ESCENA II.
Mesonero.
Colasa, para medrar
en nuestro oficio, es forzoso
que haya en la casa reposo,
y á ninguno incomodar.
Nunca meterse á oliscar
quiénes los huéspedes son.
No gastar conversacion
con cuantos llegan aquí.
Servir bien, decir no ó sí,
cobrar la mosca, y ¡chiton!
Mesonera.
No, por mí no lo dirás,
bien sabes que callar sé.
Al bachiller pregunté...
Mesonero.
Pues eso estuvo de más.
Mesonera.
Tambien ahora extrañarás
que entre en ese cuarto á ver
si el huésped há menester
alguna cosa, marido,
pues es, sí, lo he conocido,
una afligida mujer.
(Toma un candil y entra la mesonera muy recatadamente en el cuarto.)
Mesonero.
Entra, que entrar es razon,
aunque temo á la verdad
que vas por curiosidad,
más bien que por compasion.
Mesonera.
(Saliendo muy asustada.)
¡Ay, Dios mio! Vengo muerta;
desapareció la dama;
nadie he encontrado en la cama,
y está la ventana abierta.
Mesonero.
¿Cómo? ¿cómo?... Ya lo sé...
La ventana al campo dá,
y como tan baja está,
sin gran trabajo se fué.
(Andando hácia el cuarto donde entró la mujer, quedándose él á la puerta.)
Quiera Dios no haya cargado
con la colcha nueva.
Mesonera.
(Dentro)Nada,
todo está aquí... ¡desdichada!
hasta dinero ha dejado...
Sí, sobre la mesa un duro.
Mesonero.
Vaya entonces en buen hora.
Mesonera.
(Saliendo á la escena.)
No hay duda, es una señora,
que se encuentra en grande apuro.
Mesonero.
Pues con bien la lleve Dios,
y vámonos á acostar,
y mañana no charlar,
que esto quede entre los dos.
Echa un cuarto en el cepillo
de las ánimas, mujer,
y el duro véngame á ver;
échamelo en el bolsillo.