V

Saltaré los incidentes de fin de curso y exámenes, pues al lector que más se interese por mis futuros destinos le bastará saber que aquel año aprobé mis asignaturas: las tenía corrientes como una seda. El zamorano logró la misma suerte. No así Portal y Trinito que en algunas fueron perdigones. El cubano lo tomó con la filosofía de su indolencia; Portal en cambio, se arrancaba los pelos, echando la culpa a ojeriza del profesor, a recomendaciones e influencias manejadas por otros alumnos, y cuyo resultado práctico era jorobarle a él. «Me han partido por el eje, me han triturado», repetía el infeliz, totalmente fuera de quicio, olvidado de aquella su benigna teoría de los acomodamientos, las transacciones, las conformidades y las esperas. Su pachorra se convertía en furia. ¡Tan seguro estaba él de llevarse de calle aquel demontre de año!

Dejéle dado a Barrabás, y me dirigí a ver a mi tío con el fin de participarle la buena nueva. Llenaba mi pecho cierta satisfacción a la vez dulce y airada: parecíame cada paso adelante una victoria sobre el detestable protectorado, un eslabón menos de la cadena. Vivía D. Felipe en el Hotel de Embajadores; pero el portero me dijo con aire de persona bien informada: «A estas horas suele estar en la casa nueva... Lo que es aquí para bien poco. ¿No sabe el señorito? La casa que tiene alquilada... sólo que no duerme en ella todavía... ¿Las señas? Pues Claudio Coello, número...»

Bajé hasta la Puerta del Sol, salté al tranvía del barrio, y descendí casi a la puerta del nuevo domicilio. Subí al piso, un segundo que tenía primero y principal, y era en consecuencia y en efectivo un tercero. No necesité oprimir el botón de la campanilla, pues la puerta estaba de par en par, y en el recibimiento un esterero, sentado a lo moro, cosía con inmenso agujón tiras de fina estera de cordelillo. A mi tío, que se paseaba en una salita bastante espaciosa y muy desmantelada de muebles, le sorprendió gratamente mi presencia.

—¡Hola!... ¡farandulero! ¡Tú por aquí! Entra, pasa, que lo verás todo.

—Me han dicho en el Hotel las señas... Vengo a participarle a usted...

—Pero entra, con mil pares; quiero que des tu opinión... A ver, ¿qué te parece de la casa? ¿Eh? bastante comodidad para el precio. Como la calle no es muy céntrica... La sala está todavía en el estado de la inocencia: no han traído el entredós, ni el espejo grande, ni las colgaduras. Con los tapiceros es desesperarse. El gabinete y la alcoba ya están más adelantados. Pasa, pasa...

Miré distraídamente el gabinete, que era archivulgar, con su chimenea de mármol blanco y por mobiliario sus butacas de borra de seda recercadas de felpa más obscura; su escritorio chiquitito y su tocador muy teatral, vestido de imitación de encaje y engalanado con lazos del tono de las cortinas. La angosta luna que coronaba la chimenea no tenía marco dorado, sino de la misma felpa que guarnecía butacas y sofá. El tío quiso que yo me fijase en tanta elegancia: como todos los cicateros, cuando se decidía a un gasto extraordinario, gustaba de que lo notase la gente. «Ya ves el espejito...», me decía. «Ahora se forran así... Caprichos de la moda. Y no creas que cuesta más barato, ¡quiá!... más caro, hijo. Ese hueco que queda frente a la ventana, para el piano... La novia es una profesora.» Del gabinete pasamos al nido, o sea la alcoba, que era de columnas, espaciosa, estucada, y en su centro el anchísimo tálamo, de madera, muy bajito y de tallado copete. «Faltan el sommier y el colchón», susurró mi tío con sonrisa de complacencia. «Figúrate que al tapicero se le había metido en la cabeza hacerlos de raso. Yo le dije que damasco de algodón era bastante. Si no tengo la precaución de poner la casa a tu futura tía, que no conoce lo que es Madrid, la envuelven, la explotan, la saquean... Mira las mesas de noche: ¿creerás que me costaron veinticinco pesos las dos? Se ha desarrollado el lujo de una manera... Ven, ven a ver mi despacho...»

Por una puerta de escape salimos al pasillo, y registramos el despacho, amueblado ya del todo, con su mesa ministro y su gran biblioteca, al parecer avergonzada de no encerrar más que macizos libros de administración y media docena de noveluchas obscenas, todas desencuadernadas y llenas de mugre. Mi tío abrió las encristaladas puertas, y cogiendo a dos manos el derrotado grupo en que se mezclaban Paul de Kock, Amancio Peratoner y el chino Da-gar-li-kao, me lo presentó diciéndome con risita intencionada: «Te lo regalo, chico... No te perviertas, ¿eh? entretenerse un rato y nada más... Los casados no pueden conservar en casa este género de contrabando... Envía por ellos, ¿o te los quieres llevar ahora?» Contesté que no tenía tiempo de profundizar tan graves autores, ni a decir verdad, me divertían.

Después del despacho, hubo que visitar el comedor, ya provisto de aparadores y lámpara, y otras oficinas más humildes, como cocina y despensa. Detrás del comedor había un cuartito alegre, con ventana sobre el horizonte despejado de unos desmontes y solares. «Este sobra; podremos tener un huésped», indicó mi tío.

Acabado el reconocimiento, recalamos en el despacho y mi tío sacó un puro y me ofreció otro, no sin elogiarlo mucho; mas como yo no fumo, se lo restituí para que pudiese, según dijo él mismo, «cumplir con otra persona». Cuando encendió la regalía le solté la buena noticia del año aprobado. Su fisonomía se iluminó, revelando júbilo sincero. Dos o tres veces le ví llevarse la mano al chaleco, mientras murmuraba con la voz atascada por sostener el puro entre los dientes: «Bien, hombre bien... Con que otro añito, otro... Ya sólo faltan dos..., ¡Alsa, pilili!... a ese paso pronto echarás puentes sobre el Lérez. Deja, que ya te empujaremos en las obras de la Diputación... Hay que saber tocar los registros. Tú entenderás de problemas de álgebra, y mucha ecuación por aquí y mucho logaritmo por allá; pero yo... yo conozco el teclado.» Cuando me levantaba para irme, se decidió e introdujo la mano, no en el chaleco, sino en el bolsillo interior del gabán, sacando una carterita, de la cual extrajo un billete todo bisunto. ¡Cuántas veces había yo observado este combate entre la cicatería y el instinto inteligente de D. Felipe, que le dictaba cómo y cuándo era forzoso, reproductivo o extremadamente agradable gastar! Nunca le ví desprenderse de una peseta sin percibir el esfuerzo y la angustia interior del ánimo, la despedida llena de nostalgia que daba a sus monises. Era evidente que la razón le imponía el gasto, pero siempre riñendo batallas con el genio. Para observadores superficiales, si mi tío no pasaba por espléndido, tampoco era el tipo del avaro; para mí, que le estudiaba con la perspicacia cruel de la repulsión, la avaricia asomaba su pico de lechuza, pero recatándose, larvada y latente, estado a que reduce la civilización a pasiones o monomanías que en otras épocas de mayor iniciativa individual alcanzaban su trágica plenitud. Mi tío era un avariento frustrado; la sagacidad y los apetitos de bienestar y goce que ha desarrollado la sociedad moderna contrarrestaban su inclinación, porque actualmente el avaro a la antigua se pondría en ridículo; no podría alternar. Pero bajo el hombre de nuestra época, que sabe adquirir para gozar, yo veía al hebreo de la Edad Media, de ávidos y ganchudos dedos, ahorrador hasta la demencia. Siempre que aflojaba alguna suma, las mejillas de mi tío palidecían un poco, su boca se hundía y sus ojos vagaban por el suelo, como si quisiese ocultar la expresión de la mirada.

En fin, él me alargó el billete. «Para que vayas a mi boda. Ahora hay unos viajecitos de ida y vuelta ¿te haces cargo? Sí; se toma el billete por dos meses, o no sé por cuánto tiempo, y resulta arregladísimo. Por supuesto, que tú irás en segunda: en tercera se pasa muy mal. Ya puedes escribirle a tu madre el día que piensas salir. Cuanto más pronto mejor, porque respiras aire de campo, y te ahorras posada. Tu madre está en la Ullosa. Desde allí a Pontevedra y al Teixo... un paso. Preséntate días antes de la boda... que, no sé si te lo dije, será el día del Carmen. En el Teixo hay habitación para todo el mundo; es un Pazo recompuesto y arreglado hace poco. No estorbarás. Anima a tu madre: temo que con sus rarezas sea capaz de no ir.»

Caía la tarde y el esterero daba su faena por terminada; mi tío, embolsando el llavín, salió de la casa conmigo. Echamos calle abajo y nos metimos en el tranvía descendente. Llegamos a la Puerta del Sol; y en vez de dirigirnos al Hotel, subimos a otro tranvía, el que conduce a la calle Ancha de San Bernardo. «Acompáñame, ven conmigo,» dijo el hebreo. «Ya que estás en vacaciones, ¡pch! no te perjudicará la distracción. ¡Vas a ver género fino!»

Aunque me sospechaba lo que podía ser el género fino, no dejé de sorprenderme cuando una hembra superior nos abrió la puerta de un tercero, en la extraviada calle del Rubio. La hermosa vestía bata de percal granate con flores amarillas; calzaba chinelas; llevaba ese peinado de exageradas peteneras sujetas con goma, que las mujeres del pueblo bajo de Madrid han desechado hoy para usar un retorcidillo puntiagudo. Admiré su negrísimo pelo, sus gallardas formas, sus mejillas, en que una fresca palidez luchaba con los polvos de arroz, ordinarios y dados aprisa; y sus ojos de terciopelo, atrevidos, pero dulces a la sombra de las pobladas pestañas, claváronse en los míos, y me dijeron algo a que inmediatamente respondí con el propio lenguaje mudo. Detrás de este bello ejemplar del tipo madrileño, asomó la cabeza una mocita más joven, menos guapa, desmedradilla, burlona, tan repeinada y empolvada como su hermana mayor. Mi tío entró con fueros de conquistador y amo. «A ver... inmediatamente... aquí todo el mundo... Hoy os traigo un pollo... cuidadito cómo me le obsequiáis». Diciendo así guió por el pasillo de desencajados baldosines a una salita estrecha, sin otro mobiliario más que un sofá y dos butacas resguardadas por camisones de percal, una barnizada consola de caoba, algunos cromos «de frailes», un veladorcito donde se destacaban varios frascos de goma, platos desportillados, pinceles y tijeras. Por sillas, sofá, piso, consola y hasta creo que por el techo y las paredes, andaban esparcidos infinidad de retales de gró, raso y felpa, azules, morados, verdes, rosa, de todos los colores del arco íris, mezclados y revueltos con tiras de cartón, redondeles de lo mismo, recortes de papel dorado y plateado, esterillas y galones, cromos y estampas, florecitas y otros mil accesorios pertenecientes a la graciosa industria de cubrir y guarnecer cajas de dulces «para bodas y bautizos»: que este era el oficio oficial de aquellas barbianas.

Una mujer como de cincuenta años, ajada, sucia y de ojos muy tiernos, se ocupaba en decorar una especie de saquito de tafetán lila, pegándole en cada lado un ramo de azucenas y la cara de un ángel, que recortaba de una hoja de cromos, donde había por lo menos cinco jardines y diez legiones celestiales. Saludó a mi tío con un «felices» bastante seco y continuó pegando ángeles y azucenas. Entonces mi tío, volviéndose hacia las muchachas que nos seguían, las agarró consecutivamente por la barbilla y me las presentó. «La señorita Belén... La señorita Cinta...» Después, acercándose al velador, exclamó en tono chancero: «Está tan ocupado esto... Qué barricada... A ver si lo desembarazáis un poco, chicas. Hay que festejar a mi sobrino». Intervino la vieja, exclamando con acritud: «¡Eso; aire; a perder la tarde tocan! Cuando venga la de entregar la labor, le decimos al de la fábrica que hubo palique, ¿verdausté? Y sépase que de comer no hay aquí ná, sino una pobreza de almejas con arroz». Los labios de mi tío sufrieron aquella contracción especial que precedía a un gasto; pero fué instantáneo el estremecimiento, y sacando del bolsillo del chaleco algo que abultaba más que un billete, se lo puso en la mano a la mozuela, diciendo: «Cintita, súbete Jerez y pasteles... y también aceitunillas y naranjas». El argumento fué convincente para la vieja. «Amos, me largaré al otro cuarto con la música de pegar estos muñecos. Pa que desocupen el velador y estén ustés a gusto».

Vinieron los pasteles y la botella; aparecieron algunos vasos verdosos, traídos de las profundidades del antro de la cocina, y se animó la escena bastante. Belén descolgó una guitarra y se cantó no sé qué, con esa ronquera flamenca que recuerda el arrullo de la paloma, y con el salero de su belleza meridional, luciendo el pie tentador y curvo apoyado sobre las barras de la silla. Cinta trajo una pandereta, y se la puso a guisa de calañés, sacudiendo la cabeza, riendo a borbotones y divirtiéndose en arrojarnos cáscaras de naranja: después desenterró de un cajón un viejo mantoncillo de Manila, con flecos y bordado charro, y empezó a hacer contorsiones declarando que quería matar la culebra. Hubo olés, empujones, carreras, butacas volcadas y recortes de seda volando por los aires; después nos obligaron a nosotros a rascar la guitarra y a jalear, mientras bailaban las señoritas. Armóse la juerga, y el Jerez corría que era una bendición de Dios. Por falta de sacacorchos, mi tío rompió la botella contra la arista del velador de mármol, y como el líquido desapareciese rápidamente, mandó a Cinta subir más. «Se me han acabado los cuartos», alegó la muchacha. Mi tío frunció algún tanto el entrecejo. «Si te dí cuatro duros...» Intervino la señorita Belén. «Galleguito, no hay que ser roñoso... Aquí estamos necesitando horror de cosas, y en la tienda no les da la gana de fiarnos por nuestra cara bonita... Cállese usted, cuentacominos, miserable». Entre regaños y monerías, aflojó el pagano otros dos pesos; y no nos faltó con qué remojar el gaznate. La cara de mi tío echaba chispas; por cada poro de la piel diríase que asomaba una gota de sangre; su lengua si no trabada del todo, se revolvía con dificultad; en cambio sus miradas relucían más que nunca, y una expresión de beatitud, el regocijo de la materia, se acentuaba en sus facciones. Yo también advertía los efectos del licor, que con no ser muy auténtico, se subía al piso alto, y entre esta excitación y otras muy naturales en la mocedad y en presencia de dos ninfas —la una arrogante y la otra picante y salada, pero ambas capaces de volver tarumba a un ermitaño, cuanto más a un estudiante—, encontrábame fuera de quicio.

No sería justo decir que me achispé. El innoble embrutecimiento por la bebida es un estado a que me había propuesto no llegar nunca. Con frecuencia había visto a Botello completamente beodo, tropezando aquí y acullá, ya tumbado, ya alborotado y frenético, y nunca olvidaba el espectáculo de aquella hermosa criatura convertida en bestia, profiriendo absurdos o llorando como un becerro. Luis Portal, el hombre del justo medio en el epicureismo, solía decir: «En las bromas, para sacar partido, hay que estar unas miajas alumbrado, pero nunca mareado: debe conservarse cierta sangre fría, y divertirse a cuenta de los borrachines». Observé esta máxima, y pude mantenerme en el límite de la animación sin embriaguez; hice disparates comprendiendo que los hacía, y saboreando el placer de hacerlos.

La juerga iba siendo redonda. Mi tío se corrió a soltar otros tres pesos; Cinta bajó distintas veces, ya por chuletas, ya por una ensaladita de langostinos, ya por dulces, ya por fruta; a última hora, sangría nueva para café y licores; en fin, se juntó una apetitosa comida-cena. La vieja debió de engullirse sola, allá en la cocina, la cazuela de arroz con almejas que pensaban cenar todas, pues este plato casero no salió a relucir.

De aquella madriguera diabólica no nos evadimos hasta las tres y media. Por la mugrienta escalera nos alumbró la mamá, amparando con la mano un reverbero de petróleo, que sacaba flecha de apestosa luz: y cuando nos vimos en la calle, la primera bocanada de aire relativamente puro me sorprendió como el despertar de un sueño. En cuanto a don Felipe, se relamía. «¿Qué tal las gachís? ¿Eh? Son de lo que no se gasta por nuestra tierra. ¿Cuál prefieres? ¡Ah, claro, la Belén es de órdago! ¡Qué esto, y qué aquello, y qué lo otro tiene la indina! ¡Por supuesto, me figuro que tú eres un hombre formal, y... chitón! De estas pavas que uno corre por aquí no conviene que se enteren allá; son guasas inocentes, que a nadie perjudican. Hay que pasar el rato, chico, por lo mismo que va uno a entrar en otro estado muy diferente... Una cana al aire siempre gusta echarla. Y la Belén y la Cinta no son de las más exigentes, aunque si pueden, todo el día ha de estar uno chorreando pesetillas».

—¿Por qué no les dió usted desde luego un billete o dos? Mejor fuera eso que regatear el duro ahora y el duro después.

—¡Psstt! ¿Tú por lo visto eres algún príncipe ruso? Pues con estas pájaras, si abre uno la mano... Si acierto a enseñarles la cartera... Hasta me había pesado llevarla, porque, en estas historias puede ocurrir...

Se detuvo de repente, completamente disipados los vapores del Jerez, alarmadísimo, y echando con precipitación mano al gabán, exclamó:

—Pues... mi cartera... lo que es mi cartera no va aquí... ¡Demonios coronados! No está, no está... ¡Aquellas tías ladronas me la habrán cogido! Tres billetes de a cien nada menos... ¡Centellas! ¡Chispas! Que no está, te digo... ¡Vamos a sacársela!

—Mire usted bien... —murmuré disimulando a duras penas el asco—. Mire usted... ¡Robada! ¡Qué disparate! Por aquí se me figura que abulta el sobretodo...

Respiró profundamente: la cartera había parecido. La palpó gozoso y se detuvo bajo la luz de un farol para asegurarse de que el contenido estaba intacto. Recobrado el buen humor, y registrando en los rincones de la cartera añadió:

—Y para más, iba con el dinero el retrato de mi novia. Buena se armaba si me lo pillan. La Belén es muy capaz de picarle los ojos con un alfiler de a ochavo.

Me alargó la fotografía. Era chica, de tarjeta, y ví un rostro juvenil, un peinado sencillo, que descubría una frente ancha y convexa, y unos ojos vivos, con un rayo de pasión y voluntad que me sorprendió, pues yo me figuraba a la novia de mi tío apagada y dulce, sometida a todas las imposiciones por su pasividad. Lo que no la encontré fué tan fea como aseguraba mi madre. Tenía una de esas caras que, sin irradiación de belleza, atraen la mirada segunda vez.

Dejé a mi tío a la puerta de su hotel y me recogí a horas ya no muy distantes de la del alba. ¡Lo que me mareó Portal al día siguiente! Me olfateaba la ropa y luego me pellizcaba, exclamando: «¡Ah trucha, perdis, apunte! ¡Odor di femina!» De repente soltó la carcajada. «¿Qué es esto?»

En la pierna izquierda de mi pantalón había pegadas dos cabecitas de angelote, una rosa, una vara de azucenas, y no sé qué atributos más. No hubo remedio sino cantar de plano y hacer una descripción fiel, circunstanciada y tentadora de las artistas en cajas de dulce.