ESCENA PRIMERA.
El teatro representa una sala corta, de alojamiento militar.
Don Álvaro y Don Cárlos.
D. Cárlos.
Hoy que vuestra cuarentena
dichosamente cumplís,
de salud ¿cómo os sentís?
¿Es completamente buena?...
¿Reliquia alguna notais
de haber tanto padecido?
¿Del todo restablecido,
y listo y fuerte os hallais?
D. Álvaro.
Estoy como si tal cosa;
nunca tuve más salud,
y á vuestra solicitud
debo mi cura asombrosa.
Sois excelente enfermero:
ni una madre por un hijo
muestra un afan más prolijo,
tan gran cuidado y esmero.
D. Cárlos.
En extremo interesante
me era la vida salvaros.
D. Álvaro.
Y ¿con qué, amigo, pagaros
podré interes semejante?
Y aunque gran mal me habeis hecho
en salvar mi amarga vida,
será eterna y sin medida
la gratitud de mi pecho.
D. Cárlos.
¿Y estais tan repuesto y fuerte,
que sin ventaja pudiera
un enemigo cualquiera?...
D. Álvaro.
Estoy, amigo, de suerte,
que en casa del coronel
he estado ya á presentarme,
y de alta acabo de darme
ahora mismo en el cuartel.
D. Cárlos.
¿De veras?
D. Álvaro.
¿Os enojais,
porque ayer no os dije acaso
que iba hoy á dar este paso?
Como tanto me cuidais
que os opusiérais temí:
y estando sano, en verdad,
vivir en la ociosidad
no era honroso para mí.
D. Cárlos.
¿Conque ya no os duele nada,
ni hay asomo de flaqueza
en el pecho, en la cabeza,
ni en el brazo de la espada?
D. Álvaro.
No... Pero parece que
algo, amigo, os atormenta,
y que acaso os descontenta
el que yo tan bueno esté.
D. Cárlos.
¡Al contrario!... Al veros bueno,
capaz de entrar en accion,
palpita mi corazon
del placer más alto lleno.
Solamente no quisiera
que os engañara el valor,
y que el personal vigor
en una ocasion cualquiera...
D. Álvaro.
¿Quereis pruebas?
D. Cárlos.
(Con vehemencia.)Las deseo.
D. Álvaro.
Á la descubierta vamos
de mañana, y enredamos
un rato de tiroteo.
D. Cárlos.
La prueba se puede hacer,
pues que estais fuerte, sin ir
tan lejos á combatir,
que no hay tiempo que perder.
D. Álvaro.
No os entiendo... (Confuso.)
D. Cárlos.
¿No tendreis,
sin ir á los imperiales,
enemigos personales
con quien probaros podreis?
D. Álvaro.
¿Á quién le faltan?—Mas no
lo que me decís comprendo.
D. Cárlos.
Os lo está á voces diciendo
más la conciencia que yo.
Disimular fuera en vano...
vuestra turbacion es harta...
¿Habeis recibido carta
de Don Álvaro el indiano?
D. Álvaro.
(Fuera de sí.)
¡Ah traidor!... ¡Ah fementido!
violaste infame un secreto,
que yo débil, yo indiscreto,
moribundo... inadvertido...
D. Cárlos.
¿Qué osais pensar?... Respeté
vuestros papeles sellados,
que los que nacen honrados
se portan cual me porté.
El retrato de la infame,
vuestra cómplice, os perdió,
y sin lengua me pidió
que el suyo y mi honor reclame.
Don Cárlos de Vargas soy,
que por vuestro crímen es
de Calatrava marqués:
temblad, que ante vos estoy.
D. Álvaro.
No sé temblar... Sorprendido,
sí, me teneis...
D. Cárlos.
No lo extraño.
D. Álvaro.
Y usurpar con un engaño
mi amistad, ¿honrado ha sido?
¡Señor marqués!...
D. Cárlos.
De esa suerte
no me permito llamar,
que solo he de titular
despues de daros la muerte.
D. Álvaro.
Aconteceros pudiera
sin el título morir.
D. Cárlos.
Vamos pronto á combatir,
quedemos ó dentro ó fuera.
Vamos donde mi furor...
D. Álvaro.
Vamos, pues, señor don Cárlos,
que si nunca fuí á buscarlos,
no evito lances de honor.
Mas esperad, que en el alma
del que goza de hidalguía,
no es furia la valentía,
y ésta obra siempre con calma.
Sabeis que busco la muerte,
que los riesgos solicito,
pero con vos necesito
comportarme de otra suerte.
Y explicaros...
D. Cárlos.
Es perder
tiempo toda explicacion.
D. Álvaro.
No os negueis á la razon,
que suele funesto ser.
Pues trataron las estrellas
por raros modos de hacernos
amigos, ¿á qué oponernos
á lo que buscaron ellas?
Si nos quisieron unir
de mútuos y altos servicios
con los vínculos propicios,
no fué, no, para reñir.
Tal vez fué para enmendar
la desgracia inevitable,
de que no fuí yo culpable.
D. Cárlos.
¿Y me la osais recordar?
D. Álvaro.
¿Temeis que vuestro valor
se disminuya y se asombre,
si halla en su contrario un hombre
de nobleza y pundonor?
D. Cárlos.
¡Nobleza un aventurero!
¡Honor un desconocido!
¡Sin padre, sin apellido,
advenedizo, altanero!
D. Álvaro.
¡Ay, que ese error á la muerte,
por más que lo evité yo,
á vuestro padre arrastró!...
no corrais la misma suerte.
Y que infundados agravios
é insultos no ofenden, muestra
el que está ociosa mi diestra
sin arrancaros los labios.
Si un secreto misterioso
romper hubiera podido,
¡oh!... cuán diferente sido...
D. Cárlos.
Guardadlo, no soy curioso.
Que solo anhelo venganza,
y sangre.
D. Álvaro.
¿Sangre?... La habrá.
D. Cárlos.
Salgamos al campo ya.
D. Álvaro.
Salgamos sin más tardanza.
(Deteniéndose.)
Mas, Don Cárlos... ¡ah! ¿podreis
sospecharme con razon
de falta de corazon?
No, no, que me conoceis.
Si el orgullo, principal
y tan poderoso agente
en las acciones del ente
que se dice racional
satisfecho tengo ahora,
esfuerzos no he de omitir,
hasta aplacar conseguir
ese furor que os devora.
Pues mucho repugno yo
el desnudar el acero
con el hombre que primero
dulce amistad me inspiró.
Yo á vuestro padre no herí,
le hirió solo su destino,
y yo, á aquel ángel divino,
ni seduje, ni perdí.
Ambos nos están mirando:
desde el cielo, mi inocencia
ven, esa ciega demencia
que os agita, condenando.
D. Cárlos.
(Turbado.)
¿Pues qué?... ¿Mi hermana?... ¿Leonor?...
(Que con vos aquí no está
lo tengo aclarado ya.)
Mas ¿cuándo ha muerto?... ¡Oh furor!
D. Álvaro.
Aquella noche terrible
llevándola yo á un convento,
exánime, y sin aliento,
se trabó un combate horrible
al salir del olivar
entre mis fieles criados
y los vuestros irritados,
y no la pude salvar.
Con tres heridas caí,
y un negro de puro fiel
(fidelidad bien cruel)
veloz me arrancó de allí,
falto de sangre y sentido:
tuve en Gelves larga cura,
con accesos de locura:
y apenas restablecido
ansioso empecé á indagar
de mi único bien la suerte;
y supe ¡ay Dios! que la muerte
en el oscuro olivar...
D. Cárlos.
(Resuelto.)
Basta, imprudente impostor;
¿y os preciais de caballero?...
¿Con embrollo tan grosero
quereis calmar mi furor?
Deponed tan necio engaño:
despues del funesto dia,
en Córdoba con su tia,
mi hermana ha vivido un año.
Dos meses há que fuí yo
á buscarla, y no la hallé.
Pero de cierto indagué
que al verme llegar huyó.
Y el perseguirla he dejado,
porque sabiendo yo allí
que vos estábais aquí,
me llamó mayor cuidado.
D. Álvaro.
(Muy conmovido.)
¡Don Cárlos!... ¡Señor!... ¡amigo!
¡Don Félix! ¡ah!... Tolerad
que el nombre que en amistad
tan tierno os unió conmigo
use en esta situacion.
¡Don Félix!... soy inocente;
bien lo podeis ver patente
en mi nueva agitacion.
¡Don Félix!... ¡Don Félix!... ¡ah!...
¿Vive?... ¿vive?... ¡Oh justo Dios!
D. Cárlos.
Vive; y ¿qué os importa á vos?
muy pronto no vivirá.
D. Álvaro.
Don Félix, mi amigo; sí.
Pues que vive vuestra hermana
la satisfaccion es llana
que debeis tomar de mí.
Á buscarla juntos vamos;
muy pronto la encontraremos,
y en santo nudo estrechemos
la amistad que nos juramos.
¡Oh!... Yo os ofrezco, yo os juro
que no os arrepentireis,
cuando á conocer llegueis
mi orígen excelso y puro.
Al primer grande español
no le cedo en jerarquía,
es más alta mi hidalguía
que el trono del mismo sol.
D. Cárlos.
¿Estais, Don Álvaro, loco?
¿Qué es lo que pensar osais?
¿Qué proyectos abrigais?
¿me teneis á mí en tan poco?
Ruge entre los dos un mar
de sangre... ¿Yo al matador
de mi padre y de mi honor
pudiera hermano llamar?
¡Oh afrenta! Aunque fuérais rey.
Ni la infame ha de vivir.
No, tras de vos va á morir,
que es de mi venganza ley.
Si á mí vos no me matais,
al punto la buscaré,
y la misma espada que
con vuestra sangre tiñais,
en su corazon...
D. Álvaro.
Callad.
Callad... ¿Delante de mí
osásteis?...
D. Cárlos.
Lo juro, sí;
lo juro...
D. Álvaro.
¿El qué?... Continuad.
D. Cárlos.
La muerte de la malvada,
en cuanto acabe con vos.
D. Álvaro.
Pues no será, vive Dios,
que tengo brazo y espada.
Vamos... Libertarla anhelo
de su verdugo. Salid.
D. Cárlos.
Á vuestra tumba venid.
D. Álvaro.
Demandad perdon al cielo.