IV
Sin duda, para festejar esta noticia, había pedido que nos sirviesen una garrafa de Champagne helado, golosina siempre deliciosa, y más cuando empezaba a apretar el calor y a requemarse la atmósfera madrileña. Tenía yo en la mano la ligera copa colmada de aquel fresco oro líquido, y al oir lo de la boda hice un movimiento de sorpresa y derramé una cascadita sobre el mantel.
El novio evitaba fijar sus ojos en los míos, que se clavaban en su rostro dilatados por la sorpresa. Fingió recoger migas de pan y afianzar la servilleta en el ojal del chaleco, pero de soslayo me observaba. Viendo mi silencio añadió de mala gana y sin franqueza:
—Celebraré que mi boda merezca la aprobación de tu madre... y también la tuya.
Yo entretanto discurría. «Vamos, se entiende. Este tenía algún tapujo... Habrá enviudado la prójima o querrán legitimar la prole... A los solterones les pasa siempre lo mismo...» Comprendiendo que debía decir algo, pregunté con insegura voz.
—¿Mamá lo sabe?
—Ayer se lo escribí.
—¿Supongo que le dirá usted el nombre de la novia?
—¡Si justamente la conocí en la Ullosa, en casa de tu madre! Ya ves qué coincidencia...
Roto el hielo, charlaba deprisa, como quien desea vaciar el saco.
—Imposible parece que no te hagas cargo. El verano pasado tu madre y ella intimaron mucho. Carmiña Aldao, ¿no sabes? Carmiña Aldao... de Pontevedra.
—No la conozco. El nombre me suena. Mi madre me escribiría algo, tal vez... No sé. Como el verano pasado no tuve yo vacaciones...
—¡Hombre, verdad! Pues es la chica de Aldao, hija del dueño de aquella finca bonita que se llama el Teixo, por un árbol enorme...
—¿Es única esa señorita? —pregunté incisivamente, pensando que tal vez el interés era el móvil de la boda.
—Única, no... Tiene un hermano, establecido en Pontevedra también.
—Nada; pues no la conozco —repetí—. Pero si se casa con usted ya tendré tiempo de tratarla.
—¡Vaya! naturalmente. Como que te convido a la boda, muchacho. Te vienes conmigo así que te examines. La cosa no será hasta el día del Carmen, y de aquí hasta esa fecha aún he de buscar casa y amueblarla... conque ya ves.
—¡Ah! ¿Se establecen ustedes en Madrid?
—Sí... Es gusto de la novia. Te llevo, ya lo sabes. Nos casaremos en el Teixo. Mira, yo no sé cómo lo tomará tu madre... Sabes que gasta un genio demasiado vivo... ¡Qué prontos los suyos! Si escribes, dila que no perderá nada con mi casamiento. Hasta que acabes tus estudios...
—No le pregunto a usted semejante cosa —exclamé; y por segunda vez tembló en mi mano la copa de Champagne.
—Pues te lo digo yo; no atufarse, que no hay de qué. Soy dueño de mis acciones, y al casarme a nadie ofendo.
—¿Quién habla de ofensas? —prorrumpí sintiéndome palidecer a impulsos de un acceso de ira, que me impulsaba a arrojarme sobre aquel hombre.
—Como lo tomas así...
—No lo tomo así... ni asado. Usted es libre, y si algo hace usted por mí es que quiere hacerlo. Y además, me alegro de que se promoviese esta conversación, para decirle que el dinero que con mi carrera está usted gastando, lo reembolsaré o poco he de vivir.
Mi tío se demudó algo. Sus labios se contrajeron y sus pupilas destellaron una chispa de cólera.
—Si no fueses un chiquilicuatro, me daban ganas de responderte una barbaridad. Lo que se hereda no se hurta. Sales a tu padre; más desagradecido y descastado no lo hubo.
—Hágame usted el favor de no sacar a colación a mi padre, porque no lo aguantaré —repliqué conteniéndome para no arrojarle una botella a la cara.
—No saco a tu padre sino para decir que uno siempre tratando de seros útil... y vosotros siempre dando bufidos. En fin, yo no había de casarme sin participártelo; ya veo que te ha sabido mal... Hijo, paciencia. No era cosa de consultarte antes... La cuenta, mozo —añadió hiriendo con el cuchillo la copa.
Habíamos alzado la voz, y en las mesas próximas algunos rezagados volvían la cabeza y se fijaban en nosotros. Me entró vergüenza, y ceñudo, sombrío, sacudí las migajas de la solapa e hice ademán de levantarme. Me causaba sofocación ver al tío, que sobre el papelito de la nota depositaba un billete de a cincuenta. Aquel billete, a costa de mi sangre desearía yo haberlo sacado del bolsillo. Respiré algo (puerilidades) cuando ví que del billete devolvieron bastante plata. Sentiría haber hecho mucho gasto. Con la uña del índice, mi tío empujó hacia el mozo dos realillos, y levantándose, descolgó su sombrero de la percha, diciendo secamente: «Vamos». Pero al salir a la luz del sol desde la lobreguez de los comedores de Fornos, se dominó, volvió sobre sí, y con aquella ductilidad que le caracterizaba en su negocios y enredos políticos, me alargó la mano, diciendo casi en broma:
—Cuando estés de mejor temple vé por casa... Tengo ganas de enseñarte el retrato de tu futura tía.
Me recogí a mi posada de un humor perro, descontento de mí mismo, y sin poder interpretar las causas de mi desazón profunda. Toda la tirria que profesaba al tío Felipe no me impedía reconocer que, en aquella ocasión, no era él quien se había portado mal. Lo confirmó Luis, cuando a la noche, habiéndome preguntado la causa de mi tristeza, se la descubrí. «Pues chacho, el tío estuvo correctísimo y tú impertinente. Que algún día se había de casar, ya podías tenerlo tragado...»
—¡Si me importa un pepino que se case! —exclamé dolorido—. ¿Qué me va ni me viene en eso?
—¡Algo te va y te viene, corcho! —replicó el sesudo orensano—. Algo le va y le viene a todo sobrino en que se case su tío carnal, solterón, único hermano de su madre... ¡Tanto te va y te viene, que te joroba el bodorrio! Pero como no puedes evitarlo, hay que poner a mal tiempo buena cara, y sacar de la situación el mejor partido posible. Transige, rapaz, que vivir es transigir.
—Déjame de oportunismos. ¡Allá él, y así reviente!
—Ten juicio. ¿Que tu tío se casa? Pues paciencia, y a congraciarse con la tiíta... Cuanto más que es una chica muy simpática.
—¿Tú la has visto?
—Verla no. Pero estando en Villagarcía el año pasado, cuando tomé los baños de mar, me hablaron de ella unas cursis de Cambados. Me acuerdo perfectamente.
—¿Y qué te dijeron?
—Cosas buenas. Que era guapa, y que tocaba el piano muy bien, y que a su padre le iban a hacer marqués, y que la finca es regia. El padre tiene monises.
—Y ¿cómo carga con mi tío una mujer así, rica, guapa, joven? ¿Cómo no prefiere un convento?
—Calla, loco. ¿Qué tiene de despreciable tu tío? Es mozo de cuenta: influye en la provincia punto menos que don Vicente; ha desempeñado puestos; va para personaje. Déjate de chiquilladas. Asiste a la boda, sé amable con la tiíta. No te presentes quejoso, que te saldrá peor.
—¡Dale! El que te oyese y no conociese mi carácter pensaría que yo estaba codiciando herencias, y que he sufrido un desencanto al ver que se me escapan...
—¡No se trata de eso, corcho! —insistió mi amigo formalizándose—, no te digo que seas capaz de hacer ninguna porquería por interés; si es tu herejía... ¡niegas la divinidad del dinero! Lo que te digo es que mientras no acabes la carrera, de tu tío no puedes prescindir, y como me figuro que no querrás quedarte en la estacada... ¡a transigir! ¡Mucho ojo!
Así que trascurrieron algunas horas empecé a sospechar que mi amigo tenía razón; y como nuestros errores se nos descubren cuando los cometen otras personas a quienes consideramos inferiores en capacidad y cultura, yo entendí el desacierto en que había incurrido después de leer una epístola que a los pocos días me trajo el cartero. Conocí la letra del sobre, y al tomarlo en las manos comprendí por su volumen que venía preñado de quejas furiosas, de esas que brotan de la pluma o del labio en momentos críticos, al choque de inesperados sucesos. Para no ser interrumpido en la lectura, me fuí en busca de la paz y sosiego de un cafetucho próximo a mi vivienda, a tales horas. El mozo, después del consabido «¿qué va a ser?» me trajo una chica alemana y me dejó dueño de ella. Bebí el primer trago, con su espumita, y saboreando el grato amargor del fermentado lúpulo, me eché al cuerpo los tres pliegos de letra española, clara y menuda, con algunos deslices ortográficos de menor cuantía, en especial redobles de erres, indicio de la vehemencia del carácter, y sin asomo de puntuación ni división de períodos con párrafo aparte o mayúscula, lo cual, aunque parezca raro, presta a este género de cartas iracundas y femeniles cierta enérgica monotonía y rapidez que duplica su efecto. Lo que yo me figuraba: una diatriba feroz contra la boda del tío Felipe, exornada con datos históricos, algunos enteramente nuevos para mí. Puedo reproducir aquí varios fragmentos, sin añadir punto ni coma, ni desenredar la gramática, ni quitar repeticiones.
«Ya ves Salustiño tantos trabajos como pasa una pobre madre y sin más esperanza que conseguir verte bien colocado y que seas alguien hoy o mañana y la esperanza principal lo que pudiese dejarte el fantasmón de tu tío, que buena obligación tenía de hacerlo si tuviese conciencia lo peor de todo que tendrá chiquillos y ya tú te quedas abriendo la boca sin lo tuyo aunque lo llamo lo tuyo no digo ningún disparate pues has de saber para tu gobierno que tu tío en las partijas de la legítima de mi papá que mi mamá no tenía sobre qué caerse muerta, pero papá dejó una herencia bien bonita, y tu tío se la mamó casi toda y a mí me dejó casi por puertas yo no sé como lo envolvió ni como armó la rratonera que a mí me tocaron cuatro corroscos duros y él se comió la miga bien blanda, no sé como me dejó la Ullosa fué un milagro, él arrebató las casas y solares de Pontevedra que luego hizo con el Ayuntamiento un buen guisado ahí se achinó valientes chanchulleros así que cuando murió tu padre que buenas desazones le dió Felipe porque era habilitado del clero y lo comprometió de mala manera, tú no acuerdas eso que eras pequeñito cuando murió tu padre que en gloria esté, pues yo entonces le dije con mucha dignidad Felipe una cosa es ser buena hermana y otra pedir limosna, yo hoy tengo un hijo y puede decirse ni pan que darle yo te hablo muy claro, voy a rrevisar las partijas aquí hubo engaño, yo así no puedo vivir como voy a dar carrera al pequeño, y él va y me contesta muy foncho no te apures yo no te abandono carrera no ha de faltarle la mejorcita se le buscará dejate de pleitos que son la ruina de las casas y el engordar de la curia calla boba que para quien ha de ser lo que yo tenga al otro mundo no me lo he de llevar y casar no me caso cásese el demonio buey suelto bien se lame te puedo jurar que así dijo tu tío que yo no mudo ni una palabra.»
Sin duda, al llegar aquí, la necesidad de los signos de puntuación se le impuso a mi madre con repentina fuerza, y para no hacer a medias las cosas plantó una carrera de puntos suspensivos y dos admiraciones reunidas.
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«¡¡ay hijo quien fia de palabras de hombres sin rreligión y sin conciencia ahora sale con la pata de gallo de que se casa le entró derrepente no sé que vió en la chica de Aldao es bastante feita y salud poca y de buenos principios no sé como andará en su casa vé bastantes malos ejemplos su padre metido con la doncella que fué de su madre desde hace mil años y en la casa otras dos chiquillas no se sabe si hijas o sobrinas de la pindonga tanto que la chica dicen que carga con tu tío sólo por salir de aquel infierno que la tratan a patadas que no le dan de comer pues no sé tu tío Felipe como la tratará de mala casta viene que sacó la estampa de los judíos en la procesión del Jueves Santo a mi me da verguenza ser hermana suya ya por algo lo señaló Dios que también lo ha de castigar acuerdate de lo que digo que yo me entiendo Dios es muy justo y quieren que vayas en las vacaciones a ver la preciosidad del casorio bonito mamarracho estará si no me tienta el diablo a traer a casa la tal Carmiña Aldao el otro verano no sucede esta trapisonda lo que es yo brillaré por mi ausencia y contigo veremos como se portan si te deja plantado hemos de rrrevisar la partijita que habrá sapos y culebras de mi no se burla tu tío soy capaz de pleitear hasta soltar la camisa.»
Entre trago y trago de cerveza fuí apurando la carta. Su lectura obró en mí efectos contrarios a los que se proponía mi madre. Los manejos del tío para mermar mi herencia; aquello de la partijita, en vez de causarme justificada indignación, me sosegó el espíritu. Me alegré de tener contra el tío motivos de queja y no de gratitud, y enterado ya de su mal porte, parecióme que se aplacaba de la punzada dolorosa de mi mortal antipatía. No le debía nada; al contrario, era su acreedor. Podía detestarle menos.
Sin dilación escribí a mi madre una misiva prudentísima. Encargaba moderación, insistiendo en lo inverosímil de que mi tío, habiéndonos ayudado hasta entonces, nos dejase a última hora abandonados, e indicaba cuán vana e inútil me parecía toda clase de reivindicaciones. Los hechos consumados debían respetarse: un pleito nos conduciría a la ruina. Era insensatez figurarse que un hombre robusto, en la fuerza de la edad, se mantendría soltero por cumplirnos el antojo. Unas palabras al aire no podían obligar a celibato perpetuo. Respecto a asistir o no asistir a la ceremonia... ya veríamos. Entretanto, serenidad y calma.
Leí la carta a Portal, que la aprobó con encomiásticas frases. «Ese es el camino, transigir, contemporizar, sortear los escollos... Así me gusta, que sigas mi sistema, y que te conformes, al menos exteriormente; el interior nadie lo ve...»
—¡Si es que ni por dentro ni por fuera me importa que mi tío se case! ¿Cómo se dicen las cosas? —exclamé lastimado. Portal, a medio convencer, meneaba la cabeza, y yo añadí—: Mamá asegura que es fea la novia de mi tío.
—¡Sabe Dios! Puede que sí... y más vale. Es peligrosa una parienta tan próxima... muy bonita. En cambio el nombre me seduce: ¡Carmiña Aldao! ¿no te gusta? Suena a caricia. Debías captarte el cariño de esa señora —aconsejó Portal después de unos minutos de silencio—. Es la gran idea. Que te quiera a ti, chacho... No lo digo por mal... Que te quiera como a un hermano... o como a un hijo... ¡o como a lo que te dé la gana! En fin, arréglate para que te quiera. Hazlo con disimulo, con habilidad, sin ruído ni escándalo. El tío tiene ya los espolones duros. La edad de ella encaja mejor con la tuya... Pero ojo ¡rapaz! tú eres así... romanticón, a lo joven Werther... Cuidadito, no haya drama de familia. ¡Nada de asuntos para Echegaray! Seriedad, y las cosas... a la patalallana.