LAS CUATRO MEDITACIONES
PRIMERA MEDITACIÓN.—EN LA SOMBRA
Alrededor de mí, tinieblas. Allá en el fondo—tan lejos que su contorno se pierde—un disco de claridad. Dentro de él, haciendo la señal misteriosa, la mano descarnada. Camino, y el disco retrocede, y las tinieblas me siguen como perros negros que no aúllan.
¡Ay de mí! En tinieblas estoy. Desde el primer día me dejaron sola y mis pasos fueron caídas. Obscuridad envolvió mis ojos; telarañas los cubrieron, y sobre ellos creció espesa la carne.
Quiero ver.
En medio de esta negrura, algo hay que me guía. El disco ya no se aleja con tanta rapidez. Se me figura que está quieto... No. Se desvía; pero suavemente, sin malignidad.
Quiero ver. Quiero oir. También este silencio enfría y agobia, como montaña que oprimiese mi pecho.
Una voz desmayada, susurro de un espíritu, que no forma acentos, que es música sin notas, me rodea.
Aliento que no sé de dónde viene, que se mete por entre mis labios, me conforta. La obscuridad es la misma, y sin embargo mis pupilas recogen partecillas de rayos invisibles que sólo en mi interior alumbran.
Quiero seguir andando, llegar á cualquier parte, siempre que vaya en dirección opuesta á mi morada antigua.
Porque yo moraba en paraje horrible.
No lo sabía; y moraba en un cenagal, y mi cuerpo pesaba mucho, á fuerza de estar cubierto del espeso limo.
Ni percibía siquiera las sabandijas de sepulcro que reptaban sobre mi piel, y al través de ella buscaban mi alma. Á veces salía del charco y me extendía, para secarme, sobre abrasada arena; entonces los escorpiones hacían presa en mí, y la sed retostaba mis labios, hasta punto de agonía.
Y pensaba yo, en mi error, que las sabandijas y los escorpiones eran hermosos.
Por lo cual más baja estaba yo que ellos.
Torpe era, y sobre mis párpados llevaba excrecencias que no me dejaban abrirlos.
Lo que juzgué sabor era amargura de ajenjo; lo que tuve por cristal era turbieza.
¿Será cierto que ahora voy rectamente? ¿Mis párpados habrán soltado su costra?
Me pesa aún el cuerpo. En el arca del pecho siento gravitar barras de plomo.
Quiero ir ligera, volandera.
Quiero vaciarme del todo, y dejar sitio á lo que va á nacer.
Arrancaré, limpiaré, despejaré, quemaré; con dolor, si es preciso; y mejor si es con dolor profundo.
Hay que quitar lo que oprime; hay que arrojar de la nueva morada á los duendes, á las sombras, á los muertos, á los espectros.
Duendes eran, y agitaban el aire.
Sombras eran, y arrastraban.
Muertos eran, y dolían, como el miembro cortado duele desde el cementerio.
Espectros eran, y hacían gestos para remedar la vida.
Vida les prestaban mis apetitos.
Mis apetitos zumbaban, nube de irritadas avispas.
Quiero abejas.
Quiero mieles, para mi boca seca de amargura.
Atrás los remedadores de vida. Vuelvan á la muerte y á la nada.
Les sostenía mi flaqueza, mi gozo, mi esperanza, mi frenesí.
Y cuando resuelvo enviarles otra vez á su reino irónico de mentira, oigo que el imperceptible murmullo musical forma acentos balbucientes, palabras rotas, que reconstruyo y que se escriben en mí con tinta de oro inflamado.
“Para gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada.
Desnuda tu espíritu:
hallarás quietud.
Apaga tu fuego:
llama muy bella y activa se alzará después.
Avanza en la obscuridad:
tienta con las manos:
si caes, levántate y prosigue.
Séate dulce que corra sangre de las rodillas despellejadas.
No tengas miedo.
En la obscuridad palpita y se estremece tu destino.
Te llaman, te llaman, te llaman desde las tinieblas amasadas con rayos obscuros, como los que atravesaron tu carne y te mostraron tus huesos, tu verdadera figura, la duradera.”
SEGUNDA MEDITACIÓN.—LA ESCALA
Desnudo está ya mi espíritu, y sigo andando, andando. Entre la compacta negrura que me cerca, mis pies tropiezan con una escala; mis dedos se agarran á los montantes de hierro, duros, polarmente fríos, y empiezo á trepar.
¿Y si la escala no se apoyase en cosa alguna? ¿Y si bamboleándose conmigo, me precipitase al abismo, donde corre el torrente?
Apenas lo pienso, trepida la escala, luego pavorosamente se balancea. Oscila, oscila como un péndulo, y oigo el acompasado retemblar de una campana al golpe del badajo—campana rota, que no suena y vibra.
Me rehago. Me resigno á caer. La escala no bambolea ya.
Sigo la ascensión. Peldaños, peldaños, la sensación de la enorme altura. Vértigo y en las palmas hormigueo, que tienta á abrir la mano y á soltar los montantes. La escala oscila otra vez.
Me rezuma de cada pelo una gotita glacial. La piel de mis manos se ha quedado pegada al hierro raspón.
Y al dolor agudo noto mayor ansia de subir, de continuar, de engarzar peldaño con peldaño y tormento con tormento.
Aún no estoy en la cima.
Subo, trepo, me arrastro; alzo el pecho á manera de serpiente pisoteada y malherida.
Me detengo, porque se me va el sentido y la fuerza se acaba.
Y entonces advierto que he llegado.
¿Adónde? Se me figura estar al pie de un muro colosal, hecho de tinieblas sólidas.
El muro tiene una puerta; la palpo y advierto la resistencia resonante del bronce. Y en mí brota una voluntad de bronce también; pero ardiente como el bronce cuando corre por canalejas, derretido, en la fundición.
La voz tenue, balbuceadora, musical, me insinúa:
“La materia es limitada; pero no hay límite para ti.
Tú eres árbitra y entalladora y cinceladora de ti misma.
Elige.
Podrás degenerar en las cosas inferiores como los ciegos, y podrás transformarte en las superiores y divinas.
Si cultivas tu cuerpo, crecerás como planta; si tus sentidos, te revolcarás como bruto; si tu razón, serás como los hijos de los hombres; si tu inteligencia pura, como los ángeles; y si volviendo á tu centro te abismas en él, serás espíritu feliz.
Ni á murmurarte me atrevo lo que serás. Arcana es la palabra, arcano el presentimiento.
Déjate morir, y en el mármol de tu cadáver entalla tu estatua nueva.
Así que tenga forma, un soplo de amor la animará.
Y sólo entonces, bajo el soplo amoroso, conocerás que has resucitado”.
Sin aliento y sin ánimo me dejé caer ante la puerta de bronce.
El amor es ponzoña de víboras, pensé, y mi corazón está hinchado y negro porque no se recató de la mordedura.
Gangrenadas tengo las entrañas, y en mis venas corre el veneno de su descomposición.
“¡He pecado, he pecado, he pecado!”
La puerta entonces, majestuosamente, giró sobre sus ejes sonoros.
La sentí abrirse de par en par, y el aire que conmovieron sus magnas hojas me refrigeró, aliviando mi calentura.
La voz cantaba esta himnodia:
“Desde hoy ese corazón graso y pesado y que mordió el áspid va á serte extraído, y en su lugar te pondré otro leve, transparente, de diamante y llama; y con él amarás amores desconocidos, ternuras mozas, de aurora y de primavera en floración.
Abierta está la puerta; crúzala. Descubre el pecho, te lo sajaré, y verás cuán dulce es de recibir el corazón niño, cofre lleno de perlas que rebosan”.
Y franqueé la puerta, y todo seguía siendo sombra, pero sombra tibia, cruzada por soplos de brisa como la que viene de agitar ramas de árboles bañadas de sol. Descubrí sin desconfianza mi pecho, y sentí como si me arrancasen todo lo encerrado dentro de su caja y lo arrojasen lejos de mí.
Y en vez de padecer desfallecimiento, mi respiración fué más tranquila y mi cansancio se disipó y mis pies heridos se curaron.
Veía mi nuevo corazón como había visto el antiguo, al través de una placa de cristal; pero éste no palpitaba: lo veía quieto, sin bullicio de sangre, alumbrado por una lámpara inmóvil, muy pura.
Y me dejé caer al suelo, que era de pradería tapizada de flores. Mis manos se hundieron en lo mullido y quedaron impregnadas de buen olor.
TERCERA MEDITACIÓN.—LAS LÁGRIMAS
Y lloré copiosamente, de alegría.
Según lloraba, decía muy alto, á fin de que me oyesen:
“Al quitarme mi corazón viejo, pesado y graso, debieran quitarme también este cuerpo donde anidaron los áspides y sobre el cual pasaron los fríos reptiles.
Quisiera perder estas manos y pies que los clavos no atravesaron, que no se endurecieron ganando pan ni se helaron esperando á la puerta del rico.
Quisiera un cuerpo transido, paralítico, acardenalado, ulcerado, de nervios retorcidos por la enfermedad y maceradas y marchitas carnes.
¡Quién se viese en el rincón de un pórtico, envuelta en raída lana, tendiendo la mano, recibiendo el escarnio ó la moneda!”
Y la voz de armonía susurró:
“Todavía los sentidos te obscurecen la llama de la lámpara interior.
Los clavos atravesarán tu espíritu, y el dolor será más agudo.
Los padecimientos y miserias de tu alma, peores que si atacasen tu envoltura mortal.
Has tendido la mano pidiendo socorro de bondad, y has sido despreciada, y la escarcha de la noche ha envarado tus miembros.
Has palpitado de sufrimiento; en la tortura has gritado.
Has padecido injusticia, y has tocado con la mano la concupiscencia y la bajeza y la dureza humana.
Y todo eso te ha macerado en mirra para resucitar de la sepultura”.
Bajé la frente y supliqué:
“Un deseo consume á mi nuevo corazón.
Quisiera saber dónde está el aroma, porque á mí misma no me puedo sufrir; despido hedor.
¿Dónde se encuentra el nardo precioso?
¿El nardo espique, el nardo de Judea?
Mientras huela así mi vida pasada, creeré que estoy muerta y que soy como el desventurado á quien he visto ayer corriendo á caballo. ¡Cosa extraña, pues muerto está!
Dime si quieres tú que viva esta pobre mujer, ¡oh infinito, hacia quien voy, pisando eso que tanto les envanece, eso de que se pagan, eso que les pudre todas las flores, eso que llaman cordura!
Cuando tú, ¡oh infinito!, me saques del foso profundo, hagan de mí lo que quieran aquellos que tienen forrado de grosura el corazón.
¡Ellos, del corazón, son ciegos y necios, aunque tienen los ojos claros!
Mi corazón ve; y porque ve, lloran mis ojos.
Lloran sin hincharse, lloran sin enrojecer, lloran invisibles lágrimas.
Me baño en un lago tranquilo, del país donde se llora callando.
Este lago de lágrimas y perlas no tiene orillas en cuanto mi vista alcanza.
Y cuando pregunto quién ha vertido tanta lágrima, la voz me contesta que son las lágrimas ocultas, que corrieron hacia dentro, que no quisieron hacer barro, y que son más hermosas que las descaradas en gritos y sollozos.
Porque las margaritas no se arrojan al camino para que las pisoteen animales inmundos, y lo mejor del espíritu no se comunica en la plaza.
Y estas lágrimas secretas hierven al sol del infinito querer, y abrasadas se vuelven fuego.
Como el vino, embriagan, y sostienen como la ambrosía.
Estas lágrimas son ruegos mudos; deseos, ansias, flechas rectas al blanco; estas lágrimas ungen, ablandan, punzan, mueven y fuerzan.
Son la bebida que aduerme y son el rocío sobre la tierra seca, surcada del escorpión.
Al caer ellas en lo árido, verdea y cría espiga.
Acrecienta, mujer, el lago maravilloso, baño de palomas, baño del Serafín.
Cada lágrima te acerca á mí un paso; y según lloras, gemas irisadas por luces de felicidad van recamando tus vestiduras nupciales”.
CUARTA MEDITACIÓN.—CANCIÓN DE BODAS
Apenas entré en el lago, cayóse mi vieja piel, mi piel de serpiente.
Angel me creía en mi orgullo, y serpiente era.
Mi nueva piel blanquea como el lino lavado y asoleado, y las lágrimas adheridas á su superficie me visten enteramente de una túnica de gemas finas, de oriente suave.
No merezco esta vestidura de fiesta real.
Ahora, el infinito se me aparece en su verdadera forma, que es amor, y con su reverberación se enciende el caos y resplandece.
¡Cuánta iluminación!
Nace el amor, se ceba en la infinita hermosura, crece la llama, cobra ímpetu irresistible; nada queda que no se transforme en él.
Ya está hecha la unión, atado el lazo.
Amor, no te conocía. Te buscaba entre muertos, y vivo estás.
Te confundí con sombras, y la luz es consubstancial contigo. Te encerraba en mí, y ahora en mí no estoy yo; está el eterno amante.
¿Dónde me esconderé que no me roben este bien sumo? ¿Dónde celo esta ventura, que no le hagan las brujas mal de ojo? Porque el mundo es corrosivo al amor, y lo disuelve.
Si ven mi rica túnica de lágrimas emperladas, robarla querrán. Moverán las cabezas los necios del corazón, y dirán sentenciosos: Enferma está, trastornadas tiene las facultades.
Y á mi túnica nupcial pondrán asechanzas.
Mi hermosura ofenderá su vista.
Me ha dado el eterno amante un resplandor de rostro, un aderezo, que lo ha vuelto más cándido que los jazmines; blancura de humilde fe. Me ha puesto más colorada que el rubí espinelo; porque el calor del amor me enciende y aviva mi esperanza.
Las caras de los que viven en el mundo me son odiosas; yo conmigo y con el que se ha apiadado de mi larga pena.
Yo conmigo y con el que no miente ni revuelve en su boca engaño y falacia.
Ya sin mí, pues he de darme tan por entero que no me quede ni sombra mía.
Ni la que era soy, pues ya donde encovaba el dragón nace junco y espadaña, y en el alma sin refrigerio de gracia brota la esperanza tan verde.
No me conocerían los que saliesen á cerrarme el paso: he cambiado del todo, y mi habla también. Me tendrán por extranjera, y ellos ya no saben la senda por donde se va á mi morada.
¿Qué tenían tus otras esposas; dímelo, eterno y leal amigo á quien voy? No más de un alma; un alma también.
Con la misma dote nos recibes, con igual ajuar.
Hiéreme á mí como á ellas las heriste, con llaga que no tiene cura.
Hiéreme hasta que salga de mí misma y me disuelva en ti y en tu regalo.
Hiéreme con la entrañable herida.
No me arañes la piel; hiere en lo central y hondo del alma, y quema y haz cenizas cuanto no eres tú.
Si aún queda algo ajeno á ti, purifica con el cauterio ese residuo.
No he de ver sino tu faz, que es el sol.
No sufres tú que me reparta; no cabe ni lo más limpio si te quita un átomo.
Ni el amor tolera reparto; que si no es todo, no es amor.
Y si permites que así te quiera, dame fuerzas para llevar el peso del bien, á mí que soy débil y caigo rendida.
Si me levanto de noche y te busco y no te hallo, podré creer que tú también me abandonaste.
Y no serviría que yo por ahí preguntase: “¿Habéis visto al que deseo?” Porque la gente, divertida en pensamientos de vanidad, no me entendería, que no sabe lo que es amor.
Tendrías que volverte y llamarme por mi nombre, con silbo de zagal á oveja muerta de cansancio.
¿Qué es esto? ¿Mi nombre pronuncian?
¡No hay duda, mi nombre; la música deleitosa del nombre propio dicho con acentos de amor!
“¡Clara! ¡Clara mía!
No te detengas, esposa: la tarde declina, brillan las hogueras en las majadas.
No te detengas: el lobo se prepara á salir de su escondrijo.
No te detengas: yo aguardo en la linde del bosque, y mi casa está enramada de rosas purpúreas, cuyas espinas te clavaré para que gimas de dolor celeste.
¡No te detengas, apresúrate!”
La Ayamonte, que tenía la cabeza recostada en la diestra y el cuerpo lánguido reclinado en la meridiana de raso gris, moteada de botoncitos plata, se incorporó súbitamente, respiró con ansia y dijo casi en alto: “Es hora. ¡Algún día había de ser, Dios mío! Tú sabes que esto es lo único que me cuesta trabajo”.
Esparció la mirada alrededor. La habitación, puesta con coquetería, con intimidad, con esa gracia viva que revela juventud, era una especie de tocador-biblioteca; sus dos rasgadas vidrieras caían á la calle. Una credencia dorada, de cajoncitos, sostenía Talaveras henchidos de rosas y lilas blancas, acostumbrado regalo matinal del Doctor Luz. El sol de Mayo, radioso, entrando por la ventana abierta, avivaba los tejuelos de las encuadernaciones de los escogidos libros de poesía y mística, alineados en estanterías bajas de madera de limonero. Un primoroso retrato francés, de dama empolvada y profanamente descotada, sonreía con iniciativo melindre, á plomo sobre la meridiana recargada de fofos almohadones con espuma de encajes y hopitos de cinta: “la jaquequera” según Micaela de Mendoza. Y en un ángulo de la estancia, descansando en grácil estela alabastrina ornamentada de bronce á cincel, el grupo delicadísimo de Psiquis y el amor se enlazaba, blanco y casto en medio de su transporte. Los muebles, el decorado, sonreían, halagaban, alejando toda idea de ascetismo. Nada menos ascético, más mundano que el atavío de Clara. Aunque para salir á la calle la Ayamonte vestía con lisura, sin picantes y especias de ultramoda, dentro de su casa era refinada, y pendían en su ropero vaporosos deshabillés, y en sus armarios se apilaba un ajuar exquisito, nivoso. En aquella mañana, el crespón de China color rosa te de su vatteau se plegaba incrustado de rombos de amarillenta guipure antigua, y calzaban sus estrechos pies chapines de raso sobre medias de seda, transparentes de puro caladas y sutiles. Sin saber por qué, al romper á andar, este detalle de indumentaria fijó la atención de la ahijada del Doctor Luz. Se diría que era la primera vez que notaba la extremada sutileza de sus medias. Pensó: “El pie casi desnudo, el pie descalzo, puede decirse”. Y sonrió de un modo involuntario.
Salió de su habitación, y por angosta escalerita de caracol, reluciente de frotaje, de enterciopelada barandilla, bajó pronto al otro piso, á las habitaciones del médico; atravesó la sala de confianza donde se reunían de noche, y se detuvo un minuto antes de pegar con los nudillos en la puerta del despacho. Su respiración se apresuraba, su garganta se cerraba, y repetía para sí: “No hay remedio, no hay remedio”.
—¡Entra, Clara, criatura!—dijo la franca y simpática voz del Doctor.
—¿Estás solo?
—Ya no—respondió él cariñosamente, abriendo y haciendo los honores. Sin conceder tiempo á ninguna zalamería, imperiosamente, la dama exclamó:
—Da orden de que no recibes á nadie. Tengo que hablar contigo cosas reservadas.
El Doctor se estremeció. Temblón de pulso, hirió el timbre y, al asomar el criado, formuló la orden. Clara esperaba, flechada la voluntad, procurando la calma de las conferencias supremas.
—¿De qué se trata?—preguntó con cierta dignidad Mariano. Su voz se había quebrantado un poco, y su sangre refluía al corazón, en oleada de angustia.
—Quiero que lo sepas antes que nadie, como es natural. Aunque soy árbitra de mí misma y no es un consejo lo que vengo á pedirte, padrino,—á ti sólo confiaré que voy á tomar estado...
—¿Estado?,—repitió él, sin comprender. ¿Qué novedad era aquella? ¿Se habría arreglado lo de Silvio?
—Estado... Voy á retirarme á un convento.
El choque fué violentísimo. Luz brincó de sorpresa en el sillón, que había recibido, en dilatadas horas de trabajo y quietud, la impronta de su cuerpo. Sin embargo, algo parecido á lo que oía se le había venido á las mientes en los últimos tiempos, y determinaciones más trágicas había recelado. Formas del no ser temía para Clara: ésta, sólo como una centella de extravagancia le había cruzado el cerebro. Le asombraría quien le recordase que él mismo había enseñado á Clara la definitiva verdad, la verdad mística por excelencia, en un experimento modernísimo de laboratorio.
Sobresaltado, Luz despotricó como un demente.
—Vamos, ya te pescaron, ya hicieron presa en ti... ¡Tus frecuentes salidas de esta temporada eran á la iglesia, y allí habrás tropezado con algún cura ó fraile listo, con un intrigante!... La mujer es materia dispuesta para tales cosas... Ea, sepamos el nombre del embaucador; ese no desconoce la cuantía de tus rentas...
Fruncido el entrecejo, desdeñosos los labios, Clara pronunció con lentitud categórica:
—No me crees tú capaz de mentir. ¡He ido á la iglesia espontáneamente, porque... se me ha ocurrido; he resuelto lo que he resuelto, antes de haber cruzado palabra con nadie acerca de... de estas cuestiones; me he arrodillado en el confesonario ayer por... por primera vez, desde hace años! Y allí, allí mismo, no he dicho palabra de mis planes. Ya quedas enterado, ya sabes tanto como yo.
Luz se cogió desesperadamente la cabeza entre las manos, silencioso. Apoyaba los codos en el tablero de la mesa, atestada de papelotes y libros, y su pelo revuelto, desbordándose de los dedos convulsos, que se incrustaban en el cráneo, le daba semejanza con una figura plañidera de titán aherrojado, vencido.
—Vamos, un poco de valor—murmuró Clara...—¡Yo te querré igual desde... desde allá, padrino! ¡Sólo por ti sentiré dejar el mundo, que ya sabes que vale... bien poco!—añadió con repentino alarde de humorismo, llegándose al Doctor é intentando besarle en la frente, cubierta por los mechones de la melena.—Luz se retrajo con una especie de gemido, y al separarse los dedos, pudo ver Clara los ojos, á la vez húmedos y ardientes, la cara desencajada de dolor.
—Imposible parece que tú...—murmuró; pero el Doctor, brusco y enloquecido, la rechazó, haciendo un ademán insensato.
—¿Yo? ¡Sí, yo debo alabarte la ocurrencia! De ingratos estaremos rodeados siempre; de ingratos, de sordos, de impíos. ¡Vete, vete! ¡Déjame abandonado, á mis años, con el recuerdo de penas muy crueles, que no te he contado jamás! ¡Déjame, destrozado, al borde del camino, y vete á cantar cánticos! ¡No tienes nada debajo del lado izquierdo del pecho, ni me has querido en tu vida!
—Tranquilízate, padrino mío, por favor—repitió Clara dos ó tres veces, como si aquella invitación á la tranquilidad se la dirigiese á sí propia. Luz proseguía, desatado:
—¡Yo no he antepuesto nada á ti! Hasta mis aspiraciones á dejar mi nombre unido á algún adelanto, me importaron menos que tu bien. ¡Ya ves si te quiero! Todo por ti... ¿Tienes algo de que acusarme? ¿He mostrado egoísmo nunca?
—¡Te estoy agradecida... infinitamente agradecida!... No me pesa sino afligirte... Si no me has enseñado á conocer á Dios, padrino, ha sido... porque creíste que no lo necesitaba. En eso te equivocaste, pero sin mala intención. Cuanto pudiste y supiste, otro tanto me diste. ¡Mi... misma conversión es obra tuya!
Luz se levantó, echó atrás su melena leonina, y súbito envolvió á Clara en los poderosos brazos, apretándola hasta sofocarla.
—Te digo que no te irás—balbuceaba, perdida del todo la serenidad que su guerrera profesión y sus hábitos de labor científica le habían infundido siempre.—¡Te digo que no te irás, que no te apartarás de este viejo, que tengo el medio de que no te apartes! ¡Y no lo harás, no me dejarás solo, aunque te hayas vuelto tigre! Clara, Clara... ¿Cómo no lo has sospechado? ¿Cómo no lo has adivinado? No se trata de abandonar en sus últimos años á tu padrino, á tu tutor... Soy tu padre. ¿Lo oyes? ¡Soy tu padre! ¡Tu verdadero padre, el que te ha engendrado, á quien debes el ser!
Ella no dió un grito ni trató en el primer instante de desenramarse de los brazos... Dijérase que, sin saber aquella verdad atroz, la cobijaba en la conciencia, y sentía que perturbaba el culto del pasado, el sagrado culto de los muertos, el primitivo. Por algo habíale sido indiferente siempre el recuerdo del padre presunto, cuyo nombre tantos años llevó; por algo á la memoria materna había dedicado no sé qué nostálgica ternura, más de compasión que de veneración. Comprendía ahora la causa secreta de su especial manera de sentir, de sus exaltaciones pasionales, incorporadas á la masa de la sangre hereditariamente, desde las entrañas que la concibieron entre remordimientos y temblores, en hurto y delirio; y tan hondo se le había hincado ya á Clara el dardo de su nuevo espíritu, que su primer pensamiento fué para el alma de su madre, impurificada, separada del cuerpo antes de la expiación.—“Yo expiaré por ti...”—Y despacio, sosegadamente, anegada en llanto, llorando la culpa ajena, se desvió del médico.
Luz se engañó respecto al manantial de aquellas lágrimas y se precipitó suplicante.
—¡Tu madre era muy buena! Mejor, mejor que cuantas mujeres he conocido. Sólo respeto merecía; si alguien procedió mal, fuí yo. Es decir... mal no procedió nadie... De esas cosas... Si me permites que te refiera...
Clara hizo un ademán de infinita nobleza: extendió la mano y la apoyó abierta sobre la boca anhelosa, barbuda. El padre la devoró á besos ávidos.
—¡Ni palabra!... ¡Ni palabra! No soy yo quien ha de tomar cuentas, no soy yo quien puede acusar ni excusar. Mi madre era más buena que yo; sabes que no lo digo por hipócrita afán de rebajarme. Soy indigna de mi madre y también de ese cariño tuyo. ¿Ves cómo el mundo no es mi puesto? Perdóname. ¡Perdonémonos! Necesito ser perdonada.
Al hablar así la Ayamonte, pagó al autor de su vida el abrazo. Aquellos dos seres, unidos por el más fuerte vínculo—una misma carne, dos espíritus de esencia tan distinta,—permanecieron buen trecho abrazados, enviándose calor de consuelo contra el frío de la inevitable desgarradora escisión. Y cuando Clara, deshecha en suspiros y en sollozos se desenraizó y traspuso el umbral, Luz no hizo nada por detenerla. Se echó en el sillón de nuevo, idiota de estupor y de espanto, pesaroso ya de haber dejado volar su secreto, ave sombría, por la ventana de la boca.
Los primeros días que siguieron á la grave confidencia fueron de tregua; de esos períodos en que el destino parece detener su paso y dejar que nuestro existir corra indiferente. Ni Clara ni Mariano Luz volvieron á referirse á lo hablado: lo evitaban como se evita tocar á dolorosa llaga. Extremaban, en cambio, recíprocamente, las consideraciones afectuosas, llegando á la exageración, síntoma peculiar de ciertas situaciones difíciles; se diría que en archisensible balanza pesaban las palabras y hasta los gestos, por no provocar conflictos. Había dejo de tristeza y honda preocupación en dichos y hechos, pero disimulado con atenciones, por parte de Luz, más que nunca amante; y por parte de Clara, con respeto y significativa dulzura.
Corrida una quincena, Mariano empezó á vislumbrar una chispa de esperanza por el favorable cambio que creyó observar en las costumbres de la convertida. Clara, á la verdad, tampoco antes había hecho extremos de devoción, ni manifestado en severidades de traje y de aspecto su estado de ánimo; pero ahora parecía haber vuelto por completo á la zarabanda social. El Doctor, al espiarla, como espía, hasta sin querer, la ansiedad del cariño, notó que se dejaba llevar á reuniones, teatros y paseos por las alborotapueblos de Micaelita y su fastuosa y divertida mamá, la de Mendoza; y la ilusión de felicidad, tan agradecida al riego, que no desea otra cosa sino lozanear, lozaneaba. “He temido—pensaba Luz—cosas peores, si cabe, que la eterna separación en vida; he temido el suicidio... y me equivoqué... Puede ser que tampoco sea esto otro..., á pesar de habérmelo notificado. La vida se remedia á sí misma de un modo insensible; se lame las cuchilladas y se las cura.” ¡La vida! El médico tenía en ella fe inagotable. Á pesar de rudos embates, no había podido perderla. Vencido tantas veces por el no sér—el sér, con sus reacciones, sus energías, su potencia oculta ó triunfante, era el numen del Doctor.—Otra razón le impulsaba á confiar en que la tempestad se disiparía. Á pesar del amplia facultad de compresión que se desarrolla en los sabios observadores, Luz no comprendía la resolución de su hija: y al no comprenderla, no creía que se realizase. “Es el sexo—repetía,—es la ley fisiológica... Es la curva de la calentura del desengaño... Eso tiene su ciclo, su desarrollo fatal. ¡Monja! ¿Acaso persiste en tal idea una mujer como Clara? ¿Acaso se renuncia así á todo? ¿Suceden ahora, en nuestra época, cosas sólo vistas en libros devotos, en tallas de retablo?” Experimentaba la incredulidad del hombre en plenitud de vida ante la idea de que la gente se muere, y de que él también se ha de morir.
Le cegaba además la influencia que en su juicio ejercía la profesión. Inteligentísimo y naturalmente bueno como era, no podía alcanzar, sin embargo, más allá de lo que permitía la índole de sus serios, útiles y circunscritos estudios. Era el límite forzoso, inevitable. El sentimiento, en Luz, no alcanzaba la refinada complejidad que revestía en su hija. Tocaba, manejaba, aliviaba males y miserias del cuerpo; el dolor de lo infinito no sabía estudiarlo.
Siempre que se encontraba en presencia de ese dolor raro y sublime, lo maldecía. ¡La madre de Clara—á quien había adorado con tal vehemencia y exclusivismo—sentía ese dolor en forma de remordimiento y pesadumbre de cada hora, un reconcomio que fué minando su salud y contribuyó no poco á acelerar su prematura muerte! Recordaba el Doctor sus infructuosos esfuerzos para sosegar la pobre alma aterrada, la pobre conciencia estremecida, con un género de terror y de estremecimiento que no se originaban de haber ofendido y engañado á ningún hombre, de haber quebrantado ninguna ley humana, sino de haber olvidado lo infinito, encenagándose en felicidades de arcilla. Ni entonces ni ahora, cuando con tan patente atavismo reaparecía en la hija el espíritu de la madre, dejaba Luz de atribuir el fenómeno á la materia, menospreciada por las dos idealistas; á las leyes orgánicas que la rigen y regulan. ¡El sexo! ¡La fisiología, fuerzas vitales, actividades desconocidas de células! De este concepto de los fenómenos afectivos que sufre la mujer, dimanaba el curioso criterio pedagógico que había presidido á la educación de Clara. Al contrario de lo que se hace con la mayoría de las muchachas, á quienes se inculca esmeradamente el recato y la grave responsabilidad en que incurren al perderlo, á quienes se enseña una religiosidad que los varones no practican,—á Clara, como si la preservase de un contagio, la había aislado el Doctor de tales influencias y prevenídola contra ellas.—Á ser posible, el Doctor practicaría á Clara la extirpación de la conciencia religiosa y moral, para evitarle la tortura del escrúpulo, la protesta del ideal, el terror de la falta, la amargura espiritualista. Se vive mejor en las regiones bajas, mullidas de vegetación, del puro instinto satisfecho, que no clava su aguijón en el espíritu. “Instinto es lo que da guerra á Clara—pensaba él;—pero instinto transformado, complicado. Cuando se producen estas reacciones de religiosidad en la mujer, es que quiere olvidar amor falleciente, ó combatir amor naciente. Pero si vuelve al mundo, como está volviendo ella, es casi infalible que encuentre derivativos y vaya á la normalidad.”
No era fácil que Luz se diese cuenta de su error. Las dos almas de mujer (de las que más había adorado en el mundo), lejos de equivocarse confundiendo la conciencia y la pasión, se equivocaron al entrar en los infiernos pasionales, donde encontraron la maldita llama y los sabores de ceniza de las manzanas del Mar Muerto. El Doctor, en el transporte instintivo de su cariño, había pretendido inútilmente cerrar á Clara el camino de la gran verdad. No necesita esta verdad, que es la esencia misma de ciertos espíritus, que la inculquen ni la prediquen. Aparece, se abre paso á despecho de todo, y un día campea entre las espinas y las rosas, más alto que ellas, el tallo recto de azucena blanca. Ley tan profunda y misteriosa como la que hace germinar el bulbo de esta flor pura, se cumple al erguirse dentro la responsabilidad y la pena de haber delinquido. De esta clase de afecciones, Luz nada sabía; había procedido con Clara, por ternura y celo, como procedería su enemigo mayor. Más allá de la ciencia, el arcano de un alma superior, su exigencia insaciable, insatisfecha, se le escapaba al sabio en la doctrina de curar y preservar el organismo. Pastor engañado, por esconder á la querida cabritilla la montaña y sus alturas, la había conducido entre matorrales pinchones y desgarradores, y ahora la veía, sangrienta y jadeante, huir, huir. Invocando, sin saberlo, el auxilio de los enemigos del alma, de las fuerzas secretas del pecado, que actúan sobre la decaída humanidad, el Doctor fiaba en aquel mundo donde veía agitarse á Clara otra vez, y en el cual los anhelos íntimos se extinguen, las aspiraciones hondas se calman, el sentimiento es objeto de ironía, y la vanidad, infladora de globos, lo llena todo con su aire cálido.
No sin gran satisfacción supo que aquel diablillo de Micaelita, y el torbellino de su madre, en quien el prurito agitante crecía con los años, se habían apoderado de Clara y la zarandeaban más que nunca. Volvían de pasar en Sevilla las ferias, y Adolfina se dedicaba á pilotear en Madrid á varias extranjeras que había conocido allí, amigas también de la duquesa de Flandes. Eran inglesas, elegantes y excéntricas, curiosas, ilustradas y fútiles á la vez. Invitadas á una comida de aparato en la Embajada Británica, se contó con Adolfina, y para el aprés dîner, con Clara, que se presentó, por cierto, bien prendida y más guapa que de costumbre, luciendo un traje primoroso de raso fofo azul, golpeado y franjeado de bordados zafireños, envío reciente de un maestro en costura. En aquel sarao, las extranjeras, entre las cuales se contaba la renombrada lady Mortimer, contrajeron de esas superficiales relaciones mundanas, basadas en gustos de sport y en comezones de galanteo. Dos ó tres muchachos de la alta, que empezaban á olfatear el automovilismo, entonces muy exótico en Madrid, se ofrecieron para acompañar á las inglesitas en sus excursiones al Escorial, Aranjuez, Avila, Toledo, Segovia, amén de castillos y cazaderos donde las invitarían y agasajarían. Se preparaba un fin de Mayo y un principio de Junio de diversión aristocrática, entre un grupo escogido y contado.
—Figúrate—decía Clara al Doctor, que embelesado la escuchaba—cómo estará de hueca Adolfina; hasta la fecha, no había conseguido ligar enteramente con ciertos cotarros. Las inglesas le han echado un cable. ¡Ver á Micaelita entre Manolo Lanzafuerte, Julio Ambas Castillas, Lope Donado y ese lindo atlético de Werlock, el secretario de la Embajada, un Antinoo que las trae revueltas á todas! Te digo que Adolfina no cabe en su pellejo.—Van á correrla por ahí. Para la primera correría, ¿no sabes? estoy invitada.
Decíalo con un brillo de ojos y una expansión de sonrisa irradiadora, que Luz tradujo por alegría orgullosa, placer de vanidad social satisfecha.
—¿Adónde iréis?
—No está resuelto aún—contestó Clara.—Lo decidirán mañana; Adolfina ha invitado á los expedicionarios á un almuerzo en Lhardy.
En el lujoso restaurant se trazó, en efecto, entre buche y buche de brut y bocado y bocado de espuma de hígado graso, el programa de la primer excursión, á la cual concurrirían, además del automóvil de lady Mortimer, un magnífico Panard de Manolo Lanzafuerte, y el Mors de Lope Donado, que se prestó solícito, al enterarse de que se contaba con Clara Ayamonte. Donado, cuya fortuna tenía desportillos, rondaba á Clara desde hacía tiempo, atraído por el caudal sano y jugoso y también por la mujer, que se le había mostrado formal, quieta, reservada, en grado humillante para sus pretensiones. La conquista de Clara, por lo legal ó lo ilegal, era ya empeño, no sólo de interés, de amor propio. Contaba con la libertad, el roce y las ocasiones del viaje.
La víspera de la expedición, Clara estuvo con el Doctor derretida en cariño, cual si quisiese compensar los cortos días de ausencia anunciados.
Esto á lo menos discurrió el padre, que con tal avidez recogía, desde la decisiva conversación, los indicios del sentimiento que Clara podía profesarle. Bebió,—lo mismo que se bebe el cordial que ha de devolvernos fuerzas y en ellas la vida,—aquellos halagos dulces, aquella humildad tierna y sumisa con que Clara le dirigía la palabra; aquel afán pueril de no separarse ni un minuto de su lado, de apoyarse en su hombro, de mirarse en sus ojos, de mimarle. Luz pagaba estas demostraciones extremosamente. En su deseo de identificarse con Clara, quiso que le enseñase el traje de camino, de masculina forma, el amplio abrigo-saco color polvo, el sombrero de fieltro, donde gallardeaba un pichón con las alas extendidas.
—¿Á qué pueblo, por fin?—preguntó.
—Creo que la Mortimer quiere empezar por Ávila—declaró ella con velada voz.—Y oye: mucho sentiría tener que ponerte un telegrama llamándote para componerme alguna fractura. Porque me enchiqueran en el automóvil de Donado...
—¿Tu adorador?—preguntó Luz alegremente.
—Sí... El mismo.
—Te cuidará...
—Al contrario... Querrá lucirse como chauffeur, y nos estrellaremos—murmuró Clara siguiendo la corriente de la broma.—Yo tampoco soy muy prudente; me gusta llegar pronto, ¡mejor cuanto más pronto! y seguramente le gritaré todo el tiempo á Donado: “aprisa, aprisa...”
Tal es la sugestión del acento amado, que las restantes preocupaciones de Luz se borraron ante la que Clara acababa de suscitar; y lo único que oprimía su corazón al despedirse, á la mañana siguiente—al recibir un abrazo extraño, violento, nervioso, al sentir bajo el velo tupido, alzado un instante, humedad y calor de labios que se imprimían fuertemente en sus barbadas mejillas,—era la amenaza del peligro físico, la idea aterradora de un vehículo hecho astillas, gravitando sobre un montón de carne magullada y rotos huesos.
“¡Cuidado!”—suplicó.—Y Clara, silenciosamente, se desprendió temblorosa de sus brazos, bajó la escalera balanceando el saquillo de cuero en que había metido aprisa algunos billetes de á cien y una carta de letra grande, muy española, de ancho timbre, de basto papel...
En el coche que lleva á la Ayamonte va también Micaelita, ebria de alegría, de velocidad, de travesura y riesgo. Impelido por la presencia de Clara, Donado aprieta, aprieta; propónese “dar chaquetilla” á los otros dos autos, y sorprender á los compañeros con tener ya preparados, cuando llegasen, alojamiento y refacción en Ávila. Julio Ambas Castillas, fijándose por primera vez en que la chica de Mendoza es muy salada, bromea con ella sin cesar; supone lances terribles, accidentes fantásticos, un perro aplastado, un salto mortal, un choque con un toro de puntas. Clara, lejos de asustarse, ríe, anima al chauffeur.
—¡Más velocidad! ¡Toda la que se pueda! ¡Toda!
—¡Qué barbiana está!—piensa Donado.—¡Debe de ser tremenda! ¡Fíese usted! Verdad que en estos viajes es cuando se descubre á las personas. Es, de seguro, una grande, insaciable y valerosa enamorada.
Volaban sin el menor tropiezo, yendo el recorrido lo propio que una seda. Los carreteros y trajineros miraban atónitos al artilugio trepidante, que respiraba con resuello de monstruo y que ni tiempo les daba á enterarse de su hechura. Volaban; los grises poblados, las casuchas aisladas que, como arenas de sal, granean los desiertos de Castilla, las áridas llanuras, los chaparrales y robledos de polvoriento verdor, los trigales frondosos salpicados de gotas de sangre viva por las amapolas, desaparecían apenas entrevistos, mientras el aire torrencial se metía en los pulmones, sofocaba á fuerza de impetuosidad. Ya el paisaje cambia de carácter: la crestería azul de la sierra se dibuja en dentelladuras más agudas, y sobre la inmensa, ilimitada aridez del resquebrajado terruño, ruedan sueltos los gigantescos cantos, recordando desparramados proyectiles de una batalla de titanes. Micaelita, un momento, se asusta de aquel ceñudo y sombrío fondo.
—¡Parece una lámina del infierno de Gustavo Doré!
Ya están al pie de las murallas de Ávila. Seguros de haberse adelantado, moderan el paso para entrar en la ciudad melancólica, adormecida. Su llegada la alborota: la gente sale á las puertas para ver el artilugio, vivo contraste con cuanto la ciudad representa. Delante de la fonda se junta una piña de curiosos, de admiradores, de mendigos, de viejas que columpian la cabeza, se santiguan, desaprueban y rezongan, maldiciendo de inventos y novedades. Es el primer automóvil que ha llegado á Ávila de los Caballeros, á Ávila de los ascetas y los santos, á Ávila del éxtasis; y Donado, haciéndolo notar entre chanzas, habla de banderas como las que los alpinistas suizos clavan en ventisqueros inexplorados.
Cuando después se comentaron las mínimas particularidades de la expedición, que, según lady Mortimer, había de ser para ella inolvidable y digna de referirse en Inglaterra por su carácter eminentemente pintoresco y emocional, español neto, fijáronse en la circunstancia de que Clara, después de recluirse en su habitación una media hora, para quitarse el polvo y arreglar traje y peinado, descendió al comedor de la fonda, que está en la planta baja, y allí, pacientemente, esperó la llegada de los demás expedicionarios. El automóvil de Lanzafuerte quedaba atrás, no se sabe con qué avería. Pero Clara vió bajarse del de la Mortimer á Adolfina, que venía hecha una breva y transida de miedo, y la dijo en tono natural.
—Ahí arriba tienes á tu hija. Está aseándose. Te la he guardado bien.
Y, cambiando algunas frases de cortesía y cordialidad con las extranjeras, subió otra vez á su cuarto. Minutos después bajaba atusada, de abrigo, de sombrero, arrollado al cuello un boa de plumas. Los compañeros de viaje, ó se embellecían recogidos en sus aposentos, ó daban instrucciones á los mecánicos. Clara, en la primer calleja, tomó de guía á un pilluelo, á quien cargó con su saco.
—¡Al convento de Carmelitas descalzas!
La presentación de la carta del Obispo á la Abadesa hizo que la tornera franquease de par en par el portón, rechinante de vejez y herrumbre.
—Nuestra Madre está en el coro—dijo solícita.—Pase; en seguida acaban.—Y las hojas de la puerta volvieron á cerrarse, la llave y los cerrojos á asegurarlas, archivando el arcano de Clara, celando entre sus valvas tristes y ásperas de ostra criadora la perla sentimental.
—“¡Clara, esposa mía! No te detengas: ya declina la tarde...”
(Hojas del libro de memorias de Silvio Lago.)
Junio.—...¡Merece consignarse! La Ayamonte ha entrado en un convento.
Y lo hizo de un modo original. Formaba parte de la expedición de automóviles—creo que la primera organizada aquí,—en obsequio á lady Mortimer, inglesa muy smart, á quien voy á retratar por recomendación de la Flandes, que empieza á lanzarme para mi futura campaña de Londres.—Dicen que Clara iba animadísima, con traje de camino, velo enorme y antiparras abultadas. Hasta aseguran que flirteaba con Donado, en cuyo vehículo hizo el viaje.
Donado batió el record; Lanzafuerte se quedó detenido en una venta, con averías, gracias que no en los huesos. Al llegar á Avila, término de la expedición, Clara subió á arreglarse; apenas llegaron los otros expedicionarios, salió sola y se fué disparada al convento de las Carmelitas. Parece que á prevención llevaba una carta del Obispo para la Superiora, y desde dentro escribió dos: una á su cuñada, expedicionaria también, para que no extrañase; otra á su padrino, despidiéndose. Por cierto que cuentan que está como loco el padrino. Ahí había algo más que padrinazgo.
Á mí, no me ha escrito la romántica novicia.
Encuentro de buen gusto no hacer aspavientos antes de poner por obra una determinación como esa; y me es simpático que Clara huya de las Órdenes modernas, y no quiera ser de las monjas correnderas, que pisan con zapatos gordos, á las cuales nos encontramos en el tranvía y en el ferrocarril, y sabemos que cuidan á los viejos catarrosos ó se dedican á moralizar á las criadas de servir, lo cual será muy santo, pero es pedestre. No; la pálida Ayamonte necesita el ambiente contemplativo, el misterio de las monjas reclusas, de huerto y coro. Su poesía lírica reclama este fondo, en que tanto hay de arte. He de ir á Avila sólo para mirar las tapias y las rejas del convento, donde, probablemente por mi causa, vive dichosa una mujer.
¡Sí, señor; dichosa! ¿No tejemos la felicidad con el hilo de nuestros sueños? ¿No es el mundo quien rompe y mancha el tejido? Clara, ahora, libremente, extiende y goza la rica tela, que debe de parecerse á los bordados góticos de las casullas de Toledo. (¡Los he visto anteayer! ¡Vaya unos bordaditos!)
Envidio á Clara. Se ha realizado.—Por ahí no se habla de otra cosa. La gente anda desorientada. Sospecha, olfatea; pero, en su egoísmo superficial, no ahonda.
Sentiría, la verdad, encontrarme con el Doctor Luz.
De todos modos, ¿qué reproche, qué acusación podría dirigirme?
He procedido bien; he rehusado una fortuna que tentaría á muchos; y, sin embargo, no estoy tranquilo.
Fuerte lazo nos une á aquellos que padecen por nosotros. Líbreme Dios de tratar de ver al Doctor; acaso no vuelva á tropezarme con él en la vida; y, sin embargo, él y Clara existirán para mí, con existencia más real que la de personas á quienes todos los días hablaré. Un hilo invisible, una corriente secreta va de mí á esos dos seres, en cuyo destino he influído tan activamente. Por eso me empeño en creer que Clara es feliz... en su convento, soñando.
Esto no es drama, sino pasillo de risa.
Estoy en el pináculo de la moda. El ahogado runrún relativo á Clara; el probable encargo de Palacio; el retrato de la Flandes, son causa de que se disputen la vez para posar las bellas. Las enemigas que tengo—la Camargo y la Calatrava,—en honor de la verdad, no se han ensañado, quizás porque el odio es una energía incompatible con las vanidades y futilezas. Me llueven encargos; tengo que engañar, como las modistas.
Con exigencia inmediata se me presentó la condesa de Imperiales, y el aplazamiento exaltó su antojo: su amor propio entró en juego. Porfió, rogó, casi lloró; y yo, no sé explicar la causa, me aferré en no darla turno hasta dentro de dos meses.
—Si no puede usted retratarme en seguida—suplicó ella entonces,—por lo menos véngase usted á almorzar conmigo mañana, en confianza enteramente.
Como voy siendo (lo noto y no lo puedo remediar) algo fatuo, se me figuró... Se hinchó más mi fatuidad, cuando vi que habíamos de almorzar en tête à tête. La Imperiales estaba dislocada, nerviosa (eso lo nota siempre quien no es lerdo); apenas comía, hablaba salteado, sufría distracciones y me devoraba con los ojos, á hurtadillas. Es mujer todavía guapa, morena, de tez limpia de artificios de tocador. Sobre su labio, un dedo de bozo la hace vulgar. Sospecho que el bozo este, que amenaza subirse á mayores con los años, ha tenido la culpa de que yo no la quisiese retratar pronto.—Estaba vestida con alta coquetería, con ciencia de lo que conviene á su tez: funda azul pálido muy incrustada de encajes rojizos rebordados de perlitas, entre las cuales flojeaban hilos de amortiguado oro. Dos pesados borlones bizantinos, de perlas verdaderas, colgaban de los remates de su estola.
Confirmó mis suposiciones el estudio de este traje.—¿Qué fué cuando, bebido el último sorbo de café, dada la última chupada al cigarro turco, se levantó, me hizo seña de que la siguiese, y, atravesando salones suntuosos, me condujo á un gabinete en figura de rotonda, con cierre de cristales, que es una diminuta estufa llena de plantas raras? ¿Cuándo vi que cerraba la puerta y daba dos vueltas, firmemente, á la llave? Por fortuna, no cometí la ligereza de corresponder á tan extraña acción con hechos ni dichos, á mi parecer, adecuados. ¡Si lo hago, me luzco!
Apenas encerrados, la dama se volvió hacia mí, y con ademán expresivo señaló á una mesa. Miré, y distinguí hacinados un caballete, una caja de colores, rollos de papel, tableros: los chismes del oficio, nuevos, flamantes, excelentes—(me pertenecen ya, me los ha enviado al taller). En voz emocionada—voz que salía de muy hondo—ordenó la señora:
—Á sentarse, á retratarme ahora mismo; la luz es buena... ¡Sin objeción! ¡No la admito!
Mal repuesto de tal sorpresa, empecé á presentar dificultades: absolutamente no podía; me esperaban en mi taller á las tres y media; me comprometía á volver pronto; daría á la Condesa, sin dilaciones, hora en mi casa, pues tal era su empeño... Pero ella, colocándose delante de la puerta en la actitud de la Valentina de Hugonotes, abriendo los brazos, echando lumbre por unos ojos españoles todavía muy flecheros, exclamó:
—¡De aquí no sale usted, así sean las cinco de la madrugada, mientras no me haya retratado! ¡Que no sale, he dicho! Á menos que emplee la fuerza... Á menos que me pegue...
La situación no era para tomada por lo trágico. Mejor reir. Ella también reía, con enervante risa, que la obligó á sentarse, á secarse los húmedos ojos. No aproveché el momento para hacer girar la llave y zafarme del compromiso. Decidido, me instalé ante el caballete, busqué la mejor luz, preparé los trastos. En la vida hice retrato con más facilidad, ni encajé tan á gusto, desde los primeros toques de color, la figura. La Imperiales, extasiada, repetía:
—No se preocupe porque hayan ido al taller y no le hayan encontrado. ¡Mejor! Volverán más entusiasmadas al día siguiente. Las mujeres somos así. Yo, si usted me concede el retrato cuando fuí á pedírselo, ¡pchs!, ni me da frío ni calor... Desde que me lo aplazó hasta sabe Dios cuándo, le aseguro que me entró una especie de manía, un afán tan desmedido, que si no lo consigo creo que caigo enferma. No he sentido nunca, en los días de mi vida, en ningún caso, emoción como al prepararle esta encerrona... Fíjese: los peluqueros y los modistos más insolentes son los que más partido tienen y más caro cobran. ¡Hágase desear! ¡Remóntese!... ¡Sea inaccesible... ahora que yo logré mi capricho!
Tenía razón la antojadiza. Cuanto más impertinencia, mayor prestigio. Lo malo es mi pícara condición, mi incapacidad de ahorrar, por lo cual tengo que admitir trabajos que no me dan tono. No puedo, como ciertos modistos, escoger la parroquia. Ayer retraté (detestablemente) á una chamarilera, á quien debo aún mi Madona estofada y dorada. El retrato irá por la antigualla, y en paz. En la escalera se habrán cruzado la anticuaria, que bajaba los peldaños, y una cliente excepcional, embutida en el ascensor. Me la había anunciado la Flandes, que la trata mucho; y en casas remontadas he oído comentar su próxima venida á Madrid. Es del número de las aves de paso, de primavera. Ahora procede de Sevilla; á Sevilla se vino desde París, donde reside.
Tiene aquí amigos de los más encumbrados esta María de la Espina Porcel—Espinita, familiarmente. Es andaluza por parte de padre, mejicana por parte de madre, parisiense por residencia habitual y gustos; yo la llamo “la cosmopolita”. Me anuncia su presencia un ruge-ruge de sedería, de volantes picados y escarolados, un taconeo atrevido y menudo, un golpeteo de contera de sombrilla larga sobre el entarimado del pasillo, y comparo esta entrada bulliciosa con la majestuosa de la Flandes, y la bocanada de jaquecoso perfume, compuesto de varias esencias, que penetra al mismo tiempo que Espina, al olor discreto de violetas, apenas perceptible, que la rica hembra exhalaba á cada movimiento de su señorial persona. No puede ser más vivo el contraste entre estos dos recuerdos.
Espina, desde el mismo punto en que se me aparece, es una revelación.
Se diferencia de cuantas señoras he retratado en América y en España; es la mujer de una civilización avanzada, refinada y disuelta ó ¿descompuesta? en la decadencia artística. Sobre un plantío de garbanzos, Espina surge como una de las más raras orquídeas que se cultivan en las estufas calientes. Muchas veces me he dicho en mis soliloquios:—“¿Cuándo me veré lejos del garbanzal?”
El garbanzal es Madrid. La estufa, París. París, simbolizado por Espina, acaba de metérseme en el estudio.—De fijo las madamas que antes he retratado visten en París igualmente; sus corsés, sus zapatos, su ropa interior, sus postizos, de París procederán; sin embargo, no son así, no son como Espinita... Al cambiar con ella las primeras frases de acogida y saludo, me ocurre que si mis pasteles pudiesen hacerse carne viva, carne sin músculos, sin venas, sin hueso, con nervios solamente—una carne artificial,—encarnarían en esta mujer. Percibo en ella, bajo su estilo ultramodernista y decadente, elementos de la mentira estética de otras edades. Sonríe como un Boucher y pliega como un Vatteau.
El efecto que me produce no se le escapa. Descifra mi contemplación y la interpreta como suele interpretar la vanidad del sexo. Crece su aplomo.
—¿Vengo á mala hora? ¿Espera usted modelo? ¿Tiene dada sesión?
¡Sí que la tengo dada! En mi carnet figuran los chicos de Jadraque, la señora del Ministro de Estado, ¡la propia Lina Moros! Y contesto apresuradamente:
—No importa. Ya lo arreglaremos.
No me da las gracias. Sin duda halla natural que por ella quede mal con todo el mundo.
—Haremos—la propongo—un ensayo, un boceto, y me lo guardaré yo para mí; luego otro, destinado á usted; y si no la agradase, cuantos desee.
¡Si lo sabe la baronesa de Dumbría, que me echa una filípica siempre que retrato gratis á alguna de estas “estrellas con rabo”!
Espina indica mohines, reverencias—entre burla y gratitud.
—Amabilísimo... ¿Empezamos?
Se instala frente á mí, en un sillón Luis XVI, forrado con tela de desvaídos tonos amarillo y violeta. Emprende la operación de descalzarse los guantes. Son de esos guantes largos y flexibles que no tienen botones, que guantean dejando á la mano y al brazo soltura, acusando hasta las uñitas. La contemplo. Me acuerdo de Lina, y comparo. Ésta no es un tipo de belleza; sus líneas no evocan reminiscencias clásicas. Hasta diré que carece de líneas. La línea, en ella, es algo tan flexible y muelle como ese guante de tonos neutros, de corte facticiamente elegante, distinto del de la verdadera mano.
Mientras preparo los chirimbolos, Espina, con sazonada y picante menestra de frases, con indiscreciones y reticencias divertidas, va rompiendo el hielo. Listo como soy para entender á media insinuación, la calo; creo reconocer en ella á la criatura amasada de vanidad y antojos, pero infalible en estética femenil. La veo anestesiada para el sentimiento; y con histérica sensibilidad para el refinamiento del lujo delicado, del arte de vivir exaltadamente, agotando el goce. Sus ojos de color de aventurina, de contraída pupila, no sabrán llorar, pero ¡mejor! Me detallan implacables; me miran como la fierecilla á la presa. ¡Mejor, mejor! Desmenuzan mi taller, y en él lo encuentran todo tan feo, tan menesteroso, tan ordinario. ¡Mejor! Así me afinaré yo también. Miradme, ojos perpetuamente exigentes y descontentos.
No es un traje, unos guantes, una armonía de exterioridades, lo que se me impone en mi nueva parroquiana. Es el espíritu de desencanto, de inquietud, de desprecio, de insaciabilidad,—es el ideal maldito que supongo en ella. Trajes, galas... se las planta cualquiera; la superioridad no está en vestir como se viste en las decadencias, á lo bizantino y á lo arcángel; está en tener el alma, ávida y exhausta á la vez, que las decadencias, forman. ¡Gracias á Dios! Una mujer que me divierte.—Con Espina no sentiré los accesos del mal del retratista, el aburrimiento de la sesión.—Cada palabra, cada ademán, me irrita, me conmueve, me produce un sentimiento no previsto.
Vuelve al día siguiente. Es cosa convenida que se despedirá á todo el mundo, con una sola excepción: el marqués de Solar de Fierro, á quien la propia Espina ha citado aquí.
Este señor, versadísimo en antigüedades, ha venido ya á mi taller dos ó tres veces cuando retraté á su nietecillo, prodigio de belleza. Pero ha de saberse que el abuelo es casi más guapo que el chiquillo. Con su cutis marfileño y rosado, de vitela ligeramente tocada de miniatura; con su plateada trova, enrollada alrededor de un rostro oval, sereno, esclarecido por ojos azules, limpios como los de los niños; con su facciones de una precisión gótica, exquisita, de San Juan de retablo, es el marqués de Solar de Fierro otro objeto de arte, al cual el paso del tiempo ha comunicado esa gracia de distinción que nunca lo contemporáneo tiene. Viste el marqués con románticos dejos, del romanticismo extranjerizado, atildado, culto, intelectual, estilo Madrazo. Posee colecciones importantes y afamadas, y en las casas de anticuarios se lo encuentra uno siempre: son las únicas matinées á que concurre; se sienta en las pacíficas trastiendas, en sillones de cuero sobado, y allí, tertuliando con los demás, aquejados de igual manía, charla de adquisiciones recientes, de falsificaciones, de descubrimientos inauditos en algún poblachón, de soberanos chascos á los inteligentes,—las solas historias que les interesan.—Todo entre el brasero y el gato, en calles angostas del viejo Madrid. No conozco nada más garbancero que las reuniones de casas de anticuarios.
La amistad del marqués con Espina, de este arcaizante con esta modernista, nadie sabe de cuándo procede, y sobre su origen hay varias versiones. Unos dicen que el marqués, antaño muy tenorio por lo fino, se entendió con la madre de Espina; otros, que Porcel, padre de Espina, sacó al marqués de graves apuros económicos. Lo cierto es que apenas llega Espina á Madrid, el marqués prescinde de sus tertulias de gato y brasero, se lanza al mundo, acepta invitaciones, se olvida del reúma y demás alifafes, y sale hecho un cadete. Verdad que las apariciones de Espina coinciden con la primavera.
Solos todavía la cosmopolita y yo, trabajo en adelantar el estudio de la cabeza. Es el primer retrato, el que proyecté boceto, y está saliendo con todos los requisitos. Espina viste traje de calle, sencillo, gris: no consiento que deje de sombrear el áureo pelo la enorme ala del sombrero, de negro tul rizado. Guiñando los párpados, recogiéndome, la examino bien, me impregno de su forma y de su color. ¿En qué consiste su encanto?
¡Su cara, su cuerpo, pchs! Sus ojos avellana, en que parecen hormiguear puntilleos de oro, ni son grandes ni dulces. Su nariz respinga, delatando algún plebeyo atavismo. Su boca ya sonríe juguetona, ya señala un pliegue de tedio desdeñoso. Su pelo de luz no lo debe á la naturaleza, sino al peluquero, á botecitos de aguas y mudas. Afeite debe de ser también lo que presta á sus mejillas, hundidas imperceptiblemente, ese toque tan puro, esa idealidad de lo florido sobre lo nacarado, y á sus labios pequeños, carnosos, sinuosos y húmedos, ese tono de coral marino entre agua amarga—demasiado vivo, insolente.
Su ropa sólo se diferencia de la que gastan las demás señoras que me visitan, en que parece inseparable de su cuerpo. Se enrosca y ciñe con tal esbeltez á él, que en cualquier postura que adopte, los pliegues hacen olvidar la tela. Lleva las faldas muy largas, pero ni tropieza ni se atasca en ellas; las maneja con soberana maestría. Son tan blandos los tejidos y van tan fundidos en la tela los adornos, tan difumadas las degradaciones de color, que el gentil bulto parece terminar en una bruma, en la molicie de un jirón de niebla pronto á borrarse.
Las damas de Madrid llaman vestir bien á encargarse ropa cara y enfundarse en ella. Desde que he visto á Espina, se me descubre la mujer moderna, la Eva inspiradora de infinitas direcciones artísticas, agudamente contemporáneas.
En un descanso que ella misma reclama, saca de su escarcela de piel ceniza, toda cuajada de capitolinos de rubí claro y diamantes menudos, una petaca y una fosforera de oro verde, decoradas con lirios de esmalte, primoroso modelo artístico. Pido las joyas para admirarlas y apreciar de cerca el lujo intensivo y exasperado de la cosmopolita. Hasta los cigarros son especiales: según me dice, se los fabrican en Egipto expresamente. Enciende uno y me lo presenta. Fumamos, risueños, libres por un instante del trabajo y de la pose.
La cachorra danesa, que dormía en un rebujo de tela antigua, sobre un almohadón roto, despierta en aquel punto, y se acerca, entre desperezos de á cuarta y ladridillos de queja mimosa, esos lamentos histriónicos de los animales privados, cuando no se les hace caso á ellos exclusivamente. Echa la boca á la niebla que envuelve los pies de Espina, y empieza, á mordiscos y tirones, á destrozarla. Me precipito, cojo en brazos al animal, le doy un coscorrón.
—¿Qué haces, bobita?—exclamo.
—¿Es hembra?
—Por desgracia.
—¿Cómo se llama?
—No está bautizada aún.
Espina brincó del asiento.
—Ahora mismo la vamos á bautizar.
Y batiendo palmas de alegría, llamó á mi criado, le dió órdenes reservadas; yo, naturalmente, las adiviné. No me sorprendió ni pizca ver entrar un cuarto de hora después al muchacho, portador de una botella con cápsula dorada, y de dos copas anchas, sobre delgado tallo de cristal.
No fué fácil la tarea del descorchado; faltaba cortaalambres y tirabuzón; nos divertimos con las dificultades, como chiquillos. Al fin el corcho saltó, hecho un rehilete, y fué á pegar en la misma nariz del retrato de Lina Moros—el famoso retrato vestido de terciopelo miroir amarillo.—Las carcajadas de Espina redoblaron, incoercibles.
—¡Estropeada la obra maestra!—gritó triunfante. ¡La gran obra maestra! ¿Y si la bautizásemos también?
Según lo dijo, así lo hizo. Tomó la copa de Champagne, colmada, y en pleno la arrojó á la faz morena, al escote mórbido, á los ojos negros de la beldad. Me sentí trepidar de rabia; pero una mezcla de encontrados movimientos del alma me paralizó. Mi impulsión era tan brutal—como que se reducía á pegarle una bofetada á la señora,—que su misma violencia sirvió para contenerme. La noción relampagueante de las consecuencias de un acto tremendo impide realizarlo. Muchos crímenes morirán así en capullo.—Casi instantáneamente, la reacción fué encontrar “chic” la enormidad descortés. ¿Qué, después de todo? Rivalidades de mujeres; envidias... ¿Quién sabe si algo más?
—Es un experimento que hice—dijo acercándose á mí y presentándome la copa llena de nuevo.—Se corre que está usted enamorado de Lina. Si fuese cierto, me hubiese usted matado.
Y, sirviéndose en la otra copa, mojó en ella los labios ligeramente, hizo un gesto donoso para indicar que la marca era detestable, y tomando en brazos á la cachorra, derramó por su cabeza y sus sedosas orejitas un chorro líquido. El animal, al llegarle el vino espumoso y azucarado al hocico, se estremeció primero y se relamió después.
—¿Y el nombre?—pregunté subyugado.
—Bobita. Así la llamó usted antes... Bobita for ever.
Había terminado la ceremonia cuando entró el marqués de Solar de Fierro. La vista del retrato de Lina, churreteado, perdido, le hizo exclamar:
—¡Válgame Dios! ¡Buena ha quedado la reina de las hermosas!
—¿Quién la puso tal mote?—interrogó sardónicamente Espina.
—Mucha gente. Y nuestro joven artista ha consagrado su fama, retratándola seis ú ocho veces, por el gusto de estudiar á un modelo así.
—No han sido sino cuatro veces—protesté,—y otras tantas he retratado á Minia Dumbría, que no es ninguna belleza.
—Y á mí, ¿cuántas me va usted á retratar?—preguntó Espina.
Rendido, murmuré:
—Las que usted quiera.
—¡Bah! Puede usted comprometerse. No tengo yo tanta paciencia para la sesión como la reina de las hermosas. ¿Cuatro pastelitos? ¡Eso, al repostero! ¡Estúdieme usted primero, ya que se le antoja; luego retráteme en serio una vez, si puede, y luego... frrrtttt! Aquí, por lo visto, á la gente la sobra tiempo. En París vivimos más aprisa.
Sin duda con objeto de poner paces, el marqués nos propuso que fuésemos á almorzar á su casa. Vive solo; tiene buena cocinera, criado antiguo, ama de llaves, una grave dueña que pisa tácito. Aceptamos. El coche de Espina aguardaba á la puerta; nos llevó.
Teníamos un apetito estimulado por la novedad del convite. Fué escogida, discreta la minuta. El servidor es viejo, rasurado, de facha sacristanesca, y la dueña tiene una cara de luna, tranquila, monástica. El comedor luce dos grandes lienzos de cacería de jabalíes, atribuidos á Pablo de Vos, con alanos despanzurrados y fondos intensos, jugosos, de troncos y verdura. Pocos platos colgados; pero esos pocos, según me explica Solar, se cuentan entre los rarísimos, hispanoárabes auténticos, por los cuales se pagan miles de pesetas. Uno sobre todo, el Triunfo del Ave María, me enamora con su reflejo desdorado y moribundo, de poniente, y la gracilidad de su lema gótico. Espina señala con la conterita de la sombrilla al magnífico ejemplar.
—¡Dicen que eso vale tanto! Á mí me gustan más los cacharros que fabrican ahora en Dinamarca y Suecia. ¡Son unas porcelanas lindísimas, con cambiantes como de nácar, y tan originales! Algo de poético, ¿eh? El plato antiguo español recuerda la escudilla. Basto, basto.
¡La que se armó! Creí que excomulgaba Solar de Fierro á la modernista. Se enzarzaron. Espina no se achicó; sostuvo su criterio con intrepidez. Todo es ahora, según ella, doble de bonito que en los tiempos de la nana. Lo antiguo tiene mérito... sólo porque se les antoja dárselo á cuatro señores. ¡En fin, con Luis XV y XVI transigía; pero nada más! Por ejemplo... ¡vaya una decoración para comedor, esos perros destripados y esas fuentes de barro tosco! ¡Diéranle á ella plata cincelada inglesa, porcelana delicadísima de Sévres ó de Wegdwood, terra cottas de las que se ven en los escaparates de París; estatuillas de alabastro y jade incrustadas de pedrería, ninfas de pâte tendre danzando en rueda sobre el blanco mantel, muebles de una sencillez refinada, de unas hechuras cómodas, y retratos al pastel, elegantes, deliciosos!—El marqués, por último, apeló á mí.
—Yo, ni con usted, ni con usted—respondí señalando á derecha é izquierda.—Yo... lo real... y nada más que lo real.
—¿Y qué es para usted lo real?—preguntó el arcaizante.—¿Llama usted real á lo material? ¿No es real el sentimiento que preside á la labor, por ejemplo, de un misalista ó de un mosaísta? ¿Considera usted real únicamente lo popular y lo zafio? ¿Es usted un realista de la carne, como Rubens; un realista del dibujo y del color, como Velázquez; un realista de la luz, como Ribera; un realista de la caricatura y del color local, como Goya? Porque hay cien realismos.
No supe qué contestar al pronto, y Espina saltó:
—¡Cien realismos, y todos horribles! Lo hermoso no está en lo real; si estuviese, viviríamos rodeados naturalmente de hermosura, ¡y sucede lo contrario! Lo más hermoso, lo artístico, es lo que se diferencia de eso que anda por ahí. ¡Vaya con lo real! Si las mujeres nos dejásemos como la Naturaleza nos ha hecho, seríamos hembras de monos.
Quise romper una lanza por mi estética. Al hacerlo, pensaba:
—Hay flagrante contradicción entre lo que pinto y lo que defiendo, y esta objeción tan fácil no se le escapará á Espinita.
En efecto, poco tardó en argüirme:
—¿Y sus retratos de usted? ¿Y esa Lina Moros tan ideal que nos presenta, con veinticinco años y la mitad de cintura? ¿No sabe usted la edad de Lina? ¿Cree usted en su pelo negro como el ala del cuervo? ¡Vamos, señor artista!
¡Qué hondamente mujer es esta mujer! La teoría no la conmueve: lo único que provoca su apasionamiento es el hecho concreto, es la rival; y no la rival en el terreno del sentimiento, sino en el de la vanidad, campo de extensión infinita, más amplio que el del corazón.
Bebido á sorbos el mejor café que he probado en Madrid, Solar quiere enseñarnos sus colecciones. Primero—estratagema—lo menos importante; dos retratos desglosados de la colección Carderera: Lope de Vega y Antonio de Solís, fronteros á dos copias de las clásicas jetas de Quevedo y Calderón. En un recuadro, una especie de trofeo de la guerra de la Independencia española; litografías de heroínas aragonesas, caricaturas de Pepe Botellas y el ogro de Córcega. Á mí esto me parece recoger por recoger. No veo valor artístico.
Lo único de algún mérito es la reproducción de la estatua de Fernando VII, que fué derrocada en Barcelona, allá por los años 35. Alzábase la estatua—explica el marqués—en el centro de un jardín, y por esa actitud mandona del brazo y la violencia con que la derecha señala al suelo, dijeron los catalanes, en excusa de haberla derribado, que el tirano les ordenaba “comer hierba”.
—Hicieron bien en derrocarle. Á quien nos manda pacer...
—Sin embargo—objetó Espina con el airecito cándido que adopta á ratos,—el que puede pagarse el gusto de hacer comer hierba á los demás, no dude usted que... ¡Oh!
Indicó el gesto ponderativo que ya he sorprendido dos ó tres veces, y me avasalló, como siempre, su franqueza sin velos, su menosprecio de la humanidad.
Sigue el buen marqués graduando efectos y mostrando retratos, á mi parecer, todavía mediocres: San Francisco de Borja y San Ignacio de Loyola; mucho betún, mucho ascetismo, mucho españolismo... Por detrás de la cabeza romántica del coleccionista, Espinita me hace un impagable gesto de horror.
Luego, una madona dulzarrona, atribuída á Sassoferrato; una placa de bronce, esmaltada de oro, la puerta del Sagrario de las monjas Teresas. Esta empieza á interesarme. El marqués, con el acento misterioso de los maniáticos, secretea:
—Van á ver la cajita que rondé diez y seis años antes de llegar á obtener su posesión...
Con dedos respetuosos la toma de dentro de un estuchito y nos la presenta.
—Desde que nadie tiene el vicio asqueroso de tomar rapé, hay coleccionistas de tabaqueras... Desde que se acabó el heroísmo nacional, se coleccionan sus recuerdos...
En la tapa vense incrustados en oro tres pedacitos de madera, y grabada la siguiente inscripción: “Testimonio de hispánico valor. Carlos III. De la Estacada de Gibraltar, 30 de Setiembre de 1780”.
¡Diez y seis años! Reconozco en esta tenacidad el sello de las garras de Quimera; la tema del coleccionista.—He oído hablar mucho del carácter y modo de ser del marqués. Á veces atisba años enteros, rondándola con visita diaria, pretextada diestramente, una obra de arte para su colección. Se cuenta—no sé si en serio—que hizo creer á una solterona incasable que la pretendía con honestos fines, cuando sólo preparaba la adquisición de cierta magnífica medalla única de Jácome Trezo, conservada inmemorialmente en la familia, y que al fin cayó en poder de Solar. Á esta tenacidad de cazador, á estos ardides de indio bravo, el marqués reúne una memoria que es un cilindro fonográfico; memoria de persona de entendimiento limitado y recortado, de voluntad perseverante, reducida al deseo de cosas concretas y accesibles, de esas que ceden al esfuerzo paciente y diario.
Nos enseña después un retrato de Isabel II, en mármol, obra de escultor hábil y amanerado. Esta sí que es la “inocente Isabel”, tan querida de sus vasallos, la reinecita en la frescura de su juventud y su morbidez; y Solar, con sonrisa maliciosa de indiscreto triunfante, advierte:
—Recuerdo histórico de este retrato... Es dádiva especial de la Señora á D. Francisco Serrano Domínguez, el que había de arrebatarla el trono.
Retratos, más retratos, miniaturas, medallas, óleos, camafeos, de eminencias, de testas coronadas, de la dinastía borbónica (asusta pensar lo que la han retratado en este mundo); y á renglón seguido, una colección de relojes, desde Adán hasta nuestros días... Coleccionar relojes ha sido la manía más terca del marqués, la que le hizo desarrollar más diplomacia y arte. Reloj hay de éstos que lo ha cortejado, como á la cajita, años y años; era propiedad de un amigo; el amigo falleció. Con las primeras luces del alba, adelantándose á los prenderos, entraba Solar en la almoneda del difunto.
—En vez de corazón tienes esta saboneta—dice Espina señalando á una de forma cordial, toda incrustada de granates, y cuyo tic-tac imita el latido.
El marqués sonríe y nos presenta, satisfecho, relojes libertinos, que ocultan, bajo un esmalte de asunto cándidamente pastoril, segunda tapa con escenas de sátiros y ninfas, desnudeces paganas. Espina, sin asustarse, se encoge de hombros:
—¡Pchs! ¡Desnudos! Hay desnudos infinitamente más correctos que el vestido. El desnudo no inquieta; ¿verdad?
La miro y compruebo la exactitud de su observación. Los maestros de las decadencias y las afeminaciones voluptuosas del arte consiguen sus efectos con ropajes y paños. Ahí están los artistas del siglo XVIII, que no me dejarán mentir. El desnudo estorba para la picardía.
¿Acaso en los silencios expresivos, saturados de tedio, que guarda Espina cuando me da sesión, no he notado que el atractivo peculiar de esta mujer está en la ropa, en su habilidad para adaptarla al cuerpo, enroscar, ceñir y plegar la tela, incorporada, identificada á su persona? Revuelve y ondula tan bien las faldas, son tan cómplices los tejidos que la envuelven, que no se la figura uno, en las audaces figuraciones, sino vestida.
Bajo el ropaje de Lina Moros, su forma se exterioriza; en Espina no sé distinguir la forma de la vestidura. En esto debe de consistir el arte supremo.
El marqués, alzando una cortina de terciopelo bordada de seda y oro, nos hace pasar al último salón—el ojo del boticario.—Aquí se guarda la espuma del Museo. Plata repujada, realmente magnífica; jarras españolas (nunca las había visto) sobredoradas, cinceladas. Me deslumbran; recuerdan los vasos sagrados de los pintores venecianos en las Cenas y en las Bodas de Caná. Hay objetos con que nos ha familiarizado el arte, y que parecen irreales vistos. También me encantan las veneras de la Inquisición, de pedrería, cristal de roca y esmalte, y los grandes bandejones de plata del XVI, regiamente relevados á martillo. El dorado de tan bellos objetos es muriente—una caricia para la vista,—y la labor un portento. En el tesoro de Toledo hay algo semejante. ¡Cómo se trabajaba entonces! ¡Qué fuerza, qué prolijidad, qué ciencia, qué técnica! Mis ojos se encandilaban, y dentro de mí se producía esa dilatación del sér que acompaña á una modificación profunda de la sensibilidad. No me explico bien por qué la soberbia plata antigua de Solar me impresionó como no me había impresionado el Museo, á pesar de aplastarme de asombro. Tal vez el Museo, por su mismo caudal y por las diversas edades que abarca, es una cosa genérica, que no cifra determinado momento estético, mientras esta plata, en su esplendor, me echa encima del alma todo el siglo del Renacimiento, nuestro XVI, período heroico de nuestra nacionalidad, con las corrientes artísticas italianas. Nace en mí una nueva visión de arte; comprendo lo que no comprendía.
El marqués no cabe en sí de gozo porque me ve extático, y lo atribuye al mérito particular de sus bandejas y jarras, no á la idea general que me suscitan.
Espina, sin transigir, acentúa la expresión fría, inerte, de sus ojos piel de Suecia.
—Todo esto de plata—dice,—para las iglesias, muy bueno.
—De iglesias procede—declara el coleccionista.—Estas bandejas son de postular en las catedrales. Y aquí tiene usted—abrió misteriosamente un armario—algo que todavía huele más á iglesia.
Del armario (antigua alacena de sacristía) salía un piadoso y enervante aroma de incienso; dentro, en dos estantes toscamente pintados de azul, vislumbré tesoros.
Solar fué sacando un incensario maravilloso, guarnecido en derredor de un círculo de arcángeles con las alas plegadas y las manos unidas, una naveta, menos fina, una caja de óleos, un porta-paz que, según su dueño, figura en los grabados del catálogo Spitzer, y, por último, el ojo del ojo—una medalla, como de una cuarta de alto, que encierra la efigie de Santa Catalina con su rueda.
—Es única—me dijo,—no sólo por su perfección, sino por la conservación. Si yo no la hubiese encontrado donde la encontré (secreteo, balbuceo), temería una de esas sofisticaciones que se hacen en el extranjero con tal maña. Pero esta medalla tiene más probada su ascendencia que muchas casas que se precian de ilustres. Es tan singular, que yo le he formado un expediente, una probanza en toda regla. ¡Mírela usted! ¡Mírela usted bien!
La Santa me sonrió, fascinadora. Las elegancias de actualidad me parecieron pobreza ante la artística, suprema elegancia de la mujer engalanada por el orfebre, joyero y esmaltista del siglo XV.
Con ademán á la vez púdico y majestuoso, la Santa se recoge el manto verde oliva, franjeado por una orla de delicioso dibujo, en que alternan diamantes menudísimos y perlas imperceptibles, tostadas por los años. La túnica es azul, de unos azules tornasolados y cambiantes de acuática transparencia, que la visten como del agua dormida de solitaria fuente. La cabeza de la Santa ostenta ese tipo andrógino peculiar del Renacimiento: el pelo crespo y rizo acentúa la expresión altiva, heroica, del blanco rostro; á la garganta lleva una cadena de oro, rematada en pendentivo de perlas y esmeralditas. Las manos son un prodigio de dibujo y de modelado: su elegancia patricia al hundirse en los pliegues, la separación de los torneados dedos, su forma de huso—todo divino.—Sobre la frente, algo bombeada, la ferroniera (adorno muy anterior á la época que se le atribuye, explica Solar), y bajo los reducidos pechos, un cinturón que es una filigrana. La palma, la rueda de desgarradoras puntas, milagros de ejecución. Tal intensidad de arte me deja aturdido. ¡Ahora que todo lo hacemos á toques, á brochazos! El marqués ve mi impresión y se baba del gusto de poseer tal preciosidad; sobre todo, “la envidia de Valencia de Don Juan” y otros aficionados que se pirran por la joya, le viene al paladar en onda de dulzura. Se relame, literalmente, y con señita confidencial me cita ante otro tallado armario. Abierto, veo dentro un casco de torneo milanés, una coraza nielada, repujada, cincelada, con mascarones, bichas, monstruos, dioses, diosas, héroes, esclavos que se retuercen bajo la cadena, mujeres de perfecto torso desnudo que terminan en caballos marinos, centauros de pujantes riñones, el cántico de la fuerza y del triunfo. Solar me dice:
—Desde que los asuntos que trata son pacíficos, el arte se afemina.
Espina fuma, sin dignarse mirar al armario. ¡Lo ha visto tantas veces! ¡La tienen tan sin cuidado las antiguallas!
—¿No sabes—pregunta de pronto dirigiéndose al marqués—que llega esta noche Valdivia?
Rióse Solar.
—Sí, ríete... Quisiera ponerte en mi lugar á ver si te divertía mucho...
Nuevo guiño del marqués—ya inequívoco, pues señala hacia mí, como diciendo:—“¡Esta muchacha está loca! ¡Delante de un extraño!”
Ella hace un gesto de indiferencia fatigada, y murmura:
—Lago lo sabe, de seguro, por alguna mala lengua... Y lo cree: á las malas lenguas se las cree siempre, porque siempre dicen verdad. ¿Niéguelo usted?
Yo, realmente, no lo sabía. Esta murmuración mundana no había llegado hasta mí. En la sociedad no se maldice tanto como cuentan, y, además, suele evitarse hablar de ciertas cosas delante de los advenedizos. Por otra parte, Espina, ave de paso, no suscita aquí las encarnizadas enemistades que inspiran las campañas de descrédito. Se la obsequia, se celebran sus adornos y su gracia exótica, y nadie incurre en el mal gusto de colgarla moralejas. Esto me decía el coleccionista, cuando Espina, malhumorada, acababa de despedirse con rumbo á una partida de polo que se jugaba en el Hipódromo.
—Si yo no sé lo que pasa con esta chiquilla: tiene bula... Si otra hiciese las niñerías que ella hace... La pobre... ¡Qué desgraciada es en el fondo! ¡Pobre María! Yo la defiendo á capa y espada, eso sí. Su marido, el sér más egoísta; siempre paseándose por Bélgica, por Inglaterra, por Mónaco, á verlas venir, sin darla un céntimo para su ropa, cuando Espina, al casarse, era poderosa, opulenta, y ese tahur casi le ha disipado la fortuna. Para fin de fiesta, el majadero de Valdivia, un brasileño hijo de español, que tendrá el oro y el moro, conformes, pero que está gastado y hecho una plasta, y para ostentar su protección no vacila en ponerla en berlina, y para espiarla, la sigue á todas partes... No; á ese, cuanto le suceda le estará bien empleado. ¿Á qué se mete en aventuras?
Comprendo, como si leyese en el pensamiento del coleccionista. Éste no es padre clandestino: es un galán, contemplativo por fuerza. Está furioso con Valdivia, de esos extraños celos que pueden existir sin amor, al menos sin lo que por amor se entiende. Yo tampoco estoy ni estaré enamorado de Espina, y, sin embargo, el amigo pachucho que va á aparecerse me impacienta; daría algo bueno porque no hubiese tenido la ocurrencia de descolgarse en Madrid ahora.
Salgo de casa de Solar al caer la tarde. Paseo á la ventura por las calles inundadas de gentío. Como en Fornos, sin ganas. Sudo, pues hace bochorno, y al mismo tiempo experimento la sensación desesperante de incurable frialdad en el estómago. Plomo es en él la comida. Allá dentro debo de tener un glaciar suizo.
Y, sin saber por qué, tal vez por la mala disposición gástrica, me siento mortalmente triste. Lo vano de la vida, lo inútil del esfuerzo, lo deleznable de todo, hasta de las Quimeras sujetas por el ala, me cae encima como una losa. Salgo del popular café, salto á una manuela y digo al cochero:
—¡Vaya usted por ahí... por donde se le antoje! Hacia la Florida, hacia los Viveros. Donde no haga calor.
Las vías céntricas son un horno. La Puerta del Sol está envuelta en una especie de vapor rosado y ardiente, que parece el hálito de una boca juvenil. La concurrencia hormiguea. Voces, murmullos, jipíos que salen de los cafés, violines de ciegos, gritos de chicos pregonando los periódicos de la tarde, rodar de coches que cruzan apresuradamente, llevándose á las señoras retrasadas en el paseo, y que regresan á sus casas con el apremio de vestirse para el Circo ó para la comida... La melancolía de las multitudes, entre las cuales se siente uno más abandonando, me asalta. Quisiera estar en las Mariñas de Marineda, á esta misma hora, cuando la campana de la parroquia de Monegro llama á la oración y por los caminos se encuentra á los labriegos que vuelven del trabajo y saludan con un “santas y buenas noches”...
Se espesa la telaraña de hipocondría, mientras bajamos por la calle del Arenal, caemos en la plaza de Oriente, donde dan solemne guardia á la mole del edificio regio las barrocas estatuas de granito; y bordeando el costado de Palacio, pegados á la verja de los jardines del Campo del Moro, descendemos hacia la estación y la ermita de San Antonio de la Florida, cuyos frescos acuden á mi memoria en este instante, como si los estuviese viendo á toda luz, según los vi. Al pasar ante la iglesuela, una luna resplandeciente y tibia, de verano, inunda la fachada y se derrama en olas de flúida blancura por todo el paisaje. Bajo esa luz siempre fantasmagórica, al paso, por orden mía muy lento, del desvencijado alquilón, los ángeles goyescos asoman, flotan, como formados de neblina y de claridad lunar, en vapores de plata, del blanco plata de los pintores. De toda la obra de Goya, en que la luz realiza juegos tan caprichosos y á veces tan finos como en el tapiz de la Gallina ciega y en el de la Vendimia, lo único esencialmente lunar—prescindiendo de sus terroríficos aguafuertes, que son nocturnos—me parecen estas ángelas.
Las veo, con encarnaduras casi inmateriales á fuerza de delicadeza, vestidas de ropajes que, al igual de los de Espina, se ciñen con molicie alrededor de formas mucho más sugestivas que ningún desnudo; veo esa mezcla singularísima de realidad y de ensueño delicuescente que las ángelas ofrecen; veo que trepan al cielo, cándidas, leves, cuando son el pecado mismo, la suprema idealización del pecado, la mayor irreverencia que cometió jamás un artista; y veo sus cortos talles en contraste con sus larguísimas, flotantes, abandonadas faldamentas, que las visten como de esas nubecillas azulinas ó violeta que forman pabellón al disco de la luna. Al sentirme cercado de estos fantasmas de belleza enteramente actual, con la nota del sentimiento presente, empiezan á hervir en mí las impresiones del día, y noto una sorda angustia, una zozobra inexplicable, un tormento que se parece al mareo de mar.
Lo que se me marea es el espíritu. Mi enfermedad es la duda. Dudo de lo que siempre creí. Reniego, á pesar mío, de mi ideal estético.
Las ángelas desaparecen. Estoy en una calle muy amplia, de un pueblo antiguo, que no conozco. Se desarrolla á lo largo de la vía una procesión, precedida de música estruendosa. Desfilan pajes y heraldos, que llevan en almohadones una armadura de torneo, nielada, repujada, incrustada de oro, damasquinada, deslumbrante. Destacándose sobre el gentío, una gallarda figura altiva, de paladín, se eleva mirándome con calma orgullosa. Carlos de Gante, desviando con su mano aristocrática la vuelta de su gabán aforrado en martas cebellinas, avanzando la mandíbula prognata, con el tusón de oro al cuello, ladeado el birrete que prende rico joyel, pasa esperando que yo me incline y le salude hasta la tierra. El César va de pie sobre el carro triunfal, revestido de paños de seda, del cual tiran ocho mujeres en la flor de la edad, vestidas sólo de su hermosura y juventud. La escena no la ilumina la luna, sino el sol, un sol de victoria, que juega en las largas, trigales, destrenzadas cabelleras de las vírgenes que arrastran el carro, de maderas preciosas, guarnecido de brillantes bronces. Los balcones, llenos de gente, ostentan tapices. En pos del César se atropellan viejos vestidos de terciopelo; matronas enfundadas en brocado de plata, preso el cabello en red de perlas; niños rubios, de cabeza ensortijada, en cueros las carnes lácteas, una gorrita de terciopelo negro sobre los bucles; mancebos cuyos trajes acusan musculaturas viriles; panzudos burgomaestres de ondulosa barba y almenada toca; un obispo llevando en alto una cruz procesional de oro, esmaltes, gemas, capitolinos, de un trabajo de hadas—y detrás, monagos frescos y bellos, con el pelo en tirabuzones, sosteniendo bandejas de postulación de labor magnífica, en que fuertes romanos se apoderan de las Sabinas ó Faunos nervudos aprietan á las Driadas forestales. Y cuando se ha alejado el cortejo, se ha callado la música, se ha quedado desierta la calle, un hombre muy hermoso, calvo, de serena frente ebúrnea, envuelto en túnica de lana armoniosamente plegada, se encara conmigo y me dice:
—Soy Platón. ¿No me conoces? Soy la Belleza.
¡Y acabo de ver pasar en hirviente oleada, en imperial muestra, el Renacimiento! Eso, eso, sólo eso—era el arte. No haremos nada que á eso se parezca. ¡Miserables de nosotros! Dibujo de atletas; modelado de escultores; colorido que es la sangre y la carne transportadas al lienzo; en el más sencillo objeto de uso, la vencedora hermosura, y por cima de todo, la expansión victoriosa, el himno... Una voz mofadora me susurra: “¿Cuándo has podido pensar que cabía belleza en una labriega de pies descalzos, maculados de negruzca tierra? ¿En el tiznado minero? ¿En la muchacha tísica, moribunda en el hospital?
“Dame ropajes de velludo y brocatel, cadenas refulgentes, nucas pujantes, formas estatuarias.
“Dame el cortejo de Baco, su carroza de tigres.
“¿Qué es la Naturaleza? ¡Un concepto abstracto! ¿Y tu ensueño de interpretarla fielmente? ¡Una vanidad! ¿La has de interpretar según es en sí? ¿Y cómo es en sí? ¿La has de interpretar según la ves? ¡Entonces ya la interpretas en ti!
“Y si la interpretas según la ven los maestros, lo que haces buenamente es pisar la hierba pisada.
“Ríete de esa Naturaleza pura.
“Mira este glorioso irradiar de helénica alegría que el Renacimiento derramó en el mundo.
“Ten sangre, ten músculos, sé insensible al dolor, sé estoico.
“Sólo hay un objeto digno de la vida: la victoria.
“Sólo hay una fe digna del que no nació con alma de siervo: la sabiduría antigua, la más alta.
“No seas de estos cobardes vacilantes de la presente generación, impregnada de la mujer, de su piedad, de sus lágrimas, de su histeria.
“Sé varón. Te lo ordena el Renacimiento.”
Entretanto, el coche, rodando despacito, me conduce á los Viveros, y echo pie á tierra, y me pierdo entre las frondas en flor, envuelto en el aroma penetrante, embriagante, de las acacias.
Una mujer viene á mi encuentro.—¡Espina, Espina!—Arrastra un traje de gasa, de incierto matiz, de esos matices afeminados que la moda ha bautizado con el nombre de colores pastel: tales son de tenues, como suavizados por un dedo de artista. El traje, sin embargo, es lo más atrevido que he visto nunca. Porque bajo la gasa, Espina lleva un viso de tela sedeña, nacarada, de transparencias misteriosas. Sobre su fosco pelo, una original capelina de la misma gasa, orlada é incrustada con idénticos encajes vaporosos y caídos, como ablandados por la negligencia, por la languidez.
—“¿Qué tal?—pregunta la deliciosa aparición.—¿Le gustan á usted mucho los señorones vestidos de reyes de baraja? ¿Las mollazonas indecorosas, de calcañales recios? ¿La carne? ¿La sangre? ¿La mitología? ¿Todavía no está usted enterado de lo que es bonito, hombre? ¡Es usted un pedazo de estuco! Debía de estar ya desasnado; creí que tenía usted temperamento artístico verdadero, no como el del pobrecillo marqués, que confunde lo hermoso con lo rancio. Hoy se hacen cosas más encantadoras que nunca. Afínese usted, afínese; aprenda á mirar. Lo natural es un mote con que se tapa lo grosero. ¿De dónde saca usted que lo natural, por ser natural, ya es bello? Al contrario, tonto, al contrario. Lo bello es... lo artificial.
“¿No soy bella yo?
“Pues en mí, lo natural no existe.
“Soy una civilización entera que ha infundido á lo raro, á lo facticio, la vibración del arte.
“Mi pelo es tintura, mi húmeda boca es pintura, mi atractivo no es la exhibición de mi cuerpo, sino el saber recatarlo, cual se recatan los misterios de los santuarios.”
Angustiado, como el creyente á quien se le derrumba el ara de su fe, exclamo lanzándome hacia la cosmopolita:
—¿Dónde está la verdad?
Ella responde:
“—En ninguna parte. Todo es apariencia, ilusión, desfile de sombras chinescas sobre las paredes iluminadas ó lóbregas de nuestra alma.
“Todo cambia, nada persiste; y lo que ya profanó la admiración del populacho, no merece ni la mirada del artista.
“Las opiniones, los sentimientos de la multitud, ignórelos usted. Las sensaciones sencillas y francas... á los mozos de cuerda. La sensación hay que pasarla por alquitara, destilarla y oscilar entre ella—pero exquisita y sobreaguda—y el negro tedio que nos encamina á la realidad antiestética de la muerte...”
Un sudor de fatiga corre por mi sien; se me figura que me llaman apresuradamente, desde muy lejos, en tono del que avisa un peligro...
—¡Señorito! ¡Señorito! ¡Anda, se ha dormido como una piedra! ¿Se baja aquí, señorito, ó vamos á seguir?
Despierto sobresaltadísimo, me froto los ojos, no entiendo ni respondo en un minuto.
Estamos ante la puerta de los Viveros. La luna me baña en pleno la faz.
—No, no me bajo...
Y doy las señas de mi estudio.
Fines de Junio.—En el desconcierto de mis ideas sobre arte—porque tengo perdido el rumbo, y estoy como los devotos á quienes el ara se les viene abajo,—me acuerdo sin cesar, á cada hora, de aquel sueño raro que tuve en el camino de los Viveros, una noche de luna.
Los sueños son más directos, más leales que la vigilia.
Despiertos, nos engañamos, nos mentimos, por la compresión que ejerce el mundo ajeno. Dormidos, sale afuera lo entrañable, lo que ni sabíamos que llevábamos dentro, tan recóndito. En sueños toma forma radiosa la vaguedad, lo obscuro resplandece.
Soñando se me derrumbaron mis convicciones, me sentí cambiado; otra es ya mi fe, ó por mejor decir, lo que es fe, no la tengo; al contrario, vivo de dudas y de incertidumbres; también dudar es un modo de vivir y de creer; antes imaginé poseer método para realizar un poco de arte; ahora no sé por dónde ir: la perfección antigua me desespera y abruma; los rumbos nuevos me hacen parpadear, lo mismo que si estuviese mirando á un foco eléctrico muy intenso.
Minia me ha aconsejado:
—No se crucifique. No disperse su espíritu. Usted no puede seguir las huellas de ningún pintor antiguo. Entre los modernos, para atravesar el período de imitación, mortificante pero forzoso, elija al maestro que mejor se adapte á su modo de ser, y después de chuparle los tuétanos, mátele dentro de usted mismo. De los antiguos, sin embargo, podría usted sorprender secretos. Me han asegurado que Lehnbach, de absolutísimo incógnito, haciendo creer en su país que viajaba por Grecia, se estuvo un año aquí, copiando á Velázquez en el Prado, apoderándose de procedimientos que saca á relucir ahora.
—Á Goya copiaría yo más bien—respondí.
—Sí; tiene con su alma de usted mayores afinidades. Cada día sube Goya. Su decadentismo castizo le preservaría á usted del afrancesamiento á que está muy expuesto. ¡Sobre todo, si se apodera de usted Espina Porcel, que debe de ser una vampira!
La verdad es que Espinita, como pueda, arrolla los tentáculos al cuerpo. Sin duda no tiene qué hacer en Madrid, y no sale de mi taller; me acapara.
Veré si emborronando estas hojas consigo definir lo que me sucede con Espinita...
En primer lugar, dicho sea en buen hora, de no estar enamorado de ella, según la gente diagnostica el enamoramiento... ah, de eso tengo seguridad completa.
Vería á Espina arrastrada por la corriente de un río, destrozada por la explosión de una bomba de dinamita; la vería entrar en una casa inequívoca... y me sería igual.
Sospecho que ella, por su parte, me vería en el banco del garrote, argolla al cuello, y, pudiendo, no abriría la argolla; es verosímil que prefiriese no perder la emoción.
El sentimiento hacia ella, en mí, unas veces es acre curiosidad, otras irritado deseo de subyugarla, otras antipatía repentina, el gusto imaginado de pegarla un latigazo que saque sangre; otras atracción inexplicable, complicada,—una perversión que descubro en mí, y que me asombra sin desagradarme, pues no puedo aguantar á la gente bonachona, de psicología blanca.
Espina me atrae, tal vez por el sumo refinamiento de su existencia y la desdeñosa altanería con que prescinde de las nociones admitidas y vulgaronas.
No es la Porcel una de aquellas rebeldes románticas que siempre estaban á vueltas con la moral, y que, al combatirla, la afirmaban: sencillamente, para Espina no existe eso, ni nada, fuera de lo bonito y lo selecto, de ese aquilatamiento sensual de la exterioridad, que hace de ella una especie de Cleopatra,—pues, como le sucedía á la reina de Egipto, su vida es inimitable. En otros términos: probablemente me atrae Espina porque es exaltadamente elegante y rematadamente mala.
Comprendo que lo primero se justifica, mientras lo segundo es dificilillo de justificar, aun cuando no tengo otro juez aquí que yo mismo; pero sentimos ahincadamente infinitas cosas... que no se justifican. Son.
Yo no causaría á nadie el menor daño. Yo sufro cuando por mi culpa sufre alguien. Yo soy capaz de darle á un desgraciado la camisa. Yo he pasado noches horrorosas cuando se suicidó aquel mal bicho inútil de Solano. Yo quiero á mis amigas excelentes—la Palma, la Baronesa, Minia. Yo deploré no acertar á querer mucho, de corazón, á Clara Ayamonte. Todo esto parece bondad, parece altruísmo.—Y sin embargo me deleito en la amoralidad de Espina, como si deshiciese en la boca un fondán muy delicado, sápido á quintaesencias, de gusto desconocido, de perfume que trastorna.
¿Será que, si uno es artista ante todo, puede tener muy buenos instintos, pero nunca tendrá verdadera regla ética para la vida?
En fin, no me devano más los sesos. Lo efectivo es que Espinita me trae y me lleva y me zarandea como se le antoja. Se verifica lo que profetizó Minia: la mujer se apodera de mí, me subyuga—sin que el amor prevenga la excusa dulce.
Porque realmente, ¿ha ocurrido entre Espina y yo algo que lleve sello amoroso? Nada, lo cual es casi ridículo, para mí se entiende, cuando esta señora está siempre aquí, y se pasa las mañanas fumando, tendida en mi diván, confianzuda como en su propia casa.
Valdivia no aparece hasta la tarde. ¡Hago con él, desde luego, migas excelentes! Toda mi prevención se ha desvanecido ante el primer apretón de manos.—Llega difícil de respiro, retocado, peinado, perfumado, con una ropa inglesa que quita el sentido de bien cortada, con esa superioridad de actitud y esa calma algo triste, de buen gusto, señorial, que sólo cría el hábito de vivir en grande. Es liberal y simpático; sabe obsequiar con galantería á las señoras; no habla nunca mal de nadie; no se mete con nadie; no tiene opiniones crudas y acerbas acerca de nada; huele bien; su visible agotamiento y sus quebrantos de salud hacen que se le tolere la insolencia de una fortuna calculada en millones, sólo parcialmente comprometida—dicen—por los fantásticos caprichos de Espinita, á quien igualmente se disculpa, en nuestro país todavía idealista, porque se adivina que no son felicidad sus relaciones con un hombre machucho y dispéptico.—La dicha es lo único que no suele perdonarse.
Espina—voy estudiándola—no me parece tan mala como negativa, inconsistente. Es un ser instable; ondea y culebrea. Sus impresiones son repentinas, transitorias. No la he visto dos días de igual humor. Hay mañanas en que parece sumida en extraordinaria placidez; otras, está abatida, suspira, no responde; otras, cae en un tedio negrohumo; frecuentemente se muestra excitable, cruel, rabiosa; al cuarto de hora, jovialmente achiquillada, con antojos de criatura. Yo soy también bastante veleta; lo malo es que no coincidimos al girar. Entra ella saltando, y me encuentra de murria; me levanto tarareando, de buen talante, y llega Espina reconcentrada, muda, y empieza á fumar con una furia que descubre el estado de sus nervios. Somos dos gatos pelo arriba, dos sistemas nerviosos en conflicto. Saltan chispas, hay electricidad en el aire.
¡Qué suerte no quererla, no importárseme de ella! Se me figura que, en el fondo, esta mujer, tan vertiginosa en sus goces, se aburre hasta la desesperación.
Como el prisionero cavila para evadirse de su cárcel, cavila ella para fugarse del aburrimiento. Llega á mi taller y trae alguna distracción discurrida, ó quiere que se la discurra yo.
—Piense usted... Á ver... ¿Qué haríamos?
La he llevado al Museo, la he llevado á la Academia de Bellas Artes, la he llevado á la ermita de San Antonio. Lo único que noto que le impresiona algo es Goya. La maja desnuda y la maja vestida fuerzan su entusiasmo, y ante esas dos figuras enigmáticas, profundamente perturbadoras, hablamos otra vez del desnudo, hacia el cual reitera su desprecio.
Las etéreas figuras de la Florida la seducen.
—Goya—me dice—es un moderno, un moderno. No lo son muchísimos que pintan ahora, y que por dentro están en el año 60.
Como se cansa pronto, porque ve pronto, hay que variar, y la conduzco á barrios populacheros, á admirar tipos madrileños, á los lavaderos del Manzanares, donde llamamos la atención y nos dicen cosas chulas, desvergüenzas, sobre el tema de que somos “parejita”. Nos creen en escapatoria, y esa opinión deben de compartir las personas conocidas de sociedad que, casualmente, hemos encontrado en nuestros paseos matinales. Esto me va á dar postín. ¡Espinita! ¡Vaya! Sí, tono y mucho tono.
Y la pregunto, con picor de curiosidad indiscreta:
—¿Qué dirá el Sr. Valdivia, si sabe las correrías á que se dedica usted, en lugar de posar para el retrato?
Me mira como sorprendida por una incongruencia y repite:
—¿Valdivia? ¿Valdivia? ¿Mis correrías? ¡Pch!
No añade sílaba más; pero yo bien he adivinado que Valdivia es celoso, y observo que un goce que saborea Espina es hacerle tragar á Valdivia todo el acíbar de los celos. Con uñas de gata feroz, proyectadas fuera de la patita terciopelosa, araña despacio, profundo, este corazón tal vez fatigado de sentir, pero todavía sensible, acaso más sensible que nunca, en el ocaso de un temperamento esencialmente pasional. Bajo su aspecto de vividor distinguido, escéptico, es evidente que persiste el Amadís de antaño. El muro viejo brota alhelíes. Los cincuenta y pico no preservan al desdichado de la infección mortal. Y al mirar al mísero esclavo, me envanezco del sentimiento de detestación que, en el fondo, consagro á Espina y... á las demás, genéricamente.
En cambio, le voy cobrando un cariñazo enorme á Bobita, mi perra. Es una delicia... Ningún chico hace más gracias. La verdad es que me lo destroza todo, que no me deja cosa sana, que mis zapatillas se las trae arrastrando al taller y mis calzoncillos lo propio, que ayer me descacharró un cuenco de Talavera antiguo, que me ha borrado un retrato medio concluído: será preciso remendarlo... Y esto me viene tanto peor cuanto que ahora, con la absorción de la Porcel, casi no hago nada de provecho. Voy á encontrarme mal de fondos, pero muy mal. Mis mañanas me las estropean las excursiones, en compañía de esta señora que me trae al retortero. ¿Á que un día me cuadro? Va siendo el bromazo pesadito.
Lo peor es que no sólo me priva del trabajo, sino que me impone gastos tontos. Siempre que voy por ahí con ella se le antojan porquerías, que al regresar á casa tira con desprecio. Claveles, rosas, piñones, dátiles, macetas de albahaca, naranjas, panderetas, caricaturas de ministros, juguetes ordinarios, ¡hasta una pepona! Así que llegamos al portal, me dice imperiosamente:
—Déle usted al portero ese horror, para sus sobrinos... Ó si no, bótelo usted por la ventana...
¡Esos horrores me cuestan lo que tal vez no tengo!... Son efectivamente baratos, de baratura inverosímil; pero al fin hay que pagarlos, y en una bolsa tan flaca... ¡El castigo de vivir al día!
No contenta con la gracia de las compras, Espina ha dado en la flor de venirse á almorzar conmigo. Los días en que no se encuentra invitada por alguna diplomática, por alguna de sus cremosas amigas, no sabe qué hacerse y aquí se encampa. Unas veces dispone traer de casa de Lhardy platos á la francesa, otras se encapricha por los comistrajos de los muchos figones que en Madrid abundan; pero invariablemente hace gestos á la minuta, declarando que aquí nos envenenan, que esto es infecto, que no concibe cómo tenemos paladar. Y agrega despótica:
—Se viene usted conmigo á París; se viene usted.
Lo poquísimo que come, lo come de través y con la punta de los dientecitos, cogiéndolo con el tenedor, remilgada, de la manera más mona que se puede soñar. Sus manos son perlas peraltadas, gemelas, dignas de un estuche. El más prolijo cuidado se revela en sus uñas, diez pulimentadas ágatas, de un rosa de concha del Mediterráneo, con reflejos brillantes, que hacen resaltar la mate blancura del menudo dedo.
Se las alabo, y responde en tono de tristeza:
—¡Si aquí están horribles! Me falta Madame Denoir, mi manícura de París. La que Lina me ha recomendado y que decía que era un portento, es una imbécil. No sabe bruñir ni tallar. Esa “reina de las hermosas” es poco exigente. No entiende de tocador.
Á pretexto de convencerme de la torpeza de la manícura, cojo la diestra perlina y la retengo, examinándola, cerca de mis ojos. Detallo una por una las sortijas, de incomparable pedrería, de artístico engaste. Las joyas de Espina, lo he notado, son muy ricas, pero el arte en ellas hace olvidar la riqueza. La mano, cautiva en las mías, que se insinúan con hábil presión, no palpita, no se estremece; parece una de esas manos de plata del tesoro de las iglesias, en las cuales lo humano es un hueso inerte, una reliquia.—La memoria de los sentidos me hace evocar las trémulas estrechaduras de Clara, la profunda palpitación de todo su cuerpo al contacto menor. Y suelto, indeciso, la mano ensortijada, hierática. Puedo dar un paso en falso, y como no me enloquece Cupidillo...
Ahora sí que ha sucedido. ¡El diablo cargue con lo que ha sucedido! Porque en vez de satisfacción, ni de engreimiento, ni de alegría de ninguna especie,—lo que experimento es fatiga, hastío, pésimo sabor de boca...
Desde que ocurrió el lance estoy de tal humor, que me rompería la cabeza contra las paredes del estudio.
¡Si los hombres y las mujeres tuviesen sentido común, escarmentarían! Lo mejor que pueden hacer cuando están juntos es prescindir de las tonterías que cometen... no sé por qué: por cariño, por ilusión, no será. Antes vivían en paz... Después, tiene razón Tolstoy, se detestan.
Al menos éste es mi caso. ¿Habrá tantos casos como individuos?
No; el verdadero origen de mi preocupación no he de callarlo... ¿Á qué disimular ante yo mismo? Es una aprensión ridícula, es que siento... vulgares remordimientos de haber engañado á Valdivia, y bochorno de las circunstancias en que se ha verificado el engaño. Lo que yo hice no se hace, ¡no hay perversión, no hay decadentismo que valga! Lo que yo hice es vil, y no puedo borrar, ni reparar, ni decirle á este hombre, como le dije á Churumbela:
—Pégame...
Si se lo dijese, es verosímil que me contestase cual la pobre gitana:
—Pa no matarte, desalmao, no te toco...
No me sirve de descargo acusarle á ella de haber preparado la ignominia. En Espina eso es natural; no se burlaría poco de mí, con su chispeadora burla, si la dijese: “¿Sabe usted? Me acusa mi conciencia”. ¡Conciencia, lealtad, sentido de lo infame!—No, lo que es este secreto me lo guardo. Porque si algo me ha llevado hacia Espina, fué el diabólico afán de probarla que soy más indiferente á lo bueno y más inteligente para lo bello que ella y que toda su casta.
Llegó, pues, esta criatura infernal á mi estudio, bastante temprano, hecha un sol. Antes me había enviado una carga de flores y un billete. “Colóquelas usted; repártalas en cada rincón”. Engalané el estudio, el comedorcito, mi alcoba, el pasillo y, sobre todo, el tocador donde Espina se viste. Eran magníficas rosas, de estas que en Junio empiezan á escasear en Madrid,—pero todo se consigue tirando dinero.—Me pareció no haber visto nunca, ni en Alborada, rosas como aquéllas, tan satinadas, tan tersas, tan suavemente húmedas, tan bien acapulladas, tan vírgenes. Y, en un relámpago, concebí el retrato de Espina—el que había de llevarse ella á París,—como anhelaba: algo nuevo, inusitado, sin perlas, sin moños, sin arrequives, sencillamente nubado de tules blancos, vestido de un manojo de rosas, de las cuales surgiese el busto de la mujer, entre gloria primaveral.
Inspirado, y sin esperar la llegada del modelo, empecé el bosquejo de memoria, sólo para fijar la radiante visión y aprovechar el momento en que no habían principiado á languidecer las divinas, las fragantísimas rosas.
Al entrar la Porcel, antes de hablarme, cerró con llave la puerta del taller que comunica con el pasillo, y me dijo en voz tranquila, fina y como infantil:
—No tengo gana de que nadie nos interrumpa.
La miré sin comprender, absorto en mi boceto.
—¿Qué va á pensar el criado?—fué la simpleza que solté por fin.
—Yo siempre ignoro que existen criados; para mí no son personas—contestó encogiéndose de hombros.
Se acercó al caballete, y en sus ojos de venturina, de siempre contraída pupila, advertí una luz de júbilo. Prorrumpió en exclamaciones. Era encantador, era una idea; en París arrebataría. ¡Qué delicia exponerlo en su casa! Inmediatamente, es decir, por la tarde, traería una pieza de tul blanco, y la arrugaríamos los dos á ver quién lo hacía de un modo más artístico...
—La rosa, con todo, es flor algo trivial...—murmuró.—Orquídeas debieran ser. Pero acaso no se presten. El efecto no sería el mismo.—Y, con cierta ansiedad, añadió:—Supongo que aunque el pastel de la Dumbría tampoco tiene cuerpo, no es sino gasas, el mío no se le parecerá, no repetirá aquél. Dicen que es el mejor retrato de usted, y que los de Lina Moros, hechos con tanta prolijidad, no pueden comparársele.
—¿Qué sé yo?—respondí.—Es difícil dar el premio en concurso. Yo deseo que el de usted salga admirable...
Ella, arrimándose, se pegó tanto á mí, que percibí su aliento, no perfumado por la naturaleza, que pocos alientos perfuma, sino por elixires y mascadijos muy delicados, en una boca tan cuidada ó más que las agatinas uñas. Su respiración se espació sobre mis mejillas, con revuelo sutil de mariposa, y su brazo derecho desquició violentamente mi cabeza, inclinándola hacia sí, mientras la mano perlina me revolvía los mechones de pelo y me arañaba con las sortijas la frente. El nevimaterno ó antojo que tengo cerca de la sien la extrañó, y sopló con cierta repugnancia.
—¡Puah!
Á renglón seguido, con el infantilismo que exterioriza sus sensaciones, clamó regocijada:
—Y no es ilusión; se parece mucho á Van Dick.
Después—al darme yo cuenta de lo que todo aquello forzosamente envolvía,—buen cuidado tuve de evitar demostraciones pasionales, que podían convertir en mofa su benevolencia. Silencioso, como jugando, me apoderé de la presa. Para ensayar el retrato la envolví en rosas, que deshojábamos magullándolas, y que se morían en el ambiente caluroso del taller, en el cual las grandes vidrieras, á pesar de las cortinas moderadoras, derramaban chorros filtrados de sol. El silencio pesado de la mañana de Junio era perceptible, y sugería aislamiento, soledad, libertad secreta. En la casa parecía no rebullir ni una mosca. Bobita dormía hecha un ovillo. No había sonado ni una vez la campanilla de la puerta.—De pronto sonó; me incorporé pavorido. Ella se puso en pie igualmente, y me dijo, en voz susurradora:
—Nada de abrir sin saber á quién.
Me acerqué á la puerta del taller y oí andar en el pasillo, el característico ruge-ruge de la faldamenta femenina. Espina puso un dedo sobre los labios. Desde afuera, gritó la voz de Lina Moros:
—¡Lago! ¡Lago! ¿Puedo entrar? Me ha dado cita aquí Espina Porcel, para que vea cómo adelanta su retrato... ¿Está usted solo?
Espina hizo seña de que ella abriría—y tardó, aparentando torpeza ó malagana.—Lina, al entrar, se comió la partida inmediatamente. Había que ver fulgurar sus negros ojos.
—Hija, si no te arreglaba que viniese, pudiste no citarme aquí...
Entonces Espina se mostró incomparable. Sin manifestar otra cosa que una satisfacción que afectaba no poder reprimir, miró cara á cara á Lina, se acercó á ella y la dió en el aire, no en las mejillas, un beso, murmurando suavemente:
—Al contrario, ma charmante, si te avisé porque me arreglaba... Quiero que sepas antes que nadie que el mejor retrato de Lago va á ser el mío. ¡Una idea tan original y tan poética! Saldré de una especie de triunfo de rosas, de una delicadeza ideal. En París producirá entusiasmo. Cuantos retratos hizo Silvio hasta el día, son... psch... banales. Así me lo ha dicho él...
La morena belleza sonrió despreciativa, y sin responder á su interlocutora, se volvió hacia mí y lanzó:
—¡Es usted el hombre más galante... pero más embustero! Eso mismo me contó cuando terminaba el famoso retrato del traje de terciopelo miroir. Por cierto, deseo que cuanto antes me lo envíe usted á casa. Quieren verlo unas amigas, de las que no son envidiosas, por lo cual profetizo que lo encontrarán admirable... ¿Á ver, dónde anda esa obra maestra?
¡Dios mío, qué compromiso! Quise aplazar, mentir... pero Espina, exultante, desenterró el retrato, que yo había trasconejado ocultándolo detrás de varios chirimbolos. Calcúlense cuál se quedó Lina al ver el ultraje inferido á su imagen por el arrebato de la Porcel. Palideció como las morenas, con tonos lívidos. Motivo había, es innegable. Yo, en cambio, colorado de sofocación. No sabía por dónde salir. Y Espina, la muy bribona—¿qué otro nombre puedo darla?—se echó á reir con risa que de puro alegre era un gorjeo, y entre la cristalina cascatela de sus carcajadas, exclamó con tono de perfecto candor:
—¿Pero cómo ha hecho usted, Lago, para estropear la maravilla?
Era demasiado fuerte. Lina, frunciendo las cejas de terciopelo, se volvió hacia su amiga, y la disparó á boca de jarro:
—Abur, ma toute belle, te regalo el retrato y el autor... Están en el mismo estado poco más ó menos; buen provecho te hagan...
Y salió, ocultando con el sarcasmo la desazón enorme. ¡Su retrato, el alabadísimo, el que había de consagrar la memoria de su hermosura triunfante, indiscutible!—Sin permitirme cumplir el deber de cortesía de acompañar hasta la antesala á la ultrajada beldad, Espina cerró nuevamente la puerta del taller con doble vuelta de llave...
Y aquí entra lo que verdaderamente me preocupa. Aunque la escena con Lina fué desagradable, y en ella resulté faltando á una mujer á quien sólo debo amistad, consideraciones, no tiene comparación con lo que sigue.—Al cuarto de hora de marcharse la Moros, volvieron á llamar, se oyeron de nuevo taconeos en el pasillo, esta vez sin ruge-ruge de sedas, y Valdivia, el propio Valdivia, hirió con los nudillos... Aterrado, me volví hacia Espina, consultándola con la mirada.
Detrás de la puerta me parecía que jadeaba una respiración, que palpitaba agónico un aliento... y era el mío; el zumbar de la sangre me aturdía las orejas. Espina, lenta, risueña, vino hacia mí. Creí que iba á dirigirme algún advertimiento de prudencia, alguna palabra de esas que el instinto de conservación dicta. Lo que hizo fué un guiño de complicidad, un gesto pícaro, envuelto en una caricia fogosa. Y riendo bajo, satisfecha, campante, exclamó:
—Aguarde un poco... ¡Nada de darse prisa!
La voz de Valdivia cruzó á través de la hoja de palo.
—Estás ahí, María. ¿Por qué no me abres?
Empujándola, imponiéndome, abrí. No sabía de qué manera recibir á aquel hombre. Mi actitud sola era prueba clara. Jamás comprenderé, jamás me explicaré este episodio de mi vida; verdad que la vida está llena de enigmas sin clave.
Yo no puedo dudar de que Valdivia es un mártir de los celos. Pero ¿hasta qué punto esta amarga enfermedad, tan amarga que sólo por ella debiéramos renegar de la tontaina de los amores, es compatible con la lucidez? ¿Por qué, vamos á ver, se ríe la gente de los celosos? Pues justamente porque los celos ponen venda más espesa que el amor todavía.
Valdivia, como todos sus compañeros de tortura, gime en su potro, desconfía, no duerme; pero cuando se le antoja confiar, lo estaría viendo y negaría el testimonio de sus ojos, la realidad que palpase. Tal le sucedió en este caso. ¿Qué sujeto de experiencia,—y Valdivia la tiene muy cabal,—hubiese dudado, y qué carcajada no soltaría el propio Valdivia si de otro le refiriesen esta aventura? ¡Encerrados, solos, turbado yo, esparcidas las rosas! Pues sin embargo, no contento con mostrarse tranquilo y sin escama de ninguna clase, por un fenómeno que no es único, que es frecuente en los celosos, cuya razón acaso sea el instinto egoísta de precaver sufrimientos, se adelantó á facilitarnos la explicación, que yo al menos no era capaz de inventar:
—Han cerrado para librarse de importunos, de indiscretos que divulguen por ahí lo original de la idea del retrato. Bien hecho. Pero yo no cuento, ¿verdad? Yo me siento aquí tan formalito... y usted sigue en su tarea...
Y Espina respondió, impávida:
—Si estorbas, te echaremos. Pero no estorbas. Has sido muy amable en venir, como te encargué.
¡Ella misma le había avisado! ¿Qué aberración es ésta? Llamar á Lina será una diablura; pero ¿llamar á Valdivia? Tiemblan un poco mis dedos al coger los lápices, al extender las tintas. Valdivia aprueba; él y Espina fuman, serenos, amigables.
Y sigue la historia. Me había levantado ayer hostigado por la preocupación más común, estúpida y agobiadora del mundo. No tenía un cuarto; no tenía lo que se dice un cuarto para hacer bailar á un ciego.
Las encerronas con Espina en esto habían venido á parar. No trabajar, rehusar encargos de gente que según Espina no es lo bastante smart para que yo le dispense tal honor... Y el sacristán de lo que canta yanta...
¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Es que me estomaga pensar en dinero. El dinero es una de las peores cochinadas de este cochino mundo.
Pero también, como pasa con otras cochinadas, si nos falta viene la muerte.
Cada peseta representa una gota de sangre; cada duro es un nervio; cada millar de duros, un pulmón.
Estaba anémico, neurasténico y tísico, sin dinero.
Empecé á revolver mis libros, por si desentrañaba algún retrato sin cobrar, y me encontré que, excepto los consabidos millonarios y una diplomática ausente, lo entregado estaba cobrado todo. Lo que pasaba era que tenía algunos retratos empezados; pero como hace tiempo que rehuyo dar sesión, no he terminado ninguno.
Un sudor de angustia me corría por las sienes. Encontrábame además en ridículo. Espina tenía derecho á burlarse de mí, pues le había sacrificado neciamente mi manera de vivir,—mi sustento diario.
¡Dinero! ¡Me faltaba dinero! No podía sosegar. ¡Ni que yo fuese un codicioso! Es que el dinero, qué diablo, no hay hora ni momento en que no nos haga una falta terrible. Sin miaja de codicia, somos esclavos de él. No es codicia necesitar aire respirable. Nuestra sociedad respira por el bolsillo.
Todo esto lo voy poniendo aquí, probablemente para disculpar...
Me he creado necesidades; tengo que pagar, sin falta, el alquiler de la casa, la soldada del fámulo, las cuentas galanas de la portera, la leche de Bobita, mi ropa, el gas, la electricidad... Tengo que vivir.
¿Qué hacer? ¿Suplicar un adelanto á la baronesa? ¿Cómo me recibirá? ¿Qué cosazas dirá de mi desorden, de mi falta de cabeza, de mi desbarajuste?
Y cuando me hallaba sepultado en desesperadas meditaciones, llaman; entra Valdivia, tétrico y ceñudo.
—¿María no ha venido aún? Me alegro. Tenemos que hablar...
¡Adiós! Sospechas, recriminaciones, lance... ¡Qué saldrá de aquí!
—Tenemos que hablar...—repite.—Pero antes, hágame usted el favor de un vaso de agua clara...
—¿De agua clara?—repito embobado.
—Sí... Necesito absorber un poco de bicarbonato; mi estómago me está gratificando, desde por la mañana, con una gastralgia horrible... ¿No le ha dolido á usted nunca el estómago?
—¡Ya lo creo que me ha dolido!—respondo con expresión.—Sin ir más lejos, ayer...
Y, llenos de cordialidad, unidos por una corriente de franca simpatía, empezamos á confiarnos nuestras tribulaciones. Valdivia no tiene hueso que bien le quiera, es un mapamundi de alifafes; le fastidia unos días la cabeza, otros el estómago, siempre las articulaciones, muy á menudo los riñones y no pocas veces el corazón. Cree tener síntomas del mal de qué sé yo quién y de la afección de qué sé yo cuántos. Los médicos le han ordenado rigurosamente campo, reposo, nada de emociones fuertes, un régimen de lo más severo.
—Pero—objeto yo—entonces...
—Entonces—replica afablemente, mientras deslíe el bicarbonato—tales prescripciones no se siguen jamás. No hay valor para separarse de María. Los médicos, ¿qué saben?
—¿Por qué no se van ustedes los dos al campo?—pregunto.—Allí, con un poco de voluntad...
Los ojos de Valdivia, del antiguo Tenorio, del hombre con espolones de acero—lo he visto, no puedo dudarlo,—se arrasan de lágrimas. Me echa una mirada infinitamente expresiva, de esas en que se vuelca la urna de la pena, y murmura, bajando la cabeza y como acortado:
—Ella no quiere... No es cosa, ya ve usted, de encerrarla en una aldea á la cabecera de un enfermo...
Y, pronunciada la primera frase, quitado el primer tapón, la confidencia, de un modo casi involuntario, surte de los labios secos, marchitos. Sale á pedazos, unas veces brusca y fiera, otras humillada, resignada; pero sale, entreverada con quejidos sordos que la tenaza de la gastralgia arranca del fondo del pecho. Lamentaciones sobre la salud perdida se mezclan con quejas del animal que sufre y del enamorado que no ha podido curarse del daño que el filtro causa. Al principio se tropieza en las palabras, se quiere tapujar, velar con formas decorosas lo ignominioso. Poco á poco se va ahondando, se introducen los dedos en la llaga, se descubre la infección. Por los bordes abiertos y sanguinolentos, asoman su cabeza de víbora los celos afrentosos.
—¡Ni un día sin celos!—repetía hecho un ovillo en el sofá, porque arreciaba la gastralgia.—¡Ni un día de dulce sosiego, de serenidad, de fe! ¿Comprende usted esto, Silvio? Es como un maleficio, y á veces, créalo usted, sin ser supersticioso, me ocurre que estoy embrujado. Hay días en que me parece que odio á María más que otra cosa. ¡Desconfiar, desconfiar siempre! Y ¿sabe usted la razón de mi desconfianza? Mi detestable experiencia. Si yo fuese un poco menos corrompido, fiaría más en María, y eso ganaba. Por haber sido traidores creemos que nos traicionan. Me da por ataques repentinos, como el dolor de estómago, y es gracioso: se me ocurren cien barbaridades que no cometo. Mi desgracia es tanta, que estoy gastado para la voluntad firme de realizar un acto de energía, y no lo estoy para el sufrimiento que dicta esos actos á otros hombres, á la gente ordinaria. Se me ha puesto aquí que si mato á María quedo libre de mi obsesión; porque muerta ella no hay celos, y mi pasión es celos; nada más. Suprima usted esa negrura, y el amor se evapora. Si me parece que con tanto devaneo celoso no estoy enamorado; no quiero, lo que se dice querer, á María... Oiga usted esta monstruosidad: si María cogiese ahora el tifus y se muriese, estoy por decir que me alegro. ¿En qué piensa usted? ¿Me cree loco?
—Pienso en qué cosas tan diferentes nos marean á los dos. En su caso de usted, yo tan fresco. Ahí tiene usted... Sólo me desvela mi pintura, los medios de irme á estudiar lejitos. Y aunque aparentemente se diría que me aproximo á mi ideal, la verdad es que á cada paso lo veo más distante. No tengo cabeza para hacer economías; me las arreglo tan mal, que...
Apenas dicho me pesó; quisiera recogerlo. Este hombre no va á creer nunca que hablé así... arrastrado por el torrente de las espontaneidades.—Me miró con interés, y exclamó con una bondad que me pasó el alma como un cuchillo:
—Cuente usted conmigo para todo. Tendré verdadero, verdadero gusto en serle útil. ¡Y, á propósito! Me alegro que se suscite esta conversación, porque soy su deudor de usted, y he de pagar, antes que con mis males y mis chifladuras me distraiga. Dos retratos de María ha hecho usted ya.
—No—me apresuré á gritar,—uno solo. El otro es un boceto, un estudio.
—El otro es más bonito por lo mismo, por la libertad, por la fantasía. Ese es mío; lo compro yo. El otro casi está terminado, y en París le dará á usted gran cartel. Total, dos retratos... ¿Cuánto le debo? Sencillamente, entre amigos...
Al oir la cifra protestó.
—De ningún modo. ¡Qué desatino! Esos son los precios madrileños; aquí es de balde todo. Permítame que inaugure los precios franceses. Dos mil francos vale por lo corto cada pastel, y aquí traigo, justamente...
¡Qué deslumbramiento! ¡Cuatro mil francos de un golpe! Oscilé de emoción. Me veía salvado, libre, pertrechado para la guerra. Pero era demasiada vergüenza, demasiada felonía tomar tanto dinero de aquel... ¡Extraña casuística! Si me paga al precio de Madrid, no me da empacho...
—Vamos, no haga usted repulgos. Lo ha ganado usted bien; le debo á usted más. Ya sé lo que pasa con María. Le ha hecho perder un tiempo precioso, y de fijo le ha indispuesto con un sinnúmero de parroquianas. Porque María es así. No habrá consentido que retrate usted, esta temporada, sino á quien se le antoje á ella. Tendrá usted, por su culpa, diez ó doce enemigas...
¡Perspicacia singular, alternando con absoluta ceguera: tú eres la característica de los enfermos de celos crónicos!
Todavía añadió:
—Y, por supuesto, cuente conmigo en París—adonde espero que se vendrá ahora en nuestra compañía—para lo que le haga falta, sin restricciones... Me causaría usted una contrariedad si se dirigiese á otra persona. No tema, no recele carecer de nada al establecerse allí. La amistad de Valdivia es algo más que fórmula. No lo dude.
Hablando así, alargóme la mano, seca y calenturienta, y no me atreví á retirar la mía, de seguro temblorosa.
—Sea usted mi amigo—dijo melancólicamente.—No soy un hombre demasiado feliz, sino todo lo contrario. Sólo la amistad mitiga, á veces, las quemaduras de lo que me abrasa. ¿No es cierto que esa mujer tiene algo de irresistible? Y, en el fondo, créame... ella no es responsable del mal que hace. Se encuentra sometida á una fatalidad... ¡Si usted supiese lo que he batallado para apartarla de mi pensamiento, para quitarme el vicio y la borrachera de su amor! Usted puede prestarme un gran servicio, á cambio de todos los que yo estoy dispuesto á prodigarle. Escúcheme con paciencia cuando le cuente mis penas, y no se burle, como se burlan los amigotes de María en París y aquí. Delante de ellos me presento como un hombre material y cínico, harto de todo; y me creen, porque son lo mismo. Están gangrenados.—Les aborrezco.—Hay, especialmente, un compañero de usted, un pintor belga, ¡que si yo tuviese valor para malquistarme con María, mi mayor delicia sería clavarle una bala, después de escupirle! Sospecho que me ha engañado con él, y he de seguir recibiéndole, y he de tratarle como si tal cosa, y hasta dar almuerzos y comidas en su honor. ¿Verdad que es aplastante sentirse hombre civilizado, de una civilización extrema, que divorcia la acción del sentimiento? Ya le conocerá usted, ya conocerá á ese tartufo... Marbley se llama. ¡Porque usted le hundiese daba yo ahora mi sangre!
—¿Marbley? ¿El del Harem turco?
—¡El mismo! ¿Tiene usted noticia de él? Á fuerza de reclamos se ha impuesto. Un farsante, sin miaja de genio; un hombre que sólo piensa en cobrar, en sacar dinero á las norteamericanas ricas. ¡Si supiese usted cómo cultiva el género! No hay ardid que no emplee. Paga artículos en los periódicos; no sale de los tocadores y de las faldas. ¡Y envidioso! Ya verá usted en cuanto eche la vista encima á este delicioso retrato. Se lo voy á refregar... Quítele usted la clientela, arrincónele, aplástele. Ese complot tenemos que tramar... Y cuente usted con Valdivia. ¡Si yo soy el que queda obligado!
En lugar de dormir bien, guardando en cartera cuatro mil francos, no descansé en toda la noche. Dando vueltas y más vueltas, con uno de esos insomnios invencibles que determinan en mí al igual las impresiones de placer y las inquietudes profundas; oía á mi cabecera el tiquitiqui del relojillo, metido en su marco de plata repujada, y me parecía, sensación en mí bastante frecuente, que la cama estaba invadida por miriadas de hormiguitas, y que estas hormiguitas, zigzagueando, se me paseaban por el cuerpo, bullentes, ágiles. Mi pensamiento se desvanecía como el humo disperso por el vendaval. Me ardía la frente. Y, en el alma, bochorno, dolor inexplicable. Me golpeaba el corazón el recuerdo de las palabras de Valdivia.
Yo no he nacido, yo no sirvo para esto. Yo no me rebullo en la perfidia como en el agua el pez. Soy débil, ó tonto, ó lo que se quiera... No puedo. La indiferencia moral, que me pareció hasta una gracia en Espina, en mí—reconozco la contradicción—me parece sencillamente, en este caso especial, una canallada. Á darle su nombre verdadero, yo seré un canalla, el último, el presidiable, si me aprovecho del dinero de Valdivia y, al mismo tiempo, de... no le llamo el amor... el capricho de Espina por mí.
Bienaventurados aquellos que ó son malos ó buenos del todo. Yo no siento constantemente el estímulo, la inquietud del deber. Sin embargo, tengo impulsividades honradas.—Cuando empezó á filtrarse el día al través de los resquicios de la ventana, había formado una resolución. Estos cuatro mil francos... bueno: el precio de París. ¡Pero ni un céntimo más! Y por mí, sosiéguese Valdivia. Ya puede Espina agotar sus artes. Muy amigos, sí; trato, conversación... No otra cosa.
Y con esta decisión firme, que á mi ver lo concilia y lo borra todo, las hormigas desfilan en silenciosa caravana, mi frente se refresca, mi pulso se normaliza... Me quedo dormido regalonamente.
Mi fatuidad—porque en este medio me he vuelto fatuo—me sugería que iba á ser necesario luchar para dar un corte á la relación íntima con la Porcel. Lejos de eso, apenas me eché atrás, con torpeza, con exageración (lo hice detestablemente), Espina adivinó, tragó la píldora, me miró con sorpresa burlona; después exhaló un ¡ah! gracioso y cómico; luego, con calma é indiferencia en que había menosprecio, sacó un cigarro de su primorosa petaca y lo encendió, demostrando, como casi siempre que fuma, impresión de bienestar, de euforia, debida, sin duda, al opio que encierran sus papelitos largamente emboquillados.
Cuando la dije que, por indicación de Valdivia, les acompañaría á París, me miró atentamente, y en sus ojos de venturina derretida, irradiadores, vi lucir una chispa sardónica, cruel. Hizo luego un gesto de los que se hacen cuando el destino se impone.
—Mucho me alegro de que le tengamos á usted por allá—pronunció despacio, con expresión enigmática.
No me había apeado nunca el tratamiento, ni en medio de nuestras breves pasionalidades; el toque de ternura del tuteo me fué rehusado, tal vez por desdén. Asimismo observé que ha guardado conmigo cierto género de pudor, no permitiéndome ver de su cuerpo absolutamente más de lo que exigía el retrato.
Acaso crea que mi retraimiento es un pasajero capricho; segura de su atractivo perverso, sonríe de un modo insolente, con reto en la actitud. Me consagro á adelantar el retrato, y por cierto que sale encantador.
Empieza á correr en los círculos sociales la voz de que me voy á París con Espina, y la gente me jalea, me halaga más que nunca. Convites en todas partes. La animación matritense es ahora extraordinaria, febril, por la venida del rey de Portugal y consiguientes festejos.
Madrid, tablar de garbanzos: te dejo gustoso. Correspondes á una etapa de mi vida en la cual no hice sino falsear y bastardear mis instintos verdaderos, mentir á mi vocación, perder mi fe, mis convicciones, que eran mi apoyo, sentir que á cada paso me aparto del ideal... y ni siquiera reunir ochavos, porque la verdad es que en Madrid las bolsas andan escurridas y lo único que se logra es trampear...
Siempre que emprendemos un viaje, entra por mucho en nuestra animación la esperanza de que va á cambiar el aspecto de la vida, de que vamos á renovarnos.
Á bordo del barco en que vine de América, recuerdo cuánto me sonreía esa ilusión. La nueva existencia sería, forzosamente, mejor que la pasada; aquello era la prueba, esto sería el premio. Y con todo, si entonces me hubiesen vaticinado el golpe de fortuna y el arrechucho de moda que me aguardaba en Madrid, hubiese dicho que era imposible.
Ha sucedido; he logrado infinitamente más de lo que podía fantasear, y sólo experimento, al emprender otra peregrinación hacia la tierra prometida, repugnancia á lo pasado. Casi raya en el asco que infunden la comida mascada y el pan mordido. Quizás me espera en París el verdadero desencanto: la certeza de que no tengo puños para lo único que importa.
Si me convenzo de esto... Pero ¿puede uno convencerse nunca?
El retrato de Espina trastorna la cabeza á las señoras que lo ven. Realmente (lo conozco), es (aunque algo cromito, cromito siempre) de una etereidad, de una magia seductora. La cabecita rubia, los nacarados hombros, virginales (Espina tiene una porción de detalles que no pueden llamarse sino así), son un hechizo de finura. Los tules y las rosas, vamos, no sé quién los haría mejor. Parece que las flores están salpicadas de rocío, y que sus hojas de seda van á moverse, á caer lánguidas, dulces. El efecto de absoluta sencillez, evitando la cargazón de lujo y mal gusto de las señoras de aquí—y no exceptúo á Lina Moros, que por cierto está torcidísima conmigo, que no tengo culpa de las extravagancias de la Porcel,—el efecto de sencillez, un cuadro sin una joya, sin un lazo, es atrayente, exquisito. En fin, el retrato de Espina hace la competencia, como acontecimiento mundano, á la venida del monarca portugués.
En ecos periodísticos, en las conversaciones, un concierto de elogios. Y decir que al mismo tiempo que me inciensan, yo creo sentir alrededor del pescuezo un collarín que me ahoga, la argolla de mi eterna mediocridad.
¡La obsesión, la obsesión! Felices los imbéciles como Valdivia, esos á quienes la fidelidad ó infidelidad de una pindonga...
Estas crudezas que pienso y escribo aquí me avergüenzan también; pero comprendo que si tuviese la seguridad de mi talento, de mi genio; si la tuviese perseverante, en vez de tenerla por acceso y caer luego en desaliento incurable, si yo fuese Van Dyck, me creería autorizado á pensar como me diese la gana de cosas y personas, y á retratarme con mi engañado protector, sin escrúpulos...
Un genio en arte no reconoce ley; es rey, es águila.
Yo vivo anonadado, porque no sé si soy más que un pastelista de salón.
Es urgente averiguarlo. ¡Maldito yo si no lo averiguo!
He rehusado casi todas las invitaciones, sobre todo las de los bailes: esto de no asistir me da tono... y comodidad. Las comidas las he aceptado, porque se come mejor que en casa, naturalmente. He ido á despedirme de las Dumbrías, que se alegran francamente de mi salida en busca de aventuras. He dicho adiós igualmente al marqués de Solar de Fierro, que se ha conmovido algo (como se conmueven los viejos, pensando en sí mismos, en contingencias de no volver á ver al que despiden), y me han llenado de consejos acerca de lo que debo reparar en el Louvre, en Chantilly, en Cluny. Además me ha dado cartas y tarjetas para que visite colecciones particulares que no se enseñan. Y á fin de cumplir de una vez con todas mis amigas—llamémoslas así, aunque sea presunción,—aprovecharé la butaca que me envía la Sarbonet para la función regia en el Teatro Real.
¡Qué concurrencia, qué calor, qué lujo! Las peticiones de localidades han sido tantas, que el ministro, oigo que dicen á mi lado, andaba loco. Ha sido preciso enchiquerar á seis ú ocho señoras en cada palco. Los señores, como puedan. Las que han conseguido sitio desde el cual se ve á la Corte, satisfechísimas; las que no han logrado esa fortuna, se prometen invadir el palco de una amiga en los entreactos para saturar sus ojos de la atracción. Cantan nada menos que el Don Juan, de Mozart, pero nadie quiere oir una nota de la divina música. Más que los cantantes, cuya voz ahoga completamente el abejorreo de los diálogos, de las observaciones acerca de tocados, galas y joyas, interesan al público los dos alabarderos de guardia en los ángulos del escenario con el telón, inmóviles. Son dos apariciones de antaño—morenos, mostachudos, serios,—estatuas de la lealtad monárquica. Ayer he visto á estos mismos alabarderos, en la corrida regia, resistir con las alabardas, al pie del palco que ocupaban las reales personas, la arremetida del toro. Sería un bonito asunto de cuadro, un Zuloaga...
Todo el mundo tuerce la cabeza para mirar á la Corte, cuyo gran palco domina la Sala, trastornando la categoría de las localidades, elevando al primer rango á los palcos principales, otros días refugio de la gente de medio pelo, y hoy reservados á los diplomáticos, á las damas de la reina, á la alta servidumbre, á lo más granado de la concurrencia. Se respira un aire embalsamado, asfixiante. Aquí se queda eclipsada mi perfumería. Es difícil discernir qué olor domina: si los aromas fuertes, ingleses, que gastan los muchachos bien, ó las sutiles composiciones francesas, mixtiones delicadas y personalísimas, de las cremosas. El conjunto levanta dolor de cabeza y solivianta los nervios.
Enarbolo los gemelos que acabo de alquilar por dos pesetas, y me dedico á pasar revista.
Es un abigarrado, un mariposeador remolino de hombros y senos salpicados de pedrerías, arroyados de perlas; de cabezas coronadas de brillantes; de uniformes, de dorados, de plumas, de pecheras de blanco cartón. Es lo que desde hace meses me dedico á retratar; son mis modelos, mi clientela, mi mundo, reunido y luciendo el tren de sus vanidades, de sus pretensiones de tono, riqueza, belleza, posición, galantería, superioridad social; éste es el momento crítico en que las pequeñas Quimeras, las Quimeritas, revolotean ladrando, soltando humo por las fauces...
Descanso los gemelos un instante. Á mi derecha tengo un gallardo, un magnífico maestrante de Ronda. Su casaca ceñida le presta arrogancia militar, bombeando y diseñando el bien formado pecho; sus calzones blancos modelan sus esculturales muslos. Mira con mezcla de interés y desdén á los palcos, sonríe de vez en cuando á una cara conocida, arquea las cejas de puro ébano, contrae una frente juvenil, encuadrada por el pelo negro alisado exageradamente, según el decreto de la moda. Se ve que tiene calor y que más bien se aburre que otra cosa... pero sería lástima que se fuese, con tan hermosa estampa. Á mi izquierda dos damas muy maduras, emperifolladas, cejijuntas, desesperadas toda la noche de Dios porque no han conseguido asiento en un palco. Su mal humor se traduce en murmurar de todos y de todas, en cuchichearse, escandalizadas, historias sin pies ni cabeza, en encontrar falsas las perlas y los brillantes de cuantas lucen corona heráldica, y en criticar el reparto acerbamente. Viene á saludarlas un señor calvo, obsequioso, y le endosan la relación. “Figúrese usted que nos ha engañado el ministro... Hasta última hora prometiendo palco, y luego nos encaja esta ridiculez.”
El señor, sin duda para consolarlas, musita misteriosamente: “¿Y saben ustedes que está en las butacas la Maricielos? ¿La amiga de Julio Ambas Castillas? ¿Una cocotte? Está, acabo de verla... Un escándalo...”
Tiendo la vista por las butacas, y en el mujerío apenas descubro una cara satisfecha. Querían palco todas. Unas disimulan, otras están furiosas sin rebozo; sin embargo, se han colgado la espetera y sacado el fondo del baúl. Entre los trajes claros hormiguean los fraques y los uniformes; y me fijo, admirado, en la cantidad inverosímil de condecoraciones, placas y cruces que brillan sobre el paño negro, azul ó rojo. Si á estos signos se atendiese, somos el pueblo que cuenta con más héroes, con más sabios, con más gente ilustre por un concepto ó por otro. Hay pechos que son, no un calvario, como impropiamente se dice (¿qué valen tres cruces?), sino la Vía Apia el día de la célebre crucifixión colectiva.
Tampoco escasean las veneras y distintívos de Órdenes militares, ni faltan maestrantes de Sevilla, Zaragoza y Ronda,—pero ninguno con la planta arrogante del que á mi lado se sienta.—Sin embargo, la vanidad burguesa se sobrepone á la nobiliaria; la inundación es de bandas y condecoraciones militares y civiles, llegando á parecerme de buen gusto, por contraste, la bermeja cruz gladiada de Santiago, que algunos llevan como único distintivo. Miro á mi frac enteramente liso y desnudo, condecorado con tres tallitos de muguet y dos violetas blancas en el ojal, y me siento muy vacío de vanidades, encastillado solamente en mi orgullo loco de querer ser algo que no se expresa con una cinta de colores ni con un trozo de metal.
¡Á los palcos! Ahí se gallardean las que conozco, las que he retratado, y también las que no he querido retratar. Ahí las Dumbrías, en platea, con las hijas de un político de fama. Ahí la Palma, con su heráldica diadema, su aire de gran señora. Ahí la Marquesa de Regis, honradota, luciendo apelmazadas alhajas de familia, absolutamente fagotée... y su hija, la de los bandós virginales, encinta ya de cuatro meses. Ahí la Fadrique Vélez, pintada, empavesada, dislocada, porque tiene cerca, de uniforme de gentilhombre, al consabido... Ahí Adolfina Mendoza, que no cabe en su pellejo de contenta, porque la han puesto con la Lanzafuerte y las Vegamillar, la pura crema de la pura nata... Y un vapor de recuerdos me forma y dibuja la silueta de una carmelita, postrada en un coro donde hay sarcófagos de piedra, góticos, de Infantes de Castilla y León...
En el cristal de los gemelos se incrusta la cara regordeta, de cocinera, de la Sarbonet. Sobre su pelo, teñido de color caoba, brilla, entre los follajes de yedra, una serie de estrellas de pedrería, y riachuelos de brillantes se escalonan en su tabla de pecho apetitosa, de jamona en punto. Desvío los gemelos, y recaen en la duquesa de Calatrava y en la marquesa de Camargo, reunidas con Celita Jadraque, cuyas perlas engordé yo, cebándolas como á pavos en Navidad. Justamente, la Camargo las alzaba, las sopesaba en aquel momento, recordándome la escena del taller.
Á renglón seguido, Lina Moros, con un traje negro, refulgente de lentejuelas de acero, una rosa roja, enorme, en el tocado, y una hermosura que sólo la envidia de una neurótica pudo discutir. En el mismo palco, una de esas diplomáticas averiadas, viejas y horribles, que aquí nos endosan á veces, y otra encantadora—la francesa,—deliciosamente ataviada, con un talle y un chic que á París me transportan ya. Al lado, la Torquemada, la madre de aquel Robertito travieso que descubrió una petaca que yo creía sustraída por la infeliz Churumbela... Y más allá, la de la encerrona inocente, la marquesa de Imperiales, que me sonríe dirigiéndome un signo confidencial... Á su lado, el palco de la noche, después del de los Reyes; el palco hacia el cual convergen las miradas; el palco donde da postín entrar y sentarse un entreacto; el palco donde están de visita Lope Donado y Manolo Lanzafuerte, é irreprochablemente vestido, con la sonrisa en los labios, Valdivia. En ese palco, por colmo de tono, sólo se sientan dos señoras, la Flandes y Espinita. Y es toda la contradicción de la sociedad actual este palco: la alta representación de la casa de Flandes, lo puro, lo grandioso de la tradición, al lado de la equívoca cosmopolita; junto al oro sin aleación, el talco...
La Flandes, erguida, larga de líneas como una ninfa de Goujon, no parece sentir el peso de la soberbia corona ducal que surmonta sus negros cabellos, ni el del collar de perlas, memorable, histórico, que rodea su garganta, donde caben aún una carlanca de perlas más chicas y un río de enormes solitarios. Espina, por estudiado golpe, se ha complacido en reproducir fielmente, en su traje, el pastel mío... Tul y más tul nubado sobre una seda flexible, y la guirnalda de rosas naturales, sin otra diferencia sino que la salpican, en vez de gotas de agua, una infinidad de brillantes pequeñísimos, que al moverse la envuelven en chispas de irisadas luces. Y está seductora, y de boca en boca comprendo que corre la noticia: “es el traje con que Lago la retrató”. Me parece escuchar los madrigales, las bromas, los comentarios. Miro al palco de las testas coronadas, y se me figura que la Reina, valiéndose de sus lentecitos de concha, por no fijar los gemelos, nota, se entera, sonríe con su inteligente sonrisa, haciendo no sé qué observación á media voz, algo que podría ser elogio. Entre el remolino resplandeciente de bandas, placas, colgajos, se destacó entonces mi liso frac negro, y los gemelos empezaron á trabajar en mi dirección, como si buscasen en mi cara la explicación de muchas historias. Entonces, sin esperar á que se alzase otra vez el telón y la estatua del Comendador pisase con pies de piedra la casa de don Juan, opté por desfilar; me abrí paso difícilmente, esquivé á los cumplimentadores, á los preguntones, á los buscadores de emoción; huí del acosón del grupo de muchachos que en el foyer se apiñaban, y tuve la oportunidad de desaparecer, dejando en el teatro mi idea, mi nombre zumbado en mil charlas, detrás de los abanicos, como un nombre de triunfador.
Al trasponer el umbral del teatro y buscar con fatigas un simón que me soltase en mi casa, me reía de mí mismo; me estimaba al propio tiempo, por la distancia entre mi altiva Quimera de fuego, y las Quimeritas de cartón que quedan agitando sus alas tenaces, en ese ambiente tan lleno de olores y de mentiras...
Al otro día Valdivia me informa de que ya tenemos asientos reservados en el sudexprés.
Aviso á Cenizate, paso con él un día entero. Está conmovido, más blando que una breva. Le falta poco para llorar. Me pide, como á una novia, que le prometa escribirle.
—Mira—le digo,—las Dumbrías, la Palma y tú, es lo único que siento dejar en Madrid. Porque á Bobita... me la llevo. Va á darme la lata, ya lo sé... pero no es posible que se la confíe á nadie.
—Te la cuidaría yo bien—objeta Marín afanoso.
—No; si es que carezco de valor para separarme de ella. La quiero conmigo, ¿sabes?
Cenizate queda encargado de “darse una vuelta” por el taller, á ver si los porteros lo tienen barrido, limpio y ventilado, y de escribirme todo lo que ocurra.
—En Septiembre ó en Octubre—murmuro—debieras venirte á París, á pasar conmigo unos días.
Me ayuda á hacer la maleta, á empaquetar mil cachivaches, y cuando me dejo caer fatigado y descorazonado en el sofá, me habla de mis triunfos franceses próximos, de que voy á ser allí un Gayarre de la pintura, á metérmelos á todos “en el bolsillo”. Le permito disparatar por su cuenta.—¡Madrid, adiós!
III
PARÍS
Sentar el pie en la estación del Quai d’Orsay no causó á Silvio el efecto que se había figurado. Le sucedía así con frecuencia,—agotar el contenido de una emoción con la fantasía, desflorándola de antemano;—previendo todo, y más aún, de lo que la realidad contiene.
La presencia del ayuda de cámara y el lacayito de Valdivia le evitaron esas molestias de la llegada que influyen en la impresión de una ciudad desconocida. No tuvo que pensar en su saco, su rollo de mantas y su baúl. Se encontró el equipaje entero estibado en la galería de un fiacre, y hasta dadas las señas del hotel donde Valdivia le había retenido habitación. Al despedirse, Espina le notificó que le esperaba á almorzar al día siguiente, añadiendo el brasileño que, á ser posible, le llevaría algún colega distinguido, algún periodista, algún crítico de arte.
—¡No!—suplicó Silvio, azorado.—Señor Valdivia, ¡otro género de exhibición! Vengo aquí á estudiar.
—¡Pero también á vivir!—arguyó el protector.—¡Si no le lanzamos, no le encargarán, no ganará! ¡Es preciso que corra la voz, que se conozca esa preciosidad que traemos bien encajonada, esa lindísima efigie de María!
No respondió Silvio. Valdivia llevaba razón; pero al hollar el pavimento de París, le dolía sentir otra vez el yugo del maldito trabajo útil; presentía, con repulsión, el subibaja de los arcaduces de la noria, el retratar para vivir, el vivir para retratar, sin alma, sin ideal, sin tregua...
No se hallaba fatigado, á pesar del feroz traqueteo del sudexprés, el más quebrantahuesos de todos los trenes. Apenas el fiacre le soltó en el zaguán del hotel—uno barato, en la calle Daunou,—y encomendó sus bagajes, se echó á corretear á la ventura, con ese afán de apoderarse cuanto antes de la topografía y los aspectos de las cosas, que caracteriza á los viajeros algo inteligentes. Fué á dar, de la primer zancajada, á la calle de Rivoli. Contaba, para no perderse y no tener ni que preguntar, con el conocimiento instintivo de esa ciudad que nadie ha dejado de ver en sueños antes de pisarla. Sabía de memoria el plano de París. Todo era familiar, previsto, manejado, como rostro conocido, cuyos rasgos se llevan en la memoria. Le sorprendería que algo de París le sorprendiese: hasta tal punto estaba seguro de cobijar dentro de sí, por incesante frecuentación espiritual, á París, á su forma, á su esencia.
Los nombres de las calles eran música, cuyos ritornelos tarareaba. Desde América, se había impregnado de París. En Buenos Aires, de París hablan los artistas como de la tierra de promisión. En Madrid, hasta los gatos hacen la naveta, van y vuelven cada verano. Los nombres de los grandes pintores franceses, como clavos hincados por martillazo seguro, habían penetrado en su cerebro, y advertía, al perderse en las vías de la amada Metrópoli, esa impresión á la vez prevista y honda de los sitios respirados moralmente, antes de haberles bebido el aire.
De la larga y amplia calle de Rivoli, revolvió á la Plaza del Teatro Francés, y con goce pueril deletreó el anuncio de las funciones para la semana: Le Misanthrope, de Molière; Phédre, de Racine. El teatro estaba iluminado; entraba gente; Silvio sintió impulsos de pasar también. Pero el antojo de seguir flaneando pudo más, y echó Avenida de la Ópera arriba. La Ópera—el edificio neroniano—se erguía más elegante de noche, apagado el brillo de sus oros y el colorido de sus mármoles, fundido todo en armonioso conjunto. El grupo de Carpeaux, entrevisto, era ligero, puro, de una sensualidad espiritualizada. Ante la Ópera, el Bulevar rechispeaba de luces, rebosaba gentío; se agolpaban alrededor de las mesas de los cafés, sacadas á la acera; circulaban sorbetes y refrescos.
Silvio, rápidamente, anduvo, anduvo hacia la Magdalena; contempló un minuto el seco monumento; después retrocedió, atraído por el foco de la animación; volvió á cruzar frente á la Ópera; caminó en dirección al antiguo solar del Teatro de la Ópera Cómica, destruido por voraz incendio; evocó minutas de comidas refinadas al rasar el café Inglés, letras cobradas y millones removidos rozando el Crédito Lionés, y no paró hasta llegar cerca de la Puerta de San Martín. Desde allí se perdió por callejuelas sin fisonomía y sin recuerdos, y embriagado de soledad, recayó hacia el río, desanduvo, se entretuvo en los desiertos jardines de las Tullerías, y se enhebró y engolfó en los rincones de muelles y mercados, á la romántica sombra de las iglesias góticas y de las torres que hablan de historias muertas... Altas fachadas le echaron encima su silencio grandioso; el río, obscuro, mudo, le habló en el extraño lenguaje del agua que chapotea, que parece calificar de vanidad y miseria cuanto es acción, aconsejando la contemplación tan sólo... Y Silvio siguió adelante; buscaba la Cité, buscaba á Nuestra Señora.
No era difícil descubrirla: su masa solemne atraía la mirada desde lejos. La luna, roja y ardiente, como de Julio, había salido y ascendía; y Lago iba á ver y admirar, ni más ni menos que los poetas melenudos del Cenáculo, á Nuestra Señora de París á la luz del satélite, ironizada por Musset.
Alta ya en el cielo, plateaba la fachada principal, bañando las dos torres, dejando en tinieblas la finísima aguja. El artista veía resaltar las relevaduras prolijas y delicadas, la fila de estatuas bajo la enorme flor del rosetón, las figuras místicas que se alinean en la base de los profundos arcos avialados del pórtico, y la hilera de arquitos bilobulados, bajo los cuales se yerguen las veintiocho figuritas de reyes. El sentimiento que despertaba Nuestra Señora en Silvio era especial, poco sincero, facticio; en aquel instante deseaba ser uno de esos misalistas ó imagineros de que Minia le había hablado, que sin dolor y sin lucha, sin la dura angustia humana de nuestro siglo, produjeron labor de arte anónima para generaciones y generaciones. La edad presente, por un momento, le repugnó; la serena hermosura secular de la Catedral se impuso á su conciencia artística. Se vió deleznable, falso y, sobre todo, pequeño, inútil, impotente. Un desaliento incurable le hizo temblar las piernas y caer desmayadamente los brazos á lo largo del cuerpo. “Nunca, nunca”, escuchaba entre el silencio de la noche, ese hermoso silencio de los sitios poco frecuentados de las grandes capitales, silencio nervioso, realzado por la conciencia del ruido y bullicio alrededor.
“Nunca, nunca”. Era el efecto aplanador de París; la primera emoción depresiva de sentirse pequeño entre la muchedumbre. Así como en torno de la paz de aquel atrio, en tales momentos desierto, percibía Silvio el rumor oceánico de la gran ciudad, notaba también, difuso en el aire, latente detrás de las paredes de las casas, el esfuerzo enorme, la suma incalculable de trabajo y de voluntad que en París se gasta para salir á luz ó sólo para ganar la vida. Acordóse de los poetas del Cenáculo, de los que venían cada noche como druidas á tributar culto á la luna. “El mundo era más joven, la celebridad se lograba más pronto”, pensó. Después se fijó en que entre aquellos melenudos también había pintores, y un cierto Petrus Borel, universalmente famoso por sus luengas guedejas y su velida barba, no había marcado la menor huella en el arte. “Un destino irónico... ¿Y si fuese el mío que nadie me conozca sino por mis pasteles aduladores y mi tipo Van Dyck?”
Dejó caer la frente entre las manos, y cerró los ojos por evitar la divina claridad de la luna, que tiene la virtud de causar una especie de embriaguez á los felices y hacer insondable la tristeza de los poco afortunados. Empezó á acusarse, á vituperarse, á macerar su alma en su propio desprecio. Lo bello de la arquitectura da una sensación de solidez y supervivencia, que hace encontrar mezquino todo lo efímero. Para Lago, en aquel momento, los recuerdos de Madrid eran una niebla; el ansia de crear algo eterno, como un fuego activo, le devoraba las entrañas. La figura de Clara Ayamonte, evocada de súbito por la majestad religiosa de la Catedral, por los insidiosos balbuceos de la leyenda, flotó un instante, blanquecina, envuelta en su hábito, como disuelta entre la claridad ambiente.
“¡Cuánto la envidio!”—pensó el pintor.—“Yo no sé ni querer lo que quiero. Yo debiera no vivir sino para mis fines, para mi resolución. ¿Qué hay de común entre lo transitorio y yo? Está visto; la tela de mi carácter se rompe. Voy sin rumbo. ¡Cuántos años todavía de anhelar y no conseguir! ¿Tengo siquiera lo que se llama vocación? El que quiere hace lo que Clara hizo. ¡Es que Clara logró asirse á algo! Yo hasta he perdido la fe con que estudiaba la Naturaleza, sencillamente la impresión real de la Naturaleza, sin poner en ella nada de mi alma. ¿Será culpa de mi cuerpo? Indudablemente tengo los nervios desasentados. Muy á menudo siento la corriente de agua fría que me cruza por el estómago. Consultaré aquí á un buen médico. ¡Bah!—Dirá lo que todos. Higiene, campo, prívese de esto, tome lo de más allá... Y lo que me consume, este afán, esta locura, ¿me lo va á curar ningún potingue de farmacia? Ya estoy desengañado... Nunca pintaré. Nunca saldrá de mis manos lo que se llama un trozo de pintura. Cuento cerca de veinticinco años; pinto desde que era un muñeco; no he cesado un día de embadurnar. Si tuviese aptitudes, lo que se llama aptitudes ¿eh?, ya las habría demostrado. Soy un pelele, un blando pelele. ¡No hay que esperar nada de la inspiración! La inspiración no existe. Una serie de esfuerzos vigorosos y pacienzudos para libertarse de las admiraciones y encontrarse á sí propio—ahí está el arte actual.—Los románticos como Víctor Hugo descubrían genialidad desde los diez y ocho años. ¡Miseria la nuestra! Estoy á las puertas todavía, no he llegado ni á ese período de la admiración y la imitación. Iré al taller de un maestro y seré le petit espagnol”.
Rió con risa exasperada, alto.—“Bien, pues todo eso hay que hacerlo”—gritó con violencia frenética.—“Hay que hacerlo, así cueste la vida. ¿Pende de mí, y no se había de realizar? ¿El ansia que me devora, de nada ha de servir? ¿Lo que otro obtiene, me será inaccesible? Pende de mí, de mis cualidades inferiores... Paciencia, dotes de oficinista, de erudito apelmazado: ¡os solicito! Si es necesario invertir seis años, ocho, en labor obscura... qué rayo, se invertirán...”
Abrumado de desolación; convencido—allá en el fondo, muy en el fondo—de que no se invertirían, se levantó, contempló otra vez la majestuosa fachada. Allí estaba la catedral con la túnica de gloria, de celestes desposorios, vestida por los rayos de la luna. Su eterno candor, su eterna virginidad, sonreían castamente, murmurando estrofas vagas, himnos sin rima, cánticos misteriosos. Delante de la inmensa rosa que flanquean las otras dos menores, la figura mística, soñadora, de la Virgen, se ofrecía á la adoración de los dos ángeles extáticos, mientras allá lejos Adán y Eva lloraban su caída, que les había divorciado eternamente de la Belleza. “Sí, pensó Silvio: la bienaventuranza, el Paraíso, no es sino la hermosura”. Los simbolismos de la basílica le agitaron el alma un instante: creyó que arriba las gárgolas terribles, las fantásticas alimañas de la Era de plomo, se inclinaban para aojarle y cuchicheaban: “Destino, destino”. “Fatalidad”. Dolor súbito le paralizó. Su obra, fuese lo que fuese, desaparecería tragada por el tiempo. Nunca debía aspirar á duración en la memoria humana...
—¡Qué majadero soy!—murmuró sacudiéndose, desembrujándose.—Necesito dormir, y estoy aquí lo propio que si fuese uno del Cenáculo... Al hotel, al hotel; pero antes á tomar algo caliente.
Mucho le costó encontrar dónde tomar ese “algo caliente”. París no trasnocha: los restaurantes cierran tempranísimo; los cafés, punto menos. Por fin, en un café tardizo, pudo obtener un beefsteack y una bavaresa hirviendo. Al retirarse al hotel, pensaba:
—Para acostarse á las once y admirar catedrales, no merece la pena de venirse á París. Lo mismo sería residir en Burgos.
Al otro día almorzó en la primorosa residencia campoelisiaca de la Porcel. Los demás comensales eran Valdivia y una señora quintañona, viva, azogada; madama de Mélusine, especialista en reunir la actualidad y la novedad—artistas, poetas, cantantes, emigrados, estrellas rabudas,—dando saraos magníficos, en los cuales el mundo social se codea con el mundo estético, y donde los que han de vivir de la celebridad y el reclamo pueden hacerse notorios relativamente. Madama de Mélusine ha consagrado á esto su tiempo y fortuna; no la guía interés alguno, excepto el ansia, tan parisiense, de dar pasto á su emotividad, de buscar aliciente para la vida. Á toda costa esa levadura, esa sal en el manjar insípido. Madama de Mélusine sólo se agita para ofrecer á sus tertulianos la novedad, sea del género que sea; pianista húngaro, coplero felibre, novelista rumano, conspirador polaco, authoress inglesa. Silvio, mediante el almuerzo, caía en las uñas de la emotiva. Desde el primer plato tenía la invitación á comida y postcomida en la casa internacional.
—Pienso—declaró Silvio—concurrir poco á fiestas. Aquí, mi deseo es rehuir cuanto no sea el trabajo. Pero aceptaré una vez... y agradecido.
El almuerzo era delicioso; sobre todo, servido con filigranas y detalles que sorprendieron á Silvio, aun después de haber sido comensal de casas muy copetudas de Madrid. Todo sencillo, en apariencia, y en efecto, refinadísimo. Las manzanas de la canastilla de frutas, por ejemplo, sobre que no se comprendía verlas tan frescas en Julio, eran todas exactamente del mismo tamaño y forma, y se advertía que habían sido frotadas, bruñidas, para sacar un lustre que las hacía parecer de oro y carmín. Las uvas tardías, limpias, como recortadas en jade, ofrecían la misma igualdad. Las flores eran raras; los últimos descubrimientos en floricultura. Las había por todas partes. En medio de la mesa se alzaba y se derretía dentro de un tazón enorme de cristal un grupo de ninfas tallado en hielo, sobre un macizo de orquídeas. Manjares, vajilla, cristalería, servicio, mantelería, llevaban la marca del vehemente lujo de la Porcel, y aumentaba la sensación de alta vida, el encontrar todo tan en su punto, á las pocas horas de llegar á París la dueña de la casa. Como madama de Mélusine demostrase halagüeña sorpresa, Espina sonrió, irónica ante el elogio.
—Lo mismo estaría si viene usted á cenar anoche. Y lo mismo me tienen la casa preparada—excepto las esculturas en hielo; para eso es necesario avisar al artista—cualquier día de mi ausencia. Mis órdenes son terminantes. ¡No faltaría más que llegar de sorpresa y poder dibujar el nombre sobre polvo en las lunas de los espejos!
Á aquel almuerzo siguieron otros. Diariamente estaba convidado Silvio; hacíanle, de vez en cuando, conocer alguna gente: periodistas, escritores, gente de banca, amigos de Valdivia. Percibía que en Madrid hay varios círculos y una sola sociedad, mientras en París hay múltiples sociedades que apenas coinciden. La rápida entronización de Madrid no era fácil aquí, donde tanto se tarda en pasar de un grupo á otro, que cabe invertir, en el traslado, la vida entera. La sociedad en que Espina podía introducirle era de la mejor, excepto el barrio propiamente dicho, y su composición mixta, conveniente á los fines del artista joven que desea darse á conocer y reclutar clientela. Ya había sido presentado á personalidades. Madama de Mélusine representaba el elemento estético y cosmopolita; la condesa de los Pirineos, la verdadera aristocracia, arrabal de San Germán; la embajadora de España, la colonia española; Valdivia, la americana, portuguesa y brasileña, almidonada, seria, que puede pagar ultragenerosamente, si quiere, un retrato que agrade.
Á proporción, sin embargo, de los medios de favorecerle que poseían Valdivia y su amiga, Silvio creyó notar que no le empujaban tanto, tanto. Una frialdad ligera, suave, se insinuaba en sus relaciones. Algo raro le pasaba á Valdivia: algo distinto de antes había en su voz, en sus ojos desviados rápidamente, en sus gestos. ¿Sería que...? Silvio, por una anomalía muy frecuente, creíase del todo impecable; á Valdivia ningún mal le había hecho... puesto que ya voluntariamente se abstenía.—Y declaró al brasileño injusto, versátil.
En espera, se dió á visitar, durante las ociosas mañanas, los museos. El del Louvre el primero; así lo quiere la rutina. Salió del Louvre menos aplastado de admiración, pero más confuso, que del Prado. En Madrid era la pintura de dos ó tres maestros lo que le había sumido en una especie de anonadamiento, seguido de fiebre; aquí era el conjunto grandioso, el acarreo de cientos de siglos, de tantas formas de arte, de tantas épocas, de tanta influencia de la historia, la religión, el clima, la forma de gobierno, las costumbres—sobre una cosa que él hubiese querido ver inmaterial y alada, el arte.—Al recorrer las grandes salas asirias, egipcias, persas, griegas, romanas, se dispersaba y evaporaba su espíritu. En Madrid sentía, como sillar enorme sobre el pecho, la grandeza de los titanes, á quienes era inútil pensar en aproximarse nunca; aquí, en cambio, el peso muerto de las edades transcurridas, la fuerza incontrastable que ejerce la época á que pertenecemos, y que nos arrastra, como colosal Caronte, por el río negro, hacia donde el barquero quiere, sin tener en cuenta nuestra voluntad. Al mismo tiempo, la idea del progreso en arte, la aspiración á fórmulas nuevas, que expresen algo bello mejor y con más intensidad de lo que en ningún tiempo se ha expresado, se desvanecía para siempre en Silvio. En cada edad hubo obras maestras, definitivas, y no existe escultor moderno que supere en naturalismo, en verdad sencilla, de puro sencilla fulminante, al desconocido egipcio que modeló el Escriba, ni ceramista que venza en elegancia al autor de ciertos azulejos asirios del palacio de Artajerjes. Se admira su obra; pero nadie conoce su nombre. Este anonimato le parecía á Silvio una aureola. ¡La miseria del nombre!—El caso es haberse realizado plenamente, en una obra soberbia.—Pensativo, se detenía al pie de algún coloso de pórfido rosa, cavilando en lo que sería la crítica en aquellas remotas edades; en lo que dirían los inteligentes de entonces, que seguramente los habría, pues no se concibe arte sin quien lo saboree y lo juzgue. Se figuraba los pórticos guarnecidos de hiladas de esfinges, las teorías de columnas con capitel de loto ó de cogollo de palmera, y soñaba egipcios de facciones aniñadas y regulares, egipcias con tocado de escarabajo hierático, discutiendo la última obra de un ilustre de entonces.—“¿Me satisfaría á mí esa clase de público?—discurría Silvio.—¡No! Necesito gente de ahora, que siente como yo y sufre las mismas ansias. Sólo me importa el efecto que una obra mía pudiese causarle á Minia, ó á aquel á quien yo desearía parecerme... Y según esto, la gloria, nuestro hipo de gloria, ¿qué es? ¿Es orgullo? ¿Es vanidad? ¿Es el goce del niño que enseña un juguete á sus camaradas?”
Por más que se esforzase, no podía representarse á los egipcios admirando algo que hubiese pintado él. ¿Qué placer sería los aplausos de Tebas? ¿Aplaudirían al menos? No; les pareceríamos bárbaros. Y, sin embargo, la estatua del Escriba es el non plus ultra de lo que pudiese hacer un moderno para ajustarse á fórmulas de estética que han revolucionado el arte en nuestro siglo...
Mientras Silvio devanaba estas filosofías, Valdivia, algo distraído y remiso, le proporcionaba, no obstante, un taller alquilado en una calle próxima al bulevar de Estrasburgo. El pintor á quien el taller pertenecía viajaba á la sazón, tomando apuntes de paisaje por las montañas del Delfinado; proponíase terminar su veraneo en una playa, y había dado al portero orden de subarrendar. Á Silvio le ilusionó infinito el taller, asaz modesto, amueblado con cuatro trastos, tapices hechos jirones y remendados, cacharros encolados y rotos, sillas paticojas; un tufillo de bohemia; pero al cabo, ¡taller en París! Desempaquetó y colocó, ante todo, el retrato de Espina, que en aquel camaranchón polvoriento semejaba un rayo de primavera, entre la frescura de sus rosas y la nube cándida de sus tules.
—Tenga usted paciencia—díjole desabridamente Valdivia.—París no es Madrid. Pequé de optimista, empiezo á comprenderlo. Todavía no hemos podido encontrar para usted retratos. María pensaba dar una fiestecita y enseñar el suyo... ¿No le habla á usted de este plan?
Al formular la interrogación, la mirada del celoso era indefinible. Silvio creía notar en ella una interrogación, un reproche, algo bien distinto de la cordialidad de antes. Por contraste, Espina no daba ni señales de recordar lo que más hiere el amor propio de una mujer: el corte de la relación de amor, sin excusa válida. Nunca en sus ojos de avellana puntilleados se encendía la llamarada del capricho ó se tendía la niebla del recuerdo; nunca hablaba á Silvio con ese vago tono de tristeza del bien perdido, que delata la tortura de la memoria y la persistencia del cariño invencible.
Por instantes alarmaba á Silvio la actitud demasiado serena de Espina. No era lógica tal conformidad, mediando lo que había mediado, mientras continuaba viéndola, tratándola, frecuentando su casa. ¿Qué había bajo aquella tranquilidad desdeñosa, complicada de aparente protección?
Silvio temía. La prudencia aconsejaba concesiones, pero creía que no le era posible ya tocar á un cabello de aquella mujer, después de las confidencias desesperadas de Valdivia. Se reía á solas de sí mismo, de su quijotismo eternamente ignorado. Una vulgar modelo, una mujer de la calle, antes que la inimitable Porcel: satisfecha la fatuidad y la malignidad, Espina sería para él una de las ninfas de hielo, transparentes, que se liquidaban, bañando de frescura las flores de la mesa. Este orden de sentimientos se reflejaba en su trato con la cosmopolita.—Había en su modo de hablarla admiración teñida de acidez, cortesía interesada, con matices glaciales, involuntarios esguinces de repulsión que la voluntad no siempre acertaba á disimular, un oculto fuego de desprecio moral cuyo humo salía afuera; todo lo que componía el sentimiento complejo, más de odio que de otra cosa, que había llegado á infundirle la singular mujer. Ella—en los primeros días de la estancia de Silvio en París, y aun en las ocasiones que el viaje ofrece—había intentado disimuladas investigaciones para averiguar la causa de la retirada amorosa del artista; curiosidad también burlada. Silvio, en su tosca franqueza, resabio de sus tiempos de vida popular, no se recataba para encomiar, delante de Espina, á otras mujeres; y aunque observaba los labios de Espina, no veía en ellos huella de sangre, sino la del carmín fino que los pintaba. Ni escuchaba siquiera. Lanzando un ¡ah! gracioso, se tendía en el diván á fumar sus cigarrillos saturados de opio, que la calmaban y la sumían en adormilado bienestar.
No renunciaba á llevarse á Silvio consigo al través de París, como le había llevado al través de Madrid. Y el artista, por lo mismo que estaba en paz con su conciencia, que nada había allí de peligroso, se dejaba arremolinar, cediendo al atractivo puramente cerebral, peregrinamente mezclado con repugnancia, que ejercía sobre él una naturaleza estética ultrarrefinada, al iniciarle en los misterios de París.
Por entonces Valdivia cayó enfermo. Le postró en la cama una serie de alifafes, y Espina, en vez de cuidarle, se lanzó con su “rapin espagnol” ya al Bosque de Bolonia, ya á las baignoires de los teatrillos subalternos, donde las estrellas de Citera y Pafos se codean con las beldades empingorotadas y curiosas. Eran expediciones clandestinas, que no parecían inocentes, siéndolo en realidad hasta la bobería. Por ventura la acompañaban amigas venidas de Madrid, á pasar los primeros calores y á vestirse de verano, para las playas ó para Biarritz en Agosto, ó de París mismo, que prolongaban la temporada antes de desparramarse por costas é islas inglesas, escolleras de Bretaña y Normandía ó bellos castillos del interior de Francia. Silvio pasaba inadvertido; era un protegido, tal vez un apasionado; algo adjetivo, subalterno; y en el torbellino de París, donde el tiempo está avaramente contado, á nadie se le ocurría hacerse retratar por aquel advenedizo. Silvio aprovechaba las mañanas apuntando, dibujando, enterándose de mil cosas, en museos y galerías particulares. La pintura contemporánea empezaba á revelársele, no con el aspecto de improvisación, de revelación súbita, que afecta en España, sino en forma de lenta, reflexiva conquista de la técnica, antes de hilar la idea ó entonar la copla sentimental de cada uno. Y volvía á sus primeros honrados propósitos: dibujar, dibujar, dibujar, hasta que los huesos de las falanges se le cayesen. “En España no se dibuja lo bastante, se fía todo al color”. Avisó modelos; estudió encarnizadamente la forma humana, la infinita magnificencia del músculo sobre el hueso y de la piel sobre el músculo.
Una tarde, Valdivia, desde su sillón de achacoso convaleciente, anunció á Silvio que “tenemos un parroquiano. ¡Y qué parroquiano! De estos que sólo se cazan en París... Mi amigo Perico Aladro, el pretendiente al trono de Albania...” En el regocijo malicioso con que hablaba Valdivia, Silvio pensó descubrir la satisfacción de escamotearle el encargo sensacional á Marbley, el belga. Á éste no le conocía Silvio aún, á pesar de oir su nombre, pronunciado en tono de consideración por la gente de buena sociedad, en tono de burla por los contados artistas con quienes había cruzado dos palabras... Valdivia, entre sus curas al salicilato y sus baños eléctricos (el sistema de un Doctor yanqui de paso en París), saboreaba de antemano la mortificación del belga, al cundir la noticia de que el pretendiente de moda se retrataba con el españolito. Marbley le había infligido crueles sufrimientos. Sangraba la herida del celoso, mientras en el alma arenisca de Espina, donde toda emoción de simpatía pasaba barrida por el viento, donde sólo persistían los sentimientos de malignidad, ya Marbley no ocupaba sino el lugar secundario de los objetos que se utilizan para dañar á su hora, el lugar de un puñal colgado en una panoplia, con la punta cuidadosamente emponzoñada.
Silvio se alborozó. ¡Aquel retrato sería un reclamo magnífico! ¡Traería dinero, indispensable, porque los cuatro mil de Valdivia se derretían á semejanza de las esculturas de hielo! Era la misma actualidad parisiense el elegante hidalgo español, bulevardista, por otra parte, hasta la médula, y convertido, cuando nadie se lo imaginaba, en personaje de Los Reyes en el destierro... La figura del jerezano, hasta entonces una de tantas siluetas del París que se divierte, subió de pronto á ser una de las figuras con que París se emociona todas las mañanas; su fotografía figuraba en escaparates, en las publicaciones ilustradas de los kioscos. Silvio contaba con el retrato, en pintoresco traje nacional albanés, para fijar un momento, á su vez, la atención de ese París distraído—la imagen, creía él, de Espina.—Con entusiasmo sentido pocas veces comenzó su tarea, charlando y fumando en compañía del candidato al trono, que le refería datos genealógicos, la sucesión directa del héroe, sus derechos claros, notorios, á una diadema novelesca, oriental. Lo que preocupaba á Silvio era pensar si sería ridículo ó cortés é imprescindible el tratamiento de Majestad. Con el buen tono de un hombre de mundo, Aladro adivinó las dudas del artista. “Somos dos amigos, dos españoles.” Estaba encantado del retrato, en el cual su apostura, todavía gallarda é interesante, aparecía realzada por el carácter y riqueza del atavío; y le agradaba la destreza de Silvio para reconstruir una cara y un cuerpo, borrando el estrago de los años sin perder la exactísima semejanza. Y la pintura ni era afeminada ni muelle; la cabeza tenía un aire de altivez melancólica, la justa idealización que cabía en el papel del retrato, en la significación de la vestimenta. El pretendiente no se hartaba de alabar. “¡Qué talento de muchacho!” Se expansionaba con Valdivia, le daba gracias. “Es preciso que no quede descontento; haremos como quien somos”.
De la noche á la mañana, Aladro salió precipitadamente para Viena; Valdivia quedaba encargado de pagar. La extrañeza de Silvio fué grande al notar que Valdivia ni pagaba ni volvía á mentar el retrato. Se atrevió á recordarle que lo expusiese. El brasileño sonrió. “No es posible, no es prudente siquiera. ¿Qué sabemos por dónde lo toma París? ¿Y si ponen en solfa el traje de albanés, si dicen que está vestido para un baile de máscaras, y sobre la chunga de aquí viene el mal efecto posible de allá? No, no puede ser, Lago. Aladro no me lo perdonaría”.
Como Silvio insistiese, preguntando quién había sugerido á Aladro tal recelo, Valdivia respondió con negligencia:
—Á Aladro no se le había ocurrido el peligro de tal exhibición; Marbley, con buen sentido, fué quien le abrió los ojos.
—¡Ah, vamos, Marbley!—repitió Silvio, atónito de que Valdivia ahora invocase y acatase la autoridad del belga.
—Marbley... Verá usted—detalló Valdivia,—tiene práctica; dice que para exponer debe tratarse de un retrato serio, de algo que nadie pueda discutir, de una firma segura. “No despistemos á París”, repite; y Aladro, á su vez, no quiere despistar... María, á la sola idea de presentar á Aladro con chaquetilla, faja y pistolas, se ha reído inextinguiblemente...
Silvio, sin replicar, se retiró, aniquilado. Aunque el retrato del pretendiente le proporcionase recursos (Valdivia ni aun en eso pensaba), él había soñado otra cosa. Su conciencia artística le decía que el retrato tenía el arranque, la vitalidad infundida, por ejemplo, á la cabeza del Doctor Luz. “Al buscar clientes bonitas—pensaba—hago lo contrario de lo que me conviene. Los mejores modelos son los hombres, y no pudiendo ser, las mujeres feas.” Estaba arrebatado en la contemplación y estudio de los grandes retratistas europeos; no volvía de su asombro ante el cuadro del “Mariscal Prim”, obra del malogrado Regnault; ante los Carolus Durán—un estilo tan español;—ante los Bonnat, maravillas de realismo, retratos de inteligencias, de cerebros, que resumen la energía mental de los modelos, los Taine, los Renan. Como seducción, llegó á preferir los Benjamín Constant. Este era el maestro prestigioso, el mago de la paleta. Provocaba las dificultades por el placer de vencerlas, y daba á su pintura toda la lujuriosa intensidad del color que acaricia y prende, con el vigor de una ejecución profunda. “Esto es pintar”, exclamaba Silvio atónito; y entonces encontraba justo que el pretendiente no hubiese querido exhibir su estudio al pastel,—un juguete, una miseria.
Completamente fascinado, repetía ante las obras fuertes: “Así se pinta”. Renegaba de sí; á sus transportes de entusiasmo seguían accesos de inmenso desaliento; él no llegaría á nada nunca; no había que forjarse ilusiones; todo estaba cumplido, los puestos ocupados, el arte en su plenitud. Blasfemaba: desconocía la inexhausta fecundidad, la virtud de renovación del arte, y daba por hecho que, después de una generación gloriosa, rica, se secaba el suelo y nada germinaba ya bajo el sol.
Otras veces, en sus correrías—cuando soltaba el yugo de Espina y se lanzaba solo á apoderarse de París,—la loca esperanza le concedía besos incendiarios. Lo mismo que le parecía motivo de desconsuelo, era ahora causa de ilusión para su cambiante naturaleza. Donde se habían ramificado tantas y tan variadas direcciones, donde tantas personalidades surgían, ¿por qué no surgiría él también á su hora, con su fórmula, con su dón peculiar, con su individualidad sagrada?
Después de la generación de Bastien Lepage, de Moreau, de Millet, ¿no se alzaba ya otra llena de vida, no sospechada por ellos, distinta de ellos? ¿No había visto en pos de los retratistas acatados, á los nuevos, al genial Chartran, al extraño neblinista Carrière—y no era él de carne, de hueso, no tenía dedos, no tenía ojos, no tenía corazón para sentir, sangre que derramar en la pelea?
—Ahora—pensaba—paciencia, y unos francos de reserva, es lo que he menester... Iré al estudio de Dagnan Bouveret: es el más impecable dibujante.
Le obligó Espina, á pretexto de lanzamiento, á hacer efectiva la invitación á comida y postcomida de madama de Mélusine. La morada de esta señora es espaciosa, espléndida, algo abigarrada como el espíritu de la dueña; ostenta un lujo sin intimidad ni densidad aristocrática; recuerda la fisonomía cosmopolita de los grandes hoteles. La comida era más bien frustrada: los convidados no habían sido elegidos con esa inteligencia exquisita que revela el tacto del ama de casa, sino al capricho de la notoriedad ó al azar del último descubrimiento de las que Espina llamaba islas desconocidas, pobladas de antropófagos. Silvio, con su lucidez instintiva para lo social, vió desde el primer momento que aquello no era gran mundo, ni siquiera mundo homogéneo, donde todos se conocen y desde el primer momento saben cómo tratarse y qué decirse. Mientras esperaban en el salón blanco y oro, deslucido por tanto tráfago, que precedía al comedor, los invitados se miraban puntiagudamente, las presentaciones eran laboriosas. El artista comprendió por qué Espina se excusaba de ir al banquete, proponiéndose limitarse—había dicho con acento desdeñoso—á “dar una vuelta”, una aparición en la velada. Valdivia también apelaba á su enfermedad para evitar el convite. Dejaban allí á Silvio, náufrago.
En el concepto gastronómico, la comida fué insuperable. Silvio, estómago exigente, encontró perfecto lo de mascar. Detalles y monerías se echaban de menos. Era oro derrochado en comestibles, cocineros, vinos, servicio.
Silvio devoró, vencido por una tentación de glotonería. Estaba al extremo de la mesa, cosa que le sorprendió algo, pues suponía que el banquete era en su honor, y notó que nadie le hacía caso, que le habían colocado entre una inglesa espiritista y teósofa, correligionaria de la Blavatzki, y una esposa de literato semicélebre, que sólo hablaba de la última novela de su esposo. La heroína de la fiesta era una morena de tipo español, de escote llenito y ojos de azabache, vestida con discutible gusto, de raso azul, recargado de lentejuela azul también. El ama de la casa, después de hacer la presentación de Silvio á la morenita, había murmurado, con ese tono enfático que sugiere la importancia del personaje y da por hecho que no es necesario explicar nada de él:
—La señorita Gregoresco.
Sólo al levantarse de la mesa y encontrarse próximo á la morenita, Silvio recordó, enlazó datos confusos, lecturas de periódicos... Era una historia secreteada primero, divulgada después por las agencias, los telegramas, las murmuraciones europeas; y Silvio creía notar ahora en la Gregoresco no sé qué de apasionado, de lunático, chocante en medio de la corrección mundana.
Estuvo á pique de darse una puñada en la frente. ¡Ah, ya! Estaba viendo á la acariciadora de una doble quimera de amor y ambición, la que había soñado una corona entre capítulos de una novela, y aspiraba á conquistarla por medio de la poesía, sin abdicar de su dignidad de mujer, de su pureza de virgen. ¡Imprevistos caprichos de la naturaleza, que no adapta sino raras veces la exterioridad al destino! La inglesa, que colocaron á la izquierda de Silvio, con el largo cuello, el pelo de seda clara, los ojos de pervinca, la inmaterialidad de su tipo, parecía de molde para el papel romántico de la mujer precipitada de lo alto de su ensueño, de Safo casta que deplora, en versos inflamados, la mentira infinita del amor. Y se figuraba á la señora Gregoresco así, cuando las peripecias de sus amoríos con un príncipe heredero, protegidos por una reina sentimental, contrariados por la diplomacia, hacían el gasto de los telegramas y eran la fábula del mundo diplomático. Hubiese querido Silvio más palidez en aquella frente, más esbeltez en aquel talle, más afinamiento de tristeza y nostalgia en aquella cabeza, otro estilo de vestir: unas gasas salpicadas de lánguidas ramas de glicinia... Porque el mundo entero sabía que Daría Gregoresco no se había consolado, que no quería consolarse, que las cuitas de su corazón las exhalaba en estrofas empapadas de lágrimas; y Silvio, ante el aspecto más bien vulgarmente atractivo de la desengañada, añoraba el retrato que hubiese podido hacer, no menos sensacional que el del pretendiente á la corona. Pero con el tipo de Gregoresco... ¡quiá! Y recordando que le habían ofrecido presentarle pronto á Isabel II, decíase:
—Esta república está llena de reyes que fueron, que serán, que anhelarían ser...
Sin salir del salón de madama de Mélusine, podía ver á dos de éstos aproximados á la corona; Daría contestaba al saludo de un príncipe, Bojidar Karageorgewitch, hermano de otro pretendiente; y el día anterior Valdivia había hablado á Silvio de ponerle en relación con Roldán Bonaparte. ¡París!—Algo así como el propio salón de madama de Mélusine, una vega abierta, en apariencia hospitalaria, en realidad cortésmente despegada, que no tiene reparo en aceptar lo que llega, siempre que su nombre resuene, brille, pique la curiosidad.—El sentimiento de su nulidad en París volvió á abrumar al artista. Recordó una conversación en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, adonde sólo había concurrido media docena de noches, y en la cual se trataba del proletariado artístico de París. ¡Diez mil pintores luchan en la capital francesa con la penumbra, el anonimato, la indigencia! ¡Destacarse de entre esta piña!
—Pero—discurría, en la primer modorra suave de una digestión feliz, que predispone al optimismo,—es imposible, vamos, imposible que yo no sea algo; que esta calentura sin cesar renaciente, que esta obsesión incurable, no lleguen á cristalizar. Yo veo, yo siento, no sólo los colores y las formas de las cosas, sino su esencia íntima, oculta para los groseros y los serviles. He menester tiempo, constancia, posibilidad de hacer valer estas dotes.
Mientras pensaba así, ofrecía á la Gregoresco un sillón, después de ser presentado á la madre, señora respetable que acompaña por todas partes, en su peregrinación, á la dolorida joven. Y Silvio se decía, implacable en la exigencia estética:
—La mamá también me estorba. Esta novela de nostalgia pide lo bravío de la soledad. ¡Una hija de familia! ¡Una mamá al canto!...
El salón iba llenándose de gente: ilustraciones masculinas, damas vestidas con más atrevimiento que en Madrid. Había poetas capilares codeándose con celebridades indiscutibles, como el gran Heredia. Presentado á él, Silvio le miró con veneración fetiquista. El destino de aquel hombre de corta estatura, de tipo español, sordo, distraido, ya metido en años, era el destino envidiable, ideal, del artista. Con reducida labor, breve pero intensísima, de una intensidad como no ha solido verse desde el Renacimiento; sin soñar en renovar formas; aceptando la más rígida, la más hecha y manejada de todas, el soneto; sin reincidir en el intento victoriosamente logrado; sin perderse en el afán de renovarse; sin decadencia posible, por lo único de la obra; sin la lucha innoble con la necesidad y el envilecimiento de la sobreproducción y del industrialismo; serenamente, bellamente, señorialmente, había llegado á la plenitud de la gloria. ¿Y qué pintor podía preciarse de haber igualado á Heredia, el colorista—á menos que sea Moreau?—No era la primera vez que Silvio, sufridor de todas las dudas por la misma incandescencia de su fe, se había preguntado, leyendo á Flaubert, á Heredia, á los coloristas de la pluma, si era dable superarles con el pincel; y ahora la duda reaparecía, al recordar el esplendor de Los Trofeos, Antonio en brazos de Cleopatra, viendo en sus ojos el inmenso mar y la huída de las galeras de Accio, los Conquistadores españoles sobre el fosforescente azul del mar de los Trópicos, en la proa de las blancas carabelas, inclinados para ver surgir estrellas nuevas del fondo del Océano.
Sin haber tanteado aún sus disposiciones para el arte, ya padecía Silvio la penosa incerteza, el titubeo de los desorientados y los deslumbrados, la solicitación de las otras formas artísticas, la ambigüedad ambiciosa que obliga al escultor á buscar efectos pictóricos; al pintor, á introducir poesía lírica ó épica, literatura en fin, en sus cuadros; al músico, á calcular efectos descriptivos y notas de color, en vez de notas musicales; al escritor, á emular al pintor, produciendo, á toda costa, la sensación artística, el efecto de la luz ó del sonido; al arquitecto, á forzar las líneas, alterando la serenidad, volviendo al barroquismo; á todos, en fin, á meter la hoz en mies ajena, á sentir el desasosiego panestético, ansia de expresar la belleza con mayor amplitud, más recursos, sentimiento más vario, algo que abarca, en abrazo eterno, lo infinito de la hermosura, lo ilimitado de su goce. La idea de que nunca pintaría como hace sonetos Heredia sumió á Silvio en una de esas meditaciones desconsoladas en que se quisiera renegar hasta del sér y convertirse en piedra. Hay instantes en que los pensamientos nos ahogan como olas. ¡Ante Heredia, Silvio se humilló: se vió tan pequeño, tan burlado por la suerte! Era su gran sufrimiento, querer ser otro; era la negación del yo, de lo que más se ama.
Las doce caían cuando irrumpió en el salón de madama de Mélusine Espina Porcel. Sus pupilas agudas, vivaces, registraron el recinto y descubrieron al joven pintor, perdido en la selva obscura de sus reflexiones. Sacudió la cabeza Silvio y se acercó á la dama, colocándose á su lado. Espina hacía gestos monos al fijarse en la concurrencia, y decía por lo bajo:
—¡De mal en peor esta casa! Llegará día en que no se podrá venir. ¡Qué ancha base! Seguro que me va á endilgar, sin previa consulta, á dos ó tres notabilidades estrafalarias.
No se engañaba en sus presunciones la Porcel. Ya la Mélusine, con el transporte entusiasta que la acometía al descubrir islas, se aproximaba, llevando de la mano á Daría Gregoresco, y la presentaba entre un balbuceo de simpatía apasionada, con igual emoción y secreteo que Solar de Fierro al mostrar una maravilla única de sus colecciones.
—La señorita Gregoresco... ¡Ya sabe usted!... ¡La señorita Gregoresco!... Nos ofrece la encantadora sorpresa de recitar algunas poesías no dadas á conocer hasta hoy...
Espina se inclinó, lanzó un ¡ah! inefable, y murmuró un “¡encantada!” de los más vagos y distraídos de su repertorio.
La Gregoresco se adelantó; hicieron corro á su alrededor,—en primer término, la dueña de la casa, sonriente de beatitud. Estaba la poetisa turbada, y leve ronquera velaba su voz al empezar. Heredia, á quien respetuosamente habían dejado sitio en el aro estrecho del corro, hizo con la diestra cartucho á la oreja para oir bien. Silvio notó que en aquel salón parisiense se escuchaba, como no se escucha en Madrid jamás.
Alzábase ya más segura y timbrada la voz de la recitadora, y su dicción pura y dulce iba encendiéndose con apasionados acentos, expresando la cuita, la incurable añoranza del ayer tan próximo, el inextinguible recuerdo del ensueño destrozado por la realidad; la queja salida de las entrañas, que se deshace y rompe en sollozos al asomar á la boca. Su poesía, no escultural y policromada; no impecable y soberana, como la de Heredia; flébil á veces, como lamento de niño; altiva otras, con la generosa altivez del sentimiento que conoce su nobleza y su derecho á la vida, fluía de labios carnosos, poco espirituales, y los transformaba, los afinaba con idealidad. Aquellas amantes querellas, aquellos insistentes brazos extendidos hacia lo que no volverá, lo que no puede volver, lo que tal vez no existía, porque si hubiese existido seguiría existiendo, se sobrepondría á lo accidental y pasajero de la existencia; aquel poema de pasión, con sus paseos á la luz de la blanca luna, sus citas entre flores, decoración trillada y divina; aquella pregunta ansiosa, triste, repetida—¿cómo se puede olvidar cuando se ha querido de cierta manera?,—aquello que era fibras vivientes, sangre de un corazón transformada en luz por la rima, al exhalarse por la boca de la enamorada, la hacía momentáneamente sublime. Sus ojos de sombra brillaban; sus mejillas, bruñidas al sol, se animaban con carmín de fiebre; su estatura parecía crecer. De pronto cubrió su vista un velo, una escarcha de llanto, y la emoción, haciendo palpitar su seno, se reveló en la profundidad vibrante de la voz, en la trepidación involuntaria del torso. Era una gran soprano dramática, y sus acentos tenían poder comunicativo de dolor y piedad. Silvio, con sorpresa, se sentía subyugado. Por primera vez un gemido de amor le conmovía.—Se lo dijo á Espina, que, insensible, metida en su concha de mundano aplomo, observaba como se observa una curiosidad cualquiera, un bicho raro, un pájaro de colores. Y, alzando los hombros, contestó á Silvio quedamente:
—¿Le hace á usted efecto la cómica esa? Porque ya comprenderá que de comedia se trata. Ni hubo tal amor, ni tal empeño del príncipe heredero en casarse con ella.
Lago sabía lo contrario, como lo sabía todo el mundo; pero no le preocupaba la autenticidad de la historia. Su naturaleza estética hacía que los afectos le interesasen más vistos al través del arte que en la realidad. “Una impresión bella no miente nunca”—era su divisa, y fué su respuesta.
—¿No le parece á usted—añadió—que el amor es la cosa más vieja y más nueva, más fecunda en sugestión, después de todo? ¡Cuánto siento que el amor nada me diga! ¡Es posible que me engañe mi sueño de arte, y esté perdiendo lo mejor de mi vida, los años que no tornan, privándome de la única emoción que abarca lo infinito!
Espina le fijó sin pestañear y no contestó.
—Tal vez—pensaba Silvio—la Gregoresco, con su emoción perpetua, que derrama en versos y que reabsorbe al recitarlos, vive vida más colmada, más intensiva, que el sordo glorioso que la está felicitando en este momento.
Se acercó á la poetisa cuando la dejaron algo libre los admiradores, y apartándose del remolino de la multitud, que ahora se precipitaba para oir recitar fábulas de Lafontaine á Coquelín menor, se encontró aislado con Daría en una especie de gabinetito formado por cortinajes de brocatel, plantas y dorados muebles. Daría respiraba afanosamente aún, y, no creyéndose observada, se pasaba el pañuelo por los ojos, donde se había vuelto agua corriente el rocío.
Silvio, como si la conociese de hacía muchos años, familiar, imperioso, la preguntó:
—¿De modo que no le ha olvidado usted aún?
Hizo ella con la cabeza señal negativa, y se sentó, abrumada sin duda, quebrantados los huesos y abatida el alma.
—Siempre—indicó el artista—la poesía consuela.
La poetisa le miró. Estaba, sin duda, habituada á distinguir la verdadera simpatía de la compasión ficticia ó burlona. La cara delicadamente expresiva de Silvio, el encanto artístico de su semblante, la mirada sentimental de sus ojos cambiantes, verdiazules, la tranquilizaron, y murmuró, melancólicamente, sumisamente:
—No sé si consuela... Por lo menos, da desahogo al sentimiento. Dicen los médicos que si yo no hiciese estos pobres versos, me hubiese muerto ó me hubiese vuelto loca.
—¡Si supiese usted—balbuceó Silvio—cómo la envidio su pena! Quisiera, desde que la he oído, poder sentir así. No soy feliz, pero mi pena no es de amor.
—¿De qué es entonces?—preguntó sorprendida ella; tal vez no creía posible que se sufriese por otra cosa.
—De ambición artística... Soy pintor; nada he producido y aspiro á una obra fuerte, señalada, que me eleve...
—¡Vanidad!—murmuró Daría.
—¡Delirio quizá el de usted!—declaró Silvio.
La enamorada suspiró, haciendo un noble ademán de resignación á su eterna tortura, mitigada sólo por el canto. Y mientras se comunicaban, sin conocerse casi, lo más arcano de sus almas, el gentío, desimpresionado ya, olvidando la queja de la tórtola viuda, no sospechando el anhelo del soñador de fama, del ansioso de creación, se agolpaba en torno del actor de la Comedia Francesa, escuchándole bordar y cincelar con recitación sorprendente la fabulilla salada por el buen sentido.
Daría y Silvio, un momento, hicieron fondo común de sus penas hermosas. La prosa les rodeaba; se refugiaban en la poesía de lo imposible. ¡Vanidad! ¡Delirio!—Para ellos, la mayor verdad; la que nosotros mismos criamos.
Hízose más pesado el yugo que la Porcel imponía á Silvio; y el artista tenía que someterse. Confiaba todavía en el apoyo de Valdivia, en la cacareada exhibición del retrato de las rosas. Salir del anonimato en esa forma no le era halagüeño; pero no había otro recurso.
Tampoco era infalible. Las victorias madrileñas podían convertirse en naufragios parisienses. Una frontera, unos centenares de kilómetros... y todo cambiado.—Silvio contaba, no obstante, con la homogeneidad del gran mundo, que, en lo fundamental, es idéntico á sí mismo en cualquier latitud.
Para fijar la atención distraída y volandera de ese gran mundo, el señuelo era Espina. Ella podía, en un acceso de malignidad, retrasar indefinidamente el momento en que París se convirtiese en escenario y mercado para Silvio.—Creía tener en la mano el medio infalible de subyugar á la Porcel. La fatuidad le sugería que una escenita, magistralmente representada por el histrión que hay en todo artista, restablecería las relaciones en pie de complicidad; pero no se poseía lo bastante para resolverse á tal farsa. La perversa atracción de Espina se le había transformado en repulsión, y Lago se conocía; sabía que sus sentimientos eran brotes bravos de espino montés; que la misma traición, el mismo disimulo artero, de los cuales sentíase capaz, no podía provocarlos á voluntad y mediante reflexión: le reventaban del alma bajo la presión de las circunstancias. Ni siquiera le movía ya el romántico respeto á Valdivia; su alejamiento era otra cosa: una especie de náusea moral. El cutis de Espina se le figuraba frío como el de un reptil. La neurosis, el diablillo de la neurosis, debía de danzar en esto...
Siempre que se aflojaba algún tanto su cadena, se sumergía en el dibujo, ó desentrañaba el París artístico. Hundíase con deleite en el inextinguible foco y luminar de arte, saboreando el placer que causan las obras maestras en relación íntima con nuestra sensibilidad, ó que la modifican y renuevan. Había dado por hecho Silvio que entre los pintores modernos le arrebataría Courbet, y comprobó sorprendido que el realismo, exagerado calculadamente, del discutidísimo maître d’Ornans, casi le molestaba. Era la transformación de su ideal propio lo que anulaba su admiración hacia Courbet, exaltada por los ditirambos de Zola. Se quedó Silvio pensativo cuando hubo notado que Courbet, antes, en su imaginación, rey de la pintura,—no era, al verle de cerca, sino “un temperamento”, un sujeto de cualidades mal aprovechadas y hasta estragadas por la estrechez de una fórmula.
Courbet—decidió Silvio—fué una naturaleza burda; tenía mucho de grosero, no sólo en la producción, sino en su vida, en aquel su eterno fumar y beber cerveza.—Sintió que la devoción cambiaba de santo, que se pasaba á Moreau y á Millet, ¡dos ideales tan diferentes!—Millet le embelesaba por impresionar á su manera la naturaleza, dominándola con la intensidad del propio sentimiento, y soñaba hacer él en Alborada otro tanto. Las Mariñas distantes le parecían entonces ese rincón del mundo donde cada artista extrae una concepción peculiar de la realidad, según sus propios ensueños de poeta.—“En Alborada haré yo mis Espigadoras”—resolvía.—“No aquella Recolección de la patata, tan tosca, tan villanesca. Otra cosa..., otra cosa... á lo Millet”.—Pero Moreau le fascinaba más, no imaginando siquiera que pudiese su pincel ejercer la influencia que ejerció aquel creador genial más próximo á fray Angélico y á los místicos que á los modernos. Silvio comprendió que su alma era del grupo poco numeroso á que perteneció el autor de Salomé. Almas complicadas, pueriles y pervertidas, misantrópicas y candorosas, modernas y bizantinas. Nunca almas panzudas de burgueses. Almas siempre resonantes por la vibración de las cuerdas polifónicas de sus nervios.
Silvio encontraba en la sensación peculiar de Gustavo Moreau mucho de lo que había supuesto en París, en el alma de París, y que no descubría en el París verdadero. Éste nada tenía de común con la ciudad de fiebre y placer, cocotismo y despilfarro, de la leyenda internacional. La “Babel” era un telón efectista hecho jirones, y aparecía la colmena, el trabajo asiduo, normal, funcionando y saneando la atmósfera. Los zánganos, en apariencia numerosos, eran en realidad contados. Y de bracero con el trabajo, como esas parejas contentas de serlo que se esparcen por París al anochecer, Silvio veía á la razón, obrera metódica; la voluntad al servicio de la invención. La lección severa de Lutecia era lo contrario de la sangría suelta de tiempo y energías de Madrid.
Recordaba Silvio la capital española como si aún se encontrase en su taller de la calle de Villanueva: las vías públicas, concurridas lo mismo á las cinco de la tarde que á media noche; aquel visiteo injustificado, aquel zanganeo y zascandileo en que las horas se esfuman, cayendo en el curso del mes y del año como granitos de sal en mares de tedio, placer y turbulencia. Y en cambio, en el París que la literatura diseca para descubrir perversiones, y que fotografía sorprendiendo extrañas muecas, en imposibles actitudes, Silvio, al echarse á la calle temprano para dirigirse á su taller, se tropezaba con bandadas de madrugadores intelectuales, pálidos de sueño, que asaltaban las limpias cremerías y se desayunaban con un panecillo de media luna y un vaso de leche, antes de desparramarse, vademécum bajo el brazo, á enseñar ó aprender; ¡á trabajar! Á tal hora, en que los madrileños, pobres ó ricos, leen entre sábanas el primer diario que su mujer ó sus criados les suben, Silvio veía á los parisienses, ciudadanos de la metrópoli del sibaritismo, según fama, entregarse con taciturna asiduidad á los preliminares de una jornada laboriosa, seguida de otras y otras, interrumpidas por el descanso dominical disfrutado en sencillos esparcimientos, tan distintos del pagano y sanguinario dominguerismo taurino de Madrid. Los porteros, mozos y dependientes de comercio, barriendo, bruñendo y atersando aceras, llamadores, vidrios y escaparates, como el soldado acicala sus armas para combatir; los profesores, corriendo con ropa raída y estómago mal lastrado á arrancar de entre colchones al alumno, si éste no aguarda ya con las orejas relucientes de fricción y los ojos entumecidos de soñolencia; el personal de los establecimientos públicos, oficinas, tiendas, desde temprano en plena actividad—repetían que la palabra de la esfinge parisiense es TRABAJO.—Los ciclistas desfilan, portadores de mensajes ó carga; los coches circulan, socarrones, acechando al peatón, que se apresura y los evita; una multitud seria, preocupada de su objeto, invade las aceras, sin agolparse en cualquier parte á curiosear cualquier cosa; Silvio se confunde entre esta multitud, se codea, se hinca, hace cuña y no percibe esa chispa de pasión, de simpatía ó antipatía, que en Madrid se transmite de uno á otro transeunte. La gente que pasa á su lado, que le empuja involuntariamente, que le esquiva con ágil respingo para no detener ni ser detenida, no le ve siquiera. Va á la obligación, va á la labor. Contados están los minutos, trazado y distribuído el día, tasado el reposo y repartida la tarea.
Esa decisión de funcionar, esa trepidación como de máquina que rinde su contingente, corre en oleada desde los resplandecientes bulevares hasta los barrios semiprovincianos de la banlieue. Hay en París zonas solitarias, pero no holgazanas. La colmena no zumba en la calle; se refugia en las celdillas, en los pisos modestos sobre cuyas ventanas se leen un nombre y un oficio... Ni las breves vacaciones parecen amenguar la actividad de la colmena invisible. Cuando el azar de sus correrías lleva á Silvio, por ejemplo, hacia el Jardín de Plantas, la calma del tranquilo barrio no le impide notar la palpitación del esfuerzo, el anhelar de yunta que abre surco. Humilde es el vecindario; conságrase á labor poco retribuída, pero acata el precepto, de cuyo cumplimiento nacen la riqueza, el vigor y la hermosura. Siente á su alrededor Silvio la ahincada presión del trabajo. Hasta la daifa que recorre un trozo de acera, siempre el mismo, y que interpela al transeunte, muestra la aplicación de la laboriosidad, tiene dejos de obrera, compelida por la tarea forzosa.
La conseja de la bohemia artística, del descuido y la holganza entrecortada por hipos de genio y arrechuchos de inspiración, con risas, trampas y fumaduras de pipas, se derrumbaba en su romántica falsedad. El divino grupo de Capeaux, La Danza, que Silvio había creído símbolo de la desenfrenada existencia parisiense, ahora se le figuraba, en su nervioso vértigo, expresión de un afanar constante, el de tantos cerebros y tantos brazos.
“Cabe bohemia en literatura—deducía Silvio,—porque una estrofa puede inmortalizar, y una estrofa puede nacer sin esfuerzo; pero nosotros, pintores, escultores, ¿hemos de improvisar monigotes en la pared, muñecos tallados al cortaplumas?” Recordaba su antigua fe en el milagro, sus esperanzas—las de todos—en el golpe de suerte, en la idea feliz que saltea al despertar, en el cuadro-gancho, en el cuadro-trompeta, en lo que á infinitos alucina, y ya se reía de sí mismo. Lo que se hace sin aplicación es deleznable, banco de arena seca y suelta que el aire arrebata, resplandor momentáneo de luciérnaga en estío.
“Un artista bohemio—discurrió—no es bohemio porque deba dinero á todo bicho viviente, ni por correr juergas, que también los filisteos corren. La característica de la bohemia es querer triunfar sin tiempo y sin lucha constante y terrible. La pereza milagrera—he ahí la bohemia.”—Acordóse una vez más de Minia, de su teoría del monje miniaturista, del arquitecto medioeval, y pensó que, sin el hábito de burel, pero con el espíritu perseverante y el alma muda de esos artistas de antaño, hay en París bastantes obreros que crean porcelanas, alfombras, muebles, joyas, obras maestras donde el arte se disfraza de industria.
“Estas telas de dibujos robados á la naturaleza, estas decoraciones de elegancia ideal, estos bronces, estos Gobelinos, los mismos primores, abrillantados por la imaginación, de la indumentaria femenina, esta densidad de civilización refinada en el puño de una sombrilla, en una bujería cualquiera, sellada por el depurado gusto de París, ¿no son—pensaba Silvio—obra de artistas, que si no bajan á rezar al coro, se esconden en las grandes manufacturas nacionales, y sin ambición, sin calentura, resignados á que nadie pronuncie su nombre, crean su porción de belleza y la expiden, entre el tráfago comercial, á esparcirse por el mundo, á refinar la vida humana?
“Y los mismos que en París quieren que el aire sufra el peso de su nombre, ¿cómo lo consiguen? En sus frentes arderá la llamita simbólica, pero sus hombros sufren la carga del trabajo. Sus manos son recias y duchas. Sus hombros son de cariátide. Su mirar es abstraído. Hasta en sueños buscan la fórmula. Su edad florida ha pasado; ha llegado la viril, ruda, concentrada en el objeto, y ya con el pelo gris, tal vez laureados, siguen rodando, entre sudor y fatiga, la peña de su gloria, para que no les recaiga sobre el pecho y les aplaste. No quieren chapuzar en el olvido, vivos aún. Han probado el licor que embriaga; disipada la embriaguez, no pueden prescindir del licor. Mas ¡ay del que deja apagarse la lámpara!”
Y entonces, espantado del porvenir—cuando aún no tenía presente,—deseaba la obscuridad, el encierro á solas con la hermosura. Creía bastarse. Recordando que poseía singulares disposiciones para la labor del adornista, se veía viejo, habitando en una de esas fábricas de cerámica ó de tapices en que hay un jardín abandonado á propósito, donde las plantas y las flores, libremente, adoptan formas gentiles, indómitas; y se veía cortando brazados de ramaje, componiendo después, en su estudio, motivos decorativos, cuyo tema es la rosa húmeda de rocío ó la clemátida envuelta en su guirnalda verde.
En los talleres que empezaba tímidamente á frecuentar, Silvio confirmaba sus observaciones. ¡La pereza ha muerto! ¡La bohemia ha muerto! Aquellos artistas que desafiaban al calor y sólo se prometían unas cortísimas vacaciones en la primera quincena de Agosto, tenían, más que la preocupación, la obsesión del trabajo. Distribuían su capital de tiempo con una regularidad tan racional, que olía á burguesa prosa, á oficina. En sus conversaciones, en sus indiscreciones chismográficas sobre las costumbres de los privilegiados del arte, se revelaba el método estricto que practica hoy el artista célebre, cultivador y conservador de su fama. Como el acróbata y el jockey, que necesitan entrenarse, los artistas hacían gimnasia, salían al campo á plazo fijo, dibujaban, apuntaban sin cesar, leían, seguían la marcha estética y demostraban una inquietud higiénica sabiamente fundamentada en consejos del Doctor. Salir al campo es muy bueno porque se domina el plein air, y también porque se hace ejercicio y se respira. Bastantes escultores y pintores cultivaban el músculo y quemaban los ácidos por medio de la esgrima, y, entre trapos antiguos y restos de tapiz, junto al velador árabe que sugiere orientales indolencias y fumaduras soñadoras, se veían por el suelo las pesas y las cuerdas, las caretas y los guantones sudados. Saben las cocineras de estos artistas—ni más ni menos que si sirviesen á esos ricachones que anhelan conservar la personita muchos años—recetas y condimentos que no encalabrinan el estómago; y hasta Venus, la dominadora, la embaucadora, la destructora, espera á la puerta del taller, igual que la lavandera y el brochador del piso, á que llegue su hora y su día de la semana, el prescrito, que no debilita la mente ni desasienta el pulso.
Lo ímprobo del trabajo y lo calculado del esfuerzo: eso saltaba á los ojos del joven retratista, como se percibe el congojoso palpitar de la bayadera, el sudor de su dorada piel, bajo las gasas de su túnica y los sartales policromos de su garganta. No: París no tiene el alma de Espina, insaciable y saturada de sensaciones; esa es, á lo sumo, su careta, su disfraz de Carnaval, su collar de bayadera danzarina.
Silvio se juraba que se evadiría de la Porcel, que se entregaría venturosamente á la labor. Las aguas frías y serenas de la gran piscina probática, depuradoras, agitadas por el ala de la inspiración, le curarían de Espina... ¡Bah! Un gesto de París; lo que fermenta, lo que gusanea en toda civilización avanzada. Su refinamiento, ¿qué? Fruto del sudor de tantos laboriosos. Para sostener el artificio de su belleza ardían los hornillos de los laboratorios, se destilaban las esencias de los cálices, se inclinaban sobre la almohadilla frentes de encajeras, allá en solitarias calles de Brujas ó de Malinas, velaba el dibujante, cosían en domingo á doble precio las modistas, se estropeaba los ojos la ensartadora de perlas. El gigante árbol de trabajo parisiense echaba una flor venenosa: Espina.
Sin embargo—reconocía Silvio,—esta mujer, su aparición á una hora dada en mi camino, fué el cambio de mi credo. Estoy divorciado para siempre del verismo servil, de la sugestión de la naturaleza inerte, de la tiranía de los sentidos. Soy libre y dueño de crearme mi mundo; ya no venero á los que se limitan á copiar; ya no tengo fetiches; si imitase, sería para dar muerte.
Y comprobaba, en su tendencia perseverante al realismo, la infusión del ideal, la exigencia del espíritu, algo que va más allá del color y de la forma. El mundo ya no le parecía solamente tierra fecundada por el sol. En su superficie corría un agua encantada, y de su seno se alzaban embrujadas vegetaciones, arborescencias de oro y cristal.
—“Esto tengo que agradecer á la Porcel, á su individualismo aristocrático y poético, á su desprecio de la imitación literal y de la verdad gruesa. ¡Tal vez ella me ha revelado á mí mismo!”
La hubiese perdonado, hasta la hubiese adorado, si ella no le tiranizase, si le dejase en paz. Pero se desesperaba al recibir por el teléfono de su hotel (donde dormía, no pudiendo hacerlo en el taller) imperiosas llamadas, órdenes de presentarse en el palacete de los Campos Elíseos.
Rendida por el calor, Espina se pasaba las mañanas y las primeras horas de la tarde sin salir, reclinada en su meridiana favorita, de forma griega, amplia como un lecho, revestida de telas blancas, incesantemente renovadas, de cubrepiés de encaje, de almohaditas minúsculas, copos de espuma que la envolvían en el aleteo de un bando de palomas. Delante de la meridiana, una mesita inglesa, de bronce y laca, sostenía refrescos y helados, y otra diminuta mesa, toda de porcelana de Satsuma, los chismes de fumar y un cacharro persa atascado de gardenias y jazmines. En el centro de la rotonda,—que rodeaba una serie de columnas con capiteles de piedras raras, ágatas y jaspes traídos de Italia,—sobre amplia concha de cristal nacarado, pieza rara de Salviati, una gorgona dejaba escapar de sus fauces, incesantemente, un surtidor de agua helada, y en los ángulos de la habitación, no muy grande, pulverizadores automáticos y ventiladores eléctricos sostenían temperatura deliciosa. Silvio no podía menos de complacerse; el contraste era encantador; venía de las calles, polvorientas, trasudantes, de luz cegadora, aturdidas por el estrépito de coches, carros y ómnibus—los pedestres ómnibus á que recurría el pintor por no gastar,—y sentía el hechizo de la penumbra, de la frescura, del lujo, del supremo refinamiento, del silencio, del cuadro compuesto ya, que le movía á exclamar: “Mañana traigo lápices”. Al oirlo, la Porcel saltaba: “No lo sueñe usted. ¿Soy yo la Moros? Si quiere modelo, llame á las de oficio”.
Cuando se presentaba Valdivia, Silvio, á pesar de lo irreprochable de su proceder, sentía confusión de culpable; comprendía que no era fácil que el celoso leyese en su conciencia, y, puesto que leyese, también leería las páginas de Madrid; sabría el agravio, lo imperdonable, lo que no se lava ni se borra. Una existencia entera de abnegación no compensa, ante la exigencia de los celos, un minuto en que se ha pecado. He ahí la mancha que todos los perfumes de Arabia no limpian. El beso es más indeleble que la sangre. Valdivia, al entrar, si encontraba á Silvio, hacía indefectiblemente un gesto dolorido, fruncía un ceño torvo.
Silvio no iba á decirle: “Estoy porque Espina me ha llamado”. Limitábase á exagerar la actitud correcta, el mutis de respeto, el implícito reconocimiento de los derechos de Valdivia... No era mejor táctica, como no lo es nunca lo artificioso, lo fabricado, en la esfera del sentimiento. Al celoso, una vez alarmado, todo le previene. El hecho más sencillo es tortura; la desconfianza es tan desmedida, como la confianza fué incondicional.
Al tender la mano al brasileño, sentía Silvio retraerse nerviosamente la diestra, volverse rígida, ó apartarse con un movimiento mecánico, de los que no domina la voluntad. En los ojos apagados y estriados de bilis de Valdivia, pasaban, como nubes ligeras sobre una charca, fugaces expresiones de odio, de indignación y—lo que más preocupaba á Silvio—de dolor sin consuelo.
Y Silvio no podía soportar la falta de perspicacia del celoso.
—“Estoy por llamarle á capítulo y asegurarle...”
¡Qué inocentada sería! ¿Acaso el celoso da crédito á las verdades?
—“Este hombre sería dichoso y, además, encantador, si no fuese la víbora que lleva enroscada—pensaba Silvio.—Acabará él también por mordernos á todos.”
De la impaciencia de Silvio ante la ceguera del brasileño, nació una especie de menosprecio hacia hombre tan simpático, cuya felicidad deseaba sinceramente, dispuesto á sacrificarse por ella. ¡Bah! ¡El sacrificio, de nada servía!... Esta reflexión vulgar fué acaso la excusa que se dió Silvio á sí propio, al sentir reflorecer, involuntariamente, á cortos accesos, el capricho por Espina Porcel. Extraña y casi puede decirse monstruosa atracción, análoga á la que nos lleva á acariciar y jugar con el perro que muerde ó el gato que araña y saca sangre. En la soledad del gabinete donde Espina le recibía; en aquel eléctrico silencio ritmado por la canción hialina de la fuente, pervertido por los violentos aromas del jazmín y las gardenias, la tentación nacía del enervamiento, y Silvio la percibía unida al deseo de herir y hacer daño, á un impulso malévolo, rabioso. ¿Por qué le llamaba aquella loca? ¿Por qué se figuraba tonterías aquel insensato? ¿Por qué no le dejaban de una vez tranquilo, tendiéndole una mano si podían, y si no, abandonándole de una vez, á luchar nuevamente, solo, pero suelto y sin falsos auxiliares? Y en la imaginación del pintor se delineaba la escena de violencia que le aliviaría y le vengaría: una carcajada burlona en la cara del celoso, después de una mofadora y ultrajante caricia á la mujer...
Solo con ella tantas horas, el enigma de la Porcel le irritaba. ¿Era efectivamente, según la afirmación de Valdivia, una víctima de la fatalidad? Silvio la clasificaba algunas veces, comparándola á Clara Ayamonte. “Aquélla—pensaba—era una histérica del corazón, y ésta es una histérica del cerebro.” Pensándolo mejor, esta frase, como todas las frases, nada decía: no descubría lo substancial de las cosas, lo que latía en el arcano de un espíritu refinado y desquiciado. La clave del sentir de aquella hija de la decadencia no la poseía Silvio, á pesar de prolongadas cavilaciones, cuando veía á Espina tendida lánguidamente sobre la meridiana, fumando con visible beatitud, entre el bando de palomas de sus almohadoncitos de encaje con hopos de cinta, frescos como flores entreabiertas. ¿Qué silbo de culebra había salido de aquellos labios retocados con carmín, para que se despertase en Valdivia la desconfianza? Porque no lo dudaba el artista: el tránsito de la fe á la negra duda no podía deberse sino á ardides de mujer herida en su amor propio y resuelta á no perder el goce de vengarse atormentando.
Una tarde, Silvio se sintió más acometido por la tentación que de mancomún sugerían el calor, el agua cantadora, la calma musical, los efluvios del jazmín y la inquietud maldita de la concupiscente imaginación. No pudiendo deletrear lo interno de Espina, ansió sorprender la forma, desconocida y recatada, de su cuerpo. La dama, bajo el cubrepiés de rica guipure aplicada sobre transparente de seda hortensia, se cubría y anubaba con las batistas de su ropa blanca y las gasas de su deshabillé flojo, de flotantes mangas y plegados múltiples. Como siempre, Espina no mostraba sino lo que permite mostrar la más exquisita corrección. El misterio de Espina irritaba á Silvio.
Con fría lucidez, en medio de su arrebato, calculó el golpe. Contó con la sorpresa de la señora; se acercó arteramente, tomando un pretexto... y con movimientos pensados é instintivos á la vez, la atacó, precipitándose, desgarrando y desviando en un relámpago encajes y telas... La nube se disipó, y Silvio retrocedió, de sorpresa aterrada.
Sobre el nítido torso, donde la línea de la espalda se inflexiona tan graciosamente destacándose encima de nacaradas tersuras y morbideces de raso, había divisado Silvio algo horrendo, una informe elevación vultuosa y rugosa como la piel de un paquidermo, una especie de bolsa inflada, que causaba estremecimiento y asco.—¡Allí estaba la fatalidad á que se refería Valdivia, el estigma del vicio maniático, la señal de las picaduras de la morfina!—¡Se descubría el enigma de aquel alma, al ver sin velos su prisión de carne: la insaciabilidad, el tedio, tal vez el ensueño nunca realizado, la enfermedad de toda una generación, el lento suicidio, en la aspiración á momentos que hagan olvidar la vida, y que sólo proporciona la droga de muerte!
La negra hinchazón, el estigma que Silvio acababa de descubrir, revelaban la verdadera naturaleza de Espina, su exigencia interior, no menos insaciable y desenfrenada que su lujo exterior. Por redimirse de la pedestre realidad que tanto despreciaba, era por lo que Espina, diariamente, introducía en sus venas el veneno. El amor á lo infinito, el ansia de evadirse del prosaico mundo, podían más que los consejos de los médicos y las enseñanzas de la experiencia, que dice que no llegan á viejos los morfinómanos.
El veneno también destruye el alma. El sentido moral desaparece.—Si Lago lo supiese, comprendería á Espina capaz de todo por engañar el tedio. La ponzoña que corría por sus venas era la de las civilizaciones avanzadas en su corrupción, el idealismo prisionero de la materia, el ansia que busca, allende la realidad, flores de más ancho cáliz, placeres desconocidos... Era la Quimera también, la Quimera mortal.
Bajo el afeite que reavivaba los colores de la tez de Espina, un observador ya hubiese discernido letal huella, signo de irremediable descomposición orgánica. Tal vez había principiado á usar la droga, obligada por una de esas catástrofes morales que no dan lugar á la prudencia y sólo reclaman un “olvidadero”, aunque sea transitorio. La droga no se limita á producir esa peculiar embriaguez venturosa, esa euforia que tiende un instante velo de luz sobre la opaca vida: suprime la memoria de lo reciente, aboliendo así, en una especie de inconsciencia dulce, la razón del dolor humano. ¡Dolor que se olvida, dolor que ha dejado de existir!
Tampoco se daba cuenta Silvio de que el mal de Espina iba en aumento, que la dosis ha de subir para producir su contingente de felicidad satánica. No sabía hasta qué punto, al través del cuerpo, ataca al espíritu la droga, cómo aniquila las facultades afectivas, cómo anestesia la conciencia. No sabía, después de los períodos de postración de Espina (que Silvio en Madrid atribuía al tedio), cuán extrañas impulsividades, cuán loco remolino de antojos alza su polvareda turbia. No sospechaba (correspondiendo á las feas bolsas de piel dura, como lardácea) otra deformación psicológica. El alma de Espina se ensangrentaba en la lucha del que, advertido, amonestado por médicos, no puede vencerse, y si se priva del veneno, siente la necesidad de sustituirlo por caprichos, extravagancias, el goce maldito de hacer sufrir... Aunque Silvio era complicado, no abarcaba la complicación de Espina, su goce en el pesimismo, su desprecio sarcástico de toda bondad y de toda fe, ni menos suponía cuál era el ideal monstruoso,—irrealizable dentro de la civilización, semejante al de las reinas y heroínas fabulosas, decapitadoras del hombre con quien han palpitado,—de la Porcel herida de muerte. Aquella soñadora, á quien la morfina había abierto breves instantes el paraíso, guardaba particular rencor á los que sólo se lo habían hecho entrever; y cuando fumaba, muda, entornando los ojos, veía entre nubes de púrpura tiendas asirias, cabezas exangües que agarraban por los negros cabellos blancas manos, y suspiraba, porque ya el mundo antiestético ha olvidado los ritos de la fábula hermosa y cruel...
No había leído Silvio palotada de los efectos de la morfina; no sabía que los médicos califican el estado de alma de los morfinómanos de moral insanity. La flora del mal se desarrolla vivaz en el espíritu del enviciado. La droga lleva consigo perversión, locura, suicidio. Aun sin sospechar esto, la vista de los estigmas le reveló el infierno en el fondo de aquella vida tan intensamente refinada, aquella “vida inimitable”. No acertó ni á disfrazar su impresión de espanto. Literalmente dió dos ó tres pasos atrás, inmutadísimo. Ella, incorporada sobre la meridiana, altanera, yerta, con una especie de extraña dignidad, se envolvía otra vez en sus rotos cendales de aire tejido, cubriendo las señales delatoras de su perversión. Y en voz reprimida, que por su propia monotonía y lentitud denunciaba el estado excepcional del ánimo, pronunciaba:
—¡Vamos, se ha salido usted con la suya! Ya no tengo secretos para usted. Puede escribir una bonita carta á Lina Moros, describiendo mi bosse, para que ella vaya contándolo. ¿No adivina usted lo que exclamarán? Yo, sí... Me parece que les oigo... ¡Dirán que ya entienden el intríngulis de mi campaña contra el desnudo! En fin, usted estará satisfecho. Quería leerme; me ha leído. Sin embargo... no cante victoria. Si yo fuese nada más que esto...—y por cima de la ropa señaló al sitio donde se alzaba la bosse—con haberlo visto podría usted decir que me conoce... ¡Pero dentro hay más, mucho más! La piel engaña, los ojos mienten, la boca sirve para archivar la palabra. No sabe usted de mí sino lo que sus lápices embusteros de pastelista son capaces de desfigurar. ¡Queda mucho, mucho que usted ni sospecha, en Espina Porcel...!
Aniquilado, tartamudeó Silvio:
—Perdón, señora, perdón... ¡Hice mal; fuí un villano!
Adelantó, se arrodilló, clavó en ella los ojos, al implorar tan dulces.
—¡Perdón!—repetía sinceramente desconsolado, humillándose.
—¡Perdón!—respondió ella, encendiendo un largo emboquillado; el otro se le había caído en la lucha.—¿Yo perdonar? ¡No les perdono á mis papás que me hayan echado á este planeta!... No sea usted ridículo, y levántese. Si Valdivia tiene la ocurrencia de entrar y le sorprende así, buena la hicimos...
Su alma amarga, doliente, se asomó á sus pupilas puntilleadas de oro, y una carcajada acre satirizó el tardío arrepentimiento. Alzóse Silvio, triste, incapaz de decir nada que restableciese la normalidad de la conversación.—Espina se encargó de ello. Principió, entre bocanada y bocanada de humo suave, á tratar de cosas diferentes. Acabó por animarse y por sonreir, proyectando una visita al taller de Marbley, el retratista de elegancias. “Sobre todo, que mi Otelo no se entere. Sería una historia. Tiene al pobre Marbley atragantado. Es preciso que yo le quite esa aprensión. Por fortuna, anda estos días muy atareado con no sé qué pesadez de operación financiera... Discreción, ¿eh? Para imprudencias bastó la de hace un instante...”
Había quedado Silvio tan confuso, que, por algún tiempo, mientras no se disipase la impresión de remordimiento y piedad, Espina haría de él lo que quisiese. La reacción contra sí mismo, que había arrojado á Silvio á los pies de la noble Ayamonte y de la bravía Churumbela, le sometía ahora á la voluntad despótica de la Porcel.
Dócilmente, se dejó recoger en su fonda y conducir hacia el taller del belga, á las cinco de una tarde neblinosa, sofocante, de esas que encalabrinan los nervios. Espina, vestida de Chantilly negro sobre transparente azul obscuro, parecía abatida y triste. Á la memoria de Silvio acudieron las exclamaciones de Valdivia:
—¡Pobre María! ¡Pobre enferma!
Habitaba Marbley un hotel pequeño y nuevo, con su retal de jardín, en una de las calles encalmadas y aristocráticas que abundan entre los Campos Elíseos y el Arco de la Estrella. Un jornalero limpiaba las calles después de haber regado el grass y las flores, cuando llamó á la verja el lacayito de Espina.
El vestíbulo ya infundía consideración. La escalera, desalfombrada, relucía de holandesa pulcritud encerada, y tenía un balaustre torneado y salomónico, en armonía con los viejos tapices, que vestían la pared de un desfile de paladines, princesas, caballos paramentados y ciervos místicos, crucíferos; del conjunto resultaba esa tonalidad armoniosa, algo sombría, que vierte dignidad.
Les introdujeron en el piso bajo, en un saloncito desde cuya puerta, al través de alta verja de hierro forjado, gótica, se trasparecía la biblioteca, ricamente encuadernada, con que Marbley se daba tono de artista cerebral, muy documentado para disfraces, instalaciones de casas grandes, palacios y garzoneras con relieve estético. Espina, dando muestras de cansancio, se dejó caer en un sillón. Silvio se acercó á ella con solicitud. Era la primera vez que sentía por Espina algo dulce, puro, humano; que la concebía como hermana en sufrimiento. Durábale todavía el reconcomio de su brutalidad maligna, la vergüenza del profanador, y tierna y cordialmente dijo á la señora:
—¿Se siente usted mal?
¡Qué destello de ferocidad instantánea en los ojos de venturina! Irradiaban como esas piedras que parecen guardar luz en sus capas minerales; pero el destello se extinguió, y la voz se hizo infantil, delicada, para responder:
—Gracias... Un poco deprimida... Hay momentos...
No añadió más. Marbley bajaba ya, apresurado, la escalera, para hacer los honores, manifestando á Espina rendimiento galante: la actitud correcta de un hombre versado en el protocolo mundano ante una mujer á quien debe la más honrosa de las condescendencias... Excusándose de no ofrecerla el brazo, por lo angosto de la escalera, sin hacer al pronto caso de Silvio, el belga guió á sus visitantes, y ante ellos subió al tercer piso, ocupado enteramente por el taller; en el segundo tenía su vivienda. El taller impresionó á Silvio: tan ideal lo encontró para sus retratos. Proscribiendo la mescolanza de antiguallerías, ya tan trillada ó más que los salones amueblados por tapicero, Marbley había arreglado su estudio sólo con mobiliario, telas y obras de arte de un mismo período, del legítimo estilo Luis XV francés, sin adulteración de barroquismo ni confusión de épocas. Tallas doradas, sedas rameadas, porcelanas, bronces, retratos de pelo empolvado y amplios paniers, todo había sido adquirido por Marbley con fino olfato de coleccionista; porque el belga, eternamente mediocre, poseía los dones críticos, y jamás se equivocaba en un regateo ni en una compra. Realizaba negocios buenos, colocando entre su clientela americana objetos conseguidos á precios aceptables, y revendidos, sin conciencia, á precios locos. Primero le asparían que confesase este tráfico, pues aspiraba á que todo su lujo se atribuyese á la ganancia de sus pinceles. Siempre que vendía, aparentaba sacrificarse y desmembrar sus colecciones; pero lo que adornaba su taller no lo enajenaba jamás. Esperaba al yanqui, trasudando petróleo, ó al boyero de la América del Sur, que en capricho, tanto más vehemente cuanto menos razonado, pusiese por el conjunto, realmente admirable, una fortuna.
Silvio detallaba, embelesado, los canapés y sillones de Beauvais, tapicería tramada de seda, con su franja mágica de tulipanes y narcisos, granadas y uvas; los vasos de Sevres, azul y blanco, que han pertenecido á la Pompadour y parecen delatar la mano de adornista de Fragonard; los mueblecillos de marquetería, con delicadísimos bronces cincelados; el reloj rococó, que al dar la hora toca una música que habla de fiestas pasadas y amores muertos; los Clodiones, en que travesean amorcitos hoyosos; el techo, obra de Natoire, escena mitológica, rubia y rosada, con senos de perla, vuelos de tórtola, lazos y carcajes; toda la molicie del siglo.
—Sin talento, sin probidad artística, se puede obtener esto en París—pensaba Silvio;—y acaso algún muchacho genial muere de hambre y calor en una buhardilla emplomada.
Tenía Marbley el físico de su especialidad, ya ofendido por el tiempo, y se susurraba que, temeroso de la vejez, andaba á caza de algo pingüe, santificado y asegurado por la bendición. Era alto, robusto y esbelto aún; bajo su elegante blusa de taller, de seda clara, que le refrescaba y animaba la tez, salteada por arrugas y pliegues de fatiga y libertinaje, llevaba, con alarde de originalidad bohemia, en realidad para no congestionarse, descubierto el bien modelado cuello, y la garganta blanca y sin nuez visible. Su pelo rizoso, donde brillaban hilos plateados, le formaban diadema á lo Lucio Vero, caracterizando la figura con sello artístico. Gastaba una barba aparentemente indómita, sin recortar; pero el descuido era cosa estudiada, y aquella barba la impregnaban esencias, la había recorrido mil veces el peinecillo de concha rubia con cifra de plata. Marbley tenía un tipo entre flamenco y español, una cabeza conquistadora, á lo Rubens, cálida, sanguínea; raza de hombres que, de mozos, se gastan por el amor; de maduros, por la gula. Y, en efecto, Marbley empezaba á abusar de los sabios cocineros de palacios y clubs.
No era fácil casar la persona y la pintura de Marbley. Silvio conocía su Harem turco, obra de juventud, brote de savia pronto agotada, y, juzgándole por su mejor página, profesábale cierto respeto. Quedó estupefacto ante lo que mostraba el belga: el ampuloso retrato de una dama chilena, uno ó dos estudios de paisaje—composiciones amaneradas, plagiarias, de colorido falso y pobre.—Por mucho que Silvio se despreciase y rebajase, en su ardiente humildad de catecúmeno, no le era posible comparar con aquella desdicha sus pasteles. En éstos, siquiera, convenía reconocer gentileza, fluidez, elegancia de postura, leve idealidad, mariposeante por cima de lo facticio y afeminado del procedimiento; pero en la producción del belga no había sino la nulidad irremediable, la esterilidad de páramo, la angustia del manantial seco. Veíase que el talento de Marbley había sido flor de juventud, ese renuevo de poesía que coincide con la inquietud sexual, brote de primavera que agosta el estío. Quedaba un fracasado resuelto á pelear, no por la gloria, sino por el provecho. Lo peor era eso: Marbley, convencido, amargamente desengañado, no cejaba: iba á su fin sin escrúpulos. Para no carecer de su clientela rutinaria y antojadiza, de rastacueros y snobs, apoyábase en la mujer, tejía complicadas redes galantes, en que sólo á fuerza de estrategia no se enredaba también; no perdía ripio en las salonerías. Espina era un alfil de su juego de ajedrez; últimamente, se había sentido abandonado por ella, y lo creía imposición de los celos de Valdivia, hasta que llegó á sus oídos el anuncio de la próxima exposición de un famoso retrato “de las rosas”, del cual contaban y no acababan; y cuando, poco después, supo que el españolito retrataba al pretendiente de Albania, olfateó el riesgo. Una conversación con Aladro previno el primer éxito de Silvio. Quedaba en perspectiva el segundo, y pendía de un capricho de aquella criatura tornadiza, la Porcel. Al verla entrar con su petit espagnol, sintió aguda punzada de despecho. ¡Hola, hola!
Aparentando no mirar á Silvio, de reojo le detalló analíticamente. Reparó la distinción y afinamiento del tipo, la dulzura atrayente de los verdiazules ojos, la juventud y romanticismo de la figura, inspiradora de simpatías fácilmente transformables, el prestigioso parecido con los retratos de Van-Dyck... Y percibió además—Marbley de tonto no tenía un pelo—la pasión estética, el entusiasmo, la orientación todavía vacilante, pero de seguro honda y feliz, del artista en marcha hacia su sueño; leyó el fervor del neófito, y descifró algo más mortificante: la triste sorpresa, la mal disimulada decepción que su labor causaba á Silvio. Observó cuánto se le atravesaba la frase cortés de encomio, ante un cuadrito de caballete, escena galante, que parecía, á fuerza de lamedura, un esmalte industrial. Y como en la conversación saliese á plaza el nombre de Millet, Marbley presenció la ferviente efusión de Silvio ante los maestros. Adoptó entonces el belga un continente reservado, la actitud discreta, hermética, con la cual la superioridad se sitúa á distancia; su media sonrisa fué condescendencia de soberano que no se digna descender á discutir. Espina encendía ya su emboquillado, después de rehusar las golosinas y aceptar el té amarillo que una criadita, de cofia y mandil de nieve, acababa de servir en tazas de Sajonia muy auténticas, enguirnaldadas de peonías y rosas. Recobrando su animación tocada de fiebre, pronunció sonriente la Porcel:
—Maestro, no haga usted mucho caso de las opiniones de este novicio... Rectifique usted sus errores... Acaba de desembarcar; viene de Madrid á probar fortuna. No aspira, naturalmente, á llegar á su altura de usted; pero, como en Madrid le han mimado mucho, se ha salido de sus casillas, y rebosa ilusiones. Se propone retratar á las guapas de París, porque en Madrid no se le ha escapado una; y aunque yo le advierto que aquí no son tan fáciles de contentar...
—¡Oh!—exclamó Marbley, ya en situación, secundando á Espina,—aquí tiene el público su gusto artístico muy educado...
Silvio estaba absorto, ante una acometida con la cual no contaba. Sintió unas uñas de gata rabiosa que le arañaban el corazón. Bajo el destile de ponzoña, palideció. Algo candente subía por su garganta. Espina le vió inmutado, y amainó.
—Ya, ya tendrá usted ocasión, maestro, de admirar los prodigios que hace el muchacho. Me ha retratado en Madrid, y pienso reunir algunas amigas para que vean... Ha sido en España un acontecimiento el tal retrato.
—¡España! ¡Qué hermoso país!—murmuró chanceándose el belga.—Allí el naranjo florece...
La intención satírica de la frase no se le escapó á Silvio. Embromaban á Espina con él, y explicaban por capricho amoroso la protección que ella parecía concederle. Ardiente rubor sustituyó á la palidez de antes.
Espina, tranquila, miraba á Marbley como si no comprendiese. Nadie la igualaba en estas comedias de candidez y asombro.
—Maestro, le ruego que no tome en broma á mi protegido—y recalcó la palabra protegido.—Indulgencia: los que llegaron á la cima no deben ser rigurosos con los principiantes. Ya verá usted... Su retrato no está mal. Sobre todo, Lago sabe vestir. Eso sí que sabe. Yo le digo que en algunos de nuestros grandes talleres de modistería le sería fácil ganar dinero.
Escuchaba Silvio, petrificado. No entendía si era mofa, si era odio, si era aturdimiento, lo que dictaba la inconcebible conversación. Dudaba entre protestar, tomar el sombrero y desfilar, ó hacerse el tonto.
Al fin se le desató la lengua, á pesar suyo.
—¡Me presenta usted bien—gritó—para que el Sr. Marbley forme de mí un concepto original! ¡Sastre de señoras! Mil gracias... ¿Qué pensará de mí el ilustre autor del Harem turco?
No podía caer peor la reminiscencia. Para desazonar á Marbley, bastaba recordarle el Harem, lo único verdaderamente sentido y franco que su pincel produjo. ¡Tema! ¡Todos habían de ensalzar el dichoso Harem! La singular rivalidad de un artista consigo mismo, el despecho furioso de haber tenido talento un solo día de la vida, podían tanto con el belga, que había momentos en que, no acertando á repetir ó superar su obra, sentía deseos de quemarla. Exasperado, pronunció entre dientes:
—¡Ah, sí, el Harem turco! Ya recuerdo... Labor de muchacho... Como usted no conoce lo que hice después... He enviado á los Estados Unidos mi producción seria. Aquí ni siquiera expongo; mi mercado no está aquí.
Era su artimaña, asegurar que expedía de cuando en cuando una obra fundamental á Norteamérica. Las expedía, sí; pero eran ajenas, antiguas, y algún que otro retrato hecho á las aves de paso en París, y remitido en cajas de magnífico embalaje, lo mejor del envío...
—Nada tendría de extraño—pronunció Silvio incisivamente, pues sus nervios triunfaban—que algún día conociese yo esas obras de usted. Deseo recorrer esos países... Suplícole me dé nota de los museos y colecciones particulares donde pueden verse. Además, me figuro que los periódicos de arte habrán publicado reproducciones. En el Estudio, por ejemplo, ¿no figura al menos una ó dos de las más notables...?
Marbley, cogido, calló. Un gesto de menosprecio fué su respuesta. Espina mintió por él.
—El maestro prohibe que se reproduzcan sus cuadros. No quiere que los deshonre el fotograbado y que rueden por ahí. Los riquísimos aficionados que forman su clientela no tienen ganas de que por un franco se adquieran copias. Maestro, dispense la ignorancia de mi protegido y sus preguntas cándidas. No está enterado el pobre.
Marbley sonrió á su defensora. Se pusieron de acuerdo en una mirada rápida. El belga respiró: Espina le entregaba á discreción al rival posible...
—¿Qué efecto le hace á usted el maestro?—preguntó la Porcel cuando subieron al coche y rodaron hacia los grandes bulevares.
—¿Cuál maestro?—chilló Lago.—Señora, ¿se ha propuesto usted burlarse de mí? En París hay muchos artistas á quienes no soy digno de desatar la cinta del zapato; pero si esto es lo que usted llama un maestro... ¿Y por qué me rebajaba usted delante de él? Sepa usted que su Marbley no vale un comino. Hoy no hace sino porquerías.
Excitado por la indignación, Silvio alzaba la voz, manoteaba. Impulsos le venían de agarrar de la muñeca á Espina y zamarrearla, arrojándola del coche al arroyo. Olvidado de los antecedentes, en la ferocidad que desarrollan las heridas personales, no sentía ni asomos de piedad, ni siquiera respeto. Ella le clavó sus ojos, puñales de ágata fría.
—¡Ah! Sí, sí... Me olvidaba de que, comparado con usted, Marbley es un pigmeo...
—No soy nadie ni nada—murmuró con energía Silvio;—pero si no he de llegar á más que Marbley, ¿lo oye usted?, ahora mismo renuncio á toda mi ilusión y ocupo el asiento del pescante. ¡Lacayo, antes que Marbley!
—Según eso, ¿usted creía llegar adonde Marbley ha llegado? Bien se ve que le han levantado de cascos Lina Moros y otras de su calaña. ¡Estamos en París! Vamos, vamos... ¿Quiere usted destruir una reputación consagrada?
—Consagrada en los salones, si acaso; consagrada para quien no lo entiende... En fin, señora, perdóneme; pero ¿á qué hablamos de todo esto? Con usted sería mucho más discreto charlar de modas. ¡Mujer, mujer! ¿Qué hay de común entre tú y yo?—profirió cerrando los puños y ahogando un juramento.—¡Maldita la hora en que descendemos hasta la mujer!...
—Stop—ordenó Espina.—El señor quiere bajarse.
Y dejando á Silvio en mitad de la avenida, recostándose indiferente, la Porcel añadió:
—Allez vite.
El coche se perdió en la lejanía, enrojecida por la puesta del sol, ensombrecida por los árboles.
En dos días no supo Silvio de Espina; no pudo ni conjeturar si con el incidente á la salida del taller del belga quedaban rotas sus relaciones. Fueron cuarenta y ocho horas de ansiedad irritada, de penosa incertidumbre. ¿Qué hacía el artista sin aquella mujer, al cabo único asidero suyo en París? Se arrepintió de su arrebato. “Debí hacerme el sueco”. No se decidió, sin embargo, á ir á casa de la Porcel. La temía. “Es ridículo. No me pegará...”—pensaba. Y quedábase.
Al tercer día, estando Silvio en su cuarto escribiendo á Cenizate, desahogando penas, el camarero le avisó de que le esperaba en la calle una bella señora, en un coche. Silvio se atusó, se puso el sombrero, bajó... La propia Espina, ataviada con caprichoso traje, en que la incrustación de bordado inglés ocupaba más sitio que la tela. Bajo la pantalla sedeña de su abierta sombrilla, su cara parecía bañada en amortiguados reflejos del sol, y el nácar de sus dientes la iluminaba con húmedas transparencias.
—Vengo á hacer las paces con usted...—murmuró.—¿Qué es eso? ¿No se le ha pasado todavía?
Silvio no sabía por dónde salir. No carecía de explicaderas, seguramente; pero la Porcel, al infundirle mil sentimientos opuestos, tenía á veces el dón de desconcertarle.
—Vengo—insistió Espina—á raptarle á usted. ¿Vamos, qué aguarda? Suba.
Silvio saltó al coche. Tardaba en encontrar la frase adecuada á su especial situación, y se la proporcionó su interlocutora.
—Á ver... Pronto, ese acto de contrición.
Lo salmodiaba el pintor con cómicas añadiduras, cuando Espina interrumpió:
—Por adelantado, la penitencia... Dijo usted que conmigo sólo se podía hablar de modas... Va á acompañarme á casa del modisto. Figúrese que á los Crouzat-Salvilly se les ha ocurrido dar un baile en su castillo, pero un baile que será el de la temporada; han invitado á la fleur des pois... Yo les hubiese agradecido infinito que no se acordasen del santo de mi nombre, porque esos bailes que obligan á viajar en ferrocarril no tienen pizca de divertidos... Pero Valdivia, erre con que no falte; dice que á esa fiesta es preciso asistir... él sabrá por qué. ¡Tonterías! Cuando menos se preocupa una de las invitaciones, más le asedian. En fin, necesito arreglar joyas, y un traje que no sea demasiado ridículo... ¡Estoy tan aburrida de lo poco que los modistos discurren! ¡Y pensar que los modelos de estos calabazas, con diez meses de retraso, forman la base de la elegancia vertiginosa de las madrileñas!
Su antiguo despecho, sus celos sin amor, renacían, se desbordaban en sátira. Describía el guardarropa de Lina Moros, á la moda de un año atrás, admirado con la boca abierta por las que todavía daban golpes á los trapos de hace un trienio.
No tuvo tiempo de completar la descripción. Ya el coche se paraba ante una joyería en la calle de la Paz. Espina se bajó, ayudada por Silvio, y el joyero, solícito, enseñó modelos; discutieron el arreglo y aumento de los largos hilos de gruesas perlas que Espina poseía y pensaba escalonar sobre el escote, á lo Médicis, y para los cuales deseaba un broche espléndido, un rubí único en tamaño, color y talla. Aseguró el joyero que el rubí se encontraría.
—Esta piedrecita—dijo la Porcel á Silvio—debe ser el leitmotiv del traje. Y maldito si sé cómo combinarlo.
Hablando así, adelantaban por esa calle en que el lujo de la mujer parece filtrarse al través de las paredes, irradiar incendiando los escaparates tentadores. Desde las deslumbrantes joyerías hasta las britanizadas tiendas de objetos de viaje, con sus sacos de flexible y luciente cuero repletos de utensilios de plata y cristal, todo hablaba de necesidades complicadas, de atavíos fantásticos, de viajes en trenes rapidísimos, en que se pasea la insolencia de la fortuna al través del mundo. No cabía pensar en pisar aquellos establecimientos sino con carteras rellenas de billetes, las bombeadas carteras de los americanos y los ingleses, que hincha una tumefacción de caudal. En la calle de la Paz, el lujo no se hace adaptable, accesible, como en tantos puntos de París, por ejemplo, los grandes Almacenes, que anzuelan á la mujer con el cebo de la baratura. Al contrario. La calle de la Paz seduce, altanera, con lo exorbitante, lo que sólo allí se paga á tal precio, aunque en otra parte se encuentre, acaso indiscernible. Los sombreros de la calle de la Paz, las camisas de la calle de la Paz, las joyas de la calle de la Paz, tienen la pretensión de cifrar la plenitud é intensidad del lujo, lo serio y gallardo del derroche. Fanatizan... Y no son sólo los escaparates con sus vidrios limpios y altos los que incitan al poderoso. En todos los pisos de las casas, los balcones están cruzados de letreros de oro, enormes, con el reclamo del nombre de alguna celebridad ó especialidad de alta fantasía; allí han fijado su residencia los grandes modistos, pontífices de la vanidad y dictadores del trapo. Uno de los aspectos de París triunfante es el trapo: el trapo, una de las maneras seguras que tiene Francia de imponerse al mundo. La parisiense, modestísimamente ataviada, trabajando toda la semana con sus dedos ágiles, prepara la derrota del extranjero, el cuele de su fortuna en la caja nacional, fruto de inmensa economía, que permitirá á la patria afrontar indemnizaciones, desquites, reorganizaciones de su ejército... Francia se defiende con el trapo; el trapo vale por muchos regimientos y muchas fortificaciones.
—¿Adónde me lleva usted?—interrogó Silvio.
—Á casa de Paquín... No tiene demasiado talento; se repite que es un dolor... pero al fin es el menos seco y amanerado de todos... Vorth ya es enteramente un modisto de teatro; sólo sabe hacer trajes de aparato, de reina de baraja; Redfern, ¡pch! algo entiende el paño... En sedas y gasas, calamidad... Laferriére se está echando á perder... Doucet, un impertinente; tiene un premier español que ha sido modisto en Madrid, un joven linajudo, pero caprichoso y raro; sólo trabaja de buena fe para las familias reales... Yo, á veces, le hago infidelidades á Paquín con unas casas nuevas que se me figura que tienen porvenir. Descubro estrellas. Boué es de mi escuela; nada pesado, nada que no plegue... Es enemigo de estos bizantinismos y estos japonismos que les encantan á las yanquis; en su manía de buscar lo pasado, las hace ilusión vestirse con dalmáticas y capas pluviales... Aborrezco ese genre. Me gusta otra cosa... Algo de poesía, de ensueño... ¿Verdad que eso es lo bonito?
En esta plática llegaron ante la casa de Paquín. Silvio miró sorprendido la fachada. Los dos pisos que correspondían al gran modisto, parecían comentar las últimas palabras de la Porcel. La poesía desbordaba por los balcones. Aquel día, el jardinero, que diariamente los cuajaba de plantas en plena floración, había elegido tiestos de soberbios lirios lancifolios, que abrían sus cálices de terciopelo rosa, atigrados curiosamente,—lanzándose fuera del barandal de hierro. Entre las flores, de involutos pétalos, follaje plumeado de helecho mezclaba sus gráciles airones. Era el único edificio engalanado así en toda la calle; un reto á los otros modistos; un llamamiento, una galante invitación á la mujer, un jardín colgante que gritaba que allí se colmaba el sueño femenino de lujo, gracia, capricho y hermosura. Aquellas flores eran la voz insinuante de la sirena, y la mujer que lo escuchase indiferente tendría su alma enajenada en otro hechizo.
Silvio y la Porcel subieron la escalera y entraron en el templo. La puerta estaba franca: no era necesario llamar. Salvaron la antesala, que cruzaban atareadas oficialitas, y se encontraron en el salón blanco y oro, con ventanas á la calle. En sillas y sillones se repantigaban señoras que, antes de dirigirse al paseo, se distraían en venir á ver la exhibición de los modelos. Había allí de todo: verdaderas damas del buen tono, de San Germán; opulentas banqueras; extranjeras que fiaban en sus millones para transformarse en un santiamén en parisienses con chic; actrices que no trabajan en esta época del año y preparan elementos para la temporada próxima; dos grandes cocottes, imitadas en su estilo y adornos por todas las señoras, y hechas, en aquel mismo instante, una preciosidad de finura y de elegancia. Silvio miraba á la clientela, y pensaba: “Con el retrato de éstas que están aquí, sería lo bastante para hacerme en París un nombre y sostenerme algún tiempo sin necesitar de Espina”. Después, tascando el freno, murmuraba: “Es innoble tener siempre pendiente la cuestión de dinero. ¡Qué miseria!” En momentos así, se acordaba de la Ayamonte. Á su lado, no necesitaría sufrir ninguna humillación... Pero habría que ser su marido.—Espina, remolcándole, había saludado á algunas conocidas que encontraba allí, señoras legítimas: la condesa de Villars-Brancas, la condesa de los Pirineos, nacida Rohan, la marquesa de Saint-Pol, una judía archimillonaria, casada con un descendiente del célebre condestable que hizo traición á Eduardo IV ante Calais.—Las extranjeras, olfateando categorías sociales, aplicaban el oído, miraban ansiosamente, soñaban un incidente, una casualidad que las pusiese en contacto. Las del círculo aislábanse, estrechaban su grupo. Amablemente, la Saint-Pol pedía consejo á Espina, cuyo buen gusto era tan conocido... Ese dichoso baile de los Crouzat-Salvilly...
—No sé—decía ella, remilgada.—Se me figura que Paquín decae. No tiene fertilidad de imaginación. Mírenme ustedes esos modelos. Bonito, sí, bonito... todo lo bonito que se quiera... pero lo de siempre; los pliegues en la cadera, se ha enamorado de ellos; las peregrinas... ¡y estamos de pliegues y de peregrinas hasta el moño! Sería hora de renovar un poco las hechuras, la manera de comprender los adornos, hasta el colorido... Nada: se pone pesado como los viejos...
Mientras Espina hablaba así, las seis muchachas encargadas del oficio de maniquíes vivos se paseaban lentamente, estudiada la actitud, para mejor hacer admirar el modelo que vestían. Daban la vuelta al salón, dejando desplegarse con armonía la cola, con esa ciencia del efecto de la tela sobre las formas, que Silvio había creído privativa de Espina, y que iba pareciéndole uno de los infinitos gestos graciosos y conquistadores de París. Se volvían, para enseñar á cada señora la hechura del vestido ó abrigo, de espaldas y de frente, exhalando al mismo tiempo murmullos de encomio, un himno á la originalidad de los adornos, á lo delicioso de la prenda. Aquellos maniquíes vivos eran mujeres hermosas, más hermosas que su clientela tal vez; las envolvía el prestigio de la casa; parecían desdeñar á la dama que no tirase miles de francos en hacerse ropa; y bajo los caprichosos trajes que un momento las cubrían, llevaban sayas bajeras baratas, adquiridas de ocasión en los Almacenes, calzado fatigado ya, camisas de tres días. Con rapidez vertiginosa, desaparecían, se quitaban un vestido, se enfundaban otro, y volvían á pavonearse, á hacer la rueda, sudando bajo los abrigos de teatro y calle, que las asfixiaban.
Espina pronunció indignada:
—¡También es demasiada avaricia la de este Paquín! Estos modelos están ya imposibles, de tanto enseñarlos todos los días. Mire usted; las gasas parece que han fregado el piso, y ese traje rebordado de lentejuela es un pingajo, como un faldellín de acróbata. El maestro se ríe de nosotras... ¡Y pensar que después de sudarlos así, todavía se los pagan, para modelos del invierno que viene, las modistas de provincia!
Riéronse las parroquianas. Era verdad; no se concebía tacaño como él. ¡Cebado en la ganancia, y sólo pródigo de flores!
—Y después—indicó la Villars-Brancas,—quiere que traguemos que fabrican expresamente para él todas las telas que gasta, cuando me consta, digo que me consta, que pide á los grandes Almacenes géneros... Somos unas infelices en creer sus embustes.
En la conversación de las señoras notábase cierta animosidad; el rencor de las cuentas crueles, la eterna queja del comprador contra el vendedor.
—Lo peor es—advirtió Espina—que se le vaya acabando la inspiración. Dentro de poco no sabremos con quién vestirnos. Y ¿dónde andará ese bajá de tres colas? Podía molestarse al saber que estamos aquí...
Se metió precipitadamente en el gabinetito, al lado del salón, al pie de la escalera por donde debía bajar el modisto. Alfombran el piso centenares de muestrarios, piezas de encaje á medio desenvolver, adornos enrollados alrededor de cartones, cascadas de accesorios, piezas de gasa de colores amortiguados, retazos de cintas anchas, botonería de strass. Y Espina gritó imperiosamente á la rubia oficiala, que la miraba entre alarmada y respetuosa:
—Advierta al Sr. Paquín que aquí estoy...
La oficiala se precipitó por la escalera misteriosa, pintada de blanco, fileteada de oro. Entretanto, Silvio había suplicado á Espina: “Presénteme á sus amigas... Sólo conozco á la condesa de los Pirineos, y es fácil que ya no me recuerde... Acaso alguna se retrate...“ Y Espina, sin calor, había presentado: “El Sr. Lago, un joven artista á quien he conocido en Madrid...”
Bajaba el gran modisto. Silvio le miró con interés. No era un tipo afeminado: al contrario. De aspecto militar, bigotes marciales, ojos negros y duros, tez biliosa, se le podía llamar un buen mozo vulgar, asargentado. Su tiesura poco galante se humanizó ante Espina y las otras parroquianas, de la flor de su clientela. Sin embargo, se veía que la excesiva complacencia no entraba en sus hábitos, y que aquel empaque diplomático era lo único que llevaba como librea de distinción sobre su basta figura.
Espina, resbalando más bien que andando por la alfombra, se le acercó y murmuró:
—Señor Paquín, vengo con una pretensión muy extraordinaria... Que se olvide usted de los modelos que nos enseña desde el mes de Abril, y que me haga, para el baile de los Crouzat-Salvilly, algo inédito... Un traje en que el rubí...
El modisto, frunciendo el ceño, herido en su infalibilidad, respondió:
—¿Cómo? ¿La señora querría...?
—Algo inédito, he dicho... Y algo que me hiciese usted el favor de no reproducir en un par de meses, ni para expedirlo á Australia. Vamos, prense usted la imaginación...
—¡Oh! ¡Señora!—murmuró el bajá dignamente.—Espero que no necesitaré gran esfuerzo para encontrar algo delicioso... Indíqueme la señora Porcel su idea, y daré instrucciones á mis dibujantes, y someteré á la señora...
—¡Sus dibujantes de usted!—recalcó Espina.—¡Si están como los caballos de los fiacres! No, Paquín... Se trata del baile de los Crouzat, de algo serio, ¿eh? Me he traído el dibujante, el compositor, el artista en elegancia... Aquí le tiene usted. El señor, en este terreno, es un hallazgo, un tesoro... Me ha de dar usted gracias, y no ha de querer soltarle, así que pruebe sus servicios...
Sin saber qué responder—no estaba en las costumbres de la casa aceptar personal en semejante forma,—el bajá guardaba silencio, y Silvio, atónito al pronto, convulso de ira con los verdes ojos anegados en sombra, se lanzaba hacia la señora, atropellando exclamaciones:
—¿Qué dice usted? Pero ¿qué está usted diciendo?
—¿Qué le pasa?—repuso ella.—No sea usted niño, no lleve usted la modestia á extremo tal. Nadie ignora en Madrid las disposiciones de usted para la moda. ¿De qué se alarma? Le estoy situando en su verdadero terreno, y creo serle útil al recomendarle á Paquín. ¿Qué? ¿Lo toma usted á ofensa? ¡Bah! Bueno. No hablemos más.
La extraña escena había fijado la atención del grupo de señoras. Se entremiraban y miraban á Silvio, cuyo rostro, demudado, podía alarmar. Y la Villars-Brancas y la de los Pirineos, muy amigas, cambiaron expresiva ojeada, como diciéndose: “Aquí hay algo más de lo que sale á la superficie...”
Silvio se había dejado caer en una silla. Su respiración era anhelosa; una resaca violenta hacía palpitar sus hombros y su pecho. Espina se le aproximó. Le prodigaba explicaciones.
—Vamos, no sea usted así... Sobre que hace uno las cosas con la mejor intención... Pero vamos á ver: ¿qué tendría de particular que usted me dibujase un traje? ¿Es algún delito? ¡No sabe uno de quien echar mano para presentarse bien! Y usted, aunque se enfade, ¡viste tan divinamente! ¡Si viese usted, Sr. Paquín! ¡Sedúzcale con proposiciones, por si le restituímos á su verdadera vocación!...
El artista temblaba con todo su cuerpo; se torcía las manos para contenerse; sentía, con fuerza casi irresistible, la impulsión destructora, el ansia de abofetear, de herir, de gritar improperios, de hacer algo afrentoso, de proferir, como quien escupe: “Esta mujer que así me habla y yo...” ¿Qué se proponía Espina? ¿Qué monstruosa venganza era aquella? ¿Qué goce para su estragado espíritu? ¿Cabía bañarse así en el agua amarga del ajeno sufrimiento?
No se acordaba Silvio de que la indiferencia moral, el desprecio á la humanidad, de Espina, le habían parecido en Madrid sello de naturaleza escogida y artística, picante atractivo de su trato y su persona... ¡Cuánto daría ahora por beber la expresión de la piedad y la generosidad en unos ojos humanos! ¡Oh, Clara!
Se volvió, como si buscase... y encontró los ojos de la condesa de los Pirineos,—alta señora, encantadora mujer, que no ha sido muy bella nunca, pero tiene como nadie el aire de la distinción y dignidad social que prestan una biografía diáfana y el hábito de recibir el homenaje del respeto,—fijos en Espina con extrañeza y reprobación. Y la voz de la dama, mesurada, simpática, pero firme, pronunció, con ese acento sorprendido y algo irónico que manifiesta la censura entre gente de educación exquisita:
—Charmante, no insista usted, se lo ruego... Se ve que su concepto acerca de las aptitudes del señor Lago, á quien usted misma me presentó en su casa como artista de porvenir... ¿no se acuerda? en un almuerzo tan grato como todos los suyos, no está de acuerdo ni con los propósitos que á él le animan, ni tal vez con la realidad. El Sr. Lago aspira á otra cosa, y sus amigas—la Pirineos recalcó ligerísimamente la palabra—deseamos que las aspiraciones del Sr. Lago se realicen.
No respondió Espina sino con imperceptible mohín. No se atrevió á revolverse. Encogió los hombros, sonrió á medias.
Bajo la influencia de la emoción, Silvio se llegó á la Condesa, tomó su mano y la besó, murmurando:
—Gracias...
Después se inclinó ante las otras señoras del grupo, que, reservándose, habían asistido al incidente, y salió sin despedirse del modisto, el cual,—envarado y engreído, de pie entre los retazos de encaje, los muestrarios y los metros de gasa desplegada y arrugada por el jaleo de las demostraciones á las parroquianas antojadizas y hartas de trapo,—continuó oficiando de pontifical.
Los días que siguieron á este episodio, mejor dicho, los meses, fueron para Lago de lo más sombrío de su existencia. París se había quedado sin gente conocida; una calma provinciana aletargaba sus calles. El calor de Agosto, unido á las vacaciones, vaciaba la capital. Silvio, en su cuartito de la fonda, amueblado sucintamente, con lavabo, cómoda y percha, y del cual, según la detestable costumbre de los hospedajes franceses, no habían retirado alfombras ni cortinas, se consumía y achicharraba. En su aplanamiento, algunos días le faltaba resolución para trasladarse al taller. Además no podía gastar en modelo. Su escaso peculio se disolvía como azucarillo en el agua.
Valdivia y la Porcel recorrían entretanto castillos y playas, asistían á fiestas, se mecían en terrazas colgadas sobre puntos de vista maravillosos, oreadas por la brisa de mares azules, soñados. Así por lo menos se lo imaginaba, en su despecho, el joven artista, abandonado y burlado por los que le habían traído á Francia. Desde lejos se ve sólo el aspecto brillante y teatral de las existencias, y se oculta su elemento trágico, fatal. Acaso, en Madrid, gentes de la Sociedad de Acuarelistas ó del Círculo de Bellas Artes, cocidas en el horno de ladrillo matritense, fantaseaban sobre el tema del viaje de Silvio, y en vez de representárselo paseando con melancolía los malecones del Sena al atardecer, en busca de un poco de aire fresco, se lo figuraban libando placer y gloria, entre los halagos de la fama, en camino de la reputación universal, hacia cuyo templo le empujaban bellas ensortijadas manos.
En realidad, Silvio no podía decir que le sucediese ninguna grave desgracia. Traducido en prosa su contratiempo, era sencillamente la cebolla del verano, que alcanza desde el humilde obrero al industrial y hasta al artista. Los ricos—¡qué milagro!—se zafaban en busca de diversión y salud, á balnearios y costas: en los ecos mundanos del Fígaro había leído Silvio el nombre de Marbley entre los concurrentes á unas termas alemanas, donde también se encontraba Espina. Pensó si se habrían citado allí los dos antiguos cómplices. “¿Por qué no?”—se dijo, alzando los hombros. Y añadió para sí:—“Á poder, también iría... Ó sencillamente, me tumbaría á la sombra de mis cuatro árboles viejos de Záis, á recoger impresiones de paisaje, apuntes y tipos de las celestes Mariñas...”
La decepción se manifestaba en Silvio por ese afán de estar en otra parte, nostalgia del rincón natal, suspiro de “alas como de paloma”. Hay períodos en que, sin ningún suceso grave, el horizonte se cierra en niebla, y el suelo que pisamos se convierte en arenal abrasador. La dorada fantasía se convierte en la imaginación calenturienta, y todo se tiñe de obscuro, se baña en océanos de tristeza y desencanto.
Silvio veía á París como un Sahara. Ni los tesoros de los museos, ni los umbríos y afelpados parques, ni lo regado y perfumado de sus limpios jardines—la República los cuida regiamente,—ni el cuadro de su actividad persistente en medio de los rigores de la estación quitaban á Silvio la manía de que se encontraba, viajero rezagado de la caravana, en un desierto. Le oprimía la soledad infinita de los centros populosos, donde todavía no echó raíces nuestra alma. Creía Silvio perdida del todo su campaña en el extranjero, su carrera interrumpida... ¿hasta cuándo?
Con Espina, era evidente, no podía contar. No sólo no le ayudaba, sino que le aborrecía con el odio que engendran las decepciones humillantes; conspiraba contra él; se complacía y gozaba perversamente, con refinamiento torturador, en destrozarle. Ella misma—no podía ser nadie más—había provocado los tardíos celos de Valdivia, para robarle la protección eficaz del brasileño. Con cálculo pérfido, había traído á Silvio á París prematuramente, á fin de hacerle regresar á Madrid avergonzado. ¿Cómo ingresar en el taller de un maestro francés, allá en otoño, si no podía sostenerse, si no salían retratos, si las brillantes perspectivas eran espejismo puro?
Todo parecía decirle que en París no se improvisan ni fama, ni gloria, ni aun dinero. Rápidas surgen á veces las reputaciones; en arrebato de locura brinda sus labios la parisiense, pero en esto, como en todo, bajo su apariencia alocada, es reflexiva, tienen en cuenta muchos antecedentes. En un día salda cuentas de años. Parece caprichosa, y ha calculado... La parisiense no se deja sorprender.
La pérdida de la esperanza trajo á Silvio á un estado de entumecimiento, como parálisis de las energías orgánicas de la vitalidad. Extremoso, creyó tabicado el porvenir, y dió por cierto el fracaso de sus aptitudes; la vida destruída, terminada en la sombra. Rendido, pasaba horas enteras echado sobre la cama, sin ánimos para salir, arredrado por el calor creciente, asfixiante. Los rigores estacionales eran, sin embargo, pretexto; la verdadera causa, la rabia del intento frustrado. Hubo instantes en que la idea del no ser le halagó, como halaga la de dormir tras jornada fatigosa, en la cual se han sufrido ansias de agonía. ¡Dormir siempre! “Si yo temiese á esto—murmuraba para sí,—no sería cobarde: sería sencillamente necio, pues lo único tolerable es dormir... ó soñar.”
En medio del agotamiento de sus fuerzas, persistía un ansia que ya no era de gloria: era sencillamente—achaque de infelices—sed inextinguible de bondad humana, de entrañas compasivas. Empezaba por compadecerse á sí propio; se declaraba y reconocía enfermo, solo, abandonado, pobre, despreciado, en París, entre la indiferencia ambiente, la sordera espléndidamente cruel de una ciudad inmensa; y en su necesidad momentánea y egoísta de afectos, decidió escribir á cuantos creía sus amigos, para obtener de ellos una palabra cariñosa. Era de los que, aniñadamente, necesitan piedad y amor cuando se sienten tristes, sin cuidarse mucho de cultivar ese amor en los instantes de prosperidad. Como quien recuenta el dinero de su bolsillo, pensó en los que sincera y desinteresadamente le habían amparado: se acordó de las Dumbrías, de la Palma... y también, con añoranzas tardías, de Clara Ayamonte. Hubiese dado algo por sentarse á la mesa de las Dumbrías; por oir aquella palabra, á veces dura, siempre franca y llena de interés hacia los fines altos de la vida, de la famosa compositora. En un periódico francés encontró, por casualidad, un elogio de las Sinfonías campestres, el anuncio de que iban á ejecutarlas en un concierto, y se conmovió, como si aquello fuese para él distinción personal, halagüeña recompensa. Tomó la pluma y escribió á Minia, á la Palma, cartas extensas, íntimas: la de Minia, humorística y respirando por la herida, llena de caricaturas modernistas de la Porcel, representada por un vampiro con sombrero de plumas, ó una melusina, que entre el esbelto rebujo de las ropas saca su cola de serpiente.
Vino una tarde en que se resolvió á escribir á la Ayamonte. Era un billete extraño y breve, especie de desesperado llamamiento de un alma á otra alma. El billete le fué devuelto sin abrir, con lacónicos renglones del confesor de la novicia.—¡Era tarde!—frase en que la cronología responde de tantas irremediables desventuras.—Y, por otra parte, Silvio había trazado la carta sin objeto: ni se prometía ni ansiaba la respuesta, el perdón, que hubiera podido otorgarle una mujer de sentimientos menos serios, de alma menos encendida y noble. Para responderle, Clara le había querido demasiado, y quería demasiado ahora, con profundo y fiero amor, á su Esposo de allá.
Las Dumbrías, la Palma, tampoco respondieron. Minia se encontraba entonces absorbida por trabajos que no la permitían despachar activamente su voluminosa correspondencia; la Palma había emprendido el viaje de verano á Alemania, y las letras de Silvio no la llegaron, cargadas de direcciones y tachaduras, hasta un mes después. Silvio, impaciente, esperaba respuesta á vuelta de correo. No recibirla le pareció ingratitud, desvío y terquedad de su infortunio. “Está visto: nadie se acuerda de mí”.
Entonces le hostigó la idea de regresar á España. Pasaría el resto del verano en Alborada, con las Dumbrías, patriarcalmente, y á la entrada del invierno volvería á Madrid, seguiría haciendo retratos y retratos, hasta que se le cayese el dedo índice. Todo menos continuar en París sin utilidad y sin un solo amigo. Una tarde, en el bulevar, se puso, instintivamente, á seguir á dos transeuntes: un joven elegante, una señora entrada en años, que hablaban español. La conversación más indiferente é insípida: molestias del viaje, comodidades del hotel, detalles de una consulta médica. Silvio bebía, no las palabras, sino su sonido, la cadencia de la lengua patria. Se acordaba de discusiones con Minia Dumbría, que es patriota ardiente y tenaz; de alardes suyos de indiferentismo y cosmopolitismo. Se reía de su chifladura, y continuaba detrás de la señora y el mozo, hasta que en la esquina de la calle subieron á un coche.
“Para regresar á España, como para todo”—pensó Silvio—“se necesita dinero”... Hizo un balance, el fácil balance de los pobretones. Debía en su hotel más de doscientos francos de pensión, en el taller un mes de alquiler, y tenía disponibles quinientos francos por junto. No había medio de salir de allí. Por otra parte, llegado el momento de preparar la maleta, el anzuelo de París, del París todavía inexplorado y arcano, le enganchaba el corazón. Escribió una carta respetuosa y sincera al pretendiente al trono de Albania, manifestándole que Valdivia se había olvidado de cumplir su encargo abonando el retrato; y agregaba la cuenta, los dos mil francos, precio francés. Esperó con ansiedad la respuesta. Era posible y natural que se retrasase, pues las señas que habían dado á Silvio en la garzonera del pretendiente no eran seguras. Se comprendía que las facilitaban con cierto recelo. No siempre conviene decir por dónde andan los rondadores de coronas.
Mientras aguardaba, proyectando marcharse apenas recibiese el cheque, su afectividad, dolorosamente exacerbada, se concentró en lo único que tenía á mano. Bobita, la danesa, habitaba en el taller. La portera la mantenía, mediante un franco diario, quejándose siempre del feroz apetito del joven animal, que tragaba, decía la comadre, como un león. Silvio había convenido en que á Bobita nada le faltase: pan, leche, despojos de cortaduría... La perra medraba con rapidez asombrosa; su cuerpo cenceño, enjuto, largo, se cubría de fuerte terciopelo raso, color ceniza de cigarro fino. Su hocico fresco, que exhalaba aliento sano y tibio, se guarnecía de dientes como almendras acabadas de mondar. Tenía los ojos zarcos, preguntones, candorosos. En cualquier posición que adoptase había donaire y vigor, la vitalidad de la juventud animal, sin melancolías ni ensueños. Al entrar su amo, se lanzaba sobre él, juguetona y acariciadora, exigiendo que la entretuviesen, que la sacasen á pasear por ahí. Y Silvio, enternecido, prendado, la daba nombres infantiles, “Bobirrita, Bobirris, Bobitesoro”, y, con goce de abnegación, la sacaba á la calle, se encaminaba á sitios donde la danesa hubiese de encontrarse á gusto, y, á pesar de las apreturas de bolsillo, la compraba pasteles, galletas, bizcochos, un collar de cuero rojo con cascabeles de plata. Antes de despedirse de ella, en el taller, hasta el día siguiente, la besaba con locura la suave piel del hocico. La portera, para designar á Bobita, no decía sino “el amor”, y Silvio, al pedir su llave, preguntaba:
—¿Y el amor? ¿Me lo ha tratado usted bien, madama Laroche?
Así como al prisionero le bastan un jarro y una tarima por mobiliario, porque la desgracia ha reducido sus necesidades, á Silvio, en aquellas horas de desamparo, le bastó, para no languidecer del todo, Bobita. La perra ocupaba mucho, molestaba, imponía obligaciones; era, pues, capaz de llenar la existencia, más que si sólo divirtiese un rato con sus caricias locas.
Quince días después de echada al correo la carta para el pretendiente, cuando ya Silvio desesperaba, llegó la respuesta, con sellos austriacos. Era del secretario; contenía libranza de tres mil francos y las gracias más expresivas por el acierto con que había desempeñado Silvio su misión.
Por las venas del artista se derramó alegría; su depresión desapareció instantáneamente. “¡Cualquiera pensará que soy un codicioso!” Su dicha era tanta, que le costaba trabajo no bailar, no abrazar á la camarera; al fin lo hizo, bromeando, y mientras la sirviente protestaba y se reía, sacó del bolsillo cinco francos y se los puso en la diestra.
—Ahora creo yo—pensaba al bajar las escaleras—que este señor tiene derecho á la corona... ¡Me envía mil francos más!... ¡Rey, y muy rey, le llamo!
Con recursos ya, se borró—como se borran las ideas de los momentos obscuros ante la sonrisa de la esperanza—el propósito de regresar á España y refugiarse en una aldea. Alborada se esfumó entre lontananzas y brumas. “¡No vuelvo allá hasta ser célebre!” escribió á Minia, en respuesta á una postal de la compositora.
¡Quedarse en París! ¿Cómo se le había podido ocurrir otra cosa? ¿Qué fuerzas humanas le apartaban á él de aquel foco de fiebre artística? Quedarse, estudiar, esperar la vuelta de los emigrantes... Ya empezaban los bandos de golondrinas á acogerse al alero. En los bulevares, en el patio del Gran Hotel, en las aceras de la calle de la Paz, Silvio encontraba otra vez conocidas españolas, de paso hacia la frontera, que se detenían á hacer provisiones de trapetería para el invierno próximo. Algunas pensaban prolongar su estancia hasta que empezasen á afilar sus cuchillos los cierzos del Sena. Silvio aceptó dos ó tres invitaciones en restaurantes de fama. Lo que nadie le proponía, era un retrato. Se dió cuenta de lo mucho que había influído en el alza y hervor de su mercado de Madrid, la rutina que empuja á la sociedad á atropellarse en un mismo punto. No le preocupó ni mucho ni poco. Estaba en plena racha de entusiasmo y labor de otro género, labor libre. Como si la subsistencia asegurada le restituyese las vitalidades de la voluntad, se preparaba, por medio de fuertes sesiones de modelo, al ingreso en un taller magistral. Así como así, el dueño del suyo regresaría, y se le imponía el problema de no poder dar pincelada si no buscaba dónde trabajar.
Sus modelos—la hembra, una criatura delgadita, sin plástica, con algo de airoso y delicado en las líneas, la gracia parisiense, que se percibe hasta en la mujer despojada de sus ropas, y el macho, un guapo borrachín en la flor de la vida, no desfigurado aún por el abuso del alcohol—le referían indiscreciones de taller, rarezas de artistas famosos, lances de pingües ventas de cuadros, que no se colocaban en París, y que un cliente americano paga carísimos, llevándoselos inmediatamente en una caja de embalaje. Se veía que este aspecto lucrativo de la profesión artística era lo que danzaba en la cabeza de los pobres diablos de modelos, cuya existencia precaria se revelaba en la empobrecida constitución de ella, en los estigmas con que el alcohol, recurso contra el hambre, empezaba á marcar la cabeza hermosa, de Cristo rubio, de él. Á Silvio se le ocurrió aprovechar aquellas dos figuras para la composición de un cuadro religioso: una arrepentida, la Magdalena de hoy, semitísica, y un Jesús triste y grave, que, al perdonarla, perdona también á la humanidad, no porque haya amado mucho, sino porque mucho ha sufrido y sufre. Esta idea, la compasión de Jesús por la humanidad, simbolizada en una mujer consumida de privaciones, mostraba cuánto camino había andado el pensamiento de Silvio desde los tiempos en que las burdas y enérgicas reproducciones de una naturaleza sin alma eran su canon de hermosura. Como sucede á ciertas mujeres desatadamente soñadoras, que agotan las emociones de una pasión sin que llegue á saberlo el mismo que es objeto de ella, Silvio había agotado ya dentro de sí, antes de realizar obra alguna de cuenta, la virtualidad de una teoría estética, atravesando las landas del naturalismo y abandonándolas.
Ahora era un idealista, un moderno, y lo que perduraba de sus devociones antiguas, lo que practicaba con mayor fanatismo si cabe, era ese culto del dibujo firme, concienzudo, ahondado, que cada día prestaba mayor seguridad á su mano y mayores vuelos á su imaginación misma, en la cual la forma sensible de las cosas, lo concreto del espectáculo natural, se enriquecía y extendía, pronto á servir á la concepción ideal del poeta que siempre había existido en Silvio, y que se revelaba lleno de sentimiento y de efusión interior. Un Silvio nuevo surgía como la imagen sobre la placa fotográfica cuando la sumergen en el baño reactivo. Ya no aspiraba á la obra fuerte, al trozo de realidad: quería, en esa realidad, realizarse él también, derramar su propia esencia, dominar con su yo lo externo, penetrándolo.
—“Pero—meditaba—no es posible imponerse por sorpresa: antes hay que arar, ser buey, para poder ser algún día arcángel, como Millet ó como Moreau”.
Y borró el trazado del cuadro que pensaba componer con sus dos modelos: él, envuelto en una túnica blanca que parecía vestirle de luz; ella, esmirriada, devorada por la anemia, apagada en su ropa negra humilde, la misma ropa suya, de lana, muy traída y pobre, postrada á los pies del Salvador, mostrándole, no su ardiente corazón ni su rubia guedeja, sino sus pies descalzos y ensangrentados, como si dijese: “Mira cuánto he padecido, cuál es mi miseria, y perdona si he errado, hasta si he sido criminal”. Para fondo de esta página, Silvio pensaba estudiar la melancólica aridez de un arrabal trabajador de París. Pero no se atrevió, asaltado de escrúpulos de conciencia. ¡Un cuadro de composición! ¡Ridículas pretensiones! Dibujar, dibujar... Lo otro vendría: estaba seguro de ello, vendría á su hora...
No era, sin embargo, la modestia lo que cohibía á Silvio. No quería ser modesto. Sorda rebelión le alzaba ya contra el maestro á cuyo lado trabajase. Resolvía formarse á sí propio, no gastarse en vanas admiraciones. Se propuso tener sus númenes entre los ilustres del pasado; erigir altares á “lo que ha sido”, practicando, si le era posible, “lo que va á ser”.
En esta liberación interior, orgullosa, de Silvio, había algo semejante á un comienzo de envidia, de animosidad, porque otros ya habían llegado, y él... él no llegaría tal vez nunca... En el taller, solo, con la cabeza de Bobita descansando en sus rodillas, esta idea víbora se le enroscaba al corazón. “¿Y si yo no tuviese talento? ¿si, á pesar de mi vocación, de mi terca vocación, no tuviese talento ninguno?”
El taller, mal barrido por la descuidada portera, que siempre pretextaba quehaceres para ahorrarse trabajo, tenía ese aspecto decaído, ese velo polvoriento que influye sobre las imaginaciones vivas sugiriendo aprensiones de fracaso, de esterilidades del esfuerzo, de fatalidades lentas.
Los muebles rotos y mal encolados del artista que viajaba, desbaratábanse como si á propósito lo hiciesen. Los tapices eran jirones. Todo gritaba la penuria del dueño de aquel refugio. Silvio sentía, con la intensidad que adquieren las molestias minúsculas en la fantasía de los nerviosos, el peso de tanta mezquindad, y, cabizbajo, pensaba que ocuparía por muchos años un taller semejante, hasta el día en que... ¿Y si ese día no llegaba nunca? ¿si él era un frustrado, definitivamente un frustrado?
No se trataba de ningún imposible. Llegar á convencerse de que no hay facultades excepcionales, de que no se es un genio—este drama moral se representa diariamente, con un mismo espectador y actor.—De una generación artística, de diez ó doce mil muchachos que caen en París como la falena en la lámpara, ¿hay acaso cien llamados á saborear la gloria? ¿Y por qué había Silvio de ser uno de los ciento?
Soltaba entonces el lápiz; se tumbaba en el diván, manchado y desvencijado, del desconocido pintor en cuyos penates artísticos se cobijaba, y dábase á pensar, no sólo en su destino, sino—con tenacidad que él mismo calificaba de insania—en el de aquel individuo de quien no sabía cosa alguna. “¡Qué diantre! ¡Qué me importa! Así se lo lleve la trampa...”
Descuidando el estómago, que era como descuidar la vida, Silvio, en el nuevo acceso de pesimismo, no salía del taller, sosteniéndose largas horas con un pedazo de queso, con un bollo de pan.
Una mañana se sintió tan débil, en tal estado de depresión nerviosa, que se alarmó. Empezaba á notar con frecuencia—desde que se había propuesto observarse y consagrar sus fuerzas todas á rehacerse para entrar dispuesto y de refresco en la batalla—que sus estados de perturbación moral iban acompañados de trastornos correlativos en lo puramente orgánico.
Un miedo nunca sentido le acoquinaba; el de que pudiese faltarle, además del dinero, la indispensable salud; ¡la salud, un instrumento de trabajo más útil aún que la moneda!
Y á ratos se le figuraba baldía tal preocupación. Sus veinticinco años eran ó debían ser inagotable reserva vital. ¿Qué importa la debilidad de un estómago caprichoso y delicado? Enfermedad grave... muerte... Palabras vanas. No creía Silvio que realmente podía morirse. Ni siquiera quería confesarse que la emoción, la esperanza, la aspiración, en suma, el devanar de su espíritu, era justamente lo que disipaba aquel magnífico capital de juventud y de robustez que de la juventud se deriva.
Como quien nota la disminución de una suma en monedas de oro encerrada en un arca, Silvio comprendía que su vigor, que su resistencia mermaban á cada alternativa de calenturienta ilusión; pero no sacaba consecuencias de un hecho tan constante. No podía decir que fuese la decepción lo que le postraba; se gastaba también en los momentos de engreimiento; le rendía el breve transporte de un relámpago de confianza en sí mismo.
No pudiendo luchar con estas circunstancias ni trazarse un método, porque su situación era provisional y transitoria, aplazó, despreocupado. La previsión de la muerte no arraigaba en su espíritu, como no arraiga nunca en el de los que forman grandes planes y tienen demasiadas ambiciones, demasiados sueños, tela cortada para fantasear.
—Cuando me normalice de vida y de trabajo—pensó—me cuidaré mucho. Ahora... ¿qué más da?
Una carta,—un aguijón del destino, oculto bajo un sobrecito gris sellado con lacre blanco, exhalando el aroma de una composición demasiado conocida, que actúa sobre los nervios,—sacó á Silvio de sus fluctuaciones. La dirección mostraba la acaballada letra de la Porcel, letra sin personalidad, análoga á los palotes de todas las elegantes que han aprendido en los mismos colegios por iguales métodos, y que han suprimido, en la homogeneidad de la moderna educación, aquellas características patitas de mosca de antaño.
Espina, ¡cosa increíble, á no tratarse de tan extravagante mujer!, escribía una misiva casi tierna, mimosa. Se quejaba de la soledad y el ruido de los hoteles; se lamentaba de quebrantos de salud; hablaba vagamente de la inaguantable necesidad de consultar eminencias, de su insubordinación á prescripciones que la contrariaban en sus caprichos; ensalzaba la libertad “doblemente preciosa que una vida indigna de que nadie se preocupe de conservarla á costa de afearla y hacerla prosaica”—y en la postdata, al descuido, anunciaba su regreso á París hacia mediados de Octubre, época en la cual ya se ve gente y se podrá enseñar en debida forma cierto bello retrato á las amigas.—Al leer este párrafo, Silvio vió lucecitas en el aire; su corazón brincó como un cabritillo. El problema de París, resuelto. ¡La Porcel, mudable como la ola, le había perdonado y cumplía su antigua promesa!
Respondió en cuatro carillas llenas de zalamerías, de las que su índole, en algunos respectos femenina, le permitía engastar con la gracia de brillantes falsos en el marco de una miniatura. Era carta amistosa, y amistosa también la que contestaba; pero cuando entre corresponsales de distinto sexo ha mediado cierto género de conexiones, hay un dejo de reserva sentida y de insinuación inconfundible en la menor frase, en los giros, en los encabezados y finales. Silvio, temiendo á los celos de Valdivia, procuró componer su carta de modo que, muy rendida y agradecida, no transparentase la confianza material, la especialísima franqueza que engendran determinados recuerdos. Era la misiva, entre las de Silvio (siempre bien escritas, cultas, expresivas), un modelo de felino halago, de infantil abandono, de adulación quintaesenciada. Cartas así se captan los corazones. Pero Espina no tenía, puede afirmarse, lo que llamamos corazón, excepto para sentir la belleza más allá del mal y del bien, y acaso preferentemente más allá del mal, gozando la fruición de lo perverso, como se goza un sabor, un perfume, una asociación de líneas.
Loco de alborozo, Silvio se echó á la calle. Almorzó en un restaurant menos promiscuo que los bouillons, socorrido recurso de los flacos de bolsa; se invitó á media botellita de tisana, buena marca, y al salir del comedero había formado la resolución de emprender un viaje de arte, porque no iba á poder entretener de otro modo la impaciencia, los días que faltaban para el regreso de Espina, encontrándose hasta sin medio de dibujar, porque el dueño de su taller, ya de vuelta, le había dejado políticamente en la calle. Uno de los españoles tropezados en el bulevar, hijo de un banquero de Madrid, venía de Holanda y le había enterado de que allí se viaja baratamente. Aún no estaban muy escurridos los tres mil francos del candidato al trono. Silvio confió á Bobita á su camarero, y salió aquella misma tarde hacia Bélgica, provisto de un billete circular y algunos bonos de hotel.
No por necesidad afectiva, que sólo experimentaba en los momentos amargos, sino por no dejar evaporarse impresiones vehementes que hubiese deseado conservar intactas, Silvio escribió entonces casi diario y largo á Minia Dumbría, con encargo expreso de que no rompiese las cartas y se las guardase en un armario vetusto de Alborada, atadas con una cinta de seda, entre lesta y hojas de hierbaluisa, para reclamárselas alguna vez, como si fueran “otra cosa”.
IV
Intermedio artístico.
Bruselas.—Amiga insigne, este viaje es un viaje de muñecas. No se fatiga uno; casi no siente que se traslada, porque los trayectos son cortísimos. El más largo, de París á Bruselas, donde fecho esta epístola, dura cinco horas. Los otros serán expediciones de puro recreo.
Voy á darme un baño de maestros, un chapuzón de pintura seria.
¿Encontraré, entre estos grandes muertos, alguno lo bastante vivo para influir en mí, ahora, en este año de gracia, ó mejor dicho, en el que viene, y en el cual, es infalible, ha de fijarse mi orientación?
Porque es tiempo, gentil señora... Tengo veinticinco cumplidos; estoy en la mitad del camino—á los treinta se declina ya—y todavía no soy nada, ni sé qué va á ser de mí.
¿Se acuerda usted de mi última carta, tan desconsolada? Era una tontería; me apuraba sin motivo. Espina, ¡pobre enferma!, después de haberme arañado y mordido un poco, se apiada de mí, y á su regreso, que tardará unos días, el retrato será expuesto ante una “taza de crema”, ya que no ante la crema toda.
Esa crema me abre el apetito. ¡Ganar, ganar, comer, comer! La crema me gusta, por alimenticia.
Entretanto, como no puedo esperar tranquilamente, tan nervioso me siento (¿será cierto que soy un sistema nervioso predominante y agitado, un neurótico?), me he venido aquí, á recoger impresiones. Iba á escribir una bobería: iba á escribir que usted no puede figurarse lo que uno patalea cuando no encuentra dirección para su aptitud.
Yo tengo disposiciones. Corriente. ¿Con qué salsa las guiso? ¿Qué género va á ser el mío? ¿Cuál de los maestros va á ejercer sobre mí esa influencia primera de que no hay medio de eximirse, hasta que logre matarle dentro de mí, después de que con su ayuda salga á terreno firme? Quiero empezar por esclavo y acabar por rey.
Si viese usted cómo me hace cavilar y sudar todo esto...—Apenas llego á Bruselas... (No, no tenga usted miedo á descripciones; sólo de pintura pienso hablar.) Apenas llego á Bruselas, me entero de que aquí existe un Museo de las obras de un solo pintor contemporáneo, que no quiso vender ninguna; un pintor de mediados del XIX, Antonio Wiertz. Hállase el Museo instalado en el mismo taller del artista. Tales y tan extrañas cosas oigo de él, que corro á visitar ese Museo. ¡Un mundo de pensamientos me sugiere! Se compone de dos ó tres salas y una habitación donde, en alacenas, se guardan el sombrero y algunos objetos que han pertenecido al artista, el cual no murió viejo, y, según su retrato, tenía una figura romántica, con trova, à faire rêver.
Este paisano de Marbley empezó imitando á Rubens. Entonces pintaba, lo que se dice pintar, admirablemente. Hay un torso de mujer, desnudo, que es “un trozo” en toda regla; jugoso de color, justo y razonado de dibujo; inmejorable. Pero después de ser esclavo algún tiempo de la individualidad ajena, Wiertz, que deliraba por triunfar—¡como tantos, ay de mí!—quiso aislar la propia; y no sólo quiso eso, sino que se propuso llevar ventaja ¿á quién dirá usted? á Miguel Angel y á Rubens, el cual no pensaba; tenía pupila y carecía de cerebro... según dicen ahora.—Y nuestro Wiertz se echó á inventar símbolos y embadurnó lienzos, algunos colosales, llenos de extravagancias socialistas y pacificistas; El último cañón, La carne de cañón; Napoleón ardiendo en los infiernos, rodeado de espectros que le increpan; los poderosos de la tierra oprimiendo á los débiles, figurados por un gigante brutal, un Polifemo, que con sus patazas aplasta á los compañeros de Ulises... Todo ello parece pintado al fresco, á borrones desteñidos. Arrastrado por su delirio, Wiertz llegó á embadurnar cosas tan horribles y tan macabras, que no se enseñan sino á quien las quiere ver por un agujero, practicado en un cierre de tablas, que oculta el espantajo. Uno de los reservados es lo siguiente. Una cripta. En ella ha sido enterrado vivo un hombre. Consigue alzar una tabla de su féretro, y asoma entre el sudario una faz lívida y un ojo demente, y lo que este ojo demente logra ver es una calavera en el suelo de la cripta, y una enorme araña negra, velluda, que trepa por el cráneo...
Otra concepción, también de las reservadas, es una mujer, joven aún, que, impulsada por la locura, la miseria y el hambre, ha cortado en pedazos á un niño suyo de pecho y cuece en una caldera parte de él, mientras estrecha contra su corazón lo restante...
¿Qué opina usted? ¿Es esto artístico?
Mi pensamiento me traslada á Italia. Veo ese arte sereno, luminoso de belleza, griego bajo su cristianismo claro y floreal: el arte de los Luinis, los Peruginos, los Botticelli... y este belga tenido por genial me parece grotesco y ridículo. ¡Puf! Vámonos de aquí; huyamos de esta “galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas...”
Wiertz, en su período de “desarrollo individual”, pintaba, oiga usted esto, mucho peor que al principio, cuando quien pintaba por su mano eran los Maestros. Entregado á sí mismo, el colorido, la factura, fueron desapareciendo, y sólo hacía bambalinas á chafarrinones. ¡Y era un entusiasta nobilísimo, se privaba de todo, desdeñaba el interés, sólo vivía para el arte!
¿No es cosa de echarse á temblar?
¿Seremos chiquillos, que en cuanto los dejan solitos no hacen sino disparates?
Aquí tiene usted á Wiertz, á un hombre con innegable talento, con facultades de primera. Además, este hombre no era un mercader; tenía corazón de artista, aspiraba con infinita ansia. No se contentaba con seguir huellas. No era, sin embargo, capaz de pintar como un genio, y pintó como un loco raciocinador.
Y yo, que le escribo á usted esto, y que he salido del Museo asqueado,—yo no podré, probablemente, ni pintar así.—Tal vez no consiga ni disparatar de manera que salve mi nombre, relativamente, del olvido...
Amberes.—He vuelto á encontrar al amigo Rubens, más deslumbrador que nunca. ¿Se acuerda usted de la impresión que me produjo en Madrid, en el Museo, este tiazo?
Aquí me acaba de subyugar (sin serme tan simpático como antes, por demasiado sensual y carnoso). Ya la he enterado á usted de la transformación que han sufrido mis convicciones...
Pero, piense uno como piense, Rubens aturde y emborracha.
¡Qué orgías de color regio!
Regio es poco.—Rubens es imperial.
Amberes posee mucho de lo más sorprendente que pintó Rubens.
En la Catedral hay dos trípticos soberbios: el Descendimiento y la Crucifixión; en el Museo Plantino, infinidad de retratos—y en el Museo del Estado, un tesoro.—Estoy dominado, más que por las obras de Rubens, por su persona, por el conjunto de sus cualidades, por su temperamento de Titán. Su equilibrio me causa envidia. Ese sí que no padecía de neurosis. Le veo marchar entre una aureola de luz ardiente, echando chispas de fragua, forjando como un cíclope, sin caer nunca en la debilidad ni en el descuido.
Vea usted, Minia; esto es lo desesperante para mí. Por momentos, en París, he creído en la virtud infalible de la paciencia y del trabajo intenso. Pero hay otra cosa, superior á lo que se hace reflexivamente. ¿Pueden todos los esfuerzos y paciencias del mundo formar un temperamento de artista como el de Rubens?
No. Eso es obra de la naturaleza. Usted, con su catolicismo, dirá que de Dios. Bueno, de quien usted guste. De lo incognoscible.—¡Pintar así, con esta facilidad y esta felicidad; manejar el color de esta manera; producir esta sensación de realidad, cuando la inmensa mayoría de sus cuadros reproduce escenas que él no pudo ver, de las cuales no tiene el menor dato sensible, como son estas cristologías tremendas, este Cristo sobre la paja, del cual envío á usted una fotografía que nada dice—lo que hay que ver es el color,—y al mismo tiempo tener á la realidad sujeta, esclavizada á la individualidad! Porque Rubens grita desde lejos; avisa; planta su bandera. Yo creo á Rubens tan prestigiosamente rico, que en cualquier época del arte se impondría. Á todo era capaz de adaptarse, y en todo hubiese triunfado. Tiene hasta sentimiento, sentimiento católico, muy profundo. Su cuadro La última comunión de San Francisco se traga á nuestros místicos realistas, á los Ribaltas, á los Riberas, á los Murillos. Es la característica de Rubens, que se traga á todo el mundo, y que, donde hay un cuadro suyo, de los buenos, lo demás palidece, se desvanece.
Y sin embargo, en Rubens no hay esfuerzo penoso; no hay violencia de ningún género.
Tampoco hay transiciones de maneras, ni decadencias, ni arrepentimientos.—¡Semidiós!
Esto desespera: que nazcan hombres así, y no ser uno de ellos.
¡Pensar que Rubens, desde los primeros años de su mocedad, fué dueño de todos los secretos, encontró su estilo, su color, su hacer!
¡Y qué dignidad en este Emperador! Nada trivial, todo triunfante—porque con este colorido, estos azules, estos nacarados, estos plateados, estos violetas—no hay asunto repulsivo, no hay tristeza posible; lujo y fiesta todo.
¡Ay de mí! Rubens tenía lo que sospecho que me faltará siempre: acaso los temperamentos artísticos son estómago, sangre y vigor.
Por eso su pintura—vengo fijándome, desde Bruselas—me hace un efecto heroico. Heroísmo y elocuencia—las grandes cualidades de Rubens...
Para consolarme de no ser Rubens, y también porque necesito definir mi estética, empiezo á buscarle defectos al mago de Amberes. Le falta—¡vaya si le falta!—la distinción y el misterio de los italianos, de un Bellini, de un Luini. Gesticula demasiado...
¿No sabe usted lo que me pasa? Tengo aquí un amigo. Á mi lado, en la mesa del hotel, se sienta un viajero con el cual ligo inmediatamente. Es un joven periodista sueco, venido á estas tierras para remitir á su periódico noticias del movimiento socialista, que, según parece, es importante. Pero me ha confesado que el socialismo no le da frío ni calor, y que si los socialistas, sobre estropear la sociedad, han de aburrir á las personas inteligentes, entonces sí que no tienen perdón; que él escribe á su periódico lo primero que se le ocurre, para salir del paso; que lo interesante de Bélgica y Holanda son los artistas, y no concibe que nadie venga aquí á otra cosa que á empaparse de pintura. Dado este modo de pensar, el sueco, que se llama Nils Limsoe, y yo, nos hemos entendido como ladrones en feria. Nos juntamos para recorrer iglesias y museos. Noto, sorprendido, que no está á bien con Rubens, aunque reconoce su asombrosa personalidad. Él será lo que sea, un coloso... pero ¿quién le propondrá por modelo, quién ha de seguirle? Parece fácil de imitar, y no hay tal cosa. Parece que no hace nada, que trabaja según fórmulas vulgares y previstas; pero el caso es que sus discípulos, empeñados en sorprenderle los secretos, se quedaron tan lejos de él... tan por bajo...
Me sublevo.—¿Y Van Dyck? ¿Está Van Dyck muy por bajo de Rubens?
Limsoe se sonríe y murmura (conversamos en francés):
—Ya, ya... Es usted un apasionado de Van Dyck, y, además, la fisonomía de usted recuerda sus retratos... Van Dyck... Sí; es seguramente mucho más fino y elegante, y mucho menos teatral que Rubens.
Comprendo, en la indulgencia de la sonrisa, que no le llenan ni uno ni otro.
El Haya.—Limsoe y yo hemos acordado no separarnos, visitar unidos la tierra holandesa. Él escribe á su diario como si continuase en Bélgica—y ni visto ni oído.—Iremos, en comparsa, á el Haya, á Amsterdam, á Harlem.
Este sueco padece ataques de un entusiasmo frío, especie de iluminismo—como dicen que les sucede á los nacidos en países del Norte, cerca del círculo polar.—Yo diría de él que sufre vértigo manso. No sé por qué me recuerda, en sus arrebatos, en sus accesos, el célebre remolino de Poe. Lo cierto es que este mozo sabe muchísimo, sabe una barbaridad, de mi profesión; sabe, teóricamente, lo que los pintores siempre ignoramos. Le pregunto por qué su periódico, en vez de consagrarle á la sociología, no le dedica á la crítica artística.
—Porque—me responde—el arte interesa á pocos lectores, y la sociología, en mi patria, á todos. Ya escribo á veces, en una revista, estudios sobre los artistas suecos contemporáneos; allí me desahogo... pero me lee una minoría. Y como siempre les estoy diciendo que pintan demasiado aprisa, y por lo tanto, mal, no pueden sufrirme.
—Y Rubens, ¿no pintaba aprisa?—le objeté.—¿no hizo en diez días La pesca milagrosa? ¡Y cuidado que hay problemas resueltos en la tal Pesca!
—Rubens debía de ser un fenómeno, una fuerza de la naturaleza; además, ya sabe usted que entonces los discípulos ayudaban tranquilamente al maestro, ejecutaban trozos enteros de un cuadro ¡Vaya usted, en estos tiempos de lirismo, á insinuar solamente que puede ocurrir semejante cosa!
Visitamos el museo de el Haya. ¡Alerta! ¡Qué sacudimiento!
—¿No es raro—me pregunta el sueco—que un territorio y una división geográfica produzcan de una vez tantísimo pintor como produjo este suelo de Holanda en el siglo XVII?
En efecto, es cosa rara. ¿Por qué hay países que crían á patulea, en momentos dados, el pintor, el poeta, el escultor? ¿Por qué en España, determinadas provincias son las que dan artistas, sin que exista en ellas mayor estímulo que en otras? Los artistas, ¿somos una planta, somos un tubérculo, fruta natural del terruño? Alguna vez que hablé de esto en Madrid con Solar de Fierro, el buen marqués, muy inteligente en la práctica, pero muy ajeno á las teorías, me sostenía la vieja tesis de la superioridad de los países del sol sobre los de nieblas y frío, explicando así que la zona artística de España sea el Levante y el Sur. Y Holanda, ¿es acaso un país de sol?
¡Al contrario! Las humedades, las brumas, las tempestades de Holanda han hecho á sus paisajistas y á sus marinistas.
Mi sueco, inspirado en Taine, dice que lo que determinó este frondoso florecimiento de arte en Holanda fué la intensidad de la vida civil, las grandes transformaciones de la sociedad, el civilismo y el ciudadanismo de estos bátavos.
Son artistas, porque son ciudadanos, porque son comerciantes; pero, si no hubiesen sido artistas, ¿no podríamos sostener la tesis opuesta, que salieron ineptos para el arte por culpa de la ciudadanía y del tráfico? En fin, por algo un país pequeño, en corto espacio de tiempo, engendró tal hormiguero de pintores: Cuyp, Van Ostade, Terburg—¿se acuerda usted de los vestidos de raso blanco de Terburg?—Rembrandt—¿se acuerda usted de la luz de Rembrandt?; digo la luz, ¡ojo!, no digo el color—Van der Helst, Gerardo Dow, Berghem, Ruysdael, ¡qué paisajitos!; Pablo Potter, ¡ah, un tío tremendo!; Steen, Der Neer, Hobbema...—nada, gentuza—Vandervelde... Wovermans, el del blanco corcel... En fin, estoy aturdido. Me tienen vuelto tarumba estos diablos de pintores nacionales, no por nacionales, sino porque sólo retratan lo que los rodea, porque no adolecen de ideal ninguno—á lo sumo, como Rembrandt, de un ideal lumínico,—y no sueñan; copian lo que se les pone delante, reproducen indistintamente lo bonito y lo feo, y acaso más lo feo... Estoy literalmente hechizado, porque ¡esto fué lo primero que soñé yo, sugestionado con sus Sinfonías campestres de usted! Apoderarme con verdad y energía de una comarca. Eso debe bastar, y aquí basta, ¡vaya si basta! Se confirman todos mis presentimientos.
Mi sueco, mucho menos persuadido, me hace notar que estos pintores en nada se parecen á los realistas modernos, y si les conociesen, les despreciarían por lo aprisa que embadurnan. Los holandeses, copien lo que copien, se recogen, condensan, detallan con paciencia infinita.
—De los lienzos llenos de churretes y sin acabar de cubrir que hoy se permiten ustedes—declara Limsoe,—se reirían estos artistas á mandíbula batiente. Les parecerían la obra de un chiquillo ignorante: monigotes. La luz de estos pintores es contra luz. ¡Váyales usted con el aire libre moderno!
—Hoy pensarían como nosotros—le respondo.
—¡Nosotros! Pero si nosotros no pensamos nada fijo... Nosotros—digo, los que no nos confundimos con la muchedumbre—estamos á cien leguas de las rutinas de taller. Despreciamos la verdad. ¡La belleza! ¡He aquí nuestra bandera, por la cual moriremos!
Cuando habla así, el sueco está hasta guapo de entusiasmo. Le hago un apunte al pastel. Es moreno, y tiene unos ojos verdes, que relucen como los de un gato, fosforescentes, de mirada insostenible.
Noto en él animosidad furiosa contra los holandeses, que tan celestialmente—digo, tan terrestremente—pintan... ¡quién pudiese hacer otro tanto! No es esto lo que le puede contentar á él. Está á mal con la flema de tales artistas, con su materialismo pacífico, su falta de imaginación, su glotonería animal y su lujuria burda, la insipidez de sus asuntos, la atrofia de su sentimiento. “Los admito á ratos y me exasperan”—repite, pasándose la mano por la frente sudorosa, y suspirando hondo, como si le sucediese una gran desgracia.
Le vi particularmente rabioso ante una obra que me ha dejado con la boca abierta: el famoso Toro de Pablo Potter.
Ahí tiene usted algo que bastaba para mi felicidad; hacer una cosa así, un cacho de verdad por este estilo: nada, sencillamente un tajo de carne cruda; y luego... E poi morire, como dicen en esa Italia que Dios sabe cuándo veré.
Véase el ideal renaciente de este pintorcillo de rasos y encajes, perlas y rosas; véase, véase el bicho... Lo dibujo al margen. No es más; nada de composición ni de triquiñuelas. Ese buey, tranquilo, testarudo, ese animal, que impresiona como un numen antiguo, un Apis, me infunde hasta devoción.
¡Pensar que Pablo Potter hacía esto cuando contaba veintitrés años de edad, y que yo he cumplido veinticinco!
Mi sueco mira al Toro; al pronto no chista, no resuella; se diría que le falta, como á mí, la respiración; se lleva la mano al pecho, como si en él hubiese recibido un fuerte golpe; estriba en el compás de sus largas piernas; se afianza los quevedos en la nariz; frunce el ceño, siempre mudo. Al fin se desata, y empieza á poner defectos al Toro. ¡Defectos á miles! No los defectos que cualquiera ve, como la insignificancia del asunto, reparos de crítica intelectual, en suma, sino otros del orden técnico, en el cual—¡cómo reconoce uno cada día su ignorancia!—suponía yo al Toro impecable. Según Limsoe, Pablo Potter no sabía palabra del ejercicio de su profesión cuando pintó este buey. Así es que, sobre no estar concebido, está pésimamente ejecutado: hay en él trozos enteros que revelan inexperiencia pueril. Por lo mismo que en el lienzo se reconoce algo genial, debemos ser con él más severos. Son malos guías, son corruptores los que, como este Potter, parecen aconsejar á la juventud que estúpidamente reproduzca, para hacer una obra maestra, lo primero que se le pone delante. Yo me siento herido, como si fuese el mismo Potter, y nos enzarzamos en una discusión que degenera en disputa, llegando casi á injuriarnos. Á mí me da por sostener que justamente lo bellísimo del Toro consiste en no ser nada; una res bajo un firmamento; un sincero estudio, ajeno á todo tiquis miquis de intención sutil ó simbólica. Nos acaloramos; Limsoe me impropera; hace ademanes circulares, rasgantes, amenazadores... El conserje—que pasea tranquilamente por la sala próxima—asoma su faz rubicunda, de holandés flemático, y nos dice en voz pastosa algo que no entendemos, pero que será rogarnos compostura. Ve que no le hacemos caso, y chapurrea en francés el mismo ruego, acercándose ya decidido á la expulsión. Como me excuso, responde siempre plácido:
—Son frecuentes las disputas ante el Toro. Cada cual lo juzga á su manera.
Y se encoge de hombros. Yo me vuelvo hacia mi amigo, quien en presencia del mismo conserje, me tiende la mano, se atusa la cabellera amarillenta, rebelde y erizada, como la de los muñecos que sirven para las experiencias de electrización.
En fin, amiga insigne: ¡Pablo Potter, cuando pintaba mal, pintaba este Toro!
¡San Lucas bendito, San Amaro milagroso, hacedme pintar mal así!
Harlem.—Una escapatoria á Harlem, desde Amsterdam... Limsoe y yo nos vinimos con un pedazo de queso en el bolsillo, entre dos trenes, pues no queremos perder tiempo ni pasar la noche en Harlem... Cálculos de economía. No somos ricos ni mi sueco ni yo.
Al bajarnos en la estación, el periodista me cuenta que allí hubo un mar, un vasto mar, hasta fecha reciente, y que lo desecaron enterito; se lo bebieron en pocos meses, para evitar inundaciones y ganar terreno, donde establecieron grandes explotaciones agrícolas; y fué medida prudente, porque si ellos no se tragan al mar, el mar se los traga á ellos. Esta gente vive de milagro; por lo visto, el peor día pueden encontrarse con que las aguas sumergen á Holanda toda... Debían trasladar á sitio seguro los Museos. Lo demás, que se lo lleve el diablo.
¡Qué pérdida si una inundación sorbiese los Franz Hals!
Franz Hals... ¿Cómo se lo diría yo á usted? Franz Hals es... algo que me recuerda, sin que sepa explicar la similitud, á Quevedo y á nuestros novelistas picarescos. Habría quien reclamase para otros pintores holandeses este mérito; pero yo no puedo reconocerlo sino en Franz Hals.
¿Quién fué el imbécil contemporáneo nuestro que se imaginó haber inventado el realismo? Es tan viejo como el mundo, y el autor del Escriba egipcio no fué ni más ni menos realista que el autor del Lazarillo de Tormes ó que Franz Hals.
Voy haciéndome muy pedante... Todo se pega; Limsoe es pedante mortal de necesidad. No me deja vivir; me obliga á estar siempre razonando las impresiones bellas.
Bueno, pues, Hals... Óigalo usted... Hals... Me tiembla la mano... Hals... Agarrarse... ¡Hals pinta más que Velázquez...!
Más que Velázquez, ¡sí señora, no me vuelvo atrás...!
Es mano más experta (en la plenitud de su carrera, entendámonos), es mano soberana para la reproducción de todos los elementos plásticos, cabezas y accesorios. Menos tierra que en Velázquez. Pincelada más expeditiva y segura que en Velázquez, en el cual hay “arrepentimientos” inconcebibles. Acierto instantáneo. Ni fatiga, ni improvisación, ni prolijidad. Le digo á usted que estoy convencido de que éste es el Júpiter de la pintura.
Nadie le pone el pie delante; nadie pinta más.
Nadie dibuja más tampoco; ¡mentira!
¡La gente, pintada por Franz Hals, está viva, es de carne; sus cabezas tienen meollo, sus pies caminan!
Aquí triunfo yo de mi sueco. No puede ponerle á Franz Hals—en su buena época—defecto técnico ninguno, ninguno, ninguno; y ante esta perfección que parece increíble, se inclina; su recurso es refunfuñar.—“¡Qué nos importa la verdad! ¡Qué nos importa la misma perfección!”
Y le respondo en español: “¡Nos importa, caramba!” enviando un beso á una figura divina vestida de azul y amarillo verdoso, uno de esos Arqueros del Gremio, que hacen competencia á los inmortales Síndicos de Rembrandt. ¡Verdad santa!
Amsterdam.—Ya los he visto, ya he visto á los Síndicos. ¡Ya he visto la Ronda nocturna! No me llame veleta. Franz Hals, de quien tales cosas dije á usted en mi anterior, no llega á esto. Hace más... y hace menos. En fin, en Rembrandt—y aquí nos encontramos conformes mi sueco y yo—descubro algo que hasta ahora había buscado inútilmente en la pintura holandesa: la superioridad del artista, de su individualidad, respecto á la nación en que le ha tocado nacer.
Rembrandt no es “pintor holandés”, sino pintor del alma universal. Es decir, del alma universal... artística, alucinada, soñadora, apasionada de lo extraño.
La Ronda nocturna, examinada desde el punto de vista rigurosamente profesional y de factura, muestra flojedades que sería imposible registrar en un Franz Hals. Con todo eso, marea, confunde, sugestiona. Es tan particular el efecto de luz en este lienzo, que nadie sabe qué lo ilumina. Quién dice el sol, quién vota por las antorchas ó la luna. ¡Disputa baldía! Es la luz de Rembrandt, la luz que él lleva en sus pupilas de visionario. Limsoe lo asegura, gesticulando, sobando su rutilante cabellera escandinava: “Una de las cosas más innobles de la pintura moderna es querer pintar todos los artistas con una misma luz. La luz va dentro de nosotros”. Rembrandt, fulgurando desde la sombra transparente, da la razón á mi compañero de viaje.
No lo digo sólo por este cuadro. Todos los Rembrandt que voy viendo, y los que he visto en París y en Madrid, me subyugan por esa condición, que algunas veces poseyó Goya; porque emiten una claridad que no es la natural; porque son luciérnagas. Rembrandt traza una figura completamente ensombrecida, y por cima de esa sombra sin opacidad frota ligeramente un rastro iluminado, un destello misterioso que procede de una cabellera, de una vestidura, de unas joyas. Es algo irreal, y sin embargo, el cuadro está lleno de verdad. Para mí, lo mejor de Rembrandt son sus figuras de espléndidas judías, de rabinos fastuosos, vestidos de un brocado que alumbra.
Y á mí no me vengan con que la Ronda nocturna es Ronda diurna. Rembrandt sólo pintaba la noche. Es su inspiración una gran mariposa negra.
¡Qué pintor tan divino!—Perdóneme Hals. ¡Voy creyendo que ni por ser tan perfectamente dueño del secreto de la factura! Con Rembrandt y Hals me sucede lo que me sucedió con Velázquez y Goya: Goya mató á Velázquez dentro de mí. Está visto; hay en nuestras almas exigencias sin razonar que acallan las de nuestra razón.
Á Rembrandt, á Goya, no se les puede meter en el potro del sentido común, aunque los dos sean, quien lo duda, dos realistas. No hay que irles con preguntas tontas. ¿Por qué ha hecho usted esto? ¿Qué significa tal figura? ¿Cuál es el verdadero sentido de esta escena? ¿Por qué concentra usted los claros en la vuelta de la hopalanda de este personaje? ¡Dios mío! Hay que ser muy duro de pellejo, muy boto de sentido, para no sentir á Goya y á Rembrandt. Los dos aguafuertistas son dos brujos, y cuando les da la gana, salen montados en su escoba á recorrer el cielo ó el infierno.
¡Bah! Si se lo propone uno, demuestra por a más b que Rembrandt no sabía pintar... Es decir, que pintaba imperfectamente. Amiga mía, pensando en estas cosas que tanto me interesan, que son las únicas que me interesan en el mundo, que no concibo que interesen otras, temo volverme loco. Rembrandt y otro pintor que yo no conocía, Van der Helst, un rival que forma con él un contraste despampanante, vienen á dar golpe certero á los principios á que me había agarrado, y según los cuales pensaba dirigir mi carrera.
Escúcheme usted y dígame si esto que discurro es un desatino...
Si el trabajo es la condición del triunfo artístico, como creí en París; si ese lauro lo conquistan la regularidad, el método y el continuado esfuerzo, entonces... Rembrandt no hubiese hecho nada. Y en efecto, como labor concienzuda, hizo poco.—Asegura Limsoe que era un bohemio, que murió en la miseria, que vivió entre judíos prestamistas, anticuarios encubridores de robos y piraterías, corredoras de alhajas, zurcidoras de voluntades, posaderos, bebedores, gente de la hampa, y que las personas de cuenta le volvieron la espalda porque sus retratos no se parecían ni chispa, mientras los de este Van der Helst, que ocupa en el Museo de Amsterdam el lugar fronterizo á Rembrandt (haciéndole la competencia después de muerto, como en vida), hablaban, eran la misma persona fija en el lienzo. Este Van der Helst—ya le había visto en Harlem, no renunciando á codearse con Franz Hals,—no sé si diga que en cuanto á pintar, pintar con la mano y con la vista, no tiene que envidiar nada á nadie. Su ejecución es un prodigio. ¡Qué caras, qué manos, qué trajes de paño y de seda, qué bordados de plata, qué copas de vidrio, qué limones, qué estandartes, qué corazas, qué valonas, qué cuellos de encaje! Es la realidad; gente que tenemos ahí delante, con su edad, su figura, sus humores, hasta los achaques que padecían. Dan ganas de tocar ese paño, de arrugar esa seda, de dirigir la palabra á esos buenos oficiales de la milicia ciudadana de Amsterdam. Y aun ahora, si cierro los ojos, estoy viendo un portento de abanderado joven, muy guapo, vestido de tisú blanco, elegante, arrogante, ¡que debió de trastornar tantos corazoncitos! No es pintura; es el abanderado. Respira. Galantea.
Bien; pues calculo yo que á esto se podrá llegar con energía y trabajo, si se tienen algunas condiciones naturales; sí, se puede llegar, como llegó Van der Helst (que, sin embargo, no es lo que se entiende por un gran pintor) á pintar mejor que Rembrandt. Pero á ser Rembrandt, ¿cómo se llega? ¡Qué demonio! Siendo Rembrandt.
Y á los que no lo somos, y, en nuestro satánico orgullo, tendríamos por desgracia ser Van der Helst, el que pinta estas manos, estos ropajes y estas caras... ¿qué nos resta?
¡Pegarnos un tiro!
Así se lo digo á Limsoe.—Él me aquieta con una especie de murmurio afectuoso, dándome palmadas en los hombros y dedadas en la sien. Me va cobrando cariño este sueco. Los extranjeros, al pronto, no parecen cordiales; pero apenas se establece confianza...
—Note usted otra verdad muy curiosa—exclama.—Que la originalidad del asunto falta casi siempre en las obras maestras (excepción, su Quijote de ustedes, que no tiene antecedentes, ni tradicionales ni literarios). Mire usted los cuadros de Rembrandt. Su famosa Lección de anatomía, á la cual tantas significaciones se le han atribuído, es un tema tratado por infinitos pintores antes que él. Tampoco el pensar antes que nadie una cosa vale ni sirve. El toque está en pensarla, y, sobre todo, en expresarla de una cierta manera...
—¡Que yo no sé cuál es!—fué mi triste comentario.
Brujas.—Aquí estoy, en Brujas la Muerta; y tengo mucho que contar.
En primer término, mi conversión al catolicismo. He renegado de la pintura protestante; de esa pintura de género, civil, anecdótica y nacional; y después, las confidencias de Limsoe, que en el tren—en el tren la gente se vuelve muy expansiva, con sujetos que no hemos de volver á ver probablemente,—me confía (después de renegar de los trenes holandeses; los suecos son los mejores del mundo, los mejor suspendidos, parece que se va en trineo)—el secreto de su vida y sus convicciones estéticas.
Limsoe está triste á ratos, y no dejará de estar triste nunca, porque, sin querer, disparándosele un arma de fuego, dejó ciego á un hermanito suyo, á quien adoraba; y Limsoe, dentro de su santuario de arte, es... prerrafaelista.
¡Acabáramos! ¡Cómo había de entusiasmarle Franz Hals!
De su desgracia y sus remordimientos habló poco, en frases cortadas; después bajó la cabeza, me apretó la mano, y le vi una contracción en la cara, tan dolorosa, que parece seguro que este hombre no se consolará.
En cuanto á su prerrafaelismo, lo predica con unción religiosa. Espera catequizarme.
Me ha contado los orígenes de la escuela, de los cuales, á la verdad, á pesar de ser para mí obligatorio no ignorar esas cosas, ni la menor idea tenía.
¡Qué demonio! los prerrafaelistas son como los duendes; todo el mundo habla de ellos, y nadie los ha visto, al menos en Madrid y París. Sus obras andan tan desparramadas por galerías inaccesibles, en países lejanos, que únicamente mediante la fotografía y el grabado se pueden conocer... mal.
Pero Limsoe dice que lo capital de esta escuela no son sus obras, á pesar de una gran belleza, sino sus teorías, que resumen el Evangelio del arte. Por la doctrina estética, los prerrafaelistas han abierto tanta huella en el mundo.
Eternos son ya los nombres de Holman Hunt, Millais y Dante Gabriel Rossetti. Fueron iniciadores, y fueron sobre todo poetas; sintieron, se elevaron.
Hicieron estos tres muchachos lo que infinitos hacen sin que les dé fruto: asociarse, fundar una Revista, y formar un cenáculo. Algo tendría esta escuela, que ha salido á flote, entre tantas como naufragan sumergidas por el ridículo.
No se lo escatimaron á ellos, pero su teoría era una perla que ningún malandrín podía cubrir de barro. ¡Las miserias, los atropellos, las impurezas de la labor de los modernos pintores, les enseñaron que era preciso volver á los cuatrocentistas, artistas que profesaron el respeto y la dignidad de su arte como fervoroso culto! Pintar devotamente, con la pulcritud de los místicos, con su atención grave y sostenida, sin manchones ni pinceladas rápidas, respetando lo escrupuloso del deber y lo tierno y cándido del amor... Pintar santamente, y si no, no pintar... ¡porque sería indigno!
Ser santo, y á la vez elegante y superior al vulgo, ¿no es un ideal altamente estético?
Y esto sólo se hizo antes del triunfo de Rafael. La prueba de la corrupción del arte, que sigue á Rafael y á Rubens, es toda esta pintura holandesa. Pintura de zafios, de borrachos, de glotones. ¡Gente que se retrata de sobremesa! ¡Gente que se retrata despedazando un cadáver! ¡Gente que la reproducen devolviendo el vino que bebió! ¡Puach!
Limsoe se indigna, echa lumbres por sus ojos de gato rubio, y prosigue:
—Se burlaron mucho de los prerrafaelistas, y alguno de ellos, descorazonado, no anduvo lejos de plantar la pintura y largarse al Canadá á labrar una granja... Vino en su auxilio Ruskine, y gracias á él no fracasó el movimiento, y sus iniciadores obtuvieron el respeto y la atención de su época. Cada uno de los tres artistas se abrió paso, pero, á mi ver, lo envidiable es el destino de Rossetti. Se obscureció á medida que crecía: cada día tuvo menos público, y ese público, más rendido, le adoró más. Cada día, los aficionados que adquirían sus obras fueron más escasos, más inteligentes, más veneradores y más ricos. Y cada día vivió más inaccesible al vulgacho. Es el mito de las Sibilas: cuantas más hojas de sus libros se quemaban, más valían las restantes...
Sin embargo, estos elegidos tienen su descendencia: no demasiado numerosa, porque la misma substancia de la escuela repugna á lo numeroso; porque, para entrar en las filas del prerrafaelismo, se necesita conciencia, humildad, comunión diaria, ser puro, ser hermoso por dentro...
El sueco hablaba así; y de pronto, encarándose conmigo, fijándome con sus ojos de felino dulce é hidrófobo alternativamente, susurra:
—Desde que conozco la verdad en la belleza, no he cometido pecado impuro; huyo de la mujer como de un abismo; mejor diría, como se huye de una charca cuando se va vestido de blanco...
Lo confieso, amiga; en vez de quedarme edificado, el latino malicioso que hay en mí se echó á reir á carcajadas... El sueco no pareció desconcertarse por esta gansada mía. Hizo un movimiento de hombros resignado, encontrando natural mi escepticismo, dada mi falta de iniciación, y con sencillez infantil prosiguió su conferencia. Yo entonces, avergonzado, le pedí excusas.
—No he debido—confesé—reirme de eso que usted me cuenta, puesto que, al fin y al cabo, si yo no llego al extremo de abnegación de usted, el sueño de mi arte me domina hasta tal punto, que me ha privado de la facultad de amar. Y no he amado, ni amaré.
—¡Eso es peor, más duro, más terrible!—exclamó Limsoe.—¡No saber amar! Yo no estrago mi vida, yo evito enlodarme, pero... pero amo, amo de un modo sagrado, y ¡es delicioso amar así!
Sus ojos de esmeralda clara se perdieron á lo lejos, en un vago añorar de cosas tal vez amargas, tal vez divinas.
Luego prosiguió:
—Hoy, se me figura que el respeto de todos y la admiración de las generaciones nuevas rodean á la escuela prerrafaelista... Hay ya en torno de ella una leyenda de gloria. Entre sus discípulos está el excelso Burne Jones, que ha hecho revivir, en nuestra edad prosaica por bastantes estilos (pues se ha empeñado en que posean todos los hombres, no lo bello, sino lo útil), ha hecho revivir, digo, la edad de la caballería, el sueño de la humanidad con alas... ¡Y qué artista admirable es ese discípulo! ¡Qué sentimiento! ¡Qué piedad! ¡Qué nobleza! ¡Qué altivez escondida en esa pintura tan delicada! ¡Qué variedad, sobre todo! Porque usted habrá oído repetir por ahí—¡la muchedumbre no sabe juzgar de otra manera!—que los prerrafaelistas son monótonos. ¡Cada uno de estos grandes estéticos tiene su estilo peculiar! Holman Hunt es más religioso (aunque todos son religiosos, y no se puede ser gran artista, digo artista del ideal, sin religiosidad); Rossetti... le gustaría á usted más, porque es un poeta encantador, de imaginación católica, y tiene algo de la iluminación y del don amoroso de los artistas primitivos franciscanos.
Objeté que ya es vieja la escuela, que ha transcurrido tiempo, sin que haya logrado hacerse popular.
Me replica mansamente, con fervor de neófito:
—Ha estado en la penumbra; es una de sus grandes fuerzas. Desde la penumbra ha irradiado sobre las almas exquisitas, sobre las conciencias de los artistas que la tienen. Una corriente gemela de la prerrafaelista ha producido la inspiración del inefable Wagner. En el arte digno de este nombre, en el arte que no da náuseas, no hay sino religiosidad, religiosidad, caballería andante, alma en busca del cielo... ¿Sabe usted cuál es la última palabra del arte? La misma del amor: el éxtasis.
Lo que sacó de sus casillas á mi sueco fué que yo le dijese, sin mala intención:
—He oído que los prerrafaelistas son unos histéricos, unos degenerados.
Se puso rojo. Le había herido en lo vivo. Pero, por lo mismo que es un convencido, no hizo explosión. Se limitó á pronunciar, conteniéndose valerosamente:
—Sí, conozco todas las críticas, algunas infames, que se han dirigido á la Confraternidad y á la Escuela... Los dogmas prerrafaelistas no están cortados á la medida general. Por largas que sean las orejas de asno de los críticos, el dogma va más lejos. No hay que preguntar quién ataca al prerrafaelismo y al fecundo movimiento que ha salido de él. Son los descendientes de aquel farmacéutico de Flaubert, los representantes de la llamada razón... ¡La razón! ¡Que el Maelstroom se la trague!
En este anatema andábamos tan conformes, que repetí, como brindando:
—¡Que el Maelstroom se la trague! ¡Amén!
Y en esta hermandad de deseos llegamos á Brujas la Muerta... No tenga usted miedo de que le coloque la descripción; ya sé que está usted al corriente, que ha leído á Rodenbach.
No; lo único que le diré á usted es que aquí he tenido el gusto de ser presentado al señor de Memling... y que me encuentro en un estado de ánimo que no sé si atribuir á la sugestión de este maniático de Limsoe ó á los efluvios de la ciudad (reléase á Rodenbach), y noto que involuntariamente pienso y juzgo casi como el sueco. Me acuerdo de mis pintorazos holandeses, de sus comilonas, de sus trapatiestas y fumaduras, kermesses y tabernas; de los burgueses empavesados con trajes de gala, de su realidad, de su tremenda verdad, y... siento la náusea, el esguince. ¡El alma me pide otra cosa!
Esta otra cosa es Memling.
¿Será cierto que el artista murió en un convento de España? De todos modos, nuestro misticismo no se parece al suyo.
¡Qué detalles, qué flor de sentimiento, qué novela caballeresca es su Urna de Santa Úrsula! No acierto á decir si revela un devoto soñador ó un poeta con corazón de niño.
Sobre la historia de la santa, narrada en los tableros del divino cofrecillo, se puede hacer un largo poema. Ahora comprendo mucho de lo que mi amigo me decía en el vagón. El sumo arte asocia lo religioso y lo caballeresco, y salva á la religión, por medio del arte, de los impuros contactos de la multitud. Si me acuerdo de la Santa Isabel de Murillo, y la comparo á esta Urna, me defiendo mal contra el desdén de obras que admiré mucho.
No cabe duda: los Velázquez y los Franz Hals han pintado asombros; pero ¿pintaba peor, en su estilo, Memling?
En el mismo Hospital de San Juan, tan sugestivo, tan callado y recogido, donde nos enseñan la leyenda de Santa Úrsula, vemos unos Desposorios de Cristo y Santa Catalina, en que hay dos figuras insuperables: la Santa Catalina y la Santa Bárbara. ¡Se descubre allí la firme resolución del artista de no conceder su pincel sino á cosas bellas, ilustres, ricas de forma y de materia; de no reproducir sino caras redimidas de la miseria humana, vírgenes que son reinas ó emperatrices, y bajo cuyos pies la impureza, la bestialidad y la violencia no se atreven á desatar sus ondas de fango!
Esta parrafada es de Limsoe ante el cuadro de los Desposorios... “Vea usted qué dos santas esas. Escogidas, ¿eh? No crea usted que están ahí por casualidad, por antojo. Son las dos santas filósofas que desdeñaron las bajezas materiales del paganismo y entraron en el Cristianismo por amor de la pureza, pero sin renunciar á su elegancia artística, sin confundirse nunca con los ascetas groseros. Á Santa Bárbara en su torre, á Santa Catalina en su palacio, se las puede uno representar leyendo un tratado de psicología, coronadas de perlas, veladas de gasa, con manos tan lilíales como esas que ve usted ahí, las de Santa Catalina; las que tiende al anillo del celeste Esposo, y que son la perfección de la belleza en una cosa ya tan bella como una bella mano de dama.”
Me acordé de la medalla de Santa Catalina que posee Solar de Fierro, y, asociando memorias, me avergoncé de haber pensado un día que se puede hacer un cuadro con la Recolección de la patata. Me desprecio, me desprecio; pequé, pequé... ¡Vengan vírgenes de talle largo, vengan paladines, renazca próximo á sus fuentes el sentimiento, el romanticismo aristocrático y medioeval! Sí, señora; todo esto quiere decir que me voy volviendo romántico, que me saltan dentro manantiales que ignoraba, y que si por casualidad, hace dos años, me pongo á trabajar en Madrid, con el espíritu de un fauno brutal dentro de mi cuerpo y guiando mi mano inexperta, ¡oh! ¡ah! ¡nada, que yerro la vocación!
Gante.—¡Última carta! Es decir, última carta de este viaje. Porque retorno á París en busca de cosas innobles y prosaicas, el alpiste, el gabán de invierno.—Aquí ya Limsoe y yo estamos arrecidos, aunque nos abriga el fuego de nuestras mágicas ilusiones.—Y hemos arrostrado la emoción suprema... ¿Suprema por qué? ¡Justamente esto no se razona! Limsoe lo reconoce... á pesar de su chifladura, que en parte me ha pegado.
Si no fuese que hemos remontado la corriente del arte, que subimos de los holandeses relativamente recientes hasta los inventores de la pintura, y que, por lo tanto, nos cumplía ver á Memling antes que á Van Eyck, era justo haber guardado la apoteosis final para este Memling, que es el puro entre los puros, el serafín. Él es quien ha convertido á Eva la contaminada en Beatriz la celestial. En Van Eyck se encuentran mujeres hembras, lo horrible del sexo, mientras Memling sólo nos presenta princesas Delgadinas como las del romance popular, azucenas entreabiertas sobre tallos que ninguna mano tocó...—Así poco más ó menos razona Limsoe. Juntos entramos en la catedral, San Bavón... El sacristán, agitando su clásico manojo de llaves, nos guía de aquí para allí, no nos perdona varias capillitas, nos fuerza á tragar los Crayer y los Van der Meer... Mi sueco me da al codo, me hace guiños y señales de impaciencia y de protesta contra obtusidad semejante. Por fin nos permite el sacris (después de hacérnoslo desear bien) acercarnos á lo único que buscamos, el tríptico titulado El Cordero Místico.
Por el trecho que media entre el hotel y la catedral, Limsoe me había explicado detenidamente muchas noticias de este tríptico (que es fácil que usted sepa también, á menos que las haya olvidado de puro sabidas). En primer lugar, el capricho violento que inspiró á Felipe II (lo cual no deja de extrañarme, porque debemos suponer que si Felipe II tuviese tal antojo, no dejaría de satisfacerlo); los peligros que corrió de arder ó hacerse astillas; cómo lo escondieron, porque un Emperador se escandalizaba de la desnudez simíaca del Adán y la Eva; cómo es ya difícil saber lo que allí resta de la labor de los hermanos, porque, al menos, dos paineles consta que no son los originales... Después de todos estos antecedentes, que debieron prevenirme en contra de la obra de los Van Eyck, apenas me paro ante ella, quedo en un estado de arrobamiento, que ahora conozco que no me ha causado ninguna otra creación artística.
¿Es que pretendo que sea lo mejor de cuanto he visto? No. Probablemente es que está, en este momento, más relacionado con mi sensibilidad especial, en que tan singular transformación viene produciéndose. Habrá que explicarlo así; si no, no se explicaría.
Desde luego se trata de una obra maestra; eso no se discute; pero, además, es la obra maestra de este momento de mi vida...
¿Qué pasa en mí?, dirá usted. Sería á veces doblemente curioso verse á sí mismo, verse en plenitud de sentimiento, que ver á Van Eyck ni á Franz Hals.
Bueno; el caso es que me he puesto como loco ante El Cordero Místico. Por supuesto, que sólo hicimos caso del painel central todo de la mano de Juan Van Eyck.
¿Cómo se lo describiría á usted?, porque aquí no valen ilustraciones ni monos fantásticos. De esta clase de pintura no se puede decir que esté bien ó mal dibujada, que sea ó no preferible su colorido á su diseño... Diseño y colorido son inseparables y no podrían modificarse en un ápice, dada la perfecta y sublime unidad de la intención del artista.
Es preciso no callar nada. Si se ríe usted... mejor; ríase cuanto quiera; no me enojo. Figúrese que el sueco y yo, que estábamos de pie y cogidos maquinalmente del brazo, trocamos una mirada, nos entendimos, y muy poquito á poco, sin soltarnos, arrastrándome él y yo cediendo, doblamos las rodillas, y así de hinojos sobre la tarima del altar nos estuvimos un cuarto de hora, veinte minutos. No sentíamos lo incómodo de la postura, y devorábamos con la alzada vista el cuadro. Nos lo queríamos meter más allá de los ojos y los sentidos. Nos apretábamos las manos de tiempo en tiempo, furtivamente.
Y la del sueco tenía corea, y sus ojos eran un lago verde, en que había el misterio de las aguas dormidas, pero electrizadas...—Vamos, ya escribo como en el manicomio. Todo se pega, y las sugestiones artísticas, en mí, hallan un sujeto admirable.—Sin embargo, no fué allí donde nos comunicamos mejor y nos convencimos del cambio de nuestro sér. Fué de noche, después de comer juntos por vez postrera, con la efusión de afectividad que trae consigo la certidumbre de que dos personas no han de volver á verse hasta sabe Dios, á lo sumo después de mucho tiempo, cuando ya el placer de estar juntos se haya disipado, sin culpa de nadie, por la ley de las cosas...
—¡Pero qué divino!—exclamaba el escandinavo.—Cierre los ojos. ¿Lo ve usted bien? Ya no es el fondo de oro de los bizantinos: he ahí el arranque, la iniciativa de los Van Eyck, relacionada con sus nuevos procedimientos de pintura, y que la hizo humana, sin quitarle lo celestial. ¿Ha visto usted aquel campo virgen, aquella primaveral vegetación, que es la misma de las campiñas de Flandes, y que el artista reprodujo tallo por tallo y salpicó de innumerables florecillas que parecen también vírgenes, impregnadas de un rocío tan puro?
—Sí, lo estoy viendo y lo veré toda mi vida. Aquella ciudad que se percibe en último término...
—La Jerusalén celeste—responde el sueco, perdida su mirada en el vacío,—la Jerusalén celeste, patria de las almas. Ese cuadro, entre sus condiciones asombrosas, cuenta la de ser cifra perfectísima de un todo, de una ley universal, y es superior á la Divina Comedia (que tiene igual asunto), porque mucho más sintéticamente, sin las crudezas de mal gusto y la brutalidad pasional del Infierno, nos presenta esa ley: la concepción religiosa íntegra. Encierra la revelación y la redención, la Iglesia militante y la triunfante, y para producirnos la emoción más honda no necesita recurrir á ningún elemento dramático bastardo, sino á la simbólica en toda su noble serenidad y hermosura.
—¡Y de qué manera está hecho!—exclamé.—¡Con qué prolijidad sin pesadez están pintadas aquellas hierbas mullidas, bien olientes, los bosquetes de rosales, mirlos y naranjales en flor, las procesiones de figuras, los mártires, las vírgenes, con sus ropajes semi-azules, semi-rosados como bañados por los reflejos del éter y de la aurora! ¡Y las vestiduras que despiden majestad, y las caritas llenas de unción de esos personajes espléndidos, profetas, patriarcas, apóstoles, papas, obispos, emperadores de leyenda, solitarios y peregrinos, á quienes guía San Cristóbal! ¡Y los ángeles soñados, que hacen guardia á la Fuente de la vida, aquel surtidor tan cristalino que cae en un tazón de mármol, y al Cordero, al cándido Cordero!
Callamos un momento, incapaces de expresar lo inefable con palabras siempre áridas y pobres, y el sueco, recobrando primero el uso de la palabra, me balbuceó:
—Voy á confiarle... Porque ya nos separamos, y en usted he hallado casi un hermano... Yo no habré visto en balde correr el líquido sacrosanto que llenó el Grial, yo no habré contemplado estérilmente el misterio de la Sangre... Y además... Hace tiempo que mi conciencia trabaja, que el remordimiento de males que causé me lleva hacia Dios, que mi corazón reclama alimento, que necesito sentir mucho, deshacerme, abrasarme. El amor me ahogaba. Wagner me había despertado; Van Eyck espero que me dormirá otra vez en extático sueño. ¡Salgo de Gante convertido! ¡Soy católico!... Es decir, lo he sido siempre. Lo conozco ahora. Mi ideal estético ahí tenía que conducirme. ¡Nos hemos encontrado en un momento bien decisivo de mi vida! La de usted va á seguir su curso..., pero este amigo de pocas días le dirige un ruego: acuérdese de que la belleza no es sino lo profundo y refinado del sentimiento, y que la flor de la belleza es... lo que hemos sentido esta mañana en San Bavón: el éxtasis.—¡No encanalle su pincel, no manche su pensamiento, sea casto, sea sencillo, vuelva al arte de los cuatrocentistas; y si quiere ser libre, véngase á vivir aquí, entre Memling y Van Eyck, guardando su dignidad, huyendo y renegando del arte si ha de servir para reproducir sensaciones comunes al hombre y al cerdo! No se deje atraer por el cebo de la Naturaleza. La Naturaleza no existe; la creamos nosotros; la Naturaleza no es digna de atraer nuestras miradas sino en la hora mística de su comunión con lo sobrenatural, cuando la acaricia el soplo del espíritu. ¡La Naturaleza..., yo diría que es el gran cadáver del Paraíso, y los gusanos del sensualismo, rebulléndose, son los que prestan apariencias de vida á ese vasto cadáver!
Sobre este tema, el sueco, que á usted de seguro no le parece loco, y á mí hay ratos, no crea usted, en que tampoco me lo ha parecido, ni mucho menos, disertó hasta el amanecer—porque el tren que á él había de llevarle á Hamburgo para regresar á su patria por el Báltico, salía á las cinco de la mañana—y nos perdimos en un dédalo de confidencias y disquisiciones; en fin, vaciamos el alma. ¡Hablamos también de usted! Cuando se trató de correspondencia, Limsoe dijo:
—No estropeemos este recuerdo con cartas en que va resfriándose la amistad entre protestas y mentiras. ¡Démonos un abrazo... y hasta el cielo!
Le abracé conmovido. No lo estaba menos el neófito.
Momentos después el tren arrancaba, y desaparecía aquel extrañísimo periodista, en busca de sí mismo, hacia los nuevos horizontes de su sensibilidad.
Yo, después de dormir hasta las tres de la tarde, salgo hoy rumbo á París. Ya le contaré á usted mis triunfos, mis glorias... es decir, mis pobres retratos, y mi lucha, y lo que detrás viniere. ¡Allá os quedáis, encantados vergeles de la pintura, Rembrandt enigmático, Franz Hals, dueño de los secretos, Rubens imperial, Memling celeste! ¡Allá te quedas, alférez abanderado, todo vestido de plata, todo viviente, como cuando enviabas besos á los balcones! ¡Allá os quedáis, fantasmas de la Ronda nocturna, graves síndicos, meditabundos doctores que anatomizáis un cuerpo muerto! ¡Allá te quedas, Cordero Místico! Adjunta una fotografía... ¿Pero quién fotografía la beatitud?
El hombre que va á cruzar la frontera francesa—diré reproduciendo unas palabras de Limsoe—no es el mismo que la ha pasado con dirección á Bruselas, hace próximamente dos semanas...
V
PARÍS
Apenas quitado el polvo, tomado alimento, Silvio se dirigió á la residencia de la Porcel. Encontró cara de palo. La señora, algo indispuesta desde su regreso, apenas recibía. Ya avisaría al señor cuando la fuese posible dejarse ver.
Silvio entonces, alarmado, se encaminó á la garzonera de Valdivia, muy próxima al hotel de su enemiga y señora. Tampoco el brasileño se encontraba visible. Conferenciaba en aquel momento con su doctor, y nadie podía distraerle. Ya avisaría..., etcétera.
Lago volvió á su hospedaje con las orejas gachas. No sabiendo qué hacer, escribió á Espina un billete suplicante y mimoso, de paso que la remitía el consabido retrato de las rosas, que, encajonado, había permanecido hasta entonces en poder del autor. El billete era un quejido, una deprecación; todo lo que pueden ser los renglones en que un hombre pone su esperanza. No se atrevía á mentar el proyecto de exhibición del retrato; pero lo anheloso del estilo, las reticencias tristes, eran sobrado elocuentes.
Respondió al punto Espina. “Se encontraba malucha; sin embargo, no tardaría en avisar á sus amigos para que admirasen un retrato muy bello, que dentro de poco, si las cosas continúan así, ya no se parecerá al original, habiendo que escribir debajo: Esta fué Espina... Á la primer racha de mejoría, exhibición; y entonces podré tener el gusto de ver á usted, y que me cuente sus excursiones por Holanda, y sus aventuras, que no le habrán faltado... ¿Ha ido usted con alguna madrileña?”
Silvio temió que tan campechana misiva disfrazase una moratoria; duró cinco días la aprensión; á la mañana del sexto, otro billetito, esta vez muy lacónico, le hizo saltar. Se reducía á una invitación. “Esta noche, á las diez, taza de té y exhibición de retrato”.
El día corrió, como corren igualmente todos; los que pensamos empujar á la sima del tiempo con la violencia del deseo, y los que quisiéramos eternizar... y la noche vino, como viene sin falta para el día y para el hombre. Silvio sentía impulsos de danzar su acostumbrada danza inglesa, al punto de dar á un cochero las señas de la morada de Espina Porcel; al mismo tiempo estaba rendido; no había parado desde que recibió el billete, parte por necesidad de comprar varias cosillas, parte por entretener su fiebre de impaciencia. Creía ya pasada la barra de París, aseguradas subsistencia y fama naciente.
Al salir del hotel, acababa de acicalarse despacio. Bien ajustado el talle por el frac; el pecho bombeado por la pechera de nieve; el pelo bonito, cenizoso, en calculado desorden, con arreglos de peluquero que no quitaban el gracioso desgaire natural; los ojos cambiantes, brilladores y radiosos de alegría; todo su cuerpo confitado en limpieza y perfumes del baño largo; las manos claras, pulidas; la blancura de la corbata haciendo resaltar la fresca palidez juvenil del semblante, y el reflejo de los dientes entre el bigote semidorado,—tenía la apostura de un triunfador, cuya exterioridad comenta y confirma la leyenda de sus obras. Á pesar de la impaciencia, se había retrasado á propósito, para no hacer figura desairada madrugando.
Á la puerta del palacete de Espina, divisó Silvio—buen agüero—una hilera de coches blasonados, en espera. Eran, en su mayor parte, de esas berlinitas egoístas, donde la parisiense, que corretea sola al través de la Metrópoli, halla modo de acomodar sus bártulos, el espejo donde se mira para arreglar un rizo, el reloj con funda de plata, que asegura la exactitud á pesar del ajetreo, el frasco de sales para el desvanecimiento, el tarjetero y el catálogo de visitas y señas... Silvio reconoció el coche y el blasón de la condesa de los Pirineos, que había visto á la puerta de Paquín.
Indefinible aprensión le salteó á este recuerdo ingrato. Subió aceleradamente los peldaños de ónix que conducen al vestíbulo, dejó su abrigo, entró en el salón bajo, que comunica por un extremo con la galería de las porcelanas, por el fondo con el jardín de invierno, y se encontró cogido en un remolino de gente, sin poder avanzar.
Casi estaba atestado aquel salón,—no muy grande, como no lo era ninguna habitación en la residencia de la Porcel, é idealmente puesto á estilo modernista, con verdaderos primores de decoración y mobiliario.—Aunque Silvio no conociese á la inmensa mayoría de los concurrentes, su sagacidad y lo observado en Madrid le dijeron que era la reunión lucida y de alto fuste. Había allí señoras del castizo arrabal, alguna celebridad masculina de las que mejor decoran, bellezas profesionales, estrellas del tonismo, figuras salientes de la colonia española, con la Embajadora á la cabeza, hartos galancetes, sportsmen, agregados, hombres de caballo y club, diplomáticos, primates de la banca y algún periodista de la prensa diaria. Se esperaba á la Infanta, de paso por París, y sobre la hipótesis de su venida, que no se juzgaba segura, ni mucho menos, giraban las conversaciones. Silvio sorprendió al vuelo dos ó tres. “¡Del autor del retrato—pensó enojado—no habla nadie; sólo se ocupan de la Alteza...!”
Al pronto, no vió á la dueña de la casa. Consiguió deslizarse entre los grupos, cada vez más compactos, que obstruían la puerta por curiosidad de no perder la problemática entrada de la Infanta, y logró divisar á Espina, asediada de gente, envuelta en homenajes y almíbares. Al pronto dudó si era ella: tal marca de padecimiento había impreso aquel corto plazo de dos meses en el espiritual semblante, mucho más joven que su edad. Al observar el estrago del mal en la fisonomía de la Porcel, Silvio notó que se conmovía, cosa inexplicable, pues no creía experimentar por ella nada que se asemejase á ternura, sino al contrario; pero hay en nosotros un sér, y aun varios seres, instintivos, que nuestro sér reflexivo ignora hasta que salen de las umbrías de la selva interior.—Si hilamos delgado en nuestros sentires, locos nos volveremos.—Silvio acaso se ablandaba, porque había aprendido en su reciente viaje á cultivar la emoción, y porque, además, no habiendo creído las quejas escritas de la Porcel, tenía delante de los ojos su fundamento. Mentalmente, repitió la frase de Valdivia: “¡Pobre María! ¡Pobre enferma!”
Mucho, sin embargo, disimulaba los destrozos de la morfina, el artificio maravilloso para adornarse y componerse de aquella idólatra de lo artificial. El tocador de la Porcel, su modistería, encubrían—para quien no conociese tan á fondo como Silvio, por pericia de retratista, y por haberlos contemplado horas enteras, empapándose de ellos, los lineamientos de las facciones y las luces y matideces del cutis,—la huella del envenenamiento. Vestía la Porcel con más originalidad que nunca: su traje era como formado de una nube de pétalos de flor, flor de gasa, con transparencia de seda plateada debajo. Cada pétalo llevaba cosido, al desgaire, un diamantito, y flecos desiguales de diamantes formaban el corpiño y se desataban sobre los hombros. La cola del vestido parecía un copo de fina humareda, entre la cual nieva el almendro su floración y juega el rocío. Sobre el escote, las sartas, cerradas con el extraordinario rubí. Silvio pensaba en el estigma, en la hinchazón negra. Todo el mundo ensalzaba á la Porcel: la toilette era un sueño. Y las señoras, en voz baja, se decían que era preciso sorprender, cuando Espina se moviese, sus zapatitos de tisú de plata, con hebilla de diamantes y rubíes,—un hechizo.—Era la fuerza de Espina, su autoridad en el mundo—aquella intensidad de elegancia.—Silvio maniobraba con objeto de llegar hasta la señora, cuando le detuvo un conocido, el vizconde de Lenzano, español muy aficionado al arte, que solía pasar temporadas en París.
—¿No sabe usted?—díjole.—Esta mañana tuve un mal rato... He visitado al pobre Vierge...
—¿Urrabieta Vierge?—exclamó Silvio con interés.—¡Qué gran dibujante! Es un genio. He visto de él cosas que hay que quitarse no digo el sombrero, sino el cráneo.
—¡Y qué desdicha la suya!—murmuró el vizconde, arrastrando á Silvio hacia un rincón, para mejor desahogar, pues sufría depresión y la aliviaba comunicándola.—¿Usted ya estará enterado?...
—No sé de Vierge sino que es un dibujante colosal.
—Sí, pero figúreselo usted paralítico. Sólo trabaja con la mano izquierda. ¡Paralítico, incurable! ¡Y si al menos le hubiese acometido el mal en la vejez! Pero no: era un muchacho, treinta años, cuando despertó así una mañana. Precisamente soñaba el hombre con subir (no sé si es subir) del lápiz al pincel; iba á ilustrar una edición de Gil Blas que le pagaban espléndidamente, y con ese dinero y algo ahorrado, se prometía hacer lo que se le antojase, realizar sus ideales... Vea usted en que momento cayó sobre él la enfermedad. ¡Qué vida la nuestra!—añadió, como si dijese cosa muy profunda.
Silvio, aterrado, calló. Sonábale aquella historia dolorosa á eco de su historia. El sueño de Vierge, el suyo, la Quimera de todos. Al revolver del camino, como en las estampas de Alberto Durero, la Esqueletada con su segur.
Por un instante se absorbió en sombría meditación, abatiendo el vuelo y abismando el alma. Entretanto, la gente susurraba, chismorreaba, algunas señoras se retiraban, como desdeñosas; la Alteza no venía, resueltamente. La mejor señal de que ya no se contaba con ella—si alguna vez se había contado—era que la dueña de la casa empezaba á llevarse á la gente hacia la estufa y el comedor, sin preocuparse de abandonar el salón. ¡Fiesta manquée!
Convencidos de la decepción los invitados, las conversaciones tomaban otro giro: la palabra “retrato” zumbaba, repetida en el aire. Á Silvio se le enfriaron las manos un poco; el corazón le dió un vuelco. Estaban enseñando su obra, y la gente, alrededor, hablaba de ella. Su aguda percepción le dijo que, bajo la admiración convencional de los salones, era la indiferencia, era cierto hastío, lo que se difundía por el concurso,—en gran parte al menos.—Los inteligentes movían la cabeza; Lenzano, que había desaparecido un momento, retornó cejijunto. Varias señoras, sin embargo, se extasiaban.—“¡Qué traje! ¡Qué delicioso buen gusto! ¡Qué habilidad la de ese hombre!”—Y Silvio, clavado al suelo, temeroso de romper el encanto. Era, por otra parte, natural; de suyo se caía que la Porcel viniese á buscarle, le llevase ante la obra. Su actitud llamó la atención á la condesa de los Pirineos, la cual, del brazo del Embajador de España, volvía en aquel momento de la estufa, murmurando: “Dejo sitio, la gente se agolpa allí”. Al divisar á Silvio, hizo cortesía al diplomático, y exclamó:
—Permítame; hablaré un instante con uno de sus compatriotas, artista á quien conozco...
El diplomático se alejó discretamente, inclinándose. Silvio, halagado por la iniciativa de la gran señora, sin contenerse, preguntó:
—¿Se dignaría usted decirme, Condesa, qué opina del retrato?
—¿Pero no lo ha visto usted aún, señor Lago?—respondió algo evasivamente la dama.
—¡Figúrese usted si lo he visto! Demasiado quizás. Pero cuando se expone, el juicio de personas como usted...
—¡Oh!—murmuró la dama.—Usted me adula. No soy inteligente, nada de eso. Por otra parte, mi criterio disiente poco del de la mayoría. Los inteligentes verdaderos se muestran reservados, y hasta me parece que severos; yo, sencillamente, no me embeleso, pero creo que es un bonito mueble, una pintura agradable. Por otra parte, hace tiempo oigo decir que el artista desciende. Á mí, su colorido siempre me pareció algo falso...
La cara de Silvio debió de expresar tal extrañeza, tal aturdimiento, tal imposibilidad de comprender lo que escuchaba, que la dama, repentinamente, se alarmó.
—¿Qué tiene usted?—murmuró, inquieta y turbada.
—¿Pero de qué artista habla usted, señora?—balbuceó él.
—¿De qué artista he de hablar? Del autor del retrato que acaba de enseñarme Espina ahí en la estufa: del señor Marbley.
—¿El retrato que exhiben es del señor Marbley?—barbotó Lago.—¿Está usted segura? ¿No hay mala inteligencia?
—¡Dios mío!—afirmó la Condesa.—Vengo de verlo. ¿Qué mala inteligencia quiere usted que haya? ¿Qué sucede para que usted se extrañe así?
—Es para enloquecer—tartamudeaba él.—¡Es para dudar de que uno existe! Señora, perdone usted; voy á cerciorarme...
—No—exclamó la Condesa, rompiendo á pesar suyo la valla de aristocrática reserva, arrastrada por la simpatía y acaso un poco por la femenil curiosidad.—No se precipite; ofrézcame el brazo... Vamos juntos... Le guiaré; á mí me abrirán paso más fácilmente...
Y echó á andar, resuelta, justiciera. Rompiendo por entre los grupos se dirigieron á la estufa. La Pirineos sentía el temblequeo del brazo de Silvio, enlazado al suyo. Entraron en el admirable jardín de invierno, donde Espina había conseguido reunir plantas muy extrañas, las que prefería. Una luz rubia, que hacía brillar las hojas bruñidas de los pandanos y las hojas peludas de las dioneas, doraba las estatuillas de alabastro, que artísticamente colocadas se entronizaban sobre el follaje. Sus frías carnes adquirían un acaramelado de vida. La techumbre de cristal era tan clara, los vidrios tan grandes y diáfanos, que se creía estar al aire libre. En los ángulos manaban fuentecillas, y se escuchaba su goteo, entre los revuelos del vibrante vals que tocaba la orquesta de zíngaros, invisible en el fumadero inmediato. Olía á esencias de Oriente y á tierra regada. El vapor—ya en París empezaba á sentirse frío—mantenía dulce temperatura. En el centro de la estufa, alrededor de un caballete dorado que era una filigrana de talla atrevida, modernista, se agolpaba el gentío, tapando la pintura. La Condesa, sin soltar al artista, se insinuó, hizo cuña con su persona prestigiosa, y se encontraron ante el retrato de Espina, obra de Marbley, en efecto,—¡y tanto! Obra limada, lamida, resobada, de colorido acromado, con antipáticas pretensiones de originalidad suprema. Vestían á la Porcel tules negros, rebordados de una especie de arco iris; un traje estilo Fuller; algo que, tratado por mano maestra, hubiera sido estudio interesante; y su pelo áureo, exageradamente flojo, formaba al rostro sin vida, de muñeca de Sajonia, una especie de aureola solar. El retrato era estudiadamente bonito, y sin embargo afeaba á Espina. Pero en aquel momento no importaban á Silvio tales pormenores; lo que le espantaba, lo que le dejaba petrificado, era la perfidia, era el escarnio, era la revelación de un odio tan diamantino, bajo un disimulo tan maquiavélico.
—¡Inconcebible!—murmuraba.—¡Inconcebible!—Y no sabía más que repetir la palabra mecánicamente.
—Señor Lago—insinuó la Condesa,—veo que no está usted bien. No conviene que se pare aquí. Vámonos á la galería...
Tiró de él, literalmente, y le condujo á la galería de las porcelanas, casi solitaria, que tenía puerta de salida al jardinete. Nadie se acercaba allí, donde más bien hacía frío; la gente que había detenida principiaba á repartirse entre el salón para dar unas vueltas de vals, y el comedor, abierto y servido con espléndidos refinamientos.
Con viveza, con interés, con algo de maternal en el gesto, la señora preguntó nuevamente al artista:
—En fin, ¿qué le sucede á usted? ¿Puedo tranquilizarle?
No sé qué tiene esto de la compasión sincera, desinteresada, que no sólo no da lugar á desconfianza, sino que suprime en un gesto, en un parpadeo, distancias de clases, océanos de indiferencia. Como en casa del modisto, Silvio fué de un impulso hacia la gran señora, que en otro impulso iba hacia él. Se rindió á la piedad que le ofrecían. La dama, por su parte, había olvidado—ella, la misma distinción, la misma mesura—lo que podía tener de insólito el aparte con un desconocido de quien sólo sabía el nombre y la profesión, que no era de su sociedad, ni de su círculo. No hay nada más irregular, entre las irregularidades sociales, que la actitud de intimidad repentina con alguien llovido del cielo. La Condesa de los Pirineos arrostraba, no ciertamente el descrédito, su buena fama era firme, pero esa nota de extravagancia que es el principio de la desconsideración. Mas por lo mismo que la Condesa de los Pirineos no es una mujer de decadencia, que en sus venas corre, con la sangre gloriosa y heroica de los abuelos, algo de sus energías; por lo mismo que esta mujer tiene conciencia de su alta situación,—puede infringir alguna vez el código mundano.—Legitimista; sobrina de aquellos príncipes de Robeck, grandes de España, á quienes el Conde de Chambord trataba como á amigos, en cuya casa conservaba recuerdos familiares de María Antonieta—la Pirineos experimentaba simpatía especial por lo español. España era para ella—como lo fué para muchos hasta la pérdida de las colonias, y como lo es todavía para algunos,—país noble y desgraciado, caballeresco y mártir. Estas impresiones vagas y difusas pueden encarnar en un individuo capaz de infundir algún sentimiento de simpatía.
La dulce y poética figura de Silvio, su evidente consternación ante una misteriosa tragedia, provocaron la expansión con que la Condesa, atraída también por una curiosidad emocional, insistió, protectora, cariñosa:
—¿Puedo tranquilizarle? ¿Puedo serle útil?
—Gracias, señora...—balbuceó Lago.—Iba á salir de esta casa, iba á la calle, temeroso de cometer un desatino, porque hay cosas que se suben á la cabeza... ¡Perdón! ¡Me hace usted tanto bien! Ya que tiene usted la bondad de preguntarme, diré la verdad. Yo vine avisado por Madama Porcel para asistir á la exhibición del retrato hecho por mí, de un retrato que en Madrid se convino que lo verían gentes conocidas que pueden encargar... Llego, y lo que se exhibe es otro retrato del señor Marbley... Por eso no comprendía; por eso necesité ir al jardín de invierno, á fin de convencerme de que no la engañaba á usted la vista, cuando afirmaba que era de Marbley el retrato. ¡Mire, mire si ha sido ridícula mi situación en este sarao donde supuse que se reunían para ver algo mío, muy malo, muy insignificante, pero que podía asegurarme la vida en París!
La Pirineos replicó asombrada:
—Todavía dudo... No concibo que pueda hacerse cosa tan poco leal, tan poco disculpable... ¿Dice usted que Madama Porcel le ha escrito...?
Silvio sacó del bolsillo del frac su cartera y extrajo el último billetito de Espina. La Condesa lo tomó aprisa y lo recorrió.
—Aquí no dice que el retrato sea el de usted... Es una invitación como todas... Taza de té y exhibición... Verdad que en el mío añadía: “Retrato, obra de Marbley”.
Por respuesta, Silvio revolvió en la cartera un poco y descubrió la otra misiva, la del sobre gris con lacre blanco, fechada en el extranjero, y la tendió á la Condesa.
—Estoy siendo indiscreta—murmuró ella como á pesar suyo; pero no rehusó la carta: la descifró é hizo un gesto de desagrado, el que se hace á la vista de una lacra física ó una bajeza moral.
—No dice aquí tampoco expresamente que el bellísimo retrato que va á exhibirse al regreso á París, y que ya casi no se parece al original, sea de usted; con todo, ya estoy segura. Las precauciones no se han olvidado un momento, la premeditación parece evidente. ¡Miseria!—murmuró hablando consigo misma.
—Sí—confirmó Silvio,—¡miseria! Es cosa pensada, combinada fríamente. Es la segunda parte de la escenita, por usted, señora, presenciada y reprobada en casa del modisto...
—Siempre hay algo debajo de estas cosas...—murmuró la dama.
Silvio, en medio de su ira y su confusión, conservaba el sentido del gesto artístico, de la bella actitud. Su instinto le dictaba lo que era preciso decir y hacer para impresionar favorablemente á su repentina amiga. Con sencillez de buen gusto pronunció:
—Nada que ofenda á Madama Porcel suponga usted, Condesa... Caprichos de mujer bonita, antipatías... ¡qué sé yo! Mi situación no es por eso menos crítica. Y, á no recibir de usted el generoso don del interés que me está demostrando...
—Es usted un hidalgo de su patria—declaró afectuosamente la señora—Sea cualquiera el móvil de la conducta de Espina (no profundizo), esto no se quedará así. ¡Esto no se hace entre nosotras!
—Señora, yo respeto en medio de todo á Madama Porcel, pero no creo que tratándose de usted y de ella, pueda decirse nosotras. Cuando una dama como usted dice nosotras, debe mirar lo que dice.
La audacia no desagradó á la Pirineos. Concordaba con sus íntimos sentimientos, con protestas frecuentes de su altivez y su decoro ante ciertas promiscuidades y transigencias del mundo. Hay desplantes que son homenajes. Silvio lo comprendió al ver que un ligero carmín se extendía por las mejillas, ya algo marchitas, pero limpias de afeite, de su ilustre interlocutora.
—Acaso tenga usted razón...—articuló.—No he dejado de pensar... En fin, vamos, vamos; he de poner en claro esto... Cuando me acerque á Espina, desvíese usted un poco...
Regresaron al jardín de invierno y al salón modernista, tratando de realizar el casi imposible de conferenciar con la dueña de la casa, sin testigos, en medio de una reunión. La gente se retiraba, desfilando discretamente algunos; pero otros se entretenían en despedidas y felicitaciones, preguntando por qué el maestro no había concurrido á recibir enhorabuenas, y encargado á Espina que se las transmitiese. Los íntimos, ó que presumen de tales, forman á esta hora piña más compacta, y se arriman á la dueña de la casa, para convertir en tertulia alegre lo que era ceremonioso sarao. Valdivia, sonriente, carenado por la cura termal, en apariencia el hombre más feliz del mundo, había abandonado el rincón del fumadero, donde se escondía desde la llegada de Silvio. Al ver que se acercaba la Pirineos, sola ya, buscándola, creyó Espina que trataba de marcharse, pues solía ser de las primeras en hacerlo; pero lejos de corresponder al movimiento de la Porcel, que tendía la mano para expresivo adiós, la Condesa se plantó tranquila, dominando sus nervios.
—¿Nos ha enseñado usted, ma belle, todo lo que se proponía hacernos ver esta noche? ¿Estoy mal informada al creer que nos oculta otro delicioso retrato, que á fuer de amiga del Sr. Lago—y con doble retintín que en casa del modisto, la gran señora recalcó la palabra,—ardo en deseos de admirar?
Espina, sobresaltada, vaciló un momento. Sus ojos de ágata, que la enfermedad rodeaba de livor disimulado por artificios, se fijaron en Silvio, cortantes.
—¿Otro retrato?—silabeó.—¡Ah! Sí, en efecto; perdóneme.
—Pero ¿cómo no ha tenido usted la buena idea de exhibirlo al mismo tiempo que el del Sr. Marbley?—insistió la Condesa, que se decía á sí misma:—“Es muy incorrecto lo que hago... Pero sublevan demasiado ciertas infamias...”
—¡Oh!—dejó caer Espina lentamente.—Para exhibir, para convocarlas á ustedes, tenía que tratarse de un maestro... Lo de Lago es muy mono; un juguete, una fantasía...
—Sin embargo—insistió la Condesa,—el señor Lago esperaba, fundado en palabras de usted...
Hablaba ya fuera de sus casillas, perdido el aplomo á fuerza de indignación:
—Ya sabe Lago que se le protege—declaró altaneramente Espina, que, al contrario, se aplomaba, recogiéndose para luchar.—No se puede ir tan aprisa; lo comprenderá, Condesa... No se quejará de mí... Le he presentado á usted, por ejemplo... Lo demás vendrá á su hora...
—¡Me perdonará usted, sin embargo, que insista! Desearía ver hoy mismo el trabajo del Sr. Lago... Esperaré á que la sea fácil complacerme...
Se habían vaciado casi por completo las estancias. Quedaba la Villars-Brancas, que solía navegar de conserva con la Pirineos, la joven Secretaria de la Embajada española, algunos muchachos adoradores y cortejadores de la Porcel en las barbas (sobre todo en las barbas, porque era más divertido) de Valdivia, y en un rincón, fiel á la consigna, Silvio, haciéndose el indiferente, esperando. El brasileño se había evaporado; no se le veía. Espina, escudándose en sus aniñadas versatilidades, rió, y acercándose á la Pirineos, murmuró condescendiente:
—Ya que usted se empeña...
Hizo una señal al grupo, una indicación graciosa á las damas, y todos la siguieron. Silvio dudó un momento; al fin, lentamente, echó detrás. Se dirigían al piso de arriba, por la linda escalera que arranca de la antesala y que visten tapicerías simbolistas, ejecutadas expresamente para Espina á cartón perdido.
Guiados por ella, entraron en el saloncito verde, cuyo tapizado de seda desaparece bajo brochado de ramas de almendro en flor, y que precede á la rotonda y al tocador de Espina.
Ésta se volvió, animada, chancera, y empezó á deshacerse en excusas verbosas.
—Siento el viaje que les voy á imponer, pero como la Condesa desea ver el retrato ahora mismo... Si no, podrían ustedes verlo mejor una mañana; yo lo bajaría, lo colocaría convenientemente...
—Pues ¿dónde lo ha colocado usted?—preguntó con sarcasmo fino la Pirineos.
—Es una desgracia... Como no tiene uno ya pulgada de pared disponible...
Á esta frase de la Porcel dieron respuesta el ¡oh! exasperado de la Condesa y la risa sofocada de los galanes. Silvio, desde la puerta, oyó. No había medio de no reirse. En todo el salón sólo pendían de la pared dos diminutos y lindísimos grabados.
Silvio, aunque no era camorrista, sintió cosquilleo en las manos, ganas de hartar de bofetadas á los galancetes de la risa... ¿Por qué no se encontraba Valdivia allí? Y la voz de Espina, una flauta de plata, moduló:
—Vengan ustedes, excúsenme... Tengo que llevarles á mis habitaciones enteramente particulares...
Pasaron primero á la rotonda donde la Porcel se tendía y fumaba sobre la meridiana; después al tocador propiamente dicho. La Pirineos murmuró al oído de la Villars:
—¡Qué paseo tan extraño nos hace dar! Se me figura que tendremos que salir de aquí para siempre...
Todo el mundo se deshacía en elogios. Las habitaciones eran una delicia: no se parecían á ninguna otra. Á su despecho, la misma Condesa reconocía el gusto de la dueña, su acierto exquisito.
Se olvidaba el objeto de la excursión, y sobre todo al autor del retrato, á Silvio, rezagado, estremecido, presintiendo ya, sin comprender del todo aún. Iba como entre sueños por aquellas habitaciones que conocía de sobra, y en cuyas paredes buscaba inútilmente su labor... ¿Dónde estaba, no estando allí?... De pronto, Espina hirió un timbre y apareció la doncella de guardia, la mulatita brasileña que mil veces le había servido, de la cual había deseado hacer un boceto al pastel. Espina ordenó, en voz aguda:
—Eclairez...
Y franqueada la puerta interior del tocador, se vió, al fulgir de las luces eléctricas, una especie de ropero, una de esas habitaciones útiles, cubierta de armarios de barnizada y sólida madera, y en un rincón, medio tapado por los armarios que proyectaban sombra, entre una fotografía de jockey y un calendario—evidentemente el museo de la doncella,—el encantador pastel primaveral, el busto de Espina surgiendo del ideal boscaje de rosas, al parecer recién cortadas. Hubo un instante de embarazoso silencio. La intención despreciativa que semejante colocación revelaba era patente. Había allí mofa, bofetón. Nadie sabía qué actitud tomar. Al fin, uno de los galancetes rompió á reir, y los demás le hacían coro, cuando la voz de la Pirineos se alzó, dominando la explosión burlona.
—La felicito y la doy el pésame—articuló conteniéndose para mejor asestar el golpe.—La felicito, por tener tan hechicero retrato; y la doy el pésame, por haberlo colocado donde ni aun sus conocidos podemos verlo, sin arriesgarnos á que nos tache usted de excesiva confianza. Deploro haberla tenido... aunque, bien mirado, á eso debo un hallazgo inestimable. Señor Lago—añadió volviéndose hacia Silvio, más blanco que enyesada pared,—no conocía su trabajo. Si la señora Porcel lucha con la dificultad de no tener sitio en su hotel moderno para una obra maestra, yo me alegraría de enriquecer con ella el viejo palacio de los Pirineos, ó mi castillo de Alorne, que estoy restaurando. Y si usted, señora Porcel, no quiere deshacerse de esa joya, yo no por eso renuncio á poseer un retrato hecho por el señor Lago. No soy un modelo tan brillante, pero el arte lo vence todo.
Y con un movimiento de “gran aire”, de altivez soberana velada en cortesía, la Pirineos tomó el brazo del artista, esbozó una ligera inclinación á la Porcel, sonrió á los demás y se retiró al través de las habitaciones iluminadas, perfumadas, por la escalera “digna de un zapato de raso”, saliendo directamente al vestíbulo. Allí dijo á Silvio, con quien no había cruzado palabra hasta entonces:
—Hágame el favor de pedir mi abrigo.
Mientras el artista transmitía la orden, en su cabeza sentía como un estrépito de galera; sus arterias saltaban. La excitación nerviosa se desbordaba. Un torrente de sentimientos devastaba su alma impresionable. La vida le parecía otra. Y se asombraba, no de la malignidad de Espina, sino de que aquella malignidad la hubiese él saboreado un día como extraño confite, y la hubiese tenido por signo de elevación en las categorías humanas. Es de las cosas menos lógicas, pero más usuales, que el desarrollo natural de un carácter que conocemos nos sorprenda amargamente cuando nos afecta. Admitimos complacidos, bromeando, un bribón teórico, una bribona abstracta, y empieza la indignación cuando nos traicionan y nos hieren. Ahora le parecía á Silvio que lo verdaderamente distinguido y raro es la bondad, la justicia, la cólera contra felones y miserables.—Se recreaba en la majestad de una gran señora, que era buena, tres veces buena.
Cuando la ayudaba á subir al coche, alzó hacia ella el rostro, y la Condesa vió que los ojos del artista estaban vidriados por un velo de humedad.
—Niño, niño...—murmuró dulcemente.—Serénese usted... Esto pasó... Aquí tiene mi tarjeta para que sepa mis señas. Me encontrará, excepto los jueves, de tres á cinco. Me complaceré en presentarle á mis amigas. Confío en que retratos no le han de faltar.
Y como Silvio, entre un murmullo de respeto y enternecimiento, la besase la mano con unción, lo mismo que en casa del modisto, la Pirineos, firme en su preocupación del español creyente é hidalgo, añadió:
—Estamos en una triste época; y al ver lo que hacemos las mujeres de nuestra justa altivez, no debemos extrañar lo que hacen los hombres de la suya... Yo no olvidaré esta lección. Escogeré mejor en lo sucesivo mis relaciones, y las conoceré, no sólo por la apariencia dorada y la vanidad frívola, sino por lo que no puede engañar, por su origen y sus antecedentes... Usted es extranjero, de un país noble, heroico. No crea que este tipo de mujer se parecía al de la aristocracia francesa.
Tomó de los fuelles de piel de su berlina el carnet donde apuntaba sus visitas, y buscando rápidamente el nombre de la Porcel, lo rayó con un rasgo enérgico del lapicerito de oro.
—Adiós, hasta lo más pronto posible—añadió entre una sonrisa y un saludo de la mano; y para dar fin á la escena, ordenó al lacayo:
—¡Á casa!
Silvio se quedó de pie en la acera, palpitando de un gozo y de una esperanza que le movían á alzar los ojos hacia el firmamento, alto, estrellado y frío, con ese gesto que hacemos involuntariamente para referir nuestras grandes emociones á algo mayor que ellas, á lo verdaderamente inmenso, á lo que nos envuelve y protege con su magnitud.—La helada, que parecía descender de la majestuosa bóveda salpicada de joyeles de pedrería, le sobrecogió; y la sensación glacial que recorrió sus venas y sus huesos se enlazó con la idea vagamente religiosa que descendía de los astros, de las constelaciones radiantes.
VI
ALBORADA
Sentada ante la mesa granítica, bajo el toldo claro de las acacias en flor, Minia Dumbría no acababa de resolverse á abrir el correo, y seguía enfrascada en un librote, cuya portada rezaba:—Argos Divina.—Nuestra Señora de los Ojos grandes.—El correo la producía fastidio, con los diarios que inunda la contradictoria información telegráfica, con las revistas también inficionadas de noticierismo intelectual, con el epistolario aburguesado por las postales; y siempre vacilaba, antes de sufrir el chaparrón de papel.
Acertó á pasar la baronesa, empuñando su tijera de podar y su navaja de injertar.
—Tienes ahí—exclamó—una carta de Silvio Lago. ¿Por qué no la abres?
—¡Verdad!—respondió la compositora.—Y ya no está en Busot. El timbre es de Madrid.
Rompió el sobre y descifró la epístola, de esa letra rasgueada, dibujada, que es la letra de tantos pintores.
—No ha mejorado—advirtió Minia.—Cansancio, sudores copiosos, inapetencia, destemplanza... En Busot debió de ser alta la fiebre... Dice que de noche sostenía animados diálogos con la caja de cerillas y la palmatoria... Que se batió tres días con una paella amotinada en el estómago. ¡Ah! Que nuestro Alejandro San Martín le ha visto y le ordena campo, tranquilidad... Que te pregunte si permites que venga á reponerse un poco, antes de emprender el regreso á Francia...
Preocupación grave se traslució en el rostro de la señora, y su mirada, á pesar de la edad tan viva y despierta, se ensombreció un momento, cruzándose ansiosa con la de su hija.
Las dos miradas expresaban un convencimiento igual. Minia fué la primera á formularlo.
—Viene á morir.
Callaron. La tarde era divina, serena, radiosa. Otros años, en el mes de Mayo, habían tenido que usar pieles; pero en aquél, la primavera vestía de gala, el aire parecía entibiado por un hálito de amor. Los tapetes verde manzana de la hierba se mostraban salpicados de ranúnculos, cicutas y prímulas silvestres; las locas gramíneas alzaban sus airones y desparramaban su lluvia menuda de mostacilla temblante sobre invisibles hilos; las biznagas extendían su blanca umbela; las primeras mariposas, vanesas amarillas y apolos de carmín, revoloteaban nadando en un céfiro benigno, que las mecía con halago; y la vida inquieta, rebosante, de la Naturaleza, se estremecía en el renuevo de la vegetación, en los gorgoritos frescos del agua del surtidor, que recae emperlando de rechazo las hojas carnosas, duras, de las últimas camelias.—Minia contempla un instante el jardín, el prado, sobre cuya linde los rosales en lujosa floración tienden guirnaldas Luis XV. Y, pensativa, repite despacio:
—Viene á morir... ¿Qué le respondo?
La baronesa, en un arranque, grita:
—Que venga... Que nos avise, para esperarle en la estación con el coche... Y el lunes, á Marineda, á comprar mantas nuevas... Voy á enterarme de si hay sábanas en abundancia... Las asistencias piden ropa...
Silvio llegó como diez días después. En el andén le aguardaban muy preocupadas las señoras; sabían que ningún criado acompañaba al enfermo, y temían que viniese destrozado de tan largo y molesto viaje. No se engañaban. Para saltar del coche hubo que auxiliarle, que suspenderle. No le sostenían las piernas. En cambio, Bobita se disparó de la perrera como demente, con brincos de alimaña fantástica, con rugientes ladridos, y arrastrando al criado que la asía por la gramalla.
En el cesto, que corría por ancha carretera hacia las Torres, á la claridad franca del día despejado, Minia examinó al artista con esa avidez curiosa que despiertan las faces humanas donde buscamos la impronta del postrer sello. Aun descontando la fatiga, la ofensa del polvo y de las partículas de carbón sobre la tez, todavía asustaba la cara de Lago.
Sus mejillas se hundían, y bajo la gorra inglesa de viaje, sus orejas de cera se despegaban y transparentaban la luz solar. Sus ojos, cercados de livor, mazados, tenían en la pupila esa transparencia acuosa que revela, antes que síntoma alguno, la rapidez de las combustiones que, desnutriendo el organismo, determinan la consunción.
Para disimular, Minia charló, chanceó. Al pronto Silvio respondía animado; luego pareció abatirse. Enmudecieron. Á una revuelta, el artista preguntó;
—¿Llegaremos pronto?
—En seguida—afirmó la baronesa, mintiendo piadosamente.—¿Qué, no conoce el camino? Media legua faltará.
—Es que no veo la hora de estar en Alborada... Allí en seguida voy á ponerme bueno.
—¡En seguida!... Es decir, á los pocos días... Le daremos cosas muy sanas, muy rica leche. Ya le tengo un pellón de manteca fresca, de la que le gusta. Y pollito asado, lirpas y mariscos.
Silvio sonrió con placer pueril.
—¡Es lo único que necesito! Comer mucho, y cosas que me sienten. Lo que yo tengo no es más que eso: la pícara inapetencia, y, de ahí, la debilidad; ¡pero qué debilidad, Minia! No puede usted figurarse. Una desesperación. ¡Ahora que me faltaban manos para tanto retrato como en el otoño me saldría en París!
—No hable usted mucho; cuidado—advirtió Minia.
Involuntariamente se palpó la falda, hacia donde caía el bolsillo. Acordábase de que en él llevaba una carta de Alejandro San Martín, el cual, habiendo reconocido á Silvio, hablaba de pulmón atacado ya, de tuberculosis difusa.
—Va usted á ser juicioso, á dejarse cuidar—agregó la baronesa.
—Sí—asintió él;—pero no me ha de embutir usted con el atacador... ¿eh? Comeré de lo que se me antoje, la cantidad que quiera. Y mejor si no me enteran antes del menú. Estoy muy caprichoso... ¿Se acuerda usted de cuando yo decía que la felicidad es una buena digestión?
Calló, y dejó caer la cabeza, dando señales de desfallecer. La baronesa ordenó al cochero:
—¡Arrea! ¡Aprisa!
Restalló la fusta, trotó largo el tronco, y un granujilla de la aldea, que iba agarrado al juego trasero sin que le viesen, rodó al polvo, mientras otros de su calaña, que diableaban en la cuneta, chillaban á coro con entonaciones burlescas:
—¡Tralla atrás! ¡Tralla atrás!
Silvio, confortado, sonrió.
—¡Cómo conozco todo esto! Aquí, y sólo aquí, ¿lo oyen ustedes?, está la vida.
Revolvían ya por el provincial que entre pinares y labradíos conduce á Alborada, paisaje más campestre, no profanado aún por la promiscuidad de tabernas y tenduchos que festonean el real. Desde que nos acercamos á Alborada hay más soledad, más rusticidad; huele á trementina, á madreselva, á lejanas brisas salitrosas, á fiemo de vaca. Se corta la cinta de villas, casuchas, molinos, tapias, prolongación de los arrabales de la floreciente Marineda, y entramos en la región aldeana, en la Mariña rural. El aroma resinoso de los pinos que brotan su tierna ramalla encantó á Silvio.
—¡Qué fresco tan delicioso!—murmuró.—En Alicante y Madrid, el calor me agobiaba. ¡Sudar siempre! ¡Derretirse!
Habían pasado ante quintas antiguas, ante otra de enverjado moderno; y á la nueva revuelta surgieron las blancas Torres, caladas por ventanales atrevidos, dominando el valle, resaltando sobre un fondo de arbolado sombrío, denso, sin límites visibles de murallas.
Minutos después Silvio descendía del coche en el patio. Su habitación estaba preparada, su cama hecha. Propusiéronle que se acostase sin tardanza; se avino, y del brazo de un criado antiguo destinado á servirle, subió las escaleras casi exánime. Pero encontró agua templada, jabón, toallas; el servidor abrió la maleta y le sacó ropa limpia, le cepilló la de paño; y aseado, reanimado, quiso bajar, cruzó el atrio de la capilla, y por su pie se acercó á la mesa de piedra.
En vez de las sillas de hierro le trajeron una butaca ancha y cómoda, y se dejó caer en ella, rendido pero entusiasmado.
Ansiosamente contempló el panorama. La tarde caía; el crepúsculo iba á ser interminable. Era difícil explicar en qué se notaba que el día tocaba á su fin; acaso en que la claridad era mansa, como enlanguidecida, velada por misterioso tul que no podía llamarse sombra. Todo reposaba tranquilo. El poniente se esmaltaba de nácares deliciosos, como los de las auroras. Los montes lejanos, la ría que engañaba fingiendo un lago cerrado por anfiteatro de colinas, se teñían de matices armoniosos fundidos suavemente, de pastel pasado. Bajo la terraza, las madreselvas y las grandes daturas venenosas aromaban intensas. El humo de las cabañas flotaba inmóvil en la paz del cielo y del suelo. Y, de lo alto de las acacias, llovían con regularidad, acompasadamente, las blancas florecitas, aljofarando la arena, y se creería que su descenso era una cadencia musical, un ritmo de melancolía. El lucero empezaba á ser visible. De la parroquial de Monegro vino el toque de oración.
Silvio alzó la cabeza transportado.
—No quisiera ahora haber salido nunca de aquí. ¡Cuando pienso que me había jurado no poner los pies en Alborada hasta ser célebre!
—No piense ahora en eso... Descanse... Lo que tiene usted será agotamiento, Silvio—advirtió la compositora.—Ha sufrido usted mil ansiedades, ha padecido mil privaciones, y eso destruye...
—¡Ah!... Ya sé que esto no es de cuidado...—murmuró él lleno de optimismo.—Pero ¡qué contrariedad! ¡Qué desbarate de planes! Ahora debía yo encontrarme en el estudio de Dagnan Bouveret, ó en el castillo de la Condesa de los Pirineos, pintando un techo para el gran salón... Y ¡preso! ¡preso!—añadió, olvidándose de los himnos antes entonados á Alborada.
Miraron hacia el camino: por él cruzaban figurillas pintorescas. Eran, traveseando, pegándose, los niños de la Escuela de las Hijas de la Caridad, fundación hecha por una vieja ricacha; era un cura de aldea, de sombrerón de fieltro, caballero en un rocín; era un inmenso carro de ramalla que atascaba el anchor de la carretera; era una pescadora de Areal, de retorno, con su patela ya vacía. Y cuando se despobló el camino, cuando dejó de pasar gente y se extinguió el chirriar de los carros, exclamó Silvio:
—Sale la luna... ¡Tengo frío!
Se recogieron á casa. Silvio, los primeros días, mejoró visiblemente. Una persona inexperta hubiese podido creer que la tuberculosis se batía en retirada. El júbilo de recobrar unos asomos de fuerza hacía que el artista cantase ditirambos al campo, á la existencia sin agitaciones, á la ubérrima abundancia que las Torres ofrecen. Las bellas tardes, secas, aromadas, elásticas, del luengo Mayo, se las pasaba indolentemente echado entre almohadas, ya en la hamaca de cuerda, ya en la butaca de persia á floripones, considerando, sin saciarse, los juegos de la luz en el panorama extendido frente á la terraza, y el espejo azul ó acerado del trozo de ría que se columbra á lo lejos, entre el marco de felpón de los pinares y los eucaliptus. La paz de las cosas recaía sobre su espíritu, y el descanso de no tener que pensar en nada material le causaba hasta humorísticos transportes.
Una tarde gritó:
—¡Calla! ¡Ahí vienen mis augustos primos!
Ya llamaba Sendo á la campana de la verja. Su frescachona mujer se había parado un poco atrás, sosteniendo en equilibrio sobre la cabeza una cesta de mimbres, posada en un ruedo de paja y tapada con un paño níveo. De su mano derecha colgaba el segundo de sus chicos, el que llevaba el nombre de Silvio, aunque no fuese su ahijado. El pequeño resistía un poco el impulso de la mano materna; era evidente que entraría contra gusto.
Abierta la verja, Silvio les miró avanzar por la larga calle de magnolias, con un paso medido, ceremonioso. Se acordaba de su llegada á Areal, del almuerzo de sardinas saladas á granel y vino pifón, y sentía una pena nostálgica, como si aquel recuerdo se refiriese á tiempos de gran felicidad, ya desvanecida, imposible de gozar otra vez. Y sin embargo, entonces estaba en los comienzos de su lucha, incierto, abandonado, con leve esperanza. Entonces, el ideal hubiese sido lo de ahora...
La familia penetró en el circuito que sombrean las acacias, saludando con premura, insistencia y afectado regocijo. Las señoras creyeron deber dejar solos á visitadores y visitado. María Pepa no pudo, al ver á Silvio de cerca, reprimir un movimiento de franca compasión, que le salió á la cara, más que nunca trigueña y dorada como el bollo que acaban de desenhornar,—mientras Sendo forzaba la nota de cordialidad alegre, repitiendo con falsa admiración:
—¡Estás muy gordo! ¡Estás más gordo que antes! ¡Estás rufo!
El niño se había ocultado—temeroso de aquella faz cérea, de aquella morada de señores,—tras las faldas de su madre, y ésta, arrimándole un moquete, destapaba la cesta, descubriendo bajo el blanco mantel rudo una empanada decorada con jeroglíficos de tirillas de masa, el tradicional dibujo que tal vez recuerda un arte primitivo. Olor apetitoso se derramó por el aire. La baronesa llegaba en el mismo momento precedida del criado, portador de amplia bandeja, y en ella bizcochos, mantecadas, una jarra de recién ordeñada leche.
—Aquí trajimos esta pobreza, porque al primo le gustan las sardinas en empanada—declaró Sendo excusándose.—No se ha podido arreglar cosa mejor...
—Huele á gloria—afirmó Silvio, engolosinado por capricho súbito.
—Ahora, mejor será que tomen leche todos—ordenó la baronesa,—y este pequeño, que se acerque; darle mantecadas.
—Aquí, nene—suplicó el artista.—Otro día que vengas temprano te he de retratar. Eres rubio y bonito. Y á usted también, baronesa, la retrato seriamente. Ya estoy deseando trincar los pinceles ó los lápices... En Busot nada he pintado, ni estos últimos tiempos en Madrid.
—Pero allá en Madrid y en París de Francia, ¿ganabas mucho, verdad?—murmuró como á su pesar Sendo. Y desmenuzaba atentamente al primo, buscando en la ropa señales de la ganancia.
—Lo que gané se fué volando—respondió él con alarde de buen humor.—No creas que vengo millonario... Eran los dineros del sacristán.
La baronesa sonreía. Sabía que Silvio, para emprender su viaje, había necesitado que le diese mil pesetillas una de sus mejores y más desinteresadas protectoras. Y se representaba las ideas que bullían en el cerebro de la pareja artesana, visitada por la prosaica, pero dulce Quimera del primo poderoso en virtud de aquellos santos y aquellos monifates que trazaba sobre el papel, y que (no se sabe la razón) valían tantos cuartos y tanta honra.
El panadero sospechó que su primo “se lloraba”, ocultaba la riqueza por no compartirla.
—Luego quiérese decir, que todo lo despabilaste ¿eh?—murmuró en tono reticente.
—Todo... ó poco menos—recalcó Silvio.—Pero ¡no importa! Ahora es cuando voy á ganar...—Y el velo de ilusión cubrió sus verdiazules pupilas.—Ahora sí que os prometo que el mayorcito... ó si no éste, que es tan guapo... corren de mi cuenta.
Como en aquel momento se acercase la danesa, impetuosa, brincadora, ladradora, dispuesta á saltarle el cuello á su amo—el niño, aterrado, rompió á llorar.
—¡No quiero!—cuchicheó á su madre.—¡No quiero que este señor me lleve! ¡Está difunto! ¡Está difunto!
La panadera le tapó la boca con su mano recia, carnuda.
Los doctores venidos de Marineda mostráronse conformes con el diagnóstico de su ilustre compañero de Madrid. Tuberculosis difusa... La más grave, la más rebelde... Existía, sin embargo, una leve diferencia de pronóstico. El doctor Moragas, más desengañado, no dejó esperanza alguna. El doctor Lemasis todavía fiaba un tanto en el régimen, en el descanso, en la sobrealimentación, en los cuidados de la baronesa, gran enfermera...
—Al aire libre todo el día... Las ventanas de su aposento, que nunca se cierren... Que coma lo más posible, platos nutritivos... Si aumenta de peso, nos hemos salvado... Tísico que engorda, tísico que cura... La tisis es un fenómeno de desnutrición... Huevos, huevos, aves blancas...
Y empezó en Alborada una época de incesante preocupación alimenticia. Pilara, la mayordoma, excelente cocinera al estilo sencillo y suculento de nuestros abuelos, se consagró á aderezar piperetes y golosinas, á variar, evitando el hastío. Salieron á relucir los flanes, las natillas, los huevos moles, los ladrillados trasudando almíbar, el tocino del cielo, las mantequillas, los roscones, las torrijas, las compotas balsámicas, el chantilly con su toque de vainilla negra sobre el armiño de la crema untuosa. El doctor había aconsejado “disfrazar” los huevos y los lacticinios. La baronesa en persona vigiló los asados y los beefsteacks. Las pescadoras que cruzaban ante el portalón eran llamadas, para que trajesen en el viaje próximo lo más “vivo” y selecto de mariscada y pesca. Silvio, antojadizo, rechazaba la mayor parte de los platos; pero á veces se entusiasmaba con un manjar, y de aquel devoraba ávidamente. Hubo almuerzo en que se le presentaron doce ó quince platos diferentes en fuentes diminutas—pues la comida en cantidad le repugnaba.—La baronesa hacía el panegírico. ¡Qué bueno, qué sabroso! Que comiese, que comiese; el campo haría lo demás...
Y como en el sillón empezaba á fatigarse, se le improvisó una camacatre, mullida, coquetona, con colcha de pabellones, para que pasase las horas de sol echado en el jardín de la fuente. Lo prefería á la terraza ahora, por ser, de los jardines de Alborada, el más florido y alegre en aquella estación. La musiquita lenta, cristalina, flébil, como de manucordio antiguo, que hacía el surtidor, arrullaba al enfermo, le ayudaba á conciliar un sueño menos febril que el de la verdadera cama, donde se liquidaba en sudores mortales. Á ratos, dormitaba; á ratos, abría lánguidamente los ojos, y su mirada, infinitamente lacia, se posaba, con destellos de placer, en la floración que le rodeaba y que halagaba su sibaritismo, envolviéndole en la embriaguez de los efluvios primaverales.
Las tres de la tarde serían. No hacía calor: casi nunca lo hace en Alborada: una brisa deliciosamente húmeda abanica siempre á las celestes Mariñas. Silvio, adormilado, despertó, porque el aire, cargado de penetrante perfume de azucenas y de gotitas microscópicas arrancadas al surtidor, acababa de acariciarle las macilentas sienes. Medio se incorporó, suspirando.—Minia estaba allí, en una mecedora.
—¿Por qué se ha vestido usted de un color tan obscuro?—refunfuñó el artista.
Tenía esta exigencia: que el traje de las mujeres fuese claro, delicado, y de última moda.
—¿Pero á usted qué le importa cómo me he vestido?—protestó ella riendo.—Ahora iré á ponerme el traje de batista perla con entredoses, ya que le da á usted por ahí... Figúrese que vengo de dirigir á los picapedreros y se llena uno de arena y de barro... Pero le comprendo á usted bien. El jardín, con este océano de azucenas en flor, está muy artístico, y usted no quiere nada que descomponga el cuadro... La casualidad se lo va á completar. Mire usted...
—¡Qué hermoso!—no pudo menos de exclamar el pintor.
Por las calles tortuosas, bajo el arco de tupida yedra, asomaba un grupo de tres monjitas. Eran las Hermanas de la Escuela, cuyo edificio se divisa desde toda la posesión de Alborada. Vestían su humilde traje, rematado por las tocas, que envuelven en sombra y calma el rostro; pero una de las hermanas se diferenciaba de las demás en extraños detalles de su atavío. Silvio creyó soñar, al ver sobre el pecho de la monja, al lado izquierdo, un ramo de azahar de cera, y sobre su cabeza una corona de flores hierática y rígida, alta como las de las imágenes del siglo XVII. La carita oval, pequeña, de una infancia de líneas, digna del pincel de un primitivo, la iluminaba la pasión y la radiación de dos ojos negros, murillescos, melados. Un júbilo candoroso, apenas reprimido, se leía en ellos, en la boca bermeja, en la frente reducida, hecha para la aureola de la toca; y al divisar á Silvio, la piedad sustituyó á aquella enajenación de triunfo.
—¿Es el enfermito?—preguntó.—¡Qué jovencito! ¡Pobre!
Y las dos monjas acompañantes de la desposada, más expertas, se apresuraron á decir:
—¡Pero ya está muy repuesto!... ¡Ya parece otro!
—Es sor Margarita, la parvulista, que ha profesado esta mañana—explicó Minia.—Hoy está de novia; celebra sus bodas.
—De novia está servidora, por cierto—repitió la cándida voz juvenil.
—Refrescaremos luego—advirtió Minia.—Sor Margarita, siéntese junto al enfermo, para que la vea.
—¡Nuestra Señora le sane!—deseó fervorosamente la desposada.
—¿Por qué la llaman á usted parvulista?—preguntó Silvio á sor Margarita.
—Porque servidora es la que enseña á los pequeñitos—contestó la monja.—Los pequeñitos, los párvulos...
Hablaba de los niños con inflexiones muy suaves. Bajaba los ojos, ruborosa. Silvio la contemplaba, y veía temblar sus negras, pobladas pestañas, sobre la mejilla sonrosada, de una tersura maciza de capullo. Y, detrás de sor Margarita, las azucenas formaban semicírculo, como el fondo de una página de misal. Las había muy abiertas; otras no desabrochaban aún, escondiendo en su seno de perla peraltada el oro de sus pistilos. Silvio no se acordaba del mal. Absorto en el hechizo de aquella acuarela—la monjita, con su corona hierática y su ramo de azahar sobre el pecho, rodeada de las flores marianas, envuelta en el perfume de sus incensarios místicos,—no pensaba en otra cosa. Entre el canto del agua del surtidor—no menos pura, no menos musical,—escuchaba un acento que repetía:
—¡Nuestra Señora le sane! ¡Le dé lo que más necesite! Por el día en que estamos se lo he de pedir...
Dos horas después, Silvio secreteaba á Minia:
—¿No cree usted que la monjita ha de pensar algo en mí, al quedarse sola, aunque no quiera?
Minia sonrió de la fatuidad candorosa del artista... Lo que había exclamado sor Margarita al salir del jardín era esto:
—¿Se dispondrá? ¿Le ocurrirá cuidar de su alma? ¡Dichoso él entonces!
Y las dos monjas mayores repitieron:
—¡Dichoso él entonces! Y se va á quedar como un pajarito, á la hora menos pensada...
Preocupado aún, Silvio murmuraba:
—¡Qué mona es esa esposa... sin esposo!
—¿Sin esposo?—repitió Minia.—De las mujeres que conoce usted, ¿es ésta la que está sin esposo? Piense en las demás... en sus amigas... ¿Es tener esposo tener al lado un señor de bastón y gabán? La parvulista tiene esposo; vive por él, con él. Acuérdese usted de lo que me escribió desde Holanda, cuando pudo usted contemplar el Cordero Místico... Hay una verdad, una verdad que no está en el barro, ni en la fisiología...
Y el artista, riente como niño que olvida sus miedos, aprobó:
—Está tal vez en las azucenas...
—Está de fijo en las azucenas—confirmó Minia.—Todo lo demás es bien deleznable.
—Parece una niña la parvulista—observó Silvio.
—Joven es, pero no tanto como representa; su inocencia le sirve de infancia. ¡Si supiese usted á qué trabajo se dedica! Toda su enseñanza es de viva voz. Hay días en que se acuesta despedazada, hecha trizas la laringe.
—Contraerá una tisis—pronunció Silvio, apiadado, sin reflexionar. Y Minia, asombrada de la ironía de las cosas humanas, de aquel moribundo vaticinando á un sér todavía sano su mal mismo, suspiró.
—No suelen llegar á viejas estas parvulistas...—dijo.—Sor Margarita, hoy, era una rosa entreabierta, pero á diario está muy pálida, consumida. Quiere de un modo infinito á los pequeños, y aunque hagan mil trastadas, no los castiga jamás. Madre es, madre entrañable... No diga usted lo contrario.
—Lo que digo es que quisiera retratarla, sobre esta línea de azucenas, con su corona de flores y su azahar sobre el corazón. ¡Qué hermosa es la primavera, Minia! ¿Cree usted que se dejará retratar la monja?
—¡Estoy segura de que la superiora no se lo permite!...
La sacudida se prolongaba en los nervios de Silvio. Llamaradas breves de arte, de gloria, encendían su diaria calentura. Habiendo comido un poco mejor, reposado algo, recibido la benéfica influencia del renuevo, de la germinación y expansión de la naturaleza,—esperanzas, impaciencias, llamamientos de lo exterior le soliviantaron.—Y una mañana, al rechazar la bandeja con la copa de leche vacía, susurró al oído de la baronesa:
—¡Estoy mejor!... ¡Estoy mucho mejor!... He resuelto empezar á pintar. Iré por ahí, tomaré apuntes de paisajes...
Nadie le contradijo. Levantado al otro día más temprano que de costumbre, afeitado, aseado, galvanizado, dijérase que, en efecto, recobraba la salud por instantes. En la sala del piano, donde acostumbraban pasar la velada, sobre anchurosa mesa antigua, de caoba lustrada por el uso, dispuso el artista que se colocasen y extendiesen los chirimbolos del oficio. De todo había traído en abundancia: rollos de papel, cajas de lápices, lienzo imprimado, pinceles, tubos de color; la baronesa suministró el caballete. Domingo, el criado que atendía al artista enfermo, sin repugnancias ni aprensiones de contagio, acudió solícito á evitarle la fatiga, á arreglar y limpiar tanta menudencia. Mientras el servidor frotaba, ordenaba, dejaba la paleta libre de cazcarrias de color seco, reluciente de aceite, como bruñida, Silvio, desde su sillón, seguía las operaciones con ansia, pareciéndole que se tardaba mucho en terminar. Sobre un tablero extendieron el papel gris y lo sujetaron con chinches: Silvio no sabía si empezar por un pastel ó un óleo, y también en largo bastidor le clavaron lienzo... Cuando todo estuvo corriente, formado, en orden los pinceles, las brochas, las buretas, el frasquito del barniz secante, á buena distancia del caballete, levantóse Silvio, rechazó la manta con que la baronesa le había cubierto las piernas, como siempre,—y á paso vacilante se acercó á la mesa, exprimió color de los tubos, encajó el pulgar izquierdo en la paleta, agarró el tiento, un puñado de pinceles... Quería “manchar” cualquier cosa...—De repente un vértigo le cubrió de sombra las pupilas, una mano de bronce le cayó sobre el pecho: era la palma de un gigante obscuro, que había entrado por la abierta ventana, y que, del manotón le arrancaba paleta, pinceles, todo... Y desvanecido, Silvio soltó los instrumentos, y recayó en el sillón, gesticulando insensatamente. Sobrevino el ataque de nervios, anunciado por el primero de los rugidos estertorosos que habían de llegar á ser forma usual y aterradora de su queja...
Desde aquel momento, los trebejos de pintar desaparecieron; el artista no volvió á reclamarlos, no porque se hubiese penetrado de la verdad tremenda, sino porque sus fuerzas decaían, y entraba en ese período en que el enfermo no atiende sino á sufrir. No era su lenta agonía la extinción suave, insensible, de la vida del pájaro, que habían predicho las monjas; entre todas las formas del mal, había tocado en suerte á Silvio la más cruel. Su enfermedad empezaba á ascender hacia la cabeza. Por momentos, las alucinaciones de Busot volvían, pero no humorísticas, sino terribles, delatoras de que un instinto misterioso anuncia siempre á nuestra sensibilidad lo que la razón impotente y torpe se resiste á ver. Mientras Silvio creía, despierto, que recobraría la salud, dormido el alma le avisaba, profética, con graznidos de ave sepulcral.
Sobre todas las demás sensaciones angustiosas, percibía una, casi intolerable: la de la disociación.—Silvio, que tanto había aspirado á sobrevivirse afirmando su individualidad victoriosa, sentía vagamente disolverse los elementos que la componían.—Era sin duda el trabajo sordo, obscuro, de la enfermedad en su cerebro, desbaratando esa trabazón de las percepciones en que se basa la unidad de la conciencia; era el soplo del mal, haciendo oscilar la luz, columpiándola antes de extinguirla, dispersándola en el vacío. Silvio, como artista y sensitivo afinado y refinado, había reconocido siempre poderosamente la identidad de su sér; pero al presente, horas enteras, bañado en viscoso sudor, molidos los huesos por la prolongada estancia en el lecho, invadida la cabeza por las colonias microbianas, perdía la noción de su realidad, se sentía hundido, anegado en la naturaleza enemiga, en la dañina materia. Era una percepción sorda y confusa del aniquilamiento de lo único que nos sostiene y escuda contra el empuje de las fuerzas desintegradoras: del yo, esa enérgica reacción de un individuo contra lo que no es él.—Y, alzando la húmeda y descolorida frente, Silvio repetía con la dolorosa sonrisa de los martirizados:
—¿Sabe usted, baronesa, que esta noche soñé que era hierba, y que me pastaban los bueyes?
—La hierba es una cosa muy bonita—contestó la baronesa afectando buen humor.—Justamente hoy el día está magnífico, y usted se va á poner elegante y se va á sentar en la terraza, sentadito, ¿eh?, no tendido en la cama, sino sentado, porque es usted muy comodón, y acaba por perder fuerzas... Ya instalado allí, tranquilo, verá la labor de la hierba, que es preciosa...
Cumplióse el programa. Silvio, alentado por la dulzura aterciopelada del aire, y en una de esas rachas de leve mejoría que traen á los enfermos de muerte repentino engreimiento, se vistió, se acicaló, calzó las elegantes botas inglesas que gastaba en el castillo de Alorne. Y con su presunción de niño, murmuró, pavoneándose:
—Me he arreglado como si estuviese en el manoir de la Condesa de los Pirineos.
Minia, algo picada, preguntó, con la tolerancia que se otorga á los enfermos:
—¿Hay una toilette para sus grandes amigas de Francia, y otra para las de España?
Silvio, en vez de responder, tomó la mano de Minia, y la besó. El amistoso reproche era fundado, y el artista, en su ingenuidad, se acusaba muchas veces de cierto esnobismo.
—Mis grandes amigas de Francia—murmuró—acaso no serían capaces de sufrir mis chinchorrerías de enfermo... Soy un tonto, ya lo sé.
—Ya lo sabemos...—articuló riendo la compositora.—Ea, basta de etiquetas, y vamos á ver la corta de la hierba, que es una sonatina pastoral encantadora.
Salieron, apoyado Silvio en el brazo, todavía tan fuerte, de la baronesa. Costábale trabajo andar; arrastraba los pies como un viejo; se cansaba, se detenía. Sin embargo, vencida la cuestecilla entre el patio y la terraza, respiró un poco mejor, dilató con delicia las fosas nasales. Era que acababa de inundarlas la bocanada del perfume más idílico: el de la hierba, no recién cortada (que entonces no embalsama), sino ya medio seca por el sol encima del mismo prado, y removida para voltearla.
En efecto, esta era la labor. Á distancia, el prado, cubierto de hierba extendida, en vez de su color verde tenía tonos de plata tostada, sedeña; y sobre el fondo de esta cosecha impregnada de sol, trasegándola con los horcados, nadando en ella, las mozas, de refajo grana y pañuelos amarillos, trabajaban entre risas y canciones. Era imposible concebir cuadro más atractivo.
Se habían elegido por volteadoras rapazas aniñadas aún, de rubia trenza, de pies menudos, ágiles dentro del zueco ó del grueso zapato; y cumplían su tarea jugando, desafiándose á arrojar más arriba la desflecada plata de la hierba.
Alrededor del prado gallardeaban las rosas en flor, y en el horizonte, el bosque de castaños tendía un tapiz de verdura honda y reciente, sobre el azul del cielo lavado y vivo como una acuarela. Silvio se extasió desde su butaca. Experimentaba esa impresión de calma y seguridad que produce una residencia como Alborada, cuando la animan las labores campestres. El perfume de la hierba le embriagaba. Y la gran poesía de todo aquello, la formuló con la más vulgar incongruencia.
—¿No le dan á usted envidia algunas veces los jumentos?—preguntó á Minia.
—Mil veces. No habría cosa más simpática que poder soltar la razón, depositándola en una cajita bien cerrada, para recogerla cuando á uno se le antojase. Nuestra tortura viene del cerebro. Las sensaciones plácidas del asnillo en el prado nos aliviarían. ¡Porque, verdaderamente, Silvio, ni aun el sueño nos reposa! Entre sueños, se activa la vida ilusoria, toman cuerpo las ilusiones, y se sufre también.
—Entre sueños—aprobó Silvio—es precisamente cuando se me ocurren á mí cosas estupendas, y me traigo una batalla de desatinos, que se disfrazan de concepciones sublimes. Entre sueños pinto cosas magníficas, y con facilidad asombrosa creo obras maestras. Y las veo, las veo concluídas, radiantes... Entre sueños también lucho con endriagos, fantasmas y visiones que me destrozan... ¡El sueño! Sobre todo desde que enfermé, el sueño no me restaura: me aplana ó me excita.
La parte soñadora de nosotros mismos debe de ser la que sueña, y la que nos restauraría sería la animal, y más aún la vegetativa, el tranquilo cumplimiento de funciones puramente naturales... Por esto envidiamos al jumento cuando se hunde entre los mullidos tablares del prado.
—¡Qué bien me hace el olor de la hierba!—declaró el artista. Y en efecto, los tres ó cuatro días que duró la labor, la mejoría de Silvio pareció sostenerse. No era sino un alto en la enfermedad, cosa frecuente en estos males de consunción; pero bastaba para sostener el optimismo de Silvio, el convencimiento extraño de que no podía morir. No cabía en la cabeza del joven la idea del desenlace. Las señoras empezaban á pensar con angustia en el momento en que la Esqueletada, llamando á la puerta con sus secos nudillos, trajese la terrible y bienhechora verdad, clavase negro alfiler á la mariposa del alma...
Minia había oído hablar mil veces del tenaz optimismo de los tísicos, pero lo creía una de tantas leyendas. Al comprobar la realidad del fenómeno se admiraba.
Silvio (tal es la fuerza del instinto que nos apega á la persistencia de nuestra individualidad) no apreciaba su destrucción. Alentado, asistía con goce de los sentidos—de la vista, del regalado olfato—al espectáculo interesante. Lánguidamente miraba alzar, remover, orear y volcar la hierba, hasta que, seca ya por ambas caras, la apilaban en montones de oro, inmensas cabezotas rubias, que surgían sobre el fondo raso, de un verde infantil, del prado afeitado al rape. Con sus horcados iban las mozas formando las medas, dándoles la primitiva hechura de las huttes salvajes, moradas del hombre cuando abandonó la vida troglodítica. Realizaban este trabajo con destreza sin igual, con rapidez graciosa, siempre jugando, siempre á carcajadas, en labor que tiene mucho de recreo para jornaleras habituadas al destripe de terrones, al corte y pise del espinoso tojo, al empile del estiércol. Y las excitaba además—con prurito de rústica coquetería—el que desde la otra terraza, frontera á la fachada principal, los canteros y picapedreros las miraban á hurtadillas, comentando vigores, robusteces y gallardías anatómicas... Desde las almenas de la torre de Levante, que aquellos días estaban acabando de coronar, otros obreros, distrayéndose de su peligroso trabajo, también las requebraban, con carantoñas y burlas. Á medida que la tarde avanzaba, las mozas cantaban más despacio y medaban menos: la fatiga, el calor, retardaban el movimiento de sus brazos y ensordecían las canciones de sus bocas. En vez de coplas maliciosas de desafío, entonaban un ¡alalalaaá! prolongado con melancolías vespertinas y cadencias lentas de resignación, de soledad, de ausencia y nostalgia. Cuando por casualidad las medadoras (en vez de lanzar ojeadas á los fornidos canteros que silbaban tonadillas como para asociarse al canticio) se volvían hacia la terraza, donde yacía, recostado, aquel señorito de cara de cera, á cuyos pies se tendía un perrazo de pelo color de humo,—su voz se volvía más baja, apagada con sordina de respeto y compasión. ¿Qué tenía aquel señorito, malpocado? ¿Qué le pasaba, que ni andar podía, sino sostenido por otros? Ellas sabían por la hermana de Pilara, una medadora, que se le guisaban muchos platos, que de Marineda venía el médico á menudo... Y susurraban bajo: “¡Tan nuevo! ¡Tan mociño y tan galán! ¡Dios lo remedie!” Después continuaban erigiendo sus medas provisionales de oro blanquecino y seda pajiza. La meda definitiva se constituiría en la era, cuando se llevasen la hierba los carros. Vinieron éstos y se reanimó la labor, porque en ella tomaban parte ahora mozas y gañanes, y los que guiaban el carro dirigían retadoras miradas, desde el hondo prado que surcaban las birtas, á los picapedreros y canteros, cuando subían las almenas y lanzaban, al izarlas, un ahuum penoso, salvaje. Andaban los de la parroquia—los pocos varones que dejaba la emigración,—esquinados con los canteritos jóvenes venidos de Pontevedra, que se llevaban á las rapazas de calle. Y los aldeanos, jactanciosos, erguidos sobre el carro, acalcaban la hierba con los pies para cargar de una vez gran partida. Silvio encontraba hermosísima la escena, deliciosa la nota de color; sobre el prado las yugadas de los corpulentos, pachorrentos bueyes rojos, los carros célticos, con sus ruedas macizas, sus cainzas de mimbre negruzco, y desbordándose de ellas, el rubio colmo de la hierba encendido por un rayo muriente de sol y el gañán de pie sobre el carro, dorada también su figura y recortada sobre el cielo... Raudales de poesía bucólica le brotaban en el alma, y su sentimiento exquisito le hacía saborear no sólo el cuadro, sino el plañidero toque de oración, que suspendía la labor campestre.
—El cuadro es más hermoso, porque es religioso, Silvio—observó Minia.
—Sí—respondió el artista.—Es la nota de Millet. No es religioso un cuadro porque represente una Virgen ó un Cristo; puede representar eso y ser lo más profano del mundo. Y puede representar esto, unas medas, unos carros... y si uno supiese traducirlo bien con el pincel, sería no sólo religioso, sino místico.
—Me agrada que lo comprenda usted... Cada barrera de convencionalismo que usted salve le hará más artista y más hombre.
—Parece que se me han caído de los ojos unas escamas—declaró Silvio.—Yo antes fuí esclavo de la naturaleza en su aspecto material. Ahora, sin salir de ella misma, encuentro tesoros de emoción. ¿Se acuerda usted de mi Recolección de la patata? Aquello era sencillamente una vulgaridad, un rasgo de ordinariez. El asunto, el modo de tratarlo, el colorido... Compárelo con esto que tenemos delante, tan majestuoso, tan sereno... ¡Y pensar que ahora, que veo claro lo mejor, se me caen de las manos paleta y pinceles!
Persuadido, añadió:
—No moriré de este mal; pero suponga usted, por un momento, que muriese... Es aterrador, Minia... ¿Qué quedaba de mí? Cosas que ya no responden á mi sentir. Ideas que ya rechazo... Y lo verdaderamente íntimo, lo que he ido descubriendo... ¡eso nadie lo sabría! ¡Eso iría conmigo al otro mundo!
Interrumpióse para escupir su pobre pulmón deshecho, y con rosetas de fiebre en las mejillas, agregó:
—¿Qué diría usted, si en el techo del castillo de la Condesa de los Pirineos reprodujese yo la corta de la hierba seca en el Pazo de Alborada?
El último carro se retiraba chirriando, estridente y fatídico; el horizonte era violeta; las hojas se estremecían.
La baronesa ordenó:
—Va á caer rocío... Á casa, á la cama los enfermos...
Se inició un período aún más angustioso: empezó á faltar el aire á Silvio.
Por momentos respiraba normalmente; pero de pronto, la ansiedad se apoderaba de él, y descompuesta la faz, lívidas las mejillas, principiaba á jadear, á inspirar y espirar con esfuerzo horrible. Un día que, sentado á la mesa, entre desganado y encaprichado, picaba con el tenedor blanco filete de lenguado fresquísimo, rociado con limón, se levantó de pronto llevándose las manos á la garganta, al pecho, á las sienes después; se precipitó hacia la ventana, abrió la boca en redondo, aspiró locamente, y como el jadeo de asfixia no cesase, tambaleándose, se arrojó al suelo, tendido cuan largo era. No podían las dos señoras, la baronesa muy forzuda, Minia de endebles puños y delgadas muñecas, levantarle en vilo, ni aun con auxilio del criado, porque Silvio hacía señas desesperadas, lanzaba ayes para que le dejasen así, como un cadáver, aplacado al piso. Y daba horror su cuerpo huesudo, largo, sacudido por el jadeo. Al cabo se logró acostarle sobre un sofá. La disnea se calmó, dejándole en abatimiento sumo.
Desde entonces no tuvo Silvio comida gustosa, y empezó á cerrársele el pico, á repugnarle todo, hasta esos alimentos que crían fibra y sangre.
Eran el último refugio, el último baluarte de su enfermera, los huevos, los sanísimos huevos, blancos y limpios como capullos, que la baronesa le enseñaba recién puestos, calientes aún del cuerpo de la gallina, con transparencias rosadas al través de la nitidez de fina escayola de su cáscara. Y, estando cenando, vió la baronesa que el enfermo movía la cabeza, hacía un mohín de repugnancia á la yema batida con azúcar y Jerez, y después, que dos lágrimas se deslizaban, lentas, por las mejillas enflaquecidas.
—¡Me han repugnado!—repetía Silvio con infinito desconsuelo.—¡Se acabó! ¡Me han repugnado definitivamente! ¡Mejor comería cualquier asco! ¡Repugnado, repugnado los huevos!
La baronesa también sentía la amargura profunda de aquel vulgarísimo y tremendo accidente. ¡Lo más nutritivo, lo que se asimila mejor! ¡Desgracia grande! Y ¿qué darle ahora? ¿qué discurrirle? ¡Perdido ya el estómago! ¿Cómo defender la plaza? Era la derrota.
Y se empeñó la lucha con lo imposible... La enfermedad se cebaba en su presa, triunfaba. Los síntomas eran á cada paso más varios y crueles. Aflicciones nerviosas, síncopes, desfallecimientos, dolores de huesos, molimiento infinito... Una noche, á las altas horas, la baronesa, que había trasladado su dormitorio para debajo del del enfermo, á fin de vigilar la asistencia, oyó la voz del criado de guardia, que la llamaba con apuro.
—El señorito Lago... El señorito Lago...
La señora saltó de la cama, se envolvió atropelladamente en una bata, corrió... Silvio parecía agonizar. Sobre la almohada blanca, su faz era de tierra amasada con yeso, sus ojos se retraían, su nariz se afilaba, su boca se llenaba de sombra lívida. Mil veces había pensado la baronesa en la llegada de aquel instante; empero, sintióse aterrada, como ante un caso imprevisto. Se precipitó á sostener la cabeza del artista, inerte.
—¡Silvio!—repetía.—¿Qué es esto? ¿Qué tiene usted?
Débilmente, en un soplo, Silvio pronunció:
—Mucho frío... Me hielo...
La baronesa, rehecha ya, empezó á dictar órdenes.
—Calentar una manta... Espíritu de vino... Ron... Coñac. El calentador...
Toda la casa se había puesto en pie, con la alarma. Pilara reavivaba el fuego, sacaba brasas para el calentador; el sirviente empapaba en alcohol franelas, y friccionaba el cuerpo flaco, devorado por la calentura.
Silvio volvió á suspirar:
—Tengo frío... Tengo frío...
Fuera, la noche era espléndida, estrellada. Llegaba el verano con sus caricias y sus vitales soplos. La ventana, por orden expresa del médico, debía permanecer abierta siempre. Pero la baronesa la cerró, bajo la impresión de aquella queja, y dispuso calentar por dentro á toda costa.
Á los labios del moribundo acercó una cucharada de coñac. Al principio, Silvio apretaba los dientes y resistía; pero la baronesa le entreabrió la boca con el rabo de la cuchara, y deslizó el líquido. Según iba cayendo, oloroso y fuerte, y por las venas entraba su virtud, el agonizante resucitaba, sus ojos se entreabrían, mirando á la baronesa con transporte.
—¡Dios mío!—murmuraba.—¡Qué congoja he pasado! ¡Qué frialdad tan horrible! ¡Qué bueno es tener calor! ¡Qué bueno es tener quien le quiera á uno!
Y con efusión de reconocimiento, repitió extendiendo las manos:
—Sólo los buenos, sólo los buenos... Denme la bondad, el abrigo... ¡Me siento tan bien! Me ha salvado usted, baronesa. ¡Qué trabajo la doy! ¡Qué trabajo á todos los de esta casa!
—Déjese de eso, y duerma... Á ver si concilia el sueño un poquito...
Llegaba tarde la advertencia. Silvio acababa de aletargarse dulcemente, aturdido por el bienestar.
Al día siguiente estuvo animado, fué por su pie al jardín, tomó leche con gusto (leche de engaño, en la cual la baronesa deslizaba la yema de un huevo, afirmando que la vaca daba una leche amarilla, de un color raro, pero sabrosa, muy sabrosa...) Y la idea de la muerte, si es que un instante había rozado con ala de murciélago su imaginación, desapareció como desaparecen, en cuanto el sol alumbra, los bichos nocturnos y las mariposas atropos, que llevan una calavera en el corselete...
—Es el problema que tenemos aquí—decía Minia en conversación con el antiguo capellán de la casa, bajo los castaños del soto, en la revuelta donde no podían llegar sus palabras á los oídos de nadie.—¡Es un problema bien extraño! Cuando más avanza la muerte, menos cree en ella, menos siente la presencia de esa definitiva realidad.
—No me sorprende—confirmaba el sacerdote—lo que usted dice... En mi ejercicio de auxiliar moribundos he visto que, aunque estén con el estertor, muchos no creen llegado su término... Y en esta enfermedad, lo que es en ésta... ¡nunca!
—Decírselo... ¡No hay fuerzas para decir una cosa así! Y por otra parte... yo no sé lo que piensa, yo no he calado su alma. Es probable que esté petrificado en indiferencia absoluta; quizás no cabe en él más que su Quimera... ¡Si es así, y se entera de su condena á muerte, y ve que se va sin realizar lo soñado, se entregará á la desesperación en vez de aceptar el consuelo de las horas supremas!
—Explórele usted—murmuró el sacerdote, que había venido desde Marineda con tal fin.—Explórele; usted le conoce mejor... Yo no acierto... Estos artistas ¡son tan diferentes de todo el mundo! Persuádale.
—¡Persuadirle!—repitió la compositora.—Me fiaría más en un arranque de sentimiento...
Entró de mañana en el cuarto del enfermo. Este no se había levantado aún. Medio incorporado en la cama, intentaba escribir, sirviéndole de pupitre un elegante portfolio de marroquí inglés, con cantoneras de plata—regalo de Lina Moros.—Sobre la cama, andaban esparcidas diez ó doce cartas, cuyo perfume revelaba la procedencia femenina. Algunas lucían escuditos heráldicos en oro, plata y colores; otras mostraban, sobre el papel satinado gris, un círculo en que se encontraba inscrito el nombre en elegantes caracteres. Las formas del papel eran originales, y aquella correspondencia daba sensación de vida exquisita, de plena high life. Era la clientela de Silvio, sus amigas momentáneas, las de la sonrisa zalamera, las del galanteo ocasional y el repentino capricho, las que se encanallaban un día, por variar, hartas de lo monótono del amorío sin idealidad con los hombres de caballo y club. Y Minia, frente á sí, en la pared, vió agrupadas, con la peculiar gracia de Silvio, con su coquetería de arte, fotografías de las corresponsales, en trajes de elegancia rebuscada y efectista, escotadas, haciendo resaltar las bellezas de su cuerpo, en la actitud y con la sonrisa que más favorece.
Á ellas es á quienes Silvio quería responder, asiéndose á aquel interés frívolo, bastardo, como á forma palpitante y ardiente de la vida que le abandonaba... Las otras, las protectoras buenas y serias, la Condesa de la Palma, la Pirineos, se habían informado de su salud preguntando extrajudicialmente á la baronesa y á Minia. Éstas, las guerrilleras de vanidad y amor, acaso ni sabrían que sus cartas iban á caer en un lecho mortuorio.
Silvio empezó á hacer garrapatos; su mano temblaba; la letra era ininteligible... Sudor penoso trasmanaba de su sien. Agachó la cabeza, suspirando, soltó la pluma, y exclamó lleno de desconsuelo:
—Imposible... No acierto á trazar dos renglones. No es el pensamiento, es la mano... ¡Ni pintar, ni aun escribir!
Y al cabo de un instante, buscando el engaño de la fantasía:
—Es la debilidad. No es otra cosa. Así que me fortalezca un poco...
—Entretanto—dijo Minia—¿por qué no olvida usted enteramente este aspecto de su vida? No hay nada que descanse, que fortalezca, Silvio, como olvidar. Nuestro sentir es una especie de mosaico, que no debemos mirar obstinadamente en sus pedazos de piedras de colores, sino en su conjunto. ¿Le importan á usted las monísimas corresponsales?
—No las tengo ningún cariño... Al contrario... Ya sabe usted mi modo de ser... pero se me figura que no nos apegamos á la vida por lo que nos infunde cariño, sino por lo que nos causa irritación, picor de vanidad... ¡Minia! ¡Qué hermoso será vivir, cuando me cure y vuelva allá, á realizar mi ensueño de siempre!
Minia callaba.
—¿Cree usted que tardaré mucho tiempo en curarme? ¡Usted no tiene fe en que yo sane antes del invierno!
—¡Quién sabe, Silvio!—articuló ella.—Las enfermedades vienen pronto y se van tarde... Escúcheme... La enfermedad tiene algo de serio, algo de augusto, algo que nos familiariza con lo inmortal que existe en nosotros... ¿No piensa usted así? Un enfermo es un hombre que momentáneamente renuncia á vanidades, concupiscencias, flaquezas... La existencia de un enfermo es necesariamente moral, necesariamente pura...
—Sin duda mi enfermedad es más antigua de lo que creí—respondió él;—porque hace meses me conduzco como un santo... relativo. Al Doctor Moragas se lo he dicho, y se hizo cruces. Él creía que, estragado por los vicios de París... Y á mí lo que me ha consumido, lo que me tiene tan débil, es... mis sueños... ¡mis sueños, Minia! ¡Eso me ha emponzoñado las venas! ¡Eso es lo que me devora!
—No lo dudo... Pero al mismo tiempo...—La mirada de Minia se fijó de nuevo en la pared; buscó las fotografías, las semidesnudeces, las sonrisas artificiosas,—el que entrase aquí creería... ¡Si Moragas ha visto todo eso!
Silvio, otra vez abismado en su almohada, hizo un gesto de indiferencia suprema.
—¡Bah! He puesto eso ahí como podría poner un niño un pliego de aleluyas...
—Pues desdicen esas fotografías de la dignidad, de la nitidez de una alcoba de enfermo, Silvio... Ya sabe usted que soy franca.
—Quítelas; haga lo que considere oportuno.
Minia recogió los retratos, y por un refinamiento de delicadeza, no quiso guardarlos ni en la maleta ni en los cajones. Los archivó fuera, en un mueble. No se escandalizaba, ni creía que tales retratos fuesen reprobables, si allí no estuviese un hombre sentenciado. El cuarto era capilla. Y, al mirar las paredes blancas de cal, desnudas, pensó que todavía no era tiempo de traer allí á la Madre, á la que los ángeles rodean y las estrellas coronan; á la que tiende su mano, húmeda de lágrimas y oliente á incienso, á los moribundos. Ya llegaría la ocasión...—Por ahora bastaba un violetero, un cuadrito, un jarrón con rosas blancas. El cuarto perdería su aspecto bohemio, y se purificaría por la hermosura de esas rosas que apenas dan olor.
El camino tenía que ser insinuar el respeto á la enfermedad. No se le podría decir á Silvio que se acercaba la gran Acreedora... pero sí cercarle de lo que inclina á pensar en ella sin sorpresa, sin incredulidad, sin escepticismo.
Él experimentaba, no obstante, repulsión á cuanto podía traerle un pensamiento ascético. Su fantasía, repleta de formas sensibles, se apegaba á apariencias, á los ruidos, á los fenómenos de la vida terrestre.
Á pretexto de que “podía inspirar un boceto ó un cuadro”, llevó Minia á Silvio á la sacristía de la capilla de Alborada, donde, sobre la cajonería severa, lisa y sin adornos, bajo un dosel de terciopelo granate franjeado de oro, se alza la efigie del Cristo del Dolor. Visten al Cristo unas enagüillas de raso violeta y lentejuela, y la larga cabellera obscura, como enmarañada por sudores de agonía, que vela su faz desencajada y los cárdenos labios, la sujeta una corona tejida de ramas de espinos del monte, que rodea su frente salpicada de gotas denegridas de sangre. La palidez del Divino Rostro se acentúa en ellas, y son aterradoras las melenas al descender sobre el pecho de saliente costillaje, hasta el costado abierto por la lanza. Es la imagen del más ardiente romanticismo; trágica, sugestiva.—Dos cirios la alumbraban, y su luz incierta, amarilla como un diamante brasileño, deteniéndose un punto en el Rostro, le prestaba apariencia sobrenatural. Silvio se detuvo impresionado.
—¿Verdad que es hermoso?
—Me da miedo—suspiró Silvio.—No comprendo cómo usted se rodea de estas imágenes recordadoras de los terrores de la muerte. Allí el arco sepulcral, que ya una vez... ¿se acuerda? ¡Y aquí, este Cristo que expira, y que lleva en la peana la lúgubre advocación del Dolor!
—¡De la muerte no hay que olvidarse nunca! ¡Es nuestra compañera fiel... y cuántas veces bienhechora!
Y él respondió, refractario:
—¡No me quiero morir, no señor, hasta que realice algo siquiera! Hasta entonces, vivir á tragos. Es preciso que yo sane. ¿Qué hacen esos doctores que no me curan? ¡Si yo supiese que el Cristo...!
—Su reino no es de este mundo...—sugirió Minia.
Regresaron de la sacristía por la sala, llena de embetunadas pinturas, lentamente, apoyado Silvio en su bastón, casi arrastrándose, apoyado después en el brazo rudo del hortelano. Dejóse caer en la butaca, para contemplar, según costumbre, la puesta del sol. Aquel día era imperial, esplendorosa. Se anunciaban calor y tormenta, y el sol se reclinaba en cúmulos de púrpura, inflamados, acuchillados por toques violentos de plombagina, y esclarecidos con luces de erupción volcánica, focos que parecen delatar el flamígero lengüeteo de la llama que sube. Era de esos ocasos extraños, amenazadores, en que el cielo semeja indignado, y que el pincel no puede reproducir á no caer en amaneramiento. Silvio se complacía en él con el interés que despiertan en el campo los aspectos de la Naturaleza, y con la impresión de grandiosidad que en su alma de inspirado adquirían fácilmente las cosas. El soberano espectáculo le hacía olvidar por sorpresa sus dolores; le sustraía momentáneamente á la enfermedad. Los rubíes vivísimos, flúidos, movibles, lisonjeaban su sentido de colorista.—Y, de pronto, en aquellas nubes ígneas y caprichosas, entre el incendio del cielo, la fantasía le dibujó una forma, destacándose entre las restantes. Era la de una alimaña, mezcla de dragón y serpiente, cuyo dorso se dentellaba en agudos picos, cuyas fosas nasales espurriaban fuego, cuya cola, de retorcidos anillos, se tendía azotando el aire y rompiendo las otras nubes á su latigazo triunfal. La apariencia reinó algunos instantes; pero cuando Silvio quiso enseñársela á Minia, ya se desvanecía su colosal figura, ya su brasero se apagaba...
Traído de Marineda, llegó entonces el correo.—Quiso la baronesa sustraer una esquela de defunción, que timbraba sello extranjero. Silvio le había echado mano y la abría; y su faz, un momento animada por la contemplación de un cuadro, se descomponía rápidamente...
Era la esquela mortuoria de doña María de la Espina Porcel de Dión, fallecida en Niza, “Villa Plaisirs”, según participaba interminable cáfila de parientes, rogando que se la concediesen oraciones. El artista dejó caer la cabeza sobre el pecho; la esquela rodó al polvo.—Los pájaros no cantaban en las acacias corpulentas.
—¿La quiso usted mucho?—preguntaba Minia al notar el terrible efecto de la nueva que contenía y certificaba aquel papel satinado, con estrechísima orla negra, encabezado por una cruz, atestado de nombres propios.
Silvio tardó en responder. Parte, por dificultad de respiración, y parte, por incertidumbre ante la interrogación analítica.
—No he sabido nunca—pronunció al fin lentamente—si la quise, si me fué indiferente, si la detesté. De todo habría á ratos. No he sabido si me hizo bien ó mal. Era como la vida: que nos hiere, que nos despedaza, que nos burla, que nos hace infames á fuerza de desengaños y de mentiras, pero que... ¡es la vida, qué demonio! Y Espina, Espina Porcel, era acaso, en el fondo, más artista que yo. Despreciaba más lo vulgar; sí, lo despreciaba. Ha muerto de su exaltación artística, de su afán de vivir de un modo refinado y bello, de agotar el ideal. Ha muerto de no transigir con las sensaciones comunes y prosaicas. ¡Pobre, pobre María!
—Según eso, ¿la ha perdonado usted?
—Y qué, ¿voy á odiarla, ahora que es un puñado de podredumbre?
—Tiene usted la feliz instabilidad de los geniales...—advirtió Minia.—Pero no perdone por indiferentismo... Perdone por amor, por sumisión. ¡Rece por ella!
La campana de Monegro rompió á doblar. No era el Angelus. Una casualidad: doblaba á muerto por algún aldeano que había terminado su jornada, soltado el azadón y empezado el reposo. Como en la hermosa poesía de Longfellow, el alma respondía al toque de la campana. Silvio percibió una mortaja de sombra que le envolvía y lo envolvía todo. Era, quizás, efecto de la impresión repentina causada por la esquela mortuoria; era, quizás, que el obscuro presentimiento de su propia destrucción se concretaba al fin. Imposible es trazar línea divisoria entre ciertos estados de alma, fijar el momento en que á la confianza sustituye la sospecha, al respeto el menosprecio, á la esperanza, el desaliento absoluto; á la seguridad el terror. ¿Qué había sucedido para que aquellos toques, en una parroquial de aldea, en otro caso probablemente apreciados por el artista como efecto estético, suscitasen entonces en él la percepción trágica, honda, no de la muerte, sino de algo á que la muerte sirve de pórtico de mármol negro?... Y todo se transformó á sus ojos, adquiriendo la solemnidad que tiene para el reo la capilla donde ha de esperar su gran hora. En un instante la realidad se traspuso á la otra margen, que el agua del trozo de ría, llena de tinieblas, le representaba vivamente. No fué impresión heroica, sino de espanto; de espanto frío, letal. Los árboles, ya borrosos, le parecieron fantasmagóricos; la ría, lago siniestro donde rema el barquero implacable; la silueta de las Torres, temerosa, cual si fuese la de uno de esos edificios de la Edad Media, cuyas paredes ahogaron sollozos y cobijaron dramas; y el toldo de las acacias espléndidas, extendido como regio pabellón, un manto plomizo, del cual goteaba humedad de tumba. ¡Morir! ¡Morir también, como Espina, como la modernista radiante, la de inimitable existencia! ¡No ser, desaparecer, reunirse con la Porcel en la macabra alcoba de la tierra húmeda, ó entre el informe y caótico silencio de los cerrados nichos! Y el ataque nervioso vino, fulminante. Silvio gritó ó más bien aulló su pavor, su adhesión á los fantasmas de la realidad, su voluntad terca de no sumergirse en el océano sin orillas, de oleaje monótono y fatal, donde viene á parar todo...
Fueron días de prueba los que siguieron á aquél. El cerebro de Silvio, por momentos, se desorganizaba, y sólo lo visitaban las alucinaciones del miedo. No asomaba la resignación, ni aun el estoicismo con que la juventud suele mirar la muerte. ¡Morir ya!—balbucía.—Pero ¿no habrá quién me salve? ¿No habrá quién me tienda la mano?—Y por una de esas singulares anomalías patológicas, en el agudo ataque de pavura, el miedo á morir le hacía intentar arrojarse por la ventana, siempre abierta, para acabar de una vez.
Mientras él sufría como un réprobo, la Naturaleza desplegaba galas de fiesta nupcial. Había revoltosos enjambres de mariposas y avispas; en la playa arealense las olas se tendían acariciadoras, tibias ya; pintaban las cerezas, y en la noche de San Juan las hogueras, desde lejos, en la cima de los montes, recordaban el rito sagrado, la tradición adoniaca. Desde la terraza podía verse á chiquillos y mozas armar sus lumbraradas rituales, echar en ellas brazados de leña recogida en el monte, y saltar, riendo, por cima de la llama.
En el patio de las Torres, según costumbre, hízose la lumbrarada también, más alta que todas, de leña más seca; una pira regular y monumental.
Hundido en su butaca, Silvio la consideró primero con ojeada indiferente y atónica, después con algo de goce infantil, cuando la llama, chisporroteando, se elevó, y brotó centellas volantes, charamuscas rápidas. Pero así que notó que iba apagándose, le asaltó la congoja.—Todo lo que se extinguía renovaba en su espíritu aquel pavor invencible, aquel frío de la nada. Fué preciso cebar la hoguera otra vez.
Su terror estallaba á cada instante. Un día el capellán, á pretexto de cortesía, de acompañarle, creyó poder entrar en su cuarto. La negra sotana le heló la sangre; la poca, lánguida sangre de las venas. No era la persona, era la ropa. Ni Minia ni su madre se atrevían á vestirse de negro.
—Ea, ¿qué le pasa? ¡no sea chiquillo!—repetía la baronesa.—¿No estamos aquí todos? ¿Á qué viene ese miedo? Si es un amigo, si no es ninguna visión. Tranquilizarse... ¿Un sorbito de leche? ¿No? ¿Y cómo quiere sanar, si no come?
¡Combate, agonía, tortura, la de aquel alma, incrustada en el vivir, como en la encía la raíz del diente nuevo! La vida, con su adhesividad de pulpo, con sus tentáculos recios, se agarraba; no quería soltar la presa. ¡Deseos, nostalgias, pena de lo incumplido, de lo fallido, de lo vano é irrisorio del destino; dolor de las flores no cogidas, de los aromas no respirados, de las glorias soñadas; agua que se derrama sobre el arenal antes de acercarla á la boca; rabia, calentura, disnea, fatiga, cansancio infinito, miserias orgánicas, la decadencia total!... Y, por momentos, otra vez Maia con su velo de oro, con su tul que las pedrerías rebordan.
—¿No sabe usted? Tengo apalabrado taller en París... Lo voy á decorar con telas salamanquinas, charras; algo original, porque allí eso no se conoce... Y me llevaré los muebles de Madrid, mi bargueño, la arquilla que Solar de Fierro me ha regalado. El taller de Madrid lo dejo resueltamente... ¿Para qué quiero gastar? En Madrid está agotado el filón. No: Francia, Inglaterra. Después, probablemente, los Estados Unidos. Pero ¡alto!... cuando ya haya pintado algo serio, ¿eh? algo de lo que me propongo. En el retrato voy á cambiar de sistema. Es hora de salir de cromitos... Y si no lo quieren así...
—No piense usted más que en la salud... Le hace daño formar planes—repetían las enfermeras.
—¡Vivir!—suspiraba él.—¡Sanar! ¡Correr por los sembrados!
—No se preocupe de eso de la gloria—murmuró Minia.—¿No dice que lo mejor del mundo es ser bueno? Dedíquese á ser muy bueno... siquiera mientras está malo.
—Sí—contestaba él, alzando el macilento rostro.—Voy á procurar que no me importe el arte ni ninguna de esas sublimes tonterías. Nada más que comer, digerir, dormir... ¡Qué programa bonito! Vivir como los demás hombres, y no como yo, que casi no me alimento sino de potingues... ¡La poción de Jaccoud! ¡Puaá! ¡Valiente porquería!
La Torre de Levante se había terminado, y con ella quedaba completo el vasto edificio del Pazo de Alborada. Cierta mañana apareció izado sobre el almena central un pino joven, entero, que á tal altura sólo parecía una rama frondosa. Era el xeste, signo del fin de la obra de cantería. Aquel ramo pedía un refresco para los trabajadores. Parecióle poco á la baronesa el habitual obsequio de aguardiente y pan, y dispuso un convite en forma. Obras como la de Alborada quieren repique.
Al aire libre, bajo las ventanas del cuarto que ocupaba Silvio, se dispuso la luenga mesa, y se colocaron los toscos bancos de madera, afianzando en el suelo sus pies con cuñas. La cocina activó sus hornillos, y borbotearon al fuego vastas cazuelas atestadas de arroz, carne, bacalao. El festín debía principiar cuando el trabajo terminase. Los obreros lo abandonaron una hora antes, para atusarse y vestir camisa limpia. Era su frac; la camisa como la nieve, sin planchar, oliendo á menta y lavanda.
Llegado el instante, no se precipitaron los obreros: entraron despacio, charlando, despachando cigarrillos, aguardando el aviso del mayordomo, la fórmula de acogida é invitación. Pensaban, sin embargo, en la comida, sobre todo por curiosidad de los guisos de señores. Aquellos trabajadores eran campesinos la mayor parte; picaban y sentaban en verano, regresaban á sus casas en Navidad á matar el puerco, engendrar los casados el chiquillo anual, y dejar las heredades labradas. El no despreciable salario se lo llevaban casi entero á las mujeres en un nudo de pañuelo, porque comían frugalísimamente y no practicaban vicios. Gente buena, honrada “con vergüenza en la cara”, como ellos decían. Mantenidos á brona, leche desnatada, pote de berzas, la idea del convite les divertía, pellizcándoles la embotada imaginación. Sin embargo, no querían atropellarse; esperaban, correctos y reservados, muy en su lugar.
Ni aun cuando el mayordomo les gruñó, lleno de cordialidad: “¡Vaya muchachos, al xeste, al xeste!”, se decidieron á correr, sino que emprendieron la marcha con lentitud, la propia pachorra con que entran á la labor diaria. Guardaban política y mesura. La vista de la mesa, tan cabal, con sus platos, su pan servido, sus servilletas, sus tazas para el vino, sus cubiertos, les impresionó. Solían ellos comer tumbados ó agazapados en tierra, sosteniendo el corrusco de pan con la izquierda y manejando con la derecha la navaja que pincha el compango de sardina. ¡Y ahora, aquella mesa servida como para caballeros!
Ya salía de la cocina, remangada, portadora del soperón humeante, la mayordoma; y los invitados aún no se habían atrevido á llegarse: manteníanse en pie. Fué necesario que les animase la misma baronesa:
—Á vuestro sitio, ea... á comer, que se enfría... Que luego se hace noche...
Fueron acomodándose, más respetuosos que diplomáticos, y también diplomáticamente atribuyeron el puesto de honor á quien le pertenecía: al maestro de la obra, cantero todavía mozo, pero más entendido que los restantes. El hortelano, invitado, y un asentador viejo, socarrón, decidor, obtuvieron lugares de preferencia. Los demás se colocaron al azar, sin desorden, poco á poco, y se miraban de soslayo á ver quién se atrevía á trasegar la primer cucharada del gorduroso pote de berzas con tajadas y costillas de cerdo.
Cerca de un minuto transcurrió así, sin que ninguno se arrojase. Pilara les animaba, alabando el caldo, que estaba “que se comía solo”; al fin, el viejo, con más mundo y aplomo que los rapaces, se llevó la cuchara á la boca, y le imitaron, acompasadamente, cuidando, como manda la buena crianza, de no tragar aprisa. Pero el caldo era manteca pura, y, con sus tajadas, alborozaba el estómago.
Los servidores acudieron portadores de jarros, y escanciaron negro vino en las tazas, animando á que los obreros remojasen las fauces, secas del polvillo de la cantería. Las manos huesudas, recién mal lavadas, se tendieron hacia los cuencos de barro; y después de beber regaladamente, por falta de costumbre de utilizar la servilleta, que habían dejado tiesa y doblada, limpiábanse con el dorso de la mano ó con su propio pañuelo de hierbas.
El pote habíase agotado, y aún no se resolvían á hablar sino en voz baja, cohibidos por los señores que les miraban, por la novedad del festín. Silvio, hundido en su butaca, contemplaba aquel cuadro pintoresco, deseando que adquiriese carácter á lo Teniers. ¿Por qué ni hablaban, ni juraban, ni silbaban sus tonadillas irónicas, lo mismo que cuando, colgados en el espacio, sobre la estadía, izaban enorme sillar para asentarlo? Aquellos pájaros laboriosos no cantaban á gusto sino en el aire ó bajo el cobertizo, moviendo el pico ó empuñando la palleta...
Sin embargo, al aparecer el segundo plato, un guisote de carne que trascendía, estaba roto el hielo. Los cubiertos tilinteaban alegremente. Se cuchicheaba, surgía alguna risotada. El asentador viejo, representación de la experiencia y el mundanismo en la cuadrilla, arriesgó un elogio humorístico.—¡Que así se volviesen todas las piedras de la obra! ¡Que así se volviesen cuantas había sentado en su vida! ¡Y que cayesen riba de él!—Se celebró. Tenedores y cucharas se activaron; hubo alabanzas á la guisandera.—¡Que guisase así hasta esfarraparse de vieja! ¡Que nunca las manos se le cansasen de guisar!
Entonces fué cuando Silvio, que miraba atentamente la escena desde su ventana, empezó á sentir una tristeza envidiosa. Aquellas fuertes mandíbulas, que masticaban vigorosamente; aquellos hombres entregados á un deleite hondo, animal, bueno y gozoso; aquellos cuerpos ágiles, curtidos, no desgastados por el alma, le causaban la fascinación dolorosa de la envidia, la más torturadora de las pasiones, porque en ella se sufre de ser quien somos, tal cual somos, de tener nuestro yo y no un yo diferente. Silvio se acordaba del tiempo que había pasado queriendo ser otro, un maestrazo del arte... Y ahora, bajo las garras de la enfermedad, que tanto humilla el deseo, que reduce las magníficas ambiciones y los alados sueños á la aspiración de una función fisiológica normalmente cumplida,—sólo ansiaba volverse uno de aquellos comilones embelesados, que saboreaban la fruición grosera, franca y deleitosa de un guisote en punto cayendo en un estómago virgen. Los rostros se coloreaban, los ojos relucían, y la aparición del bacalao á la vizcaína, listado de rojo por las tiras de pimiento, fué celebrada con explosión de regocijo. Se daban al codo, guiñaban el ojo; y, para mayor contento, el gaitero entró entonces, seguido de su tamborilero, preludiando la muiñeira mariñana.
—Que no toque, que se siente y coma—ordenó la baronesa. Y la gaita reposó; las notas agrestes, penetrantes, se cobijaron entre las rosas, entre los saúcos y las madreselvas, porque el bacalao exhalaba un tufo...
Bocado tras bocado, embaulando, vaciaban los tazones. Ninguna preocupación debilitaba su fuerza digestiva, fuente de alegría, centro de la felicidad orgánica. Eran como niños, igual los que en la barba hirsuta y sin afeitar mostraban canas amarillas, que los mozos de bigotillo naciente.
Y Silvio envidiaba, envidiaba... como el prisionero envidia el aire, la luz, el solo bien de poder cruzar una calle, de estirar las piernas... Su envidia tomaba la forma retrospectiva, que casi siempre conduce á mayor amargura, á desolación sin límites. ¿Por qué no haber sido un cantero, uno de los cortadores que grabaron los capiteles de la capilla, de tan curioso estilo romántico? ¿Por qué no haber conservado un alma del siglo XIII, un pulmón que respirase, una sangre pronta á alborotarse ante la mujer, un estómago de hierro? No quería ser un obrero á la moderna, de los que leen y piden reivindicaciones y adelantos; nada de eso: aquello mismo; el cantero de aldea, sumiso, frugal, muy sano, que, al bajarse de la estadía, rompe á correr hacia el baile en la carretera...
—¡Qué felices, qué felices!—repetía, moviendo la cabeza, ya temblona á fuerza de desfallecimiento.—Y ¡qué rico es eso que comen!—suspiró.—Para mí no sazona tan bien Pilara...
—¿Qué está usted diciendo?—exclamó Minia.—¡Si lo oye ella! ¡Poniendo sus cinco sentidos la pobre!
—No, lo que hacen para mí no huele tan exquisitamente—insistió el artista.
—¿Probaría usted?
Una luz de esperanza loca brilló en los cambiantes ojos amortiguados... La mano demacrada se agitó.
—¡Que me traigan un bocado, nada más que un bocado!
Momentos después, mientras los del xeste, ya amparados por la penumbra del crepúsculo, que les envolvía en velo protector, acogían con carcajadas y gritos de aprobación las soberbias fuentes de arroz con leche bordadas de arabescos de canela, le presentaban á Silvio un plato con el apetecido guisote. El enfermo se incorporó, olfateó... La saliva cosquilleaba en su paladar. Tomó el tenedor, pinchó una patata envuelta en pebre... y, antes de llegarla á los labios, soltó el tenedor, que cayó al suelo, y se reclinó, se hundió nuevamente en la butaca.
—¡No puedo! ¡no puedo! ¡no puedo!
—Un esfuerzo...—rogó la baronesa.
—¡No! ¡Asco! ¡Imposibilidad! ¡Que me lo quiten de delante!
Gimió, lloró casi; alzó al cielo las manos, los ojos... De súbito, pareció calmarse, aceptar todo, despedirse de la vida material, desarraigarse de la tierra.
—¡Es triste! ¿Verdad que es triste, amigas mías? ¡Triste no volver á comer, lo que se llama comer! ¡Si se comprase un estómago! ¿No se compran las obras de arte más hermosas? ¿No se compra el amor, que dicen que es cosa tan sublime y celestial? ¿Por qué no se ha de comprar lo prosaico y vil? ¡Prosaico! ¿Y por qué prosaico? Palabras, falsedades, mentiras... ¿Sería prosa bajar ahí y decirle á uno de esos bárbaros: “¡Dame tu estómago por mil duros! ¡Quiero hartarme, hartarme de ese bacalao á la vizcaína!”?
Sobre este tema divagó buen rato, interrumpiendo á veces sus reflexiones congojas nerviosas, desfallecimientos, risas de insensato y quejas tiernas, infantiles. Abajo, los obreros ya no se contenían; amplios manchones de vinazo deshonraban el mantel, y los comensales empezaban á fumar, á hacer trueques y comistrajos con el postre. El viejo asentador, desdentado, ensopaba en vino su arroz con leche, diciendo que era un estilo de cuando muchacho, que lo había visto comer siempre así. Bobita había puesto las patas sobre el reborde y zampaba los corruscos de pan sobrantes. El banco donde se sentaba el hortelano se hundió, y la caída se celebraba con risotadas, empujones, bromas, aplausos. El gaitero, hombre corrido, malicioso, contaba cuentos, y se apiñaban por oirle. Sonaban vivas entusiastas. Las volteadoras de la hierba, los caseros, los jornaleros, entraban recelosos; adquirían confianza, pero rehusaban probar el arroz, murmurando que “no tenían voluntad”, según ley de política. Venían, curiosamente, á admirar aquel festín cumplido, en el cual, se susurraba, habría hasta café y copa. Los servidores repartían ruedas de mantecoso queso de tetilla. El sacristán de la parroquia disponíase á dar fuego á los cohetes, y Pilara, fregando una contra otra dos conchas veneras, saltando, acompañaba á su hermana, que repicaba el pandero, entonando una copla allí mismo improvisada.
Silvio, ya tendido sobre la cama, respiraba el frasco de antihistérica que la baronesa le acercaba á la nariz. Su diestra consumida, de marfil pálido, asía una gardenia, una fresca gardenia acabada de cortar. Expresión de repugnancia le contraía el rostro.
—¡Brutalidad!—murmuraba.—¡Esos guisotes! ¡Apestan hasta aquí! ¡La bestia humana!
Vino el criado; le alzó en peso; ayudó la baronesa también; lleváronle de allí á la sala, donde no percibiese ni los ruidos ni las exhalaciones de la comilona. Había anochecido; el cielo, estrellado, puro, era bello dosel colgado muy alto, inaccesible. Entonces un cohete de lucería de color rasgó el aire. Sus lágrimas lentas, de resplandeciente pedrería, se extinguieron antes de llegar al suelo. Otro cohete salpicó el espacio de chispas de luz, fugaces, menudas. Al apagarse los fuegos artificiales, el firmamento augusto convidaba á abismar el pensamiento en la infinita majestad de su extensión. La noche, templada y veraniega, se rebozaba en terciopelos turquíes, y del mar distante venían soplos salobres, la vida de los océanos en que se formó tal vez nuestra vida mortal. Los ojos de Silvio se alzaron. No dijo nada. Silencioso, arrojaba entonces al abismo, por siempre, la carga de esperanzas é inquietudes, el estorbo para el gran viaje que iba á emprender, al través de otros mares mudos y sombríos, hacia el país del misterio...
No era todavía, sin embargo, la resignación; no la nueva razón de ser de un espíritu que se somete y renuncia á los fenómenos y apariencias sensibles. Eran más bien silencios de pena inconsolable, marasmos, tormentas y naufragios continuos, insumisiones en que se destroza el corazón, cual se destroza las uñas el prisionero al atacar las paredes de granito de su calabozo. Y sin poderlo remediar, sordas ó declaradas irritaciones contra todo y todos; impaciencias transitorias, seguidas de explosiones de gratitud, efusiones que tomaban forma de desgarradoras despedidas.
Cualquier detalle, el más leve, exasperaba su susceptibilidad dolorosa. Así, los bulliciosos juegos, la salvaje vitalidad juvenil de Bobita, habían llegado á serle insufribles. Encerraban frecuentemente á la danesa; pero con su agilidad y su ímpetu, el animal se escapaba, saltaba ventanas, empujaba puertas, y de improviso saludaba á su amo con insensatas caricias. Después solía entretenerse desdeñosamente, llena de coquetería, en desesperar á Taikun, el japonesillo.
Era tan chiquitín aquel enamorado, tan inferior á la Valkiria escandinava, que ella se divertía en burlarle, en huir, en tenderse en posición de esfinge, haciéndose la desentendida, con evidente mofa y crueldad. Luego retomaba á halagar á su amo, arrojándosele al cuello ó mordiéndole y lamiéndole las manos consuntas, estremecidas bajo la lengua fresca y violenta del animal. Y entonces Silvio, con acento de hastío inexplicable, volvíase hacia la baronesa, implorando:
—¡Que se lleven á esta fiera... Que me la quiten... Parece una mujer!
Sólo las flores le agradaban. Las flores, quietas, dóciles, que no hablan sino por la insinuación de su aroma, le acompañaban; las pedía; siempre conservaba una, ó rara ó bella, al alcance de su olfato y vista, ó la revolvía entre los dedos descarnados, sin fuerza para sostener el tallo casi.
Arriesgándose,—no sin timidez,—el capellán entró á veces en el cuarto de Silvio. El negro traje talar ya no asustaba al artista. Sus sentidos se habían habituado á la sombría mancha. Y el capellán, ni era un ergotista, ni un teólogo. Sólo hablaba de una Virgen muy amiga de los enfermos, de un Dios que distribuye la salud al que le conviene. Asimismo leía noticias de la Prensa, asombrándose de varios telegramas,—que Silvio entendería mejor.—No era, sin embargo, constante la serenidad del artista. Por momentos su cerebro sufría perturbaciones. Desvaríos calenturientos le hacían revolverse en su cama, y la disnea, obligándole á buscar el aire puro, el aire sin tasa, le impulsaba hacia la ventana con fatal impulso. Pasaba el transporte de locura; y después recaía en la cama, palpitando.
—No es que usted vaya á morirse como cree, Silvio—díjole Minia una mañana en que le vió algo animoso.—Sosiegue su espíritu, y entréguese en las Manos que rigen nuestro destino... La vida no es ningún tesoro. Dolor en ella, dolor por ella: he ahí el fondo, Silvio. ¿Conoce usted el cuento oriental? Un camellero descubrió un pozo y se echó al pie de él, porque estaba muy fatigado, muy fatigado; ni andar podía. Se llamaba Pozo de la vida... y este nombre atractivo ilusionaba al camellero. Con su odre sacó agua el primer día, y el agua era un cristal, una alegría de los ojos. Bebió y se refrigeró. Sacó agua al segundo día, y era buena aún. Fué sacando, sacando... y el agua, poco á poco, se hizo amarguilla, amarga, amargota... Hiel, de la hiel más horrible. El camellero, ante el desengaño, se arrojó en el pozo, y desde entonces, ¿sabe usted lo que ocurre? ¡Que el agua del Pozo de la vida, además de amargar, sabe á muerto!
Minia calló. Recelaba haber dicho de más, suspensa siempre entre el deseo de despertar y reanimar aquel alma temblorosa, asida al vivir como un niño al seno de la madre, y el miedo de herirla con golpe rudo. Silvio había escuchado el tétrico apólogo sin hacer el menor comentario. Al fin, gimiendo:
—La vida...—murmuró.—La vida no es joya de gran valer, aunque á veces encanta... Pero ¡el arte! ¡el arte! ¡Minia!
Y la compositora, derrotada, no pudo sino responder:
¡El arte... sí! El arte... ¡Eso es otra cosa...!
Como si la proximidad del fin sacase á luz en Silvio ese verdadero é íntimo modo de ser que reaparece en las horas críticas, empezó desde aquella hora á deplorar especialmente (según la hija del gibór hebreo lloraba su virginidad, el bajar al sepulcro infecunda, sin que en sus entrañas pudiese formarse el Mesías), á dolerse de lo que no había hecho, de la obra sin cumplir. Despedíase del color que acaricia las pupilas, de la línea soberana, que trae á la mente la idea de lo divino, por la euritmia y la proporción; y cada forma bella era una elegía que dentro de su espíritu brotaba. Al irse (convidado que se alza de su silla sin haber gustado el vino, dejando colmada y espumante la copa), sus lágrimas destilaban otro licor que absorbía callado, en triste embriaguez. Y el sentimiento de pasar sin dejar huella, era también manifestación inconsciente del inexplicable, del victorioso apego vital.
En torno suyo, todo indiferencia. Ni una hoja de los árboles, ni un aliento del aire seco, blando, voluptuoso, se resentían de la agonía de un sér joven, de aquel sufrimiento humano, tan largo y martirizador. En otoño, la Naturaleza parece asociarse al sentir del hombre; pero corría el mes de Julio, la roja y ardiente luna de Santiago, y olía á hinojo, y en el ambiente sonaba la campanillita de oro del júbilo de las romerías y fiestas. Las quintas se habían poblado de señorío; gente de Madrid veraneaba; por los sembrados cruzaban grupos, y era un florecer pronto de sombrillas, pamelas y claros trajes. Ante la verja que domina la terraza de las acacias, pasaban disparados, alzando polvo, cestos ligeros, faetones, borriquillos con sonajas, jinetes. Areal reventaba de bañistas; los aldeanos andaban contentos, porque la leche y los huevos y la legumbre y el lavado se pagaban bien; los caballeros siempre sudan plata. Con frecuencia estallaban cohetes, cruzaban murgas, gaiteros dirigiéndose á las parroquias donde se festejaba al santo. Ruidos, actividad, regocijo, sol; y el artista se moría allí, en la terraza, donde los gruesos corales del gran cerezo viejo, torcido, añoso, caían y se pisaban, dejando en el suelo amplias manchas, goterones de sangre.
Llegó un momento en que se le hizo difícil salir; apenas le permitía moverse de su cuarto la extenuación. Sobre su cama, á la cabecera, una Madona rubia, un cobre antiguo de escuela flamenca, de esos en que el grupo de la Madre y el Niño aparecen rodeados de tulipanes y jacintos de gayos tonos, le sonreía... Silvio la miraba. La idea de implorarla, de rogar á la Consoladora, tenía que ocurrírsele, porque cuando se sufre... Y, en efecto, un día en que sintió perderse, esfumándose, todo; en que la lucha, el arte, la gloria, cuanto hermosea el existir y nos vincula á él, se extinguió cual las músicas militares del ejército triunfador se alejan dejando al herido solo en el campo de batalla, á la hora del ocaso, con los cuervos que revuelan y graznan... Silvio secreteó al capellán:
—¿Por qué no pide usted por mí, á... á Esa? ¡Que me sane, que haga un milagro!
La puerta estaba abierta. La conversación era franca ya. “Es preciso que no sea yo solo; que usted mismo la implore...”; y así, el artista, impregnado de lo inefable, de lo eternamente femenino, recibió la consagración de la postrimera esperanza, cogido á la túnica de flotantes pliegues de la Mujer divina.
En voz baja, mezclando veras y esas bromas que se gastan con los enfermos para distraerles (porque todo enfermo vuelve á ser chiquillo), el sacerdote fué derramando el bálsamo. El germen existía, bajo capas de guijarro. Faltaba removerlo, con dedos cuidadosos, delicados, apacibles, huyendo de controversias enojosas y pedanterías apologéticas. Faltaba preparar á las efusiones amantes, á los balbuceos insensibles del alma, cuando recuerda con deleite íntimo, fresco, la antigua canción de la cuna. Ese ardoroso sartal de ternezas que sugiere la más sencilla devoción, una mirada á una estampa, una onda argentada de luna que la ventana deja trasbordar, era lo que convenía no interrumpir, como no se interrumpe nunca un diálogo de amor ó una meditación grave. La menor intransigencia, la menor torpeza de catequista, hubiesen irritado á Silvio sin convencerle. Dejar manar la fuentecilla. Ya se humedecen los helechos que la cubren; ya filtra una gota, perla de vidrio líquido; ya se escucha el rumor del chorro que gorgotea... Ya surte, ya empapa la tierra árida del rastrojo...
Y á intervalos—á las horas en que la cabeza se despejaba un instante, en que la fiebre remitía, en que la disnea abría sus tenazas, en que los dolores se mitigaban y la desorganización se interrumpía—la fuente manó.
—¡Minia! ¡Qué bueno fuera que hubiese cielo!
—Sí, pero un cielo más bonito...—respondía Minia sonriente, señalando al que se encuadraba en la ventana.
Porque el tiempo había dado cambiazo; el bochorno que suele aportar entre los pliegues de su esclavina de peregrino el señor Santiago, el Apóstol batallador, habíase resuelto en tormenta, en vendaval y, al cabo, en diluvio—de esos chaparrones propiamente galaicos, en que se aproximan al suelo encharcado y parecen oprimirle con su negra masa los desfondados odres de las nubes.—Los árboles lloraban á hilo; el prado era una esponja; la fruta, antes de llegar á madurez, había sido arrebatada y tumbada por el airote; los rosales se inclinaban, derrengados bajo la violencia del aguacero; y de las gárgolas monstruosas, de abiertas fauces, caía recto, inagotable, un chorro impetuoso, que iba abriendo en la terraza hoyas y grietas. Parecían las Torres un gran buque náufrago, combatido y azotado aún, á quien las olas persiguen, lobos ensañados, hasta la playa misma. Y la inclemencia de los elementos las rodeaba de una soledad eremítica; nadie venía, ni de Marineda, ni de las quintas próximas, á ver á las señoras, á enterarse del estado del enfermo; las labores del campo se habían interrumpido; ni pájaros, ni mariposas, ni insectos zumbadores, ni aromas, ni ruidos, más que el desolador sopeteo y chorreo del agua; hasta las audaces palomas zuritas del jardín del estanque, amigas de desafiar inclemencias, habíanse acogido á su palomar del hórreo, y de vez en cuando sacaban por el tragaluz la cabecita, el pico rosa, y giraban los vivos ojuelos de azabaches engastados en esmalte coralino.
Fué en medio de aquel esplín de las cosas sumergidas, anegadas, hechas papilla; entre el gorgotear del agua, lento, fastidioso, plañidero é insistente; bajo la monotonía abrumadora de un horizonte algodonáceo y turbio, cuando el artista, en un momento de relampagueante lucidez, se volvió hacia su enfermera y pronunció alto y claro:
—Voy á confesarme... que venga el sacerdote... ¡En seguida!
Corrió el capellán, reprimiendo mal el júbilo de la victoria. Era tiempo; quedaba muy poca hebra sin retorcer, y en las descarnadas falanges de una de las misteriosas hilanderas, las tijeras rechinaban ya, frías y aguzadas, siniestramente brilladoras, dispuestas á dar el corte... Fué un diálogo interrumpido por la fatiga del enfermo, un cuchicheo ansioso, confidencial. Por primera vez en el curso de su existir, Silvio se acusaba, no ante su conciencia, arbitrariamente indulgente ó severa, sino ante algo que está fuera y por cima de nuestros lirismos. Era en aquel instante como los marinos que tripularon las galeras españolas con rumbo á región desconocida—la última Tule,—y sus ojos, enlanguidecidos, expresaban la admiración de que más allá del mundo interior del sueño hubiese comarcas, paraísos surgiendo del agitado mar de la realidad. Para adquirir el derecho de entrar en los nuevos continentes, bastaba aquello, un murmurio sincero arrancado á lo hondo del sentimiento; bastaba reconocerse pequeño, débil, confundirse, humillarse, ser verídico, declarar la miseria y el barro en que se hunde nuestro pie enclavado, sujeto á lo terrestre.
—Pequé. Soy arcilla amasada con fermentos de impureza... He palpitado por glorias y triunfos... ¡Engaño! ¡Polvo! ¡Nada!
Y como en el horizonte pluvioso se agolpasen las nubes, más plomizas, más desfondadas en llanto, dejando verterse de sus urnas obscuras el dolor universal, la voz estertorosa prosiguió:
—He pagado con desprecio y mofa á los que quisieron hacerme bien. Por la dureza de mi corazón, una mujer vive encerrada en un claustro.
—¡Aleluya!—respondió el confesor.—¡Aleluya! Ella pide por usted.
—¡Pide por mí!—asintió Silvio.—¿Será oída?
—Lo será. Ella le ha precedido á usted en el camino de la bienaventuranza. Y así y todo, es posible que usted llegue antes...
Absuelto, Silvio experimentó una sensación de alivio, una sedación, refugiándose en bahía de tranquilas aguas, cerca de una costa fértil. El problema del “tal vez soñar”, el mayor de los terrores del morir, no le torturaba ya. Si soñase, soñaría como en vida—sueños de aurora, de luz, de desconocidas felicidades,—en que se ensancha el espíritu, y alcanza lo que nunca ofrece la limitada zona del vivir terrenal. Y vió—al través del velo de la lluvia, que ahora caía mansa, en hilos continuos de cardado cristal, como las lágrimas que bañan una faz resignada, dolorosa—á su Quimera, antes devoradora, actualmente apacible, hecha no de fuego, sino de brumas suaves y de aljófares líquidos, de vapores transparentes y de claridad atenuadísima; y, conformándose, sintióse reconciliado con el universo, con las Manos que lo guían... Al adormecerse plácidamente las mortales inquietudes, los hondos espantos; al borrarse la representación del abismo en que caía, Silvio se quedó sonriente, iluminada la cara por ese reflejo inconfundible, que se trasluce atravesando las carnes demacradas y los huesos áridos.
Al otro día, de mañana, le trajeron al Señor.
La ventana, siempre abierta, dejaba ver el campo que rebrillaba húmedo, bajo la caricia dorada de un sol de primeros de Agosto, bebedor sediento de los charcos de la diluviada, y dedicado á chupar, con avidez de abeja que liba, los rastros de la lluvia en la vegetación. Las plantas habían erguido la frente; las flores soltaban tanto aroma, que para adornar la habitación del enfermo fué preciso elegir las casi inodoras, por no enloquecer su cerebro, en el fugaz intervalo lúcido. Eran begonias rosa, de elegantes hechuras y avelludado follaje; eran dondiegos, que sólo al anochecer vierten su pomo; eran rosas blancas y té, que apenas sugieren la dulzura de una brisa; eran margaritas, que de cerca tienen un tufo acerbo, balsámico, parecido á un consejo lleno de experiencia; eran salvias carmesíes y moradas, en cuyo cáliz se mece una gota de almíbar, eran cruentas eritrinas y pasifloras cristíferas, emblemas de la Sangre y la Pasión redentoras, raudal de amor... Dispuestas en jarrones, distribuídas sobre los pocos muebles y sobre la cama que adornaba la hereditaria colcha de damasco color prelado, con arabescos de raso enranciado por el tiempo, y cuyos tonos armoniosos aún placían á la pupila del artista moribundo,—las flores hablaban su lenguaje lírico, preparando el alma á recibir al Huésped.—En la fantasía de Silvio, acaso por vez postrera, el mundo real, visto ya como lo ven los reclusos, por el hueco abierto en la pared del claustro, se transformaba y revestía de los matices y las refulgentes irisaciones de la hermosura. La campiña, impregnada, refrescada por la lluvia honda y caudalosa, que había penetrado hasta sus entrañas; la campiña, antes seca, vestida de verdor primaveral otra vez, era la misma campiña de Flandes, trasladada por Van Eyck al paraíso; tierra hecha cielo, sin que perdiese los accidentes terrenales, el risueño atavío de florescencia menuda, rebosante de jugo y salpicada de rocío mañanero. Y por las lejanías, sobre el anfiteatro de montañuelas y bosques, que prende con broche de turquesa el trozo de ría, avanzaban en hilera los personajes vestidos de rosicleres de amanecer y tintas celestes; las santas, los mártires, los profetas, los reyes, toda la gloria de la Iglesia triunfante. Entre aquellas santas, una carmelita: su veste es de jacinto encendido, su rostro parece arder, su expresión es extática, la luciente substancia de su ropaje y de su cuerpo ciegan, y su voz timbrada, amante, murmura estrofas de poemas divinos. Detrás de ella, entre las vírgenes, una que ostenta corona hierática, toda de pedrería, y un ramo de madreperlas, figurando azahar, sobre el seno; trae los ojos bajos, las mejillas encendidas de rubor... Y cuando se incorporan y funden estas figuras y fantasmas luminosos en una sola llama terrible, deslumbradora, en el centro de ella, cercada de estrellas de más viva luz todavía,—diamantes dentro del piélago de llama,—aparece la única Mujer celestial, la que espera paciente, al pie de los lechos mortuorios, á recoger el soplo imperceptible, el último gemido libertador...
Silvio, cerrando por un momento los párpados, sintió que sobre su lengua descansaba la suave partícula. El Cordero místico, manso y herido, derramando de su costado abierto un río de granates, vino entonces á recostársele sobre el hombro. Balaba tiernamente; parecía decir: “También muero; mira cómo mi vida fluye de mis venas... Muero por ti... Por ti, ¿no lo ves?”
La cabeza del moribundo recayó sobre las almohadas. La baronesa acercaba á sus labios agua, el sorbo que sigue á la comunión. En el pasillo se oían exclamaciones y sollozos de servidores.
Desde aquel punto el moribundo fué agonizante. Cada hora pesó sobre él con peso de losa sepulcral. Su cerebro, un instante iluminado, se ensombreció gradualmente, quedando sólo vigilante la sensibilidad afectiva, las efusiones en que, agradeciendo los cuidados de su enfermera con balbuciente gratitud de niño, la llamaba, la nombraba sin cesar. Algunas veces, en fugitivos lampos, la conciencia parecía despertarse, y hasta los ensueños fallidos, las ambiciones, volvían á rozarle con sus alas; después recaía en el estado comatoso, que interrumpían accesos de insania, nerviosos ataques, ahogos y asfixias pasajeras.
No se sabía cómo sostener aquella existencia sin raíces. La leche, los alcohólicos, las pociones, la cafeína... Y la lucecilla temblante chisporroteaba, para languidecer más y apagarse.
Fué en las primeras horas de la mañana cuando Silvio se alzó de repente en el lecho revuelto y manchado. Sus manos crispadas azotaban el ambiente; sus ojos desvariados buscaban en el espacio lo que no podían encontrar: aire. Su boca se abría en redondo, ávida, suplicante, negra. Fué un segundo. Aplanóse, jadeando. El jadeo, sin embargo, á los pocos segundos, disminuyó, cesó, y una expresión de beatitud serena se esparció por la cara desencajada y cárdena, ahora amarilla. La baronesa se había precipitado á llamar al capellán. Cuando éste llegó, su experiencia le dijo lo cierto.
—Agua bendita—exclamó.—Rociaremos el cadáver...
La palabra siniestra arrancó á la señora la explosión de llanto, hasta entonces reprimida.
Ya la otoñada se acerca. Minia, á las doce de la noche, en el historiado balcón del último piso de la torre de Levante, está de bruces, recorriendo senda atrás, con la memoria, un ciclo, una vida. Lo que ve en las lejanías vaporosas, que la luna aviva con toques de gasa de plata,—es un destino humano, corto, intenso, que empezó allí mismo, en Alborada, y en Alborada vino á concluir. Así sobre el paisaje bordamos nuestra emoción del momento, y así la materia se transforma, se asimila á nuestro espíritu y adquiere realidad en él.
Le veía llegando á buscar recursos para cebar aspiraciones más altas; le veía manejando con su genial gracia de inspirado los lápices; le veía en Madrid, sin recursos, sin muebles; escuchaba el gentil cuchicheo de salón á que debió su rápido encumbramiento; le veía afinar su tipo con los retoques de la moda; recordaba á la enamorada Ayamonte, al doctor Luz, á Solar de Fierro, con su romántica trova; releía las cartas de París, pensaba en las perfidias de Espina y fantaseaba en irónica reconciliación, ó en no menos irónico rencor, el encuentro de dos esqueletos que se pedían cuentas, ó desdeñosos se perdonaban... Luego,—en vez de la enorme perla gris y nacarada de la luna, rodando silenciosa en el esplendor de la noche estival, Minia fantaseaba una nube caprichosa, tenue, la forma del blanco Cordero redentor y expiatorio, cuyos contornos se esfumaban poco á poco, borrándose.—Y acudía á su imaginación Silvio como en letargo, idealizado por la liberación final, vestido de frac, cubierto de flores—ahora su perfume no le dañaba,—depositado en el rincón de un humilde cementerio campesino, entre la calma del olvido, lejos de la victoria, lejos del hálito de brasa de la Quimera...
—Dichosos los que yacen en paz—murmuró la compositora, cerrando un instante los ojos y reclinándose en la columna de granito del ventanal.—Oyó furiosos baladros: podrían ser de los canes guardadores de las chozas. Un soplo de fuego la envolvió: unas pupilas de agua marina alumbraron la estancia con su reflejo, parecido al de los gusanos de luz... Y,—ya segura de que el monstruo acababa de penetrar por los huecos del balcón consagrado á las Musas—Minia descubrió el harmonio, se sentó ante él, y empezó á tantear la composición de una SINFONÍA, tal vez más sentida que las anteriores.
FIN