ESCENA III.

El teatro representa una plataforma en la ladera de una áspera montaña. Á la izquierda precipicios y derrumbaderos. Al frente un profundo valle atravesado por un riachuelo, en cuya márgen se ve á lo lejos la villa de Hornachuelos, terminando el fondo en altas montañas. Á la derecha la fachada del convento de los Ángeles de pobre y humilde arquitectura. La gran puerta de la iglesia cerrada, pero practicable, y sobre ella una claraboya de medio punto por donde se verá el resplandor de las luces interiores; más hácia el proscenio la puerta de la portería, tambien practicable y cerrada; en medio de ella una mirilla ó gatera que se abra y se cierre, y al lado el cordon de una campanilla. En medio de la escena habrá una gran cruz de piedra tosca y corroida por el tiempo, puesta sobre cuatro gradas que puedan servir de asiento. Estará todo iluminado por una luna clarísima. Se oirá dentro de la iglesia el órgano, y cantar maitines al coro de frailes, y saldrá como subiendo por la izquierda Doña Leonor, muy fatigada y vestida de hombre, con un gaban de mangas, sombrero gacho y botines.

Leonor.

Sí... ya llegué... Dios mio,

gracias os doy rendida.

(Arrodíllase al ver el convento.)

En tí, Vírgen Santísima, confío;

sed el amparo de mi amarga vida.

Este refugio es solo

el que puedo tener de polo á polo. (Álzase.)

No me queda en la tierra

más asilo y resguardo

que los áridos riscos de esta sierra;

en ella estoy... Aún tiemblo y me acobardo...

(Mira hácia el sitio por donde ha venido.)

¡Ah!... nadie me ha seguido.

Ni mi fuga veloz notada ha sido.

...No me engañé, la horrenda historia mia

escuché referir en la posada...

Y ¿quién, cielos, sería

aquel que la contó? ¡Desventurada!

Amigo dijo ser de mis hermanos...

¡Oh cielos soberanos!...

¿Voy á ser descubierta?

Estoy de miedo y de cansancio muerta.

(Se sienta.)

¡Qué asperezas! ¡Qué hermosa y clara luna!

¡¡¡La misma que hace un año

vió la mudanza atroz de mi fortuna,

y abrirse los infiernos en mi daño!!!

(Pausa larga.)

No fué ilusion... aquel que de mí hablaba

dijo que navegaba

Don Álvaro, buscando nuevamente

los apartados climas de Occidente.

¡Oh Dios!... ¿Y será cierto?

Con bien arribe de su patria al puerto.

(Pausa.)

¿Y no murió la noche desastrada

en que yo, yo... manchada

con la sangre infeliz del padre mio,

le seguí... le perdí?... ¿Y huye el impío?

¿Y huye el ingrato?... ¿Y huye y me abandona?

(Cae de rodillas.)

¡Oh Madre Santa de piedad! perdona,

perdona, le olvidé. Sí, es verdadera,

lo es mi resolucion. Dios de bondades,

con penitencia austera,

lejos del mundo en estas soledades,

el furor expiaré de mis pasiones.

Piedad, piedad, Señor, no me abandones.

(Queda en silencio y como en profunda meditacion recostada en las gradas de la cruz, y despues de una larga pausa continúa:)

Los sublimes acentos de ese coro

de bienaventurados,

y los ecos pausados

del órgano sonoro,

que cual de incienso vaporosa nube

al trono santo del eterno sube,

difunden en mi alma

bálsamo dulce de consuelo y calma.

(Se levanta resuelta.)

¿Qué me detengo pues?... corro al tranquilo,

corro al sagrado asilo...

(Va hácia el convento y se detiene.)

Mas ¿cómo á tales horas?... ¡Ah!... no puedo

ya dilatarlo más, hiélame el miedo

de encontrarme aquí sola. En esa aldea

hay quien mi historia sabe.

En lo posible cabe

que descubierta con la aurora sea.

Este santo prelado

de mi resolucion está informado,

y de mis infortunios... Nada temo.

Mi confesor de Córdoba hace dias

que las desgracias mias

le escribió largamente...

Sé de su caridad el noble extremo,

me acogerá indulgente.

¿Qué dudo, pues, qué dudo?...

Sed, oh Vírgen Santísima, mi escudo.

(Llega á la portería y toca á la campanilla.)