VI
¡Con qué gusto emprendí el viaje hacia Galicia! En Madrid calor asfixiante ya, y en la tierra aire fresco, saturado de campestres aromas. Parecíame como si nunca lo hubiese respirado y mis pulmones resecos necesitasen, para funcionar en las condiciones fisiológicas normales, aquellas partículas de humedad deliciosa. No soy de los gallegos que sienten la morriña; sin embargo, el primer grupo de castaños que se perfiló en el horizonte me pareció un amigo que con acento de bienvenida me saludaba.
Mi madre estaba en la Ullosa, y allá fuí derecho, parte por el coche de línea, parte a pie, según exige la situación de la finca. Llegué a la puesta del sol; mi madre salió a esperarme al camino, y medio agarrados de las manos y medio de bracete, anduvimos el trecho que separa a la Ullosa de la carretera provincial. Cuando se hubo enjugado el rocío que siempre asoma a los párpados de una madre que ve a un hijo después de año y medio de ausencia, empezó el fuego graneado:
—¿Conque tu tío pone casa, eh? ¿Es verdad que la amuebla a todo lujo? Así hace el que puede y no el que quiere. ¿La cama dicen que es preciosa? ¿Y de alquiler, qué paga? De seguro una barbaridad, porque en ese Madrid todo está por las nubes. ¿Y sabes si ya tomó criada? Milagro será que no meta en casa una bribona. ¿Conque mucho de muebles majos? Aire, aire a los cuartos del Ayuntamiento. Para eso se hacen ciertas porquerías. No me digas que no, Salustiano, que me voy a poner fuera de mí.
—Pero mamá, ¿qué nos importa a nosotros eso? —exclamé cuando pude meter baza— ¿ni qué culpa tengo yo de que el tío se case?
—Como me escribiste que hacía bien... —me respondió deteniéndose para respirar y con los labios temblorosos, a la manera de los niños cuando les entra coragina.
—No parece sino que por lo que yo dijese iba a guiarse el tío. Es preciso que usted se conforme, mamá, y aguante lo que no es posible evitar. Creo que vale más proceder así, por todos estilos, hasta por conveniencia propia.
Mamá clavó los ojos en mí. Era mayor dos años que el tío Felipe y se conservaba muy agradable, gracias a su robusta salud, a la vida higiénica y natural que llevaba casi siempre, y acaso a la falta de meditación profunda y de fatiga intelectual, a una movilidad de pájaro y a una facilidad para encolerizarse y aplacarse que le esparcía la bilis y fustigaba su sangre, aligerándola. Esta volubilidad, esta incapacidad de elevarse a la región de las ideas generales y abstractas, conservaban a mi madre toda su fuerza para la acción. Era su voluntad quien guiaba a su pensamiento, y el predominio del elemento afectivo y activo se leía en su frente lisa y angosta, en el mohín voluntarioso de sus labios, en la mirada inquieta y preguntona de sus ojos nunca distraídos.
Mi madre no se recogía a Pontevedra sino en tiempo de frío riguroso, o en Semana Santa y Pascua, para cumplir con la Iglesia. La huerta de la Ullosa la mantenía durante el año entero. Con tanto renegar de la estirpe de los Cardosos, mi madre tenía mucho de la adquisividad, la economía sórdida y el genio mercantil que caracterizan a la raza hebrea. ¡Lo que puede el cariño, y cómo enreda las nociones de la lógica! Estas condiciones, que en mi tío me repugnaban, parecíanme virtudes en mamá, y lo eran en efecto, si es virtud acomodarse a la necesidad. Con tristes ocho o nueve mil realitos, que a lo sumo y exprimiéndolo bien podría rentar nuestro patrimonio, era gran milagro vivir con cierto bienestar relativo, sufragar no pequeña parte de los gastos de mi carrera, y esconder en las vueltas de un colchón cuatro o seis onzas para un apuro. Quien esto consigue, no es una mujer cualquiera. Mamá vestía siempre de hábito del Carmen, por ahorrar trajes, claro está; del lino que producían sus heredades hacía tejer lienzo, ese lienzo gallego moreno y duro que nunca se ve roto, para camisas y sábanas; de una viña de uvas agrias sacaba vinillo clarete para dármelo a beber en las vacaciones; del centeno de su renta amasaba el pan que comía; con un par de cerdos, engordados en casa, armaba puchero para todo el año; criaba gallinas y conseguía huevos; recogía leña en una mota de bosque; tenía vaca y la revendía con ventaja en la feria cuando ya no daba leche; otros ganados los llevaba a parcería con sus caseros; del orujo de la vid destilaba aguardiente y en él ponía guindas en conserva; en fin, sacaba el jugo al dinero y a la propiedad, realizando esos prodigios de buen gobierno, frugalidad y orden de la mujer cuando vive sola. Obligada por su sexo a limitar la esfera de su actividad, se desquitaba no perdiendo ni el valor de un alfiler. Sana, animosa, infatigable, todas las horas del día las empleaba en algo útil, y hasta sospecho que en más de una ocasión bordó o cosió para fuera secretamente.
—El día que acabes la carrerita y salgas ganando ya tu sueldo, estaré hecha una reina —decíame cuando me admiraba de verla tan atareada y afanosa. Y yo estudiaba con gusto pensando que los últimos años de mi madre serían felices. Idea errónea; porque aunque mi madre apalease el dinero, había de agitarse lo mismo, dada su índole. Rebosaba tanta vida; era un sér tan lleno de energía y tan resuelto a sacar partido de la existencia, que lejos de infundir lástima, debía inspirar envidia a los que habitamos mucho en nosotros mismos y acabamos por hacer de nuestra imaginación cárcel celular. El carácter de mi madre es de los que constituyen a los individuos felices, fuertes y armados contra los rozamientos de la realidad. ¡Cosa rara! Cuando yo no veía a mi madre, la idealizaba, suponiéndole ciertas condiciones y debilidades propias de su sexo, a las cuales era muy ajena. Verbigracia: me empeñaba en suponerle ardientes convicciones religiosas, y algunas veces me sucedió contestar a las bromas impías de los compañeros o exclamar al exponer una opinión atrevida: «¡Líbreme Dios de que lo supiese mi madre!» Si comía carne en Semana Santa, o recordaba el tiempo transcurrido ya sin oir misa, pensaba: «¡Ay si mamá se entera!» Y el caso es que mamá, a pesar de su hábito del Carmen, se limitaba a cumplir lo más superficial de los mandamientos de la Iglesia, sin que le importase gran cosa el estado de mi espíritu.
No por eso carecía de creencias aquella gallega briosa. Sin duda por transmisión hereditaria de la rama israelita, la concepción religiosa más arraigada en mi madre era la de un Dios airado, rencoroso e implacable: el Dios bíblico que «visita la iniquidad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación». Creía buenamente que Dios lo venga todo a rajatabla, aquí de tejas abajo; y se imaginaba además que esas venganzas y represalias celestiales, estaba el Señor dispuestísimo a ejercerlas contra todos cuantos le molestasen a ella, Benigna Unceta, por cualquier causa o en cualquier asunto. Gracias a aquella incapacidad suya de generalizar las ideas, presumía que sus agravios y resentimientos personales interesaban muchísimo a la divinidad. Tanto, que al detenerse en el repecho que nos separaba de la Ullosa, hubo de exclamar en profético tono, agitada con todo el sobrealiento de la subida y la vehemencia de su genio.
—Ya verás cómo Dios castiga a tu tío Felipe sin palo ni piedra: ya lo verás. Deja correr el tiempo. No se escapa.
Protesté contra tan peregrina suposición, y como si alguna voz descendida de otras regiones se uniese a mí para rechazar cuanto no fuese perdón y caridad, sonó en la iglesia próxima el Ángelus con tristeza resignada y argentino y poético doble.
Mi madre se volvió bruscamente y me interrogó:
—¿Tú vas a la boda?
—Sí, señora, y usted también debiera ir. Es una campanada que usted no vaya.
—Déjame de historias, que no se me antoja presenciar semejante esperpento. Cosa más disparatada no se ha visto ni verá. ¡Quiera Dios que a tu señor tío no le nazca madera de aire!... y le nacerá; que eso busca. ¡A su edad casarse! ¿Estaría bonito que me casase yo ahora?
Bregué con aquella obstinación invencible, alegando que mi tío contaba muy buena edad para matrimoniar, y nosotros haríamos desairado papel enojándonos por acción tan justa y sencilla. «El viento —replicaba mamá furiosa—. Valiente mamarracho defiendes. Yo sé lo que digo, y sé también las palabras que se me dieron. Ya Dios le ajustará las cuarenta. No creas que estoy loca, no; él ha de caer... ¡Ya lo verás! Y la muchacha que se casa con él, te digo que no tiene vergüenza. A tu tío no le quería yo ni cubierto de oro, y si no fuese mi hermano...»
Dióme de cenar mi madre un plato regional que sabía me agradaba mucho. Eran papas o puches de harina de maíz con leche fresca. Sacaba las papas hirviendo, las dejaba enfriarse y formar costra, y abriendo un agujero en medio de la pasta, derramaba allí la leche riquísima contenida en un puchero de barro. Mientras yo despachaba este manjar de homérica sencillez, ella no cesaba de hablar, de preguntarme, y siempre volvía al punto inicial... mi tío.
—Ahora está metido en una, que no sé cómo va a salir... Una trifulca atroz, en que me parece a mí que le van a dar el escarmiento... Otro chanchullo más gordo que el de los solares y los ranchos... ¡y cuidado que aquel!... El de ahora es cuestión de la contrata de la plaza de abastos: dicen que tu tío va a medias con el contratista en las ganancias, y que le concedieron unas ventajas atroces y el hombre no ha cumplido ninguna condición, absolutamente ninguna, y el Municipio le pone pleito. Y hoy el Municipio no es lo que era el año pasado: tu tío no manda allí. Tendrá que ir en romería al Santo... Si don Vicente no lo saca de ésta, mal negocio. Con el gallo de la protección de don Vicente, que no sabe lo que pasa entre cortinas, hacen de esta provincia cuanto se les antoja. Como tu tío se larga a Madrid, le van a alquilar para el correo la casa suya de Pontevedra... Otro guisado. Bonitos andamos. En estos tiempos es preciso que todo el mundo se despabile. Yo no soy hombre, que si lo fuese, iría también en peregrinación al Santuario. Esto te lo digo yo aquí; pero por fuera, cuidadito con lo que hablas... No conviene que te cojan tirria estos enredadores: con el tiempo te podrán servir.
Viéndola tan expansiva, la agarré por el talle, la besé en el pescuezo y las mejillas, y me determiné a decirla riendo:
—Mamá, para presentarme en el Tejo con un poquito de decoro, me es indispensable llevar un regalo a la novia de mi tío. Él será lo que gustes, y nos habrá jugado mil perradas, pero al fin está sufragando mucha parte de los gastos de mi carrera.
—Por algo lo hace. Chiquillo, ojo. Si fuésemos a reclamar nosotros lo que nos corresponde de derecho... Y a saber si hoy en adelante sigue pagando.
—Pues no importa, mamá; pues no importa. Aunque no pague. El regalito.
—¡Pero si no tengo un cuarto! ¿Tú crees que aquí se fabrica moneda? Sí, ¡para fabricar estamos! Caro me cuesta salir del día.
—Bueno —respondí con resolución—. Entonces no hay más que hablar: mañana voy a Pontevedra y empeño el reloj o las botas... Regalo ha de haber... No me dejes en vergüenza.
A la mañana siguiente mi madre entró a despertarme. Traía bajo del brazo un cesto de cerezas maduras, que puso sobre la cama para que me desayunase: y entre los dedos dos redondelitos brillantes que elevó a la altura de mis ojos. Eran dos monedas de a cinco.
—¿Qué te parece? ¡Cuántos trabajitos para juntar esto! Anda, vé y derróchalo; estrágalo, ya que te da por ahí... No quiero que digas que tu madre te deja mal, pudiendo dejarte bien, en parte ninguna.
La eché los brazos al cuello y la dí tres o cuatro besos chilreados, mientras ella se defendía mal exclamando: —Payaso... sobón... que te pego, insolente.
Con los diez duros adquirí en la metrópoli un imperdible o cosa parecida, que representaba dos áncoras cruzadas y en medio un cupidillo, con un rubí chico y dos perlas. Dijes chabacanos que inventa la moda y reprueba el buen gusto. Pero en fin, ya no iba a la boda con las manos vacías.