ESCENA VI.

Capitan.

Granaderos, en su lugar, descanso. Parece que lo entiende este ayudante.

(Salen los oficiales de las filas y se reunen mirando con un anteojo hácia donde suena rumor de fusilería.)

Teniente.

Se va galopando al fuego como un energúmeno, y la accion se empeña más y más.

Subteniente.

Y me parece que ha de ser muy caliente.

Capitan.

(Mirando con el anteojo.) Bien combaten los granaderos del Rey.

Teniente.

Como que llevan á la cabeza á la prez de España, al valiente Don Fadrique de Herreros, que pelea como un desesperado.

Subteniente.

(Tomando el anteojo y mirando con él.) Pues los alemanes cargan á la bayoneta y con brío; á Dios, que nos desalojan de aquel puesto. (Se aumenta el tiroteo.)

Capitan.

(Toma el anteojo.) Á ver, á ver... ¡Ay! si no me engaño, el capitan de granaderos del Rey ha caido ó muerto ó herido; lo veo claro, claro.

Teniente.

Yo distingo que se arremolina la compañía... y creo que retrocede.

Soldados.

Á ellos, á ellos.

Capitan.

Silencio. Firmes. (Vuelve á mirar con el anteojo.) Las guerrillas tambien retroceden.

Subteniente.

Uno corre á caballo hácia allá.

Capitan.

Sí, es el ayudante... Está reuniendo la gente y carga... ¡con qué denuedo!... nuestro es el dia.

Teniente.

Sí, veo huir á los alemanes.

Soldados.

Á ellos.

Capitan.

Firmes, granaderos. (Mira con el anteojo.) El ayudante ha recobrado el puesto, la compañía del Rey carga á la bayoneta y lo arrolla todo.

Teniente.

Á ver, á ver. (Toma el anteojo y mira.) Sí, cierto. Y el ayudante se apea del caballo, y retira en sus brazos al capitan Don Fadrique. No debe de estar más que herido; se lo llevan hácia Beletri.

Todos.

Dios nos le conserve, que es la flor del ejército.

Capitan.

Pero por este lado no va tan bien.—Teniente, vaya usted á reforzar con la mitad de la compañía las guerrillas que están en esa cañada; que yo voy á acercarme á la compañía de Cantabria: vamos, vamos...

Soldados.

Viva España, viva España, viva Nápoles. (Marchan.)