ESCENA VI.
Don Álvaro y Don Alfonso que entra sin desembozarse, reconoce en un momento la celda, y luego cierra la puerta por dentro, y echa el pestillo.
D. Alfonso.
¿Me conoceis?
D. Álvaro.
No, señor.
D. Alfonso.
¿No encontrais en mi semblante
rasgo alguno que os recuerde
de otro tiempo y de otros males?
¿No palpita vuestro pecho,
no se hiela vuestra sangre,
no se anonada y confunde
vuestro corazon cobarde
con mi presencia?... Ó por dicha,
¿es tan sincero, es tan grande,
tal vuestro arrepentimiento,
que ya no se acuerda el Padre
Rafael, de aquel indiano
Don Álvaro, del constante
azote de una familia
que tanto en el mundo vale?
¿Temblais y bajais los ojos?
Alzadlos, pues, y miradme.
(Descubriéndose el rostro y mostrándoselo.)
D. Álvaro.
¡Oh Dios!... ¿Qué veo? ¡Dios mio!
¿Pueden mis ojos burlarme?
¡Del marqués de Calatrava
viendo estoy la viva imágen!
D. Alfonso.
Basta, que está dicho todo.
De mi hermano y de mi padre
me está pidiendo venganza
en altas voces la sangre.
Cinco años há que recorro
con dilatados viajes
el mundo, para buscaros;
y aunque ha sido todo en balde,
el cielo (que nunca impunes
deja las atrocidades
de un mónstruo, de un asesino,
de un seductor, de un infame),
por un imprevisto acaso
quiso por fin indicarme
el asilo donde á salvo
de mi furor os juzgaste.
Fuera el mataros inerme
indigno de mi linaje.
Fuiste valiente; robusto
aún estais para un combate.
Armas no teneis, lo veo,
yo dos espadas iguales
traigo conmigo; son estas:
(Se desemboza y saca dos espadas.)
elegid la que os agrade.
D. Álvaro.
(Con gran calma, pero sin orgullo.)
Entiendo, jóven, entiendo,
sin que escucharos me pasme,
porque he vivido en el mundo
y apurado sus afanes.
De los vanos pensamientos
que en este punto en vos arden,
tambien el juguete he sido;
quiera el Señor perdonarme.
Víctima de mis pasiones,
conozco todo el alcance
de su influjo, y compadezco
al mortal á quien combaten.
Mas ya sus borrascas miro
como el náufrago, que sale
por un milagro á la orilla,
y jamás torna á embarcarse.
Este sayal que me viste,
esta celda miserable,
este yermo, donde acaso
Dios por vuestro bien os trae,
desengaños os presentan
para calmaros bastantes;
y más os responden mudos
que pueden labios mortales.
Aquí de mis muchas culpas,
que son ¡ay de mí! harto grandes,
pido á Dios misericordia:
que la consiga dejadme.
D. Alfonso.
¿Dejaros?... ¿Quién?... ¿Yo dejaros
sin ver vuestra sangre impura
vertida por esta espada
que arde en mis manos desnuda?
Pues esta celda, el desierto,
ese sayo, esa capucha,
ni á un vil hipócrita guardan,
ni á un cobarde infame escudan.
D. Álvaro.
¿Qué decís?... ¡Ah!... (Furioso.)
(Reportándose.)¡No, Dios mio!...
En la garganta se anuda
mi lengua...¡ Señor!... esfuerzo
me dé vuestra santa ayuda.—
Los insultos y amenazas, (Repuesto.)
que vuestros labios pronuncian
no tienen para conmigo
poder ni fuerza ninguna.
Antes como caballero
supe vengar las injurias;
hoy humilde religioso
darles perdon y disculpa.
Pues veis cuál es ya mi estado,
y, si sois sagaz, la lucha
que conmigo estoy sufriendo,
templad vuestra saña injusta.
Respetad este vestido,
compadeced mis angustias,
y perdonad generoso
ofensas que están en duda.
(Con gran conmocion.)
¡Sí, hermano, hermano!
D. Alfonso.
¿Qué nombre
osais pronunciar?...
D. Álvaro.
¡Ah!...
D. Alfonso.
Una
sola hermana me dejásteis,
perdida, y sin honra... ¡¡¡Oh furia!!!
D. Álvaro.
¡¡¡Mi Leonor!!! ¡Ah! No sin honra,
un religioso os lo jura.
Leonor... ¡ay! ¡¡¡la que absorbia
toda mi existencia junta!!! (En delirio.)
La que en mi pecho, por siempre...
por siempre, sí, sí... que aún dura...
una pasion... Y qué, ¿vive?
¿Sabeis vos noticias suyas?...
Decid que me ama, y matadme,
decidme... ¡Oh Dios!... ¿me rehusa
(Aterrado.)
vuestra gracia sus auxilios?
¿De nuevo el triunfo asegura
el infierno, y se desploma
mi alma en su sima profunda?
¡Misericordia!... Y vos, hombre
ó ilusion, ¿sois por ventura
un tentador que renueva
mis criminales angustias
para perderme?... ¡Dios mio!
D. Alfonso.
(Resuelto.) De estas dos espadas, una
tomad, Don Álvaro, luego,
tomad: que en vano procura
vuestra infame cobardía
darle treguas á mi furia.
Tomad...
D. Álvaro.
(Retirándose.)
No, que aún fortaleza
para resistir la lucha
de las mundanas pasiones
me dá Dios con bondad suma.
¡Ah! si mis remordimientos,
mis lágrimas, mis confusas
palabras, no son bastante
para aplacaros; si escucha
mi arrepentimiento humilde
sin caridad vuestra furia,
(Arrodíllase.)
prosternado á vuestras plantas
vedme, cual persona alguna
jamás me vió...
D. Alfonso.
(Con desprecio.)
Un caballero
no hace tal infamia nunca.
Quien sois bien claro publica
vuestra actitud, y la inmunda
mancha que hay en vuestro escudo.
D. Álvaro.
(Levantándose con furor.)
¿Mancha?... y ¿cuál?... ¿cuál?...
D. Alfonso.
¿Os asusta?
D. Álvaro.
Mi escudo es como el sol limpio,
como el sol.
D. Alfonso.
¿Y no le anubla
ningun cuartel de mulato?
¿De sangre mezclada, impura?
D. Álvaro.
(Fuera de sí.)
¡Vos mentís, mentís, infame!
Venga el acero; mi furia
(Toma el pomo de una de las espadas.)
os arrancará la lengua,
que mi clara estirpe insulta.
Vamos.
D. Alfonso.
Vamos.
D. Álvaro.
(Reportándose.) No... no triunfa
tampoco con esta industria
de mi constancia el infierno.
Retiraos, señor.
D. Alfonso.
(Furioso.)¿Te burlas
de mí, inícuo? Pues cobarde
combatir conmigo excusas,
no excusarás mi venganza.
Me basta la afrenta tuya:
toma. (Le dá una bofetada.)
D. Álvaro.
(Furioso y recobrando toda su energía.)
¿Qué hiciste?... ¡¡¡insensato!!!
ya tu sentencia es segura:
hora es de muerte, de muerte.—
El infierno me confunda.