ESCENA VII.
El teatro representa el alojamiento de un oficial superior; al frente estará la puerta de la alcoba practicable y con cortinas. Entra Don Álvaro herido y desmayado en una camilla llevada por cuatro granaderos, el cirujano á un lado, y Don Cárlos á otro lleno de polvo y como muy cansado; un soldado traerá la maleta de Don Álvaro y la pondrá sobre una mesa, colocarán la camilla en medio de la escena, mientras los granaderos entran en la alcoba, á hacer la cama.
D. Cárlos.
Con mucho, mucho cuidado,
dejadle aquí, y al momento
entrad á arreglar mi cama.
(Vánse á la alcoba dos de los soldados y quedan otros dos.)
Cirujano.
Y que haya mucho silencio.
D. Álvaro.
(Volviendo en sí.)
¿Dónde estoy? ¿dónde?
D. Cárlos.
(Con mucho cariño.)En Beletri,
á mi lado, amigo excelso.
Nuestra ha sido la victoria,
tranquilo estad.
D. Álvaro.
¡Dios eterno!
Con salvarme de la muerte,
¡qué gran daño me habeis hecho!
D. Cárlos.
No digais tal, Don Fadrique,
cuando tan vano me encuentro
de que salvaros la vida
me haya concedido el cielo.
D. Álvaro.
Ay Don Félix de Avendaña,
¡qué gran mal me habeis hecho!
(Se desmaya.)
Cirujano.
Otra vez se ha desmayado;
agua y vinagre.
D. Cárlos.
(Á uno de los soldados.)
Al momento.
¿Está de mucho peligro? (Al cirujano.)
Cirujano.
Este balazo del pecho,
en donde aún tiene la bala,
me dá muchísimo miedo:
lo que es las otras heridas
no presentan tanto riesgo.
D. Cárlos.
(Con gran vehemencia.)
Salvad su vida, salvadle;
apurad todos los medios
del arte, y os aseguro
tal galardon...
Cirujano.
Lo agradezco:
para cumplir con mi oficio
no necesito de cebo,
que en salvar á este valiente
interes muy grande tengo.
(Entra el soldado con un vaso de agua y vinagre. El Cirujano le rocía el rostro, y le aplica un pomito á las narices.)
D. Álvaro.
(Vuelve en sí.)
¡Ay!
D. Cárlos.
Ánimo, noble amigo,
cobrad ánimo y aliento:
pronto, muy pronto curado
y restablecido y bueno
volvereis á ser la gloria,
el norte de los guerreros.
Y á vuestras altas hazañas
el Rey dará todo el premio
que merece. Sí, muy pronto
lozano otra vez, cubierto
de palmas inmarchitables
y de laureles eternos,
con una rica encomienda
se adornará vuestro pecho,
de Santiago ó Calatrava.
D. Álvaro.
(Muy agitado.)
¿Qué escucho? ¿Qué? ¡Santo cielo!
¡Ah!... no, no de Calatrava:
jamás, jamás... ¡Dios eterno!
(Se desmaya.)
Cirujano.
Ya otra vez se desmayó:
sin quietud y sin silencio
no habrá forma de curarle.
Que no le hableis más os ruego.
(Á Don Cárlos.—Vuelve á darle agua y á aplicarle el pomito á las narices.)
D. Cárlos.
(Suspenso aparte.)
El nombre de Calatrava
¿qué tendrá? ¿qué tendrá... tiemblo,
de terrible á sus oidos?...
Cirujano.
No puede esperar más tiempo.
¿Aún no está lista la cama?
D. Cárlos.
(Mirando á la alcoba.)
Ya lo está.
(Salen los dos soldados.)
Cirujano.
(Á los cuatro soldados.)
Llevadle luego.
D. Álvaro.
¡Ay de mí! (Volviendo en sí.)
Cirujano.
Llevadle.
D. Álvaro.
(Haciendo esfuerzos.)Esperen.
Poco, por lo que en mí siento,
me queda ya de este mundo,
y en el otro pensar debo.
Mas antes de desprenderme
de la vida, de un gran peso
quiero descargarme. Amigo, (Á Don Cárlos.)
un favor tan solo anhelo.
Cirujano.
Si hablais, señor, no es posible...
D. Álvaro.
No volver á hablar prometo.
Pero solo una palabra,
y á él solo, que decir tengo.
D. Cárlos.
(Al Cirujano y soldados.)
Apartad, démosle gusto
dejadnos por un momento.
(Se retira el Cirujano y los asistentes á un lado.)
D. Álvaro.
Don Félix, vos solo, solo, (Dale la mano.)
cumplireis con lo que quiero
de vos exigir. Juradme
por la fé de caballero,
que hareis cuanto aquí os encargue,
con inviolable secreto.
D. Cárlos.
Yo os lo juro, amigo mio;
acabad, pues.
(Hace un esfuerzo Don Álvaro como para meter la mano en el bolsillo y no puede.)
D. Álvaro.
¡Ah!... no puedo.
Meted en este bolsillo
que tengo aquí al lado izquierdo
sobre el corazon, la mano.
(Lo hace Don Cárlos.)
¿Hallais algo en él?
D. Cárlos.
Sí, encuentro
una llavecita...
D. Álvaro.
Es esa.
(Saca Don Cárlos la llave.)
Con ella abrid, yo os lo ruego,
á solas y sin testigos,
una caja que en el centro
hallareis de mi maleta.
En ella con sobre y sello
un legajo hay de papeles;
custodiadlos con esmero,
y al momento que yo espire
los dareis, amigo, al fuego.
D. Cárlos.
¿Sin abrirlos?
D. Álvaro.
(Muy agitado.)
Sin abrirlos,
que en ellos hay un misterio
impenetrable... ¿Palabra
me dais, Don Félix, de hacerlo?
D. Cárlos.
Yo os la doy con toda el alma.
D. Álvaro.
Entonces tranquilo muero.
Dadme el postrimer abrazo,
y adios, adios.
Cirujano.
(Enfadado.)Al momento
á la alcoba. Y vos, Don Félix,
si es que teneis tanto empeño
en que su vida se salve,
haced que guarde silencio:
y excusad tambien que os vea,
pues se conmueve en extremo.
(Llévanse los soldados la camilla; entra tambien el Cirujano, y Don Cárlos queda pensativo y lloroso.)