ESCENA VI.

Curra va detrás del Marqués, cierra la puerta por donde aquel se ha ido, y vuelve cerca de Leonor.

Curra.

¡Gracias á Dios!... me temí

que todito se enredase,

y que señor se quedase

hasta la mañana aquí.

¡Qué listo, cerró el balcon!...

que por él, del palomar

vamos las dos á volar

le dijo su corazon.

Abrirlo sea lo primero; (Ábrelo.)

ahora lo segundo es

cerrar las maletas. Pues

salgan ya de su agujero.

(Saca Curra unas maletas y ropa, y se pone á arreglarlo todo sin que en ello repare Doña Leonor.)

Leonor.

¡Infeliz de mí!... ¡Dios mio!

¿Por qué un amoroso padre,

que por mí tanto desvelo

tiene, y cariño tan grande,

se ha de oponer tenazmente

(¡ay, el alma se me parte!...)

á que yo dichosa sea,

y pueda feliz llamarme?...

¿Cómo, quien tanto me quiere,

puede tan cruel mostrarse?

Más dulce mi suerte fuera

si aún me viviera mi madre.

Curra.

¿Si viviera la señora?...

usted está delirante.

Más vana que señor era;

señor al cabo es un ángel.

¡Pero ella!... Un genio tenia

y un copete... Dios nos guarde.

Los señores de esta tierra

son todos de un mismo talle.

Y si alguna señorita

busca un novio que le cuadre,

como no esté en pergaminos

envuelto, levantan tales

alaridos... Mas ¿qué importa

cuando hay decision bastante?

... Pero no perdamos tiempo;

venga usted, venga á ayudarme,

porque yo no puedo sola...

Leonor.

¡Ay, Curra!... ¡Si penetrases

cómo tengo el alma! Fuerza

me falta hasta para alzarme

de esta silla... ¡Curra, amiga!

lo confieso, no lo extrañes,

no me resuelvo, imposible...

Es imposible. ¡Ah!... ¡mi padre!

sus palabras cariñosas,

sus extremos, sus afanes,

sus besos y sus abrazos,

eran agudos puñales

que el pecho me atravesaban.

Si se queda un solo instante

no hubiera más resistido...

Ya iba á sus piés á arrojarme,

y confundida, aterrada,

mi proyecto á revelarle,

y á morir, ansiando solo

que su perdon me acordase.

Curra.

¡Pues hubiéramos quedado

frescas, y echado un buen lance!

Mañana veria usted,

revolcándose en su sangre,

con la tapa de los sesos

levantada, al arrogante,

al enamorado, al noble

Don Álvaro. Ó arrastrarle

como un malhechor, atado

por entre estos olivares

á la cárcel de Sevilla;

y allá para Navidades

acaso, acaso en la horca.

Leonor.

¡Ay Curra!... El alma me partes.

Curra.

Y todo esto, señorita,

porque la desgracia grande

tuvo el infeliz de veros,

y necio de enamorarse

de quien no le corresponde,

ni resolucion bastante

tiene para...

Leonor.

Basta, Curra;

no mi pecho despedaces.

¿Yo á su amor no correspondo?

Que le correspondo sabes...

Por él mi casa y familia,

mis hermanos y mi padre

voy á abandonar, y sola...

Curra.

Sola no, que yo soy alguien,

y tambien Antonio va,

y nunca en ninguna parte

la dejaremos... ¡Jesus!

Leonor.

¿Y mañana?

Curra.

Dia grande.

Usted la adorada esposa

será del más adorable,

rico y lindo caballero

que puede en el mundo hallarse,

y yo la mujer de Antonio:

y á ver tierras muy distantes

iremos ambas... ¡qué bueno!

Leonor.

¿Y mi anciano y tierno padre?

Curra.

¿Quién?... ¿Señor? rabiará un poco,

pateará, contará el lance

al capitan general

con sus pelos y señales;

fastidiará al Asistente,

y tambien á sus compadres

el canónigo, el jurado,

y los vejetes maestrantes;

saldrán mil requisitorias

para buscarnos en balde,

cuando nosotras estemos

ya seguritas en Flandes.

Desde allí escribirá usted,

y comenzará á templarse

señor, y á los nueve meses,

cuando sepa hay un infante,

que tiene sus mismos ojos,

empezará á consolarse

y nosotras chapurrando,

que no nos entienda nadie,

volveremos de allí á poco,

á que con festejos grandes

nos reciban, y todito

será banquetes y bailes.

Leonor.

¿Y mis hermanos del alma?

Curra.

¡Toma! ¡Toma!... Cuando agarren

del generoso cuñado,

uno con que hacer alarde

de vistosos uniformes

y con que rendir beldades,

y el otro para libracos,

merendonas y truhanes,

reventarán de alegría.

Leonor.

No corre en tus venas sangre.

¡Jesus, y qué cosas tienes!

Curra.

Porque digo las verdades.

Leonor.

¡Ay desdichada de mí!

Curra.

Desdicha por cierto grande

el ser adorado dueño

del mejor de los galanes.

Pero vamos, señorita,

ayúdeme usted, que es tarde.

Leonor.

Sí, tarde es, y aún no parece

Don Álvaro... ¡Oh, si faltase

esta noche!... ¡Ojalá!... ¡cielos!...

Que jamás estos umbrales

hubiera pisado, fuera

mejor. No tengo bastante

resolucion... lo confieso.

Es tan duro el alejarse

así de su casa... ¡ay triste!

(Mira el reloj y sigue en inquietud.)

Las doce han dado... ¡qué tarde

es ya, Curra!... No, no viene.

¿Habrá en esos olivares

tenido algun mal encuentro?

Hay siempre en el Aljarafe

tan mala gente... Y Antonio

¿estará alerta?

Curra.

Indudable

es que está de centinela...

Leonor.

¡Curra!... ¿Qué suena?... ¿Escuchaste?

(Con gran sobresalto.)

Curra.

Pisadas son de caballos.

Leonor.

¡Ay! él es... (Corre al balcon.)

Curra.

Si que faltase

era imposible...

Leonor.

¡Dios mio! (Muy agitada.)

Curra.

Pecho al agua, y adelante.