis estudios de óleo.

Una modelo nueva—he despachado á la del corsé feo; la he estrujado ya hasta el alma... que no tiene. Me queda de ella un estudio mediano: Ajustando el corsé;—¿qué más había de quedarme?

La de ahora no gasta corsé. Gitana—auténtica,—y veinte años. Tipo de raza admirable. Pelo azul, aceitoso, mordido por peinetas de celuloide imitando coral; tez de cuero de Córdoba—negra soy, pero hermosa, hijas de Jerusalén;—dientes de chacal joven; nariz y labios de escultura egipcia; y, como está fresca aún, senos parecidos á dos medias naranjas pequeñas, bruñidas por el sol.

Cualquier combinación con esta zíngara hace asunto. El pañolito de espumilla y el mazo de claveles tras la oreja; la montera y la chaqueta del torero; el cigarro entre los labios; sobre todo, la tela de seda rayada, amarilla y marrón, imitando el tocado de las esfinges, con el cual, su perfil adquiere la nobleza de lo secular y primitivo, la precisión del camafeo; sus ojos se ensombrecen.—¡Pobre Churumbela! (la llamo así).—Cuando yo fije, en pedazos de lienzo ó de cartón, todos los aspectos de su típica figura y los clave en la pared, como el entomólogo sus colecciones, me aburrirá. Es muy pedigüeña, muy lagotera, y siempre la manía de decir la buenaventura, y de pronosticarme fortunones y noticias felices que van á yegá po el correo.


Enero.—Más recados. El teléfono de Dumbría y el de Palma empiezan á activarse para mí. De esta semana saldrán diez ó doce encargos por lo menos. La Ayamonte viene; ¡al fin pisa mi taller una de las consabidas y esperadas deidades! Se lo agradezco tanto, que me propongo esmerarme en su efigie, y así se lo digo en términos penetrados de agradecimiento entusiasta. Aun no he acabado de hacerlo, cuando me pesa; conozco que acabo de dar base á una situación embarazosa.—¿Embarazosa? ¿Por qué? En fin, tonterías...

La Ayamonte es viuda, acaudalada, libérrima; parece contar de treinta y seis á treinta y siete años. ¿Fea? ¿Guapa? Al pronto, insignificante. Fijándose (como tiene que fijarse el retratista para sorprender lo que late en la fisonomía), produce impresión; atrae. Es descolorida, y cuando se emociona aun se pone más pálida; los ojos, pardos; el pelo, que ha debido de ser rubio, ahora es de un castaño muy suave, apagado, sin ondulaciones, fino y limpio, revelando el esmero de la mujer cuidadosa. Viste bien, pero la falta chic. (El chic lo adivino yo; tengo ese don fatal de inclinarme al chic, y á la vez lo detesto, porque el chic es la mueca de la belleza.) Pero lo que me llama la atención de esta mujer, que á primera vista pasa inadvertida, es que encuentro en su cara la misma expresión que en la mía, lo cual crea una especie de semejanza.

Nadie notará este parecido, que no está en el dibujo ni aun en el color; yo, sí. Con la imaginación, la corto el pelo y se lo revuelvo como el mío; la aplico un bigotillo rubio, vandikista, sobre el labio superior; la enjareto una blusa... y se me figura un hermano—mayor ó menor ¿quién sabe?—porque las mujeres vestidas de hombre rejuvenecen, cuando no son del todo viejas. Así la fantaseo... mientras pongo sobre el papel gris las primeras placas de color.

Si en vez de escribir este libro de memorias hablase con alguien, miraría lo que dijese, no me llamaran fatuo. Aquí, ¿qué más da? Me confieso conmigo mismo.

La mujer es un peligro en general; para mí, con mis propósitos, sería el abismo. Por fortuna, no padezco del mal de querer. Hasta padezco del contrario. No hay mujer que no me canse á los ocho días. Cuando estoy nervioso me irritan; las hartaría de puñetazos. ¡Concilien ustedes esto con mi cara soñadora y mis ojos llenos de vaguedad romántica, que tantos timos han dado involuntariamente! Lo malo es que no doy el timo sólo con los ojos; lo doy, sin querer tampoco, con la voz, con el gesto y con la frase. Y estoy notando el efecto, y pienso que no es un proceder honrado, y sigo adelante, y recargo la suerte... Fatalidad, ya irremediable. No lucho; ¡á luchar, lucharía para no disolverme en los crueles brazos de la Quimera!

Cuanto más tierno é insinuante me pongo al exterior, más crudas se alzan en mi interior las protestas de mi desdén hacia ese instinto natural que, convertido en ideal, tanto disloca á la especie humana. ¡Darle á eso trascendencia, existiendo el arte!

Al caso: la Ayamonte, desde las primeras palabras que hemos cruzado, comprendo que se ha conmovido algo por mí.

¿Hay tonto que no se dé cuenta de estas cosas? ¡Bah! Trasparente es el vidrio, el agua, los tules... Más transparente un alma de hembra. Nunca he dudado; equivocarme... raras veces. Por lo mismo que no me importa, que no me ciego, adivino, adivino... Hasta he solido prever cómo va á desarrollarse todo; qué trámites mediarán, qué incidentes, qué bordados llevará la orla. Lo cual me enfría más aún. Y miro á la Ayamonte, y siento de antemano el tedio de lo ya conocido; y ella nota que la miro—de otra manera que como se mira para retratar,—y absorbe en mi mirada qué sé yo cuántos quintales de ilusión...

El retrato es de tres cuartas partes de cuerpo; más bajo de las rodillas. Discutimos el traje, la posición, mientras yo descanso de haber indicado ligeramente la cabeza. Convenimos—con efusión de temprana complicidad—en que retrataré despacio, despacio... La Ayamonte me ruega que no la avise ningún miércoles; es el día que almuerza en casa de su hermana la señora de Mendoza; ni ningún viernes, es el día en que saca á paseo á la sobrinita, una criatura de diez y siete años á quien tendré que retratar. ¿El traje? ¿Terciopelo negro, raso gris, chiné rosa?

—¡Qué colores para usted!—grito desesperado.—¿No tiene usted algo crema... algo marfil?

—Marfil, marfil... Sí, un traje de verano, con mucho encaje y moños de cinta nacarada.

—Ese. Y perlas.

Á la segunda sesión, envía una cesta; dentro, el traje. Las perlas las trae ella misma, en su bolsa de brochado. Pasa á vestirse á un cuarto que he habilitado para tocador... de cualquier modo, ¡buen tocador te dé Dios!—Polvos, horquillas, y sobre una mesa de pino, un espejo de siete pesetas... Tarda poco: no es mujer de coquetería; cuando se presenta en el taller, la felicito, y empalidece.

El conjunto me satisface: los tonos marfileños de la piel los suavizan el encaje, y la carlanca, de perlas redondas y menudas; el pelo liso es una nota intensa y dulce; las manos, admirables, de un dibujo perfecto; y al considerarla atentamente, así en conjunto, comprendo el interés de su figura, la expresión apasionada y soñadora de los ojos y los labios. ¿Mentirá esta cara, como miente la mía?—Dentro del género, este retrato puede ser más que los otros; ¿por qué no intentar que resulte algo delicado y serio? Trabajo, pues, con empeño, guiñando los párpados, alejándome, acercándome, reposando y conversando. La voz de la Ayamonte es simpática, afectuosa, algo velada; la emoción la enronquece en seguida; su conversación revela cultura extraordinaria en mujer, hasta sensibilidad artística; advierto que es la suya una organización fina y nerviosa hasta lo sumo.—¿Se parecerá en esto también á mí?

—¿Señora, no ha notado usted que... es ridículo, no se burle... que hay una vaga semejanza entre la expresión de su cara y la mía?

—Quiera Dios, en favor de usted, que sólo en eso nos asemejemos—contesta con calma triste.

—¿Tan mala es usted por dentro?

—Mala... no. Malaventurada.

Pausa.

—¿Malaventurada...?—repito mientras empiezo á indicar muy en esbozo las tintas amarillentas del blando y rico encaje, para entonar mejor después el rostro.

—...ísima—afirma sonriendo un poco.

No me resuelvo á insistir, y la miro, vertiendo mis pupilas en las suyas. Se demuda, se estremece. Visiblemente se ha estremecido.

¿Qué haré? ¿Seré tonto si cuando se levante para mirar el retrato no la paso el brazo por el talle, ó más bien la tontería consiste en meterme en la camisa de once varas del galanteo?


La Ayamonte me avisa que está algo indispuesta y no vendrá en unos días. Acuden otras señoras, sin preocuparse de la calle; no he notado más síntoma de aprensión en ellas sino que al apearse del coche (lo he visto por la ventana) se remangan mucho el traje y pisan con melindre.

Emprendo la cromotipia de la Sarbonet, una regordeta campechana, teñida de caoba; en realidad, lo que quiere retratar es su abrigo, de chinchilla y armiño verdadero. Tantos pellejos dan unas notas bonitas al lado del raso fofo, á ramos, del traje, y saco de esa mujer vulgar un pastel de los mejores, en el cual hay algo de brío. Me siento de buen humor; tomamos confianza. La Sarbonet descubre el retrato empezado de la Ayamonte, y me cuenta mil chismes. La conoce desde pequeña.

—Pretenciosa, espiritada, romántica... La ha educado del modo más estrafalario su tutor...

Aquí, tos afectada.

—¿Tutor?—repito para estirar una lengua que no lo ha menester.

—Tutor, padrino... ¡qué sé yo! El famoso Doctor Luz, D. Mariano; el último figurín de la medicina, el que nos trae las novedades de Alemania. Á mí me quiso curar la jaqueca con masaje... No se ría usted, ¡qué guasón! Si no amasa él; si envía una amasadora muy borrica, que le pega á uno cada cachete... En fin, que el doctor era el amigo de la casa, que asistió á la madre de Clarita en el parto, de resultas del cual murió; que apadrinó á la chica; que, según dicen, ayudó á salvar la fortuna, algo comprometida por las tonterías del Coronel, el... papá, que, por fortuna, también se las lió pronto; y lo cierto es que Clarita tiene una posición excelente.—Sólo que, ¡la educación! Aquella cabeza es una olla de grillos; tantas cosas raras aprendió... Leyó cuanto quiso, estudió extravagancias... pero...

Mohín púdico, que le cae á la Sarbonet como á un galápago una mitra.

—Pero... corrección... y religiosidad... ¡ni pizca! ¡Más shocking!

Cambio de frente, inspirado por la cara que yo debía de poner:

—Y... ¿quién la arregló el traje? Ella no sería: se viste como una portera...


Ya voy teniendo en mi taller, no sólo á los que se retratan, sino á algunos curiosos, aficionados, inteligentes, ociosos, flanistas, cronistas, clubistas. Vienen desperdigados; no tertulian. Desde el primer día he establecido rigoristamente que si hay una señora retratándose, no se pasa. Los encargos arrecian; he abierto un libro con fechas, plazos, indicaciones. Á no ser así, no me entendería.

Ello es verdad, este caso inverosímil ocurre; me he puesto de moda en un par de meses, y llevo camino de que se me disputen, pues ya comienzan los recaditos avinagrados, las esquelas imperiosas, los gritillos nerviosos, por teléfono, que indican la exasperación del deseo. “¿Qué dice? ¿Que no puede hasta dentro de dos semanas? ¡Pero si para entonces tengo que irme á Sevilla! Ahora, ahora mismo”. Según creen personas expertas, no deja de contribuir á este apuro el rumor de que voy á subir los precios. Noto que en Madrid la gente, al abrir el portamonedas, hace un esguince involuntario. Es que la vida moderna entra aquí con sus exigencias y refinamientos, y no encuentra preparados ni los bolsillos ni las voluntades; se ha trabajado poco, se ha vegetado entre orgullo é inercia, esperando quizás estacionarse en el período de la alcarraza y el coche de colleras, mientras en Europa se multiplica el goce y los automóviles echan demonios; las fortunas aquí deben, pues, de ser mediocres, y, en general, desproporcionadas con la posición y las ansias de confortable. La gente vive de pantalla: palcos, coches, trapos quizás, y lo que no tiene que ver con esto (mis pasteles, verbigracia) es un renglón extraordinario... Total, que me asaetean á prisas, por si subo. Total, que debo subir.

No por eso espero mejorar mucho mi situación económica. He cobrado dos ó tres retratos ya, he dado un ten-paciencia á los anticuarios y estoy con el agua al cuello. Aún no he podido abonar la factura del sastre, que ya me la ha presentado políticamente una vez; las cuentas de carbón y plaza, administradas por la portera, hinchan, hinchan; el de la tienda de marcos también echa sus indirectas; y hay mil imprevistos, y el segundo plazo de la venta de mis cuatro terrones aún falta tiempo para que llegue á mi poder. Y entretanto mi estudio se ve visitado por gente de buen tono; á veces me deslizo á ofrecer una taza de te incorrectamente servida, cachifollada, entre el revoltijo de los lápices, los bocetos, las paletas cargadas y las cajas de colores; me han invitado á algunos saraos; no he ido, tengo pocas ganas—y evitaré prodigarme y ser pintor faldero, al menos en este respecto...—¡Ah! el mote de pintor faldero sale de la Sociedad de Acuarelistas, donde cada vez soy más impopular; los bombos de Monteamor en La Época me cuestan ver muchas caras de cuerno y muchos gestos burlones. Por Cenizate sé lo que de mí se murmura. Nunca seré nada; no tengo de talento ni tanto así; soy un adulador, un degradado; me ensalzan porque intrigo, porque mi tipo afeminado encapricha á las señoras—á las bribonas, es lo literal;—sigo la brillante carrera de retratista guapo... etcétera.

Nadie se acusa con mayor severidad que me acuso yo; pero, al fin y á la postre, cuando me azotan así, es cuando me sublevo. ¿Qué hicieron ellos, vamos á ver; qué hacen, qué harán? ¿Se nos prepara una nueva generación de gran altura? ¿Dejan tantas obras maestras las Exposiciones? Ellos y yo, por ahora, garrapateamos, manchamos, tanteamos... Acaso ellos, en mi pellejo, descubierto este filón de los retratos fáciles, no continuarían abrasándose, como yo, en el ansia devoradora de lo otro...

Al enterarme de estas chismografías bohemias, no pegué ojo en toda la noche; me levanté temprano, con el estómago revuelto, amarilla la tez; me parecía tener calentura; di orden á la portera de que despachase á todo el que viniese, diciendo que me encuentro algo indispuesto y no puedo recibir—á pesar de ser el día en que me pide otra vez sesión la Ayamonte.—Y, dominando un jaquecón que me parte las sienes, atiborrándome de te, con el pulso temblón, vuelvo de cara á la pared los retratos empezados, sin precauciones para no borrarlos, y cogiendo un lienzo, armando mi paleta, empiezo á bocetar un cuadro al óleo—Recolección de la patata en la Mariña.

Este cuadro puedo decir que lo tengo en apuntes, en notas tomadas directamente, aldeanas. Al volver á verlas, después de tanto tiempo y tan lejos de donde las recogí, ¡qué alegría!—me parecen fuertes y sinceras. La vieja que se cubre con el paraguas de algodón azul; la mozallona que se inclina al suelo marcando sus groseras formas; la otra labriega, niña y rubia, figurita mística quemada y curtida ya por el sol y la labor; y sobre todo, el paisaje, un paisaje sin engañifas ni trapacerías; el terruño bermejo, craso, destripado por el azadón y enseñando sus riñones, las patatas; allá en el fondo, el cómaro que limita el predio.—Y los colores chillones de las ropas, y el verde insolente de la vegetación, y el cielo brumoso—y la augusta verdad. Me embriago componiendo, olvido las mezquindades ajenas y propias; el cuadro adelanta; me parece que lo saco de mis entrañas; lo besaría.

Á las doce, la portera me sube un par de huevos estrellados y un chorizo frito.

—Déjelo usted ahí...

Ni lo miro. Incansable, continúo. Una contracción del estómago, una onda de saliva en la boca, me avisan de que la bestia pide su ración. Trago los huevos fríos (¡están atroces!), y vuelta al cuadro. ¡Es que sale bien de veras! Á las dos, la velada voz de la Ayamonte en la antesala:

—¿Que está enfermo?

—No, señora; un poco indispuesto ná más... Se ha acostao.

Y la voz, enronquecida:

—Si se empeora, avíseme, calle... número... Anochecido, volveré á preguntar.

¡Al diablo! Á mi recolección de patatas. Sin moverme, he pintado desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde; y ya no veo, siento vértigo, me duele todo; pero el cuadro está ahí, planteado, completo, faltando únicamente pormenores de ejecución. Me enderezo; las piernas me tiemblan; obscurece ya, y tambaleándome me dirijo á mi alcoba, me acuesto, me arropo con el poncho, y, sin transición, me quedo dormido con sueño profundísimo, de piedra.

¡Las diez de la noche! Duermo ha largo tiempo. Despierto aturdido, en la obscuridad. Doy luz eléctrica, y miro el reloj. Alboroto á la portera.

—Pronto, algo de comer... Al café de más cerca... Chuletas, magras, tortilla...

—Esa señora, la el retrato, dos veces ha venío á preguntar...

Una esquela á la Ayamonte, para fijar sesión. Que la lleven mañana temprano. Devoro la cena con placer de cerdo; me acuesto, lastrado, y otra vez el sueño brutal, abrumador, como un mazazo. Esto ha sido una orgía nerviosa, y claro, al salir de ella, la sedación se impone.


Febrero.—¡Incidente! La Ayamonte acude puntual al otro día, á las dos y media, á pesar de que hace un frío espantoso y cae una ligera nevada.

—¿Cómo ha atravesado usted? Caliéntese esos piececitos... Prolongaremos la sesión, porque hoy no vendrá, de seguro, nadie más que usted. Las demás modelos, con este día, y atravesar á pie la calle de Jardines...

Lo que he dicho es casi una inconveniencia. Lo noto, porque la veo fruncir el ceño; sus pupilas se llenan de sombra. Viene envuelta en pieles: jaquette de nutria, abierta sobre un corpiño de raso negro; boa muy largo, manguito enorme.

—¡Por Dios! No se vista hoy, señora—murmuro para hacer olvidar mi tontería.—Se agriparía usted otra vez. Estudiaremos las manos. ¿Me permite usted que?...

Avanzo y se las coloco; á mi proximidad la veo conmovida, y escucho distintamente, al través del raso, el salto impetuoso del corazón.

—Vamos, ya está... Me quiere...—pienso con marmórea indiferencia.

Y, en alto, la sarta de imbecilidades:

—Descansemos. Hablemos un momento... ¿Verdad que usted me lo permite? Tiene usted una mano divina.—En vez de besarla, me bajo y rozo con la boca la frente descolorida, tersa, el lacio pelo.

Primero, el movimiento instintivo, sin cálculo, de echarse atrás; luego, una sonrisa de resignación, aceptando probablemente la fatalidad de que el sentimiento haya de concretarse en el gesto eterno, monótono, sin diferencia ni respeto á la categoría de las almas. Yo, que por lo mismo que no siento hondo soy apremiante, nada trovador, veo la sonrisa, sé comprenderla, y adopto una actitud en que hay respeto y arrullo: medio sentado, medio inclinado, la rodeo el talle con un brazo, y mi mano busca el calor y la suavidad de la nutria. Acaso el contacto con la densa piel del animal es lo único que me produce grata sensación. Por lo demás, empiezo á encontrar que todo esto es ridículo, y que lo mejor sería estudiar las manos concienzudamente. Mientras discurro así, conservando mi dura lucidez, la rutina me obliga á murmurar al oído de Clara cosas tiernas, los inevitables “¿Verdad que tenía que suceder?”—los “¿Á que no te lo figurabas cuando entraste aquí?” La chubersqui, mal arreglada hoy, calienta poco; y el frío que me engarrota bajo la blusa de dril, es lo que me impulsa á acercar la cara á otra cara fría también como el hielo, y por la cual veo, con asombro, deslizarse despacio, glaciales, perlinas, dos lágrimas.

Con un movimiento de desagrado, compruebo en mi interior la extraña impresión de siempre: el instintivo desprecio hacia la mujer que se me rinde. ¿No hay en esto algo de anormal, no es una inferioridad de mi alma?—¿Ó es que me ha embrujado, al nacer, la celosa Quimera?


La Vizcondesa de Ayamonte, al Doctor D. Mariano Luz Irazo, en Berlín.

Madrid.

Padrino mío querido: ¿á quién sino á ti ha de volver los ojos la pobre Clara, cuando se ve otra vez envuelta, arrebatada por lo que tú llamas mi huracán?

Bien sabes que no tengo á nadie más, padrino. Y mira si es triste repetir esta verdad, al punto en que el huracán sopla y me lleva en volandas. Los condenados por pasión, en el remolino del Infierno de Dante, van siquiera dos á dos, eternamente enlazados; á fe que eso sólo convertirá el infierno en cielo. ¡Ay del que gira y gira suelto, á incalculable distancia de quien debiera ser su compañero hasta más allá de la vida terrestre!

Veo desde aquí la cara preocupada y ceñuda que pones. Ahora te explicas por qué he dejado pasar tres ó cuatro semanas conformándote con postales lacónicas como telegramas. Padrino: aunque te quiero más y de otro modo que á un padre—¡ya lo creo! ¡con qué padre se tiene semejante confianza!,—y á pesar de todas tus doctrinas, experimento siempre confusión, sobre todo en los comienzos, mientras dura la penumbra y la indecisión del amanecer, y me da á un tiempo alegría y pena que te enteres, con encontrarme segura de tu indulgencia admirable de filósofo y de tu cariño infinito, tan probado.

¡Cuidado que te debo favores en este mundo! Déjame que los recuente: si no es por agradecerlos, no: si es por acariciarme el corazón con la memoria de que alguien me ha querido de veras y me seguirá queriendo sin cambio ni tibieza posible.—Si la desgracia de quedar huérfana tan temprano pudiese compensarse, me la hubiese compensado tu abnegación. Al principio dedicaste toda tu ciencia—¡mira si es dedicar!—á robustecerme: tuviste que pelear como una fiera, mejor dicho, como un héroe, con mi delicadísima complexión y mi propensión á recoger el contagio ó el germen infeccioso que pasase. ¿Te acuerdas de mi ataque de angina diftérica? ¿Querrás creer que constantemente te veo inclinado sobre mi camita, como eras entonces, con la tez morena, las barbazas negras, el pelo revuelto, negrísimo también, la frente pequeña, que ya surcaban precoces arrugas? ¡Ahora ha nevado sobre tu frente inteligente, y estás más simpático aún, padrino!

En aquel tiempo eras joven. ¿Por qué no te casaste? Nadie me quitará de la cabeza que por mejor consagrarte á mí. Al mismo tiempo que tratabas de formarme una sangre rica, unos pulmones anchos, me cultivabas—¡con qué precauciones de floricultor!—el entendimiento. Sin sujetarme á promiscuidades de colegio, enemigo de conventos, me educabas en casa, trayéndome aquella governes, la célebre y buena Miss Butter (á la cual ni tú ni yo reconocíamos la menor autoridad pedagógica), sólo para que me custodiase, á estilo dueñesco, cuando me daban lección profesores varones, escogidos. Y después de las lecciones, tú charlabas conmigo, me metías libros en las manos, me los quitabas apenas creías que me fatigaba la lectura; me llevabas á jugar en el Retiro, al concierto. El método lo aborrecíamos. Me decías tú:

—El estudio es igual que la comida. Si el estómago no está preparado, no apetece, no secreta el juguito que lo dispone á la función... se indigesta lo que se come.

En cambio, no me pusiste trabas ni antiojeras. ¡Qué de cosas aprendí, al correr de mi capricho, tan diferentes de las que suelen formar “la educación de las señoritas!” “Nada de método”, repetías. “Tú no has de seguir carrera; sólo necesitas conocimientos varios, útiles, hermosos, para que te sazonen el vivir y te afirmen la razón. No me he de meter yo en acotártelos. Tu instinto es buen guía, porque tienes mucho pesquis, Clara”. Pesquis yo, ¡pobre padrinito!...

Y toda esta independencia intelectual que me otorgaste, unida á solicitud incansable para facilitarme el aprender; á cuidados exquisitos para crearme “un cuerpo y una cabeza”... ¡la frase es tuya!—quisiste que la disfrutase igualmente en el terreno material; te volviste por mí lo que jamás has sido, hombre práctico y calculador; defendiste con dientes y uñas, hecho un curial, la herencia embrolladísima y casi perdida de mi madre, y me la sacaste á flote; y... vamos, ¿crees que no lo sé? ¡Si entre tú y yo no hay nada secreto, Doctor del alma!—Para ir colocando á interés los réditos de mi hacienda, con tu noble trabajo de gran médico sufragaste los gastos de la casa, los míos personales... ¡Ni en un ochavo se mermó mi caudal! Por ti me encuentro rica. Y mira si estoy convencida de tu ternura, que no me pesa ese beneficio que te debo. Me has enseñado que en materias de dinero la delicadeza es un grado de la moral, y el grado superior la supresión de la idea misma de delicadeza por el cariño. El tuyo, ¡tan puro, tan santo!, se ha revelado para mí en ese aspecto más. Mientras yo viva, no tengo hacienda: la tenemos. Pero no alimento esperanzas de darme nunca el gusto de corresponderte en este particular. Acuñas mucha moneda con esa sabiduría portentosa; y aunque derroches en suscripciones, libros, aparatos y viajes á las clínicas, siempre te sobra para traerme finezas caras de París.

Mira: donde he visto más de relieve el alcance de tu bondad para mí, no es en ninguna de estas cuestiones... Es en algo tan íntimo y tan singular, que sólo de ti para mí puede conferirse, porque nadie, ¡nadie! sería capaz de entenderlo, de interpretarlo con la elevación en que tú lo colocas... ¿Verdad que ya adivinas?

Mientras duraron mi niñez y mi primera juventud, me diste enseñanzas que revestían la sinceridad de la ciencia; y aunque no me mantuviste en ridículos y pueriles errores, por tal arte supiste respetar mi pudor, que mi imaginación se conservó limpia: más limpia acaso que la de muchachas á quienes se pretende rodear de misterios y mentiras ñoñas. Entretenían mi imaginación tantas cosas; me distraías tanto, estaba yo tan fuerte y tan alegre.—Por experiencia he sabido lo que es la vida blanca. Padrino, es muy bonita. Huele bien; huele á los ramos de violetas y reseda que me ponías sobre el tocador.

Recordarás cómo se arregló mi boda en la playa del Sardinero. No tenías tú gana ninguna de que me casase tan pronto; pero la parentela de mi madre, las tías San Benedicto, Teresa Vegarica, puede decirse que me llevaron de la mano al ara para unirme á mi primo Víctor Ayamonte. Lo del parentesco era lo que á ti te escocía más; confesabas que el primo reunía condiciones: gallarda figura, caudal bastante, carácter agradable y franco, vicios ignorados... “Pero, si tuvieseis hijos, el parentesco puede jugarnos una partida serrana...” En fin, con tu espíritu de respetar las decisiones ajenas, no te opusiste cerradamente, y yo fuí al altar gustosa, lisonjeada por el novio simpático y fino, que me envidiaban todas;—sin poner más condición sino que tú seguirías viviendo conmigo. Recordarás cómo se opusieron las necias de las tías; vamos, que armaron una gresca y soltaron unas pullas... ¡Brujas más raras! Y yo empecé á entusiasmarme con Víctor cuando exclamó: “Déjalas, primita, déjalas. ¿Quién va á gobernar en nuestra casa, ellas ó tú? Mándalas á freir espárragos. Eso de que la parentela se meta á disponer en lo más íntimo, sólo en los dramas se ve... El padrino ¡vaya! habitará con nosotros. Haré excelentes migas con el padrino”.

Recapacitando, yo afirmaría que los dos años escasos que duró mi matrimonio fueron felices. No hubo tiempo de que se acusase la profunda, irreductible diferencia de aspiraciones entre Víctor y yo; no hubo tiempo de que su afición al bullicio y su ligereza le apartasen de mí. En treinta meses sólo vi su amenidad de trato, su gracia de pájaro, su inagotable buen humor. Me trataba amigablemente; quería llevarme consigo á todas partes. Á ti te respetaba y te profesaba una deferencia y una fe que le ganaban, si no mi corazón entero, mi simpatía. Su hermana Adolfina, la hoy señora de Mendoza, era para mí una amiga; y sabes que todavía lo es: amiga superficial, amiga que no me pesa... Gentes así no marcan huella en el suelo. Las envidio. Conservo de Víctor el recuerdo que se tiene de una visita grata, en que no nos hemos aburrido un minuto, sin conmovernos un instante; su muerte fué la única impresión honda que de él he recibido. ¿Qué tendrá la muerte, padrino, que así lo solemniza y lo engrandece todo?

La de Víctor fué trágica; tragedia sencilla, de la realidad, pero que no por eso dejó de abrir surco en mí; según tu parecer, hasta trastornó mi equilibrio... ¿Te acuerdas? Todas las tardes salíamos Víctor y yo á pasear en coche; él guiaba. Aquella tarde quiso probar un potro andaluz, ya domado, según decía. Tú recelabas que yo asistiese á la prueba; y Víctor, con su finura y su complacencia de costumbre, se adhirió á tu opinión. “No, chiquilla, no vienes... Ya sabes que te llevo siempre; hoy, no. Padrino acierta en eso como en todo”. Hora y media después nos traían en parihuelas un cuerpo inerte, cubierto del polvo de la carretera. En la frente, con amoratada huella, se señalaba la herradura del caballo...

Cuando me viste envuelta en crespones, callada y abatida, el egoísmo del afecto se despertó en ti. “Oye—me decías,—no repruebo la tristeza, si sirve de algo; pero, estéril, debemos combatirla como enfermedad; y lo es. ¡Á viajar! Te vienes conmigo, por Europa...” Viajamos; me enseñaste Italia, Suiza, parte de Alemania... En este memorable viaje empezaste á desarrollar tus teorías, que tanta influencia ejercitaron sobre mi destino. Al principio les encontraba el amargor de la quina; poco á poco, mi paladar se habituó á ellas, y hasta las saboreó.

—La casualidad—dijiste—te ha dejado viuda á los veintitrés años. Soltera, no me atrevería á hablarte así hasta los treinta. Viuda, es otra cosa. Lee el Código, y verás que la mujer no es dueña de sus acciones hasta que enviuda. Lógicamente, todas debierais desear la viudez.

—Lo que es yo...

—¡Ya sé...! Has sentido á Víctor muerto, más que le has amado vivo. El caso es frecuente, y también se da el contrario. Tus sentimientos son propios de tu idealismo. Víctor, difunto, no tiene defectos; lo que había en él de peligroso para tu porvenir, no saldrá á luz. ¡Á lo presente! Triste ó contenta, eres libre, ¡libre! ¿Comprendes el alcance de la palabra? Y no sólo eres libre por la situación legal en que te hallas, sino por la posición social; porque la fortuna es libertad, y la clase elevada, libertad también si se saben aprovechar sus privilegios y hasta sus formulismos. Sin embargo, niña, la deliciosa esencia de la libertad no has de extraerla de esas circunstancias externas, sino de tu voluntad misma, de tu ánimo resuelto á no dejarse encadenar. De poco sirve poseer las condiciones de la libertad, si no tenemos un alma libre.

¡Ya ves que no he olvidado tus palabras! Me decías esto en Ginebra, en la terraza del hotel, desde el cual veíamos la azul extensión del lago. Te habían servido el café, y entre sorbo y sorbo, antes de encender el cigarro, desarrollabas la idea que yo al pronto no comprendía.

—Padrino—exclamé,—¿eso significa que, para no enajenar mi libertad, no debo volver á casarme? Te aseguro que si hay algo que esté á mil leguas de mi pensamiento...

Tardaste en responder. ¡Cómo se te anudaban en la garganta las frases! Con decisión de operador, al fin fuiste penetrando en los tejidos, cortando y resecando lo que te parecía que me dañaba.

—No es eso precisamente; no se trata de una precaución material para asegurar la libertad; yo quisiera ir más allá y libertarte en lo íntimo de tu conciencia. Si fueses hombre, sería innecesario; la vida, para el hombre, es desde muy temprano escuela de libertad, hasta de licencia. Pero tú, ¡pobre mujer! dentro de ti misma están tu cadena y tus hierros.—No te alarmes. Ahora empieza tu juventud, y es verosímil que se despierte en ti el sentimiento amoroso, con toda la intensidad que tu idealismo ha de prestarle...

—¡No lo quiera Dios!—exclamé.

—Supón que lo quiere...—contestaste con la voz atascada por la faena de encender tu Londres.—Cuando eso suceda, niña, es preciso que tengas formada la convicción de que tan natural fenómeno y... sus consecuencias, ni rebajan tu dignidad, ni quitan ni ponen á tu personalidad moral, mientras se desarrollen en el terreno propio de tu carácter, que es generoso y bellísimo. Tus pasiones, siendo como tuyas, en nada te deshonrarán: si las sustraes á la malignidad del mundo, procederás con cordura, como procede el que se defiende de una fiera dañina; pero eso no es lo que importa: es que en tu interior no te creas humillada ni culpable porque te suceda lo que viene sucediendo á la humanidad desde su origen. Contra esa falsa, injusta preocupación, quisiera defenderte, pertrecharte...

—Padrino—dije de muy buena fe,—se me figura que no llegará el caso. Contigo, y dueña de mí, es como seré dichosa.

Sacudiste la cabeza, sonreíste.

—El caso llegará. Y aun es fácil que sea, no caso, sino ¡casos!

¡Ay, padrino! Me pareciste brutal; protesté con enojo. Si no lo has olvidado, perdónalo. Me levanté, y dejándote solo en la mesa, me puse de codos en la baranda. Anochecía: algunas luces empezaban á brillar en las quintas que rodean el lago y lo ciñen de verdor con las altas coníferas de sus parques; la nieve de los picachos, en segundo término, era como reflejo vago, luminoso, que de repente vino á colorear de rosa y naranja el último rayo frío del sol; debajo de mí, casi á plomo, una barca se deslizaba por el Lemán, acercándose al embarcadero: un barquero remaba, y una pareja de turistas (sin duda jóvenes, aunque ya la semiobscuridad confundía sus figuras) ocupaba el fondo de la embarcación, á popa. Me pareció que iban embelesados en coloquio de amor, y me quité de la baranda, irritada y descontenta de ti, de mí, de todo.

En algún tiempo no volviste á tocar la conversación peligrosa; seguimos viajando; recorrimos otros lagos, otras ciudades... y con habilidad que me admira en ti, dado tu modo de ser franco y directo; no desperdiciando ocasión; aprovechando los recuerdos y las impresiones de historia y de arte, humorísticamente unas veces, con gravedad otras, fuiste trayéndome al terreno en que deseabas situarme, y gastando con la lima de una discusión serena mis ingenuos radicalismos. Penetraban en mí tus doctrinas de un modo insensible; si me hubieses preguntado entonces, respondería con sinceridad que nos encontrábamos en completo desacuerdo y que tú sostenías cosas del todo antipáticas para mí. Encontraba placer en repetirte que no estábamos conformes, en refutarte (así lo creía) con argumentos de un exaltado romanticismo; y mientras lo hacía, allá dentro de mí, hasta lo más recóndito de mi pensar, como flechas certeras que rasgan la carne y cortan el hueso hasta el tuétano, penetraban tus razonamientos, tus ironías, tus indignaciones contra la mentira social, los convencionalismos absurdos y las leyes del embudo, aceptadas dócilmente por sus propias víctimas. Dos razones imagino que se aunaron para predisponerme á recibir tan amargo evangelio. Una, que me parecía inadaptable á la realidad, pues yo había decidido que nunca semejantes doctrinas tendrían para mí aplicación práctica, y las escuchaba como el terrestre, que ni sueña en embarcarse, oye bajo los plátanos de un paseo el relato de naufragios que le hace un atezado marino. Otra, que entre lo acerbo de tus enseñanzas venía lo tónico de la idea de justicia, que me habituaste desde la niñez á considerar eje del mundo moral; y á favor de esta idea, se infiltraban en mí las consecuencias que de ella deducías.

Tuviste el acierto de aparentar creer que no me habías convencido; y cuando volvimos á Madrid renunciaste á tus predicaciones, dejando que lo sembrado germinase poco á poco, al calor de la vida, la gran germinatriz. El retiro que me imponía el luto se hizo menos severo. No ignoras quién empezó á sacarme de mis casillas. La propia hermana del muerto, Adolfina Mendoza, que me encontraba ridícula con mi eterna lana negra y mis paseos por la Moncloa y el Pardo:

—Hija, todo lo que se exagera... Año y medio pasado... Ya debías usar seda y pailletés negros... Ea, mañana vengo y te llevo á casa de mi modista.

Insensiblemente dejé el crespón; mi juventud pareció renacer, al soltar la librea de la muerte. Sin razonar la causa, me sentí alegre, dispuesta á sacar partido de lo más insignificante, para gozar como una chiquilla. Adolfina aprovechó mis buenas disposiciones. ¡Qué admirado estabas tú de verme tan disipada!

—Me gusta que te diviertas, niña... pero el vértigo de Adolfina no está en tu naturaleza; te cansarás.

Se realizaron tus presunciones; á fines del invierno, sentí necesidad urgente, física, de calma y soledad, y nos refugiamos en Toledo, donde pasamos aquel Febrero delicioso, con tiempo espléndido, recorriendo callejas y revolviendo historias. El fondista, al hablar de ti, me decía: “Su papá...” Nos reíamos; saboreábamos el bien de encontrarnos solos, libres del visiteo, del mentireo, de la frivolidad, de la nada. Una tarde, sentados en el admirable Miradero, volviste á la tema antigua. “Revístete de fuerzas, pequeña, porque amaga la crisis... Te acercas á los veinticinco años. Experimentas ansia de reconocerte á ti misma; te vas á reconocer por el sentimiento. Este afán de huir de Adolfina y del mundo es un mal síntoma...” Te contesté chanceando, y nunca supiste que aquella misma noche, al encerrarme en mi habitación, al abrir, como siempre, la ventana, antes de mi aseo nocturno,—vi claro en mi arcano, y sufrí el primer acceso del mal que acabará conmigo...

No revistió el acceso forma penosa; al contrario. Fué una exaltación, una embriaguez dulce y violenta de mi espíritu, que comunicaba á mi cuerpo ligereza y fluidez, desprendiéndolo, por decirlo así, de la tierra. Aquel cielo sombrío que la ventana encuadraba, figurábame yo tener alas para cruzarlo. En estados de ánimo así conciben los hombres las empresas reputadas imposibles, los altísimos hechos, las sublimes locuras.

Pasé la noche desvelada por mi venturosa fiebre, y al otro día tú me viste tan descolorida, que resolviste la vuelta á Madrid, donde te reclamaban tus tareas profesionales. Mira: en Madrid, ¡vé tú á adivinar por qué!, la noche de Toledo, la revelación de mi estado de alma, se me antojó que era devaneo de la imaginación; que no respondía á nada real. La frialdad absoluta con que veía á los galanes de sociedad, me tranquilizaba enteramente. Aún no había yo observado entonces este rasgo característico mío: el extremo del indiferentismo... hacia los indiferentes. Á él debo el respeto con que se me trata, á pesar de murmuraciones. Tal vez los galanes creen que cuando ellos no nos impresionan, es que no somos impresionables.

¡Ay, Dios! Esta carta se alarga hasta lo infinito, y es hora de llevarla al correo... Se continuará, padrino; escríbeme, confórtame. Lo necesito más que nunca.

Clara


El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Vizcondesa de Ayamonte, en Madrid.

Berlín.

Niña de mi alma: á pesar de que ando loco de quehacer con los estudios y experiencias objeto de mi viaje, contesto á correo vuelto á tu carta, que he quemado, y en la cual me dejas á obscuras de lo que hoy te sucede. No me sorprende tu proceder: conozco su origen. Es el pudor, una creación artificial y, sin embargo, fuerte como los instintos naturales en el alma femenina. Deseas hablarme de lo único que hoy existe para ti, y te da vergüenza, y lo retardas con esas excursiones por el pasado. ¿Creerás que engañas al padrino? Ya es viejo, pequeña; y además, ¡su terrible profesión le ha dado tantas ocasiones de analizar!

Tú habrás oído por ahí, á los profundos psicólogos y psicólogas de salón, que pierden el pudor las mujeres cuando quieren de veras más de una vez. Si esas mujeres son de tu temple, di que, por el contrario, la susceptibilidad pudorosa se les exagera. Á tu inteligencia no se oculta la razón.

Clara, Clara querida: tu mal consiste, te lo he dicho y te lo repito, en un exceso de elevación moral unido á una sensibilidad demasiado viva. Ojalá—no me llames bruto—fueses una mujer de más bajas y materiales inclinaciones. Lo inferior se encuentra donde quiera. Lo inaccesible es ese ensueño tuyo, esa aspiración ardorosa que trae de la mano el desengaño y la caída del cielo. Cuando te he visto en el suelo, magullada, palpitando, rotas las alas, he lamentado que seas ave y no insecto ni alimaña. Así, sin más retóricas.

Si fueses hombre, á tu edad no padecerías ya tales anhelos, y tendría tu vida direcciones objetivas, algo que la llenase y en que gastases tu actividad y tus fuerzas. Ya ves, á mí me ha sucedido eso. Sentí... como cualquiera; sufrí, no desengaños, pero dolores, y el trabajo y la ciencia me salvaron. Eres mujer: no tienes refugio.

No necesito aplicar á tu alma los rayos con que registramos pulmones, arcas de pechos y cañas de huesos en esta sorprendente clínica. Te he estudiado día por día; te conozco. Y tu viejo padrino, al conocerte, te quiere más, con piedad y ternura más sagrada. Tus males proceden de que eres superior, en la esfera del sentimiento, á las mujeres que te rodean, y que, como Adolfina, no conocen sino los estímulos de la vanidad ó la impulsión orgánica. Tú padeces una idealitis crónica. Este padecimiento no es vulgar; sólo ataca á privilegiadas organizaciones. Yo esperé que, pasada la primera juventud, pactarías con la realidad en una forma ó en otra... ¡En la que te fuese más grata y fácil! Veo que no: y ante el hecho, me inclino—pues para ti, la sola realidad, es ese mundo que llevas dentro.

¿Qué te podrían decir mi experiencia y mi cariño que no te diga el recuerdo de tan rudas decepciones? Y mira, Clara, decepciones han sido; pero no acuses á los que te las causaron: acusa á tu exigencia de grandeza, de heroísmo sentimental,—parecida á la del artista, que en cada modelo fantasease la perfección absoluta de la forma.—Tú eres inteligente; y cuando tu corazón no está interesado, sabes observar los defectos y miserias de la gente con la agudeza propia de tu sexo. Así que interviene la pasión, esta facultad queda abolida. El que encarna tu ideal es un ser aparte: le supones todas las cualidades y excelencias de tu magnánima condición, todas las vibraciones exquisitas de tu alma soñadora; le vistes la cota del paladín, ó le cuelgas alitas, ó le rodeas de aureola, y con la sinceridad más generosa, das por hecho que está bebido el filtro, y que como Tristán é Iseo, cruzaréis la existencia sin atender más que á la virtud del conjuro. ¿Qué ha de suceder, niña eterna? Ellos son hombres, muñecos de barro, de ese barro que cada hora desorganiza—¡si lo sabrá un médico!,—de ese barro concupiscente en que bullen gusaneras de apetitos y mezquindades... ¡Barro! Ni aún. El barro se conserva, la obra del alfarero prehistórico llega á nosotros. El barro humano es limo corrompido. No puede darle consistencia ni el fuego de la pasión más sublime.

¿Qué nuevos martirios se te preparan? Si mi presencia puede servirte de algo, á pesar del compromiso de honor profesional en que estoy metido, á pesar de ciertos ensueños—también los tengo yo,—lo plantaré todo y me largaré. Aciertas: no tienes más que á mí; dispón de mí: me harás dichoso. Y, en todo caso, escríbeme sin ambages. Ya estarás persuadida de que deploro y maldigo tu mal; pero te estimo, justamente por él. Es lo que yo quería inculcarte, anticipadamente, para evitarte inútiles torturas morales, en nuestro viaje por Suiza, y después, y siempre... Estímate, estímate mucho: la estimación propia es el tónico más eficaz que conozco. Adiós, enfermita mía. Te daría su salud, su prosa, y no su edad, tu amantísimo padrino,

Mariano


La Vizcondesa de Ayamonte, al Doctor D. Mariano Luz Irazo, en Berlín.

Madrid.

Padrino querido: Me defines muy bien en la carta que acabo de recibir, y, con todo, un alma es selva tan obscura, que voy sospechando si hay en la mía rincones donde no penetran tus rayos X. El día en que en Toledo me asomé á aquella ventana, y sin fijar en nadie mi pensamiento sentí la revelación de la pasión con todo su poderío, lo que me causó una alegría extraña fué reconocerme capaz de sentir tanto, tanto. Descubrí tesoros, que me asustaron, pues todo lo inmenso asusta; pero me inundó un regocijo como el que experimentan los héroes al convencerse de su valor. Los horizontes de mi vivir, hasta entonces vacío y sin sentido, se dilataron, irisándose con tintes mágicos. Ya ves, yo á ningún hombre quería; después de aquella memorable noche, aún tardé bastante en concretar mis indeterminadas esperanzas; la revelación fué, pues, de mí misma, de las profundidades de mi propio corazón.

Al pronto no me dí cuenta exacta de esto, padrino. Equivocándome, busqué fuera de mí el manantial que en mí brotaba tan abundante y, á mi parecer, tan puro. Me lo enturbiaron; pisotearon su nacimiento... Culpa mía fué, seguramente, porque mi locura igualó á la del que, poseyendo una perla única, quisiese descubrir la compañera en la primer joyería que encontrase. Yo tendré, allá en cualquier país, mi compañero; mas ni él sabrá de mí, ni yo de él. El filtro de Tristán é Iseo se bebe, pero no lo beben dos juntos. Uno solo, padrino.

Cansado estás de conocer los episodios de mi historia. Hemos convenido en ponerles una cruz negra, emblema de lo que murió; el caso es que no basta querer enterrar las cosas. Murió, sí, lo mejor: la ilusión, la fe, la ternura. No murió lo infinitamente malo, lo que ha depositado en mí un sedimento que tal vez ni sospechas... Te afligiría, padrino, si te metiese en las cuevas sombrías de mi pensamiento. Hacía tiempo que te hallabas contento viéndome descansar y reponerme de aquel último golpe, el más traidor y el más imprevisto. No podrás adivinar qué género de trabajo lento, insensible, se producía en mí, ni cómo la desesperación desordenada de los primeros instantes, que tanto te dió que hacer como médico, se transformaba en la apatía sorda, en la depresión hondísima, predecesora de las grandes crisis. Así calificas tú este fenómeno... y en mí, ¿lo has adivinado?...

Vamos á lo presente. Sin ambages: quiero otra vez. Es un artista genial, joven, cuyas facultades no han podido desenvolverse y afirmarse todavía. La necesidad de subsistir le obliga á dedicarse á un trabajo que forzosamente ahogará los gérmenes de su gran talento. Retrata al pastel, adulando á sus modelos, y no le queda tiempo ni tiene medios de luchar como corresponde para ganar su puesto al sol de la gloria.

La prueba, padrino, del cambio que se ha verificado en mí, es el propósito que tengo y que sólo depende de tu aprobación... Se acabaron las tonterías, el empeño de encontrar la otra perla. Giro en el remolino del Infierno, pero giro suelta, ya lo sé. Mejor dicho: lo presiento, lo comprendo, y lo único á que aspiro hoy, ya que mi mal es incurable, es á que me permitan hacer bien al ser querido. He pensado ofrecer á este artista (el hombre más desinteresado de la tierra) mi mano. Con ella va la fortuna, el medio de realizar su vocación. Conozco lo arriesgado del paso que voy á dar; conozco que enajeno mi libertad, y cometo (así te expresarías tú) la única locura hasta la fecha milagrosamente evitada. No puedo menos. Me avasallan con violencia dulce dos sentimientos: ansia de purificación y anhelo de sacrificio. Es la forma actual de mi apasionamiento; ahora mi fuego arde así. Cierta de no encontrar en los demás la abnegación, la descubro en mí, en mis propias entrañas.

Padrino, espero tu consejo..., y lo temo, porque me quieres demasiado, con excesivo egoísmo amante. Entiéndeme, padrino; explícate, por Dios, mi sentir; no me protejas contra lo que me ha de hacer algo menos indigna de esa estimación de mí misma, que tanto recomiendas á tu

Clara


El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Vizcondesa de Ayamonte, en Madrid.

Berlín

Clara querida, allá voy. Salgo mañana: y no salgo hoy mismo, porque debo despedirme de mis colegas y de algunas personas que me han dispensado atenciones. Lo dejo todo; me falta tiempo para llegar junto á ti. Eres en este momento mi enferma de más peligro.

¡Casarte! Ahí es nada, criatura... ¿De modo que mientras yo preparaba sueros en la clínica, tú adoptabas esa resolución insignificante? ¡Y pensar que no se me pasó por las mientes que esto tenía que suceder, que el día en que fantaseases hacer un bien muy grande á alguien con la entrega de libertad, hacienda y persona, no serías tú quien se privase del gustazo de la inmolación! ¡Es tan delicioso el frío del cuchillo á la garganta!

Allá voy. Lástima no poder ir en globo. Voy, no á imponerme, sino á cumplir el deber de observar y exponerte lo observado. Veremos qué artista genial, qué hombre “el más desinteresado del mundo” es ese. Sí que abundan los desinteresados. No te enfades conmigo, tirana, si una vez más me viese precisado á pisarte con suela doble las florecillas de la ilusión. Hasta pronto; te quiere tanto el padrino, que por abrazarte antes manda á paseo sin protesta sus alquimias endiabladas. Tuyo,

Mariano


Marzo.—En el taller de Silvio, á las tres de la tarde de un día marzal, de esos de cielo azul agrio y frío puntiagudo, acaban de entrar dos damas, cuyo saludo seco y altanero, en contestación al obsequioso del retratista, evidencia cierto espíritu agresivo. El origen del mal temple de las señoras se descubre por la exclamación de la más alta, la marquesa de Camargo:

—¡En qué calle vive usted!... ¡Qué escalerita!

La malicia ya afinada de Silvio interpretó. Á las señoras bien tratadas por la naturaleza, había él notado que no las molestaba el trecho de calle equívoca que era preciso cruzar á pie para llegar á la casa. Pasaban retadoras ó reservadas, provocando ó desdeñando el dicharacho procaz de las mujerzuelas. En cambio, las clientes de incierta edad y escasos atractivos llegaban siempre al taller irritadas contra la calle y la subida, enviborado el genio por las desvergüenzas oídas al abandonar el coche protector. “Habré de mudarme” pensaba Silvio; y en alto:

—Busco otro taller, con ascensor... No lo he encontrado por ahora.

La verdad era que, á pesar de la afluencia de retratos, andaba todavía alcanzadísimo de moneda, sangrado por los sablazos de parásitos y zánganos como Crivelo, convencido de su incapacidad para la crematística. Á fuerza de sermonearle la baronesa de Dumbría, había resuelto hacerla su depositaria, y la confiaba, al cobrar un retrato, pequeñas sumas. Era el tesoro de guerra, para mudanza, viajes, enfermedades posibles...

La otra dama, rechoncha, mal ceñida, de faz lunar, era la duquesa de Calatrava, ex-belleza del reinado de Alfonso XII. La obesidad, desbaratando las facciones finas, apenas permitía adivinar lo que pudo ser el antaño gracioso semblante; y ayudaba á desfigurarlo espesa capa de blanquete y dos tiznones que se proponían agrandar los ojos. La Camargo, flaca, cobriza teñida, de tez estropeada por el artritismo, bien corsetada, silueta aún elegante y juvenil, indignó á Silvio un poco menos.

—Á ésta—calculó,—escogiendo bien la trapería y sacando partido del talle... Pero el otro fardo, ¡en cuántas triquiñuelas va á meterme! Tendré que reconstruirla según sería en 1876... No transigirá con menos... ¡Y el escote! Lo adivino. Veo asomar los encantos, como dos medias vejigas de grasa... Habrá que acudir al vaporoso boa de plumas ó al socorrido abrigo de pieles, negligentemente echado...

Mientras hacía para sí estas reflexiones crudas, Silvio, defiriendo á una indicación de las dos damas, enseñaba los retratos comenzados, los volvía de cara, los traía á la luz. Y las señoras sonreían, cuchicheaban burlonamente:

—¡Ay, Celita Jadraque! Mira las perlas del hilo. No han engordado poco. Parecen las que venden en La Ciudad de Constantinopla á peseta la sarta. ¿Las vió usted por vidrio de aumento?

Silvio, nervioso ya, no respondía, y seguía exhibiendo sus pasteles.

—¡Lina Moros!—exclamó la Camargo.—¿Ha venido por fin? Pues si nos dijo que, á pesar del empeño de la Palma, no vendría; que no la daba la gana de estarse aquí las horas muertas aburriéndose.

Por toda respuesta, Silvio, crispado, colocó á ambos lados del primer retrato de Lina otros dos en preparación: uno de blanco, vivo contraste con la beldad morena; otro, con traje ceñido, obscuro, que moldeaba las airosas formas estatuarias. La Camargo y la Calatrava se miraron, y el comentario fué una ligera carcajada.

—¡Clarita Ayamonte!—dijeron después, al presentar Silvio un alto cuadro, casi de cuerpo entero.—¡Qué bien está! La hace usted mucho más guapa, y lo que nunca fué, muy elegantona. Ella siempre valió poco, y está atropellada como si tuviese cincuenta años; pero así y todo hay parecido, además de una creación poética.

Silvio sintió que montaba en cólera. Quería tratar con miramiento á las damas, muy influyentes en sociedad: la Calatrava, por el altísimo copete; la Camargo, por el círculo escogido que sabía formar á su alrededor; pero cuando los nervios de Silvio se encalabrinaban, el demontre. En su interior resolvió:

—¡Si éstas suponen que he de retratarlas!...

Justamente, un segundo después la Calatrava manifestó su deseo. Lo hizo con cierta displicencia, segura de dispensar un favor.

—Vendríamos... La hora se la avisaríamos á usted por teléfono cada vez... Porque si no, no seríamos nada exactas, ¿verdad, Angustias?—añadió, volviéndose á la Camargo.—En esta época del año no sé cómo se arregla, que está uno de un ocupado... ¡Es terrible!

—Lo siento en el alma, duquesa—respondió Silvio expeditivamente.—Ni fijando hora ustedes, ni fijándola yo, me sería posible, en mucho tiempo, encargarme de su retrato. Yo estoy de un agobiado de encargos, que ustedes no se pueden formar idea...

—¡Ah!—repuso, mordiéndose el labio y dando al codo á su amiga, la Calatrava. Un instante la sorpresa las paralizó. Ya se entendían las dos para una retirada hábil, que no dejase transparentar despecho, cuando la puerta del taller dió paso á un caballero de buen porte, no atildado, de aventajada estatura, de madura edad, de pelo y barba grises, casi blancos; y las dos damas le saludaron con ese afable apresuramiento que en Madrid, tierra de gente expansiva, se tributa á los que han estado ausentes, al regresar.

—Doctor, Doctor... ¡Bienvenido!

—¡Gracias á Dios!—repetía la Camargo—¡No nos estaba usted haciendo poca falta! Yo no he tenido un día bueno mientras usted rodó por esos mundos... ¿Puede usted ir mañana á mi casa?

—Desde luego, marquesa.

—¿Viene usted á admirar el retrato de la ahijada...?

—No á eso sólo—declaró Luz, saludando á Silvio y presentándose con sencillez á sí mismo.—Vengo á que también me retraten á mí: digo, si el artista está conforme...

—¿Pues no he de estar?—gritó aturdidamente Silvio, emocionado.—No sabe usted qué satisfacción es para mí. ¿Cuándo desea que empecemos?

—Dé usted las gracias, Doctor—pronunció la incisiva voz de la Calatrava.—Es una distinción extraordinaria la que merece usted. Acaba de desahuciarnos á nosotras porque no tiene hora disponible...

Silvio clavó sus ojos garzos, obscurecidos por la irritación, en la dama, y dijo categóricamente, con la franqueza palurda que en ocasiones le subía, irresistible, á la boca:

—El Doctor es persona que trabaja mucho; yo respeto su trabajo y le sujeto el mío. Ustedes, en cambio, estarán tan desocupadas dentro de un año como ahora.

Rióse Luz, invadido por repentina simpatía; y la Camargo, saludando para despedirse, soltó en voz agridulce:

—La prueba de que estamos desocupadas Leonor y yo, es que hemos venido á perder el tiempo. Doctor, adiós. No se moleste, Lago...

Las acompañó Silvio, algo volado, hasta la puerta. En el recodo del pasillo, la Calatrava, desdeñándose de parecer picada y de guardar un silencio que lo demostrase, cuchicheó:

—Por lo visto, retrata usted á Clara y á lo que resta de su familia...

—No entiendo, duquesa.

—Es usted muy nuevo en estos círculos—lanzó la Camargo, que no quiso guardarse la pulla.

Las dos salieron, dando á la puerta, que Silvio no tuvo la ocurrencia de cerrar, seco porrazo. El pintor, no obstante, había comprendido, recordando insinuaciones transparentes de la Sarbonet; alzó los hombros, y minutos después buscaba en la fisonomía, bien delineada é interesante, de Mariano Luz, semejanzas con la mujer que le abrumaba á fuerza de pasión. La conclusión fué ésta:

—Me gusta más él que ella. Él, con esos mechones grises, arremolinados, esa tez morena, esa frente pequeña y surcada, tan inteligente, tiene una cabeza de estudio. Loado sea Dios. Descansaré de encajes y rasos.


Era el final de un almuerzo, en casa de Palma, en la serre, á la hora del café. La condesa llamaba con discreto siseo á Silvio, y le arrinconaba, cerca de una palmera cuyo tronco surgía de un embrollo de tela rameada, de colorido suave.

—Venga usted aquí, venga usted aquí, picarillo... Me han contado muchas cosas... ¡Todo se sabe!... En primer lugar, ¿qué ha hecho usted á Angustias Camargo y á Leonor Calatrava, que tan furiosas las tiene? Ahí está una cosa que deploro: las dos nos convenían mucho para la campaña; y si van diciendo pestes de usted, y que recibe usted á la gente punto menos que á tiros...

—¡Dios mío! Condesa, exageraciones. He tratado á esas señoras como debía, con respeto; lo único que hice fué negarlas turno. Francamente, prefiero otros modelos: de ahí no se saca una aleluya. La Angustias parece un mango de escoba tiznado de almazarrón, y la Leonor un clown acabado de enharinar. No hay tintas posibles con ese par de cutis.

Divertida y sin querer confesarlo, la Palma protestó:

—¿Y para qué sirve el arte, la mañita? Hay que congraciarse con cierto círculo; ya sabe usted que es reducidísimo, y una sola enemiga nos puede hacer mucho daño.

—Con protectoras como usted nada temo. ¡Déjelas usted! Así que desaparecieron del taller, me puse de buen humor. ¿Se representa usted mis apuros ante los huesos de los codos de Angustias Camargo? Cuando veo á esa Angustias, ¡me entran unas ídem!

Sofocada de risa, la Palma se llevó á Silvio más lejos, á un rincón solitario del gabinete árabe que con la serre comunicaba.

—Ha tomado usted tierra muy pronto; admirada me tiene usted—dijo al artista;—no he visto á nadie que cayendo aquí de improviso se desenrede y conozca las menudencias de sociedad como usted. ¡Indudablemente ha nacido usted para retratista de elegancias! Pero conmigo no valen disimulos; me han informado perfectamente. Lo que ocasionó que á usted se le atragantasen Angustias y Leonor fué que dijeron algo poco amable de la simpática viuda...

—¿Qué viuda?—murmuró Silvio, muy atortolado.

—Vamos, hágase usted de nuevas... Clarita, Clarita... No, es aparte; hizo usted bien en defenderla...

—Pero si ni la atacaron, ni la defendí...

—¡Es muy buena Clara!—declaró la condesa con su seria indulgencia de mujer intachable.—Es buena, á pesar de la educación desastrosa y sin freno recibida de su padrino, que será un sabio profundo, no lo niego, pero en ese particular...

—¿Padrino?—recalcó Silvio con afectada ingenuidad, que velaba una curiosidad caprichosa.

—¡Cuando digo que ha tomado usted tierra demasiado pronto! ¡Nada se le escapa á usted!—replicó la Palma.—Á un lado maledicencias é historias añejas. Clarita vale mucho. La pobre no ha encontrado, por ahora, quien fije definitivamente su corazón. ¡Si usted lo consiguiese, tengo el presentimiento de que sería usted muy dichoso! Además, su posición...

—Pero, ¿de dónde sacan todo eso?—protestó Silvio.—Quisiera yo averiguarlo... ¡Pues es una friolera!

—Amigo artista... Los impulsos del querer nos venden... Acababa usted de negarles turno á Angustias y Leonor, y entra Luz y todo se acaramela usted y se lo concede inmediato.

—Ya lo creo. ¡Cien turnos! Condesa, ruego á usted que se moleste en subir mis escaleras y ver el retrato del Doctor. ¡He sido tan feliz con ese trabajo! Una cabeza viril, seria, algo que he podido retratar y no contrahacer... Un estudio de lo real... Es lo primero de que, en el pastel, estoy menos descontento; lo único que expondría sin gran bochorno. Minia Dumbría lo pone por las nubes... y cuidado que Minia es implacable. ¡Y el modelo! De ese sí que estoy prendado. Nos hemos entendido. Me ha tomado cariño en pocos días. Con él, al fin del mundo...—añadió sin desconcertarse bajo la mirada azul, penetrante, de la dama, que, cortando el aparte con su maestría de salón, retrocedió lentamente hacia la serre, á depositar sobre una mesilla la taza de porcelana blasonada donde aún se enfriaba un tercio de café.

Á la misma hora, Clara Ayamonte se disponía á sacar á paseo á su sobrina Micaela Mendoza. Mientras Adolfina enseñaba á su cuñada algunos trapos de reciente adquisición, y la instaba á tomar parte en un abono á unos jueves de moda—“real orden de Julieta Montoro; hija, no hay remedio, no se puede faltar”—la muchacha se prendía el sombrero, se calzaba los guantes, pedía el manguito, y un cuarto de hora después, en la estrecha berlina de Clara, al trote del bonito tronco flor de romero, bajaban inundadas de sol por la Carrera de San Jerónimo, hacia el Prado. Frente al Hotel de Rusia, Clara hizo parar el coche, saltó á la acera, entró en casa del florista, cuyo escaparate es una fiesta de primavera en pleno invierno, y salió con dos gruesos ramos de violetas y gardenias y un mazo de rosas rubí y tallos diminutos de combalaria. El coche se inundó de perfumes; Micaela bajó el vidrio y acomodó su ramillete en la ranura, ostentándolo.

—Tía Clara, á ti hoy te pasa algo. Estás muy guapa, muy sonrosada; te relucen los ojos y has comprado doble surtido de flores. Siempre las compras sólo para mí, diciendo que son propias de mi edad...

Clara rió, excusándose.

—No, á mí no me engañas—insistió la chiquilla.—Yo no me las trago como mi madre. Te pasa algo. Moritos en la costa, ¿eh? Y qué tal: ¿es digno del honor de ser mi tío? Anda, cuéntame. Yo callo; ni con tenazas me arrancan tu secreto. ¿Es tu flirt, Lope Donado, que te persigue?

—¡Qué aprensión tan graciosa! Figúrate; las flores son para ti y para Adolfina; tú se las entregarás al subir á casa. Ya sabes, Micaelita, que estoy fuera de juego completamente. Amoríos, á las niñas como tú.

—¡Quiá! ¿Me mamo yo el dedo? La edad de las emociones es la tuya; á la mía no hay sino sosera. Yo vegeto, y un día me entrecasarán... Ea; que entre mis papás y yo, nos casaremos; digo, me casaré; ellos ya están casados hace rato; la prueba á la vista la tienes. ¿Emociones á mí? Ni las siento ni las concibo. Dicen que después aparecen las malditas. Pienso hacerles la cruz. Emocionarse para desemocionarse, y vuelta otra vez á la noria, y sube el cangilón de abajo, y baja el cangilón de arriba, y disgusto va, y disgusto viene, y tener ojeras y enfermarse de un qué sé yo qué cardíaco... No, tía; ¡no hay tío que valga eso!

—¿Cuál es para ti la felicidad? Porque tendrás alguna aspiración, criatura—pronunció reflexiva la Ayamonte.

—¿Aspiración? Quisiera un marido rico, rico. Eso nunca estorba; después, muy bonita casa, jardín, instalación de verano en Zarauz ó por ahí, viajecito de otoño, mil comodidades, sus fiestas en invierno; pero menos jaleo que mamá, menos pingos, y en cambio, un cocinero; ¡oh, ideal! Soy golosa...—y pasó su lengua roja y húmeda por los labios.

—¡Pasión de vejez!—exclamó con extrañeza Clara.—¡Á los diez y siete no cumplidos!—Y, transigiendo, indiferente, añadió:—Al volver iremos á Lhardy.


Recorrían la larga avenida solitaria del Prado, dirigiéndose á Recoletos, donde ya bullía la gente mesocrática, trapitos al sol, paseando ó sentada cara á los coches, curioseando ávidamente un perfil conocido, un abrigo de última. La berlina torció hacia el Retiro. Los cascos de los caballos percutían con ruido rítmico, pleno, el suelo raso, bien nivelado; el correaje de los arneses crujía de flamante; ligera espuma revolaba sobre los frenos. Una impresión de superioridad, de existencia amplia y lujosa, surgía, no sólo del paso raudo de los trenes, sino del parque, esmeradamente cuidado, del noble aspecto de la vegetación, de las plantas raras, lozanas, fuertes, de las canastillas en temprana florescencia, de las blancuras de estatua entrevistas sobre el verdor del grass. Ni siquiera formaba contraste la aparición de los dos ó tres golfillos mimados, privilegiados, que postulaban familiarmente, llamando á los aristócratas por su nombre, poniendo cara de risa, colocando chistes de teatro y almanaque, porque allí, entre los señorones, no vale pordiosear con lástimas. Los golfillos, conocedores de su clientela, iban limpios, lavados, y deslizaban, entre su postulación, al oído de alguna señorita: “Por ay viene el sito Andrés, á caballo... Junto al Angel quedaba”. Á Micaela Mendoza nada tenían que avisarla los golfos correveidiles. Era de esas hijas de madre bulliciosa, á quienes en los primeros tiempos de su salida al mundo envuelve y eclipsa el remolino maternal. No se impacientaba Micaelita: sentada la cabeza, aguzado el olfato, ojo avizor, aguardaba la hora...

Á inconmensurable distancia espiritual del cuerpo juvenil que rozaba con el suyo, Clara, asomando la cabeza por la abierta ventanilla, miraba hacia la avenida donde pasea la gente de á pie, menos numerosa, algo más selecta que en Recoletos. Una vuelta... pero nada divisó. Experimentó esa sensación de vacío y aridez que producen las multitudes cuando entre ellas no está lo único que interesa. Á la segunda vuelta, cerca ya del grupo de rebajuelos pinabetes, vió Clara algo... Su delicada palidez se acentuó; un estremecimiento de felicidad, hondo, impetuoso, como jamás lo había experimentado cerca del mismo Silvio, activó el curso de su sangre y aceleró su respiración, al divisar al artista, al cambiar con él una sonrisa de saludo y una seña imperceptible.

—¡Hola! ¡El retratista guapo!—exclamó Micaelita.—¿Vas allí, eh? Hay bebedizos en sus pasteles. Dicen que es un modisto delicioso. Mamá empeñada en que yo me he de retratar con mi traje azul y ella con su gran caparazón vert amande, de Laferriére... ¡Y qué bien se arregla ahora! ¡Si va hecho un gomoso!...

Las palabras de su sobrina convirtieron en nácar rosa el marfil de la piel de la Ayamonte; y su voz, enronquecida, subía del moderado diapasón habitual cuando pronunció:

—Repites las tonterías que oyes, Micaela, y eso no está ni medio bien. Á tu edad más vale callar cuando no se sabe lo que se va á decir. Lago no es un modisto, sino un gran artista, como lo prueba el retrato de mi padrino que está terminando; pero la gente no entiende y sale del paso con vulgaridades.

—Perdona, tiíta—murmuró Micaela, entre confusa y avispada.—Si sospechase que ibas á molestarte...—Y la sorprendió con un abrazo para convencerse de que palpitaba toda.

—Molestarme, no... Es que me da pena que te inspires en Angustias Camargo y los bobos de su trinca...

El resto de la tarde, tía y sobrina conversaron de una manera forzada. Ni en Lhardy, al mordisquear los petits fours, se aflojó la tirantez. Micaela rumiaba el descubrimiento; Clara no podía calmar el hervor de la indignación. ¡Silvio, un modisto! Sola ya en el coche, habiendo dejado á la muchacha á la puerta de su hotel, sonrió Clara y se frotó las manos nerviosamente. ¡Ya verían si era modisto, cuando ella le colocase en situación de desplegar las hermosas alas de su genio!

Disipó prontamente esta idea el remolino de las otras. La dulce calentura de la esperanza, una vez más, abrasó las venas de la Ayamonte. Al rodar de la berlina, que se abría disputado paso por las calles atestadas de gente, la enamorada, aislándose, cayó en una de esas meditaciones del porvenir que jamás supera, ni aun iguala, la realidad. Era un ensueño amoroso que mucho tenía de heroico, en el bello sentido de la palabra, pues Clara adivinaba y paladeaba el sacrificio. “Todo por él... Con él, á las Mecas del arte: París, Florencia, Amberes... Los medios de estudiar, de combatir, de vencer... Su triunfo, debido á mí; su gloria, obra mía...” Y el sabor de la abnegación era como de miel, y su fragancia como de vino puro y añejo, que embarga los sentidos.

Al encontrarse el padrino y ella sentados fronteros, á la mesa del comedor, demasiado amplia para dos personas, por cima del centro de mesa de jacintos y blancas lilas, Luz buscó el mirar de Clara, y lo encontró, y sintió su fuerza. Nunca tanta riqueza espiritual había brillado en aquellas pupilas radiantes.

—¡Tal vez ahora sea feliz!—pensó el Doctor.—Y en voz alta, deseoso de traer la conversación á terreno simpático:

—¿Sabes que mi retrato cada día me gusta más? ¡Desde que tiene toda la intensidad de los toques de color, me parece tan franco, tan sincero, tan yo! Obra maestra, niña.

No respondió Clara. Interrogaba con los ojos, y la ojeada, imperiosa y expresiva, penetró en la voluntad del sabio como un cuchillo.

—El talento es innegable—prosiguió él.—Sólo necesita ambiente, y... salud. No es fuerte, no es demasiado robusto nuestro artista... Tengo el deber de decírtelo, Clara, antes de que... Noto en él predisposiciones nada tranquilizadoras.

Clara continuó silenciosa. Bebió de un sorbo su copa de Saint-Galmier, carminada con Burdeos. Y fresca la garganta, en tono resuelto, con la lentitud que da á las palabras gravedad solemne:

—¡Padrino—articuló,—lo que notas en él son rastros de la miseria, heridas de la batalla! ¡Si estás conforme y ratificas tu benevolencia, habrá ambiente, y salud, y celebridad y todo!

—Sea como tú quieres—exclamó él, enviando á Clara una sonrisa de indulgencia y bondad infinita.

Sin preocuparse de la presencia del criado que servía, correcto é impasible, Clara se levantó de súbito, y fué á besar la frente y el arranque del pelo ya casi blanco, todavía arremolinado con brío juvenil, del Doctor.


Á las diez y media de aquella misma noche, el taller de Silvio Lago se encontraba plenamente iluminado por la luna, que se filtraba al través del amplio ventanal de vidrieras. La puerta que comunicaba con el pasillo se abrió despacio, y un grupo de dos figuras estrechamente enlazadas fué á reclinarse en el canapé Imperio, sembrado de fofos almohadones, y donde la claridad del satélite recaía con prestigios de teatral decoración. Un momento la mujer permaneció recostada en el pecho del hombre; pero éste se desvió de pronto, y descolgando de la pared una guitarra que formaba trofeo con dos caretas japonesas, y arrimando al canapé una silla bajita, empezó á puntear distraidamente una jota. Lo trivial de la música podía perdonarse en gracia de lo atractivo del escenario. Los muebles, los objetos de arte, el contador, el arcón, adquirían en la penumbra suave dignidad y misterio. El soberbio retrato de Luz, allá en el caballete, cerca del estrado, recibe un rayo de plata en fusión y parece moverse y respirar. Y la mujer reclinada sobre los almohadones, sonriente, marmórea, alargando los brazos, se asemeja á una estatua amorosa, que llama y atrae, para murmurar al oído la última regalada confidencia.

—¿Te aburre mi guitarreo?—preguntó Silvio con resignación.—¿Quieres que te traiga una copa de Málaga y unos dulces?

—No...—respondió Clara.—Quiero que vengas aquí, aquí.

Ojos menos vendados que los de la Ayamonte hubiesen observado en el movimiento de aproximación de Silvio una violencia nerviosa, rayana en repugnancia. “¡Todavía!” La cruda palabra no asomó á los labios; se quedó en los recovecos del cerebro, donde el pensamiento se desnuda cínicamente.

Clara pasó el brazo alrededor del cuello del artista, atrajo hacia sí la frente y halagó con su mano de raso las sienes húmedas. Los dedos de la enamorada entrejugaron con el rizado pelo rubio obscuro, despeinado y revuelto entonces.

—¿Quieres que dé luz, nena?—interrogó el prisionero, deseoso de evadirse.

—¡No! Si está divino el taller ahora; y además, para lo que vamos á charlar... ¡prefiero el misterio! Súbeme el abrigo... así...

Silvio obedeció. Era el abrigo amplia pelliza de seda acolchada, obscura y modesta por fuera, al interior forrada de riquísimo brochado azul modernista. Clara echó sobre los hombros del artista un pedazo de la fastuosa envoltura, y al sentir que el mismo tibio ambiente les rodeaba, se decidió:

—Vamos á tratar de cosas formales... Déjame enterarme... ¿Tienes probabilidades de romper la cadena? ¿Podrás dentro de poco renunciar á los retratos y dedicarte á lo serio?

—¡Pch!—murmuró Silvio, interesado en la conversación.—¡Hija mía, eso es fantástico!... ¡Por ahora al menos... y hasta sabe Dios qué fecha... héteme cogido, atado á la rueda, vuelta y dale! Gano y gasto; ¡no sé cómo lo arregla el demonio! Tengo un ahorro insignificante en poder de la baronesa de Dumbría, que me lo guarda para que no lo derroche, pero es por si enfermo y muero, no tengan que enterrarme de limosna...

—¡Calla!—gritó Clara, estremecida.—¡Loco! á ver si te pego en la boca para atajarte el disparatar... Si yo me alegro, me alegro, de que el remolino de los retratos smart no te dé resultado para cumplir tus anhelos... ¿No sería bonito—dí—hacerles una reverencia de corte á todas las majaderas que vienen pidiéndote perlas de Cleopatra y veinte años perpetuos, y volar adonde la vocación te llama?

Silvio inclinó la cabeza con desaliento.

—¡Bonito! Más que bonito, precioso... ¡Me encuentro tan harto ya de producir calcomanías! Perdona; tu famoso retrato, que nunca se acababa porque no queríamos que se acabase, ese... calcomanía pesetera... ¿Á qué discutirlo? El de tu padrino... regular... Le falta... algo le falta, ¿eh? no pienses que yo no lo comprendo. Le falta nervio, puño, arranque... ¡El afeminamiento no se sacude en un día! Bueno: también creo algo aceptable ese estudio de Lina Moros con el traje ceñido de paño prune. Verdad que las líneas de esa mujer son de una perfección desesperante. Nunca las copiaré en todo su hechizo.

Clara se desvió del artista, rápida, involuntariamente. No era la primera vez que sentía celos bajos y degradantes, por lo mismo más torturadores, de la beldad profesional con tal insistencia reproducida por los lápices de Silvio, con tal entusiasmo elogiada por su boca.

—He dicho una tontería—murmuró él, percibiendo el movimiento retráctil de la dama.—Es que Lina es para mí como un modelo: la estudio y la estudio, pues entre las que cobran no hay formas así... No estés triste—continuó apiadado, acercándose á Clara con cierto infantil mimo.—Eso es arte, y yo... artista me conociste y artista seré.

Ella adquirió entonces un poco de valor. Deseaba sobreponerse á todo egoísmo, elevar, acendrar su pasión humana. Suplicante, precipitada, lanzó el gran propósito.

—De ti sólo depende redimirte de esta esclavitud...

—¿Cómo?

Un susurro, especie de caricia al oído.

—Casándonos...

La voz, ¡qué ronca! El corazón, ¡qué desquiciado! Los ojos, ¡qué humildes, qué imploradores!

Silvio, en un rato, no contestó. Se creería que no había entendido. Al fin... Clara trepidaba de ansiedad... Al fin, se echó á reir jovialmente y se puso en pie de un salto.

—¡Casarnos, nena! ¡Casarse! Y eso, ¿cuándo se te ha ocurrido? ¡Pobrecilla! Á ver: ¿es discurso del padrino... ó tuyo?

—¿Por qué me contestas así?—repuso Clara irguiéndose á su vez, recobrando energía ante lo que tomaba por burla.—¿Qué motivos tienes? ¿Quieres á otra? ¿Me desprecias mucho, porque... por lo que hay entre nosotros? Franqueza, Silvio... la verdad.

—¡Entera!... De haberte mentido á ti, que no lo mereces, jamás tendré que acusarme. Se les miente á las coquetas, á las tunantas... Á las buenas... no. Tú eres algo romántica; no sé si te convencerá lo que te diga. ¡Es tan prosaico! Es que yo no puedo casarme, ¿sabes? ¡No sirvo para tal vida: serías la mujer más infeliz!

—¡No importa!—gritó Clara descubriendo toda su sed mortal de sacrificio.—No pienses en mí. Que triunfes... y me basta. Soy tu pedestal. Písame... No voy á caza de dicha. Nunca esperé conseguirla queriendo. ¿Te acuerdas del primer día? Lloraba...

—¡Válgame Dios! ¡En qué conflicto me pones!—articuló Silvio, algo conmovido, abrazándosela.—Hay verdades demasiado descarnadas... Bueno, ¡qué remedio! Las soltaré. Serías infeliz tú y más infeliz yo. Á los ocho días, ¿sabes? viviendo con ella, viéndola peinarse, comer, toser—no hay mujer que no me hastíe. ¿Digo hastío? Aborrecimiento. Me juzgas por mi carita y por el tipo Van Dyck. No me conoces. Soy muy bárbaro, mucho. Además estoy embrujado. Sólo existo para mis sueños...

—¡Ay de mí!—sollozó Clara.—¡Yo también!

—Sí... ya lo voy notando. ¡Por algo dije que nos parecemos... en la expresión de la fisonomía! Tu sueño es de amor, el mío... de belleza, de gloria; el tuyo es natural, el mío á veces creo que diabólico. Venga del infierno ó del paraíso, ¡le pertenezco!

—Es que no me querrás—balbuceó Clara.

—No; de esa manera que tú desearías... no—repitió ferozmente Silvio.—Perdona; ya convinimos en que todo, excepto mentir. No te quiero así, y llegaría ¡yo qué sé! ¡á odiarte!

Ella vaciló, se esforzó para no desplomarse bajo el golpe.

—Lo sabía—arrancó con dolor inmenso.—Sólo que no quería saberlo... ¡Haces bien en no engañarme!

—No lo mereces. Si te engañase, sería aún más malo de lo que soy. ¡Ah! Soy malo: por éstas: malo, desalmado. Sólo tengo entrañas para mi loco deseo de pintar como los semidioses. Á trueque de conseguirlo... mira... á mi propia madre hubiese echado al arroyo, como á un perro. ¿Y qué tiene de extraño? El sentido moral se suprime ante estas ideas fijas. Ó demente, ó bribón: escoge. ¡Vaya un marido que te preparabas!

—Escucha, Silvio—imploró Clara con humilde mansedumbre.—Expliquémonos sin rodeos. Lo que te ofrezco es justamente el único medio que existe de que sigas tu vocación. Te estás incapacitando para ella. No creas que no entiendo algo de arte. Retratos por oficio, pueden hacerse unos meses, un año; pero á la larga, te amanerarás. Rompe los grillos. Yo seré feliz si tú eres grande. Necesito un objeto, una obra... Hay en mí un pozo de amargura, una estepa de soledad. Mi propia vida no me importa casi. Hacer de ti lo que estás llamado á ser, me bastará para recompensa. Si te hastías... viajarás, volverás. Tendré calma. No me induce cálculo alguno... ¡Te quiero tanto!

Al exclamar así, Clara arrastró dulcemente á Silvio al canapé. Á fuer de legítima apasionada, dolorida aún por el desamor, siempre fiaba en los ardides de su corazón, en el contagio de su ternura. El artista frunció el ceño y volvió á desceñir los blancos brazos, que surgían de las holgadas mangas de encaje antiguo. Torvo y malhumorado, en pie frente á Clara, alzó los hombros.

—Eso, eso es lo que hay... Me quieres... ¡Razón suprema! Las mujeres, cuando os encapricháis... Aquí el juicio lo represento yo. Tú, no más que la impresión del momento. Casarnos, y tenerme siempre contigo. ¡Te lucías! ¿Qué ibas á tener? ¡Ni mi cuerpo siquiera...!

Silvio comprendía que se expresaba desvergonzadamente, y no acertaba á remediarlo... Sus nervios, como siempre, mandaban en él; los sentía tenderse de impaciencia, de enojo, ante el amor de una mujer dispuesta á coartar su libertad bohemia, unciéndole á un yugo áureo. “¡Dinero!” pensaba. “¡Todo lo resuelven con dinero!” Y la aspereza, la brutalidad, crecían en él; á puñadas se hubiese defendido.

—¡Ni mi cuerpo!—repitió.—Es preciso que me conozcas á fondo, y que me dejes por cosa perdida. Hace cuatro ó cinco días lo más, en ese mismo canapé, estaba sentada la modelo de pago, una gitana que huele á bravío; y yo... sin acordarme de ti, como no me acordaría de otra, aunque fuese la misma Dulcinea... Ya ves qué poco me parezco á tu ideal; ya ves cómo engañan mis ojos, mi gesto de melancolía sublime... ¡Si supieses! Tengo un primo panadero, que es mi retrato. Estoy por escribirle: “vente, repartiremos las conquistas...” ¿Qué diría él amasando sus roscas?

Aquí el atroz monólogo se interrumpió. Del canapé no salía ni protesta ni sollozo. Clara se arrebujaba apresuradamente en el abrigo; largos escalofríos recorrían su cuerpo. Sus dientes se entrechocaban. El ruido imperceptible, rítmico, que producían, aterró á Silvio al modo que aterra á los medrosos el trueno. Corrió á arrojarse á los pies de la dama, prosternado.

—Te he ofendido, nena. Perdón. Soy un vil miserable; no hagas caso, despréciame. Hay horas en que no sé lo que digo ni lo que hago. ¡Perdón, perdón!

Clara no se movió. Rebozada hasta los ojos, temblando, tartamudeó muy quedo:

—Lo vil, lo miserable, es esto que llaman amor. ¡Qué vergüenza!

Y añadió con imperio, irguiéndose:

—Enciende... Voy á vestirme.

Obedeció el artista. Conocía que era imposible destruir el efecto de sus palabras, de su impremeditada confesión. Hay cosas que una vez dichas... Dió vuelta á la llave; las luces eléctricas, de dura claridad positiva, se comieron la de ensueño de la luna, y la Ayamonte rompió á andar, volviéndose desde el umbral para contemplar por última vez el taller, los retratos esparcidos, el contador reluciente de bronces, sobre el cual una Madona gótica, de madera pintada y estofada, sonreía con celeste ingenuidad, disputando una manzana al Infante. Permaneció Clara en el tocador pocos minutos; salió, arropada la cabeza en la mantilla negra, oculto el cuerpo por la holgada pelliza uniformemente obscura. Su cara, color de yeso, parecía haber adelgazado súbitamente, y sus ojos, enrojecidos, ardían, mientras la boca se consumía, y se afilaba, como en las agonías, la azulada nariz. El pintor se lanzó hacia la dama y la abrazó de estrujón, mientras cubría de caricias arrebatadas aquella mascarilla trágica, fría, sepulcral.

—¡Nunca te quise sino ahora!—repetía, persuadido de sentir así, en aquel pronto,—nena, nena; me hace daño verte tan pálida. ¡La boquita! ¡Quédate! ¡Vuelve mañana! Mira que te esperaré...

Ella se desprendió, desviándose con fuerza. Echó á andar pasillo adelante, llegó á la puerta, descorrió el cerrojo, tiró del resbalón...

—Dame al menos tiempo á coger sombrero y gabán... ¿Vas á ir sola hasta encontrar coche?

Estaba ya en el segundo rellano de la escalera, y desde él, entre la obscuridad, murmuró sencillamente:

—Adiós, Silvio.


Marzo-Abril.—Silvio se levantó de humor endiablado, rabioso contra sí mismo, al día siguiente de la ruptura con Clara. Por su gusto no saldría del abrigo del lecho; pero justamente, tenía citada á una cáfila de señoras... Saltó descalzo á los fríos baldosines, renegando de la dura ley. Mientras se chapuzaba en la palangana, estremecido, redactaba mentalmente la carta á la vizcondesa de Ayamonte. No para reanudar, ni menos para aceptar la propuesta... Para repetir que la quería como nunca la había querido; que se reconocía un miserable, y solicitaba de rodillas absolución.

—No pondría otra cosa el hombre más prendado—pensaba media hora después, al lacrar,—y en este instante me sale de dentro escribir así...; y si ella me contestase “bueno, iré á firmar las paces...”, soy capaz de volver á ofenderla para que se largue pronto. No; ella no es como yo; ella tiene distinto carácter; no pone aquí los pies. ¡La he precipitado desde tan alto! ¡Bah!—añadió, viendo entrar á la portera con el servicio del te.—Así emigrasen todas á Cochinchina... No sirven más que para levantar jaquecas como la que me está amagando. Se prepara el gran día... Oiga usted—añadió, dirigiéndose á la comadre.—Vaya usted á la botica por esta receta de migranina... ¡No ponga usted cara atontada! Al Continental, calle de Tetuán, que lleven esta carta... Encienda bien la estufa... Pásese por la tienda de marcos, que envíen lo que les encargué... ¿No me podría usted arreglar un puchero, algo de comida sana, para hoy?... ¿No entiende?

—Dios, ¡qué barbaridá! Entender, sí, señor...; pero no alcanzará el tiempo, señorito... Primero que despacho tanto divino recao... Y la portería abandoná, porque á mi esposo hoy le han avisao de la Ministración pa unos papeles...

—Bueno; otro día de comer frío...—calculó enervado el artista.—¡Cómo se multiplican las necesidades!... Habrá que tomar un criado...

Respondiendo á sus pensamientos, la portera advirtió:

—Salga usted si llaman. Abajo no quea nadie.

Silvio tragaba el último sorbo de te, cuando... tilín: la apremiante campanilla.

—¡Á estas horas!—refunfuñó, corriendo á la puerta.—¡Ah, eres tú!—murmuró desalentado, al vislumbrar la castiza jeta de Crivelo tras el embozo de una capa raída. Aquel eterno chupón se parecía más que nunca á un retrato antiguo, cuando subía tres dedos de chafado terciopelo carmesí á la altura del mostacho.

—Vienes en mala ocasión—declaró Silvio, atravesado en la puerta, como obstruyéndola.—Me encuentro sin un céntimo, chico; sin un céntimo.

El enjuto Crivelo se hizo atrás, desembozándose con gallardía hidalga. Era un completo tipo español, entre alabardero y soldado de los tercios invencibles; faltábanle tizona y chambergo, sustituído por abollado hongo.

—¿Quién te pide nada?—pronunció en tono de herida dignidad.—¿Ó te desdeñas de que entre á informarme de la salud?

Las mejillas de Silvio se enrojecieron. No había cosa más contra su genio que humillar á los menesterosos.

—¡Qué disparate! Adelante, hombre. Ven á mi cuarto. En el taller no han encendido aún.

—Llévame un momento á ver las duquesas y las princesas que retratas...

—¡Princesas! ¡Echa princesas! ¿Quién os encaja esas mentiras?—gruñó Silvio, exasperado otra vez.

—Anda; como si no supiésemos que aquí tienes á lo más cogolludo de la corte. ¿Qué te haces con tanta guita como te llueve, hijo? No lo entiendo. ¡Quién tuviera tus manos! Á estas horas era yo rentista. ¡Y solo, solo, sin boca que te pida pan! ¿Qué dirías si te despertases padre de siete criaturas?

—Que era un fenómeno muy raro.

—¡Guasón! Quisiera que te dieras una vuelta por mi casa, Madera, 13, cuarto. Mi suegra, baldada de una ciática; mi señora, yendo á la compra y guisando; ya sabes que ella nació en pañales muy finos... Los chiquillos, rabiosos por tragar...

La cara típica, velazqueña, del litógrafo, expresó aflicción verdadera. Se conmovía al detallar sus ahogos, y no creía faltar á la sinceridad callándose que en parte eran fruto de su afición al café, al copeo de coñac y á matar el tiempo en teatruchos, dejando litografía y cuentas al cuidado del dependiente.

—Créeme, yo me evaporo por no ver lástimas... Aquellas paredes se me caen encima. El negocio, de remate. No se trabaja, no saltan encargos. Dicen que saltarán hacia Octubre. ¿Y mientras? ¿Me ahorco? Van á vencer los pagarés del material. Mañana mismo he de recoger uno. Como no lo recoja con pinzas... ¡Buena mujer! ¡Vaya una hembra!—exclamó sin transición, extático ante el retrato de Lina Moros, que Silvio acababa de volver para enseñárselo.—¡Eres el hijo de la dicha! ¡Pintas á éstas y encima te pagan!

Tilirín... La campanilla. Crivelo se precipitó.

—No te molestes... Yo abro...

Se encuadró en el marco de la puerta un criado de buena casa, rasurado, limpio, serio.

—De parte de la señora vizcondesa de Ayamonte, aquí está el importe de dos retratos, y deseo entregárselo al señorito Lago en persona, y que tenga la bondad de firmarme un recibí, si no le molesta.

El pedigüeño palideció de emoción.

—¿Cuánto trae usted?—preguntó balbuciente.

—Dos mil pesetas en un cheque... ¿El señorito Lago me hará el favor de recogerlas?

Silvio acudía ya á la antesala, turbadísimo. Le asfixiaba la vergüenza. Si Clara hubiese estudiado cómo humillarle, no procedería de otro modo. ¡Dinero; doble suma de lo convenido!

—Diga usted á la señora—pronunció extendiendo la diestra para rechazar el sobre—que los retratos nada valen y que le ruego me permita enviárselos como recuerdo.

—¿Estás loco? Pero, ¿qué haces?—saltó Crivelo, agarrándole de la manga.—¡Dos mil pesetas! ¡Que son dos mil pesetas!

—¡Al diablo!—Y Silvio dió un empellón al litógrafo, mientras el criado, después de saludar, se retiraba pausadamente.—¿Quién te mete en mis asuntos? ¡Pues hombre! ¡No faltaría! ¡Como vuelvas! Yo tiro á la calle lo que me da la gana, y esas peseteras pesetas lo primero.—¡Á ver!

Crivelo, calándose el hongo, recogiendo la pañosa en actitud gentil de galán de comedia calderoniana, se encaró con el artista. Le conocía bien y sabía tocar el registro conveniente.

—Ya veo que aquí estorbamos los pobres. Te has engreído, se te han subido á la cabeza las marquesas. De poco sirve que sea uno amigo viejo, el que pasó contigo tantas crujidas allá en América, cuando comías pan reseco y tasajo, ¿te acuerdas? y subías al andamio á embadurnar paredes... Tú ahora eres opulento, yo no tengo de qué... Si esas dos mil pesetas fuesen mías, ¡qué fiesta en mi hogar! Se hartarían los nenes; el pequeñín no se nos moriría, porque se nos ha largado el pendón del ama; mi señora se compraría calzado y un mantón de abrigo; consultaríamos al médico; satisfaría el pagaré. Lo que unos desprecian, á otros les daría la vida. Así es este mundo amargo... Conque, abur, hijo; dispensa...

Silvio se aplacó, se encogió de hombros.

—Tú eres quien ha de dispensar. ¡Dos mil pesetas no puedo dártelas! Á ver... ¿Con cuánto remedias lo más urgente?

El sablista, palpitante, indicó:

—Unas mil y cien... Menos de eso...

—Suprimido el pico, ¿eh? Las tendrás mañana á esta hora; y ahora lárgate... lárgate, y no pidas nada en diez años.

No quiso oir más el castizo tipo. Minutos después, en la acera de la Puerta del Sol, exclamaba loco de alegría, parándose ante una señora morena y pasada, que lucía monumental sombrero:

—¡Olé las jamonas hermosas!

En aquel mismo punto, ¡tirilirín! hacía irrupción en casa del artista el fiel Marín Cenizate. Como la inmensa mayoría de los hombres, Cenizate en sus actos partía del dato de sus propios sentimientos, importándole los ajenos un comino; y siéndole infinitamente agradable la compañía de Lago, no se fijaba en si Lago estaba á la recíproca. Verdad que al decirle el artista: “Chico, vete”, ningún sentimiento de amor propio lastimado mordía el corazón del adictísimo amigo. Desfilaba... y hasta otra.

Como Silvio no le hiciese caso y siguiese trasteando para arreglar sus desparramadas cajas de colores, Cenizate agitó los brazos ante los retratos concluídos de Clara y Mariano Luz.

—¡Canela fina!—repetía entre dientes, con sofocación de entusiasmo.—¡Canelita en rama, caballeros! ¡Vaya unos retratazos! ¡Que se limpien los ojos los envidiosos de la Sociedad! ¡Que salgan ahora con que si afeminado y si blando! ¡Ese retrato del señor tiene redaños, redaños! Á quitarse el sombrero...

—¡Por Dios!—replicó Silvio, revolviendo febrilmente en una mesa atestada de papeles, libros y cachivaches.—Me duele la cabeza... ¡No me marees!

—Los exponemos—insistió Cenizate.—Dentro de un par de meses, van á exhibir en el Hipódromo sus porquerías. Verás qué horrores. Llevas tú este par de documentos y me los revientas. ¡Boca abajo todo el mundo! Ó, escucha: mejor aún: ¿á qué aplazar? En Mayo tendrás preparadas otras cosas bonitas... ¡Con la facilidad tuya! Estos me los conduzco yo ahora mismito al Salón Amaré. ¡Buen golpe, buen estrépito!

Silvio se revolvió como un gato, blanco de ira, echando lumbre de sus ojos, en tal momento felinos.

—¡Te guardarás! Los retratos ya no son míos. Están cobrados...

—Solicitando autorización...

—¡Necio! ¡Imbécil!—gritó el artista. Á pesar de su longanimidad, más que el calificativo, el tono dolió á Cenizate, que retrocedió algo inmutado. Silvio, de repente, se mesó el pelo, gimió.

—No sé lo que me digo... Si no te empeñas en atormentarme, no me hables de esos retratos. No te importe por mí. ¿Á qué viene tanto afecto? ¿Piensas que te correspondo? Te engañas. Á mi nadie debiera quererme. Doy mal pago. Los cariños me apestan. Prefiero á los envidiosos que dices tú. ¡Ojalá tuviese verdaderos envidiosos! No me envidian: me rebajan con razón, que es distinto... ¡Manía la tuya de ensalzarme! Y es que no entiendes de arte una patata. ¡Te mataría!

Cenizate, tranquilizado, desagraviado, sonrió, se acercó á Silvio.

—Arrechucho tenemos... No se hable más del caso. ¿Te hago tila? ¿Te arreglo esa mesa, te preparo las cajas? Hoy vendrán muchas señoras. El día está magnífico.

—¿Querrás creer—dijo Silvio, cambiando de tono con su acostumbrada movilidad, y abriendo y cerrando á golpes los cajones del contador—que me ha desaparecido mi petaquita de plata oxidada con el monograma de rubíes, el regalo de la Sarbonet? Lo que me indigna es que, sin duda, se la ha llevado el mal bicho de la gitana. ¡Qué mañitas!

—La dejas meterse aquí con una libertad...

—¿Qué he de hacer? ¿Mandarla esperar en la Saleta? Esa egipcia se encapricha de todo... No ve fruslería que los ojos no se la encandilen. Me tiene harto. Sabe de sobra que ya no quiero estudiarla, y vuelve y vuelve... ¡Qué calamidad, un taller de pintor! Es una vega abierta...

—Pues bien pagada y bien recompensada está Churumbela, hijo, para que venga á quitarte cosas. La semana pasada, sin que te sirviera de modelo, ni Cristo que lo fundó, la diste cuatro duros. ¡Llevarse la petaca! ¿Te parece que demos un parte?

—No—contestó el artista.

¡Tilín! La portera, resoplando:

—Aquí tié usté el remedio... ¡El recibí del Continental!... De la tienda, que están con los marcos; que los remitirán cuando acaben. Unas lonchas de pavo he traío de la Ceres pa el almuerzo. ¿Encenderé?

Absorbida la droga, funcionando la estufa, Silvio empezaba á sosegarse, cuando ¡tilín, tilintín!—pasos precipitados, una ráfaga de aire frío de la calle y de olor insufrible á esencia de clavo y pachulí... La gitana en persona.

Cualquiera, aun sin ser artista, se agradaría de aparición tan pintoresca. Churumbela, con la palma apoyada en el talle, el mantón atado atrás, el pelo indómito alisado, con reflejos de empavonada armadura, la expresión melosa y capciosa, propia de su raza, en el perfilado semblante cetrino y en las largas pupilas de sombra; entreabierta la boca bermeja, donde rebrillaba el nácar húmedo de los sanos dientes,—no le iba en zaga á ninguna de las bohemias seductoras del romanticismo.

No encontrando á Silvio solo, sus cejas delgadas se fruncieron; mas ya el artista se lanzaba hacia ella, porque al verla había sentido ciego impulso de cólera, la animosidad que engendra un largo hastío—hastío, en este caso, de pintor fatigado de reproducir un tema, que se complicaba con náusea moral, indefinible; especie de desagravio involuntario á la Ayamonte.

—¡Á ver!—gritó.—¡Si no quieres que avise á la delegación, ya me estás devolviendo ahora mismo mi petaca!

Retrocedió atónita la Churumbela, ensanchando los ojazos.

—¿Qué dise, señorito? ¿La petaca?

—Tú te la has llevado. ¡Á devolverla! ¡Perdida, tuna!

—¡Señorito... que yo no he cogío semejante mardesía petaca! ¡Por la gloria e mi madre y por las yagas de Cristo Santísimo! ¡Así me condene y me jagan en los infiernos picaíllo menúo! ¡Así me saquen er corasón con cuchillos afilaos! ¡Sinco años llevo de andar entre pintores; er señorito Marín lo dirá, y á ver cuándo Bruna la Churumbela, como usté me yama, ha tomao valor de un perriyo que no sá suyo! ¡Soy honrá, señorito, más honrá pué ser que muchas señorasas que usté pinta!—Y el mirar salvaje y encelado de la gitana se clavó en los retratos.

—¡Ó te callas, ó...!—rugió Silvio, avanzando con los puños cerrados y los dientes prietos. Se interpuso, asustado, Cenizate; retrocedió la egipcia, y desde la puerta, con respingo de sierpe pisada, se volvió para vociferar:

—¡Soy honrá por sima e la luna! ¡Negro día aqué en que te conosí, para que me quitases er sentío! Eso é lo que tú me has robao, y no yo á ti la susia petaca, ¿entiendes? ¡Malos mengues te coman á ti y á eya, y á mí por sé una probe esgraciá, que no viste sea ni carsa guantes! ¡Er pago que me das, meresío lo tengo; y agur, y Jesucristo y la Virgen te perdonen, esaborío, que m’as sortao güena puñalá!

Y anegada en descompuesto llanto, Churumbela huyó á tropezones, batió la puerta exterior, haciendo retemblar las paredes de la casa. Desde la escalera se la oyó sollozar aún. Cenizate miraba sonriendo á Silvio.

—¿Conque ésta?...

El artista hizo un gesto de fatiga y de desdén.

—Pues chico, hasta la fecha no se sabía... Solano y varios la han apretado bastante, y ella, nada. Modelo, corriente; otra cosa, no señor.

—¡Bah!—murmuró incrédulo Silvio, á cuya furia sucedía la postración.—Ello es que mi petaca... ¿En qué casa de empeños ó cueva de ladrones parará? Llaman... ¡Si es una señora, te vas volando!

Media hora después Silvio despachaba su fiambre é inconfortable almuerzo, y bebía precipitadamente otra taza de te. ¡Tilirirín! La governess de casa de Torquemada, guarnecida de dos niños. Silvio, con el estómago helado, á pesar de la infusión caliente, corrió al taller, retiró del caballete á la Ayamonte, y puso en su lugar el empezado y ya delicioso esbozo de una cabecita morena bajo una lluvia de bucles negros—la niña Celi. Roberto, el varoncito, protestó. La governess le echó una peluca sobre el tema de la galantería.

—Las damas, primero.

Y mientras la miss arreglaba el traje blanco de Celi, Robertito se dió á curiosear la mesa, atestada de revistas ilustradas, de libros con grabados, revueltos con bujerías y cachivaches tentadores.

Pray you, Robert...—refunfuñó la miss, volviéndose;—y como Silvio, maquinalmente, se volviere también, vió algo que le dejó un instante hecho piedra. ¡La miss recogía, de manos del niño, la petaca oxidada, donde brillaba el monograma de rubíes, y avanzaba á entregársela á su legítimo dueño!

—Su estuche á sigaros, señor... El niño lo puede estropiar...

Para una caricatura, la expresión de la inglesa viendo que Silvio se echaba á la cabeza ambas manos, en desesperado ademán, al mismo tiempo que exclamaba, guardándose la petaca:

—Perdone usted... No puedo dar sesión hoy... Diga al conde que, si gusta, envíe mañana los chicos...

—¿Se siente malo?

—Sí, algo indispuesto.

Sin más explicaciones, zafándose de la miss y sus alumnos, Silvio corrió al dormitorio, recogió abrigo y sombrero, lastró el bolsillo con un puñado de duros, únicos fondos que en casa tenía, y saltando las escaleras de dos en dos, cruzando la calleja, voló á tomar un coche de punto en el puesto de la Red de San Luis, dando al cochero las señas de una calle mísera, en barrio extraviado y pobre.


Aquella noche, ya un poco tarde, Minia Dumbría, que á solas descifraba un nocturno de Saint Saens en un armonio chico y cansado, se encontró sorprendida con la visita de Silvio.

—¿Por qué no ha venido á cenar?—preguntó la compositora.

—Porque tenía el estómago revuelto y estoy á magnesia, á migranina, á drogas. ¡Ay!—exclamó impaciente, sentándose sin ceremonia en el sofá.—¡Qué antipático es ese florero de Venecia sobre el fondo carmesí del damasco! Y ¿por qué se pone usted esta bata á rayas violeta? La sienta como un tiro.

Se echó á reir Minia, y consagró con indiferencia una ojeada al florero y á su deshabillé de seda listada, holgado y sin pretensiones.

—Verdad que la combinación es fatal. ¡Azul, carmesí, violeta! Pero si usted no estuviese tan desesperado hoy, no le sobresaltarían semejantes menudencias. ¿Qué ocurre? Desahogue... Ya sabe mi teoría: todos se confiesan; sólo que usted, equivocándose, ha escogido confesor lego... ¿Cierro la puerta? Así... Bien...

Tardaba el artista en romper á explicarse. Al fin estalló la bomba.

—¿Está en casa la baronesa?

—No; en el teatro.

—¿Volverá pronto?

—La última de Lara se acaba cerca de la una.

—Aguardaré hasta entonces... Necesito verla inmediatamente.

—Para recoger el depósito de dinero, ¿verdad?

—¡Cómo me conoce usted!—suspiró Silvio, tomando la diestra de su interlocutora y estrujándola con angustia de náufrago.

—¡Sus manos están hechas carámbanos! Acérquese á la estufa... Mi madre le soltará á usted una filípica tremenda, merecida; pero le entregará al punto lo que le haga falta.—Tranquilícese. Salga ese embuchado...

—¡Embuchado! Los embuchados y las contrariedades importan un bledo, señora, cuando aquí dentro (golpeo de esternón) hay ánimos, hay serenidad, hay esa flema de usted...

—¡Mi flema!—repitió Minia, hablándose á sí propia.

—Hoy fué un día desastroso para mí, un día negro; para otro, quizá fuese un día como los demás. Á mí, esta tarde, volviendo de mi excursión á las Injurias, nada menos que al paseo de las Yeserías, hasta se me ocurría... ¡qué barbaridad! una de esas humoradas que leemos en la prensa, y que entrando por la boca se alojan en la masa encefálica. ¿No le parece á usted que esto es grave?

—Siempre. ¡Esa idea revela desarreglos nerviosos, lesiones ya profundas! Es propia de degenerados superiores, como usted. Sin embargo, á pesar de la relación que existe entre la sensibilidad peculiar de usted y tal impulso, las circunstancias...

—¡Naturalmente! Oiga usted. Introito: mi portera se larga á recados, y me quedo abriendo: lo más aborrecible. Á todas éstas, me acomete uno de mis jaquecones. Llega el bueno de Crivelo, y el demonio la enreda de suerte que no puedo negarle un préstamo de 1.000 pesetas...

—¡Incorregible!—gritó Minia, condolida de la hemorragia provocada por el certero tajo de sable.

—Bien, suprima los regaños: con la baronesa basta... En seguida echo de menos la petaca de plata, regalo de la Sarbonet; se me antoja que me la ha quitado la gitana típica que tanta gracia le hace á usted, la Churumbela; se aparece en aquel momento llovida del cielo, y la harto de improperios; me pongo hecho una hiena; la pego casi...

—¡Pobrecilla! ¿Y no era ella?

—Verá usted... ¡Aguarde, que estamos empezando! Para desengrasar, Marín Cenizate (el adicto que me abruma con todo el peso de su adhesión) se empeña en exponer dos de mis retratos en el Salón Amaré, para dejar bizcos á mis envidiosos. Así dijo el muy simple: á mis envidiosos.

—¿No los tiene usted?

—No. En el verdadero sentido de esa palabra, no. ¡Y usted no lo ignora! Sigo la relación. Vienen los chiquillos de Torquemada, y el Robertito revuelve en mi mesa y me presenta... ¿qué dirá usted? ¡La petaca, la petaca!

—¡Qué lance! ¿Ve usted? Tenemos el vicio de sospechar de los pobres. Toda nuestra relación con ellos se basa en la sospecha. ¡Base extraña! No sé cómo no nos han quitado ya hasta la respiración, porque si al cabo les hemos de tener por ladrones...

—Cierto. Yo menos que nadie, pues fuí tan pobre, debía... En último caso, ese modo de insultar porque nos quiten un dije inútil, esa indignación ante pequeñeces, es algo bárbaro. En fin, me entró tal fatiga, que á las Yeserías me fuí, y en la zahurda de la gitana casi me arrodillé para que me absolviese.

—¿Y absolvió?

—Nada de eso. ¡Me trató peor que yo á ella! Me tiró á la cara el dinero que la llevé. Y debe de hacerla falta. ¡Qué tugurio! ¡Tanto churumbel color de aceituna! De todas maneras, quedé algo tranquilo con haber reconocido mi yerro. “Pégame” la dije. “Á no matarte, desalmao, no te toco”... fué la contestación; y allí se quedó llorando.

Calló. Minia reflexionaba; de un café próximo subían acordes, trozos de música, amortiguados por la distancia. Silvio permanecía cabizbajo. La compositora, mirándole fijamente, articuló por fin:

—Y... ¿no hay más? ¿No hay otro... embuchado?

—Embuchado no y embuchado sí... ¡Caso que lo fuese, ya se acabó! ¡Ñac, ñac! Trueno...

Y Silvio castañeteaba sus dedos largos, flexibles.

Minia, repentinamente grave, prorrumpió:

—Culpa de usted, de fijo.

—Culpa mía... Lo reconozco. He estado despiadado, tremendo...

—¡Pobre mujer! ¡Y yo que la creo tan leal!

—Y no se equivoca usted—declaró Silvio con calor.—Por eso me odio. Debí producirme de otra manera. Eso, eso es lo que me puso los nervios locos.

—Si es sólo una riña... se arreglará—murmuró la compositora.

—¡Ni se arreglará, ni lo deseo! Del desarreglo me felicito. Lo que me escuece son las formas que empleé. No procede así un hombre. Y es que á cada hora del día soy distinto: créalo usted. Tan pronto me las apostaría con los de la Tabla Redonda, como me sería indiferente hacer méritos para ir á presidio.

—¡Exageraciones á un lado! Sepamos qué ha ocurrido—repuso Minia, curiosa de lo sentimental, como todas las mujeres.

—Atención... Ha ocurrido... ¡el diablo son ustedes!—que quería... quería casarse conmigo. Ea, ¿qué tal?

De sorpresa, se persignó Minia. Era conocida, proverbial, la repugnancia de Clara Ayamonte á las segundas nupcias, y de esto, como de otras cosas, se acusaba al Doctor Luz y á su pedagogía disolvente.

—¡Casarse con usted!—repitió.—¿Es de veras?

—Y tan de veras. Para darme medios de seguir mi vocación: para que no haya más cromitos.

La confidente, con vivacidad, pegó una palmada en el borde del sofá, y exclamó:

—¡Cuando yo decía que no es una mujer vulgar! Ese conato generoso, óigalo bien, no lo tendrá ninguna de las que usted ha de engatusar todavía, á pretexto de retrato. Lo que es ésta (confirmo mi opinión) sentía, sentía en el alma. ¿Y usted la maltrató por tal ocurrencia? Pues, sencillamente, le resolvía el porvenir. Cuidado, Silvio; lo primero que hemos de hacer es ver claro en nosotros mismos y trazarnos la vía.

—Trazada la tengo... ¡y aunque sea menester ir pisando brasas...!

—¡Fantasías...! Se equivoca. ¿Qué vía ni qué niño muerto? Aspirar no es querer. Fíjese: vino usted aquí con el pío de que tres ó cuatro retratos al mes le diesen para subsistir mientras ahondaba en labor más seria. Por un golpe de varilla mágica, en vez de tres ó cuatro, son treinta, cuarenta, cien encargos los que, apremiantes, le caen encima. ¡Y qué clientela! La crema, la espuma, el éter de la sociedad. Se susurra que ya fermenta el encargo de Palacio... Muy bien. ¿De qué le sirve para la aspiración tal golpe de fortuna? ¿Ahonda? Ni un azadonazo. ¿Ha recaudado siquiera fondos, tesoro de guerra? De su ensueño se halla usted á mayor distancia que el día en que, con ropa raída de verano, en segunda, llegó á esta villa y corte. Le faltan á usted condiciones vulgares, y acaso reúne facultades extraordinarias. Ni sabe ahorrar, ni reservarse, ni metodizar el trabajo. No será usted snob, no adora la sociedad; pero se deja arrastrar por ella, y será vencido. Está usted cogido en un engranaje enteramente incompatible con las altas inquietudes que me descubrió en Alborada... Y viene una mujer, llena de cariño, poseedora de cuantiosa hacienda, distinguida, intelectual, sensible, á acercarle al ideal, suprimiéndole toda preocupación del orden práctico, y la recibe, por lo visto, á puntapiés.

El artista, preocupado, se mordía el rubio bigote.

—¡Y mi libertad!—clamó.—¡Señora, usted es muy ilusa! Clara, probablemente, lo que buscaba era impedir que yo retrate á otras; en una palabra, hacerme suyo... comprarme.

—Yo ilusa y usted fatuo é ingrato... ¡Vaya unas deducciones bonitas! ¿De dónde saca tales supuestos?—replicó Minia, indignada.—Clara es incapaz de un cálculo egoísta, mezquino. Júzguenla como quieran, y sin que yo la canonice, su carácter y su corazón valen oro. Esa mujer lee en su destino de usted y lo interpreta mejor que el interesado...

—Diga usted, al menos, que el desinteresado...—objetó Silvio.

—¡Conforme!—prosiguió ella, riendo otra vez, á su pesar, como se ríe la salida de un niño.—Confiese que Clara pudo encontrar novio, novios más brillantes, en su esfera social, que usted... Los móviles de su proposición la honran: asociarse á una vocación de artista, dar alas al genio... ¡La libertad, dice usted! ¡Ah, bobo! ¡Ya verá qué libertad le aguarda! Cada elegante cliente trae en la mano un eslaboncito de cadena para soldarlo al anterior. Cuál es de oro, cuál de plata, cuál de diamantes roca antigua, cuál de diamantes al boro... Todos eslabones. ¡El tiempo me dará la razón!

Agachaba Silvio la cabeza bajo la rociada. Minia, persuasiva, apretó.

—Ahora empieza el sermón... La idea de Clara no representaba para usted solamente la libertad económica: representaba algo superior: el arreglo de su conducta, su moralidad. ¡No le amonesto á usted en nombre de cosas... en que usted no cree; no se trata de eso...!

—¡Sí se tratará!—rezongó Silvio.—¡Siempre respira usted por la herida! El otro mundo, ¿verdad? ¿La cuenta que hemos de dar, etcétera?

—¡Ah! ¡Si yo pudiese inculcarle eso!—Y Minia bajó la fervorosa voz.—Pero eso no se inculca. Eso es lo más inefable: es la gracia... Dice Fray Luis de Granada que la gracia cura el entendimiento y sana las llagas de la voluntad; pero no dice que el entendimiento y la voluntad basten para recibir el don de la gracia. Hay quien puede otorgárselo á usted. Él se lo otorgue.—Así es que hablaremos... en profano, en mundano y en crudo.—¿Se figura usted que su aspiración no sucumbirá, más ó menos pronto, á manos del libertinaje? ¿Cree usted que su salud no se resentirá también?

—¿Qué es eso de libertinaje? ¡Vaya una palabreja cursi! Ni que fuese usted Goizán, el de Marineda, que me escribe retahilas de desatinos y me cuelga la lista de las mile e tre... ¿No se ha enterado, señora, de que no gasto pasiones volcánicas?

—¡Las pasiones no son el libertinaje! Cuanto más árido y seco el corazón, más expuesto un hombre en su situación de usted al desorden moral... y físico. Goizán verá visiones... lo cual no quita que tenga razón. Siempre sobrarán ocasiones fáciles, donde falten cariños hondos que, á defecto de mejor escudo, protegiesen á usted. Ya está usted picado al juego. Se arruinará usted gastando perros chicos... pero se arruinará. Con Clara, el arte y la existencia tranquila; por añadidura, el amor.

—Ta, ta, ta...—Señora, señora... No la conocía á usted casamentera. ¡Vaya un nuevo aspecto de su eximia personalidad! Ahora me permitirá que hable. Encarece usted mucho la lealtad de Clara, su generosidad; no se deje engañar; yo calo más: eso se llama... que me quiere. Hoy, mucho de dar alas á mi genio; mañana, las recortará con sus tijeras de tocador. Clara es ilustrada, su temple de alma muy noble; corriente... pero es mujer, y para ella, lo primero, el amor; lo segundo, el amor... y lo tercero, el amor; ¡qué rábanos! No puedo contratar sobre tal base. Y recibir y no dar... tampoco es lucido papel. Atrévase usted á jurar que, en mi pellejo, diría . ¡Quiá! Los que la Quimera roza con sus alas gustan de ser independientes, con feroz independencia, y luchar y morir; y si no llegan adonde pensaron... pensar en llegar les basta. Supone usted que puede arrastrarme la sociedad... que no me reservo... ¡Pues si no me reservase un poco! ¡Á mí déjeme usted: los consejos me crispan!

—Me río de sus crispaciones. ¿No ha venido á hacerme confidencias? Fúmese ese cigarrillo musulmán, regalo de Turkán Bey; como tiene opio, le servirá de calmante. Y pues se crispa tanto, sepa que aún falta el consejo mejor.

—¿Cuál, vamos á ver? Alguna sentencia que soltó algún fraile.

—Una sentencia de Sancho Panza. Que en atención á que sus pasteles le proporcionan dinero, elogios y relaciones cada día más altas, á ellos se atenga y no busque pan de trastrigo. Déjese de andar contando á la gente que sus retratos son cromos: en primer lugar, no lo son; en segundo, la gente se apresura á creer cuanto malo decimos de nosotros mismos. Pudiera suceder, Silvio, que ese género delicado y aristocrático y algo artificioso fuese el que la Naturaleza ha querido que usted represente dentro del arte. Es usted el único que lo cultiva hoy. Ya eso sólo... Quédese donde está bien; así habló Zaratrustra.

—¡Ya sabe que no puedo! Cuantos obstáculos se me opongan los arrollaré; y pues el más frecuente es la mujer, la mandaré al demonio. Para el trabajo que me cuesta...

—¿Cree usted eso? Nunca interpretamos nuestro enigma. Silvio, aunque no le llegue á usted al alma la mujer—está usted en sus manos.—Es el grave inconveniente de su especialidad; yo al pronto no lo sospechaba. Por la mujer gana usted nombre; por la mujer, dinero; por la mujer, llegará á entrar en las casas más inaccesibles; á la mujer se encuentra usted sujeto; la respira; la lleva ya en las venas. Es la invasión lenta, de cada segundo, á la cual no se resiste; el proceso orgánico. Sueña usted rudezas y violencias y verdades desnudas de arte, y la mano se le va, sin querer, hacia la dulce mentira de la dama; mentira de formas, mentira de edades, mentira de figurines, mentira, mentira... Sólo le salvaría el amor, un amor bueno, digno, total...; ¡y cuando asoma, le pega usted azotes al pobre chiquillo!

Un suspiro profundo del artista comentó las observaciones, demasiado exactas, de la compositora.

—Estoy muy triste. ¡Si tuviese usted razón!

—La tengo. Reconcíliese con Clara.

—Imposible. Eso no tiene compostura. Tampoco me gustaría que la tuviese. Reconózcame alguna buena propiedad: no soy capaz de representar la farsa que semejante combinación exigiría. Saldré á flote con este dedito... y ¡por cierto! anoche soñé que se me gangrenaba, que se me caía, y que me veía obligado á mendigar á la puerta de Fornos.

—¡Disparatado! ¡Chiflado! Clara será vengada; de eso estoy segura. De vengar á Clara se encargarán otras mujeres, que le aniquilirán á usted.

—Iré á París, á Londres, á Nueva York. Allí un retrato se paga mejor que aquí. Allí, con un retrato, vivo un mes... y á cavar hondo. Y su madre de usted, ¿se queda hoy á dormir en Lara?

Como si la evocasen estas palabras pronunciadas con impaciente nerviosidad, oyóse ruido de puertas, un andar vivo y seguro, y la baronesa hizo irrupción en el estudio de su hija, riendo aún los chistes de la piececilla por horas y lamentando que Minia no hubiese compartido tal placer. “Estaban las de Tal, las de Cual, las de Be y las de Hache...” Silvio contemplaba con envidia á la dama; abatido y exasperado á la vez como se sentía, comparaba su juventud dolorosa á aquella ancianidad exuberante, sana, lozana, divertible y divertida tan fácilmente, abierta á las impresiones gratas y exagerándolas para compensar las decepciones y los desengaños. El mismo pensamiento ocurría á Minia; también Minia, cautiva entre las garras de la Quimera, había deseado á menudo recortar su espíritu encerrándolo en círculo más estrecho; en vez de tender á lo inaccesible, buscar el contentamiento que se viene á la mano. Amar lo que está á nuestro alcance, es la sabiduría suprema—discurría la compositora.—Salimos muy de mañana en busca de regio tesoro oculto; caminamos y caminamos; á medio día los pies nos sangran y el calor nos deseca lengua y paladar; á orillas del sendero mana un hilo de cristal y crece un cerezo salpicado de maduros corales; nos recostamos, y la magia humilde del agua pura, del fruto jugoso, ponen olvido de la ambición lejana... Amemos lo pequeño; nos escudaremos contra la negra Fatalidad y el mudo Destino... En la mirada que trocaron Silvio y Minia se dijeron esto claramente, y también otra cosa: “No depende de nuestra voluntad contentarnos con la fuente y el cerezo. No amamos sino lo infinito y lo triste, la belleza soterrada y guardada por los genios”.

La palabra rara vez manifiesta este género de ideas. Ni ideas son: bruma de pensamientos y de ansias. Cuando más claras se formulan dentro, es cuando la lengua pronuncia las frases más insignificantes, que menos relación guardan con lo íntimo.

—Aquí tienes á Silvio, muerto de miedo...

—Baronesa, ¡no me pegue usted!

—Se trata del capital...

—Del millar de millares...

—Y no se atreve...

—No me atrevo... Déjeme usted colocarme á honesta distancia.

La dama permaneció silenciosa, fruncida. Al fin, con gesto seco, hizo una seña negativa y rompió á andar hacia la puerta. Silvio se precipitó, la cogió suavemente del brazo, con reverencia filial.

—Baronesa, por Dios, necesito ese dinero. No se empeñe en hacerme bien contra mi voluntad: ya adivino sus intenciones... pero lo necesito.

—¡Necesita usted morirse en un hospital!—gritó la señora revolviéndose furibunda.—Lago, Lago, ¡nunca será usted una persona de buena cabeza! ¡Se empeña en irse á pique! No; no le doy los cuartos. Ni están en casa. ¿Cree que se tiene tan á mano el dinero? ¿Que soy alguna despilfarradora como usted? Siempre le habrán pegado el sablazo número cuarenta y cinco mil cuatrocientos cuarenta y cinco. Rodeado de tunos vive usted. Le beben la sangre. El día que usted les pidiese algo á ellos, ¡veríamos! ¡veríamos!

—Baronesa querida, ¡por Dios! Un compromiso: he ofrecido mil pesetas á un amigo desgraciado...

—Á un pillo redomado.

—¡Señora! ¡Qué modo de juzgar! Como usted cobra sus rentas, no se hace cargo de lo que pasa en el mundo. Hay mucha hambre, baronesa, por ahí.

—¡Y mucha sinvergüenza y holgazanería!—clamó fuera de sí la señora, reprimiéndose para no atizar un pescozón á aquel tonto de artista.—¿No está usted expuesto como el que más á que le haga falta, en una enfermedad, lo que se ha ganado? ¿Es usted algún millonario? ¿Por qué le chupan los tuétanos, vamos á ver? ¡Porque le consideran bobo, bobo, bobo, bobo de remate!

No le permitían los nervios á Silvio, en tal ocasión, oir estas cosazas, ni podía avenirse casi nunca á los consejos imperiosos, y en llana prosa—llana y útil—de la Dumbría, que lejos de convencerle, tenían la virtud de causarle una reacción de poesía bohemia; el interés, colocado así en primer término, sobre pedestal, le indignaba, como indigna á un pensador original y revolucionario un argumento de buen sentido.

—Señora—articuló secamente,—ese dinero es mío y dispongo de él. No pensaba recoger sino mil pesetas; ahora me da la gana de llevármelo todo. Voy á mudarme de casa; tengo infinitos gastos...

Á su turno, la baronesa se puso grave, mostró tiesura quisquillosa.

¿Ah? ¿Conque así? ¿Qué se figuraba Silvio?

—Es justo... Ahora mismo; espérese un instante...

—Se ha enfadado—murmuró Silvio, con el tercer ó cuarto arrepentimiento y contrición en el espacio de veinticuatro horas.

—Naturalmente. Y yo en su lugar le mando á paseo. No puede negarse que dice la verdad y que usted es explotado por gentes que valen poco. Eso no es caridad, Silvio, ni beneficencia, ni cosa parecida.

—Me río de la caridad, me río de la beneficencia. ¿De dónde saca usted que tiro á filántropo? No. Es que he pasado miseria y sé que los miserables sufren al pedir. ¿Cree usted que piden por gusto? Piden... ¡qué sé yo! Y ¡qué diantre! ¡ahorrar! ¡monises! Ya los sacaré de este dedo, si no se me cae. Ahora, cuando venga la baronesa, la presentaré mis excusas...

Entraba ya, portadora de un sobre que encerraba algunos billetes. En la cara anterior del sobre se leía: “Esta cantidad pertenece á Silvio Lago, que me la ha confiado en calidad de depósito”.

—Tome usted... Apuntado estaba, por si me moría... Y no me traiga más cuartos. No lo puedo remediar; me fastidian ciertas candideces. Para esto no necesita usted depositaria. Cuente, cuente, á ver si falta...

Silvio recogió el sobre sin examinarlo; miró á la baronesa, sonriendo con la dulzura halagüeña de un niño; é inclinándose, cogió la mano de la anciana señora y la besó religiosamente. Era el ritmo de su psicología; era la continua fluctuación de su océano; era el repentino salto de sus impresiones, siempre rápidas y extremadas, notas de un instrumento demasiado tirante y vibrador.

—¿Quiere usted un ponche?—preguntó al verle humilde y callado la baronesa, brindando al desfallecimiento moral un reparo físico. Vino el ponche—tres vasos, coronados de fina espuma amarillenta;—y bebido sosegadamente, retiróse la baronesa á cambiar de traje, y Minia se sentó ante el armonio fatigado, y dejó oir los primeros compases de una sonata de Beethoven. La acción de la música, al expresar para cada uno de los dos artistas la vida interior, les entreabrió un momento el cerrado horizonte de lo infinito. Todas las discusiones é incidentes de carácter práctico se olvidaron, cayeron á tierra,—gotas de agua embebidas por el polvo.—Eran las dos de la mañana; los ruidos de Madrid se habían extinguido; sólo alguna rodada de coches, apagada y distante, aumentaba la sensación de aislamiento y de seguridad para el ensueño. En el espíritu de Silvio reflejábanse entonces claramente las formas de un mundo invisible, y la corriente superficial de su existir adquiría profundidad, lo intenso y real del sentimiento exaltado. La aparición de la baronesa de Dumbría interrumpió la sonata y restituyó al artista á la insignificancia de las preocupaciones anteriores:

—Vaya usted con cuidado. Lleva usted dinero: no le atraquen y se lo quiten. La gente anda muy lista.


Á hurtadillas, ansiosamente, miraba á Clara el doctor Mariano Luz, procurando que ella no notase la contemplación de que era objeto. Acababan de reunirse para pasar la velada juntos, en la salita de confianza que precedía al despacho del doctor. Por una de esas afectuosas formas de captación que se producen entre los que bien se quieren, Clara había elegido, para refugiarse de noche á hojear periódicos, dar cuatro puntadas en una labor ó entreleer una página de revista, la estancia donde su padrino guardaba, en estantes abiertos, su rica biblioteca profesional. En el despacho no tenía Luz sino vitrinas con relucientes instrumentos y aparatos.

El silencio era significativo: silencio que palpita, que presta sentido hasta al ritmo de la respiración. Otras noches el médico procuraba tirar del hilo de conversaciones insignificantes; así engañaba y ocultaba su ansiedad. Hoy—no acertaría á decir por qué—érale imposible devanar una palabrería fútil. Se entretiene el tiempo cuando se tantea en la incertidumbre; reconocida la existencia del mal, se va derecho á combatirlo. Creía Mariano Luz escuchar ese aleteo de alas negras que tantas veces, en casos desesperados, le había impulsado, sin perder un segundo, á la atrevida operación.

—¡Clara!—exclamó. El tono de la voz expresaba tanto, que la señora se estremeció de pies á cabeza.

—¡Clara, hija mía!—insistió él; y se levantó de la butaca.

Ella le dejó acercarse. Sonreía, con sonrisa más doliente que ningún llanto. Siempre le parecía al doctor algo violenta la sonrisa de su ahijada. En aquel momento la encontró propia del reo que quiere mostrar serenidad ante los jueces.

—Clara—dijo por tercera vez,—¿estás enferma? ¡Ni sé por qué te lo pregunto, niña! La respuesta la llevas en la cara. Sólo que en ti lo enfermo se recata. ¿Merezco que intentes engañarme? ¿No comprendes, Clara, que tengo derecho á tu mal, sea el que sea?

—Nunca he disfrutado de mejor salud; reconóceme, tómame el pulso... Te convencerás.

Luz se aproximó á la dama y la imploró con las pupilas, con la actitud, con todas las fuerzas de su voluntad de varón grave y entendido. Hasta ansiaba ejercitar sobre ella un poderío de sugestión; y no era la primera vez, desde hacía algún tiempo, que cruzaba por su mente la tentación fortísima de someter á su ahijada á uno de esos experimentos sobre la conciencia, que entregan los secretos del sentimiento, y hasta las obscuras voliciones no definidas aún del sujeto, al experimentador.

Esto—pensaba—no es como lo demás. Esto trae cola. ¡Su misma placidez me asusta! Si yo fuese, por ejemplo, un marido, viviría en seguridad completa hasta que una mañana me despertasen con alguna noticia atroz... Antes, al caerse de lo alto de su ensueño, ha solido presentar los síntomas de esta clase de afecciones morales: desasosiego, crisis nerviosas, explosiones involuntarias de aflicción, alteraciones funcionales, inapetencia, sueño cambiado y á deshora, alternativas de risa y lágrimas... lo natural. Se deja correr... y el tiempo interviene con su lima. Ahora... estamos peor, peor. Así se manifiesta la incapacidad para la vida, el agotamiento de las fuerzas que la sostienen. ¡Si yo pudiese provocar en ella un arranque de confianza y de expansión! ¡Á menudo, por la boca se vierte lo más envenenado del dolor, y sale, envuelta con el desahogo, la extrema consecuencia que podría traer el dolor mismo!

Los temores de Luz—que le salían á la cara en forma de excaves plomizos, reveladores de los estragos que una idea produce en la sangre—coincidían con otra clase de preocupaciones también absorbentes, á las cuales hubiese querido entregarse por entero. Por esta circunstancia especial sufría doblemente; los que consagraron la vida á trabajos positivos que velan una aspiración ideal, llega un momento en que no se resignan á morir sin realizarla. El tiempo que les resta está por avara mano tasado y medido; conviene apresurarse. ¡La noche llega; hay que encender la lámpara!—Este afán de sobrevivirse, propio de la madurez ya decadente, se manifestaba en el Doctor Luz por una serie de tenaces investigaciones encaminadas á aplicar uno de los últimos descubrimientos científicos á la curación de cierto grupo de rebeldes y crueles enfermedades, tenidas por incurables hasta el día. Su devoción á Clara le había arrancado de Berlín cuando principiaba á entrever consecuencias de principios, sendas que al través de lo desconocido se marcaban confusamente, vagas titilaciones de claridades, que medio se parecían, disipando momentáneamente las tinieblas de lo ignorado. Hallábase, justamente, el médico en uno de esos estados cerebrales que en arte se llaman inspiración y en ciencia no tienen nombre, por más que hayan precedido á todos los señalados descubrimientos. Su inteligencia se encendía, dispuesta á fecundizar el antes estéril montón de adquirida experiencia, de observaciones clínicas, atesoradas sin presumir que para nada sirviesen; y ahora las veía juntar sus manos y formar una cadena luminosa. La augusta verdad brillaba y se desvanecía, con desesperantes intermitencias de fanal de faro. El Doctor se juraba á sí mismo que fijaría la claridad para siempre. Á su nombre iría unido un triunfo sobre el dolor y la miseria humana.—Viajando, dentro del tren, al acudir al llamamiento de Clara, padeció una crisis de desaliento. El destino de un sér tan querido era y seguía siendo su cuidado mayor, el único que tenía embargadas las fuerzas de su alma. Mientras sintiese á Clara agonizar, no dispondría de atención para la labor. La carne viva de su corazón le dolía allí,—en otro corazón acribillado por siete puñales de pena.

—Es el sexo, es la ley fisiológica—pensaba el Doctor.—En ella, en su delicadísima organización, reviste esta forma que se puede llamar poética. Como las reacciones de la colesterina, que dan tan preciosos verdes esmeralda, en belleza se convierte su amargura.

Los planes de matrimonio expuestos por la vizcondesa de Ayamonte, la simpatía que Silvio Lago despertó en el Doctor, contribuyeron á infundirle un poco de optimismo.

—Se casará... Tendrá á quien querer conyugalmente, y aun maternalmente... Desviará hacia el dulce sacrificio diario el torrente de su egoísmo pasional... Acaso, por instinto, acierte esta criatura con la solución... Cásese enhorabuena. Si ella puede vivir, podré yo trabajar.

Relativamente entregado á la confianza, el Doctor, un día, se despertó aterrado. Al ocupar su sitio á la hora del almuerzo, al buscar los ojos de Clara, la vió tan diferente, no ya de como solía ser, sino hasta de como se mostraba bajo el influjo de un trastorno moral,—que su corazón dió un vuelco. Con frecuencia la había contemplado abatida de infinita tristeza, más pálida que de costumbre, sobre todo pálida de distinta manera, con la desigual blancura del insomnio, jaspeada á trechos por las marcas rojas y cárdenas que delatan el estrago de la batalla espiritual, y no se confunden con las del padecimiento físico; con frecuencia había reconocido en sus párpados el edema que produce un llanto imposible de contener, retraído, delante de quienquiera que sea, por el pudor y la dignidad.—No así en el momento presente. La expresión del rostro de Clara, en aquella mañana y después, fué alarmante para un médico por el sello de estupor que la caracterizaba. Estupor tan invencible, que tenía algo de extático, si suponemos éxtasis en medio de las torturas infernales. El Doctor recordaba haber visto expresión semejante en una enferma atacada de enajenación, semanas antes de declararse abiertamente el padecimiento. Se arrojó hacia su ahijada y la arrastró á la ventana, abrazándola y empujándola. Ante la no prevista acción, Clara volvió en sí y resplandeció en sus ojos la conciencia. Su actitud dijo, mejor que prolijas explicaciones, que estaba resuelta á reservarse lo íntimo, lo sagrado de su mal. La llave del santuario y de la cámara de tormento, nadie se la arrancaría.

Ya no pudo Luz volver á sus indagaciones ni concentrar sus facultades para seguir el semiadivinado filón. El peligro del sér adorado obligaba á descuidar lo demás. Venía tan embozado, tan traidor, y era tan desusado, que no sólo preocupaba al amigo, sino que excitaba la curiosidad del médico. El Doctor sufría la atracción que ejercen sobre los profesionales que conservan el fuego sagrado ciertos fenómenos y estados que no se explican sólo por lo físico; y la idea suicida, la incapacidad de vivir, se contaban en este número.—Mariano Luz sostenía que no se llega á concebir tal propósito sin una preparación larga y honda. No dejaba de parecerle sacrílego considerar la enfermedad de Clara “un caso”; pero creía que, tratándose de curarla, era preciso mirarla como á las otras enfermas. Necesitábase el hábito observador, el ojo clínico, para discernir los progresos del mal bajo la apariencia de normalidad y frialdad indiferente de que Clara se revestía. Igual que siempre, comía con poco apetito y distraída; se recogía á las horas de costumbre; se levantaba con puntualidad, y sólo en su alejamiento de todos los lugares donde pudiese encontrar á Silvio se revelaba superficialmente la herida.

Pero el único amigo verdadero que restaba á Clara la conocía demasiado, la había estudiado con sobrado amor, para que pudiesen despistarle exterioridades facticias. Sabía Luz de memoria lo que no se finge, porque no tiene sobre ello dominio la voluntad; el metal verdadero de la voz, el sentido de sus inflexiones timbradas ó enronquecidas, las empañaduras del cristal de los ojos, las securas de los labios quemados por nocturna fiebre, el temple urente de las manos, la fatiga y decaimiento del andar ó su desigual rapidez, la posición de la cabeza, la tirantez forzada de la sonrisa, el hundimiento de las maceradas sienes, la contextura de la epidermis, donde en pocos días habíanse marcado pliegues todavía no atribuíbles á la edad. Lo más significativo para el Doctor eran ciertas fulguraciones repentinas de la mirada, aceradas y terribles, que tenía apuntadas en sus cuadernos, por haber visto coincidir ese síntoma con resoluciones decisivas, con actos de violencia, con accesos de locura. La siniestra centella denunciaba el volcán oculto.

Ni por un momento pensó Luz en interrogar al pintor. Hubiese jurado que Silvio le diría la verdad; pero la verdad que en circunstancias tales se dice, no es sino cáscara de otra verdad íntima; cáscara de hechos secos y sin vida ni sentido. Nada son los hechos, aislados del espíritu donde recaen y han de germinar. Sólo cada cual sabe y conoce su verdad propia, que al pasar por ajena lengua se disuelve en humo. Clara, y nada más que Clara, podía interpretarse... si pudiese; si el alto silencio que á veces cierra los labios, á fuerza de despreciar la manifestación verbal, no los tornase piedra. Estatuas hay—pensaba Luz—que nos dicen mucho, tal vez lo infinito, y sin articular palabra. Dió entonces en traducir el mutismo de su ahijada, y la traducción fué espantosa. “Es preciso romper el hielo y animar la piedra—resolvió—de cualquier modo”. En todo caso de apelación á la verdad hay un largo período en que se la teme, y un instante en que á toda costa, y aunque sea entregando la vida, la solicitamos. Era llegado este instante para el Doctor.

—Hija mía—imploró,—si algo merezco de ti, devuélveme aquella confianza de otros tiempos. Es inútil que me digas que no te pasa nada; ya sé que no has de decírmelo. Nuestras inteligencias han convivido; nuestros corazones creo que se entendían. ¿No me quieres ya... un poco?

Clara dejó caer la cabeza sobre el hombro de su padrino.

—Pregunta—murmuró.—Aun de mala gana, te diré... lo que sepa. ¡No creas que lo sé todo, ni mucho menos!

—De ti misma no sabes... Es natural, niña mía, pobrecita. ¡Qué natural es! Ni nos sospechamos, lo mismo en lo físico que en lo otro. Ni nuestras enfermedades conocemos; solemos morir de algo que para nosotros carece de nombre. En fin, ¡á lo que importa! Perdona. Me consumo también yo; ¿no ves? Voy á recetarme bromuro. ¿Cómo quieres que no me sobresalte? No tengo descanso. ¡Quién sabe si estoy pasando peor rato que tú!

Hizo Clara, débilmente, muestra de agradecer aquella tierna simpatía, y el Doctor notó el abismo que el movimiento abría entre el presente y el pasado.

“Me quiere menos, me necesita menos que antes.”

—Pues bien, ahí va... lo que es posible que vaya—dijo ella.—Lo sucedido es poco; nada casi. Ya sabes que se me había puesto aquí—apuntó á la frente—que debía... casarme con él. Era tal vez una locura, tal vez una determinación ridícula; pero me parecía á mí cosa divina, el único asidero para reconstruir mi existencia estragada y perdida y darle un fin. ¡Un fin, un objeto! ¡Tú sabes que eso es necesario, que eso es indispensable!

—Verdad—contestó Luz.

—Yo—prosiguió ella—así lo entendía. Él lo entendió de distinto modo. Y... en concreto... no ha pasado más.

—¿Qué razones dió á su negativa?

—¡Razones!—exclamó Clara.—Aunque me hubiese dado cien... No sé de cosa más despreciable que una razón. Desde que esa vieja lela, cargada de sentencias, cargada de paja y de abrojos, sale á relucir...

—En fin, él alegaría algún pretexto...

—No; si él estaba en lo firme. No me quería.

—¿Eso tuvo el valor de decirte?—gritó el Doctor, indignado.

—Eso precisamente no... pero es igual. Nunca eso se formula en explícitas palabras. Seamos razonables, padrino; yo debo hacerle justicia; no adobó embustes: habló franca y hasta brutalmente. Me dijo las cosas que ruborizan y las cosas que desgarran; las cosas que imprimen estigma y las cosas que asfixian, ¿sabes? Él no es insensible. El dolor que causa, le duele. Casi en el acto le vi contrito. Su contrición era un acceso de piedad, un desquite de la conciencia. No lo dudes, tengo dos beneficios que agradecerle: el cauterio, y la caridad de querer aplicar bálsamo sobre la quemadura. ¿Te parece poco?

—No es poco para la naturaleza humana...

—Te aseguro que no le acuso, no; el que no miente, no falta. Si pienso en él, le veo lejos, lejos... mezclado y confundido con otras imágenes y memorias, que en realidad forman una sola y se llaman—para mí—el mundo de tierra.

Luz se levantó y paseó agitado por la estancia, buscando consuelos, reactivos.

—Eso no es cierto—prorrumpió al cabo.—Si le hubieses borrado de tu recuerdo, estarías tranquila; y no digo nada si algo nuevo hubieses escrito en ella. Y no tienes más camino: te han vaciado el alma, te han arrojado á la obscuridad. Llena el vacío, busca el sol.

Ella hizo un gesto de desahuciada que sabe que lo está.

—Dime, por lo que más quieras—insistió el Doctor.—¿Esta vez... fué como las otras? ¿Querías más, ó por otro estilo?

Clara tardó en responder: parecía que se examinaba despacio, que recorría todas las moradas del alcázar interior.

—Esta vez—pronunció al fin lentamente—hubo una diferencia que tú sólo puedes apreciar, porque sabes que no miento. Antes... quise ser feliz... pretensión que debe de constituir un crimen, según se castiga. Ahora, ya lo sabes, no pedí tanto: sólo quise que por mí fuese feliz... alguien. Puse mi felicidad fuera de mi egoísmo, y así pensé asegurarla. Acaso la ilusión se disfrazaba de abnegación. Él me lo arrojó á la cara.—“Lo que pasa es que me quieres, y á lo que aspiras es á tenerme siempre cerca de ti, asociando nuestras vidas”.—¡Verdad! ¡Mi generosa proposición envolvía un negocio... de amor... pero negocio, interés!

Respingo impetuoso de Luz.

—¡Si tal creyó, creyó una infamia! ¡Analizando así, se destruye y se disuelve todo! ¡No concibo que exista en el mundo espectáculo más bello que el de un alma como la tuya, cuando el amor la solivianta y la hace descubrir lo que permanece oculto en la vida diaria y vulgar! ¡Mira, niña, si yo no fuese... lo que soy para ti desde hace tantos años; si te conociese ahora, como te conozco desde la hora en que naciste, diría lo mismo! No hablo así por quererte tanto, no. ¡Es que como tú no hay muchas! ¡Apasionada, te colocas á la altura de los caracteres heroicos: se te caldea esa voluntad, se eleva ese corazoncito, y eres capaz de lo más grande! ¿Y ese hombre es artista? ¿Cómo no ha sentido la belleza que en ti resplandece? ¿Cómo no te adoró de rodillas? ¡Cuánta fuerza se pierde, cuánta semilla cae sobre la roca!

—Probablemente ese espectáculo que encuentras tú tan sublime lo damos las mujeres con gran frecuencia—observó Clara con fría amargura.

—¡No por cierto!—negó el Doctor.—No he conocido docenas de mujeres que transformen el instinto natural en impulso heroico. Eres la excepción.

Clara se cubrió un momento el rostro con las manos.

—De ti—murmuró—habían de salir esas palabras... De ti, que me quieres y me sueñas, con el sueño limpio y blanco de tu casi paternidad. Pero te engañas, padrino, te engañas. Yo sí que me traduzco al pie de la letra: me he conocido, me he registrado... y me he causado horror, al ahondar en mí misma. Tú das por hecho que mi estado de ánimo se origina de haberme apartado de él... ¡Quiá! Si es que me he apartado de mí misma, ¿comprendes? ¡y así, créeme, no se vive!

La sencilla frase fué dicha con tal firmeza en el acento y con tan persuasiva vehemencia, que el Doctor sintió un golpe allá en lo más recóndito del alma: la confirmación de sus terrores. Sabiendo cuánto gasta la fuerza de las ideas sombrías el aire libre de la comunicación, insistió, porfiado.

—¿Según eso, te aborreces, te condenas, te desprecias?

—¡Lo desprecio todo!—repuso ella.—¡Lo aborrezco todo! Me soy intolerable; y sin algo de buena armonía con nosotros mismos, no se lleva la carga que nos echaron al nacer. Tú, que me cuidas desde chiquita; tú, que has mirado por mi salud y por mi inteligencia, ¿podrás enseñarme dónde está la resignación?

Ante este clamor de socorro, Luz quedóse mudo. No; en realidad, él no sabía...

—Cada uno—dijo al fin—busca el consuelo por caminos diferentes... Yo he tenido mis grandes penas, Clara... ¡grandes, mortales quizá!, y me refugié en el trabajo, en la labor diaria... ¡y también, ingrata, en ti!

—¿Y pudiste conformarte, padrino?

—¡Ya lo ves! De muchas cosas se vive... Hasta de las pequeñas y bajas; hasta de las ínfimas. El caso es querer vivir...

—No puedo—murmuró Clara desmayadamente.—No es culpa mía; no es capricho. Es que me falta objeto; es que me parece que no vale la pena de defender lo despreciable.

—Coloca el objeto fuera de ti—advirtió Luz,—y será mejor... ¡Si supieses cómo absorbe y embriaga el estudio!—Y añadió, agarrándose á lo primero que se le ocurría:—Si te decides á aprender, aquí tienes maestro. ¿Por qué no me ayudas en mis trabajos? Detrás de su aridez aparente, está el universo, la infinitud de lo real. No eres tú un cerebro sin condiciones para reaccionar contra esa especie de fiebre infecciosa sentimental que te ha acometido; cuanto te sucede, cuanto notas en ti, del sentimiento dimana; desvía la dirección de tu sentimiento; te salvarás. Antes venías mucho á mi despacho. ¡Me gustaban tanto tus visitas! Ahora nunca apareces... Y tengo mil cosas raras que enseñarte. No te has enterado... He traído de Berlín novedades. ¡Si supieses! Yo también alzo mis castillos de esperanzas... que, probablemente, saldrán fallidas... Entretanto, con su jugo me sostengo.

—Dichoso tú si esperas—pronunció Clara.—Y como viese en la fisonomía del Doctor rápida inmutación, aunque procuraba esconder su terror violento, la dama sintió á su vez un prurito de disimulo, frecuente en los que oprime entre sus tenazas de acero la idea fija, y rehaciéndose, con la instintiva comedia de una sonrisa, añadió:

—No me niego á intentar la curación por la ciencia, padrino. Desde hoy me asocias á tus experimentos, si no te estorba una ignorante como yo...

Si Luz hubiese podido sospechar el cálculo secreto que acababa de precisarse en la mente de Clara, se le helaría la sangre. Como les pasa á muchas personas que sólo poseen una tintura de conocimientos, adquirida sin método, la antigua leyenda era para ella algo positivo. En el gabinete del médico suponía Clara que debía encontrarse, y aun elaborarse, el remedio á todo mal, el remedio dulce y seguro... Á menudo, la sed de ese remedio había abrasado sus fauces, en las interminables noches de insomnio, y el aparato de tortura, agresión brutal y degradación física, que se asocia á la perspectiva de tal remedio, había apagado la sed. Pero los sabios deben de conocer secretos para desatar el nudo sin que se entere la curiosidad póstuma, sin que el gesto sea repulsivo y feroz, y sin que el cuerpo se degrade al abrir paso al alma. “Para ti no hay otro desenlace”, repetía Clara, dando vueltas á su propósito. “No más vergüenza, no más mentira, no más decadencia, no más profanaciones... ¡Pobre padrino!” sugería acaso un resto de apego á la existencia afectiva. “Pero él puede irse también y dejarme aquí sola... y entonces... No; no conviene esperar...” El estado moral de Clara era tan característico, que temía dejar correr el tiempo, recordando que el tiempo, limador constante, gasta las resoluciones.

Y decidió sorprender el misterio del antro científico que tenía á mano, como, siendo niña, hubiese forzado un armario atestado de golosinas... Allí estaba la solución del enigma; allí, tal vez al alcance de la mano, el reposo tras de una jornada fatigadora.

Luz recibió la aquiescencia de Clara con alardes de alegría. Aunque las enseñanzas de su ejercicio debieran haberle probado cuán iguales se ofrecen el varón y la hembra ante el experimento del dolor, conservaba rastros tradicionales y creía discernir en la mujer algo de pueril.—“Se divertirá como una criatura”—pensó—“si la convenzo de que aprende”.—Recordaba casos; sabía que el alma es curable; y al igual de todos los tocados de leve manía, no dudaba que interesase á los demás lo que tanto le importaba á él. Apartar á Clara un minuto de su abstracción, era probablemente salvarla.

Empujó la puerta del gabinete de consulta, é introdujo á su ahijada; pero no se detuvo allí: sacando del bolsillo una llave, abrió otra estancia algo más espaciosa.

—Mira—observó—qué bien he arreglado este cuarto de los leones. Tú no sabes de la misa la media. Como me tienes abandonado... Lo empapelé de nuevo, y me encuentro aquí muy bien...

Era una salita cuadrada, vestida de gris, severa y hasta ceñuda, por lo que siempre tienen de amenazador aparatos y mecanismos cuyo objeto y manejo ignoramos. Al decir el Doctor que eran chirimbolos de electroterapia y radiología, no perdieron para Clara su austeridad, su enigmático aspecto. En la pared brillaban instrumentos de acero dispuestos en panoplia; dentro de una vitrina se alineaban otros no menos limpios y estremecedores. En un ángulo de la sala se erguía la jaula destinada á someter á los pacientes al alta tensión eléctrica. En primer término, ocupando buen espacio, una máquina de rayos X—ya anticuada, tan de prisa va la investigación,—deslustrados por el abandono sus dos amplios discos de metal, escudos de combate que el combatiente arrinconó para servirse de arma más poderosa. En el centro, la cama de operaciones radiográficas, con su cabecera movible y su colchoneta de terciopelo mustio. Al otro lado, en la esquina, la máquina flamante, la última, fácil de reconocer por ese indefinible pero auténtico aire de juventud y vida que también tienen los objetos inanimados. El Doctor se paró frente á ella.—Aquí—explicó—hago yo estas radiografías que voy á enseñarte...—Trajo una caja donde guardaba los clichés, y al trasluz mostró á su ahijada las curiosidades, haciéndoselas observar.

—Fíjate... Una luxación de la cadera... Se nota, ¿ves?, la diferencia entre los dos lados de la pelvis... Esta era una niña y se hubiese quedado coja. Ahí tienes la fractura de un brazo por el húmero. En esa mano, ¡con cuánta claridad resalta la aguja que no había modo de localizar para extraérsela á la pobre lavandera!

Clara miraba los clichés con desgana, aunque por complacer á su padrino repetía:—¡Es admirable!

El Doctor comprendió el entumecimiento de aquel espíritu ensimismado.

—¿Quieres—insistió—ver latir tu propio corazón?

Al tiempo de proponer á Clara la experiencia, Luz comenzó sus preparativos. La dama, á pesar de su indiferentismo, se conmovió de sorpresa al ver distintamente, al través de la pantalla, contraerse y dilatarse la víscera con normal regularidad, que tenía mucho de majestuosa.

—Padrino—murmuró,—¿no es raro que mi corazón funcione perfectamente? ¡Tantos martillazos como he recibido en él! Está visto que mi mal no lo curas tú ni todos tus colegas... Pertenece al dominio de lo desconocido...

Y con su hermosa voz de mujer apasionada, preguntó:

—¿Qué será lo desconocido, dime? ¿Te formas tú idea de lo que podrá ser, después de tanto estudiar y tantas mecánicas?

Al formular la interrogación, Clara experimentaba una ansiedad emocional, cuya razón sólo ella conocía. El enigma propuesto no era sino consecuencia de los anhelos de su sér, deseo de romper ligaduras y libertarse la cárcel de la vida. ¿Qué sigue al momento de la evasión? Clara notó con sorpresa que había pensado en ello alguna vez, pero nunca se había detenido hasta meditarlo. Cuando disponemos viaje á tierra desconocida, nos enteramos con interés de las costumbres de allá, de toda circunstancia. Clara notaba, atónita, que ni sospechaba la geografía del país del misterio.

El Doctor respondió con su leve é indulgente ironía de científico:

—Para mí lo desconocido es... lo que todavía no hemos tenido tiempo de estudiar. Lo desconocido de hace diez años, se llama ahora el telégrafo sin hilos, el suero antidiftérico, los rayos X... Lo desconocido ahora, tal vez se llame mañana con el nombre que yo le dé, si á fuerza de trabajo consigo alzar otra puntita del velo...

Movió Clara la cabeza escépticamente. Aplicando la mano sobre aquel corazón que acababa de ver latir, pensó que por muchos siglos que girasen ensanchando los límites de lo conocido, algo allí dentro se resistía á la explicación y al tratamiento de ciertos males por los métodos de la ciencia. De pie aún ante la máquina, Clara sentía, en vez de la admiración que esta clase de experimentos suelen producir en quien los ve por vez primera, una reacción invencible de desdén, y porfiaba, sonriendo con sonrisa de mártir.

—¡Lástima no haber nacido dentro de dos mil años! Entonces tú sabrías curar á las enfermas como yo, que no presentan ninguna lesión cardíaca.

Luz apreció la significación de la frase. El menosprecio de aquel alma lírica por las realidades científicas, lo había notado en más de una ocasión, pero nunca tan glacial y total como ahora; y, sin poderlo evitar, el Doctor pensó:—“Tiene razón, á fe mía. Dentro de mil años, lo mismo que hoy, para lo que ella padece no se conocerá remedio. ¡Su organismo, á pesar de las alteraciones del insomnio y la inapetencia, no tiene brecha abierta; lo enfermo ahí es inaccesible...!”—Sin dar repuesta, el Doctor, siguiendo el trabajo que pretendía hacer recreativo, propuso á su ahijada la radiografía de la mano.

—Verás... Así la conservaré...

Extendió la dama su mano descolorida, de largos dedos, jaspeada en el dorso con red de venillas azules, salpicada en el anular por la gota cruenta de un rubí, y la colocó de plano sobre la tabla. Era una mano enflaquecida y febril, y sólo con verla podía adivinarse un estado anormal del espíritu. Ligera crispación nerviosa impedía á la mano extenderse, y fué preciso que el Doctor la colocase, aplanándola, en la posición debida.

Cinco minutos de quietud, el ligero picor de las descargas eléctricas, hormigueo insignificante... Clara, inmóvil, absorta, escuchaba la crepitación de la máquina, se absorbía en contemplar la gran ampolla del tubo Crookes, semejante á enorme y translúcida agua marina, y detrás la otra ampolla, de diseño más elegante, la de los rayos catódicos, irisada de rosa sobre el verde suave, con cambiantes de ópalo rico. Pasaron al tugurio en que el Doctor tenía los chirimbolos fotográficos, á fin de revelar la placa. Sobreexcitada la fantasía de la señora, se exaltó más en la obscuridad, combatida apenas por una luz eléctrica de roja bombilla, que lanzaba reflejos de sangre sobre el rostro enérgico y expresivo del Doctor. Éste, preparando la cubeta, trataba de que la solución de hidroquinona bañase por igual la placa, y los mechones argentinos de su pelo se incendiaban con resplandores de hoguera. La habitación, reducida y atestada de trastos que se vislumbraban apenas, sugería visiones de alquimia y de hechicería medioeval. Tal vez del estado íntimo de Clara dependía su emoción ante objetos triviales, que á plena luz sólo hablaban de cocina é industria. Era la sensibilidad herida, la imaginación obsesionada.

Poco á poco, á los reiterados golpecitos de tableteo de la cubeta, sobre la placa antes vacía comenzó á asomar una especie de nebulosa, cuyos contornos fueron precisándose. Dibujóse, cada vez más visiblemente, la marca terrible de una mano de esqueleto. Abierta como estaba, desviado el pulgar, la mano tenía la actitud de un llamamiento, de una seña imperiosa. Parecía decir: “Ven”. Clara, fascinada, miraba fijamente, ávidamente, los huesecillos mondos y finos que acentuaban su mística forma, esbozada antes, y los veía, sin nada que los uniese en las falanges, exagerar su gótico y macabro diseño, que parecía trasladado de algún viejo painel de retablo de catedral. Y siempre la capciosa seña, el llamamiento insistente, persuasivo, hiriendo las cuerdas de la oculta lira que Clara llevaba dentro y que sólo esperaba el soplo de aire. “Mi propio esqueleto”—repetíase atónita la señora.—“Así soy... ¿Dónde va la carne? No hay carne; la carne se ha disuelto”.—Una asociación de representaciones, involuntaria, fulgurante, presentó al lado de aquella mano seca la figura de otra mano varonil, esqueletada también. En su alucinación, vió que las dos manos, los dos haces de huesecillos áridos y obscuros, se buscaban y se unían un momento, entrelazando y enclavijando sus grupos de flautines de caña, y produciendo un sonido de choque de palillos, irónicamente musical. Se soltaron por fin las dos manos de muerto, como asustadas ó hartas de estrecharse, y los huesos sin trabazón rodaron esparcidos por el tablero de la mesa, donde reprodujeron la sepulcral burlesca musiquilla...

Á la claridad bermeja que continuaba iluminando sólo un punto del mezquino aposento y concentrándose en la cara del Doctor, absorto en la manipulación que realizaba, se apareció á la vizcondesa de Ayamonte lo que basta para cambiar un alma, lo que impregna edades enteras de la historia: la gran realidad de la muerte, única promesa infaliblemente cumplida. Detrás se extendía el proceloso infinito...

Lo que Clara sintió en el espacio que tardó Luz en exclamar: “¡Ya está!” fué como un vértigo; fué ese sacudimiento y temblor que los gruesos y embotados de espíritu no comprenden, y que les produce la admiración siempre algo incrédula del paleto ante refinamientos extraños. Sin género de duda, para que se produzca tal fenómeno es preciso que esté el alma ya trabajada, batida y macerada en nardo y mirra. Lo que parece súbito, inesperado, es lógico y consecuente. Sin embargo, el mismo interesado se engaña. Clara se figuró que una mujer nueva nacía en ella; que por primera vez penetraba la significación de una fantasmagoría hasta entonces indescifrable, fatigosa como todo lo que carece de sentido, y sin embargo solicita la atención. “He vivido ciega”, murmuró interiormente, estupefacta. No parecían posibles ni el engaño, ni el desengaño. La sensación fué cual si hallándose en algún recinto cerrado y donde escasease el aire, de ímpetu las paredes y angosturas se desvaneciesen, penetrando un huracán vivaz, ardiente y embriagador, y abriéndose á sus corrientes todo el sér. Aquel aliento y aquel soplo la inmutaban, la llamaban á desconocida región; y en tan decisiva hora, advertía el mismo transporte entusiasta que en la ventana de Toledo, el mismo vibrar de alas invisibles colgadas de sus hombros, la misma apetencia de espacio inmenso,—sólo que ahora se reconocía segura de no caer, aunque de muy alto se lanzase.—De tal engreimiento pasó (con la subitaneidad eléctrica que caracteriza á este género de impresiones) á un anonadamiento profundo de arrepentida. Sobre la cera en aquel punto blanda y caliente de su conciencia, se imprimió el ut cognobit de los corazones mudados, de las almas plasmadas por la diestra del sumo Artista. Un terror sin límites la salteó: el miedo de perder aquella disposición en que se encontraba desde hacía pocos minutos. Su voluntad, íntegra, se tendió y lanzó hacia lo que acababa de entrever. “No me abandones, espérame” dijo sin palabras. “Sácame de mí, llévame á ti”. Su cuerpo y hasta su inteligencia le parecían ser cosa ajena, carga que la sujetaba al mundo material.

Experimentaba el ansia de acción que acompaña á ciertos trastornos espirituales, y era su inquietud como de cierva á quien atravesó la flecha enherbolada, á quien persiguen lebreles, y á quien aguija, más que el susto, el ansia de llegar á la fría fuente escondida entre peñascos. Se daba cuenta de que hacía mucho tiempo, quién sabe cuánto, acaso desde la primera edad de su vida, había sufrido aquella punzada, aquel prurito; que el fuego en que se había abrasado su corazón no era sino sed del manantial oculto. Á su memoria acudió el recuerdo de una de sus lecturas caprichosas, guardada allí como en depósito.

Uno de los profetas de Israel, que eran grandes poetas, escondió en cierta ocasión el fuego del sacrificio; mientras lo celó, se convirtió en agua; pero á la hora de sacrificar recobraba el sér de fuego. El símbolo se hacía para Clara, en aquel instante decisivo de su vida, transparente. ¡Cuando recogiese en su interior la profanada llama, se convertiría en agua y la refrescaría!

Sus ojos volvieron á fijarse en el cliché, siguiendo la vulgar operación química que practicaba el Doctor. La especie de alucinación se había disipado; ya no veía otra mano monda y descarnada juntándose con la suya en fúnebre caricia; la placa radiográfica estaba allí, natural, semiconfusa. ¡Su propia mano, sus huesos, no cual llegarían á estar en el ataúd, sino animados de vitalidad singular!

Y, resuelta, contestó á la seña de la mística mano sin carne:

—Voy...

El Doctor, en aquel punto mismo, levantaba la cabeza pronunciando:

—¡Cómo se ve que es mano de individuo bien alimentado, bien constituído, y cómo se indica la raza en la delicadeza de ese dedo meñique, una verdadera monería! Y no hay deformación ninguna, ni señales de alteración reumática en las articulaciones. ¿Verdad que poder fotografiar así los huesos tiene algo de milagro?

—Algo de milagro tiene—repitió Clara.


(Hojas del libro de memorias de Silvio Lago)

Mayo.—Al trasladarme á mejor taller, en calle decorosa, cerca del palacio de Bibliotecas y Museos, vuelvo á escribir en este cuaderno lo que me ocurre; sirve para explicarme ciertos cambios que noto en mí, y reconocer lo que puede desviarme de mi senda. Este procedimiento es más eficaz que confesarme con Minia; nadie desenreda el ovillo como quien torció la hebra sacándola de su propia substancia.

¿Qué importa lo material de eso que llaman lucha en nuestro lenguaje bohemio? Comer poco y mal, tiritar de frío, no mudarse, ver siempre al soslayo la misma mancha aceitosa en la misma solapa... eso se ríe y se pone en ópera. Lo difícil es conservar la disposición de ánimo para tal género de vida.


Inundaba el sol de primavera—de la corta é intensa primavera castellana—de luz rubia y de efluvios indisciplinados y ardientes las correctas avenidas del Retiro, cuando las recorría yo al paso igual de uno de esos matalones de picadero, que alquilan á precio módico los novicios en equitación. La esfera en que he ido entrando insensiblemente me impone unos ribetes de vida deportiva. El caballo y la bicicleta me atraen. Me he arrancado á encargarme el atavío de gentleman ridder: al estrenarlo y mirarme al espejo del armario de luna, me pareció irreprochable la figura encuadrada entre los biseles; algo exagerada la forma de las piernas, con las arrugas amplias del calzón en el muslo y su angostura en la pantorrilla, subrayada por la fila de menudos botones, y disimulado lo único plebeyo de mi estampa—¡bien plebeyo y bien delator!—que es el pie. Al lado de esta silueta de vida lujosa, mi retentiva de pintor evoca la sórdida estampa de mis primeros días en Madrid: las botas gastadas y torcidas, el viejo gabán verdusco, el pantalón nuez con rodilleras, el sombrero abollado, las trazas menesterosas de pobre vergonzante. De la asociación de aquellos dos tipos en contraste, del recuerdo plástico de un ayer tan cercano, me sobrevino, no la alegría orgullosa del engreimiento, sino, al contrario, una especie de acceso de desolación: porque medí, con sagacidad de que no carezco, el camino andado para distanciarme del ideal, y el ascendiente que en tan corto tiempo han adquirido sobre mí ciertas exigencias sociales. En mi primer ensayo de vestir de frac, hasta ridículo me había encontrado, y ahora me reflejo en la clara luna, con la librea de la última moda, dispuesto á cumplir un rito de la nueva existencia que me han creado las circunstancias, y en la cual principio á sentir que enraízan, mal que me pese, mis plantas de vagabundo y de obrero libre, maculadas del polvo de los caminos. ¿Es que soy definitivamente esclavo ya? ¿Es que se ha filtrado en mi organismo la imposición de ciertos afinamientos, el cosquilleo de ciertas satisfacciones mezquinas; es que ya lo popular y lo burgués se me revisten de ridiculez sainetesca ó de insignificancia? No; aunque sufro el yugo, la protesta del ideal se caracteriza; siento las ansias del profeso que al huir de su convento quisiera también huir de sí propio. Me refugio con furioso vigor espiritual en la esperanza. Esto no es sino una etapa del viaje hacia la tierra prometida: etapa inevitable.

Al aire que prefiere la montura—paso de procesión—avanzo por la casi solitaria calle, guarnecida de lantanas y después de altas coníferas, algunas de las cuales tuercen enérgicas su negro tronco, desdeñosas de tanto orden... Me siento en disposición optimista, con la cabeza vacía, el estómago tranquilo, como suelo tenerlo al día siguiente de comer en casa de Minia guisos caseros; y merced al bienestar físico, el porvenir se me antoja á la vez seguro y lejano, algo que llegará á su hora y que no debe estropearnos el presente. Al cruzarse conmigo me saludan con zalamería dos ó tres aficionadas á guiar y á pasear temprano; los saludos tienen carácter de familiaridad bonita, lo que sabe poner de halagüeño en un gesto la mujer maestra.

Sin embargo, en estos saluditos tan monos hay una especie de captación tiránica, una advertencia imperiosa. Juzgué que encerraban este aviso: “Nuestro eres”.

Pero me notaba tan beato de cuerpo y de espíritu, que no me preocupé más. Mi independencia de alma, mi quisquillosa independencia, no gritó, no se rebeló, adormecida por el dulce soplo vernal y por la sonrisa de las cosas en torno mío. Hay horas así, en que una sensación de ventura nace en nosotros, como el agua clara y cantadora surte sobre el fondo de un paisaje. Es sensación, porque no se origina de ningún convencimiento racional, ni siquiera de ningún movimiento emotivo. Es sensación: pura animalidad, no brutal, sino plácida, reposada, que por un momento se impone á la siempre vigilante conciencia.

Se desata por las venas la vida fisiológica, y el mundo exterior nos inunda y nos arrebata de la prisión de nosotros mismos. Nos reconciliamos momentáneamente con lo que suele oponérsenos; un baño de gozo nos refrigera; el aire es amoroso á los pulmones; la sangre circula con generosa braveza; el cerebro se aduerme... ¡Á veces, borrada la memoria de supremos instantes de la existencia, es posible que el recuerdo de satisfacciones tales, que no son sino perfecto equilibrio de la salud, venga á alumbrar las desazonadas horas de la vejez!

Saboreando descuidadamente lo grato del momento, revolví haciendo trotar á mi alquilón, y me perdí en las calles de pinos y plátanos, viendo á ambos lados edificios raquíticos ó ampulosos, las construcciones que afean el Retiro.

El tiazo Goya me miró, con desconfianza de sordo, desde su pedestal. Impulsado por la plenitud, en mí tan rara, de fuerzas vitales, quise galopar un poco, y para continuar al Hipódromo salí hacia el paseo de la Castellana. La soledad era mayor aún; el batir de los cascos del caballo al emprender su galope sin arranque, de animal demasiado diestro, levantaba del suelo arenisco sutil polvareda. Al tener que llevar recogida á mi montura, desperté del sopor en que me deleitaba, y la primer señal de haberse roto el pasajero encanto, fué que me comparé á este caballo de picadero, dócil y maquinal como un siervo que se resigna. ¡Qué hermoso es el caballo en su pradería, suelta la nunca esquilada crin, naturales los botes y aires indómitos, que no igualaron el látigo ni la caricia!

Al volver la cabeza vi que á aquella hora temprana, bajo un sol ya picón, caminaban á pie dos hombres... Les reconocí. El uno era Solano, el impresionista, derrotado, despeinado, retorcida alrededor del cuello una corbata grasienta (es fácil que la camisa esté peor que la corbata), y sus ademanes alocados, su trepidar de ojos, daban animación febril al manoteo con que se dirigía á su acompañante. Éste... Al verle, percibí el acostumbrado golpe, el que sufrimos al encontrarnos ante personas en quienes pensamos ahincadamente, y que, distantes al parecer de nuestro horizonte y nuestro destino, influyen en él, sin embargo, de un modo decisivo y secreto.—Era nada menos que aquel... que yo quisiera ser; el que—sosegadamente, firmemente, desenvolviendo con tenacidad sus facultades, recogiendo hilos de tradición tenuísimos, algo que procede de los grandes maestros españoles de la pincelada franca y el contraste de luz vigoroso,—se ha abierto ancho camino, sin artificios, sin concesiones, gran artista secundariamente, pero, en primer término, reproductor literal y pujante de una verdad de la naturaleza, de una violencia del color y de la luz, de un aspecto fiero y esplendente de la tierra española. Con el corazón palpitante me saciaba de mirarle, cual si de la contemplación apasionada del seide y del fanático pudiese salir algo de asimilación. Le miraba con dolor (lo hay en estos cultos idolátricos, y así se explica el triste fenómeno moral de que las más profundas admiraciones artísticas ó literarias hayan engendrado las más viperinas envidias y los más acibarados odios).—Le miraba sediento, buscando en los rasgos físicos, en la cara algo mongoloide, en lo recogido y recio del cuerpo, en la misma pequeñez de la estatura, el misterio indescifrable de la facultad genial y del heroísmo de la vocación, segura y definida, que, al través de zarzas, espinas y guijarros, va á su objeto. Sentía esa fascinación que nos causa la forma humana cuando encierra el espíritu que apetecemos, el que hubiésemos ansiado que nos animase. Comprendía cualquier demostración de las que ya no se estilan entre civilizados: ¡echar pie á tierra y besar el polvo hollado por sus botas!

En medio de mi transporte, me explicaba la excursión matinal del maestro, en compañía de uno de sus peores y más amanerados discípulos. Se dirigían al edificio donde se prepara la Exposición, esta famosa Exposición tan cacareada, acechada ya por críticos al menudeo y proveedores de la malignidad en forma de caricatura y sátira. Indudablemente Solano ha echado el resto en alguna tentativa, trabajando con vida y alma, luchando con los apremios de la estrechez y con su mediocridad incurable; y el maestro reconocido, cuyos lienzos se ostentan ya en Museos extranjeros, se presta, por solidaridad, á intervenir en asuntos de colocación, á dar al artista obscuro una muestra de condescendencia, el aliento del consejo y de la protección visible.—Noto un dientecillo roedor, un mordisqueo de envidia.—No es este pobre fracasado quien debiera, en esta mañana primaveral, bajo un cielo tan puro, encaminarse al lado del maestro á la conquista de la gloria, sino yo, yo mismo; yo, dotado de aptitudes que acaso principian á atrofiarse ó acaso hierven en preparación de germinar.—El golpeteo de los cascos de mi caballo distrajo un momento de la animada plática á los dos pintores; volvieron la cabeza, solicitados por la vida que pasa—y mientras Solano hacía sin rebozo un gesto despreciativo, mofador, á mi elegante figura, el maestro fijaba en ella los ojos de mirada moruna, graves, un tanto oblicuos, y fruncía el entrecejo ligeramente. Su mirar era puñalero: cortaba, derramaba hielo de muerte, cabalmente por su misma indiferencia y distancia.

Un momento quedé paralizado. En la boca acíbares, en el pecho constricción, como si lo ciñese fuerte aro de hierro. La más penosa de las impresiones, la vergüenza—en el grado de bochorno y dolor de haber nacido,—me abrumaba, infundiéndome sequedad y aridez infinita, visión de desierto de arena que atravesar sin sombra de árbol. La vida me pareció que había perdido de golpe todo valor, cuanto la hace soportable; hubiese querido que se rajase la tierra y me sorbiese por su hendidura, con caballo y todo. Miré como fascinado al maestro, y al sentir que, puerilmente, los ojos se me arrasaban y las mejillas se me encendían, clavé los agudos espolines de acero al domado bruto, dándole, al mismo tiempo, tan vigorosa ayuda, como se dice en términos de equitación, que el galope emprendido convirtió mi aliento en resuello y me deslumbró un instante.

Á cada intento del animal para moderar el paso, volvía á hincarle las estrellitas de acero y á fustigarle iracundo. El caballo resoplaba, hasta iniciaba algún corcovo de protesta; pero pudo más su docilidad de esclavo, y se resignó á dispararse por las grises y polvorientas afueras de Madrid, bellas á su modo, secas y netas como país de tabla quinientista. Así que gasté mi excitación por la embriaguez de aire, revolví, y lentamente emprendí el retorno, sudoroso y apaciguado. En Recoletos—ante una iglesia—me crucé con una señora que de ella salía. La miré como se mira, sin verlas dentro, á las mujeres de bonita silueta. Sus ojos se vertieron en los míos; iba pálida; palideció más. Entonces sí que la vi dentro; no porque la quiera, sino porque la he causado mal, y es lazo que une.

El dolor, obra nuestra, nos impide aislarnos del que sufre por nosotros. Conocía yo bien la manera de ser de la Ayamonte, que en vez de ruborizarse, con la emoción, palidece. Casi detuve el caballo—no sé á que fin.—Tal vez fuese para decirla que me perdonase: que me pesa, no de mi condición, pero sí de su malandanza. Con el aturdimiento, me olvidé de saludar. Y ella pasó despaciosa, serena, y en sus pupilas resplandecía algo; una luz singular, una proyección de alma... ¿Será que...? ¡Bah! ¡Tan pronto!


El portero me ofreció ascensor. (En mi nueva instalación no podía faltar este requisito.) Se hizo cargo del caballo jadeante, para llevarlo al picadero. El criadito que he tomado acudió solícito á desembarazarme de mi arreo de dandy y sustituirlo por la blusa. Es increíble cómo me sentía de fatigado y descorazonado. Omití friccionarme las sienes con agua adicionada de colonia; y sin enjugar el sudor de la galopada, me arrojé sobre el diván del taller; mi respiración era angustiosa.—¡Qué débil soy!—pensaba. ¡Acaso para llegar adonde tanto ansío se necesite esa sólida estructura, esa armazón recia y cuadrada del maestro! Es preciso, preciso, que economice mis fuerzas... en todos los terrenos... que no pierda de ellas una chispa inútilmente. Seguir un régimen, hacer sport moderado sin derrochar energías como hoy...—Según suele ocurrir, al formar estos propósitos estaba á mil leguas de creer que pudiese cumplirlos. Comprendía que no era dable ya sujetarme al método austero que constituye la higiene moral del artista. Me acordé largo rato de la Ayamonte. Tal vez tuviese razón esa mujer. Desde luego, me quería... ¡Bah! ¿Qué importa que le quieran ó no le quieran á uno? Lo que interesa es que no le estorben, que no le aten los brazos.

Aún no me había repuesto, ni funcionaba normalmente mi corazón, cuando entró el portero llevando en brazos un bulto gris, especie de manguito raso.

—Lo que me ha encargado el señorito—dijo muy obsequioso.

¡Verdad! Se lo había encargado en un momento de tedio, de afán de tener á mi lado algo en que emplear mi escaso capital afectivo.

Miré. Era un precioso cachorro de raza danesa, semejante á esos grandes juguetes de porcelana que se colocan en antesalas y bajo las consolas.

La cabeza alongada, la magrez de las formas, declaraban la pureza de la raza; la piel era fina como velludillo, y en el gracioso hocico había esa expresión de inocencia cómica que tienen los cachorros, y que asemeja su infancia á la infancia humana. Con un impulso de simpatía le tomé de manos del portero y empecé á acariciarle. El animal sacó una puntita de lengua de fresco coral rosa y me lamió la cara; después, con dientecillos semejantes á puntas de piñones, mordisqueó lo primero que encontró—la nariz de su futuro dueño.

—¿Es macho?—interrogué.

—No, señorito. Hembra es... No ha traído la madre de esta vez macho ninguno—respondió el portero, que, al ver mi entrecejo, se decidió á mentir descaradamente, imaginando engañarme. La verdad era que habían nacido en las cocheras del duque de Lanzafuerte, próximas á mi estudio, cinco hermanos de esta primorosa bestezuela, de los cuales dos machos, reservados para amigos del duque, á quienes se los tenía ofrecidos sabe Dios desde cuándo. Las hembras fueron relajadas al brazo secular del cochero, que las explotó. En esta diminuta intriga el portero sacó su tajada, amén de un duro que le solté.

Al exclamar yo:

—¡Lástima que sea hembra!—ya me sentía encariñado.—¿No sería mejor que viniese criada? (Comprendía que estaban riéndose de mí y no me atrevía á hablar gordo. ¡Soy imposible! Tiene razón la baronesa de Dumbría.)

—¡Ay, señorito! Como mejor, sí sería mejor; pero el amo de la madre quiere que sólo mamen las crías que él guarda para sí. No se apure el señorito, que mi sobrino es mañoso y de esto ya entiende; comprará leche y no pasará hambre. ¡Chuchita! ¡Es más bien cortada y más chula!

Volví á alzar los hombros. Me es indiferente que el portero tome café con leche á mi cuenta. La gracia de la cachorra me ha conquistado. ¡No se alabarán de otro tanto las hembras de mi especie! La coloqué sobre el rincón del sofá, la hostigué para que jugase; pero acababa de atracarse y estaba adormilada; hecha una rosca, cerraba los ojos. ¡Envidiable, envidiable vida animal! Arropaba con mi plaid á la cachorra, cuando el criado anunció á la señora duquesa de Flandes.


Ya escucho con indiferencia los nombres sonoros; pero al oir éste, no pude menos de sobresaltarme y correr á recibir á la rica hembra. Entraba á paso cadencioso y arrogante, sin crujidos sedosos reveladores de frufrús, arrastrando majestuosamente su faldamenta de paño obscuro, semejante, como todo lo que ella viste—á pesar de proceder del gran modisto,—á una falda de amazona. Llenaba el angosto pasillo con su cuerpo lanzal y amplio de formas, y su cabeza bien puesta y gallarda se erguía para mirar los bocetos que tengo clavados en las paredes. Me incliné, me deshice en salutaciones y reverencias,—porque esta gran señora, aun donde muchas grandes señoras han pasado ya gastando mis impresiones, es cosa aparte. Parece la definitiva sanción de mi papel de retratista de las alturas. La entrada resuelta y noble de esta virreina consagra mi taller y refrenda mi categoría. Viendo á la duquesa de Flandes, por un momento me consolé de la humillación sufrida en el paseo. Se me impuso la noción de la jerarquía social, poder no inscrito en Códigos ni en Constituciones, y que se burla de ellos y de las revoluciones niveladoras. Doblemente fuerte, por lo mismo que no tiene carácter legal, y que la retórica de la mentira proclama cada día su desaparición. La duquesa de Flandes, para quien no esté en mi casa, será... otra duquesa más de las que figuran en la Guía, y entre las cuales tan curiosas diferencias establecen las circunstancias íntimas y los antecedentes biográficos; pero yo, aunque rápida y de seguro incompletamente iniciado en la vida mundana, no ignoro lo que significa esta mujer, que entre las frivolidades pegajosas de la sociedad y la apatía suicida de la gente aristocrática, conserva su conciencia de clase, el sentido de sus prerrogativas y del valor histórico de su nombre. Ella, y no el marido—el cual es realmente quien lleva en las venas la sangre de Flandes y Utrecht, encarnación de la vida española cuando aún era gloriosa;—ella, y no el marido, es quien ha consagrado tiempo y voluntad á elevar á altura principesca la casa, impidiendo que, como otras muy resonantes, descendiese á la quiebra y viese dispersos sus egregios despojos en almonedas judiciales y tiendas de anticuarios. Ella, y no el marido, ha cuidado religiosamente de salvar los restos y testimonios de antiguas proezas, y desempeñado los tapices representando batallas, los retratos del Ticiano, las iluminadas ejecutorias, los probantes documentos, desempolvando el archivo, registrándolo con amor, últimamente con golosina; ella, por último, se ha consagrado á cultivar la memoria del antepasado terrible, que tan grande fué contra el sentido y la corriente de los tiempos modernos, y á que los descendientes aparezcan todavía (pese á desvinculaciones, locuras y decadentismos) vestidos de un reflejo espléndido de tal grandeza. Ella—desde el primer día de su vida conyugal—se ha dado cuenta de que en los muy altos linajes la mujer tiene un deber más, y entre ejemplos nada edificantes y relaciones de elegancia corrompida, ha permanecido tranquila en su dignidad, imponiéndose á la maledicencia por la seriedad de su conducta. Ella—sin llegar á extremos de altivez como los que se cuentan de su esposo, que á muy pocas personas consiente alargar la mano—es toda la casa de Flandes, amenazada como las demás de desmigajarse por el reparto, no sólo de bienes, sino de honores y títulos.

La miré deslumbrado, encontrando un género de belleza peculiar en su tipo viril, de grandiosas líneas, en su torso prolongado y sólido de cazadora y de regeneradora de raza. Se acercó saludándome y hablándome llanamente, con palabras de amabilidad cordial. Tenía noticias de mi destreza... El pastel de Lina Moros, con el traje de terciopelo miroir amarillo, un encanto... Deseaba un retrato caprichoso, algo diferente...

—Sólo en el hecho de ser retrato de usted, señora, había de diferenciarse. Cuando el modelo tiene personalidad...

Explicó la idea. Un pastel hasta la rodilla, que la representase con su chaquetilla verde, su faja carmesí, su pavero de fieltro gris, su larga pica de acosar y derribar empuñada; el atavío con que se solazaba en la dehesa boyal, metiéndose intrépida entre las reses, en las tientas. Es este castizo deporte uno de los contados antojos tocados de extravagancia de mujer tan formal, y en él, cosa rara, coinciden sus aficiones y las de su marido, siempre entregado al sport.

—No va á resultar muy género pastel...—murmuró disculpándose.

—Mejor—exclamé. Y ante la sonrisa benévola y franca, como de amiga, de la Flandes, me sentí animado á una de aquellas desatadas confidencias que había tenido con Minia, que pueden tenerse con las mujeres cuando son varonilmente sencillas y leales. Escuchóme con interés; “comprendía” y “encontraba natural”.

—No se preocupe usted—exclamó con simpatía.—Lo que usted necesita es salir de Madrid, donde no encontrará estímulos, donde se amaneran los artistas, é irse á Londres. Allí, con muy pocos retratos que haga, como se pagan seriamente, tiene usted bastante para vivir, y puede estudiar con pintores, ¡de los primeros del mundo! ¡Francamente, aquí no los hay de esa talla! En Londres creo que le irá á usted bien.

Me entró alegría. Las palabras de la duquesa me vengaban del desprecio sufrido en el paseo matinal.

—¡Londres! Seré un átomo perdido en la enorme ciudad. Nadie me conocerá, ni yo conoceré á nadie.

Una sonrisa de bondad iluminó el rostro y los ojos de vastas ojeras obscuras, mazadas; ojos que parecen revelar un organismo minado secretamente.

—¿No me conoce á mí?

Tembloroso de esperanza, murmuré:

—¿Estará usted en Londres cuando yo vaya, si es que voy?

—Esté ó no esté—y si es en la season, no tendría nada de particular que estuviese,—le puedo dar á usted cartas para amigos míos. Si Pepita Castelfirme continúa entonces en nuestra Embajada, le será á usted muy útil. Los retratos en esos países se pagan diez veces más que aquí. ¡Y en libras!

Suspiré. Me acordaba del reciente grupo de retratos de una familia tenida por millonaria, y que me está siendo difícil cobrar; ¡tanto, que ya me resuelvo á dejarlo por cosa perdida! La Flandes insistió:

—Una temporada en Inglaterra conviene para todo. No sólo aprenderá usted arte, sino que se robustecerá; es muy sano residir allí. El clima es excelente, digan lo que quieran; la comida nutre más; no sé en qué consiste... Hará usted un poco de ejercicio; ¡aquí la gente vive sentada!...

—Bicicleta por lo menos—declaré.—La primavera que viene voy á seguir su consejo de usted, duquesa, y pasar el Estrecho. Por ahora no puedo... ¡No puedo de ningún modo!

—No puede usted...—asintió ella,—entre otras cosas, porque ahora va usted á retratar á Sus Altezas.

—¿Es seguro?—articulé.—Por más que diciéndolo usted... La amistad que lleva usted con la Reina...

Se hizo atrás, protestando.

—¡Oh, amistad! Respeto y adhesión, naturalmente. ¡Si yo no sé nada! Lo he oído decir por ahí. Es natural que se le ocurra á la Reina retratar á la Princesa y á la Infanta: ¡están en una edad tan bonita! Las fotografías son antiartísticas, y un retrato al óleo haría duro. Supongo que también el Rey se retratará. Es un honor para usted, porque no á todos los pintores se les admitiría en la intimidad de Palacio, donde se hace vida tan severa. Las princesitas han sido educadas perfectamente. Ya sé que es usted una persona capaz de estar allí como debe estarse.

Gesto de asentimiento mío. ¡Seguramente, no se me habría ocurrido cometer ninguna incorrección en Palacio! Las palabras (bien intencionadas y bondadosas, sin embargo) de la rica hembra, me recordaron la distancia entre el mundo del cual procedo y el mundo en que las circunstancias me sitúan. He entrado en él tan de golpe; mi facultad de adaptación me ha permitido de tal modo, desde el primer momento, salvar escollos, que me mortifican advertencias como las que acaba de dirigirme esta ilustre señora. No saben hasta qué punto soy yo hábil; ¡si soy un sofista griego en Roma! Esta índole especial también suele indignarme. Sería vigor conservar la bravía y rugosa corteza del proletariado bohemio, y no he tardado un día en soltarla. ¡Ya la perdí en Buenos Aires, desde mi transformación de obrero en retratista! Allí también anduve entre señoras, más pacatas, por cierto, que las de aquí. ¡No; no oirán de mis labios ni verán en mí esas blancas niñas reales cosa que pueda arañar la superficie de su candor! Seré para ellas un mudo y respetuoso mecánico del retrato, que vierte en el papel líneas y tonos con inmaterial desinterés, como se copia á las imágenes. No posaré mis ojos en las dos lises adolescentes sino para sorprender su forma, que tiene la ingenua y casta sequedad de las figuras de santas de los primitivos. Á ser posible, gustaríame incluirlas en un díptico, y con aureola.

La Flandes se retira, después de convenir en que volverá mañana á las once—ésta es de las que madrugan y hacen vida activa, oreada,—y en que el domingo iré yo á almorzar á su palacio, para ver su Ticiano, sus tapicerías, sus tesoros de arte. Una vez más sufriré la decepción de que ante la pintura antigua (hecha con los jugos y esencias de edades más estéticas, y que sólo por recordar esas edades ya excita la imaginación y la puebla de bellas sugestiones), nuestra pintura actual desciende muy bajo.

La invitación de la Flandes me halaga de pronto: al cabo es la primer casa de Madrid, después de la que domina la Plaza de Oriente; pero soy de tal madera, que apenas me solivianta la hinchazón de la vanidad, ya estoy arrepintiéndome, pensando que un convite á almorzar es justamente el modo que tiene la duquesa de colocarme, desde el primer día, en mi puesto de artista á quien se recibe en pie de dependencia disimulada por llanezas de buen gusto. Sé que en la mesa de Flandes, los almuerzos reúnen á los que no alternan, y las comidas, muy poco frecuentes, á los elementos sociales homogéneos. En fin, ¿qué diablo me importan esos tiquis miquis? Quién soy yo para... Ó, mejor dicho, ¿quiénes son ellos, los de ese círculo, para influir en el estado de mi conciencia? ¿Será exacto lo que asegura Minia, y no atravesaré impunemente un medio donde la vanidad lo informa todo? ¿Es que no aspiro á algo superior, infinitamente superior, á una invitación en casa de Flandes?


Pues sin embargo... Media hora después de hacerme estas reflexiones, se presentan en mi taller una señora oronda y dos niñas enfaroladas, á quienes conozco de haberlas visto por ahí en todas partes (tienen la ocurrencia de no perder ripio); las de Barrachín. Las muchachas no son malejas; la mayor, la rubia, conserva una frescura que aún no han podido destruir los afeites... La mamá... un amasijo de plumas, cintas, colorete y brillantes. Vienen á solicitar que las retrate en seguida; pagarán cuanto yo quiera, y doble, “porque el arte y la inspiración no tienen precio”. Más frío que la horchata de chufas, contesto que no puedo, que no tengo un minuto, que no lo tendré hasta Dios sabe cuándo. Hablo precipitadamente, empujando las palabras, como si me faltase tiempo de ver fuera á las Barrachinas.—Y es el caso que (por casualidad; porque algunas de mis clientes que habían de venir esta semana, hacen ejercicios de marianismo selecto en el Sagrado Corazón, cosa que las Barrachinas no sospechan, pues si no allí estarían de patas...) tengo, no minutos, horas libres, y tres ó cuatro retratos—las Barrachinas desean reproducir las fisonomías de toda la familia, sin exceptuar al grifón favorito,—tres ó cuatro retratos, digo, pagados contante y hechos al correr del dedo, no me vendrían nada mal, ahora que acabo de mudarme y que el armario de la Dumbría, ¡pobre señora!, no guarda un céntimo de ahorros míos...—Pero el individuo de adaptación que hay en mí, el hombre de cera, moldeado ya por un medio absorbente, se abochorna de conceder la alternativa á gentes caricaturales que andan en solfa. Encajo á las de Barrachín cuatro sequedades, que me evitarán cuatro cuchufletas de Lina Moros, pero me dejarán el bolsillo tan flojo como está... Se retiran cariacontecidas, previos reiterados y ramplones ofrecimientos de casa y amistad (la tema de ofrecerse es una de las notas características de estas infelices). Cuando me quedo solo, me reprendo, me pongo de perro humor, pensando si ya mis actos no estarán regidos sino por los hilos de la marioneta.


Debe de ser así.—Hace lo menos mes y medio que no piso la escalera de mis humildes amigos, los de Carboné Sequeiros, y de seguro las chicas, á quienes daba lección gratuita de dibujo, han adivinado la causa. Al padre podré contarle que no he dispuesto de una hora; las chicas no lo tragarán. Saben ellas que siempre se dispone de una hora, si se quiere disponer, para ir á preguntarles á las gentes qué es de su vida. Saben que los hombres salimos á la calle cuando nos parece, y si tenemos confianza con alguien, de día y de noche le vemos. Por otra parte, las muchachas, y especialmente Matilde—que se había forjado ciertas ilusiones,—me pronosticaron esto: “Ahora, con lo encumbrado que está, no nos hará caso maldito”. ¡Lo que yo embarullé para sosegarlas! Me puse como me pongo cuando el influjo de la compasión y cierto instinto de justicia me revisten de momentánea sensibilidad. Es un fuego de paja, y parece hoguera... No, yo no soy bueno, yo no valgo nada moralmente. En la marejada de mis sentimientos todo es vana espuma... cuando no amargor. Á los seres que de veras me quisieron les hice siempre daño. No puedo olvidar la mirada de Clara Ayamonte, ni las lágrimas que se sorberá, con la cabeza baja para coser, Matilde, obscura niña de medio pelo, cuyas penas no salen de las cuatro paredes de su domicilio...

¡Bah! Son ganas de atormentarme. ¿Clara Ayamonte? Dentro de seis meses ni el color de mi bigote recuerda; y á Matildita Sequeiros... lo mismo se le importaba del dibujo y del profesor, que á mí del emperador de la China.—Lo que las traía locas en aquella casa era justamente que yo anduviese por donde ando. Lectoras más asiduas de Ecos y Revistas de salones no las hay. Me freían á preguntas. “¿Cómo viste Lina Moros? ¿Qué olor gasta? ¿Se pinta el pelo? ¿Usa esto, aquello y lo de más allá? ¿Es cierto que la Sarbonet... así y andando?” ¡Matildita! Si la caprichosa fortuna quisiese trasladarla de su tercero á un hotel suntuoso, y convertir su traje de lana en funda ondulosa de gasa blanca rebordada de lirios, conmigo no soñaría. Con algún sportsman, de seguro...


Pasado mañana se abre la Exposición. Asistirán los Reyes. Mañana, el barnizado; cada quisque se llevará allí su tarro de barniz de espliego y su brocha, y trepando á una escalerilla, batallará con los rechupados y las emplastaduras del color... ¡Cuántas fantasías, cuántas decepciones! Lo que en el taller parecía un triunfo, allí se viene al suelo... Ahora les salta á los ojos lo que convenía haber hecho; otra cosa que esto, otra cosa. ¡Ya es tarde! Y aún hay alguno que allí mismo quiere variar tal toque ó cuál efecto de luz, y á hurtadillas, con febril mano, se corrige.

Me he colado, sin importárseme de miraditas, cuchicheos y señas; me he paseado con las manos metidas en los bolsillos, perdiéndome entre los grupos de curiosos impacientes que no quieren esperar al día de la inauguración oficial, entre los cuales circulan críticos de periódicos, individuos del Jurado, maestros rancios, á quienes saluda con respeto la turbamulta, y expositores que escuchan, á veces sin querer, con el corazón atenaceado, la más despectiva calificación de aquello en que cifran lo hondo de su ensueño y quizás su pan diario. Pienso que yo debería ser uno de éstos; que falta en las paredes el pedazo palpitante aún de mis entrañas, manchado con sangre de mis venas, que se llamaría mi primer cuadro de Salón. Sí; yo podría haber concurrido, y que mañana los periódicos insertasen críticas, y la muchedumbre, al desfilar, preguntase distraídamente: “¿Y esto? ¡Ah! De Lago el retratista”. Con descolgar de mi taller la Recolección de la patata y traérmela... Alzo la vista, recorro salón tras salón, y veo infinitas cosas peores que mi estudio rural; seguramente menos sinceras y sentidas. Pero cada uno es cada uno; me moriría de vergüenza si me diese á luz con la Recolección. El que venga aquí debe traer algo; un trozo de verdad, y no sólo de verdad, sino de verdad suya, vista por él, no al través de los maestros que fuerzan la imitación de los principiantes. ¿Es eso mi Recolección? No. El asunto lo he encontrado en mi tierra; lo he visto con mis ojos, bajo mi sol; pero mis ojos estaban llenos de reminiscencias; á mis ojos no se les había impuesto aún mi alma... y ese cuadro es de la escuela del hombre que, en el camino del Hipódromo, me miró con tan yerto desdén. ¿Cuándo veré las cosas dentro de mí y en mí, iluminadas con luz obscura ó brillante que yo genere, y que sea luz después para otros? ¿Cuándo dejaré de sentirme subyugado por admiraciones y estrechado en brazos de una estética que sobaron los demás? ¡Oh rabia! Al paso que voy, tal vez nunca... ¡Maldito sea, maldito, si no trabajo sin descanso, si no me hago dueño de la técnica, y si luego no descubro un rincón donde nadie haya sentado el pie y no me acuesto en un lecho virgen—sea de hierba ó de peñascos! ¡Y pensar que en un día de fiebre la Recolección me pareció un paso en mi carrera!

¡Como la Recolección, hay tanto aquí! La evolución de estos muchachos expositores me explica la mía. La considero con indignación, mientras el público, sin darse cuenta del por qué, la considera con desvío y hasta con befa;—y esto el día del barnizado, en que sólo viene gente algo entendida.—¿Qué será cuando entre aquí, por dinero, la recua desconocedora del esfuerzo y de la lucha? ¡De todas maneras me indigno! Trabajaron... ¿Y qué? En primer lugar, no trabajaron con paciencia. Son improvisadores. Si no podían vivir, que barriesen las calles. Todo menos exponer estas vergüenzas, que no revelan ni temperamento ni personalidad; que son la cara de un maestro, vista en espejo desazogado...


¡El desdén (anch’io desdeño) me sugiere resoluciones! En el ángulo de un salón solitario (donde se exhiben engendros más torpes y caníjos, la epilepsia de la imitación que se cree original porque exagera defectos) me paro, y con la voluntad flechada y el espíritu recogido me agarro la mano izquierda con la diestra, me la oprimo fuertemente, y me juro á mí mismo no existir sino para mi inspiración, no transigir con nada que la estorbe. “Si algún día figura en este Salón un lienzo con la firma de Silvio Lago, será que el lienzo es, en efecto, de Silvio Lago, del alma de Silvio Lago...” Aún seguía apretujándome, cuando Marín Cenizate me interpeló.

—¿Has visto mis paisajitos?—preguntó afanosamente.

—No... ¿Dónde los han escondido?

—¡Escondido, justo!... Si yo me diese el tono de tener enemigos, diría que mis enemigos los han colocado allí para fastidiarme. Pero habrá sido porque á los señores del Jurado no les pareció que merecían más consideraciones. Ven, verás.

Me arrastró, al través de la fila de salones, hasta otro arrinconado, apenas visitado, donde muy altas y á mala luz campeaban varias tablitas siempre inspiradas en Haes. Vibrante yo todavía de mi acto de fe, costábame trabajo disimular la indiferencia y pagar mi tributo de amistad con algún elogio. Cenizate comprendió, y, como siempre, su alma buena se refugió, para consolarse, en la ajena esperanza.

—¿Cuándo te veremos por aquí quitando moños? ¡Porque mira tú que hay moñitos que quitar! ¿Has echado un ojo á todo eso? ¡Van á tener que leer las críticas! ¿Te has fijado en los envíos de Roma? Esa Roma—lo estaba diciendo Ruiz Agudo, el de La Península—es el estragamiento de la poca espontaneidad que podrían tener los muchachos. Allí se aprende á imitar... imitaciones. Ambiente europeo no ha vuelto á respirarse allí desde el siglo XVIII. Convencionalismos, la eterna ciocciara, la cabeza de estudio melenuda, rehacer á Serra y sus paisajes melancólicos, de malaria, con paludismos verdes y un ara rota, como gran alarde de modernismo. Ruiz Agudo está furioso: dice que en el periódico va á pegarles á todos, á la Academia, á su Director, al Gobierno, para que se convenzan de que hoy la pintura debe estudiarse en Londres y en París y en Berlín... y dentro de poco en Chicago. Sí, señor: en Chicago, entre tocineros.

—Yo iré á Londres muy pronto—indiqué.

—Bien hecho... ¡Tú, un día, te despiertas de humor y les pones la ceniza á todos!... ¿Á ver, á ver: qué se traen esos señoritos que te escupen tanto? Tengo ganas de que te fijes en lo que se traen. ¿No sabes lo de Solano? ¿De veras no lo sabes, hijo? Con tus marquesas, no vives en el mundo. Pues ha dado una batalla para que le admitiesen una locura enorme (dice Ruiz Agudo que no es locura, sino tontería) que tiene embotellada hace meses. El hombre quería disparar un cañonazo. Te diré que puso toda la carne en el asador: el cuadro—yo lo he visto—es... ¡descomunal!

—¿Pero dice algo nuevo?—pregunté interesado.

—¿Qué quieres que diga? Solano, el pobrecito de mi alma, por no tener nada nuevo, ni botas ha estrenado en su vida... ¡Es un discípulo malo, y un discípulo eterno! Está rabioso porque ha pataleado, pereciendo de miseria. Su madre y dos hermanos menores aguardan para comer el día en que Solano venda algo que no sean las consabidas tablitas de “la maera vale más...” Ya las conocemos, ¿eh?

—¡Bien triste!...—murmuré impresionado.

—Sí, échate á llorar... No conoces á ese mal bicho. De ti dice horrores, cosas feas. Si yo te las repitiese... No se contenta con zaherirte como artista, no; te pinta como un intrigante que se vale de todos los medios y explota ciertas cuerdas del corazón femenil para medrar. ¡Déjale que se jorobe!

Sonreí con tranquilidad, y, en lugar de ira, me sentí inundado de compasión. No es la primera vez que noto que me falta el resorte del honor burgués. Me conmueven poco imputaciones de tal índole. Si llego á convencerme de que no puedo hacer nada de arte, ¿qué me importa lo demás? Siempre me han dado risa esos señores que se van á la redacción de un diario á exigir que pongan un suelto enterando á los lectores de que el Manuel Fulánez que fué sorprendido robando por el procedimiento de la mecha no es el respetable procurador D. Manuel Fulánez. En mi interior me he dicho muchas veces: “¡Qué dianche! Pues me tiene perfectamente sin cuidado ser ó no todo un caballero...”

—Habías de ver—prosiguió Cenizate—lo que revolvió el indino para colar aquí su engendro, un verdadero padrón de ignominia... Porque tú no te puedes figurar lo que es. No vayas á estar soñando algo parecido á lo que cuenta Zola en La Obra, y que Solano tiene una chispa genial...

—¿Quién sabe?

—No seas así... Tú comprendes que ese haría mejor en empuñar la lezna... ¡Se le ha puesto en el moño pintar; no puede, y odia de muerte á los que pudieron! Esta vez decía que se jugaba la carta última, la decisiva. Si el imbécil público no comprendiese lo sublime de su cuadrángano, entonces ¡ya sabe él lo que le resta!

—¿Será capaz de un acto de desesperación?

—¡No eres tú poco romántico!—protestó Cenizate.—¿Lo que él será capaz de hacer? ¡Otro ciempiés para la Exposición futura!

—¿Quién sabe nunca el alcance del desencanto y de la humillación en un alma?—respondí.—Cuando estamos sanos y satisfechos de la vida, nos es imposible representarnos la situación de quien se cae de lo alto de toda su esperanza. Te diré lo que me sucede... Desde que entré aquí, me ocurre si todo eso colgado en la pared y tan flojito como arte... no tendrá un valor inmenso como psicología. El deseo que produjo todo eso, ¡qué empuje representa! Esos cuadros suplican y lloran; piden, quieren hablar... y á los jurados, á ti y á mí nos están voceando: “¡Misericordia! ¡Nos han engendrado tantas ilusiones, y eran tan bonitas! ¡Miradlas á ellas y no á nosotros!”

—¡Bueno andaría el arte si pensásemos así! ¡Hombre, los maletas como Solano que escojan otro oficio! ¡Decirte lo que ha laborado! Inverosímil. Recomendaciones á diestro y siniestro; influencias de aquí y de acullá; sueltos con indirectas en los periódicos donde encontró medio de introducirse; y, sobre todo, la protección á capa y espada del maestro, á quien cogió por dos flacos: la bondad, la lástima, ¡que tantas tonterías nos hace cometer!; y el homenaje del discípulo, que siempre halaga... ¡Discípulo! No sabe el maestro que tienes tú una Recoleccioncita de la patata... Esa sí... Y no has necesitado estarle dando la tabarra en su taller para sorprenderle la factura.

—¡Calla! Si sólo por eso no traería semejante Recolección. ¿Presentarse con ropa prestada?

—¿Y me quieres decir si aquí alguien la tiene propia?

Á toda costa quiso Cenizate enseñarme los fusilamientos. Recorrimos segunda vez los salones, y lejos de compartir la opinión de mi amigo, me pareció que la juventud no se inspira verdaderamente en los maestros (lo cual, por fin, exige paciencia y estudio); lo que hace es buscárselas á encontrones, á saltos. Los únicos que imitan concienzudamente á los maestros (pero quedándose á distancia) son... los maestros mismos. Los que exponen aquí y los que he podido ver por ahí en exposiciones particulares, rehacen pálidamente el cuadro que hace veinte años les valió nombradía. El tiempo no ha transcurrido para ellos... ¡Con qué rapidez, en cambio, transcurre para mí! Esto que me atrevo á escribir ahora en un libro de memorias que nadie ha de ver, ni á pensarlo me atrevería allá en la inolvidable Alborada. Era pueril mi respeto á los que tienen cartel. Aún quedan restos en mi espíritu. Al de la mirada desdeñosa le respeto aún. Verdad que ese es el que yo quisiera ser; mi admiración por ese no se ha gastado al contacto de la frialdad de las gentes distinguidas, que padecen tan poco el mal de admirar. Y ansío, con ansia que tiene algo de frenesí, encontrarme ya en París ó en Londres, donde existan otros que yo quisiera ser, en cuya dorada estela pueda deslizarse mi barca.


Salgo del edificio y noto la gustosa reacción que causan el sol y el aire libre después de la fatiga peculiar de los Museos; recojo primavera en mis pulmones; compruebo, en lo aprisa y bien que ando, que mi salud es ahora lo que debe ser: salud de gladiador. ¡Cenizate apenas puede seguirme! En la Cibeles nos separamos; yo voy á tomar el te con mi excelente Palma, que tiene que hablarme de varias cosas, aconsejarme con su lealtad de costumbre, embromarme un poco, animarme, transmitirme, de seguro, algún nuevo encargo...

Estoy allí hasta las siete. Salgo precipitadamente; necesito vestirme. Franco Galarza, un muchacho acaudalado que quiere que le dé lecciones de pastel, me ha convidado á comer en su Club. Á la boca de la calle, antes de acercarme al Viaducto para cruzarlo y saltar al tranvía de la calle Mayor, un remolino de gente, gritos, exclamaciones. Allá abajo, en la profundidad pintoresca del caserío y del arbolado, que desde arriba produce vértigo de abismo, aún yace el cuerpo del suicida. Nadie entre la multitud le conoce; es su destino que no le conozcan, pues le faltaron puños para violentar á la Fama; pero como tiene la cara hacia arriba, y sus ojos, antes giratorios y dementes, ahora vidriados, inmóviles, se han posado tantas veces en mí con insultante ironía (sin recordar que éramos hermanos), yo le reconozco, y me quedo pegado á la barandilla, fascinado por la fascinación más poderosa, que responde al sentido de terror y misterio que rodea nuestra vida: la fascinación de la muerte...

¡Ese era, hace minutos, uno que anhelaba lo mismo que yo anhelo! Y siempre más valiente que yo; lo mismo cuando embadurnaba sus tablitas mendicantes y las enviaba á vender á los cafés, que ahora cuando reposa en el suelo con los miembros rotos, convencido de lo imposible de su Quimera.


Por la noche, en el Club, para olvidar, bebo unos cuantos cálices de extra dry. El espumoso me acrecienta la melancolía en vez de disiparla: mis nervios se alborotan y digo cosas, según Galarza, de un carácter romántico delicioso. La noche no termina en el Club; á la mañana siguiente me despierto estropeado, cadavérico, con una facies de cera; y recordando el juramento prestado la víspera ante mí mismo (los más sagrados, ya que son los más libres), me desprecio, y envidio al que á tales horas reposa, rígido y helado, en el Depósito. Cierro la ventana, y busco en la obscuridad y la soñolencia otra especie de no ser.