ESCENA IV.

Se abre la mirilla que está en la puerta, y por ella sale el resplandor de un farol que dá de pronto en el rostro de Doña Leonor, y ésta se retira como asustada. El hermano Meliton habla toda esta escena dentro.

Meliton.

¿Quién es?

Leonor.

Una persona á quien le interesa mucho, mucho, ver al instante al reverendo P. Guardian.

Meliton.

¡Buena hora de ver al P. Guardian!... La noche está clara, y no será ningun caminante perdido. Si viene á ganar el jubileo, á las cinco se abrirá la iglesia; vaya con Dios; él le ayude.

Leonor.

Hermano, llamad al P. Guardian. Por caridad.

Meliton.

¡Qué caridad á estas horas! El P. Guardian está en el coro.

Leonor.

Traigo para su reverencia un recado muy urgente del P. Cleto, definidor del convento de Córdoba, quien ya le ha escrito sobre el asunto de que vengo á hablarle.

Meliton.

¡Hola!... ¿del P. Cleto, el definidor del convento de Córdoba? Eso es distinto... iré, iré á decírselo al P. Guardian. Pero dígame, hijo, ¿el recado y la carta son sobre aquel asunto con el P. General, que está pendiente allá en Madrid?...

Leonor.

Es una cosa muy interesante.

Meliton.

Pero ¿para quién?

Leonor.

Para la criatura más infeliz del mundo.

Meliton.

¡Mala recomendacion!... Pero bueno; abriré la portería, aunque es contra regla, para que entreis á esperar.

Leonor.

No, no, no puedo entrar... ¡¡¡Jesus!!!

Meliton.

Bendito sea su santo nombre... Pero ¿sois algun excomulgado?... Si no es cosa rara preferir el esperar al raso. En fin, voy á dar el recado, que probablemente no tendrá respuesta. Si no vuelvo, buenas noches: ahí á la bajadita está la villa, y hay un buen meson. El de la tia Colasa.

(Ciérrase la ventanilla, y Doña Leonor queda muy abatida.)