ESCENA IX.
El teatro representa un valle rodeado de riscos inaccesibles y de malezas, atravesado por un arroyuelo. Sobre un peñasco accesible con dificultad, y colocado al fondo, habrá una medio gruta, medio ermita con puerta practicable, y una campana que pueda sonar y tocarse desde dentro: el cielo representará el ponerse el sol de un dia borrascoso; se irá oscureciendo lentamente la escena y aumentándose los truenos y relámpagos. Don Álvaro y Don Alfonso salen por un lado.
D. Alfonso.
De aquí no hemos de pasar.
D. Álvaro.
No, que tras de estos tapiales,
bien sin ser vistos, podemos
terminar nuestro combate.
Y aunque en hollar este sitio
cometo un crímen muy grande,
hoy es de crímenes dia,
y todos han de apurarse.
De uno de los dos la tumba
se está abriendo en este instante.
D. Alfonso.
Pues no perdamos más tiempo,
y que las espadas hablen.
D. Álvaro.
Vamos; mas antes es fuerza
que un gran secreto os declare,
pues que de uno de nosotros
es la muerte irrevocable;
y si yo caigo, es forzoso
que sepais en este trance
á quién habeis dado muerte,
que puede ser importante.
D. Alfonso.
Vuestro secreto no ignoro.
Y era el mejor de mis planes
(para la sed de venganza
saciar que en mis venas arde)
despues de heriros de muerte
daros noticias tan grandes,
tan impensadas y alegres,
de tan feliz desenlace,
que al despecho de saberlas,
de la tumba en los umbrales,
cuando no hubiese remedio,
cuando todo fuera en balde,
el fin espantoso os diera,
digno de vuestras maldades.
D. Álvaro.
Hombre, fantasma ó demonio,
que ha tomado humana carne
para hundirme en los infiernos,
para perderme... ¿qué sabes?...
D. Alfonso.
Corrí el nuevo mundo... ¿tiemblas?...
vengo de Lima... esto baste.
D. Álvaro.
No basta, que es imposible
que saber quién soy lograses.
D. Alfonso.
De aquel virey fementido
que (pensando aprovecharse
de los trastornos y guerras,
de los disturbios y males
que la sucesion al trono
trajo á España) formó planes
de tornar su vireinato
en imperio, y coronarse,
casando con la heredera
última de aquel linaje
de los Incas (que en lo antiguo,
del mar del Sur á los Andes
fueron los emperadores),
eres hijo.—De tu padre
las traiciones descubiertas,
aún á tiempo de evitarse,
con su esposa, en cuyo seno
eras tú ya peso grave,
huyó á los montes, alzando
entre los indios salvajes
de traicion y rebeldía
el sacrílego estandarte.
No les ayudó fortuna,
pues los condujo á la cárcel
de Lima, do tú naciste...
(Hace extremos de indignacion y sorpresa Don Álvaro.)
Oye... espera hasta que acabe.
El triunfo del rey Felipe
y su clemencia notable,
suspendieron la cuchilla
que ya amagaba á tus padres,
y en una prision perpétua
convirtió el suplicio infame.
Tú entre los indios creciste,
como fiera te educaste,
y viniste ya mancebo
con oro y con favor grande,
á buscar completo indulto
para tus traidores padres.
Mas no, que viniste solo
para asesinar cobarde,
para seducir, inícuo,
y para que yo te mate.
D. Álvaro.
Vamos á probarlo al punto. (Despechado.)
D. Alfonso.
Ahora tienes que escucharme,
que has de apurar, vive el cielo,
hasta las heces el cáliz.
Y si, por ser mi destino,
consiguieses el matarme,
quiero allá en tu aleve pecho
todo un infierno dejarte.—
El rey benéfico acaba
de perdonar á tus padres.
Ya están libres y repuestos
en honras y dignidades.
La gracia alcanzó tu tio,
que goza favor notable,
y andan todos tus parientes
afanados por buscarte
para que tenga heredero...
D. Álvaro.
(Muy turbado y fuera de sí.)
Ya me habeis dicho bastante...
No sé dónde estoy, ¡oh cielos!...
Si es cierto, si son verdades
las noticias que dijísteis...
(Enternecido y confuso.)
¡Todo puede repararse!
Si Leonor existe, todo:
¿veis lo ilustre de mi sangre?...
¿Veis?...
D. Alfonso.
Con sumo gozo veo
que estais ciego y delirante.
¿Qué es reparacion?... Del mundo
amor, gloria, dignidades
no son para vos... Los votos
religiosos é inmutables
que os ligan á este desierto,
esa capucha, ese traje,
capucha y traje que encubren
á un desertor, que al infame
suplicio escapó en Italia,
de todo incapaz os hacen.—
Oye cuál truena indignado (Truena.)
contra tí el cielo... Esta tarde
completísimo es mi triunfo.
Un sol hermoso y radiante
te he descubierto, y de un soplo
luego he sabido apagarle.
D. Álvaro.
(Volviendo al furor.)
¿Eres mónstruo del infierno,
prodigio de atrocidades?
D. Alfonso.
Soy un hombre rencoroso
que tomar venganza sabe.
Y porque sea más completa,
te digo que no te jactes
de noble... eres un mestizo,
fruto de traiciones.
D. Álvaro.
(En el extremo de la desesperacion.)
Baste.
¡Muerte y exterminio! ¡Muerte
para los dos! Yo matarme
sabré, en teniendo el consuelo
de beber tu inícua sangre.
(Toma la espada, combaten y cae herido don Alfonso.)
D. Alfonso.
Ya lo conseguiste... ¡Dios mio! ¡Confesion! Soy cristiano... Perdonadme... salva mi alma...
D. Álvaro.
(Suelta la espada y queda como petrificado.)
¡Cielos!... ¡Dios mio!... ¡Santa madre de los Ángeles!... Mis manos tintas en sangre... ¡¡¡en sangre de Vargas!!!
D. Alfonso.
¡Confesion! ¡confesion!... Conozco mi crímen y me arrepiento... Salvad mi alma, vos que sois ministro del Señor...
D. Álvaro.
(Aterrado.) ¡No, yo no soy más que un réprobo, presa infeliz del demonio! Mis palabras sacrílegas aumentarian vuestra condenacion. Estoy manchado de sangre, estoy irregular... Pedid á Dios misericordia... Y... esperad... cerca vive un santo penitente... podrá absolveros... Pero está prohibido acercarse á su mansion... Qué importa: yo que he roto todos los vínculos, que he hollado todas las obligaciones...
D. Alfonso.
¡Ah! por caridad, por caridad...
D. Álvaro.
Sí, voy á llamarlo... al punto...
D. Alfonso.
Apresuraos, Padre... ¡Dios mio!
(Don Álvaro corre á la ermita y golpea la puerta.)
Leonor.
(Dentro.) ¿Quién se atreve á llamar á esta puerta? Respetad este asilo.
D. Álvaro.
Hermano, es necesario salvar un alma, socorrer á un moribundo; venid á darle el auxilio espiritual.
Leonor.
(Dentro.) Imposible, no puedo, retiraos.
D. Álvaro.
Hermano, por el amor de Dios.
Leonor.
(Dentro.) No, no, retiraos.
D. Álvaro.
Es indispensable, vamos. (Golpea fuertemente la puerta.)
Leonor.
(Dentro, tocando la campanilla.) ¡Socorro! ¡Socorro!