ESCENA V.

D. Álvaro.

¡Leonor! ¡Leonor! Si existes, desdichada,

¡oh qué golpe te espera,

cuando la nueva fiera

te llegue á donde vives retirada,

de que la misma mano,

la mano ¡ay triste! mia,

que te privó de padre y de alegría

acaba de privarte de un hermano!

No; te ha librado, sí, de un enemigo,

de un verdugo feroz, que por castigo

de que diste en tu pecho

acogida á mi amor, verlo deshecho,

y roto y palpitante

preparaba anhelante,

y con su brazo mismo

de su venganza hundirte en el abismo.

Respira, sí, respira,

que libre estás de su tremenda ira.

(Pausa.)

¡Ay de mí! tú vivias,

y yo lejos de tí, muerte buscaba;

y sin remedio las desgracias mias

despechado juzgaba:

mas tú vives, mi cielo,

y aún aguardo un instante de consuelo.

Y ¿qué espero? ¡infeliz! de sangre un rio

que yo no derramé, serpenteaba

entre los dos; mas ahora el brazo mio

en mar inmenso de tornarlo acaba.

¡Hora de maldicion, aciaga hora

fué aquella en que te ví la vez primera

en el soberbio templo de Sevilla,

como un ángel bajado de la esfera,

en donde el trono del Eterno brilla!

¡Qué porvenir dichoso

vió mi imaginacion por un momento,

que huyó tan presuroso

como al soplar de repentino viento

las torres de oro, y montes argentinos,

y colosos, y fúlgidos follajes

que forman los celajes

en otoño á los rayos matutinos!

(Pausa.)

Mas ¡en qué espacio vago, en qué regiones

fantásticas! ¿Qué espero?

Dentro de breves horas,

lejos de mundanales afecciones

vanas y engañadoras,

iré de Dios al tribunal severo.

(Pausa.)

¿Y mis padres?... Mis padres desdichados

aún yacen encerrados

en la prision horrenda de un castillo...

cuando con mis hazañas y proezas

pensaba restaurar su nombre y brillo

y rescatar sus míseras cabezas.

No me espera más suerte

que como criminal, infame muerte.

(Queda sumergido en el despecho.)