ESCENA V.
El teatro representa una sala colgada de damasco, con retratos de familia, escudos de armas y los adornos que se estilaban en el siglo pasado, pero todo deteriorado, y habrá dos balcones, uno cerrado y otro abierto y practicable, por el que se verá un cielo puro, iluminado por la luna, y algunas copas de árboles. Se pondrá en medio una mesa con tapete de damasco, y sobre ella habrá una guitarra, vasos chinescos con flores, y dos candeleros de plata con velas, únicas luces que alumbrarán la escena. Junto á la mesa habrá un sillon. Por la izquierda entrará el Marqués de Calatrava con una palmatoria en la mano, y detrás de él Doña Leonor, y por la derecha entra la criada.
Marqués.
(Abrazando y besando á su hija.)
Buenas noches, hija mia;
hágate una santa el cielo.
Adios, mi amor, mi consuelo,
mi esperanza, mi alegría.
No dirás que no es galan
tu padre. No descansára
si hasta aquí no te alumbrára
todas las noches... Están
abiertos estos balcones, (Los cierra.)
y entra relente... Leonor...
¿nada me dice tu amor?
¿Por qué tan triste te pones?
Leonor.
(Abatida y turbada.)
Buenas noches, padre mio.
Marqués.
Allá para Navidad
iremos á la ciudad:
cuando empiece el tiempo frio.
Y para entonces traeremos
al estudiante, y tambien
al capitan. Que les dén
permiso á los dos haremos.
¿No tienes gran impaciencia
por abrazarlos?
Leonor.
¿Pues no?
¿qué más puedo anhelar yo?
Marqués.
Los dos lograrán licencia.
Ambos tienen mano franca,
condicion que los abona,
y Cárlos, de Barcelona,
y Alfonso, de Salamanca,
ricos presentes te harán.
Escríbeles tú, tontilla,
y algo que no haya en Sevilla
pídeles, y lo traerán.
Leonor.
Dejarlo será mejor
á su gusto delicado.
Marqués.
Lo tienen, y muy sobrado:
como tú quieras, Leonor.
Curra.
Si como á usted, señorita,
carta blanca se me diera,
á Don Cárlos le pidiera
alguna bata bonita
de Francia. Y una cadena
con su broche de diamante
al señorito estudiante,
que en Madrid la hallará buena.
Marqués.
Lo que gustes, hija mia.
Sabes que el ídolo eres
de tu padre... ¿No me quieres?
(La abraza y besa tiernamente.)
Leonor.
¡Padre!... ¡Señor!... (Afligida.)
Marqués.
La alegría
vuelva á tí, prenda del alma;
piensa que tu padre soy,
y que de contínuo estoy
soñando tu bien... La calma
recobra, niña... en verdad
desde que estamos aquí
estoy contento de tí,
veo la tranquilidad
que con la campestre vida
va renaciendo en tu pecho,
y me tienes satisfecho;
sí, lo estoy mucho, querida.
Ya se me ha olvidado todo;
eres muchacha obediente,
y yo seré diligente
en darte un buen acomodo.
Sí, mi vida... ¿quién mejor
sabrá lo que te conviene,
que un tierno padre, que tiene
por tí el delirio mayor?
Leonor.
(Echándose en brazos de su padre con gran desconsuelo.)
¡Padre amado!... ¡Padre mio!
Marqués.
Basta, basta... ¿Qué te agita?
(Con gran ternura.)
Yo te adoro, Leonorcita,
no llores... ¡Qué desvarío!
Leonor.
¡Padre!... ¡Padre!
Marqués.
(Acariciándola y desasiéndose de sus brazos.)
Adios, mi bien.
Á dormir, y no lloremos.
Tus cariñosos extremos
el cielo bendiga, amen.
(Váse el Marqués, y queda Leonor muy abatida y llorosa sentada en el sillon.)