ESCENA VIII.

D. Cárlos.

¿Ha de morir... ¡qué rigor!

tan bizarro militar?

Si no le puedo salvar

será eterno mi dolor.

Puesto que él me salvó á mí,

y desde el momento aquel

que guardó mi vida él,

guardar la suya ofrecí.

(Pausa.)

Nunca ví tanta destreza

en las armas, y jamás

otra persona de más

arrogancia y gentileza.

Pero es hombre singular;

y en el corto tiempo que

le trato, rasgos noté

que son dignos de extrañar.

(Pausa.)

Y de Calatrava el nombre

¿por qué así le horrorizó

cuando pronunciarlo oyó?...

¿Qué hallará en él que le asombre?

¡Sabrá que está deshonrado!...

Será un hidalgo andaluz...

¡Cielos!... ¡Qué rayo de luz

sobre mí habeis derramado

en este momento!... Sí.

¿Podrá ser este el traidor,

de mi sangre deshonor,

el que á buscar vine aquí?...

(Furioso y empuñando la espada.)

¿Y aún respira?... No, ahora mismo

á mis manos... ¿Dónde estoy?...

(Corre hácia la alcoba y se detiene.)

¿Ciego á despeñarme voy

de la infamia en el abismo?

Á quien mi vida salvó,

y que moribundo está,

¿matar inerme podrá

un caballero cual yo?

(Pausa.)

¿No puede falsa salir

mi sospecha?... Sí... ¿Quién sabe?...

Pero ¡cielos! esta llave

todo me lo va á decir.

(Se acerca á la maleta, la abre precipitado, y saca la caja poniéndola sobre la mesa.)

Salid, caja misteriosa,

del destino urna fatal,

á quien con sudor mortal

toca mi mano medrosa:

me impide abrirte el temblor

que me causa el recelar

que en tu centro voy á hallar

los pedazos de mi honor.

(Resuelto y abriendo.)

Mas no, que en tí mi esperanza,

la luz, que me dá el destino

está para hallar camino

que me lleve á la venganza.

(Abre y saca un legajo sellado.)

Ya el legajo tengo aquí.

¿Qué tardo el sello en romper?...

(Se contiene.)

¡Oh cielos! ¡Qué voy á hacer!

¿Y la palabra que dí?

Mas si la suerte me dá

tan inesperado medio

de dar á mi honor remedio,

el perderlo ¿qué será?

Si á Italia solo he venido

á buscar al matador

de mi padre y de mi honor,

con nombre y porte fingido,

¿qué importa que el pliego abra,

si lo que vine á buscar

á Italia, voy á encontrar?

Pero no, dí mi palabra.

Nadie, nadie aquí lo ve...

¡Cielos! lo estoy viendo yo.

Mas si él mi vida salvó,

tambien la suya salvé.

Y si es el infame indiano,

el seductor asesino,

¿no es bueno cualquier camino

por donde venga á mi mano?

Rompo esta cubierta, sí,

pues nadie lo ha de saber...

Mas ¡cielos!, ¿qué voy á hacer?

¿y la palabra que dí?

(Suelta el legajo.)

No, jamás. ¡Cuán fácilmente

nos pinta nuestra pasion

una infame y vil accion

como accion indiferente!

Á Italia vine anhelando

mi honor manchado lavar;

¿y mi empresa he de empezar

el honor amancillando?

Queda, oh secreto, escondido,

si en este legajo estás,

que un medio infame, jamás

lo usa el hombre bien nacido.

(Registrando la maleta.)

Si encontrar aquí pudiera

algun otro abierto indicio,

que sin hacer perjuicio

á mi opinion, me advirtiera...

(Sorprendido.)

¡Cielos!... le hay... esta cajilla,

(Saca una cajita como de retrato.)

que algun retrato contiene,

(Reconociéndola.)

ni sello, ni sobre tiene,

tiene solo una aldabilla.

Hasta sin ser indiscreto

reconocerla me es dado:

nada de ella me han hablado,

ni rompo ningun secreto.

Ábrola, pues, en buen hora,

aunque un basilisco vea:

aunque para el mundo sea

caja fatal de Pandora.

(La abre, y exclama muy agitado.)

¡Cielos!... no... no me engañé,

esta es mi hermana Leonor...

¿para qué prueba mayor?...

Con la más clara encontré.

Ya está todo averiguado;

Don Álvaro es el herido.

Brújula el retrato ha sido

que mi norte me ha marcado.

¿Y la infame... me atribulo,

con él en Italia tiene?...

Descubrirlo me conviene

con astucia y disimulo.

¡Cuán feliz será mi suerte

si la venganza y castigo

solos de un golpe consigo,

á los dos dando la muerte!...

Mas... ¡ah!... no me precipite

mi honra, cielos, ofendida.

Guardad á este hombre la vida

para que yo se la quite.

(Vuelve á colocar los papeles y el retrato en la maleta. Se oye ruido, y queda suspenso.)